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ALFREDO STROESSNER MATIAUDA


  FORJADORES DE LA HERMANDAD ARGENTINO-PARAGUAYA


FORJADORES DE LA HERMANDAD ARGENTINO-PARAGUAYA

FORJADORES DE LA HERMANDAD ARGENTINO-PARAGUAYA

PRESIDENCIA DE LA NACIÓN ARGENTINA

SECRETARÍA DE PRENSA Y DIFUSIÓN

 

 

         Intérprete y alma de la solidaridad de los Pueblos americanos, el General Perón consolida con definitiva grandeza la amistad argentino-paraguaya, la entrañable fraternidad de dos Pueblos unidos en los albores de su común historia, en la pasión heroica puesta en la epopeya de su independencia.

         En Perón y Stroessner, depositarios del designio y voluntad de sus Pueblos, Argentina y Paraguay estrechan renovados vínculos de amistad y acción solidaria, vínculos de gravitación continental que trazan una trayectoria de compenetración y reciprocidad en la afirmación patriótica y en la obra dignificadora.

         La visita del General Perón al Paraguay, el 15 de agosto de 1954, que coincidió con la asunción al mando del General Alfredo Stroessner, presidente constitucional del país hermano, representó el cumplimiento de un mandato de singular grandeza: la devolución de sagradas reliquias pertenecientes a la patria guaraní. El Altar de los Trofeos, levantado en la ciudad de Asunción en medio de un sentimiento de devoción profunda, cobra el significado de un monumento histórico, a la vez que corporiza un luminoso ejemplo ante los Pueblos del mundo.

         Argentina y Paraguay sellan un pacto de auténtica unión sustentada en los más firmes principios morales, y ese pacto de fraternidad está refirmado en el abrazo de Perón y Stroessner, dos hombres que determinan el nuevo espíritu americano, fieles a las gloriosas tradiciones patrias, síntesis de las virtudes de sus Pueblos.

         La presente publicación consigna las palabras del Presidente de la República del Paraguay, General Alfredo Stroessner y del General Perón en el acto popular realizado en el estadio del Club Cerro Porteño; los discursos pronunciados por ambos mandatarios en el acto de entrega de las reliquias históricas; la alocución del historiador paraguayo Juan E. O'Leary, en el mismo acto; el discurso del General Stroessner al entregar al General Perón el diploma de General de División Honoris Causa del Ejército Paraguayo y las palabras del Presidente argentino agradeciendo la honrosa distinción. También se transcribe el mensaje del Poder Ejecutivo del Paraguay acompañando el proyecto de ley por el que se designa al Geneal Perón Ciudadano Honorario del Paraguay y el texto de la ley sancionada.

 

 

 

PALABRAS DEL PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA DEL PARAGUAY

GENERAL ALFREDO STROESSNER

EN EL ACTO POPULAR REALIZADO EN EL ESTADIO DEL CLUB CERRO PORTENO

 

15 de agosto de 1954

 

         Vengo como depositario del sentir y de la voluntad de la ciudadanía paraguaya, en cuyo nombre asumí hoy la suprema magistratura de la Nación, a iniciar este grandioso acto popular en que se han unido en un solo haz los corazones que palpitan bajo el cielo de la Patria, para dar la bienvenida al Jefe del Estado y al Abanderado Sanmartiniano de la gran República Argentina, General de Ejército Juan Perón.

         Vengo en el primer día de mi gobierno, instaurado hoy, con mi compromiso de ciudadano y de soldado, para levantar al Paraguay, con el apoyo de todos mis compatriotas, a la altura de su histórico destino, a cumplir esta misión maravillosa y sellar con las manifestaciones del alma de mi pueblo la fraternidad de dos naciones que reconstruirán su sendero para marchar unidas hacia las más nobles conquistas del porvenir.

         Y este hecho se produce en el día del aniversario de la ciudad de Asunción, cuatro veces centenaria, cuyos siglos, cargados de procesos humanos al servicio de la justicia, de la independencia y de la libertad, la justifican ante la Historia como empresaria moral y material de las expediciones que ampararon los centros cardinales de la conquista y fundaron, con el concurso del brazo y del alma guaraníes, para gloria del Paraguay y del Río de la Plata, la hoy noble, gallarda y poderosa Buenos Aires, de donde partieron los briosos granaderos hacia las cumbres de los Andes y de la fama, para encontrar en San Lorenzo al paraguayo José Félix Bogado, quien, después de recibir sus ascensos de manos de San Martín y de Bolívar, estaba destinado a regresar a la metrópoli argentina con los últimos sobrevivientes del ejército    del magnífico Libertador de América.

         Llega hoy a nuestra tierra este nuevo abanderado sanmartiniano, para quien se abren de par en par todas las puertas del corazón del pueblo del Paraguay; y llega este elegido por el destino para el cumplimiento de la evangélica jornada de la hermandad, como portador de las reliquias que llevan sobre sí el peso de la sangre de nuestros mayores y la impresión digital de las generaciones de nuestro pueblo sacrificadas en la hora tremenda de una guerra de cinco años.

         Este ilustre gobernante argentino, ante un pueblo como el nuestro, que jamás pide el pago de su noble consideración hacia los otros, siente el deber de dar una prueba de hidalguía sin que esa prueba obligue a otra cosa que no sea el fuerte y puro estrechar de la mano de una inconmovible amistad.

         La amistad se funda entre los hombres, como entre los pueblos, para el logro de un bien social, político e internacional. Las amistades nacen y viven para el bien. Por eso, no hay amistad sino complicidad entre pueblos asociados para la promoción de la discordia. Entre el Paraguay y la Argentina es imposible conseguir uniones espirituales y materiales que no sean para asegurar la felicidad de nuestros pueblos y para hacer honor a los vínculos límpidos y autóctonos de la comunidad americana.

         Es con este espíritu que recibimos al General Perón, creador, pregonero y líder de una causa de justicia social para su patria, y programador de una independencia económica de su país que no lastima, sino que se complementa con la independencia económica de otros países, en una visión realista de la solidaridad entre nuestros hermanos y vecinos, y propugnador del absoluto respeto a la soberanía de los pueblos, ideal en el que lo acompaña el Paraguay con el noble león que reposa entre los laureles de su escudo.

