DELFINA ACOSTA

Foto de DELFINA ACOSTA
Nacimiento:
24 de Diciembre de 1956

ROMANCERO DE MI PUEBLO, 1998 - Poemario de DELFINA ACOSTA

situación
ROMANCERO DE MI PUEBLO, 1998 - Poemario de DELFINA ACOSTA

ROMANCERO DE MI PUEBLO

Poemario de DELFINA ACOSTA

Edición digital: Alicante:

Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2001

N. sobre edición original:

Edición digital basada en la de [Asunción (Paraguay),

Editorial Gráfica Copirama, 1998].

 

Dedicado a Hugo Rodríguez-Alcalá


A MANERA DE PRÓLOGO

Este Romancero de mi pueblo podría titularse con estricta exactitud Romancero de Villeta porque Delfina Acosta, oriunda de Villeta es profundamente villetana y se contenta con aludir a Villeta, no al país ni a otras realidades connotadas por la palabra pueblo. Pero le suena bien el título de Romancero de mi pueblo y por eso lo ha elegido.

La casa, la antigua casa de los Acosta, es una casa blanca de largo corredor frontal de fornidos pilares, muy colonial, muy paraguaya, hoy en proceso de reparación. Esta casa evoca tiempos largamente abolidos, tiene un vasto solar poblado de árboles altísimos, entre los que descuellan añosos samuhús de troncos de grandes espinas, en un bosque de eucaliptos, de guayabos, de mangos y hasta de un tupido tacuaral. Tan densos son los follajes, que el sol apenas puede colarse entre ellos y llegar hasta la tierra con disminuido calor, aún en pleno verano.

Esta casa está situada en un barrio tan antiguo o más que ella, por cuya calle Delfina, desde muy niña, ha visto pasar gente inolvidable.

Por ejemplo, «La chismosa del pueblo»:

Asomada a su balcón
doña Lariel -quién diría-
más de cien años pasó
viendo el trajín de la villa.
La novia, blanca, venía
con su escotado vestido.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

¡Jamás mujer tan hermosa
yendo a su boda yo he visto


O «Don Nicanor»:
Con sus magníficos trajes
de pana como de lino
paseaba por la placita
Don Nicanor los domingos.
Las mozas por él morían:
¡Aquel paladar postizo
de oro que le brillaba
del uno al otro carrillo,
lo hacía tan codiciado,
tan excelente partido!

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Amado por tantas mozas
de renombrado apellido
él siete veces juraba
«¡soltero, jamás marido!».


Con tanta fantasía como caricatural ironía Delfina escribe sobre gente rara de Villeta; gente que inventa o retrata con la materia difusa de recuerdos infantiles. Por ejemplo:

«La mujer barbuda».
Sentada frente al espejo,
que tiene luz de bombillo,
ña Rosa se está afeitando
la barba con un cuchillo...


Hay otros muchos personajes de carne y hueso en los romances de Delfina, y otros fantasmales como un pora y el pombero. Y no falta uno dedicado a un marica, romance a que puso como epígrafe Delfina un par de versos de Nicanor Parra: / Si los maricones volaran / no se podría ver el sol./:

Francisquito se llamaba.
Y su apellido era Rivas.
Suspiraban las mozuelas
con verde melancolía
al verlo andar poseído
por una idea prohibida...


Este romancero y otros muchos romances han sido compuestos durante los meses de este año. Y durante meses, todas las mañanas un poco después de las 8, exceptuando los domingos, la prolífica Delfina me ha llamado por teléfono:

-¿Puedo leerte un nuevo romance?

-Claro que sí; encantado.

Y así me fue leyendo poema tras poema. Era grato conversar sobre dactílicos, trocaicos y mixtos, sobre el tecnicismo de la versificación -arte que hoy muchos sedicentes poetas desdeñan. Y claro está, sobre los temas que iba diariamente desarrollando. Mis opiniones críticas a menudo tuvieron por objeto sugerir a Delfina que fuera, digamos, menos «surrelista»; que su vuelo imaginativo no se perdiera entre nubes. Y solía recordarle lo que Amado Alonso llama «poetas clásicos de cualquier tiempo». Estos poetas de cualquier tiempo o escuela poética, son los que llevan «por igual el ideal de perfección a todos los aspectos del poema. Ellos ostentan la sazón de la forma en el sentimiento, en la intuición en la realidad representada, en el pensamiento racional, en la ordenación del poema, en la construcción sintáctica, en la significación y poder sugestivo de las palabras y en el gobierno del material sonoro... La forma típicamente clásica resulta del exacto equilibrio de todas las formas parciales».

Este equilibrio solía yo aconsejar a esta poetisa nacida no lejos de la época de los «desequilibrios» vanguardistas.

El lector apreciará en estos poemas «el sabio gobierno del material sonoro y esa sazón de la forma, en el sentimiento, en la intuición y lo que Amado Alonso llama ese «equilibrio» en las diversas formas que constituyen la totalidad de una composición poética.

Las dotes de Delfina Acosta como poetisa ya tienen varios años de valioso ejercicio. Cuando hace exactamente diez años envié ejemplares de mi libro Poetas y prosistas paraguayos y otros breves ensayos a amigos residentes en España, en México, en Estados Unidos, más de un lector, (lector-poeta y avezado crítico), como por ejemplo Emilio Barón Palma, me escribió en estos o parecidos términos: «Me has dejado con ganas de conocer la obra de Delfina Acosta, cuyo último poemario comentas en tu libro». Y Delfina Acosta fue con Lucy Mendonca de Spinzi, las dos únicas autoras que entre una veintena de escritores paraguayos y algunos extranjeros inspiraron el nombrado libro; las únicas que despertaron la susodicha curiosidad. Quisiera dar fin a este breve prólogo agregándole un broche no de oro sino de otro metal no tan valioso. Y para ello transcribiré un «Perfil de Delfina Acosta de Pertile», trazado en 1987:

Delfina Acosta viene de Villeta,
hermoso pueblo a orillas de un gran río.
Toda erizada de algas la melena,
recién salida del azul fluente,


ella sigue fluyendo con su río
y es un río de música y reflejos.


No ha abandonado su celeste reino
y el agua está en sus ojos y en sus manos.


Antes había náyades, nereidas
y había ondinas y otras muchas diosas.


