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BEATRIZ RODRÍGUEZ ALCALÁ DE GONZÁLEZ ODDONE


  SAN ROQUE GONZÁLEZ DE SANTACRUZ - Ensayo de BEATRIZ RODRÍGUEZ ALCALÁ DE GONZÁLEZ ODDONE


SAN ROQUE GONZÁLEZ DE SANTACRUZ - Ensayo de BEATRIZ RODRÍGUEZ ALCALÁ DE GONZÁLEZ ODDONE

SAN ROQUE GONZÁLEZ DE SANTACRUZ:

PROTOMÁRTIR PARAGUAYO

Ensayo de BEATRIZ RODRÍGUEZ ALCALÁ DE GONZÁLEZ ODDONE


Con la objetividad que dan los siglos al juicio de la historia, este ha descalificado definitivamente la voluminosa bibliografía de los recusadores acérrimos de las tan mentadas Reducciones Jesuíticas, para dar su fallo favorable a la asombrosa labor civilizadora realizada, desde los comienzos de la Conquista hasta dos siglos más tarde, por los intrépidos Padres de la Compañía de Jesús.

Donde las tropas del César se estrellaban contra la ferocidad indómita de las tribus que se negaban a someterse al señorío del blanco, sin más armas que la cruz y la persuasión de la palabra pronunciada en lengua aborigen, los misioneros lograban aglutinar millares de indígenas, fundando pueblos y ciudades cuya organización podría servir de paradigma aún hoy, en que a despecho de la tecnología que controla el cosmos, aún no han hallado los pueblos del Tercer Mundo respuesta al acuciante problema social que amenaza con revertir el orden de lo que denominamos “nuestra civilización”.

Quizás con el correr de los años, el espíritu de las Reducciones pudo haber perdido algo de la pureza de los primeros tiempos. Pero si algún abuso se cometió, si el sistema implantado por los padres en el corazón de la espesa y acechante selva, que de un momento a otro a otro podía abrirse vomitando flechas, carecía de algunos de los elementos que constituyen lo que hoy entendemos por democracia, no debe olvidarse que en la misma época, en la vieja y culta Europa, el pueblo se veía privado de sus más elementales derechos. Decía San Jerónimo que nunca se comprendía mejor la historia de Grecia que viviendo en Atenas. Nosotros, por nuestra parte, diremos que solo visitando las ruinas de esa antología de piedra que fueron las ciudades levantadas por el indio sabiamente guiado por los jesuitas, podrá uno hacerse una idea aproximada de la paciencia y la asombrosa capacidad didáctica del misionero, que logró asimilar al indígena a las ventajas de la civilización, sin hacerle perder nada de su riqueza autóctona.

Y, de entre esa legión de apóstoles que lo dieron todo en aras de un ideal, surge esplendorosa la figura de un hombre de nuestra tierra, que incluso inmoló su vida por la redención espiritual del aborigen: Roque González de Santacruz. Pero antes de hablar de él, evocaremos brevemente la labor global de la Compañía de Jesús en la Provincia del Paraguay, para hacer más comprensible nuestra breve exposición.

 

LAS PRIMERAS REDUCCIONES

El 26 de noviembre de 1585, provenientes del Perú, llegaron a Santiago del Estero, a instancias del obispo de Tucumán don Francisco de Victoria, los padres Francisco Angulo y Alonso de Barzana, primeros jesuitas destinados a lo que más tarde se denominaría Provincia del Paraguay. Al Paraguay propiamente dicho, o sea nuestro actual país, vinieron en agosto de 1587 los padres Saloni, Filds y Ortega, catalán, irlandés y portugués respectivamente, a pedido del obispo de Asunción, don Alonso Guerra. En un comienzo, la distancia que separaba las nuevas misiones jesuíticas de las del Perú, de las que dependían, hizo dudar de la factibilidad de su definitivo asentamiento. Pero, acertadamente, el superior general don Claudio Aquaviva decidió erigir en Provincia independiente las nuevas y florecientes misiones y el 9 de febrero de 1604 se constituyó la tan mentada Provincia del Paraguay. Fue designado provincial el padre Diego de Torres. Solo en 1607 se hace efectiva la creación de la nueva Provincia, que bajo el nombre de Provincia del Paraguay comprendía Paraguay, Chile y Tucumán, con una extensión de 850 leguas. Hombre de gran cultura y acendrada virtud, el padre Torres era muy respetado en la Compañía y la gente de la época se hacía lenguas de las ricas posesiones familiares que abandonó en España para ingresar al sacerdocio. Previamente a su designación de provincial, había desempeñado altos cargos en el Cuzco y Quito, donde le cupo organizar la labor de la Compañía. Nombrado procurador de la Provincia del Perú, regresó a Europa en 1602, donde realizó importantes gestiones tendientes a aumentar el número de misioneros que se destinaban a nuestro continente, logrando embarcarse de regreso, con sesenta jesuítas de diferentes nacionalidades europeas. Ya provincial de la Provincia del Paraguay, a instancias del obispo de la Asunción, fray Reginaldo Lizarraga y de ese ilustre paraguayo don Hernando Arias de Saavedra, primer gobernador criollo a quien un distinguido historiador argentino tuvo la osadía de llamar “arquetipo de argentino”, comenzó a distribuir sus misioneros por “aquellas tierras de indios infieles y no reducidos, sino esparcidos a su usanza en tolderías con sus caciques”.

