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MARGOT AYALA DE MICHELAGNOLI


  ENTRE LA GUERRA EL OLVIDO, 2001 - Cuentos de MARGOT AYALA DE MICHELAGNOLI


ENTRE LA GUERRA EL OLVIDO, 2001 - Cuentos de MARGOT AYALA DE MICHELAGNOLI

ENTRE LA GUERRA EL OLVIDO, 2001

Cuentos de MARGOT AYALA DE MICHELAGNOLI

INTERCONTINENTAL EDITORA

Composición y armado: GILBERTO RIVEROS ARCE

Corrección: ARNALDO NÚÑEZ

Asunción – Paraguay

Diciembre 2001 (87 páginas)



 

 

ÍNDICE


-        El Chaco

-        La Guerra

-        Mariela

-        El Olvido

-        La Pesadilla

-        El Regreso




PROLOGO


         A partir de 1987, Margot Ayala de Michelagnoli ha contribuido a la literatura paraguaya con cuatro libros: Ventana al tiempo, Murmullo Interior, Ramona Quebranto, y éste, Entre la Guerra el Olvido.

         Mientras los dos primeros son de poemas, los siguientes constituyen propuestas narrativas. En ellas, la autora se ha impuesto incorporar, en el marco de una estrategia textual muy libre, ciertos elementos de la experiencia de la vida cotidiana, tales como la doble marginalidad de la mujer en su historicidad y en su lenguaje, expuesta en Ramona Quebranto, y visiones y vivencias de una realidad histórica reflejadas en una conciencia individual, como en el texto que el lector tiene entre sus manos.

         Entre la Guerra el Olvido presenta en secuencias fragmentadas de la voz narradora una historia de despojos, anulaciones y arduas autorrevelaciones. El clima romántico que invade el espacio del relato es como una condensación simbólica de la doble irrealidad de una pasión amorosa y de una pasión patriótica, ambas aniquiladas por fuerzas que se encuentran más allá de la voluntad individual. Si bien la historia narrada se ubica en el contexto temporal de la Guerra del Chaco (1932-1935), no es la guerra su tema, sino sólo la circunstancia que permite que la experiencia de realidad se depure, se acendre y ejerza sus efectos de transformación en la conciencia de quien la sufre.

         La resolución narrativa que la autora escogió para configurar su texto, solicita del lector una participación activa en la construcción dinámica del mismo.

         En cierto sentido, la trama imaginaria la va haciendo el lector a medida que se introduce al interior del texto. Los leves indicios que la voz narradora le va entregando incorporados a las tiradas monologantes, o desde otros márgenes o niveles textuales, le sirven sólo de orientación en su itinerario, el que no necesariamente debe ser el mismo para cada lectura. De esa práctica narrativa y estructural es posible que no sea ajena la condición de artista plástica de la autora, que de este modo transfiere a la dimensión literaria algunas de las técnicas de la plástica abstracta. Pero sea ello lo que fuere, esa práctica, no solo profundamente personal, sino muy productiva para la generación de textos múltiples a partir de un conjunto significativo de elementos susceptibles de interrelaciones de modos diversos en el espacio textual.

         Entre la Guerra el Olvido es, como su antecesora Ramona Quebranto, una experiencia narrativa de valor en el contexto ficcional de Margot Ayala de Michelagnoli, la que constituye, en este sentido, una expansión del registro escritural de esta autora, comporta, a su vez, una tentativa por acceder a instancias innovadoras del relato. Esta conducta otorga mérito adicional a Entre la Guerra el Olvido, texto que, entre otras cosas, nos devuelve a un cuestionamiento esencial: el de la identidad y el destino humanos.


         Francisco Pérez Maricevich




EL CHACO


         Entrar al Chaco es transitar en medio de una atmósfera donde el tiempo tiene otra dimensión y las horas se deslizan en un espacio mítico.

         Son inmensas planicies pobladas de tupidas palmeras, bosques impenetrables y altos pajonales.

         Al sur, el río Pilcomayo, que en épocas de lluvias se convierte en un pantano infranqueable, se desplaza desde el río Paraguay y confunde con el Estero Patiño que, anegado, se prolonga hacia el oeste.

