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JOSÉ CARLOS RODRÍGUEZ


  LA SOCIEDAD A PESAR DEL ESTADO - Autores: BENJAMÍN ARDITI / JOSÉ CARLOS RODRÍGUEZ - Año 1987


LA SOCIEDAD A PESAR DEL ESTADO - Autores: BENJAMÍN ARDITI / JOSÉ CARLOS RODRÍGUEZ - Año 1987

LA SOCIEDAD A PESAR DEL ESTADO

MOVIMIENTOS SOCIALES Y RECUPERACIÓN DEMOCRÁTICA EN EL PARAGUAY

 

BENJAMÍN ARDITI – JOSÉ CARLOS RODRÍGUEZ

 

Prólogo de LINE BAREIRO

Editorial EL LECTOR

Colección Realidad Nacional N° 2

Tapa: LUIS ALBERTO BOH

Asunción – Paraguay

Julio 1987 (106 páginas)


BENJAMIN ARDITI es licenciado en Economía Política de la Universidad de Toronto, maestría en Teoría Política en la Universidad de Essex, Inglaterra; candidato al doctorado en Teoría Política en la misma universidad. Trabajó como investigador visitante en el Instituto de Investigaciones Sociales de la Universidad Nacional Autónoma México (UNAM); profesor invitado en la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO, sede México) y de la Escuela Normal Superior de Monterrey, México. Es miembro del grupo de trabajo sobre Teoría del Estado y de la Política y del grupo de bajo sobre partidos políticos del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO). Entre los muchos trabajos publicados se citan los siguientes: “Modernizacion y Cambio Social en el Paraguay, 1960- 1983”, firmado conjuntamente con Domingo Rivarola, para la revista de Desarrollo Social de CEPAL; “Expansión del Estado Social en el Paraguay desde 1936”, CPES, 1985 y otros muchos estudios sobre su especialidad.

JOSE CARLOS RODRIGUEZ, licenciado en Psicología por la Universidad Católica Asunción; hizo estudios de Sociología en FLACSO, sede Buenos Aires, y obtuvo el D.E.A. en Sociología en L’Ecole Superieur des Hautes Etudes en Sciences Sociales, de Paris. Fue profesor del Departamento de Psicología de la Universidad Católica de Asunción; jefe del Departamento de Estudios y Proyectos en el Centro de Investigacion y Acción Social (CIAS) de Asunción y del Instituto para el Desarrollo Integral y Armónico (IDIA), coordinador del Departamento de Investigación del Banco Paraguayo de Datos (BPD). Es miembro de la Comisión Estudios Laborales de CLACSO. Entre sus escritos, figuran: “Coyuntura Sindical  Paraguaya”, Asunción, 1982; “L’Etat s’espare de Movement Ouvriere, 1936-1981”, Paris, 1985; “Manifiesto Democrático. Una propuesta para el cambio”, conjuntamente con Euclides Acevedo, Ed. Araverá, Asunción, 1986, “Situación actual de la historiografía sobre el Movimiento Obrero Paraguayo” Asunción, 1986.



PRÓLOGO

Una comunidad intelectual se va reconformando lentamente en el Paraguay, ganando espacios al oscurantismo y al trabajo aislado. Su existencia y vitalidad constituyen un imperativo para una sociedad que necesita pensarse a sí misma. La comunidad intelectual, que hace del pensar la sociedad su oficio, forma parte de la comunidad cultural de nuestro país. Hoy, esta última se ha ido constituyendo en uno de los polos más vitales y creativos del quehacer nacional.

La idea de “comunidad cultural” puede entenderse en dos sentidos, uno amplio y otro restringido. En sentido amplio, “comunidad cultural” se refiere a todas las actividades propias de una sociedad determinada, mientras que en sentido restringido, se refiere al quehacer de los sectores que conforman las “minorías especializadas" productoras de cultura. En este segundo sentido, la comunidad cultural estaría compuesta no sólo por intelectuales, sino también por artistas, literatos, educadores y comunicadores sociales. Es decir, por quienes “han hecho del pensar acerca de la sociedad nacional y sus problemas, del crear obras y símbolos de diverso tipo, del experimentar con formas innovadoras en sus respectivas especialidades, y del transmitir el cúmulo de reflexiones, creaciones y experimentaciones, su vocación, vivencia u ocupación primordial”  1/.

El funcionamiento de una comunidad intelectual implica un debate dinámico y abierto entre sus integrantes acerca de su propia producción. Es decir, implica que lo que una persona o grupo produce, es estudiado, repensado y utilizado por los otros en su propio trabajo. Ello contribuye a que las investigaciones y ensayos producidos por unos no sean ignorados o que tengan, como única repercusión, el aplauso o la descalificación acríticas de los otros. Al contrario, devienen referencias para cualquiera que se interese en analizar el mismo objeto o tema de estudio, aunque más no sea para distanciarse o adherirse al contenido de los mismos. Dicho de otra manera, se crea una tradición, un patrimonio cultural colectivo al cual el investigador o analista puede remitirse.

La comunidad intelectual de un país también forma parte de la comunidad y los debates internacionales del mismo tipo y, por lo tanto, tienen un escenario más amplio que las fronteras de un país, una región o un continente. Lo que se produce teóricamente o a nivel de investigaciones empíricas en y sobre otras sociedades, también debe ser tomado en consideración.

Se puede hablar de “reconformación ” de la comunidad intelectual puesto que la vital y creativa comunidad que existía hasta los años 40 en nuestro país, quedó desarticulada como consecuencia de un contexto socio-político y cultural adverso. Los intelectuales, individualmente en el país o desde el exilio, no pudieron desarrollar un combate efectivo por la libertad de pensamiento y de expresión, basado en la generación de ideas, métodos, enfoques e interpretaciones innovadoras en el plano de la creación científica.

Los autores de este ensayo son exponentes del sector de intelectuales, hombres y mujeres, que proponen nuevos modos de pensar su sociedad y sus problemas; y que a partir de ese trabajo aportan a la democratización de la sociedad paraguaya. Esto constituye, además, una forma de hacer política con un rasgo particular: por un lado, es un modo de pensar que no está alineado con un partido político u organización social determinados —lo cual permite mantener una cierta distancia con lo estudiado—; por otro, incorpora en su problemática el punto de vista de los protagonistas sociales. En cierta manera, se trata de “intelectuales orgánicos” de la sociedad.

La colectividad a la cual ellos pertenecen puede ser calificada como “no académica Pero no porque prescindan de los métodos académicos del trabajo intelectual como profesión, sino más bien porque su producción tiene lugar fuera de los circuitos universitarios. De hecho, hoy, en el Paraguay, a diferencia de otros países, no es en la “academia”, no es en la universidad donde se está produciendo el pensamiento más vigoroso e innovador sobre la sociedad paraguaya. A falta de una universidad dedicada a estas tareas, éstas están siendo generadas en centros de investigación más o menos pequeños y sin apoyo oficial.

Este ensayo gira en torno al tema de la politicidad de los movimientos sociales y de la incidencia de éstos en la democratización de nuestra sociedad. Es por ello que no se desarrolla explícitamente un pensamiento acerca de los actores político-partidarios, del estado, de otros actores sociales vinculados con la problemática democrática o, incluso, aspectos históricos o estructurales de los movimientos sociales que no tienen relación con esto. Estos temas, sin embargo, han sido desarrollados por los autores en otros trabajos que enmarcan la reflexión desarrollada en La Sociedad a pesar del Estado 2/.

Un problema que el pensamiento democrático enfrenta en nuestro país es que, si bien ya se dispone de una reflexión acerca del autoritarismo, aún no tenemos algo comparable acerca de la historia de las formas, de los mecanismos y de las luchas por la democracia en el Paraguay. Por lo menos, aún no con el nivel de complejidad y reflexión que la situación política actual y una cultura política democrática lo reclamarían.

En términos estrictos, es indiscutible que jamás hemos tenido un sistema político democrático, y que en nuestro país el partido o agrupación política que accede al gobierno del estado, lo hace, lo conserva o lo pierde a través de la violencia. Pero esta constatación no debe mantener en la penumbra la historia y los resultados de luchas por el pluralismo, por la igualdad, por la auto-organización y por el respeto a los derechos de mayorías y minorías, que deben ser recuperadas por la memoria y empleadas por la colectividad como la tradición de libertad y democracia de nuestra sociedad.

Los autores son, pues, intelectuales que no pretenden hacer ciencia social desde arriba o desde afuera de la sociedad y de los anhelos de su tiempo, sino desde adentro de ellos. No les da lo mismo autoritarismo que democracia: a través de sus trabajos, toman abiertamente posición por ésta última y buscan aportar elementos para la formación de una cultura democrática en la sociedad. Su compromiso con la reivindicación democrática no les impide a los autores desempeñarse como intelectuales críticos, que analizan su objeto de estudio a partir de presupuestos teóricos y metodológicos, tratando principalmente de comprender y no de juzgar.

La opción escogida en este nuevo ensayo es la de la recuperación de una tradición de lucha y el análisis de algunos actores sociales involucrados en ella. La recuperación de esta tradición contribuye a la formación de una conciencia democrática y a la comprensión de que hay un proceso histórico sobre el que debemos reflexionar, tanto para la reconformación de las identidades sociales como para la recomposición de nuestra propia identidad como sociedad. De hecho, como ya se ha señalado en otro trabajo, en el Paraguay “Las represiones impiden la continuidad de las prácticas sociales, y la falta de un pensamiento orgánico acerca de nuestra práctica y nuestra historia impide la constitución de procesos: muchos movimientos deben recomenzar continuamente su trabajo sin poder recurrir a la experiencia colectiva ” 3/.

Los intelectuales aportan a la creación de una conciencia de los procesos en los cuales se inscriben las luchas del presente. Y la conciencia de estos procesos actúa, a su vez, como soporte de las luchas del presente. Los intelectuales, con su trabajo, contribuyen a la creación de una memoria colectiva basándose en memorias fragmentadas en documentos y personas a los que la mayoría de los ciudadanos no tienen acceso o en los cuales éstos no pueden encontrar los hilos conductores que configuran su sentido: crean memoria basándose en memorias.

El título del trabajo puede suscitar una interrogante: ¿Por qué recuperación democrática, si en nuestra historia no hemos conocido más que autoritarismos? Una respuesta posible es que lo que acá se está recuperando no es la vigencia de un sistema democrático que se habría perdido, sino las semillas, los gérmenes de lucha por la democracia que solemos olvidar. No estamos en una situación como la del pueblo uruguayo, donde se recuperó un sistema político democrático preexistente a un golpe militar.

El análisis del ensayo evoca a otro trabajo hecho por uno de los autores 4/, en el cual se explica cómo en nuestro país las iniciativas políticas van, generalmente, desde el estado hacia la sociedad civil, y no viceversa. Acá, en cambio, se busca exponer las pulsiones que invierten el proceso.

Pero el título también alude, intencionalmente, al del principal trabajo teórico escrito por Pierre Clastres, La Sociedad Contra el Estado. El parafraseo constituye algo más que un simple juego de palabras. Clastres, antropólogo francés, basó granearte de sus reflexiones en las investigaciones de León Cadogan y en su propio trabajo de campo entre indígenas del Paraguay. Se preocupó fundamentalmente acerca del poder en las sociedades primitivas. Su fascinación con los tupí-guaraní, con su organización, sus creencias, mitos y rituales, provenía de la constatación de un hecho particular: eran sociedades sin estado, sociedades en las cuales el poder no estaba concentrado en una persona o en un grupo, ni tampoco separado de la sociedad, o sobre ella. Por consiguiente, decía, tampoco daban lugar al nacimiento de la desigualdad, de la esclavitud y la división social. Para él, el rechazo del estado estaba ligado a la reivindicación de la libertad y de la autonomía de la sociedad.

La Sociedad a Pesar del Estado también reivindica la libertad y la autonomía desde el punto de vista de la sociedad, pero en base a una concepción política en la que no se busca la eliminación del estado, sino más bien su control comunitario a través de un mecanismo capaz de fortalecer a la sociedad por obra de ella misma: la democracia. Libertad, autonomía, democracia y control del poder son los términos recurrentes en este ensayo, que busca —a través de una reflexión y argumentación que se mueve en el plano de lo social—, dibujar los contornos de un imaginario colectivo que está constituyéndose en la conciencia de la colectividad del presente.

Los autores se inscriben en una línea de reflexión que investiga, en otros países, la creación de una nueva cultura política creada desde abajo por los movimientos sociales. Los analistas extranjeros se refieren a los “nuevos movimientos sociales” como los de mujeres, barriales, pacifistas, de minorías de diverso tipo, etc., mientras que en La Sociedad a Pesar del Estado analiza los movimientos sociales “tradicionales”, como el de trabajadores, el campesino y el estudiantil. En el caso paraguayo, estos movimientos tradicionales, por haber estado desarticulados y derrotados, y encontrarse en fase de reorganización, también pueden ser considerados como “nuevos”. Los “nuevos” movimientos de otros países aquí no existen aún, o todavía no han ganado ni espacio, ni fuerza suficiente como para modificar o crear cultura política en nuestro medio.

Los autores entienden “que los movimientos sociales contribuyen a la producción de formas, espacios y mentalidades democráticas a partir de una actividad desarrollada en el terreno usualmente designado con el nombre de “sociedad civil”, y que la acción de estos actores “no excluye sino que complementa a la de los partidos, sólo que en otro terreno, un terreno extra-estatal, el terreno propiamente societal”. Ellos se proponen “mirar a los movimientos sociales, a la historia de sus luchas, a las tareas que se han propuesto, a las metas que han cumplido, al potencial renovador que pueden tener en una dirección democratizadora de nuestra sociedad”.

Es un proyecto ambicioso, que los autores no siempre cumplen. Hacerlo supondría la existencia de una historiografía de las luchas, de las tareas propuestas y de las metas cumplidas por cada movimiento, basada en investigaciones anteriores, propias o ajenas. Esto fue posible en el caso del movimiento de trabajadores, ya que uno de los autores es especialista en la materia, y dispone de archivos y trabajos previos 5/. Pero no se pudo hacer lo mismo en relación al movimiento campesino, cuya historia aún carece, en general, de una historiografía amplia. En este caso, el ensayo queda en deuda con la historia de las conquistas campesinas, principalmente en lo que respecta a las Ligas Agrarias Cristianas y las Comunidades Cristianas de Base, puesto que sobre esas experiencias existen ya algunos trabajos publicados y uno de los autores inclusive participó en la elaboración de uno de ellos 6/.

El espíritu general del trabajo es de un optimismo desbordante por la recuperación de espacios democráticos y democratizadores. Eso hace que, aunque se señalen los límites y dificultades, al terminar la lectura, quede una sensación de que pasa más de lo que en realidad sucede, lo cual puede llevar a generar falsas expectativas acerca de la magnitud de los espacios ganados. En su trabajo, los autores parecen estar descorchando una botella de champán. Este espíritu es positivo, puesto que el placer y la alegría pueden dar más fuerza y eficacia a un trabajo de este tipo.

Sin embargo, para medir las posibilidades o el potencial renovador de estos movimientos se podría haber reflexionado más acerca de la correlación de fuerzas en nuestra sociedad. Esta necesidad se refiere a cada uno de los actores tratados, pero es imprescindible para el caso del movimiento estudiantil universitario, que los actores consideran que ya ha derrotado a la dictadura dentro de sus gremios.

