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SUSANA GERTOPÁN


  EL NOMBRE PRESTADO, 2005 - Novela de SUSANA GERTOPÁN


EL NOMBRE PRESTADO, 2005 - Novela de SUSANA GERTOPÁN

EL NOMBRE PRESTADO

Novela de SUSANA GERTOPAN

Dirección editorial: Vidalia Sánchez

Diseño de tapa:

BERNARDO ISMACHOWIETZ

Editorial Servilibro,

Asunción-Paraguay, 2005

Edición digital:

BIBLIOTECA VIRTUAL MIGUEL DE CERVANTES



a Esther Brom,

a todos los que como ella lograron sobrevivir al holocausto,

y a los que quedaron, allá lejos.


                                                             

                                             «El hombre libre en ninguna cosa


                                             piensa menos que en la muerte, y


                                             su sabiduría no es una meditación


                                             de la muerte, sino de la vida».




                                                                           Baruj Spinoza


 

- I -

 

     Volví de la universidad como todos los atardeceres, cansado y hastiado de tanto trabajo. Cada vez me resultaba más difícil desarrollar mis clases, por la falta de interés y atención de los alumnos, característica propia de la juventud de esta década.

     Abrí la puerta de mi departamento y sin encender la luz, bajé mis cuadernos sobre el escritorio. Así, casi a oscuras, puesto que desde afuera entraba una tenue claridad, caminé hasta el balcón con mucho cuidado para no tropezar. Siempre que llegaba a estas horas a la casa, y en tales condiciones, repetía lo mismo, iba hasta ese lugar. Necesitaba aire puro, y luna. Pasaba largo tiempo observando el mundo desde ese pequeño espacio.

     Descorrí la cortina y abrí la puerta. Era una noche tibia la de aquel último viernes de setiembre. Miré la calle, a las personas que andaban, algunas con pasos ligeros, otras con pasos lentos, de diferentes edades y condiciones, hombres, mujeres, niños, ancianos, mendigos parados en las esquinas, evidenciando sus miserias, artistas harapientos ofreciendo su música, ofertando su arte como en una improvisada subasta callejera. Automóviles de todo tipo, grandes, pequeños, lujosos o estropeados circulaban a gran velocidad, abriéndose paso con luces altas y bocinas estridentes. La avenida estaba ruidosa, congestionada de gente, de olores, de atropellos, de pobreza, de dolor, de alegría, de vida.

     Era casi final de semana. Algunos caían rendidos en el sopor del cansancio, otros, en la euforia previa a un feriado. Levanté la vista y me distraje con las luces de los letreros. Luces que dormitaban y despertaban como si no se resignaran a desfallecer. Subí la mirada y me encontré con el cielo. Por fin el cielo, aquel cielo con luna. Una luna novísima, lúcida y arrogante. Respiré hondo como si liberara una congoja. Quise permanecer allí, en aquel espacio pequeño, por siempre, pero el teléfono sonó y mi deseo se interrumpió. Despacio, sin apuro, caminé hasta el salón, tomé el tubo y respondí la llamada.

     -¡Hola! -dije con desgano.

     -¡Hola! ¿Iósele?

     -Sí, papá, soy yo.

     -¿Cómo estás, hijo?

     -Bien, papá.

     -¡Qué suerte, Iósele! Gracias a Dios. ¿Pero me lo dices de verdad o para no preocuparme?

     -Te lo digo de verdad. Estoy bien.

     -¿Te olvidas qué día es hoy?

     -No, no lo olvido, es viernes. Tampoco me olvido la hora, son las ocho en punto de la noche.

     -Hijo. ¿Ya prendiste las velas?

     -Papá, las velas del viernes las prenden y las rezan únicamente las mujeres, y acá no hay ni una sola mujer. ¿O no te acuerdas que vivo solo? Además está escrito: «Sólo a través de la mujer las bendiciones de Dios son concedidas a una casa».

     -Igual, Iósele, igual tú las puedes prender. O si no, ¿cómo sabes que es viernes a la noche? ¿Cómo diferencias ese día de los otros días?

     -Tienes razón, papá. Cuando corte la comunicación, voy a prenderlas y bendecirlas. También bendeciré el pan y el vino.

     -Si molesto, hijo, te llamo más tarde, o mañana, no quiero interrumpir tu trabajo.

     -No, papá, no interrumpes nada, además, estaba esperando tu llamada.

     -Sabes, Iósele, que faltan unas semanas para Rosh Hashaná (1) y como acá no hay ni un solo shil (2) cerca, quería saber si puedo ir a tu casa unos días. Te prometo, hijo, que no voy a molestar.

     -No tienes que pedirme permiso, papá, todos los años pasamos juntos esa fiesta. Además esta también es tu casa.

     -Esa fue mi casa, hijo, ahora es tuya, yo te la regalé.

     -Papá, cuando quieras venir, llámame y yo voy a buscarte.

     -Entonces yo te llamo cuando voy, así me vas a esperar.

     -Solamente me avisas qué día llegas y en qué tren.

     -Te olvidas, Iósele, que nunca subo a un tren.

     -Sí, pero me parece que ya tienes edad de perder el miedo a los trenes.

     -No es miedo, es otra cosa.

     -Bueno, no importa, ven en lo que tú quieras, pero llámame, y si no estoy en casa, deja un mensaje en el contestador.

     -Si no estás, yo te vuelvo a llamar, yo no hablo con máquinas, hijo.

     -Está bien papá, yo espero tu llamada.

     -Pero si voy a molestar hijo, no voy, me quedo y el año que viene, si Dios quiere pasamos juntos, yo por eso no me enojo.

     -Papá, yo te espero, y por favor, no te preocupes por nada.

     -Entonces nos vemos pronto, Iósele.

     -Así es, papá.

     -Adiós, hijo.

     -Adiós, papá.



     Hacía más de veinte años que mi padre se había ido a vivir a un pueblo pequeño en las afueras de la capital. Después de cerrar su negocio, decidió mudarse a una casa. No quería volver a saber nada de los espacios pequeños. Buscaba un patio, aire para sus pájaros y sol para sus plantas. Nunca terminé de entender aquella decisión de ir tan lejos, y a un lugar tan inseguro, sobre todo para un hombre de su edad, casi anciano. Tampoco entendía su terquedad de viajar siempre en colectivo, pudiendo hacerlo en tren, en menos horas y más cómodamente, pero intentar persuadirlo de que estaba equivocado era igual que creer que el Mesías estaba por llegar.

     Conecté el contestador automático, y fui hasta la cocina a fijarme en el calendario hebreo, cuánto tiempo faltaba aún para la festividad de Rosh Hashaná. Me quedaban un par de semanas. Suficientes para arreglar el departamento, dejarlo limpio y encontrar un lugar cómodo para mi padre.

     Cada vez que él me visitaba para mí significaba un desgaste físico y emocional enorme y después de su partida quedaba exhausto. Siempre discutíamos sobre lo mismo, mi profesión, mi trabajo o mi estado civil, ya que él nunca aceptó que yo, siendo un sociólogo, carrera que tampoco entendía de qué se trataba, me ganara la vida dando cátedras de literatura y de filosofía en una universidad, o también que después de haber estudiado periodismo, trabajara como columnista cultural en un diario vespertino poco leído. Sobre todo le disgustaba que me dedicara a escribir poemas, cuentos, y una novela que siempre estaba en proceso de creación. Para él los escritores éramos personas con mucha sensibilidad pero con poca inteligencia. Tampoco entendía mi fuga de la religión, y el tiempo que estábamos juntos lo utilizaba para censurarme sobre mi carrera, mis trabajos, mi nombre, mis ideas, mi escritura, y sobre todo por amar a Laura.

     La conversación con mi padre me dejó con cierto nerviosismo y ligeramente ansioso. Durante mucho tiempo hice lo posible e intenté de diferentes maneras mejorar mi relación con él, inventando diálogos, escuchando atentamente sus relatos, y hasta traté de prestarle más atención a su salud, pero continuamente caíamos en interminables e irreconciliables discusiones.

     Sentí un vacío en el estómago y decidí prepararme algo de comer. Fui de nuevo hasta la cocina, abrí la heladera y elegí dos huevos para hacerlos revueltos. Aquella receta me hizo recordar a mi madre. Ella siempre me preparaba huevos revueltos, y a veces le agregaba papas o cebollas. Me senté a la mesa, frente al plato de comida, y cuando llevaba el tenedor a la boca, distraje la mirada, como si buscara a alguien. Dejé los cubiertos en el plato y volví a sentir algo extraño. Oía una voz. Era como si alguien me hablara. Di vuelta el rostro y no encontré a nadie. Tuve miedo, sentí mucho miedo, miedo de caer de nuevo en la trampa que me tendía la soledad. No, no quería volver a caer en aquel estado. Entonces decidí salir.

     Yo vivía en el quinto piso de un edificio sin ascensor, y con un portero que sólo trabajaba medio turno. Mi departamento era el único ocupado de ese piso.

     Era un barrio muy particular, donde el dueño de la farmacia era judío, el verdulero era judío y la dueña de la confitería también era judía. En aquel lugar se habían radicado muchas familias de inmigrantes que llegaron de Polonia, de Rusia, de Alemania y de otros lugares de Europa. De pronto uno se cruzaba con personas que hablaban en yiddish (3), o con religiosos ortodoxos que parecían haber venido de Meashearim (4). Cuando se acercaba el viernes o alguna importante festividad, el viento traía olor a pescado, a cebolla frita y a torta de miel. Fue por esa razón que mi padre había comprado el departamento en ese lugar hacía mucho tiempo atrás. Él necesitaba estar cerca de sus paisanos para sentirse seguro.

     Bajé despacio, escalón por escalón. Me detuve en todos los pisos, y parado frente a la puerta de cada departamento traté de adivinar, como en un juego de acertijos, qué podía estar sucediendo detrás de cada una de ellas. Pensé que quizás en algunas habitaba la soledad, tal vez en otra la alegría, el desamor, o la tristeza. En el cuarto piso me crucé con una mujer que vivía sola con su perra. No tenía marido ni hijos, pero sí un animal tan viejo y tan feo como ella, a quien rigurosamente sacaba a pasear todas las mañanas y todas las tardes, aunque lloviese o cayeran granizos. Nos saludamos amablemente y después yo seguí mi descenso. En el departamento «A» del tercer piso vivía Don Samuel. La suya era la única puerta de todo aquel edificio que tenía clavada una Mezuzah (5). Era un hombre viudo que había venido de Europa, según me contaron, en el mismo barco en el que vino mi padre, y por ello, desde entonces, eran amigos. Cuando nos encontrábamos me obligaba a visitarlo. Siempre tenía alguna comida o bebida para ofrecerme o algunas historias que contar sobre Nalevki, una perdida calle de Varsovia, antes de la guerra. Don Schmuel como lo llamaban sus amigos, ya no trabajaba. Vivía de su jubilación y la mayor parte del día pasaba en el bar buscando a quien relatar sus recuerdos, o discutiendo de política con José, o con Carlos, el dueño del bar. Cuando la estación se lo permitía iba hasta el parque a jugar dominó o a las cartas con algún otro jubilado como él. En las noches escuchaba ópera con el volumen más alto del tocadiscos y no había forma de persuadirlo de que lo bajara. Igual que mi padre, iba a casa de sus hijos solamente para la celebración de alguna festividad o para la fecha de su cumpleaños. En el departamento «C» frente al de él, vivía una pareja de recién casados. Siempre se los veía reír y besarse. Todavía eran felices.

     Bajé al segundo. En ese piso vivía una joven bonita pero muy tímida que había venido sola desde el interior del país a estudiar en la capital. En el departamento contiguo habitaba también una joven sola, que continuamente recibía visitas de personas extrañas y que todas las mañanas, antes de ir a trabajar, se perfumaba con una colonia de aroma muy fuerte.

     Seguí mi descenso. En el primer piso me encontré con dos niños que volvían del parque. Uno de ellos llevaba una pelota en las manos. Los vi y les envidié la edad y su condición. Vivían con sus padres y con dos hermanas más pequeñas. Eran, igual que yo, los únicos inquilinos que habitaban ese piso. El otro departamento, el «A», estaba desocupado desde que su dueño falleció, y el «B» lo utilizaba una famosa imprenta como depósito de papeles. En la planta baja estaba un local en el que había un negocio de venta de colchones, y otro de venta de electrodomésticos.

     Salí a la calle, caminé unas cuadras y me detuve a comprar cigarrillos antes de llegar al bar, el único lugar seguro donde mi soledad no era atacada por la melancolía y donde calmadamente transcurrían mis horas con la lectura de algún libro o periódico, o de lo contrario me enredaba en discusiones que se improvisaban durante las interminables tertulias de los escritores que se juntaban todas las noches en aquel lugar. En otras ocasiones me detenía a mirar simple y pacientemente, irse el tiempo, desde la ventana.

     Entré y ocupé la mesa del centro. Pedí un café, pero antes de que el mozo me lo trajera se sentó a mi lado José, un viejo profesor de violín, judío que había pertenecido a la intelectualidad rusa y que todavía creía en la ideología política de Trotsky y en la revolución Bolchevique. Era uno de esos rusos que seguía prendido a la teoría de que el comunismo era la única salvación para los medios de producción y para la clase obrera, y creía además que con la supresión de las clases sociales la pobreza iba a desaparecer y el hombre dejaría de sufrir hambre definitivamente.

     Los dos pedimos café y como de costumbre discutimos de los temas habituales. En otra mesa se encontraba una pareja tomada de la mano y hablándose al oído. En otra estaban sentados tres poetas frente a unos cuantos libros y periódicos, esperando al resto para empezar la tertulia.

     Pasada la media noche, José y yo decidimos terminar con el café, los cigarrillos y con la conversación, cuando de pronto entró al bar una niña que iba prolijamente vestida. Llevaba el pelo suelto y un ramo de flores en las manos. Todas eran rosas, de tallos largos, muy largos, envueltas cada una en papel celofán y acompañadas de unas hojas de ilusión. Tímidamente se acercó a las mesas a ofrecer a cada hombre una flor.

     -¡Para su amada! -decía, mientras sus ojos grandes y negros recorrían los platos buscando restos de comida.

     A mí no me ofreció, como si adivinara mi estado. Me despedí, pagué la cuenta y salí.

     Regresé a mi casa cansado y con deseos de dormir. Antes de acostarme tomé un libro sobre la hipnosis de Charcot. Siempre me interesó aquel método de acercamiento al inconsciente. Quedé atrapado por aquel tema, hasta que por la claridad que se filtraba por la ventana, noté que estaba amaneciendo. Para poder descansar me levanté, descorrí la cortina, apagué la luz del velador y volví a la cama. Me cubrí con la sábana y por debajo, con la mano, toqué suavemente el ancho, frío y vacío espacio que me rodeaba, aquel espacio en el que me encontraba solo y desvelado. Extrañaba a Laura.

     Me levanté cansado y con mucha tos, después de un oscuro sueño. Fui a tomar un baño, pero antes me miré en el espejo del botiquín, el único espejo en toda la casa. Siempre pensé que una casa donde vivía un hombre solo era simplemente eso, una casa sin gracia y en desorden. Por el contrario la casa donde habita una mujer, es un hogar. Mi piel y mis dientes tenían el tinte amarronado que deja la nicotina. Cada vez que me levantaba con aquella tos desagradable, prometía dejar de fumar desde ese mismo instante, pero después de tomar el desayuno, que consistía en una rigurosa taza de café negro y fuerte, no concebía empezar mi mañana sin un cigarrillo. Después era otro y otro, y al final del día era una cajetilla, o tal vez más.

     El olor a comida y el ruido de la familia del primer piso terminaron de despertarme. Era terrible vivir en un edificio de departamentos donde habitan muchas personas, puesto que uno se ve obligado a recibir y a sentir diferentes ruidos y olores, aunque yo ya estaba acostumbrado a este tipo de agresiones. De tanto convivir con ellos, los reconocía con mucha facilidad. Identificaba la colonia de mi vecina del segundo «B», con la que se rociaba todas las mañanas antes de ir a trabajar, o el barullo infernal que hacía la familia que vivía en el primero cuando los niños mayores se preparaban para ir a la escuela todos los días. Junto a los gritos de su madre, eran un real tormento sumado a los ladridos de la perra del cuarto cuando la dueña se atrasaba en su paseo habitual.

     Más tarde, entonces la mañana tomó su ritmo y las personas sus compromisos, yo me senté a trabajar, frente al papel blanco, desafiante y limpio. Y como estaba atrasado con la entrega de los artículos decidí dedicarme solamente a ellos, a poner al día mis comentarios sobre algún libro escogido por mí y también sobre los últimos libros lanzados, novelas, ensayos y poemarios. Pero de pronto frente al teclado de la máquina de escribir pensé que durante todo ese tiempo que llevaba trabajando como periodista, jamás me propuse escribir sobre otros temas que no fueran estrictamente literarios, y sobre los que yo también tenía conocimiento, como ser el socialismo, el comunismo, el anarquismo, el liberalismo, derechismo, sionismo, como si temiera tocar temas políticos. Era un resabio de cobardía que nos quedó a todos aquellos que crecimos bajo la represión de las dictaduras de los gobiernos militares.

     Aparté aquella inquietud y volví a mi trabajo rutinario. Toda aquella mañana la dediqué a analizar el libro La estatua de sal de A. Memmi.

     Después de haber estado escribiendo aquella crítica, y de haber fumado durante un par de horas, sentí cansancio, y para distraerme salí de nuevo al balcón. Observé el día. Se había puesto particularmente oscuro y las calles también se hallaban increíblemente quietas, calladas.

     De nuevo pensé en mi padre y en lo que significaba su visita para mí.



- II -

 

     Suponer que los acontecimientos se desarrollarían de acuerdo a como uno los imaginaba siempre me pareció muy infantil, aunque más de una vez, siendo ya adulto, igualmente caía en la red de los deseos irrealizables. Creer que finalmente alcanzaría un buen entendimiento con mi padre era uno de esos ideales inalcanzables, igual que confiar en que él cambiaría de actitud durante su próxima visita.

     Siempre ocurría lo mismo. Una semana antes de su viaje me llamaba todas las noches para recordarme que tomaría el colectivo de las cuatro de la tarde y que dejaría a sus pájaros al cuidado de la vecina de enfrente y a sus plantas con la vecina de al lado. Esta vez me propuse no discutir con él y tratar de cumplir lo mejor posible mi papel de hijo, pues en definitiva serían sólo unos días los que compartiríamos.

     Nuestra relación nunca fue del todo buena. Cuando mi madre vivía, ella se encargaba de acercarlo a mí y también de ocupar su lugar en muchos aspectos, como si conociera alguna razón por la que él se comportaba así, razón que yo desconocía, que nunca percibí, y por la que se convirtió en un hombre ausente y solitario.

     De niño lo veía como a un señor extraño que nos visitaba diariamente a mi madre y a mí. Pocas fueron las veces en que estando solos los dos, él se preocupó de preguntarme sobre mis estudios o sobre mis gustos. Nunca jugó ni estudió conmigo. Tampoco aprendió el nombre de mis amigos, ni de la escuela a la que yo iba. Mi madre siempre encontraba la causa para justificar esas ausencias. Era el excesivo trabajo, o de lo contrario afloraba su dificultosa adaptación a Sudamérica, pero desde aquel viaje ya habían pasado muchos años. Además mi madre también era europea y nunca supe que ella hubiese sufrido dificultades con la adaptación.



     En realidad mi padre era una persona distante a la que pocas veces oí reír. Después de varios meses de no vernos, de nuevo nos encontraríamos los dos, él un anciano solo, queriendo mantener vivo al judaísmo en mí, su único hijo, y yo un hombre también solo buscando un espacio de libertad.

     Aquella madrugada me desperté antes de que el timbre del despertador sonara. Era muy temprano. Las luces de los letreros todavía alumbraban. En realidad no sé si desperté, porque seguía somnoliento y cansado, como si no hubiera dormido en toda la noche. Perezosamente saqué la mano por debajo de la frazada, bajé la perilla del reloj para evitar que sonara aquel chirrido tan molesto. Me fijé en la hora y aunque todavía faltaban algunas para ir a la terminal de ómnibus a buscar a mi padre, quedé pensando y preocupado porque el departamento se viera limpio y estuviera suficientemente arreglado. Faltaba controlar que en la heladera no hubiera restos de jamón ni de ninguna otra comida que no reuniera la pureza ritual de un alimento, pero seguí acostado, mirando aquel mueble que se encontraba frente a la cama mientras pensaba en lo difícil que me resultaba levantarme aquella mañana. Deseaba continuar así, con la mirada clavada en esa antigua cómoda, con el cuerpo en reposo, inmóvil, con la mente vacía y sin ninguna duda, pero tenía que movilizar mi cuerpo, dispersar mis dudas y concentrar mis ideas para enfrentar el día. Con gran esfuerzo me levanté, me vestí, me puse los anteojos y fui hasta el salón. Todo a mi alrededor estaba en total descuido. Intenté poner orden, pero por más que trataba no era posible arreglar aquel departamento. El desorden llevaba años. Algunos objetos estaban envueltos en una capa de polvo y cubiertos de telarañas. Había libros esparcidos por todos los lugares, en el dormitorio, en la cocina y en el salón, sobre la mesa, sobre el escritorio y hasta en el piso. Para dejarlo en buen estado necesitaría más tiempo del que disponía. El piso estaba convertido en un basural, en una inmensa papelera. Junté los papeles arrugados, vacié los ceniceros, ordené algunos libros. Luego fui a la cocina, lavé la vajilla sucia, tiré los restos de comida y en el momento en que estaba terminando de asear el dormitorio, sonó el teléfono. ¡Tan temprano! ¿Quién podría ser? Intranquilo, contesté:

     -¡Hola!

     -¿Iósele!

     -Sí.

     -¡Soy tu padre!

     -¿Qué te sucede papá?

     -¿No te olvidas que tienes que ir a buscarme, verdad?

     -¡Papá! Por favor, cómo me voy a olvidar que llegas hoy a las cuatro de la tarde y que dejaste a tus pájaros con una vecina y que otra vecina quedó al cuidado de tus plantas

     -Bueno hijo. Entonces nos vemos a las cuatro, si Dios quiere. ¿No necesitas nada? ¿Tienes todo?

     -Sí, papá. Tengo todo.

     -¿No quieres que te lleve un poco de queso? ¿O algunas frutas?

     -Acá hay todo, gracias.

     -¿No necesitas frazadas? Hace frío, hijo.

     -Papá, tengo que cortar porque estoy apurado. Me estaba bañando y salí mojado del baño.

     -Hijo ve, ve pronto y cuídate, pero cuídate de verdad, Iósele, para que no te tome una gripe, justo ahora que voy a visitarte.

     -Adiós, papá.

     -Adiós, hijo, y cuídate.



     Prendí un cigarrillo, y traté de no alterarme. Descorrí las cortinas, abrí las puertas, las ventanas y el sofá, para convertirlo en cama. Saqué algunas ropas de la cómoda y dejé suficiente espacio para las de mi padre. Siempre traía tanta que le alcanzarían como para usarlas en las cuatro estaciones.

     El teléfono sonó nuevamente. ¡No! No podía ser otra vez mi padre. No respondí. Conecté el contestador automático y me alejé.

     Inmediatamente después golpearon a la puerta, y como no la abrí, insistieron con el timbre. Una y otra vez sonaba y sonaba.

     -¿Quién? -pregunté.

     -Yo -respondió una voz de mujer.

     -¿Quién eres?

     -Soy Lili, la del segundo.

     Abrí la puerta.

     -Entra -dije-, pero disculpa el desorden, estaba arreglando el departamento porque hoy a la tarde llegará mi padre de visita.

     -No te preocupes. Mi teléfono no funciona y quisiera usar el tuyo, si me lo permites.

     -Adelante, ahí está.

     La dejé sola para que hablara con tranquilidad, pero a los pocos minutos de nuevo escuché su voz llamándome:

     -¡Alejandro! ¡Alejandro!

     -¿Qué pasa?

     -El teléfono no tiene tono.

     -Me había olvidado que estaba puesto el contestador. Apágalo.

     De pronto, cuando apretó la tecla, se oyó una voz de mujer distinta a la de mi visitante, más gruesa y que pausadamente decía: -Soy Leah Baron, no sabía que ahora te llamas Alejandro. Te dejo un número de teléfono donde me puedes encontrar. Llámame.

     Lili se quedó mirándome, sorprendida después de oír el mensaje, y yo asustado frente al teléfono, sin saber qué decir. Nunca antes había escuchado tal nombre. No podía asociarla con ninguna mujer a quien yo conociera. Tampoco podía ser una llamada equivocada, puesto que coincidían el número al que llamó y mi nombre. Además, ella estaba al tanto de algo de mi pasado que muy pocos sabían. La curiosidad me dejó como me deja el miedo, torpemente quieto.

     Lili se fue sin avisarme y sin hacer su llamada, y cuando escuché el golpe de la puerta la seguí, pero ella ya había bajado lo suficiente como para no escuchar mi llamado.

     Apagué el cigarrillo y permanecí pensando, no podía alejar aquella llamada de mi mente. ¿Quién era Leah? Me preguntaba una y mil veces. ¿Leah Baron? Nada me decía aquel nombre.

     El teléfono sonó de nuevo. No podía creer que me pasaran todas esas cosas en menos de una hora. La preocupación porque mi padre encontrase la casa en buen estado, todo ordenado, la visita de Lili, la llamada de Leah, y ahora... ¿quién más se confabularía con el resto para seguir fastidiando mi mañana?

     -¡Hola!

     -¡Hola! ¿Iósele? Soy Jane, tu tía Jane.

     No, no podía creerlo. No podía ser tanta casualidad. Sólo faltaba esto, la llamada de la tía Jane. Parecería que todos, absolutamente todos se hubieran puesto de acuerdo para molestarme.

     La tía Jane sólo llamaba una o dos veces al año, y casualmente eligió esta mañana. Era como si los malos espíritus bailaran alrededor de mí.

     -Sí, tía Jane. ¿Cómo estás?

     -Bien, Iósele. ¿Y tú?

     -Muy bien, tía, sobre todo porque hoy viene papá a visitarme.

     -Ya lo sé, Iósele, por eso te llamo. Tu padre ya me avisó que llegaba hoy, porque la semana que viene es Rosh Hashaná.

     -Sí, viene para estar juntos.

     -Yo te llamaba justamente para invitarlos a cenar a mi casa, después del templo. Porque también tú vas a ir al templo y después vas a venir a mi casa, ¿verdad, Iósele?

     -Por supuesto, tía Jane. Voy a ir. Siempre voy a la sinagoga, tía, todos los años, es extraño que no te acuerdes.

     -No sabía que siempre ibas.

     -Todos los años, tía.

     Terminaba de mentir. Hacía mucho tiempo que no necesitaba emplear el engaño para evitar una discusión.

     -Van a venir todos mis hijos, Báshele y su familia, Mírele y su familia y Léibele con sus hijos. No te olvides de avisar a tu padre.

     -Jamás, tía. ¿Cómo iba a olvidar algo tan importante?

     -Tú eres muy distraído, Iósele.

     -Ya no más, tía. ¿Quieres que llevemos una botella de vino o algún postre?

     -No hace falta nada, gracias a Dios habrá suficiente comida y bebida. Yo voy a preparar pescado relleno, sopa, pollo al horno, knishes( 6) de papa, gargantita de pollo rellena, y hasta el pan voy hacerlo sola. Léibele traerá el postre, Báshele la Jalá (7) redonda como se come en Rosh(8) Hashaná y Mírele una torta de miel. Así que no va a faltar nada, si Dios quiere.

     -Está bien, tía, después de la sinagoga papá y yo iremos a tu casa, para la cena.

     -No te olvides, Iósele, y ahora que lo estoy pensando mejor, para que no vengas con las manos vacías, ¿por qué no traes una torta? Aunque habrá muchas, pero mejor es que no falten.

     -Está bien tía, vamos a llevar una torta.

     -Bueno, y ya que van a traer una torta, mejor que sea de queso, esa que a todos nos gusta.

     -Voy a llevar una torta de queso como a todos les gusta.

     -A ustedes también les gusta esa torta, ¿verdad?

     -Sí, tía, a nosotros también nos gusta la torta de queso.

     -Porque si no, pueden traer una de manzana, o de chocolate, también puede ser de frutas, para nosotros es lo mismo.

     -Mejor vamos a comprar la de queso.

     -Está bien. ¿Sabes dónde comprar, verdad?

     -Sí, en la confitería donde siempre compramos.

     -Hasta luego, Iósele, espero que también el año que viene vengas, pero con tu propia familia. Ya es tiempo de que te cases nuevamente y tengas hijos.

     -Haré lo posible, tía.

     -Adiós, Iósele, y no olvides de llegar a tiempo a la terminal a esperar a tu padre.

     -No lo olvidaré. Adiós, tía.



     La comunicación se cortó y pensé en esa antigua costumbre que todavía mantenían mi padre y los tíos de seguir llamándonos con aquellos nombres en yiddish como cuando éramos niños.

     En todas las ocasiones que hablaba con la tía repetía siempre lo mismo, que tenía que volver a casarme, que tenía que formar mi familia, y tener hijos. Nuestro parentesco venía de parte del tío Itsic, marido de la tía Jane. Él y mi madre fueron hermanos. Esa era la única familia de mi madre, y la única que nos quedaba a mi padre y a mí, pues a la suya la había perdido completa en Europa, durante la guerra. Tanto mi padre como mi madre llegaron de la misma ciudad de Polonia. Los dos vivían en Lomza. Allá se conocieron y acá, en América, se casaron.

     Me senté, prendí otro cigarrillo, descansé unos minutos, y cuando decidí continuar con mi labor sonó de nuevo el timbre. Era una maldición, no podía ser de otra manera. Caminé enojado hasta el recibidor, y con furia abrí la puerta, pero la sorpresa fue que detrás de ella estaba Laura. ¡Laura! ¡Por fin Laura! Tiernamente la abracé y por unos minutos permanecimos así, juntos, muy juntos.

     Se quedó toda aquella mañana. Arreglamos el departamento, preparamos comida para varios días, fuimos al mercado, a la confitería, a la panadería. Volvimos, descansamos, y más tarde, nos amamos.

     Era casi mediodía cuando el cielo se puso oscuro, de un gris opaco. Un viento inoportunamente frío, comenzó a soplar.

     -Será mejor que me vaya antes de que caiga una lluvia fuerte, y no me pueda mover de acá -dijo Laura, levantándose de la cama.

     -Por favor, quédate un rato más.

     -¡No! Me tengo que ir. Me voy.

     También me levanté y mientras ella se vestía pregunté:

     -¿Es por mi padre?

     -Es por el mal tiempo.

     -Evitas encontrarte con él.

     -A él no le será grato encontrarse conmigo.

     Laura se despidió, volvió al hospital y yo fui a buscar a mi padre a la terminal de colectivos. Era una tarde mojada. Las personas corrían desesperadamente en busca de refugio en medio de un apabullador ruido de sirenas de ambulancias y de bocinas de automóviles que viajaban con las luces de los faros prendidos, como si fuera de noche. Las calles estaban más congestionadas que nunca. En medio de aquella repentina oscuridad recordé un dicho del Talmud que mi padre me había leído y que decía: «Vivir en una metrópolis es un castigo».

     Bajé del colectivo y cuando iba cruzando la calle frente a la Terminal, vi a lo lejos a un hombre cuya figura se parecía mucho a la de mi padre. Me detuve, arreglé mis anteojos, miré más detenidamente y quedé sorprendido al notar que no era solamente un parecido. Aquel hombre que estaba parado en la puerta principal bajo un paraguas negro, rodeado de bolsas y de una enorme valija, que llevaba zapatos de lluvia, un sobretodo gris y un sombrero de fieltro, era mi padre.

     Mientras caminaba hacia él lo miré detenidamente y pensé que nuestro parecido era cada vez más sorprendente. Si no fuera por el exceso de bolsas que le habían crecido debajo de los ojos, por el pelo, que lo tenía escaso y completamente blanco, y una marcada curvatura en la espalda, seríamos iguales, aunque esa tarde lo noté particularmente envejecido, con una excesiva delgadez. Pensé que sería debido a su próxima decrepitud.

     Me acerqué a él y nos pasamos las manos. Ellas quedaron sujetas por un saludo cordial, que no tenía la intimidad y la emoción que produce un abrazo. Parecía un encuentro casual entre dos amigos, donde el único vínculo eran los recuerdos de momentos compartidos en un pasado lejano. Nuestro saludo carecía del contacto afectuoso que debería existir entre un padre y su hijo.



     -¡Papá! ¿Qué haces aquí?

     -¿No ves, Iósele? Te estoy esperando.

     -Pero si todavía faltan treinta minutos para la llegada de tu colectivo. ¿Qué te pasó?

     -Yo tomé otro, el anterior, así llegaba antes que tú, hijo.

     -¿Para qué, papá?

     -Para que no tengas que esperarme. No quería que te mojaras.

     -Por favor, papá, ya cumplí cincuenta años. ¿No crees que ya es tiempo de que dejes de cuidarme?

     -Vamos, Iósele, vamos a casa que hace frío.

     -Está bien, papá. Vamos.

     Mi padre levantó con dificultad las bolsas que estaban en el suelo, yo tomé la valija y después llamé un taxi. Subimos al auto y durante todo el recorrido hasta llegar a la casa, mi padre relató episodios ocurridos en los diferentes sitios por donde íbamos pasando.

     -Mira, Iósele. Acá fue mi primer negocio -dijo indicando con el dedo un antiguo local cerrado-. Más adelante. Allá, allá. ¿Ves hijo? Ese es el sanatorio donde tú naciste, Iósele. ¡Allá, allá, en aquel edificio que se está derrumbando vivieron la tía Jane y el tío Itsic! Y en el otro, en el edificio de al lado, vivían unos muy buenos amigos nuestros, Mendel y Dove. ¿Te acuerdas de ella, de su marido, y de sus hijos?

     No recordaba a esas personas, pero respondí: -Sí los recuerdo, papá.

     El auto dio unas vueltas más, durante las que mi padre se mantuvo callado y luego de unos minutos, finalmente llegamos a destino.

     El taxi paró y después de pagar bajé rápidamente el equipaje. Me apresuré en levantarlo para evitar que mi padre hiciera algún esfuerzo. Entramos al edificio.

     Subíamos las escaleras. Él iba adelante y yo lo seguía cuando, de repente, se detuvo, empezó a respirar con dificultad. Transpiraba y sus labios se veían amoretonados.

     -¡Papá! ¿Qué te sucede? ¿Es tu corazón? ¿No quieres descansar un momento hasta recuperarte?

     -No, hijo, no es nada malo, no te preocupes, es sólo el cansancio por el viaje. Pronto me sentiré mejor -dijo, y sacó un frasco de medicamentos de su bolsillo, tomó una pastilla, se la puso en la boca, debajo de la lengua. Después de unos minutos volvió a hablar:

     -Vamos, Iósele, subamos que ya estoy mejor.

     Ni bien entramos al departamento mi padre miró a su alrededor y repitió lo de siempre:

     -¡Iósele! Tu departamento se ve muy triste, necesitas poner algunas plantas, darle color, vida. Las paredes necesitan pintura, las cortinas están desteñidas. Dios mío, cuando yo y tu madre vivíamos en este lugar, todo se veía distinto, y después, cuando te casaste con Sofía también se veía lindo, limpio y muy agradable.

     -Yo no tengo tiempo de dedicarme a los arreglos, papá.

     -No es tiempo lo que tú necesitas, Iósele, lo que tú necesitas, es una mujer, una esposa. Sofía era una buena mujer, una esposa ejemplar. ¡Cómo te cuidaba! Igual como lo hacía tu madre.

     -Pero Sofía no era mi madre, era mi esposa.

     -Igual. Nunca vas a volver a encontrar otra mujer como ella, tan buena. No entiendo cómo la dejaste ir.

     Bajé la valija sobre el sofá, y mientras llevaba las bolsas a la cocina mi padre la levantó de nuevo y la puso sobre una silla.

     -¡Iósele!

     -¿Qué pasa papá?

     -¿Por qué dejas la valija sobre el sofá? ¿No es allí donde voy a dormir?

     -Sí, papá. ¿Por qué?

     -Entonces deja la cama libre.

     -¿No prefieres dormir en mi cama, papá? Ve a mi dormitorio. Allí vas a estar mejor, más cómodo.

     -Nunca, hijo, no quiero sacarte de tu costumbre.

     Se sacó el abrigo, el sombrero, y los dejó colgados del perchero. Luego abrió la valija. Mientras iba sacando la ropa, me volvió la misma desesperación y angustia que me sofocaba cuando era testigo de la cantidad de prendas que traía.

     -¿Cuánto tiempo te vas a quedar, papá?

     -No te preocupes hijo, no me voy a quedar mucho tiempo, sólo unos días. Termina Rosh Hashaná y vuelvo a mi casa, si Dios quiere.

     -No, papá, no me preocupa el tiempo de tu visita, sino dónde vamos a guardar toda esta cantidad de ropa. Trajiste tanta que no te alcanzaría ni para usarla durante todo un año seguido.

     -Ni cuenta me di. Lo que sucede es que hay días en que amanece con mucho calor, y a la tarde cambia el clima, como hoy, viste, hijo, uno nunca sabe. Además estuve tan atareado con la mudanza de las jaulas, con la compra de comida para los canarios. ¡Pobres pájaros! ¡Me van a extrañar tanto! Tanto me quieren que cuando yo no les doy las semillas ellos no comen ni cantan. También tuve que regar las plantas y darle(9) todas las indicaciones a la vecina, porque cada plantera necesita distinta cantidad de agua, y a cada hoja hay que limpiarla de diferente manera para que no sufra.

     -Te tomas demasiado trabajo, papá.

     -¿Trabajo? Todo lleva trabajo, hijo, todo lleva trabajo. ¿Acaso vivir no lleva trabajo, Iósele?

     -Bueno papá, deja eso ahora, después yo te voy a ayudar a ordenar toda esa ropa. Ven, vamos a preparar algo de tomar.

     Fuimos hasta la cocina. Puse en la pava agua para hervir. Después preparé té para él y café para mí. Nos sentamos en la pequeña mesa, frente a frente. Él abrió uno de los paquetes que trajo. Dentro había galletitas hechas con levadura y semillas de amapola que preparó especialmente para mí. Sabía que eran mis preferidas.

     Le serví el té en una taza, pero lo rechazó, e inmediatamente dijo:

     -Iósele, ¿no hay un vaso?

     -Sí, papá. ¿Para qué quieres un vaso, dime?

     -No sabes que yo tomo té en vaso, y lo endulzo solamente con azúcar en terrones.

     Me había olvidado de aquellos gustos de mi padre. Me levanté, cambié el contenido de la taza en un vaso, puse en un plato pequeño algunos terrones de azúcar que casualmente me habían quedado de su anterior visita y se los llevé.

     -¡Iósele! ¡Mit límene!(10)

     Me volví a levantar, tomé un limón, lo corté en varias rodajas bien finas y las acerqué a mi padre. Él lo agradeció.

     De nuevo estábamos juntos los dos, mi padre con un vaso de té con limón y endulzado con un terrón de azúcar, y yo con una taza de café amargo y un cigarrillo encendido entre los labios.

     -¿?(11)

     -¿Qué es papá?

     -¿Hasta cuándo vas a vivir solo, Iósele?

     -No lo sé, papá.

     -Iósele, sabes que no es bueno que un hombre esté solo. Tampoco es saludable que te acuestes solo todas las noches, y te levantes todas las mañanas de tu cama, solo. Así no debería ser la vida a tu edad. Eso déjalo para un viejo como yo.

     -No veo qué tiene eso de terrible. Y por favor, papá, no sigas llamándome de esa manera.

     -¿Cómo, Iósele?

     -Así. ¡Iósele! Me enferma.

     -Ese es tu nombre, el único, Iosef.

     -¡Tú sabes que ése ya no es mi nombre, pero igual insistes!

     -Está bien, está bien, si quieres decirlo en castellano dilo, José.

     -Ése también dejó de ser mi nombre.

     Me levanté, apagué el cigarrillo, encendí otro y volví a insistir:

     -Aprende que ahora me llamo Alejandro.

     -Mira, Iósele, entiende bien, mientras yo viva, tu nombre será siempre Iósele. Para mí siempre será ése tu único nombre y no otro. Por favor, sólo voy a estar unos días, no quiero empezar a discutir, porque me va a hacer mal a mi salud y voy a tener que volver a mi casa. ¿Te acuerdas, la última vez que vine?

     -Cómo iba a olvidarlo, si te escapaste como un ladrón, sin despedirte y sin avisarme. Llegaste esa mañana y a la noche cuando volví de la universidad ya no estabas.

     -Bueno, fue después de una discusión muy parecida a esta, así que por favor no me hables más de eso. Además soy mayor que tú. Soy tu padre y merezco respeto, mucho respeto.

     Mi padre nunca quiso aceptar mi cambio de nombre, ni mi divorcio de Sofía, ni mi relación con Laura, aunque apenas la conocía. Él hubiera preferido seguir viéndome casado, rodeado de hijos y estudiando Las Leyes Éticas y Litúrgicas de la Mishná(12) y no leyendo La crítica de la razón dialéctica de Sartre.

     -Vamos, papá. Vamos a dar un paseo.

     -Bueno, hijo. Vamos.

     -¿Adónde quieres ir?

     -A visitar a Schmuel y si mañana no llueve quiero ir a ver el negocio.

     -De aquel negocio ya no quedó absolutamente nada. Cambió todo, ahora es otro, con distinto letrero y con diferentes vecinos.

     -Igual quiero ir, y si tú no me puedes llevar me tomo un taxi, pero no te preocupes, hijo, también quiero ir al cementerio a visitar la tumba de tu madre.

     -Sabes que no me gusta ir al cementerio, papá.

     -No puede ser que no quieras ir a visitar la tumba de tu madre. No entiendo cómo no quieres recordarla.

     -No necesito ir a ese lugar para tener presente a mamá. Pero está bien papá, si tú quieres, te acompaño, y creo que será mejor que vayamos mañana a visitar a don Samuel. Hiciste un viaje largo. Ahora duerme y descansa, mañana será mejor día para pasear.

     -Está bien hijo, está bien.  



- III -

 

     Durante las visitas de mi padre generalmente me sucedía lo mismo, me acongojaba por la ausencia de inspiración. Cada vez que intentaba escribir el resumen de alguna novela, la crítica sobre la obra de un nuevo escritor, encontrar el final a un cuento o la metáfora justa para definir una situación en un poema, me sentía vacío, y entonces me era difícil entender que no todo lo deseable era posible.

     El tiempo que mi padre se quedaba viviendo conmigo no lograba escribir. Me negaba a hurgar dentro de mí. No conseguía personajes, ellos no me convocaban y sus conflictos no llegaban hasta mí. La inspiración se opacaba y si bien aquella ausencia me producía una extraña calma, yo era escritor y sin inspiración me sentía vacío, tan vacío que necesitaba recurrir a mis clases con mayor frecuencia, ya que prefería pasar más tiempo enseñando y hasta soportando las miradas perdidas y desatentas de aquellos jóvenes, que enfrentarme a la máquina de escribir y al papel blanco sin nada que contar.

     Un día después de la llegada de mi padre, me levanté más temprano de lo acostumbrado y fui directamente hasta el escritorio, sin darme antes una ducha ni tomar el desayuno. Me senté, prendí un cigarrillo, y de nuevo me ocurrió lo acostumbrado. Allí estaba yo, sufriendo aquel síntoma repetido.

     ¡Otra vez! En esa ocasión tampoco nada cambiaría, todo volvería a ser igual, y entonces me brotó una rabia, rabia hacia la máquina de escribir, rabia hacía el papel blanco y limpio, que estaba delante de mí desafiándome, provocándome, y yo sin historias que contar. Sentí una molestia, e inmediatamente un dolor, un dolor agudo a la altura del estómago. Fui hasta la cocina, me preparé una taza de café y encendí otro cigarrillo, pensando que así calmaría el dolor, un dolor lacerante que me dejaba casi sin respiración. Apreté con la mano el lugar, pero el escalofrío no cesaba. Me levanté y di unos pasos. Luego me recosté, descansé unos minutos, y poco a poco, lentamente, el dolor fue pasando. Entonces maldije, maldije el papel, maldije la máquina de escribir, maldije lo que escribía, me maldije a mí mismo y hasta maldije aquel impulso que me llevaba a escribir.

     Me asomé al balcón. El día estaba tranquilo. Una llovizna silenciosa apaciguaba la mañana. No se sentían ruidos ni olores. Entonces recurrí a lo acostumbrado, a lo único que me rescataba de las profundidades más terribles de mi ser. La lectura. Tomé dos libros, La soledad del Hombre de fe de J. B. Soloveitchik y otro de Jaime Barylko, Jeremías, introducción al profetismo. Estaba hojeando uno de ellos, cuando escuché un ruido en la puerta. Entonces recordé a mi padre. Era tanta mi preocupación que me sustrajo de todo. Miré a mi alrededor. No había indicios de que en la casa hubiera un huésped. La cama donde él había descansado volvió a ser el sofá impecablemente arreglado, como antes. Su ropa, la que ya no cabría en los cajones, estaba acomodada sobre un mueble, por estación, y según el uso.

     -¡Iósele!

     -Sí, papá.

     -Fui hasta la panadería, traje pan fresco y algunas masas dulces. Ven, hijo, vamos a desayunar.

     -Yo sólo tomo café en las mañanas, papá.

     -Así te vas a enfermar, hijo.

     -Ya estoy acostumbrado. Papá, ¿por qué mejor no vamos a desayunar al bar, así te encuentras con Samuel y con tus otros amigos? ¿Qué te parece?

     -No es Samuel, hijo, es Schmuel.

     -Insistes siempre en lo mismo, papá.

     -Bueno, Iósele, bueno, vístete y vamos.

     En el momento en que estábamos saliendo, sonó el teléfono.

     -¿Quieres que lo atienda? -preguntó mi padre.

     -No, deja que suene, el contestador va a recibir la llamada -respondí.

     -¿Pero si es una urgencia?

     -Va a esperar.

     -Dios mío, Iósele. ¿Y si fuera yo el que llama porque me siento enfermo?

     -No te preocupes, a ti te voy a responder.



     Mi padre se puso los zapatos de lluvia, el sombrero de fieltro, el sobretodo gris, tomó el paraguas negro y salimos. En la calle, caminando, parecía un niño curioso por la manera en que miraba a las personas y las vidrieras. A pesar de haber vivido parte de su vida en ese sitio, se comportaba como si todo fuera nuevo. En un momento lo tomé del brazo para ayudarlo a bajar de la vereda, pero él, de un tirón, se desprendió:

     -¡Déjame, hijo! Todavía puedo caminar solo.

     -Quiero ayudarte papá, las calles están mojadas, es peligroso, puedes tropezarte y caer.

     -¿Qué dices, Iósele? Dios no quiera, nada malo me va a pasar, todavía no soy un anciano.

     Preferí callar. No respondí, para evitar la primera discusión. En realidad mi padre tenía dificultades al caminar porque sufría desde hacía mucho tiempo de artrosis en ambas rodillas, pero seguí a su lado, callado y pensando que nuevamente logró hacerme sentir mal, muy mal, como si yo fuera el culpable de su vejez. Él y yo manteníamos una relación que en la distancia resultaba más provechosa.

     Nos detuvimos en un puesto de ventas de revistas y periódicos a comprar un diario en yiddish y después fuimos al bar.

     Apenas el dueño nos vio, salió rápidamente a la puerta a recibirnos. Don Samuel también salió. Él y mi padre se abrazaron como dos hermanos que hacía años no se encontraban.

     -Schmuel, mi amigo, mi buen amigo. ¡Tanto tiempo! ¿Cómo estás?

     -Aquí me ves, estirando. Y tú, Haim. ¿Cómo estás?

     -Igual, esperando que sea viernes de noche para hablar con mi hijo, o que llegue Rosh Hashaná para verlo.

     -Así son todos los hijos, Haim, tú tienes uno, yo tengo tres, y es igual.

     Mi padre, don Samuel y Carlos, el dueño del bar, un italiano que siempre gozaba de buen humor, se sentaron a recordar los años cuando todavía mi padre, mi madre y yo vivíamos en aquel barrio. Sobre todo en los últimos años, poco después de que yo dejara la adolescencia. Entonces mi interés estaba depositado únicamente en la idea de ir a vivir a Israel, y particularmente en el sionismo, aquel movimiento de liberación nacional del pueblo judío. Me interesaba esa organización cuyo objetivo era llevar a cabo el retorno de los judíos a su país y restaurar allí la vida nacional judía: social, cultural, económica y política. Formaba parte de un grupo de jóvenes que compartíamos el mismo ideal y teníamos a Israel como único tema y como única meta. Éramos jóvenes, todavía creíamos en la Humanidad, en nosotros, y en nuestros ideales. Mis padres no estaban al tanto de aquel interés, porque nunca me atreví a contarles. Sabía que no aceptarían que me alejara de ellos. Era su único hijo, y por ello vivían pendientes de mí, protegiéndome siempre para que nada malo me suceda y para que nadie se atreviera a producirme algún dolor. Ellos eran personas mayores, con otra educación y otra mentalidad, y por lo tanto con otras exigencias. Además yo estaba en una edad en la que podía ser útil a mi padre. Él me necesitaba. Necesitaba de esa juventud y de nuevos entusiasmos para continuar con el negocio. Por esa razón nunca hice ningún comentario sobre mi proyecto de ir a vivir a Israel. Sabía que no lo iban a entender y por lo tanto no lo aceptarían, pero más tarde, cuando supe de la enfermedad de mi madre, me fui, sin reproches y sin despedidas.

     La decisión la tomé poco después de aquella tarde, cuando a mi vuelta de la clase de inglés no encontré a mi madre en la casa. Su ausencia me alarmó, puesto que por lo general, en ese horario siempre estaba en la cocina preparando la cena o sentada en el sofá tejiendo al crochet alguna carpeta. Bajé a preguntar a la vecina si no la vio, y la respuesta fue que no la había visto en toda la tarde. Tampoco la vecina de enfrente, ni la de al lado, y en el momento en que iba junto al teléfono a llamar al negocio de mi padre, y después a la casa de la tía Jane pensando que quizás podría estar en uno esos lugares, la oí llegar. Transcurridos unos minutos, detrás de ella, entró mi padre. No me dio tiempo de preguntarle adónde se había ido porque de inmediato habló, y nos contó, pausadamente, sin agitarse, que estaba enferma. Aquella confesión no me preocupó, puesto que, para mí, la palabra enfermedad significaba resfriado, dolor de cabeza o fiebre, pero seguidamente dijo que estaba enferma de cáncer. En ese momento miré a mi padre, me fijé en su rostro. Tenía una expresión de padecimiento que jamás antes le había notado, y que después, nunca más la pude olvidar. También me sorprendió la reacción que tuvo mi madre. Fue hasta el dormitorio sin pronunciar una sola palabra más. Se cambió el vestido por otro más sencillo, y volvió enseguida a preguntarnos si desearíamos comer varenekes(13) con cebolla frita.

     No respondí. Me sentía trastornado. Para mí la palabra cáncer significaba muerte. Yo le temía a la muerte, y si bien en mi casa siempre se hablaba con mucha naturalidad de los tíos, primos, abuelos y hermanos muertos, y en las noches, cuando no conseguía dormir con facilidad, mi madre venía con un álbum, se acostaba en la cama a mi lado, y mientras me enseñaba unas fotos desteñidas y antiguas, me contaba la historia de cada uno de sus parientes, ninguno de ellos seguía con vida, pero la diferencia estaba en que yo a ellos no los conocí, jamás los había visto, nunca despertaron otra cosa en mí que no fuera sólo curiosidad por saber sus nombres o sus historias, igual que cualquier personaje de alguna novela que había leído. Aunque siempre le temí a la muerte, hasta entonces ella estaba lejos. Nunca me tocó sufrirla de cerca, y ahora se presentaba así, sin aviso y en mi madre.



     Me anoté en un plan para jóvenes que consistía en ir a un kibutz a trabajar en la recolección de naranjas. Fuimos el mismo grupo de amigos. En total éramos siete muchachos y tres chicas. Mi padre me firmó el permiso sin hacer preguntas, censuras ni reproches, ni ningún tipo de cuestionamientos, sobre por qué los dejaba solos. Entendió que yo necesitaba huir. Necesitaba estar lejos para no vivir la muerte de mi madre.

     Y esa fue la única vez que recuerdo que mi padre me escuchó, comprendió y aceptó mi decisión.



     -¡Iósele! Hijo, ¿en quién piensas? Estás muy callado -dijo mi padre mientras yo hacía un esfuerzo por volver a la realidad.

     -Estaba pensando en el pasado, papá -respondí.

     -¿En qué pasado? Eres muy joven para buscar los recuerdos de compañía, eso déjanos a Schmuel, a José, o a mí, viejos solos que ya no tenemos nada que esperar, pero tú, hijo, no, no puedes aún.

     -Papá, ¿qué te parece si volvemos? Es hora de almorzar.

     -Como tú digas, hijo. Vamos.

     Miré la calle, la lluvia había cesado, y un trozo de sol se filtraba por la ventana, prestando una tibieza agradable al lugar.

     Nos despedimos. Cruzamos el parque para dar un paseo y así aprovechar aquella mañana salpicada de sol. Mi padre caminaba con pasos lentos sostenidos por unos pies cansados y un cuerpo gastado.

     Me sentía bien, ya que después de varios días de lluvia aquel clima era reconfortante. El frío dejaría de lastimar mis huesos y la humedad de hacer sufrir a mis articulaciones.

     Los dos caminábamos en silencio y mirando el suelo, cuando mi padre se detuvo, me miró a los ojos y preguntó:

     -Dime, Iósele. ¿Qué pasó con la enfermera?

     -¿Laura?

     -¡Io!(14)

     -Sigue bien, trabajando siempre.

     -No, no quiero saber sobre su trabajo, quiero saber qué pasa entre tú y ella.

     -Sigo enamorado de ella.

     -¿Sabes lo que haces, hijo?

     -Sí, papá. ¿No crees que ya soy suficientemente maduro para conocer mis emociones?

     Mi padre no respondió y seguimos caminando en silencio.

     Llegamos a casa, comimos, y después él se sentó a leer el periódico y yo a preparar una clase. Me pareció interesante discutir con mis alumnos sobre unas palabras del escritor André Schwarz-Bart, que decía: «Las partículas se juntan y se dispersan según el viento que las impulsa», cuando mi padre me llamó a gritos:

     -¡Iósele, hijo, ven pronto!

     -¿Qué sucede, papá?

     -Lee, lee, hijo, toma, lee.

     -¿Qué es? -pregunté.

     -Mira, Auschwitz, Treblinka, Maidanek, Chelmo, Sobidor, siguen vivos. Los campos de concentración todavía no acabaron. Dime, hijo, ¿qué es este mundo?

     -¿Qué dices, papá?

     -Mira el periódico, lee tú mismo.

     Tomé el periódico, me senté, y por un momento llegué a pensar que quizás mi padre estaba delirando, pero cuando leí los encabezados de los artículos me temblaron las manos. No podía creer que fuera real lo que terminaba de leer y quedé tan asustado como él.

