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LEÓN CADOGAN


  ETNOLITERATURA TUPI-GUARANI - Por LEÓN CÁDOGAN


ETNOLITERATURA TUPI-GUARANI - Por LEÓN CÁDOGAN

ETNOLITERATURA TUPI-GUARANI

Por LEÓN CÁDOGAN


1. EL MBYA DESOBEDIENTE

Un señor que buscaba fervor religioso estaba en la casa de las plegarias. Cantaba, oraba, se esforzaba en pos de la inmortalidad.

Luego envió a su hijo para que viera sus trampas, trampas para cerdos.

—Aunque no hayan caído cerdos, ven enseguida; aunque haya rastros de cerdos, no los sigas —dijo.

Había rastros de cerdos; nuestro paisano siguió los rastros. Por donde habían ido los cerdos se iba; al atravesar la selva y en un palmar en donde se dedicaban a comer logró, siguiéndolos, entreverlos; por consiguiente se iba, se iba sobre las huellas de los cerdos, y en un lugar bajo les alcanzó. En dicho lugar, el guardián de los cerdos vio a nuestro paisano.

— ¿En busca de qué viniste? — dijo.

—En busca de cer... monos vine —dijo.

Pues casi dijo “cerdos”.

—En busca de cerdos vine, di —dijo el cerdo; y no habiéndole engañado:

—Elige aquella entre mis hijas que más te plazca y cásate; luego nos acompañarás. Caso contrario, morirás.

Se casó nuestro paisano con la marrana. Yendo por debajo de los aju’y, le hicieron subir; sacudía las ramas de los aju’y, echando la fruta a su esposa. De esta fruta él no comía.

—Entre las ramas ya he comido yo —decía.

Echaba frutas de yvyrapepé a su esposa; de esta fruta él no comía; luego llegaron junto a un guavira; de esta fruta comió también.

Luego llegaron a un agua extensa pero poco profunda, cruzándola primero nuestro paisano. Pero más tarde llegaron al Mar Grande, y tuvo miedo de bajar al agua.

—Desciende y agárrate a mis crines, y yo te haré cruzar —dijo su esposa.

Dicho esto, cruzó con él, llegando con él a la casa de su dueño, a la morada de Karaí Ru Ete Mirí.

En dicho lugar durmió cuatro noches con él. El dueño de los cerdos convidó a nuestro paisano con harina de maní milagrosa; pero a pesar de ello al cabo de cuatro noches nuestro paisano no se sentía feliz; por consiguiente, se dirigió hacia su casa.

Entonces, su esposa dijo:

— ¡Oh, truenos, me recordáis el tiempo en que comía harina de maní milagrosa! No digas esto cuando oyeres tronar.

Ya volvía, llegó al Agua Grande, a la orilla del Mar Grande. Miró: no le sería posible cruzar. Entonces vio un pato, un pato con una canoa.

—Llévame a través del agua —dijo el indiecito.

—No, es demasiado pequeña mi canoa— dijo.

Luego vino un mbigua.

—Llévame a través del agua— dijo.

—No, es demasiado pequeña mi canoa- dijo nuevamente el mbigua.

Después de estas cosas, vino un jakaré con sus numerosos hijos vino.

—Señor hechicero de tersa espalda y ojos refulgentes como flores de mburukuja, llévame a través del agua -dijo el indio.

—Te llevaré a través del agua— dijo.

La canoa de él era grande. Descendió [al agua] y partieron.

Entonces los hijos del jakaré dijeron:

—Sabroso bocadito, sabroso bocadito— dijeron.

Lo lamieron los hijos del Jakaré.

Luego partieron [nuevamente].

—Jakaré con párpados semejantes a ranchos destartalados di— dijeron a nuestro paisano.

—No, se acuerdan demasiado bien de ti las doncellas [te tienen en gran estima]— dijo el mbyá.

— ¿Y qué es lo que dicen cuando se acuerdan de mí? —dijo el jakaré.

—El Señor Hechicero de tersa espalda y ojos relucientes como flores de mburukuja, dicen —dijo el mbyá.

Se rió jakaré: — ¡Já, já, já!