En cuanto a la visión que transmiten sobre el movimiento de trabajadores, es posible relacionarla con el Fausto germánico reelaborado por Goethe. Solo que aquí se trata de un Fausto colectivo del subdesarrollo, un Fausto sujeto social de la pobreza. En la historia de Fausto, un gran científico humanista, que ya estaba llegando al fin de sus días, vende su alma al diablo a cambio de recuperar la juventud, y con ello, pierde todo lo que más amaba sin alcanzar la felicidad. Nuestros Faustos del sindicalismo oficialista, al subordinarse al poder estatal y partidario vendieron —según creen— una parte de sus almas a cambio de concesiones. La pequeña auto-venta significa, sin embargo, la pérdida del alma, la pérdida de la fuerza y de la dignidad obrera, sin conseguir más que la supervivencia a través de la sumisión.

El ensayo atiende principalmente a las formas organizativas, las propuestas, conquistas e ideología de los sujetos analizados. Atiende, sobre todo, a los factores “subjetivos” de los mismos, esto es, a la creación de identidades y modos de relacionamiento colectivos antes que a las condiciones económicas y demográficas de su existencia.

Es quizás el trabajo más completo y globalizador que se ha producido en nuestro medio desde esa perspectiva, aun cuando evidentemente deja de lado muchos elementos políticos del MIT-P, tales como, el nuevo relacionamiento, “de igual a igual”; con los partidos políticos, el reconocimiento que van obteniendo del empresariado, la solidaridad con otros sectores sociales, su compromiso explícito con la democratización del país, los intentos de articulación multisectorial con movimientos sociales urbanos (tal como el Encuentro Permanente de Organizaciones Sociales, EPOS), con éstos y los partidos de oposición (la reunión Multisectorial), e inclusive su participación en el Diálogo Nacional propuesto por la Iglesia Católica.

Subjetividad contra subjetividad, la que firma el prólogo no encuentra en el movimiento estudiantil universitario la alegría y el espíritu de fiesta como características de sus actuales organizaciones y dirigentes. Antes bien, encuentra que los estudiantes valorizan casi exclusivamente lo racional y que son de una seriedad aplastante. Si el acto de lanzamiento de la FEUP se convirtió en una fiesta maravillosa, fue gracias a la lluvia que cayó y a pesar de la dirigencia estudiantil, que lamentó no poder seguir estrictamente con el programa porque, “habían propuestas que hacer y hay cosas más importantes que cantar y bailar”. Finalmente, hubiese sido interesante que los autores hicieran alusión al debate actual sobre la posible formación de un nuevo partido o movimiento político que, aparentemente, es una propuesta que se desarrolla principalmente entre estudiantes y profesionales jóvenes.

El ensayo rescata, sin embargo, los rasgos principales de los temas de debate en los movimientos sociales y sobre ellos. Indudablemente suscitará interés y polémicas, tanto entre intelectuales como asimismo en los sectores analizados y en la sociedad política.

Es gracias a este tipo de trabajo que el saber práctico, el ajetreo de la vida real de la sociedad y sus determinantes oscuros devienen palabra clara y pulida: deviene concepto, objeto de reflexión. Este es un tipo de escritura a través de la cual, el dentista social o político deviene, con su obra, un protagonista de los procesos que analiza.

Line Bareiro


NOTAS

1/ Benjamín Arditi, Line Bareiro, Olga Blinder, Carlos Cristaldo, Carlos Colombino, Vicente Cárdenas, Ticio Escobar, Teresa González Meyer, Miguel Heyn, Ricardo Migliorisi, Emilio Pérez Chaves, María Lis Rodríguez A., José Carlos Rodríguez, Fernando Robles, Osvaldo Salerno, Verónica Torres y Ada Verna, Comunidad Cultural y Democratización en el Paraguay, Rafael Peroni Ediciones, Asunción, 1986.

2/ José Carlos Rodríguez, por ejemplo, ha publicado, entre otras cosas Manifiesto Democrático: Una Propuesta para el Cambio, junto con Euclides Acevedo, Editorial Araverá, Asunción, 1986, “Situación actual de la Historiografía del Movimiento Obrero Paraguayo", Documento de Trabajo Nro. 3, Centro de Documentación y Estudios (CDE), Noviembre 1986, “Francisco Gaona: Historia de la Obra”, prólogo a Francisco Gaona, Introducción a la Historia Social y Gremial del Paraguay, Tomo II, Rafael Peroni Ediciones, Asunción, 1987; por su parte, Benjamín Arditi ha publicado “Sujetos a Debate”, en El Buscón Nro. 7, Diciembre 1983, México D.F., “El Sentido del Socialismo, Hoy (Discurso, Política, Sujeto)”, en Opciones Nro. 7, Setiembre-Diciembre 1985, Centro de Estudios de la Realidad Contemporánea (CERC), Santiago de Chile, “El deseo de la Libertad (La Dialéctica y la Cuestión del Otro)”, en David y Goliath Año XVI, Nro. 50, diciembre 1986, Revista de CLACSO, Buenos Aires, “Historia y Memoria”, prólogo al libro compilado por Alfredo Seiferheld, La caída de Federico Chaves, Editorial Histórica, Asunción, 1987, “Estado Omnívoro", Sociedad Estatizada, Poder y Orden Político en el Paraguay", Documento de Trabajo Nro. 10, Centro de Documentación y Estudios (CDE), Asunción, Mayo 1987. Ambos participaron en la redacción de Comunidad Cultural y Democratización en el Paraguay, ya citado. Democratización en el Paraguay, ya citado.

3/ Ver el ya citado Comunidad Cultural y Democratización en el Paraguay, Pág. 22.

4/ Benjamín Arditi, “Estado Omnívoro, Sociedad Estatizada”, op. cit.

5/ Ver los trabajos ya citados de José Carlos Rodríguez, como asimismo el Archivo de Francisco Gaona y los dos tomos de Francisco Gaona, Andrés Nickson, “Breve Historia del Movimiento Obrero Paraguayo”, Serie Contribuciones, CDE, Asunción, Mayo 1987, Roberto Villalba, “Cronología del Movimiento Obrero Paraguayo, 1986”, Documento de Trabajo CDE Nro. 4, Asunción, Marzo 1987.

6/ José Carlos Rodríguez, Oñondivepá, Comité de Iglesias, Asunción, 1979.


 

1. EL RESURGIMIENTO DE UNA SOCIEDAD DESMANTELADA

El momento que vivimos se caracteriza por el lento decline de un orden autocrático que había desnaturalizado el carácter republicano del poder estatal y asfixiado a la sociedad. En este crepúsculo aún no se reconocen impulsos lo suficientemente fuertes como para que podamos reconocer en ellos cauces democráticos para la gestión del poder, aunque sí algunos signos de esperanza. Sobre este fondo, e incluso desde más atrás de este escenario, emergen —o quizás resurgen— nuevos actores del quehacer público: los movimientos sociales.

No habían sido invitados a actuar en el escenario nacional ni fueron siempre bienvenidos cuando lo hicieron. Y, sin embargo, con una tenacidad incontestable, han pasado a ocupar un espacio que ayer les estaba prohibido e, incluso, a crear espacios nuevos, modos de actuar y de pensar que no existían, que habían sido olvidados o que la sociedad se negaba a reconocer y hoy debe aceptar.

En este contexto se formulan las preguntas que guían a este ensayo: ¿Cuánto podemos esperar de los movimientos sociales en el Paraguay desde el punto de vista de la democracia? ¿Cuánto contribuyen a desarrollar las premisas y cuánto aportan para la construcción de un orden democrático? ¿Cómo pensar el papel de esta pluralidad de movimientos cuyo carácter diverso les hace vivir en espacios y, en ocasiones, también en tiempos diferentes?

 

a.       El Estado contra la sociedad.

Los paraguayos vivimos en una sociedad altamente estatizada, vale decir, en una sociedad en la cual el actor estatal es en relación a otros estados un actor fuerte y preponderante. Bajo las circunstancias actuales, esta fuerza del estado se superpone y se confunde con la fuerza de un núcleo de poder de decisión en el que confluyen las esferas del gobierno, del partido oficialista y de las fuerzas armadas y de orden, en una articulación altamente personalista. El estado o, para ser más precisos, el núcleo de poder de decisión, se ha convertido en el punto de referencia obligatorio para la estructuración de nuestra vida cotidiana 1/.

Paradójicamente, se trata de un Estado con una estructura institucional y con una capacidad de gestión relativamente esqueléticas. Apenas ha logrado ir completando el registro civil de las personas; no logra generar políticas anticíclicas para defender la economía nacional ni implementar una estrategia de desarrollo que beneficie a la gran masa trabajadora; es incapaz o reacio a frenar el amplio espectro de actividades ilícitas cuyo volúmen monetario excede con creces el valor total de nuestro comercio exterior; y tiene un extendido cuerpo de funcionarios que en su gran mayoría percibe sueldos inferiores al salario mínimo, lo cual facilita el surgimiento de prácticas corruptas.

Además, los paraguayos vivimos en un espacio institucional estructurado por un régimen político arbitrario y excluyente. Es arbitrario, por cuanto la “orden superior” puede y de hecho suele tener más peso que la normatividad jurídica, puesto que el núcleo estatal tiene singular apego a la idea del poder como su atributo exclusivo e indivisible, y que de hecho ejerce el poder como capacidad de mando y obediencia irrestricta sobre propios y ajenos. Los que ocupan cargos en diversos aparatos del Estado (burocracia, empresas públicas, juzgados, penitenciaría, Fuerzas Armadas, Policía) responden, más allá del principio de obediencia jerárquica institucional, a la voluntad del núcleo de poder que se estructura en torno a la figura del jefe del Ejecutivo. Las instancias formales intermedias encargadas de mediar en los conflictos y forjar e implementar decisiones político-administrativas (burocracia, Parlamento, juntas municipales) carecen de autonomía operativa real en relación al poder “superior”. El arbitrio gubernamental en la represión física y el hostigamiento permanente se ejerce, como en toda forma autoritaria de gobierno, para controlar y desarticular disidencias de carácter político y social.

El régimen es excluyente, por cuanto las grandes mayorías sociales y las minorías étnicas, lingüísticas o culturales carecen de una incidencia real en la conformación de las decisiones públicas y en la materialización e implementación de éstas a través de las políticas públicas. Partidos políticos y movimientos sociales constituyen, en otros sistemas, canales y vehículos habituales para la formulación de demandas y la exigencia de soluciones. En el nuestro, carecen de un marco institucional de accionar efectivo y de receptividad en el interior del régimen político imperante. Más que una república, que presupone que el manejo de los asuntos políticos es esencialmente público y no privativo de unos pocos poderosos, el modo de funcionamiento de nuestro ordenamiento institucional es, en la práctica, el de una autocracia.

Por último, los paraguayos vivimos en una sociedad civil que ha sido sistemáticamente desmovilizada por el Estado a través de la desarticulación de sus organizaciones. Esto se llevó a cabo a través de una política oficial que, por una parte, privilegia la formación y el funcionamiento de esas organizaciones bajo un control verticalista, sin permitir la autonomía de su tutela, y que, por otra, realiza esfuerzos conscientes y sistemáticos por bloquear su recomposición autónoma. En este sentido, la fuerza del Estado - del núcleo de poder que lo ha controlado- radica más que nada en su capacidad para inhibir a la sociedad civil y corromper a la sociedad política, convirtiendo a las organizaciones de ambas en sus satélites.

 

b.      Un tiempo de incertidumbre: Impulsos democráticos y vacilación política.

Sin embargo, hoy se puede constatar un proceso de reversión paulatina de la pasividad societal. El proceso de crecimiento de demandas y tensiones sociales en los últimos años ha sido innegable. Y no sólo en términos cuantitativos, que se apreciaría en el mero hecho que hoy más personas hacen más reclamos, y lo hacen más frecuentemente: también crecen y se hacen más complejas las formas de acción, de organización y de pensamiento. El carácter subterráneo e “invisible” del movimiento social se ha ido tomando cada vez más abierto y difícil —si no imposible— de relegar a la obscuridad de aquello que se considera inexistente mediante el dispositivo habitual de la negación u ocultamiento sistemático de la realidad. Basta mencionar, por ejemplo, las movilizaciones sociales en torno a reivindicaciones gremiales de los trabajadores del Hospital de Clínicas, las ocupaciones de terrenos por parte de campesinos sin tierras, los reclamos de grupos de mujeres por obtener la igualdad jurídica en el nuevo Código Civil o las presiones internacionales en demanda del respeto y la vigencia de los derechos humanos.

Asimismo, son innegables los esfuerzos por recomponer organizaciones desmanteladas, por recuperar las organizaciones sometidas e inoperantes o por crear nuevas organizaciones en los espacios donde éstas no existían previamente. Los ejemplos más recientes son la conformación de movimientos u organizaciones campesinas tales como el Movimiento Campesino Paraguayo (MCP) o la Coordinadora Nacional de Productores Agrícolas (CONAPA), del Movimiento Intersindical de Trabajadores (MIT-P), de la Federación de Estudiantes Universitarios del Paraguay (FEUP), de grupos de mujeres, núcleos de trabajadores de la cultura, etc.

También se pueden mencionar las fisuras en la “unidad granítica” del oficialista Partido Colorado, pudiéndose distinguir corrientes internas con posturas y dirigencias contrapuestas, con intenciones de competir por el gobierno del aparato partidario 2/. Se trata de un verdadero proceso de repolitización del coloradismo. Algunos, como los “tradicionalistas”, pretenden rescatar espacios de autonomía para el partido en relación al gobierno, aunque sin cuestionar el modo general de ejercicio del poder político; otros, los “militantes”, pretenden perpetuar un orden político que, siendo anteriormente “natural” e incuestionado, hoy debe ser sostenido por la vía de la lucha intrapartidaria y la movilización de sectores de la ciudadanía.

Pero está también el caso de los colorados “éticos” los “nuevos demócratas” surgidos en la era post-Itaipú. Los exponentes de esta corriente del coloradismo han canjeado la conveniencia personal de ocupar lugares dentro de la estructura de poder —opción tentadora y segura, por no decir lucrativa— por el deseo explícito de recuperar la dignidad personal y cívica asumiendo las consecuencias, no siempre gratas, que vienen aparejadas con la decisión de sumarse a la lucha por la recuperación de libertades y por la reorganización y reorientación democrática del Estado 3/.

En este marco, no cabe duda que se puede percibir en los círculos oficiales una vacilación respecto al futuro, algo que hasta hace pocos años no existía ya que la autocracia gozaba de sólida salud, creciente vitalidad y auspicioso pronóstico. La incertidumbre acerca del futuro aparece como temática obligada para la reflexión de políticos, analistas y ciudadanos. ¿Quién se atrevería hoy a predecir categóricamente la forma en que se darán las cosas en el mediano plazo? El régimen autocrático no tiene muchas posibilidades de continuar funcionando tal cual lo ha hecho hasta ahora, puesto que, incluso para no cambiar, necesita modificar en alguna medida sus cuadros directivos, sus propuestas y sus medios de gestión y de ejercicio del poder.

Algunos cambios ya se pueden apreciar. La no prórroga del estado de sitio luego de tres décadas de vigencia ininterrumpida, el permiso para el retorno de ciertos exiliados prominentes anteriormente anatemizados por la prensa y los funcionarios oficiales, la autorización otorgada para la realización de algunos actos sindicales y estudiantiles hasta hace poco reprimidos con gran violencia son, entre otros, los indicios más visibles de un itinerario político auspicioso, a saber, el de la reconquista de espacios de libertades hasta hoy conculcadas y de la inauguración de algunas nuevas libertades.

