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IRINA RÁFOLS


  LO QUE PASA CUANDO NADIE MIRA A NADIE - Relato de IRINA RÁFOLS


LO QUE PASA CUANDO NADIE MIRA A NADIE - Relato de IRINA RÁFOLS

LO QUE PASA CUANDO NADIE MIRA A NADIE

Relato de IRINA RÁFOLS

 


Todo pasa porque nadie se mira a la cara. Vivimos sin notarnos. Esa es la verdad. Cuando uno sale apurado a la calle, solo ve lo que piensa: la plata, la hora, el tra­bajo, la calle, y no miramos ninguna otra cosa. Bueno, para abajo miramos algunas veces, sobre todo cuando nos tropezamos con algo o cuando la fortuna te tira del mentón para mostrarte el insípido tesoro de un billetito o una monedita. Pero en realidad, nadie se mira a la cara. De refilón nomás pasa todo. Andamos con los pies enmantecados y aún así, terminamos tostados de más en el gran horno de esta civilización de galletita.

Y precisamente de refilón sucedió que, Enrique Tine­detti, el famoso, el laureado escritor Tinedetti, cuando iba camino al Simposio Internacional de Literatura a presentar su ponencia, en el edificio de Asuntos Cultu­rales de América Latina, cuyo tema era: “Chistes negros de los adelantados sobre los aborígenes conquistados”, se encontró con lo que no tenía ni idea, ni acaso esperaba.

La conferencia iba a ser grabada por gente del pro­grama Las moscas, que se emitía por unos de esos cana­les de cable. Ya lo estaban esperando cuando a último momento entra una abuelita y se pone a hablar con el guardia.

—Yo estoy sola ahora porque ocurrió una desgracia y no tengo dónde vivir y yo no me quiero ir a una casa de viejos porque los viejos no me gustan…

—Abuela, salga de la puerta, córrase para acá.

—…porque mi nieto escribía y era famoso y él me cuidaba a mí, y ahora, entonces…

—¡E’a!, ¿vos no serás la abuela de Enrique Tinedetti, el que estamos esperando?

—¿A mi nieto? Ay, no lo esperen, se me murió mi nietito, sí, se me murió…

—¿Murió? ¡Nderaaa!… acá lo esperaban en el pro­grama…

—No va a venir, no va a venir, porque está muerto mi pobrecito y yo me quedé sola y no me quiero ir a una casa de viejos porque quién me va atender a mí en una casa de viejos, y yo…

—Pasá, abuela, pasá, andá, hablá con el director del programa, qué desgracia…

La prensa, que siempre actúa más rápido de lo que piensa, lo pregonó inmediatamente: “Enrique Tinedet­ti, se encuentra cara a cara con la muerte” “Nos aban­donó el autor de la famosa novela política: ¡Acaso! Autor del polémico ensayo sociológico intitulado: ¿Y...?

Todos se preguntaron cómo fue, y cada diario rápi­damente especuló su propia versión: que murió ahoga­do, que la cirrosis, que le estalló el corazón en un motel, y que y que... Y al final nadie estaba seguro de nada y ahí quedó hasta más tarde verificar.

Lo cierto es que el dolor acongojó al país en cuestión de segundos. Los conferenciantes que compartirían la mesa con el recién finado escritor eran el ilustre Dr. Buonopietro Smile, de la Universidad de Harvard, el crítico literario Luis Anselmo Figari, célebre por su aná­lisis de la laureada novela La Chamaquita, y un sobrevi­viente del Imperio maya. Iban a estar precisamente en el hall del salón de eventos a las diez de la mañana, de ese mismo viernes. Pero al final no pudieron venir por que las eminencias que estaban embebidas en un bar cercano miraron mal la hora del evento en la tarjeta de invitación, y el maya no sabía leer. Por lo cual llegaron un día después. El maya nunca llegó. Se reportó desapa­recido. Alguien muy hospitalariamente le dijo:

—Vení que te enseño el shopping. —Y de ahí en más nadie lo volvió a ver.

