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EMILIANO GONZÁLEZ SAFSTRAND


  NUEVO TRATADO ACERCA DE LA INMORTALIDAD, 2002 - Por EMILIANO GONZÁLEZ SAFSTARND


NUEVO TRATADO ACERCA DE LA INMORTALIDAD, 2002 - Por EMILIANO GONZÁLEZ SAFSTARND

NUEVO TRATADO ACERCA DE LA INMORTALIDAD, 2002

Por EMILIANO GONZÁLEZ SAFSTARND


 

INTERCONTINENTAL EDITORA

Diseño de tapa: SELVA GONZÁLEZ

Foto de tapa: Obra de Viviana Meza

Asunción – Paraguay

2002 (297 páginas)

 

                                        PROLOGO


                     Recuerdo que en mi juventud leía y releía con intensa agitación y arrobamiento el afamado diálogo platónico “Fedón o De La Inmortalidad Del Alma”.

                     Me sentía dichoso y me consideraba un bienaventurado de poder tener entre mis manos aquél inigualable tesoro.

                     Leemos en una obra de Borges en donde trata sobre la inmortalidad que Willian James declara que para él eso es un problema menor; que Unamuno quiere seguir siendo Don Miguel de Unamuno. Luego recuerda que para Tácito la inmortalidad era un don reservado para los grandes, no para el vulgo. Agrega Borges sin embargo que todos nos juzgamos grandes y tendemos a pensar que nuestra inmortalidad es necesaria. Yo agregaría que además de juzgarnos grandes, somos grandes y por lo tanto anhelamos la inmortalidad.

                     Todo este circunloquio viene a cuento debido a que, cuando leí la obra “Nuevo Tratado Acerca de la Inmortalidad” de Emiliano sentí variadas sensaciones, quedándome perplejo ante el audaz y temerario planteamiento que se encuentra en ella: que la inmortalidad se encuentra aquí y ahora. No era en efecto para dejar de pensar detenidamente si se trataba de una broma, de un engaño, un desacierto, de los cuales estaba imbuido el autor.

                     Leyendo sin embargo con verdadera atención comencé a tomar un interés inusitado invadiéndome sentimientos agradables, inquietos, gratos, persuasivos y otras diversas sensaciones difíciles de describir.

                     Francis Bacón ya había advertido que es propio de la inteligencia humana ser ligera y mal regulada en materia de descubrimientos. Que le parece primero que es increíble se pueda hacer tal descubrimiento; luego, cuando está realizado, al contrario le parece que es increíble haya permanecido ignorado tanto tiempo.

                     Pero vayamos de nuevo al autor de nuestro libro. Objeta (y creo que con sobrada razón) a los que piensan que la evolución genética ha llegado a su fin. Apunta que en ningún momento podemos llegar a tan apresurada conclusión.

                     Tampoco está de acuerdo con que el azar sea el que se manifiesta en todos los maravillosos acaeceres que invariablemente van sucediendo en el milagro y misterio de la vida; y aquí rememoro lo que Teófilo Gautier dice: que el azar es el seudónimo de Dios cuando no quiere firmar; y a Nietzche, cuando dice que el mayor peligro para no dejarse embaucar por la creencia en una providencia divina se presenta cuando la vida de cada día y cada hora parece demostrar una y otra vez que la pérdida de un amigo, una enfermedad, una calumnia, una carta que no llegó, el hojear un libro, un sueño, todos esos sucesos son cosas que no debían faltar y se muestran llenos de un profundo sentido para nosotros y  es ahí donde se pone a prueba nuestra conciencia intelectual, como él lo llama, para estar alertas y no caer en la creencia de un Dios que incluso cuida hasta el último cabello de nuestra cabeza.  Nietztche - me parece - a pesar de ser uno de los más extraordinarios pensadores del Siglo XIX se ponía en guardia para no creer en Dios puesto que su razón no lo podía hallar y como era un creyente fervoroso en la humanidad esperaba que surgiese el superhombre ante la muerte de Dios que él decretara.

                     Seguidamente el autor del “Nuevo Tratado Acerca de la Inmortalidad” expone que los últimos descubrimientos científicos tienen analogía con las enseñanzas del maestro Jesús. Debo confesar que aquí me sentí algo confundido pero no por mucho tiempo ya que lo dicho me hizo recordar al gran filósofo italiano Giambattista Vico. Este filósofo dice en efecto que en el lenguaje está la llave de la ciencia.

                     Afirma Vico que el pesquisador de las cosas humanas desprovisto de preconceptos debe sumergirse en la historia para conocer al hombre y sus productos. Material para eso se encuentra en el lenguaje, el cual conserva en su seno los mitos, las fábulas y las tradiciones y expresiones del espíritu humano. Giambattista Vico procura así una unión íntima entre filología y filosofía. Continúa diciendo este filósofo que el hecho de que Descartes haya pretendido llevar la filosofía a la  verdad  demostrativa de los geómetras fue causa de dudas y desorden. A la razón cartesiana Vico contrapone el ingenio, facultad de descubrir lo verosímil y lo nuevo, pues la filosofía sirve para tornar a las naciones y a los hombres, dóciles, magnánimos, ingeniosos y prudentes. O sea, me parece bastante verosímil y digno de atención la exposición que el autor del “Nuevo Tratado Acerca de la Inmortalidad” va explayando a lo largo de su obra.

                     Luego de terminar el tratado sobre la inmortalidad leemos con íntimo regocijo los “Soliloquios” y las “Briznas Filosóficas” en donde uno siente una verdadera paz de espíritu por las acertadas intuiciones de las cuales está impregnado el escrito.

                     He dicho que Emiliano es mi compañero de ruta de la Escritura y  la Verdad,  y es para mí una gran satisfacción y honra tenerlo como interlocutor.

                     Le felicito que no haya claudicado en esa lucha librada consigo mismo en pos de la verdad. Debemos recordar que ya en su primera obra “Memorias de un Leguleyo” ataca sin piedad a la mafia de la Justicia tratando de sacar conclusiones para su bien y el de los demás; luego en “Yo Político” continúa bregando por una salida decorosa a la actitud humana. En “Aprender a Vivir” se adentra a conocerse a sí mismo a través de agudas reflexiones y en el “Nuevo Itinerario Filosófico” bastante más seguro de sí mismo, ya orillando la llegada a la meta, se le nota más feliz. En este último libro nos augura algo insólito, algo que nos puede mover a ver con nuevos ojos nuestro futuro, el futuro de la humanidad.

                                        Pedro Juan Caballero, 12 de junio de 2002.-

                                                            Cristian González Safstrand




                   1.- La certeza de mi personal inmortalidad.-


                   a) La naturaleza imperecedera de la vida.

 

                   La Vida existe en la eternidad. No tiene comienzo ni final. Nos referimos a la “vida en sí misma”, la que es inherente al SER SUPREMO, el que todo lo abarca. El tiene como “su cuerpo” todo el Universo al que “lo siente”, como nosotros “los seres vivientes individuados” con ese material suyo constitutivo sentimos al nuestro. Similarmente a como las células de nuestro cuerpo se juntan para integrarlo, los “seres” que componen el Universo se unen para conformar el Cuerpo del SER SUPREMO. Claro que antes de adoptar esa forma, la del Universo, ese SER ya existía, diríamos, para configurarlo, como PURA REALIDAD. Y de sí mismo dió nacimiento al Universo, Hijo suyo, pero Él mismo a la vez.


                   La manera de exponer lo que precede se refiere a mi punto de vista como ser humano individual, que da por supuesta la existencia del tiempo y el espacio, o del espacio-tiempo como se lo denomina hoy día, que constituyen el soporte para que mi conciencia funcione y configure la realidad que le es propia. Para el SER SUPREMO no cuentan el espacio y el tiempo puesto que en sí abarca “todas las realidades posibles” incluyendo el “nacimiento” y el “final” del Universo.


                   b) La clave para optar a la vida eterna: recibir, comprender y creer en las enseñanzas de Jesús.


             Pues bien: Así como ese SER SUPREMO por el hecho de ser eterno como lo indicamos en el precedente párrafo necesariamente vive por siempre y para siempre, yo he venido desarrollando la idea, por decirlo de una manera, o concibiéndola, tal como se la puede expresar también, en el sentido de haberle dado nacimiento y alimentado a tal punto de cobrar cuerpo en mi ser, de que yo también, como hijo que soy de ese SER SUPREMO estoy definitivamente llamado a no morir jamás.


                   Esta certeza se ha incorporado en mi espíritu a partir de la comprensión de las enseñanzas de Jesús que es a mi ver aquel mismo SER SUPREMO que “ha cobrado cuerpo” en la persona o en la “forma humana” del nombrado Jesús. Los seres humanos desde tiempo inmemorial “concibieron” la “existencia” de dicho SER SUPREMO que para “mostrarse” en el aspecto en que es susceptible de ser “percibido” por aquellos, se “encarnó” en este “hombre”, que para ilustrar que el ser humano es capaz de “dar cuerpo” a sus “concepciones” se llamó a sí mismo “el Hijo del Hombre”. Las “concepciones” del ser humano, en cuanto “ideas”, se producen a través del “pensamiento conceptual” en el que se emplea como instrumento el lenguaje o la palabra, llamada en su función generadora de “acción” como “Verbo”. Jesús, por tanto es la Encarnacióndel Verbo. Así es como se lo menciona en el Capítulo 1 del Evangelio de San Juan, donde se dice que el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.

                  

                   Y es también en esta misma parte del texto bíblico donde se dice que el SER SUPREMO, al que hoy se lo llama Dios, al adoptar la forma aludida en el acto de encarnarse, a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dió la potestad de ser hechos Hijos de Dios, no engendrados de sangre ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios. Es por consiguiente cuando se lo recibe y se cree en EL, es decir, en sus enseñanzas cuando uno se convierte en Hijo de Dios. Al adquirir esa potestad, la de ser hecho Hijo de Dios, se adquiere, por decirlo así, la misma naturaleza que la del Padre, vale decir, tal como ÉL uno vive para siempre.



                            2.- La muerte no es inevitable para el ser humano: Ella puede ser conjurada con el trabajo que el mismo haga con ese propósito y con la ayuda que proporciona el dador de la vida que tiene “vida en sí mismo”


              a) La muerte, una creación de la mente humana a partir de su denominación por la palabra.


             Decía el famoso sabio hindú Shankara, según lo cita Deepak Chopra en su libro “Vida Sin Condiciones”:”La gente envejece y muere porque ve a los otros envejecer y morir” (1). Noam Chomsky, el conocido lingüista norteamericano dice por su lado: “Hablamos como vemos” (2). He ahí pues la razón del morir: Los seres humanos hemos inventado la muerte con la palabra. Este invento, necesario y útil en su momento, hoy ha quedado desfasado, se volvió obsoleto. Esa creación humana, hoy debe ser revertida.


              Para cualquiera es evidente que la realidad es aquello que uno cree. No lo es tanto, a pesar de que ambas voces tienen indudablemente un origen común, que la realidad también es aquello que uno crea. Creer y crear en cierto sentido son lo mismo. La realidad que nos concierne, aquella en la que creemos fue creada por la mente humana a partir de su denominación por la palabra, la que se hace carne en nuestro ser, y a partir de ahí reputamos como “verdad” lo que la palabra designa.


             Pero la palabra, este instrumento maravilloso puede también prestarse para configurar lo opuesto a la realidad, la irrealidad, o para darle el nombre que le es propio, para crear la mentira. Es dura esta palabra, sin duda, pero es menester emplearla, ya que toda la cuestión gira en torno a la verdad y a la mentira. La verdad es la vida y la mentira es la muerte.


            DIOS, el dador de la vida, que puede darla porque la tiene en sí mismo sin haberla recibido de nadie, es la verdad, y por ende no muere. Nosotros, los humanos, que la recibimos de ÉL, desde que nos desligamos de “su Ser” modelándonos con el lenguaje como “seres autónomos”, nos morimos, literalmente, pues somos nosotros mismos los responsables de esa entidad que se llama la muerte que creamos con la palabra. La creamos y una vez creada, creemos en ella. La realidad que nos concierne por tanto se va haciendo en base a nuestras creaciones conceptuales que se van consolidando en base a nuestras creencias.

              La realidad que vemos, aquella que condiciona a nuestro lenguaje, en cierto sentido nos la viene dada pero en otro sentido es susceptible de ser transformada. De hecho, esa realidad ha venido siendo cambiada continuamente desde el advenimiento de la especie humana. Ello ha dado lugar a la “creación” de una realidad muy peculiar y exclusiva para el “animal humano” que ha llegado a distinguirlo netamente de los “otros animales” y demás seres de la naturaleza. Empero, algo que el ser humano no ha podido lograr, en ese emprendimiento de transformación de la realidad, es evitar la muerte que la “realidad dada” le hizo ver que acontecía tanto con los demás seres vivientes como con sus propios congéneres.


         b) Conocer a  Dios  implica  percibirlo  con  los  “ojos" interiores” y entender que estamos constituidos por la misma “materia prima” que Él.


            Dice en el primer capítulo del Evangelio de San Juan, al que volvemos, que nadie ha visto jamás a Dios; el Hijo único, que es Dios, y que vive en íntima comunión con el Padre, es quien nos lo ha dado a conocer.

               Nuestros ojos físicos no están hechos para ver a Dios, pues Él está más allá de lo que es capaz de percibir el ojo humano. A Dios solamente lo podemos percibir con nuestros “ojos interiores”. No es difícil hacerse de la idea de estos “ojos interiores” si imaginamos que cuando estamos dormidos, “con los ojos cerrados”, somos capaces de “ver” infinidad de cosas que solo “existen” en nuestro ser interior. Por consiguiente, el “ver” con los ojos físicos es solo una aptitud del ser humano para tornar inteligible aquella “realidad dada”, susceptible de ser transformada, y  que es solo una ínfima parte de “la realidad total” que es inabarcable.


                            A DIOS entonces hay que conocerlo prescindiendo de nuestros ojos físicos, lo que equivale a decir que hay que sentirlo en nuestro propio ser interior. En suma hay que creer en ÉL. Pero para ello, conforme lo apuntábamos, debemos previamentecrearlo en nosotros. Es decir, aquella “realidad” que vemos con nuestros ojos físicos, que no nos permite divisar a DIOS, la debemos trabajar nosotros mismos transformándola de tal modo que las creencias a las que estamos condicionados por aquellos ojos físicos se transformen en otras que apunten a cambiar nuestro propio ser. Lo que en suma hay que llegar a conocer es que estamos constituidos por la misma materia prima de la que está constituido nuestro creador, nuestro Padre, DIOS, el cual es indestructible y eterno, y lo que hay que entender es que quien vino para dárnoslo a conocer es el Hijo, o sea, Jesús que es ÉL mismo  que “tomó” forma humana, en otras palabras, “fue engendrado” por el primero al “adoptar” la “personalidad” humana   --de ahí lo de Hijo--, el cual, a quienes lo reciben les da también la potestad de ser llamados hijos de Dios, vale decir, la capacidad de tornarse también como el Padre indestructibles y eternos.


                       Todo pasa por consiguiente por creer en la verdad, que es la vida. Para evitar la muerte, basta con dejar de creer en esta mentira, este No Ser que el humano espécimen convirtió en una “realidad mentirosa”, condicionado por lo que veía con sus ojos físicos, no aptos para percibir por sí solos la verdadera realidad. Una vez que se crea en ésta (del verbo creer), será posible crearla para todos, y en esa instancia nuestros mismos ojos físicos tendrán la aptitud para ver esa realidad, esa vida eterna, y seguiremos hablando como vemos, como dice Noam Chomsky, puesto que compartiremos esa verdad, que podremos comprobar que es la ley natural que estaba oculta para nuestro entendimiento, que finalmente aflorará en conformidad con el plan del Creador al culminar el proceso evolutivo en el que estamos inmersos. En esa tarea de “creación” de la realidad verdadera será imprescindible erradicar toda mentira, toda “irrealidad”, pues DIOS es solo verdad, y en ella es imprescindible también por cierto su “ayuda”, pues ÉL es el único “poseedor” de la vida en sí misma y por lo tanto el único dador posible de ella.

              Esta es una cuestión que merece ser puesta en claro pues sin las debidas precisiones es fácil caer en confusiones. Hay lo que llamamos el “Ser Increado”. Este ser increado es el creador de lo que llamamos los seres creados. Los seres creados lo son, en cierto sentido, de la misma materia prima de la que está hecho el primero (materia prima a la que por razones de inteligibilidad denominaremos “conciencia pura” o “inteligencia pura”), vale decir, éste “se otorga” en cierta forma a aquellos, pero en ello está implícito el propósito de hacerlos “distintos” de sí mismo, lo cual es obvio, pues de lo contrario seguirían siendo sólo él mismo. Ese propósito apunta fundamentalmente hacia el ser humano, el cual es el que por virtud del acto creador primigenio y por el mecanismo incorporado al proceso de creación adquiere “la conciencia de ser distinto”. Empero, para permitirle llegar a adquirir esta conciencia el “ser increado” tuvo que dotarlo de aptitudes para “reconocer” su “propio ser” y diferenciarlo de “lo otro”, lo que llevaba implícita la tendencia para conservar y mantener aquel aún en detrimento de éste. Entonces es impreso en “los seres vivientes creados” lo que se ha dado en llamar “el instinto de supervivencia” en cuya virtud básicamente se acepta lo que es agradable y se rechaza lo que es desagradable, lo que contribuye y es útil para desarrollarse y perseverar en el propio ser. En ese camino surge entonces lo que damos en llamar el placer y el dolor. Esta cuestión es sin duda muy compleja y esta manera de ponerlo para simplificarla es asaz burda, no obstante lo cual es necesario hacerlo pues nuestro corto intelecto puede abarcar solo aspectos limitados de la realidad.

                   Somos por consiguiente solo “pedazos” del ser increado inmersos en un proceso de creación que al recalar en la aparición de nuestra especie se concentra en el logro de la indestructibilidad para cada “ser consciente creado”. Pero ese logro requiere en esa instancia del trabajo o actividad consciente del propio sujeto que con ello podrá desembarazarse del condicionamiento impuesto a la “vida” de los seres de las escalas biológicas previas, lo que ciertamente fue imprescindible para hacerla posible, y se encuentra en marcha, por decirlo así, como regida por un “piloto automático” que conducirá la nave hacia el puerto de destino. Esto tiene que ser así para la consistencia de la realidad, y ya se advierte que tal “piloto automático” no es otra cosa que “la inteligencia de la naturaleza” entregada a ésta por aquella otra Inteligencia inherente al ser increado, el cual de hecho sigue cuidando de su obra, y a tal propósito, va derramando su sabiduría para quien se muestre dispuesto a recibirla, que no son muchos, con lo cual empero se va afianzando sostenidamente el proceso evolutivo que ha de culminar con la consecución de la “definitiva vida” o “vida eterna” para todos los seres humanos individuales que hayan terminado “el trabajo” de liberarse de todos los condicionamientos que le “atan” a aquel mecanismo “primario” que permitió inicialmente su “diferenciación” de lo demás, o como también se puede decirlo, su diferenciación de “lo increado”. Ello lleva implícita la aceptación de que es “la mente” la que crea el cuerpo, o sea, como lo decíamos antes, nuestras “creencias” radicadas en nuestra mente, ( o espíritu, como se quiera llamarlo), deben cambiar en el sentido de comprender que como “partes” o “pedazos” del ser increado, hechos de la misma “materia prima” de la que está hecho el mismo, vale decir, conciencia pura, mente pura o inteligencia pura, tal cual él, también nosotros poseemos la potencialidad para vivir para siempre y ser eternos.


  c) El siguiente  paso  en  el proceso evolutivo consiste en revertir  el  mecanismo  biológico  que  conduce  a  la muerte.


            Esta cuestión tropieza con la dificultad de que atenta contra “el sentido común” y más todavía contra un cúmulo de conocimiento catalogado debidamente como “científico” que la gente por ello se resiste a aceptarla de buenas a primeras. Como en tantas otras cuestiones suscitadas dentro del proceso de avance de la ciencia, se trata en ésta solo de un cambio de enfoque, una inversión radical de la visión: Los seres vivos evolucionan, esa evolución requirió en su transcurso en un momento dado del mecanismo de la muerte, el cual una vez cumplido su finalidad debe ser superado, y la instancia en la que puede ser superado es a través de aquellas estructuras mentales que reciben el nombre de creencias.

                             

                Tal como lo decíamos en el título de este capítulo, la muerte no es inevitable para el ser humano:  Ella puede ser conjurada con el trabajo que el mismo haga con ese propósito y con la ayuda que proporciona el dador de la vida que tiene “vida en sí mismo”. Este aserto en realidad constituye una constatación científica y a propósito viene a cuento citar a Arthur C. Clarke, una de las mentes más lúcidas de nuestro tiempo en materia del conocimiento científico, quien nos dice lo siguiente: “La muerte --como el sueño-- no parece ser algo biológicamente inevitable, aunque sea una necesidad de la evolución. Nuestros cuerpos, aunque esa falsa comparación se haya hecho frecuentemente, no son como máquinas, jamás se consumen ni se desgastan, porque continuamente están reconstituyéndose en base a materiales nuevos. Si ese proceso fuese uniformemente eficaz, seríamos inmortales”. (Perfiles del Futuro, Pág. 248/9, Luis de Caralt Editor S.A., Rosellón 246, Barcelona, 1977).

               Es notorio que solo las creencias son las que han venido condicionando al ser humano en su “aceptación” de la inevitabilidad de la muerte. Rudolf Ch. Eucken en su obra “Los Grandes Pensadores” cita a Locke a quien atribuye la siguiente sentencia: “la ciencia propia y el fin propio del hombre es la mortalidad”(3).

                 Todos los filósofos, de consuno, dan por supuesto que el hombre “debe morir”, lo que les viene impuesto por su visión deformada de la realidad. “Todos los hombres son mortales”, decía Aristóteles y de ahí para adelante todos daban por verdad inconcusa este aserto. Ciertamente, son los propios ojos físicos los que, equiparándonos con los “demás animales”, nos “mostraban” que “necesariamente” teníamos que “morir”. Si, como mecanismo de la “evolución biológica” en su aspecto “físico” esto era adecuado que sucediese hasta ahora, lo apropiado para esta misma evolución es que en adelante este mecanismo sea revertido. Pues ¿Porqué morir?. Y también: ¿Para qué morir?. La versatilidad de la vida nos permite entender que cuando ella se da en plenitud, no se requiere de la muerte, la inteligencia es capaz de concebir infinidad de mundos en los que podemos existir sin estorbarnos mientras disfrutamos de la dicha genuina y auténtica que no es otra la finalidad para la que hemos sido creados. Como dijo el geneticista inglés John B.S. Haldane: El universo no solo es más extraño de lo que suponemos, sino de lo que somos capaces de suponer.

                  Enmarcado dentro de estos parámetros, yo he llegado a afincar en mi conciencia la convicción de que mi cuerpo físico no habrá de perecer. De hecho, mi cuerpo no es otra cosa que una condensación de energía, un campo de energía dentro del cual funciona mi individualidad, definitivamente este cuerpo puede ser equiparado a una masa de materia que en esencia está compuesta de “cuantos de luz”, la cual no necesita desintegrarse puesto que se encuentra en constante intercambio de sus partes constituyentes con las del medio en que está situado. Ciertamente, soy solo un instrumento de la Inteligencia Superior que rige el cosmos, pero como tal la desintegración de mi “cuerpo” no tiene porqué ser una fatalidad, y por el contrario, su persistencia puede erigirse en un medio para contribuir al avance de esa misma evolución que se constata acontece dentro del proceso biológico. En ese contexto, puedo ser yo uno de los que la gente puede “ver” que no muere físicamente, y a partir de ahí, ir cambiando sus creencias.


 

                                      3.- La “Visión” global de la “realidad” en la que se sustentan las premisas precedentes, comprensiva de toda la “historia” de la Vida en el planeta, en consonancia con el “conocimiento verdadero”, imprescindible para ir creando la nueva realidad en la que se estructure la inmortalidad personal del ser humano.-


                   a) La ciencia, soporte básico de la verdad.


                 La premisa de la inmortalidad personal para ser asequible para cada uno requiere de una visión global de la realidad que debe estar sustentada en un conocimiento verdadero. Ese conocimiento verdadero, ese conocimiento fiable se ha ido desarrollando por la humana especie fundamentalmente dentro de lo que se da en llamar el conocimiento científico. Mal que les pese a sus detractores, la ciencia, con sus limitaciones, constituye el soporte de la vida del ser humano en este planeta en la forma en que actualmente se desenvuelve. No se trata de desconocer otras experiencias como el arte y la religión, que procuran también a sus “profesadores” un conocimiento que tiene igualmente la legitimación de la verdad, más estas experiencias son de índole eminentemente subjetivas, por lo que para su asimilación por la generalidad deben integrarse necesaria y finalmente dentro de la disciplina científica para su constatación y certificación definitiva.

                     Ciencia desde luego es sinónimo de conocimiento, y en tal sentido desde antiguo todo saber que el humano espécimen ha venido adquiriendo, desarrollando  y sistematizando, traducido primeramente en aquello que el sentido común reputa como verdadero, últimamente se ha convertido en un cuerpo de información tan numeroso y complejo que para tener la suficiente versación en cada una de las ramas que la componen se requiere de una formación metódica de modo que solo los expertos pueden alcanzar a tener el debido conocimiento en las distintas especialidades científicas.

              No obstante, cualquiera puede sin duda acceder al conocimiento de los principios básicos en los que se sustenta la ciencia, así, genéricamente, y este conocimiento es el que debe servir de soporte para la elaboración de las ideas que sirvan para penetrar más y más profundamente en el sentido de la realidad, como también para transformarla, que ya está visto que en materia científica descubrir es también crear.

                   El hecho de que la ciencia sea el soporte básico de lo que damos por verdad radica en que ella es la que en cierto modo enuncia verdades demostrables, vale decir, susceptibles de ser constatadas por todos, aún cuando con sus naturales limitaciones, ya que ella también tiene sus axiomas, es decir las premisas previas “no demostrables” en las que entran a funcionar las creencias, o si se quiere, la fe, presupuesto que torna sustentable la realidad que es reputada como verdadera. Ello es lo que en el campo de la Filosofía nos ha hecho afirmar que en última instancia la verdad solo puede ser mostrada, no demostrada. Hablamos de la fe y en realidad deberíamos decir la buena fe, ya que la persuasión que cada cual tenga sobre la veracidad de los postulados científicos debe descartar toda malicia. En la ciencia, como en la vida cotidiana, se requiere que la gente actúe guiada por la presunción de sinceridad de los demás, tal que cuando alguien diga que esta es una mesa el otro tenga la certeza de que tal cosa es, vale decir, que no miente, al igual que cuando el científico que ha procedido a medir la velocidad de desplazamiento de la luz afirma que es de 300.000 Km. por segundo merezca crédito a los otros, lo cual permite que la verdad tenga siempre un sustentáculo válido y consistente.


                   b) La visión de la ciencia sobre la “historia de la  vida” en la actualidad.


                  En esta línea de razonamiento, y tal como lo apuntábamos más arriba, con una visión global de la realidad que debe comprender el conocimiento fiable al que se ha podido acceder hasta ahora través del sentido común debidamente corroborado por todas las disciplinas científicas, imprescindible para ir creando la “nueva realidad de la inmortalidad personal del ser humano”,  se impone la clarificación de lo que la ciencia ha determinado sobre la “historia de la vida” en este planeta para poder estar seguros de qué es lo que se sabe sobre eso y seguir construyendo sobre esos cimientos.

                  Nos dicen los científicos a ese respecto que la vida es fruto de un proceso evolutivo, cuya pista se ha seguido desde la aparición de la primera célula viviente hace tres mil quinientos millones de años aproximadamente pasando por etapas de sostenida y gradual complejidad y mejoramiento de las aptitudes para desenvolverse dentro del entorno de cada ser vivo subsiguiente, hasta culminar en el advenimiento de la especie humana hace quizás un millón de años, que tras arduo transitar inventó esta civilización hace solo unos quince mil años, y desde entonces, y aun antes, hasta hoy, viene buscándole sentido y significado a través de un instrumento, el más prodigioso invento que haya producido, el lenguaje humano.

              En otros términos, la vida, esa aptitud que confiere a la materia la potencialidad para desarrollar ciertas propiedades exclusivas que la diferencian de esa parte de sí misma que carece de tal potencialidad; asignándose a la primera la cualidad de “animada” y a la segunda la de “inanimada”; la vida, repito,(o la que reputamos por tal con el conocimiento que hemos llegado a obtener  utilizando como instrumento el lenguaje humano), se da en este planeta inmersa en un proceso evolutivo cuya escala temporal excede no solo la de la duración de una vida humana sino la de la historia de la civilización y la de la prehistoria desde el surgimiento de la misma especie humana, abarcando incuestionablemente también toda esa etapa que antecede a las mencionadas precedentemente a partir de la cual emergió la célula primordial que se constata estar emparentada con  los seres humanos a través del Acido Desoxirribonucleico (ADN) como ladrillo de construcción que nos constituye a todos los seres vivientes; esa vida dentro de ese proceso evolutivo, apunta hacia adelante, avanza progresivamente, puesto que tal es, desde luego, el sentido de toda evolución.

                Lo que los científicos han hecho hasta ahora es dar por sentado de que esa evolución ha culminado con el advenimiento de la especie humana, catalogando a ésta dentro de los mismos parámetros aplicados a las especies de las escalas biológicas de nivel inferior, estableciendo en ese cometido la premisa irreductible de que la muerte forma parte indisoluble de la naturaleza de todo ser vivo individual. En ese contexto, la biología ha enseñado desde que se tiene noticias de ella de que todo ser vivo nace, crece, se reproduce y muere, como se consigna en todo manual de instrucción académica.

                    La premisa aludida es indudablemente nada más que un prejuicio, aunque el mismo se encuentra entretejido con tal cantidad de otros presupuestos tan poderosamente enlazados unos con otros que difícilmente alguien puede ser capaz de desembarazarse de él. Empero, ello no es imposible.


                   c) Interrogantes que suscita la tesis de que la evolución ha terminado.

 

                                      El primero y fundamental interrogante que plantea la idea de que la evolución ha culminado con el advenimiento de la especie humana a la que le es inherente la muerte física definitiva como a todos los demás seres vivientes es si qué sentido puede perseguir una evolución que termina en un callejón sin salida. Porque hay que convenir que si el destino final de cada ser viviente individual es la muerte (premisa admisible en cierto modo en cuanto a su aplicabilidad a los que conforman la escala biológica previa a la humana que no poseen el pensamiento conceptual y el lenguaje para discernir que haya siquiera evolución), la evolución de que se trata no sería sino una imaginería absurda concebida por la mente humana que mira impotente a una “realidad” efímera que se esfuma en el infinito, convirtiéndose entonces en un juguete del impredecible azar que si le permite caprichosamente experimentar “momentos” de dicha le estaría deparando también en contrapartida la cruel realidad del sufrimiento sumada a la perspectiva cierta de la aniquilación total y definitiva del propio ser. En suma, en última instancia la evolución y la vida misma carecerían de sentido, el universo no constituiría otra cosa que un monstruoso engendro de sí mismo.

                                      No se trata de sentar aquí el axioma de la absoluta necesidad de que la muerte individual definitiva del ser humano se descarte de la realidad como premisa ineludible para sostener que la evolución tiene sentido. Es posible que se alegue que si tal evolución ha culminado y llegado “hasta aquí”, con el presupuesto de que la muerte corporal integra a su esencia como algo inevitable, también puede encontrarse “sentido” a dicha evolución. Después de todo, la aceptación de la “muerte física” es algo que se ha venido dando desde hace mucho tiempo, generación tras generación, sin que ello haya sido obstáculo para que el humano espécimen continúe aferrado a su determinación de seguir “viviendo” este corto tiempo que le toca en suerte. Cuando Albert Camus plantea en “El Mito de Sísifo”(4) que la única cuestión filosófica importante es el suicidio, expresa de la manera más descarnada el dilema del individuo humano, pero está visto que esta cuestión filosófica la resuelve éste dando su apuesta por la vida sin parar mientes en su condición de efímera, puesto que de lo contrario cotidianamente hubiéramos sido testigos --y protagonistas-- de suicidios masivos. Claro que esas guerras insensatas llevadas a cabo por la humana especie pueden equipararse de alguna manera a suicidios masivos, y tanto es así que a Bertrand Russell por ejemplo le ha llevado a interrogarse si ¿Tiene el Hombre futuro? (5), pero aún esa horrorosa y macabra experiencia de las guerras no ha desembocado hasta hoy en la extinción de la especie que por el contrario sigue aumentando su número de individuos. Tampoco hay que olvidar las fantasías de los que especulan con los avances de la ciencia y la tecnología en el sentido estrictamente “material”, como por ejemplo el ya citado Arthur Clarke que aventura la hipótesis de la desaparición de la especie humana y su remplazo por la “máquina sapiens” u otras variantes como la simbiosis entre el hombre y la máquina o incluso el desarrollo de otros “animales inteligentes” para colaborar con el hombre en la satisfacción de ciertas necesidades (6). Pero todo ello da por sentado de que “ningún individuo existe permanentemente” como apunta en su ya citada obra, pag. 269. Este mismo autor va aún más adelante y se adhiere en cierto modo a la hipótesis de Bertrand Russell que predice para todo el universo “la extinción” definitiva, en consonancia con lo postulado por la ciencia de “la muerte por el calor” del universo como algo inevitable, transcribiendo un párrafo de un texto donde este último afirma que “ ..todo el templo de los logros del hombre tendrá que ser enterrado, inevitablemente, entre los escombros de un universo en ruinas...Todas esas cosas, no solo están por encima de toda disputa, sino tan cerca de la certeza, que ninguna filosofía que las rechace podrá mantener la menor esperanza de permanencia” (Obra citada página 274). Obviamente, Arthur Clarke no es tan pesimista y augura la posibilidad de que en un futuro inconmensurable puedan existir “seres extraños” que podrían ser nuestros sucesores que “en el transcurso de esos infinitos eones que los aguardan, tengan tiempo suficiente para intentar la realización de todas las cosas y la acumulación de todo el conocimiento”(Obra citada página 275), y de hecho, como ya se señaló antes, él no descarta la posibilidad de una inmortalidad personal para el individuo humano, pero ello lo expresa precisamente solo como una mera posibilidad cuya consecución por ahora no tiene trazas de realizarse.


                            Pues bien: Aún admitiendo que puede encontrarse un “sentido” a la evolución dando por sentada la premisa de la “muerte definitiva” inevitable del individuo humano hay que concordar que se trata de un sentido bastante insatisfactorio, pues conforme ya lo señalaba Spinoza y lo corrobora la ciencia con la formulación de la teoría del instinto de supervivencia, “cada cosa se esfuerza por perseverar en su ser en forma indefinida”(7). Y a despecho de ese esfuerzo que no llega a plasmarse en realidad la muerte física sigue aconteciendo, y los filósofos, y los científicos, y en fin, todos los individuos humanos de consuno continúan dando por sentado que así ha de seguir, no atinando a lanzar una hipótesis verosímil y razonable que permita vislumbrar una manera de conjurar ese hecho que se reputa como inexorable. Casi toda filosofía se erige así en una búsqueda desesperada del sentido de la vida y de la existencia, y basta leer las intrincadas elucubraciones que al respecto han maquinado los teóricos de la materia. Las páginas de Jean Paul Sartre, de Karl Jaspers, de Martín Heidegger dan fe de esta afirmación. El ser humano es solo un “ser para la muerte”, y el significado de la vida puede encontrarlo él únicamente en la concienciación de la realidad incontrastable de que  “es lanzado a la existencia en dirección a la muerte”(8), como apunta el último de los nombrados. En suma, todos están contestes de que no hay escapatoria de esa “realidad” que indefectiblemente le ha de acontecer a cada uno tarde o temprano.


                   d) Puntualizaciones de algunas ambigüedades implícitas en los presupuestos científicos


                            Así pues, la ciencia nos dice hoy que la evolución biológica de la especie humana se detuvo  hace unos cincuenta mil años, y que desde entonces, la evolución no fue ya genética sino cultural y social; el cuerpo y el cerebro humano siguieron teniendo la misma estructura y tamaño, tal como nos informa Fritjof Capra en su obra “El Punto Crucial”, apoyado en fuentes autorizadas en la materia(9).


                            Cabe señalar que cincuenta mil años dentro de la escala de la evolución de la vida es un lapso asaz exiguo, por lo que no parece apropiada una afirmación tan tajante como que “la evolución de la especie humana se detuvo” por aquel tiempo, a más de que la ausencia de cambios en la estructura y tamaño del cuerpo y del cerebro es un elemento de juicio sumamente precario para postular esa hipótesis. El ritmo de la evolución genética ha sido muy lento, por lo que para apreciar sus secuencias hay que insertarlo dentro del contexto de esa escala.


                            Ubiquémonos por tanto “en el principio”, cuando hace aproximadamente tres mil quinientos millones de años atrás se forma de la materia inanimada la primera célula viviente. La complejidad de esta estructura es tal que no se necesita hablar de ello, como tampoco de los factores físicos que confluyeron para su conformación inicial que es algo sobre lo que mucho se ha escrito.  Lo que sí queremos mencionar es que el funcionamiento de esa entidad requiere de una organización tan grande y precisa, que la mente humana difícilmente puede imaginarla y de hecho, la ciencia no ha penetrado hasta hoy en todos sus secretos.


                            La ciencia, esta disciplina que para preservar su independencia ha asumido decididamente que solo lo que el intelecto humano llegue a conocer por sí mismo puede ser postulado como verdadero en este campo, adoptando así la recomendación de Kant de que se debe tener el valor de emanciparse de la tutela de las “autoridades” que dictaban lo que debía tenerse por verdad, ha venido sosteniendo en consonancia con esta idea que la vida surgió espontáneamente “por azar” en este planeta, aconteciendo con la materia una “auto-organización” debida a las “leyes intrínsecas” que la rigen, la que fue “evolucionando” progresivamente en virtud del propio impulso enmarcado dentro de esas mismas leyes, que en lo biológico incorpora otros “principios” como la “selección natural” y “las mutaciones”, hasta llegar a su “fin” en lo que se refiere a la especie humana hace como cincuenta mil años atrás, habiendo sido reemplazada por una evolución cultural y social que ha tomado la posta dejada por la evolución genética.


                            Esta forma de configurar la “realidad de la vida” no es en modo alguno desatinada y se puede hasta decir que es sumamente “razonable”. Tal como lo apuntábamos más arriba: Se puede dar fe únicamente de lo que se ve. (Ello  entendido como lo que se percibe a través de los sentidos y es procesado por el intelecto. Sin duda que por la imprescindible probidad que debe imperar en esta materia, es completamente admisible que solo lo que se constate sea lo que se acepte como veraz).


                            Ahora bien: En la configuración susodicha existen evidentemente supuestos implícitos que se dan por “ciertos” pero que más bien obedecen a la ignorancia de los factores y sucesos involucrados. Tal por ejemplo el referente al “azar”, y también el “propio impulso” de la “materia viva”, que son conceptos que encierran ambigüedades en las que se manifiestan la impotencia del intelecto humano para dar una explicación satisfactoria para esa “realidad” concreta.


         e) Argumentos de algunos autores en favor del surgimiento de la vida “por azar”.


                       En un memorable ensayo de Isaac Asimov titulado “El argumento de judo”(10) este autor de prolífica y lúcida producción en el campo científico plantea la posibilidad de que la vida, tal como la conocemos en este planeta, es decir, con las estructuras químicas de las que está constituida, haya surgido “por azar”.  Menciona en ese artículo el cuestionamiento que le hizo un lector de otro anterior suyo en el que él sostenía la tesis de que todo surgió “por obra del azar”, y ante el cuestionamiento, el mismo no tuvo otra alternativa más que admitir que la probabilidad matemática de que una estructura en particular como el ADN  --siendo el ADN el único compuesto químico base de la vida en este planeta-- haya surgido por azar es algo que no puede jamás acontecer ni siquiera en todo el tiempo concebible de duración del universo, atendiendo a las fortuitas combinaciones posibles calculadas en base a la cantidad de componentes que lo integran. Estos componentes son los llamados trinucleótidos, que en número de cuatrocientos aproximadamente y de acuerdo a la forma en que están combinados constituyen la estructura del ADN. Claro que él argumenta que el hecho de que se haya formado el ADN en particular no significa que tenga que descartarse el azar, pues alguna estructura siempre puede formarse por azar, y lo único que se puede deducir del hecho de que sea el ADN el que por azar se formó en este planeta es que en otros lugares del Universo la vida seguramente debe tener una configuración distinta a la que presenta en la tierra, pues está visto que “en las condiciones propicias” para que ella surja, las mismas “leyes ciegas” de la naturaleza que rigen el funcionamiento de la materia hacen que ella adopte una forma que debe conducir inexorablemente a la vida. En otras palabras la incalculablemente complicada estructura del ADN, que comporta una organización que posibilita la vida es obra del azar, porque intrínsecas están en la materia las leyes ciegas que la llevan a organizarse. Estas leyes, con ser ciegas, apuntan no obstante a una cada vez mayor complejidad de modo que van formando organismos, y órganos en cada uno de esos organismos, y finalmente la “inteligencia” que florece en el hombre, instrumento que en cierto modo le permite liberarse de ese “azar”.


                   Hay que señalar que Asimov tiene la suficiente honradez como para no descartar que la “organización” de la materia viva pueda obedecer a una “Inteligencia”, pero ante lo que entiende como una ausencia de pruebas se manifiesta a favor de la “inexistencia” de esa Inteligencia usualmente llamada Dios.


                     Las pruebas que pide Asimov de nuevo consisten en aquellos “hechos” que pueden ser vistos. Es decir, no veo a esa Inteligencia por ninguna parte y por ende concluyo que no existe.

                      Lo más notable es que lo mismo podría decirse de la “Inteligencia humana”. Ella no puede ser vista, es algo intangible que la deducimos de lo que sentimos en nosotros y de lo que somos capaces de hacer, es decir, se presupone su existencia en nosotros porque tenemos la aptitud para “ordenar” las cosas.


              Nos hemos referido también en nuestro “Nuevo Itinerario Filosófico”(11) a la tesis de Jacques Monod, desarrollada en su obra “El Azar y la Necesidad”, donde igualmente postula que la vida surgió por azar en este planeta, y nos viene a la memoria la hipótesis de otro biólogo contemporáneo muy renombrado, el japonés Motoo Kimura, incluido por Guy Sorman entre sus “Verdaderos Pensadores del Siglo XX”(12), el cual también afirma que el surgimiento de la vida y sobre todo de la vida inteligente en este planeta es producto del azar, pero aclara que se trata de un acontecimiento único que es matemáticamente imposible que se dé en otra región del Universo. Por consiguiente, este último biólogo nombrado que también se adhiere al surgimiento de la vida “por azar”,  lleva su tesis a tal extremo que descarta que la “selección natural” se produzca por el mecanismo de la “supervivencia del más apto” como sugieren los darwinistas y los neo-darwinistas, sino que afirma que se da en dicha selección la “supervivencia del más afortunado”, en el sentido de que también es “el azar” el que gobierna la “formación” de cada uno de los organismos y especies que van consiguiendo “escalar” las distintas etapas de la evolución. Por lo tanto sostiene que este hecho es tan improbable, aun teniendo en cuenta “las leyes ciegas” de la naturaleza, que es inconcebible que la vida pueda existir en toda la vasta extensión del resto del Universo, y principalmente la “vida inteligente”, en la forma en que “apareció” en el planeta tierra.


                                      Ciertamente, los  últimos avances en el campo científico han cuestionado seriamente los criterios tradicionales del darwinismo y el neo-darwinismo aplicados a la evolución, tendiendo hacia lo que Fritjof Capra designa como “la visión sistémica de la vida”. En esta visión entran a tallar no meramente “el azar y la necesidad”, “la selección natural, la adaptación y las mutaciones”, sino cuenta también como un factor fundamental “los caminos de creatividad” que va abriendo “la materia viviente” a medida que evoluciona. Los datos recogidos, comentados y desarrollados por Fritjof Capra en su obra “La Trama de la Vida” (13) son tan interesantes que fascinan. No es fácil resumirlos aquí. Empero, cabe mencionar que, conjugando los conocimientos acumulados por varios científicos  en sus investigaciones, entre ellos Ilya Prigogine, James Lovelock y Lyn Margulis, Humberto Maturana y Francisco Varela, nos informa que “según la emergente nueva teoría, debemos buscar la fuerza impulsora de la evolución nó en los acontecimientos azarosos de las mutaciones aleatorias, sino en la tendencia inherente en la vida a crear novedad, en la aparición espontánea de complejidad y orden crecientes” (Ob. cit. pág. 238). No obstante, no se descarta “la mutación aleatoria” como factor de la evolución, aunque se lo catalogue como “el menos importante”. Así, se insiste en que “movida por la creatividad inherente a todos los sistemas vivos, expresada por tres caminos distintos -- mutaciones, intercambio de genes y simbiosis-- y espoleada por la selección natural, la pátina de la vida se expandió e intensificó en formas de creciente diversidad”. Sin embargo aclara: “No existe evidencia de ningún plan, objetivo o propósito en el proceso global evolutivo, y por lo tanto, tampoco lo hay de progreso, pero aún así existen patrones de desarrollo reconocibles”.  La evolución por consiguiente, para la “nueva teoría emergente” ( nos aclara el mencionado autor que “no ha sido aún formulada una nueva teoría general de la evolución basada en estas recientes revelaciones”) es el producto de la “aptitud” que “posee la materia viviente” para “autoorganizarse”. A tal punto que de cierta manera el mismo planeta que habitamos puede ser considerado como un “organismo viviente”, en referencia al “Sistema Gaia” concebido por la Teoría elaborada por los nombrados James Lovelock y Lyn Margulis, de lo que no se deduce empero que este “organismo” tenga “conciencia” o “inteligencia en sí mismo”. Sobre el “universo en su totalidad” se afirma que no existen elementos de juicio suficientes para que sea considerado como un “ser vivo”, siendo la principal objeción para ello que “la vida” necesita para desenvolverse de “un entorno”, puesto que “los sistemas vivos se definen como abiertos a un flujo constante de materia y energía”, no pudiendo hablarse por ende del universo en su totalidad, “que lo incluye todo”, como un “sistema abierto”.


      g) Recapitulación y conclusión  acerca de los tópicos abordados en este capítulo.


                    Regresemos ahora a las consideraciones que estábamos haciendo sobre estos temas. 


                   Ya lo dijimos antes en nuestro “Nuevo Itinerario Filosófico” citando a Jorge Luis Borges: Llamamos azar al tejido infinito e incalculable de efectos y causas que escapan de nuestro conocimiento. Cuando algo ocurre cuya causa ignoramos decimos que ocurre “por azar”.


                     En cuanto al “impulso” intrínseco atribuido a la “materia” para “organizarse” es lo mismo al que Asimov llama “las leyes ciegas” de la naturaleza que, como él lo admite expresamente, requieren de “ciertas condiciones” que deben concurrir en el “entorno” para manifestarse. Henri Bergson lo denomina precisamente como el “impulso” o el “ímpetu vital” (eloin vital) y George Bernard Shaw como “la fuerza vital” (life force). Sin duda, esto es aún más difícil de configurar, pues se trata de algo tan abstracto en el que se puede pensar solo como una “tendencia”, la cual sin embargo requiere de ciertas “condiciones propicias” del medio ambiente, “condiciones” a las que se debería atribuir también necesariamente una “tendencia” a “autogenerarse”. Obviamente esta “auto generación” de las condiciones solo puede ocurrir “casualmente” en un planeta que esté en una posición similar o igual a la tierra con relación a su sol, pues al menos en nuestro sistema solar se advierte que los demás planetas que lo componen no han desarrollado esta cualidad.(De los planetas de otras regiones del Universo no podemos hablar, pues nada sabemos sobre ellos en este aspecto). En suma, a estar por lo postulado por el conocimiento científico, la “materia inerte” o “inanimada” puede organizarse “espontáneamente” en materia viviente cuando concurren innumerables “factores aleatorios”, lo que sin embargo resulta un acontecimiento insólito y altamente improbable, por lo que tampoco se descarta la “existencia” de una Inteligencia que la “organice”.


                                      Continuemos entretanto la línea del razonamiento concordante con las teorías científicas, y demos por supuesto que tal “poder de organización” se encuentra intrínseca en “la materia” como simple “fuerza ciega”, “impulso” o “leyes naturales”, y obviamente esa  “virtud para obrar” esa “energía” no puede ser considerada como “inteligente en sí misma”. Ciertamente, cuando observamos un objeto inanimado que “no se mueve” a menos que nosotros lo movamos, y “nada hace” salvo que nosotros le “hagamos hacerlo”, se nos presenta bastante difícil concebir que ese objeto tenga en sí inteligencia alguna. Lo equiparamos a un cuerpo muerto que solo “se mueve por sí mismo” mientras “tenga vida”. El “sí mismo” de los seres vivos es según se piensa aquello que “lo anima”. El vocablo “animal” proviene desde luego de “ánima”, cuyo significado etimológico es “soplo”, lo que denota que los seres vivos están movidos por el aliento, por el soplo de vida, lo cual se deducía obviamente de que quien moría dejaba de respirar. Sin embargo el concepto era evidentemente más amplio, pues también las plantas estaban vivas, y en cierto sentido también “se mueven” pues ellas “nacen y crecen” y también “mueren”. Ese “sí mismo” de la materia viva se prolonga entonces hasta que le sobreviene “la muerte”, ese “impulso vital” mueve ciertamente a la “materia viva”, pero la mueve hasta que algún tiempo después le llega su inevitable “destrucción”.


                            En suma, ese “impulso vital” que organiza a la materia viva, intrínseco en ella, que se “manifiesta” en la que carece de vida solo si media ciertas condiciones “externas”, no es configurado en la ciencia como algo “inteligente” en sí mismo aun cuando promueva el funcionamiento ordenado de la materia en virtud de una tendencia, sino que es catalogado como constituyendo unas “leyes ciegas” inherentes a la materia. No obstante, dicho “impulso” es algo intangible, se lo supone simplemente “existiendo”.


                            Las “leyes ciegas”, con ser “ciegas” apuntan no obstante a que la materia organizada en vida funcione de una manera más ordenada o si se quiere más compleja cada vez, de modo que “sus componentes” actúen con una sincronización espontánea inmensamente más complicada de lo que puede conseguir la inteligencia humana cuando organiza y hace andar a la materia inanimada. Ninguna máquina de fabricación humana puede igualar o tan siquiera asemejar a la materia viva en su funcionamiento, tal como nos lo dice Arthur C. Clarke en el párrafo transcripto de su obra citada más arriba. Esta “aptitud” para la “creatividad” inherente a la “materia viviente” es consignada como un mero “hecho constatable” por las nuevas teorías científicas, pues a pesar de todo se sigue descartando que la “Inteligencia Organizadora” --no susceptible de ser “constatada”-- sea una “entidad” en sí misma, como se aprecia en los comentarios y citas precedentes de la mentada obra de Fritjof Capra. Hay que destacar que Fritjof Capra se adhiere a la tesis de que “resulta filosófica y espiritualmente más satisfactorio asumir que el cosmos como un todo está vivo..” pero admite que “dentro del marco de la ciencia no podemos --al menos por ahora-- hacer tales afirmaciones” (Obra citada, página 228). Ya en su obra anterior “El Punto Crucial” este autor concluía en base a sus exhaustivas investigaciones que “En el orden estratificado de la naturaleza, la mente de los seres humanos está comprendida en una mente más vasta, perteneciente al sistema social y ecológico, que a su vez está integrado en el sistema mental planetario  --la mente de Gea-- que forma parte de una mente universal o cósmica”. Esta nueva concepción a la que él denomina “la nueva visión integral”, si bien no refleja “la idea tradicional de Dios” ya que no es una “figura masculina o femenina, ni tampoco se manifiesta en forma personal...” representa sin embargo a “la dinámica ‘autoorganizadora del cosmos’”.(Ob. cit. págs. 339/40).

                            Se observa que Fritjof Capra se debate entre su adhesión al “rigor científico” y su búsqueda de sentido a la “totalidad”. De ahí la dificultad que se le presenta para conciliar que el “universo en su totalidad” pueda ser considerado como un “ser vivo”. Ante la constatación de que “los sistemas vivos se definen como abiertos a un flujo constante de materia y energía”, piensa que no es posible concebir al universo como un “sistema abierto” pues da por sentado que el universo “lo incluye todo”.

                            La dificultad señalada por Fritjof Capra se resuelve entendiendo que si el universo “lo incluye todo” ello se refiere únicamente a lo que puede abarcar “la mente humana”. Si el universo tiene “fronteras” es porque ellas son puestas por la limitada inteligencia humana que debe fijar dentro de ciertos “contornos” meramente conceptuales la “consistencia” de un sistema con explicaciones que le satisfagan. Es obvio que “el universo” en sí mismo, o mejor dicho por sí solo, no puede ser considerado como un “ser vivo”, pues “la vida” que en él palpita no la tiene “por sí mismo” o “por sus propios medios”. El Universo, como también la Tierra, y aún, todos los demás seres vivientes, incluido el ser humano, son sólo “pedazos finitos” de materia y energía, abiertos al flujo de Energía infinita proveniente del “ser increado”. Conforme él lo expone, si Dios ha de ser configurado como “la dinámica ‘autoorganizadora del cosmos’”, no precisamente Él ha de ser  “circunscripto” al cosmos o al universo “configurado” por la mente humana, vale decir, no sólo tiene que ser concebido como inmanente al universo, sino también trascendiéndolo, como una Energía Pura e Infinita de la que proviene “todo lo creado”. Así es como lo hemos dicho al comienzo mismo de este trabajo, y puesto que la ciencia hoy ha determinado la equivalencia entre materia y energía, no existe ningún tipo de impedimento para que la energía siga fluyendo indefinidamente de la Energía Primordial que está “más allá del universo” hacia éste. Esto, para el caso en que los concibamos como “cosas separadas” pues nada obsta para que con una visión “unificada” consideremos al Universo y a su creador como un “todo infinito e indiviso”, punto de vista también perfectamente admisible dentro de la “realidad conceptual”, producto de la construcción mental de los seres humanos.

                            Se advierte por consiguiente que, a pesar de una vaga intuición, Fritjof Capra, destacado exponente de las ciencias, quien dice “preferir” la idea de que el “universo como un todo” sea considerado como un “ser vivo”, continúa no obstante aceptando la tesis de que es “la materia” por sí sola, la que se “autoorganiza en vida” sobre este planeta. Es decir, es sólo por virtud de las “leyes ciegas” o “la inteligencia ciega de la Naturaleza” (que excluye la existencia de alguna “Inteligencia Organizadora” que esté “fuera de la materia misma”), que “la vida” emergió en este planeta a partir de la “materia inerte” o “inanimada”.


