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EFRAÍM CARDOZO


  EL PARAGUAY COLONIAL - LAS RAÍCES DE LA NACIONALIDAD, 1959 - Por EFRAIM CARDOZO


EL PARAGUAY COLONIAL - LAS RAÍCES DE LA NACIONALIDAD, 1959 - Por EFRAIM CARDOZO

EL PARAGUAY COLONIAL

LAS RAÍCES DE LA NACIONALIDAD

EFRAIM CARDOZO

Profesor de Historia del Paraguay

en la Universidad de Asunción

Prólogo de JUSTO PASTOR BENITEZ

EDICIONES NIZZA

BUENOS AIRES - ASUNCION

1959 (231 páginas)

 

 

INDICE

PRÓLOGO, POR EL DR. JUSTO PASTOR BENÍTEZ

CAPÍTULO I. LA RAÍZ GEOGRÁFICA.

1. LA PROVINCIA GIGANTE DE INDIAS. 

2. ASUNCIÓN, GERMEN NUTRICIO. 

3. EL BOSQUE. 

4. EL SOL. 

5. EL RÍO PADRE. 

6. EL CHACO. 

7. EL PAISAJE. 

8. LA MELANCOLÍA DEL MAR. 

9. HIJA DE SUS HIJOS.

CAPÍTULO II. LA RAÍZ HUMANA.

1. LA RAZA PARAGUAYA. 

2. EL ESPAÑOL. 

3. EL GUARANÍ. 

4. EL "PARAYSO DE MAHOMA". 

5. LOS "MANCEBOS DE LA TIERRA". 

6. LOS FUNDADORES. 

7. EL "CUÑADAZGO". 

8. LAS PUGNACIONES TREMENDAS.

CAPÍTULO III. LA RAÍZ ECONÓMICA.   

1. LA SIERRA DE LA PLATA. 

2. EL PAÍS SIN MINAS. 

3. EL "AGRO DEL MUNDO".

4. LA CLAUSURA DE BUENOS AIRES. 

5. LA YERBA. 

6. LA CARRERA DE LAS GABELAS.

7. EL PUERTO PRECISO.

8. EL ESTANCO DEL TABACO.

9. NI RICOS NI POBRES.

CAPÍTULO IV. LA RAÍZ CATÓLICA.

1. EL BUSCADOR DE DIOS. 

2. EL BUSCADOR DE LA TIERRA SIN MAL. 

3. PRIMERAS BATALLAS POR LA FE. 

4. LOS JESUITAS EN EL GUAIRÁ. 

5. EL MISIONERO PARAGUAYO. 

6. LA REPÚBLICA DE DIOS. 

7. LA RIVALIDAD ENTRE LAS DOS PROVINCIAS. 

8. LA RAZÓN DE LA GUERRA. 

9. LA EXPULSIÓN DE LOS JESUITAS. 

10. EL CATOLICISMO TRIUNFANTE.

CAPÍTULO V. LA RAÍZ LIBERTARIA.

1. LA IDEA DE LA LIBERTAD. 

2. LA REAL CÉDULA DE 1537. 

3. LA CEPA COMUNERA. 

4. LOS "SOBERBIOS E INQUIETOS MANCEBOS".

5. HERNANDARIAS. 

6. LA DIVISIÓN DE LA PROVINCIA.

7. LAS INSTITUCIONES POPULARES. 

8. LA REVOLUCIÓN DE LOS COMUNEROS. 

9. LA DOCTRINA COMUNERA. 

10. EL IGUALITARISMO. 

11. INDIVIDUALISMO Y COMUNITARISMO.

CAPÍTULO VI. LA RAÍZ HEROICA.         

1. EL "GLORIOSO TÍTULO DE MILITAR". 

2. LAS GUERRAS DEL CHACO. 

3. LAS OTRAS GUERRAS INTERNAS. 

4. LA VECINDAD PORTUGUESA. 

5. LOS "BANDEIRANTES". 

6. LOS TRATADOS DE 1750 Y 1777. 

7. LA DEFENSA DEL RÍO. 

8. "A SU COSTA Y MINSIÓN". 

9. PATRIOTISMO Y ORGULLO.

EPÍLOGO

 

PRÓLOGO

ORIGENES DE LA NACIÓN PARAGUAYA

 

Uno de los períodos menos estudiados de nuestra historia ha sido el colonial. Como si ella se hubiese detenido en la crónica de Ruy Díaz de Guzmán, para resurgir tres siglos después en la Descripción Histórica y Geográfica de Mariano Antonio Molas y otro más tarde en el Compendio de Blas Garay y el estudio del proceso de la Independencia de Fulgencio R. Moreno. Ahora bien, fuente copiosa de ese período se encuentra en las Actas Capitulares, todavía inéditas y en escritores españoles como Félix de Azara y Juan Francisco de Aguirre. Algo así como soterrado, para dar preeminencia a sucesos más resonantes, cuando en realidad constituye el cauce, el fermentario, la "intrahistoria" de la nacionalidad. La conquista con sus matices de epopeya, sedujo al estudioso que descuidó el examen de los factores que constituyen a la formación en un largo mestizaje y la transculturación; olvidó al conquistador que fue sustituido por el colono, que se ha fijado en la tierra de los carios desilusionado del espejismo de "La Noticia". Solamente Moreno estudió ese proceso, tomando como centro de indicación la capitalidad asunceña; llegó a fijar el perfil del mestizo en líneas indelebles, pero no pintó al criollo. Un estudio ecológico.

El doctor Efraím Cardozo se ha propuesto la interpretación de los fenómenos primigenios desde diversos puntos de vista. Copiosa es ya la labor histórica de Cardozo, que se inició en la investigación de los derechos al Chaco, para proyectarse después en un resumen del período de la vida independiente que ensambla perfectamente con el presente estudio y es su lógica continuación. El historiador se proyecta en ensayista de cuño social. A la búsqueda de la verdad de los acontecimientos sigue la tentativa de interpretación. Deja su tarea de enjuiciador del pasado para mirar de frente la realidad nacional y para pisar tierra firme se adentra en los orígenes de la nacionalidad.

Su temprana erudición le ha permitido seleccionar las fuentes y su talento, la enunciación de juicios acertados. La trama positiva es resistente, y enaltecedoras son sus conclusiones como para despertar fe en los destinos nacionales fraguados en trances duros y empeños tenaces. Ha penetrado en los meandros de nuestra historia; examina el medio físico y su repercusión sobre el hombre; tierra, clima, bosque, hidrografía y el desierto frontero que fué el Chaco; la combinación hispano-guaraní, su fruto el mestizo y su comportamiento social, algunos jalones del acontecer histórico y el panorama colonial, con el criterio del historiador que no se siente esclavo del documento. A mi juicio, exagera un tanto los factores tropicales adversos, pues, otras fundaciones han prosperado en zonas más ingratas que el Paraguay. Ha mirado de cerca al español y al guaraní, vertientes humanas de nuestra formación y se enfrenta a la realidad nacional con el espíritu objetivo que hizo de Moreno nuestro primer historiador ecológico con La Ciudad de Asunción. Cardozo se coloca en la línea de los modernos ensayistas que estudian esa realidad, y no los esquicios, entre los cuales descuellan el doctor Justo Prieto, con La Provincia Gigante y Luis J. González con El Paraguay Prisionero Geo-Político, aunque difiere de ellos en el criterio interpretativo. El libro del doctor Cardozo ya no es un esquema; en él se transita entre cosas paraguayas. En una carta dirigídame manifestó el deseo de reformar la obra, para darle otra contextura, quizás más acabamiento. Como amigo y compañero te aconsejo que lance al escenario tal como está en el borrador que acabo de leer y que me atrevo a espigar ligeramente por no privar al lector de la primicia jugosa. Un libro debe estar en perpetuo crecimiento, sobre todo tratándose de talentos jóvenes; y ha de ser un desafío, con el pequeño fragmento de verdad que hemos podido atisbar en el tumulto de los acontecimientos pretéritos; una contribución para conocernos, para comprender el pasado, un acercamiento al hombre paraguayo, que debe constituir el tema de nuestras actuales preocupaciones. El paraguayo, su biología, su hábitat, su alimentación, sus condiciones de vida y de trabajo, su psique, su alma, sus aspiraciones, sus taras, sus defectos. ¿Qué es el Paraguay? ¿De dónde viene? ¿Adónde va? ¿Cuál puede ser nuestra contribución a la suerte del mundo? ¿Qué hacemos en esta selva mediterránea?

Cardozo cree encontrar en el fenómeno paraguayo una bipolaridad, geográfica y humana; una especie dialéctica hegeliana; fuerzas contradictorias y permanentes. Allí radica para él ese drama nacional por excelencia, que explica los altibajos, los ritmos históricos, más allá del determinismo mediterráneo; y entiende que la solución no está en la uniformización sino en la subsistencia de ese paralelogramo de fuerzas. Se trata de la primera tentativa de filosofía de la historia nacional, si bien conviene advertir que por encima o en el sustrato de esa dialéctica tiene que encontrarse un factor unitivo, de continuidad que podríamos llamar paraguayidad, para explicar la subsistencia en medio de factores adversos. Pues bien, ese factor no puede ser otro que el espíritu nacional, que fué fijándose a través de tres siglos.

Irala dió sentido a su historia, que no es mero desenvolvimiento guaranítico, puesto que dicha cultura asentada en rudimentaria ocupación agraria y cigenética, carecía del instrumental y de animales auxiliares para ascender por sí sola a etapas más elevadas, no tenía escritura fonética ni medidas exactas del tiempo. Pero tampoco fue una simple réplica peninsular; es criolla y mestiza, en todas las dimensiones al punto de conservar la lengua autóctona.

El europeo tuvo que adaptarse, impregnarse del medio, adoptar estilos y alimentación indígenas y se transformó psicológicamente por influencia del nuevo espacio; su personalidad se expande, no en sentido europeo, sino americano. Soldados como Irala y Garay resultan grandes generales; crean nuevas tácticas de lucha en la jungla, abaten pero fundan.

El hijo de la pareja peninsular ya no pudo sentir nostalgia de la heredad paterna; es una nueva expresión cuya cifra es Hernandarias. Se produjo durante la colonia una ruptura psicológica de la historia, aunque siguieran rigiendo las Leyes de Indias. América va absorbiendo al conquistador. La conquista es el último capítulo de la epopeya hispánica, pero es también el inicio de nuevos países que se sienten orgullosos de ser ramas de conquistadores, como ocurre en el Paraguay, cuyo único título de nobleza y repartimientos radicaba en el descender de ellos.

Los diversos factores que contribuyeron a ir modelando el tipo paraguayo y el perfil de la nación, son examinados por el doctor Cardozo; cristianización, instituciones, familia, casa en lugar de oga, pueblo en lugar de tava, con criterio fundamentado pero con cierta euforia de su linaje. Entre los factores    políticos mencionarse en primer término la Cédula Real del 12 de septiembre de 1537, especie de Carta Magna de la Asunción naciente, que le autoriza a elegir gobernadores en caso de vacancia y que se desenvuelve en un espíritu de autonomía provincial, y genera ese espíritu de rebeldía que le permita deponerlos como ocurrió repetidas veces. El mismo espiritu anima la Revolución de los Comuneros, cúspide del periodo colonial, que Cardozo estudia con un cúmulo de datos e interpreta como un antagonismo de organizaciones y no como un mero choque político. Ese mismo criterio amplio rige su interpretación de las doctrinas jesuíticas, su organización y carácter, su antagonismo con la sociedad civil de la Provincia sobre la cual se iban proyectando amenazadoramente por la competencia comercial privilegiada, la mano de obra comunitaria; su colegio en Asunción; sus fundaciones aquende el Tebicuary como San Estanislao y Belén, sus amplias estancias e influencia política. Contra esa penetración se yergue el Cabildo seguido del vecindario, siempre con ese impulso de autonomía que se sublimará en el espíritu nacional. Cardozo proyecta mucha luz sobre aquel período y reconoce en esos acontecimientos uno de los manantiales del espíritu nacional, pues, si la revolución fué vencida y fueron sacrificados sus caudillos, la incineración de los papeles en un auto de fe liberticida no logró secarlo.

