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Fernando Allen Galiano

  A PASO DE ROMERO - UN VIAJE POR LAS MISIONES JESUÍTICAS DE CHIQUITOS - Fotos: FERNANDO ALLEN - Año 2006


A PASO DE ROMERO - UN VIAJE POR LAS MISIONES JESUÍTICAS DE CHIQUITOS - Fotos: FERNANDO ALLEN - Año 2006

A PASO DE ROMERO

UN VIAJE POR LAS MISIONES JESUÍTICAS DE CHIQUITOS

Texto: MARÍA JOSÉ DIEZ

Fotos: FERNANDO ALLEN

Formato: 23 x 21 cm
Tapa: blanda
Cantidad de páginas: 96. Papel couché mate de 150 gramos
Texto: María José Diez
Fotos: Fernando Allen
Edición bilingüe: Español – Inglés
Primera edición: Enero 2006

Fuente digital (Para comprar el material) :

http://www.terranovaeditorial.com.py

 

IDEA Y REALIZACIÓN : EDICIONES FOTOSÍNTESIS

FOTOGRAFÍA : FERNANDO ALLEN

TEXTO : MARÍA JOSÉ DIEZ

TRADUCCIÓN : GRIZZIE LOGAN

COORDINACIÓN EDITORIAL Y GRÁFICA : GILDA URBIETA

DISEÑO GRÁFICO Y DIAGRAMACIÓN: OLGA BARRIOCANAL

DIGITALIZACIÓN DE IMÁGENES: LABORATORIO PROFESIONAL FUJI (S. PAULO, BRASIL)// MUNDO COLOR S.A. (BS. AS., ARGENTINA)

TRATAMIENTO DIGITAL DE IMÁGENES: NEGIB GIHA

FOTOCROMIA: FILM PRESS

IMPRESIÓN Y ENCUADERNACIÓN: ARTES GRÁFICAS ZAMPIHIRÓPOLOS S.A.

PRODUCCIÓN GENERAL: EDICIONES FOTOSÍNTESIS S.A. (Arq. Gilda Urbieta , Lic. Julio C. Escauriza , Sr. Fernando Allen)

AGRADECEMOS a las personas y empresas que nos ayudaron a realizar este proyecto.

En Asunción: Víctor Morales (Bitácora Operadora Mayorista), Andrés Kaleniuszka (LLoyd Aéreo Boliviano), Mario Ferreiro. En Santa Cruz, Bolivia: Rosario Baldomar (Rosario Tours), Juan Carlos Acosta y el Dpto. de Marketing Telecel Bolivia. En España: María José Diez Gálvez, Elena Suárez Machado.

LLOYD AÉREO BOLIVIANO, TELECEL BOLIVIA, ROSARIO TOURS.

 

SANTA CRUZ

Hotel Los Tajibos, Tel: 3- 342 1000

Hotel Cortez, Tel: 3- 3331234

Hotel Las Palmas, Tel: 3-3520366

Rosario Tours, Tel: 3-3369977

SAN JAVIER

El Reposo del Guerrero

CONCEPCIÓN

Hotel Concepción, Tel: 964-3031

Hotel Chiquitos, Tel: 964-3153

SAN IGNACIO

Apart Hotel San Ignacio, Tel: 962-2157

Hotel La Misión, Tel: 962-2115

SAN JOSÉ DE CHIQUITOS

Hotel Turubo, TI: 972-2037

SANTIAGO DE CHIQUITOS

Hotel Beula, Tel: 3-3136274

Foto de Tapa:

Doña Teresita Macoñó, anciana pobladora de San Javier; profunda conocedora

del idioma chiquitano.

© 2006 - Ediciones Fotosíntesis

Impreso en Paraguay

Ediciones Fotosíntesis

I.S.B.N. 99925-860-4-4

http://www.fotosintesis.biz

 

El tren está saliendo y va hacia el este rumbo al Brasil por una inmensa brecha. Primero la miseria de los arrabales y luego el campo abierto de soja y de ganado. Aún quedan muchas horas, y mientras por mis ojos van pasando las hectáreas desmontadas camino al Río Grande, calculo las jornadas que los arrieros indios hicieron con sus recuas desde este enorme río, con petacas de cera y de tejidos: su paga era un calzón a listas y montera, y algún cuchillo del metal que les cambió la vida. El puente que hoy cruzamos, esta mole de tornillos y de acero que corta el río en fotogramas, es demasiado joven para saber de aguas centenarias, incluso de guerras y de ejércitos realistas o patriotas, y seguro que ignora aquella histórica crecida que no dejó correr la sangre misionera en uno u otro bando, harta ya de verterse por los nobles principios que no llegaron nunca.

