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DIONISIO GONZÁLEZ TORRES (+)
  ASPECTOS SANITARIOS DE LA GUERRA CONTRA LA TRIPLE ALIANZA, 1968 - Por DIONISIO M. GONZÁLEZ TORRES


ASPECTOS SANITARIOS DE LA GUERRA CONTRA LA TRIPLE ALIANZA, 1968 - Por DIONISIO M. GONZÁLEZ TORRES

ASPECTOS SANITARIOS DE LA GUERRA

CONTRA LA TRIPLE ALIANZA

Por DIONISIO M. GONZÁLEZ TORRES

Asunción – Paraguay

1968 (106 páginas)

 

 

 

SUMARIO


Capítulo I. Hospitales.

I.         Hospitales paraguayos: Cementerios.

II.        Hospitales aliados.    

 

Capítulo II. Médicos.

I.         Médicos que actuaron desde antes de la Guerra.

II.        Médicos contratados.

III.      Enseñanza del arte de curar. Los qué actuaron durante la Guerra.

IV.      Enfermeras.

V.        Educación sanitaria y otras medidas.

 

Capítulo III. Las epidemias.

I. Viruela.      

II. Sarampión.

III. Fiebres intermitentes.

IV.      Diarreas y Disentería.

V.        Cólera morbo.

            I. Entre los aliados.

            II. En nuestro ejército.


Bibliografía.

Índice alfabético.



ASPECTOS SANITARIOS DE LA GUERRA

CONTRA LA TRIPLE ALIANZA

 

            Estamos recordando la Epopeya Nacional en su centenario, evocando y venerando a nuestros Héroes, que escribieron las páginas más gloriosas de nuestra historia en aquel trágico quinquenio de 1865-1870, en que tres países aliados procuraron nuestro exterminio para luego repartirse el territorio patrio.

            Parecióme que el mejor homenaje que podría rendir a nuestros Héroes y a nuestro pueblo, que prefirió morir a ver humillada la Patria, era contribuir con este modesto trabajo de Investigación histórica: "Aspectos sanitarios de la Guerra contra la Triple Alianza".

            Fue tarea ardua hilvanar estas líneas sin pretensiones. La documentación sobre el tema, al menos de los historiadores paraguayos, es escasa y dispersa, y nunca se escribió, al menos que sepamos, un trabajo sobre el tema, hecho por médico; del lado Aliado hay más documentación, algunas provenientes de médicos y cirujanos de sus ejércitos, que dejaron datos importantes en Memorias y Tesis.

            Hemos dividido la exposición en tres Capítulos: los Hospitales, los Médicos, las Epidemias. Por razones comprensibles comenzamos la historia antes de la Guerra pues durante ella sirvieron médicos que ya lo estaban haciendo desde años antes en la Sanidad Militar o privadamente, y funcionaron hospitales que ya existían. Además, la organización de la Sanidad Militar y de otros servicios se inició en la época de Carlos A. López, quien creó también la primera escuela del arte de curar, con los médicos ingleses contratados, y dispuso medidas de educación sanitaria para el pueblo, de prevención contra pestes y otras medidas de salubridad pública. Por las mismas razones de mejor comprensión hacemos algunas referencias retrospectivas a las enfermedades más comunes en el país y a las epidemias que nos asolaron de cuando en cuando desde la época de la Colonia.

 

            Publicado en Patria, en I. II. III. 1966.



CAPITULO I

 

HOSPITALES

 

González Torres D. M. – Historia de la Medicina en el Paraguay. Imprenta Nacional, 1964.

 

 

            I. HOSPITALES PARAGUAYOS

 

            Si bien Reales Cédulas ordenaban que los conquistadores que viniesen a las indias (y al Río de la Plata) debían traer y pagar médicos, cirujanos y boticarios, y que Cédulas, Leyes y Pragmáticas disponían el método de exámenes para los que pretendían ejercer las profesiones médicas, así como el control del ejercicio profesional y la creación en los dominios de la Corona de hospitales en todos los pueblos de españoles e indios, y a pesar de haber casi siempre en Asunción algún médico o cirujano así como en las Misiones, en la época de la Conquista y la Colonia, y hasta la de don Carlos A. López, hubo siempre en el Paraguay escasez de hospitales, de médicos, de cirujanos y boticarios; mucha parte de la atención médica estaba en manos de empíricos comadronas, de barberos y sangradores.

            Los factores importantes de la salud de la gente eran el clima benigno, la vida sobria, la alimentación buena, la fortaleza física del criollo. Y la terapéutica era simple. Más que los pocos remedios que venían de Europa, se utilizaban los remedios caseros hechos con las plantas medicinales del país. Los grandes conocimientos que los guaraníes tenían de las plantas y el uso que de ellas hacían, fueron recogidos y sistematizadas, especialmente por los jesuitas, que a su vez fueron grandes estudiosos y conocedores de nuestra flora medicinal, buenos médicos y enfermeros, y prestaron invalorables servicios en la atención de la salud del pueblo, especialmente en las Misiones.

            Las primeras crónicas sobre nuestro país relatan que en Asunción se había instalado un Hospital de Españoles y naturales, lo que parece haber acontecido hacia 1541.

            En la época de la Colonia, se construyeron dos Hospitales en Asunción. El primero, Hospital de San Bartolomé, fue erigido hacia 1603 por el franciscano Obispo fray Martín Ignacio de Loyola con un aporte personal de diez mil pesos; sirvió durante mucho tiempo, pues hay referencias sobre él hacia mitad del siglo XVIII.

            El segundo fue fundado y organizado por el paraguayo Dr. José Dávalos y Peralta, que había estudiado medicina en la Universidad de San Marcos, de Lima, donde recibió el diploma de licenciado en 1689 y el de doctor en 1695 y llegó a ser profesor; cuando volvió a Asunción en aquel año fundó el Hospital y en él trabajó hasta su muerte, en 1731.

            Hacia 1760 se construyo otro en los terrenos que más tarde llamaron Potrero; a orillas del arroyo Jardín, en el mismo lugar donde hoy está el Hospital Militar Central. Este Hospital, que fue conocido con varios nombres, de Asunción, Potrero, Militar, era el único de Asunción hasta fines del siglo XIX, hasta la erección del Hospital Nuevo o de Caridad o de San Vicente de Paul, hacia 1890, en los Campos Elíseos, actual Hospital de Clínicas.

            En el Hospital Potrero, o Militar se fueron haciendo ampliaciones y remodelaciones, y el Dictador Francia lo reconstruyó, cuando mandó construir el Cabildo, el Cuartel de Caballería y realizar otras obras públicas. El vasto edificio de un sólo piso, ocupaba dos manzanas de terreno y parte de otra. Dice Masterman, sobre él, en su obra "Siete años de aventuras en el Paraguay": "pasando el Arsenal y sobre una pequeña eminencia se halla el Hospital, que es un edificio largo y bajo, con un peristilo de columnas muy pesadas al frente y techo de tejas rojizas".

            En el Hospital de Asunción, destinado ya a Hospital Militar a fines de 1864 (1) se estaban construyendo nuevas piezas espaciosas a fin de desempeñar con más comodidades los servicios que demandaban ese establecimiento, y nuevas instalaciones se inauguraron en 1866, en plena guerra; hasta hoy puede verse en el Hospital Militar Central frente al antiguo Pabellón de operaciones un pequeño obelisco recordatorio con una plana llevando la inscripción "Hospital Asunción 1866". En mi época de internado del Hospital Militar Central (1925-29) y hasta no hace muchos años, todavía estaban en el patio del Hospital construcciones de aquella época, aún en servicio.

            Este Potrero, que en las crónicas posteriores a 1860 aparece con el nombre de campos o campo del Hospital, fue lugar importante en la vida de aquel entonces.   Allí se realizaban paradas y maniobras militares, era lugar de diversión del pueblo, donde se instalaba circo de corridas de toros; allí pasó revista y arengó el Mariscal López a las tropas de la expedición a Matto Grosso el 14 de diciembre de 1864, y allí eran alojados y recibían instrucción los reclutas que, desde comienzos de 1865, venían del interior de la República. En la segunda mitad del 65 el Campamento Cerro León era destinado a campo de reposo donde venían a convalecer heridos y enfermos de la Campaña del Cuadrilátero.

            Al Hospital eran traídos durante la guerra los enfermos y heridos de las campanas del sur, por barco, y Masterman nos relata la precariedad de medios a medida que avanzaba la guerra y el grande número de enfermos cuando las epidemias de sarampión, pneumonías viruela, cólera y disentería.        Algunos enfermos y convalecientes eran enviados al hospital de Cerro León. En el Hospital Potrero o Militar servían los doctores Barton, Stewart, Fox, Rhynd y varios practicantes de medicina paraguayos que allí hacían su aprendizaje y práctica.

            En las crónicas de la época se cita también un hospital de Caridad que funcionaba en Trinidad, desde fines de 1863, donde sirvieron el Sub Teniente honorario Rufino Torres, en fines de ese año, y los Practicantes de Cirugía Dolores Segovia y Domingo Roa, en 1864; y en 1863 se habilitó el Hospital de Mujeres, en la Capital, costeado por el Estado. Al respecto leemos en el Semanario de 24. I. 1863: "el Hospital de Mujeres de la Capital ya se ha realizado; aunque la localidad, o el edificio que desempeña las funciones de aquella casa de caridad, o aquel reflejo de la Voluntad del Hacedor, no sea lo más apropiado para el efecto, es por ahora muy suficiente para dar su comienzo". Las crónicas registran que allí servían, ya durante la guerra, el Teniente de Cirugía Wenceslao Velilla, en Mayo del 65, y el Practicante de Cirugía Dolores Sosa, en fines del 65 y comienzos del 66.

            Una organización importante del Ejército Nacional fue hecha por Don Carlos Antonio López, cuando en 26 de agosto de 1845 creó las Guardias Nacionales de la República y dictó su Reglamento.

            Posteriormente a la reorganización del ejército se organizó la sanidad militar, había médicos y hospitales en las guarniciones mas importantes como la de Humaitá, cuyas fortificaciones empezaron a construirse en 1855, y más tarde en el Campamento de Cerro León, y hasta uno pequeño en la Fundición de Ybycuí.

            Sobre el hospital de Humaitá nos dice el ya citado Masterman: "los hospitales se hallaban muy distantes de los cuarteles y a retaguardia de las baterías, de manera que era imposible que no sufrieran una buena parte del fuego, que iba a romperse sobre ellas, como sucedió en efecto". Luego de la caída de Humaitá la plaza quedó convertida en hospital de Campaña de los ejércitos aliados. Después de la Guerra, cuando se imponía revisión o cuarentena a los barcos provenientes de países o zonas epidémicas, el puerto de Humaitá era el asiento del Médico de Sanidad.

            En Concepción fue también creado un hospital, en el que por el año 1863 figuran sirviendo los cirujanos Cirilo Solalinde y Wenceslao Velilla y desde allí se atendía el campamento de Bella Vista.

            Al comienzo de la guerra contra la Triple Alianza se instaló también un hospital en Cerro León, a donde fueron enviados enfermos y convalecientes del Hospital Militar de Asunción (como ya dijimos anteriormente, el campamento de Cerro León fue destinado después de mediados del 65 a campo de reposo donde venían a convalecer los enfermos y heridos de la campaña del Cuadrilátero). Ese Hospital, que cuando la campaña del Pikysyry funcionó como Hospital General del Ejército, estaba situado atrás del campamento, al pie de la Cordillera.

            También se instalaron los hospitales de sangre del Estanco y San Francisco en Asunción, éste último en la Estación Central del Ferrocarril, y que cuando la prisión de los doctores Fox y Rhynd, quedaron a cargo del practicante, teniente Ortellado.

            Después de la toma de Corumbá (4 de Enero de 1885) se instaló allí un pequeño hospital, y cuenta Centurión (2) que la expedición brasileña venida de Cuyabá y que tomó sorpresivamente Corumbá el 13 de junio de 1867, tuvo que abandonar la plaza al día siguiente acosada por los enfermos del hospital. (Sin embargo este relato no coincide con el parte del ejército brasileño, que dice que las tropas de la expedición venida de Cuyabá quedaron en Corumbá del 13 al 24 de Junio, retirándose en vista de una epidemia de viruela y del fracaso de la expedición al Apa)

            Durante la ocupación de Uruguayana por el ejército expedicionario de Estigarribia (VIII-IX.1865), se instaló el hospital en la Catedral nueva, en el lado sur de la ciudad, en la manzana delimitada par las calles Santa Ana en el frente, la línea de fortificaciones atrás, y las calles de la Cámara y del Comercio a los lados. En el frente había una amplia plaza.

            Cuando era ya inminente la invasión de nuestro territorio por las fuerzas de la Triple Alianza, resolvió el Mariscal López evacuar el campamento de Paso de Patria, llevándolo al Norte del Estero Bellaco Norte, también llamado Rojas, donde instaló su Cuartel General. Los enfermos y heridos fueran llevados `a la Estancia de San Fernando.

            Posteriormente, e1 21 de Mayo de 1866, en vísperas de la batalla de Tuyutí (24 de Mayo) mudó su Cuartel General un poco más arriba, en Paso Pucú, en una elevación que se halla sobre el camino a Humaitá.

            Cuenta Juan Crisóstomo Centurión que también se instaló un gran hospital a mitad de camino entre Paso Pucú y Humaitá, donde llegó a haber hasta más de dos mil enfermos; cerca del Cuartel General había hospital, para oficiales, instalado en doce casas de paja, bien hechas...

            En esa época, la Sanidad del Ejército disponía de una Enfermería en cada división para atender a indispuestos y aquejados de enfermedades de corta duración. Y por entonces según relata el mismo Centurión, se agotaron las drogas de botica y los médicos recurrían a las muchas plantas medicinales conocidas en el país.

            Después de las batallas del 2 de Mayo de 1866 (Estero Bellaco) y del 24 de Mayo (Tuyutí) se tuvo que trasladar por barco a Asunción una gran parte de los heridos, y como el Hospital Militar, y los otros habilitados se hallaban con su capacidad colmada, se tuvo que habilitar nuevos hospitales de sangre. Uno se instaló en la amplia residencia de Venancio López, frente a los campos del Hospital, donde hoy se encuentra el Asunción Palace Hotel, en Colón y Estrella. Otro se instalo, por su propia disposición, en la también amplia residencia del Mariscal López, en la manzana donde hoy están la Facultad de Derecho, y el Colegio Nacional de Niñas, antiguo Colegio Nacional, en la manzana delimitada por las calles Yegros, Iturbe, Eligio Ayala y Mariscal Estigarribia.

            En el Hospital de Paso Pucú atendían los doctores Stewart, Barton, Skinner, y los médicos paraguayos Cirilo Solalinde y Ortellado. Todos ellos especialmente Solalinde atendieron al Mariscal cuando enfermó de cólera, el hospital se llenó de enfermos cuando la epidemia de ese mal en mayo de 67.

            También había un hospital Méndez, a legua y media al Sur de Humaitá, durante la Campaña del Cuadrilátero y a donde fueron llevados heridos recogidos después de Curupayty, y lo dirigía como cirujano jefe el Dr. Skinner; también este hospital se llenó de enfermos cuando la peste de cólera.

            En Abril de 1867, por orden del Mariscal, se destinó el Cuartel del Colegio como local o albergue de inválidos, ya sean oficiales o soldados.

            Refiere Centurión, que después de la retirada de nuestro ejército de San Fernando a Villeta para defender la línea del Pikysyry, se instalaron hospitales de sangre en casas particulares de Villeta, y cuando el Mariscal López preparaba la defensa arriba de Pikysyry, instaló un hospital a su retaguardia, en la loma de Cumbarity, que no pudo cumplir gran papel, al tener el Mariscal que cambiar sus dispositivos ante el movimiento que Caxias realizó, pasando por el Chaco, para salir en su retaguardia, desembarcando en San Antonio.

            Después de los combates de Itororó, Avay e Itá Yvaté los heridos y enfermos fueron llevados a Cerro León, que funcionaba entonces como Hospital General del Ejército, y después a Piribebuy y Caacupé donde se instalaron hospitales. Caacupé se transformó luego en hospital de sangre, habilitándose las casas de sus habitantes; a ese pueblo se mudó el Hospital General del Ejército cuando después de la batalla de Pikysyry se instaló en Cerro León el Cuartel General del Ejército.

            Nos cuenta Masterman que después de Lomas Valentinas, "los hospitales de Cerro León están llenos de heridos; se descubrió que tres mil de éstos servían para llevar armas; unidos a los soldados hábiles de Caminos formaron la guarnición del lugar. Empezaron a fortificarlo ligeramente; pero en el último día de diciembre, López se replegó sobre Ascurra, al pie de la Cordillera" (3). Más adelante: "quedaron algunas tropas en Cerro León y con la llegada de los brasileños se trabó un combate muy sangrienta considerando el corto número de los paraguayos".

            El Hospital de Piribebuy hasta su incendio estuvo a cargo de los cirujanos capitanes Wenceslao Velilla y Esteban Gorostiaga. Según crónicas del periódico Estrella que también se publicaba en Piribebuy cuando este pueblo era Capital de la República (Decreto del 24-II-1869) o asiento del Gobierno, Piribebuy, que no tenía sino 800 habitantes en fines de 1868 pasó a tener una población de unos 3.000 en comienzos del 69 y luego tuvo que albergar unos 10.000, lo que ocasionó serios trastornos por la falta de alojamiento, víveres y otras necesidades mínimas. Durante ese año se realizo un gran esfuerzo para dotar a la nueva Capital de habitaciones, cuarteles, hospital, realizándose también la demarcación de calles, de una nueva planta y un gran desarrollo de la agricultura.

            Refiere Estrella (Nº 2, del 27-II-1869) que "el estado sanitario de esta capital provisoria es altamente satisfactorio: en la plaza no se nota escasez alguna. El buen humor reina en todas partes; la gente vive tan tranquila como si gozáramos de una paz octaviana: entregado cada uno a sus faenas domésticas y la labranza. El hospital de sangre marcha bien; su excelente localidad unida a un buen régimen higiénico médico y a un aseo esmerado, ha puesto ya casi a todos los heridos en estado de volver al Palenque de la guerra, en breve, pues le veremos completamente recuperados. Los demás enfermos son pocos y convalecen rápidamente".

            "La salud pública, es satisfactoria: en el pueblo no se experimenta ninguna enfermedad epidémica, habiéndose notado solamente en estos días algunos resfríos, debidos a las variaciones atmosféricas". Estrella. Piribebuy. N° 6. 13.-III-1869.

            "Yerbas medicinales. Las leves indisposiciones arriba indicadas han hecho sentir escasez de algunos remedios caseros que en otras partes no faltan, como manzanilla, yerba buena, ruda, ajenjo, borraja, etc. etc. Es preciso que el Piribebuy de ahora sea el mismo Piribebuy de antes; por lo que aconsejamos a las familias para que formen en sus casas algunas huertas y cultiven las plantas medicinales necesarias en una población, a la vez que es un recreo y entretenimiento el contraerse al cultivo de las flores y demás plantas de hortaliza que no se deban perder de vista, como objetos preciosos y de conveniencia doméstica...". Estrella N° 6, 13-III-1869.

            "Algunos sangraderos o canaletas que se hicieren en las costas, de suyo tan empinadas del Piribebuy y del Mborevi -alrededor de esta Capilla, bastarían para desterrar la humedad y el barro constante que hacen en su mayor parte intransitables estos parajes. Los manantiales que, extendiéndose bajo la superficie de la tierra causan este inconveniente, quedarían de este modo, trocados en benéficos pozos... sin dar lugar a estancamiento de aguas, que en todo tiempo principalmente en verano despiden miasmas poco saludables" N° 22. 8-V-1869.

            Sobre el incendio dice Centurión: "el hospital de Piribebuy fue incendiado pereciendo quemados muchos enfermos y heridos que habían en él. Se ignora la causa del incendio, pero se supone que lo haya causado una de las bombas tiradas de las posiciones enemigas". (4). En este incendio murió también la Enfermera doña Francisca Yegros de Yegros.

            Según Centurión, a mediados de Enero de 1869, después de Lomas Valentinas, había en Caacupé cerca de 3.000 heridos, enfermos y convalecientes; el mismo autor y Resquín relatan que en ese pueblo había después de la caída de Piribebuy 1.237 enfermos, que ante la carencia de medios de movilidad tuvieron que ser dejados al cuidado del médico Parodi, como relatamos en otra parte.

            El Hospital de Ybycuí así como la Fundición fueron destruídos por la expedición del destacamento uruguayo al mando del Coronel Hipólito Coronado (el 13. V. 1869), destrucción completada un mes después por la del capitán Mauricio Julio de Costa, de la 1ª. División de Caballería al mando del general brasileño Joao Manoel Menna Barreto (de su destrucción sistemática por hacha, fuego e inundación se encargó el capitán de ingenieros Gerónimo de Morais Jardim).

            Después de la toma de Piribebuy fue incendiado el hospital de esa localidad por los ejércitos aliados y luego, al pasar por Caacupé, también lo fue el hospital de sangre de ese pueblo, ambas con numerosos enfermos y heridos dentro, que perecieron carbonizados.

            Caacupé estaba lleno de mujeres y niños. "El espectáculo más lamentable se ofrecía allí a los ajos. Mujeres, niños y viejas, cuya nutrición exclusiva era la harina extraída de la palmera macauba, presentaban el aspecto de esqueletos ambulantes y habían llegado al último estado de debilidad y anemia. Además, existía un inmundo depósito de heridas y enfermos, intitulado hospital, dentro del cual 600 infelices respiraban el aire infectado por la putrefacción de 30 cadáveres insepultos.

            El médico era el italiano Parodi, hecho mayor por López y uno de los más fecundos y nauseabundos colaboradores del periódico Estrella, cuyo último número estaba siendo, con fecha 12, compuesto en una tipografía volante. Presentándose él, fue preso y remitido con su hija a Asunción". Vizconde de Taunay. (5)

            Con los de Piribebuy y Caacupé, desaparecieron los últimos hospitales de sangre, que así pueden llamarse, de nuestro glorioso ejército durante la guerra.

            Hay solamente una referencia a un hospital posterior el de Sanjahú, cerca de Panadero, donde el Mariscal asentara su campamento en los primeros días de diciembre del 69. Al abandonar este lugar el 28 de diciembre para hacer la travesía del Amambái, tuvo que dejar 700 enfermos, según relata Centurión en sus Memorias; con ellos, quedaron muchas de las mujeres que acompañaban el ejército.

