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JOSÉ CARLOS RODRÍGUEZ


  MOVIMIENTOS SOCIALES Y RECUPERACIÓN DEMOCRÁTICA EN EL PARAGUAY - Por BENJAMÍN ARDITI – JOSÉ CARLOS RODRÍGUEZ


MOVIMIENTOS SOCIALES Y RECUPERACIÓN DEMOCRÁTICA EN EL PARAGUAY - Por BENJAMÍN ARDITI – JOSÉ CARLOS RODRÍGUEZ

LA SOCIEDAD A PESAR DEL ESTADO

MOVIMIENTOS SOCIALES Y RECUPERACIÓN DEMOCRÁTICA EN EL PARAGUAY

BENJAMÍN ARDITI – JOSÉ CARLOS RODRÍGUEZ

Prólogo de LINE BAREIRO

Editorial EL LECTOR

Colección Realidad Nacional N° 2

Tapa: LUIS ALBERTO BOH

Asunción – Paraguay

Julio 1987 (106 páginas)


BENJAMIN ARDITI es licenciado en Economía Política de la Universidad de Toronto, maestría en Teoría Política en la Universidad de Essex, Inglaterra; candidato al doctorado en Teoría Política en la misma universidad. Trabajó como investigador visitante en el Instituto de Investigaciones Sociales de la Universidad Nacional Autónoma México (UNAM); profesor invitado en la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO, sede México) y de la Escuela Normal Superior de Monterrey, México. Es miembro del grupo de trabajo sobre Teoría del Estado y de la Política y del grupo de bajo sobre partidos políticos del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO). Entre los muchos trabajos publicados se citan los siguientes: “Modernizacion y Cambio Social en el Paraguay, 1960- 1983”, firmado conjuntamente con Domingo Rivarola, para la revista de Desarrollo Social de CEPAL; “Expansión del Estado Social en el Paraguay desde 1936”, CPES, 1985 y otros muchos estudios sobre su especialidad.

JOSE CARLOS RODRIGUEZ, licenciado en Psicología por la Universidad Católica Asunción; hizo estudios de Sociología en FLACSO, sede Buenos Aires, y obtuvo el D.E.A. en Sociología en L’Ecole Superieur des Hautes Etudes en Sciences Sociales, de Paris. Fue profesor del Departamento de Psicología de la Universidad Católica de Asunción; jefe del Departamento de Estudios y Proyectos en el Centro de Investigacion y Acción Social (CIAS) de Asunción y del Instituto para el Desarrollo Integral y Armónico (IDIA), coordinador del Departamento de Investigación del Banco Paraguayo de Datos (BPD). Es miembro de la Comisión Estudios Laborales de CLACSO. Entre sus escritos, figuran: “Coyuntura Sindical  Paraguaya”, Asunción, 1982; “L’Etat s’espare de Movement Ouvriere, 1936-1981”, Paris, 1985; “Manifiesto Democrático. Una propuesta para el cambio”, conjuntamente con Euclides Acevedo, Ed. Araverá, Asunción, 1986, “Situación actual de la historiografía sobre el Movimiento Obrero Paraguayo” Asunción, 1986.

 


 

PRÓLOGO

Una comunidad intelectual se va reconformando lentamente en el Paraguay, ganando espacios al oscurantismo y al trabajo aislado. Su existencia y vitalidad constituyen un imperativo para una sociedad que necesita pensarse a sí misma. La comunidad intelectual, que hace del pensar la sociedad su oficio, forma parte de la comunidad cultural de nuestro país. Hoy, esta última se ha ido constituyendo en uno de los polos más vitales y creativos del quehacer nacional.

La idea de “comunidad cultural” puede entenderse en dos sentidos, uno amplio y otro restringido. En sentido amplio, “comunidad cultural” se refiere a todas las actividades propias de una sociedad determinada, mientras que en sentido restringido, se refiere al quehacer de los sectores que conforman las “minorías especializadas" productoras de cultura. En este segundo sentido, la comunidad cultural estaría compuesta no sólo por intelectuales, sino también por artistas, literatos, educadores y comunicadores sociales. Es decir, por quienes “han hecho del pensar acerca de la sociedad nacional y sus problemas, del crear obras y símbolos de diverso tipo, del experimentar con formas innovadoras en sus respectivas especialidades, y del transmitir el cúmulo de reflexiones, creaciones y experimentaciones, su vocación, vivencia u ocupación primordial”  1/.

El funcionamiento de una comunidad intelectual implica un debate dinámico y abierto entre sus integrantes acerca de su propia producción. Es decir, implica que lo que una persona o grupo produce, es estudiado, repensado y utilizado por los otros en su propio trabajo. Ello contribuye a que las investigaciones y ensayos producidos por unos no sean ignorados o que tengan, como única repercusión, el aplauso o la descalificación acríticas de los otros. Al contrario, devienen referencias para cualquiera que se interese en analizar el mismo objeto o tema de estudio, aunque más no sea para distanciarse o adherirse al contenido de los mismos. Dicho de otra manera, se crea una tradición, un patrimonio cultural colectivo al cual el investigador o analista puede remitirse.

La comunidad intelectual de un país también forma parte de la comunidad y los debates internacionales del mismo tipo y, por lo tanto, tienen un escenario más amplio que las fronteras de un país, una región o un continente. Lo que se produce teóricamente o a nivel de investigaciones empíricas en y sobre otras sociedades, también debe ser tomado en consideración.

Se puede hablar de “reconformación ” de la comunidad intelectual puesto que la vital y creativa comunidad que existía hasta los años 40 en nuestro país, quedó desarticulada como consecuencia de un contexto socio-político y cultural adverso. Los intelectuales, individualmente en el país o desde el exilio, no pudieron desarrollar un combate efectivo por la libertad de pensamiento y de expresión, basado en la generación de ideas, métodos, enfoques e interpretaciones innovadoras en el plano de la creación científica.

Los autores de este ensayo son exponentes del sector de intelectuales, hombres y mujeres, que proponen nuevos modos de pensar su sociedad y sus problemas; y que a partir de ese trabajo aportan a la democratización de la sociedad paraguaya. Esto constituye, además, una forma de hacer política con un rasgo particular: por un lado, es un modo de pensar que no está alineado con un partido político u organización social determinados —lo cual permite mantener una cierta distancia con lo estudiado—; por otro, incorpora en su problemática el punto de vista de los protagonistas sociales. En cierta manera, se trata de “intelectuales orgánicos” de la sociedad.

La colectividad a la cual ellos pertenecen puede ser calificada como “no académica Pero no porque prescindan de los métodos académicos del trabajo intelectual como profesión, sino más bien porque su producción tiene lugar fuera de los circuitos universitarios. De hecho, hoy, en el Paraguay, a diferencia de otros países, no es en la “academia”, no es en la universidad donde se está produciendo el pensamiento más vigoroso e innovador sobre la sociedad paraguaya. A falta de una universidad dedicada a estas tareas, éstas están siendo generadas en centros de investigación más o menos pequeños y sin apoyo oficial.

Este ensayo gira en torno al tema de la politicidad de los movimientos sociales y de la incidencia de éstos en la democratización de nuestra sociedad. Es por ello que no se desarrolla explícitamente un pensamiento acerca de los actores político-partidarios, del estado, de otros actores sociales vinculados con la problemática democrática o, incluso, aspectos históricos o estructurales de los movimientos sociales que no tienen relación con esto. Estos temas, sin embargo, han sido desarrollados por los autores en otros trabajos que enmarcan la reflexión desarrollada en La Sociedad a pesar del Estado 2/.

Un problema que el pensamiento democrático enfrenta en nuestro país es que, si bien ya se dispone de una reflexión acerca del autoritarismo, aún no tenemos algo comparable acerca de la historia de las formas, de los mecanismos y de las luchas por la democracia en el Paraguay. Por lo menos, aún no con el nivel de complejidad y reflexión que la situación política actual y una cultura política democrática lo reclamarían.

En términos estrictos, es indiscutible que jamás hemos tenido un sistema político democrático, y que en nuestro país el partido o agrupación política que accede al gobierno del estado, lo hace, lo conserva o lo pierde a través de la violencia. Pero esta constatación no debe mantener en la penumbra la historia y los resultados de luchas por el pluralismo, por la igualdad, por la auto-organización y por el respeto a los derechos de mayorías y minorías, que deben ser recuperadas por la memoria y empleadas por la colectividad como la tradición de libertad y democracia de nuestra sociedad.

Los autores son, pues, intelectuales que no pretenden hacer ciencia social desde arriba o desde afuera de la sociedad y de los anhelos de su tiempo, sino desde adentro de ellos. No les da lo mismo autoritarismo que democracia: a través de sus trabajos, toman abiertamente posición por ésta última y buscan aportar elementos para la formación de una cultura democrática en la sociedad. Su compromiso con la reivindicación democrática no les impide a los autores desempeñarse como intelectuales críticos, que analizan su objeto de estudio a partir de presupuestos teóricos y metodológicos, tratando principalmente de comprender y no de juzgar.

La opción escogida en este nuevo ensayo es la de la recuperación de una tradición de lucha y el análisis de algunos actores sociales involucrados en ella. La recuperación de esta tradición contribuye a la formación de una conciencia democrática y a la comprensión de que hay un proceso histórico sobre el que debemos reflexionar, tanto para la reconformación de las identidades sociales como para la recomposición de nuestra propia identidad como sociedad. De hecho, como ya se ha señalado en otro trabajo, en el Paraguay “Las represiones impiden la continuidad de las prácticas sociales, y la falta de un pensamiento orgánico acerca de nuestra práctica y nuestra historia impide la constitución de procesos: muchos movimientos deben recomenzar continuamente su trabajo sin poder recurrir a la experiencia colectiva ” 3/.

Los intelectuales aportan a la creación de una conciencia de los procesos en los cuales se inscriben las luchas del presente. Y la conciencia de estos procesos actúa, a su vez, como soporte de las luchas del presente. Los intelectuales, con su trabajo, contribuyen a la creación de una memoria colectiva basándose en memorias fragmentadas en documentos y personas a los que la mayoría de los ciudadanos no tienen acceso o en los cuales éstos no pueden encontrar los hilos conductores que configuran su sentido: crean memoria basándose en memorias.

