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ARMANDO ALMADA ROCHE


  JUAN BAUTISTA RIVAROLA MATTO, YVYPÓRA O EL FANTASMA DE LA TIERRA - Por ARMANDO ALMADA ROCHE - Domingo, 3 de Junio del 2012


JUAN BAUTISTA RIVAROLA MATTO, YVYPÓRA O EL FANTASMA DE LA TIERRA - Por ARMANDO ALMADA ROCHE - Domingo, 3 de Junio del 2012

JUAN BAUTISTA RIVAROLA MATTO, YVYPÓRA O EL FANTASMA DE LA TIERRA

 

  Por ARMANDO ALMADA-ROCHE

 

 

Elvio Romero, Augusto Roa Bastos, José Asunción Flores y Juan Bautista Rivarola Matto, entre otros, allá por la década del 60, eran una especie de héroes. Todos poseídos por la misma ansia de conquistar el mundo. La fuerza centrípeta de la dictadura los lanza fuera del Paraguay, de su terruño hacia Buenos Aires, y Buenos Aires es el lugar de la cultura, de los teatros, de las editoriales, de los libros, de la música. Cientos de miles de exiliados, un verdadero “ejército” vencido, se lanzan sobre la capital, grávidos de una vitalidad latente, de ansiosas energías contenidas, prestas a estallar; y, una vez en ella, esparcidos por todas partes, cada uno busca su destino, sueñan con la vuelta a la patria; algunos, enfurecidos, se destruyen, se empujan al abismo. Nadie encuentra puesto reservado en esta mesa; todos han de abrirse paso a codazos y dentelladas —y también, fundamentalmente, con talento—, y este metal acerado, flexible que se llama la juventud, se forja en sueños, y sus fuerzas se condensan como explosivos. Es orgullo de José Asunción Flores haber sido, acaso, el primero en demostrar que bajo esta lucha que llamamos civilización no se esconde menos crueldad que en los campos de batalla, por ejemplo.

 

 

/ © ABC Color.

 

“Si querés triunfar aquí —le decía Flores a Rivarola Matto— tenés que luchar mucho y armarte de paciencia”, y agregaba: “O si no, preguntale a Elvio y a Roa”. Y en efecto, lo que Rivarola estaba aprendiendo en un curso acelerado era la ley de lo inexorable. Sabía que no todos podían cantar victoria, que fatalmente la pelea sería despiadada y sin tregua. Buenos Aires era la Reina del Plata, pero cruel y fría.

Las armas forjadas en la juventud se templan más tarde en la experiencia viva. La razón es la que vence y sobrevive. Las treinta y dos puntas de la rosa de los vientos los impulsan del querido Paraguay hacia Buenos Aires, con los zapatos destrozados en las piedras del camino del exilio, cubiertos del polvo de todos los senderos, y la garganta abrasada en una sed infinita de gozar y salir victorioso. Al poner su vista sobre este “mundo nuevo”, fascinador, el mundo de la elegancia, de la cultura, de la riqueza y el poder, comprenden que para conquistar al público de las artes, las letras y la música (de eso Flores sabía de sobra), quizás, de nada vale el bagaje que traen sobre sus hombros. Que para lograr el triunfo han de fundir en nuevos moldes sus capacidades: trocar la juventud en tenacidad, la inteligencia en astucia, la confianza en falsedad, la belleza en vicio, la audacia en hipocresía. Y en su carrera hacia lo más alto, nada detiene a estos intelectuales.