                            Pero la cosa suma y sigue: Esa materia autoorganizada en vida por virtud de las leyes ciegas encuentra el camino para “fabricar” en los seres vivos los “cinco sentidos” y una “inteligencia propia”. ¿Cómo habrá podido este “cuerpo vivo” ir creando “por sí mismo” los “órganos apropiados” para ver, oír, oler, palpar y degustar, así como “la inteligencia” necesaria para procesar tales “sensaciones” e interpretarlos?. Todo ello se da en conjunción con un medio en el que la luz puede hacerse “visible”, el sonido “audible”, y así sucesivamente con los demás “sentidos”, amén de la interconexión e interacción de todos los seres vivos entre sí que posibilita un equilibrio delicado y casi perfecto que permite que todo siga andando o que todo haya funcionado durante largo tiempo hasta que “por causalidad” esa “materia organizada en vida” cobra “conciencia de sí misma” por medio de seres individuales que constatan que la “vida” y la “muerte” que les es inherente son al propio tiempo “irremediables” y les son dadas con prescindencia de “su voluntad”.   Sigo hilando en la línea del razonamiento que sigue el criterio científico generalmente aceptado, en el intento de entender esta realidad a la luz de sus principios, que excluyen la existencia de alguna “Inteligencia Organizadora” que esté “fuera de la materia misma”, pero para decirlo con los términos de alguien que ya lo dijo de sabia manera, hay que concordar que para creer en eso se necesita de mayor fe aun que para creer en la existencia de Dios.


                            En resumidas cuentas, para el “conocimiento científico” admitido “oficialmente” la vida es algo accidental en este planeta generada por leyes intrínsecas a la “materia”, en la que entran a jugar la misma “creatividad” de ésta como también “el azar”, tanto para la combinación  de sus componentes como para la conformación de las condiciones del ambiente propicias para su génesis y desarrollo, constituyendo “la inteligencia” un “producto espontáneo” generado por la misma materia viva, la cual no se observa que exista “separada” de ella en ningún otro objeto del universo. Esta “forma” de configurar la realidad de la vida desde el punto de vista científico, con ser bastante deficiente, es la que es admitida por la generalidad, pues según se entiende es “la verdad constatable”. Se puede apreciar el esfuerzo que hay que hacer para conciliar todos los “factores” en juego en la no muy ordenada exposición que precede: Entre “las leyes ciegas” o “impulso vital”, la “creatividad inherente a la materia viviente”,  el “azar”, “la selección natural”, “la supervivencia del más fuerte” o la del “más afortunado”, las “mutaciones”,  etc., existen infinidad de ambigüedades que solo “la fe en la ciencia” puede salvar.




                            4.-     El cambio de visión necesario en la ciencia para revertir el proceso que desemboca en la muerte física radica en la premisa de que es la materia la que es el producto de la inteligencia y no al revés como se postula actualmente.


                   a) La configuración de la materia según la ciencia en la actualidad.


                            Las consideraciones expuestas en el tópico precedente con ser bastante complicadas nos indican no obstante que la ciencia da por sentada entre una de sus premisas fundamentales que la inteligencia es generada por la materia vale decir, constituye un producto de la materia organizada en vida. ¿ Y qué es la Inteligencia?. Conforme se constata en los seres vivos que “la poseen” se trata precisamente de una aptitud para ordenar, para organizar las cosas, o si se quiere para “obrar” ordenadamente en el medio ambiente, si consideramos también a la “inteligencia” de los demás seres vivos de la escala biológica anterior a la del ser humano.


                            Pues bien: Conforme a nuestra visión de la realidad, la ciencia debe invertir esa premisa y sentar esta otra: La inteligencia es la que crea y organiza la materia, la primera es anterior a la segunda, y la materia viva no es sino una de las manifestaciones de la Inteligencia, que también se manifiesta en la materia inanimada.

                            A poco que se profundice, se constata que esta premisa se halla en consonancia con todos los demás postulados científicos y da una visión consistente de la realidad que permite entender mejor el proceso evolutivo, no solo de la vida en este planeta, sino también del Universo todo.


                            La pregunta que se plantea en esta coyuntura es: ¿Qué es la materia?. El condicionamiento de la mente nos hace creer que la materia es eso que vemos, que tocamos, palpamos, olemos o degustamos, y he ahí la dificultad para comprender la realidad en su cabal sentido. Con la visión de la mente condicionada, automáticamente se nos ocurre que la materia es todo lo que ocupa un lugar en el espacio, como reza la definición clásica. De ahí que “la materia organizada” fuera para esta visión fundamentalmente la materia viviente, pues la otra estaba allí, inerte, inanimada, inmóvil, “muerta”, sin advertirse en ella signo alguno de “inteligencia”. Ya podías poner una piedra en un lugar, digamos para levantar una pirámide como hicieron los faraones egipcios, y “ver pasar” milenios sin que jamás se le ocurra “actuar” o “moverse por sí misma”.  Con esta visión, sumada a la constatación de que los seres vivientes fueron formándose en un proceso de evolución que consta de etapas de gradual complejización en el que “la inteligencia” se aprecia ser cada vez mayor cuanto más avanzado es ese proceso, ¿cómo no pensar que la inteligencia es generada por la materia, y nó al revés?.


                                      Sin embargo, por este tiempo la ciencia física ha determinado que la materia es muy otra que lo que “creemos” ordinariamente, con nuestra mente “moldeada” por nuestro “sentido común”. Como lo apunta Bertrand Russell, para la física actual la materia ha pasado a ser poco más que “un fantasma”, algo intangible que solamente puede ser explicado con símbolos matemáticos. En verdad, esta cuestión se presenta sencilla hasta para los legos cuando se trae a colación el postulado que surge de la teoría de la relatividad desarrollada por Einstein por la que se determina que la materia equivale a la energía, equivalencia que es expresada matemáticamente con la famosa fórmula donde la Energía es igual a la Masa de la materia multiplicada por la velocidad de la luz al cuadrado: E= mv2. Son nuestros órganos de percepción los que carecen de la aptitud para “penetrar” en la configuración “real” que tiene la materia, que se revela etérea e inaprehensible cuando profundizamos en su constitución última.


                                      Puesto que la materia es energía y viceversa se puede “unificar” la visión y considerar que la materia viva es en última instancia “solo energía”. De hecho, hay que recalcarlo como ya lo acotábamos en el “Nuevo Itinerario Filosófico” con palabras de Einstein que “la única realidad es el campo”, y que la materia y la energía no son sino manifestaciones o condensaciones del campo en un grado particularmente intenso, lo que implica que la realidad toda se encuentra constituida solo de energía, incluyendo lo que reputamos como “espacio vacío”.  En consecuencia, el “separar” la materia del espacio no es sino un artificio del concepto con lo que la clásica definición aludida que dice que la materia es todo lo que ocupa un lugar en el espacio se revela desfasada para este tiempo. Materia y espacio no son sino energía, o si preferimos llamarlos “el campo”, que es la “única realidad” de la que emana todo lo demás, estaremos acercándonos aún más a la idea de “lo real” en consonancia con lo que postula actualmente la ciencia física en estos asuntos. No está demás recordar que la intuición de la mente humana en lo atinente a estas cuestiones viene de lejos, pues conforme nos lo recuerda Fritjof Capra en su obra “El Tao de la Física”(14) con citas llenas de sentido de textos antiguos tanto del taoismo en la China como del hinduismo y el budismo en la India, “el vacío” ha sido considerado en esas filosofías como la “entidad fundamental” de la que emanan  y se condensan las partículas materiales. Al propio tiempo, el mismo autor se refiere al paralelismo entre estos conceptos y los de la física teórica moderna citando también la opinión de autorizados exponentes de esa disciplina. Al respecto, recomendamos la lectura de la obra citada, pero fundamentalmente con relación a este tema el Capítulo 14 de la misma titulado “Vacío y Forma”, que no tiene desperdicios y arroja mucha luz para entender esta cuestión.


        b) La “energía primordial” anterior al universo: Inteligencia que “materializa” los objetos.


                            Ahora bien: Puesto que la materia proviene del campo o espacio vacío, es decir, se trata de una condensación del mismo, es lícito entonces dar por verdad que ambos son una sola y misma cosa en lo esencial. Esto nos llevaría a los mismos orígenes, al mismo surgimiento del universo, donde “la materia” y el “espacio” comienzan a organizarse, y sin duda hay que convenir que esta “organización” de la materia” efectivamente existe a partir de ese momento, pues son perfectamente conocidas las leyes que rigen también a la materia inorgánica que actualmente ya no pueden ser “separadas” de las que rigen a la materia orgánica, pues los componentes de estas últimas son básicamente los mismos que los de la primera. Empero, lo que no queremos perder de vista es que “del espacio vacío” es de donde “se forma” la materia, o para decirlo mejor, que ambos son una sola cosa continua “unidas” por las leyes que “los organizan”.


                            La intrincada complejidad del universo hay que considerarla solo tangencialmente aquí, pues no es el asunto que principalmente nos ocupa, pero no hay más remedio que mencionar que previamente al surgimiento del mismo cabría concebir la “existencia” de un “Poder Organizador”. Podemos concebir a este “Poder Organizador” también simplemente como una “Energía”, en el sentido etimológico ya citado que tiene ese vocablo de “virtud para obrar”. De hecho, esa “Energía” que puede ser concebida como “existente por sí misma” y “anterior” al universo también puede ser configurada como inmanente a éste, integrando “todas las cosas” incluyendo el “espacio vacío” en el que ellas se encuentran desperdigadas. Dicha “Energía” es intangible, es “invisible”, solo se la puede apreciar “por sus efectos”. Puede ser equiparada con la “energía síquica” que opera en los humanos, la cual, aunque no haya podido ser “medida” o cuantificada obviamente existe, y también se la puede observar por sus efectos. (Huelga decir que la ciencia ha detectado innumerables “formas” de energía invisible cuyos efectos se pueden apreciar de diversas maneras, entre las que caben citar las distintas radiaciones y las ondas electromagnéticas en la franja del espectro que está más allá de la luz visible). En otras palabras: Aquella Energía invisible a la que llamamos el “Poder Organizador”, si es tal, puede ser denominada también simplemente como Inteligencia.


                            Conforme puede apreciarse con la observación de la “secuencia” de los sucesos que desemboca en el surgimiento del universo mismo y de sus componentes, esta Inteligencia es la que “materializa” los objetos. Ciertamente no hay forma de “verla”,  y menos aún “separada” de los objetos materiales inanimados, pero es solo cuestión de atender a sus efectos. Ella solo puede ser configurada como una “Inteligencia Pura”, intangible, inaprehensible, la cual obviamente no puede ser observada “a la ligera” en los objetos aislados, máxime que éstos “parecen” actuar movidos por el “ciego azar”, o para decirlo con otras palabras se nos aparecen obrando las más de las veces “desordenadamente”. Nosotros los humanos “creemos” que somos los únicos que podemos imponer “orden” en las cosas, salvo que las “leyes ciegas” de la Naturaleza así lo determinen. Pero esa “visión” nuestra se encuentra inficionada por nuestras limitaciones y prejuicios. Un objeto considerado aisladamente no puede ser visto como poseyendo “inteligencia por sí mismo” pues se da por sentado de que carece de “conciencia personal”, y tampoco se le puede aplicar la escala de tiempo propia de la vida de los seres vivos individuales. Pero lo que acontece es que la realidad sobrepuja en tal forma a nuestras capacidades y potencialidades, las cuales las referimos exclusivamente a nuestros intereses particulares, que “detenemos” nuestra visión solo en tales objetos aislados.


                   c) “Poder Organizador”, denominación más adecuada que “leyes ciegas” para designar al “impulso vital”.


                                      Más, supongamos que cada objeto cumple una “función” cuyo alcance y finalidad en toda su dimensión escapa de nuestra limitada capacidad intelectual. De hecho, la función básica de cada cosa está dada por la consistencia que tiene que otorgar a todo lo demás, y en ese sentido los físicos están de acuerdo en que nada es susceptible de ser concebido sin su correspondiente correlación con el todo. Lo mismo se preconiza en la tradición de las filosofías de la antigüedad tanto del taoismo como del hinduismo y el budismo.


                                      Pues bien: Si cada objeto aislado cumple una “función” habrá que convenir que nada se opone a que admitamos que la misma le ha sido asignada por la “Inteligencia” a la que hemos aludido. Y si ello es así, cabe entonces pensar que los objetos aislados “obran” movidos por esa Inteligencia, más aún, resulta lícito entender que esa Inteligencia en cierto modo es inherente a cada uno de ellos, se encuentra intrínseca en ellos, aunque convengamos que carezcan de la “conciencia de sí mismos”. La “conciencia de sí misma” la debe poseer únicamente la “Inteligencia Pura” que como se dijera también es susceptible de ser concebida como existiendo “fuera de los objetos”. Y puesto que tiene conciencia de sí misma, y posee el “Poder” para organizar al universo, y de hecho, lo organiza, entonces tiene que estar dotada indefectiblemente también de “voluntad”. Hete ahí por tanto Aquello a lo que la gente ha dado en llamar DIOS. Dios es la Inteligencia que hace funcionar a los objetos, es el que les hace cumplir “su función” por medio de la “inteligencia intrínseca” que les insufla, lo cual es denominado como “leyes ciegas de la naturaleza” por la ciencia.


                            En suma, el “impulso vital” que organiza a la materia viva, e incluso a la materia inanimada,  intrínseco en ella, que se “manifiesta” en la que carece de vida solo si median ciertas condiciones “externas”, es susceptible de ser configurado como algo “inteligente” en cuanto promueve “el funcionamiento ordenado” de la materia en virtud de una tendencia. En vez de “impulso vital” producto de “leyes ciegas”, tal como acabamos de decir más arriba, podemos nombrarlo igualmente como “función”. El que dicho “impulso” o función sean catalogados como obedeciendo a unas “leyes ciegas”, aún siendo admisible desde cierto punto de vista, se presenta sin embargo menos consistente que el anterior, expuesto en el precedente parágrafo. Más razonable es considerar que el “orden” le es impuesto por “algo”, que, como ya se vió, cabe configurarlo como la Energía o la Inteligencia que se encuentra en el origen mismo del universo. En cualquiera de ambos casos, dicho “impulso” es algo intangible, se lo supone simplemente “existiendo”.  Es más apropiado entonces que se lo denomine “Poder Organizador” que “Leyes ciegas”. Obviamente, el “Poder Organizador” no cabe “reducirlo” solo al “impulso vital” que, intrínseco a la materia, no le otorga empero a “cada objeto aislado” una conciencia de sí mismo, excepto al ser humano que es quien ha desarrollado en este planeta tal aptitud. Es decir, el “Poder Organizador” no se trata meramente de un impulso, sino de un Ente que, aún cuando concebido como “ser intangible” posee como se dijo Inteligencia y Voluntad lo que implica también ciertamente “Conciencia de sí mismo”.


                   d) La materia, soporte del “ser creado”, no así de lo “increado”.


                                               Expuesta queda de esta manera la tesis de que es la conciencia o la inteligencia la que crea la materia y no al revés. Esta conciencia o Inteligencia es anterior a la materia y de hecho, la que observamos en los seres materiales, y en especial en los seres humanos, en nada se diferencia de la otra -- excepción hecha de su magnitud-- con la particularidad de que la primera solo la podemos apreciar en quienes se encuentran dotados de un cuerpo material, circunstancia que solo nos permite deducir que esta clase de seres necesitan de este cuerpo para vivir, en el entendimiento de que la vida consiste fundamentalmente en la “concienciación del ser”. Así cabe suponer, pues, los miles de años de evolución de este organismo, necesarios para que aflorara en él la “conciencia de sí mismo” no pueden haber transcurrido estérilmente y estar desprovistos de objeto. Es decir, esa masa de materia  --el cerebro humano - “la mas estupendamente organizada del universo conocido”, como lo afirma Isaac Asimov(15), no se puede concebir como obedeciendo a un proceso vano e inútil, razón por la cual es lógico sostener la tesis de que el cuerpo, para este ser, constituye necesariamente el soporte de su conciencia.

                                      No existe por tanto antinomia alguna para postular la tesis de que es la materia la que es el producto de la inteligencia y no la inteligencia el de la materia. Es solo cuestión de concordar en que “la inteligencia” es una energía capaz de organizar, ordenar o crear “algo”, lo que está en consonancia con las leyes físicas. De hecho, todo contiene en sí la energía, y si “nuestra inteligencia” es incapaz de apreciar en la vastedad del cosmos que alguna “energía” posea inteligencia, ello es atribuible exclusivamente a nuestras limitaciones. La “energía inteligente” responsable de la “existencia” de este mundo es naturalmente “invisible”, como lo es nuestra propia inteligencia. Es apropiado por tanto configurarla como existiendo “independiente de la materia” y “precediendo” a la misma. Así, intangible, invisible, susceptible de ser concebida solo como una “Inteligencia y Voluntad” con “conciencia de sí misma”, con el “Poder” emanado de “su propia energía”, hace nacer el mundo, “lo crea de sí misma” con la entrega que le hace de la energía incalculable que debe poseer si miramos a la obra que emerge de “sus manos”. He ahí por tanto, el Universo, lo creado, y el SER SUPREMO, Dios, lo increado. Ya lo dijimos: lo increado posee “vida en sí mismo”, lo creado solo puede tenerla si Aquel se la otorga. La vida es básicamente “la concienciación del ser”, entendida ésta como la “aptitud” de los seres vivientes para “sentirse distintos”, cuya culminación entre ellos se produce en los seres humanos, principal y fundamentalmente gracias a la acuñación del lenguaje hablado, la palabra. El “ser” adquiere sentido y significado para lo creado en toda su dimensión solo gracias a la palabra.

                            Todo lo cual nos evoca de nuevo el versículo del Evangelio de Juan citado al comienzo:  el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros. Y este otro: nadie ha visto jamás a Dios; el Hijo único, que es Dios, y que vive en íntima comunión con el Padre, es quien nos lo ha dado a conocer.


                                      Establecida la premisa de que solo lo increado es el que posee vida en sí mismo, sin necesidad de contar con el soporte de la materia; de la que sí necesita lo creado, el cual recibe la vida de lo increado por virtud del acto de creación; se impone seguir examinando la realidad que conocemos para extraer de ella la visión consistente que sustente la hipótesis que desarrollamos en este ensayo, cual es, que la vida eterna también es asequible para el ser creado dotado de un cuerpo de carne y hueso.



                            5.- Reconstrucción, valido del conocimiento científico, de los sucesos que desembocan en “esta realidad” en la que hasta ahora se da por sentada la inevitabilidad de la “muerte física”, y recopilación de más datos que corroboran la tesis de que ella no es inevitable.


                   a) La necesidad de insertar la realidad constatada por la  ciencia  dentro  de  un  contexto  para  que  tenga consistencia y sentido.


                            Sin adherirnos precisamente en todos sus términos a la proposición de Max Weber de que “sólo  en Occidente hay `ciencia' en aquella fase de su evolución que reconocemos como `válida' actualmente”(16), cabe empero advertir que esta exploración e investigación se ciñe básicamente a los parámetros considerados como científicos por la cultura occidental que tiene su raíz en la civilización griega. Esta ciertamente incorpora elementos de las diversas civilizaciones aledañas y aún remotas en el espacio y en el tiempo, pero lo que queremos destacar es que nuestra verdad la enunciamos en concordancia con lo que es constatable, vale decir, descartando “lo sobrenatural”, en el sentido de que nada existe que no sea “natural” o que no pueda ser “entendida” por la razón, lo que comporta también el “entendimiento” de que, al no poder ésta abarcarlo todo por su propia limitación para “conocerlo todo”, debe bastarle la “consistencia” que le es dado percibir en la realidad dentro de un contexto determinado, pues la premisa básica que se debe aceptar en toda indagación de la realidad es la de la limitación de nuestra capacidad intelectual. No somos omniscientes, pero nuestra inteligencia posee la aptitud para “comprender” lo esencial de la realidad de modo que la misma tenga consistencia y sentido.


                            ¿ Cómo el espécimen humano, devenido en el tiempo, desemboca en esta “realidad” actual, que le es dado como debidamente “masticada”,  en la que se da por cierto e indiscutible la inevitabilidad de la muerte física?.


                            Para la dilucidación de esta cuestión hay que considerar lo admitido por varias ciencias, como de hecho ya fue reseñado en los párrafos anteriores. La sicología, la antropología, la lingüística, la biología, la historia, y aún, la física, la cosmología, todas ellas se encuentran involucradas en este estudio, y todavía mucho más.


                            El ser humano, esto que somos, cree en la muerte física inevitable porque esta creencia en particular, inserta dentro de las estructuras mentales que conforman el tejido de sus creencias todas, constituye uno de los presupuestos básicos para que pueda funcionar en este mundo hasta hoy día. Estas creencias, que han ido elaborándose desde su surgimiento como especie en consonancia con la herencia genética recibida de sus predecesores de la escala biológica y cuya consolidación se opera por medio del lenguaje que delimita y fija sus contornos a través de los conceptos, son las que dan consistencia y sentido a su vida. Ellas son la verdad en las que cree, pues la verdad es el soporte de la realidad; lo contrario, la mentira es la irrealidad. Empero, y pese a la evidencia que sus ojos físicos le mostraban para que sea reputada como  verdad la muerte física inevitable, el sentido conferido a la vida dando por supuesta esta realidad era manifiestamente precario.  No podía dejar de sentir que la muerte dentro de la vida implicaba en cierto modo un contrasentido.


                            La epopeya de la humanidad en ese tránsito que abarca desde los albores de la prehistoria hasta el nacimiento de la civilización comporta una hazaña gigantesca de la que dan fe los estudios científicos: la invención y elaboración del lenguaje, la fabricación de utensilios, el dominio del fuego, la domesticación de los animales, la selección y el cultivo de las plantas, la organización de los grupos comunitarios, todo esto requirió un trabajo ingente que permitió el advenimiento de la civilización. En ese transcurso fue también elaborado el cuerpo de creencias básicas que a tono con los impulsos biológicos fundamentales servían para la supervivencia y el desarrollo de la especie.


                            Dentro de este manojo de creencias imprescindibles para la supervivencia se destacan la de ser distinto y separado del “resto”, la de la “existencia” del espacio y el tiempo, y la de las “formas” de las cosas para ser reconocibles. El proceso de formación de estas estructuras en la mente humana es algo que ha sido determinado por la ciencia que ha constatado que dicho proceso “se repite” en cierto modo en el niño a partir de su nacimiento el cual gradualmente va afianzando en el repertorio de sus conceptos las ideas del “yo”, las del tiempo y el espacio, y la de las “imágenes” de los objetos que aprende a identificar (Ver, a este respecto las obras de Jean Piaget y de otros estudiosos de la materia).


                            Este proceso de “hominización” duró miles de años hasta que se consolidara lo suficiente como para manifestarse en sistemas estructurados inteligibles que se valían como instrumento del lenguaje. Los seres humanos “explicaban” de esa manera su “existencia”. Así nacieron los mitos, las leyendas, las religiones, las filosofías y la ciencia.


                  c) Tras independizarse de “lo increado” con la invención del  lenguaje  el  ser  humano   modela   “su mundo” forjando  las  diversas “creencias” que sustentan “su realidad”, mientras sigue recibiendo “la inspiración” de “lo increado”.


                            Lo decisivo en este proceso de estructuración de las creencias está incuestionablemente en la palabra, ese signo que nombra a las cosas, lo que les confiere la existencia para nuestro entendimiento y razón. La palabra es energía, energía que “posee” inteligencia ( no “en sí misma” sino a la manera de la materia que se “organiza” o que es susceptible de “ser organizada”), pues permite ordenar, organizar, crear.


                            El espécimen humano, que considerado en sí mismo no es otra cosa que un “campo de energía” manifestándose dentro de “otro” mucho mayor, se “des-cubre” y “concientiza su ser”. Se siente separado y desnudo, es decir desvalido, frágil, perecedero. El “creerse” separado del todo importa sentirse “algo distinto” cuyos “contornos” tienen invariablemente “un comienzo” y “un final”.  No hay manera de esquivar la muerte, este hecho físico del que no tiene escapatoria. ¿Cómo no creer en algo que sus ojos le muestran que sucede invariablemente?.


                            Importante es en este punto retrotraer nuestro estudio a aquella Energía omniabarcante de la que emana todo lo demás, lo increado,  y recalcar que el ser humano, su obra, el cual decidió “independizarse” en cierto modo de Él, sigue no obstante “recibiendo” en su ser la “inspiración” para avanzar en la “construcción de su mundo” y de “su propio ser”.


                            Esta “inspiración” es algo que no se puede negar pues aún hoy se manifiesta en cada uno. Nuestra inteligencia funciona adherida a los conceptos básicos forjados por nuestra mente que constituyen firmes estructuras alojadas dentro de ella, pero frecuentemente es “iluminada” con súbitas intuiciones que “parecieran” venir de afuera. Esta “energía” es parangonada con una “luz” que alumbra para la comprensión de las cosas pues “ayuda” a verlas mejor. La “inspiración” también es equiparada a un “soplo”. Es el “soplo” del Espíritu, palabra ésta --el “Espíritu”-- que designaba en su origen tanto el viento como el “aliento” de lo que  ya en los comienzos los seres humanos fueron configurando como la “Divinidad”. Tanto el “viento” como ese “aliento” eran invisibles, pero había que darles un nombre, designarlos con una palabraque los hiciera comprensibles para el intelecto humano.


                            La “inspiración”, el “espíritu”, la Energía Inteligente proveniente de lo increado operando en la mente humana, en la “conciencia individual” de ese “ser creado” que fue capaz de acuñar el lenguaje hablado, fue “modelando” la visión del mundo y de la realidad de los diversos grupos humanos en base a ese instrumento, la palabra, cuya estructura ha revelado la unicidad de la especie, lo que permite precisamente establecer la identificación de los conceptos por parte de todos sus miembros, con lo que se forja la “imagen consistente” de este universo en sus aspectos fundamentales. Así van forjándose las “creencias” que se trasmiten de generación en generación. Estas creencias, constituidas por las estructuras mentales que se refieren al “yo individual”, al tiempo, al espacio, a la vida y a la muerte, se radican en el mismo cuerpo de cada ser humano, y son transmitidas tanto “genética” como “culturalmente”. ( Las “estructuras mentales” de referencia no son otra cosa que “energía organizada” que puede ser configurada como “cuerpo material”, o sea los “genes” constituyentes de nuestro cuerpo, como también como una “representación mental” dada por “la palabra”, por lo que se produce su transmisión tanto por medio del “vehículo corporal” a través de la procreación,  como del lenguaje, gracias a la “tradición”).


                                      La diferencia natural existente entre un individuo y otro hace que alguno sea más apto para recibir y entender mejor esa “inspiración” y de esa forma se van creando y desarrollando los distintos sistemas de conocimiento de la realidad, estructurándose las creencias en “cuerpos ideológicos consistentes” en los que consisten las religiones, las filosofías y las ciencias. Lo que sí es de advertir es que sea cual fuere el grupo humano y la región del planeta en los que se originen cada “cuerpo particular de creencias” siempre subsiste entre ellas una conexión en lo fundamental, y cualquier comunidad humana por más “primitiva” que pueda ser considerada es poseedora de una “sabiduría” elaborada en base a lo enseñado por sus miembros “más inspirados”, constituyendo una verdad indudable constatada por la ciencia que ninguna cultura puede ser desdeñada pues todas contienen una explicación que sirve de soporte en esa búsqueda de sentido de la realidad en la que necesariamente está embarcado cada ser humano.



                          6.-Breve reseña de las “creencias” de las principales culturas de los grupos humanos que más influyeron y siguen influyendo en el curso de la historia para la visión actual del universo.


                   a) Principales  corrientes  del  pensamiento que siguen modelando las creencias de la humanidad hasta hoy.


                                      Con ser innumerables los “cuerpos de creencias” surgidos en las diversas comunidades humanas en el devenir de los tiempos y en las distintas regiones del mundo, y con existir entre dichas creencias una indudable conexión en lo fundamental revelada por las creencias básicas que profesan todos los miembros de la especie (las creencias en el yo individual, en el espacio y el tiempo, en los objetos separados unos de otros y del yo, en la vida y en la muerte), se impone no obstante hacer el estudio nada más que de las principales, entendiéndose éstas como las que han prevalecido y ejercen su predominio hasta la actualidad por haberse extendido a la mayor parte del globo y a la mayor cantidad de la población humana. Ello es necesariamente de esta manera pues ese predominio forma parte igualmente del sentido último que cabe atribuir a la existencia, tal como yo lo entiendo. (No se trata de desvalorizar a las demás: es la mera imposibilidad de conocerlas y estudiarlas a todas; empero, de las que se conocen puede deducirse la premisa antedicha).

                                      Por lo dicho, tomamos como objeto de nuestro estudio a las culturas de la India, de la China, de Grecia y la de los grupos semitas que remontan su origen al “patriarca” Abraham, atendiendo a que constituyen las corrientes principales del pensamiento que siguen “modelando” las creencias de la humanidad hasta hoy.


                   b) El hinduismo o brahmanismo.  


                                      En la India es estructurado todo un cuerpo de creencias donde quizás antes que en cualquier otro lugar es configurada la “existencia” de un Ser Supremo “único” del que emanan “todas las cosas” que son otras tantas “manifestaciones” de “su ser”. Este “Ser Supremo” es denominado “Brahman” que significa “lo grande” en alusión a su naturaleza omniabarcante. El “problema” de la muerte lo resuelve esta filosofía con la “identificación” que realiza del “ser humano individual” con el “ser total”. El “atman”, esencia de aquel, es lo mismo que el “Brahman”. Es inútil, a los efectos de este estudio, referirse a todas las implicancias de esta doctrina. Lo que sí cuenta es que para nuestro modo de ver en ella comenzó a perfilarse, como fruto de la Energía Primordial, del “Espíritu” inspirador, la “creencia” en un “ser supremo” generador y creador del universo como también una “explicación” para ese fenómeno físico llamado “la muerte corporal”. La “explicación” concebida dentro del “proceso” de la evolución en la que se encuentra inmerso el mundo era sin duda correcta y “satisfactoria” para “ese tiempo”. Estas “creencias” forman parte del repertorio de la doctrina religioso-filosófica que comúnmente es conocida como el hinduismo o el brahmanismo.


                   c) El budismo, sus peculiaridades; semejanzas y diferencias con el hinduismo.


                                      También en la India, hizo su aparición el budismo (desprendido, por así decirlo, del hinduismo), el que a nuestro criterio constituye una de las expresiones fundamentales de la Inspiración de la Sabiduría Universal.

                                     El budismo postula lo mismo que el hinduismo la “existencia” de “algo” fundamental o “realidad primordial” al que denomina “lo no nacido”, “lo no venido”, “lo no hecho”, al que sin embargo no le asigna la cualidad de “ser” por considerar que esta “palabra”  --como cualquiera otra que se intente asignarle-- no le conviene, pues nada puede “definirlo”. En lo referente a la muerte la solución no difiere de la del hinduismo en lo esencial ya que el que alcanza la “salvación” también “se fusiona” con “lo no nacido”. La explicación de la doctrina sobre este tema sin embargo es un tanto más complicada ya que ella no admite la “existencia real” de un “atman” o “alma individual” sino que reputa que la misma naturaleza fundamental de cada “ser” es la de “lo no nacido”, constituyendo el concepto del “yo individual” solo una ilusión, por lo que no sería totalmente apropiado hablar de una “fusión”. Estas sutilezas empero hacen solo a la diferencia conceptual de la cuestión, pues también en el hinduismo se sostiene que el “atman” es lo mismo que el “Brahman” con lo que en lo esencial “desaparecen” las notas distintivas entre ambas doctrinas sobre este punto.


                                      Otra “nota distintiva” que se puede apreciar entre ambas doctrinas en el aspecto conceptual es que el budismo se abstiene de pronunciarse sobre la existencia de un “creador” del mundo en el sentido postulado por el hinduismo que atribuía el acto original de creación a Brahman (o los actos sucesivos de creación que se daban en ciclos inconmensurables de tiempos sin fin). Claro que en el budismo también se da el “acto de creación” pero referido a “lo creado” aunque esto es mas bien una “autocreación” de “lo no nacido” o “no hecho” que “se manifiesta” de esa “forma” en el universo. También sin duda para el Brahman ésto es así, pero la diferencia radica en que en el hinduismo el ente creador es personalizado en cierto modo (al igual que el atman), mientras que en el budismo lo no nacido es claramente impersonal. Esta diferencia, repetimos, es principalmente de carácter conceptual, pues para los que comprendían el sentido más elevado de ambas doctrinas, o sea los “iluminados” o “liberados”,  la esencia de ambas doctrinas tenía la misma significación ya que Brahman estaba igualmente como “lo no nacido” más allá de la existencia y de la no existencia.


                                      Sin embargo, esta diferencia de matices en el campo conceptual tiene su importancia dentro del proceso mismo de la evolución cósmica, pues el ente inspirador de la sabiduría, el dador de la vida, esa Energía “sin forma” que está presente en todas las cosas, iba “modelando” de esa manera su obra de modo que alcance su meta final.

                                      Para decirlo de la manera en que lo vemos nosotros por este tiempo: En el hinduismo los seres inspirados que llegaban a comprender la naturaleza del mundo y de la vida, enseñaban a los demás explicando la realidad de modo que se entendía que había un “creador personalizado” del universo con seres individuales creados también personalizados y “distintos temporalmente” con miras a la “unión” o “fusión” con el creador del que habían emergido. En el budismo por el contrario no podía hablarse de un “creador” del universo pues éste mismo era lo primero, increado en su esencia, y todo lo “creado” lo integraba, constituyendo la “personalización” un mero artificio de la palabra o del concepto, pues todo era impersonal por su propia naturaleza, y a ese “estado” había que aspirar para liberarse de la “ilusión” de “este mundo” que nos “atrapa” con sus apariencias.

                                      Con un lenguaje actual decimos entonces que DIOS insufla su sabiduría en el ser humano a través de un “mecanismo” para la construcción de sí mismo imbuyéndole alternativamente de la idea de ser distinto y de la de ser solo uno en “unión” con Él, como se aprecia que aconteciera en el hinduismo y en el budismo respectivamente. Esto es así puesto que “provenimos” de Él, es decir, a pesar de nuestra “independencia” manifestada en nuestra “conciencia de ser distintos”, sin ÉL “no somos nada”, estamos en realidad constituidos “de la misma madera” que ÉL, o sea, “la inteligencia pura” o la “Energía Inteligente” como queramos llamarlo. La misma disyuntiva, el mismo proceso dialéctico que se observa a escala “global” se lleva a cabo en el interior de cada individuo humano que se interrogue sobre la naturaleza fundamental de su ser. Puestos ante la situación de optar entre nuestro cuerpo perecedero y nuestra “mente” que “le da vida” vamos elaborando “las explicaciones” que nos ayuden a entender “nuestra realidad”. Incuestionablemente ha menester, por un lado, la afirmación de la propia individualidad, y a continuación, la aceptación de que ella termina inexorablemente. Alguna “respuesta” hay que dar a ese anhelo de “perdurar” que se halla sembrado en todo ser humano. El hinduismo creó al efecto “el atman”, a lo que opuso el budismo “el anatman”. Ambas respuestas sin embargo coincidían “en el fondo” pues en ambos casos se producía “la fusión” en última instancia con Brahman o lo increado.


                                      Esta disyuntiva tiene que ver con la propia libertad del ser humano pues el ser distinto implica naturalmente ser libre. Al “sentirse” distintos (conceptualmente) a Brahman, el creador, los hinduistas dieron el primer paso en pos de la libertad, de la “independencia” de ÉL, pero lo resolvieron finalmente determinando que la “verdadera libertad”, la “liberación” sobrevenía desembarazándose del “cuerpo” que era una mera ilusión, lo que permitía alcanzar la “fusión” con Brahman, lo cual sin duda confería perdurabilidad al “atman”. Por su parte, el Buda, al colocarse en una posición cuestionadora de la doctrina hinduista tradicional, dió otro paso y afirmó, por decirlo así, dándole otro sentido, a aquellalibertad.  Al postular su doctrina del anatman, “distinta” manera de ver la realidad que la que venía siendo inculcada por la tradición del grupo humano al que pertenecía, declaró su aptitud y la de cada uno de los seres humanos para alcanzar la verdad por sí mismos. Se diría que con esa “visión” “se independizó” en cierto modo del “ser supremo” tradicional, al “concebirlo” de otra manera, lo mismo que al “ser creado”. Esta “independencia” entrañaba igualmente el hecho de “sacudirse el yugo” de la tradición negándose a aceptar pasivamente la enseñanza de “los textos sagrados” como ocurría en el hinduismo. Claro que esto era principalmente a los efectos prácticos, ya que su enseñanza tendía principalmente a configurar la realidad para sus seguidores de manera que pudieran seguir el camino en pos de la meta que consideraba asequible para todos. La meta en definitiva era la misma que la que postulaba la doctrina hinduista, pero representó un avance en la senda de la evolución dentro de la “realidad conceptual” al declarar la libertad de cada ser humano para conocer por sí mismo la verdad, ya que él no la encerró a ésta dentro de fórmulas dogmáticas, constituyendo este punto uno de los aspectos capitales de su doctrina, lo cual implica que en modo alguno él entendía haberlo “descubierto” todo. Por ende, uno de los atributos con el que “lo increado” dota a su “creatura”, el ser humano, es el de la libertad, al hacerlo “distinto” de sí mismo, constituyendo empero esta aptitud “algo” que también debe ser construido para lograr la plenitud de su ser. La obra del Buda, en este sentido, sienta un hito importantísimo, en cuanto a la tarea de la construcción de la libertad del humano espécimen.


                            Otra de las peculiaridades de las doctrinas precedentemente expuestas es el de la coincidencia que existe entre ambas en que para alcanzar la “salvación” el ser humano debe hacer una profesión del renunciamiento. La “vida terrenal”, con ser efímera es solo un estado de transición para “la otra vida”. Se da por sentado de que existe una “realidad superior” a la que se llega “renunciando” a ésta, más es inevitable “transitar” previamente por esta realidad que conduce inexorablemente a la “muerte” a la que hay que aceptar como “parte del camino hacia la otra vida”. De ahí el postulado de ambas doctrinas de que todo lo que nace tiene que morir.

                            Se aprecia también de lo expuesto que la idea de evolución es consustancial a ambas doctrinas, puesto que el renunciamiento para alcanzar la salvación importa seguir un sendero que lo lleva a uno hacia arriba. Esto, que se refiere a la evolución individual de cada ser humano tiene también otro aspecto que es el de la regresión  o involución y se relaciona con la creencia en la “reencarnación” o “renacimiento” de los seres individuales que profesan los seguidores de ambas doctrinas, cada una con sus peculiaridades.

                            Aparte de la evolución considerada en relación con los seres individuales se tiene también la evolución considerada en su sentido global sea para la especie humana y las distintas especies vivientes como para el universo en su conjunto. La creencia en la reencarnación en cierto modo presupone la evolución o involución de los seres vivientes en general, puesto que tal fenómeno involucra a todos ellos, produciéndose “cada nacimiento” del ser vivo individual de conformidad con la conducta observada durante su “vida pasada”. Esto sin embargo está lejos de ser claro y convincente, sino que solo se lo puede tener en cuenta como una referencia ambigua y difusa al relacionarlo con los datos que la ciencia actualmente nos dice sobre el punto. En realidad, es el budismo el que aborda el tema con mayor precisión pues en sus enseñanzas enfatiza que la “semilla” de la Divinidad está en “todas las cosas”, de ahí que se afirme que “hay Budas en el centro de cada mota de polvo” y que “toda piedra puede llegar a ser Buda” y también que “la más pequeña brizna de hierba” estaba destinada a alcanzar en algún momento el estado de Buda. En palabras de John Snelling, para el budismo “el mundo es una unidad dinámica y sin costuras; un solo organismo viviente que está sometido a un cambio constante” (17), lo que denota que es consustancial a la doctrina el concepto de “evolución” en el sentido “global”, diríamos que se trata de una “evolución cósmica”, con lo cual se estaba anticipando al concepto del “fin del mundo” postulado en su “forma definitiva” por Jesús, que, como veremos más adelante, tiene que ver también en lo fundamental con la idea de “evolución” que hoy integra los criterios científicos aceptados para describir la realidad.


                   d) Cotejo entre el “taoismo” y la doctrinas filosóficas precedentemente   consideradas;    similitudes y diferencias.


                            El “taoismo”, la doctrina filosófico-religiosa surgida en la China no tiene en lo esencial diferencias con las nacidas en la India reseñadas precedentemente. El “TAO” equivale al Brahman del hinduismo y a “lo no nacido” del budismo. La innombrabilidad del TAO no impide que se lo configure como “lo inmutable” o lo único “absoluto y eterno”, el que es como en las anteriores doctrinas inmanente al cosmos. Al hacerse una “diferenciación” nítida entre “el nombre” de las cosas de lo que surge “lo múltiple” y el TAO que es “lo innombrable, lo impensable, lo inconcebible” se advierte que se encuentra en la misma línea de pensamiento para dar una explicación de la realidad que no difiere en lo fundamental de las anteriores doctrinas. En cuanto a la creencia en la muerte, el taoismo la presupone como “parte integrante de la vida”, vale decir, en este mundo de transformaciones, los opuestos --vida y muerte-- son complementarios, por lo que idénticamente como en el budismo (y en el hinduismo) morir es “regresar a la fuente”. Independientemente de las diferencias de concepto con las doctrinas comentadas que obviamente existen cabe apuntar que la filosofía taoista coincide también básicamente con las anteriores en cuanto a la “existencia” de algo primordial y esencial, no susceptible  de ser nombrado, del que emana todo “lo creado” al que sin embargo éste lo tiene como su esencia por ser inmanente a él, al cual el mismo “vuelve” al producirse la muerte, que resulta así también ser inevitable por formar parte de un proceso sin fin. Puesto que dentro del contexto de las creencias de la sociedad china se da por sentado y se practica el culto a los antepasados muertos, y se habla del “Camino del Cielo” está claro que también en ellas se encuentra implícita la idea de una “realidad superior” a la que se accede igualmente a través de la práctica de la virtud que apareja renunciamiento, tal como puede constatarlo quien se interese y examine los textos taoistas y de las otras corrientes del pensamiento de esta sociedad como el confucianismo. Existen sin embargo indicios dentro de la doctrina taoista que permiten deducir el postulado de que, para quienes logran la plenitud también se da la posibilidad de no ser afectados por la muerte física, tal como la idea de “las Islas de los Inmortales”, cuyos habitantes son “shien”, “Inmortales que no conocieron la muerte”, en virtud de “la absorción del principio Yang que confiere al `cuerpo' la debida espiritualidad”(18). Similar inferencia puede hacerse de otros textos taoistas de entre los cuales nos permitimos citar el siguiente: “Las armas no tienen filo para penetrar en el cuerpo de quien conoce el arte de vivir. ¿Por qué?. Porque no existe en él lugar mortal”. (Tao- Te- King, Capítulo 50, El Arte de Vivir). Empero, si la doctrina taoista admite la posibilidad de trascender a la muerte física ello está dado simplemente como una consecuencia del hecho de “conformarse con el curso del Tao”, no siendo algo que “deba ser buscado ni deseado” sino que sobreviene “espontáneamente” en consonancia con la “naturaleza” de cada cual. A tono con la filosofía de la doctrina, ella se abstiene de profundizaciones “teóricas” o especulativas sobre el punto, pues el “vivir en armonía con las leyes de la naturaleza” como preconiza la misma, excluye aquella “práctica”.

                            Otra de las diferencias de matices conceptuales que se puede apuntar entre el taoismo y las doctrinas anteriormente citadas radica en que en el primero “la evolución” tendría más bien un carácter cíclico, mientras que en las otras ella alcanza una “culminación” para cada ser, hablándose en el taoismo más bien de “mutaciones” o cambios constantes que al término de las sucesivas “transformaciones” vuelve a “lo uno” que es “el comienzo de la transformación de las formas”, mencionándose además una “gran creación original, un gran comienzo, una gran mutación , una gran génesis”, de lo que habría surgido el mundo y sus principios reguladores los opuestos-complementarios yin y yang, dado que “todo lo que posee un cuerpo nace de lo incorpóreo”.

                            Un dato interesante a anotar es que “el nombre” que recibe ese “algo primordial” en la cultura china significa “Camino” o “El Camino” (TAO), sugiriendo con ello que la vida misma no es otra cosa que “un camino, un tránsito”, ya que el “Tao” todo lo impregna. Naturalmente el “Tao eterno”, ya dijimos, comprende en su alcance semántico la connotación de “lo supremo, lo absoluto” y todos los demás calificativos que se acostumbra a dar a esa “verdad o realidad inmutable”. Asimismo, ya hemos señalado que el taoismo es poco propenso a las elaboraciones metafísicas por lo que en este punto se emparenta principalmente con el budismo, advirtiéndose que al igual que este último se abstiene de “personalizar” al Tao. Como el budismo, el taoismo es una doctrina eminentemente práctica que quiere enseñar a vivir bien y plenamente “esta realidad” que no se encuentra escindida de “la otra”, sino que constituye un todo compacto interconectado e interdependiente que no puede ser configurada aisladamente una de otra. En esa línea de pensamiento, el taoismo tiene una concepción más elástica o flexible de la ética necesaria para adquirir la “virtud” que permita acceder a la “realidad superior” puesto que “bien y mal” son dos aspectos de la misma realidad, pero es evidente que preconiza al igual que las otras doctrinas el “renunciamiento” o la ausencia de deseos que es la que posibilita conseguir que uno se inserte en “el curso del Tao”. El Tao Eterno se identifica en esa instancia con el ser individual, desapareciendo toda diferencia que proviene únicamente del concepto. La diferencia de matices apuntada, atribuible meramente a la que emerge de la “realidad conceptual”, y la explícita y sistemática  declaración de la doctrina de que las palabras o los conceptos son incapaces para describir “la única realidad” no empece a ver en las enseñanzas del taoismo la prédica de una autodisciplina que a través de trabajoso empeño permite al ser humano elevarse para alcanzar las alturas por las que discurren quienes se insertan en el curso del Tao, pues, como reza una sentencia de la doctrina “el que se conforma con el curso del Tao, encuentra fácil dirigir el universo entero”(19). No se nos escapa que muchos han de discrepar del enfoque que le damos a la doctrina taoista en este punto, pues el concepto inherente a la misma de que “con la no acción se puede lograr todo” pareciera sugerir que no se requeriría de ningún “esfuerzo” para “vivir en armonía con la naturaleza”. Pero esta manera de ver es engañosa pues la no acción comporta únicamente que uno “no debe oponerse u obstaculizar el curso natural de los sucesos”, lo cual requiere obviamente de una permanente atención para insertarse oportunamente “en la corriente del Tao”. El estar alerta para poder “actuar” como corresponde en cada instante constituye sin duda un esfuerzo y un trabajo constante que en todo caso podría ser rotulado con el nombre que se le da al “trabajo” que se realiza durante la práctica de la meditación: un esfuerzo sin esfuerzos.


                            En resumen, tal como se puede apreciar en las doctrinas precedentemente estudiadas se puede determinar que en todas ellas se da por sentado la “existencia” de algo “supremo” del que todo proviene, pudiendo decirse a este respecto que todas ellas profesan la ideología filosófico-religiosa a la que cabe rotular como “panteismo”,  por la cual se postula de que “todo es Dios”. La calificación de “politeísta” que se le diera al hinduismo, como la de “atea” que se le endilgara al budismo y al taoismo es sin duda inapropiada. Atendiendo a la “naturaleza” de estas doctrinas es lógica la solución que dan al problema de la muerte, una salida que consiste en determinar que en última instancia no existen diferencias entre el “creador increado” y “lo creado”, con la peculiaridad señalada para la doctrina hinduista que, al menos desde el enfoque conceptual los discrimina en “Brahman” y “atman”, aunque ambos en esencia sean idénticos.


                   e) La cultura griega, mentora del “enfoque científico”, fundamento y garantía del conocimiento verdadero


                            Y toca referirnos ahora a las “creencias” desarrolladas por la cultura griega sobre esta materia cuya influencia poderosa continúa manifestándose en todo el mundo hasta nuestros días. Lo que se advierte de entrada es que a través de los mitos y leyendas con los que los griegos explicaban la realidad invariablemente procedían a “personalizar” a sus “dioses”, se diría que los hicieron “antropomórficos”. En efecto, en la cultura griega, que iría a ejercer una influencia tan decisiva en las demás comunidades humanas del planeta, se manifestó con tanta fuerza esa concepción de la “separación” entre los “seres” que sus propios dioses fueron configurados con los mismos rasgos que se observaban en los especímenes humanos. De hecho, Jenófanes, uno de los filósofos griegos del Siglo VI antes de nuestra Era, quien, valido de su razón comenzó a tratar de explicar el mundo, nos dice precisamente ésto en sus disquisiciones, a tal punto que con ese “instrumento”  -- la razón, el que serviría para fundar “la ciencia” tal como se la concibe hoy día-- fue el primero que elaboró en esa cultura lo que se considera como una doctrina “monoteista”, o sea la “creencia” por la que se postulaba la existencia de “un solo Dios”. Para su concepción DIOS, el “ser supremo”, que necesariamente tenía que ser solo “uno”, se encontraba “separado” del mundo rigiéndolo todo por su pensamiento. Sin embargo su “filosofía” es susceptible de otras interpretaciones, puesto que hay quien califica también su doctrina de panteista entendiendo que de ella surge que el Dios único y supremo impregna el universo con su esencia. Hete aquí pues cómo se dió inicio a las “discrepancias” que se irían suscitando en el hemisferio occidental por la pretensión de “explicar” toda la realidad por medio de la razón.


                                      No se trata en este trabajo de referirnos a todas las filosofías que surgieron y proliferaron en Grecia sino de rescatar que, en lo que se refiere a nuestro tema, es en esta cultura donde hacen su aparición los conceptos básicos que incidirían en la marcha del mundo, los cuales, conforme a nuestra hipótesis, constituyen ciertamente también “la inspiración” de aquel mismo “ser supremo increado” que hemos configurado como “la Inteligencia Pura” o la “Energía Primordial”. Obviamente esta “inspiración” es “moldeada” por decirlo así por la mente individual --”distinta” de la del Ente que la insufla--  de cada “receptor” y al ser trasmitida por él a los demás congéneres es frecuentemente diversamente interpretada e incluso distorsionada por éstos.


                                      Se tiene entonces en las creencias griegas primigenias el asunto de la “separación” de los seres que afianza la “individualidad” del ser humano en este su aspecto “mortal”, como también la (individualidad) de los “dioses”, que son los únicos que poseen “naturaleza” inmortal. Estas “creencias” cuyos rastros originarios se pierde en la noche de los tiempos, son cuestionadas por ese “espíritu” eminentemente independiente de los griegos y nace el estudio de la “naturaleza”, y comienza entonces la filosofía y la ciencia “al lado” de la religión.


                                      La audacia de los griegos en su incursión en estos campos del conocimiento validos del pensamiento conceptual es admirable y no tiene parangón en la historia de la humanidad. Es la aventura más extraordinaria que se haya visto y su florecimiento en esa región del globo no puede explicarse sino por la conexión que se da entre todas las concepciones del mundo existentes en todas partes, conexión que se produce “en el campo mental” como a través de “vasos comunicantes”, imprimiéndose la “impronta” de cada “manera de ser” de la respectiva comunidad a dichas concepciones del mundo y del universo. Sin perjuicio desde luego de las “comunicaciones” externas, sean verbalizadas o escritas que también se produce entre los distintos grupos humanos. Este florecimiento que aconteció en la cultura griega que notablemente se dió de manera simultánea con el de las anteriormente citadas y también con el de la israelita que por entonces se manifestaba a través de “los profetas”, hace que Karl Jaspers designe a esta época como “el tiempo axial”, “el eje de la historia”, designación que es ciertamente apropiada, ya que la “inspiración” del SER SUPREMO incognoscible e innombrable se produjo por ese tiempo con tal pujanza que marca un hito decisivo dentro de la marcha del mundo, el cual desembocaría en la “Encarnación” de esa misma Divinidad, la genuina Encarnación --ya que todos somos en cierto sentido tal “encarnación”--, el advenimiento del “Cristo” que vendría a dar significado y sentido a esta realidad con la consistencia irrefutable requerida por el intelecto y la razón humana.


                                      Aquí por tanto tiene su origen una diversidad de conceptos fundamentales en torno a los problemas “insolubles” del hombre concreto con preguntas a las que se intenta dar respuestas “definitivas” a través de “la palabra”, bien que paralelamente sea impugnada la “validez” de ese instrumento para hacerlo por los mismos que lo utilizan. De hecho ya entonces -- y antes-- los pensadores se percataban de la “insuficiencia” del lenguaje para emplearlo en el método de la investigación de la realidad, lo que no impidió que persistieran en el empeño ya que a la postre este instrumento es el medio de comunicación que se encuentra “al alcance” de todos y cada uno de los miembros de la especie humana, y la “idea” de los seres “inspirados” es siempre en lo posible “llegar a todos”.


                                      Cuando Tales de Mileto alude al agua como fuente de todo lo existente, ensaya la explicación de la realidad prescindiendo de lo “sobrenatural”. Heráclito al referirlo todo al “Logos” hace lo mismo, y Parménides, que lo circunscribe todo al “Ser” también se adscribe al mismo sistema. Conviene advertir que cuando se profundiza en las explicaciones de estos filósofos se descubre que todas ellas “tienen sentido”, siempre que se las observe dentro del contexto en los que fueron expresados. Esa es precisamente la característica de las palabras: Ellas deben ser entendidas e interpretadas siempre dentro de cierto contexto, pues de lo contrario se presentan contradictorias e incompletas en su significado.