El título del trabajo puede suscitar una interrogante: ¿Por qué recuperación democrática, si en nuestra historia no hemos conocido más que autoritarismos? Una respuesta posible es que lo que acá se está recuperando no es la vigencia de un sistema democrático que se habría perdido, sino las semillas, los gérmenes de lucha por la democracia que solemos olvidar. No estamos en una situación como la del pueblo uruguayo, donde se recuperó un sistema político democrático preexistente a un golpe militar.

El análisis del ensayo evoca a otro trabajo hecho por uno de los autores 4/, en el cual se explica cómo en nuestro país las iniciativas políticas van, generalmente, desde el estado hacia la sociedad civil, y no viceversa. Acá, en cambio, se busca exponer las pulsiones que invierten el proceso.

Pero el título también alude, intencionalmente, al del principal trabajo teórico escrito por Pierre Clastres, La Sociedad Contra el Estado. El parafraseo constituye algo más que un simple juego de palabras. Clastres, antropólogo francés, basó granearte de sus reflexiones en las investigaciones de León Cadogan y en su propio trabajo de campo entre indígenas del Paraguay. Se preocupó fundamentalmente acerca del poder en las sociedades primitivas. Su fascinación con los tupí-guaraní, con su organización, sus creencias, mitos y rituales, provenía de la constatación de un hecho particular: eran sociedades sin estado, sociedades en las cuales el poder no estaba concentrado en una persona o en un grupo, ni tampoco separado de la sociedad, o sobre ella. Por consiguiente, decía, tampoco daban lugar al nacimiento de la desigualdad, de la esclavitud y la división social. Para él, el rechazo del estado estaba ligado a la reivindicación de la libertad y de la autonomía de la sociedad.

La Sociedad a Pesar del Estado también reivindica la libertad y la autonomía desde el punto de vista de la sociedad, pero en base a una concepción política en la que no se busca la eliminación del estado, sino más bien su control comunitario a través de un mecanismo capaz de fortalecer a la sociedad por obra de ella misma: la democracia. Libertad, autonomía, democracia y control del poder son los términos recurrentes en este ensayo, que busca —a través de una reflexión y argumentación que se mueve en el plano de lo social—, dibujar los contornos de un imaginario colectivo que está constituyéndose en la conciencia de la colectividad del presente.

Los autores se inscriben en una línea de reflexión que investiga, en otros países, la creación de una nueva cultura política creada desde abajo por los movimientos sociales. Los analistas extranjeros se refieren a los “nuevos movimientos sociales” como los de mujeres, barriales, pacifistas, de minorías de diverso tipo, etc., mientras que en La Sociedad a Pesar del Estado analiza los movimientos sociales “tradicionales”, como el de trabajadores, el campesino y el estudiantil. En el caso paraguayo, estos movimientos tradicionales, por haber estado desarticulados y derrotados, y encontrarse en fase de reorganización, también pueden ser considerados como “nuevos”. Los “nuevos” movimientos de otros países aquí no existen aún, o todavía no han ganado ni espacio, ni fuerza suficiente como para modificar o crear cultura política en nuestro medio.

Los autores entienden “que los movimientos sociales contribuyen a la producción de formas, espacios y mentalidades democráticas a partir de una actividad desarrollada en el terreno usualmente designado con el nombre de “sociedad civil”, y que la acción de estos actores “no excluye sino que complementa a la de los partidos, sólo que en otro terreno, un terreno extra-estatal, el terreno propiamente societal”. Ellos se proponen “mirar a los movimientos sociales, a la historia de sus luchas, a las tareas que se han propuesto, a las metas que han cumplido, al potencial renovador que pueden tener en una dirección democratizadora de nuestra sociedad”.

Es un proyecto ambicioso, que los autores no siempre cumplen. Hacerlo supondría la existencia de una historiografía de las luchas, de las tareas propuestas y de las metas cumplidas por cada movimiento, basada en investigaciones anteriores, propias o ajenas. Esto fue posible en el caso del movimiento de trabajadores, ya que uno de los autores es especialista en la materia, y dispone de archivos y trabajos previos 5/. Pero no se pudo hacer lo mismo en relación al movimiento campesino, cuya historia aún carece, en general, de una historiografía amplia. En este caso, el ensayo queda en deuda con la historia de las conquistas campesinas, principalmente en lo que respecta a las Ligas Agrarias Cristianas y las Comunidades Cristianas de Base, puesto que sobre esas experiencias existen ya algunos trabajos publicados y uno de los autores inclusive participó en la elaboración de uno de ellos 6/.

El espíritu general del trabajo es de un optimismo desbordante por la recuperación de espacios democráticos y democratizadores. Eso hace que, aunque se señalen los límites y dificultades, al terminar la lectura, quede una sensación de que pasa más de lo que en realidad sucede, lo cual puede llevar a generar falsas expectativas acerca de la magnitud de los espacios ganados. En su trabajo, los autores parecen estar descorchando una botella de champán. Este espíritu es positivo, puesto que el placer y la alegría pueden dar más fuerza y eficacia a un trabajo de este tipo.

Sin embargo, para medir las posibilidades o el potencial renovador de estos movimientos se podría haber reflexionado más acerca de la correlación de fuerzas en nuestra sociedad. Esta necesidad se refiere a cada uno de los actores tratados, pero es imprescindible para el caso del movimiento estudiantil universitario, que los actores consideran que ya ha derrotado a la dictadura dentro de sus gremios.

En cuanto a la visión que transmiten sobre el movimiento de trabajadores, es posible relacionarla con el Fausto germánico reelaborado por Goethe. Solo que aquí se trata de un Fausto colectivo del subdesarrollo, un Fausto sujeto social de la pobreza. En la historia de Fausto, un gran científico humanista, que ya estaba llegando al fin de sus días, vende su alma al diablo a cambio de recuperar la juventud, y con ello, pierde todo lo que más amaba sin alcanzar la felicidad. Nuestros Faustos del sindicalismo oficialista, al subordinarse al poder estatal y partidario vendieron —según creen— una parte de sus almas a cambio de concesiones. La pequeña auto-venta significa, sin embargo, la pérdida del alma, la pérdida de la fuerza y de la dignidad obrera, sin conseguir más que la supervivencia a través de la sumisión.

El ensayo atiende principalmente a las formas organizativas, las propuestas, conquistas e ideología de los sujetos analizados. Atiende, sobre todo, a los factores “subjetivos” de los mismos, esto es, a la creación de identidades y modos de relacionamiento colectivos antes que a las condiciones económicas y demográficas de su existencia.

Es quizás el trabajo más completo y globalizador que se ha producido en nuestro medio desde esa perspectiva, aun cuando evidentemente deja de lado muchos elementos políticos del MIT-P, tales como, el nuevo relacionamiento, “de igual a igual”; con los partidos políticos, el reconocimiento que van obteniendo del empresariado, la solidaridad con otros sectores sociales, su compromiso explícito con la democratización del país, los intentos de articulación multisectorial con movimientos sociales urbanos (tal como el Encuentro Permanente de Organizaciones Sociales, EPOS), con éstos y los partidos de oposición (la reunión Multisectorial), e inclusive su participación en el Diálogo Nacional propuesto por la Iglesia Católica.

Subjetividad contra subjetividad, la que firma el prólogo no encuentra en el movimiento estudiantil universitario la alegría y el espíritu de fiesta como características de sus actuales organizaciones y dirigentes. Antes bien, encuentra que los estudiantes valorizan casi exclusivamente lo racional y que son de una seriedad aplastante. Si el acto de lanzamiento de la FEUP se convirtió en una fiesta maravillosa, fue gracias a la lluvia que cayó y a pesar de la dirigencia estudiantil, que lamentó no poder seguir estrictamente con el programa porque, “habían propuestas que hacer y hay cosas más importantes que cantar y bailar”. Finalmente, hubiese sido interesante que los autores hicieran alusión al debate actual sobre la posible formación de un nuevo partido o movimiento político que, aparentemente, es una propuesta que se desarrolla principalmente entre estudiantes y profesionales jóvenes.

El ensayo rescata, sin embargo, los rasgos principales de los temas de debate en los movimientos sociales y sobre ellos. Indudablemente suscitará interés y polémicas, tanto entre intelectuales como asimismo en los sectores analizados y en la sociedad política.

Es gracias a este tipo de trabajo que el saber práctico, el ajetreo de la vida real de la sociedad y sus determinantes oscuros devienen palabra clara y pulida: deviene concepto, objeto de reflexión. Este es un tipo de escritura a través de la cual, el dentista social o político deviene, con su obra, un protagonista de los procesos que analiza.

Line Bareiro


NOTAS

1/ Benjamín Arditi, Line Bareiro, Olga Blinder, Carlos Cristaldo, Carlos Colombino, Vicente Cárdenas, Ticio Escobar, Teresa González Meyer, Miguel Heyn, Ricardo Migliorisi, Emilio Pérez Chaves, María Lis Rodríguez A., José Carlos Rodríguez, Fernando Robles, Osvaldo Salerno, Verónica Torres y Ada Verna, Comunidad Cultural y Democratización en el Paraguay, Rafael Peroni Ediciones, Asunción, 1986.

2/ José Carlos Rodríguez, por ejemplo, ha publicado, entre otras cosas Manifiesto Democrático: Una Propuesta para el Cambio, junto con Euclides Acevedo, Editorial Araverá, Asunción, 1986, “Situación actual de la Historiografía del Movimiento Obrero Paraguayo", Documento de Trabajo Nro. 3, Centro de Documentación y Estudios (CDE), Noviembre 1986, “Francisco Gaona: Historia de la Obra”, prólogo a Francisco Gaona, Introducción a la Historia Social y Gremial del Paraguay, Tomo II, Rafael Peroni Ediciones, Asunción, 1987; por su parte, Benjamín Arditi ha publicado “Sujetos a Debate”, en El Buscón Nro. 7, Diciembre 1983, México D.F., “El Sentido del Socialismo, Hoy (Discurso, Política, Sujeto)”, en Opciones Nro. 7, Setiembre-Diciembre 1985, Centro de Estudios de la Realidad Contemporánea (CERC), Santiago de Chile, “El deseo de la Libertad (La Dialéctica y la Cuestión del Otro)”, en David y Goliath Año XVI, Nro. 50, diciembre 1986, Revista de CLACSO, Buenos Aires, “Historia y Memoria”, prólogo al libro compilado por Alfredo Seiferheld, La caída de Federico Chaves, Editorial Histórica, Asunción, 1987, “Estado Omnívoro", Sociedad Estatizada, Poder y Orden Político en el Paraguay", Documento de Trabajo Nro. 10, Centro de Documentación y Estudios (CDE), Asunción, Mayo 1987. Ambos participaron en la redacción de Comunidad Cultural y Democratización en el Paraguay, ya citado. Democratización en el Paraguay, ya citado.