Empieza la espesura después de tanto brillo de silo inoxidable, y ya no hay horizontes sino árboles, jungla que esconde alguna senda que muere tras las lluvias y nace cada vez a golpes de machete campesino. Y así siempre debió ser esta vena de Chiquitos, ahorrando muchas leguas de viaje a cambio de fatigas imposibles, a veces transitado y otras veces perdido durante largos años. Por aquí marcharon las mulas cargadas con decenas de tercios, todo cuero y retobo, y a su mando un criollo curtido bajo soles de seca y polvo interminable. El mismo hierro bajo las pezuñas de antaño hace hoy volar al tren sobre rieles.

Las tres de la mañana en Roboré... en unas horas tomo el micro de SANTIAGO, pueblo de cascadas y de mangos, donde manos anónimas grabaron cuevas mucho más antiguas que las reducciones. Aquí dan ganas de quedarse a ve pasar los días o los años. No sé si es más puro el aire que baja de sus cerros imponentes o el carácter honestamente amable de su gente, agradecida y abierta, pero también con el arrojo del pueblo que lucha por ser reconocido misionero, aunque no tenga una iglesia centenaria. Pero tiene el espíritu y la historia en el lugar más bello entre todos los pueblos y muchas muestras únicas del arte chiquitano: el atril enconchado, sus valiosas alhajas, la Trinidad que sólo aquí custodia el Presbiterio, y ese Patrón que avanza decidido, tan santiagueño, que parece uno más en la vida del pueblo. Hay que verlo engalanado el día de su fiesta, cuando todos lo arropan, y los Abuelos bailan escondiendo sus rostros bajo típicas máscaras, alegrando el festejo con sus bromas y juegos. Luego llega solemne a la plaza el Cabildo, en sus manos bastones símbolo de prestigio, y delante el pendón que los lleva a la iglesia, pues sólo entonces el cura comenzará la Misa.

Antes de irme quiero subir a sus cerros, contemplar el mar inmenso del verde Tucavaca, y mirar más allá, hasta que ya no distinga el norte entre las brumas, donde hoy está Santo Corazón, el pueblo peregrino, el último fundado, siempre perdida frontera chiquitana.

De nuevo el mismo tren, deshaciendo el camino. Otra vez es de noche, y apenas intuyo el cerro de Chochís recortado en el cielo, o la estación de Taperas, que guarda las ruinas de un antiguo San Juan, hoy más lejano, pero tañendo aún campanas misioneras. Y minutos después, madrugada de nuevo, desciendo en SAN JOSÉ, misión de cal y piedra.

Hoy su Iglesia preside una ciudad dormida, pero vale la pena contemplar su fachada, ondulante y rojiza al caer de la tarde, y evocar otros tiempos que pasaban al son de las campanas de su torre. Ha perdido el revoque de sus muros antiguos, y desnuda sus cantos sin labrar, con un resto de tinte de tierras lugareñas incrustado en sus cruces peraltadas y sus suaves relieves. La bóveda -¡qué magnífico edificio perdido en esta selva!- resiste a duras penas el embate de siglos, la desidia de propios y de extraños, y conserva sus pinturas a medias exploradas, desvaídas de sures y de soles.

Fue la iglesia más rica en tiempos de escasez para otros templos, atesorando alhajas que admiraron viajeros todavía cercanos... ¿dónde está todo aquello? Sólo queda el pueblo sin horcones, conservando su Iglesia ya casi clandestina, con su patio y sus santos, y su piedra que asombra y envuelve al visitante.

