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NILA LÓPEZ (+)

  DOS GRUPOS DE EXTRAÑOS SERES y MENSAJES CABALÍSTICOS - Cuentos de NILA LÓPEZ


DOS GRUPOS DE EXTRAÑOS SERES y MENSAJES CABALÍSTICOS - Cuentos de NILA LÓPEZ
DOS GRUPOS DE EXTRAÑOS SERES y MENSAJES CABALÍSTICOS
 
Cuentos de NILA LÓPEZ
 
 
 
 
 
 
 
DOS GRUPOS DE EXTRAÑOS SERES
 
 
Había una vez en un lejano país dos grupos de extraños seres. Ellas se llamaban mujeres y se dedicaban a leer historias denominadas del corazón. Generalmente, éstas eran escritas por el otro grupo -cuyos integrantes eran conocidos como hombres, y se ocupaban principalmente de un ritual llamado fútbol.

Dadivosos, impulsaban a sus contrincantes a compartir con ellos su manía: la de mirar, entre miles, cómo corren detrás de un objeto redondo unos pocos congéneres suyos.

La vida transcurría plácida y feliz. Todos conocían las reglas de juego. Sabían que un cuento de amor, que se podía ver en una caja cuadrada luminosa o se podía leer en un librito o en una revista con fotografías, debía empezar con dificultades, continuar con tristeza y terminar con alegría. Advertían que el domingo o una noche de la semana debían dirigirse hacia una gran manzana con graderías, sentarse allí y gritar mientras en el centro varios «elegidos» competían por alcanzar la bola e introducirla en un sitio específico.

La paz era un hecho diario. Era tanta, que a veces resultaba hasta monótona. Así que los miembros de esta secta comenzaron a asistir a la peluquería, a cocinar, a jugar a las cartas, a bailar, a dormir y hasta a trabajar y estudiar. Se organizaron bien y distribuyeron las actividades. Lo hicieron de una manera muy sencilla e irresponsablemente lúcida.

Trajeron una torta y la cortaron en pedazotes, pedazos y pedacitos. Los más rápidos se quedaron con las porciones grandes, los astutos con las medianas, los cómodos con las pequeñas y... los tontos se sentaron a mirar melancólicamente desde la vereda de enfrente.

Pero un día la torta se acabó y los rápidos se desesperaron, los astutos se preocuparon, los cómodos se quejaron y los tontos se violentaron porque antes por lo menos les regalaban las migajas.

Entonces el sol comenzó a brillar menos. Faltó un papelito con el que se podía comprar todo lo apetecible. La cara larga se institucionalizó. El miedo se convirtió en un nuevo órgano dentro del estómago.

Y estos extraños seres tuvieron que mudarse a otro país. Hasta hoy nadie sabe en qué región geográfica se hallan asentados. Sin colorín colorado, este cuento tiene sujeto su final a la imaginación de los futbolistas y los usureros.
 
 
(Asunción: Editorial Coraje, 1995)
 
 
 
 
 

MENSAJES CABALISTICOS
Decidí esquivar mi titubeo visitando a Josefina Plá, una escritora que vivía sola, rodeada de gatos. Las líneas profundas de su escritura jamás la apartaron de la aventura que había escogido: ser cosmonauta de las bellas artes y las ciencias ocultas.

Conocía el desplazamiento de los astros y sabía leer lo que predecían las líneas de las manos. Había aprendido las invocaciones de los poetas, sus conjuros, y admitía con resignación que este siglo sin luces relega a los genios para que modernos brutos dirijan y administren el quehacer de los pueblos.

Josefina. Su sino era el destierro. Rebelde, austera, cumplía lealmente la misión de guardiana de mensajes cabalísticos. Aún con el organismo rendido y los brazos agarrotados, repetía sonetos talismánicos con los que convocaba al aire, a la tierra, al agua y a las noventa y nueve puertas que desde una dimensión no registrada, custodiaban su pasajera morada.

Había estudiado las obras de los griegos y los libros de los persas, los romanos, los árabes y los sirios, los castellanos, los franceses y los ingleses. No ignoraba los principios y las reglas de la medicina natural. Bautizada con el título honorífico de Capitana de los cosechadores del verbo, había renunciado a las candilejas de la Feria.

El ascetismo era su instrumento y su manifestación.