            El servicio de hospitales era bastante bueno en la época de don Carlos y en las primeros años de la guerra y sobre todo en los hospitales de Asunción, Humaitá y Paso Pucú. Leemos en Él Semanario del 8.XII.1860. "Hospitales Militares. Hemos escuchado a personas entendidas que tanto el Hospital dé la Capital como el del Campamento de Humaitá no tiene nada que envidiar a los de Europa. También hemos oído tributar grandes elogios a los médicos paraguayos, bajo la dirección de los facultativos ingleses no sólo por su acierto en la administración de remedios sino en la perfección y destreza con que manejan el escalpelo en la uptosia". Pero después se resintieron cada vez más; los hospitales creados en los Campamentos eran sólo albergues de heridas y enfermos hacinados. Los de Asunción se llenaron pronto y en los pueblos y villas se improvisaron hospitales de sangre, simples refugios de heridos y enfermos, en las casas de los habitantes.

            La atención hospitalaria, buena al comienzo, cuándo se contaba con instrumentos y medicamentos, se hizo cada vez más pobre cuando se agotaron, y estando el país imposibilitado de recibirlos del extranjero por su aislamiento, las cosas se pusieron entonces dramáticas.

            Faltaban gasas, algodón, desinfectantes y lo más elemental para curar, anestésicas, etc. Hay que colocarse en la época, cuando no había rayos X, ni antibióticos, ni bancos de sangre, ni instrumentos y aparatos que la técnica moderna pone hoy a nuestro alcance, para explicarse el elevado porcentaje de vidas perdidas por hemorragias, infecciones, gangrena, tétanos, etc.

            Cuando todo faltaba, las abnegadas mujeres que acompañando al ejército seguían a sus maridos, padres, hijos, hermanas, los trataban con los precarios medios a su alcance, recurriendo a tisanas, bálsamos y emplastos con productos de nuestra flora.

            El Coronel Bray describe en su obra "Solano López. Soldado de la gloria y del infortunio" (6) un cuadro dantesco de nuestra sanidad después de Piribebuy y Acosta Ñú: "la disentería, el tifus, la malaria, hacen víctimas por centenares. Ni sombra queda de un servicio de sanidad. No hay un sólo médico en todo el ejército. Atienden a los pacientes unos pocos enfermeros y practicantes formados en los hospitales por los médicos extranjeros contratados, de los cuales no queda ya ni uno.

            Ni vendas, ni gasas, ni medicamentos de ninguna especie. Los "yuyos" de la farmacopea nativa suplen en parte la ausencia de medicina, bálsamos y pomadas. Mas no vale mucho la pena curar a un enfermo cuando se le sabe condenado a sucumbir de hambre al día siguiente".

            Cuándo nuestro ejército o mejor dicho, lo que de él restaba, se retiraba hacia el Norte y realizaba la travesía del Amambái, cruzando zonas de bosques, el hambre se hacía cada vez más aguda. Cuentan los historiadores, que mitigaban el hambre con frutas silvestres corno la naranja agria, el pindó, el pacuri, el araticú, el yacaratiá, el coco, el cogollo del amambái, etc. Centurión refiere que fabricó aceite de semillas de naranja agria, para candil.

            Por esa época carne ya ni se conocía, y cuando se conseguía algunas reses se repartía la carne y hasta el cuero, en trocitos, para ser hervidos y comidos.

            La sal ya había sido racionada desde la época de Paso Pucú, en 1867, entre las tropas, no así a los hospitales, que contaban todavía con ese precioso elemento.

            Los trabajos de las salinas de Lambaré, ya en manos de las mujeres, quedaron paralizados por la necesidad de esos brazos femeninos en los trabajos agrícolas. Más tarde, cuando la sal faltó, se sazonaba la comida con hierbas y hojas de plantas.

            Refiere Centurión: "algunos meses después, y cuando el ejército venía en retirada por el Chaco, los soldados descubrieron en los bosques un arbusto de hojas gruesas, algo parecido al candelón, las que hervidas en una olla próducían una substancia blanca como azúcar muy semejante a la sal, y aunque de un sabor algo penetrante tirante a amargo, la emplearon en substitución de ésta, para condimentar sus tristes pucheros y asados" (7)

 

            HOSPITALES DE LOS ALIADOS

 

            Después de la evacuación de Corrientes por nuestras tropas los aliados hicieron su concentración de tropas en el pueblo y frente a nuestro Campamento de Paso de Patria, al otro lado del Paraná. Hacia Diciembre del 65 les invadió epidemias de viruela, sarampión y diarreas y tuvieron que habilitar varias casas de Corrientes como hospitales y más tarde instalar barracas, pues los enfermos eran muy numerosos; luego instalaron en la ciudad sus hospitales de guerra, y la marina imperial, un Hospital de la Marina y uno de sangre de la escuadra en el vapor "11 de Junio". Más tarde el Hospital de la Marina fue mudado a Humaitá y cuando la epidemia del cólera en el 67, ella instaló una Enfermería en Cerrito.

            El pasaje del Paraná, por las tropas se realiza el 16   de Abril de 1866. El ejército paraguayo incendia Paso de Patria (o Itapirú, así llamado por algunos autores argentinos) y los campos adyacentes, y se traslada al otro lado del Estero Bellaco. El ejército aliado ocupa entonces el campamento abandonado y los argentinos instalan un hospital de oficiales en la iglesia, el único edificio que permaneció en pie, y luego tuvieron que ampliarlo instalando carpas en el frente. Se habilitó también un cementerio al costado izquierdo de la iglesia, para argentinos, y a la derecha para brasileños. Posteriormente fue necesario instalar otras enfermerías en el pueblo. Los brasileños instalaron su Hospital de Sangre en grandes carpas ochavas.

            En Humaitá, después del abandono de la plaza por nuestro ejército, los aliados usaron nuestras Enfermerías, 11 en total, recogiendo allí heridos de Ytororó, Avay, Lomas Valentinas y Angostura. Instalaron también una gran Enfermería en el Chaco, en un lugar a la altura entre Villeta y Angostura. (10).

            Cuando la ocupación de nuestra Capital por la Triple Alianza, las disposiciones del ejército enemigo era, a comienzos de Marzo de 1869.

            En Asunción, el grueso de los brasileños, los orientales y parte de los argentinos; en Campo Grande: el grueso de los argentinos; en Luque la vanguardia brasileña (Tasso Fragoso). Después, en abril, el grueso de los tres ejércitos se trasladó a Luque y la vanguardia (brasileña) a Yukyry.

            El ejército argentino tenía su cuartel general o comandancia general de armas en Asunción e instalaron en nuestra capital un Hospital, cuyo director era el Dr. Biederman. El ejército brasileño tenía el grueso en Luque dividido en dos cuerpos y contaba con Enfermerías; el Jefe del Cuerpo de Salud era el Dr. Francisco Bonifacio de Abreu y como Cirujano Mayor estaba el Dr. Joao Ribeiro de Almeida.

            Según las crónicas y diarios de campaña el estado sanitario de las tropas era bueno, y el clima excelente.

            En Asunción instalaron los brasileños en comienzos de 1869 dos Hospitales: el de la Marina, en una cuadra delimitada por las calles Oliva y Estrella, y una transversal sin nombre entre estas dos calles; en frente había una plaza, frontera al río. Era una casa de altos, y por la descripción que de ella hacen, era la de Venancio López, actual Hotel Asunción Palace (y la misma que en 1864, estaba alquilada, al Dr. Barton).

            Eran dos casas; la una dando frente sobre la plaza y sobre la calle Estrella (la casa de Venancio López); la otra, dando frente también sobre la plaza y sobre Oliva y la transversal; limitando mediante un muro con la anterior.

            El Jefe del Cuerpo de Salud de la Escuadra era el Dr. Joao Adriao Chaves y Director del Hospital de la Marina lo era el Dr. Joaquim da Costa Antúnes.     

            Las dos grandes enfermerías estaban a cargo, la 1ª. del Cirujano 2° Dr. Severiano Braulio Monteiro y del alumno de 6° año de medicina Bento Goncalvez Cruz, quienes fueron substituidos en Octubre del 69 por el Dr. Rosendo Muniz Barreto y el estudiante de 5° año Rodrigo Antonio Barboza de Oliveira.

            La otra enfermería estaba a cargo del Cirujano 1º Dr. Manuel Simoes Daltro e Silva.

            El otro hospital era el de Guerra, instalado en la casa que fue del Mariscal López, ocupada por Madame Lynch, la actual Facultad de Derecho y los fondos del Colegio Nacional de Niñas, tomando la media manzana con frente sobre Yegros, entre Eligio Ayala y Mariscal Estigarribia. El Delegado del Jefe del Cuerpo de Salud en Asunción era el Dr. José Muniz Cordeiro Gitah.

            Cuando el Conde D'Eu resolvió fortificar parte de Asunción, quedaron fuera de las fortificaciones el hospital de Guerra y la Estación del Ferrocarril.        

            Ambos hospitales estaban bien montados; y en Mayo del 69 el comando brasileño manda venir de Mato Grosso todo el material de hospital y ambulancia que estuviere en depósito, para los hospitales de Asunción.

            Es interesante citar que el Cuartel General brasileño se instaló en la casa del general Vicente Barrios, en la calle del Sol (luego Libertad y ahora E. Ayala; en realidad es el edificio del actual Ateneo Paraguayo).

            Las autoridades sanitarias militares brasileñas instalaron también en Asunción un Instituto de Vacunación (antivariólica); y también habilitaron un cementerio en las alturas del Mangrullo, actual Parque Carlos A. López.

            En Julio del 69 se fundó en nuestra Capital una asociación "para amparar a las familias paraguayas que sean            liberadas por las armas aliadas y vengan en el último grado de miseria y desnudez" y se instaló en una casa amplia, que desde entonces se denominó Asilo de la Fe.

            Ya que estamos en este tema digamos que por esa época continuaba el aflujo de gente desamparada, a veces famélica y enferma, de la campaña a la capital, en busca de auxilio; se instalaban en los corredores de la iglesia de San Roque; en los alrededores de la Estación y en la Plaza de San Francisco. Para paliar en algo la situación de esta gente y dado el peligro que su presencia y condiciones constituían para la salud de la población, por Decreto del 15 de Diciembre del 69 se nombra una Comisión Protectora de los Paraguayos desvalidos y huérfanos, formada por los ciudadanos Wenceslao Velilla, Nicasio Isasi, Gaspar Centurión y se destina la antigua quinta de López 1° en Trinidad, donde serán recogidos los hombres y mujeres que no tengan abrigo ni medios de subsistencia... Los menores que por su edad no puedan dedicarse a la labranza, serán destinados a otra habitación apropiada en las inmediaciones de esta Capital. La Comisión propondrá al Gobierno con urgencias la organización que convenga a uno y otro asilo, sin perder de vista que las casas de educación y trabajo, serán dotadas de un hospital y una farmacia para tratamiento de los enfermos.

            Las enfermedades más frecuentes por entonces en los hospitales de Asunción eran las fiebres intermitentes, diarreas y disenterías, viéndose también afecciones del aparato respiratorio, anemia, escorbuto, reuma, etc.

            Como dato interesante transcribimos el número de enfermos atendidos en el Hospital de Marina según parte de Abril del 69: existentes 734; entrados 1.035; total 1.769; ausentados 7; muertos 55; transferidos al Brasil 126; curados: 917; quedan 664 internados. Y el parte de Mayo y Junio del 69 para los hospitales del ejército en operaciones en el Paraguay; existentes 3.351; entrados 2.895; total 6.196; curados 1.991; fallecidos 164; transportados 479; total 2.634; quedan 3.562 enfermos internados. (10)

 

            CEMENTERIOS

 

            Era costumbre en América, hasta bien entrado el siglo XIX, enterrar los muertos en las iglesias, en las criptas o en el suelo. Por Reales Cédulas del 30. IV. 1787 y de 27. III. 1789 se aconsejaba estudiar la conveniencia de colocar los enterratorios alejados de los poblados, y por la del 24.IX.1790 se ordena el establecimiento de cementerios fuera de los poblados, un plano de cementerio de acuerdo con las normas de esta Real Cédula puede verse en la obra de Guillermo Furlong (48).

            Durante el gobierno de don Carlos A. López se tomaron algunas medidas de salubridad y una de ellas, fue la prohibición de la inhumación en las iglesias. En su Mensaje de 1842 decía: "La costumbre de enterramiento en las iglesias era ya diametralmente opuesta a la salubridad pública; El Gobierno proyectó formar un Cementerio General en la Recoleta fuera de la ciudad y lo ha verificado... Entretanto el cementerio de la parroquia de la Encarnación, establecido también en la presente administración se ha destinado interinamente para párvulos". En el Mensaje de 1844 relata que este cementerio de párvulos se había suprimido el 7. I. 1844.

        En todas las villas y en muchos pueblos de campaña se han establecido cementerios con reglamentos convenientes.

            En el mensaje de 1849 refiere que se establecieron 105 cementerios públicos, incluyendo los que pertenecen a los destacamento y fuertes de la frontera; y que se ha proveído de un reglamento para el cementerio general de la Recoleta y otro para los de la Campaña, quedando privada en toda la República la inhumación de cadáveres en las iglesias.

            En 1869 las autoridades sanitarias militares brasileñas" habilitaron un cementerio en las alturas del actual Parque Carlos A. López, donde había entonces un mangrullo o atalaya.

            Durante el primer gobierno constitucional, por Decreto del 15. XII. 1870, "siendo grave e indudable el mal que infiere a la salud pública la inhumación de cadáveres en el Centro de la población, infectando el aire con los gases que despide al través de la tierra, y teniendo conocimiento de haberse permitido ya en número inconveniente enterrárseles en el Cementerio de la Iglesia de la Encarnación...

            Art. 1. Prohibese el entierro de cadáveres en el Cementerio de la Encarnación, y en cualquier otro punto del distrito de la Capital que no sea en el Cementerio de la Recoleta.

            Art. 2. Cada fosa de cadáveres tendrá un metro y 50 cms. de profundidad, o sea seis cuartas.

            Art. 3. En el acto de depositar el cadáver en ella, se cubrirá de cal viva y si fuese enterrado en un ataúd, se abrirá y se practicará la misma operación.

            Art. 4. No se podrá so pretexto alguno proceder a la exhumación de cadáveres, aún después de transcurrido el término de 15 meses que en general se requiere para la completa putrefacción, sin el permiso de la Policía, la asistencia de un médico y el empleo de los medios que en semejantes casos prescribe la higiene".



CAPITULO II

 

LOS MÉDICOS

 

            I. LOS MEDICOS QUE ACTUARON DESDE ANTE DE LA GUERRA

 

            JUAN VICENTE ESTIGARRIBIA

 

            Al comienzo de la guerra éste famoso médico tenía 86 años y se hallaba retirado de su cargo de médico del Ejército desde 1855, con una pensión mensual de 23 pesos.

            Había nacido en Yataity, cerca de Villa Rica, el 26 de Mayo de 1778, y estudiado en la escuela primaria de la capital guaireña, bajo la dirección del maestro Ruperto Medina. Paso a trabajar en la zona yerbatera y forestal de Caaguazú y se hizo gran conocedor de nuestra flora medicinal. Volvió a Villa Rica y se instaló con una Botica y Almacén; desde allí su fama de médico conocedor de plantas medicinales y preparador de recetas famosas fue extendiéndose por todo el país, y mediante su trabajo adquirió buena posición económica y muchos de sus medios fueron puestos a servicio de los necesitados en una gran acción filantrópica. (19).

            En 1819 el Dictador Francia lo trajo a Asunción y lo designó médico y cirujano de tropas de Ejército con sueldo de 12 pesos mensuales, sueldo que no aceptó Estigarribia que ya tenía buena posición económica y numerosa clientela; el Dictador le adjudicó entonces una vivienda que estaba situada en la actual calle 15 de Agosto entre Paraguayo Independiente y Benjamín Constant, y desde entonces fue su médico.

            Mantenía correspondencia con el sabio francés Aimé Bonpland, antiguo colaborador de Humbolt, que guardaba confinamiento en las Misiones.

            En cierta ocasión el Dictador enfermó de reumatismo y dolores neurálgicos, y como poco mejoraba y muy lentamente, a pesar de todos los cuidados y tratamientos administrados por Estigarribia, éste consultó con Bonpland quien le sugirió administrarse al ilustre enfermo un tratamiento a base de hierbas que le indicaba, curando al cabo de 20 días. Este, curación influyó para que el Dictador libertase al sabio francés en señal de agradecimiento.

            Estigarribia continuó siendo médico del Supremo Dictador y lo atendió hasta sus últimos momentos, cuando expiró el 20 de setiembre de 1840.

            Posteriormente fue médico de don Carlos Antonio López y atendía a éste y a doña Juana, de quienes fue compadre, a Francisco Solano y a la familia López, hasta que con la venida de los médicos ingleses tuvo que ceder ese encargo al Dr. Barton y al Dr. Stewart, ya al fin de la vida de Don Carlos.

            Se retiró de su cargo de médico del Ejército, en 1855 con una pensión mensual de 23 pesos; su puesto fue más tarde ocupado por el Dr. Frederick Skinner, contratado por López. Desde su retiro vivió en Ajos y en 1858 se publicaron sus dos libros por la Imprenta Nacional: "Vocabulario en varios idiomas de algunos vegetales medicinales"; en ésta obra, dice un anuncio, se encuentra el conocimiento perfecto de los nombres extranjeros que las diferentes farmacopeas dan a los vegetales y a los minerales que produce el país; "Resumen de instrucción metódica para curar algunas enfermedades epidémicas, o muy frecuentes en la República del Paraguay"

            El 18 de Agosto de 1865 se le acuerda una pensión vitalicia de 30 pesos mensuales. Y en el semanario del 28-X-1865 leemos lo siguiente: "El Sr. Juan Vicente Estigarribia. Este antiguo profesor en el arte de curar movido de un deseo de atender a las personas menos acomodadas de nuestra campaña en las dolencias que puedan sobrevenirles; con motivo de la aparición de la epidemia de sarampión o escarlatina ha ofrecido una receta fácil para acudir al remedio de tan inoportuno mal, sin el gravamen de los medicamentos de botica. La receta a que aludimos se ha mandado imprimir en hojas sueltas y repartir gratis..." Más adelante refiere que la gente encontró alivio con la receta... y presenta congratulaciones al Sr. Juan Vicente Estigarribia.

            En comienzos de Noviembre de 1866 enferma de bastante gravedad en Paso Pucú el Mariscal López. Es atendido por los médicos militares siendo su médico principal el Dr. Stewart. Dado que no mejoraba con la rapidez deseada son llamados urgentemente para ayudar en la atención el Dr. Juan Vicente Estigarribia, que vivía en Villa Rica, y el naturalista sueco Eberhard Munk of Rosenschold, que vivía en Barrero Grande. Como Estigarribia estaba también enfermo en esos días, tuvo que demorar un poco su viaje, haciéndolo hacia mediados del mes. A los pocos días de ser atendido por estos doctores el Mariscal mejoró bastante, y ya completamente restablecido retornó a sus actividades el 23 de Noviembre, regresando en la fecha ambos médicos a sus residencias.

            Murió en Ajos en 1869 a la edad de 91 años; cuando al Mariscal supo de su muerte, decretó desde su cuartel de Azcurra la erección de un monumento en su memoria y por sus virtudes ciudadanas, y por los servicios patrióticos prestados a la Nación.

            Hubo también otro médico Estigarribia, el Teniente Coronel (Sargento Mayor según unos) Cirujano Mayor don Gaspar Estigarribia, sobrino de don Juan Vicente, que se encontraba junto al Mariscal López cuando este fue asesinado a orillas del Aquidabanigui. Según Centurión (Comentario al parte del General Cámara del 13 de Marzo de 1870, en Concepción) Gaspar Estigarribia murió de un tiro disparado por uno de los soldados que acompañaban al General brasileño; pero según H. F. Decoud y Aveiro, fue lanceado cerca del lugar donde cayó el Mariscal López. Dice Aveiro: "En este momento el cirujano Estigarribia (Gaspar) que andaba con la pierna llagada y que había entrado también poco antes que nosotros, iba retrocediendo en la canal misma del arroyo ante un soldado que con lanza le perseguía; a la altura misma de donde yo me encontraba recibió un lanzazo en el pecho, que le hizo caer en el agua para no levantarse más" (Muerte del Mariscal en el Aquidabaniguí).

 

            LUIS CALCENA ECHEVERRÍA

 

            El médico Echeverría ejercía en Asunción desde 1840. En Febrero de 1846 es designado Cirujano del Ejército con la asignación mensual de cuarenta pesos fuertes y destinado a servir en el ejército expedicionario a Corrientes, cuando Don Caros A. López decidió aliar al Paraguay con el general Paz y los correntinos contra Rosas. A la terminación de la campaña sirvió en el Cuartel General de Cerrito, en la orilla derecha del Paraná, donde el General Francisco Solano López había instalado su comando de General en Jefe del Ejército Paraguayo; de allí volvió a Asunción en Mayo de 1845, después de una breve estadía en Paso de Patria. Lo substituye el Practicante Ramón Ocampos quien, según los informes, ya estaba en condiciones de servir.

            En El Semanario del 5-XI-1853 aparece un "Aviso importante" por el cual se anuncia que el Gobierno de la República mandó establecer una administración de vacuna para la población a cargo del paraguayo profesor de medicina y cirugía Dr. Luis Cálcena Echeverría en la casa del Estado N° 61 de la calle Independencia Nacional, en vista de la peste de viruela que del exterior se ha introducido en algunas fronteras del Paraná. Se manda expedir, una circular a los jueces de paz de la campaña para que en todo el territorio nacional se establezca brevemente y se conserve la administración de la vacuna. El título de profesor de medicina y cirugía le venía del hecho de que así se llamaban los que en el Hospital Potrero enseñaban a los practicantes el arte de curar.

            En 1854 estableció un hospital en la Fundición de Ybycuí, instalada ese año y allí trabajó. Realizó estudios y presentó informes periciales sobre la calidad del hierro de la Fundición de Ybycuí y de las minas de San Miguel y Caapucú, en julio y agosto de 1854.

