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LUCY MENDONÇA DE SPINZI


  TIERRA MANSA Y OTROS CUENTOS , 1987 - Cuentos de LUCY MENDONÇA DE SPINZI)


TIERRA MANSA Y OTROS CUENTOS , 1987 - Cuentos de LUCY MENDONÇA DE SPINZI)

TIERRA MANSA Y OTROS CUENTOS

Cuentos de LUCY MENDONÇA DE SPINZI

Edición digital: Alicante :

Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2002

N. sobre edición original:

Edición digital basada en la de

Asunción (Paraguay), Criterio, [1987].

 

 

PRÓLOGO

Los géneros literarios que cultiva Lucy Mendonça de Spinzi (Asunción, 1932) son dos: el teatro y la ficción narrativa breve. Su pieza teatral Los desarraigados obtuvo el primer premio de Radio Charitas en 1965 y fue estrenada con éxito al año siguiente en el Teatro Municipal de Asunción. Siete años después, en 1972, su obra Bazar para cuatro actores y un fantasma ganó otro galardón de la misma emisora y, en 1986, su Cuarto mandamiento fue también premiado en el concurso de Arlequín Teatro.

Sus cuentos, por otra parte, le han merecido distinciones en dos concursos: «Tendrán que aguantarme» (1985) y «Tierra mansa» (1986).

Hija de político opositor, Lucy tuvo una larga experiencia del destierro en la Argentina y hasta llegó a ejercer el periodismo político en un diario llamado La Tribuna Liberal. Le fue dado conocer la dramática vida de exiliados paraguayos en Formosa, ciudad en que hizo sus estudios primarios y secundarios y donde se le reveló su fuerte vocación artística. Casada con un actor teatral don Ángel María Spinzi, en 1953, adquirió ella, como actriz, un conocimiento vivido, digamos, del teatro y merced a ello pudo infundir a las piezas de su propia autoría una calidad estética especialmente valiosa.

Durante varios años la escritora acompañó a su esposo en giras por las zonas ganaderas del Chaco, tanto en el norte, a la altura de Concepción como en el sur, en la divisoria fronteriza con la Argentina. De aquí su conocimiento de múltiples formas de vida no sólo en las ciudades en que residió sino en las comarcas en que ejerció su aguda observación de tipos y costumbres.

Gran lectora desde la niñez, ha viajado siempre con un equipaje estivado de libros de diversos géneros literarios, alerta la mirada escrutadora para captar el sentido de cuanto se ofrecía a su curiosidad intelectual y a su apreciación estética.

Tras una prolongada etapa de experiencias vitales en giras de teatro primero, por ciudades del Paraguay y la Argentina y luego de viajes de negocios ganaderos con su marido, Lucy Spinzi se establece en Areguá el año 1971. No olvidemos que Areguá es algo así como el Macondo de nuestro Gabriel Casaccia, porque es de esperarse que también lo sea de nuestra escritora. Y, en efecto, el escenario de muchas de sus ficciones presentes (y futuras) es Areguá. Pero no sólo esto. Areguá, como se sabe, es un centro importante de actividad cerámica y lo es en gran parte gracias a la labor de esta mujer de excepcional energía e inagotable inspiración artística.

***

El lector hallará en esta colección de cuentos una rica variedad de temas desarrollados con una técnica y un estilo de altas calidades estéticas. A veces el tema es de un populismo trágico como en el terrible relato que titula «Tranqui», o en el no menos trágico y de ambiente sórdido como «Bonifacia»; otras el asunto es de refinado intelectualismo como era «Cavilaciones» o de espiritualidad delicada como en «Desencuentro».
Lucy Spinzi exhibe una notable versatilidad en el sentido inglés de esta palabra y una no menos notable prolificidad. En el Taller Cuento Breve donde ella se destaca por su talento, por su modestia y su sosegada cortesía, no hay nunca sugestión o asunto que se plantee como posible materia de narrativa que ella no convierta ingeniosamente en ficción y someta al taller en la próxima reunión de los días martes. Sirvan de ejemplo -para dar solamente dos- una glosa a un cuento de Cortázar, «No resistas, cariño», y otra, a uno de Borges, «No te quedes, Juliana».

Aunque Lucy Spinzi se inscribió en el Taller Cuento Breve cuando ya era ella una escritora varias veces galardonada y de rica labor artística, se ganó enseguida la admiración de todos no, claro está, por su talento entonces consagrado sino por una virtud aludida más arriba (y nada común) que es la modestia. Siempre está ella dispuesta a aceptar con gratitud y de muy buena gana observaciones sobre sus escritos y no tiene ningún vano escrúpulo en cambiar aquí una palabra o allá la estructura de una frase.

Sin duda Lucy, tiene más que enseñar que aprender, pero ella sabe muy bien, precisamente merced a sus mismas dotes artísticas superiores, que un texto por bueno que sea puede mejorar un tanto cuando lo comentan concienzudamente quienes no son ya profanos en materia de estimativa literaria

Por su inventiva, por su dominio de la técnica narrativa y por la calidad de su estilo, Lucy Mendonça de Spinzi ocupa hoy un lugar de Honor entre los escritores mejor dotados del país.

HUGO RODRÍGUEZ-ALCALÁ


NOTA PRELIMINAR

Ofrezco al lector estos ensayos narrativos de una vocación siempre pospuesta por circunstancias fortuitas, y que hoy intenta aflorar mediante el concurso, también fortuito, de personas y acontecimientos. Es así como en el taller Cuento Breve, que dirige el doctor Hugo Rodríguez Alcalá, he sido inducida con temas que dieron origen a los cuentos siguientes: «La Trampa del Maestro Piero»; «Bonifacia», y otros.

Conversando con familiares también he encontrado interés para lo mismo como en los cuentos «Consuelo de las Luces» y «El Trato» que me fueron sugeridos por mi yerno Scott Mac Donald Frame; «Tendrán que aguantarme» y «Fórmula Secreta» por otros miembros de mi hogar.

En cuanto a «No resistas, cariño»; «No te quedes, Juliana» y «Cerca del Pozo», han sido trabajos de taller glosando «El Río» de Julio Cortázar; «La Intrusa» de Jorge Luis Borges; «La Puerta condenada» también de Julio Cortázar.

Mi gratitud a quienes menciono y también a quienes omito, porque hacen posibles estos mis intentos literarios, que son una amable motivación en mis tiempos otoñales.

L. M. S.


 

 

Enlace al ÍNDICE de TIERRA MANSA Y OTROS CUENTOSen la BIBLIOTECA VIRTUAL MIGUEL DE CERVANTES

. Prólogo / Nota preliminar / La trampa del maestro Piero / Tranqui / Cavilaciones / Tendrán que aguantarme...  / No resistas, cariño / Bonifacia / Plata ybyguy / No te quedes / Juliana / Letanías lauretanas / Desencuentro / Consuelo de las luces / Tierra mansa / Por siempre / Los mensajeros / La puerta / Fórmula secreta / Apuntes / El trato / Cerca del pozo / Parte militar / Te cuento como me contaron.

 


LA TRAMPA DEL MAESTRO PIERO

La estentórea voz de tenor del maestro herrero, Piero, quedó vibrando en el aire...

Roque hacía girar la manivela de la fragua y estaba ausente. Su mente se deslizaba en el piso de arriba de la herrería, ingrávida y feliz. Su cuerpo estaba ahí, abajo, moviéndose rítmicamente, pero sus oídos estaban sordos al aria del maestro Piero, a los vibrantes golpes en el yunque y al resoplido que su brazo arrancaba al jadeante fuelle. No percibía el fuerte olor a brasas ardientes que impregnaba la estancia, ni tan siquiera se percataba que el patrón se preparaba para la parte más delicada de su labor.

Era el momento supremo de inspiración en que después de atronar el espacio con el aria de Rigoletto y con el pesado martillo sobre el hierro al rojo en el yunque, el maestro herrero arrancaba el último haz relampagueante de chispas con el último martillazo.

Al introducir el largo hierro candente con el extremo violentamente enrojecido, en el tacho de agua, estalló el prolongado chasquido del metal al enfriarse como si protestara con furia.

Roque seguía ausente haciendo girar la manivela sin percatarse de su entorno. No atinaba a pensar en otra cosa que en lo que sucedía en el pisito de arriba. Y si no estuviera tan abstraído, sabría que el monótono movimiento de su brazo y el jadeo rítmico que provocaba su acción, pronto desencadenarían la ira italiana del maestro Piero.
Pero no. Su cuerpo estaba abajo y su alma arriba. El corazón encogido de pasión y la imaginación desbocada volando por el pisito alto, detrás de Marietta que afanándose en sus idas y venidas domésticas, hacía crujir con leves pisadas de tórtola, el cielo raso de madera de la herrería.
El maestro herrero se dispuso a introducir de nuevo el extremo del hierro, ya templado, entre las brasas que seguían ardiendo con chispas furiosas. Llegaba el momento cumbre de su inspiración. Cuando vio las chispas disparadas como fuegos de artificio, quedó con el hierro en alto y miró al aprendiz que con aire ausente seguía elevando y bajando el brazo como autómata y la mirada en lo alto de la escalera.
-¡Bestia! ¡Para ya! -gritó el patrón al abstraído jovenzuelo, mientras su rostro enrojecía como el hierro de la fragua y las venas del cogote se le hinchaban de cólera.
-¡Que pares, te digo! ¡Cretino! -le repitió a voces con marcado acento italiano.
El muchacho quedó rígido con los ojos y la boca abiertos como en una instantánea. Mientras el maestro Piero arrimaba el extremo del hierro de nuevo a las brasas, vociferó:
-Gira, ragazzo, gira. ¡Que gires, te digo, pero con suavidad, así, con suavidad...!
Roque había regresado al entorno y dócilmente obedecía las instrucciones del patrón.
El maestro se dulcificó rápidamente. Le gustaba conversar mientras trabajaba.
-Así, ragazzo. Así... Dulcemente... Para que el material esté a punto, ni muy duro, ni muy blando... Como mi Marietta... -y rió brevemente.
Mientras hablaba hacía girar hábilmente sobre las brasas el hierro que ya había empezado a tomar la forma. Ahora condujo el extremo del metal al yunque y con un martillejo mediano comenzó a darle menudos golpes. El hierro se estaba convirtiendo en una hermosa hoja de los trópicos, grande y calada.
-La mujer es como el hierro. Debes golpearla a veces duro y a veces suavemente, pero siempre haciéndola arder. ¿Comprendes?
Los golpes sonaban rápidos, nerviosos, certeros. Las manos enormes como tenazas se movían con extrema habilidad, duras, firmes, a veces con delicadeza sorprendente.
-Pero, por sobre todo, ragazzo, debes dominarla, ¡dominarla siempre!
El maestro Piero disfrutaba de su labor de orfebrería bruta y los músculos de sus brazos desnudos se henchían y encogían en un despliegue de fuerza contenida. Bajo el delantal de cuero se adivinaba el sudor que corría libremente por todo su cuerpo de gladiador del hierro y que daba al rostro curtido un resplandor que acentuaba el de la mirada inspirada del rudo artífice.
-Marietta es hermosa, firme como el hierro pero si sabes manejar la fragua puedes ablandarla como mantequilla y lograr ponerla al yunque y arrancarle arabescos increíbles. E io soy un artista... rió brevemente sin interrumpir sus martilleos. Volvió a aplicar con un leve giro el metal sobre las brasas y continuó sus comentarios:
-Por eso acostumbré a Marietta a ponerse la funda en la cabeza cuando hacemos el amor. Para inspirarme, porque soy un artista... Como habrás notado, su rostro no condice con la esplendidez de su hermoso cuerpo. Tiene la nariz ancha y los ojos muy juntos...
Mientras proseguía el maestro Piero su delicada labor golpeando certeramente aquí y allá la hoja de hierro, a veces con finura, a veces con vehemencia sobre el yunque, Roque, que hacía girar la manivela suavemente, recordó como entre nubes rosáceas de ternura, el rostro tímido de la blanca Marietta mirándole castamente de reojo.
-Así es, ragazzo. Su cara no condice con su cuerpo. La naturaleza comete a veces tonterías. Pero siempre hay modo de solucionar las cosas. El recurso de la funda es muy importante para alguien como io que exige perfección en las formas...
Dio un último golpe y sonrió con picardía al apocado aprendiz.
-Bueno -dijo tirando el martillo- é. Ya está. Es la última hoja. Ese cliente bruto quedará sorprendido cuando vea su reja. Ni se la imagina...
Roque pensó en la ofensa que el patrón imponía sistemáticamente a la dulce Marietta y quiso decírselo. Pero miró los músculos potentes del maestro Piero y calló prudentemente.
-Io terminé. -Se estaba sacando el delantal de cuero-. Tú puedes ordenar las cosas y quedas libre. Déjame todo en orden. Ya sabes cómo detesto el desorden. ¿Eh? Io daré una vueltita por lo de mi compadre Nicola para compartir una copita de vino y luego estaré listo para dar los tres golpes de martillo en el yunque, que son la señal de «guerra» para Marietta...
Guiñó un ojo al aprendiz desde el borde del tacho de agua mientras le chorreaban el cabello y la cara y el cuello en su ablución vespertina. Se lavó también los musculosos brazos y las axilas. Cuando se ponía la camisa comenzó a cantar el aria de Rigoletto mientras Roque temblaba de ira e impotencia.
El jovenzuelo ordenaba lentamente las pinzas, el atizador, los martillos y pensaba que el muy bruto volvería dentro de una hora achispado y daría tres golpes de martillo en el yunque y dócilmente Marietta se aprestaría en el pisito de arriba a hacer el amor con su marido, cubierta su redonda carita pálida con la funda de la almohada.
-«¡Animal!» -pensó Roque con rabia.
Fingió, sin embargo, atarearse con los bártulos.
La voz potente del maestro Piero atronaba entre rejas recostadas contra las paredes, hierros, esqueletos de sillas de jardín y mil objetos diseminados en caótico desconcierto, mientras acababa su precario acicalamiento.
-La donna é mobil qual piuma al vento, muta d’accento e di pensier, e de pensier, e, e di pensier -concluyó el maestro herrero haciendo retemblar el vozarrón. Satisfecho Don Piero miró al apocado jovenzuelo que se afanaba en el desorden y sonriente se despidió:
-Chao... -y salió a la calle dando un portazo.
Roque quedó mirando la puerta largamente con un manojo de varillas entre los brazos.
Observó la escalerilla maltrecha que conducía al aposento de Marietta, luego el yunque y por fin se decidió. Depositó suavemente el manojo de varillas sobre la mesa de trabajo y pausadamente caminó hasta la puerta; la abrió y miró a derecha e izquierda a lo largo de la calle; la cerró con suavidad y se acercó al yunque con paso tranquilo. Asió el martillo y levantó el brazo con fuerza. Los tres golpes estallaron rudos y nítidos en el recinto como tres petardos. Con paso sereno Roque ascendió las escaleras...
Rato después se abrió la puerta y el maestro Piero entró con los ojos encendidos y la nariz enrojecida. Su sonrisa torcida y sus ojillos entrecerrados no auguraban nada bueno. Miró la escalera con malicia y abrió la boca. El aria de Rigoletto brotó de su poderosa garganta con fuerza amenazadora. Mientras cantaba ascendía encogido como un oso hacia la alcoba. Siempre cantando se detuvo ante la puerta:
-...e di pensier...!! -remató como si estuviera en escena.
Abrió la puerta de golpe. Su mirada amenazante recorrió la mezquina alcoba.
El furor y el estupor se pintaron en sus ojos, en el rubor de ira de su rostro, en las venas del cuello, violentamente hinchadas...
No había nadie. Todo estaba en orden...
Corrió al lecho. Una hojita de papel blanca estaba posada en la colcha celeste como una paloma tímida. La leyó:

PIERO:
Me voy con Roque. Nunca más haré el amor con una funda en la cara.
Marietta


.

TRANQUI
Ahora Minguí, Chingó y Morení ya nunca podrán decirme que soy «gallina». Y cuando mañana hagamos apuestas contra la pared de la terminal de ómnibus, yo sé que voy a ganar siempre; porque me animé por fin a hacer lo que debía. Ya no me dirán que no me animo a nada, porque me animé por fin. Y podré tragar el humo del cigarrillo sin toser y podré meterme en el cuarto de la Lola y desnudarla, yo mismo, para ver cómo es por dentro. Morení dice que él la vio desnuda y se ríe de mí porque tengo doce años, pero ahora soy un hombre.
En el fondo del barranco no se oye otra cosa que el agua tranquila y no se ve nada porque esta noche no hay luna.
Livoria duerme sin miedo porque yo la abracé y le dije que no se preocupara, para eso tiene a su hermano Tranquí que ya es hombre. Y ella se quedó durmiendo en nuestro catre, el mismo que compartimos desde que éramos chicos. Ahora ella tiene quince años y yo doce y me hice hombre de golpe. Me animé.
Ella ya no va a volver nunca más a la cárcel de mujeres donde estuvo metida con esas locas que ahogan a sus hijos y apuñalan a sus concubinos. Va a quedarse todas las noches durmiendo conmigo, abrazaditos y mamá va a poder decir con razón que soy rencoroso. Y soy, porque no me olvido que cuando Livoria tenía casi catorce años mamá la denunció al juez por prostitución y la metió presa hasta hace poquito, nomás.
Chingó siempre me habló de vengarme y yo no sabía cómo. Pero ahora ya sé cómo se defiende un hombre cuando le tocan a su hermana. Y ése infeliz de «Ambu’a» ya no le va a molestar más a Livoria ni mamá le va a mandar de vuelta a la cárcel de mujeres. Ahora ella se queda sin su hombre y nosotros nos quedamos tranquilos. Como mi nombre, Tranquilino. Así yo hago las cosas sin ruido.
A ver qué me dicen Minguí, Chingó y Morení cuando sepan que me saqué de encima a ese infeliz de «Ambu’á» que de noche venía y se metía en el catre con Livoria y jugaba con su cuerpo después de echarme a mí. Mamá siempre dice que Livoria «le busca» pero es mentira. Livoria siempre llora y me dice que ese tipo le da asco y que no quiere saber nada del hombre de nuestra madre y que ella Livoria, no tiene la culpa de ser más linda y más joven que mamá, que ya está vieja y fea.
Cuando mañana se hable de negocios en la terminal de ómnibus, Minguí, Chingó y Morení no me van a poder rechazar para limpiar los autos de los ricos que estacionan en la plaza, bajo los árboles, sus últimos modelos y me van a tener que prestar sus revistas de historietas y no me van a decir más que yo no tengo agilidad para ser un gran futbolista cuando sea grande, como Romerito.
No van a reírse más detrás mío porque mi mamá le mandó a la cárcel a mi hermana Livoria y yo también podré decirles a ellos que su madre se acuesta con todos los choferes y que sus hermanas no son mejores que Livoria.
Mañana voy a llevar mi cajón de lustre y nadie me lo va a poder sacar, ni de broma, porque ahora me animé y sé que tengo fuerza y que le puedo patear a cualquiera en los huevos como hice con «Ambu-á» esta noche, cuando me hice pasar por Livoria en la oscuridad y le tomé la mano peluda y le llevé al barranco.
Él creyó lo que le dijo Livoria, que no quería en el catre porque yo ya estaba durmiendo y él me siguió calladito cuando yo le tomé la mano y le llevé en la oscuridad.
Por suerte no hay luna y por suerte Livoria y yo tenemos la misma altura y por suerte él estaba borracho, así que no se dio cuenta que yo le llevaba al matadero.
En el borde del barranco le pateé los huevos con la rapidez de Romerito y le empujé y él no tuvo tiempo de decir nada y nadie se dio cuenta, porque el barranco es muy profundo y solamente yo escuché el ruido que hizo su cuerpo, allá en el fondo.
Me gusta nuestra casa de lata en el borde del barranco y el río que corre en el fondo, porque aquí uno se puede hacer hombre como Minguí, Chingó y Morení.

.

CAVILACIONES
Desde anoche camino por los corredores sin poder estarme quieto. El azogue de mi conciencia excita mi cuerpo y mi voluntad sin permitirme reposo. Dormí mal y me levanté peor. Mi caserón de estilo colonial y mi elegante retiro entre libros y las amenas charlas metafísicas con mis cultos amigos, hoy me parecen prendas de un disfraz que ocultan un pobre mequetrefe enfermo de snobismo.
Eso soy yo: ¿un snob?
Sí, soy un snob que tiene hasta el lujo de una conciencia bastante activa que a veces molesta, como ahora...
Anoche venía manejando satisfecho mi coche confortable por la ruta nueva que une mi pueblo con la capital. Había una brisa preciosa que alborotaba mis cabellos entrecanos y mientras el carro corría muellamente sobre el asfalto con rumor monótono repasaba la velada. Yo me había lucido entre mis amigos. Mi sensibilidad un tanto feminoide, mis lecturas, mi piel tostada por los días de paciente exposición al sol en mi playa veraniega, mi elegante y ágil silueta deportiva a pesar de mis casi cuarenta años, habían tenido una amable acogida, como siempre, en mi círculo social. Sí, anoche estuve bien. Hablamos de Buda: misericordia sin Dios; de hinduismo: reserva de espiritualismo egoísta para la perfección interior del individuo, sin importar un bledo la agonía de millones de semejantes, muriéndose de hambre en el entorno; de la mojigatería cristiana que impele a huir del gozo y andar adustos por un mundo repleto de placeres; del optimismo marxista que confía en redimir al mundo para el mundo, por obra del hombre, sin importar un hipotético «más allá».
Sí, estuve bien.
Pero me siento mal.
Hablamos de las playas que visitamos este verano: uno fue a Punta del Este, otro a Mar del Plata, otro a Camboriú y otro, en fin, está haciendo una gira cultural por la helada Europa sin importarle la ola de frío en el hemisferio del Norte. Hablamos de precios y de restauranes que cada uno visitó en la temporada, del problema social y de la recesión económica. Y todo en el marco confortable que caracterizan nuestras amenas charlas acompañadas de bocadillos, vinos, helados, gaseosas e infusiones. Qué bien me sentí anoche...
Hasta que vi el montón de gente apiñada sobre el asfalto.
Detuve el coche y me acerqué para curiosear. Siempre pensé que una dosis moderada de curiosidad sazona la vida.
Ahora me arrepiento.
Si yo no hubiera conocido a Pedrito-Tavy, aquello hubiera sido un acontecimiento que olvidaría enseguida.
Nunca fui demasiado impresionable, de modo que no esperaba que un accidente de ruta me perturbara. Pero yo conocía muy bien a Pedrito-Tavy.
Muchas noches disminuí la velocidad y pasé a su lado sonriendo, porque lo veía venir haciendo eses por el medio de la ruta recientemente asfaltada y pensaba que ya aprendería a cuidarse. La ruta es nueva razonaba y ya se acostumbraría a andar por la banquina repleta de maleza, en estado de ebriedad y a movilizar su instinto de conservación que bien le funcionaría a pesar de ser mongólico.
Sí, yo lo conocía bastante bien a través de las historias supuestamente jocosas que de él se contaban.
Ahora esas historias me molestaban como nube de mosquitos que picaran mi conciencia.
Había hablado muchas veces con los pobladores de los alrededores para enterarme de lo que sucedía en el pueblo, y había sentido una punzada de asco cuando me relataban entre miradas maliciosas y susurros cómplices, cómo Pedrito-Tavy era llevado por los conductores de «micros» cuando estaban de jarana al almacén de don Heraclio para hacerlo beber caña, hasta que quedaba bizco, y luego lo conducían al prostíbulo de Filomena donde lo hacían desnudar ante tres prostitutas juergueras que lo manoseaban ante el mórbido disfrute de los choferes. Yo respondía a las historias con sonrisa ambigua para ocultar mi turbación.
Sí. Lo conocía bien. A él y sus historias.
Vivía con la abuela anciana que lavaba ropa a duras penas para los seminaristas y para los curas del convento cercano. Y recuerdo su cara redonda y bonachona y sus ojos beatíficos.
Solía ayudar a su abuela en las interminables idas y venidas por la banquina llena de yuyos a lo largo de la ruta, llevando ella un gran lío de ropa sobre la cabeza, que parecía aplastar su cuerpo escuálido de anciana desnutrida y él Pedrito-Tavy, con otro gran lío entre los brazos y su eterna sonrisa estúpida que a veces le envidié. Reflejaba tanta paz su sonrisa eterna de bobo... Y me paseo por los corredores de mi pulcro caserón. Intenté leer un libro y el pensamiento volaba hasta el trozo de asfalto.
En este momento, a través del Agua de Colonia con que impregné mis cabellos y mi cuello después de un baño tibio, percibo el olor a descomposición de los miles de mangos que aplastados en la tierra de mi huerto abren sus fibrosas entrañas color oro bajo el sol del Trópico de Capricornio. Las moscas y las avispas en pequeñas multitudes, pugnan inquietas sobre la jugosa pulpa. Las cigarras locas chillan sus letanías poniendo el enervante sonido monocorde en el aire. Y hoy es el tercer día que mi perra se pasa corriendo desesperada y escondiéndose en los rincones con el rabo entre piernas, seguida de una jauría de perros enloquecidos por el olor del celo.
El ardiente y tenaz viento del norte marchita la naturaleza.
Yo intento no pensar en Pedrito-Tavy.
Trato de refugiarme en Nietzsche y repudiar mi moral inútil y entorpecedora. Y medito sobre la futilidad de mis sentimientos de impotencia.
Pero vuelvo a ver la sonrisa beatífica de Pedrito, el bobo, sus ojos abiertos como mirando las estrellas, la cabeza muellemente reclinada sobre el duro asfalto, la gente susurrando a su alrededor con un grotesco respeto por su muerte, después de un desprecio total por su vida.
¿Y si después de todo Pedrito estuviera viendo algo, más allá de las estrellas, que yo no alcanzo a ver?

