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EFRAÍN MARTÍNEZ CUEVAS
  MASACRADOS EN NOCHEBUENA - Novela de EFRAÍN MARTÍNEZ CUEVAS - Año 2002


MASACRADOS EN NOCHEBUENA - Novela de EFRAÍN MARTÍNEZ CUEVAS - Año 2002

MASACRADOS EN NOCHEBUENA


Novela de EFRAÍN MARTÍNEZ CUEVAS

 

La esencia de éste libro se ciñe estrictamente a los testimonios recogidos. Los nombres, caracteres, lugares y acontecimientos son verdaderos y fueron relatados por los dos únicos sobrevivientes de la masacre y apoyados por testigos que en el 2002 todavía viven en Paranhos, Matto Grosso do Sul, Brasil.

CATEGORIA: Novela histórica.

Diseño de tapa: David E. Martínez Echeverría y Dimas Campos.

Fotos de tapa: "Curuzú seis", Paranhos y; Remigio Giménez, en el lugar del ametrallamiento.

E-mail: emeny@yahoo.com

Derecho de autor: 2002, Efraín Martínez Cuevas

Todos los derechos reservados, inclusive los de reproducción total o parcial, en cualquier forma.

Este libro fue posible mediante la colaboración de las siguientes personas e instituciones: María Teresa Torreani, Inácia María Cardoso, Jairo, Artemio Alvarez, Héctor Martínez Echeverría, Biblioteca Nacional de Asunción, Archivo "Del horror" de Asunción, Sibélia, archivo diario "0 Estado" de Sao Paulo, Mirian Carani de la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos en Washington.

Primera edición en offset: 1.000 ejemplares.

IMPRESO EN LA REPUBLICA FEDERATIVA DEL BRASIL

PRINTED IN BRAZIL

Queda rigurosamente prohibida sin la autorización escrita del autor, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamos públicos.

Queda hecho el depósito que establece la ley.

Rua Xavier da Silva, 303 - Centro - Fone: (45) 523-0440

Foz do Iguaçu - Paraná - Brasil

 

 

ÍNDICE

Prologo

Capítulo I

Capítulo II

Capítulo III

Capítulo IV

Capítulo V

Capítulo VI

Capítulo VII

Capítulo VIII

Capitulo IX

Capitulo X

Capitulo XI

Capitulo XII

Epilogo 


 

 

Efraín Martínez Cuevas es periodista. Nació en Villarica, Paraguay, en 1952. En 1972 inició su carrera en una emisora radial asuncena; en 1977, se incorporó al cuerpo de redactores del diario ABC Color de la capital paraguaya. Al cierre de este diario, por orden del dictador paraguayo Alfredo Stroessner, se sumó a la redacción del diario Hoy, diario del cual fue Jefe de Redacción en 1992. Creo en 1993 la Agencia Nacional de Noticias. Fue director de la Imprenta Nacional y de Radio Nacional del Paraguay. Fue asesor en marketing y comunicación del Poder Ejecutivo de la Nación entre los años 1996 y 1998. Al publicarse la dirección ejecutiva de radio Concierto de Presidente Franco, Alto Paraná, Paraguay.



PRÓLOGO

Nielse Fernández murió en la tarde del 30 de setiembre del 2002. Se fue de manera anónima y discreta, como fue su propia vida. Humilde, callado y para quien no hubiese compartido sus sueños, absolutamente uno más de los miles y millones que pasaron por la existencia.

Para mí, no. Tuve el honor de ser su compañero y amigo, compartiendo causas, acciones, miedos y corajes. Más miedo que corajes, porque las tareas debían ser cumplidas. Repetía que la valentía era "el don de superar el miedo por una buena causa".

Puedo decir que fue un combatiente soberbio en la acción, parco de palabras, mirada vivaz, bien humorada, estoico hasta el masoquismo, con una generosidad llena de simplicidad que solo los grandes adquieren por la sabiduría.

Obrero de la construcción naval, tenía un sueldo que el gobierno militar no se animó sacarle. Presos, me pasaba a mí (sin visitas, sin pariente, extranjero, émulo del "Che", "peligrosísimo ") lo que en una cárcel hacen la vida menos cruel: jabón de olor, cepillos, caramelos, cigarrillos y, sobre todo, amistad.

De ese "colegio interno y forzado " de Ilha Grande, Brasil, salí en 1971. Cinco años después tuve la alegría de recibirlo en mi casa, en Foz de Yguazú. Vino en busca de trabajo en Itaipú. ¡Santa Ilusión!. Los controles de seguridad e información de la empresa binacional ya funcionaban; por tanto, nunca consiguió el empleo.

Aunque la vida y el tiempo nos llevaron por caminos diferentes, continuamos hablándonos esporádicamente. Los reencuentros limitados a recuerdos. El, un obrero esclarecido; yo, un pequeño burgués pseudo -intelectual metido a comerciante. Nos reíamos de las diferencias, porque al final, quien compartió sueños y miedos, en el calor de lo que verdaderamente importaba, nos igualaba en lo que nos reconocíamos: fuimos hermanos.

Primer comandante del movimiento revolucionario "8 de octubre" (Brasil), obrero, guerrillero, desprendido, con tal sólo su ideal de justicia. No nos morimos, ni nos mataran. Quedamos. Muchos se fueron. Hoy, él se ha ido, no tuvo el honor de la muerte heroica que soñamos todos los combatientes. ¿O sí?

Solo un gran hombre que soñó lo mejor para todos pudo haber protagonizado un gran combate: por escribanía en Curitiba dispuso: 1)- Que todos sus órganos fueran donados a quien los necesitare; 2)- Que el resto fuese donado a la Facultad de Medicina para que los estudiantes aprendan con sus huesos, músculos y nervios a salvar vidas; 3)- Sin velorios y entierros ceremoniosos 4)-Sin dramas. Un verdadero guerrero.

Les cuento lo de Nielse porque he repensado su historia. Especialmente su última voluntad. ¡Generoso hasta después!. Querer ser útil al semejante, como siempre y para siempre. Considero que es la verdadera y única justificación de nuestra existencia. Servir para lo mejor.

Lo que hasta aquí he narrado como prefacio de una historia paraguaya tiene un nexo de lo que aquí se contará. ¿Por qué?, porque aquí también se hablará de sueños, ideales y generosidad.

Por motivos de trabajo cruzo el Puente de la Amistad casi todos los días. Por causa de los insondables designios de los dioses, siempre nuestras dignas autoridades - de ambos lados de la frontera - hacen que una simple travesía se convierta en una expiación adelantada a cuando mínimo un feroz ejercicio de paciencia y tolerancia (¡se ve cada cosa!).

Le debo a Efraín Martínez Cuevas momentos impagables cuando desde su trinchera de Radio Concierto (89.1, FM), en sus múltiples y variados horarios y programas, ameniza la agonía de andar en automóvil a una velocidad de 2 kilómetros por hora. Su indignación por lo indigno, su búsqueda de justicia, su espíritu de solidaridad, su esfuerzo en querer transformar nuestro Paraguay en algo serio, su coraje o temeridad en denunciar a los de turno, en fin, su mensaje que nos llega a los que también queremos algo diferente y mejor.

Así, lo busqué para conocerlo y hacerme conocer. Puse a su disposición algunos datos de una extraordinaria hazaña de la década de 1960, que sin ninguna duda fue una de las bella gestas que los paraguayos a veces solemos cometer. Entonces, se entenderá lo de Nielse Fernández, un brasileño igual a los paraguayos del libro de Efraín y a quienes tuve el gran honor de presentarles porque también fueron mis compañeros y continúan siendo mis amigos.

Esta es más que una historia; es la búsqueda de la justicia y de la libertad. "MASACRADOS EN NOCHEBUENA "refleja la extraordinaria generosidad e ingenuidad de los jóvenes que en esa lucha por nuestros ideales ofrecíamos lo que teníamos de mejor: nuestras vidas a cambio de alcanzar aquel sueño grande de la felicidad colectiva.

El relato está inspirado en ocho campesinos. De ocho valientes. Paraguayos humildes, convertidos en fieras a la hora de enfrentar a las fuerzas del dictador Alfredo Stroessner. Son ocho nombres que no figuran en los registros oficiales y, mucho menos, en los de los que merecen inmortalizar sus nombres en letras de bronce, por aquello de que la versión final es siempre escrita por el vencedor de turno.

Esta narrativa no se preocupa en hablar de vencedores, ni vencidos. En cierta manera, los ocho guerrilleros fueron vencedores y vencidos. Muchos de los combatientes de aquellas columnas del movimiento "14 de Mayo ” murieron en los montes de Paraguay sin que, siquiera, se conocieran sus nombres. Fueron héroes anónimos que expusieron el pellejo por la libertad en el Paraguay. Y por esa libertad, murieron.

Los que quedamos, nos recordamos de aquellas muestras de valor y, a veces, queremos contar a los otros, a los que vienen para que esta pequeña memoria no se pierda del todo. Porque, por pequeña, forma parte de la cruel historia de la patria.

En aquellos años teníamos la columna vertebral de huesos. Hoy la han reemplazado, en la mayoría, por los más blandos y flexibles materiales que la cobardía y el egoísmo han producido.

Pasaron más de cuarenta años de lo que aquí se cuenta pero las necesidades continúan actuales. Los métodos son otros como otras son las formas; pero lo que no pasó es la humillación de nuestra gente decente y su clamor a los cielos por tantos infortunios.

No quiero dejar pasar esta oportunidad para subrayar la crueldad con que actuaron militares y milicianos colorados, por un lado y; guerrilleros, por el otro. Nadie tuvo contemplación con el enemigo en el frente de batalla. Se adecuaron a la ley de la guerra. Los ocho hombres masacrados en Paranhos, por el ideal, honor y la necesidad de sobrevivir, ametrallaron con firmeza varonil. Los militares y los milicianos mataron cientos de guerrilleros, en respuesta a las órdenes del fanatismo del tirano Stroessner. La "orden superior" del dictador cegó vidas de oficiales jóvenes del Ejército Paraguayo que la hora del combate también dejaron pruebas de coraje. La dictadura obligo muchas muertes de paraguayos en los montes del Paraguay. Son nuestros muertos, a quienes no debemos condenar, sino recordarlos como han sido: valientes, llenos de coraje. Dios y la historia se encargarán de juzgar a los cobardes, traidores, mezquinos y canallas que, agazapados por detrás del escenario, promovieron éstas páginas de sangre en la agenda de la patria.

Tal vez sea un llamado a la conciencia de nuestra gente. Poco, pero bueno. O tal vez una advertencia a los que se creen impunes o inmortales; sinvergüenzas de turno que piensan que son todopoderosos y que todavía los paraguayos nos mataremos unos a otros por sostenerlos en el poder. Esa etapa, felizmente, está superada.

Pero con seguridad, de todo corazón, este trabajo es un homenaje al amor que teníamos y tenemos al Paraguay y a su pueblo. "Por más que arranquen las flores no impedirán la llegada de la primavera". Hasta pronto y que la noche termine de una vez.

Foz de Yguazú, 5 de noviembre de 2002

César Cabral


 

CAPITULO I

1960, NAVIDAD EN MBURUVICHA ROGA


25 de diciembre. 9.00 horas.

Los tres llegaron juntos y subieron, de dos en dos, los escalones de mármol de la regia escalinata de la casa presidencial. Desde el rellano, divisaron, al fondo del amplio corredor, una bandera paraguaya y otra, roja, la del Partido Colorado. El asistente del general, un capitán de artillería, hace la venia y les abre la puerta de la habitación, una salita. Aquel retira la mano derecha del picaporte de la puerta, se encuadra, vuelve a hacer la venia y pide permiso para cerrar la hoja de la alta puerta. Toman asiento en los divanes acolchados de color café. Aguardan en silencio que Alfredo Stroessner Matiauda apareciera por la otra puerta, la de la derecha.

Aquella Navidad asuncena de 1960, un domingo, amaneció con 22 grados centígrados de temperatura. Sobre la única mesita de la sala, el ejemplar del diario "La Tribuna", de esa fecha, anuncia 38,6 grados para la tarde. También publica el discurso del presidente, lo mismo que de monseñor Aníbal Mena Porta, por la fiesta de Navidad. Hay más noticias sobre el ataque guerrillero en Itá Enramada y controlado por los militares y los policías.

El ventilador de techo giraba a media velocidad en la sala ocupada por los tres hombres. La vegetación del amplio patio reventaba de intenso verde en el verano asunceno. Más allá de las altas rejas, la avenida Mariscal López, sobre la cual se encuentra Mburuvichá Roga, registra escaso tráfico automotor. Los tranvías, fuera de servicio, como en todo día feriado. Además es domingo. El general Patricio Colmán, jefe de la operación militar antiguerrillera, y comandante del R.I. 14, uno de los convocados a Mburuvichá Roga, seca su transpiración con un pañuelo blanco.

En el corredor de la vieja casona, el pesebre navideño deja escapar el aroma del melón, del ananá, de la flor del coco y de las uvas blancas y negras. Ovejas de arcillas pintadas de blanco. Pastos extraídos de los baldíos cercanos. Restos de una vela en un candelabro rosado. Una tira de focos coloridos ilumina el arco principal del pesebre. Con laconismo telegráfico el pequeño cartel de cartón torrado con papel dorado, dice ''Gloria'' sobre las figuras de barro de Jesús, María y José.

