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LITA PÉREZ CÁCERES


  CIRCO DESOLACIÓN, 2012 - Narrativa de LITA PÉREZ CÁCERES


CIRCO DESOLACIÓN, 2012 - Narrativa de LITA PÉREZ CÁCERES

CIRCO DESOLACIÓN

Narrativa de LITA PÉREZ CÁCERES

Editorial SERVILIBRO

COLECCIÓN BIBLIOTECA PARA JÓVENES

Seleccionada y editada por: NILA LÓPEZ

Diagramación: MARÍA JOSÉ DEL PUERTO

Asunción, Agosto

2012 (112 páginas)

ISBN: 978-99953-0-445-4

Hecho el depósito que marca la ley N° 1328/98

 

 



 

 

Deliciosas, profundas, juguetonas, las páginas que siguen nos atraen con sus misteriosas combinaciones de palabras. Un libro actual también puede hacer frente a la pobreza y la desigualdad. Queremos mejorar la equidad de la comunicación humana, por eso contamos historias con toda la intensidad de nuestros recuerdos. Esta colección de Biblioteca para Jóvenes de SERVILIBRO, tiene un fuerte valor testimonial que con seguridad encariñará a los lectores: podrán conocer muchas cosas variadas del Paraguay y su gente, acercarse a los símbolos de una identidad que nos define. ¡Y con nosotros, los escritores, seguir persiguiendo sueños!

NILA LÓPEZ

 

 

 

CAPITULO UNO

EN EL HOSPITAL

 

La enfermera entra sigilosamente. Viene a mirar al muchacho. Lo ve dormido y se retira más tranquila. El herido es muy morocho y tiene rasgos indígenas, el acompañante es otro varón, más chiquilín, de rostro perfecto. El también está dormido. ¿Cuál será la historia de los dos? En esta ciudad donde progresan los delincuentes y los pobres agonizan, hay historias muy tristes, si yo pudiera los ayudaría. De pronto ve a la esposa del diabético que está amputado, se oyen sus quejidos. Él dice que le sigue doliendo la pierna que ya no tiene. No hay tiempo para la compasión, se dice la enfermera y apresura sus pasos para calmar al operado y a su esposa.

Francisco abre los ojos y, en el primer vistazo no reconoce el lugar donde está, se da vuelta y ve al hombre acostado en la otra cama. Los recuerdos llegan todos juntos. Ese cuerpo acostado y durmiente es de Tomás, su nuevo amigo, el que lo defendió en el asalto que sufrieron la noche anterior, donde fue herido en el brazo.

Estoy velando el sueño de Tomás y me parece men­tira todo lo que pasó en estos días. Soy completamente otro, comenzando porque desde que me escapé de mi casa es como si me hubiera convertido en otro. No como desde ayer a la mañana. Mis últimos guaracas los gasté en la lanchonette donde conocía Tomás pero era un pancho bien grande. Ahora tengo hambre, mucha hambre.

Francisco camina por las calles de Ciudad del Este, busca un sitio para comer, pero que no sea muy caro. Él forma parte de la multitud de personas que recorren la ciudad con bolsones, algunos van bien vestidos, otros parecen ser truhanes, pero al muchacho no le interesa nada de su alrededor. Ha pasado la noche caminando, trajinando esas calles desconocidas para él, de esa selva de edificios que se mostró hostil. Es una ciudad que no quiso recibirlo, una ciudad madrastra. Tiene dinero como para desayunar y para nada más. Ve un barcito, dice Lanchonette y se anima a entrar. Se acerca al mostrador, lo atiende un indígena que sonríe con todos sus dientes increíblemente blancos.

- ¿Qué vas a querer?

- Todavía no sé. ¿Qué tenés para desayunar?

- Un súper pancho y una gaseosa.

- Bueno, dale, servime eso.

Los dos son jóvenes, se entienden como si fueran amigos desde hace mucho tiempo. El lugar comienza a llenarse de gente. Muchos hablan en portugués, otros, en una lengua que Francisco no entiende. El indígena los atiende conrapidez y con una amabilidad que sorprende a Francisco. El está acostumbrado al trato de los extranjeros. En Hohenau y en Santa Rita hay muchos, ellos también son eficientes pero no sonríen. Una punzada en el corazón le recuerda a su madre. Tuvo que dejarla, aunque es la persona que más quiere en la vida. Recuerda también a su hermano menor, Pedrito.. . Tengo que ser fuerte, si comienzo a pensar en ellos me desarmo.