 

 

TENDRÁN QUE AGUANTARME...

 

-No quiero lastimarte, pero no vuelvas a llamarme, ni vayas más a casa. Don Anacleto no quiere visitas... Y te pido que no lo tomes a mal.

«Pero sí que lo toma a mal -pensó Lorenzo mirando los ojos negros, saltones e incrédulos de Ramona Duarte.

»Tan a mal que está a punto de lagrimear y si llora, estoy listo, pues no podré darle explicaciones y tendré que oír sus lamentos y plagueos».

Trató de entretener los pensamientos mirando las innovaciones en la mezquina pieza con baño y cocina adjuntos, pieza multiuso: dormitorio, estar, recibidor y sala de costura.

Recordó que cuando la máquina de coser se cerraba -en las grandes ocasiones- ella le ponía encima un chanchito de arcilla cocida, pintado con los colores rojo y azul del Club de fútbol Cerro Porteño, sobre una carpetita de ñandutí maltrecha.

Observó que ahora la pieza, llamada pomposamente «departamento», estaba llena de telas multicolores y revistas de moda y elementos de costura diseminados por todas partes y el piso salpicado de virutas de telas.

Al mirar las dos camas gemelas disfrazadas de sofás a fuerza de volados y pilas de almohadones floreados, se acordó de Josefa, su hermana, y recurrió a su interés filial como a una tabla de salvación para cambiar de tema, haciendo como que estaba distraído y no escuchaba la andanada de reclamos de Ramona Duarte, que le resbalaban como lluvia mansa y enervante.

-¿Y qué anda haciendo Josefa? -preguntó.

Se dio cuenta inmediatamente de que erró la puntería.

Ahora empezaba la eterna comparación:

«Él era un fracasado, un mal hijo, que había desperdiciado todas las oportunidades que ella le brindó con tanto sacrificio. Que Josefa está trabajando como secretaria de ejecutivo y ya tiene novio estanciero que estudia ingeniería y que cuando se reciba se van a casar como Dios manda y todo lo demás. En cambio él... Lorenzo Duarte, un don Nadie, que apenas ayuda a su madre y a su hermanito, ése pobre niño deficiente, ¡alabado sea Dios!, más santo que muchos normales y que así y todo, con su retraso, está trabajando en la panadería, lleva que te lleva y trae que te trae, bolsas y bultos y leña en carretilla, todo el día, allá en Lambaré. Pero gracias a la Madre de Dios, su retraso no le impide, a los catorce años, hacer ese trabajo y ayudarle a su mamá y...

»Yo también hice lo mismo -se dijo Lorenzo rumiando sus recuerdos, mientras Ramona Duarte seguía su monocorde exposición.

»Y vaya si lo hice; y no tenía el consuelo de ser ni bobo ni santo. ¡Esa puerca panadería de Lambaré en donde, a la madrugada, me despertaba el bamboleo del catre de lona desvencijado y el peso del cuerpo de algún cerdo de los panaderos que venía más temprano y su jadeo caliente y hediondo en mi cara y sus manazas en mi cuerpo endeble! ¡Maldita sea! Y lo hacía por ti, madre, porque creía que así te ayudaba a que me quisieras un poco. ¡Y cuánto añoraba que llegara el domingo para verte! Y te esperaba y te esperaba y cuántas veces me quedaba parado en la esquina, bajo el chivato, mirando cómo bajaba toda la gente de todos los micros, hasta que, a las siete de la tarde, escuchaba el grito de la panadera, la vieja perra de Pantaleona González, diciéndome que ya no venías y que fuera a buscar las vacas del otro lado de la ruta, que si no, ya no habría luz y no vería nada en la obscuridad y todo lo demás».

-Yo también te ayudo en lo que puedo -dijo Lorenzo para cortar el chorro emotivo de Ramona Duarte y el aleteo atormentador de los murciélagos de sus recuerdos de infancia. Su voz tenía un dejo de agresividad aunque nunca fue temperamental y eso desconcertó a su madre que abrió entonces otra gaveta de quejas:

«Que allí estaba la Santa Madre de Dios de testigo y que le había enseñado a no cometer el pecado del aborto ni de pensamiento. Que muy bien ella pudo haberse desembarazado de sus hijos cuando aún estaban en su vientre, como hacen las mujeres que no conocen la ley de Dios, pero ella llevó a sus once hijos hasta el final y nunca se le cruzó por la cabeza hacerle caso a su comadre Salustiana, la partera, que siempre se ofrecía para hacerle un pequeño raspaje, que era ‘como sacar un pique’, pero nunca aceptó, ni cuando el sinvergüenza de Lorenzo Ibáñez, padre de él, la había dejado llenita como una sandía reventona, con Lorenzo Duarte feto, metido adentro de su vientre y cuando no quiso ni por todos los rosarios con sus quince misterios, que las monjas del Convento de Santa Inés le enseñaron cuando iba a llorarles sus infortunios, ni por las peregrinaciones al Santuario de Caacupé no quiso casarse con ella y le ofreció una ración del ejército que le correspondía como Teniente que era entonces.

»Y no se quiso casar nomás, ni reconocer, tan siquiera a Lorenzo como hijo.

»Pero ella no abortó, no señor, no abortó, ni cuando el padre de Josefa hizo otro tanto, ni cuando el padre de Luciano, el niño que murió de sarampión a los cinco años, le explicó que tampoco podía casarse porque ya  estaba casado, ni cuando el padre de José, el retrasadito, se le rió en la cara cuando ella le pidió matrimonio.

»Nunca quiso abortar, qué esperanza, ni cuando tenía que empezar a repartir hijos por ahí a las comadres y algunas de ellas, impaciente, le insistía en que tomara té de hoja de parra, que es un abortivo infalible.

»Ella ni había querido escuchar y por eso sus hijos tenían que ayudarla ahora, cuando estaba cansada de tanto trabajar a la máquina de coser, día y noche y cuando ya no tenía más ganas de intentar nada con pretendientes.

»Por eso, él, Lorenzo Duarte, estaba ahí, ante ella, vivito y coleando y hablándole de no molestarlo en la casa de Anacleto Quiñónez, ese hombre desconsiderado que no quería que una madre tuviera contacto con el hijo de su vientre que estaba trabajando como hembra en una casa donde no había ni una. Pero si ése hombre, Anacleto Quiñónez, que vivía encerrado en su quinta de Villa Morra, solo con su hijo Lorenzo, dicen que pintando cuadros, tenía ahora un ama de llaves varón, era por ella, Ramona Duarte, que mediante la gracia de la Virgen de Caacupé, nunca abortó. Y cuando ése su hijo Lorenzo, que estaba ahora ante ella, tan tranquilo, diciéndole una cosa tan cruel como ésa de no ir a verlo más cada fin de mes para buscar su mensualidad, cuando ése su hijo, hijo de Lorenzo Ibáñez, el ahora rico General de Estado Mayor que no quiso nunca ni siquiera reconocerlo, cuándo este hijo que ni tiene novia, ni concubina, ni nada a los treinta y cinco años, estuvo enfermo de tifus, ella lo llevó en brazos y a pie, hasta el santuario de Caacupé, vestidito con el hábito de Nuestra Señora, la Virgen «Tupasy», celeste y blanco y la corona de cartón forrado en papel dorado, lo llevó pegado contra su pecho, volando de fiebre y tiritando contra ella, aunque hacía un calor que hacía sudar las mismas piedras y hasta por culpa de eso, ella, Ramona Duarte, recibió un reto del médico del Hospital de Clínicas que hasta la trató de loca cuando lo llevó, casi muerto y aún vestidito con su hábito azul y blanco para que la ciencia completara lo que la Virgen empezó.

»Y Lorenzo Duarte vivió. Y el Padre Cura, el santo Paí Sindulfo, la elogió y le dijo que mujeres como ella construían la Iglesia y la Patria y poblaban el mundo de hijos de María, y por eso él, Lorenzo Duarte, estaba allí, ante ella, sentado».

Lorenzo cerró los ojos y trató de cerrar también los oídos mientras la catarata de lamentos y reconvenciones proseguía con un fragor interior que le sonaba dentro de la cabeza como zumbido de abejas alrededor del panal.

Trató de distraerse pensando en otra cosa, pero esa otra cosa resultó ser un recuerdo de cuando tenía ocho años y le fue llegando a su madre con cuatro gatitos en una canasta que había encontrado en la vereda, maullando de hambre y recién nacidos.

Ella le había dicho que para qué quería que los gatitos viviesen si no podrían alimentarlos y cuidarlos y que ella, Ramona Duarte, además de coser a la máquina todo el día, de noche tenía que ir a la tienda del turco Abdul, para seguir cosiendo para él y que, además, el turco quería acostarse con ella pero ella no quería, porque el turco era barrigón y olía a sobaco rancio, y él, Lorenzo, quería que con todos esos sufrimientos, ella cargara con cuanto gato y perro tiraban en la calle.

Ella misma los ahogó en una latona con agua.

Y las próximas veces que fue llegando con animalitos recogidos, hizo otro tanto.

Él lloró y suplicó en vano, recordó.

«Y yo lloraba detrás del armario -se dijo Lorenzo- lloraba por todos esos animalitos que no podía cuidar y que más valiera que nunca hubieran nacido a que anduviesen en los basurales, bajo la lluvia y pateados por la gente.

»Pero ella me quiso conservar a mí...»

-¿Por qué no me abortaste? -preguntó en voz baja, pero ella no le entendió.

-No, no dije nada, solamente pensaba en voz alta -le dijo a Ramona Duarte que retomó el hilo de sus disquisiciones y recuerdos inmediatamente.

«¿Por qué no me abortó? Es más misericordiosa con los animales que lo que fue con los hijos que concebía cuando creía que yo estaba dormido y se acostaba con Atanasio, el plomero, padre de Josefa y varios más y se reían los dos, bajito, después de que él entraba tarde cuando creían que yo dormía».

«Él golpeaba despacito tres veces a la única puerta de la habitación que ocupábamos entonces en Añareta’í y yo, Lorenzo Duarte niño, mordía la almohada y sollozaba sin voz haciendo mover el catre que extendíamos de noche en un rincón. Y no sabía entonces que estaba odiando, pero imaginaba formas de robarle los zapatos y los pantalones y hasta de darle golpes en la cabeza a Atanasio hasta hacérsela reventar con el ladrillo con que atajábamos la puerta para que no se golpease cuando había viento. Pero imaginaba que la Virgen de Caacupé que estaba sobre la cama de ella con flores de papel en el marco, se encargaría de hacer algo. Por eso le rezaba con toda el alma y luego me quedaba dormido así y cuando despertaba, ya la noche estaba en silencio y aguzaba el oído y escuchaba el suave ronroneo de la respiración de ella y el ladrido lejano de los perros».

-Bueno, tengo que irme -dijo Lorenzo incorporándose bruscamente de la silla.

Ella se quedó mirándole fijamente un instante con sus ojos saltones, pero empezó de nuevo, inmediatamente, su perorata, antes que él girara hacia la puerta.

Arreció de nuevo la andanada:

«Que por qué no se buscaba novia, como el hijo de doña Jacinta que ya está casado y es más joven que él; y el sobrino Tranquilino que ya le mantiene a su madre y a la esposa y a sus dos hijos; y el vecino, Magnesio Alcaraz, que haciendo contrabando de Foz de Yguazú, hasta ya tiene coche propio ‘mau’ y le mantiene a la madre y a la concubina y a dos hijos y hasta está estudiando en la Escuela Vocacional; y como su hermana Josefa que hasta estudió taquigrafía e inglés y tiene novio estanciero y...»

-Tengo que irme. -Repitió Lorenzo de pie.

Pero ella empezó con voz doliente a lamentarse:

«Que ella hizo de todo por él, pero siempre notó que él era egoísta y raro, que muchas veces ella lo encontraba, desde niño, escondido bajo el jazminero con algún chico del barrio, abrazaditos, sin hacer ruido y que ella le leía historias de Santos por consejo del Padre Sindulfo, pero que ni así él dejaba de esconderse debajo del jazminero con otros niños y que ella nunca quiso creer que...»

Lorenzo Duarte volvió a sentarse lentamente, con las manos flojas y dejó de escucharla.

«Sí -se dijo Lorenzo-, el jazminero era mi castillo; cuando me sentía muy desdichado me escondía y venían Luis o José-í o Gregorio a hacerme compañía. Gregorio, pobre Gregorio: después que su madre le había propinado alguna de aquellas zurras con historia, en que las piernas le quedaban marcadas con los surcos de los cintarazos, venía junto a mí y nos acurrucábamos abrazados debajo del jazminero, un solo calor y un solo dolor, y nos fundíamos en uno y parecía que todo se pusiera, de nuevo, en orden. Yo le acariciaba las piernas sangrantes en las que el cinto había dejado huellas largas, sin piel y le limpiaba meticulosamente la sangre con la saliva y le preguntaba si le dolía y él, acababa diciendo que no, que ahora ya no, mirándome con ojos tristes y secos».

Lorenzo pensó que tenía derecho a explicarle a Ramona Duarte y a todo el mundo que ésta era su forma de gratificarse de sus desventuras y que nadie, ni ella, ni el cura, ni otro cualquiera, tiene el derecho de elegir la forma de consolarse del dolor de vivir, pero supo que nadie entendería..., sólo don Anacleto Quiñónez. Y ahora él estaba escuchando que ella le decía que ese don Anacleto Quiñónez, era un bandido:

«Que ese tipo quería separarle de su madre y de las enseñanzas de la Virgen, Madre de Dios y que ella se enfrentaría con él, que hasta le contaría el problema a su compadre, el Comisario Velázquez, que mucho se le había ofrecido porque ella le había hecho el vestido de cumpleaños de quince a su hija Salustiana y que...».

«Ella me amenazó más de una vez -recordó Lorenzo- con mandarme a Emboscada con mis amigos, todos juntos a la Correccional de Menores y por eso descubrí que yéndome lejos, cada siesta, a la orilla del río, a la Chacarita, me ponía a salvo y allí alquilábamos botes y salíamos a remar y a pescar hasta que veíamos acostados boca arriba, al atardecer, el sol incendiándose en el agua, sobre la línea del horizonte, mientras se iba sumergiendo rápidamente en las aguas de la bahía».

«Allí conocí con mis amigos mis mejores consuelos. Allí sentí, en el bote y entre los árboles y entre los altos yuyos mis más hermosos momentos, el calor de los cuerpos que se acarician y se funden y se confortan y allí, entre barquillo y barquillo de helado teñido de anilina amarilla, naranja y roja, me ofrecieron negocio tras negocio los tipos bien vestidos que se hacían amigos nuestros».

«Yo no quería aceptar como ella no quería aceptar lo que le proponía el turco Abdul, pero cuando volvía a casa, al anochecer y recibía los golpes de la escoba sobre las costillas, decidí probar, para tener dinero y huir de casa».

Escuchó que ella repetía que hablaría, sí que hablaría con su compadre, el Comisario Velázquez sobre el problema y que denunciaría al sinvergüenza de don Anacleto Quiñónez para que lo manden preso por corruptor de menores y que...

Lorenzo se incorporó de nuevo, giró hacia la puerta y le dio la espalda, luego volvió la cabeza y la miró fijamente.

Pensó que por algo estaba vivo, que no había sido abortado, que la sociedad defendía su derecho de ser, en nombre de la Iglesia, de la Patria y de la humanidad.

Echó los hombros para atrás y le habló por primera vez a Ramona Duarte, cara a cara, con el mismo tono con que solía hablarle don Anacleto Quiñónez, después de una cena placentera, con una copita de anís en la mano, pausadamente y con ligera burla en la mirada:

-Mirá, mamá. Soy mayor de edad y te repito, no vuelvas más por casa, ni me llames más. Te mandaré tu mensualidad cada fin de mes, pero no me molestes, ni quiero más hablar contigo. ¿Entendés? No me abortaste, está bien. Ahora todos tendrán que aguantarme como soy y como yo me aguanto. El Padre Sindulfo y la Patria y vos, tendrán que saber que mi mujer y mis hijos y mi madre y mi presente y mi porvenir son... Don Anacleto Quiñónez.

Y se fue sin prisa.



 

NO RESISTAS, CARIÑO

 

Duermo. No... Aún no duermo... Escucho las quejas de ella, sus protestas, como escucho el himno nacional: de tan conocido no sé lo que dice, exactamente. Pero resuena, resuena y resuena... Imágenes de algodón, calidoscopio que dibuja y desdibuja imágenes móviles de agua interior cambiando en continuo devenir.

Patio de escuela, tengo nueve años, en la fila me entretengo en revisar un hermoso caracol rosado que saqué del bolsillo del pantalón mientras los demás cantan el himno nacional. El coscorrón me sorprende y me humilla.

Todos cantan. Menos yo... Sí, soy una máquina de hacer sexo y negocios. No tengo tiempo para otra cosa. Y dormir. Es eso lo que dice la voz que me estironea de mis imágenes brumosas y mis sensaciones infantiles. Duermo. O casi. La voz me arrulla con monotonía que en el repitente machacar de largos años de guerra de alcoba gastó su sentido punzante y vació su carga de angustia. Arrulla el hastío como con su friega tenaz. Estoy otra vez en imágenes de algodón en la escuela y me meto, sin saber ni cómo ni cuándo en el epicentro de un terremoto perruno. Se desdibujó el patio de la escuela y apareció una calle oscura y los perros me rodean sin ladridos. Me juegan mordiscos a las piernas, bailo ingrávido una danza espacial desesperada y vuelo raudamente en una oleada de desesperación hacia arriba sin lograr salir de la vorágine canina. Sostengo algo entre los brazos, es un cachorrito perfumado. No es a mí al que trata de morder la jauría, es a él, al cachorrito aromado de perfume de mujer. Tan tierno, tan suave, tan indefenso. Es el perfume de ella. Estoy apretando estrechamente la almohada contra mi pecho. Se habrá acostado, supongo. Con los ojos cerrados quiero palpar su lado del lecho, para cerciorarme. La mano me pesa como una piedra. Pero no, es el cachorrito y no pesa nada, pero está ahí, delicado, inerme, en peligro... Los perros lo quieren alcanzar. Ahora vuelo otra vez. Pero otra vez los perros vuelan y me siguen y me alcanzan. Estoy rodeado de ellos. No veo nada. Pero siento el bultito precioso. Me sobresalto. Un portazo. Las imágenes de vapor se disuelven y adivino la frase pronunciada antes del portazo. El calidoscopio queda negro y estoy otra vez en mi cama con los párpados pesados como guijarros. Pienso... Sería bueno que lo hiciera de una buena vez, para acabar el juego que hace mucho perdió el sabor y la sorpresa. No duermo. Pero no siento mi cuerpo. Es que estoy muy cansado. Hace mucho que lo estoy. Soy un pensamiento flotante en el dormitorio lleno de su perfume, de sus cascadas de telas leves color pastel, de sus afeites y sus ropas, del mecanismo complejo de sus gestos de mujer difícil, que arrulla sus traumas y no se escapa nunca de su burbuja de sentimientos, sensaciones, opiniones y angustias subjetivas. Ella vive en su burbuja de frustraciones y desde ahí me amenaza con el río. Floto pensando que puedo hacerlo a despecho de la impotencia, del miedo y de la visión angustiosa de su cuerpo tendido en la arena, boca abajo, el pelo pegado a la cara y chorreando, rodeada de piernas y de voces, laxa, quebrada como los juncos hamacados por la correntada. Debiera hacerlo. Sí. Debiera hacerlo de una vez por todas. Ella tiene miedo. Yo también. Floto entre brumas inestables como nubes cambiantes. No es fácil ser niño y entender lo que tanta gente adusta quiere de uno en el tedio insorportable de la fila del patio de la escuela. Sostengo el cachorrito, no es un caracol rosado, lo sostengo en alto, con los brazos tendidos para arriba como en una súplica, para que los perros no me lo arrebaten, no le hagan daño, para que no lo mordisqueen y no pierda su belleza, para que no pierda el tornasol de su nácar de aurora.

El caracol se convierte repentina, blanda e inesperadamente en un animal feroz que muestra colmillos desnudos y curvos. Va a morderme en la cara. Me sobresalto. ¿Y si ella cumpliera la amenaza? Debiera hacerlo, pues. Hace ya tanto tiempo que me tiene balanceándome en la balsa precaria de la duda, como flotando en un pantano de impotencia, de miedos falsamente cicatrizados. La vería así, en la playa, de cara en la arena, desnuda, el pelo pegado a la cara, las aguas resbalando en menudos arroyos sobre su carne blanca, rodeada de voces y piernas. Ya no se desgarran mis entrañas. Hace rato se resecan al sol del hastío como la osamenta de un perro destripado sobre el asfalto, sin que nadie se detenga a pensar en ello. Ya no siento otra cosa más que siga jugando un juego en el que ella sola se desgarra prodigiosamente, sin terminar nunca de morir... Y yo impotente, ahí, tendido, sin sentir mis miembros paralizados por la fatiga. Deseo saber si está o se marchó. Deseo tocar su carne perfumada y consolarla de esta angustia común de tener miedos separados, deseo tocar su cuerpo y con el mío hacerle una barrera protectora de ternura, de palpitaciones prolongadas; deseo con mis músculos y mi fuerza de hombre acostumbrado a pelear entre perros, todos los días, cubrir sus pobres quejas, su triste miseria de niña mujer atemorizada con mil nimiedades cotidianas que no alcanzo a comprender, atemorizada de sus sensaciones imprecisas, de sus recuerdos dolorosos que pesan como equipaje de piedras y que no puedo conjurar... Debo despertarme del todo. Saber si está ahí o se fue a la playa, a tirarse al río desde el puente, entre los juncos que se mecen en mis noches de algodón, junto a su cuerpo claro, a sus cabellos sedosos en los que juegan mis torpes dedos después de un estallido más en la larga lista de los años. Debo buscarla... Estiro un brazo, cautelosamente, medrosamente, en la oscuridad. Creo escuchar su respiración acompasada. Tengo miedo. Había escuchado un portazo. Pero ella siempre los da cuando la burbuja la asfixia. Sostengo la respiración. Abro los ojos. Distingo bultos. Ahí está el sillón con la ropa que ella arrojó cuando comenzó la discusión. Allí está la silueta desdibujada de su mesa de tocador.