     En Bosnia morían centenares de personas por diferentes creencias religiosas. En Asia seguía el conflicto del Medio Oriente. Explotó una bomba en un mercado en Jerusalén y advertían sobre la posibilidad de una violenta ola de atentados. En África continuaba el racismo y las personas morían todavía de epidemias y de hambre. La mortalidad de mujeres y niños superaba cualquier estadística. En Oceanía se contaminaban las aguas con basura tóxica y gran cantidad de animales morían poniendo en peligro la existencia de muchas especies. En América, gran parte de la juventud desaparecía alcoholizada y drogada debido a sobredosis. En las calles había niños pidiendo limosna. Todavía había brotes epidémicos de enfermedades que se creían erradicadas. Caía un avión donde viajaba un narcotraficante y moría un centenar de personas. Catástrofes creadas por la lucha de los hombres por el poder y el dinero. El neonazismo ocupaba lugares en la dirigencia política de algunos países.

     -No se puede creer lo que sucede en el mundo, fíjate, hijo, aún quedan supervivientes de los ghettos, de los campos de exterminio, que cuentan los horrores que vivieron. Siguen haciendo películas, escribiendo historias, aún hay relatos vivos, Iósele, y el mundo continúa creando sistemas para matar. La historia no sirve de nada.

     -Bueno, papá, no pienses, además las historias de los campos ya las conocemos todos.

     -No, hijo. Estás equivocado, hay historias y episodios que nadie contará, porque parecería irreal que seres humanos fueran capaces de crear tanto horror. Son historias que en ningún libro están escritas, pero que yo conozco -dijo mi padre.

     Retomé la lectura. En otra página, en un reportaje estaban las declaraciones de los representantes de diferentes religiones: un rabino, un pastor, un sacerdote, un imán, un bonzo, hablando sobre la expiación, el castigo, la culpa, la confesión, la reparación, la pena impuesta sobre lo que vendrá, lo que pasó y sobre las razones de las desgracias y del hambre en el mundo.

     Dejé de lado el periódico.

     -Mira, será mejor que no sigas leyendo, papá, porque te vas a sentir mal inútilmente, no se puede cambiar nada, así está el mundo. El antisemitismo continúa y el racismo perdura.

     -Sí, así está el mundo, lleno de antisemitas y de racistas.

     -Pero la vida sigue, y el mundo cosechara nuevas catástrofes. El ser humano crea su propio infortunio, la ambición genera poder, el poder genera soberbia, y la ley que gobierna es la impunidad.

     -¡Qué tristeza, hijo!

     -Nada cambia, papá, esa es una de las características del ser humano.

     -Mira, Iósele. ¿Sabes quién soy yo?

     -¡Papá! Por supuesto que lo sé, un sobreviviente de la Segunda Guerra Mundial, un hombre que se salvó de morir en un campo de exterminio.

     -Además de eso, Iósele, yo soy también un sobreviviente del yiddishkait, esa tradición judía que se está perdiendo, y que tú rechazas. Soy un sobreviviente, del trajín del tiempo, ese tiempo que se encarga de matar y de engendrar, de crear y sepultar. Ese es el tiempo del mundo, Iósele.

     -Deja de pensar cosas tristes, papá, y lee algo menos preocupante.

     -Eso es justamente, hijo, lo que no hay que hacer, no hay que temer al sufrimiento, hay que enfrentarlo.

     Me levanté y volví a mi trabajo.

     -¿Quieres tomar té, papá? -pregunté.

     -Bueno, Iósele, pero yo lo preparo, para ti y para mí.

     La tarde se desvanecía cuando de nuevo sonó el teléfono. Era Laura.

     Después de tomar el té con mi padre le avisé que saldría por unas horas, y él no preguntó adónde iría. Sólo me recordó que llevara un abrigo y que no regresara muy tarde por los peligros que existen en las calles.

     Tomé un taxi para llegar más rápido a la casa de Laura. Fue un día largo, la extrañaba, necesitaba verla. La puerta de entrada al edificio donde ella vivía estaba abierta, por ello no necesité avisar en el portero eléctrico que subía, ni ella necesitó escucharlo para saber que era yo el que salía del ascensor. Abrió la puerta y me recibió. Le di un beso y la miré. Sus ojos verdes dejaban su mirada casi transparente.

     El departamento era pequeño, demasiado pequeño para mí, yo necesitaba más espacio, aunque tenía un balcón amplio desde donde se observaba la ciudad de una manera diferente, amplia y total. Laura había convertido aquel sitio aireado y libre, en un jardín exuberante. En diferentes planteras, unas pequeñas y otras más grandes, algunas puestas desordenadamente en el piso, y otras colgando del techo, crecían gardenias, malvones, helechos, geranios, rosas y azaleas, y de aquel sorprendente colorido brotaban distintos aromas. Era grato sentirse rodeado de aquella magia que crecía en un rincón de la inhóspita urbe. El contraste paisajístico era absurdo, y mi situación también. Afuera me sentía aplastado por el cemento gris, por los ruidos, por el olor a gasolina quemada, mientras en aquel sitio disfrutaba del sosiego, y del amor de Laura.

     En ese jardín permanecimos, acompañados por la noche, el silencio, el vino, y una luz. Una luz tenue que apenas alcanzaba a iluminar los trazos exactos de nuestros cuerpos para producir el estremecimiento previo al inicio impostergable del amor.

     Más tarde estábamos de nuevo los dos, susurrándonos al oído, apagando luces, arrugando sábanas y girando uno sobre otro, en un mismo ritmo, juntos, sin tiempo, sin brújula ni relojes, embebidos en el puro y total lenguaje de la pasión.



- IV -

 

     Todavía era de noche cuando entré al departamento y una sombra me asustó. Sin sospechar de quién sería caminé hacia ella invadido de temor. De pronto vi a mi padre parado en un rincón del salón dando la espalda al ventanal abierto por donde entraba un viento frío y descortés. Prendí la luz y lo miré. Llevaba un pijama de invierno celeste con rayas muy finas, y en sus pies unas pantuflas de franela, marrones, desteñidas y apelmazadas.

     Le pregunté:

     -Papá, ¿qué haces ahí parado? ¡Me asustaste!

     -Quiero pedirte algo, Iósele.

     -¿Qué quieres?

     -Quiero quedarme contigo hasta Yom Kippur(15), y quiero que este año los dos vayamos juntos al shil. Quiero que también tú reces un Yizkor(16) por tu madre.

     -¿Y esa pregunta no podía esperar hasta mañana?

     -¡Cuando se tiene mi edad, mañana es mucho tiempo, hijo!

     -¿Te sientes bien, papá? -pregunté mientras los dos permanecíamos parados mirándonos de frente, en el mismo lugar del salón.

     -¡Sí! -respondió-. Sólo que no podía dormir, pensando en tu respuesta.

     -Claro, puedes quedarte hasta el Día del Perdón, pero lo demás que me pides es completamente imposible. Sabes que desde mi vuelta de Israel jamás volví a ir a una sinagoga.

     -¿Por qué no llamas a esa festividad por el verdadero nombre, hijo?

     -Las dos tienen el mismo significado, tú las nombras en hebreo y yo las digo en castellano, pero el contenido es el mismo. Finalmente es el Día de la Expiación.

     -Es tarde para discutir.

     -Así es. ¡Muy tarde! Buenas noches, papá.

     Di media vuelta en dirección al dormitorio.

     -Espera, Iósele. Tú no me entiendes, no me entiendes. Es tarde en el tiempo de la vida, no tarde en la hora del reloj.

     -Papá, por favor, ve y descansa.

     -¿De dónde vienes, hijo?

     Volví a la sala y de nuevo lo miré con una clara insinuación de que no quería seguir con el interrogatorio. Me parecía una hora realmente inoportuna para aquella pregunta, y la mía, una edad impropia para que mi padre continuara controlando mis horarios y mis salidas.

     -Papá, parecería que tú no entiendes que ya cumplí cincuenta años.

     -Sí, lo recuerdo, y a cada momento. Mira si me iba a olvidar de eso. ¡Del día de tu nacimiento! ¡El día que tú naciste! Puedo estar muy viejo, puedo olvidar muchas cosas, pero hay fechas que jamás olvidaré y recuerdos que jamás podré revelar, y que se irán conmigo a la tumba.

     -Mejor así, papá, entonces, si recuerdas mi edad, recuerda que también soy un hombre.

     -¿De dónde vienes, Iósele?

     -De la casa de Laura.

     -Está bien, eso quería saber. A veces pienso que es mejor que tu madre no esté con vida.

     -¿Qué dices, papá?

     -No te preocupes. Sólo yo me entiendo, hijo.

     -No, papá, yo también te entiendo, pero no deseo discutir. Es muy tarde, y quiero ir a descansar.

     -Iósele, este es el último año que voy a estar contigo para Yom Kippur, y después de mucho tiempo vamos a estar juntos, así que te pido por favor que me acompañes al shil.

     -¿Por qué dices que será el último año?

     -Yo lo sé.

     -Papá, me molesta y me irrita cuando juegas al misterioso.

     -Es un juego, pero no mío, es un juego de la vida con la muerte.

     -Bueno, ahora sí, no voy a seguir hablando contigo, me voy a dormir.

     -Espera. Aún no me respondiste, hijo.

     Prendí un cigarrillo y di algunas vueltas alrededor de la mesa, nervioso. Después me paré frente a la puerta de mi dormitorio y miré el suelo. Pensé que me haría bien no seguir discutiendo, y para evitar el tormento que era escuchar de nuevo sus reclamos, respondí:

     -Bueno, papá, te acompañaré.

     -Gracias, hijo. Dios te recompensará y después, cuando tengas tus propios hijos, ellos te darán muchos najes(17).

     Aquellas palabras sonaron como un sarcasmo, como un fino reproche. Los minutos siguientes se volvieron mudos y así, en silencio, permanecimos los dos, en el mismo lugar, quietos, en aquel silencio que dolía. Cuando de nuevo oí su voz, me acerqué a él, lo miré y después me senté en el sofá. Estaba cansado.

     -Recibí una llamada que era para ti -volvió a decir mi padre.

     -¿De quién? -pregunté.

     -De una mujer.

     -¿Una mujer? -volví a preguntar.

     -No era Sofía -contestó.

     -Papá, Sofía y yo nos divorciamos hace más de diez años. No tiene por qué llamarme. ¿Quién era, entonces?

     -Leah, Leah Baron, y te dejó un número de teléfono. Me pidió que te dijera que la llamaras cuanto antes.

     -¿No te dijo nada más?

     -Sí.

     -¿Qué?

     -Que era urgente.

     De nuevo aquel nombre me dejó pensando. ¿Quién era aquella mujer? Bueno, en definitiva si tanto me perturbaba esa curiosidad no tenía otra cosa que hacer sino tomar el teléfono y discar su número para saber de quién se trataba. Mañana, mañana. La llamaré mañana -pensé.

     Mi padre reanudó él dialogo. Pero lo hizo en yiddish. Era una lengua que yo entendía pero que nunca aprendí a hablarla correctamente. Sólo conocía una que otra palabra suelta a pesar de haberme criado en un hogar donde únicamente se hablaba yiddish, puesto que en mi casa y en la de la tía Jane y el tío Itsic, no se hablaba castellano. Nuestros hogares eran como pequeños espacios mudados de Polonia, Lituania, Rusia, e insertados en América.

     Mientras mi padre seguía hablando, utilicé el mismo mecanismo de cuando era niño. Descifraba una frase, atrapando una palabra, y a partir de ella conformaba una oración.

     -Papá. No te entiendo, deja de hablarme en yiddish. ¿Por qué no hablas en castellano?

     Mi padre continuó en castellano.

     -¿Por qué tú no hablas yiddish?

     -Porque no lo sé.

     -Estudia, así como lees y estudias tantas cosas, tantas tonterías que no te sirven para nada, estudia mejor ese idioma que es el de tus antepasados.

     Sentí la incomodidad como un peso en el estómago. Escuchaba a mi padre repitiendo las mismas órdenes de mi infancia, esas que me sublevaban pero que no tenía más remedio que acatar.

     -El yiddish ya no existe -dije-, se convirtió en un dialecto que hablan solamente los judíos de la diáspora.

     -¿Qué? ¿Qué dices? El yiddish sigue siendo un idioma, un idioma de tradición, es la lengua que habla el judío.

     -Ya te dije, papá, que no lo sé hablar.

     -¡Mientes, hijo! Sí sabes. No lo quieres hablar, eso es todo.

     Lo miré. Su rostro se había puesto de un color blanco, pálido y opaco.

     -Mira, papá, ahora los dos estamos muy cansados y con mucho sueño, hoy fue un día largo, necesitarnos descansar. Dejemos para otro momento nuestra conversación.

     Me paré, apagué el cigarrillo, me saqué el abrigo, los zapatos y las medias. Mi padre tomó una pastilla blanca pequeña y se la puso debajo de la lengua. Por un instante permaneció callado. Después siguió hablando. Yo encendí otro cigarrillo y de nuevo caminé hacia el dormitorio.

     -Espera, Iósele.

     -Papá, quiero dormir, por favor, déjame ir a dormir.

     -Sabes, hijo, si tuviera que pedirle un deseo a Dios para que me lo conceda, pediría que tú y yo podamos entendernos, que tú comprendas mis ideas, que entiendas que soy tu padre y que quiero lo mejor para ti.

     -¿Qué es lo mejor para mí, papá?

     -Que encuentres una buena mujer, que tengan hijos, que podamos alguna vez vivir juntos tú y yo, sin discusiones, que nos cuidemos, tú a mí y yo a ti. Quiero ver a mis nietos, Iósele, quiero escuchar la voz de un niño llamándome zeide(18).

     -Papá, estás pidiendo algo imposible, totalmente irreal, quieres volver treinta años atrás, quieres decidir sobre mi vida. Tú piensas que sabes, que conoces el camino de la felicidad, que si yo te hubiera hecho caso ahora estaría disfrutando de una vida sencilla, tranquila y feliz, rodeado de hijos, de una mujer maravillosa que me espera todos los días con la comida caliente y la ropa limpia. Eso no existe, nunca existió.

     -¡Sha! ¡Sha!

     -¡Quiero seguir hablando, papá! ¡No quiero callar!

     -¡Iósele! ¡Iósele! ¡Cállate!

     -No, papá. No voy a callarme. Me cuesta ser feliz, me cuesta vivir. ¿Sabes?

     -¿Y dónde leíste que era fácil vivir, Iósele?

     -¡Papá! ¡No insistas más en llamarme Iósele! Ése ya no es mi nombre, quieres que vivamos juntos, que retrocedamos como en una máquina del tiempo, que dejemos de lado las discusiones. Eso es imposible, imposible, mientras tú no me respetes, ni respetes mis pensamientos y mi vida.

     -Ya calla, no quiero seguir oyéndote. Prefiero morir antes de escuchar las barbaridades que dices. ¿Esto es lo que la vida me da? Dios mío, cómo duele. No tengo najes, no tengo nietos, tu madre no está, tú te alejas de mí cada vez más, y mi apellido ya no existe. ¡Tú lo cambiaste!

     Preferí guardar silencio. Fui hasta la cocina a tomar un vaso de agua. Había gritado, había fumado mucho y por ello tenía la boca seca y la garganta irritada. Me sentía mal, muy mal, con un arrepentimiento casi inmediato después de haber dicho todo aquello. Me sentía de nuevo como un niño, reclamando a ese viejo un juguete o una caricia. Me costaba tanto comportarme como un hombre. Me era tan difícil ser yo, ser yo mismo.

     Me sentí un cobarde, me faltaba valor para enfrentarme a mi padre con otro lenguaje, con otro argumento. Era el mismo valor que me faltaba para enfrentarme a la noche y a la calle. Siempre temeroso.

     Antes ya había vivido aquella situación, sólo era una repetición de otros momentos. Nada me resultaba nuevo.



     Mi padre seguía de pie, inmóvil. Yo volví a sentarme en el mismo lugar, frente a él.

     -Iósele, debes tener miedo de Dios por hablar así a tu padre.

     -Sabes, no tengo miedo ni culpas, ni deudas con nadie, ni contigo, ni con el banco, ni con el de allá, el que tú dices que está arriba, el que tú dices que nos mira y nos protege, ése que nos llena de culpas y nos reprime. Ése te mira a ti papá, no a mí.

     No obtuve respuesta. Miré su rostro, estaba pálido y su expresión era tan triste como en una despedida. Finalmente mi padre logró su objetivo, hacerme sentir mal. Me sentía pésimo. Si pudiera retroceder, lograr simplemente mantenerme callado, no responder a sus preguntas ni a sus ataques. En definitiva él era mi padre, y sobre todo era un hombre mayor, enfermo y caprichoso, pero cada cual era víctima de su propia palabra, de su propio pensamiento, de su propio espacio, de su destino, de la dramática existencia diaria, de la sobrevivencia, cotidianamente agotadora. Cada cual era libre de escoger el lugar donde quería habitar, pero no a los fantasmas con quienes iba a convivir, con aquellos que cohabitan dentro de uno. Para mi padre y para mí, nuestras vidas estaban habitadas por miles de fantasmas que volvían del pasado, continuamente, a visitarnos.

     -Sabes, papá, venimos de generaciones distintas, tú naciste en Polonia, en otro ambiente, te criaste en otra cultura, con otros principios, tu entorno era distinto al mío, con otro idioma. Te enfrentaste desde muy pequeño al hambre, a la persecución, a la represión, al antisemitismo. Viviste una guerra, te salvaste, perdiste a toda tu familia...

     De pronto mi padre me interrumpió:

     -¿Cómo sabes que me salvé?

     -Pero si estás vivo, vives, pudiste salir ileso, con vida.

     -¿Qué significado tiene para ti la palabra vida? Para mí, vivir es mi peor castigo, no saber dónde están las cenizas de mis padres, de mis hermanos, ese fue mi castigo por seguir vivo, y ahora, escucharte decir tantas barbaridades, es otro castigo. Un hombre que reniega de sí mismo, que reniega de su padre, de su pasado, de su tradición, ¿dónde se ha visto? ¿Dónde está escrito esto en la historia?

     -¡Papá! Yo no reniego de nada, en absoluto, sólo que veo el mundo de otra manera, de una manera que tú no respetas. Porque no hable en yiddish o no vaya a una sinagoga no significa que sea un renegado.

     -Tú no entiendes mis palabras, o sencillamente no las quieres entender.

     -Sí, las entiendo, pero estoy dolido por lo que me dices, y tú sin embargo sigues ileso. [55]

     -¿Ileso? ¿Quién queda ileso después de estar en un lugar como Auschwitz?

     -No me entiendes o quizás no fue la palabra apropiada la que utilicé.

     -Nadie sigue con vida después de haber visto tanto horror. ¡Nadie! ¿Escuchaste? ¡Nadie!

     Su voz tomó un tono distinto, de enojo. En su mirada bullía la ira, y sus ojos hervían de indignación.

     -Tranquilízate, papá, no sigamos discutiendo, por favor, nos hacemos daño inútilmente. Cada uno tiene que respetar la idea del otro. Ese es todo el secreto para llevarnos bien.

     -Sí, Iósele, nuestras discusiones son por ideas. Tú no respetas las mías ni yo respeto las tuyas. Sabes, hijo, en las ramas hay muchas ideas, crecen las ideas, pero es en la raíz donde se alimentan todas ellas, y tú niegas esa raíz, niegas tu raíz.

     -Eres un viejo terco, caprichoso. Nuestras conversaciones no pueden ir más lejos que tus narices, sólo ves lo que quieres y lo que te conviene. Dime, ¿qué tiene que ver la raíz ahora? Di algo más concreto papá.

     -Si quieres seguir hablando conmigo, respétame. ¡Y si no te gusta, vete!

     No podía irme, estaba en mi casa, o al menos ahí vivía. Podía callarme, y dejar de jugar este juego terriblemente destructor, pero sentía la necesidad de hablar, la necesidad de decir lo que me dolía, de desenterrar mi rabia.

     -Buenas noches, papá, ahora sí me voy a dormir. Si quieres mañana vamos de paseo, podemos ir a ver el negocio o al cementerio.

     No volví la vista. Caminé hacia el dormitorio sin mirar el rostro de mi padre y sin esperar su respuesta. Cerré la puerta y me tiré vestido a la cama.

     Estaba sudado, me sentía cansado y deprimido. Intenté apartar mi tristeza y pensé en Laura, en la noche que pasamos juntos, y sentí la nostalgia que siempre me dejaban aquellos encuentros silenciosos.

     La ventana estaba abierta y el viento soplaba discretamente, apenas como un murmullo.

     De pronto el sol se presentó imponente, luminoso. Entrecerré los párpados para evitar que la luz me lastimara los ojos.

     Ya había amanecido.



- V -

 

     Quedé dormido y soñé con Javier. Fue un sueño terrible, una pesadilla extraña, ya que generalmente en los sueños nunca se repiten los hechos como en realidad sucedieron, pero en éste sí. Los acontecimientos se presentaron de la manera en que en realidad pasaron, con la misma crueldad y con la misma intensidad, con el mismo sufrimiento y con el mismo dolor, como si no fuera parte de un sueño.

     Javier y yo nos conocíamos desde niños. Fuimos vecinos muchos años. Vivíamos a unas pocas cuadras uno del otro. También íbamos a la misma escuela, fuimos compañeros de aula y de banco durante toda la primaria, y dejamos de serlo el día en que su familia decidió mudarse a otro barrio. Desde entonces perdimos todo contacto, ninguno de los dos sabía de la vida del otro, aunque yo siempre lo recordaba y lo extrañaba. Javier era para mí un amigo muy especial, uno de los pocos de mi niñez que nunca se burló de mi nombre ni de mi exagerada timidez, ni de mi casa, tampoco de mis padres ni de la sobreprotección que ellos ejercían sobre mí por ser hijo único.

     Fue el único compañero de toda la clase al que invité para la ceremonia de mi Bar Mitzvá(19), y uno de los recuerdos más lindos que me quedó de aquel día, fue que mientras yo me encontraba parado frente al Arca Sagrada rezando al lado de mi padre y del rabino que oficiaba la ceremonia, sentí un silbido, di vuelta la cabeza, y a lo lejos vi a Javier sentado, mirándome sonriente. En ese momento me causó mucha alegría, sobre todo verlo llevando puesta la kipá(20), ya que él no era judío. Durante todo el tiempo que duró el servicio religioso Javier permaneció atento. Su padre estaba sentado a su lado, había ido para acompañarlo, y también llevaba puesta una kipá. Al finalizar la ceremonia, cuando todos me lanzaban caramelos como símbolo de alegría y deseos de una vida dulce, recibí uno muy fuerte que me cayó justo sobre la frente. Cerré los ojos a causa del susto, y cuando de nuevo los abrí, me encontré con los de Javier, mirándome risueños.

     En la escuela, la última vez que estuvimos juntos, fue en la fiesta que le organizamos la maestra y los compañeros para despedirlo. Entonces le entregamos como recuerdo El principito, un libro de Antoine de Saint-Exupéry, con la firma de todos los compañeros.

     Siempre lo extrañé, tanto, que cuando estuve en Israel compré en un mercado árabe una estrella de David, muy particular, hecha de cobre con incrustaciones de piedras, y lo guardé para dárselo cuando de nuevo lo volviera a ver. Lo guardé por mucho tiempo, sin saber siquiera que alguna vez la casualidad haría que nos encontráramos de nuevo, y después, muchos años después, ya en la Facultad, se la entregué.

     Cuando mi madre falleció, también lo necesité. Me hicieron falta su firmeza y su fuerza como cada vez que la indecisión aparecía en mi vida.

     Volvimos a encontrarnos en la universidad. Fue después de haber recorrido varias carreras, y de que finalmente me entusiasmara el periodismo. Habían pasado más de diez años desde la última vez que nos habíamos visto. Él también había decidido estudiar Periodismo, después de haberse desilusionado de otras carreras. Volver a verlo significó para mí una enorme alegría. Después de mucho tiempo volvíamos a ser nuevamente compañeros.

     Javier había cambiado de aspecto. Se convirtió en un joven alto y robusto. Usaba el cabello corto, y sus ojos seguían poblados de luz, de alegría, de entusiasmo. Nos dimos un abrazo, y él me llamó José, con mi antiguo nombre. Este gesto tampoco dejó de conmoverme, ya que era como si de pronto los momentos buenos de nuestra niñez volvieran al presente a recrear nuestras vidas.

     Éramos muy distintos y nuestras familias eran diferentes. Él era decidido, arriesgado, no le temía a nada. Yo era tímido, inseguro y miedoso. Su padre era un hombre aún joven y de buen aspecto, que practicaba deportes diariamente. Además era profesor de Filosofía de la Universidad. También era escritor. Tenía algunos libros publicados sobre análisis de diferentes ramas de la Filosofía. Su madre era una mujer joven, muy bonita, que siempre vestía ropa moderna. Era médica de niños, trabajaba en hospitales de barrios marginales, siempre en el área de la salud social. Javier tenía dos hermanas mayores, también muy bonitas para mis ojos de niño. La mayor se había ido a vivir a España, después de conseguir una beca para estudiar Sociología, y la segunda estudiaba Medicina. Se trataba de una familia particular y muy diferente de la mía. Siempre escuchaban música clásica, juntos, y cuando iba a buscar a Javier para jugar, o para ir al cine, encontraba a sus padres leyendo en la sala, o en otras ocasiones en compañía de amigos cuyas conversaciones se desarrollaban con mucha discreción. En cambio mi familia era pequeña. Yo no tenía hermanos, mis padres eran personas mayores que nunca recibían a amigos, excepto la visita de la tía Jane y su familia. Nunca leían y sólo escuchaban antiguas canciones en yiddish. Mi padre era comerciante, y mi madre jamás actualizó su vestuario. Se dedicaba el día entero a arreglar la casa, a preparar la comida y a tejer carpetas. Además me llamaban Iósele, motivo de risa y burla para mis compañeros. Nosotros vivíamos en un departamento pequeño y ninguno de mis amigos quería venir a mi casa, porque no teníamos suficiente espacio para jugar. Por otra parte yo sentía vergüenza porque mis padres no hablaban correctamente en castellano y mi madre siempre se excedía con sus ofrecimientos de comida: pastelitos, tortas, masas, tartas y jugos. Su afán de alimentar a las personas era incontenible y devorador. La familia de Javier no vivía en un departamento como nosotros, ni como la mayoría de mis amigos. Ellos alquilaban una casa, una casa grande, con patio, con chimenea y con una pequeña terraza, donde Javier, yo y otro amigo construimos un escondite con cajas de madera, y era dentro de aquel refugio donde imaginábamos todo tipo de aventuras y fantasías que ilusamente creíamos que se podían llevar a cabo. Yo siempre hablaba de barcos y de viajes largos. Mi imaginación iba hacia continentes cuyos habitantes eran diferentes a nosotros, o descubría ciudades enterradas. Tal vez se debía a la influencia que recibí de las conversaciones que escuchaba de mis padres sobre el viaje que hicieron desde Europa hasta América, y por todos los inconvenientes que sufrieron para llegar a esta ciudad. Antonio, otro compañero que también pertenecía al grupo, hablaba sobre el campo, los animales y el paisaje, porque su familia tenía una estancia a la que iban regularmente, en tanto que Javier siempre hablaba de la justicia, de la injusticia, del sufrimiento y del hambre del pueblo e imitaba en sus discursos a grandes estadistas de esos tiempos. Ni Antonio ni yo prestábamos mucha atención a sus comentarios que eran muy complicados, casi indescifrables. No entendíamos aquellas definiciones ni aquel lenguaje que usaba para explicarnos sus teorías sociales y políticas. Para nosotros era cosa de tontos.

     Sin embargo, después, cuando volvimos a ser compañeros, en la Facultad, yo lo observaba y lo oía con mucha atención, admiración y cierta envidia, por la energía que ponía en sus artículos y por la total ausencia de miedo que tenían sus palabras al definir, por ejemplo, en un examen oral, las diferentes teorías sobre la libertad de prensa, la libertad de expresión y otras libertades que no iban de acuerdo con la situación política que se estaba viviendo en ese momento en el país. Era inteligente y oportuno en sus comentarios, y muy arriesgado, al punto de que conociendo el costo personal que tendría cierto comportamiento, igual se arriesgaba.

     Estábamos cursando el tercer año de Periodismo cuando una tarde dejó de asistir a las clases. En la secretaría nos dijeron que se había enfermado, pero nadie preguntó de qué, qué le pasaba, hasta que luego de varios días, por casualidad, no enteramos que en realidad Javier no se encontraba enfermo sino escondido. Había huido de la policía cuando lo iban a tomar preso por escribir unos nombres en la lista de alumnos desaparecidos y asesinados, en el muro que estaba enfrente a la Facultad. Aquel atropello de la policía hacia los alumnos no era un hecho nuevo para nosotros. Se repetía diariamente, sobre todo en esa Facultad y en esa época, donde estaba prohibido disentir con el sistema. Aquel que lo hacía era cruelmente castigado.

     Ninguno de los compañeros preguntó a las autoridades de la Facultad dónde estaba Javier, ni llamamos a su casa para averiguar qué se había hecho de él, hasta el día en que sus padres se acercaron a nuestro curso y pidieron hablar con unos cuantos compañeros. Entre los nombrados figuraba yo. El profesor interrumpió su exposición y llamó a cinco alumnos, pidiendo que nos pusiéramos de pie y saliéramos del aula, porque los padres de Javier Ponchelli querían hablar con nosotros. Inmediatamente me corrió por todo el cuerpo un temblor, producto del temor a enfrentarme con aquellas personas, ya que después de algunos días que Javier dejó de ir a clase, todos sabíamos que algo malo estaba ocurriendo y aceptamos cobardemente aquel engaño sobre su enfermedad. Pero aquel estado de silencio que nos imponían a fuerza de amenazas después se desbloquearía frente a la verdad.

     Saludé a los padres de Javier creyendo que no me reconocerían. Sin embargo, el padre me tendió la mano, me llamó José y preguntó por mi familia; si vivíamos aún en el mismo lugar sobre esa importante avenida, y si mi padre conservaba todavía aquel negocio. Me impresionó que a pesar del mal momento que estaba atravesando igual se acordara de aquella época. La madre me abrazó y me contó que sobre la mesa del comedor estaba como adorno la estrella de David que yo le había traído a Javier de Israel, y que la dejaron en ese lugar porque era muy bonita, y sobre todo porque era un regalo mío.

     Ambos se veían tristes y agotados. Inmediatamente, cuando preguntamos por Javier, el padre habló y dijo que él nunca estuvo enfermo, y que tampoco huyó de la policía como contaron las autoridades de la Universidad. La verdad era que lo tomaron preso, a él y a otro más, cuando, efectivamente, estaban escribiendo en aquel muro los nombres de estudiantes desaparecidos. La madre interrumpió el relato y nos pidió que siguiéramos hablando en la calle. Temía por nuestra seguridad. La de ellos ya no importaba.

     Fuimos a una plaza cercana. Los padres de Javier se sentaron en un banco y nosotros sobre el pasto. La plaza estaba despoblada, los bancos vacíos y las palomas ausentes. El día se había puesto de un gris azulado, y mientras la tarde partía perezosamente, el cielo se fue ennegreciendo.

     El padre siguió con el relato. En ningún momento se le entrecortaron las palabras, ni se sintió un tono de dolor en su voz, aunque su rostro estaba bañado en lágrimas. A la madre sí, a aquella mujer, a quien de niño siempre la veía joven, hermosa e inteligente, la notaba cruelmente envejecida. El dolor, aunque reciente, le dejó marcas terribles en la expresión. El padre siguió contándonos que aquella tarde Javier no volvió a la casa, ni tampoco a la noche, ni al día siguiente, ni después. Alarmados, al cuarto día de ausencia, empezaron a buscarlo, a preguntar en la universidad, a la novia, a los amigos, a los compañeros, a llamar a las casas que normalmente frecuentaba y a los parientes. Recorrieron hospitales, morgues y cementerios, hasta que finalmente, gracias a un paciente de la madre de Javier, que trabajaba como electricista en varias comisarías, se enteraron de que Javier Ponchelli estaba detenido en una de ellas. Fueron hasta allá, pero no recibieron ni una sola información hasta esa mañana en que a través de una llamada anónima, les avisaron que había un cuerpo en una comisaría, cuyas características físicas coincidían con las de Javier.

     El padre terminó de contarnos la historia y calló. Transcurridos unos minutos se puso de pie, sacó un pañuelo y se limpió la cara, miró el cielo, el parque, a su mujer, arrugó el ceño y caminó unos pasos hasta un viejo árbol. Me puse también de pie para acompañarlo, pero la madre me tomó de la manga de la camisa y me retuvo.

     -Déjalo, déjalo solo -dijo.

     Ella siguió hablando. Nos pidió que fuéramos a verificar si aquel cuerpo era el de Javier, pues ellos, en tal trance, no tenían las fuerzas necesarias para hacerlo, porque si no fuera el de su hijo, igual correspondería a algún otro joven, algún otro estudiante, que también tendría padres, hermanos, y familia. Confesó que para ellos sería muy terrible encontrarse con una escena así.

     Esa misma noche, sin comentarle nada a mi padre, para evitar preocuparlo, algunos compañeros y yo fuimos en busca del lugar donde estaría un cuerpo esperando para ser identificado.

     Aquella fue una noche muy triste, sin luna, sin estrellas, oscura, sin esperanza. De pronto, el cielo se llenó de relámpagos, de truenos, y bajo una lluvia torrencial que comenzó a caer inesperadamente, cruzamos calles y raudales. Totalmente mojados y asustados, llegamos hasta la comisaría. Unos cuantos policías nos pidieron los documentos de identidad, nos preguntaron un montón de cosas, anotaron nuestros datos en un cuaderno e hicieron una llamada telefónica. Permanecimos un par de horas parados aguardando la autorización que ellos requerían para dejarnos ver el cuerpo. Por fin, bien entrada la noche, y después de recibir la respuesta a través de una llamada telefónica, nos llevaron caminando unas cuantas cuadras hasta un galpón.

     Llegamos, y ante una puerta de madera enorme y pesada, uno de los policías contó que encontraron a ese joven al que íbamos a identificar, lastimado y probablemente asesinado por delincuentes que tal vez intentaron robarle la billetera, y como él habría opuesto resistencia lo golpearon hasta dejarlo muerto. Nadie dijo una sola palabra. Sabíamos que esa no era la verdad y que aquella mentira era el argumento que utilizaban siempre, repetidamente. La falta de ingenio de los policías resultaba hasta jocosa. Eran capaces de crear una mentira y sobre ella otra y otra sin poder encontrar una que fuera convincente. Todos permanecimos en silencio. Un silencio de muerte. Sabíamos que una palabra fuera de contexto bastaría para que cualquiera de nosotros cayera también en manos de inventados ladrones.

     Entramos. Nos temblaban las piernas. En la penumbra zozobrábamos. Era un lugar tétrico. No había muebles, sólo una mesa y sobre ella una radio pequeña, a pilas, de ésas que se llevan a donde uno va, una silla, un foco que colgaba de un cable desde el techo y que apenas alumbraba aquel galpón sucio, que olía a dolor, a sadismo, a locura, a inmundicia. En el piso había charcos de agua y manchas de sangre. Nos horrorizamos. El terror nos obligó a silenciar nuestra rabia, hasta el momento en que nos acercamos a una camilla que estaba recostada en una pared sin revoque ni pintura, y mojada por una gotera en el techo. Y entonces ninguno pudo apagar el grito.

     En la camilla, desnudo, estaba el cuerpo de Javier, asesinado.

     Me pareció estar oyendo música clásica, fuerte, a todo volumen, como para esconder los gritos de dolor de Javier Ponchelli. Recordé a los nazis y recordé la música de Richard Wagner sonando en los parlantes. Apreté los dientes, y mordí. Mordí con fuerza, mordí mi rabia. Mordí el vacío, mordí la nada.



- VI -

 

     Después de aquel día, y durante mucho tiempo, me sentí mal, derrotado, un traidor, con ese mismo sentimiento que después hizo debilitar la fe en mis ideales, en la humanidad, en mis cuentos y en mis novelas.

     Fue en esa época cuando el encierro se convirtió en mi único estilo de vida. Una y otra vez me golpeaba aquella frustración frente a la impunidad, frente a mi cobardía al no defender la causa por la que Javier y otros muchos estudiantes fueron secuestrados y luego asesinados, al no tener el suficiente valor de escribir en aquel muro frente a la Facultad los nombres de mis compañeros desaparecidos y asesinados. Me sentí todavía más fracasado al terminar mis estudios de Periodismo sin haber logrado el poder que pretendía alcanzar con elementos como el lápiz y el papel.

     El periódico sólo me ofreció una columna cultural. Y entonces sentí la derrota y la vergüenza ante los ojos de mis compañeros, ante Javier Ponchelli, ante sus padres y ante mí mismo. Yo no estaba dispuesto a pelear, no estaba dispuesto a nada, no podía estar por encima de los mundanos errores, estupideces, azares, nimiedades, como debe estar un revolucionario. Yo no podía soportar el olor de la pólvora. No podía ni sabía enfrentarme a un mundo injusto con la justicia como estandarte.

     Aquel fracaso me empujó hacia el encierro, y ese encierro se instaló en mi vida. Durante mucho tiempo dejé de asistir a las reuniones de la universidad, a los debates y a las charlas. Dejé de caminar por la vereda donde estaba el muro con los nombres de los estudiantes asesinados y desaparecidos, y donde también estaba escrito el nombre de mi amigo Javier Ponchelli, y debajo del suyo, el de muchos otros jóvenes.



     Desperté con el mismo estado de desaliento con el que me acosté, sudoroso y con un sabor amargo en la boca. Me pasé la lengua alrededor de los labios, y los sentí pastosos. Miré por la ventana: era una mañana soleada. ¿Hacía frío o calor? No podía discernirlo. Sólo sabía que había dormido con ropa y sobre la frazada. Miré el reloj: era casi medio día.

     -¡Medio día! -pensé.

     Me levanté de un salto, y fui al baño. Me miré al espejo. Mi rostro se veía cansado, con secuelas de una noche larga e improductiva, tenía el pelo largo y canoso, la barba crecida y desprolija. Estaba pensando en mi mal aspecto, cuando sentí olor a comida.

     Prendí un cigarrillo, me puse los anteojos, y así, descalzo, sin peinarme ni afeitarme, y con la misma ropa con la que dormí, fui hasta la cocina. Mi padre estaba con un delantal, cortando cebollas en cuadrados pequeños. Levanté la tapa de la olla. Dentro se estaba cocinando un pollo con arvejas, papas y otras verduras. El vapor empañó mis cristales. Tapé de nuevo la cacerola pero el aroma me abrió el apetito.

     -Papá, ¿qué haces? -pregunté.

     -Estoy cocinando, Iósele.

     -¿Cómo amaneciste, papá?

     -Bien, ¿y tú, hijo?

     -¡Cansado!

     De pronto se me ocurrió salir a dar un paseo con mi padre. El día se mostraba perfecto, ideal para una caminata.

     -¿Por qué no vamos a dar un paseo después de comer?

     -Si tú quieres hijo... Sí, me gustaría.

     -Bueno, entonces me doy una ducha, comemos y después salimos a pasear, pero antes quiero hablar sobre nuestra conversación de hoy en la madrugada. Es mejor que lo hagamos sin nervios y sin palabras que hieran, como dos personas adultas y racionales, como padre e hijo y no como enemigos.

     -¡Por favor, hijo, no me pidas eso ahora! Hoy a la noche empieza Rosh Hashaná, es un día de fiesta, por ello no quiero peleas ni discusiones, después me sube la presión y me duele la cabeza. Por favor, hijo, hoy quiero estar tranquilo para disfrutar de esta festividad y de la cena en la casa de la tía Jane. Hace un año que no la veo ni a ella, ni a su familia, así que por favor no me pongas de nuevo nervioso.

     -Bueno, papá, dejemos la conversación para otro momento.

     Mi padre continuó en la cocina terminando de preparar la comida, y yo fui hasta el baño a darme una ducha. Abrí el grifo, y mientras el agua fría caía sobre mi cuerpo, recordé de nuevo a Javier y los meses posteriores a su muerte, mi encierro, y a Sofía. La conocí poco después de aquel episodio. Fue la tía Jane quien me llamó un día para hablarme de ella, de Sofía. Dijo que conocía a una joven muy bonita e inteligente, hija menor de un matrimonio amigo suyo, a la que quería mucho, y a la que deseaba presentarme.

     La ilusión por conocerla me sacó de aquel estado de desasosiego. 



- VII -

 

     Volví a la cocina después de haberme duchado, afeitado y cambiado de ropa.

     La mesa estaba puesta. Mi padre sirvió la comida, y cuando estábamos comenzando a comer, sonó el teléfono.

     -Debe ser para ti, hijo.

     -¿A quién se le ocurriría llamar a esta hora?

     Me levanté con desgano y caminé hasta la mesa donde estaba el teléfono. Tomé el tubo y contesté:

     -¡Hola!

     -¡Iósele!

     -Sí, soy yo.

     -¿Cómo estás, Iósele? Soy yo, tu tía Jane.

     -¡Bien, tía!

     -¿Tu papá ya llegó?

     -Sí, tía.

     -¿Cómo está?

     -Bien, muy bien, pero si quieres hablar con él, está cerca.

     -Bueno, si no molesto -respondió.

     -Papá -dije-, es para ti.

     -¿Quién? -preguntó.

     -La tía Jane.

     Mi padre y la tía Jane hablaron por un par de largos minutos, después volvió a la mesa y me preguntó:

     -¿Te gusta la comida, Iósele?

     -Sí, papá, todo está exquisito.

     -¿Quieres más schmetene sobre los creplaj?

     -No, papá, no me gusta la crema agria sobre los ravioles de queso.

     -No se llaman ravioles, ni tampoco se dice crema agria, son creplaj, mit schmetene.

     Una vez más mi padre me estaba reclamando una respuesta como a él le gustaría que fuera. Quedé en silencio, miré la comida, dejé los cubiertos a cada lado del plato. Luego levanté la vista y respondí:

     -Sí, papá, son creplaj.

     -¿Por qué no lo dijiste así, en un principio?

     -Porque no sé hablar en yiddish.

     -¿Por qué abandonaste el yiddish? ¿Dónde lo dejaste, Iósele?

     -No lo dejé, no lo abandoné, porque nunca lo tuve.

     -¿Por qué siempre te niegas a hablar en yiddish, hijo?

     -¡No es una negación, es sólo que no lo sé hablar! ¿No entiendes papá, o no lo quieres entender?

     -¡Cómo que no lo sabes hablar! Si te criaste en un hogar donde sólo se hablaba en yiddish.

     -Papá, por favor, me olvidé del yiddish, así como tú te olvidas que yo soy escritor, que soy periodista, que trabajo con la palabra, que la palabra es mi única herramienta de trabajo, el yiddish es una lengua muerta. Ya no existen escritores que la utilicen, ni lectores que la lean. ¿Entiendes?

     -Ahora me vienes con esa historia.

     -No es ninguna historia, es sólo la verdad.

     -¿Acaso tus cuentos o tus poemas te dan de comer?

     -No me dan de comer, pero me dan vida. Sin ellos yo no podría mantenerme vivo. ¿Entiendes?

     -No, no te entiendo.

     -Eres un viejo terco.

     -Soy viejo, quizás para ti, un viejo ignorante, pero no soy un viejo tonto, hijo. Y sabes, Iósele, que por culpa de personas como tú, se perdieron muchas tradiciones, muchas costumbres. Recuerdo cuando existía el teatro en yiddish...

     -Estás hablando de Europa, ahora vives en América. Es increíble como nunca aceptas que estás en otro continente. Deja de pensar en Europa, tu vida está ahora acá.

     De nuevo tomé el tenedor y el cuchillo, corté un trozo de pollo y me lo llevé a la boca.

     -¿Te gusta, hijo?

     -¿Qué, papá?

     -¡Iósele! ¡La gallina!

     -La comida está muy rica, papá.

     -Gracias, hijo.

     El teléfono sonó otra vez.

     En muchos momentos como éste hubiera preferido vivir aislado de todo y de todos, en un lugar libre de cualquier tipo de molestas intromisiones, o bien un siglo atrás, cuando las comunicaciones eran menos agresivas e invasoras. El teléfono era uno de esos artefactos modernos de comunicación que me irritaban.

     -Sigue comiendo, hijo, ahora atenderé yo.

     -Bueno, papá, gracias.

     -¡Hola! -dijo mi padre, y luego permaneció callado.

     -¿Quién es? -pregunté, pensando que quizás fuera Laura, y que sería un motivo de discusión con mi padre y de complicación para mí.

     -Es para ti -dijo.

     -¿Para mí? ¿Quién?

     -Una mujer.

     -¿Laura?

     -No.

     -¿Entonces?

     -La otra.

     -Papá, por favor.

     -La de la otra noche.

     -¿Quién?

     -Leah.

     -¿Leah?

     -Sí, Leah.

     Por un instante me cohibió hablar con una mujer a quien no conocía, pero la curiosidad me llevó a responder la llamada.

     -Habla rápido, hijo, porque la comida se enfría.

     -Sí, papá.

     Dejé la servilleta sobre la mesa, bebí un sorbo de agua, y fui hasta el teléfono.

     -¡Hola! -dije.

     -Hola.

     -¿Con quién hablo? -pregunté, sin reconocer a quien pertenecía la voz.

     -Soy Leah, Leah Baron.

     -¿Quién?

     -Leah Baron.

     -Sí, sí, ahora recuerdo. Recibí un mensaje tuyo en el contestador y otro, lo dejaste con mi padre, ¿verdad?

     -Sí, hablé con tu padre, pero él tampoco me reconoció.

     -¿Quién eres?

     -No puede ser que hayas perdido la memoria.

     -Dejemos de lado tanto misterio y dime quién eres.

     -Soy Leah Baron, tu amiga.

     -Nunca tuve una amiga que se llamara así.

     -¿Y alguna que se llamara Luisa?

     ¿Luisa? -pensé-. ¿Luisa Baron? -volví a preguntarme-. Me acordaba de Luisa, pero ella era Luisa Bronsky. ¿Qué tenía que ver aquella Luisa Bronsky con esta Leah Baron, o con Luisa Baron? Aquellos nombres me crearon una tremenda confusión.

     -Sí, Luisa Bronsky y yo fuimos muy amigos -respondí.

     -Yo soy Luisa Bronsky.

     -¡Tú eres Luisa! ¿La misma Luisa a la que llamábamos también Leie?

     -Sí, sólo que volví con otro nombre.

     -¿Te cambiaste de nombre?

     -Sí, y tú también, ¿no es cierto?

     -En realidad no lo cambié, lo americanicé.

     -Y yo, al mío, lo hebraicé.

     -¡Cuánto tiempo sin vernos, Luisa!

     -¡Muchos!

     -¿Cuántos?

     -Mejor olvidemos cuántos. Acuérdate que soy mujer, y que a nosotras los años no nos benefician tanto como a ustedes los hombres.

     -¿Qué se ha hecho de ti, amiga?

     -¿Y de ti?

     -Mi vida no tuvo demasiados cambios. Además ya ni me acuerdo en qué época dejamos de vernos.

     -Yo sí. Lo recuerdo muy bien, pero no podemos seguir hablando por teléfono, me gustaría que nos encontráramos. Quisiera verte. Me gustan los encuentros.

     -Sí. A mí también me encantará volver a verte.

     -¿Cuándo? -preguntó inmediatamente.

     -No sé.

     -¡Ahora!

     -¡No!

     -¿Por qué?

     -Porque mi padre está en mi casa, de visita. Además hoy a la noche es Rosh Hashaná y la tarde se hace corta.

     -¿Mañana?

     -No, no puedo, será mejor que nos encontremos la semana que viene, o después del Día del Perdón, entonces estaré más tranquilo y con más tiempo libre.

     -Bueno, te llamo después de ese día, para encontrarnos.

     -Me parece bien.

     -Te mando un beso, Iósele, o prefieres José, o Alejandro.

     No respondí. Simplemente dije:

     -Adiós, Leah.

     -Adiós, Alejandro.

     Volví a la mesa, pensativo y concentrado en recuperar la memoria de episodios que ocurrieron veinte o más años atrás.

     -¿Quién es esa mujer? -preguntó mi padre.

     -Una amiga.

     -¿Cuál amiga?

     -Una antigua.

     -¿A Id?

     -Sí, papá. Es judía. ¿Te acuerdas de Luisa?

     -No.

     -¿Te acuerdas entonces de Leie?

     -¡Avade!

     -¿Qué?

     -Seguro, hijo. Claro que me acuerdo de Leie.

     -Era ella.

     -Leie, ¿la pelirroja?

     -Sí, papá, ella.

     -¿Por qué dijo Leah?

     -Ahora se llama así.

     -¿Ella también se cambió de nombre?

     -Creo que sí.

     -Pero, ¿por qué Leah?

     -En castellano se llamaba Luisa, y creo que Luisa en hebreo es Leah.

     -Hijo, esto de cambiarse de nombre para mí es una desgracia, por favor no hablemos de ello, además no entiendo, ¿para qué uno quiere tener tres nombres? Luisa, en castellano, Leie en yiddish, y ahora Leah en hebreo. ¿Quién necesita tantos nombres? Aunque, durante la guerra, algunos necesitábamos varios nombres para salvarnos.

     La comida se había enfriado y mi apetito se había disipado. Me levanté, llevé mi plato a la cocina, lo dejé en el lavadero junto a los demás utensilios sucios y salí al balcón. El inicio de la tarde se mostraba esplendoroso.



     Recordaba a Luisa como si la estuviera viendo. Ella también formaba parte del grupo de jóvenes sionistas que viajamos juntos a Israel, convencidos de ir a vivir a ese país. Luisa era una de las tres mujeres del grupo. La otra se llamaba Nora y la otra, Esther. Luisa quedó en Israel, yo regresé. Ella eligió ese país para vivir y por quien pelear, a pesar de las insistencias, los ruegos y súplicas de sus padres para que regresara. Era una joven muy bonita, tenía el cabello largo, liso y de color rojizo, que le llegaba casi hasta la cintura. Lo llevaba suelto, y parecía que estuviera siempre recién peinado. Sobre la frente ancha le caían unos que otros mechones de pelo que simulaban un flequillo. Sus ojos eran oscuros, casi negros, y alegres. Una nariz pequeña le daba a su rostro un aire aniñado, y sus labios finos siempre sonreían. Sus padres se habían opuesto a que ella realizara aquel viaje, porque temían que nunca más volviera debido a sus ideales sionistas. En la casa la llamaban Leie, y también Leie la llamábamos sus amigos. Sus padres eran de Rumania y habían venido a América antes de la Segunda Guerra Mundial.

     Durante los meses que estuvimos juntos en Israel, creí amar a Leie, y me creí amado por ella, pero en realidad era simplemente un enamoramiento, aunque disfruté del encanto de aquel estado. Recorrimos juntos Israel, y de aquel período recuerdo principalmente una noche en el desierto cuando preparamos las carpas, pero finalmente decidimos permanecer despiertos toda la noche mirando la luna. En el Neguev la luna brilla de otra manera.



     -¡Iósele! ¡Iósele!

     -¿Sí?

     -¿Dónde estás, hijo?

     -En el balcón.

     -¿Vamos a dar un paseo?

     -Bueno, papá, vamos.

     Mi padre se puso los zapatos de lluvia, el sobretodo gris, un sombrero, una bufanda y por último tomó su paraguas.

     -¡Papá! ¿Adónde crees que vas?

     -A dar un paseo.

     -Parecería que nos fuéramos al Polo.

     -¿Por qué?

     -Mira cómo estás abrigado.

     -¿Y si cambia el tiempo?

     -No, no va a cambiar, salió el sol, es una tarde fresca, pero no fría.

     -Igual, yo voy así.

     -Está bien, papá, ven como quieras.



     Bajábamos las escaleras cuando a mi padre se le ocurrió invitar a don Samuel a dar el paseo con nosotros.

     -Iósele, vamos a avisar a Schmuel, por si quiere(21) venir también.

     Tocamos el timbre de su departamento, pero nadie respondió, y después de insistir varias veces seguimos bajando. Nos cruzamos con la joven provinciana que subía hasta el segundo piso, dando pasos cortos y lánguidos. La saludamos y ella respondió levantando la vista pero no la cabeza. Vestía tímida y discretamente, demasiado para la época y el lugar donde transcurría su juventud.

     Salimos a la calle. Caminamos hasta la parada del colectivo. En el aire ya se olía el aroma a comida de Rosh Hashaná y a través de los olores sentía el sabor de la cebolla frita, del pescado relleno, de pollo asado, y ver a las mujeres cocinando y preparando la casa para recibir el año nuevo. Subimos a un colectivo y después de dar algunas vueltas, bajamos frente a un local donde mi padre había pasado más de treinta años vendiendo portaligas, sombreros, medias y guantes de mujer.



     Luego de la muerte de mi madre y de mi vuelta de Israel, él había tomado la decisión de ir a vivir solo, y para ello ocupó el pequeño apartamento que estaba atrás de la tienda. Aquella mudanza fue muy cómoda para él, pues ya no tendría que realizar diariamente viajes fastidiosos, sobre todo cuando el tiempo era malo, y para mí, significaba la libertad.

     Durante mucho tiempo soñé con la independencia que tendría cuando lograra vivir solo. Al fin gozaría de libertad, disfrutaría de todo aquel departamento, de aquel espacio sólo para mí, de las visitas de mis amigos en cualquier horario, de mi tiempo y del teléfono. Mis libros por fin tendrían otro lugar que no fuera mi ropero, y mi máquina de escribir estaría sobre el escritorio y no escondida en un rincón apartado de la cocina. Ya no tendría que compartir con mi padre el dormitorio ni los muebles donde se guardaba la ropa, ni el baño, ni seguir oyendo sus reproches a diario, sus quejas sobre mi carrera, mi trabajo, mis ideales y mi identidad. En un principio, después de la mudanza, sentí una nueva sensación de espacio y de tiempo. Me costó aceptar que todo aquello con lo que siempre soñé, por fin se cumplía, y entonces creí, ilusamente, que aquel estado de soledad era perfecto. Mi padre se había mudado. Yo logré vivir solo, pero finalmente nunca alcancé la libertad que tanto soñé.

     Pero cuando la moda cambió y se volcó totalmente a favor de la practicidad para las mujeres modernas de esos años, ellas dejaron de usar sombreros. El guante se convirtió en una prenda sólo para grandes e importantes ocasiones, las medias de tul empezaron a fabricarse más finas, dúctiles y cosidas a una prenda íntima. El material también fue reemplazado por otro más sintético y más económico y el portaligas fue desechado. Entonces mi padre no tuvo otra alternativa que liquidar la mercadería, cerrar el negocio y volver a mudarse de aquel apartamento a una casa en las afueras de la ciudad.



     Cruzábamos la calle cuando mi padre me tomó de la muñeca. Me llamó enormemente la atención que haya buscado mi brazo como ayuda para caminar, pues en anteriores ocasiones lo había rechazado, pero no dije nada. Nos detuvimos frente a un negocio cuyas paredes estaban pintadas con colores multicolores y en un enorme letrero que colgaba del techo, se exhibía la figura atlética de un joven con el cierre del pantalón desprendido y abajo, escrita con pintura fosforescente, la propaganda de la marca de una ropa interior.

     -¿Este es mi negocio? -preguntó.

     -Sí, papá, este, era tu negocio -respondí.

     -¡Dios mío! ¿Qué hicieron?

     -Ahora es una tienda de prendas para jóvenes.



