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REVISTA DEL PEN CLUB DEL PARAGUAY

  IV ÉPOCA-Nº 16 / NOVIEMBRE 2008 - REVISTA DEL PEN CLUB DEL PARAGUAY


IV ÉPOCA-Nº 16 / NOVIEMBRE 2008 - REVISTA DEL PEN CLUB DEL PARAGUAY

“REVISTA DEL PEN CLUB DEL PARAGUAY

POETAS – ENSAYISTAS - NARRADORES”

IV ÉPOCA - Nº 16

Arandurã Editorial,

Asunción-Paraguay, Noviembre 2008




MENSAJE DE LA PRESIDENTA DEL PEN
 
El PEN Paraguay es uno de los pocos, tal vez el único en el mundo de los Centros PEN que edita una revista con obras de escritores del país a razón de dos números por año y en forma ininterrumpida desde el 2000. Son una muestra genuina de la expresión literaria de los escritores actuales más representativos del Paraguay y que, con suma complacencia fueron presentadas a nivel internacional.
 
En este N° 16 de Poetas, Ensayistas y Narradores (PEN), se incluyeron las obras de nuevos socios y jóvenes estudiantes de diversos colegios.
 
Uno de los acontecimientos resaltantes de los últimos meses fue nuestra participación en el 74° Congreso Mundial del PEN Internacional realizado en la ciudad de Bogotá, Colombia del 19 al 22 de septiembre del 2008, donde se reunieron cerca de 130 delegados de 70 países. El tema central de este congreso fue: "EL PAPEL DE LA PALABRA" sobre el cual giraron las distintas conferencias dictadas por destacados escritores y académicos del mundo; así mismo se realizaron mesas redondas y paneles de los comités que conforman el PEN Internacional. Las asambleas de Delegados se realizaron dentro un marco de orden y respeto. Fue impresionante la interacción armónica de los participantes; era un verdadero encuentro multicultural y multiétnico, sin distinción alguna en todos los aspectos de la expresión y calidad humanas. En cuanto al aspecto organizacional fue excelente y el esfuerzo realizado por los miembros del Centro PEN de Colombia y del PEN Internacional fue realmente maravilloso. La bella ciudad de Bogotá, escenario de un paisaje prodigioso, es una conjunción armoniosa de lo moderno con el esplendor colonial, donde la riqueza cultural emerge en todos los rincones de la ciudad con sus bibliotecas, museos, e instituciones académicas.
 
A nivel nacional, durante el segundo semestre del año, hemos participado de varios lanzamientos de libros de miembros del PEN Paraguay. Citamos entre ellos a Jacobo Rauskin, Esteban Bedoya, Maribel Barreto, Lorenzo Livieres, Nelson Aguilera y Lucía, Scoscería con su último libro "ROSAS SOBRE EL RÍO DE LA PLATA".
 
Entre las tareas de extensión literaria se realizó el seminario sobre el haiku (poesía japonesa) organizado en forma conjunta con el Centro Paraguayo Japonés (CPJ) destinado a los estudiantes secundarios de talleres literarios de sus respectivos colegios que fueron: Colegio Nacional de la Capital, Colegio Nacional de Lambaré, El Sembrador, Goethe, Iberoamericano y Nihon Gakko. Una selección de los 11 mejores haiku de los participantes se incluye en la presente revista.
 
Siguiendo con las actividades literarias, los miembros del PEN participaron de un "Encuentro con la poesía" con profesores y alumnos de grados y post grados y grado de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional del Este (UNE).
 
El premio Bienio 2006/2008 instituido por el PEN Club del Paraguay y el Instituto Cultural Paraguayo Alemán-Goethe Zentrum en su 4ª edición se otorgó al señor LORENZO LIVIERES BANKS por su obra El proceso histórico político paraguayo, la decisión fue tomada por los miembros del jurado "en virtud a los grandes méritos literarios y por lo medular de los ensayos que distinguen la citada obra". Así mismo el jurado expresa su satisfacción por "la alta calidad de las obras presentadas en esa oportunidad".
 