Junto a la bandera roja del partido político del presidente, sobre una mesa cubierta con un mantel blanco, queda un cajón de cerveza "Trumans Beer", de origen inglés, cuyo contenido no fue consumido en la cena de Nochebuena.

- Buenos días, ¡Feliz Navidad!.

- Buenos días, mi general. Gracias, igualmente - contestaron en en coro, al levantarse de sus respectivos asientos, tomo impulsados por resortes.

Allí estaban, los tres. Parados, firmes, mentón arriba, frente al general de artillería de 48 años de edad, un rubio monumental, con casi 1.85 de altura. Coronel Ramón Duarte Vera, General Patricio Colmán y el doctor Edgar Lineo Insfrán. Esos breves segundos les parecieron siglos, La mirada del presidente no era tan amable, por Navidad que fuera ese día. ''Tomen asiento", les dijo.

La semana fue muy agitada. El miércoles último otro frente guerrillero intentó atacar Asunción, desde Argentina, cruzando el río Paraguay, a la altura del puerto de Itá Enramada. Las fuerzas militares lograron reprimir a los atacantes. El horno no está para bollos.

Este es nuestro informe sobre lo que ocurrió anoche - expresa Colmán al presidente. Le entrega una carpeta.

Stroessner, quien lucía una camisa blanca, corbata roja y pantalón de brin de hilo azul oscuro, lee detenidamente el informe. Está sentado en su sillón favorito, de cuero negro, como el que usaba Napoleón Bonaparte en la "Malmaison", su residencia en las cercanías de París. Llama a su asistente y ordena, sin levantar la vista de la carpeta, un vaso de limonada para él, tres copas y una botella de sidra argentina, para los visitantes.

Tenso silencio de los principales colaboradores antiguerrilla mientras Stroessner paseaba su mirada sobre el informe redactado a máquina en las últimas horas.

Sólo el ventilador de techo se hacía escuchar en su monótono ronroneo. El qué dirá el implacable Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas de la Nación después de la lectura, crispa a los tres visitantes. Insfrán carraspea; Duarte Vera, disimuladamente, mira su reloj "Lanco". Las 9 y 18 minutos. Colmán, cruzado de piernas, menea, nervioso, su pie izquierdo.

La quietud de la pequeña sala, un verdadero claustro en esos momentos para los colaboradores del presidente, se quiebra con el descorchar de la panzona botella de sidra. El capitán carga la fresca bebida de manzana argentina en las copas de cristal de Baccarat.

"Sírvanse", ordena Stroessner, mientras lee los últimos párrafos del informe confidencial. Edgar L., como era conocido entre sus íntimos, se sirve un sorbo; los otros, agotan el contenido de las copas en dos tragos. Unas gotas de sidra escapan de Colmán y caen en sus elegantes calzados de charol.

La intentona guerrillera del 22 de diciembre último, casi en las mismas narices del dictador, lo puso en guardia. "Estos comunistas están muy alzados", murmura mientras leía el informe. El presidente electo de los Estados Unidos de Norteamérica, John F. Kennedy, también hizo saber en esos días su preocupación por las intenciones guerrilleras del comandante Fidel Castro, en los países latinoamericanos. Un esa semana, retornaba a La Habana el mayor Ernesto Guevara, Presidente del Banco Nacional de Cuba, después de una gira de tres meses por casi todos los países del bloque comunista para ligar aún más la economía cubana con la de aquellos países.

- Está bien, pero el trabajo no está completo. Un bandido comunista no recibió lo merecido - dice Stroessner mientras arroja la carpeta roja sobre la mesita que hace juego con los muebles de estilo Luís XV, fileteados de color dorado.

- Ese malevo escapado se llama Giménez, mi general, Remigio Giménez - responde, nervioso, el general Colmán, quien vuelve a secarse la transpiración que le corría por detrás de la oreja derecha.

El clic del "S. T. Dupont", para quemar el “Chesterfiield" del presidente suena como un disparo y tensa los nervios de los comandados. Stroessner se acomoda, disconforme, en el diván.

- ¡Usted es un flojo, Colmán! - ruge con una voz oscurecida de cólera - Si usted tiene todas las fuerzas armadas a su disposición ¿cómo se le puede escapar un escuálido bandido?. Además, debe saber que sus consecuencias pueden ser graves: nuestros hombres ingresaron a territorio brasileño para esta operación y eso puede costarnos caro. Giménez puede cantar todo a ese presidente comunista elegido por los brasileños. Toda la Caballería estaba anoche a sus órdenes. ¡Flojo, Colmán!.

El responsable de la lucha contra la guerrilla no responde ni baja la mirada, como Insfrán y Duarte Vera. Aquel es observado por Stroessner como un animal feroz, a la presa arrinconada. Siente como si cien caballos galoparan en sus tripas. Se cumplió en la víspera un mes de la muerte del teniente primero Manuel Inocente Galeano Bueno y de los milicianos colorados Raúl Arsenio Oviedo y Moisés Villalba en los montes del Alto Paraná, en manos de los guerrilleros. Su rostro estaba salpicado por la profunda destilación de sus poros. No atinó a responder ni siquiera el "sí, mi general", de forma. Era consciente de la insuficiencia de la operación en las faldas del Amambay. Giménez escapó de sus tiradores y se perdió en la noche, entre los altos matorrales de la serranía.

- Vayan y búsquenlo. ¡Lo quiero vivo o muerto, en 24 horas!.

- ¡A su orden, mi general! - el marcial golpe seco de los talones de los tres visitantes marcó el final de la entrevista.

No hubo brindis...

El Cessna 182 volaba muy bajo. Las zancudas garzas montan vuelo, esbeltas, ante el intenso ruido del motor de la nave. Cientos de pájaros negros, chillones, emergen de entre los matorrales costeros, en medio de loros verdes y cotorras. Los pavos silvestres hicieron escuchar sus gritos cascados; las gallinetas, su cacareo y el aleteo de las perdices demuestran que son tantos como los mosquitos. Más gansos. Enormes bandadas de patos lanzan graznidos de alerta. La fauna voladora declara el "sálvese quien pueda". Decenas de caimanes que tomaban sol en una isla de arenas buscan, asustados, el refugio de las profundidades del río. El avión vuela a unos veinte metros sobre el agua y vuelve a tomar altura. A lo lejos gira a la izquierda y vuelve. El ruido se amplifica sobre las aguas del Paraná. El hombre que ocupa el asiento trasero, inmediatamente detrás del piloto, dispara una ráfaga de tiros de ametralladora liviana sobre el camalotal que arrastraba el río.

El monomotor toma altura y se aleja sobre los extensos y casi impenetrables montes del sur paraguayo, sobre el departamento de Itapúa. Se pierde sobre las nubes de aquella media tarde de la primavera de 1959.

El hombre estaba cansado pero seguía escapando, ese río macho de los iracundos bramidos: el Paraná. Se resbala en las picadas fangosas abiertos a planta de pie de indígenas. Tropieza una y otra vez. Logra ganar distancia. Detrás, suenan disparos lejanos. Unos 150 soldados y milicianos colorados se largaron, como perros, en su búsqueda. Cacería feroz. Desde el amanecer le pisaban los talones, mientras la mayoría de sus 120 compañeros murió en el combate de la víspera en aquel paraje de Otaño, Paraguay.

Su camisa caqui, hecha jirones. Su pantalón, desecho. Su cuerpo con magulladuras por caídas y; cortes, con espinas en los matorrales de ramas adultas. Corría entre los caraguataes y las marañas bravias. El jaguá pindá le abrió dos cortes en el brazo izquierdo. Demacrado, agujado y con las barbas crecidas. Estaba sin dormir. Pero, en fin, seguía vivo.

El barranco del río era muy alto en esa parte. Los disparos volvieron a escucharse muy cerca. Una ráfaga de metralleta corta las raíces colgantes de un guapo'y, a pocos metros de él. Una bandada asustada de monos negros, aúlla y escapa en las altas copas de los lapachos florecidos de rosado y amarillo. Saltan y huyen entre jacarandáes violetas, cedro colorado, chivatos rojos...

Otra ráfaga de metralleta. "¡Cubra la derecha!, ¡la derecha!", retumba la voz de un militar en la lujuriante vegetación de Itapúa, junto a un matorral de tacuaras, plantas trepadoras y festones de innumerables orquídeas. Troncos velludos de musgos. Cardenales, guacamayos, cotorras. Los matices salvajes del monte sureño.

La cacería no daba oportunidades a los colores de la naturaleza.

- ¡Hijo de puta! - bramó entre dientes, mezcla de miedo y furia.

Puso los pies sobre la rama de un árbol gigante inclinada sobre las aguas y se encomendó a la Virgen de Caacupé. Se largó. Unos 10 metros más abajo, se hunde en el Paraná. Un remolino se dibuja donde su cuerpo fue ganado por la profundidad. Segundos después y a unos 20 metros aguas abajo, asoma la cabeza. Se dejó arrastrar, buscando la orilla argentina.

En línea recta, la otra costa se encuentra a unos 150 metros. Se dejó llevar por las fuertes turbulencias de esa agua salvaje. Braceaba con fuerzas, acompañando el empuje del río y esquivando sus mortales vórtices. Un descuido y el río sería su mortaja. Nadó 600 metros. Todavía se escuchaban algunos tiros de fusiles en el monte. Se tomó de una rama, en la orilla extranjera y escucha el motor de un avión que se arrima, aunque no percibe hacia dónde. Se refugia entre las tupidas hojas de unas matas de amambay. El Cessna 182 pasó tres veces, a baja altura en aquellas alejadas comarcas de Otaño.

Ramírez, un montonero con algo más de 30 años de edad, escapaba de los hombres, efectivos infantes y de Caballería, a cargo del general Patricio Colmán. En la víspera aquel y sus compañeros fueron emboscados en una "isla", en ese feudo de la violencia, y cayeron como moscas bajo un granizo de plomos. Él pudo escapar, por un pelo. No sabe qué pasó con el jefe de la columna de guerrilleros, Juan José Rotela.

Empapado y rengueando, casi desnudo, camina impulsado por sus últimas energías hacia donde le indique su intuición. Estaba a salvo en territorio argentino. Se detiene en el recodo de un camino abandonado por obrajeros misioneros. Agotado, se deja caer al empastado.

El cuerpo molido de fatigas. "Gracias, Virgencita de Caacupé. Me salvaste. Gracias", susurra y duerme profundamente. Por ahora, la pesadilla quedó atrás para él.



 

CAPITULO II

ANTAGONISMO POLITICO


Tinta azul y plumilla. Se lee en el certificado de nacimiento que su nombre completo es Remigio Giménez Gamarra; que nació el 1 de octubre de 1923 en Ytú y que es hijo de Anselmo Giménez y de Primitiva Gamarra, ambos de Caacupé, capital del departamento de la Cordillera. Poder Judicial, Juzgado de Paz, Caacupé, República del Paraguay, dice en el sello, mientras la firma del juez es ilegible.

En una escuelita de Ytú, un lugar serrano y paradisiaco a unos 70 kilómetros al este de Asunción, concurrió hasta completar el tercer grado. También allí estudiaron sus hermanos Bernardino, Francisco, Teófilo, Eustacio, Nicolasa, Modesta y Plácido. Aprendieron lo que pudieron: leer, escribir, sumar, restar...

En la escuela "Antequera", en la esquina de las calles Colón y Carlos Antonio López de Asunción, Remigio continuó estudiando. Fue llevado a la capital paraguaya por una mujer, Mercedes, para completar la escuela y ayudarlo en los quehaceres domésticos. Volvió a su casa del campo y de donde fue a cumplir con el servicio militar obligatorio. En 1943, con 20 años de edad, con la Baja Militar en manos, se suma a su familia para trabajar, como todos, en la agricultura. Un día le preguntan a qué partido (político) pertenecía.

- ¿ Qué quiere decir partido ?.

Su padre le explicó a qué partido él estaba afiliado. Don Anselmo le dijo que era liberal, lo mismo que el abuelo de aquel. "Nuestro color es el azul", le explicó. Remigio, en consecuencia, se asoció al Partido Liberal. No sabía más sobre política que lo enseñado brevemente por el padre. Su color, el azul del cielo; del vestido, de la Virgen de Caacupé. Por aquellos años inmediatos antes de la guerra civil, los colorados o liberales de Ytú compartían familias, fiestas, reuniones o trabajo sin recelos. No les afectaba las refriegas internas en torno al poder en la capital del país.

Tampoco los azules dimensionaban los inicios del partido, fundado el 10 de julio de 1887, por iniciativa de aquellos pro hombres del liberalismo, como Antonio Taboada, Eduardo Vera, José de la Cruz Ayala (Alón), Fabio Queriolo, Cecilio Báez, entre otros.

Remigio conocía sobre su partido apenas lo que su padre sabía. Afecto primigenio aprendido de él y que lo llevo a amar el azul, color por el cual después empuñaría el arma en los montes del Alto Paraná, contra la dictadura de Alfredo Stroessner. Así como lo han hecho sus antepasados y sus amigos de la quieta compañía de sus orígenes.

Álgidos años de la década de 1940. Tras el servicio militar cumplido, la cotidianeidad de su pueblo. La chacra. La familia. La novia. Los amigos. De vez en vez, radio "El Mundo", de Buenos Aires, informaba en sus boletines de las 19.00, de nuevas refriegas políticas en Asunción. La noticia captada con las radios "Zenit", a batería y con antenas de dos tacuaras, alimentaba los comentarios a la hora del tereré en la capuera o; en los boliches, a la hora de la caña.