El historiador hace un acucioso estudio de las condiciones económicas de la provincia, de sus fuentes de producción, los instrumentos de cambio primitivísimos y de las gabelas fiscales; era pobre y siguió siéndolo, renunciando al sueño dorado del Paitití, para entregarse a arañar la tierra, a cuidar del ganado y derribar árboles para sus menesteres, inclusive para las embarcaciones con que siguió dominando el río que le comunica con el mar imposible. Asunción deja de ser entrepuerto para convertirse en centro, en ciudad expansiva. El español se ha fijado. Es un cambio histórico funcional de trascendencia. La Pobreza pone su impronta sobre la fisonomía provincial, le dará virtudes pero detendrá su progreso... La base económica era demasiado estrecha para un desenvolvimiento expansivo. La comunidad tiene más de franciscana que de jesuítica y su misma categoría ideal de vida será el Mboraijhúrybata, clase media paraguaya, digna de estudio como base de democracia social, como lo son el criollo y el mestizo.

La defensa de los dominios hispánicos, en este sector del continente, fué realizada por los paraguayos y a sus expensas; cuidar de 23 presidios, donar su caballo y su arma de fuego; pólvora, lanzas y espadas, algunas salidas de las fraguas asunceñas; ir él mismo o mandar al hijo a lejanas expediciones. Es un pueblo de perenne movilización. Este es un aspecto que Cardozo, analiza con método y penetración, como estudia el drama guaireño, los esfuerzos para conservar esa altiplanicie que conducía al puerto de San Francisco sobre el Atlántico; como lo aconsejaron Irala y Hernandarias. Entonces sí el Paraguay no hubiera quedado enclaustrado.

Pero donde el autor revela toda su emoción es el referente a dos mancebos de la tierra. Este núcleo es el genes del paraguayismo. Ha sido moldeado por un conjunto de factores señalados por Moreno y analizados con criterio científico por Cardozo. La rebeldía, la inquietud del mancebo tiene algo de masa primigenia, de substancia que busca forjarse un estilo que no estorbe su expansión. Es el cariay, el carai-ray, el cuimbaé, y no el abaeté guaraní; otra expresión humana; ni es tampoco el blanco puro conquistador, o colono que cristalizara en "godo" el "realista" en pytaguá. Es ya el criollo, el "europeo tropicalizado", término de auténtica americanidad."Paraguay" no será sólo el nombre del río, de la capital, del país, sino el marbete de las cosas: "rosa-Paraguay", sopa-paraguay; jazmín-Paraguay; como signo de calidad "Checo paraguay" es una expresión de hombría.

Hay una veta soterrada en nuestra historia, que señalan por intuición vernácula. Moreno, Cardozo y Juan B. Rivarola; pero no es un mero afán de libertad política, sino un vago deseo de constituir una nación de desprendimiento de autodeterminación social; de autenticidad, para lo cual no se puede negar la influencia del aislamiento temporal y espacial del coloniaje, e inclusive el enclaustramiento francista.

No vamos a insistir en la diferencia que se marca en el proceso histórico entre taba y pueblo, entre el abá, guaraní y el paraguayo, por haberla enunciado en otro trabajo; pero es oportuno reconocer que en el libro de Cardozo se encuentra una fundamentación del ethos paraguayo. Lo que interesa aparte del relato de la narración de los acontecimientos y de las crónicas gubernativas, es el enfoque de esa realidad provincial, del fermentario, del tumulto social que han ido configurando lo que hoy se llama República del Paraguay. Porque ese proceso no ha podido responder al puro patrón europeo, como ocurrió en ciudades en que se impusieron las oligarquías blancas, sin mezcla, en base a la explotación del trabajo servil, sin absorción del elemento indígena local; pero tampoco a una mera concentración de tribus diversas. A mi juicio, se trata de algo nuevo, de un mundo que va a nacer en un mundo subtropical, por el mestizaje, las hibridaciones, la transcultación espiritual y material. Es el aspecto que comienza a interesarnos y que nos conducirá al estudio del hombre paraguayo, de las constantes de su historia, de las causas de su atraso actual y de las virtudes que le han permitido dominar a la naturaleza y las contingencias históricas. Cardozo sostiene que el aislamiento, las dificultades de comunicación, los insignificantes aportes foráneos, obligaron al paraguayo a ingeniarse para subsistir, aprovechando el utensilio europeo como modelo y los factores ambientales; a hacer puertas, baúles y camas de cuero, a usar el porongo, a tejer el poncho, a usar sombrero pirí, a techar de paja la casa para defenderse de la luminosidad y de la lluvia en aleros, a hacer dulce con el azúcar y las frutas tropicales. Cree inclusive que como hombre de la selva ha inventado su táctica de guerra, cuyos ejemplares serían la maniobra de Tacuarí y el "corralito" del Chaco.

De ahí la impronta que ha puesto en la polka, en los encajes como el ñandutí, el aó-poí, en el poncho sesenta lista; en el anillo de ramales, en el tereré, en comidas como el locro, el sooyosopy, sopa paraguaya, en la miel con queso como postre, en usos y costumbres que hablan de una individualidad característica, diferenciada. El aislamiento quedó sellado con la cédula ideal de 1616, dictada con la deturpación del pensamiento inicial de Hernandarias que aconsejaba la creación de una nueva gobernación para el Guairá, en que se incluyó por ignorancia, la Asunción, como demuestra Cardozo. La expansión se transforma en concentración. Una especie de ritmo histórico.  El Paraguay comienza a adoptar una actitud defensiva, que se proyectará en su psicología como desconfianza. Para este fenómeno no son ájenos el aislamiento especial y la influencia de la selva. Faltó la ventana del mar para hacerlo más expansivo, pero en cambio le dio densidad espiritual.

Este aislamiento fué poco propicio a la expansión económica y al cultivo de la inteligencia. A pesar del elogio que ha merecido de algunos historiadores como Azara y de la apología de algunos gobernantes que fundaron nuevos núcleos, es forzoso reconocer que no tuvo la desenvoltura, el desembarazo necesario para su prosperidad económica y la cultura intelectual. No había más ciudad que la Asunción, ubre casi agotada, y cuatro o cinco villas, las escuelas que se mencionan eran rudimentarias, de mera a alfabetización; fuera de los colegios religiosos, el Paraguay pudo contar con un instituto que llamaríamos superior sólo a fines del 1700. La inteligencia paraguaya que se anunció promisora en Ruy Díaz, Hernando Trejo y Roque González no contó con las condiciones favorables. Ya en vísperas de la Independencia, se vio surgir una nueva generación de mancebos y fue precisamente ella la impulsora de la Revolución.

Reducida la provincia a una situación mediterránea, cambia su sentido histórico. Fuera de la guerra fronteriza y de la Revolución de los Comuneros, casi no hay acontecimientos de gran relieve histórico. Lo importante de ese aspecto no es la crónica política y de los gobernadores, sino la social, es decir el estudio de la formación de la nacionalidad y sus diversos factores. No vemos en ese panorama la lucha por libertades públicas, sino el empeño casi obscuro, pero profundo, para forjar una nación. Ella se va forjando a despecho de vicisitudes y cuando aflora en el escenario americano en 1811, tenía ya perfil propio según el doctor Cardozo. Pero le faltaba la fabrica política jurídica, el reconocimiento de esa forma cuya substancia se fué forjando en la era colonial. Lo más hermoso que hay en este libro escrito con elocuencia y apoyado en una vasta y sistematizada documentación es el espíritu de paraguayismo que le anima, que se descubre en el claro texto, en la frase brillante, en la argumentación maciza.

De aquí se puede pasar sin solución de continuidad al "Paraguay Independiente", y esperar para muy pronto otro volumen, de mayor proyección social, como desarrollo de una brillante tesis interpretativa de nuestra historia.

JUSTO PASTOR BENÍTEZ

Río de Janeiro,  mayo 28 de 1953.

 

 

II

LA RAÍZ HUMANA

l. LA RAZA PARAGUAYA

 

La geografía y la historia actuaron antagónicamente en los comienzos de la vida paraguaya; la nación emergió más como producto de la voluntad humana que como fruto  del medio que la acunó. El hombre fue el protagonista principal en el drama de la creación paraguaya. Después de aceptar el desafío de la naturaleza, la sojuzgó y la sometió a su servidumbre, pero debió vivir siempre alerta ante sus asechanzas y sortilegios. Si las condiciones cósmicas actuaron como yunque y fragua para acerar su temple y moldear su carácter, la substancia que resistió los fieros embates y salió airosa del incesante martilleo, estaba hecha de carne y hueso, pasiones y sentimientos, sangre y espíritu, ideales y creencias: fué la raza paraguaya.

¿Puede hablarse con propiedad de la existencia de una raza paraguaya? (1) Empleemos el término sólo convencionalmente, para significar al producto del cruce de los dos caudales étnicos y anímicos que confluyeron en el Paraguay: el español y el guaraní. De la unión de las dos corrientes biológicas y culturales indiscutiblemente surgió un tipo humano, distinto e igual, al mismo tiempo, de sus progenitores, y con características inconfundibles en el panorama étnico de América. Pasemos por encima de los descriptores de los siglos primeros, XVI y XVII, ya que a ellos hemos de volver al referirnos al producto primigenio del cruce, para mencionar solamente dos testimonios del siglo XVIII, cuando ya el proceso de ensamblaje y aculturación recíproca había llegado a su término. Uno de ellos es el padre José Sánchez Labrador, jesuita de saber enciclopédico, y otro el capitán Félix de Azara, naturalista e historiador que ganó fama mundial con sus obras sobre el Paraguay.

Sánchez Labrador señaló la bella índole y despejado ingenio de la gente española nacida en estos países, y la proporción de sus tallas y facciones, y agregó: Por maravilla se ve un enano en estas tierras; el talle y el ayre de los cuerpos es magestuoso, y por lo común tan proporcionado en magnitud, que ni lo alto lo saca de españoles garbosos, ni lo bajo lo confunde con los de la Laponia. El agrado, la urbanidad, y genio liberal por ventura no tienen consonante en toda Europa. La modestia en todo su porte califica sus almas y corazones (2).

Y Azara escribió, por su parte, que los mestizos del Paraguay parecían poseer alguna superioridad sobre los españoles de Europa, en la estatura, en la elegancia de las formas, y aún en la blancura del cutis (3). Y en otro de sus escritos juzgó a los paraguayos muy astutos, sagaces, activos, de luces más claras, de mayor estatura, de formas más elegantes, y aun más blancos no sólo que los criollos o hijos de español y española, sino también que los españoles de Europa, sin que se les note indicio alguno que desciendan de india tanto como de español (4).

Descontada la hipérbole, difícil de evitar por quienes tanto se identificaron con el pueblo en cuyo seno vivieron largos años, es manifiesta la coincidencia en la pintura esquemática o los rasgos psíquicos y físicos del hombre paraguayo. ¿Nos encontraríamos acaso ante un ejemplar humano superior, que sería el hacedor de la historia paraguaya, por la sola impulsión de sus potencialidades espirituales y biológicas? ¿Los "mancebos de la tierra", el brioso producto del mestizaje hispano-guaraní, fueron todos, al mismo tiempo, en la construcción del Paraguay: los arquitectos, los obreros, los cimientos, los ladrillos y el cemento?