Como se acercan las fiestas de fin de año y con la esperanza de haber cumplido nuestros anhelos como escritores, agradezco al Consejo de Redacción del PEN, a la editorial Arandurã y a todos los integrantes y amigos del PEN Club del Paraguay por su valioso apoyo en llevar adelante nuestros planes en forma discreta y efectiva. Deseamos seguir trabajando por la valoración y el reconocimiento de la cultura paraguaya a través de la literatura. Gracias a todos. ¡Muchas felicidades!


Presidenta, PEN Club del Paraguay

 

INDICE DE OBRAS:

POETAS

 
MANUEL E.B. ARGÜELLO: A TU RECUEDO “PUERTO NUEVO”
 
MARÍA EUGENIA AYALA: XII/ XXXVI
 
WILLIAM BAECKER: TANTO/ QUE NOS QUEDA?
 
RUBÉN BAREIRO SAGUIER: EL RÍO DEL EXILIO
 
MARIBEL BARRETO: CRUCE DE CAMINOS
 
GLADYS CARMAGNOLA: LEGADO/ DESPEDIDA
 
AUGUSTO CASOLA: DOS POEMAS A MI HIJO MUERTO/ 8/ 9
 
EFRAÍN ENRÍQUEZ GAMÓN: ODA A BRIGITTE BARDOT
 
LUIS MARÍA MARTÍNEZ: ¿POR QUÉ?/ YA ES HORA/ DESTRUYAMOS LO VIEJO (1)
 
FRANCISCO OLIVEIRA Y SILVA B.: NOCHEBUENA/ CONTIGO
 
ELINOR PUSCHKAREVICH: ALLÁ LEJOS/ EL ESPEJO/ LA CASA
 
DOMINGO RIVAROLA: FINAL/ POEMA
 
ELSA WIEZELL: AYER
 
HAIKUS DE POETAS INVITADOS:
 
· COLEGIO NACIONAL DE LA CAPITAL: Victorina Mabel Añazco Ortega; Victoria Cano Cáceres, Marlene Malfitano; Juan José Ruiz Díaz Otazú;
 
· COLEGIO NACIONAL DE LAMBARÉ: Tamara Barreto L.;
 
· COLEGIO GOETHE: Leticia Parquet; Virginia Solalinde Parini; Darío Yann I.;
 
· COLEGIO IBEROAMERICANO: Adriana da Costa;
 
· COLEGIO NIHON GAKKO: Héctor Martínez; Ana Rivarola; José Carlos Silvero.


ENSAYISTAS

 
ABELARDO DE PAULA GOMES: PROMETEO, EL LIBERADOR MÍTICO DEL HOMBRE
 
EFRAÍN ENRÍQUEZ GAMÓN: HELIO VERA, ENTRE LA REALIDAD Y EL MITO
 
VÍCTOR-JACINTO FLECHA: JOSEFINA PLÁ, LA ESTRELLA MÁS BRILLANTE DEL CIELO CULTURAL PARAGUAYO
 
EMI KASAMATSU: EL ROL DE LA TRADUCCIÓN PARA UN DIÁLOGO INTERCULTURAL Y POR LA PAZ
 
LORENZO LIVIERES: ¿PARA QUÉ CIENCIAS SOCIALES EN EL PARAGUAY? (AÑO 1997)
 
ENRIQUE MARINI PALMIERI: FERVOR DE BUENOS AIRES: ESCRIBIR Y REESCRIBIR, MODOS DE LA ETERNIDAD EN JOSÉ LUIS BORGES
 
LUIS MARÍA MARTÍNEZ: ARTIGAS, EL PROSCRITO, EN LA VISIÓN DEL POETA MANUEL VERÓN DE ASTRADA
 
 
GENARO RIERA HUNTER: MANUEL ORTÍZ GUERRERO CON JOSÉ ASUNCIÓN FLORES: EL SEGUNDO NACIMIENTO DE LA GUARANIA

 

NARRADORES

 
DELFINA ACOSTA: GUÍA DEL CEMENTERIO
 
PRINCESA AQUINO AUGSTEN: EL NOMBRE DEL RÍO
 
JEU AZARRU: DIÁLOGO CON EL AUTOR
 
ESTEBAN BEDOYA: EL PLANTADOR DE AMAPOLAS
 
AUGUSTO CASOLA: EN EL UMBRAL
 
JOSÉ PÉREZ REYES: UN ROSTRO EN EL CAMINO
 
LUCÍA SCOSCERIA: NO LLORÓ

 
 