Al señalar esto, no nos interesa entrar en una reflexión acerca del carácter genuino o instrumental de esta tímida obertura primaveral iniciada por el oficialismo en el largo invierno político que constituye nuestro contexto histórico. Es evidente que esta pequeña reconquista ciudadana de libertades y este incipiente y limitado “aperturismo” oficial no colocan al Paraguay en la antesala de una democracia. No ha variado el modo de ejercicio del poder, el aparato represivo sigue intacto, la amenaza de emplear la fuerza pública pende sobre todos aquellos que intenten ejercer sus derechos constitucionales de reunión y el hostigamiento selectivo de opositores es cosa rutinaria, como también lo es la falta de acogida de sus reclamos en los estrados judiciales. Tal vez el cambio más importante que se vislumbra es la transición hacia una creciente intervención del ámbito judicial en el control de la sociedad, por la vía penal antes que por la intervención del ejecutivo apelando a disposiciones constitucionales (Art. 79, por ejemplo).

Antes bien, nos interesa señalar la sorprendente paradoja que se revela en este proceso: la autocracia está perdiendo un espacio que las fuerzas políticas democráticas no logran ocupar. Ello hace que los partidos opositores que reivindican el ideal democrático parezcan, más que partidos políticos, meros clubes políticos, y cuyos dirigentes se acerquen más a la figura del disidente que a la del opositor político.

La oposición extraparlamentaria del Acuerdo Nacional, es decir, la oposición partidaria propiamente tal, ya no puede atribuir sólo a la “dictadura” su escasa capacidad de convocatoria ni sus dificultades para conformar un proyecto alternativo de sociedad, para ir más allá de un accionar puramente declarativo y reactivo a las iniciativas gubernamentales, para abrir por sí misma su propio espacio de acción o para acercarse a la ciudadanía en general: esta oposición se ve ahora obligada a buscar en su propio desempeño y en su ciudadanía desmantelada el problema central para la constitución de verdaderas fuerzas democráticas de masas.

El caso de los colorados “éticos” es semejante al de los partidos opositores abstencionistas. Se han integrado a la lucha por las libertades democráticas sin conseguir aún que la ciudadanía colorada que les apoyaba cuando ocupaban posiciones de poder institucional en el interior del partido y del Estado les acompañe en este viraje político. Dado el poco tiempo de accionar político independiente que tiene este grupo, se le podría conceder el beneficio de la duda, pero es evidente que aún no cuenta con una fuerza comparable a la que tenía cuando estaba ''del otro lado”.

Puesto de otra manera, el problema principal para la reconstrucción democrática no está más arriba ni afuera de la propia clase política democrática, sino que se encuentra abajo y adentro de ésta: en la ausencia de una vocación de poder democrático y en la destrucción del sentido cívico de sus propias bases ciudadanas.

 

c.       La sociedad a pesar del Estado.

Es en este contexto que los movimientos sociales aparecen como ejemplo y como esperanza, ya que son ellos los únicos que, en esta lenta decadencia de la autocracia, parecen ofrecer algunos resultados edificantes:

—Los estudiantes universitarios, con la recuperación de centros de alumnos previamente subordinados al poder político, han derrotado la dictadura al interior de su vida gremial y conquistado una autonomía en su desempeño cotidiano. Son los únicos que han logrado que la mayoría de su estamento asuma pública, explícita y decididamente una actitud democrática y, por ende, antidictatorial.

— Los obreros han reconstituido en su seno un espacio de libertad: un sindicalismo independiente, activo y plural, si bien aún minoritario.

— Los campesinos, por primera vez en su historia de raíz milenaria, conquistaron el derecho a desarrollar organizaciones independientes y tienen hoy más hombres y mujeres organizados “campesino haicha” que nunca antes, cubriendo la mayor parte de la geografía humana y física de la República.

— La convergencia de sectores ciudadanos en torno a las protestas urbanas desencadenadas por Clínicas. La lucha de los trabajadores del Hospital operó como ejemplo de resistencia y como catalizador de protestas sociales basadas en el principio de “no violencia activa”.

El movimiento gremial del Hospital de Clínicas (dependiente de la Facultad de Medicina y, por ende, de la estatal Universidad Nacional de Asunción), es un caso sumamente interesante, puesto que fue el elemento central de las movilizaciones urbanas de 1986. Su importancia radica en dos cuestiones centrales. Por un lado, en la unidad de los planteamientos y acciones de sus 1.400 trabajadores, en la adopción de decisiones en una coyuntura fluida a través de debates y votaciones en asambleas democráticas —lo cual daba gran representatividad a la conducción— y en la capacidad de resistencia ante el acoso y hostigamiento permanente por parte del gobierno, incluyendo cercos policiales tendidos en torno al hospital en diversas ocasiones; por otro lado, la relevancia del “caso Clínicas” se debe al hecho que desencadenó, en un modo inesperado tanto por parte de sus propios trabajadores como por parte del Gobierno y de los partidos opositores, una breve y espontánea primavera contestataria en la que participaron amplios sectores sociales y tendencias ideológicas.

Estos hechos serían de por sí suficientemente importantes como para que los movimientos sociales conmuevan el escenario de la opinión pública. Pero suele haber un desfasaje entre el conocimiento de una realidad socio- política y el reconocimiento de las transformaciones que ocurren en ésta. Cuando las formas de pensar o “modos de ver” la realidad se han enraizado profundamente en nuestras conciencias, constituyendo hábitos, prácticas y pautas de acción consideradas como evidentes en sí mismas, no siempre se logra percibir el peso y el valor de lo nuevo: el registro de lo nuevo exige también una reactualización del pensamiento 4/. Tal es el caso hoy con la relevancia que han ido adquiriendo los “movimientos sociales”, como tema nacional e internacional: la percepción de esa relevancia conlleva también el surgimiento de nuevos “modos de ver” o “nuevos enfoques” para pensar la realidad, enfoques que tienden a priorizar a la sociedad y a lo social, en lugar del estado y lo político-partidario.

Se trata de un movimiento intelectual vasto que no podemos darnos el lujo de ignorar, puesto que empapa nuestra época sin ser privilegio ni monopolio de ninguna corriente, tendencia o sector social. La valoración de la democracia, de los derechos humanos, de las autonomías, de la multiplicidad de identidades sociales, de la cultura y la civilización, de los microespacios de lo social, de las bases, de lo contractual, del conflicto mediatizado y de los pactos ocupa, hoy, un lugar central en el pensamiento y el discurso de los dentistas y los políticos, de los periodistas y del hombre común. Y lo hace de la misma manera que hace veinte años el pensamiento y el discurso estaban obsesionados con los temas de la hegemonía, la ideología dominante, el Estado y los aparatos de poder, los intereses de clase, la centralización y la planificación central versus la descentralización, la manipulación de la opinión por los “mass-media”, las jefaturas y el control, seguimiento y derrota del adversario.

El desplazamiento de un léxico por otro expresa el desplazamiento de preocupaciones y problemas. Problemas que obedecen a nuevas situaciones identificadas desde nuevos enfoques. Es en este contexto que surge la preocupación por los “movimientos sociales”. Al plantear la priorización de lo social por sobre lo político-partidario, estos enfoques no pretenden reivindicar un repliegue a esferas de intercambio social tradicionales y “no problemáticas”, estimulando la pasividad y el individualismo; tampoco implican un desinterés por cuestiones políticas ni, mucho menos, la conformación de una visión poco realista de los problemas y tareas necesarias para un proceso de cambio. Por el contrario, son “modos de ver” que se nutren de las experiencias de movimientos del pasado (como por ejemplo, la lucha por el sufragio universal emprendida por el movimiento obrero del siglo XIX), que perciben la nueva sensibilidad social acerca de los actores, la dirección y las modalidades de la acción transformadora, y también el potencial democratizador de los movimientos sociales que surgen y se desenvuelven fuera del espacio tradicional de la acción política. Como señala un autor, estos movimientos

“Eluden las instituciones del sistema político sin asumir las características de un ‘underground’ revolucionario. Estos movimientos son radicales sin ser revolucionarios. Están creando espacios públicos al margen de un sistema político que se ha vuelto demasiado rígido o cínico. El prejuicio anti-institucional de los movimientos sociales debe ser mirado en el contexto de espacios públicos institucionalizados que han degenerado en marcos para la competencia elitista o para meras luchas de intereses e influencia. Esto podría explicar tanto el énfasis puesto en temas culturales como también el continuo surgimiento de contraculturas. Pero sería erróneo desestimar este énfasis considerándolo como mero gesto de un estilo de vida. Por el contrario, uno podría evaluar el foco y el lugar de los movimientos contemporáneos en términos de una creación desde abajo de una nueva cultura política” 5/.

“Su potencial democrático más importante es la creación de nuevos espacios públicos, de formas democráticas adicionales, y la reestructuración o la revitalización de las viejas” 6/.

Como se puede apreciar, estos nuevos “modos de ver” la realidad, al rescatar el valor de los movimientos sociales y vincularlos con la cuestión democrática, introducen en el centro de la reflexión contemporánea una tesis cuya importancia ya no puede ser pasada por alto, a saber: que los movimientos sociales contribuyen a la producción de formas, espacios y mentalidades democráticas a partir de una áctividad desarrollada en el terreno usualmente designado con el nombre de “sociedad civil”. En otras palabras, más allá de la dicotomía que contrapone a partidos políticos y movimientos sociales como actores y agentes mutuamente excluyentes en la gestión de tareas democráticas, los nuevos “modos de ver” la realidad y sus transformaciones reivindican a los movimientos como actores cuya acción no excluye sino que complementa a la de los partidos, sólo que en otro terreno, un terreno extra-estatal, el terreno propiamente societal.

Reconocer el papel creciente de los movimientos sociales en nuestro país es una tarea que cobra vigencia inmediata. Pero las verdades no se muestran, sino que se demuestran 7 /; se debe hacer un esfuerzo argumentativo para convencemos de ello. Uno que combine la información histórica con referencias actuales, el pensamiento de los movimientos con sus conquistas concretas, la magnitud de las aspiraciones con los obstáculos que limitan las conquistas resultantes, la exploración prospectiva de su potencial transformador con los asideros palpables de su quehacer.

Tal es el propósito de este ensayo: Mirar a los movimientos sociales, a la historia de sus luchas, a las tareas que se han propuesto, a las metas que han cumplido, al potencial renovador que pueden tener en una dirección democratizadora de nuestra sociedad. Como ensayo, contiene algunas ideas y proposiciones que no siempre se inscriben dentro de los protocolos de una investigación académica, pero cuya argumentación busca mantener los cánones del rigor analítico. El interés central es interrogar algunos textos, algunos acontecimientos, algunos problemas, algunos horizontes de posibilidad en relación a los movimientos sociales y la cuestión democrática en el Paraguay.


 

2. MOVIMIENTO OBRERO: LAS HUELLAS DE SUS CONQUISTAS PASADAS

Fue a los historiadores de la derecha francesa a quienes se les ocurrió comparar las conquistas de derechos del proletariado romano, a costa de la aristocracia, con los éxitos logrados en el siglo XVIII por los habitantes de los burgos, los burgueses. Y, más tarde, fue la izquierda surgida de la Revolución Francesa la que esperó que las masas obreras industriales harían otro tanto 8/.

Desde entonces, se ha esperado mucho de los obreros, y ellos mismos se han autoasignado una misión casi mesiánica. En los hechos, el movimiento obrero real ha conmocionado al mundo industrial, redibujando y humanizando el rostro de las sociedades modernas: ha conquistado la igualdad y generado ideales, sueños y utopías. Pero también excesos, cuando por ejemplo, el estado, en nombre de ideales obreros, ha emprendido tareas que no estaban previstas ni en la cultura ni en los tradicionales propósitos del proletario, quien quería heredar y humanizar la revolución industrial, no hacerla e imponérsela a las capas sociales más pobres y carentes de disciplina industrial de los países periféricos 9/.

En el Paraguay, cuyo tiempo no se desarrolla fuera de la historia del mundo, los obreros también han hecho historia. Pueden presentamos su obra y disponen, además, de las referencias universales y de la solidaridad internacional de su clase. Esta grandeza de tradición contrasta con la actual debilidad organizativa, pobreza de propósitos, pequeñez moral e indigencia cultural de grandes sectores de nuestro movimiento obrero.

La inmensa mayoría de la clase está simple y llanamente dispersa en los vecindarios sin derechos de las ciudades; es clientela de caudillos a cambio de nada, debe

solicitar permiso a la comisaría local hasta para festejar fiestas familiares, asiste puntualmente a las seccionales coloradas - cuando no es activamente “hurrera” de sus ceremonias políticas- donde rinde culto a las jefaturas políticas que le oprime y ensalza la obsecuencia que es calificada de virtud patriótica 10/.

Una minúscula minoría obrera está agremiada en sindicatos estatizados. Estos sindicatos son capaces de peticionar sus derechos tímidamente en nombre del partido y del padrino, de los valores del nacionalismo y de los méritos ganados en la práctica de la servidumbre, pero nunca en nombre de su clase, su solidaridad, su derecho, su fuerza o sus luchas. En relación al sindicalismo estatizado, los sindicatos independientes son tan minoritarios en número de seguidores como estos últimos lo son con respecto a la masa de obreros dispersos 11/.

Pero no hay que sugestionarse por la superficie visible del presente ni ignorar las circunstancias en las que ese presente se desenvuelve. El movimiento obrero fue víctima del subterráneo y pertinaz aborto de la industria de una época y una estrategia de regresión económica, institucionalizada en la política de re-ruralización del país 12/.

El movimiento obrero reconoció, antes que nadie, la naturaleza del régimen que estrenaba la más larga y sombría autocracia del siglo, y fue la primera colectividad en luchar frontalmente contra ella. Por ello, también fue la primera víctima de un régimen implacable 13/.

Pero, a pesar de la aplanadora que le oprimía, el sindicalismo logró que lo reconozcan como movimiento, que se mantengan en vigencia innumerables derechos adquiridos —inscriptos más tarde en el Código del Trabajo— y que sigan en pie de validez contratos colectivos cuyas prescripciones sobrevivieron al desmantelamiento sindical posterior a agosto de 1958.

Lo que es más, no bien renace en la sociedad y en las ciudades el anhelo democrático, fuerzas obreras salen a la calle a celebrar el primero de mayo: a diferencia de los políticos profesionales, los obreros no han despilfarrado los espacios de libertad dejados por las vacilaciones del despotismo. Han reiniciado su lucha en espacios en los cuales aventurarse era temerario, y se han reinstalado en ellos a un costo que hasta parece excesivo si se tiene en cuenta que la violencia física de que son objeto no constituye lo más temible: el castigo más inexorable y masivo, la condena que espera no sólo a los dirigentes sino también a los que militan en el sindicalismo, es, habitualmente, el despido y el largo desempleo 14/.

Lo más importante que el presente nos ofrece es, entonces, la esperanza de un futuro más venturoso y el recuerdo de mejores tiempos. Los obreros han inaugurado en el pasado formas de conducta que constituyen hoy patrimonio de la colectividad.

