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Arte Franciscano y Jesuítico
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Presentación

ARTE FRANCISCANO

Es la gran obra realizada por la congregación religiosa de los Franciscanos llegados a esta parte del continente en el siglo XVI, y allá por los años de  1575 y 1606, se estableció en el Río de la Plata, creando conventos en Santa Fé (1574), Asunción (1580), Buenos Aires (1583), Concepción del Bermejo (1604), de Corrientes y Caazapá, en 1606, la más importante en el Paraguay y en el Río de la Plata. La imaginería barroco-guaraní, la platería y la música son pruebas de la prosperidad alcanzada en esas comunidades. Hoy en día, ciudades y pueblos como Caazapá, Atyrá, Altos, Itá, Tobatí, Jejuí, Ypané, Guarambaré, y Yaguarón mantienen esos rasgos culturales y ejemplos del paso de los misioneros en iglesias, construcciones varias.

Las reducciones franciscanas contaban con talleres artesanales de gran calidad y prestigio Los inventarios de la época hablan de magníficas piezas salidas de los talleres de carpintería, imaginería, tejeduría, sastrería, platería y otros. Existen objetos de oro y plata, que son producción artesanal de Caazapá, como las vinajeras, copones, patenas, cálices de plata labrada, cruces, candelabros, etc.

Las tallas en madera eran representaciones de santos, púlpitos, altares, nichos, etc,  realizados en maderas preciosas, pigmentados, por los maestros europeos y seguidos por los alumnos indígenas quienes siguieron la tradición y enseñanza, pero con sus aportes estéticos notorios, a la que se denominó en ciertos casos «mano mixta».


ARTE JESUÍTICO

La Reducción Jesuítica fue fundada en febrero de 1604, separada de la del Perú y en 1608 llegaba el primer provincial al Paraguay, durante la gobernación de Hernandarias. Los Jesuitas actuaron hasta su expulsión de España y de todos sus dominios en 1767.

Aunque encuadrada dentro de la política colonial oficial basada en el trabajo de indios, la fundación de las reducciones jesuíticas tuvo además el objetivo de liberar al indígena de los excesos de la conquista cuestionando el esclavista régimen encomendero que había llevado al límite la explotación de los pueblos aborígenes.

El arte jesuítico contribuyó también para la evangelización, que era la principal meta de los misioneros y así asumieron las imperfecciones en las tallas copiadas de simples estampas traídas de Europa, ante la precariedad de medios en el nuevo continente. Estas limitaciones se debían a la imposibilidad de contar con obras originales que sirvieran de modelos, y en el caso de las esculturas para entender la profundidad y volumen en su tridimensión.

Al igual que el Arte Franciscano, hay ejemplos de Arte Jesuítico, en diversas ciudades del Paraguay, de la Argentina, Uruguay y Brasil. De los talleres de las reducciones salieron tallas religiosas, como las imágenes de santos, altares, retablos, nichos, instrumentos musicales.

Las misiones jesuíticas están localizadas en la Misión del Paraná, la del Guairá, la Misión en los Guaicuru, frente a Asunción, y la de los Itatines o Tanimbú.


Fuente: DICCIONARIO DE LAS ARTES VISUALES DEL PARAGUAY, de LISANDRO CARDOZO,

con el auspicio del FONDEC, Asunción-Paraguay 2005.

 

 

EL PAPEL DEL SANTERO EN LA COLONIA Y HASTA HOY

Ensayo de JOSEFINA PLÁ


¿Quiénes fueron y cómo fueron los artesanos que en esta tierra se encargaron de dar a la fe, preferentemente a la anónima y humilde, a la de los simples de corazón, una imagen —literalmente hablando—: un símbolo visible de la creencia, un asidero a los sentidos para comunicar, a través de él no sólo un Dios, sino también con el semejante creyente? Es poco lo que la historia nos dice del santero en el pasado: poco lo que la gloria dice de él en el presente. Pero él está donde la fe popular le reclama, y lo poco que de él sabemos debe serle testimonio.