         De las costas del río Negro surge un paisaje vago y confuso con campos arcillosos surcados de riachos con insuficiente desagüe, semejante a un inmenso mar quieto, petrificado, sin vida aparente, que en las sequías es una dilatada extensión de arenales desprovistos de agua potable donde el sol reverbera en ilusión óptica, cuando en los atardeceres el cielo se vuelve verde ceniciento sobre los montes que se agachan.

         A lo lejos se destacan arbustos sumergidos en el agua, escuálidos fantasmas de los esteros en una visión inquietante y angustiosa.

         Este fue el escenario de la Guerra del Chaco; transportar alimentos a través de esas soledades con malos caminos, sin otro medio que desvencijados vehículos abriéndose paso a machetazos en los espesos bosques entre maleza, alimañas e insectos venenosos, era toda una proeza.


         En los días que precedieron a tu carta tuve una pesadilla donde me debatía entre peligrosos abismos, ha sido un sueño extraño.

         Un río se interponía entre los dos, multitudes nos rodeaban; no obstante, yo tenía la certeza de que estibamos aislados, podía palpar la soledad y ver tu rostro mudo y ansioso.

         Desperté consciente de que mi vida seguiría infinitamente entre esteros y picadas. ¿Será este sueño acaso un augurio...?

         Gracias por el pijama, me quedó a la medida, pero si tardas tanto en regresar, no sé en qué tiempo podré usarlo, ni tú cuándo estrenarás tu ajuar. Olvida todo lo que no sean nuestros proyectos y regresa lo antes posible.

         Nuestra boda debe realizarse en menos de quince días porque quizá el invierno me sorprenda en el frente: hoy he solicitado mi traslado al Chaco a alguna unidad de combate; aquí está terminando mi misión, y sé que allá seré más útil que en la retaguardia entre papeles. Me urge definir mi situación y espero órdenes del Ministro de Guerra.

         Eso significa que deberé alejarme de ti y hundirme en la selva con tu recuerdo amor, ven que esta ausencia se me hace intolerable.

         Los trabajos de Estado Mayor se están realizando con celeridad y orden -aunque sea una tarea ardua y difícil que requiere todo nuestro tiempo y energía ya se aproxima al final-. Tratamos de allanar las dificultades y problemas que se presentan.

         Me acuesto a las dos de la mañana, con las botas puestas me quedo dormido, y a las cinco ya estoy de pie.

         Luego de una ducha y unos cuantos mates, reanudo la jornada sin tregua.

         Nuestro jefe es un joven cacique amalgamado de un material semejante al acero, y su capacidad de trabajo extraordinaria, no tiene hambre, ni sed, no sabe de cansancio. Nos tiene agotados.


         En el sopor de un bostezo de sueño y la respiración ardiente del viento norte, poco a poco voy desatando la madeja de recuerdos de los sitios de mi ayer, guardados como hilachas sueltas u olvidadas.

         Brotan del fondo de mi tristeza los registros, los olores de mi niñez, el aroma de guayabas, sandías, chirimoyas, y el sabor a fruta madura, a leche recién ordeñada, afrecho, y el canto del gallo al amanecer.

         Regreso entonces por ese mundo de horas estivales, mientras la añoranza desciende lentamente desde ese tiempo. Contemplo al niño que fui, pequeño y descalzo.

         Nuestra vida transcurría a la sombra de los mangales, paraísos, ybyrapytá e ybapuru, en el misterio de ese mundo sutil de sonidos de chicharras y lagartijas que surgían de los matorrales en zig-zag, dejando surcos en la blanca arena.

         Horas sorprendidas en medio de la quietud de la siesta con el hechizo del Yacy-yatere, horas de recogimiento del universo, en que los mitos gravitan en nuestras vidas como una ensoñación real y suprema, en un juego mágico donde los protagonistas éramos nosotros mismos.

         El sol quemaba los pies en los tape-po'í de arenas caldeadas; las mariposas parecían surgir de las profundidades del vientre de la tierra como duendecillos atolondrados o llamitas amarillas, desprendidas del mismo astro.

         Estos retazos de vida me hablan en un lenguaje antiguo y conocido.

         Hoy se confunden lo que soy y lo que he sido.