Y después de haber andado largo trecho:

—Viejo jakaré con la espalda cubierta de pústulas —dijo el jakaré.

—No —dijo el mbyá—, en demasiada estima te tienen las doncellas.

—¿Y qué dicen cuando se acuerdan [de mí]? —dijo.

—El Señor Hechicero de tersa espalda y ojos relucientes como flores de mburukuja —dicen.

Se rió jakaré: - ¡ Já, já, já!

Luego, habiendo andado un largo trecho, alcanzaron un árbol inclinado [sobre el agua].

—Jakaré viejo con espalda cubierta de pústulas y párpados como ranchos destartalados —dijo el mbyá al saltar; y echó a correr de aquel lugar.

Entonces el jakaré le siguió corriendo. Nuestro paisano llegó a donde pescaba un martín pescador grande.

—Me persigue un jakaré —dijo.

—Entra debajo de mis pececitos, entonces —dijo el martín pescador.

Entró debajo de los pescaditos, en el canasto.

Llegó el jakaré.

—¿No vino un mbyá? —dijo.

—No vino —dijo el martín pescador.

—Mientes —dijo el jakaré—; por aquí vino; se ven sus pisadas; tú lo has escondido.

—No fui yo —dijo el martín pescador.

Luego, estando ya por emprender vuelo, alzó el canasto sobre la cabeza, llevándolo a bajar en medio de una pradera.

De aquel paraje se alejó nuestro paisano y llegó a la casa del ciervo; tarde llegó. El ciervo se preparaba para dormir; nuestro paisano no tenía cama.

—Dormiré aquí —dijo.

—No, allí voy a poner los pies —dijo el ciervo.

—En este lugar dormiré —volvió a decir el mbyá.

—No, allí recostaré mi cabeza —dijo.

Entonces, en vista de que no había en donde dormir, siguió su viaje, llegando a la casa de la perdiz.

Allí dormiría nuestro paisano. Estaba, además, el sapo; dormía en casa de la perdiz. La perdiz dijo:

—Atizad sencillamente el fuego, pero no lo sopléis.

Dicen que hacía frío; nuestro paisano no aguantaba el frío; al atizar el fuego, lo sopló.

Dicen que la perdiz ya dormía; al soplar nuestro paisano el fuego, parece que se asustó y debido, aparentemente, al susto, levantó vuelo, llevando consigo todo el fuego. Nuestro paisano se quedó con el sapo.

Dijo el sapo:

— ¿Tú no has tragado fuego?

—No he tragado —dijo—, Y tú, ¿acaso has tragado?

—Parece que he tragado —dijo.

El sapo lanzó; prendieron lumbre; durmieron.

Al amanecer siguió el viaje nuestro paisano, llegando a la casa de la lechuza. Solamente estaban los chicos; su madre no estaba; preguntó por su madre.

—Pues hace rato que fue a pescar —dijeron.

Apenas amanecía, vino llegando la madre; parecía traer pescados, pero en de pescados traía grillos, un canasto adornado lleno traía. Entonces dicen que [dijo]:

— ¿Por qué será que, habiendo alguien tratando de atrapar pececillos, se me antoja oír al chico decir: ¡Oh, Lechuza! ¿Pues así, en verdad, ha dicho.

En vista de ello:

—Volvamos —dijo el mbyá—; vamos a escudriñar.

Se fue con la lechuza.

—Pues, éste es el lugar —dijo.

—Dedícate, entonces, a buscar tu presa —dijo el mbyá.

La lechuza se dedicó a cazar.

— ¡Oh, lechuza! —pareciera decir el hyito.
Escuchándole, dijo la que se hallaba dentro de la casa: allí, efectivamente, se hallaba la madre del mbyá.

—Salud —dijo el mbyá.

—Salud —dijo su madre.

— ¡Ay, hijito! —dijo, y cayó muerta al suelo.

El mbyá enterró a su madre. Al día siguiente fue a bañarse; estando en la fuente tronó. Al acontecer esto, dijo nuestro paisano:

— ¡Ay, está tronando, como si estuviera yo comiendo harina de maní milagrosa en la morada del verdadero dueño de los cerdos!