El espejo tiene una luminosidad fantasmal. Miro a mi lado. Adivino en la penumbra la sábana que cubre el perfil armonioso de su cuerpo, blandamente, como la cubrirían las aguas si se animara. Mi mano comienza por fin a avanzar suavemente y se posa con ternura en su cuello de diosa que adivino más que distingo cerca de mi cuerpo palpitante. Ella suspira. Mi virilidad corcovea como un potro en libertad y no hace caso de su aparente rechazo. Me da lástima. Ella está perdida. Me recibe como el niño ávido el pezón tibio de la madre. La domino. Obedece las órdenes de mi cuerpo, sin fuerzas y sin argumentos. No resistas, cariño. No resistas, mi amor... Ella se entrega como no se atreve a entregarse a la caricia de las aguas que hamacan los juncos en la orilla... Se entrega con avidez, primero, luego con desmayo. Acaricio su cuello, su cuello por el que corre palpitante su sangre pujante de vida intensa. Se apacigua largamente, me apaciguo. Acaricio su cuello suavemente, tiernamente. No resistas, cariño. Pienso. Debo hacerlo. Debo librarla de sí misma, torbellino de temores y de angustias y dudas y tormentos. Debo librarla de las viscosas aguas del río...

Aprieto suavemente. No se resiste. Sigo apretando. Se sobresalta. Aprieto más. Con una mano. Con las dos. Espasmos bajo la sábana perfumada. Más espasmos. Convulsiones violentas. Menos violentas. No resistas, cariño. No quiero hacerte daño. Sólo quiero librarte de la indecisión. Quiero librarte de tus tormentos. Un poco más. Aprieto. Ya casi no se mueve. Apenas un aleteo secreto bajo las sábanas perfumadas. Ya está, cariño, no tendrás nunca más miedo, ni dudas.

Para eso estoy yo, tu hombre...



 

BONIFACIA

 

«Tenés que ser nuestro embajador. Vos y nadie mas que vos» -le habían dicho los compañeros de oficina.

Arévalos había tratado de eludir la penosa misión, pero la mayoría siempre dice la última palabra. Todos se habían quedado tranquilos arreglando sus escritorios, sus papeles, sus corbatas, mientras él, Arévalos, estaba ahí, en el vestíbulo, esperando a Bonifacia y buscando palabras apropiadas para tranquilizar a los compañeros, y, por qué no confesarlo, para tranquilizarse a sí mismo.

Era hora de verse libre, toda la oficina, del triste compromiso de los jueves. El único que nunca accedió fue el pelado Carrasco:

«No quiero saber nada de eso. Ustedes son unos cobardes y por no enfrentarse a la realidad caen en un masoquismo ridículo» -había manifestado el primer día.

No hubo argumento que lo convenciera. Carrasco se negó a poner en manos de Bonifacia, semanalmente su aporte:

«Hay miles de miserables en nuestro entorno y una limosna periódica es el medio, para ustedes, de lavarse las manos y dejar de pensar en el problema de fondo» -había sostenido.

De Carrasco fue la idea de hacerla seguir con el ordenanza de la oficina.

«No sé de qué se sorprenden» -había dicho triunfante a todos los compañeros cuando alguien notó el abultamiento en el vientre de Bonifacia. -«No pretenderán que se mantenga virgen para darles satisfacción a ustede...».

Todos los compañeros habían hablado al mismo tiempo argumentando que era inconcebible que hubiera un hombre que fuera capaz de acostarse con Bonifacia. Sostuvieron acaloradamente que era una vileza. Y Carrasco había respondido burlón que la vida era una perfecta vileza.

Y ahora él, Arévalos, padre de familia, responsable, sensible al dolor humano, estaba ahí, como un tonto, sin saber qué palabras escoger, esperando a Bonifacia, mirando su silueta repetida en los tres espejos del vestíbulo de Inmobiliaria Pirapó S. A. Su mirada nerviosa cruzaba el espacio desde su reloj de pulsera a la calle, de la calle a los arreglos verdes delante de los espejos, de los arreglos verdes a su rostro confuso repetido en los tres cristales. Eran las 11 y 28 minutos.

«Carrasco tenía razón» -reconoció de mala gana mientras se alisaba el mechón de la frente pensando que era hora de ir al peluquero. «Carrasco es un desgraciado, pero nada tonto. Y en este preciso momento estará arreglando su escritorio con su risita de costado y su mirada burlona» -imaginó con irritación.

Arévalos miró a la calle. Los gruesos vidrios de la puerta de vaivén atenuaban el estrépito del tránsito desatado con furia a esa hora pico. Bonifacia no tardaría en llegar. Era puntual. Claro, tenía que serlo, ¿por qué no? Siguió pensando en Carrasco. Cuando el cadete llegó con la noticia y todos los compañeros de la oficina lo habían rodeado para escuchar el informe, ante el pasmo  general, Carrasco había lanzado una estentórea carcajada. Muchos pares de ojos lo miraron interrogantes y había, después de la carcajada, explicado:

«Ahora tienen el pretexto que todos esperaban para verse libres de Bonifacia. La carrera de buenos samaritanos de los ejecutivos de Inmobiliaria Pirapó S. A., llegó a su fin». Y les había dado las espaldas.

-Ese hijo de puta de Carrasco siempre tiene razón -dijo entre dientes Arévalos, mientras con el rabillo del ojo vio acercarse por la calzada, la figura bamboleante de Bonifacia.

No estaba seguro de lo que le diría, pero algo se le ocurriría finalmente. La cosa no tiene ninguna importancia y él se estaba ahogando en un vaso de agua.

Bonifacia se acercaba arrastrando lentamente sus pies deformes metidos para adentro. «Cada paso debe costarle un esfuerzo para que un pie no choque con otro» -se dijo. Trató de no mirarla cuando avanzaba para empujar la puerta de vaivén, pero estaba como hipnotizado, sin poder apartar los ojos de los andrajos de Bonifacia, del vientre abultado de Bonifacia, de los ojillos tristones de Bonifacia... y de los dos muñones de sus codos rematados en un remedo de dedos sin uñas que colgaban como trapos.

«Sífilis» -pensó con una opresión en el pecho-. «Es como el pecado original. ¿O es el pecado original?» -se planteó con inquietud imprecisa.

Bonifacia empujó la hoja de vidrio con un hombro y se arrastró hasta el interior fresco del vestíbulo.

-Hola -dijo Bonifacia.

-Hola -respondió Arévalos-. No se le ocurrió nada más. Pero cuando Bonifacia avanzó bamboleante hacia la puerta de la oficina, se dio cuenta que tenía que reaccionar inmediatamente.

-No, Bonifacia. No entres. Vamos a hablar.

Ella lo miró asombrada sin responder.

-Sí. Vos y yo tenemos que hablar. Los compañeros me delegaron para decirte que desde hoy nadie quiere que vuelvas a la oficina porque nadie quiere volver a darte un centavo -dijo de un tirón y con voz firme.

-Sí, señor..., pero, ¿por qué pió? -interrogó Bonifacia con los ojillos redondos de sorpresa.

-Te hicimos seguir hasta tu pieza de detrás de la estación del ferrocarril...

-Pe... pe... ro, ¿por... qué, pió, Señor?

Arévalos le señaló el vientre abultado y ella inconscientemente también bajó la vista y se lo miró. Luego levantó los ojos interrogantes hacia el hombre.

-Estás embarazada, se te nota...

-Sí, Señor, e cierto. ¡Pepe... ro!

-Te hicimos seguir hasta tu pieza y sabemos que un hombre vive contigo, durmiendo hasta las 11 de la mañana, luego tomando tereré el resto del día hasta las 7 de la noche y por último, bebiendo wisky de la mejor marca, que vos misma le comprás. ¿Qué te parece? ¿Lo vas a negar?

-¿Y por qué pió viá negar? ¡El e mi hombre!

Arévalos sintió la sangre espumársele como champagne y prosiguió con dureza:

-Y creés que nosotros, los de la oficina, que estamos aquí todos los días a las siete de la mañana y que apenas podemos tomar wisky de vez en cuando, vamos a mantener  a tu hombre con esos lujos? ¿No te das cuenta que te explota?

-No sé por qué pió me decís eso... Todo nió Jamo algo para recibir. Uteden trabaja para ganar, me da limosna para etar ma tranquilo, y yo mantengo a mi hombre con lo que consigo para que él alegre mi vida...

-Pero, ¡él te usa! ¿No te das cuenta, Bonifacia? ¡No pensarás que te quiere!

Bonifacia bajó los párpados y sonrió antes de contestar lentamente:

-¡Pero yo le quiero! Y él me quiere como puede... Yo etoy contenta ningó así... -y lo miró de frente y sostuvo la mirada.

-Bueno, ninguno en la oficina está dispuesto a dar dinero para el hombre que vive a tus costillas. A vos te lo daríamos, pero a él, ¡no!

-Si me dan, e para mi necesidá ¡Y él é mi necesidá! Si no le gusta má, no importa. Mucha gracia y que Dio se lo pague...

Bonifacia empezó a girar dificultosamente hacia la puerta de salida y Arévalos la detuvo con voz imperiosa:

-¡Bonifacia! ¡Ese hombre es un bandido, un vividor, un...!

Bonifacia lo miró y le respondió por sobre el hombro:

-¡Ese ningó, é mi hombre, Señor! -y trabajosamente comenzó arrastrar sus pies torcidos hacia la salida.

Arévalos metió la mano en el bolsillo y rápidamente sacó un billete sin mirar el monto y le extendió:

-Al menos, Bonifacia, ¡tomá esto antes de irte...!

Y quedó con la mano extendida sosteniendo el billete. Bonifacia, sin mirarlo se arrastró bamboleándose, empujó la puerta con el hombro trabajosamente, salió a la calle y Arévalos asomó la cabeza tras ella.

Bonifacia caminó o se arrastró, unos cincuenta metros y se detuvo ante un gran anuncio en acrílico con la leyenda en luces de colores:

SEINPA- Empresa de Seguros Integrales Paraguayos.

Con el hombro empujó la puerta de vidrio y desapareció...



 

PLATA YBYGUY

 

 

 

 

Tu plata se ha convertido en escorias,

   
 

tu vino está mezclado con agua.

   
 
 

 

Isaías 1:22

               

 

Las exhortaciones de entusiasmo no sirvieron de mucho. Lo exaltado de la letra no comunicó ni a los rostros, ni a las voces, ni al ritmo su pujanza. Más bien el contraste del estribillo anunciador del optimismo ausente, acentuó las expresiones de máscaras, las voces tristes y la cadencia lánguida.

Los alfareros están de festejo...

Se encalaron las heridas de las paredes maltratadas por el tiempo y la desidia; se barrieron los ladrillos de los pisos ondulantes; se sacaron caballetes con mesadas bajo los mangos; los comensales endomingaron su humanidad; y se filtraba por las narices el tufillo de los chorizos que lucían jugosos sobre la parrilla y llegaba hasta el jugo gástrico con promesa de fiesta campestre.

Los treinta alfareros reunidos seguían, sin embargo, parapetados tras su disfraz de indiferencia que viste un desnudo desencanto antiguo. La visitadora social que asiste al Club de Alfareros Unidos para la Producción (C. A. U. P.) tiene la misión de estimular los ánimos aletargados, sacudir la abulia criolla, motivar la producción, disipar las nieblas de los patanes y movilizar los tornos hasta imprimirles un vertiginoso pulso de trabajo en la confección de cacharros y potiches que revende la casa madrina en la ciudad. Ruperta, visitadora social, es la intermediaria entre las sombras de las casuchas rodeadas de montículos de tierras, leñas y miserias y los  esplendores de la Comisión de Damas que amadrinan a los desheredados desde oficinas enmoquetadas repletas de armarios metálicos para fichas, formularios y planillas de crédito para los afiliados, entre los que se reparten los mendrugos de jugosos préstamos internacionales.

La amedrentadora Ruperta (mezcla de maestrita de escuela y machú-galpón) exuda entusiasmo de encargo y muestra los dientes con la misma energía con que, en las reuniones quincenales escupe denuestos, amenazas y promesas.

Ya se cantó el himno del alfarero compuesto por la Presidenta de la casa madrina, la mismísima y encopetadísima doña Isabel Ramírez de Bazán. Ella, naturalmente no pudo venir porque tenía compromisos ineludibles. ¡Es gente tan ocupada esa!

¡A comer! Se armó un revuelo simulacro de animación, y las mentes olvidaron por un momento las arengas quincenales de Ruperta, su artillería de vocablos pertinentes a estudios de mercado, insumos, porcentajes, intereses, mercadeo, producción, estudio de factibilidades, exportación, mercado de consumo y otros vocablos mágicos reservados para los iniciados. Todos se concentraron en el instintivo y tranquilizante proceso de masticación y deglución y entibiaron las ateridas entrañas con el engaño momentáneo del tinto barato.

Al rato hubo caricaturas de alegría y camaradería hasta que los cuerpos enjutos zigzaguearon con remedos de animación.

Aparicio masticaba lentamente como un buey viejo y meditaba: si todo salía bien, ya no tendría que tratar de ordeñar las burocráticas y mezquinas ubres de la Comisión  de Damas para el Desarrollo Artesanal. Esta noche era su noche.

Desde los dieciocho años pedaleaba el torno sometiendo a la arcilla y haciéndola servirle para su sustento. Siempre tenía los riñones adoloridos a pesar de los infaltables yuyos que acompañan a la yerba en su guampa. Pensó serenamente que la arcilla se somete, pero la miseria no. Cada noche, con el compadre Salustiano, durante veinte años, hasta con lluvia, hizo hoyos por el pueblo y sus alrededores sin desmayar jamás. Hélida, su concubina, siempre le alentó con su silencio tenaz, tan rotundo como el más sonoro asentimiento y con la friega de hierbas maceradas en caña blanca, sobre los riñones, en cada regreso furtivo de sus correrías. Pero esta noche era diferente, porque por fin había encontrado lo que buscaba: la solución de sus problemas, la revancha de sus estrecheces, la cura de su miseria. Casi al amanecer habían dado descanso a las palas y habían decidido, el compadre Salustiano y él, dejar la cosa para cuando estuviera oscuro de nuevo. Cantaban los gallos y entre los jirones de la noche que se iba, se bocetaban las siluetas de los madrugadores como sueños imprecisos. Decidieron postergarlo. Se secaron los sudores después de ocultar nuevamente el descubrimiento bajo tierra y ponerle unas ramas encima para que nadie les arrebatara el botín. Mientras rumiaba su secreto gozo masticaba los chorizos. No podía desechar de la mente el espectáculo increíble de los dos sacos impermeables que asomaran en los terrones húmedos al conjuro de las palas incansables. ¡Lástima que llegara el día! Pero tuvieron tiempo de palpar, estironear los cordones y hasta oler las duras telas impermeables. El compadre Salustiano que es entendido, le aseguró que adentro había billetes. Seguro que billetes. No podía ser nada más. Si estaban paleando -le había dicho- en el patio de la derruida vivienda del que había sido el avaro legendario del pueblo, del que contaban mil historias, como la de comerse gatos y ranas y hacerse los pantalones él mismo con bolsas de harina. ¡Si era pues, la casa del viejo don Ferruchio (el italiano que se había muerto de frío un invierno muy duro, hace ya mucho tiempo) la que se dibujaba medrosamente entre el carbón de la arboleda, en la madrugada! ¡El pronóstico de la vidente no les había fallado!

Se limpió serenamente la boca con una servilleta de papel sin darse cuenta que los efluvios entusiásticos de Ruperta lo estaban incitando a salir de su ensimismamiento. Alcanzó a comprender vagamente que ella lo invitaba a presentar su solicitud de crédito para el próximo otorgamiento y sintió que la ira mansa en que vivía anegado, se le encrespaba recordando los insultos con que lo había zarandeado por largos meses; por retrasarse con el anterior. La miró con pupilas vacías, le dijo que ya no quería más créditos y se fue a su casa.

 

Tres días después la noticia se instaló en todos los comadreos, en todos los cercados, bajo todos los aleros, alrededor de todos los fogones, y en todas las rondas de mate y tereré Aparicio y Salustiano habían desenterrado dos enormes bolsas de billetes italianos en el patio del viejo Don Ferruchio, el italiano aquél que se había muerto un invierno helado, hace muchos años. Una bolsa para cada uno.

Los amigos, los vecinos, los parientes, los compadres, se fueron acercando discretamente y como quien no quiere la cosa, al rancho de Aparicio, como se acercan  sin ruido las hormigas antes de la lluvia. La sorpresa circuló en susurros de oreja a oreja.

Aparicio y el compadre Salustiano estaban sentados cerca de torno balanceando peligrosamente sus torsos desnudos, los brazos caídos, las manos callosas colgantes de impotencia y mascando improperios pastosos de caña Parapití.

Hélida, la concubina, acurrucada en el rebozo remendado, sosteniendo a un niño de pecho, los ojos aguados, explicaba lastimeramente a la concurrencia, desde el desvencijado portón, que no, que no estaban festejando nada, que el entierro había salido mal, que el compadre Aparicio había llevado los billetes al banco para averiguar y que le habían dicho que sí, que era dinero, pero viejo y sin valor, de antes de la guerra de los gringos, allá lejos, en su país, y que no servían ni para el fogón.

Entre los montículos de tierra para elaborar la arcilla y entre los leños apilonados para el horno, jugaban los niños felices en un colchón de liras que el viento hacía revolotear como mariposas...





 

NO TE QUEDES JULIANA

 

«El carro va rodando en tumbos y yo voy entre los dos hermanos. No sé adónde me llevan, ni me importa. Saben lo que hacen y no tengo miedo. Para ellos lo más importante es estar juntos. Habrán quedado huérfanos desde chiquitos. Así dicen por el pueblo. Es de noche y todavía no salió la luna. No tengo miedo, no. No es que yo no les importe. Al contrario. Pero hablan poco, casi nada. Solamente lo necesario. Así se acostumbraron. Así se manejan en todo. A su manera. Son distintos hasta en el color del cabello que parece que siempre estuviera lleno de sol, y en la piel oscura donde la ropa no los cubre y blanca por dentro, como leche, que solo yo veo cuando nos acostamos frente a las ventanas de rejas, entre aperos o cueros, iluminados de luna. Solamente yo veo su piel de leche y nadie más. Ellos antes no tuvieron mujer. De vez en cuando iban al prostíbulo, pero nunca tuvieron mujer en casa. Solamente yo. Soy la única. También en eso son diferentes: apasionados, cariñosos..., muy diferentes a lo que son el resto del tiempo. Para ellos lo más importante es estar juntos. Como si se defendieran de la gente en esa forma. Y no es que yo no les importe, al contrario, los dos me quieren. A su manera. A veces hasta me asustan, de noche, cuando uno me llama y nos queremos entre los aperos y las bolsas de forraje y entonces es como si yo fuera lo más importante en su vida. Hasta que me llama el otro en la pieza del frente, que mira al camino, y nos acostamos entre los cueros que acopian y venden y entonces sus besos pareciera que van a ahogarme. Los dos dicen que soy muy, muy linda. Pero a la mañana siguiente es como si no me conocieran. Ni me hablan, como ahora que vamos a los tumbos en el carro rodeados de oscuridad. De día ni me miran. Sí, ellos son diferentes. A veces me observan de reojo como si yo les estorbara. Pero no quieren que me vaya. Muchas veces les digo, de noche, cuando estamos abrazados, que si les molesto me voy, pero ninguno de ellos quiere. Al contrario, pareciera que soy muy importante para ellos. Ya procuraron una vez y me devolvieron al prostíbulo de donde me habían traído. Pero después de una semana me fueron a buscar juntos de nuevo, ojerosos y barbudos como si no hubieran dormido en muchos días. Yo no sé qué hacer. No pienso hacer nada. Los quiero a los dos y sé que me necesitan. Ellos tienen que decidir. No sé qué podría hacer yo. Ni los entiendo a ellos ni a mí misma. Son tan raros. Porque de día creo que les molesto y hasta que me odian. Pero no dicen nada. Se parecen a su casa, grande, triste, vacía, silenciosa, descuidada, como si rechazara a la gente pero la necesitara sin embargo. Algo les sucede, pero no sé qué es. Cuando nos tiramos en el piso de la pieza del frente, entre los cueros, antes de apagar la vela, el mayor esconde ese libro negro que tiene sobre la mesa tan linda contra la pared, con un espejo encima, todo adornado y lleno de polvo y de telarañas y que no quiere que yo limpie. Esconde el libro en el armario que tiene angelitos desnudos que a mí me gustan tanto y que no permite que toque ni con la punta de los dedos. Yo no sé qué libro es ése porque no sé leer, pero tiene letras muy lindas que suelo mirar cuando ellos no están. Es un libro muy viejo, con cierre dorado y cintas de colores que casi no se distinguen por la vejez y el polvo. La luna está por salir, pero la tapan unas nubes oscuras. Siento los cuerpos de los dos a mis costados empujándome de un lado para otro con el traqueteo del carro. Por eso no siento tanto el frío. No tengo miedo porque están a mi lado, aunque son tan raros. Yo no les entiendo pero no me dan miedo porque les quiero mucho. Cuando me devolvieron al prostíbulo estuve muy triste porque los demás hombres son muy brutos y tratan mi cuerpo como un zorro muerto, listo para ser descuereado. No sé a dónde me están llevando. Pero sé que no es al prostíbulo porque ya me trajeron dos veces de ahí y lo que quieren es que desaparezca del todo. Pero yo no me voy a ir. Que me lleven ellos. Y no tengo miedo porque aunque les estorbo, me necesitan. Y parece que les estorbo porque para ellos lo más importante es estar juntos, los dos hermanos, sin que nadie más viva con ellos. Algo tendrán que hacer. El que conduce el carro no abrió la boca todavía y el otro, de vez en cuando, le señala el rumbo en la oscuridad. No distingo más que los bultos de los árboles y alguna aguada que brilla de vez en cuando a lo lejos. Creo que estamos yendo hacia la salina de Matías. No sé. Estoy empezando a sentir frío y procuro no temblar. Sospecho algo porque se pusieron su revólver en el cinto los dos y me dijeron que preparara mis cosas. Me recomendaron que no dejara nada por ahí. El frío me está llegando a los huesos. Lo que hagan va a estar bien. Nadie en el pueblo me mira más desde que vivo con ellos. No por lo que soy porque eso a nadie le molesta. Mi mamá ya fue eso y yo aprendí que es una manera de servir a los hombres. Parece que muy importante. Pero lo que no aguantan es que viva con dos hermanos a la vez. La gente tiene sus creencias pero yo también tengo las mías. Cuando guardé la crucecita de plata que mi mamá llevaba en el cuello, me pregunté si yo tal vez estuviera de verdad haciendo algo malo. Pero no creo. Ellos me necesitan más que los otros y si yo les estoy estorbando, voy a aceptar lo que ellos dispongan.