 

(1)  Los conocimientos actuales sobre la herencia humana no permiten aceptar las antiguas clasificaciones raciales basadas en una supuesta consanguinidad. Los experimentos de Mendel demuestran que la herencia no se transmite por un fluido que puede mezclarse y diluirse, cual es la sangre, sino por entidades separadas, llamadas... “genes", que determinan los caracteres físicos y quizás los mentales. Cada hijo no hereda todos los genes de sus antepasados, sino un "juego" de los mismos de aquí las diferencias entre los hermanos. Las razas, conforme al concepto mendeliano, completado por sus continuadores, pueden definirse como poblaciones que se distinguen en la frecuencia de algún o algunos, genes (léase: Mendel, De Vries, Correns y Tschmak: "Cuatro estudios sobre genética"). No hay ni puede haber razas puras, pero el matrimonio entre miembros de diferentes razas puede conducir a la fusión en un solo grupo. "Si los cruzamientos continuaran por un tiempo suficientemente largo, las dos razas se habrían confundido en una", sin que la mezcla entrañe la pérdida de identidad de los genes, que persiste a través de todas las mezclas, dando su carácter a la raza". (L. C. Dunn y Th. Dobzhansky: "Herencia, Raza y Sociedad", p. 159).

(2) P. José Sánchez Labrador, Paraguay Catholico - Ensamble de las Misiones Guaraníes, códice inédito.

(3) Azara, Voyages, t. I, p. 268, París, 1803.

(4) Azara, Descripción e Historia, t. I, p. 293, Asunción, 1896.

 

2. EL ESPAÑOL

 

Hernandarias de Saavedra, en memorial al Rey del 30 de enero de 1600, recordó que en la conquista del Paraguay se derramó la más ilustre sangre que de España ha pasado a las indias (5). El Cabildo de Asunción, doce años después, afirmó que los males que se cebaron sobre la Provincia al comenzar el siglo XVII sólo podían sufrir ánimos tan curtidos y habituados a trabajos como los nuestros, heredados de un tan noble, fiel y antiguo tronco como el de nuestros predecesores, de que dieron tan gran testimonio al mundo, que durará cuanto él, pues dexando como dexaron en esas Españas mayorazgos, el rregalo y sosiego de sus casa y patrias, cometieron una empresa tan yncógnita y dubdosa, en donde padecieron tantas hambres, muertes y calamidades, que solo la memoria dellas asombra, no acobardándoles nada de eso (6).

La prosapia alegada por Hernandarias y los cabildantes de 1612 no estuvo alimentada por títulos nobiliarios, como en la conquista y colonización de México y del Perú. Aunque Oviedo dijera de la armada del primer Adelantado don Pedro de Mendoza, que fué digna del César, aparte de algún bastardo hermano de Carlos V, de un miembro de la familia de Santa Teresa de Jesús, y del mismo Mendoza, de ilustre estirpe, no se registra en las largas y minuciosas listas de los primeros conquistadores (7) nada que no fuera una honrada medianía de hombres de cristiana y bien formada familia, algunos mayorazgos, muchos segundones, provenientes de todas las regiones de España.

Constituyeron el plantel principal de la población primera del Paraguay los españoles que integraron la armada de don Pedro de Mendoza, a los cuales se agregaron los que trajeron los subsiguientes Adelantados Alvar Núñez Cabeza de Vaca (1543), Diego de Sanabria (1547) y Juan Ortiz de Zárate (1571). Otros aportes, menos importantes numéricamente, fueron los de Alonso Cabrera en 1538, de Nuflo de Chaves en 1550, provenientes del Perú, y de Martín Orué en 1555. A estos ingresos hay que agregar el ocasional resultante del naufragio del barco de León Pancaldo en Buenos Aires (1536) y los sobrevivientes de las expediciones de Juan Díaz de Solís y Sebastián Gaboto. La afluencia española en el Paraguay comenzó y terminó en el siglo XVI, entre los años 1537 y 1571. En 1594, los oficiales reales Rojas de Aranda y García de Cunha certificaron: La gente nacida en España se va acabando en esta tierra. (8) En los siglos posteriores ya no se habría de producir ningún aporte caudaloso de sangre europea. Fueron así los españoles llegados hasta 1571 quienes dieron al Paraguay el ingrediente central, aunque no dominante numéricamente, de su formación étnica y social, moral y espiritual.

Si no la más ilustre sangre que de España ha pasado a las yndias, en la acepción heráldica, del concepto racial, medido por el número de blasones y títulos de nobleza, lo fué en el sentido de su homogeneidad moral. No vinieron al Paraguay marqueses ni duques, y tampoco galeotes y presidiarios indultados o fugitivos. Las carabelas españolas no depositaron sobre las playas paraguayas resacas sociales como ocurrió en otras provincias. Y aunque todos fueron aventureros porque corrían detrás de una gran aventura, ninguno de los primeros conquistadores fué reclutado en los bajos fondos del contorno social español. Procuraréis llevar -rezaban las instrucciones a Ortiz de Zárate- la gente más virtuosa y cristiana que os fuese posible y que sea más a propósito para la dicha población. (9) Seguramente más se distinguieran por la rudeza que por la virtud cristiana los españoles que acudieron al llamamiento de Ortiz de Zárate, como tampoco habrían sido demasiado atildados sus demás compañeros de aventura en anteriores y posteriores armadas conquistadoras. Pero los españoles que se radicaron en el Paraguay durante el siglo XVI trajeron potencialmente de su patria las calidades morales conspicuas y la reciedumbre física que hicieron posible, a España sola, la empresa de la conquista de América.

Pueblo de santos y de héroes, de místicos y de soldados, fundió las cualidades de cuatro civilizaciones, para producir, finalmente, bajo el signo de la cruz, la España católica, caballeresca, mística, batalladora, que engendró el Cid y el Quijote, Santa Teresa de Jesús y San Ignacio de Loyola, y que forjó un imperio en cuyos dominios, no se ponía el sol, dio para la conquista del Paraguay lo mejor de sus venas y de su alma: su hombría, el sentido del honor y de la dignidad, su religiosidad, el amor a la libertad, la cortesía, la hospitalidad, la sobriedad, la austeridad; pero también sus fallas y limitaciones. El castellano grave y austero junto al andaluz alegre y fanfarrón; el gallego laborioso y diligente con el valenciano agricultor y parco; el aragonés orgulloso y bizarro al lado del vizcaíno altivo y obstinado; el catalán industrioso y emprendedor en compañía del asturiano silencioso y rudo -que de todo hubo en los alistamientos para el Paraguay- vaciaron sus cualidades en un solo molde, al vivir de por fuerza en comunidad en su nueva patria, donde no cabían ni podían encasillar sus poderosas individualidades regionales porque no habían dislocamientos geográficos que las amparasen. Y por eso también aportaron sus imperfecciones.

Porque junto a virtudes eminentes, el español trajo consigo defectos y vicios consustanciales: su individualismo anárquico y disociador, la resistencia espontánea a obedecer las leyes, la tendencia a ensanchar el margen del propio arbitrio en la vida particular, la falta de solidaridad social, la ausencia de espíritu de continuidad y perseverancia, la inclinación a crear "clanes" pequeños grupos y disidencias formadas generalmente en torno de un hombre y que refuerzan la falta de solidaridad general: su exclusividad, su intransigencia llevada al paroxismo, el desapego a los bienes materiales, su tendencia a confundir la ficción con la realidad. (10) La bipolaridad del carácter español que un gran sabio de nuestros días, don Ramón Menéndez Pidal, analizó con acierto para explicar lo que ha llamado con Fidelino de Figueredo “Las dos Españas", hizo florecer simultáneamente la Inquisición y los Comuneros, Torquemada  y Vitoria, Don Quijote y Sancho Panza. La lucha de tendencias opuestas que constituyen la vida normal de los pueblos, en España se ha dado siempre, con una exacerbación y regularidad grandes y no sólo en excepcionales momentos críticos. (11) Estas tensiones habrían de transfundirse en el alma paraguaya por el canal de la herencia hispánica, trayendo las potencias de la grandeza pero también los gérmenes del desequilibrio, de la anarquía y aún de la disolución.

 

(5) Carta de Hernandarias, de enero 30, 1600, en Revista de la Biblioteca Nacional de Buenos Aires, t. I, Buenos Aires, 1937.

(6) Del Cabildo de Asunción al Rey, abril 20, 1612, Colección de copias del Archivo G. de Indias, Bib. Nac. de Buenos Aires, nº 95.2034.

(7) Conf. el notable diccionario biográfico de Ricardo de Lafuente Machaín, Conquistadores del Río de la Plata, Passim, Buenos Aires, 1937.

(8) Carta de junio 15, 1594, en Correspondencia de los Oficiales de la Real Hacienda, t. 1, p. 436, Buenos Aires, 1915.

(9) Instrucciones de mayo 15, 1571, en Colección de copias del Archivo General de Indias, Biblioteca Nac. de Bs. Aires, N° 52.1565,47.

 (10) Cof.: Rafael Altamira, Los elementos de la Civilización y del carácter español, caes. II y IV.

(11) Ramón Menéndez Pidal, Historia. de España, t. I, Introducción.

 

3. EL GUARANÍ

 

No menos antagónicas eran las características vitales y culturales de la  familia guaraní, que en alianza eugenésica y espiritual con los españoles, dio origen al pueblo paraguayo. Cuando se leen las descripciones de las agrupaciones guaraníes, tal como existían en el momento histórico del descubrimiento, el investigador tropieza con contradicciones tajantes y sorprendentes. El guaraní que surge de los primitivos relatos de Schmidl, Alvar Núñez Cabeza de Vaca, Staden, Thevet, Lery, d'Evreu, d'Abbbeville, Vasconsellos, Ruy Díaz de Guzmán, Montoya, Techo, y las centenares de Cartas Anuas, (12) no siempre es el mismo:  o está lleno de magníficas cualidades humanas u ocupa el último lugar en la escala de la cultura material y espiritual. La literatura etnográfica moderna del Paraguay, sin comprender todavía que los antagonismos fueron la cáracteristica esencial de la personalidad guaraní, ha optado casi siempre por alguno de los extremos valorativos. Así, para Garay,(13) y Báez; (14) sobre todo para el últimó las tribus guaraníes yacían en un atraso deplorable en la época del descubrimiento, pero según Pane (15) y Bertoni (16) especialmente para éste, habían llegado a constituir una auténtica civilización. Cualquiera sea la posición que se adopte, no se puede sino estar contestes en algunas conclusiones, porque ellas surgen del examen de los documentos y de las investigaciones sobre las escasas parcialidades sobrevivientes.