                                      De la cultura griega por ende rescatamos fundamentalmente la actitud crítica que da nacimiento a la discusión filosófica y a la ciencia, el intento de afirmación de la conciencia en un “conocimiento verdadero”, la acuñación de ciertos conceptos básicos que sirvieran de soporte a la explicación del mundo prescindiendo o complementando las de origen sobrenatural. Es en esa línea que se inscriben Sócrates, Platón y Aristóteles  con la búsqueda de las definiciones precisas o verdades universales. La labor intelectual de estos y de los otros filósofos griegos es tan fructífera que sobrepuja todo intento de resumir su contenido. Sin embargo, a los efectos del tema abordado en este trabajo se puede señalar que con ello quedó planteado el problema de la “inmortalidad personal” del “ser” humano de cuya “solución”  trata este ensayo que pretende enmarcarse dentro del “enfoque científico” iniciado en esta cultura. Cabría recalcar que de las “soluciones” o “respuestas” ensayadas por los pensadores de la cultura que nos ocupa cuentan fundamentalmente para el desarrollo de nuestro tema las ya citadas concepciones de Jenófanes sobre “la existencia de un solo Dios”, de Parménides sobre  “El Ser y la Nada”, de Heráclito sobre el “Logos” o “Razón Universal”, y posteriormente la enjundiosa obra de Platón y Aristóteles, inspirados por Sócrates y sus precursores. Elaborando las “ideas” que pululaban en este medio, Platón y Aristóteles llegaron también a la “conclusión” de que “existía” necesariamente un “Ser Supremo”, que el primero lo “identificaba” con el arquetipo o la “Idea” del Bien, y el segundo con el “Logos” o “Razón Universal”, (manifestación o expresión del “ser necesario”, el único poseedor de la “vida en sí misma”, “causante”{primer motor} del “Orden Lógico” del universo). La única “inmortalidad” para ambos se da en el “espíritu”, y en cuanto a la “evolución” de los seres humanos individuales es postulada igualmente por ellos, pero el que lo enfatiza principalmente es Platón con su teoría de la “transmigración de las almas” que la recoge de los pitagóricos. En cuanto a Aristóteles, que emprende el estudio de las especies biológicas en general, está en la idea de que éstas son invariables, pero a través de su conocida teoría sobre la “causa final” o “finalidad” de cada ente en el mundo, apunta en última instancia al hombre como culminación de esta “teleología”, con lo que trasunta o anticipa de alguna forma el “descubrimiento” de este “aspecto” de la evolución (que el “hombre” es la culminación del “proceso evolutivo” de la vida en este planeta) por medio de las teorías científicas que tratan del tema. Por último, ambos filósofos coinciden en que el “renunciamiento” dentro del sendero ético es el medio para el logro de la elevación en el campo “espiritual”, que confiere el bienestar al que todo ser humano naturalmente aspira. A este aspecto de sus ideas es que nos referimos cuando decimos que la “evolución del ser humano individual” es postulada por ellos, pues como hemos dejado sentado precedentemente, ésto constituye ciertamente una evolución en el buen sentido del término.Hay que destacar que, en cuanto a la “muerte corporal”, ambos filósofos están contestes sobre su inevitabilidad, siendo Platón el que insinúa la idea de la “salvación” con sus teorías sobre la “reencarnación” o transmigración de las almas aludida más arriba, aunque en modo alguno lo presente ésto de forma clara. Aristóteles por su lado tampoco explica en qué consiste la “inmortalidad en el espíritu” o de qué modo se da la conjunción de éste con el “cuerpo” en el acto del nacimiento, o la “separación” de ambos en el momento de la muerte, pero lo que sí está clara es la premisa establecida por él como “verdad universal” de que “todos los hombres son mortales”. De aquí surgieron los criterios que desembocarían en la concepción cartesiana de la “dualidad de la naturaleza humana”, de poderosa influencia en la filosofía y en la ciencia hasta época reciente y que aún hoy continúa ejerciendo su influjo en muchos sectores de la ciencia. De hecho esta “dualidad” es consecuencia del uso del lenguaje por el humano espécimen, y como puede apreciarse, le viene de lejos, como lo certifica la doctrina del “atman” en el hinduismo y las ideas esbozadas dentro de la cultura griega, recogidas por Platón, sobre la existencia de un “alma inmortal”, independientemente del “cuerpo”. (Debo pedir perdón por simplificar tanto a estos gigantes del pensamiento, pero es la única manera de abordar los puntos que interesan para este trabajo). Lo cierto es que estas ideas son el “punto de partida” para la formulación posterior de la “Teología Cristiana” y la “Ciencia” en el hemisferio occidental que utilizando “la razón”, “el pensamiento” o “la palabra” como instrumento, procedieron a “configurar” a la “Deidad” y al “Mundo”, y también el “alma” y el “cuerpo” como “entes separados” entre sí, emergiendo de ello el saludable escepticismo gracias al cual cada uno puede encontrar la verdad “por sí mismo”, sin otra autoridad que su propia razón. En ese trance es cuando se produce la “emancipación de la inteligencia”, como lo quería Kant, pues el ser humano, sintiéndose definitivamente “separado” de la Divinidad, se “autoafirma”, afirma su “propio ser individual” y va elaborando los “conocimientos científicos” de una manera sistemática en el intento de encontrar una explicación consistente para esta realidad, “valido de su sola razón”. (Nosotros empero postulamos que la razón humana requiere indefectiblemente seguir siendo “alimentada” por la inspiración divina).

                            Conforme podrá apreciarse en el curso del desarrollo de este ensayo, para la visión científica actual la configuración antedicha de “entes separados” tanto de la “Deidad” y el “Mundo”, como la del “alma” y del “cuerpo” sólo puede ser admitida desde cierto punto de vista conceptual, pues desde otro punto de vista también plenamente lícito “Dios y el Mundo” son “una sola cosa” (tal como desde luego ya lo hemos anticipado en las precedentes consideraciones), y lo mismo cabe decir en lo referente al “alma” y “el cuerpo”.

                           

                   f) Sucinta exposición de las creencias elaboradas por la cultura hebrea o israelita.


                            Y  cabe ahora referirnos a la cultura hebrea o israelita, que amalgamada con la griega, es la base de nuestra “civilización occidental”. El “cuerpo de creencias” que conforma la “cultura israelita” se encuentra reunido en la Biblia, y en su origen, en lo que conocemos como el Antiguo Testamento. Sin entrar en detalles sobre los orígenes de este grupo humano que comenzó a cobrar relevancia mundial recién a partir del comienzo de nuestra Era, cabe señalar que el conjunto de creencias que profesaba era lo que principalmente servía de nexo entre sus integrantes. Tales creencias podían parecer vagas o ambiguas pero lo cierto es que dotó a sus adherentes de una mística tan poderosa que aún hoy subsiste diseminada por todo el planeta, por un lado, a través de los judíos que mantienen la tradición del Antiguo Testamento, y por el otro, a través de los cristianos y musulmanes en los que se derivó la primigenia “religión” o filosofía.

                            Las “creencias” distintivas de este grupo humano se encuentran conformadas por ciertas “ideas” fundamentales que son las que hemos de considerar en este trabajo, las que son de sobras conocidas y han sido objeto de estudios exhaustivos, pero por nuestra parte han de merecer un enfoque particular a ser referido a la tesis que venimos sustentando y desarrollando. Tales ideas fundamentales forman parte del contexto que “da sentido” a la visión de la realidad que es postulada en este ensayo, que comprende la “existencia” de una “Sabiduría Suprema” o “Energía Primordial” que todo lo penetra y lo envuelve, de la que están hechas todas las cosas, pero que también está más allá de ellas, la cual se va “derramando” para posibilitar “la construcción” del mundo a través del “ser humano”, tendiendo a lograr para éste la indestructibilidad de su “conciencia individual” que se encuentra constituida con la misma “materia prima” de la que se compone aquella.

                            El judaísmo, es decir, la doctrina religioso-filosófica hoy designada con este apelativo, concibió una de las “creencias” más notables de entre todas las surgidas dentro de las diversas civilizaciones que incidieron en la marcha de la historia, cual es, la de que el “grupo humano” que lo conformaba era “el pueblo elegido” por Dios. Diremos por el momento que esta “creencia” tiene sentido, un sentido profundo y verdadero, difícil de ser aceptado por muchos que la han considerado y estudiado “a la luz de la razón”, pero que se revela pleno de significados cuando se la considera sin sectarismos y con la debida amplitud de criterios.

                            Por otro lado, la “creencia” en el “Dios” que llegó a modelar esta cultura fue también algo peculiar, en el sentido de que, al ir afirmándose la idea de que éste era el único que “existía realmente”, contrariamente a todos los otros “dioses” de las comunidades que “rodeaban” a los integrantes de la que la elaboró, dicha “creencia” fue adquiriendo unas características tan distintivas que los profesadores de la misma consiguieron mantenerla viva pese a todas las peripecias muchas veces trágicas por las que tuvieron que pasar. La fuerza y profundidad de esta “creencia” en el “Dios único” eran tales ( y siguen siéndolo para quienes tienen la “verdadera fe” en esa “realidad”) que difícilmente pueda hacerse de esa idea el que no haya llegado a “compartir” ese sentimiento. La admonición que vibra y hacía vibrar a los espíritus desde entonces y hasta ahora era ésta: Escucha Israel, el Señor nuestro Dios, el Señor es Único (Shema Israel, Adonai Elohenu, Adonai Ejad). Lo cual se remata con este inequívoco mandato; “ Y amarás a Yahvé, tu Dios, de todo tu corazón, y de toda tu alma y con todas tus fuerzas. Y estas palabras que yo te mando hoy estarán sobre tu corazón. Y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes. Y las atarás como una señal en tu mano, y estarán como frontales entre tus ojos. Y las escribirás en los postes de tu casa, y en tus puertas” (Deut. 6.4,5,6,7,8,9).    

                            Entre lasnotas características de la creencia en el “Dios” único de los israelitas hay que mencionar la del “atributo” de ser el “creador” del mundo, que permite configurarlo como “separado” del mismo, que es lo mismo que decir que era un Dios personalizado, al menos para el común de los “creyentes”. También el nombre que se le asignó constituye otra peculiaridad pues el apelativo Yavé o Yahvé ( en realidad escrito YHVH en el equivalente a las “letras” hebraicas utilizadas originalmente) significa YO SOY EL QUE SOY, como se acostumbra a traducirlo, de donde surge la esencial naturaleza de DIOS, que es el de la genuina y verdadera “existencia”, ya que EL SER es lo que define a lo existente de la manera más “real” que sea posible concebir.

                                      En lo que se refiere a la “creencia” en la “muerte” y la solución para ese “problema”, las ideas del judaísmo están lejos de ser claras y precisas. En realidad, el mito bíblico del “paraíso”, donde se habla expresamente de la “muerte” que sobreviene al hombre a raíz del “pecado” original es en todo similar a los mitos de otras culturas referentes al mismo tema en cuanto se postula en ellos un estado de “bienaventuranza” del que se produce la “caída” o “decadencia” de la especie hacia el actual “estado” de “imperfección”, como ya lo hemos puntualizado en nuestro “Nuevo Itinerario Filosófico”, aún cuando la forma de exponerlo en la Biblia tenga un significado fundamental y especial para la cabal comprensión del sentido del universo y la realidad. Ya volveremos sobre esto más adelante. Lo que se aprecia en las “creencias” de la tradición judía es que los conceptos de la “muerte” y la “vida” posterior a ella se hallaban muy vagamente delineados, aunque se puede ver que “el cielo” formaba parte de la expectativa de los adeptos de la doctrina, siendo éste el lugar donde Dios tiene “su trono”, habiendo incluso algún siervo suyo como Elías sido “llevado” a su presencia sin ser tocado por “la muerte”. De todos modos, el núcleo de las creencias que actuaba como un fuerte lazo entre los seguidores de la tradición estaba constituído por la confianza absoluta que se depositaba en el poder de Dios, lo que permitía esperar que Él lo solucionara todo, aún el problema de la inevitabilidad de la muerte, pues Dios es el dispensador de la vida y de la muerte. Como parte de la tradición estaba también la creencia en la resurrección que sería una de las formas de “sobreponerse” a la muerte. La fe incondicional en Dios, requerida para los practicantes de esta “religión”, se puede apreciar en el episodio de la “orden” impartida por Dios a Abraham para que sacrifique a su hijo Isaac dándole muerte “en holocausto” como una muestra de sometimiento total a su voluntad. Lo cierto es que este asunto referente a la “muerte”, “el cielo”, “la vida eterna”, “la resurrección” y otros conceptos relacionados con el tema, como el “fin del mundo” por ejemplo, adquirieron su forma definitiva recién después del advenimiento de Jesús de Nazaret, y primordialmente en base a lo enseñado por Él. La predicación de los profetas anteriores a Él, la narración referida a la “tierra prometida”, la promesa de Dios a Abraham de la multiplicación de su descendencia, la entrega a Moisés de las Tablas de la Ley, etc., forman parte del cuerpo de creencias que mantuvo unida a esta colectividad con una fuerza tan poderosa que le insufló de una mística poco común, como se dijera más arriba, y fue modelando lo que culminaría con la “encarnación” de la propia “Divinidad”, la concebida tanto por este grupo de seres humanos en particular, como por los otros a los que ya nos hemos referido más arriba.(Sin olvidar las diversas “creencias” elaboradas por los grupos humanos que no incluimos en este tratado que también han configurado a la Divinidad en su peculiar estilo como lo certifican los estudiosos de la materia a su respecto).

                                      En fin, son todas estas concepciones de la vida y del universo las que hemos de considerar en su contexto y en su vinculación con los conocimientos científicos admitidos para mostrar la plausibilidad de la tesis de la inmortalidad como meta asequible a los seres humanos sustentada en este ensayo.

 


                                      7.- Planteamiento de las cuestiones puntuales que inciden en el condicionamiento de la “creencia” en la “muerte física” y de las que incidieron en  la formación y consolidación de las demás “creencias” que dieron lugar a la gradual evolución de la “visión de la realidad” que autoriza a considerar que ese hecho físico puede ser revertido.


                   a) Los conceptos forjados a partir del lenguaje funcionan como un instrumento de creación para dar significado y sentido a la realidad.


                   El “ser humano”, culminación del proceso evolutivo de lo viviente en este planeta, ha “creado” una realidad peculiar dentro de la cual funciona, “creación” que debe entenderse como la “atribución” de un significado a una “realidad dada” dentro de la cual “cobra conciencia” y una potencialidad para modificar y transformar dicha “realidad dada”, lo que efectivamente lo “realiza” a través de sus pensamientos, palabras y obras. El significado o el sentido de la realidad proviene para él fundamentalmente de los “conceptos” que elabora a partir del lenguaje que tiene su fuente en el “pensamiento conceptual”. Cabría acotar que la “creación” del mundo por medio de “la palabra de Dios” como está consignado en el Génesis y también en el primer capítulo del Evangelio de Juan tienen íntima relación con este planteamiento. En efecto, es “la palabra” la “energía creadora” que da origen al mundo en tanto es insuflada por “Dios” en el “hombre” pues a través de ella aquel cobra significado y sentido. 

                      Entre todos los conceptos “creados” para atribuir un significado a la realidad los fundamentales son los del tiempo, el espacio y el yo, a partir de los cuales se elaboran los demás. El condicionamiento que impone la “creencia” en estos conceptos es lo que sirve de punto de partida para asignar los diversos significados que cada cultura o civilización asigna al universo.

                      En cuanto al tiempo y al espacio, constituyen las “limitantes” del “yo”, entendido éste como aquello que “identifica” al ser humano individual. Éste “existe” dentro del tiempo y el espacio, pues estos “condicionan” su “comienzo” y su “final”. Sin olvidar lo que la ciencia actual preconiza respecto de estos “presupuestos” (como también pueden ser denominados el tiempo y el espacio), queremos centrarnos primeramente en el problema del “yo”, este concepto “universal” cuyo surgimiento en la “mente” humana es el que marca el comienzo de la “historia” de esta “realidad” que “conocemos”.


                   b) Breve  reseña  y  confrontación  de   las   creencias sustentadas por la distintas  tradiciones  culturales consideradas en torno a la aparición del ser humano sobre este planeta.


                    La “explicación” que dan las distintas culturas que abordan la cuestión de la “aparición” del ser humano sobre este planeta, no difieren mayormente entre sí, pudiendo advertirse que en todas ellas se da por sentado que de un “estado” de perfección y plenitud éste “cayó” en el de la imperfección que le caracteriza. Así es como los griegos y los hindúes elaboraron los mitos de las “Edades de Oro” al inicio, similarmente a los taoístas en la China y a los hebreos con sus tradiciones incorporadas en el texto bíblico.

                   Independientemente de la “validez” de todas estas concepciones como “expresión” de la Sabiduría o Inteligencia Universal (aquella Energía a la que postulamos como el “origen” de todo lo existente) para “el tiempo” en que fueron elaboradas , nuestra tesis apunta a sostener que es a través de la cultura hebrea que se producirá el “desentrañamiento” del verdadero sentido del universo, al tomar un cauce que irá desvelando para la “inteligencia creada” en el ser humano la genuina “Realidad”. No es cosa de desmeritar a las demás civilizaciones y culturas, pues todas ellas contribuyen a dar sentido a esa realidad y aportan su cuota para enriquecer y completar ese sentido, más el curso que ha de seguir la historia para desembocar en el objetivo final de la “creación” del mundo transita principalmente por la “enseñanza” que aquella Sabiduría “impartiera” a los seres humanos “inspirados” de dicha cultura.

                    (En este tema tienen que ver las cuestiones del “pueblo elegido”,  de que “la salvación viene por medio de los judíos”, y del dicho atribuido a Jesús de que “sólo por mí se puede llegar al Padre” consignados en el texto bíblico que las iremos desarrollando con mayor minuciosidad posteriormente).


                   La “historia” de la génesis del Universo y del ser humano contenida en la Biblia, aún concordando con las tradiciones de las demás culturas, es susceptible empero de ser insertada dentro de la actual visión científica con mayor consistencia que las otras. Este “comienzo” del Universo y del hombre se trata de un “único” comienzo, en contra de la tradición hindú en la que se postula un “Universo cíclico”. Para el budismo no existiría realmente un “comienzo”, pero el “final” que se postula para el “ser humano individual” es el “regreso a la fuente” en el que se operaría una “fusión” o una “confusión” con lo “no creado”. Para el taoísmo habría acontecido una “gran creación original, un gran comienzo, una gran mutación, una gran génesis”, como se señaló más arriba, pero la “culminación” de ese proceso para el ser humano es similar a lo que se postula en el budismo, es decir, “volver al origen” donde todo  el proceso se reinicia nuevamente. La cultura griega con sus mitos de incalculable riqueza interpretativa es susceptible igualmente de conformarse con las teorías científicas actuales en su concepción del “origen” del Universo (y del hombre), pero se diría que es más “desordenada” que la “historia” bíblica. El mito pelasgo y el olímpico se refieren a un “Caos” primordial de donde surge todo lo creado, en tanto que el homérico lo deriva todo del “Océano que circunda el mundo” y el órfico del “seno de la Oscuridad” en el que “la Noche de alas negras, diosa por la que el propio Zeus siente un temor reverente” puso un huevo de plata, tras ser cortejada por el Viento, huevo del que salió Eros y “puso en movimiento el Universo”. La “Oscuridad” y la “Noche” son sin duda también imágenes míticas del “Caos primordial”. En cuanto al “hombre” y sus cinco “Edades”, está en concordancia con las “creencias” de las demás culturas, como ya se señaló, pero es interesante la figura creada en torno al origen del mismo que habla de que “la Tierra produjo a los hombres espontáneamente, como sus mejores frutos” que era la primitiva“raza de oro, súbditos de Crono” (20). “Crono”, el dios del tiempo o de la “cronología”, fué luego “destronado”, es decir “sus súbditos” se rebelaron contra él inventando “su propio tiempo”, dentro del cual inevitablemente son afectados por “la muerte”. He ahí otra forma de configurar el mito del “pecado original”, que explica la “decadencia” o “caída” del ser humano.  De hecho,  es esta cultura (la griega) la que conjugada con las “ideas” de la tradición bíblica, hace surgir la “ciencia” en el sentido en que es entendida actualmente.

 

                   c) La singularidad del  hombre  manifestada  por  su aptitud para modular el lenguaje, que le confiere la potencialidad para  forjar  la  concepción  del “yo” o conciencia de “sí mismo”.

                                      Hete aquí pues al “hombre” creado a “imagen y semejanza de Dios” como se expresa en el Libro del Génesis Capítulo 1 versículo 26 de la Biblia. ¿Dónde radica la “imagen y semejanza” del hombre con Dios?. Pues en el hecho de que, como Éste, aquel posee Inteligencia y Voluntad, es decir “conciencia de sí mismo”, en otras palabras “la noción del yo”, la noción de “la propia identidad”. El hombre, macho y hembra, el ser humano genuino, es el único que posee entre todos los seres vivientes que se conocen esa “conciencia del yo” la que le viene dado por el pensamiento conceptual generador de la palabra o el lenguaje, que posibilitó que su “peculiar Inteligencia” fuera capaz de crear y transformar la realidad,  ordenándola, catalogándola, y aún más, “creando” similarmente como su creador “un mundo” superpuesto al “creado” por Éste. La Imagen y semejanza del hombre con Dios entonces, sintetizando, radica en la naturaleza especial de la Inteligencia de la que está dotado. Dios, “ser increado”, Inteligencia Pura “concibe y crea al Hombre” dotándole de éso que le es inherente, le confiere “parte” de su Inteligencia con aptitudes para “crear su mundo y crearse a sí mismo” o “conciencizarse”,  “construirse” y “edificarse” a partir de esa “materia prima” que le es otorgado por su “creador”.


                                      Todas las ciencias están contestes en que la singularidad del hombre, lo que lo distingue de los demás seres vivientes, radica precisamente en su aptitud para modular el lenguaje de donde proviene la potencialidad para forjar la “concepción” del “yo” o “conciencia de sí mismo”. Hay que concordar que no puede haber “yo” sin esta palabra que lo designa, ningún ser viviente podría, salvo como una confusa “idea”, albergar en sí esta noción de singularidad, la de ser único y distinto a su manera, y tanto más se puede afirmar ésto cuanto que aún entre los propios seres humanos la noción se presenta difusa, al menos en la generalidad de los miembros de la especie. No en balde Zenón de Elea negaba la existencia de “lo múltiple” porque según decía ello implicaría que existe más de “una” unidad, y ésta, siendo “una” no puede a la vez ser “muchos”, por constituir tal cosa una inconciliable contradicción. La irreductible “aporía” del discípulo de Parménides se resuelve naturalmente considerando que la “unidad” del ser humano guarda “relación” con la “unidad” de los demás, por lo que esa “unidad” es “relativa” e integra aquella otra Unidad que es la “Unidad Absoluta”, abarcadora de todas las demás que es a la que se puede hacer referencia con la “construcción conceptual” elaborada por el nombrado filósofo. En suma, el “yo” del individuo humano ( esa “unidad síquica” que le confiere su “identidad”) pertenece a la “realidad conceptual”, la construida por las palabras y el pensamiento humanos, y el “YO” de la Divinidad, del SER de Parménides (la “unidad que no admite lo múltiple), es aquel que es inherente a la “REALIDAD REAL” la cual es inabarcable, innombrable, infinita.


                   d) La creencia  de  “sentirse  uno”  emanada  de  la “conciencia de sí mismo”, reputada como el “pecado original” en el  mito  bíblico  al  pretender  con  ello el hombre hacerse “como Dios”.


                                      Siguiendo con el hilo de nuestra exposición, la Biblia hace coincidir la “caída” del ser humano, la “pérdida” del estado de beatitud, bienaventuranza y felicidad (a las que también se refieren las demás tradiciones culturales que estamos considerando, como ya lo hemos señalado), su “expulsión” del paraíso terrenal, con la “ingestión” del fruto del árbol de la ciencia “del Bien y del Mal” (Génesis, Capítulos 2 y 3).

                                      La “caída” en términos científicos comporta la asunción de un rumbo en un camino sin retorno por parte del animal pre-humano, el hito que marca el verdadero inicio de la filogénesis en la especie, su “destronamiento” de esa vida despreocupada que le era dado disfrutar, ajeno a toda “responsabilidad”, cuando las leyes de la naturaleza “funcionaban” para él de forma “automática” y le “relevaban” del trabajo de “decidir” o de “optar” en la realización de sus acciones entre “lo bueno y lo malo”. Al “aflorar” en él la luz de la “conciencia de sí mismo”, del “yo” separado de “lo otro”, cobra noción y discrimina entre el Bien y el Mal. Y al hacerlo, “se da cuenta” de que “existe la Muerte”, el mal mayor que le es dado “conocer” con lo que se produce el “cumplimiento” de la advertencia contenida en el Libro del Génesis, capítulo 2, Versículo 17: Mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás.

                                      Evidentemente (y ésto no es algo nuevo ya que otros pensadores e intérpretes de estos textos ya lo habrían dicho muchas veces), el “pecado original” no sería otra cosa que la “separación” del ser humano de la Divinidad, el “sustraer” esa su conciencia “personal” de la “conciencia cósmica”. El “pecado” que está en el mismo “origen de su ser” consiste en la elaboración de esa “creencia” de ser “único” o de “sentirse una unidad” (absurdamente, como diría Zenón de Elea) dado que el “yo” nos “singulariza”, nos “abstrae” del “todo”, lo que nos “otorga” la falsa sensación de “ser como Dios” sabiendo el Bien y el Mal, al ser abiertos nuestros ojos, como tan gráficamente lo dice el Capítulo 3 versículo 4 del Génesis. La serpiente del Paraíso, símbolo fálico por excelencia para los seres humanos de las culturas primitivas, es la que tienta a Eva, y he ahí que se genera el pecado con la misma procreación o surgimiento de la especie, lo que es posible naturalmente gracias o a causa de esa serpiente (el órgano sexual masculino) que al tentar a Eva (la madre de todos los vivientes, según el significado de esa palabra consignado en la Biblia, Gen. 3.20) permite la reproducción de la descendencia de la humanidad (que es el significado del nombre Adán en hebreo), que a partir de ese momento adquiere el discernimiento que le es característico y que le diferencia de los demás animales. La diferenciación entre el Bien y el Mal, que adviene con la conciencia del “yo”, equivalente a la adquisición de la “conciencia ética”, esa responsabilidad que asume al saber lo que es el Bien y el Mal y el deber de decidir entre uno y otro, coincidente también con el conocimiento de lo que es la Muerte, es lo que confiere al ser humano la cualidad distintiva conforme se infiere de los textos bíblicos comentados, como de la ciencia que trata del origen y la naturaleza de este espécimen, es decir, la antropología, la biología, la sicología, etc.


                   e) Otras implicancias derivadas del mito bíblico sobre la creación  del  hombre relacionadas con la travesía que éste iría recorriendo  en  pos  de su perfeccionamiento.

                                      Para completar el comentario de este tema, menciono el sentido profético del texto del Génesis en la parte en que Dios le dice a la serpiente que pondrá enemistad entre ella y la mujer, y entre su simiente y la suya (la de la mujer), acotando que ésta la herirá en la cabeza y aquella a ésta en el calcañar( Gn.3.15). Nuestra interpretación de este pasaje es que por virtud de la evolución, la reproducción sexual en la especie humana tenderá a desaparecer, cuando vaya alcanzando niveles superiores dentro de ese proceso evolutivo, al recibir la herida en la cabeza esa serpiente (el símbolo del órgano reproductivo sexual masculino), lo que concuerda con la enseñanza de Jesús cuando dice: cuando los muertos resuciten, los hombres y las mujeres no se casarán, pues serán como los ángeles que están en el cielo (Evangelio de San Mateo, Capítulo 22, versículo 30). También esto tiene que ver con lo dicho en el Capítulo 1 del Evangelio de San Juan, versículos 12 y 13 donde se consigna que “a quienes lo recibieron (a Jesús) y creyeron en él les concedió el privilegio de llegar a ser hijos de Dios. Y son hijos de Dios, no por la naturaleza de los deseos humanos, sino porque Dios los ha engendrado”. Esta simiente es la que se encuentra en enemistad con la de la serpiente. La simiente de la mujer es Jesús, el primer ser humano engendrado por la Divinidad a través de la virgen María, según la creencia profesada por los cristianos. No se trata de dar certificado de irrefutabilidad al dogma cristiano mencionado, ya que el enfoque científico de este trabajo descarta toda pretensión de irrefutabilidad. No obstante, puesto que la realidad se construye en base a las creencias precisamente, que son las que dan sentido a esa realidad, mencionamos esta circunstancia que corrobora el texto bíblico en el sentido de que la simiente de la mujer representada por Jesús y por todos los que lo recibieron y creyeron en él, se encuentran en enemistad con la simiente de la serpiente, es decir, aquellos engendrados por la mera naturaleza de los deseos humanos, vale decir, el mecanismo en el que entra a tallar el órgano sexual masculino cuyo símbolo es la serpiente en el sentido contenido en el mito bíblico. De hecho, la simiente de la mujer también puede parangonarse con esa actitud de entrega, de sumisión, de renuncia, que las sabidurías ancestrales de todas las culturas siempre equiparan a lo femenino, tal el yin en el taoismo, lo que permite inferir que la herida en la cabeza que recibirá la serpiente por parte de la mujer implica que esa actitud típicamente femenina es la que prevalecerá en las postrimerías de la evolución de la especie. En cuanto a la herida que ha de inferir la serpiente a la mujer en el calcañar, es decir, en la parte posterior de la planta del pie, prefigura la influencia y la fuerza ejercida por las pasiones sexuales sobre ella,  o también otras pasiones  propias de etapas más “primitivas” del proceso evolutivo, pasiones que se colocan en un nivel inferior, de modo que son parangonadas con “la herida en la planta del pie”, lo cual obviamente es también aplicable al “hombre” como “descendencia” suya. Y por último, la “maldición” de Dios a la serpiente, condenándola a “arrastrarse por el suelo” es la “premonición” del tabú que se generaría en las culturas predominantes de la posteridad por el que se consideraría “pecaminoso” todo lo relacionado con el sexo.

 

                   f) El  surgimiento   del   “yo”   en  la  mente  humana, “causa” de la muerte y “origen” de la vida autónoma para los miembros de la especie.


                                      Por consiguiente, nace el “yo” en el “ser humano” que se escinde de aquel otro YO “no nacido”. Es indudable que toda inteligencia tiene que resistirse  a “ver” como emergiendo de “la nada”, de la “absoluta nada” “algo” que “no haya existido jamás” con “anterioridad”. Esta “inteligencia” nuestra “sabe” que las “cosas” tienen “sus causas”, u “otras cosas” de las que provienen. Estamos conscientes de que este “razonamiento” que emula el de Aristóteles y el de Santo Tomás no se presenta convincente porque fue desbaratado infinidad de veces y “con razón”. Se sabe hoy que todo puede ser refutado, a causa de las limitaciones del instrumento empleado para el razonamiento, que es el pensamiento conceptual o el lenguaje. No obstante, la verdad se percibe dentro de contextos determinados, y un discurso verdadero es aquel que abarca cierto contexto de la realidad en el que las premisas consideradas se perciben como ciertas en todo sentido, confiriendo consistencia al conjunto de que se trata. Así, lo “no causado” concebible, (que fuera de contexto podría ser aplicado a infinidad de “cosas” porque “no existen pruebas irrefutables” de que “todas las cosas tienen sus causas”), tal cosa “no causada” concebible, repito, solamente podría ser aplicada en un contexto “universal” a la “causa primordial de Todo”, al “origen” o “la fuente” del Universo, llámese Energía o Dios. De hecho, la confusión en el presente caso sobre las “causas” de las cosas obedece al error de considerar “la nada” como “existente”, cuando ya Parménides afirmaba con una lucidez inconmensurable  que nada, no la hay, sólo hay ser. Es decir, lo que nosotros “los humanos” configuramos como “la nada” integra también “el Ser”. Alcanzar a comprender este aserto constituye en sí mismo la consecución de la verdad referida a la naturaleza toda, y ni el más arduo trabajo intelectual es capaz de lograrlo a veces, como lo evidencia el caso de Schopenhauer que se atascó en esa “nada” por oposición a todas las galaxias de este universo que para él comportaba lo único que podía ser configurado como “el ser”, de donde deriva su nihilismo filosófico. La “nada” es sólo un concepto que “se opone” al “ser” para que pueda “comprenderlo” la inteligencia humana que, para poder “funcionar”, debe construir “un mapa” limitado de la “realidad real inabarcable”, creando de esa manera una “realidad conceptual” que le vuelva inteligible el universo.


                   De ahí nuestro postulado de que el “yo” en el ser humano nace “escindiéndose” de aquel otro YO que todo lo abarca  (y lo excede, pues su naturaleza es la de la infinitud). Esta “escisión” se “crea” y “existe” solo en la mente humana al “sentirse separado” de lo demás (de Dios), y con ello pretender “ser como Dios”; ( o como dioses, como debiera entenderse de lo escrito en el texto bíblico con la utilización de “Elohim” que es la forma “plural” de “Dios” en el idioma hebreo y es la empleada en el Génesis en esta parte de la Biblia. Así nos informa Isaac Asimov en su obra “Guía de la Biblia - Antiguo Testamento”, Plaza y Janés Editores S.A., 1993, al comentar el primer versículo de la Biblia, en la página 14, en el siguiente párrafo que transcribimos: “Dios. El tema central de la Biblia es Dios, que aparece en seguida en la narración: Génesis 1,1. Al principio creó Dios los cielos y la tierra. La palabra hebrea que aquí se traduce como Dios es Elohim, forma plural que normalmente (si se infringiera la tradición) habría que traducir por `dioses'. Es posible que, en las primeras tradiciones en que se basa la Biblia, la creación fuera en realidad obra de una pluralidad de dioses. Los escritores bíblicos, decididamente monoteístas, tratarían de eliminar por completo tal politeísmo, pero tal vez no pudieran excluir el término `Elohim', profundamente arraigado. Era demasiado familiar para cambiarlo”.  Esta forma plural con el correr del tiempo fue “singularizada” utilizándose sólo con el significado de “Dios”: Recuérdese la exclamación de Jesús en la cruz, según consta en Marcos 15,34: Elohim, Elohim, ¿lama sabactani? [Dios mío, Dios mío, ¿porqué me has abandonado?]. Los dioses o Dios se convirtió en YAHVE, al asignarse “un nombre” el Dios de los israelitas al “darse a conocer” a Moisés, según se consigna en el Libro del Éxodo). 

                        La “separación” es por tanto “la causa” de la muerte. Pero esta “separación”, paradójicamente, es también imprescindible para el nacimiento a la vida, a esa vida autónoma que confiere la identidad individual “distinta”, el “ser uno y distinto” tan difícil de lograr por su “aparente” inconciliable contradicción con la “idea” del SER UNO abarcadora del TODO de Parménides y Zenón. No es sencillo “sentirse” uno mismo como “ser determinado” y al mismo tiempo, o a la vez, el “ser total” indeterminado. De ahí que la “opción” para los hinduístas, y para Parménides y sus discípulos,  y Platón, y cuantos más se adhirieran a esta doctrina y veían que lo “trascendente” debía encontrarse “más allá” de la vida y la muerte corporal fuera la de postular que este mundo tal cual lo vemos es “ilusorio”, ya que para cada cual inexorablemente debe “terminar” con la muerte, porque como lo apunta Miguel de Unamuno, después de todo lo que no es eterno, tampoco es real(21).

 

                   g) La necesidad de entender que el “yo” que aplicamos a nuestro  “ser”  individual  se  halla inmerso en el otro YO que nos envuelve en su SER.

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                    Sin embargo, es “la separación” que se establece entre “el hombre y Dios”, que  es la Biblia la que lo pone con mayor “énfasis” de entre todas los  textos “sagrados” de la antigüedad, la que “conduciría” a la “doctrina” que permitiría “entender” en plenitud el “sentido” de la vida y la existencia del ser humano en este planeta. La “separación” entre el Hombre y Dios hace que se lo conciba a Éste “externamente” al ser humano, como “su creador”, a tal punto que la doctrina oficial de la Iglesia Católica en su “Catecismo”( Editado por la Conferencia Episcopal Paraguaya, 1994, pág. 74) preconiza que Dios hizo al Hombre (y al Universo) “de la nada”, descartando que sea “una emanación necesaria de la substancia divina”. Como puede apreciarse, a menos que “la nada” se considere “parte integrante de Dios” o “del ser de Dios”, o fuese “su propia esencia” como declaraba Juan Escoto Erígena(22), es muy difícil “creer” en la “existencia” de “algo” externo al ser humano y al universo que “desde afuera” lo dirija todo con su voluntad. Esta concepción de un Dios “separado del mundo y del ser humano” (invisible, inaudible e intangible) fue el que a mí me tuvo transitando por la senda del ateísmo durante la mayor parte de mi vida. Menester era que llegara a comprender que Dios lo impregna todo y a la vez es, como lo dice el Bahagavad Gita, “sin principio, supremo, más allá de lo que es y más allá de lo que no es”, vale decir que lo abarca al SER y aún, lo excede, es decir, “está en nosotros y también más allá de nosotros”, para que pudiera llegar a creer en el Dios del que me hablaban, lo que a su vez me dió el pleno sentido de la sentencia de Parménides de que hay ser, pero nada no la hay.

                         En fin, la susodicha “separación” permite entender que también podemos llegar a existir “por nosotros mismos”, alcanzar la “indestructibilidad” o la “inmortalidad” que sólo a “los dioses” le era dado poseer, según las creencias primitivas (que son recogidas por la Biblia en el Libro del Génesis, Capítulo 3, versículo 22).

                         La “muerte” por tanto sobreviene al “separarnos” de la vida (de la vida en sí misma), o al “creer” que estamos separados, la primera “creencia” básica que “hace” ser al espécimen humano. “Soy”, piensa este “ente”, esta “entidad”, y “crea” su id-entidad. La vida es la “concienciación” del ser, dijimos más arriba. El ser humano mediante el pensamiento, el pensamiento reflexivo, “sabe que es”, se des-cubre. Digamos que antes de acuñar la palabra, el pensamiento conceptual,  este espécimen se limitaba a “ser”, y con este instrumento incorpora el “saber” a su “ser”. Sabe que es, o como se diría en consonancia con la etimología de la palabra, “saborea su ser”. Ser y saber obviamente están emparentados en el lenguaje, como lo evidencia el similar sonido del que están compuestos.

                         Pero el dilema que le surge desde el principio se suscita con esa confusión a que da lugar esa palabra, ese “soy” o ese “yo”, aplicable indistintamente “a todos”. ¿Hasta dónde van los “límites” de mi yo?. Pregunta de Perogrullo que merece una similar respuesta: Esos límites están constituidos por los contornos de mi cuerpo y por la “duración” de mi vida: Esas “limitantes” espacio-temporales a las que ya aludimos antes. Respuesta que hace tiempo la vienen dando todas las ciencias que versan sobre el tema. Empero, he ahí la cuestión como diría Hamlet: Dicha respuesta es sólo un prejuicio. En primer lugar, el “hecho” de que el “yo” lo apliquen “todos” a sí mismos ya pone de manifiesto que “en cierto sentido” el “concepto” excede al individuo. Lo excede, y no lo excede, alternativa, sucesiva o simultáneamente.

                        La cuestión radica pues en entender que ese “yo” que aplicamos a nuestro “ser” individual se encuentra inmerso en el otro YO que nos envuelve en su SER. Ya dijimos que la “contradicción” aparente que dificulta entender la “existencia” de “lo uno” y “lo múltiple” proviene del diferente contexto en que se aplica cada concepto. Nuestros “yoes” individuales son “relativos”, tanto a los de “los demás” como al de DIOS. El de Dios es el único YO abarcador del todo, es ab-soluto, es el UNO sin segundo, como dicen los hinduístas.


                   h) La “conciencia de sí” otorgada al humano espécimen por  el  creador,  aptitud  que  le  permite  “sentirse distinto”.


                     Y bien: al adquirir el “ser humano” la “personalidad” del “yo”, es decir, la conciencia de sí mismo y la voluntad que caracteriza a dicha personalidad, que “la recibe” de DIOS que obviamente “la posee por sí mismo” o “en sí mismo”, mejor se diría que es el “único” que la posee de “esa manera”, al configurar el ser humano “su ser”, que “lo pone” necesaria y fatalmente dentro de esas “limitantes” o “condicionantes” que son el espacio y el tiempo, presupuestos básicos “en principio” para la “propia existencia”, queda sometido a “la muerte” que esos “presupuestos” aparejan. Forja el ser humano entonces “la idea” del “principio y el fin” a tono con “su experiencia” y el “mundo” en el que “vive”. Pero también está presente en “su conciencia” la idea de que “algo” existe, o puede existir, que no tenga ni principio ni fin. Esa “existencia” no susceptible de ser constatada con “los medios usuales” de constatación, es decir “los sentidos corporales” es no obstante “sentida” o “presentida” por ciertas “personas” que “lo conciben” sub aeternitatis species para utilizar la terminología de Spinoza. Por consiguiente, para este “SER” no cuentan las limitantes del tiempo y el espacio, pues ni nace, ni muere.

                       Y avanzando otro paso en el sendero de estas especulaciones, no es difícil percatarse que ese “yo” que alienta en “mí” es el mismo “yo” que alienta en el otro. En esencia, son idénticos y pueden ser referidos a ese “algo” que “existe” que no tiene “principio ni fin”. Es la “conciencia del Ser”. Es Inteligencia que palpita en “cada recipiente”. Se puede afirmar entonces que “en cierto sentido” DIOS y yo SOMOS LO MISMO. Pero en “otro sentido” se puede decir también válidamente que DIOS y yo SOMOS DISTINTOS. Es cuestión de entender el enunciado dentro del contexto en que se lo expresa. DIOS, la Conciencia de lo “Total” o de “lo Infinito”, puede “inventar” o “crear” infinitos “seres” a partir de la “materia prima” que lo constituye (Inteligencia pura y voluntad todopoderosa con potencialidad para “hacer” materia de la “nada” que a la postre son todo ÉL mismo), pero esos “seres” seguirían “siendo” ÉL mismo si carecieran de la “conciencia de sí” que es lo que los hace “distintos”. Por consiguiente, “decide” crear al ser humano al que lo “quiere” distinto, aún cuando modelado con la misma materia prima de la que ÉL está “hecho”.


                   i) La “conciencia de ser” forjada por el ser humano, inicio del proceso de individuación  y  construcción del “sí mismo” mediante la  responsabilidad  y la libertad.

                       Dicha materia prima, la Inteligencia, le permite a este “ser creado” tener la “conciencia de sí” y diferenciarse de “lo otro”. Pero la cosa no termina allí, no es que esta “conciencia de ser” se dé de una buena vez por todas, ahí es donde recién “comienza” el proceso de la individuación y de la construcción del “sí mismo”. La Inteligencia en el ser humano, provista con el pensamiento conceptual y el lenguaje, instrumentos esenciales para la construcción del sí mismo, inicia un camino donde están en juego su libertad y su responsabilidad como condicionantes para llegar a la meta final.

                       Al “percibirse” a sí mismo, como “alguien” dotado de conciencia, al discernirse como una “singularidad”, no obstante no debe “perder de vista” que “lo otro” o, referido a sus congéneres, que “el otro” se encuentra “constituido” de la misma materia prima que él, los “rasgos distintivos” que en el otro percibe son solo “manifestaciones” o “exteriorizaciones” del mismo YO en el que ambos tienen su soporte. El Capítulo 3 versículo 22 del Génesis, recogiendo las antiguas tradiciones de los grupos humanos que en los inicios de la hominización rendían culto a sus antepasados “muertos”, configurándolos como “dioses”, que eran los únicos que estaban dotados de inmortalidad, alude a este fenómeno  (el de percibirse como alguien dotado de conciencia) en estos términos: “Y dijo Dios: He aquí que el hombre es como uno de nosotros, sabiendo el bien y el mal; ahora, pues, que no alargue su mano y tome también del árbol de la vida, y coma, y viva para siempre. Y lo sacó del huerto del Edén, para que labrase la tierra de que fue tomado”. En breves palabras cabe expresar el sentido de este pasaje recordando que Dios, Elohim en el texto bíblico original, dioses en hebreo, era considerado en los textos primitivos como el “creador” o “los creadores” del mundo, en consonancia con las “creencias” en boga por ese tiempo, lo que posteriormente se convirtió sólo en “DIOS” al asignarse el nombre de YAHVE.

                        En Súmer, la más antigua civilización de la región mesopotámica, quedó el testimonio escrito de la epopeya de Gilgamesh, el hombre que realizara una búsqueda tesonera para encontrar a Ut-Napishtin, el único mortal al que los dioses habían conferido el don de la inmortalidad, el cual, como el Noé bíblico, se había salvado de un diluvio universal en premio a su virtud, conjuntamente con su esposa. Estas “tradiciones” recogidas en la Biblia, adoptaron una forma peculiar en ella, pues si bien se toman “prestadas” de las culturas circundantes, adquieren en ella un sentido distinto, diríase que se invierte radicalmente ese sentido para dar “inicio” al “verdadero sentido” que corresponde dar a la “realidad” desde el punto de vista humano.

                        Es así que Gilgamesh, cuya extraordinaria odisea hacia el “paraíso de Dilmun” donde “Ut-Napishtin y su mujer son como dioses”, termina siendo apostrofado por Ut-Napishtin sobre la inutilidad de todos sus esfuerzos en su pretensión de alcanzar él también la inmortalidad. Lo que constituye el colofón de otra previa advertencia recibida en el mismo curso de su “viaje”, de parte de otro personaje de la “historia” que le había interrogado y aleccionado de esta suerte:  “Gilgamesh, ¿adonde te diriges?. No encontrarás la vida eterna que buscas. Cuando los dioses crearon al hombre para el hombre señalaron la muerte y retuvieron la inmortalidad para sí”(23).

                        El texto del Génesis más arriba transcripto alude también en cierto modo a la inexorabilidad de la muerte y hasta a la “voluntad” de los “dioses” de impedir que el hombre “alargue su mano y tome también del árbol de la vida, y coma, y viva para siempre”, pero, a diferencia de la historia de Gilgamesh, al ser sacado del “huerto del Edén”, se le impuso el mandato “para que labrase la tierra de que fue tomado”, lo que literalmente implicaba la necesidad de “pisar tierra” aceptando “su condición”, pero a la vez, acompañado de la admonición referida a la “enemistad entre la simiente de la mujer y la de la serpiente” se traducía en una “promesa” que, aún ambigua, iría cobrando forma en los subsiguientes pasajes del texto bíblico. En otras palabras: En esta parte de la Biblia, donde se habla del “principio” cuando “creó Dios los cielos y la tierra” y también “al hombre a su imagen y semejanza”, se inicia realmente para el ser humano el viaje hacia la Tierra Prometida, de la que se hablará más adelante cuando el Dios de Abrahán le ordena literalmente que emprenda viaje hacia ella, que le será dada a él y su descendencia que “será multiplicada como las estrellas del cielo y como la arena que está en la orilla del mar”(Gn. 22, 17), lo que se le augura con estas solemnes cuan inequívocas palabras: “En tu simiente serán benditas todas las naciones de la tierra,por cuanto obedeciste a mi voz”(Gn. 22, 18). Enlazado con el pasaje anterior en el que el “primer hombre” le desobedeció al comer del árbol que Él le mandó que no comiese (Gn. 2, 17; 3, 11), siendo por ello condenado a morir y a sufrir tribulaciones “labrando la tierra y a comer con dolor sus frutos”, el episodio citado de la historia de Abraham se erige en un hito del viaje que la pareja humana comenzó a emprender al “atreverse” a desobedecer a Dios ( o a los dioses), dándose comienzo a través de la obediencia de Abrahán a la redención de aquel “pecado”.


                    La cuestión por tanto radica en la obediencia debida al Creador, que al ser transgredida por el primer hombre lo colocó en la situación de morir necesariamente, lo que podía ser revertido únicamente cumpliendo el nuevo mandato de labrar la tierra de que fue tomado, es decir, construirse a sí mismo ( y a la Tierra, que está hecha de “la misma materia prima”) aceptando las tribulaciones que esa condición conlleva al serle explícitamente aclarado que “con dolor comerás de ella todos los días de tu vida” (Gn. 3, 17).

                     En ese punto comienza entonces la asunción de la responsabilidad y la libertad. La responsabilidad que confiere el conocimiento del bien y del mal ( que sólo los dioses, o Dios, conocían) y la libertad de elegir entre uno y otro para ir “creándose” a sí mismo para poder alcanzar la “promesa” que más adelante es precisada de forma explícita a través del “pacto” que hace Dios con su siervo Abraham, “por cuanto obedeció a su voz”.

                       (Es importante esclarecer que, tal como ya Séneca lo enunciaba aproximadamente de manera contemporánea al advenimiento del Cristo,“obedecer a Dios es libertad”, por lo que la responsabilidad y la libertad de las que hablamos consiste en conformar la voluntad individual con la de la Divinidad. Estaaclaración es importante porque en el tema de la obediencia cuenta de manera fundamental el ceñir la propia conducta al bien, pues, conforme el ser humano lo iría “descubriendo” con el correr del tiempo, la misma esencia de la Divinidad es el Bien, que es el que le “confiere” su naturaleza “eterna e indestructible”).


                 j) La  fe  o  certeza  de  la  verdad  de  que  la vida prevalecerá sobre la muerte, otra condición necesaria para la consolidación de las tradiciones primigenias transmitidas a través del judaísmo.


                    La otra cuestión implicada en estas primigenias “enseñanzas” de la Sabiduría Universal, es el tema de la fe. Es decir, la creencia que cuenta para alcanzar la “meta” implícita en la “promesa” o el “pacto” entre Dios y “el hombre”, representado a continuación de la “expulsión del paraíso” por el patriarca Abraham. Si bien la “promesa” asume un aspecto concreto con la alusión que se hace en el “compromiso” de Dios a Abraham de hacerle entrega “a tí y a tu descendencia después de tí de la tierra en que moras, toda la tierra de Canaán en heredad perpetua...”(Gn. 17,8), subsiste empero una ambigüedad en el contexto, pues sólo líneas atrás Dios le dice a Abraham como parte de dicho “pacto”: “Y te multiplicaré en gran manera, y haré naciones de tí y reyes saldrán de tí”(Gn. 17,6). Y también el pasaje ya citado: “tu descendencia será multiplicada como las estrellas del cielo y como la arena que está en la orilla del mar”(Gn. 22, 17), lo que es coronado con estas palabras: “En tu simiente serán benditas todas las naciones de la tierra,por cuanto obedeciste a mi voz”(Gn. 22, 18). En otras palabras, por un lado se habla de “la tierra de Canaán” pero por el otro se menciona a “todas las naciones de la tierra”.

                     La “aceptación” de la “voluntad de Dios”, que comportaba “creer” en la promesa que el mismo hiciera a Abrahan fue por tanto el “vínculo” de cohesión entre los miembros del grupo humano que era depositario de la tradición bíblica. No es que tal Sabiduría Universal hubiese dado, por decirlo así, una señal incontrovertible de que “la muerte” decretada por causa de la “desobediencia” del “hombre” iba a ser “revertida”. Por el contrario, al colocarlo en la posición de “pisar tierra” y obligarlo a aceptar su “condición” de “peregrino” embarcado en un “viaje” en pos de una “promesa”, lo ponía en la ineludible necesidad de “someterse incondicionalmente” a los dictados de esa Divinidad, aceptando todo lo que de ella proviniera para poder alcanzar lo prometido. La imagen o el símbolo más patético de esta sumisión total está dada por la imposición de Dios a Abrahan y la aceptación por parte de éste para que le sacrificara en holocausto a su hijo Isaac, “a quien amas” (Gn. 22, 2,3). Ésta es la más dramática descripción de la fe en la preeminencia de una voluntad superior sobre la voluntad individual humana.


                       Se pueden dar muchas explicaciones sobre el sentido del relato bíblico que narra el mandato de Dios a Abraham para sacrificarle en holocausto a su hijo Isaac y la consiguiente aceptación por parte del mismo de este mandato, pero lo que surge sin discusiones es que a partir de este episodio se genera una nueva concepción de la realidad que incidiría en el rumbo que seguiría la historia de la humanidad. La fe de Abraham, el patriarca, es el cimiento en el que se apoya esa mística que mantuvo unido a ese “pueblo” a través de los siglos, es la que hizo que perdurara ese “orgullo”, bien o mal entendido, que se tradujo en las “recopilaciones” de los distintos “sucesos” y “enseñanzas” que conforman la “historia” del pueblo judío con sus patriarcas, matriarcas, reyes y profetas, que culminaría con la “encarnación” de Aquel al que sus ancestros “concibieron” como el “Ser Supremo”, el Dios de Abrahan, el Dios de Isaac, y el Dios de Jacob.

                        Se hace necesario  aludir a la fe como elemento de la travesía emprendida por el humano espécimen (que con la responsabilidad y la libertad más arriba mencionadas constituyen la espina dorsal del “esqueleto” de la embarcación que habían abordado para ese viaje) para explicitar que en su sentido genuino dicha palabra comporta para el que la posee la certeza de la verdad. (Viene a cuento recordar lo ya mencionado en mi “Nuevo Itinerario Filosófico” en referencia al significado de la palabra hebrea“Emunah” por la época en que fue utilizada al ser consignada en la Biblia, traducida por la palabraFE empleada por nosotros, que nos lo da el profesor de filosofía medieval de la Sorbona Claude Tresmontant, significado que es precisamente lo dicho más arriba:Certeza de la Verdad).  Para ponerlo en relación con el episodio bíblico aludido, Abraham tenía la absoluta certeza de la verdad de que Dios tenía la potestad de exigirle lo que le ordenó y por consiguiente que no tenía otra alternativa que obedecerle, pues Él estaba por encima de cualquier “deseo” individual que pudiera alentar en “su ser”. Es preciso dejar en claro que no estamos postulando que el “hecho” narrado en la Biblia haya acontecido necesariamente como está expuesto en ella, sino que la lección que surge del mismo es la necesidad de entender que el ser humano individual debe someter su voluntad a la Voluntadde Dios. Para decirlo a la manera de Aristóteles(24), aún en la incertidumbre de que el “hecho” narrado haya podido o no suceder en la forma expuesta en la Biblia, y a despecho de las discusiones y debates que pudiera suscitar su “realidad histórica”, se puede considerar a dicho episodio como filosóficamente verdadero, por cuanto representa una etapa fundamental en la marcha de la “obra de Dios” que fue modelada por Éste y a cuya construcción fuimos llamados los seres humanos como “cocreadores”. Y no está demás recalcar que para tener esta visión es imprescindible tener la fe en Dios, es decir la creencia y la convicción en la existencia de ese “Ser Supremo”, pues mientras el prejuicio de que tal Ser “no existe” se albergue en nuestra conciencia, toda hipótesis que lo configure como presupuesto necesario de la realidad seguramente ha de ser rechazada. No obstante, el que de buena fe y con buena voluntad se imponga desentrañar el sentido de la vida y la realidad puede y debe tener la paciencia necesaria para seguir el hilo del razonamiento que estamos exponiendo. Hay que puntualizar asimismo que “la fe” con su connotación de “certeza de la verdad” no siempre estará sustentada en “la verdad real”, sino puede  estar apoyada en falsos “prejuicios” que sirven de soporte a la “visión de la realidad” que profese el que la sustente, y de hecho esto es aplicable a la mayoría de la gente. Los propios judíos --y aún, cada uno de los miembros de ese grupo humano con su incanjeable singularidad-- adaptaban y “acomodaban” sin duda la “común creencia” a sus particulares prejuicios, lo que no impidió que se fuera “soldando” ese “espíritu de cuerpo” que le confirió a la “comunidad” su peculiar característica ideológica.


                      Por consiguiente, la “meta a ser alcanzada” por esta comunidad, con su dosis de ambigüedad, la “Tierra Prometida” a la que se alude desde el inicio en los textos “sagrados”, preservados por los rectores del “pensamiento judío”, diversamente “interpretados” por quienes mantenían la tradición bíblica, comportaba la aceptación, la creencia o la fe de que tal promesa realmente sería cumplida. Para quienes necesitaban ver y palpar en “cosas tangibles” la realización de esa promesa, ya en la historia de Abraham se menciona a la “Tierra de Canaán” como la “Tierra Prometida”. Empero, algunos de los miembros de esa comunidad, que recibían “la inspiración” de esa “voz divina” comprendían sin duda de que la “Tierra Prometida” estaba más allá de las meras posesiones “terrenas”, esas apetencias y apegos egoístas propios de su “cuerpo material”, razón por la cual estaban siempre haciendo hincapié en la necesidad  de ajustar la conducta de la manera más inclaudicable a los principios éticos provenientes de los mandatos de la Divinidad.


