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ALEJANDRO HERNÁNDEZ Y VON ECKSTEIN


  LA DECISIÓN - Cuento de ALEJANDRO HERNÁNDEZ Y VON ECKSTEIN


LA DECISIÓN - Cuento de ALEJANDRO HERNÁNDEZ Y VON ECKSTEIN

LA DECISIÓN

Cuento de ALEJANDRO HERNÁNDEZ Y VON ECKSTEIN


La ciudad había despertado hacía un par de horas. El bullicioso concierto matutino de las aves, que anidaban en los frondosos árboles del parque, competía con el ru­gir de motocicletas y automóviles que transitaban por la doble avenida que separaba al parque del museo privado de ciencias naturales y sociales de la capital.

La luz blanca del semáforo indicó a los peatones el momento de cruzar la avenida. De entre el grupo de peatones, presurosos por llegar a sus respectivos traba­jos, se destaca un hombre alto y delgado que vestido con un pulcro traje azul y zapatos de charol negros por­taba un gran paraguas negro a modo de bastón.

El hombre, despreocupadamente y como si fuera dueño del tiempo, se dirigió a la escalera de mármol que daba acceso al museo. Se acercó al canillita que se encontraba junto a una de las dos imponentes estatuas del legendario tigre dientes de sable, compró el perió­dico del día y ascendió las escaleras, deteniéndose justo debajo del frontis del edificio, sostenido por seis gruesas columnas dóricas de mármol con sus capiteles tallados. Tras observar por unos instantes el techo y a su alrede­dor, ingresó al salón principal del edificio donde, colga­do de la cúpula, se hallaba el titánico esqueleto de una ballena azul.

—Buenos días señor director —saludó uno de los funcionarios apostado en el lugar.

—Buenos días Gutiérrez. Por lo que he visto, los del servicio de limpieza nuevamente han omitido sacar las telarañas y limpiar como se debe los mármoles del fron­tis. Llámelos y dígales que hasta que no terminen el trabajo no les daré un centavo. ¿Acaso esa gente cree que aquí regalamos dinero?

—Está bien señor, lo haré ahora mismo.

—Antes de hacerlo, dígame, ¿llegó el artefacto que esperábamos ayer?

—El sarcófago egipcio y su contenido llegó ayer por la noche. De hecho el profesor Croissant ya se encuen­tra con su equipo desembalándolo.

El director, presuroso, se dirigió al tercer subsuelo donde, como había adelantado el funcionario, el ar­queólogo ya se encontraba desembalando la reliquia.

—Buen día Jacques —dijo el director al arqueólogo en el preciso momento que este abría la tapa del sarcó­fago—. ¿Te parece que hicimos buen negocio?

—Buen día Wilson. Creo que sí. Ha sido una buena adquisición —respondió mientras observaba las ins­cripciones del sarcófago—. Por lo que veo la momia en sí no ha sido “desempaquetada” como insistes en decir. Es de finales de la Dinastía XVIII, evidentemente un noble o sacerdote…probablemente una mujer… de en­tre quince y dieciocho años…Según estas inscripciones está relacionada con la diosa felina Basted, lo que con­cuerda con la zona en la que se la encontró…Tendría que hacer otros estudios para decirte más.

—¡Perfecto! Quiere decir que entre los trapos todavía puede haber sorpresitas. Aprovecha y utiliza el escáner computarizado que nos donaron los japoneses y si ves algo interesante ya sabes…catalogamos y a la vitrina… lo que sobre guárdalo en el sótano.

Las momias me recuerdan a unos chocolatines de mi infancia que traían ocultos juguetes dentro de ellos.

Mis abuelos me compraban por decenas, y yo, luego de sacarles el juguete, guardaba el chocolate en la helade­ra… ¡Qué tiempos aquellos!

—Recuerdo bien aquellas golosinas…y los empachos que me causaron —expresó el arqueólogo disimulan­do el disgusto que estas palabras le causaron mientras con dos ayudantes retiraban la momia del sarcófago y la colocaban en la camilla del escáner—. Pero despreo­cúpate, con estos nuevos instrumentos que nos donaron los nipones sabremos hasta cuántas veces se resfrió este sujeto.

—Eso te lo dejo a ti y a tu gente, yo me encargaré del show de luces y sonido que tengo preparado para lanzar la nueva sala mesopotámica… He contratado unas bai­larinas exóticas que vestidas de sacerdotisas babilónicas danzarán y servirán vino a los presentes. Verás cómo en esta ocasión conseguiremos muchas donaciones para pagar los equipos y personal que solicitaste.