Delfina, que es mujer, no habita el río:
el río sí la habita y dondequiera


que ella se encuentre el río pasa suave
por ella y sobre ella y dice cosas


que le gusta decir a camalotes
y a los peces profundos y a las costas


donde dormitan plácidos caimanes
o duermen sueños de torpor de piedra.


Cuando Delfina duerme el río sale
de su pecho y suscita un remolino


para que esta mujer oiga secretos
y luego cante con su voz acuática


algún aria fluvial en cuyas notas

hay cielos reflejados, hay bandadas

de pájaros salvajes que los cruzan...
Delfina, Mujer -río, Mujer- canto,


es la patria de agua, la que corre
en pos de inmensidades al Atlántico


HUGO RODRÍGUEZ-ALCALÁ

 

ÍNDICE del poemario ROMANCERO DE MI PUEBLO en la BIBLIOTECA VIRTUAL MIGUEL DE CERVANTES

A MANERA DE PRÓLOGO

** PERSONAJES VILLETANOS

La solterona
La loca del viento norte
La chismosa del pueblo
El tesoro del Mariscal Francisco Solano López
La novia viene a caballo
El mariquita
Don Nicanor
Don Solari
La mujer barbuda
Carmiña
El tonto
Romances tristes
El perro
El ahogado
Los leprosos
Las cuatro estaciones de la rosa
El gato
Palomo y Tristán
El pájaro en su jaula
No se oye verso ni trino
La fecha en el árbol

** ROMANCES PERSONALES

La hora
Alma
Pero me río
La rosa ausente
Mariposa
Luz de vela
Entonces

** ROMANCES DE FANTASÍA

La casa
Poras
Las tres mujeres de luto
Romance del pombero
La casa de los Navarro
El fantasma de María
Cuarenta y un crucifijos

** OTROS

El compromiso
Los quince jinetes
Villeta
Todos iban a rezar
Don Fidelino Maíz
Mal tiempo

 

PERSONAJES VILLETANOS

 

LA SOLTERONA

 

Porque las niñas se casan

vestidas de canutillos,

hágase ajuar de mentira

con ramillete de espinos

para la novia Manuela,

que no tiene prometido.

Los años le van pasando

como otoños repetidos

que deshojan sus mejillas

y dejan sus labios fríos.

Sentada en sillón de mimbre

cose y descose un vestido.

Sentada se va su vida.

Cosiendo se va lo mismo.

Encomendó a San Antonio

treinta años ha, su destino,

y se quedó prometida

a la ocasión que no vino.

Hay en sus ojos oscuros

relumbre de mucho filo

cuando se acuesta en el lecho

con el corsé desprendido.

Su cuerpo a veces florece

como rosal del estío

y un viento verde entreabre

su camisón amarillo.

Pero Manuela ¡qué pena

tus dos capullos caídos

y el beso bajo la luna

que nunca pudo haber sido!

Si alguien la quiso, quién sabe,

mas el perfume del pino

bajando sobre su cuerpo

dejó un lunar en su ombligo.

¡Es mentira! ¡La quisieron!

¡Es verdad! ¡Nadie la quiso!

Un hombre dijo en el pueblo

la mentira de un cumplido

cuando la vio por la calle,

y el otro añadió un silbido.

Porque las niñas se casan

con sus secretos vestidos,

violetas, guantes, carmín

y nacarados anillos,

que se abroche un traje rojo,

en rococó parisino,

para la novia Manuela,

que no tiene prometido.

 



 

LA LOCA DEL VIENTO NORTE

L. M. todavía deambula por las calles de Villeta

 

La loca del viento norte

espejo pide en las calles.

En sus pupilas hay fuego

de ramas secas que arden.

Los niños corren al verla

al pollerón de sus madres

y perros en ronda negra

hostiles muestran sus fauces

Hermosa ha sido. Que sepan.

Y más hermosa que nadie.

Igual a la margarita

de algún ojal fue su talle.

Perdió la cordura un día:

«Su señoría, llamadme»,

a los bueyeros dio orden,

y a las burreras del valle.

Llevando siempre jadeo

la ven pasar por las calles

mis ojos, y pena extraña

me quita también el aire.

Hermosa ha sido. Que sepan.

Y más hermosa que nadie.

Su alteza ya va por agua.

Y le abre paso la tarde.

 



 

LA CHISMOSA DEL PUEBLO

 

Asomada a su balcón,

doña Lariel -¡quién diría!

más de cien años pasó

viendo el trajín de la villa.

Con el ojo de su gata,

que es también tuerta y maldita,

ella hace un guiño a su perro

que su favor solicita

tendiéndose ya a sus pies

para entibiar su barriga.

Felino y ama se largan

a devorar las intrigas

que dan pie a los nuevos chismes

con que amanece la villa.

No hay goce mayor para ella

que averiguar de la vida

de las mujeres que engañan

a sus maridos maricas

con besos empalagosos

pegados a otras mejillas.

Si va cayendo la tarde

sobre la plaza de orquídeas

observa ella toda anteojos

los flirteos de las niñas.

«Satanás», su gata en celo,

mujer, fulana y arpía,

le dice como en susurro:

«Rosario Ascarza está encinta»,

y entonces doña Lariel,

riendo desde las tripas,

repite así en el balcón:

«¡Avemaría purísima!».

 



 

EL TESORO DEL MARISCAL FRANCISCO SOLANO LÓPEZ

 

Doña Leria está pasmada.

El pora con gallardía

y rango de Mariscal

le cuenta de noche y día

que está escondido el tesoro

debajo de su cocina;

mejor, bajo el centro mismo

de aquella arqueada viga

donde sacuden el polvo

lagartos, ratas y hormigas.

Mas cuando duda ña Leria

un nuevo antojo la anima;

a un paso del jazminero

-no de las sombras esquivas

de aquellos sauces llorosos-

donde las hojas transpiran,

intuye que las alhajas

están muy bien escondidas.

Con pala y también azada

remueve la tierra huidiza

en busca de la esmeralda,

el ónix y el amatista.

El Mariscal le asegura

que el cofre está en la cocina;

ña Leria cree que un perro

lo vela sentado encima.

Con truenos o luna roja

buscando el oro ella silba.

Mas cuenta un grillo a otro grillo,

el grillo a la golondrina,

y la golondrina a un loro,

que morirá sin ser rica.

 


 

LA NOVIA VIENE A CABALLO

 

Fue un veintisiete de mayo

del año sesenta y cinco.