Porque me quieren y es lo único que a mí me importa. Uno, el menor, me dijo en la pieza de atrás, cuando estaba guardando mis cosas, que si tenía miedo, me fuera no más por la oscuridad. Pero no pienso correr. Que sea lo que ellos quieran. Ahora se detiene el carro. No quiero que noten que estoy a punto de tiritar. No sé qué esperan. Todo está inmóvil. Los tres estamos quietos como estatuas de iglesia. El menor se está bajando despacito, como si estuviera acalambrado. Me parece que está atando los caballos. Ahora el mayor me está diciendo en el oído que me baje por el otro lado y corra en la oscuridad. Yo le digo que no con la cabeza. No quiero. No tengo a donde ir. Ahora nos estamos bajando y yo estoy sudando frío. Será el viento de la noche. Ya puedo tiritar tranquila. Se quedan quietos como esperando algo y yo también. No sé qué esperamos. Creo que es la voz del menor que en mi oído me dice que si tengo miedo me vaya, que corra en la oscuridad. Me quedo quieta. No voy a correr. Prefiero morirme tiritando. Que ellos decidan. Ahora me dicen que camine hacia allá, hacia la salina de Matías que se está poniendo blanca con la luna que comienza a asomar de golpe. Uno se me acerca y siento su calor en mi oreja. Me dice que si tengo miedo que corra en la oscuridad. Me repite como suplicando: «No te quedes, Juliana, corré...» Digo que no con la cabeza. El silencio es largo y no sé qué estamos esperando otra vez. Por fin uno me dice que camine, que me vaya hacia la salina. Me habla con voz fuerte, casi gritando, como cuando está muy nervioso y me repite más fuerte, apurándome. Ahora los dos me ordenan que me mueva, que camine. No sé si están enojados... o angustiados. No entiendo. Tirito libremente con todo mi cuerpo. Tengo que apurarme. Miura me gritan los dos juntos. Empiezo a andar hacia donde la luna brilla con toda su fuerza entre nubes negras y procuro que no noten  que no puedo contener mi cuerpo. Por eso camino lenta, muy lentamente, con mi bulto en la espalda, hacia el camino que la luna hace en la salina que brilla como agua quieta. Camino despacio, muy despacio, tiritando, temblando bajo la mirada fija de los dos en mi cuerpo. Siento en mi espalda sus ojos y... suenan muy fuerte dos disparos casi juntos y...»



 

LETANÍAS LAURETANAS

 

Doña del Rosario agoniza lentamente.

El médico dijo que podía ser largo aún el final a causa de que su corazón es muy fuerte.

Sus manos se crispan por momentos sobre la colcha y entonces resaltan aún más las venas azules, los tendones tensos y la piel sarmentosa manchada de vejez. Por momentos largos quedan laxas como si reposaran.

Se escucha un gorgoteo en la garganta de doña del Rosario, y, de vez en cuando, abre los ojos desorbitados y llama a Marita que vela a su lado.

Cinco cirios iluminan el antiguo dormitorio del vetusto caserón. Es de noche. Y entre las sombras oscilantes de un ángulo, se dibujan los cuerpos borrosos de mujeres enlutadas, arrodilladas al pie de un altar improvisado en el que arden los cirios frente a la imagen de Nuestra Señora de los Milagros.

«Santa María» -dice una voz, tristemente.

«Ruega por nosotros» -responde el coro.

«Santa Madre de Dios».

«Ruega por nosotros».

-Sí, madre. Estoy a tu lado.

La mano de Doña del Rosario busca a tientas la mano de su hija.

-Tu... hermano... Sebastián... -balbucea la moribunda.

-Ya se fue madre: no te preocupes por él. Descansa...

-Ve a la ventana y mira. -Modula de pronto correctamente la anciana. Esos... hombres... que...

Marita, obediente acude a la ventana y mira la noche. Sombras sigilosas se mueven entre los árboles. Más los adivina que los ve en la obscuridad.

«Santa Virgen de las Vírgenes» -sigue la voz tristemente.

«Ruega por nosotros».

Retorna junto al lecho con ojos de espanto.

-No hay nadie. Se han ido todos. Aprieta suavemente la mano de la madre.

Doña del Rosario, los ojos cerrados, ve en imágenes superpuestas y cambiantes a Sebastián niño mamando en su regazo dulcemente; a Sebastián hombre diciéndole que él no cree en la inútil resignación de los pobres; a Sebastián huyendo por los esterales de los sabuesos uniformados que lo persiguen con denuedo. Sus dedos se crispan en un espasmo y abre los ojos desmesurados, atormentada por visiones incontrolables.

«Madre de Jesucristo».

«Ruega por nosotros».

«Madre de la divina gracia».

«Ruega por nosotros».

Sebastián escondido en la cabaña de leñadores del bosque, acostado en un catre desnudo, los párpados caídos, la boca abierta, las manos laxas a los costados, sangrantes, las uñas arrancadas, la barba crecida, la boca torcida...

-Marita... ve... a ver... otra...

«Madre purísima».

«Ruega por nosotros».

«Madre vastísima».

«Ruega por nosotros».

Marita vuelve obediente a la ventana y vislumbra un corrillo de sombras más oscuras alrededor del gran árbol de ybapovó. Escucha pisadas sigilosas e inquietas.

«Madre intacta».

«Ruega por nosotros».

«Madre sin mancha».

«Ruega por nosotros».

Se escucha el gorgoteo de la anciana y luego su voz balbuceante:

-Marita... qué... ves...

La joven acude presurosa con el rostro congestionado por el horror al lecho y acaricia la mano sarmentosa:

-Madre, se han ido todos. Descansa...

Alisa los cabellos resecos de doña del Rosario y retorna deprisa a la ventana.

«Madre inmaculada».

«Ruega por nosotros».

«Madre amable».

«Ruega por nosotros».

Sebastián de ceño fruncido, ojos centelleantes, gesto decidido, metralleta en mano preparándose para la acción; Sebastián arengando a campesinos; Sebastián niño tendiéndole sus manitas regordetas; Sebastián huyendo como animal acorralado...

-Maaa... ri... ta...

«Madre admirable».

«Ruega por nosotros».

«Madre del buen consejo».

«Ruega por nosotros».

Marita, horrorizada ve caer un bulto del árbol y escucha el ruido sordo de un cuerpo al chocar en tierra. -Ma... ri... ta...

Regresa al lecho con los ojos muy abiertos, aprisiona fuertemente la mano de su madre y se dispone a volver a la ventana.

Suenan tres disparos con pausa y compás. Queda rígida...

«Madre del Creador».

«Ruega por nosotros».

«Madre del Salvador».

«Ruega por nosotros».

-Quéééé fue... eso...- la anciana musita en un intento supremo de incorporarse. Vuelve a quedar laxa y se escucha el gorgoteo en el silencio repentino.

La joven corre a la ventana y vislumbra las siluetas inclinadas al pie del árbol. Voces de mando como chasquidos de latigazos ahogados y murmullos ininteligibles captan sus oídos...

«Virgen prudentísima».

«Ruega por nosotros».

«Virgen veneranda».

«Ruega por nosotros».

Sebastián erguido y retador diciéndole con voz ronca que él prefiere hacer cualquier cosa que nada, Sebastián escondido en la maraña de la selva, tendido en el catre, los ojos cerrados, los dedos sin uñas, los hombres uniformados merodeando, interrogando, apremiando, recorriendo y rastreando la aldea, los cerros, el esteral, los montes...

-Ma... ri... ta...

Marita retorna con los ojos nublados de lágrimas y pugna por ahogar el sollozo. Aprisiona la mano sarmentosa:

-Aquí estoy, madre, a tu lado.

Doña del Rosario, los ojos desmesurados y el pecho jadeante musita:

-Es... cuché... dispa... ros...

-No madre, no fueron disparos... Fueron petardos... Hay una fiesta...

«Virgen Laudable».

«Ruega por nosotros».

«Virgen poderosa».

«Ruega por nosotros».

«Virgen clemente...».



 

DESENCUENTRO

 

Sus miradas se entrecruzaron fugazmente y quedaron enlazadas danzando un instante en el éter. Risas, comentarios y parloteos fueron suspendidos y no hubo más que ellos dos en el mundo. El minúsculo lapso tuvo gravitación de eternidad. Luego retornó el ruido, retornaron las chanzas y las carcajadas y los guiños maliciosos y la Coca Cola y las Pilsen y Baviera.

Él se sintió confuso y echó una mirada circular para cerciorarse de que nadie había visto el compás de ausencia en el decurso del tiempo. Se apresuró en ingresar en la corriente social de los comentarios con una frase cualquiera. Nadie se había percatado. ¿Y ella? ¿Sospecharía ella lo que él soñó esa noche?

Allí estaba él, sonriendo, bebiendo, salpicando de monosílabos el parloteo intrascendente del grupo, pero sus sensaciones y emociones estaban impregnadas de sus vivencias nocturnales. Habían estado juntos, sumergidos el uno en el otro, flotando en un espacio intemporal, penetrados de la música de las estrellas. El perfume de ella, su mirada ambarina, su gesto lánguido, su cuerpo de lirio, se habían pertenecido íntegramente una noche entera. Esa embriaguez le perturbaba aún ahora, en ese atardecer en el club, bajo los árboles, junto a los amigos...

Una risa general lo sobresaltó. Alguien había dicho algo gracioso. Rió sin ganas y sin porqué. La miró. Ella sonreía como ausente con los ojos vueltos al vacío. Era demasiado bella para él. Pensó en sí mismo. Bajo, esmirriado, moreno, los ojos saltones y miopes y la boca demasiado carnosa. No, ella jamás se fijaría en él. Tuvo vergüenza de sus vivencias oníricas y se alegró de que nadie pudiera leerle el pensamiento.

-Bajá de Urano, che -dijo alguien, pasándole un vaso de cerveza-. Soñar no está de moda...

La bulla lo turbó y bebió sin ganas. La miró de reojo queriendo saber si ella también se burlaría. Nada en sus gestos revelaba que se percatara de su presencia. Seguía sonriendo con aire displicente. Él se sintió aliviado cuando el grupo lo olvidó y volvió a regodearse en sus sensaciones nocturnas. Era muy grato hacerlo cerca de ella, que jamás sabría que había estado tan íntimamente unida a él esa noche de delicias. La observó disimuladamente y ella le respondió la mirada con indiferencia. Al menos eso creyó él, y se apresuró en retirar sus ojos de los de ella.

Y ella pensó que nada en la actitud de él mostraba el menor interés por su persona. Sin embargo... Él nunca sabría que lo había soñado intensamente esa noche. Que en libertad total lo había contemplando sin pudor ni inhibiciones; que lo había tenido consigo solamente para ella, sin entorno que estorbase el gozo de la intimidad plena. Su frente serena, sus extraños ojos intensos bajo las cejas juntas, el labio inferior sensual y voluntarioso, su piel morena y sus manos sensitivas de artista, todo le había pertenecido por una noche. Ella bebió de su ser como el peregrino que de pronto encuentra una corriente secreta entre frondas íntimas. Miró en derredor y lo comparó con los demás. Eran burdos, agresivos e incapaces de la menor sutileza. Él era único. Sólo acudía al club para estar cerca suyo. Nadie sabría jamás que esa noche él le perteneció íntegramente. Una voz penetró en su microcosmos, como lejana y persistente. Era Marta, su amiga de infancia:

-Te noto rara. ¿Estás con el mes?

-No. Todavía no -y rió sin ganas para conjurar el peligro-. Solamente me duele la cabeza. Creo que estoy por engriparme.

-Hay una peste. Mamá está en cama -dijo Marta y la olvidó.

Ella lo miró a hurtadillas. Él hablaba con alguien. Lo envolvió de cabeza a pies en un instante y la experiencia de la noche cobró un arrollador y mágico esplendor. Él no la observaba en absoluto. Parecía como que jamás se percatase de su presencia. Sintió un amargo regocijo por el poder de posesión que tienen los sueños, que no se atan ni frenan a ningún imposible. En alguna forma él le pertenecía. Nadie lo sabría jamás y nadie lo podría evitar. Aunque él no la mirara era parte suya. ¿Y por qué habría de percatarse de su presencia? Él, tan hermoso, tan absolutamente perfecto, ¿cómo podría fijarse en una joven desvaída como ella? Tan sin gracia, tan sin nada especial que mereciera la atención de él, joven brillante y artista?

-¿Sabías que se va? -escuchó como lejana la voz de Marta.

-¿Que se va quién? -interrogó confusa ella.

-Quién habría de ser. Nuestro poeta, pues. ¿No lo sabías?

-No lo sabía -respondió en un hilo de voz.

-Lástima que no lo trataste íntimamente. Es un gran tipo. Te perdiste. Va a EE.UU. con una beca. Esta clase  de gente generalmente no regresa. Es una lástima. ¿No te parece?

-Sí. Es una lástima -dijo con voz débil.

En ese instante sintió el brazo de Luis sobre sus hombros como una gran carga. La estrechó y le dijo al oído:

-Es hora de volver a casa. Tengo que estudiar. Mañana estoy de exámenes.

Ella dijo:

-Sí claro. Vamos.

-Pero antes tenemos que despedirnos del viajero. Dudo que lo volvamos a ver. Se va del grupo. Y ahora está con lo del pasaporte y todo lo demás, estará muy atareado.

El rito de la despedida pasó por ella como una ráfaga, que le dejara nada más que un perfume penetrante.

-Suerte -dijo él.

-Suerte -dijo ella.

El universo se detuvo. Por un instante estuvieron uno en brazos del otro, estrechamente unidos mientras pensaban con agridulce regocijo:

«Ella nunca sabrá».

«Él nunca sabrá».

 



 

TIERRA MANSA

 

«Yo aquí hallé sosiego.

»Aprendí de ellos, que no se apuran por nada.

»Al principio quise arreglar el huerto y cuidar el césped, reparar el tejado y remendar el reboque caído. Y los contrataba, y venían un día o dos y después desaparecían, se hacían humo. Y a veces prometían y no venían nunca...

»Recorría los barrios y hablaba con la gente y así aprendí a entenderlos. Ahora sé cómo piensan y cómo viven y hasta casi me convertí en uno de ellos».

Dio dos chupadas a la bombilla y tras el ruido de succión que anunciaba que el líquido había terminado, me sirvió un tereré que acepté para no desairarlo.

«Viven mal, pero no les importa. Su tierra se está empobreciendo cada vez más por la erosión, porque derriban los árboles de los montes para hacer sus capueras y la lluvia lava la tierra fértil. Los cerros que había eran hermosos y los bosques y el lago. Pero todo se está viniendo abajo, como las antiguas mansiones y las personas. Pero no se nota todavía demasiado, todavía...

»De unos años a esta parte hay cambios que no preocupan a nadie, ni a mí tampoco, ahora...

»El lago se está colmatando y pudriendo, los peces están siendo devorados por las pirañas; los cerros están desapareciendo a golpes de dinamita o se están  convirtiendo en cárcavas rojizas; los bosques están siendo reemplazados por cítricos y capueras y cocotales y las lluvias de verano están escaseando. Las grandes lluvias erosionan las calles y los campos y lavan la tierra de cultivo. Todo se está convirtiendo en zanjones y arenales. Acá la tierra es mansa como la gente, pero se desquita lenta y secretamente devorándose a sí misma».

Le devolví la guampa y él se sirvió y siguió hablando con indiferencia.

«Pero si a nadie le importa, a mí tampoco. Yo vine pensando que acá podía hacer algo cuando me amenazaron los del gobierno por mis artículos en el diario, y cuando decidí que era preferible hacer algo dentro que fuera del país... Y me refugié en la antigua casa de mi abuela. Y aquí aprendí muchas cosas. Aprendí una filosofía popular que en mis años de universidad no podía entender.

»Al principio no me resignaba. Quise nuclear a los más cultos en un club literario pero no le interesó a nadie. Quise organizar una cooperativa de artesanos y prefirieron dejarse explotar por una institución de ‘damas de la caridad’ que les compra sus productos a precios miserables para revenderlos en ferias de beneficencia. Intenté muchas cosas... y después me tranquilicé.

»Usted pensará que están desmotivados, pero no es así. Sus motivaciones son propias y no dependen de ningún plan de ningún gobierno. Supongo que están cansados de que se les mienta. No creen en nadie más que en sus vivencias ancestrales.

»Cuando les viene la inundación y la sequía, alternativamente, sacan sus fetiches por las calles y se consuelan. Así son...»

Siguió hablando sin amargura mirando la serranía esfumada contra el azul.

«Pero si a nadie le importa, a mí tampoco. Viven su vida y no les inquieta lo que anuncian los medios de comunicación. Se desquitan en los velorios, en las procesiones, en los bailes, en los casamientos y en la caña. Ahora también toman mucha cerveza y bailan y se visten como ven en la televisión. Para eso solamente trabajan. Para vestirse. Pero viven mal, muy mal, como yo aprendí a vivir.

»Y cuando les pregunto por el último escándalo que anuncian los diarios sobre fuga de divisas, o el mercado negro, o las estafas públicas o la suba de los alimentos, se encogen de hombros y responden:

»Y qué le vamos a hacer. Todavía estamos mejor que en otras partes. Así no más tiene que ser. Todavía tenemos mango, coco, guayaba y mandió».

Me ofreció otro tereré que acepté con sacrificio para no desairarlo a pesar de la repugnancia que me producían sus pocos dientes, negros de nicotina, su aspecto desaliñado y las largas uñas de sus pies enchancletados.

«Yo le pregunté el otro día a mi compadre Catalino que cuándo iba a salir de la cárcel el tío de su mujer que está a la sombra por el desvalijamiento del Banco Nacional de Obreros y él me respondió:

»Y..., cuando todo esté tranquilo y la gente se olvide un poco...

»Entonces le averigüé cómo sabiendo como todo el pueblo sabe, que ese fulano es un ladrón público, le declararon unos días antes de meterlo a la sombra, ‘Hijo dilecto’ del pueblo y le hicieron hablar en público en la apertura de la temporada de fútbol, y me contestó:

»Sí, todos sabemos que es ladrón, pero ayuda pues a los pobres... Y nosotros somos, pues, cristianos, y sabemos perdonar...

»Acá la gente es así. Me contó don Saturnino que el tipo ése que le envenenó a la rusa para robarle su casa después de hacer un arreglo con los impuestos atrasados de la pobre mujer, mandó decir desde la cárcel que pronto va a salir y le va a arreglar las cuentas a los que le delataron, porque tiene compadre poguazú.

»La consigna es: ‘tranquilo pa...’».

Le devolví la guampa con repugnancia y le dije gracias, pensando que ya había cumplido con él lo suficiente.

Por la calle erosionada que más parecía una salamanca que calle, pasó una mujer llevando un enorme haz de leña sobre la cabeza, esquivando pozos y montones de basura y saludó:

-¡Adiooo...!

-Adiós Ña Fidelina -respondió y chupó con fruición la bombilla. Gruesas gotas de sudor le resbalaban de entre los cabellos ralos y pegoteados, por la frente y las sienes. Se secó con el dorso de la mano.

Vacas perezosas rebuscaban hierbas en el basural.

Los mangos se pudrían en el patio, las avispas danzaban sobre ellos y las gallinas merodeaban en el viejo corredor enladrillado y sucio. Una caravana de hormigas negras se afanaba en trasladar insectos de una grieta de entre los ladrillos hasta un agujero junto a la pared.

«Yo aprendía la lección. No hay que preocuparse si nadie se preocupa».

Frente al viejo caserón donde estábamos charlando, había una choza miserable de madera, cercada de tacuaras, la inevitable capuera y unos diez muchachitos andrajosos corriendo detrás de una pelota de trapo.

«Esa familia que usted ve ahí, es de doce hijos. Hasta hace unos tres años la madre era hermosa, ahora está deformada y sin dientes. Viven de la prostitución de la hija mayor, de algunas changas que hace el padre y de la ayuda de los curas.

»Esa, acá, es una familia bien constituida. Nadie trabaja en serio. Yo le pregunté una vez a su madre si no le molestaba que sus hijos mayores no tuvieran trabajo regular y ella me contestó:

»Todos son muy buenitos: o peloteá todo el día. Así somo... Qué le vamo hacer...

»El sueño de esta gente para sus hijos es que sean futbolistas. Sólo los tontos les buscan un oficio y los pretenciosos quieren para ellos un título para entrar a la administración pública y forrarse como dicen.

»Y yo ya le tomé el gusto a esta vida. No se hace mal a nadie y nadie le molesta a uno. La cosa es acostumbrarse y después es fácil porque nadie le pide nada a nadie. Vegetar no es tan malo, después de todo, y si la tierra se empobrece y la gente se empobrece, para eso está el gobierno y si al gobierno no le importa, a mí tampoco...

»Ellos son felices así como están y yo aprendí de ellos. Hasta me volví sociable. En las fiestas están vestidos a la moda Pettirossi y se saben divertir, y me aceptan...

»Hay que saber vivir...

»Al fin y al cabo cada uno hace lo que puede y de balde la gente se queja.

»Con nuestro sistema si uno no se mete con nadie, nadie se mete con uno.

»Y al menos no tenemos cuartelazos como antes. Yo aprendí eso y vivo tranquilo ahora. No cambiaría por nada mi manera actual de tomar las cosas, ni por las riquezas de los políticos y los jerarcas, que tienen que andar con guardaespaldas y todo eso... Total si roban, es problema de ellos y para eso se toman sus molestias. Yo no tengo vocación para eso y vivo, en cierta forma, mejor que ellos, al menos, sin sobresaltos. El que puede, puede... y el que no... chiá».

Le di las gracias por su tiempo y me alejé del derruido caserón con desconcierto. Había renunciado a escribir un artículo sobre el que en un tiempo había sido llamado por la prensa: «El tigre del periodismo».



 

POR SIEMPRE

 

 

Entonces la mujer de Lot miró atrás, a espaldas de él, y se volvió estatua de sal.