Un hombre de barba cerrada y ojos negros mira a Francisco con fijeza como si quisiera tragarlo, empaparse de él. El camarero se da cuenta y se acerca al joven, limpiando la barra con una franela. Cuidado ese es un puto famoso, no salgas todavía, si te sigue te lleva y te secuestra. Callate.

Francisco demora a propósito, da la espalda al tipo de la barba y comienza mirar a dos chicas que comen pa­radas, como él, vestidas con uniformes que les marcan las nalgas. Las mira hasta que el barba se va.

- Gracias por avisarme.

- No es nada. A ese tipo lo conozco desde hace mu­cho tiempo. Coge chicos jóvenes, como vos y cuando se cansa los larga. Tiene mucha plata, nadie sabe a qué se de­dica.

- ¿Nadie lo denuncia?

- Es amigo de los capos.

- Claro... Me voy ahora.

- Esperame, vamos juntos. Yo salgo dentro de media hora. ¿No conocés la ciudad, cierto?

- No, esta es la segunda vez que vengo. Vivo en Santa Rita. Yo soy Francisco ¿vos cómo te llamás?

- Me pusieron Tomás, pero así sin papeles nomás, después te cuento.

La sala del hospital es limpia, ése es un detalle muy importante para Francisco. Su madre era obsesiva con la limpieza y lo ha marcado con un chip, muy profundamente. Tomás se mueve y se despierta, al darse vuelta ve a Francis­co. Tomás ocupa una cama y es el único internado.

- ¿Qué tal?

- Bien ¿y vos? ¿No te duele nada?

- Si, el brazo, pero se aguanta.

- Tuvimos suerte de que nos viera esa patrulla, si esos policías no venían, nos mataban.

- Sí, tuvimos suerte porque esos policías no eran polibandis, muchas veces ellos son peores.

- ¿Cómo polibandis?

- Ladrones.

- ¿Los policías?

- ¡Claro! ¿Nunca leés los diarios? Hay como un per­miso para robar, se ha robado siempre, todos roban, hasta los polis. ¿Cuántos años tenés?

- 16.

- Vos te estás escapando de algo, porque anoche, cuando te dije para ir por la avenida no quisiste y seguimos por ese callejón donde nos asaltaron. ¿De quien te escapás? ¿Qué hiciste?

Esther, la enfermera entra con una bandeja llena de instrumentos que suenan chocando entre sí. Sonríe y pregunta

- ¿Como están? ¿Te duele la herida?

- No tanto.

- Eso es porque anoche estaba de guardia el Dr. Miguelito Cabral, es el mejor cirujano traumatólogo que tenemos, su papá era buenísimo también. No tenés fiebre así que pronto nos vas a dejar. ¿Y vos, sos pariente?

- Somos hermanos -responde Francisco con una gran sonrisa.

- ¿Mbaé...? No se parecen en nada.

- Somos como hermanos ahora, porque Tomás me salvó la vida en ese asalto, es más que mi hermano de san­gre.

- ¡Eso sí! Ahora les voy a traer el desayuno a los dos. ¿Ustedes viven por acá cerca?

- Estamos viviendo en barrio San Antonio -dice Tomás- y tenemos mucha hambre.

- Bueno, enseguida vuelvo - ella retira la bandeja y sale.

En ese momento entran dos grupos grandes de clientes y Tomás va hasta las mesas. Es alto y de huesos grandes, Francisco lo mira caminar y moverse con tanta seguridad que siente cierta envidia. Tomás ya tiene un lugar en el mundo, yo todavía no, pero lo voy a encontrar y sin pedir ayuda nadie.

El joven se cansa y cambia de sitio para mirar desde la gran ventana el movimiento de la gente, tantas personas y todas apuradas. Son hombres que caminan muy ligero y cargan grandes bolsones. Se detienen por momentos para regatear con los vendedores callejeros, los chiquillos ofre­cen chicles y otras golosinas y si tienen oportunidad tocan las nalgas de las muchachitas que ofrecen sus culitos recién inaugurados y apretados dentro de sus vaqueros. La música es abrumadora, brota a todo volumen de cada puesto que vende grandes equipos de radio y grabadoras. También pa­san mujeres cubiertas totalmente como las mujeres que vio

una vez en la tele, árabes. Ellas hablan entre sí y no miran nada de alrededor.