                  Esa ambigüedad de la que está dotada toda situación, esa ambivalencia del “sentido” de las cosas, es propia de la “dualidad” dentro de la cual funciona la conciencia del ser humano, es la consecuencia de su aptitud adquirida al “comer” del fruto del árbol del “conocimiento” del bien y del mal. Cada individuo “acomoda” la circunstancia a su particular “visión de la realidad”. Las cosas siempre se presentan contradictorias  pues nuestra mente es incapaz de abarcar el súmmum de la realidad. Aislamos “a nuestra conveniencia” los fragmentos de aquello que logramos percibir acomodándolos a nuestros intereses, y así vamos caminando por la senda de la “construcción” de nuestro propio ser, y vamos “haciéndonos” dentro del margen de libertad de la que estamos dotados. Las enseñanzas o exhortaciones de Jesús, como las de los otros profetas que le precedieron, parecen estar impregnadas de contradicciones, si se las mira fuera del contexto en que deben ser colocadas. “Yo no vine a traer la paz, sino la espada”, dice Jesús, prefigurando esta ambigüedad, esta ambivalencia latente en el ser humano, esa su dualidad que emergió en él al ingerir la fruta del árbol del “conocimiento” del bien y del mal, lo que ha hecho que sus enseñanzas hayan sido tan diversamente interpretadas, y aún tergiversadas y distorsionadas. Sin embargo dice también a sus discípulos: “La paz os dejo, mi paz os doy”. Esta paz que le es dado alcanzar a todo el que conozca el verdadero, el genuino sentido de sus enseñanzas.


                       En el Capítulo 30, Versículos 15 al 20 del Deuteronomio, último Libro de la Torá o Pentateuco en la Biblia, se ratifica de manera muy enfática el sentido que la Sabiduría Suprema imprimía a sus enseñanzas, recogidas en esos textos:“Mira que te he ofrecido en este día el bien y la vida, por una parte, y por la otra, el mal y la muerte. Yo te mando que ames a Yahvé, tu Dios, y sigas sus caminos. Observa sus mandamientos, sus normas y sus leyes, y vivirás y te multiplicarás, y Yahvé te dará su bendición en la tierra que vas a poseer. Pero, si tu corazón se desvía y no escuchas, sino que te dejas arrastrar y te postras ante otros dioses para servirlos, yo declaro hoy que perecerás sin remedio. No durarás largo tiempo en el país que vas a ocupar al otro lado del Jordán. Que los cielos y la tierra escuchen y recuerden lo que acabo de decir; te puse delante la vida o la muerte, la bendición o la maldición. Escoge, pues, la vida para que vivas tú y tu descendencia, amando a Yahvé, escuchando su voz, uniéndote a él. En eso está tu vida y la duración de tus días, mientras habites la tierra que Yahvé juró dar a tus padres, Abraham, Isaac y Jacob”.

                       La promesa para el ser humano radica en la vida en contraposición a la muerte. Vivir y multiplicarse en la tierra que ha de poseer.  La cuestión depende de amar a Yahvé, escuchar su voz, unirse a él, pues en eso está su vida y la duración de sus días mientras habite la tierra que Yavé juró dar a sus padres Abraham, Isaac y Jacob. Únicamente si su corazón se desvía y no escucha sino que se deja arrastrar y se postra ante otros dioses para servirlos es que perecerá sin remedio y no durará largo tiempo en el país que va a ocupar al otro lado del Jordán. Para el buen entendedor la tierra prometida es toda la tierra y cuando se indica que está al otro lado del Jordán (además del sentido “material” que se deduce de ello para los más) se implica con ello que el viaje (que se ha iniciado al “comer” de la fruta del árbol del “conocimiento”) impone al “viajante” el deber de trasponer “el río” hasta la otra orilla, vale decir, deberá sobrepasar en ese “viaje” su habitual “orilla” que es “la muerte física”, revirtiendo el proceso que a ella conduce. Esta interpretación es obvia, pues si la promesa de “dar la tierra” se circunscribe a la posesión de ella hasta que sobrevenga la muerte, es evidente que dicha “promesa” carece de solidez y valor, más aún que todavía en este punto de la Biblia se sigue hablando de que esa es la tierra que “Yahvé juró dar a tus padres Abraham, Isaac y Jacob” ya “muertos” muchísimo tiempo atrás. Pues, como lo ejemplificó Jesús (Mr. 12, 26,27) al recordar lo escrito en el Capítulo 3, versículo 6 del Éxodo, si Dios dijo: Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob debe necesariamente entenderse que Dios se refiere a seres vivos y nó a muertos. Por lo que si le prometió a ellos esa tierra, era porque ellos mismos también la poseerían, a más de su descendencia, lo que implica que la vida a la que se refieren los textos es esta misma vida sobre este planeta, aún cuando existan dos “maneras” de acceder a esa vida, la vida eterna, como posteriormente lo ilustraría definitivamente Jesús con sus enseñanzas: Una, la resurrección; y otra, el nuevo nacimiento que conduce a la transformación y a la indestructibilidad del propio ser dotado de un cuerpo.


                   k) El discernimiento del sentido genuino de la enseñanza recogida en los textos permite apreciar que la “vida” a la que se hace alusión no termina en  “la muerte”.


                    Quizás a la precedente exposición se la tilde de “poco científica” por atribuir un “sentido” que contradice el “texto expreso” de lo escrito, donde se menciona explícitamente “el país que vas a ocupar al otro lado del Jordán”, como en otra parte ya se especificó también que dicho lugar era “la tierra de Canaán”. Sin embargo, cabe reiterar que el “sentido” del texto “escrito” es igualmente válido, ya que  quienes necesitaban ver y palpar en “cosas tangibles” la realización de la “promesa”, veían en la “Tierra de Canaán” a la “Tierra Prometida”, erigiéndose esta “creencia” común en el vínculo de unión que “identificaba” al grupo que lo profesaba, lo que operaba, para utilizar la expresión de Desmond Morris, como una poderosa fuerza para satisfacer aquella “tendencia a formar grupos propios” que le venía de lejos al animal humano, este “mono desnudo” como lo denomina el zoólogo nombrado(25).  Los menos eran los que percibían que el “espíritu” del texto “escrito” tenía la connotación de que “la vida” a la que se refiere el texto no podía terminar en “la muerte”, conceptos que son “contrapuestos” de manera “inconciliable”, aunque no se hable en el texto de “vida eterna”, que es algo que iría desarrollándose poco a poco. De todos modos, atendiendo a que el ser humano iba siendo “construido” por la Suprema Inteligencia, tarea a la que él mismo también debía sumar su esfuerzo con su libertad, su responsabilidad y su fé, todo debía ir pasando (como sigue ocurriendo hasta hoy día) por el discernimiento del sentido genuino de la enseñanza. El que es capaz de discernir este sentido, advierte que no existen incongruencias en estas interpretaciones diversas que le asigne cada uno a dichos textos, pues sólo es cuestión de poner las cosas dentro del correspondiente contexto, tal como lo venimos repitiendo. El último párrafo del texto más arriba transcripto arroja una luz resplandeciente sobre la validez “simultánea” del otro “sentido” que le hemos atribuido: “Escoge, pues, la vida para que vivas tú y tu descendencia, amando a Yavé, escuchando su voz, uniéndote a él. En eso está tu vida y la duración de tus días, mientras habites la tierra que Yavé juró dar a tus padres, Abraham, Isaac y Jacob”.


                    Jesús explicita con esta admonición la ambivalencia del sentido atribuible a las enseñanzas de la Inteligencia Suprema: Quien tenga oídos oiga(Mt.11.15; 13.9,43; Mr.4.23; Lc. 8.8; 14.35). En otro pasaje agrega: No todos pueden comprender ésto (Mt. 19.11).. Y todo el contexto bíblico habla de cómo los profetas y rectores del pensamiento israelita exhortaban en todo tiempo a entender dichas enseñanzas en el “buen sentido”, no en el literal o distorsionado que le atribuían muchos, insistiendo en la conducta ética, en la necesidad de que la gente ofrezca a Dios “misericordia y no sacrificios”, conforme está escrito en Oseas, Capítulo 6, versículo 6 y se repite en Mateo 9.13.  La primacía de este “buen sentido” es recalcado también en muchos pasajes del Nuevo Testamento, entre otros, con la siguiente exhortación atribuida a Juan Bautista: Pórtense de tal modo que se vea claramente que se han vuelto al Señor, y no vayan a decir entre ustedes: “Nosotros somos descendientes de Abraham”; porque les aseguro que incluso a estas piedras Dios puede convertirlas en descendientes de Abraham. (Lc. 3, 8). La “vana gloria” de pertenecer al “pueblo elegido” no es la que permite habitar “la tierra que Yavé juró dar a tus padres, Abraham, Isaac y Jacob”.


                   l) El “nombre” que “da a conocer” y que se asigna a sí mismo el “dios” de los hebreos,“YO SOY” (YAVÉ), que denota la naturaleza eterna e indestructible del ser tal  como  lo   consideran   las   principales   culturas estudiadas,  forma  parte  de  la   enseñanza   de   la Suprema Sabiduría que contiene la  indicación  precisa para lograr revertir el fenómeno de la muerte. 


                    Así que la explicación consistente de la realidad iba siendo vertida de esa manera y recogida en los textos a veces ambiguos y contradictorios tal cual lo es la propia naturaleza humana.


                    Y esa explicación va adquiriendo forma definitiva cuando el “SER SUPREMO” revela su “nombre” a Moisés asignándose el apelativo que define al ser en su cualidad peculiar de la que surge su naturaleza eterna e indestructible: YO SOY EL QUE SOY (Ex. 3, 14). El ser “es” el que perdura, la naturaleza de Dios es SER, así se define, y al crearnos nos da la posibilidad de que participemos de esa misma naturaleza. En el Deuteronomio, Capítulo 6, versículo 4 se ratifica la precedente explicación: Escucha Israel, Yavé, nuestro Dios, es Único. Es decir, este “dios” (YO SOY), por oposición a los  “dioses” de los demás grupos humanos circundantes ES el que ha de ir orientando a la humanidad hacia la “verdadera senda” del conocimiento, que se va forjando y consolidando en medio de todos los diversos intentos de interpretar y entender el universo, mientras se va produciendo la “autoafirmación” del “ser creado” a través de las distintas culturas que este “ser creado” a su vez “crea” sobre este planeta.  A partir de estas exhortaciones se irían desarrollando las “creencias” que culminarían con el advenimiento o la encarnación o si se quiere la “humanización” de aquel Ser, enlazándose lo antedicho con la declaración que haría ese mismo Ser cuando afirmó ser el YO SOY: De cierto, de cierto os digo, antes de que Abraham fuese yo soy(Jn. 8,58). Tal como lo indica Isaac Asimov en su libro “Guía de la Biblia-Nuevo Testamento”, Editorial Plaza y Janés, Octava Edición, 1998, página 288, la declaración antedicha de Jesús “se remonta a la revelación por parte de Dios de su propio nombre a Moisés: Exodo 3,14: Así responderás a los hijos de Israel: YO SOY me manda a vosotros”. Conforme lo enfatiza este autor, no en balde los dirigentes judíos que no creían en Jesús consideraron que éste había incurrido en blasfemia, pues no solo había declarado ser el Mesías, sino que afirmaba ser el mismo Dios. Los siguientes pasajes bíblicos hacen alusión a la misma cuestión:   “Ustedes son de abajo, Yo Soy de arriba. Ustedes son de este mundo y Yo no soy de este mundo; por eso acabo de decirles que van a morir con sus pecados; y morirán en sus pecados por no haber creído que Yo Soy” (Jn. 8. 23, 24). “Se lo digo de antemano, antes de que suceda, para que después de sucedido, ustedes crean que Yo Soy”. (Jn. 13.19). También tiene relación principalísima aquella revelación del Nombre del Ser Supremo con lo que Jesús declararía posteriormente, según consta en el Evangelio de San Juan, Cap. 6, versículos 48 a 51: “Yo Soy el pan de vida. Vuestros antepasados, que comieron el maná en el desierto, murieron. Aquí tienen el pan que bajó del cielo para que lo coman y ya no mueran. Yo soy el pan vivo bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. El pan que yo daré es mi carne, y la daré para vida del mundo”.


                       El problema del SER es el mismo que tenía ocupado a los filósofos de todas las principales culturas que hemos considerado, dándosele diferentes enfoques. En el hinduismo, el Chat- sit- ananda --el Ser Puro, Conciencia Pura y Bienaventuranza Pura--, seguido por el budismo con la simplicidad como esencia del Ser. En el Taoísmo, el Tao, el Camino, como realidad definitiva --el ser definitivo--, y en la cultura helénica, el Ser en sí, como tema básico de la Filosofía en su calidad de ciencia abarcadora de todas las demás, plasmándose en el enunciado de Parménides  --pues hay SER pero NADA no la hay--, precedido por Jenófanes con su concepción monoteísta, y luego en las obras de Platón y Aristóteles desarrollando las diversas concepciones en boga en ese entorno, culminando ambos en la idea de la existencia necesaria de un SER SUPREMO de un DIOS, que rige los destinos del universo. Así, enfatiza Platón que “el verdadero amante del conocimiento se pregunta continuamente por el SER...” (citado en la obra “El Universo y el Dr. Einstein” de Lincoln Barnett, página 99, Fondo de Cultura Económica, Décimo Tercera Reimpresión, 1992). Aristóteles identifica su “primer motor” con el “Ser Eterno, sustancia y acto puro” (Aristóteles, Metafísica, Edición de SARPE S.A., 1985, pág.327). Y agrega: “El primer motor es un Ser Necesario y, en tanto que necesario es el bien, y así es principio del movimiento...Tal es el principio del que penden el cielo y la tierra. Su vida realiza la más alta perfección, pero nosotros no la vivimos más que por poco tiempo... La vida pertenece a Dios, pues el acto de la Inteligencia es vida y Dios es este acto mismo; este acto subsistente en sí, tal es su vida perfecta y eterna... Llamamos Dios a un viviente eterno perfecto: la vida y la duración continua y eterna, pertenecen, pues, a Dios, pues esto mismo es lo que es Dios”. (Obra citada, págs. 328/329). Más tarde Jesús diría refiriéndose a lo mismo: “El Padre tiene vida en sí mismo” (Jn. 5, 26).


                      De esta manera es entonces como se fueron formando y consolidando las creencias de la humana especie, condicionando la visión de la realidad peculiar para cada individuo y grupo social, hasta que en un lugar y tiempo determinado nace una persona, un ser humano en el que converge la sabiduría acumulada por todas las culturas que le precedieron, que en base a esa su naturaleza especial, enseña a sus congéneres el verdadero sentido de la vida, ese sentido que le da consistencia a la realidad con una proyección que abarca todos los tiempos siempre que se la entienda debidamente. Para esa enseñanza la misma muerte tiene sentido, pues ella integra el proceso de evolución en el que está inmerso el cosmos, y ciertamente contiene la indicación precisa para lograr revertir ese fenómeno, constituyendo los elementos esenciales de ese camino la responsabilidad, la libertad y la fe, como ya se anticipó, que deben ser desarrolladas por cada individuo humano para alcanzar la perdurabilidad de su Ser. Él se declaró el enviado de aquel SER SUPREMO, pero también declaró ser ESE MISMO SER, al asignarse el mentado apelativo de YO SOY EL QUE SOY, YAHVE, que conforme a la tradición del grupo humano al que pertenecía, se había atribuido el “Ente” que “se hizo conocer” o se había “revelado” a dicho grupo.  


                           

               8.- Confrontación entre las “enseñanzas” para la vida eterna impartidas por Jesús y los criterios científicos actuales sobre la vida, destacando la congruencia existente entre ellos.


              A) Discusión entorno a las razones que  permiten  inferir que las enseñanzas de  Jesús  tienden  a  inculcar  la “creencia” en la perdurabilidad de la “vida corporal”.


                Jesús, por tanto, “vino” a este mundo básicamente con esta misión: Enseñar cómo lograr la vida eterna. Para ésto fue “enviado”.

                 Menester es esclarecer que en este trabajo se encara la “realidad histórica” de Jesús prescindiendo de los detalles episódicos y de las elucubraciones de índole místico-religiosas que hacen los “escritores” de los textos que hablan de “su vida” relacionándolas con las “profecías” consignadas en el Antiguo Testamento. En otros términos: Lo que damos por sentado es que Jesús existió históricamente y que sus “enseñanzas” impartidas en un cuerpo homogéneo y compacto surge de esos textos, lo cual no significa que reputemos como “verdaderos” en el sentido histórico todos y cada uno de los episodios narrados en esos textos. Es más: Cualquier persona medianamente versada en estos temas conoce que “hechos” tales como la “matanza de los inocentes”, la “visita de los Reyes Magos”, la “huida a Egipto”, la “virginidad” de María, la “ascendencia davídica” de Jesús, y tantos otros, no son sino el intento de los “escritores” de acomodar a sus propias “creencias” esa “realidad histórica”. Sin embargo, ello es completamente normal y natural, y más todavía por la época en que ocurrieron y fueron registrados tales hechos. Somos nosotros en verdad los que debemos “moldear” nuestra mente para “ver” las cosas de la manera como ellos las vieron, pues de lo contrario nos perderemos en minucias o, como suele decirse, nos perderemos “por las ramas”, sin apreciar la verdad que surge del contexto. La misma manera de funcionar la mente humana es la que explica todas esas aparentes “incongruencias”, pues la “inspiración” de la Suprema Sabiduría siempre es “teñida” con los prejuicios y creencias del que la “recoge”. Obviamente, tampoco es cosa de desdeñar tales “creencias”, las cuales inciden incuestionablemente en la misma “construcción” y marcha del mundo, pues ya se ve cómo éste en el cual estamos viviendo es factura y resultado en gran medida de aquellas “creencias”. A propósito de ésto existe precisamente una “enseñanza” del propio Jesús cuando declara que “Cuando un maestro de la ley se instruye acerca del reino de dios, se parece al dueño de una casa, que de lo que tiene guardado sabe sacar cosas nuevas y cosas viejas”. (Mt. 13,52). Está pues en juego la propia aptitud de discernimiento para separar la mies del rastrojo.

                    El primer punto a abordar respecto de las “enseñanzas” de Jesús en este materia es el que se relaciona con la dilucidación de que ellas se referían realmente a “esta vida”, y nó a alguna otra medio “inaccesible” a la mente humana, algo que ha provocado una confusión tremenda entre los seguidores de la doctrina cristiana a tal punto que aún hoy los “creyentes” albergan sólo una vaga idea de aquello en lo que consistiría lo que Jesús daba en llamar “la vida eterna”.

                    Con ser innumerables los pasajes de los Evangelios en los que Jesús habla de la “vida”, queremos recoger dos de ellos de donde se deduce con la más absoluta claridad que esa “vida” es esta misma que la estamos viviendo, en otras palabras, que la “vida eterna” no es otra que la “prolongación” o continuación de la “vida corporal”, lo que implica que la “muerte física” puede ser “derrotada” o “vencida”.


                    El primer pasaje que ya lo transcribimos un poco más atrás, se encuentra en el Evangelio de San Juan, Cap. 6, versículos 48 a 51, y dice así: “Yo Soy el pan de vida. Vuestros antepasados, que comieron el maná en el desierto, murieron. Aquí tienen el pan que bajó del cielo para que lo coman y ya no mueran. Yo soy el pan vivo bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. El pan que yo daré es mi carne, y la daré para vida del mundo”. Al aludir Jesús a la muerte de los antepasados de los judíos y agregar que los que coman del pan que el daría ya no morirán, da a entender de la manera más inequívoca que el “vivir para siempre” lleva aparejado el “poder” de no ser afectado por el hecho físico que denominamos “muerte”. Aquellos murieron. En contrapartida, éstos no morirán. Es cierto que pasajes más adelante dice también lo siguiente: “El que come mi cuerpo y bebe mi sangre tiene vida eterna; y yo lo resucitaré en el  día último”(San Juan, 6, 54), pero ésto tiene que ver con la “otra manera” de alcanzar la vida eterna, como ya se dijera más arriba, y se explicará mejor más adelante.

                      El otro pasaje al que nos referimos está en el Evangelio de San Juan, Capítulo 11, Versículos 25 y 26, y dice así: “Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que todavía está vivo y cree en mí, no morirá jamás”. Puesto que se habla de quien todavía vive afirmándose que no morirá jamás en contraposición a aquel otro que aunque muera, vivirá, es evidente que este pasaje no es susceptible de ser entendido de otra manera sino en el sentido de que el que cree y todavía vive no será afectado por la muerte, la muerte física, que no de otra cosa se habla, máxime que también se alude a aquel otro que también “cree” que “aunque muera, vivirá”, lo que habla obviamente de la “otra manera” de alcanzar la “vida eterna”, o sea “la resurrección” a la que se alude también explícitamente en este pasaje.

                       Indudablemente todo el cuerpo de los textos bíblicos en el Nuevo Testamento apunta a indicar claramente que la “vida” tal como la entendemos es la que ha de volverse “perdurable” y se encuentra en completa concordancia con los pasajes precedentemente citados. Así sucede cuando se da por sentado el “hecho” de la resurrección del propio Jesús, el cual “resucita” o vuelve a la vida “con su cuerpo”. Así surge también de las diversas “resurrecciones” realizadas por Jesús, entre ellas la de Lázaro a quien se lo vuelve a la vida después de cuatro días de haber muerto. Ciertamente el abordar este tópico con este enfoque comprende introducir en el tema los “milagros” atribuidos a Jesús, pero ello forma parte también de las “enseñanzas” de la Sabiduría Suprema, independientemente de la “veracidad histórica” que se le asigne a los mismos, conforme se verá en el desarrollo que ha de dársele más adelante en este mismo ensayo.

                       En consecuencia, “la vida eterna” es esta misma vida cuando no es alcanzada por “la muerte”. De hecho, nosotros no conocemos “otra vida” más que ésta, y es indudable que Jesús se refería a esta “forma” de manifestarse “la vida”, ésta que “emergió” en este planeta que lleva “existiendo” unos tres mil quinientos millones de años dentro de un proceso de evolución cuya “coronación” es la especie humana en lo que hace a su “ascenso” hacia la “concienciación del ser”,  entendida ésta como la “aptitud” de los seres vivientes para “sentirse distintos” como apuntábamos antes. A través del pensamiento conceptual y el lenguaje el ser humano es sin duda el más apto entre todos los demás seres vivientes de este planeta para “sentirse distinto” como “ser”, pues a través de estos “instrumentos” él es capaz de “discernir” mejor que los otros esta circunstancia.


                   b) Los criterios clave que permiten distinguir al ser vivo dentro de su entorno a  la  luz  de  los  conocimientos científicos en la actualidad.


                  Sentada la premisa de que las enseñanzas de Jesús tienden a inculcar la “creencia” en la perdurabilidad de la “vida corporal” es pertinente estudiar en qué forma se compagina ésto con los “conocimientos científicos” actualmente aceptados.

                 En primer lugar, es pertinente abordar el tópico referente a lo que la ciencia actual considera como válido para designar aquello que llamamos vida. Volvemos una vez más a la obra de Fritjof Capra “La Trama de la Vida” que con notable claridad y capacidad de síntesis, tras considerar y estudiar el tema a la luz de los conocimientos científicos trabajosamente reunidos hasta hoy,  nos dice que existen tres criterios clave que permiten distinguir al ser vivo dentro de su entorno. Estos criterios son: el patrón, la estructura y el proceso. A continuación define lo que se entiende por estos conceptos. El patrón o patrón de organización consiste en la configuración de las relaciones que determina las características esenciales del sistema. La estructura es la corporeización física del patrón de organización del sistema. Y el proceso o proceso vital es la actividad involucrada en la continua corporeización física del patrón de organización del sistema (ver página 175). Conforme lo expresa él en la obra citada en los siguientes términos: “En pocas palabras, propongo el entendimiento de la autopoiesis --tal como es definida por Maturana y Varela-- como el patrón de vida (es decir, el patrón de organización de los sistemas vivos); la estructura disipativa, tal como es definida por Prigogine-- como la estructura de los sistemas vivos; y la cognición --tal como es definida inicialmente por Gregory Bateson y más plenamente por Maturana y Varela-- como el proceso vital” (página 174).

 

                  Hete ahí pues lo que es susceptible de “ser entendido” hoy día con referencia a este “fenómeno” de la vida que estamos considerando. El “patrón de organización”, el “modelo”, la “idea” o el “arquetipo”, --que frecuentemente es “confundido” o “identificado” con la “estructura” con la que se lo hace “coincidir”, o bien es “separado” absolutamente de ella-- debe ser concebido como algo “incorpóreo”, meramente mental. Se trata de “la configuración” (eminentemente mental) de las relaciones que determina las características esenciales del “sistema considerado”, en otras palabras, consiste en “la forma” que adopta el “ser vivo” que “lo diferencia” y “lo vincula” con su entorno .  Los que caen en la confusión aludida “piensan” que su ser se reduce solamente a su cuerpo. Los que separan el “patrón de organización” de la “estructura” por el contrario “creen” que“el alma” existe “independientemente” del cuerpo y viceversa. Con la unificación de los conceptos de materia y energía derivada de la teoría científica de la relatividad, se esclarecen estas confusiones, pues ni el patrón es sólo la estructura y viceversa, ni lo primero puede ser separado “absolutamente” de la segunda, sino que ambos son los dos “aspectos” de un solo proceso. Toda “distinción o “separación” que se haga vale únicamente para el “campo conceptual”. En este proceso está involucrada la Energía, y conforme lo hemos caracterizado a ésta, ella se encuentra intrínseca ciertamente también en lo mental, en la “Inteligencia que precede al cuerpo”. El “patrón de organización” como criterio válido, integrante con los otros mencionados para la configuración de la vida, puede ser equiparado a la “idea” o al “modelo” radicado en la “mente de Dios” como “proyecto” o “plan” para los “seres creados”. Ya abordaremos después con más detalles este asunto que tiene que ver con “la mente de Dios”.

                                      La “estructura”, el segundo concepto clave para la identificación de “los sistemas vivos”, es “la materia propiamente dicha” constitutiva de aquel “patrón” o “modelo” al que nos referimos en el precedente párrafo. Es el “soporte físico” de ese “patrón”, como dice Capra, que nos permite configurar a “cada ser vivo” como dotado de un “cuerpo” con las cualidades de “separado y distinto” de los demás. Nuestra “mente”, como una manera de “discernir”, “organizar” u “ordenar” la realidad le otorga también a ese “cuerpo” las cualidades de “forma”, “impenetrabilidad”, “duración”, “peso” y otras más que nos permiten “funcionar” en esta dimensión espacio-temporal. Lo que se presenta claro es que ese “cuerpo” que tantos conciben como algo “rígido” identificándolo con “su ser” constituye realmente algo que cambia constantemente, puesto que “sus partes constitutivas” van siendo reemplazadas permanentemente en un proceso de “intercambio continuo” con el medio ambiente. De donde se sigue que lo único que permanece constante es “el patrón” o “modelo” que existe solo “idealmente”, cual “plano” de un “edificio” cuyos “ladrillos” estuvieran siendo reemplazados continuamente. Vale igualmente en este punto lo dicho en el precedente párrafo sobre la “unicidad” de ambos aspectos del proceso, pues la “materia propiamente dicha” es en última instancia energía de donde se deduce que “patrón” y “estructura” solo cabe “diferenciarlos” conceptualmente.

                                      El “proceso” vital es lo que comúnmente se conoce como metabolismo, e integra con los anteriores los tres criterios fundamentales que permiten caracterizar a un “ser vivo”. El “proceso” es la asimilación y el intercambio de las “sustancias nutricias” que hace el ser vivo en su interacción con el entorno. Entra a tallar en este punto lo que se denomina en el estudio hecho por Maturana y Varela, según nos informa Fritjof Capra, como el “acoplamiento estructural” dentro de una “red” de sistemas “autopoiésicos” (autopoiesis: “creación de sí mismo”; de “auto”, sí mismo, y poiesis: creación). Este “acoplamiento estructural” es concebido como un “proceso de cognición” del ser vivo, y tiene implicancias sobre lo tratado en este ensayo que serán especificadas más adelante. Lo que en  este punto queremos decir es solamente que este “proceso”, para el enfoque que nosotros le damos a la vida no es otra cosa que “la entrega” que hace el dador de la misma, el que tiene vida en sí mismo a los “seres creados”, pues si Él es pura energía que todo lo impregna, la “manera” de “sostener” a sus creaturas “concebidas” como “distintas” es proporcionándoles el “alimento”, fuente de energía, dentro del “mecanismo” o “proceso” “planeado” por Él para el funcionamiento de tales “seres creados”.


                   c) Para el  “ser creado”  no  cabe  concebir   “el alma” existiendo independientemente del “cuerpo” pues ambos son una y misma cosa.

                  En conformidad con las precedentes especificaciones, nuestra definición de que la vida es la “concienciación del ser”, entendida como la aptitud  de cada ente individual para “sentirse distinto” es sin duda apropiada para caracterizar al “ser viviente creado”. El “yo soy” acuñado por el humano espécimen, referido a cada individuo particular de la especie, (en ciernes en cada ser vivo que le precede en la escala biológica al “sentirse distinto” de “lo otro” “en cierto modo”), en “posesión” de un “patrón de organización” provisto de una “estructura” alimentada por “un proceso” que le permite “funcionar” dentro de un “entorno” constituido por una “red autopoiésica”, es lo que cabe configurar como “la vida” de la que está dotado el ser humano. El “yo soy” de cada cual en cierto sentido es “único”, no admite otra id-entidad. Es in-canjeable, in-enajenable es algo singular, “personalísimo”. Así es como “siente” cada ser humano “su ser”. Este “ser” o, dicho con otras palabras, este “venido a ser” habida cuenta su “calidad de ser creado”, requiere para su “existencia” de “un cuerpo” (que comprende el “patrón de organización” y la “estructura” alimentadas por el “proceso”). El cuerpo concebido dentro de esos parámetros permite superar la “dualidad” que se viene debatiendo desde antiguo en referencia a la naturaleza humana, pues el patrón de organización y la estructura que representarían  el alma y el cuerpo respectivamente no son otra cosa que energía en sus aspectos mental y corporal. Vale decir, la mente y el cuerpo son sólo energía en sus aspectos “intelectual” y “material” respectivamente, con lo cual la diferenciación entre “res cogitans” y “res extensa” hecha por Descartes no pasa de ser un artificio del concepto, pues, conforme lo demuestra la fórmula de la teoría científica de la relatividad, materia y energía son equivalentes pudiendo la una trasmutarse en la otra y viceversa.

                        Por tanto, para el “ser creado” no cabe concebir el “alma” existiendo independientemente del “cuerpo”. Ambos son una y misma cosa. Eso mismo es lo que nos dice Fritjof Capra en su obra más arriba citada cuando afirma que  “en la teoría emergente de los procesos vitales, los sistemas vivos  --la continua corporeización de un patrón autopoiésico de organización en  una estructura disipativa-- son identificados con la cognición, el proceso de conocer”, lo cual “conlleva la promesa de la trascendencia de la división cartesiana entre mente y materia” (pág.185).  Dicho en otras palabras, el cuerpo y el alma están inextricablemente unidos por el proceso vital que se va “produciendo” momento a momento, de manera continua, dentro de los “contornos” del perímetro corporal, no pudiendo hacerse más que una distinción conceptual de ambos aspectos de esa “única realidad”. Como una muestra más de que la ciencia actual preconiza que el “cuerpo y el alma” son una sola “cosa” viene a cuento citar a Konrad Lorenz quien nos dice en su libro “La Decadencia de lo Humano”, Plaza y Janés Editores S.A., 1.986, página 91, que “la hipótesis sobre una identidad de cuerpo y alma es la única irrefutable”.

                             La confusión que se arrastra en esta materia de la “separación” entre el “alma y el cuerpo” proviene sin duda de esa “ansia de inmortalidad” que el ser humano alberga desde tiempo inmemorial. De ahí que ante la constatación de “la muerte” del “cuerpo” se haya “ideado” que “el alma” le sobrevive. La primera concepción de “inmortalidad” que elaboraron los seres humanos aludía a la que obtenían “los antepasados” que se convertían en “dioses”. De ahí surgieron los mitos y leyendas que fueron incorporándose a las tradiciones de las distintas culturas y civilizaciones. El “alma”, identificada con el “soplo” o el “aliento vital”, “el espíritu”, como también se lo denomina, da la impresión de existir “independiente” o “autónomamente”, prescindiendo del “cuerpo”, lo cual viene reforzado por “la cesación del aliento” en el que se muere.

                                      El dogma del “alma inmortal” en el cristianismo, y específicamente en la Iglesia Católica, se desarrolló a partir de estas tradiciones y particularmente a partir de la cultura y la filosofía griega. En la tradición hebrea no se presenta clara esta cuestión y más bien se entendería que la tal “separación” no es postulada dentro de sus “creencias”, pues lo que se traduce como “alma” es el vocablo hebreo “néphesh”, cuyo significado comprende igualmente el de “ser”, “criatura” o “persona”. Sin entrar en honduras es evidente que, como ya se apuntó más arriba, la confusión en el caso proviene de la “dualidad” en la que le coloca al ser humano esa aptitud de configurar “abstractamente” la realidad por medio del lenguaje o el pensamiento conceptual. La “palabra” procede a “separar” ambas “entidades”, (tal como “convincentemente” lo “sistematizara” Descartes en su “Discurso del Método”), y de ahí en más se da por supuesto la “existencia independiente” de una y otra. Sin embargo, la evidencia nos muestra que el “ser vivo” esta “hecho” de “una sola pieza”. Cada “ser” nace y muere con su “cuerpo y alma” indisolublemente ligados. Sin duda, es esto mismo lo que se desprende de la “doctrina” cristiana sobre la “resurrección”, ya que este “evento” implica que el que resucita “recobra” el cuerpo, o mejor dicho, “un cuerpo”,  de tal manera que con eso “vuelve a vivir”.


                   d) Acotaciones en referencia al tema de la “resurrección” teniendo en cuenta la premisa de que cada “ser” nace y  muere  con  su  “cuerpo y alma”  indisolublemente ligados.


                    Naturalmente, esto requiere una “explicación” --nos referimos al tema de la “resurrección--, pues ¿qué pasa con la persona que muere, si muere ella toda entera, en “cuerpo y alma”, hasta tanto le “sobrevenga” la “resurrección”?. Diremos que, en principio, toda persona “perdura” en “la mente de Dios” o si se quiere, en “la memoria de Dios”. Sin duda, esto implica la mala costumbre de hacer “antropomórfico” a Dios, pero ello es inevitable porque después de todo estamos hechos “a imagen y semejanza de Dios”, y si bien nuestra “inteligencia” nunca será capaz de configurar lo que es el Creador, de lo que podemos estar seguros es que Él debe poseer o simplemente ser la Inteligencia Pura en grado inconmensurable. En consecuencia, el que muere queda registrado en la “memoria” de Dios con las “cualidades distintivas” que le confieren su identidad, aquello que lo hace “único” en relación con sus demás congéneres. La “preservación” de esta “personalidad” en la “memoria de Dios”, en tanto no “resucite” el sujeto, no implica que el mismo tenga “vida” en el sentido de poseer en sí mismo la “concienciación de su ser”, sino que éste “permanece” como “dormido” en la “conciencia de Dios”. De ahí que, recién una vez que “recobre el cuerpo” con la resurrección cada cual “volverá a la vida”. Tal es lo que se colige de los siguientes pasajes bíblicos (entre muchos otros): “Porque como el Padre levanta a los muertos y les da vida, así también el Hijo a los que quiere da vida” (Jn.5,21); “De cierto, de cierto os digo: Viene la hora, y ahora es, cuando los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y los que oyeren, vivirán” (Jn. 5, 25);  “Porque como el Padre tiene vida en sí mismo, así también ha dado al Hijo tener vida en sí mismo; y también le dió autoridad de hacer juicio, por cuanto es Hijo del Hombre. No os maravilléis de esto; porque vendrá hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz; y los que hicieron lo bueno, saldrán a resurrección de vida; más los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación”.(Jn. 5,26,27,28,29).

                       Ciertamente, el precedente postulado evoca en cierto modo a la tesis de Platón sobre los arquetipos, y no hace falta decir que esa teoría constituye una de las más poderosas intuiciones que haya concebido la mente humana. Habría que recalcar que “la creación” en su totalidad se encuentra en “la mente de Dios” como un “proyecto” y todos nosotros estamos inmersos en esa “realidad” con el cometido de construirnos a nosotros mismos con la “ayuda” de nuestro Creador, lo que implica que cada uno debe caminar con sus propios pies el sendero que le ha sido trazado por aquel para alcanzar “la vida eterna”.

                       De estas disquisiciones surge con claridad que los mitos del infierno y el purgatorio son solo la manera de explicar la creencia en la “inmortalidad del alma” surgida en el cristianismo, que en la doctrina hinduísta asume la forma de la “reencarnación”. En cuanto al “cielo”, como se verá más adelante con el desarrollo de la tesis sobre la “coexistencia de las dimensiones espacio-temporales”, nos permitimos anticipar que según nuestra percepción, los que han culminado su tránsito hacia el perfeccionamiento, cuando mueren “resucitan” cobrando un “nuevo cuerpo” “instantáneamente” en aquel “lugar” muy real en el que viven la “vida eterna” todos los que ya han obtenido “su salvación”.

                         No existe pues “dualidad” en el humano espécimen que sólo puede “existir” como un “ser íntegro” de una sola pieza, y en tal condición, su “vida eterna” tendrá que comportar la “posesión” de “un cuerpo” en el que “palpite” la vida, pues el tal cuerpo es la “forma” que adopta “la energía” otorgada por el “dador de la vida”, “forma” que permite “identificarlo” y “distinguirlo” de los demás. En cuanto al “Creador” o “ser supremo” que “tiene vida en sí mismo”, ya hemos dicho que si bien “todo el universo” puede ser concebido como “su cuerpo” al estar “constituido” de Energía que es la “materia primordial” de la que “está hecho” el mismo, es igualmente correcto configurarlo como “existiendo” independientemente del Universo, pues “su ser” lo abarca y lo excede tratándose éste de una “emanación” o “manifestación” de aquel. En todo caso, aún infinito como es, el mismo “es” solo Uno pues todo lo concebible y lo inconcebible está lleno con “su ser”. Él está en todas las cosas y todas las cosas están en Él, aunque ninguna cosa en particular sea Él por no poder abarcarlo.  Como decía Erich Jantsch, renombrado científico, citado por Fritjof Capra: Dios no sólo es el creador, sino también la mente del universo(26).

                   Así pues, quedan esclarecidas las premisas que hacen referencia a la “vida” en el sentido que lo entiende la ciencia hoy día y su conexión con las enseñanzas de Jesús y las tradiciones de los diversos grupos humanos que estamos considerando.


                   e) La inserción de la teoría científica de la evolución dentro del marco de las enseñanzas de Jesús.

                    En segundo término, viene al caso la teoría científica de la evolución. Se trata de la evolución biológica de las especies vivientes a la que el ser humano está sujeto, como todos los demás. ¿Qué pasajes de las “enseñanzas” de Jesús contenidas en el texto bíblico se refieren a la evolución?. Al igual que en el punto anterior, nuestra percepción de este asunto nos hace ver que de todo el contexto de esas enseñanzas se deduce este postulado. Ciertamente, la necesidad de concisión en la enseñanza que se realiza a través del lenguaje hace que el maestro haya sido parco en sus referencias al tema, lo que no impidió que lo abordara explícitamente.

                   La cuestión del “fin del mundo”, uno de los puntos centrales de su doctrina, tiene que ver sin duda con este asunto, pues algo que ha tenido comienzo y que ha de tener un fin transita evidentemente por una senda en la que se encuentra imbricado un “proceso”, sea cual fuere su naturaleza. Pero la parte concreta en la que habla de este punto lo relacionamos con la parábola de “Los obreros de la viña” consignada en el Capítulo 20 del Evangelio de San Mateo, narrada por Jesús tras afirmar lo siguiente: “Pero muchos primeros serán postreros, y postreros, primeros” (Mt.19, 30). En esta parábola Jesús compara “el reino de los cielos” con un padre de familia que salió por la mañana a contratar obreros para su viña, y continuó haciéndolo luego a distintas horas del día, hasta que al finalizar la jornada todos recibieron su paga en igual medida, lo que dió lugar a que los contratados a primera hora protestaran porque los postreros que trabajaron una sola hora fueron hechos iguales a ellos, que eran los primeros que habían soportado la carga y el calor del día. El dueño de la viña replicó a ésto que nada tenían que reclamarle porque era perfectamente lícito que él hiciera lo que quería con lo suyo, y que no correspondía tener envidia porque él era bueno, rematando la enseñanza con esta sentencia: “Así, los primeros serán postreros, y los postreros, primeros; porque muchos son llamados, más pocos escogidos” (Mt. 20,16).

                     Los postreros que han de ser primeros son precisamente los que en los últimos tiempos de la evolución logran, en virtud del mismo proceso evolutivo, ser los primeros que alcanzan la indestructibilidad de su ser, o lo que es lo mismo, de “su cuerpo”. Los primeros, aquellos que vivieron en un “tiempo anterior” alcanzarán igualmente este estado por medio de la “resurrección”, pues dicho proceso evolutivo lleva implícita la “restauración” final de quienes “merezcan” ser “salvados”. Y en cuanto a la acotación de que “muchos son llamados, más pocos escogidos” hace alusión a la “lenta” marcha de ese proceso evolutivo, pues en cada tiempo cronológico, en cada generación, son realmente “pocos” los que consiguen “la salvación”, ya que los “escogidos” son aquellos que “se eligen a sí mismos”, es decir, eligen ellos mismos alcanzar la meta final.

                     El siguiente pasaje hace alusión también a este tema: “Porque en ésto es verdadero el dicho: Uno es el que siembra y otro es el que siega. Yo os he enviado a segar lo que vosotros no labrásteis; otros labraron y vosotros habéis entrado en sus labores” (Jn.4,37-38). La “evolución biológica” continúa pues surtiendo sus efectos en el ser humano, aprovechándose los “sucesores” de lo que hacen sus “antecesores”. Este “proceso evolutivo” es parangonable al que sucede con el gusano que se transforma en mariposa en el sentido de ser algo espontáneo y natural que debe seguir su curso invariablemente.

                     Asimismo, anteriormente ya hemos señalado que a nuestro criterio, por virtud de la evolución la reproducción sexual en la especie humana tenderá a desaparecer cuando vaya alcanzando niveles superiores dentro de ese proceso evolutivo, lo cual concuerda con la enseñanza de Jesús cuando dice en el Evangelio de San Mateo, Capítulo 22, versículo 30 que cuando los muertos resuciten, los hombres y las mujeres no se casarán, pues serán como los ángeles que están en el cielo. Esto también tiene relación, como ya se señaló, con lo dicho en el Capítulo 1 del Evangelio de San Juan, versículos 12 y 13 donde se consigna que “a quienes lo recibieron (a Jesús) y creyeron en él les concedió el privilegio de llegar a ser hijos de Dios. Y son hijos de Dios, no por la naturaleza de los deseos humanos, sino porque Dios los ha engendrado”. Jesús, el primer ser humano engendrado por la Divinidad, logró su indestructibilidad, o sea, la culminación de su evolución, lo que también se halla contemplado para todos los demás seres humanos que “lo reciban” y “crean en Él”. Hay un texto recogido por Clemente de Alejandría en su Stromata III, citado por Robert Graves en su libro “Rey Jesús”, pág. 5, Ediciones Altaya S.A. 1999, que también hace alusión a esta cuestión y que nos permitimos transcribir atendiendo al notable interés que reviste en relación con este tema: “Cuando en el Evangelio según los Egipcios Shelom preguntó al Señor: ‘¿Durante cuánto tiempo prevalecerá la muerte?’ El respondió: ‘Mientras vosotras tengáis hijos’... Y cuando ella preguntó: ‘Entonces, ¿he hecho bien no pariendo hijos?’ El dijo: ‘Comed de todas las plantas menos de las que son amargas’. Y cuando ella preguntó en qué momento serían conocidas las cosas sobre las cuales le había interrogado, El dijo: ‘Cuando vosotras las mujeres hayáis pisoteado la ropa de la vergüenza y cuando los dos sean uno, y cuando el varón con la hembra no sean varón ni hembra...’ Y dijo el Salvador en el mismo Evangelio: ‘He venido a destruir las obras de la Hembra’”. Independientemente del valor y el sentido que pudiera tener este texto en el contexto histórico y de la diversa interpretación que pudiera sugerir tomando en cuenta la totalidad de su contenido, es evidente que se encuentra vinculado con los otros antecedentemente citados. Y tal como se puede decir también de los otros Evangelios Apócrifos, no existen razones para desdeñar o desechar sin más las enseñanzas de Jesús que se puedan extraer de ellos, pues, a su manera, reflejan también lo que la Suprema Sabiduría va insuflando a sus criaturas.

                        Prosiguiendo con el tema, es importante recordar la distinción que hiciéramos antes entre la “evolución” que sufre un individuo humano durante su vida y la que afecta a toda la humanidad, pues ambas “coexisten”, por así decirlo. En el proceso de “evolución global de la especie” acontece que cada uno de los diferentes individuos que la integran nacen con distintos “grados” de evolución, amén de poder “incrementarlo” por propia y libre decisión en el transcurso de su vida, que les posibilita “alcanzar” o no la meta final. Entretanto, la especie entera también va evolucionando hacia la consumación definitiva del proceso de transformación, lo que ha de acontecer al producirse el “fin del mundo”. La evolución “individual” incide por supuesto en la “evolución global”, y viceversa. Con relación al “diverso grado” de evolución con que nace cada individuo Jesús lo enfatizó en el siguiente pasaje: “Pues hay eunucos que nacieron así del vientre de su madre, y hay eunucos que son hechos eunucos por los hombres, y hay eunucos que a sí mismos se hicieron eunucos por causa del reino de los cielos. El que sea capaz de recibir esto que lo reciba”(Mt. 19, 12). En materia de la “evolución” que se produce en el ser humano durante su vida, la respuesta de Jesús a la pregunta sobre el ayuno que le hicieran los discípulos de Juan da la claridad debida a este punto: “Nadie pone remiendo de paño nuevo en vestido viejo; porque tal remiendo tira del vestido, y se hace peor la rotura. Ni echan vino nuevo en odres viejos; de otra manera los odres se rompen y el vino se derrama, y los odres se pierden; pero echan el vino nuevo en odres nuevos, y lo uno y lo otro se conservan juntamente”(Mt.9, 16-17). De donde se sigue que el “cambio” producto de la evolución personal es lo que permite que sea uno capaz y se encuentre preparado para el “ayuno” que debe practicar para ir transitando por la senda que lo conduzca hasta la vida eterna.

                        Finalmente, otro pasaje que a nuestro entender alude también a la evolución por la que debe pasar el ser humano que quiere transitar hacia la indestructibilidad de su ser está dado en el Capítulo 12, Versículos 24 y 25 del Evangelio de Juan que dice lo siguiente: “Les aseguro que si un grano de trigo no cae en la tierra y muere, sigue siendo un solo grano; pero si muere da abundante cosecha. El que ama su vida la perderá; pero el que desprecia su vida en este mundo, la conservará para la vida eterna”. Estas admoniciones aparentemente contradictorias, bien entendidas explican cómo el ser humano debe ir superando gradualmente sus primarias tendencias que le atan a la “manera de ser” que le conduce inexorablemente a la “muerte física”.

                   La evolución es el pilar en el que se apoya la teoría sustentada en este ensayo, pues sin ella no existiría manera de concebir que la muerte física puede ser vencida. La evolución, como la entiende hoy la ciencia, como cambio progresivo y sostenido de los seres vivos hacia una mayor elevación y complejidad de las sucesivas escalas biológicas en las que están insertadas las especies a las que pertenecen aquellos, prosigue sin pausas aún hoy día, y ello principalmente en lo que se refiere al ser humano, aún cuando se tenga la falsa impresión de que haya llegado a su culminación. En  cierto sentido se podría decir que al emerger la especie humana se produce la culminación de una etapa, pero comienza otra, la fundamental, que es la de transitar hacia la coronación del proceso evolutivo que se puede dar únicamente en el ser humano, cual es la de lograr la indestructibilidad de su “identidad individual”, de su “conciencia de ser único y distinto”. San Pablo, que comprendió cabalmente la enseñanza de Jesús lo expresa de manera luminosa: “Porque por cuanto la muerte entró por un hombre, también por un hombre la resurrección de los muertos. Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados”.(I Cor., 15, 21-22). Y lo remata con estas inequívocas palabras: “Y el postrer enemigo a ser destruido es la muerte”. ( I Cor.15,26). Por medio de “Adán”, el “primer” ser humano, comenzó la creencia en la muerte, entró ella en la “conciencia” humana. Y a través de Jesús se revierte esta situación, más con la condición de creer en su enseñanza, y ciertamente, de ponerla en práctica. Hay que decir que no es fácil aceptar y creer esta enseñanza, pues la otra creencia se encuentra arraigada de manera tan fuerte y poderosa en toda nuestra estructura mental y corporal que requiere de una disciplina muy dura el ir desembarazándose de ella. Ello se da precisamente gracias a la evolución, que se va  produciendo en cada ser humano individual, la que tiene su incidencia en la marcha de la totalidad de los integrantes de la especie, pues está visto que nada de lo que uno haga deja de tener su efecto sobre los demás. Sin descartar la involución  o “regresión” que pudiera darse en muchos de ellos, ya que la libertad de que están dotados, dentro de ciertos márgenes, (uno de los cuales es precisamente la muerte física que hasta hoy es una frontera que no se puede traspasar)  les permite “desobedecer” a su Creador, “independizarse” y “separarse” de él y seguir su propio camino por donde siembran muchos “males” que tienen inevitablemente su incidencia dentro del proceso global. Lo cual empero no es suficiente ni relevante para “detener” ese proceso que sostenidamente avanza hacia su culminación o consumación. Numerosos son los pasajes del Nuevo Testamento donde se hace referencia a esta “marcha” o proceso evolutivo en que está embarcada la especie humana, entre los que podemos mencionar la “parábola del sembrador” donde tras hacer alusión a las semillas que no fructificaron por diversas razones, se concluye haciendo referencia a parte de la semilla sembrada que “cayó en buena tierra, y dió fruto, cuál a ciento, cuál a sesenta, y cuál a treinta por uno” (Mt. 13,8); lo mismo que  la “parábola del trigo y la cizaña” que se enlaza con la anterior haciéndose en ella referencia a la culminación del proceso con estas palabras: “Dejad crecer juntamente lo uno y lo otro hasta la siega; y al tiempo de la siega yo diré a los segadores: Recoged primero la cizaña y atadla en manojos para quemarla; pero recoged el trigo en mi granero” ( Mt. 13, 30). En este mismo contexto se inscribe el siguiente texto: “Y ya también el hacha está puesta en la raíz de los árboles; por tanto, todo árbol que no da buen fruto es cortado y echado al fuego” (Mt. 3,10).


                   f) La evolución “predeterminada” y su compaginación con el problema de la  libertad del ser humano, que no excluye su “responsabilidad”.


                   Es menester enfatizar que esta cuestión exige inevitablemente una simplificación de todo lo relacionado con el tema, pues de lo contrario la exposición sería inacabable. Tal simplificación apareja casi siempre malentendidos. Empero, ese es un riesgo inherente a todo acto humano. Por consiguiente, lo asumimos.

                   Konrad Lorenz, el creador de la etología, dice en su libro “Decadencia de lo Humano”, Editorial Plaza y Janés, 1985, página 18, cuanto sigue: “Es hasta cierto punto permisible decir que la evolución creadora, en el sentido de la descendencia histórica, ha cesado sobre nuestro planeta. El desarrollo cultural de la humanidad avanza cada vez más aprisa y, considerando la aceleración alcanzada hoy día, no parece exagerado afirmar que la evolución genética es nula comparada con él. Sea como fuere, los cambios originados por el desarrollo cultural en todo el planeta se desarrollan a un ritmo tan trepidante, que excluyen por completo la `escolta' del desarrollo filogenético. El hombre se halla sometido a una terrible amenaza”. A pesar de que el prejuicio de la “muerte inevitable” impregna este pasaje, al igual que todo el resto de la obra de este autor, el mismo “se preocupa” por la “suerte” de la especie humana  --”preocupación” que ha estado presente sin duda desde el advenimiento de la especie, al cobrar conciencia del “tiempo” y “sentir” y “entender” el individuo que “se prolonga” en cierto modo en sus descendientes --. La “terrible amenaza” a la que se halla sometido “el hombre” se refiere a la que pesa sobre “la especie”, y ni por un momento se alude a la “amenaza” cierta que pesa sobre cada individuo integrante de ella del que se “pre-supone” que  deberá “extinguirse” inexorablemente, a tono con las “creencias” que profesan los humanos, fundadas en las “evidencias” que acepta la comunidad científica. Desde luego, siendo la tesis fundamental del autor expuesta en dicha obra de que la senda y la culminación misma del proceso evolutivo son por naturaleza imprevisibles y desconocidos, es comprensible que con un rigor estrictamente científico ni siquiera tome en consideración la hipótesis de que pueda la “evolución” desembocar en la superación del fenómeno de la “muerte corporal”, y en tal sentido su Epílogo en el que expone “El Credo del Científico” constituye una muestra de suprema honradez. Por ello no es de extrañar que en todo el curso del desarrollo de la obra persista en su visión repitiendo que “el cambio cultural se produce tan aprisa, que no cabe esperar una adaptación filogenética a las nuevas condiciones”(Ob. cit. pág. 171). Empero, resulta aleccionador que coincida con el criterio también sustentado en este ensayo en el sentido de que todo el proceso evolutivo descansa en la “responsabilidad” del ser humano, si bien al “prescindir” él de la “Divinidad” para ceñirse estrictamente al método científico necesariamente tiene que admitir la “incertidumbre” sobre el destino final de la especie. Así, declara con razón, si tomamos en consideración su propio punto de vista: “El decidir si la evolución de la vida orgánica proseguirá aquí y ahora `hacia arriba' o `hacia abajo', ha pasado a ser una responsabilidad del hombre. Sin sensibilidad para los valores, el preguntarse cuáles serán las consecuencias de nuestro proceder no puede conducir a un mandato o a una prohibición”. Al excluir de su punto de vista la “existencia” de un Creador, debe descartar indefectiblemente la “predestinación” que apareja el dar por sentado que dicha evolución proseguiría “hacia arriba”, pues sus “ojos” no le permiten ver esa “predestinación” en el proceso evolutivo, el cual, como científico, él tiene que reconocer que transita generalmente por cauces imprevisibles. Aduce Konrad Lorenz que el creer como Teilhard de Chardin, que “el camino de la evolución desde lo viviente a lo no viviente, desde lo ínfimo a lo máximo, está básicamente predeterminado”, al igual que la creencia en sentido contrario de Oswald Spengler “en una decadencia insoslayable de nuestra civilización” (que también lleva implícita la “predestinación”) “acarrean las mismas consecuencias al comportamiento humano: ambos permiten que el hombre se crea libre de toda responsabilidad respecto a los acontecimientos mundiales” (Ob. citada, páginas 17/18).   

