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REVISTA DEL PEN CLUB DEL PARAGUAY
  REVISTA DEL PEN CLUB PARAGUAY, 2002 - N° 3 – IV ÉPOCA


REVISTA DEL PEN CLUB PARAGUAY, 2002 - N° 3 – IV ÉPOCA

REVISTA DEL PEN CLUB PARAGUAY

N° 3 – IV ÉPOCA

MAYO 2002

Asunción - Paraguay



PALABRAS PRELIMINARES


            El arte, en cualquiera de sus manifestaciones, sólo puede explicarse por el afán que tiene el hombre de perpetuarse, de permanecer, de huir a la certeza de su propia aniquilación.

            La pintura y la escultura recurren a la forma para satisfacer esta necesidad. La música lo hace a través de algunos médium capaces de plasmar, en un pentagrama, los sonidos provenientes de las vibraciones del éter.

            La literatura, a su vez, alcanza la forma y la esencia de lo eterno, reviviendo una y otra vez las experiencias humanas: su dolor, su codicia, su angustia, su deseo, su frustración, su alegría, su pasión, su amor.

            Cualquier obra literaria no hace sino repetir lo dicho con anterioridad por otra obra literaria y, sin embargo, cada una es un universo diferente y único, el universo propio del creador.

            Si la novela es un trabajo de albañilería - sea para construir ranchos o catedrales - y la poesía la exhibición impúdica del alma desnuda, el cuento capta ambas características y las transforma en la concepción de un duende diligente y pícaro observador de la vida, que puede elevarse a niveles excelsos o descender a las profundidades agonales del alma para descubrirlos y exponerlos sin recato.

            Esta colección, que conforma el tercer número de la revista del PEN Club del Paraguay, hace palpable las palabras que anteceden al mostrar, sin ambages, la particular visión que tiene del mundo y de la vida, cada uno de los autores que participan en ella.


            Augusto Casola

            Presidente del PEN Club del Paraguay





DELFINA ACOSTA



LA MURALLA


            De niña era feliz, como son casi todos los niños. Pero de grande la cosa cambió, y me volví una mujer triste. Si bien ponía disimulo en cubrir mi apariencia tristona y nublada ante la mirada de los demás, no podía evitar que mis hermanas cuando me descubrían en un estado gris, me reprendieran diciéndome que intentara deshacerme de mi tristeza.

            "Pero si la vida es tan linda, tan bonita, Esther; tienes tus libros, las atenciones de la nana Adolfina que limpia tu cuarto; además cuentas con nosotras, que estamos orgullosas de tus poemarios, tu talento, tu última mención honorífica que dignifica a la familia...", me solía decir Juana, mientras mi hermana María aprobaba dulcemente sus palabras con un movimiento de cabeza. Yo les daba la razón. Estaban en lo cierto; vale decir, no muy lejos del sentido común. Y esa era precisamente mi modestia. ¿Cómo explicarles que mi problema, llamémosle así pues no existe otra manera, no tenía nada que ver con las cosas que se resuelven con el sentido común? Es más, ¿cómo hacerles saber que de no ser por mi tristeza, que era una forma de mantenerme todavía despierta, hubiera detestado la existencia hace tiempo?

            Le tomaba cada vez más afán a la muralla del jardín, donde había flores de todas las especies, y allí me quedaba, leyendo, junto a ella, aquellas cartas de amor que luego iba guardando entre las páginas de un libro de Horacio Quiroga.

            Sabido es que las epístolas amorosas suelen ser tan ansiosamente leídas como el final de un cuento. Yo, ante cada carta que aquel desconocido me dejaba entre las ramas entrecruzadas, y por tal razón crucificadas, de la higuera, entraba en un estado de suspenso. En su carta del 23 de setiembre me decía que estaba trabajando mucho, de modo que debía dejar a un lado las lecturas de sus escritores favoritos. Eran cuatro en total: Poe, Neruda, Dostoievsky y Joyce.

            Una y otra vez releía cada carta suya. Anochecía a veces ya, y yo, súbitamente enterada de la noche, decidía quedarme en el jardín, a la intemperie, antes que cenar con mis hermanas, quienes otra vez - bien lo sabía - me dirían lo mismo: "Esther, vas a perder los ojos leyendo en la obscuridad".

            - Es que la lectura afuera es otra cosa - dije una vez.

            - ¿Lo juras? - me preguntó mi hermana mayor.

            - No creo necesario jurar. Y además me gusta leer junto a la muralla - respondí.

            - Y a nosotras se nos hace un dolor tan grande verte así -interrumpió la nana.

            - Lo siento - respondí, y puse una sonrisa grande en mi rostro triste.

            Yo iba todos los días junto a la muralla, como quien comulga. Y me deleitaba, quizás sanamente, en mi tristeza, pues como ya lo he dicho era ese el delicado estado nervioso que me venía bien.

            No pasaba tarde en que, aspirando el aroma del jardín, me sentaba sobre una silla, que era como sentarme en la esquina de mi propio corazón, para leer las cartas de él.

            Sabía que dentro de la casa, mis hermanas María y Juana, y mi nana Adolfina, se culpaban, de alguna manera, por no poder hacer nada para impedir que obrara así. María golpeaba, con bronca, la dura carne vacuna para el bife del almuerzo; Juana le pasaba, distraída, la sal yodada; y mi nana descorría y volvía a cerrar, una y otra vez, la cortina de la ventana para observarme y hacer algún comentario. Imaginaba su suposición:

            - De seguir así, terminará enloqueciendo.

            Y no, no hubiera querido hacerlas sufrir. Pero ¿cómo explicarles, que hay algunas personas, como yo, a quienes Dios dota de una pena casi angelical? Después de todo, sabiéndolas tan simples, tan apegadas a las cosas domésticas, casi ordinarias, sentía por las tres cierta compasión. Y lo digo sin soberbia. Creo, por otra parte, que no hay ingenio verbal que valga para poder expresar debidamente lo que siento por ellas y por todos los que se apenan por mi tristeza. En cierta manera mi melancolía es mi única distracción. ¡Temo tanto ser feliz como los demás!










MANUEL E.B. ARGÜELLO



JUNTOS EN LA BAHÍA


I


            Rechinando, crujiendo sus viejos hierros, latiendo a remezones sus entrañas de fuego y vapor, el "Tembey" se aproximaba al puerto, trayendo, por centésima vez, su cuota de ex combatientes. En el muelle, ululante, el enjambre de parientes y amigos se movía inquieto entre risas y lágrimas, entre alegrías y tristezas. Una ronca, inesperada, pitada sacudió a todos y como si les quitara una dura costra de angustias, arrancó de las trémulas gargantas un grito de júbilo que trepó al cielo saltando de nube en nube. Un raudal de pájaros voló de mástil a mástil, de grúa a grúa.