La mañana transcurre, Tomás no puede salir aún, Francisco lo espera, no se quiere ir todavía. Tomás maneja una licuadora que hace un ruido infernal. Parece una trituradora de seres humanos, me aturde, me imagino dando vueltas ahí dentro hasta quedar despedazado del todo. Veo mis huesos convertidos en arena, mi lengua cortada en fetas como cuando mi mamá hacía lengua a la vinagreta, NO TENGO QUE ACORDARME DE ELLA NI DE NADIE... Veo al hígado sangrando. El año pasado aprendí que en el hígado se purifica la sangre o algo parecido.

Luego sigue mirando lo que sucede en la calle. Ha visto a un campesino de aspecto muy bruto que se acercó hasta uno de los puestos a mirar los equipos de sonido. Una jovencita lo atiende, le sonríe, le coquetea. El campesino no se da cuenta de que dos chiquilines se le han acercado por detrás; cuando cierra trato con la niña y saca la billetera, se la arrancan de la mano y salen corriendo. Esta es una ciu­dad peligrosa, muy peligrosa, nunca me di cuenta cuando veníamos de compras a los hipermercados. Pero mamá y papá estaban atentos a todo. Nos cuidaban.

- Vamos, ya vino mi reemplazante - la voz de Tomás lo sobresalta.

Salen juntos, Francisco camina siguiendo el ritmo de Tomás, que no va rápido y le queda la impresión de que el indígena parece dar un zoom al ambiente, echar una mirada panorámica antes de cada paso, tiene ojos grandes y están atentos siempre. Va dos pasos delante de Francisco, como un líder, la calle es angosta, tampoco da para caminar libremente. Ahora está sucia de papeles, de bolsas de plástico y cajas aplastadas. Son huellas que dejan los sacoleiros. A cada momento Francisco escucha palabras en portugués. Es como si todavía estuviera en Santa Rita. Obrigados por aquí, obrigadas por allá y hasta algún nderasore, como para recordar que siguen en Paraguay.

No caminan mucho tiempo, Tomás se detiene ante un negocio oscuro, con las persianas semi cerradas.

- Este es el ciber- dice.

Francisco elige el cubil que le parece más limpio, se sienta y dice a Francisco.

- Enseguida termino, solo voy a escribir algo en mi muro.

Los mensajes de su hermano Pedrito parecen titilar en la pantalla: Volvé Francisco, mamá te necesita.

- Tomás, vení, te voy a mostrar algo.

Las fotografías de su álbum inundan la pantalla, son ellas, sus amigas, sus compañeras desde hace 7 años, las lindas brasiguayas que lo quieren y lo extrañan. Todas ellas posaron para él, el talentoso Mr. Francisco.

- ¿Quiénes son esas pendejas?

- Mis compañeras de colegio.

- ¡Que lindas che ra'a! ¿Son así de verdad?

- Sí, pero mis fotos las dejan mejor.

- ¿Vos le sacaste esas fotos? ¿Sos fotógrafo?

- Más o menos - Francisco abre la página de su padre y ve la imagen de él besando a su otra mujer.

- Maldita puta, maldita puta... - se levanta como para pegar una trompada a la pantalla.

Tomás lo sujeta. Shh, tranquilo Taguá, tranquilo... Pasada la ira, luego de sollozar y de calmarse Fran­cisco pregunta:

- ¿Por qué me decís taguá?

- Porque sos como un taguá, atropellas todo, no pensás. Vamos a comer afuera, cerca del río. Yo te voy a llevar a un lugar tranquilo.

En poco tiempo llegan a un barrio muy pobre, cerca de un río delgado y sucio.

- Es el Acaray, ahora está en reposo pero cuando crece es temible -explica Tomás- inunda todo por acá. Señala las casuchas de lata del barrio.

Entran a una pieza chica, de uno de los tantos inquilinatos que abundan entre los pobres, hace mucho calor, el techo de zinc despide vahos de altas temperaturas. Apenas caben allí una cama y una silla. Un alambre cuelga y de él penden las pocas ropas de Tomás.

El muchacho trajina algo sobre la mesa se va con una jarra en la mano. Al volver toma un mantelito limpio, dos vasos e invita a Francisco.

- Vení, vamos a un lugar más fresco a comer y a conversar.

Bajó la sombra de un ingá Tomás y Francisco comen y van estrechando esa amistad naciente.

- Ahora decime tu historia, qué escondés. Tenés que contarme porque ahora soy como tu hermano.