Seis jesuítas partieron de la Asunción: dos al Chaco, dos al Guairá y otros dos a las riberas del Paraná.

En la región del Chaco habitaban los temibles guaicurúes. Ninguno de los sacerdotes de la Asunción se había aventurado a internarse en sus dominios, debido a que la indómita tribu se mantuvo independiente a lo largo de casi un siglo, derrotando a las tropas españolas sin sufrir bajas, gracias a la bien formada red de espías que tenían acechando siempre los movimientos de la Asunción.

Con frecuencia atacaban la ciudad y sus aledaños cometiendo crímenes y saqueos. Eran sus hombres de aspecto feroz; pintarrajeaban sus cuerpos de la cabeza a los pies con substancias que despedían intolerables humores; se embetunaban los cabellos y se los arrancaban en partes y afeaban sus rostros con cicatrices que lucían orgullosos como símbolos de coraje. Para ser admitidos en sus milicias, se sometían a las pruebas más duras y el que no salía airoso de ellas era de inmediato eliminado. Se caracterizaban por su veneración y absoluta obediencia al jefe y por su casi perenne estado de ebriedad, que agudizaba aún más su natural belicosidad. Vivían en constante guerra con los chiriguanás, los abipones, frentones y otros pueblos vecinos y hostilizando siempre al blanco.

Haciendo oídos sordos a los consejos de los pobladores de la Asunción, el padre Torres decidió enviar misioneros al Chaco para evangelizar a sus pobladores. Para ello, a falta de religiosos adiestrados, eligió al padre Roque González, quien solo llevaba seis meses de noviciado en la Compañía, pero que ya por sus méritos había desempeñado las delicadas funciones de vicario y profesor del obispo y párroco de la catedral, y al padre Vicente Griffi, italiano. A ambos les habló así, según refiere el padre Techo: “Podéis conocer cuanto os ama el Señor, considerando la arriesgada misión que os confía: tú, Roque, siendo novicio, y tú, Vicente que eres tan joven, obtenéis lo que desean tantos veteranos de nuestra milicia y no lo consiguen. Tened valor y no frustréis las esperanzas que ciframos en vosotros. Ilustrad la Provincia con un hecho digno de memoria”. Luego les otorgó la autorización correspondiente para fundar una población en el país de los guaicurúes.

No bien cruzaron el Río Paraguay los jóvenes misioneros, cuando ya los espías comunicaban al jefe su llegada, que se preparó este para caer sobre ellos. Pero, gracias a un intérprete, lograron hacerle comprender que no iban en son de guerra, sino para enseñarles pacíficamente el Evangelio. Se aplacaron algo los aborígenes y tras un mes de permanencia entre ellos, los padres les convencieron de las ventajas de vivir en ciudades y no en forma nómade como lo hacían hasta la fecha. La idea en un principio fue bien recibida por los nativos que al poco tiempo comenzaron a levantar sus chozas de esteras, unas cerca de otras. Durante un año permanecieron los padres entre ellos; les tocó actuar en medio de la horrible peste que asoló la tribu en esa época, pero viendo que sus esfuerzos eran estériles para apartarlos de sus escalofriantes ritos y costumbres, decidieron regresar a la Asunción para trabajar en otras regiones de tribus más receptivas.

Entre tanto, los misioneros destinados al Guaira y al Paraná tropezaban también con grandes obstáculos y dificultades, pero por ser las tribus más pacíficas, iban logrando abundante fruto.

Las misiones del Guairá se extendieron hasta el Itatín y las del Paraná hasta el Uruguay y el Tape. De las misiones del Guairá, hoy territorio de Mato Grosso, tras recorrer doscientas leguas de camino llegaron a Paraná Pané, en cuyas márgenes fundaron, en julio de 1610, la primera Reducción del Guairá, que denominaron Loreto y a poca distancia de esta, San Ignacio Miní.