                    Esta cuestión de la “predestinación” es algo que tiene que ver con el enfoque que se le dé a la libertad del humano espécimen y su desconocimiento del futuro, los cuales son presupuestos inescindibles de su calidad de ser creado autónomo y limitado, con conciencia de “sí mismo”. En este carácter “para él” no existe la “predestinación” pues es su “libre albedrío” el que determina la suerte que le aguarda. Todo para él es en cierto modo “imprevisible”, pues sus limitaciones le impiden conocer y manipular los sucesos futuros que conducirán al “puerto de destino”. Pero al entrar en juego la “Divinidad”, se da por descontado que el universo todo responde a un “proyecto” que ella lo lleva a cabo con nuestra participación y que no puede sino concluir en el perfeccionamiento definitivo de la “obra”. Esta cuestión de la libertad humana y la predestinación la hemos abordado en nuestro “Nuevo Itinerario Filosófico”, en el que hemos sentado la posición de que no es inconciliable esta “libertad” conferida al ser humano por su Creador con el “conocimiento” que tiene éste de la suerte final que le depara su existencia al primero, pues esta “diversa” y aparentemente “contradictoria” realidad obedece a la diferente naturaleza de cada “ente”, siendo la del primero la “finitud” y la del segundo la “infinitud”. El ser humano “finito” integra a Aquel otro “infinito”, que lo abarca todo y “nada se le escapa ni esconde”, en tanto que el primero con un “sí mismo” autónomo, funciona dentro de la infinitud del segundo, pudiendo dentro de ciertas limitaciones ejercer innúmeras opciones que son la medida de su “libertad”. Esta “interpretación” o enfoque de “la libertad”  y la “predestinación” permite que la responsabilidad no quede excluida del comportamiento humano. De hecho, cuanto más responsable es el ser humano su libertad es ejercida por él en mayor medida, pues ello le permite liberarse de sus impulsos “ciegos” que le impiden discernir lo correcto para ir evolucionando, y por tanto “le atan” a los estadios más “primitivos” de su ser.  De ahí la enseñanza de Jesús en referencia a la “verdad que libera” y la “esclavitud del pecado”. En suma, también esta enseñanza tiene que ver con la evolución, ya que cuanto más evolucionado está el ser humano individual, más responsablemente actúa, lo que apareja a su vez una mayor libertad. La dificultad, meramente conceptual, que suscita esta proposición, es la de conciliar “lo predeterminado” que están todos “los sucesos” para apuntar a la culminación “hacia arriba” de esta evolución con la “libertad” del ser humano que “teóricamente” podría conducir el proceso en sentido inverso, o sea “hacia abajo”. Esta dificultad se resuelve comprendiendo que lo que está “predeterminado” para Dios no lo está de la misma manera para el ser humano, que al estar dotado de una libertad conforme a su naturaleza, “inviolable” para el mismo Dios, tiene la responsabilidad de ir actuando ceñido a lo justo y correcto, que es lo que ha de “conducir” la evolución hacia “el puerto de destino” previsto en el “proyecto” del Creador, “proyecto” imposible de ser eludido por la voluntad humana que está sometida en última instancia a la Voluntad Superior del ente que todo lo abarca. Si bien se puede “suponer” que el “proyecto” podría ser “eludido” en base a la “libertad” de que está dotado el ser humano, ello no podrá jamás “materializarse”, pues antes de que el mismo “culmine” aquella libertad ha de tropezar con la barrera de sus limitaciones entre las cuales está en primer lugar la misma “muerte física” que el Creador “impone” a quienes se “apartan” de su “proyecto”.

                    Esta cuestión del “proyecto” del Creador amerita algunas precisiones, pues debe quedar en claro que el Ser Supremo que todo lo abarca mejor podría ser concebido como siendo él mismo el proyecto, pues su naturaleza es la del puro ser. Dios entonces, o la Divinidad, como queramos llamarlo, abarca absolutamente todo lo existente, sin limitación de tiempo ni espacio, y de hecho también es aquello que los seres humanos hemos concebido como lo no existente, o sea la nada. El proyecto en consecuencia es la realidad pura “para” la Divinidad, pues tal “proyecto” es ella misma, pero nosotros tenemos que ir “transitando” por esos “caminos” --para nosotros es “un camino”-- para poder realizarlos en cuanto “nos concierne”, en nuestra calidad de “seres creados y distintos” que deben “actuar” para conseguir su propia realización. No es esta una cuestión muy fácil de comprender, empero ello es factible cuando nos hacemos de la “idea” de que Dios es no solo lo concebible sino también lo inconcebible. Este tema del proyecto, ya lo dijimos, evoca en cierto modo a los arquetipos platónicos, esas ideas que “en forma pura” se encuentran radicadas en el “topus uranos”, que a nosotros nos parece más apropiado denominarlo como “la mente de Dios”.

                     Lo que se infiere de estas proposiciones es que la verdadera libertad la ha de alcanzar el ser humano recién cuando pueda sobreponerse o trascender a la muerte inexorable, pues es en esa instancia cuando se ha de manifestar en él el poder genuino inherente al ser, que es el de tener vida en sí mismo, la vida que permanece y no se acaba, de tal manera que sus “decisiones” las vaya tomando con la absoluta certeza de que no le pueden “acarrear” ningún mal, dentro del marco de la pura creatividad a la que pertenece su naturaleza, semejante a la de su Creador. Cabría imaginar al humano espécimen en ese trance “navegando” a través de la “infinitud” del ser supremo, desplegando todas sus potencialidades para “inventar todas las realidades concebibles y no concebibles”, de modo que la vida se “convierta” en una aventura interminable, de similar manera como “funciona” para el “ser increado”, tal como ya lo intuyeron los sabios del hinduismo al catalogar a este universo como “la lila” o “juego” de la Divinidad. 

                    En el orden de ideas expuesto precedentemente corresponde acotar que lo afirmado por Konrad Lorenz en la obra citada de que “no se puede predecir lo que será de la Humanidad en el futuro”, argumentando en base a su concepción científica de que “quedan invalidados todos los factores externos que conducen a una evolución creativa, sea de tipo genético o cultural” (pág. 71), corresponde entenderlo exclusivamente dentro del marco de la idea que da por sentada la incapacidad del ser humano para conocer y manipular los sucesos futuros, o mejor dicho, la “limitada capacidad” que le es dado poseer para ello, ya que no se puede negar que dentro de cierto margen puede planificar, predecir y aún manipular los acontecimientos “futuros”. Desde esta perspectiva entonces es perfectamente lícito concordar con él de que “eso (lo que será la Humanidad en el futuro) lo determinarán unos procesos que se desarrollan exclusivamente en el propio hombre” concluyendo que “el que la Humanidad termine siendo una gran comunidad de auténticos seres humanos o una organización rígida e inflexible de monstruos incapacitados, depende de que nos dejemos guiar por nuestras sensaciones no racionales ante los valores” (Ob. cit. pág. 71). Nosotros por nuestra parte, dentro del lineamiento expuesto en este trabajo podemos afirmar que estamos seguros de que en el futuro la humanidad será una gran comunidad de auténticos seres humanos, pues damos por cierto que en su transitar por la senda de la evolución es “ayudada” por la Divinidad como ya lo había insinuado Sócrates en el Diálogo platónico Menón o De la Virtud.


                   g) La fé, acompañada por la “práctica de la  verdad”, la tercer herramienta  que  permitirá  derrotar  a  la muerte al culminar el proceso evolutivo del ser humano.


                    Pero la “creencia” en esa “ayuda” es lo que constituye el tercer requisito que con la libertad y la responsabilidad permiten ir avanzando por ese camino. A tal “creencia” se la denomina generalmente la fe, lo cual implica como decíamos no “excluir” a “Dios” de las premisas a ser consideradas en el estudio que se haga del asunto, habiendo ya dado precedentemente suficientes “razones” que autorizan a “tenerlo presente” en ese estudio, entre las que nos permitimos recordar la plausibilidad de la “existencia” de una “Inteligencia Organizadora” del cosmos en contraposición al surgimiento del mismo como producto “ciego” del azar; como también la proposición de que la “Conciencia” o “Inteligencia” precede a la “materia” y no al revés, como se da por sentado por el conocimiento científico actual. La libertad, la responsabilidad y la fe son pues las herramientas para ir trabajando dentro del proceso evolutivo en el que se encuentra inmerso el espécimen humano.

                   Konrad Lorenz, pese a todo, manifiesta su confianza de que el ser humano seguirá yendo hacia adelante, sobreponiéndose a los peligros que se ciernen sobre él. Y a despecho de lo que el título de su libro pueda sugerir, se inscribe dentro de un optimismo que se asienta en una convicción, “equiparable a la fe”, hacia la aptitud creativa del ser humano perteneciente a su intrínseca naturaleza lúdica que le ha de permitir ver “la realidad y la importancia vital de las apreciaciones humanas de los valores”, que le posibilitará seguir remontándose “hacia arriba” dentro de la senda de la evolución (Ob. cit. pág. 68). Pero todo este planteamiento tiene en cuenta en todo momento que el objetivo de la evolución es la especie, dejando entrever que “el sufrimiento y la muerte del individuo son inevitables en la gran armonía de la creación viviente”, habida cuenta que dentro del proceso evolutivo de la vida no puede dejar de admitirse “la muerte insoslayable del individuo” (Ob. cit. páginas 211/212).

                    Y bien: Esta “creencia” en la “muerte inexorable”, este “condicionamiento” de la mente humana es lo que le impide aceptar la idea de que exista un Dios, o sea la “creencia” o la fe en la existencia de ese Dios. En modo alguno es “fácil” de lograr esta fe, esta “creencia” que en cierta forma “se contrapone” a la otra, la de la muerte inexorable. Nos viene en mente la respuesta del campesino aquel a Miguel de Unamuno, mencionada en su obra varias veces citada “Del Sentimiento Trágico de la Vida”, páginas 10/11 cuando, tras proponerle la hipótesis de que existiera realmente un Dios que rige Cielo y Tierra, Conciencia del Universo y no por eso sea el alma de cada hombre inmortal en el sentido tradicional y concreto, el mentado campesino contestó: “Entonces, ¿para qué Dios?”.

                     La fe en Dios empero es posible. Ello requiere básicamente de la autenticidad de cada cual, lo que implica no mentir jamás, ni a los demás ni a uno mismo, no negar su existencia simplemente porque se acomoda con mis deseos egoístas sino porque desde lo más hondo de mi sinceridad no puedo “verlo”, no puedo encontrarlo. Con la verdad como norte es posible hallarlo, pues Él es la Verdad.

                     Se trata entonces de la vida y también de la muerte. ¿Qué o quién es este “ente” denominado Dios que “permite” la muerte de sus criaturas?. Y hete aquí que habla el propio Dios “hecho hombre”, o si se quiere, “el hombre” enviado por aquel Dios, que nos dice: Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia ( Jn. 10,10). Y en otro pasaje: El que guarda mi palabra nunca sufrirá muerte ( Jn. 8,52). Y para que se vea y se sepa de donde provienen estas palabras, aclara: Antes de que Abraham fuese, yo soy (Jn. 8,58). Es el YO SOY EL QUE SOY, el YAHVE que había dado a conocer su nombre a ese grupo humano que, con sus vaivenes y altibajos, supo no obstante preservar ese nombre y sus enseñanzas.

                     El problema está en que nunca se ha visto a alguno que no haya sufrido muerte, pese a que hubo sin duda muchos que han guardado sus palabras. ¿ Hay que decir entonces que esa afirmación carece de fundamento, es sólo algo medio demencial proveniente de un alucinado quizás “poseído” por un “demonio”  como le habrían catalogado algunos de sus interlocutores judíos de entonces, tal como figura en los textos que estamos comentando?.

                      Para entender la cuestión hay que volver a la fe. La fe, esa actitud del ser humano definida como certeza de la verdad, requiere de una capacidad que por momentos se diría sobrehumana, para trascender de los condicionamientos que “nos atan” a “la manera de ver” habitual. La “realidad” no se reduce a lo que pueden “ver” nuestros ojos físicos, verdad de perogrullo ciertamente, pero raras veces tomada en cuenta pues todo nuestro ser anda permanentemente constreñido por la máxima que reza “ver para creer”. A Dios no se le ve. ¿Cómo configurarlo?. Imposible. A menos que lo hagamos “antropomórfico”, conforme a nuestra natural tendencia, como ya lo había indicado Jenófanes. Digamos que Dios ES lo que ES, lo que FUE, y lo que SERA,  y también lo que NO ES. Él es todas las posibilidades concebibles por nuestra mente y también las no concebibles. No cabe en el concepto pues todo concepto es limitante y Él es ilimitado, infinito. Sin embargo, para dar inteligibilidad a nuestro mundo le hemos asignado entre otros el apelativo de ENERGIA  que puede ser concebida como “existente por sí misma” y “anterior” al universo y también puede ser configurada como inmanente a éste, integrando “todas las cosas”. Decíamos que sólo era susceptible de ser percibido por nosotros a través de “sus efectos”, pues aunque Él esté en todas las cosas, incluidos cada uno de nosotros, estas “cosas” no son ÉL. Para creer en ÉL por tanto, hay que sentirlo dentro de nosotros. De esa manera es como “sabemos” que Él es nuestro Creador, y que, así como tiene el poder de infundir vida en sus criaturas, no puede no tener el de impedir la muerte.

                       Se requiere para ello de un proceso de “purificación” o “renovación” en cuya virtud el “cuerpo” se “regenera” o se “transforma” desprendiéndose de las “estructuras” o “patrones” que le “conducen” a la “muerte” irreversible. Este “cambio” o “restauración” a producirse tiene como “fuerza impulsora” a la fe, que no es otra cosa que la certeza de que ello es posible. Hay que creer que para Dios todo es posible, como lo afirmó Jesús (Mt. 19,26, Mr. 10,27), como también que, al que cree todo le es posible(Mr. 9,23), y que, lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios (Lc. 18,27). Es notable cómo el ejemplo citado en este pasaje del texto bíblico donde se habla de que es más fácil pasar un camello por el ojo de una aguja que entrar un rico en el reino de Dios (Mt. 19,24, Lc. 18.25) puede ser “entendido” hoy día cuando la ciencia física ha llegado a revelar la “naturaleza” de la materia y su “relación” con el “espacio”. La “materia sólida” constitutiva de un camello comprimida dentro del “espacio” que la contiene puede “caber” en la dimensión correspondiente al “ojo de una aguja”, pues, como nos informan los científicos, más del 99,999% de la materia “sólida” existente en las condiciones de nuestro mundo está compuesta de espacio vacío. La “materia” en última instancia no es sino energía cuya naturaleza “sutil” puede sin duda “traspasar” todos los “espacios”.

                        Y es este tipo de “cambio” el que debe darse en el ser humano para que pueda “vencer a la muerte”, o sea, la “regeneración” de su propio cuerpo que debe trasmutarse en “energía” indestructible (ésto es una especie de tautología, ya que toda “energía” es de por sí indestructible, pero lo que se quiere indicar es que la “estructura corporal” o “el patrón de organización” en lo que consiste el “sistema auto-organizado” al que identificamos como nuestro cuerpo deberá poder evitar su “desintegración” o “disolución”, la cual, aunque no apareja la “destrucción” de la “energía” inmanente en el “proceso” comporta sin embargo su “dispersión” dentro del aumento global de la “entropía” en el universo). A este “cambio” se refiere Jesús cuando dice que nos “es necesario nacer de nuevo” (Jn. 3,7). “El que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios” (Jn. 3,3) dice dentro del mismo contexto, y agrega:“El que no naciere del agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de Dios” (Jn. 3,5). La naturaleza fluida del agua y la intangible del “Espíritu” es la metáfora más apropiada para indicar que el “cuerpo”, al regenerarse, deberá adquirir la naturaleza sutil de la “energía pura” y ser capaz de no “difuminarse” o “disolverse” dentro del inmenso “espacio” del universo incrementando la “entropía”. Y a propósito de “energía pura”, queremos denotar con esta expresión que el cuerpo (ese “patrón de organización” provisto incesantemente de “materia” que circula desde el “exterior” reemplazando a la que dentro de sus “contornos” actúa como su “soporte físico”), trasmutado en “energía pura”, habrá de adquirir la versatilidad de la luz sin perder por eso la “estructura” que permita identificarlo. Y puesto que hablamos de luz, en este mismo Capítulo del Evangelio citado, tras declarar que aquel que en él cree tendrá la vida eterna y  utilizar la metáfora de la luz equiparándose con ella, Jesús menciona el otro requisito fundamental para nacer del espíritu : “El que practica la verdad viene a la luz, para que sea manifiesto que sus obras son hechas en Dios” (Jn. 3, 21).

                        Ya hemos visto antes, citando a Arthur Clarke, que no existe “ley física” alguna que “se oponga” a que “vivamos” indefinidamente.  “Nuestros cuerpos.. jamás se consumen ni se desgastan, porque continuamente están reconstituyéndose en base a materiales nuevos. Si ese proceso fuese uniformemente eficaz, seríamos inmortales”, tal lo que nos dice el eminente científico nombrado. Pues bien, para que ese proceso sea uniformemente eficaz, para que se produzca “la regeneración” necesaria para revertir el curso del “proceso” que hoy conduce a la muerte tiene que entrar a tallar la fe. El “sólo creer” que ello es posible (acompañadoHemos abundado en razones que demuestran hasta qué punto nuestras “creencias” condicionan los “sucesos” que nos conciernen. Empero, puesto que hemos admitido que desde que vino Jesús existieron innegablemente “muchos” que “creyeron” que es posible la vida eterna , y que sin duda han observado sus enseñanzas y practicado la verdad, ¿cuál es la razón por la que la “muerte” se sigue enseñoreando sobre los seres humanos y especialmente sobre “aquellos” que “creyeron” en él?.

                        Algo que corresponde destacar sobre este punto en primer lugar es que la fe que es “profesada” por los “creyentes” es sumamente endeble. A más de ello, prácticamente nadie discierne debidamente la enseñanza de Jesús, acomodándola cada uno a ese “prejuicio” o “creencia” de la “muerte inexorable” que le condiciona, con lo cual se “adhiere” a una sola de las formas de alcanzar la “vida eterna” que es “la resurrección”.

 

                      Es evidente que el reproche frecuentemente dirigido por Jesús a sus seguidores tildándolos de “hombres de poca fe” es aplicable a todos, aún hoy día. Obviamente, no es ello de extrañar, pues nadie puede negar que es difícil creer lo que Jesús propone. Nuestra mente, embotada dentro de la rutina de nuestros condicionamientos, acostumbrada a “ver” sólo aquello que “siempre pasa”, “confiando” en que la Naturaleza tiene que ser en todo tiempo “previsible”, es incapaz de sacudirse y de arrojar lejos de sí aquellas “creencias” que contradigan al “sentido común”. Es lo que dió lugar a que el propio Einstein pronunciara aquella famosa frase: Dios no juega a los dados. A pesar de haber sido el descubridor de ciertas “leyes” o “realidades” que van “de contramano” al curso del sentido común, como las extrañas implicancias del “espacio-tiempo” en condiciones distintas a las usuales en que “vivimos”. Ciertamente, su probidad a toda prueba, signo de su grandeza intelectual y moral también le hizo decir: Hemos llegado a un punto en que nos resulta más fácil desintegrar el átomo que un prejuicio. Nos evoca el tono “trágico” del comentario de Miguel de Unamuno(27) de aquel pasaje bíblico donde el hombre aquel, ante la requisitoria de Jesús acerca de su fe, exclama afligido: “Creo; ayuda mi incredulidad”(Mr. 9,24). Paradoja que evidencia la fragilidad de la fe. En otro lugar se consigna que le objetaron: “¿Quién, pues, podrá ser salvo?” (Mt. 19,25; Mr.10,26). Y en otro más: “Dura es esta palabra: ¿quién la puede oír?”(Jn. 6,60).

                     Concordamos entonces en la “dificultad” que se suscita en el común de la gente para creer en la propuesta de Jesús. Tal como se presenta, la alternativa es de hierro: Para llegar a creer, el imperativo es ser santos. Pero hasta los santos “se mueren”, tal como muestra la historia. Sin embargo, el logro de la indestructibilidad del cuerpo individual es algo que se dará paulatinamente para todos, acompañando a la “evolución” de la especie. El “morir”, en cierto sentido implica algo así como una “ofrenda” para las generaciones posteriores. Que fue lo que hizo Jesús en un grado inconmensurablemente mayor que los demás al hacerlo “conscientemente”, a sabiendas de lo que le esperaba, dando“la vida por sus amigos”(Jn. 15,13), sometiéndose humildemente, en coherencia total con sus palabras, al “sacrificio” de la muerte. (Ya veo la objeción que se opone a ésto aduciéndose si cómo lo “registrado” a posteriori puede dar certidumbre sobre la veracidad de la “especie” de que Jesús “conocía” que iba a morir. Reiteramos que sin entrar a discutir sobre la “veracidad histórica” de estos acontecimientos, nosotros nos ceñimos a su veracidad filosófica, a la enseñanza que contienen y que provienen de la Suprema Sabiduría. Si atendemos que también se consigna que ante la inminencia de su “muerte” habría exclamado:“Padre, todas las cosas son posibles para tí; aparta de mí esta copa; más no lo que yo quiero sino lo que tú” (Mr.14,36), aquello cobra consistencia y coherencia dentro del contexto, y sólo cuando son relacionados de esta manera los “episodios” adquieren esa homogeneidad que les confiere certidumbre. De hecho, para “aceptar” como verídico aquel suceso, es imprescindible que entre a tallar la fe, o si se quiere la buena fe,  que sí puedo asegurar que yo la tengo). Nuestra “muerte” como “ofrenda” tiene sentido cuando nos percatamos hasta qué punto la vida de las personas que existen en la actualidad se “funda” en el legado de las pasadas generaciones. El legado de Jesús fue principalmente su enseñanza que se apoya en el ejemplo de su vida. Y no es el caso de “responsabilizarle” de las tergiversaciones interesadas y erróneas interpretaciones de su doctrina, que eso corre por cuenta de cada cual.

                    La “muerte” de los que “creen” en lo enseñado por Jesús y practican o practicaron su doctrina entendiéndola debidamente se explica entonces dentro del marco del sentido que tiene la misma doctrina pues a más de erigirse esa “muerte” en una “ofrenda” para la posteridad la fe del creyente le permite tener la certeza de que si muere recobrará su vida mediante la resurrección. A decir verdad, ésta es la forma en que comúnmente hasta hoy día se viene configurando la salvación por parte de los seguidores de la doctrina de Jesús, por lo que es de suponer que nadie realmente se “libera” de la “creencia” en la “muerte inevitable” profundamente arraigada en la “mente” y en “los genes” de los miembros de la especie. El mismo San Pablo, que tenía la suficiente y debida claridad sobre este tema, quien declaró que “no todos moriremos sino que todos seremos transformados” (1.Cor.15,51), también murió según cuenta la historia o la tradición. Naturalmente, hay que recalcar que “la decisión” sobre este “evento” en última instancia no nos compete pues depende de la Voluntad de nuestro Hacedor que es el que “trama” los sucesos del mundo y sabe qué le conviene a cada cual. Sin embargo es importante dejar en claro que para el verdadero “creyente” ese hecho deja de tener  “relevancia” ya que entiende perfectamente que ese fenómeno no es sino un cambio, una “transición” de un estado a otro. La “religión”, la que implica una genuina “unión con Dios” es, en ese contexto, al igual que la filosofía, “una preparación para la muerte”, tal como dicen que escribió Platón.

                    Algo que se presenta desconcertante es la cuestión que se refiere a la “pérdida” de todo el “conocimiento” acumulado por cada ser individual al producirse su muerte física. Si miramos bien, ese hecho constituye un sinsentido que merece ser estudiado para determinar si realmente acontece tal como “lo vemos” o si podría encontrarse otra explicación mejor. En ese sentido, en la línea de razonamiento de este trabajo, nosotros postulamos que aquello que el ser humano ha logrado “capitalizar” en conocimiento y sabiduría no puede “desaparecer” en la nada al sobrevenirle la muerte. De hecho, eso mismo es lo que implica lo dicho precedentemente sobre el sentido de “ofrenda” que tiene la muerte de cada cual, que se inscribe en el contexto de las parábolas de Jesús más arriba citadas y también en la siguiente alocución ya mencionada:  “Porque en ésto es verdadero el dicho: Uno es el que siembra y otro es el que siega. Yo os he enviado a segar lo que vosotros no labrásteis; otros labraron y vosotros habéis entrado en sus labores” (Jn.4,37-38). Entonces, la muerte de los santos cumple un propósito (al igual que la de todos los demás seres humanos). Ciertamente, cualquiera que se plantee que todo lo que aprendió en su vida es algo vano y estéril, (si realmente hubo aprendido cosas valederas, que ninguna forma de trasmisión a los demás puede lograr que les llegue en plenitud), no puede sino sentirse abrumado por el absurdo y la impotencia. Más, el claro discernimiento de este asunto autoriza a entender que el conocimiento verdadero, la sabiduría adquirida con arduo empeño, no es algo que se “evapora” en la nada conjuntamente con la “desintegración física” de su poseedor. Obviamente, estamos refiriéndonos al individuo en sí pues otra cosa que también es patente es que se produce la trasmisión de los conocimientos (aquello que logra trasmitirse) por medio de la tradición y la cultura. En cuanto al individuo, lo que haya “capitalizado” evidentemente también le tendrá que servir, pues ya se ve que siempre “se aprovechan” los “conocimientos útiles” en este mundo.

                     Conforme a lo que se va diciendo, el que no se tenga noticias de alguno que no haya muerto pese a creer que la muerte física no es inexorable como se desprende de las enseñanzas de Jesús y pese a haber permanecido en su palabra, que sin duda muchos los hubo, se explica, por un lado, porque ese hecho, ese fenómeno depende en última instancia de la Voluntaddel Creador, y nó de la del ser creado; éste se somete incondicionalmente a la decisión de Aquel; y por otro lado, al estar inmerso en un proceso donde los últimos han de ser beneficiados con el trabajo de los primeros, es cuestión de entender que ese “otorgarse en holocausto” tendrá como “fruto” en el “momento oportuno” también la vida eterna, a través de la resurrección. Tal el sentido de que los primeros serán postreros, y los postreros, primeros. Quienes “hoy” vivimos, si acaso somos “los postreros”, podemos ser “los primeros” que derrotemos a la muerte, mientras que “los primeros”, los que vivieron “antes”, irán “resucitando” paulatinamente, con lo cual serán “los postreros” en alcanzar la vida eterna.

                    Más, sin duda el principal obstáculo para la mayoría es la falta de fe. El énfasis dado por Jesús a la fe da la pauta de la importancia fundamental de este requisito para la construcción de la realidad que a cada cual le atañe. Son tantos los pasajes en los que Jesús hace referencia a la fe que sería demasiado largo mencionarlos todos. Uno de los más mentados seguramente es el que va escrito en el Capítulo 21, versículo 21 del Evangelio de Mateo que dice así: “De cierto, de cierto os digo que si tuviereis fe y no dudareis no solo haréis esto de la higuera, sino que si a este monte dijereis: Quítate y échate en el mar, será hecho”. De ahí el dicho: La fe mueve las montañas. Otro pasaje similar está en Mateo 17,20 donde Jesús al responder a la pregunta de sus discípulos por la que le inquirieron si por qué ellos no pudieron echar fuera al “demonio” que “poseía” a un muchacho les dijo: “Por vuestra poca fe; porque de cierto os digo, que si tuviereis fe como un grano de mostaza diréis a este monte: Pásate de aquí allá y se pasará; y nada os será imposible”.


                   h) Los milagros de Jesús, un medio para enseñar sobre “el poder de la fé”.

                  Y viene a cuento el asunto de los milagros de Jesús. Evidentemente, Jesús se mostró siempre “reacio” a hacer milagros (Mt. 12,39; 16,4. Mr.8,12, Lc. 11,29. Jn. 4,48; 6,26). Ciertamente, la vida misma es el mayor milagro de que se tiene noticias y en esto los estudiosos y científicos han coincidido siempre, de ahí la expresión: el milagro de la vida. Los “milagros” de Jesús se inscriben dentro del marco de sus “enseñanzas” y tienden fundamentalmente a “reforzar” la fe. Es la “creencia” la que “hace posible” toda realidad, en el sentido de que ésta es “inteligible” y “real” merced a la “confianza” que le confiere nuestra “razón” a los “datos” que “percibimos” y que son permanentemente “procesados” en “nuestra conciencia”. Esta “interacción” va “transformando” esa realidad de instante en instante, ejerciendo siempre incidencia sobre nuestras “creencias” que “cambian” a la par, vale decir, se produce una influencia recíproca entre una y otras y así va “evolucionando” el mundo. En ese contexto la fe va creando la realidad, la realidad peculiar de cada cual, y puesto que la mayoría es incapaz de creer que puede revertir el curso del proceso que conduce a la muerte, pues entonces, fatalmente llega a la muerte condicionado por sus creencias.  Jesús, “encarnación” genuina de la Divinidad creadora y dadora de la vida, tenía necesariamente “el poder” de hacer “milagros” en el sentido atribuido a este vocablo, cual es, el de dominar y controlar “a voluntad” las “leyes” de la Naturaleza, pues la Divinidad debe estar incuestionablemente “por encima” de “lo creado”, si no ¿cómo lo podría haber hecho?. Estos “milagros”, como decíamos, no son otra cosa que “la manera” que emplea la Sabiduría Suprema para “enseñar” que conformando nuestra voluntad con la suya podemos llegar a liberarnos de los “condicionamientos” que nos tienen atrapados, de aquellas “leyes” que nos “conducen” hacia la “muerte inevitable”. Jesús, “Dios hecho hombre” vino efectivamente para enseñarnos ese camino. Como “hombre” diríamos que él “fue enviado” para eso, como él mismo lo dijo tantas veces. Él, como nosotros, tiene una naturaleza “dual”, es hombre y a la vez Dios, pero en él la Divinidad (o sea él mismo, y nosotros) “reunió” la suma de las cualidades que puede tener el ser humano en su tránsito hacia la vida eterna. El “milagro” fundamental de su vida es ciertamente “su resurrección”, en el que hay que “creer” si se “hiciere caso” a sus palabras.

                    Según recordamos de lo escrito por Ernesto Renán en su libro “Vida de Jesús”, su investigación le llevó a él a concluir que Jesús realmente no hizo ningún milagro, siendo atribuible la “creencia” en tales “milagros” de sus seguidores de entonces y también de los posteriores a la “credulidad” propia de la gente “primitiva” de aquella época, como de las subsiguientes. Esta postura manifestada en un tiempo en que el “positivismo racional” se hallaba en su apogeo, es explicable, más, por este tiempo en que, como suele decirse, la realidad es más extraña que la ficción, la misma ha perdido vigencia. Los “milagros” hoy se suceden de manera “rutinaria”  (seguramente no se trata de que anteriormente ellos no ocurrieran, sino que los medios de comunicación hoy han hecho posible que la información sobre ellos pueda llegar a la generalidad). Basta hojear un libro de Deepak Chopra, médico endocrinólogo formado en los Estados Unidos,  a quien nadie puede tildar de poco serio, para encontrar innumerables casos de “curaciones milagrosas” de enfermedades que la “ciencia médica” había declarado “incurables”. El lector interesado en este tema podrá acudir también a las numerosas obras escritas acerca de Sathya Sai Baba, un “avatar” o Encarnación de la Divinidad” que actualmente vive en la India que ha hecho tal cantidad de milagros que no puede llevarse la cuenta de ellos. A tal punto que uno de los autores ha puesto este título a su libro: “Sai Baba, el Hombre Milagroso” (Howard Murphep, Editorial Errepar S.A. Buenos Aires, República Argentina). Quienquiera que lea atentamente esta obra, y las otras que se refieren a la mencionada persona, escritas por honorables profesores universitarios, se dará cuenta que no se trata de mera charlatanería, pues la verdad es susceptible de ser percibida por quien esté interesado en ella y viva a su vez en la verdad.

                     Las informaciones periodísticas nos traen frecuentemente “noticias” de “milagros” que suceden en diversas partes del mundo. Por ejemplo,  en el diario ABC COLOR del 20 de abril de 1.999 se da cuenta del caso de una mujer de nombre Floripes Dornellas de Jesús alias “Lola” que desde los treinta años hasta los ochenta y seis años en que murió, por esos días, en un pequeño pueblo llamado Río Pomba del Estado de Minas Gerais, Brasil, vivió sin comer, beber ni dormir, excepto “una hostia diaria” que decía era su alimento. En la revista “Selecciones del Reader Digest” del mes de setiembre del 2001 aparece un artículo titulado “La fe puede sanar”, en el que se da cuenta de varios casos de “curaciones” debidas a “la fe religiosa”. Otro artículo del número correspondiente al mes de diciembre del 2000 titulado “¿Existen los milagros?” refiere otro tanto sobre varios casos milagrosos ocurridos entre los profesadores de diversas “religiones”, que tienen todos los visos de seriedad y veracidad que cualquier escéptico puede pedir.

                    Las precedentes consideraciones tienen por objeto abonar la “creencia” del autor de este ensayo en la posibilidad de los “milagros” y en especial en los milagros de Jesús. Nuevamente reiteramos que no se trata de la aceptación incondicional de los “episodios” narrados como ocurridos “realmente” en el sentido “histórico”. Empero, no hay manera de negar que existen y han existido personas que detentan el “poder” de hacer milagros, y ello fundamentalmente en base a un “estado” excepcional de “santidad” o “perfeccionamiento” en el sentido de que ellos mismos han adquirido la “capacidad” para controlar y dirigir sus “impulsos” más primarios.

                     Por tanto, Jesús hizo sin duda muchos milagros, aunque el sentido que tenían era fundamentalmente el de enseñar sobre el poder de la fe. Su “misión” era la de enseñar como alcanzar la “vida eterna”, y uno de los medios requeridos  --que no implica la “exclusión” del otro que es el de ceñir la voluntad individual a la Voluntad de Dios, en otras palabras, hacer en todo momento lo justo y lo correcto-- es el de alcanzar la certeza íntima y personal de que la vida eterna es una realidad,  hacer que “cobre cuerpo” en la mente la fe en esa verdad. Naturalmente, esa “realidad” ha de ir “materializándose” poco a poco, como se “materializan” los demás planes, proyectos y “creencias” del ser humano individual y de la especie humana en su conjunto. El escepticismo sobreviene precisamente cuando se pierde la perspectiva de ese “poco a poco”, pues “la prisa” del que no llega a comprender debidamente las enseñanzas del maestro hace que lo reduzca todo a la “duración” de su “vida personal” dentro de su tiempo cronológico, donde le es imposible “ver” que la “vida eterna” exista.


                  i) Consideraciones en torno al espacio-tiempo de acuerdo con lo dilucidado actualmente  por  la  ciencia, y  sus implicancias   en   el   modo  de  funcionamiento   del universo, en concordancia con la “configuración  de  la realidad” postulada por las enseñanzas de Jesús sobre la “vida eterna” y el “fin del mundo”.

                  Y en este punto se impone entrar a considerar el “problema del tiempo” o del “espacio-tiempo”, que es algo que tiene que ver estrechamente con el tema de este ensayo. En efecto, Jesús habló del “fin del mundo”, que aparte de ser, como hemos señalado, uno de los tópicos relacionados con “la evolución de la especie”, comporta también una cuestión relacionada con la misma “configuración de la realidad”, que se proyecta hasta nuestro tiempo en que se han dilucidado científicamente las implicancias del “espacio-tiempo” en el modo de “funcionamiento” del universo.

                  Lo que la ciencia ha determinado a través de las teorías de Einstein es que el “espacio-tiempo” de cada cual difiere según sea su “posición” y su “velocidad de desplazamiento” con relación a los demás. Podríamos decir entonces que es válido entender que existe una “pluralidad de tiempos”, dependiendo de las coordenadas espacio-temporales de los sujetos considerados y de la “velocidad” con que se muevan dentro de sus respectivas coordenadas. Se suele mencionar al respecto la “paradoja de los gemelos” que habla de la posibilidad de que uno de ellos “se quede” en la tierra en un momento determinado, vale decir, dentro de las coordenadas espacio-temporales consideradas para ambos en el momento en que el otro emprende la partida de ese lugar desplazándose a una velocidad cercana a la de la luz. La “velocidad de desplazamiento” del primero es de “solo” treinta kilómetros por segundo (si tomamos en cuenta la del planeta tierra alrededor del sol; doscientos kilómetros por segundo si se toma en cuenta la del “Sistema Solar en su conjunto” alrededor de nuestra galaxia) y la del segundo se aproxima a los trescientos mil kilómetros por segundo. En la hipótesis de que después de “cincuenta años” transcurridos para el que se “quedó” en la tierra regrese el otro, se verá que para este último “el tiempo” transcurrido ha sido mucho menor, casi nada, en comparación con el transcurrido para el primero, aun cuando ninguno de los dos haya notado “nada” durante el tiempo de la “separación. Sus “tiempos” o sus “espacio-tiempos”  por tanto “divergieron” o “difirieron” teniendo en cuenta el “efecto físico” de la velocidad sobre “el tiempo” que se enlentece con el aumento de aquella. Este “efecto físico” muy “real” choca frontalmente contra el “sentido común”, y ciertamente principios y “leyes” de la física misma “impedirían” que “en la práctica” pueda “ocurrir” el “hecho” supuesto pues cualquier “objeto sólido” y en particular el cuerpo humano “perderían” su “configuración original” a velocidades tan elevadas.

                   Sin embargo, en este tema del “movimiento”, y del “tiempo”, y del “espacio”, entran a tallar tal cantidad de “prejuicios” que las cosas fácilmente se presentan confusas y contradictorias, a menos que se haga un análisis y un estudio muy meticuloso del asunto.

                    Lo que nosotros queremos destacar es, sintetizando, que siendo todo movimiento “relativo”, no hay dificultades para que varios “tiempos” coexistan, pues postulamos que el “movimiento” y la “velocidad de desplazamiento” son fenómenos eminentemente “subjetivos” “objetivados” por la mente o conciencia para discernir o entender la realidad particular que nos atañe. Así, nadie ignora que el “movimiento” de la tierra alrededor del sol no es susceptible de ser “experimentado íntimamente”, sino que se lo determina a partir de las “mediciones” que se realizan con referencia a los distintos “objetos” respecto de los cuales aquella “se mueve”. Si cierro mis ojos mientras viajo en un avión, tengo la impresión de que estoy tan “quieto” como cuando estoy “en tierra”.

                     Nuestra mente, que funciona de forma “lineal”, da por supuesto que el pasado es “irreversible”, que el futuro aún “no ha llegado” y que “desde el presente” el tiempo avanza hacia el “futuro” sin que sea posible “trasponer” esas barreras. Y ello es verdad, pero con la especificación de que esa barrera es meramente mental. Siendo ésto así, la mente tiene también la potencialidad  para trasponer esas barreras, para lo cual empero se requieren ciertas condiciones, entre ellas la fe de que ello es posible.

                     Nuestra mente ha creado algo así como compartimientos estancos de espacio-tiempo que permiten “funcionar” a nuestro cuerpo y entender esta peculiar realidad. Cada compartimiento estanco de “espacio-tiempo” contiene al grupo humano que comparte una misma cronología. Mientras tanto, “al lado” o en forma “paralela”, o aún más, insertado dentro de las mismas coordenadas físicamente consideradas, coexisten otros “compartimientos estancos de espacio-tiempo” a los que les corresponden distintas cronologías, los cuales se encuentran “separados” por “barreras mentales” que los hacen inaccesibles para los “habitantes” de los demás. De hecho, si consideramos a la “historia” como la “sucesión de los momentos” sobre nuestro planeta, se puede concebir a cada instante como un “compartimiento estanco de espacio-tiempo” separado de los otros, con la diferencia de que nosotros creemos de la manera más firme de que “lo que fue” ya nunca más será, lo que nos coloca en la “idea” de que aquello “ya no existe” por lo que no admitimos “esa forma” de configurarse los múltiples “compartimientos estancos de espacio tiempo”. Sin embargo, aquí entra a tallar el tema de la “simultaneidad” que es lo que plantea la teoría científica de Einstein. Lo simultáneo es algo que nuestra mente condicionada refiere a los sucesos que le conciernen dentro del compartimiento estanco de espacio-tiempo que le es propio, el cual empero (lo simultáneo) varía según quien sea el sujeto considerado. Ergo, nada impide que “coexistan” tiempos múltiples o pluralidad de tiempos cada cual inaccesible al otro, de modo que no solo exclusivamente el “aquí y ahora” que nos concierne sea el que tenga validez y vigencia.

                         A lo dicho cabe agregar que “la velocidad de desplazamiento” debe “medirse” fundamentalmente en relación con el “viaje interno” que cada individuo esté recorriendo en el sendero de su evolución personal. En efecto, puesto que uno “no siente” realmente “el movimiento” en ciertas condiciones y menos todavía cuanto mayor sea la “velocidad” con que se desplaza, nosotros postulamos que los problemas físicos que se suscitan con los “objetos” que en nuestra dimensión espacio-temporal observamos, como “el aumento de la masa” o la “desconfiguración de su estructura”, no es aplicable al “ser humano” que habite en cada “compartimiento estanco espacio-temporal”. Acá se trata de compaginar el “viaje mental” del individuo humano (que no lo “experimenta”) con el viaje “físico” que él puede observar en los objetos del plano espacio temporal en que habita. Estos, en tratándose de objetos de gran tamaño, “viajan normalmente” a una velocidad “pequeña”; teniendo en cuenta la “gran cantidad de energía” requerida en el proceso, únicamente a las partículas de ínfimo tamaño, las del nivel sub-atómico, es a las que se les puede imprimir de manera “físicamente” perceptible en la “región” en que encuentran las enormes velocidades que provocan los “efectos” de enlentecimiento de su tiempo particular, el “aumento visible de su masa, o la alteración de sus estructuras. Sin embargo, los astrónomos han determinado que las galaxias que se encuentran a enormes distancias de nosotros, en los confines del universo conocido, se “alejan” de nosotros a velocidades cercanas a las de la luz, lo que implica que también en el nivel macroscópico puede darse el “desplazamiento” de los objetos a altísimas velocidades. Invirtiendo la “visión”, colocándonos en el “lugar” de esas galaxias, no obstante podemos decir que somos nosotros en realidad los que “nos alejamos” de ellos a esa velocidad. Esto es obvio pues la cuestión depende únicamente del “punto de referencia”. Empero, “nosotros” no sentimos que nos estemos moviendo a esas enormes velocidades. Con lo cual volvemos a lo dicho líneas arriba de que en el nivel macroscópico “en realidad” la velocidad de desplazamiento de los objetos en su “región” particular --incluido el cuerpo del ser humano individual-- necesariamente es pequeña, siendo por tanto posible considerar que “interiormente” (siempre en relación con otros) pueda “medirse” dicha velocidad en proporción al camino recorrido en la senda de la evolución personal.

                      No se trata de entrar en honduras sobre los problemas de la astrofísica, pero es patente que la “velocidad de desplazamiento” de las galaxias lejanas es un asunto que la mente humana lo resuelve de manera a dar consistencia a la realidad que ha configurado dentro de “su” universo. La cantidad de energía requerida para que objetos del tamaño de una galaxia se muevan a velocidades cercanas a las de la luz es tan inmensa que se diría incalculable. Y por otro lado, no hay motivos para pensar que sean “esas galaxias” las que se alejan de nosotros pero “no” nosotros de ellas. En el caso del “alejamiento” la situación es evidentemente recíproca al igual que “la velocidad” con que se produce. Los habitantes de esas galaxias pueden perfectamente “sentir” que están “en reposo” mientras que es a nosotros a quienes ven moverse a la misma velocidad que nosotros les atribuimos. Claro que se puede argüir que nosotros “vemos” a esas galaxias como eran hace aproximadamente quince mil millones de años, (el tiempo que “tarda” la luz en llegar hasta nosotros) cuando comenzó el universo, y que “entonces” la “energía” implicada era ciertamente inmensa pues se trata de la misma “gran explosión” que dió origen al universo. Empero la “relatividad del movimiento” siempre deja incólume la posibilidad de considerar que somos nosotros los que “nos alejamos” de ellas y no al revés.

                       Las precedentes disquisiciones permiten discernir que las alteraciones del tiempo y el espacio producidas por la “velocidad de desplazamiento” del sujeto y objeto considerados se dan de tal manera que se impone coordinar su sentido para entender que es posible la “coexistencia de espacio-tiempos cronológicos diversos” o simplemente la “pluralidad de tiempos”. Y por otro lado, que la “velocidad de movimiento” del sujeto puede ser considerada con abstracción de la de los objetos del nivel macroscópico y sí en correlación con su personal evolución.

                     Ambas premisas tienen que ver con lo enseñado por Jesús sobre la vida eterna y el fin del mundo.

                     La “pluralidad de tiempos” y la “velocidad de desplazamiento” referida al “viaje interior” de cada sujeto en particular permiten concebir que “el fin del mundo” ya se “produjo” para muchos seres humanos, aquellos que han concluido dicho viaje y “se han salvado” por así decirlo “viviendo” desde entonces (desde el “fin del mundo” que para ellos ya se produjo) la “vida eterna” mientras que los que no lo han culminado siguen sometidos a su “tiempo” cronológico que apareja para ellos “la muerte inexorable”. La clave para aceptar esta hipótesis radica en comprender que la “simultaneidad” no es lo que “cree” nuestra mente condicionada como nos lo enseña por cierto la teoría científica de la relatividad postulada por Einstein.

                      En concreto: La “coexistencia” de niveles o planos espacio-temporales “paralelos” que no se superponen o no se estorban pese a “interpenetrarse” sin posibilidades de que las “barreras” entre ellos existentes puedan ser “traspuestas” en “condiciones normales” permite concebir que “en otro plano”, en un mundo con “leyes naturales” en el que “la muerte” ya “no existe”, la vida eterna ya es presente para “los que se han salvado”. Para nosotros, que seguimos en pos de esa meta “ese mundo” es todavía futuro.

                                     

                    Pues bien: De todo el contexto de la enseñanza de Jesús sobre el “fin del mundo” se deduce que ella es aplicable por un lado a cada ser humano en particular y por el otro a “toda la humanidad” en su conjunto.

                     En cuanto a “lo particular” del significado se puede apreciar entre otros, en el siguiente texto: “De cierto, de cierto os digo que no pasará esta generación hasta que todo esto acontezca” (Mt. 24,34; Mr.13,30; Lc.21,32). De ésto se desprende, como queda dicho más arriba, que el “fin del mundo” ya ha acontecido para muchos  --lo que implica un aspecto “particular” del evento referido exclusivamente a ellos--, lo cual entraña simplemente el hecho físico de la “coexistencia de los tiempos” a que aludimos más arriba. El hito que marca el “inicio” delfin del mundo es la resurrección de Jesús. Los diversos “tiempos particulares” de los seres humanos se conjugan en un entretejido que permite a cada uno discernir la realidad que le atañe sin perturbar o interferir  la de los demás. Así, el “futuro” que transcurre para los que accedieron a la dimensión espacio-temporal o, mejor dicho, a la “dimensión intemporal” donde ya “no existe la muerte”, es una realidad que en cierto sentido puede ser considerada también como “pasado” teniendo en cuenta que la “simultaneidad” o no de los sucesos es algo enteramente “relativa”, dependiendo de la “posición” que ocupen los sujetos y la “velocidad” con que “se muevan en el espacio”. Avala esta aseveración el siguiente pasaje que narra “lo sucedido” con ocasión de la muerte de Jesús: “y se abrieron los sepulcros, y muchos cuerpos de santos que habían dormido, se levantaron; y saliendo de los sepulcros, después de la resurrección de él, vinieron a la santa ciudad, y aparecieron a muchos” (Mt.27, 52,53).

                     No se puede desconocer que para aceptar la proposición que antecede se requiere de mucha fe, pero sobre todo es menester una amplitud de criterios y una total apertura de la mente para comprender la inconmensurable riqueza de la realidad. Cuando postulamos que la Suprema Sabiduría se derrama sobre nosotros para permitirnos participar de la “creación” del universo y de nuestro propio ser individual incorruptible queremos dar a entender que ella “nos muestra” los derroteros por los que se va “realizando” esa obra. “Mi padre hasta ahora trabaja, y yo trabajo” (Jn. 5,17) dijo Jesús en alusión a lo expuesto precedentemente. El que alguno pueda alegar que nuestra hipótesis es antojadiza porque se le atribuye a los textos citados un “sentido” arbitrario o caprichoso es perfectamente comprensible; sin embargo, hay que considerar que tal sentido les viene dado por los postulados deducidos de los conocimientos y teorías científicas actuales lo que autoriza a otorgarles plausibilidad. Por otro lado, la realidad tiene “el sentido” que cada cual le asigna, lo que equivale a que puede no tenerla en absoluto, si así pluguiere a la conciencia individual que lo considere. Nosotros queremos siempre insistir en el contexto de las cosas que es lo que permite “compactar” la realidad de que se trata, pues tomadas aisladamente es posible refutar ad infinitum el sentido que nosotros extraemos de los textos citados.

                    El “sentido” general del “anuncio” del fin del mundo por parte de Jesús se deduce entre otras cosas de la siguiente declaración: “Pero de aquel día y de la hora nadie sabe, ni aún los ángeles que están en el cielo, ni el Hijo, sino el Padre” (Mr. 13,32; Mt. 24, 36). Y también de ésta: “Porque como un lazo vendrá sobre todos los que habitan la faz de toda la tierra” (Lc. 21,35).

                   Es evidente que “el fin del mundo” le sobreviene a cada cual cuando le llega la hora de su muerte. En este sentido, el mensaje de Jesús tiene el propósito de enseñar que cada uno en particular se mantenga vigilante de manera a estar “preparado” para ese “momento”, como se desprende del siguiente pasaje: “Velad, pues, en todo tiempo orando que seáis tenidos por dignos de escapar de todas estas cosas que vendrán, y de estar en pie delante del Hijo del Hombre” (Lc. 21, 36). De hecho, como “el tiempo” individual de cada uno es ciertamente único  --aún cuando lo “cronometre” con los de los demás-- es cada cual el que podrá advertir si se está “acercando” a aquella dimensión espacio-temporal o “intemporal” en la que ya no impera “la muerte” pues ese “acontecimiento” no se presenta notorio para todos, como se colige del siguiente pasaje: “Más como en los días de Noé, así será la venida del Hijo del Hombre. Porque como en los días antes del diluvio estaban comiendo y bebiendo, casándose y dando en casamiento, hasta el día en que Noé entró en el arca. Y no entendieron hasta que vino el diluvio y se los llevó a todos, así será también la venida del Hijo del Hombre” ( Mt. 24, 37,38,39). Naturalmente, quien se “muera en la gracia”, es decir, el que haya transitado “todo el camino” de su evolución personal, será “llevado” instantáneamente a aquella “región”, con lo que “el fin del mundo” definitivo para él también ya será “presente”. Sin embargo, la “consumación” del acontecimiento “para todos” es algo que ha de sobrevenir también inexorablemente, pues lo que “ha comenzado” tendrá necesariamente que “terminar” como es de entender que acontece en toda “evolución”, aunque “del día y de la hora” nadie sepa sino “solo el Padre”, teniendo en cuenta que nuestra naturaleza de seres creados nos impone limitaciones que no nos es posible superar.


                   j) La  culminación  del  “viaje”  hacia   la  “Tierra Prometida” al finalizar el proceso evolutivo del ser humano  comporta  la  consecución  de  un  “cuerpo indestructible” hecho de luz.

                    Las precedentes consideraciones permiten comprender que quienes alcanzan su “perfeccionamiento” definitivo, viven en una región en la que “la velocidad de desplazamiento” de los seres que la pueblan es “igual a la de la luz”. Esto naturalmente es un símil, pues el “movimiento” de que se trata se da sólo en “relación” con el que se produce en las “otras regiones” donde esta “velocidad” no se ha alcanzado. Quien habita aquella región no tiene que estar “sintiendo” o “percibiendo” que se “mueve”, y en puridad, da igual que “sienta” que se encuentra completamente inmóvil. Esto es lo que se deduce de los principios de la física, como se señaló más arriba. Por consiguiente, lo que cuenta es el “viaje interno” del sujeto. El que culmina el viaje en el espacio-tiempo donde entra a tallar la cronología, consigue un “cuerpo indestructible hecho de luz” que puede “trasladarse” en el espacio-tiempo a la velocidad de la luz, lo que da como resultado que “el tiempo no transcurre” para él. Es el mismo viaje hacia “la tierra prometida” emprendido por el patriarca Abraham y toda su “descendencia” que escuchan y obedecen la voz de Dios. Este “cuerpo hecho de luz”, no cabe configurarlo necesariamente como algo constituido de lo que usualmente nosotros “concebimos” como la luz, sino que se encuentra dotado de las propiedades físicas de la luz en el sentido de poder “moverse” a la misma velocidad y con ello “detener el transcurso del tiempo”. De hecho, ese “cuerpo” tendrá que poseer también infinidad de otras “propiedades” como la aptitud para “alimentarse” sólo de la Energía Primordial de la que proviene (“Trabajad no por la comida que perece, sino por la comida que a vida eterna permanece, la cual el Hijo del Hombre os dará. Porque a éste señaló Dios el Padre” (Jn 6,27).), la de “liberarse” del “peso” que le impone la ley física de la gravedad, la de poder “traspasar” las paredes trascendiendo la propiedad de “impenetrabilidad” de la materia, etc., todo ello ceñido obviamente a “leyes físicas” aplicables a esa “región” particular de la realidad, pues como “seres creados” no nos queda otra que someternos a las reglas impuestas para nosotros por el “ser increado”. Sin embargo, el límite práctico de esa realidad no ha de ser otro que el propio pensamiento (cuya “velocidad” es “superior” a la de la luz), siempre que ese pensamiento esté ceñido a la “Voluntad” del “ser increado”, el cual nos quiere libres como lo es Él mismo. En otras palabras, para el ser humano que haya alcanzado el grado supremo de su evolución será posible no solo no morir jamás, sino también tener el dominio de los elementos hasta el punto de no tener ya “necesidades” que satisfacer, limitándose a gozar indefinidamente de su creatividad que será alimentada por Aquel que la posee en cantidad ilimitada.