Aquellos 70 kilómetros que los separaba de la capital eran demasiado largos como para sentirse afectados por las trifulcas entre militares y civiles; colorados y liberales; morinigistas y antimorinigistas. Si bien es cierto que en la comarca habían colorados y liberales y cada uno lo vivía a su manera, a la hora de los casamientos, bautismos, cumpleaños, fiestas sociales o actividades deportivas todos estaban juntos, ampliándose las fronteras familiares. Un colorado pasará a ser cuñado de un liberal o; un liberal, compadre de un colorado, prevaleciendo así el interés familiar al político.

Así, Giménez contrae matrimonio con Marcelina Martínez. Nacen sus primeros hijos. De la tierra surgen los alimentos. Mandioca, maíz, frijoles, algodón; chanchos, gallinas, patos, la vaca lechera. Una familia de campo, austera, digna, respetuosa, profundamente católica.

La revolución de 1947 no dejó de salpicar con sus inmundicias al Mbocayaty del Yhaguy, localidad que ocuparía después de conformar su propia familia. Los revolucionarios invadían las zonas más alejadas del país. El campo sufrió sus primeras consecuencias. Colorados "milicianos" a caballo recorrían compañías, pueblos y ciudades. Reclutaban. Acosaban. Violaban. Robaban y mataban. El poder de la nación estaba en sus manos.

De la noche a la mañana, Remigio se encontró también afectado por el antagonismo político. No dejaba de conversar con los suyos sobre la extraña manera de conducirse de algunos de sus parientes y vecinos. Dejaron de frecuentar su rancho y las reuniones a las que él participaba. Raimundo Rojas era uno de ellos. Se conocieron desde cuando eran prácticamente niños; en la adolescencia frecuentaban sitios de Caacupé, así sea la función patronal del 8 de diciembre; el día de Cristo Rey o el de Ñandejara Guazú. Las actividades deportivas o sociales (fiestas, carreras de sortijas, etc.) no dejaban de motivar sus encuentros. Raimundo era de Piribebuy y pariente lejano de Giménez.

Un buen día, por efecto de la revolución, Rojas se afilió al Partido Colorado y fue el alcalde policial de Mbocayaty del Yhaguy. Nadie más bravo que Rojas, un ex liberal, fanático del partido de gobierno. Hombre pendenciero, arrogante, fanfarrón y canalla. Uniforme verde mate; botas como los de los efectivos de la caballería; gorra grotescamente diseñada que no le dejaba mostrar los pequeños y achinados ojos negros; revolver "45", en la ancha cintura y; una fusta que gustaba golpear contra el caño de la bota derecha, en clara señal del ejercicio de la impunidad. A punto de convertir a la compañía en el feudo de su violencia. En aquellas zonas cordilleranas pocos eran los afiliados al partido Colorado y más pocos aún los que no se dejaban llevar por la pasión de ostentar el poder con el cual atacarlos del partido de la oposición.

-Parece que Rojas está muy alzado. Le escuché decir a un parroquiano que ningún liberal le haga perder la paciencia porque es capaz de apresarlos y estaquearlos en el patio de la alcaldía, bajo el sol.

El apetitoso "jopará" del mediodía preparado por Marcelina calma la extrañeza de Remigio.

-No te preocupes - responde Marcelina - así nomás luego es un colorado pyajú. Pero, por las dudas no le provoques; parece que en Asunción no está muy bien la cuestión, especialmente para los liberales. Alguna gente de nuestra familia está cambiando de partido. Espero que no se te ocurra a voz también, mi hijo.

- ¡Ni por casualidad! - define Remigio al fregarse la boca pon el extremo del mantel azul - por causa de la política nos dividimos en la compañía, así seamos amigos o parientes. Eso no tiene sentido.

El uniforme de alcalde, el arma, la fusta, la afiliación colorada, el contacto directo con la comisaría de Santa Elena, el pueblo más cercano, y con la misma Delegación de Gobierno del departamento de la Cordillera, han hecho que Rojas buscara la vuelta de modo a apresarlo. Se sentía el dueño de la compañía y como tal podía hacer lo que le venía en ganas, especialmente contra los liberales.

El Club "Primero de Enero", aquel sábado a la tarde de 1956, estaba primorosamente "blanqueado" como para que la gente disfrutara de la fiesta. Al mediodía, loa alrededores de la pista estaban barridos por las mozas de la vecindad con escobas de "typychá jhú" y algunos hombres volvieron a regar el piso de tierra para aplacar el polvo. Un par de parlantes tipo bocinas estaba colocado en la copa de uno de los árboles cercanos a la pista, a través de los cuales se invitaba, de vez en vez, a los vecinos a concurrir "al gran baile con el conjunto de los hermanos Garay", que se iniciaba a la caída del sol.

Como a las 17.00, llegaban hombres y mujeres, caminando, a caballo o en carretas. Ellas, con el vestido ancho azul, rojo, verde o amarillo, con motas blancas, bolados y breteles; algunas con zapatos blancos de taco alto; el pelo en largas trenzas o suelto cubriendo, sensuales, sus espaldas. Enaguas con encajes blancos. Los hombres, con pantalones y sacos blancos, sombreros y calzados negros. Algunos con gomina o aceite "Glostora" en el cabello. Unos más "petileros” que otros. A medida que caía la noche, crecía el número de asistentes. Pasteles de mandioca y carne; porciones de carne de cerdo y butifarras dos señoras gordas fritaban en la agitada y divertida cantina, montada junto a unas plantaciones de tacuara. En unas canastas, las infaltables gallinas asadas a la olla. Las mujeres tomaban "Sinalco” refrescadas en una enorme "caneca" con enormes trozos de hielo; los varones, caña. El aroma de fritura acapara el ambiente. Otra fiesta de gala en el club de Giménez, donde juega al fútbol como medio campista.

Las ariscas notas de las primeras polcas remueven el entusiasmo de los consumidores de la bebida alcohólica. Risas. Sonoras carcajadas. La primera pareja se apodera del centro de la pista entre vítores y aplausos. Guitarras, arpa y bandoneón "escupen" torrentes piezas que arrancan los primeros   “¡piipuuuu!"        , rotundas exclamaciones criollas, de las gargantas masculinas.

Carvallo, un colorado de Santa Elena; Abbate, de Portero, Caraguatay, un liberal y; Giménez, compartían una ronda de caña entre la multitud, al costado de la pista. Las jóvenes damas regalaban, con donaire, breves e insinuantes miradas que los varones respondían con agrado. Un joven, colorado, vecino de la compañía se arrima a los tres.

- Tendrías que invitar a tu correligionario - propuso Carvallo a Giménez, quien tenía el vaso de caña en la mano derecha.

-Es tu correligionario, invítale vos - le replicó al extenderle el vaso. Algún comentario de Carvallo como respuesta ligera e inofensiva no pudo ser escuchado por el griterío de la concurrencia al culminar una pieza interpretada por el conjunto de los hermanos Garay, de la vecina colonia "La Esperanza".

Raimundo Rojas, quien con dos soldados armados con sendos fusiles, espiaba en la fiesta por debajo de la visera del gorro, escuchó de casualidad la reacción de Giménez. "Con que rechazando al Partido Colorado. ¿Quién se cree que es este infeliz?. Ya va a ver las consecuencias de su desprecio hacia el partido de la autoridad", vomitó su pensamiento y retornó a la cercana comisaría. Ahí, ordenó a los dos soldados que lo acompañaban que detengan a Giménez y a Abbate en la fiesta y que los traigan al Calabozo.

-Les hace decir el comisario que nos acompañe - dice uno a Giménez, mientras el otro sostiene el fusil con ambas manos.

-Dígale al comisario que hoy no me voy a ir y que mañana me presentaré. ¿Vos queréis presentarte ahora? – preguntó a Abbate.

- Me presento si nos vamos juntos.

Giménez empujó a uno de los soldados quien trastrabilla y cae. Corre en dirección contraria a la comisaría hacia su casa. Abbate cruza una alambrada y se pierde en la oscuridad. Suena el disparo de un fusil. Los músicos cortan abruptamente una polca y se genera un murmullo de sorpresa entre la concurrencia. Segundos de trifulca. Los soldados vuelven a la alcaldía. "¡Que siga la música!", exclama alguien en medio de la pista. Giménez aguardó la presencia de los uniformados en su casa, pero no aparecieron durante toda la noche.

Hombres y mujeres, a esas horas de la mañana, estaban ocupados en la compra en la carnicería de Horacio Martínez, un antiguo parroquiano afiliado al Partido Liberal. El serrucho manual arrojaba al suelo astillas del huesos y pequeñas porciones de músculos del animal faenado en la tarde anterior. A medida que se cortaban las partes de la carne despachaba a la gente aglomerada al otro lado de la mesa, el improvisado - eterno mostrador. En el centro, una balanza con platos bastante golpeados. Dos perros flacos se disputan una porción de la pata del bovino. De un alambre tendido entre dos horcones, cuelgan las achuras y las carnes secas.

Horacio corta, pesa y cobra. En el bolsillo del ensangrentado pantalón junta el dinero y cada vez que debe dar el cambio, extrae y desparrama en uno de los platos de la balanza un puñado de arrugados billetes de uno, cinco, diez y cincuenta guaraníes, de los cuales entregaba lo que correspondía a los clientes que pagaban con billetes del mayor valor.

La carnicería de Martínez estaba ubicada en una casilla con techo de paja y cuya única ventana, que da hacia el oriente estaba cubierta con un tejido de alambre. Desde el alba, el movimiento es constante en el mercadito, los días martes y viernes, hasta pasada la media mañana..

Al frente, la alcaldía policial, en cuyo mástil flamea una desteñida, deshilachada y sucia bandera roja, blanca y azul. Rojas está sentado en una silla recostada a la pared de la alcaldía, sobre la calle. Un soldado le sirve mate, cebado en un pequeño porongo. Saluda amablemente a sus vecinos correligionarios. Un remolino que hecha raíces y alborota al pueblo, convirtiéndolo en el Macondo de García Márquez.

-Aquel debe ser Giménez. Deje nomás el mate, cheray, traiga su fusil y súmese al otro. Póngase a mi izquierda y; el otro, a mi derecha. Vamos a hacerle declarar a aquel sujeto- dijo Rojas. Giménez se arrima montado en un tordillo.

La figura del colorado pyajú, del todopoderoso de la comarca, se yergue, grotesco, en medio de los anémicos soldados.

-Con que un cobarde cabalga, tranquilo, frente a mi comisaría. Un cobarde que se esconde bajo las polleras de su mujer. ¡ Liberal sayyú, ñembyajyi!. ¡Gente como usted y sus hermanos acostumbro a pudrirlos en el calabozo!.

Giménez - quien se marchaba a sumarse a la construcción de la ruta Mbocayaty - Santa Elena en el marco de las exigencias de la Conscripción Vial, una suerte de diezmo civil - fue obligado a apearse y darse por detenido. A empellones y culatazos fue llevado hacia una pequeña pieza que servía de calabozo. Los clientes de la carnicería no dejaron de asombrarse ante la aparatosa detención del Vecino.

Un soldado armado fue puesto en la puerta del cuarto. Ni agua ni comida para el detenido. Al día siguiente, con los primeros rayos del sol, fue conducido maniatado, y caminando hasta Santa Elena, a unos 12 kilómetros de Mbocayaty del Yhaguy. Un soldado armado, de unos 19 años de edad, lo seguía a caballo. El preso caminaba despacio. Tropezaba y volvía a levantarse con dificultad, por las manos atadas por detrás del cuerpo. El soldado lo exigía caminar rápido.

- Puedo hacerlo si me desatas las manos. Desáteme y vuelva a atarme poco antes de llegar.

-No.

Otra vez a empujones, casi al medio día, es introducido al calabozo de la comisaría de Santa Elena. En un papel entregado al comisario local por el soldado recién llegado, Rojas explica, escriba de por medio, las razones del apresamiento y del traslado. "Desacato" a la autoridad. Subversión durante un" baile público". "Falta de respeto al General Stroner".

Los cargos eran graves y, por tanto, debía ser trasladado a la Delegación de Gobierno de Caacupé y de ahí estaba a un paso de alojarse en el Regimiento de Infantería número 14, en Asunción, lo que es hablar de torturas, trabajos forzados en la cantera de piedra de Tacumbú y hasta de fusilamiento. Ser liberal ante un ex correligionario con el poder de los alcaldes de compañía se tomaba complicado. Está demostrado.

- ¿ Tiene alguien que pueda atestiguar a favor suyo en este pueblo? - preguntó el comisario de Santa Elena al detenido.

- Sí, tengo.

- Vaya y búsquelo. Usted irá acompañado por un soldado y, de paso, limpiará de malezas los alrededores del mercado.

Rogelio Céspedes, amigo de Giménez, ejercía la presidencia de la Seccional Colorada de Santa Elena.

-¿Qué te trajo a Santa Elena? - le preguntó Céspedes, mientras aquel corpía, ante la atenta vigilancia del soldado armado, en los alrededores del mercado y cerca de la casa del dirigente político.

-Nada. Sólo vi que sus calles están un poco sucias por lo que decidí limpiarles - bromeó.

Giménez le relata lo sucedido en el baile del club Primero Enero y la reacción del alcalde Rojas.