Dos años después llegan al Guairá otros dos misioneros, uno de ellos el padre Antonio Ruiz de Montoya, que en “Conquista espiritual del Paraguay” narra detalladamente el devenir de las reducciones del Guairá desde su fundación hasta su ruina. Del año 1622 al 1628 se fundaron once pueblos: San Javier de Tayatí, Encarnación de Nautinguí, San José de Tucutí, San Miguel de Ibitiruzú, San Pablo de Tayatí, Los Siete Arcángeles, Santo Tomás y Jesús María. Desgraciadamente, cuando las Reducciones se hallaban en maravillosa prosperidad, llegaron las hordas de los bandeirantes, sanguinarios mestizos paulistas que incursionaban a la caza del indio que luego vendían como esclavo. Tan triste circunstancia obligó a los padres a evacuar el territorio y desplazarse hacia el sur por el Paraná, con los doce mil indios que quedaban de los cincuenta mil que vivían de las reducciones. Al llegar a los Saltos del Guairá, se vieron forzados a abandonar las balsas y canoas para hacer el camino por tierra hasta llegar al sitio donde se establecerían, distante a 200 leguas de su primitivo emplazamiento. Las penurias y la peste redujeron a cuatro mil el ya tan mermado número de emigrados. Tras establecerse en la zona, los misioneros exploraron el Itatí, algo más al norte en las márgenes del Paraná, y lograron fundar los pueblos de Santos Ángeles, San José, Encamación o Natividad y San Pedro y San Pablo o San Benito. Innumerables penurias sufrieron las nuevas cristiandades por parte de los implacables bandeirantes como de los españoles y de la autoridad eclesiástica, que por intrigas reemplazó a los jesuitas por seculares que no sabían gobernarlas. Finalmente, la ferocidad de los bandeirantes obligó a estas comunidades, a emigrar de nuevo, y en 1659 se establecieron definitivamente las primeras Reducciones del Paraná en dos nuevos pueblos: Santa María de Fe y Santiago.

En 1609, el padre Marcial de Lorenzana fundaba entretanto la primera Reducción propiamente dicha, San Ignacio Guazú, a doce leguas de la margen izquierda del Paraná, llamada así para distinguirla de la del Guairá del mismo nombre, San Ignacio Miní, que se fundaría un año más tarde. Durante un año el padre Lorenzana tuvo a su cargo la dirección de lo que puede considerarse la capital de las Misiones, pero llamado a ocupar de nuevo el rectorado del colegio de la Asunción, es sustituido por el que habría de ser gloria de nuestra Iglesia y protector del Paraguay, el padre Roque González de Santa Cruz, cuyo intento de evangelizar a los guaicurúes referimos anteriormente.

 

EL PADRE ROQUE

Era el padre Roque hijo de una muy principal familia de la Asunción. Fueron sus padres don Bartolomé González de Villa Verde y doña María de Santa Cruz, patricios ambos y emparentados con la más rancia nobleza española. Nació en la Asunción en fecha incierta del año 1570 y desde muy niño su excepcional virtud fue motivo de admiración en el relajado ambiente moral de su ciudad, donde los españoles no daban precisamente aleccionadores testimonios de vida a los aborígenes, a quienes además explotaban y maltrataban en el odioso sistema de encomiendas, especialmente en las zonas yerbateras, donde morían indios a centenares de resultas del inhumano trato que recibían. En cierta oportunidad, cuando solo contaba doce años, desapareció Roque de su casa por varios días sumiendo a sus padres en terrible angustia. Cuando ya desesperaban de encontrarle, creyéndole víctima de las fieras, lo hallaron en plena selva, a doce leguas de distancia, instalado con unos compañeros bajo un cobertizo que prepararon para el efecto, mientras les leía en voz alta los Evangelios. A las ansiosas preguntas de sus padres respondió que tanto él como sus amigos habían decidido abandonar el corrompido ambiente ciudadano para dedicarse a la oración y a la penitencia, lejos de la civilización, a la manera de los primitivos Padres de la Iglesia. Oídas las razones de don Bartolomé González, el pequeño Roque regresó obediente al hogar, y perseveró en sus constantes ejercicios de piedad. Pero la triste circunstancia del indígena encauzó su espíritu contemplativo hacia la acción a favor de su causa. Y así fue como, no bien se lo permitió la edad, ingresó al Seminario, donde al poco tiempo sus virtudes y cualidades humanas e intelectuales se hacían legendarias. Su meta era una sola: redimir al indio de la oprobiosa esclavitud a que lo sometía el blanco.

Ordenado sacerdote en 1598, obtiene de sus superiores el permiso correspondiente para ir a los yerbales del Mbaracayú, sin estipendio ni gratificación de ninguna clase, con el fin de suavizar la brutalidad de los encomenderos españoles.