 

Génesis 19:26

               

 

 

 

Creo que estoy muerta. Siempre lo creo, pero al final me reencuentro con mi cuerpo. Ahora vuelven las visiones. ¡Ave María Purísima! Claro que estoy muerta... Ya no siento mi pesado cuerpo. ¿Es entonces mi alma la que se enfrenta con esas horribles alucinaciones? ¡Ave María Purísima! ¡Ave María Purísima! ¡Ave María Purísima! ¡Ave María Purísima! ¡El cura me dijo que la fórmula no fallaría! Pero falla... ¡Déjenme, déjenme, déjenme...! ¡Espectros violetas, amarillos, rojos, azules, de muecas burlonas, de lenguas escarlatas chorreando babas sanguinolentas...! ¡¡Socorroooo!! ¡Pero si la voz no me sale! ¡No tengo ni cuerpo, ni dolores ni sonidos! Sólo esas horribles visiones violetas, amarillas, rojas, azules y negras de rostros perversos haciéndome morisquetas burlonas y riéndose con grandes carcajadas mudas, sacándome sus lenguas sangrantes, haciendo contorsiones obscenas con manos amarillas de uñas largas y negras que se me acercan, se me acercan y me traspasan y me desgarran la nada, la ausencia donde debió estar mi cuerpo que me falta y que busco aunque me doliera, que añoro aunque tanto me molestara, que deseo aunque fuera para cargarlo como lo cargué tanto tiempo... ¡Fuera! ¡Fuera! ¡Ave María Purísima! ¡Ave M...! Pe... pero, si es él, mi hijo preferido, el que está retorciéndose y retorciéndose como un cerdo herido, sangrante, echando saliva rojiza de la boca abierta como en una  náusea, como cuando tuvo aquel ataque en que le reventó el corazón por causa de la gordura, había dicho el médico, y abría la boca y la abría y la abría... como si no pudiera vomitar. ¡Ave María Purísima! ¡Escucho una voz, sí, una voz por fin, en el silencio poblado de fantasmas! ¡Virgen del Carmen, mi abogada, escúchame, sálvame, defiéndeme...! ¡Gracias Virgen Santísima! Escucho la voz de ella, de Rubí mi nuera, mi única nuera, la esposa de mi hijo predilecto, sí, es su voz, familiar, tranquilizadora, que me dice que despierte, que todo está bien, que ella está a mi lado, que no estoy muerta... Ahora empiezo a sentir mi cuerpo, que aunque ya no me sostiene, es mí o y yo lo llevo, bamboleante, lo cargo, lo trasporto a fuerza de voluntad, porque lo quiero, porque me une a la vida, al sol que ya estoy viendo reflejarse en el espejo. Allí está ella. Me da de beber algo, siento que es dulce, un jarabe. Trago con dificultad. ¡Gracias, Virgen del Carmen, por no estar muerta! La mano me pesa, me tiembla, no me obedece, pero logro asir entre mi ropa el escapulario. He vuelto en mí.

Lo logré. Ellos van a venir. Dos de mis nietos. Hijo de mi hijo el descastado, al que yo perdoné porque soy cristiana. El padre me trae la comunión todos los primeros viernes de cada mes, hago limosnas a muchas instituciones de beneficencia, rezo todo el día por mi hijo descastado al que perdoné porque soy cristiana, aunque jamás venga a verme, a mí, que soy su madre, una mujer justa como pocas, que perdona las múltiples ofensas recibidas a lo largo de ochenta y siete años, años en que he soportado todas las humillaciones y desdenes de esa extraña mujer que es la de mi hijo descastado, que por su  culpa no viene a verme ni en el día de mi cumpleaños. Y yo lo espero siempre, siempre, a pesar de que esa mujer lo apartó de mi lado, me quitó a mi único hijo vivo que aún me quedaba, pero que ya no me pertenece por causa de ella, la de gesto orgulloso de quien todo lo puede. Y pudo. Me apartó el único hijo vivo que tengo, por hiena, por codiciosa, por maldita, por egoísta... Si hasta volvió protestante a mi hijo descastado y a todos sus hijos, que se apartaron de la familia, del amor que todos quisimos prodigarles y nos rechazaron por causa de esa extraña mujer. Esa mujer que yo catalogué desde el principio con el certero instinto de la experiencia y de la intuición de madre que me caracterizan. Su aire orgulloso jamás se me escapó a pesar de que a mucha gente le caía en gracia por su delgadez, sus ojos verdes y su malsana afición a la lectura. Cuántas veces le decía, los primeros años que vivieron conmigo, que era malo para la salud que estuviera leyendo hasta las dos de la mañana noche tras noche. Yo me desvelaba saliendo y entrando del patio para ver si en su departamento la luz continuaba encendida. Yo no dormía por controlar. Pero ella jamás me agradeció. Al contrario. Me devolvió mal por bien. Se llevó a mi hijo, pero no sin pelea. Yo luché por él años y años y hasta hoy lucho. Le daba dinero, mucho dinero, le hablaba de la herencia que Jerónimo y yo le dejaríamos, la estancia y las diez mil cabezas que teníamos bajo el cuidado de mi hijo predilecto, el mayor y el mejor, el más fiel de todos los hijos, el que nunca me abandonó hasta que murió del corazón, el pobrecito, de tantos quebrantos como le dio su hermano descastado. Por suerte me queda su esposa, mi única nuera, Rubí, la que me cuida, aunque ella ya tiene también la salud quebrantada. Siempre fue enfermiza, frágil, débil, dócil, diciéndome todo aquello que pudiera satisfacerme, confortarme, alegrarme, sin jamás estar en desacuerdo conmigo, lo contrario de esa extraña mujer de mi hijo descastado, esa mujer con sus aires de sabelotodo, con su lengua filosa... No en balde la familia la motejó de hiena. Porque vino a devorarnos, a burlarse de nuestra prestigiosa familia tan unida, ella, la pobretona, la que nunca tuvo donde caerse muerta, la que me replicó siempre en mis sabias decisiones de madre justa, la que criticó mis actos y hasta mi amor por mi hijo descastado, al que siempre di dinero, mucho dinero, para mostrarle mi preocupación por él, que no supo responderme y se dejó llevar por su extraña mujer hasta dudar de mi justicia, hasta reclamarnos, a mí, su madre, y a mi hijo predilecto, que le mostráramos el manejo de los bienes e intereses familiares de los que en el depositario natural mi hijo mayor, mi predilecto. Esa extraña mujer lo convenció de que era deshonesto, ladrón y tramposo. Pero yo nunca creí esas mentiras y por eso siempre les firmé todos los documentos que ellos juzgaron necesarios, porque jamás dudé de las buenas intenciones de mi hijo mayor y de mi única nuera, la amada Rubí, que es más que una hija para mí. Ahora mis nietos van a venir. Y seguiré insistiendo para que venga también su padre, mi hijo descastado que me juró que jamás volvería a pisar, mi casa, porque ésta es mi casa, por más que ellos, los hijos de esa extraña mujer y el propio hijo de mis entrañas, el descastado, aseguran que ya nada me pertenece, que todo está a nombre de Rubí, la casa, los muebles, los documentos, que ya no tengo nada, desde la muerte de mi hijo predilecto que tenía los contradocumentos y de otro hijo que también murió comiendo hasta que le reventó el corazón como su hermano. En un año me quedé sin mis tres hijos: dos muertos con el corazón reventado y el descastado que se niega a pisar mi casa y a reconocer que siempre fui justa, que hice todo lo que debía y que si acepté la simulación de venta de mis bienes cuando mi marido Jerónimo estaba moribundo, y si permití que le hicieran firmar el traspaso en el sanatorio, fue por el bien de todos, para evitar el pago de impuestos al Estado, para evitar que la casa entrara en sucesión. Jerónimo firmó cuando el hermano de Rubí, que es mi hijo espiritual, le explicó que así se protegían los bienes familiares de la jauría de acreedores que le perseguían a mi hijo el descastado después de sus muchos fracasos financieros. Y yo que le ayudé tanto para que fuera hombre de negocios, como todos en nuestra honorable familia, pero perdió cuanto tenía por causa de esa extraña mujer que lo dejó en la calle y ahora alardea de gran artesana. Pero Dios castiga, ella tuvo que mantener a su numerosa prole cuando mi pobre hijo, el descastado, perdió todo lo que tenía, lo que le dimos de herencia y lo que yo le seguí dando después. Por eso mi pobre hijo predilecto me manejó mis bienes, para que el descastado de su hermano no me dejara en la calle. Ella se tiene merecido trabajar como artesana para vivir y mantener su familia. Dios le castigó también llevándose a su hijo de cuatro años, que murió electrocutado en castigo de Dios. Si no se hubieran apartado de la familia, si mi hijo el descastado hubiera obedecido las disposiciones de su hermano mayor, y si esa extraña mujer se me hubiera sometido, no tendrían que estar ahora en ese pueblo del interior viviendo como campesinos, deshonrando a la familia que siempre se caracterizó por el status. Antes de morir voy a lograr que mi hijo el descastado, venga y se arrepienta y reconozca que siempre fui justa. Les ofreceré a mis nietos los muebles que apartó Rubí y que pertenecieron a mi otro hijo, para que acudan a buscarlos y reconozcan que soy justa y que la sucesión de Jerónimo, mi marido; y de Aníbal, mi hijo muerto primero, y mis bienes, siempre han sido bien manejados, en perfecta justicia. A la larga los ofrecimientos  darán resultados, siempre los dan, sobre todo con ellos que son unos muertos de hambre. Necesito lograr que mi hijo el descastado venga a reconocer que soy justa, antes de morirme, lo necesito y lo voy a lograr. No puedo descansar en paz hasta tener la seguridad que él reconozca mi justicia. Cuando antes de morir mi marido y mis dos hijos, uno tras otro, en el lapso de ocho meses, todavía él venía a visitarme, y pretendía averiguarme el manejo de los bienes de la familia, yo siempre le decía que se acercara a su hermano mayor, que es el natural depositario del patrimonio, y él se negaba y quería argumentar, que yo nunca lo dejé, porque jamás permití dudas respecto a mi hijo predilecto. Nunca lo escuché y siempre le cerré la boca porque soy muy hábil en hacer que me escuchen y lo lograré todavía. Sus reclamos jamás fueron oídos. Jamás le entregamos los contradocumentos de la venta simulada de los bienes, porque no es de fiar, después de los muchos reveses que tuvo en sus finanzas y con la hiena de su mujer presionándole. Pero voy a lograr que venga. Soy su madre y tengo derechos. Lo voy a lograr. Estoy en mi cama, bien perfumada y con mis sedantes que Rubí me hizo tomar para la espera. Ella está también en su casa de enfrente a la mía, custodiando para cuando vengan mis nietos, y vendrá también para controlar que no me digan nada desagradable. De vez en cuando ellos llegan, cuando llamo a su padre el descastado, y siempre me repiten lo mismo, que él no vendrá. Pero yo necesito que venga... Escucho el timbre de la calle. Son ellos. Les diré que le perdoné a su padre... Les diré...

Si no estoy muerta estoy a punto de morir. Pero todavía siento mi cuerpo que me duele desde la cabeza y las raíces de los cabellos hasta la última articulación... Esos malditos nietos míos me dijeron que mi hijo el descastado no volvería nunca más a pisar mi casa, mi casa, mi casa, mi casa... Pero yo no puedo morir sin que el único hijo que me queda vivo reconozca mi justicia, acepte mi generoso perdón, mi bondad de madre que le dio siempre mucho más de lo que se merecía. Tiene que venir, tiene que venir, tiene que venir... ¡Otra vez las visiones! ¡Ave María Purísima, Ave María Purísima, Ave María Purísima, Ave...! ¡socorrooooo!! ¡Fantasmas amarillos, violetas, azules, escarlatas, burlándose, riéndose sin sonidos, mostrando sus lenguas sangrantes y sus babas sanguinolentas!!! ¡¡Fueeeera!!! ¡Rubí, Rubí, que venga Rubí!! Ahora aparece Jerónimo y me muestra su garganta, veo su campanilla roja, enorme, moviéndose de un lado a otro. Me recrimina, está enojado, me acusa, me maldice, me anuncia que si muero así, sin que mi hijo el descastado reconozca mi justicia, quedaré por la eternidad de esta manera, sin reposo, en el pasado, sin cuerpo, como una estatua de sal sin poder moverme ni hacer nada nunca más contra las acusaciones de mi hijo el descastado, y las escucharé por siempre, por siempre, por siempre, por siempre... Jerónimo me repite lo mismo: ¡que YOOO, que YOOOO, sea quien le pida perdón a mi hijo el descastado!!! ¡Sé que me está diciendo lo mismo, y que YOOOOO NO puedo aceptar porque YOOO jamás me equivoqué, jamás me equivoqué, jamás me equivoqué, jamás me...! ¡Me acusa con un índice largo, largo, larguísimo, flaco, amarillo, que rodea el espacio en una espiral que se desenrolla siguiéndome y yo sin poder moverme, sin poder moverme sin...! ¡¡¡BUENO, ESTÁ BIEN, LO HARÉ!!! ¡¡¡LO HARÉEEE!!! Se me burla, se  me ríe, me muestra su campanilla roja y bamboleante y me dice que ya es tarde, que ya estoy muerta... ¡¡¡RUBÍII...!!!





 

LOS MENSAJEROS

 

-«Laaaa, la, la, lá. Laaaaa, la, la, lá. Con burbujas... TODO ESTÁ MEJOR».

En la pantalla los cuerpos semidesnudos de mujeres y hombres jóvenes, alegres y bronceados, en calidoscópico movimiento beben heladas y burbujeantes gaseosas.

-«Laaaa, la, la, lá. Con Coca Loca se vive mejor. La, lá».

Voz masculina grave y aterciopelada:

-«El gran amigo de la pasión amorosa es el anillo de Joyería Llamosa».

Un galán introduce suavemente con expresión estática un anillo en el anular de una bella joven con el telón de fondo de la torre Eiffel. Los colores en la pantalla chillan con insolencia.

-«Usted no está en «la onda» si no lleva interiores Anaconda».

Traseros femeninos estrechamente enfundados en Anaconda se repiten de primer plano al infinito en la pantalla en violentos rosas, blancos y violetas.

-«Parán, pa, pá. Parán, pa, pa, paá... Los más finos productos de...»

Suena el timbre.

Ulises Paredes baja el volumen del aparato que continúa parloteando, cantando, chillando, rugiendo a sotto vote y despidiendo vertiginosos destellos de colores cambiantes.

Abre la puerta.

-La rifa de LOS CORAZONES ABIERTOS. Usted ayuda a los niños impedidos y ellos le ayudan a ganar un departamento amoblado en Costa Brava, un automóvil de lujo cero kilómetro, un terreno a orillas del Lago Azoré, una moto marca Pegaso, un juego de...

Ulises Paredes cierra la puerta con violencia... Sentado frente al televisor con el volumen devuelto está otra vez a la espera del noticiero del mediodía.

-«Pom, pom... Poni, pómmm. Pom, pom, pom, pom, póm... No hay acidez con pastillas de Epulez. Pom, póm...»

Vuelve a sonar el timbre.

Ulises Paredes disminuye otra vez el volumen del aparato y abre la puerta.

-Usted perdone. Es mala hora. ¿Querría tener la amabilidad de dejarme pasar un momento? -el hombrecillo con la Biblia bajo el brazo avanza antes de recibir asentimiento.

De mala gana:

-Pase usted.

Se sientan ante el televisor a bajo volumen.

-Le traigo el Mensaje de las Buenas Nuevas-. Abre la biblia...

El hombre de la pantalla de terno y corbata azul empieza a hablar con voz pausada...

-«Terrorismo en Angola. Cinco piratas aéreos con...»

-Mi padre era jugador y mi madre borracha. Yo me convertí a las tres de la tarde del día 25 de...

-«Un coche bomba estalló...»

-Cuando Cristo entró en mi corazón, mi vida cobró propósito y ya no vivo sin...

«De la sartén al fuego» -pensó Ulises Paredes.

-«Banda de narcotraficantes declara que...»

-Porque la Biblia asegura que es el hombre el que cayó en maldad y le echamos la culpa al Señor; yo digo, pues, que en las Escrituras... -ojea las Escrituras.

«¿Por qué no nos fulmina entonces el Señor si somos tan malos? ¿Qué espera pues?» -se pregunta Ulises Paredes.

-«Investigaciones sobre el SIDA revelan que...»

-Romanos asegura pues que el hombre fue contra natura y...

-«Inundaciones al norte y sequía al sur, destruyen cultivos a causa de deforestación...»

-...debemos reconsiderar nuestros caminos dice...

-«Ecologistas reunidos en Brasilia aseguran que la evapotranspiración de la masa boscosa del Amazonas es un factor clave en el equilibrio ecológico no sólo del continente, sino del globo, por lo tanto es...»

«¿Y qué puedo hacer yo en este bruto despelote: qué significo en este caos, atrapado como estoy sin poder huir a la isla de Pascua?» -gime Ulises Paredes interiormente.

-La Biblia dice que la naturaleza misma gime con dolores de parto a causa...

-«Contaminación de mercurio de grandes pantanos en nacientes de ríos por los ‘garimpeiros’, amenaza con envenenar un país entero a través de irrigación fluvial. Se estudia reclamaciones a nivel internacional».

«Y yo hacía versos, no hace mucho, hacía versos. ¿En qué mundo estaba?» -se pregunta Ulises Paredes.

-ééé no hubiera, pues, muerto en una cruz como un delincuente siendo el hombre más significativo de la historia. Y no escribió nada, su nombre no está registrado en los documentos de la época, fue pobre, no tuvo poder, no tuvo ejércitos pero está vivo hoy más que ningún otro que...

-«Etnocidio en el Brasil es denunciado por organismos...»

«Introspecto en mis menudos problemas sentimentales y en mis sensaciones personales creía que mi mundo era EL MUNDO, pero no es así» -se dice Ulises Paredes.

-«Los numerosos desastres aéreos este año están cobrando muchas vidas y las avalanchas registradas en la cordillera Andina y el terrenito en la zona de...»

-y si nuestra vida tiene propósito no derramaremos una sola lágrima vana, es la promesa del Evangelio de Cristo porque...

-«El Sumo Pontífice defendió el derecho a la vida desde su palacio de verano, y acusó a los fabricantes de anticonceptivos por negociar con algo sagrado como la  vida humana porque...» -el hombre del televisor no pestañea.

-Y si manejamos nuestra vida según las Escrituras, Él nos ofrece promesas especiales. Si somos obedientes a sus estatutos y mandamientos no...

-«Y la ingeniería genética está en condiciones de atrasar el reloj biológico hasta los trescientos años, afirman expertos reunidos en Congreso de...»

«Qué horror», se dice Ulises Paredes.

-...y Él vino a buscar a los que estaban extraviados porque según Juan; 6, versículo...

-«... pero ya la muerte por hambre en Etiopía está disminuyendo en un porcentaje del...»

«¡Qué horror!», se repite. «¿De dónde sale tanta gente para morir?»

-«Y el Premier Ruso habla de paz en las reuniones que se vienen realizando en...»

«Y yo que soñaba con la chica de al lado y le escribía versos. ¿Cómo eran? Ya no recuerdo», se esfuerza pero no puede rememorarlos.

-«Kadafy dijo que la paz sólo sería posible si...»

«¿Cómo eran esos versos? Ya me vendrán», y trata de recordar.

-«...porque el armamentismo no podrá ser detenido y los misiles de...»

«Era algo así como: «En lugar de los áridos problemas decimales que... que... Caray, cómo seguían», trata de concentrarse».

-...pero la decisión es interior y está al alcance de todos, de usted.

-«El Papa declaró que la paz mundial debe ser alcanzada porque es un bien común que...»

«Que son tan necesarios para vivir mejor». Eso era. Pero, ¿cómo seguirían?, se pregunta.

-«La vacuna contra el resfrío común es un triunfo que nos alegra a todos porque...»

«¿En lugar de los áridos problemas decimales que son tan necesarios para vivir mejor...?» -y queda con una laguna mental.

-«Y aunque parezca descabellado, se especula en medios informados con que el próximo campeonato mundial de fútbol se realizará en la Antártida para así...»

Usted ve, el Apocalipsis no es un cuento de viejas. Escuche su televisor.

-«Técnicos de las Naciones Unidas aseguran que para el año 2030 tendrá que habitarse los desiertos de Gobi, Atacama y Sahara por falta material de espacio vital 7».

«No me importa nada: quiero acordarme de aquellos versitos», se dice tercamente Ulises Paredes.

-Por eso la parábola del trigo y la cizaña nos ilustra con...

«En lugar de los áridos problemas decimales / que son tan necesarios para vivir mejor / yo me pasé la vida tejiendo madrigales..., me pasé la vida tejiendo madrigales:

-«Y en esta pausa comercial antes del noticiero local queremos acudir a la caridad de los televidentes para ayudar al niño Remigio Quiñónez que se encuentra en la sala 3 del Hospital Infantil, internado con deshidratación avanzada y necesita para salvar su vida cinco frascos de suero fisiológico...»

-Usted puede darse cuenta que no faltarían cinco frascos de suero para un niño, si la sociedad no estuviese corrupta y en los hospitales hubiera lo elemental. Pero el hombre está caído y siempre retorna a la maldad a pesar de intentos y experimentos milenarios. Los medios de comunicación nos muestran. Se cierra el círculo y...

«Pelmazo», se dice con irritación Ulises Paredes. «Pelmazo maligno», repite.

Primeros acordes de la Quinta sinfonía. Y el locutor, con voz profunda:

-«El destino revelado con las cartas astrales del Profesor Arcanus. Atiende en la calle 5.ª y...»

-Y no vendrá el fin hasta que este evangelio se conozca en todo el orbe, así dice en...

-«Larí, larí, larí... Con cigarrillos Fumarola usted podrá dominar el balón; porque será más hombre...» La pantalla muestra un futbolista pateando la pelota con un cigarrillo entre los labios.

«Las noticias locales serán mejores», se propone con esperanza Ulises Paredes.

-Yo solamente cumplo la misión encomendada por el Señor de ser instrumento de difusión de su Palabra, así que...

«Entonces espero que te mandes mudar, cretino», piensa Ulises Paredes y supone que el hombre se dispondrá a marchar.

-«Paránnn, pam, pammm. En su chalet sobre el Atlántico, logrará...»

La pantalla muestra a orillas de un mar azul cobalto y en playas color naranja, las carnes rosadas y semidesnudas de jóvenes bañistas en «tanga» haciendo movimientos ondulantes.

«Esto me gusta, ahora te vas a escandalizar, beato estúpido», ríe por dentro Ulises Paredes.

-Y todo lo que sucede está escrito y ya nadie puede ignorarlo a no ser vo...

-«Cerveza Kaiser, la cerveza de los poderosos, la cerveza que...»

«Ya estará por llegar el noticiero local porque ya viene Mocodol», se ilusiona Ulises Paredes.

«Pirín, pin, pin. Para el constipado nasal, Mocodol lo libra del mal. Pirín...»

«Veamos qué dice el local del problema del desabastecimiento de alcohol carburante. Estoy a punto de quedarme parado con mi coche alcoholero, qué pucha», piensa preocupado imaginándose a sí mismo a pie por la cinta asfáltica, con su portafolio de muestras de libros, rumbo al interior.

La pantalla refleja inesperadamente una secuencia del último partido de fútbol local en una filigrana pedestre de fintas y retorcimientos corporales. «Y ahora esto. A mí sólo me gusta el tenis» se fastidia Ulises Paredes.

-«Es para vosotros tiempo, para vosotros, de habitar en vuestras casas artesonadas, ¿y esta casa está desierta?   Pues así ha dicho Jehová de los ejércitos: Meditad bien sobre vuestros caminos. Sembráis mucho, y recogéis poco; coméis, y no os saciáis; bebéis, y no quedáis satisfechos; os vestís, y no os calentáis; y el que trabaja a jornal recibe su jornal en saco roto», lee el predicador. -Y en el verso 10 continúa: «Por eso se detuvo de los cielos sobre vosotros la lluvia, y la tierra detuvo sus frutos» -y prosigue-, y en el verso 11: «Y llamé la sequía sobre la tierra, y sobre los montes, sobre el trigo, sobre el vino, sobre...»

«Lo echaré. Lo echaré a patadas. Es insolente que un ignorante mencione estos conceptos. Es incoherente que un bruto lea estas cosas amenazadoras», brama por dentro Ulises Paredes.

-Y así habló Hageo. Y en la 1.ª Corintios; 18, Pablo afirma que nosotros también podemos ser sabios y ver todas estas cosas a condición de... -abre la Biblia con agilidad y lee-: «Nadie se engañe a sí mismo; si alguno entre vosotros se cree sabio en este siglo, hágase ignorante, para que llegue a ser sabio».