3/ Ver el ya citado Comunidad Cultural y Democratización en el Paraguay, Pág. 22.

4/ Benjamín Arditi, “Estado Omnívoro, Sociedad Estatizada”, op. cit.

5/ Ver los trabajos ya citados de José Carlos Rodríguez, como asimismo el Archivo de Francisco Gaona y los dos tomos de Francisco Gaona, Andrés Nickson, “Breve Historia del Movimiento Obrero Paraguayo”, Serie Contribuciones, CDE, Asunción, Mayo 1987, Roberto Villalba, “Cronología del Movimiento Obrero Paraguayo, 1986”, Documento de Trabajo CDE Nro. 4, Asunción, Marzo 1987.

6/ José Carlos Rodríguez, Oñondivepá, Comité de Iglesias, Asunción, 1979.

 



 

4.      MOVIMIENTO ESTUDIANTIL: EN EL LABERINTO DE SU LIBERTAD

Cuando estudiamos la pesada inercia de los campesinos, con el peso secular de sus tradiciones, su anclaje en la tierra y su lento y repetido ciclo de cosechas; cuando vemos la materialidad del movimiento obrero, atado al carro de los movimientos de capitales, a los vaivenes del empleo y la tecnología, soñando sí, pero desde la maquinaria económica que demarca los límites del mundo del trabajo; en fin, cuando observamos esta pronunciada presencia de la vida material, verdadera infraestructura de los movimientos campesino y obrero, el gremio estudiantil se nos presenta como la antípoda de todo esto. Si comparamos al campesino con la tierra y a los obreros con el agua, los estudiantes nos recuerdan al aire.

 

a.       Imágenes de identidad e historia de los estudiantes.

Inesperados como el viento, pocas veces violentos, su poder parece inasible, tan inconstante como reincidente, desde aquel evento que en América Latina los constituye en colectividad al proveerles una experiencia que también funciona como su mito fundacional: la Reforma de Córdoba, de 1918. Ella es la fuente de inspiración de las creencias estudiantiles y el crisol simbólico en donde se plasmó una identidad que no existe en otros países. Sólo en el subcontinente iberoamericano los estudiantes creen que deben cumplir ellos mismos una obra emancipadora, la Reforma Universitaria, y hacer de ella un modelo paradigmático para la emancipación de la sociedad.

Quizás no sea verdad, pero es su verdad; una suerte de sueño que se repite, que reaparece tozudamente generación tras generación, transmitiéndose a través de mecanismos que desconocemos a la generación siguiente antes que se desvanezca de la mente de sus portadores, cosa que ocurre cuando el estudiante deja de serlo.

Se trata de una cultura generacional latinoamericana. Tal como lo es, por ejemplo, una imagen anclada en el recuerdo, la de las tradiciones de los niños cuyos juegos, hasta hace muy poco, seguían una secuencia cíclica anual: pasaban del tiempo de elevar pandorgas al del trompo, de éste al de la bolita y de ahí al de la colección de figuritas, todo con una constancia de hierro. Antes que el ocio infantil se convirtiera en negocio de los adultos, los niños eran practicantes de estos hábitos que se transmitían de niño a niño sin que el resto de la colectividad interviniera 58/.

La radical versatilidad del estudiante tiene su base en la fragilidad de la condición que les define: dura poco tiempo, y puede durar menos aún debido al riesgo del fracaso académico. Vive en el tránsito entre la historia de sus padres y la suya propia, entre su vida de libertad juvenil y las amarras de la vida profesional, montando, a veces, en los dos caballos. La fragilidad de las condiciones que lo definen, la relativa ausencia de valores y condiciones más estables e internalizadas, les empuja a que prefieran no hablar “como estudiantes”: el estudiante prefiere no hacer mucha autoreferencia, se complace más al inspirarse en los otros, encuentra fuera de sí mismo los motivos más elevados y poderosos de su actuar. Es así que los estudiantes se definen más por lo que no son, que por lo que son.

En este sentido, hablando en 1929 sobre el proyecto de ley de reforma universitaria, Juan J. Soler, uno de los fundadores de la Universidad Popular que se implementaría más tarde, en 1936, decía que

“... la reforma universitaria es en rigor una parte de la cuestión social. Confundida en la historia con el acento del pueblo, la ardorosa voz de la juventud universitaria resuena como un sólo y fuerte grito de libertad. El movimiento reformista no se circunscribe a las aulas ni a una edad. Grande error sería el querer encauzarle en un estatuto como el que nos ocupa, escatimarle facilidades de vida y de progreso, o desconocerle derechos. Su objeto es el joven pero su fin es el hombre. Brega por elevar la personalidad humana a los más altos prestigios de dignidad o independencia. Si la Universidad es su escenario, su teatro es el pueblo” 59/.

El estudiante no lucha, o no dice que lucha, para sí mismo. Con cierto autoengaño y una dosis muchísimo mayor de abnegación y generosidad, el movimiento estudiantil se complace en levantar los emblemas del pueblo, la patria, la cultura y la democracia, tareas que en realidad desbordan su fuerza. Pero se movilizan continuamente y son capaces de grandes acciones cuando sienten que verdaderamente están en un “escenario” cuyo “teatro es el pueblo”.

En este sentido tienen una historia, cuyo luto se llama 23 de octubre de 1931, fecha en que la policía del presi-ente Guggiari abrió fuego y ametralló a una manifestación estudiantil frente al Palacio de Gobierno. Aunque ya no constituye un símbolo del movimiento estudiantil, debido a su manipulación y mitificación oficialista, hasta hoy se inscribe, entre las creencias políticas más arraigadas, la convicción de que los estudiantes muertos terminaron arrastrando al sepulcro a las administraciones liberales, en un impulso que no pudo ser detenido ni siquiera con la gloria cosechada por el gobernante Partido Liberal en la victoria de la Guerra del Chaco.

La historia de los estudiantes tiene sus realizaciones en la consecución de los derechos estudiantiles a participar en los organismos directivos de ambas universidades, libertad que no ha sido concedida a los estudiantes de países mucho más libres que los nuestros, por ejemplo, de Norteamérica o Europa.

Cuando sea escrita la historia de los estudiantes paraguayos, seguramente habrá de detenerse a exponer sus esfuerzos concretos por materializar anhelos de comunicación con los desposeídos, esfuerzos que han sido numerosos y que, no siendo estériles, tampoco alcanzaron la

desproporcionada enormidad de sus metas. Tal es el caso, por ejemplo, de la formación del Comité de Obreros y Estudiantes en 1914, de la Universidad Popular en 1936 o del Servicio de Extensión Universitaria en 1967.

Pero en relación al propio proceso de aprendizaje, al estudiante se le presenta una lid menos gloriosa: debe aceptar reglas de juego cuya autoridad no se desprende del acuerdo del “demos universitario”, sino que les son dictadas por las exigencias mismas del aprendizaje y el ejercicio de las disciplinas que los estudiantes ignoran y los profesores conocen o deberían conocer: son las reglas de la colectividad académica establecidas entre los ya iniciados. Los estudiantes no pueden usar su libertad para cuestionar la ley del primado de la excelencia intelectual sin sacrificar los resultados de la enseñanza, de la investigación o del uso profesional de estos saberes.

Los ciclos estudiantiles están agudizados por la represión, o por la liberalización política, pero están pautados básicamente por el propio ritmo del entusiasmo de la colectividad juvenil. Entre una época de apogeo y la siguiente época dorada, los estudiantes pasan años grises de repliegue en el estudio individual y en la práctica del encierro corporativo riguroso, una suerte de recesión política inevitable en la cual disminuye la vitalidad estudiantil muy por debajo del tiempo que le antecede y del que le seguirá.

Este movimiento cíclico es naturalmente fuente de malos entendidos. Cuando se reflexiona desde los momentos dorados, los observadores, y los estudiantes mismos, creen que el movimiento estudiantil llegará a emprender tareas que en realidad sobrepasan a sus fuerzas. En cambio, cuando se reflexiona desde los momentos de opacidad, se tiene la falsa impresión de que el movimiento estudiantil se ha perdido, que su espíritu ha muerto y que ya no podrá reverdecer 60/.

 

b.      Recomposición del movimiento estudiantil.

Al igual que otras organizaciones intermedias, el movimiento estudiantil fue sujeto a una estrategia de corporativismo desmovilizador con el objeto de facilitar su control por parte del núcleo estatal o para constituir agrupaciones que brinden su apoyo a las políticas de éste. En la década de los 60, la creciente “coloradización” de la sociedad condujo a un incremento progresivo del estudiantado colorado, cuya acción política a nivel gremial consistió en la conquista de centros de alumnos de las distintas facultades, ya sea a través de las urnas o de actos de fuerza (“asaltos” durante la celebración de elecciones de autoridades de centros estudiantiles), para así controlar el tipo de reivindicaciones y presiones que podrían surgir del sector estudiantil 61/. Los colorados conquistaron no sólo centros de alumnos en diversas facultades de la Universidad Nacional de Asunción (UNA) o la Universidad Católica de Asunción (UCA), sino que también lograron controlar a la Federación Universitaria del Paraguay (FUP), subordinándola directamente a directivas emanadas del partido oficialista y, más específicamente, a las directivas de lo que más tarde se constituyó como la corriente “militante” del partido de gobierno.

El accionar oficialista resultó efectivo. A pesar que existieron organizaciones estudiantiles luego de la represión de la última gran movilización universitaria en 1969, sobrevino un período de casi dos décadas de repliegue del activismo universitario. Sin embargo, hoy vuelven a surgir con cierta fortaleza las organizaciones estudiantiles contestatarias y las movilizaciones autónomas. Por un lado, ha habido una progresiva erosión de la representatividad de la FUP, luego del retiro gradual y masivo de los centros afiliados a ella, debido a su política de apoyo incondicional al partido y a las autoridades del Gobierno: hoy sólo 3 de las 13 facultades forman parte de ella 62/; por el otro, el estudiantado se adhirió en forma espontánea a las marchas y protestas sociales de abril y mayo de 1986, participando activamente en las luchas callejeras desatadas como consecuencia de la acción policial. El movimiento de Clínicas, que operó como catalizador y vehículo de expresión del descontento de tantos otros sectores sociales contribuyó, de manera decisiva, a la cristalización de un proceso de reflexión acerca del papel del estudiante en la sociedad, que venía gestándose desde 1985 en diversas facultades. Más aún, contribuyó a acelerar el reagrupamiento y a la reactivación del estudiantado como actor social.