 

EL FAMOSO Y MÍTICO CAFÉ BERNA

En pleno barrio del Congreso, en el mítico café Berna, “trinchera” de reuniones clandestinas, se reúne Juan Bautista Rivarola Matto con Elvio Romero, Augusto Roa Bastos, José Asunción Flores, Carlos Garcete, y los españoles Rafael Alberti, Luis Seoane, artista plástico, y Arturo Cuadrado, fundador de la editorial Botella al mar, exclusivo para poetas. Estos últimos, exiliados de la Guerra Civil española, se congregan para conspirar y cada uno soñar con sus obras. A veces —solía contar Elvio— se agregaban otros contertulios: Nicolás Guillén, Juan José Manauta y el legendario poeta Raúl González Tuñón; un cenáculo de hombres jóvenes y algunos no tantos, elementos brillantes, caracteres cimeros y, sin embargo, es la vida entera la que se agrupa en el famoso café. Más tarde, fraguados en la gran urdimbre de la vida, abrazados por el fuego de las pasiones, y luego enfriados y entumecidos en los desengaños, sometidos a sucesivos fracasos en la sociedad porteña, varios de aquellos hombres se transforman, pierden su verdadera identidad.

El terrible ácido que se llama Buenos Aires disuelve a unos, los corroe, los elimina, los anula, mientras que a otros los cristaliza, los galvaniza, los petrifica. Flores, Elvio, Roa, Rivarola Matto, Herminio Giménez. Y después de pasar por todos los procesos posibles de transmutación, coloración y aglutinación, los elementos al unificarse forman nuevos complejos. Pasan diez años y los transformados se saludan con sonrisas augurales en la cúspide de la fama. Así vemos a José Asunción Flores y Herminio Giménez, músicos gloriosos y mimados por el público; a un Elvio Romero, poeta laureado en toda América Latina; a un Jacinto Herrera, estrella del cine argentino; a un Roa Bastos, escritor de renombre internacional; a un Carlos Garcete, triunfador en París; y Juan Bautista Rivarola Matto, lanzado también a la fama a raíz de un concurso con su novela Yvypóra. (El título en guaraní significa en español “el fantasma de la tierra”, lo que evoca de por sí al campesino sintierra paraguayo).

En Asunción nace Juan Bautista Rivarola Matto. Conviene precisar la fecha: 12 de noviembre de 1933. Bolivia y Paraguay están en plena guerra; dos pueblos hermanos desangrándose, empujados por las manos del imperialismo petrolero.

Antes del estallido de la contienda, la carencia de un cuerpo diplomático digno de ese nombre, la inquietud permanente de la Cancillería, la falta de una orientación en materia internacional, flotando a la deriva a merced de los acontecimientos, militarmente desorganizado, con un ejército escaso, sin preparación, anárquico e indisciplinado, han hecho que el Paraguay se encontrase y siga frente a su cuestión de límites con Bolivia, en una situación desastrosa.

El pueblo es el mismo de los esfuerzos heroicos y sacrificios. Pero el mal está arriba en los gobernantes incapaces, abandonados, imprevisores, que, sin tino ni congruencia, a cada momento comprometen los intereses materiales y morales de la nación.

En ningún momento, en esta grave cuestión de límites, el Gobierno ha estado a la altura de su misión y de las necesidades públicas. Y cuando el agua llegó al cuello, cuando los avances de los bolivianos —al amparo del abandono e indiferencia criminal de los gobiernos— llegaron a pocas leguas de la capital, donde militares bolivianos asesinaron al oficial del ejército Adolfo Rojas Silva —cuya muerte provocó una intensa agitación en el país—, el gobierno, en lugar de colocarse a la altura de las circunstancias (como el pueblo le pedía), se limitó a mentir descaradamente, afirmando en pleno congreso, por boca de su ministro de Relaciones Exteriores, que los invasores solo estaban en la imaginación de los diarios de oposición y que la muerte del oficial Rojas Silva se debió únicamente a su propia imprudencia.

La reconquista de inmensas superficies de tierras en el Chaco, como consecuencia de las victorias militares contra Bolivia, selló con sangre el derecho del pueblo de participar en la distribución de la riqueza del país. Un pueblo de agricultores que habían reconquistado millares de kilómetros cuadrados de territorio, que hasta entonces se encontraba en poder de otra nación, estaba en condiciones espirituales para exigir la posesión de tierras agrícolas que le asegurasen los medios de realizar su progreso material y cultural. El esfuerzo que había realizado en beneficio de la nacionalidad no sería estéril y los soldados que retornaran a sus hogares exigirían la tenencia de una parcela de tierra.