Al decir esto, emprendió vuelo convertido en ave kuchiu.


2. LA EIRA JAGUA Y EL PAI

Un paí se casó con la hija de un paisano nuestro.

Después, dicen, hallándose enfermo su suegro, fue el paí a la selva a buscarle algo qué comer.

Caminando, llegó a donde un jaguar había derribado un tapir. Al llegar [el paí] el jaguar se hallaba tendido sobre su presa; el paí, entonces, hirió con flechas al jaguar, y lo mató. Se alejó del lugar; transportó toda la carne del jaguar a la casa de su suegro; la carne del tapir también la llevó.

Pues bien, al día siguiente volvió a la selva; escuchó en la selva el ruido de alguien producido en la cima de un pindó con una calabaza. Mirando, el paí vio una eirá jagua hembra. El arco que la eirá jagua hembra había dejado recostado contra el tronco del pindó lo cortó en pedazos el paí. Al hacer esto, la eirá jagua vio al paí.

— ¡Uh, hombre! —dijo.

Descendió la eirá jagua y, hallándose a mitad del camino entre la cima del pindó y el suelo, y queriéndola herir el paí con flechas, dio ella la vuelta al tronco del pindó, como si fuera pájaro carpintero, y la erró.

Entonces la eirá jagua bajó al suelo; al hacerlo, el paí le hincó en la boca del estómago un cuchillo, matándola.

Al dormir, soñó con ella. Al amanecer contó a su suegro.

—Anoche tuve una pesadilla —dijo.

—En tal caso, no vayas a la selva —dijo su suegro.

A pesar de ello, fue a la selva.

Al aproximarse al lugar en donde había dado muerte a la eirá jagua hembra, escuchó a quien hablaba.

El que hablaba decía:

—Si el hombre es más hábil que yo, me matará; si yo soy más hábil, le mataré yo.

Prosiguiendo su camino, se encontró con el eirá jagua Al encontrarse con el paí, el eirá jagua disparó flechas; un carcaj de flechas traía debajo de su brazo. Al atajar el paí las flechas, las cortaba en pedazos. Luego, habiéndosele terminado las flechas, el eirá jagua intentó hundirle el cráneo con el arco.

En vista de ello, el paí volvió a cortar en dos el arco con su cuchillo largo. El paí ya estaba cansado; se cayó; cayó de espaldas. Al caer, el eirá jagua lo asió de los cabellos de la coronilla, mordiéndole en la manzana. Al morderle en la manzana, el paí extrajo de su cintura un cuchillo corto y lo clavó en la boca del estómago. Murieron ambos, por consiguiente, el uno encima del otro.

Después, su suegro, en vista de que no volvía su yerno, le siguió los pasos. Halló a su yerno y al eirá jagua muertos, uno encima del otro.

— ¡Ay, yerno mío, a manos de un ser semejante a éste habías de encontrar la muerte! -dijo.

Luego fue su suegro a con car lo ocurrido a los de su pueblo, y vinieron sus paisanos a verlo. Solamente entonces fue que los separaron y los enterraron en el lugar.



3. EL JAGUAR Y EL ZORRO

Dicen que el jaguar se encontró con el zorro. Quiso comerse al zorro; por consiguiente, habló así [éste]:

—Aunque me comieras, no te hartarías; déjame ir a buscar donde abundan los tapires, mi abuela —dijo.

—Bien —dijo el tigre.

Se fue el zorro a buscar; encontró un lugar en donde abundaban los tapires. Se fue el jaguar y derribó uno de los más gordos. El zorro quería comer de lo que comía el jaguar; no queriéndole dar:

—Tírame aunque no sea más que la vejiga —dijo.

Esta la infló el zorro y la sacó al sol; hallándose seca, cazó moscas y las cargó en ella, innumerables moscas cargó. Presas las moscas en la vejiga, producían un ruido semejante al de numerosos perros ladrando al unísono. Ató a la cola del jaguar la vejiga con las moscas dentro, y hecho esto habló así:

—Presta atención a aquel ruido; se trata, sin duda, de perros que se nos vienen encima.

A raíz de esto, el jaguar prestó atención, pero, no obstante haber oído, siguió comiendo.