En este proceso, resulta sintomático el cambio operado en el seno del estudiantado colorado, puesto que en una facultad clave, Derecho UNA (cuyo decano, Juan Ramón Chaves, es también presidente de la Junta de Gobierno del Partido Colorado), la dirigencia del COPAU, movimiento que ganó las elecciones internas de 1986 por un amplio margen, se define como colorada y, a la vez, como antigubernamental. Este sector crítico del estudiantado colorado participó activamente en las protestas públicas, siendo reprimido del mismo modo que el estudiantado opositor. Y participó, además, junto con otros dos centros colorados y los seis independientes, en la preparación de una nueva federación universitaria independiente capaz de representar sus intereses gremiales.

El primer intento en este sentido fue la asamblea interfacultades o “Movimiento 24 de Abril”, formado el 25 de abril de 1986 por centros y movimientos de la UNA y de la UCA. Como señala uno de los periódicos estudiantiles, este movimiento se formó “en respuesta a la coyuntura que se planteaba en ese momento. Esta incipiente unidad gestada en el calor de la lucha es un paso más dado en la formación de la anhelada federación universitaria auténticamente independiente” 63/. A diferencia de la asamblea interfacultades, que se constituyó en base a una articulación suelta y espontánea entre los centros de alumnos y los movimientos de las diversas facultades, la Federación de Estudiantes Universitarios del Paraguay (FEUP) creada posteriormente fue pensada como una federación de centros de alumnos regida por un estatuto estable.

La nueva federación quedó compuesta por 13 gremios fundadores: de Asunción, Medicina, Ingeniería, Teología, Química, Odontología, Agronomía, Contables, Filosofía (UCA), Derecho (UNA), Ciencias y Tecnología, y del interior, Pedro Juan Caballero (UCA), Encarnación y Caaguazú. La decisión de estas facultades de incorporarse a la nueva federación fue adoptada en base a asambleas consultivas con el estudiantado de cada una de ellas, no a través de resoluciones de las comisiones directivas de sus respectivos centros de alumnos 64/. El acto oficial de lanzamiento de la FEUP, realizado el 24 de abril de 1987, fecha que marca el primer aniversario de la mayor movilización realizada en el momento de las luchas estudiantiles y de Clínicas, contó con aproximadamente 5.000 personas 65/. Esta cifra, considerablemente superior a las que se han registrado en los actos de masas organizados por el Acuerdo Nacional —la multipartidaria abstencionista- y por el MIT, demuestra la capacidad de convocatoria con que cuenta el estudiantado universitario del país en la actualidad.

Pero también se logró formar una organización capaz de articular a los movimientos independientes de las diversas facultades, la Coordinadora de Movimientos Independientes (CMI) formada en octubre de 1986. Los objetivos de esta coordinadora son, entre otros, el fortalecimiento de los movimientos independientes; la creación de movimientos independientes donde éstos no existan, para así recuperar centros que aún están en manos del oficialismo; la enseñanza gratuita, el acceso irrestricto a la Universidad y el co-gobierno universitario en todos los estamentos; la solidaridad con los sectores populares y el apoyo a la FEUP 66/. La CMI cuenta actualmente con 13 movimientos: el Movimiento de Estudiantes de Ciencias y Tecnología (MECYT), el Frente de Estudiantes de Medicina (FEM), el Movimiento de Estudiantes de Ciencias Contables y Administrativas (MECCA), el Frente Independiente de Estudiantes de Ingeniería (FIEI), la Unidad para el Trabajo y la Conciencia en Arquitectura (UTICA), el Frente Independiente de Economía (FIE), el Movimiento por el Reagrupamiento Universitario-por la Unidad (MRU-U), el Frente de Estudiantes de Química (FEQ), el Frente de Estudiantes de Agronomía (FEDA), el Movimiento Unido de Veterinaria (MUVE), el Frente Independiente de Derecho UCA (FI), el Frente 24 de Abril de Derecho y Notariado (F-24) y el Frente Autónomo de Filosofía (FAF) 67/.

 

c.       Orientaciones de la FEUP.

La FEUP está basada en las dos grandes áreas de reivindicaciones que han hecho posible el reciente reagrupamiento y concertación entre grupos estudiantiles de diversas posiciones político-ideológicas 68/.

1.      La defensa de la autonomía gremial, tanto en relación al Gobierno y al Partido Colorado como asimismo en relación a los partidos opositores y a la Iglesia. Esto se refiere, entre otras cosas, a la lucha contra la creciente elitización de la enseñanza superior, lo cual se traduce en la oposición a la política universitaria de limitar las cuotas de ingreso y de discriminación en contra de sectores menos privilegiados; la lucha por una participación efectiva en los procesos de decisión al interior de la Universidad, lo cual implica buscar los mecanismos para desmantelar el verticalismo y autoritarismo presentes en la Ley 356 de 1956 que regula a la UNA, en el modo de funcionamiento del Consejo Superior Universitario y en el código disciplinario introducido como complemento de la Ley 356/56; la promoción de la libertad ideológica en la educación, para así lograr una real democratización de la Universidad y la sociedad; y por último, el respeto a la autonomía universitaria y la no injerencia de los partidos o de la Iglesia en la conformación de las propuestas estudiantiles.

En la Universidad Nacional de Asunción, los centros de alumnos han denunciado los casos de corrupción y acoso sexual por parte de algunos profesores. Los intentos por democratizar la estructura de poder interno, jerárquica, verticalista y autoritaria, se reflejan en los esfuerzos por eliminar el código disciplinario impuesto por el Consejo Superior Universitario (CSU), y también en la búsqueda de la autonomía universitaria y de una mayor participación de todos los sectores de la casa de estudios en el gobierno de la misma a través de la derogación de la Ley 356/56. Dicha ley determina que el Poder Ejecutivo es el encargado de elegir al rector entre los candidatos de una terna propuesta por el CSU, y asigna al estudiantado una participación puramente simbólica en el CSU y en el Consejo Directivo de cada facultad (sólo un delegado estudiantil en cada uno de ellos). En la Universidad Católica de Asunción, el estudiantado apoyó la lucha de profesores divorciados expulsados por decisión del rector bajo la acusación de vida privada poco decorosa, tipificada en el cánon 810 del código que rige el funcionamiento de esa universidad: el estudiantado de dos facultades se mantuvo en huelga hasta que se levantó la medida.

Para gestionar los intereses estudiantiles están las secretarías de los centros, que brindan servicios concretos a sus afiliados, en forma silenciosa y permanente, sin gloria, ni pena, ni pausa. Son, desde luego, las que sostienen y generan la continuidad de los vínculos de la colectividad estudiantil en los gremios más estables, particularmente los de medicina e ingeniería.

2.      Un segundo punto de convergencia es la recuperación del rol protagónico del estudiantado en la construcción de una sociedad de la cual forma parte, partiendo del supuesto que los problemas sociales y estudiantiles no constituyen compartimentos estancos y aislados unos de otros. Esto se concibe sobre la base de un pensamiento crítico y de la organización y la movilización como medio de lucha para la transformación de la sociedad paraguaya en una dirección de libertad y de justicia social. Es por ello que plantean un repudio a la represión gubernamental y a la falta de respeto a las libertades por parte de las autoridades 69/.

La imagen del estudiantado universitario como portador de opciones nuevas, renovadoras y combativas se refleja, por ejemplo, en el nombre de algunos de sus periódicos: Despertar, Alternativa, Tiempo de Cambio, Avanzando, Marcha, Lucha, Vanguardia, etc. En este sentido, la conformación de la identidad del movimiento estudiantil y la especificación de sus objetivos programáticos responderían más a factores exógenos que a tareas estrictamente internas de cada gremio estudiantil. Tiende a primar, por ello, la reflexión en torno a la contribución del estudiantado en la construcción de una nueva opción de sociedad: anti-dictatorial, recuperadora de libertades conculcadas, por la creación de una sociedad donde prime la justicia social y el modo de vida democrático. Como señala Lilian Soto, actual presidenta del Centro de Estudiantes de Medicina:

“Creo que desde un principio se plantea el hecho de que al nacer una nueva alternativa, se plantea una lucha efectiva por los intereses estudiantiles que no se pueden separar de la situación social de la realidad actual. Se está planteando una lucha por la democratización de nuestro país, por una real vigencia de las libertades democráticas y de un cambio social que traiga aparejado un beneficio para los sectores populares (...) La situación gremial bajo ningún punto de vistá está aislada de la situación política nacional. El hecho que existan reglamentos represivos dentro de la Universidad Nacional, el hecho de que suban los aranceles en las distintas facultades, son consecuencia de una política económica del régimen” 70/.

La recuperación de una capacidad contestataria y de elaboración de propuestas alternativas globales a través de la FEUP permite constatar el deseo del estudiantado de incidir sobre procesos de transformación como actores antes que como observadores. Al mismo tiempo, sus reivindicaciones de autonomía gremial permiten apreciar no sólo sus coincidencias con los movimientos campesino y sindical, sino también las fisuras en la estrategia desmovilizadora seguida por el Gobierno en el campo estudiantil.

Salta a la vista, por lo demás, el peso diferente asignado por la FEUP a sus dos grandes áreas de reivindicaciones, verdaderos ejes articuladores de su discurso: tiende a predominar el aspecto referido al nexo universidad-sociedad y al papel del estudiantado en la sociedad. En este sentido, esto constituye una cierta ruptura con la tradición que arranca con el Manifiesto Liminar de Córdoba a comienzos de siglo y con las banderas de lucha de las grandes movilizaciones del estudiantado paraguayo de la década del ’60. Hoy, al igual que ayer, para los estudiantes, su grupo de pertenencia no es su grupo principal de referencia.

 

d.      Lo afectivo y lo expresivo, aliento del vuelo juvenil.