Están solos, en esa sala del hospital. La luz del sol entra por unas rendijas de la ventana rota, Francisco sabe que tiene que hablar. Y llora sintiendo desprecio por si mismo. ¿Qué hago acá sentado con un indio que quiere saberlo todo, cuánto más voy a tener que sufrir?

- Está bien, no te pongas nervioso. Sólo te pido que me cuentes si hiciste algo malo, si robaste algo, o si te persigue alguien. Hoy va a venir los policía que nos trajo anoche y no nos van a dejar tranquilos. Si nos llevan presos estamos jodidos.

- No, no hice nada malo, me escapé de mi casa.

- ¿Por qué? ¿Por qué dejaste a tu familia?

- Ya no me queda nada ahí, se acabó la familia, me iban a encerrar en un instituto.

- ¿Cómo se acabó la familia? ¿Qué pasó?

- Cayó una bomba y nos mató a todos.


 

CAPÍTULO DOS

JAKODE

 

Hoy vamos a comer tortuga. Ya se hizo de noche y sacamos dos del agujero de Mariano Ñojenai. Él nos llevó hasta allí y lo ayudamos a estirarlas desde donde estaban, una sobre otra, son muy grandes. Está anocheciendo y se encendieron las fogatas. Ponemos las tortugas en el fuego hasta que están listas, tienen muy dura las tapas pero las rompemos con piedras grandes. Se mueren asadas. Soy muy chico todavía pero ya me permitieron dar varios golpes. Mi padre es bueno conmigo, me enseña a pescar y a cazar. Nunca me pega.

Mi abuela me cuida, me da todo lo que consigue para comer, pero ahora que nos quedamos solos, está muy triste. A mi papá lo llevaron los blancos y ya no sabemos nada de él. Mi abuela me dijo que tenemos que llegar hasta la Misión nosotros también, no sé por qué quiere irse hasta ahí.

La pobre aguantó hasta que llegamos a la casa, a la Misión. Se murió en la puerta. Mi familia se terminó. Me quedé solo entre extraños, yo no entendía lo que me decía esa gente. Cuando vinieron los Klassen, me adopta­ron. Vivía con ellos, eran buenos conmigo, me enseñaron a plantar las flores en el jardín, me hablaban tanto hasta que aprendí algo de la lengua de ellos, pero cuando estaba solo les hablaba a las flores en ayoreo. No quería olvidarme de mi lengua.

Cuando era más grande fui a la escuela, en María Auxiliadora. Allí los Klassen se despidieron de mí. Volvían a Alemania.

- Tomás, tienes muy buena mano para las plantas. Tendrías que perseverar para ser un buen jardinero. Tus flo­res son las mejores y conste que con este clima es tan dificil mantener un cantero lozano - el padre Eulogio siempre le dice lo mismo, que tiene po prendé.

- ¿Dónde me dijo que vivía mi padre ahora? - Tomás está muy ansioso.

- Ahora mismo no lo sé, pero un ayoreo que lo conoce vino hace dos años, me contó que se había casado con otra mujer, que vivían cerca de Caaguazú o de Ciudad del Este. ¿Quiéres verlo?

- Es el único pariente que me queda, cuando salga de aquí quiero verlo y vivir con él.

- Mmm, ojalá pueda averiguar mejor dónde está, pero no se si su nueva mujer te va a recibir, no te hagas muchas ilusiones ¿Cuántos años hace que no se ven?

- No se, era muy chico cuando mi abuela murió, él se había ido antes.

- ¿Cuantos años tienes ahora? - En mi cédula dice 15.

- Pareces ser mayor. Siempre te observo, eres el que menos pelea, el que concilia, y mira que tus compañeros son terribles.

- Son muy buenos.

- Sí, no lo niego, pero vos sos diferente. Tenés con­diciones de líder hijo. Sos reflexivo, razonador, pacifista. Me he dado cuenta de que todos te respetan.

- Mis compañeros dicen que soy como la Jakode, la tortuga. Es muy sabia cuando piensa que hay un peligro, se esconde y sale otra vez cuando está segura que no le va a pasar nada.

- Puede ser que la tortuga sea sabia porque es muy vieja, pero un poco miedosa también y creo que tú no tienes miedo a nada.

Mi padre está vivo y sólo me falta un mes para salir de aquí. Es lo mejor Esta no es mi tierra, no es mi gente, yo no soy yo. ¿Qué mujer no recibiría a la familia de su esposo? Sí, voy a irme de aquí a trabajar de jardinero hasta que encuentre a mi papá. Después todo va a ir mejor

Los recuerdos son esquivos, uno los persigue, uno los necesita. En el hospital, Francisco lee un diario y Tomás, despierto ya, lo observa. Ese chico esconde algo pero se nota que es educado y que tuvo una vida mejor que ésta, de vago.