Entonces el zorro habló así:

—Presta atención, pues ahí vienen, sin lugar a dudas.

A raíz de esto, echó a correr el tigre. Habiendo corrido lejos, hizo alto para escuchar: oíase aún, indiscutiblemente, el ruido de perros que venían. Por consiguiente, volvió a correr nuevamente; se fue más lejos y, volviendo a escuchar, oyó el ruido indiscutible de perros que venían.

Por consiguiente, volvió a correr; se fue lejos; de nuevo paró; hallándose cansado, se dispuso a luchar: se presentaban mal las cosas.

Haciendo alto, se volvió hacia atrás, escuchando de nuevo detrás suyo el ladrido de los perros. Por consiguiente, de nuevo se dio vuelta; nuevamente detrás suyo se escuchaba el ladrido de los perros. Fue entonces que, sin mudar de lugar y mirando disimuladamente hacia atrás, descubrió que el ruido que semejaba el ruido de perros era producido por las moscas encerradas dentro de la vejiga. Habiéndose ya alejado mucho de su presa, se retiró del lugar sin rumbo fijo.

Después de mucho tiempo, volviéronse a ver [el jaguar] y el zorro. En dicha ocasión, le dijo:

—Ahora sí te comeré —dijo.

—Aunque me comieras, no te hartarías, abuela —dijo el zorro—; déjame más bien ir a buscarte un camino donde puedas acechar [la presa]; un camino de hombres —dijo.

—Bien —dijo el tigre.

Se fue el zorro en busca de un camino; encontró un lugar muy transitado y, en consecuencia, volvió a contárselo a su abuela. Luego fueron a acechar; en cuanto al zorro, se apostó cerca de su abuela.

Después de una larga espera:

—Parece que ya vienen —dijo el tigre.

—Déjame mirar a mí —dijo el zorro.

Mirando, vio a tres muchachos que venían: tres venían.

—Ya vienen —dijo.

— ¿Estoy esperando en posición ventajosa? —preguntó el jaguar.

—Espera aún —dijo el zorro—; los que vienen todavía no son hombres; son solamente futuros hombres —dijo.

Nos los detuvo, por consiguiente; fueron pasando y se alejaron los muchachos sin detenerse.

Después de larga espera, nuevamente:

—Parece que ya vienen —dijo el tigre.

—Déjame mirar a mí —dijo el zorro.

—Ya vienen —dijo.

— ¿Estoy acechando bien? —dijo el tigre.

—Todavía no —volvió a decir—; el que viene ha dejado de ser hombre.

Por tratarse ahora de un anciano que venía, habló así.

Nuevamente no lo atajó, dejándole pasar.

Después de otra larga espera:

—Parece que vienen —dijo el tigre.

—Déjame mirar a mí —dijo el zorro.

En esta ocasión vio que venía uno con arco; venían, además, tres perros.

—Ahora sí que viene un hombre -dijo.

Porque ahora venía aquel que fatalmente iba a matarlo.

—Ponte y espera —dijo.

Los perros ya venían acercándose al lugar donde estaba el tigre; ya ladraban al unísono. En cuanto al jaguar, rugía de una manera espantosa. Al oírlo, se acercó corriendo el dueño [de los perros],

Al llegar, y al erguirse contra él el jaguar, le hirió con flecha de hierro; le volvió a herir; le volvió a herir nuevamente, derribándolo muerto.

Por haber deseado el zorro que así ocurriera, solamente cuando venía uno que llevaba arco dijo:

—Ponte bien al acecho.

 

 

 

 

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LOS FUEGOS DE LA NOCHE

BARBOSA RODRÍGUEZ / BARTOLOME / CADOGAN /

CHASE SARDI / PANE CHELLI / TOMASINI

Compilación: FRANCISCO PÉREZ MARICEVICH

DIAZ DE BEDOYA – GOMEZ RODAS EDITORES

© Copyright by F.P.M. y ZENDA – Selección Cultural, 1983

Diseño de tapa: Francisco Corral y Osvaldo Salerno

Logotipo Carlos César Almeida

Primera Edición Paraguaya, 1983

Asunción – Paraguay (193 páginas)

 

 

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