La novia, blanca, venía

con su escotado vestido.

Montaba un negro caballo

que dio un peligroso brinco

emparejando cabeza

con otro del monaguillo

para dejar rezagado

al potro de su marido.

Jinetes de recia estampa

lanzaban al viento tiros

de sus lustrosos revólveres

amedrentando a un mendigo

que confundía a la novia

con la madona en el limbo.

Algún disparo con arma

fue de ladrido en ladrido

de perros que no cedían

el paso a aquel recorrido

de los caballos ansiosos

de zambullirse en el río.

Fue un veintisiete de mayo

del año sesenta y cinco

¡Jamás mujer tan hermosa

yendo a su boda yo he visto!

 



 

EL MARIQUITA

 

Si los maricones volaran,

No se podría ver el Sol.

Nicanor Parra
 

Francisquito se llamaba.

Y su apellido era Rivas.

Suspiraban las mozuelas

con verde melancolía

al verlo andar poseído

por una idea prohibida.

Contaban que Francisquito,

que de blanco se vestía,

iba detrás del capullo

de alguna rosa amarilla

para llevarlo en el pecho

y semejarse a una espina.

Frisaba los treinta años,

más de quince parecía

con su talle de amapola

al que cerraba una hebilla.

Su larga mano enguantada,

adiós, diez veces, decía

-si se asomaba al balcón-

a la lejana cuadrilla

de los robustos hacheros

que al monte, alegres, subían.

Azules eran sus ojos.

Y su mirada de niña.

Deshojaba, deshojaba,

de su patio en una esquina,

al apagarse las tardes,

las últimas margaritas.

«Me quiere, no, no me quiere,

me quiso, no me quería...».

 



 

DON NICANOR

 

Con sus magníficos trajes

de pana como de lino

paseaba por la placita

don Nicanor los domingos.

Las mozas por él morían:

¡aquel paladar postizo

de oro que le brillaba

del uno al otro carrillo

lo hacía tan codiciado,

tan excelente partido!

Las damas del viejo pueblo

buscando en él prometido

cartas de amor le mandaban

con corazón de cupido.

Ya lo trataban de «usted»,

ya de palomo o de mirlo

que con sus dientes de oro

al pan tenía cautivo

así como a algún querer

por él no correspondido.

Amado por tantas mozas

de renombrado apellido

él siete veces juraba:

«¡soltero, jamás marido!».

Mas qué tramposos besaban

sus treinta dientes postizos

 



 

DON SOLARI

 

No se sabe en qué cajón

tenía el oro escondido,

don Solari, italiano,

ricachón, también judío,

huraño y, peor, soltero

de ochenta años y pico.

En su almacén sin letrero

los fermentados tocinos

níquel por níquel vendía

al pordiosero y al sirio.

Avaro como hubo pocos

cenaba solo un mordisco

de un pan que rendir solía

como el pescado, no el vino

con que brindaba en silencio

bajo la luz de un bombillo.

Nadie sabe cuántos fueron,

si dos o tres forajidos,

los que entraron por su techo

en una noche de estío.

La cama al revés pusieron

buscando el oro escondido

y al no encontrarlo cortaron

sus dedos de diez anillos.

Pasaron ya treinta años

de aquel oscuro homicidio.

El ánima de Solari

de noche lanza quejidos.

Los perros que comen luna

lo espantan con un gruñido.

 



 

LA MUJER BARBUDA

 

Sentada frente al espejo,

que tiene luz de bombillo,

ña Rosa se está afeitando

la barba con un cuchillo.

Ya quisiera ella tener

en su rostro tan curtido

la frescura de las dalias,

la tersura de los lirios

que de afeites sólo usan

dos gotitas de rocío.

Qué presto crece su barba

sin detenerse hasta el río.

Se suma allí a la corriente

que lava a los cocodrilos.

En un día y una noche

su pelo es de nuevo ovillo,

donde los peines de nácar,

un diente pierden por rizo.

¡Quién la besara una noche

y le dijera al oído

que sus mejillas producen

cosquillas de culantrillo!

¡Si de sus senos bebiera

un hombre haciéndose niño!

Entonces ella creería

que tiembla en el aire un trino.

 



 

CARMIÑA

 

Vestida con guardapolvos

la tonta ríe al espejo

mientras la observa, tristón,

desde una esquina su perro.

En sus anteojos titila

el brillo de aquel espejo.

No hay moños que la hermoseen,

ni quien le suelte un consejo.

Con prisa va hacia el mercado;

allí la aguardan los berros

que compra muy diligente

contando un níquel por dedo.

Con prisa vuelve a la casa

de dos enormes aleros

en donde alisa su sombra

algún torcido gomero.

Recorre siempre afanosa

las cuatro postas del pueblo.

Sus alpargatas le prestan

las alas de un benteveo.

«Carmiña, no te enamores,

vete a la esquina primero»,

las niñas gritan en coro.

La tonta ya está corriendo.

 



 

EL TONTO

 

El tonto, marcial, se cuadra,

si escucha tañidos blancos

de las campanas del templo

que lanzan al cielo pájaros.

San Pedro no le intimida;

sí mira al crucificado

en silencioso respeto

y hecho varón de calvario

con su corbata de lino,

sus encogidos zapatos.

El tonto huele a lavanda.

Su corazón a naranjos.

El cura párroco extiende

su bendición a un borracho

mientras el viento sacude

las cuerdas del campanario.

Ya santiguados los fieles,

desandan el viejo atajo

del caserón donde aguardan

los perros junto a los gatos.

El tonto custodia el templo

cerrado con dos candados;

también mendiga a la puerta;

no llega a treinta centavos

aquella limosna avara

que le ha tendido un cristiano.

 



 

ROMANCES TRISTES

 

EL PERRO

 

El perro de medio rabo

se inclina sobre la liebre

caída bajo el relámpago

del hacha que le dio muerte.

Pero muy pronto se anima

con la abundancia caliente

de cerdos que la matrona

dispone en rojo banquete

sobre unas mesas de cedro

a las que llegan manteles.

Y olvida el charco de sangre

donde la liebre está inerte.

Y mira el cielo sin nubes

que en paz azul resplandece.

En la ocasión se celebra

con buen humor, lo de siempre:

cosechas afortunadas

que ha dado el clima en diciembre.

El perro husmea la carne

que el capataz ya le ofrece

y se recuesta en el pasto

con una presa entre dientes.