 

            EBERHARD MUNCK AF RESENSCHOLD

 

            Este médico y naturalista sueco estuvo en el Paraguay desde 1834 hasta 1869, fecha en que falleció aquí. Era conocido por los nombres de don Eduardo o el "sueco". Trabajó primero en el Ñeembucú y después en Asunción y tenía gran prestigio como médico; era el que atendía a las familias de mayor distinción en nuestro país y también atendió a don Carlos de su última enfermedad y posteriormente fue médico de la viuda, doña Juana Pabla Carrillo de López.

            Durante su estadía en el Paraguay recogió plantas en Barrero Grande y a orillas del río Ygatimi, del otro lado del Amambay y del Mbaracayú, hoy territorio brasileño, y las envió a Europa pero sin que allá llegaran porque el valero que las transportaba naufragó; otros envíos quedaron en Buenos Aires y el resto de su colección, acumulado en 209 cajones se fue perdiendo. Escribió tres interesantes y cariñosas cartas a su amigo el ornitólogo Prof. Sudewall en 1845, 1846 y 1852, con interesantes y afectuosas referencias a nuestro país, sus amigos, las costumbres, el clima, nuestro flora, etc. (21).

            Desde antes de la guerra contra la Triple Alianza vivía en Barrero Grande, ejercía la medicina en toda la zona cordillerana y realizaba sus estudios y hacía colecciones de flora y fauna del país, que infelizmente, se perdieron, como ya relatamos. Ya hemos referido también su intervención, junto con la de Juan Vicente Estigarribia, atendiendo al Mariscal López cuando este enfermó gravemente en Paso Pucú, en Noviembre de 1866.

            En cierta ocasión en que enfermó un chico de la familia de Venancio López fue llamado a Asunción para tratarlo. En eso, el Mariscal López descubre una conspiración encabezada por Venancio y, al parecer, un espía o alguien, denunció una sospechosa relación o amistad entre Venancio y el médico sueco, y como consecuencia éste fue llevado preso desde Barrero Grande, a donde ya había vuelto, y encerrado en Ascurra. A los pocos meses murió allí, en Marzo de 1869.

            Por aquella época, actuaba también el boticario y médico italiano don Domingo Parodi, llegado al Paraguay por el vapor inglés "Buenos Aires", el 14 de Mayo de 1856, y que tenía instalada su botica en Asunción. Su hermano José Parodi es el maestro que dirigía su colegio particular en Luque. Domingo Parodi sirvió en la guerra como médico, asimilado al grado de Sargento Mayor. Había ofrecido, desde Asunción, en Mayo del 66, sus servicios al Gobierno como médico y farmacéutico, para prestarlos gratuitamente en los hospitales de campaña, enviando un diploma de la Academia de Medicina de Montevideo, que lo acreditaba como Miembro fundador y titular. En Febrero de 1867 comenzó a funcionar en Asunción una fábrica de hielo instalada por él, que proveía gratuitamente del valioso elemento a los hospitales de Asunción y hasta enviaba diariamente al de Paso Pucú cinco cajones, sin recibir cualquier retribución. Fue condecorado con la Estrella de Caballero de la Orden Nacional del Mérito el 24 de Julio de 1867.

            Cuando el Mariscal dejó Azcurra para dirigirse a Caraguatay, después de la caída de Pirivévúi, al pasar por Caacupé encargó a Parodi quedarse con los enfermos y heridos, unos 1.200, que ahí tuvieron que ser dejados ante la carencia de medios de movilidad. Cuentan Resquín y Centurión que el Mariscal entregó a Parodi 700 pesos plata sellada en pago de sueldo, 3.000 pesos en la misma moneda en recompensa por los servicios prestados al ejército, 40,000 pesos en oro y plata sellada, 100.000 pesos en billetes de curso legal y 2.137 cueros escogidos, para cubrir las necesidades de la atención de los enfermos.

            Parodi colaboraba en "La Aurora. Enciclopedia popular y mensual de ciencias, arte y literaturas", revista fundada por los alumnos del aula de Filosofía, instituto de segunda enseñanza creado en 1857 bajo la dirección de Ildefonso Antonio Bermejo. Era también excelente retratista y es el autor del íntimo retrato del Mariscal López, el más reproducido.

            Es el mismo que a pedido del Mariscal hizo el retrato del Mayor Patricio A. Escobar (más tarde General) cuando se presentó herido (en Lomas Valentinas) en el Cuartel General de Azcurra después de atravesar los esteros de Ypecuá; así mismo tomó el retrato de otros jefes y oficiales junto con el Mariscal.      

            Después de la guerra publicó un interesante libro sobre plantas medicinales de Paraguay basado en los apuntes y estudios del naturalista sueco Munck af Rosenschold, citado en otro lugar (22). Refiere en ese libro que debido al aislamiento del Paraguay durante la guerra, era imposible recibir drogas del exterior y se tuvo que recurrir a las plantas, muy ricas en virtudes medicinales, no sólo en la medicina casera, sino que también en hospitales civiles y militares. Largo comentario y muchas citaciones de éste libro hizo muy poco después el Dr. E. de Bourgade La Dardye, que visitara nuestro país, en su obra dedicada al general Bernardino Caballero, en el capítulo sobre plantas medicinales. (23).

            Siguió actuando en nuestro medio después de la guerra. Por Ley del 2 de octubre de 1883 se autorizó al P. E. a concederle juntó con el señor Sinforiano Alcorta, patente de invención por el término de quince años por su invento de café-yerba.

            En la época de don Carlos actuaba también el practicante Ortellado, que servía en el Hospital de Asunción y que con los médicos ingleses perfeccionó sus conocimientos; cuando los doctores Fox y Rhynd fueron apresados, se hizo cargo de los hospitales del Estanco y de San Francisco, instalado este último en el Convento y en la Estación Central del Ferrocarril, durante la guerra. Sirvió en el Hospital de Paso Pucú con los médicos, ingleses y el paraguayo Cirilo A. Solalinde.

 

            II. LOS MEDICOS INGLESES CONTRATADOS

 

            Dentro del plan de reconstrucción nacional en que se empeñó Don Carlos A. López deben mencionarse la reorganización del ejército nacional en 1845 y la contratación de médicos en Inglaterra para la Sanidad Militar, hacia 1855. Al Patriarca debemos entre muchas obras de progreso la primera organización sería en materia de salud, la enseñanza del arte de curar y normas de educación sanitaria para el pueblo. Ya el Congreso de 1844 había facultado al Gobierno para contratar en el extranjero profesores de medicina, cirugía y ciencia obstetriz.

            Los médicos contratados por Don Carlos eran ingleses, especialmente de la escuela médica de Edimburgo, que entonces gozaba de gran fama en Inglaterra y es justo pensar que ellos eran portadores del pensamiento médico y del arte de curar de entonces para aplicarlos en nuestro país; y para ubicarnos en la época me parece necesario, dar primero una idea de cómo estaba la medicina en el mundo y en Inglaterra hacia 1855.

            Desde comienzos del siglo XIX la medicina había tomado gran impulso. El estudió de los tejidos y células mediante el uso, a comenzar de 1830, de lentes acromáticas y de mejores microscopios, permitió un gran avance en los campos de la histología y la patología.

            J. D. Larrey (1766-1844), cirujano jefe de los ejércitos de Napoleón, fue autor de importantes trabajos sobre medicina militar          y creador de la ambulancia para tratar a los heridos en combate.

            Augusto Nelaton (1807-1873), famoso cirujano, había introducido el uso de un catéter flexible que lleva su nombre y que hasta hoy se usa, e inventó una sonda con extremidad de porcelana para localizar balas de plomo.

            En comienzos y mediados del siglo XIX Inglaterra desempeñaba un papel importante en el desarrollo de la cirugía.

            Por esa época pontificaba Sir Astley Paston Cooper (1768-1848), alumno de Hunter, considerado uno de los más hábiles cirujanos de Inglaterra y gran estudioso de la anatomía. Fue el primero en practicar la amputación a nivel de articulación de la cadera y la ligadura de la carótida primitiva y de las ilíacas externas en casos de aneurisma, con suceso.

            Era la época de James Parkinson (1755-1824) que hizo en 1817 la descripción clásica de la parálisis agitante o enfermedad de Parkinson; de Thomas Watson (1792-1882), famoso clínico, autor en 1843 de uno de los más leídos textos de clínica médica; del anatomista Henry Gray (1825-1861) que en 1858 lanzó su obra de Anatomía, que llegó a tener más de 20 ediciones y era de uso extendidísimo entre los médicos ingleses; del patólogo Thomas Hodgkin (1796-1866) que describió la enfermedad que lleva su nombre, así llamaba por Wilks en 1865.

            El mayor representante de la cirugía en Edimburgo era por esa época John Bell (1763-1823), quien dio gran impulso a los estudios sobre patología quirúrgica y que tenía una escuela particular de Anatomía, y Robert Knox (1791-1862) era profesor de anatomía en Edimburgo.

            Otra gran figura era James Syme (1799-1870) que actuó en Edimburgo y Londres, especialista en amputaciones y resecciones articulares, y fue de los primeros a usar la anestesia, en 1847, y en adoptar la antisepsia en 1868.

            En Edimburgo era también muy conocido el notable farmacologista Robert Christison (1797-1882).

            Nikolai Pirogov (1810-1881) el más hábil y culto cirujano ruso, introdujo el servicio de enfermeras en la sanidad rusa durante la guerra de Crimea, (1854-56). Durante esta guerra, en la que actuó el Dr. Stewart, se desarrolló mucho la higiene militar y aparece Florence Nightingale; la primera enfermera y creadora de un cuerpo de enfermeras en el hospital militar de Scutari (donde trabajó el Dr. Stewart) en Balaklava (Crimea) y fundadora de la primera escuela de enfermería, en 1860, en el hospital Santo Tomás, de Londres.

            Factores muy importantes del progreso de la cirugía fueron la introducción de la anestesia al éter por los norteamericanos Long y Morton en 1842 y 46 y al cloroformo por el inglés Simpson en 1847 (profesor en Edimburgo).

            Hasta la era de la anestesia en cirugía, y desde los tiempos más remotos, los votos quirúrgicos se realizaban lo más rápidamente posible, y para mitigar el dolor se recurría al uso de soporíferos de diversas especies, casi siempre de origen vegetal, como el cáñamo, el opio, la mandrágora, pero sobre todo se usaba largamente bebidas alcohólicas, y hasta se hacía desmayar de propósito a los pacientes antes de operarlos, como lo hacía Dupuytren.

            Cuando los médicos ingleses contratados por don Carlos llegaron al Paraguay, no habían empezado aún las eras antiséptica y aséptica en la cirugía.

            Eurico Bottini, del Hospital de Novara, fue el primero en insistir sobre la necesidad de la mayor limpieza de los instrumentos y de las manos y ropas del operador y de los ayudantes, y había empezado en 1863 el uso del ácido carbólico como desinfectante del campo operatorio y sus resultados fueron publicados en 1866, un año antes de que lo hiciera Lister.

            Pero Joseph, Lord Lister, profesor de cirugía en Glasgow y discípulo de Syme, de Edimburgo, es el que goza de la gloria de ser el iniciador de la era de la antisepsia.

            Para luchar contra el impresionante número de operados que morían de gangrena de hospital, ideó una gran limpieza en las salas y usó abundantemente líquidos desodorizantes especialmente el líquido de Condey; impresionado por las experiencias de Pasteur experimentó diversos desinfectantes y soluciones antisépticas, quedándose con el uso de vaporizaciones de ácido carbólico para tratar de esterilizar el campo operatorio y a la vez la sala de operaciones. Usó el método por la primera vez el 12 de agosto de 1865 y sus trabajos se publicaron en "Lancet" en 1867, extendiéndose inmediatamente su uso por todas partes. Pero todo esto, la antisepsia y la asepsia, fueron posteriores a la llegada de los médicos ingleses al Paraguay, y pocas probabilidades hubieron de haberla conocido pues la guerra contra la Triple alianza aislaría a nuestro país desde 1864.

            Qué se hacía hasta entonces para luchar contra la infección quirúrgica?

            Desde tiempos remotos se realizaron esfuerzos que no tuvieron continuidad.

            En la época de Hipócrates y Celso se usaba vinagre y orina para limpiar las heridas y se recurría a limpieza y curativos secos o al uso de bálsamos y resinas de diversas especies; más tarde se ensayaron diversas mezclas y se recurrió al vino para la limpieza de heridas. (25)

            El cirujano alemán Dr. Federico Sicke vino de Londres a nuestro país formando en la plana mayor de nuestro barco de guerra Tacuarí en su viaje inaugural, llegado a Asunción el 21 de enero, de 1855.

            Prestó servicios en el Paraguay hasta 1857, regresando en abril de ese año a bordo del Río Blanco.

            Dr. George Pegotte Barton: fué el primer director de la Sanidad Militar; actuó en nuestro país cómo Cirujano militar, por renovaciones sucesivas de contrato durante ocho años, al menos hasta el 6-V-1864 en que se retiró del servicio. En cuanto a la fecha de su llegada y a sus actividades iníciales hay divergencia en las fuentes de información, Concepción L. de Chaves en su obra "Madame Lynch" cuenta que Barton atendió a doña Elisa Alicia Lynch en el nacimiento de su hija Corina Adelaida (6-VIII-1856) y también durante la enfermedad que la llevó a la muerte acaecida en 14-II-1857, que atendió también a Francisco Solano López cuando enfermó de tifo, lo que aconteció a fines de 1856; en cambio J. F. Pérez Acostó en su obra Carlos Antonio López, afirma que Barton llegó a Asunción el 15 de abril de 1857 por el vapor Yporá. En 1864 alquilaba la casa de Venancio López (actual Asunción Palace Hotel).

            El Dr. Barton fue padrino de Federico Joel, tercer hijo varón de Francisco Solano López y Madame Lynch. Atendió a ésta cuando nació Miguel Marcial, el séptimo hijo varón, durante la batalla de Tuyutí (16.18-VII-1866) ; este niño murió poco después en Paso Pucú cuando la peste de cólera que apareció en Paso Gómez. El Dr. Barton servía entonces en el Hospital de Paso Pucú, junto con otros médicos ingleses y los médicos paraguayos Cirilo Solalinde y Ortellado.

            Gozaba de muy buen concepto y confianza en la familia López, al punto que en 1866 viajó a Asunción desde Paso Pucú para atender en el parto a doña Inocencia López de Barrios. Salió del Paraguay durante la guerra contra la Triple Alianza (26-27).

            Dr. Guillermo Stewart. Llegó a Asunción en 1857 y como médico militar tuvo larga actuación en nuestro país. Era de Escocia, sirvió durante la guerra de Crimea (1854-56), fue cirujano del hospital de Scutari en los Balcanes y había venido a Corrientes con un grupo de colonizadores; no habiendo prosperado la colonización, pasó al Paraguay en 1857, siendo contratado por Don Carlos Antonio López como Cirujano del Ejército. Formó parte como agregado civil de la embajada presidida por el General Francisco Solano López, cuando en 1859 actuó como mediador en la guerra civil que enfrentaba a Buenos Aires con Paraná y las otras provincias argentinas.

            Junto con el Dr. Barton atendió a don Carlos durante su última enfermedad, de apoplejía, substituyendo ambos a don Juan Vicente Estigarribia en la atención del ilustre enfermo.

            En la organización de la Sanidad Militar durante la guerra contra la Triple Alianza, el Doctor Stewart era Cirujano mayor, Jefe de la Sanidad Militar de nuestro Ejército, y formaba en el Cuartel General del Mariscal López; en esa organización contaba con la colaboración de tres médicos de primera clase, que al comenzar la guerra tenían el grado de Capitán, los doctores Federico Skinner, Juan Fox y George P. Barton ya citado, de un Farmacéutico jefe, al comienzo con él grado de Teniente, George Masterman, y de varios practicantes paraguayos formados al lado de estos extranjeros.

            El Dr. Stewvart casóse con paraguaya, doña Venancia Sáez, tuvo buena actuación durante la guerra, gozó de la confianza del Mariscal y de Madame Lynch, recibió honores, fue condecorado con la Orden del Mérito y ganó bastante fortuna. Alcanzó el grado de Coronel de Sanidad.

            Hacia el fin de la guerra, según cuenta la historia, desertó de nuestro ejército el 21 de diciembre de 1868 cuando las acciones de Itá Ivaté y al parecer indujo a Thompson rendir Angostura, mediante una carta que le escribió desde el campo aliado; posteriormente defraudó la confianza de Mme. Lynch que le había entregado en depósito a custodia, parte de su fortuna personal. Esta tuvo que demandarlo ante los tribunales de Escocia sin conseguir, empero, rehaber sus bienes a pesar de ganar la causa, pues el Dr. Stewart se declaró insolvente.

            Después de la Guerra ocupó importantes cargos: Administrador de la Oficina de Administración General de Vacuna (1879), Director de la Oficina Central de Vacuna y Médico Forense (1880), Vice Cónsul de Gran Bretaña en Asunción (1882), Miembro del Consejo de Medicina (1883, 86, 88), Cónsul de Gran Bretaña (1885), catedrático de Higiene Pública y Privada en la Facultad de Medicina (1891), declarado ciudadano paraguayo (1892), Miembro del Consejo Nacional de Higiene creado por Ley del 16- VIII-1899 en ocasión de la epidemia de bubónica en Asunción y de nuevo en 1902, etc., etc. Profesor de Cínica Médica en la Facultad de Medicina (1902).

            El 14 de Junio de 1856 llega a Asunción en el vapor nacional de guerra Tacuarí el doctor John Johnstone, médico y cirujano militar, que con el grado de Capitán Honorario actuó como Jefe de los hospitales de la Guarnición de la Capital, hasta su repentina muerte el 9-X-1857.

            Por la misma época actuó también otro médico militar, el doctor Juan Federico Meister, de quien no he podido hallar más referencias; actuaba en Asunción a fines de 1864.

            También en 1867 llegó el cirujano doctor Juan Fox, doctor en medicina y cirujano de tropas por contrato de fecha 9 de Junio de ese año; sirvió primero en el Hospital Militar donde enseñó Anatomía, actuando después en el hospital de Humaitá hasta 1861, cuando se retiró por su mala salud; pero siguió prestando servicios a la Sanidad Militar por lo menos hasta 1867. El 22 de Julio de 1866 es condecorado con la Estrella de Caballero de la Orden Nacional del Mérito, junto con otros y con el Teniente Cirujano Wenceslao Velilla.

            El doctor Fox, y el Dr. Rhynd más adelante citado, fueron presos durante la guerra, en Septiembre de 1866, por no atender con debida diligencia a doña Juana Pabla Carrillo López, madre del Mariscal.     Fueron liberados en comienzos de Diciembre del mismo año, siendo reintegrado el Doctor Rhynd a su cargo de Director General de los Hospitales Militares de Asunción, y el Dr. Fox fue llamado a prestar servicios en el frente de guerra, en el Hospital de Sangre de Humaitá donde fue herido en la pierna por una bomba aliada.

            El doctor Frederick Skinner, médico y cirujano de tropas actuó desde 1861 y su actuación se prolongó hasta después de la guerra, alcanzó el grado de Teniente Coronel y murió en el Paraguay. Era cirujano Jefe del hospital Méndez, ya citado, y adonde fueron llevados heridos, especialmente argentinos, después de la batalla de Curupayty. El Dr. Skinner fue quien practicó la amputación de la pierna al General Díaz en Curupayty, herido por una bomba de 150 el 26 de enero de 1867 cuando desde una canoa hacia un reconocimiento de la vanguardia de la escuadra brasileña cerca de esa plaza.  

            En Noviembre de 1866, atendía en el Hospital de Humaitá donde siguió atendiendo a los heridos prisioneros aliados de la batalla de Curupayty, y junto con sus colaboradores, el Cirujano Buenaventura Santos y el Practicante de 1ª. clase Tomás Acosta merecieron un público reconocimiento de dichos prisioneros heridos por las atenciones recibidas.

            La bomba hirió a Díaz un poco encima de la mitad del muslo, casi dividiéndolo en dos, con ruptura de la arteria femoral, que ocasionó hemorragia profusa dejando al héroe en estado grave.

            Inmediatamente Díaz comunicó al Mariscal lo ocurrido y la gravedad de su herida; López envió al Dr. Skinner para examinar y operar a Díaz. Cuenta Juan Silvano Godoy que cuando Skinner, auxiliado por otros cirujanos se disponía a amputar la pierna, preguntó a Díaz si aceptaba el cloroformo a lo que respondió desdeñosamente: "corte sin temor, ni contemplaciones; lo que deseo es que sea breve", y luego indico la manera de desecar la pierna, pues quería conservarla en su poder. La pierna amputada, por su especial pedido fue embalsamada y colocada en una caja de palo santo hecha expresamente y dejada en su cuarto.

            Cuenta este mismo autor que la amputación resultó defectuosa y que fue necesario una segunda operación. Por su parte relata Centurión en sus memorias que el Gral. Díaz después de la amputación, fue llevado de Curupayty a Paso Pucú por Madame Lynch en su carruaje, y fue instalado en casa del Gral. Barrios; ella había ido a interesarse por su estado (28). Hacia fines de Enero, había mejorado bastante al punto que se creía que podría salvarse. Pero estaba muy debilitado y al poco empeoró. Cuando se sintió morir, el 7 de Febrero, pidió a su fiel servidor el Sargento Cuatí, que después de su muerte no olvidara de colocarle la pierna amputada, con la bota calzada antes de ser puesto en el ataúd (28).

            El cirujano de 1° clase, Dr. Federico Skinner fue condecorado con la Estrella de Comendador de la orden Nacional del Mérito, el 24 de Julio de 1867.

            Cuando el Mariscal se retiró hacia Caraguatay, al pasar por Caacupé encargó al Dr. Skinner, quedara al cuidado de los hospitales instalados en las casas de Caacupé, junto con el boticario don Domingo Parodi, según ya relatamos; cuando la llegada de las tropas brasileñas y el incendio del hospital de sangre pudo escapar para unirse después al Mariscal. El Dr. Skinner, según relata Concepción L. de Chaves, hizo la verificación de que las chipas destinadas a envenenar al Mariscal en el episodio de Curuguaty que relatamos cuando hablamos del médico Castillo, contenían verdaderamente veneno, pues cuando las dio de comer a unos perros éstos murieron rápidamente. Estuvo junto al Mariscal de quien era médico, hasta Cerro Corá donde cayó prisionero; después de la guerra el Dr. Skinner fue designado, ya con el grado de Coronel, Director Jefe del Hospital Militar (Decreto del 13-XI-1871).

