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ESTEBAN BEDOYA


  EL APOCALIPSIS SEGÚN BENEDICTO - Novela de ESTEBAN BEDOYA - Año 2008


EL APOCALIPSIS SEGÚN BENEDICTO - Novela de ESTEBAN BEDOYA - Año 2008

EL APOCALÍPSIS SEGÚN BENEDICTO

 

 

Novela de ESTEBAN BEDOYA

 

 

 

Editor:  ARANDURÃ EDITORIAL

ISBN: 978-99953-35-10-6

 

Páginas: 200

 

Tamaño: 14,5 x 19 cm

 

Idioma: Español


Año: 2008

 

Literatura Paraguaya

Libro Paraguayo


 

 

"Desparpajo es la clasificación que se me ocurre al referirse a la escritura de Esteban Bedoya. Por la soltura, la total desinhibición con respecto a los temas que enfoca en sus libros. Su permanencia en Buenos Aires y posteriormente en Suiza tienen que ver, sin dudas, con el tratamiento de la obra en sí y los recursos estilísticos que utiliza. Se adivina, además, al lector compulsivo que agiliza su palabra".

 

RUBÉN BAREIRO SAGUIER

 

 

"En las historias de Esteban Bedoya entusiasma el manejo de una prosa contenida para argumentos desbordados, en los que un narrador distante - y en ocasiones impertérrito- cuenta, sin inmutarse, el prodigio".

 

LEONOR FLEMING

 

 

 

EL APOCALIPSIS SEGÚN BENEDICTO, DE ESTEBAN BEDOYA

En la narrativa paraguaya del siglo XXI se van añadiendo nuevos nombres que la están nutriendo de un esplendor aún desconocido en el exterior, pero muy apreciable cuando penetramos en su mundo. Ya no descubrimos a nombres dispersos como venía ocurriendo hasta bien entrados los años ochenta, y a unas cuantas figuras dominadoras de esa cualidad llamada “fama”. Ahora los autores se multiplican por doquier y resulta realmente complejo realizar aquellas nóminas, cronologías y entradas de diccionario que a mediados de los noventa nos resultaban, si no sencillas de realizar, sí menos laboriosas que en la actualidad. Esto es muy bueno para una literatura que, sigue en su isla, pero más por problemas mercadotécnicos, empresariales o diplomáticos, que por los estrictamente literarios.-

Entre estos narradores paraguayos del siglo XXI encontramos a Esteban Bedoya. Asunceno que ha vivido en Buenos Aires y en Suiza, nacido en 1958, se nos reveló como un prosista en crecimiento con aquel libro titulado La fosa de los osos, una obra formada por diez cuentos, caracterizada por su economía expresiva, su versatilidad del discurso y la intensidad emotiva, rasgos que no ha abandonado en sus siguientes creaciones. Relatos de la obra como “Adán, el exterminador de serpientes y su pacto con la muerte” o “La importancia de llamarse Jean Baptiste Pororó” están entre las mejores narraciones paraguayas de los últimos años. A ella siguió Los malqueridos, obra que reunía tres historias con relación entre ellas y sus personajes.

Bedoya siguió publicando hasta que nos ha dado recientemente una obra redonda: El Apocalipsis según Benedicto. Está constituida por cuatro novelas cortas o cuentos largos, según se quiera mirar, entre los que destaca evidentemente el que da título a la obra. A él se le suman tres relatos titulados “Los González Espino”, “El camino interior” y “Villa Eloísa”, donde se enfrentan dualidades como la fantasía y la realidad, la hipocresía y la sinceridad, mentira y verdad. Así, un cuento como “Villa Eloísa” ofrece un análisis crítico de la realidad sociopolítica del Paraguay, con una historia sobre la corrupción, el arribismo y el amiguismo existentes, mezclada con una trama fantástica, en la que se suceden acontecimientos sobrenaturales en la casa del título. Y es que, como escribiera Borges, la condición metafísica del relato se caracteriza por la disolución o la asociación entre ficción y realidad: por la debilidad de la línea que las separa.