Entonces recuerda el hecho:

fue degollada la liebre.

¡Ay, vértigo repentino

que náusea también parece!




 

 

EL AHOGADO

 

Al niño Ambrosito Lugo, ahogado en el río de Villeta

 

«Cuidado niño travieso.

 

No juegues con camalotes»,

se lo advertían las olas

que lavan los caracoles.

 

Huidiza arena caliente

vestida de verde y rojo.

 

«Pero las aguas qué tibias

y qué suaves los bordes»,

el niño rubio decía

desde la proa del bote.

 

Soledades del paisaje

perdido en vuelo de pájaros.

 

Y lo arrastraron las aguas.

Y nunca se supo a dónde.

Tan sólo un botón de nácar

un caracol trajo a flote.

 

Silencio de nubarrones

clavado en el cielo oscuro.

 

Lo desvistieron los juncos

en la ribera del norte.

Pintó su rostro la luna

con congelados carbones.

 

Cuchillos de siete dientes

abren el pecho a un cangrejo.

 

Mi niño, yo te lo dije,

mi niño, te di una orden.

Mas tú quisiste ese día

jugar con los camalotes.

 

La alegría es de los nardos.

La desgracia es de los pobres.

 

«Si te asomaras de nuevo»,

le tientan los horizontes.

Va río abajo la barca.

Se pone ya el sol de cobre.

 



 

LOS LEPROSOS

 

Los leprosos olvidados,

en las orillas del río,

se van cubriendo de arena,

se van cubriendo de frío.

Rosas morenas les brotan

de los capullos malignos

de su carne donde el viento

-desenvainado cuchillo

que hace caer los limones-

dejando fue un resoplido.

Los leprosos, bien lo saben,

que los geranios son tibios,

las magnolias beben lluvia

y las dalias pasan frío.

Se acomodan como pueden

en aquel regazo limpio

de la luna que les presta

de vez en cuando su abrigo.

¡Qué lentas pasan sus noches

en tanto tirita el río

y los perros en las rocas

apuntan largos aullidos!

Yo daría por sus rosas,

y a cuenta de otro capricho.

mis níqueles bien ahorrados

y aquel querer que no ha sido.

 



 

LAS CUATRO ESTACIONES DE LA ROSA

 

Llegó en carroza de oro

la primavera aquel día

y la rosa abriendo fue

una a una sus mejillas.

¡Ay, había que mirarla!

¡Qué bien sus galas lucía!

Como un frasco con perfume

francés a veces olía.

Sus pétalos de satén

largas perlas sostenían,

y un picaflor del condado

la cortejaba y se iba.

Fue sólo casualidad

que el clavel en una esquina

del jardín su flor abriera

con alhajas también finas.

¡Quién podía compararse

con la rosa en la alquería!

El viento aquel del verano

arrancaba las orquillas

del rosal tan solitario

peinando sólo a la orquídea.

Y aquella pálida rosa

de una rama suspendida

iba perdiendo su aroma

al tiempo que se moría.

(La apariencia de la flor

era entonces ya sencilla).

Llamó el otoño a la puerta

de esa mujer aterida

de frío en rincón sombrío;

debajo de su mantilla

estaba la desnudez,

la pobreza en carne viva.

Fue inclemente el viento sur

con sus gastadas mejillas

que caíanse del rostro

y después eran barridas.

Dios, qué crudo fue el invierno.

La rosa estaba en la esquina

envuelta con un rebozo,

¡anciana y también mendiga!

 



 

EL GATO

 

Era un gato de ojos verdes

que a mi planta se tendía

en las tardes invernales

abrigándome la vida.

Sujetaba yo con faja

de franela su barriga;

ay, las gatas lo tildaban

en los techos de marica.

Escuchábamos a veces

los suspiros de la encina,

que al oído nos contaba

lo que ayer tuvo por dicha.

Nuestras tardes eran simples:

él llegaba hasta una esquina

y los perros le ladraban

con maldad desde otra esquina;

en la vuelta a una manzana

se jugaba él siete vidas;

yo al crochet me sujetaba

como al níspero la orquídea.

Un filete de pescado

su menú de cada día.

Un aroma de jazmín

pues a mí me componía.

Se apagó sencillamente

el minino siendo chispa.

¿Adónde se van los gatos

cuando fallecen, María?

 



 

PALOMO Y TRISTÁN

 

Palomo y Tristán arrastran

la carreta lentamente.

Rechinan las grandes ruedas

tiradas por ambos bueyes,

que en yunta también se irán

cuando les coja la muerte.

Un niño cruel los guía

hacia las tablas del muelle,

y un perro negro los sigue

mientras ladra, mientras muerde,

pretendiendo aligerar

aquella picada verde.

Palomo y Tristán enfrían

sus belfos en una fuente

donde cayó el cuerpo blanco

de alguna flor de septiembre.

Ya llegará la carreta

forzada, penosamente,

entre otras tantas carretas

que bajan del occidente,

a su destino común,

en punto, para las siete.

El niño cruel castiga,

con el látigo, seis veces,

a las bestias mientras grita

doble amenaza de muerte.

¡Pero esta pena cansina

de mi pecho hasta mi frente!

¡Y aquel angosto camino

que lleva a los tristes bueyes!

 



 

EL PÁJARO EN SU JAULA

 

No es la cuchara de plata

ni el tenedor de aluminio

los que roza la matrona

al lavar los utensilios.

Es el canto de un canario,

que dice yo ya no vivo,

quiero volver a aquel monte

donde he dejado mis trinos.

Y sube su larga nota

hasta el cielo verdecido

y allí libre permanece

mientras él sigue cautivo

en alta jaula pendiente

de la rama gris de un pino.

Quien lo invitara a una fuga

que reclama trino a trino.

Quien recogiera las penas

que se caen de su pico.

Un gato hambriento lo mira

fijamente bajo el pino

presumiendo que al comerlo

ha de saciar su apetito.

La muerte si los visita

no cambiará sus destinos.

El infierno aguarda al gato

y al pájaro el paraíso.

 



 

NO SE OYE VERSO NI TRINO

 

La casa se irá a caer

cualquiera de estos domingos.

El sauce que le da sombra

le presta también abrigo.

Fue de los Zarza-Gutiérrez,

después de Santiago Aquino,

hasta que Ofelia Pelayo

por ella dio doce anillos.