No se puede negar, en efecto, la precariedad extrema de las bases materiales de la cultura guaraní, pero tampoco que el dominio de esos grandes botánicos, geólogos, geógrafos y terapeutas sobre la naturaleza fué completo y profundo. Carecían de ciudades;  sus agrupaciones urbanas eran mínimas; sus viviendas sumariamente construidas, sin mobiliario ni ventanas, pero sus "tabas" se hallaban siempre graciosamente agrupadas en el sitio más pintoresco, en las colinas, sobre los ríos, entre arboledas y campos floridos. No conocían vestimentas, andaban en cueros vivos, tal como Dios los echó al mundo, según los describe Schmidl, (17) pero sus flechas y arcos eran pintados y vestidos con vistosas plumas que causaron la admiración de Cabeza de Vaca (18). Grandes soldados, su vida era un constante pelear, tanto que su nombre "guaraní" no significa otra cosa que "guerrero", pero violentos y sanguinarios, no perdonaban al enemigo vencido y practicaban la antropofagia. Eran altivos y soberbios, pero aceptado un principio, o un jefe, por su propia voluntad, sin coacciones, los seguían fiel y abnegadamente, hasta la obsecuencia, el sacrificio y la muerte. Admiraban la elocuencia y por la verba, antes que por el valor, ganaban los cacicazgos, pero fuera del ágora se mostraban taciturnos, callados y sombríos. Amaban la música, pero no sabían crearla, y una vez aprendida se convertían en apasionados artistas. Eran naturalmente perezosos e indolentes, y al mismo tiempo de recias y casi insuperables calidades para las duras tareas de la selva y del campo. Tenían una religión altamente espiritualista y no admitían ídolos, pero crédulos y supersticiosos, se sometían, sin rebelión, a los poderes misteriosos del "payé", de los cuales vivían prisioneros. Su tesoro mitológico desbordaba riqueza exuberante, pero su imaginación creadora se anulaba y esterilizaba en contacto con el arte, en que no fueron sino imitadores, aunque insuperables. Estaban extendidos por casi todo el continente americano, al compás de sus migraciones y de sus aventuras guerreras, pero nunca lograron constituir un Estado, ni reconocieron en sus congéneres otra comunidad que la meramente lingüística. (19) Su lengua era majestuosa, plástica, musical, de sutiles matices para la expresión de los sentimientos, pero reacia a figurar abstracciones, tanto, que por mucho tiempo se la creyó impotente para la transmisión de ideas. Tosco su utilaje, carentes de toda técnica, pero aptos para captar, asimilar y transmitir con perfección suma la de los pueblos extraños. No contribuyeron sino en escaso grado al enriquecimiento de la civilización americana, pero fueron maravillosos agentes, de difusión.

Su retrato primitivo se dispersa en mil facetas, según se interpreten los datos que traen los relatos de los conquistadores, misioneros y viajeros, a la luz de los restos sobrevivientes. Por demás fatigosa sería la tarea de documentar, uno por uno, los trazos antagónicos de esa reconstrucción antropológica. Traigamos a colación solamente el testimonio de dos ilustres naturalistas, que poco antes y poco después de la independencia, practicaron el inventario de las agrupaciones raciales de la América primitiva.

Uno de ellos fué Alcides d'Orbigny, que conoció y describió a los "guarayos", establecidos sobre el Izozog, en los confines del Chaco, resabio de una de las últimas corrientes transmigratorias de los guaraníes. Descendientes directos de los itatines históricos, y aislados en su nueva morada de todo contacto con los españoles por estar protegidos mediante la muralla de los feroces chiriguanos, sus primos hermanos, a un costado, al otro por el Chaco inabordable, mantuvieron intactas sus costumbres y su ser primitivo, tal como los encontró el viajero francés hacia 1820. (20)

D'Orbigny descubrió en los “guarayos" un exterior "casi europeo", el cuerpo robusto, el porte noble y abierto, sus formas graciosas. No tememos -decía- afirmar que de todos los americanos que hemos visto, los guarayos son los que más nos han impresionado por sus características físicas y morales. Según D'Orbigny, el carácter respondía a las facciones. Representaban el tipo bondadoso, afable, franco, honesto, hospitalario con la soberbia del hombre libre que contempla a los otros por encima del hombro, aún a los cristianos, porque los cree esclavos y porque estos últimos tienen vicios desconocidos de ellos, como el robo y el adulterio. D'Orbigny aseguró que eran también buenos padres y buenos maridos, y aunque graves por hábito, se creen, en su estado salvaje y en medio de la abundancia, los más felices de los hombres, y sólo temen que el porvenir les obligue a modificar su manera de vivir. Así era, según D'Orbigny, la raza guaraní, conservada en su ser primitivo, sin haber sido cristianada ni conocer ninguno de los modos de vivir introducidos por los españoles., D'Orbigny también estudió a guaraníes plegados a la dominación española, y encontró que sus caracteres poco o nada diferían de sus congéneres guarayos. Los guaraníes -decía- son generalmente buenos, afables, francos, hospitalarios, fáciles de persuadir y siguen ciegamente un principio, una vez aceptado. (21)

Otro sabio europeo, el español Félix de Azara, conoció de igual modo "hordas" de guaraníes, -los cainguá- que se conservaban como los guarayos, aunque muy distintos de ellos, tan libres como antes de la llegada de los europeos. Su descripción difiere de la de D'Orbigny. Su cara -dice- es sombría, triste y abatida; hablan poco y siempre bajo, sin gritar ni quejarse; su voz no es nunca ni gruesa ni sonora; jamás ríen a carcajadas, ni se ve nunca en su cara la expresión de una pasión. Son muy sucios; no reconocen ni divinidad, ni recompensas, ni leyes, ni castigos, ni obligaciones, y nunca miran a la cara de la persona con quien hablan. Azara negó terminantemente las cualidades guerreras atribuidas a los antiguos guaraníes. Todas las otras naciones les inspiraban -aseguraba- un terror pánico; nunca les hacían la guerra, ni trataban con ellas, ni aun para pedir la paz. Evitan siempre su presencia, y dudo que diez o doce guaraníes reunidos osasen hacer frente a un solo indio de las otras naciones que he descrito o de aquella que me falta describir. A su vista, Azara se inclinaba a dudar de la calidad humana del indio salvaje del Paraguay. (22)

Ni hipérbole en D'Orbigny ni detracción en Azara: ambos vieron en su prístino estado los restos de la antigua raza guaraní. Al igual que el español, el guaraní se caracterizó por la bipolaridad de su carácter que oscilaba entre extremos irreconciliables. La raza mas viril que puso en jaque al imperio incaico y se concitó el nombre de "guerrera" por antonomasia, habría de postrarse mansa y pacífica a los pies de los jesuitas; las deliberativas y anarquizadas tribus que jamás pudieron constituirse en un cuerpo político porque las dividían los celos, las guerras sin sosiego y su horror a las jefaturas personales, formarían, sin embargo, la masa blanda con la cual la Compañía de Jesús forjó su autoritario estado comunista. Guaraníes altivos fueron los que se aliaron con los españoles a orillas del río Paraguay para sus errátiles aventuras en busca del Dorado y luego para constituir una sociedad fundamentada en la igualdad y en la libertad; guaraníes dóciles fueron los que en las misiones jesuitas nunca conocieron otras tierras que las que les vieron nacer, vivieron enclaustrados por su voluntad y aceptaron la regimentación más severa de su vida entera. Unos y otros acataron voluntariamente sistemas tan divergentes, porque cada uno de éstos interpretaban distintas fases de su propia alma, bifronte y escindida en dos mundos antagónicos en perpetua lucha.

De tal suerte, al comenzar la conquista del Paraguay, se encontraron frente a frente dos caudalosas corrientes étnicas, cada una de las cuales arrastraba en su cauce fuerzas que chocaban y pugnaban con ahínco y sin sosiego. Los elementos genéticos que concurrieron a la formación de la raza paraguaya traían en su seno la lucha y la porfía. Heroísmo y mansedumbre; ascetismo y sensualismo; libertad y despotismo; opulencia y miseria; energía y modorra; tesón y fatalismo; expansión y aislamiento; grandeza y pequeñez, se disputarían con calor y vehemencia, el alma de la nueva raza formada del connubio de elementos tan dispares y contradictorios.

 

(12) Para la vasta bibliografía motivada por la cultura guaraní, nos remitimos a los índices del vol. III del Handbook of South American Indians, publicado por el Bureau of American Ethnology de la Smithsonian Institution, Washington, 1948. Las monografías de Alfredo Metraux, The guaraní y The Tupinambá, contenidas en este volumen, representan el más comprensivo resumen del estado actual de los estudios sobre la familia guaraní.

(13) Blas Garay, Breve Resumen de la Historia del Paraguay, Madrid, 1897.

(14) Cecilio Báez, Resumen de la Historia del Paraguay, Asunción, 1910; Idem, Estudios Americanos, Asunción, 1923.

(15) Ignacio A. Pane, Cuestiones paraguayas, Asunción, 1914.

(16) Moisés S. Bertoni, Resumen de prehistoria y protohistoria de los países guaraníes, Asunción, 1914, y La Civilización Guaraní, Parte I. Etnología, Origen, extensión y cultura de la raza Karaí-Guaraní y Protohistoria de los guaraníes, Puerto Bertoni, 1822; Idem, Parte III. Conocimientos. La Higiene Guaraní y su importancia científica y práctica.- La Medicina Guaraní, Puerto Bertoni, 1927.

(17)  Ulrich Schmidel, Viaje al Río de la Plata, p. 172, Buenos Aires, 1903.

(18) Alvar Núñez Cabeza de Vaca, Naufragios y Comentarios, p. 187, Madrid, 1922.

(19) A. Jover Peralta. El Guaraní en la geografía de América. Buenos Aires, 1950.

(20) D'Orbigny publicó L'homme americaane en París, en 1839. Hay una edición en español, editada en Buenos Aires en 1944, a la cual nos referimos.

(21) El hombre americano, p. 397.

(22) Azara, Viajes por la América meridional, caes. X y XI

 

4.  EL "PARAYSO DE MAHOMA"

 

Los guaraníes que encontraron los españoles en el Paraguay eran gente “yndómita que más se conquistan con el dar que con hazelles guerra, según decía de ellos un antiguo conquistador. (23) No lo comprendieron así los primeros descubridores y exploradores de la tierra. Alejo García, primer europeo que posó sus plantas en el Paraguay, murió en manos de ellos porque olvidó que los guaraníes, si fáciles de persuadir, eran difíciles de subyugar. Sebastián Gaboto, viniendo por el río Paraguay, ni siquiera pudo calar la tierra, porque pretendió imponer su ley, sólo por la violencia. Juan de Ayolas corrió trágica suerte después de librar grandes batallas con los dueños del Paraguay. Había de tocarle a Domingo de Irala, no el más brillante ni el más linajudo del sequito del Adelantado Don Pedro de Mendoza, pero sí el más sagaz, paciente y obstinado de sus cabos, la gloria de descubrir la clave del secreto de la conquista. A los recios guaraníes, señores de la tierra, reacios en el laboreo de la tierra y recios en la guerra, no había que conquistar únicamente con la fuerza de las armas sino también, y sobre todo, con la pujanza dulce pero irresistible del amor.

