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ADRIANO MATEU AGUIAR


  EL TOQUE DE ANIMAS (MEDITACIÓN) - Narrativa de ADRIANO MATEU AGUIER


EL TOQUE DE ANIMAS (MEDITACIÓN) - Narrativa de ADRIANO MATEU AGUIER

EL TOQUE DE ANIMAS (MEDITACIÓN)

Narrativa de ADRIANO MATEU AGUIER

 

 

... se óde squilla di lontano,

Che paia il giorno pianger che si more;

(Dante, Purg. VIII, o,6).


No sé qué misteriosa atracción, qué secreto impulso me movieron poderosos a visitar, en aquella hora melancólica, la soledad de las tumbas.

Cuando el Sol, ya bajo en el ocaso, comenzaba a hundir su encendido disco en la brillante superficie de las aguas y, dándonos un adiós prolongado, fulguraba amortiguándose el crepúsculo vespertino; cuando el aura leda y triste, susurraba apenas en la lejana arboleda, y las aves, adormecidas, callaban en su dulce cantar, y cuando, entre sombras, la noche avanzaba adusta y obscura, cubriendo con denso velo la Naturaleza; entonces, con paso tardo y cansado, abandoné la playa arenosa y desolada y emprendí el camino, de empinado ascenso, por el áspero sendero que va a ter minar en aquella morada fúnebre donde crecen el mirto y el ciprés, emblemas del amor y la tristeza.

Allí, reclinado en la lápida dura de un sepulcro, que enhiesto coronaba un ángel gigantesco, con las alas abiertas, cuando la luz difusa del crepúsculo moría y llegaba a mis oídos el sordo rumor del oleaje, que perdurablemente bate las bajas y derruidas tapias que cierran el fondo del cementerio, una voz misteriosa, la voz de la soledad, me dijo: “ ¡Medita!”

Mi mente obedeció y medité...

Largo rato permanecí inmóvil; pero, al fin, saliendo de la abstracción en que me hallaba, dirigí en torno mío la mirada y en aquel recinto silencioso divisé sombríos y numerosos sepulcros que, espaciados a trechos regulares y dispuestos en largas hileras, se destacaban vagos bajo la sombra obscura de los altos eucaliptus, de los sauces y de los cipreses, esos árboles tristísimos de copa piramidal y tupido ramaje, de un verde profundo y perenne; árboles lúgubres que no se agostan jamás y en los que la mano de la desesperación parece haber grabado, indeleble, la huella de un dolor terrible y eterno.

En torno de aquellos sepulcros iluminados, de vez en cuando, por la vaga y fosforescente llama de los fuegos fatuos, una aridez monótona, horrible, reinaba por doquier; pero, cerca de la marmórea y ostentosa tumba en que me apoyaba, había otra mucho más modesta, viejo cipo funerario de columna ática, truncada, sin verja que le resguardase y cuya inscripción borrosa por la acción del tiempo, ya ilegible, hacía imposible pudiera conocerse quién descansaba en su antro helado, por una eternidad.

Mas, al pie de él, muchas margaritas y campánulas, tiernas florecillas tan débiles que un insignificante soplo podría dispersarlas por el aire, esparcían una aroma tenue y delicada, que flotaba en el ambiente solitario como ellas mismas.

Aquella tumba parecióme el jardín de la muerte.

¿Qué genio benéfico cultiva amante las flores de ese sepulcro y hace que, siempre florido, desaparezca de él la atmósfera de impalpable hielo que reina sobre los demás?

¿Quién duerme el sueño eterno de la muerte bajo esa pesada y tosca losa, a la sombra triste de un sauce amarillento, último amigo que llora la memoria de los muertos?

¿Quién es el ser que acabó aquí la gran jornada de la vida y descansa tranquilo en el sepulcro solitario para despertar al eco emplazador de funeral trompeta en el día, último del Juicio?

¿Quién es? Nadie lo sabe.

Pero, el árbol de las tristezas infinitas y de los dolores sin término, que inclinado sobre esa tumba vierte en ella lágrimas de su savia y llora hasta secar sus ramas y su raíz; el ave que a la hora de la siesta baja a apagar su sed devoradora en el agua pura y cristalina con que la lluvia mansa del cielo llenó las grietas de su piedra; y esas mismas flores que la embellecen y le prestan su fragancia, me dicen que esa es la postrer morada del bueno, el último asilo de un justo.

¡Ah! lanzado el hombre a la vida, como a los hijos de Baal y de Astaroth, errantes por la maldición de Dios, una voz poderosa, secreta, halagadora murmura a su oído: “ ¡Anda, sacude el polvo de tus sandalias, mueve tu cayado sobre los senderos desconocidos y, nómade de todos los tiempos, anda!”.

¡Anda!, murmuran los arroyos, ¡anda! las selvas y el eco repite: “ ¡Anda!”.

Y anda. Y en vano el soplo violento de las pasiones y el escollo de los desengaños le advierten el peligro; ¡oh, imposible es detenerse, es preciso cruzar ese mar anchuroso y sin fondo, cuyas ondas, agitadas y tumultuosas, concluyen por devorarnos hundiéndonos en el abismo insondable de la muerte!