La nuestra es una sociedad silenciada por la dualidad de lenguas, una que ocupa la razón y el poder, la otra el corazón. Son lenguas que libran un sordo y secular combate, sin que se desarrolle ni la una ni la otra. En una sociedad silenciada por el miedo, donde la verdad misma es sospechosa, encubrirla es casi una obligación de pudor: nadie puede sincerarse abiertamente sin ser considerado un suicida, un delator o un provocador. La nuestra es una sociedad silenciada por el duelo ante las víctimas de las guerras internacionales, guerras interrumpidas por las guerras civiles, y, cuando no hay guerra, por el estrago del despotismo, que impide las guerras civiles con el apaleo, la delación, la tortura, el calabozo o el asesinato. Esta es una sociedad en la cual la libre expresión es un delito sancionado por la propia Constitución Nacional, que castiga “la prédica de la división de la familia paraguaya”: como si fuéramos una familia, como si en toda nación no hubiera divisiones legítimas e inevitables. Esta es una sociedad donde detrás de todo oficialista la Policía sospecha que se esconde un opositor, detrás de todo opositor un comunista, y detrás de todo comunista, un siniestro terrorista. Es una sociedad en donde el estado de sitio ha estado siempre decretado, salvo ligeras pausas, y en donde un edicto policial prohíbe incluso la alegría después de la una de la madrugada.

En una sociedad del silencio, los estudiantes hablan. En ellos, o por lo menos entre ellos, florecen mil flores; ellos han reivindicado el derecho a equivocarse, y por tanto, a progresar hacia verdades más vivas. Por eso cuando uno lee la prensa estudiantil pareciera que estamos en un país civilizado. Pareciera que no viviéramos en el país del despotismo, que padece su más larga, obscura, longeva y cruel dictadura del siglo. Uno diría que no viven a la sombra del dictador perpetuo. En la prensa estudiantil, en sus cantos, en sus discusiones, en sus panfletos y en sus estribillos hay una libertad que no se conoce fuera del “demos universitario”. Hasta el más servil y amaestrado arrimado del caudillo más despótico, al convertirse en estudiante, toma la palabra: su palabra.

Y esa palabra asume dos sentidos. Uno de ellos se plasma en el contenido afectivo de la lucha estudiantil, y ese es un campo de luchas y de conquistas. Los estudiantes son afectiva y sexualmente más libres, y las mujeres menos discriminadas, menos desiguales que en otros ámbitos de la vida nacional.. Ellos, particularmente desde 1969, han iniciado un movimiento de liberalización de la ética privada, especialmente la erótica, que les permite una vida más feliz.

A pesar de la prédica de la prepotencia machista para los varones y de la sumisión, la servidumbre y la función reproductora para las mujeres, que preside la cultura nacionalista-militarista de ambas universidades, especialmente de la Universidad Nacional; a pesar de la prédica de la tristeza y del celibato que imparte el clero en la Universidad Católica como camino de pureza y superioridad ética; a pesar de todo esto los estudiantes, o al menos más estudiantes que otros paraguayos, han roto este tipo de arcaísmos que se explicaban en una sociedad que aún no podía controlar efectivamente los proceso de la reproducción humana: en una sociedad en la cual la mujer estaba obligada a quedar en el molde de una sexualidad puramente reproductiva, ya sea por la vigencia de un mandato moral poco cuestionado por el sentido común o por una necesidad básica en un país demográficamente diezmado por dos guerras internacionales.

El segundo sentido de esta toma de palabra es la ex-presión: el ámbito por excelencia de la reivindicación estudiantil es la expresión. Este es el impulso más tenaz y vigoroso, y por consiguiente, es también el territorio privilegiado de sus conquistas. El contenido expresivo de las luchas estudiantiles, núcleo central de su impulso, es a la vez el secreto de su fuerza y de sus debilidades. Si se analiza, por ejemplo, a los estatutos de la FEUP 71 /, se encuentra que su máxima autoridad es la Asamblea de Interfacultades. Se trata de una asamblea que reúne a todos los alumnos de todas las universidades - más de 20 mil- para deliberar, tal como en la antigua Grecia se invitaba e incluso se obligaba, a todos los hombres libres a deliberar en el ágora.

Resultó magnífico ver a más de 5.000 estudiantes en asamblea, en un espectáculo que demuestra su estupendo poder de convocatoria y el peso de su entusiasmo. Pero un evento como este, apto para conmover a propios y extraños para encender el fuego de la libertad que cada cual lleva latente en los pliegues del alma es una fiesta, no la sesión de un cuerpo deliberante.

La Asamblea Interfacultades no puede generar decisiones, y por ello difícilmente podrá tener alguna autoridad. Y debajo de ella, los estudiantes se han negado a poner un cuerpo de delegados, para no fomentar la burocracia. De esta manera son los presidentes de cada centro de estudiantes quienes deliberan de hecho. Se asume que cada presidente procede y se confronta en cada facultad con sus propias asambleas. Pero de esta manera no se permite la aparición de un cuerpo institucional propio de la federación, ni se permite a los dirigentes alejarse de las asambléas: no se les concede ni autoridad ni responsabilidad.

Pero si los estudiantes construyeron esta institución con tal éxito, y obtienen con ella la capacidad de impulsar movilizaciones, es decir, de reivindicar y conquistar derechos de manifestación y expresión a pesar de la permanente represión de la que son objeto, y si, al mismo tiempo, esta institución carece de capacidad de gestión, es porque ellos priorizan la expresión y la manifestación. Y esto es algo que se debe respetar, puesto que constituye una realización del sentir estudiantil actual.

 

e.       Territorio social “liberado” y alejamiento de los partidos.

La obra de los estudiantes en relación al conjunto de la sociedad es mucho más modesta que la que pudimos registrar en otros movimientos sociales. Y eso es natural, porque su peso es demográfica, económica y políticamente mucho menor: apenas sí han tocado al Estado con sus acciones, modificado sus leyes o producido transformaciones que afecten a terceros y, por ende, que comprometan a la sociedad. Ni tan siquiera tienen una acción muy continuada en este sentido, ya que esto supondría autolimitación y tenacidad en la conquista de reivindicaciones concretas, que es lo contrario a la apetencia ilimitada de libertad y cambios que les inspira.

En parte la libertad que disfrutan se debe a la falta de poder societal al que acceden o pueden acceder. Es muy cierto que los estudiantes conquistaron derechos, pero también lo es que el poder tiene con ellos una tolerancia tramposa, una tolerancia sin respeto basada en la falta de ascendencia que los tolerados detentan. En todo caso, podrá decirse cuanto quiera de los estudiantes, pero nadie podrá desconocerles hoy un mérito que ya fue conquistado parcialmente en el pasado y que es naturalmente difícil de mantener: con la fuerza del entusiasmo de la colectividad juvenil que, para hacer lo posible debió proponerse lo imposible, hoy, al menos dentro del gremio estudiantil, la dictadura fue derrotada.

Este es un mérito que aún no pueden atribuirse otros que militan en diferentes geografías sociales. Los estudiantes han derrotado a la autocracia con su estilo, con su propia forma de hacer política, con su cultura, con sus propias reivindicaciones. Y lo han hecho tomando una prudente distancia, cuando no una severa distancia, de los partidos políticos opositores, cuyos modos de hacer política recelan. El independentismo estudiantil irrita, provoca, exaspera a los partidos políticos. Por más tino que hayan tenido los partidos opositores al apoyar a quienes luchan contra un adversario común, difícilmente pueden comprender ni ver con simpatía el hecho que, para defender y conquistar la libertad, los estudiantes hayan tenido que romper también con ellos.

Un buen ejemplo de este tipo dé actitud de incomprensión agresiva por parte de la clase política se aprecia en un análisis del movimiento estudiantil desarrollado dentro de protocolos sociológicos por Gustavo Laterza, profesor universitario y miembro del directorio del abstencionista Partido Liberal Radical Auténtico (PLRA). Según Laterza,

“Una obscura combinación de rebeldía, escepticismo, toma de conciencia, pusilanimidad, espíritu gremial, desencantamiento, fatalismo y pragmatismo cínico conforman el cuadro psicológico que enmarca la acción de los estudiantes” 72/.

Los estudiantes sacarán provecho al leer el amargo artículo de Laterza, puesto que es el primer trabajo sistemático que se ha escrito recientemente sobre el tema, pero muy pocos creerán que se les hace justicia al calificarlos de “escépticos”, “pusilánimes” o “pragmatistas cínicos”. Su enfoque expresa los prejuicios que muchos sectores de la clase política tienen acerca de los estudiantes, y que les impide comprenderlos.

Después de todo, y en contra de lo que generalmente se cree, la crítica independentista a los partidos políticos no constituye ni una novedad ni una moda pasajera. Podemos reconocerla en nuestro pasado, como, por ejemplo, en las protestas estudiantiles de 1969, y de ahí retroceder a la Liga Nacional Independiente en los años veinte e incluso más atrás, a la primera década de este siglo, donde reaparece en las actitudes de Gondra y los Ayala, quienes, antes de convertirse en patriarcas del radicalismo, fueron conocidos como “jóvenes independientes” que coqueteaban con la idea de formar un nuevo partido en acuerdo con el díscolo militar Albino Jara. Y podemos retroceder aún más, hasta el joven escritor colorado Blas Garay, en cuya memoria el Partido Colorado denominó a uno de sus organismos auxiliares, el centro colorado de estudiantes secundarios “Dr. Blas Garay”.

Poco antes de morir asesinado a la edad de 26 años, en un artículo escrito en 1899 en las páginas de La Prensa, periódico fundado y dirigido por él, Garay reflexionaba acerca de los partidos de la época, el gobernante Partido Colorado en el cual militaba, y el Liberal:

“En repetidas ocasiones, y ahora últimamente con más empeño, se ha discutido en la prensa y en los círculos la idea de reorganizar los partidos políticos existentes, o de constituir uno nuevo, que por virtud de su novedad pudiera reunir en sí los mejores elementos que en uno u otro de los actuales hubiere”.

“Los partidos militantes de hoy día, se dice, y es verdad, ya no sirven, están gastados por una larga serie de desaciertos y de errores. Formados únicamente con la aspiración de conseguir el poder, sin más programa que el programa ya realizado de las libertades y de los derechos contenidos en los códigos por que nos regimos, no han dejado de ser un sólo momento partidos personales, de una, de dos, de cuatro, de diez personas, si se quiere; pero personales siempre. No consistió nunca la diferencia que había entre ellos en otra cosa que en la posesión efectiva del poder: el credo político de los republicanos (colorados) fue y es hasta ahora conservarse en el gobierno; el de los liberales y cívicos (abstencionistas unos, participacionistas los otros), suplantar en el gobierno a los republicanos. No hubo jamás otro programa; y por lógicas deducciones, fundadas en los antecedentes de los que tendrían que ser llamados a gobernamos, si se produjese un cambio en la situación política, y en datos aislados que sirven para dar idea de la sinceridad de ciertas declaraciones y promesas, puede creerse que los que hoy viven alejados del poder no le usarían, si le conquistasen, con mucho más acierto que sus detentadores presentes” 73/.