            Ña Carlota, prendida de una de las planchadas, sonreía y miraba, a la vez, con esperanzas, con angustia, con fe, a los soldados que regresaban a sus hogares. Entre ellos "tenía" que estar su hijo; eso fue lo que le habían dicho los que llegaron hacía más de quince días, más de un mes, más de un año. "En el barco que viene va a llegar tu hijo, che sy". "Tarda poco en regresar porque estuvo en el hospital, pero no es nada, ya va a volver". Se miraban unos a otros los soldados, meneando la cabeza, miradas de entendimiento; nadie se atrevía a decir la verdad. En Camacho, en Isla Po’i, en el tren de Casado se sabía la historia de ña Carlota, "Pobre, ña Carlota, ella siempre espera a su hijo y nadie le quiere sacar la esperanza que ella tiene de que vuelva".



II


            Carlota Ibarrola viuda de Balmaceda, hacía dos años largos que esperaba el regreso de su hijo Cipriano. "Ya es hora que vuelva mi Chipí", se decía a sí misma como una oración y la repetía a todos en el puerto. "Todos sus compañeros ya están en sus casas, sólo mi Chipi no vuelve. Hasta ahora le mando carta pero no me contesta. Hace varios meses que un sargento que estuvo con él en el regimiento me dijo que Chipi va a volver con los prisioneros que pronto van a ser repatriados". Un arrugado suspiro le estremeció el cuerpo enjuto, carcomido por la angustia, el dolor, y el miedo.



III


            Ña Carlota al empezar la guerra vivía en la Estación Borja, un hato de casas encaladas, bostezando sus largas siestas al pie de corpulentos paraísos, pero unos meses después, para estar más cerca de su hijo, su "Niño Azoté", se trasladó a Asunción, alquilando una casona colonial, con soportal y amplias ventanas con verjas de hierro, que miraba a la bahía, espalda de la estación del ferrocarril, sobre la barranca rojiza de Punta Karapâ. Su marido, De los Santos Balmaceda, había muerto en la revolución del 22, dejándola sumida en la amarga tristeza de la que fue saliendo poco a poco, al ver en su hijo Chipi, muy parecido al padre, el retorno gradual del finado.

            Cuando Cipriano Balmaceda fue llamado bajo bandera, ña Carlota, aunque arrugada por el dolor, le preparó una bolsa de víveres y le hizo un escapulario con la imagen de la Virgen de Ka'akupe y unos mechones del enrulado cabello que le cortara cuando hizo la primera comunión en la iglesia del pueblo. "Parece un ángel este mi hijo querido, mi "Niño Azoté", decía, con un aleteo de pájaros en los labios.

            Ahora lo estaba vistiendo de soldado, disfrazándole de guerrero, era igual a su padre, un revolucionario impertinente, un iluso de trincheras.



V


            En horas de la siesta el largo ferrocarril que venía de Encarnación, alzando en cada parada su asustada carga de niños arrancados de cuajo de valles, capillas y pueblos arrumbados al costado de las vías, llegó a Borja. La máquina entró jadeando y se detuvo, hipando, a la vera del largo y arbolado andén. Rato después las pitadas de la locomotora, anunciando que partía, ña Carlota abrazó desesperadamente a su hijo; sus brazos parecían garras que fueran a hundirse en el cuerpo de Chipi. A la tercera pitada, el tren comenzó a moverse lentamente; los rezagados corrían tras él, entre ellos Chipi. "La Virgen de Ka'akupe, la virgen, mi hijo, ta nde rovasa.          ¡Adiós, mi hijo del alma, mi Chipi!". Levantó un brazo, lentamente, y bendijo, temblorosa a su hija y a todos los hijos que iban con él.

            Ña Carlota quedó con la mano en cruz, como petrificada, mirando cómo el tren, implacablemente, se alejaba con su carga de niños azorados.



VI


            Chipi participó en varios combates y ya cerca de Parapití, fue herido mortalmente en un asalto. Fue una de las últimas víctimas de la guerra; su vida se detuvo el día anterior al alto el fuego. Por haber quedado su cuerpo en campo enemigo, se le dio por perdido y nunca se informó a su madre sobre su muerte en acción. "Desaparecido en combate", se anotó en el parte del día.



VII


            Cinco años después aún seguía Ña Carlota yendo al puerto a preguntar la hora en que llegaría el "Tembey" o el "Parapití". Algunos viéndola tan desamparada, tan delgada, casi una bolsa de huesos pegada a una piel curtida por la vejez, el sol y el dolor, le decían que su hijo había muerto en la guerra. "Tu hijo murió en la guerra, ña Carlota; la gente no te quiere contar la verdad porque te tienen lástima, pero la verdad es que él murió peleando". Ña Carlota miraba entonces con dureza al miserable y dando un rápido giro, se alejaba, masticando frases incoherentes.

            Cada mañana recorría, con su mirada hundida en las lejanías, más allá del río, la playa de los bajos del Cabildo. Iba y venía, venía e iba. Poco a poco, de tan acostumbrados a verla, dejaron de verla; a nadie le preocupaba ya ni su dolor ni su angustia y se burlaban de su inútil, esperanza de ver regresar a su hijo. Terminaron, por no verla más. Era parte ya de ese paisaje de orilla, de pobreza, de basura que a nadie interesaba.  



VIII


            Una noche de extraña mezcla de nubes oscuras y luna llena; de viento encrespado y, de pronto, suave; de relámpagos lejanos y de luces rasadas, rodeada de un halo de sueños premonitorios, estaba ña Carlota parada sobre la oscura barranca de Punta Karapâ. De pronto oyó la pitada del "Tembey" mezclada con alegres carcajadas de soldados. "!Chipi!", gritó exultante. Bajó por el tortuoso camino tan bien conocido por ella y se puso a correr hacia el puerto empujada por una fuerza que, como un raudal, le borboteaba del corazón que le latía con un fuego renovado. Al subir al muelle vio que el barco, que ella creía que ya era suyo, se acercaba lentamente, rodeado de un halo de luces irisadas: Notó, esperanzada, que todos los soldados la saludaban, agitando los brazos y arrojando al aire sus gorras. "¡Chipi!", gritó al ver a su hijo abrirse paso entre sus compañeros. "¡Chipi, mi hijo!". Volvió a gritar y corrió hacia la planchada. Se encontraron y un largo abrazo los unió.

            De pronto, todo se detuvo: las luces, el viento, los lejanos relámpagos. El puerto quedó en silencio, en calma, y nada parecía haber sucedido, sin embargo el "Tembey", ñá Carlota y Chipi están ahí, en la bahía, juntos, muy juntos, en el mismo fulgor de eternidad.



IX


            Suelen decir los viejos lugareños que en las noches de luces raras, es posible ver a ña Carlota parada: sobre la barranca de Punta Karapâ y que, a remezones, entre los murmullos de la brisa, es dable oír la ronca pitada del "Tembey" mezclada con la risa de los desmovilizados,




AUGUSTO CASOLA



FIRRACAS Y PANDORGAS


            Volvía del almacén donde me había ocupado mamá y era alrededor de las diez de la mañana cuando apareció en el cielo la primera pandorga ondulando su larga y orgullosa cola de tela colorinche y comprendí el escozor que me venía dando vueltas no sé donde desde días atrás, cuando el viento áspero del norte comenzó a castigar con azotes ininterrumpidos de arena y hojas secas.