            Ya relatamos que en Asunción tenía instalada su botica el boticario y médico italiano don Domingo Parodi, pero cuando don Carlos pensó en formar el servicio de Farmacia de la Sanidad Militar, juzgó necesario contratar otros boticarios extranjeros y es así que vienen Masterman y Bliss, mediante los Agentes del Gobierno en el exterior se adquieren en medicamentos especialmente en Europa desde 1862 hasta comienzos de 1865.

            El 23 de diciembre de 1861 llega a Asunción el farmacéutico inglés George F. Mastermann nombrado Farmacéutico Principal de ejército por Decreto de octubre del mismo año; actuó como jefe de la Farmacia de la Sanidad Militar y dictó clases de Materia Médica en el Hospital Militar donde comenzó a actuar.

            Es el mismo que junto con el bicario Bliss y el doctor Rhynd fue   apresado y procesado durante la guerra, en Octubre de 1866, y permaneció preso durante 11 meses en el Colegio de los jesuitas.      El Secretario de la Legación de Francia en Buenos Aires, Vizconde de Beaumont había traído al Cónsul francés en Asunción Sr. Laurent Cochelet cartas para Mastermann y para los Dres. Rhynd y Fox, que se hallaban presos. El Sr. Mastermann solicitó permiso al Jefe de Plaza, Mayor Juan Gómez para hacer entrega personalmente de las cartas al Dr. Rhynd. El Mayor Gómez exigió que le fueran entregadas las cartas, negándose a ello el Sr. Mastermann alegando que las cartas eran privadas. El Jefe de Plaza, entonces, lo apresó acusándolo de pretender pasar y hacer circular correspondencia sin pasar por el Correo.

            Fue libertado el 22 de Septiembre de 1867 con motivo de la conmemoración del aniversario de la victoria de Curupayty a pedido del Ministro Washburn hecho al Mariscal López por intermedio de Mme. Lynch.

            Al obtener su libertad no quiso reincorporarse a la sanidad militar y como le fue rehusado el permiso para ejercer su profesión de boticario, el Ministro Washburn pidió y obtuvo autorización para que Mastermann cuidara de la señora Washburn, próxima a tener hijo, y quedó entonces bajo protección del Ministro Norteamericano como médico de familia. Es el autor de la obra "Siete años de aventuras en el Paraguay". En esta obra hay datos interesantes sobre la actuación de los médicos contratados y dedica algunas páginas a las enfermedades más serias de nuestro país citando: pulmonía, tisis, el cólera, la viruela y tal vez el saramchucho colo (pero sin cretinismo), algunos casos de elefantiasis. Afirma que la fiebre amarilla, el tifus, la fiebre gástuca, el cólera, la viruela y tal vez el sarampión eran desconocidos en el Paraguay hasta la guerra, y que cuando estas epidemias se presentaron, hicieron estragos en la población (29).

            Mastermann trajo consigo un microscopio de primera clase, seguramente el primero introducido en el país, en cuyo uso instruyó a los estudiantes en el Hospital Militar. En un informe presentado al Ministro de Guerra y Marina don Venancio López, en 12 de enero de 1863, comunica haber introducido en la botica del Hospital Militar un nuevo sistema de preparar tintura y la esperanza que tenía de poder estudiar las plantas del país para reemplazó de las drogas que se traen de Europa, refinar la sal del país y fabricar magnesia y sal inglesa y agregaba: "la Botica a mi cargo se halla hoy en estado de suministrar a todas las urgencias del Hospital General, como igualmente a las de los demás Hospitales del Estado. Todos las remedios y la mayor parte de los productos químicos, son preparados o compuesto en la Botica y salen no solamente más baratos pero también (lo que es mucho más importante en la medicina) de una calidad superior y conocida. Cuando el laboratorio esté provisto de todo sus accesorios no será preciso comprar más que las drogas y químicos crudos".

            Posteriormente a este informe y a pedido del Dr. Stewart, López nombró a Mastermann Cirujano de 2º clase, o sea Cirujano Militar ayudante, como el mismo lo refiere. A lado de los cirujanos ingleses hizo con éxito su práctica de medicina.

            Después de la capitulación de Estigarribia en Uruguayana, recibió orden y bajó a Humaitá a inspeccionar el Hospital y Boticas de campañas.

            El 1° de marzo de 1863 llegó también el boticario norteamericano Poster Frederik Bliss que actuó en la Farmacia de la Sanidad Militar.

            Para reemplazar al Dr. Barton y para aumentar el personal médico se pidió a nuestro representante en Inglaterra solicitar al Dr. Tomás Laycock, profesor de práctica médica en la Universidad de Edimburgo, que recomendase un médico de 1ª. clase y dos de 2º clase entre personas acreditadas por suficiente experiencia en dicha Universidad, para ser contratados por tres o cuatro años, urgiendo la venida de ellos y de las drogas que se solicitaban, porque sus servicios podían ser necesarios de un momento a otro, dada la situación internacional.

            El 23 de noviembre de 1664 llegaron a Asunción los médicos y cirujanos de tropas doctores William Mitchell Banks, de Liverpool, James Rhynd y James C. Wilson. Los doctores Banks y Wilson, se retiraron el 1° de febrero de 1865 y el Dr. Rhynd quedó, casándose con paraguaya, y actuaba aún al promediar la guerra aunque bastante enfermo de tuberculosis. En un comentario de Natalicio Talavera sobre la batalla de Estero Bellaco (2 de mayo de 1866) se recuerda del Dr. Rhynd diciendo que el citado sigue atendiendo en los Hospitales de salud, aunque en mal estado de salud, con mucha dedicación previniendo el contagio de la viruela que los enemigos han inoculado entre nosotros. (30).

            Es condecorado con la Orden Nacional del Mérito después de esa batalla el 10 de Mayo de 1866 y se le otorga la suma de quinientos pesos por su abnegación en el servicio de la Sanidad Militar. Vuelve a Asunción donde ocupa el cargo de Director General de los hospitales militares de la Capital. El Dr. Rhynd fue arrestado y procesado junta con el Dr. Fox en Septiembre de 1866 por el hecho ya citado de no haber atendido con la debida diligencia a doña Juana Carrillo de López, madre del Mariscal, quedando presos unos tres mes; fueron sueltos mediante la intervención de Madame Lynch, en comienzo de Diciembre del 66 pasando a ocupar de nuevo su cargo de Director de los hospitales militares.

 

            III. ENSEÑANZA DEL ARTE DE CURAR LOS QUE ACTUARON DURANTE LA GUERRA

 

            Ya referimos que Don Carlos A. López realizó importante organización del ejército cuando en 26 de Agosto de 1845 creó las Guardias Nacionales dé la República y dictó su Reglamento; estaba previsto que el alistamiento de reserva incluía a abogados, médicos, cirujanos y boticarios. En la misma fecha decretó fuera puesto en ejecución el Plan de Organización de la Primera Línea del Ejército Nacional destinando Cirujanos y Capellanes que fueren necesarios para los regimientos, batallones o cuerpos, fijándose los grados militares y vencimientos. Más tarde se organizó la Sanidad Militar.

            El Congreso de 1844 ya había facultado al Gobierno Nacional a contratar en el extranjero profesores de medicina, cirugía y arte obstétriz.

            Para estudiar, planear y ejecutar las numerosas obras de progreso que Don Carlos emprendió bajo su gobierno, contrató numerosos técnicos europeos para todas las actividades técnicas que entonces se estaban desarrollando en nuestro país. Y dentro del plan de organización de nuestro ejército, organizó la Sanidad Militar contratando médicos ingleses.

            Ya referimos que los pocos médicos de la época antes de la venida de los ingleses, hacían su práctica y atendían a militares y civiles y hasta aprendían el arte de curar, en el Hospital de Asunción o Militar; allí se formaban los practicantes y cirujanos que servían al ejército y a la población civil. Por allí pasaron Juan Vicente Estigarribia, Luis Cálcena Echeverría, Gaspar Estigarribia, John Rudolf Rengger, y mucho antes Lorenzo Gaona, Antonio Cruz Fernández y los Cirujanos de Tropas de la Capital: Don Roque Pereira, Don Gregorio Larrea, Don Juan Gelly, Don Donato Estigarribia y Don Domingo Noguera, y aún los que afines del siglo XVIII vinieron coma Cirujanos en las Comisiones demarcadoras de límites entre los dominios de España y Portugal.

            Con la venida de los médicos ingleses contratados se organizó la enseñanza del arte de curar sobre bases orgánicas, y es así como, mucho antes de fundarse la Facultad de Medicina, lo que aconteció en 1889, cabe a Don Carlos A. López ser el iniciador de la enseñanza de la medicina y la cirugía en el Hospital Militar de Asunción.

            Allí Juan Fox enseñaba Anatomía, Mastermann enseba Materia médica y Microscopio y los otros médicos ingleses enseñaban medicina y práctica de cirugía; se inscribieron varios jóvenes, de lo mejor de nuestra sociedad, para comenzar los estudios.

            El 4 de marzo de 1863 los doctores Barton y Stewart envían al Ministro de Guerra y Marina un informe que dice así: "Los jóvenes practicantes de Medicina y Cirugía Carlos Céspedes, Anselmo Aquino, Lorenzo González y Manuel Morales se hallan adelantados en el estudio de la facultad medica y en la práctica de cirugía, que consideramos en estado capaces de sufrir un examen de ambos conocimientos para que según el resultado del examen, si el Supremo Gobierno de la República los encuentre aptos sean honrados con un grado, y ejerzan el oficio de médico de tercera clase en el Hospital. Si nuestra solicitud sea aceptada por el Supremo Gobierno, pedimos sean dados la comisión de examen entre todos los médicos del Hospital y con el resultado daremos cuenta a Vuestra Excelencia". (11)

            Más tarde, en oficio dirigido el 6 de junio de 1864 nuestro Encargado de Negocios en París, Don Cándido Bareiro, se le hacia un pedido de libros de medicina y cirugía en español, para uso de los practicantes.

            Después fueron incorporados como estudiantes y practicantes otros cincuenta jóvenes, de lo más granado y culto de nuestra juventud, que con los anteriormente citados, cuando vino la Guerra contra la Triple Alianza, fueron todos movilizados.

            En el Semanario del 9-VII-1864 se lee: "Practicantes de Cirugía. Se aumentó el número de los alumnos de este ramo de enseñanza. Así conviene pues los primeros están adelantos y muchos de ellos se encuentran ya en los hospitales practicando con notable adelanto este importante estudio".

            Las crónicas recogieron los siguientes nombres de Practicantes, de los cuales muchos tuvieron brillante actuación ante la Guerra, alcanzando grados y honores, y muchos también sobrevivieron a ella, participando en la reorganización y reconstrucción de la Patria y alcanzando altos cargos en la administración pública:

            Ortellado, Castillo, Roque Céspedes, Rufino Torres, Domingo Roa, Juan B. Gaona, Dolores Sosa, Telles, Wenceslao Velilla, Esteban Gorostiaga, Cirilo A. Rivarola, Julián Valiente, Juan B. Gill, Dolores Ignacio Segovia, Justo Pastor Candia, Justo Pastor Fretes y también Francisco Galeano, Marcelo Farías, Domingo Vázquez, Francisco Ferreira, Bernardo Carvallo, Benito Franco, Felipe Talavera, Máxim Ríos, Juan Anselmo Patiño, Francisco Campos, Ramón Ocampos, Cirilo Solalinde, Carlos Céspedes, Ignacio Alviso, Pío Britos, Lázaro Quevedo, Julián Quevedo, José María Castillo, Lorenzo Giménez, Pedro Duarte.

            También fueron Practicantes y servían en 1867 en   el Hospital General: De la Cruz Arrúa, Pablo Palacio, Gabriel Cabrera, Patrocinio Cáceres, Pascua Toledo, Fermín Melgarejo, Baldomero González, Bautista Roa, Vicente Villalba, Francisco Campos, Ceferino Brítez, Rafael Echague, Ramón Pereira, Miguel Mareco, Clemente Giménez, Máximo Ríos, Pastor Marín, Félix Quiñonez, Blás Sosa, Miguel Samaniego, Antonio Fabio y Daniel Roa, a quienes se provee vestuario completo en 14-X-1867.

            Al comienzo de la guerra se creó en Humaitá la Escuela de Aplicación de la Sanidad Militar, instalada en un amplió edificio vecino de Hospital. (12)

            Cuando se organizó la Sanidad Militar, el doctor Stewart era Mayor, los doctores Skinner, Fox y Barton eran Capitanes, los farmacéuticos Mastermann y Bliss eran Tenientes.

            Después, durante la guerra, los Practicantes tenían el grado de Alférez y Teniente, los Cirujanos el de Capitán y los doctores el de Mayor o Teniente Coronel, si bien que a éstos grados llegaron por ascensos los que no eran doctores y que comenzaron como Practicantes y Cirujanos, por los méritos ganados en los servicios.

            También durante la guerra se fueron formando e improvisando más Practicantes de Cirugía. El 3 de marzo de 1866 llega al Campamento de Paso de Patria el vapor Ygurei llevando de Asunción un Regimiento de Caballería y numerosos jóvenes recientemente reclutados en la Capital. Estos son destinados a su totalidad a servir como Practicantes de Cirugía en los hospitales de sangre.

            Infelizmente, muchos nombres de estos heroicos servidores de la Patria y de sus conciudadanos en armas se perdieron en la vorágine de esa guerra de exterminio. No son muchos los datos que pudimos conseguir sobre los que se citan en la historia y tampoco sobre todos ellos; pero algo se ha salvado para que se pudieran escribir al menos estas líneas.

            Wenceslao Velilla servía en 1863 en el hospital de Concepción desde donde enviaba informes y relataba que comisionó a los Practicantes Carlos Céspedes y Dolores Ignacio Segovia al campamento de Bella Vista para realizar la operación de amputación del brazo al Sargento Leandro Fernández que había sufrido un accidente. Informes posteriores, entre otras cosas, dan cuenta del éxito obtenido en la operación. En Mayo de 1865 Wenceslao Velilla era Teniente de Cirugía y servía en el Hospital de Mujeres de Asunción. Pasó a servir en el frente y fue condecorado con la Estrella de Caballero de la Orden Nacional de Mérito el 22 de jumo de 1866, junto con el Dr. Juan Fox y otros oficiales.

            Más tarde, ya como Capitán Cirujano junto con el de mismo grado Esteban Gorostiaga, atendía el hospital de Piribebuy hasta su destrucción por el fuego por las tropas aliadas.  Después de la guerra fue designado miembro de la Comisión Protectora de los paraguayos desvalidos y huérfanos (Decreto del 15.XII.1869); miembro efectivo del Consejo de Medicina e Higiene (Decretó del 1-II-1871) y Médico de Policía y Sanidad (Decreto del 7.XII.1871) , cargo que ocupó hasta el 11-I-1873 en que renunció, siendo reemplazado por Justo Pastor Fretes; miembro de la Junta de Higiene Pública creada por Decreto del 8-V-1876. Más tarde fue Diputado y Senador de la Nación y murió asesinado el 11-IV-1893.

            Cirilo Solalinde. Nació en Asunción el 28-I-1832. Se enroló en 1855 sirviendo en la Sanidad Militar y fue trasladado a Humaitá en cuyo hospital sirvió como farmacéutico. Hizo su aprendizaje como Practicante con los médicos ingleses y en 1858 era Alférez Practicante de Medicina. En 1862 servía en el Hospital Militar como Director de uno de los servicios; en comienzos de 1863 servía en el hospital de Concepción, y en el Archivo Nacional se pueden leer informes por él enviados desde la Villa. Hizo la campaña de Corrientes y fue ascendido a Teniente; pasó luego a servir en el Cuartel General de Paso Pucú junto a médicos ingleses y el Practicante Ortellado, negando a ser médico del Mariscal López. Cuando éste visitó los hospitales de Paso Pucú y de Humaitá en el día de su natalicio, el 24 de julio de 1866, confirió ascensos a varios miembros de la Sanidad Militar, entre ellos a: Cirujano de 1º clase don Cirilo Solalinde, Caballero de la orden Nacional del Mérito, y como Alférez Honorario a los Practicantes Esteban Gorostiaga, Pío Britos, Lázaro Quevedo, Julián Quevedo, José María Castillo, Lorenzo Giménez y Pedro Duarte.

            Atendió al Mariscal López cuando enfermó del cólera en 1867. Continuó en el Cuartel General. Fue ascendido a Capitán en Lomas Valentinas, a Sargento Mayor en Cerro León, a Teniente Coronel en San Estanislao y designado Inspector General de la Sanidad Militar.

            Cuenta la historia que desertó en la boca de la picada del Chirigüelo. Después de la guerra fue Convencional por Rosario en la Convención Nacional Constituyente y posteriormente fue Senador de la Nación. Murió a los 91 años el 10-I-1923.

            Sobre la actitud de Solalinde hay diversas referencias.

            El Vizconte de Taunay en su Diario del Ejército dice: el 1º de Marzo 1870. Su Alteza recibe noticias del general Cámara que participa habérsele presentado dos cirujanos, un teniente coronel, otro capitán, y más oficiales, los cuales declararan todos encontrarse López en Cerro Corá junto al río Aquidabán y haber mandado buscar ganado en Matto Grosso.

            El general Cámara en su parte oficial del 15 de Marzo 1870 en Concepción "contramarchando de hacia el Negla me reuní con él Coronel Antonio da Silva Paranhos que allí me esperaba, y el 25 del pasado mes emprendí nuevas marchas hacia Cerro Corá. Al día siguiente se me presentaron algunos pasados del enemigo, entre los que se encontraba el Teniente Coronel Solalinde. Estos me aseguraron que López ignoraba mi marcha y que el enemigo poca vigilancia acostumbraba tener en sus posiciones. Resolví precipitar mi marcha hacia el enemigo reduciendo mi fuerza en lo posible". Parte al Mariscal de Campo Victorino José Carneiro Monteiro.

            Escribiendo el general Cámara a Victorino dos Cámpos le Aramburu el 16 de Febrero de 1870 decía "en este momento llegan a este campamento los paraguayos teniente coronel cirujano de 2º clase Cirilo Solalinde, mayor cirujano Ignacio Segovia, Capitán Lázaro Quevedo y Alférez Roque Samaniego que dejaron el campamento de López hace 11 días. Todos ellos confirman el deplorable estado en que se hallan reducidas las fuerzas de López...".

            El Sargento Cirilo Antonio Rivarola nació en Barrero Grande en 1836. Después del Congreso de 1862 cayó en desgracia y guardó prisión en él Campamento de Cerro León. Según Carlos Zubizarreta (Cien vidas paraguayas) "ya desatada la guerra, solicitó un puesto de combate que le fue concedido por el Mariscal López en 1868". Cáyó prisionero de los brasileños cuando se apoderaron del Campamento de Cerro León el 25 de Mayo del 69.

            Las informaciones dadas por Rivarola y por Machaín, que cayera prisionero con él, sobre el dispositivo y tropas del Mariscal López, fueron muy importantes para los aliados, según consta en el Diario del Ejército Brasileño.

            Dice Centurión (Memorias IV. 29). "Si mal no recuerdo estando todavía en el bajo de Azcurra el Mariscal, una partida enemiga de caballería (se refiere a la brigada del coronel Manoel Cypriano) cayó de improviso sobre una guardia avanzada de Cerro León, llevando prisioneros a casi todos los que la componían. Entre ellos se encontraba el Sargento Cirilo Rivarola, quien más tarde llegó a formar parte del gobierno provisorio que se instaló en la Capital bajo la inmediata influencia de los aliados. El Sargento Rivarola pertenecía al batallón que mandaba el mayor Cárdena, y hacía servicio en la enfermería del Cuerpo; pero por cierta falta en que había incurrido, como pena, a más del castigo que recibió, fue enviado a hacer servicio de guardia en Cerro León".

            Según Zubizarreta, ya citado, Rivarola logró escapar de los Aliados y presentarse en el Cuartel General; por este acto de valor fue ascendido a Alférez.

            Poco después Rivarola formaba parte del Gobierno Provisorio instalado por los Aliados en Asunción (22.VII.1869), luego fue Presidente Provisional de la República por el golpe de estado del 1.IX.1870 y Presidente de la República electo por la Convención Nacional Constituyente el 25 de Noviembre del mismo año inaugurando el primer período constitucional. Renunció ante el nuevo Congreso constituido después de las elecciones del 8. XII.1871.

            Esteban Gorostiaga. Nació en Asunción el 3.VIII.1844 y realizó sus estudios en el Colegio Seminario, reabierto en 1858 por Don Carlos A. López, y de allí pasó en 1862 al Hospital Potrero o Militar como Practicante, siguiendo los cursos de la Sanidad Militar y luego la carrera de médico militar. Sirvió en el frente y fue ascendido a Alférez Honorario el 24 de Julio de 1866 cuando el Mariscal visitó en su día onomástico los hospitales de Paso Pucú y Humaitá.

            Ya con el grado de Capitán actuó en el hospital de Piribebuy junto con el de mismo grado Wenceslao Velilla. Cuando la batalla de Piribebuy era Director del hospital y tuvo heroica y brillante actuación. Siguió al Mariscal y llegó hasta el fin de la guerra con su grado de Capitán y Cirujano de 1º Clase. Pasó después a residir en Villa Rica, donde murió asesinado en 1893.

            El médico Castillo es el que estuvo complicado en el intento de envenenamiento del Mariscal y en el plan de fuga al enemigo si la cosa resultaba; es sindicado como el que suministró el veneno contenido en las chipas ofrecidas al Mariscal en Curuguaty cuando se festejaba el séptimo aniversario de su asunción al mando presidencial (16-X-1869). El médico Castillo fue fusilado en Tandey, cerca de Curuguaty, en octubre del mismo año.

            El médico Julián Valiente hacia el final de la guerra era Sargento Mayor. Según el parte del General Cámara, del 13 de marzo de 1870 en Concepción, tres médicos se encontraban entre los 244 prisioneros de Cerro Corá. Este médico parece ser uno de ellos.

            En el capitulo Enseñanza del arte de curar, citamos los nombres de otros médicos y practicantes, que después de haber hecho su practicantado en el Hospital Militar junto a los médicos ingleses contratados, fueron movilizados y sirvieron durante la Guerra contra la Triple Alianza.