Las preocupaciones expuestas por Blas Garay siguen vigentes hoy en las creencias del “independentismo”, y se basan en hechos históricos incontestables: en 117 años de historia política constitucional, ningún gobierno ganó ni conservó el poder a través de elecciones realmente libres y competitivas. Quien gobernó en ese lapso, sea político o militar, colorado, liberal o febrerista, ha faltado a la ley y ha incurrido en el delito de dictadura, tal como está tipificado en todas las Cartas Constitucionales promulgadas en el país desde 1870.

En la medida en que los estudiantes defienden la libertad, incluso con exceso, y que los partidos todavía se aferran a una tradición y una historia cristalizada en formas de pensar, de obrar concreto y de organizarse en los cuales la conquista del poder no se subordina a reglas democráticas, resulta explicable, e incluso evidente, que han de haber diferencias de fondo entre los unos y los otros. De hecho, por más que el gremialismo puro sea insuficiente para mantener la participación ciudadana en forma sostenida —y en eso los políticos tienen la razón— no es muy factible que los estudiantes se arriesguen a corromper su vida gremial en nombre de una acción política abstracta, que en los hechos no consiste más que en la aceptación y adopción de la cultura de una clase política que defendió el despotismo desde siempre. Salvo, claro está, que la clase política modifique sustancialmente su modo de ver la realidad y su modo de actuar en ella. Porque de otra manera no pueden ni ofrecer algo mejor a lo ya existente ni agregar algo edificante a las prácticas democráticas del estudiantado.


 

5. UN HORIZONTE DE LIBERTADES SOCIALES, UN SUEÑO DE DEMOCRACIA POLITICA

En síntesis, las movilizaciones y los movimientos actuales apuntan en dos direcciones: una de ellas es el descubrimiento y la explicitación de “intereses” comunes a un grupo o sector, para ir conformando y consolidando una identidad colectiva en tomo a ellos; la otra es el reconocimiento de la necesidad de mantener una postura de autonomía e impulsar movilizaciones para defender esos intereses y conquistar reivindicaciones concebidas como un derecho, a pesar del sentimiento generalizado de impotencia ante el poderoso. Estos procesos de autonomía- organización-movilización contribuyen a crear un plural de focos de tensión y presión para el núcleo de poder de decisión estatal, a la vez que intentan convertirse en portadores potenciales de opciones de cambio.

Las movilizaciones tienen, además, un resultado. Transforman al sistema en el cual, con el cual y contra el cual se organizan y movilizan. Este sistema no es unitario, sino múltiple: está formado por subsistemas que se combinan. En el siglo XVII, por ejemplo, los estudiosos hablaban de “estado político” y “estado social” y “sociedad civil”. Esta mutación, verdadero descentramiento del entorno, implica un mayor reconocimiento de la importancia de la sociedad frente al Estado. Hoy preferimos convertir la diada Estado/sociedad en una trilogía: Estado, sociedad política y sociedad civil. Con ello no estamos haciendo un fetiche de las palabras. Antes bien, es un esfuerzo por reconocer diferencias reales entre estos ámbitos, o mejor aún, por reconocer la especificidad de cada uno de ellos. En cada uno de estos tres ámbitos enunciados podemos reconocer las huellas de los movimientos sociales, el resultado del quehacer de sus luchas pasadas y entrever los anhelos del presente.

 

a.       Los movimientos ante el Estado.

La situación crecientemente compleja y fluida, en la que se agitan esfuerzos embrionarios por recuperar instancias de gestión y decisión en el interior de la sociedad, constituye un salto cualitativo en el desarrollo de organizaciones y movilizaciones en la historia paraguaya reciente. Ella incide sobre la capacidad y las pretensiones omnicomprensivas del Estado, pues el ojo del poder exhibe síntomas de agotamiento de su capacidad para cubrir con su mirada a todos los pliegues del tejido societal, a pesar del perfeccionamiento de sus dispositivos y de sus aparatos de control y represión. El control corporativo, que tanto éxito tuvo en el pasado para desactivar organizaciones independientes y con reivindicaciones propias, ya no puede operar ni de la misma manera ni con igual efectividad; lo impide la riqueza de respuestas contestatarias emergentes y el deseo generalizado de cambiar el estado de cosas existentes.

Pero también hay que tener presente, ante un espíritu excesivamente triunfalista, que un proceso encaminado a una transformación amplia requiere, cuanto menos, que los participantes cuenten con una capacidad de disrupción mutua y comparable, es decir, una fuerza capaz de disuadir al adversario. Sólo bajo estas condiciones es posible que el núcleo de poder estatal acepte negociar, de manera de poder llegar eventualmente a acuerdos concertados y mantenerlos en vigor 74/. Esto aún no parece ser el caso en el Paraguay, al menos en lo que respecta a los movimientos sociales mencionados (campesino, obrero, estudiantil, Clínicas, etc.). Por ello, se puede decir que las pulsiones contestatarias que hoy comienzan a articularse, tal vez puedan desbordar la capacidad de respuesta de los aparatos de control del núcleo de poder estatal, pero aún no están en condiciones de anular dicha capacidad.

 

b.      Los movimientos y la cultura política: Lo político más allá de lo partidario.

Pero la acción movimientista también adquiere gran relevancia en la modificación de la cultura política o forma de pensar lo político y de orientar su acción. Obliga a dirigentes políticos, intelectuales y ciudadanos por igual a pensar, de una buena vez, lo que ya parece ser inevitable: la época del surgimiento de una nueva línea de expansión de lo “político”.

Ya no se trata simplemente de pensar su expansividad más allá de la esfera puramente “estatal” del monarca, el Gobierno y sus aparatos. Esto ya fue logrado gracias a las luchas de los siglos XVI al XVIII, época de predominio de la idea de soberanía estatal plasmada en el Estado absolutista. Y tampoco se trata de limitar la expansión de lo político hacia el terreno de lo político-partidario, cosa que se fue logrando durante la larga época marcada por las luchas por el surgimiento de la democracia en los estados liberales y por la consolidación de las democracias representativas en gran parte del planeta. Hoy, lo que parece ser inevitable es la superación de perspectivas que ven al Estado y a los partidos como únicos sujetos de la política; hoy, la presencia obstinada de movimientos sociales que pugnan por crear espacios democráticos, por renovar las formas democráticas existentes e introducir formas nuevas, prefigura una nueva expansión de lo “político”, el surgimiento de lo “político” desde el corazón mismo de lo social 75/

Reconocer esta línea de transformaciones en nuestra propia experiencia paraguaya no es fácil, puesto que tanto los que ejercen el poder estatal como los que buscan ejercerlo alguna vez comparten una visión restrictiva de lo “político”: ambos desean gobernar lo “político” circunscribiéndolo a lo partidario; ambos tienden a considerar sólo a los partidos como interlocutores válidos en un proceso de negociación, conducción y lucha política 76/. Pero que se puede demostrar, se puede, y que se debe reconocer este nuevo papel del accionar movimientista en nuestro país, se debe.

Las acciones emprendidas por los trabajadores de Clínicas, por los sindicatos, por el estudiantado y las organizaciones campesinas han creado un clima de efervescencia que demuestra la necesidad de repensar los modos de organización y acción tendientes a conquistar derechos civiles e instaurar una democracia política. La acción movimientista ha sido capaz de generar hechos políticos además de hechos sociales; ha permitido el surgimiento de liderazgos, ha demostrado una vocación renovadora y negociadora en el marco de una decisión de luchar pacíficamente por los intereses de cada sector; y ha sido capaz de convocar más gente, más rápida y frecuentemente que los partidos.

Y también ha dejado en claro la relativa inoperancia de una oposición político-partidaria que no ha sido capaz de constituirse en voz y en fuerza de los “de abajo”. La oposición partidaria, escindida desde 1977 entre “participacionistas” (partidos Liberal y Liberal Radical) y “no participacionistas” (partidos y movimientos del Acuerdo Nacional), se ha limitado a una retórica pasiva sin mayor incidencia sobre la institucionalidad y la ciudadanía en el primer caso, y a una repetición de protestas declaratorias y de reivindicaciones sin proyectos alternativos ni acciones concretas en el segundo.

Los movimientos han obligado a las dirigencias políticas a tomarlos en cuenta: primero miraron a los movimientos como fenómeno poco relevante, lo cual se refleja en la postura inicial de establecer la membresía al Acuerdo Nacional exclusivamente por la vía partidaria, luego como algo molesto pero controlable, y actualmente como una nueva realidad con una significación y respetabilidad innegable. Pero más que infundirles bríos, parecería que les causa temor. A pesar de ello, los movimientos obligan, hoy, a desplazar los modos tradicionales del cálculo político en el Paraguay.

Aquí conviene traer a colación el esquema tripartito planteado anteriormente, a saber, el esquema Estado-sociedad política-sociedad civil.

En el marco de un orden político arbitrario y excluyente, y de un orden social fragmentado y demovilizado, el núcleo de poder estatal, que comprende básicamente gobierno, burocracia, partido y fuerzas de orden, puede controlar a la sociedad política y a la sociedad civil por sí solo. En este marco, la sociedad política (sistema de partidos, juntas municipales, Parlamento), ámbito por excelencia del quehacer partidario gubernamental y extra-gubernamental, está condenada a limitar su actividad debido a obstáculos legales, represivos, económicos y organizacionales con los que se enfrenta.

La sociedad política puede desafiar al núcleo estatal, es cierto, pero ello sólo es posible si cuenta con una práctica histórica de inserción en el pueblo, con una ciudadanía activa dispuesta a seguir un programa y un liderazgo. Pero este no es el caso en el Paraguay. Por una parte, la historia política del país nos muestra que los partidos se han convertido en partidos de masas fundamentalmente a partir de su acceso al poder estatal, cosa que ha ocurrido exclusivamente a través de revoluciones o guerras civiles (1904,1936 y 1947).