         El ataque al Fortín Masamaklay y el asesinato del Teniente Rojas Silva causaron gran sorpresa e indignación, realizándose manifestaciones de protestas en todo el territorio de la República, exigiendo la declaración de la guerra que, contra todo pronóstico, es ya inminente. El gobierno sigue confiado en la intervención oportuna de la Liga de las Naciones y los países limítrofes para evitar la contienda.

         La pérdida de este amigo me ha afectado profundamente y te necesito más que nunca. Fui a dar los pésames a su novia, la escuché sollozar, y pensé que ella con su dolor está viva, mientras el yace enterrado en algún rincón del Chaco, con sus sueños y su juventud. Extraño destino, con su sangre se enciende la hoguera de la inevitable guerra.

         ¿De qué le sirven el martirio, la gloria y el bronce donde escribirán su nombre?

         Nada es suficientemente convincente para consolarme ante la revelación definitiva de la muerte de un ser querido; este esfumarse de la identidad a un mundo imposible que ni sabemos siquiera si existe.


         Me atormentan estos espacios desolados y yermos donde hora a hora me atrapa el tedio y la nostalgia; tiemblo de frío frente al brasero, mientras la leña de palo santo chisporrotea ante mis ojos, en este callejón sin salida donde voy dando tumbos, sin poder definir si voy o estoy de regreso.

         Bailotean en el fondo quebrado de mí mismo afanes de esta pobre vida mía que es además la única que tengo. Pensando tristemente que fue ficción, que nunca de veras me amaste; torpe este tiempo que va marcando surcos de sangre y dolor para la historia de nuestro país, y me aleja indefectiblemente de ti.

        

         Mis sentidos no perciben otro placer que la retrospectiva errática de los recuerdos de esa vida amplia y serena, cuando paseábamos de la mano en la plaza de nuestro pueblo, bajo los lapachos florecidos escuchando la retreta, envueltos en nuestro amor: las voces del silencio campesino llegaban a nosotros arrastradas por la brisa, el ladrido de los perros en la lejanía o el mugir de una vaca rompiendo la quietud de esos atardeceres: o cuando simplemente apoyados en nuestra presencia, sin mirarnos apenas, transitábamos como en un sueño.

         Reíamos de cualquier cosa porque entonces la vida era nuestra.

         Ahora que todo se ha desvanecido, sollozo en ese paisaje que sólo existe en la memoria.

         Un dolor físico me asfixia hasta el llanto y mueve mis más profundas nostalgias.





LA GUERRA


         Sin mis fantasías me sentiría abandonado en este desierto donde soy esclavo sumiso de ardientes recuerdos.

         Debo decirte que eres el único y último refugio sincero de mi goce y mi congoja; porque veo que los días pasan y me quedo siempre aquí, petrificado, como si la vida dejara de transcurrir si no me escribes. Dime que me amas, escríbeme cualquier cosa, qué al ver tu letra mi corazón late esperanzado.

         Huiré hasta donde estés, allá donde aparentemente nada sucede, como en los sueños.

         Pediré perdón a mi dolida patria y estaré en tus brazos. Estoy delirando...


         El sol caldea este escenario donde el drama de la sed es lo real e irreal de esta aplastante y sórdida soledad chaqueña. El interrogante entre la vida y la muerte es doloroso, constante.

         Caravanas de tropas que se preparan a un espectáculo ridículo hacia la destrucción en un juego peligroso.

         De súbito escucho voces de esos varios que habitan en mí mismo, que piensan y sienten, diferentes fragmentos de mi ser, trozos del que te ama y del que te odia, uno y diferente a cada instante; en estos intervalos de quietud nocturna es cuando hallo consuelo al escribir porque el silencio favorece la meditación, y escucho las voces del otro yo.

         Alumbrado apenas por la mortecina luz del mbopi que proyecta sombras alucinantes en las paredes de mi pagüíche, tengo la clara visión de lo fácil que sería alejarme de este infierno, si quisiera de verdad hacerlo. Pero el deber y la convicción de una causa justa me fuerzan para proseguir.

         Llueve insistentemente y el ruido del agua es perturbador: los granizos acribillan los arboles hiriéndolos, derrumbando las ramas, aplanando la tierra con fuerza que al son de la lluvia se derrama en cenicienta monótona.