     Mi padre había comprado aquel negocio al poco tiempo de haber llegado de Europa con un capital que le había prestado el tío Itsic, que también tenía otro local cercano a ese, y donde él decía que se vendía pijamas para caballeros y camisones para damas. El negocio se llamaba «Ropa para dormir». Siempre consideré que al tío le faltó un poco de ingenio en el momento de escoger el nombre. Ambos estaban ubicados sobre una importante avenida de la ciudad, por ello las ventas eran buenas y las ganancias también. Mediante ellas podíamos pagar mis clases de inglés, buena comida, y disfrutar durante muchos veranos de unas bonitas vacaciones en el mar y, sobre todo, mi padre pudo comprarse un departamento. Él trabajó duro toda su vida, le temía al desamparo físico, como los demás refugiados que llegaron a América después de la segunda guerra mundial. Todos ellos padecían el temor al hambre, a la necesidad, y el terror a ser de nuevos perseguidos.

     -¡Papá!

     -Sí, hijo.

     -¿Quieres entrar?

     -Dime, ¿para qué?

     -Simplemente para recordar.

     -¿Para recordar? ¿Qué?

     -Cuando este era tu negocio.

     -¡Pasaron tantos años! Pero todavía recuerdo el ruido de las máquinas de coser. ¿Te acuerdas, Iósele? ¿Cuando atrás se cosían los guantes y las medias, y el olor a pegamento con el que se fabricaban los sombreros? Sabes, hijo, trabajé toda la vida para que mi familia no sintiera hambre, no sufriera lo que yo sufrí en mi vida. ¡Tanta persecución! Me quedé en esta ciudad, trabajé, luché, pero perdí tantas cosas. Sólo pensé en ti y en tu madre. Les quise dar lo mejor, nunca dejé que les faltara nada. Luché contra la pobreza, porque, ¿sabes, Iósele?, la pobreza te convierte en un esclavo.

     -Papá. Piénsalo, si quieres entrar, yo te acompaño.

     -No, hijo, no quiero entrar, los recuerdos están acá, adentro, esto ya no me pertenece, mejor volvamos a casa.



     También yo recordaba aquel negocio y los ruidos, los olores, y el día en que mi padre decidió cerrarlo debido a la tristeza y el silencio que había por la falta de clientes. Aquel día mi padre se sentó en la vereda mientras algunos hombres y yo alzábamos la poca mercadería que quedaba, la máquina de coser, algunos muebles y las cabezas de los maniquíes. Para él eso significó el final. A partir de aquel día su salud fue empeorando, aparecieron los dolores y la presión comenzó a subir.



     -Papá. ¿Por qué no caminamos? Es un lindo día, hay sol, aprovechemos el clima.

     -No, Iósele, quiero ir a casa, estoy cansado -dijo él.

     Sacó del bolsillo del pantalón el frasco de medicamentos, lo abrió, tomó una pastilla y se la puso debajo de la lengua. Por unos minutos se mantuvo quieto y callado.

     -¿Te sientes bien, papá?

     -Sí, pero, por favor, tomemos un taxi.

     -¿Por qué no seguimos caminando?

     -Quiero volver.

     -Está bien.

     Cuando mi padre pasaba un tiempo fuera de su casa le entraba una inmensa angustia, y se volvía intolerante. Inmediatamente quería volver a su lugar, como un niño que necesita del brazo de la madre para sentirse protegido. Le faltaba su espacio, su lugar, aquel lugar que la memoria reconociera como propio para encontrarse seguro. En varias ocasiones mi madre y yo lo encontramos acurrucado en sitios perdidos de la casa. Para nosotros era común que de pronto y sin motivo se refugiara en el baño o en el lavadero. Muchas veces lo noté con deseos de modificar aquel comportamiento, pero era inútil, no podía luchar contra aquel pánico que le sobrevenía cuando estaba en un lugar alejado o desconocido. Durante las vacaciones, antes de entrar a la casa o al departamento que alquilábamos para la temporada, debíamos encontrar un lugar donde él pudiera refugiarse cuando lo necesitara. Mi madre lo cuidaba como a un niño, y siempre hacía lo posible para que el resto no notara los estados de pánico en que entraba. Una vez le pregunté a ella por qué se comportaba él de esa manera, y me dijo que eran los traumas que le quedaron de la guerra. Siempre temía que los nazis lo encontraran. Permanentemente huía de ellos aunque sabía que estaba lejos de Europa, y que, además, la guerra había terminado, pero cuando el territorio no era reconocido, el pánico no respetaba la razón y, entonces, mi padre sufría.



     -Siempre que estoy lejos de mi casa, me entra un terrible temor de perderme, siento miedo, llévame a tu casa, Iósele, por favor.

     Regresamos. La resolana caía cansada sobre el final de la tarde, cuando llegamos al edificio.

     -¿No quieres ir al bar, papá?

     -Prefiero subir y descansar para sentirme bien a la noche.

     -Pero seguro que Carlos, Don Samuel y José están en el bar, y se van a alegrar si te ven.

     -No, no, hijo, ve tú.

     -Bueno, papá, después vuelvo a cambiarme para ir a lo de la tía.

     -¿A qué hora es la cena, Iósele?

     -No sé, seguro que después del servicio de la sinagoga.

     -¿A las nueve?

     -Tal vez, pero me parece una buena hora para ir. Recuerda que antes tenemos que pasar por la confitería a comprar una torta de queso.

     -¿Quieres ir al shil, Iósele?

     -No, papá, pero si quieres que te acompañe, yo voy.

     -No, no importa, para Yom Kippur vamos a ir, hoy me siento cansado.

     Mi padre subió al departamento, y yo fui hasta el bar.

     Antes de sentarme en la mesa donde estaba José, compré una ficha para usar el teléfono. Disqué el número de Laura pero nadie contestó. Miré el reloj, eran las siete de la tarde, la hora en que ella regresaba del hospital. Recogí de nuevo la moneda rechazada y la guardé en el bolsillo del pantalón.

     Más tarde la volví a llamar y tampoco me respondió.

     José estaba con un vaso de vodka en la mano, cuando me senté junto a él.

     -¿Cómo estás?

     -Bien, Alejandro. ¿Y tu padre?

     -Está descansando.

     -¿Dónde está Don Samuel? -pregunté.

     -Hoy es Rosh Hashaná, su hijo vino a buscarlo, pero seguro que mañana estará de vuelta.

     -¡Me olvidaba que siempre para estas fechas va a la casa de uno de los hijos! ¿Y tú dónde estarás esta noche, José?

     -Iré a mi casa, a dormir, como todas las noches, como todos los años, como toda mi vida.

     -¿No quieres ir a cenar con mi padre y conmigo a la casa de una tía? Allá siempre hay mucha comida y mucho espacio, además estoy seguro que se pondrán felices de recibir otro invitado.

     -¡Alejandro! ¿Qué te sucede?

     -¿Por qué?

     -Parecería que recién ahora me estás conociendo.

     -Sí, tienes razón, José, de pronto se me olvidan las cosas, debe ser que estoy distraído.

     -¿Qué te preocupa?

     -Que son más de las siete y Laura no responde la llamada.

     -Pero ese no es motivo de preocupación para nadie.

     -Sí, pero igual me preocupa.

     -Entonces escondes otra preocupación.

     -Creo que Laura eligió alejarse de mí los días que mi padre está en casa.

     -¿Por qué?

     -Porque sabe que a él le disgusta la relación que llevo con ella.

     -Alejandro, te estás comportando como un adolescente, por favor, amigo, piensa, y aclara tu situación con tu padre y con esa mujer.

     -No es tan fácil, José.

     -Dime, ¿qué fue difícil en tu vida? ¿Tuviste que vivir guerras? ¿Pasaste hambre, frío, dolores o humillaciones? No fuiste como yo, testigo de la destrucción del comunismo, de un partido en el que creíste, luchaste, y por el que peleaste, toda tu vida. Yo nací entre las dos guerras más importantes de este siglo, entre la Primera y la Segunda Guerra Mundial. Me crié con hambre, en Odessa, un lugar frío, una de las ciudades más golpeadas de Rusia. Luego fui a Kharkov, Kiev, Leningrado, Lodz, a Vilna. Allí también soporté meses de hambre, de frío. Fui condenado al destierro y a trabajos forzados.

     José calló. Volvió a llenar su vaso con vodka y llenó otro para mí.

     -¿Tú la amas? -me preguntó.

     -Creo que sí, no lo sé, pero, ¿qué es el amor, José?

     -¿No lo sabes?

     -Creo que yo...

     -¡Alejandro! Eres un hombre, eres escritor, vives de fantasías y de cuentos, de encantos y novelas, y no conoces el amor.

     -¿Tú lo conociste?

     -Sí.

     -¿Cómo es?

     -El amor no se define, el amor se sufre, se vive, se siente, quema, arde, vibra.

     -¿Ése es el amor?

     -¿Sabes qué es lo terrible, Alejandro? Que quizás nunca lo conozcas.

     -¿Cómo que nunca lo voy a conocer? Ya lo conocí, además tu predicción me parece muy pesimista.

     -Pero no solamente a ti te puede suceder eso, hay muchas personas que nunca pudieron amar, o que no supieron amar.

     -¿Podemos cambiar de tema?

     -Por supuesto, si te molesta discutir sobre lo que te duele.

     En ese momento prefería que José siguiera en silencio, aunque me gustaba oírlo hablar. Sobre todo disfrutaba la sabiduría de sus comentarios, su cultura, sus conocimientos, y también porque cuando hablaba en castellano, imponía su acento extranjero, que le dejaba aún más diferente, y aunque hablaba perfectamente el yiddish, esa jerga germánica, el ruso, alemán y polaco, irónicamente nunca aprendió a hablar bien el castellano.

     De nuevo me levanté y fui al teléfono, insistí con el número de Laura, pero seguía sin responder la llamada.

     -Me voy, José, ya son casi las nueve de la noche, mi padre me estará esperando.

     -Adiós, Alejandro, saludos a tu padre.

     Busqué la billetera, la abrí y cuando sacaba unos billetes para pagar la consumición, José me tomó de la mano y dijo:

     -Deja, Alejandro, hoy es Año Nuevo, invito yo.


 

- VIII -

 

     Mi padre estaba sentado frente a dos velas prendidas, aguardándome.

     -¡Iósele! ¡Son casi las nueve de la noche! Tenemos que ir a la casa de la tía Jane y del tío Itsic.

     -Sí, papá, ya sé. Espera, me cambio la ropa y nos vamos.

     -Apúrate, hijo.

     Antes de salir mi padre se puso de pie frente a dos velas prendidas, una copa de vino y una jalá redonda como tiene que ser para Rosh Hashaná y dijo:

     -¡Iósele! ¿Quieres recitar ahora la bendición del vino?

     -No la recuerdo, papá.

     -¿Cómo que no la recuerdas?

     -No la sé.

     -¿Sabes aquel dicho del Talmud que dice Conoce al Dios de tus padres y sirvelo con tus acciones?

     -Mis acciones son buenas.

     -Te parece que son buenas y no quieres rezar.

     -No lo recuerdo, es sólo eso.

     Mi padre hizo las bendiciones y después dijo:

     -Está bien, ahora sí podemos ir.

     -Espera un minuto, papá, haré una llamada.

     De nuevo disqué el número del teléfono de Laura. Insistí. Necesitaba hablar con ella esa noche. No podía seguir esperando, pero una vez más fracasé en mi intento.

     -¿A quién llamas?

     -A Laura.

     -¿Qué hay entre ella y tú, hijo?

     -Nos amamos.

     -¿Por qué no te casas con ella?

     -¿Y tú me lo preguntas?

     -Sí, yo.

     -Después que la rechazas porque no es...

     -Yo no la rechazo, hijo, sólo quiero otra mujer para ti, otra con quien te puedas casar en una sinagoga y puedas darme descendencia. Sigo pensando que Sofía es la esposa ideal para ti.

     -Papá, ¿todavía crees que tienes autoridad sobre mí?

     -¿Y quién más puede tener autoridad sobre ti, que no sea yo? ¿O te olvidas que soy tu padre?

     -Y tú te olvidas que yo tengo cincuenta años.

     -Ya te dije que nunca lo voy a olvidar, así como tampoco voy a olvidar que eres mi hijo y siempre te voy a proteger.

     -¿Proteger? ¿De qué?

     -De seguir cometiendo errores.

     -¿Tantos fueron los que cometí?

     -¡Sí! ¿Quieres que te los enumere?

     -¡Papá! ¡Por favor!

     -Te cambiaste de nombre y de apellido, renegaste del mío, de mi apellido. ¡Renegaste de mí! ¡De mí! De mí que soy tu padre, de tu pasado, renegaste de tu identidad, te negaste a tener hijos, a tener descendencia, y me preguntas cuántos errores cometiste. ¡Eres un mal hijo!

     -¡Papá!

     -Disculpa, no quería decir eso, y no quiero hablar más de este tema, porque me puede llegar a producir otro ataque. Vamos.

     -Papá, por favor, no quiero seguir discutiendo, respétame, respeta mis cambios y respeta mi elección, y respeta, sobre todo, tu salud. Sabes que no debes ponerte nervioso, tienes que cuidar más tu corazón.

     -Sí, hijo, tú tienes razón, pero sabes lo que dice la Torá(22): Respeta a los sabios, honra y teme a tus padres. Iósele, hijo, no estás en el camino correcto, pero vamos, y no nos olvidemos de la torta. Si seguimos discutiendo llegaremos tarde para la cena.

     El departamento donde vivían los tíos no quedaba muy lejos del nuestro, por ello preferimos caminar hasta allí.

     Las palabras que le había dicho a mi padre se repetían y repetían en mi mente, giraban y giraban igual a un carrusel que da vueltas y vueltas, acompañadas de una misma música que de tanto sonar llega a aturdir.

     Mi padre nunca respetó mis elecciones, pero finalmente yo era un hombre, un hombre que había cumplido cincuenta años. ¿Por qué seguiría necesitando de su consentimiento para reafirmarme en mis decisiones? Él no las respetaba sencillamente porque tampoco yo lo hacía, principalmente en la relación que mantenía con Laura, ya que si realmente la amaba, ¿por qué y para qué necesitaría su aprobación? ¿Realmente amaba a Laura, o era una imposición mía amarla?



     La conocí cuando mi padre sufrió su primer ataque al corazón. Hacía un tiempo que me había separado de Sofía, después de cinco años de matrimonio, y todavía sufría el fracaso que significó aquella ruptura, sobre todo porque no había quedado nada de esa relación. Ni siquiera teníamos hijos por quienes pelear la custodia o los días de vacaciones. Tampoco teníamos inmuebles, ni una caja de ahorros en común. Entonces me dediqué de lleno a escribir, a lo que normalmente me producía placer y me ayudaba a evadirme de la rutina. En ese tiempo yo necesitaba apartarme de todo y de todos, de mi padre, de mis vecinos, de los recuerdos de Sofía, y hasta de mis clases en la universidad, pero aquel aislamiento no benefició mi salud. Tanto encierro me dejó con un severo catarro debido al exceso de nicotina, y sobre todo sin dinero en el bolsillo. Pero necesitaba de esa pausa para lograr sobrevivir. Y cuando ya me estaba acostumbrando a vivir en soledad, al silencio y a los espacios vacíos, conocí a Laura.

     Era un atardecer limpio, y a pesar del frío de la estación un sol pálido y apenas tibio daba un toque de contento a aquel invierno. Yo había terminado de trabajar en un poema que hacía tiempo estaba escribiendo. De pronto, cuando iba a tomar un libro de filosofía, sonó el timbre del teléfono.

     -¡Hola!

     -¿Hablo con el hijo del señor Jaime Polniaskyn?

     -Sí.

     -Le hablo del hospital, soy el médico de guardia, le quería avisar que su padre está internado a causa de un trastorno cardiaco.

     -¿Qué le sucedió?

     -Será mejor que venga lo antes posible.

     -Pero, ¿está mal? -pregunté, ansioso.

     -No, ya mejoró, pero lo necesita.

     -Allá voy -dije. Antes de cortar el médico me dio la dirección. Me vestí con la mayor rapidez que pude y salí corriendo a buscar un taxi. Con el apuro olvidé los anteojos sobre el escritorio.

     Llegué al hospital, entré corriendo y de pronto me topé con la mesa de recepción donde estaba sentada una mujer a quien pregunté por mi padre, por el señor Jaime Polniaskyn. Ella no supo darme ninguna información, pero hizo una llamada y de inmediato se acercó una enfermera que iba impecablemente vestida de blanco. La ropa, la cofia, los zapatos y las medias, absolutamente todo era blanco. Recordé que cuando era niño creía que los médicos y las enfermeras nunca se enfermaban, que el uniforme blanco les protegía de cualquier mal. Me preguntó si yo era el hijo del señor Jaime Polniaskyn. Le respondí que sí y que por favor me llevara rápidamente al lugar donde él se encontraba.

     -Su padre entró ahora a U. C. I. -dijo.

     -¿Qué es eso? -pregunté.

     -Es la Unidad de Cuidados Intensivos -respondió.

     -¿Está muy mal? -volví a preguntar.

     -Ya no corre peligro, la peor parte ya pasó, lo dejamos allí sólo para controlar mejor su evolución durante las próximas veinticuatro horas, pero el doctor Arriola le explicará mejor su estado. Espere aquí, que él en unos minutos estará con usted -dijo, y se fue por el largo y angosto corredor.

     Yo la seguí. Me detuve frente a una puerta de vidrio, de un vidrio especial que no permitía divisar lo que ocurría del otro lado, pero como en ese momento sólo deseaba saber qué sucedía allí, puesto que estaba seguro de que mi padre se encontraba en ese lugar, pero cuando pretendí cruzarla a pesar de un cartel que decía prohibida la entrada, una voz masculina me detuvo.

     -¿Usted es Alejandro Pólam?

     -Sí, soy yo -respondí. Lo miré de frente y supuse que se trataba de un doctor. Llevaba un pantalón y una chaqueta de color celeste y un gorro que le cubría parte de la cabeza, del mismo color. Los zapatos iban cubiertos por un par de botas de tela, y en el cuello llevaba colgado un tapabocas de papel y un estetoscopio.

     Me pasó la mano a modo de saludo y dijo:

     -Soy el doctor Arriola. Sígame, por favor, vamos a otro lugar, así podremos hablar con mayor tranquilidad.

     Mientras caminaba a su lado, le pregunté:

     -¿Cómo está mi padre?

     No tuve respuesta, hasta que entramos a un sitio oscuro que olía a alcohol. Prendió la luz, y recién ahí noté que se trataba de un consultorio médico.

     -¿Se siente bien? -me preguntó.

     -Sí, doctor. ¿Por qué?

     -Porque tiene el rostro descolorido.

     -Son sólo los nervios. Todavía nadie me supo decir qué le sucedió a mi padre, por qué esta aquí, y tampoco pude verlo.

     Me indicó con la mano que me sentara en una silla. Él se sentó cómodamente en un sillón giratorio que estaba detrás del escritorio. Parsimoniosamente, tomó una lapicera, sacó la tapa y después garabateó unos trazos ilegibles sobre una hoja blanca, luego me miró a los ojos, y con una aparente seguridad y actitud de sabiduría y frialdad, explicó pausada y detalladamente los síntomas que tuvo mi padre, la causa de su internación y el diagnóstico de la enfermedad que padecía:

     -Su papá está enfermo, muy enfermo. Se presentó al hospital con un dolor intenso en la boca del estómago, que se irradiaba a la base de la lengua. También sufría dificultades respiratorias, dolores en el brazo. Lo llamamos porque su estado no es alentador, sufre de un mal que se llama angina pectoris. Además tiene la salud muy deteriorada. Él nos contó que estuvo en un campo de concentración durante la guerra, aspiró humo de los hornos, además fumó toda su vida y no se cuidó con la alimentación, tiene un cuerpo muy debilitado, además de su edad avanzada, así que sus probabilidades de recuperación son escasas. Si el proceso es bueno debe cambiar totalmente de hábitos alimenticios, hacer una dieta rigurosa y escasa de grasas. Deberá caminar unas cuadras todos los días, nada de cigarrillos, ni por supuesto bebidas alcohólicas. Debe tratar de no irritarse, y siempre llevará consigo un medicamento que en caso de que se repita uno de los síntomas se pondrá debajo de la lengua y se hará un control inmediato. Su padre tuvo suerte porque viajó bastante hasta llegar a este hospital.

     El doctor Arriola me relataba todo aquello con la mayor serenidad, como si lo tuviera todo en la memoria, y como si su paciente, mi padre, fuera un extraño para mí.

     -¿Puedo verlo? -pregunté.

     -Puede visitarlo sólo unos minutos. Trate de no hablarle. Aún sigue asustado y ansioso, aunque en las próximas horas irá mejorando. Ahora se encuentra en la Unidad de Cuidados Intensivos.

     -Ya lo sé.

     -¿Quién se lo dijo?

     -Una enfermera.

     -Espere aquí, la misma enfermera lo conducirá hasta el lugar donde se encuentra su padre.

     -Sí, doctor, pierda cuidado que de aquí no me muevo.

     Sentí una sensación de impotencia frente a las palabras del doctor Arriola. Hubiera querido otra respuesta y explicada con mayor interés sobre aquel paciente anciano que sufría del corazón y que se encontraba en la sala de cuidados intensivos. Ese era mi padre. ¡Mi padre!

     La enfermera entró y me pidió que la siguiera.

     -Señor, por favor acompáñeme, le daré ropa especial con la que usted se vestirá para ver a su padre.

     -¿Por qué tengo que cambiarme?

     -Para mantener la asepsia del lugar.

     Ella y yo caminamos juntos, cruzamos aquella puerta de vidrio, e inmediatamente sentí un frío extraño, causado por el miedo al dolor físico. Los hospitales siempre me producían una sensación de fin.

     Tomé las ropas que eran semejantes a la que usaba el doctor Arriola, y entré a un vestidor. Me cambié y salí.

     -¿Está listo? -me preguntó la misma enfermera.

     -Sí.

     -Vamos, sígame.

     Entramos a un pabellón largo, cuyas paredes estaban cubiertas de azulejos blancos, de aparatos, cables, enchufes, estufas, pantallas y otros artefactos que producían pavor a los ojos ignorantes de un extraño como yo. El lugar estaba iluminado por una luz clara que dejaba ver con facilidad la miseria del sufrimiento humano, olía a desinfectantes, a medicamentos, a gases, a desamparo, a dolor. Caminamos entre camas de pacientes que se encontraban terriblemente enfermos. En un momento temí desmayarme. En aquel territorio frío todo tenía un aspecto tétrico, ajeno e impersonal. De pronto tuve miedo de que se despertara en mí aquella curiosidad morbosa que produce el sufrimiento ajeno.

     La enfermera notó el cambio en mi rostro y me aconsejó:

     -Respire hondo, y trate de no mirar a los costados.

     Llegamos junto a una cama. Allí se detuvo, y dijo:

     -Acá está su padre.



     No podía creer lo que veía. No podía creer que aquel anciano fuera mi padre. Tenía el rostro bañado de una palidez mortal, su cuerpo estaba tapado hasta la cintura con una sábana blanca, y el pecho cubierto de cables de diferentes colores que terminaban en un enorme aparato cuya pantalla indicaba su funcionamiento cardiaco. Sus manos lucían igualmente blanquecinas, y por vía venosa recibía suero y medicamentos. Una máscara de oxígeno cubría su rostro triste y desganado.

     -¿Papá? -dije despacio.

     Se sacó la máscara de oxígeno. Lo noté más decrépito que nunca. Sus cejas anchas se marcaban intensamente en ese rostro empequeñecido y consumido. Abrió los ojos que parecían hundidos en dos huecos grises.

     -¡Iósele, hijo! ¿Quién te avisó?

     -Espere -interrumpió la enfermera y trajo un biombo de tela que se movía según necesidad, para proteger la intimidad de cada paciente y para cumplir con el respeto al pudor de un cuerpo que sufre.

     -El doctor -respondí.

     -¿Para qué? No había necesidad de preocuparte.

     Levanté la vista, para buscar consuelo en el rostro seco de aquella enfermera, y encontré una sonrisa.

     -Todo irá bien. Don Jaime es fuerte, y tiene deseos de vivir -dijo.

     -Gracias -respondí.

     Volví la mirada hacia los ojos de mi padre, pero ya los tenía cerrados. Se había quedado dormido.

     -¡Papá! -lo llamé, despacio. La enfermera se paró a mi lado y dijo con voz muy baja.

     -Déjelo, está durmiendo, es mejor que descanse. No se preocupe, pronto se pondrá bien.

     Me quedé unos minutos más al lado de la cama, lo besé en la frente y después ella y yo caminamos hasta el vestuario. Me saqué la ropa celeste y me vestí la mía. Me dolía la cabeza, estaba confuso, todavía no entendía qué estaba pasando, mi padre enfermo, aquel lugar helado.

     Ya era de noche y el lugar cobró un aspecto lúgubre. Siempre es así. En las noches el sufrimiento y la incertidumbre se acentúan. En la oscuridad los fantasmas aparecen y los dolores se agudizan.

     -¿Me puedo quedar aquí a pasar la noche? -pregunté a la enfermera.

     -¡No! -respondió.

     -¡No puedo dejar a mi padre solo, acá, en un hospital! -grité.

     Laura, suavemente, me tomó de la mano, y yo me estremecí. Sentí el mismo estremecimiento de cuando me enfrento al papel en blanco, con un lápiz en la mano.

     -No se preocupe, ya le dije y le vuelvo a reiterar, su padre estará bien, nosotros lo vamos a cuidar, yo voy a estar controlándolo personalmente.

     -Entonces, ¿cuándo puedo volver?

     -Mañana. No se preocupe, vaya y descanse.

     -¿A qué hora está usted mañana?

     -A la mañana, con seguridad.

     -¿Usted va a estar mañana, seguro?

     -Sí, mi turno es a la mañana. Hoy estoy a la noche porque es mi horario de guardia.

     -Entonces volveré mañana bien temprano.

     -Como quiera.

     -Sí, me siento bien con usted.

     Mis manos seguían aferradas a las suyas, como si necesitara de ellas para sentir tranquilidad y seguridad de que esas manos protegerían a mi padre. Luego la miré. Fue la primera vez que me fijé en sus ojos. Noté que eran ligeramente verdosos y le daban un particular encanto a su mirada, la cual despertaba en mí una extraña sensación de curiosidad.

     Me acompañó hasta la puerta de salida, y allí nos despedimos hasta la mañana siguiente.

     Todavía era de noche cuando salí del hospital. El frío seguía insistente, desalmado, pero a pesar del viento helado preferí caminar. Necesitaba las ráfagas de viento chocando contra mi rostro para despertar de aquella situación que parecía una pesadilla, necesitaba aquel viento para refrescar el calor que la rabia me producía. Mi padre siempre fue un hombre sano, fuerte, y de pronto cayó. Sentía culpa, esa maldita culpa de creer que siempre era yo el responsable de todo lo malo que les sucedía a las personas a quienes amaba. Estaba desorientado, no sabía adónde ir, ni qué pensar. No quería que mi padre falleciera, no todavía, no mientras continuaran nuestros largos períodos de enojo, nuestra falta de inteligencia para resolver ciertos conflictos de identidad que ambos padecíamos.

     Caminé. La noche dormía, y yo sufría. Sufría el miedo de quien ya no puede retener más la angustia de enfrentarse a la muerte. Esa muerte. La muerte de mi padre. Era un miedo infantil, la confusión de lo irresoluble, la cobardía de un niño, el arrepentimiento previo a la culpa de un adulto.

     Encendí un cigarrillo. Veía poco, no tenía puestos los anteojos y me sentía trastornado. Recordaba a mi madre. Había huido de su muerte para no vivirla, pero ahora no podía evitar la de mi padre, ya no tenía recursos para rehusarla, ya no tenía veinte años ni ideas sionistas que justificaran mi decisión de escapar.

     Caminé. Deseaba confundirme entre las personas que a pesar de la alta hora caminaban empujadas por el total desenfreno de vivir, de esa rutina injusta que imponemos a nuestras vidas. Me sentía mal, desganado. Deseaba llorar, decir a gritos lo que me dolía.

     Seguí caminando. Anduve por cuadras largas. No las conté, sencillamente las caminé. De pronto me sentí cansado, muy cansado. Sentía cansancio en los pies y sueño en los ojos.

     Llegué al edificio agotado, y cuando subía a mi departamento, en la escalera, bajando del segundo piso me crucé con un hombre que salía del departamento donde vivía Lili. En el mismo piso se oyeron los ladridos histéricos de la perra de la vieja del departamento del cuarto «B». En el tocadiscos de don Samuel sonaba a todo volumen la ópera Tosca. Entré, y sin revisar el contestador, me acosté. Me sentía vencido, y pensé que a los vencidos y derrotados sólo les queda rendirse. Debía cambiar mi forma de pensar, mi actitud hacia mi padre, debía dejar de temer. Me sentía como un cobarde que se entrega vencido antes de pelear.

     A la mañana siguiente me desperté temprano. La preocupación de saber que mi padre estaba en un hospital no dejó que el sueño me robara mucho tiempo. Me levanté. No tuve deseos de tomar la taza de café acostumbrada por la mañana, pero sí de fumar. Encendí un cigarrillo, me vestí, me puse los anteojos y salí para el hospital.

     El día amaneció extraordinario, radiante, después de una larga noche terriblemente angustiosa.

     Cuando llegué al hospital pregunté por la enfermera de Unidad de Cuidados Intensivos. La recepcionista la llamó por un intercomunicador, y después de unos minutos ella llegó al lugar donde yo me encontraba. Vestía impecable, y apenas me vio se acercó a saludarme y a darme el informe sobre la salud de mi padre. Me llevó nuevamente hasta el consultorio del doctor Arriola. Golpeamos la puerta y el mismo doctor la abrió. Su aspecto ya era diferente al de la noche anterior, llevaba puesta una camisa azul, perfectamente planchada y abotonada hasta el cuello y sobre ella una corbata gris, y por supuesto el guardapolvo blanco, largo hasta las rodillas. Se sentó en el sillón detrás del escritorio y yo frente a él, esperaba atento oír el proceso de la enfermedad de mi padre.

     El doctor me dijo que su recuperación fue más rápida de lo pronosticado y que su evolución era satisfactoria.

     Después del segundo día de internación mi padre dejó el hospital. Insistí en que viniera a mi casa hasta recuperarse totalmente, pero existía el inconveniente de las escaleras. Además él tampoco aceptó mudarse de nuevo a vivir conmigo, aunque fuera sólo por un corto tiempo y volvió a su casa, a cuidar sus pájaros y sus plantas.

     Su salud y Laura quedaron ocupando mi pensamiento. Una semana después fui a buscarla al hospital, sin imaginar qué reacción podría tener cuando me viera parado frente a la puerta de salida, esperándola para invitarla a tomar un café. Pero como esas cosas que uno nunca imagina que se puedan llevar a cabo, Laura me vio, caminó hacia mí, me saludó, preguntó por la salud de mi padre, y luego aceptó amablemente la invitación. Fuimos a un bar. Pedimos café y hablamos como dos amigos que se habían conocido desde mucho tiempo atrás. Hablamos sobre nuestro trabajo, y lo diferentes que éramos el uno del otro, sobre nuestras respectivas familias, sobre la soledad, y de lo bien que nos sentíamos en ese momento. De pronto quedamos en silencio. Laura levantó la vista y yo la miré. Era una mujer bella. Estaba hermosa, tenía la piel rozagante, limpia, el pelo oscuro y lo llevaba hasta el hombro en un corte recto. Era baja de estatura, y su figura, juvenil. El silencio siguió y los minutos enmudecieron. Permanecimos callados, temíamos hablar, era como si las palabras entorpecieran la curiosidad que teníamos por descubrirnos. Deseé tomar su rostro entre mis manos y besarlo, luego abrazarla, acariciarla, traerla hacia mí, tenerla pegada a mi pecho, prisionera, resguardada sólo para mí, pero no, no podía. La razón frenó al instinto. Mi grado de racionalidad no me permitía actuar bajo un impulso y darles libertad a mis deseos. Quise volver a ser adolescente y perder aquel temor que padecemos los adultos. Entonces pensé en preguntar a Baruj Spinoza cómo haría para permitirme algún placer que no fuera contrario a la razón.

     Poco tiempo después de aquel encuentro, Laura y yo nos amamos.

 

 

- IX -


     Mi padre se vistió como para ir a un casamiento. Sobre su traje nuevo y elegante se puso el sobretodo gris. También el sombrero y en la mano llevó el paraguas. Yo también me puse un abrigo arriba de la camisa, porque la noche se presentaba fresca.

     Pasamos por la confitería, compramos una torta de queso y tal como habíamos planeado, fuimos caminando hasta la casa de los tíos.



     Durante todo el trayecto pensé en Laura, sólo en ella. Me distraje recordando nuestro primer encuentro, también los otros. Era tanta mi distracción que no tuve en cuenta a mi padre, ni el frío. Ni siquiera me percaté cuando llegamos a la casa de la tía Jane. No reconocí la calle ni el edificio. Sencillamente yo seguía ensimismado, recordando los momentos que compartí con Laura, aunque siempre fueron encuentros cortos, en lapsos escasos pero totales, muy intensos. Seguí caminando cuando oí la voz de mi padre:

     -Iósele, ¿adónde vas? -dijo.

     -No sé, papá -respondí.

     -Espera. No sigas, ya llegamos. ¿No ves que estamos parados frente al edificio donde viven los tíos?

     -Discúlpame, no me di cuenta.

     -¿En qué piensas, hijo?

     -Recordaba cuando te enfermaste.

     -No recuerdes cosas tristes, hijo, aunque sea el tiempo de recordar. Hoy es Rosh Hashaná, día de Año Nuevo, día del recuerdo, día del juicio. Sabes, Iósele, esta fecha anuncia para el judío un período de penitencia y está consagrada a la oración y al pensamiento serio. En mi pueblo lo celebrábamos con todos los rituales. Mi abuelo era rabino y nos exigía ayunar en la mañana siguiente a la primera noche antes del inicio de Rosh Hashaná. Pero no quiero seguir hablando porque me viene el pasado y si yo tuviera que recordar, tanto me dolerían los recuerdos, que no aguantaría seguir vivo. Por eso prefiero olvidar. Muchas veces hago un esfuerzo terrible para olvidar, aunque igual, las imágenes, las voces no se apartan de mí. Justamente ahora, hace unos minutos, mientras caminábamos, yo también pensaba en el último Rosh Hashaná que pasé en mi ciudad.

     -¿Cómo fue, papá?

     -Ya me habían llevado a un campo de concentración. Allí pasé el último Rosh Hashaná en Europa. Estaba solo. Tampoco sabía adónde habían llevado a mi familia y ni siquiera sabía si seguían aún con vida.

     -¿Por qué nunca cuentas cómo fue tu vida en Europa y en el campo de concentración, ni cómo llegaste a América?

     -¿Quién quiere saber?

     -Yo, yo, papá. A mí me interesa conocer tu historia.

     -¿Para qué, hijo?

     -Porque también es parte de la mía. Me gustaría conocer más sobre la vida de mis abuelos, de tu ciudad y sobre el antisemitismo.

     -Tu madre ya te contó todo lo que necesitas saber.

     -No, papá, ella sólo me contó su historia, y la historia de su familia, pero nunca habló sobre la tuya, como si ésa estuviera prohibida. De tu historia nadie me habló.

     -La mía es muy triste, nadie tiene por qué conocerla.

     -Yo, sí.

     -¿Por qué tú sí?

     -Ya te lo dije antes, porque también es mi pasado.

     -Ese pasado es solamente mío, y de nadie más. ¡De nadie, hijo! ¡De nadie! Y menos tú debes cargar con esa historia.

     -Bueno, papá, ya llegamos. Este es el edificio. Mejor entremos y dejemos de hablar de cosas tristes. Tú lo dijiste, hoy es fiesta, además no podemos seguir aquí en la calle, la noche está fría y como hace tanto tiempo que no veo a los tíos, ni a los primos, tengo muchas ganas de encontrarme con ellos. Vamos, papá, vamos.

     En realidad hacía muchos años que no visitaba la casa de los tíos. La última vez fue cuando aún mi madre vivía. Después no regresé. Nunca más, ni para celebrar con ellos Año Nuevo, ni para ninguna otra festividad, ni siquiera para algún cumpleaños. Tampoco asistí a la fiesta de casamiento de Báshele, la hija menor, y de aquella fecha ya habían pasado como diez años, o tal vez más.

     Desde la calle, donde estábamos esperando para entrar, se oían voces, gritos, risas y se olía el aroma a la comida que la tía había preparado. Tocamos el portero eléctrico. Ella respondió, e inmediatamente un niño abrió la puerta de entrada al edificio. Era un niño muy simpático con el rostro repleto de pecas, el pelo largo y rubio, muy rubio. Me miró y preguntó:

     -¿Sos el tío Alejandro?

     -Sí. ¿Y tú quién eres?

     -Soy Marcelo, tu sobrino.

     -No sabía que tenía un sobrino de tu edad.

     -¿Sabes cuántos años tengo?

     -No sé. ¿Cuántos?

     -Siete.

     -¿El hijo de quién eres?

     -De Beatriz y de Carlos.

     -¿De Báshele, verdad?

     -Sí, pero ella de verdad se llama Beatriz, antes se llamaba Báshele, cuando era chica.

     Sonreí y pensé que el mío no era el único nombre modernizado, evidentemente Báshele también actualizó al suyo.

     Caminamos por un ancho y triste corredor hasta llegar al último departamento de planta baja, que era donde vivieron siempre la tía Jane y el tío Itsic.

     Como hacía mucho tiempo que no visitaba el lugar, cuando nuevamente lo vi, me sobrevino una pena profunda, motivada por la añoranza. Miré hacia adelante, a los costados, a mi alrededor, abajo y arriba, a todos lados. Mis ojos recorrieron desesperadamente el lugar, buscando, tratando de encontrar a alguien, sin saber a quién buscaba. Era a mi madre, era a mi madre a quien yo buscaba, a quien necesitaba. No concebía aquel lugar, aquella gente, aquella fecha sin ella.



     De niño y después, más adelante, ya de joven, siempre pasábamos esa festividad en aquel sitio. Recordaba las travesuras y los juegos con los primos cuando correteábamos por aquel corredor oscuro, escondiéndonos en las escaleras, escapando de los gritos y de las reprimendas de la tía después de cometer alguna travesura. La peor ocurrió cuando la tía había cocinado varias tortas, masas, alfajores, chocolate, y jugos para el festejo del cumpleaños de Báshele. Mientras ella descansaba nosotros comimos y bebimos todo lo que estaba preparado. Hasta la torta de cumpleaños la terminamos íntegramente.



     Mi padre y yo fuimos los últimos en llegar a la cena. La familia completa estaba esperándonos para dar inicio a la ceremonia. Observé el lugar. Nada había cambiado, todo estaba igual, los mismos adornos, el samovar sobre un aparador al lado de dos candelabros de plata. Las mismas fotos enmarcadas, el mismo velador que apenas iluminaba una esquina del salón. Los muebles eran los mismos y también se sentía el mismo olor. El departamento se veía viejo y oscurecido por manchas de humedad que recorrían las paredes. De unos rieles colgaban las mismas cortinas, pesadas y amarillentas. Sobre el piso seguían las antiguas alfombras, lamentablemente gastadas. El lugar se veía descuidado y ajado. Cuando la tía Jane nos oyó entrar se acercó corriendo y contenta a saludarnos. Acerqué mis labios a su mejilla para besarla. Inmediatamente reconocí aquel olor a polvo de rostro, el mismo que usaba cuando yo era niño. A mi padre y a ella se les notaba felices. El tío Itsic también se emocionó cuando saludó a mi padre. Se veía muy envejecido, caminaba con dificultad, arrastrando el paso y ayudándose del brazo de la tía. Estaba vestido igual que siempre. Llevaba puesto un sombrero de fieltro negro, tenía una camisa blanca, corbata negra, el mismo traje de color gris, desteñido por los años, y que olía a remedio contra polillas.

     A la tía también la noté avejentada, aunque muy cariñosa y risueña como era habitual. Seguía igual, con la exagerada curiosidad que la caracterizaba y el deseo de averiguar todo, absolutamente todo sobre mi vida y la de los demás. Me saludó y después me tomó de la solapa del abrigo y me llevó hasta la cocina, a un lugar donde nadie nos podía ver ni oír, y en ese rincón me sometió a un profundo y exhaustivo interrogatorio. Me preguntó por Sofía, por mi trabajo, por mis proyectos, mi situación económica, mis poemas y mis amores. Ni siquiera me daba tiempo de responder cuando ya inmediatamente formulaba la siguiente pregunta.

     Volvimos al salón donde estaba el resto de la familia.

     Mírele era la hija mayor y la primera que se marchó de la casa. Apenas cumplió los dieciocho años se casó con su único novio, Carlos. Todos decían que lo hizo sólo para huir de la tía, que era una madre muy posesiva. Esa noche ella estaba con su marido y con sus cuatro hijas, muy simpáticas y muy bonitas. La otra hija, Báshele, como la llamaban sus padres y nosotros, y que después exigió que la llamaran Beatriz, también estaba con Felipe, su esposo, y sus cuatro hijos, tres niñas y un varón. Léibele, el único hijo varón de la familia y el preferido de los padres, vino sin su mujer, con sus tres hijos. Todos se pusieron de pie y se acercaron a saludarnos y a presentar a sus respectivas familias. Los niños me rodearon, curiosos por conocerme.

     Sobre la mesa impecablemente puesta estaban la jalá redonda, como símbolo del año sin principio ni fin, por eso circular, y cubierto con una servilleta blanca. Las velas recién encendidas parecían flamear llenas de vida, de luz, de color, de brillo, junto a una copa de vino recién servida, también la manzana con miel y la vajilla de porcelana con los cubiertos de plata que la tía había traído de Europa.

     Los hombres nos pusimos la kipá y cada uno de nosotros ocupó un lugar. El tío se sentó en la cabecera, tomó la copa de vino y recitó la bendición. Luego tomó un trozo pequeño de jalá, lo mojó en la miel y dijo otra bendición. Hizo lo mismo con una rebanada de manzana. Cuando terminó de rezar, nos deseó a todos un año dulce, un año próspero, y que el año siguiente estuviéramos, todos juntos reunidos de nuevo alrededor de esa mesa, con salud y felicidad. Los tíos no eran personas religiosas, por ello la ceremonia fue corta y sencilla, pero llena de emotividad y de fuerte tradición. Después la tía sirvió la cena. Comimos pescado relleno. A mi padre le sirvieron la cabeza del pescado, como debe ser con el jefe de familia, en recuerdo a la promesa bíblica: «Y os pondrá Dios por cabeza y no por cola, cuando obedecéis a los mandamientos del Eterno, vuestro Dios». Después nos sirvieron sopa de gallina, pollo asado con papas, knishes, ensaladas y de postre compota de frutas secas y tortas de manzanas, de queso, de amapola, manzanas asadas y ensalada de frutas con helado. Era tanta comida que hubiera alcanzado para otra fiesta igual y otra más. En un momento de la cena, mi padre pidió silencio, llamó a la tía que estaba en la cocina, tomó su copa servida de vino y dijo:

     -¡Todos llenen sus copas con vino, y levántenla!

     -¡Los niños, no! -gritó Báshele.

     -¡Todos, todos! ¡Los niños también!

     Así como pidió mi padre, todos levantamos las copas e hicimos un brindis.

     -¡Lejaim(23), Lejaim! -dijo mi padre.

     -¡Lejaim, Lejaim! -repetimos.

     -Que tengamos un año próspero, un año dulce, con muchas satisfacciones, mucha salud, y en paz. Paz para Israel y paz para todo el mundo.

     La cena continuó, y la tía siguió yendo y viniendo. Báshele y Mírele la ayudaban. Había tanta comida, que podrían comer un centenar de personas. Siempre sucedía lo mismo. La tía preparaba comida de una manera exagerada.

     Yo decía que era el hambre de la guerra. A ella todo le parecía poco. Invariablemente temía que alguien quedara insatisfecho e insistía e insistía para que nos sirviéramos más.

     Cuando veía algún plato vacío, iba y traía la fuente para llenarla de nuevo. Su insistencia a veces resultaba incómoda y desagradable, pero mi madre era igual. Temían al hambre. Y así como la tía se mostraba tan amable y simpática, en un instante podía cambiar radicalmente. Al menor descuido era capaz de pronunciar las peores maldiciones, en yiddish, en polaco y en ruso cuando le disgustaba algún comentario o alguna actitud fuera de lugar.

     El ambiente era ameno y familiar, se contaban historias, cuentos, chistes. Los niños más grandes peleaban y los más pequeños lloraban. Carlos hablaba con Felipe, Luis conversaba con Báshele, el tío y mi padre discutían sobre política. Léibele y yo nos entretuvimos hablando de economía.

     El encuentro me remontó a una época de mi vida que creía olvidada. Mi primo hablaba despacio y pausadamente. Se había convertido en un ser tímido y abstraído, contrariamente a cuando era niño. En la infancia era alegre y risueño. Teníamos aproximadamente la misma edad, y a él, igual que a mí, sus padres lo criaron como único hijo, a pesar de tener dos hermanas. Cada tanto la tía lo miraba, sonreía y hacía un gesto de aprobación con la cabeza. Siempre fue el orgullo de sus padres. Cuando hablaban de su hijo, lo hacían(24) con mucha satisfacción, todo lo que él hacía estaba bien. En la primaria fue un alumno muy aplicado, en la secundaria llegó a portar la bandera por ser uno de los mejores. Luego estudió Medicina. En esa época los tíos ya no encontraban palabras para admirar al hijo, además estaban tan orgullosos de él que siempre lo llamaban mi hijo el doctor. Era lo mejor, y no tan sólo en el estudio, era lo mejor en todo, ayudaba a su padre en el negocio, le reparaba los artefactos domésticos a su madre, y hasta hablaba correctamente en yiddish. Además, cuando creció, se convirtió en un hombre muy buen mozo y seductor. Mis padres siempre me comparaban con él, y en todo lo ponían de ejemplo, puesto que él no tenía ideas raras en la cabeza. A Léibele jamás se le hubiera ocurrido ser un escritor, ni sentarse durante horas frente a una máquina de escribir a pelear con un personaje, ni permanecer días enteros luchando con una palabra, para armar una rima en un poema, ni tener amigos con ideas socialistas, ni desear, con intensidad, vivir solo, ni tampoco se le hubiera ocurrido ir a Israel a vivir en un kibutz. Menos aún se le hubiera ocurrido estudiar Periodismo y mucho menos Sociología. Para mis padres igual que para los tíos, ésas no eran profesiones dignas ni con las que uno se podía ganar la vida, ni tener un futuro asegurado. Fuimos creciendo, y a pesar de los años, mi padre igual siguió poniéndolo de ejemplo y yo continué cansado de esas molestas comparaciones.

     Pero después todo cambió. Léibele no terminó sus estudios de Medicina, se casó con una joven que no era judía, de la que después se separó. Tuvieron tres hijos, a los que sólo veía una o dos veces al año, porque su ex mujer se volvió a casar y se fue a vivir a otro país.

     Desde el día en que Léibele se casó, la tía cambió. Nunca se repuso de aquella desilusión. Nunca aceptó el casamiento de su hijo con una gentil. Se culpaba de todo, se martirizaba con sus propios pensamientos y decía que quizás si se hubiera ido a vivir a Israel cuando los niños eran pequeños no tendría que pasar por esa situación. Aquella decisión nunca tomada la sentenció a vivir con culpa. Su mayor ilusión fue siempre acompañar del brazo al hijo mayor, a su único hijo varón, hasta el palio nupcial. Después de aquella boda empezaron a aquejarla diferentes enfermedades. Sufría de una úlcera estomacal, de jaquecas repetidas, presión alta, y de un permanente deseo de llorar.



     Terminamos de comer los postres. La tía trajo varios tipos de licores, café, té, estrudel de dulce de membrillo, nueces, almendras, pasas de uva, chocolates, caramelos y confites para los nietos.

     El tío se levantó y puso música. Todavía conservaban un antiguo tocadiscos, y aquellos discos duros y negros que necesitaban girar debajo de una púa para sonar. Las canciones eran todas músicas jasídicas. Después todos le pedimos a la tía que cantara. El que más insistió fui yo. La tía cantaba canciones que mi madre me cantaba cuando niño. Uno de sus nietos la acompañó con un acordeón y ella entonó una antigua melodía en yiddish que hizo que mis ojos se llenaran de lágrimas. Cuando niño, me causaba sorpresa y hasta me resultaba ridículo ver a mi madre y a mi padre lagrimear cuando la tía cantaba aquella misma canción que decía:

                    

Adónde se puede conseguir un poquito de suerte.


Adónde se puede conseguir un poquito de felicidad.


Que la rueda gire y me traiga


mi suerte de vuelta.


El mundo se formó para que todas las personas


seamos iguales.


Hoy dónde puedo conseguir por lo menos un poquito


de suerte, y un poquito de felicidad.

 

     La tía terminó de cantar, y en ese momento pensé que todos los que estábamos allí esa noche parecíamos personajes escapados de un cuento de Schólem Aléijem, que habitaban aquella antigua aldea llamada Kasrílevke. Todos habíamos retrocedido en el tiempo, con las comidas, el lugar, y los recuerdos.

     Los niños más pequeños se habían quedado dormidos, uno con la cabeza apoyada sobre la mesa, otro en el sofá y otro sobre la alfombra. Los mayores fueron a mirar una película en la televisión del dormitorio de los tíos, todos acostados sobre la cama grande. Un niño correteaba alrededor del abuelo queriendo iniciar algún juego, y la niña, la más pequeña, se entretenía con las manos artríticas de la abuela, que contrastaban con las suyas, nuevas y pequeñas.

     Mi padre, la tía Jane, y el tío Itsic aproximaron sus sillas y se sentaron los tres muy juntos para hablar de cosas de antes y rememorar historias que solamente entre ellos podían compartir. Yo los observaba. Hacía años que no los veía así, y era como si el tiempo no hubiera transcurrido. Se repetía la misma escena, la misma conversación. Ellos insistían en ser los mismos de hace cuarenta años y en mantener viva la memoria. Recordaban siempre las historias de cuando vivían en Europa, de cómo se escaparon, y de cuando se volvieron a encontrar en América, creyendo que así permanecían resguardados de cualquier mal que les pudiera volver a ocurrir. El miedo, y la sensación de continuar siendo perseguidos les duró el resto del tiempo. Hablaban de los muertos como si siguieran vivos. Hablaban de la muerte como si no existiera. Hablaban de la vida con dolor. Ahí estaban un pasado injusto y un presente negado. El futuro no existía. Ese era el comportamiento de todos los sobrevivientes del holocausto. Ninguno de ellos pudo olvidar la guerra, nadie pudo borrar los números de sus brazos, y ninguno logró sobrevivir a aquel horror. Siguieron respirando, procreando, produciendo, comiendo, pero nadie logró vivir, vivir con la mente sana, sin dolor y sin miedo. Seguían estancados en los recuerdos, sin pensar que los mismos están en el pasado, sin pensar que sólo son eso, recuerdos, sin advertir que los momentos no se repiten. Ninguno de ellos era consciente de que las situaciones se crean, no se programan, de que la vida se vive y es difícil proyectarla cuando a veces en el siguiente paso la fatalidad aparece como un bufón desafiante y provocador, escapado de una caja de sorpresas.

     Todo en esa casa, en esa conversación, en ese momento, tenía un significado que yo no deseaba descifrar. Allí estábamos reunidos padres, hijos, nietos, hermanos, sobrinos, evocando silenciosamente a los muertos.

     Se creó un ambiente grato, familiar, amable, sencillo, un clima de tradición, de profunda y rica tradición, con mucho yiddishkait, la comida, las conversaciones, los diálogos, los olores, las fotos, los afectos, las canciones y los recuerdos. Esa atmósfera en la que nadaba, me hizo dudar. Si yo también pertenecía a todo aquello, ¿por qué lo negaba? ¿Por qué me oponía a hablar en yiddish, si en realidad lo sabía? ¿Por qué ignoraba esa tradición si también era la mía? ¿Era por mi padre? ¿Qué escondía yo en mis negaciones? ¿Qué ocultaba él en sus reclamos? ¿Por qué insistía tanto en que yo siguiera con esa tradición? En ese lugar me resultaba muy difícil aceptar aquella situación.

     Se hizo tarde. El tío se quedó dormido sentado en su sillón en una esquina del salón. Dormía con la cabeza tirada hacia un lado, la boca abierta y las manos entrecruzadas sobre el pecho. Los nietos lo rodeaban y se reían de los ronquidos que de tanto en tanto se escapaban de la garganta del abuelo. Desde que lo conocí, invariablemente terminaba igual.

     Antes de salir la tía me dio una fuente llena de comida y despertó al tío para saludarnos.

     Nos despedimos de los primos, de los sobrinos, abracé a la tía y sentí de nuevo su olor, aquel olor antiguo.

     Después de esa noche no volví a ver con vida ni a la tía Jane ni al tío Itsic.

     Quizás, tal vez, nos volvamos a encontrar en otro tiempo, en otro espacio, en otro lugar. ¿Quién sabe? 



- X -

 

     Llegué a casa agotado, con un malestar general, sufría de mucha pesadez de estómago y de un tremendo dolor a la altura de la sien. No estaba acostumbrado a comer de esa manera, ni a beber tanta cantidad de vino. Además sentía una profunda desazón y una inconsolable tristeza. Pensé en Laura y disqué su número. Su teléfono sonó, sonó y sonó inútilmente.

     Aquella fecha, la casa, esa cena, los tíos, los primos, sus hijos, revivir el pasado, despertar la nostalgia, compartir con mi padre las mismas emociones... Era demasiada pesadumbre para una noche solamente.

     Mi padre también se sentía cansado. Preparó un vaso de té con limón para él y preparó otro té, uno digestivo para mí. Luego tomó sus medicinas, me deseó buenas noches, cerró la ventana, apagó la luz y se fue a dormir.

     Mi mente estaba con demasiados recuerdos y mucha añoranza como para ir a descansar y pretender quedarme dormido con facilidad. Prendí un cigarrillo y con el mayor cuidado, evitando cualquier movimiento que produjera ruido y pudiese despertar a mi padre, salí al balcón. Era una noche fría, una noche de ausencias. El cielo era todo luna, claro. Las calles estaban vacías. El silencio me acompañaba. Pensé en Laura. La extrañaba, la amaba. Después de algunos minutos sentí frío y entré. Mi padre dormía profundamente y la llamé de nuevo. Era tarde, tenía que atenderme, debería estar acostada, descansando a esas horas de la noche. No era su turno de guardia, por lo tanto no habría motivos para que no contestara, pero el teléfono sonaba y sonaba, y la llamada no tenía respuesta.

     La ausencia de Laura durante todos esos días, su negativa de hablar conmigo, me produjeron mucho miedo, sobre todo miedo al abandono, pero el deseo de tenerla me creaba una esperanza. No pude contenerme y fui a buscarla.

     A pesar de la hora y del frío, caminé hasta su departamento, y después de insistir varias veces tocando el timbre, Laura abrió la puerta por fin. La miré. Sus ojos estaban adormecidos, llevaba el pelo suelto e iba descalza, tenía puesta una ropa liviana, apenas transparente. Aquel sutil desnudo le prestaba una real sensualidad. Seguí mirándola, y entonces no supe qué decirle. No encontraba las palabras que justificaran mi visita en ese horario tan inapropiado y en una noche tan fría y especial. Ella tampoco habló. Cerró la puerta, se acercó y me miró. La tomé de la mano y ella caminó, lentamente, sin prisa y en silencio hacia mí. La abracé y así permanecimos los dos, juntos en la oscuridad. Una oscuridad incitadora a la confesión, provocadora de las más íntimas declaraciones. De pronto Laura se separó de mí, dio unos pasos hacia el velador, y cuando tomó la perilla para encender la luz, yo la detuve. No quería luz, quería permanecer así. La luz nos delataría, y dejaría al descubierto nuestros pensamientos.

