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IRINA RÁFOLS


  LA CRIATURA , ASTOLFO EL ROMÁNTICO y EL VENERABLE, LENTO, ETERNO Y LARGO CONSEJO DE ANCIANOS - Cuentos de IRINA RÁFOLS


LA CRIATURA , ASTOLFO EL ROMÁNTICO y EL VENERABLE, LENTO, ETERNO Y LARGO CONSEJO DE ANCIANOS - Cuentos de IRINA RÁFOLS

LA CRIATURA , ASTOLFO EL ROMÁNTICO 

y EL VENERABLE, LENTO, ETERNO Y LARGO CONSEJO DE ANCIANOS

Cuentos de IRINA RÁFOLS

 

 

IRINA RÁFOLS (Montevideo, 1967)

Periodista, narradora, poeta y docente. Aunque uruguaya de nacimiento, reside en Paraguay desde hace más de veinte años. Licenciada en Letras por la Facul­tad deFilosofía de la Universidad Nacional de Asunción, miembro de la Socie­dad de Escritores del Paraguay (SEP) y de Escritoras Paraguayas Asociadas (EPA), hasta la fecha ha publicado cuatro libros: ESPERANDO EN UN CAFÉ (2004;cuentos),DESDE EL INSOMNIO (2005; poemas), ABULIO, EL INÚTIL (2005; novela) y ALCAESTO (2010; novela juvenil), obra acreedora de una Mención en el Premio Municipal de Literatura 2010, Tiene además textos incluidos en PENÉLOPE SALE DE ÍTACA (2005), una antología de cuentos feministas de escritoras paraguayas, y en UT EROS, POESÍA ERÓTICA FEMENINA (2009), obra que reúne a 12 poetisas paraguayas. Corresponsal de Radio Sobre (Montevideo, Uruguay) de literatura infanto-juvenil paraguaya, colabora también con notas, entrevistas y artículos varios que aparecen regularmente en suplementos culturales y revistas literarias locales. Recientemente distinguida con el Segundo Premio del Concurso Rafael Barret 2011, en la categoría de «Ensayo» (Secretaría Nacional de Cultura), desde 2006 Irina Ráfols ejerce las cátedras de Ensayo y Castellano en la Univer­sidad del Norte (UNINORTE) en Asunción.

 

 

LA CRIATURA

 

Nunca supe qué mala jugada me hizo la creación. No supe si había caído alguna de esas bombas biológicas, si la criatura era una especie de mutante. Había escuchado entre los compañeros que se avecinaban cam­bios en la atmosfera, cambios en el agua. Bueno, de eso ya me había percatado hace tiempo, pero lo peor eran los cambios en los otros. Los otros, inmundas criaturas que se vuelven cada vez más odiosas, asechán­donos y cazándonos... No podían ser muy inteligentes, no, de hecho que no eran muy inteligentes, sino, ¿por qué motivo me habrían capturado?

¿Por qué motivo?, ¿si yo era un trabajador común y corriente, un respon­sable padre de familia, un marido ejemplar? Jamás reñí con mis suegros, eso que los tenía todo el día en casa comiendo hasta lo que tenía guardado para mi hijos, ¿por qué tenía que pasarme esto justamente a mí?, ¿por qué?... Mis hijos son lo único que me importa, mis hijos... ¡Ay, pobrecitos!, ¡esperando por comida y su padre preso!