            Justo Pastor Candia, de quien ya nos ocupamos ligeramente, había hecho su practicantado en el Hospital Militar junto a los médicos ingleses, sirvió en la Sanidad Militar durante la guerra contra la Triple Alianza como Cirujano, cayó prisionero de los brasileños y fue llevado a Río de Janeiro. A su vuelta, junto con el Dr. Guillermo Stewart participó en la reorganización de la Sanidad Militar.

            En junio de 1874 es nombrado Capitán Cirujano, con sueldo de 85 pesos; en 1876 asciende a Cirujano Mayor y en el mismo año, por Decreto del 16 de mayo "se nombra interinamente al Sargento Mayor con Justo Candia como médico de Sanidad para visitar los buques que no traigan carta de Sanidad otorgada por el Comisionado en igual carácter en el puerto de Humaitá" (el de Asunción es comisionado a Humaitá). Poco antes, por Decreto del 8 de mayo de 1876 se había creado una Junta de Higiene Pública de la que el Dr. Justo Pastor Candia formaba parte como vocal.

            Fue primer Director del Hospital de Caridad erigido en el mismo terreno del Hospital Militar e inaugurado el 14 de octubre de 1877, colaborando con él, primero el Dr. Guillermo Stewart y luego el Dr. Silvio Andreuzzi; en 1879 le sucedió en la Dirección del Hospital el Dr. Francisco Morra.

            Por Decreto del 6-XII-1879 fue nombrado Médico de Sanidad del Puerto Central (el de Asunción) por ausentarse él titular don Justo Pastor Fretes. Cuando la creación del Consejo de Medicina (ley del 15-X-1883) don Justo Pastor Candia fue nombrado para formar parte de él (Decreto del 20-XI-1883); es reelecto en 1886, en 1888, en 1891 y 1894 (Decreto del 12-V).

            Fue Director de la sanidad Militar por un cuarto de siglo. Por Ley del 20 de julio de 1887 es promovido al grado de Teniente Coronel Honorario el Sargento Mayor don Justo Pastor Candia, Cirujano Mayor del Hospital, y por Ley del 19-X 1904 se autoriza al Poder Ejecutivo para extenderle el despacho de Coronel.

            Francisco Campos. Nació en San José de los Arroyos; era bisnieto del doctor José Dávalos y Peralta, médico paraguayo doctorado en la Universidad de Lima y profesor de medicina en ella, y que fundó y organizó en 1708 en Asunción el hospital de Santa Lucía. Francisco Campos estudió en el Colegio Seminario y al estallar la guerra sentó plaza en la Sanidad Militar sirviendo como Practicante en el Hospital Militar y luego en varios regimientos. En 1867 servía de nuevo en el Hospital Militar y el 13-X de ese año es destinado al hospital de la Fundición de Ybycuí haciéndose cargo el 18. Cuando la expedición del Mayor oriental Hipólito Coronado llegó a la fundición el 11 de Mayo del 69 aún servía allí. Refiere Centurión: "Momentos antes de la toma del establecimiento fue despachado por Insfrán (se refiere al Capitán Julián Insfrán, Comandante de la Fundición, que fue degollado por las tropas enemigas después de ser tomado prisionero) el Practicante Campos a Azcurra, a dar parte al Mariscal del suceso. El enemigo al saberlo lo mandó seguir hasta Ybytymi, pero sin lograr el objeto de su persecución". Como es sabido, la destrucción de la Fundición fue completada a hacha y fuego un mes después por la expedición del Capitán brasileño Mauricio Julio da Costa.

            En Piribebuy fue gravemente herido y cayó prisionero de los aliados. Sobrevivió a la guerra, y fue Convencional en 1870 y más tarde Senador de la Nación.

            Juan B. Gaona. Tuvo también larga y proficua actuación. Después de la guerra llegó a ser Presidente de la República (19-XII-1904). Julio C. Chávez en su libro "El General Díaz" al referirse a que el héroe de Curupayty se preocupaba de todo y vigilaba todo, especialmente las condiciones de la tropa, relata una anécdota contaba por el ex-Presidente Juan B. Gaona: "visitando en una ocasión (el General Díaz) las salas del hospital de Humaitá se enteró por los soldados que no se les administraba remedios de ninguna clase. De inmediato ordenó que los médicos y practicantes recibiesen veinte palos; y que de la azotaina no se salvó ni siquiera el doctor Stewart, médico del Mariscal y hombre de gran predicamento. Como la morosidad de la sanidad no tenía su causa en mala voluntad, sino en la falta absoluta de medicamentos, los médicos recurrieron a la siguiente estratagema: prepararon unas bolitas inofensivas que eran suministradas diariamente con puntualidad a cuanto herido o enfermo aparecía por el hospital. En visitas posteriores, no dejó de controlar el efecto de su castigo y al enterarse por los pacientes, del cambio, mostrose ampliamente satisfecho". Juan B. Gaona fue uno de los Practicantes castigados (24).

            En 1889 fue designado miembro de una comisión que debería encargarse de la construcción del edificio destinado para el Hospital de Caridad, actual Hospital de Clínicas (Decreto del 3-VIII-1889); poco después fue nombrado miembro del Consejo Secundario y Superior (Decreto del 30-X-1889).

            Juan B. Gill. Nació en Asunción el 28-X-1840; se trasladó a Buenos Aires donde cursó estudios secundarios y luego en la Facultad de Medicina pero sin terminar la carrera médica. Volvió al Paraguay en 1863 y cuando comenzó la guerra se alistó en el Batallón 40 en 1865. Fue trasladado después a la Sanidad Militar para aprovecharse mejor sus conocimientos de medicina. Actuó en Humaitá y Paso de Patria y sirvió en éste último campamento desde fines del 65 a Abril de 1866 pasando luego a instalarse en Rojas, arriba del Estero Bellaco. Cayó prisionero de los Aliados en Angostura en fines de Diciembre del 68. Después de la guerra fue Convencional en 1870 y luego Ministro de Hacienda en el primer Gobierno Constitucional y más tarde Presidente de la República, desde el 25-XI-1874 hasta el 12-IV-1877 en que murió asesinado.

            Carlos Céspedes servía en el Hospital Militar; fue trasladado a Concepción en 1863 y de allí fue comisionado a Bella Vista junto con el Practicante Dolores Ignacio Segovia para atender al Sargento Leandro Fernández, accidentado, y al que tuvieron que amputarle un brazo.

            Justo Pastor Fretes sirvió en diversos hospitales y después de la guerra ocupó diversos cargos: fue Médico de Policía y Sanidad (Decreto del 11-I-1873) reemplazando a Wenceslao Velilla, y a su vez fue substituido en el cargo en 1879 por Justo Pastor Candia (Decreto del 6-XII-1879) y miembro de la Junta de Higiene Pública creada por Decreto del 8-V-1876.

            El Cirujano Buenaventura Santos y el Practicante, de 1º Clase Tomás Acosta servían en el hospital de Humaitá con el Dr. Frederick Skinner, y en Noviembre de 1866 los tres merecieron público reconocimiento de los prisioneros aliados caídos heridos en Curupayty, por las atenciones recibidas.

            Rufino Torres cómo Alférez Honorario servía a fines de 1863 en el Hospital de Caridad de Trinidad.

            Allí también sirvieron los Practicantes de Cirugía Domingo Roa, en 1864, y Dolores Ignacio Segovia, en Marzo de 1864.

            Dolores Ignacio Segovia servía en el hospital de Concepción en 1863 y, como ya referimos, de allí fue comisionado a Bella Vista junto con el Practicante Carlos Céspedes para atender al Sargento Leandro Fernández, accidentado, al que tuvieron que amputarle un brazo. En Marzo del 64 fue trasladado al Hospital de Caridad de Trinidad.

            Refiere la historia que, ya con el grado de Mayor, desertó de nuestro ejército con Cirilo Solalinde y el Capitán Cirujano Lázaro Quevedo poco antes de Cerro Corá.

            Dolores Sosa servía como Practicante de Cirugía en fines de 1865 y comienzos del 66 en el Hospital de Mujeres de Asunción.

            El Teniente de Cirugía Roque Céspedes sirvió en el frente y figura entre los retirados de Humaitá que llegaron a San Fernando donde declaró en las investigaciones sobre la conducta del Coronel Martínez y sobre una revolución preparada por algunos para transar con los aliados y derrocar al Mariscal López. Había sido condecorado con la Estrella de Caballero de la Orden Nacional de Mérito el 24 de Julio de 1867.

            El Cirujano Telles fue el que junto con el Capitán Ignacio Alviso extrajo en Azcurra la bala que hirió en la parte lateral del pecho al Mayor Patricio A. Escobar en Lomas Valentinas. Del Capitán Cirujano Ignacio Alviso no he podido hallar otros datos.

            El Practicante Francisco Galeano sirvió en varios hospitales, sobrevivió a la guerra y murió en el asesinato colectivo de presos políticos realizado en la Cárcel Pública de Asunción en la madrugada del 29 de Octubre de 1877, cuando también murieron Facundo Machaín, José Dolores Molas y otros.

            El Practicante boticario Máximo Ríos es el que en Octubre de 1867 fuera enviado por el Boticario Domingo Parodi a          Limpio a buscar salitre en los barreros de ese pueblo y sus alrededores.

            El Practicante Juan Anselmo Patiño tuvo lucida actuación en Lomas Valentinas.

            El Practicante Lázaro Quevedo servía en el frente y fue ascendido a Alférez honorario en 24 de Julio de 1866 cuando el Mariscal López, con motivo de su día onomástico, visitó los hospitales de Paso Pucú y Humaitá.

            Después, según los historiadores General Resquín, Silvestre Aveiro, General Cámara y otros, Lázaro Quevedo, ya con el grado de Capitán Cirujano de 2º Clase, desertó en vísperas de Cerro Corá, junto con el Teniente Coronel Cirujano de 2º Clase don Cirilo Solalinde y el Mayor Cirujano Ignacio Segovia.

            Después de la Guerra contra la Triple Alianza se reorganizo la Sanidad Militar y se designó al Coronel Dr. Frederick Skinner para Director del Hospital Militar (Decreto del 13-XII-1871).

            En 1573 figuraban como Cirujano el Practicante Francisco Galeano y como asistentes de curación don Marcelo Faría, Bernardo Carvallo y Benito Franco, que habían actuado hacia el fin de la guerra (12).

 

            IV. ENFERMERAS.

 

            Durante toda la guerra contra a Triple Alanza las damas de nuestra sociedad y del pueblo, no solamente en la Capital sino también en donde hubieron hospitales, se afanaron en la atención de los enfermos, heridos y convalecientes, compartiendo con el pueblo en armas todas las penurias e infortunios a aquella gloriosa cuadra de nuestra historia.

            La más conocida fue doña Francisca Yegros de Yegros cuyo nombre recogió la historia por su heroico comportamiento en atender a los heridos de Piribebuy y que murió junto con ellos cuando el Hospital de Sangre fue incendiado por los brasileños.

            Había también cuerpos de Enfermeras que atendían en los Hospitales de la Capital y de otros pueblos. Hemos podido encontrar la lista de las que servían en el Hospital de convalecientes del Campamento de Cerro León, que percibían un sueldo mensual de tres pesos. Ellas eran: Francisca Ortiz, Ventura Aquino, Teresa Diez, Manuela Encino: Cleofe Hernández, Leocadia Cáceres, Mariz Cardozo, Ninfa Ortiz Rosa Marecos, Cecilia Pavón, Ramona González, María José Delgado, Petrona Servin, Isabel Rodríguez, Estefana Rolón, Dolores Garay, Magdalena Uran, Dejesus Cáceres, María Inés Godoy, Isabel González, Anastasia Sanabria, Anselma Sanabria, Trinidad Alcaraz, Jacinta Centurión, Del Pilar Marecos, Toribia Vallejos, Petrona Benítez, Pastora Alfonso, Lucia López, Ana Amarilla, Eudenia Quintana, Genoveva Paredes, Felicia Filártiga Gregoria Guerreño, Rosaria Coronel, Josefa Rolón, Dolores Lombardo, Tránsito Ferreira, Dominga Encina.

            El nombre de Elisa Alicia Lynch está también ligado a los Hospitales y a la atención de enfermos y heridos durante la Guerra.      Madame Lynch los visitaba y les prodigaba los cuidados en Paso Pucú y en los Hospitales de Asunción. En abril del 66 hizo adquirir en Villa Rica 96 ollas para los Hospitales del Ejército. Cuando la peste asoló a nuestro ejército en Paso Gómez y Paso Pucú había pedido de su propio peculio productos farmacéuticos y telas para el ejército, que llegaron por un barco italiano a Villeta recién cuando las tropas del Mariscal trabajaban febrilmente en los defensas de Pikysyry. También durante la peste solicitó a la Fundición de Ybycuí cien ollas para cocinar los alimentos de los enfermos de Paso Pucú.

 

            V. EDUCACION SANITARIA Y OTRAS MEDIDAS.

           

            En el campo de lo que hoy llamamos Educación Sanitaria, también había ya realizaciones desde la época de Don Carlos A. López. Así por ejemplo, en diversos números de los años 1854 y 1855 de El Paraguayo independiente aparecen instrucciones para tratamiento de mordeduras de víboras, sobre picaduras de arañas, moscas mosquitos, tábanos y otros insectos.        También notas sobre inoculación lactovariólica recomendando su generalización; notas sobre pústulas malignas, carbunclo maligno, mancha maligna; mordeduras de animales rabiosos; y en diversos números de El Semanario de 1859 a 1864: enfermedades de cambio de estación; sobre vacuna y viruela; lesiones producidas por cuerpos puntiagudos, como espinas, astillas, etc., de cómo se prepara la manteca (mismo número y siguiente); tisis pulmonar y las afecciones del pecho; alimentos; preparación culinaria del maíz; hechos científicos e industriales; instituciones útiles de Previsión Social; sobre yerba mate o té del Paraguay; sobre las virtudes del alcanfor; sobre piscicultura y su utilidad, remedios contra la gota; cicatrización de las heridas; aplicación de carbonatos de cal en polvo, método del Dr. Mauricio Guyon, de Ussel; etc.

 

            MEDIDAS PREVENTIVAS CONTRA PESTES

 

            Por aquella época ya se comenzaba a tomar medidas preventivas contra la importación de pestes desde los países vecinos.

            Por causa de una epidemia de fiebre amarilla en el Brasil, el Cónsul paraguayo en Buenos Aires, según se lee en El Semanario del 18 de abril de 1857, niega carta de sanidad al buque argentino "América del Sur" que llegó a Buenos Aires con bandera del Brasil, para Mato Grosso.

 

            SALUBRIDAD PÚBLICA 

 

            Durante el Gobierno de don Carlos se tomaron también algunas importantes medidas de salubridad. Una de ellas fue la prohibición de la inhumación en las iglesias.

            "El Gobierno proyectó formar un Cementerio General en la Recoleta, fuera de la ciudad y lo ha verificado. Entre tanto, el cementerio de la parroquia de la Encarnación establecido también en la presente administración se ha destinado interinamente para párvulos". En el Mensaje de 1844 relata que este cementerio de párvulos se había suprimido ya en 7-I del 44. En todas las villas y en muchos pueblos de campaña se han establecido cementerios con reglamentos convenientes.

            En El Semanario del 25.VI.1859 leemos: "Salubridad Pública. Es digna de elogio la medida adoptada por el Gobierno y llevada a cabo con tanta actividad, respecto al acueducto subterráneo que se abre en algunas calles de la Capital, que darán curso a las aguas fétidas y pantanosas hacía el río. De este modo se disminuye la humedad de las calles y se coopera en favor de la salud del vecindario". Se tomaron también medidas de lucha contra enfermedades venéreas.

            El 7 de enero de 1855 se toma una medida importante: habiéndose verificado la presencia de muchas mujeres perdidas, introducidas de los partidos (en Asunción), queda privado hasta otra disposición la introducción del sexo expresado en la ciudad, salvo para diligencias en los mercados. (Archivo Nacional de Asunción)

 

            ALIMENTACIÓN Y NUTRICIÓN

 

            El estado de nutrición del pueblo era excelente y así impresionaba a todos los viajeros que por aquí pasaron y después escribieron sobre el Paraguay. La alimentación era buena y variada, a base de carne, gallinas, leche, queso, huevos, maíz, mandioca, chipá, mbeyú, locro y otros variados platos y frutas. La agricultura, bien desarrollada, producía en abundancia lo necesario para nutrirse, se cultivaba mucho maíz, arroz, porotos, garbanzos, trigo, habas y habillas, mandioca, batata, zapallos y andaí, maní, caña dulce, frutas, etc.

            El Dictador Francia había establecido estancias del Estado y fueron fomentadas aún más en época de Don Carlos, llegando a haber 64, fuera de varios puestos, según el Mensaje de 1849, lo que permitía el consumo de carne buena y abundante y en casos de calamidades, como después de pestes y sequías, el reparto de ganado a los que más habían sufrido de dichas calamidades.

            Se cuidaba también el buen estado de los alimentos; así, cierta vez se tomaron medidas policiales para evitar él uso de harina en mal estado, envenenada como decía la noticia, llegada en cargamento de la Argentina (9).

            Durante la guerra, contra la Triple Alianza continuaron publicándose indicaciones útiles para la población en forma de Conocimientos útiles, Instrucciones sanitarias, Instrucciones prácticas, etc. las más importantes de las cuales van citados en el texto de este trabajo.

 

            ASISTENCIA SOCIAL

 

            Hacia el fin de la Guerra y después de ella se tuvo que tomar medidas para asistir a muchas familias y personas sin hogar ni medios, desvalidas y huérfanas, sin trabajo o inhábiles. Es así que se dictaron los tres siguientes Decretos con esos fines:

            Decreto del 30-IX-1869. Visto el estado menesteroso y afligente de muchas familias forzadas a abandonar sus hogares...

            Art. 1.Todas las familias vecinas de la capital que se encontraren sin los medios de subsistencia, y casas donde habitar, se presenten dentro del término de 8 días a la Jefatura Política de la Capital para proporcionarles el transporte necesario hasta la Villa Trinidad, donde se le designará habitación y formas de dedicarse a la labranza con la protección del Gobierno.

            Art. 2.Toda persona que pertenezca a otro vecindario, está obligada a desalojar la ciudad, dentro del término de 15 días, debiendo presentarse al Jefe Político, para expedírsele el correspondiente pasaporte para el partido o punto donde se dirigiere.

            Art. 3. Las personas que por su edad y otros impedimentos legales, no puedan dedicarse al trabajo ocurran a la estación de esta capital, para ser transportadas a un asilo que el Gobierno le señalará en las inmediaciones de la capilla de Luque.

            Decreto del 1º-XII-1869. Se nombra unta Comisión Protectora de los Paraguayos desvalidos y huérfanos, formada por las ciudadanos Wenceslao Velilla, Nicasio Isasi, Gaspar Centurión y se destina la antigua quinta de López 1º en la Trinidad, donde serán recogidos los hombres y mujeres que no tengan abrigo ni medios de subsistencia... Los menores que por su edad no puedan dedicarse a la labranza serán destinados a otra habitación apropiada en las inmediaciones de esta Capital. La Comisión propondrá al Gobierno con urgencia la organización que convenga a uno y otro asilo, sin perder de vista que las casas de educación y trabajo, serán dotadas de un hospital y una farmacia para tratamiento de los enfermos...

            Decreto del 7-III-1870. Considerando que la medida tomada en orden a los establecimientos de los asilos de caridad en favor de las desgraciadas víctimas... que han quedado reducidas a la mayor miseria e inhábiles para buscar la vida con sus propios esfuerzos por diferente causas, siendo la mayor parte de ellas ancianos y niños huérfanos, no puede llevarse a efecto debidamente como son los deseos del Gobierno.   Art. 1. Los Jefes Políticos de cada Departamento ordenarán a sus respectivos empleados que le presenten una lista nominal de las personas que reclaman la piedad pública y otra que contenga los nombres y circunstancias de las familias más acomodadas.

            Art. 2. Presentadas las dos listas ordenadas en Art. anterior, mandarán hacer la entrega de las personas que se encontraren en aquellas condiciones, a las familias que puedan atenderlas una por cada casa.

 

 

 

CAPITULO III

 

LAS EPIDEMIAS

 

            Todos los historiadores, y las Cartas y Diarios de Campaña, Memorias, etc. tanto de paraguayos como de aliados hacen referencias a epidemias que asolaron los ejércitos, y poblaciones del Paraguay y Argentina durante la Guerra contra la Triple Alianza, y a que dichas epidemias causaron gran mortandad y mucho más bajas que las acciones bélicas en sí; Centurión, Thompson, Resquín, Stewart, Río Branco, Cerqueira, Jourdan, Taunay, Palleja, Garmendia, etc. Todos ellos se refieren a repetidas epidemias de viruelas, sarampión, paludismo, diarreas y disenterías, de tifo y cólera.

            Fuentes de datos importantes, del lado Aliado, son dos obras de gente especializada, de médicos: la "Historia médica-quirúrgica de la escuadra brasileña en las Campañas del Uruguay y Paraguay, 1864 a 1869" del Dr. Carlos Federico dos Santos Xavier Azevedo, que fue Cirujano Mayor de la escuadra imperial (10) y "Enfermedades reinantes en la Campaña del Paraguay" tesis del Dr. Lucilo del Castillo, Cirujano del Ejército argentino, publicada en 1870 (18).

            El terreno, el ambiente. Desde comienzos de 1866 hasta mediados del 68 la guerra se desarrolló en el limitado terreno, bajo, pantanoso con muchos esteros y lagunas y fácilmente inundable en épocas de lluvias, del ángulo formado por la conjunción de los ríos Paraguay y Paraná.

            Sobre el terreno en la zona de Itapirú o Paso de Patria y la zona de operaciones vecinas, así se refiere Lucilo del Castillo: "en este país de terrenos tan pantanosos y cubierto de esteros, de aguas estancadas, han sido endémicas las fiebres intermitentes en general, y tomaron más incremento en su desarrollo y propagación desde que empezaron a aglomerarse las tropas en tan pequeño espacio de terrenos, agregando a esto los miasmas mefíticos que complicaban la atmósfera ya enferma".