El Chaco era la tierra del dolor y del heroísmo, donde quedarían los rastros de sus pasos y los restos de sus compañeros de lucha.

Por otro lado, las condiciones internacionales no permitieron al Gobierno hacer suya la iniciativa del senador Eladio Velázquez, que en 1934 presentó al Parlamento un proyecto de colonización militar, por el cual se expropiaba 462.500 hectáreas de tierras del Chaco, de la zona ocupada anteriormente por los bolivianos, para ser distribuidas gratuitamente entre los jefes, oficiales e individuos de tropa al servicio activo del ejército, a razón de 500, 250 y 120 hectáreas a cada uno, respectivamente, reservándose del total, para uso comunal, 20 leguas cuadradas. Era propósito de Velázquez, al mismo tiempo que premiar el esfuerzo de los héroes, incorporar a la nación por la ocupación civil y productiva los territorios conquistados.

En medio de estas turbulencias nace nuestro escritor y periodista Juan Bautista Rivarola Matto.

 

LOS ESCOMBROS DEL PASADO

Todos deberíamos aprovechar uno u otro momento libre para reflexionar sobre las circunstancias o coincidencias que fueron de significación decisiva para el Norte que imprimimos a nuestra vida. ¿Por qué elegimos tal o cual profesión? ¿Por qué decidimos fijar nuestra residencia en una ciudad determinada, en una casa en particular? “Elegí Buenos Aires para estudiar Derecho y Filosofía porque aquí están las mejores universidades”, nos decía Juan Bautista. Entonces le preguntamos: ¿Cuál fue el factor que desempeñaba el papel más esencial en la fijación del rumbo definitivo de tu existencia? Y él respondió: “Me gusta escribir y sigo mi vocación, y también porque milito en el Partido Comunista Paraguayo y tuve que exiliarme por la dictadura de Stroessner”. Es frecuentemente —y hasta nos aventuramos a decir que casi siempre— un incidente menor, o mayor, cualquiera, en general nos marca la memoria. En unos casos, el encuentro con alguna persona, la lectura de algún libro, la palabra que alguien dejó caer en el transcurso de una conversación; en el caso de otros, una aptitud natural, un talento que descubrieron en alguna oportunidad perfecta e inesperada; pero de modo invariable, y en todos los casos, debe haber existido un punto de partida para lo que determinaba y conformaba nuestro desarrollo, tiene que haberse presentado un instante (el caso específico de Rivarola Matto) que determinaba nuestro futuro. Sin embargo, todos deberíamos, aunque solo fuera para nuestra satisfacción propia, extraer de entre los escombros del pasado el recuerdo de ese primer instante del despertar, a fin de que cada cual pueda explicarse a sí mismo, a sus hijos o amigos, el fenómeno que fijó y orientó el rumbo peculiar de su existencia.

Las manos de Juan Bautista eran grandes, de dedos gruesos; hablaba con un vozarrón de catacumbas y gesticulaba permanentemente; tenía las uñas bien cuidadas; en sus manos, repito, había algo de espiritual, noble; su cutis, su tez cobriza, de indio paraguayo. Su nariz, gruesa y abultada, se extendía demasiado amplia en medio de su cara pueblerina. Los ojos, en verdad, tal vez no fueran tan lindos; grandes, negros, brillantes de inquietud, su llama se derramaba clara y brillante hacia el exterior, escondidos detrás de unos gruesos anteojos de culo de botella, y estaban metidos profundamente bajo las cejas gruesas que limitan su frente espaciosa y alargada. Nada está mal en esa cara. Todo era agradable, todo era interesante, espiritual y vivo en su rostro; alto, corpulento; de risa estentórea y franca. La presencia, la proximidad de una mujer le marcaba, le volvía hablador.