“Villa Eloísa” es un gran relato de la voracidad especulativa del neocapitalismo alejado de toda ética. Aunque estemos asistiendo a sus últimos coletazos, la avaricia ha existido siempre y existirá, parece decirnos Bedoya. El problema es el grado. De que los fantasmas de “Villa Eloísa” protagonicen la rebeldía contra un mundo de negocios que invade hasta los espacios de lo sobrenatural. Esa dureza se subraya también en relatos como “Los González Espino”, ubicado en la represión argentina de finales de los setenta, también incide en lo sobrenatural, con el enfrentamiento del ángel con don Agustín González, hombre de la dictadura, o en “El camino interior”, un relato con un suspense graduado a la perfección.-

Centrándonos ya en el relato que da título a la obra, estamos ante una narración con una carga crítica anticlerical muy sólida. Estamos ante el monólogo de Joseph Ratzinger, el actual papa Benedicto XVI, referido a Sor Pascualina, una monja mexicana que permite justificar la estructura del discurso. De esa forma, repasa la biografía del pontífice desde su pasado filohitleriano, el cual no niega pero alega como defensa el que no era fácil escapar del fanatismo de ese terrible personaje de la historia universal, hasta su integrismo con la aceptación del cargo de prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, sucesora de la Sagrada Congregación de la Romana y Universal Inquisición fundada en 1542. Recuerda su pasado y su amor hacia una muniquesa, Gerda, por la que se obsesionó durante su adolescencia hasta el punto de pasar el día “con las manos metidas en los bolsillos del pantalón”. Y es que, por mucho que trate de impedirse, la humanidad de los prebostes de la Iglesia contrasta con la doctrina del celibato impuesta. Por ello, Benedicto conoce bien la necesidad de un giro radical en la Iglesia católica para poder sobrevivir: simplemente poder sobrevivir.

Por ello, necesita recuperar fieles y para eso revela el Tercer Secreto de Fátima: el advenimiento del fin del mundo, lo que renovaría el archiconocido “temor de Dios”, lo cual impulsaría a los infieles a la conversión y a recuperar adeptos. Sin embargo, Benedicto va más allá y decreta que los sacerdotes pueden dejar de ser célibes, pueden acogerse al sacramento del matrimonio, aunque no las altas jerarquías. Ello provoca todo un enorme revuelo y un episodio que permite hacer crecer el interés del lector hacia el desenlace.-

Si a ello añadimos detalles interesantes como de la alusión al “obispo presidente” cuando el embajador paraguayo acude a la Santa Sede, o los movimientos de Sor Pascualina a los que se muestra atento con lascivia el narrador-protagonista. Bedoya sabe imprimir alusiones a aspectos del presente para cautivar la atención del lector. A lo mejor este pequeño detalle permite la mirada positiva del lector latinoamericano hacia un discurso que de por sí ya es demoledor.

Estamos ante un gran relato en el que se pone encima de la mesa de debate un tema crucial en nuestros tiempos: la crisis del cristianismo y, sobre todo, de la Iglesia católica. A través de los diez capítulos de la obra se va revelando cómo a lo largo del siglo XX la espiritualidad decreció hasta irse apagando. Como se va apagando Ratzinger hasta descansar en paz en la tierra de sus ancestros y no quedar ni rastro de Sor Pascualina, la persona gracias a la cual el Papa, en su retiro, nos alumbra sobre los destinos inciertos de una Iglesia cuyo lugar en el mundo del hedonismo ha quedado relegado a la postergación como tantas otras ideologías y espiritualidades.

Esteban Bedoya se nos ha revelado como un gran autor importante para las letras paraguayas. Personalmente, tenía esperanzas de que así lo fuera después de haber leído La fosa de los osos hace años, y me ha confirmado que, además de tener un gran conocimiento de la constitución del relato, es valiente, atrevido y capaz de suscitar la reflexión e incluso la polémica. Por otro lado, el libro está muy bien editado, con una portada y unas láminas interiores realmente espléndidas, lo cual es de agradecer igualmente. Ahora queda esperar a que Bedoya nos ofrezca nuevas creaciones en el futuro. Pero su obra ya ha quedado marcada por este gran trabajo que es El Apocalipsis según Benedicto.

 

Fuente: Artículo de JOSÉ VICENTE PEIRÓ - EL APOCALIPSIS SEGÚN BENEDICTO, DE ESTEBAN BEDOYA, Diario ABC Color,  01/02/09.

 

 

 

 

LA NARRATIVA RADICAL DE ESTEBAN BEDOYA

Por OSVALDO GONZÁLEZ REAL

 

 

         Un análisis de la calidad y la actualidad de la novela El Apocalipsis según Benedicto, escrita por un paraguayo sobre el hombre de la Iglesia Católica.  