Desde la jaula transparente me lo enfrento a los ojos, no para que sienta mi infortunio, sino para que note la gravedad del caso. Lo miro tan fijamente que tengo que pestañear para que la vista no se me seque. Yo no sé cómo hace él, que me mira con sus gigantescos ojos, dando vueltas alrededor de la jaula para mirarme mejor. Unos ojos inmensos marrones corno cuevas de lombrices... Así son sus ojos, curiosos y odiosos ojos. No habré visto en mi vida criatura tan fea ni desproporcionada como esta... tiene dos enormes agujeros en las narices que se le dilatan, y me parecen tan siniestros que a veces llego a pensar que también me mira atravésde sus horrorosos orificios nasales. Por sus patas presenta cinco tentáculos rosados y sucios, miles de púas doradas emergen alborotadas desde su cabezota y una especie de asquerosas arañas le temblaban alrededor de los ojos. En todo su conjunto la criatura es inimaginablemente fea, desproporcionada, como salida de una pesadilla de espantos, y la boca ¡ah!, la boca es la puerta al mismo infierno, capaz de tragarte de un solo bocado. Dos de los dientes de adelante parece que se le han caído y en su lugar quedó una puerta abierta por la que podría pasar sin agachar­me

No me atrevo a moverme. La verdad es que tengo pánico de criatura. Cuando se aleja lo único que puedo hacer es rogar al cielo por que mi familia esté a salvo, resguardada, o que alguien más los tome bajo su protección. Quién sabe cuándo podré salir de esta trampa en que fui capturado un día. ¿Qué día?... No lo sé. Ahora todo es confuso... Lo último que recuerdo es que salí a buscar el sustento para mis hijos y de improviso el cielo se me desplomó encima, sentí unos ruidos extraños, además de que alguien jadeaba con excitación. Un buen rato estuve a oscuras bajo lo que creí la más terrible tormenta de mi vida. Nadie me socorrió por más que grité y pedí auxilio mil veces hasta perder el sentido. Después me desperté y me supe prisionero en esta jaula circular, tan transparente como el cielo. Cierto que no me asfixiaba como en la otra, que era una especie de caparazón, ¡ah!, ¡qué sé yo que era!... A veces la vida tiene estas cosas. Cuando más dedicado está uno al trabajo, a la vida familiar, cuando menos uno se distrae con las cosas del camino, ahí te tiene que caer algo encima para que te despiertes. Un llamado de atención por parte de la vida. Estás hecho pare otras cosas, muchacho, me decía mi compadre... Ahora que lo pienso, además del trabajo está el sufrimiento, lo inesperado, la confrontación con el misterio. De vez en cuando cavilo en estas cosas, tengo tiempo de sobra para pensar en las arbitrariedades del destino, pero no dejo de pensar en mi familia, en mi mujer, en mis hijos todos pequeñitos, pequeñitos, confiados en que yo, su padre, voy rumbo a casa a llevarles alimento... Cuando la criatura viene, me echa comida y me mira con los ojos enormes, expectante, a ver si me gusta. Su comida es basura, pero me la como. Me la como porque si quiero volver a ver a mis hijitos tengo que sobrevivir. Tengo que sobrevivir. Tengo que sobre­vivir a toda costa.

En todo este tiempo estuve pensando lo peor. No puedo pensar de otra manera. Recuerdo cuando mis hijitos eran pequeños y su mamá los alimentaba... Cuando dieron sus primeros pasitos y, sobre todo, recuerdo el día en que me uní a mi mujer, el día del banquete nupcial que festejamos cerca del jardín de los naranjos, todo lleno de flores, al aire libre, todos reunidos en familia bajo el sol. ¡Quién sabe que estará haciendo ahora!...Seguro que su primo la estará cortejando, ¡ella es tan linda! Hasta su propio la cortejó un día, de tan linda que era. Pero ella se les negó a todos excepto a mí, No sé qué me vio... Tal vez mi instinto paternal la atrapó en seguida. Tal vez la sedujo mi amor por el trabajo, mi voluntad y mi esfuerzo. Después empezó a parir a mis hijos uno tras otro. Daba gusto ver como paría a tantos negritos. Me encantaba cuando jugábamos y se me trepaban a la espalda a la mañana. ¡Cómo se reían alborozados cuando les rascaba las pancitas!... ¡Qué tiempos aquellos!... No sé si a estas alturas la mamá esté sola o si tal vez algún rival se le ha acercado... Seguramente ya se la esté montando otro y ella acepte apesadumbrada por la comida para nuestros hijos... Tal vez a estas alturas ya esté deses­peranzada... Pero yo, ¿qué puedo hacer?...