 
 

POETAS
 
A TU RECUERDO, "PUERTO NUEVO"
 
A poco de estar la guerra del Chaco se convirtió
 
en un altar de insaciable voracidad para nuestros
 
jóvenes. Nació este poema que es un homenaje a
 
los mismos que, erguidos, henchidos de Patria,
 
saltaban de los muelles al "Tembey".
Arrodillado duermes, Puerto Nuevo,
tu paralelo sueño de Bahía.
Botes y olas, marcan tu contorno,
amarrados a tus pies de cemento.
Peces y agua delimitan Norte a Sur
la arena mojada de tus brazos.
Más allá de tus grúas y vagones
la olvidada presencia de tu Chaco.

Enmudecido paisaje de quebrachos,
sal y polvo diluyen en mis ojos
su sangrante de cañones.
Horizontes de barcos, Puerto Nuevo.
Alejan de tus muelles vivos jazmines
en aras de su nombradía de trincheras.


 
 
EL RÍO DEL EXILIO
 
Al comienzo fui pez en la corriente,
pez de placentario sueño
en el lecho del limo.
 
Después me convertí en ventana;
fui abriendo los ojos de los días,
preguntando noticias de la mar,
gritando mi sed de lejanía.
 
Ya por entonces cantaba una canción.
 
El relente puñal del mediodía
me tajeó las alas.
Me dolía el cantar de las cigarras
y me puse a volar,
de pétalos a cifras,
sin alcanzar la estrella de la tarde.
 
Tricé cristales en el aire.
Mi voz sangró y me llamaron viernes,
sin más,
tal vez porque iba acumulando
miel amarga en mis panales.
Cuando la tarde comenzó a apuntar
la corriente del hombre oscureció
y mi sueño de pájaro tornóse cuervo
de ríspido plumaje
y de afiladas garras.
 
Ave de presa,
presa del odio,
de la nostalgia.
Tan lejos del agua lustral
de la primera tierra.
 
Ya no era yo el pájaro,
era la presa,
la rapiña del tiempo
con la espalda sangrando
de recuerdos.
 
Claro que puedo volver,
resucitar palomas,
desmadejar memorias,
recuperar libélulas,
techar la antigua casa,
recomponer setiembres,
embotellar el mar,
nuevamente habitar los espejismos.
 
Pero el sueño termina
con la muerte
porque el río
nunca sube de vuelta
la corriente.
 
Se queda la canción
que es pez ya sin declive.
Pero el río...
el río es de viento.

 
 
FINAL
 
Te busco
minuto
a minuto,
sitio
por sitios,
días
tras días.
 
Te busco
entre las cosas
que quedaron,
en los rincones
de la antigua casa,
en lo que queda
en mi memoria.
 
Sigues
ausente,
sin palabras
que retorne
algo tuyo,
sin un signo
que delate tu presencia,
sin que surja
una protesta
por todo lo perdido,
por lo que parecía nuestro
para siempre.
 
Ahora
no quedan reclamos
por lo que fue tuyo
o mío
o quizás totalmente
nuestro.
 
Ahora
nada presagia
el regreso.
 
POEMA
Uva
y sal
envolviendo
tu interminable
geografía.
 
Uva
y sal
derrochando
sobre tu cintura
torrentes
de fiebres
y regocijos.
 
Uva
y sal
tiñendo de colores
y estallidos
los crepúsculos
y las alboradas.
 
Uva
y sal
acogiendo
las semillas
que retienes
en tu cuerpo
en cada encuentro.
 
Uva
y sal
aprisionando
mis manos
y mi boca
en tus inagotables
orillas.
 
Uva
y sal
rebosando
de dulzuras
en tus irresistibles
territorios.
 
Uva
y sal
en tus regresos
y en tus partidas.