 

         En la obra relacionada con Benedicto, el futuro Papa, nos topamos con una parodia sarcástica (irreverente y soez) que cuestiona despiadadamente los principios fundamentales sobre los que se basan la religión y la legitimidad moral de sus representantes. La monja Pascualina -sierva del Señor- es el otro polo del poder de la Iglesia y, con su humildad y su fe, sostiene todo el edificio del sistema totalitario que oprime las almas de este mundo. El futuro representante de Cristo en la tierra, Ratzinger, recuerda con nostalgia su infancia y su adolescencia en una suerte de fantasía delirante que conmoverá el alma simple de sor Pascualina, entrenada en los conventos para agradar a Su Eminencia. Este delirio neurótico consistió en sentirse el Elegido. La persona elegida por Dios para realizar su voluntad sobre la tierra. La reconstrucción moral de la humanidad y la derrota del comunismo era la finalidad última de su reinado en este momento histórico.

         Hay escenas de fetichismo y perversión cuando se describe el deleite olfativo de la monja al manipularlas prendas íntimas del monseñor. La represión sexual que inficiona la relación de la pareja "monja-sacerdote" se vuelve cada vez más intensa y acabaría por explotar al final del relato. La obsesión maniaca y el masoquismo de la "sierva del Señor" se manifiestan, a través de la narración, como leitmotiv recurrente.

         En El Apocalipsis según Benedicto hay una auténtica profanación de lo sagrado: una "desacralización", podríamos decir, de los símbolos eclesiásticos, de la pompa y majestad de las jerarquías y sus rituales. Esa simpatía de Benedicto hacia los nazis nos recuerda, por paralelismo, a las atrocidades de la Inquisición y los procesos de Galileo y Savonarola. Estos párrafos acusatorios nos recuerdan la obra plástica de León Ferrari donde vemos a Cristo crucificado sobre un bombardero norteamericano -de esos de Vietnam. El tema recurrente del artista argentino ha sido la intolerancia de la religión cristiana y su "imaginería del terror" para controlar las mentes. Esta profanación de los símbolos sagrados del cristianismo histórico es una manera de denunciar y poner en evidencia las estrategias políticas del Vaticano.

         La obediencia y sumisión propiciada por la Iglesia desde la Edad Media se han puesto en entredicho a través de las obras de Ferrari, que también ha enviado una carta al Papa relacionada con una obra de arte: el Juicio Final, de Miguel Ángel, que adorna la Capilla Sixtina. Esta carta, firmada por numerosos intelectuales y artistas, nunca fue contestada, no sabemos por qué. Quizá la Iglesia la consideró blasfema. Mientras "Monseñor" se deleita tocando Mozart, nos enteramos que -como algunos miembros de la SS- sueña que en el mundo futuro no habrá judíos. El antisemitismo de la Iglesia ha sido notorio desde los primeros tiempos. Cuando Ratzinger fue nombrado por Juan Pablo II prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, persiguió a la corriente latinoamericana que propugnaba la Ideología de la Liberación y obligó a callar al teólogo brasileño Leonardo Boff. Se manifestó como un nuevo inquisidor ante la doctrina de la "opción por los pobres".

 

         UNA BURLA SANGRIENTA

 

         En una escena de pesadilla, el cardenal sufre una alucinación relacionada con su aversión a las mujeres, seres demoniacos que ponen en peligro la salvación de las almas. En otros párrafos de este relato nos enteramos de la corrupción reinante en la corte pontificia compuesta de prelados trepadores, descreídos y traficantes de influencias. El protocolo de la curia romana era la de un palacio. Los camarlengos, secretarios y mayordomos intrigaban para recibir prebendas como en cualquier gobierno civil que lucha por sus privilegios.

         El final de esta historia deparará sorpresas al lector desprevenido: el desenlace es inesperado, casi una burla sangrienta. Bedoya ha descrito una trayectoria triunfante que desemboca en el fracaso de todos los valores morales, en un ajuste de cuentas con la naturaleza humana y sus debilidades. La ficción dará cuenta de la dura realidad.

         En otras obras, como la de Villa Eloísa, el escritor muestra -con impecable estilo- la realidad política de nuestro país: la corruptela imperante y el arribismo de nuestros gobernantes. La trama es como la de un cuento de fantasmas que, finalmente, descarta lo sobrenatural.