—Tú siempre tan “práctico” e ingenioso para conse­guir dinero. Sin embargo creo que olvidaste el verdade­ro espíritu de la arqueología.

—Bueno Jacques —dijo el director haciendo caso omiso de estas últimas palabras—, te dejo con tus ju­guetes nuevos. Iré a mi despacho a ultimar los detalles para la “exposición” babilónica.

—Sé que de ti y tu espectáculo dependen nuestros sueldos e investigaciones, pero no olvides que esto es un museo y no un local nocturno —expresó el profesor Croissant, mientras encendía el complejo escáner.

—Descuida. Haré que terminen la danza de los siete velos cuando todavía les queden un par de estos —dijo despidiéndose para luego subir presuroso las escaleras, ingresar a su despacho y ponerse a leer el periódico.

Tras leer las noticias internacionales, pasó al suple­mento cultural donde se encontraba un reciente repor­taje que le habían hecho sobre la nueva imagen que se le intentaría dar al museo, junto a un artículo titulado “Patrimonio de la humanidad o botín egoísta” en el cual su autor, el profesor Horacio Salemi del Instituto de Investigaciones, proponía devolver las piezas arqueo­lógicas de los museos a los países de origen y reempla­zarlas por sus imágenes holográficas.

Creyendo absurda la propuesta del profesor Salemi continuó hojeando el periódico, cuando de pronto, sus ojos se detuvieron horrorizados en un titular que decía: “Fue desbaratada banda de profanadores de tumbas”.

El artículo, que seguía a continuación, detallaba cómo seis delincuentes habían violado los panteones del cementerio de la ciudad y, posteriormente, comer­cializaron los restos óseos que descansaban en ellos a los estudiantes de medicina. Inclusive, continuaba dicien­do la crónica, se habían encontrado entre los objetos ro­bados, placas, cruces de bronce y un grupo de joyas de oro, plata y piedras preciosas. Entre estos, un anillo de oro del barón Wilhem von Kraus, fundador del primer periódico de la ciudad, con el que había sido sepulta­do en 1863, y un rosario de coral con engarces de oro de doña Gertrud Hofmann, esposa del anteriormente mencionado.

—¡A qué hemos llegado! Hoy en día ya no se respeta ni a los muertos —dijo indignado.

—No comprendo de qué se horroriza —dijo una jo­ven que, sin que el director se percatara, lo estaba ob­servando hacía algunos minutos recostada en una imi­tación de sillón romano.

—¡Disculpe! ¿Usted cree que saquear una tumba e interrumpir el descanso eterno de un ilustre, como lo fue von Kraus, no es un acto despreciable? Además ¿quién la dejó entrar? ¿Quién es usted? —dijo ofuscado el director.

La mujer, de unos dieciocho años, proporcionada fi­gura y de estatura mediana, poseía cabellos lacios y ne­gros como la noche, adornados por una delicada flor de loto blanca colocada detrás de la oreja izquierda. Lucía un vestido ajustado de algodón que caía desde debajo del pecho hasta los tobillos, sujeto con dos tirantes que le cubrían sus bien formados senos. Por último, desde los hombros, donde terminaba su cabellera, hasta sus pies descalzos, colgaba en pliegues una pieza de algo­dón a modo de capa.

—Según tengo entendido usted pidió por mí. Y sí, tiene razón. Es un crimen despreciable profanar el des­canso de los que ya no están entre los vivos y robar sus objetos personales vanagloriándose de ellos y exhibién­dolos en las vitrinas de sus palacios.

—Ah, usted debe ser de las bailarinas que ameniza­rán la exposición… Aunque creo que… se equivocó de vestimenta…yo pedí bailarinas con atuendos de Babilo­nia…no de Egipto…aunque… ¿Quién se dará cuenta? —tartamudeó el hombre al observar en toda su magni­ficencia a aquella beldad.

—No soy bailarina…soy sacerdotisa de Basted.

—No importa que no sepa bail… ¿Sacerdotisa de quién? —dijo el director dando un salto de su asiento y dirigiéndose hacia la ventana sobresaltado.

—Soy sacerdotisa de Basted, del templo de la ciudad de Per-Basted, llamada por algunos…

—Bubastis…y actualmente…Zigazig —dijo el di­rector pálido como una hoja de papel al percatarse que quien le hablaba era un espectro—. ¿Qué clase de bro­ma me está queriendo hacer? ¿Quién es usted?