 
 
AYER
 
Éramos nocheros en contacto de nubes.
Como pensamientos concéntricos
girábamos intangibles.
Mi corazón buscaba el nido como nirvana
el suyo era un espcio nictálope.
Formábamos légamo solitario con voces.
Parecía baladí el abrazo
pero adentro era fruto
con gravitación del tiempo antiguo.
La mirada concluyente
los gestos de clavicordios
tan claros para nosotros.
La risa brisa y cuatro pisadas
marcando el ritmo de mar.
Construimos un puente para flotar
mientras el corazón
marcaba tambores.
Arriba, una bandada de gaviotas
saludaban con cortesía
este amor diferente y única
Sabíamos del suspiro del cangrejo
aprendimos la virazón de sur.
De apología y viento
fue a circunstancia de los ecos.
Apoteósico será el adiós en voz baja.


 
 
NARRADORES
 
 
UN ROSTRO EN EL CAMINO
 
Llanuras y rutas.
 
Cielo sin nubes.
 
Pocos vehículos en la carretera. La calurosa andanada de los días de enero menguaba el tránsito de la siesta.
 
Mucho verde a los costados y gris al frente.
 
Arriba, un tono celeste.
 
Era un día hilvanado por la aguja del tedio.
 
Ninguna cosa parecía quebrar esa monótona placidez de la nada.
 
Después de un asado familiar en Capiatá, Amílcar Olmedo iba manejando el pequeño vehículo que compró, usado y sin garantía, hace casi un año.
 
Ahora tenía una misión e iba a gran velocidad por la ruta 1, rumbo a San Ignacio, Misiones.
 
Sus parientes, invariablemente presentes en el asado, después de deliberar ante unos platos vaciados y vasos aún salpicados de espuma, le asignaron una misión; el principal pedazo, ya no del día sino para toda la vida: el destino de la casa que tenían allá en San Ignacio, propiedad del padre, don Juan Olmedo, quien había fallecido , hacía menos de dos meses. Eran varios herederos y todos querían más de lo que había para repartir, hasta se alegrarían si alguno de ellos siguiera la suerte del viejo para que así les quedara una parcela más para distribuirse, y al decir distribuirse en ese tono sonaba a algo así como distrito de buitres, fue esa la impresión que zumbó en los oídos de Amílcar al abandonar esa mesa llena de parentela con hambre de algo más.
 
Se dirigía a la casa en cuestión donde actualmente el único que allí vivía era su hermano Tobías, para convencerle de que desistiera de la insensatez de poner a la venta esa casa. Tobías tenía previsto mudarse a una casa más chica, con menos pasado, en un barrio cercano, por eso, empecinado en dejarlo todo atrás, se disponía a colocar caprichosamente un letrero de "vendo" en la entrada de la casa familiar, sin consultar con los demás.
 
Amílcar tenía que hacer recapacitar a Tobías, debía sacarle de la cabeza esa obsesión de vender la finca en San Ignacio. Tenía que abrirse la sucesión, llevar adelante el debido proceso con documentos, llegar a la sentencia declaratoria de herederos, hacer la división de condominio entre todos. Tobías quería adjudicarse toda la propiedad alegando que él fue el único que allí cuidó y mantuvo al padre enfermo en esos últimos años. Quería adjudicarse solamente para vender y librarse de la propiedad que para él se transformó en sempiterna sala de enfermería. Pero las sucesiones no funcionan así. Ese inmueble vale por todo lo que ya les dio y por lo que esperan les siga dando a los hermanos. Así como está la situación económica, con tanta devaluación, sería malvender a un precio irrisorio, eso le diría. Poco podía intuir sobre la respuesta. Solamente conjeturaba que su hermano se había subido al tobogán de la ilusión; imposible bajarlo, hasta que se dé cuenta de que al otro lado del tobogán no hay nadie para recibir su caída. Pero eso lo pillaría recién durante la rápida pendiente, pensó Amílcar. Hay que hablarle, no tiene que precipitarse, Tobías no puede avasallar el derecho de la viuda y de los demás hermanos, eso era lo que todos habían pensado ante las brasas del asado. Si juntaban todas esas ideas familiares de seguro tendrían una especie de panal con abejas zumbando pero a diferencia de ellas, sus parientes no hacían trabajo conjunto, puro zumbido.
 