     La volví a abrazar y entonces, le pregunté:

     -¿Qué te sucede?

     -¿Por qué?

     -No respondes a mis llamadas.

     -No estaba en casa. 

     -Mientes.

     Laura se alejó de mí, y de espalda siguió hablando.

     -Sí, miento, pero no encuentro otra manera de evitarte.

     -¿Evitarme? ¿Por qué?

     -Sabes lo que pasa.

     -¿Qué pasa?

     Se dio vuelta, y caminó unos pasos, y de nuevo frente a mí, dijo:

     -Es por tu padre. Él nunca aceptará nuestra relación.

     -¿Cómo lo sabes?

     -¿Por qué cuando él te visita, tú te alejas y me evitas?

     -No es así. Eso no tiene relación con su rechazo.

     -Entonces, ¿por qué tú cambias cuando él viene de visita?

     -Yo no cambio.

     -Sí cambias, te vuelves ausente y te justificas por todo lo que dices y haces, lo tienes que engañar cuando vienes a verme, y yo no puedo ir a tu casa cuando él está.

     -Esa no es la verdad.

     -Te alejas de mí.

     -No porque me dedique a él un par de días, signifique que me aleje de ti. Sólo viene un par de veces al año. Durante ese tiempo lo quiero atender. Es sencillamente por eso que no puedo estar contigo como quisiera.

     -Sí, tienes razón, pero además sentís culpa.

     -Culpa ¿de qué?

     -Por el dolor que le causas a tu padre.

     -¿Cuál dolor?

     -El que sea yo tu pareja.

     -Mi padre no solamente reclama acerca de mi relación contigo. Me reclama que me haya cambiado de nombre, que haya seguido esas carreras, que trabaje en el periódico, y que sea un simple profesor, y que no tenga ambiciones. Muchas son las cosas que mi padre rechaza de mi vida, y sobre todo no acepta que no tenga descendencia, no haberle dado un nieto.

     -Pero yo no soy judía.

     -Eso no tiene importancia para mí.

     -Pero sí para tu padre.

     -Laura, tú no me entiendes ni entiendes la mentalidad de mi padre. Él es un pobre viejo de ochenta años, con otra cultura, con una educación diferente a la nuestra, con un pasado triste, y que insiste en querer modificar la vida de su hijo, recuerda que yo soy su único hijo. Además está convencido que el único que tiene la razón en todo, es él. Todavía se cree con derecho de manejar mis sentimientos y mi comportamiento.

     -A mí no me importa lo que tu padre pretende, a mí sólo me importa cómo te afecta a ti todo esto.

     -A mí no me afecta en nada.

     -Ahora eres tú el que miente.

     -Digo la verdad.

     -Una cosa es lo que dices, otra lo que sientes, y otra cómo actúas.

     Caminé hacia ella, y la abracé con fuerza.

     -Te amo, Laura.

     -Yo también te amo, Ale.

     -Entonces, ¿por qué te alejas de mí?

     -Yo no me alejo, eres tú el que escapas.

     -¿Escaparme? ¿De qué? ¿De quién?

     -De mí.

     -¿De ti?

     No podía entender las palabras de Laura, puesto que siempre le demostré que lo único que deseaba era estar con ella, disfrutar de los momentos que pasábamos juntos. Ella era la primera mujer con quien mantenía una relación así, llena de afecto y respeto. Respetando los lugares de cada uno, los espacios individuales, el tiempo de estar solos, sin imposiciones de ningún tipo. Ella era soltera y yo divorciado. Ninguno de los dos tuvo hijos ni nada que nos atara a un pasado. Ninguno preguntaba al otro sobre sus amores, sus encuentros o sus frustraciones. No hacíamos proyectos de ninguna clase, nunca hablábamos de las vacaciones, ni de planes para los feriados, ni para el día siguiente. Eran los momentos y nosotros. Nosotros, inventando los momentos. Yo conocía las noches en que ella estaba libre y las tardes cuando no iba a trabajar, y ella estaba al tanto de los días en que yo no iba a enseñar, y de los otros, de cuando la inspiración me daba tregua, entonces nos llamábamos, nos buscábamos y acudíamos callados a los encuentros.

     -¿Quieres que estudie para convertirme al judaísmo, Alejandro?

     -¿Para qué?

     -Para ser judía

     -¿Para ser judía?

     -Sí, como tú.

     -No te entiendo, Laura.

     -Para ser igual a ti.

     -Nadie es igual al otro, Laura, además con el estudio no se logra ser judío, con un estudio se logra una profesión, no una identidad.

     Laura se apartó bruscamente de mí. De pronto comenzó a sollozar.

     -¿Qué te sucede?

     -Nada.

     -¡Estás llorando!

     -Porque siento tu rechazo. Tú me rechazas, Ale.

     -No, no es un rechazo, ven, Laura. Ven, deja de llorar.

     -Tengo miedo, Alejandro.

     -¡Miedo! ¿De qué?

     -De perderte.

     -No, no Laura, no temas.

     Nos abrazamos. En ese momento no quedó en todo mi cuerpo un solo espacio que no se estremeciera y sin levantar la vista de su cuerpo, la deseé. Tiernamente cerré sus labios con mis manos. Ella levantó el rostro. Sus ojos simpatizaron con los míos y una sonrisa apenas trazada se dibujó en su expresión.

     Estar cerca de ella me producía una sensación de vida, de alegría, de seguridad. La noche se había adormecido y yo sólo quise seguir allí, en ese lugar, con esa mujer. Muy junto a ella. Pasaron los minutos y tuve deseos de continuar igual, ausente de todo, en ese total y absoluto estado de silencio. Me mantuve quieto. Temía producir algún ruido o algún movimiento que nos distrajera de aquel encantamiento. Solos, ella, yo, y aquella atmósfera creada por mí alrededor de nosotros, para no sentir nada más que no sea a ella, a su piel, solamente su piel. Allí estábamos nuevamente los dos envueltos en un incontenible deseo, cómplices de la misma irrefrenable pasión.

     Bajé los párpados, y cerré los ojos para no ver, tampoco oír ni oler otro perfume que no sea el suyo. Junté los labios y sin apuro sentí en mis manos, su piel. La sentí a ella, a toda ella, mía. Sólo y puramente mía.

     Y de nuevo, la noche resultó corta, las horas pocas, y el tiempo escaso para lo que ambos necesitábamos.

     El despertador sonó a las siete de la mañana, pero yo seguía con sueño. No quería moverme. Me encontraba muy bien en esa habitación en la que aún quedaba el perfume de la seducción, en esa cama tibia, en ese espacio infinito y puro, que aún olía a Laura. Di vueltas y vueltas, igual a un niño. No deseaba levantarme de su lado. La busqué pero ya no estaba, entonces recordé que me había dicho que tenía que ir al hospital bien temprano esa mañana, y que yo también tenía que volver a mi casa, pues mi padre estaría preocupado por mi ausencia. Tenía que apurarme para llegar al departamento antes de que él se despertara. Me levanté de un salto. Tomé mis anteojos que estaban sobre la mesa de luz, me puse el reloj y después volví a mirar la hora. Luego saqué un cigarrillo de la cajetilla, y fui hasta la cocina en busca de fósforos. Había aroma a comida, y el desayuno estaba servido. Sobre la mesa había dos tazas, una jarra con leche, el azucarero, cubiertos, un par de tostadas recién hechas y todavía calientes, mermelada, manteca, y en la cafetera, café. Laura estaba en el baño tomando una ducha. No tenía apetito, encendí el cigarrillo y volví al dormitorio. Mientras me vestía entró Laura. Se veía candorosamente bella envuelta en una toalla blanca, con los pies descalzos, y el cabello mojado. Una mirada lánguida dejaba a sus ojos apagados, esos ojos verdes, casi acelestados, que me embelesaron la primera vez que los vi. La amaba, y sentí que ella me pertenecía. Yo era su dueño, y ella era mía. Luego desayunamos. Laura se vistió y nos despedimos.

     -Adiós, Alejandro.

     -Adiós, Laura, te llamo.

     -¿Cuándo?

     -Apenas pueda.

     -En el tiempo que te sobre. ¿Verdad?

     -No, no es así.

     -No importa, yo espero.

     La besé en los labios, y ella besó los míos.

     Caminé, no sabía si viajar en taxi, en colectivo, o tomar un tren subterráneo.

     No era una mañana cualquiera. Era diferente, radiante, como si se preparara para un día único, con un viento anticipadamente primaveral.

     Las personas caminaban deprisa, agobiadas por el tiempo, por las obligaciones, abriéndose paso a empujones, igual que en una jungla. Me sentí atrapado. Caminé entre la multitud. Ahí estaba yo siendo parte de aquella perversa sobreviviencia que nos conducía a todos hacia una misma dirección. Me aterrorizaba ver los rostros de algunos jóvenes pintarrajeados, y agredidos, o agrediendo, con todo tipo de adornos y amuletos, pinturas y tatuajes. Vestidos con ropas desteñidas y desprolijas, cabellos teñidos y mal peinados. Se veían harapientos. Era como si andando de esa manera desafiaran al resto. Como si fuesen en busca de una identidad, y como si en ese total desenfreno buscaran rebelarse contra la humanidad, desquitarse de esa sociedad que les arrebató a sus familias, los afectos, la amistad. Luchaban por el poder del individualismo y por los derechos de la familia. Se convirtieron en habitantes de un mundo sin hogar. Eran hijos pertenecientes a una familia universal, abandonados en una absoluta orfandad. Pensé que finalmente sus gestos y sus cosas eran simplemente rebeldía, la notable, estudiada, analizada y mal gobernada rebeldía.

     Bajé las escaleras para tomar un subte, pero siempre me producía escozor bajar a un sótano, a aquella sombra artificial con ruidos de máquinas. El rostro de un hombre irremediablemente trastornado y fatigado me hizo daño. Volví a subir. Afuera el día imponía luz. La mañana me devolvió un grato alivio. Levanté un brazo para parar un taxi. Subí. Lo conducía un hombre de mediana edad que vestía ropa vieja y sucia. Tenía las manos y las uñas manchadas de grasa.

     Pasó un trapo por el volante, miró por el espejo retrovisor, y me preguntó adónde me llevaba. No respondí. Después me volvió a formular la misma pregunta y me disculpé, bajé y preferí ir caminando. El hombre se estaría preguntando si yo no sufría de alguna enfermedad mental, porque apenas puse los pies sobre el asfalto, arrancó bruscamente. Seguí caminando hasta llegar a una esquina donde había una parada de colectivo. Me detuve frente a un puesto de venta de revistas, periódicos y golosinas. Miré algunas tapas, pero me aturdieron los gritos del hombre que vendía los diarios. Seguí esperando que pasara otro taxi. Todos corrían a mi lado, unos iban, otros venían, y nadie se detenía, en esa carrera desenfrenada hacia la nada o hacia el fin. Una mujer me detuvo y me preguntó la hora. Miré el reloj y se la di pero pensé qué importancia tendría la hora, el día, la fecha, el mes, el año, en este mundo. Nada importaba en este manicomio abierto para todos, en este teatro donde cada habitante tenía un papel que representar, cual personaje escapado de su propia tragedia griega, en este pedazo de universo donde las personas corren, corren y corren hacia ¿quién sabe? ¿Alguien conoce su final? ¿Estaba vivo, yo? ¿El resto que estaba a mi alrededor, aún vivía? ¿Quién era yo, quiénes éramos en realidad?

     Me paré frente a la vidriera de una tienda para caballeros, donde un par de maniquíes mostraban las mejores prendas que se usarán en la próxima temporada. Trajes impecablemente confeccionados, corbatas, medias, paraguas, zapatos, billeteras, pañuelos para el cuello. Tuve deseos de entrar y cambiar mi vestuario, que ya estaba desactualizado. Necesitaba calmarme, envolverme en algún tipo de frivolidad, pero no podía hacerlo. Mirar vidrieras era un juego seductor, atrayente, pero nada más. Una ráfaga de humo escapado de un caño de escape me hizo regresar a la realidad. ¿Acaso comprándome ropa nueva que quizás jamás usaría iba a calmar mi pesar? Sería un instante de distracción, apenas una caricia, y después, la nada. Mis pensamientos recuperaron la sensatez. Me arreglé el cuello del sobretodo y me ajusté los anteojos, prendí un cigarrillo y decidí seguir caminando. Miré el reloj. Era tarde, tenía que caminar más aprisa, aunque pensé ¿para qué? ¿Para discutir con mi padre? ¿Para corregir exámenes o para preparar alguna clase, para darme una ducha, o para pensar en Laura? Pero tenía que volver. Sentía la necesidad de encontrar un lugar donde cobijar mis dudas. Paré frente a un almacén en cuya puerta había un cartel que decía comida judía. Entré y compré algunas porciones de tortas y otras comidas saladas pensando que a mi padre le gustarían.

     Llegué a la plaza, y me senté unos minutos a descansar y disfrutar del lugar, del dorado suave del sol, del pasto verde, del cielo azul, de todo aquello que la naturaleza estaba ofreciéndome. No podía rechazarla, no debía, era su regalo.

     Un rato después crucé la calle y en la entrada del edificio me encontré con la mujer del cuarto que sacaba a pasear a su perra, vestida con una ropa a cuadros. Los niños del primer piso salían para el colegio, y la madre a la verdulería, el portero vestido con su uniforme gris, y los zapatos negros con suela de goma, limpiaba el piso de la entrada, y miraba, con su mismo gesto de siempre, curioso por saber lo que ya conocía sobre nuestras vidas. Me detuvo y me preguntó por mi padre, por su corazón y me contó que la joven del segundo piso «B», se peleó la noche anterior con uno de los tantos novios que tenía, que la otra que vivía en el mismo piso recibió la visita de sus padres y de uno de los hermanos, y que el hijo de Don Samuel no vino el último fin de semana a buscar al padre por lo que el pobre viejo sufrió de nuevo una crisis de hipertensión y en consecuencia no pudo salir de su departamento en un par de días, y que él y la del primero tuvieron que llevarlo a poner una inyección en la farmacia de la esquina. Mientras subía las escaleras, pensaba que cada piso tenía sus propios ruidos y sus olores característicos. El ruido de un televisor funcionando. El de un tocadiscos. El olor a milanesas, a colonia, el ladrido de un perro, o simplemente el silencio.

     Cuando abrí la puerta de mi departamento oí ruidos de bolsas de papel y también la radio en la que se estaba transmitiendo música jasídica, y entre canción y canción el locutor convocaba entusiastamente a hombres y mujeres solos a que llamaran al programa para conseguir parejas. 

     Fui hasta la cocina y advertí que mi padre se había ido de compras. Había estado en la panadería y en la fiambrería, comprando arenque fresco, anchoa en sal, fiambre, pan fresco, huevos, verduras y frutas.

     -Hola, Iósele.

     -¿Cómo dormiste, papá?

     -Bien, me desperté temprano, y como no te encontré fui hasta el mercado.

     -¡Papá! ¿Por qué compraste tanta comida?

     -Mira, hijo, para ti compré beigalaj(25), como lo hacía tu madre, también te compré un leicaj(26), recordé que a ti te gustaba.

     -¿Y para ti, papá?

     -El resto, todas las comidas que a mí me gustan.

     -Me hubieras pedido a mí, y yo te las compraba.

     -¿Acaso yo te tengo que pedir? Tú no sabes que a mí me gusta hacer las compras, vivo solo y estoy acostumbrado. Antes también era yo el que hacía siempre las compras, o ya te olvidaste, Iósele.

     -Papá, no puedes caminar solo por la calle con tantas bolsas, sabes que es peligroso.

     -Tú no estabas para pedirte.

     -¿Por qué no me esperaste?

     -Cómo iba a saber a qué hora llegarías, si tú sales siempre despacio, y nunca me avisas ni te despides de mí. Te escapas, hijo.

     -No es así como tú dices, papá, sólo que te veía durmiendo tan plácidamente que no quise despertarte.

     -¿De dónde vienes, Iósele?

     -Papá, no tienes por qué saber de dónde vengo.

     -No dormiste acá.

     -Ya lo sé.

     -¿Dónde dormiste?

     -Si te cuento, de nuevo vamos a discutir.

     -Hijo, ¿no es suficiente todo lo que pasa entre nosotros para que también me hables con ese tono?

     -¿Qué cosas pasan, papá?

     -Cosas graves.

     -¿Graves? ¿Cómo cuáles?

     -¿Y no lo sabes?

     -¡No!

     -¡Tu nombre, hijo! ¡Cambiaste de nombre! ¡Prestaste un nombre!

     -No lo cambié, ni presté ningún nombre, simplemente elegí uno y no es por otra cosa que para volverlo más práctico, recuerda que soy maestro, y a mis alumnos les dificultaba pronunciar correctamente mi apellido. Y que me llamara José y después eligiera cambiarlo por Alejandro no tiene nada de extraño.

     -Era lo único que nos unía, hijo.

     -¡Papá! ¿Qué dices?

     -No hablamos el mismo idioma, porque tú lo rechazas, no comes mis comidas porque a ti no te gustan, no padecimos juntos del mismo antisemitismo, no sufrimos de iguales dolores. Tú no perdiste a toda tu familia en los hornos.

     -Me culpas por algo de tu historia en la que yo nada tuve que ver.

     -No te culpo, hijo, te hago ver las cosas que tú las niegas.

     -Pero tenemos la misma tradición. Papá, hay una historia común que nos une.

     -Pero no tenemos un nombre que nos una.

     -¿Papá, tú necesitas que nos una un nombre?

     -Sí.

     -¿Por qué?

     -Porque siento que así como rechazas mi apellido me rechazas a mí. ¡A mí, que soy tu padre!

     -Quizás sientas ese miedo, porque en realidad no tenemos nada que nos una.

     -¡Tienes mi sangre! ¡Mi sangre!

     -¿Tu sangre? De qué sangre me hablas, o no sabes que la sangre no habla, no abraza, no ríe, no juega, no acompaña.

     -No sabes lo que dices, hablas tonterías.

     -No son tonterías. Lo que a ti te pasa, papá, es que sigues viviendo en el mismo ghetto, nunca has salido de ese lugar.

     -¿De qué ghetto me estás hablando?

     -De un ghetto sin muros ni soldados. Escapaste, llegaste a América, vives en un sitio seguro, pero en realidad nunca has salido de allí. Los mismos miedos te siguen paralizando, la misma angustia te deja inválido. Los mismos recuerdos te siguen carcomiendo. Piensas igual y sientes igual que cuando vivías en Lomza.

     -¿Y tú qué sabes? Naciste en un lugar donde te pudiste criar libre, en una ciudad donde tu vecino no te grita judío puerco, ni pisotean tu dignidad, ni llevan a las cámaras de gases a tus padres, a tus hijos, a tus hermanos, a toda tu familia. Qué sabes tú, Iósele. Tú sólo sabes pelear con tu padre.

     -Papá, no te das cuentas que tú mismo eres tu propio traidor. Te traicionas a ti mismo.

     -Y tú, hijo, conspiras contra tu pasado.

     -No sabes lo que dices, papá.

     -Estoy viejo pero todavía no perdí la razón. Exijo que cumplas con los mandatos que nosotros te enseñamos, con lo que viste, y viviste en nuestro hogar, y que no reniegues de todo eso. ¿Recuerdas cuando eras niño, cuando íbamos juntos todos los sábados al shil, y cuando los viernes de noche tu madre prendía las velas del viernes, y tú rezabas la bendición del vino? ¿Lo recuerdas?

     -Sí, papá, por supuesto que lo recuerdo, pero entonces la esperanza de la continuidad estaba cumpliendo su proceso normal en mi crecimiento. Sin embargo crecí y me convertí en un hombre, en un ser individual, y no en una creación tuya, en quien sigues depositando toda tu historia de dolor.

     -Eres mi hijo, si no es en ti, ¿en quién, entonces? ¡Oy, Dios mío, me duele todo! ¡Me duele el corazón!

     -¿Te sientes mal, papá? ¿No quieres ir al hospital?

     -Mi dolor no se cura con medicamentos, se cura con najes, eso necesito, hijo, najes tuyos.

     -Papá, entiende que tu deseo que yo sea como tú quieres, es un anhelo tuyo profundo y sincero, pero quieres algo imposible. Pretendes que yo modifique mi manera de pensar, y que mi comportamiento sea distinto, porque según tu manera de ver, yo estoy equivocado.

     -¡Avade! ¡Estás equivocado!

     -Esa es la verdad, la única verdad. Deseas transferir en mí toda tu historia, deseas que yo cumpla con lo que vos no pudiste.

     -¿De qué verdad me hablas, Iósele?

     -Voy hacia la verdad reflexiva, hacia la verdad filosófica, o científica, o como tú quieras llamarla.

     En ese momento me entró una duda. Estaba peleando con mi padre por muchas razones, por el cambio de mi nombre, por no seguir con la tradición heredada de él, por no haberle dado nietos, pero en realidad, toda aquella discusión empezó a raíz de mi relación con Laura. Finalmente yo estaba apostando por Laura, le estaba desafiando a mi padre y me estaba desafiando a mí mismo. Aquel desafío, me hacía sentir seguro. Era una apuesta. Gozaba del riesgo que alimenta al apostador.

     Mi padre volvió a hablar:

     -Hijo, tú nunca necesitaste luchar para que no te saquen la vida. Tú no luchaste en un campo de concentración para continuar existiendo, y tampoco tuviste hijos a quienes contar tu historia, ni que sigan con tu tradición.

     Mi padre sin darse cuenta estaba hablando sobre las tres leyes que cumplir, la ley de la existencia, todo ser es un efecto, procura. La ley de la sobreviviencia, preservar en su ser. La ley de la descendencia, a través de los hijos continuar viviendo.

     -¿Dónde tú lees tantas tonterías? ¿Para qué te sirvieron tantos estudios que hiciste, tantos libros que leíste? Sólo te hicieron mal, dañaron tu cabeza. Mira qué has hecho de tu vida. Abandonaste a Sofía, una buena mujer, que te hubiera dado hijos, a cambio de qué, de vivir así, en un lugar desordenado, mal alimentado, mírate, solo, delgado, y junto a una mujer con la que no podrás crear nada. No puedes tener futuro.

     -¿Cómo tú sabes?

     -Porque eres mi hijo y ella no te va a dar lo que tú necesitas para vivir en paz.

     -Siempre das la misma respuesta, sin fundamentos.

     -Sigues hablando como un profesor. Yo no soy uno de tus alumnos, soy tu padre, y háblame por favor más despacio, sin gritar, que aún no estoy sordo.

     -Esa no es la vida, la realidad es otra.

     -¿Y cuál es la realidad?

     -Es un poco de filosofía, es sólo eso.

     -¿Para qué estudias filosofía?

     -No la estudio, la leo y la leo porque sencillamente me gusta, y me ayuda en ciertos momentos como este y como otros en los cuales me paso discutiendo contigo.

     -Pero Iósele, estudia el Talmud, si en el Talmud está todo escrito. Allí están todas las respuestas.

     -Las respuestas las tiene uno mismo, cada ser humano tiene que encontrar en sí mismo las respuestas a sus preguntas.

     -¿En qué Dios crees, Iósele?

     -Yo no creo en Dios, yo hablo con Dios, ya te lo dije.

     -¿Y nuestro Dios? ¿El Dios de Abraham?

     -Ese Dios, papá, se vive. El Dios de Abraham se vive, el Dios de Spinoza y de Aristóteles se piensa.

     -Jamás te voy a entender.

     -Porque tú no quieres, papá.

     -¡Cállate ya, hijo!

     Y callé. Callé, como callé muchas otras veces, y como tantas otras veces me escondí, porque me faltó valor para enfrentarme a mi padre, a la calle y a la noche.



- XI -

 

     A pesar de estar acompañado por mi padre, me sentía solo, y con una sensación de ahogamiento. Por ello decidí salir a caminar. Quería desaparecer, perderme, no seguir pensando, ni sufriendo, ni cuestionándome miles y miles de dudas. Tampoco quería seguir discutiendo y peleando con aquel viejo caprichoso sobre los mismos temas de siempre. Mi verdad era que amaba a Laura, y ella despertaba en mí un difuso y único sentimiento irracionalmente bello. Pero de esa manera no podía continuar nuestra relación, una relación entre dos seres adultos, en la que ninguno debería seguir sufriendo la neurosis que produce el estado de enamoramiento.

     No sabía adónde ir. Tenía que aturdirme, huir de mi soledad, de mis dudas, de mis miedos. Me sentía tremendamente ausente en una ciudad rodeada de avenidas anchas, llena de personas, de luces. Luces en los letreros, que parpadeaban incansablemente en una conjunción armoniosa de ingenio y colorido. Seguía inmerso en la melancolía. Caminé hasta el bar, un lugar protegido por un tiempo diferente al del mundo de afuera, con un ritmo que giraba en otra dimensión, un refugio para el tedio, para la discusión y para la creación. Estaba atardeciendo. Entré y vi a José que se encontraba sentado en la misma mesa de siempre, leyendo una partitura, y fumando cigarrillos negros. A lo lejos parecía un personaje sacado de una historieta de espionaje. Siempre que la estación lo permitía, llevaba una boina encima de la cabeza totalmente rapada, tenía la piel blanca, y la del rostro muy ajada y arrugada, e invadido por finos hilos rojos. Sus ojos eran pequeños y celestes, tan celestes que parecían transparentes. Una nariz grande y angulosa y una boca con labios gruesos le dejaba un aspecto muy particular. Cualquiera que viera a José por primera vez notaría que se trataba de un extranjero, por su figura, y por la ropa que llevaba, y sobre todo por su acento. Era un hombre alto, fornido, siempre usaba pantalones grandes y camisa blanca. Su vida era un misterio. Nunca hablaba de ella, ni permitía que nadie le preguntara algo sobre su pasado.

     El lugar estaba casi vacío, el dueño todavía no había llegado ni tampoco las demás personas que rutinariamente acostumbraban a reunirse allí. José oyó el ruido de mis pasos, levantó la mirada, y me llamó.

     -Alejandro, ven, amigo, ven.

     Me acerqué a la mesa, pero antes de correr la silla para sentarme me fijé en el piso y luego en el cenicero. Estaban abarrotados de ceniza y de colillas de cigarrillos. También observé la buena cantidad de partituras que estaban esparcidas sobre la mesa y principalmente la que José estaba leyendo. Había hojas sueltas en cuyos pentagramas estaban escritas algunas notas musicales.

     -Estás estudiando, no quiero interrumpirte.

     -¿Interrumpir? ¿Qué?

     -Tu lectura, tú escritura, tu estudio, tu clase, yo que sé.

     -No seas tonto, ven, siéntate.

     José juntó las partituras y las guardó dentro de una carpeta roja, y luego juntó las hojas sueltas y las guardó en otra carpeta, también roja, pero más gastada.

     -Estoy estudiando a un gran músico, ¿sabes? Fue uno de los mejores de su época.

     -¿Bach? ¿Schubert? ¿Beethoven? ¿Cuál de ellos?

     -No, no es a ninguno de los que nombraste, a todos ellos ya los estudié durante muchos años.

     -¿Entonces, a quién estudias?

     -¡Bruckner!

     -¿Bruckner? ¿Pero acaso Bruckner no fue un líder alemán, nazi?

     -Te confundes, Alejandro, ese se llamó Wilhelm Bruckner, en cambio el músico austríaco a quien yo estudio es Anton Bruckner.

     -Lo sabes todo, José.

     -Sólo conozco los temas que me interesan, como la música, el arte, la política, pero sobre otros temas, te aseguro que no sé absolutamente nada, como la Sociología, o el Periodismo, por ejemplo.

     -Pienso que lo sabes, simplemente no te interesa hablar de ellos.

     -Alejandro, así no podemos hablar.

     -¿Cómo?

     -Sencillamente, no podemos seguir hablando con la boca seca. ¿Qué quieres tomar?

     -No sé. ¿Qué tomas tú?

     -Café, café negro doble.

     -Realmente no sé qué deseo tomar.

     José llamó al mozo, éste acudió de inmediato y lo primero que hizo fue cambiar el cenicero, y después anotar el pedido.

     -Mozo, otro café igual al mío.

     -¿También doble? -preguntó.

     -¡Igual! -respondió José.

     -¿Tú ya lo decidiste? -dije.

     -¡Así es!

     Y cuando el mozo se iba retirando para cumplir con el pedido, José lo llamó de nuevo.

     -Ven, trae también dos vasos pequeños, y una botella de vodka, pero del bueno.

     -¿Vodka? ¿A esta hora? -pregunté.

     -Qué importancia tiene la hora, ni el lugar, lo importante es el momento, la compañía, y ahora yo considero que es un buen momento para beber una de las mejores bebidas, si no es la mejor.

     -Bueno, entonces también tomaré vodka.

     -Te veo mal, Alejandro. ¿Qué te pasa?

     -No sé qué me pasa, estoy decaído, siento que vivo en una guerra permanente.

     -¿Guerra? ¿Con quién?

     -Conmigo mismo, una guerra interna y externa.

     -¿Por qué?

     -Por miles de conflictos.

     -¿Conflictos? ¿Cuáles?

     -El amor, el desamor, el abandono, la soledad, la angustia, mi identidad. Mis peleas con mi padre, Laura.

     -Pero, ¿y tú que piensas? Así es la vida, así se comporta la vida.

     -En otro aspecto siento una agresión por parte del mundo de afuera, de la calle, de los ruidos, de los olores, de la polución, de mi padre, hasta de los tíos a quienes veo cada diez años. Una permanente y dolorosa agresión.

     -¡Es la decadencia, Alejandro! Es la decadencia, mi amigo. Y sabes, hay que luchar contra la decadencia.

     El mozo trajo la taza de café, el azucarero, dos vasos pequeños y la botella de vodka, acompañados de dos vasos llenos de agua, y otro cenicero.

     -Es el desorden, Alejandro.

     -¿Cómo? No te entiendo, tú siempre hablas como filósofo, y no como músico. Y después dices que no conoces nada sobre otros temas que no sea política y música.

     -No puedo darte explicaciones básicas y filosóficas de la vida, con notas musicales, ni interpretando en el violín una composición. La música te puede emocionar, quizás te ayude a pensar mejor, y te transporte a una abstracción completa del entorno, pero no te puede descifrar sentimientos para ayudarte a calmar tu estado anímico.

     -En mi vida todo está en desorden, mi casa, mis relaciones, mi trabajo. Ya no sé qué me gusta y qué no me gusta. No encuentro personajes nuevos sobre quienes escribir. No encuentro situaciones nuevas, sino las mismas de siempre donde aparecen mis conflictos. Intento una y más veces continuar con la novela que estoy escribiendo hace años, y lo único que consigo es romper más, y más papeles con alguna que otra palabra escrita. No logro escribir una sola página más. En mi vida nada está bien, todo es un desorden terrible.

     -Sabes, Alejandro, que el orden puede crear desorden. Pero el desorden por sí mismo no se puede ordenar.

     Antes de responder bebí un sorbo de café, que estaba tan caliente que me quemó la lengua. Tuve que dejar la taza y beber agua para calmar el ardor.

     -Esa teoría ya la conozco, José.

     -Si tú estás en total desorden, tú creaste ese desorden. Ahora solamente tú mismo puedes arreglarlo, tienes que tratar, porque sabes que por sí solo no se va a arreglar, es imposible. Entonces encárgate de poner tus ideas en orden, tus sentimientos primero, lucha con lo interno, y después verás que el mundo de afuera es hostil sólo si lo permites.

     -Dime, José, ¿cómo haces tú?

     -Mi historia, mi sufrimiento, son solamente míos. Las historias no se repiten. La tuya es una, la mía es otra. No existe la misma historia copiada. ¿Sabes qué dice un famoso dicho ruso?

     -No.

     -¿Quieres saberlo?

     -¡Por supuesto!

     -«Vivir es bailar sobre la propia tumba».

     -Ese dicho es muy terrible.

     -Muchos de nosotros hace tiempo que estamos muertos, a pesar de seguir con vida. Yo soy un ejemplo de ello, el presente mío no tiene nada de mi pasado, hay dos José en mi historia. Existe un desdoblamiento en mi personalidad. Imagínate Alejandro que yo fui maestro en grandes conservatorios de música, primero en Rusia y después en Polonia, junto a otros importantes maestros, y mírame ahora, apenas me gano la vida enseñando violín a uno que otro alumno, no tengo familia, y ni siquiera puedo discutir sobre los temas políticos que a mí me interesaron siempre. El comunismo ya no existe, los grandes pensadores de mi partido quedaron fuera de época. Únicamente tengo este lugar, pocos amigos, y mi música. Quisiera maldecir a muchos, inclusive muchas veces quise maldecirme, pero no se debe maldecir a sí mismo. Nunca maldigas tus propios sentimientos.

     -¿Cómo sobrevives?

     -El tiempo me dejó escéptico, me considero un ser condenado a creer solamente en la casualidad. Pero la vida también me obligó a aprender a sobrevivir, sencilla y simplemente a eso, pero tú Alejandro tienes que aprender que si quieres sobrevivir, debes hacerlo con alegría.

     -¿Alegría?

     -Kaplan dice que «Alegría es felicidad y felicidad es una situación en la cual tiene supremacía la sensación de que la vida merece ser vivida».

     -¿Cómo lograste llegar a este estado, después de todo lo que pasaste?

     -Siempre leí, estudié, y luché. Me enseñaron a ser así. Yo estuve prisionero en Lubianka, una de las peores prisiones de Moscú, y sobreviví, recuerda que fui parte del pueblo ruso, un pueblo que siempre fue fuerte, muy fuerte y también inteligente. Una parte de su pueblo también fue muy culto. Pertenecíamos a la intelectualidad. Existieron grandes músicos, grandes escritores, había también judíos militares, que pelearon en la primera guerra mundial. Otros eran dueños de bancos. La otra parte vivía en el campo, en pequeñas aldeas llenas de tradición. Eran muy trabajadores, y fueron los más sufridos. El pueblo ruso también sufrió grandes persecuciones, las cruzadas, los pogroms, grandes masacres. Hubo personajes macabros en nuestra historia, como Imelnitski, un jefe cosaco que organizó terribles matanzas de judíos. Imagínate que hasta hay un dicho cosaco que dice: «Dos judíos, dos perros, los mismos, de la misma religión». Pero la peor historia fue la del holocausto, y nadie creía que se podía cumplir tal destrucción.



     Quise interrumpirlo porque me estaba contando cosas que yo conocía muy bien, pero José hablaba muy entusiasmado:

     -Cuando algunos decían que el nazismo significaba la decadencia de la civilización, de la libertad, y de la moral, y que teníamos que organizarnos para aniquilarlos, nadie le daba importancia. Estábamos tan acostumbrados a los discursos antisemitas, a los panfletos, y a que se escupieran a la cara, que nos gritaran insultos, que no creíamos que se pudiera llegar a tal masacre, a tal genocidio. Y todavía antes hubiéramos tenido tiempo de escapar, pudimos ir a Praga, a Viena, a París.

     -José, tú sigues con la idea del comunismo como única y mejor ideología política, pero el comunismo demostró su incapacidad. Existieron grandes dictadores, hubo asesinatos en masa.

     -Este no es el momento oportuno para que tú y yo nos detengamos a hacer un estudio sociopolítico de ese capítulo de la historia, porque ambos conocemos parte de ella, no es ajena a ninguno de los dos, y en especial a ti.

     -¡Cómo! ¡En nombres de ideologías se masacraron pueblos enteros!

     -¿Cuáles ideologías?

     -¿Qué me preguntas? Si tú lo sabes. Ideologías políticas, el bolchevismo, el partido socialdemócrata, el nacionalsocialista, el capitalismo, el comunista, la anarquía, las religiosas, las sectas.

     -La Historia no cumple una función justa, cuando deja de funcionar un sistema como el comunismo, por ejemplo, se sacan a relucir las peores atrocidades que pasaron en el periodo que duró aquel sistema, pero todo es conveniencia. ¿O cómo crees que ahora sigue lo político? La conveniencia y el oportunismo dominan al mundo. El poder, destruye. La teoría social comunista era la mejor, la única que luchaba por los verdaderos derechos de la clase social trabajadora.

     -¿Cuáles fueron los principales enemigos de ese sistema?

     -Entre nuestros enemigos estaba Alemania. ¿Sabes por qué?

     -Creo que algo sé.

     -Los bolcheviques descubrieron que los alemanes se proponían conservar bajo su fiscalización los Estados Bálticos y la Polonia Rusa. No toda Rusia estaba a favor de aquella dominación. Después de la revolución nacional, Ucrania y Transcaucasia se mantuvieron firmes frente a la dominación bolchevique en el sur de Rusia. ¡Sufro tanto cuando hablo sobre Rusia!

     -Cálmate, cálmate.

     -Nadie puede llegar a entender lo que fue ese país, y sufro cuando sé que los comentarios son sólo de parte de una clase, y es el capitalismo, para desprestigiar a su oponente. Extraño las reuniones, la clandestinidad que ellas tenían, inclusive ya en América. Extraño la fuerza de un sistema.

     José bebió de un solo trago todo el contenido del vaso, luego encendió otro cigarrillo.

     -¿Qué más extrañas, José? -pregunté.

     -A mis compañeros del movimiento, y a una mujer, la mataron. Era también una comunista acérrima. Vivíamos juntos. Habíamos decidido no casarnos nunca, y nunca hablamos de tener hijos.

     -¿Cómo se llamaba?

     -Qué importancia puede tener eso ahora.

     -Háblame de ella, entonces.

     -Fue una historia de otra época, en viejas tierras. También extraño la bandera roja, que era la de los socialistas liberales rusos, y también la de los bolcheviques.

     -¿Cómo era tu vida en aquella vieja tierra como tú la llamas?

     -Era muy duro vivir en Europa, antes de la Segunda Guerra Mundial. Nuestras vidas ya eran tristes y sin esperanzas. Había poco trabajo. Pasábamos hambre. Éramos segregados por el antisemitismo, pero todos nos quedábamos en nuestros lugares. ¿Quién se animaba a cruzar el río Vístula en Polonia, o el río Volga, o el puente de Praga para llegar a Bialystok que entonces estaba en poder de los comunistas, o alguna otra frontera para viajar a otro mundo? Algunos, sólo algunos que ya en América tenían familia, techo, y un trabajo asegurado; entonces se arriesgaban, pero de otro modo seguíamos en los mismos lugares, trabajando, y luchando por sobrevivir, sobre todo peleando contra el hambre, el frío, las epidemias, y más adelante también para no morir dentro de las cámaras de gas. Pero hay un dicho que dice: Hay sólo una estirpe de hombres, los hombres dolientes y rebeldes a toda racionalización.

     -Shestov lo dijo. ¿Verdad? ¿Dónde lo leíste?

     -Así es, mi buen amigo, Lev Shestov lo dijo, ya olvidé donde lo leí.

     -José, me sorprendes. Tus conversaciones son siempre extremadamente interesantes, pero como esta vez nunca antes te había oído hablar, ni definir sentimientos, ni defender así tus ideales.

     -¿Cómo, Alejandro?

     -Con tanta emoción, con tanto conocimiento, con tanta sabiduría. Antes nuestras conversaciones eran menos profundas, y menos críticas.

     -Creo que llegué a una edad en la que mis miedos se atemperaron. Dejé de temer al infortunio, al hambre, al desamparo, a la angustia. Dejé de creer en la amistad, y en cualquier otra relación incondicional, esa no existe. También dejé de creer en el secreto de una confidencia. Nadie guarda el secreto del otro, si hasta el propio es difícil de guardar. Las confidencias nos las tenemos que hacer a nosotros mismos, esa es la ley del verdadero secreto, del secreto que perdura. Pero volviendo al otro tema, eso no está bien. No está bien acumular sabiduría.

     -¿Qué está mal?

     -Tener tanto conocimiento. El que aumenta saber, aumenta dolor. Imagina si yo hablo de todo esto cuando están conmigo Carlos o don Samuel u otro. Nadie me va a escuchar. Se van a cansar de mí, se van a levantar y me van a dejar solo, o se van a molestar con mis comentarios. ¿Quién más cree en el comunismo? ¿A quién le gusta escuchar a un viejo tocar el violín? Los tiempos cambiaron.

     -Cuéntame algo más sobre Rusia.

     -Ya te dije antes, mi amigo. El pueblo ruso fue uno de los más cultos y preparados de Europa, y el que más cantidad de judíos tenía. Eran los únicos de la región que eran revolucionarios o sionistas. Jamás creímos en el Zar. Sin embargo los judíos alemanes creían en el Kaiser. Cuando los nazis les sacaron los pasaportes y la ciudadanía alemana, y les prohibieron casarse con no judíos, tener empleados no judíos, y ejercer algún tipo de vida intelectual, tenían la falsa idea de que los judíos controlaban la economía alemana. Ellos sufrieron de una quiebra de la identidad nacional. Consideraban además que sólo aquellos que tuviesen sangre aria eran dignos de ser ciudadanos. La pureza de la sangre alemana era esencial para la existencia del pueblo alemán. Ese fue un decreto. El otro fue desarraigar a los judíos. Algunos biólogos nazis afirmaban que era suficiente que un judío cohabite con una alemana para que ésta quedara impura para siempre. ¿Y sabes Alejandro qué significa la palabra Ario en sánscrito? Significa amo, pero, ¿por qué me haces tantas preguntas si tu padre también conoce mucho de historia y política, puesto que vivió en Europa el mismo tiempo que yo, y también perteneció al movimiento político que se llamó el Movimiento Judeo-Socialista que se inició en Lituania, cuando ese país báltico igual que otros, como Letonia, Estonia, estaban anexados a la Unión Soviética, antes de la invasión alemana?

     -Mi padre jamás me ha hablado de nada que tenga que ver con su vida en Europa antes de la guerra, ni tampoco después. Él nunca habló de política conmigo, no entiendo por qué él se niega a contar sus historias pasadas.

     -Hay que respetar su silencio. Alguna razón tendrá por la que se niega a hablar. Quizás sea por temor.

     -¿Temor? ¿A qué?

     -A lo mismo que yo le temo. A los recuerdos. Si se pudiera apartar algunos y rescatar sólo esos que no producen dolor... Pero la memoria resulta cruel, puesto que es el almacenamiento de frustraciones, fracasos y pérdidas, sobre todo a mi edad y a la de tu padre, Alejandro, cuando se caminó demasiado y se está cerca al final, el cuerpo ya no responde. Las amarguras, las frustraciones y los malos recuerdos emergen, y de pronto te enfrentas a un gran jurado donde ocupas el lugar del acusado. Los recuerdos son el jurado y tu memoria es tu único juez.

     -Pero tú eres diferente a mi padre. Él se calla, sin embargo tú hablas, cuentas, transmites.

     -¡De política! Sólo hablo de ello.

     -¿Y por qué temes contar sobre el resto?

     -Porque el temor nadie te arranca. También yo temo, pero quizás yo hable más que tu padre, porque ya no tengo familia, ni nadie a quien proteger. Pero todos los que vivimos ese período de nuestras vidas, perseguidos, sabemos de sufrimiento.

     -Háblame sobre tu vida, José.

     -Alejandro, lo que tú quieres, es conocer la experiencia de un viejo que se está cansando de vivir.

     -¡Qué dices José!

     -Sí, estoy cansado, ya no puedo con mis días, perdí las fuerzas, me queda poco tiempo. El tiempo se fue, la vida se escapó. Es terrible cuando se te desintegran los ídolos, y pierdes el miedo a los fantasmas, cuando descubres que ellos no existen, que sólo eran parte de tu imaginación. Y lo más terrible es cuando se te esfuma la admiración que creaste hacia ciertos personajes porque descubres que ni cerebro tenían.

     -Pero aún eres un hombre fuerte, sano.

     -Alejandro, no es la edad, ni la enfermedad, es toda una situación, es un conjunto de disposiciones. Cuando notas que la masacre sigue estando en todas partes.

     -Tú fuiste siempre un luchador, un idealista, tienes tus historias, tu música, tus libros, tus ideas políticas.

     -Pero también tengo la acidez que me dejó el no creer en la amistad, en las confesiones, y en las confidencias, y ahora hasta dejé de creer en el género humano. También tengo los recuerdos, esa necesidad de traerlos al presente, demasiados recuerdos, y ya no me queda tanta fuerza para luchar contra ellos.

     -Trata de no pensar, trata de olvidar.

     -Los recuerdos se enquistan en la memoria, no responden a un deseo, los hechos vividos vagabundean en la memoria. No se puede olvidar lo que se sabe. Fueron demasiados años los que me mantuvieron callado, me obligaron a callar.

     -Está bien, pero eso ya pasó, fueron otros años, ahora puedes dedicarte a la enseñanza.

     -¿Dedicarme a enseñar? ¿Qué cosa?

     -¡Política!

     -¿A quién? Eres iluso. A quién le va a interesar en esta época sobre lo que pasó durante la revolución del diecisiete, sobre Stalin, aquel asesino que llevó a la muerte a millones de intelectuales, como Máximo Gorky y a otros camaradas del partido. O de la vida de Trotsky que fue el temor de Stalin. Imagina que llegaron a confundir a Trotsky con Hitler. De esa parte de la historia a quién le interesa saber, dime, Alejandro.

     -Toma más alumnos de violín.

     -Tengo que agradecer a los pocos que tengo.

     José apagaba un cigarrillo, e inmediatamente prendía otro. Fumaba de manera descontrolada, y solamente negros. Y aunque hubiera ceniceros en la mesa, él igual dejaba caer una que otra vez las cenizas al piso. Tenía los dedos y el bigote teñidos por la nicotina.

     -Estoy preso, Alejandro, vivo en una prisión. Me siento prisionero de mí mismo. En esta ciudad donde ya no se respira, no se camina, se corre, se ahoga, se muere sin vivir.

     -Sabes, José, que de pronto, siento lo mismo, en diferentes ocasiones siento esa misma sensación de opresión física y emocional.

     -Esa es una realidad, no es una sensación. En mi caso yo sé a qué se debe, es mi memoria, y ella es la que me condena, pero primero se debe luchar para conseguir la libertad interior, abrir los barrotes que están dentro de uno, y después pelear por la libertad exterior. Y a mí ya no me quedan fuerzas. Revisar mi pasado es llenarme de fracasos.

     -¿Por qué nunca te casaste, José?

     -¿Cómo sabes que nunca me he casado?

     -Simplemente porque nunca hablas de ninguna mujer, ni vives con nadie.

     -Viví algunos años con una mujer, pero no me casé, porque nunca creí en el matrimonio, para mí el matrimonio no existe, no debería haber existido nunca, es una imposición cruel. Tampoco creo en esa mentira, en aquel acto hipócrita del juramento para toda la vida. ¡Imagínate tal atrocidad! ¡Es una crueldad! Deberíamos amar con libertad, sin antes sujetarnos a ceremonias, juramentos y compromisos, injustamente creados, e impuestos. Unirte para toda la vida con una persona a la que ni sabes si al día siguiente seguirás amando, es una crueldad.

     -¿Hijos?

     -Uno.

     -¿Por qué nunca hablas de ello? Nunca mencionas a nadie. Siempre callas cuando el resto habla de su familia. Tú simplemente tomas, fumas, y lees tus partituras, o periódicos, y discutes sobre política.

     -Hablas como si eso fuera un crimen, algo imperdonable. Lo terrible y verdaderamente imperdonable es que nunca le importó a nadie saber sobre mi historia, nadie jamás me hizo ningún tipo de pregunta sobre ella. Se conforman con saber que soy un viejo que se rapa la cabeza, que fuma cigarrillos negros y que toma todos los días vodka, que toca el violín y que se mantiene dando clases a uno que otro niño al que sus padres le exigen tocar un instrumento. Conocen mis ideas revolucionarias, y saben que soy un comunista fuera de época. Un sobreviviente de un sistema derrotado por el capitalismo. Y tú, Alejandro, te sentaste a mi mesa, y te interesas ahora en preguntar sobre mi vida simplemente porque estás atravesando un momento crítico en tu existencia. Pero no te alteres mi amigo, no te estoy reprochando, ni nada parecido a eso. El egoísmo es una de las características propias del ser humano.

     -¿Y tu hijo?

     -No sé dónde está.

     -¿Cómo que no sabes dónde está?

     -Cuando me separé de la madre, él era un niño de cuatro o cinco años. Ya no lo recuerdo con exactitud, pero era muy pequeño, y ella se lo llevó. Durante los primeros años después de nuestra separación recibía una que otra carta con una dirección, y reclamando un poco de dinero para ayudar en la educación del niño. Nunca respondí, y después de pasado mucho tiempo, fui a buscarlos.

     -¿Cuántos?

     -Yo qué sé. Pero ya no estaban en la casa de esa dirección, los vecinos dijeron que se habían mudado.

     -¿Y por qué no los buscaste en otros sitios? ¡Era tu hijo, aquel niño era tu responsabilidad!

     -En aquellos tiempos mi única responsabilidad eran mis ideas. Yo me escondía, corría, y me escapaba de la policía, seguía firme con mis ideas políticas. No había tiempo, ni lugar, ni sentimientos para otra cosa que no fuera la política, y ahora ya me ves, sin mi partido, sin familia, sin hijo, ya no me queda nada. Siempre luché por mí mismo, nunca el mundo de afuera motivó mi entusiasmo. Pero ahora es diferente, mis pasos son lentos, mis manos tiemblan, me lleva tiempo recordar fechas, y más tiempo que la memoria llegue a mis labios. Los amigos se están yendo, después de cada partida me pregunto si el próximo seré yo. Me queda este bar, aquí tomo café, un vaso de vodka, todavía me encuentro con algunos amigos con los que discuto sobre política, criticamos a los vecinos, pero cada vez somos menos. La muerte los va llevando, cumpliendo con la ley natural, cuando es justa y se lleva a los viejos, pero cuando actúa de diferente manera, entonces deja de ser justa.

     -¿Le temes a la muerte?

     -No, no le temo, pero me parece un final cruel, porque se lucha tanto por vivir que no tiene sentido morir. Aunque duela vivir. Pero hay que aceptar el dolor y la muerte como parte de un destino. Así tiene que ser, así es. Me aferro a la vida, a pesar de no tener deseos de vivir, ni motivaciones. La naturaleza nos exige luchar por la sobreviviencia. Esa es la fuerza del ser humano.

     -Yo la temo, José. Como le temo a tantas cosas.

     -No, no la temas. El miedo vuelve supersticiosos a los hombres.

     -¿Después de aquella mujer con la que tuviste el hijo, no volviste a amar a otras?

     -Hubo un tiempo en mi vida, cuando era apenas un adolescente en que creía en el amor platónico, en aquel amor puro y verdadero. Fui creciendo y entonces conocí a una mujer de quien me enamoré. Fue cuando creí en el amor para toda la eternidad. Más tarde creí en las relaciones casuales, sin compromiso, me enredé con diferentes mujeres, todas hermosas, pero de ninguna me enamoré. En todas las relaciones fracasé y si ahora me preguntas en qué creo, te diré que hasta creo en la prostitución. ¿Cómo se pretende amar toda la vida a una misma persona cuando es casi imposible convivir con uno mismo?

     Noté que en José existía una negación a ser feliz, como si él no mereciera disfrutar de los eventuales goces que nos presta la vida.

     -José, si ya no crees en la amistad ni en el matrimonio, ¿en qué crees? ¿Qué te sostiene, para seguir luchando?

     -Interpretaste mal lo que te dije, quizás no crea en el matrimonio, pero sí creo en la pareja, en la relación libre entre dos seres adultos que se aman. Además, como ya te dije, creo en la casualidad como eje de mi existencia.



     José calló. Yo lo miraba y sentía envidia. Envidiaba su fuerza. Había pasado por sufrimientos, atropellos, agresiones, y seguía disfrutando de las frívolas bondades de la vida.

     Mi taza y la de José se encontraban vacías, ya habíamos bebido todo el café, y casi todo el vodka, cuando llegó don Samuel. Se acercó despacio a nuestra mesa, me pasó la mano, a José le palmeó el hombro, y sin invitación se sentó. Me preguntó por mi padre y también si me sucedía algo malo, por el aspecto que mostraba mi rostro. No respondí, no tenía deseos de continuar hablando, fueron ya demasiadas horas de mucho análisis, como para seguir explicando sobre los temas que me preocupaban. Permanecimos un rato más hablando, discutiendo sobre el clima, la temperatura, la economía, hasta que decidí retirarme. Don Samuel y José se despidieron y enviaron saludos para mi padre. Yo los agradecí.

     Me sentía cansado, hueco, y pensé que mi única salida era ir a dormir, a entregarme cobardemente al sueño. Dormir, para poder huir de mi propia pena.

     Llegué al departamento pensando que encontraría a mi padre acostado, no sentía deseos ni de comer, ni de discutir, ni mucho menos de escuchar reclamos, quería descansar. Pero mi padre me estaba esperando para cenar. Había limpiado la mesa del salón, guardó todos los libros que estaban sobre ella, el jarrón y los otros adornos. Puso la mesa para comer, como para un banquete, con velas y un florero con un ramo pequeño de jazmines.

     -¡Papá! ¿Qué haces todavía despierto?

     -Te estaba esperando, Iósele, igual a todas las noches.

     -Pero, ¿y esta mesa?

     -¿Qué tiene?

     -Tan bien arreglada. ¿Esperas a alguien?

     -¡Oy, Iósele! No hagas bromas. ¿Esperar a quién? Es para nosotros dos.

     -No había necesidad de preparar algo así. No debes trabajar demasiado, ya te lo dije, hubiéramos comido en la cocina como siempre. ¿Por qué este cambio de pronto?

     -Ven, Iósele, ven, siéntate, y come.

     Mi padre fue hasta la cocina y en una bandeja trajo toda la comida, había arenque marinado, anchoas con huevo duro, tomate y cebolla, pepinos en vinagre, pan negro, manteca, y una botella de whisky.

     -¡Para qué esta cantidad de comida!

     -Pasé mucho tiempo hambre, y ahora que puedo comer, no me digas nada, hijo.

     -Tú no debes comer todo esto, te puede hacer daño.

     -Cuando se come con felicidad nada hace daño.

     -¿Y esta botella de whisky?

     -Yo la traje.

     -¿De dónde?

     -De mi casa.

     -Yo no la había visto. ¿Dónde la tenías?

     -Escondida.

     -Tú no puedes tomar whisky.

     -¡A bisele!(27)

     -Está bien, pero poquito.

     -¡Iósele! ¿Entendiste lo que dije?

     -Sí, papá, claro que lo entendí.

     -Hijo, yo sabía que tú entiendes yiddish.

     -Sí, papá.

     -Y entonces, ¿por qué no lo hablas siempre?

     -Ahora no, papá, ahora no discutamos.

     -Está bien. Está bien, Iósele. Tú ganas.

     -¡Papá! Dime, ¿por qué nunca me contaste que pertenecías a un partido político socialista?

     -¿Quién te habló de ello?

     -José.

     -Ese viejo, no tiene otra cosa que hacer que contar mi vida.

     -No fue intencional, hablábamos de política, entonces me dijo que pertenecías a ese partido, cuéntame, papá.

     -¿Para qué? ¿Acaso te importa saber?

     -Por supuesto que sí, y mucho.

     -¿Qué importancia tendría en tu vida saber esa parte de mi historia?

     -Siempre criticaste mi manera de pensar, muy parecida a la que tú tenías, también es interesante saber cómo se manejaban políticamente en esa época en países donde el antisemitismo estaba en pleno apogeo.