Ulises Paredes cobra aliento para decirle: «váyase», pero en la pantalla aparece el hombre de terno y corbata azul anunciando las noticias locales. Ulises se concentra en las noticias para saber algo del problema del combustible.

-«Empresas prospectoras norteamericanas de petróleo, encuentran, por fin en el subsuelo, mar de petróleo. No puede calcularse el rendimiento (aunque se presume que es cuantioso) a causa de que reciben órdenes de cerrar los pozos por caída espectacular del precio del crudo».

-Y la sabiduría del hombre es para Dios, basura...

-«Comisión de Derechos Humanos denuncia tres casos de tortura a la...»

-Y él se valió de pescadores ignorantes para...

-«Manifestación de campesinos y de indígenas reclaman tierras y son dispersados por la Policía en las...»

-Meditad bien sobre vuestros caminos, dice el profeta Hageo y yo...

-«Nueva plaga aún no estudiada hace estragos en los cultivos de soja. Falta rubro gubernamental para investigar, aunque en fuentes dignas...»

«En lugar de áridos problemas decimales / que son necesarios para vivir mejor / yo me pasé la vida tejiendo madrigales / a la vecinita del grado superior». ¡Eso era! ¡Por fin! -se dice triunfalmente Ulises Paredes.

-«Se investiga compra venta de niños en el barrio de...»

-Meditad bien. Eso debiéramos hacer...

-«El estado de precariedad del Manicomio Nacional es denunciado por facultativo que descubrió que por la noche, bandas de delincuentes entran en instalaciones no custodiadas de pabellón de enfermas mentales y las violan. Ocho casos de embarazos se han registrado a la fecha y se...»

«¿Para qué pensar en lo que no puedo solucionar?» -se persuade Ulises- «pero ¿cómo continuaba la última estrofa?» -intenta recordar.

-Yo sólo cumplo mi misión. Mi propósito no es incomodarlo, solamente...

-«Alto funcionario ministerial viaja a Australia para estudiar cría de canguros. Se presume una importación para...»

«Fue mi primer delito, mi primera torpeza. Eso es. Así comenzaba la segunda estrofa. Ya me está viniendo el recuerdo» -rememora con satisfacción Ulises Paredes.

-«El diario independiente EL DÍA es clausurado por prédica disolvente, declaró el...»

-Porque hay esperanza para el hombre, a condición de...

«Fue mi primer delito, fue mi primer torpeza / haber preconcebido la dicha de soñar / por eso... por eso...» se esfuerza en recordar Ulises Paredes.

-«Tres Orientales linchados en vía pública por Liga de Comerciantes Nacionales en la intersección de las calles...»

-Yo digo lo que dice la biblia, que si hay esperanza para el hombre como está en...

-«Diputado de la oposición denuncia enérgicamente contrabandos de ganado, rollizos, y azúcar y plantea...»

-La única revolución posible es la renovación interior...

«Por eso en este tiempo deshecho de tristeza... deshecho de tristeza... ¿Y el final?» -se interroga Ulises Paredes.

-«El caso evasión de divisas y monopolio del dólar está prácticamente cerrado. Cesa investigación».

-Y es inútil que busquemos otros mesías en el mundo aparte del que ya vino y está por volver de un momento a otro...

-«La persecución de las sectas protestantes está cobrando un nuevo cariz, anunció Pastor bautista en...»

«¡Ahí está! Por eso en este tiempo deshecho de tristeza / recuerdo aquel sollozo de luna sobre el mar», finaliza con alivio Ulises Paredes.

-«¡Hipócritas! Sabéis distinguir el aspecto del cielo y de la tierra; ¿y cómo no distinguís este tiempo?», dice Lucas 12; 56...

-«Después de larga sequía, el comienzo de severas inundaciones amenaza con destruir sembradíos. Preocupa a...»

«Recuerdo aquél sollozo de luna sobre el mar... Sobre el mar... ¡Qué ridiculez!»

«Y a mí que me sonaba tan poético en aquél entonces. ¡Qué ridiculez!», se amarga Ulises Paredes.

-«Vecinos del barrio Loma Blanca protestan ante el Intendente Municipal por incumplimiento de contrato de empedrado y preguntan sobre destino del crédito que fuera anunciado para la realización del emprendimiento».

«Los baches de mi calle están destrozando los amortiguadores de mi alcoholero» -medita Ulises Paredes. -Porque estamos en los últimos tiempos...

-«Nuestro país tendrá que unirse al club de las naciones sudamericanas que se han declarado impotentes para pagar su deuda externa: declaró ministro de...»

«Adónde mierda, va a ir a parar nuestro continente y yo con él» -se pregunta Ulises Paredes.

-«Cinco ‘roba coches’ exterminan a tres policías en pleno día en espectacular balacera».

-¿Y qué consiguió la evangelización papista en cinco siglos de historia latinoamericana? Miseria, ignorancia y miseria...

-«Oposición denuncia incapacidad de las empresas de teléfonos, de electricidad y de aguas corrientes para tareas de mantenimiento por falta de dólares para importar repuestos. Ciudadanía alarmada por cortes, paros de...»

«Volveremos a las velas, al aljibe y a los tambores» -se dice Ulises Paredes con irrefrenable angustia.

«Felices los tiempos aquellos...» -y emite una interjección de burla.

-«Se insinúa que ante el problema de desabastecimiento de la canasta familiar, tendrá que organizarse cupos de supervivencia para las clases más...»

-Ni capitalismo, ni comunismo. Sólo cristianismo es la...

«Y con el alcohol carburante, ¿qué pasa?» -se pregunta Ulises Paredes.

-«Ante las dificultades acuciantes con que se enfrenta el superior gobierno de la nación, el plan nacional del alcohol se pospondrá ya que el problema de los 10000 rodados alcoholeros parados, es un problema menor, declara el ministro Villaverde en rueda de prensa. No se importará alcohol carburante. ‘Nos arreglaremos como podamos’, -dijo...»

Ulises Paredes se incorpora lentamente, avanza hacia un escritorio, abre un cajón, saca una pequeña pistola y apunta al predicador:

-Fuera -dice-. -¡Fuera...!

Huye el predicador.

Ulises Paredes apunta a la pantalla del televisor y dispara al hombre de terno y corbata azul.

Calla la voz al resonar el disparo y al estallar el cristal. Ulises Paredes se aplica el caño humeante del arma en la sien.

Vacila...



 

LA PUERTA

 

«La muchacha se estremeció al roce tierno de las manos rudas del jardinero. Olía a tierra, sudor y a ropa lavada en el arroyo. Ella creyó desvanecerse de gozo y...»

Creyó escuchar que algo acolchado había rozado la puerta y había chocado contra el piso en la otra habitación. Quedó inmóvil con los ojos clavados en la antigua puerta. Sus ideas iniciaron una danza loca en la noche quieta y pensó que no era la primera vez que escuchaba los sonidos de la vieja casa en el silencio. Aguzó los sentidos allí, en el charco de luz del velador, con el libro entre las manos, tendida en su espléndida cama de bronce, entre las sábanas de fino hilo bordado, perfumadas de pacholí. No se oía nada más que los lejanos lamentos en cuatro tiempos del guamingué y el afanoso tableteo metálico del coro de sapos en la alberca. Una lechuza puso en la noche su llamado sigiloso y luego un aleteo súbito. La brisa hizo suspirar los visillos y la envolvió el aroma de los jazmines. No se oía nada más. Intentó retomar el hilo de la lectura:

«...desvanecerse de gozo y...»

El corazón le dio un respingo y sus ojos retornaron a la puerta tallada. Había un roce en ella como si alguien estuviera acariciando la vieja madera con la palma de la mano. Sí, el sonido era nítido, constante, sigiloso, pero inequívoco. Tuvo el impulso de incorporarse y abrir de  golpe la puerta, pero una sensación paralizante se lo impidió. El libro continuó entre sus manos elegantes como si un movimiento leve pudiera desencadenar algún suceso temible. No podía ser Alberto. Hacía años no acudía a su habitación desde aquel día en que ella le dijo que su contacto le producía náuseas. El roce se extinguió y pensó que estaba imaginando cosas. Sí, últimamente estaba imaginando muchas cosas. Se serenó y razonó que en una casa antigua habría alimañas en secretas oquedades trabajadas en décadas de paciente labor. Y después de todo, fue ella la que deseó locamente poseer una finca retirada en la espesura y con historia, sobre todo con historia. Bajó el libro sigilosamente y sonrió. «¿Una casa con fantasmas?», le había preguntado burlón, Alberto, que ya estaba fogueado de sobra con la eterna artillería de ocurrencias, fantasías y caprichos de su mujer. Y le encontró la casa, por fin, después de mucho buscar en varios pueblos decadentes del interior. Se la hizo restaurar al gusto de ella, como siempre, respetando hasta la más pequeña ocurrencia. Y aquí estaban, este fin de semana, ella en su elegante dormitorio decorado según la moda europea trasplantada a principios de siglo en lo que fueran las colonias, y él, en la otra ala del caserón, en una sobria alcoba, también decorada con nostálgicas galas, según el gusto de ella.

No, no podía ser Alberto. Él no la molestaría para nada. Había aprendido, después de muchos años de vida en común, a aceptarla y respetarla en todas sus decisiones. Era irritante la complacencia de él. Jamás le daba motivos de disconformidad. Tal vez por eso lo detestaba más. Un hombre siempre condescendiente es terriblemente irritante. El exceso de virtudes era algo que ella no toleraba. Sí -pensó- lo detestaba. Pero en lo recóndito de su interior disfrutó de su poder. Ella había tenido que reconocerlo cuando su amiga de siempre, Susana, le había insistido en que lo dejara, ya que lo detestaba tanto. Y lo reconoció: era malignamente excitante dominar a alguien tan respetado y hasta temido, como el doctor Alberto Méndez Olabarría, Juez y erudito. Recordó su novela y decidió seguir con la lectura y olvidar a los fantasmas. Con una sonrisa acomodó el libro pensando que sería muy divertido hacer lo que la protagonista: serle infiel a Alberto con el jardinero o con el chófer. Mientras leía sin entender imaginó su cuerpo entregado al ardor juvenil en la vorágine del placer y recordó con amargura que ya tenía cuatro cirugías plásticas en diversas partes de su anatomía. «Pero aún soy bella», meditó con agridulce consuelo. «Aún recibo el homenaje de miradas masculinas», se dijo, «pero casi siempre de hombres maduros». Imaginó lo que sería serle infiel a Alberto con un hombre joven, como su hijo Sebastián. Muchas veces ella supo reconocer el grito imperioso del apetito elemental viendo a los amigos de Sebastián corretear sueltos y desaprensivos por la cancha de tenis, jugando alegremente con los músculos tensos bajo el sol, la piel sudorosa y los cabellos alborotados. Muchas veces estuvo a punto de serle infiel a Alberto y la idea le regocijó siempre, pero a último momento desistió. No le gustaban los hombres maduros: se parecían demasiado a Alberto, prósperos, satisfechos de sí, ocultando el deterioro bajo prendas lujosas y luchando contra los rollos y las flaccideces con ejercicios juveniles. Sería como hacer el amor con el propio Alberto. Lo haría, pero sería con un hombre joven. Le abochornó la idea del soborno y creyó enrojecer bajo el cabello teñido y hasta el cuello recién estirado por la mano hábil del cirujano. Pensó que no importaba, que el placer de un instante justifica cualquier bochorno. La vida es tan corta... La respiración se le detuvo repentinamente. Otra vez la puerta...  Crujía... Como si un ventarrón la azotase. Pero no, no había viento. Pareciera como que una mano la empujase con premura. Bajó cautelosamente el libro sobre el vientre mientras percibía en las venas la embriaguez del pánico. Se hizo el silencio y los gallos cantaron a lo lejos en una cadena de alertas cada vez más cercanos. Luego otra vez el roce de la mano acariciando la madera desde el otro lado de la puerta. Se apretó el pecho con las manos crispadas para acallar los latidos que podrían delatarla al misterioso ser que acechaba sigiloso en la otra habitación. ¿Quién podría ser?

La puerta volvió a crujir como si un cuerpo se recostase en ella con gran peso.

Pensó en gritar. Pero Alberto no podría escucharla. Estaba demasiado lejos. ¿Y si apagara la luz? No quiso extender la mano para apretar el botón de la perilla bajo la almohada por temor a desencadenar no sabía qué cosas. ¿Levantarse y abrir la puerta de golpe? ¡Ni pensarlo!

Sus sentidos estaban ansiosamente alerta. Olía a jazmines y a tierra húmeda de rocío, los visillos suspiraban como presencias etéreas, el tableteo metálido de los sapos en la alberca y el canto de los gallos en la noche, todo ingresaba a su interior en torrentes dolorosos que tensaban sus músculos y helaban su sangre y crispaban sus nervios.

De pronto un golpe seco. Algo había caído detrás de la puerta. Un cuerpo. Un cuerpo pesado. Sí. Silencio...

Trató de darse ánimos, de convencerse que serían alimañas, que las casas viejas tienen ruidos indefinibles, ecos de presencias muertas que despiertan en las noches silenciosas. «Yo no creo en fantasmas», se dijo, pero sabía que estaba paralizada de temor intenso. «La  servidumbre no puede ser porque su pabellón está lejos de la casa, en el otro extremo. Solamente estamos Alberto y yo. Nadie más...», pensó. Y trató de persuadir a su cuerpo a incorporarse y a abrir de golpe la puerta. No se oía nada ahora. Todo era silencio absoluto, como si la noche se agazapara de pronto. Ni un grillo amigo, ni un familiar ladrido lejano la acompañaban. Sería su imaginación, pensó con falsa convicción, para darse ánimo, y con el cuerpo inmóvil y helado recorrió la puerta con la mirada, de arriba abajo, lentamente...

Sus ojos quedaron fijos en el umbral, enormes, sin pestañeo, vidriosos, horrorizados, clavados en una hoja de papel que se había deslizado bajo la puerta. Reconoció la letra grande y firme de Alberto. Leyó las cuatro palabras escuetas: «Te dejo en paz». No tenía firma. Las cuatro palabras llenaban la hoja.

Sus ojos fijos percibieron con espanto que el papel se coloreaba lenta pero sistemáticamente de rojo. La mancha aumentaba inexorablemente.

Cuando sintió el terrible dolor en el pecho, como si algo se le desgarrara violentamente, creyó que toda la habitación estaba inundada en sangre.



 

FÓRMULA SECRETA

 

Caía la noche adelantada entre brumas invernales y en el gris plomizo de la planicie se deslizaba felina la silueta del cacique.

Observó la arrogante figura del tayí solitario que vela en silencio la memoria de la selva arrasada y se sintió identificado con él. Ambos son caciques moribundos...

Hizo el saludo de su tribu a los dioses árboles en un murmullo bronco y gutural y siguió de largo. Se desliza casi entre sombras hacia las estribaciones de la cordillera, lento, erguido, elástico...

Aún refulgen en su retina las luces violentas de la Misión de la Buena Esperanza que a sus espaldas van quedando como luciérnagas titilantes en un lugar del horizonte. Y suenan en sus oídos los ecos de las voces ásperas, imperiosas, de los que imponen a los suyos otros dioses y creencias a cambio de la supervivencia en un medio incomprensible. El de los indios, agoniza...

Vio morir los montes, vio secarse la tierra y convertirse en arenales lo que otrora fueran praderas brillantes. Vio padecer hambre a su tribu y huir la caza hacia lugares inaccesibles. Fue testigo impotente de la destrucción de las nobles costumbres de su pueblo y de su reemplazo por hábitos destructivos. Vio a los suyos consumir bebidas extrañas cada día hasta quedar atontados, en lugar de las hechas en el toldo para consumo ritual. Vio a las mujeres indias procrear niños de tez  blanquecina, sin padres que los proveyeran del sustento y los vio morir pasto de pestes desconocidas. Vio a los jóvenes mezclados con hombres extraños, jugando juegos temibles que los conducían a la muerte indigna, no la del guerrero, sino la de sucias pendencias con hojas filosas y armas de fuego. Fue testigo del esfuerzo de los suyos por dejar de ser indios e imitar el idioma, las ropas y los modos de los intrusos y sus violencias. Vio la servidumbre de su gente en manos de amos despiadados y mentirosos. Fue testigo impotente de la agonía de su tribu y de su sistemático desmembramiento.

Él había intentado como todos, comprender. La naturaleza calla. Pero al precio de la muerte de la selva, de los animales, de los indios, de las costumbres ancestrales venidas de las entrañas de los tiempos y dictadas por los dioses invisibles que moran en los recodos, en las peñas, en el firmamento, en las corrientes de las aguas, en el trueno, en los vientos, en el corazón de la tribu. ¿Adónde irían los dioses? ¿Huirían hacia lugares secretos como el yaguareté, el yacaré y otras especies o morirían como mueren los árboles que restan solitarios, de añoranzas? Había interrogado a los dioses y ellos callaron... Los invasores fueron empujando la selva hacia la cordillera. Y los dioses continuaron mudos.

Pero él tenía la fórmula secreta, la que no podía decirse sino en la intimidad de los montes y en un momento determinado, lejos de la influencia maléfica de extraños, una sola vez... Por eso, había esperado tanto, hasta ahora...

Sus pasos silenciosos y serenos lo llevan hacia un bosque inviolado que él conoce.

Allí podrá decir la fórmula de sus mayores.

Recuerda. Otrora había estado con la misma luna, rodeado de renegridos cuerpos contorsionándose a la luz de las fogatas y al son de los tambores. La pipa de arcilla humeaba llenándole la cabeza de ensueños y los guerreros jóvenes posaban a sus espaldas como estatuas, mientras las ancianas desnudas cuidaban que el cachimbo estuviera siempre lleno. Él era joven, orgulloso. Había ganado el cacicazgo en una justa limpia y honorable. Hacía mucho... Y estaba triste, aunque nadie lo supo nunca. Su rostro jamás denotó la gran preocupación que lo embargaba desde niño, con las inquietantes noticias del avance de tribus pálidas como el odio, ruidosas como cotorras, implacables como el yaguareté y traicioneras como la yarará.

Esta noche él sabría. Para eso venía, a preguntar... Esperaría a que la diosa luna tiñera de blanco los nubarrones negros en un agujero del cielo y preguntaría...

Los dioses siempre habían hablado a sus mayores. Y lo harían ahora, sin duda.

No sentía los fríos dardos de la llovizna que ornaba su viejo cuerpo magro, de gotas menudas...

Las aletas de su nariz se ensanchan con deleite con el aroma de la tierra húmeda que le dilata el pecho. Ya se percibe el olor del bosque. Está cerca... Escucha el agudo chillido sigiloso de un pájaro nocturno que planea veloz en la tiniebla y se eleva raudo.

Los dedos del temor le estrujan las entrañas. ¿Volvería alguna vez el indio? ¿Volverían los dioses? ¿Y la selva? ¿Y su señorial silencio poblado de secretos sonidos audibles y comprensibles sólo para el indio?

Esta noche lo sabría. Ellos lo dirían...

Allí está la maraña habitada por miles de presencias invisibles para el hombre pálido que no respeta la morada de los dioses. Allí el mundo del indio, en agonía como él, como él estoico, como él digno, con la dignidad que es herencia de los dioses telúricos.

Se interna en la obscuridad henchida de vida secreta, perlada de humedad que se desliza en multitud de gotas sonoras, resbalándose de hoja en hoja hasta chocar con la hojarasca en música envolvente como vientre fecundado.

Se detiene. Mira hacia arriba la tiniebla impenetrable. Dignamente acomoda su cuerpo envejecido con las piernas cruzadas y la espalda contra el tronco áspero de un añoso árbol. Queda inmóvil, integrado al vegetal. Escucha. Roces sigilosos, algún graznido fugaz, arrullos animales indefinibles. Él los cataloga con fruición... Ruedan los instantes sin saber otra cosa que estar inmerso en el tiempo y sumergido en la vida multitudinaria de la tierra y de la selva. Espera... Gira la esfera celeste sobre el pozo negro. Por fin se elevan sus ojos y percibe la gloriosa filigrana del alto ramaje recortándose contra el esplendor lechoso de la luna entre espesas tinieblas, allá en el firmamento. Es el momento...

Rompe su voz el silencio en una salmodia que estremece el bosque con sonidos guturales que fluyen en lamento interminable de las vísceras del cacique... Largamente... Repitente... En tenaz insistencia... No desmaya. Sigue repitiendo la fórmula ancestral una y otra vez... Hasta que los dioses hablaron...

Calló por fin y también la selva.

«Todo regresa», habían dicho los dioses.

Ahora entendía. Morir es regresar.

Inclinó la cabeza, exhausto. Un gran alivio invade sus viejos miembros..., letargo.

Puede esperar la eternidad sin temor, cuerpo con cuerpo contra el rugoso árbol...

Los dioses habían hablado... finalmente.


 

APUNTES

 

Me dispongo a tomar nota de los raros sucesos que comenzaron a finales de julio de este año en la cercana población de Areguá, en compañía de mi amigo Humberto B. ...Relatadas escuetamente, carecen de verosimilitud, así que, antes que se me olviden los detalles, tomo estos apuntes para tal vez, algún día, darles forma literaria.

Todo comenzó cuando Humberto me propuso visitar su quinta. Y así, en un invierno especialmente crudo para estas latitudes, nos encontramos él y yo, esa noche de julio, departiendo amablemente ante la chimenea y comentando naderías.

Los leños chisporroteaban, las llamas azuladas y anaranjadas giraban inquietas en un infinito devenir de formas, el calorcillo nos amodorraba con el cognac Napoleón, que ambarino brillaba en las copas y entibiaba nuestras vísceras y exaltaba nuestra imaginación. Habíamos cenado moderadamente mientras comentábamos la vida y milagros de la población, su cerámica rudimentaria y hasta la supuesta maldición de Chico Diabo que pesaba, según algunos pobladores, sobre la antigua villa veraniega. En la sobremesa, frente a la chimenea, la conversación había languidecido, por lo que habíamos recurrido al socorrido tema de aparecidos y fantasmas que circulaban entre los viejos pobladores. Así desfilaron el Pombero y el Yacy-yateré, el fantasma de Limpia y la historia de la tía Benjamina. Esta última me interesó inesperadamente, porque Humberto me aseguró que estaba unido a ella por lazos familiares.

Sí -me dijo-. Es antepasada de mi madre. Puedo asegurarte que su nacimiento se calcula por lo menos en los finales del siglo pasado. Pero como en ese entonces no existía el Registro Civil, se supuso que hallaríamos al menos su fe de bautismo. Sin embargo, jamás pude encontrar ningún documento entre los de la familia; y el cura de la parroquia, cuando intenté averiguar sobre el archivo de la iglesia, me aseguró que había sido devorado por las alimañas.

Le hice un sinnúmero de preguntas, cada vez más insistentes hasta que se ofreció a llevarme a la casa de su tía Benjamina, que según él afirmaba, debía tener por lo menos 100 años... y, lo más increíble, se conservaba milagrosamente joven. Lo que los pobladores decían, de que había hecho un pacto con el diablo, era una conseja típica de un pueblo supersticioso como Areguá.

-Ella fue la menor de siete hermanas de un antepasado mío, por lo que le pusieron el nombre de Benjamina. La llamamos Benji pero omitimos lo de tía por su aspecto extremadamente juvenil. No siempre está en casa. Desaparece largas temporadas sin nadie saber a dónde va. Pero tiene fama de vida dudosa -manifestó Humberto con perfecta naturalidad-.