Ya deben haber pasado varias semanas. De golpe me siento enveje­cido. Mis hijos estarán grandes ya, si no esperaron por mí, porque si se quedaron esperando por mí... ¡ay!...

Cuando iba a largarme a llorar, la criatura volvió a mostrarme sus ojazos en la jaula trasparente. Me mostraba sus dientes. No sequé preten­día, si lo hacía para amenazarme con comerme o si era una especie de risa. Nunca pude comunicarme con el bicho. Sé que no es inteligente. Si lo fuera habría tenido en consideración que mis hijitos podían estar murién­dose de hambre.

Mientras me dejaba llevar por el corazón, mientras lloraba mi des­ventura en silencio, se abrió la jaula transparente. ¿Qué se supone que haga ahora?... Tal vez... ¿Tal vez me estará invitando a salir...? Pero, ¿y si es un engaño para darme muerte?... ¿Me arriesgo?... ¿Salgo o no salgo? ¿,Salgo o no salgo?...

Me arriesgué.

Lentamente salí como pude de la jaula trasparente, pero ahora el cuerpo no me respondía como antes. Estaba todo endurecido. Sentí el evento de la muerte muy cercano, cercano sí, porque el ambiente olía diferentes y apenas tenía fuerzas para tomar el aire...

Cuando por fin salí temeroso, el camino estaba despejado. Todo era verde de nuevo en el jardín lleno de flores de naranjo, pero yo temí alguna jugada  inesperada, así que, me quedé quieto, esperando lo peor, pero tomé otra vez el desafío de enfrentarlo a la cara y  alcé los ojos hacia el…

Entonces la criatura hizo algo inesperado. Acercó un enorme tentáculo rosado y lo deslizó suavemente por mi caparazón como si me acariciara, cimbreó mis antenas como un compadre y me permitió morir con digni­dad, bajo una hoja de naranjo.

DE: CUENTO INÉDITO.

 

 

ASTOLFO, EL ROMÁNTICO

 

Cuando me dieron la noticia estaba comiendo un asado en casa de unos amigos. Mi perro: se había suicidado. Había nacido con el raro clon de la palabra, pues el canino hablaba, sí, hablaba y debo admitir que en un castellano muy culto. Claro que pronunciaba un poco fuerte la erre, pero eso era un detalle, una nimiedad que uno podía disculpar, ya bastante era que hablara.

El temafue que, siempre se sintió extraño con los demás ejemplares de su especie. Se sentía incómodo. En su familia le ladraban mal por esto. Los perros de la esquina le aullaban con tirria cuando él pasaba recitando Las flores del mal, de Baudelaire o cuando cruzaba el mercado para comprar el periódico -el cual leía asiduamente-, en lugar de revolcarse en el fango como los demás, o lanzarse sobre alguna perra, o husmear entre la basura. No. Él no era de esos. Tenía su propio estilo. Poseía una innata actitud comunicativa; gustaba del vicio de la palabra.

Salía a la calle y se sentaba sobre algún promontorio para estar más alto que los demás, y, por ejemplo, declamaba con hidalguía de poeta, apasionados fragmentos de Las cuitas del joven Werther, de memoria. Le miraban perplejos los gatos sobre el tejado, no sabiendo si huir o quedarse a escuchar. Los transeúntes que pasaban, creyéndose locos al escucharlo hablar fingían no oírle. ¡Ese era mi perro! Un rubio collie, pastor escocés, pastor de sueños diría yo, por quedarse a la noche a contar las estrellas mientras las miraba ensimismado.