Sin embargo, los medios en pleno ya habían sido convocados, y, para la hora acordada, el salón de con­ferencias se comenzó a llenar de gente. Había flores por doquier y retratos del escritor y todo con luces y cinti­tas, y nada, que no había conferencistas. Pero entonces fue que llegó la abuela, que quería hablar de su nieto.

—Que pase, que pase -dijeron ya desesperados los coordinadores del evento y el director del programa Las moscas.

Apenas caminaba, rengueaba, tosía, escupía, sali­vaba. La ayudaron a sentarse entre el cúmulo de sillas frente a la larga mesa con arreglos florales, agua mine­ral, y tres pomposos micrófonos. Y todas las cámaras grabando y enfocando y las luces encajadas en la cara. Un aplauso del público...

—¿Quién es la vieja? —pregunta el director.

—Dice que es la abuela... —responde el productor.

—¿La abuela? Pero, ¿quién quiere escuchar a la abue­la?

—Déjala hablar, ¿no ves que está lleno y los otros conferencistas nos dejaron en bola?

Cuando por fin se sentó en la larga mesa de conferen­cia adelante, se ensartó unos enormes lentes de aumen­to en el tabique nasal y miró de frente. Era una pobre viejecita de más de ochenta años. Se quedó muda. Sin parpadear ante las cámaras. Y grababan. Y los ojos se le agrandaban hasta la nuca mirando sorprendida al gen­tío. Y grababan. Entonces, de pronto el director irritado gritó:

—¡Al aire!

Y la abuela nada.

—¡Hablá de tu nieto! —le sopló el director por lo bajo.

Y entonces la abuelita se echa a llorar.

—¡Ay, qué desgracia lo que le pasó a mi nietito que­rido!...

Así empezó y todos se enternecieron. Le llamaba nie­tito

Miraaaana que cariñosa la viejita… —decía la gente.

Aichejáranga la abuela.

—Qué desgracia lo que le pasó. Era todo para mí. Me traía el diario los domingos, me visitaba en Navidad, me llevaba regalos. Pero él era así de atento desde chiquito.

—¿Eran muy unidos, abuela? —preguntó alguien.

—Sí, sí. Era mi compañerito. Me acuerdo cuando es­taba en preescolar y me prendía los nacos, uno tras otro, aquellas mañanas de invierno. O cuando me preparaba el mate a las cinco de la mañana... ese era mi nietito.

Y la vieja empieza a echar mocos y a regar lágrimas, y todos ¡ay!, ¡pobrecita! ¡Cómo se ve que lo quería!

—Me acuerdo que tardó siete años en hablar. Pen­sábamos que era mudo. En todo maduraba muy lento. Y cuando le llegó el momento yo fui la que lo llevó a la Casa de Todos para ayudarlo a recibirse de varón. No fue su inútil padre, no. Fue la abuela, la que siempre tuvo que llevar las cosas adelante en la familia... —Y ahí se emocionó y volvió a llorar—. Yo lo hice entrar al cuartito porque no se animaba, vení para acá, mi hijo, acostátena con esta. No, así no. Tenés que sacarte la ropa para meterte en la cama, dame, dame la ropa que yo te la doblo en la silla, no seas desordenado. Y pensar que él era mi favorito... ¡y ahora ya no está!, ¡ah!, ¿y la vez aquella que se orinó encima en la secundaria? Me mandaron llamar y llevé una muda de ropa. El pobrecito se ori­nó encima hasta los dieciséis. Me acuerdo muy bien. Y después cuando tuvo aquella noviecita de Pedro Juan, y la familia era una manga de mafiosos, y yo se lo dije: Dejala, porque esa gente no es buena. Y no la dejaba, estaba re-enamorado el pobre y entonces para ayudarlo llamé al padre, al capo mafioso para amedrentarlo, y se lo dije por teléfono: ¡Con mi nietito no te metas! Está loco y es súper violento, que tu hija no se le acerque más, porque tiene pensado embarazarla y mandarse a mudar a Bolivia. Es lo que hace siempre. Se lo dije para que entrara en razón como padre, y así ayudara a evitar que se siguieran viendo. Y el mafioso nos visitó en la casa esa misma noche, lleno de metralletas y empezaron a agujerear la casa y tuvimos que rajar por la ventana del baño, que fue un momento terrible para nosotros porque nos tuvimos que mudar de urgencia para Encar­nación. En Encarnación terminó sus estudios. Le llevó veinte años terminar la secundaria. Siempre repetía. Me parece que se quedó medio retardado del susto. ¡Tengo tantos recuerdos!