San José guarda muchos secretos, sobre todo en su historia. Fue misión avalada por un noble y, a pesar de su árido comienzo, avanzó acogiendo y generosamente dando gente de fe y de trabajo. Cuna de cal, quiso su Iglesia eterna y donó material para tantos otros pueblos que no se lo pagaron. Dueña de las salinas, oro blanco de épocas pasadas en este lugar remoto, en tiempos de bonanza corrían las recuas llenas surtiendo a sus vecinos, y hasta en las fuertes espaldas de sus hombres fueron, tomando el camino sin retorno hacia el declive y el fin, tratados como bestias por los recién llegados. La capital del sur de la misiones, aquí vivía el Vicario -entre ellos aquel Rojas que mereciera al menos el recuerdo de este rincón sin memoria-, y aquí pasaron hombres e históricos sucesos que hoy se han olvidado, mientras sus jóvenes sueñan que son cuna de otros.

 

SAN RAFAEL va a ser la próxima visita. No hace tanto, el camino que trepa el cerro de San Diablo, hacía honor a su nombre, pero hoy cada día salen los microbuses demasiado veloces, dadas las circunstancias, y el calor y los pozos la ruta. Menos mal que a mitad del trayecto para el chofer en medio de la nada, y vende aquella mujer empanadas y jugos, bajo un pequeño techito casi indigno entre tanta sombra de árbol centenario.

San Rafael es pequeño y vive de la madera, recurso que siempre tuvo y que sus oficiales supieron manejar con verdadero acierto. La Iglesia es jesuita, el misionero Schmid llegó para erigirla y desde entonces señorea desde su linda plaza. La restauró Hans Roth allá por los setenta, cuando aún por aquí se usaban las barrenas y la fuerza del hombre, y pudo revivir su sueño misionero salvando el monumento, y devolviendo -sólo por un instante-la magia del taller a las gentes del campo.

Entre tanto pasado, San Rafael es hoy pueblo de la pintura: su fachada regala escenas que trascienden al resto, con su trazo de ingenuo pincel monocromo, y ya dentro, sólo ella conserva los lienzos que antaño poblaron todas las Iglesias, arte del altiplano que nunca dominaron los chiquitos. Al mirar el retablo mayor y el púlpito soberbio, me pregunto dónde está la ruina que dicen que llegó después del jesuita, si estas obras se hicieron varios años más tarde, porque aquí la madera no cayó en el olvido y siguieron las obras recogiendo el testigo de los expatriados. De este pueblo salieron constructores de órganos y poblaron Santa Cruz de los nuevos sonidos que, sin maestros indios, no hubieran conocido los cruceños en tan lejano tiempo.

¡El Colegio ha quedado tan chico! Imagino el corredor de la carpintería -aún así se trabaja en esta tierra cálida-, los escoplos, las sierras, los hombres y sus manos dando forma a la flor que todo lo decora, un candelero al torno, o tallando ese rostro de Virgen entrañable que preside el rosario. ¡Qué bella estás, Madonna, con tu capa de oro ondulándose al viento! Reina de las Misiones, tan morena y tan dulce, me he rendido a tus pies junto a los chiquitanos.

La Sacristía tiene ese algo de siempre, de años verdaderos, de retablo imponente, de bancos de Caciques que aquí sí siguen vivos, con viejos sacristanes que conocen su oficio. Arpa desvencijada, aún el solfa dice saber tañer las pocas cuerdas que le quedan, pero hace tiempo que duerme sin papeles de música. Aún nos queda la tarde que ilumina el testero labrado, tal vez un escenario de devoto teatro del que no queda nada. Es tanta la riqueza que guarda este pueblo, que en su Iglesia no cabe, sale por los caminos, inunda cada calle y se queda en sus gentes que sonríen, y viven un poco en otro tiempo. La noche llega a la plaza y se llena de infancia con sus juegos y risas, que la anciana no escucha, porque reza el rosario custodiada su fe por bellísimos ángeles hacheros de cerámica.

El micro que me lleva a SANTA ANA madrugó, como siempre, y entre los arenales algún socori tal vez surja por el camino, o quizás sean garzas, osos hormigueros, capibaras curiosas, o algún último tigre. Colinas, arroyuelos, curvas y haciendas pasan antes de llegar al pueblo, abierto y verde: sentarse en su plaza, virgen de asfalto, es el placer más grande, el último que queda.

Iglesia humilde y digna, fue construida después de la expulsión, igual que tantas cosas. Aquí no existen rectas, que todo vibra y siente: mirad el piso, los horcones, las frondas y los muros, mirad el horizonte cortado por el bosque y las hileras de casas con sus techos de paja.