 

a.       Cinco contribuciones del sindicalismo a la sociedad paraguaya

1. Las organizaciones obreras fueron las primeras en conquistar para los pobres un sentido de dignidad.

La lucha se inició ya en el siglo pasado, tal como podemos ver en las páginas de El Artesano, periódico de las mutuales que surgieron a partir de 1880 15/. Difícil de subrayar su importancia: a ella se refería Barrett cuando decía a comienzos de siglo que el tiempo no había pasado en vano, ya que finalmente se ha podido pronunciar el nombre de “obrero” con orgullo 16/. Hasta ese momento, había sido sinónimo de “gentuza”, “canalla”, “chusma” e incluso “pila”, ya que dentro de la cultura colonial y luego oligárquica, la pertenencia a la colectividad nacional también tenía connotaciones peyorativas. Los obreros se enfrentaron al reinado arrogante y público de esta mentalidad, y, si no la erradicaron por completo, al menos la relegaron al espacio de la vida privada y del susurro vergonzante, al micro dominio de los precios privados de algunos pocos.

2.      Los obreros también crearon las primeras organizaciones democráticas de iguales que se conozcan en el Paraguay, esto es, sociedades basadas en el principio de “un hombre un voto”, lo que implicó el desarrollo de una nueva ética de respeto mutuo.

Basta estudiar los pacientes y frecuentemente vacilantes trazos caligráficos de las actas sindicales de comienzos de siglo para poder apreciar el nacimiento de un nuevo espíritu y de una nueva institución: la de una sociedad de iguales. Sociedades de carácter combativo, educativo y expresivo, algunas veces inestables, difícilmente aptas para la administración de patrimonios, pero cuyo mérito es haber inaugurado, desde abajo, la vigencia de valores que apenas funcionaban como adorno o como coartada en el Olimpo del poder, de la riqueza o de la cultura 17/. No existía nada comparable a esto en el mundo mercantil, en donde el valor de cada hombre y mujer es medido de acuerdo a su fortuna, nunca igual a la del prójimo; ni en las sociedades religiosas, inscritas en la pirámide jerárquica que preside el clero; ni en el mundo de la política, donde, bajo una ley e ideales igualitarios, todo el mundo sabía quién debía y podía mandar y quién era tan sólo un “arrimado”, miembro de la tropa de algún jefe desde siempre y para siempre.

3.      Las sociedades obreras establecieron, además, la práctica de la solución contractual de los conflictos entre desiguales. Con el inicio del siglo XX, y no bien se desarrollan las asociaciones laborales, o simplemente los conflictos, cuando no hay una derrota obrera cada episodio termina en un pliego de condiciones de trabajo. Es decir, lo que en la terminología actual se conoce como contrato colectivo de trabajo 18/.

Esta solución de los conflictos es completamente diferente a la que se da entre fuertes y débiles a través del recurso a la fuerza del padrino, del partido o del Estado, tan común en los casos de problemas de tierra entre terratenientes y campesinos; es también diferente al recurso a la violencia, recurso final y dramático al cuchillo o al revólver, con un resultado que es por lo general, tan homicida como suicida, y, naturalmente, también diferente al recurso a la fuga, secular sueño de los más débiles entre los débiles, infaltable en los relatos, poemas y canciones a través de los cuales la memoria colectiva evoca el drama de los “mensú” de los yerbales y obrajes de nuestras selvas.

El contrato entre desiguales es también diferente a los contratos entre iguales que libremente comparecen a realizar acuerdos tales como compra-venta, arriendo, constitución o disolución de sociedades. Es cierto que en ambos casos el contenido del contrato es incierto, ya que depende de la fuerza, la libertad y la inteligencia de las partes que aspiran a la reformulación del vínculo que los une. Pero en los contratos entre iguales no está en cuestión el reconocimiento del conflicto como tal, ni de las partes, ni la lucha y la emergencia de una contraparte a través del conflicto.

Esto es algo fundamental en lo que respecta a la cuestión democrática. En el contrato colectivo se logran acuerdos en materia estrictamente laboral, pero a la vez se instituye un terreno y una práctica de reconocimiento del otro, de lo diferente, de la alteridad como tal en el marco del conflicto. En este sentido, es sintomático que la primera cláusula de los pliegos de condiciones de comienzos de siglo establecía que la patronal reconocía a la “sociedad de resistencia”, nombre de los sindicatos de entonces: no se pedía el reconocimiento al Estado, como es el caso actualmente, sino al adversario-contraparte, al patrón. Y desde el momento en que la patronal y el sindicato se sientan en la mesa de negociaciones, cada uno reconoce al otro como interlocutor válido con quien se puede llegar a un acuerdo mutuamente conveniente, sin que ese acuerdo disuelva los antagonismos básicos que los separa y enfrenta. Este reconocimiento mutuo del otro, del antagonismo, del conflicto y de los acuerdos negociados que se pueden concertar, no sólo implica un quiebre de las relaciones autoritarias, sino que es, además, la materia básica que permite la construcción cotidiana de un orden democrático.

Ahora bien, si hoy hiciéramos un inventario de las relaciones laborales enmarcadas en el régimen de contratación colectiva en el pasado, encontraríamos que el área cubierta por los pactos laborales era pequeña. Pero la institución estaba sólidamente instalada en los sindicatos con largas tradiciones de lucha, verdaderas ciudadelas de libertad sindical insertas en una geografía socioeconómica donde primaba el atraso y el trato bestial. La historia de esos contratos colectivos, que está por hacerse, nos reserva muchas sorpresas, porque habían erigido niveles de libertad sindical que no fueron posteriormente igualadas, ni tan siquiera en los más avanzados gremios del presente 19/.

4.      También se difunde desde el movimiento obrero la idea, hoy universalmente aceptada, de que sin igualdad social y económica básica no habrá democracia estable.

Hay una línea de enriquecimiento del pensamiento igualitario y democrático en el movimiento sindical paraguayo, que va desde su origen anarquista libertario utópico y “antipolítico” de inicios de siglo —época en la que los obreros eran incapaces de pensar y de actuar en el terreno político— hasta los manifiestos de la generación del veinte, época en la cual obreros socialistas y políticos del radicalismo hicieron un pacto y combatieron en la guerra civil de 1922 para defender la democracia contra la sedición militar 20/.

Pero la democracia impulsada por el Estado liberal del período 1870-1936 era limitada y estaba, además, en déficit en materia de igualdad económica y social. Ello constituyó uno de los puntos fundamentales que alimentaron la crítica y la desconfianza obrera hacia la democracia de ese Estado. En los manifiestos obreros de la época puede seguirse la evolución de esa crítica, que inicialmente se centra en la falta de vigencia de la democracia y al entorno social paupérrimo en que estaba instalada. Posteriormente se constata un extravío: de la crítica a las limitaciones de la democracia se pasa a criticar a la democracia misma. En lugar de proponer la expansión de la democracia, en particular hacia el ámbito de la igualdad, se propone su destrucción. De esta manera, desde el propio campo obrero, se abonará el terreno para el autoritarismo que será implantado desde arriba y desde afuera de la clase con la política populista.

Sin embargo, esta crítica a la democracia liberal mantiene un punto de importancia capital, cual es la necesidad de contemplar elementos igualitarios de carácter económico y social: a la propuesta de “una persona un voto” se le sumaba, de este modo, la demanda de “un ingreso decente y una vida digna para cada persona”.

5. Frente a las conquistas que han marcado la sociedad del pasado y se inscriben como adquisiciones del presente, parecen más modestos los éxitos estrictamente corporativos logrados por el movimiento obrero, que son, sin embargo, más evidentes y “tangibles”: las conquistas materiales tales como la jornada de 8 horas, el descanso dominical, los ajustes salariales y el grupo social.

En algunos casos, estas conquistas constituyeron el terreno para la gestación de las que vinieron posteriormente, y en otros, constituyeron el resultado de otro tipo de conquistas. Son conquistas básicas que faltaron dentro del campesinado, que vino sufriendo —como también la clase obrera sufre y sufrió, después de su derrota de 1958— una secular hemorragia humana, constituyendo la fuente de todo tipo de exilio, interno y externo. Particularmente, emigrando hacia las ciudades más prósperas de la cuenca del Plata, como, por ejemplo, Buenos Aires, para emplearse como mano de obra barata, no calificada y sin protección del seguro social. Ello convierte al Paraguay en una suerte de “Irlanda de América Latina”.

Los obreros lograron resistir en el pasado a la extinción demográfica a la cual parece amenazarnos el tipo de capitalismo depredador que se constituyó desde 1880 en adelante en el Paraguay, país que difícilmente funcionaba como colectividad nacional debido al colapso posterior a la guerra contra la Triple Alianza.

 

b.      El desencuentro inicial de sindicatos y partidos políticos

En Europa, los partidos políticos modernos, como partidos de masa, fueron creación de los obreros, que, al hacerlo, obligaron a sus adversarios a hacer otro tanto para hacerles frente. Los partidos europeos se desarrollaron con la democracia y a su ritmo 21/.

En contraposición con esta experiencia, en muchos países de América Latina, entre ellos el nuestro, los partidos políticos fueron creados por los poderosos; se desarrollaron y adquirieron un poderío formidable sin que la democracia —a la que no buscaron impulsar— se implementara como sistema de poder político. Pero su poderío no descansaba sobre la participación democrática de las masas: a diferencia de otros sistemas políticos, en los cuales las masas o estaban excluidas de la política, marginadas del juego de poder o incorporadas como voantes, en el Paraguay sí fueron incorporadas al juego político, pero como masa de maniobra, esto es, como clientela o tropa de sus caudillos partidarios.

De hecho, los partidos heredaron, maquillaron y administraron el autoritarismo político preexistente, sin preocuparse por alterar su núcleo básico ni desmantelar sus mecanismos. Fue así como los dueños de las tierras y la cultura, de las fábricas y de los bancos, del comercio y del Estado organizaron en 1887 los partidos políticos “tradicionales” del Paraguay, el Partido Liberal y la Asociación Nacional Republicana (ANR - Partido Colorado). No fue un accidente aquel que puso en la misma persona, Juan Bautista Gaona, la presidencia del Banco Mercantil, de la Industrial Paraguaya y de la República al mismo tiempo 22/.

En estas condiciones, es comprensible que los obreros se hayan visto obligados a construir y desarrollar sus organizaciones contra los partidos políticos, cuyo origen y naturaleza oligárquica resulta hoy completamente transparente para quien arroje una mirada atenta y desapasionada sobre el pasado. El desencuentro entre los obreros y los partidos políticos no arranca del presente, sino que tiene raíces que se remontan al período fundacional de ambos actores sociales: sindicatos obreros y partidos políticos nacen los unos contra los otros.

 

c.       Formas de hacer política del movimiento obrero paraguayo

Si políticos y obreros eligieron caminos diferentes, no debe sorprendemos que uno de los primeros actos de autoafirmación política obrera fuera boicotear la compraventa de votos, práctica de obtención fraudulenta del poder que los obreros repudiaban con buenas razones 23/. Ese rechazo es, sin lugar a dudas, una opción constitutiva de una forma de hacer política. Pero también hay otras prácticas políticas seguidas por los obreros paraguayos, entre las cuales podemos distinguir por lo menos otras seis modalidades diferentes a lo largo de nuestra historia.

i)       Las organizaciones obreras de inicio del siglo se declararon explícitamente antipolíticas. Estaban en contra de los partidos políticos, y así lo expresaban. Los estatutos de la Federación Obrera Regional Paraguaya (FORP) de 1906, no dan lugar a ninguna ambigüedad al respecto:

“Esta federación, puramente económica, es distinta y opuesta a la de todos los partidos políticos burgueses y políticos obreros, puesto que, así como ellos se organizan para la conquista del poder político, nosotros nos organizamos para defender nuestros derechos y para que se establezca la ‘federación de libres asociaciones de productores libres’ ” 24/.

La inspiración anarco-sindicalista de la FORP permite entender el rechazo obrero al mundo de la política. Pero no explica por qué esta ideología, y no otras, estuvo tan arraigada durante tan largo tiempo en el movimiento obrero paraguayo. Esa fuerza se debería, tal vez, al hecho que el anarquismo hacía un análisis que, en las circunstancias propias del país, correspondía a la experiencia real de los obreros: se trataba de un Estado cuyo manejo, cuya cultura, cuyos integrantes y cuyos interlocutores se reducían a un pequeño grupo de familias. Era el “Estado de las 200 familias”. Por eso, más tarde, cuando las cosas comenzaron a cambiar y la sociedad política comenzó a democratizarse, las ideas anarquistas perdieron rápidamente vigencia, y fueron los socialistas o los meros “sindicalistas” quienes ocuparon su lugar 25/.

ii) Una segunda modalidad surge a partir de la guerra civil de 1922. La guerra opera como parteaguas en este proceso de transformación de la visión obrera de la política, pues es a partir de ella que los trabajadores hacen su propia política, presentando reclamos sectoriales propios en vez de apelar a la solución clientelística ofrecida por los partidos existentes, a saber, el intercambio de favores por obediencia. Con esto, el “apoliticismo” heredado de la tradición anarco-sindicalista se ve complementado por otros elementos.

Uno de ellos es el pacto sindicato-partido, como, por ejemplo, el que se dio entre la Liga de Obreros Marítimos del Paraguay (LOMP) con los liberales radicales. Este pacto no fue de carácter electoral, antes bien, se intercambió la participación obrera como tropa en la guerra civil a cambio del reconocimiento parlamentario de las organizaciones obreras y de sus contratos colectivos de trabajo. Gracias a él, se organizó la defensa armada de los gobiernos de Eusebio y Eligió Ayala y se contuvo dos veces el asalto a la capital. En suma, el pacto implicó un intercambio entre contrapartes independientes, que en cierto modo remite al estilo de relacionamiento sindicato-partido en los Estados Unidos, en el que se canjean votos obreros a cambio de leyes laborales en un “mercado político” competitivo: “liguistas” y radicales canjearon leyes por soldados.

iii) También está el proyecto de un partido socialista de tipo socialdemócrata 26/, que buscó una participación obrera en el Parlamento en un momento en que la instancia legislativa del poder estatal no estaba dispuesta a acoger en su seno a gente ajena al poder. Hasta donde se sabe, el Partido Obrero Socialista Paraguayo no parece haber trascendido más allá de sus propiciadores, los trabajadores de la sociedad tipográfica. Tampoco parece haber funcionado más que como una fracción para-sindical, vale decir, como una corriente que se reducía a actuar en el ámbito interno del sindicalismo y sin éxitos propiamente políticos de convocatoria ciudadana.

Rufino Recalde Milesi fue el primer y último diputado socialista electo. Pero los radicales no le permitieron ocupar su banca parlamentaria: podían respetar libertades sociales e intelectuales, pero no estaban preparados para aceptar la competencia política, el pluralismo o la participación de los “otros” en un Gobierno y Parlamento rigurosamente vigilados y verticalmente controlados por la disciplina del “voto político”. Si no tenían intenciones de compartir el Parlamento ni con sus propios correligionarios disidentes, los saco mbyky, ni con sus adversarios históricos, los colorados, tenían aún menos intenciones de aceptar a representantes obreros en un ámbito legislativo habitado por señores de sombrero y levita.

iv) Es recién en la post-guerra del Chaco que tomó vigencia una propuesta de carácter leninista para crear un partido de vanguardia, revolucionario y vertical, con el poder radicando en los cuadros profesionales. La propuesta comunista de partido obrero surge en el Paraguay simultáneamente con el auge del nacionalismo. Ideológicamente, funcionó como un nacionalismo de izquierda, y, en términos políticos, como el ala de izquierda de la revolución febrerista y del autoritarismo que caracterizó a los años treinta, cuya generación joven, según la célebre frase de Efraím Cardozo, “había perdido su fe en la democracia” 27/.

v) Es muy difícil calificar de “obrera” a la izquierda sin obreros que se desarrolló en el Paraguay en los años ’60 y ’70, influida por el guerrillerismo y las revueltas estudiantiles del año 1968 (en Paraguay, 1969). Su fracaso en implantarse en el mundo laboral fue evidente. En cambio, desde el Estado se hacía otra propuesta que sí tenía seguidores, el populismo, imbatible en nuestro país desde el ’50. El populismo no es una propuesta obrera, sino obrerista, para los obreros. Fue efectivo especialmente en su primera etapa, antes de 1958, posteriormente hubo una escisión cada vez más grande entre su discurso y su práctica real. Pero este populismo logró éxitos importantes, organizando al movimiento obrero desde el estado y desde el partido que lo conduce para exigir lealtad a los sindicatos. Partido y estado contaron con el seguimiento de una parte importante de los dirigentes y de las organizaciones obreras tradicionales, lo cual permitió que se pudiese exigir lealtad a los sindicatos 28/.