—No es ninguna broma. Mi nombre es Irepamón y según tengo entendido, has entregado muchas piezas de oro para que traigan mi sarcófago a este extraño templo —dijo con voz pausada y melodiosa.

—¿Qué quieres de mí espectro? ¿Por qué me ator­mentas? ¿Qué te he hecho?

—No me has hecho nada más de lo que los hombres que en estos momentos están, con sus ojos y extrañas maquinarias, mancillando mi cuerpo. Tampoco me ha­ ces más que aquellos que profanaron los restos y bienes de tu ilustre von Kraus, su esposa y demás difuntos.

—Mire se… señorita…No quiero que se enfade con­migo pero… usted se equivoca. En estos momentos el profesor Jacques Croissant está realizando estudios so­bre la momia…sobre su momia… para develar al mun­do los secretos de su muerte y a través de estos los de su vida. Es gracias a estos estudios que el hombre puede conocer más sobre su pasado.

—Y además “desempaquetarme” y quedarse con las “sorpresitas” que los sacerdotes guardaron entre los ven­dajes para protegerme en el viaje al reino de Osiris – prosiguió diciendo cínicamente la aparición recordando las palabras que dijera el director minutos atrás.

—Este… eso… sí… las… sorpresitas… Es una ma­nera de decir… le prometo que lo que se encuentre será colocado en un lugar de honor en el pabellón egipcio.

—Me imagino que con el resto del tesoro robado a alguno de mis antepasados o descendientes, de la mis­ma manera que los hombres que menciona el extraño papiro que estaba leyendo hace unos instantes hacían con las joyas de los difuntos.

—Pero señorita… usted está confundida… El barón von Kraus murió hace un poco más de ciento cincuenta años, en cambio usted… bueno… es parte de la historia de la humanidad y por ello todos tienen derecho de ver sus objetos. Para eso se inventaron los museos.

—O sea que según usted, el respeto a los muertos y sus almas tiene fecha de caducidad. Está muy equi­vocado y me entristece. No tienen ningún derecho de comprar, vender, intercambiar o exhibir a príncipes, sa­cerdotisas o cualquier difunto como si fueran un jarrón en un mercado exótico mientras las bailarinas danzan y sirven vino a los visitantes. Si quieren conocer su pa­sado, excaven, descubran y estudien los templos, ciuda­des, lugares de batallas, pero no profanen. Respeten a los muertos y a sus pertenencias. Porque si no lo hacen no tienen derecho a protestar cuando sus tumbas, o la de sus seres queridos, sean saqueadas y sus huesos y per­tenencias vendidas al mejor postor.

—No le digo que deja de tener razón, pero en mi defensa le puedo decir que los museos se han creado para preservar la historia, ya que muchos objetos serían destruidos por la desidia de las personas que actualmen­te viven donde ustedes lo hicieron. Por ejemplo, como bien dijo, usted fue sacerdotisa de Basted y su mastaba fue encontrada por casualidad, en la actual ciudad de Zigazig, mientras un hombre construía el sótano de su casa. Si los museos no existieran, probablemente él hu­biera intentado vender lo encontrado en partes o sim­plemente destruirlo al no poder hacerlo.

—Conozco bien el suceso que llevó a interrumpir mi descanso. También estoy al tanto de cómo es que llegué aquí sin que el faraón que gobierna hoy sobre Kemet, o Egipto como tú lo llamas, se entere… Creo que eso te pone en la misma situación de los estudiantes que com­praron los huesos que mencionaba tu extraño papiro.

—En realidad… no es lo mismo… Como dije an­teriormente, muchos pueblos de hoy, a pesar de sus glorias pasadas, se debaten en la miseria descuidando sus patrimonios históricos. Yo mismo he sido testigo de cómo una estatua de Ramsés El Grande era usada como baño público. Es por ello que en el transcurso de los años, gobiernos como el inglés, el alemán, francés e inclusive el norteamericano, entre otros, han invertido fortunas para rescatar de la destrucción al patrimonio de la humanidad que en esos países se encuentran.

—¿Realmente crees que los ejércitos franceses, ingle­ses, alemanes, turcos y sus gobiernos, entre otros pen­saron, al pasar por mi amado Kemet y otros pueblos, sólo en proteger las reliquias que llamas patrimonio de la humanidad cuando cargaron sus barcas y llenaron sus templos…museos… con ellas? ¿O simplemente fue el oro de estas lo que los impulso a “protegerlas” en sus propias arcas? No veo diferencia en lo que hacían los ge­nerales asirios o hititas cuando masacraban una ciudad y saqueaban sus templos y palacios embelleciendo sus propias residencias con el botín conquistado.