         En suma, la narrativa de Esteban Bedoya se inscribe en una tendencia que desmitifica la fraudulenta realidad de nuestras vidas y que denuncia las lacras de una sociedad hipócrita y entregada a una violencia radical. Sus ángeles y demonios simbolizan las fuerzas ocultas que gobiernan nuestros actos y que viven agazapadas en las profundidades de nuestro ser.

 

Fuente: Correo Semanal del diario ÚLTIMA HORA

Publicado en fecha: Sábado, 2 de Marzo del 2013

 

 

 

 

 

 


 

ESCUCHE EN VIVO / LISTEN ONLINE:

 

 

 

Premio “Premio Lily Tuck de Literatura 2010”

Esteban Bedoya gana con El apocalípsis según Benedicto (Editorial Arandurã)

 

 

 

 

 

 

 Entrega de premios PEN American Center

 

Literary Awards Ceremony - Octubre 2010

 

 

 

 

ESTEBAN BEDOYA: EL APOCALIPSIS SEGÚN BENEDICTO

ESTEBAN BEDOYA received the 2010 PEN/EDWARD AND LILY TUCK AWARD FOR PARAGUAYAN LITERATURE. Read the ENGLISH TRANSLATION OF THIS EXCERPT.

La especial deferencia que daba el cardenal a su mucama pudo haber sido interpretada por ésta como una licencia para que ella tomara la iniciativa de solicitar unos “breves momentos” para unas parientas llegadas desde la península de Yucatán.

—Eminencia, ellas se prepararon con mucha anticipación, ahorrando y privándose de muchas cosas, para poder conocerlo.

El cardenal sabía de la reputación que le otorgaron como protector de una humilde centroamericana, a quien elevó desde lo profundo de la desesperanza hasta la cúspide del conocimiento y, por lo tanto, entendía la admiración que las parientas sentirían por él.

El departamento del purpurado fue adornado con flores para recibir por unos minutos a la comitiva. Él no modificaría su rutina sabatina, seguiría con la lectura de algún libro de filosofía, sin descuidar los expedientes de la Comisión para la Doctrina de la Fe. La morada estaba despertando de una larga siesta cuando, a las dieciséis y veinte, Sor Pascualina informó:

—Eminencia, mis primas ya están aquí.

El cardenal tuvo una primera intención fallida de postergar la entrevista pero, consciente del sacrificio realizado por las mujeres, levantó la mano derecha dando a entender que en cualquier momento estaría con ellas.

Habían pasado cuarenta minutos cuando Joseph Ratzinger ingresó a la sala donde regularmente recibía a embajadores, políticos y poderosos empresarios. Las damas vestidas de negro llevaban mantillas como símbolo de respeto.

—Bienvenidas, señoras … ¡Pero ésta es una visita amigable!—, dijo aparentando interés por conocer sus caras.

Estaban sentadas una al lado de la otra, acompañadas por los gatos del cardenal, bestias silenciosas que parecían narcotizadas por los masajes de las damas.

—¡Veo que han hecho amistad!— señaló Su Eminencia interrumpiendo el idilio animalesco, mientras hacía crujir la curul ubicada en el centro de la sala —¡No hay que acostumbrarlos a las debilidades humanas!— les advirtió con un tono de voz que parecía impregnado de celos. Luego ordenó a Pascualina:

—Puede traer el ambigú.

Por dar el gusto a la autoridad, o tal vez como gesto de confianza, Magdalena se sacó la mantilla dejando al descubierto su fealdad. Tenía en las mejillas manchas de colorete y rimel barroso en las pestañas. Vano esfuerzo por ocultar la timidez, pensó el cardinal. Inmediatamente, Ananeglis la imitó, exponiendo los sufrimientos que no pueden maquillarse.

—Su Eminencia ha sido muy generosa en recibir a estas viejas damas— dijo Magdalena. Y prosiguió: —Tenemos una foto suya sobre la cómoda … al lado de las imágenes de Chac y de Cuauhcíhuatl. Nuestras oraciones se dirigen a ustedes.

El cardenal se sorprendió ante el osado paganismo de las indígenas y decidió seguirles la corriente:

—Déjenme decirles que desde hace tiempo tengo curiosidad por saber algo más de mi asistente— dijo amablemente, sin poder disimular la voz pegajosa, empalagosa a causa de la desinhibición que lo estaba poseyendo, alteración que pareció percibir Ananeglis, que sonrió como si la estuviesen cortejando en una feria popular.