     -En esa época los intelectuales judíos comenzaron a desarrollar actividades con ideas socialistas igual que los agrarios, pero las actividades subversivas estaban prohibidas, penadas, y mi partido estaba entre los principales marcados. Otros compatriotas eran anarquistas, mandaban dinero a sus compañeros rusos, y si les descubrían haciendo aquello eran duramente castigados. Pero ahora no quiero hablar de eso, me hace mal, me pone muy nervioso, por favor, terminemos de comer, sírveme más whisky.

     -Ya tomaste suficiente.

     -Soy tu padre, y soy un hombre de edad como para saber lo que puedo tomar o lo que me hace daño, así que llena mi vaso.

     Puse más whisky en su vaso, también en el mío, y pensé que esa era una buena oportunidad para que mi padre me hablara sobre su vida en Europa cuando era joven, de sus ideales, de su sufrimiento, de su familia. Que finalmente mis preguntas demoradas tendrían respuestas. Con una sensación de alivio y de curiosidad le pregunté sobre fechas y acontecimientos. Aguardé su respuesta, pero mi intención se echó a perder.

     Mi padre de nuevo calló.

 



- XII -

 

     Desperté cuando aún era de noche, o al menos así parecía. Descorrí la cortina, y, efectivamente, el día aún no había despertado, la luz del letrero de la panadería de enfrente iluminaba el dormitorio. Me levanté con una extraña molestia en la garganta y en los oídos. Prendí la luz del velador, me calcé las zapatillas y me fui hasta la cocina por un vaso de agua. Abrí la heladera y me sorprendió que todo estuviera en su lugar. Los frascos de mayonesa y de las diferentes salsas se encontraban en su sitio. Los restos de comida que había sobrado estaban guardados en recipientes tapados, las botellas cargadas de agua, las verduras dentro de bolsas, los huevos en su lugar. No podía creer lo que estaba pasando, no había platos, ni cubiertos, ni vasos, ni ninguna otra vajilla sucia con restos de comida en el lavadero, todo estaba en su lugar, la cocina olía a limpio. Volví al salón, y con la luz que venía del dormitorio miré alrededor. De pronto creí estar dormido, porque aquel sitio no era el de siempre. Todo, absolutamente todo, estaba en su lugar, no había papeles arrugados y arrojados al azar por el piso, ni bolígrafos, ni lapiceras, ni lápices desparramados por cualquier lugar, sobre mi escritorio las hojas blancas estaban una encima de la otra en perfecto orden, como recién traídos, de la librería. Hacía días que mi padre estaba viviendo en ese lugar, y nunca lo había visto de esa manera. ¿Qué estaba sucediendo? ¿Por qué tanto orden? Lamentablemente en aquel momento y en aquel lugar el orden era sólo exterior, porque por dentro los dos seguíamos muy mal, discutiendo y peleando por las mismas razones.

     Desde que mi padre llegó el departamento se veía diferente. A él siempre le preocupó la limpieza, y los años que llevaba viviendo solo lo hicieron aún más maniático y obsesivo. Todo debía estar en su sitio, hasta las pantuflas una al lado de la otra, bien juntas, en el mismo lugar, sobre la pequeña alfombra al lado de la cama. Desde luego, invariablemente pensaba que todos los que vivimos solos por largo tiempo, éramos protagonistas de una o varias severas manías.

     Prendí la radio, escuché las noticias y después el pronóstico del tiempo. Se anunciaba una mañana fría, con mucha neblina -principio de primavera-, pensé. Me asomé a la ventana y me fijé en la calle. La luz de la panadería de enfrente aún estaba prendida. Algunos jóvenes caminaban por la vereda, aunque todavía era temprano para ver a estudiantes uniformados o a vendedores ambulantes. Me fui al baño, necesitaba darme una ducha, despejarme. Me saqué el pijama, entré a la bañera, me mantuve de pie, y con un movimiento mecánico, abrí el grifo de agua caliente, esperé apartado para evitar que me salpicara. Finalmente el agua salió tibia. Mientras me bañaba, pensé que debía tomar una determinación en mi vida, pero me pregunté si hasta dónde una determinación no era una negación. Según Spinoza, sí lo era.



     Volví al dormitorio envuelto en una toalla, sentí frío, me vestí rápidamente, encendí un cigarrillo y me senté en la cama con una sensación de mucho cansancio, como si no hubiera dormido en toda la noche. En la radio seguían dando noticias. Cambié el dial, no deseaba oír más tragedias. Me detuve en una emisora que sólo transmitía melodías clásicas. No supe si fue por asociación con la música, o sencillamente por esas razones que uno desconoce, que de nuevo pensé en las palabras que me había dicho José durante nuestra conversación la noche anterior. Había hablado sobre el desorden, el orden, sobre la muerte, sobre su muerte y la de los demás. Mi padre había llegado a mi casa hacía una semana, dedicándose inmediatamente a ordenarla. Cocinaba y mantenía la cocina limpia, la ropa acomodada, los muebles y los objetos de adornos sin polvo. En toda época fue un hombre ordenado, y disfrutaba cuando todo estaba en el lugar que le correspondía. ¿Dónde estaba yo durante todo estos días, que no noté los cambios? ¿O era que no me interesaba mirar, como aquel que se niega a ver lo que no puede cambiar, ni a conocer lo que no puede aprender? Mi padre era un hombre anciano, enfermo del corazón y que probablemente continuaría vivo poco tiempo más. Mis discusiones con él eran inútiles, nos robaban tiempo, fuerzas, y nunca terminábamos poniéndonos de acuerdo con ningún tema. Yo me sentía cansado, y cada día que pasaba tenía menos ganas de discutir. La única forma para evitar seguir vinculándonos de esa manera tan destructiva, era darme una tregua. Dar una tregua a nuestras respectivas mentes enfermas, a nuestros trastornos interiores, que nos convertían en personas histéricas. Debía dejar de justificarme frente a él por mi cambio de nombre, por mi carrera, y por resistirme a hablar en yiddish. Debía darme un descanso, y darle un tiempo respetable a cada una de mis relaciones, para disfrutar de ellas, en su tiempo y dimensión justa.

     Terminé de vestirme, me puse un saco abrigado, los anteojos los guardé en el bolsillo de la camisa, la cajetilla de cigarrillos y la de los fósforos en el bolsillo del pantalón, apagué la radio y fui hasta la cocina a prepararme un café para tomar un medicamento que calmara el dolor que sentía en el cuerpo.

     Mi padre ya se había despertado, y estaba en el salón sentado leyendo el periódico, con su pijama celeste con rayas muy finas y sus pantuflas marrones frente a un vaso de té.

     -Buen día, hijo.

     -¿Cómo amaneciste, papá?

     -Bien, gracias a Dios. ¿Y tú?

     -Bien, sólo que parece que me va a tomar un resfriado, o algo parecido, me duele la cabeza, la garganta, todo el cuerpo. Evidentemente me tomó una gripe.

     Mi padre se puso de pie, y llevó la palma de la mano sobre mi frente.

     -¡Iósele, tienes fiebre!

     -¡Papá! Por favor, ya no soy un niño.

     -Ven, hijo, te voy a preparar un té bien caliente, con miel y limón. Y verás lo bien que te pondrás.

     -Ahora no. Gracias.

     -Oy, Iósele, que todos tus pesares me vengan a mí, que a ti nunca te duela nada, hijo, ni te suceda algo malo, que Dios siempre te conserve la salud.

     -Papá, sufro de un resfrío, esa no es una enfermedad, no me voy a morir, es simplemente un enfriamiento. ¿No te parece que exageras?

     -No, Iósele, tienes que cuidarte, fumas mucho, tienes que dejar el cigarrillo, te va a dañar los pulmones. Tampoco te abrigas lo suficiente.

     -Está bien, papá, me cuidaré.

     -Iósele, me olvidaba que ayer, cuando habías salido, te volvió a llamar Leie, Luisa, ya no sé. La que ahora se llama Leah. Aquella que también se cambió de nombre, igual que tú.

     -¿Dejó algún mensaje?

     -Sí, quería que la llamaras hoy en la mañana, o durante la tarde o la noche, necesitaba hablar contigo lo antes posible. Me pareció que estaba mal.

     -¿Cómo lo sabes? ¿Te contó alguna cosa?

     -Yo le pregunté sobre su vida, por sus padres, si todavía vivían, porque eran personas mayores que yo, te acuerdas de ellos, ¿verdad, Iósele? También le pregunté si cuánto tiempo hacía que regresó de Israel, y si cuántos años vivió allá, si va a regresar, o si se queda definitivamente acá, y si se casó, si tuvo hijos, y si cómo encontró el país después de tanto tiempo. También yo le conté que tú estabas divorciado desde hace cinco años, que también estás solo, y que no es bueno que un hombre como tú, ni de tu edad, viva en estas condiciones, que trabajas muy bien como periodista, le conté en qué diarios podía encontrar tus artículos para leerlos, y que también eres profesor en la Universidad, lo que no recordé fue el nombre de las materias que enseñabas, de eso me olvidé, ya estoy perdiendo la memoria, y le conté que también estaba escribiendo una novela, y algunos cuentos, pero no le hablé de que no estaba de acuerdo con tu elección de carrera, sin embargo le dije que estaba muy orgulloso de ti.

     -¡Papá! ¿Qué hiciste?

     -¿Por qué, hijo?

     -No puedes hablar así con una persona extraña. No puedes contar tantas cosas sobre mi intimidad, sobre mi vida.

     -Yo no dije nada.

     -Dijiste todo, contaste todo.

     -¿Cuándo la vas a llamar? Mira que a ella se le notaba nerviosa, como si necesitara urgentemente hablar contigo.

     -¿Qué estás pensando, papá?

     -¿Yo? Nada, hijo.

     -No, no la voy a llamar ahora. Más adelante puede ser.

     -Pero tienes que llamarla ahora, ella está sola.

     -¿Cómo sabes que está sola?

     -Porque ella me lo dijo, y, ¿sabes algo más? ¡Vive completamente sola! También está divorciada desde hace más de diez años, igual que tú, y tiene una hija y un hijo, pero no están con ella, viven en Israel. Uno de ellos ya está casado.

     La conversación terminó. Mi padre se sentó frente a la radio con el periódico en la mano, y yo en el escritorio frente a la máquina a intentar escribir. Necesitaba despojarme de las caretas. El lápiz y el papel me ayudarían, pero mi intención fracasó. Inútilmente permanecí sentado allí. De nuevo estaba convertido en víctima de mi propio bloqueo. Así pues se me ocurrió preparar un tema para la próxima clase de la Facultad. Siempre me gustó proponer debates para despertar curiosidad y el sentido de la discusión en mis alumnos a través de las comparaciones de diferentes situaciones y de personajes, y me pareció interesante como propuesta enfrentar dos puntos de vista distintos, observar al individuo interiormente desde diferentes ópticas, y para ello enfocar las teorías del físico Wilhelm Roentgen, con el del psicólogo Sigmund Freud.

     Era un día lluvioso. Había llovido toda la tarde sin parar. Aquel mal tiempo me obligaba a permanecer encerrado, a pensar, y a escribir compulsivamente. Adoraba esos días en los que el tiempo era cómplice de mi encierro, de mi voluntaria abstracción, sólo que cuando dejaba de llover también dejaba de haber motivos para seguir en aquel encierro, en aquel estado. Había que volver a la realidad, a la calle, al trajín, que en muchas ocasiones me dejaban de muy mal humor.

     Decidí salir. Mi padre vio que me estaba poniendo el saco y me preguntó si no quería un vaso de té.

     -Papá, tomaré café, gracias.

     -¿Vas a salir?

     -Sí.

     -Así no puedes salir, métete en la cama, hijo.

     -Cuando vuelva me voy a acostar, pero ahora tengo que salir, es urgente, papá.

     -Bueno, entonces abrígate la garganta, ponte una bufanda.

     -Adiós, papá.

     -Cuídate, Iósele.

     Mi padre se acercó y me dio un beso en la mejilla. Creo que la última vez que lo hizo fue cuando cumplí trece años.

     Me despedí, le conté que estaría de vuelta para el mediodía, antes de que él me formulara alguna otra pregunta.

     -No me mientes, Iósele, ¿verdad?

     -No, papá.

     -¿Qué quieres que prepare para comer?

     -Lo que tú quieras.

     -¡Varenekes! ¿Qué te parece?

     -Me encantan los varenekes, con cebolla frita encima.

     -Y también te voy a cocinar una sopa de gallina.

     -Bueno.

     -¿Te acuerdas cuando tu madre lo preparaba?

     -Claro, papá.

     -Oy, hijo, qué suerte que te acuerdas. No sabes la alegría que me das, Iósele.

     Fui hasta el hospital a buscar a Laura, la esperé en la puerta principal para que ella me pudiera ver. Me fijé en el reloj. Todavía faltaban algunos minutos para su horario de salida, encendí un cigarrillo, y pensé de qué manera explicarle lo que me sucedía, y cómo hacer para que entendiera la mentalidad de mi padre. Repentinamente sentí un ardor en la mano, era el filtro del cigarrillo que empezaba a quemar mis dedos. El cigarrillo se había consumido. Miré de nuevo el reloj cuando la vi acercarse hacia mí.

     -Alejandro, ¿qué haces aquí?

     -Te estaba esperando.

     -¿Tu papá enfermó de nuevo?

     -No, sólo vine a esperarte.

     -Me parece extraño, sobre todo por la hora.

     -Laura, ven, vamos a tomar un café, quiero hablar contigo.

     -Está bien, espérame aquí, voy, me saco el delantal y vuelvo.



     Ella volvió y caminamos juntos hasta un bar. Entramos e inmediatamente empecé a hablar.

     -No podemos seguir viéndonos.

     -¿Por qué? -preguntó Laura con un gesto de duda, como si con antelación percibiera de qué se trataba.

     -Es por mí -dije, mientras sacaba la cajetilla de cigarrillos del bolsillo del pantalón.

     -¿Qué te sucede? ¿Estás enfermo?

     -No, aunque en realidad, sí, estoy enfermo.

     -¿De qué?

     -Sufro de un estado de mucha presión, estoy agotado, no doy más, creo que en cualquier momento voy a explotar, no consigo seguir adelante con mi novela, no preparo buenos temas para las clases en la universidad, y también mis artículos son terriblemente decadentes, con mi padre sigo peleando de día y de noche. Considero que debo darme tiempo para cada cosa, respetarme y respetar a cada una de mis relaciones y de mis afectos, sobre todo darme un tiempo para mí, necesito darle un poco de paz a mi vida.

     -De nuevo es por tu padre, ¿no es cierto?

     -¡No! ¡Definitivamente no! Y no insistas con ese tema. No es por él, es por mí. No puedo pretender que ahora un viejo de ochenta años entienda situaciones de mi vida sobre las que tampoco nunca hice nada para que las entendiera. Es como pretender que un niño aprenda a comer con buenos modales, a caminar solo, a hablar correctamente, sin que nadie le haya enseñado, y de pronto cuando se equivoca o se cae, corregirlo severamente. Es inútil, eso o algo parecido a lo que ocurrió entre mi padre y yo. Continuamente me puse a la defensiva, siempre creí que sus ataques eran hacia mí, cuando en realidad no fue así, fueron agresiones hacia un cambio que él nunca podrá entender ni menos aceptar. Su ataque es hacia cualquier ser humano judío que no cumple con lo establecido. Él pretende que el judaísmo perdure todo el resto del tiempo de la manera como él lo concibe. Pero ese viejo caprichoso y hasta quizás ignorante es mi padre, y el poco tiempo que está junto a mí lo tengo que respetar. No puedo pretender que ahora él entienda algo, un estilo de vida, una conducta diferente a la suya.

     -Entonces es el fin.

     -No, y tampoco dramaticemos sobre una conversación.

     -A ti no te importa, puesto que tú eres el que viene como si nada, como si yo no tuviera sentimientos, a decidir sobre nosotros dos.

     -No es ninguna decisión, es simplemente explicarte que durante estos nueve días que mi padre se va a quedar a vivir en mi casa, tú y yo nos dejemos de ver. Definitivamente quiero dejar de discutir con él y dedicarle todo el tiempo que él necesite para ayudarlo a sentirse seguro y satisfecho conmigo, con su hijo, así sea por solamente nueve días. Termina el Día del Perdón y él regresa a su casa y yo a mi vida. Es una actuación que tengo que hacer no por él sino por mí mismo. Y sobre todo para salvaguardar lo que resta de una relación totalmente deteriorada, entre un padre superviviente de una cultura en exterminio y un hijo sobreviviente de un mundo muy diferente al que a él le tocó vivir.

     -Yo no acepto lo que me propones, Alejandro.

     -¡Sólo te pido unos días!



     Laura calló. Ese silencio, sin saberlo yo, anticipaba su ida.

     -¡No me respondes! ¿Por qué permaneces callada?

     -No son unos días, es una vida -respondió.

     -No, no es así. Mientras mi padre esté viviendo en mi casa, debo cumplir con ciertos requisitos, con ciertos compromisos a los que mi condición de hijo me obliga, aunque tenga que engañarlo. ¿Acaso no notas que se comporta como una criatura caprichosa, que reclama tiempo y atención? Disculpa, Laura, es que tú jamás lo entenderías.

     -Tu padre es un anciano caprichoso y tú eres un niño enfermo. Cuando decidas crecer, avísame. Por ahora prefiero mantenerme alejada de ti. Discúlpame, pero me voy. Me produce mucho daño estar sentada aquí contigo.

     Laura estaba frente a mí, hablando con un tono de rabia en su voz. Me miraba con ojos desafiantes. Exquisitos.

     -No, Laura, por favor, tienes que entenderlo. Espera. Hablaremos como dos personas adultas. Te explicaré de nuevo. Así, de esta manera, no te puedes ir. Espera, por favor.

     -¿Qué intentas que entienda? ¿Cómo puede sentir, pensar, y actuar un hombre que a los cincuenta años todavía le teme a su padre? Eso nadie puede entender por más que se lo explique un millón de veces.

     Entonces el que calló fui yo. Callé, no porque no tenía respuesta a sus planteamientos, sino porque sabía que de nuevo mis palabras la apenarían.

     -Ahora eres tú el que guarda silencio.

     -¿Qué estás diciendo, Laura?

     -Adiós, Alejandro.

     Laura tomó su cartera, corrió la silla, se levantó y se marchó, calladamente, sin despedirse y sin volver la mirada.

     Sentí rabia cuando la vi irse, la amaba, ella era capaz de despertar en mí las actitudes más débiles, que convierten a un hombre en amante.

     Permanecí sentado en el mismo lugar, mirando, sin saber a quién miraba. Miré allá, afuera, la calle, miré la mañana, una mañana oscura y húmeda. Miré donde los ojos no alcanzan a ver. Con voz de enojo y palabras cortantes, Laura me dijo que se iba, se iba de mi vida, se alejaba de mí. Me resultaba difícil entender su partida. Me sentí vencido. No lo podía creer, estaba ahí sentado solo, con rabia, pisoteando mi omnipotencia. Bebí un sorbo de agua, encendí un cigarrillo, y traté de no pensar, de no detenerme a analizar mis palabras, ni mi comportamiento, ni el de Laura, ni a revisar la situación por la que acabábamos de pasar. Sentí la necesidad de abandonar por un tiempo la culpa, y cualquier otro sentimiento que no me permitiera actuar con libertad, y no mantener en ese momento ninguna otra relación que no fuera con mi padre. Me era imprescindible descansar. Alejarme de todo, luchar con las hojas en blanco, tratar de encontrar la manera de que mis personajes de aquella novela inconclusa siguieran padeciendo situaciones conflictivas, siguieran sufriendo. Debía seguir desarrollando mis clases en la facultad, y ordenarme emocionalmente. Salí del bar. La mañana estaba tan oscura que parecía ser de noche. El cielo se había puesto negro y una lluvia torrencial se precipitó de pronto. El viento me cruzaba, corría a mis costados. Sentí un terrible escalofrío que no me permitía seguir caminando. Fue como si me quedara atrapado, como si estuviera en una prisión. Pero luché y seguí caminando con dificultad y con mucho frío.

     Llovía y aquella lluvia infernal terminó por empeorar mi salud.



     Llegué hasta la oficina de mi editor. Quería conocer algo más sobre la actualidad de los libros, saber cuánta expectativa poner en la novela que estaba escribiendo, puesto que el último libro que había publicado fue muy corto, y de poemas. Nos sentamos frente a un escritorio. Yo me encontraba totalmente mojado. Le pedí disculpas por ensuciar el sillón y manchar el piso. Me dijo que no tenía importancia. Encendí un cigarrillo, e hice las preguntas corrientes, que a uno se le ocurre en esos momentos, cuánto tiempo le llevaría editarlo, costos, formatos, pero él me dijo con claridad que no me apurara, el mercado estaba terriblemente duro, la competencia con los libros importados era deshonesto, y finalmente para completar mi desilusión, dijo que me tomara mi tiempo, ya que últimamente existían más escritores que lectores, y que por ello no me apresurara en concluir nada.

     Regresé a casa. Era la hora del almuerzo, llegué a horario, como se lo había prometido a mi padre. La mesa para la comida estaba nuevamente puesta en el salón. Ahí estaban los varenekes(28), y la sopa de gallina, bien caliente, especial para curar mi resfriado. Comí poco, mi estado empeoró, ya sentía una quemazón en la garganta, la cabeza me pesaba una enormidad, me dolía todo el cuerpo y tenía una sensación extraña como de mucho cansancio.

     -¿Por qué no comes más, Iósele?

     -No me siento bien, papá. Tengo un terrible humor.

     No salí en toda la tarde, me mantuve reposando, escribiendo y ordenando papeles. Entre ellos encontré un antiguo documento, de cuando todavía mi nombre era otro. Lo miré y recordé lo difícil que fue entonces haber tomado esa decisión, pero era inevitable, no podía seguir llamándome de esa manera. Además aquel fue un momento en que deseaba realizar cambios en mi vida, y empecé con mi nombre. Yo quería ser el que eligiera mi propio nombre, y el que eligiera con absoluta libertad lo que deseara ser en la vida, sin imposiciones ni absurdas sugerencias.

     A causa del cambio, algunos amigos se burlaron, otros rieron, y otros ni siquiera prestaron atención. Simplemente dejaron de llamarme José y se acostumbraron a mi nuevo nombre, Alejandro.

     Para mi padre aquel nombre prestado fue un terrible dolor. Él decía que ese cambio de nombre le causó una gran desilusión de la que nunca se pudo reponer. Me acusó de que renegaba de su nombre. Afirmó que mi cambio significaba un rechazo de toda una tradición. Nunca lo aceptó, por eso jamás dejó de llamarme Iósele.

     Se puso la noche, y me acosté. Mi padre me sirvió la cena en la cama. Después me trajo un preparado caliente en un cucharón: aceite, miel y limón. Él mismo se encargó de dármelo en la boca. Me arropó, apagó la luz, cerró la puerta y yo dormí.



- XIII -

 

     La decisión que había tomado de apartarme de todo, me permitió disfrutar de un estado de mucha tranquilidad, que no me dejaba sufrir por nada. José había tenido razón cuando me dijo que tenía que ordenarme, y así lo hice. Los días que siguieron fueron de mucha calma, y si bien extrañaba a Laura, y pensaba gran parte del día y de la noche en ella, empezaba a templarme interiormente, a permitirme tiempo para disfrutar o vivir cada estado, cada situación así como se presentaba, sin pelear por cambiar absolutamente nada. Me había puesto al día con los artículos para el periódico, inclusive conseguí escribir dos nuevos, por adelantado. Eso también me dejaba con menos nerviosismo. Las clases en la universidad seguían igual, iba a todas, y con temas preparados con antelación. Dejé de improvisar frente a los alumnos, y ellos, al notar ese cambio, comenzaron a prestarme más interés. También empecé a(29) ordenar las hojas de la novela que hacía años estaba escribiendo. Tomé la carpeta y fui revisando página por página. Las iba leyendo, despacio, con cuidado, con tiempo, una por una. Leía, corregía y releía, cambiaba un adjetivo, buscaba un nuevo sustantivo, cambiaba el significado de alguna idea. Aquella tarea me permitió inmiscuirme de nuevo en esa historia que tenía abandonada, y donde yo, finalmente, era el protagonista.

     Mi padre pasaba el mayor parte del día arreglando, ordenando, cambiando de lugar los objetos de adorno, lustrando los bronces, buscando discos nuevos para oír, esperando la hora de los noticieros en la radio o de alguna serie entretenida para verla en la televisión, o leyendo todos los diarios vespertinos y matutinos. También se interesó en leer las pocas páginas de mi novela. Para mí fue muy extraño y curioso notar aquel nuevo interés de su parte por leer algo que yo escribía, cuando antes jamás lo hubiera hecho, ni aceptado que yo lo pudiera hacer.

     Los días siguientes transcurrieron en una particular y deliciosa tranquilidad. La mayor parte del tiempo estábamos juntos, y cuando el tiempo lo permitía dábamos paseos cortos hasta el café, donde manteníamos largas conversaciones con don Samuel, José, y don Carlos, o íbamos hasta la plaza. En dos ocasiones fuimos al cine a ver un par de películas de acción. El resto del tiempo él leía mientras yo escribía, o miraba televisión mientras yo dormía. Él escuchaba las noticias en la radio mientras yo iba a la Facultad. Hacíamos juntos las compras, y él se encargaba de preparar la comida, y todas las noches, regularmente durante la cena, tomábamos un poquito de whisky con hielo, y todas las mañanas desayunábamos té en vaso, con limón, y endulzado con azúcar en terrones. Dejé el café e intenté también abandonar el cigarrillo que ya bastante daño le estaba causando a mi salud, aunque no lo logré. Todas las tardes subía hasta nuestro departamento el niño del primer piso a jugar al dominó con papá, o a algún otro juego con cartas, o con dados. Se habían encariñado uno con el otro. También don Samuel subía todas las tardes acompañado siempre de una bandeja de masas dulces o de galletitas, y entonces los dos viejos se sentaban, comían, tomaban té y hablaban por horas. Siempre tuve curiosidad por saber cuál era el tema que les llevaba tanto tiempo de conversación. Por otra parte, la joven que vivía sola, visitaba diariamente a mi padre, y justificaba sus venidas aludiendo que él le recordaba a su abuelo. Todo en mi vida estaba aparentemente en calma, tampoco hacía nada para que aquel estado sea modificado.

     Mis lecturas se tornaron más sencillas. Dejé de lado a los filósofos y sociólogos y me dediqué solamente a los novelistas clásicos. Mis anotaciones con respecto a la novela siguieron, y las hojas escritas empezaron a sumarse. Mi padre dejó de molestarme con los temas acostumbrados. Laura dejó de llamarme, y yo a ella. Tampoco Leah volvió a llamar, y entonces le permití a mi angustia reposar un tiempo.

     Pasaron los nueve días siguientes a Rosh Hashaná, y todo se presentaba perfecto. Llegó el diez de Tishrei en el calendario hebreo, la fecha de inicio de la celebración del Día del Perdón.

     La mañana despertó esplendorosa. Mi padre y yo desayunamos, y después salimos a caminar. Fuimos hasta la panadería, a la confitería, a la verdulería y a otros lugares para hacer alguna que otra compra necesaria, puesto que faltaban tan sólo dos días para que regresara a su casa. Además me pidió que lo llevara a una tienda a comprarse ropa para estrenarla la noche de Kol Nidré(30). Se trababa de una sastrería donde antiguamente acostumbraba comprarse los trajes. Caminamos hasta aquel lugar dudando que todavía existiera esa tienda, pero finalmente, y después de muchas recorridas, la encontramos. Era un local viejo, largo y obscuro, que olía a telas, polvareda y olvido, con unos mostradores grandes, fabricados con maderas opacas y macizas, y estantes altos pegados a la pared, que servían para exponer unos pocos rollos de cartón envueltos de géneros. Una luz lóbrega envolvía el lugar, y un silencio penetrante le daba un aspecto de total abandono. De pronto, y del fondo, por detrás de una cortina salió un hombrecito de poca estatura, delgado, y con unos ojos claros de mirada gastada que vestía pantalones negro y camisa blanca. Con voz ronca, nos preguntó si en qué nos podía servir, pero cuando mi padre le respondió en yiddish, inmediatamente aquel hombre parecido a un personaje escapado de un cuento de Sholem Aleijem lo miró y los dos se saludaron como antiguos amigos. Me presentó, y entonces recordé aquel lugar y aquel hombre. También era un inmigrante judío venido de Galitzia, y que igual que mi padre hablaba en yiddish, pero con un acento diferente. El negocio ya tenía pocas mercaderías, sólo algunos trajes pasados de moda, con solapas anchas y telas con brillo. Mi padre se probó algunos, y finalmente terminó comprándose un traje azul muy oscuro, una camisa blanca y una corbata bordó con rayas también azules. Insistió para que yo me comprara un traje nuevo, pero ante mi negativa, ofreció regalármelo para ir con ropa nueva a la sinagoga. No acepté el ofrecimiento poniéndole como excusa que ya tenía suficientes trajes, y uno más no cabría en el ropero.

     Volvimos, almorzamos, luego descansamos, para empezar el ayuno al atardecer.

     Después del baño nos vestimos para ir a la sinagoga. Mi padre se puso su traje nuevo y yo también vestí un traje. Nos sentamos a la mesa, a una mesa impecablemente puesta, frente a las llamas amarillas de dos velas. Mi padre cocinó sopa de gallina, y compota de frutas secas de postre, una comida liviana para no cargar el estómago antes del ayuno. Después de la cena tomamos té y luego mi padre rezó en silencio frente a una sola vela, que se mantendría prendida hasta finalizar Yom Kippur en recordación de sus familiares muertos. Luego dijo:

     -Abre la puerta del balcón, hijo, así vemos cuando sale la primera estrella, para empezar con nuestro ayuno.

     Me levanté, abrí la puerta y la claridad invadió el salón, la tarde aún estaba presente.

     -Sí, padre, pero sólo tú vas a ayunar -dije.

     -¿Por qué?

     -Yo no ayuno.

     -Y si no ayunas en Yom Kippur, ¿para qué ir a un shil en Kol Nidré, la fecha más importante para el pueblo judío?

     -Conozco de Historia, y sé lo que significa el Día del Perdón para el pueblo judío, pero eso no tiene relación con mis palabras ni mis creencias.

     -Conoces de historia, pero no de religión.

     -No es así, conozco también de religión, es sólo que no creo en los ritos.

     -Pero tienes la obligación de creer y respetar los ritos.

     -Obligar a cumplir con los ritos es condenar al pensamiento libre.

     -¿Dónde leíste eso?

     -Ya se me olvidó.

     -Cambiar ahora todo tu pasado es traicionar. Me estás traicionando, hijo.

     -Papá, no es una traición, no tomes así mi manera de pensar.

     -Un judío no piensa como tú.

     -Un judío puede pensar de distintas manera. Eso no hace la diferencia entre uno u otro.

     -Un judío con fe piensa diferente.

     -Yo soy judío.

     -Eres un hombre sin fe, eso no es ser judío.

     -Cultural e intelectualmente, yo sigo siendo judío.

     -¿Cuál es tu cultura? ¿De qué cultura hablas cuando no respetas tu pasado, ni ayunas en Yom Kippur? Sí, quizás eres un judío, pero eres un judío sin fe.

     -Pero eso no marca una diferencia.

     -No entiendo tus pensamientos, ni tus palabras, ni tus ideas. Somos muy diferentes, hasta ni pareces mi hijo.

     -Tú no entiendes, ni quieres entender lo que yo digo, o lo que pienso, o lo que siento, porque no te interesa, no aceptas que sea diferente a ti. Que piense distinto a ti.

     -Tú piensas mucho, hijo. Debes pensar menos y rezar más.

     -El poder pensar es de todos los hombres, sin embargo la capacidad de fe es de algunos hombres, papá.

     -Hijo, ¡dices cada barbaridad! que a veces prefiero no escucharte. No entiendo cómo puedes hablar de esa manera, si la fe está ligada a Dios.

     -¡Papá! Yo hablo de Dios, no con Dios. ¿Entiendes?

     -¡No! ¡No! ¿Qué tienes en la cabeza?

     Permanecí callado.

     -¿Por qué no respondes, Iósele?

     -¡Papá! Cuando uno no encuentra las palabras para responder correctamente debe permanecer callado. Cuando uno no cree en la pareja, debe permanecer solo. Eso es lo que tú nunca entiendes. La naturaleza nos privilegió con la elección de la libertad. Libertad de creer o no creer, de tener fe o no tener fe.

     -El día de hoy tienes que pensar y comportarte de otra manera, hijo, es el Día del Perdón. La Torá dice: En este día os perdonaré y os purificaré de todos vuestros pecados, y quedaréis puros delante de Dios. Es el día que cada judío tiene la obligación de tender su mano a su enemigo como reconciliación. Debe olvidar las agresiones, las ofensas recibidas, y disculparse por las inferidas a los demás. Así que no peleemos, está bien hijo, no ayunes, pero ¿vas a acompañarme al shil, verdad? Y vamos a ir caminando, y también vamos a volver caminando, hoy y mañana. ¿Verdad?

     -Sí, papá, voy a acompañarte. Iremos juntos a la sinagoga, caminando.

     -Está bien, pero, ¿a cuál vamos a ir?

     -A la que está más cerca. Así no caminas tanto, tú sabes que no debes agitarte.

     -Oy, Iósele, se nota que hace muchos años que no vas a esa sinagoga.

     -¿Por qué, no está más?

     -¿Qué dices? ¿Cómo un shil se va a mudar?

     -¿Entonces?

     -Ahora pertenece a los reformistas.

     -¿Y qué importancia tiene eso?

     -¿Cómo? Acaso no sabes que en esos shil, las mujeres usan kipá y Talit(31), también suben a leer la Torá. Y los rezos son todos en castellano.

     -Mejor. Me parece correcto que se les dé esa oportunidad a las mujeres. Ellas siempre estuvieron relegadas. Además, ¿por qué ese privilegio tiene que ser solamente de los hombres? Todo evoluciona y hay que aceptar los cambios, y que los rezos sean en castellano me parece todo un adelanto, así a personas que no entienden hebreo les resulta más agradable y fácil entender los rezos. Todo evoluciona, todo se moderniza. Kaplan dice que el judaísmo es un fenómeno dinámico.

     -Lees cada libro, hijo, que sirve sólo para trastornarte. Así no se reza, esa no es la verdadera religión judía, ese no es el modernismo. ¿De qué modernismo hablas? Tú eres el menos indicado para dar una opinión.

     -¡Papá! ¿Qué debía haber sido para que te sintieras satisfecho con el hijo que tienes? ¿Un estudiante de un Rabinato, el dueño de una tienda donde se vende prendas femeninas?

     -Me gustaría que fueras creyente, que creyeras en...

     -¿En qué?

     -En tu religión, en el Mesías y en el mundo venidero, como un judío piadoso.

     -Bueno, papá, terminemos de discutir, que ya saldrá la primera estrella, y tenemos que elegir alguna sinagoga adonde ir.

     -Vamos a ir a donde siempre íbamos. ¿Recuerdas?

     -Sí, pero queda a unas cuantas cuadras de acá. Tengo miedo de que te sientas mal.

     -Caminar en Yom Kippur no me va hacer sentir mal. No te preocupes.

     Mi padre le echó a su vaso lleno de agua unas gotas de whisky, y luego se puso en la boca un medicamento y lo bebió. El vaso quedó vacío. Después tomó de otro frasco otra píldora más pequeña que la anterior, se la puso debajo de la lengua, y esperó unos segundos.

     -¿Qué haces, papá?

     -Me preparo para el ayuno.

     -No puedes tomar tu medicación con whisky.

     -Así es bueno, baja mejor.

     -¿Te sientes bien?

     -Sí. ¿Por qué?

     -Te llevaste a la boca el otro medicamento, aquel para el corazón.

     -Es solamente por si me ataca el dolor en el pecho, para prevenir.

     -Esa enfermedad no se previene.

     -Cállate, Iósele. Ve y prepárate para ir a la sinagoga.



     Fui hasta el dormitorio. Me puse el saco, me arreglé la corbata, y quedé unos minutos sentado sobre la cama, pensando. Hacía muchos años que no asistía a una ceremonia de Kol Nidré. Después de mi regreso de Israel y de la muerte de mi madre, dejé de ir a la sinagoga y de creer en los ritos. Estaba cohibido, con muchas dudas, no sabía interpretar qué sentía, ni por qué tanta emoción. Recordé cómo me preparaba para esta fecha cuando era niño. Volví al salón y vi a mi padre diferente, contento, rejuvenecido. Me causó risa, y satisfacción verlo así. Se acercó a mí y puso sus manos sobre mi cabeza e impartió una bendición: Dios te haga como Efraín y Menashé. También me deseó una vida prolongada y feliz. Luego fue hasta la cocina, tomó una bolsa de papel y puso dentro el forro donde iba guardado su Talit y su kipá, por temor a que en la calle algún antisemita se atreviera a gritarle una grosería. Se había olvidado que ya no estaba en Lomza, que ya no vivía en aquel lugar de Polonia. En otra bolsa cargó unas alpargatas blancas. Después se arregló la corbata, se pasó una buena cantidad de colonia por la cabeza y por el rostro, se puso el sombrero y se paró de frente a mí. Me paso una mirada de arriba hasta abajo, controló si mis zapatos estaban bien lustrados, el largo de mi pantalón y el ancho de la botamanga, mi camisa, la corbata, el saco. Inspeccionó que estuviera bien peinado, también que llevara una kipá, y me preguntó dónde tenía mi Talit. Le respondí que lo había guardado, y que se me olvidó en cuál cajón estaba. No agregó ni una sola palabra más. Sólo que limpiara los cristales de mis anteojos, y que dejara la cajetilla de cigarrillos.

     -En Yom(32) Kippur tampoco se fuma, uno se abstiene de placeres mundanos; ese día sólo rogamos a Dios que nos perdone los pecados que hemos cometido contra Él -dijo.

     Salimos a la calle. La tarde se alejaba plácidamente. El cielo se veía claro, era un cielo distinto, algo lo volvía distinto. Pasamos frente al bar. Allí vimos a José sentado, leyendo el periódico junto a un vaso de vodka. En la calle todo estaba igual, nada se veía diferente a no ser por el olor a comida, el mismo aroma que se sentía los viernes y en Rosh Hashaná. Era un atardecer, común, y en ese momento, extrañamente, pretendí que el mundo cambiara, se detuviera, porque los judíos estábamos celebrando una importante festividad. La mayoría de los negocios estaban abiertos, salvo aquellos cuyos dueños eran judíos. Las personas seguían su ritmo acostumbrado, su trajín diario. El tránsito también era el mismo de siempre, infernal. Los peatones no respetaban a los que iban a su lado, atropellaban, empujaban, todo por ganarle un minuto a su aburrida, y rutinaria existencia. Pero la realidad era que vivíamos fuera de Israel, y éramos hijos de la diáspora.

     Finalmente mi padre y yo caminamos hasta a la antigua sinagoga donde cuando era niño acostumbraba ir, y a la que él continuó yendo los siguientes años, cuando yo ya no lo acompañaba, ni mi madre tampoco. En aquella sinagoga donde todavía se rezaba en hebreo, las mujeres llevaban la cabeza cubierta con un velo, y se sentaban arriba, apartadas de los hombres, por temor a que su belleza encandilara sus ojos y a causa de ello distrajera sus mentes mientras rezaban.

     Entramos. El lugar mostraba un aspecto imponente, solemne, iluminado con una luz clara y limpia. Había pasado tanto tiempo desde que no entraba a una sinagoga que me sentía tímido y extraño. Mi padre y yo ocupamos unas sillas ubicadas frente al Arca Sagrada, uno al lado del otro, juntos, bien juntos. Permanecer a su lado y con su presencia tan cercana a mí, en ese lugar y en ese momento no me provocó cansancio, ni opresión. Él sacó del forro de terciopelo bordado su manto sagrado, lo extendió, rezó las bendiciones, y se lo puso sobre la espalda. Se había cambiado los zapatos de cuero por los de tela. Luego saludó a un par de amigos, personas a las que también yo conocía porque vivíamos en el mismo barrio. Después saludó al rabino. Aquel hombre se veía con el rostro compungido y ataviado con su ropaje blanco, el mismo ropaje que después llevaría cuando muerto, pues sirve para humillar los ojos arrogantes de los hombres. Se hallaba cubierto con un gran Manto Sagrado sobre las espaldas y puesta sobre la cabeza una kipá también blanca con un fino borde de cinta plateada. Después de saludar a todos sus feligreses se paró sobre una tarima para dirigir el servicio religioso de su comunidad. Una comunidad a la que yo también pertenecí, en la que me crié, en donde celebré mis trece años y de la que recibí la religiosidad que después abandonaría.

     Se hizo un silencio seco y absoluto. Todos los presentes nos pusimos de pie y el rabino dio inicio a los primeros rezos de Kol Nidré.

     Un hombre de edad y de los más venerables de esa comunidad abrió el Arca Sagrada. Tomó un Rollo de la Ley, y paseó con él mientras los fieles se acercaban a besarla, la abrazaban y pedían perdón. Después otros dos hombres retiraron dos Rollos más, se pararon a cada lado del rabino y los tres rezaron juntos. Inmediatamente el rabino recitó Kol Nidré. En ese momento me sentí un transgresor, un traidor por seguir en aquel recinto. Yo era distinto, diferente, era ajeno a todo el resto que oraba en silencio acompañando al rabino. Yo no debía participar en el servicio cuando mis convicciones nada tenía en común con la de los ellos, pero no podía abandonar aquella silla, no debía salir, no sería correcto desilusionar de esa manera a mi padre. Para él sería una terrible humillación y un imperdonable dolor que yo me alejara de su lado. Además, por más que lo intentaba tampoco tenía la suficiente fuerza para moverme de aquel lugar impregnado de fe, de seguridad, y de compañía.

     El servicio religioso continuó y después de que el rabino terminó de recitar para pedir las bendiciones y que la congregación le respondió, los Rollos fueron devueltos al Arca Sagrada y los dos hombres que lo llevaban regresaron a sus lugares.

     Me senté y observé, sólo miré, atento. Finalmente yo no era diferente al resto, yo era igual a los demás, hasta era igual a mi padre, no era ajeno ni estaba apartado de ese entorno que me envolvía. Todos, absolutamente todos los que nos encontrábamos en aquel momento en ese templo, estábamos unidos, unidos por un lazo de fuerza y de tradición.

     Tomé un libro, lo abrí, y en unas de las páginas leí: En tres cosas se apoya el mundo: en la justicia, en la verdad y en la paz.

     Todos estaban rendidos ante la fe, aunque con diferentes códigos e inquietudes, en un mismo entorno creado para saciar las dudas frente al dolor, a la fe, a la razón, y para evitar enfrentarse a los tres. También estaban los que no rezaban como yo, pero igual permanecíamos sumidos en esa atmósfera de inmunidad creada como protección, llamada identidad.

     Ahí estaba mi padre, aquel viejo inmerso en el rito, aquella figura impregnada de fe, cuyo cuerpo deteriorado se balanceaba una y otra vez, como símbolo de sumisión. Ahí permanecía, retraído en sus oraciones, y yo, su hijo, junto a él, compartiendo el rito, luchando y haciendo lo posible para evitar que aquel hombre, mi padre, se avergüence de su herencia.

     Recordaba cuando muchos años atrás me sentaba en la sinagoga a su lado, en el mismo lugar donde estábamos aquella noche, en las mismas sillas, y allá, allá arriba, estaba mi madre, con la cabeza cubierta con una mantilla de encaje negro, rezando. Cada tanto yo levantaba la vista para mirarla, necesitaba su aprobación, y entonces, también yo, me sumergía en la ceremonia, y recibía la emoción mística de la religiosidad. En aquel tiempo mis dudas estaban lejos y mis cambios ni siquiera eran una posibilidad.

     Mientras el rabino recitaba yo recordaba y sufría por las ausencias acumuladas en tiempos de mi infancia, cuando todavía mi madre vivía y éramos una familia. Aquel ambiente, aquel silencio despertaba en mí los recuerdos, recuerdos oscurecidos y añejados por el tiempo, y entonces el pasado se volvió presente, y los dolores se volvieron más agudos, terribles. No podía soportarlos. Temí caer en lo más profundo del dolor. No encontraba en mí la suficiente fuerza que necesitaba para seguir de pie, y me embargó una conocida melancolía que me viene cuando pretendo emerger de estas profundidades, después de escarbar e indagar en los más terribles y tristes recuerdos, buscando causas que justifiquen mis emociones.

     Un hombre de mucha edad, casi anciano, con una cabellera blanca y abundante, que hablaba despacio y entrecortado, casi en susurros, y que se paseaba entre las sillas ofreciendo, de una caja de hueso tallado, rapé, se acercó a nosotros a ofrecernos un poquito para aspirarlo.

     En ese momento el rabino pidió que nos pusiéramos de pie para rezar una de las oraciones principales de Kol Nidré, en donde todas las categorías del pecado están mencionadas y la confesión se hace en plural, pues la comunidad entera pide el perdón de Dios.

     Allí estábamos todos, niños, jóvenes, viejos, ancianos, mujeres, varones y religiosos, entregados a su fe mediante el cumplimiento de los ritos. A pesar de mis ideas diferentes a la del resto, y de mi negación de recurrir a los ritos, y de mis convicciones ajenas a las de los demás que se encontraban presentes en aquella sinagoga, yo también me conmoví. Sentí el furor religioso, una emoción que no se puede controlar, y que ni siquiera obedece a mandatos de ningún tipo. Finalmente yo era igual al resto. De pronto me vino una oleada de dudas, de nostalgia y recordación, de soledad y tristeza al escuchar aquel cántico. Más tarde, con un tono de voz grave, el rabino dio su prédica de esa noche. Habló sobre los malos sentimientos como la envidia, el odio, el rencor, y se detuvo en el egoísmo, leyó una parte del Talmud donde decía que el nombre de la cigüeña se debe al amor que profesa a su compañero, y a sus hijos. ¿Y por qué entonces las Escrituras la clasifican entre las aves impuras? Porque da amor sólo a los suyos.

     Quedé pensando en la idea que dio el rabino en cuanto al egoísmo y en otras ideas que se enfrentaban entre sí, como el Dios de Abraham y el Dios de Spinoza. Pensé en esos dos mundos que se oponían, el bíblico y el filosófico, en dos tipos diferentes de hombres, el que cree en la ética, y el que cree en la religión.

     En un momento observé a mi padre y lo encontré con la cabeza gacha, los ojos cerrados, las manos tiradas a cada lado de la silla, y su libro de rezos abierto sobre su regazo. Pensé en ese hombre, ese padre que quería salvarme del mal del escepticismo, ese padre que sólo quería mi redención frente a mis antepasados, y que sea yo, su hijo, el transmisor de esa tradición para mis descendientes, ese padre que mantuvo vivo el idioma de su villorrio, la consigna de todo sobreviviente.

     -¡Papá! ¡Papá!

     -Dime, Iósele.

     -¿Te sientes bien?

     -Sí, hijo.

     -No te veo bien papá. ¿Qué te sucede?

     Mi padre levantó el rostro, y lo noté pálido, muy pálido. Abrió los ojos, me miró, y dijo:

     -Nada, Iósele, es sólo una aflicción hijo, una aflicción judía.



     El rabino pidió nuevamente que nos pusiéramos de pie para dar inicio al último rezo de Kol Nidré.

     Otra vez se oyó su canto, una melodía desgarradora, un canto estremecedor, lastimero, que despertaba a golpes mi pasado aún no enterrado, y las dudas que llevaba, viviendo. Allí estaban mis conflictos, mi niñez con sus miedos fijados en mi memoria. Allí estaba yo, junto a mi padre, extrañando el pasado. Faltaba mi madre. Sentí un dolor sordo y profundo, y no pude frenar el deseo de llorar.

     La ceremonia terminó, nos saludamos y mi padre y yo regresamos caminando de vuelta a mi casa.

     La noche estaba clara y en el cielo ya se percibían algunas que otras estrellas.

     Llegamos. El edificio estaba en silencio. Entramos y fui directo al dormitorio, y de inmediato me acosté. No sentía sed, ni hambre, ni tampoco deseos de fumar. Pensé en mi padre y en su historia. Vivió una guerra mundial, dejó de tener sueños, perdió las esperanzas mientras sufría los horrores del holocausto, durmió en barracas, perdió a sus padres, hermanos, sobrinos. Perdió su historia. Era uno de los últimos sobrevivientes de una cultura que se fue, o que se iba, sostenido por un pasado de lucha, por la religiosidad y la tradición a las que se aferraba para seguir con las enseñanzas de su abuelo rabino. A pesar de todos los sufrimientos él siguió rezando, estudiando, suplicando, luchando de la manera que conocían, con la misma fe y tradición que heredó de su padre. Eso lo sostuvo y lo ayudó a sobrevivir.

     A la mañana siguiente, bien temprano, mi padre me despertó y con el mismo ritual de la noche anterior, nos preparamos para ir juntos, en ayunas y caminando, hasta la sinagoga y allí permanecimos hasta finalizar el Día del Perdón.

     Después de la oración por los difuntos, a la que se le agregó una en memoria de los mártires del judaísmo, el rabino me llamó a leer la Torá. Era un honor ser convocado para ello en un día como ese, pero yo me sentí avergonzado. No sabía cómo hacerlo, ni sabía si todavía recordaba el hebreo. Tampoco llevaba puesto el Talit, pero mi padre se sacó el suyo y me lo puso sobre la espalda. Luego me besó en la mejilla y dijo:

     -Ve, hijo. Sube.

     El rabino me preguntó mi nombre, y yo respondí, Alejandro.

     -¿Ben? -preguntó de nuevo el rabino. Entonces mi padre se puso de pie, se subió también y respondió:

     -¡Iosef! Iosef ben Haim

     -¿Y usted? -preguntó de nuevo el rabino a mi padre.

     -Haim ben Jacov.



     Leí el párrafo que el rabino me indicó, en voz alta pero insegura. Después bajé a sentarme nuevamente en la silla al lado de mi padre.

     -Hijo, ¿cómo te has olvidado de tu nombre en hebreo y del mío? Tú eres Iosef, hijo de Haim. Y yo soy Haim, hijo de Jacov. ¿No lo recuerdas?

     -Sí, papá, sólo que estaba muy emocionado.

     La tarde pasó, y el rabino leyó la última parte del rezo de clausura de Yom Kippur, mientras el sol iba enrojeciendo las puntas de los árboles. Concluyó cuando la primera estrella se tornó visible. Después se cubrió la cabeza con el Manto Sagrado, tomó el Shofar(33), lo acercó a su boca, lo elevó y aquel cuerno sonó, lanzó su voz, una voz gimiente, que sonaba a lamento, a súplica, a perdón. Aquel sonido envuelto en la más antigua congoja, me estremeció. No pude contener el llanto. Las lágrimas me corrían por el rostro.

     Había concluido una de las festividades más importantes, conmemorativas y tristes del pueblo judío.

     Mi padre me abrazó, lloró y dijo.

     -No te olvides, hijo, de volver el año que viene, si Dios quiere.

 



- XIV -

 

     Mi padre se fue, concluyó el Día del Perdón y se marchó. Juntó su ropa, la guardó ordenadamente en la valija así como la trajo. Lo llevé hasta la terminal de colectivos. Allí nos despedimos.

     -Hasta pronto. Si Dios quiere, Iósele -dijo él.

     -Buen viaje, papá -respondí.

     Volví a mi casa pensando que por fin mis días volverían a ser iguales a unas semanas atrás cuando estaba solo. Retomaría mi relación con Laura, mis lecturas, mis anotaciones, respondería la llamada de Leah, y dejaría de escuchar todo el día las reprimendas de mi padre como si fuera un niño.

     Antes de llegar a mi casa me detuve en el bar a tomar un café. Allí encontré a don Carlos discutiendo con José. Luego de saludarnos, los dos preguntaron por mi padre, les respondí que ya se había ido y ellos lamentaron su partida.

     Después regresé. Entré al departamento y lo primero que hice fue apretar el botón del contestador para escuchar los mensajes. De nuevo había uno de Leah que decía:

     -Terminaron las dos festividades, supongo que tu padre ya se marchó, y que entonces tendrás tiempo de responder mi llamado. Te dejo el número del teléfono y la dirección donde me puedes encontrar con seguridad.

     Anoté el número y la dirección y pensé que pronto la llamaría.



     Los días siguientes transcurrieron de la misma manera y en el mismo desorden que antes de la llegada de mi padre. Papeles, libros, apuntes, y lápices, expuestos al primer requerimiento de la inspiración. El desorden volvió a mi vida. Laura no respondió a mis llamadas, y cuando fui a buscarla al hospital para conversar con ella y explicarle mi situación, sencillamente me dijo que no me extrañaba y que necesitaba dejar de verme por un tiempo. Insistí, pero ella también insistió en que no la volviera a llamar, ni a buscarla a la salida del trabajo, ni en la casa, ni en ningún otro sitio.

     Después de aquel rechazo necesité recluirme. Para ello contraté a un profesor que me sustituyera por algún tiempo y pedí(34) permiso en la Facultad con la excusa de que era conveniente reposar porque mi salud estaba dañada.

     Mi intención fue dedicarme solamente a escribir y a fumar. Pero cada vez que lo intentaba me resultaba difícil. Sentía miedo, el miedo propio que siente el escritor frente al desafío de la creación. Dudé. Dudaba de mi vocación. Siempre fui un creador inseguro, aunque pasé más tiempo hablando con mis personajes que con cualquier otra persona. Escribir era lo único que me abstraía del mundo externo, y lograba hacerme huir de mi realidad. No sé qué era peor en mi vida, si ser profesor, periodista, hijo único, o padecer el impulso de escribir, la necesidad de crear.



     En todo ese período de encierro, muchas veces llené una taza con café, tomé la cajetilla de cigarrillos, pero no antes de verificar que estuviera llena. Quedarme sin cigarrillos implicaba tener que salir a cualquier hora en busca de ellos. También me aseguraba de que hubiera suficiente papel blanco, y cuando mi control llegaba a su fin me cambiaba los anteojos por los que sirven sólo para leer, y me sentaba frente a la máquina de escribir. Pero continuamente la intención se frustraba. Era totalmente imposible introducirme en ninguno de los temas o rematar situaciones en algunos de los cuentos. También intenté con los poemas. También luché con mi novela. Tampoco conseguía terminarla, ni siquiera avanzar. Daba vueltas y vueltas sobre los mismos conflictos, sobre las mismas situaciones, pero nunca alcanzaba la suficiente concentración, ni imaginación necesaria para crear. No lograba escribir para ahuyentar los miedos, o para huir del aburrimiento. Sufría de la patología que ataca y acecha en algún momento a todos los escritores y para la cual no existe cura. Mientras seguía en ese camino angustioso, tortuoso, de la creación, sufría. Los fantasmas vivían dentro de mí, se nutrían de mí, se alimentaban de toda mi energía, permanecían siempre al acecho, y yo me hundía cada vez más en una decadente melancolía.



     El tormentoso encierro llevaba ya varios días, mi aspecto era deprimente, mis pulmones estaban colmados de nicotina, mi casa en desorden y mis sentimientos a la deriva. El enclaustramiento empezó a perturbar mi concentración, y el abandono de la inspiración me dejó pensando en la soledad y en la frustración que padecía al pretender crear nuevas historias, aunque siempre supe que yo no era el creador de nuevos conflictos ni de nuevos personajes. El escritor es, simplemente, el revisor de conocidos y viejos conflictos, ya revisados por otros diferentes sociólogos, filósofos, historiadores y muchos otros escritores. Todo sigue igual, las mismas tristezas, las mismas alegrías, los mismos dolores, los mismos sentimientos, miedos, angustias, amores, y desamores. Todo gira y vuelve a su lugar original, no existe nada nuevo que contar.