            Volví a salir de casa luego del almuerzo, destino a la escuela, vestido con el guardapolvos blanco y recién planchado.

            La primera pandorga había desaparecido.

            El desasosiego persistía pero no hice ningún comentario con los compañeros, no fuera a meter la pata y me convirtiera en el centro de sus burlas. Los miraba, eso sí, de soslayo, por si descubría en ellos alguna reacción o algún signo que hiciera manifiesto su conocimiento acerca de la novedad extemporánea del día. Nada.

            Durante el recreo tuvimos que soportar una vez más el suplicio de la leche en polvo que enviaba la Stica para alimentar mejor a los niños, según nos explicó la maestra, pero ni aún entonces nadie hizo comentario alguno que me pudiera orientar hacia el hecho de la pandorga mañanera.

            Cuando salimos, a las cinco de la tarde, uno de los compañeros se me acercó en forma sigilosa y para preguntar si iría después a jugar pelota. Le respondí que no lo sabía. Solo entonces, con aire cómplice y luego de mucho titubear, quiso saber si por la mañana había visto la pandorga. Le contesté que sí y que estaba preocupado pues nadie la mencionó, como si estuvieran escondiendo algo.

            Volvimos a quedar callados, observando con inquietud a nuestro alrededor y lanzando, de tanto en tanto, algunas esquivas ojeadas al cielo, algo oscuro ya por la hora y porque los últimos días se presentaban nublados y tristes, como suele ocurrir en las tardes de fines de julio.

            Nos separamos en silencio, acosados por el desconcierto que por lo visto, no era solo mío, y ¡no era para menos! Todo el mundo sabe que hay una época de carnada y otra de libertado, una de trompo y otra de fútbol, una época de balita a firraca y otra a Culturales y después recién venía la época de las pandorgas...

            Al entrar a casa escuché que del fondo fluía el ronquido sordo del nuevo calentador Primus que usaba mamá para preparar el desayuno, la merienda y a veces, la cena.

            Ya en mi habitación, hurgué entre mis cosas, apartando lápices y cuadernos que solo volverían a acaparar mi atención al día siguiente y no me detuve hasta tomar, entre los dedos, con cierto alivio, mis firracas.

            Estaban también los Culturales, ubicados en su cartuchera flexible los repetidos y los seleccionados en una caja que había encontrado y era como hecha a propósito para guardar las hojas y algunas bolitas de cristal, de las que me regaló la tía P..., el día de mi cumpleaños.

            Aunque caía la noche fui a lo de mi vecino, lo llamé por su nombre y le pregunté si no quería jugar una partida de balita a firraca y de paso probar cómo funcionaba el acerí del que se sentía muy orgulloso.

            Me acompañó, aunque lo noté un poco extraño y absorto. Después de ganarme algunas firracas - en realidad era en vano competir contra la precisión de su acerí con el vulgar lepolei que tenía yo - le pregunté directamente si había visto la pandorga.

            En ese momento estaba apuntando pero se detuvo en seco, clavó en mí sus ojos y luego de escrutar mi rostro los apartó para contestarme que sí.

            Dejamos de jugar y fuimos a sentarnos en el cordón de la vereda: Es muy raro - me dijo con la vista en la arena del empedrado y haciendo pequeños hoyos con un palito que sostenía en la mano - Todavía no es su época.

            No - le confirmé yo - es la época de la firraca.

            Es raro - dijo luego de pensar por un buen rato. De vuelta a la casa lo encontré a papá sentado a la mesa, esperando a que mamá le sirviera el guiso que hervía aromático en una cacerola sobre el calentador. Prendió la radio que comenzó a repetir los anuncios de siempre:

            "en todo hogar paraguayo nunca debe faltar el pan de todos los días ni Labona al despertar" y otros parecidos.

            Serán cerca de las ocho, me dijo, porque era noche cerrada y empezaba a refrescar. Confirmando su suposición, no pasó mucho para que el ambiente del comedor se inundara con la conocida voz del espiquer diciendo "Conustedes el reporteresso trayéndoles un resumen de lasúltimas noticias; especialmente radiopreparadas por la IunaitePress". Después vendría la cena y a la cama. Para mí, el día estaba concluido.

            Me costó trabajo conciliar el sueño pues seguía dándome vueltas en la cabeza la imagen intrusa de esa pandorga extemporánea. Ninguno de mis amigos había preparado nada: ni los palitos, ni el papel de seda, ni el engrudo, ni gomarábiga. Nada.

            Pensé que tal vez sería un desafío del otro barrio, aunque el año pasado no ocurrió tal cosa y pasamos bastante bien la temporada de pandorgas. Las bajas fueron causadas solo por el Kali-ú y no por el fatídico chilet, como en otros años. Algo digno de pensar, me dije y supuse que los demás muchachos estarían también dándole vueltas al asunto.

            Al día siguiente no ocurrió nada. El cielo estaba nublado y gris. El viento seguía igual, sin aumentar en intensidad y hasta deteniéndose a veces para crear esa sensación de que algo terrible está por ocurrir. Caía entonces sobre la ciudad un silencio ominoso.

            Sin decir nada a nadie me aprovisioné de palitos en la carpintería de don R..., le pedí a papá unas cuantas monedas, fui a la librería y compré las piezas de papel de seda y una botellita de gomarábiga (nunca supe preparar engrudo).

            Allí estaba también unos de los muchachos de la vuelta de casa comprando papel de seda. Nos saludamos con un simple hola y nada más.

            Terminé impaciente los deberes y me puse a preparar mi pandorga. guardé en el fondo del cajón las figuritas Culturales y las firracas y cuando mamá vino a decirme que estudiara le respondí - con cierta suficiencia - que ya lo había hecho para poder preparar mi pandorga.

            Me preguntó si no le iba a pedir ayuda a papá, como el año pasado. Le respondí que no, que ya sabía cómo hacerla: Además, va a ser bastante chica - agregué - porque tengo que ponerle un chilet en la cola.

            El viernes ya aparecieron tres intrusas en el cielo. El viento soplaba cada vez con mayor tuerza, como queriendo empujarnos a enfrentar de una vez al enemigo, pero aunque ya nadie jugaba balita, tampoco ninguno de nosotros hizo volar ni una sola pandorga. Era un acuerdo tácito para desconcertar a los otros, que parecían insistir en alardear de sus enormes y pesadas pandorgas que se recostaban soberbias contra el cielo plomizo del último viernes de julio.

            Fue el sábado, después de almorzar, cuando vino mi vecino a invitarme para ir al baldío a hacer volar nuestras pandorgas. No preguntó si la tenía, eso lo daba por sentado.

            Fui al baño, quité un chilet nuevo de la cajita de papá y salí tras mi amigo llevando la pandorga, un rollo de liña de pescar entero y el arma filosa atada al extremo de la cola hecha con retazos de tela que encontré en el costurero de mamá. Tendría como dos metros de largo.