            "Rodeados de aguas infestadas, la mayor parte de ellos pisando un terreno que vestía humedad, circundados de un sin número de animales que se morían por falta de pastos, grandes montones de osamentas de las carneadas, más tarde después de las primeras batallas, ese mismo estaba sembrado de más de 30.000 cadáveres humanos, una gran parte de ellos insepultos en aquellos puntos que habían sido considerados campo neutral".

            "Es difícil concebir cómo un ejército de 50.000 hombres pueda vivir más de dos años, sin moverse, en un pedazo de tierra reducido entre el estrecho límite de dos leguas de extensión de tierra firme".

            Trataremos de referirnos a cada una de las epidemias, valiéndonos de los datos que pudimos recoger, haciendo un poco de historia previa, porque es necesario recordar que en nuestro país, desde lo más remoto de la Colonia, tuvimos epidemias de cuando en cuando, algunas muy mortíferas, especialmente de viruela, sarampión y paludismo.

            Todos los comentaristas e historiadores están de acuerdo en que en América los indígenas guaraníes, así como otros aborígenes, no conocían ciertas enfermedades como el sarampión y las viruelas, que fueron traídas por los conquistadores españoles y portugueses, arrastrándose rápidamente entre los indios y causando gran mortandad por epidemias que aparecían a intervalos variables...     

            La viruela era la enfermedad que mayores estragos causó en la población aborigen en cualquier parte que haya aparecido, siendo causa de acentuada reducción de la población; siguióle en orden, el sarampión, que en algunas crónicas se cita con el nombre de pústulas menores para diferenciar de las pústulas mayores o viruelas.

 

            I. VIRUELAS

 

            La viruela fue traída a América por los descubridores y conquistadores. Existía en la isla Hispaniola dese 1518 y desde allí fue llevada a México en mayo de 1520 por un grumete o esclavo negro, francisco de Eguia o Guía, que iba en la expedición de Pánfilo de Narváez, punitiva contra Hernán Cortez. Este caso ocasiono un brote epidémico que fue extendiéndose y causó la muerte de unos tres millones y medio de aborígenes.

            El Padre Nicolás del Techo (31) relata que en 1589 invadía la peste el Paraguay, que hacía horrible estragos en los habitantes de Asunción, y que después que ella se hubo cebado en la ciudad se extendió al campo, donde el daña fue mayor; la mortandad fue horrorosa en Villa Rica (la primera, sobre el Huibay) y que saciada la peste en ella y pueblos vecinos, se extendió a los campos.

            El Padre Guevara habla de los horrores de esta cruel peste, que fue extremadamente violenta y que tomó dilatadísimos territorios: Asunción, Guairá, Villa Rica, Xerez. (32)

            Dobrizhoffer relata que fue horrible la epidemia de viruela que en 1734 diezmó a treinta misiones del Paraguay. Dice que murieron 30.000 de la población de 140.000 almas calculada entonces. (33-34)

            El Padre Jesuita Gardiel, recuerda en su Carta-Relación (35) que hacia 1742 fue testigo de dos horribles epidemias cuando servía en Jesús y en San Cosme y Damián, la primera de sarampión y la segunda de viruela; la peste de viruelas fue "tan cruel que en poco tiempo llevaba millares de personas a la sepultura en algunos pueblos".

            En 1765 nueva epidemia de viruela apareció en 32 misiones matando a 12.000 personas.

            Peramás (36) refiere la gravedad de las pestes en los pueblos guaraníes, causa de reducción notable de la población; en 1737 la viruela mató a 30.000 indígenas.

            El 21 de junio de 1736 se notifica a los pilotos de embarcaciones que llegan del Sur a Asunción, que está prohibido desembarcar a las personas para evitar el contagio de viruelas que ataca a las Provincias del Sur (Corrientes); las personas deben desembarcar en la otra banda frente a esta ciudad donde se mantengan hasta otra orden. (37)

            En la segunda mitad del siglo XVIII ya se usaba en alguna parte de América la  variolización, es decir, la inoculación en una persona sana del pus de viruela de otra persona enferma (por ej. los misioneros ya usaban en indios en el Brasil, según relata de la Condamine).

            El 7 de julio de 1797 se publican en Asunción instrucciones por el Dr. Buchan para inoculación de las viruelas, para ser seguidas en los pueblos de indios de esta Provincia del Paraguay. (38) La inoculación ocasiona una leve enfermedad de viruelas y previene contra la infección natural que es grave y muchas veces mortal.

            Esté método venía de los chinos; Lady Montagú, esposa del embajador inglés en Costantinopla lo aplicó en sus hijos en 1718 y llevó la novedad a Inglaterra extendiéndose su uso (25).

            El médico inglés Edward Jenner descubre el método moderno de la vacunación antivariólica en 1796; en 1798 publica su experiencia y el método se generalizó rápidamente. La vacuna es traída a América por el sistema de pasaje de brazo a brazo y bajo el gobierno de Lázaro de Ribera es enviado de Asunción el médico paraguayo Teniente de Protomédico don Antonio Cruz Fernández para traer la vacuna; llevando consigo 14 niños para venir haciendo el pasaje de brazo en brazo desde Buenos Aires.

            El 20 de Febrero de 1806 se expide una Circular del Gobernador Velazco a los pueblos de Misiones sobre propagación de la vacuna. (39)

            Las crónicas registran una grande epidemia de viruela en nuestro país en 1844, a que hace referencia Don Carlos A. López en su mensaje del 12 III. de ese año.

            Sobre esta epidemia hay otra referencia posterior. El Dr. Miguel Gallegos en su tesis sobre "La Escarlatina en el Paraguay", 1879 (40), relata que a una consulta hecha por él al Dr. Stewart, le cuenta éste en carta del 21-XII-1878 que según personas de crédito hubo en el Paraguay en 1844 una epidemia desastrosa de viruela y otra de escarlatina y que ésta apareció primero en Villeta y luego se propagó. Y en 1853 aparece otra epidemia de viruela, en Villa del Pilar y Paso de Patria, a que Don Carlos hace referencia en su Mensaje del 14-III-1854. (Esta epidemia "no ha dado mayor cuidado y declinó prontamente...; mucha se debe a la administración de vacuna que se ha establecido en la Capital, y se ha comunicado a todo el país, propagándose de brazo en brazo".

            En el Semanario del 5-XI-1853 aparece un "aviso importante" por el que se anuncia que el Gobierno de la República mandó establecer una Administración de Vacuna para la población a cargo del paraguayo profesor de medicina y cirugía Dr. Luis Cálcena Echeverría, en la casa del Estado N° 61 de la calle independencia Nacional, en vista de la peste de viruela que había llegado por las fronteras del Paraguay hasta la Capital.

            En Noviembre y Diciembre de 1862 el Ministro de Gobierno pasa una circular a los jueces de Campaña transmitiendo la orden del Presidente de la República de vacunar a niños y adultos de sus jurisdicciones.

            Durante la guerra contra la Triple Alianza hubo epidemias de viruela en diversas oportunidades, en Corrientes durante la Campaña de la División del Sur y luego durante la campaña en nuestro territorio, como la de 1866 cuando estábamos al Norte del Estero Bellaco. Esta epidemia de viruela mató a la niña Avelina Costanza de ocho años de edad, hija del Mariscal López y de Juana Pessoa. Durante esta epidemia en Pilar (Mayo del 66) actuó para dominarla el Dr. Rhynd, que servía en el Hospital local.

            En Marzo del 66 la Sanidad del Ejército dispuso que el Dr. Fox fabrique vacuna antivariólica en gran cantidad; se pone a sus órdenes los Practicantes del Hospital de Asunción y a su disposición las vacas lecheras de las estancias de Yvyraí, Potrero Occidental y Surubí.

            A raíz de la epidemia de viruela, se publica por Imprenta Nacional el 22 de Octubre de 1866 una hoja "INSTRUCCION". Para los Empleados de Campaña sobre el régimen a observarse en la epidemia de viruela según algunos casos, particularmente en la actualidad en que se carece de la vacuna". Se recomendará por la autoridad respectiva a las personas idóneas o de ejercicio diario en ordeñar las vacas, el cuidado de observar en el pezón o ubre de ellas si aparece el grano conocido con el nombre de vacuna; y en este caso, si pareciese estar en sazón, recojan ese pus con prolijidad, si es posible entre dos vidriecitos, para que en llegando la necesidad de usarlo, se aplique a las personas que se trata de preservar del mal, con arreglo a las instrucciones...

            Se prohíbe inocular el pus de viruela de otra persona sin intervención de un facultativo.... Solamente se puede inocular el pus proveniente de persona en la que brotó la vacuna o humor sacado de la vaca... Se recomienda reservar en las casas una habitación separada donde asistir al o a los enfermos de viruela....           prohibiendo que la jente entre..... para evitar el contagio... La habitación debe mantenerse ventilada.... abrir las puertas y ventanas para mover el aire dos veces al día.... poniendo el enfermo a un lado del aposento.... Es conveniente purgar 2-3 días antes a la persona antes de la inoculación y después de esta mantenerlo con cocimiento de cebada, achicoria y gramilla y otros refrigerantes y diluentes y mientras dure la fiebre aplicar diariamente una lavativa de mañana y otra de tarde, de cocimiento de malvas blancas con un poco de sal común y 1-2 cucharadas de vinagre fuerte, según fuere la porción. Asunción Octubre 22 de 1866.

            Por su parte Santos Xavier Azevedo refiere en su Historia Médico-Quirúrgica (10), que la Viruela rompió la marcha de las enfermedades en campaña y produjo gran mortandad, así como en ciudades del litoral del Paraná desde Buenos Aires. Los brasileños instalaron un Instituto de Vacunación en Corrientes.

 

            II. SARAMPION

 

            Epidemias de sarampión también tuvimos siempre aunque con menos frecuencia. Ya referimos que el Padre Jesuita Gardiel recuerda en su Carta-Relación que hacia 1742 fue testigo de dos horribles epidemias cuando servía en Jesús y en San Cosme y Damián, una de sarampión y otra viruela.

            Peramás refiere la peste de pústulas menores o sarampión que junto con las de viruelas redujeron mucho la población indígena.

            Hubo epidemia de sarampión en 1865 entre nuestras tropas durante la Campana de Corrientes, cuando se encontraban en Bella Vista, Provincia de Corrientes, y en el mismo año, en Humaitá (Thompson).

            El sarampión "se desarrolló en gran escala en los paraguayos que se rindieron en Uruguayana y en los soldados del ejército que estaban entregados a los cuidados de nuestros colegas. Ninguna complicación o accidentes se mostró durante el tratamiento, que fue simple", Xavier Azevedo.

            Apareció de nuevo en menor escala entre nuestras tropas y las enemigas en Abril del 67 cuando la epidemia de cólera (Rodrigues da Silva. Recordaciones. (47)

            En Septiembre de 1865 apareció en Asunción una peste de sarampión (El Semanario 2-IX-65). El Dr. Fox, Cirujano del Hospital Militar tomó medidas haciendo retirar a las poblaciones del Pilcomayo los enfermos para ser atendidos allí con el esmero que requiere este mal. Las continuas variaciones de temperatura, comenta el periódico, porque atravesamos en esta estación, es sin duda, lo que contribuye para la aparición tan importante del sarampión.

            Durante esta epidemia se anuncia en El Semanario (28-X-1865) una receta fácil "del antiguo profesor en el arte de curar don Juan Vicente Estigarribia", receta que se manda imprimir y repartir gratis.

 

            III. PALUDISMO

 

            Las fiebres miasmáticas o palúdicas o intermitentes ya eran conocidas por los guaraníes, quienes sabían que eran más graves y se extendían más en las épocas de crecientes de los ríos (de Diciembre a Abril) especialmente en las zonas bajas de lagunas y pantanos o fácilmente inundables. Los aborígenes conocían la enfermedad y como librarse de ella, usaban repelentes contra las picaduras de los mosquitos e insectos en general, especialmente a base de urukú y conocían las propiedades medicinales de plantas contra las fiebres intermitentes. Estas cobraron muchas víctimas entre los conquistadores y europeos que vinieron a América.

            Desde época muy temprana de la Conquista tenemos referencias sobre estas fiebres. Cuando en Noviembre de 1543 Alvar Núñez realizó su expedición hasta el Perú desde Puerto de los Reyes, entrando en el Chaco solamente un corto trayecto pues estaba inundado, a su vuelta sus hombres fueron tomados por una epidemia de fiebre palúdica (miasmas y fiebres) durante su permanencia de tres meses en el lugar, coincidente con creciente, calores y proliferación de mosquitos. Cuando se retiró de Puerto de los Reyes a fines de Marzo de 1544 trajo consigo la enfermedad y llegó a Asunción en muy precario estado. A esta expedición y las enfermedades sufridas hace referencia el Padre Antonio D'Escalera en su Carta dirigida desde Asunción el 25-IV-1556 a su Majestad. (41)

            El paludismo es endémico en nuestro país desde aquellas remotas épocas, así como en toda América, y durante la Guerra contra la Triple Alianza tuvimos algunos brotes endémicos tanto entre nuestras tropas y población como entre las del enemigo, y a estos hacen referencia la mayoría de los cronistas e historiadores de esa Guerra; fue de mayor intensidad cuando se combatía en la región del Ñeembucú, en el ángulo formado por el Paraguay y el Paraná, de tierras bajas, llena de esteros, bañados y lagunas y casi siempre inundadas en épocas de lluvias y crecientes.

            Sobre las fiebres intermitentes, así se refiere del Castillo: "al día siguiente de haber acampado el ejército aliado en los campos de Itapirú apareció súbitamente en los batallones un sinnúmero de enfermos de fiebre intermitente, sorprendiendo a todo el mundo la rapidez con que empezó a desarrollarse, dominando, por lo general, una y dos terceras partes de cada cuerpo".

            Ya citamos lo que sobre el ambiente y el terreno refiere a este mismo autor.

            Fue tan considerable el número de enfermos, que en el Hospital sólo se internaron los más graves, acumulándose  más de 800 pacientes, siendo los demás tratados en sus respectivos cuerpos.

            La disentería vino luego a agregarse complicando el cuadro.

            Las formas clínicas más comunes de las fiebres intermitentes fueron la terciana y la cotidiana. El tratamiento era a base de sulfato de quinina, y cuando ésta faltó, con purgantes y vomitivos, dieta severa, bebidas aciduladas y atemperantes de toda especie, infusiones calientes y diaforéticas en el período del frio, ponches de cogñac y aguardiente. El sulfato de quinina se daba un escrúpulo en dos días.

            Son interesantes las medidas profilácticas que se tomaban; cuando faltaba la quinina se hacía marchar a los soldados con todo el equipo y realizar ejercicios forzados y prolongados, hasta producir cansancio y fatiga, se los hacía acostar y favorecer la transpiración con infusiones calientes de té, tilo, etc.

            La fiebre palustre "parecía absorber la patología del clima del Paraguay. Las fiebres intermitentes, reconocidas como endémicas, y denominadas chucho en éste país, se manifestaron de diferentes tipos". Se trató con sulfato y valerianato de quinina en altas dosis. Xavier Azevedo.

            Palleja se refiere en su Diario al estado sanitario del ejército aliado después del 2 de Mayo del 66: "el chucho cunde cada día más; hay más de mil personas en el campo atacadas de esa dolencia; no es mortal, pero mortifica sobre manera hasta conseguir desterrarla. El empleo de la quinina es eficaz; en ocho o diez días queda sano el paciente. Los paraguayos dicen que la curan entrando al agua al sentir los escalofríos; entre nosotros, nadie ha querido ensayar la eficacia de este remedio''.

 

            IV. DIARREAS y DISENTERIAS.

 

            Antes de la Guerra las diarreas y disenterías eran poco frecuentes en forma de epidemias. Pero hubo una importante epidemia de disentería recordada por los historiadores; es la que apareció en 1846 en el Campamento de Cerrito (cuando la alianza con Corrientes contra Rosas) durante la cual tuvo destacada actuación el médico francés Dr. L. Alfred Demersay, quien aconsejó al entonces General Francisco Solano López mudar el Campamento a otro lugar pues el sitio actual no era apto, el agua no era buena y toda la tropa estaba contaminada.

            Durante la Guerra hubo varias epidemias de diarreas y disenterías relatadas por los historiadores, diezmando las tropas y la población. Lucilo del Castillo refiere en su Tesis (18) que la disentería apareció primero entre los prisioneros de Yataí (Agosto de 1865) y se expandió después de Uruguayana (septiembre) al ejército argentino (y al brasileño). Cuenta éste autor que los prisioneros paraguayos fueron diezmados por la disentería.

            El tifo se notó en mayor escala entre los prisioneros paraguayos de Uruguayana, sucumbiendo algunos. Se observaron muchos casos en hospitales de Buenos Aires, Corrientes, Uruguayana y Humaitá haciendo muchas víctimas. La enfermedad apareció de nuevo entre las tropas argentinas en Curuzú y después en Curupayty.

            Veamos algunas referencias de historiadores sobre las enfermedades que estamos citando.

            El coronel Thompson refiere que la división del Sur que actuó en Corrientes sufrió mucho de sarampión, diarreas y disentería, que causaron muchas muertes (si bien que las cifras que da parecen exageradas). "Los que morían eran generalmente los reclutas, pues los veteranos resistían mejor. Desde el principio del reclutamiento las diarreas y la disentería no habían cesado de hacer grandes estragos. Estas enfermedades eran causadas principalmente por el cambio total de alimentos y reinaron durante toda la guerra con mayor o menor intensidad. Hubo también epidemias de viruela y sarampión tanto en el Paraguay como en Corrientes, que arrebataron millares de hombres, dejando a otros tantos en un estado de extenuación (42).

            Según Centurión las enfermedades reinantes en la división del Sur en Corrientes "desde el comienzo hasta el fin, con más o menos intensidad, eran la diarrea y la disentería. Ellas eran debidas al cambio de alimentación y de las aguas. Pero lo que causó mayor estrago en Humaitá, meses antes de nuestro regreso, fue el sarampión acompañado de diarrea. El ejército, cuando el mal llegó a su mayor desarrollo, no se ocupaba de otra cosa que de enterrar los muertos. Sin embargo, cuando nosotros vinimos de Corrientes, ya la epidemia había declinado". Refiere Centurión que el mismo cayó enfermo de la peste reinante en Noviembre de 1865 en Humaitá, la disentería.         

            Más tarde, en todos los campamentos se notó la presencia de pequeñas o grandes epidemias, especialmente entre los reclutas recién llegados. "El cambio de alimentación y de agua produjo en mi sus efectos: en consecuencia caí enfermo de la peste reinante a mediados de Noviembre de 1865 (estaba en Humaitá)". Refiere luego que habiéndose agravado su estado, los médicos dieron por perdido su caso y le autorizaron a comer lo que quisiese; pidió sandía y se sintió mejor y continuó comiendo sandía en raciones mayores los siguientes días hasta curar. Y, caso increíble, a pesar de ser una fruta tan indigesta, con ella me puse bueno. Desde entonces se generalizó entre nuestro ejército el uso de la sandía en el tratamiento de las diarreas". (43).

            Es interesante recalcar que todos los autores que a diarreas y disentería se refirieron culparon al cambio de alimentación y al agua esas enfermedades. El mismo Centurión dice en otra parte de sus Memorias: "después de la batalla del 24 de Mayo de 1866, con el Cuartel General en Paso Pucú, López reorganizó el ejército e hizo traer reclutas de Asunción, Cerro León, Encarnación y Paso Tebicuary y además 6.000 esclavos (deben ser peones) de las estancias del Estado y establecimientos particulares, pero muy luego acabaron de enfermarse por el cambio de agua y alimentación". (43. T-II-126)

            También el Dr. Guillermo Stewart, Director de nuestra Sanidad Militar, dice en sus Memorias que la principal causa de muerte en nuestro ejército fue el cambio de alimentación, ya que los soldados, que en sus casas estaban acostumbrados a comer los productos de sus chacras, al llegar a los campamentos pasaban a comer casi exclusivamente carne. Para paliar esto, y como se preveía un largo estacionamiento en Paso de Patria, el Mariscal ordenó que se cultivara intensamente los productos comunes de nuestra agricultura para alimentación de las tropas (44).

            Ya referimos lo que Lucilo del Castillo decía sobre el ambiente o el terreno de la zona de Itapirú o Paso de Patria de aguas infestadas, osamentas de animales, cadáveres insepultos y 50.000 combatientes hacinados, aguas infestadas, la mayor parte de ellos pisando un terreno que vertía humedad, circundados de un sin número de animales que se morían por falta de pastos, grandes montones de osamentas de las carneadas, más tarde después de las primeras batallas, ese mismo estaba sembrado de más de 30.000 cadáveres humanos, una gran parte de ellos insepultos en aquellos puntos que habían sido considerados campo neutral...". "Es difícil concebir como un ejército de 50.000 hombres pueda vivir más de dos años, sin moverse, en un pedazo de tierra reducido entre el estrecho limite de dos leguas de extensión de piso firme".

            Siguiendo con éste mismo autor argentino:

            "la disentería fue la primera enfermedad que se desarrolló en el ejército bajo un carácter epidémico, con síntomas gravísimos y ocasionando estragos principalmente en los prisioneros de Yatay y Uruguayana".

            "Al día siguiente de la batalla de Yatay en el Paso de los Libres, 17 de Agosto de 1865 el gran número de heridos argentinos, orientales y paraguayos hizo que en aquel pueblo que poco tiempo hacia era abandonado por sus habitantes, se improvisaron hospitales en las habitaciones más espaciosas".

            Después de la rendición de Uruguayana "fue cuando la división prisionera en la Uruguayana comunicó el contagio de la disentería a nuestro ejército, generalizándose esta enfermedad de un modo rápido y violento, con un carácter epidémico y síntomas intensos de suma gravedad... diezmando principalmente los soldados paraguayos que se encontraban en condiciones lastimosas por los sufrimientos y privaciones de todo género en el estrecho límite a que habían sido reducidos por el sitio de nuestras fuerzas... Encerrados la mayor parte de los soldados en habitaciones cubiertas de inmundicias, hacinados en un gran número en pequeños departamentos, acosados por la miseria y el hambre, rodeados de animales muertos en estado de putrefacción que infestaban la atmósfera que tenían que respirar aquellos individuos, y habiendo sufrido las peripecias de la campaña y las calamidades del sitio, las condiciones higiénicas eran lo peor que podía imaginarse".