Y la abuela se largó de nuevo a llorar enternecida... — una chica le acercó unos pañuelos de papel y le pasaron un vaso de agua—. Yo no tomo esta porquería. Quiero un Scout. Me siento mal. Agua no quiero. Qué misera­bles. Soy su abuela querida...

Y en eso pasa algo insólito. A las corridas llega al­guien pero no lo dejan entrar. Es un pobre hombre con las ropas roídas y desgarradas, sucio, con manchas de aceite de motor, los pelos parados, la cara roja, los ojos como racimos de uvas... No dulces. No en cantidades, sino redondos y sobresalidos.

—¡No! ¡Acá no se puede entrar! Están grabando — detuvo muy seco el guardia del edificio.

—¡Pero dejáme!, ¿no ves que soy yo?

—No me interesa quién seas. Acá no entra más na­die, y menos con esa facha mugrosa.

—¡Pero soy yo! ¡Estoy vivo! ¡No morí! ¡Soy Enrique Tinedetti!

—¡E’a! ¿Enrique Tinedetti? ¿El muerto?

—¡No estoy muerto! Tuve un terrible accidente, dé­jenme explicar. Quiero tranquilizar a la gente.

—Pasa, pasa, ¡mirá, que susto nos diste! Tu abuela está allá en el atrio, hablando de vos.

—¿Mi abuela?...

Y Tinedetti marcha para el atrio y ve a la abuela, y los concurrentes lo ven llegar como en cámara lenta...

—¡Tinedetti! ¡Tinedetti! —vociferó el gentío emo­cionado.

— ¡Abuela! —grita la gente—: ¡Mirá, es tu nieto! ¡Vive!

¡Qué emoción!... qué montón de lágrimas en todo el mundo, ¡ay!, hasta las cámaras temblaban. Y se miraron a la cara.

—¿Y este quién es? —preguntó secamente la abuela.

—Es tu nieto, abuela, el difunto, que no está difunto —le gritaron emocionados.

—No lo conozco. ¿Quién es? —preguntó igual de terca.

—Perdón, abuela, pero usted no es mi abuela —con­fesó entonces Tinedetti—. Mi abuela falleció cuando yo tenía tres años

—¿Y entonces que hacés acá, badulaque? —le repren­de ella.

—¡Es que soy Tinedetti, Enrique Tinedetti!

—¡Y a mi qué me importa quién sos! Yo vengo a ha­blar de mi nietito que se murió ayer, ¡desgraciado! ¿A qué venís a interrumpir?, ¡maleducado! ¡Estoy hablando y me interrumpís!

—¡Saquen a la vieja! —gritó con una amargura de primer plano, el director del programa, y agregó—: ¿¡Cómo no miran a la gente que meten!? Es tu culpa —le increpa al productor.

—¿Por qué? Yo no me puedo ocupar de todo. Es cul­pa del camarógrafo.

Dos encargados del edificio fueron junto a la vieja para invitarla a salir.

-—¡No!, ¡no me voy!, ¡Yo vine a hablar de mi nieto y voy a hablar de mi nieto!

—¡Andate, vieja!

—¡Sáquenla! —gritó gente del público que de golpe se sintió ultrajada en su más íntima emoción, e inmedia­tamente la agarraron de los brazos. Pero ella se resistía, y entonces la levantaron para llevársela, pero de pronto había cobrado una fuerza inaudita y una vitalidad que no sé sabía de dónde, tan rota y artrítica que había su­bido al atrio, más de media hora tardó en subir, y ahora volaba como escoba de bruja, vieja de mierda que les hizo creer a todos que era la abuela de Tinedetti...