Durante el año que permanece en aquellos feracísimos yerbales, es mucho lo que logra mejorar la situación del infeliz indígena, que de señor de las selvas se había transformado en esclavo e instrumento de la codicia insaciable del invasor. De haber hecho su voluntad, el padre Roque hubiera quedado a vivir en “el infierno verde”, pero la Providencia lo destinaba a ser fundador de pueblos y por orden de su obispo regresa a la Asunción para desempeñar las funciones de vicario, provisor y cura de la Catedral. A lo largo de diez años desempeña con ejemplar eficacia estas tareas, demasiado muelles para su sed de sacrificio y su deseo inagotable de dación, pero no pudiendo resistir por más tiempo a su fervorosa vocación misionera, el 9 de mayo de 1609 renuncia a sus cargos subyugado por la labor misional de los jesuítas e ingresa en la Compañía de Jesús.

Tras su fallido intento de reducir a los guaicurúes, en el año 1612, es nombrado párroco de San Ignacio Guazú, en reemplazo del padre Lorenzana. En dichas tareas será secundado por el padre Francisco del Valle. Con el fervor que le es peculiar, el flamante párroco se entrega en cuerpo y alma a sus nuevas funciones. Le resultan cortas las horas del día para organizar el pueblo, que luego por su importancia llegaría a ser capital de las Reducciones. “Era Roque González de estatura alta, más delgado que grueso, de complexión robusta. En su rostro alargado había una alta y amplia frente, como si allí campeara el pensamiento con toda libertad; la nariz de líneas regulares sin acentuación pronunciada, los labios finos y de una agradable movilidad; su mirada simpática y comprensiva. Tenía confianza en una existencia prolongada y en el porvenir. Un sano optimismo le acuciaba, no obstante sentir a veces que le faltaba el corazón” (Furlong). A poco de llegar a San Ignacio, una terrible epidemia de cólera y viruela devasta gran parte de la población. Los padres González y Del Valle, hacen de enfermeros infatigables de los indios y gracias a sus esfuerzos se salvan numerosas vidas. Una vez dominado el mal, el padre González, consciente de que las causas de la peste son las insalubres chozas en que viven los indios, decide diseñar una ciudad que ofrezca al indígena el mayor confort e higiene posibles. Y así es como idea los edificios que luego habrán de ser característicos de todas las futuras Reducciones. Para ello divide el pueblo en nueve manzanas, una para la plaza y cada una de las otras con seis edificios de cien pies de frente y casas de cinco habitaciones para las familias nativas. “El padre González fue el arquitecto que trazó el plano que serviría de modelo a todas las Reducciones”, afirma el P. Teshauer.

Pero donde su ingenio e inagotable energía hacen prodigios es en el templo que construye sin más conocimientos arquitectónicos que su deseo de honrar a Dios e inculcar a los naturales el amor y el respeto a nuestra fe.

Admirado de su labor, el padre Del Valle escribe entusiasmado al provincial, padre Torres: “Todo esto se ha levantado mediante los increíbles trabajos del padre González. El mismo en persona es carpintero, arquitecto y albañil; maneja el hacha y labra la madera y la acarrea al sitio de la construcción, enganchando el mismo, por falta de otro capaz, la yunta de bueyes. El hace todo solo”. Pocos años después, los esfuerzos de los misioneros se ven recompensados con el florecimiento extraordinario de San Ignacio. Profundo conocedor de la lengua, a Roque González le toca la honra de ser el primero en traducir al guaraní las verdades fundamentales de nuestra fe. En carta dirigida al padre Torres, le expresa su satisfacción por la docilidad y gran sensibilidad religiosa de los guaraníes, que no oponen ninguna resistencia a ser adoctrinados y le narra en detalle los diversos ejercicios de piedad que realizan a diario.

Vivían los guaraníes, antes de reducirse, en pequeñas aldeas formadas por chozas de lodo y paja. No usaban la piedra en sus construcciones y sus chozas eran de forma redonda o alargada, tan grandes algunas que por sí solas constituían una aldea. Practicaban la poligamia y lascivos hasta el extremo, abusaban incluso de sus nueras. No era afrentoso entre ellos repudiar a sus mujeres ni ser repudiados por ellas; hospitalarios en extremo, recibían a sus huéspedes con llantos y alabanzas que luego trocaban en convites y festejos, que culminaban con el ofrecimiento de sus propias mujeres a los visitantes.