*****

En el velamen de las carabelas heráldicas figura estampada la cruz. En la entraña de los navios el crucifijo acompañó la vigilia del navegante. Cruz en mano desembarcaron los conquistadores y la cruz señaló el lugar de la primera capilla que en la tierra nueva erigió; a modo de nave de Loreto anclada bajo nuevos meridianos. Esto no es simple figura; los jesuitas tuvieron muy en cuenta el símbolo, cuando ordenaron que en cada Misión Guaraní hubiese una capilla de Nuestra Señora de Loreto, con las mismas dimensiones de la Santa Casa, (aunque este último detalle no podemos saber si se cumplió; la única capilla que de la Virgen de Loreto se conserva es la de Santa Rosa, que no se ajusta por cierto a esas medidas).

A la par del Crucificado llegó a estas playas la Virgen. La primera, la Virgen de la Concepción, patrona y custodia de la nave capitana de Mendoza. La acompañaron sin duda, algunas otras imágenes más pequeñas y humildes, traídas por los colonos en sus magros equipajes; y no dejaría de contarse entre ellas la Virgen del Mar, patrona de los navegantes.

Cuando las mujeres españolas llegaron en mayor número y los hogares se estabilizaron por sacramento en forma relativamente masiva, las capillitas y nichos familiares, que ya existirían (aunque en escaso número seguramente) albergaron con definitiva atención y esmero las imágenes del Santo patrono o dueño o la dueña de casa, o del Santo preferido.

No siempre, sin embargo, en los tiempos siguientes, debieron ser esos objetos venerados, testigos confidentes y mediadores de congojas y alegrías, fáciles de adquirir —la pobreza del colono se complicaba con el aislamiento—. Durante el siglo XVII (siglo de mortal postración para el Paraguay, en frase de un historiador) pocas fueron o ninguna las naves que llegaron directamente desde la metrópoli a estas playas. Sin embargo, sabemos que, interpósito el puerto de Buenos Aires, el tráfico funcionó durante el mencionado siglo; y entre los objetos importados, especialmente mediante los buenos oficios de los jesuitas, figuraron libros e imágenes; encargo de colonos que podían tomarse esa confianza con los Padres.

Andando el tiempo y mejorando un tanto las finanzas de la colonia, las familias pudientes hicieron traer esas imágenes, de mejor hechura y de mayor tamaño, desde los talleres andaluces o desde Italia; e inclusive más tarde desde el Altiplano. Aún pueden identificarse algunas de estas imágenes entre las que figuran en colecciones particulares o simplemente formando parte del patrimonio de familias tradicionales. De todos modos, el número de imágenes importadas nunca pudo ser muy grande, ni la importación alcanzó a niveles que no supusieran posición y fortuna.

 

SANTOS, SANTOS, SANTOS SE NECESITAN

El problema de adquisición de imágenes a la medida de las necesidades rituales o piadosas, había en realidad surgido como tal ya al fundarse los pueblos que reunían a la convertida grey indígena. Ese problema tenía dos aspectos: Primero, el de provisión de ornamentación e imaginería o simples capillas para las iglesias; segundo: Provisión de esos símbolos del culto a los hogares cristianos en creciente número: y, por supuesto, a los conversos, también más numerosos cada vez.

El primer problema no sabemos hasta qué punto pudo ser acuciante para las Misiones franciscanas y las parroquias, donde, avanzando el tiempo, y llegada su hora, intervino, en medida apreciable, mano extraña. Como se resolvió esta necesidad en los años heroicos de la conquista, no tenemos hasta ahora modo de saberlo sino a través de deducciones sobre la base de hechos más o menos indirectos, conocidos.

Con la Armada de Mendoza llegaron por lo menos dos tallistas, los hermanos Bresciano, de quienes consta tallaron el escudo de armas de Irala, para adornar el frente de su casa a estilo de la lejana casona solariega. Casa para la cual se había ya tallado previamente las puertas: señal de que no se trató de unas puertas cualquiera, sino realmente de unas puertas señoriales; ya que unas de simples cuarterones podría haberlas trabajado un carpintero de oficio; de los cuales más de uno vino con la Armada.