         Es por segunda vez que este ilustre hombre de América pisa nuestra tierra y se hace presente en este campo de deportes. En la ocasión primera salió a su paso nuestro pueblo para abrazarlo con el afecto de las generaciones del presente, y esta vez el afecto redoblado ante su presencia se multiplica porque el abrazo con que lo estrechamos, para confundirlo con nuestros corazones, viene del pasado, viene de la Historia y viene del alma de nuestra patria.

         Si con él está presente la sombra augusta del Libertador José de San Martín, con su bandera incorruptible de la hermandad americana, con nosotros está de pie, más que en la dureza del bronce, en la reciedumbre de nuestros espíritus, el Mariscal Francisco Solano López, doctrinario y mártir del pensamiento del equilibrio en el Río de la Plata.

         Por eso el General Perón y el pueblo argentino -que su figura esclarecida representa- y el gobierno y el pueblo paraguayos asocian en los gratos e históricos momentos que vivimos los ideales que ennoblecen a los pueblos y ponen más altas y reverdecen de gloria nuestras banderas inmortales.

         Hemos elegido este campo de deportes para una eclosión apoteótica del alma popular porque sabemos que el General Perón cultiva con amor para sí y para el pueblo argentino la caballerosidad propia de las nobles competiciones en las que el gobierno del Paraguay también confía, como fuentes mantenedoras de la salud del cuerpo y del espíritu, a las cuales ha brindado y brindará el más amplio y decidido apoyo.

         Junto al alma de nuestro deporte, está hoy, en homenaje al General Perón, el alma de nuestro folklore, para arrimar con los hermanos argentinos su música y sus versos, confundiendo con los compases de la gloriosa marcha de San Lorenzo las notas legendarias del no menos glorioso "Campamento", que hoy suenan como voces fraternas de la inmortalidad.

         Sea ésta la ocasión propicia para hacer llegar a la Nación Argentina, a todo lo largo y lo ancho de su rico territorio, por intermedio de su altísimo conductor, la íntima expresión de nuestra amistad, que, Dios mediante, será fortalecida más y más en el tiempo, para ventura, paz y gloria de nuestros pueblos.

         Pronuncio así, con las palabras de apertura de este acto popular, la expresión de bienvenida a nuestra tierra al Presidente de la Nación Argentina, General de Ejército don Juan Perón, y al darle mi abrazo de soldado a soldado y de gobernante a gobernante, cumplo con el mandato del corazón del pueblo paraguayo.

 

 

 

PALABRAS DEL PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA ARGENTINA

GENERAL JUAN PERON EN EL ACTO POPULAR REALIZADO

EN EL ESTADIO DEL CLUB CERRO PORTENO

 

15 de agosto de 1954

 

         He recibido de mi pueblo quizá el más grandioso y el más honroso mandato que pueda recibir hombre alguno: el de traer a esta patria, para nosotros tan querida como la nuestra, la bienvenida al ilustre mandatario que se ha hecho cargo del gobierno en este día.

         Con esa bienvenida y con el augurio de éxito y de felicidad al nuevo mandatario, traemos también la parte más hermosa de nuestros corazones de argentinos para ofrecerla a esta noble tierra guaraní, legendaria y patriota.

         Por eso, esta amable acogida que gobierno y pueblo paraguayos han querido hacer en mi persona a la patria de San Martín permanecerá grabada en nuestra memoria como esos homenajes que los hombres que tenemos gratitud llevamos hasta la misma tumba.

         Nosotros somos hombres humildes, ungidos sólo por la dignidad que caracteriza precisamente a los humildes. Por eso comprendemos al Paraguay, por eso sentimos como el Paraguay y por eso pensamos como el Paraguay.

         Quiero que estas palabras, de un humilde hombre del pueblo sin otro mérito que el de llevar profundamente dentro de su corazón al pueblo mismo, le digan al camarada Stroessner: Quiera Dios que la Providencia ponga en sus manos las tradiciones y las glorias de este pueblo para que él, con su brazo de trabajador y su corazón de soldado, realice la felicidad de este pueblo y la grandeza de esta patria.

         Yo agradezco, en nombre de mi patria y de mi pueblo, los hosannas que las bocas y los corazones paraguayos hacen oír en su homenaje, y los coloco en el altar que para nosotros es más sagrado: en el altar de la amistad, que prometemos inquebrantable e imperecedera.

 

Perón y Stroessner, a su paso por las calles de Asunción

 

 

PALABRAS DEL PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA ARGENTINA

GENERAL JUAN PERÓN EN EL ACTO DE

ENTREGA DE LAS RELIQUIAS HISTÓRICAS

 

16 de agosto de 1954

 

         Vengo personalmente a cumplir el sagrado mandato, encomendado por el pueblo argentino, de hacer entrega de reliquias que aspiramos sellen para siempre una inquebrantable hermandad entre nuestros pueblos y entre nuestros países. No podría cumplir cabalmente ese mandato sin hacer presente en esta circunstancia nuestro júbilo y nuestro agradecimiento a la Providencia, que nos permite llegar a esta tierra de soñadores y de patriotas para ofrecerle lo más sagrado que tenemos en nuestra patria: nuestra amistad y nuestro corazón.

         Lo hago inflamado por la más honda emoción al sernos permitido estrechar sobre nuestro corazón de soldado el corazón de un soldado paraguayo que preside los destinos de esta patria.

 

         Representamos a un pueblo justicialista

 

         Representamos a un pueblo que se llama a sí mismo justicialista. En nombre de esa Nueva Argentina, con la que soñamos y para la que forjamos todos los días nuestro destino; en nombre de esa Nueva Argentina que ha reivindicado la justicia para sí, queremos reivindicarla también para todos los hombres de la tierra, alentados por el sentido cristiano de nuestro pueblo y de nuestro país.

         Y agradezco a Dios, fuente de toda razón y de toda justicia, que me sea permitido en este día, invocándolo desde lo más profundo de mi alma, llegar hasta aquí no como portador sino como un hombre que viene a rendir homenaje al Paraguay, homenaje que en estas circunstancias tengo el insigne honor de rendir en el nombre sagrado del Mariscal Francisco Solano López.