La casa de altas paredes

pasó por tantos caprichos:

desde un color verde oscuro

a un mamarracho amarillo.

En sus ruinosos aleros

las víboras hacen nidos.

Junto a su aljibe ya seco

no se oye verso ni trino.

Un perro de enormes ojos

desde el portón mira fijo

al gallo de la veleta

pintado de azul marino.

Y se pregunta ese perro

qué sucedió con el niño

con quien alegre jugaba

debajo del tamarindo.

La tierra del camposanto,

que huele a manto de lirios,

en colcha se ha transformado

y cubre ahora al buen niño.

Y tan juiciosa, su madre

¿fue ayer cuando ha enloquecido?;

no presta atención alguna

a su insistente ladrido.

La casa se viene abajo

limada por tantos grillos.

Las damas que van a misa

arrancan de sus postigos

jazmines de blanco aroma;

no dicen: «¿puedo?» «permiso...».

La viga cruje a la siesta,

y el perro, inquieto, da aviso.

Su dueña tiene los ojos

clavados en el vacío.

Ya sube y baja, la dama,

las escaleras del limbo,

mientras aspira el perfume

con el veneno prohibido

que le convidan las dalias,

los juncos y los espinos.

La casa se viene abajo.

Ofelia mece a un minino.

Su frente caliente besa

un ángel de aliento frío.

 



 

LA FECHA EN EL ÁRBOL

 

Fue por el mes de las flores.

Abrieron con un cuchillo

el tronco de un palo santo

dejando un corazoncito

allí, María Giménez

y Eladio Gómez Castillo.

El árbol curó la herida

que marca después se hizo

de un corazón desigual.

¡Ay, corazón de cuchillo!

Ya la pareja olvidó

-lavándose en largo río-

aquella tarde caliente

con besos por dentro tibios.

El palo santo aún recuerda

en medio de tantos trinos

la fecha de aquel encuentro

grabada hace medio siglo.

Y al duraznero pregunta

qué de los novios se hizo,

qué de los rubios amantes

que usáronle de testigo.

Y el duraznero responde:

«nadie lo sabe hermanito».

Su historia es la de otros árboles:

corteza fue de un capricho.

Hormigas rojas bordean

la fecha que junta olvido.

 



 

ROMANCES PERSONALES

 

LA HORA

 

He de morir en Villeta

una mañana de estío,

con saludable semblante,

como se mueren los mirlos.

Al revolver las cenizas

de algún deseo prohibido

(volver a clavar los ojos

en esos que yo he querido)

un ángel remojará

mis labios secos con vino.

Junté cabellera blanca

y un chal por cada vestido

para el momento aguardado

que llegará sin aviso.

He de morir en Villeta

como se mueren los mirlos

bebiendo todo el vinagre

que no acabó Jesucristo.

Tan parecida a mi madre.

Tan parecida a mi hijo.

La lluvia no cesará

desde la casa hasta el río.

Me guardarán entre chales

para llevarme un domingo

a loma sin flor alguna,

ni cruz que indique mi sitio.

 



 

ALMA

 

Mirar no más a la Virgen

de nacarado rosario,

después cerrar ya los ojos

en un azul relicario.

Soplar no más una vez

la flor de tonto desmayo

y los jazmines que aroman

las altas verjas del patio.

Besar no más una vez

las copas del viejo armario

brindando con el querer

que allí han dejado otros labios.

Morder no más una vez

un verdecido durazno

del huerto al que ya han barrido

inviernos como veranos.

Tocar no más una vez

la nota dulce de antaño

en blanca y en negra tecla

de aquel piano olvidado.

Sentir no más una vez

la muerte de los geranios

que hace enviudar a las rosas

y envía al cielo un canario

 



 

PERO ME RÍO

 

No es el lamento del sauce,

no son las quejas del pino,

tampoco es el duraznero

que trae un largo silbido

lo que me causa esta pena

pese a la cual yo sonrío.

Mi madre, qué llanto negro,

pero me río, me río.

Con su sotana va el cura,

y atrás, descalzo, el gentío,

con paso de romería,

se lleva a cuestas el Cristo.

Yo lloro, lloré por algo

sin conocer el motivo.

A veces soy ave suelta

que picotazos da al vidrio.

Respira, madre, el aroma

que esparce el agua del pino.

Ay, apartar ambas puertas,

e ir corriendo hasta el río.

Mas qué cordura la tuya

y qué locuras yo digo.

La lluvia levanta vuelo.

No queda en pie un solo trino.

 



 

LA ROSA AUSENTE

 

Hay chirimoyos, morales

y nísperos en mi patio.

También hay perfumes nuevos,

que cortan, muy afilados,

en dos mitades perfectas,

las frutas de mi manzano.

La lluvia del sur visita

a mis jardines goteando

del limonero fragante

así como de los pájaros.

«No hay rosa en este lugar»,

le dice el pino al naranjo,

deshojándose de risa

con sus dientes alargados.

No me bastan los jazmines

de delantal aromado,

ni la violeta que cabe

en la palma de mi mano.

Mi Virgen, quiero una rosa

para llevarla a un costado

del corazón que se muda

por dos quereres extraños.

Una rosa como niña

que esté quieta en el regazo

de las señoras hortensias

que florecen en mi patio.

Yo quiero una rosa roja,

que se toque como el raso,

para rozarla sin verla

en el último verano.

¡Mi corazón por su aroma!

¡Y mis ojos por su garbo!




 

 

MARIPOSA

 

Mariposa que das vueltas

en torno al fuego encendido,

tus alas lavan el aire

dejando fresco el recinto.

No quiero apagar la vela

que se desveló conmigo;

su llama, a veces, muy roja.

parpadea en el pabilo,

y en vano tú la abanicas

ahora que ha amanecido.

Si de lejos vienes, niña,

yo vengo de donde vivo,

que no es casa ni palacio,

es la prisión de un mendigo.

He aspirado la fragancia

de la flor desde mi altillo

y ese aroma se repite

las veces que se oye un trino.

¡Cómo cuesta al corazón

encontrar a su suspiro

habiendo tanto desorden

pues se perdió de su anillo

la boda que han celebrado

anoche el alma y el vino!

Mariposa de hierba fresca,

de tan lejano camino,

yo voy a dejar mi pueblo

volando tras tu destino.

 



 

LUZ DE VELA

 

Criatura pálida y frágil,

que en torno a la vela giras;

detén el vuelo un instante,

¿por qué tu alocada prisa?