Recuerdo la impresión que le dio cuando le regalé por su cumplea­ños EL ROMANCERO gitano de García Lorca. Ya era entrada la noche y caía un diminuto rocío. Lamió con suavidad  la tapadura de cuero y, de pronto, tuvo un arranque de llanto.

-¿Qué te pasa Astolfo?-le pregunté-. ¿No te gusta?-suspiró y me dijo:

-Síii...solo que... tiemblo de angustia por no tener una boca para besarlo-, y lanzó otro suspiro.

¡Ah!, ¡era todo un poeta, mi chico! Era dulce, como el cocido que­mado y tierno, corno una torta de miel. Pero me preocupaba lo emotivo que era. Tenía miedo de que un día, esto le afectara al corazón. Siempre me temí eso. ¡Era tan sensible!

Dormía, por supuesto, que en la biblioteca. Era su lugar favorito. Le mandé hacer una cama de madera al estilo Luis XV, finísima y pequeña. Me lo agradeció simplemente asintiendo con su cabeza. El sabía que se lo merecía. Cuando tenía insomnio por las noches, presa del febril divague de sus pensamientos, asechaba las estanterías de los libros con devoción casi mística.

Siempre tuvo dudas de que en realidad, no hubiera existido EL COLO­QUIOde los perros. Añoraba hablar con otros iguales a él, pero era en vano. Yo insistía en que El coloquiode los perros, no fue más que el producto de un dolor de cabeza, después de una noche de juerga con alcohol, de Cervantes, pero él insistía:

-¡No puede ser!, ¡esos individuos existieron!-,terciaba él, refirién­dose a los perros, claro.

¡Qué personalidad que tenían!

Y se quedaba de pronto en silencio divagando. Cuando caía en esos estados de excelsitud interior, yo... no lo molestaba, había que respetar al genio.

En aquella noche fatal... que me duele en el alma volver a revivir, empezó todo. Vinieron algunos compañeros de trabajo a casa y le escucharon defender con brillantez, y justificar con una lógica sobrehumana El príncipe, de Maquiavelo. Mis compañeros de la fábrica de bolsas plás­ticas, sabiéndose incapaces de comprender a Maquiavelo y menos "a ese creído de Astolfo", como los oí murmurar a mis espaldas, empezaron poco a poco a emplear las ironías y las burlas para tapar con un orgullo imposible y jactancioso, su desenfundada ignorancia. Le dijeron que por ser un buen perro, no podía darse cuenta de que Maquiavelo, era un mal hombre. Noté que le había dolido en el alma, no que aquellos hombres no lo entendieran, sino, que lo trataran de perro.

A la noche, cuando se fueron todos, lo vi cabizbajo apoyar su hocico con pesada melancolía sobre el brazo del sillón, y mirar con tristeza como el fuego en la chimenea consumía la quebradiza leña para siempre. Le hablé, traté de darle ánimos:

-¡Pero viejo!, ¡te vas a dejar llevar por lo que dicen unos simplones! Los hombres no saben nada, Astolfo. A veces, no ven lo que existe, y a veces, ven sólo lo que creen.

-Síii... -mc dijo él, suspirando, y luego se quedó callado. Y esa fue la última vez que escuché su voz. Luego, me hicieron llegar este poema de despedida, que, como dijera Campoamor He leído más veces en mi vida, que cabellos contiene mi cabeza:

Me voy.

Mi dolor es inefable, mi pena umbría.

Soy un, sueño escapado sin ser ni vida.

Bajo la luna llena tuve un sueño

y se murió quemado, como un leño.

No dejo a este mundo de frenesí

¡él, me hizo a un lado!, i me dejo a mí!

La vista se me nubla, mi corazón llora.

Dejo mi adiós, despacio y lento, como la aurora.

Mi espíritu se escapa de todos modos,

como una pluma que naufraga por el aire...

¡Ay! ¡Ya siento el frío de la tarde!

¡Me voy! Los amo a todos.
 

               Una firma más abajo decía:

Fui yo. Astolfo.