            La segunda epidemia de disentería apareció en Curuzú, antes de Curupayty, debido, dice, a la alimentación extraña: carne salada... "agregando a esto el terreno pantanoso en que estábamos acampados, la estrechez del parage limitado por el río Paraguay por un lado y por esteros inconmensurables por el otro... Aquí no fue tan violenta la enfermedad, porque bien pronto empezamos a tener carne fresca, arroz, fariña y galleta... Muy pocas víctimas tuvimos"

            El cuadro clínico de la disentería, según los datos recogidos por Del Castillo eran: pródromos, cefalalgia, escalofríos,aversion a los alimentos, vómitos, fiebre; signos de estado: diarrea frecuente, mucosa con sangre, ardor anal, fuerte tenesmo, retorcijones, deseos de deponer a cada instante: después las cámaras se hacían más frecuentes, con retorcijones más violentos, pujo considerable, 20, 30, 50 y más deposiciones en 24 horas, a veces biliosas, con copos de membranas; más tarde venían mezcladas con pus, tomando olor hediondo; siempre los tenesmos; también desmayos, temblores en las extremidades, etc. Sed devoradora, piel seca y caliente. La enfermedad duraba, en su forma benigna de 4 a 8 días, y en las formas graves de 20 a 30 días, siendo la duración media de una a tres semanas.

            El tratamiento en los casos esporádicos "dieta, cocimiento blanco de Sydenham, sólo o asociado al láudano, a las bebidas mucilaginosas, a las lavativas con almidón laudanizadas y cataplasmas sobre el vientre rociadas con láudano". En las epidemias: "si el pulso era fuerte, el enfermo joven y robusto y el estado general era febril e intenso, empleábamos el tratamiento por la sangría general y sé aplicaban sanguijuelas cuando las había, al vientre y al ano, usando enseguida las bebidas mucilaginosas. Si disminuían los síntomas de reacción, se administraba la ipecacuana asociada al opio, el cocimiento de simaruba, de ratania o su extracto, el ácido tánico, la cáscara de granada, las lavativas de almidón con láudano y de nitrato de plata cristalizado''.

            Hace luego referencia a un tratamiento preconizado por el Dr. Molinas, Cirujano Principal del Ejército, en los casos más graves y que dio magníficos resultados: enemas de tres onzas de agua en que se disolvió un escrúpulo de ioduro de potasio y otro de tintura de iodo; agregando cataplasmas laudanizadas, bebidas amíláceas y preparaciones de ipecacuana y de opio.

            El coronel oriental León Palleja en su Diario de Campaña también se refirió a las enfermedades reinantes: "estamos llenándonos de enfermos de la fiebre intermitente y de pujos de sangre; ambas enfermedades postran a los hombres en tres días, y eso que todavía no ha llegado la sazón de las lluvias; que será el día que éstas lleguen?". (45).

            Y más adelante acota: una nueva calamidad aparece ahora; tenemos la viruela, y de la mala, en nuestros hospitales de Paso de la Patria, y bastantes tifoideos: esto nos causa más pavor que las bombas y los gritos de los paraguayos. Dios nos preserve de ella y haga que salgamos cuanto antes a lugar más holgado y más excento de inmundicias y podredumbres que éste en que estamos reducidos". (45).

            El general brasileño Rodrigues da Silva refiere en sus Recordaciones, que después de la batalla del 24 de Mayo, en Tuyutí, apareció una epidemia de disentería, y como esta se atribuía a la distribución de la carne para consumo, inmediatamente de abatido el ganado, se resuelve hacer el abate horas antes, para evitar el mal, y la epidemia cesa. Refiere luego que más tarde aparece el cólera morbus, viruela, tifus, sarampión, todo al mismo tiempo. (47).

            Cuadros de enteritis, gastritis, gastroenteritis, enterocolitis, se desarrollaron con intensidad desde Abril de 1867 en hospitales y navíos. También se observaron casos de escorbuto.

 

            V. EL COLERA

 

            Es enfermedad aguda, generalmente epidémica, causada por el Vibrio cholerae; ha tomado muchas veces la forma de pandemia, causando gran mortandad en todas partes.

            El cuadro clínico se caracteriza por diarrea profusa, vómitos, calambres musculares, oliguria, colapso, etc.

            Es enfermedad conocida desde remota antigüedad. Tusídides (siglo V antes de Cristo) describe una enfermedad epidémica con síntomas análogos, entre los atenienses, habiendo enfermado él mismo; ésta epidemia causó gran mortandad.

            Susruta describe la enfermedad en la India, en el siglo VII D. C. En éste país el mal es conocido desde remota antigüedad siendo endémica en el delta del Ganges desde donde cada tanto se extiende en forma epidémica a otros países del Asia; se extendió también en varias oportunidades por todo el mundo en forma de pandemia, especialmente después de los grandes descubrimientos y de las nuevas rutas marítimas, siguiendo las rutas de naves comerciales; las peregrinaciones no fueron ajenas a la diseminación de la enfermedad.

            Refiriéndonos a lo más reciente diremos que en el siglo XIX se conocieron cinco pandemias originadas en la India:

            en 1817 se extendió a todo el Asia;

            en 1826 desde la India siguió por Persia, Rusia, alcanzó Suecia, el norte de Europa e Inglaterra;

            en 1830/32 una terrible epidemia invadió toda Europa y alcanzó Canadá y el noreste de los Estados Unidos y hacia 1836 tomó prácticamente todo este país;

            en 1846 hasta 1862 se observó otra pandemia que partiendo de la India siguió por tierra por Persia y Rusia por el camino de las caravanas, y por mar con los peregrinos a la Meca, pasando a Egipto y Turquía Europea. Llegó a los Estados Unidos en 1848 por N. Orleans y siguió por el valle del Mississipi, llegando también a Centro y Sud América y a las Indias Occidentales. En 1855 alcanzó al Brasil donde reinó como epidemia hasta 1857 entrando por Pará, para luego propagarse a lo largo de la costa marítima a Río Grande, Sergife, Bahía, Río de Janeiro y extenderse después a todo el Brasil durante los años de 1855 y 1856, causando cerca de 200.000 muertos. Quedó después en forma endémica en el país.

            La cuarta pandemia se produjo en 1863 a 1875 invadiendo Europa por las rutas habituales, alcanzando también a América del Norte y del Sur.

            La quinta se produjo saliendo de India en 1879, pasó por Egipto y llegó a Europa en 1883 asentando especialmente en países de la cuenca del Mediterráneo. Es entonces que Koch en 1883, estando en Egipto, descubre el agente del cólera, una bacteria, el Vibrio comma o V. cholerae o Sperillum cholerae.

            En este siglo hubo también una gran pandem a que empezando en la India en 1802 se extendió por toda Asia y tomó Europa entre 1808 y 1810.

            El reservorio del cólera es la India, especialmente el delta del Ganges y el bajo Bengala. Pero hay otras focos en Burma, Siam, China (especialmente el valle del Yuan), Indochina y Filipinas.

            La transmisión se hace principalmente por el agua y los alimentos y también por insectos portadores. Generalmente la epidemia se presenta después de las fuertes lluvias y el máximo de incidencia se produce en los meses secos y calientes cuando hay poca agua de bebida y ella está más contaminada.

            El inglés John Snow (1813-58) fue el primero en demostrar que el cólera se transmite por el agua y pudo vencer la epidemia de Londres de 1854. (Castiglione 25).   En la primera Conferencia Internacional Sanitaria reunida en París en 1851 los países de Europa resolvieron aplicar medidas comunes de cuarentena contra la diseminación de la peste bubónica, el cólera y la fiebre amarilla. Y en 1874 Pettenkofer representante de Alemania en la Conferencia Internacional Sanitaria de ese año defendió la necesidad de la cuarentena para los viajeros que venían de Oriente donde son endémicos el cólera y la peste. Recién en 1884 el sabio prusiano Robert Koch descubriría el agente causal en las heces de coléricos, el vibrión colérico.

 

            EL COLERA ENTRE LOS ALIADOS

 

            Cuando, la guerra contra la Triple Alianza, el cólera vino del Brasil y según relatan los historiadores brasileños Río Blanco, Jourdan, Borman, Fragoso y otros, apareció en un transporte que traía tropas desde Río de Janeiro al teatro de operaciones hasta Corrientes y cuyo Capitán murió al llegar el barco a Goya. Como dijimos al comienzo, los primeros casos aparecieron en Itapirú y Paso de Patria el 26 de Marzo de 1867, en Corrientes el 29, y en la escuadra imperial el 7 de Abril, propagándose después a todas las posiciones aliadas. Para entonces la peste reinaba ya en Montevideo, Buenos Aires, Rosario, Paraná, Santa Fe, Córdoba y otras ciudades.

            La epidemia se propagó rápidamente entre las tropas brasileñas y aliadas y tomó los campamentos brasileños de Curuzú, donde según Thompson, hubo 4.000 enfermos de los cuales murieron 2.400, inclusive 47 oficiales, y de Tuyutí donde enfermaron 13.000; según Centurión (Memorias II,255) hubo 11.000 atacados. El campamento de Curuzú fue evacuado el 29 de Mayo por causa de la gran mortandad por el cólera según Taso Tragoso. La peste duró dos meses y medio en el ejército aliado y mató a mucha gente. (13)

            Es interesante relatar las medidas tomadas por los médicos aliados para luchar contra el mal: doblaron la ración de café y de aguardiente (se creía entonces que el alcohol era un profiláctico) y se trató, en lo posible, de aislar los enfermos; pero ninguna medida fue capaz de detener la propagación del mal.

            Dice Río Branco: "de todas las medidas se mofó el cólera, de los hospitales se propagó al ejército y, en menos de 40 días, solamente en el 2° Cuerpo, donde se mostró más violento, postró a más de la tercera parte de la fuerza, y lanzó a la sepultura a cerca de mil cadáveres, siendo acometidos de preferencia aquellos individuos que fueron dados de baja de los hospitales por otras molestias.

            Fueron puestas en práctica las medidas aconsejadas por la ciencia: se dobló la ración de café y de aguardiente a la tropa, a ser distribuida de mañana antes de la diana, y de noche antes del toque de queda; se construyeron galpones en las proximidades de los campamentos, en lugares en que suponía ser el aire más puro, y en ellos fueron tratados los coléricos, evitándose así su transporte a hospitales distantes, pues casi la mitad de ellos llegaba a punto de morir; se debe seguramente a esta medida la salvación de muchos atacados. Se hizo en fin todo cuanto humanamente era posible para debelar tan cruel calamidad que, habiendo hasta el 20 de Abril disminuido en los hospitales de Corrientes, Cerrito e Itapirú, había recrudecido con fuerza en los dos cuerpos de ejército, especialmente en el 2°, subiendo hasta esa fecha el número de víctima a 1.500, inclusive muchos oficiales, elevándose después este número a más de 2.000, de 4.000 atacados por el mal. Las frecuentes y sucesivas lluvias, a más de inundar los campos, contribuyeron mucho para el aumento de la epidemia, y continuando después de eso, y sin disminución, las fiebres intermitentes".

            Cerqueira refiere que "el terrible flagelo de los ejércitos mataba a ciegas y cada vez más. Los médicos aconsejaron el alcohol como profiláctico. Los barracones de comercio se llenaron de vinos y bebidas de todas las marcas y calidades, cada cual más falsificado y dañino. Los ofíciales comenzaron a sacrificar mucho a Baco. Felizmente fueron pocos, y algunos se cohibieron más tarde de tanto celo y devoción. Se continuaba sin embargo a beber agua de pozos superficiales cavados en el arenal; agua poluida por la vecindad de cadáveres, amarillenta y espesa... "constaba que el Marqués (se refiere a Caxías) bebía agua de la Carioca, que le mandaban de Río en pipas. El mejor pozo de Tuyutí era el del coronel Carlos Bethbezé de Oliveira Neri, un hidalgo. Era profundo...". (15).

            Jourdan, miembro de la Comisión de Ingenieros en campaña, que prestaba servicio en el 2º cuerpo del ejército brasileño refiere: "se abre para el ejército una terrible época; aparece el cólera en nuestros campamentos: en Paso de Patria, en Tuyutí, en Cerrito hace muchas víctimas; pero es en Curuzú donde más nos abate el flagelo. Es difícil, si no imposible describir tales horrores. Un campamento apretado, en terrenos pantanosos, colocado entre el río y una laguna, las exhalaciones pútridas de tantos cadáveres, 10.000 hombres, en fin, sin contar el comercio, y todo cuanto acompaña a un campamento, hicieron de Curuzú un lugar pestilente y de terribles recordaciones para los pocos que sobrevivieron a tantos sufrimientos: los combates, bombardeos diarios, fiebres intermitentes y palúdicas y en fin, el cólera... Hasta el Viernes Santo el flagelo iba en aumento, cortando diariamente 150 y más vidas... Más de 4.000 víctimas dejaron un terrible claro en nuestras filas". (16).

            Sobre lo que acontecía en el campo aliado se ocupaba El Semanario (correspondencia de Paso Pucú del 20-IV-1867): "Han venido llegando seis argentinos... No acaban de ponderar la gran miseria que están sufriendo no sólo por el hambre, la desnudez y los rigores a que están expuestos, como por la gran pestilencia que reina en todo el ejército aliado, y que está desgranando sus mejores tropas. No es solo el testimonio de los pasados lo que nos suministra esta verdad: estamos viendo la gran dedicación que tienen en sus cementerios, donde pasan todo el día enterrando sus muertos, y en Curuzú contamos hasta el número de cadáveres que llevan a enterrar, no bajando en sólo este segundo cuerpo de cien muertos diarios, muchos oficiales y jefes, que se distinguen por su acompañamiento, de manera que la procesión del campamento al sepulcro es constante y es el único movimiento que se nota entre ellos".

            Y en correspondencia del 27 de Abril: "El asunto corriente en el Ejército aliado es la terrible epidemia que lo devora; guerra a muerte que está dejando desiertos sus campamentos.... Curusú siendo una estrecha lengua de tierra, rodeada de pantanos, reúne las condiciones menos favorables de salubridad, y es según vemos el punto más atacado por el mal. Allí no se ve otra ocupación que el enterramiento de cadáveres... Cuentan que lo menos que mueren en el Ejército Argentino, es ocho de cada Batallón por día, siendo muy superior, en el brasilero, donde los casos se multiplican....

            Tan luego que tuvimos conocimiento de lo que estaba sucediendo en el campo enemigo se tomaron en el nuestro grandisimas precauciones, porque la promiscuidad en que se hallan ambos campamentos podía ser favorable al enemigo. Es cierto que las localidades que ocupan nuestro campo son excelentes: expuestas a una santa ventilación, reúne todas las condiciones de salubridad. Los cuarteles son espaciosos, están repartidos en un      vasto perímetro. Y los hospitales convenientemente colocados, todo esto es garantía para la buena salud del Ejército, pero a pesar de eso se ha cuidado extraordinariamente la limpieza de todo el campo, que es lo principal en estos casos de epidemia".

            Sobre el cólera dice del Castillo "es la enfermedad que más conmovió al ejército haciendo dolorosos estragos en sus filas. El año 1867 el ejército aliado se hallaba situado en los campos de Tuyutí, gozando en aquella época de la mejor salud, cuando el día 4 de Abril del mismo, una noticia alarmante se empezó a divulgar en nuestras filas, diciéndose que el cólera morbus se había desarrollado en la ciudad de Corrientes, bajo un carácter epidémico y haciendo estragos en los habitantes de aquella población. Este, según datos más aproximados, había sido importado por un buque procedente del Brasil en el que al arribar al puerto de Goya había perecido uno de los capitanes, siguiendo el buque su viaje hasta Corrientes, donde llevó el flagelo que transmitió inmediatamente al ejército a causa de las íntimas relaciones en que estaba en Corrientes, por ser allí donde se proveían los aliados de todos los medios de subsistencia.

            De Corrientes pasó a Itapirú donde el 10 de Abril apareció un caso en hospitales argentinos y 5 casos en los brasileños, la peste, que duró hasta fines de Mayo, se propagó con rapidez asombrosa a las tropas, atacando especialmente a enfermos que estaban en los hospitales, afectados de otras enfermedades.

            Inmediatamente se tomaron medidas de higiene colectiva y dietética; se proveyó ración de café y caña para tomar de mañana al levantarse, se prohibió exceso de vino y consumo de licores y se suspendió el comercio de frutas.

            Los síntomas del mal eran: náuseas, vómitos, diarrea, serosa blanca con capas albuminosas, dolores epigástricos atroces y calambres de los músculos abdominales, y después, de las extremidades; sed devoradora. Había casos graves, fulminantes que iban a la muerte en pocas horas.

            Las causas del cólera eran, según el parecer de Del Castillo: miserias, privaciones, hacinamiento, terreno cenagoso, con esteros y bañados, aguas corrompidas "atmósfera densa, pestífera, húmeda, caliente y pesada respirada por 50.000 hombres hacinados e inmóviles en un punto y amenazados a cada instante por el enemigo.... Por otra parte, que guardaba debajo de su superficie en la última época de la invasión más de 60.000 cadáveres hechos por las epidemias y las metrallas, no podría ofrecer garantías de salubridad y no ofrecía más que un espectáculo doloroso y desgarrador".

            El tratamiento empleado en el cólera era: medidas higiénicas generales, lavativas amiláceas laudanizadas, opio a altas dosis contra la diarrea, subnitrato de bismuto, bicarbonato de sodio, poción antiamética de Riviére contra los vómitos. En el período cianótico: diaforéticos enérgicos, ponche caliente de cogñac, infusiones de té, tilo y menta asociándole con un poco de cogñac, las friegas excitantes, el calórico aplicarlo al exterior, la aplicación en todo el cuerpo de sinapismos de mostaza y el agua de arroz y de almidón en bebida para apagar la sed y contener la diarrea.

            El cólera morbus según Xavier Azevedo se observó durante toda la campaña en el ejército y la escuadra, matando a millares, en Curupayty, Palmas, Puerto Guía y Elisario, Villeta y Chaco. El primer caso apareció en Itapirú, el 28 de Marzo de 1867 y el 29 en Corrientes extendiéndose luego. Por entonces ya había casos en Buenos Aires, Montevideo, Paraná, Córdoba, Santa Fe, Rosario.

            Se hacían fumigaciones de cloro y fogatas en los hospitales y campamentos.

            En el 2° Cuerpo de Ejército mataba de 80 a 100 por día.

            En la escuadra apareció el primer caso el 7 de Abril del 67 y la peste duró en ella 32 días, atacando a 377 marinos y matando a 240.

            Luego que la peste pasó, el cólera quedó endémico en ejército y la escuadra haciendo estragos más tarde en el Chaco, en Curupayty, Humaitá, Villeta, Palmas. (10)

            En la región Norte del país, la tropa del cuerpo expedicionario (el 11° Batallón de Voluntarios de la Patria, compuesto de gente de Minas Gerais) que venían a invadir nuestro país por Bella Vista en el Apa en Mayo de 1867, sufrió una epidemia de viruelas en Minas Gerais y luego sufrió mucho de fiebres palustres en la zona de Miranda, dando mucho trabajo a los cirujanos del Cuerpo, los doctos Manuel de Aragao Gesteira y Cándido Manuel de Oliveira Quintana.

            Cuando la retirada de Laguna, en fines de Mayo del 67, el Cuerpo fue tomado por la epidemia de cólera, que hizo gran mortandad. Durante la retirada, el 26-V. tuvieron que abandonar 76 coléricos moribundos; el 28 fallecían el guía José Francisco López y su hijo, y el 29 el jefe del cuerpo expedicionario Coronel Carlos de Morais Camissao y el jefe de Comisión de Ingenieros Tte. Coronel Juvencio Manuel Cabral de Menezes.

            El Vísconde de Taunay refiere que en los campos de Miranda el cólera cobró más de 700 vidas y cree que la peste les llegó de las tropas paraguayas "que tenían en su seno este terrible mal". Pero ninguna crónica refiere y tampoco el Semanario de nuestro país hace mención de que nuestras tropas que actuaron en el Apa hayan sufrido del cólera.

            Es interesante lo que Taunay refiere en sus obras (este autor acompañó a las tropas brasileñas en la Campana de Matto Grosso): que las tropas, cuando llegaron a Miranda comieron muchas naranjas y limones, abundantes en la región, y creía el Dr. Gesteira, uno de los médicos de la expedición, que eso les curó del cólera.

            La segunda epidemia de cólera se desarrolló en los campos de Tuyutí, comenzando el 23 de Setiembre del 67, presentándose en forma "aún más cruel y violenta" según Del Castillo, duró hasta el 7 de octubre.

            En el Diario del Ejército imperial se lee que el 14 de octubre existían ocho enfermos de cólera en el ejército brasileño, cayendo enfermos tres más y murieron cinco. El 9 de Octubre hace nuevamente referencia al cólera: que en el campamento argentino murieron un general y un coronel, y que en el brasileño la enfermedad cobró incremento, habiendo en la Ambulancia Central ese día 51 enfermos, que entraron 25, salió curado uno, fallecieron diez y existían 75. En el día subsiguiente mueren 16 enfermos de los 92 coléricos del hospital brasileño.

            Los oficiales argentinos fallecidos fueron el General Domínguez, el Coronel Ortiz, el Comandante Benítez, los Mayores Aldama y Arriaga, los Capitanes Hunt y Del Valle y varios otros. (49).

            El Almirante Jaceguai al relatar las dificultades por qué pasaba la escuadra estacionada entre Curupayty y Humaitá, hace referencia al estado sanitario considerándolo pésimo; "las fiebres palustres, la disentería, el beri-herí, no escogían víctimas entre oficiales y plazas. El cólera morbus, que no hacía mucho reinó epidémicamente en la escuadra y en el ejército aún se manifestaba en casos esporádicos frecuentes en todos nuestros barcos...".

            Esta epidemia alcanzó también a nuestro ejército a fines de Setiembre del 67, en el área del Cuadrilátero, pero no cobró muchas víctimas porque se presentó en forma benigna y fueron tomadas medidas de precaución oportunas.

 

            2. EL COLERA EN NUESTRO EJÉRCITO

 

            Como ya relatamos, los dos primeros casos de cólera, aparecieron entre nuestras tropas el 18 de Abril de 1867 en Paso Gómez y la peste se extendió por todo el ejército y después por todo el país.

            Inicialmente se trató de mantener la noticia reservada y hasta se prohibió hablar de peste bajo amenaza de sanciones severas, mientras se tomaban medidas adecuadas indicadas por el jefe de la sanidad militar Dr. Guillermo Stewart, y que fueron las siguientes:

            - aislamiento de la unidad donde aparecieron los casos.