-No te preocupes, yo me encargo de hablar con el comisario, con el juez y voy a ver quiénes pueden atestiguar a favor tuyo.

El presidente de los colorados del pueblo ya estaba enterado de la detención del joven liberal. El día anterior, Rojas viajaba en un ómnibus con Céspedes oportunidad en que aquel se pavoneaba por haber apresado a un “liberal sayyú".

El juez dictamina la libertad de Giménez, le entrega un papel en el cual consta la sentencia favorable y le recomienda cuidarse de Rojas.

-Parece que el alcalde de su pueblo es un poco argel - le dice al despedirle.

Para incomodidad de Rojas, Remigio Giménez retornó a la compañía.

La reunión de vecinos aquel día en la escuela local es, como todas las semanas, multitudinaria. El alcalde informa de las novedades oficiales. La seguridad. El precio del algodón. El aporte vial. La conscripción militar de los jóvenes. Las prohibiciones. Al término del informe, se solicita el retiro de los vecinos no afiliados al Partido Colorado. La escuela queda prácticamente vacía. Rojas toma la palabra.

-Quiero informar a los correligionarios que ese sujeto liberal, Remigio Giménez Gamarra, marido de Marcelina Martínez, es altamente peligroso porque posee un fusil recortado y 250 proyectiles.

Anastasio Franco, un colorado vecino, asistente en encuentro comenta al afectado la intriga de Rojas.

- Somos amigos - dice a Giménez - por lo que debí advertirte de la nueva intriga del alcalde en contra tuya.

- ¿Es verdad que tienes el fusil?.

-No. ¡Mentira!. ¿Para qué lo necesito?.

- Es evidente que Rojas busca tu detención.

- ¿Por qué?.

- Me parece que el coloradismo le hizo subir los humos. No tengo otra explicación.

- Pero a vos no te pasa lo mismo y sos colorado.

- Sí. La diferencia es que no soy un colorado pyajú. Tendrías que dejar de mostrarte por un tiempo. Rojas quiere verte en el calabozo de la Delegación de Gobierno.

La perversa tenacidad del representante de la fuerza pública lleva a Giménez a conversar con su pareja, quien de cualquier manera - ya estaba enterada de los comentarios a través de algunas vecinas.

- Creo que Franco tiene razón, debieras salir un tiempo de la vista de Rojas. Nosotros podemos manejarnos. Papa nos cuidará mientras vos estés fuera de casa - le sugiere apesadumbrada.

- Si es así, voy a buscar trabajo en Nueva Londres. Mi dijeron, para peor, que por Mbocayaty del Yhaguy está el comisario Irrazabal "Pucú", un torturador de la Policía de la Capital y que tiene poca paciencia con los opositores al régimen de Alfredo Stroessner.

En el pueblo, la comidilla era el supuesto fusil que Giménez tenía. También, preocupado, Ambrosio Guillén otro vecino, le pregunta si es verdad la acusación del alcalde.

- Todo es mentira - le respondió.

-Es mejor que te marches por un tiempo del pueblo porque si te toman los colorados hasta pueden llegar a matarte.

En la boca de todo el pueblo estaba el nombre del liberal Remigio Giménez Gamarra, “poseedor” de un fusil recortado y 250 proyectiles. El miedo, la impotencia y la rabia comenzaron a tomar forma en él. Son una familia, con seis hijos pequeños que debía abandonar por causas de un ex amigo con mucho poder político en la jurisdicción.

A la tarde siguiente, al ponerse el sol, Remigio Giménez abandona, caminando, Mbocayaty del Yaguy, un pueblo apunto de quedar sin ley, más que la dictada por Rojas- Un pequeño atado de ropas era todo su equipaje. El largo exilio comenzaba. Nueva Londres. Caraguatay. Pastoreo. Presidente Franco. Foz de Yguazú. Puerto Yguazú. En cada tramo, la búsqueda del trabajo para seguir viaje. Un pariente, un amigo o una persona de buena voluntad marcando, como mojones, el nuevo destino.

Obrajero. Leñador. Ayudante de albañil. Estibador. Cualquier cosa para subsistir. No es fácil ningún trabajo después de tantos años de ocuparse únicamente de arar la tierra, sembrar, carpir y cosechar. En las faldas de la sierra quedaron los hijos, la mujer, los parientes, los amigos, el querido club "Primero de Enero", la carnicería de Horacio Martínez; su suegro, Agapito Martínez; Abbate, Atanasio, Ambrosio...

- Traiga su afiliación y sus documentos personales - le dijo el jefe de personal.

Giménez sabía que lo de "su afiliación" significaba la papeleta colorada. No pudo trabajar en la construcción del puente sobre el río Paraná, entre Foz de Yguazú, Brasil y; Puerto Presidente Stroessner, en el Paraguay. No era suficiente su baja militar, su conscripción vial y certificado de nacimiento. Debía estar afiliado al partido de Alfredo Stroessner si quería trabajar en la obra. Ese el documento que vale.

Dos días después cruzó el río y buscó trabajo en Foz de Yguazú. De ahí, un par de semanas después, se trasladó a  Puerto Yguazú, provincia de Misiones, República Argentina. Va en busca de trabajo, en el puerto.




 

CAPITULO IV

LOS OCHO GUERRILLEROS


- Aunque los principales jefes de la guerrilla no han llegado a ningún acuerdo, ¿te interesa formar parte de un grupo que ingresaremos al Paraguay? - preguntó Colinas Mercado.

-Todavía hay posibilidades de golpear? - responde Remigio.

Estamos formando un grupo de ocho personas. Pensé en vos y si te gusta integrar serás bienvenido y si no, no tengas en cuenta esta conversación.

-Claro, me gusta. Estoy en condiciones de colaborar. Pueden contar conmigo.

Carlino Colinas Mercado explica los primeros detalles a Remigio Giménez. Reflexiona sobre la equivocación de José Rotela: ingresar al Paraguay al frente de una columna de 120 hombres.

La guerrilla en el monte debe hacerse con un equipo de hombres, donde cada uno valga por diez; pero cuando somos muchos podemos caer como moscas. Es lo que le pasó a Rotela. No nos debe pasar a nosotros. Nuestro plan debe ser claro y contundente: llegar, liquidar y volver. Para eso tenemos el entrenamiento básico.

La conversación entre los dos fue en el arroyo, al atardecer, a la hora del baño, retirado de los demás voluntarios.

-Esto no debemos participar a todos, de lo contrario todos querrán sumarse y ese es el fracaso que debemos evitar - acotó finalmente Colinas Mercado.

El plan consiste en ingresar por el norte del Alto Paraná, alcanzar el poblado de Yhú, en el departamento de Caaguazú, donde debe atacarse la alcaldía policial y continuar hasta las sierras de Ybytyruzú. Aquí debe apoyarse a Rotela, quien, supuestamente, estaba rodeado por militares al mando del general Patricio Colmán.

Carlino Colinas Mercado - o Carlos Juanlino, según documentos policiales - (40 años de edad) es el comandante del grupo guerrillero. Natural del departamento del Guairá. Moreno, valiente y sereno en las dificultades. Excelente compañero y jefe. Manejaba una pistola ametralladora ("mbaracayaí") de 32 tiros. Sobrenombre "Guaikiki”. En la columna será el octavo hombre.

A la luz de un farol a kerosén, vuelve mirar una lista de nombres y apodos anotados en la hoja arrancada a cuaderno. Estudia otra vez el perfil de cada uno de sus futuros compañeros.

Marcelino Martínez (23), cuyo "marcante" (mote) es "Avá", nació en la jurisdicción de Coronel Oviedo. Petiso y zurdo. Fusilero. ''Mariscador''. Hijo de un cacique indígena a quien mataron en la revolución de 1947. Nunc perdía tiempo en afinar puntería con el fusil. Disparaba y daba en el blanco. El primero del pelotón.

El segundo de la columna es Baldomiro Acosta (35). Sus compañeros le dicen "Tapití". Nació en Yhu Vaqueano del grupo. Encargado de la brújula. Moreno. Armado con un ''mbaracayaí''.

Bernabé Peralta Rojas (25), "Carumbé”, es caazapeño robusto y petiso. Fusilero. Sabe montar a caballo. Valiente y arrojado. Su falta de iniciativa le hace depender exclusivamente de las órdenes que reciba de Colinas Mercado. Tercer hombre en la columna de guerrilleros.

Remigio Giménez Gamarra (37), "Taguató". Moreno y con 1,71 metros de altura. Encargado de la ametrallador pesada a la que los rebeldes bautizaron con el nombre de ''Ñacurutú''. Es el cuarto hombre.

Romero (30), "Tayorí", concepcionero. Es el cargador de proyectiles de la ametralladora pesada. Moreno, de la misma altura de Giménez. Fusilero y quinto hombre.

“Carpincho" Ramírez (30) es el sexto rebelde de la columna. Nació en San Juan Nepomuceno, Caazapá. Fusilero. Peleó en el escuadrón de Juan José Rotela en el sur del país. Conocía de estrategias militares. Cruzó el Paraná, nadando, tras fracasar una de las incursiones de Rotela, Trigueño. Enfermizo.

Antonio Gualberto "Mbopí" Arce (24). Nació en Itakyry, Alto Paraná. Moreno y flaco. Muy valiente. En el campamento de "Pareja - í" está desde abril de 1960. Sereno en la dificultad. Dinamitero. Séptimo hombre.

Ni uno más, ni uno menos. Son los elegidos que saldrán del campamento al amparo de la oscuridad, sin que se enteren los demás. Saldrán armados y equipados, Dispondrán de 2.000 tiros para la ametralladora pesada. Habrá suficientes proyectiles para los "mbaracayaí" y fusiles. Y dinamita, suficiente como para volar regimientos enteros. También medicamentos básicos para casos de emergencia. Una brújula. Algunos alimentos enlatados, Juraron no acordarse de sus nombres hasta el logro de los objetivos. En la columna, el mote es nombre y apellido.

Vuelta a reunirse en grupo para los detalles finales. Colinas Mercado repasa el operativo. Ingresarán a Foz de Yguazú y cruzarán el río Paraná en canoa, de noche. Un vecino de confianza se encargará de pasar a los rebeldes a territorio Paraguayo. "Tayorí" será el ayudante de "Taguato". La brújula estará a cargo de Acosta. En Yhú liquidarán alcalde policial, en represalia a los ataques de las fuerzas militares que mataron a los revolucionarios en Caazapá e Itapúa. Martínez "Avá" es el encargado de “mariscar" animales silvestres si faltan alimentos. Cada uno llevará una parte de la carne extraída a los animales faenados. A la noche encenderán fogatas y prepararán los alimentos. La vigilancia nocturna será rotativa. No matará por el gusto de matar a los prisioneros. "Tapiti” será el guía en el monte de Alto Paraná ya que él fue obrajero en esa parte del Paraguay. En los campamentos nocturnos se dividirán en tres equipos, distantes a pocos metros unos de otros. Colinas Mercado será el encargado de la botella conteniendo fósforos. Antes de dormir rezarán juntos a la Virgen de Caacupé. Marcharán en fila, a unos siete metros unos de otros en los lugares donde el bosque no sea muy tupido. Es prohibido terminantemente hablar en voz alta durante la marcha y en los campamentos. Colinas Mercado y Giménez serán los únicos que hablen con las personas que encuentren en el camino.

- No lo olviden. De nuestra disciplina depende nuestra vida y el éxito de la operación - repite el comandante- ¿alguna pregunta?.

Nadie responde. Todos las indicaciones están rigurosamente memorizadas por cada uno de los rebeldes.




 

CAPITULO X

PRESOS EN PARANHOS


Unas 15 casas de maderas. Casuchas, la mayoría. Es el último paraje del sureste brasileño. Absolutamente desértico donde la ley es la del más fuerte y rápido. Paranhos. Sesenta y dos kilómetros separan al caserío de un camino terraplenado que conduce a poblados conocidos dentro del territorio brasileño. Qué hace la poca gente que habita aquí no es difícil imaginar. Contrabando de café hacia el Paraguay, para su reexportación hacia los dos Estados Unidos, como producción paraguaya, por ejemplo. Algunos trabajan en la explotación forestal en territorio paraguayo. Otros roban ganado. Brasil y esta localidad viven de espaldas entre sí. De vez en vez, los efectivos militares de Punta Porá atrapan a los contrabandistas refugiados en estos parajes.

Paranhos tiene un Delegado y un Sub Delegado, como máximas autoridades civiles. Son nombrados sin mayores trámites y, para el efecto, no requieren puntillosos méritos. Son los que hacen y deshacen, generalmente, sin la intervención de las autoridades estaduales y federales.

Tavares es el apellido del delegado y; el nombre completo del sub delegado, Hilario López. Sobre estas autoridades estaba otro, Inocencio "Santinho" Rodrigues, delegado de Amambaí, de la que depende jurisdiccionalmente la localidad de Paranhos. Tavares es hijo de brasileños. López es descendiente de paraguayos y habla el guaraní, como la mayoría de quienes viven en el pequeño pueblo.

El insoportable viento norte de sus tardes polvorientas, vuelve a atrapar, como en todo diciembre, al pueblucho. Su sol inclemente recluye a los pocos pobladores bajo los frondosos árboles de sus ranchos y obliga a seguir la práctica de siempre, la abulia. Esa tarde no era precisamente la más tranquila. Varios hombres maniatados son conducidos a la casa del cuñado de López, un tal Jacinto Acosta. Hombres armados con rifles y revólveres acompañan la procesión de transpirados varones.