     Me sentía derrotado. No era la primera vez que pasaba por ese estado, pero no por ello dejaba de sufrir.

     Estaba solo, tan solo, que solamente escuchaba el zumbido de mi propia voz. Esperaba una llamada, una visita, no podía sostener la soledad que me apabullaba. Necesitaba de alguien. Una extraña sensación de pérdida me dejó prisionero durante todo ese tiempo. Daba vueltas y vueltas alrededor de mi vida, hasta llegar a lo más velado de mi niñez, queriendo encontrar la causa por la que mi padre y yo seguíamos manteniendo esa relación tan destructiva. Una melancolía me acechaba, trayéndome a la memoria episodios del pasado, de mi infancia. Estaba a punto de naufragar, sin equipaje, sin familia, pero no podía dejarme hundir, debía sobrevivir, era un deseo que me venía de adentro, como a mis antepasados. Había heredado el arte de la sobrevivencia.



     Me alejé de la máquina de escribir y caminé por el departamento. Las ventanas estaban cerradas, no sabía si afuera había luz u oscuridad, me sentía perdido. Abrí la puerta del balcón, miré la calle. Aquel día tampoco conjugaba con mi estado de ánimo. A veces también la naturaleza me tendía una mala jugada. Era una mañana esplendorosa, con un viento suave que la volvía aún más deliciosa. ¿Qué hacía yo ahí encerrado cuando la naturaleza me convidaba a disfrutarla? Pero irónicamente y por más que lo deseara no podía salir de aquel espacio de infinita tristeza y de profundo desamparo. Hubiera preferido que fuera un día gris, lluvioso, acorde con mi estado de ánimo y que en definitiva justificara mi encierro, así al menos le culparía al mal tiempo por el deseo de continuar encerrado.

     No quería seguir pensando. Tenía que buscar algo que me sacara de aquel ambiente opaco y triste. Decidí llamar a Leah.

     Recordaba el número de su teléfono. Lo disqué y ella misma respondió mi llamada. Nos saludamos y curiosamente noté que Leah no se sorprendió al escuchar mi voz. Después de hablar por unos minutos, la invité a tomar un café, contestó que le encantaría volver a verme. Quedamos en encontrarnos esa misma tarde en un bar que estaba a pocas cuadras de su casa.

     Corté la llamada y permanecí con la curiosidad propia que sobreviene cuando sabes que en algunas horas volverás a encontrarte con una persona a la que no ha visto en mucho tiempo.

     Me recosté y dejé que los recuerdos de aquel viaje a Israel volvieran al presente.



     Miré el reloj, me vestí, tomé un libro como compañía para el tiempo de espera y salí.



     La posibilidad de volver a ver a Leah me sacó en ese instante del estado de abandono, pero no colmó las expectativas que llena una ilusión, aunque tampoco podía negar que me entusiasmaba el hecho de volver a ver a una antigua amiga. Salí a la calle un par de horas antes. El día estaba saturado de luz, demasiado sol para una tarde primaveral. Caminé entre personas que se cruzaban unas con otras, y me sentí parte de ese hormigueo humano.

     Llegué al lugar que me había indicado Leah, entré y me senté en una mesa bien escondida cerca del ventanal. Era uno de esos bares antiguos donde el desgano y el tedio se instalan y se reproducen en el tiempo que duran un café, dos o más, o en la lectura concentrada de un periódico doblado en cuatro partes, y que no tiene que ser precisamente de ese día. Lugares comunes en esquinas bulliciosas, donde aparentemente nunca pasa nada y las esperas son permanentes.

     Estaba curioso. Quería ver a Leah cuando se acercara. Con un gesto de la mano pedí al mozo un café chico, pero igualmente él se acercó y me preguntó si lo quería negro o cortado. Le dije que lo quería negro.

     Me sentía raramente tranquilo. Había olvidado la sensación que se experimenta al dejarse llevar por la seducción de un encuentro casual. Abrí el libro y cuando me disponía a leer a partir de la página que el señalador indicaba, pensé en nosotros, en todo ese grupo de jóvenes con metas comunes que creíamos en el sionismo, que éramos capaces de arriesgar y si era necesario, entregar nuestras vidas por la causa, luchando contra cualquier enemigo. Estábamos seguros de que en ese viaje a Eretz Israel, íbamos a salvar al país de todas las invasiones, de todos los ataques de los países vecinos. También estábamos convencidos de que conseguiríamos cultivar todo el desierto, y nuestras plantaciones se expandirían por el territorio Israelí. Íbamos a acabar con el desierto, la aridez de esas tierras, convirtiéndolo en inmensos, arbolados y florecidos jardines. También íbamos a ocupar un lugar en el Senado y ser colaboradores directos de Golda Meir, Moshé Dayan y Menajen Begin. Toda Palestina esperaba por nosotros. Éramos importantes e imprescindibles para el pueblo israelí.

     Llegué y todo fue diferente a lo que urdí en mi fantasía. La gente me sorprendió. Eran muy diferentes a lo que yo pensé. Los cultivos, el desierto, el Senado ya no nos necesitaban. Israel estaba hecha. Nos llevaron a un kibutz en la frontera con Jordania. Era un lugar bello y tranquilo. Los fines de semana hacíamos paseos, y en cada lugar que conocí, me quedaba fascinado con algún paisaje, o con el color de la tierra, o con la sensación que prestaba el desierto.

     La vida agrícola me entusiasmó por un tiempo, hasta el día que me avisaron que mi madre había muerto. Entonces mi estadía en Israel no se justificaba. Ya no tenía de qué huir.



     Fui uno de los primeros en tomar la decisión de regresar y uno de los primeros para quien el sionismo se esfumó tempranamente. Tras aquella triste noticia no dudé en marcharme. Tampoco estaba seguro si fuese capaz de realizar todas las actividades que se suponía tendría que hacer en un kibutz. Era demasiado cobarde para recibir instrucción militar, o para arriesgar mi vida en una frontera. Lo más probable hubiera sido que durante la guerra en uno de los ataques, huyera del frente y me resguardara en una biblioteca, en un sótano, o en un altillo a idear panfletos de protesta. Por el contrario Leah y los demás eran jóvenes que sí se arriesgarían y hasta pondrían en peligro sus vidas con el fin de proteger su territorio.



     La recordaba perfectamente. Me pregunté si aún seguiría igual, entusiasta y enérgica como era a los dieciocho años. A los cincuenta, teóricamente debería ser de otra manera. Quizás un poco más racional y menos crédula, más dependiente y menos irresponsable. Más crítica y menos idealista. Pero siempre dudé que pudiera existir en realidad un hombre con el prototipo del comportamiento ideal de un adulto. Quedé abstraído, pensando en ese período de mi vida tan lejano, tan diferente. Me acordé de la despedida de mis padres en el aeropuerto, cuando iba a Israel. Esa fue la última vez que vi a mi madre. Recordé también aquella mañana cuando el telefonista del Kibutz me avisó que había una llamada para mí. Era la tía Jane quien llamaba para contarme que mi madre estaba muerta.

     Pensaba en mi vuelta cuando en ese momento entró al bar una mujer. La miré y dudé que fuera Leah. No podía creerlo. No, no era Leah. Aunque se parecía a ella. Entonces mi desconfianza aumentó. Hacía más de treinta años que no la veía. ¡Estaba tan cambiada! Era otra mujer. Yo también era otro. Había acumulado canas, pesares, cansancio y sobrepeso.

     Mientras esa mujer caminaba por el bar con una actitud de curiosidad, la miré mejor. ¡Era ella! Mi intuición no falló. De inmediato me vinieron a la mente como ráfagas de luces, episodios cortos de nuestra estadía en Israel. Uno de ellos fue cuando ella y yo nos envolvimos en una relación romántica, luego ella despidiéndose de mí, de mí que me alejaba como un desertor. Leah fue la única de aquel grupo a la que atrapó el sistema del kibutz. Era muy trabajadora, además de ser una socialista compulsiva y una sionista verdadera. Después de mi regreso nunca más volví a tener noticias suyas ni pregunté sobre su vida. Ni siquiera volví a cruzarme con sus padres, ni a caminar por el barrio donde siempre vivió, hasta el día aquel del mensaje en el contestador. Sentía vergüenza de enfrentarme de nuevo a ella. Me sentía un fracasado, quizás porque ella logró lo que yo no pude. Ella siguió fiel a sus principios.

     Levanté la mano y finalmente Leah me vio, y se acercó hacia mí.

     Vestía una pollera larga, clara, y una remera ceñida al cuerpo. Llevaba el pelo corto, muy corto como lo usa un hombre, y teñido de rojo, rojo intenso, rojo sangre, un rojo casi fuego. Usaba lentes pequeños y un par de enormes aros que le llegaban casi hasta los hombros. Estaba convertida en otra mujer. Su figura lucía desgastada. Ya no era la misma, ya no era igual a aquella joven que conocí, aunque había algo en su cuerpo que todavía desplegaba sensualidad.

     Se acercó y con ojos alborotados, propios de la excitación, me preguntó:

     -¿Tú eres Alejandro?

     -Sí, soy yo.

     -¿El nuevo Alejandro?

     -Sí. ¿Y tú eres Leah? ¿La nueva Leah?

     Ambos pusimos ironía en nuestras preguntas.

     -¿Todavía te acuerdas de mí? -preguntó.

     Me besó en ambas mejillas. Y sentí su perfume de aroma fuerte. Detestaba a las mujeres que usaban mucho perfume.

     -Siéntate, Leah. ¿O cómo quieres que te llame?

     -Leah, está bien. En definitivas este es ahora mi nombre.

     La observé. En su rostro aún había huellas de belleza, aunque algunas arrugas delataban su madurez. La miré a los ojos y recordé su color.

     -¿Qué se ha hecho de ti en todos estos años, Alejandro?

     -Aquí me ves, ¿y tú?

     -Yo quedé en Israel. Volví algunas semanas atrás.

     -¿Por qué volviste?

     -Porque mi padre enfermó.

     -¿Cómo está?

     -Bien, muy bien. Mi presencia ayudó a que se pusiera mejor. Pasaron más de veinte años sin vernos.

     -¿Tanto tiempo?

     -Tampoco nosotros nos vimos durante todos esos años.

     -Nunca me escribiste ni supe nada de tu vida -dije.

     Los labios abiertos de Leah dejaban entrever la blancura de una dentadura saludable.

     -No, nunca escribí a nadie -respondió.

     -Yo tampoco escribí.

     -¿Sabes Alejandro que me resulta ridículo llamarte con este nuevo nombre? Y me siento extraña sentada aquí, contigo, después de tanto tiempo. Estoy cohibida, como tímida.

     -Tranquila. No pienses en el tiempo que dejamos de vernos, porque en realidad nos asustaríamos ambos. Bueno, pero a mí me sucede lo mismo, para mí el nombre Leah nada tiene que ver contigo.

     -Te veo bien, Alejandro.

     -Tú eres otra mujer, casi no te reconocí.

     -¿Tanto envejecí?

     -No, sólo que estás distinta, eso es todo.

     -Estoy un poco nerviosa.

     -¿Quieres tomar algo?

     -Sí, una cerveza, por favor.

     Leah era una de esas mujeres en las que era difícil adivinar su edad y su estado civil, si era soltera, divorciada, viuda o si seguía casada. Por lo general las mujeres llevaban su estado civil exhibido con un anillo en el dedo, o en el impulso de querer contar al inicio de una conversación todo lo que padeció durante su divorcio, o lo que sufría viviendo en soledad, o los días de la semana que lo niños pasaban con el padre.

     -¿Qué se ha hecho de tu vida, Leah?

     -Me casé, tengo hijos, un nieto, me divorcié, trabajo.

     Leah contaba aquellos episodios de su vida como si en unos cortos minutos me pudiera explicar todo lo que le ocurrió, sintió, y sufrió en ese largo tiempo que habíamos dejado de vernos.

     -¿Siempre vives en el mismo kibutz?

     -Esa fue otra época. Dejé el kibutz y me fui a vivir a una ciudad muy linda llamada Tiberiades. Pero si tú la conociste, ¿verdad?

     -Claro, por supuesto. ¿No recuerdas que viajamos juntos a conocer Tiberiades y Safed?

     -No, no lo recordaba. Bueno, hasta ahora ese tema me apasiona, soy una estudiosa de la Cábala.

     Hablaba con un tono diferente de voz. No sólo su nombre se había hebraizado, también su castellano. El mozo trajo una botella de cerveza, otra taza de café y un cenicero limpio.

     Continuamos hablando y recordando cuando éramos jóvenes. Jóvenes idealistas que carecíamos de toda responsabilidad y que ilusamente creíamos que el mundo era nuestro. Teníamos la soberbia propia del adolescente.

     Oírla fue como volver a estar en Israel. Habló también del Zohar, aquel texto principal de la Cábala. Recordé que ya en aquel viaje que hicimos juntos, Leah se veía muy entusiasmada con ese tema, estaba muy compenetrada en aquel esoterismo judaico. Leah siguió hablando de la cábala con mucho entusiasmo, se refirió a las tres etapas ligadas entre sí, a Dios, a la Torá de Israel, me dio todas las definiciones habidas. La creencia en Dios, la reverencia que Dios hizo de la Torá a Israel, e Israel como pueblo que vive de acuerdo a la Torá en obediencia de Dios. Leah habló sin parar durante casi una hora, mientras yo fumaba, la miraba y pensaba.



     -¿Por qué te llama tanto la atención ese tema? -pregunté.

     -Es la búsqueda de lo oculto. Imagínate todo lo que encierra su definición. Todo los secretos están guardados allí, todas las causas. Es lo más grande que existió y que existe.

     -Realmente pones mucho entusiasmo cuando te refieres a ese tema.

     -Así es, pero creo que ya hablé suficiente. Cuéntame ahora algo de tu vida, Alejandro.

     -Mi vida fue y sigue siendo muy aburrida.

     -¿Y tu padre?

     -Sigue bien.

     -¿Siempre viven juntos?

     -¡No! ¡No, por favor! Él se mudó hace muchos años.

     -¿No se volvió a casar?

     -¿Quién?

     -¡Tu padre!

     -¿Mi padre?

     -Sí, tu padre. ¿Tan raro te resulta que tu padre se vuelva a casar?

     Aquella pregunta me causó risa. ¡Mi padre vuelto a casar! Era una total y absoluta utopía.

     -¿Y tú?

     -¿Yo qué?

     -¿Te casaste? ¿Tienes hijos?

     -Sí me casé, pero después de cinco años de matrimonio nos separamos.

     -¿Hijos?

     -No.

     -¿Ninguno?

     -No.

     -¿Por qué?

     -No quise.

     -¿Y ahora?

     -Ya es tarde, tampoco sé si lo quiero.

     -¿Estás solo?

     -Vivo solo.

     -Te pregunto si no te volviste a casar, o tienes alguna pareja, o alguna relación.

     -Estoy solo.

     -¿Puede un hombre estar solo?

     -¿Puede estar sola una mujer?

     -No.

     -Cuéntame algo sobre tu matrimonio.

     -Me casé con la hija de una amiga de mi tía Jane. Ella nos presentó. Vivimos juntos cinco años. Después vino el divorcio. Fue cuando me di cuenta de que no necesitaba precisamente una relación seria para vivir. Más tarde conocí a muchas mujeres. Algunas me gustaron, otras no. Con cada una experimenté una historia diferente. De algunas me enamoré, otras fueron buena compañía, pero sólo por un tiempo. También hubo relaciones ocasionales, aquellas que nacen con la pasión y mueren entre la aurora y el crepúsculo.

     -Siempre hablas como poeta. ¿Sigues escribiendo?

     -A veces.

     -Bueno, pero continúa contándome.

     -Parecería que me estuvieran sometiendo al interrogatorio previo a una tortura.

     -¿Tanto te molesta contarme de tu vida?

     -No, no me molesta, es sólo que me parece ridículo que dos personas de nuestra edad estén poniéndose a contar cosas importantes que les ocurrieron a otros. Estamos igual que un alumno durante un examen, relatando sistemáticamente fechas cronológicas de los episodios históricos de un país. El año de su descubrimiento, los diferentes gobiernos, las guerrillas, en fin. Me encantaría contarte los momentos en que más sufrí, en que más fui feliz, en que mayor satisfacción recibí, pero espontáneamente y en diferentes momentos y lugares, sin imposición.

     -¡Cuéntame más sobre tus amores! -Leah insistía.

     -Está bien, te sigo contando. Después conocí a Laura, y con ella fue todo diferente. A ella la amé, o mejor, a ella la amo, la sigo amando. La amo profundamente.

     -¿Dónde la conociste?

     -¡Leah, basta! Si seguimos así, será mejor que te escriba un libro con mi biografía, vamos a ganar tiempo.

     -¿Qué pasó?

     -¿Con quién?

     -Con Laura, dices que la sigues amando, pero estás solo. ¿Cómo se entiende eso?

     -Manejé mal una situación, presionado por mi padre. Laura se enojó y ya me ves, aquí, de nuevo solo.



     Recordé a Laura y mientras lo hacía, las imágenes llegaban embebidas de una incorregible tristeza, teñidas de soledad.

     Leah me tomó de la mano. Observé en su brazo una cantidad inmensa de pulseras, y en cada dedo un anillo. Me dijo que seguía pensando en mí, que nunca encontró otro hombre como yo, que todavía dudaba de si me seguía amando, que le encantaría iniciar una relación de amigos, que me veía igual a treinta años atrás, que mis ojos seguían atractivos. Ella estaba utilizando una táctica de seducción demasiado fingida, barata y vulgar.

     No di respuesta. Me mantuve callado y me detuve sólo a mirarla.

     Después seguimos hablando. Le conté sobre mi trabajo, mi padre, mi soledad. Ella me habló sobre sus hijos, su divorcio y también sobre su soledad.

     Se había hecho tarde. Le pedí marcharnos. Ella me pidió que nos quedáramos unos minutos más y entonces me propuso realizar un viaje el próximo fin de semana, juntos. Ir de paseo al mar, o a la montaña, para volver a estar juntos, para revivir una historia de amor antigua, pero no olvidada. Pero yo ya no estaba en condiciones de establecer ninguna relación basada en el pasado. Era imposible. Dejamos de ser dos adolescentes inseguros. Ahora éramos otras personas, diferentes, desconocidas y ajenas.

     Seguí mirándola. Ella tampoco despegó sus ojos de los míos. Quise adivinar qué guardaban sus intenciones en ese momento, si realmente me amaba todavía, o me utilizaba para salvarse de la soledad.

     -Siempre soñé con volver a verte -dijo.

     -Lo siento, Leah, pero tal vez soñaste con Iósele. Yo ahora soy Alejandro. Otra persona, otro hombre, con diferente nombre.

     -Déjame cumplir con mis fantasías.

     -Tú todavía tienes las fantasías de una adolescente. Las fantasías en los adultos se resuelven de otra manera y en otro escenario.

     A Leah le cambió la expresión del rostro.

     Pedí la cuenta. Pagué y salimos del bar. Caminábamos cuando ella me propuso que vayamos hasta su casa. Vivía sola, estaríamos tranquilos, nadie nos molestaría en ese lugar. Podríamos seguir hablando todo el tiempo que quisiéramos. Yo me opuse. Seguimos caminando hasta llegar a un lugar. Un lugar donde los nombres quedan sin registrarse, los amantes pierden identidad y el deseo se libera de toda prohibición.

     Encendí un cigarrillo y pensé en lo incómodo que me sentía y en lo ridículo que me veía dentro de esa habitación. Hacía mucho tiempo que no necesitaba recurrir ni ocultarme en un lugar así para amar a alguien. Y mientras el cigarrillo se consumía en el cenicero, pensé que Leah y yo ya habíamos pasado la edad en que las pasiones se apoderan de uno y sólo se respira para vivirlas.

     Leah hablaba, y se paseaba desnuda delante de mí, burlándose de mi cobardía, tentándole a mi hombría, desafiando a las dudas, que yo sufría. Pero finalmente las preguntas quedaron sin respuestas y yo, libre, para amar. Permanecimos juntos toda esa tarde, Leah muy junto a mí. Su cuerpo olía a mujer que recién amó.

     Ella necesitaba aquel encuentro para reafirmarse en una antigua relación. Quería retroceder a otra época, donde estaba la juventud. Quería recuperar parte de ese pasado común. Un pasado muy lejano. Aunque en ese momento Leah no previó que el enamoramiento no es privilegio exclusivo de los jóvenes.

     Continuamos tan abstraídos que no nos dimos cuenta que el día iba cediendo paso a la noche. Efectivamente, ya era de noche cuando salimos. Dejé a Leah frente al edificio donde vivía, y volví a mi casa.

     Entré y me dirigí al dormitorio. La habitación estaba triste, solitaria, y un perfume a ausencias hacía que se viera aún más quieta. Aquella quietud, compañera de soledades.

     Pensé en la noche, en Leah y tuve la sensación de que en la vida todo llega tarde.

 

 


- XV -

 

     Leah y yo seguimos viéndonos. Los siguientes encuentros fueron algunas noches en mi casa, otras en la suya. Hubo veces en que yo me quedaba a dormir en su departamento, y otras, ella en el mío. Existieron días enteros o fines de semanas que también pasamos juntos, pero yo en todo ese tiempo nunca me sentí seguro. No amaba a Leah.

     En varias ocasiones ella insistió en ir a visitar a mi padre, y en que hiciéramos planes de vivir juntos. Jamás puso ningún tipo de obstáculos para mudarse a mi departamento, tampoco inconvenientes para que yo me fuera al suyo, y aunque hablaba frecuentemente e insistía sobre ese tema y otros más, para mí aquellos proyectos carecían de realidad. Hacía mucho tiempo que había decidido vivir solo. Tampoco imaginaba una mudanza con todos mis papeles, libros, máquina de escribir, lápices, ropas. Verme en esa situación me resultaba imposible, igual que imaginarme a Leah viviendo en aquel desorden en el que yo me manejaba tan cómodamente. Ante las insistentes y molestas propuestas de ella, para que lleváramos a cabo ese proyecto, aparecía mi negativa, una negativa firme y rotunda.

     En los meses que duró aquella relación no dejé un solo día de pensar en Laura. Llamaba a su casa esperando que ella atendiera el teléfono. Pero siempre la respuesta era el silencio. Varias veces fui hasta el hospital a esperarla pero tampoco conseguí verla. Entonces supuse que se había cambiado de horario o pedido su traslado a algún otro hospital para así perderse de mí.

     Si bien yo no me sentía del todo cómodo en compañía de Leah, esa relación me ayudaba a sobrellevar la ausencia de Laura, la tristeza que me dejó la partida de mi padre, y la profunda debilidad que me perseguía a causa de la emoción que sentí en la sinagoga el Día del Perdón.

     Aquella mañana me levanté después de sufrir toda la noche una invencible somnolencia. Aunque no era viernes a la noche, llamé a mi padre.

     -¡Iósele, hijo! ¿Qué té pasa?

     -Nada, papá. ¿Por qué?

     -¿Te sucede algo malo? ¿Qué tienes, hijo?

     -Papá, está todo bien, sólo quería saludarte.

     -¡Oy, hijo, no puedo creerlo!

     -¿Qué, padre?

     -Que solamente llames para saludarme.

     -Bueno. ¿Cómo estás, papá?

     -Bien, hijo. Pero me duelen los huesos, me cuesta caminar, y agacharme para arreglar mis plantas, cada vez veo menos y escucho menos, me tiemblan las manos, y a veces me olvido dónde dejo las llaves. No puedo comer ni tomar lo que quiero, si tomo whisky me sube la presión, si como pan con fiambre me sube el colesterol, si como arenque me sube el ácido úrico, pero en general, estoy bien, hijo. Mis cotorras también están bien.

     -Bueno, papá, solamente quería saludarte.

     -¿Cuándo vendrás a visitarme?

     -No sé.

     -Ven, hijo, yo siempre te espero. Hace mucho tiempo que no vienes a visitarme. Me hará feliz verte aquí, en casa.

     -Tú también puedes venir.

     -Para mí es más difícil moverme, ya mis huesos no responden al pedido de caminar.

     -Bueno, papá, ya tengo que cortar porque voy a salir.

     -Bueno, Iósele, gracias por la llamada.

     -Hasta luego, papá.

     -Hasta luego, Iósele.



     Después de hablar con mi padre salí. Fui a hacer algunas compras. Más tarde pasé por el bar y saludé a José. Compré cigarrillos, periódicos, y volví a mi casa. En la vereda encontré al portero revisando la correspondencia. Me entregó la mía y me preguntó si yo subía para llevar a don Samuel la suya. Tomé mis cartas, las de don Samuel, y subí. Toqué el timbre de su departamento y como nadie me respondió, dejé los sobres debajo de la puerta.

     Subía las escaleras cuando oí sonar el teléfono. Apuré mis pasos y entré al departamento rápidamente para contestar la llamada. Era mi editor. Sin dar tantas vueltas y con dos palabras me dijo que publicaría mi novela inmediatamente. Ni bien terminó de hacer aquella propuesta, me puse a reír, a reírme a carcajadas. Mi vida me causaba mucha risa. Realmente mi vida era un juego. Cientos, miles, millones de veces fui a pedir, y hasta a suplicar con la copia de algún poemario, o de unos cuentos en las manos para que me los publicaran, y nunca conseguí nada. Justo ahora, en el momento menos oportuno, cuando todavía aquella novela estaba incompleta, y ni siquiera sabía si la podría terminar alguna vez, se presentaba el editor con una oferta que esperé por años. Era realmente increíble. Le agradecí y le pedí que me diera más tiempo para poder terminarla. Él entendió y aceptó, pero marcó como límite una fecha de entrega. Una fecha que me pareció demasiado cercana. Le pedí un par de meses más. Se negó. Entonces le rogué unas semanas, tampoco aceptó, era esa fecha, o nada.

     La propuesta me dejó increíblemente contento y con un entusiasmo que pensé ya perdido. Esa misma mañana junté hojas blancas, anotaciones, cigarrillos, cenicero, y me senté a escribir. Ni siquiera revisé la correspondencia, simplemente la dejé detrás de la máquina de escribir donde siempre la ponía.

     Durante aquellos días sólo leía, escribía, fumaba y escribía. Tomaba café, fumaba y escribía. Las ideas me aparecían, los temas me nacían, los escribía, quedaban en el papel, y después se iban, y entonces venían otras ideas, las escribía, y se alejaban, y venían otras y otras, y así sucesivamente. Rompía papeles, limpiaba ceniceros, preparaba café y volvía al escritorio. No atendía el teléfono, dejaba que sonara y sonara. Tampoco me movía de ese espacio. Salía solamente para ir al mercado, al kiosco, o a la fiambrería. Me sentía transportado, había hallado el temperamento de mi personaje, los lugares en donde desarrollar su vida, sus amores, sus angustias y sus dolores. Todo estaba encaminado, y yo seguía sentado sin despegar mis dedos del teclado. Era una experiencia maravillosa, extraordinaria, encantadora. Mis clases en la Facultad las seguía dictando aquel reemplazante que había contratado, así que tampoco me preocupaba en prepararlas ni me dispersaba para salir a dictarlas. Todo se centraba alrededor de la novela que hacía años escribía y nunca podía terminarla.

     Los días siguientes transcurrieron de manera distinta, con un brío impresionante. Tenía nuevas ideas que contar. Mi escritura tomó un ritmo diferente, ágil, alegre y dinámico. Aquella llamada del editor fue totalmente azarosa, porque a partir de ella me sentía realmente afortunado. Tenía el triunfo cercano a mí, la feliz oportunidad por fin se presentó y yo estaba perdiendo el temor al futuro y las dudas respecto a mi vocación.

     Nuevamente me aislé. Era una necesidad permanecer encerrado, y a la vez un placer poder disponer de todo el tiempo posible para escribir, solamente para crear, para escribir. Estaba satisfecho.

     Leah insistía con sus llamadas, pero yo nunca las atendía. Ella dejaba mensajes pidiendo, suplicando, reclamando por favor que la atendiera. Por supuesto que no lo hacía. Nadie, absolutamente nadie ni nada debían entorpecer aquel tiempo de creación, de encantamiento, de despertar de sentimientos, de emociones, de situaciones. Me sentía pleno.



     Un atardecer sonó el timbre. Sonaba una y más veces.

     Molesto me levanté y llevado por un impulso, abrí la puerta.

     -¡Desaparecido! ¿Qué se ha hecho de ti?

     Era Leah.

     -Entra.

     -Permiso -dijo ella y entró. Después de ver el desorden en el que yo vivía lanzó un ruidoso suspiro.

     -¿Qué te pasó?

     -Nada.

     -¡Cómo que nada!

     -¿Por qué me lo preguntas?

     -Mira toda esta mugre.

     -Estoy escribiendo.

     -¿Y necesitas de esta suciedad para escribir?

     -Mira, Leah, como te dije antes, y creo que te repetí en varias ocasiones, recibí una propuesta muy linda e importante de una editorial a la que es muy difícil acceder en esta época. Me dieron un tiempo límite para entregar la novela si quiero que ellos la publiquen. Esto es muy importante en mi vida de escritor, y por lo tanto en mi vida personal, así que necesito un tiempo para estar solo. Quiero que te vayas y dejes de llamarme, y acabes con la manía que tienes de dejar mensajes en el contestador. Cuando la termine, o sea, para que entiendas mejor, cuando termine de escribir la novela yo te llamaré, pero escúchame bien, yo te voy a llamar. Yo volveré a llamarte, no tú. Por favor no te molestes, no te estoy excluyendo de mi vida, simplemente necesito un tiempo de aislamiento. Ya me falta poco, apenas la termino te llamo, no te preocupes.

     -Siempre pienso en ti.

     Leah se acercó, me abrazó, y pretendió que yo hiciera lo mismo.

     -Por favor, Leah, ahora no. Déjame solo un tiempo.

     -Estás aburrido de mí.

     -No. No estoy aburrido de ti, ni de nadie. ¡No entiendes que quiero estar solo!

     Caminé de nuevo hasta la puerta, la abrí y dije:

     -¡Vete!

     Leah se fue y volví a sentarme en la misma silla. Encendí un cigarrillo, di una pitada, lo dejé en el cenicero, y de nuevo escribí. La visita de Leah no perturbó en absoluto mi concentración, pero más tarde don Samuel prendió el tocadiscos y el ambiente se invadió de una ópera a todo volumen. Bajé, le toqué el timbre, me abrió la puerta, y entonces le pedí por favor que bajara el volumen. Aceptó. Y yo volví a concentrarme.

     Había avanzado enormemente. Cada día me sorprendía de mí mismo por lo que era capaz de escribir en tan corto tiempo. La novela estaba casi terminada. Sentía que se me acababa el conflicto, que era el momento de rematar el final, y lo mejor de todo, ya lo tenía. Simplemente necesitaba unas horas y más hojas blancas. Estaba emocionado, no lo podía creer, estaba terminando un trabajo que me había llevado mucho tiempo. Estaba satisfecho. Además por primera vez confiaba en lo que escribía. Las dudas ni me rozaban. Terminaron los largos insomnios, aquellas interminables sombras donde las dudas se arremolinaban dentro de mí. Apenas me acostaba agotado, quedaba inmediatamente dormido. Dormía profundamente hasta el día siguiente, y solamente abría los ojos con la ayuda del despertador.



     Aquella noche me acosté más temprano de lo acostumbrado y lo puse para que sonara a las siete de la mañana del día siguiente. Estaba dormido cuando el timbre del teléfono me despertó. Miré la hora, eran las cinco de la madrugada. Me levanté y atendí la llamada.

     -Hola.

     -Iósele, hijo, soy tu padre.

     -¡Papá! ¡A esta hora!

     -Bueno, si no quieres hablar, te llamo más tarde.

     -Bueno, llama más tarde.

     Volví a la cama y dormí unas horas más.

     Mi padre volvió a llamar cuando ya estaba frente a la máquina de escribir.

     -Hola, Iósele.

     -Hola, papá.

     -Iósele, disculpa que te desperté antes, yo no quería despertarte, Iósele, es sólo que quería avisarte que estoy en el hospital.

     -¿En el hospital? ¿Qué te pasó, papá?

     -Me caí.

     -¿Dónde?

     -En el patio de mi casa, cuando regaba las plantas. El piso estaba mojado. Resbalé y caí.

     -¿Qué te lastimaste?

     -La cabeza. Lo que más tengo que cuidar. Fíjate qué desgracia.

     -¿En qué hospital estás?

     -No lo sé, hijo.

     -¿Cómo que no sabes?

     -No sé cómo se llama.

     En ese momento deseé que me dijera que se encontraba en el hospital donde Laura trabajaba.

     -¿En el que estuviste antes, cuando enfermaste del corazón?

     -No, en ése no, éste es otro, hijo.

     -Papá, pásame con alguna enfermera o con cualquier otra persona que me indique dónde estás.

     Una mujer tomó la llamada y me dictó el nombre del hospital y la dirección. Salí corriendo.

     La preocupación no era tanta como la vez anterior, cuando se trató del corazón. Al saber que era solamente un corte en la cabeza mi agitación fue menor. Llegué al hospital y cuando pregunté por él me llevaron a un pabellón donde había varias camas.

     Miré y al poco rato encontré a mi padre acostado y con la cabeza vendada. Le dije:

     -¡Papá! ¿Qué te hiciste?

     -Yo no me hice nada, hijo. Me caí y me lastimé.

     -Te dije miles de veces que te cuidaras. Ya eres viejo para andar haciendo cosas de jóvenes.

     -No sabía, hijo, que regar las plantas era cosa de jóvenes.

     -¿Quién te trajo hasta el hospital?

     -Don Jaime, mi vecino.

     -¿Cómo fue que te encontró?

     -Yo me levanté, y fui a buscarlo.

     -Eso es peligroso, te podías haber matado.

     -De un corte en la cabeza nadie muere, pero de los quebrantos que dan los hijos, de eso uno puede morir y varias veces.

     -¿Qué dices? ¿Cómo uno va a morir varias veces?

     -De a poquito, entonces.

     -Bueno, papá. ¿Dónde está el médico para preguntarle lo que te pasó?

     -Allá, hijo, mira allá.

     Fui a hablar con el doctor. Era un hombre joven y muy amable. Me explicó que mi padre había llegado al hospital con un corte en la cabeza, nada profundo ni preocupante, que le atendieron inmediatamente, le realizaron una sutura, y debido a su avanzada edad, después lo sometieron a algunos estudios de rutina donde detectaron una alta presión debido a una anomalía en el funcionamiento cardiaco, por lo que se suponía que la caída no se debió a un resbalón, como él relató, sino que fue a causa de un fuerte dolor que sintió en el pecho. El doctor siguió contando detalladamente los pormenores de la salud de mi padre, y también me dijo que prefería dejarlo algunos días hospitalizado, en observación.

     Yo accedí. Además me pareció lo más sensato, ya que existían antecedentes de anteriores ataques.

     Mi padre tampoco se opuso. Sólo me pidió que hablara con sus vecinas para que durante su ausencia cuidaran sus plantas y sus jaulas. Le pregunté si era necesario llevarles las llaves de la casa, para que ellas pudieran entrar, y él me respondió que ya las tenían. Solamente me pidió casi suplicando que fuera a visitarlo diariamente y que le trajera periódicos y revistas en yiddish.

     Aquella mañana acompañé a mi padre un rato más. Luego me despedí de él y del médico que lo trataba. Dejé a la enfermera mis datos para que me llamaran por cualquier eventualidad que pudiera surgir.

     Yo volví a mi escritorio. A mi devastado y desordenado escritorio, donde habitaban mis fantasmas reencarnados en personajes que vivían en mis papeles.

     Todo el día escribía y al atardecer iba a visitar a mi padre.



- XVI -

 

     La convalecencia de mi padre duró más de lo que él y yo nos hubiéramos imaginado, aunque su salud mejoró notablemente, la herida en la cabeza cicatrizó y su corazón adquirió el funcionamiento habitual. El cardiólogo recomendó que se quedara unos días más en el hospital, hasta que su recuperación fuera total, pues sus antecedentes, y sobre todo teniendo en cuenta que iría a vivir solo, resultaba mejor mantenerlo en observación el mayor tiempo posible, hasta que se estabilizara completamente. Aquella decisión tomada por el médico era para mí satisfactoria, ya que me resultaba menos preocupante que mi padre siguiera internado que tener que permanecer siempre ansioso y pendiente de un llamado telefónico.

     Cada final de tarde, cuando iba a visitarlo, le pedía insistentemente que vendiera o alquilara su casa, dejara sus animales y sus plantas a alguna vecina y se mudara a vivir conmigo, o de lo contrario alquilara un departamento cercano al mío, aunque aquello tampoco beneficiaría mi tranquilidad. A todos estas sugerencias él respondía:

     -¡Tanta desgracia! Que Dios nunca me castigue y tenga que ir a vivir contigo. Antes que me lleve.

     Mi padre, a pesar de encontrarse incómodo y preocupado en aquella cama de hospital, rodeado de enfermedades y tragedias, estaba tranquilo. Yo lo notaba bien, y hasta con un cierto contento que se percibía en su mirada y en su tono de voz. Le gustaba sentirse atendido, y sobre todo visitado diariamente por su hijo.

     Todas las tardes esperaba mi visita igual que un niño espera un juguete y se exalta cuando lo recibe. Así, con esa misma excitación actuaba mi padre cuando me veía en el ancho pasillo caminar hacia él. Siempre que podía yo le llevaba periódicos y revistas en yiddish y uno que otro libro escritos también en yiddish, de esos que ya dejaron de editarse hacía muchos años, pero que todavía se podían encontrar en el parque, los domingos, en las ferias de libros usados.



     Esa tarde, cuando fui a verlo, recibí una sorpresa de ésas que te dejan frío, sin voz y temblando. Cuando la vi, no lo podía creer. Sofía, mi ex mujer, se encontraba sentada al lado de la cama de mi padre. Me acerqué despacio, con cierta timidez, pero con mucha curiosidad. ¿Quién le había contado sobre aquel episodio? ¿Y qué la indujo a visitar a su ex suegro? En un momento hasta sospeché que fue él mismo, mi padre, el que la llamó con el propósito de hacernos coincidir de nuevo. Así, una vez más, insistiría con su fantasía de verme reconciliado con Sofía. Era increíble como nunca se cansaba de intervenir en los acontecimientos de mi vida.

     Me acerqué a la cama, miré a Sofía, y después saludé a mi padre.

     -¡Hola, papá! -dije.

     -¡Hola, Iósele! ¡Mira quién vino a visitarme! ¿No te pone feliz ver que Sofía esté acá conmigo?

     -Claro, papá.

     -¿No la vas a saludar, hijo?

     -Hola, Sofía -dije, mientras ella se paraba para saludarme con un beso.

     -¿Cómo estás, Alejandro? -preguntó ella.

     -Bien, pero siéntate.

     -No, por favor, ven, siéntate tú -dio unos pasos como para alejarse de la silla, y permitir que me sentara-. Ya me estaba despidiendo de tu padre. Se me ha hecho tarde, me tengo que ir.

     -¡No! ¡No te vayas! ¡Espera!

     Mientras mi padre suplicaba a Sofía que no se marchara, yo acerqué otra silla y me senté frente a ella. Se creó un silencio largo que mi padre interrumpió:

     -¿Me trajiste el yidishe tzaitung?

     -Sí, papá, acá está.

     Le pasé el periódico en yiddish, y una bolsa con frutas. Él los tomó, luego me pidió que le alcanzara los anteojos. Se los puso, y se acomodó para leer, ignorándonos por completo a Sofía y a mí.

     Me llamó la atención su actitud, porque normalmente por ninguna razón dejaría de hablar con sus visitantes. De pronto, enmudeció. Fue entonces cuando no dudé de que él había llamado a Sofía contándole sobre su enfermedad, y programando aquel encuentro.

     Sofía y yo quedamos mirándonos, tratando de decirnos alguna cosa.

     -Se te ve bien -dijo ella.

     Yo sabía que mentía. El cansancio se reflejaba en mi rostro.

     -A ti también, se te ve muy bien, como si no hubiera pasado el tiempo -respondí. Aunque lo mío no era un engaño. En realidad la veía bien, se había dejado crecer el pelo, lo llevaba suelto por detrás del hombro, se lo había aclarado, y con un arreglo más prolijo y moderno. Su rostro también había mejorado. Estaba delgada, y con buena figura. De pronto recordé sus ojos, los miré y sentí lo mismo que había sentido la primera vez que los vi. Eran oscuros, casi negros, pequeños, pequeñísimos, tan pequeños que no conjugaban con aquel rostro impregnado de seducción. Me pregunté si aún yo seguía enamorado de ella a pesar de los años que llevábamos separados, ya que, al volver a verla, al tenerla frente a mí, me provocaba una incontrolable inquietud.

     Continuamos así, sentados en las mismas sillas, mirándonos fijamente, y mi padre, en medio de los dos, leyendo el periódico y actuando de cómplice de aquel encuentro supuestamente casual.

     Sofía habló de su trabajo y yo del mío. Me contó sobre sus hijas, y en un momento de la conversación hizo un comentario, como justificando aquella visita. Habló sobre las casualidades de la vida, de las oportunidades, de los encuentros, de las pérdidas, de las coincidencias que de pronto, en un lugar, en un instante se presentan, como en este caso que había venido al hospital a visitar a una amiga enferma y la sorpresa mayúscula que se llevó al encontrar a mi padre allí. Aun así y después de escuchar aquel comentario, yo seguí convencido que esa no era la verdad. El diálogo siguió. Le comenté acerca del buen momento que estaba viviendo como escritor, y la satisfacción que sentí con aquella propuesta hecha por el editor. Ella me contó que se había vuelto a casar y que tenía dos niñas, olvidándose que ya me habló de ellas. Me contó además sobre las travesuras que eran capaces de hacer, y sobre la muerte de sus padres.

     Mientras ella hablaba yo pensaba en todos los años transcurridos desde la última vez que nos vimos. Fue cuando se marchó del departamento llevando todas sus cosas. En ese momento no tuve la suficiente fuerza para pedirle que se quedara, aunque después lamenté su partida. Hubo noches en que la soledad me hacía extrañarla, pero después, al conocer a Laura, aquella necesidad desapareció. Ahora, al verla nuevamente, las dudas empezaban a carcomerme. No podía evitar recordar aquel periodo de mi vida donde nada era sencillo, todo era complicado y hasta existir era penoso. Estaba lleno de ideas, fracasos y proyectos que se entremezclaban desordenadamente unos con otros, confundiéndome aún más. En mi vida existieron permanentes dudas. Dudas sobre mi identidad, mis sentimientos y mis decisiones. Había vuelto de Israel sintiéndome un fracasado. Mi madre estaba muerta. Tenía que encontrar un nuevo trabajo, o de lo contrario seguir ayudando a mi padre en el negocio, cosa que no era nada gratificante. Finalmente no era eso lo que yo aspiraba en mi vida, dedicarme simplemente a vender medias, sombreros, portaligas y otras prendas de mujer en la tienda de mi padre. Pero siempre me fue difícil tomar decisiones. Las dudas me rondaban. También tenía que retomar mis estudios. Antes de mi viaje a Israel había empezado a estudiar economía, pero abandoné la carrera en el segundo semestre, acobardado por las Matemáticas. Aquella frialdad de números no coincidía con mi temperamento. A mi vuelta me interesó la Psicología, llevado por las lecturas de Freud y de Viktor E. Frankl, pero con leerlos sólo a ellos no era suficiente. No todo era tan sencillo. Además investigar la mente humana me aterrorizaba. No era lo suficientemente audaz para estudiar esa carrera. Después vino el Periodismo que sí consiguió atraparme, puesto que estaba en una edad en que se es idealista, y se cree poder conseguir todo. También en ese momento me enamoré y todo se volvió mucho más agradable, sencillo y grato. Fue cuando conocí a Sofía.

     Salía de un período de mucha tristeza, después de la muerte de mi compañero y amigo Javier Ponchelli. Entonces la tía Jane me llamó una tarde para comentarme que conocía a una joven muy bonita, hija de una amiga, a quien quería presentarme. La idea me entusiasmó, y fue así como conocí a Sofía. La tía hizo una reunión en su casa, y allí nos presentó. Sofía me pareció una joven muy bonita. Tenía una voz suave y su conversación era interesante. Después de aquel primer encuentro en la casa de la tía Jane, la invité a ir al cine, otro día al parque. En nuestras citas hablábamos sobre mis estudios, comentábamos sobre mi fracaso en Israel, y sobre otros fracasos que también ella tuvo que vivir para crecer.

     Teníamos gustos en común, fumábamos la misma marca de cigarrillos, nos gustaban las mismas películas, leíamos a los mismos autores. Todo aquello hizo que me enamorara de Sofía. Estuve enamorado de ella, pero nunca la amé.

     Al poco tiempo, después de aquel encuentro, Sofía y yo nos casábamos en una importante sinagoga, bajo el palio nupcial, y en una hermosa y emotiva ceremonia religiosa, donde la tía Jane fue mi madrina y mi padre, el padrino. Después fuimos a un salón donde se realizó la fiesta. Los padres de Sofía y mi padre organizaron y se hicieron cargo de los gastos. Aquella noche bailamos, brindamos, y pensamos que siempre seríamos felices. Mi padre me deseó que tuviera una gran familia, con muchos niños y muchas satisfacciones.

     A la vuelta de nuestro viaje de bodas nos instalamos en el departamento donde yo vivía, el que mi padre me había regalado cuando se marchó a vivir solo.

     El matrimonio siguió. Yo jamás le pregunté a Sofía si estaba satisfecha y feliz conmigo, ni tampoco me pregunté si era feliz con ella. Los días transcurrían con la mayor tranquilidad. Mi padre nos visitaba todos los fines de semana, y siempre íbamos los viernes a la noche a cenar a la casa de los padres de Sofía. Los paseos de los domingos eran ir al cine, y el resto del tiempo yo estudiaba y trabajaba. Ella hacía lo mismo, estudiaba Administración de Empresas y trabajaba en una compañía de seguros para autos. Fue así como transcurrieron todos esos años. Después yo terminé la carrera de Periodismo, y decidí estudiar Sociología. En un par de años más, también la terminé. Yo continuaba trabajando en el periódico, con un horario más flexible ya que me permitían llevar los trabajos para escribirlos en casa. Todo transcurría en la mayor calma. La vida siguió su curso normal hasta el momento en que Sofía me planteó que deseaba tener un hijo. Yo me negué rotundamente y le expliqué las razones por las que rechazaba tenerlo en ese momento, puesto que todavía no estábamos estabilizados económicamente. Pero Sofía insistía, y reclamaba, pedía y suplicaba. Quería tener un hijo, y mi padre, en cada visita de fin de semana, también exigía tener un nieto para poder convertirse en abuelo. Me parecía demasiado apresurado tener un hijo en tan corto tiempo que llevábamos de casados. Sería una terrible irresponsabilidad. Un niño significaba muchos cambios que yo no estaba dispuesto a dar.

     Con el tiempo Sofía dejó de hablar del tema, y yo creí que finalmente se había convencido de esperar más tiempo. Los días siguieron tranquilos, demasiado tranquilos para ser verdaderos. Ya ni siquiera intercambiábamos algún comentario, ni discutíamos, ni nos agredíamos de ninguna forma. Dejamos de reclamarnos cosas. Sencillamente cada uno vivía encastrado en su propio estilo de vida, en sus horarios y gustos. Hasta el día en que ella me pidió el divorcio. Los trámites fueron largos, y llevaron mucho tiempo, aunque no teníamos por qué pelear. Ni siquiera teníamos hijos por los cuales discutir la tenencia, o los días de visita. Bienes materiales tampoco poseíamos. Sería absurdo y ridículo discutir sobre quién se quedaría con el televisor, la estufa o la heladera. El departamento era de mi padre, por eso una vez obtenido el divorcio por la ley civil y también por el gran Rabinato, Sofía se mudó.

     Tarde me di cuenta de que nunca debí casarme con ella, y la imposición determinó el fin. Aceptar, finalmente, que nunca nos amamos, fue reconocer aquella orden que ambos aceptamos, llevados por el entusiasmo y por la presión familiar.

     Para Sofía tomar esa decisión de divorciarse significó su liberación y para mí volver al lugar del que nunca debí salir.

     Después del divorcio, cada vez que conocía a una mujer me predisponía a un bloqueo emocional. Me enamoraba de sus ojos, o de su figura, o de su conversación. Siempre disfruté de la sensación que producía una nueva aventura, pero nunca amé a nadie antes de conocer a Laura. A Laura la amé, la amo, con ella todo fue diferente, bello.

     Mi padre permaneció mucho tiempo enojado conmigo a raíz de aquella ruptura. Dejó de hablarme y de visitarme. Para él mi divorcio significó el mayor fracaso que vivió como padre, y mi peor fracaso como hombre.


 

- XVII -

 

     Se había hecho tarde y el horario de visita terminó. Sofía se despidió de mi padre. Yo hice lo mismo. Juntos salimos caminando por el ancho corredor, sin decirnos una sola palabra. Sólo caminamos uno al lado del otro, como antes, como cuando éramos un matrimonio y creíamos amarnos. Llegamos a la calle. Seguimos caminando. Ella al lado de mí, muy cerca. Cruzamos una calle, después otra. La noche estaba fría y una llovizna muy tenue nos obligó a refugiarnos bajo el toldo de una cafetería. La tomé del hombro para protegerla de una ráfaga fría de viento. Ella dio vuelta, me miró y dijo:

     -Entremos al bar, hace frío, un té nos vendría bien.

     -¡No! Sigamos caminando.

     Caminamos unas cuadras más. Ella se tomó de mi brazo, y yo le tomé la mano. La tenía tibia y con la misma suavidad de siempre.

     Paré un taxi.

     -¿Adónde vamos? -preguntó sin mucha curiosidad.

     -¿Adónde quieres ir? -pregunté yo.

     -Donde tú quieras.

     Fuimos a mi departamento.

     Entramos. Sentí que todo era un sueño, un sueño extraño, como si entre Sofía y yo nada hubiera cambiado. Seguíamos igual a quince años atrás, igual, y juntos.

     Aquella situación me resultaba común, familiar. No tenía nada nuevo que descubrir en esa mujer con quien estuve casado, con quien viví durante cinco años. Sofía seguía siendo una mujer bella. Además de belleza, tenía el toque sensual que adquieren las mujeres en la adultez, y que las deja más atractivas y seductoras. Caminé hasta el dormitorio en silencio. Sofía me siguió, también en silencio. No hablamos, seguimos callados, sin música, sin luces, sin palabras, y en penumbra. De pronto sentí su cuerpo. Su desnudez resbalándose sobre la mía, y algo más, que después de mucho tiempo me volvió a estremecer.

     Sofía quedó dormida y yo a su lado más despierto que nunca. La había extrañado, la extrañaba todavía. Pensé que quizás si nos hubiéramos conocido de otra manera, sin imposiciones, ni presiones, tal vez nos amaríamos de la manera que cada uno necesitó.

     Me levanté con cuidado, me vestí, caminé hasta el balcón, abrí la puerta. La noche seguía igual, fría y húmeda. Los letreros estaban apagados y las calles parecían tristes. Fui hasta la cocina y preparé una taza de café, encendí un cigarrillo, volví al salón, me senté frente a la máquina de escribir, pero estaba demasiado inmerso en muchos recuerdos de mi pasado con Sofía, en esa historia lejana. También pensaba en Laura. Así no podía escribir. Volví a la pieza, y a Sofía. Me detuve en la puerta a mirarla. En una mano llevaba el cigarrillo y en la otra la taza de café. Bebí un sorbo, aspiré una bocanada profunda de humo, y mientras lo expulsaba por la boca la seguí mirando. Su figura estaba igual, a pesar de haber tenido hijos. Su cuerpo no delataba las secuelas que deja la maternidad. Aún seguía cercado de pasión. En ese momento quise con locura descifrar qué sentimiento me unía todavía a aquella mujer. ¿Por qué la traje a mi departamento? ¿Por qué la extrañaba? ¿Por qué seguía una foto suya debajo del vidrio de mi mesa de luz, si ella ya no era mía, si ella ya estaba casada con otro hombre y yo enamorado de otra mujer?

     Sofía despertó. Abrió los ojos, miró a su alrededor y pudorosamente se cubrió los senos con sus manos. Dio vuelta en la cama dejando su espalda al descubierto. Me acerqué y la abrigué.

     Fui a la cocina, dejé la taza vacía y apagué el cigarrillo.

     -Vas a sentir frío -dije.

     -¿Después de cuánto tiempo volvimos a estar juntos?

     -No sé. Mucho. ¿Verdad?

     -¿Te sientes bien?

     -¡Sí! -respondí. Pero en realidad no lo estaba. Tenía dudas, sentía culpas.

     -Dime, ¿qué hora es?

     -Son las cuatro de la madrugada.

     -¿Qué?

     -Son las cuatro, pero, ¿por qué te asustas?

     -¡Dios mío! En mi casa no saben dónde estoy.

     -¿Qué vas a decir?

     -No sé, ya se me ocurrirá algo en el camino.

     -Vístete, te acompaño.

     -¡No! No es necesario, sé dónde estoy, y sé cómo llegar a mi casa. ¿O te olvidas que yo también viví en este lugar?

     -No. Eso jamás lo podría olvidar.

     Mientras hablábamos la seguí mirando. Se vistió rápidamente. Fue hasta el salón, tomó su cartera y volvió a decir:

     -Me tengo que ir, es muy tarde. Tengo que llegar a mi casa antes de que las nenas despierten para ir a la escuela, y sobre todo antes de que mi marido esté lo suficientemente lúcido para preguntarme de dónde vengo.

     -¿Estás bien?

     -Sí, estoy bien.

     -¿Estás segura?

     -Claro que estoy bien. Necesitaba este encuentro, quizás por egoísmo, evidentemente soy muy egoísta. Actué mal. Te utilicé, aunque fue involuntario, yo no programé este encuentro como tú lo imaginas, fue casual. Hice mal, no debí haber venido a tu casa, pero inconscientemente necesitaba reafirmarme como mujer. Me sentía una fracasada. Por años me sentí culpable de nuestro divorcio. Me sentí responsable por haberte dejado. Ahora ya no, Alejandro, ahora recién me siento libre.

     -¿Libre de qué? -pregunté, y después encendí otro cigarrillo.

     -De mis dudas y de mis culpas. Siempre me sentí responsable de nuestra separación. Creí que yo no te entendía, que no entendía el trabajo que hacías, que nunca te acompañaba en todos tus largos períodos de creación, cuando tu abstracción y el encierro en ti mismo eran permanentes. Y entonces te reclamaba, te suplicaba atención, porque sentía que ocupaba el lugar de un objeto en tu vida y en esta casa. O cuando insistía cada mes en que tuviéramos un hijo. Y tú te negabas. Mira Alejandro lo que es la vida, la ironía de la vida. Yo deseaba con intensidad un niño y paradójicamente un niño siempre jugó entre nosotros. Entre tú y yo. Entre dos seres adultos. Siempre un niño se interpuso en el juego íntimo y amoroso que debería haber entre un hombre y una mujer, y hasta en ese intercambio rutinario que existe en un matrimonio.

     El humo del cigarrillo puso una cortina gris entre su rostro y el mío. Allí estábamos los dos jugando con los dramas del pasado, en un escenario ajeno y que ya nada tenía de común en nuestras actuales vidas.

     De nuevo los dos habíamos caído en una nueva trampa que la vida nos tendía. Sujetos a encuentros y desencuentros, en un juego permanente e indebido del azar.