                    Las enseñanzas de Jesús sobre este punto se encuentran en numerosos pasajes del texto bíblico. Además de referirse a sí mismo diciendo: “Yo soy la luz del mundo” (Jn. 8,12), les dijo también a sus discípulos: “Vosotros sois la luz del mundo” (Mt.5,14). También afirmó: “La lámpara del cuerpo es el ojo; así que, si tu ojo es bueno, todo tu cuerpo estará lleno de luz” ( Mt. 6,22; Lc. 11,33). Y refiriéndose al “fin de los tiempos” manifestó: “Entonces los justos resplandecerán como el sol en el reino de su Padre. El que tenga oídos oiga”. (Mt. 13,43). Tiene que ver igualmente con esta enseñanza la transfiguración de Jesús, episodio narrado en el Evangelio de Mateo, Capítulo 17, Versículo 2: “y se transfiguró delante de ellos, y resplandeció su rostro como el sol, y sus vestidos se hicieron blancos como la luz”. El mismo episodio se encuentra consignado en términos similares en Marcos, Cap. 9, Vers. 2 y 3. Por tanto, los “bienaventurados” podrán vivir sin ser afectados por “la muerte” con sus cuerpos “hechos de luz”.


                   k) Para  la  ciencia  actual,  “vivir  es  conocer”,  en coincidencia con lo enseñado por Jesús al afirmar que “la vida eterna es conocer al único  Dios verdadero y a Jesucristo” a quien Él ha enviado.


                    Una última cuestión hemos de abordar como culminación de este capítulo, que viene a cuento para confirmar la correspondencia entre los conocimientos científicos alcanzados hasta hoy y las enseñanzas de Jesús sobre la vida eterna.

                   La metáfora utilizada por Jesús para inculcar a sus adeptos la “idea” de la necesidad de “comer su cuerpo” para poder “llegar” a la vida eterna ha sido entendida erróneamente por la mayoría. Cuando Jesús dice: “Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida”(Jn.6,55) da a entender que “sus enseñanzas” deberán hacerse “carne” en uno. Según nos informan los estudiosos, “los hebreos usaban la palabra comer para expresar el esfuerzo del que memoriza y repite las sentencias de los sabios. Se comen los frutos de la Sabiduría.(Prov.9,5 Sir. 24,26)”. (Ver: Comentario al Capítulo 3 del Génesis de la Biblia Latinoamericana, Ediciones Paulinas, Verbo Divino, 1992). Ciertamente, la “idea” que tengan las gentes sobre la “transustanciación” que ocurre en el pan y el vino “consagrados” por el sacerdote tampoco hay que desdeñarla, teniendo en cuenta que va ligada al texto donde se menciona que Jesús habría realizado esa misma “ceremonia” y mandado a sus discípulos: “Haced esto en memoria de mí” (Lc. 22,19. 1 Cor. 11,24,25). Ello, empero, está “dirigido” a “los sencillos” y “faltos de preparación” evocando lo que está expresado en el pasaje previo (Proverbios 9,4) al citado más arriba (Prov. 9,5), el cual, similarmente a lo dicho por Jesús, hace decir a la “sabiduría”: “Venid, coman de mi pan y beban del vino que he preparado”.

                      En consonancia con la premisa más arriba enunciada --de que son los frutos de sus enseñanzas las que se deben comer-- Jesús dice en otra parte: “El espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha; las palabras que yo os he hablado, son espíritu y son vida” (Jn. 6,63). El espíritu y la carne son ciertamente una sola cosa, pero la manera de dar a entender a nuestra mente condicionada por “las diferencias” aparentes entre ambas cosas, es la de “poner la carne que perece” hacia un lado y “el espíritu que da vida” hacia el otro, de manera a ir construyendo “un cuerpo incorruptible” con esas “palabras” que “son espíritu y vida”, y que deben convertirse en el “sustento” y el “alimento” que nos permitirá alcanzar “la vida eterna”.

                     Y a propósito de la “vida eterna”, dice Jesús lo siguiente según está escrito en el Capítulo 17, versículo 3 del Evangelio de Juan: “Y esta es la vida eterna: que te conozcan a tí, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado”. Conocer tiene la misma connotación de saber y también por ende el de comer en el sentido precedentemente aludido.

                     Realmente, conocer como comer tienen indudablemente un significado y origen común, lo mismo que saber o saborear, y todos esos vocablos entrañan indudablemente la idea de unión lo que se aplica tanto a la ingestión de la comida como a la adquisición de conocimientos, y se traslada  igualmente al campo de la relación sexual. Es así que está escrito en el Evangelio de San Lucas, Capítulo 1, Versículo 34: “Entonces María dijo al ángel: ¿Cómo será esto? pues no conozco varón”. Así pues conocer, saber, comer, saborear, se encuentran emparentados y comportan todos la idea de unión o hacerse “uno” con lo “otro”.

                    En el idioma guaraní que hablamos en el Paraguay, y que es un legado de nuestros ancestros indígenas, la palabra pytu'u significa literalmente comer el aliento. Pero ese aliento al igual que en los idiomas de los grupos humanos que hemos considerado en este estudio, se refiere al “soplo vital”, de modo que la misma tierra posee ese aliento, “yvytu” o “yvy pytu”, el aliento de la tierra. “Comer el aliento”, “pytu'u”, en guaraní significa “descansar”, mejor se diría “descansar en el espíritu” o “comer el espíritu”, lo que da la idea de las similitudes existentes en los significados de los lenguajes humanos por el tiempo en que fueron “inventados”, lo cual permite apreciar que “el alimento” del ser humano siempre fue ese “Espíritu” (la Energía Primordial intangible) del que, conociéndolo o comiéndolo, puede obtenerse la vida.

                    Algo que puede calificarse de sorprendente es que “la nueva ciencia” ha arribado precisamente a la misma conclusión en el campo biológico de tal modo que a través de los estudios e investigaciones más avanzados en esta materia se ha podido determinar, como nos informa Fritjof Capra en su libro “La Trama de la Vida”, citando a Francisco Varela y Humberto Maturana, dos eminentes científicos, que: “Vivir es conocer”. (Ver: Ob. cit. pág. 277, Editorial Anagrama S.A. Barcelona, España, 1998).

                    No es fácil ni sencillo resumir el trabajo de este autor con referencia a este tema. Sin embargo, para lo que nos interesa en este ensayo se pueden transcribir los siguientes párrafos de su obra: “En la teoría emergente de los sistemas vivos, los sistemas vitales  --la continua corporeización de un patrón autopoiésico de organización en una estructura disipativa-- son identificados con la cognición, el proceso de conocer. Ello implica un concepto radicalmente nuevo de mente, que es quizás el aspecto más revolucionario y apasionante de esta teoría, ya que conlleva la promesa de la trascendencia de la división cartesiana entre mente y materia. De acuerdo con la teoría de los sistemas vivos, la mente no es una cosa sino un proceso: el proceso mismo de la vida. En otras palabras, la actividad organizadora de los sistemas vivos, a todos los niveles de vida, es una actividad mental. Las interacciones de un organismo vivo --planta, animal o humano-- con su entorno son actividades cognitivas, mentales. Así, vida y cognición quedan inseparablemente vinculadas. La mente  --o más precisamente, el proceso mental-- es inmanente en la materia a todos los niveles de vida” (Págs. 185/186). “Puesto que cognición se define tradicionalmente como el proceso del conocimiento, debemos ser capaces de describirla en términos de las interacciones de un organismo con su entorno. Esto es efectivamente lo que hace la teoría de Santiago. El fenómeno específico que subyace en el proceso de cognición es el acoplamiento estructural. Como hemos visto, un sistema autopoiésico sufre cambios estructurales continuos, preservando al mismo tiempo su patrón de organización en red. En otras palabras, se acopla a su entorno estructuralmente mediante interacciones recurrentes, cada una de las cuales desencadena cambios estructurales en el sistema. No obstante, el sistema permanece autónomo; el medio solo desencadena los cambios estructurales, no los especifica ni dirige. Ahora bien, el sistema vivo no solo especifica estos cambios estructurales sino que especifica también qué perturbaciones del medio los desencadenarán. Esta es la clave de la teoría de Santiago de la cognición. Los cambios estructurales del sistema constituyen actos de cognición. Al especificar qué perturbaciones del medio desencadenan sus cambios, el sistema `da a luz un mundo' como dicen Maturana y Varela. La cognición no es pues la representación de un mundo con existencia independiente, sino más bien un constante alumbramiento de un mundo a través del proceso de vida. Las interacciones del sistema vivo con su entorno son interacciones cognitivas y el proceso de vida mismo es un proceso de cognición. En palabras de Maturana y Varela: ‘Vivir es conocer’.  Resulta obvio que tratamos aquí con una extensión radical del concepto de cognición e implícitamente del de mente. En esta nueva visión, la cognición comprende el proceso completo de vida --incluyendo la percepción, la emoción y el comportamiento-- y no requiere un cerebro y un sistema nervioso. Incluso las bacterias perciben ciertos cambios en su entorno. Notan las diferencias químicas en sus alrededores y en consecuencia nadan hacia el azúcar y se alejan del ácido; notan y evitan el calor, se alejan de la luz o se aproximan a ella e incluso algunas pueden detectar campos magnéticos. Así, hasta una bacteria alumbra su propio mundo, un mundo de frío y calor, de campos magnéticos y de pendientes químicas. En todos estos procesos cognitivos, la percepción y la acción son inseparables y, dado que los cambios estructurales y las acciones asociadas que se desencadenan en un organismo dependen de su estructura, Francisco Varela describe la cognición como ‘acción corporeizada’” (Pags. 277/278). “A medida que aumenta el grado de complejidad de un organismo vivo, se incrementa su territorio cognitivo. El cerebro y el sistema nervioso en particular representan una expansión significativa del territorio cognitivo, ya que incrementan mucho el campo y diferenciación de sus acoplamientos estructurales. A un cierto nivel de complejidad, un organismo vivo se acopla estructuralmente no solo a su entorno, sino consigo mismo, alumbrando así tanto un mundo exterior como otro interior. En los seres humanos, el alumbramiento de dicho mundo interior está íntimamente vinculado con el lenguaje, el pensamiento y la consciencia” (Pág. 279).

                        Puesto que “vivir es conocer” y “la vida eterna es que te conozcan a tí, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado” es patente que la ciencia y las enseñanzas de Jesús convergen. Es sólo cuestión de entender, de tener un correcto discernimiento del asunto. Empleando el lenguaje de los científicos citados por Fritjof Capra sólo es cuestión de proceder a un “acoplamiento estructural” con la Divinidad para conocerla y alcanzar de esa manera la vida eterna, que le es propia a ella y nada impide que nos sea otorgada también a nosotros. La  “comida que no perece, sino que a vida eterna permanece, la cual el Hijo del Hombre nos dará” es precisamente la palabra, la enseñanza del Creador mismo, la que nos permitirá “alimentarnos” sin que la “muerte” pueda tocarnos. Las “interacciones” que tengamos cada uno de nosotros como “sistemas vivos autónomos” que somos con nuestro “creador” que “satura” a todo nuestro “entorno” (y lo excede) “son interacciones cognitivas”  y el mismo “proceso de vida eterna” será entonces un continuo “proceso de cognición”.

                      En el Evangelio de Juan, Capítulo 20, versículos 20 y 21 se lee un pasaje que confirma categóricamente todo lo que estamos exponiendo: “Mas no ruego solamente por éstos,  sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno, como tú oh Padre, en mí, y yo en tí, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste”.

                                     

                      Algo que me evocan estas reflexiones es la  declaración de Miguel de Unamuno en su “Del Sentimiento Trágico de la Vida” cuando con absoluta convicción escribía: “Porque vivir es una cosa, y conocer otra”(28). La “dualidad” que por entonces condicionaba e inficionaba a la ciencia y a la filosofía, traducida en el materialismo y el idealismo propugnando la “separación” radical de sendas “entidades fundamentales” respectivamente como único “soporte” de la realidad,  adhiriéndose unos a lo primero y otros a lo segundo, hacía que la confusión imperase y no pudiera encontrarse ninguna salida en esa encrucijada. Hoy, cuando la ciencia nos aclara de forma diáfana, en consonancia con las enseñanzas de Jesús que vivir es conocer, el imperativo que nos compete es el de trabajar para conocer al Padre y a Jesús, a quien Él ha enviado para de ese modo alcanzar la vida eterna que sin duda todos anhelamos.

                       Este tema merecería un desarrollo mayor, sin duda, pues son muchos los tópicos que podrían ser abordados para mostrar cómo la ciencia actual corrobora en todos sus puntos las enseñanzas de Jesús, siempre que uno las estudie a la luz de la sana razón y despojado de los prejuicios y erróneas creencias que condicionan la visión del mundo que da por sentada la premisa de la inevitabilidad de la muerte física. Jesús es sin duda “la vid verdadera” el Padre es “el labrador” y nosotros somos “los pámpanos” que no podemos “llevar fruto” si no permanecemos “en la vid” (Jn. 15, 1,2,3,4). Jesús es “el camino al Padre”, y tal como afirmó: “nadie viene al Padre sino por mí” (Jn. 14,6), lo que implica que es su doctrina bien entendida  --sin sectarismos, amando hasta al enemigo, sin importar “la religión” que se profese, poniendo simplemente en práctica sus enseñanzas-- la que permite interpretar y discernir la realidad en su verdadero sentido y alcanzar la “meta” o el “propósito” para el cual fuimos “creados”. La “idea” del “pueblo elegido” referida a los judíos implica solamente la indicación de que es a través de ese “grupo humano” que fue forjándose la tradición que desembocaría en la “encarnación de la Divinidad”, del “Dios único” que se haría “conocer” por ese medio para que el ser humano alcance finalmente “su salvación”. Este es también el sentido del texto atribuido a Jesús que dice: “La salvación viene por los judíos”.(Jn. 4,22). Al fin de cuentas, como dicen los maestros del “Midrash” o comentarios a la Biblia judía, “es elegido el que elige vivir de otra manera”(29), dicho con otras palabras, el pueblo judío es el elegido porque se elige a sí mismo ser el elegido. Solo eligiéndose a sí mismo como el elegido uno puede obtener “la gracia” del Padre, como ya lo anticipaba Kierkegaard con su configuración del “verdadero existente”: “El ser humano se elige a sí mismo como existente” (Soren Kierkegaard, “Temor y Temblor”, Ediciones Altaya S.A., 1994).

                       El corolario de nuestra exposición es que verdaderamente es posible conjurar el fenómeno de la muerte física, que eso ha de sobrevenir como producto de una evolución personal y global del ser humano, que para ello es menester cambiar “las creencias” que nos condicionan y por cierto, que cada cual sufra una transformación que viene aparejada por el incondicional sometimiento a la rectitud de vida que entraña “escuchar la voz de Dios y obedecerle”, independientemente de la configuración que haga de ese “Dios” o aún, independientemente de que no crea en su “existencia”. Lo que cuenta es la “sinceridad” que es el “camino” que ha de conducirle hacia su “perfeccionamiento”. A la larga uno comprende que “Dios está en uno” o que es “uno con Dios”. Puesto que estamos hechos “de la misma materia prima” o “de la misma madera” que Dios, depende de nosotros lograr la perdurabilidad de nuestro ser, similarmente al “Ser” de nuestro creador, que para eso nos hizo.

                        En lo que a mí respecta, yo albergo la certeza de que puedo “no morir” físicamente, es decir, que puedo “perdurar” sin que “mi cuerpo” se desintegre, aunque estoy consciente de que debo seguir “trabajando” para ello. En verdad, la idea que tengo al respecto es que “si llego a morir” es porque no habré conseguido desarrollar “la suficiente fe” para ello, pues estoy convencido de que si creyera con la suficiente firmeza en lo dicho por Jesús ya no he de ser tocado por la muerte. Esa fe tiene que ser tan poderosa que sea capaz de vencer a aquella “pulsión de muerte”, como lo denomina Sigmund Freud, que se encuentra imbricada dentro de nuestra propia estructura genética, pero estoy seguro de que ello es posible.  Empero, eso no depende “en última instancia” de mi voluntad, ya que quien “lo ha decidido” de antemano es mi Hacedor, a cuya Voluntad me ciño de la manera más irrestricta. Tal vez “más adelante” pueda yo saber y entender claramente si “la muerte” hará o no mella en mí. De todos modos, si ello aconteciere, ya sé, con todas las fuerzas que otorga la certeza de la verdad, de que si tal ocurriere he de ser “llevado” instantáneamente a la “región” en que imperan la paz, la justicia, la dicha y el amor, tal como sueñan los seres humanos que ha de ocurrir “algún día”. En esa “región” reina Dios, en el sentido de que es obedecida su Voluntad, y existe en cuerpo y espíritu el que vive en íntima comunión con Él y una vez fuera enviado por Él para dárnoslo a conocer: Jesús el Cristo.

                                               Asunción - Paraguay,

9 de diciembre de 2001.-

 


NOTAS

(1). Dr. Deepak Chopra.“Vida Sin Condiciones”,Javier Vergara Editor S.A., 1992, página 92.

(2).Citado en“Los Verdaderos Pensadores del Siglo XX”, de Guy Sorman, Editorial Atlántida S.A., 1989, Buenos Aires, Argentina, página 105

(3). Rudolf Ch. Eucken.“Los grandes pensadores”,Ediciones Orbis S.A., 1984, página 279.

(4). Albert Camus“El Mito de Sísifo”,Ediciones Altaya S.A., 1994.

(5). Bertrand Russel.“¿Tiene el Hombre Futuro”?,Editorial Bruguera S.A., 1982.

(6). Arthur Clarke.  “Perfiles del Futuro”, Luis de Caralt Editor S.A., Rosellón 246, Barcelona, 1977.

(7). Baruch Spinosa.  “Ética”, Parte III, Proposiciones 6º y 8º Alianza Editorial S.A. “El Libro de Bolsillo”, 1996.

(8).Citado por Karl Popper.“La Sociedad Abierta y sus Enemigos” Tomo I,Editorial Planeta-De Agostini S.A., 1992.pág. 262.

(9).Fritjof Capra.“El Punto Crucial”,Editorial Troquel S.A., 1998,págs.45 y 348.

(10).Isaac Asimov.“El Planeta que no estaba”,Editorial Adiax S.A., 1980,págs.239/252.

(11).Emiliano González Safstrand.“Nuevo Itinerario Filosófico”,Intercontinental Editora, Asunción-Paraguay. 2000.

(12) Citado en “Los Verdaderos Pensadores del siglo XX”, de Guy Sorman, Editorial Atlántida S.A., 1.989, Buenos Aires, Argentina, Págs.82/92.

(13). Fritjof Capra  “La Trama de la Vida”,Editorial Anagrama S.A. Barcelona, España, 1998.

(14). Fritjof Capra  “El Tao de la Física”,Luis Cárcamo Editor, 1992. Barcelona, España.

(15). Isaac Asimov  “Nueva Guía de la Ciencia”,Plaza y Janés Editores S.A., 1992. Pág. 14.

(16). Max Weber  “La Ética Protestante”,Editorial SARPE, 1984. Pág. 23.

(17). John Snelling  “El Budismo”,Editorial Edaf S.A., 1993. Pág. 63.

(18). Angel Quiroga  “La Flor del Tao”,Luis Cárcamo Editor. 1982. Pág. 43.

(19). Fritjof Capra  “El Tao de la Física”,Luis Cárcamo Editor, 1992. Barcelona, España, Pág. 123.

(20). Robert Graves  “Los Mitos Griegos”,Hispamérica Ediciones Argentina S.A.,Buenos Aires, 1985., Págs. 13/14/15.

(21). Miguel de Unamuno  “Del sentimiento trágico de la vida”, Editorial Planeta-De Agostini S.A., 1993., Pág.44.

(22).Ver: Jorge Luis Borges  “Otras Inquisiciones”, Alianza Editorial S.A., 1998, Pág.218.

(23). Thomas Cahill“Los dones de los judíos”, Editorial Norma S.A., Santa Fe de Bogotá, 1998, Pág.43.

(24).Dicho por Aristóteles en su “Poética”, según es mentado por Robert Graves en  “Rey Jesús”, Alianza Editorial S.A., 1998, Pág.19.

(25).Ver: Desmond Morris“El Zoo Humano”, Plaza y Janés S.A. Editores, 1976, Capítulo IV “Grupos propios y grupos extraños” Pág.99.

(26).Fritjof Capra.“El Punto Crucial”,Editorial Troquel S.A., 1998, pág. 340.

(27). Miguel de Unamuno  “Del sentimiento trágico de la vida”, Editorial Planeta-De Agostini S.A., 1993., Pág. 19.

(28). Miguel de Unamuno  “Del sentimiento trágico de la vida”, Editorial Planeta-De Agostini S.A., 1993., Págs. 38/39.

(29). Jaime Barylko  “El Midrahs: La Sabiduría del Judaísmo”, Editorial Kier S.A., 1996., Pág.105.





SOLILOQUIOS


                   1.- Para el afianzamiento y la consolidación de la Libertad y la construcción de la identidad personal en pos del perfeccionamiento

                   -- ¿ Porqué tengo que pedir a Dios lo que necesito, si tal como lo dice Cristo (Mt. 6,8) Él sabe todo lo que me hace falta y puede dármelo sin mediar ninguna petición?

                   -- Porque en mi naturaleza está el pedir, y en la Suya el conceder.

                   -- ¿ Cómo se entiende eso?

                   -- Como ser separado y carente que no puedo por mí mismo obtener lo que le pido debo pedírselo para conseguirlo, pues si bien ÉL conoce mis necesidades se halla en juego mi propia libertad individual involucrada en la construcción de mi identidad en pos de la perfección. Por un lado, la decisión de querer aquello sólo me compete a mí, Dios se abstiene absolutamente de terciar en las decisiones que como ser individual y separado, a mí solo me corresponde tomar; y por el otro el darme cuenta de eso forma parte de la tarea de construcción de mi ser hasta alcanzar la definitiva libertad que me confiera el poder de llenar por mí mismo mis “necesidades” que en realidad en ese estado habrán cesado por haber alcanzado la plenitud.

                   -- ¿ Significa que en ese estado ya no tendré necesidad de pedir nada a Dios?.

                   -- Exactamente, eso significa. Habiéndose producido “en cierto modo” la fusión de uno mismo con Dios, experimentando, por decir así, la “identidad” de Dios en uno mismo, lo que le habilita a gozar de la potestad de ser “hijo de Dios”, el cual “no es engendrado de sangre ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón sino de Dios” (Jn 1, 12-13), habiéndole en suma concedido Dios a uno la perfección tras arduo trabajo de uno mismo y petición que le haga a Él por propia y libre determinación, uno llega a adquirir la Naturaleza de Aquel, estado en el cual ya no experimenta carencias ni necesidades, por lo que resulta ocioso el pedir, limitándose al goce que proporciona el hecho de Ser en indisoluble unión con Aquel de quien proviene, desarrollando la infinita capacidad creativa que se vierte de Él para él. Sintiéndole a Dios mismo dentro de sí, uno sabe que todo está dado como debe ser,  y con tal presupuesto, simplemente vive.

                2.- Explicaciones sobre el proceso biológico que conduce a la vida eterna

                 -- ¿Como se puede explicar el proceso “biológico” que ha de desembocar en la indestructibilidad del propio ser que le permita al ser humano individual lograr “la vida eterna”?.

                 -- El mecanismo biológico que conduce a la “muerte física” es producto básicamente de las “creencias” contenidas en la herencia “genética” que comprende todo el caudal de “conocimientos” e “instrucciones” inscriptos en los “genes”, que no son otra cosa que “estructuras” que son transmitidas de una generación a otra a través de las células reproductoras de los progenitores. Estas “creencias”, tal como las mismas “estructuras” que las contienen, si bien provistas de una solidez extraordinaria, no son “invariables”, y de hecho, la evolución del organismo vivo constituye la evidencia más categórica de que esas “estructuras” sufren transformaciones que han permitido el desarrollo del organismo viviente a partir de la célula primordial hasta culminar en la especie humana. Todo radica, por consiguiente, en cambiar esas “creencias” ciertamente poderosas, pero no irreversibles.

                  -- ¿ Cual es la razón de denominar “creencias” al conjunto de información trasmitido por la herencia genética?.

                 -- El motivo de esa denominación es que el paquete de instrucciones, información y conocimiento contenido en la estructura genética, en el ser humano lleva el sello indeleble de su “concepción de la realidad” por medio de la cual el mismo llegó a “crear” la idea de la “muerte” que se incrustó, por decirlo así, en su propio ser, incorporándose en su mente como una “creencia” que le condiciona fatalmente en la totalidad de su accionar y a la vez condiciona el propio funcionamiento de su organismo biológico. Es fácil percatarse de que los seres de la escala biológica inferior al ser humano no pueden tener “conciencia” de la muerte en la forma en que la tiene éste, pues ésta requiere ineluctablemente de la palabra, símbolo inventado por la mente humana para representar a la muerte  -- y a toda la realidad-- que no la poseen dichos seres. Se puede por tanto afirmar que son los seres humanos los que “mueren”, no así los demás que se limitan a “cumplir” sus ciclos biológicos. Innegable es que estos ciclos biológicos forman parte también del proceso evolutivo del humano espécimen y que “su muerte” puede igualmente seguir siendo enmarcada dentro de esta caracterización, pero lo que sí se constata es que para la “transformación” que se produce dentro del proceso evolutivo entra a tallar una “inteligencia” inherente al propio organismo como presupuesto necesario para el ascenso hacia las escalas biológicas superiores, por más que esa “inteligencia” pueda ser reputada en cierto sentido como “ciega”, pues el hecho de la tendencia hacia el mejoramiento da la pauta de que la “opción” del organismo se produce en una forma que se puede calificar como “inteligente”. Ahora bien, el advenimiento de la especie humana, con toda la carga genética heredada de sus antecesores biológicos, entrañó un salto evolutivo sin parangón, y la “inteligencia” que hacía andar el proceso se incrementó de una forma incalculable con la invención del lenguaje que permitió la comunicación verbalizada entre los miembros de la especie. Este invento trajo consigo la “creación” de una “nueva realidad”, constituyendo esta “nueva realidad” básicamente el producto de “las creencias” del ser humano. Este da por verdad, reputa como la realidad aquello en lo que “cree”. Estas “creencias” independientemente de que estén predeterminadas por el patrimonio genético, se han incorporado igualmente a lo que se da en llamar el patrimonio cultural, existiendo, por decirlo así, una especie de “conciencia colectiva” de ellas que “flota en el ambiente”, y condiciona al igual que el anterior el accionar de la especie. Si bien se mira, sin embargo, ambos aspectos de la herencia humana, el genético y el cultural, se hallan inextricablemente unidos, y ambos imponen el condicionamiento en la manera de funcionar la especie en su totalidad, pudiendo por consiguiente ser denominado válidamente todo el paquete como  “creencias” contenidas en las “estructuras” que llamamos “genes” los que son susceptibles de ser eventualmente “modificados” por la “inteligencia” de la que hablábamos, que integra a su vez y de manera tremendamente preponderante en el ser humano, su “patrimonio cultural”.

                  -- ¿ Todo, por ende, se circunscribe al cambio que debo hacer de esas “creencias” para que se opere en mí el proceso que lleva a la “vida eterna”?.

                  -- Efectivamente, todo estriba en eso. Mis “creencias” determinan a mi ser. Las instrucciones contenidas en los “genes” incorporados a mi patrimonio genético que echan a andar el “proceso” del envejecimiento y la muerte, (poniéndolo de la forma como lo ven y en la que “creen” hoy los biólogos), pueden ser revertidas por esa inteligencia que opera en uno, que en definitiva es uno mismo, pero uno no se da cuenta. Claro que para ello se requiere de la comprensión de ese proceso, y ciertamente, también de la fe  o la creencia de que eso funciona de esa manera, fe que debe ser al menos del tamaño de un grano de mostaza ( Mt 17, 20), pues la reversión de aquel proceso importa la alteración de infinidad de creencias que actúan inconscientemente, concatenadas unas con otras, las que se encuentran tan arraigadas en eso que damos como nuestro ser, que es preciso arrancarlas de raíz para poder “detener” el curso del “tiempo”, que implica simplemente impedir que el mismo siga causando sus estragos en nuestro cuerpo. No hace falta pensar mucho para darse cuenta hasta qué punto esas creencias nos condicionan, nos sujetan, nos tienen atados, vivimos “aprisionados” por ellas, ejercen sobre nosotros una presión enorme, constituyen una carga inmensa de cuyo peso tenemos que desembarazarnos. Esas “creencias” operan en muchos casos automática e inconscientemente y consisten, entre otras cosas en la “visión” que tengo del “tiempo”, del “espacio”, del “yo” individual asociado con mi nombre y mi cuerpo, de las “necesidades” que me constriñen, y de infinidad de otros preconceptos que me condicionan y me llevan a obrar compulsivamente cual si fuera “esclavo del pecado” (Jn 8,34).  Sin embargo, la enseñanza para lograr esa vida eterna, impartida por el único maestro en la materia, es simple: “Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos, y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres”(Jn.8, 31-32). Al sorber, por decirlo así, las enseñanzas del maestro, uno permanece en su palabra, cumple sus mandamientos, y de esa forma llega a conocer la verdad, que es vida eterna, y en esa instancia, uno logra liberarse de aquella carga ingente de falsos prejuicios, de falsas creencias, generadas y sembradas en el ánimo de uno desde el principio, cuando, embaucado por vana ilusión comenzó a forjar una visión de la realidad por la que se concibió separado de Aquello que es su origen, que está en él y que es vida sin fin. De ahí la enfática admonición del mismo maestro: “El que crea y sea bautizado, será salvo; pero el que no crea será condenado( Mr 16,16).  De cuya consecuencia se desprende que está en uno mismo el poder de lograr esa vida eterna. Imprescindible es empero esclarecer que en esa tarea tiene que ser ayudado por Aquel que tiene vida en sí mismo ( Jn 5, 26), puesto que la vida eterna consiste precisamente en conocerlo a Él, el único Dios verdadero y a Jesucristo, a quien Él envió( Jn 17,3). Y finalmente, cabe agregar que queda al menos el consuelo, para quien no consiga revertir el proceso que conduce a la “muerte física”, de que ello podrá ser conseguido por él en el transcurso de algunas de sus “otras vidas” en las que ha de desarrollar “las creencias” necesarias para ello, asumiendo la decisión de ser libre, pues resulta evidente que el proceso evolutivo es en todo similar al que acontece con los demás organismos vivos, tal por ejemplo, el del gusano que de su crisálida pasa a ser mariposa, lo que viene confirmado por el dicho del maestro el cual explicitó que “la voluntad del que me ha enviado es que yo no pierda a ninguno de los que me ha dado, sino que los resucite en el día último” ( Jn 6, 39).


                 3.- Sobre la necesidad de priorizar la salvación viviendo en plenitud el presente

                 -- ¿ Cómo determino mis prioridades en esta vida?

                 -- Pregunta importante, si la hay, es ésa. Chamalú, un notable poeta y filósofo descendiente de los antiguos Indígenas que poblaron las regiones andinas lo presenta de esta manera: Adivina qué es lo más importante que tienes que hacer hoy. Y contesta: La respuesta está contenida en la pregunta. Es decir, lo más importante que tengo que hacer hoy es precisamente jugar a adivinar en qué consiste éso que es lo más importante en el día de hoy, o para decirlo más enfáticamente, en este momento preciso. Tema trillado que ha ocupado la mente del ser humano desde sus orígenes, requiere indudablemente de unas reflexiones para ponerlo en orden. La respuesta clave está desde luego en los términos en que la formula Chamalú, es decir, la prioridad hay que decidirla en cada instante lo que vale lo mismo que decir que hay que vivir el momento presente en toda su plenitud. Esto sin embargo es frecuentemente acomodado a espurios intereses por mucha gente, con lo que su sentido es totalmente tergiversado. Habría que expresarlo mejor en estos términos: La prioridad en la vida consiste en vivir el presente en plenitud haciendo bien las cosas que hay que hacer, en suma, lo correcto. Este hacer bien de por sí es ya la fuente de toda dicha.

                  -- ¿ Cómo se compagina ésto con la creencia de que lo prioritario radica en el logro de la “salvación” predicada desde antaño por muchos sabios y maestros?

                   -- El maestro Jesús,  en cuyas enseñanzas se pueden encontrar todas las respuestas a cuánto enigma se suscite en la mente humana, esclareció ese interrogante con entera sencillez cuando dijo lo siguiente:Buscad el reino de Dios y su justicia y todas las demás cosas os serán añadidas ( Mt. 6, 33). Es decir, determino hacer en cada instante lo correcto y lo demás deviene solo, por pura consecuencia. El énfasis de sus admoniciones instando a vivir el instante presente lo da Él en los siguientes pasajes: Por lo tanto, yo les digo: No se preocupen por lo que han de comer o beber para vivir, ni por la ropa que han de ponerse. ¿No vale la vida más que la comida y el cuerpo más que la ropa? Miren las aves que vuelan por el aire: ni siembran ni cosechan ni guardan cosecha en graneros; sin embargo, el Padre de ustedes que está en el cielo les da de comer. ¡ Y ustedes valen más que las aves! En todo caso, por mucho que uno se preocupe, como podrá prolongar su vida siquiera una hora? ¿ Y por qué se preocupan ustedes por la ropa? Fíjense cómo crecen las flores del campo: no trabajan ni hilan. Sin embargo, les digo que ni siquiera el rey Salomón, con todo su lujo, se vestía como una de ellas. Pues si Dios viste así a la hierba, que hoy está en el campo y mañana se quema en el horno, ¡con mayor razón los vestirá a ustedes, gente falta de fe!. ( Mt. 6, 25-26-27-28-29-30). Y más adelante: No se preocupen por el día de mañana, porque mañana habrá tiempo para preocuparse. Cada día tiene bastante con sus propios problemas (Mt 6, 34).

                   -- ¿Puedo decir entonces que lo que hago en el instante presente es lo que determina mi salvación?.

                   -- No solo eso: La propia salvación consiste nada más y nada menos que en la plenitud que logro en cada instante viviendo mi vida en la forma en que debo vivirla. Toda la vida, toda la eternidad se compone de estos instantes que yo debo realizarlos, pues la vida eterna no es otra cosa que la realidad que crea el ser humano en cada instante con su mente o conciencia. El caso es que para que esa conciencia creadora de la realidad perdure se requiere que se aboque sin claudicaciones a actuar ceñida a lo justo, y en ésto no hay concesiones. La exhortación del maestro sobre este punto no admite transacciones: Así pues, si tu ojo derecho te hace caer en pecado, sácatelo y échalo lejos de tí; es mejor que pierdas una sola parte de tu cuerpo, y no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno. Y si tu mano derecha te hace caer en pecado, córtatela y échala lejos de tí; es mejor que pierdas una sola parte de tu cuerpo, y no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno ( Mt. 5, 29-30). Hay que convenir que sólo el propio Dios, que lo era Jesús en su forma humana, puede acuñar unas metáforas tan poderosas para inculcar de la manera mas vívida que lo que verdaderamente cuenta es la construcción de uno mismo en aras de la eternidad.


                    4.- Conjeturas sobre la forma en que acontece la “co-existencia de los tiempos cronológicos” de diversos grupos humanos cuya convergencia se produciría en el “final de los tiempos”

                     -- ¿ Cómo se compagina la coexistencia de los tiempos cronológicos de los distintos grupos humanos con el devenir de los acontecimientos que produce la impresión de que los posteriores son consecuencia de los precedentes?. En otras palabras ¿ cómo puede estar “viviendo” uno que es el “nieto” de alguien que aún no ha procreado a su propio hijo en un tiempo cronológico diferente que coexiste con el del “abuelo”, cuando la ley de causa y efecto lo contradice flagrantemente tal como aparece a nuestro sentido común?.

                     -- El problema que se plantea con las antecedentes preguntas no es sencillo, indudablemente. Conjeturo, y en este tema no puede sino apelarse a la conjetura, habida cuenta la imposibilidad de un conocimiento certero debido a la complejidad del asunto, que la respuesta radica en que, mientras estamos inmersos en el “tiempo cronológico” la sensación que tenemos es de que el tiempo corre en forma lineal hacia el futuro produciéndonos la impresión de que cada suceso presente es el efecto de otro pasado y la causa de otro futuro, cuando en realidad el “entretejido” de los acontecimientos, que permite considerar que todos ellos “son” de una vez y para siempre, autoriza a concebir que pueden existir “tiempos” que corren en forma paralela, como también que algún suceso del futuro podría ser igualmente la “causa” de otro del pasado. Así, la urdimbre de los acontecimientos ha sido proyectada por el Creador de manera que no haya “interferencias” entre ellos, ni se viole la “ley del karma” o de causa y efecto, debiendo en ese contexto suponerse que cada acto debe tener su correspondencia precisa. Así, nada impediría que “todos” los que se encuentren “viviendo” en un tiempo cronológico equivalente a aquel en que debería “vivir” mi nieto sean descendientes de otra gente, no precisamente “mi descendiente”, que se hayan “adelantado” a la gente de este “tiempo cronológico”  transitando un tiempo “paralelo”, y se encuentren “habitando” este mismo planeta “en simultáneo” con “todos” los que estamos viviendo este tiempo cronológico.

                    -- En tal supuesto ¿cómo se produciría la “conexión” entre los distintos tiempos cronológicos?. En otras palabras: ¿ cómo se explica la secuencia histórica que nos presenta a los sucesos encadenados, de modo que la “conciencia colectiva” ve que los acontecimientos de cincuenta años atrás en su conjunto determinaron a los sucesivos hasta el presente, lo que se daría igualmente con los que se supone ocurrirán dentro de cincuenta años en el futuro?.

                    -- Para decirlo con Borges, “el tiempo es un laberinto”; a lo que agregamos de nuestra propia cosecha: cuyos pasadizos secretos solo son conocidos por Dios. El hecho de que postulemos que “todos los que se encuentren viviendo en un tiempo cronológico futuro distinto” no provengan de la progenie de quienes estamos viviendo “este tiempo cronológico” implica que en “algún tiempo” anterior, el “tiempo” tuvo que haberse “bifurcado” en dos, o más, o hasta innumerables segmentos, entrecruzándose, interconectándose y separándose de nuevo, avanzando algunos de manera “más acelerada” que otros, lo cual daría como resultado que fueran otros que igualmente “hayan pasado por este tiempo”, o su equivalente, los ascendientes de los que “actualmente” se encuentren viviendo a cincuenta años en el futuro. En cuanto a la “conexión” entre los distintos “tiempos cronológicos” en el sentido de que la sensación que existe dentro de la “conciencia colectiva” de cada tiempo sea la de que los sucesos se encadenan determinando siempre los acontecimientos “hacia el futuro” es evidente de que dicha “conexión” debe ser el producto de la inconcebible e inimaginable  “inteligencia” del Creador que establece los “lazos” entre cada vida, sin descartarse que quienes existan en un tiempo cronológico “futuro” puedan “reencarnarse” o “renacer” en el “pasado” si no hubieran culminado su proceso de perfeccionamiento, sin “recordar” necesariamente su vida “anterior”, concatenándose de esa forma todas las “causas y efectos” entre las acciones de todos los seres humanos de modo que todo tenga su correspondencia precisa. Estas hipótesis suponen que las “historias” o “parte” de las historias de cada grupo puedan ser “diferentes” unas de otras, lo que los miembros de cada grupo específico no estaría en condiciones de conocer, pues cada “dimensión temporal” obviamente es inaccesible a las otras, pudiendo ello constatarse simplemente con el “hecho” de que un objeto que “viaja” o se desplaza a cierta velocidad elevada, superior o inferior a la de otros comúnmente no es susceptible de ser percibido por quienes se encuentran en la situación del otro.

                  -- Tal como lo expresa Pierre-Simón de Laplace “una inteligencia que, en un momento determinado, conociera todas las fuerzas que animan a la naturaleza, así como la situación respectiva de los seres que la componen, si además fuera lo suficientemente amplia como para someter a análisis tales datos, podría abarcar en una sola fórmula los movimientos de los cuerpos más grandes del universo y los del átomo más ligero; nada le resultaría incierto y tanto el futuro como el pasado estarían presentes a sus ojos”. Tal Inteligencia obviamente existe, y es la del Creador, para quien, como apuntáramos, nuestro destino está predeterminado, en el sentido de conocerlo de antemano. Lo cual empero no excluye nuestra inviolable libertad individual, ya que cada uno es el que va construyendo a su vez su destino, en el entendido de que la creación del Universo y de nuestro propio ser es un trabajo conjunto que tenemos que llevarlo adelante con nuestro Hacedor.

                     -- Sin duda, para la mejor comprensión de este tema se requiere contar con una inteligencia dotada para las matemáticas, que no constituye precisamente nuestro fuerte, por lo que nuestra hipótesis así lanzada queda para ser considerada, estudiada y profundizada por los especialistas de la materia, limitándonos nosotros a formular el planteamiento que nos parece no contradecir los postulados científicos y lógicos.

                   5.- Sobre si el logro de la perfección en el individuo humano traería aparejado la posibilidad de prescindir de las sustancias alimenticias usuales hoy necesarias para el organismo

                    -- El logro de la indestructibilidad personal ¿implicará la posibilidad de que el cuerpo u organismo físico del que estoy dotado no necesite seguir nutriéndose de los productos alimenticios usuales?.

                   -- Tiene que ser así. Todas las enseñanzas del Maestro tienden a confirmarlo. “No trabajen por la comida que se acaba, sino por la comida que permanece y que les da vida eterna. Esta es la comida que permanece y que les dará el Hijo del Hombre, porque Dios, el Padre, ha puesto su sello en él” (Jn 6,27). Y más adelante: “Yo soy el pan de vida. El que viene a mí, nunca tendrá hambre; y el que cree en mí nunca tendrá sed” (Jn 6,35). Y luego: “El que come mi cuerpo y bebe mi sangre tiene vida eterna; y yo lo resucitaré en el día último. Porque mi cuerpo es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. El que come mi cuerpo y bebe mi sangre, vive unido a mí y yo vivo unido a él. El Padre, que me ha enviado, tiene vida, y yo vivo por él; de la misma manera, el que se alimenta de mí, vivirá por mí”. (Jn 6, 54-55-56-57). La cuestión de entender estas declaraciones en el sentido literal es algo que a cualquiera se le ha de presentar siempre difícil, pues la necesidad de la misma supervivencia, avalada por la ciencia médica, se opone a ello. Sin embargo, la ciencia médica, el conocimiento en el área de la medicina está lejos de ser acabado. Se tienen noticias fidedignas de personas que han vivido muchos años sin probar bocado. La primera que cabe mencionar es la religiosa alemana Teresa Neuman que según se cuenta vivió sin otro alimento que una hostia consagrada diaria durante muchos años, a la que menciona Paramahansa Yogananda en su obra “Autobiografía de un Yogui”. El mismo autor menciona a otra persona contemporánea suya, una mujer que en la India vivió sin comer ni beber desde los diez o doce años hasta avanzada edad cuando la conoció personalmente el cronista citado. Y por último, en el diario ABC COLOR del 20 de abril de 1.999 se da cuenta de otra persona, también una mujer, de nombre Floripes Dornellas de Jesús alias “Lola”, que desde los treinta años hasta los ochenta y seis años en que murió por esos días, en un pequeño pueblo llamado Río Pomba del Estado de Minas Gerais, Brasil, vivió sin comer, beber ni dormir, excepto “una hostia diaria” que decía era su alimento.

                    -- ¿ Cómo se concilia esta idea con la postura de que el conocimiento científico forma parte de la “Sabiduría Universal” que se da a los seres humanos como un medio para avanzar hacia la plenitud y la perfección?

                    -- De hecho, si postulo que “la perfección” en el ser humano ha de comprender la posibilidad de que llegue a tener el “dominio pleno de los elementos de la Naturaleza”, ello implica que tendrá el poder de asimilar la energía infinita que se derrama por doquier sin necesidad de apelar a los medios usuales de reponer sus energías, es decir, alimentarse como dice Jesús con “la comida que se acaba”.  Hay numerosos otros pasajes bíblicos que pueden igualmente ser interpretados en el mismo sentido: “Mi comida es hacer la voluntad del que me envió y terminar su trabajo” (Jn 4,34). Y en otra parte: “Si ustedes tuvieran fe, aunque fuera del tamaño de una semilla de mostaza, podrían decirle a esta morera: ‘Arráncate de aquí y plántate en el mar’, y el árbol les haría caso” (Lc 17,6). Se sigue de estas aseveraciones que el “poder mental” del ser humano es capaz de transformar el mecanismo biológico del organismo a tal punto que pueda prescindir de “la comida que se acaba”. La clave está, desde luego, en creer en el Maestro, que no sólo dice la verdad sino que él mismo es la Verdad. Yaen el Rig Veda está dicho que la comida es Brahman. Es decir que Dios mismo es todo alimento, lo que vale lo mismo que decir que el que se nutre de Dios no puede tener hambre jamás. Y como todo es Dios el hacer su voluntad es suficiente comida para tenerVida Eterna, tal como lo enseña Jesús, viviendo unido a Él, en otras palabras, siendo uno con su “Ser”.

                  -- En cuanto a conciliar esta idea con aquella que también aventamos de que el conocimiento científico es la manera de avanzar hacia el perfeccionamiento, es innecesario destacar que el estado actual de ese conocimiento es incompleto, lo cual no significa que “no sirva” para ayudar a “vivir mejor”, ya que permite también precisamente ir avanzando hacia el perfeccionamiento. Es notorio que cualquiera que “deje de comer” por un tiempo más o menos prolongado esa “comida que se acaba” ha de sentir que “se muere de hambre”, pero ello obedece a que nadie generalmente intenta siquiera poner en práctica la técnica para tratar de lograr la aptitud para prescindir de aquella comida, que consiste justamente en “trabajar” por la otra que “permanece”,  haciendo “la voluntad del que nos envió”, y creyendo en las palabras del Maestro que son para Vida Eterna. Dios “vive por sí mismo”, y si en Él nos sustentamos, nada más hemos de necesitar. Este “trabajo” sin embargo es arduo, pues el mecanismo físico-biológico que nos rige es tremendamente poderoso. Lo cual no implica que dicho mecanismo no pueda ser revertido. Nuestras células, “amaestradas” desde tiempo inmemorial para cumplir su cometido se resisten tercamente a “cambiar” y siguen pidiendo “a gritos”, aún cuando “ciegamente”, que se les “dé la comida”. Más esas células no son otra cosa que “estructuras mentales” susceptibles de ser “regeneradas” por la conciencia, creadora de toda realidad. Cuando consigo instalarme en la “conciencia pura”, allí donde “mi ser” es capaz de desprenderse de los “atributos” que le condicionan, “observando” a mis pensamientos fluir libremente o liberándome en otros momentos de todos ellos, conservando sólo una chispa vital que me da la “sensación de que estoy vivo”,  me percato con entera claridad de que los “errores” de mi mecanismo fisico-biológico que conducen al organismo a la “muerte” pueden ser corregidos. Lo que implica que todos los demás “hábitos”, como el comer, pueden igualmente ser revertidos. Verbigracia, si el “dolor” hace presa de una de mis rodillas, al encontrarme en la posición de meditar sentado, mi “conciencia” tiene la absoluta certeza de que ese “mecanismo” puede ser rectificado, pues ella se encuentra posicionada por “encima de él”. En verdad ese “poder” es algo que emana del mismo Creador que todo lo puede y que está derramando su Sabiduría, presta a encarnarse en cada uno de nosotros, pues se desparrama por toda la Naturaleza y sólo nosotros nos negamos a verla y a tomarla. Todas estas capacidades obviamente debemos desarrollarlas nosotros mismos con nuestro propio “trabajo”, lo que nos ha de permitir que nos volvamos inmunes a toda enfermedad como también al dolor, transformándonos en seres invulnerables. Cristo puntualizó igualmente esta invulnerabilidad al expresar que entre las señales que acompañarán a los que creen se encuentra el hecho de que “si beben algo venenoso no les hará daño” (Mc 16, 17-18). Es importante no obstante destacar que el comer en nada atenta contra el proceso del perfeccionamiento, pues es notorio que Jesús jamás lo reprobó, sino que de su enseñanza surge que tal perfeccionamiento habría de sobrevenir naturalmente por el mismo hecho de poner en práctica dicha enseñanza. Ello permite en consecuencia entender las declaraciones de Jesús manifestando que el que viene a Él nunca tendrá hambre y el que cree en Él nunca tendrá sed en el sentido en que también se menciona en el budismo para el que llega al nirvana, equiparándolo con la extinción de la sed, lo que es dable entender en el sentido de que sus carencias y necesidades han “terminado” por haber cesado de estar condicionado “ciegamente” por ellas, sin perjuicio de que siga nutriéndose normal y naturalmente de “la comida que se acaba” hasta el momento en que logre alcanzar su perfeccionamiento pleno, en que ya no necesitará siquiera de eso.

               6.- Disquisiciones en torno a la genuina divinidad de Jesús

               -- ¿ En qué se basa la concepción de tanta gente que una generación tras otra cataloga a Jesús cual si fuera el mismo Dios?

               -- La razón por la que se le conceptúa a Jesús como el “Hombre Dios” tiene que ver sin duda con la coherencia integuérrima de su vida en consonancia con la doctrina que predicó, la cual es la única que contiene la explicación de la realidad considerada en su totalidad, aplicable en todas las circunstancias imaginables de manera consistente, tal que se la puede entender como la Verdad que no ofrece ningún resquicio, siempre que se la comprenda debida y suficientemente. Para emplear la terminología de los científicos que aún hoy están a la búsqueda de una “teoría unificada” que explique la realidad abarcándola en todas sus manifestaciones, se puede decir que la doctrina cristiana envuelve globalmente a esa realidad y le da el sentido que sólo puede emanar de aquella “Conciencia Cósmica” que los seres humanos han reputado como inherente a aquello que desde hace bastante tiempo se ha dado en denominar “DIOS”.  Aún para el incrédulo, que no ha sido tocado por Su Espíritu, la vida de Jesús no puede sino aparecer como algo que sorprende por esa mística que fue el principio rector que guió su prédica y su conducta hasta llegar a la inmolación final. ¿ Cómo podría alguno concebir a Jesús de otra manera sino como al “DIOS Encarnado” conociendo que el espécimen humano había configurado en su mente pensante y sintiente a un “Ser Supremo” intangible y perfecto, cuando la perfección en el mayor grado concebible en el individuo humano se materializó precisa y únicamente en Jesús, EL CUAL, además de enseñar aquello en lo que consistía dicha perfección, la puso en práctica hasta el límite posible para el individuo humano, como es el de dar su propia vida para mostrar la coherencia de su doctrina?. Y puesto que Él mismo declaró ser el “Hijo del Hombre” (el Ser Supremo “concebido” por el Hombre, la Palabra que lo designaba), y también el “Hijo de Dios”, a más de atribuirse explícitamente la denominación que el grupo humano en el que hizo Su aparición otorgaba a ese Ser Supremo, es decir “Yo Soy el que Soy”, no cabe otra alternativa más que aceptar y entender, como lo han hecho generaciones enteras de seres humanos, que Jesús es el “Hombre Dios”.

                  -- ¿ Qué se puede decir de otros seres humanos que en otras culturas y civilizaciones son igualmente asimilados a la Divinidad, tales como Rama y Krishna en el hinduismo, donde además se da el caso de Sai Baba en la actualidad, y el de Ramakrishna en el siglo pasado; e incluso el de Siddharta Gautama que también fue divinizado por algún sector del budismo posterior?.

                  -- Tales personas son realmente avatares o encarnaciones de la Divinidad y responden a las doctrinas surgidas en el seno de sus respectivas comunidades culturales. Esas doctrinas son las predecesoras de la doctrina cristiana que constituye su culminación en la evolución cósmica que es dable observar en el Universo. En el hinduismo la Divinidad crea el mundo para su propio deleite, su lila o juego como dan en denominarla sus adeptos, con lo que en cierta forma el ser humano constituiría como una especie de juguete de la Divinidad, aunque ciertamente con potencialidad para salvarse o liberarse de su condición, sin definirse claramente en qué consistiría ésto en definitiva. El budismo se abstiene aún más en pronunciarse sobre el destino final del ser humano concreto, pero también instruye acerca del camino de la salvación o liberación del sufrimiento que se produce con la disolución de la individualidad aparente de la que está constituido aquel. En concreto en ambos casos se postula que la salvación radica en la fusión con la Divinidad. En el regreso a la fuente, para ponerlo en otros términos. Ambas doctrinas tienen como presupuesto inevitable de sus enseñanzas la muerte corporal. Este presupuesto es abandonado o superado en el cristianismo en el que se habla de la vida eterna, insistiendo Jesús en todo el cuerpo de su doctrina en el postulado de que quien cree en él no morirá. ( “ Los antepasados de ustedes comieron el maná en el desierto y a pesar de ello murieron; pero yo hablo del pan que baja del cielo; quien come de él no muere. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que come de este pan, vivirá para siempre. El pan que yo daré es mi propio cuerpo. Lo daré por la vida del mundo”, Jn 6, 49-51).

             La diferencia puntualizada es fundamental para sustentar la tesis de que Jesús es definitivamente el “Dios Encarnado” en sentido genuino, es decir, que en su doctrina y en sus enseñanzas radica la explicación última de la realidad.


               7.- Sobre la naturaleza de Jesús tras su resurrección.

 

                -- Jesús “recobró” su cuerpo al resucitar, conforme se consigna en los textos bíblicos, uno de los cuales, para dar énfasis a esta realidad se refiere a la invitación que le hiciera al apóstol Tomás para meter su dedo en la herida de sus manos y su mano en la de su costado. Siendo ésto así: ¿ De qué naturaleza era o es actualmente el cuerpo de Jesús, y cómo se entiende su declaración de que Él volvía al Padre y que debía necesariamente hacerlo para que pueda enviar al “Espíritu Santo”?.

                -- Nuestra mente condicionada a “ver” los cuerpos individuales con sus contornos “materiales” es la que no puede sustraerse de la idea de que Jesús debe necesariamente “conservar” ese cuerpo con el que se había manifestado en esta dimensión espacio-temporal. De hecho, para que sus discípulos “creyesen” en su resurrección era imprescindible que “lo vieran” con ese cuerpo, e igualmente que lo “oyesen” y lo “tocasen”, pues para quienes vivimos en “esta realidad” estas experiencias son esenciales para que “creamos” en las cosas. Jesús ciertamente “recobró” su cuerpo pero este cuerpo al producirse su resurrección adquirió la sutilidad de la luz, se volvió indestructible e invulnerable y con propiedades para difuminarse penetrando a todos los cuerpos, “cobrando” cuerpo en ellos o “encarnándose” en “su ser” para constituirse en su esencia, como también se podría decir.