Me trajeron su adiós manchado de sangre. Me contaron que bajo su pecho había un ejemplar de las Rimas y leyendas de Bécquer, y una pistola. Estaba señalando la página abierta del libro en la rima XXVIII. Una copa de cristal, yacía rota e incrustada bajo su pecho por el que la sangre se había escapado, con la timidez de un pichón que apenas vuela.

       Sí, ¡ese fue Astolfo!, y fue uno de los tantos románticos que murie­ron por culpa del corazón. Por eso ahora yo también me voy. Mejor es no saber nada, no pensar nada y no querer a nadie. Por eso, tomé los huesos del asado que dejé en el plato y me los fui a enterrar al monte, mientras ladré con rabia y con dolor, a la cara pálida de la luna.

 

 

EL VENERABLE, LENTO, ETERNO Y LARGO CONSEJO DE ANCIANOS

 

Los ancianos ya eran eternos. La Muerte se sentía tan  segura que no se tomaba apuros y vagaba asida al cordón de plata del alma de aquellos, con paso tan quedo y florido, como el de una madrina que lleva el tul de una novia en el cortejo nupcial.

Ermitaños, ocultos del sol, desde las frías torres de la catedral gótica erguidas como finos dedos en su místico intento de tocar a Dios-, pasaban  las horas procurando a toda costa revivir el pasado, pues no podían existir sino tras la sombra difusa de los recuerdos.

Recordaban su juventud, los lugares conocidos, los estados menta­les experimentados. Las horas vertidas escrutando a sus espíritus bajo la contención de alguna sala oscura, solo iluminada de a ratos por ocasiona­les pensamientos fugaces y elevados, y por sobretodo; intentaban recor­dar quienes habían sido, porque una prominente ceguera interior ya les empezaba a impedir ver quiénes eran ahora. Así que en lugar de ir a tientas con un bastón, se manejaban por sus instintos al confrontarse con la ca­sualidad de algún espejo. Nunca se apuraban en tomar decisiones ya que si algo los abrumaba con vergonzosa culpa, era el temor del desacierto, de la equivocación.

El más viejo de todos, el que más socavaba la cercanía de lo eterno, los había convocado aquella mañana. Pero no se había apresurado en hacerlo ya que la reunión había sido impuesta en el orden del día desde hace... diez años atrás. Sus largos cabellos blanquecinos lo cubrían como telarañas, y bajo las pobladas cejas blancas, velaban unos ojos oscuros como el carbón, como el carbón chispeante que todavía alberga alguna llama viva y procura retenerla todo lo que puede, porque sabe lo que le sobreviene después.

-¡Hermanos de las Santas y Sagradas Leyes!, ¡no se apresuren! El día ha llegado. Es hora de escuchar la respuesta, la que hace tan solo, tres décadas atrás, venimos rondando- y los contempló por un momento... largo, extenso.

Eran más de treinta ancianos de blancos cabellos y todos de rostros surcados por honorables arrugas. Sus larguísimas túnicas de un pálido marfil, quietas, silenciosas y delgadas, daba la impresión de hacerles ver en su conjunto, como un montón de velas viejas encendidas para dar luz a un entierro.

Tanto duró ese momento de contemplación, que el diácono más cercano, un poco titubeando por la irreverencia, se acercó a tocarle el brazo, pensando que se había dormido, pero instantáneamente reaccionó y con voz ceremoniosa y noble, se volvió a dirigir a aquellos:

-La gran respuesta es... es.„ ¿Cuál... cuál es... la gran respuesta?

Hubo un leve murmullo. Nadie la sabía. Algunos encogieron los hombros y se rascaron la cabeza. Otros movieron los dedos de los pies, porque el esfuerzo de la mente por encontrar el azaroso esplín de algún pensamiento había comenzado a mover su circulación sanguínea y ya les daba hormigueos. Pero hubo un aventurado que sí la sabía, y pidiendo permiso se acercó al altar y dando un salto frente a las mismísimas barbas del Superior, profirió:

-¡Yo sé, yo sé, yo sé, yo sé! ...