     -¿De qué niño hablas, Sofía?

     -De ti.

     -¿De mí? ¿Te sientes bien, Sofía?

     -Sí, Alejandro, me siento muy bien, mejor que nunca. El que no se siente bien eres tú. Yo tenía dudas, dudas que me carcomían la mente y el alma, pero en cambio tú tienes culpas. No te sientas culpable por haberme dejado ir, no te culpes por haberte acostado conmigo, por haber hecho el amor con una mujer casada y traicionado a otra, o porque yo haya traicionado a mi marido, o porque aquella mañana dejaste que me marchara con todo mi equipaje, o por no haber querido hijos. Yo no me siento así. Hace mucho tiempo que estaba buscando este momento, que estaba necesitando este encuentro. Soñé contigo millones de veces. Durante muchas noches te deseé con todas mis fuerzas, intensamente, pero recién ahora me doy cuenta que en realidad no eras tú el hombre aquel de mis sueños, ni de mis fantasías. Aquél era otro, un hombre de verdad, no un niño que busca quien lo cuide, que busca protección. Yo no soy tu madre, Alejandro. Ni yo, ni ninguna otra mujer cumplirá el papel de madre contigo. ¡Tu madre está muerta! Deja ya que Iósele juegue con Alejandro. Elige de una buena vez quién quieres ser. Deja de prestar nombres, para cambiar quien eres.

     -Sofía, tus palabras son muy crueles.

     -Me voy, Alejandro, disculpa.

     -No, no, espera, por favor espera, sólo unos minutos más, por favor, necesito hablar sobre lo que terminas de decir.

     -No, ya no tenemos nada más que decirnos. Siempre creí que el fracaso fue por mi culpa, por no saber manejar bien situaciones que se presentan a lo largo de un matrimonio. ¿Sabes lo duro que fue para mí convivir con esas dudas? ¿Con esa culpa? Esa maldita culpa que tú me transmitiste, que tú transferiste en mí. Pero ya no más, se terminó. Tuvo que pasar mucho tiempo, muchos años pasaron para que así fuera. ¡Mira cuántos! Tanto tiempo, y lo más terrible es que nos tuvimos que encontrar nuevamente para conseguir liberarme de todo ese pesar.

     -Estás siendo muy cruel conmigo, Sofía.

     -No es crueldad. Y fíjate, sigues hablando como un niño.

     -¡Deja de seguir comparándome con un niño!

     -¡Defiéndete! ¡Defiéndete! Pero como un hombre. ¿Por qué no te defiendes? ¿Por qué permites que siga ofendiéndote?

     -No lo sé.

     -Alejandro. Tienes que crecer. Es muy duro vivir cuando la edad mental no tiene el mismo nivel que la edad emocional. Tú siempre fuiste muy inteligente, conseguiste colgar dos títulos en tu pared, con buenas calificaciones. Te recibiste de sociólogo, de periodista, eres escritor, crítico de arte, profesor en una Universidad. Has logrado todo lo que te propusiste. Pero en lo afectivo, ¿quién eres? El mismo niño que caminaba en medio de sus padres, tomado de sus manos, por temor a que algo malo le sucediera. El hijo único que tenía que llenarles de satisfacciones a sus padres, para que se sintieran conformes con su descendencia, y mientras tanto tú te llenabas de debilidades y miedos. El único hijo varón que tuvo que casarse con una joven judía para que el padre la aceptara gozoso. ¡Basta! ¡Basta, Alejandro! Esa víctima, tu víctima, ¿sabes quién fue? ¡Fui yo! Deja ya que Iósele intervenga en la vida de Alejandro. Permítete ser un hombre, para amar como debe amar un hombre.

     -Sofía, no es así como tú dices.

     -¿En qué estoy errada?

     -Yo creo que me enamoré de ti. Además quise que mi padre se sintiera conforme con mi casamiento. En ese momento tú eras la mujer ideal para elegir como esposa.

     -Alejandro, tú siempre dijiste que no creías en Dios, y entonces, ¿cómo sigues teniendo sentimiento de culpa?

     -¿De qué hablas?

     -De tu sentimiento de culpa, de lo contrario, ¿por qué te justificas?

     Me mantuve en silencio. Luego Sofía me besó en la mejilla. Yo no respondí. Permanecí parado, inmóvil. Quieto.

     -Adiós -dijo.



     Cerró la puerta de un golpe, y yo permanecí en el mismo lugar, sufriendo. Me sentí diferente. Experimentaba una sensación nueva, extraña e indescriptible. No eran deseos de llorar, ni de reír, ni de ponerme alegre, ni de sentirme triste. Todo estaba muy confuso dentro de mí.

     Volví a la máquina. Tomé una hoja blanca y me preparé para escribir. Necesitaba escribir, necesitaba escribir desenfrenada e irracionalmente, para evitar hundirme de nuevo. Necesitaba liberarme de aquel fracaso que me produjo mucho dolor. Necesitaba olvidar a Sofía. ¡Qué tarde me di cuenta de que nunca la había amado, o de que no me permitieron escogerla para amarla!

     Miré por la ventana. Ya había amanecido. También la mañana se presentaba fría. Miré la calle. La vecina del cuarto «A» paseaba a su perro por la vereda. Don Samuel iba a la panadería con una bolsa colgada del brazo. La pareja del tercero «C» se despedía con un beso, la del primero llevaba a sus hijos a la escuela a estirones, y peleando. En el aire se sentía el olor a colonia barata de la joven del segundo. El día había tomado su giro habitual.

     Aquella fue una mañana irremediablemente gris.

     No volví a ver a Sofía hasta el día del entierro de mi padre.  



 

- XVIII -

 

     Era el final de una fría y melancólica tarde de domingo. Angustiosa y pálida tarde de domingo, en la que los miedos se acumulan y las dudas cercan y anulan las ideas. Tarde de domingo, día fatal para convivir con uno mismo.

     Ahí estaba yo, luchando contra la angustia del final.

     Tenía que distraerme. Pensé en ir al cine. Tomé el periódico y busqué el título de alguna película que atrapase mi curiosidad y mi necesidad de recreación, pero ninguna me atraía, ni siquiera sus actores. Detestaba el nuevo cine sensiblero y melodramático, con actores bellos de físicos privilegiados, que sólo saben exponer sus desnudos pero se hallan carentes del menor talento. Vivimos la era de la decadencia de las artes.

     Volví a mi escritorio. Mi trabajo había adelantado enormemente. La novela estaba prácticamente terminada. Sólo me faltaba hacer algunos que otros cambios, y escribir el último capítulo. Tomé un lápiz y comencé a trabajar en las correcciones. Estaba escribiendo cuando de pronto sentí un hormigueo y luego calambre en una mano. Dejé el lápiz y me levanté, encendí un cigarrillo y caminé hasta el sofá a descansar.

     Hacía horas que estaba trabajando, y me sentía agotado. A pesar del reposo la molestia de la mano no pasaba. La levanté, la miré y descubrí que me había crecido un callo en el dedo índice. Bajé de nuevo la mano y repetí el mismo movimiento con la izquierda, donde tenía el cigarrillo prendido. Debía dejar el tabaco, pero era tan débil hasta para abandonar aquel vicio apagado en un cenicero.

     Llamé a mi padre que ya se encontraba en su casa totalmente restablecido. Me tranquilizó escucharlo. Su voz era clara y apacible. Después de hablar unos cortos minutos, me despedí y decidí dar un paseo. Me cambié de ropa, de anteojos, y salí.

     Todavía hacía fresco. El sol aún no calentaba las calles de la ciudad.

     Caminé por veredas gastadas. Sendas pobladas de angustia y dolor. Bajo un cielo abierto para el desgano y la desazón. Me detuve frente a una vidriera y mi atención se distrajo mirando unos muñecos vestidos con ropa de temporada, pero aquello me pareció una real pérdida de tiempo. Pensé en ir a visitar a algún amigo para esquivar mi aburrimiento y el miedo a enfrentarme a aquel atardecer de domingo. Domingo cualquiera, donde se acumulan miedos y se acentúa mi temor por las ausencias.

     Caminé hasta el parque para ver llegar la primavera.

     Me gustaba pasear por ese lugar abierto y perderme entre los cientos de libros exhibidos sobre tablones. Tolstoi, Dostoievski, Balzac, Dickens, Hemingway, Joyce, Kafka, escritores a quienes ya nadie leía. Novelas todavía escritas magníficamente bien. En la actualidad el mercado mató el talento. El consumismo dejó a los clásicos casi en el olvido. La literatura se convirtió en recetas de autoayuda. Tonterías sobre cómo solucionar de la manera más fácil los conflictos más terribles que sufrimos los seres humanos. Estupideces sobre cómo resolver en una semana las relaciones terribles entre padres e hijos, entre parejas, y la sabiduría donde encontrar un camino nuevo para hallar la felicidad.

     Me senté en un banco a observar las expresiones en los rostros de las personas que caminaban delante de mí, tratando de imaginar sus vidas. Ésas, éstos, éstas, aquéllos, todos eran personajes míos, y sus alegrías y sus dolores eran mis temas. En otro banco estaban sentados un par de jóvenes estudiantes que vestían el uniforme del colegio besándose en los labios. Dos hombres de la edad de mi padre, sentados en sillas plegables, jugaban al ajedrez, sobre un improvisado tablero de cartón. Las palomas se acercaban, buscaban migas de pan o restos de otros alimentos. Las envidié. Se movían juntas, siempre juntas. Todavía confiaban en su especie, no pensaban ni analizaban su destino. Tampoco sufrían. Sólo volaban, iban y venían en inagotables viajes. Eran libres.

     Unos niños gritaban en los juegos del sube y baja. Otros reían mientras descendían a toda velocidad del tobogán. Otros lloraban en las hamacas, otros se ensuciaban jugando en el arenal mientras sus madres los miraban y cuidaban. Aún eran atendidos. Una mujer pasó delante de mí, caminando erguida. Iba bien vestida, llevaba lentes ahumados, paseaba a sus animales, un par de enormes perros que tenían adornos de cintas coloridas en las orejas. ¿A quién le sobra tiempo todavía para cuidar de esa manera el pelaje de sus perros? -me pregunté-. ¿Hasta dónde llegaba y adónde llevaban el tedio y la aflicción?

     Siempre paseé por esa plaza, pero nunca me senté en un banco a observar los árboles, las hojas desfalleciendo en el piso, arrastradas por el viento. Nací en esa ciudad, conocía sus olores, sus calles, sus ruidos, sus colores, su tráfico, su locura, pero nunca me senté en un banco de la plaza a mirarla. ¿Qué me estaba pasando? ¿También estaba envejeciendo?

     Sentado en el banco sentí miedo. Reaparecía el temor a perderme, el miedo a no poder regresar al lugar de donde partí, necesitaba a mi madre para sentirme seguro.

     De pronto me había convertido en un observador compulsivo, de rostro empobrecido.

     La tarde se volvió pálida y crepuscular.

     Continué sentado, y entonces recordé las tardes de domingo en el parque, cuando todavía era un niño. En ese mismo parque paseando con mis padres. Caminábamos por ese mismo lugar. También nos sentábamos en un banco y mirábamos a nuestro alrededor, respirábamos aire puro, y luego volvíamos a nuestra casa. Durante toda la semana sufría pensando en las tardes de domingos, y en esos paseos. Sufría con ellos y por ellos. Yo hubiera preferido ir a jugar a la pelota con un grupo de amigos, o al cine, a ver una película de aventuras, o simplemente quedarme en la casa a leer alguna revista de historietas o a mirar la televisión, pero mis padres insistían. Tampoco peleaba tenazmente para no ir. Nunca fui muy valiente, ni arriesgado. Fui temeroso, y muchas veces esperé que la fatalidad se encargara de situaciones que yo no podía resolver.

     De nuevo era domingo, de nuevo estaba sentado en un banco de la plaza, encontrándome con los recuerdos y con el pasado que me volvía.

     La luna ya alumbraba. Se había hecho tarde y decidí volver a mi casa. Tenía que continuar escribiendo. Caminé pensando que a pesar de ser noche de domingo las calles estaban igualmente transitadas y convulsionadas, la ciudad no daba tregua al continuo trajín de los noctámbulos. Iba caminando, yo era parte de aquel lugar, de la calle, de la noche, mientras mi vida seguía envuelta en sus miedos. La soledad me había enseñado a convivir con ellos. Muchos, muchísimos, infinitos miedos, miedo de mis recuerdos, miedo hasta de mis propios pensamientos. Miedo de morir, y miedo a vivir.

     Quise escapar de aquel vaivén del mundo, ese permanente y duro tránsito del tiempo.

     Volví a mi casa. Necesitaba estar allí. ¡Mi lugar! Para salvaguardarme del mundo de afuera. Sentía frío. Pensé en mi padre. De pronto y extrañamente lo necesitaba. Era el frío, era la noche, era el desamparo que me dejaba así, en un clima de añoranzas.

     Decidí estar solo un tiempo. Estaba cansado, muy cansado de pensar, de recordar. Cualquier intromisión entorpecería mi equilibrio, un equilibrio inestable y casual.


 

- XIX -

 

     Desperté buscando a una mujer. Abrí los ojos y llamé a Laura. ¿Era a Laura? ¿Sofía? ¿Leah? ¿A quién buscaba?

     Me preparé una taza de café y salí al balcón a disfrutar de aquel cielo libre, limpio, liberado de nubes, que daba paso al sol luminoso y tibio.

     Encendí un cigarrillo y observé la calle. Una de mis debilidades era mirar. Mirar los autos que iban y venían. Mirar a los peatones que esperaban ansiosos al borde de la vereda -a punto de ser atropellados-, el cambio de luces de los semáforos, para abalanzarse al pavimento, cruzar la avenida y seguir corriendo, empujados por la rutina, el cansancio, el hambre. Pensé en Sofía, en todos esos años que estuvimos juntos sin decirnos nada. Vivíamos juntos, dormíamos juntos, compartíamos la comida, los gastos, pero nunca compartimos los proyectos. Detrás quedaron las palabras no dichas, los deseos incumplidos, los placeres insatisfechos y los años mal gozados, la rabia, todo atrapado en el devenir.

     Yo seguía solo y pensé que los que jugábamos al juego de estar solos corríamos el riesgo de caer en un pozo doloroso, profundo, terrible, y permanecer allí interminablemente. En ese momento sonó el teléfono y fui a atenderlo. Era Leah. Llamaba para invitarme a dar un paseo. Acepté y marcamos el encuentro en el café habitual.

     Era una mañana tranquila y un sol ardiente caía sobre mí.

     Experimentaba una sensación de alivio, de contento. Me resultaba difícil creer que finalmente estaba terminando mi novela. Ya habíamos marcado una fecha fija y definitiva con el editor. La entrega era inaplazable.

     Tenía que empezar el trabajo final. Por lo tanto me dispuse a ir enumerando las hojas y después los capítulos, pero para ello, antes, tenía que empezar por ordenar mi escritorio.

     Las hojas blancas escritas a máquina iban en una carpeta, las demás escritas a lápiz o a bolígrafo iban al basurero, los recibos los guardé en un cajón, y los sobres todavía no abiertos los dejé sobre la mesa para revisarlos más tarde. Después de unas horas, finalmente la carpeta estaba ordenada, igual que mi escritorio.

     Antes de empezar mi trabajo de corrección y enumeración de hojas revisé la correspondencia que hacía tiempo se hallaba sin tocar. Fue ahí cuando encontré un sobre donde estaba escrita mi dirección, pero el destinatario era una persona extraña, cuyo nombre no me era familiar. Jamás había leído ni escuchado aquel nombre: Elías Kohenz. ¿Quién era Elías Kohenz? Di vuelta el sobre. Tampoco conocía el nombre del remitente. Esas señas no me traían nada a la memoria ni podía asociarlas con ninguna persona a quien hubiera conocido. Antes de tirarlo, volví a leer la dirección y sentí un llamado de alerta. La calle, el número, el piso, todo coincidía exactamente con los datos de mi edificio y de mi departamento. Pensé que quizás fuera para algún inquilino que hubiera vivido allí antes de que mi padre comprara el inmueble. Pero ya habían pasado demasiados años. Esa posibilidad tampoco era coherente.

     Bajé y pregunté al portero si él conocía a una persona que había vivido en ese edificio, con aquel nombre. Su sorpresa fue igual a la mía. También le pregunté a don Samuel, pero tampoco conocía a nadie con ese nombre. Qué horror. Mi curiosidad se volvió obsesiva. Quería saber quién vivió anteriormente en ese departamento. ¿A quién iba dirigida esa carta?

     La última, y única, posibilidad que se me ocurrió fue que quizás mi padre tuviera alguna información sobre aquel nombre. Lo llamé.

     -¿Papá?

     -¡Iósele, hijo! ¿Cómo estás?

     -Bien, papá.

     -Gracias a Dios.

     -¿Y tú?

     -Muy bien, hijo.

     -¿Tu cabeza?

     -Toda curada, y mi corazón también. El whisky cura todo.

     -Papá, no tomes mucho.

     -Nada, hijo, una gotitas todas las noches no pueden hacer ningún daño.

     -Que sea solamente a la noche, y no también al mediodía.

     -¿Qué dices, Iósele? Jamás, hijo, jamás.

     -Papá, quiero hacerte una pregunta.

     -¿Qué, hijo?

     -La semana pasada recibí una carta y recién hoy la abrí.

     -¿Y qué quieres de mí?

     -Acá tengo un sobre que lleva mi dirección, pero que no coincide con mi nombre, ni con el tuyo, y me inquieta saber para quién es.

     -¿Nu?

     -Y no entiendo, quizás sea para una persona que vivió antes en este departamento, o quizá que tú conociste.

     -Antes de nosotros, de tu madre y de mí, nadie vivió en ese departamento. Yo lo compré mientras el edificio aún estaba en construcción. Se terminó y nos mudamos. Más tarde sólo tú viviste ahí.

     -Entonces realmente no entiendo nada.

     -Iósele, deja de preocuparte por tonterías.

     -No es ninguna tontería.

     -Bueno, Iósele, no hables más de la carta. Cuéntame cómo anda tu novela, y tu trabajo.

     -Todo está bien. Bueno, papá, hablemos en otro momento.

     -¿Ya quieres cortar?

     -Sí, papá.

     -Hace un minuto que llamaste y ya quieres cortar. ¡Oy, Iósele!

     -Papá, es tarde, estoy cansado y voy muy atrasado con la corrección de mi novela.

     -Tú siempre estás apurado o cansado cuando tienes que hablar conmigo.

     -Adiós, papá.

     -Adiós, Iósele.


 

     Dejé la carta en el lugar de siempre. Y continué con mis correcciones. Se hizo de noche y salí para encontrarme con Leah.

     Cuando llegué al lugar de nuestra cita, ella ya estaba aguardándome. Su actitud al saludarme y su expresión en los ojos demostraban ansiedad y evidente nerviosismo.

     Me senté y pedí un café. Extrañamente, Leah también había pedido café, cuando que su bebida siempre era cerveza. La miré y ella movió la cabeza, desviando sus ojos de los míos. Se tomó las manos y nerviosamente se fregó una con la otra.

     -Leah.

     -¿Sí?

     -¿Qué te sucede?

     -¿Por qué?

     -Estás nerviosa, nunca te vi así antes.

     -¿Cómo?

     -Leah, por favor, escúchame, estás tan nerviosa que ni prestas atención a mis palabras.

     -Lo que me pasa, Alejandro, es que, definitivamente, no puedo vivir sin ti. Todo este tiempo que estuvimos alejados, sufrí. Sufrí como una loca, sufro al no estar a tu lado, quiero vivir contigo, tú elige el lugar, tu casa, mi casa, alquilemos otro sitio, el que tú quieras, donde tú quieras, pero juntos.

     -Leah, cálmate.

     -¡No! -gritó.

     -Entonces me voy. Si no hablas despacio y escuchas lo que te tengo que decir, me levanto y me voy.

     -Espera, por favor, Alejandro, no te levantes.

     Leah se veía angustiada, suspiraba y suspiraba, como si le faltara aire a sus pulmones, el rostro le sudaba. Y yo sufría la exaltación propia de aquellos que aún no decidieron cómo resolver una situación en su vida.

     -Mira, Leah, yo te expliqué que no deseo vivir con nadie. En este momento de mi vida estoy bien solo. Necesito terminar mi novela. Me quedan un par de semanas, nada más. El tiempo me ahoga. Además necesito ordenar mis sentimientos. Y para todo eso tengo que estar solo, solo y solo. En tu compañía me siento muy bien, pero no puedo vivir con nadie.

     Leah se largó a llorar desconsoladamente, igual a un niño a quien le sacaron su golosina.

     -Deja de llorar, por favor.

     -No puedo. ¿No te das cuenta que estoy sufriendo o eres un tonto? ¿Acaso no te gusto? ¿Y todas esas noches que pasamos juntos, esos momentos íntimos que disfrutamos, dónde los dejas? Si tú me rechazas no sé qué puede llegar a pasar. ¿Es que todavía amas a esa enfermera que te dejó?

     Sus palabras sonaban burlonas. Si había algo que odiaba de una persona era justamente eso, la ironía y la extorsión. Suficientemente manipulado estuve en mi vida como para seguir tolerando este vil chantaje.

     -Cuando empezamos esta relación, yo fui muy claro contigo. Somos personas adultas, con una historia cada uno, ya dejamos la juventud con sus estúpidas promesas hace bastantes décadas. Así que por favor no insistas con algo irreal.

     -¿Te parece irreal querer vivir con el hombre a quien una ama?

     -¡Esa es sólo tu fantasía! Tú ni siquiera me amas. Lo que te sucede es otra cosa.

     -¿Qué es?

     -Búscate otra persona que te lo diga.

     -Alejandro, por favor, ven conmigo.

     -Leah, no quiero volver a verte. Hoy es la última vez que nos encontramos. Tampoco vuelvas a buscarme a mi departamento, ni a llamarme, ni mucho menos a dejar mensajes en el contestador. Olvídate de que yo existo y de que alguna vez existí.

     -Alejandro, dame un tiempo más. Estoy organizando una reunión con algunos de los que hicimos aquel viaje, que ahora están acá.

     -¡No! No, por favor, ese programa no lo acepto.

     Me imaginaba lo que sería para mí reencontrarme con personas que hacía mucho tiempo no veía, empezar a responder preguntas estúpidas y repetidas a cada uno, como qué pasó en mi vida durante todos esos años, a qué nos dedicamos, en fin, no estaba dispuesto a un retroceso más, ni a recordar esos momentos invadidos de fracasos, ni mucho menos engañar con que en mi vida todo estaba particularmente perfecto.

     -Sólo para esa reunión, por favor, Alejandro.

     -Definitivamente, no.

     -Si yo dejo de ir, ¿tú irás?

     -No es por ti que no voy a ir, es por mí, sencillamente es por mí.

     -Está bien, pero igual la voy a organizar.

     -Me parece correcto.

     El llanto paró. Leah se secó las lágrimas, y después callada, casi desapercibidamente, se marchó. Su objetivo había fracasado.



     Salí a la calle, y la vi alejarse. Yo tomé otro rumbo, hacia mi casa.

     Era una noche sombría, taciturna. Más tarde cayó una lluvia pasajera, de esas que mojan los veranos.

     Unos meses después de aquel encuentro, recibí un mensaje de Leah en el contestador. Se despedía diciendo que se marchaba de vuelta a Israel.

 



- XX -

 

     Transcurrió un par de semanas luego de haber recibido aquella correspondencia que me dejó curioso e intrigado, cuando de nuevo recibí otra igual, con el mismo nombre del remitente, y la misma dirección que coincidía con el nombre de la calle del edificio donde yo vivía, y con el número de mi departamento.

     Eran demasiadas coincidencias para que me quedara con la duda. ¡Dos cartas en tan corto tiempo! Ya no me pareció un simple error. Y así fue como la curiosidad ganó, y la abrí. Rompí el sobre con cuidado para no estropear lo que pudiera haber dentro, y saqué el contenido que consistía en dos hojas amarillentas, escritas a mano, y en yiddish.

     Traté de leer, pero con mucha dificultad, puesto que apenas conocía el idioma. Sólo entendía algunas que otras palabras. Podía traducirlas fácilmente pero ellas no bastaban para comprender todo lo escrito. En un instante de la lectura, y sobre una línea, ya casi al final de la carta, cerca de la firma, estaba escrito el nombre de mi madre. Eso alimentó aún más mi curiosidad. Ya eran demasiadas las dudas como para seguir conjeturando, aunque con la carta en la mano era aparentemente fácil descifrar la confusión. Se me ocurrió que don Samuel o José podían hacerme el favor de traducirla, puesto que ellos leían perfectamente yiddish. Guardé la carta y fui directamente al bar, a buscarlos.

     Como de costumbre los encontré sentados, jugando al dominó. También me senté y les expliqué toda esa historia de las cartas. Luego saqué las hojas y se las entregué a don Samuel. Él se puso los anteojos y leyó en voz alta. Desde luego, como lo hacía en yiddish, yo seguía igual, sin entender prácticamente nada, sólo que el nombre de mi madre estaba escrito allí.

     Mientras don Samuel leía pausadamente, iba cambiando la expresión de su rostro.

     -¡Dios mío! ¿Qué es esto? -dijo, llevándose las manos sobre la cabeza.

     -¿Qué pasa, don Samuel? -pregunté.

     En ese momento el viejo dejó la carta, mientras yo seguía sin entender nada. Aquella incertidumbre me irritaba aún más. No sabía si la había terminado de leer o sencillamente se había cansado de hacerlo, aunque su rostro se veía completamente transformado.

     -¿Qué le sucede? -pregunté.

     -Mira, Alejandro. Toma esta carta y ve urgente a lo de tu padre.

     -¿Qué dice, don Samuel? ¿Cómo me pide que vaya, así, de pronto, a la casa de mi padre, con esta carta, si ni siquiera sé lo que dice?

     -Ahora, ve ahora, en este momento, sin pensar. No tienes tiempo que perder.

     Don Samuel no dijo una sola palabra más, permaneció callado y tieso.

     -¿Qué le pasa, don Samuel? -pregunté asustado por su reacción.

     -Vete, Alejandro. Vete a lo de tu padre, como te digo, ahora mismo. ¡No pierdas tiempo! Esta carta es muy importante para él y para ti.

     -Pero dígame algo, no me puede dejar con esta incógnita.

     -No te puedo decir ni una sola palabra. Es tu padre el que debe hablar.



     Tomé las dos hojas, las metí de nuevo en el sobre y volví a mi casa. Guardé un par de pantalones, algunas camisas y otras prendas de vestir en un bolsón, también la máquina de escribir y hojas blancas. Bajé, llamé un taxi, y fui hasta la estación del ferrocarril a tomar el primer tren que me llevara al pueblo donde vivía mi padre.

     Sentado en el tren me sentía el protagonista de una película de suspenso. Yo ahí viajando en busca de un secreto revelado en una carta. Finalmente la situación me causó risa. Estaba seguro de que era una exageración de ese viejo y hasta se me ocurrió ser de pronto víctima de una perversa confabulación armada entre mi padre y don Samuel, para crear en mí este impulso de ir a verlo, porque de lo contrario jamás iría a su casa a visitarlo, de ninguna manera, y menos aún así, sorpresivamente. Siempre era él quien venía a la mía.

     Miré por la ventana. El cielo se había puesto de un tono claro, mientras que el paisaje era de un verde amarronado. Permanecí así, observando aquella mañana que con lentitud se abría envuelta de color.

     Llegué, bajé del tren y caminé hasta la casa de mi padre. No quedaba lejos de la estación, nada más que a unas cuantas cuadras. De todas formas, caminarlas le haría bien a mis piernas. Aquel era un barrio en el que la mayoría de sus habitantes eran viejos. Esos típicos lugares donde todavía las personas se sentaban en el atardecer frente a las puertas de sus casas, a mirar, o a tratar de olvidar. Todavía, en ese lugar, los vecinos se conocían, se visitaban, hablaban entre ellos y se hacían compañía. Casas amplias en cuyos patios se extendían largas sogas, de donde colgaban prendas de vestir como testimonio de pobreza.

     A lo lejos distinguí la casa de mi padre. Parecía vieja. Había envejecido junto a su ocupante.

     Las persianas de las ventanas estaban cerradas para evitar que la luz y los ruidos irrumpieran la quietud de aquella casa donde sólo habitaban la soledad y el abandono.

     Golpeé la puerta una vez, dos veces, y a la tercera mi padre la abrió.

     -¡Dios mío! -dijo.

     -¡Hola, papá!

     -¡Iósele! ¿Quién murió?

     -Nadie, papá. ¿Por qué?

     -¿Qué haces aquí, hijo?

     -Vine a visitarte.

     -¡No lo puedo creer!

     -Aquí estoy.

     -¡Estás enfermo! Entra hijo, yo te atiendo, pero entra, entra, Iósele.



     Mi padre caminó detrás de mí, e inmediatamente me acercó una silla. Luego tomó mi equipaje y lo llevó a su dormitorio.

     Después de verlo en ese estado de ansiedad y preocupación, finalmente me convencí de que no era una treta suya creada para provocar mi visita con la ayuda de los otros dos viejos.

     Realmente mi padre estaba tan sorprendido al verme, que ni podía disfrutar de mi llegada, sencillamente para visitarlo, aunque tampoco ése fuera mi real propósito. Observé la casa, y a través de los objetos reconocí ciertos olores, colores y ruidos de mi infancia.

     Me fijé en el trinchante, con todos los objetos adentro, igual a cuando mi madre vivía. Las mismas copas, vasos en juego con sus jarras, unos platos de porcelana que quedaron del juego completo que mi madre trajo de Europa, los candelabros de plata que dejaron de tener utilidad después de su muerte, algunos recuerdos de viajes, que también seguían guardados dentro de aquel mueble. La casa olía a encierro. Los objetos olían a viejo y en mi padre se percibían la tristeza y la soledad. Me sentí abrumado por ese entorno. Abrí la ventana para permitir que entrara un poco de aire puro y reviviera aquella habitación asfixiada por el abandono.

     -Iósele, ¿tienes sed? ¿Tienes hambre? ¿Quieres comer algo? ¿Quieres tomar un café, un vaso de té o un poco de whisky?

     -Nada, papá, después. Después voy a comer algo, pero después.

     Mi padre corría por la casa, iba a la cocina, volvía, salía al patio y regresaba, daba vueltas alrededor de mí. Su contento era algo indescriptible.

     -¡Papá! Ven, siéntate.

     -No puedo, hijo, tengo que arreglar el patio, la pieza. La casa se ve sucia, hay que limpiarla.

     -Deja, después yo te ayudo.

     -Hijo. No puedo creer que sólo viniste hasta aquí para visitarme. Me haces tan feliz. Pero cuéntame, ¿cómo sigue tu novela?

     -La estoy terminando. Traje mi máquina de escribir y algunas hojas para continuar trabajando durante el tiempo que voy a estar aquí.

     -Eso quiere decir que te quedarás muchas semanas.

     -No. No, papá, sólo unos días.

     -No importa, no importa. Que hayas venido a visitarme para mí es suficiente. Mira, hijo, arregla tus cosas. Yo iré al mercado y a la panadería a comprar algo para comer.

     -Papá, deja de preocuparte, por favor.

     Mi padre salió y yo llevé mi equipaje a su cuarto. Abrí la puerta, y allí me encontré de vuelta con mi pasado. Las antiguas fotos enmarcadas seguían colgadas de la pared. Sobre la cama estaba la colcha de pluma de ganso hecha por la tía Jane. La almohada estaba cubierta por la misma funda amarillenta sobre la que dormían mis padres y en cuyos bordes iban bordadas randas de flores, haciendo juego con la sábana. Sobre el piso y a un solo lado de la cama estaba una pequeña alfombra sobre la que descansaban las pantuflas de mi padre, gastadas y desteñidas.



     La puerta de entrada se abrió y aquel ruido me distrajo, pero igual permanecí en ese lugar abarrotado de un pasado lejano, de un pasado inmediato. Y de la decrepitud que predice el final.

     -Iósele, ¿dónde estás?

     -Aquí, papá, en tu pieza, tratando de acomodar mis cosas.

     -Deja, hijo, ven a comer algo, después yo te ayudo.

     Dejé mi bolso sin abrirlo. Saqué la carta y la guardé dentro de un cajón de la cómoda. Aún no era momento de hablar sobre ella, a mi padre le produciría una enorme desilusión notar que mi visita se debía exclusivamente a la intriga despertada por esa correspondencia, y no al deseo de verlo, como él imaginaba.

     Fui hasta la cocina a buscarlo, mientras observaba los espacios de aquel lugar donde todo se veía ruinoso. Nada había cambiado ni mejorado. Todo permanecía igual, estático. Con olor a viejo.

     -Preparé café para ti, y té con limón para mí. Compré algunas masas. Ven, hijo, ven a descansar.

     -Espera un momento, papá. Primero quiero recorrer la casa. Hace tiempo que no la veo.

     -Bueno, Iósele. Lo que tú quieras. Esta casa también es tuya. Recuerda siempre eso, hijo.

     Caminé hacia el patio. Aquel jardín era un lugar muy particular, pequeño pero saturado de plantas y de jaulas llenas de pájaros. Cotorras pequeñas, de diferentes colores, que cantaban dentro de ellas. Pero era extraño, allí sucedía algo muy particular, porque a pesar de que el lugar se hallaba impregnado de colorido, de canto y de frescura, todo olía a muerte.

     Después de unos segundos fui hasta la última pieza, la del fondo, aquella que mi padre usaba como depósito. La puerta estaba cerrada con un candado, no hubo necesidad de que hiciera demasiado esfuerzo para abrirla y entré. Adentro estaban las cabezas de los maniquíes sobre las que mi padre exhibía los sombreros en la vidriera de su negocio. Cabezas sin rostros a modo de trofeos de otra época. Se me ocurrió decirle a mi padre que tirara todo aquello, que sólo servía para acumular polvo y telarañas, pero preferí no sugerirlo, porque sería el motivo para el principio de alguna discusión. Cerré la puerta, volví a dejar el candado como estaba y salí de nuevo al patio.

     Permanecí sentado pensando en Laura, mientras la tarde se alejaba plácidamente. De pronto la oscuridad fue total, y entré nuevamente a la casa.

     Los días siguientes a mi llegada, me dediqué a escribir. Era agradable hacerlo en ese lugar. Mi padre me atendía y no permitía que me distrajera con nada. Ni siquiera dejaba que lo ayudara a cocinar o a limpiar la casa.

     Durante las tardes siempre venía de visita algún vecino para conocerme. Mi padre se llenaba de satisfacción cuando me presentaba a sus amigos.

     Pero todo cambió cuando vino la mujer que se encargaba de cuidar sus jaulas durante el tiempo en que él iba a verme. A aquella mujer no se le ocurrió otra pregunta que formularme sino cuál era la razón de mi soltería. Al no recibir respuesta, ella comenzó a contar sobre sus yernos, sus nueras y sus nietos, y que eran como quince. Mientras ella hablaba a mi padre le subía la rabia al rostro. Ni bien ella se fue me preguntó cuándo iba a casarme nuevamente. Entonces le respondí que la próxima vez que me volviera a preguntar aquello regresaría a mi casa y nunca más me vería la cara.

     -¡Dios me guarde si tengo que seguir escuchándote hablar así! Ya basta, Iósele, si no me respetas porque soy tu padre entonces respétame porque soy un hombre mayor -respondió.

     Dejé de discutir. Reprimí mis deseos de decirle a mi padre lo que sentía. Me fui a la cocina, me preparé una taza de café y encendí un cigarrillo.

     -¡Apaga ese cigarrillo, Iósele! Me molesta -gritó.

     Olvidaba que entre las muchas cosas que a mi padre le molestaban prevalecía el hecho de que yo fumara dentro de su casa, aunque en varias oportunidades lo encontré escondido fumando en el cuarto de baño, creyendo que así yo no lo olería.

     -Bueno, papá, voy afuera a fumar.

     -Mejor será que dejes definitivamente de fumar. Eso le haría mejor a tu salud.

     Salí al patio, era una noche plácida. Desde ese lugar el cielo se veía más claro, y el aire olía a limpio.

     A los pocos días había olvidado el motivo que me había traído a esa casa. La mayor parte del tiempo pasaba escribiendo. Siempre me sucedía lo mismo, cuando entraba era aquel trabajo, olvidaba al resto.

     Una mañana mi padre me interrumpió para mostrarme una antigua caja de cerámica, pintada en diversos colores, que fue de mi madre y que yo recordaba, porque era ahí donde ella guardaba las pocas alhajas que tenía.

     -Mira, Iósele. ¿Recuerdas?

     -Claro, era de mamá.

     -Bueno, te lo regalo. Ahora quiero que sea tuyo, quiero que lo lleves a tu casa, como un recuerdo de tu madre.

     -Gracias, papá.

     Mi padre me pasó la caja y en el momento de tomarla, se cayó. Miré el piso y la pequeña caja estaba hecha añicos.

     -¿Qué hiciste, Iósele?

     -Se me cayó, papá.

     -¡Dios mío! ¿Qué hiciste?

     Mi padre se agachó e intentó juntar con las manos los pedazos esparcidos sobre las baldosas. Casi no podía sostenerse. Se veía débil e inseguro inclinado sobre aquellas curuvicas, tratando de juntar sus piezas.

     -Espera, no toques nada, papá, te puedes cortar, voy a traer algo con que limpiar.

     -¡No! -gritó mi padre-. Deja, Iósele, yo voy a juntar.

     De pronto mi padre empezó a llorar.

     -¿Qué te pasa, papá? -pregunté.

     -¿Sabes lo que significaba esta caja para mí? ¡Era de tu madre!

     -Lo entiendo, pero es una caja, vamos a comprar otra.

     -¿Qué dices? ¿Otra?

     -Sí, otra.

     -¿Dónde? No entiendes hijo, no es el objeto. Es el recuerdo de la persona que la tenía.

     -Papá, tú no necesitas de un objeto para recordar a mamá, yo tampoco necesito algo de ella para recordarla permanentemente. Los recuerdos están siempre presentes en nuestras mentes. ¿O necesitas mirar un objeto para recordarla?

     -No, pero era de ella. Yo lo guardaba.

     -Ya está, papá, no te pongas mal.

     Pero mi padre no podía consolarse. Miraba los pedazos y sufría. Rememoré cuando mucho tiempo atrás me había pasado algo semejante. Se me había roto una alcancía en la que yo juntaba monedas durante años, para romperla el día de mi cumpleaños, pero una de las veces que introduje una moneda que era bien grande, el cofre se me cayó y se rompió. También lloré. Mis ojos se habían quedado rojos y lastimados de tanto llorar, y mi boca seca de tanto sollozar. Aquella vez mi padre se acercó y me consoló, diciéndome que no tenía importancia que se destruya un juguete, ese no era suficiente motivo para llorar mientras que a mí no me sucediera nada malo, pero en aquel período mi padre era un hombre fuerte, de carácter firme y severo. Sus palabras tenían valor.

     -En realidad, hijo, no importa. Pensándolo bien, si algo malo nos tenía que pasar, mejor que le pase a la caja antes de que te pase a ti.

     Mi padre finalmente encontró la manera de convencerse para no seguir sufriendo por aquella pérdida. El objeto pagó por nuestras culpas.

     Me agaché para juntar los trozos que quedaron esparcidos sobre el piso, y pensé en los recuerdos transmitidos por los objetos. ¿Cuál era el sentido que ellos tenían? Era como si mientras los objetos vivían, los recuerdos se mantenían intactos. Era una manera de preservarlos a través de los objetos.

     Después de aquel episodio mi padre continuó mal. Parecía que necesitaba castigarme porque rompí aquella caja. De alguna manera tenía que cobrarme la pérdida. Fue así como una de esas noches, antes de la cena, empezó su conversación preguntando si terminé encontrándome con Leah. Le contesté que sí, y de nuevo empezó con aquel viejo y gastado tema de que tenía que volver a casarme, y tener hijos. Indagó por qué para mí no tenían importancia los objetos que transmitían recuerdos, y si qué iba hacer con sus cosas cuando él se muriera. Repliqué que cuando llegara ese momento lo decidiría. Pero aquella respuesta no lo convenció. Se dio cuenta que era simplemente una evasiva para evitar una discusión todavía postergada. Pero insistió. Él necesitaba discutir. Necesitaba castigarme.

     -¿A quién regalarás esos candelabros?

     -No lo pensé.

     -¿Y las fotos? ¿Y los cuadros? ¿Y los adornos? ¿Y mis muebles?

     -¡Papá, basta! Ven, vamos a comer. Te prepararé algo rico.

     -No te molestes, hijo, no tengo hambre.

     Pero igual fui hasta la cocina y preparé comida.

     -Papá. Mira, hay pan negro untado con queso blanco y cebollita verde picada. Y anchoas con huevo duro, tomate y cebolla.

     -Gracias, hijo, pero no tengo hambre. Déjame un rato solo. Tengo muchas cosas en qué pensar.

     De pronto los papeles se invirtieron. Mi padre se había convertido en un niño, al que yo, su propio hijo, lo tenía que alimentar.

     Se sentó en el sofá con los ojos cerrados, y de pronto, habló. Pero no entendía lo que decía:

     -¿Qué dices, papá? No te entiendo.

     -Nada, Iósele. Hablo solo. La soledad me enseñó a hablar conmigo mismo en voz alta.

     Retornó el silencio.

     -¿Y ahora en qué piensas, papá?

     -¡En el majamuves!

     -¿En qué?

     -¿No lo oíste?

     -Sí, pero no lo entiendo.

     -¡En el majamuves!

     -¿Quién es?

     -El ángel de la muerte.

     -Deja de decir tonterías y de pensar en cosas raras. Ven y come.

     -No voy a comer, no tengo hambre.

     -Creo que mañana me voy.

     -¡Iósele! ¡Hace unos días que llegaste y ya te vas!

     Mi engaño funcionó. Mi padre se levantó del sofá de un salto, como si alguien lo hubiera asustado, y corrió a la mesa, se sentó y comió.

     -¿Te gusta?

     -Sí, tu comida tiene el mismo gusto que la mía. Y hablando de comidas, ¿qué quieres que te cocine mañana, Iósele? ¿Qué te gustaría comer?

     -¡Papá! Yo como cualquier cosa. No te tomes tanto trabajo en pensar en la comida.

     -¡Sí, hijo! Pero para mí eso no es trabajo. Si no, ¿en qué quieres que piense?

     -Bueno, papá, mañana prefiero comer algo liviano.

     -Bueno, hijo, ya pensaré qué prepararte.

     -Sabes, papá, ahora recuerdo que tengo algo que mostrarte.

     -¿Qué es, hijo?

     -Una carta.

     -¿Una carta?

     -Así es. ¿Te acuerdas que hace un tiempo te llamé para preguntarte si conocías a alguien que vivió antes que tú y mamá, en nuestro departamento?

     -Claro que lo recuerdo, todavía no estoy con esa enfermedad que uno olvida las cosas. Sólo ésa me falta, después tengo todas.

     -¿Te acuerdas qué me dijiste?

     -Sí. Te dije la verdad, hijo. Tu madre y yo fuimos los primeros y los únicos que vivimos en ese departamento hasta que te lo regalé a ti.

     -Bueno. Resulta que hace unos días, llegó otra carta, con el mismo nombre. Muy sorprendido la abrí, pero estaba escrita en yiddish. Entonces le mostré a José y a don Samuel.

     -¡A Schmuel!

     -No me interrumpas, papá, por favor. Don Samuel la leyó y dijo que te la trajera a ti.

     -¿Era por eso que viniste a visitarme? ¿Para mostrarme una maldita carta que ni siquiera sabes de quién es? Oy, Iósele, ahora sí me va a dar un ataque. Tráeme mi pastilla.

     -Papá, espera, yo estaba saliendo para tu casa cuando ocurrió aquel episodio. Yo estaba en la calle para venir a verte, cuando el portero me entregó la carta.

     -Ah, bueno, si es así, el dolor ya me pasó, no me traigas la pastilla.

     -¡Papá! Yo vine a escribir tranquilo acá, sólo vine para eso, pero de paso como don Samuel...

     -¡Schmuel!

     -Como Schmuel me dijo que te la mostrara, yo la traje, eso fue todo. Él también me dijo que no podía esperar, que tú la tenías que leer lo antes posible. Que era urgente.

     -Bueno, muéstrame la carta.



     Mi padre no descubrió mi engaño, o si lo hizo disimuló muy bien la mentira. Fui hasta el dormitorio, abrí el cajón de la cómoda, tomé las dos hojas amarillentas, dobladas, y se las llevé a mi padre.

     -Toma, papá.

     -¿Esta es la carta?

     -Sí.

     -¿Cuál es el nombre a quien va dirigida?

     -Elías Kohenz.

     -¿Qué? -dijo mi padre, e inmediatamente la expresión de su rostro cambió.

     -Elías Kohenz -repetí.

     -¡Oy, Iósele!

     -¡Papá! ¿Qué pasa?

     -¡Iósele! Esto es un error, no puede ser verdad.

     -¿Por qué?

     -Porque ese nombre no existe.

     -¿Cómo que no existe?

     -Espera, hijo. Dame la carta. La voy a leer.

     Mi padre se puso los lentes, tomó las hojas y las leyó. Después las dejó sobre la mesa, se paró y se echó a llorar.

     -¡Papá, por favor! ¿Qué pasa?

     -Ahora no puedo hablar, hijo.

     -¿Qué dice la carta? ¡Por favor!

     -Ahora no, hijo, por favor llévame a mi cama, creo que solo no puedo caminar.

     Lo tomé del brazo, y en realidad mi padre estaba duro, no podía dar un solo paso.

     -Papá. Voy a llamar al médico.

     -No. No, hijo. No es necesario.

     -Pero estás muy mal.

     -No puedo caminar, eso es todo. Déjame aquí, aquí en el sofá.

     -Bueno, pero te traeré una almohada, y una manta para taparte.

     -Tráeme también un vaso de agua, por favor, Iósele.

     Mi padre era otro hombre. Jamás lo había visto así, ni cuando estuvo hospitalizado, ni cuando volví de Israel, después de la muerte de mi madre.

     -Papá, ven, recuéstate.

     -Bueno, hijo.

     -Papá, ¿qué pasa con esa carta? ¿Qué dice?

     -No puedo hablar. Mañana, hijo, ahora no puedo.

     Apagué la luz y mi padre se quedó acostado en el sofá. Yo fui a mi pieza a tratar de descansar.




- XXI -

 

     Mi padre me despertó cuando aún era de noche. Abrió la puerta de mi dormitorio, y en medio de aquella tiniebla me habló:

     -¡Iósele! Levántate.

     -¿Te sientes mal?

     -No. Quiero hablar contigo.

     -¿A estas horas?

     -Es como dijo Schmuel. Él tenía razón.

     -¿Qué dijo?

     -No queda tiempo. Ven, hijo.

     -¿Adónde?

     -Vamos al salón. Tengo algo que contarte.

     -Bueno, papá, ve tú y espérame allá. Yo me lavo la cara, y en un momento estoy contigo.

     Me levanté y tomé una ducha para despejarme, porque de lo contrario temía quedarme de nuevo dormido. Después fui al salón. Allí encontré a mi padre sentado en el sofá, con los ojos cerrados y la cabeza apoyada sobre el respaldo, las manos tomadas entre sí, y en silencio, abstraído. En ese momento pensé que se había quedado dormido, pero al escuchar mis pasos abrió los ojos:

     -Iósele, ven, siéntate aquí.

     Me senté en la silla que estaba al lado de él, encendí la luz del velador, y pregunté:

     -¿Qué pasa, papá? ¿Por qué tanto misterio alrededor de esas dos hojas de papel?

     -Llegó el momento, hijo. Ya no puedo esperar, fueron demasiados años de mucho dolor y de mentiras. Ahora mi historia ya no puede esperar, ya no hay tiempo, ya queda poco tiempo, la vida es terrible, nunca nos deja en paz, nunca nos deja descansar. Llegué a la vejez pensando, creyendo que ya me había liberado de tantos años de engaño. Y al final, de nuevo la vida me vuelve a jugar sucio. La propia vida que no me deja vivir.

     -¿Qué dice esa carta, papá?

     -Antes de que te cuente lo que dice esta carta, tienes que saber otras cosas, hijo. Pero tengo que pedirte perdón, Iósele. Ahora eres el único que me queda. Sólo a ti me faltaba pedir perdón. Tu madre me perdonó. Ella me perdonó muchos años atrás.

     -¿De que te ha perdonado mamá, y de qué tengo que perdonarte yo, papá?

     -De algo terrible que hice en mi vida.

     -¿Qué es eso tan terrible que has hecho?

     -¡Prestar un nombre!

     -¿Prestar un nombre?

     -Así es, hijo.

     -No veo lo terrible de eso.

     -Tú cambiaste el tuyo, Iósele, porque dices que Alejandro es más fácil de recordar para tus alumnos, o por otros motivos que ahora no me interesan. Yo también cambié mi nombre, hijo, pero yo presté un nombre, presté el nombre de un nazi para salvarme. ¿Sabes lo que eso significa? ¿Sabes que tu apellido no es Polniaskyn, ni el mío, ni el de tus abuelos?

     -¿Cómo dices?

     -Nuestro apellido es otro, el que tú en realidad heredaste no es Polniaskyn.

     -¿Cuál es?

     -Otro, hijo.

     -¡Papá! ¿Por qué nunca me hablaste de esto?

     -Espera a saber todo, hijo.

     -¡Papá! ¡Habla, por favor!

     Mi padre se tomó de la cabeza como si le fuera a estallar. Luego se largó a llorar. Lloraba, lloraba de una manera inconsolable.

     Me acerqué a él, le tomé de la mano y dije:

     -Papá, por favor, ¿qué pasa?

     Se secó el rostro, la nariz, y dejó de llorar. Entonces comenzó a contar aquel relato terriblemente estremecedor, e increíble.

     -¿Sabes por qué nunca hablé de mi pasado, Iósele?

     -No, papá. Nunca me lo dijiste, tampoco mamá me lo contó.

     -Ahora si Dios quiere, si mi corazón me lo permite y mi salud me da fuerzas, te voy a contar, pero si me llega a pasar algo malo, hijo, prométeme que te irás a buscar esta dirección. Busca y encuentra a esta persona, al hombre que escribió esta carta, aunque tampoco él sabe toda la verdad. Tienes que encontrarlo y contarle todo, toda la verdad.

     -¿Cuál verdad?

     -La que ahora te voy a contar.

     -Habla, papá, habla, por favor.

     -Yo nací en una ciudad pequeña.

     -¿Lomza?

     -No, tu madre era de ese lugar, yo era de otro.

     -Pero ustedes siempre me dijeron que cuando niños fueron vecinos y después se enamoraron y vinieron a América a casarse.

     -No. Ésa no es la verdad.

     -¿Me mintieron?

     -Yo te mentí, hijo, no tu madre.

     -¿Cuál es la verdad?

     -La verdad es otra. Yo nací en una ciudad llamada Lodz.

     -¿Lodz?

     -¡Io!

     -¿Por qué nunca me lo dijeron? -pregunté.

     -Pronto te voy a contar, hijo.

     El rostro de mi padre se había puesto morado. Sus ojos parecían desorbitados y sus labios le temblaban igual que sus manos.

     -En ese lugar también entraron los alemanes. Los alemanes entraron a todas partes, a masacrar.

     -Después, papá, sigue hablando.

     -Nosotros éramos una familia tranquila. Mi padre no tenía fortuna, pero vivíamos bien. Él era constructor, y mi madre lavaba, almidonaba y planchaba manteles y sábanas de algunas familias adineradas judías y también no judías. Mi abuelo paterno era rabino, un hombre correcto, y buena persona. Ellos vivían en un pequeño schtetel. En una aldea al Este de Europa. Recuerdo cuando viajábamos a verlos. Yo era apenas un niño pequeño, y los visitábamos para todas las fiestas. Aún tengo en la mente cómo era su casa durante los diferentes festejos, en Pesaj cuando rezábamos la Agada y comíamos matza, y el abuelo escondía un pedazo envuelto en una servilleta, para que los niños lo buscáramos después de la cena. Era todo un juego, en Shavuot, aquella fiesta campestre donde solamente comíamos lácteos y pastelitos de miel. No olvido las cabañas que construíamos en su patio en Sucot, los disfraces que mi abuela nos confeccionaba y nos ponía en Purim. Las fogatas en Lag Baómer, cuando bailábamos con las Torá, en Sinja Torá, todos alrededor de mi abuelo cantando y bailando, y la religiosidad que sentíamos durante Rosh Hashaná, y Yom Kippur.

     -¿Qué pasó con esos abuelos?

     -Todos murieron.

     -¿Y tus otros abuelos?

     -Mis abuelos maternos también murieron. Todos eran muy buenas personas, pero nadie de ellos era religioso. A mi abuelo le gustaba ir a manifestaciones obreras, era medio comunista. Pero de mis abuelos te hablaré después. Lo más importante ahora es contarte lo que le pasó a mi vida. En lo que yo convertí mi vida.

     -¿Qué hiciste con tu vida?

     -La asesiné.

     -¡Papá! ¿Qué dices?

     -Así es, hijo.

     -Cuéntame sobre tus padres. ¿Tenías hermanos?

     -Nosotros éramos en total cinco hermanos, una sola era mujer, el resto todos varones.

     -¿Dónde están todos?

     -Todos murieron, eso es lo que yo pude averiguar. Dijeron que, después de terminar la guerra, los mataron a todos en los campos de exterminio, pero resultó que me dieron mal la información, porque uno, mi hermano mayor, se había salvado y yo no lo sabía. Mira, Iósele, qué tristeza, uno de mis hermanos vivía y yo nunca lo supe. Sabes qué terrible es eso.

     -¿Cómo lo supiste?

     -Está escrito acá, escrito en la carta, pero déjame contarte toda la historia, hijo.

     -Habla, papá.

     -Tú, hijo, cuando joven, te parecías mucho a mí durante mi juventud. Yo también discutía sobre política y me gustaba pelear por sostener la teoría a favor del liberalismo, del socialismo. Pertenecía a un grupo de jóvenes que luchábamos por nuestros ideales, pero allá, en aquellos años, eso era común.

     -¿Por qué entonces siempre me reprimiste esas actividades, esa manera de pensar, si tu corriente también era liberal?

     -Tenía miedo, sabía el peligro que uno corría perteneciendo a esos círculos, en esas actividades. Tú eres mi único hijo.

     -Sigue contándome, papá.

     -Bueno, seguiré con mi relato.

     -¿Y tú, papá? ¿Qué lugar de hijo ocupabas?

     -Yo era el menor. Todavía los nazis me dieron tiempo de ir a la escuela. Cuando aprendí a leer y a escribir, mi padre me llevó con él a trabajar, pero por las noches iba a una escuela, con otros muchachos vecinos, no judíos, a estudiar en polaco. Vivíamos bien, no nos faltaba comida ni abrigo en el invierno. Siempre sufrimos el antisemitismo, pero teníamos tan buenos vecinos, que ellos siempre hacían lo posible por cubrirnos antes de que alguien nos produjera algún daño. Principalmente el panadero y su familia eran muy buenas personas. Su hijo era mi compañero en las clases nocturnas, y todos los viernes aquel buen hombre le preparaba a mi madre una jala enorme que nos duraba toda la semana. La vida en Europa para los judíos era muy difícil, dura, y muy peligrosa. El antisemitismo estaba en su apogeo. El pueblo polaco era el más antisemita que existía. Ellos empujaban a los judíos al sufrimiento, y mira lo que es la vida, que después un polaco fue el que me salvó. Imagínate, hijo, que en esa época cada judío podía mandar a alguien solamente una postal por mes, y tenía que ser escrita en alemán y sólo podía escribirse un saludo. Se debía mandar a Berlín y desde allí salía para su destino. Pero todo eso ocurrió antes de la guerra. Después todo fue imposible.