Esta forma de relación partido/sindicato es semejante a la del leninismo, puesto que el sindicato es considerado no como entidad autónoma, sino que como correa de transmisión del partido. Solo que, en el caso populista, persigue el objetivo opuesto: el objetivo de los comunistas es hacer una revolución obrera (o al menos una revolución comunista), mientras que el del populismo es evitar una revolución social a través de reformas y de la clausura de la democracia política liberal.

La ideología populista no sufrió mayores modificaciones luego del fracaso de la huelga general del 27 de agosto de 1958 y la subsecuente intervención policial de la Confederación Paraguaya de Trabajadores (CPT). Pero hubo un viraje político, pues la actuación del Estado, asumiendo el mismo ropaje, estuvo dirigida a destruir las organizaciones obreras que podía y a desnaturalizar al resto de ellas con la intervención.

vi)     El Movimiento Intersindical de los Trabajadores (MIT-P), que se inicia en 1985, busca reconstruir el movimiento obrero con una propuesta de recuperación de la autonomía sindical basada en la separación de sindicatos y partidos políticos.

Los gremios bancarios pudieron superar las limitaciones y desarrollarse gracias a, o a costa de, una actuación tozudamente corporativa. El MIT-P se origina en los gremios bancarios y en otros que se organizaron o reorganizaron después del auge de Itaipú, por lo cual no sufrían la estrecha vigilancia con que el poder controlaba a los sindicatos “históricos” (carpinteros, marítimos, gráficos, etc.).

El MIT-P se enfrenta con el partido oficialista, al menos con el coloradismo encuadrado en la política del Estado. Ello es comprensible, puesto que los nuevos sindicatos emprenden la reconquista de una identidad y una autonomía institucional usurpada por el núcleo de poder estatal, sea por medios no violentos o violentos, legales o ilegales. Con los partidos opositores, el MIT-P mantiene relaciones, ya que la opresión que aflige a sindicalistas y políticos opositores es similar. Pero sus vínculos son tensos, y ocasionalmente conflictivos: los obreros temen ser manejados y los políticos recelan el posible nacimiento de un actor que compita con los partidos en el ya minúsculo campo opositor.

 

d.      La experiencia del MIT-P

La prehistoria del Movimiento Intersindical de Trabajadores del Paraguay (MIT-P) es más larga que su historia, lo que demuestra cuán breve son sus dos años de experiencia.

La recuperación del movimiento obrero se inicia dentro de la propia Confederación Paraguaya de Trabajadores (CPT), cuando Modesto Alí, entonces secretario general de la central, comienza a hablar de “apertura” en 1979. Alí intentaba aplicar la política estatal entre dos fuegos. Por un lado, debía enfrentar al rechazo internacional, puesto que la CPT estaba a punto de ser expulsada de la Organización Regional Interamericana de Trabajadores (ORIT) y de la Central Internacional de Organizaciones Sindicales Libres (CIOSL) y, por el otro, a las presiones internas a la propia central dada la inflación desatada luego de más de quince años de estabilidad monetaria: no se había decretado reajustes del salario mínimo y la CPT tampoco se atrevía a reclamarlos 29/.

En ese clima se formó una corriente de opinión que después se denominó Grupo de los Nueve. Este fue integrado por el Sindicato de Trabajadores de Paraguay Refrescos S.A. (Coca Cola), el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Construcción (SINATRAC), el Sindicato de Empleados y Obreros del Comercio (SEOC), el Sindicato Nacional de Obreros Metalúrgicos y Afines (SINOMA), el Sindicato de Periodistas del Paraguay (SPP), la Federación de Trabajadores Bancarios del Paraguay (FETRA- BAN), el Sindicato de Obreros Gráficos del Paraguay (SOGP), la Federación de Trabajadores del Transporte Colectivo del Paraguay (FETRATRAC) y el Sindicato de la Compañía Algodonera Paraguaya S.A. (CAPSA) 30/.

El grupo reclamaba dos cosas: la convocatoria del Consejo de Delegados, que implicaba cierta democratización de la CPT, y el reajuste de los salarios, que suponía la recuperación de la función reivindicativa que la CPT había abandonado desde su intervención de 1958.

El reajuste salarial fue solicitado, y también fue convocado el Consejo de Delegados, inactivo por más de un decenio. Frente a 85 organizaciones sindicales, algunas de verdad, otras “de papel” (sin funcionamiento real), se hicieron críticas abiertas a la dirección de la CPT y a la interferencia gubernamental que impedía el funcionamiento sindical de la misma. Hasta ahí se pudo llegar dentro de la CPT. Porque inmediatamente vino la reacción continuista contra el aperturismo, que, no obstante la timidez de sus reivindicaciones, fue excluido de la central. El XIV Congreso de la CPT institucionalizó esta reacción cuando el Ministro de Justicia y Trabajo prohibió a Alí que se presentara como candidato para un nuevo período al cargo de secretario general de la central obrera. Modesto Alí, quien había iniciado su activismo en su juventud y que llegó a la cumbre de su carrera como sindicalista siendo gerente de una empresa del Estado no tuvo más remedio que obedecer la orden de su superior.

Al año siguiente, el sindicato de Paraguay Refrescos S.A. (Coca Cola) fue apoyado por algunos de sus camaradas del ex Grupo de los Nueve para reponer, aunque sólo temporalmente, a la dirigencia sindical que había sido despedida. Una campaña semejante de solidaridad sindical volvió a emprenderse en 1983 en defensa de los obreros despedidos por la Fábrica Paraguaya de Vidrios, quienes intentaban constituir su sindicato. Como muchas veces pasa, algunas cosas se ganaron, entre ellas experiencia, y muchas se perdieron: el sindicato del vidrio fue abortado y el de Coca-Coca terminó domesticado 31/.

Para entonces la CPT ya había perdido representatividad internacional, y la vacancia fue cubierta en forma simbólica por la Confederación Paraguaya de Trabajadores en el Exilio (CPT-E). No bien las organizaciones internacionales reconocieron que dentro del país se estaban desarrollando luchas y constituyendo organizaciones independientes, reconocieron en éstas al interlocutor válido y les dieron su respaldo 32/.

Hubo un momento de luchas y vacilación debido a las represiones de 1983, un tiempo de reflexión y deliberación en 1984 hasta que, en mayo de 1985, se fundó el Movimiento Intersindical de Trabajadores del Paraguay (MIT-P).

El MIT-P fue constituido inicialmente por el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Construcción (SINA- TRAC), el Sindicato Nacional de Obreros Metalúrgicos y Afines (SINOMA), el Sindicato de Periodistas del Paraguay (SPP), la Federación de Trabajadores Bancarios del Paraguay (FETRABAN), la Coordinación Nacional de Trabajadores (CNT), el Centro Paraguayo de Teatro (CEPATE), la Agrupación de Trabajadores Gráficos, Agrupación del Sindicato de Empleados y Obreros del Comercio (ASEOC): una federación, cuatro sindicatos y tres agrupaciones. Más tarde se sumó el SEOC y se separó el SINOMA; hoy se le incorporaron la Organización de Trabajadores de la Enseñanza Pública (OTEP), el Sindicato de Promotores Sociales (SPS) y el Sindicato Nacional de Trabajadores del Transporte Colectivo (SNTTC).

Los objetivos del MIT-P, tal como podemos leer en sus estatutos, son:

a. Buscar la unidad de todos los trabajadores con el fin de aglutinar esfuerzos orientados a su mejoramiento social, político económico y cultural en un marco de pluralismo político, religioso e ideológico en general;

b. Actuar en base a los problemas comunes a los trabajadores y colaborar en la solución de los problemas particulares de cada organización por medio de jomadas de capacitación y de cualquier medio que ofrezca mayor claridad en la concepción e interpretación de nuestra realidad a fin de procurar las reivindicaciones tan necesarias para la clase trabajadora del país;

c. Colaborar en la formación de líderes representativos concientes de las necesidades y aspiraciones de los trabajadores;

d. Bregar por la ampliación de las bases sindicales;

e. Combatir la explotación del hombre por el hombre,

f. Lograr la central unitaria de los trabajadores y para los trabajadores 33/.

Al año de formarse, el MIT-P salió a la calle y fue apaleado, al segundo año volvió a salir a la calle a festejar el 1ro. de mayo, pero esta vez ya no fue apaleado. Su organización va a la par de esta lucha por el derecho a manifestarse, que ha conquistado.

El MIT-P pone acento en el pluralismo y el sindicalismo unitario, no obstante está obligado por el oficialismo a funcionar como una central obrera alternativa, ya que basta que un gremio pertenezca al MIT-P para que su pertenencia a la CPT sea cuestionada, o que el gremio sea expulsado. El movimiento incluye a sindicatos y agrupaciones paraestatales tales como la de los gráficos y la tendencia social-cristiana, la CNT; es reconocido por la ORIT, la CIOSL y la Confederación Latinoamericana de Trabajadores (CLAT, organizacion regional de la Confederación Mundial del Trabajo), vale decir, mantiene vínculos internacionales, sin encuadramiento, con el sindicalismo liberal, social-demócrata y social-cristiano.

Internamente también existe un amplio pluralismo. El MIT-P sólo es cuestionado fuera del oficialismo por un pequeño grupo parasindical que, no obstante, colabora con él “en forma crítica”. Tal es el caso de la Asociación Independiente de Trabajadores (AIT), que propone la reconstrucción de los gremios a través de “principios” más estrictos y restrictivos 34/.

Desde el punto de vista organizativo, las instancias de decisión del MIT-P son las plenarias de delegados, formadas por delegados electos de sus organizaciones miembros hasta el número de siete representantes; el consejo de delegados, de reunión quincenal, con tres delegados por organización; la comisión permanente y los departamentos especializados que gozan de bastante autonomía: Económica, jurídica, organización, formación, prensa y finanzas. El MIT-P edita mensualmente un periódico y mantiene una actividad continua de formación de sindicalistas.

El MIT-P tiene una voluntad explícita de heredar la tradición obrera en su conjunto y no sólo alguna de sus corrientes. Ello se explícita claramente en sus documentos. En uno de ellos, por ejemplo, se transcribe el manifiesto de la Federación Obrera Regional Paraguaya (FORP) de 1906, y de la Confederación de Trabajadores del Paraguay (CTP) de 1939: una de predominio anarquista y la otra nacionalista, aunque ambas unitarias en su configuración 35/.

 

e.       Destrucción sindical, concesión estatal. Balance provisorio

En el ámbito social, es decir, en cuanto sindicato, el MIT-P es apenas una esperanza. Ha conquistado, sin embargo, lo esencial para todo comienzo: el derecho a luchar, cosa de la que los obreros no disponían hace apenas dos años. El 1ro. de mayo de 1986, fecha que marca no sólo el centenario de la masacre de obreros en Chicago, sino también el centenario de la fundación del primer sindicato paraguayo y el primer aniversario del MIT-P, el Movimiento Intersindical organizó un acto paralelo al de la oficialista Confederación Paraguaya de Trabajadores (CPT). El acto del MIT-P constituyó el primer desafío del movimiento obrero organizado a la autocracia desde la fallida huelga de 1958, siendo reprimido por la Policía, civiles armados con palos y cachiporras, y chorros de agua lanzados desde carros de bomberos. El acto de la CPT, que contó con la presencia de autoridades del Gobierno y del sector privado, fue definido por Carlos Doldán del Puerto, titular de la Dirección General del Trabajo (DGT), como “una fiesta tripartita celebrada por empleadores, obreros y el Estado”, mientras que el Ministro de Justicia y Trabajo y dirigente máximo de los Grupos de Acción Anticomunista (GAA), J. Eugenio Jacquet, declaró que la huelga se está abandonando como instrumento de lucha “porque sólo sirve para fomentar disturbios y desórdenes callejeros”.

Al hacer un balance de la experiencia política de los obreros paraguayos debemos reconocer la pobreza de sus éxitos. El anarquismo fue creativo a nivel social, no político. El socialismo tuvo una existencia efímera entre 1915 y 1931, después apenas se habla de él, al menos dentro de la clase obrera (el socialismo sin obreros es otra cosa). El comunismo, después de su breve existencia pública entre 1936 y 1946, logró levantar contra sí mismo la furia unánime de todas las demás fuerzas políticas, además del clero y el Ejército, no siendo capaz de sobrevivir a su persecución a través de su implantación en —y comprensión por parte de— el medio obrero y, mucho menos el campesino. Y, por último, dentro de la cárcel ideológica del populismo oficialista local, los obreros colorados han conseguido muy poco, muchísimo menos que sus colegas peronistas, quienes pueden haber olvidado sus ideales, pero no sus reclamos por mejores salarios.

Pero, si el análisis no se reduce al presente, la obra del movimiento obrero ha terminado por provocar cambios en la estructuración del Estado paraguayo. La cuestión obrera adquirió status constitucional a partir de 1940: en la Constitución promulgada ese año, el Estado se define como mediador entre el capital y el trabajo. Los obreros han obtenido, entre otras cosas, una legislación, tribunales de trabajo, una secretaría de Estado que se ocupa del tema, seguridad social. Son instituciones que, exceptuando a los juzgados, tienen un funcionamiento deficiente, y, en algunos casos, contraproducentes. Pero son resultado del activar obrero o, al menos, una reacción ante él.

Ahora bien, puede parecer un tanto paradójica la multiplicación de leyes en un régimen antiobrero. Y más aún, que esa sea su norma. Pero hay que recordar que el precio de esa legislación ha sido, invariablemente, la cabeza de los dirigentes y el desmantelamiento de las organizaciones sindicales. Por eso han sido Estigarribia, Morínigo y Stroessner los que más legislaron en favor de los obreros; los que han introducido un cuerpo jurídico que establece la obligación de humanizar el mundo del trabajo con inspecciones, normas de seguridad y salubridad; los que han desarrollado el seguro social y establecido el salario mínimo.

Pero cuando los cambios sociales no son consecuencia de movilizaciones gestadas desde abajo, sino más bien pensados e implementados desde el lugar institucional del poder estatal y de los aparatos del Estado, el resultado es, por un lado, el desmantelamiento de las organizaciones que hacen los reclamos, y, por otro, la promulgación de leyes que conceden en favor de la igualdad lo que clausuran en términos de libertad. El cumplimiento de esas leyes, siempre problemático, depende de la fuerza de las organizaciones obreras que el poder se empeña en destruir.