Con esa amigable confrontación las caras inexpresivas comenzaron a emitir muecas, que resultaron suaves impulsos eléctricos aplicados sobre la nuca y la libido del cardenal.

—¡Señoritas, me alegra tenerlas aquí!— dijo eufórico, como si ellas fuesen el producto seleccionado en un remate de esclavos. —¡Fa caldo!— agregó, mientras se secaba la transpiración, dándole suaves golpes de pintor impresionista a la amplitud de su frente pétrea.

Seguramente el calor de las velas humeantes derritió la pintura de las pestañas de Magdalena y comenzó a chorrear sobre los párpados, tiñendo las ojeras como si fuesen charcos de petróleo donde hundiría la mirada. El amplio living se llenó de oscuridad, anticipando el comienzo de una tormenta veraniega.

—¡Disculpen, señoritas, estamos con poca luz … las mandaré encender!

—¡Así nos gusta! Y también a Su Eminencia— sugirió Magdalena. —Ahora, cuéntenos usted, ilustre señor, qué siente por nuestra parienta.

La desfachatez de la pregunta silenció a Ratzinger, quien instintivamente sospechó que estaba en presencia de seres burlones. Las relacionó con las brujas incineradas por la Inquisición. Pero Magdalena y Ananeglis no parecían atormentadas sino, por el contrario, era él quien sufría el tormento brutal de sentirse abandonado en su propio hogar.

—No tengo nada que decir de ella— murmuró con la lengua torcida a consecuencia de los efectos de un vaho vaginal que comenzaba a impregnar el refinado y casto salón. Joseph nunca había sentido esa fragancia. Alguna vez, tan sólo algunas pocas veces, la efervescencia del champagne le había estimulado deseos inapropiados.

—¿Nada que decir?— respondió Ananeglis, de pie a su lado, frotando impúdicamente el hombro del anciano. —¡Anda, dime, Joseph! ¿qué sientes por Pascualina?

Ratzinger intuyó que estaba dialogando con emisarias de los pervertidos teólogos de la liberación y reaccionó gritándo: —¡Blasfemias de bruja salen de tu boca!… ¡Esa india servil nada es para mí!— Y fue aplacando de a poco la voz, al tomar conciencia de estar entibiando una mano en el muslo de quien lo acosaba.

—¿Y por qué me tocas …, acaso no soy india también?— le dijo socarronamente, para luego maldecirlo: —Pascualina será tu salvación.

El cardenal tuvo una visión que lo conmovió, al punto de creerse a expensas de dos indias viajeras del tiempo. Temeroso de ser utilizado por fuerzas demoníacas, gritó con el alma: —Pascualina, ¡Pascualina! Pedido de auxilio de rancio aliento sacerdotal.

***

El día domingo comenzó con un sobresalto a consecuencia de los maullidos de las criaturas del cardenal, bestias aterciopeladas que se abalanzaron contra la ventana en el momento que Sor Pascualina espantaba dos palomas negras que buscaban refugio tras el vidrio.

—¿Le ocurre algo, Eminencia?— preguntó la monja mientras acercaba la bandeja del desayuno.

—¿Qué?— respondió Joseph a duras penas, dando un forzado revolcón para lograr despertar.

—¿Durmió mal?

—¡No, no!… ¿Dónde están sus parientes?

—Siento gran vergüenza, Su Eminencia, pero no logro comprender por qué no vinieron.

—¡Pero …!— reaccionó, agachando la cabeza para que la monja no percibiese el desconcierto que lo agobiaba. ¿Habría sido un mensaje revelador sobre la identidad de Sor Pascualina, o simplemente una pesadilla de la cual ni un futuro Papa está exento?

Copyright © by Esteban Bedoya.

Reprinted with permission of the author. All rights reserved.

Fuente digital: http://www.pen.org/viewmedia.php/prmMID/5288/prmID/1865

 

 

 

 

ENTREVISTA A ESTEBAN BEDOYA, EMBAJADOR DE LAS PALABRAS

Esteban Bedoya nació en Asunción, el 25 de abril de 1958. Siendo niño viajó a Buenos Aires con su familia, allí creció, estudió, “experimentó” y se recibió de arquitecto.

Durante los años de la dictadura de Stroessner, Bedoya compartió parte de su tiempo, entre actividades políticas con los exiliados paraguayos, y la práctica de la escritura en talleres literarios, habiendo ganado premios de la Asociación Latinoamericana de Poetas (1982) y de la Editorial Helguero (1983).