La música litúrgica late en sus viejos solfas: todavía se acuerdan de las notas de las Letanías, y cantan en su lengua o en añejo latín, transformado de siglos. Nuevas generaciones recogen su testigo, chelo y violín a cuestas, y sus voces domadas. Ya no viven la música con mística cristiana, pero a mí me emocionan sus ensayos solemnes, que al fin hoy, sin incienso, sin ornamentos casi, sin que la rica platería luzca en las ceremonias, estos jóvenes rompen el silencio del coro, y muestran pinceladas de lo que debió ser la Misa en sus mayores.

Es la Semana Santa la soberana: impresionan sus tallas en procesión nocturna que no ha perdido casi su tradición antigua. Desclavan al Señor, palmas y cera, lo llevan al sepulcro reprimiendo sollozos, y al fin fornidos jóvenes -que pesa la madera como pesa la historia- lo homenajean a hombros por las calles del pueblo. Santa Ana es un lugar de huidas y de exilios. Llegó a ser capital en tiempos de temores, cerca del portugués, el eterno enemigo. Y a él regaló Chiquitos aquel gobernador, el último español, antes de consentir pueblos republicanos. No cuajó la aventura, pero en la retirada se llevaron la plata y la gente de este pueblo. Después de tantos años, tan sólo retornó el metal a los altares, y en otra muestra más de empeño en la memoria, Santa Ana va a Brasil a paso de romero, buscando a sus hermanos cada año.

El micro ha de llevarme a otro lugar pero algo queda aquí, mezclado con el aire que hará sonar, tal vez, los tubos de su órgano, o en la luz de la tarde, reflejarme en un brillo de sus muros de mica.

Otro camino arduo de lomas y de barros, con los que lucha el micro que para en cada cruce, y se llena de a poco -mujeres, hombres, niños - de ida a la capital: SAN IGNACIO. Esta ciudad que quiere pujar por ser el centro de todas las misiones ya lo va consiguiendo, con cemento en sus calles, un Internet que abre, hospitales y bancos, sustentada en madera y llena de ganado. Y ya fue capital sin tanta algarabía, corría el ochocientos y exportando el añil, se levantó de teja tras sufrir los incendios que todo lo arrasaban.

Su Iglesia era un milagro. Labrada toda ella -paredes, techos, vigas, horcones gigantescos-, daban la bienvenida los cuatro evangelistas al fiel y al convertido. Hubo algún tiempo de grandioso pasado que se dejó morir, primero el arco que tumbó una tijera, y siguió el techo entero, muros después y al fin, ya inválida, demolieron un día su fachada. Hoy quiere ser y es otra cosa. Lo poco que quedaba en sus viejos retablos o su púlpito, apenas ya si está, oculto en oro nuevo y en colores ajenos.

San Ignacio está huérfano de sus muchos tesoros. Le queda la laguna, y la historia contada entre los corredores de su viejo casco -el mejor conservado-, y le queda su gente, herencia misionera, casi toda en aldeas lejos del hombre blanco.

Yo sigo a SAN MIGUEL, a ver al ángel de cabello de oro, de gesto decidido: ¿"Quien como Dios" venció, sino su espada en llamas? El pueblo huele aún a metralla de bronce, a paila martillada, y a campana fundida cuyos sonidos hoy, en las torres de muchos de estos pueblos, siguen llamando a los fieles, repicando en las fiestas o diciéndole adiós al que se marcha.

Su Iglesia mira al pueblo desde las escaleras, y tras su gran portón guarda un rincón del cielo. Barro y madera y arte labrado sin par en sus retablos, campea el barroco aquí, teatro y fasto que deslumbra al cristiano con el oro vibrante, blandones gigantescos, arcos procesionales... todo chispea, y sube y se retuerce.

Abriendo bien los ojos puede verse la historia: allí va el jesuita, sotana negra y barba y vocación de hierro. Entra en la Sacristía y comienza el milagro en forma de cajones, labrados palmo a palmo con gubias potosinas por sus buenos neófitos. El Sacristán le ayuda y escoge la casulla con caracol de plata, mientras les mira Dios desde su Cruz inmensa. La fuerza de esta talla cautiva al sacerdote, siente sus pies clavados -un prodigio escultórico-, su cabello de indio, su torso poderoso que derrama agua y sangre, y no quiere apartar el cáliz el cura de su pecho. El pueblo entero reza y él llega al Presbiterio: el coro le recibe, el incienso le embriaga, las velas forman brillos en todos los rincones ...e invadido de amor, cree divina misión " a Mayor Gloria de Dios", su vida y su deseo.