 

EL RECURSO DEL MÉTODO

¿Cuándo, cómo y en qué momento escribía Juan Bautista Rivarola Matto? ¿Cuánto tiempo necesitaba en realidad Roa Bastos para escribir sus novelas? ¿Un mes, un año, dos o cinco años? ¿Cuánto tiempo necesitaron Elvio Romero o Campos Cervera o Gabriel Casacccia para crear sus obras famosas? A ello solo puedo contestarles que en el arte, en la literatura, no existe una medida común, que cada escritor se toma su propio tiempo. Para dar un solo ejemplo en cuanto al drama: Lope de Vega era capaz de escribir un drama en tres días, un acto por día, sin detener su pluma. Goethe, el gran autor alemán, empezó su drama Fausto cuando tenía dieciocho años y estampó las últimas palabras a la edad de ochenta y dos. Ya ven ustedes: tres días en un caso y más de veinte mil días en el otro.

Otro ejemplo: Flaubert martillaba y limaba a veces por horas enteras una sola frase, mientras que Balzac escribía en un solo día cuarenta páginas con tal rapidez que tenía que abreviar las palabras en tanto escribía e inventar una especie de taquigrafía. Cada uno tiene su propio método, su propia rapidez, sus propias dificultades, su propia facilidad.

U otra pregunta que ustedes, tal vez, se han formulado con alguna frecuencia: ¿Es el artista capaz de crear regular y constantemente o le hace falta una peculiar disposición inspirada, un estado de ánimo especial? ¿Es lo creador un estado permanente en el escritor, en el poeta, un estado que le acompaña a través de la vida como su sombra, o no es más que un estado esporádico, que surge y desaparece igual que una especie de fiebre espiritual, una inflamación del alma? Y de nuevo solo puedo contestarles: sí y no. Veamos lo que dice Rivarola Matto con respecto a su método de escribir.

Una noche, en el café La Paz, me acuerdo, hablamos de los métodos de escritura. Yo le había recordado unas declaraciones suyas, según las cuales él escribía por rachas: “A veces me paso meses y meses y no escribo nada. Pero siempre sé que va a volver, que siempre volverá. Y vuelve: en el momento más inesperado el tema llega y lo domina a uno. Cuando uno se pone a buscar el tema, pensando que está bien escribir esto y mal esto otro, entonces uno no es aún artista. Podrá ser un correcto escritor, pero no un artista”. Y esto: “No desciende una musa del cielo, pero podría decir que, al escribir, sucede lo mismo que cuando uno se enamora. De pronto uno necesita escribir. Uno se enamora y no sabe por qué. Además, no te olvides que el periodismo, si bien te ayuda para escribir, te roba energía y tiempo. Tenemos una sola vida”.

Publicó su primera novela, Yvypóra, como lo señalamos más arriba, y se la puede incluir en la corriente regionalista de la novela de la tierra, aunque en ella abundan las referencias a la política del momento en el contexto del mundo rural, afirma José Vicente Peiró Barco. Lo publica mientras está exiliado en Buenos Aires.

La obra es una “novela de la tierra”, como argumenta Hugo Rodríguez Alcalá. Con certeza se advierte de su semejanza con las obras regionalistas de Rómulo Gallegos y por el recorrido de los personajes con La vorágine, de José Eustacio Rivera. Pero Rivarola Matto no desdeña incluir elementos folklóricos del mundo paraguayo para poner en relevancia el espíritu de la tradición cultural hispano-guaraní. No introduce el tema particular paraguayo, como hacen Casaccia y Roa Bastos. Su visión del Paraguay carece del pesimismo del primero y de la violencia truculenta de las obras del segundo, porque intercala el humor para mostrar el temperamento hilarante del pueblo paraguayo, lo que aproxima el espíritu de la obra a la realidad. Sin embargo, nunca se evade de la crítica de la problemática social del país y de la denuncia.

Juan Bautista Rivarola Matto ha sido uno de los impulsores de la narrativa paraguaya actual creando la editorial NAPA, que lanzaba libros de autores paraguayos, conocidos o desconocidos, con el título de “Libro paraguayo del mes”. Recuerdo que lo fui a ver, allá por 1986/87, para que me publicara Rostros paraguayos (entrevistas y reportajes a grandes autores) y me dijo, sonriendo y triste al mismo tiempo: “Mi editorial se está fundiendo. Tengo graves problemas económicos… Te puedo publicar si vos pagás la edición. Serías el último de la serie y después cierro definitivamente la puerta”. Sin embargo, gracias a su perseverancia y tozudez, siguió todavía un poco más y NAPA cerró sus puertas con su imponente novela Diagonal de sangre, “novela histórica o un ensayo novelado”.