            - prohibición absoluta de comunicación entre las diversas unidades del ejército, tuvieren ellas o no enfermos de cólera.

            - extremas medidas de limpieza e higiene en todo el campamento y prohibición estricta de dejar basura o restos de comidas en cualquier parte de él.

            Por otro lado, el Mariscal López comunico la aparición el cólera al Ministro Berges y ordenó al Vice-Presidente Sánchez tomar en Asunción algunas medidas preventivas tales como:

            - cuarentena de todos los barcos llegados de Humaitá

            - medidas de aseo en la ciudad y las casas.

            "Estas, precauciones que ha hecho guardar S.E. el Señor Mariscal, han sido justificadas como una gran previsión, porque llegó a aparecer algunas casos entre nuestros soldados, y seguramente debido a las medidas tomadas, como a la gran dedicación de los cirujanos de nuestro ejército, el mal ha sido combatido y aplacado inmediatamente. Hasta este día son muy raros los casos, y probablemente desaparecerá completamente dentro de pocos días. Comprendo que las medidas adoptadas con los vapores, y transeúntes que suben hasta esa Capital, son precauciones que se toman por esta ocurrencia, para que el mal ahogado en su origen, no pueda afectar nuestras poblaciones... La población debe estar tranquila". (El Semanario. Correspondencia del 27-IV-1867).

            El 1º de Mayo del 67 se expiden en Paso Pucú hojas editadas en la Imprenta Nacional con "Instrucciones Prácticas" sobre el modo de prevenir y tratar la epidemia de "cólera morbus" y en un agregado dice que la coca de Bolivia y nuestra yerba mate han obtenido gran mérito terapéutico y profiláctico.

            Entre nuestros soldados la enfermedad tomó el nombre de Cha'í, por la diarrea y los calambres, que obligaban al enfermo a encogerse, y para combatirla se prohibía tomar agua cruda y se hacían, fumigaciones con hojas de laurel y pasto, según nos cuenta Centurión.

            Refiere este autor que la peste apareció en nuestro ejército en Mayo del 67 produciéndose el primer caso en Paso Gómez para extenderse luego a todo el campamento ocasionando numerosas víctimas. Entre los "muchos oficiales y soldados que fueron víctimas de tan cruel y espantosa epidemia" se contaron el coronel Pereira, jefe de la caballería de vanguardia y el del batallón n° 6, coronel Francisco González (Mangú). Más adelante acota: "entre los que fueron atacados del mal se encontraba también el mismo Mariscal".

            "El agua cruda, como se sabe, es un veneno para esa enfermedad, siendo por otro lado uno de los síntomas característicos de ella, una sed devoradora. Por esta circunstancia, los médicos prohibían en absoluto a los atacados que tomaran un trago de agua, porque el que la bebía no se escapaba de la muerte".

            "El Mariscal desesperado por la sed, no pudo contenerse más, y en un momento de descuido del facultativo que le asistía (don Cirilo Solalinde), agarró una camarilla de agua que había sobre la mesa, llevándosela rápidamente a la boca; pero el médico lo vio y se la arrebato de las manos con violencia. El Mariscal, furioso, le increpó duramente al discípulo de Galeno. El Sr. Obispo que se encontraba en la pieza contigua al sentir la voz airada del Mariscal, entró precipitadamente en la que ocupaba éste; y empezó a hacer severos cargos al médico por su crueldad en privar a S.E. hasta de un trago de agua, sin parar mientes que si la hubiese bebido, enseguida hubiera quedado cadáver. Puede asegurarse, sin quebranto de la verdad, que el Mariscal, esa vez se salvó debido a la honradez y fidelidad de su médico, cuyas virtudes, sin dejar de constituir para éste un mérito personal, desgraciadamente redundaron en contra de los intereses de la nación; pues, no cabe duda que con la muerte del Mariscal, la tremenda calamidad de la guerra, hubiera llegado al día siguiente a su término, salvándose así las vidas de innumerables ciudadanos que perecieron después.

            Como un medio de combatir el flagelo, a falta de otro más eficaz, se adoptó la fumigación con hojas de laurel y pasto. Como esto se hacía en todas las divisiones, estaba todo el campamento completamente envuelto en humos. La mortalidad diaria en los primeros tiempos de la aparición del cólera no bajaba de 50 hombres. Los soldados siempre listos a poner apodos y a dar nombres a las cosas, observando que la enfermedad estaba caracterizada por diarreas, o deyecciones de bilis y de calambres, la bautizaron con el nombre de chaín, que quiere decir, encogido o crispado.

            La peste de salto en salto, fue propagándose en el país, matando a muchas personas del pueblo. Su desarrollo fue favorecido por el estado de miseria en que se encontraban las familias, que habían tenido que abandonar sus casas, emigrando de un punto a otro, formando grandes agrupaciones ambulantes, parecidas a un caravan-serail, circunstancia que hacía imposible atender a la higiene más elemental". (14)

            Felizmente, la epidemia de cólera no duró mucho en nuestro ejército, si bien se produjeron después varios brotes. En la correspondencia del 4 de Mayo de 1867 de El Semanario se lee: "la epidemia ha cesado completamente en toda la línea, y sólo aparece casos muy raros en el cuerpo de reserva, y en Humaitá. La total extinción del mal vendrá dentro de poco, y como hasta estos momentos no sé ha comunicado fuera de este círculo, creo de que no alcanzará a la población".

            En el Semanario del 11 de Mayo, en la columna Revista del mes de Abril se anota:

            "A pesar de la horrorosa epidemia que está haciendo estragos en el campo enemigo la salubridad en nuestro ejército y poblaciones no ha sido alterada felizmente, en la excelente temperatura de la estación por que atravesamos, va desapareciendo notablemente la viruela que ha reinado en algunas partes de la República. El mal que infesta el ejército invasor, había aparecido al principio algunos casos en el nuestro, pero fue cortado inmediatamente por las oportunas medidas y precauciones que se tomaron a tiempo y el remedio más eficaz ha sido la limpieza y la buena situación de nuestros campamentos".

            El Semanario vuelve a hacer referencia al cólera en la correspondencia del 17 de Mayo:  "No acaban (dicen ex-prisioneros paraguayos que se presentan en nuestras líneas) de ponderar los estragos que en todo el campamento ha hecho la epidemia, asegurando que aún continúa llevando al cementerio a considerable número... Es preciso que nosotros entonemos un himno de glorias a Dios porque haya atajado el mortífero aliento del mal que tantos destrozos causa al enemigo. Ya que en los momentos en que le escribo puede decirse que ha desaparecido; no se oye de nuevos casos y sólo están en el hospital con este mal los que han sido atacados de antemano".

            Finalmente en la Correspondencia del 25 de Mayo, la última referencia: "La epidemia ha desaparecido completamente y la salud del ejército es buena".

            Ya hemos referido que el Dr. Xavier de Azevedo, Cirujano Mayor de la escuadra imperial relataba que luego que la peste pasó, el cólera quedó endémico en el ejército y en la escuadra, haciendo estragos más tarde en el Chaco, en Curupayty, Humaitá, Villeta, Palmas...

            El mismo Dr. Castillo, ya citado, refiere que en el ejército aliado se observó una segunda epidemia de cólera, en los campos de Tuyuty, que comenzó el 23 de Setiembre del 67, presentándose en forma "más cruel y violenta"; duró hasta el 7 de Octubre.

            También relatamos que este brote epidémico alcanzo al campo paraguayo, a fines de Septiembre del 67, en el área del Cuadrilátero, pero no cobró muchas vidas porque se presentó en forma benigna y se adoptaron medidas de precaución oportunas. Esta segunda epidemia cegó una preciosa vida de nuestro ejército; la de Natalicio Talavera, fallecido el 14 de Octubre de ese año.

            Nuestra Capital que en Mayo del 67 apenas fue alcanzada por la  epidemia de cólera,      sufrió en Octubre de ese mismo año los efectos de un fuerte brote           epidémico. Se nombró una comisión especial formada por Don Wenceslao Velilla, Director General de los Hospitales de Asunción, al Dr. James Rhind y el Boticario Don Domingo Parodi, que formuló un plan para disminuir los efectos de la epidemia e impedir su propagación, elevado al Sargento Mayor don Francisco Fernández, Encargado del Ministerio de Guerra y Marina. Este plan proponía las siguientes medidas:

            1. Se establecerá un cementerio especial para los que fallezcan de la epidemia;

            2. Se prohibirá la inhumación de cadáveres en mausoleos;

            3. Es prudente que los cadáveres permanezcan el menor tiempo posible en las casas particulares, y mientras tanto es importante evitar en las mismas reuniones puramente oficiosas de personas extrañas a la familia del fallecido;

            4. Conviene establecer en el cementerio un cuarto de depósito en que se dejará en observación los cadáveres por doce horas cuando menos;

            5. Para evitar demoras conviene establecer un depósito de ataúdes o cajones mortuorios;

            6. Se transportará al cementerio de epidemias los cadáveres que hubiesen sido colocados en los mausoleos del cementerio general y se señalarán los que hayan sido inhumados en la tierra, porque no sean removidos las restos sino después de seis años;

            7. Es prudente no permitir que se verifique en los templos ceremonias religiosas con cuerpo presente;

            8. Es rigurosamente necesario que se entierren en hoyos profundos las materias de los vómitos y diarreas de los atacados de la epidemia, aconsejando su previa desinfección por medio del sulfato de hierro o alcanfor verde;

            9. Es de rigor prohibir la venta pública de frutas verdes o no sazonadas;

            10. Conviene insistir en el blanqueo de las casas;

            11. Se ordenará que los recipientes en que llevan a arrojarse las basuras e inmundicias, vayan cubiertos con una gruesa capa de pasto y arena. (49).

            La epidemia de cólera alcanzó de nuevo a Buenos Aires y otras ciudades a lo largo del río Paraná, llegando el auge en el mes de Diciembre del 67.

            También en nuestro país el cólera quedo endémico, bajo forma de cuadro clínico benigno; la enfermedad era conocida por el pueblo con el nombre de colerin y colerina y tenia recrudescencia episódicas.

            En el Semanario del 2 de Noviembre de 1867 aparece en la columna de Noticias Generales lo siguiente: "Epidemia. La que a su turno nos ha visitado creemos va desapareciendo sin tomar incremento en nuestros poblaciones; desde luego su aparición ha sido con mucha benignidad; sin embargo el cronista le desea un pronto, feliz viaje dejando libre el rumbo que elija con tal de que cuanto antes abandone el territorio paraguayo".

            "A propósito de ella no juzgamos inoportuna la reproducción del siguiente recetario que hallamos en un manual de medicina.  Dice así: En tiempo de epidemia es menester detener enseguida la diarrea o los cursos por medio de 20 gotas de láudano en un vaso de agua azucarada, guardar cama, procurar sudar, aplicar cataplasmas de harina de linaza en el vientre y guardar dieta. Si los excrementos adquieren un color de agua de arroz, se le administrará al enfermo una grama ipecuana (debe ser: ipecacuana) en una cuchara de café llena de agua. Enseguida se llamará al médico".

            En el mismo periódico y en la misma columna se lee: "Tónico preservativo. El antiguo y práctico médico Don Vicente Estigarribia, ha preparado una composición tónico preservativa para la epidemia y según nos instruye este Señor, es eficaz preservativo contra la peste, pues el resultado, feliz que de su uso ha observado es satisfactorio. Recomendamos pues a los que gusten usarlo".

            En fines de Enero y en Febrero de 1868 apareció otro brote bastante grave de cólera en Asunción y otros pueblos del país, que según Mastermann, causó en nuestra capital horribles estragos...     y que "la cuarta parte de la población, que entonces consistía principalmente en niños y mujeres, pereció miserablemente". Por la Imprenta Nacional se editan hojas sueltas Con "Instrucciones Practicas" sobre la manera de prevenir y tratar el cólera morbus, que ya hablan sido expedidas el 19 de Mayo de 1867.

            Se difunden también Normas de Higiene que la población debe observar en esta emergencia:

            "No de balde que se culpa tanto a las humedades, los malos aires, la falta de aseo, y todos los excesos que ocasionan las indisposiciones de la salud.     Los climas secos son más saludables que las húmedos porque la evaporación del cutis y de los pulmones es mucho mayor en el aire seco que lo es en el aire húmedo y es el motivo por el que las humedades en las casas hacen daño a la salud. También son indispensables a la salud un aire puro y libre ventilación de la casa, con rigurosa limpieza adentro y afuera de las habitaciones, sea en la población o en la campaña, destruyendo completamente toda colección de suciedad que pueda corromperse, como en los lugares comunes y las aguas corrompidas. El mal aire o la malaria que procede de las materias vegetales y animales en estado de corrupción y del cuero humano enfermo o desaseado, es una causa muy conocida para producir las enfermedades, y por fuerza natural para propagar cualquier enfermedad reinante. Se debe exigir pues la más rigurosa policía en general y muy particularmente en las casas ocupadas por los enfermos con epidemias se quitarán inmediatamente las evacuaciones y ropa sucia del enfermo y los asistentes se relevarán para hacer sus abluciones y descansar. Particularmente entre la tropa, el hombre sucio no sirve para nada sino para buscar pretexto de enfermedades con el objeto de ganar el hospital. Rara vez comparativamente el hombre limpio se enferma porque por amor propio resiste el abandono de su persona o la falta de disciplina".

            EXCESOS: "Los excesos de los alimentos y de las bebidas alcohólicas son muy perjudiciales siempre, y peligrosos durante la epidemia. Las frutas no maduras particularmente los melones y las sandías y los refrescos de miel y agrio son muy nocivos. Los alimentos de difícil digestión son los pasteles, la carne de chancho y de ternero, la carne seca y salada. El agua para tomar debe ser pasada por un género de lienzo o de bayeta y se la puede dar un hervor. También es una importante medida preservativa tener el vientre muy bien abrigado del frío, siendo preferible el género de lana; y por fin se deben evitar escrupulosamente todos los desarreglos que pueden debilitar el cuerpo, y fortificar la salud por todos los medios de una higiénica racional: los principales que merecen atención son los alimentos, el ejercicio, la ventilación y el aseo, y no hay preventivo que pueda suplir el descuido de estas materias".

            En los días de Piribebuy y Caacupé, cuando comenzaba la campaña de la Cordillera, apareció también una corta epidemia de cólera entre la tropa y la población civil. Y es la última referencia que hemos hallado sobre el cólera durante la Guerra contra la Triple Alianza.

 

            FILANTROPIA. BENEFICENCIA. ASISTENCIA SOCIAL...

 

            Los sentimientos filantrópicos de nuestros compatriotas y de residentes extranjeros, hombres y mujeres se manifestaron durante la Guerra, de los más diversos modos: visitas y atención a los enfermos, heridos, convalecientes, en los hospitales de la Capital y del frente de operaciones; donaciones en especie, alimentos, reses vacunas, ropas, dinero, etc. de todos los pueblos, partidos, parroquias, sociedades, etc.

            Numerosas son las referencias que a este respecto encontramos en El Semanario; haremos algunas citas que nos sirvan de ejemplo.

            "Por largos meses y día a día no se han cansado de trabajar ropa para el ejército e hilar para los heridos, la Señora de Frutos e hijas, la Señora de Balestra e hijas, Da. Agustina de Azcona, Da. Carlota Decoud de Echeverría, Da. Dolores Sion de Pereira, Da. Escolástica Barrios de Gill e hijas, y las Señoritas de Ortellado, Da. Ana y Manuela Sion; y las niñas de D. Andrés Urdapilleta. También han tomado parte en este empeño la Sra. Da. Tomasa Bedoya de Fernández; la de Delvalle Cordal, Ortiz e hijas y las Señoritas Da. Manuela y Carmen Serrano y Da. Eudocia y Blasia Bedoya"...

            "Sentimos un verdadero placer al ver al bello sexo de la Asunción dedicarse afanosamente para la Patria con trabajos que son tanto más apreciables cuanto que se reciben de las delicadas manos de las Señoras y Señoritas, que han querido contribuir con su trabajo..." (5-VII-1865).

            Muchas damas se trasladaban desde pueblos del interior del país a Asunción, Humaitá, Paso de Patria, Encarnación, para atender en los Hospitales. Leemos en El Semanario: "San Pedro: De San Pedro han llegado en estos días a nuestro puerto (se refiere a Asunción) un buque del cabotaje trayendo varias familias de aquella Villa que a su costa van a Humaitá a practicar actos de beneficencia en el hospital de sangre de aquel campamento. No sabemos todos los nombres pero según nos refieren van en esa honrosa misión las recomendables matronas Da. Margarita Acosta, esposa del Sor. Comandante Don Félix Barboza, Da. Francisca Maldonado, madre del Presbítero D. José del Carmen Arzamendia; Da. Genoveva Milesi, Da. Carlota Barrios, Da. David Gracia y Da. Úrsula Cabriza. Es digna de elogio la resolución de estas Señoras que con el laudable objeto que llevan... "(15-VII-1865)

            En la correspondencia del 22 de Julio da noticia de la llegada de estas damas a Humaitá: "El hospital sigue cada día en buen estado, mejor asistido y favorecido por las familias que vienen a aliviar las dolencias de nuestros soldados, guiadas por un espíritu de caridad y entusiasmo patrio, altamente recomendable.         Entre las que han llegado últimamente están (da los nombres que citamos antes)... que arrostrando un largo viaje desde Villa de San Pedro se han hecho conducir en una chalana sin más objeto que traer el consuelo en el corazón de nuestros valientes, trayendo para los enfermos e inválidos un donativo cómo de 3.000 pesos"...

            "No menos acreedora de aplausos y agradecimiento ha sido la Sra. Da. Rosa Isabel Aquino que con igual propósito ha venido de esa Capital, y las Señoras Da. Gerónima Bazán e hija, Da. Belén y Da. Asunción Espínola aparte de muchas otras famalias que así de la Capital como de la campaña vienen con tan plausible objeto y que no puedo nombrarle hoy por no conocer sus nombres...".

            También de Santa Rosa "había llegado el 11 de este mes a la Villa de la Encarnación la Sra. Da. Francisca Núñez de Florentín acompañada de otras cinco Señoras con el objeto de visitar y atender a los valientes que se hallan en el hospital de sangre de aquella villa..." (21-X -1865).

            La historia recogió el nombre de una distinguida dama de la sociedad asuncena que enfermó y murió en Humaitá atendiendo a enfermos y heridos, el 23-X-1865, Doña Magdalena Haedo de Benítez. "En Setiembre último pasó con su familia al Ejército donde se encontraban su padre (el Capitán don Miguel Haedo) y su esposo (Don Gumersindo Benítez) en servicio, llevando el designio de asistir a los enfermos y heridos y algunos presentes al Hospital de sangre de aquel campo..." (28-X-1865).

            En la correspondencia del 3 de Marzo del 66 desde Paso de Patria, después de la acción de Corrales leemos: "Los heridos siguen bien y cada día reciben nuevos testimonios de gratitud pública. Las Sras. Da. Juana Carrillo de López y Da. Inocencia López de Barrios han dispensado también inapreciables cuidados a estos héroes haciendo grandes remesas de provisiones para el hospital. La Sra. Desideria Díaz de Villamayor se ha apersonado de la Villa del Pilar para visitar a los enfermos trayéndoles muchos donativos".

            Hechos y relatos análogos se repiten cuando los heridos y enfermos eran traídos a Asunción, especialmente al Hospital Militar; "Las señoras y señoritas de la Asunción se ocupan constantemente en secundar esos servicios (se refiere al servicio interior del establecimiento y asistencia a los dolientes) y tenemos la satisfacción de expresar que ellas se hacen muy recomendables por los sentimientos de patriotismo y filantropía... Es una verdadera romería la visita al lugar... El Sor. Vice Presidente, y los Señores Ministros, hicieron también su visita al hospital. El asilo de nuestros valientes ha sido igualmente honrado por la presencia de la Señora Da. Inocencia López de Barrios y la Señorita Da. Rafaela López, dignas hermanas de S.E. el Sor. Mariscal Presidente de la República. Empleados particulares continúan también sus visitas...".

            El Mariscal López también hacía frecuentes visitas a los heridos y enfermos de los hospitales del frente y con frecuencia enviaba cuantiosos donativos personales. Era costumbre que siempre cumplía, visitar hospitales en vísperas de su cumpleaños interesándose personalmente de la atención que se daba a los internados.

            Son numerosas las listas publicadas en El Semanario de donativos de toda clase venidos de todos los rincones de la patria y también muchos donativos de residentes extranjeros.

            En el campo de la asistencia social, desde el comienzo de la guerra el Gobierno Nacional había dispuesto que las familias de los movilizados del interior del país fuesen socorridas con dinero y semillas, para ayudarlas en sus necesidades, si bien que muchas familias de varios pueblos no aceptaron la ayuda en dinero.

            A este respecto se lee en El Semanario del 7- X-65: "Las familias pobres de los militares en servicio activo. Todos saben las diferentes e importantes medidas que ha dictado el Supremo Gobierno a favor de las familias pobres, cuyos deudos han pasado a las filas de los Ejércitos de la República en campaña; así mismo todos conocen y nadie ignora que por orden del Excmo. Sor. Presidente de la República, el Ministerio de Hacienda ha distribuido sumas considerables entre las autoridades de la campaña con el objeto de mandar poner sembrados a las personas que no tuvieren la facilidad de hacerlo por la circunstancia arriba mencionada, y de socorrerles igualmente en otras necesidades que llegaren a manifestar... Y relata que pobladores de Acahay notificaron haber sembrado 34.961 liños de sembrados...".



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28. Juan Silvano Godoy, Monografías históricas. Río Grande. Livraría Americana. 1895. Últimas operaciones de guerra del general José E. Díaz vencedor de Curupayty. Su horóscopo. Félix Laouane. Editor. 1897.

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40. Miguel Gallegos. La escarlatina en el Paraguay. Tesis. Buenos Aires. 1879.

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48. Guillermo Furlong, S.J. Médicos argentinos durante la dominación hispánica. Editorial Huarpes. Buenos Aires. 1947.

49. Efraím Cardozo. Hace Cien años Crónicas de la Guerra de 1864-1870. La Tribuna 1964-68. Asunción. Ediciones EMASA. Vol. I, 1967. Vol. II, 1968.

 

 

FIN


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