Preocupado y a la vez apurado, quería tener a alguien en el auto para charlar allí, para contarle éste u otro problema, del ámbito laboral o familiar, porque él es de la clase de personas que creen que se viene al mundo para hablar de los problemas, aunque también se daba cuenta de que ventilándolos así tampoco llegaba a solucionarlos.
 
En la radio hablaban de pensiones y jubilaciones de excombatientes de la guerra del Chaco
 
Apagó la radio para evitar ese debate que le traería recuerdos de su viejo, teniente Juan Olmedo, quien luchó tres años en ese inhóspito frente y le llevaría a relacionar con una guerra menos cruenta pero más lenta que ahora libraba su madre, con el interminable trámite que acababa de iniciar para acceder a la pensión correspondiente a viuda de excombatiente. En las oficinas públicas se libraba una guerra propia entre papeles.
 
Prefirió escuchar el viento en el trayecto de la ruta, ya que las emisoras, en fin, tampoco daban muchas opciones musicales. El olor a pastizal quemado le llegó como si fuera parte del sudoroso día.
 
Aminoró la marcha al cruzar el pueblo de San Miguel, al divisar, a un costado de la ruta, la lana tejida artesanalmente. Allí la gente lavaba, secaba, hilaba y teñía la lana. Con ella hacían de todo y en sus puestos al costado de la ruta, ofertaban camisas, polleras, frazadas, ponchos, alfombras, gorras, hamacas y colchas. Pensó en comprar alguna cosa, pero ahora tenía prisa. Lo haría a la vuelta y en este puesto, particularmente, porque aquí le encantó la sonrisa de una de las mujeres vendedoras apostadas cerca del árbol cuyas ramas eran usadas como perchero exhibidor de donde colgaban las prendas.
 
Entonces apareció dentro de su auto, sentada a su costado, una muchacha acelerada en sus gestos y en su forma de hablar.
 
Allí estaba esa desconocida joven hablándole con toda confianza, como si nada. Tenía cabellos y ojos negros, una expresión de cansancio en sus facciones flacas, las manos muy nerviosas para sus poco más de veinte años. Amílcar jamás la había visto, estaba tan concentrado en conducir, que no supo si el pesado calor le estaba jugando una broma.
 
Parecía una burla, ¿de dónde apareció esta chica y cómo entró aquí? Acaso era su deseo de conversar que tuvo eco y apareció aquí esta parlanchina enviada especialmente.
 
No había tiempo para conjeturas, había que manejar. En vano le preguntaba quién era o cómo había subido al auto. La extraña no respondía sus preguntas, sólo hablaba sin parar, contaba sus problemas como si a alguien le importara. Era como si estuviese hablando sola, ni le miraba al conductor, sólo fugazmente a través del espejo retrovisor. Nada daba a entender que pudiera tener intenciones de robo. Será mejor bajarla aquí mismo, pensó Amílcar, o si no más allá de la siguiente curva.
 
No había oportunidad de pisar el freno, había un apremio familiar para llegar a destino. No tuvo tiempo para aclararse ninguna duda. La entrometida hablaba y llegaba al extremo de la situación atribuyéndose la facultad de reprocharle cosas al incluirle, sin razón alguna, entre sus problemas.
 
Esa crítica a destiempo puso más nervioso a Amílcar, que ante la falta de respuesta por parte de la atrevida, seguía preguntándose de quién se trataba.
 
No sabe cómo ella entró, pero sospechaba que ocurrió al aminorar la velocidad cerca del puesto de venta de lanas, aunque ese lapso no pudo haber sido suficiente. Además, el automóvil había estado en marcha todo el tiempo, se garantizó a sí mismo.
 
La extraña le pidió que le invite un cigarrillo.
 
Amílcar se negó y ella, con un rápido movimiento, tomó un cigarrillo de la cajetilla reclinada en el tablero pero, al sacarlo, su impulso echó la cajetilla.
 