Los vecinos salen de las casuchas y ocupan las calles para ver pasar, en silencio, la fila de detenidos. Algo nunca visto. El claqueteo de las pisadas de las muías que transportan a los hombres armados son las únicas que se oyen. Nadie habla. Unas jovencitas saludan a los maniatados y estos responden apenas con las miradas. Arrastran sus pies porque se les ordena seguir la marcha. Están sedientos, hambrientos y cansados. Muy cansados. Caminaron desde el amanecer y ahora son las cinco de la tarde en este pequeño y perdido infierno brasileño.

Mujeres con hijos ubicados a horcajadas en sus cinturas; algunas encorvadas ancianas; hombres con el torso desnudo; perros excesivamente flacos y pulgosos y; traviesos niños trepados a los arbustos, conforman el comité de recepción de la llamativa, extraña, sorpresiva y deprimente visita.

- ¿De dónde vienen ?.

La pregunta de la jovencita no tiene respuesta.

-Parecen muertos caminando - añade otra.

- ¡Ssshhh! - interviene alguien que parece ser la madre de ésta.

El cuchicheo de las mujeres toma cuerpo. El temor de los hombres, también. Sopla el viento norte como desparramando olor a sangre derramada en la polvorienta y única calle. Y en sus pastos. Y en sus paredes de madera agujereadas por ácaros y escarabajos. Una anciana con bocio se santigua al paso de la caravana.

¡Meu Deus! - pronuncia, siseando, una desdentada madre de cinco chiquitos.

Una veintena de personas armadas al lomo de mulas y ocho harapientos de a pie no se han visto jamás en Paranhos. Los perros comenzaron a ladrar, nerviosos. Desde la siguiente noche, la gente no dormirá más tranquila. De golpe, demasiados hombres en líos que los lugareños no llegarán a descifrar por mucho tiempo. Pero esta vivencia es suficiente para que las jovencitas, la anciana con bocio y la mujer desdentada piensen que el diablo metió la cola en el raleado caserío.

Jacinto Acosta contrajo matrimonio con la hermana de Hilario López y no presentó excusas para no alojar en su casa a los ocho prisioneros. Paranhos no contaba con ni siquiera una sub alcaldía policial. El contingente de hombres alojó en una de las piezas de tres por tres metros, con una ventana al oriente y una única puerta al frente a los ocho paraguayos y quedaron varios hombres a montar guardia en el lugar.

Paredes de madera. Piso de tierra. Excrementos secos de gallinas y patos que se pasean por patios, piezas y yuyales vecinos. Tejas ordinarias en los techos. Una entre las casas grises, verdes, rosadas y amarillas. Los colores de un pueblo muerto.

La casa adquirió notable dinamismo desde la llegada de los rebeldes. Los vecinos se arriman a la alambrada a bichear a los llegados. Una suerte de acto social, mezcla de novedad, sorpresa y lástima, protagonizado por curiosos, policías y prisioneros.

Acosta es paraguayo, ex combatiente de la revolución de 1947 de la edad de Remigio Giménez. Invita con agua fresca, extraída de un pozo, a los recién llegados. También les invita a asearse como puedan. La mujer de Acosta prepara una comida rápida con huevo y carne seca para los hambrientos hombres.

El dueño de casa no perdió tiempo para hablar con los prisioneros por las ansias de conversar, sobre todo. Les explicó dónde estaban; quiénes son los que les trajo desde la estancia "Santa Rosa"; quiénes son sus familiares y no dejó de darles las orientaciones que le pareció necesarias.

- En Paranhos - dice a Giménez mientras los demás descansaban - nos manejamos como podemos y eso tiene sus ventajas y desventajas. De vez en cuando la gente se pelea y se mata por tonterías, como en el Paraguay. Están los caudillos, los pendencieros, los oportunistas y la gente que quiere vivir en paz. Prácticamente no tenemos autoridades. Mi cuñado, Hilario, es el sub – delegado de Paranhos y no se nota su autoridad sino en casos como este. Normalmente se desenvuelve como un vecino más. Se reporta al delegado de Amambaí, Inocencio "Santinho "Rodrigues. Amambaí se encuentra de aquí a dos días en muía. Ya ven, ahora mi casa se usa como prisión de ustedes. Aquí nos desenvolvemos así nomás.

- ¿ Qué harán de nosotros?.

- No sé. Seguramente continuarán los trámites con policía brasileña. No sé.

- ¿O nos entregarán a la policía de Alfredo Stroessner?.

- No creo. No me parece correcto. Ustedes están en el Brasil y tengo entendido que quieren solicitar protección como exiliados.

-Sí.

- Entonces, me parece poco razonable que de aquí sean extraditados al Paraguay. Yo también soy liberal exiliado y opositor al Partido Colorado, el partido de Stroessner.

Dos días después, los prisioneros fueron trasladados de la vivienda de Acosta a la de Hilario López, en un lugar denominado "Aguará", en los alrededores cercanos de Paranhos. Otra vez la procesión de curiosos, que tampoco incomodaba ni al dueño de casa ni a los guardias. Ahora hay más gente deseosa de ver a los prisioneros. Viene del lado paraguayo, de Ypé Jhú y Cerro Torín. A caballo, en carretas o a pie. También se acercan las señoritas atraídas por los guerrilleros más jóvenes.

-Tienen muchas visitas - dice López a Giménez - pero no las podemos arrimar a la pieza que ocupan ustedes en la casa. Tampoco ustedes pueden mezclarse con ellos en el patio, hasta donde les permitimos que entren para visitarles. Cualquiera de ellos puede estar armado y matarles. No hay que facilitar.

-Me parece que usted tiene razón.

-Voy a tener que seguir recibiendo los obsequios que le traen los visitantes para que yo les entregue.

Guitarras, bandoneones y arpas. Cantores pueblerinos que nunca faltan. También chipas, cigarrillos, butifarras, sopa paraguaya, dulces y frutas. La fiesta era a diario en la sombra de los árboles del patio. Desde la habitación, los ocho hombres agradecían la cortesía de ese gentío extraño. Algunos enviaban saludos a voces. Prisioneros y visitantes se separaban unos 20 metros entre sí. Las imposiciones de Emiliano R. Fernández no faltaban en la musiqueada. "Che la reina", "Rojas Silva recavo" no faltaron en los repertorios musicales en homenaje a los ocho harapientos.

Las señoritas tampoco negaron las generosas miradas de simpatía hacia Britez, Arce y el mismo Giménez, un hombre de 37 años de edad. Cupido hacía de las suyas lanzando incontenibles y certeros flechazos de aquí para allá. Ramírez acopló varias cartitas de amor, que agradecía sus destinatarias, saludándolas con la mano y con sinceras sonrisas. Tampoco puede hacer más. Es un prisionero.

- Parece que tenes muchas novias - le dice Colinas.

- Eso parece. Mi exilio quiero pasar en Paranhos.

- Elegir no será fácil.

- Esa morena de increíbles piernas y cinturas, que dice¡ llamarse María Teresa, ganó a todas. Hay misterios en ella que deseo descifrar y que me atraen notablemente. Sólo espero el día que nos liberemos para encararla y quién dice que en una de esas no forme hogar con ella. Debe tener más virtudes que deseo saber pronto. Me parece que tengo para largo con ella.

-Estás frito. Te enamoraste...

- Sí, claro, eso parece, felizmente - Ramírez vuelve a alzar la mano saludando a aquella mujer mezclada con las demás visitantes.

El pelo negro, ligeramente corto. No es muy alta, pero esbelta. La subyugante mirada de una inmigrante italiana, de ojos negros, que optó por ocupar aquel desierto. Blusa tricolor, roja, blanca y azul que entallaban, sensuales, los senos. Piel mate. Pollera roja y ancha. Al cuello, y un pañuelo de seda natural. Tuvo que haber enamorado a todos los hombres de la comarca. El prisionero notaba en ella que también él se gustaba de ella. "Tendremos mucho tiempo por recorrer juntos. Tendremos muchos hijos, te voy a amar como nadie te amo", conversa, imaginariamente, con la mujer que también la envió la esquela. "¿Qué tal?. Sólo quiero decirle que te tengo ganas. Soy la de la blusa tricolor. María Teresa”. La magia de la franqueza puesta, a lápiz, en tres líneas manuscritas. Bella, inteligente y audaz. "¿Qué más puedo pedir?" se dice Ramírez.

- ¡Buenas tardes!.

El hombre se apea del caballo y saluda, enérgico. Camisa marrón, bombacha de montar de color azul, botas marrones, pañoleta negra al cuello, sombrero de tela azul, como la de los peones y; un ancho cinturón adornado con monedas argentinas. Severo Núñez. El tintineo de las brillantes espuelas añade personalidad a su visita.

-Me dijeron - dijo - que aquí habían caído presos unos cuantos compatriotas míos y vengo a visitarles.

- ¡Adelante!, ¿cómo estás mi querido amigo don Severo? - López lo recibe con un abrazo.

-Traigo unos regalitos para nuestros compatriotas y muero entregarles personalmente si me permites - manifiesta Núñez a López.

-No hay reglas sin excepción; por lo tanto, todo el tiempo que quieras podrás compartir con los detenidos.

Los prisioneros observaron desde la habitación la llegada del extraño.

-Severo es mi compadre - comenta, sorprendido, Giménez a Colinas - él es de Santa Elena. ¡Qué agradable sorpresa!. ¿Sabrá él que yo estoy aquí?. Hace tanto tiempo que no nos vemos.

-¡Mbaeichapa, lo mitá! (¿Cómo están muchachos?) - saluda el visitante, llenando la puerta con su enorme cuerpo.

-¡Buenas tardes!, ¡Iporaintereí! (demasiado bien) - responden los prisioneros.

-Les traigo unas cositas habiéndome enterado que estaban detenidos - les dijo al tiempo de repartir unas cajas de cigarrillos y de fósforos a cada uno de los rebeldes.

-¡Encantado de saludarte, compadre! - Giménez lo abraza.

-¡Remigio Giménez!. ¿Qué carajo estás haciendo acá?.

-Nos estamos divirtiendo después de malhumorar a Alfredo Stroessner - responde en medio de sonoras carcajadas.

Núñez vuelve a abrazar a su amigo y compadre. Hace más de tres años que no se ven.

- Supe que saliste de Mbocayaty del Yaguy por aquel problema con el comisario, pero no supe a donde llegaste ¡Qué sorpresa!.

- Salí porque no tuve oportunidad de trabajar en mi pueblo, en mi país. Fui uno más de los miles que Stroessner sacó del Paraguay. Y vos sabes, compadré, mi pecado fue haber sido afiliado al Partido Liberal y, por tanto, sin oportunidades para nada en nuestro país.

- Y te sumaste a la guerrilla y fuiste a matar a....

- No. Fuimos a exponernos y hasta dejarnos matar para hacer ver al dictador que la patria es de todos. Que es de los colorados. Pero también de los liberales. De los febreristas. De los campesinos, obreros, jóvenes y maestros. No sólo de él, del general Colmán, del doctor Insfrán, del mayor Argaña, o de los milicianos colorados. El Paraguay es derecho y compromiso de todos. Le hicimos la guerrilla a Stroessner y lo vamos a seguir haciendo. Eso nos queda claro.

- ¿Querés que le avise a tu esposa que estás aquí? Le pregunta, tratando de desviar la tensa explicación de Giménez.

- No. Te agradezco. No quiero que se preocupen. Estamos en pos de solicitar nuestro asilo político en el Brasil. Después le mandaré avisar; por ahora, no. De cualquier manera, gracias por el ofrecimiento. No lo voy a olvidar.

- Sí, con mucho gusto.

Hilario López acepta el pedido de Remigio Giménez. Los ocho paraguayos quieren asilarse en la República Federativa del Brasil por lo que solicitan a López que llame a las autoridades militares con asiento en Punta Porá. El sub delegado de Paranhos les promete que mandará a buscar a los efectivos de aquel cuartel brasileño.

Dos días después, López dice a los paraguayos que los militares brasileños no podrán venir a buscarlos y que, en remplazo, vendrán policías para trasladarlos a Punta Porá.

-Me mandaron decir que ellos están muy ocupados – les dice

-No importa que sean policías. Lo importante es ir para hacer la gestión - responde Giménez.

-Claro, eso es lo que vale. Llegan, hacen los papeles y ya están exiliados.

-Cuándo vendrán a buscarnos?.

-Lo más pronto posible. No se preocupen. Estamos para ayudarles.

El mayor de aviación militar Epifanio Cardozo es uno de los pilotos aviadores de confianza de Alfredo Stroessner. El dictador le encomendó vigilar la operación militar contra los guerrilleros entre los departamentos de Caaguazú, Amambay y Alto Paraná. Un avión monomotor tipo "Bonanza" le permite desplazarse en toda la zona este y noreste del país, acosando a los guerrilleros. Su tarea es de apoyo aéreo a la infantería, a la caballería y a los milicianos colorados que salieron a la búsqueda de los ocho rebeldes. Es pariente político de Raúl Arsenio Oviedo, el dirigente colorado liquidado por los guerrilleros a mediados de noviembre último.