Ahora bien, ¿por qué no suponer que los hermanos Bresciano pudieran también realizar otros trabajos de talla, no más difíciles que la talla de un escudo de armas, y entre ellas imágenes para los hogares de la colonia...? Suponer, digo, ya que datos no hay.

Desaparecidos seguramente los hermanos tallistas un poco antes o después de 1585, por esta fecha estaban ya allí los jesuitas, que gustosos, como más arriba se dijo ya, se encargaban de traer desde España o Italia las imágenes y libros que algunos les solicitaban; y cuya cuantía, lógicamente, no pudo nunca ser muy grande.

Un testamento, otorgado alrededor de 1556, enumera, entre los bienes dejados por un platero, “un latar”, pequeño; altar doméstico, pero de todos modos, un objeto que no se trae en el bolsillo y que de alguna manera tuvo que llegar acá. Quizá en la famosa nave de Pancaldo.

No sé si todos conocen la historia de esa nave, que debía llegar hasta el Perú, vía Estrecho de Magallanes, llevando allá atuendos fastuosos, ricos tapices, jubones bordados en oro; ropas como para vestirlas los flamantes dueños de los tesoros de Coricancha. Pancaldo, como todo comerciante en tales emergencias, pensaba sin duda pescar truchas a brazos enjutas pero los cálculos le salieron mal. La nave portadora de tan coruscante mercadería recaló forzosa en Buenos Aires. Los colonos que aún residían allí nada le pudieron comprar: eran tan pobres como las ratas de la iglesia que no tenían. El dueño y armador, que iba, por supuesto, a bordo, se dejó persuadir a pasar a Asunción, donde seguramente los conquistadores ya para la fecha nadarían en oro, y le pagarían en pepitas gordas como pomelos. Pancaldo llegó acá, y acá tuvo que vender su fantástico cargamento, pero no pudo cobrar ni un pañuelo al contado. Vendió todo “a cuenta del oro que hallarían”. Y aún se encuentran hoy en los archivos recibos de ese tenor; seguramente los que le sobraron a Pancaldo después de empapelar con ellos su casa.

¿Por qué no pensar que entre tantos vestidos y trajes bordados, tapices, vajillas, no trajese Pancaldo también algún altarcillo doméstico de buena talla, alguna linda imagen? Claro que otra vez tropezamos con la incógnita: cómo se surtían de los indispensables Crucifijos, Purísimas, Santas Patronas vírgenes o viudas, Santos Patronos -fuesen ellos San Francisco, San Ignacio, San Luis, San Juan Bautista, Santa Inés, Santa Lucía, Santa Bárbara— los pobres; aquellos que nada podían hacer traer de allá lejos, por no tener con qué ni con quién?

Aunque seguimos careciendo de datos concretos, podríamos arriesgarnos a pensar que así como vinieron, en esos años, plateros y orfebres, a prueba de engaños y desengaños, pudieron venir también tallistas o imagineros modestos quien de seguro encontrarían aquí más quehacer que los batihojas; ellos podrían haber satisfecho esa necesidad sobre todo si en vez de trabajar aislados y solitarios, instalaron talleres, instruyendo a artesanos nativos (mestizos o indios) en la tarea. Hay razones deductivas para creer que en esa forma funcionaron talleres en los pueblos de fundación y régimen religioso franciscano, o en las parroquias.


EL PROBLEMA EN LAS MISIONES

En las Misiones Jesuíticas el problema de producción imaginera, aunque un tanto con retraso, fue más considerable, ya que desde el principio se planteó, no sólo la necesidad de grandes iglesias y de un culto cuyo esplendor apoyase la prédica de la fe, sino también colocar masivamente estos signos intermediarios de la fe en manos del indígena (los indios, por ejemplo, llevaban cruces al cuello: no se dice nada de las mujeres, pero podemos suponerlo).