Al llegar observé que su corredor se hallaba invadido de telarañas y polvo. Ella desordenaba el orden para luchar y hacer, para acabarse y retornar. Las huellas de su vida vibraban en los viejos ladrillos, gritando que su precario reino lo habitaba un ser humano que mueve sus enseres, los usa, a veces los mezquina, los gasta hasta el paroxismo. Aquí no hay lugar para las apariencias. Las cosas son exactamente como son. A veces tristes y desoladas...

Limpiar esta guarida atestada de papeles y libros, de enciclopedias y folletos, de periódicos suculentos, de cerámicas y pinturas, sería como empezar una batalla interminable. ¿Lo tiraría todo, lo recompondría, lo ficharía, lo clasificaría? Saltarían esquelas y recuerdos olvidados. La nube sería una lágrima rota por las pisadas, un cielo claroscuro recontando su andanza en muy lentos pasados.
 

¡Josefina!
 
¿En qué expedición solitaria,
 
dónde,
 
hacia qué cumbres de la Salvación
 
esta mañana avanzas?
 
¿Es que juegan y bucean contigo
 
los serafines del Purgatorio?
 
¿Cómo son las oleadas que te envuelven y luego te sumergen
 
en la gozosa eternidad
 
que esconde el calendario?
 
Capitana de los vientos y los versos:
 
¡Muy pronto las mareas acogerán tu voz
 
y el canto hará cantar a las estrellas!
 

Le pregunté si siempre había vivido así. Ella dijo:

-Yo también ansiaba un refugio para enfrentar las tempestades, y una protección contra los intrusos. Un sitio tan privado, que me cayera al cuerpo como una prenda de vestir bien confeccionada sobre mis curvas y mis medidas, con colores que (¡no soy fetichista!) ondularan leves, positivos. Vestirme la casa, eso quería: que fuera dúctil y, sin despreciar las necesidades universales, se apartara de la uniformidad. ¿Soluciones prototípicas? ¡No! Muy personales, porque la realidad cambia su sentido apenas se modifica un ambiente.

-La realidad es una, y punto, Josefina.

-¡Reverberaciones del pensamiento! Hay circunstancias que influyen sobre el carácter, pero la mayoría de las veces el carácter influye sobre las circunstancias. Yo podía pasar perfectamente de una habitación barroca a otra menos densa, casi aséptica, y retornar sin culpas a trechos reservados, donde pudiera distraerme sin hacer un culto a ultranza de la originalidad.

-¿Qué sucedió después?
-Finalmente, me quedé con este vínculo entre la arquitectura y la naturaleza. Con este descuido, y la vegetación salvaje que se desborda sobre el tejado.

-¿Era lo que anhelaba?

-Casi. Pretendía deslizarme en recintos funcionales, sin rangos, con algunos muebles que se plegaran, donde mis posturas nuevas o imitadas pudieran encontrarse siempre con el suelo desde los pies descalzos. Ni templo ni museo. Ni escondite disimulando el nicho de la huida. Yo buscaba, como todos, un lugar. Mi lugar.
- ¡Es lo que estoy haciendo ahora, Josefina, por eso vine a consultar con usted!

-Entonces, hija mía, sólo puedo indicar que tu rincón sea grato y rico. Que actúes a sabiendas de que la casa no es un escenario de teatro ni de televisión.

-¿Cómo? ¡Por supuesto que mi concepción no es ésa!

-Tus señas todavía son inciertas. Concíbete a ti misma como personaje, y a partir de ahí amuebla desde tu espíritu y tu mente hasta los lugares más privados, en perspectiva, con buena lumbre.

- ¡Sí! Que apenas traspongan el zaguán de mi casa, a su sola visión, los huéspedes exclamen sinceramente: ¡Qué bien se está aquí! Y que más allá del agrado visual y el bienestar físico resalte el clima cálido, el afecto.

-Bien, bien. Practicidad, sentido común y unas dosis de refinamiento. Nada de supercherías. Busca un sitio apartado de suburbios y exurbios congestionados por rascacielos monótonos. Un poblado sin fachadas empapeladas y descascaradas, sin carteles. No olvides que lo viejo no por viejo es malo ni lo nuevo no por nuevo es bueno.
De: Madre, hija y espíritu santo
 
(Asunción: Editorial Don Bosco, 1998)
 
 
 
 
 
 
Fuente:



Ilustraciones: CATITA ZELAYA EL-MASRI

Intercontinental Editora,

Asunción-Paraguay 1999. 433 páginas.

 
 
 
 
 

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