Fue Cardozo quién aterrizó su avión en la estancia "Santa Rosa”, en territorio brasileño, al enterarse de la presencia en ese establecimiento de los ocho buscados. Desde ese entonces los mantuvo bajo su férreo control. El militar paraguayo acordó con Hilario López e Inocencio “Santinho" Rodrigues la entrega de los guerrilleros a cambio de una paga en billetes y ganado.

El delegado de Paranhos, Tavares, expresó su disconformidad por la negociación encarada por las demás autoridades de la zona brasileña con las de Paraguay. Es más, Tavares se encargó de negar a Cardozo la entrega de los paraguayos.

Presentó renuncia al cargo, asumiendo, en su reemplazo, López. Allanado el camino, fue más fácil y rápido acordar el previo pago por parte de los paraguayos y la inmediata entrega de los prisioneros a la policía de Stroessner.

Un avión militar conduciendo a cuatro paraguayos desciende en el campo de aterrizaje de Amambai. La máquina era conducida por el mayor Epifanio Cardozo. Sus acompañantes también eran militares paraguayos. Fueron hasta el centro, caminando y retornaron en automóvil. Fueron a conversar con Inocencio Rodríguez y con el Teniente de las Fuerzas Públicas de Matto Groso. Manuel Ayres. Acordaron el precio y el momento del pago.

Cada prisionero se cotizó en 80.000 guaraníes, unos 600 dólares y; 40 cabezas de ganado por cada uno.

El pago fue efectuado sin contratiempos.

Igualmente, Cardozo y Rodrigues acuerdan la fecha y hora de entrega de los paraguayos: 24 de diciembre, a las 23.30, a unos 600 metros de la vivienda de López, sobre un camino abierto por taladores de monte.

Una hora después el avión militar paraguayo, con sus cuatro ocupantes a bordo, despega de territorio brasileño. La máquina aterriza en Ypé Jhú.

Los quehaceres de la casa comenzaron temprano en la vivienda de los López. Esa noche hay fiesta de Nochebuena. La harina de maíz para la sopa paraguaya fue preparada la noche antes en el mortero de madera. El horno de barro estaba acondicionado para prender en su panza la fogata durante varias horas. El cerdo de 60 kilos fue faenado la tarde anterior.

Las mujeres se encargan de preparar el pesebre con las despintadas figuras de barro del Niño Jesús, María y José. Y los Tres Reyes Magos. Y las ovejas con el pastor. El cerro de lona cubierta de yerba mate. Frutas de granada, sandías y melones. Y uvas. Muchas uvas cortadas de la parralera de la casa. La enorme bóveda de caavoveí, bordeada con flores silvestres. Un pesebre paraguayo en el Brasil para celebrar el nacimiento de Jesús.

La chacra regalan, generosas, varias frutas de estación. Banana, uva blanca y negra, melones. Se lavan y cortan. Se las juntan en una desmoldada cacerola de aluminio. Medio kilo de azúcar. Cinco litros de vino tinto se descargan desde una damajuana al envase. La mujer de López revuelve con energía la mezcla de frutas, vino y azúcar. Descarga el "clericó" a un cántaro de cerámica donde la bebida reposará hasta la noche, cuando se la beberá para celebrar la fiesta.

Cinco gallinas viejas son degolladas antes del amanecer. Con las primeras luces del sol, las aves son sumergidas a una olla con agua hirviendo. Son desplumadas con maestría por la sirvienta de la casa y en menos de dos horas las cinco gallinas están descuartizas, listas para ser fritadas en otra olla.

La música difundida por una emisora brasileña y captada, con algunas descargas eléctricas, por el radio receptor "Philco", a batería, ambientaba de fiesta navideña la vivienda de la familia López.

"Varios guerrilleros que atacaron el pasado 21 la localidad de Itá Enramada, cercana a la capital paraguaya, pudieron escapar a la República Argentina. Un ex militar paraguayo, Bartolomé Araujo, uno de los guerrilleros, fue capturado en Clorinda, Argentina, y llevado a Formosa, a unos 170 kilómetros de la mencionada ciudad fronteriza. Arturo Mazó, ex teniente del ejército, es sindicado como jefe del atraco a Itá Enramada, repelida por la policía de Stroessner". La noticia difundida en un intermedio musical de la emisora brasileña llegó nítida.

Otras noticias son captadas a través del receptor, "La frontera entre Israel y Jordania, cerrada desde hace 13 años, fue abierta para que los peregrinos pudieran visitar el lugar de nacimiento del Príncipe de la Paz. Charles de Gaulle discutió planes sobre Argelia con cercanos colaboradores. Surgió otra amenaza de bloqueo a Berlín. Estados Unidos rechazó petición rusa para una conferencia sobre Laos. El ministro de Relaciones Exteriores soviético, Andrei Gromyko, ofreció una rama de olivo al electo presidente de Estados Unidos, John Kennedy. Desea que las relaciones entre ambos países vuelva al clima de cordialidad imperante en los tiempos de Franklin D. Roosevelt".

"Año nuevo, vida nueva", son las primeras letras de la siguiente música escuchada en la radio. La intensa actividad culinaria, alternada con sorbos de mate, hizo que las noticias no hayan llamado la atención de las mujeres que trabajaban a esas horas en la casa.


 


CAPITULO XI

EL ANIQUILAMIENTO


Nochebuena de 1960.

Los prisioneros, como en los días anteriores, no salieron de la habitación. Esa vez hubo doble vigilancia de hombres con armas cortas y largas. Por la fiesta cristiana celebrada ese día, comieron abundante carne asada y sopa paraguaya preparadas desde tempranas horas. La pieza ocupada por los ocho paraguayos se encontraba ligeramente retirada de las otras, por lo que los paraguayos no veían el movimiento en la parte principal de la casa. Retirada de ellos, la fiesta de Nochebuena. Hay música alusiva a la fecha y la cena, como a las 19.00, al oscurecer.

Algunos niños se entretienen estallando petardos. Una vela prendida alumbra con timidez y melancolía los despintados rostros de arcilla de Jesús, María y José en el pesebre del corredor de la casa. El aroma de melones y uvas. El clericó, a punto y bien fresco. Un villancico en portugués se oye en la radio. Unos chiquilines gritan al jugar con los petardos. Se los escucha, lejos. La cigarra vespertina anuncia la llegada de la noche, extrañamente especial en la casa de los López. Acaso única que no será comparable a la de otras nochebuenas.

Una fiesta esperando la venida del Salvador del Mundo, pero con ocho prisioneros paraguayos metidos en una pieza en los fondos de la casa. Mezcla de bondad y maldad. Hombres armados prestos a matar en plena noche de fiestas si fuese necesario. Un negocio canallesco acababan de cerrar autoridades de Paranhos y de Amambaí con los personeros del régimen de Alfredo Stroessner venidos hasta este lejano paraje brasileño.

En la habitación de los paraguayos el tufo era insoportable. Mucho calor. Y muchos mosquitos. Y olor a hombres sudorosos. Una vela de cebo está prendida en la desvencijada mesa. Restos de sopa, gallina asada y unos racimos de uva quedan sobre el rústico mueble. Ramírez siente que le vuelve la fiebre. Sus compañeros no tienen medicamentos a mano para asistirlo.

- Siempre en las fiestas de Nochebuena uno quiere indigestarse con mucha comida y la mezcla de bebidas alcohólicas - Rojas le gasta una broma.

- Además - añade Romero, siguiendo la broma - uno recorre muchos pesebres; se cansa; el zapato nuevo pela el talón.

- Además, después de la Misa del Gallo, se baila en alguna casa hasta el amanecer y eso nos deja reventados -completa la tomadura de pelo el mismo Ramírez.

- Por eso yo ya no voy a tomar demasiado clericó - parodia Colinas.

- No importa - dice Martínez Avá - el año que viene vamos a estar en alguna fiesta navideña en el Brasil y vamos a recordar lo de este año como algo superado. Con un poco de suerte, seguramente la fiesta de año nuevo ya vamos a estar en un lugar más cómodo.

- Cierto. Pero lo más azaroso es que ahora farreamos demasiado, hasta enfermarnos - Britez, completó la humorada.

Algunos lograron conciliar el sueño como a las 21.00; otros, una hora después. A las 23.00, López golpea con nudo del índice derecho la puerta de la pieza. En la casa todos han dormido.

- Algunas personas vendrán a buscarles para viajar Punta Porá - les dice López - levántense, vamos a caminar hasta donde llegará el camión que les transportará.

Caminaron unos 600 metros hasta un camino transitable para camiones. Un sendero entre bosques y barrancos. Un arenal; después, una altura. Al otro lado de la colina, la isla de monte. Una alambrada y el camino. El moreno Romero tropieza, trastrabilla y cae. Sus compañeros lo ayudan a levantarse.

-Okyveta, ho'a hollín (habrá más lluvia, cayó hollín) - dice Britez.

La fila de prisioneros y los 10 guardias se detienen. Aguardaron unos minutos. El cielo de esa Nochebuena estaba lleno de estrellas. Los montes cercanos dejaban escapar su aliento puro de oxígeno. Después, nada. Sólo la impaciencia de los paraguayos por llegar a Punta Porá a declarar ante las autoridades y, por fin, el asilo político para volver a la libertad.

López garraspea y observa hacia donde se pierde el camino. Una linterna de cuatro elementos en la mano derecha; un revolver 38 milímetros en la cintura y un ligero tufo a vino. Él también está impaciente.

Los prisioneros aguardan parados. Rojas extrae dos frutas de uva del bolsillo derecho de su pantalón. Había traído el racimo que estaba en la mesa. Comió las dos frutas. Nadie habla. Ni López. Ni los guardias. Como si estos escondieran algo de aquellos. Como si existiera un engaño contra los ocho. Un canallesco y miserable engaño. Algo que los paraguayos ni siquiera imaginan.

El lejano ronroneo de un camión indica la proximidad del viaje. La luz de los dos faros del vehículo se deja ver a lo lejos. Un camión Ford de los primeros años de la década de 1950. Lo conduce Joao Tavares. Su acompañante de cabina, Breno dos Santos. También vienen en el transporte tres civiles armados y "Santinho" Rodrigues. El conductor maniobra en un espacio empastado, retrocede, y orienta el vehículo hacia el camino a recorrer en el retomo. El motor deja en marcha.

Los ocho prisioneros forman fila y se les ordena que se enumeren. Automáticamente cada uno buscó su sitio en la columna. Martínez "Avá", Marcial Britez, Bernabe Peralta Rojas, "Carumbé"; Remigio Giménez Gamarra, "Taguató"; Romero, "Tayorí"; Ramírez, "Carpíncho”; Antonio Gualberto Arce, "Mbopí" y; Carlino Colinas Mercado, "Guaikiki”. Enumerados del uno al ocho.

Inocencio "Santinho" Rodrigues lee el rol de nombres a la luz de la linterna de López. Llama lista.

- ¡Firme! - responden los hombres, a medida que mencionaba sus apellidos.

Vuelta a enumerarse.

- ¡Uno!.

- ¡Dos!.

- ¡Tres!.

- ¡Cuatro!

Uno de los tres civiles venidos en el camión firma un acta de entrega de los prisioneros. López recibe el paquete de manos del mismo civil. Rodrigues, también recibe. Dinero en efectivo. Casi no hay palabras entre ellos. Una vez chequeada la entrega, los prisioneros reciben la orden de abordar el camión. Suben. Uno de los civiles ordena que se sienten en la carrocería del vehículo unos al lado de otro, en la baranda izquierda. Con cuerda de nailon son amarrados a las tablillas de madera del recostadero. En la de la derecha, se ubican los civiles armados con fusiles.

Once y veinte de la noche. Rodrigues queda con López. El camión se pone en marcha.

La luz de la linterna pega en el rostro de Giménez quien lleva la cabeza hacia la izquierda, frunce el ceño y achina los ojos, buscando proteger las pupilas. En cada rostro un instante de luz. Arce hacía como si durmiera cada vez que el civil armado lo alumbraba. El vehículo acelera en aquel tramo de la ruta. Once y veinticinco de la noche. El polvo los cubre de pies a cabeza. El campo y el cielo formaban, juntos, una gigante bóveda oscura, llena de estrellas grandes y pequeñas; más y menos luminosas; nítidas y borrosas. Las estrellas fugaces abren surcos de luz en la epidermis negra del gran vacío.

" Todo lo inmenso que es el poder de Dios. Esta es la belleza que jamás vi. Parece un pesebre enorme", reflexiona Giménez observando la inmensidad. Sigue: "A esta hora, Marcelina y mis hijos deben estar festejando la Nochebuena. Y mis hermanos. A lo mejor están en la misa del Gallo. ¿ Cómo estará pasando el imbécil de Raimundo Rojas?. El año que viene voy a tener que pasar con mi familia la fiesta de Navidad". Once y veintiocho de la noche. Joao Tavares observa a través del espejo retrovisor la carga humana transportada en la carrocería. Todo bien. Breno dos Santos le indica algo con el índice derecho, hacia delante. La luz intermitente de una linterna. Otra linterna. Señales con luces. Estamos llegando - le dice.

-Sí. Voy a estacionar al lado del montículo.

Observan la silueta de dos hombres vestidos de civil, con sendas pistolas ametralladoras en las manos. El Vehículo se detiene. El motor ronronea, lánguido. Aparecen más hombres de entre los matorrales. Descerrojo de fusiles. Un hombre se arrima a la carrocería y ordena:

¡A bajarse!, ¡abajarse!. ¡Rápido!, ¡rápido!.