            Cuando llegamos ya varios de los muchachos estaban haciendo volar sendas pandorgas ayudados por sus hermanos menores o sus hermanas, que con gran algarabía disfrutaban de la posibilidad de compartir uno de los pocos juegos en que les era permitido participar con los varones.

            Las pandorgas subían airosas, amenazadoras. Distanciadas unas de otras para no ser causa de algún accidente entre ellas, bramando al viento que golpeaba, ahora sí, con verdadera fuerza contra el papel de seda sólidamente ceñido al bastidor.

            Intrépidas se acercaron a las invasoras que emprendieron la retirada al comprender las intenciones de las veloces enemigas que llegaban a ellas. Dos lograron escapar pero la tercera fue alcanzada por el chilé de la cola de mi pandorga por lo que tuve un glorioso fin de semana relatando mi triunfante aventura.

            Miro estos papeles garabateados que están sobre mi escritorio y siento cómo se alejan los recuerdos que quisieron vivir una resurrección efímera y vana, ahora, cuando todo es pasado.

            No sé si me motivó el haber visto hoy, colgadas a la venta, unas enormes velas de plástico sostenidas en armazones aerodinámicos que se ofertaban como pandorgas. O tal vez sea que cada tanto a uno le resulta inevitable regresar a las penumbrosas cavernas que guardan las sombras de la infancia, eras mitológicas en que el mundo está poblado de gigantes y de días separados entre sí, semejantes a extensas praderas luminosas enclavadas en medio de la eternidad de dos noches.

            O acaso sólo fue una grieta en la memoria la que causó este un breve aluvión de imágenes que me hizo retornar por un instante a esas horas que, al decir del poeta "ya es ayer, pero entonces, era siempre".

           




RENÉE FERRER



CRÓNICA DE UNA MUERTE

 

de: La seca y otros Cuentos



            Sintió la lanza y el chasquido de los huesos a un costado de la espalda, su grito suspendido tensamente en el aire, y después el eco, como si rodase dando tumbos por una pendiente dilatada. Y allá en el fondo la impaciencia de verlo, el coqueteo de los pliegues de su vestido al moverse bajo los caireles lucientes, el murmullo almidonado de los miriñaques.

            La sangre empapaba sus andrajos, y lejos, muy lejos recobró, sobre la trémula mano extendida, el calor de sus labios, el diálogo prolongado de sus ojos. Ese líquido pegajoso, que corría siguiendo la huella de la columna vertebral, las caderas y las piernas, la devolvió al corro apretujado que la miraba en silencio. Una irremediable tristeza le desterró la sonrisa cuando se enteró de la orden. Faltando tan poco para la boda, el General lo mandó comisionado a la campaña; las amonestaciones leídas en la iglesia y su ajuar perfumado de azahares en el arcón.

            El dolor de la carne abierta le retardó la respiración, y vio cómo giraban, nebulosos, los rostros de las mujeres, los oficiales y la tropa, alrededor del destacamento donde se desatinaban sus pasos. Se dejó ir tras el dolor rozando un tiempo envejecido. Las tertulias sin él se contagiaron de sombras. El General la acechaba como antes del viaje, tal vez más, a pesar de la mujer que se trajo consigo. Ésta lo observaba todo desde una distancia altiva. Sí, el General se le acercó varias veces: galante, impetuoso, pero ella no era mujer para compartir lechos, ni era propenso al olvido su corazón.

            Otro golpe, y de nuevo los gritos que se le escapaban sin que se diera cuenta. Cómo tardaba, cómo tardaba en llegar la muerte compasiva. Capricho firme el del General, o tal vez fuese cierto, pero no le hicieron vacilar su voz grave ni su jadeo fatigoso. Aquella fogosidad impetuosa dio paso al hosco resentimiento del hombre omnipotente desdeñado. No le importó.

            Y seguían haciéndole agujeros en la carne. La guerra con sus patéticas ausencias la inundó como a todos. Poco a poco se despoblaron los salones y se fueron entornando de duelo las persianas. Sus pasos buscaban diariamente la huella de la casa paterna al hospital de sangre, del hospital a su casa, con el tembloroso y contradictorio deseo, siempre a cuestas, de encontrar al ausente una mañana, tendido entre los lienzos blancos.

            Reconoció el olor caliente de la sangre, derramándose densa esta vez desde un hombro. El dolor perdura en su piel, como aislado de tan intenso, como si fuese ajeno y ella pudiera presenciar desde afuera su propia muerte. Le gustó al General desde muy joven, eso siempre lo supo: insinuaciones veladas primero, francas proposiciones después, la avidez de su mirada, no dejaban dudas al respecto. Alguna invitación se reiteraba tercamente de vez en cuando, ahondando la afrenta del rechazo. Ella se complacía en el desdén.

            Un nuevo desgarramiento la restituyó al centro de ese círculo donde, cada vez más vertiginosamente, giraban los rostros, los harapos, los escuálidos sobrevivientes de aquella macabra caminata. Sentada a la mesa del Mariscal comió ávidamente una noche. En la negrura de sus ojos relumbraba aun el deseo insatisfecho ante su cuerpo marchito. Reiteró a la vista de todos su viejo galanteo. La subiría a las carretas. No más cáscaras de naranja agria para saciar el hambre, ni espinas desgarrándole los pies. Los labios de la Madama estrangularon una mueca. El Mariscal insistía. Jamás, jamás de él; jamás del hombre que inventó su desdicha. Con el ajuar perfumado de azahares y las amonestaciones leídas frente al altar.

            Perdió el equilibrio cuando otra lanza le destrozó un tobillo. La arena se le adhirió a los labios; un barro oscuro se le pegoteó en los cabellos cuando se quedó echada cara al suelo, rogando que acabaran de una vez de matarla. Tan mala puntería en lanceros veteranos le reveló una crueldad demasiado siniestra para ser fortuita. Sintió que el alma se le iba escapando de las carnes. Los ojos de la Lynch refulgían como acero cuando se levantó de la mesa, insultando el mantel con el vino derramado. El temor fue rodando por las miradas hasta que el silencio se estacionó sobre la concurrencia. Los enojos de la Madama arrastraban consigo negros presagios. El asedio del Mariscal duró hasta el alba. Jamás, jamás del hombre que inventó su desdicha.

            La orden de lancearla fue dada a la mañana siguiente, pero Pancha Garmendia nunca supo quién firmó la sentencia.






NILA LÓPEZ



MI NOMBRE ES IQUEBI



            Jamás olvidaré mi primer encuentro con la tierra. Toda era verde y perfumado. Un yaguareté me lamía la mano y dos avecillas cantaban en mis oídos. Así crecí, libre y veloz como los animales del monte. Tenía lo más hermoso que un ayoreo puede desear: el agua, el aire, el cielo.

            ¡Eran mis estrellas y la luna!

            Mío y muy mío era el rumoroso eco del viento que pasaba sacudiendo las ramas de los árboles.

            Un día estaba yo jugando con mis hermanos. Sin darnos cuenta, nos alejamos de los sitios habituales, y llegamos a un prado donde había un gran cartel que decía: “ Prohibido matar indios sin necesidad ”.