Fue resuelto sin embargo el problema con simplicidad eficazmente autárquica, formando cada Misión sus propios talleres, y en ellos sus imagineros. Fueron imágenes de la Virgen las más, de las cuales nos han quedado referencias o testimonios tempranos. Ya en el primer tercio del siglo XVII el Hermano Berger en Itapúa pintaba una imagen de la Concepción que aún se conserva en Santa Fe; y un cuadro con los Siete Arcángeles para la Misión de Tayaobá (destruido seguramente cuando esta Misión lo fue por los bandeirantes), y hasta hoy se admiran, aunque no en el país, dos imágenes de la Virgen pintadas en Misiones; una de ellas firmada por el indio Kabiyú.

Las imágenes de talla son más numerosas y atestiguan el grado de pericia alcanzado por el indio misionero bajo la dirección de los jesuitas. Por supuesto, no dejaron de importarse modelos, y desde luego también las imágenes principales de los altares mayores; especialmente de Santos de la Orden.

En las Misiones se realizaron, también, según indicios, estampas; pero ni una sola de éstas ha llegado hasta nosotros. La imagen de San Juan Nepomuceno, fechada en San Ignacio y en 1728, que por mucho tiempo se creyó obra misionera, hoy está fuera de duda de que no lo es, y que hay que atribuirla a las Misiones de Chiquitos, o por lo menos a un indígena allí formado.

 

MAS SOBRE EL SANTO EN EL TALLER COLONIAL

Parece indudable pues que durante el siglo XVII y una parte del XVIII funcionaron en la colonia talleres de imaginería; aunque resulta imposible precisar qué envergadura pudieron alcanzar esos talleres, o cuáles fueran las obras de importancia que pudieran realizar: nada queda de las iglesias de esta área levantadas durante ese período y que insumieron muy probablemente una parte apreciable de ese esfuerzo. Sólo tenemos testimonio directo, por viajeros de mediado el XVIII, de que en Itá y en Yaguarón funcionaban talleres de talla y taracea de muebles y cajas; pero nada nos dicen de la realización de imágenes.

Más documentos tenemos de la época posterior al medio siglo XVIII, cuando realmente adquieren importancia las iglesias de esta área, mediante la intervención de dos factores: primero, la venida de maestros del exterior, como Sousa Cavadas “que mucho hizo adelantar a los indios en este arte”, según frase de Aguirre; y la expulsión, pocos años más tarde, de los jesuitas; hecho que quizá tuviese reflejo en el vuelco, en cierto porcentaje, de artesanos tallistas misioneros al área. Cierto que no so ha hallado aún prueba de ello, pero tampoco la hay de que se volcasen a Buenos Aires, como se ha dicho a menudo.

Un detalle que vale la pena creo anotar. Repasando las listas de esclavos que se dan en testamentos y otros documentos coloniales, sobre todo a los efectos de evaluación para las subastas, encontramos esclavos de todos los oficios; pero no encontramos ni un solo tallista o imaginero. Nos formulamos la pregunta de si ello no se creación de imágenes, es decir, que existió al respecto alguna inhibición o un común consenso. No creo se deba a la ausencia de genio creativo en el esclavo; sabido es el potencial de la raza en ese aspecto.

Por otro lado sería interesante conocer algo acerca de los tallistas y obreros del templo de Emboscada, que reproducen en varios detalles, con toda la ingenuidad nativa, motivos del templo de Yaguarón: no sabemos si a través de este o el de su primera copia, Piribebuy.

Antes de hablar de la salida de los jesuítas de las Misiones, querríamos plantear por lo menos la pregunta de si esos talleres, que trabajaron sin descanso durante toda su historia, pero especialmente durante los dos primeros tercios del siglo XVIII, no pudieron surtir en cierta medida las necesidades de la colonia. Los jesuítas exportaron en más de una ocasión trabajos para iglesias de la Provincia; inclusive a Buenos Aires. A raíz seguramente de este éxito enviaron allá cargas de imágenes sueltas, que no tuvieron tanto éxito. Pero es posible que en la colonia, donde existía una masa humilde ansiosa de poseer esas personificaciones de su creencia en la intercesión bienaventurada y en los favores de los próximos al Señor, tuviesen mejor acogida.