Sin embargo sé que tienes parte de razón, ya que de no ser así no estaría aquí junto a los restos de un prínci­pe quechua y los restos óseos de una princesa de Elam. También he descubierto que tu mundo es muy distinto al mío y no puedo cambiar lo que está hecho, solamente pido ser tratada con respeto.

¿Quieren estudiar y aprender de mí y de mi pueblo? Bien. Pero una vez que concluyan sus estudios devuél­vannos a donde nos encontraron y sellen el lugar para siempre. No nos arranquen de nuestro lugar de descan­so para, luego de ultrajarnos y robar lo poco que nos queda, arrumbarnos apilados en un frío, polvoriento y solitario sótano, como si fuéramos sacos de granos, án­foras de vino o de cerveza. Eres un buen hombre y sé que harás lo correcto.

—Sí que ha cambiado el mundo, ¡y mucho! —sus­piró el director—. Desde antes de la invención de la rueda, el hombre ha evolucionado gracias a su capaci­dad de asombro y continua la búsqueda de sí mismo. Es cierto también que muchos, en especial a finales del siglo XIX, saquearon los tesoros de Egipto y otros pue­blos con el conocimiento como pretexto. Sin embargo, mujeres y hombres, como el profesor Croissant, quieren con sus estudios de campo y de laboratorio, develar el oscuro manto que cubre el pasado de la humanidad. La tecnología de hoy ayuda mucho pero… solamente alguien que vivió en la antigüedad podría darnos las respuestas que buscamos.

Lamentablemente me pones en un dilema —conti­nuó diciendo el director—. Como encargado de este museo podría convencer al resto del Comité Directivo y devolver absolutamente todas las reliquias a sus lugares de origen, sin embargo al hacerlo me quedaría sin mu­seo y sus empleados sin trabajo.

—No precisamente... Lo acabas de decir. La tecnolo­gía hoy está al servicio del conocimiento… Te he escu­chado leer las palabras del sabio Horacio…

—¿Te refieres a los equipos de proyección de holo­gramas del Profesor Salemi? —interrumpió el director.

—Sí. Aunque me gustaría que me expliques ¿qué es un holograma?

—Es una técnica fotográfica mediante la cual, a tra­vés de un rayo láser, se obtiene la imagen tridimensional de un objeto determinado haciendo creer a quienes lo ven que realmente están ante este. Para que lo entiendas mejor, es como si fuera el fantasma del objeto.

—Eso quiere decir que con esa magia, los visitantes de este palacio podrían llegar a creer que están verdade­ramente ante los tesoros de la humanidad.

—Así es… pero… la exposición en poco tiempo perdería su atractivo y los mecenas pronto dejarían de interesarse en las distintas salas y por consiguiente de aportar su dinero, destinado, en su mayoría, al costoso mantenimiento que desde ya tiene este edificio, sumado al costo derivado de las nuevas maquinarias y equipos.

—Eres un buen hombre, tal vez un poco confundido pero bueno al fin. Estoy segura que conoces el dicho “una mano lava a la otra y las dos lavan la cara”. Si me ayudas y devuelves a los difuntos y sus pertenecías a sus tierras te prometo que te ayudare a que este templo sea el más visitado por muchos años.

—¿A qué te refieres?

—Confía en mí. Yo confío en ti.

El director se recostó en su sillón, colocó ambas ma­nos extendidas sobre el escritorio, suspiró profunda­mente y preguntó a la aparición:

—¿Por qué me has elegido a mí y no a Jacques para decir todo esto? Te hubiera sido mucho más sencillo convencerlo.

—A pesar que ambos son iguales en sentimientos hacia la búsqueda de la verdad su Ka y su Ba están en armonía con su cuerpo… los tuyos no. Tú precisabas reencontrarte y hacer que tu cuerpo, a través de tu Ka o fuerza vital, obedezca lo que tu Ba, o alma, pedía a gritos hace tiempo, haciendo de esta manera que vuel­vas a la senda que se te ha trazado. Esa fue una de mis misiones. Por eso lo hice.

Varios golpes insistentes a la puerta del despacho in­terrumpieron la conversación:

—Wilson, ¿puedo pasar? —preguntó el profesor Croissant.