En esto, los obreros en general —exceptuando sus minorías militantes— deben asumir sus responsabilidades. Resultado demasiado notoria la incapacidad obrera de hacer un aporte sustantivo a la construcción de un orden político democrático nacional o por preservarlo. Vale decir, su resistencia a la dictadura y su creatividad social no desmienten ni pueden ocultar la falta de creatividad o de pasión por la construcción de un orden político democrático. Desde la década del ’30, pero particularmente después del derrumbe del ’58 (cuando la derrota los dejó sin capacidad de negociación), los obreros paraguayos no fueron tan sólo víctimas de la violencia estatal: fueron también víctimas de sus propios extravíos, ya que apostaron muchas veces, al igual que la mayoría de los paraguayos, a renunciar a su libertad a cambio de conquistas económicas. El resultado fue que, a la larga, después de entregar lo primero, también perdieron lo segundo.


 

3.      MOVIMIENTO CAMPESINO: EN BUSCA DE LA TIERRA SIN MAL

En el caso del campesinado, las cosas han seguido un ritmo diferente. Resulta hasta sospechoso usar un término tan reciente como “movimiento social” para referirse a una colectividad milenaria como la campesina. Si retrocedemos en el tiempo, el campesino se nos aparece como indígena catequizado, y si vamos aún más atrás, lo reencontramos en las colectividades que sembraron el país con maíz, mandioca, maní, batata, tabaco y también con las solemnes urnas funerarias, omnipresentes ahí donde removamos nuestra tierra. El campesino es heredero y testigo de la obra del hombre en esta tierra desde el pasado milenario 36/.

Los campesinos cultivaron durante siglos lo que les mandaba el Estado o el patrón, quienes prefirieron, para conseguir sus propósitos, el látigo y la amenaza del hambre. Lo paradojal es que el sistema que les obliga a trabajar para generar un excedente comercializable en los mercados locales y externos, ni siquiera les asegura los medios necesarios para materializar su explotación, particularmente, no les asegura la tierra. De ahí que el campesino siempre se haya visto obligado a luchar o emigrar para al menos mitigar el efecto de un permanente proceso de pauperización 37/.

El campesinado es, aún hoy, el sector mayoritario de la población. Y, sin embargo, sigue siendo objeto de la más arcaica forma de opresión y marginalidad. Es la población “reducida” que habita un mundo de extrema pobreza, organizado en relaciones sociales semi-familiares y sometido a la violencia de un Estado lejano que no deja espacio para el desarrollo de sus derechos ciudadanos.

La vigencia de la ciudadanía estaba ausente o tenía una vigencia embrionaria hasta comienzos del siglo XX, momento en que se inicia una lenta expansión de la vigencia de derechos desde las ciudades hacia el campo. Esta ausencia de libertades en la Primera República del Paraguay (1811-1870) está prácticamente sepultada en el olvido, pues los nacionalismos, que cuentan con un prestigio incontestado tanto en la oposición como en el oficialismo, han endiosado a los gobiernos de ese tiempo. Centrados en la problemática de la soberanía nacional propia del período post-independencia, los estudios acerca del régimen imperante durante los gobiernos del Dr. Francia y de los López olvidan que se trataba de un sistema heredado de la colonia y desarrollado posteriormente hasta la trágica guerra grande: un sistema que fue, en lo político, semejante aún al de la intendencia militar y que, en lo social, se basaba en el servilismo y la esclavitud, sea directamente frente al Estado, frente a sus “habilitados” o frente a los “blancos” criollos que el Estado respetaba.

Teodosio González, quien no obstante su opción liberal fue particularmente crítico de las pocas libertades que el liberalismo concedió, mira con nostalgia al viejo Paraguay donde los campesinos trabajaban a palos. Según Teodosio,

“El paraguayo... en tiempos de Francia y Don Carlos Antonio López trabajaba por miedo al castigo. En aquellos pretéritos tiempos, cuando el celador de la compañía (hoy sargento de compañía) sabía de un haragán le llamaba y, en nombre del supremo, le advertía que tenía que trabajar para sí o para la patria. Si no cumplía la orden, recibía por primera vez veinticinco palos; a la primera reincidencia cincuenta palos. Y tenía cuidado de no exponerse a los cien palos de la segunda reincidencia. No había sino dos caminos: trabajar o morir a palos” 38/.

En 1870, las cosas no cambiaron de la noche a la mañana con la promulgación de una Constitución que se apoyó más en la fuerza de los ejércitos de ocupación que en los impulsos endógenos de libertad existentes en nuestra sociedad. Son famosos, por ejemplo, el decreto de Rivarola reponiendo el trabajo forzado de los peones, o la manera como se aplicaban los contratos personales de trabajo 39/. Estos autorizaban a los patrones a perseguir, capturar y reponer a la fuerza al peón yerbatero u obrajero que escapara de las “minas”, lugares de asentamiento circunstancial propio del trabajo de tala y recolección, que requería un constante deambular al interior de la selva. Más aún, los contratos permitían que el patrón le pasara posteriormente la cuenta de los gastos de captura a la propia víctima 40/.

Pero con el tiempo la opresión disminuyó, aunque al mismo tiempo se fuese desposeyendo a los campesinos y aumentara su desamparo. Se registraron resistencias, más o menos desesperadas y excepcionales: sea a través de la violencia o del uso invertido de las instituciones, que eran activadas de abajo para arriba con fines ajenos a aquellos que le dieron origen, cual era controlar y aquietar al campesino. Gaona atribuye al coronel Rafael Franco una descripción de esas luchas. Menciona, por ejemplo, que

“Cuando la resistencia colectiva amenazaba degenerar en incidentes sangrientos se dictaba una ley de expropiación que postergaba la crisis”, o “cuando los dueños de las tierras ocupadas contaban con influencia política se producían con frecuencia los desalojos violentos de pobladores, cuyos caseríos se incendiaban las más de las veces. Las víctimas de esas obscuras tragedias, despojadas de sus cosechas, huían de sus pueblos, y si podían, del país” 41/.

 

a) El nivel microsocial del poder: Control y aislamiento rural.

Los campesinos viven obedeciendo: al patrón (intermediario o terrateniente), al cura, al comisario, al jefe partidario, al juez de paz. Estos controlan los intercambios sociales, los recursos y las decisiones en el interior de la comunidad, y de ellos dependen los agricultores. Estas autoridades pueden sancionarlos e incluso abandonarles en los momentos de necesidad, tan frecuentes en la economía precaria del campesino, o, simplemente, privarles de protección, lo que ya es suficiente amenaza en localidades rurales donde normalmente seguir a uno de los jefes ya indispone al agricultor contra los demás jefes rivales, haciéndolo susceptible de viejos rencores que pueden dar pie a persecuciones. El campesino vive y necesita vivir a la sombra de un padrino. El refrán “tojehechá la partido y’a” (que se las vea quien no tiene partido) expresa esta necesidad y obligación de conseguir quien los proteja.

Sin siquiera entrar en la temática de los derechos políticos, cuya vigencia presupone mayores niveles de civismo, se puede constatar la existencia de formas pre-modernas de control de la población en muchas localidades de la campaña, en donde el mismo acceso a los derechos civiles del ciudadano ya presenta déficits enormes: en lo que respecta al derecho a la circulación de hombres y bienes, a la circulación de ideas y a la vida privada. Se puede señalar, en este sentido,

— El celo con que el intermediario controla a su clientela, que debe obligatoriamente comprar de él y venderle a él exclusivamente, limita efectivamente el derecho al mercado, al libre intercambio de bienes;

— La forma como los comisarios de compañía vigilan e interrogan a los vecinos, autorizando o prohibiendo la entrada de “extraños” en las compañías, la forma como “altean” a quienes deambulan en horas “anormales” exigiendo documentos de identidad o incluso del partido de gobierno, limita el derecho a la circulación de personas;

— Más serias aún son las trabas erigidas contra el desarrollo de la vida privada e intelectual: un campesino puede ser “citado” en la comisaría local sin causa justificada, y su casa puede ser objeto de inspección cuartelera ante cualquier comportamiento suyo que resulte “raro” para el jefe. El agricultor pobre debe estar siempre dispuesto a explicar y justificar la razón de lo que hace, de lo que dice y de lo que piensa. El jefe de compañía o de colonia debe informar, a su vez, a la autoridad superior sobre lo que ocurre en el vecindario: debe dar cuenta de todo y asumir la responsabilidad de todo lo que la gente hace, dice y piensa en la jurisdicción de su compañía. Porque si no controla lo que ocurre, el subalterno resultaría responsable ante los jefes lejanos, e incluso culpable de lo que en la localidad pueda ocurrir “contra el gobierno”.

Además, los campesinos viven en la incertidumbre y el miedo, comenzando por la infaltable amenaza del hambre. Las catástrofes políticas le caen sobre la cabeza como los rayos caen sobre los cocoteros; la incertidumbre acerca del día siguiente les acosa de la misma manera como da vueltas en su cabeza la duda sobre si va a llover o no. Y si ello fuera poco, el hambre les visita como presente del inoportuno “caraí octubre (“señor octubre”).

Los campesinos viven aislados entre sí y del resto de la colectividad nacional, en la inmensidad de un espacio que sólo pueden recorrer lentamente, a un ritmo tal que les impide actuar en conjunto dentro de los plazos que exigiría una vida colectiva más amplia y más viva, que impone grandes dificultades para reaccionar con la urgencia que exigiría hacer frente a sus adversarios y gestionar la solución de sus problemas.

Los campesinos viven fuera de los circuitos de la información o muy débilmente insertos en ellos. Los periódicos son, en su gran mayoría, impresos en Asunción y distribuidos en las zonas urbanas más pobladas del interior, ingresando en forma esporádica y retrasada a las compañías más aisladas. Los que saben leer y escribir en la lengua de los libros y de la prensa escrita no lo saben hacer en la lengua cotidiana de su vida, el guaraní, y el idioma guaraní también les limita el acceso a los medios de comunicación de masas, salvo las audiciones radiales transmitidas en dicha lengua. De hecho, la radio es el principal medio de comunicación en el ámbito campesino.

Bajo la superficie de modernidad, que los hace habitante del presente, se puede reconocer en ellos una pobreza neolítica. Esta verdadera miseria secular se expresa en la vestimenta —muchos aún no usan zapatos—, en la característica de su vivienda —chozas de techo de paja, piso de tierra y paredes de barro, por lo general con una sola pieza para toda la familia, que cuenta con seis o más miembros.

La mortalidad infantil y la distancia de los camposantos, y de espacios colectivos en general, se expresa patéticamente en las cruces que a la vera del rancho marcan la tumba de los “angelitos”, comúnmente numerosos. Las penosas condiciones de alimentación y salud se ponen en evidencia con sólo mirar a mujeres jóvenes ya sin dientes debido a la descalcificación sufrida durante los sucesivos embarazos, a las epidemias permanentes que aquejan a la población (el campesino vive con influenza), a las frecuentes malformaciones anatómicas y a los vientres hinchados de los niños.

Hay regiones que ya están abandonando esta miseria, que se incorporaron al tiempo de la luz eléctrica, del ladrillo, del zapato y de la moto. Pero, aún cuando esto no haya ocurrido, en el campesino paraguayo vibra una vitalidad y una solidaridad que, aún no siendo modernas, difícilmente serán destruidas por la modernidad: renacen en el obrero guaraní-parlante de las ciudades, ya que son elementos culturales que están anclados en una lengua que dispone de la más barroca riqueza de matices afectivos, esto es, una lengua que contiene el núcleo mismo de la civilización campesina.

 

b.      El “campesinismo” instrumental del nacionalismo y del poder.

Los campesinos son en realidad los portadores de una cultura única, de un “tekó” particular. Son los herederos de una civilización que, a pesar de todo, ha sobrevivido el embate de siglos de dominación, de desprecio racista y de implacable etnocidio. Los campesinos constituyen la matriz de identidad que aportó al Paraguay, a través de la historia, un sentido de nación.

Ello es sumamente importante, puesto que en el pasado la obra de transformación social y política impulsada por el campesino se encontraba generalmente fuera de él mismo: los campesinos fueron capaces de conmover al Estado, a tal punto que éste se volvió campesinista desde que los militares tomaron el poder en 1936, a la Iglesia, que desde la década del ’60 se planteó el problema social y campesino; a los partidos políticos, cuyo populismo ha estado dirigido básicamente al mundo rural, especialmente en los casos del febrerismo y el coloradismo. Sólo recientemente los campesinos comienzan a conmoverse a ellos mismos 42/.

Es natural que así haya sido, puesto que, siendo la base de la población, la riqueza y la defensa del país, eran al mismo tiempo oprimidos y vivían “alienados”, viendo el mundo a través de las imágenes de sus opresores, con quienes se identificaban. Desde 1936, la reforma agraria se convierte en un eje de primerísima importancia de la propaganda estatal. Es más, tanto ella como los servicios asistenciales, la ruralización de la administración pública y de los partidos políticos y la ética anti-oligárquica, adquieren una fuerte influencia campesina.

De igual manera la fuente más profunda de legitimidad del despotismo militar es su campesinismo. Después de la guerra del Chaco los paraguayos comúnmente identificamos al soldado con el campesino, al “verde’ó”, el verde oliva del uniforme militar con el “coyguá”. Identificación que tiene algún asidero en la realidad, puesto que la lengua del ejército es el guaraní y, por ende, también lo es su cultura: a diferencia de los partidos políticos tradicionales, esta institución no está basada en las desigualdades sociales de clase, y a diferencia de la cotidianeidad de aislamiento y dispersión geográfica, la experiencia colectiva histórica más importante de los campesinos —en realidad, de todos los paraguayos— es la experiencia de las guerras internacionales. Esto podría explicar en cierto modo por qué el nacionalismo paraguayo es a la vez militarista y campesinista. Recordemos que en el Paraguay los militares le ganaron el poder a los partidos políticos y sustituyeron el mando de los caudillos por el de los oficiales luego de la guerra del Chaco, cuando obtuvieron prestigio entre los campesinos y obediencia directa de éstos. Ese movimiento tiene una viva imagen en el reemplazo de los pañuelos azul y colorado, símbolos del fanatismo partidario liberal y colorado respectivamente, por el emblema cuartelero unitario de color verde olivo - que más tarde fue el origen de la bandera febrerista—.

En todo caso, los militares y sus subalternos colorados no cumplieron su promesa de dar derechos sociales al campesino, de la misma manera como los políticos tampoco cumplieron sus promesas de universalizar los derechos políticos. Estas promesas abrieron, sin embargo, un espacio en el que se fueron aglomerando reivindicaciones y reclamos crecientes: generaron esperanzas y forzaron medidas que fueron transformando la vida rural. Pero el campesino sigue siendo paria en su país, que es, paradójicamente, un país campesino. Y se ve obligado a encontrar en sí mismo la posibilidad de que el futuro sea más venturoso, la libertad más que una palabra y la igualdad más que una quimera.

 

c.       El problema de tierras, hoy.

El carácter instrumental de este “campesinismo”, junto con el fracaso de resolver los problemas campesinos, se aprecia en la cuestión de tierras: hoy, se está gestando un foco potencialmente explosivo en torno a las respuestas campesinas al proceso de pauperización acelerada y falta de tierras. Si bien es cierto que la mera presencia de estos fenómenos no constituye de por sí un hecho musitado en la historia paraguaya, su carácter novedoso radica en el agravamiento de los problemas y en el tipo de respuestas autónomas que se están generando en tomo a ellos por parte de los propios campesinos.