Otra vez en la flota, ruta y camino, cada vez es más roja la tierra que levantan las ruedas de los trailers con docenas de troncas, gigantes arrancados del alma de esta selva. Yo no sé si es su sangre la que va enrojeciendo el polvo en la cuneta, o será el fuego que arde cada agosto desmembrando parcelas de cultivo y asfixiándolo todo. CONCEPCIÓN es un cálido lugar de veraneo, la ciudad está cerca y aquí llegan sus gentes a romper la quietud de los atardeceres, a surcar su laguna de motores y a ignorar la cultura centenaria. Pero nadie ha podido cercenar la belleza de sus calles y sus selvas, ni colmar la paciencia de sus pobladores, otrora belicosos contra las injusticias.

Hay, aquí viejas y nuevas formas. Catedral ante todo desde el siglo pasado, su Iglesia tiene el aire de capricho europeo, y queda de misiones acaso la estructura y poco más que el rojizo del polvo que todo vuelve añejo. Otra vez oro nuevo sobre la forma antigua confunde al viajero y encanta a los fieles, portada de revistas del que exige poco y se va satisfecho llevándose esta sola imagen de Chiquitos.

Concepción ha perdido mucho de su pasado pero guarda futuros todavía halagüeños: conserva entre sus muros miles de partituras, devoción hecha música salvada del olvido, y museos ingenuos, casi sin artificio, que nos cuentan la historia mezclando las misiones de los pueblos guarayos con los de los chiquitos, -al fin la misma fe y el mismo obispo -.

Y es que aquí se concentra la esencia franciscana, la epopeya reciente de aquellos religiosos de humildad y tonsura, que a lomos de caballo en pleno siglo veinte, retomaron la historia misionera y salvaron los templos jesuitas. Ya es de asfalto el camino que lleva a SAN JAVIER en tan corto momento, que no he podido ver casi ni una palmera, aunque sí piedras romas de grandes proporciones sobre búfalos negros, forasteros exóticos, pero ganado al fin, siempre ganado.

Una plaza de laja nos presenta su templo. Ya no hay plaza de armas, ni cruz enorme al centro, ni el espacio vacío testigo de desfiles y de juegos de flechas por si hubiera enemigos. Pero sí está la Iglesia totalmente pintada, la luz que entra a raudales y que se vuelve nívea en sus horcones blancos, ilumina el patrón, místico y áureo, que descubre en el pecho su llama inextinguible. Los santos me estremecen con sus rostros distintos, y la Semana Santa los muestra desolados, sobre todo al que marcha camino del Calvario, Nazareno de espinas: ^qué mirada tan triste y qué cruz tan pesada!

La carretera enmudece dentro del bello patio, sus corredores amplios, su puerta misionera y su paz soleada sobreviven ajenos a los modernos ruidos y el caos de los mercados. Hay silencio en las salas, también, de su museo: el silencio del arpa, de violones maltrechos, de bajones autóctonos sin aliento de músicos, instrumentos devotos que callaron sus notas y que, tal vez, salieron de un taller aquí al lado, en el patio segundo lleno de carpinteros, de herreros, de pintores, de diestros artesanos de todos los oficios.

Este pueblo pionero, almacén general de todas las misiones, era feria mestiza de indios chiquitanos y de blancos cruceños que nunca se mezclaron, alerta el jesuita vigilante del trato, y tránsito y trasiego de mulas y fomentos. El comercio en la hacienda, que el pueblo era vivienda de curas y de indios y no buen hospedaje para los españoles: sólo Leyes de Indias aplicadas con celo y el Derecho de Gentes pugnando contra ellas.

Libre paso clamaban cruceños y foráneos, y al fin lo consiguieron, poco a poco, año a año, y lo llenaron todo, y todo lo cambiaron.

MARÍA JOSÉ DIEZ GÁLVEZ

Móstoles, España, Diciembre, 2005.

 

SAN IGNACIO DE VELASCO, 1748

SAN MIGUEL, 1721

SAN JOSÉ DE CHIQUITOS

SAN JAVIER, 1691

SANTIAGO DE CHIQUITOS

ATARDECER EN EL CERRO DE SANTIAGO

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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