Aunque las relaciones entre la colonia y las Misiones no siempre fueron cordiales, no dejarían de existir de cuando en cuando entre ambas áreas ciertos contactos comerciales, especialmente al nivel religioso, es decir, entre Ordenes. Entre estos contactos podría haberse contado la adquisición de imágenes para surtir a los creyentes que no poseían haberes como para hacer traer imágenes de Europa: el pueblo humilde para quien la creencia no acababa de tener su sentido sin la imagen que lo corporizara: o la prestación, por así decirlo, de algún artesano tallista o imaginero en tal cual emergencia. Las relaciones entre jesuitas y franciscanos, si no siempre fueron de las de a partir un piñón, fueron, en otras épocas, cooperativas, y no descartarían colaboraciones de esta índole.

Alrededor del tema producción franciscana—producción jesuítica, se suscitan a diario cuestiones de discriminación, difíciles, por no decir imposibles, en más de un caso, de resolver. Esta diferenciación, así planteada y el por qué de las dificultades para una respuesta concreta (con pocas excepciones de piezas individuales) es de largo desarrollo, y no vamos a intentar esa respuesta aquí, donde no es el tema.

Regresamos pues a lo nuestro: a las imágenes de aquellos tiempos y las dificultades para conseguir su piadosa compañía.

 

LA EXPULSIÓN DE LOS JESUITAS

La expulsión de los jesuitas ya mencionada introdujo cambios importantes en esta situación. Los talleres misioneros se desintegraron, y no sabemos en qué medida los obreros en ellos formados contribuyeron, ahora sí, a engrosar la corriente artesanal en el área no jesuítica; pero no cabe duda de que los artesanos trabajaron por su cuenta en todo el territorio en mayor cuantía a partir de la fecha, estableciendo al margen de la disciplina de taller una tradición efectiva. Es en esa época seguramente cuando más floreció la artesanía del lado colonial; y hasta llegaron los santeros a firmar sus piezas, como el santero Natalicio Benjamín firmaba sus Cristos en el primer tercio del pasado siglo; y antes de mediar el mismo, era muy conocido y apreciado el santero Astigarraga, autor de imágenes para templos capitalinos.

La piedad popular transmitía de generación en generación las imágenes en la familia (generalmente por línea femenina). Sobre todo el Crucifijo, compañero de agonías, que las devotas deseaban se lo pusieran entre las manos al morir. Pero como es lógico también, estas imágenes familiares eran perecibles y se hacía preciso renovarlas o adquirir otras. Así pudo continuar, sobreviviendo sin altibajos la artesanía.

La guerra grande, al arrasar con la población masculina, arrasó también con la artesanía, empobreciéndoles no sólo en material humano, sino también en el caudal creativo. Las mujeres al abandonar sus hogares ante al avance del enemigo habían llevado consigo al santo preferido; no los podían llevar todos; al regreso, hallaron o no los santos abandonados; se hizo necesidad espiritual reponerlos. Y la artesanía, aunque empobrecida, resurgió. Se sucedieron los santeros campesinos que se organizaron en taller individual, con algún aprendiz; a veces transmitiéndose de padres a hijos, como antes, el oficio y la clientela.

Preguntado en efecto a algunos de estos santeros, quiénes fueron sus maestros, los más contestan haber aprendido el oficio de su padre quien a su vez lo había aprendido de su abuelo; aunque también se da con alguno que aprendió con el sacerdote párroco de su iglesia: sacerdote español o italiano venido del exterior. Estos talleres, nunca numerosos, lo fueron menos al correr el tiempo, o al menos así parece.

Así, desde la guerra grande, sólo en algunas localidades se los hallaba, y había que viajar para encontrarlos.

