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THOMAS L. WHIGHAM


  UN REGRESO A LA PLAZA (II) - Por THOMAS L. WHIGHAM - Domingo, 21 de Febrero de 2021


UN REGRESO A LA PLAZA (II) - Por THOMAS L. WHIGHAM - Domingo, 21 de Febrero de 2021

UN REGRESO A LA PLAZA (II)


Por THOMAS L. WHIGHAM

 

Profesor emérito de la Universidad de Georgia

La semana pasada publicamos la primera parte de estas impresiones de la Plaza Uruguaya escritas por el profesor Thomas Whigham a fines de la década de 1980. Hoy traemos a nuestros lectores la segunda y última entrega.

Siguiendo con estas notas sobre la Plaza Uruguaya escritas a finales de la década de 1980, con el general Stroessner aún en el poder, hoy encontrarán a continuación su segunda y última parte. Son impresiones de mis años de investigación en el Archivo Nacional, cuando solía almorzar o tomar mosto en la Plaza y observar a sus habitantes. Esa hectárea de tierra rural en medio de una Asunción en rápida modernización parecía parte de un Paraguay más antiguo.

Segunda parte

Aunque solemos considerar las plazas islas de vegetación rodeadas de mares de cemento, en las calles de Asunción no faltan árboles. Sin embargo, la Plaza Uruguaya es una especie de isla, cuyos habitantes, casi todos campesinos, se sienten más cómodos hablando en el animado idioma guaraní que en el formal español. Hay algo lento y lánguido en sus movimientos, que huele a vidas pasadas lejos del ajetreo de la ciudad.

La cantidad de prostitutas en la Plaza es asombrosa. La pobreza ha aumentado mucho la prostitución, pero los paraguayos no se indignan exactamente por ello. Pasivos y fatalistas, han visto demasiado de la vida para sentir algo más que resignación por esta y tantas otras cosas. De hecho, las prostitutas dan a la Plaza un sentido de comunidad. Traen consigo a sus hijos, y, a veces, niñeras que los cuidan diligentemente mientras sus madres ejercen su oficio. Casi parece un paseo dominical, excepto que los hombres que juegan con los niños probablemente sean cafichos o posibles clientes.

La actitud tradicional paraguaya hacia el sexo es un revoltijo de contradicciones. Desde el final de la guerra, cuando se decía que las mujeres superaban en número a los hombres por nueve a uno, los paraguayos han creído en la existencia de un excedente de mujeres. No importa que los datos demográficos actuales no muestren nada parecido, lo que cuenta es la creencia. La percepción pública reforzó las virtudes y debilidades masculinas al hacer de los hombres un bien escaso. Ellos dejan a las mujeres no solo las tareas domésticas, sino también las más onerosas. Los comentaristas de la década de 1870 notaban que las porteras luchaban entre ellas para llevar las cargas más pesadas. También pelearían por los pocos hombres sobrevivientes, que aprendieron a exigir deferencia y servicio. El Paraguay de hoy sigue influenciado por estas creencias.

La Plaza Uruguaya refleja todo esto. Las prostitutas esperan y esperan. Los soldados sin un peso, al otro lado de la plaza, también esperan. Ambos grupos pasan todo el día bebiendo yerba mate y mosto, mirándose mutuamente. Pocos se molestan en hablar de vidas fallidas, alcoholismo o incluso de política nacional. El número de temas es estrictamente limitado en la Plaza.

Las prostitutas y sus clientes no son las únicas personas en la Plaza. Están los lustrabotas, casta especializada. Algunos son jóvenes, otros bastante mayores, pero todos viven al día. Como las prostitutas, son empresarios que intentan obtener el máximo beneficio de una inversión cuidadosamente estudiada; en este caso, la cantidad de betún es un claro respaldo al esfuerzo invertido en pulir y limpiar el borde de la suela. El buen sentido comercial exige economizar siempre que sea posible, y en Paraguay lo que cuenta es la atención, el «toque personal». Atrae clientes habituales, y nada complace tanto a los lustrabotas como una clientela habitual, excepto el juego. Cuando no buscan clientes, apuestan para complementar un ingreso diario que debe ser miserable. A pesar de su falta de fondos, son filosóficos. La fortuna aún podría tocarles, y mientras tanto vale la pena comprar algún que otro billete de lotería. La Plaza es su refugio.