-¡¿Qué'?!... ¡¿Qué?! -exclamó sobresaltado el Superior, debido a la voraginosa rapidez del acólito.

-¡La gran respuesta! ¡Yo la sé, Gran Maestre!

-¡Ajá!, ¡Pero ven, ven, pasa, hijo mío!, ¡acércate!, ponte enfrente de iodos para que te vean... ¡Dinos a todos!... pero... ¡pero tú pareces ser muy joven todavía!, ¿qué edad tienes? No pareces tener más de setenta años, aún la lozanía baña tu rostro, ¡será bueno para todos escuchar otra vez una voz de frescura! ... Pero ante todo, preséntate al venerable conse­jo.

-Mi nombre es Pedro.
-¿Pedro? ¿Pedro... qué más'?, esa no es una respuesta adecuada.
-Solo Pedro. No hay más.

-¡No puede ser!... ¡no puede ser!... ¡debe haber algo más! Pedro, es una palabra demasiado, demasiado corta, breve, rápida, que no dice nada ¡Qué podremos saber de ti con semejante nombre? Todos los grandes sabios saben que el nombre revela al espíritu del ser, ¿o te escon­des, de alguien, acaso?

-¡No Gran Maestre!, simplemente, mi nombre es Pedro.
Pero el gran Maestre replicó:

-Sin embargo, insisto que no puede ser... fíjate en mi nombre, por ejemplo:, Edmundo Rigoberto de las Hojas Sueltas del Fresco Otoño armonioso del Espíritu Santo de la Perplejidad González... ¡Ese es un nombre! Y tú... ¿Cómo has dicho que te llamas'?

-¡Pedro!

-¡Ajá! Es extraño. Es rápido y muy corto. ¿Ves? Tu nombre no me dice nada de ti. ¿Desde cuándo te llamas así, hijo mío'?

-Solo desde mi nacimiento, venerable hermano.

-¿Ves lo que te digo? ¡Eres muy joven todavía! Parece que naciste ayer y todavía no ocurrió nada con tu santa vida... Me preocupa. ¿Qué has estado haciendo durante todo ese corto tiempo, hijo mío? ¡Pero ven!, ¡ven!, ¡acércate! ¡Ponte enfrente de todos! ¡Que todos los venerables ancianos te puedan contemplar a su antojo, con calma y con paciencia! Eres muy curioso, mi querido... mi querido... Mm... ¿Cómo has dicho que te llamas?

-Pedro.

-¡Ah!... ¡sí! -exclamó, haciendo una mueca de dolorosa compa­sión.

Los venerables lo observaron desde una distancia de pensamientos en que la brújula del espacio recorrido se había olvidado de los puntos cardinales, y no encontraba como enfocar la estimación de aquella distan­cia, trazada desde su interior hasta el altar. Al final, los ojos de todos se apoyaron en una única mirada que hizo el esfuerzo voluntarioso de tocar la figura del hermano Pedro, y exclamaron al unísono un profundo y lento "¡Oooooh!"...

-¿Ves, querido hermano?, los ancianos están impresionados conti­go. ¡Lúcete con la graciosa verbalidad de tus palabras y dinos lo que has venido a decir!...

Pero cuando el hermano Pedro abrió la boca para hablar, éste le interrumpió:

-Sabemos, venerables, que el día de hoy, no es un día cualquiera, y no lo será, ya que lo que hoy escuchemos dejará una marca en nuestro pensamiento, como la huella que deja el viento en los médanos de are­na...