La mujer constituía para los guaraníes el lazo y la prenda de unión. El agasajo principal de los caciques a las personas de respeto --anotó el Padre Lozano, el más autorizado cronista jesuítico- era enviarles una o dos de sus mujeres. (24) Y después de cada una de las grandes batallas, tal la de Ayolas en Lambaré, la paz se hacía ofreciendo los guaraníes sus doncellas y aceptándolas los españoles. Las indias se prestaban gustosas a este trato, ya que, según Alvar Núñez, de costumbre no son escazas de sus personas y tienen por gran afrenta negallo a nadie que se lo pida y dicen que para qué se lo dieron sino para aquello. (25) Y, como además eran bellas, tan bellas que se  diferenciaban de las lejanas esposas y novias europeas, sólo en que andaban desnudas, gustó a delicias celestiales aquella singular manera de conquistar una tierra. Los clérigos cerraron los ojos, las armas fueron puestas sobre el pavés, y bajo la dirección y con el ejemplo de Irala se inició en el Paraguay la más extraordinaria campaña de captación recíproca de dos razas por el camino del amor libre y sin trabas. La poligamia fue la ley constitutiva del primer Paraguay, que pronto mereció el título de "Parayso de Mahoma". (26) Hubo en todas partes libre y voluntaria entrega de las mujeres núbiles a los recién llegados. Cuando Ayolas se internó en el Chaco, recomendó a Irala que honrara y agasajara a la guaraní de sus amores, señal de unión y amistad con los naturales de la tierra que dejaba a sus espaldas. Preguntarles siempre -rezaron sus postreras instrucciones- por la mujer que truxieron y hater que os la traygan algunas veces diziendo que por ser mi muger la quereis mucho. (27) Los tratados de paz con las grandes tribus comarcanas fueron firmados en el lecho nupcial. Pero Hernández, en su conocida Relación, dejó referido cómo, cuándo Irala se echo carnalmente con la hija del cacique Abacoté, vinieron más de ochenta indios con un tambor delante de la morada nupcial y en su presencia e del todo el pueblo hicieron gran regocijo. (28)

Imitóse el ejemplo de Irala en tan gran escala que según el padre Francisco González Paniagua, quedaron muy atrás las costumbres del Islam. Mahoma y su alcorán -decía muy escandalizado- no permitían más de siete mujeres, y acá tienen algunos a setenta, pues el cristiano questá contento con cuatro yndias es por que no puede aver ocho y el que con ocho porque no puede aver diez y seys, y ansí de aquí arriba. (29) No faltaban españoles con más de cincuenta y aún ochenta mujeres. Este prodigioso entrecruzamiento confirió a Irala y a los primeros conquistadores, un dominio efectivo sobre los naturales de la tierra, que difícilmente hubieran alcanzado sólo por las armas, porque nada respetaban y estimaban más los guaraníes que el lazo de la sangre, y los españoles tenían a gala, con sagacidad suma, hacer alarde de su parentesco. Los hermanos que tienen las yndias de cualquier cristiano -escribía el padre Paniagua- no los llama el tal cristiano hermanos de mis criadas o moças, syno hermanos de mis mugeres e mis cuñados, suegros y suegras, con tanta desvergüenza como sy en muy legítimo matrimonio fuesen ayuntados a las hijas de los tales yndios e yndias que ansí de suegros yntitulan. (30)

Porque el hogar hispano,-guaraní fué creado fuera de las normas legales y religiosas. El Paraíso de Mahoma no admitía los sacramentos, pero no por ello los españoles y los guaraníes dejaban de reconocer un parentesco que fue la base y el aglutinante de su convivencia. La mutua penetración de los dos mundos produjo una simbiosis inextricable en que era difícil establecer líneas de separación. El guaraní adquirió en su alianza eugenésica con el español, muchos de sus hábitos y formas culturales -el uso del metal, los utensilios, las armas de fuego, la forma de la vestimenta, la religión- pero también el español adoptó costumbres, modalidades indígenas, la vivienda, la hamaca, alimentos y bebidas, y lo que es principal, su lengua, que pronto se convirtió en el único modo de comunicación verbal en la campaña paraguaya.

En 1599, el gobernador Beaumont    y Navarra escandalizó y molestó lo mal que parece que españoles tan principales como los destas provincias y descendientes de tan nobles conquistadores como los que las conquistaron biban como bivían los mismos naturales, (31) pero, en cambio, los padres mercedarios de Asunción, pocos años después, no habrían de regatear su admiración ante la fraternidad española- guaraní. Los dichos yndios -declararon en 1612 con el objeto de testimoniar las inconveniencias de las Ordenanzas de Alfaro- no están desnaturalizados, sino que biben y habitan dentro de su mismo natural, no solo comarcanamente, sino dentro de los mismos términos donde nacieron; y demás que abitan dentro de sus mismos pueblos alrededor de esta dicha ciudad, muchos dellos o la mayor parte de los que al, presente son de servicio, an nacido en las mismas casas, chacras y estancias de los dichos encomenderos, criándose en compañía de los hixos de los españoles, llamándose y tratándose de hermanos los que lo son en la edad, como si lo fueran de nacimiento, de que se a conservado y conserva ahora un amor natural entre los unos y los otros. (32)

Sin duda, exageraba esta pintura casi idílica del hogar paraguayo, que no siempre podía escapar a los embates de las pasiones humanas. Los estallidos de violencia no pocas veces ensangrentaron y ensombrecieron trágicamente la amistad española-guaraní, sobre todo cuando la serpiente de los celos clavaba su ponzoña en el rudo pecho de los conquistadores. El código ético-sexual español difería fundamentalmente el muy laxo que los guaraníes aceptaban; si los guaraníes consentían la poligamia de los españoles, éstos no la aceptaban, ni de broma, para su mujeres guaraníes, tanto que Irala mandó pregonar que ninguno fuese osado de echarse con indígenas agenas so grave penas. (33)

El padre Martín González, el "padre Bartolomé de las Casas del Paraguay", según Enrique de Gandía, (34) al denunciar los excesos cometidos por los españoles con los indios, en su conocida carta de 1556, (35) documentó su asertos casi todos con el relato de crímenes pasionales que revelan precisamente lo contrario de lo alegado por el buen clérigo. Los excesos dimanaban no del odio, sino del amor excesivo que despertaban las morenas guaraníes, algunas tan cuidadas por sus amos que aún el sol apenas las podía ver, y si sospechaban infidelidad de puro celos las mataban o quemaban. (36) Estas y otras atrocidades denunciadas por el padre González con irritadas palabras, sirven sólo para mostrarnos como la sangre moruna al beso del ardiente sol paraguayo bullía con mayor violencia que en Andalucía.

Al mismo padre Martín González, debemos esta descripción de los últimos momentos de los conquistadores cuando, en el lecho de la muerte, llenos de amor, clamaban a sus Fulanejas que no los abandonaran: los cuitados ansí, alumbrándoles ellas las candelas, estando delante dellos y no queriendo que se partan de delante, sino que estén allí, diciendo: ¿Fulaneja, por qué no vienes aquí delante de mí? ¿No ves que me quiero morir? ¿No sabes que te quiero bien? ¡No te vayas de aquí que me da pena no verte! y si se les echavan de allí daban voces; y esto es muy general, y así espiraban, y a lo que demostravan llevaban gran pena en dejarlas. (37) Pocos documentos nos han legado la conquista más conmovedores, de tan intenso lirismo y que mejor manifiestan la fuerza irresistible con que las hermosas guaraníes conquistaron a sus blancos conquistadores.

Y no quiere decir todo esto que entre españoles y guaraníes reinara siempre la paz. Apenas fundada Asunción, ya los indígenas se complotaron para aniquilar a los advenedizos. La matanza hubiera sido terrible, porque la guarnición era escasa y los guaraníes pronto aprendieron muchos de los usos militares españoles, al par que eran, en número, aplastante mayoría. Pero una india, criada, por no decir mujer, del fundador Juan de Salazar, salvó con su delación a los españoles. La historia de los levantamientos guaraníes es larga. Algunas guerras se prolongaron por años, y años, como la que acaeció durante el gobierno de Ortiz de Vergara. La guerra entre españoles y guaraníes fué constante, pero más constante su conclusión sobre la base de las mujeres entregadas en prenda de paz y de amistad.  Y si na lo hacían voluntariamente, los españoles se las tomaban para sí, como los romanos a las sabinas,  no pará tenerlas, como esclavas, sino como madres de sus hijos.

 

(23) Información de servicios de Fernandez Montiel, Colección de copis del Archivo de Indias, Nac. de Bs. As. Nº 52.1565, f. 85.

(24)  P. Pedro Lozano, Historia de la Conquista del Paraguay, Río de la Plata y Tucumán, Buenos Aires, 1874, t. I, p. 385.

(25) Alvar Núñez, Comentarios, p. 132.

(26) Carta del Arcediano Barco de Centenera, cit.

(27) Instrucciones de febrero 12, 1536, en Anales, t. VIII, p. 232.

(28) Memoria, de Pero Hernández.

(29) Memorial de marzo 3, 1545, en Rev. de la Bib. Nac., Bs. Aires, t. I, p. 470.

(30) Memorial cit., Rev. cit., p. 471.

(31) Auto de julio 17, 1599, en Arch. Nac. de As., Vol. 2, N° 27.

(32) Certificación de marzo 24, 1612, en Colec. Copias Arch. de Indias, Bib. Nac. de Bs. As., Nº 94.2030.

(33) Memoria de Pero Hernández, cit.

(34) Cif. Enrique de Gandía, Indios y Conquistadores del Paraguay, cit. cap. VIII.

(35) Cartas de Indias, cit.

(36) Cit. por Gandía, opus cit., p. 99.

(37) Carta de julio 1, 1556, cit. por Gandía, opus cit., p. 89.

 

5. LOS "MANCEBOS DE LA TIERRA"

 

La simiente española depositada en el seno guaraní, produjo, en poco tiempo, una extraordinaria cosecha de mestizos o "mancebos de la tierra" Al cabo de una generación, no quedaban en asunción más de doscientos ochenta españoles, casi todos ancianos, y los mestizos sumaban ya más de diez mil, según los cálculos hechos en 1575 por el padre Martín González. (38) Y si a éste horrorizaron las atrocidades de los españoles con los indios, no menos espantaban las inclinaciones de los primeros vástagos del ensamblaje español-guaraní. Les atribuía perversas costumbres y no menos perversas intenciones, entre ellas, el propósito de alzarse con la tierra, después de matar a sus padres europeos, con intento de juntarse estos mestiços con los naturales, que son sus tíos y parientes. Según el padre González, lo intentaron dos y tres veces, desde que se les excluyó del repartimiento de indios a que se consideraron con tanto derecho, como sus padres españoles, los únicos favorecidos. Lo procurarían nuevamente, si no se tomaban medidas, con gran daño para las más provincias comarcanas porque ya saben el como los chiriguanos de la sierra son sus tíos, según denunciaba por su parte, en descargo de su conciencia, el padre Ribadeneira. (39)

Inobedientes a sus padres e inobedientes a la justicia, según sus detractores, algunos como Gregorio de Acosta, culpaban de delitos tantos y tan feos, que tenía vergüenza de referirlos. (40) Roban a quienes quieren -escribió, no obstante- y difaman a quienes quieren y quando acaece que prenden a uno por una puerta entra en la cárcel y por otra le sueltan. Sacan las doncellas de casas de sus padres y llevánlas por los campos a desflorarlas y deshonrrándolas y acabo de tres días las vuelven a casa de sus padres amenazándolos que no las castiguen por ello y afrentando las mujeres casadas con hombres muy honrados y deshonrando sus hijas, generalización de delitos de clara génesis hispánica, no siempre castigados, como lo hubieran sido los delincuentes de pura raza indígena.

La verdad era que los españoles, a pesar de todo, estaban orgullosos de su turbulenta y fogosa progenie. Le habían conferido el derecho de llevar sus apellidos y veían, debajo de la espuma de sus juveniles arrebatos, fluir caudalosas las cualidades viriles que tanto apreciaban. Después de su fabuloso viaje al Perú, de 1564, el gobernador Francisco Ortiz de Vergara, que llevó consigo a treinta de esos mancebos, y apreció su recio vigor, dijo de ellos que eran tan hombres de bien en aquellas provincias que no conviene llamarles mestizos, sino del nombre de que ellos se precian, que es montañeses. (41) Esto escribía Ortiz de Vergara en el Perú, donde el nombre de "mestizó" era sinónimo de indolencia, torpeza, cobardía, relajamiento, y severas medidas discriminatorias procuraban impedir, aunque en vano, la indeseada mezcla de sangres. Y no sólo en el Perú, sino en el resto de las Indias, el abrazo sexual con la indígena, a muchos teólogos de nota y al hidalgo de pura cepa pareció monstruoso, tanto que permaneció prohibido religiosa y moralmente hasta mediados del siglo XVII. (42) Cuando las ideas humanistas se abrieron paso en el Concilio de México, no por eso se modificaron los prejuicios contra los mestizos. Los doctores de la Iglesia continuaron pensando que: el cholo nunca es bueno, y si es bueno, nunca perfecto, porque el cholo siempre es cholo. (43) En él Paraguay no ocurrió nada semejante. Irala honró a sus hijas mestizas, dándoles el título de Doña Ursula, doña Ginebra, doña Ana, doña Marina, doña Isabel, doña María, y aseguro a varias de ellas el matrimonio religioso con los principales capitanes de la conquista. Gonzalo de Mendoza, Francisco Ortiz de Vergara, Pedro de Segura Zavala y Alonso Riquelme de Guzmán y Ponce de León, fueron sus yernos y originaron ilustres familias paraguayas.