Por otra parte, la experiencia nos demuestra que la estrategia desmovilizadora del régimen ha desmantelado las bases y la identidad ciudadana como tales, y que, a pesar de ello, no ha habido una inclinación o una práctica por parte de las dirigencias opositoras de construir bases ciudadanas, vale decir, de constituir o reconstituir una ciudadanía que les responda estando fuera del poder político.

Ello se evidencia en el lenguaje usado por dirigentes partidarios en sus discursos públicos, en los cuales se aprecia un afán por legitimar la acción opositora a través de la descalificación declamativa del oficialismo, sin desarrollar una propuesta alternativa con la cual la gente pueda identificarse. Los partidos también interpelan a la ciudadanía sobre la base de ideas relativamente abstractas y de promesas de un lejano futuro mejor, pero sin un programa o una línea de acción clara y sostenida que responda a los anhelos, problemas y necesidades del momento. Las deliberaciones y decisiones, generalmente de carácter cupular, convierten al “quehacer político” de los partidos en una actividad que se desenvuelve en un ámbito alejado del alcance y la comprensión de la gente común. De ahí que los partidos opositores operen como clubes políticos antes que como “partidos” en el sentido estricto de la palabra, es decir, como mediadores activos entre la ciudadanía y la decisión “estatal”.

Alternativamente, los partidos podrían potenciar su capacidad de acción si existiesen procesos de recomposición autónoma de las organizaciones de la sociedad civil 77/. Una función clásica de los partidos es la de canalizar demandas sociales en el plano del Estado por la vía de la representación, así como lo es la de formar a la voluntad popular en el plano de la sociedad civil. Esto último es realizado por la vía del debate de ideas y por la formación de sus propias redes institucionales y cuadros partidarios. Pero ello es posible si las demandas ya vienen planteadas desde la sociedad civil o, lo que es lo mismo, si existe un “algo” lo suficientemente organizado como para ser representado: no se representa a lo inasible, y por ello una sociedad civil organizada, fortalecida en forma autónoma, capaz de enunciar sus propias demandas, constituye la base de apoyo con la cual los partidos políticos pueden funcionar como representantes. En el caso contrario, se limitan a ser los ya mencionados clubes políticos en el caso de estar en el “llano”, o a funcionar como aparatos de control, encuadramiento y movilización “desde arriba” si se encuentra en la “situación”.

Finalmente, la sociedad civil, en el marco ya descrito, puede llegar a actuar por sí sola para expresar descontentos, plantear demandas y luchar por ellas, posibilidad que ha sido demostrada en forma incipiente por la acción movimientista. Esta acción ha asumido en el contexto paraguayo un carácter político de desafío a un gobierno autoritario y de reivindicación de demandas ciudadanas tales como las libertades de organización, reunión y pensamiento: además de sus demandas sectoriales propias, los movimientos enuncian y defienden derechos y aspiraciones generales de la ciudadanía misma. Para ser aún más rigurosos: los movimientos se desenvuelven a la vez en un frente “interno”, el de sus intereses sectoriales, y en un frente “externo”, el de los derechos sin los cuales se dificulta sensiblemente su accionar. En este sentido, demuestran el surgimiento de lo político a partir de lo social y en el seno mismo de lo social.

Pero es tanto más efectivo contar con organizaciones que vayan más allá de lo que puede hacer un movimiento sectorial que, como tal, tiene dificultades para representar intereses generales sin que ello sacrifique su efectividad para resolver los problemas sectoriales cotidianos de sus propias bases.

Los partidos, como su nombre lo indica, también son sólo una parte del todo —la idea de “partido único” atenta contra la idea de “partido” como tal—. Aún más, su identidad está marcada por el espacio social e institucional específico o por el evento histórico particular en el que se originan. Se puede mencionar, por ejemplo, los casos de los partidos cristianos, ligados a la Iglesia; de partidos obreros, vinculados a los intereses laborales defendidos por los sindicatos; o de partidos tales como el “febrerista”, surgido como cristalización institucional del gobierno de la postguerra del ’36. Pero esa “parte” se define por el propósito de desarrollar programas destinados a todos los sectores. A diferencia de los gremios, que por su naturaleza reivindican lo propio y particular, los partidos deben reivindicar lo universal, vale decir, intereses intersectoriales, propiamente “ciudadanos”.

 

c. Los movimientos y la producción de la sociedad por sí misma.

A pesar de la incertidumbre acerca del alcance y del desenlace que puedan tener estos procesos, salta a la vista que resultan significativos por al menos tres motivos.

i)       Porque revelan, en forma nítida, la reticencia del núcleo de poder o núcleo de decisión estatal para aceptar propuestas que no son gestadas o controladas por él mismo, o para reconocer la necesidad de reformar la estructura del poder político. Asimismo, revela su incapacidad para enfrentar el disenso en el campo de la negociación concertada. Pero, a diferencia de los

partidos políticos tradicionales de la oposición, el núcleo de poder estatal percibió tempranamente el potencial de los movimientos y las movilizaciones, enfrentándolos como adversarios políticos en la forma tradicional en que ello se da en regímenes autocráticos: un desconocimiento inicial de la existencia de problemas, la reducción de la protesta a la subversión y, por ultimo, el empleo de la represión pura y simple.

ii) Porque comienzan a surgir propuestas embrionarias con cierta autonomía a partir de actores extra- estatales, aunque la posibilidad de implementarlas no puede ser comparada con la capacidad de intervención con que cuenta el Estado, el actor por excelencia en el contexto paraguayo;

iii) Porque las deliberaciones, los esbozos de pro-puestas, los enfrentamientos e, incluso, la dirección que está tomando la movilización, revelan una activación o reactivación de actores que buscan jugar un rol protagónico en la gestación de las transformaciones sociales.

Esto último es particularmente importante. En un sentido amplio, se trata de una serie de movimientos y movilizaciones en demanda de una participación decisiva en el proceso de gestión social y política, y, evidentemente, también en demanda de reivindicaciones económicas. Ello configuraría hoy en el Paraguay una suerte de momento de inflexión sobre el telón de fondo de un largo período de pasividad y temor social: un tiempo de cambio que apunta tendencialmente hacia lo que Touraine ha denominado la producción de la sociedad por sí misma, la creación y recreación de ésta por el trabajo que ejerce sobre sí misma 78/. Vale decir, lo que se agita en la sociedad paraguaya a través del resurgimiento y, en ciertos casos, la creación de movimientos y movilizaciones sociales es el deseo, carente aún de una articulación como propuesta programática, de proyectar sobre el horizonte de lo posible un tránsito hacia una sociedad auto- instituida o autónoma.

Al apuntar hacia la creación de una sociedad que instituye y modifica sus leyes, normas y formas de relaciona mentó a través de su propia acción, por sí misma, y no como resultado de la imposición de una voluntad divina, iluminada, partidaria o estatal, la acción movimientista se convierte en vehículo de un deseo libertario y democrático colectivo: un deseo por la recuperación de libertades conculcadas, por la vigencia real de esas libertades para todos y por la instauración de un orden democrático.

Pero lo interesante de la acción movimientista actual es que no espera la llegada de la democracia política para hacer sus reivindicaciones y, más importante aún, en el “entretiempo” de un presente no democrático y de una sociedad democrática futura, comienza a gestar pequeños núcleos de relacionamiento democrático, formas organizativas que impulsan la participación y espacios “liberados” que nacen y se mantienen, con mayor o menor precariedad, en el interior mismo de un orden autoritario y excluyente 79/. Después de todo, las libertades no conquistadas previamente al cambio de un orden no pueden ser improvisadas en el tiempo de la instauración de ese orden. Es decir, es una acción que va instituyendo conquistas y fundando premisas democráticas desde el “aquí y ahora”. Su importancia, entonces, radica en el hecho de que van abonando el terreno y creando una base para la construcción de otro orden. Esa base no existió anteriormente en el Paraguay.

Se han ido formando redes de sociabilidad y comunicación entre sectores que son diferentes, tanto por los orígenes y la inserción social de sus integrantes como por el tipo de preocupaciones propias de cada uno. Hoy, intelectuales participan en tareas conjuntas con sindicalistas y estudiantes, ya sea a través de la organización de charlas, paneles o seminarios, o a través de la elaboración de análisis críticos acerca de la sociedad. Los estudiantes organizan festivales de música, debates y paneles en los que participan profesionales, dirigentes campesinos, políticos opositores y del coloradismo disidente, sindicalistas y ciudadanos en general. Hay convocatorias provenientes de distintos sectores para mitines, marchas, misas y actos en los cuales participan sectores igualmente diversos. En esta diversidad de actividades y sectores, se habla, se escucha, se discute, se conoce y se discrepa. Hay un intercambio de experiencias, visiones, ideas e informaciones. Se forman grupos informales de trabajo, gente afín se reúne social o gremialmente. Se descubre, gradualmente, sorpresivamente, las múltiples y diferentes formas de ser y vivir que conforman al “nosotros” paraguayo 80/. En una palabra, estas redes de sociabilidad y comunicación generadas en torno a la acción movimientista contribuyen al reconocimiento de la diferencia, del “otro” entre nosotros mismos.

También se han ido introduciendo nuevos temas en el debate ciudadano. La condición de la mujer, por ejemplo. Mujeres que trabajan, que son sindicalistas, estudiantes, intelectuales o militantes de partidos comienzan a plantear ante sí y los demás los problemas relativos a la subordinación de la mujer al hombre en la vida cotidiana simplemente por su condición de género: la discriminación sexual en el mercado de trabajo y en la legislación civil, el acoso sexual o la violación que queda impune, etc. También está la ya mencionada crítica a los partidos políticos, tanto el oficialista Partido Colorado como a los de la oposición participacionista y abstencionista. Pero fundamentalmente, la acción movimientista ha ido sensibilizándonos acerca de las ideas de igualdad social, de derecho a la participación en la toma de decisiones, de respeto por el independentismo en el quehacer de cada sector social, de organización autónoma y de movilización para lograr los cambios.