         Cumple al honor, a la justicia y a la grandeza de los pueblos y de los hombres rendir homenaje a los héroes que han sabido sacrificarse por la felicidad y por la grandeza de su patria. Depositamos en el altar de esos héroes, que la memoria y la gratitud de los hombres ha levantado a esa justicia, a ese honor y a ese patriotismo, también nuestro homenaje; homenaje que hago llegar, en nombre del pueblo argentino, a esta patria tan respetable para nosotros, y tan querida, con palabras que humildemente quieren significar nuestra amistad, nuestra devoción y nuestro respeto. Es en nombre de esa amistad, de esa devoción y de ese respeto del pueblo argentino que pongo en manos del primer mandatario de la República del Paraguay, con esas reliquias, el testimonio de nuestra hermandad inquebrantable.

 

         El valor y el patriotismo del Paraguay

 

         He deseado hacer entrega personal y directa al Excelentísimo señor Presidente del Paraguay de un documento que estuvo en poder de una familia argentina que, al tener conocimiento de que el Gobierno pedía a quienes tuviesen algunos recuerdos en museos o en colecciones particulares que los hicieran llegar, lo ha entregado para que fuera enviado juntamente con todos los demás efectos que constituyen este museo de reliquias que patentiza el valor y el patriotismo del Paraguay. Es un documento popular y, por eso, para mí el más sagrado de todos: el pueblo del Paraguay regala una espada al Mariscal Francisco Solano López, y con esa espada acredita la gratitud del pueblo en un pergamino que está contenido en este libro cuidadosamente guardado. Esto nos identifica a través del tiempo y a través del espacio con ese ilustre paraguayo, porque nosotros, también como él, no aspiramos a otro premio que la gratitud de nuestro pueblo.

 

         Grandeza de la nación hermana

 

         He querido, también, traer una prenda de uso personal del Mariscal para entregarla yo mismo en forma que patentice nuestra admiración por él: es su reloj de oro, que pongo en manos del Excelentísimo señor Presidente, rogando a Dios que marque horas felices al pueblo paraguayo y de grandeza a la nación hermana. Finalmente, deseo cerrar estas breves y humildes palabras de un hombre que lleva en su corazón a esta hermosa tierra guaraní diciendo a este ilustre soldado que pido a la Providencia, para él y para su pueblo, la grandeza y la felicidad a que tienen derecho: por sus sacrificios y por su patriotismo.

 

Estadio del Club Cerro Porteño, Gral Perón y Alfredo Stroessner

 

 

 

 

PALABRAS DEL PRESIDENTE DE LA REPÍBLICA DEL PARAGUAY

GENERAL ALFREDO STROESSNER AGRADECIENDO

LA ENTREGA DE LAS RELIQUIAS HISTÓRICAS

 

16 de agosto de 1954

 

         Por una coincidencia feliz, la Providencia ha querido que yo inaugurase mi gobierno con un acto de trascendental importancia para el destino de América, de cuya unidad y de cuyo destino somos responsables ante los ojos del mundo todos y cada uno de los pueblos del Continente. A esta unidad y a ese destino estamos respondiendo hoy, al encontrar ante cosas del pasado y frente a la visión del porvenir un motivo común que asegure y fortalezca los lazos de la amistad internacional.

 

         Paraguay y Argentina nacieron juntas

 

         Y si debo decir en este instante que el Paraguay, a través del proceso de su historia, supo responder al ideal americano con ejemplo y celo de su propia libertad, prefiriendo morir antes que renunciar al concepto de la inalienable soberanía de los pueblos, debo decir también que la Argentina, madre de un padre libertador, supo ser la portadora de la antorcha del Sur que, eligiendo el camino de las cumbres, eternizó la voluntad del Río de la Plata con la sublime gesta de la independencia continental.

 

         Paraguay y Argentina nacieron juntas.

 

         Asunción y Buenos Aires se complementaron desde el día de su nacimiento, para poder unirse con ellas la trama de la historia, tanto que ningún dolor de Buenos Aires, como alma expuesta al infortunio por las acechanzas de tierra y mar, fue dolor que no fuese compartido por la hermana solidaria Asunción del Paraguay.

         Si así están escritas las lecciones del pasado, lógicos resultan los actos internacionales que trasuntan la debida comprensión de la hermandad de nuestros pueblos, sellada por la geografía y consagrada por el imperio de la religión y de la lengua, que recibimos como herencia común, y en cuya fuente halláramos la esencia que daría fondo y forma a nuestras instituciones y orientara nuestras letras, artes y costumbres.

         La fatalidad, que suele poner a prueba la entereza de los hombres y someter a un crisol calificador la contextura moral y física de los hombres, descargó un día sobre este suelo privilegiado toda la furia de la guerra. Y ese día se extendió por cinco años, como si el tiempo tardase en convencerse de que cuando una patria existe, no puede morir el espíritu de una nación.

         Los contendores en esa guerra eran hermanos; y cuando los vencedores se retiraron, llevaron en sus almas la impresión de la grandeza del vencido. Fue en esa grandeza que los contendores se reconciliaron, porque las virtudes de los pueblos también sirven para honrar a la familia del pueblo a que él pertenece. Fue en esa grandeza que contemplaron la esterilidad del odio, del egoísmo y de la violencia, y fue en ella que encontraron la fuente inspiradora para sellar con ella las consecuencias disociadoras de una guerra en la que el Paraguay, con 53 años apenas de vida independiente, supo cumplir una misión de siglos al pie de su bandera.

         Y es de ese pueblo, que otrora fuera uno de los testigos y autores de la tragedia; de ese pueblo que sufrió con nosotros el dolor de la ruptura de la hermandad; de ese pueblo que sacrificó en el fragor de las batallas generaciones nacidas -como las nuestras- para gozar de las ventajas de una fecunda y duradera libertad; de ese pueblo, que enfrentó sus héroes con nuestros héroes, haciendo que la muerte confundiera en un regazo común a los valientes soldados paraguayos con los valientes soldados argentinos; es de ese pueblo que vos, General Perón, nacido de la estirpe sanmartiniana, armado del poder de la justicia histórica e iluminado por el sol del escudo de vuestra patria, venís hoy, en esta hora de la común exaltación de nuestros viejos e inextinguibles idealismos, como portador de las reliquias sagradas que al reintegrarse al pueblo de la patria paraguaya borran para siempre, como lo he dicho, los símbolos materiales de la discordia y fundan, por vuestra inspiración americanista, la doctrina del amor entre los pueblos como ofrenda de paz entre las naciones.