De este modo, el entrecruzamiento produjo un fruto distinto que en otras regiones de América, si no por las calidades de la ascendencia,  por los factores culturales y ambientales que presidieron el mestizaje. (44) La mezcla racial no se práctico en la clandestinidad, soslayando sanciones penales y aún morales, sino libre, generosa y aún honradamente. Los más linajudos conquistadores, alardeaban de su prole nativa y no ocultaban su parentesco con los indígenas., Los mestizos vivieron en ambiente muy distinto al que respiraron sus congéneres americanos, víctimas de cerrados prejuicios sociales, sin probabilidad de triunfar en la vida, marcados por sellos de ignominia, relegados a la última escala social. En el Paraguay, tuvieron todas las puertas abiertas. Sus denigradores eran foráneos o clérigos, sin perjuicio de que algunos de éstos, tal el mismo padre Martín González, su más severo censor, reconociera, siquiera en su testamento, descendencia habida de indias. (45) Y las censuras configuraban los usuales cargos que en todas las épocas se endilgan a las nuevas generaciones: excesos pasionales, rebeldía, inobediencia con sus progenitores. Pero éstas, tal Ortiz de Vergara, lejos de horrorizarse ante los defectos de sus hijos, defectos heredados, prefirieron poner el acento en su hombría de bien, en las virtudes viriles,  también heredadas, que tan aptos les hacían para colaborar en la ardua empresa de sostener, conservar, engrandecer y propagar el embrión de civilización cristiana que palpitaba, anhelante de vida, a orillas del río Paraguay.

 

(38) Carta de mayo 3, 1575, en Colec. Copias Arch. Ind., Bib. Nac. Bs. As., Nº 42.1339.

(39) Carta de 1580, en Colección Garay, T. L p. 706.

(40) Relación, en Colec. Garay.

(41) Relación verdadera, en Colec. Copias Arch. Ind. Bib. Nac. de Bs. As., Nº 48.1502.

(42) Raúl A. Molina, Hernandarias: el hijo de la tierra, Buenos Aires, 1949, p. 26.

(43) Gustavo Adolfo Otero, La vida social del coloniaje, La Paz, 1942, p. 22.

(44) Dice el moderno antropólogo Clyde Kluckhon en su Mirror for Man (New York, 1949) traducido en Méjico bajo el título de "Antropología" por Fondo de Cultura Económica: "No existe ninguna prueba, desde el punto de vista biológico, de que sea perjudicial la mezcla de "razas". Todo este problema se complica enormemente por las condiciones sociales y las actitudes. En casi todas las partes se desaprueban tanto los cruzamientos entre personas de diferentes razas que casi todos ellos se producen en las capas económicas más bajas; los padres y los hijos se ven obligados a vivir como parias sociales. En los pocos casos (los isleños Pitcairn, por ejemplo), en los cuales los mestizos han tenido una buena probabilidad de vida parecen ser, según el criterio universal, superiores en la mayoría de los respectos a cualquiera de los grupos progenitores. Incluso en condiciones de discriminación, pero cuando no ha sido característica la desnutrición, los híbridos han sido físicamente mejores ejemplares humanos: más altos, más longevos, más fecundos, más sanos" (p. 160 en la edición española).

(45) Testamento del P. González de noviembre 6, 1547, en El Archivo Nacional de Asunción, Año 11, Nº XVI, pág. 600.

 

6. LOS FUNDADORES

 

Los viejos conquistadores reputaron a los mancebos de la tierra, singularmente dotados para la epopeya fundadora a que estaba llamada la ciudad de Asunción, por vocación irresistible. Uno de ellos Diego de Pantoja, escribió al Rey: Tiene (el Paraguay) mucha gente que ha nacido en ella, mestizos, gente muy dispuesta para la guerra, porque son grandes arcabuzeros, buenos peones y gente de cavallo, muy diestros en hazer todas las armas necesarias para la guerra, ecepto cotas; hazen muy buenos arcabuzes, espadas, dagas y hierros de lanças y tales que por lo que yo he visto entiendo que se podrían tener en España por buenas. Todas estas son partes muy buenas para que aquella tierra se pueble y poblada será de mucho provecho porque está cerca de España y es tierra muy larga y muy dispuesta para grangerías de mucha importancia. (46)

Otro viejo conquistador, el tesorero Montalvo, aunque admitiendo el poco respeto a la justicia, a sus padres y a sus mayores, ponderó las aptitudes varoniles de los mancebos. Son muy quriosos en las armas, grandes arcabuzeros y diestros a pie y a cavallo, son para el trabajo y amigos de guerra, por lo cual y para tenerlos corregidos y sugetos, proponía también que con ellos se fundaran muchos pueblos en las partes y lugares que más convinieren al servicio de Nuestro Señor y del de Vuestra Real Majestad, según pidió directamente al Rey, (47) Finalmente, el mismo tronante padre Martín González, no vio otra solución para el problema de los mancebos de la tierra, que la dispersión de su dinamismo atropellador en nuevas poblaciones. Si los dichos mestizos -escribió en 1574- se estubiesen en la ciudad de la Asunción sin derramarlos fundando otros pueblos, podría ser venirse a levantar de manera que fuese daño no tan solamente a aquella probincia más a las demás de la rredonda, por ser tan hombres como lo son. (48)

Por ser tan hombres como lo son la ciudad de Asunción, centro de la conquista, acometió con los "mancebos de la tierra" la empresa de sembrar ciudades a todo lo largo y lo ancho de la extensa provincia del Rió de la Plata. En ese intento habían fracasado las diversas armadas llegadas desde España, que sólo supieron asentar con firmeza la ciudad de Asunción. Hubo de esperarse la virilidad de la primera generación de mestizos para cumplir el principal cometido de la Conquista: poblar la tierra para extender los beneficios del Evangelio y aprovechar sus recursos naturales. Ya no se trataba de convertir en pueblos los lugares indígenas, como en la época heroica, sin método ni orden y tan sólo para asegurar, mediante la acción de presencia y el incesante connubio, la alianza guaraní. Había que organizar ciudades en lugares elegidos, con vida y gobierno propio, sobre bases jurídicas y con las formalidades impuestas por la legislación indiana para los actos fundacionales. Abandonados Buenos Aires, Corpus Christi, San Francisco del Biazá de la primera época, justamente a los veinte años de la iniciación de la Conquista, apenas los primeros "mancebos de la tierra" estuvieron en disposición de alzar armas, Asunción inició su tarea fundadora.

En 1554 se fundó Ontiveros y en 1557 Ciudad Real en el Oriente, en 1561 Santa Cruz de la Sierra sobre el Guapay, y en 1570, Villa Rica del Espíritu Santo, en el Guairá, con la ayuda de los mancebos, aunque todavía bajo el dominio casi exclusivo de los españoles. Cuando, en 1572 el gobernador Martín Suárez de Toledo lanzó un bando al son de trompetas y tambores, y a estandarte real desplegado, llamando a todas las personas, vezinos moradores desta ciudad, estantes y abitanles della ansí españoles como hijos nuestros, para poblar un puerto río abajo en el sud (49), solamente concurrieron nueve españoles a la convocatoria. Felizmente, también se alistaron a cumplimiento de ochenta mancebos, ¡y bien mancebos!, nacidos en esta tierras. (50), los cuales, comandados por Juan de Garay, fundaron Santa Fe en 1573. Los mancebos no sólo tuvieron que costear su avivamiento, sino fabricar sus armas. Por ser cosa de tantos muchachos y mal pertrechados, Martín Orué temió por su suerte (51), y el Factor Dorantes pidió a España auxilios, repitiendo: Como son moços y saven poco de travajo temo que desmayen. (52)

Pero no desmayaron. Llevaron consigo ganado y semillas, plantas y herramientas, maderas para las construcciones y víveres, y les acompañaron muchos de

sus parientes indios. Triunfaron en su empeño. Santa Fe quedó plantada como un jalón en la marcha del reencuentro con el mar los "mancebos", número principal de la fundación, supieron desvanecer con su éxito el pesimismo de algunos de sus progenitores.  De ese pesimismo no participó el fundador Juan de Garay, que cuando en 1580 marchó por segunda vez al Sud para levantar una nueva ciudad en la desembocadura del río, en el destruido asiento de Don Pedro de Mendoza, nuevamente retornó a los “mancebos” paraguayos como factor principal de su empresa. De los sesenta fundadores de la ciudad de Buenos Aires, la futura primera metrópoli de habla castellana del mundo, cincuenta fueron paraguayos. (53) También, como en las anteriores fundaciones, Asunción abrió sus dehesas y graneros, y proveyó de todo lo necesario para la creación y subsistencia de la futura urbe, y para el auxilio de sus gallardos mancebos fundadores. Jaime Rasquín, en su memorial de 1559, había dicho que la repoblación de Buenos Airesserñia muy difícil de sustentar porque sus pobladores debían vivir sin dezar las armas en las manos. Y agregaba: Es menester industria y ombre que entienda la tierra para poblar este punto. (54) Buenos Aires subsistió esta vez y no cayó abatida como cuando la poblaron sólo los españoles. Fué el gran triunfo de los "mancebos" del Paraguay.

 

(46) Memorial de Pantoja, en Colec. Garay, t. I, p. 714.

(47) Carta de Noviembre 5, 1579, Corr. of. Reales, t. I, p. 318.

(48) Memorial de 1574, en Colec. Copias Arch. de Ind. Bib. Nac. de Bs. As., N° 57.871.

(49) Bando de noviembre 23, 1572, en Anales, t. X, p. 254.

(50) Carta de Martín de Orué de abril 14, 1573, Colec. Garay, t. I, p. 166.

(51) Carta de Orué cit.

(52) Carta de abril 13, 1573, Colee. Garay.

(53) Carta de Juan de Garay de abril 20, 1582, en Anales, t. X, doc. XXIV.

(54) Memorial de 1559, en Colec. de Cop. del Arch. G. de Indias, Bibl. Nac. de Bs. Aires, N° 815.

 

7. EL "CUÑADAZGO"

 

La tarea fundadora continuó incansable, obedeciendo a un plan de expansión, coordinación y valorización del vasto territorio rioplatense, sometido a la autoridad de Asunción. En 1585 Concepción del Bermejo en 1588 Corrientes y en 1593 Santiago de Xerez marcaron otras tantas gestas del esfuerzo paraguayo. Como siempre, número principal en las fundaciones fueron los "mancebos de la tierra", de lo cual los viejos conquistadores hacían alarde en su correspondencia con la lejana Corona. Así los oficiales reales Eyzaguirre y Olaberriaga subrayaron en uno de sus memoriales que la fundación de las ciudades estaba hecha con la gente que Dios nuestro señor a sido servido de multiplicar en esta cibdad, porque aunque an auido españoles de estas poblaciones el número principal y mayor an sido nuestros hijos nacidos en la tierra. (55) Tampoco estuvieron ausentes los amigos indios carios de que en número mayor de 4.000 se desprendió de Asunción para ayudar a los fundadores, sus parientes y aliados. (56)

Un  jesuita, en 1620 explicó la obra de la conquista y de las fundaciones como resultado de la unión de las dos razas. La fundación de esta ciudad -escribió refiriéndose a "Assumpción, cabeza de estas provincias"- fue, más por vía de cuñadazgo, que de conquista, porque navegando los españoles por el rio Paraguay arriba, que es muy caudaloso, los indios que estaban poblados en este puerto les preguntaron quiénes eran

de dónde venían y  a dónde iban y qué buscaban dixérónselo: respondieron los indios que no pasassen adelante porque les parecía buena gente, y así les darían sus hijas y serían parientes. Pareció bien este recaudo a los españoles. Quedáronse aquí, recibieron las hijas de los indios y cada español tenía buena cantidad; de donde se siguió que en breve tiempo tubieran tanta cantidad de hijos mestizos, que pudieron con poca ayuda de gente de fuera poblar todas las ciudades que agora tienen y también las de la governación del río de la plata, que son otras quatro y se llaman san Juan de Vera de siete corrientes, la concepción río bermejo, santa fe y el puerto de la trinidad de Buenos Ayres. (57).