Y seguía porfiando que la dejaran hablar y tiraba pa­tadas karatecas por un lado y por otro y en un momen­to de brutal agitación, la vieja se les dio una vuelta en el aire, sin querer, igualito que un paraguas en temporal, y se le levantó la pollera. Tenía calzones de lana largos y rojos, tejidos en crochet. Por suerte tenía. Y así salió. Y cerraron la puerta. Y Tinedetti habló. Y se hizo un silencio abrasador. Era la hora de la verdad.

—Lo que pasó fue que cuando venía para acá, no miré bien y me apresuré a bajar del taxi cuando todavía no había parado y la corbata larga que traía se me quedó atorada en la puerta y enseguida el taxista emprendió la marcha y yo le gritaba: “¡Frená, chera’a, me atoré! ¡Me quedé enganchado!, ¡frená, chamigo, te digo! Pero con el ruido del tráfico de Eusebio Ayala no me oyó. Le hacía señas desesperado pero él no miraba el retrovi­sor, venía mensajeando, y tomaba tereré, y además le miraba el trasero a todas las transeúntes que pasaban, ¡y entonces no me miraba nunca!, y yo corriendo como loco, abriendo las piernas al máximo, y me caí, y así fui arrastrado por toda Asunción, hasta que al rato se dio cuenta y tuvo la amabilidad de llevarme a Emergencias Médicas...

—¡Pero, Tinedetti! ¡Querido Tinedetti! ¡Otra vez es­tás con nosotros que es lo único que importa!

—¡Tinedetti!, ¡Tinedetti! —clamaron las voces al unísono y viva, viva, qué bueno que sobrevivió, y mirá qué genio, fotos, fotos... Y entonces Tinedetti se acordó a qué venía.

—Bueno y ya que estamos... aprovecho para presen­tar mi ponencia: “Chistes negros de los adelantados so­bre los aborígenes conquistados”.

—¿Qué? ¿Qué va hablar de quién? —pregunta el di­rector.

—Que va dar una conferencia, dijo —responde el productor.

-¿Ahora?

—Sí.

—Pero ya es más de la una… yo quiero ir a comer…

—Sí, yo lo mismo. Todo esto me dio un vare’a te­rrible.

—Pero, mirá… el tipo insiste… quiere seguir hablan­do.

—Qué oportunista es la gente…

Tinedetti, el resucitado, se aclaró la garganta, se arre­gló la corbatita deshilachada y con un gesto automático de alto capo ejecutivo, sonrió, y tras su sonrisa surgie­ron uno tras otro los chistecitos negros del blanquito de Tinedetti sobre las razas vencidas y que jajaja, qué vivos que eran los adelantados y que jijiji cómo pusieron en su lugar a los indiecitos esos de morondanga, ¡y qué brutos!, no sabían ni escribir, y que que que y dale Ti­nedetti, y ahí se armó la gorda…

—¡Eeee! ¡Eeeee! ¡Fuera Tinedetti!

—¡Sí!, ¡qué lo echen!

—¡Saquen al nazi de acá!

—¡A vos nomás te hace gracia!

—¡Mirálo al Tinedetti racista!

—¡Comunista!

—¿Por qué le decís comunista?

—No sé. Se dice comunista cuando no te gusta al­guien.

—¡Fuera comunista!

—“Hai” Hitler, Tinedetti.

—¡Andá a hacerle chistecitos a tu abuela!

—¡A mi abuela la dejan en paz!

—¡Andá!, ¡adelantado de la nada!, ¡date otra vuelta en taxi pero atorate con la lengua!

—¡Adiós, Tinedetti, adiós!

 

 

 

 

 

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SEP DIGITAL - NÚMERO 2 - AÑO 1 - ABRIL 2014

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