 

         Gloriosas tradiciones de nuestros pueblos

 

         En este modo y en esta forma la República Argentina del presente se hace cargo del pasado y del porvenir, segura de que los hechos históricos que dieron origen a las gloriosas tradiciones de nuestros pueblos y merecieron el respeto de la posteridad no deben interpretarse, en mérito a la esencia espiritual del hombre, como postulados opuestos a los más altos destinos de la humanidad.

         Es así como definisteis a la Argentina, General Perón, dando contenido de valor excepcional a vuestras palabras, cuando afirmabais, en el magnífico mensaje al Honorable Congreso de vuestra patria, que es patrimonio de los muertos heroicos la gloria de haber conquistado galardones en el campo de batalla. Y es un medio imperecedero de honrar su memoria el trocar esos mismos galardones en emblemas eternos de una aspiración de paz fecunda y creadora.

         Es así como rubricasteis, en vuestra condición de dignatario de la soberanía de vuestra nación, la nobleza de vuestro pueblo, afirmando con elocuencia de un altísimo sentimiento que el espíritu de aquellos combatientes argentinos y paraguayos que cruzaron sus armas, unidos hoy en la eternidad, se sentirá conmovido por esta decisión de la República.

         A ese conmovido espíritu de nuestros muertos gloriosos responde hoy, mi General Perón, el conmovido corazón del pueblo paraguayo, que, al recibiros con su gobierno como al mensajero de la Nueva Argentina de que sois artífice y como al más honroso portador de las reliquias del pasado, retempla su fe, con vos, en el común ideal de un destino de concordia, de paz y de grandeza.

         El retorno a nuestra patria de esas reliquias, sobre las que quedó impreso el pulso sacrosanto de nuestros combatientes, tiene hoy para nosotros, en su simbolismo, la continuidad de la misión de gloria que ayer cumplieron nuestros soldados en los campos de batalla, porque esas reliquias que hoy regresan a través de campos de paz y en medio de los cánticos de la confraternidad, que reemplazan a su modo a la voz de los clarines del combate, todavía dan motivo a que se levanten los corazones de nuestros pueblos a la serena altura de nuestras banderas inmortales.

 

         Testamento de nuestros comunes muertos heroicos

 

         Todavía, General Perón, esas reliquias cumplen su misión de gloria, porque, al retornar por vuestro dignísimo conducto al seno de que partieron, las heridas que ellas evocan y que aceptáramos con honra en el pasado, para aceptarlas después con irrenunciable vocación de patria, ellas vienen, por un mandato de la Historia, como si así se cumpliera el testamento de nuestros comunes muertos heroicos, a reintegrarnos en el prístino amor de nuestros orígenes remotos y a refirmarnos en la libre devoción de nuestra soberanía.

         Timbre de honor es para vuestra ejecutoria de soldado y gobernante haber sabido transponer los abismos del recuerdo de la guerra para convertir ese recuerdo emotivo de la común exaltación de la memoria de nuestros mayores, y timbre de honor para el Paraguay recibir, por mi intermedio, los trofeos de guerra devueltos por vuestras manos limpias de todo rencor y ajenas a todo renunciamiento que pudiese lastimar la pureza de nuestro patriotismo secular.

         Por eso, convencidos de que actuamos como soldados fieles al ideal americano al ser fieles al sentimiento y al honor de nuestros pueblos, y atentos a que de este modo contribuimos a hacer resplandecer aún más el mármol y el bronce de nuestros próceres y de nuestros héroes, hoy, reconciliados a través de las generaciones que marchan a la conquista del mismo esplendoroso porvenir que aquéllos persiguieron, acepto, en nombre de mi patria y de mi pueblo, recibir la devolución de los trofeos de guerra en este instante, rindiendo, al recibirlos, un emocionado homenaje a la hidalguía de la Nación Argentina, representada en nuestros tiempos por el genio político esclarecido de su máximo conductor, el General de Ejército don Juan Perón.

         Sea propicia la ocasión de este acto solemne en que dos naciones vecinas y hermanas se abrazan, histórica y espiritualmente, sobre lo que hasta ayer fuera en forma pública materia consagradora y lenguaje continuado de la violencia en sus viejos desacuerdos, para renovar ante los ojos y el oído de América la fe de nuestros pueblos en la victoria de las fuerzas morales como una victoria digna de nuestra idea de Dios y concorde con el superior destino del hombre y de las naciones.

 

         Felicidad común de nuestros pueblos

 

         El camino que el Paraguay y la Argentina han elegido para poder arribar a la cumbre de los más altos ideales americanos no es otro que el de la solidaridad en que ambos se esfuerzan por ser mejores, de acuerdo con sus posibilidades morales y materiales, para contribuir con la nobleza de sus obras al acervo de la civilización continental. En ese camino, siempre resultaría fácil encontrarnos todos en América sin otra aspiración que la felicidad común de nuestros pueblos y sin otra bandera que la de la libertad y la justicia, a cuya sombra nacieron y se perfilaron las veintiuna repúblicas hermanas del Nuevo Mundo.

         Hoy, que la bandera azul y blanca de la Argentina, con su centro de sol inmaculado, ha venido hasta este suelo calcinado por la fiebre de todos los heroísmos a tremolar hermanada a la bandera tricolor del Paraguay, en cuyo centro una estrella solitaria fija el supremo ideal de nuestros mayores, paraguayos y argentinos propiciamos y saludamos, unidos por la similitud de nuestros propósitos patrióticos, humanos y universales, un porvenir de paz y venturanza entre todas las naciones de la tierra.

         Excelentísimo señor Presidente de la Nación Argentina: entre las grandes y nobles misiones que lleváis cumplidas al servicio de vuestra patria, a la que tanto enaltecisteis con enalteceros como un mandatario consagrado a asegurar paz y bienestar, para todos los argentinos, cabe afirmar que cumplís otra misión excelsa, empeñado en solucionar dificultades para dar paso entre los pueblos a una efectiva confraternidad.