Aprende de mí, muy lenta,

a un lado voy de la vida,

llevando sólo un paraguas

y una ligera valija.

Caduca ya en el pabilo

aquella vela encendida

mas tomas tú el ajetreo

de mantenerla con vida.

¿Qué pensamiento febril

te eleva o te inmoviliza?

Tus alas pequeñas cierras;

alguna melancolía

con beso muy frío toca

apenas sí mi mejilla.

Tus alas pequeñas abres;

mayor aún mi apatía

bosteza bajo el naranjo

que deja la tarde umbría.

Muy largas, tus patas guardan

un resto de mantequilla.

Das asco, mas tu figura

bañada en luz me hipnotiza.

No son los varios colores

de tu pequeña mantilla,

ni aquellos ojos cual brasas

que la candela reaviva.

Es ese verde recuerdo

traído de alguna villa

en tu equipaje ligero

que cargas como una niña.

Estaba por escribir

algunos versos con rima.

«Eran las noches muy frescas

al pie de aquellas colinas».

Y luego te vi, y tu abdomen

hizo mi idea mezquina.

Si te guardara en un vaso,

mañana te morirías.

Encuentra tú noble muerte

en esa llama divina.

Un mismo terror nos une:

es la cadencia aburrida

de la existencia que pasa

y vuelve nada la vida.

De mi alma a la hoja bajan

algunos versos con rima.

Al pecho moja la lluvia

y al corazón la llovizna.

 



 

ENTONCES

 

Aquel rosal de mi madre

cincuenta rosas tenía.

Sus flores, rojas, alegres,

al diablo y Dios persuadían:

«Señor, tu gracia queremos.

Tus aguijones, mandinga».

¿Y las pequeñas violetas?

Pues sí, corteses crecían,

pero tal vez no muy sanas;

no se elevaban altivas

desde sus frágiles tallos;

un sacudón, una brisa,

un viento sur las ajaba

como la mueca a la risa.

De aquel fecundo rosal

recuerdo que cierto día

corriendo tras una perra

mi falda quedó prendida.

Como la liebre en la trampa

caí en la hierba amarilla.

No fue mayor accidente...;

muy tontas, las margaritas,

cuchicheaban al sauce:

«la perra jaló a la niña».

Al muro con cal blanqueado

miraban tres santarritas.

Las flores por Dios tocadas

sólo entre yuyos crecían;

mas, castas, en el balcón,

formaban ramos las lilas.

Se me volvió diario vicio

romper a las margaritas;

tironearlas, a veces;

su resistencia ofrecida

me suplicaba juicio,

¡pero yo era tan niña!

Cosa de ver esos pétalos

dispersos sobre las vías

del tren que entonces mi hermano

correr y ulular hacía

mientras tres nubes de polvo

de tanta tierra subían.

¿Mi madre? Serena, dulce,

se apantallaba en la umbría

habitación de la casa.

¿Mi padre? Ah... «Buenos días».

«Avisen si llega Arsenio;

ya tuvo la vaca cría

y hay que limpiar el corral,

dejar las bateas listas».

Montando un viejo caballo

paseaba y tarde volvía.

Al regresar sólo el perro

su cola alegre movía.

Mi madre, el rosal, la casa...

¡Aquella tan blanca dicha!

 



 

ROMANCES DE FANTASÍA

 

LA CASA

 

Le va tapiando y dejando

sorda a la casa la hiedra.

Se esconden bajo su alero

ratones y comadrejas.

Tañendo las dos campanas

ya llaman desde la iglesia

a todos sus moradores

que son fantasmas en pena.

El viento norte alborota

el rococó de una pieza.

En ella quedose larga

y despeinada la hierba.

La casa sí que ha sabido

de fértiles parraleras.

De sus racimos volaban

al norte y sur las abejas.

Ningún clavel, ni un gladiolo

hoy pueden con sus malezas.

Por la humedad del techado

el tiempo lento gotea.

Le cubren de apariciones

murciélagos y culebras.

Casona de los relámpagos,

un trueno llama a tu puerta.

 



 

PORAS

 

En el camposanto verde

reposa ya Casimiro.

Su cruz se herrumbra olvidada

en el paraje lampiño.

La muerte lo sorprendió

al desandar un camino

atormentado por poras

con su caballo hecho brincos.

Cuando una sombra robó

su damajuana de vino

trazó un rasguño en el aire

la punta de su cuchillo.

A un lado cayó la rosa.

Y al otro cayó el jacinto.

Una bandada de cuervos

cubrió una fosa de espinos.

Allí quedó su caballo

lanzando tres resoplidos.

Sin vida en aquel pasaje

hallaron a Casimiro

dos enlutadas mujeres

que desviaron destino

del lodazal de las mulas

por más ligero camino.

A medianoche es oída

su queja en el triste sitio

y aquel lamento es llevado

por cuenta de un viento frío.

 



 

LAS TRES MUJERES DE LUTO

 

Bajaban con luto entero,

de cuervos por Dios malditos,

Petrona, Laura y Ofelia

hasta los húmedos nichos

donde dormían del lado

de Satanás sus maridos.

Con cuánto empeño arrancaban

los yuyos allí crecidos

sin visitar a las almas

de los jardines vecinos.

El pueblo las enjuiciaba.

Que no tenían juicio,

que hablar de ellas, no, doña,

pues se cuajaba el buen vino.

Cruzándose con la lluvia,

lavándose con el frío,

las tres enlutadas iban

metidas en diez vestidos

hasta los huertos en ruinas

del camposanto que cito.

Los perros de ánimo alerta

olían sus cuerpos fríos

y los borrachos al verlas

brindaban con doble tinto.

¡Su duelo es mi larga pena

que se hace un pequeño ovillo!

 



 

ROMANCE DEL POMBERO

 

Entre las sombras crujientes

de nísperos y gomeros

deambula, corre furtivo,

su majestad, el pombero.

No hay santos que lo rediman,

ni cruz que le dé sosiego.

El trasgo está enamorado

de Cándida Montenegro.

Ella es mozuela morena

con ojos que miran negros

donde se empaña la luna

y encuentran luz los espejos.

Quien la miró y no la amara

no era cristiano del pueblo.

Al verla todos los santos,

y San Antonio, el primero,

piropos con sal le dicen,

volviéndose zalameros.