Los santeros disfrutaban de cierto singular prestigio. Y es curioso que fuese en Misiones donde menos se los encontraba. Pero el santero era alguien. Tratar con santos, tener el poder de plasmarlos con apariencia y atributos propios, les impartía, como por contagio, cierta aura carismàtica. Lo cual no les impedía por cierto rendir culto a las imágenes de carne y hueso de cuando en cuando. En efecto, aunque la mayoría fuesen hombres casados y casi tan santos como los de su hechura, alguno había que no era de palo; y yo supe de uno, a quien conocí cuando corría como liebre huyendo de tres mujeres a la vez, no precisamente porque fuese réplica triplicada del casto José.

Desde lejanos pueblos y compañía llegaban pues, y llegan hasta hoy, las devotas a traer al santero, hacedor y medico de imágenes, su santo, al cual las velas encendidas en su honor habían tomado en un descuido por alimento; o manco o descabezado en algún accidente doméstico; o simplemente perdidos colores y dorados al correr de los años. El santero reponía la mano perdida; pegaba la furtiva cabeza o le componía una nueva: repintaba vestiduras y peanas. En más de una ocasión, bajo una capa de pintura ordinaria quedaba oculto un delicado estofado original; pero el santo volvía a verse entero y flamante de color, y esto era lo que se buscaba.

A veces sin embargo la pérdida es irreparable, y la devota necesita un nuevo santo, que el santero talla esmerándose en lo posible. Unas veces guiándose por la imagen homónima de la próxima capilla o Iglesia (pocas veces ya original, a veces copias, hasta copia de copia). Otras, de acuerdo a la estampa que la devota le trae, o que él posee. Otras veces, finalmente, de memoria. Porque hay santos que a fuerza de repetidos, por frecuentes en la devoción popular, han fijado sus rasgos en la imaginación y en la mano del santero, que los ejecuta en el tarugo cada vez sin necesidad de modelo alguno. Así, San Juan Bautista, San Miguel, San Onofre, Santa Lucía.

Y no faltó, ni falta, aún, el caso —desastroso y comprobado— en el cual la dueña del santo, de haberes escasos pero deseosa de que su imagen estuviera a la moda, y para no ser menos que su vecina, que se hizo traer una imagen de vestir a la cual emperifolló con brocados, satenes y encajes (sin olvidar los zarcillos par las orejas o los collares y cadenas de oro: auténtico todo) llevó al santero su hermosa imagen de un barroco flamante, y le hizo pasarle y repasarle garlopa hasta dejarla convertido el cuerpo en una especie de reloj de arena, sobre el cual, satisfecha de las amplias posibilidades de transformación que ello le ofrecía, modeló los paños, ahora de seda o de encaje, o de raso bordado, y colgó, con devota complacencia, su mejor cadena o rosario de oro.

A veces, mediante también la intervención de la providencial garlopa (no utilizada aún en los salones de belleza para la remodelación corporal, por razones obvias) y alguna otra maniobra aumentativa o disminutiva, el santo o santa adquiría la posibilidad (prevista, por supuesto) de cambiar de advocación: una Virgen del Carmen podía pasar a ser Virgen de la Candelaria; San Antonio rejuvenecía a San Franciso, o viceversa. Casos raros, repito, pero no tanto que entre tantas imágenes no se dé con alguna experimentados cambios que podríamos analogar a los de la cirugía plástica, puesta en ciencia—ficción. Y al mismo mecanismo obedecen los casos de los santos apea dos de alguna vistosa peana para ocupar otra, modesta, hecha de heteróclitas rodajas. O de Cristos añejos colgando cruces recientes, y viceversa; o de distinta procedencia, como sucede en el Cristo que se dice propiedad que fue del Obispo Palacios.

Es muy posible que a la par de las imágenes de talla hayan llegado a la colonia (y desde fecha temprana, de Europa, ya que no de las Misiones), las estampas; pero no hemos podido hallar documento alguno sobre esta importación, hasta fecha muy tardía, ya dentro del XIX. Y si de esta fecha son pocos los testimonios supervivientes menos lo son aún los del XVIII, aunque alguno existe: y ninguno de fecha anterior. Ello sin embargo no es de extrañar, dado lo difícil que resultó siempre la supervivencia de tales materiales en el clima local.