         La prueba que en este caso nos corresponde citar se halla en esta tierra, corroborada por el honor que nos otorgáis con vuestra presencia y por el cometido histórico que os trajo hasta nosotros. Puedo deciros que, más que encontraros en vuestra casa, estáis en el corazón de todo el pueblo paraguayo, y qué ese corazón, a pesar de vuestro ineludible alejamiento, quedará al mismo tiempo retenido como prisionero de nuestro afecto perdurable. Con ese afecto corresponde nuestro pueblo al decálogo de la hermandad argentino-paraguaya que vos promulgasteis; con ese afecto nos sentimos presentes al pie de nuestras dos banderas, seguros de que ellas, ante el ideal humano y patriótico que simbolizan, merecen, juntas, el homenaje de la dignidad y de la altivez de nuestros espíritus.

 

         Custodios espirituales de nuestras banderas

 

         En este acto, grávido de patrióticas sugerencias del pasado y de estrellas luminosas para el futuro, están presentes frente a nosotros las sombras augustas de los custodios espirituales de nuestras banderas, que dieron con sus vidas, a nuestras nacionalidades, lustre, perennidad y gloria. Por eso, ante la memoria del Presidente de la República del Paraguay y Mariscal en Jefe de sus ejércitos, Francisco Solano López, y ante el recuerdo de los últimos combatientes que cayeron con él en Cerro-Corá, así como de todos los defensores de la Patria, en nombre del Gobierno y del pueblo de la República, hoy declaro recibidas de manos del Presidente de la Nación Argentina, General de Ejército don Juan Perón, las reliquias que acompañaron a nuestros héroes, para convertirlas en motivo de paz, de comprensión y concordia entre los pueblos, haciéndonos dignos, tanto hoy como ayer, de la titánica hazaña de nuestros mayores para asegurar la independencia y la libertad del Paraguay.

         Excelentísimo señor Presidente de la Nación Argentina, General de Ejército don Juan Perón: si enarboláis la bandera del amor y de la justicia de los próceres de nuestra nacionalidad y proseguís la obra americana de paz y de concordia inspirado por los manes de vuestra patria, os digo, como Presidente de la Nación, ante las sombras legendarias aquí presentes y ante el pueblo de la República que os admira y aclama, que inscribo vuestro nombre en el libro de los hechos insignes de nuestra historia, otorgándoos el título con que os distinguiremos por siempre y para siempre: el de ciudadano honorario del Paraguay.

 

Plaza Salazar y Espinosa, Asunción,

entrega de las reliquias hechas por Perón al Paraguay

 

 

 Altar de los Trofeos, junto al que montan guardia los Granaderos de San Martín

 

 

DISCURSO PRONUNCIADO POR EL HISTORIADOR PARAGUAYO

JUAN E. O’LEARY EN EL ACTO DE ENTREGA DE LAS RELIQUIAS

 

16 de Agosto de 1954

 

         El último combatiente de los que sobrevivieron a la gran catástrofe nacional, el último soldado de la causa paraguaya, encargado de defender y glorificar a los muertos por la patria más allá de la tumba, es el que sale a vuestro encuentro y os rinde pleitesía con toda la sinceridad de su apasionado corazón. Y es como, si el pasado, en un reencuentro fraternal, estuviera ante el presente, personificados por los que somos como los extremos de una línea roja, que se confunden para ser el punto de partida de una nueva jornada en la vida paralela de dos pueblos hermanos.

         Un gran brasileño, un alma generosa y comprensiva, como vos, olvidando las iracundias del combatiente enfurecido en la defensa de su patria calumniada, dijo de mí, en solemne acto y con la autoridad que le daba su investidura de embajador de su país, que soy la fortaleza de Humaitá espiritual del Paraguay. Y ésa fue mi misión, en una campaña de más de cincuenta años, frente a los que continuaban en la historia la guerra, cruel y despiadada contra el vencido, pretendiendo aniquilar lo único que había salvado en el horrendo naufragio: el honor y la gloria de nuestro sacrificio.

         Y heme aquí ante vos, por un mandato del pueblo paraguayo, de los vivos y de los muertos, invitándoos a entrar en la nueva Humaitá que os abre sus puertas, dueño como sois de nuestra gratitud.

         Acabáis de entregarnos los trofeos de nuestro dolor, las reliquias sagradas de nuestro inmerecido infortunio, y venir con la bandera argentina sobre vuestro pecho para rendirnos el homenaje cordial y afectuoso de vuestro noble pueblo, cerrando para siempre un ciclo nefasto de nuestra historia, que de hoy en adelante dejará de emponzoñar nuestro espíritu, borrando para siempre los resabios de pasadas malquerencias.

         Podéis figuraros la magnitud de nuestra emoción en este momento. Esas banderas y esas armas, sostenidas un día por las crispadas manos de nuestros soldados moribundos, son trasunto del alma paraguaya, son la expresión más elocuente de nuestro patriotismo, evocación sublime de la fiereza con que defendimos nuestra soberanía y de la resolución con que fuimos a un deliberado suicidio, sin rendirnos jamás a nuestro adverso destino. Tenerlas ante nuestros ojos después de recibirlas de vuestras manos, verlas de regreso a nuestra tierra, es como contemplar el panorama redivivo de la epopeya nacional, es como estar en medio del drama cruento de nuestro ayer, y pasa ante nosotros, la doliente teoría de nuestros héroes, con su gran capitán al frente, que se yerguen ante vos en un gesto de reconocimiento, agitando en alto sus espadas al saludaros con respeto y admiración.

         Jamás nuestra América contempló un espectáculo como éste. Para encontrarle parangón tendríamos que remontarnos adías lejanos de nuestra común historia y llegar hasta la ribera de nuestro legendario Tacuary, testigo un día de un acto semejante. Y es el propio General Belgrano, cuyo puesto hoy ocupáis con honor, el que ha legado a la historia el recuerdo imperecedero de la magnanimidad de nuestro general Cabañas, que rindió sobre el campo de batalla todos los honores al vencido, dejándolo "partir entre las aclamaciones de sus tropas vencedoras y estrechando entre sus brazos y contra su corazón al jefe infortunado qué había de ser el glorioso adalid triunfante de Salta y Tucumán.