Qué pena, qué soledad

le roba el alma al pombero.

Si por amor se volviera

señor, también caballero.

Cuando la luna está roja

él llega hasta el cementerio;

reniega allí de su sino.

Mejor estaría muerto.

Con cruz de hierro golpea

catorce veces su pecho.

Las rosas le son esquivas,

y toda la flor del huerto.

A media noche lamenta,

girando sobre el pescuezo,

su suerte con las estrellas,

con los distantes luceros

que ya querría obsequiar

a Cándida Montenegro.

A sus aullidos se juntan

ladridos de oscuros perros.

Los perros comen la carne.

Él sólo lame los huesos.

La niña de su querer,

que huele siempre a romero,

¿por qué de su sombra corre

con susto de benteveo?

La niña de su querer,

que lleva cinta en el pelo,

será de un santo varón,

de un señorito del pueblo.

¡Cómo son negras sus noches,

cómo le queman los celos!

Redonda y roja la luna

reluce en el cementerio.

 

LA CASA DE LOS NAVARRO

 

Construida en Villeta en el siglo pasado

 

La casa de los Navarro

proyecta sombra de torre.

La custodian noche y día

dos hieráticos leones.

Comentan los lugareños

que bajo un zócalo hay cofres

donde sumaron un siglo

la plata, el oro y el bronce.

Enclavada entre silbidos

del viento sur y del norte

aúlla la vieja casa

cuando le cubre la noche.

Ayer las mozas jugaban

en sus largos corredores.

Hoy esas niñas difuntas

suspiran tras sus barrotes.

El pora cuando atardece

registra sus picaportes

encerrándose medroso

detrás de puertas de roble

y ventanas sin cortinas

que giran sobre sus goznes.

Lunita, niña de quince,

que corres de monte en monte

¡no pases por esa casa

si llega la media noche!

 



 

EL FANTASMA DE MARÍA

 

Levanta el espectro a veces

sus largos dedos e indica

el sitio donde cayó

perdiendo allí su mantilla.

Fantasma de mala suerte

es hoy la bella María.

En vida fue alegre moza

que roja pana vestía.

Sus ojos, cual dos cuchillos,

a quien miraban vencían,

y lágrimas de luceros

brillaban en sus mejillas.

Fue un diecisiete de octubre

de un año que nadie olvida

cuando ocurrió la tragedia

que despertó a aquella villa.

Sus dos amantes armados

por celos se prometían

tras enfrentarse con naipes

volverse a ver en la esquina

para arrojar seis disparos

que deje al otro sin vida,

Por un farol alumbrada,

rozándose con ortigas,

la dama se adelantaba,

la dama marchaba a prisa

para impedir el encuentro

de aquella noche maldita.

Los dos cayeron bien muertos.

Sus muertes nunca se explica.

También cayó con los hombres

la casquivana María.

Corriendo el febril espectro,

del callejón a la esquina,

ya va y también ya retorna;

sus huesos, mientras, tiritan.

Es el apremio, el apuro

de quien ha marcado cita

con Sixto Lugo a las once

y a medianoche con Rivas.

La muerte no ha corregido

la veleidad de María.

Ni encuentra reposo el sauce

que sopla sobre su cripta.

 



 

CUARENTA Y UN CRUCIFIJOS

 

Dos rechinantes portones

del camposanto tendido

al pie de blancas estolas

abren el paso al gentío

que avanza tras el cajón

en el que va el fallecido

que con su soga se ahorcara

cumpliendo lo prometido.

¡Quién lo pudiera creer!

Estaba siempre tan vivo

corriendo tras las mozuelas

por puentes y por baldíos.

Frente al panteón de los Fracchi,

y en medio de cuatro nichos,

colocarán su ataúd,

valiéndose de unos picos.

«Que casi entró; que no cabe;

con suerte habría cabido»,

dirán los sepultureros,

sudando un día domingo.

De algún jazmín que rezuma,

lavándose, tres rocíos,

con llaves vendrán a abrirlo,

las aves de negro pico.

Ya pasarán estaciones,

darán su flor los espinos

cambiando de aroma al viento

que pasa por el recinto.

En una loma ubicado,

el camposanto alza un pino

a cuyas plantas se cuentan

cuarenta y un crucifijos.

Si al cementerio yo voy,

ante su cruz me santiguo;

recorro en largo silencio

sus recovecos perdidos,

sin despertar a los muertos,

más que difuntos, dormidos.

 



 

OTROS

 

EL COMPROMISO

 

Nos íbamos a casar.

Teníamos los anillos,

la fecha en abril fijada,

y, por supuesto, padrinos.

Junto al aljibe del patio

amantes en marzo fuimos.

Jazmines con luna llena

entonces fueron testigos.

Conversamos con el cura

debajo de un crucifijo

brindando por nuestra boda

con copas llenas de vino.

«Señor cura, nos queremos;

sin casa, ni árbol de pino,

nos casaremos, al alba,

dentro de cuatro domingos».

¡Cómo cambia el corazón

del bermejo al amarillo!

Él guiñó el ojo a mi hermana.

Y yo a su mejor amigo.

Del limonero a la fuente

rodando fue el compromiso.

Al darnos el beso último

debajo del eucalipto

quedose fría la tarde

de aquel callado domingo.

La plaza extendía sombra

y daba el reloj las cinco.

Le devolví las alhajas,

guardando para el olvido,

sus cartas mejor escritas

y su pañuelo de lino.

No he de volver nunca el paso

ni el rostro hacia su silbido.

En el manzano del huerto

ya dio su flor el capricho.

La luna azul se dibuja

en tanto cielo aterido.

Tirita buscando a ratos

balcón que le dé cobijo.

Nos íbamos a casar

al pie de un pálido cirio,

yo de novicia de pueblo,

él de uniforme marino.

El viento a ratos sacude

el hierro ya carcomido

de las campanas que suenan

con largo y triste tañido.

La boda se deshojó.

Doble traición cometimos.

Él guiñó el ojo a mi hermana.

Y yo a su mejor amigo.

 



 

LOS QUINCE JINETES

 

Montando negros caballos

bajaban hombres del monte

anticipándose al paso

de los jinetes del norte

que parejitos llevaban

el viento con el galope.

Los rostros de los jazmines

tienen huellas de otras flores:

las de las blancas muchachas

cuyos párpados cual cofres

pesadamente se cierran

después de la medianoche.