         Pienso insistentemente en la tropa amontonada como figuras de pesadilla, hundidas en las húmedas y enlodadas trincheras, sin otro techo que la incertidumbre, siendo lo más extraordinario de su matula el cocido con galleta, mate siempre, terere cuando hace calor y caña cuando hace frío.

         Exiliados en pos de una triste gloria, títeres maltratados a un destino que no han elegido. Su mayor bien es quizá la ignorancia de que son desdichados.

         De qué recónditos rincones del ser hallan fuerzas, me pregunto a cada instante y siento toda la amargura que despiden los días. Un soplo leve de viento desnivela la caída rectilínea de la lluvia y veo a lo lejos un retazo de cielo.


         Hace muchas noches que no puedo dormir porque no sé si tendré un mañana.

         Puede que en esta penosa, retirada hacia Toledo y el látigo del implacable sol que nos tortura también me fustigue a mí, y entonces la peste se adueñe de mi entraña, y este pobre cuerpo se vea liberado.

         La rubia polvareda arremolinada se extiende en las mañanas y se filtra absurdamente en mi interior.

         Sé que acabará finalmente por instalarse bajo mis párpados, arañando mis cansadas pupilas.

         El instinto primordial del hombre es el de la supervivencia.

         Aquí tratamos de abrirnos paso en esta jungla por atajos de ficción, indecibles siervos de un destino inmensurable.

         En las guerras siempre hay una lectura de efectos y causas. Pobre de aquellos que mueren combatiendo en un inútil sacrificio de vida por ambiciones personales o intereses de naciones.


         Circula insistentemente la noticia de que un grupo de señoras vendrá como voluntarias para trabajar en el hospital de Isla Po'í; la mayoría, esposas de militares: ya las enfermeras no dan abasto, tal la cantidad de heridos que ingresan diariamente.

         Eres temeraria y valiente, por ello aliento esperanzas de que te sumes a ellas, sería maravilloso, porque estarías cerca, y acaso eventualmente pudiéramos vernos, de vez en cuando. Sueño que decidas hacerlo. El deseo de ti me consume. La guerra no tiene perspectivas de terminar; al contrario, se va complicando, y sólo Dios sabe hasta cuándo durará. Cuántos sacrificios tendrá que soportar esta patria nuestra y cuántas muertes más se sumarán.

         Me esfuerzo pensando cómo sería si este valiente proyecto se convierte en realidad; me deslumbra la ilusión de verte cuidando heridos: tú entre el dolor y la muerte, moviéndote entre la miseria humana, el estiércol y las heridas supurantes. Sabrás que muchas veces no hay anestesia para amputar piernas.


         Ayer fui testigo de un combate aéreo sobre nuestras líneas; espectáculo alucinante y pavoroso ver caer un avión en llamas con uno de nuestros más brillantes pilotos.

         Nos encontrábamos en el afán de rescatar sus restos para darle sepultura con los honores militares, cuando a vuelo rasante surgió de la nada un avión boliviano que lanzó en el aire lo que creíamos era una bomba y resultó una corona hecha de espinillo, homenaje a un valiente. Este gesto de hidalguía nos conmovió, pero no logró resucitar al oficial.

         El sol volverá a dorar estos campos donde permanecerá el eco doliente del clarín y el esqueleto de la cruz bajo las lluvias y los vientos.

         Atormentado cierro los ojós y me sumerjo en la momentánea libertad que me proporciona el sueño, en este morir cotidiano donde se diluye tu imagen.


         Con el cansancio anticipado del invierno, las hojas y las lluvias han transformado el polvo en barro y tamizadas están de charco las llanuras; yo también, como esas hojas, me siento arrojado, húmedo y estrujado.

         Algunas brisas frescas ya soplan del sur con el invierno que se avecina; será por eso que en estos días me rondan ideas negras que no logro rechazar. Y entonces, como los enamorados adolescentes, saco tu carta del bolsillo y la releo por millonésima vez; de tanto manosearlo, el papel se está rajando y la tinta se desvanece, ha tomado ya el olor al Chaco, es un talismán y no logro separarme de ella.