Esta explicación de la conquista y población como mera obra del "cuñadazgo", cuyo fruto fueron los "mancebos", pecaba de excesivamente simple, pero la verdad era que en 1620, año en que fué escrito el documento, ante sus padres y ante la posteridad, la gran generación paraguaya de la segunda mitad del siglo XVI se había justificado. Los hijos nacidos en la tierra no mataron a sus padres, como temían sus detractores, y, en cambio, cumplieron la más alta misión a que puede aspirar un pueblo: poblar y civilizar el desierto y la selva. Bastó una sola mezcla de las sangres para producir el instrumental humano capaz de repetir en menor escala, aunque en escenario más difícil, la hazaña de Grecia, Roma y España. Razón tuvo el gobernador Ortiz de Vergara para pedir que no se les llamará "mestizos", de tan ingrata resonancia, por lo que este término significaba en las otras partes de América, sino con el nombre de que ellos se preciaban: "mancebos" por ser tan hombres de bien como lo eran, según su misma expresión. Fueron hombres de bien, recayendo el acento más en la hombría que en la bondad, porque solamente hombres de verdad pudieron hacer lo que en el siglo XVI acometió el Paraguay, sin ayuda alguna de nadie y teniendo que fabricar hasta sus propias armas: fundar ciudades, entre ellas la que sería la más importante de la América Ibérica y una de las más grandes del mundo entero.

 

(55) Carta de marzo 12, 1580, en Corresp. de Of. Reales, t. I, p. 355.

(56) Probanzas de Bernardo de Espínola, de 1605, en Colec. de Cop. del Arch. G. de Indias, Bib. Nac. de Bs. As., N° 920.

(57)  Relación de diciembre de 1620, en Manuscritos da Coleçao De Angelis. I Jesuitas e bandeirantes no Guairá, Introduçao, notas o glossario por Jaime Cortesao, pág. 163, Río de Janeiro, 1951.

 

8. LAS PUGNACIDADES TREMENDAS

 

¿Pero fue la sangre la impulsora de esa fuerza motriz de la historia paraguaya? ¿Explica ella sola la hazaña de las fundaciones y de la creación de una nación? La existencia de razas superiores, únicas capaces de forjar la historia, es mito harto desacreditado en las áreas científicas para que sea necesario traer a colación las pruebas de la invalidez de las teorías de Gobineau, Chamberlain y otros racistas. Pero si no fuera así, y toda esa batalla en torno de la interpretación racial de la historia, se haya librado en vano, nos toparíamos en el caso paraguayo, por poco que analicemos con objetividad el proceso de su constitución étnica, con problemas insolubles y enigmas desconcertantes, que inhibirían cualquiera tentativa de fundar en la sangre la tónica de la existencia nacional. Tropezamos, primeramente, con la extrema heterogeneidad de los elementos genéticos que concurrieron a la formación étnica. España trajo la sangre y la cultura de cuatro razas -la fenicia, la visigótica, la grecorromana y la árabe-, injertadas en el primitivo tronco ibérico. Los guaraníes nos procedían de cepas mas homogéneas, ya que en su seno es fácil identificar, hasta tres grupos étnicos distintos: amazónidos, léguidós, y fueguidos, según la clasificación de Imbelloni. El reconocimiento previo de esa imixtión comenzaría por invalidar el presupuesto fundamental del “racismo”, que exige la pureza de la sangre como condición sine qua non de superioridad étnica y que ve en el mestizo la rémora de toda grandeza.

Semejante tacha desaparecería si descubriéramos alguna pareja homogeneidad en los integrantes culturales de la herencia, si no en sus bases materiales (sumamente elementales en la parte guaraní  y bastante desmejoradas en la parte española desde la expulsión de árabes y judíos), por lo menos en sus rasgos sicológicos. En ese plano, tampoco se descubren uniformidades cohesionadoras, y si violentas tensiones, tanto mutuas como internas. Españoles y guaraníes representaban dos culturas espirituales opuestas que en el momento histórico del cruce estaban lejos de constituir un solo modo de ser, la una respecto de la otra, y en relación con sus propios elementos constitutivos.

Los dos procesos de herencia, uno dependiente de la continuidad física de las células germinales y el otro de la transmisión de la cultura de una generación a otra, confluyeron en un solo sentido para conferir al paraguayo, bajo las apariencias de una sorprendente homogeneidad en el tipo físico y en el carácter sicológico, multiplicidad y contradicción de tendencias vitales. Y esas disparidades habrían de buscar desahogos tremendos en las convulsiones civiles, en las guerras externas, en el dramatismo permanente de la vida política, en la inestabilidad del hogar, en la incoherencia social, o bien sublimarse en la más pura espiritualidad, en la abnegación, el estoicismo, el heroísmo y la virtud, en una perpetua contraposición de tendencias que está en la médula de la historia paraguaya.

De tal suerte, merced a la interacción de las dos corrientes que fluían de sus entrañas, la herencia no fue para el pueblo paraguayo un inmutable destino, que de antemano le señaló rutas que no estaba en sus manos torcer. Como la geografía, no fue factor determinante sino condicionante. Mediante los dones de su dotación biológica, el hombre podía superar las adversidades del medio físico, pero también abdicar ante ellas; su herencia cultural le capacitaba para asimilar la experiencia de sus antepasados, su lenguaje, su religión, sus costumbres, sus artes, su técnica, su sabiduría, su moral, mas también, adquirir sus taras, defectos, vicios y limitaciones.

Los elementos genéticos y culturales que concurrieron a la formación de la raza paraguaya arrastraron en su curso inicial pugnacidades tremendas. En el seno de las madres guaraníes ya lidiaban heroísmo y mansedumbre; ascetismo y sensualidad; opulencia y miseria; energía y modorra, tesón y fatalismo; expansión y aislamiento; libertad y despotismo. ¡Imposible encontrar en el etnos la fuerza impulsora que diera sentido único a la historia! Librado a sus tendencias biológicas y culturales, el pueblo paraguayo jamás hubiera escrito una historia coherente, ni quizás ninguna otra.

 

V

LA RAÍZ LIBERTARIA

 

l. LA IDEA DE LA LIBERTAD

 

Si Dios presidió la formación nacional paraguaya, fué porque así lo quisieron los hombres que la gestaron. La libertad es la segunda finalidad fundamental que explica, tanto o al par que la primera, la consistencia del proceso humano, la superación de las adversidades y la armonización de los desequilibrios, y que vigorizó hasta la exaltación y el sacrificio, el ímpetu misional de la vida de las generaciones sobre la tierra paraguaya. Solamente con libertad el Paraguay podía optar entre los varios caminos en que se bifurcó tantas veces su destino y solamente con libertad elegir entre su bien y su mal, a que la naturaleza humana, imperfecta y contradictoria igualmente le llamaba.

La libertad vino unida a la idea de Dios, porque estaba y sigue viviendo en el nódulo de la concepción cristiana de la voluntad humana, que antepone el libre albedrío a la predestinación y proclama con San Juan que "allí donde está el espíritu de Dios, allí está la libertad" y también porque en el orden temporal era milenaria convicción española que sólo con libertad puede servirse a Dios. Pero esa libertad guardaba en su seno, generadas por las incoherencias étnicas y los antagonismos sociales, fuerzas negativas que perpetuamente tendían a su destrucción. No era una libertad tranquila y asegurada, sino que implicaba eterna lucha contra sus negadores. La servidumbre también tenía sus partidarios y no pocos fueron sus triunfos en la historia española y luego en la paraguaya.

Los pueblos de España, y sobre todo los de Castilla, alma y nervio de la historia peninsular, habían vivido, durante siglos y siglos, una vida de orgullosa libertad, con la opinión, inflexiblemente sustentada de que toda autoridad debe emanar del pueblo, porque Dios hizo a todos los hombres libres e iguales, y ningún señorío es legítimo si es injusto y no le respalda el consentimiento popular. Non que valemos tanto como vos, y que juntos valemos más que vos, te hacemos rey. Si respeta nuestras leyes y derechos te obedeceremos. Si non, non. Tal decían los aragoneses, con altanero acento, cada vez que juraban un nuevo rey. Y el Fuero Juzgo proclamaba: Faciendo derecho el rey, deve haver nomme de rey; et faciendo tonto pierde nomme de rey.

En 1188, Alfonso IX otorgó lo que el historiador Sánchez Albornoz, llama la Carta magna española, muy anterior a la inglesa y más liberal que la de Juan sin Tierra (1) El pueblo español fué agente activo, con propia y acatada autonomía, consciente de sus derechos y celoso de su libertad, en la larga lucha contra los musulmanes, que le mantuvo en el plano heroico durante siglos, no subyugado a sus reyes y generales, sino dictándoles rumbos y haciendo primar, en todo momento, la voluntad de las Cortes,  municipios, comunidades y fraternidades. Pero la otra faz de ese mismo pueblo permitió, desde la aparición de los Reyes Católicos, la paulatina supresión de las libertades y la unificación de España bajo el signo de la autoridad.

Cuando, a principios del siglo XVI se injertó en el trono la rama de los Habsburgo, y el pesado guante de acero de Carlos V arrasó con las seculares instituciones populares para fundar, sobre sus ruinas, la monarquía absolutista, de tipo cesáreo y de origen divino, las comunidades castellanas defendieron a hierro y fuego sus antiguas libertades (2) En el desastre de Villalar (23 de abril de 1521) pareció hundirse para siempre, en un mar de sangre, la España de los fueros, de las cortes, de los consejos, de las libertades. Pero nunca se anonadan las fuerzas de la historia. Una parte del pueblo español dió su apoyo al nuevo régimen. La otra, la más entrañable siguió fiel a los viejos, ideales libertarios. La España de la libertad escuchó su auténtica voz en la de los filósofos y teólogos de los siglos XVI y XVII. Castro, Mariana, Azpilcueta, Felipe, Covarrubias, Soto, Bañez, Molina y numerosos otros españoles, desde el púlpito, la cátedra o el libro, tronaron contra las nuevas teorías absolutistas, tan extrañas al genio peninsular, y reivindicaron las tradicionales concepciones. Fray Francisco de Vitoria, en sus famosas Relecciones, profesadas en Salamanca desde 1526 a 1541, proclamó el valor universal de la personalidad: Cada uno de los hombres es solamente para Dios y para sí mismo. Los hombres no nacen esclavos sino libres. La libertad es más útil que los bienes privados. El derecho natural no reconoce diferencias entre los hombres. El príncipe no puede instituir leyes que no miren al bien común. Si la república tiene rey tirano, carece de rey. La obra jurídica de los teólogos españoles culminó con el Padre Francisco Suárez que fundó la teoría del pacto social como origen del poder: Ningún rey, ningún monarca de ley ordinaria tiene su potestad recibida inmediatamente de Dios, o por institución divina, sino por voluntad e institución de los hombres. Según el pacto o convenio hecho entre el reino y el rey, la potestad de éste es mayor o menor. El pueblo ha transferido la potestad en el príncipe bajo la obligación y peso de mirar por la república y administrar justicia; y el príncipe ha aceptado así la potestad como la condición. Si el rey cambiase en tiranía su potestad justa, abusando de ella para daño manifiesto de la ciudad, podría el pueblo usar de su potestad natural para defenderse, porque de ésta nunca se ha privado. La república toda puede deponer al rey, ya en virtud del derecho natural, por el cual es lícito repeler la fuerza con la fuerza, y también porque en este caso, necesario para la propia conservación de la república, se entiende queda exceptuado de aquel primer pacto por el cual la república transfirió su potestad al rey. Porque si el rey tiene la potestad recibida del pueblo, siempre depende de él; luego la potestad del pueblo es superior. (4)

Y ésta fué la España que salió a la conquista del Paraguay.