Eran gobernados por caciques ilustres por su nacimiento o por méritos propios. Sembraban el trigo que los europeos llamaban de Turquía (Techo), calabazas, habas y raíces comestibles. La caza la comían casi cruda y en las guerras desconocían la estrategia; antes bien, entablaban combate, impulsivamente, movidos por la cólera. Si en el primer encuentro con el enemigo fracasaban, se acobardaban y se desbandaban. Sus armas eran las macanas y saetas y acostumbran a pintar de negro sus cuerpos antes de la lucha. Normalmente se cubrían de taparrabos con plumas, adornados con conchitas. Daban gran importancia a las exequias de sus muertos y en ellas había mujeres encargadas de llorar y lamentarse a gritos. Enterraban a sus difuntos con una vasija cóncava en la boca, para que no se asfixiaran y colocaban a su lado una gran olla con alimentos, lo que expresa claramente su fe en otra vida. Eran muy afectos a la música y poseían gran habilidad para realizar todo tipo de trabajos artesanales. Pero no todo era tranquilidad en San Ignacio, porque los belicosos habitantes del Paraná inferior, incitados por indios apóstatas, hostilizaban continuamente a los guaraníes y eran tan temibles que obligaban incluso a los viajeros del Tucumán a desplazarse con poderosas escoltas. Ya el padre Lorenzana había querido convertir al cristianismo a aquellas indómitas tribus, pero sus intentos como los de conquista de las tropas españolas habían fracasado. “Llevando como únicas armas la cruz y un cuadro de la Virgen llamada ‘La Conquistadora’ emprendería Roque la conquista espiritual de aquella región que en balde armas españolas procuraron penetrar” (Teshauer). El 2 de enero de 1615 se pone en camino con grandes penurias, por lo pantanoso del terreno. Cuando consigue por fin embarcarse en canoa, baja hasta un lugar denominado Santa Ana, sobre la laguna Apipé, sitio donde anteriormente se habían establecido los franciscanos. Al poco rato, le salen al encuentro los naturales que ya habían sido adoctrinados por estos, para pedirle que no los abandonase, ya que ellos están dispuestos a reducirse. Antes de tomar decisiones, consideró Roque oportuno conversar con los franciscanos de Corrientes para evitar futuros malentendidos y así concierta con estos que, si en un plazo de seis meses no llegan franciscanos a Santa Ana, la reducción pertenecerá a la Compañía.

Consideraba Roque óptima la situación de Santa Ana como llave del Paraná y tras prometer un rápido retomo a sus pobladores, navega unas cuantas leguas río arriba, hasta que le cortan el paso los temibles aborígenes pintados y preparados para la guerra. Soberbio, el cacique le pregunta cómo se atreve a penetrar en sus dominios donde ni las tropas lo intentaron. Con absoluta serenidad, Roque les explica los motivos de su visita y es tanta la placidez y mesura de sus gestos y palabras, que los salvajes lo dejan pasar. Más adelante, tropieza con el mismo problema y vuelve a salir airoso, hasta que por fin llega a un sitio llamado Itapúa, que considera ideal para fundar una reducción, por vivir en él numerosas familias. Con la autoridad moral que le caracteriza, se gana la voluntad de los pobladores e, incapaz de emprender nada importante sin permiso de sus superiores, viaja a la Asunción para obtener la licencia de fundación. En su ausencia, una tribu azuzada por un apóstata, ataca a los itapuanos y trata de derribar la cruz que colocara Roque antes de partir. Pero los indios permanecieron fieles al emblema cristiano y logran derrotar a sus atacantes.

Ya en la Asunción Roque conversa con la autoridad eclesiástica y la civil, que en esa circunstancia era su propio hermano don Francisco González de Santa Cruz, cuñado de Hernandarias, teniente general y gobernador interino de la Asunción. Entusiasmado este con la idea de nuevas fundaciones, le otorga un decreto, el más antiguo, referente a dichas zonas, fechado el 23 de febrero de 1615: “El Capitán Francisco González de Santa Cruz, Gobernador de la Asunción, cabeza de las Provincias del Río de la Plata, Concepción y ciudad de Huera, etc.: Digo que, por cuanto los Padres de la Compañía de Jesús, con su mucha caridad y celo del servicio a Dios, nuestro Señor y de S.M. tienen hablado y apalabrado muchos indios infieles para reducirlos y poblarlos en partes y lugares cómodos, adonde sean doctrinados y enseñados en las cosas de nuestra fe católica. Por lo cual y por muchas cosas que a ello me mueven; yo en nombre de S.M. y por virtud de los poderes que para ello tengo, doy licencia y facultad al Padre Roque González de Santa Cruz de la dicha Compañía o a otro cualquiera de la dicha Compañía de Jesús, para que pueble y haya en nombre de S.M. tres o cuatro Reducciones en las partes y lugares que mejor les parece, y en particular enfrente de Itapúa, de la otra banda del Río Paraná...”.

 

LAS FUNDACIONES

Parte Roque de la Asunción con la pequeña caravana de indios fieles que le acompañan y llega a Itapúa la víspera de la fiesta de la Anunciación. Al enterarse de la fidelidad de los itapuanos su corazón reboza de gozo y decide consagrar el nuevo pueblo a la Encarnación del Verbo. Con gran solemnidad, al día siguiente, aniversario de su primera misa, celebra el Santo Sacrificio y funda el pueblo de Nuestra Señora de la Encarnación de Itapúa en el año 1615.