 

               -- Obviamente, esta “propiedad” de “saturar” otros cuerpos con la “energía” que irradia  --que todos poseemos en alguna medida-- no implica que Él tenga que estar “despojado” de un “cuerpo” de carne y hueso, que Él puede “adoptar a voluntad”, como podría decirse, para funcionar en la dimensión espacio-temporal en la que debe encontrarse viviendo en compañía de los bienaventurados que hayan culminado su evolución personal y adquirido al igual que Él un cuerpo indestructible e invulnerable. En ese lugar naturalmente las leyes de la Naturaleza difieren de esta dimensión espacio-temporal en la que nos encontramos nosotros, pero ambas dimensiones tienden a converger.

              -- Se sigue de lo dicho que el “volver al Padre” tiene el “sentido” de que la “Energía” o “esfuerzo consciente” en lo que consistía “el sacrificio” realizado por Jesús al “aceptar voluntariamente” su muerte se erige en “una entrega” que como “ser humano” Él hace de su vida, para que eso “se revierta” para provecho y beneficio de los demás seres humanos, pues el mecanismo impuesto por el “Creador” para la “realización” de la “Realidad Conceptual” es que la misma “se construye” gradualmente enriqueciéndose con el “legado” que cada ser humano y cada generación de seres humanos van haciendo a las siguientes, de modo que se erigen en “cocreadores” de esta Realidad conjuntamente con el Ser Increado. Este “legado” es lo que constituye el “Espíritu Santo” que la Sabiduría Suprema, o sea, el Padre, va “derramando” para la mejor comprensión de la realidad por los seres humanos que de esa manera van “materializando” el “proyecto” del Creador, y que obviamente no podría ser enviado si Jesús “no volvía al Padre”; vale decir, desde esa dimensión en la que Él se encuentra en “comunión” con el primero y con los otros que ya alcanzaron “la salvación” de modo que pueda finalmente acontecer la “consumación definitiva de los tiempos” que ha de venir “sobre todos los habitantes de la tierra” (Lc. 21,35).


                       8.- Sobre la forma de manifestarse la Voluntad de Dios teniendo en cuenta que para Él toda realidad se encuentra predeterminada.

 

                       -- La alusión a la “Voluntad de Dios” que hacemos los seres humanos constituye una consecuencia de la costumbre que tenemos de concebirlo “antropomórficamente” al Ser Supremo. Cabría explicar en otras palabras la cuestión diciendo que Dios es la Voluntad misma (en la forma en que “tentativamente” “concibe” Schopenhauer este “atributo” de la Naturaleza). O sea, que Dios ya es aquello que para nosotros “todavía no es”, se diría que para nosotros eso es “un camino” por el que “podemos o no transitar”, un “ser en potencia” a la espera de que nosotros “lo realicemos” (siempre entendido en el sentido de que ello es “para nosotros”, porque para Dios ya es cual una realidad pura). En cuanto a lo que “no es la Voluntad de Dios” es menester especificar que al ser nosotros “seres distintos” el nos da también la “posibilidad” de apartarnos de “ese camino” (aunque tal “derrotero” no “excluye” tampoco a “su Ser” que por antonomasia “lo abarca todo”, siendo Él “lo íntegro” o mejor aún “lo infinito”, no pudiendo ser concebido “nada fuera de Él”, o mejor dicho, integrando “su” Ser aún “la nada” o “el No ser”). El “proyecto” divino de “realización del universo” incluye pues “toda la realidad”, y dentro de ella se encuentra previsto nuestro “libre albedrío” como “seres distintos”, y aunque parezca una paradoja el hecho de que Dios “conozca” todo lo por venir, (porque a la postre es Él mismo que además sabe que es), esa paradoja se resuelve entendiendo que es nuestra propia naturaleza de seres distintos lo que hace que nosotros sintamos nuestra libertad que nos está permitida ejercerla dentro de ciertos límites sin ser violentada por Dios, pues esa es la única manera en que podríamos construir también por nosotros mismos a nuestro “ser imperecedero” que de cierta manera “ya está” en la Concienciapura de la Divinidad. En definitiva, siendo Dios “infinito”, los caminos de Él son también infinitos y lo que para nosotros es impredecible por nuestra naturaleza y nuestra conciencia finita, para Él es clara y absolutamente predecible. Lo que en este asunto hay que conciliar, a la postre, es que nosotros mismos “somos” Dios en cierto modo, o en cierto sentido, sin perder por ello nuestra cualidad de “seres distintos”, y que hagamos lo que hagamos estamos “realizándole a Dios” desde “nuestra humanidad”, que debe llegar a “comprender” que Él es “pura justicia”; y al “obrar” nosotros con justicia, conseguimos “fusionarnos” realmente con Él, sin perder por ello nuestra individualidad.  Diríamos que nosotros “somos” en “forma sucesiva” y Dios “es” “en simultáneo”. Así es como “se materializa” su Voluntad, que es “su propio ser” que en nuestras conciencias se encuentra sólo “en potencia”, mientras que en Él ya es “acto”, para emplear la terminología de Aristóteles.



BRIZNAS FILOSÓFICAS


1.-     Ya la filosofía hindú, reformulada después por el Buda, sostuvo sin cortapisas que el mundo es una creación de la mente. La realidad que percibimos constituye una construcción de las palabras o del pensamiento conceptual. De idéntica manera, la religión cristiana sostiene que el mundo es el fruto del Verbo.

2.-     La Eternidad es la repetición infinita de todos los instantes.

3.- La realidad genuina, la imperecedera, la que existe en toda su pureza, se halla en un nivel de conciencia superior al de la cotidiana, propia de la realidad conceptual. Más para llegar a ella es imprescindible transitar por ésta, pues en ésta es donde se encuentra la escalera que permite subir al otro nivel. Es inútil pretender saltar los peldaños.

4.- La manera de acceder al reino del “no pensamiento” o “acyntia” como se lo llama en el budismo es la meditación. La meditación implica “vaciar la conciencia” de pensamientos conceptuales, lo cual no se logra con reprimir los que afloren en ella, extraer con violencia a los que en ella se encuentren, o ejercer resistencia contra los que tratan de penetrar en ella, sino, desconectándose de la realidad conceptual, hacer que los pensamientos se disuelvan suavemente en la mente, lo cual permite que uno “se sumerja” en una especie de “nada” que es en verdad  el “todo”, pues en él es donde se genera toda la realidad.

5.- ¿Qué nombre darle a “algo” que es esencialmente innombrable puesto que escapa a toda denominación posible?. Me refiero a ese “estado” al que accede la mente o la conciencia del ser humano cuando se encuentra “libre de todo pensamiento conceptual”. De hecho, “el sueño sin sueños” es equivalente a ese “estado” al que me refiero, pero éste último no obstante consiste en una especie de “vela” en el que se mantiene “latente” la “energía del Ser”, aún cuando desprendido de sus “accesorios corporales”. El Buda le asignó el nombre de simplicidad (tathata) y Nagarjuna, representante destacado del budismo mahayana, el de vacío (sunyata). Krishnamurti, entre otros, le ha dado el nombre de silencio, y Deepak Chopra se refiere a él designándolo con el nombre de potencialidad pura. El mismo Deepak Chopra nos informa que en el hinduismo se lo nombra como turiya que significa “cuatro” en sánscrito, con referencia a que el mismo es precisamente “el cuarto estado” en el que puede hallarse la conciencia, incluyendo a los otros tres de la vigilia, el sueño sin sueños, y el sueño mientras se sueña. Jorge Luis Borges nos recuerda que Escoto Erígena, lo equiparaba con la nada (si bien con ello hacía referencia en realidad a “Dios” como “la nada primordial” aunque cabe entender que tal alusión lo deducía del “estado” del que hablamos, a tal punto que el mismo Borges a continuación le cita a Samkara a quien atribuye la afirmación de que el sueño profundo es equiparable a “Dios” o al “Universo”), nombre que a nuestro entender es bastante apropiado, pues la experimentación de tal estado le sume a uno en el “olvido” de todo lo que reputamos como “existente”. Claro que esto último lo postulamos en la línea del pensamiento de Parménides, con el que coincidimos, en cuanto afirma que “es necesario que sea lo que cabe que se diga y se conciba. Pues hay ser, pero nada, no la hay”. La nada en este contexto es también el Ser, o mejor dicho, un estado del Ser. Esto siempre en el entendido de que lo que se dice no es en realidad lo que es, vale decir, aquello escapa, se escurre siempre de las palabras.

6.- Hay una realidad superior a la de esta tosca cotidianeidad. Aquella realidad, que podríamos configurarla como algo más sutil, comprende en verdad a “todas las realidades” potencialmente, y a ella tendemos todos los seres creados aunque pocos son los que se percaten de ello. El morir no es lo que usualmente se cree, pues nadie muere realmente. El hecho de que la conciencia se apague o cese de funcionar implica que nuestro ser separado de la totalidad por un artificio del concepto se reintegra a la misma y sigue participando en la creación y recreación de las infinitas realidades posibles. Cuando en la paz y el silencio de la meditación la conciencia se encuentra libre de conceptos --apagada-- acontece en ocasiones que una energía incalculable comienza a crepitar suavemente como chispitas de luz que denotaran contener la potencialidad del ser de cualquier cosa concebible. Lo característico es ciertamente en este caso la suavidad con que dicha energía se manifiesta, o mejor, se muestra latente. Hay veces en que adopta la  forma de grumos, o semillas, de los que pueden surgir todas las cosas. Emergen también en ocasiones figuras, o a veces simplemente colores, que aún cuando apagados, tal como un amarillo mate, o marrón oscuro, provocan una impresión vívida, cual si encerraran el germen para trasmutarse en cualquier cosa. El estremecimiento que acompaña a estas visiones, siendo sutilísimo y por decirlo así, casi imperceptible, sólo puede ser catalogado como dicha. Ciertamente, se produce en dicho estado con mayor frecuencia una total quietud, la cual implica la ausencia definitiva del propio ser, el cual no obstante en ese estado entraña en sí la fuente de toda la realidad. De ese lugar es de donde venimos todos. Cuando nos sumimos en el sueño, podemos darnos cuenta cómo creamos la realidad a partir de la inconsciencia como se suele llamarla, siendo este estado similar al de la conciencia apagada del estado de meditación, e igualmente al de lo que llamamos muerte. Es cuestión de aprender a despertarse de este estado, o para decirlo con mayor propiedad, es cuestión de aprender a vivir siempre despierto aún cuando la conciencia esté apagada, pues del sueño, de la meditación y de la muerte podemos emerger a todas las realidades, que no son otra cosa que nosotros mismos en la diversidad infinita de formas en que somos susceptibles de existir. Hay que descubrir la forma de encender y apagar el interruptor que nos permita entrar en cada estado alternativo.

7.- El sentido de la historia lo da la Encarnación del Verbo. Es dable discernir que las civilizaciones que precedieron al surgimiento del cristianismo carecían de una concepción consistente sobre el sentido de la existencia de la Vida y del Universo, aún cuando ensayaran explicaciones que hasta cierto punto eran satisfactorias pues arañaban de cierto modo la realidad aunque sin atinar a dar exactamente en el blanco. Así, las culturas que más se aproximaron a la verdad, entre las innumerables que surgieron sobre el planeta, fueron evidentemente la hinduísta y la griega. En la primera, de la que surgió el budismo como un sistema filosófico consistente, se postulaba de una manera definida la finalidad trascendente del ser, específicamente del ser humano, postulando la existencia, por así decirlo, de una realidad superior o suprema que llevaba a descartar todo el aspecto fenoménico del mundo. En la segunda, por el contrario, emergió el interés por estudiar ese aspecto terrenal del Universo y del hombre concreto, imprimiéndose con ello un acento sobre la cronología que para la anterior no contaba virtualmente.

Ambas corrientes filosóficas desembocan en el cristianismo, mejor dicho, en la persona concreta que da nacimiento a esta doctrina, o sea, Jesús Cristo.

En este punto del tiempo es cuando cobra sentido la historia. Las epopeyas del Mahabharata y la Ilíada, así como otras crónicas históricas contemporáneas a ellas, incluso las de otras culturas, constituyen narraciones de tinte más bien legendario, y es con las registraciones de Tucídides, Jenofonte y en cierto modo Herodoto cuando se apunta hacia lo que pudiera llamarse una significación de los acontecimientos humanos en su aspecto histórico, que como quedó señalado desemboca en el hecho trascendental del nacimiento de la doctrina cristiana que asimilaría, por decirlo así, a ambas corrientes filosóficas y le daría la orientación definida que iría adquiriendo gradualmente. No es cosa de desdeñar las contribuciones de todas las demás civilizaciones al acervo cultural total de la humanidad, más lo que advertimos es que todas ellas convergen en aquel punto, y de hecho ese acontecimiento, el de la Encarnación del Verbo, se toma como punto de partida para una nueva datación cronológica histórica, siendo ésta el referente mundial obligado actualmente para la determinación de la ocurrencia de cualquier hecho histórico al que se quiera hacer alusión.

8.- El vivir ensimismados dentro de nuestro perímetro corporal nos impide ver más allá de los estrechos y mezquinos intereses de nuestro cuerpo. ¿Cómo, en tal caso, podemos tan siquiera vislumbrar lo que hay más allá de la propia muerte física del mismo?. Es obvio que si hasta allí alcanza nuestra visión, allí es donde todo termina. Traspongamos por un momento ese perímetro, atendamos a otros intereses ajenos a nuestro cuerpo, hagámosles igualmente caso buscando la manera en que sin detrimento de aquellos éstos también puedan ser satisfechos. He ahí entonces la manera en que podemos ver lo que hay más allá. Permaneciendo alertas para ayudar todo lo que podamos y no dañar a nadie avizoramos y comprendemos que todo lo demás también es nuestro ser, y porqué no decirlo con propiedad, también es nuestro cuerpo. Hay que poner a trabajar la inteligencia y salir a explorar allende las fronteras de nuestros deseos egoístas que nos tienen fatalmente circunscriptos y podremos entender que aquello que llamamos “muerte” en verdad no existe sino como un concepto que condiciona a ese “ser nuestro” que identificamos con el “cuerpo físico concreto” que no es sino “un modo de ser” de la infinidad de “modos” que tiene de “ser” el inconmensurable UNO que lo abarca TODO.

9.- Cuando se hacen bien las cosas, cada vez se disfruta más al hacerlas. Cada vez se hace más fácil hacerlas. Es como si la propia Naturaleza se complaciera en facilitarnos el trabajo presentándonos cada vez problemas menos complicados.

10.- Nadie puede hacerte daño, salvo tú mismo. Esta es una píldora difícil de tragar para muchos, pues al punto te traen a colación la infinidad de gente que está siendo “dañada” injustamente por la acción de “los otros”. Más, la sentencia debe ser aplicada a uno mismo, no a los otros, pues cada cual tiene su circunstancia particular en el concierto cósmico y sobre aquello que no está en mis manos remediar es inútil que yo me lamente o reclame, salvo el dirigir mi “intención” para que las injusticias que les atañen sean revertidas, puesto que la “buena intención” constituye indudablemente una poderosa energía capaz de lograr muchas cosas. Pero en cuanto al daño que se cree que “otros” puedan hacerle a uno, la sentencia arriba expresada tiene su fundamento en el dicho del Cristo que exhorta a no tener miedo a la gente, ni aún a los que pueden darnos muerte, refiriéndose a la muerte física, ya que agrega que sí se debe temer a quien además de poder matar el cuerpo puede también matar el espíritu o disponer de nuestro destino eterno, arrojando de esa manera cuerpo y espíritu al infierno, en referencia claro está, al propio Creador, a quien se debe temer sí únicamente cuando no se pone en práctica sus preceptos, ya que para el que los cumple ÉL solo derrocha Amor.  Y para los que no crean en el “Infierno”, sustituimos esta palabra por esta más reciente que entraña el mismo concepto, acuñada por la ciencia: Entropía.

11.- Es increíble cómo algunos se desgastan en el intento de manipular los sucesos en su propio provecho, desconociendo la inutilidad de tal esfuerzo, ya que la Inteligencia que rige a estos en el Universo tiene muy otros derroteros de los proyectados por quienes pretenden llevar todas las aguas a su molino, y si alguna vez la prosperidad de los impíos lleva trazas de hacer tambalear la confianza puesta en esa Inteligencia, tal como dice el salmista que suele acontecer, es porque nos olvidamos que tal prosperidad es solo ficticia pues, qué poder es el que es capaz de desviar el curso de la Naturaleza que impertérrita va poniendo las cosas en su debido lugar con el inconmovible designio de borrar de la faz de la tierra hasta el último residuo de rebelión que aliente contra Ella sobre este planeta.

12.- Si uno no se ocupa de Dios,  Dios tampoco se ocupa de uno.

13.- Si quieres que tus deseos se cumplan, renuncia a tus deseos.

14.- El miedo a los ladrones atrae a los ladrones.

15.- Decía Shakespeare según nos lo informa Jorge Luis Borges que estamos hechos de la madera de los sueños. El mismo Borges cuenta que Schopenhauer hablaba de que nuestra esencia misma está constituida de la materia de los sueños y que para Berkeley somos solo el interminable sueño de Dios. En cierto sentido, o mejor dicho, de una manera que podemos sentirlo claramente, todas estas aseveraciones tienen su cariz de verdad, pues cuando nuestra “conciencia dormida” elucubra los episodios oníricos nos los presenta tan reales que es solo cuestión de convención el otorgarles el certificado de verdaderos o ficticios, aun cuando dicha convención se haya trasmutado a esta altura de los tiempos más bien en una poderosa convicción para toda la especie humana. Una experiencia que en particular yo suelo tener es la de sentirme de improviso consciente de mis propios sueños, algo así como penetrar en los episodios oníricos vivenciándolos tanto “interna” como “externamente”, vale decir, me siento en ocasiones cual si fuera el testigo de mis propios sueños pero participando a la vez de ellos. Colocándonos en la línea del pensamiento de Berkeley diríamos que cuando nacemos, nosotros nos “despertamos” en un episodio onírico concreto de la Divinidad, y cuando soñamos, la estamos emulando. La consigna a cumplir para lograr la real “semejanza” con Dios es la de optar a la capacidad de “despertarnos” a voluntad en la infinidad de “episodios oníricos” posibles dentro de la “realidad”, lo cual podremos conseguirlo únicamente si somos capaces de conformarnos con la Voluntad superior de aquel Dios que nos “creó” como su sueño más preciado con el concreto propósito de convertirnos en “realidad definitiva”, ya que la “madera de los sueños” es ciertamente buena madera para crear todo tipo de bellas “realidades”.

16.- La mba'asy ñandente ñamo heñoi ñande ryepype. La enfermedad es algo que solo nosotros la hacemos germinar en nuestro ser interior. Esta es una premisa que contiene una verdad de hierro, si bien a muchos les ha de ser difícil aceptarla. Nuestros “deseos” pueden ser conscientes e inconscientes. Condicionados por multitud de impulsos de nuestra carga genética y cultural, obramos a menudo de una manera inconveniente para nosotros mismos, y eso nos lleva hacia la enfermedad que de esa forma es el resultado de nuestros “deseos” inconscientes. La cura de nuestras enfermedades la debemos hacer eliminando las acciones, palabras y pensamientos nocivos productos de nuestros impulsos inconscientes indebidamente direccionados. La maravilla de esta constatación es que realizado este trabajo aún dentro de un proceso gradual, nos damos cuenta de que nuestro organismo se pone a funcionar solo y repele y elimina cualquier enfermedad, pues dicho trabajo se traduce en una sostenida purificación que otorga al organismo una capacidad propia para volverse inmune a las enfermedades y sus secuelas que son el dolor y el sufrimiento.

17.- El Creador concibió el mecanismo de la separación de los seres, y al mismo tiempo el de la unión entre ellos para por ese camino adquirir la conciencia individual que se incorporó en el ser humano en el proceso evolutivo que culminará con su perfeccionamiento final cuando, separado y a la vez unido con el Creador, como Él llegue a ser indestructible y eterno. La separación y la unión, que en una etapa primaria emplea el placer y el dolor como medios para la consolidación de la individualidad, dentro de la cual tiene una importancia primordial el sexo,  tendrá que perfeccionarse con la consecución de lo que --por similitud-- podríamos denominar sólo placer, o dicha, o bienestar, o beatitud, ya que, cumplido su cometido de inducir al aprendizaje para lograr la individuación y el entendimiento de que se es parte integrante fundamental e inescindible del Creador, aún siendo seres distintos y separados, el dolor desaparecerá de la faz de la tierra, por haber simplemente desaparecido la razón de su existencia en este planeta.

18.- La concentración en la respiración que realizo mientras practico la meditación me permite claramente comprender que ínterin ello acontece solo soy eso: mi respiración. Es el aliento de la vida que penetra en mi ser y me sustenta independientemente de la asociación que suelo hacer de ella con mi cuerpo; éste, en ese trance, se halla ausente de mi pensamiento donde solo existe esa respiración, ese aliento. Con razón los sabios de las culturas griega y hebrea utilizaban el mismo vocablo para designar el viento y el espíritu, entendido éste como el principio de toda vida; tal como también los guaraníes con el término yvytu, viento, hacían referencia al aliento de la tierra, “yvy pytu”. Estas disquisiciones nos llevan a la sentencia budista contenida en el Dhammapada: “somos lo que pensamos”. Me concentro en la respiración, “pienso” en ella, luego “soy” ella misma, y nada más. Y puesto que soy solo esa respiración, desaparece de mi ser todo otro pensamiento, que es la fuente de todos los deseos, adviene en mí la ausencia de deseos, tal cual se postula en el budismo como es alcanzado el nirvana. En la meditación, por consiguiente se produce el florecimiento de la comprensión, como lo apuntaba Krishnamurti. Pero cabe ir más allá. Comprendo también al punto que “eso que miro” es “lo que soy”, como “eso que oigo”, “eso que toco”, “eso que como”, “eso que huelo”, en suma, todo aquello que “siento”  y cobra presencia a través de “mi conciencia”, “eso es lo que soy”. Pero advierto que incluso cuando estos “sentimientos” traducidos en “pensamientos” están “ausentes” yo sigo “siendo”, de modo que, en cierto estado en el que “pierdo conciencia” hasta de mi propia respiración, “subsisto”, por decirlo así, en cuyo caso puedo decir entonces que soy también “el no pensamiento”, aquello “inconcebible”, acyntya como le llamaban los budistas, “región” de la conciencia donde se encuentra ubicada “la simplicidad” thatata, o “el vacío” sunyata, conforme a la terminología de esta doctrina, que es en última instancia de donde provenimos todos. Esta “simplicidad”, eterna, indestructible, innombrable, increada, fuente de todo lo existente, es lo que usualmente ahora llamamos Dios, al que Cristo se refería como “el Padre”. Y ciertamente, Él es el Padre, que en la práctica de la meditación “está a solas contigo y ve lo que haces en secreto”, por lo que “te dará tu premio” (Mt. 6.6), premio que consiste en “conocerlo a EL, el único Dios verdadero, que es Vida Eterna, y a Jesucristo, a quien EL envió”( Jn. 17.3), por cuya gracia finalmente toda tristeza cambiará en alegría, una alegría que nadie ya podrá quitar (Jn. 16. 20,22).

19.- No aprovecharse de las debilidades del enemigo para obtener ventajas contra él, era la consigna de Gandhi en su lucha por la justicia, con el sathyagraha “la fuerza de la verdad”, el método por él empleado en ese cometido. Alguno que no comulga con esta filosofía objeta que no puede desaprovechar uno tales debilidades porque el enemigo “no piensa igual que nosotros”, por lo que él sí aprovechará toda debilidad que encuentre en uno. Tal percepción pierde de vista que “el pensamiento del enemigo” sólo a él puede hacer daño, no así a otro, siempre que uno no se lo permita, pues la regla a la que se ciñen los acontecimientos en la Naturaleza es que sólo a su autor afectan sus obras en cuanto a los resultados que producen, obras que incluyen los pensamientos, palabras y acciones que en él se originan.

20.- La “inmersión” en la práctica de la meditación nos “desvincula” del mundo exterior, todos los estímulos que habitualmente hacen “reaccionar” a nuestro cuerpo se encuentran como “alejados” y “desligados” de uno. Estar en ese trance trae aparejado a veces un sutil estremecimiento de gozo, aunque durante la mayor parte del tiempo solo se perciba de que se es inmune a tales estímulos, con la especie de certeza que adviene y se afianza en la mente de que tal “estado del ser” es invulnerable a toda destrucción o corruptibilidad. Se da en ese caso la identificación con lo que los hinduistas llaman el “atman”, el alma, que como lo expresa elocuentemente el Bahagavad Gita “no lo quema el fuego, no lo moja el agua, no lo seca el viento, ni lo corta la espada”.

21.- La verdad es la Vida. La mentira es la muerte. Si consigues arrancar de tu ser hasta el último atisbo de mentira que es la causante de las enfermedades, la vejez y la muerte, podrás tener la certeza de que vivirás para siempre, y por cierto, saludable, eternamente joven, y feliz.

22.- El “último día” en el que Jesús manifestó que resucitaría a los que creen en él es una dimensión del espacio-tiempo que para muchos de los que vivieron ya es “actual”, ya que, desde que ÉL resucitó, quienes mueren y creen en ÉL pueden trasladarse “instantáneamente” a esa “región” dado que para ellos esta “cronología” espacio-temporal por la que estamos transitando no cuenta. El “nacido del espíritu” “no sabes de dónde viene ni adonde va” (Jn. 3.8), por consiguiente, habilitado para “entrar en el reino de Dios” (Jn. 3.5) se traslada, por decirlo así “instantáneamente” a esa región, toda vez que para la Divinidad no existen las limitaciones del tiempo y del espacio, y el ser humano “que se salva” es llevado por Ella a ese “lugar” si hubo reunido los merecimientos para ello. De ahí que “el último día” para muchos ya “aconteció”, pues participando de la naturaleza de la Divinidad en presencia de la cual están, es para ellos “presente” aquello que para nosotros es “futuro”, en el entendido de que conforme surge de la propia teoría física de la relatividad el “tiempo” o el “espacio-tiempo” no es sino una dimensión en la que acontecen ciertos sucesos que dependen de la “velocidad de desplazamiento” que tengan los objetos ahí radicados en relación con otra dimensión donde esa velocidad es distinta. Vale decir, “presente” “pasado” y “futuro” no constituyen sino convenientes abstracciones para que la conciencia humana funcione en cierto y determinado nivel o plano de la realidad que desde cierta perspectiva pueden perfectamente ser considerados como “contemporáneos”. Con razón dice Jesús que cuando el texto bíblico habla del Dios de Abraham, del Dios de Isaac y del Dios de Jacob está explícitamente enseñando que DIOS es Dios de vivos y no de muertos pues para Él “todos están vivos” y la eternidad es como un solo instante para nosotros, lo que implica que cuando nuestra conciencia adquiera la purificación necesaria para entrar en su “reino”, podrá ser resucitado “instantáneamente” por Jesús para entrar en ese sitio; pues, conforme EL lo dijo: “ Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que todavía está vivo y  cree en mí, no morirá jamás” (Jn. 11. 25,26).

23.- ¿ Las acciones son el poder?, me pregunta Leonardo en referencia a un comentario que escuchamos en la radio sobre “las acciones” en las sociedades o compañías por “acciones”. En cierto modo sí, le explico, pues es “el capital social” el que se divide en “acciones” y estas se traducen en mayor poder para el accionista cuanto mayor cantidad de acciones posea. Como lo diría Alvin Tofler “el dinero es poder”. Pero he aquí el punto crucial: Hay que diferenciar muy bien el poder genuino del poder ilusorio que da el dinero. El verdadero poder en verdad se consigue a través de las buenas acciones. Estas, no referidas ya a las que se tienen en las sociedades mercantiles, sino a todas las acciones que uno vaya desplegando a lo largo de su experiencia vital, le confieren a uno el poder genuino, pues todo lo bueno que se haga constituye una inversión que reditúa como dividendo el poder de ser feliz, el poder de alcanzar la dicha plena. Y quede bien en claro que ello funciona de manera automática, aunque los medios de que se vale la Naturaleza no nos resulten a veces claros ni convincentes, o mejor dicho, uno debe alcanzar necesariamente cierto nivel de comprensión para ver con claridad que la Naturaleza funciona así, y por ende, para creer en ello.

24.- Dos maneras de explicar que la vida eterna es posible: 1) Que es el cuerpo el que se encuentra dentro de la mente, y no al revés, lo que permite entender que la mente “sobrevive” al cuerpo. Es sólo cuestión de aprender a vivir con la mente “desprendida” del cuerpo. Y no es tan difícil. En verdad, en esa instancia la mente es capaz de crear “instantáneamente” para su propio cuerpo, o quizás sea mejor decir que “el cuerpo” que en ese caso es albergado en la mente está compuesto de pura luz, con el único propósito de hacerlo “visible e identificable” a los otros que lo conocen, ya que es a través de “la luz” que los demás perciben e identifican a nuestros cuerpos, que no se trata de otra cosa sino de “la forma” que adopta nuestro ser para ser reconocido como ente individual único y distinto.  2) Que “la mente” que sobrevive al cuerpo es ese “espacio” dentro del cual suceden todas nuestras experiencias, desde nuestros pensamientos, sentimientos y todo lo que atañe a nuestra historia personal hasta ese “palpitar” silencioso que acontece mientras dormimos o meditamos y lo anterior se encuentra “ausente”, de manera que bastará con aprender a radicarse en cada “región” a su turno, pues es evidente que también eso que llamamos “muerte” no es otra cosa que el estado en que los pensamientos, sentimientos y toda nuestra historia personal se encuentran ausentes, lo que implica que una vez aprendido a “entrar” alternativamente en cada una de esas “regiones” habremos conjurado ese mecanismo de la “destrucción física” que es la causa de que nos olvidemos de nuestras identidades y nos impulsa y obliga a “renacer” en otro cuerpo asociado con otra historia personal individual.

25.- El hecho de que hayamos sido llamados a la existencia por el Creador, nos obliga a vivir (aún cuando también estemos dotados de la libertad para privarnos de nuestro propio ser a través del suicidio), y prestos a asumir esta obligación, qué mejor decisión que hacerlo de la mejor manera posible. La clave para lograrlo radica en conformarse con el curso de la Naturaleza que obra siempre con entera precisión y justicia. Ciertamente, demasiadas fuerzas mal dirigidas que obran en nuestro ser interior, que las recibimos a través de nuestra herencia genética y cultural, diríamos muchos “demonios” que se posesionaron de parcelas importantes de nuestro ser, nos impiden entender muchas veces aquella verdad, pero con tesonero esfuerzo es posible percibirla y mejorar día a día y momento a momento nuestra calidad de vida.

26.- Debo morir a mi cuerpo para poder hacerme de un cuerpo nuevo, eterno e indestructible.

27.- El falso prejuicio de la muerte inevitable es el determinante para que todos los filósofos del hemisferio occidental hayan persistido en el error en sus descripciones de la realidad, lo cual les llevó fatalmente a obtener respuestas insatisfactorias y equivocadas a las cuestiones fundamentales de la Filosofía. Filósofos de reconocida probidad intelectual como Schopenhauer y Nietzche se afincaron de una manera tan fuerte en la idea de la muerte física como equivalente a la aniquilación total y definitiva del ser humano que no atinaron a ver en la creencia contraria sinoun engaño que se hacían a sí mismos quienes la profesaban. Schopenhauer tiñó su visión del budismo que tanto influyera en él con el color de ese prejuicio atribuyendo a esa doctrina un sentido distinto al que emana de la enseñanza de su creador. La distorsión del sentido de las enseñanzas del Buda, el acomodamiento de las mismas al prejuicio schopenhaueriano se advierte cuando se confronta la tesis de nuestro filósofo con las siguientes palabras del Buda: “Hay,  !oh monjes!, un no-nacido, un no-venido a la existencia, un no hecho, un no compuesto. Si !oh monjes!, no hubiese habido un no nacido, un no-venido a la existencia, un no hecho, un no compuesto, no se conocería salida alguna para lo que ha nacido, ha venido a la existencia, ha sido hecho, está compuesto, aquí abajo. Pero puesto que, en verdad, !oh monjes!, hay un no-nacido, un no venido a la existencia, un no-hecho, un no compuesto, es posible conocer una salida para lo nacido, para lo venido a la existencia, para lo hecho, para lo compuesto”. (Itivuttaka, II, 6, citado en el prólogo de la edición española de la obra “Sobre la voluntad de la naturaleza” de Arthur Schopenhauer, Pág. 16, Ediciones Altaya S.A., 1997). Puesto que para el Buda hay un no hecho, lo que hace posible conocer una salida para lo hecho, es obvio que para su doctrina este último, el ser creado de aquí abajo no cesa al sobrevenirle la muerte física, como erróneamente llegó a entender Schopenhauer del postulado budista. Y es que la idea, el prejuicio, la creencia en la muerte definitiva es algo que parece tan natural, tan irreversible que hasta hoy existen infinidad de seres humanos que se hallan absolutamente condicionados por ella, y aún, los que abrigan oscuramente la creencia de que la muerte física no es el fin de la vida, dan por sentado de que esa muerte física ha de sobrevenir de manera inexorable. Evidentemente el que declara que la muerte física puede y ha de ser conjurada a la culminación de este proceso evolutivo es Jesús; proceso evolutivo del que llegó a percatarse el mismo Schopenhauer y que a su manera lo veían también otros pensadores como Nietzche que postula una peculiar evolución con su creación del “superhombre”, pero que para ellos tropezaba fatalmente con un callejón sin salida, ya que si se produce la extinción absoluta de la conciencia individual resulta impensable imaginar algo coherente en el que habría de desembocar dicha evolución.

Que la muerte física puede y ha de ser conjurada se desprende de numerosos pasajes de las declaraciones de Jesús, entre ellas ésta: Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá. Y el que cree en mí y todavía vive, no morirá jamás (Jn. 11. 25,26). Y esta otra: Yo soy el pan vivo que descendió del cielo; si alguno comiere de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo daré es mi carne, la cual yo daré por la vida del mundo. (Jn. 6.51). Se deduce de estas afirmaciones que Jesús enseña dos maneras de alcanzar la vida eterna: Por medio de la resurrección en el día postrero (Jn. 6. 40), y por medio de la obtención del estado de indestructibilidad de su ser, en base a la alimentación que haga cada cual nutriéndolo con el cuerpo de Cristo que no es otra cosa que hacer que el mismo renazca en uno incorporando sus enseñanzas a su propia vida. En consecuencia, si alguno dentro del proceso evolutivo de referencia comiere de este pan, vivirá para siempre. Vivir para siempre en el sentido en que lo expresa Jesús no puede entenderse sino como que el cuerpo ha de ser transformado por el espíritu que es el que da vida (Jn. 6.63). En este mismo contexto dice San Pablo que no todos moriremos, pero todos seremos transformados ( 1 Co., 15. 51).

28.- No puedo vivir en función de lo que los demás esperan que sea. Si trato de agradar a los demás en todos los casos, inevitablemente estaré errando el camino de la autenticidad.

29.- Debo estar permanentemente alerta para rectificar rumbos pues mis hábitos mentales me han introducido en tal cantidad de vericuetos en los que fácilmente me extravío.

30.- La pasividad y la impasibilidad son dos “sentimientos” o “actitudes” emparentadas una con otra que hay que desarrollar pues entrañan la aptitud para que las cosas que “pasan” no nos hagan perder el control de nosotros mismos, y aún más, permite entender que la naturaleza fundamental del Ser, de la Divinidad, es la de la entrega plena, pasiva, a la cual también nosotros debemos adscribirnos si está en nuestro propósito el “durar”, volvernos “duros” e indestructibles.

31.- El “orden” y la “orden” son dos aspectos de una realidad donde el primero, como expresión de una “armonía” es el reflejo de la segunda que implica la “voluntad” de que aquel se lleve a cabo. El significado originario de estas palabras cuyo problema semántico se resolvió con la asignación de un género distinto a uno y otra denota que en ese origen se halla implícita la idea de “ley” o regla ineludible que existe más allá de los deseos y decisiones humanos. Este “orden” realizado en virtud de esa “orden” es el mismo que se postula en el taoismo designándolo como el “Tao” o “Camino”, y en el hinduismo y budismo como el “Dharma”. Los matices de sentido de estas palabras obviamente exceden al estrecho marco que pudieran sugerir su cotidiano empleo, pues como en los vocablos de las filosofías últimamente citadas también envuelven las ideas de “Verdad”, “Realidad Definitiva” y otras que se pueden encontrar si se profundiza en la investigación de sus orígenes y recíprocas relaciones.

32.- El pensamiento es la energía más poderosa que se conozca en el universo. Si la luz coherente puede atravesar una plancha de acero ¡qué no ha de poder lograr el pensamiento coherente!.

33.- Nuestros impulsos no siempre constituyen la expresión de la autenticidad pues frecuentemente se encuentran distorsionados por nuestros intereses egoístas. A más de ello, los impulsos inconscientes que nos condicionan, tal como aquel que hasta hoy desemboca en la muerte física, debe de hecho ser revertido, pues cómo si no se podría llegar a alcanzar la perdurabilidad del ser creado individual.

34.- El tamaño de la fe necesaria para lograr la Vida Eterna debe ser igual a la que tuvo Jesús para creer que resucitaría al tercer día después de morir. Es la fe del tamaño de la de Jesús la que debemos profesar todos, pues la fe en la omnipotencia del creador es la que ha de permitir ir construyendo la vida que ya no sea tocada por la muerte. La fragilidad de nuestra fe condicionada por tantos prejuicios que los damos por irreductibles sumada a nuestra resistencia a hacer en todo momento lo correcto son las que siguen haciendo andar el mundo en medio de tanto sufrimiento. Nuestra creencia ciega en infinidad de verdades mentirosas que fueron construidas por nuestra mente a lo largo de la existencia de la especie humana es una carga de la que nos resulta poco menos que imposible desembarazarnos. Jesús enseñó que el camino para llegar a aquella fe es la de una humildad sin límites, la de una entrega y dación total de nuestro ser al Creador y a nuestros semejantes, el cual nos es devuelto revestido de indestructibilidad, enseñanza que impartió con su ejemplo de brindar su propia vida que la recuperó al resucitar al tercer día. El alcanzar la verdad, la verdad de la vida eterna que se encuentra en germen en cada uno nosotros, debe ser consolidado con una fe firme de que tal cosa es posible y no solo eso sino que esa certeza debe tener el grado suficiente para hacer germinar y crecer aquella semilla de modo que creamos que esa vida eterna se ha de concretar en uno mismo a partir de este mismo instante, pues esta vida que estamos viviendo ya es la vida eterna.

35.- El sueño, el “dormir”, ese estado en el que nos desprendemos de nuestros sentidos corporales, no es de por sí suficiente para detener ese proceso que hace desembocar al cuerpo en la muerte. La muerte misma es un “estado” en el que nuestro “ser” debe quedar latente a la espera del despertar definitivo, si miramos a la enseñanza del Cristo que habla de que la resurrección ciertamente es una realidad, cuando al contestar al cuestionamiento de los saduceos manifestó que si el texto bíblico habla de que Dios es el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob está claro que existe la resurrección, porque Dios es Dios de vivos y no de muertos.

36.- El desapego que debe desarrollar el ser humano en la tarea de construcción de sí mismo entraña la necesidad de desapegarse, entre otras cosas, del propio cuerpo, pues quien no lo haga, irremisiblemente tendrá que perecer con él.

37.- La práctica de la meditación, a través del vaciamiento de la conciencia de los pensamientos conceptuales, le permite a uno olvidarse momentáneamente de sí mismo y hacerle sitio a Dios en el interior de nuestro cuerpo, sede de la conciencia individual.

38.- El sueño es el “estado de conciencia” que actúa como nuestro vínculo con la eternidad. Si en ese “estado” todos nuestros pensamientos se interrumpen se produce en nosotros la “cesación” del tiempo y el espacio, aunque uno no “deja de ser”. El pensamiento es el instrumento que nos permite ser conscientes de la “realidad conceptual” en cuya virtud nosotros “conocemos” la verdad, y al trascender el pensamiento, y acceder a aquel estado de la conciencia donde no entra a tallar éste, sencillamente “somos la verdad”. Entonces nos instalamos y residimos en la “realidad real”. Claro que además del sueño ese mismo estado de conciencia se logra también con la práctica de la meditación. Sin embargo, lo correcto es que alcancemos el grado de elevación espiritual en que simultáneamente “conozcamos la verdad” y al propio tiempo “seamos la verdad”.

39.- Dios está en cada cosa. En la suave brisa y en la tormenta, en la vida y en la muerte, en la inmensidad y en lo diminuto. Tanta gente vive creyendo que se ha independizado de Dios, pero esa independencia no puede lograrse puesto que el Espíritu de Dios impregna todo lo existente. La ilusión de la independencia se rompe invariablemente cuando sobreviene la muerte, ese espectro que no han sido capaces de conjurar quienes alardean de ese espíritu independiente. Nos dicen que han logrado volver inteligentes a las máquinas, pero ¿de qué les vale si ellas, que no son otra cosa que la proyección de su espíritu, no pueden impedir que éste se trunque y aniquile, mientras permanece solamente esa “proyección” como un grotesco fantasma que se erige en un monumento a su vanidad y soberbia?. Pronostican que las máquinas también tendrán “sentimientos”, y quizás lleguen a adquirir “voluntad”. Lo que no terminan de descubrir es que esos “sentimientos” y esa “voluntad” son asimismo “proyecciones” de su espíritu y que nada valen por sí solos, escindidos de aquella otra Voluntad inherente al Ser al que se llama Dios, que es el que concibió y creó este Universo, al que le sigue infundiendo el aliento de su Espíritu, Voluntad con la que imprescindiblemente deberemos conformar la nuestra para alcanzar la indestructibilidad que le es propia a Aquel. Ergo, nuestra dependencia de Dios, nuestro Padre, que nos quiere dotar de la misma naturaleza incorruptible de la que Él está hecho, es absoluta, por cuanto constituye el mismo fundamento de nuestra existencia.

40.- Primeramente nuestro cuerpo “nos crea” a nosotros, en el sentido de que “condiciona nuestro ser”, y luego somos nosotros quienes debemos “crear a nuestro cuerpo”, ese que debe adaptarse a nuestra naturaleza eterna.

41.- En el comienzo de la práctica cotidiana de la meditación hay resistencia a entrar en ella. Una vez que uno se instala allí, se percata de que ese es el estado natural del ser. Desde allí uno puede crear todas las realidades. Las compulsiones que en el entretanto surgen en la mente para salir de allí y hacer otra cosa se encuentran contaminadas de “deseos”, condicionados por ciegos hábitos. Una de las resistencias a entrar en ese estado radica en la “idea” de que el “no pensamiento” equivale a “la muerte” y el ser humano alberga un inconsciente temor a la muerte.

42.- Hay que aprender a pensar y a decir solo lo necesario, y la práctica de la meditación es un excelente método para ello.

43.- La inteligencia puja por manifestarse. Sale disparada en “pensamientos” a veces inconexos, formando palabras y frases que buscan un rumbo, un sentido, una coherencia. Aún en sueños, la inteligencia no cesa de maquinar.

44.-  “Myatyro”, reparar, en guaraní viene presumiblemente de “Mby aty ramo”, “si juntara”, que expresa la idea de “recomponer lo disperso para volverlo coherente”.

45.- Meditar es no oponer resistencia. Replegarse. “Anularse”. Allí no hay dolor. No hay hambre. La manera de superar el dolor es desde luego, como lo enseña Krishnamurti, no oponerle resistencia. Mantenerse impertérrito. Impávido. Impasible. Imperturbable. Como la roca. Así, se adquiere la naturaleza de la roca.

46.- La lucha cotidiana se suscita entre el “deseo” de abandonar el cuerpo y el de aferrarse a él. La cuestión empero radica en que, al parecer, el ser creado no puede subsistir sin el cuerpo. El cuerpo sin embargo no necesita mantener este su aspecto tosco. Podrá ser tan duro como el granito pero tan versátil como los átomos o los fotones que se desplazan raudamente por el espacio sin interferencias. De hecho el átomo es una estructura más dura que el granito, como cualquiera lo sabe hoy día. El cuerpo debe pues configurarse. Y la manera de lograrlo es a través del pensamiento coherente. El pensamiento es el que crea el cuerpo (digamos que es el pensamiento de Dios palpitando en nosotros). Por consiguiente, el pensamiento nuestro, coherente con aquel otro del Creador, construirá nuestro cuerpo indestructible que no morirá, será inmune al dolor y no tendrá ya hambre ni sed.

47.- Somos contradictorios porque el mecanismo que integra el proceso de nuestra individuación se encuentra constituido por impulsos contradictorios. El “cansancio” que desemboca en la “muerte” forma  parte de nuestro ser individual cuya capacidad limitada hace que ínterin transcurra el proceso evolutivo de su individuación, al no conseguir la meta final en el curso de “una sola vida”, sienta el impulso irresistible, el “deseo” de abandonar el cuerpo, de “volver al Padre”. Este cansancio sin embargo es una y otra vez “sobrepuesto” y de nuevo se posesiona de nosotros las ganas de seguir “viviendo” en el cuerpo. Ciertamente, el cuerpo posee naturalmente el mecanismo apropiado para “descansar”, el cual, entre otras cosas, se manifiesta a través del sueño. Desde luego, otra de las formas de descansar es la muerte, de lo que la gente se ha percatado desde antiguo, de ahí la fórmula: “Descansen en paz” que se refiere a los difuntos.

48.- El nirvana no entraña deber. Solo ser. El “ser supremo” está enteramente en el nirvana lo que implica que obra en todo tiempo “ajustado” a lo correcto sin estar constreñido por ley o principio ético alguno. El “ser creado” a su vez, cuando alcanza el nirvana aprende sin compulsiones a ser como “debe ser”: La espontaneidad en el recto pensar, decir y hacer es la “regla” que rige su conducta.

49.- Pensar y sentir: Los dos “estados de ánimo” sobre cuyo “predominio” del uno o del otro para considerarlo alternativamente como el que juega el “papel fundamental” en la “existencia del ser humano” han disputado los filósofos de todos los tiempos. La “conciencia” o la “voluntad”: he ahí el dilema. Pero: ¿existe la “voluntad” sin la “conciencia”?. ¿Podemos “querer” sin “pensar”?. Pues no. Y tampoco “pensar” sin “querer”. Empero, lo que sí se puede es “ser” sin “necesidad” de “querer” ni de “pensar”. En tal caso “solo se es”. Es decir, como diría Parménides, en esa instancia “solo hay ser”. Pensar y querer en ese “estado” se conjugan en el “ser” manteniéndose latentes, sin manifestarse, con lo que ambos verbos se convierten en “vivir”.

50.- El intelecto mal utilizado es como un cuchillo filoso que va cortando todo lo que se opone al condicionamiento en el que se encuentra sumido cada uno y que tanto le  dificulta crecer.

51.- Es preciso abandonar el “mimismo”, ese sentido del “yo” tan poderoso que nos constriñe a dominar a los otros, “negarse a sí mismo” como dice Jesús, de modo a insertarse en el cauce del Espíritu que todo lo abarca para aprender a alcanzar la “verdadera vida”.  Ésta integra dentro de sí también a aquello que llamamos “muerte”, ese estado “de transición” en el que “la conciencia” se apaga momentáneamente para “prenderse” de nuevo con arreglo a los designios inescrutables del Creador. Aceptar a “la muerte” es uno de los requisitos para “alcanzar” la “vida eterna”. Si el “viejo cuerpo” tiene que morir para que el “espíritu” de uno lo haga renacer de “sus cenizas”, como el ave fénix, bueno está que lo comprendamos y nos allanemos al curso de su derrotero, pues la inútil “resistencia” a un fenómeno que ignoramos si debe o no acontecer con nosotros por no estar en nuestras manos evitarlo o saberlo, conspira energéticamente contra la Suprema Energía que determina siempre con entera precisión y justicia lo que nos conviene como “seres creados”.

52.- La razón por la que la poesía encanta es que a través de ella “se crean” literalmente “realidades” paralelas a la tosca cotidianeidad. Nuestro ser de esa forma “se escapa” momentáneamente de lo rutinario, inventa mundos.

53.- La materia es propiamente inmaterial.

54.- Es notable el descubrimiento de la importancia de “no ser nada”, de “no ser”, o de “ser nada”, que se contrapone a la importancia de “ser algo”, detrás de la cual se afana todo el mundo.

55.- Todos estamos casi siempre prestos a ejercer nuestra pequeña tiranía sobre los otros. Si alguno se insubordina, presurosamente lo castigamos con los medios de que disponemos a nuestro alcance para hacerle sentir el rigor de nuestra “prevalencia”, para no decir de nuestra prepotencia: Que se entere que el “poder” que tenemos para “manipular” los sucesos en las cosas que a él le interesan lo hemos de usar para someterlo, y que aprenda. ¿De dónde este “intruso” que se permite invadir mis “dominios exclusivos”, ese territorio en el que yo ejerzo mi “señorío” donde él solo puede caminar con la cabeza gacha, rogando, suplicando, humillándose, adulando y mostrando abyección, aún cuando en mi magnanimidad le permita disimularlo con las sutilezas que el trato “diplomático” entre los humanos ha llegado a desarrollar?. Eso sí: continuamente estamos también cacareando de la necesidad de la “democracia”, del respeto a las ideas ajenas  --mejor deberíamos decir “a las nuestras”--, del “derecho” a la libre expresión, de la necesidad del pluralismo, de la grandeza que ello implica. Es que la hipocresía y la doblez, arraigadas profundamente en nuestra carne y nuestra sangre, se han convertido en un arte tan sofisticado, que no nos damos cuenta, somos incapaces de advertir que nos estamos mintiendo continuamente a nosotros mismos para acomodar nuestras conciencias. Así es como de “boca para afuera” predicamos orondamente lo que no hacemos exigiendo a los otros que lo hagan. Tal como dice el texto bíblico: Esta gente me honra con sus labios pero su corazón está lejos de mí.

56.- Lo que escribo lo hago principalmente y antes que nada para mí. Que los demás escriban para otros. Esto es así porque en función a la “finalidad” que le atribuya a mis escritos se manifiesta en mí, en mayor o menor grado, el afán de “notoriedad” que tan poderosamente empuja a los seres humanos. Puesto que a mí me falta tanto que aprender para funcionar correctamente, dadas mis innumerables deficiencias e imperfecciones ¿qué puedo decirle yo a los otros sobre las cosas que tienen que hacer para perfeccionarse?. Ya Tales de Mileto decía que lo más fácil de hacer es dar consejos a los demás, y en contrapartida, lo más difícil es conocerse a sí mismo. Ergo, tendré que seguir bregando para profundizar en el conocimiento de mi propio ser auténtico que me ha de permitir simplemente hacer lo correcto, tarea en la que me han de ayudar estas reflexiones de las que por ende soy el primero o el principal destinatario.

57.- Las palabras guardan un significado que por el uso mecánico que de ellas hacemos perdemos de vista constantemente. De ahí la confusión en que caemos, y por cierto, frecuentemente nos confundimos y confundimos a los otros deliberadamente con el uso de las palabras. Las palabras son las que permiten distorsionar a los hechos. Cuando ellas fueron creadas, en el origen, sus creadores las hacían “coincidir” con los “hechos”, pero poco a poco la “malicia” entró a tallar y los significados eran tergiversados de acuerdo a los “intereses” de quienes las empleaban. Además, nuestros impulsos egoístas y la “irracionalidad” con que actuamos hace que nos olvidemos de los significados primigenios que ellas tenían, lo que hace que obremos como autómatas sin percatarnos de la riqueza que implica para nosotros el poseer esta aptitud del lenguaje. Ahora mismo nomás me estaba planteando que la palabra “motivo” tiene su origen en el “movimiento” o “motor”, aquello que hace que “nos movamos” para pensar, decir o hacer algo. También que la palabra “principal” proviene de “principio” que sería “lo primero”. Ciertamente, quienes inventaron estas palabras tuvieron que “pensar” para hacerlo, lo que habla de la sagacidad e inteligencia de los mismos, y aún de su habilidad para vivir conscientemente la vida, que no otra cosa es el estar pensando de continuo en el sentido y significación de la realidad.

58.- Todas las realidades imaginables existen. Sólo tenemos que des-cubrirlas.

59.- Los sueños nos permiten apreciar que nuestra identidad fundamental está en todas las cosas, en los demás seres y en todo lo demás.

60.- Entrar en el silencio es imprescindible. Ahí está la fuente, el manantial de todos los recuerdos.

61.-Todo el mundo cree que va a morir, y precisamente por eso muere. Solamente puede alcanzar la vida eterna el que cree que no ha de morir, ya que las cosas suceden conforme a nuestras creencias. Pero esta creencia tiene que ser tan poderosa y firme que debe estar embargada de mística. En suma: Las cosas suceden como crees que van a suceder. Crees que te vas a morir, luego te mueres.

62. Los seres creados necesitamos tocarnos unos a otros para sentir que nos queremos. Dios no. ¿Cómo Dios puede “tocarnos” o con qué el tocaría a las cosas si Él está en todas las cosas?

63.- Primeramente nuestro cuerpo nos crea a nosotros, en el sentido de que “condiciona nuestro ser”, en cierto sentido “venimos hechos” al nacer, el paquete de información genética que nos constituye nos constriñe a “ser de cierta manera”, y luego somos nosotros quienes debemos “crear a nuestro cuerpo”, el que debe adaptarse a nuestra naturaleza eterna.

64.- ¿Qué tengo que decirles yo a los otros si tantas cosas tengo todavía que decirme a mí mismo?.