            Por suerte, entonces no sabía leer, y no entendía nada. Un ratito después, dos peones de la casa grande de la estancia de Bahía Negra gritaron:

            ¡Allí están los moros!¡Atrapen a los moros!

            - Tenían algo raro en las manos. No era un arco, pero lanzaba una flecha diminuta que hacía ¡pum! y mataba al que tocaba. Mis hermanos se asustaron y se escondieron en la selva. Al escapar tropecé con una enorme piedra y caí al suelo. Ataron mis manos y mis pies a un palo e hicieron lo mismo con un chancho salvaje. Nos llevaron por el camino rojo, silbando y cantando, y a quien encontraban, les decían:

            - Este es el primer indio moro que hemos cazado. ¿Cuánto nos darán por él?

            Me entregaron a la gente de la Marina. Hacía calor, pero yo sentía frío y miedo. Empezaba otra parte de mi historia, ¿para siempre cautivo?


            Desde un enorme barco fui viendo uno a uno los puertos del río Paraguay, sus escaleras precarias, las mercancías, los macateros, una mezcla de sudor y de cántaros, de pregones felices y cansados, y frutas. Y yo en medio, el capturado, un trofeo que los paraguayos venían a mirar, curiosos y excitados. Hacían largas filas y pagaban una entrada. Desde la jaula los miraba y veía que sus ojos eran igualitos a los míos.

            “ ¡Toquen por primera vez a un famoso indio Moro, caníbal y asesino de la selva! ”, repetía un marinerito.

            - Qué lindo animal! - decían algunos señores sacudiendo mis cabellos.

            Andando y andando me vio en la ruta un padre de los salesianos, y me rescató. Me llevó a Puerto Casado, y pronto, en la “ Misión María Auxiliadora ”, me mostraron las letras y los números, me enseñaron los nombres con que ellos bautizaban las cosa y los seres.

            Así me hice muchacho, y después peón en el centro del Chaco, y cortador de leña en las colonias mennonitas. Luego, la secta norteamericana. “ A Nuevas Tribus ”, me tomó para ayoreos selvícolas. ¿Quién era yo, Iquebi, siempre Iquebi, el mismo y sin embargo, cada día otro? ¿Quién soy, es esta inmensidad de símbolos y usos?

            Los paraguayos no me consideran uno de los suyos. Los Ayoreos de la Misión María Auxiliadora y los de la Misión de Campo Loro también me veían como extranjero.

            Separado de todos, deambulo hoy con mi familia, con mis dos esposas y mis nueve hijos: siete nacieron de mi amor con una, dos de la otra. Y aquí estamos, enteros, todos juntos, con la protección de la armonía del Universo, siguiendo las enseñanzas de los grandes caciques ayoreos del pasado, en el asentamiento de Chovoreca.

            En cada amanecer la vida se ilumina nuevamente, ya sin preguntas.






LUIS MARÍA MARTÍNEZ



EL CIELO ERA UN FENOMENO


            Al principio nadie pudo explicarse cómo se había generado la cosa. Lo cierto es que se había desplazado por todo el país y las escasas mentes que se ocupaban de cosas científicas comenzaron a dilucidar algo.

            Tardó en recaer la sospecha sobre la presencia en la rada de los buques Britania y Morgan de tener algo que ver en el asunto.

            Las naves habían llegado desde el sur poco después de los que habían ganado la guerra para ellos, pues habían volteado sus faltriqueras, asumiendo los gastos de la contienda. Por algo eran ellos los viejos leones que habían aprendido el arte del tío en la alborada del oro. La guerra había sido larguísima. Tanta que las raíces de los árboles aireaban sus tentáculos sobreponiéndose a sus propios troncos y las flores excretaban olores de muertos. La memoria no había tenido el tiempo suficiente para limpiarse tan siquiera la napa de bakelita muerta de los penúltimos moribundos, que chapoteaban aún en guerra con el infinito. El desierto de los alrededores acentuaba el verano, estación ésta que era la única existente en el país.

            Rotos los candados,   derribadas las tranqueras, irrumpieron los vencedores. Iban dejando un desafortunado olor caprino por todas partes. Se sustentaban con la poca cebada y con el poco trigo que habían traído por las dudas. Aireaban sus macferlanes de viejos piratas. Colgaban sus condecoraciones de los pocos árboles que habían quedado en pie. Algunos subieron al único tren existente, otros se desplazaron a caballo como hacer el inventario de la geografía del país conquistado.

            Para gobernar el cadáver del país eligieron a algunos cuantos mercenarios que habían venido pegados como garrapatas a sus uniformes deslucidos o pegados como telarañas a los antiguos frac de dignatarios rezagados. Por temor a cualquier reacción desarticularon algunas máquinas de hacer cuchillos. Ínterin, perfumándose para combatir el olor a cadaverina y dejarse crecer las barbas, redactaban como por deporte los códigos necesarios. Cada artículo formulado era medido con la vara fullera de los tenderos codiciosos. En ocasiones hacían relucir sus tijeras para tener a rayas las pezoladas sueltas de los derrotados aún despiertas. No era cosa de inteligentes haber originado tanta mortandad para quedar en lo mismo.

            Así, en el medio en ruinas comenzaron a piar los primeros diarios. Los periodistas, los escasos escribas, se habían colgado al cuello las sartas de mentiras superficiales y necesarias. Las palabras olían a queso rancio, a mercaderías recién despachadas. "Murió el tirano", "el aire de la libertad está presente", afirmaban por doquier. Las voces se reproducían en ecos como hormigas en medio de la orfandad de asilo que excretaba el ambiente. La humectante ambición de los recién llegados dejaban por todas partes sus moldes pezuñosos. Con hurañía insatisfecha: miraban lo poco que había quedado en pie. Y sin dudar un solo segundo comenzaron a recoger los horcones semi carbonizados de las casas desplomadas, los huevos de gallinas o de los lagartos, las vacas solas o en sociedad que rabiaban a más no poder de la urente lejanía del acople o del macho. Las estancias principiaron a ser la república feudal de los propietarios recién venidos. En tanto, de las iglesias emergían los voces de los por si-acaso-vivos, o los por milagro-salvos, sembrando en el aire las ramas de las oraciones. Las letanías gozaban de una salud fantástica: eran interminables, casi eternas.

            Los pocos pájaros sobrevivientes apenas podían valerse de sus propias alas. En nidos casi huérfanos habían quedado como en seguro escondites los huesos mínimos de los infantes despavoridos, que se habían aposentado allí para escapar de la hecatombe suscitada. Los sapos piaban como aprendices de pollos y los gallos trataban de darse a entender en la rama augural del incompleto cántico gallináceo.

            Los desaparrados vivos derramados en llanto ante la vista general del cementerio general que era la tierra misma, reconstruían sus hogares y reponían como con remedos sus enseres desaparecidos. Cada día llegaban más gentes, que aumentaban el cáncer del área habitada.