Creo que fue esa naturalidad la que me incitó. No podía convencerme que un hombre inteligente y culto como él, me contara semejante absurdo. Supuse, no sin cierta irritación, que estaba burlándose de mí. Por eso insistí acaloradamente para que fuéramos a la casa de Benji a cerciorarme de que ella existía realmente. O tal vez fuera efecto del Napoleón. No lo sé. Lo cierto es que Humberto accedió con la previa advertencia, de que con  la tía Benjamina nadie sabía a qué atenerse y que no me sorprendiera nada de lo que pudiera suceder en semejante aventura.

Fuimos. Algún día habrá corriente eléctrica en Areguá y ya se habla insistentemente de ello, pero esa noche fría de julio, sin luna, caminamos Humberto y yo ayudados por una linterna cuyo haz de luz horadaba la negrura, mientras tiritábamos en la intemperie, después que nuestros cuerpos se hubieron recalentado ante la chimenea. El viento arqueaba los añosos eucaliptus y grevileas con silbidos siniestros. Anduvimos entre zanjones y arenales unas quince cuadras, hasta que llegamos a una alambrada que contenía profusión de vegetación salvaje y oscura, entre la que se paseaba inquieto el cierzo desolado. Atravesamos el destartalado portón de hierro retorcido e informe y nos internamos en un sendero cuya hojarasca crujía bajo nuestros pies medrosos. Humberto alumbró la fachada fantasmal que parecía mirarnos desde ventanas con rejas, cuyas hojas se hamacaban locas, golpeándose al ritmo del viento, lo mismo que la puerta.

Nada estaba asegurado, así que entramos rodeados de obscuridad y frío, en el túnel de luz de la linterna, a través de un zaguán con piso de ladrillos, entre los que alcancé a ver la maleza creciendo bravía. Pasamos la puerta cancel que también se golpeaba libremente, produciendo en la oscuridad, con el vaivén de las otras, una extraña sinfonía de percusión que sugería un ir y venir sincronizado y simultáneo de presencias invisibles.

Atravesamos un corredor interior también de ladrillos enormes, entre los que volví a vislumbrar mediante la linterna, la maleza vigorosa, y luego cruzamos un patio de tierra en que la hojarasca había confeccionado un  colchón mullido que rodeaba un antiguo aljibe con arco de hierro forjado, de arabescos profusos. Llegamos por fin a otro corredor de columnas gruesas y descascaradas, con el infaltable piso de ladrillos enmalezados.

-Por acá debe estar, si está -musitó Humberto. Entramos a una habitación que la maleza había invadido exuberante y señoreaba entre rotos aparadores con vidrios biselados y columnillas torneadas, carameguás destartalados, sillas cojas con la tapicería podrida y una mesa hundida. El viento ponía su canción helada que horadaba nuestras carnes a pesar de los abrigados sobretodos. Humberto alumbró la techumbre, o el lugar en que un día estuvo: no existía, sólo negrura. Atravesamos una puerta y nos encontramos en una estancia abrigada.

Mientras el haz de luz recorría la habitación en que vislumbramos una cama de columnas torneadas y una luna de ropero, se escuchó una voz femenina de extremada dulzura:

-¿Quién es?

-Soy yo, Humberto. ¿Estás ahí, Benji?

-Sí. Espera, enciendo las velas.

A la luz de las tres bujías que encendió ella en un espléndido candelabro de bronce, verde de cardenillo, pudimos ver que estuvo sentada en una vieja mecedora de esterilla, ante un antiguo bracero encendido. Entonces pude observarla: era hermosa. Rostro fino y pálido, cabellos castaños levemente ondulados, cuerpo delgado y fino, hacían un conjunto verdaderamente armonioso. Quedé pasmado.

Había algo siniestro en el contraste entre tanta decrepitud, y la delicada y tierna belleza de su juventud.

Conversamos un rato en torno al bracero, recuperamos el calor, hablamos como si nada anormal hubiera en el entorno y de pronto ella se me acercó y me dijo suplicante:

-Quédate conmigo, por favor. Tengo miedo-. Su mano tibia y delicada apretó discretamente la mía y me sorprendí a mí mismo diciendo sin vacilaciones:

-Claro. Faltaría más. Estás muy sola.

Humberto se fue. No hizo comentarios...

Removió el rescoldo y luego me miró largamente. Yo me acerqué, me abrazó y se protegió en mi cuerpo. Era una pequeña ardilla en el regazo de un oso. La estreché...

Esa noche hablamos mucho tendidos en el lecho, enorme y desvencijado, abrigados con antiguos edredones apolillados. La lasitud de mi cuerpo no respondía más a sus ardores, así que hablamos. Le pregunté muchas cosas a las que me respondía en forma evasiva. Me afirmó que no recordaba gran cosa del pasado. Que era la séptima de siete hermanas y que todas habían ido muriendo y que no quería recordar. Le entristecía hacerlo: me explicó abrazándome tiernamente, que solamente deseaba disfrutar de la vida y del amor. Lo demás no tenía importancia. Pero estaba triste. Le pregunté por qué:

-Porque todos se van -me respondió débilmente-.

-Y ¿qué planes tienes para el futuro, para cuando seas mayor?, -me atreví a interrogarle.

-No existe el pasado, ni el futuro para mí. Sólo el presente -afirmó con tristeza-. Todo es un eterno presente...

El viento silbaba entre las rendijas.

Para disimular mi turbación le pregunté si creía en el más allá, y me estrechó con tierno abrazo:

-Sólo creo en lo que toco. Creo en ti, estás a mi lado...

-Pero los que creen en Dios creen también tener evidencias- le dije.

-La única evidencia es que podemos estar juntos y amarnos -me contestó-. Lo demás es incierto.

Medité que todo en la vida es acto de fe, hasta la desesperanza; y la abracé.

Me despertó el trino de los pájaros. El sol se filtraba entre las grietas de las ventanas resquebrajadas. Ella no estaba...

Humberto me avisó, esa misma mañana, que había llegado un mensaje para mí: mi padre había muerto. Volví apresuradamente a Asunción y olvidé el incidente.

Después de unos días del entierro, llamé por teléfono a Humberto y me dijeron que había viajado a Europa y que no sabían cuando volvería.

Tres meses después volví a Areguá. El calor hacía reverberar los techos, los caminos polvorientos y las piedras. El casero de la quinta de Humberto me confirmó que la mansión estaba cerrada por tiempo indeterminado. No quise preguntarle por Benji. Me encaminé a su casa averiguando a los abúlicos pobladores.

Por fin llegué. Atravesé el sendero umbrío sobre el colchón de hojarasca y recorrí sorprendido las habitaciones y los corredores. La sombra de la salvaje vegetación me protegía de la canícula. Cantaban algunos pájaros y se oía el melancólico «sho-shí» y también el arrullo de las palomas silvestres. Recorrí a mis anchas las estancias destechadas e invadidas de malezas que se entrelazaban con los muebles podridos. No encontré a nadie pero todo estaba tal cual lo recordaba. Antes de volver, pregunté a los vecinos si sabían algo de la tía Benjamina. Me respondieron reposadamente que hacía unos tres meses se había ido. Que no era raro en ella. Solía desaparecer por largas temporadas.

Volví a Asunción descorazonado y perplejo.

Sigo esperando que vuelva mi amigo Humberto B... Entre tanto guardaré estos apuntes. Tal vez me sirvan tal vez.., tal... vez...



 

EL TRATO

 

La antigua iglesia rural estaba inmersa en un silencio entre expectante y lánguido.

La rala concurrencia atendía el sermón de Paí Filemón entre dudas y vagas esperanzas metafísicas. El cura dijo de pronto con voz potente:

«Pero no creáis, hermanos, que toda nuestra esperanza está en los cielos. También aquí, en la tierra, debemos esperar la justicia... Nuestro Señor hizo milagros en los caminos de la Judea. Milagros para el cuerpo. Milagros para esta vida terrenal. Milagros entre hombres de carne y hueso.

»¿Qué pasaría si vosotros supierais, que ahora mismo, en las calles de nuestro pueblo, de Itá-hú, está pasando un hombre que ofrece soluciones no solamente para la esperanza de las almas, sino también para los cuerpos?

»Vosotros iríais corriendo detrás suyo y me dejaríais hablando solo y le pediríais por vuestras necesidades. ¿Verdad?»

En todos los rostros se insinuó una sonrisita discreta y hubo una que otra tosecilla contenida.

«Pues hermanos amados, ése hombre no está en las calles de Itá-hú, está en nuestros corazones. Solamente que ahora debemos ganar su voluntad como él ganó la nuestra.

»Y me preguntaréis cómo. Yo os respondo: ¡Haciendo buenas obras!

»Él ya no recorre los caminos y los poblados, pero... nosotros sí, debemos recorrer los caminos para ir al encuentro de su Madre Santísima. ¡Ella intercede por nosotros como intercedió en las bodas de Caná, para que la gente como vosotros tuviera vino, buen vino!

»Ya pasaron los tiempos, hermanos míos, en que los pobres tenían que resignarse para siempre. Dos mil años estuvimos esperando el regreso de Cristo... Y él no vino.

»¿Se olvidó, pues, de nosotros, sus hijos?»

«¡No!» -su negación estentórea sacudió la modorra mañanera de la concurrencia descalza.

«Nosotros nos olvidamos de él» -los múltiples ojos retomaron su pesadez de párpados y la somnolencia retornó a los fieles.

«Tenemos que pedir, queridos hermanos». La voz cobró un tono persuasivo.

«Tenemos que pedir para nuestras necesidades. No tenemos que resignarnos a la pobreza, al desaliento... ¡No tenemos que resignarnos a la resignación! ¡Somos nosotros los que tenemos que andar por los caminos polvorientos, al encuentro de nuestra Madre de Dios!» -Los ojos se abrieron un tanto-. «Somos nosotros los que tenemos que ir hasta su casa y postrarnos a sus pies para pedirle por nuestras necesidades».

«Justicia social, pan, aceite, vino y salud están en las manos de la Madre de Dios.

»¿Y qué tenemos que darle a cambio? ¡Yo os digo!» -su grito dio un sacudón a los cuerpos andrajosos- «¡Buenas obras, hermanos míos!».

Isidoro, sentado en un extremo del último banco trató de imaginar qué buena obra podía hacer. No se le ocurría nada.

«Yo no hago mal a nadie» -se dijo-. «Pero tampoco puedo hacer buenas obras, porque no tengo con qué. Che mboriajhú etereí» -el suspiro que exhaló su pecho le hizo dar vuelta la cabeza a su mujer sentada a su lado.

La misa siguió rutinaria y los fieles se sentaban, se ponían de pie, y se arrodillaban mecánicamente. Cuando el padre Filemón dijo con las palmas hacia la concurrencia y los codos pegados al cuerpo, el Ite misa est, los feligreses respondieron aliviados:

-Amén.

 

Lloviznaba.

Los pies rudos de Isidoro se hundían profundamente en los charcos, mientras gritaba en tono perentorio y cortante a sus bueyes:

-¡Neique, Tigrees...! ¡Neique Picaflor...! Perezosos los bueyes le seguían al cabo de la correa de cuero crudo, intentando de vez en cuando, agachar la cabeza para seguir pastando. No estaban convencidos de volver a la querencia sin haber llenado mejor la panza.

A Isidoro le daba vueltas en la cabeza el sermón del cura.

¿Y si pedía a la Virgen que le sacara de la pobreza?

Cuando al caer la noche se acostaba en el catre de trama con Secundina, sentía un gran alivio en el duro  cuerpo, miraba las estrellas y apoyaba la mano pesada en las nalgas de la mujer y sabía que la vida tenía gran significado.

«Pero no puedo hacer buenas obras -se dijo-, y hay que hacer buenas obras, dice el Paí» -pensó preocupado.

«Buena obra sería que no te emborracharas los sábados y domingos y no me garrotearas» -le había dicho esa mañana después de la misa, Secundina, su concubina. Se encogió de hombros...

-¡Neique, Tigre...! ¡Neique...! -gritó más por costumbre que por necesidad.

Ñandeyara Tupasy había dispuesto que su Hijo convirtiera el agua en vino, dijo Paí Filemón. El vino no podía ser tan malo.

«Yo nunca me emborracho con nada que no sea vino» -se excusó.

El rancho estaba ahí, delante. Secundina ya había encendido la vela de cebo bajo el techito destartalado que oficiaba de cocina. Estaba encendiendo el fogón. En la arboleda negruzca y en medio de la silueta oscura del rancho, lucía la luz rojiza de la cocina de Secundina.

Atardecía...

Esa noche no pudo dormir seguido como de costumbre.

Habían metido el catre de trama bajo el alero y cuando se acostaron y puso la mano ruda sobre la nalga de Secundina, ella se dio vuelta y le dijo entre dientes algo como que estaba cansada y que lo dejaran para mañana.

La lluvia caía susurrante y melancólica pero a Isidoro le crispaba.

Antes del amanecer se incorporó y entró a tientas en la pequeña habitación sofocante de su vivienda, con piso de tierra apisonada. Se orientó en la sombra y palpando encontró el carameguá que les servía de mesa, armario y altar.

Halló los fósforos y encendió la vela de sebo que siempre estaba presta en el candelero.

Se iluminó el pequeño mundo de estampitas de colores con su constelación de figuritas beatíficas y sus flores de papel multicolor manchadas de pintas negras aportadas por las moscas. En el centro del pequeño escenario dominaba una estampa grande, enmarcada en yeso dorado: revoltijo prolijo de rizos rubios, inmenso vestido blanco con gusanillos de oro, majestuoso manto azul con pedrería, todo aquello sobre un globo oscuro, tachonado de estrellas plateadas y en la parte superior del conjunto, la pequeña cabeza coronada, miraba el mundo exterior desde su ensimismamiento, con mirada congelada de cuentas de cristal.

Isidoro se arrodilló, juntó las manos, inclinó la cabeza y habló en su interior así:

«Ñandeyara Tupasy, te ofrezco un trato. No me falta demasiado. Tengo mi rancho, tengo a Secundina y tengo a Tigre y Picaflor. Tengo mi carreta y tengo mi capuera. Pero no puedo hacer buenas obras. Para eso no me alcanza. Pero si vos me hacés ganar en el Ganagol, te prometo darte la mitad de lo que saque. Te prometo ir a pie a Caacupé a llevarte tu parte» -y movió con convicción la cabeza sobre el pecho y completó el petitorio con un intenso- «Amén».

El padre Filemón fue el que le dio la noticia. Isidoro no se sorprendió demasiado.

«Un trato es un trato», pensó.

-No seas tonto, Isidoro. Todos te van a pedir ahora dinero. No se lo des. Guárdalo bien. No lo malgastes. Y cuidado con los amigos y las fiestas.

-No te preocupes, Paí. A mí no me gusta luego la fiesta y no necesito mucho para... estar contento.

-Así me gusta, hijo. Eso quería oír.

-Yo quiero mi dinero para hacer buenas obras -explicó Isidoro-. Y la mitá de lo que me toca yo le viá dar a la Virgen. Por ahí viá comenzar.

-Bien, hijo, muy bien. El resto lo guardaremos en el banco.

-Sí, Paí.

-Yo te acompaño a la ciudad para cobrar el dinero y depositar tu parte. El resto...

-La otra mitá yo mimo le viá llevar a la Virgen, a su casa, como vo dijiste, Paí. Me voy a pie a Caacupé a entregarle su parte en propia mano.

-Está bien, hijo, está bien. Pero yo te acompaño a cobrar y a depositar el dinero, no sea que por ahí, te desatines y se te pierda la plata.

-Si, Paí. Te agradezco...

 

Había caminantes rezagados. Hacía ocho días que la gran peregrinación se había llevado a cabo. Isidoro estaba de buen talante y muy seguro que los acontecimientos  habían sido tejidos especialmente para que él cobrara el dinero, depositara la mitad en el banco y alcanzara a peregrinar en la octava para entregar la otra mitad, en su propia casa, a la hacedora del milagro.

El bulto de billetes lo sentía cerca de los genitales a cada paso que daba y le producía una sensación de plenitud interior. No había querido llevar la parte en cheque porque un sólo papelito, impreso, le parecía que no tenía el valor del pesado fajo que se había introducido en el bolsillo metido dentro de una bolsa de papel madera. Eran billetes grandes, muchos billetes grandes...

No dudaba que el trato se deslizaba a la perfección, como su carreta de ejes bien engrasados sobre mullido césped.

Había estudiantes alborotadores comiendo chipá mientras peregrinaban; mujeres de mantos negros desteñidos que andaban con paso cansado; una madre campesina llevando un niño dormido en el regazo y otro corriendo a saltitos detrás, vestido con el hábito de la Virgen; una monja taciturna concentrada en las cuentas de su rosario; y hasta un arriero que se atrevía de vez en cuando, como quien no quiera la cosa a poner una mano en partes íntimas de alguna moza de pies descalzos.

Isidoro se detuvo en un puesto a la vera del camino y se bebió a grandes tragos dos frescos vasos de aloja. La bebida le dio bríos y siguió camino.

Tres kilómetros después, rengueaba. Se sentó en una piedra y se sacó los zapatones. En uno de ellos había una tachuela que le lastimaba el talón.

Meditó.

Había aceptado la molestia del talón como parte del sacrificio a su bienhechora. Pero, pensándolo mejor, ya era suficiente con darle su parte llevándosela a su propia casa. Con eso, el trato estaría cumplido. Decidido ató los dos botines juntos por los cordones y se los puso al hombro.

Siguió el camino descalzo.

 

En los subsiguientes días se mantuvo firme:

-¡Najhániri, hermano! No te puedo dar nada. No tengo dinero en casa. Todo etá en el banco.

Los conocidos que lo visitaban no podían persuadirlo de que les diera un sólo centavo. Lo único que hizo Isidoro fue sacar dinero del ahorro de la ciudad, para construir un panteón con dos ángeles gordos de arcilla, con las alas plegadas, a los lados de la puerta. Era muy lindo, azulejado de blanco y levantado por sus propias manos con ayuda de su compadre Sindulfo, que se prestó en la esperanza de obtener algún beneficio especial. Allí trasladó los restos irreconocibles de su madre, muerta hacía catorce años y sintió que había cumplido todas sus obligaciones.

Ni el padre Filemón pudo sacarle gran cosa. Pero los domingos, ponía en la bolsa de la iglesia un billete grande...

La vida continuaba con la rutina acostumbrada:

El mate al alba, el traslado de Tigre y Picaflor a los pastos, el trabajo en la capuera, el retorno al mediodía para el guiso en el rancho, el enganche de los bueyes a la carreta para hacer algún acarreo de alquiler, conducir de nuevo a sus dos animales al rancho y dormir pegadito a Secundina al terminar el día.

Justo a los ocho días de llevarle «su parte» a la Virgen en peregrinación, mientras tomaba el mate al alba con su mujer, sintió que el lugar donde la tachuela le había hecho una herida en el talón, le temblaba como si tuviera voluntad propia.

-Ndee, Secundina, me parece que no se curó bien mi herida del talón.

-No puede ser, ya te lavé bien la herida con tapecué. Se curó hace rato. Te parece nomá...

Esa noche, Isidoro no podía articular palabra. Tenía los dientes apretados y las mandíbulas rígidas. Le dolía espantosamente el cuerpo y sentía violentas contracciones musculares.

Cuando vino el boticario y lo vio así, movió la cabeza con desaliento y dijo:

-No hay nada que hacer. Es el Tétanos.

En medio de la fiebre y de los dolorosos espasmos, Isidoro escuchó el terrible diagnóstico. Quiso articular algo pero sólo se escuchó un rugido ininteligible entre sus dientes apretados.

Secundina desesperada, entre lágrimas, le ofreció a Don Bareiro dinero, cualquier cantidad de dinero, para que lo salvara.

El boticario moviendo la cabeza de un lado a otro dijo con desaliento:

-Le aplicaré Valium. Es todo lo que puedo hacer...

Secundina se estrujaba los pechos...


 

Isidoro sobrevivió.

El padre Filemón lo vio avanzar lentamente por la cuadra de la Iglesia, con la cabeza gacha.

«Es un milagro» -pensó-. «Un puro milagro». Pero se sintió defraudado cuando el hombre pasó frente al portalón de madera sin siquiera mirarlo y sin detenerse a saludarlo. Pasó de largo. El cura quedó boquiabierto. Luego reaccionó y le gritó:

-¡Isidoro!

El padre Filemón tuvo que avanzar a grandes zancadas hacia el hombre que se había detenido y con el sombrero pirí en las manos nerviosas lo miraba de hito en hito.

-¿Es que no te acercas a saludar y ni siquiera te persignas delante de la iglesia? ¿Qué mosca te ha picado, hombre? Eres un desagradecido. Sacaste el «Ganagol», te libraste del Tétanos y no pisas más la iglesia ni para saludar... ¿Te has vuelto protestante, pues?

Isidoro le respondió con la cabeza gacha mirándose los dedos de sus pies descalzos:

-Miró, Paí. E jodido hacer negocio con uteden. Tupasy Ñandeyara me quitó todito lo que me había dado con el Ganagol.

-¿Cómo es eso, hijo mío?

-Y cuando me etaba muriendo, pué, me asuste y tuve que negociar otra ve con ella para que me salvara de la Tétano. Le tuve que ofrecer la otra mitá de mi dinero. Y se llevó todito -lo miró con la cabeza gacha desconfiado- y prosiguió.

-Mucho ma mejor e vivir así nomá, tranquilo pá... Jodido, pero contento...

Y se fue sin despedirse.



 

CERCA DEL POZO

 

El tableteo de la máquina de escribir suena en larguísimas frases como sin puntos y sin comas. Suena como los porotos que trasvasa Lorenza sin pausas de una bolsa a una gran vasija de aluminio achatado con mil golpes de cocina. Abajo, en el patio sombreado por la parralera, ella trajina sus menesteres campesinos bajo la siesta canicular y él, sumergido en sus lucubraciones, trajina sus ideas escurridizas como ardillas en el cerebro exacerbado por atrapar certezas fugitivas.

La enorme casona de la tía Amalia está aplastada como una tortuga gigantesca en el torpor de la siesta aregueña, bajo el caparazón del ardor solar.

El estudiante se afana con su tesis en el oasis fresco del caserón en penumbra.

Postigos entrecerrados, techos altos con enormes vigas de tayí, piso de antiguos mosaicos decorados en coloridos arabescos, complicados y desteñidos por pasos incesantes de largas generaciones. Pasos arrastrados, presurosos, tardos, vivos, tranquilos, gozosos, esfumaron en su peregrinar hacia el destino común, los perfiles nítidos otrora, de los arabescos entrelazados.

Él no piensa más que en el miedo.

«Es una necesidad existencial» -escribe-. «El alerta para la conservación de la especie y el incentivo para la investigación. Cuando no bastan los estímulos inmediatos,  el hombre debe crearlos. El miedo es una necesidad existencial».

Se interrumpe. Relee. Frunce los labios y menea la cabeza en gesto reprobatorio.

«He repetido la frase», se recrimina.

Se percata que le duele el cuello, que tiene las piernas entumecidas y que la cabeza ya no está debidamente lúcida y ordenada. Decide descansar. Con las dos manos se aprieta la frente y estira los cabellos hacia la nuca.

«Es el calor» -piensa- mientras se incorpora lentamente y alarga las piernas caminando sin ver los enormes muebles de lunas biseladas y columnillas torneadas, glorias de fenecidas artesanías primorosas.

Mecánicamente se asoma a la ventana altísima, entreabierta sobre el patio. Recorre con la mirada el trozo de galería, el trozo de barandal de hierro forjado, el trozo de árbol de níspero que da sombra al conjunto y el trozo de patio, allá abajo, donde Lorenza estará reinando en su feudo de cacerolas.