- Ey, Francisco ¿Qué estás leyendo?

- Un diario que me prestó la enfermera, es de ayer. ¿Qué tal estás? ¿No te duele nada?

- Si me duele el brazo, como si me estuvieran clavando, pero después estoy bien, ni hambre tengo. ¿Y vos?

- Súper bien. Después del desayuno vos te dormis­te. Vinieron dos policías. Quisieron saber qué pasó. Yo les conté así tal cual como fue el asalto. Uno me preguntó el nombre de la calle y yo no sabía, pero no dijeron nada. Van a volver más tarde. Comí una comida rica, que hacen para los acompañantes y después me bañé.

- Ahora contame tu vida, tengo que saber todo para que la policía no sospeche de nosotros, porque vos sos menor.

- Era un mediodía de domingo, papá había hecho pollo asado, él cocinaba muy bien, mi mamá estaba con­tenta, quería salir a pasear por la tarde. Mi hermano menor, Pedrito, también estaba feliz, nos habíamos peleado a la mañana porque me usó el celu y me dejó sin saldo, pero ya estábamos bien.

Después del postre, cuando nos íbamos a levantar de la mesa, papá dijo:

- Quédense, tengo que hablar con todos. Nunca lo había visto tan serio.

Empezó así "Hace 18 años que formamos esta fami­lia, con Rocío. Les di a todos un techo, comida y educación, cumplí con ustedes, pero ahora se terminó. Quiero ser feliz, me voy de la casa".

- ¿Estás loco? ¿Qué decís?

- No grites Rocío, no hagas escándalo porque no vas a conseguir nada. Me voy.

- ¿Por qué?

- Porqué tengo derecho a ser feliz, ustedes son grandes, van a arreglarse como mejor sepan.

Francisco se queda en silencio, con la mirada fija en quién sabe dónde.

-¿Y?

- Se levantó y se fue, no llevó nada. Abrió la puerta y se fue para siempre.

- ¿Qué hizo tu mamá?

- Se desmayó. Tuvimos que llamar al médico por­que no reaccionó hasta la noche. Desde ese momento está enferma. Tiene una depresión muy fuerte.

- ¿Cuándo pasó esto? - Hace 3 meses.

- ¿Qué hicieron ustedes, vos y tu hermano?

- Mi hermano intentó suicidarse, tuvo un ataque de nervios. Como mi mamá todavía no reacciona del todo y por su depresión no puede trabajar, no tenemos plata. Lo poco que ganamos nos da para comer pero para nada más. Mi hermano Pedrito y yo empezamos a trabajar, pero no nos alcanza y ya no podemos estudiar más.

- ¿No tienen parientes que los ayuden?

- No, todos viven en la Argentina, en el Sur. Mi otra abuela quiso llevarnos a su casa, pero la jueza dijo que nos internarían en un instituto. Mientras esperábamos que nos vengan a buscar me escapé.

- Dejaste a tu hermano solo. ¿Cuantos años tiene él?

- 15, él se va a arreglar, no quiso dejarla a mamá.

- No hay que separarse de la familia, es todo lo que tenemos, yo me quedé solo en el mundo y busco a mi papá, me hace falta. ¿Qué te pasa? ¿Estás llorando? Francisco, es mejor que llores acá y que te des cuenta de que hiciste mal.

Tenés que volver a tu casa.

- ¡No tengo casa! ¡No tengo nada! Ya te dije...

- ¿Por qué fuiste a Ciudad del Este? Allí buscabas a alguien.

- Supimos que mi papá vive ahí con otra mujer...

- ¿Es esa que salió en la pantalla de la computadora?

- Sí...

- Fuiste a verlo pero te escondías de él.

- No quiero hablar más de eso.


 

CAPITULO ONCE

HISTORIA DE LA VIEJININA

 

Luego llegaron las risas y las contorsiones de las artistas, de la música y los bailes donde participaron todos, hasta Francisco. Cuando estuvo cerca de la dueña del ranchito vio que las arrugas surcaban un rostro muy bello. Quedó muy sorprendido. De lejos parecía una chica y ahora que estoy cerca me doy cuenta de que es una vieja, parece buena y todos la quieren. ¿Cual será la historia de su vida?