Su libro La fosa de los osos (2003), fue traducido al francés como La fosse aux Ours (2005) (y al alemán comoDer Bärengraben, 2009) y será publicado en Francia con el sello de la editorial La derniere Goutte. Su novela Los Malqueridos tiene dos ediciones y fue traducida al francés para una próxima edición. El Apocalipsis según Benedicto, recibió el premio PEN American Center/Lily Tuck, 2010, y será traducido al inglés y publicado en los EE.UU. de América. Su último libro El coleccionista de orejas (novela) será traducida al francés y publicada en Francia por la La derniere Goutte.

Bedoya es miembro del PEN Club del Paraguay, de la Societé Fribourgeoise des Écrivans, Suisse, y del PEN American Center, New York.

El Apocalipsis según Benedicto es una colección de cuentos largos o novelas cortas en que la realidad y la fantasía se entretejen para divertir y hacer pensar al lector. La que da título a la obra enlaza a  Joseph Ratzinger con una monja mexicana y se recrea en su jugosísima relación. Confieso que me he divertido muchísimo leyéndola, porque además recibí al obra justo cuando el Papa visitaba Cuba. No añado nada más.  ”Villa Eloísa,” verdadera joyita de ironía, una historia de fantasmas y arribismo, tiene un final inesperado, y “Los González Espino,” con su ángel incluido, pinta escenas de la dictadura que resultan más escalofriantes que si tratara de diablillos.

Y sin más, los dejo con esta entrevista a su autor

Teresa Dovalpage: ¿Cuándo empezaste a escribir y qué te motivó?

Esteban Bedoya: Comencé a escribir “líneas sueltas” durante la escuela secundaria, hasta esa época (y desde mi niñez) mi forma de expresión había sido el dibujo. A través de éste se manifestaban mis “monstruos”, pero llegó un momento en el que comencé a necesitar de otra herramienta para expresarme, y la encontré en la palabra escrita. La literatura me sirvió para expresar con detalles, los pensamientos que no podía reflejar con dibujos.

Teresa Dovalpage: Cada manifestación artística tiene su propia gracia pero creo que la literatura nos permite explayarnos más… Vamos, es cuestión de gustos, claro, porque yo no sé dibujar ni un triste gato. ¡Pero qué bueno que te decidiste a escribir! Has trabajado en el cuerpo diplomático de Paraguay y ahora vives en Australia, ¿cómo ha influido en ti, como escritor, el vivir fuera de tu país?

Esteban Bedoya: Respecto a la influencia de haber vivido fuera de mi país gran parte de mi vida, debo señalar que la primera experiencia fue muy dura debido al traslado forzado de toda la familia a la gran ciudad de Buenos Aires. De esos difíciles años de la infancia, surgió la energía que me movilizó a escribir. Mis demás experiencias en Europa y ahora en Oceanía, sirven para nutrirme de sensaciones producidas al descubrir las variadas manifestaciones de la cultura humana. Pero, la energía vital es la que llega desde la infancia. Esa energía que durante mucho tiempo fue rabia contenida, fue siendo liberada de manera más o menos estética a través de mis escritos.

En cuanto a mi condición de escritor, este hecho refuerza considerablemente mis funciones como diplomático. La producción literaria es una herramienta para abrir mercados. Detrás de los narradores hay una ciudad y un país interesados en dar a conocer sus bienes culturales y comerciales. Somos promotores de nuestra cultura y ayudamos a lograr el reconocimiento de nuestras peculiaridades de nación soberana.

Teresa Dovalpage: Llevas mucha razón en lo de la rabia contenida como motor. Y en efecto, los autores resultan ser de cierta forma embajadores de la palabra ante quienes no son sus coterráneos. Y volviendo a la escritura… ¿tienes una rutina para escribir, un tiempo especial del día en que prefieras sentarte ante el ordenador y darles rienda suelta a las musas?

Esteban Bedoya: Mis exigencias laborales me “organizan” la vida: Normalmente me despierto a las cuatro y treinta de la mañana, y comienzo a escribir entre las cinco y las ocho (mientras tomo mate amargo y me distraigo escuchando jazz o música clásica). Luego retomo mis escritos a partir de las siete de la tarde y hasta las nueve de la noche. Aunque, una vez que estoy metido de lleno en un relato, busco cualquier momento disponible para escribir. De todas formas, la rutina impuesta por mi propio horario de funcionario diplomático, me va marcando el ritmo. Pero hay que destacar, que el proceso de creación no se detiene, todo el tiempo van surgiendo nuevas ideas, que no necesariamente deben ser escritas en la computadora o en un cuaderno de apuntes, ya que la redacción de una frase se puede plantear y archivar en la memoria de nuestro cerebro.