Prostitutas y lustrabotas han aceptado en gran medida su suerte, y con ello han dado un paso que pocos norteamericanos comprenderían. En la sociedad estadounidense, centrada en los bienes materiales, a la mayoría le costaría sondear la melancolía de una Plaza Uruguaya. Los estadounidenses son solucionadores; les gusta responder a los problemas construyendo puentes más grandes, drenando pantanos, creando máquinas más sofisticadas. Los paraguayos saben que todo ese esfuerzo es inútil. El problema es el hombre mismo, no su entorno material. Si el alma del hombre está envenenada, ¿por qué intentar dar forma al mundo? Los paraguayos buscan menos el éxito que la redención.

Y la redención puede ser simplemente caminar las tres cuadras desde la Plaza hasta la Catedral de Asunción. El 95% de la población paraguaya es católica. La peregrinación anual a la basílica de Caacupé (con su milagrosa virgen azul) es el evento más popular del calendario religioso. Los peregrinos caminan los sesenta kilómetros desde Asunción con la esperanza de que sus oraciones sean contestadas mediante la intervención directa de la Madre de Dios. La Plaza tiene su representante en este evento, de ambiente parecido al de una feria medieval. Sin embargo, aunque la Iglesia fue considerada la única oposición efectiva al antiguo régimen, pocos paraguayos se han convertido en activistas. La teología de la liberación, con sus comunidades de base, ligas campesinas y oposición al gobierno, ha calado poco en el país. La oposición del católico medio en Paraguay se ha expresado más comúnmente en la oración. El fatalismo es la característica principal de su fe.

Existen excepciones, por supuesto, incluso en la Plaza Uruguaya. Al ver a los indios macá se podría creer que estos habitantes de la Plaza estarían más a gusto en el siglo XVIII. ¿Acaso sus plumas brillantes y adornos en los labios no remiten a un tiempo pasado? Nada más lejos de la verdad. Sus plumas son para convencer a los turistas de su autenticidad. Son indios, sin duda, aunque sus tierras ancestrales están a unas quinientas millas al oeste. Se establecieron en las marismas frente a Asunción hace unos treinta años, se dice, y, bajo la atenta mirada de misioneros protestantes, venden artesanías multicolores desde entonces. Esos artículos, que incluyen flechas de bambú, cinturones de algodón tejido y tocados de plumas, definitivamente no son parte del patrimonio cultural de los macá. Son estrictamente para consumo turístico. Los macá pueden presumir de ser los lingüistas de la Plaza; además de su propio idioma, que nadie más entiende, hablan español, algo de guaraní, y un poco de inglés y alemán, los dos últimos por los misioneros.

Los macá no cumplen muchos requisitos de la imagen del «indio abandonado». Son muy seguros de sí mismos. A diferencia de los lustrabotas, no ofrecen ningún servicio personal, y no están en deuda con nadie. Guardan decidido silencio, con las baratijas extendidas, manteniendo siempre su dignidad. Cuando algo se les niega, esperan pacientemente una respuesta afirmativa, y es evidente que consideran irremediablemente estúpido a cualquiera incapaz de ver el valor de sus bienes. Adoptan esta actitud incluso con turistas ya cargados de productos. A sus ojos, la función de los turistas es comprar; en todos los demás aspectos, bien podrían no existir. Los macá viven completamente en el presente, no perseguidos, a diferencia de otros paraguayos, por el pasado y el futuro. Han superado la explotación en sus vidas negándose a reconocerla como tal. Son, por lo tanto, las únicas personas felices en la Plaza, una ironía ante la que probablemente se reirían, escupirían o ambas cosas.