Otro hombre armado con metralleta trepa a la carrocería y empuja a los detenidos, quienes - desorientados - no comprenden en qué nuevo infierno se han metido. Atados como estaban, con el susto, sueltan las cuerdas. Se despabilan. Colinas es empujado y cae a la arena del camino. Se levanta y trastrabilla. En la confusión corre hacia el costado y recibe una andanada de disparos. El resplandor de los tiros dejó ver una especie de nube roja estallando en la parte posterior de la cabeza del jefe guerrillero. Los fusiles escupen su fuego de muerte. Son las once y media de la noche. Cae de bruces. Su haraposa ropa se llena de sangre. Ni se quejó.

Martínez, con notable agilidad, corre varios metros, busca la protección de unos matorrales pero cae bajo cientos de tiros de armas largas. Su cuerpo queda paralizado entre las matas.

Britez quedó muerto de tres tiros a un par de metros del camión.

Otros prisioneros saltan en la oscuridad. Luces y linternas se cruzan presurosas. Otra vez la descarga de varios fusiles y ametralladoras livianas. Caen los cuerpos. Son los de Romero y Rojas. Romero tuvo tiempo para hacer escuchar un fuerte alarido de dolor. Vomita sangre. Más tableteo de las ametralladoras. El cuello, el pecho, el estómago y las piernas sacudidas por decenas de tiros. En el suelo, muerto, otros tiros con mbaracayaí lo deja con los ojos abiertos, como admirando las estrellas de la Nochebuena.

Rojas culebrea en el suelo, herido mortalmente. Recibe otra ráfaga de metralleta entre el muslo derecho y los testículos. Un chorro de sangre escapa de su boca, con violencia. Un racimo de uvas se desparrama alrededor de él.

Giménez también se libera de su atadura y se dirige a la derecha de la carrocería. Ve hombres armados con ametralladoras listos para dispararle. Retorna al lado izquierdo. Ramírez no se levanta.

- ¡Salta, carajo!, ¡trata de escapar! - le dice Giménez entre dientes. Saltan juntos.

El veterano guerrillero de las filas de Juan José Rotela corre junto a Giménez hacia el bosque cercano. Recibe un tiro en el hombro. Cae. Se levanta y lleva la mano izquierda al hombro derecho, tratando de parar la hemorragia. Se arrastra.

-¡Mierda!, me dieron en el hombro, ¡mil putas!.

Giménez le ayuda. Un tiro, roza ahora su pómulo izquierdo, Siente como una comezón. Corre agazapado. Ayuda a Ramírez a levantarse. Corren juntos. "Carpincho” renguea, dolorido, casi sin energías. "¡Vamos, corre, corre!", Giménez lo alienta y arrastra. Ganan la orilla del monte y se internan. Otro tiro tumba a Ramírez. Cae. Giménez de nuevo le ayuda a levantarse del suelo. "No. Sólo quiero que le digas a María Teresa que... ". Expiró antes de completar la frase. Uno de los victimarios se interna al monte. Giménez huye al amparo del bosque.

- ¡Falta uno! - grita un hombre armado.

Arce, al verse en la boca del lobo, opta por hacerse del dormido. No se le ocurre otra idea mejor. Una fuerte patada recibida entre el brazo y la costilla izquierdos por parte de uno de los civiles armados que abordó el camión lo saca de su argucia. Salta del camión y corre. Maniatado como estaba. Fue el último en abandonar la máquina. Logra ver a quienes disparan. Eran unos jovencitos, casi mocosos, vestidos de soldados de la caballería de Stroessner. También vio a civiles armados hasta los dientes. Vio un rostro conocido entre los victimarios: el del coronel de la Fuerza Aérea Paraguaya, Leonor Cardozo, piloto de Alfredo Stroessner. Fracciones de segundos para no olvidar a quien organiza la ejecución de las órdenes del dictador. Ya lo había visto antes. Todos disparaban. Los emboscadores eran como 25. En medio de la lluvia de proyectiles busca la protección del monte. Recibe un tiro en la espalda, a la altura del pulmón. Y otro tiro, en una de las piernas. Gime y cae a unos 10 metros de donde fueron masacrados los anteriores. Quedó inmóvil

Un par de minutos para llenar de sangre aquel recodo, distante a unos 10 kilómetros al Este de Paranhos. Un infierno de metrallas. Los más largos minutos de ocho paraguayos masacrados por compatriotas suyos en tierras extrañas. Un escenario que, desde ese momento, pasara a recordar la impunidad de un detestable dictador, ignorante y asesino.

- Uno corrió hacia el bosque - dice un hombre en la oscuridad, en medio de los masacrados.

-Ya se le está buscando. No irá muy lejos. Parece que está herido. Lo matamos y retornamos - respondió otro.

- Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis... Faltan dos - advirtió un civil.

- Aquí está otro - avisa un soldado. Era el cuerpo de Martínez.

- ¡Falta uno!, ¡Falta uno!, ¡Añaracópeguaré!, ¡búsquenlo y mátenlo! - ordena otra voz.

Un hombre, a caballo, linterna y fusil en manos va tras las huellas de Remigio Giménez Gamarra. A un lado, va campo con espartizales; al otro, monte. El haz de luz de la potente linterna de seis pilas recorre las matas, los árboles, los montículos, los troncos y las altas ramas. Con cada ráfaga de luz, Giménez se agazapa en un espinoso matorral donde se refugia. Vuelve la luz de la linterna. Se sumerge en el follaje. El del caballo pasó dos veces muy cerca de él. El hombre vuelve hacia sus cómplices. Silencio. La herida de Giménez sangra; presiona su pómulo herido, siente el tris de un hueso fisurado y reacomodado. El cuello de la camisa, empapada de sangre. Observa hacia donde quedaron los restos de sus compañeros masacrados. Escucha el arranque del camión.

También el casco de muchos caballos y mulas. Los Soldados los montan. Los civiles también.

Antes de retirarse, los masacradores vuelven a revisar, Uno por uno los cuerpos diseminados en el escenario de la tragedia. Todos muertos. Por el gusto de disparar, los restos de Romero reciben más impactos de armas cortas.

¡Pepotipáma catú! (¡Ya están bien muertos!) - murmura uno de los asesinos al patear el cuerpo de uno de los masacrados.

Se marchan. Se oye el relincho de un caballo y el motor de un camión que se aleja. Faltan quince minutos para la media noche.

"A lo mejor algunos de mis compañeros se han salvado. ¿ Y si voy a buscarlos?. No. Puede que hayan quedado algunos de los asesinos en los alrededores. Esto duele como el carajo. ¿Dónde debe ser este paraje?. Estas moscas son insoportables. A lo mejor estará bien que salga de acá. Si ellos están hubiesen salido a buscarme y ya me hubieran liquidado. Creo que no tengo otra herida, pero la de mi pómulo basta. Duele demasiado y como si todo fuera poco, siento molestias en la mandíbula. ¡Fuera, mosca, hija de puta!. No dormí un sueño. No importa. Voy a salir de acá. De cualquier manera, si me quedo, las moscas y los mbarigüies se encargarán de liquidarme".     ,

Giménez sale de entre las malezas. Se agazapa. Vuelve a prestar atención. No ve ni escucha presencia humana. El amanecer se presenta con cielo azulado y el calor empieza temprano. Camina hacia una casita lejana.

Arce amanece en el lugar donde cayó después de recibir dos impactos de bala. Abre los ojos y observa a ras del suelo. Nota el cuerpo de sus compañeros diseminados alrededor. Las moscas zumban sobre las heridas de su espalda y de la pierna. Huele a sangre. Su rostro y cabello cubiertos de tierra roja. Está muy sucio y muy sólo. Intenta levantar la cabeza pero un intenso dolor en la nuca lo vuelve a ubicar como estaba. Puede mover las manos, no así los pies. Las manos seguían atadas entre sí con el piolín de la noche. Los brazos están prácticamente paralizados. Un tiro de arma larga toca su pulmón y el proyectil se aloja al lado del corazón. Otro, desparrama el músculo del muslo derecho. Pega un silbido en la esperanza de que uno de sus compañeros siga vivo y le contestara. Vuelve a silbar. Nadie contesta. Oye sólo el zumbido de las moscas.

" Esto duele una barbaridad - se queja en su soledad - si encontrara a alguien que me ayude a curar o a morir. Será mejor morir, ¿pero cómo?. Por aquí nadie pasa. ¿A quién se le ocurriría pasar por acá?. ¡Hay!, ¡Qué dolor, Dios!. Ayúdame Virgencita de Caacupé. Ayúdame a sobrellevar este calvario.

El herido llora de dolor.

- Anoche venía al lomo de mi caballo desde Cerro Torín y quedé dormido. Ínterin mi caballo se asustó, me tumbó y rompí el pómulo izquierdo. ¿Por casualidad usted no vio mi caballo, un tordillo, por aquí? - preguntó Giménez al dueño de la casita hasta la cual llegó.

El hombre le respondió que no y le dio a entender que era mejor que fuera a buscar en otra parte el supuesto caballo. Un arma en su cintura era la prueba para Giménez de que debía retirarse de ahí. El vecino no está para auxiliarlo.

Vagó hacia cualquier parte. "A estas horas deben estar buscándome mis perseguidores. Voy a tener que andar con cuidado ", dijo al divisar en un sendero a un campesino montado a caballo. Le explicó lo de la caída y le pidió que le llevara hacia el pueblo de Paranhos. Lo alzó al montado. Marcharon juntos, pero muy poca distancia. A unos 200 metros hacia delante ve a tres hombres armados.

Yo prefiero retornar - dice al extraño - aquellos me están buscando.

Como no, cuídate -le responde.

Giménez continúa a pie hacia un arroyo, en cuyas playas aguas camina hacia arriba.

- Si usted es un buen cristiano, porfavor, ayúdeme a curar mis heridas o venga y máteme, ¡porfavor!.

Llora de dolor. Las moscas se multiplican sobre su cuerpo. También las hormigas empiezan a ser atraídas por la sangre coagulada. El extraño que se había acercado al lomo del caballo se asustó. Pensó que Arce estaba muerto, como los demás hombres, cuyos restos están desparramados en el lugar. Espolea al animal, pega un guachazo al anca derecha y abandona, despavorido, el sitio. Son las 9.00. El sol está muy alto y fuerte. Arce siente mucha sed.

Regimiento de Infantería 14. Tacumbú, Asunción. Oficina del comandante.

- ¡Escúcheme coronel, usted tiene 24 horas para traer vivo o muerto a ese bandido comunista, Remigio Giménez, hasta mi cuartel. O usted pagará las consecuencias!.

El general Patricio Colmán Martínez colgó abruptamente el teléfono. No estaba de buenas pulgas después de las duras observaciones que recibió de su jefe, Stroessner. Ordena a su ayudante a enviar un avión tipo "Bonanza" hasta la pista de aterrizaje de Ypé Jhú y mantenerlo ahí hasta que Giménez sea capturado.

Con la máquina será trasladado a Asunción. Verón y el presidente de la seccional colorada de Ypé Jhú y los milicianos colorados de esa localidad fronteriza reciben nuevas directivas del ministro del interior Edgar L. Insfrán. A principios de año, éste les había entregado 50 fusiles y 2.000 proyectiles. Los soldados de la Caballería se mantendrán en la zona. Cardozo deberá buscar a Hilario López y Rodrigues para acordar la captura del guerrillero. Una Navidad de alerta total en las fuerzas de seguridad de Alfredo Stroessner.

- Murieron los liberales. Omanopaité (murieron todos) Los liberales tienen que morir nomás luego.

El indígena de la parcialidad "mbya" observa los cuerpos en el camino.

- No digas así - respondió su mujer, también indígena, compadeciéndose de los muertos.

Arce tomó todo el aire que pueda aguantar su golpeado pulmón y silba, lo más largo que puede. Los indígenas sé asustan. Creen que les silba el espíritu de los muertos, Huyen despavoridos dejando ver sus nalgas desnudas. Pese al dolor, Arce festeja su picardía con una leve sonrisa. Pudieron haber sido espías enviados por los dirigentes colorados desde Ypé Jhú.

El arroyo es apenas una película de agua fresca y cristalina sobre la arena blanca. Un puente de madera se extiende sobre el cauce, en el camino por el cual cabalgan tres hombres. Giménez, quién caminaba en el arroyo buscando escapar de sus captores, es visto por los jinetes, "Tú sabrás qué hacer conmigo", murmura encomendándose a la Virgen de Caacupé. Los tres se dirigen a él. Son policías brasileños. Uno de los tres jinetes formó parte de los policías que trasladaron a los ocho desde la estancia "Santa Rosa" hasta Paranhos. Es uno con quién tomó confianza en el largo peregrinaje.

-¿ Qué pasó con usted? - le preguntó el policía.

- Mis compañeros fueron asesinados en el camino que conduce a Punta Porá.

- Sí, ya sabemos. Cinco compañeros tuyos murieron, otro está desaparecido. Uno está gravemente herido.

- ¿Puedo ir con ustedes hasta dónde está mi compañero herido?.

-Suba conmigo.

Con dificultad, Giménez monta el caballo y se marchan al escenario de la tragedia. 10.30 de la mañana. Arce sigue en el mismo lugar donde había caído. Giménez apresura sus pasos hacia el compañero quien gemía sordamente. Las moscas desovan en las dos heridas del joven moreno. Aquel le ayuda a levantar la cabeza.