—Pasa Jacques…

Irepamón sonrió dulcemente al director y dijo para luego desvanecerse ante sus ojos:

—Cumple tu parte y yo haré lo mismo. No te arre­pentirás.

—¿Hablabas solo de nuevo? —dijo el arqueólogo sonriendo, mientras entraba al recinto.

—No…este…estaba leyendo en voz alta. ¿Has averi­guado algo sobre Irepamón?

—¿Cómo sabes el nombre de la sacerdotisa si… aca­bamos de descubrirlo en este escarabajo de oro que se encuentra entre las vendas, en el lugar donde debería estar el corazón? —expresó el arqueólogo señalando el objeto en unas fotografías que se habían tomado con el moderno escáner japonés.

—Mmm… tú me lo acabas de decir… ¿no recuer­das? —mintió el director.

—No. Estoy seguro que no…

—Mmm amigo… creo que estás perdiendo el jui­cio. Deberé darte vacaciones… Pero dime…hablando de trabajo: ¿Desvistieron a la mujer…? digo… ¿llegaron a despojar de sus vendajes a la momia? —pregunto mi­rando al lugar donde hacía unos instantes se encontraba la aparición.

—No… justamente venía a que firmes las formas au­torizando el procedimiento para extraer esa joya además de un par de ushebtis…unas estatuillas que se guarda­ban en los vendajes del difunto para que sirvieran en los quehaceres domésticos al difunto en el reino de Osiris.

—Sé que son los ushebtis. Recuerda que fui conti­go a la universidad… ¿Crees que podríamos aprender algo más de Irepamón sin despojar a la momia de los vendajes?

—Podría hacer algunos estudios sobre su ADN, en­fermedades… Pero dime ¿te sientes bien?... Hace menos de una hora hablabas de la momia y sus secretos como si fuera un chocolatín con sorpresa y ¿ahora sólo quieres utilizar el escáner?

—Me siento bien… me duele admitirlo pero tenías razón cuando dijiste que pensaba transformar el mu­seo en un local nocturno… en un burdel con bailarinas exóticas… Los difuntos y el pasado merecen más res­peto… Ve, continúa con tus estudios sobre Irepamón, mientras, yo cancelaré lo de las bailarinas y luego ha­blare con el profesor Horacio Salemi del Instituto de Investigaciones para que nos provea de esos sofisticados proyectores de hologramas que insistentemente nos ha estado ofreciendo desde hace varios meses. Una vez que termines tus estudios llamaré a los museos de El Cairo, Bagdad y Cuzco para informarles que tenemos objetos y reliquias que les pertenecen.

—Veo que estás decidido pero… no creo que te sea tan fácil devolver las reliquias.

—Lo sé. Pero pierde cuidado. Con la próxima ex­posición convenceré al Consejo Directivo —dijo recor­dando la promesa de la sacerdotisa.

—Me gusta tu idea y, como sabes, siempre estuve de acuerdo en reemplazar las piezas con hologramas pero… ¿Qué te ha hecho cambiar de decisión?

—Si te lo dijera no me creerías. Solamente te diré que desde ahora creo firmemente que si no respetamos a nuestros prójimos, incluyendo entre estos a los difuntos y sus reliquias, no tenemos ningún derecho a exigir el respeto que negamos.

Un par de semanas después, la exposición que incluía varios hologramas fue un éxito, como lo adelantara el director, debiéndose prolongar por un par de semanas más.

Tiempo después las reliquias originales, en su to­talidad, regresaron a sus tierras siendo remitidas a sus principales museos. No tardó mucho tiempo en que la mayoría de los museos del mundo, al ver el éxito del profesor Wilson Jacks, siguieran su ejemplo devolvien­do los restos humanos y sus pertenencias al lugar donde habían sido extraídos.

La nueva era de los museos había nacido.

Sin embargo, a pesar del gran éxito que mundial­mente todas las exhibiciones tenían, ninguna podía competir con las del director Wilson.

Miles de personas, incluyendo científicos e investiga­dores de todas partes, hacían largas filas alrededor del museo para poder ingresar y ver la incalculable colec­ción de hologramas, en especial uno, extremadamen­te sofisticado cuyo secreto sólo el director Wilson y su amigo Jacques Croissant conocían, de una sacerdotisa egipcia llamada Irepamón que increíblemente respon­día a toda pregunta que cualquier visitante le hacía.

 

 

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