Otros habitantes de la Plaza merecen mención por sus esfuerzos de reinterpretar el lugar. Pienso en el hombre que instala una cámara para tomar fotos de los visitantes campesinos y que pintará la imagen de verde si la persona fotografiada prefiere ese color al azul. De esta manera transforman la realidad. Y en el hombre serpiente, que acuna una anaconda bebé y vende remedios derivados del «aceite de serpiente». Siempre encuentro aquí un par de estos, mis cuates de la Plaza.

La abrumadora angustia que invade a los demás habitantes de la Plaza tiene su contraparte en la febril pasión que periódicamente surge entre los paraguayos. El Dr. Francia entendió la ira latente bajo la superficie de su sociedad, y creó un régimen que minó ese sentimiento y no dejó nada en su lugar. El deseo de ser moderno fue reemplazado por la necesidad de ser ordenado. En gran parte, los paraguayos aún perciben y reconocen esta necesidad.

La vieja generación sabe que la pasión tiene un precio. En 1947 una guerra civil se cobró la vida de miles de personas en meses. Nadie quedó intacto. Las fuerzas armadas se dividieron en facciones, el poder judicial se deshizo y se confiscaron propiedades por causas que pocos entienden. Al terminar la lucha, los paraguayos estaban más que dispuestos a aceptar cualquier gobierno que prometiera orden. Pusieron pocas objeciones cuando, en 1954, un joven general llamado Alfredo Stroessner llegó al poder en un golpe incruento. Último de un grupo que incluía a Rafael Trujillo, Fulgencio Batista y Anastasio Somoza, ese tenaz dictador se mantuvo durante tres décadas. En el camino, cobró muchas deudas políticas con coimas de dinero y patronato, sofocó toda oposición y dirigió una de las administraciones más corruptas del continente.

El Paraguay de Stroessner fue llamado «República del Miedo». El rostro del gran hombre adornaba edificios y kioscos en torno a la Plaza Uruguaya. Pero pocos lo amaban. En los feriados oficiales, la Plaza era lugar de reunión de empleados públicos que llegaban en autobús del interior a las manifestaciones del partido gobernante. Pagaban los costos de transporte de su propio bolsillo, a menudo no les quedaba nada y terminaban con hambre, esperando en la Plaza que los autobuses los llevasen a casa. El general Stroessner dio por sentada su lealtad aunque, fuera de periódicos gestos de mecenazgo, nunca hiciera nada por ellos... como bien sabía cualquier lustrabotas o prostituta de la Plaza.

Stroessner disfrutó este sistema, que le dio gran poder con mínimo esfuerzo. Su gente, pasiva, aceptaba lo inevitable, y sus rivales potenciales se mantenían ocupados llenando sus cuentas bancarias suizas. Le gustaba su mundo, y se atribuía todo el «progreso» que había logrado Paraguay. Después de todo, ¿sus imágenes alrededor de la plaza no proclamaban su grandeza?

La generación joven, al menos entre la clase media, rechazó hasta cierto punto el destino que Stroessner y sus amigos les trazaron. Argentina volvió a la democracia, al igual que Brasil y Uruguay, y muchos jóvenes paraguayos saborearon la palabra. Sin duda, no era el mismo tipo de gente que se encontraba habitualmente en la Plaza. Que seguía la constante ronda de partidos de fútbol y concursos de belleza transmitidos por la televisión nacional, disfrutaba las celebraciones y quizás un poco de licor gratis, y descreía de las frustraciones juveniles: tales cosas han ido y venido muchas veces.

Solo falta mencionar algo que todos saben: si la violencia vuelve a Paraguay, la gente de la Plaza Uruguaya seguramente será su víctima. Por lo tanto, piensan que es mejor esperar, observar los árboles en flor, ofrecerse a uno o dos soldados por poco dinero, o llorar por el alma del hombre.

 

 

 

 

 

Fuente: Suplemento Cultural del diario ABC COLOR

Domingo, 21 de Febrero de 2021

Páginas 2 y 3

www.abc.com.py

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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