            Cuando los recién llegados, es decir, los curiosos invasores, iniciaron la tarea de vender los espejos que habían traído, para que se contemplasen los casi muertos existentes, un gris azulado, al principio inadvertido comenzó a nacer en la bahía y a expandirse por el país. Los seres casi fantasmales salían a curiosear y quedaban estupefactos ante el fenómeno. Todo el mundo se tocaba el rostro para tener la certidumbre de que aquello era verdad.

            La especie de humo cada vez más invadía por todas partes, dentro de cuya algodonosa contextura todo se veía borrosamente estéril. Y la sospecha comenzó a cobrar fuerza. El fenómeno se había iniciado en la cocina del cocinero del Britania. En una negligente operación ésta había volcado un recipiente enorme donde un líquido azuloso como el colorido de un abismo, estaba destinado a hacer resucitar el perdido color del uniforme de los marinos. El líquido había tomado el camino obligado de la pendiente, evaporándose como una niebla propia en los inviernos.

            Lo que al principio pareció ser un humillo insignificante o una evaporación sin importancia, se había tornado en niebla de verdad. Tras meterse en el poblado las gentes creyeron que con frotarse los ojos, la cosa sería suficiente. Sin embargo, el fenómeno siguió en aumento. Los que habían tomado el hecho a la festiva ahora estaban serios, y el azul fácil y acariciador se había tornado en algo esponjoso. La verdad es que el hecho era insólito.

            Tras haber transcurrido un mes, el color agresivamente había invadido el país. Todo se había vuelto inusitadamente azul: árboles, arroyos, ríos, casas y toda cosa viviente.

            Don Ponciano García que era muy respetado por su experiencia y por la edad que tenía (la contienda misma le había respetado, y lo había dejado, felizmente intacto), se puso a propalar desde el portal de su casa que aquello era la maldición que generalmente acompaña a toda guerra, o era el anuncio de la proximidad del fin del mundo. No lo volvió a repetir otra vez, pues todo el mundo se abroqueló en la letanía augusta de las oraciones, que volaban como un rumor de tábanos agredidos. Los escapularios, especie de coraza o protección religiosa, comenzaron a escasear como consecuencia de la excesiva demanda.

            En tanto, el país parecía cada vez más un lugar orinado por las tristezas. Únicamente algunos cañones tirados en los caminos recordaban el heroísmo fenecido a igual que la flota de guerra que se avejentaba en Yhaguy, como desesperados lagartos muertos. Despedían, sin embargo, de sus siniestrados hierros, un deletéreo alarido de resistencia.

            Y el fenómeno se volvió odioso. Es que la cosa se había tornado inaguantable. Hasta al partir cualquier hogaza de pan, el color caía de sus migajas como gelatina. Solamente el turco Alí Mesme creyó posible extraer algún beneficio del fenómeno. Es que las gentes al acercarse a curiosear en su negocio se le caían sólidos goterones azules de los ojos. Alí recogió varios miles de aquellos goterones, por si fuera comercializable en el futuro. Por lo demás Alí tenía poca esperanza de hacer negocio. La miseria era tan grande, que hasta los perros habían perdido la facultad del aullido.

            En tanto la tristeza y la melancolía cundían por todas partes. Muchas personas morían al parecer sin motivo alguno. Es decir, presentaban el curioso síntoma de amanecer con los ojos totalmente cerrados, como si las órbitas hubiesen sido llenadas con gelatina. Las personas forcejeaban para quitarse la especie de pasta, para recuperar la visión, y tras dar una especie de suspiro fallecían, sin más ni más.

            Paralelamente, los diarios habían vuelto a desaparecer, al carecer de novedades para informar y la vida se había tornado absurdamente monótona. Tan solo corrían algunos que otros rumores sobre la magnanimidad del nuevo rico Pedro Corto, quién desde hacía tiempo se había enriquecido con la introducción al país de pipas verdaderas pero de cigarrillos falsos, al donar dos reposeras viejas para el asilo de ancianos, que venían en realidad a aliviarle la casa de cachivaches.

            Mientras tanto hacía mucho tiempo que en el local de la gobernación los guardias se habían quedado adheridos a las paredes, por la inmovilidad inveterada. Varios tuvieron que ser como desclavados. En tanto, el gobernador enarbolaba su cabeza sobre el vasto territorio de su escritorio, al sólo efecto de constatar que habían transcurridos otros diez años más de quietud completa, ya molesta. Una máquina accionada por una especie de molino de viento se encargaba de extender los decretos que se necesitaban para que el país siguiese como funcionando. Únicamente las vacas se reproducían a todo vapor; y en los hombres el silencio se había consolidado cada vez más. Ya empezaba a molestar a algunos el fenómeno de la apatía generalizada. Algunos seres, hombres de avanzadas, consideraban ya como un deber, como un supremo deber la movilidad de este signo de vitalidad. La quietud había tornado los años en gallinas cluecas. Hasta las hormigas empezaban a demostrar una nerviosa             resistencia, a seguir masticando aquellas migas extrañas de los partes de cada día.

            Precisamente unos de aquellos adelantados, que por algo son llamados así como en cualquier circunstancia de la historia, tomó sobre sí la responsabilidad de hacer algo contra el fenómeno. Conocedor de que el cacique Ñandubay, que habitaba en uno de los cerros de la cordillera del Ybyty Pané, poseía la sabiduría suficiente para enderezar cualquier cosa, estimó que el cacique podría mixturar diferentes formas para darle más fuerza y adecuarla al caso.

            Ñandubay escuchó atentamente la petición y conste que por estar en una gran altura el fenómeno no le afectaba visiblemente, y pidió dos semanas para arbitrar la solución.

            Entre tanto los soldados marinos del Britania y el Morgan seguían acudiendo al uso de máscaras especiales, en el que ya llevaban medio siglo de entrenamiento y efectuaban sus transacciones, imponían sus pesas, y se apropiaban de esto y aquello con absoluta impunidad. Es más: habían conseguido que los habitantes del país aceptaran tanto sus prejuicios simbólicos-fantásticos hasta sus categorías bio-filosóficas, que es como decir: todo.

            Lo cierto, es que la fórmula del cacique Ñandubay provocó al parecer una especie de formidable tempestad, como extraída de las propias médulas del país. Una tempestad que olía a tierra, a madera, a pólvora quemada, a formidables tronar de cataratas, a exhalaciones de los propios cerros, a galopes de caballos, a cañonazos sobrenaturales, a zarpazos de pumas, a rugidos selváticos.

            Lentamente aquel odioso fenómeno se fue disipando, exhibiendo al país de su presencia, a salir de la penumbra a la luz. Y los habitantes marchando hacia la vigencia de nuevas cosas, de nuevas virtudes, peregrinando hacia realidades firmes e inusitadas...






MARGOT A. DE MICHELAGNOLI



EL VELORIO DEL PRIMO RAIMUNDO


            Llueve... en las húmedas paredes se desdibuja una mancha verde amarronada. Los cristales de las ventanas están velados.

            Las luces de los cirios en un temblor ascendente reflejan extrañas sombras.