         Es inútil buscar en la historia del mundo ejemplos de hermandad que se parezcan al que hemos dado y estamos dando, como epílogo de nuestras luchas fratricidas. Y sólo la historia podrá darnos la clave de este hecho singular. La Historia, que no es un cementerio en que viven los muertos; que es madre del porvenir, matriz fecunda en que se engendra lo que ha de ser, campo abonado, no estéril tierra salitrera, y laboratorio de donde nos llegan el bien y el mal en qué se amasa nuestra vida. Y la historia nos ha hecho hermanos, como hijos que somos, todos, en la vasta cuenca del Río de la Plata, de la materna Asunción. Y como hijos de una misma madre pudimos chocar en las inevitables querellas familiares, pero nunca dejamos de ser hermanos. En nuestra alma accionaba la levadura de la historia, qué se hacía sentir aún en medio de las batallas, como en Tacuary y Yataity-Corá, y se hace sentir en vos, que sois en el presente el esforzado portaestandarte de la confraternidad de nuestros pueblos. "Paisanos" nos llamaba Belgrano en sus proclamas y paisanos fuimos siempre, por encima de nuestras fronteras, aun en las horas en que chocamos en una guerra extraña a nuestro amor fraternal y a nuestra vocación histórica. Paisanos cuando fuimos en vuestra defensa en los días de las invasiones inglesas, paisanos cuando corrimos a engrosar los ejércitos de Belgrano y cuando seguimos a San Martín más allá de los Andes, para luchar juntos por la libertad de América.

         Y ese sentimiento fraternal fue el que animó a nuestros viejos gobernantes, cuando intervinieron para reconciliar a los argentinos, cometiendo el error de salvar a la ciudad rebelde, impidiendo el aniquilamiento de la oligarquía funesta que había de llevarnos, poco después, a la guerra.

         Hace treinta años me tocó en suerte despedir a la embajada argentina que vino a rendir homenaje al vencedor de Curupayty. Fue un retoñar de nuestra fraternidad, que hoy florece gracias a vuestro espíritu esclarecido. Ya entonces hablé como os estoy hablando, y me enorgullezco de haber profetizado esta gran hora que estamos viviendo. Ya entonces anuncié que llegaría este día, que el porvenir era de total comprensión para nuestros pueblos, al trillar de nuevo el viejo camino por donde anduvieron nuestros mayores y del que nos desviamos por los designios caprichosos del destino. Por algo los antiguos daban al poeta el divino don del vaticinio, y no debemos olvidar que el patriotismo, cuando es puro, es siempre clarividente. Lo que enceguece a los hombres es el mezquino sectarismo, que a veces se disfraza con los arreos del patriotismo, para engañar a la posteridad, atribuyendo a otros sus errores y sus crímenes. Y es así como cerca de un siglo después de la catástrofe, en que el Paraguay cayó descuartizado, el veneno sutil del odio sectario de una funesta oligarquía ha continuado envenenando a las generaciones, pugnando por alejarnos, prolongando su obra disolvente y desquiciadora, como si no le bastara el inmenso mal que hizo al torcer el curso de nuestra vida, sin advertir los reclamos de la hermandad ante el único peligro que sigue amenazando, hoy como ayer, nuestro porvenir. Por eso se ha seguido enseñando en colegios y escuelas una historia convencional, falsa y absurda, que ha desorientado a la niñez y a la juventud, tergiversando la verdad para endiosar a los políticos que conspiraron contra la unidad nacional y respondieron después con inexplicable odio a quien tantas pruebas diera de su amor a los argentinos. Y es así como el hombre gentil que cubrieron de flores y juraron eterna gratitud llegó hasta el presente como un monstruo abominable, como un "bruto sin ley", como un nuevo Atila que acaudillaba una recua de esclavos. Felizmente, esa minoría fatídica ha sido barrida por el ímpetu de vuestro justicialismo, y el bastión de su propaganda ya no se hace sentir, mientras la nueva prensa argentina, que responde a vuestra inspiración patriótica, proclama la verdad y hace amplia justicia al Mariscal Francisco Solano López y su pueblo infortunado.

         Y he aquí una de vuestras más grandes obras que da singular relieve a vuestra ilustre personalidad. El gran estadista, el revolucionario que ha traído una total transformación de su país, el creador genial de la Nueva Argentina, es el patriota justo y clarividente que sacude el polvo de prejuicios heredados, para penetrar las honduras de la realidad histórica, y, libre su espíritu de mezquinos resabios, encaminase a hacer efectiva la fraternidad de nuestras patrias sobre la base del respeto mutuo, de una sinceridad efectiva y de un anhelo profundamente sentido de borrar para siempre el mal recuerdo de los agravios pasados.

         Así os ve en este momento el Paraguay y así os reconoce el que tiene el honor de hablaros en nombre de su pueblo y en nombre de una comunidad política que representa nuestra tradición nacionalista, fundada por quien recogió de manos del Mariscal López la bandera de Cerro-Corá, para hacerla flamear de nuevo sobre escombros humeantes por obra de su genio de estadista, al iniciar la reconstrucción nacional.

         El Paraguay redivivo, el Paraguay resucitado, el Paraguay de hoy, que ha demostrado en una nueva guerra victoriosa que conserva íntegras sus virtudes viriles y es capaz de repetir en defensa de su soberanía los heroicos sacrificios de ayer, está de pié ante el gran soldado argentino que le tiende su mano cordial al entregarle las reliquias de su glorioso infortunio. Y os habla por mi boca, para expresaros su reconocimiento. El cantor de su resurrección, el defensor de su causa sagrada, el glorificador de su epopeya, es justo que sea su vocero en este supremo instante de nuestra historia. Y yo, que me siento engrandecido en mi pequeñez al verme asistido por el Mariscal López y por el General Bernardino Caballero, cuyas sombras presentes se iluminan ante mis ojos, sintetizo en una sola palabra el sentimiento de todos mis conciudadanos al deciros ¡gracias! con todo el fervor de nuestro corazón.

         ¡Gracias, General Perón!

         Y que Dios os pague vuestra magnanimidad en una larga vida de ventura personal y de paz y felicidad para vuestra noble patria hermana.