Fácil es de imaginar la actividad que habrá desplegado nuestro misionero para sentarlos cimientos de la nueva reducción. Cuando meses más tarde llega para ayudarlo el padre Boroa, comienzan a edificar el templo y los edificios de acuerdo con los planos de San Ignacio Guazú. Pero a más de los trabajos y penurias propios de la vida misionera, los padres sufren terriblemente de hambre, por no haber en la zona más que almidón y unas yerbas trepadoras que comen los paraguayos y que se ven forzados a comer también ellos, a falta de otra cosa. Una vez terminado el templo, Roque coloca en imponente ceremonia el cuadro de “La Conquistadora” en el altar mayor.

No pasa mucho tiempo sin que sus esfuerzos se vean recompensados con la incorporación a la reducción de seis mil indígenas que piden ser bautizados.

Entre tanto, como los franciscanos no dan señales de vida en Santa Ana, el padre González decide efectuar la fundación que prometiera a los naturales y, dejando al frente de Itapúa al padre Boroa, se dirige de nuevo a la laguna Apipé o Apunyen, en cuya margen funda una nueva reducción, a fines de 1615. Ocho meses más tarde, cuando las obras de la nueva reducción se hallan encaminadas, los franciscanos solicitan al reelecto gobernador Hernandarias la devolución del pueblo. Sin una sola protesta, con la humildad y paciencia que le caracterizan, Roque González abandona el pueblo que lamentablemente no prospera en manos de los hijos del Poverello, quienes más tarde se trasladan con sus neófitos a Itatí. Hernandarias, cuñado de Francisco González de Santa Cruz por estar este casado con una hermana suya, mantenía las más cordiales relaciones con el padre Roque y decide visitar Itapúa con una escolta de cincuenta soldados, para tomar así, oficialmente, posesión de la hasta entonces indomeñable región del Paraná. Le advierte Roque de los peligros que ello implicaría, ya que los indios de esa zona experimentan un odio invencible por los ejércitos españoles, pero Hernandarias no escucha razones y hace su entrada triunfal en Itapúa, donde dice en alta voz: “Demos gracias a Dios por el poder de la Cruz, a la que debemos pisar esta tierra, que la espada y el valor español no lograron conquistar en muchos años”. Pero ya se cumplen las aprensiones de Roque, pues los indios de la ribera opuesta se aprestan a atacar, lo que obliga al gobernador a retirarse prudentemente el mismo día de su llegada, por ser sus fuerzas infinitamente inferiores a las de los aborígenes.

Esta simple visita de un día de Hernandarias a Itapúa, hicieron luego valer los asuncenos para reclamar derechos sobre los indios del lugar, pero el pleito lo ganó la Compañía, puesto que Itapúa no fue conquistada sino visitada por Hernandarias, cuando ya era un pueblo constituido. Este justo fallo levantó una nueva ola de calumnias y azuzó aún más el odio que los encomenderos tenían a los jesuítas, quienes al reducir indios los privaban de esclavos.

Un año más tarde, en 1616, Roque González funda sobre el Paraná otra nueva reducción: Nuestra Señora de la Candelaria, y en 1617, cumpliendo órdenes del nuevo provincial, padre Oñete, explora las riberas opuestas del Paraná y las del Uruguay. Recorre las actuales misiones argentinas y funda, frente mismo a Itapúa, o sea en el sitio de la actual Posadas, otra reducción. “Acomodéme en una chozuela junto al río, hasta que luego después me dieron otra choza pajiza, algo mayor, y poco más de dos meses después envió el Padre Rector de la Asunción, al Padre Boroa. Llegó a aquel puerto el segundo día de Pascua del Espíritu Santo y ambos nos consolamos harto de vemos en partes tan remotas y apartadas; acomodámonos en la choza ambos, apartadizos de cañas y con los mismos estaba atalajada una capillita, poco más ancha que el altar a donde decíamos misa” (Furlong). A Roque González le cupo, con los padres Boroa y Del Valle, que llegó luego, “roturar la primera rojiza gleba misionera y sembrar los primeros granos de trigo y maíz”. Pero las dos primeras cosechas resultaron estériles y los tres jesuítas hubieron de alimentarse de cardos silvestres a falta de pan, hasta que los franciscanos de Corrientes los ayudaron con bastimentos. Enterado Hernandarias de la labor del padre Roque, quiere conquistar por las armas el Uruguay, pero este le recuerda el incidente de Itapúa y el gobernador se abstiene de intervenir. Recorre el padre Roque la región de norte a sur y de este a oeste, con desprecio absoluto de su vida, y funda Concepción o Ibitacuá en 1619; San Nicolás sobre el Piratini en 1626, San Francisco Javier o Yaguarití en 1626, Nuestra Señora de la Candelaria o Caazapaminí en 1628; Nuestra Señora de la Asunción, sobre el Ijuhy, en 1628 y Todos los Santos del Caaró en ese mismo año. Así lo afirma el padre Teshauer. Según Techo, fundó además Yapeyú y, según Montoya, Corpus Christi. Furlong dice: “Roque González, después de fundar Itapúa fundó Santa Ana y Yaguaporá en tierras del Paraná y a Concepción, a San Nicolás, a San Javier y a Yapeyú sobre el río Uruguay”.