Simuló recoger las cosas y le rogó que le encendiera el cigarrillo. Él reprochó este abuso de confianza. La insistente polizonte se ponía a jugar con las reglas prohibitivas y argumentaba que hasta los que van a ser fusilados acceden a un último cigarrillo, que hasta a los condenados se les concede eso, y que así se les cumple su último deseo.
 
Amílcar Olmedo, transformado ya en complaciente chofer, hizo un gesto despectivo y no pudo evitar recoger la cajetilla, que contenía también el encendedor, que entonces iba y venía rodando cerca de los pedales.
 
Las cosas que uno hace por una mujer, aunque sea una desconocida, refunfuñó él, aunque ella seguía tan poco interesada en escucharle, ya que para llenar el aire le bastaba su propia voz. Sea como fuere, era su último favor, ya estaba harto de esta intromisión y decidido a bajarla aunque sea a la fuerza, después de la próxima curva.
 
De la cajetilla extrajo el encendedor y cuando lo arrimó al cigarrillo que temblaba en la boca de la intrusa, ésta comentó jocosamente que era una barbaridad este calor infernal que llevaba a la locura, sin embargo parecía tranquilizarse al empezar a fumar.
 
Fue entonces cuando el conductor, en ese descuido de extenderle la mano y mirarle hablar, no vio el auto que rápidamente venía en sentido contrario, girando la cerrada curva apenas señalizada en la ruta.
 
Amílcar reconoció, detrás del parabrisas, la cara de la conductora del otro vehículo que venía directo hacia él, era el mismo rostro de la chica que se había sentado a su lado. Quien manejaba el otro automóvil era la intrusa habladora y que ahora se llevaba, tranquilamente, el cigarrillo a la boca, pero en su propio auto que se le venía encima a gran velocidad.
 
Demasiado tarde para desviar, el choque fatal fue inminente.


 
 
 

NO LLORÓ
 
No lloró.
 
Simplemente se me quedó mirando con una tristeza infinita que abarcó la habitación. Ella, que lloraba por cualquier cosa baladí, estaba con mi celular en la mano mostrándome la fotografía de Claudia. Pero no lloró. Con voz indiferente, casi en un bostezo, preguntó:
 
-¿Quién es la chica?
 
-No sé, no la conozco- fue mi infeliz respuesta. Y era verdad. No la conocía personalmente, pero sí había hablado con ella y chateado por teléfono. Una carcajada amarga salió de su boca:
 
-Claro, esta foto vino caída del cielo. Se dio la vuelta y preparó las pocas ropas que tenía en el dormitorio. Esperaba que los sollozos me dieran la oportunidad de pedirle perdón, como tantas otras veces había pasado.
 
Pero no lloró.
 
Ella, que lloraba por cualquier cosa, se iba. Y sabía que eso le rompía el corazón en dos, que el dolor le cerraba la garganta y que se moría por dentro. Yo la conocía muy bien. Lloraba por cualquier cosa. En las bodas, cuan-do oía una música romántica, cuando se tocaba el himno nacional, hasta el de otros países. Como en la entrega de premios a los atletas de las olimpiadas, por televisión, cuando a los vencedores se les ponía las medallas, ella lloraba también, como si los conociese y compartiese el triunfo. Pero ahora que el dolor era suyo, no. No lloró. Quise abrazarla, pero ella no me dejó:
 
-Te quiero, en serio te quiero, perdoname.-¿Cuántas veces te perdoné? Bajé la cabeza. Era curioso, unos días atrás quería tiempo libre para poder hablar con Claudia, en este momento ella parecía una extraña cuya importancia se había evaporado en un instante. Ahora temía perder a mi novia. Pero ¿por qué no lloraba? Cuántas veces me perdonó mientras sollozaba y yo la estrechaba entre mis brazos y le decía que la quería sólo a ella. Y era verdad
 
Mientras ella preparaba las ropas para llevarlas en la mochila, descubrí algo horrible, que me abandonaba y no podría soportarlo, porque sí la amaba.
 
Mis ojos se humedecieron y le pedí que se quedase, que la quería. Ella me miró por última vez y se marchó. Jamás la volvía ver. Pasó el tiempo. En la rutina de mis días sin ella, pienso que soy feliz. Y hasta a veces sonrío, como si fuera cierto.
 
 
 
 

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