            Como buitres en hilera, tres sombras con bigotes, una mujer joven vestida de negro, una anciana de manto negro, las lloronas y un perro observan el rostro que poco a poco va adquiriendo un aspecto desconocido.

            Las arrugas se van alisando paulatinamente, una helada serenidad invade las facciones del difunto. La muerte flota en la atmósfera, un dolor ausente escalofría desde adentro y deja un sabor amargo con olor a cera y flores marchitas.

            La joven vestida de negro abre los postigos, el frío aire de agosto mueve los visillos, indeciso retrocede el invierno.

            La mujer joven vestida de negro dice:

            - Le haré un velorio como se merece. Vendrá el Presidente de la República, militares, diplomáticos, amigos y los que me den la gana, al fin es mi marido.

            - No permitiré que el dictador entre en esta casa, acongojada pero firme sonó la voz de la anciana desde un rincón de la pieza, Raimundo fue un héroe y no lo condecoraron con la Cruz del Chaco, ni le dieron la pensión que le correspondía.

            Era un conspirador convulsivo y estuvo preso varias veces, agregó con rencor la mujer joven vestida de negro con el rostro lleno de ira.

            - ¡Basta! Gritó el hombre de bigote; estas discusiones son inoportunas, lo decidiremos nosotros, señalando con un gesto a las tres sombras con corbatas pegadas a la pared y mirando duramente a la mujer vestida de negro.

            - Ovillado en una silla un anciano desteñido con aspecto abatido, murmuró con voz ronca y llorosa acusando con el dedo a la mujer vestida de negro, "Raimundo afirmó siempre que sos una puta" dijo.

            - Estupefacta y temblando la joven vestida de negro no respondió al insulto.

            Bruscamente se abrió la puerta, irrumpiendo en la escena, una mujer chilló que no griten y salió como una ráfaga de aire helado.

            Ella había truncado sus sueños, fue imposible satisfacer sus ambiciones.

            - "Sólo sabes tocar guitarra y cantar, le decía, igual que las chicharras, cazar perdices y pescar mandi'í, que ni los comes, ni los vendes ¡¡tienes gustos refinados!!.

            - Sí, lo heredé de mi abuelo, que era marquez, le respondía.

            - ¡¡Jesús!! ¿Porqué me habré casado con un inútil? Gritaba colérica.

            - Creíste que era rico. Fue por eso.

            Y ahora Raimundo yace quieto, lívido y solo, muertos sus sueños y esperanzas... como lo había estado siempre, siempre, siempre. Solo.






LITA PÉREZ CÁCERES



CRISIS DE AUSENCIA


            La mujer está sentada en un banco de la plaza, mirando hacia la bahía. El otoño apenas ha comenzado, el sol brilla sin quemar, las naves, pequeñas y blancas como quietas gaviotas sobre el agua, no se mueven. Es todo tan relajante. No hay ningún niño corriendo y ella piensa, en ese silencio relativo, que en cualquier momento el tiempo podría detenerse para siempre y que todo permanecería inmóvil por toda la eternidad, como los habitantes de Pompeya. A la mujer le gusta soñar, imagina que es un marino que cocina en un cuartucho donde todo se bambolea, su torso está descubierto y bronceado y la sal agrietó sus labios, una hermosa mujer baja por la escalerilla y se aproxima al marinero, él deja todo y comienza a acariciarla.

            El viento que súbitamente sopla, la despierta de su sueño y se levanta, desaparecen ya el hombre y la mujer de la embarcación imaginaria, el frío que llega apaga sus caricias ardientes y se desvanecen en su pensamiento hasta desaparecer por completo.

            Ella comienza a caminar apresuradamente para... ¡Oh! no, otra vez, no recuerda adónde va. Le sucede raras veces pero ya se está acostumbrando, no sabe dónde está, ni quién es.

            Lo mejor, es tranquilizarse, se dice y mira a su alrededor, la plaza es chica, y la rodean viejos edificios, con paredes descascaradas y balcones en los que cuelgan ropa interior y en la esquina hay un bar viejísimo cuyo frente ostenta un pomposo letrero con la palabra restaurante. Las dos puertas están abiertas y ella puede leer, en un pizarrón que tienen allí, nombres de platos exóticos como estofado de carpincho, milanesa de yacaré, caldo de guinea, venado al horno...

            La mujer entra y se sienta ante la mesa redonda con borde de metal, la silla es de estilo vienés y la parte correspondiente a la esterilla ha sido reemplazada por una madera sin lustrar. Está a una cuadra del puerto y el olor del río llega a veces y le da un sabor singular al café que pidió. El lugar es ruidoso, las otras mesas más ordinarias, están ocupadas por hombres en ropa de trabajo que beben cerveza o caña. Todos los focos están prendidos e iluminan las paredes y las estanterías adornadas con flores de papel. Suena una música tropical que los parlantes difunden por todo el local. Es una cumbia muy movida que ella bailaba cuando era una jovencita. Puede recordar hasta el nombre del club donde iba los sábados por la noche.

            Cuando termina de beber el café ella revisa su cartera buscando algún elemento que le diga quién es. Encuentra un viejo programa de cine, dos pañuelitos perfumados, un lápiz de labios, una polvera, un peine, un llavero con la fotografía plastificada de un hombre que sonríe; también hay un calendario que exhibe al otro lado la imagen de un obelisco.

            Sigue, hurgando y no halla dinero ni documentos, pero no se desespera, sabe que no debe hacerlo.

            La mujer mira a su alrededor porque algo le hace levantar la cabeza y ve a un hombre que recostado en el mostrador no deja de observarla. Intuye que la vigila, pero quizás esas sean cosas que se le ocurren, como un relámpago recorren su mente palabras que alguien dijo alguna vez "Son ocurrencias tuyas", las palabras se borran, se escapan, se ocultan en la oscuridad que guarda todos sus recuerdos. Ella vuelve a mirar al individuo que está vestido con elegancia de suburbio, es un hombre robusto que parece al mismo tiempo palurdo y gentil. Es paradójico, pero a ella la causa esa impresión.     Bueno, se ordena la mujer desviando la vista, comencemos a razonar. "La foto del obelisco me indica que estoy en Buenos Aires y entonces puedo volver a mi casa de la calle Bolivia 3791. Después sabré como llegó hasta aquí, ahora debo conseguir dinero para tomar un ómnibus". Su mano busca algún recoveco y encuentra un bolsillo secreto cerrado, lo abre y halla una billetera con la cédula de una mujer llamada Eloísa Pereira de Vargas, de nacionalidad paraguaya, profesión quehaceres domésticos, nacida el 27 de octubre de 1940. Da vuelta el documento se enfrenta con el rostro de una mujer gorda, de pelo negro y ojos tristes que miran fijamente la cámara, ella toma con prisa la polvera y ve en el pequeño espejo su cara fina, maquillada, con el cabello teñido de un discreto rubio bien peinado y dos arrugas, aún no muy profundas, que bajan a los costados de la boca. Ahora cavila y trata de adivinar, quién es esta mujer de la cédula. Eloísa, su nombre le resulta conocido. Eloísa, Eloísa, Eloísa...