Teresa Dovalpage: ¡Te levantas a las cuatro y treinta para escribir! Eso es lo que se llama disciplina. Va toda mi admiración desde Taos hasta Australia. ¿Qué libros te han impactado más, como autor y como lector?

Esteban Bedoya:  El castillo, de Kafka (por creerme el protagonista de la historia), “La increíble y triste historia de la Cándida Eréndira…”, de García Márquez (por maravillarme con las imágenes y haberme mostrado las posibilidades que ofrece la literatura para hacer descubrimientos), Recuerdos, sueños, pensamientos, de Karl Jung (sin poseer la prosa de García Márquez, tiene la misma poesía), Santa Evita, de Eloy Martínez (por enseñarme acerca del valor de la mentira en argumentos literarios), y muchos, muchos otros libros.

Teresa Dovalpage: Me encanta esa comparación de García Márquez y Jung. En las cuatro obras que componen El Apocalipsis según Benedicto tocas diferentes temas, lugares y personajes. ¿Los escribiste planeando que formaran un libro o decidiste integrarlos después?

Esteban Bedoya: Mi idea original fue que “El Apocalipsis según Benedicto” resultase una novela más extensa, pero luego de una larga meditación, llegué a la conclusión de la necesidad de ahorrar palabras, administrarlas correctamente… lograr la prosa “justa”. Para eso debería evitar que la obra se desbordase. Por eso opté por una “nouvelle”, y a esa novela corta decidí acompañarla con otros relatos que no estuviesen vinculados con la historia de Benedicto. Los temas de cada uno de los relatos responden a la necesidad de contar otras historias que tenía atragantadas desde hacía un buen tiempo.

Teresa Dovalpage: Pues pegan muy bien las cuatro juntas, forman una especie de coro multinacional. ¿Y en qué nueva obra estás trabajando ahora?

Esteban Bedoya: Mi último libro recientemente publicado es La colección de orejas. Obra que parece haberme robado energías. Ahora me invade una cierta pereza que trato de combatir con la lectura de diversos autores. A pesar de esto, ya empecé a hacer anotaciones para escribir una serie de cuentos, que espero se transformarán en otro libro. En el hemisferio Sur está comenzando el frío (al menos en Canberra), y esto es una invitación para el encierro, la meditación y la creación. Es el comienzo de un nuevo tiempo, seguramente propicio para arrancar definitivamente con nuevas historias (que estarán pobladas de fantasmas y raras experiencias paranormales, tanto mías como de gente cercana).

Teresa Dovalpage: Tus lectores las esperamos… Y para terminar, como sabes, este blog está diseñado para ayudar a los autores que comienzan a buscarles un hogar a sus manuscritos y a saber más del arte de escribir por boca (o pluma) de otros autores. ¿Tienes algún consejo o recomendación que darles a quienes se inician ahora en este oficio de escribir?

Esteban Bedoya: El mayor aprendizaje que recibí a los 20 años en un taller literario en Buenos Aires, fue a tener paciencia. Hay que ser paciente para elaborar una idea, paciente para reescribir aquello que no nos convence, paciente y humilde para aceptar que uno puede estar errando el camino. Ante las dudas que genere un texto, es bueno darle tiempo para que madure (esto se puede lograr, guardándolo en un cajón por un par de semanas, o recurriendo a un lector crítico, alguien quien con la honestidad de sus comentarios nos puede ayudar a encontrar la pista correcta).

Evitar el facilismo de encontrar soluciones mediocres, aprender a descubrir nuestras propias limitaciones e intentar superarlas.

Finalmente, es mejor hacer el intento de escribir un solo buen libro, que tener una inmensa y mediocre producción (libros que no se pueden terminar de leer y acaban siendo lanzados por la ventana).

Teresa Dovalpage: ¡Excelentes consejos, Esteban! Muchísimas gracias por tus consejos y por acceder a esta entrevista.

Fuente digital:

 

http://teresadovalpage.com/2012/04/29/entrevista-a-esteban-bedoya/ 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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