LOS SANTOS PATRONOS

Entre las imágenes de veneración preferente local, aparte el Crucificado y la Virgen bajo distintos carismas, que no faltan en ningún nicho y son las imágenes más frecuentes en la agenda laboriosa del santero, se encuentra San Isidro, el patrono de las faenas agrícolas, el protector del surco próvido, cuyo culto cubrió todo el territorio, pero especialmente las Misiones, donde los jesuítas le tributaron atención diaria: era él quien acompañaba los pasos del campesino de Doctrinas en sus idas y venidas cotidianas al trabajo del campo o intercedía por él en las duras sequías como en las lluvias anegadoras. San Isidro, con su antiguo traje español, donde destaca el gracioso sombrerito, guía una pareja de bueyes del tamaño de ovejas, casi siempre overos (no por superstición o por liturgia, sino simplemente porque así los bueyes destacan más sobre la peana verde y junto a la ropa oscura del santo).

Otra imagen cuyos rasgos fluyen como los de la propia firma de manos del santero, es San Roque, el santo llagado y patrón de los perros, en cuyo honor cada año las viejas piadosas organizan hoy en remotos lugares un banquete para todos los canes hambrientos. O Santa Lucía que ofrece en un plato dos ojos, sin duda de repuesto, ya que ostenta impertérrita otros dos en la cara. Santa Lucía dio su nombre a un humilde yuyo cuyas flores de un bellísimo azul dicen son buen remedio para los ojos enfermos. El culto de esta mártir comenzó muy temprano en tierra guaraní, donde al parecer las conjuntivitis se ensañaron de entrada con los españoles. Recuérdese el caso del rebelde Abreu, al cual pudieron sorprender y matar, fugitivo, porque estaba cegado por la conjuntivitis.

San Miguel Arcángel, guerrero siempre victorioso, es una imagen con muchos detalles que el santero realiza, por decirlo así, con los ojos cerrados: de tal modo son numerosas las imágenes que él realiza en su vida y numerosos devotos. Las iglesias de Doctrinas contaban siempre por lo menos con una imagen de gran tamaño de este Arcángel patrón de los combatientes; era figura presente siempre en las danzas de cuenta y los autos misioneros.

Otras de las imágenes realizadas prácticamente de memoria, son: San Antonio, el santo casamentero, al cual ignominiosamente se le coloca cabeza abajo cuando falla en lo que de él se espera, y cuya imagen es alguna vez objeto de obscenos juegos cuyo origen sería curioso investigar; Santa Rosa, que lleva en los brazos al Niño, insigne privilegio, sin ser su madre; San Onofre, el de la pudibunda cabellera; Santa Librada, crucificada como Nuestro Señor, y que por cierto es uno de los santos cuya figura ofrece plásticamente más interesante e ingeniosos rasgos primitivos, quizás porque a ello se prestan las mismas premisas plásticas.

En cuanto a Nuestra Señora, no falta en ningún nicho: es la imagen preferida de las mujeres —el varón paraguayo no es en especial devoto de Nuestra Señora—. Las cofradías masculinas cuya Patrona fuese la Virgen no parecen haber sido muy numerosas en la colonia. Pero sobre todo Cristo, el Crucificado con su cuerpo ingenuamente estilizado, mapa de llagas es el cual se complace el santero en poner de relieve la crueldad del hombre y el sufrimiento de El por redimirnos.

Una característica de los nichos (capillas en miniatura) suele ser, entre la gente humilde sobre todo, el albergar varios santos, que representaban no siempre una variedad o reparto de devociones, sino a menudo simplemente el resultado de una acumulación por herencia, o el aporte de adultos arrimados a la familia.