Los movimientos también están contribuyendo al lento y difícil proceso de reconstrucción de la autoestima y de la dignidad de los sectores populares. Esto no se refiere tan sólo a la auto-desvalorización resultante de la larga historia de desmovilización, del hostigamiento o de la represión estatal contra dichos sectores. También hay que considerar el peso de esa otra historia, la de la incitación al servilismo proveniente del despotismo patronal en el campo y en las ciudades 81/. El sindicalista y el campesino organizado ya no aceptan con la cabeza gacha lo que

ordena el patrón, tampoco se reconocen en las imágenes a través de las cuales han sido pensados por “los de arriba”: holgazán o niño grande incapaz de dirigir a otros o de gobernarse a sí mismo. Hoy, ellos se enfrentan de igual a igual con las autoridades o con los patrones, al menos en su condición humana.

En un sentido amplio, se trata de la conquista del derecho a llamarse “señor”. La historia de la democracia puede seguirse a través de la evolución de este término: en una época, el único “señor” era el rey, luego lo fueron también los nobles y los burgueses y, finalmente, los hombres y mujeres trabajadores en general 82/. De manera análoga, el derecho a llamarse caraí (señor) en el Paraguay está expandiéndose más allá del patrón y de la autoridad estatal, incluyendo cada vez más al trabajador y al campesino quienes, como sindicalistas y “campesino haicha”, conquistan por sí mismo ese derecho.

Y, por último, en una sociedad desarmada y aplastada, donde el sentimiento de impotencia y derrota dan pie al temor y a la resignación, las acciones de los trabajadores del Hospital de Clínicas, de los campesinos organizados, del estudiantado y de los sindicatos hacen el papel de esperanza activa para la ciudadanía en general: son símbolo visible e indicio tangible de una resistencia libertaria, tanto para los que participan directamente en ellas como también para la gran masa del pueblo que aún no se atreve a expresar su descontento abiertamente.

La fecundidad de los movimientos trasciende el ámbito de sus respectivos territorios: transforma la conciencia pública, el sentido común de la gente 83/. La fuerza con que hoy se habla de igualdad, participación y autonomía; la solidaridad que se practica dentro de nuevos núcleos de acción y militancia; la comunicación entre estudiantes, campesinos, obreros, políticos e intelectuales que ayer ignoraban la especificidad del otro o se rehuían como extraños; la dignidad con la cual cada uno puede reconocer en su propia lucha el sentido de su identidad, son algunas de las conquistas que configuran nuevas libertades que se han inaugurado y nuevos horizontes que se han abierto a la imaginación.

Estos procesos revitalizan y transforman la sociedad, creando nuevas y más ricas formas de ver, de pensar y de actuar, sea en la vida pública o en la vida privada: son impulsos creativos que emergen desde abajo y desde el interior de la propia sociedad.


 

BIBLIOGRAFÍA Y NOTAS

57/ Esto fue tratado en Benjamín Arditi, Line Bareiro, Olga Blinder, Vicente Cárdenas, Carlos Colombino, Carlos Cristaldo, Ticio Escobar, Miguel Heyn, Teresa González Meyer, Ricardo Migliorisi, Emilio Pérez Chaves, María Lis Rodríguez A., José Carlos Rodríguez, Fernando Robles, Osvaldo Salerno, Verónica Torres y Ada Verna, Comunidad Cultural y Democratización en el Paraguay, Rafael Peroni Ediciones, Asunción, 1986.

58/ Erik Erickson, Infancia y Sociedad, Hormé, Buenos Aires, 1966.

59/ Juan J. Soler, Hacia la Unión Nacional, citado por Gustavo Laterza en “La Experiencia Autonómica del Movimiento Estudiantil Paraguayo”, en Domingo Rivarola (compilador), Los Movimientos Sociales en el Paraguay, Centro Paraguayo de Estudios Sociológicos, Asunción, 1986. El subrayado es nuestro.

60/ Este tipo de interpretación se ve, por ejemplo, en el trabajo de Laterza, op. cit.

61/ Line Bareiro y Manuelita Escobar, “Obstáculos para la Participación Política de las Mujeres en el Paraguay: Caso del Movimiento Estudiantil Independiente” (1986), en Participación Política de la Mujer en el Cono Sur, Fundación Friedrich Naumann, Buenos Aires, 1987, pp. 125-140.

62/ Como medida para demostrar su apoyo al General Alfredo Stroessner ante la escalada de movilizaciones sociales de protesta, la FUP organizó un acto público ante el Palacio de López, sede del gobierno. El acto universitario de aproximadamente 200 personas contó con un contingente predominante de estudiantes secundarios y funcionarios públicos, en especial de trabajadores del Correo Central. Los oradores principales fueron J. Eugenio Jacquet, Ministro de Justicia y Trabajo y dirigente máximo de los Grupos de Acción Anticomunista (GAA), y Telmo Duarte, Presidente de la FUP en ese entonces. En su discurso, Duarte afirmó que “la FUP está en condiciones de llamar en cualquier momento a los estudiantes universitarios para salir a defender la paz, la tranquilidad y la democracia instaurada por el gobierno constitucional del Presidente Stroessner”. Véase Análisis del Mes, Año I, Nro. 5, abril 1986.

63/ Vanguardia, Nro. 2, 1986, periódico del Frente de Estudiantes de Medicina (FEM).

64/ Ver entrevista con Lilian Soto y Paraguayo Cubas de la FEUP y Víctor Hugo Primerano y Amado Lovera de la FUP, en la revista dominical del Diario Noticias, 17 de mayo de 1987.

65/ Ultima Hora, Asunción, 25 de abril de 1987.

66/ Avanzando, Año 6, Nro. 22, octubre 1986, periódico del Movimiento por el Reagrupamiento Universitario por la Unidad (MRU-U) de Economía UNA.

67/ Marcha, Año 2, Nro. 2, abril 1987, periódico del Movimiento de Estudiantes de Ciencias Contables y Administrativas (ME- CCA) de la UCA.

68/ “El Correo Semanal”, suplemento de Ultima Hora, 21 de junio de 1986. También se pueden consultar Trinchera, Año XVII, Nro. 2, julio 1986, periódico del Frente Independiente de Estudiantes de Ingeniería (FIEI) y Lucha Nro. 3, julio 1986, periódico oficial del Centro de Estudiantes de Medicina (CEM).

69/ Análisis del Mes, Año I, Nro. 6, mayo 1986.

70/ Ver la ya citada entrevista con dirigentes de FEUP y FUP en la revista dominical del Diario Noticias.

71/ Art. 24 y ss. de los Estatutos de la FEUP.

72/ Gustavo Laterza, op. cit., p. 336.

73/ Blas Garay, “Nuestros Partidos Políticos” (1889), en su Paraguay 1889, Editorial Araverá, Asunción, 1984, pp. 77-78. El subrayado y las aclaraciones que van entre paréntesis son nuestros.

74/ Gian Enrico Rusconi, “El Intercambio Político” (1981), en Marco Cupolo (compilador), Sistemas Políticos: Términos Conceptuales, Temas del Debate Italiano, Biblioteca de Ciencias Sociales y Humanidades, Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Azcapotzalco, México DF, 1986.

75/ Benjamín Arditi, “Una Gramática Postmoderna para pensarlo Social”, Documento de Trabajo Nro. 2, Centro de Documentación y Estudios (CDE), octubre 1986, y “La Forma de lo ‘Político’: Pensar lo ‘Político’ más allá de la ‘Política’ ”, investigación en curso. Ver también Fernando Calderón y Elizabeth Jelin, “Clases Sociales y Movimientos Sociales en América Latina: Perspectivas y Realidades”, Mimeo, Bs. As., 1987.

76/ Benjamín Arditi, “Estado Omnívoro, Sociedad Estatizada”, op. cit.

77/ Para este punto ver Cario Donolo, “Algo más acerca del autoritarismo político y social” (1982), en Los límites de la Democracia (varios autores), Biblioteca de Ciencias Sociales de CLACSO, Buenos Aires, 1985.

78/ Alain Touraine, “La Voz la Mirada”, Revista Mexicana de Sociología, Nro. 4/1979, y Le Retour de L’Acteur, Fayard, París, 1984.

79/ Benjamín Arditi, “Una gramática postmodema para pensar lo social”, op. cit.

80/ Benjamín Arditi, “Historia y Memoria”, prólogo a la compilación de documentos hecha por Alfredo Seiferheld, La caída de Federico Chaves. Una visión documental norteamericana, Editorial Histórica, Asunción, 1987.

81/ Ver el ya citado Comunidad Cultural y Democratización en el Paraguay.

82/ George Duby, “La vulgarización de los modelos culturales en la sociedad feudal”, en Niveles de Cultura y Grupos Sociales, Siglo XXI, México, 1977, p. 38, y Alexis de Tocqueville, L’Ancien Regime et la Revolution, Gallimard, Paris, 1952-53.

83/ Calderón y Jelin, op. cit., plantean algo muy similar acerca de los efectos de los movimientos sociales en América Latina en general.


 

 

INDICE

Pag.

PROLOGO

NOTAS

1. EL RESURGIMIENTO DE UNA SOCIEDAD DESMANTELADA

a- El Estado contra la sociedad

b- Un tiempo de incertidumbre: Impulsos democráticos y vacilación política

c- La sociedad a pesar del Estado  

2. MOVIMIENTO OBRERO: LAS HUELLAS DE SUS CONQUISTAS PASADAS

a- Cinco contribuciones del sindicalismo a la sociedad paraguaya

b- El desencuentro inicial de sindicatos y partidos políticos

c- Formas de hacer política del movimiento obrero paraguayo

d- La experiencia del MIT-P 

e- Destrucción sindical, concesión estatal. Balance provisorio

3. MOVIMIENTO CAMPESINO: EN BUSCA DE LA TIERRA SIN MAL

a- El nivel microsocial del poder: Control y aislamiento rural  

b- El “campesinismo'’ instrumental del nacionalismo y del poder 

c- El problema de tierras, hoy

d- El esfuerzo organizativo 

e- El horizonte de la ciudadanía del campesino y la democracia

4. MOVIMIENTO ESTUDIANTIL: EN EL LABERINTO DE SU LIBERTAD

a. Imagenes de identidad e historia de los estudiantes  

b. Recomposicion del movimiento estudiantil

c- Orientaciones de la FEUP

d- Lo afectivo y lo expresivo, aliento del vuelo juvenil

e- Territorio social “liberado” y alejamiento de los partidos

5. UN HORIZONTE DE LIBERTADES SOCIALES, UN SUEÑO DE DEMOCRACIA POLITICA

a- Los movimientos ante el Estado

b- Los movimientos y la cultura política: Lo político más allá de lo partidario   

c- Los movimientos y la producción

de la sociedad por sí misma

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