         Tus palabras crean el sortilegio mágico en mis resquebrajadas esperanzas de volver a aprisionarte alguna vez entre mis brazos.


         Esta mañana de contornos indefinidos se nota en la unidad un movimiento solemne: los soldados están armando el escenario para la gran misa campal de Pascua que el arandú pa'i Pérez va a celebrar bajo la sombra de los quebrachos y algarrobos. Reina una aparente paz.

         Como acompañamiento y fondo musical, se escuchan las ráfagas de las ametralladoras y el tronar de los morteros en el horizonte, presagiando la tempestad; de esta manera los puestos avanzados están presentes en la ceremonia religiosa.

         Los montes se dibujan nítidos contra el cielo encerrando a la tropa en un círculo de rodillas ante la cruz y el interrogante de un des tino incierto; el que se prepara para morir quiere hacerlo de la mano de su Dios, esa fuerza espiritual serena los ánimos de la tropa.

         Los uniformes verde olivo parecen engarzados a ese universo formando parte del paisaje; ante la paz ficticia mis ojos se saturan de colores y sonidos, mientras esperamos pacientes las sombras que caerán para todos sin distinción. Mañana al alba tendremos respuestas a nuestras oraciones de fe.

         Ya no me interrogo, sé que todo está escrito en el libro que algún día leerán otros, porque nuestra generación se debate en la destrucción.

         Hemos abandonado en nuestro transitar una época que aún tenía reflejos del pasado.

         Esta multitud compacta y diversa está sumida en la aureola del rito, se proyecta en una sola sombra.


         Quizá, Mariela, en algún sitio diferente, sin este afán desmesurado, juntos, serenos, hemos de medir lo que está ocurriendo, que en estos momentos escapa a nuestro discernir. El alma humana es víctima de lo inevitable y sufre el dolor de su sino.

         Como en los sueños, es difícil de sostener la secuencia en este delirio de la fiebre. Duermen conmigo ideas incoherentes que me embretan hacia rincones de mí mismo.

         Me viene a la memoria el día que nos conocimos en casa de tu prima Isabel; tenías estrellas en los ojos, tu pelo negro azabache y rebelde caía en caracolas rodeando tu rostro, tocaste la guitarra y cantaste con voz ronca y cálida dulces canciones en guaraní. Aún siento la impresión que me causaron tú y la melodía.

         Eran aquellos días previos a la guerra; ya se sentía en el ambiente el fervor de las grandes gestas; vestíamos con orgullo el uniforme henchido de patriotismo. Era una atmósfera contagiante, las banderas brillaban por doquier unidos a un entusiasmo inenarrable.

         Noche de carnaval, ¿recuerdas? La velada terminó cuando un grupo de mascaritas asaltó la reunión con baldes de agua; aprovechamos para escondernos en los más oscuros rincones del jardín, so pretexto de no mojarnos. Tomados de las manos, con mis ojos colgados a los tuyos, emprendimos el camino de nuestros destinos.

         Yvapurú y guayabas brillaban a la luz de la luna. Tú reías y reías y tras el aljibe nos besamos desesperadamente; tu traviesa alegría perturbó mi razón y nos enamoramos, al punto de olvidar que estábamos comprometidos a casarnos con otros.





EL REGRESO


         En este viaje de regreso traíamos la firme convicción de que habíamos sido traicionados.

         El armisticio creó un ambiente de sorpresa, indignación y frustración en el Ejército, sobre todo en los que habíamos combatido en el frente, viendo muchas veces morir a nuestros compañeros, por egoísmo y ambiciones personales, sin que el Alto Mando no apoyara con toda la necesaria fuerza a los jefes del Cuerpo de Ejército.

         Sabíamos que Estigarribia jamás se había destacado por su valor ni capacidad estratégica, conocíamos sus limitaciones.

         Los oscuros azares del destino y el manipuleo de la política sometidos a ambiciones lo habían llevado al frente de nuestro Ejército.

         ¡Cuán abandonados del Alto Mando nos habíamos sentido en los momentos más difíciles de la campaña del Chaco!

         ¡Qué bofetada a nuestro pueblo y a la sangre derramada fue la firma del armisticio en Buenos Aires!

         La única voz que se levantó en contra fue la del Dr. Gerónimo Zubizarreta, que renunció antes que estampar su firma en tan ignominioso documento.