 

 

 

DISCURSO DEL PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA DEL PARAGUAY

GENERAL ALFREDO STROESSNER AL ENTREGAR

AL GENERAL PERON EL DIPLOMA DE

GENERAL DE DIVISIÓN HONORIS CAUSA DEL EJERCITO PARAGUAYO

 

16 de agosto de 1954

 

         No es la primera vez que pisáis tierra paraguaya y que sois huésped predilecto de nuestras fuerzas armadas, las cuales aprovechan la presente oportunidad para renovaros sus mejores saludos de cordial y respetuosa deferencia.

         Bien se nos alcanza el motivo de vuestra visita, no sólo porque representáis al gran pueblo argentino, cuya amistad tradicional, firme y sincera, se halla tan profundamente adentrada en el sentir y pensar del pueblo paraguayo, y como inseparable del círculo de tales sentimientos, sino porque sois, además, el primer soldado de vuestra patria, y, en tal sentido, el portador más autorizado del mensaje de paz y confraternidad que nos traéis juntamente con las pruebas materiales ostensibles para afirmar este rasgo de hidalguía argentina.

         En nuestro concepto, la Patria Argentina, es decir la Patria de San Martín, siempre ha sido grande y generosa, en hechos triunfantes, que llevaron auras de libertad a otras naciones, forjando así su magnífica historia, cuyo acervo moral y material es ejemplo de esta parte del Continente.

         Pero hoy, sobre esa suma de esfuerzos humanos, que lleva el sello de la universalidad, por haber traspasado su propia frontera con la aureola luminosa de la alcurnia guerrera, se yergue una personalidad extraordinaria, de relieve representativo, de espíritu generoso y noble, llamada a dar nuevo impulso a la historia argentina, y llevar, como sus ilustres predecesores, el mismo principio de argentinidad, para unir y estrechar vínculos fraternos, y acercar el espíritu de las naciones con la mira de hacer efectivo un común destino en América.

         Nos referimos a Vos, Excelentísimo señor General Perón, y al hecho de que no habéis tenido reparos en remover la historia de vuestro país para hacerla pasar por el crisol de la revisión y de la crítica, procurando borrar de ella cualquier motivo que pudiese enturbiar su nítida corriente y obstruir el propósito espiritual de confraternidad, que sólo se hará posible respetando lo que cada país tiene de particular y suyo, y eliminando todo criterio erróneo sobre la vida de otro pueblo hermano. A esto obedece, Excelentísimo señor General, vuestra presencia por segunda vez en tierra paraguaya, en carácter oficial, lo que es más sensible todavía a nuestro corazón de paraguayos al traer con Vos, para reintegrarlos a su propio suelo nacional, algunos despojos gloriosos de nuestra pasada guerra, que fueron celosamente conservados, con el honor y respeto que merecen, bajo la custodia del pabellón argentino, en espera de una oportunidad para devolverlos a su patria de origen.

         Os tocaba a Vos, Excelentísimo señor General, el inolvidable honor de dar este decisivo paso en homenaje a la confraternidad argentino-paraguaya, la cual, ajena de hoy en más a todo punto de resentimiento o episodio doloroso, entra, a partir del presente rasgo de vuestra parte, en una fase de mayor nobleza, en una fase de más elevada virtualidad, que ha de señalar, para el futuro de ambos pueblos una nueva era de afinidad e inteligencia, como conviene al desenvolvimiento expansivo de nuestros respectivos países.

         Por tal circunstancia se encuentran presentes en este acto las más elevadas autoridades nacionales, así militares como civiles, para testimoniaros este expresivo homenaje de simpatía, cuyos efluvios emanan del pueblo mismo y cuyas ondas recogen el gobierno, la sociedad paraguaya y las fuerzas armadas de la Nación.

         Alguna vez, por imperativo categórico del tiempo, teníamos que llegar a este punto de confluencia, en que el abrazo de los pueblos fuese una realidad que entronque sobre la base de una superficie de contacto en que no haya sino beneficios que cosechar, esperanzas que alentar y sobre todo una modalidad inquebrantable de convivencia.

         Estos sentimientos, Excelentísimo señor General Presidente, que podéis fácilmente advertir en todos los rostros que contempláis en este momento, son la viva simpatía que brota de todos los corazones paraguayos, movidos a noble reconocimiento ante la espontánea determinación de vuestra parte, la de vuestro gobierno y la del gran pueblo argentino, de volver a su sitial de honor los testimonios que aún quedaban en tierra argentina del sangriento paréntesis del pasado, que ahora se borra y desaparece, no de las páginas de la Historia, sino de nuestro sentir colectivo, como recuerdo de una dolorosa tragedia.

         El paraguayo es un pueblo activo y reconocido, sensible a toda manifestación de afecto, y Vos, Excelencia, representáis un pueblo de elevadas virtudes cívicas y en cuyo espíritu, exponente victorioso de la civilización americana, el derecho priva sobre la fuerza, y que, en virtud de este principio que tanto enaltece a los argentinos, es capaz de prodigarse a otras latitudes llevando como bandera de su ideal la voluntad inapelable de hacer respetar la justicia, de cerrar una etapa de dolor, de proclamar la libertad y el respeto a los demás.

         Todo ello lo tenemos presente en esta oportunidad para refirmaros la leal y sincera amistad del Paraguay. Y por lo que toca particularmente a las fuerzas armadas, interpreto, como comandante en jefe, el sentir unánime de ellas en consideraros como un soldado de nuestro pabellón nacional, como digno exponente que sois del prestigioso ejército argentino, con los más relevantes merecimientos para portar la insignia del valeroso ejército que fuera comandado por el Mariscal Francisco Solano López.

         Por tales conceptos y estimando lo que sois, lo que habéis hecho por la confraternidad argentino-paraguaya y lo que estos antecedentes representan, tenemos el honor de inscribir en letras de oro vuestro nombre entre nuestros jefes ilustres, entregándoos el grado de general de división honoris causa del Ejército del Paraguay. Esperamos, Excelentísimo señor General Perón, que os dignéis aceptar el título que os otorgamos, constituyéndoos como uno de los nuestros con la aprobación y el aplauso de las fuerzas armadas y del pueblo entero, el que os depara el honor de ser uno de los más elevados custodios de nuestra bandera.