La larga y paciente vigilancia jesuítica consiguió sin duda mantener la pureza de la fe dentro de sus esquemas elementales, mientras ellos estuvieron al frente de las Reducciones. Podemos estar seguros de que si en el país se encontraron —y se encuentran, es positivo— imágenes no litúrgicas, como lo son los Crucifijos con el ángel que recoge la sangre del costado; o aquellos en las cuales la cruz ostenta pintada la Triple Faz (la Trinidad) ellos son, no forzosamente posteriores a la expulsión jesuítica, sino simplemente no pertenecientes a esa área, sino a las parroquias, franciscanas o no; sus modelos llegaron del Altiplano; probablemente desde mediados del XVIII, como otros objetos de arte religioso altiplánico.

Cabe igualmente observar que también una vez ausentes los jesuítas, y a pesar de la vigilancia de los frailes sacerdotes en la colonia no se pudo evitar en más de un caso que ciertas formas del culto o ciertas expresiones devotas hayan hecho sincretismo con creencias animistas o supersticiones de diverso origen, o suscitado colaboraciones de orden semántico. Así la fantasía popular librada a su ingenuidad ha dado como resultado ciertas risueñas confusiones, que para nosotros orillan la herejía y que salva sólo la SANCTA SIMPLICITAS. Sobre todo merecen atención, por la forma ingenua y casi divertida en que se han introducido en los nichos populares, dos figuras, objeto de culto más o menos explícito. Son ellos SAN LA MUERTE y SAN SON.

SAN SON es sencillamente el forzudo héroe bíblico, y debe sin duda su puesto en el santoral popular a la engañosa primera sílaba de su nombre. Numerosas figuritas de menudo tamaño nos lo muestran montando un león, al cual no siempre se preocupa de desquijarar. (En la imaginación popular, el solo hecho de usar como corcel esa fiera debía ser lo suficientemente prodigioso). En el Museo de la Plata se encuentra una figura de buen tamaño procedente de nuestras Misiones que aparece en el catálogo como FIGURA DE DANIEL, y en la fachada de la iglesia de Yaguarón un medallón de piedra arenisca ofrece en relieve la misma escena.

En cuanto a SAN LA MUERTE, es indudablemente la forma en que vino a cuajar, curiosamente, la idea de la SANTA MUERTE, aspiración de todo buen cristiano; noción fundida, por uno de esos procesos singulares de cauce analógico o semántico en que abunda el folklore, en la otra idea del personaje descamado y portaguadaña que llena las láminas de postrimerías. SAN LA MUERTE en efecto es representado como un esqueleto, con la guadaña al hombro, o en la mano: más frecuentemente lo último.

El aislamiento y la pobreza del área, que se reflejaron como es lógico más agudamente e las poblaciones campesinas, hicieron que acá llegasen más tardíamente y en menor número las acarameladas imágenes de yeso, última delicuescencia industrial de una gloriosa artesanía. Pero llegaron, como llegaron luego las de plástico, inclusive las fluorescentes, que encandilan a las ingenuas campesinas.

Los nichos populares van relegando sus viejos santos en beneficio de esas imágenes flamantes, bien acabadas, cuyo realismo en el detalle encanta la infantil fantasía devota.

Es así como los santeros pudieron eventualmente llegar a entrever, hace unos años, la lenta extinción de su escaso gremio. Vino sin embargo el turismo, que descubrió los valores ingenuos de esta artesanía, y que se disputa las figuras a menudo de un gracioso expresionismo, portadoras de un espontáneo encanto cuya simplicidad es una de las cifras más auténticas del espíritu de nuestras gentes de pueblo. Y el gremio se salvó, y prosperó.

Como contrapartida sin embargo de este salvamento material, podría perfilarse para esta noble artesanía el peligro que ya se cernió efectivo sobre otras: el de su desnaturalización, al servir, más o menos conscientemente, las sutiles sugerencias del gusto de la clientela. Esperemos sinceramente que ello no llegue a ser un hecho, y que esta talla popular siga siendo, como toda artesanía: reflejo fiel de una tradición, que vale tanto como decir, un rasgo definitorio de nuestra espiritual fisonomía.

Fuente: REVISTA 1984 DEL PEN CLUB DEL PARAGUAY

Editorial EL LECTOR

Asunción – Paraguay. Setiembre de 1984 (121 páginas)

 

 

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