Hay varios factores que inciden sobre el agravamiento de la situación. Uno de ellos tiene que ver con los efectos del crecimiento demográfico sobre las condiciones de vida de pequeños agricultores de parcelas minifundiarias, especialmente aquellos ubicados en la densamente poblada Región Central. Tradicionalmente, una importante válvula de escape para la creciente expulsión de mano de obra fue la emigración Esta se canalizó hacia mercados regionales (principalmente Buenos Aires) y, debido al “boom” de la construcción provocado por la ejecución de las obras de Itaipú y por la utilización de parte del capital excedente de Itaipú en inversiones inmobiliarias, también hacia mercados locales. Gran parte de estos emigrantes fue absorbida por Asunción, pero también por la zona de Itaipú. Según el Censo de Población de 1982, en el período 1977-1982 se radicaron en el Dpto. de Alto Paraná 56.220 inmigrantes, principalmente cultivadores afectados por la pulverización de parcelas de la Región Central; la mitad se distribuyó en áreas urbanas cerca de Itaipú, como por ejemplo, Hernandarias, Pto. Pdte. Stroessner y Pto. Pdte. Franco 43/.

Sin embargo, la conclusión de las obras de Itaipú, la lenta marcha de Yacyretá, la recesión local y la virtual paralización del sector de la construcción por un lado, y el cierre de mercados externos de absorción de mano de obra debido a la crisis regional por el otro, ha dejado sin fuentes de trabajo a gran parte de los agricultores expulsados del campo. Ello crea un contingente importante de trabajadores de baja calificación sin empleo y con un agravante cultural, el desarraigo. Se trataría de capas de productores rurales afectados por un proceso de descampesinización, campesinos-obreros que ya no pueden reinsertarse en la economía campesina debido a la falta de tierras 44/.

Otro factor importante es el agotamiento de un proceso de reforma agraria frustrada, basada primordialmente en la expansión agrícola y en programas de colonización. En primer lugar, dicho proceso no fue capaz de resolver el problema de la concentración de la tierra. Según la Secretaría Técnica de Planificación, “luego de 25 años de reforma agraria y colonización basadas en el reparto de tierras fiscales —hoy prácticamente agotadas— el 4 por ciento de las explotaciones sigue controlando el 89 por ciento de la tierra” 45/. En segundo lugar, tampoco logró resolver el problema de asignar tierras a todo paraguayo que la necesitase, como dicta la Constitución Nacional. Si se considera que ya no quedan extensiones considerables de tierras agrícolas fértiles de propiedad fiscal, al Estado le quedaría la opción de la expropiación de latifundios improductivos. La Ley 854 o ley del estatuto agrario, define como latifundio a toda propiedad ubicada en la Región Oriental que cuenta con más de 10.000 hectáreas de extensión, y autoriza al Estado, a través del Instituto de Bienestar Rural (IBR), a expropiar latifundios mal explotados 46/.

Pero el Estado ha sido renuente a apelar a este recurso. Por una parte, puesto que la Constitución establece que toda expropiación debe efectuarse sobre la base de una indemnización justa, y el IBR carece de los recursos financieros necesarios para cumplir con dicha disposición; por otra parte, la expropiación resulta problemática desde una óptica política, puesto que ello afectaría los intereses de gente poderosa que posee tierras y que constituyen aliados importantes del núcleo de poder estatal. Casos aislados recientes, como por ejemplo, Tavapy II, constituyen una excepción antes que la norma del proceder oficial: obedecen más a consideraciones políticas coyunturales que a una estrategia sostenida en el tiempo. La Ley 854 permite, entre otras cosas, la venta de tierras fiscales a no agricultores, y muchos se han beneficiado con ello, por ejemplo, “Generales, Presidentes de Seccionales, el dictador Anastasio Somoza, etc... mucha gente compró tierras al IBR a través de este mecanismo, y eso trajo como consecuencia que la mencionada institución quede prácticamente sin tierra” 47/.

De ahí que las ocupaciones espontáneas de latifundios improductivos se haya convertido en una forma de acceso a la tierra como medida de supervivencia de grupos familiares, tanto para aquellos sin tierra como para los que accedían a suelos pobres para la agricultura y para los que quedaron cesantes y desarraigados con el cierre de sus fuentes de trabajo asalariado —Itaipú, dice Fogel, debe ser considerado como el primer “cabecilla” de estas invasiones de tierra 48/. Estas ocupaciones involucran a un número importante y creciente de personas. De acuerdo a datos proporcionados por el personal del Comité de Iglesias, las ocupaciones principales han ocurrido en el Dpto. de Alto Paraná, en Relokué, Tavapy y Malvinas, con 3.000, 6.000 y 12.800 personas, respectivamente. Pero además del número de personas y casos, ha habido “una violencia también creciente en la lucha por la tierra que se manifiesta en mensuras fraudulentas de lotes oficiales, enajenaciones por deudas impagas de préstamos hipotecarios, expulsiones y desalojos, e incluso ocupaciones ilegales por parte de particulares de campos comunales” 49/, ya sea a través de la contratación de civiles armados, o a través de la represión y amedrentamiento llevado a cabo por la Policía y las seccionales y subseccionales locales del Partido Colorado.

 

d.      El esfuerzo organizativo.

Pero, algo importante ha cambiado. Si bien es cierto que la represión es efectiva en lo que respecta al debilitamiento, el temor y la atomización de los ocupantes de tierras, sus respuestas fueron la resistencia, la desobediencia y el reagrupamiento, organizándose para acudir a las instituciones eclesiásticas y de derechos humanos para denunciar los atropellos. Además de los códigos que establecen su libertad cívica y política, y de una Constitución y leyes que ampararían sus derechos a la tierra, el campesino cuenta hoy con una herramienta fundamental, a saber, el hecho de que se está instalando en su conciencia la inflexible creencia en la legitimidad de sus reclamos y de su propia organización. Se trata de una creencia que ellos mismos practican y difunden, y es en base a ella que obtienen apoyos, políticos y no políticos, nacionales e internacionales, sin perder sus núcleos de identidad ni disolverse en las redes —a veces absorbentes— de la hospitalidad que reciben.

Hoy los campesinos están emprendiendo el más ambicioso proyecto de organización autónoma de su historia. Los casos se presentan ante tribunales y son objeto de fundamentación y defensa jurídica, con lo cual la ley deviene letra viva porque se alimenta de la vitalidad de los hombres y mujeres que le infunden fuerza con sus reclamos. Además, los campesinos acceden a la prensa, pierden el anonimato dando sus nombres, explican sus problemas y convencen al público de la justeza de sus reclamos. Poco a poco se están convirtiendo en objeto de reflexión sociológica e histórica; sus reivindicaciones penetran en la conciencia pública y hacen eco al otro lado de las fronteras. En definitiva, el movimiento campesino ha dejado de ser objeto del sigilo y la catacumba, de la “mini-conspiración” de compadres y de los círculos restringidos e inhumanamente ignorados de la comunidad rural.

Han surgido un sinnúmero de organizaciones campesinas, ya sea respaldadas por la Iglesia Católica o conformadas en forma independiente en diversos departamentos del país. Están, por ejemplo, el Servicio Arquidiocesano de Comercialización (SEARCO), la Asociación de Agricultores del Alto Paraná (ASAGRAPA), la Comisión Regional de Agricultores de Itaipúa (CRAI), el Comité Central de Horticultores (CCH), la Regional Campesina de Cordillera (RCC), las Comunidades Eclesiásticas de Base (CEB), el Movimiento Campesino Paraguayo (MCP) y la Unión Nacional Campesina (UNC) “Oñondivepá”. Estas organizaciones, con origen y problemas diversos, plantean reivindicaciones propias del campesinado. Seis de ellas se han unido para conformar la Coordinación Nacional de Productores Agrícolas (CONAPA). Esta coordinación agrupa a SEARCO, ASAGRAPA, CRAI, CCH, RCC y CEB.

Las reivindicaciones explícitas planteadas por CONAPA son la libre agremiación de los trabajadores campesinos; la autonomía organizativa en el sentido que las organizaciones campesinas deben estar en manos de los campesinos y al servicio de sus intereses gremiales; coordinación organizativa a nivel regional, zonal y de base; lucha campesina sobre la base de la “no violencia activa”; la defensa de la tenencia de la tierra y su legalización; mayor precio para sus cosechas, compra-venta conjunta de productos y control del contrabando y del plan agrícola; derecho a que se le difundan sus reclamos en la prensa oral y escrita; solidaridad con movimientos gremiales urbanos; y apoyo al Diálogo Nacional auspiciado por la Iglesia Católica paraguaya 50/.

Desde su fundación en 1986, CONAPA ha debido enfrentar una serie de dificultades. Una de ellas es el hecho de funcionar como una confederación de organizaciones diversas que no nacieron con un proyecto único o colectivo: opera con una cierta lentitud, y las organizaciones individuales que la integran cuentan con mayor cohesión y efectividad que la confederación misma. A esto hay que agregar las dificultades para generar un liderazgo a nivel nacional, además de aquellas ocasionadas por la inmensidad del espacio físico que debe cubrir y el consiguiente costo de las comunicaciones.

También cabe mencionar al Movimiento Campesino Paraguayo (MCP), cuyos planteamientos tienen mayor tonalidad política y sus métodos son más arrojados, particularmente en lo que se refiere a las ocupaciones de tierras. Se diferencia de las demás organizaciones por dos grandes motivos. Por un lado, por considerar que la cuestión agraria no es solamente un problema económico o un “problema campesino” susceptible de ser resuelto con políticas parciales, sino más bien un problema básicamente sociopolítico que requiere una propuesta de solución global 51/; por el otro, por su postura explícitamente clasista, vale decir, por anclar la identidad y los problemas de la colectividad campesina en determinantes económicos y políticos comunes que permiten hablar de una clase social determinada:

“El campesinado es el que por siglos ha sido el sector más explotado y oprimido, tanto económica como políticamente en nuestra sociedad, siendo utilizado como productor de riqueza para unos pocos, y como ‘masa de votantes’ a los círculos políticos que representan los intereses de esa minoría de privilegiados y dominantes”.

“Esa es la raíz, y no hay que buscar en la ‘subversión’ por la que el campesinado paraguayo ha venido luchando por organizarse en forma independiente desde la década del ’60 para poder llevar adelante la batalla gremial por sus legítimas reivindicaciones gremiales, sin la interferencia de terceros, quienes siempre tratan de aprovecharse históricamente del dolor y el marginamiento de ese sector mayoritario que conforma nuestra sociedad. Esos intentos organizativos fueron truncados sistemática y violentamente, con secuelas de prisiones, torturas, asesinatos y desapariciones de sus líderes más combativos” 52/.

El MCP fue fundado en diciembre de 1980, y desde entonces alega haber constituido más de 68 comunidades en los departamentos de Caaguazú y Misiones. El MCP intenta heredar la experiencia de las Ligas Agrarias Cristianas de los años ’60, aunque sin el elemento confesional de éstas. Hoy es, posiblemente, la organización campesina con mayor cohesión interna, mayor diversidad de estructuras auxiliares y mayor claridad político-ideológica acerca de lo que busca. Su programa de lucha se basa en 13 reivindicaciones: 1) reforma agraria integral e inmediata; 2) asistencia técnica y crediticia para todos los campesinos; 3) precio justo para los productos agrícolas, 4) libre comercialización de los mismos; 5) libertad de agremiación, movilización y expresión para todos los campesinos; 6) legalización del MCP como entidad sindical en defensa de los intereses campesinos; 7) cese del contrabando de productos agrícolas; 8) aparición con vida de los compañeros detenidos-desaparecidos, y entrega de los cadáveres de los asesinados que están en fosas comunes a sus familiares; 9) vuelta de todos los exiliados y libertad de todos los presos políticos; 10) creación de una central de trabajadores; 11) igualdad de derechos de la mujer en la sociedad, 12) derecho al estudio de la juventud campesina; 13) derecho a la jubilación campesina 53/.

Para ello el MCP ha ido creando una serie de organizaciones en los últimos años, y hoy cuenta con cinco estructuras campesinas diferenciadas: la Comisión Permanente de Familiares de Desaparecidos y Asesinados (CPFDA), la Asamblea Permanente de Campesinos sin Tierra (APCT), la Coordinación de Mujeres Campesinas (CMC), la Asociación de Pequeños Productores Agrícolas (APPA) y su organización de juventudes campesinas.

También está la Unión Nacional Campesina “Oñondivepá”, liderada por Marcelino Corazón Medina, quien fuera agente de la expansión agrícola propiciada por el IBR y que posteriormente se identificó con la causa de sus ex asistidos. En 1985, Medina promovió una campaña para

que sus asociados, todos ellos pequeños productores agrícolas de la zona de Paraguarí, cultiven productos de subsistencia en vez de algodón, cultivo de renta que, junto con la soja, proporciona al país el grueso de sus divisas por concepto de exportaciones. En la década de los ’70, aprovechando la gran expansión de la demanda y de los precios en el mercado mundial, el Gobierno impulsó al campesinado a dedicarse cada vez más al monocultivo del algodón. Sin embargo, al contraerse la demanda y los precios internacionales, y al fijarse precios oficiales que no cubrían los costos del productor, las condiciones de vida del pequeño campesino sufrieron un deterioro aún mayor. Si bien es cierto que la campaña de “Oñondivepá” en favor de una mayor dedicación a los cultivos de subsistencia restaba productos de exportación para el Gobierno en un momento de crisis financiera, y, además, sustraía al pequeño productor del mercado monetario, por lo menos le daba una oportunidad de producir para alimentar a su familia. Medina fue acusado de subversivo y antipatriota por ello, apresado en diversas ocasiones y procesado por infringir la Ley 209 “De Defensa de la Paz Pública y Libertad de las Personas”.

Las propuestas defendidas por “Oñondivepá” son tierra para los campesinos, asistencia técnica y crediticia a los agricultores, precio justo y garantizado para los productores agrícolas, auténtica reforma agraria, educación y asistencia médica gratuita, libertad de reunión y de organización y el reconocimiento de la UNC “Oñondivepá” como entidad sindical de defensa de los intereses campesinos. No se puede atribuir a “Oñondivepá” la extensión territorial de las otras dos organizaciones campesinas, CONAPA y el MCP 54/. Antes bien, todavía no pasa de ser un proyecto cuya amplitud es similar a la de la recientemente creada Organización Nacional Campesina (ONAC) creada por la social-cristiana Confederación Nacional de Trabajadores (CNT) y presidida por Trigidio Ayala, dirigente del asentamiento de Potrero Angelito.

Hay, naturalmente, otras organizaciones campesinas, menos ambiciosas e independientes y adosadas al Estado: los comités de Capacitación Agrícola de Habilitación (CAH), vinculados a la institución crediticia estatal para la habilitación de nuevas tierras; la Asociación de Usuarios de Créditos Agrícolas (AUCA); los Clubs “4 C”, grupos juveniles auspiciados por la Agencia Interamericana de Desarrollo (AID) y el Ministerio de Agricultura y Ganadería; y los comités del Servicio de Extensión Agrícola y Ganadera (SEAG), dependientes del Ministerio de Agricultura y Ganadería. Estas organizaciones no tienen un carácter reivindicativo, puesto que operan como canales para la implementación de políticas públicas, especialmente las referidas al crédito estatal al campesino. No obstante su falta de independencia y de reivindicaciones, estas organizaciones operan como medios que diversifican, mediatizan y abren a la sociedad rural campesina de su clausura secular, además que en ciertos casos pueden convertirse en redes organizativas abiertas a otro tipo de propuestas y objetivos.