-Me siento muy mal - le dice el herido - trata de salvarte. No te preocupes de mí. Me siento morir.

- No te voy a dejar. Yo estaré por aquí cerca. Ya recibiremos ayuda.

-Tu cara está muy hinchada. Te hirieron también...

- Sí. Un regalito de Navidad.

El mal herido sonríe.

- Vaya regalito de Stroessner.

- No te esfuerces por hablar. Ya vendrán quienes te auxiliarán. Yo estaré por aquí, cerca. Nos volveremos a ver.

Arce asiente con un leve movimiento de la cabeza. Giménez se separa de él y vuelve donde están los policías brasileños. También estaba allí Hilario López. El caacupeño no sabe si es o no prisionero de los policías del Brasil. Tampoco le importaba tanto como recibir asistencia médica. La fiebre empezaba a subir.

-López, ya ocurrió con nosotros lo que debía ocurrir; ahora te pido que me des la oportunidad de escapar -plantea al sub delegado de Paranhos.

- No hay problemas - respondió el hombre que, a esa hora, ya recibió el pedido de captura de Giménez por parte de las fuerzas paraguayas apostadas en Ypé Jhú.

Un joven rubio, a caballo, observa los cadáveres. Giménez le pregunta si conoce donde vive Severo Núñez, su compadre, quién lo visitó días atrás. El jinete le responde de que sí conoce y que es lejos y que, de cualquier manera irá a avisarle.

Aunque no tenga confianza en López, piensa Giménez: "no tengo otra opción sino pedirle ayuda. No tengo, por ahora, a otro a quién pedir

- Te veo muy mal, Giménez. Dentro de un rato, aquí si llenará de gente. Te sugiero que vayas a unos 100 metros de éste camino, me esperes allí que yo volveré a buscarte en la noche. Te voy a dar la oportunidad de fuga - López le indica el lugar exacto.

El ex guerrillero se despidió de Arce y se dirigió al lugar indicado por López donde debe esperarlo. Se introduce entre unos matorrales. Moscas y abejas giran sobre la sangre resecada del rostro y el cuello. La herida despedía un olor desagradable. No tiene mucho por optar. Debe esperar ahí, pese a todo. De nuevo está bajo el control del Sub Delegado. Como antes de salir de su casa, está bajo su decisión, aunque ahora esté a unos 100 o 150 metros de él, escondido en un matorral entre moscas y abejas. Para Giménez, todo volvió a foja cero.

Entre tanto, hay buenas noticias para militares, policías y milicianos asentados en Yhú. Remigio Giménez Gamarra está en la mira de Hilario López. Otra importante paga por la captura, por segunda vez, a la vista. López frega las manos. "Este no puede ir muy lejos, su compañero menos. Me piden vivo o muerto. Lo tendrán. Es cuestión de horas, nada más", piensa. Monta su caballo y se dirige al pueblo.

25 de diciembre. 11.30.

¡Qué barbaridad! - observa el anciano los seis cuerpos desparramados en el camino - esta fue obra de Hilario López y Cardozo. Santiago Benítez tiene mucho que ver en esto, lo mismo que el presidente de la seccional colorada de Ypé Jhú. ¡Esos hermanos Verón son verdaderas mierdas!.

- Señor, por favor, córteme el cuello para morir. Ya sufrí demasiado - le pide Arce.

- ¡Faltaría más!. Iré a pedir ayuda a algunos vecinos y vuelvo, enseguida.

Gavilán es el apellido del anciano paraguayo. Combatió en 1947 contra los colorados y vivía en Paranhos desde que se exilió en Brasil. Es uno de los referentes respetados en el raleado caserío. Fue a buscar ayuda. Retornó en compañía de otros vecinos, uno de ellos es enfermero. Le dan de beber agua fresca y le aplican una ampolla de penicilina y otra de tetramicina. Arce tenía en el bolsillo de su camisa otra de Terramicina, si hacía falta.

El guerrillero estornuda y expulsa sangre aguada y coagulada a través de las dos fosas nasales. Puede respirar mejor.

A esa hora, el calor es insoportable en el sitio donde la gente empezaba a llegar. Cubren sus narices con pañuelos. El olor de los cadáveres se tornaba insoportable. Los cuerpos, 12 horas después, estaban totalmente hinchados y cubiertos de moscas y escarabajos.

Gavilán y sus compañeros cavan una fosa en el mismo sitio y ubican los cadáveres uno al lado de otro. El opaco ruido de la tierra, cayendo palada por palada, sobre los seis cuerpos, fue lo único escuchado en esos momentos.

Vuelven a pisonear la sepultura común. Con los pies aprietan la tierra removida. "Listo", dice uno de los sepultureros. Queda la sensación del olor de los cadáveres. Tres mujeres, cuatro hombres y dos niños son testigos del entierro de los seis masacrados. Una rústica cruz clavan en la tierra. Los asistentes se santiguan.

Ubican al herido en una hamaca y dos se encargan de alzarlo sobre dos colchones acomodados en una pequeña carreta que lo conduce a la vivienda de Ladislao Britez, un joven de 28 años de edad, donde recibió las primeras curaciones de sus heridas. Después, lo lleva a la casa de Gavilán.

Los hermanos Gavilán se encargaron de cuidar la salud del herido y protegerlo contra quienes intenten secuestrarlo o; matarlo, en el peor de los casos. Los Gavilán se turnaban, armados con sendos, revólveres calibre 38, para proteger al herido.



 

EPÍLOGO


El avión militar brasileño llegó a Punta Porá aquella mañana de marzo de 1961 con 18 oficiales armados con metralletas. Alzaron a los paraguayos a la nave y decolaron rumbo a San Pablo, en una operación tipo comando. El presidente Janio Quadros ordenó que los sobrevivientes de la masacre de Paranhos sean trasladados de inmediato ante el peligro de otra inminente negociación entre militares paraguayos y el comandante de la 11a Regimiento de Caballería de Punta Porá. Stroessner mantenía su obsesión de matar a los sobrevivientes.

En San Pablo Giménez encontró ocupación en algunas industrias, mientras Arce siguió internado en un hospital hasta fines de 1961. Varias operaciones quirúrgicas tuvieron que practicarle un cuerpo médico para salvar su vida.

El 30 de junio de 1960, el comandante del movimiento "14 de Mayo”, Juan José Rotela, fue liquidado por el general Patricio Colmán Martínez, según testigos de la época, en la estancia "Tapytá" lo que, probablemente no se informó con rigurosidad a los ocho guerrilleros salidos de puerto Yguazú. Se recordará que esta columna dirigida por Colinas Mercado salió en el mes de octubre de 1960 de la provincia argentina de Misiones a fin de apoyar al jefe guerrillero.

Giménez no cejaba en su intención de cooperar en el derrocamiento de la dictadura en la República del Paraguay. Se unió a otros paraguayos, también exiliados, y asaltaron un banco paulista para obtener fondos con qué financiar la futura incursión guerrillera. Por eso purgó unos años de cárcel.

Una vez recuperada su libertad, en 1974 incursionó en el tráfico de drogas ("Pervertían "), con tanta mala suerte que en la primera operación fue descubierto por la policía brasileña. Otra vez a la cárcel; esta vez por un año.

En San Pablo, referentes comunistas intentaron sumarle a sus cuadros. Conversó todo un día con Obdulio Barthe en el lujoso departamento de éste, en San Pablo. Barthe le propuso visitar Cuba y conversar con Fidel Castro. Giménez rechazó la invitación.

Trabajó de revendedor de mercaderías varias. Siempre soñaba con ganar mucho dinero y tener con qué financiar la guerrilla con la que, suponía, Stroessner abandonaría el poder. Sin dudas, Giménez es un soñador empedernido.

En 1978 fue detenido por la policía brasileña en Foz de Yguazú, en el marco de la denomina "Operación Cóndor". Un testigo clave de ese apresamiento fue César Cabral, el autor del prólogo de éste libro. Ocurrió frente a un negocio que regenteaba en las cercanías del puente internacional "De la Amistad". Giménez fue entregado a la policía paraguaya en la entonces Ciudad Presidente Stroessner.

Fue cruelmente torturado en dependencias del Departamento de Investigaciones de la Policía de Stroessner en Asunción, en manos de Alberto Cantero, Pastor Coronel, Eusebio Torres, Sapriza y otros policías. Durante casi dos años estuvo completamente incomunicado.

La Policía lo acusó de robo de un banco (saldado con la justicia brasileña), tráfico de drogas (igualmente saldado con la justicia del país vecino) y tráfico de vehículos robados (lo cual niega rotundamente el ex guerrillero). En realidad, Giménez fue torturado y encarcelado por 11 años (su condena fue de 30 años) por haber intentado el derrocamiento, a través de las armas, de Alfredo Stroessner. Este le acusó de haber matado a Raúl Arsenio Oviedo y a su correligionario Villalba en los montes de Caaguazú.

En 1981, ante la sostenida presión internacional, debía haber sido liberado, sin embargo, fue remitido desde las celdas de la Policía a las de la Penitenciaría de Tacumbú. El presidente de la Corte Suprema de Justicia, Luís María Argaña, lo acusó de "bandido" y "criminal".

Obtuvo su libertad después del derrocamiento de Stroessner en 1989. Volvió al Brasil y reside en Foz de Yguazú, estado de Paraná, en compañía de toda su familia que también fue exiliada en tiempos del dictador.

Hasta su caída, Alfredo Stroessner no dejó de odiar a todos sus opositores, entre ellos a Remigio Giménez Gamarra a quien la justicia, manejada por él, le condenó a 30 años de cárcel, la pena máxima aplicada en el Paraguay. Stroessner cayó y Remigio Giménez recuperó su libertad.

En el 2002, Giménez es un venerable hombre de 79 años de edad que procura cobrar su indemnización al Estado paraguayo por los maltratos sufridos durante los 11 años de tortura y encarcelamiento.

En cuanto a Arce, felizmente vive aún en el año en que aparece este libro. Está radicado con su familia en un barrio de Foz de Yguazú.


AGRADECIMIENTO

Muchas personas colaboraron para sacar a luz este libro. Recuerdo aquellos días de marzo del 2002 cuando conversé, por primera vez con César Cabral sobre sus aventuras y desventuras de juventud en pos de derrocar a Alfredo Stroessner. Me presentó, días después, a Remigio Giménez Gamarra, con quien me entrevistaría durante varias semanas, grabadora de por medio, en Foz de Yguazú. Le agradezco a don Remigio la paciencia que tuvo para repetirme, como a un niño, los pasajes de su historia guerrera. Ahora que el libro terminó, sigo con ganas - muchas ganas - de escuchar los relatos de sus increíbles hazañas en los montes de Alto Paraná, Caaguazú y Amambay. No puedo dejar de agradecer, igualmente, a las asistentes del "Archivo del Horror", del Palacio de Justicia, por empeñarse a facilitamos todos los documentos existentes en sus gavetas sobre la tortura que sufriera el ex guerrillero. No hubiera sido posible esas horas de trabajo sin la buena voluntad de Héctor, mi hijo. En San Paulo, María Teresa Torreani se comunicó con Sibélia, del archivo del diario "O Estado de S. Paulo" a quién explicó el proyecto de éste libro. Sibélia puso manos a la obra. Sin ambas, el libro hubiera presentado notables lagunas. En la embajada norteamericana en Asunción, Darío Elías, de la oficina de prensa, tuvo la buena voluntad de conectarnos con la biblioteca del Congreso Norteamericano, con sede en Washington. Allí fuimos atendidos deferentemente por Miriam Carani a quien le doy las gracias, de corazón. Algunos datos oficiales del parlamento brasileño, archivado en los EE: UU y que hacen directa referencia a la matanza de Paranhos nos proveyó con diligencia la referida biblioteca. Inácia María Cardoso, de una empresa de turismo de Foz de Yguazú, se encargó de organizar nuestro viaje a Paranhos, con muchas dudas ya que aquel paraje brasileño es desértico y peligroso, pero con muchas ganas de ayudar a lograr nuestro objetivo. El conductor del vehículo que nos transportó hasta ahí, Jairo, cumplió con su trabajo con el Jesús en la boca. A Inácia y a Jairo," muito brigado".

A César Cabral agradezco que, en medio de sus compromisos empresariales, dedique todo el tiempo que le pedí para revisar el material escrito, corregir, romper papeles y comenzar de nuevo. Cabral también colaboró en su juventud con las columnas guerrilleras del movimiento "14 de Mayo".

Al colega Humberto Rubín le doy un fuerte abrazo. Durante varios días dejé de informarle sobre las novedades diarias en Ciudad del Este para dedicarme a este trabajo. Comprendió mi ausencia y, como si todo fuera poco, apoyó desde radio Ñandutí la aparición del libro. Gracias, Humberto.

Creo que sería injusto con mis amigos que supieron comprender mi ausencia a los compromisos sociales a los cuales me invitaban. A todos les dije que me disculparan porque decidí dedicarme, día y noche, a organizar las ideas y los datos y largarme a escribir. Después de ésta publicación, mis amigos tendrán que volver a invitarme. Tengo muchas ganas de compartir con ellos, unas manijas de buena cerveza, después de un par de meses de reclusión junto a la computadora. Creo que me merezco esa cerveza y el derecho de volver a hablar con ellos de las cosas de siempre, muchas sin importancia, de nuestras cotidianeidades. De esas cosas que también hacen a la vida más agradable (eme).




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