Cuando Francisco se sentó -luego de tomar varias fotos- a beber una taza de cocido con leche, Lali se sentó a su lado y como una abuela experimentada comenzó un interrogatorio intenso.

- Así que sos fotógrafo, de dónde sos, es la primera vez que te veo.

- Soy aficionado todavía. Vivo allí, en la casa de Beto.

- Pero nunca te vi antes acá.

- No, llegamos anoche, me llamó la atención la chica y cuando vi los preparativos vine para sacar fotos.

- Ah, hablás de Rosa, la flor del zanjón. Nosotras venimos los jueves para ayudarla. Es muy buena pero está muy, muy... digamos que está desorientada, por eso no puede trabajar. Igual la cuida muy bien a su abuelita.

- Mirándola de lejos parece una jovencita, pero es mayor.

- Si, tiene 35 años. Mi hija Lali la llama la Viejini­ña, tiene una historia muy triste para contar. ¿Querés que te la cuente?- y sin esperar el si, Lali comenzó: "Ella quedó huérfana a los 7 años, a su mamá la atropelló un coche y el conductor se escapó. Entonces, como era hija única de padre desconocido, quedó desamparada. Tenía una casa que había heredado pero unos parientes desalmados la despo­jaron de todo. Por suerte Rosita no entendía nada y sufrió solo por la desaparición de su madre. Doña Amparo, la an­ciana que vive ahí en el ranchito, la recogió y la cuidó hasta que ella también cayó postrada por la vejez y la enferme­dad. Ahora Rosita la cuida a ella. Los vecinos del barrio la ayudan porque no siempre está atenta a todo. Se quedó loca cuando su mamá se murió, o tal vez por el hambre que pasó, no se sabe. Pero todas las tardes se baña, se arregla y se sienta a esperar a que su mami regrese. Nosotras la del elenco, hacemos lo que podemos.

- ¿Viven allí las dos solitas? Cuando llueva no van a poder correr si la señora está enferma.

- No sería la primera vez que la lluvia hace desastre pero siempre se ayudan entre vecinos, es la solidaridad de los pobres. Estoy segura de que vos vas a ser el primero en ayudarlas.

- Claro que sí.

- Ahora se hizo tarde y tenemos que irnos, pero la próxima vez me vas a contar todo. Vos no perteneces acá, sos sapo de otro pozo.


 

CAPÍTULO VEINTIDOS

UNA BODA EN LA DESOLACIÓN

 

Horas más tarde, nuevamente los tres muchachos vuelven al relato del circo. Francisco quedó muy impresio­nado al saber que su amigo estuvo enamorado desde tan pequeño.

- Es una cosa muy grande el amor ¿verdad Beto?

- Sí Francisco, es algo inexplicable y ahora que estás enamorado de Susana ya vas a ir comprobando.

- ¿Ni siquiera las hijas pensaron en salvar el circo?

- Eso era muy difícil. Las chicas eran jovencitas, no tenían tanta experiencia. La única solución que Natasha había encontrado era casarse con un estanciero, un poco viejo, hijo de un ucraniano amigo de Rostóvic. Cuando llegáramos a ese lugar, el circo se acababa. Natasha creía que allí, en la estancia de su marido, Rostóvic, podría mejorar de salud.

- ¿Fue así? ¿Te quedaste hasta el final?

- Sí, quería ver qué pasaba. La última función se hizo la noche antes de la boda. Rostóvic se mostraba tranquilo, saber que sus hijas no quedarían desamparadas, lo animó mucho. Y se entusiasmó con los caballos del futuro yerno, esa sería su ocupación.

- ¿Cómo fue esa última función?

- La mejor que yo había visto. Nibelunga se superó a sí misma y los conejos bailaron un tango canyengue que dejó boquiabiertos a los paisanos del público. Rostóvic y las hijas se pasaron. Yo los dejé al día siguiente de la boda. Seguí camino hasta llegar a este lugar que ahora es mi vida.

- ¿Extrañás la vida del circo?

- Extraño la libertad, esa vida sin programas fijos, viendo paisajes diferentes siempre, pero mi vida ya está encaminada. Ahora tengo que velar por mi hijo. Me costó mucho entender que salir a buscar la felicidad creyendo que está en otra parte, es una idea equivocada.

Días después, en la Terminal de Asunción, Francisco y Tomás se dieron un fuerte abrazo de despedida. Ambos cargan mochilas livianas, van en busca de sus raíces.

- Cuidate Jokade.

- Vos también Taguá.

 

 

 

 

 

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