Muchos hicieron gestos de aprobación, algunos con la cabeza, otros con las orejas. Algunos bostezaban porque al escuchar aquel: "¡Oooooh!", se habían despertado

-La respuesta es... -exclamó el hermano Pedro, insistiendo. -¡Y... tenemos... hermanos míos... -interrumpió otra vez, el Gran Maestre--, la responsabilidad de prestar atención al sonido de unas pala­bras tan movedizas como el agua!, ¡pero cuidado!, ¡que no quite la mo­vilidad, la quietud del espíritu que medita!, nada de nerviosismos, nada de alteraciones, nada de ansiedades...

-¡La respuesta es... -volvió a exclamar el hermano Pedro.

-¡Un momento! ¡Un momento!-volvió a interrumpir el Gran Maes­tre-. ¿Estás muy seguro de lo que vas a decir, hijo mío?, ¿lo has pensado ya lo suficiente?, ¿seguro que no necesitas quince o veinte años más? Eres muy joven todavía y temo que tu respuesta sea algo impetuosa y apresu­rada...

-La respuesta es... ¡Sí!

Ante tamaña respuesta todos exclamaron asombrados: "¡Oooooooooooh!", y el aire se tensó de murmullos... ¡La respuesta es sí!, ¡La respuesta es sí!, exclamaron de unos a otros, los aterrados herma­nos, y se sacudieron ante el susto y se bambolearon de tal manera que tuvieron que asirse al brazo del que estaba más cerca. La palabra lanzada al aire, fuerte, rápida y segura, les cayó como cae un hacha filosa sobre un tronco caído que aun moribundo tiene una inesperada sensación y exhala un débil quejido, más que de dolor, de asombro, pues le hace notar que aún está vivo y para lo único que le sirve es para perturbarle con la idea de que se acerca su fin.

-¡Mi Dios! ¡Sálvenos, Santos Profetas de la Ley!

Se oían clamores de piedad, se buscaba el auxilio de todos los santos. La exasperación colmó el espacio, los sagrados ancianos transpiraron. Muchas más arrugas nacieron en aquel momento. A algunos les faltó el al aire y se volvieron de pronto hipertensos. Otros estuvieron al borde de un paro cardíaco y entonces: reinó el caos...

Dícese, que la Muerte, que desde antaño esperaba para llevárselos a todos, abrió un ojo (porque ya estaba casi dormida), sentada en una silla al costado del recinto, y sonrió... ¡Hasta comenzó a levantarse del asien­to! ¡A un paso estuvo de parase y tocarlas vidas de los que ya le parecían eternos!, pero se contuvo todavía, tal vez porque el Gran Maestre, en ese preciso momento alzara la mano para hablar, o tal vez, porque estar espe­rando sentada tanto tiempo, le había producido un calambre inesperado en una pierna...

-¡Hermanos míos, cálmense!, ¡No derrochen tan vanos murmullos y clamores de espanto!, ¡les ruego a todos!, pues, pesca la ligereza con que el hermano ¡Pedro!, abusa de la economía de las palabras, falta el respeto al espacio, exprime la hondura del tiempo como si la quisiera beber toda en un segundo: ¡no existe... tal... motivo... de alarma!

-¿Por qué no?-interrogaron los ancianos incrédulos.

-¿Porqué no?-preguntaron los ecos de las altas torres de la catedral.

-¿Por qué no?-se escuchó decir desde su boca de ultratumba a la misma Muerte, visiblemente asombrada, todavía acalambrada en una silla.

-Porque... porque-empezó a explicar el Gran Maestre, y con una vetusta y alegre sonrisa de alivio, respondió--: ¡Porque aún... no he hecho la pregunta!

DE: ESPERANDO EN UN CAFÉ

(Asunción: Editorial Servilibro, 2004)


 


Fuente: LITERATURA INFANTO-JUVENIL PARAGUAYA DE AYER Y HOY. TOMO II (K – Z).

TERESA MÉNDEZ-FAITH, INTERCONTINENTAL EDITORA S.A. 

Asunción – Paraguay, 2011.

 

 

 

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