            Mientras el nombre corre enloquecido por todas las circunvalaciones de su cerebro ella se fija en la repisa de atrás del mostrador que tiene bebidas comunes con el vermouth y raras como el Kirsch, el ventilador de techo está tapizado de moscas muertas pegadas a una película grasienta, los vasos colocados sobre una bandeja vieja esperan con melancolía que una mano los llene.

            Son las siete y afuera ya ha caído la noche. En su cartera de mujer ve dos cigarrillos medio rotos. Saca uno y lo pone en su boca. El hombre del mostrador se acerca solícito y le da fuego. Se retira sin decir una palabra y ella nota que tiene un grueso anillo de oro con iníciales. Típico, piensa, sin saber por qué se le ocurrió esa palabra.

            De pronto, como un chispazo, una pieza del rompecabezas se coloca en su lugar, de golpe se reconoce, ella es Eloísa y Héctor es el hombre de la sonrisa plastificada, su esposo, se habían casado hace tanto, tanto tiempo. Ahora todo está poniéndose en orden, se llama Eloísa de Vargas y vive en Asunción, vivía en Buenos Aires cuando era soltera. No sabe porque cada vez que olvida todo, lo primero que recuerda es aquella ciudad. Ella es una mujer dividida: una mitad en la Argentina y la otra en el Paraguay, son dos mitades iguales en el tiempo, pero no en la realidad. Poco a poco, todo va encajando para formar el paisaje de su vida actual y espera, sin ansias de saber, donde queda su casa. Pronto lo sabrá. Sonríe al pensar que cambió mucho, ya debería renovar su cédula, ahora parece más joven que antes.

            Eloísa vuelve a mirar el documento y lee que su profesión dice quehaceres domésticos, esto la intriga, sus manos están bien cuidadas, tiene las uñas largas y pintadas con prolijidad. La piel es fina, no parece trabajar mucho con ellas, pero como en un filme, se ve cocinando en un brasero, revolviendo carbón, también siente que alguna vez estuvo fregando ropas en una batea y aunque ahora sus manos estén perfumadas sabe que en otro tiempo olieron a ajo y a cebolla. Estas manos tuvieron dedos delgados que escribieron cartas y poemas y colocaron jazmines en su escote. Tiene la certeza de que su pelo, cuando era negro y espeso mantenía por varias horas el persistente aroma de frituras. Parece que ha vivido en constante sube y baja porque ahora ha cambiado mucho, y para mejor. Se nota que es una persona adinerada, tiene un hermoso vestido y un collar valioso. Eloísa nota que algunos parroquianos hablan en voz baja y la señalan, deben extrañarse de verla en ese sitio, más apropiado para mujeres del puerto que para una dama... y ríe interiormente al denominarse dama. Algo pasa con ella que le impide reconocerse como tal.

            Si, ella realizaba los quehaceres domésticos. Se lo gritó una vez Héctor, a quién de pronto recuerda con odio "Tenés alma de fregona, no te arreglás nunca, solo pensás en la casa y nunca en mí". Y que otra cosa podía hacer, él necesitaba una mujer hacendosa y ahorrativa para ayudarlo a subir. Debía ahorrar en todo: en la comida, en la ropa, ni siquiera podía tener una empleada y por las noches estaba rendida y amargada. Sus hijos, su marido y su casa la absorbían por completo.

            Cuando Héctor volvía, quería verla   radiante, ansiosa de recibirlo en su lecho y de colmarlo con el amor más apasionado. Ella había leído muchas novelas y comprendía que su relación con Héctor era muy parecida a las de las bestias y no podía remediarlo, siempre estaba muy, pero muy cansada. Claro, ahora los datos aparecen a borbotones, se agolpan apurados para salir a flote, pero debe ordenarlos primero.

            Su última hija: Isadora, máster en computación, se casó hace tres meses y diez días "que precisión, y después me acusan de desmemoriada". Ella se sentiría muy feliz si pudiera olvidar que Isa la odia, su hija nunca le perdonó que no estuviera a la altura de las ambiciones de su padre y a las suyas, y en cuanto pudo escapó de su lado.

            Eloísa suspira y piensa que pese a sus cambios nadie le ha reconocido el esfuerzo por ponerse a tono con su marido y con su hija. Hace años que sólo dirige las tareas de la casa y se siente muy útil, desde que "vinieron a más" comenzó a arreglarse, a adelgazar y ¿para qué? Ella siente nauseas, está harta de revolver recuerdos, quiere hacer algo para impedir que la memoria completa ocupe toda su mente, intuye que al final solo vendrá el dolor. Si pudiera controlar estos olvidos, los produciría a voluntad, a veces es deprimente saberlo todo. Eloísa teme explicarse por qué sabe con tanta precisión la fecha del casamiento de su hija, es como algo ominoso y para evitar que llegue el recuerdo trata de distraerse, vuelve a mirar al hombre del anillo, él hace un ademan de invitarla con una pastilla, ella lo rechaza.

            Las pastillas, otro recuerdo ocupa su lugar, el de las pastillas, ella siempre ordena a su mucama, qué al poner la mesa del desayuno coloque sus medicinas a la izquierda así, a medida que las toma, va pasándolas a la derecha para no distraerse y tomarlas dos veces. Siempre consume pastillas, ella generaliza ya que algunas son minúsculas grageas blancas para los sueños, otras son perlas rojas para la energía, y las más lindas son las azules para las ilusiones.

            Eloísa mira su reloj, son las ocho y media y la noche oscurece la calle Montevideo, es hora de volver. Ella se levanta, deja la mesa y va hasta la puerta del bar. Sabe que el hombre del anillo pagará su cuenta, y no le importa. La calle está solitaria, la ciudad con todas sus luces encendidas, acecha. Asunción no es hostil ni indiferente como las grandes ciudades, sin embargo siempre está al acecho.

            El hombre del anillo sale y se adelanta hasta la puerta de un coche último modelo, ella lo sigue, entra y se sienta en el asiento trasero. Él conducirá.

            - Nemesio, quiero que me lleve a pasear por las más hermosas avenidas y después iremos un momento al cerro Lambaré a respirar aire puro. Hoy no cenaré en casa. La orden ha salido de su boca como la cosa más normal, porque ha vuelto a ser una mujer normal, con su cerebro lleno de recuerdos. Nemesio es su némesis, la venganza de su marido que lo ha puesto a su lado y que la sigue y la controla siempre. Su marido lo contrató cuando se casó su hija y esa misma noche le comunicó que seguiría viviendo con ella en la misma casa pero que ya no la amaba. Mi verdadera mujer, mi amante, mi amor: es Laura, ella me da el amor que vos nunca me diste.

            Al día siguiente de la boda de su hija comenzaron sus providenciales olvidos, que los médicos denominaban "Crisis de Ausencia". Desde entonces Nemesio, siempre espera atento y la ayuda a retornar a la casa, no podría perderse, aunque quisiera, Héctor detesta los escándalos.

 

 

 

 

 

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