 

DIAGONAL DE SANGRE

En 1985, Juan Bautista Rivarola Matto gana el primer lugar del Premio Gabriel Casaccia de narrativa que concedía la Fundación de la Candelaria, destinada a promover el desarrollo cultural, social y económico de la ciudad de Areguá, con su novela corta San la Muerte. El jurado valoró en ella su “excelente desarrollo del conflicto interior y las opciones vitales del protagonista, la fuerza y el interés del discurso lineal, el acabado conocimiento, explícito en el relato, de peculiaridades lingüísticas del castellano paraguayo, la lograda recreación de una época y un medio poco frecuentado por nuestra narrativa y, finalmente, por los referentes textuales abiertos en el final impensado”.

Ahora vamos a hablar, de modo breve, de su monumental novela Diagonal de sangre, destructora de mitos e íconos históricos. “En principio hay que preguntarse si Diagonal de sangre es una novela histórica o un ensayo histórico novelado —dice José Vicente Peiró Barco, lúcido crítico—. El mismo Rivarola Matto incluye en la primera página de la obra la advertencia de que “no es esta una novela histórica, sino una novela de la historia”.

Los personajes y los acontecimientos tienen un referente real histórico: la Guerra de la Triple Alianza. Pero el tono de la obra alterna entre lo novelístico y lo ensayístico. Hay fidelidad histórica y necesidad de retratar una época. Sin embargo, la historia ha dejado numerosos huecos que Rivarola llena con la ficción novelesca. El narrador trata de no intervenir en las escenas, aunque a veces haga algunos comentarios no excesivamente críticos, sino sugerentes. El tono empleado es ensayístico porque hay pretensión de relatar con fidelidad la historia y todo lo que pueda parecer irreal es perfectamente asumible en el mundo paraguayo. Por esta razón, es acertada la definición del texto que ofrece el autor al principio de la obra como “novela de la historia”.

El crítico y consagrado escritor Osvaldo González Real escribe: “Diagonal de sangre, basada en documentos fidedignos, en el realismo mágico y en la ‘tradición oral de los historiadores’, tiene, como epígrafe de sus diversos capítulos, citas sacadas de la mitología de los Mbyá Guaraní; del clamor de estos hacia Nuestro Padre Ñamandú Verdadero, el Primero. Esto crea un contexto muy especial para el desarrollo de las peripecias que se van a relatar, a veces a la manera de un Toynbee, a veces con la fabulación de un Emilio Salgari”.

Juan Bautista Rivarola Matto se ha conservado, gracias a sus obras. En él, que no está coloreado por su época, podemos ver al periodista por excelencia, al eterno escritor, en un ejemplar raro y sutil, conservado íntegra y completamente. Hizo su trabajo por encima de su época, porque vivía su propia vida y supo hacer su obra de esta vida. Un hombre que se recuerda tal como es siempre presta ese mismo servicio a la humanidad: al preservar su yo, extrae un fragmento de verdad. Cuanto más vive un hombre asimilado a su época, tanto más muere con ella. Cuanto más logra un hombre conservar su propia esencia, tanto más se conserva para la posteridad. Si Juan Bautista Rivarola Matto hubiera podido realizar completamente sus planes literarios, cerrar el círculo grandioso de los sucesos y las pasiones, su obra habría alcanzado las proporciones de obra maestra. Él era siempre una voluntad creadora sedienta de lo inalcanzable.

Fuente: SUPLEMENTO CULTURAL DEL DIARIO ABC COLOR

Domingo, 3 de Junio del 2012

Fuente digital: www.abc.com.py

 

 

 

 

 

 

 

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Ilustró la tapa: Eduardo Federico Appleyard

Buenos Aires-Argentino 1970

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