Es cierto, sin embargo, que las “comisiones vecinales”, por ejemplo, creados para las ocupaciones de tierras, no gozan de larga vida 55/. No sobreviven a sus fracasos, y, mucho menos, a sus triunfos: conseguida la tierra, muere el organismo creado para conquistarla. Pero las huellas que dejan las luchas son hoy enormemente más nítidas y tienen mayor articulación y profundidad que en el pasado. Hoy hay otras formas en las que se cristaliza la experiencia colectiva más allá de los recuerdos nebulosos de los ancianos campesinos, quienes evocan o mantienen latentes en la conciencia colectiva los eventos de conquistas pretéritas de tierras a través de luchas.

 

e.       El horizonte de la ciudadanía del campesino y la democracia.

En términos generales, lo significativo de todo esto es que la mayoría de las organizaciones que han ido surgiendo tienen dos temas en común, a saber, la autonomía del movimiento campesino y la articulación nacional de las propuestas campesinas. En estas organizaciones se descubre, sea con la representatividad que se atribuyen o sin ella, sea en base a la autenticidad o la impostura, un anhelo central por constituir al campesinado en una organización social de carácter nacional y autónomo: es la primera vez en su historia que el campesino no lucha solo “como paraguayo”, como “ex-combatiente”, como “liberal” o “colorado”, “como cristiano” o en nombre de “don fulano”. Ya no habla y reclama sólo en nombre de otros, sino que en el suyo propio: habla y reclama “como campesino”.

Para luchar “campesino haicha” el agricultor debe ser reconocido como tal, debe conquistar una cierta “personería” social de facto: debe conquistar su ciudadanía social para reclamar derechos en nombre de las condiciones y necesidades particulares que le determinan y afligen, vale decir, en base a las diferencias entre él y los demás, en base a la desigualdad de condiciones en que se encuentra.

Es al luchar “campesino haicha” por la ciudadanía social que se encuentra con la existencia de los derechos generales de los ciudadanos, esto es, los derechos de los paraguayos en cuanto iguales ante la ley; se encuentra con la existencia de los derechos de todos, derechos que los “otros” ya han ejercido en algún momento o que luchan por poder ejercerlos, como por ejemplo, los derechos de organización, expresión, pensamiento, manifestación y de peticionar a las autoridades. Dicho de otra manera, es a través de la conquista de su ciudadanía social que el campesino está haciendo efectivos sus derechos civiles y políticos, vale decir, su ciudadanía política.

De ahí en más, o más bien en forma correlativa, el problema central interno del campesino en relación a la democracia es el paso de la comunidad a la asociación, en el sentido más clásico del término. Esto significa que la tarea consiste en constituir sociedades basadas en acuerdos explícitos, impersonales y contractuales, en donde el elemento lógico-jurídico funcione como marco efectivo de organización, decisión y designación de hombres y tareas. Sólo en el marco de estas asociaciones la institución democrática toma cuerpo cabal, ya que las sociedades basadas en principio comunitarios, en las costumbres, en valores implícitos e inamovibles o inspiradas en el carisma personal o familiar no permiten el espacio de libertad individual que la democracia exige.

Lo que ocurre tantas veces dentro de las organizaciones campesinas es que los agricultores pueden elegir a sus dirigentes en sus asambleas, pero sólo le reconocen autoridad y le obedecen cuando el “elegido” era ya, previamente un líder “natural”. Y viceversa: el dirigente natural, cuyo poder se basa en prestigio y en jerarquías comunitarias, manda igual sea o no electo. De esta manera, la costumbre y las jerarquías comunitarias, las que por definición tienen una constancia y una base afectiva-carismática, gobiernan a las organizaciones o bloquean su funcionamiento 56/.

Esta cultura de poder comunitaria no es democrática, como no lo es ni puede serlo la familia, institución en la cual se inspira: la autoridad no está sujeta a elección, el disenso no es admitido y las diferencias son ocultadas, censuradas o reprimidas. Esa matriz holística 57/ atenta contra el funcionamiento democrático.

No es necesario, ni posible, ni constructivo que las formas democráticas asociativas atenten contra el suelo comunitario en que se asientan. Pero sí deben emanciparse de las limitaciones de esta base, emprender vuelo propio, desarrollar un nuevo estilo de relacionamiento capaz de gestionar problemas nuevos y más amplios, o reencarar los viejos problemas con mejores resultados.


 

 

BIBLIOGRAFIA Y NOTAS

1/ Para una elaboración más detallada de los puntos que se plantean en esta sección, se puede consultar Euclides Acevedo y José Carlos Rodríguez. Manifiesto Democrático. Una propuesta para el Cambio, Editorial Araverá, Asunción, 1986, y Benjamín Arditi, “Estado Omnívoro, Sociedad Estatizada. Poder y Orden Político en el Paraguay”, Documento de Trabajo Nro. 10, Centro de Documentación y Estudios (CDE), Asunción, abril 1987.

2/ Ver, por ejemplo, la propuesta del Movimiento de Integración Colorada (MIC), grupo liderado por el ex ministro del Interior del régimen, Edgar L. Ynsfrán, Esquema Político: Una opción Republicana, Editorial Americana Sapucai, Asunción, 1986.

3/ Carlos Romero Pereira, Una Propuesta Etica: Análisis de la Realidad Nacional, Editorial Histórica, Asunción, 1987.

4/ Véase Tilman Evers, “Identidade: A face oculta dos novos movimentos sociais”, Novos Estudos CEBRAP, Vol. 12, Nro. 4, abril 1984.

5/ Jean L. Cohén, “Rethinking Social Movements”, Berkeley Journal of Sociology, Vol. XXVIII, 1983, pp. 106-107.

6/ Ibid., p. 111.

7/ Gastón Bachelard, La Formación del Espíritu Científico (1938), Siglo XXI, México, 1981.

8/ Jean Touchard, Historia de las Ideas Políticas, Editorial Tecnos, Madrid, 1981.

9/ G.D.H. Colé, A History of Socialist Thought, MacMillan, Londres, 1956.

10/ Datos Preliminares, Estudio del Indice del Costo de Vida Obrera en el Gran Asunción, Centro de Documentación y Estudios (CDE), Asunción, junio de 1987.

11/ Roberto Villalba, “Cronología del Movimiento Obrero Paraguayo, 1986”, Documento de Trabajo Nro. 4, Centro de Documentación y Estudios (CDE), Asunción, diciembre 1986.

12/ Anthony Hill, “El Milagro Brasilero del Paraguay: Evolución y Perspectivas” (1982), Serie Contribuciones, Centro de Documentación y Estudios (CDE), Asunción, mayo 1987.

13/ Andrew Nickson, “Breve Historia del Movimiento Obrero Paraguayo, 1880-1984”, Serie Contribuciones Nro. 1, Centro de Documentación y Estudios (CDE), Asunción, marzo 1987.

14/ Informativo Laboral, números 1 a 4, enero-abril 1987, publicación mensual del Centro de Documentación y Estudios (CDE), Asunción, 1987.

15/ Francisco Gaona, Introducción a la Historia Social y Gremial del Paraguay, Tomo I, Editorial Arandú, Asunción-Buenos Aires, 1967.

16/ Véase el periódico intersindical Trabajo, Asunción, noviembre 1980-marzo 1981.

17/ Libro de Actas de la Sociedad de Resistencia Obreros Ebanistas Similares y Anexos, 1905-1928, en el Archivo de Francisco Gaona, Código AG 12.03, Centro de Documentación y Estudios (CDE), Asunción.

18/ Algunos contratos colectivos recopilados en el Archivo de Gaona son particularmente significativos, como por ejemplo, el de los zapateros (AG 09.02.016), el de los albañiles, pintores y picapiedreros (AG 05.25.002, AG 05.25.001 y AG 09.02.006)

19/ José Carlos Rodríguez, “L’Etat S’Empare du Mouvement Ouvriere, Paraguay 1936-1958”, Memoire DEA, Ecole des Hautes Etudes et Sciences Sociales, Paris, 1985, pp. 35 y ss.

20/ Francisco Gaona, Introducción a la Historia Social y Gremial del Paraguay, Tomo II, Rafael Peroni Editor, Asunción, 1987, pp. 74-75.

21/ Maurice Duverger, Los Partidos Políticos (1951), Fondo de Cultura Económica, México, p. 81.

22/ Francisco Gaona, Introducción a la Historia Social y Gremial del Paraguay, Tomo II, p.. 15.

23/ Francisco Gaona, Introducción a la Historia Social y Gremial del Paraguay, Tomo I, p. 42.

24/ “Estatuto de la Federación Obrera Regional del Paraguay”, Art. 2, en Gaona, op. cit., Tomo I, p. 171.

25/ José Carlos Rodríguez, “L’Etat S’Empare du Mouvement Ouvriere”, op. cit.

26/ Gaona, op. cit., Tomo II, pp. 135 y ss.

27/ Luis María Argana, Historia de las Ideas Políticas del Paraguay, Editorial El Foro, Asunción, 1983, p. 191.

28/ Gladys Casaccia, “Significación de la Huelga General de 1958”, Serie Contribuciones, Centro de Documentación y Estudios (CDE), Asunción, Paraguay, 1987. En preparación.

29/ Resúmen mensual de noticias, 1980-1981, Banco Paraguayo de Datos (BPD), Asunción, Paraguay Gremial, 1982-1983, BPD.

30/ Ibid.

31/ Andrew Nickson, op. cit.

32/ Roberto Villalba, “Cronología del Movimiento Obrero Paraguayo, 1984”, Mimeo, Asunción, 1985.

33/ “Estatutos del MIT-P”, Mimeo, Asunción, 1986.

34/ Prensa de los Trabajadores, publicación de la AIT, Asunción, marzo-abril 1987.

35/ Llamado al 1ro. de mayo, SINOMA, SINATRAC, CNT, SPP, CEPATE, FETRABAN, Agrupación de Gráficos, Agrupación SEOC, Asunción, abril 1985.

36/ B. Susnik, El Indio Colonial del Paraguay, Tomos I, II, III, Museo Andrés Barbero, Asunción, 1965, 1966 y 1971 y G. Grunberg, “Dos Modelos de Economía Rural en el Paraguay: Pai Tavyterá y Koyguá”, en Estudios Paraguayos, Vol. 3, Nro. 1, Asunción, 1975.

37/ Eligió Ayala, Migraciones, Editorial La Sudamericana, Santiago de Chile, 1941, y Domingo Rivarola y otros, La Población del Paraguay, Centro Paraguayo de Estudios Sociológicos, Asunción, 1974.

38/ Teodosio González, Infortunios del Paraguay (1931), Gráfica Comuneros, Asunción, s/f, p. 103.

39/ Rafael Barret, Obras Completas, Américalee, Buenos Aires, 1934, pp. 115-116.

40/ Leopoldo Ramos Giménez, “Tabla de Sangre”, Asunción, 1919, tomado del Archivo de Francisco Gaona, AG 08.08.002.

41/ Rafael Franco, “La Reforma Agraria de la Revolución Paraguaya”, en Anales de Colonización, órgano de la Cámara Argentina de Colonización, Buenos Aires, 1938. Tomado de Gaona, op. cit., Tomo II, p. 128.

42/ J.L.Caravias, Liberación Campesina, Zero, Madrid, 1975 y Vivir como Hermanos, Ediciones Loyola, Madrid, 1971. Ver también Ramón Fogel, Movimientos Campesinos en el Paraguay, Centro Paraguayo de Estudios Sociológicos, Asunción, 1986.

43/ Ramón Fogel, “Las Invasiones de Tierras: Una Respuesta campesina a la crisis” (1985), en Domingo Rivarola (compilador), Los Movimientos Sociales en el Paraguay, CPES, Asunción, 1986.

44/ Ibid.

45/ Secretaría Técnica de Planificación “Diagnóstico Global Social. Documento Preliminar para el Plan Nacional de Desarrollo Económico y Social 1985-1989”, Suplemento Económico del diario Hoy, Asunción, 25 de octubre de 1985. Basilio Nikiphoroff, funcionario del Ministerio de Agricultura y Ganadería, señala algo similar: “Otro aspecto restrictivo relacionado a la estructura agraria es la demanda creciente de tierras y la poca o ninguna existencia de tierras fiscales, especialmente en la Región Oriental del país. Esto generará una presión cada vez más difícil para el gobierno si no realiza expropiaciones de latifundios existentes en el Paraguay”. Véase su “Restricciones, Estrategia y Políticas de Desarrollo del Sector Agropecuario y Forestal”, en Economía Paraguaya 1985, CPES, Asunción, 1986.

46/ Carlos Alberto González, “Régimen Legal de la Propiedad Inmobiliaria en el Paraguay”, en “La Tierra: Los Derechos a la Ocupación y sus Transgresiones”, Documento de Trabajo Nro. 4, BASE, Asunción, abril 1986.

47/ Ibid.

48/ Fogel, “Las Invasiones de Tierras”, op. cit.

49/ Tomás Palau (en colaboración con Ramón Fogel y María Victoria Heickel), El Cultivo del Algodón y la Soja en el Paraguay y sus Derivaciones Sociales, taller CEPAL/FAO sobre “Políticas Agrícolas y Desarrollo Rural”, Santiago de Chile, 26-30 de agosto de 1985.

50/ Análisis del Mes, Año I, Nro. 6, mayo 1986, BASE, Asunción.

51/ “El Resurgimiento del Movimiento Campesino y la Cuestión Agraria”, Lo Mita, Año 2, Nro. 3, 1987, boletín informativo del MCP.

52/ Ibid.

53/ Ibid.

54/ Documento inédito, s/f, Asunción.

55/ Ramón Fogel, op. cit.

56/ Esto fue señalado por Line Bareiro en el curso de conversaciones informales acerca de los resultados de su trabajo de campo en la zona de Cordillera.


INDICE

Pag.

PROLOGO

NOTAS

1. EL RESURGIMIENTO DE UNA SOCIEDAD DESMANTELADA

a- El Estado contra la sociedad

b- Un tiempo de incertidumbre: Impulsos democráticos y vacilación política

c- La sociedad a pesar del Estado  

2. MOVIMIENTO OBRERO: LAS HUELLAS DE SUS CONQUISTAS PASADAS

a- Cinco contribuciones del sindicalismo a la sociedad paraguaya

b- El desencuentro inicial de sindicatos y partidos políticos

c- Formas de hacer política del movimiento obrero paraguayo

d- La experiencia del MIT-P 

e- Destrucción sindical, concesión estatal. Balance provisorio

3. MOVIMIENTO CAMPESINO: EN BUSCA DE LA TIERRA SIN MAL

a- El nivel microsocial del poder: Control y aislamiento rural  

b- El “campesinismo'’ instrumental del nacionalismo y del poder 

c- El problema de tierras, hoy

d- El esfuerzo organizativo 

e- El horizonte de la ciudadanía del campesino y la democracia

4. MOVIMIENTO ESTUDIANTIL: EN EL LABERINTO DE SU LIBERTAD

a. Imagenes de identidad e historia de los estudiantes  

b. Recomposicion del movimiento estudiantil

c- Orientaciones de la FEUP

d- Lo afectivo y lo expresivo, aliento del vuelo juvenil

e- Territorio social “liberado” y alejamiento de los partidos

5. UN HORIZONTE DE LIBERTADES SOCIALES, UN SUEÑO DE DEMOCRACIA POLITICA

a- Los movimientos ante el Estado

b- Los movimientos y la cultura política: Lo político más allá de lo partidario   

c- Los movimientos y la producción

de la sociedad por sí misma

BIBLIOGRAFÍA Y NOTAS

 

 

 

 

 

 

 

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