Pero estas múltiples fundaciones le exigen terribles sacrificios por ser las zonas inhóspitas, pobladas de fieras, reptiles y mosquitos y por ser los uruguayos gente temible. A ello se suma la sublevación del cacique Arapizandú, cofundador de San Ignacio Guazú y gran defensor de los cristianos en un comienzo. Arapizandú levanta las tribus vecinas y se une a Tabaca del Paraná, terror de los nuevos pueblos.

Pero, en un elocuente discurso, el padre Salas aplaca a Arapizandú que, arrepentido, escolta luego al padre Roque en su visita a la zona de los Saltos del Guairá, jamás hollada por blancos, y lo protege de sus ferocísimas tribus.

En regiones del río Uruguay, Roque González cuenta con la valiosa ayuda de Nieza, poderoso cacique que se impone a los naturales. Si bien el padre recorre constantemente las nuevas fundaciones, es en Concepción del Uruguay, cabeza de la provincia, donde tiene su sede oficial y permanece en dicho pueblo siete años, trabajando sin cesar, pues los indios no acaban de someterse.

Se encuentra en Concepción cuando le llega un emisario del gobernador del Río de la Plata, don Luis de Céspedes, llamado Zayas, quien le pide en nombre de su Señor que abra un camino de Concepción a Buenos Aires, que para ello él “le proveería de lo necesario, pues desesperaba de abrirlo por las armas”.

Gran alegría causa a Roque el pedido, ya que ello significa una valiosa ayuda en su labor civilizadora y, acompañado del cacique Nieza, del emisario y de una pequeña escolta, recorre en veinticinco días de accidentado viaje las ciento treinta leguas que lo separan de Buenos Aires. El 4 de julio de 1626 es recibido con todos los honores en la capital del Río de la Plata. Deslumbrado Nieza por el esplendor que jamás imaginara, jura ante el gobernador Céspedes y ante el obispo “fidelidad al rey con la sola condición de no ser jamás sometido a los españoles ni tener otros sacerdotes que los Jesuítas” (Teshauer). Diez días más tarde, Roque González y sus compañeros parten de Buenos Aires, y de regreso, mientras recorren de nuevo las ciento treinta leguas de distancia, exhortan a las distintas tribus a convertirse a nuestra fe. Tras llegar a Concepción se entera de que en la cercanía había tribus dispuestas a reducirse e inmediatamente emprende viaje hacia Caazapaminí y funda Candelaria (que no debe confundirse con la Candelaria de las márgenes del Ybycuí), bautizando luego a doscientos neófitos. En el curso de ese mismo año, de 1627 a 1628, serán siete mil los indígenas bautizados por él.

Deja Roque al padre Romero al frente de la nueva cristiandad y se interna en diversas tierras vecinas en compañía del padre Castillo. Al saber de su llegada, Niezú y otros hechiceros comienzan a intrigar, pues ven con odio su presencia que les hará perder prosélitos.

 

EL MARTIRIO

Hipócrita sin embargo, Niezú simula amistad y sumisión y levanta una capillita en la región del Ijuhy, que el 15 de agosto de 1628 el padre Roque consagra a Nuestra Señora de la Asunción, nombrando párroco al padre Castillo. De ahí se dirige a Itapúa, en una de las regulares visitas que en su calidad de superior realiza constantemente a las diversas fundaciones, los pobladores de Itapúa lo reciben jubilosamente y, tras permanecer unos días entre ellos, acompañado del padre Rodríguez, vuelve a Caazapaminí y se interna en el Caaró, el 31 de octubre de 1628.

Se extendían estas regiones hasta diez leguas del río Uruguay y estaban densamente pobladas, por lo que el padre González pensó que serían, una vez convertidos sus habitantes, valiosos baluartes del cristianismo. El 1º de noviembre funda el pueblo al que llama Todos los Santos y, según su costumbre, bautiza a los niños y comienza a instruir a los adultos, secundado por el padre Rodríguez. En los quince días siguientes serían 9.000 los infieles que bautizaría.