El hombre acaba sus días; en el índex inmutable de sus altos designios contados por Dios están; pero, la muerte, destructora de la materia, no puede acabar con su memoria que vive eterna en el corazón de aquellos que amó y le amaron.

Por eso, en el triste aniversario de su dolorosa pérdida, van a llorar sobre su tumba y a depositar un beso ardiente sobre aquella fría piedra que guarda en su morada de hielo, rodeada de misterio, los restos de un ser para ellos tan querido.

Por eso, el ave que a la hora de la siesta baja u apagar su sed devoradora en el hoyo de su piedra, rauda se eleva cantando; canta y sus gorgeos resuenan tristes, pues son himnos al dolor.

Por eso, las campanas al llamar a la oración en esa hora de calma y de misterio, tañen con feo funeral que doliente llega hasta lo más recóndito del alma...!

Ahora, la noche ha cerrado completamente, u luna llena empieza a ascender por Oriente iluminando con su lumbre mortecina y amarillenta los médanos de la costa, la playa arenosa, la mar en calma y esta mansión sagrada, igualmente tranquila, pero en la que también hay náufragos: náufragos del Olvido, a pesar de sus lujosos mausoleos y de su perpetuo reposo.

La noche serena aumenta el esplendor de la Naturaleza. En el inmenso manto azul del cielo titilan las constelaciones, esas luminarias gigantes en las que los astrólogos saben leer el apotelesma influenciado de nuestro destino.

Es la sonochada, la hora de los terrores supersticiosos, en que el ánimo decae y profundamente se conmueve, en que se enternece el corazón del hombre.

¿Y yo? Yo estoy aquí, solo, en la Persépoli de los muertos. Un silencio profundo reina a mi alrededor: el silencio de la muerte, que sólo interrumpe algunos instantes, con el tembloreo rumoroso de sus revuelos y sus ásperos chillidos, el ascalafo repugnante, agorero de la desgracia.

Pero no, no estoy solo en la nada de las numbras pálidas, más terribles que la espesa tiniebla, porque traen a la retina la imagen desmesurada de las formas imposibles de esos trasgos que nos forja el miedo y de los fantasmas que el terror inventa, corte de lemíreas sombras que vagan silentes, y que, tristes como la infortunada Laodamia, van a morir abrazadas a otras sombras.

No, no estoy solo vertiendo el lloro de muertas esperanzas y sentado en un sepulcro, como el bardo inconsolable en la tumba de sus padres, la brisa nocturna, que blanda agita la erguida copa de los árboles, trae a mi oído en sus ligeras alas un son prolongado y lejano; sí, es el toque de Animas.

¡Ah! ¡qué triste es ese tañido lúgubre!

Él ha marcado un día más en la carrera del Tiempo, un paso más en el camino de la vida, un paso más hacia la tumba.

Su claro sonido, vibrando lento y alternado, ora agudo, ora grave, es una voz profética que, implacable, nos recuerda nuestro pasado.

En esa hora melancólica el eco doliente del bronce, que en la alta torre de la iglesia vecina parece llorar el día que muere, hace que nuestros ojos derramen una lágrima y que nuestro labio trémulo murmure una oración.

Las ocho han dado y han sonado las últimas campanadas del “Angelus”.

Oigo el ruido de un gran manojo de llaves y los pasos pesados de alguien que viene hacia mí, haciendo crujir el piso enarenado de la angosta calle que costea el pie del muro, estampado hasta arriba de las variadas lápidas que cierran los nichos, como inconmensurable casillero donde reposan, para siempre, los que fueron.

Se acerca cada vez más y brilla en la oscuridad, agrandándose y achicándose, con movimiento acompasado, sobre el suelo, el óvalo luminoso del lente convexo de una linterna sorda.

No quiero que me tomen por un eurinomo que merme la flaca carne en esta inmensa necrópolis. Salvo la rota verja que perfuma la madreselva y que tapiza la hiedra, porque el que se aproxima es un vivo que puede pedirme cuenta de 1 que hacía aquí.

Afuera respiro libremente y, desechando v nos temores, vuelvo al bullicio de la ciudad, a vorágine de la vida.

 

 

 

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YATEBÓ Y OTROS RELATOS

EPISODIOS DE LA GUERRA CONTRA LA TRIPLE ALIANZA

Narrativa de ADRIANO M. AGUIAR

Edición, compilación y noticia preliminar de

FRANCISCO PÉREZ MARICEVICH

Tapa­ SAN LA MUERTE – Talla Popular de ZENÓN PÁEZ

DIAZ DE BEDOYA – GOMEZ RODAS EDITORES

© Copyright by F.P.M. y ZENDA – Selección Cultural, 1983

Diseño de tapa: Francisco Corral y Osvaldo Salerno

Logotipo Carlos César Almeida

Primera Edición Paraguaya, 1983

Asunción – Paraguay (203 páginas)


 

 

 

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