Salir no tiene sentido, afuera hace más calor que adentro. Entreabre más la ventana y en su campo visual aparece el niño que juega concentrado en piedritas que carga en una lata vieja con extremada atención.

«Él también acabará, tarde o temprano por inventar el miedo» -medita-. «Hasta yo debo hacerlo. Aunque rara vez me percate de su presencia, el miedo es necesario».

El niño, desnudo, panzón, con el pequeño órgano viril curvado como el pico de un gallo, los rulos rubios reluciendo en la resolana, se incorpora vacilando y camina torpemente bamboleando el cuerpecito sobre unas piernitas  inseguras, hacia el pozo. Se acerca al brocal y vacía las piedritas en el interior. En el profundo silencio se escucha el rodar de los guijarros a través de la lata y su chocar contra la superficie del agua.

«El brocal es muy bajo», pensó y se apartó de la ventana.

 

Esa noche se obligó a acostarse aunque pudo seguir escribiendo su tesis hasta el amanecer si lo deseara. Pero tenía tiempo de sobra. En el caserón de la tía Amalia el tiempo tenía paso de caracol entre el silencio y la quietud.

«No es caso que me agote sin necesidad» -se propuso-. «No tengo prisa y estoy bien pertrechado con Adler, Freud, Jung, papeles, máquina de escribir, apuntes y todo lo necesario. Hasta tengo el silencio a mi favor».

Boca arriba, tendido en la antigua cama matrimonial, con angelillos gordos tallados en la cabecera como guardianes imperturbables, miró la oscuridad y escuchó el silencio. Un grillo escondido rezaba quedamente su letanía en el territorio del ropero de tres lunas de la abuela Anselmita. Perrería lejana. el golpecillo en sordina, acompasado y sedante de la caja del viejo reloj del comedor, le hacían compañía...

«Es prodigioso el silencio, como una presencia ubicua» -meditó-. Sudaba levemente. Por las abiertas ventanas se perseguían unas a otras gratas ráfagas de brisa como suspiros del follaje en la noche. Comenzó a adormecerse boca arriba. Los músculos y tendones se le fueron aflojando hasta ponérseles laxos, relajados, confortables...   Y entonces escuchó... Nítidamente. Los músculos se le tensaron violentamente como los de un gato en la sorpresa, los tendones como cuerdas de guitarra.

Escuchó atentamente en la oscuridad. El chirrido irritante de la cadena del pozo, abajo, en el patio, cerca de la puerta del sótano, sonaba haciendo gemir la roldana con un alarido lacerante en la noche de verano. Razonó y sonrió pensando en el inútil chorro de adrenalina que movilizara sus suprarrenales.

«Esto confirma mi tesis», se dijo inmóvil mientras su corazón llamaba entre los músculos del pecho como un puño perentorio.

«Es bueno haber venido. Es el lugar perfecto para la elaboración de mi tesis sobre el miedo. Se felicitó por haber tomado la decisión repentinamente, esa mañana, en que fuera apresuradamente a la casa de la tía Amalia para pedirle las llaves».

«No tendrás problemas. Los cuidadores son gente tranquila. Lorenza te atenderá», le había dicho la tía entregándole el manojo.

«Fue un acierto» -se repitió, mientras volvía a escuchar el lamento prolongado, crispante de la cadena fregando la roldana, hierro con hierro, como estirada con mano urgente...

Luego otra vez el silencio... Aguzó el oído. Ni ladridos, ni grillos, ni nada.

Sólo el latir imperturbable del tiempo, acompasado en el mecanismo del reloj de la pieza contigua. Silencio aplastante. La casa era un gran útero oscuro, tibio, muelle, misterioso, de vida agazapada y de muerte latente...

«Debo dormir -decidió- aunque los cuidadores trajinen en la noche; o el tema de mi tesis acabará por enervarme».

Se puso de costado en posición fetal. La brisa comenzaba a dar pinceladas de frío.

Se fue adormeciendo superficialmente aunque percibía aún, entre las brumas de la somnolencia, el latido del tiempo en el reloj del comedor... Sonó la media. En su entresueño la percibió como el doble de la campana de la iglesia repicando a difunto. Entre nieblas vio un cortejo de pobres ascendiendo trabajosamente la loma llevando un cajoncito blanco. Escuchó un lamento... Luego otro le respondió. Prolongado, agudo, clavándosele en las entrañas y mordiéndole el corazón. Despertó de golpe. Estaba sudando frío. Se concentró para oír mejor. Sí, había un lamento y venía del patio de abajo, cerca del pozo. El lamento se quebró en tres desgarradores quejidos prolongados. Se levantó irritado, se acercó a la ventana y volvió a escuchar. Entonces se percató de que el respiradero del sótano remataba cerca del ventanal y de ahí salían los quejidos. Volvió a la cama con fastidio pensando con ironía que hasta los pobres de belleza marchita como Lorenza y su marido, hacen el amor en las noches de verano. Se acostó y se tapó con la sábana porque sudaba frío.

No tardó en adormecerse otra vez. El reloj y el silencio le acunaban en el seno de la casona vetusta. Comenzó a dibujarse en su retina velada, vagamente el cortejo. La pequeña caja blanca ascendía como pluma ingrávida la loma, entre el acompañamiento reptante, entre rostros inclinados hacia tierra en solemne recogimiento de aldeanos. Lo volvió a despertar el alarido de la roldana girando loca, como accionada por una mano aferrada a la cadena con desesperación.

Quedó rígido en la cama, totalmente despierto. El corazón golpeaba insistente.

Rápidamente comprendió que la garra del miedo se prendía de su garganta. Después de un compás en que calló el aullido de la roldana, se impuso la quietud y se llamó a cordura. Pero volvió a escuchar el quejido. Esta vez débil, quedo, como de animal enfermo...

Se levantó con violencia de la cama, crispado y mientras se ponía torpemente la bata murmuró:

«¡Maldita sea! Esta gente no deja de aporrear la cadena del pozo ni deja en paz a nadie...»

Bajó las escaleras apresuradamente en la quietud de camposanto y se plantó ante la puerta del sótano. Levantó el puño con ira pero lo mantuvo en alto. El silencio lo amedrentó. Era total en el patio, en el pozo, en el sótano. N o obstante golpeó con furia incontenible, una, dos, tres veces... La puerta tardó en abrirse. Apareció el marido de Lorenza poniéndose los pantalones mientras ella, en el interior, tropezando encendía un fósforo, luego otro hasta que por fin encendió una vela que ardió vacilante.

-¡Mbaé pa, patrón! -exclamó asustado el hombre-.

De un vistazo el estudiante vio la mezquina habitación del sótano estrecha, andrajosa, mínima, con un solo catre vacío y una manta remendada caída en el piso.

-¿Qué es lo que pasa? ¿Está acaso enfermo el niño? -atinó a preguntar confuso.

-¿Qué niño? -preguntó Lorenza, acercándose con el candelero en la mano temblorosa, los harapos trémulos sobre el pecho agitado y los ojos fuera de las órbitas.

-¡Tu hijo, el que juega cerca del pozo!

Los ojos de la mujer, muy abiertos en su negrura, lucieron como lagunitas brillantes detrás de la llama de la candela mientras ahogando un sollozo balbucía:

-¡Ay, señor! Ya no tenemos niños. Mi Pedrito, el único que teníamos, rubio y chiquitito, cayó al pozo cuando tenía dos años. Mañana, o sea hoy, hace un año que murió...

El estudiante sintió erizárseles los pelos de la nuca...





 

PARTE MILITAR

 

 

Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron.

 

 

 

Apocalipsis 21:4

               

 

«Alto Chaco, Paraguay, 3 de noviembre de 19...» Fortín Yaguareté.

»Al coronel Aníbal González, por orden de mi superior teniente l.º Eugenio Alcaraz:

»En la tarde del día de ayer, siendo las 14:10 hs., salí del Fortín Yaguareté al frente de un pelotón de diez hombres, rumbo noroeste hacia...»

La mano del sargento Alborno quedó en alto sosteniendo el bolígrafo. Su mirada se clavó en la lejanía enmarcada en la ventana del cuartel. Los gruesos labios musitaron:

-Itaby acué Juancito...!

Escuchaba los golpes de la pala abriendo la tierra con monótono compás. El viento del norte, caliente y amodorrante levantó en ráfaga violenta un torbellino de fino polvo que entró por la ventana haciendo aletear los papeles y le refrescó momentáneamente la frente perlada de sudor. El calor era aplastante. Continuó:

«...el Fortín Loma Peró. A los cinco kilómetros de marcha nos dividimos en cuatro grupos, tres de tres y uno de dos, con la consigna de disparar un tiro de fusil si localizábamos a Juan Vernal, para avisarnos. Recorrimos el campo una media hora hasta que sonó un disparo desde el monte cercano».

Los hombres habían gritado repetidos ¡pipuuu! que rodaron entre los bosquecillos espinosos y ralos de la planicie ardiente, para orientarse. Al rato fueron llegando uno tras otro en apresurado tropel los conscriptos.

La mano le tembló ligeramente al Sargento que siguió escribiendo:

«Lo encontramos en un claro de algarrobos».

Los golpes de la pala abriendo heridas a la tierra reseca retumbaban en las vísceras del sargento Alborno con algo parecido a la misericordia. Sus manos toscas descansaron sobre la hoja de papel mientras los ojillos negros refulgieron bajo pesados párpados, fijándose en la inhóspita planicie. Recordó:

«¡Ep...!! Juancito... No vayas a ser tonto» -le repetía cuando lo veía cargando su fusil en bandolera, día y noche, de acá para allá, agachado, barriendo el patio del cuartel con un manojo de yuyos, limpiando las letrinas, aseando los chiqueros, arreglando las caballerizas, con su eterno fusil descargado, como pegado a las espaldas, hasta cuando dormía en el jergón.

El sargento Alborno meneó la cabeza y musitó:

-Itaby acué Juancito...!

Y Juancito no decía nada, solamente sonreía con su eterna sonrisa tristona, hasta cuando los conscriptos le gritaban a cada paso: «Nde. Juancito tarobá...!»

El Sargento meneó la cabeza y razonó: «Nunca entendí qué mosca le picó». Siguió escribiendo después de hacer chasquear la lengua.

«Estaba muerto. ¡Eran las 17 hs. y 25 minutos según mi reloj!».

Se rascó la cabeza con energía con ambas manos.

«Debe ser el maldito polvo -pensó-, penetra hasta el alma».

Las ráfagas de viento caliente fatigaban la conciencia y embotaban el entendimiento. El ventarrón es constante en la inmensa planicie.

«No sé qué me está pasando», meditó el Sargento. Se recostó contra el respaldo, perdida la mirada en la llanura polvorienta y en los cactus dibujados contra el cielo amarillo de sol, con trazos nítidos. Volvió a recordar...

Los cuervos habían volado con torpeza, la panza llena, aleteando fuertemente en el silencio del bosque ralo con ruido de mil aplausos desmañados. El menudo cuerpo del conscripto Juan Vernal (Juancito Tarobá), estaba tendido con la boca abierta como en un grito coagulado, las ropas desgarradas a picotazos, el vientre al aire, con las vísceras revueltas en sangriento desorden, las moscas zumbando enloquecidas y las cuencas vacías pareciendo absorber el firmamento.

El sargento Alborno meneó la cabeza y murmuró:

-Itaby acué Juancito...

Una madrugada, en la cocina, mientras Juancito le cebaba el mate, hablaron mucho.

Al principio no quería decir nada, pero los meses de encierro le habían aflojado un poco la lengua. El Sargento le había preguntado por qué se empecinaba y él respondió que no se empecinaba.

«Si vos querés, podés arreglar tu situación de golpe» -había aconsejado el Sargento. Era un oscuro amanecer y los gallos cantaban somnolientos. Creyó al principio que Juancito no lo había escuchado porque no contestó. Repitió la afirmación.

Entonces Juancito habló. Como de otro mundo, en un idioma extraño que hasta ahora no entendía muy bien, no que fuera en realidad otro idioma porque hablaba castellano, sino la forma rara, como ausente de decir las cosas. Habló de su Dios que tenía un nombre que el Sargento no podía recordar, que era celoso y exigente y que miraba desde arriba lo que hacen los hombres. Le dijo que todos somos pecadores y que no queremos reconocer porque el demonio nos tiene agarrados y no tenemos otro camino que reconocer nuestras culpas.

Él le había interrumpido, riendo, para asegurarle que no se sentía culpable de nada, al contrario, que cumplía con su deber, que no robaba, no mataba si no era necesario, no violaba a ninguna mujer sino que ganaba su simpatía a fuerza de regalos y serenatas, que cuidaba a su madrecita que vivía en su pueblo con sus hermanas y que...

Juancito le había interrumpido y le había asegurado que todo eso lo hace cualquiera, pero lo que su Dios quería era que averiguáramos su voluntad en ese libro negro que leía escondido y que ahora ya no podía leer más porque el teniente 1.º Eugenio Alcaraz había mandado quemar cuando otro conscripto le había delatado.

«La pucha que es exigente tu Dios!» -había comentado el Sargento-. «¿Pero qué clase, pió es él?»

Juancito le contó que había venido personalmente para salvar a los hombres y que ellos no le reconocían y que lo único que exigía era que la gente no se odie, ni se perjudiquen entre ellos, ni hagan ningún mal.

«Pero si es tan bueno, ¿por qué te hace hacer todo lo que no te conviene?», le había preguntado el Sargento.

Y Juancito le había dicho que él no se perjudicaba, sino al contrario, se estaba preparando para ir a su presencia y allí solamente sería feliz del todo y no tendría más problemas.

«Pero la Virgen, madre de Dios, no me pediría que anduviera como vos y que toda la gente se burlara de mí y en el cuartel me hicieran llevar todo el día el fusil descargado encima» -había respondido el Sargento-. «¿Tu Dios, pió, no te tiene lástima?» -había insistido.

El conscripto le aseguró que los que merecen lástima no son los que sufren en la tierra, sino los que desobedecen a su Dios.

También le había contado que el hijo de Dios, Jesucristo, había sufrido mucho por nuestra culpa y que nosotros también teníamos que sufrir para no renegar de él, y entonces el Sargento había asegurado que él sí que era cristiano, como todos en el cuartel, porque no hacían macanas, ni andaban buscando castigos sin necesidad, y Juancito le contestó que los verdaderos cristianos son los que cumplen la voluntad del Dios de nombre raro.

El Sargento nunca había entendido porqué Juancito le quería tanto a ese Dios tan enojado y difícil de entender. También le había dicho que así como todos se esforzaban en agradar a su superior en el cuartel, había que hacer con su Dios y con mayor razón, porque nos quiere de verdad, no como los superiores que solamente se preocupan del cuerpo y no del alma.

El Sargento meneó confundido la cabeza, suspiró profundamente y decidió que tenía que terminar el parte y que si seguía entreteniéndose lo iban a castigar. Antes de retomar el bolígrafo se rascó la cabeza y pensó que los superiores no tenían porqué tener ningún cariño a los soldados, sino solamente cuidar la disciplina.

Trató de imaginar cómo sería cumplir órdenes de un superior que le tuviera cariño a uno. No lo pudo conseguir y desconcertado siguió con el parte:

«Envolvimos el cadáver con una lona y lo trajimos al cuartel. Ahora se está cavando la fosa para enterrarlo en el patio, cerca de los chiqueros. El cuerpo está depositado en la enfermería.

»Causa presumible de la muerte: SED.

»El conscripto Juan Vernal, procedente de la Capital estaba cumpliendo un castigo de dos años en el Fortín por negarse a portar armas y había desertado el 30 de octubre del cte. año.

»Lo enterraremos sin cruz como ejemplo a la tropa, de que un soldado que se niega a cumplir con su deber no es cristiano.

»Firmado: sargento Atanasio Alborno».

Una gota cayó sobre la firma. Quedó borroneada.



 

TE CUENTO COMO ME CONTARON

 

La gente es muy chismosa. Yo no creo nada de lo que dice. Pero te cuento como me contaron a mí. Y no vayas a repetir porque yo no soy chismosa. Pero ya que querés saber la verdad, te cuento que a mí me contó Ña Sinfó, que le contó Ña Sindulfa Martínez que estuvo en el velorio de Ña Eleuteria, y no sé si agrandó la cosa o si dijo la verdad; que dice que fue la misma Isidora la que le pidió al cura y la que hizo los trámites para que enterraran a la vieja al día siguiente del fijado por la ley.

Dicen que en lugar de enterrarla el miércoles a las cinco de la tarde, la velaron otra noche más, enterita, y la enterraron el jueves a las tres de la tarde. Y no pudieron llegar hasta las cinco porque hacía mucho calor y el cuerpo se empezó a hinchar y a descomponer y a despedir olor y a juntar moscas.

En la gomería de enfrente que está abierta las veinticuatro horas del día y también de noche, dice que se escuchó la pelea de los hijos y los gritos de Isidora que juraba y rejuraba que no saldría de la casa aunque vinieran los tahashí para echarla, porque la casa de la difunta era también de ella y que ni su hermano, ni nadie tenía derecho a sacarla de ahí.

Ña Sinfó me contó que le contó Ña Sindulfa Martínez, que dice que estuvo presente las dos noches del velorio, que la segunda noche, Taní, el zapatero, hermano de Isidora, le mostró los papeles firmados por la difunta, en que figuraba que la propiedad le pertenecía a él solito, pero Isidora no le creyó.

Dice que Isidora le reclamó a su hermano su derecho sobre la casa, porque ella era también hija de Ña Eleuteria, pero él le contestó que hacía rato la difunta le había firmado los papeles en que le traspasaba los derechos, porque él le mantuvo durante diez años y le pagó los remedios y todo y ése era el importe de la propiedad y que ahora que se había muerto la difunta, la casa era de él solito.

-Dice que Isidora se fue llorando junto al Juez de Paz para preguntarle si era cierto que ella ya no tenía derecho sobre la casa de la vieja y él vino personalmente a revisar los papeles que tenían la firma de Ña Eleuteria. Y después de revisar todo, le dijo a Isidora que sí, que era cierto que la propiedad ya no era más de ella sino de Taní solito.

Ña Sinfó me dijo que le dijo Ña Sindulfa Martínez que presenció cómo Isidora le arañó la cara a Taní, mientras le gritaba que era un ladrón y un bandido porque le había sacado su parte y que ahora ella se quedaba en la calle con tres criaturas sin padre. Y dice también que la cara de Taní se quedó con las marcas de todas las uñas de Isidora y que alrededor del cajón de Ña Eleuteria que estaba lleno de moscas, se pelearon la segunda noche del velorio y que cuando ella le arañó la cara, él le dio una bofetada que le echó a Isidora contra el cajón, y que si no fuera por Don Eustaquio y Ña Rufina que estaban rezando el rosario, al lado de la muerta, y que atajaron el cajón que estaba sostenido sobre dos sillas, todo se iba a ir al suelo.

Yo no sé si Ña Sindulfa Martínez o Ña Sinfó o el gomero Día y Noche, o los tres, agrandaron la historia, porque la gente es muy chismosa y vaya uno a saber la verdad, pero me contó también el de la gomería Día y Noche, que él mismo fue a ver lo que estaba pasando, porque no podía dormir entre lamentos y peloteras y dice que Isidora se golpeaba la cabeza con los puños y se lamentaba de que había dejado a su marido, allá en su casa de Pilar, para venir a cuidar a su querida madre; que se mudó con sus tres hijos hacía diez años, cuando Ña Eleuteria se enfermó, para que la difunta le hiciera lo que le hizo de dejarla en la calle.

También dice el gomero que Isidora golpeaba el cajón de Ña Eleuteria como para despertarla y le preguntaba y quería que le respondiera, por qué le hizo lo que le hizo. Que por su culpa su marido se cansó de esperarla allá en Pilar y como ella no volvía se concubinó con otra mujer que estaba viviendo en la que había sido su casa y que ya tenía de su marido cinco hijos y que ahora, a dónde ella, Isidora, se iba a ir si ya no tenía más ni casa, ni marido, ni nada.

Me dijo el gomero que estaba como loca y que Taní fue a buscar al boticario que le puso una inyección para dormir, pero que ni así ella dejaba de sollozar en sueños y de suspirar con los ojos medio cerrados.

Yo no sé si es verdad todo eso porque no estuve presente, porque tuve que ir a San Pablo para traer mi contrabando, pues, y la gente es muy chismosa y yo no creo demasiado lo que dice, pero te cuento como me contaron.

También Ña Sindulfa Martínez le contó a Ña Sinfó, que me contó a mí, la vez pasada, que Taní le acariciaba a Ña Eleuteria y le besaba las manos hinchadas y duras y le decía: «gracias mamita». También lloraba a gritos porque ya no la iba a ver nunca más después que la  llevaran al cementerio. Parece que esos dos días del velorio fueron insoportables para el gomero y me contó él que había momentos en que parecía que todos se cansaban de gritar y que entonces todo se quedaba tranquilo; pero, de repente, todos se ponían a gritar de golpe y parecía un infierno. Y también me contó él y me contó Ña Sinfó por su lado, que le contó Ña Sindulfa Martínez, que vinieron como cincuenta parientes de varios pueblos del interior y que se armaron dos bandos, uno a favor de Taní y otro a favor de Isidora. Dicen que el bando que le defendía a Isidora era más grande y que le gritaban todos juntos a Taní que era un plata potá, un egoísta y un infeliz que no se conformaba con su propia casa y con su oficio de zapatero que le permitía trabajar y vivir bien, y le tenía que robar la parte que le correspondía a su hermana, que no tenía a dónde ir con tres criaturas.

Dice que el otro bando también gritaba que Taní no tenía la culpa de que Isidora se quedara sin marido y que él fue el que le pagó durante diez años la comida y los remedios a Ña Eleuteria y que él luego era su único hijo varón y la alegría de la difunta y qué más quería Isidora de herencia, que para que no se queje, la madre le había dejado toda su ropa y sus zapatos y la estampa grande de San Judas Tadeo con marco de plata y con novena para conseguir 5000 días de indulgencia y que Taní, además, le iba a dar todos los muebles de la casa, y que más quería entonces.

Yo no sé si será cierto, porque Ña Sinfó no estuvo tampoco presente porque ella también se fue a buscar su contrabandito a Clorinda en esos días, pero el gomero y Ña Sindulfa Martínez que fueron testigos presenciales, aseguran que se agarraron a patadas en el fondo del patio y que tuvo que venir el cura y que nadie le escuchaba cuando decía a gritos que había que respetar la última voluntad de la difunta.

También dicen que vino la policía: dos tahashí con fusiles y todo, y que recién ahí los parientes se calmaron. Yo no sé si será cierto.

Y después, el jueves, en el cementerio, me dijo Ña Sinfó que le dijo Ña Sindulfa Martínez, que entre el griterío, cuando el cuerpo estaba al pie de la cruz mayor para despedirse de los parientes, volvieron a abrir el cajón a golpes y la tapa voló y golpeó la cabeza de Taní, mientras Isidora gritaba: «¿Por qué me hiciste esto, mamita, por qué...?»

Y dice también Ña Sinfó, que en un descuido y entre el bochinche, aunque yo no creo porque la gente es muy chismosa, cuando abrieron a golpes de nuevo el cajón delante de la cruz mayor, Isidora aprovechó la ocasión para escupirle en la cara a la difunta.

Pero yo no creo. La gente es muy chismosa... Yo te cuento como me contaron...

 

 

 

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- Portal Guarani, Doble Ganador del WSA