No sospechaba el santo religioso que esta sería su postrer fundación y que muy pronto descansaría definitivamente de sus penurias y fatigas. El 15 de noviembre de 1628, Marangoa, Caarupé, Caaburé y otros hechiceros, azuzados por Niezú, irrumpen sorpresivamente en Todos los Santos y, de un mazazo en la cabeza, dan muerte a quien consagrara toda su vida a la causa del aborigen.

Lo mismo hacen con el padre Alonso Rodríguez, tras lo cual incendian la capillita y profanan la sagradas Formas. Despavorido, Marangoá, al escuchar hablar al exangüe cuerpo del padre Roque, le arranca el corazón y, luego de atravesarlo con una flecha, lo arroja a las llamas. Tras ello, dando espantosos gritos, los conjurados se dirigen a Nuestra Señora de la Asunción, donde prenden al padre Castillo, a quien asesinan tras someterlo a horrible martirio.

Satisfecho Niezú por haberse sacado de en medio a los tres religiosos, envía emisarios a las tribus de las costas del Atlántico, para efectuar una ofensiva contra las restantes poblaciones cristianas, pero en los primeros encuentros es derrotado por los hombres de Arapizandú y por otros muchos que permanecieron fieles a los jesuitas y a sus vecinos los franciscanos.

Cuando días después se rescatan los cuerpos de los mártires, el padre Romero halla entre los restos de la hoguera el corazón del padre Roque, “chamuscado pero no quemado”. Años más tarde, en 1632, la reliquia es llevada a Roma y tras permanecer tres centurias en el archivo de la Compañía de Jesús, es traída a la Iglesia del Salvador en Buenos Aires. En el año 1960, con gran solemnidad, es traída por primera vez a la Asunción, y el 28 de septiembre de 1968, la Sagrada Congregación de Ritos se expide al respecto, devolviéndonosla definitivamente. Pero su destino final, una vez terminado el proceso de santificación, habrá de ser San Ignacio, donde comenzara Roque sus trabajos en las Reducciones.

Este fue un esbozo, la labor realizada por Roque González de Santa Cruz a lo largo de veinte años de vida misionera. Para narrarla en detalle, para dar al lector una idea aproximada de las virtudes heroicas que exige una tarea de esa índole, sería necesario escribir varios volúmenes. Proféticamente, su compañero de luchas, el padre Boroa, dijo de él: “Roque González habrá de trascender las fronteras del Paraguay, para alcanzar dimensiones universales”. Porque no solo peligros, no solo miserias y privaciones, no solo incomprensiones y calumnias sufrió nuestro protomártir. Su alma hubo de pasar también por el crisol al que Dios somete a sus elegidos. En las humildísimas cartas que escribía a su provincial, el lector puede detectar fácilmente su tremenda angustia espiritual, la aridez de su alma que se consumía en soledad, sin consolación alguna. Como San Juan de la Cruz, Santa Teresa, San Bernardo y todos los grandes místicos, Roque González sufrió también “su noche obscura del alma”, pudiendo haber hecho suyos los inmortales versos de San Juan de la Cruz:

¿Por qué pues has llagado

Aqueste corazón, no le sanaste?

Y pues me le has robado,

¿Por qué así le dejaste,

Y no tomas el robo que robaste?



BIBLIOGRAFÍA

1. Declaraciones de los padres Francisco de Aquino y Juan de Gamarra (Archivo General de la Nación Argentina).

2. Declaraciones de Francisco de Aquino ante Manuel Cabral (Archivo General de la Nación Argentina).

3. Nicolás del Techo: “Historia de la Provincia del Paraguay”, Tomos I, II y III.

4. Carlos Teschauer, S.J.: “Vida e obras do veneravel Roque González de Santa Cruz, primero apostolo do Río Grande do Sul”.

5. Guillermo Furlong, S.J.: “Misiones y sus pueblos de guaraníes”.

6. Antonio Ruiz de Montoya, S.J.: “Conquista espiritual del Paraguay”.

7. Pedro F.J. de Charlevoix: “Historia del Paraguay”, Tomo II.

8. Pablo Hernández, S.J.: “Organización social de las doctrinas guaraníes de la Compañía de Jesús”.

9. Efraím Cardozo: “El Paraguay colonial”.

10. Femando Pérez Acosta, S.J. “Las Misiones del Paraguay”.



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CIUDADANOS ILUSTRES

Por BEATRÍZ RODRÍGUEZ ALCALÁ

Colección ACADEMIA PARAGUAYA DE LA LENGUA ESPAÑOLA - TOMO VII

Editorial SERVILIBRO

Asunción – Paraguay, Octubre 2013 (196 páginas)

 

 

 

 



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