65.- La verdad es la realidad. Esto es algo que es indiscutible, es, podríamos decir, una ecuación matemática, pues es como decir que dos mas dos es igual a cuatro. Empero, no ha de faltar quienes se muestren prestos a cuestionarlo, ya que todo es cuestionable para quien no acepta que la razón constituye un instrumento apto para discernir lo que es verdadero y separarlo de lo falso. ¿Qué es la realidad?, nos dirán tal vez estos, y de inmediato nos acusarán de incurrir en una tautología. Más, nos dirigimos a quienes son buenos entendedores, no a los que buscan enredar y complicar inútilmente. Dígase lo que se diga, la realidad es “lo que es”. Se argüirá aún que “no todo lo que es”, no toda “la realidad” es susceptible de ser conocida, pero nuestro “entendimiento” nos permite sin duda discriminar, dentro de sus limitaciones, dónde está “lo cierto” y donde “lo incierto”, dónde “lo conocido” y dónde “lo desconocido”. De todos modos, tras estas disquisiciones podemos reiterar que la realidad es “lo que es”, aquello que se presenta a nuestro entendimiento “siendo siempre”, aquello que “no cesa de ser”.  Solo cabe acotar que nunca hay que olvidar que la realidad (o la verdad) es susceptible de ser comprendida por la razón, por la mente humana, únicamente dentro de un contexto; cuando se fragmentan y se aíslan los “datos considerados” poniéndolos fuera de ese contexto, la realidad se distorsiona, pues al no ser posible ella de ser abarcada en su totalidad, aparece distorsionada, incompleta, insatisfactoria y aún “falsa”.   Reiteramos la proposición: La verdad es la realidad. La verdad es lo real. El pensamiento concibe a lo real como lo que existe, como aquello que es. Si algo es, tiene realidad solo en tanto sea, pues si “deja de ser” perdería su “entidad”, quedaría “aniquilado”, en puridad no podría ser “concebido” como “ser” puesto que algo que “es” y luego “no es” se encuentra despojado de la cualidad fundamental de lo “existente” que necesariamente debe poseer el atributo de la perdurabilidad, de la indestructibilidad, de la eternidad. ¿Cómo en efecto podría ser “pensado” algo como “ser” si en un instante “es” y en otro “no es”?. Más le cabría el calificativo de “ilusión”, pues si “es” y luego “no es” más bien es apropiado aplicarle la idea de que en definitiva “no es”. Como decían aquellos expresivos versos de Miguel de Unamuno en referencia a este dilema: “Sufro yo a tu costa, Dios no existente. Pues si tú existieras, existiría yo también de veras”. En esta línea de pensamiento es que Parménides acuñó la siguiente sentencia: “Es necesario que sea aquello que se diga y se conciba. Pues hay ser, pero nada, no la hay”. En otras palabras: Lo concebible como existente “verdadero” es el ser, todo lo demás, incluso “la nada” se encuentra “integrado” a ese ser. De ahí que en la derivación de su doctrina se haya configurado como “ilusorio” lo que no es perdurable, es decir, este mismo universo con sus “apariencias” efímeras, pasajeras. Más esta derivación o interpretación bien entendida sólo tiende a enfatizar que el universo consiste en una “manifestación” de aquello perdurable, el ser. Las manifestaciones del “ser” podrán ser “cambiantes” y “transitorias”, pero el ser “en sí” ni puede tener “comienzo” ni puede tener “final”, puesto que si concebimos que algo “es” debe serlo “por la eternidad”. El que nuestra mente piense o suponga que el ser “deja de ser” obedece sólo a su “condicionamiento”, pues “identifica” el “ser” con el “cuerpo” al que “no lo siente” perdurable, da por sentado que terminará por quedar “aniquilado”. Más está claro que este “cuerpo” es sólo la “manifestación” o, podríamos decir también “el despliegue” del “ser incorruptible”, que ciertamente posee la “noción de ser Él mismo” en la que “nos incluye” a nosotros, pero a la vez nos infunde esa “conciencia” que como un “modo de ser” aflora también en “nuestro cuerpo” con la aptitud para sentirnos “distintos” aunque paradójicamente “inescindibles” de su Ser, estamos fatalmente “unidos”, somos “UNO” con Él, en el sentido de que “no podemos existir sin Él”.

Hete aquí, por tanto, develada la incógnita de nuestra ecuación: Si yo, como “manifestación” de ese ser indestructible, eterno, incorruptible, “soy” una “parte” de Él, integro la totalidad de “su SER”, estoy, por decirlo así “inmerso en su seno”, formo parte integrante de su SER; entonces, cabe pensar que también “yo” estoy dotado de esa misma “naturaleza” de indestructibilidad. Solo es cuestión de entenderlo y “viabilizarlo”. Es cosa de “liberarme” de aquel “condicionamiento” en cuya virtud hago coincidir “mi ser” con mi “cuerpo” y “la muerte” de este cuerpo con “mi muerte”. La “noción de ser yo” puede perdurar independientemente de estas “manifestaciones” que no son otra cosa que “creaciones” de esta mente o conciencia que me fue insuflada para poder “ser” y funcionar “dentro de esta realidad” que ciertamente es “verdadera” en cuanto permite “mi realización” como “ser creado”. Ahora bien: Esa “liberación” del condicionamiento aludido solo puede sobrevenir si consigo desarraigar de mi ser toda mentira, todo atisbo de falsedad. La mentira es “la irrealidad”. La realidad es “puramente” la verdad. De lo cual se sigue que si “yo” me convierto en “la verdad” jamás “mi ser” llegará a ser “destruido”. Porque, volviendo al comienzo, la verdad es la realidad, y la realidad, para que sea, es menester que no deje de ser.

66.- Nuestro ser oscila perpetuamente entre el sí y el no, entre el querer y el no querer. Hay que discernir cuándo uno debe no querer cuando quiere y cuándo debe querer cuando no quiere. Aceptar lo que nos desagrada y rechazar lo que nos agrada en cada ocasión debida es la regla para alcanzar el bienestar. De hecho, toda esta vida es una paradoja que debemos estar resolviendo momento a momento. Precisamente nuestros errores provienen de que al configurar la realidad de acuerdo a nuestras conveniencias, aislamos un fragmento de ella que se presenta desfasada del contexto y nos convencemos de la “verdad” de nuestra apreciación cuando ella solamente satisface nuestras tendencias en cada caso. De ahí que dicha “verdad” no sea realmente tal, pues como se suele decir, las “medias verdades” no son verdades. La verdad tiene que ser íntegra, sin resquicio alguno. Ergo, hay que conciliar en todo tiempo las paradojas que la realidad nos presenta, mirando el aspecto de la realidad que perdemos de vista cuando acomodamos nuestras conciencias con aquello que nos agrada exclusivamente, y de esa manera seguiremos caminando firmes por la senda del perfeccionamiento.

67.- Lo que cuenta es el caminar recto, es lo que me susurra la voz de mi demonio, hoy al mediodía. Claro, ya lo sé. No me caben dudas al respecto desde hace bastante tiempo, pero es menester que me lo recuerde frecuentemente porque la propensión a olvidarlo no es fácil de erradicar. Esa propensión está constituida por innumerables hábitos corporales y mentales profundamente enraizados en nuestra naturaleza, por lo que se requiere de un trabajo constante y persistente para desembarazarse de ellos. El homo erectus que somos consiguió su postura peculiar tras largos y penosos esfuerzos, de ello dan fe los estudios de la antropología y la biología que han sentado las bases para determinar que la evolución acontece con nosotros como un proceso ineludible al igual que con todos los demás seres vivientes en la Naturaleza ( y también con lo no viviente, aunque ceñida a otros principios). De hecho, lo que me sugirió la admonición de mi demonio fue un montón de ideas en torno a la evolución precisamente, que es algo en lo que creen todos prácticamente por este tiempo, pero al parecer no se percatan de todas las consecuencias que derivan de ella. Pregunto: ¿Cómo es posible que los “evolucionistas” no se hayan planteado que la “transformación” que ella implica deriva de la propia “voluntad” del ser que evoluciona?. Ya Schopenhauer hablaba “Sobre la Voluntad en la Naturaleza”, atribuyendo a este “atributo” del ser todo “suceso” del mundo. Por ese tiempo la teoría de la “evolución” se hallaba apenas esbozada, y cuando Charles Darwinn publicó su teoría (poco antes de la fecha de la muerte de Schopenhauer) aquel la impugnó decididamente. Schopenhauer simplemente no captó las implicancias de la teoría, no estaba familiarizado con ella, no conocía sus antecedentes o los había descartado por no considerarlos suficientemente serios. Empero, si la voluntad es la responsable de todo acontecer en la Naturaleza, como lo postulaba Schopenhauer, (y de hecho, ello constituye un enfoque legítimo), al darse por supuesta la evolución de los seres vivientes se tiene que admitir que ellos se han ido auto construyendo en un proceso gradual sostenido de mayor complejidad cada vez, hasta culminar con el ser humano que se observa estar ubicado (por este tiempo) en la cúspide de esa escala ascendente. Pues bien: ¿Porqué esa “voluntad” ha de detenerse en “esta etapa” en la que aún campea algo que en buena lógica jamás podrá ser “querido” por ella, como lo es “la muerte física”, si lo que se ha “logrado” hasta ahora no es menos maravilloso o menos difícil que el de impedir la “ocurrencia” de ese fenómeno?. La voluntad es la que construye toda realidad (concebida como el propósito que se impone el Ser dotado de Inteligencia, o aún, si así se prefiere configurarlo, como la tendencia inherente a las leyes ciegas de la Naturaleza), por lo que no existen razones para que la evolución quede trunca en este punto donde el temido suceso de “la muerte inevitable” sigue haciendo presa de los seres vivientes, y en especial de los seres humanos, que son los que han inventado un “sentido” propio a este Universo con referencia a “sí mismos”.

El aceptar la “evolución” importa entender que ella opera en un proceso siempre ascendente, apuntando hacia una “meta” que es su “culminación”. Y fuerza es reconocer que con “la muerte física” acechando a cada uno esa culminación todavía no se ha alcanzado. La cuestión está entonces en acoplarse a ese proceso evolutivo que se constata estar ocurriendo desde hace tiempo. El problema surge cuando queremos referirlo todo al lapso de una “vida individual” a la que “por ahora” sobreviene “infaliblemente” la muerte. Claro que el “acoplarse” al proceso evolutivo entraña a su vez la necesidad de “la propia evolución individual” que se produce o debe producirse de manera análoga al proceso global de la “evolución cósmica”, o si se quiere al de la “la evolución de la especie”. Creer en la teoría científica de la evolución apareja por tanto creer en la posibilidad cierta de la Vida Eterna.

Ergo, conforme me lo hizo saber mi demonio, lo que cuenta es caminar recto, pues ya el caminar erecto incidió de una manera decisiva en un momento de la evolución para que esa voluntad que anima a la Naturaleza consiguiera modelar a esta especie para que pudiera construirse a sí misma y construir otro mundo superpuesto al que le venía dado para transformarlo para su propio bienestar. El caminar recto acompañado de esa firme voluntad, de ese querer que debe tener como sustento indispensable  la fé, es lo que nos permitirá alcanzar la meta hacia la cual debe apuntar indefectiblemente dicha evolución que no es otra cosa que la Vida Eterna.

68.- Es imprescindible “adquirir conciencia” de que valgo “por lo que soy” y no por lo “que digan” de mí. Esta “concienciación” puede parecer fácil, pero no lo es. El “mecanismo” que rige el funcionamiento de nuestra biología contiene la “tendencia” a la autoafirmación en el intento de “perseverar indefinidamente en nuestro propio ser” como ya lo puntualizaba Spinoza, y como seres gregarios cuyas fuerzas “individuales” no son suficientes para mantenernos en aquella “creencia”, estamos siempre a la búsqueda de la “confirmación por los otros” de nuestra “valía”. La paradoja que se plantea es que precisamente la “renuncia” a nuestro propio ser es la que “lo afirma” y lo consolida. Y la otra paradoja es que esta misma “renuncia”  entraña a su vez una especie de “reconocimiento” por parte de los otros de la “valía” de uno mismo. De ahí que uno “se gana” la honorabilidad y el respeto de los demás con aquellos actos con los que se persigue “no ganar” nada. Ser capaz de hacer esta distinción momento a momento es en lo que consiste el “conciencizar” o “concienciar” la especie de que “valgo por lo que soy” y no por “lo que digan”. Jesús enfatizó en todo tiempo la necesidad que existe de desarrollar la aptitud para no buscar “los honores que brindan los hombres” y con razón, pues a poco que nos descuidemos los “halagos” de los otros nos llenan de fatuidad y arrogancia.

69.- Todos tenemos plantada en nuestro ser interior la “semilla” de la divinidad. En esta semilla están contenidos en forma latente todos los “recuerdos” de toda la realidad, todo el universo, todos los instantes de la eternidad de la que cada uno formamos parte.  Es cuestión de hacerla germinar, florecer y fructificar, pues eso nos permitirá conseguir la naturaleza divina que es indestructible y eterna.

70.- La declaración de Jesús de que el que quiera ganar su vida la perderá y el que pierda su vida la salvará para vida eterna hace referencia expresa a la necesidad que tiene el ser humano de evolucionar y transformarse revirtiendo sus tendencias primarias que lo ligan con su naturaleza “animal” elevándose hacia su naturaleza espiritual. En virtud de esta última, muchas de las “necesidades” del ser humano son “superadas”, lo que le permite “desprenderse” de su “cuerpo mortal” y adquirir “otro cuerpo” que a la final se debe volver indestructible y ser tan versátil como para no experimentar ya necesidad alguna, aunque sin duda seguirá ceñido a ciertas “leyes” que le vienen impuestas por su calidad de “ser creado”. Sin embargo, esas leyes tendrán como única limitación la voluntad del Creador, vale decir, si la voluntad del ser creado se ciñe a aquella, tendrá la libertad y el poder para ejercer el pleno dominio sobre los “elementos”.

71.- Las cosas tienen sentido de acuerdo al sentido que nosotros les damos.

72.- Suponer que el Buda era “ateo”, riñe con toda la estructura de la doctrina budista. El Buda, tal como se deduce de sus declaraciones, se sentía en realidad tan apabullado por la inconmensurable grandeza de la “Divinidad” que se abstenía simplemente de referirse a ella. No existen palabras que puedan definirla: ¿ a qué entonces especular estérilmente sobre Ella?. Ciertamente, se sentía también “parte” de ella, pero mejor cabría decir que en su insignificancia consideraría una suerte de “irreverencia” atreverse a hablar sobre su “naturaleza”, algo así como la prevención que tenían los judíos para pronunciar el “nombre” de su Dios, aunque el primero estuviera despojado de todo matiz supersticioso. El “saber” del Buda sobre Dios era tan claro y certero que le permitía configurarlo simplemente como “lo no nacido”, “lo no devenido”, “lo no creado”, al que con todas las fuerzas de su fe lo mencionaba como “algo” que “hay” y que autorizaba a entender y a creer que la “liberación” era posible para “lo nacido” “lo devenido” “lo creado”. En lo profundo, no existen diferencias entre la doctrina de Jesús y la del Buda, pues ambos sentían en su ser íntimo esa “unión” esencial con la Divinidad, y la prédica de ambos tiende a lograr que todos alcancemos la misma meta.

73.- El hecho de poder con mi conciencia individual eterna ejercer el “dominio de los elementos” pareciera sugerir que aquella tendría la “potencialidad” de existir “independiente” del cuerpo, por lo que no se requeriría “necesariamente” de la “posesión” de un cuerpo para la perdurabilidad. Menudo interrogante para la filosofía. De hecho, las doctrinas hinduísta, budista y taoísta, y también la cristiana, postulan esa tesis. En esa inteligencia han configurado lo que con diversas denominaciones se conoce comúnmente como “espíritu”, que sería algo así como una especie de “energía” sutilísima en la que consistiría la “esencia” de cada ser. De hecho, es indudable que “la conciencia individual eterna” constituye en sí una “forma” de energía, “algo” que si bien puede tener la naturaleza de la “intangibilidad” como la tienen ciertas “formas” de energía como la luz, es menester admitir que para que la misma sea “reconocible” debería estar revestida de “un cuerpo”, que si bien poseería una naturaleza “sutil” sin estar necesariamente sujeta a las “leyes” que gobiernan a la “materia” corriente que conocemos dentro de esta dimensión espacio-temporal, empero sería imprescindible configurarla como dotada de “cuerpo” pues como “ente creado” ésto sería un “requisito” para su existencia. Sin embargo, estas especulaciones pueden no ser otra cosa que un “condicionamiento” de mi mente que no puede “concebir” lo existente sin un soporte “material” o “energético” similar al que “existe” en este plano. Cabe conjeturar también que la “conciencia individual eterna” que el ser humano llegara a forjar, “integrante” de aquella otra que no tiene comienzo ni final, puede “existir” igualmente como aquella como un “campo de energía” equiparable al “espacio vacío”, que no por ser incorpórea dejaría de ser “distinta” e “independiente” con la potencialidad de hacerse “reconocible” por los demás seres creados que llegaren a adquirir la indestructibilidad, pues todos los “sentidos” que permiten esta aptitud en el ser humano son eminentemente “mentales”, como lo prueba el hecho de que en los sueños se manifiestan igualmente todas las imágenes que normalmente percibimos en nuestro estado de vigilia. Sin embargo, el propio “campo” o “espacio vacío” es sin duda un “cuerpo”, es decir, una “forma” de energía, y si bien la “conciencia” puede “estar latente” sin hallarse inmersa en ese “campo”, es decir, “exenta” del propio “ser”  --equiparable a la “nada” o la “no existencia”--, es de todo punto de vista “necesario” que cuando asuma su calidad de “ser” adopte una “forma inteligible”, que para nuestra “inteligencia usual” se da únicamente con éstas que hemos “aprendido” como seres creados. Ergo, en aquella “realidad superior” a la que accedamos al adquirir nuestra conciencia individual “eterna”, deberíamos poseer “cuerpos” que sean los que nos permitan “ser” en los momentos en que asumamos esta cualidad.

74.- Sin Dios, somos nada. Con Dios, somos todo.

75.- Para salvarnos (o sanarnos), es imprescindible que nos curemos de este viejo cuerpo.

76.- Dios y el Diablo, alternativamente se enseñorean en nosotros. Ambos se encuentran “instalados” en nuestro ser (nuestro cuerpo), y es cosa que nosotros les demos vida a cada cual, conforme a nuestra elección y predilección. La ambigüedad esencial de nuestra naturaleza dual hace que tengamos que extremar el cuidado para “desterrar” al Diablo de este “territorio” (nuestro cuerpo), puesto que fácilmente nos seduce con sus “encantos” o sus “encantamientos” impidiéndonos progresar hacia el “reino” de aquella “realidad superior” hacia la cual debemos ascender por nuestro propio esfuerzo. DIOS nos muestra este mundo --nuestro propio ser-- en una mezcla confusa de manera a hacernos “trabajar” para modelar nuestra “individualidad”, que se ha de lograr precisamente separando “las impurezas” de las que se encuentra inficionada. Él nos quiere “distintos” a Sí mismo, y por lo tanto nos pone a “trabajar” para nuestra propia “construcción” o “edificación”.  Alternativamente hay que afirmar y luego negar esta individualidad, pues por un lado “somos” con y en el Creador,  y por el otro “mediante” Él somos, por lo que, para “existir” en forma “distinta” es imprescindible que estemos hechos sólo de la materia prima de la que Él está constituido, que es la Verdad y el Amor, pues de lo contrario “seremos” la “irrealidad”, la Mentira y el Odio, los cuales son extraños a la esencia de la Divinidad. Estas por el contrario son “creaciones” exclusivas de la “conciencia de separatividad” inventada por el ser humano, “el Diablo”, que es al que hay que “desterrar” de nuestro “cuerpo”.

77.- Uno de nuestros “miedos” en el proceso de construcción de nuestro propio “ser”, de nuestra individualidad, es el “miedo a la soledad”, pues nuestros condicionamientos nos hacen depender “de los otros” de los que “creemos” profundamente “necesitar”. Al percatarnos de que “nadie nos comprende”, nos sentimos tan solos que nos acomete la angustia de ser “únicos” y que no hay “soportes” en los que apoyarnos. Este “sentimiento” es ciertamente fugaz y solo obedece a la fragilidad de la fe, pues la concienciación de la “verdadera realidad” permite que de inmediato sobrevenga la certeza de que son “muchos” los seres creados que han alcanzado la culminación en la construcción de su propio ser y que es solo cuestión de seguir transitando por este sendero para llegar al “reino” de la “realidad superior”, esa dimensión espacio-temporal (o intemporal) donde viven todos estos “seres” liberados de los condicionamientos que nos “atan” a esos temores que no tienen razón de “ser”.

78.- Se me ocurrió que DIOS pudo haberse “sentido” Solo, y por éso “NOS CREÓ”. Esta “ocurrencia” se debe a la tendencia natural en el “ser humano” de imaginar a un Dios antropomórfico. Continúo, por mi innegable pertenencia a esta clase de “seres”, con aquel “condicionamiento” puntualizado por Jenófanes en el Siglo VI antes de nuestra Era, de “crear” dioses a imagen y semejanza de sí mismos, susceptible de hacerse extensivo hasta a los animales, si éstos fueran capaces de “concebir” dioses. DIOS es entero y pleno en su “unicidad” o “unidad”, y al no “necesitar nada”, al no tener carencias, no puede sentir “soledad”, o la angustia que esta “unicidad” depara a los seres humanos. Ciertamente que DIOS también está en nosotros, su “obra”, su “creación”, pero a la vez ÉL mismo. Este “su aspecto”, (que todavía se está haciendo, como diría George Bernard Shaw, o “su Hijo”, en la terminología empleada por Jesús de Nazareth), cuando “siente”, cuando “sufre”, es ÉL mismo el que sufre, pues si ÉL lo abarca “todo” ¿ cómo “separar” este sentimiento de “su Ser total”?. Este “sufrimiento” que Él asumió con nosotros es el precio que hay que pagar para hacer “posible” nuestra existencia como “seres distintos”, pues se trata del mismo mecanismo del que se vale la Naturaleza para conferirnos nuestra “conciencia diferenciadora” para discernir “lo uno” de “lo otro”. Es cuando “siento” el dolor ( y obviamente, también el placer) cuando “sé” que “soy”, o mejor, que “voy siendo”, pues si “nada sintiera” ¿cómo sabría que “soy”?. Esto se va “purificando” poco a poco hasta “entender” que la “naturaleza” del SER, la del “ser increado e incondicionado” es sólo “placer” ( o dicha), y el “acabamiento” de la construcción de uno mismo se produce justamente cuando uno adquiere aquella “naturaleza”, pues es de esa misma materia prima con la que fuimos “hechos”.

79.- Cuando duermo, mi ser sigue existiendo. Cuando muera, si llega a “ocurrirme” ese “fenómeno físico”,  mi ser también seguirá existiendo.

80.- La evolución del “ser humano”, contrariamente a lo que  muchos creen,  está lejos de haber culminado. La culminación de esa evolución acontecerá cuando este cuerpo viejo se transforme lo suficiente como para poder vivir en la dimensión espacio-temporal en el que sus “necesidades” biológicas primarias ya no sean necesarias, tales como el sexo y la comida, y sean asimismo superadas sus limitaciones como la gravedad, la impenetrabilidad y otras más, aún cuando tenga que seguir “ceñido” a ciertas leyes que le den consistencia a la nueva realidad. Puesto que “la inteligencia de la naturaleza” permitió que por medio del proceso evolutivo las aves pudieran emprender el vuelo no puede resultar desatinado considerar que el ser humano llegue a alcanzar esa misma meta, máxime que ahora puede sumar la suya propia a aquella inteligencia para acelerar el proceso evolutivo. Ojo: esa inteligencia (la del ser humano) debe atender primordialmente a ajustar su conducta a lo correcto, pues por ahí se transita el camino de la evolución. Lo contrario conduce inexorablemente a la involución o regresión.

81.- El “yo” es el concepto integrador del ser. “Yo”, decimos, y hacemos alusión a “nuestro ser”. A éste, lo extendemos o lo restringimos según cuál sea el criterio filosófico que profesemos. Si atendemos a nuestra naturaleza esencial es evidente que vivimos “deseando” estar en “los otros”. Cuando alguien “es” o “dice” algo que “coincide” con nuestros pensamientos y deseos, ipso facto se nos ocurre: Ese soy yo, o así quisiera también ser yo. Nos identificamos no solo con el creador de una obra de arte sino también con la obra de arte porque “sentimos” que “está” en nosotros o que nosotros “estamos” en ellos. Lo cierto es que de “hacer caso” a nuestras “tendencias” más profundas, le haríamos abarcarlo “todo” a nuestro ser, pero a ello “se oponen” un montón de “prejuicios” que nos hacen vivir sumidos en confusión. Por un lado, cuando queremos dar satisfacción a nuestros deseos egoístas, la “manera” de incorporar a “lo demás” a nuestro ser es ejerciendo “dominio” sobre ello, con lo cual en realidad “restringimos” sus contornos, pues necesariamente “lo otro” debe ser anulado para “formar parte” de nuestro ser. Por otro lado, cuando nuestro “afán” es guiado por el “desinterés”, que es lo mismo que decir el amor y la compasión, nos integramos en los otros sin detrimento de sus propias esencias, con lo que nuestro ser amplía sus contornos de manera genuina. Así es como el “yo” puede ciertamente ampliarse y fortalecerse, haciendo coincidir “nuestro ser” con todo lo demás, con lo que el “yo” cumple cabalmente la función que mencionamos al principio de ser el concepto integrador del ser.

82.- El mundo como “voluntad” y “representación”, es el enunciado que sirve de título a la obra capital de Schopenhauer, el cual antepone el atributo del “querer” a la “conciencia” del “ser”. Por medio de la representación sabemos que “somos”, y por medio de la voluntad se manifiesta nuestro querer “ser algo”. Primero somos, luego queremos, si discernimos cabalmente nuestra naturaleza, pues tal como en alguna otra parte lo tengo dicho, el nirvana es sólo ser, no querer. Sin embargo, si bien atendemos, es explicable la posición de Schopenhauer puesto que nacemos “sin estar acabados”. En realidad, nosotros “debemos hacernos a nosotros mismos”, debemos construirnos, con el primer nacimiento aún no estamos “hechos para la vida”, para la vida eterna, se entiende; para ésto, es menester “nacer de nuevo” como lo explicitó Jesús a Nicodemo. Este “nuevo nacimiento”, el nacimiento que se produce por medio “del agua y del espíritu” nos confiere el “ser genuino”, nos hace “hijos de Dios” engendrados, no por los deseos y voluntad humanos sino por Dios que es ciertamente “espíritu puro”, vale decir que “es” y está plenamente “hecho” con prescindencia de “todo cuerpo material”, aunque también su ser impregna a toda materia o sustancia concebible, teniendo en cuenta que su “Ser” todo lo abarca, y aún, “todo lo excede”, pues, lo decíamos más arriba, su naturaleza es la infinitud.

83.- Dios “es” aquello que satura a todo lo existente. La “saturación”, vocablo que connota la idea de “colmarlo todo”, es el concepto apropiado para referirse a aquello que está en todo aunque el “todo” no sea ÉL, ni tampoco partes de ese “todo”. Pues también es apropiado configurarlo como “algo” que está más allá del “todo”.

84.- Sin Dios no puedo salvarme, aunque mi salvación tampoco dependa entera y exclusivamente de Dios. También entra en juego mi decisión personal, mi libertad que debe llevarme a tomar las decisiones apropiadas en cada caso para lograr esa meta.

85.- Mi ser se debate entre el “quiero” y el “no quiero” hasta tanto pueda alcanzar el definitivo “no quiero”, que es la aceptación incondicional de la voluntad de Dios. Lo que también puede ser expresado como el “quiero” definitivo, teniendo en cuenta que ese “quiero” simplemente debe coincidir con aquella Voluntad.

86.-Nadie parece creer “realmente” en Dios. Esa “creencia” es una especie de vaga idea que más bien refleja el miedo a lo desconocido antes que la fe firme en algo que “existe” de manera inalterable y eterna. Ciertamente, Dios no es susceptible de ser reducido a categorías conceptuales, pero la fe en su “existencia” debe anegar nuestro ser a tal punto de sentir su “presencia” en nosotros y en todas las cosas para entender que ÉL es el fundamento de todo lo concebible. Una de las cosas que denota a las claras que prácticamente nadie cree en Dios lo suficiente es que no hay ser humano corriente que se conozca que no dé por sentado que no ha de morir. Cuando dice Jesús que “para Dios no hay nada imposible”(Mr. 10,27) sienta el principio de que la fe en Dios y en su omnipotencia constituye la clave de la vida y de todo lo existente. De ahí que la creencia en la “muerte inevitable” no sea otra cosa que el condicionamiento en que nos sume la insuficiente fe en Dios. Si para Dios “no hay nada imposible” ¿qué se opone a que con su ayuda nosotros podamos “vencer” a ese “fenómeno físico” que llamamos “la muerte”?. Evidentemente, solo nuestra falta de fe, o nuestra frágil y ambigua creencia en las mismas enseñanzas de Jesús. No es sin embargo de extrañar esta nuestra flaqueza espiritual pues el mundo se presenta ante nuestros ojos desconcertante y contradictorio, y el camino hacia el afianzamiento de la fe es arduo y exigente. “El que trate de salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda, la conservará” (Lc. 17,33). Dura y paradójica exhortación que sin discusión alude a la necesidad del desapego a las cosas “mundanas”, y a la necesidad de que sea el Espíritu el que actúe en nosotros en todo tiempo para barrer con todos los “condicionamientos” que nos atan a nuestras falsas “creencias” que son las que nos impiden entender que al “perder” esa “vida” efímera y transitoria, podremos “conservar” esa otra, eterna, que palpita en nuestro Creador y que también nosotros debemos hacerla germinar en nuestro ser para adquirir esa naturaleza invulnerable que es propia de Aquel Ser en el que decimos “creer”, aunque está visto que no lo suficiente como para entender que en su poder está el permitirnos borrar definitivamente de nuestra conciencia la amenaza de la muerte inevitable.

87.- Descubrir a Dios implica sentir que “estamos entre dos”, es saber que “en nuestro ser interior” albergamos a “otro ser” que es el que se encuentra al mando del timón de nuestras vidas. Mientras nos “aislemos” en ese pequeño “yo”, en tanto nos “enquistemos” en sus “contornos” impidiendo que Dios penetre en “nuestras vidas” para acompañarnos en nuestra travesía por este mundo, mientras no nos abramos para escuchar su voz que es la que nos debe guiar hacia el “buen puerto” al que debemos dirigirnos, estaremos tropezando constantemente, sumidos en confusión y oscuridad.

88.- Puesto que ya conozco el sentido y el rumbo de mi vida, que es seguir los pasos de Jesús, tal como me lo confirmara la voz de mi demonio en el día de hoy, no hay nada más que necesite saber sino mantenerme vigilante y atento para no desviarme de ese camino. En efecto, habiendo alcanzado la certeza requerida sobre la finalidad de mi propia existencia  --que es la suma de lo que puede ambicionar todo ser humano--, la consigna que resta es perseverar en la fe y en la virtud para conseguir el anhelado perfeccionamiento para poder sobreponerse a todas las dificultades que aún puedan presentarse antes de llegar a la meta final.

89.- El dirigirse a Dios llamándole “Señor” es una actitud que comporta doblegarse a su voluntad, que es lo que han entendido quienes desde antiguo así lo han hecho y lo siguen haciendo hasta hoy. Ya en la Biblia se emplea el “Adonay” hebreo, para denotar aquella actitud. Sin embargo, tal como lo explicita Jesús, no todo el que diga “Señor, señor” entrará en el reino de los cielos, con lo cual enfatiza su siempre inequívoca doctrina por la que enseña que no basta honrar a Dios con los labios sino que hay que llevarlo en el corazón.

90.- Mis viejos demonios encarnados en el miedo y el cansancio merodean constantemente en derredor mío. Más: Si el cataclismo tan temido no se está materializando en este mismo instante ¿ porqué pensar que se ha de producir en los posteriores?. ¿ Porqué más bien no suponer que todo tiene que seguir como ahora mismo, sin esos vendavales que “presiento”, ya que la “vida eterna” no consiste en otra cosa que “eternizar el instante”, lo cual implica sencillamente “enfocar la conciencia” en “el presente” sin desviarla nunca de su “objetivo”?. Cavilo y me percato de que es la fe la que falta consolidar en mi interior para poder vencer a esos demonios.

91.- El problema que se me presenta en el cometido que me impuse de alcanzar la vida eterna es el de “querer morir” que frecuentemente me acomete. Este “querer morir”, producto del “cansancio de la vida” o de las responsabilidades y cargas que lleva aparejada, debe necesariamente ser superado, en un proceso que conduce a revertir aquel otro que lleva a la consumación del fenómeno físico llamado muerte. Ha menester para ello de una constancia y una perseverancia donde la voluntad individual juega un papel preponderante, la cual permite que aquella otra Voluntad otorgue el “poder” para conseguirlo o, como también se puede decir, brinde la “ayuda” necesaria para alcanzar esa meta dentro de la senda trazada por Ella para cada cual.

92.- El “yo” que late y palpita en cada conciencia individual es el mismo “YO SOY EL QUE SOY” que se le reveló a Moisés en el monte Sinaí. Constituye una paradoja crucial la precedente proposición, pues se trata de oponer dos “estados de conciencia” aparentemente inconciliables: Soy yo y a la par no lo soy. Soy “este” ser “mío” y a la vez no, pues es Aquel Ser el que Soy. Soy Dios mismo que vive en este ser, pero al propio tiempo soy otro al que asocio con esta “individualidad”. La paradoja se resuelve con la comprensión de que el “concepto” de Aquello, de aquel Ser que se denominó YO SOY EL QUE SOY, nos envuelve, nos abarca y nos excede, lo que significa que estamos “contenidos” en ÉL, o que ÉL contiene a cada “yo” que se manifiesta en “cada conciencia”, lo cual permite que podamos “identificarnos” con ÉL, pero como nuestro “yo” no lo “acapara” podemos a la vez ser configurados como “distintos” a ÉL. En suma, estamos en ÉL Y ÉL está en nosotros, como decía Jesús, lo que implica que “somos lo mismo” y simultáneamente “somos otros”. Esto evidentemente es un problema que de antiguo los sabios de la doctrina hinduísta lo plantean como el de la “dualidad” que debemos resolver, más ellos lo “superan” identificándose exclusivamente con el YO SUPREMO. A nuestro criterio, Jesús, en base a la tradición bíblica, lo pone de otra manera, distinguiendo el “ser creado”, circunscripto al “yo individual”,  del SER INCREADO que todo lo abarca y lo excede, otorgándole al primero la potencialidad de “ser para siempre” con su individualidad, más el “fundamento” de “su ser” radicará invariablemente en el YO INCREADO con cuyo “material constitutivo” también está “hecho” el “yo” creado que alienta en nosotros los seres humanos individuales.

93.- Cada vez que recuerdo, o leo, o de alguna manera rememoro lo dicho por Jesús, se me ocurre que todo lo que dijo lo dijo concretamente para mí.

94.- Siento bien que Dios me está haciendo, más es evidente que aún no ha terminado conmigo. Menester es que ponga yo también mi parte de esfuerzo, porque de lo contrario el emprendimiento puede quedar truncado.

95.- El propósito de mi existencia es liberarme de todos mis condicionamientos. Pero, extraña paradoja, para eso necesito aceptar mi “condición”, asumir humildemente mis responsabilidades, hacer lo que tengo que hacer, y hacerlo bien, pues esa es la única forma de que aquel propósito, aquella tendencia llegue a concretarse. No hay manera de “acelerar” el cambio sino aceptando realizar todo aquello que me compete de acuerdo con el “rol” que me ha sido asignado por mi Creador.

96.- La concienciación del “ser”, la “existencia”, el “sentirse vivo” tiene como “presupuestos” imprescindibles los “sentidos corporales”, el ver, tocar, oír, oler y degustar. Estos “sentidos” que no precisamente deben estar “en funcionamiento” todo el tiempo --nuestro “ser” no “cesa” de ser cuando estamos sumidos en el “sueño profundo” y en otros “estados de conciencia” en que no entran a tallar tales “sentidos” -- constituyen empero el sustentáculo de la “vida” en el ser creado, y si imaginamos que podemos “ser” prescindiendo de nuestro “cuerpo”, es decir puros seres “espirituales”, ésa es una presunción “abstracta”, carente de soporte “real” que intenta simplemente dar una “explicación” a algo que se ignora con una respuesta que “no dice nada” o que “nada explica”, pues nada especifica sobre cómo “realmente” serían estos seres “espirituales”. Obviamente, podemos concebir “algo incorpóreo” consistente en una “energía” inmaterial, algo así como una “potencialidad” sin manifestarse, como acontece similarmente con “nuestra inteligencia dormida” que “no desaparece” por el hecho de que en nuestra conciencia haya una “ausencia” de pensamientos. De hecho, esta “potencialidad pura”, esta “inteligencia pura” tiene que ser “el origen” de todo lo existente si se acepta que el universo tuvo “un comienzo”, pero esta “inteligencia pura” en nosotros se da sólo mientras tenga como soporte un cuerpo, hasta donde se sabe por este tiempo. Este cuerpo, con los sentidos que le son inherentes, es lo que nos permite “entender” este universo, y si tenemos que configurar la “existencia” de algún universo es impensable que podamos hacerlo sin la “participación” de nuestros sentidos que son los que confieren a las “cosas” el “significado” que encuentra en ellas nuestra inteligencia. Naturalmente, esto se da en el “modo ordinario” de funcionar nuestras conciencias, lo cual no autoriza a descartar otro “modo de funcionamiento” que desconozcamos, pero es dable razonar que las “aptitudes sensoriales” de las que estamos dotados no tendrían porqué dejar de “existir” en otras condiciones de “existencia”. Su maravillosa “utilidad” responde necesariamente a un “objetivo” cual es el de permitir discernir el “sentido” del universo, y la prueba de que “persisten” en otros “estados de conciencia” es que cuando soñamos la “conciencia dormida” los sigue “utilizando” para “crear y entender” los episodios oníricos que se producen en ese estado. La  magnitud de la suprema “Conciencia Pura” es algo imposible de imaginar. Basta pensar que la “luz” que es capaz de irradiar esa Inteligencia Pura necesariamente tiene que ser “superior” a la que irradia el sol, por ejemplo, ya que si de aquella proviene ésta, se encuentra por fuerza en ella “contenida”. El “poder” la “fuerza” y la “magnitud” de la luz solar es algo colosal, de lo que todos podemos hacernos idea. Cómo ha de ser de inmensa la Inteligencia creadora de esa luz y de todo el universo conocido es algo que resulta ya más difícil de imaginar. Precisamente en los “estados de conciencia libres de pensamiento” es cuando se dan como “intuiciones” o “destellos” en los que cual “sentimientos” fugaces pareciera poder “vislumbrarse” esa infinitud, esa llamarada gigantesca e interminable de la que todo proviene. Pero ello acontece precisamente mediante los “sentidos”, pues aunque se produzca hallándose uno con los ojos cerrados, ese “estremecimiento”, ese “avizorar”, entrañan algo que identificamos con la sensación táctil y con la visión. Vale decir, son los sentidos “corporales” del tacto y de la vista las que “entran en juego”. De hecho, cuando mi mente trata de “concebir” a la Suprema Conciencia Una, abarcadora del “Todo” o de la “Infinitud”, la imagina como “el eterno principio de todo ser con capacidad de proyectar y disipar mundos”, en consonancia con la descripción que hace Jorge Luis Borges de lo que postula la doctrina de los Vedas hindúes sobre tal “Ser”. Ahora bien, esa aptitud le conferiría a ese “Ser” el poder “sentir” al igual que nosotros ( en un grado inconmensurable e incomparable con relación a lo que nosotros “sentimos”), aunque careciera de los “órganos sensoriales” que nosotros poseemos. Ciertamente siendo Él mismo esos mundos que proyecta y disipa los “siente” tal como nosotros “sentimos” a nuestro cuerpo. Ahora bien, mi “creencia” es la de que cuando la gente “muere” queda “albergada” de alguna manera en el seno de esa “Conciencia Suprema”, a menos que directamente “despierte” en otra dimensión espacio-temporal donde “recobra” un cuerpo con el que pone de nuevo en funcionamiento esos sentidos. Empero, tales “sentidos” pueden volverse mucho más “sutiles”, y de hecho debe ser así, pues las “propiedades” de la materia como la impenetrabilidad, la durabilidad o el peso no pueden seguir condicionando a quienes han evolucionado alcanzando el “poder mental” para “trascender” esas ataduras. Vale decir, dependerá de “nuestra mente”, que estará adaptada a “otras condiciones” espacio-temporales, la manera en que hemos de “ver”, “tocar”, “oler” “oír” o “degustar” de las cosas, siendo dable conjeturar que nada impediría que podamos levitar, traspasar las paredes, o realizar toda otra actividad que nos permita discernir la realidad que seguiría “existiendo” por sí misma, en el sentido en que nos la sería dada por el que la abarca en su totalidad, y por otra lado, teniendo a esa “materia prima” a nuestra disposición, nuestra mente podría crearla o recrearla en base a nuestra voluntad que en ese punto se puede considerar que llegará a ser verdaderamente libre. En suma, el “ser puramente espiritual” referido al “ser creado” o “contingente” tiene que ser configurado como “un campo” o “un paquete de energía”, y para que subsista “por sí mismo” requiere de “un cuerpo”, lo que se constata con los contornos de éste que nos constituye, que hace posible a través de la sincronización de sus elementos constituyentes la existencia de la luz de la inteligencia, que a los seres humanos les confiere la “conciencia de sí mismos”. Claro que indefectiblemente requiere este cuerpo del soporte de la otra Energía que puede ser concebida como intangible o “separada” del mundo al haber “existido” desde “antes” que él (que el mundo), pero para que dicha “conciencia de sí mismo” llegue a perdurar “por sí misma” deberá necesariamente “hacer uso” de los medios de que se valió aquella otra Energía al “crear” el universo, dándole “forma” a los seres u objetos que lo pueblan por medio de un “cuerpo”, que permite “medirlos y distinguirlos” conforme a su cualidad finita. Parafraseando al Buda cabe decir que después de todo “somos lo que sentimos”, y nosotros los seres “creados” lo que “sentimos” lo experimentamos mediante nuestro cuerpo.

97.- Si mi pensamiento es el “responsable” de la creación de la bomba atómica, cabe dar por descontado que el primero es más “poderoso” que la segunda. Una bomba atómica es capaz de destruir una ciudad. ¿De qué no será capaz el pensamiento entonces?.

98.- Una roca perdura, y carece de pensamientos propios. Mi ser, mi cuerpo, que alberga al pensamiento ¿ vale menos acaso que esa roca?. ¿Qué le ha de impedir perdurar y volverse aún más indestructible que ésta?.

99.- Wittgenstein sustenta: “De lo que no se puede hablar es mejor callar”. No se percató de que hablando sobre lo que no se puede hablar es que se va construyendo poco a poco la realidad, y que ese es el método por medio del cual ha venido construyéndose desde el advenimiento de la especie humana. La “palabra” no se le dió al ser humano “terminada” de una buena vez y para siempre. Hay que ir “elaborándola”, moldeándola, perfeccionándola. Antes que él ya Bernard Shaw decía: Hay quienes ven la realidad y se preguntan porqué. Y hay quienes sueñan con algo que nunca pasó y se preguntan porqué no. En otras palabras: Algunos preguntan ¿Porqué la realidad es así?, en tanto que otros preguntan ¿Porqué las cosas no pueden ser de otra manera?. Estos últimos son los que cambian la realidad, o mejor, la van construyendo, la van haciendo,  pues la realidad, en realidad, hay que ir haciéndola, “realizándola” de instante en instante, y el instrumento de su “realización” es la palabra, que tiene “su fuente” en el pensamiento conceptual. Ya lo decía el Buda:“Somos lo que pensamos. Todo lo que somos, surge con nuestros pensamientos. Con nuestros pensamientos construimos el mundo”.

100.- ¿Qué es lo que haré en todo el transcurso de la “vida eterna” que llegue a obtener?. Pues, responder a esta pregunta de instante en instante.

101.- Está visto que el ser humano es capaz de controlar, con su voluntad, infinidad de “sucesos” que le atañen, y en eso radica precisamente su libertad. Muchas veces sus acciones responden a impulsos incontrolables, aquellas fuerzas primarias que lo mueven son aparentemente imposibles de contener. Sin embargo, ello se da en una escala gradativa que depende de la mayor o menor concienciación que tenga de la realidad o del “ser” cada individuo. Vaya un ejemplo: Si bien mis “necesidades” biológicas me imponen la ineludible “obligación” de alimentarme, puedo no obstante privarme de hacerlo temporalmente, decidiendo en base a mi libre voluntad ayunar varios días sin que esto me cause un daño irreversible. La misma cosa se da con relación al acto sexual que funciona dentro de un margen de mayor sometimiento a la libre decisión de cada individuo. Es evidente que en cada instante voy asumiendo opciones, productos de mi libre voluntad, que inciden en la marcha de los sucesos que me atañen. Cuanto más me deje llevar ciegamente por mis impulsos, que se manifiestan de manera confusa y contradictoria, menos control voy a tener de los sucesos que han de sobrevenir en relación con mi persona, ya que cada hecho tiene su consecuencia en la naturaleza, como puede advertirlo cualquiera que se ponga a reflexionar mínimamente sobre el tema.

La idea a la que quiero llegar a través de la precedente especulación es que nuestra voluntad alberga potencialmente la aptitud para controlar todos los sucesos y todos los hechos y fenómenos que se consideran generalmente como inevitables, como por ejemplo la muerte física. Este “hecho” que se considera que “escapa” a la voluntad consciente ocurre porque nuestra conciencia y nuestra voluntad no se encuentra lo suficientemente desarrollada. Nosotros tenemos el poder para “dirigir” nuestra vida y también nuestra muerte, es solo cuestión de tomar conciencia de ello. La “ley” natural en cuya virtud acaece este hecho no es invariable, pues la misma es de cierta manera “creación” de nuestra propia mente, que va forjando la realidad que le es propia a través de los pensamientos, palabras y obras de cada ser humano. Ni el conocimiento que se tiene de la manera de funcionar las cosas en la naturaleza ni la concepción de un Ser Supremo creador de todo el universo que profesan muchos de los  miembros de la especie humana permite presumir la inexorabilidad de la muerte física. Por el contrario, tal como se aprecia en el contexto de la marcha del mundo, éste va evolucionando conjuntamente con la humanidad, que va creando en base a su voluntad una realidad peculiar que aún con altibajos, va avanzando sostenidamente hacia adelante. La impotencia de nuestra voluntad para conseguir que la vida perdure en el ser humano se debe indudablemente a nuestra incapacidad de “ver” que “además” de la nuestra existe otra Voluntad que trunca cualquier propósito de alterar en detrimento de otros seres el equilibrio dinámico que debe existir entre todos, y el “medio” de que se vale es el de poner freno o límite a nuestros desmanes con la “muerte física”, que es la frontera hasta la que nos permite llegar, hasta tanto comprendamos que el propósito de esa Voluntad consiste precisamente en coadyuvar con nosotros en la construcción de esa realidad que nos permita alcanzar la meta de la perdurabilidad de nuestras conciencias.

En resumidas cuentas, nuestra voluntad, cimentada en la fe o la creencia de que Aquel Ser increado que ni ha nacido ni va a morir ha concebido y creado este mundo y a nosotros los seres humanos para que a Él lo emulemos en cuanto a su indestructibilidad, puede, volviéndose plenamente consciente de sus aptitudes, dirigir y controlar todos los sucesos que usualmente se consideran como acaeciendo “fuera de nuestra voluntad”, siempre que conformemos nuestros pensamientos, palabras y obras a la Voluntad de este Ser que de ninguna manera puede “querer” para nosotros otra cosa que nuestra eternización dentro de la dicha y la beatitud.

102.- El “ser” que permanece en nosotros consigue “hacerlo” mediante el “concepto” integrador del “yo” que permite a cada uno mantener una “conciencia” de continuidad en la relación que mantenemos con lo demás dentro del proceso de cambio constante que se produce en el mundo. El “yo” surge en nosotros, como lo apunta David Hume, siempre en función de las “percepciones” de nuestra conciencia pero el sentido de identidad que perdura, que integra a mi ser de instante en instante todo cuanto se relaciona con “él”, hace que la noción del “yo” no tenga porqué ser desechada como algo trivial a pesar de su aparente “aniquilación” al sobrevenir la muerte física.

103.- Se me ocurre enviar una correspondencia, entre otros, a Fritjof Capra, para darle las gracias por haber trabajado tanto “para mí”. De no ser por él, de no haber realizado esa investigación tan esforzada ¿cómo hubiera podido yo llegar a entender la realidad y la vida en forma apropiada?. Tampoco quiero olvidarme de Deepak Chopra, Arthur Clarke, y tantos otros que ya no están como Isaac Asimov, Bertrand Russel, etc.

104.- En el tema de la fe, quienes no la tienen piensan naturalmente que los otros tampoco son capaces de poseerla, y si acaso conciben que la tienen suponen que se engañan cándidamente a sí mismos. En este asunto, claro, todo funciona como en todos los asuntos humanos en que “medimos” a los otros con la misma vara con que nos medimos a nosotros mismos. Ya lo decía Protágoras: El hombre es la medida de todas las cosas. Lo cual, subjetivado, significa lo apuntado precedentemente. Empero, la fe es susceptible de ser generada a partir de su total ausencia, y luego cultivada e incrementada hasta el grado de aceptar que aquel Dios  --del que estamos tratando al hablar de este tema-- se encuentra presente en todos los sucesos del universo, en cada momento de nuestra vida, y que su Voluntad debe prevalecer invariablemente sobre la nuestra, de modo a transitar por la senda correcta.

105.- Debo aprender a dormir cuando estoy despierto y a despertar cuando estoy dormido. Explico: Dormir cuando estoy despierto es entrar en ese “estado” en el que están ausentes de mi mente todos los pensamientos no obstante lo cual mi “conciencia” sigue palpitando, contrariamente a lo que me ocurre cuando estoy dormido en que estoy sumido en la “inconsciencia”. Despertar cuando estoy dormido es, en cambio, cuando “mi conciencia” comienza a funcionar elaborando en mi mente los episodios oníricos con lo cual se crean “vivencias” tan reales y aún más notables y sorprendentes que los que “me pasan” en el estado de vigilia. Se me hace que ésta puede ser “la manera” en que puedo lograr “trascender” de “este mundo” con “sus leyes” que conducen a la “muerte inexorable”. Cuando Jesús le dijo a Pilato “mi reino no es de este mundo” (Jn. 18,33), se refería sin duda a que “en este mundo” donde “rigen” esas leyes no es el lugar donde él “reina”. Pienso que la vida que uno vive “despierto” pero con la “conciencia dormida” no se diferencia en lo esencial de aquello que llamamos “muerte”, ya que todos los “sentidos” se encuentran “apagados”. La posibilidad de que uno consiga la “quietud” y el “descanso” necesario al “cuerpo” penetrando a voluntad en esa “región”, lo que se logra por medio de lo que las filosofías del lejano oriente denominan la “meditación”, permitiría que el organismo no se desintegre y perdure accediendo de esa manera a la “inmortalidad”. De igual manera, similarmente a como la “conciencia” sumida en sueños crea espontáneamente “realidades” en nada diferentes a las que se “experimentan” en el estado de vigilia, por ese “mecanismo” se puede lograr “vivenciar” el ser de uno y ejercer el control “voluntario” de los sucesos que ahí acontezcan “hasta cierto punto”, es decir, ceñido a “leyes propias” de un “mundo” en el que ya no sobreviene la “muerte inexorable”, con lo cual será posible “trascender”, como se dijo, éste otro, en el que este fenómeno físico se considera como fatal y predeterminado para cada uno de los seres humanos.

106.- El problema de la existencia de Dios es uno de los tópicos de la Filosofía que nunca se agota. Sin embargo, quizás a muchos ya ni les interese, pues como Nietzche optan por proclamar que Dios ha muerto, y así siguen caminando con la idea de que han roto el cordón umbilical que los ataba a ese “invento de la mente” que solo sirve para autoengañarse y negarse a asumir con valentía el rol que les compete para construir ese “superhombre” del que hablaba el filósofo nombrado.

Vistas las ideas predominantes en los campos de la ciencia y la filosofía en los últimos tiempos, se diría incluso que DIOS se ha convertido en una mala palabra. Cuando los rectores del pensamiento han dado por sentado que eso no constituye sino un prejuicio absurdo, no es el caso de seguir insistiendo en un tema que puede hacerle caer a uno en el ridículo. Se diría que el prurito de la “gente bien” va por desechar este tema porque resulta definitivamente cursi.

Esto lo digo, como suele decirse, con conocimiento de causa, pues durante la mayor parte de mi vida y hasta hace poco tiempo atrás yo he sido un ateo convencido, con una convicción tan férrea que no dejaba resquicios para suponer siquiera que algún día pudiera cambiar de criterio. Las tonterías en las que creían los que se autodenominaban creyentes eran imaginerías que tropezaban frontalmente contra las sólidas construcciones que dimanaban de los conocimientos científicos.

Pues bien: he cambiado. Y he “descubierto”, por así decirlo, el motivo por el cual el ser humano es tan reacio a aceptar que Dios existe.

La cuestión es que la gente está enojada con Dios porque Dios no le soluciona sus problemas, entonces le castiga no creyendo en EL.

Esta proposición, amén de su toque humorístico, contiene a mi modo de ver una de las más profundas razones por la que el hombre se ha vuelto contra Aquello que se ha dado en llamar DIOS.

Uno de los problemas capitales que el ser humano ha estado esperando que Dios le solucione es el de la muerte. Y detrás de éste el de los sufrimientos de todo tipo que tiene que afrontar.

Schopenhauer, el filósofo que tal vez más influyó en Nietzche, declaró su rebeldía contra Dios, incapaz de “solucionar” el problema del sufrimiento humano, reemplazándole por la “Voluntad”, a la que había que “aniquilar” porque “su obra” constituida por “este Universo nuestro tan real, con todos sus soles y vías lácteas”, para todo filósofo que se precie es solo “la nada”. De ahí en más, poniendo manos a la obra, Nietzche procedió a “matar a Dios”.  La influencia arrolladora de Nietzche en los pensadores que le siguieron es de sobras conocido.

No es fácil resumir el proceso de transformación operado en mí para llegar a comprender que el prejuicio de la inexistencia de Dios alojado en mi mente por influencia de las corrientes predominantes de pensamiento  --y por mi afán de satisfacer siempre y a toda costa mis “impulsos naturales”-- era el que resultó ser falso.

Digamos que “Dios” no es nada de lo que podamos pensar o decir de Él. Escapa a toda categoría conceptual. Pero afirmemos también, en contraposición a Schopenhauer, citando a Parménides, quien ya en el Siglo VI antes de nuestra Era advertía que “hay Ser, pero nada, no la hay. Es decir, que aún aquello que llamamos “la nada” es el SER, diríamos que se halla “envuelto por el Ser, lo integra”. Este SER, que puede ser “concebido” por nuestra mente como el SER SUPREMO, que está en todas las cosas, aún en “la nada” es a lo que llamamos DIOS quienes lo hemos “encontrado”.

Y ahora viene a cuento lo que anticipábamos: La dificultad para encontrarlo estriba en que queremos derivar en Él nuestras responsabilidades para solucionar los innumerables problemas que nos aquejan. Nos olvidamos de que Él precisamente nos puso acá para que nos construyamos, con su ayuda, dotándonos de la inteligencia y la voluntad junto con la materia prima necesarias. Cumplamos correctamente el rol que nos ha sido asignado, tal como ya lo enseñaba Sócrates, y los problemas que nos aquejan se solucionarán naturalmente. Y en ese momento podremos entender que también poseemos la aptitud para conjurar a ese otro fenómeno tan temido: la muerte. Y comprobaremos que realmente la vida eterna existe: es ahora. Puesto que, parafraseando a Parménides, podemos decir que solo hay vida (el Ser), pero muerte ( la nada) no la hay.

107.- Somos semilla en la que se encuentran latentes Dios o el Diablo. A nosotros nos toca elegir a cual de ellos darle existencia.

108.- Dejar de ser....para ser con el SER SUPREMO. Dejarse llevar, insertarse en el cauce de su fluir perpetuo, saberse definitivamente su instrumento, renunciar a todo deseo que no responda a su Voluntad y designio, y alcanzar merced a eso la plenitud y la dicha.

109.- El trabajo del filósofo: parirse a sí mismo.

 

 

 

 

 

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