Un potro de negra estampa,

un liberal, un revólver,

y un pañuelo azul al viento

subían al horizonte.

Ramón, el caudillo tuerto,

a gritos daba la orden:

«A la izquierda, a la derecha,

vayamos ahora al trote».

Ya las muchachas corrían

alegres a sus balcones

para guardar al instante

un beso con luz de flores

o un saludo vuelto pájaro

de aquellos quince varones.

(El saludo en las mejillas.

Los besos en los escotes).

«Se acercan los liberales»,

gritó el comisario Onofre

cerrando entonces la puerta

del pueblo con un gran golpe.

Mas los rebeldes ya estaban

apeándose bravucones.

Después de cincuenta años

se escuchan aún los trotes

de esos caballos y el viento

baja un relincho del monte.

 



 

VILLETA

 

Sus pájaros emigraron

hacia un ocaso bruñido

en busca, acaso, del árbol

que les brinde verde abrigo.

Pero Villeta está quieta

como una rueca en un siglo;

no se han mudado sus casas

de corredores umbríos.

Y la iglesia sigue intacta.

Y hasta quien fue el monaguillo

será proclamado santo

por gracia de algún obispo.

No, señor, nada ha cambiado.

Ni la niña que un domingo

va a consultar, vanidosa,

con el espejo del río.

Ni la dama de peinetas

que agitando su abanico

convierte tanto calor

en un cadencioso frío.

Villeta está como siempre.

Ni un sauce más. Ni otro pino.

Ni otro cielo que varíe

la marca de su destino.

 



 

TODOS IBAN A REZAR

 

Iban a misa las viejas

que de chimentos sabían

así como de misterios

que los rosarios tenían.

¡Ah... el prolongado ritual

que acalambraba rodillas!

Negro abanico agitando

llegaba doña Paulina

hasta los bancos de cedro

y en ellos languidecía

igual a muchos cristianos

que de sopor se morían;

la dama diciendo amén,

a coro, al fin, revivía.

Y no faltaba el demonio

de coloradas mejillas;

entre la chusma escondido

se santiguaba y partía

dejando en el templo santo

la amarillenta saliva

con que alcanzaba los rostros

de Jesucristo y María.

El cura ponía empeño,

y su latín, cuesta arriba,

a algunos desperezaba,

y a otros sólo dormía.

Mejor latín habla el diablo

en lengua de las arpías.

de las ancianas babosas,

que mientras oyen la misa,

también murmuran pecados

y faltas de sus vecinas.

Los fieles de aquella iglesia,

con lámparas encendidas,

hoy bajan al mismo infierno

formando una larga fila.

 



 

DON FIDELINO MAÍZ

 

Don Fidelino Maíz,

jinete de la alquería,

de su caballo se apeó

para morir en su día.

Aún estaba reciente

en sus vidriosas pupilas

el brillo de aquel cuchillo

con que llegó el homicida

hasta su cama de hierro

donde buen sueño dormía.

Y fue el entierro a las cuatro.

Copiosa lluvia caía

sobre el cortejo ruidoso

que ya no tuvo cabida

en el camino de tierra

y sobre piedras subía.

Ah... los susurros de siempre

que alegran la comitiva:

-Adúltera Amalia Fuentes,

besándose en una esquina

con don Francisco Ortellado,

esposo de doña Elvira-.

-¿Y sus guineas Juliana?-.

-Mejores son mis gallinas;

docena de huevos ponen

con sólo comer hormigas-.

-Si es que se apura el cortejo

llegamos ya a la otra esquina-.

Preocupación de otra índole

a los demás afligía.

-¿Cristiano fue Fidelino?

-Pues nadie lo vio en las misas

y en cada almacén del pueblo

deudas por caña tenía-.

Atormentaba al difunto

que crisantemos lucía

no conocer por lo menos

a su puntual homicida.

¿Acaso Eladio Vallejos,

a quien dinero debía,

o Rómulo, su cuñado,

quien le tomó antipatía?

Ajenos a aquellas dudas,

dos hombres ya lo metían

en metro y medio de fosa

que su caballo medía.

Desde las ramas de un pino

volaron tres golondrinas.

La lluvia escampó en el acto.

Fue aquel un hermoso día.

 



 

MAL TIEMPO

 

Como una chispa se enciende

el viento en los matorrales

llevando el polvo que cubre

el rostro de los rosales.

Enormes nubes y un rayo

se ciernen sobre el paisaje

del río que serpentea

bajando camalotales.

Un cacareo infernal

proviene de un carruaje;

es Gracia Aquino que baja

un gallo como equipaje

y se guarece en su rancho

de dos pequeños portales.

Un poco más y el mal tiempo

la alcanza en pleno viaje.

Los remolinos del viento

no dejan voz en el aire.

«¿Qué dijo usted, doña Clara?»

ya grita haciendo ademanes

una mujer que corriendo

dos veces cruza la calle

detrás de un perro pequeño

que se perdió de su madre

«Hay que trancar las ventanas»

ordena desde su catre

una matrona robusta

con el talante del mate:

ya frío, ya muy caliente,

servido por su comadre.

El viento apresura el vuelo

de una bandada de aves

que cruza el cielo estampando

blancor en negro paisaje.

Un rayo cae a lo lejos.

El trueno suena más tarde.

La lluvia moja los pinos

y corre tras el follaje.

¿Levantará los rebozos

de los enormes frutales?

«Que cierren pronto la puerta»,

ordena Plácido Iraldes

buscando en ambos bolsillos,

sin encontrar, una llave.

De tanto en tanto suceden

las cosas que otros no saben:

un alhelí es arrastrado

por el raudal de la calle,

y luego sube a una hoja

por si llegara a alcanzarle

la rosa que presurosa

intenta ya adelantarle.

La lluvia oscurece el día.

Al alma se le hace tarde.

 
Enlace(s) Recomendado(s):

Leyenda
situación 1
Solo en exposición en museos y galerías
situación 2
Solo en exposición en la web
situación 3
Colección privada o del Artista
situación 4
Catalogado en artes visuales o exposiciones realizadas
situación 5
Venta directa
situación 6
Obra Robada
Portal Guarani © 2026
Todos los derechos reservados
Desde el Paraguay para el Mundo!
Acerca de PortalGuarani.com | Centro de Contacto
Facebook - PortalGuaraniInstagram - PortalGuaraniTiktok - PortalGuarani