         No se conoce en los anales militares de la historia de todos los tiempos que un ejército victorioso pida armisticio a un enemigo en retirada, derrotado, abatido, desmoralizado y acorralado hacia las estribaciones de los Andes.


         El cañonero Humaitá navegaba rumbo a Asunción en su primer viaje de regreso a la capital después del cese de fuego. Regocijo reinaba en la cubierta.

         Esta vez no transportaba prisioneros; llevaba a bordo oficiales de alta graduación y destacada actuación en la contienda. Algunos volvíamos después de casi tres años de ausencia... agobiados, enfermos de disentería o convalecientes de paludismo.

         La unidad de la Marina de Guerra que tanto servicio había prestado, se desplazaba lentamente, dejando a su paso una estela de espuma blanca en la superficie del discutido río.

         La Región Occidental se esfumaba en una masa gris azulada misteriosa. Era todo lo que iba quedando de aquellos años de guerra, años de grandes y dolorosas alegrías.

         Muchas cosas amadas habíamos perdido en esos espacios irrecuperables del tiempo, pero tampoco podíamos olvidar qué en compensación habíamos aprendido otras... como soñar, rezar, desear, querer y mirar con otros ojos nuestro cielo azul, llorar sin avergonzarnos al ver la tricolor flameando en las trincheras en algún lejano confín del Chaco. Esculpiendo en acero fundido nuestro espíritu estoico, macerado en el dolor y el heroísmo.

         La fuerza del sacrificio nos otorgó templanza y calma en aquellos difíciles días. Éramos jóvenes, hablábamos únicamente en guaraní; y tomábamos mate, como si nuestro idioma y amarga bebida nos unieran más; los temas eran siempre los mismos: la gloria, la mística de nuestros soldados, el valor y la ausencia.


         Insomne, aferrado a la barandilla de proa, de cara al viento, traté de alejarlos pensamientos que me atormentan. Sombras y luces emergen; mi tristeza aumenta, soy una historia.

         Me estremezco, la siento crecer en mi interior, algo que creía totalmente olvidado... Mariela surge, y adosado a ese recuerdo sigo contemplando el río y el cielo, donde el lucero del alba va iluminando el río en pausadas claridades, y los barrios marginales de la ribera asuncena. Mi ciudad, la ciudad de mis añoranzas, sensación de cansancio al término de un camino infinito.

         Los tejados ocres del caserío de la Chacarita proyectan una visión de realidad sonriente y triste a la vez, con sus ranchos de paja superpuestos en los laberintos de lodo rojo. Mi tristeza aumenta con la conciencia de estar vivo y muerto porque cada día es uno menos de vida.

         La majestuosa bahía se dibuja en medio de la fría neblina, mientras la ciudad comunera despierta somnolienta en su perfil de amanecer.

         Paisaje bello, la Chacarita en su simple desnudez; miseria en su vasta variedad de colores.

         La cúpula de la iglesia de La Encarnación sobresale con la majestad religiosa de los edificios sagrados con su simple arquitectura colonial.

         La Escuela Militar, de donde habían partido y jamás regresado aquellos bravos cadetes, descuella sombría con la tricolor a media asta, los cañones apuntando a la bahía.

         Asentando sus dominios con el señorío de ser "Asunción, la muy ilustre madre de ciudades, cuna de la libertad de América, que se enorgullece nuestro siglo".

         En la muy silenciosa playa del puerto se adivinan las canoas y durmientes meciéndose a merced de la corriente entre los camalotes. Iluminados por la luz de un día común como un sol que acaricia el aglomerado difuso de los tejados.

         La legendaria Catedral se destaca desde la explanada entre luces y sombras de su sólida arquitectura, mientras los altos y blancos muros de la cárcel, vueltos al río, reflejan las luces del alba.

         El Palacio de López se yergue sobre el río con la bandera izada, saludando a la nave que irrumpe así en la historia con los héroes de la epopeya chaqueña.

         Regreso, cargado de condecoraciones el pecho, estrellas en la charretera, con la conciencia de la derrota como un galardón de la victoria... Forastero extraño, perdido en mi propia ciudad.

 

 

 

 

 

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