         Formulo votos por la prosperidad de vuestra ilustre patria, y movidos por el espontáneo impulso de nuestros mejores sentimientos, brindamos por vuestra ventura personal, vuestra cordial amistad y por el inolvidable galardón que habéis conquistado en virtud de vuestra generosa actitud y conducta para con la patria del Mariscal Francisco Solano López.

 

 

 

PALABRAS DEL PRESIDENTE DE LA REPUBLICA ARGENTINA

GENERAL JUAN PERON AGRADECIENDO SU DESIGNACIÓN DE

GENERAL DE DIVISION HONORIS CAUSA DEL EJERCITO PARAGUAYO

 

16 de agosto de 1954

 

         Recibo con la más profunda emoción esta nueva distinción entre las muchas con que me abruman el pueblo paraguayo y sus instituciones.

         Es indudable que a través de mis 45 años al servicio de la República he tratado siempre de ser allá lo que vosotros habéis tratado ser en esta noble tierra paraguaya.

         Los soldados bebemos en una sola fuente, que es la Patria. No tenemos otro objetivo que el de servirla con honor, con honestidad y con sacrificio.

         Cuando las canas llegan con las recompensas de esos servicios prestados, generalmente nos sentimos abrumados por ellas mismas. Para mí, como humilde soldado de mi patria, cuyo único mérito es haber tratado de llenar el servicio a satisfacción, recibir el grado de General de División de esta tierra, que se ha cubierto de gloria a través de luchas y de sacrificios, es superior a toda ponderación.

         Es por eso que, al agradecerlo, solamente puedo decir en pocas palabras, que nacen de mi más profunda sinceridad, que el mérito con que aspiro a llenar este inmenso honor es honrarlo como habéis honrado vosotros las jerarquías que investís en este noble y glorioso Ejército paraguayo.

         Llevaré a mi tierra este diploma para decirles a mis camaradas cuánta es la grandeza de alma de los camaradas que quedan aquí, pero de quienes guardaré en el corazón el más profundo y el más grande recuerdo.

         Quiero, como despedida de este acto, decir pocas palabras más. Nosotros, los generales argentinos, recibimos de la República el sable que ciñera en su cinto el General San Martín. Desde que ascendí a General he llevado ese sable, que es mi más grande honra. Lo dejo en el Comando en Jefe del Ejército paraguayo para que, si algún día esta noble tierra llegara a necesitar los servicios de un humilde soldado, sepáis que he de tomarlo para morir por vosotros.

        

 

 

MENSAJE DEL PODER EJECUTIVO DE LA REPÚBLICA DEL PARAGUAY

ACOMPAÑANDO EL PROYECTO DE LEY POR EL QUE SE DESIGNA

AL GENERAL PERON CIUDADANO HONORARIO

 

         Asunción, agosto 7 de 1954.

 

         Honorable Cámara de Representantes de la Nación:

 

         El Poder Ejecutivo de la Nación, de acuerdo con lo preceptuado por el artículo 43 de la Constitución Nacional, tiene el honor de proponer a Vuestra Honorabilidad otorgue la ciudadanía honoraria al Excelentísimo señor General de Ejército don Juan Perón, Presidente de la Nación Argentina.

         El Poder Ejecutivo, al hacer esta proposición, se inspira en el gesto fraterno que ha tenido últimamente el primer mandatario argentino al someter al Honorable Congreso de la Nación Argentina el proyecto de ley por el que se dispone la devolución a la República del Paraguay de las armas e insignias obtenidas en la guerra que enlutó a ambos pueblos hermanos. Hoy ese proyecto de ley cuenta ya con la aprobación del Honorable Congreso de la Nación Argentina, y se ha convertido así en ley de esa República hermana.

         Fiel ejecutor de ese mandato histórico, de la representación más genuina del noble pueblo hermano, será el Excelentísimo señor Presidente, General de Ejército don Juan Perón, quien hará solemne entrega al pueblo y gobierno del Paraguay de esas sagradas armas e insignias el próximo 15 de los corrientes, con motivo de su visita a nuestro país.

         Bien sabido es que esta iniciativa del Excelentísimo señor Presidente de la Nación Argentina no constituye un hecho aislado de su política internacional americanista, sino que, por el contrario, y en lo que tiene relación con el Paraguay, es una magnífica síntesis de la amistad y de la hermandad que, por imperativos de la más límpida tradición y de las fuerzas imponderables del espíritu, vinculan, a pesar de hechos históricos ya superados, a los pueblos del Paraguay y de la Argentina, de la Argentina y del Paraguay; de esa fraternidad y de esa amistad a la cual el Excelentísimo señor Presidente, General Perón, ha brindado y sigue brindando todo su entusiasmo y mejores afanes. El Poder Ejecutivo de la Nación comparte plenamente el significado que el gobierno de la República Argentina da a este hecho histórico, al decir que esas armas y emblemas de guerra se constituirán ahora y siempre en una aspiración de paz fecunda y creadora.

         El Poder Ejecutivo, por las consideraciones expuestas en este mensaje, espera que Vuestra Honorabilidad habrá de prestar su fe a la aprobación del proyecto de ley que se le remite adjunto al presente.

         Dios guarde a Vuestra Honorabilidad.

 

 

 

 

 

TEXTO DE LA LEY QUE OTORGA LA CIUDADANIA HONORARIA PARAGUAYA

AL PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA ARGENTINA

GENERAL JUAN PERÓN

 

 

 

         La Honorable Cámara de Representantes de la Nación Paraguaya sanciona con fuerza de ley:

         ARTÍCULO 1° - Otórgase la ciudadanía honoraria al Excelentísimo señor General de Ejército D. Juan Perón, Presidente de la Nación Argentina.

         ART. 2° - Comuníquese al Poder Ejecutivo.

 

         Dada en la Sala de Sesiones de la Honorable Cámara de Representantes a los 10 días del mes de agosto de 1954.

 

         Firman el presidente y el secretario de la Honorable Cámara.

 

         Asunción, 15 de agosto de 1954.

 

         Téngase por ley, comuníquese, publíquese y dése al Registro Oficial.

 

 

         (Fdo.): General de División ALFREDO STROESSNER.

 

 

El General Perón entrega al Presidente del Paraguay su sable corvo.

 

 


 

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