     -¿Y el panadero?

     -No, ellos no eran judíos. Ellos vivían bien. Parecería que en este momento lo estoy viendo a él usando un gorro enorme y blanco de cocinero, un delantal también blanco y con las manos rojas llenas de sabañones de tanto amasar, y por el frío.

     -Espera, papá. No sigas hablando. Traeré un poco de agua y un cigarrillo.

     -Tráeme también mis medicamentos, Iósele.

     -¿Te sientes mal, papá?

     -Sí, Iósele.

     -Entonces no sigas hablando. En otro momento continuarás contándome.

     -Ya no hay tiempo, hijo. Debí hacer esto muchos años atrás. Ahora el tiempo se acaba, hijo, por eso tiene que ser hoy, hijo. Hoy.

     Traje la cajetilla de cigarrillos, fósforos, un vaso de agua y los medicamentos para mi padre. Tomó una pastilla, de ésas para el corazón, se la puso debajo de la lengua y después continuó:

     -La vida en Polonia para los judíos fue empeorando. La fábrica se cerró, mi padre se quedó sin trabajo, y después nos encerraron dentro de un ghetto, creo que fue uno de los peores ghettos de la historia.

     -¿Cómo era, papá?

     -Terrible, al que intentaba escapar, lo fusilaban. Pasábamos hambre, enfermedades. Al poco tiempo de vivir allí, mi madre murió. Hacía mucho frío y le tomó una pulmonía. Ése fue mi primer dolor. Después hubo otros, otros dolores tan terribles como ése, que duelen como si una fiera estuviera clavando sus garras dentro de mi pecho.

     -¿Cuáles fueron los otros dolores?

     -Déjame contarte cómo fue que me llevaron del ghetto. Una mañana, llegaron los camiones y nos alzaron. Fue la última vez que vi a mis hermanos, a mi hermana y a mi padre. Nos despedimos y nunca más supe de ellos, ni adónde los llevaron. Ya en América y después de muchas averiguaciones supe que los mataron a todos.

     -¿Tú adónde fuiste?

     -Allí uno no se iba, te llevaban.

     -¿Adónde te llevaron, papá?

     -Me tenían que llevar a Chelmo o Kohlenhof, cerca de Lodz, pero me llevaron a un campo de exterminio llamado Auschwitz, que también era el nombre de una pequeña aldea al oeste de Karkov, lugar horrible, con niebla, humedad, pantanos y montes de arena, agua infectada.

     Mi padre seguía hablando cuando de pronto la mañana palideció, y una lluvia torrencial cayó precipitadamente. Él se levantó, fue hasta el patio y juntó la ropa seca que estaba tendida. Yo también me levanté y lo ayudé. Después volvimos al sofá.

     -Papá.

     -¿Sí?

     -Sigue por favor.

     -Antes de seguir contándote sobre la guerra, quiero decirte por qué siempre peleé contra tus ideologías, Iósele. No era solamente por miedo. Tus ideologías son de un ignorante viviendo lejos de su historia. Siempre hablaste y hablas porque crees que leíste suficiente, pero, ¿cómo vas a hablar de un kibutz, si no viviste lo suficiente en Israel, y estuviste en uno solamente seis meses? ¿Cómo vas a hablar de terrores, persecuciones, miedos, libertad y atropellos, hambre, si no viviste en un ghetto ni en un campo de concentración? ¿Cómo vas a saber qué olor tiene la muerte si nunca viste lo que sucede en un campo de exterminio? ¿Qué sabes tú de los partidos políticos de Rusia, ni del comunismo, si no estuviste en la revolución trotskista? ¿Cómo vas hablar de hambre si tu estómago nunca crujió en las noches frías dentro de una barraca? Yo también pertenecí a un movimiento social comunista, pero después los alemanes nos arrebataron todo, hasta el deseo de luchar.

     -Papá, no es así como tú piensas.

     -Tienes que leer el Talmud, hijo. Del Talmud importa el pensamiento y su capacidad revolucionaria de volcar sobre viejas palabras nuevas luces, inauditos significados. Pero ahora no, no ahora. No, hijo, ahora no perdamos tiempo en discutir sobre ello, ahora sólo tienes que escucharme.

     -Está bien, papá. Está bien, yo sigo escuchándote.

     -En el ghetto todo era terrible, hambre, frío, por las noches se oían gritos, voces que trepaban por las cercas de alambre que recorría el ghetto. Después de ver morir a mi madre, me pareció que ya no tenía derecho a seguir viviendo. Una mañana me tomaron prisionero y a la fuerza, a punta de fusiles, me obligaron a subir a un camión. A partir de ese momento nunca más supe nada de la vida del resto de mi familia. No sabía si los mataron, si seguían con vida, esa fue la última vez que vi a todos, después nunca más. Más adelante nos bajaron de los camiones y nos dejaron en un campo de trabajo, donde nos obligaban a trabajar día y noche. En ese lugar estuve un tiempo, hasta que nuevamente nos obligaron a subir, sólo que esa vez ya no era a un camión, era a un tren. Nunca en mi vida podré olvidar aquel viaje.

     -¿Es por eso que no quieres subir a un tren, papá?

     -No es que yo me niegue a subir a un tren porque le tenga miedo, es que no puedo, hijo. Cada vez que lo intento, escucho los gritos y los llantos de las personas que viajaban conmigo esa vez, y veo los rostros de las mujeres, esos rostros de niños, y no puedo aguantar. Es muy doloroso. Por eso cada vez que voy a visitarte, hijo, lo hago en colectivo y nunca en tren.

     -Papá, ¿por qué callaste? ¿Por qué nunca me lo dijiste?

     -Si te contaba esa historia, me ibas a preguntar muchas más cosas que nunca quise que supieras, hijo.

     -¿Qué cosas, papá?

     -Que tu padre fue un traidor. ¿Eso querías que te cuente? Que tu padre fue y seguirá siendo un traidor mientras viva.

     -¿Por qué un traidor?

     -Porque traicioné a mi raza, a mi familia, a mi descendencia y ahora recibo el castigo. Éste es mi castigo.

     -¿Cuál?

     -Que tú, que tú, que eres mi hijo, reniegues de mí, de mi yiddishkait.

     -Pero yo no reniego de ti, ni de tu tradición, papá. Simplemente yo vivo otra época, otra historia que tú no quieres ni tampoco quisiste entender.

     -Sí, lo haces.

     -Sigue hablando, papá.

     -Lo que se vivió en el campo no se puede contar. Nadie puede creer todo lo que pasamos. Imagínate, hijo, yo era un joven con ideales, con ilusiones, con familia, y de pronto me quedé sin nada, ni siquiera me quedaron ganas de vivir. Trabajaba todo el día y había épocas en que también trabajaba de noche, acarreaba piedras para construir caminos, cavaba pozos, pero de pronto enfermé, me tomó una fiebre muy alta, con mucha tos. Por suerte no fue tifus, porque de lo contrario inmediatamente me iban a matar. Era un enfriamiento, y como allá no querían gente enferma, o te mataban o te mandaban a trabajar hasta que tu cuerpo resista, y a mí como era joven y fuerte me mandaron a la cocina. Al poco tiempo, una mañana bien temprano, en medio de una neblina terrible, vi a un hombre vestido de blanco y con un gran delantal haciéndome señas con la mano. No respondí, creí que se trataba de un error, pero el hombre insistía e insistía, entonces me acerqué, y él me habló en polaco. Enseguida lo reconocí, era nuestro antiguo vecino, el panadero, aquel hombre bueno que siempre nos ayudó. Me pidió que disimulara que lo conocía y que simplemente lo ayudara a llevar los canastos de pan. Después de aquel día, los siguientes, le ayudé al panadero a bajar el pan, siempre disimulando que lo conocía, hasta que una vez, me dio en la mano un bollo de pan y me dijo que no lo comiera, que lo escondiera, porque dentro había un papel para que yo lo leyera. Escondí el pedazo de pan, pero no solamente porque dentro estaba el papel, también porque si me encontraban los nazis con un pedazo de pan fresco en la mano, me mataban. A nosotros nos daban pan duro, todo negro, lleno de moho, pero justo en el momento en que el panadero me dio el bollo, una niñita nos vio, y se acercó a mí a pedírmelo. Tendió su mano pequeña y sucia y dijo: shtickele broit. El panadero me pisó el pie, y luego me hizo un gesto de negación con la cabeza. Y Iósele, no le di, no le di ese pedazo de pan a aquella niña hambrienta. Después de varios días vi cómo la llevaban a matarla a los baños y al sistema de inhalación, como estaba escrito a la entrada de las cámaras de gas, porque de esa manera los nazis engañaban a los judíos. Jamás podré olvidar el rostro de esa niña.

     -¿Qué pasó con el pan, papá?

     -A la noche, con mucho cuidado lo abrí y dentro estaba un papelito, así como dijo el panadero, donde estaba escrito que me preparase, porque en los próximos días me iba a sacar de allí. Aquella idea me pareció absurda, ridícula. Nadie podía escaparse de aquel campo de exterminio. Ni muertos podíamos salir de allí, era una locura. Los días siguientes me parecieron eternos. Durante las noches miraba a los demás hombres, y me entraba un dolor terrible. ¿Cómo les iba a dejar a todos, allí sufriendo, y yo iba a escapar? Era una cobardía, una traición.

     -¿Y pudiste escapar?

     -Sí, pero espera. Después de leer la nota me quedé asustado, y dudando, de que aquella proposición no fuera un simple engaño del panadero para que los nazis me descubrieran y después me mataran. Pero igual, de cualquier manera me iban a matar, así que no perdía nada. ¿Y sabes lo más triste, Iósele? Que al día siguiente hice un pozo, luego besé el pan, y lo enterré. Yo no lo comí, no podía, los ojos de esa niñita no me lo permitían.

     -¿Por qué no le diste a alguna otra persona?

     -Si los soldados le veían a alguien comiendo pan fresco, inmediatamente era fusilado, o ahorcado. Una mañana después de varios días de haber recibido la nota dentro del pan, llovía y llovía sin parar, de una manera terrible, torrencialmente, hacía frío, había viento, la gente moría de frío, de enfermedades, era terrible, el barro nos llegaba hasta las rodillas, y como siempre lo hacía, ayudé al panadero a bajar el canasto donde iba el pan. Mi salud estaba mejorando, así que iban a ser los últimos días que me dejaban en la cocina, de vuelta me iban a llevar a cavar zanjas, o a las grutas. Estaba levantando el canasto cuando el panadero me empujó y luego me hizo una señal de silencio haciendo una cruz con el dedo sobre los labios. Me metió en la parte trasera de su camión, que cubrió rápidamente con una carpa, y me dijo muy despacio que dentro estaba escondido el traje de un soldado nazi, y que me lo pusiera rápidamente encima de mi uniforme. No sé cómo lo hice, no podía respirar de los nervios, temblaba, pero me cambié, y de pronto me convertí en un soldado nazi. ¡No podía ser! Yo no podía disfrazarme con la ropa que usó un asesino, vestido como la S.S., de un soldado que quizás mató a mi familia, que estaba exterminando a mi pueblo, pero el deseo de vivir me empujó a seguir. El hombre me ayudó a salir de nuevo y me sentó en la parte delantera del camión, al lado de él, me pasó un sombrero, me lo puse, pero el único problema era que no tenía botas, iba descalzo, así que si nos paraban y nos revisaban o si me pedían que me bajara estábamos muertos. Sabía que esa era mi única oportunidad de salir de aquel infierno con vida. El camión se puso en marcha, y mientras nos acercábamos a la barrera, yo temblaba. Jamás en mi vida sentí tanto miedo, y no solamente por mi vida. Me sentí mal porque también iban a matar al pobre panadero, un hombre bueno que sólo quería ayudarme. Lentamente iba disminuyendo la velocidad de la camioneta hasta detenerse frente a dos soldados que custodiaban la salida. Llovía, seguía lloviendo de una manera despiadada. Bajo aquella lluvia revisaron la parte trasera del camión, dijeron algunas palabras en alemán, luego levantaron los manteles que cubrían los canastos, y volvieron a hablar. Un soldado se acercó a la ventanilla del lado del panadero y le dijo algo, y él respondió. El otro soldado se acercó a mi ventanilla y me hizo una reverencia. Yo también levanté el brazo derecho. Luego me pidió mi documento. Con los ojos, el panadero me indicó que estaba dentro del bolsillo del saco. Lo saqué y se los enseñé. Ellos miraron la foto, después mi rostro. Me devolvieron el documento. Las barreras se abrieron, el panadero los saludó con un movimiento de cabeza y nos fuimos.

     -¿Lograste escapar?

     -De aquel campo sí, hijo, pero no de los recuerdos ni del dolor. Nunca escapé del sufrimiento, del hambre, del frío, de los ojos de esa niña pidiéndome un pedazo de pan. Nunca pude escapar de las otras personas que murieron porque no encontraron alguien como ese panadero, que los ayudara a escapar. Tampoco pude escapar de la vergüenza de tener que vestirme de nazi para vivir, de usar un nombre prestado, para salvarme. Esa vergüenza y esa culpa, nadie jamás me las podrán quitar.



     Mi padre estaba sentado en un sillón, sobre un almohadón que mi madre había tejido al crochet. Sus pies estaban apoyados sobre una pequeña alfombra que cubría sólo el espacio que sus pies ocupaban, y su cuerpo se hamacaba y se hamacaba. Sus manos se desvanecieron como si quisieran dejar de vivir. Miró fijamente mi rostro, y no pudo contener el llanto. Era terrible ver llorar a un hombre de su edad y sobre todo cuando ese hombre era mi padre. Pero teníamos que seguir, no podía permitir que permaneciera más tiempo en silencio, tenía que terminar de contar aquella historia.



     -Papá, ¿nunca pensaste hablar con algún psicólogo, o con un rabino, o con alguna otra persona que te pudiera ayudar? ¿Cómo pudiste vivir así?  

     -Acaso vivo.

     -¿Por qué no buscaste ayuda?

     -¿A quién?

     -De un psicólogo.

     -¡Psicólogo! -dijo con un gesto de desaprobación en el rostro.

     -Sí, papá, deberías haber buscado alguna terapia que te ayudara a sobrellevar todo este sufrimiento.

     -¡Por favor! Tú piensas que estoy loco. Hijo, deja de decir estupideces. ¿Acaso una persona que no haya estado dentro de aquel horror podrá entender mi sufrimiento, mi dolor? No existen tratamientos ni remedios para todo lo que yo vi y sufrí. No hay ni médicos, todavía no se inventó la manera ni la droga para combatir los recuerdos que nos dejaron los campos de concentración.

     -¿Por qué no hablaste con algún rabino?

     -Cómo un rabino va a justificar a Dios en esos momentos. No existe nadie que pueda sacarme de la memoria aquel olor a gas, a podredumbre, el gusto a muerte, los ruidos a llantos, a súplicas, a alaridos, las imágenes de niños camino a la cámara de gas, abrazados a sus madres.

     Callé, no era justo insistir en que quizás pidiendo ayuda se hubiera salvado de tanto dolor y tanta culpa.

     -¿Cómo fue que el panadero consiguió el uniforme y ese documento, papá?

     -El panadero me contó que formaba parte de un grupo de polacos no judíos que ayudaban a judíos, y por eso durante un bombardeo, donde murieron algunos soldados, de la S.S., el panadero recogió un cuerpo, lo escondió y después le robó el uniforme y los documentos. Y enterró el cuerpo.

     -¿Cómo no se dieron cuenta los guardias del campo?

     -No sé, hijo, quizás porque jamás iban a sospechar del panadero.

     -¿Él siguió llevando pan al campo?

     -Sí, hijo, y siguió llevándome comida y salvándome la vida. Luego de sacarme del campo me llevó a un refugio. Y fue él también quien me ayudó a salir de Europa.

     Mi padre hablaba mientras se ahogaba en su propio dolor, en su propia vergüenza.

     -¿Dónde estuviste escondido?

     -El panadero me llevó a una casa donde vivían unos familiares suyos, también buenas personas, porque para ayudar en esa época a un judío, había que ser muy valiente y bueno. Era muy peligroso, arriesgaban sus vidas. Era una casa humilde dentro de un bosque. Entramos y rápidamente fuimos a un dormitorio. Con otro hombre que se encontraba allí, el panadero movió un ropero, luego levantaron una madera que hacía de puerta y me indicaron que bajara por la escalera, y no dijeron ni una sola palabra más. La puerta se volvió a cerrar, y oí el ruido del ropero que volvía a su lugar. Bajé por las escaleras. Observé que me encontraba en un sótano, un lugar oscuro donde me refugiaría para salvar mi vida. Arriba estaba la muerte, una muerte segura. No tan sólo la mía sino también la de los que me ayudaron a escapar.

     -¿Qué comías?

     -Cada dos o tres días bajaba el hombre y me traía un plato de sopa, pan y agua, o café, a veces alguna carne. Y un recipiente con agua para mi baño, y cada tanto alguna ropa limpia. Vivía en medio del miedo, las dudas, el terror y la culpa. Miraba aquel uniforme del soldado nazi y parecía como un juego, era una complicidad absurda entre la vida y la muerte. Sentía frío, y sufría de mucho dolor que me producían la soledad y la oscuridad, una oscuridad permanente. La soledad era tan intensa que me llevó a hablar con mi propia sombra y a oír mis propios pasos, a escuchar diferentes voces de diablillos que venían a visitar mi sueño. Tenía sueños que se mezclaban con la realidad. No sabía qué día era, ni qué fecha, ni sabía cuánto tiempo dormía, ni cuánto pasaba despierto. Era igual a un animal, respetando sólo su instinto. Oía el murmullo de la noche sin saber que afuera todo estaba umbrío. Veía al sol reposando sobre el pastizal sin saber que era el amanecer. Todo a mi alrededor era silencio, todo tenebroso, agobiante y atroz. Soñaba y temía, también dudaba, dudaba si qué era mejor, aquella barraca, donde mi muerte era segura, o esta prisión donde la muerte también llegaría con seguridad. Ese lugar sólo tenía una pequeña ventana, desde donde yo observaba las copas de los árboles, y por eso sabía cuándo caía nieve y cuándo no. Afuera el mundo era hostil, doloroso, asesino, y adentro mi mundo era un pequeño refugio, tan pequeño que no había lugar ni para el sueño ni para la esperanza. Pero de nuevo el instinto de sobrevivencia emergía en mí, y el deseo de vivir no me permitía derrumbar aquella puerta que me separaba de la muerte segura. No sabía si era de día o de noche, confundía horas, días, meses, estaciones, siempre tenía hambre, frío y miedo. Sabía de memoria la cantidad de ladrillos que tenían aquellas paredes, y las baldosas. Las contaba una y mil veces. La mudez de ese lugar te rasgaba el alma. También repetía frases célebres, y me ejercitaba hablando en voz alta palabras en polaco, siguiendo las instrucciones del panadero. Muchas veces, me salía sin darme cuenta alguna palabra en yiddish, entonces lo arreglaba inmediatamente, ya que esa palabra se podía convertir en mi peor enemigo, y hasta en mi verdugo. Pero nunca me sentí tan mal como después de aquel sueño que tuve, cuando supe que mi familia estaba toda muerta. Fue como una experiencia real. Soñé que todos estábamos en nuestra casa, cenando un viernes a la noche alrededor de la mesa, mi madre con la cabeza cubierta y mi padre haciendo las bendiciones, mis hermanos y yo estábamos observando atentamente a mi padre, respetando aquel momento de religiosidad, cuando de pronto sentí que el fuego de las velas me quemaba, me quemaba las manos, los brazos, la cabeza, todo el cuerpo, mientras mis oídos escuchaban el cántico de mi padre. Yo pedía socorro, que me sacaran de aquella hoguera, pero nadie oía mis gritos, y ellos cada vez se iban alejando más de mí, como fantasmas a los que yo quería detener, pero se me iban, se me escapaban, no los podía agarrar. Esa mañana sentí que ellos estaban muertos.

     -¿Cómo escapaste de ese lugar?

     -Yo no escapé de allí, yo no estaba preso, estaba escondido.

     -¿Cómo saliste de ahí?

     -Después de un tiempo, no sé cuánto, el hombre bajó una noche. Me trajo unas botas, y me dijo que me pusiera de nuevo el uniforme de la S.S. Me vestí sin hacer ni una pregunta, no sabía qué pasaba afuera, era como si estuviera viviendo de nuevo un sueño, como si nada me importara. Salimos, hacía mucho frío, nos subimos a una camioneta muy parecida a la que tenía el panadero. Anduvimos por el monte, luego cruzamos una ciudad, yo no sabía cuál era, después llegamos a la orilla de un río, el hombre bajó del camión, me dijo que hiciera lo mismo, y subí a un bote repleto de cajones de manzanas. Entré y otro hombre que también hablaba en polaco me dijo que entrara a una de las cajas. Le dije que mi cuerpo jamás entraría en ese espacio tan pequeño. Él respondió que sí, y me dijo que dentro de todos los demás cajones había un judío. Miré y fue así, entonces me saqué el uniforme de la S.S., me quedé tan solo con una camiseta y un pantalón muy fino, y entré. El hombre pidió que no hiciéramos ningún movimiento, y que tampoco habláramos. De pronto escuchamos el ruido del motor de la camioneta, y sentimos un movimiento de agua. El buen hombre que me tuvo escondido en su casa se había marchado, y yo no le pude agradecer. La pequeña embarcación cargada con cajones de manzanas también se puso en movimiento.

     Toda esa noche viajamos, y únicamente se oía el ruido de los remos chocando con el agua. Casi al amanecer sentí un ruido fuerte, y un movimiento brusco que me asustó, pero todos permanecimos en silencio. El polaco bajó y a los pocos minutos volvió y nos dijo que saliéramos rápidamente de los cajones para subir en otra embarcación que estaba muy cerca, sin mirar ni hacer preguntas, rápido. Y así lo hicimos.

     -¿Eran muchos los que viajaban?

     -Iósele, yo me sorprendí cuando vi tanta gente.

     -¿Cuántos eran?

     -Como unas veinte personas. ¿Te imaginas esconder dentro de cajones a veinte judíos, y remar toda la noche para salvarlos? A personas que según los nazis no merecían vivir.

     -¿Qué pasó luego, papá?

     -Subimos a otra embarcación, pero ya era una más grande, y lo más sorprendente era que dentro de aquel barco también estaban escondidos unos cincuenta judíos más. Allí fue donde encontré a Schmuel.

     -¿Allí estaba Schmuel, también escondido?

     -Así es, hijo. Él pudo escapar de un ghetto. Todavía no lo habían llevado a un campo y también un polaco lo ayudó a escapar.

     -¿Adónde fueron?

     -Nadie lo sabía, ni tampoco queríamos preguntar. Nos escondieron debajo de pescados recién sacados del mar. El olor era terrible. Imagina, hijo, nosotros nos acostamos sobre el piso del barco, y arriba nos tiraron todo el pescado. Así navegamos mucho tiempo. En las noches salíamos a cubierta, comíamos, respirábamos aire fresco, y apenas al clarear de nuevo nos escondíamos.

     -¿Cuánto tiempo estuvieron así?

     -¿Qué me preguntas, hijo? En esos momentos y en esos lugares, ¿quien podía pensar o tener idea del tiempo, semanas, meses? Después bajamos de nuevo. Allí sí supimos que aquel lugar era Portugal. Bajamos, y nos permitieron tomar un baño, nos dieron ropa limpia, y nos subimos de nuevo a otro barco, que fue el último, y el que nos trajo después de un largo viaje hasta América.

     -¿Y los documentos?

     -¿Qué documentos? Nadie tenía nada, pero como éramos refugiados de guerra, algunos países de Sudamérica nos dejaron bajar.

     La tarde seguía bañada por una fuerte lluvia, y pensé en aquel día en que mi padre escapó en el camión del panadero. Lo miré y por su rostro corrían las lágrimas. Su mirada estaba perdida en algún lugar del pasado donde su memoria se ocultaba.

     -Papá, todavía no has comido nada. ¿No quieres un vaso de té mit límene?

     -¡Iósele! Has hablado en yiddish.

     -Io, tate.

     -Oy, Iósele. Me dijiste papá en yiddish. Sólo esto yo le pedía a Dios, sólo esto, nada más. Gracias, Iósele.

     -Pero ven, papá, te voy a cocinar algo.

     -No, hijo, tráeme el té, y un poco de pan negro, eso es todo.

     Traje el vaso de té con un poco de pan para mi padre. Y él continuó con su relato. Pregunté:

     -¿Y tu familia?

     -Quedó allá.

     -¿Nunca los buscaste?

     -Yo no, pero tu madre sí. Ella se encargó de mandar cartas a entidades que se dedicaban a buscar sobrevivientes.

     -¿Y nunca tuviste ninguna noticia?

     -No, hasta que llegó esta carta.

     -¿Qué dice esta carta, papá?

     -Esta carta la escribió el hijo de un hermano mío.

     -¡Tu sobrino!

     -Sí, Iósele. Él también me buscó por años, y recién ahora me encontró.

     -¿Y cómo fue que te encontró? 

     -Tu madre sí conocía esta historia. Fue la única persona a quien se la conté.

     -¿Alguien más lo sabe?

     -Io.

     -¿Quién?

     -Schmuel.

     -¿Y tu hermano? ¿Dónde está?

     -Murió.

     -¿Por qué escribió con este nombre?

     -¿Cuál, hijo?

     -Elías Kohenz.

     -Ése era mi antiguo nombre. Y Kohenz era nuestro apellido.

     -¿Cómo, papá?

     -Elías Kohenz era mi nombre antes de la guerra. Cuando terminó todo y pude escapar, no tenía documentación, no tenía ningún papel que dijera mi nombre. Tuve que elegir otro nombre, me cambié de nombre. ¡Cómo iba a seguir con aquel al que tanto ensucié! Tenía vergüenza, me avergonzaba de mí mismo.

     -¿Por qué no usaste el tuyo?

     -Tenía vergüenza, cómo iba a usar un nombre que ensucié.

     -¿Por qué Haim...?

     -Hay una historia de treinta y seis justos. En ellos se vierten todos nuestros dolores. Uno de ellos se llamó Jacob, y mi padre se llamaba así. En la historia el hijo de Jacob se llamó Haim, y su significado es danzarín de Dios.

     -¿Y el apellido?

     -Polniaskyn era el apellido de un vecino de Polonia, judío. El hombre era matarife ritual, muy buen hombre. Me acordé de él y utilicé aquel apellido, pero en las correspondencias que tu madre mandaba a las entidades para encontrar parientes vivos, escribía mi verdadero nombre, y no éste, el prestado.

     -¿Y a mamá? ¿Dónde la conociste?

     -En la calle. Yo vine a esta ciudad, sin idioma, sin conocer a nadie. Suerte que Schmuel estaba conmigo. Llegamos y unos judíos que pertenecían a una entidad de personas que sufrieron la guerra nos estaban esperando. Ellos nos consiguieron hospedaje, comida y trabajo. Yo empecé a trabajar en una fábrica donde se confeccionaban abrigos de piel, y Schmuel también, hasta que aprendimos el idioma y después cada uno comenzó a trabajar por su cuenta.

     -¿Cómo conociste a mamá?

     -Una tarde fui a entregar un par de sacos, a una dirección que yo no conocía. Creo que di cinco vueltas alrededor de un edificio sin saber que era ése el que buscaba. Una joven muy bonita que estaba parada en una esquina esperando un colectivo se dio cuenta de que yo me encontraba perdido. Se acercó y me preguntó si adónde quería ir. La entendí muy poco, pero por su tono de voz me di cuenta que ella también era extranjera. Le mostré la dirección escrita en un papel e inmediatamente me preguntó: ¿Ir farshteit yiddish?

     -¿Te preguntó si entendías yiddish? ¿Verdad?

     -¡Sí!

     -¿Y tú que le respondiste?

     -Que sí, hijo.

     Después ella me mostró el edificio. Cuando lo vi frente a mí, me causo mucha risa, y ella muy amablemente me acompañó. Subimos en el ascensor hasta el departamento donde entregamos el pedido, y después caminamos juntos por la calle. Estaba por ser pesaj, y ella me preguntó dónde iba a cenar esa noche. Le respondí que en mi casa, con el amigo con quien vivía. Ella inmediatamente me invitó a ir a cenar en la suya y me pidió que lo llevara también a mi amigo. Me dio su dirección y me recomendó por favor que no me perdiera. También me anotó el número de su teléfono por si surgiera algún problema.

     -¿Era don Samuel?

     -Era Schmuel. Él y yo alquilamos un par de trajes y nos vestimos de etiqueta. Compré flores y fuimos a cenar. La casa donde vivían tu madre y el tío Itsic estaba ubicada a unas pocas cuadras de donde tú vives ahora, hijo.

     -¿En ese lugar?

     -Sí, ella y su hermano se habían escapado antes de la guerra, y vinieron solos a América. Consiguieron pasaporte y pudieron escapar, pero toda su familia quedó allá. Sólo ellos dos se salvaron.

     -¿El tío sabe tu historia?

     -Te dije que sólo tu madre y Schmuel, saben. Al tío nunca le conté.

     -¿Qué pasó después entre mi madre y tú?

     -Aquella noche de pesaj recuerdo que fue hermosa y triste a la vez. Era la primera vez que yo pasaba esa festividad lejos de mi país, pero la primera después de mucho tiempo que me sentaba a comer en una mesa linda, limpia, arreglada, y con buena comida. Tu madre preparó una mesa que parecía un festín, y éramos solamente cuatro personas tristes y solas. Pero ella no dejó que nos pusiéramos a recordar ni a extrañar. Puso música alegre, nos dio de comer hasta llenarnos, y contaba chistes, y episodios de cosas que les pasaron en el barco. Nos hizo reír toda la noche. Después de aquel encuentro seguimos siendo amigos, íbamos al cine, leíamos juntos, íbamos a la plaza, hasta que terminó la guerra y entonces todo el tiempo solamente nos dedicamos a averiguar sobre nuestros familiares que quedaron allá. Íbamos al puerto, a las oficinas de inmigración, a todos los lugares a preguntar, y fue allí cuando le tuve que contar la verdad a la que sería tu madre. Ya no podía ocultarle, cómo seguir engañándola cuando iba a preguntar por la familia Polniaskyn, si yo en realidad me llamaba Elías Kohenz. Entiendes, hijo, Haim Polniaskyn es un nombre prestado.

     -¿Por qué no volviste a llamarte con tu verdadero nombre?

     -Tenía vergüenza.

     -¿Y con mamá? ¿Qué pasó?

     -Nos casamos. Ella no encontró a nadie de su familia, todos habían sido asesinados.

     -¿Y tu familia?

     -También los mataron a todos.

     -¿Y cómo te encontró ahora este sobrino?

     -La guerra terminó, y según las noticias que recibimos, no había quedado nadie de nuestras familias. Pero tu madre nunca se convenció de ello, y siguió insistiendo. Mandó cartas, fotos, direcciones, durante años, con datos de su familia y datos de la mía, y resultó que un hermano mío se había salvado, y después de la guerra se fue a vivir a Israel.

     -¿A Israel?

     -Así es, hijo.

     -¿Qué, papá?

     -Mira cómo es la vida, él estaba en Israel, y yo no lo sabía. ¿A qué juega la vida con nosotros?

     -¿Y cómo te encontró?

     -Él también se había cambiado de nombre. En Israel eligió otro, y nunca me buscó. ¿Quién podía salvarse de Auschwitz? Pero hace unos meses él murió, y entre sus papeles los hijos encontraron un documento antiguo con su viejo nombre, y se pusieron a buscar a algún pariente. Fue así como ahora me encontraron.

     -¿Cuántos hijos tuvo tu hermano?

     -Dos. Dos hombres.

     -¿Viven en Israel?

     -¡Io!

     -¿Qué va a pasar ahora con ellos, papá?

     -Les voy a contestar la carta, porque si aún yo estoy con vida, ellos quieren venir a conocerme. Y yo quiero verlos. Mira, Iósele, todavía queda personas que sufren.

     -Conozco esa historia, papá, leí mucho sobre la Segunda Guerra Mundial.

     -En los libros no está escrita toda la verdad. La verdadera historia es la mía y la de otros sobrevivientes como yo. Jamás podré olvidar, hijo, y ¿para esto quise vivir? Para esto, para ver a mi hijo que también se cambió el nombre, renegando de su padre.

     -Papá, eso que dices no es verdad. Las personas no son un nombre, no son un montón de letras que se juntan para formar una palabra. Las personas son seres con sentimientos, con color, con razas. No es un nombre el que da la identidad.

     -Creo que no me siento bien, hijo.

     -¿Qué te duele, papá? Deja ya de hablar.

     -Hijo, las huellas de dolor y vergüenza todavía están en mi cuerpo, en mi alma, que no tiene paz. Soy un hombre sin paz, hijo, sin descanso. Luego de lo que vi y sufrí, creo que hubiera sido mejor que muriera. Muchas veces pensé en el suicidio, pero, ¿cómo iba a traicionar así a Dios, a Dios que me sacó de aquel infierno, que me dio la posibilidad de escapar?

     Cómo explicarle a aquel viejo que fue él, él mismo, solamente él quien se salvó. La oportunidad y su deseo de vivir lo sacaron de aquel infierno, ese instinto de sobrevivencia que impulsa a la vida y después a la reproducción. Era por eso que mi padre deseaba tanto que yo tuviera un hijo, no era simplemente ese egoísmo característico suyo de ser abuelo lo que le llevaba a ser obsesivo en su petición. Además el hecho encerraba algo más, que recién después de su confesión podía yo descifrar, como otras tantas cosas que marcaron una relación negativa y destructora entre nosotros dos. 

     A partir de ese momento, sentí que estaba ligado a él, cercano a mí. Dejó de ser el extraño de toda la vida. Ya no necesitaba a mi madre para estar junto a él.

     La noche se llenó de truenos y de relámpagos. La lluvia seguía. Mi padre había bebido todo el contenido de té que estaba en el vaso. Se levantó y fue hasta la cocina a preparar más. Yo lo seguí y puse más agua dentro de la pava. La llevé al fuego y mientras rebanaba un limón para ponerlo dentro del vaso, el agua se evaporó y la pava quedó sin contenido. Mi padre iba a tomarla del mango cuando lo vi.

     -Deja, papá, no hay más agua.

     Mi padre igual llevó la mano hacia el mango de la pava.

     -¡Papá! Espera. ¡Te vas a quemar!

     -¿Qué dices, hijo?

     -Espera, papá.

     Mi padre estaba ausente, estaba en otro continente, en otro tiempo. Era víctima de ese placer mísero que nos hace apropiarnos de los recuerdos más terribles, para volvernos víctimas frente a los ojos de los demás.

     Llevé las tazas servidas con té y algunas galletitas, y volvimos a la sala. Fue un día largo en el que ni siquiera habíamos comido.

     -Papá. No te entiendo.

     -¿Qué, hijo?

     -¿Por qué callaste tanto tiempo?

     -Desde aquella época dejé de vivir. Amé a tu madre, a ti, fueron las personas que más quise en mi vida, pero siempre sentí que mi vida estaba cerca de la muerte.

     -Papá, sigo sin entenderte.

     -Después, cuando ya todo terminó, y Alemania empezó a indemnizar a la gente, porque necesitaba lavar su culpa, pagar por sus errores, y yo también necesitaba comer, acepté el pago. Tenía miedo de que a ti también te faltara comida, por ello acepté aquel dinero bañado de sangre, y eso hizo que me sintiera peor, mucho peor.

     -Ese dinero te correspondía, papá, no solamente por las muertes y los sufrimientos, por las consecuencias que tuvo la guerra en tu ciudad. Te quedaste sin casa, sin techo, sin tierra, sin familia.

     -Esta es mi historia, hijo. Ahora ya la conoces.



     Se hizo tarde, miré la hora, y era casi medianoche. Ahí seguíamos los dos, mi padre y yo, desenterrando dolores y fantasmas.

     Sentí una terrible desazón, la casa, la estación, la historia de mi padre me dejaron así.

     -Bueno, hijo, ahora podemos ir a dormir. Esta será una noche difícil. Mañana no sé cómo voy a amanecer. Ya sabes la historia de tu padre, su vergüenza, sus dolores, sus odios y sus penas.

     -Spinoza dice, papá: «No hay que reír, ni hay que llorar, ni hay que odiar, sino tan sólo entender».

     -Ya no me interesa ni reír ni llorar, ni odiar ni entender. Ya todo terminó, hijo.

     Los ojos de mi padre se volvieron hacia la ventana, pero su mirada se perdió quién sabe en qué lugar de su penosa historia.

     -Hay dolores y hay sentimientos que se instalan, se enquistan y duelen, duelen tanto, hijo.

     -¿Cuáles, papá?

     -¡La vergüenza y la tristeza! El dolor que siento en el pecho, punzante y permanente, empezó aquel día, y durará hasta mi muerte. No es el corazón, no es la presión alta, no es la angina, es otra cosa. Es peor. Es un dolor causado por la tristeza. Y para eso no hay cura ni medicamentos. Tendría que ir hacia atrás para no volver a cometer el mismo error.

     -¿Cuál fue ese error, papá?

     -¡Querer seguir viviendo!

     -Ese no es un error.

     -Sí lo es, cuando ya no mereces vivir.

     -¡Papá! ¿Qué dices?

     Con voz apagada mi padre respondió:

     -Hay recuerdos, hijo, que sólo se pueden compartir con uno mismo. Quizás nunca debí contártelo, para que nunca tuvieras que avergonzarte de tu padre. Hay recuerdos que entorpecen la vida, ahogan hasta el más escondido deseo de vivir, apagan hasta el último hálito de esperanza.

     -¿Quién eres tú para juzgarte a ti mismo? ¿Por qué no perdonarse a uno mismo por querer sobrevivir? ¿Por qué no perdonar y para siempre jamás a quien quiso seguir con vida, a quien peleó por vivir, a pesar de su cruel pasado? ¿Acaso por todo ello no mereces ser feliz? ¡Eso, ser feliz!

     -No tener najes, ése es mi castigo, y quizás yo sea el culpable. ¡Oy, Dios mío!

     -Papá, no te impongas a ti mismo el castigo. Tu decisión por vivir no tiene que ver con tu culpa. Aunque todo tenía relación.

     -La sobrevivencia era el resultado de permanentes luchas.

     Ya era de noche, una noche mojada, envuelta en tristeza. Las calles permanecían en silencio. Las luces se hallaban ausentes y la verdad que laceraba el ánimo. Decidí ir a descansar, y obligué a mi padre a hacer lo mismo.

     Me acosté pensando en aquella confesión que me dolió como los dolores duelen a los adultos, perdurable e inconsolablemente. 



 

- XXII -

 

     Decidí permanecer más tiempo en compañía de mi padre. Llamé a mi editor y le expliqué cuál era la situación que estaba atravesando y la causa por la que me era imposible entregar la novela terminada. Le pedí más tiempo. El hombre me preguntó cuánto, pero en realidad yo no sabía cuánto más necesitaba para reponerme completamente de aquella confesión que hizo mi padre. Necesitaba aceptar una nueva historia del pasado, distinta a la que conocía. Necesitaba entender por fin sus ausencias durante toda mi vida, sus reproches y exigencias, y aceptar que en algún lugar de Israel estaba un hombre, un primo mío esperando una respuesta para encontrarnos. De pronto todo a mi alrededor era nuevo, y hasta mis sentimientos habían cambiado. El editor aceptó esperar. No fijó una fecha como plazo fijo de entrega, permitió que lo hiciera yo. Le agradecí.

     Los días que siguieron a aquella confesión fueron terribles para mi padre. Había envejecido notablemente. Se había convertido en un anciano desprolijo y amargo. Llevaba la barba crecida y el rostro oscurecido. Hablaba con dificultad. Sus palabras se volvieron ininteligibles y el pasado retornaba en cada conversación. Hablaba y hablaba de los que ya no estaban y contaba episodios de su vida en Europa. Recordaba constantemente a sus padres y hermanos. Sus muertos volvían y con ellos mantenía largas conversaciones. Muchas veces intervine preguntando qué recuerdos lo invadían, y él respondía que ellos archivaban penurias y anidaban desvaríos. Cada tanto tomaba la carta y la leía y releía. Había perdido peso, se veía muy demacrado. No se sacaba el pijama, y siempre llevaba puestas las pantuflas. Casi no salía al patio. Sus plantas empezaron a secarse. Dejó de alimentar a sus canarios, y ellos abandonaron el canto. En aquella casa y en la vida de mi padre todo se volvió diferente, sórdido, extraño, a partir de aquel relato sobre su huida.

     Mientras él continuaba callado yo no terminaba de entender aquel celo de tanto tiempo por ocultar su pasado.

     Ya había pasado un par de semanas y en mi padre no se notaba ningún cambio. Seguía igual. El único momento en que volvió a comunicarse conmigo fue cuando me pidió que le ayudara a redactar una carta para el sobrino. Yo le dictaba en castellano pero él la escribía en yiddish. Dentro del sobre donde iba la hoja también incluyó una foto mía, y otra de él.

     Aquella tarde, al regresar del correo, donde dejé la correspondencia, le serví a mi padre el té con algunas masas dulces. Llevaba días sin alimentarse bien.

     -¡Papá! -dije mientras ponía la bandeja sobre la mesa.

     -¿Iósele?

     -Sí, soy yo. ¡Toma, papá!

     -¿Qué me traes?

     -Té y algo para comer.

     -No tengo hambre, hijo.

     -Debes comer, papá.

     -Sabes, Iósele. Todavía tengo algo que me pesa en el pecho y que no te dije.

     -¿Qué es, papá?

     -Tengo rencor, hijo. Deseé que los culpables de tantas muertes y de tantos sufrimientos pagaran por lo que hicieron, respondieran ante Dios, o ante un tribunal de hombres o ante la sociedad, ante cualquier justicia. Deseé mucho, siempre, con fuerzas, que se cumpliera esa ley, la ley del castigo. Ellos debían pagar por lo que hicieron. Pero finalmente la única ley que existió para algunos de ellos fue la ley del olvido. Muchos dirigentes nazis, asesinos, encontraron refugio en distintos países y allí vivieron cómodamente, protegidos y resguardados por años.

     -Cálmate, papá. Por favor, deja de pensar y de sufrir. Ya pasaron demasiados años desde aquello. Ya es tiempo que descanses. Que dejes de estar triste. Deja que yo te cuide ahora.

     -¡Iósele! ¿Acaso no sabes que desde afuera no se puede calmar el dolor?

     -¿Papá?

     -¿Sí, Iósele?

     -¿Qué te pasa?

     -Siento dolor.

     -¿Dónde? Dime si quieres ir al hospital.

     -No, Iósele. No es necesario que vaya a ningún lado. Soy un viejo. A mi edad todo duele, duelen los huesos a causa del reuma, ya ni se puede ver ni leer sin ayuda de los anteojos, la comida deja de tener sabor, los medicamentos se convierten en una necesidad para poder sobrevivir, ya no quedan fuerzas para caminar. ¡Oy, Iósele! La decrepitud humilla a la vejez como el hambre humilla a la pobreza.

     Mi padre finalmente bebió el té, pero no comió nada de lo que le había servido, ni tampoco comió durante la cena.

     La mañana siguiente amaneció con un viento norte caprichoso que sacudía las persianas de las ventanas. Me levanté precipitadamente pensando en la salud de mi padre y en la necesidad que tal vez hubiera de llevarlo al hospital. Preocupado lo busqué por toda la casa. Finalmente lo encontré en la puerta de calle, parado y pensativo. Lo tomé del brazo. Su cuerpo apenas se movía. Lo llevé hasta el dormitorio, lo senté en la cama. Le pregunté si quería ir al médico. Él me miró a los ojos, y no dijo una sola palabra.

     -¡Papá! Habla, dime qué te sucede.

     -Nada, hijo.

     -Te voy a llevar al hospital.

     -Sí, hijo, llévame. Llévame porque ya no me quedan fuerzas. Me siento derrotado.

     Llegamos al hospital más cercano. Allí lo subieron a una camilla y mientras lo llevaban a la Unidad de Cuidados Intensivos yo caminé a su lado, cuidándolo. En el trayecto mi padre me hizo un gesto con los ojos. Pedí a los enfermeros que se detuvieran un momento. Me acerqué. Él besó mi mejilla. Después preguntó:

     -¿Dónde estoy, hijo?

     -En el hospital, papá -le tomé de las manos. Ellas yacían pálidas.

     Mi padre habló bajo. Apenas se oía su voz y sus palabras eran prácticamente incomprensibles.

     -¿Todavía estoy con vida?

     -Sí, papá, pero no hables porque te agitas.

     -¿Por cuánto tiempo más?

     -Mucho tiempo, papá.

     Sus labios se corrieron ligeramente a cada lado del rostro, como si quisieran reír.

     -¿Sabes cuánto tiempo hace que dejé de vivir?

     -Calla ya, papá. No sigas hablando.

     -Iósele, hijo, quiero descansar. Déjame dormir.

     -Duerme, papá, duerme.

     La camilla de nuevo se movió y yo seguí caminando a su lado con mis manos apretadas a las de mi padre, sujetas a aquellas manos delgadas que se desvanecían como si, cansadas, dejaran escapar la fuerza que las mantenía con vida.

     Mi padre murió un día de mucho frío, un día de invierno oscuro y entristecido que se fue sin ver el sol.

     Siempre le temí al final. Siempre temí enfrentarme con la muerte. Siempre fui un cobarde, también aquel día en el cementerio, cuando enterré a mi padre. Por primera vez me enfrentaba con la muerte. Por primera vez sufrí la sensación del dolor inigualable que produce la pérdida. Sentí la orfandad.

     La ceremonia de entierro fue corta. Una vez finalizada saludé a los pocos que se habían reunido aquella mañana para el entierro de mi padre. Estaban don Samuel, José, Carlos, el dueño del bar, mis primos Báshele, Mírele, y Leíbele, algunos conocidos más, y también, estaba Sofía. Ella se acercó, me abrazó. Le pregunté cómo se había enterado de la muerte de mi padre, me respondió que eso carecía de importancia en aquel momento. Después no dijo una sola palabra más, me presentó al marido, que la estaba acompañando. Todos se alejaron, pero yo permanecí más tiempo en aquel lugar. Quería estar solo frente a la tumba de mi padre.

     Volví a rezar un kaddish(35). Toqué mi camisa en el lugar donde el rabino la había rasgado como símbolo de duelo. Dejé una piedra sobre la tierra recién removida y me alejé. Caminé entre lápidas, algunas negras, otras blancas, otras carcomidas por el tiempo, otras nuevas, otras abandonadas. En algunas crecían hierbas, en otras flores, algunas tenían fotos, otras no. En algunas ya ni siquiera se distinguían las letras, pero cada una de ellas guardaba un pensamiento que quizás nunca se pudo reproducir, ni emociones que tal vez jamás se pudieron contar, que quedaron sepultadas en la memoria, y la muerte se las llevó. Secretos que los labios no pudieron contar. Sentimientos que no se pudieron manifestar. ¿Y ahora qué?, me pregunté. No sabía adónde ir ni qué hacer con mi duelo. Había olvidado que los duelos son para vivirlos. Tuve frío. Sentí un temblor extraño. Era miedo. Un miedo incontrolable frente a aquella situación en aquel lugar donde yo extrañamente sentía que era parte de la vida y de los muertos.



     Salí a la calle. La tarde se perdía teñida de desesperanza y yo me teñí de gris, de aquel gris que tiñe la tristeza. Detrás de mí todo quedó en silencio. Pensé que todo terminaba en ese silencio. En ese silencio cruel y absoluto.

     Caminé. Caminaba cuando me sentí cansado, muy cansado, agotado. Me senté en el borde de una vereda y lloré, lloré por la muerte de mi padre, lloré por mi padre. Sufría, sufría por la ida de aquel viejo que me dejaba solo, por los recuerdos que me legaba, por su confesión, por aquella época de su vida que ignoré. Cómo me dolía en ese momento enterrar a mi padre, pero más me dolía enterrar el pasado.

     No podía creer que unos pocos minutos atrás yo había rezado un kaddish por Elías Kohenz o Haim Polniaskyn. Qué importancia tenía el nombre. Terminaba de rezar un kaddish por un hombre, por un padre, por mi padre.

     Después de dar vueltas y vueltas llegué al edificio. Entré a mi departamento y de pronto sentí un silencio profundo, y tuve la sensación de que me faltaba algo, me faltaba alguien. Miré el sofá, y me pareció ver a mi padre sentado con la mirada perdida detrás de la ventana, abstraído y sin tiempo. Vestía su pijama celeste con rayas, muy finas, y en los pies llevaba sus gastadas y desteñidas pantuflas. Me encontraba solo frente a la presencia miserable de la muerte. Sentí la sensación de vacío, un tremendo vacío parecido al que sufrí cuando volví de Israel y no encontré a mi madre. El mismo que sufrí el día en que Sofía se fue, pero nunca acompañado de tanta tristeza y de tanto abandono. Temía quedarme solo, aunque era un hombre, un adulto, pero igual me sentía desvalido y solo.

     Salí al balcón, el cielo estaba lleno de estrellas, la noche era clara, la calle estaba vacía, el silencio me acompañaba.

     Me sentía abandonado, abandonado en una profunda y absoluta orfandad. 



 

- XXIII -

 

     El avión en el que venía el primo Uri estaba sobrevolando el aeropuerto. Miré el cielo y de pronto empecé a sudar, a sentir mucho nerviosismo, y una inmensa ansiedad. Hubiera querido que mi padre me acompañara en esta ocasión. Este era su momento, no el mío. Era el reencuentro con su historia, no la mía. Pero de nuevo estaba yo allí, enfrentándome al pasado, aguardando a una persona a la que nunca antes había visto, de la que nunca antes había oído hablar, de la que ni siquiera conocía su existencia. Era un extraño, un verdadero extraño, pero con antepasados, con historia y con un nombre igual al mío.

     Laura notó mi estado. Me tomó de la mano. Luego apoyó su cabeza sobre mi hombro y así permanecimos hasta que el avión aterrizó. Entonces ella y yo caminamos hacia la puerta de salida de los pasajeros. Miraba atento y nervioso a través de una pared de vidrio cuando de pronto, a lo lejos, vi aproximarse un hombre que insólitamente iba vestido igual que mi padre. Llevaba puestos zapatos de lluvia, sobretodo gris, un sombrero de fieltro negro y paraguas en la mano. Caminaba despacio, con cierta dificultad. Le tomé fuerte la mano a Laura. Estaba seguro de que aquél al que estaba mirando era mi primo Uri. El hombre esperó la llegada del equipaje, recogió una valija y vino hacia mí, despacio, con pasos inseguros y rostro bondadoso. También él me había reconocido.

     En ese momento y por un instante dudé de mi teoría sobre la descendencia. Pensé que quizás hubiera sido bueno haber tenido un hijo.

     Allí estábamos los dos frente a frente sin saber qué decirnos, sujetos a una situación creada por una simple casualidad.

     El destino, la guerra, la vida, nos habían separado, y de nuevo el destino nos ubicaba uno frente al otro, jugando una vez más con los que estamos señalados a vivir.

     Nuevamente nos hallábamos todos reunidos. Los muertos, los vivos, los buenos y los malos, la muerte y su misterio, los muertos y sus secretos, el pasado y el presente sometiéndonos a un sutil y perverso juego tendido por el destino. 



- XXIV -

     Y fue como imaginé. Aquel hombre que bajó del avión llevando zapatos de lluvia, un sobretodo gris, un sombrero de fieltro negro y un paraguas en la mano, y que después caminó hacia mí, con pasos inseguros y rostro bondadoso, el que tienen casi todos los hombres mayores, y que parece otorgarles paz, era el primo Uri.

     No hicieron falta presentaciones. Ya nos conocíamos. Todo fue como un reencuentro, como si nos conociéramos desde antes, desde mucho tiempo atrás, desde toda la vida.

     Se instaló en mi departamento y su visita duró un par de semanas en las que hicimos varios paseos. Visitamos el cementerio, hablamos de nuestros respectivos padres, de nuestra infancia, miramos fotos, y en varias ocasiones nos emocionamos mientras recordábamos a nuestros muertos.

     Antes de su partida prometimos escribirnos, volver a visitarnos, y nos comprometimos a seguir cultivando esa relación construida sobre cenizas.

     Uri se marchó.

     Terminé mi novela y finalmente ésta se publicó. Vendí la casa de mi padre, pero antes regalé las jaulas con los pájaros a la vecina de al lado, la que siempre los cuidaba. Las plantas las regalé a la otra vecina, la del frente, la que aprendió cuánta cantidad de agua necesitaba cada una y de qué manera limpiar sus hojas. Dejé algunos muebles en la casa, otros los traje conmigo. También conservé las fotos y los objetos de adorno.

     Puse en alquiler mi departamento y me mudé a vivir con Laura.

     Cada tanto iba al bar a tomar un vaso de vodka con José, o a jugar al dominó con don Samuel, hasta que la muerte fue llevándolos uno a uno, cumpliendo con la justa ley.


 

 

NOTAS

1.       Año nuevo judío. (N. del A.)

2.       Sinagoga. (N. del A.)

3.       Idioma de los judíos de Europa Oriental. (N. del A.)

4.       Barrio de religiosos ortodoxos en Jerusalén. (N. del A.)

5.       Objeto que se pone en las puertas de los hogares judíos, que contiene un rollo de pergamino con una bendición de la Biblia. (N. del A.)

6.       Pasteles de papa. (N. del A.)

7.       Pan con levadura. (N. del A.)

8.       [«Rosha» en el original. (N. del E.)]

9.       [«darles» en el original. (N. del E.)]

10.       ¡Con Limón! (N. del A.)

11.       ¿Y? (N. del A.)

12.       Recopilación de la Ley oral judía en seis tratados. Forma parte del Talmud. (N. del A.)

13.       Pasta hervida rellena con papas. (N. del A.)

14.       ¡Sí! (N. del A.)

15.       Día del perdón. (N. del A.)

16.       Oración por los difuntos. (N. del A.)

17.       Satisfacciones. (N. del A.)

18.       Abuelo. (N. del A.)

19.       Ceremonia en la cual los varones judíos asumen, a los trece años, la mayoría de edad religiosa. (N. del A.)

20.       Solideo. (N. del A.)

21.       [«quiera» en el original. (N. del E.)]

22.       Antiguo Testamento. (N. del A.)

23.       Brindis. Literalmente, «Por la vida». (N. del A.)

24.       [«hacía» en el original. (N. del E.)]

25.       Arrolladito de queso. (N. del A.)

26.       Torta de miel. (N. del A.)

27.       Poquito. (N. del A.)

28.       [«verénekes» en el original. (N. del E.)]

29.       [«e» en el original. (N. del E.)]

30.       Plegaria con que se inicia el oficio litúrgico de la víspera del Día del Perdón. (N. del A.)

31.       Manto ritual con el que los hombres se cubren sus hombros. (N. del A.)

32.       [«Yon» en el original. (N. del E.)]

33.       Cuerno de carnero o cabra que se sopla para llamar a la reflexión y al examen de conciencia* en Año Nuevo y Día del Perdón. (N. del A.)

     * [«consciencia» en el original. (N. del E.)]

34.       [«perdí» en el original. (N. del E.)]

35.       Oración de difuntos. (N. del A.)

 

 

 

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