 

(1) Claudio Sánchez Albornoz, De las causas de la conquista y colonización de América por España, conferencia en La Academia Nacional de la Historia de Buenos Aires.

 (2) Viriato Díaz Pérez, Las comunidades peninsulares en su relación con los levantamientos comuneros americanos y en especial con la Revolución comunera del Paraguay. Asunción 1930.

(3) Relecciones teológicas del Maestro Fray Francisco de Vitoria, Madrid, 1933 -1936.

(4)  P. Francisco Suárez, Tratado de las Leyes y de Dios legislador, Madrid, 1918 -1921.

 

2. LA REAL CÉDULA DE 1537 

 

Las condiciones que presidieron la formación de la sociedad hispano-guaraní a orillas del Río Paraguay, también impulsaron al pueblo paraguayo, desde edad muy temprana, a asumir la responsabilidad de su propio gobierno. Al hacerlo obraba a influjo de milenarias concepciones heredadas y también porque las circunstancias le obligaban a ser el administrador de su libertad. Isla en medio de un fabuloso mar de bosques y desiertos, sin contactos con otros pueblos, se vio obligado a depender de sí mismo para satisfacer sus necesidades y a defenderse con su propios recursos y con su propias armas contra enemigos internos y externos. Por fuerza tuvo que despertársele la vocación política, para saber regir su destino con su propio criterio e inteligencia en las muchas azarosas contingencias que le deparó la historia.

El Río de la Plata era una de las más lejanas posesiones españolas en el mundo. La Corona comprendió al iniciar su conquista la casi total imposibilidad del contralor directo, permanente y efectivo, de tan alejadas tierras. Por eso, al instituir el régimen del Adelantamiento otorgó a los primeros gobernadores, Mendoza, Alvar Núñez, Sanabria, Ortiz de Zárate, junto con el título de Gobernador, poderes amplísimos, casi reales, de corte feudal y de orden estrictamente militar. Sus titulares no tuvieron tiempo ni ocasión de ejercer tales facultades. Pedro de Mendoza abandonó la empresa apenas iniciada; Alvar Núñez fué destituido en los comienzos de su gobierno; Ortiz de Zárate murió a poco de llegar a Asunción y Sanabria ni siquiera pudo arribar al Paraguay. El Paraguay quedó en manos de los conquistadores.

La previsión real consideró el caso, que todos temían, de que el doliente Adelantado don Pedro de Mendoza sucumbiera víctima del terrible mal adquirido en las campañas de Italia. Apartándose de la regla usual de encargar las vacantes, hasta que el Rey proveyera, al funcionario de más alta graduación, acordó al Río de la Plata el derecho de designar gobernante en esa emergencia. Fue así como con los primeros conquistadores llegó el precepto que iba a constituir la verdadera carta constitucional de la vida política paraguaya durante dos siglos.

La famosa Real Cédula del 12 de setiembre de 1537, previno que en caso de muerto Mendoza o su teniente de gobernador, debían reunirse los conquistadores y pobladores para que habiendo primeramente jurado de elegir persona cual convenga a nuestro servicio y bien de la dicha tierra, elijan a nuestro nombre -decía el emperador Carlos V- por Gobernador y Capitán General de aquella provincia a la persona que según Dios y sus conciencias pareciera más conveniente para el dicho cargo. (5) Esta notable autorización fué conferida solamente para el caso mencionado y no en otro alguno, pero la limitación expresa fué valla endeble para la provincia. En su virtud, no sólo el voto popular designó gobernador a Domingo de Irala, cuando se comprobó la muerte de Juan de Ayolas a quien Mendoza dejara como sucesor, sino a muchísimos otros cada vez que por fallecimiento o ausencia vacaba el poder. El pretexto era el aislamiento y el alejamiento de la Corona, pero nadie pensó instituir un sistema de interinatos, en casos de acefalia a cargo de otros funcionarios, como los Oficiales Reales, con nombramiento emanado del Rey.

La interpretación del rescripto real llegó aún más lejos. Reconocido el derecho del pueblo de elegir a sus gobernantes, por implicancia se arrogó también el de  deponerlos. La primera víctima fué el segundo Adelantado, Alvar Núñez Cabeza de Vaca, derrocado por un movimiento revolucionario en 1544 y enviado a España cargado de cadenas, bajo la inculpación de haber pretendido hacerse Rey de la tierra. La Corona, en vez de sancionar el desmán, prosiguió los procesos cuyos expedientes llevaron a España los carceleros de Cabeza de Vaca y le impuso rigurosa pena. Además, el factor principal del movimiento revolucionario y sucesor de Cabeza de Vaca en el gobierno por votación popular, Domingo de Irala, fué confirmado en el cargo por designación real. Alentados por el resultado de su primera revolución, los paraguayos no se cansaron de abatir gobiernos y elegir mandatarios. Ni siquiera respetaban a los obispos. Cuatro prelados fueron expulsados violentamente: Guerra, Torre, Aresti y Cárdenas. Fué así como uno de ellos, el obispo Guerra, dijo de la Provincia estar notada e ynfamada con razón que prende gouernadores y obispos. (6) Tan mala era la fama cobrada por el Paraguay, que Juan de Torres de Vera y Aragón, heredero del gobierno del Paraguay por su casamiento con la hija de Ortiz de Zárate, solicitó del Rey el cambio de su cargo por prebendas y honores en España por estar la gente de aquella tierra mal enseñada y casi çebada de gouernadores. (7)

 

(5) Real Cédula de setiembre 12, 1537, Arch. Nac. de As., Vol. 58 N° 12.

(6) Memorial de 1586, en Col. Copias Arch. G. Ind. Bib. Nac. Bs. As. Nº 71.1045.

(7) Carta de diciembre 4, 1577,. Col. Copias Arch. G. Ind. Bib. Nac. Bs. As. Nº 116, 1853.

 

3.  LA CEPA COMUNERA

 

Pero poco antes de la deposición violenta del Adelantado Alvar Núñez en la primera revolución política de su historia, el Paraguay consumó otra revolución, aunque silenciosa, mucho más trascendental, porque era de tipo netamente institucional. Consistió en la transformación jurídica de la casa fuerte de Asunción en ciudad, operada el 16 de setiembre de 1541, mediante la creación del cabildo y ayuntamiento. (8) La nueva ciudad entrañaba el orden civil pese a que el único orden admitido en el Río de la Plata por las capitulaciones era militar. Su fundación fué una atrevida innovación y un reto a la autoridad real. Don Pedro de Mendoza estaba facultado para erigir sólo fortalezas desprovistas de autonomía municipal, sin gobierno propio y sujetas a la disciplina militar.  Su capitulación real reflejó la reacción autocrática y absolutista imperante en España desde la derrota de los "comuneros" castellanos en la batalla de Villalar. La corte flamenca de Carlos V, no podía admitir la revivencia en tierras indianas de las libertades comunales, duramente aplastadas en los comienzos de su reinado a los golpes de las ideas centralistas y absolutistas que trajo consigo la casa germánica de los Austrias. Por eso se cuidó de evitar el trasplante en América de la raíz del mal "comunero" que era la ciudad.

Tal el clima bajo el cual se otorgó la capitulación a don Pedro de Mendoza, a quien no le concedió, ni a ninguno de los conquistadores de la época, la facultad de organizar ciudades, semillero de los disturbios comuneros recién sofocados en la península. Pero al comenzar, la conquista del Río de la Plata las fuerzas seculares no habían muerto: bullían los viejos ideales libertarios bajo la férrea corteza del absolutismo germánico enquistado en la Corona  y trasplantado en la institución de los Adelantados. Él espíritu "comunero" revivió en el Paraguay.

"Muchos de los conquistadores pertenecían a la época "comunera" española... Algunos fueron testigos, otros actuantes, en aquella contienda. Es natural que trajesen viva a América la tradición de la protesta candente; los recuerdos trágicos de la lucha; el eco de los anhelos sofocados en Villalar". (9) La fundación de la ciudad de Asunción, en 1541, fue su primera rotunda expresión. Domingo Martínez de Irala era un "comunero" que sabía respetar las libertades de los orgullosos españoles y guaraníes agrupados en Asunción. Cuando llegó Cabeza de Vaca y restauró el férreo régimen del Adelantazgo, a la más de la gente le pesó de verse desposeído el capitán domingo martínez de yrala porque todos heran bien tratados y él bien quisto de todos, porque antes quél viniese a mandar heran todos tratados como esclavos y después fueron libres en todo el tiempo que él mandó, según anotó una Relación de 1545. (10)

La deposición de Alvar Núñez Cabeza de Vaca fue, por tal razón, una revolución ""comunera", la primera de las muchas que hubo en el Paraguay. Se juntaron y conspiraron contra él y con mano armada con gran alboroto y escándalo a boz de "comunidad y libertad" una noche del día de san marcos del año pasado de quarenta y cuatro le fueron a prender, afirmaron los testigos que testimoniaron a favor del infortunado Adelantado, ocho años después, cuando aún seguía arrastrandose su proceso por los tribunales de España. (11) Los partidarios de Irala se apellidaron "comuneros"; "leales" quienes lo siguieron siendo con Alvar Núñez, y la carabela que condujo encadenado a la metrópoli al destituido gobernante, construida en los astilleros de Asunción, llevó el retador nombre de “Comuneros”. El apelativo no se borró jamás, bajo él habría de cobijarse la opinión nacional dispuesta siempre a defender, contra los embates del absolutismo las libertades, privilegios y franquicias que la Provincia forjó a lo largo de en trabajosa historia.

Pero estos "comuneros", como en España, eran soberbios, individualistas. Su "comunerismo" no era "comunitarismo" sino defensa del "bien común" como norma de gobierno, y teniendo al hombre y no a la colectividad como eje de la convivencia. "¿Paréceos costa justa -les imprecaba Alvar Núñez- que cada uno de vosotros quiera ser rey en la tierra?" (12) Los "comuneros" lo creían justo y no así que el gobernante se creyera el único rey de la tierra. Por eso depusieron a Alvar Núñez bajo la principal acusación de haber proferido: "Yo soy Rey y Príncipe desta tierra y tengo de gozar y hacer della a mi voluntad, y de lo que della se oviere puedo dar y quitar a quien yo quisiese y mi voluntad fuere". (13) Este criterio de autoritarismo desenfrenado encontró partidarios, entonces y después, en gente muy principal que sacaba fuerzas en el otro extremo de la bipolaridad hispánica para sustentar el despotismo y obrar contra la libertad. A todo lo largo de la historia de los orígenes paraguayos, se alzaron frente a los revoltosos "comuneros”, a los que sostenían la primacía absoluta de la autoridad y del orden. Contra ellos fueron principalmente las asonadas populares, pero no pocas veces el furor libertario fue yugulado por el puño de acero de los gobernantes absolutistas y de sus conmilitones fanatizados. Durante largos periodos la noche de la opresión cayó sobre el Paraguay. Y al final siempre triunfó la libertad.

 

(8) Cif. Efraím Cardozo. La fundación de la Ciudad de Asunción en 1541. De la Casa Fuerte de la Ciudad. Buenos Aires. 1941. passim.

(9) Díaz Pérez, opus cit., pág. 218.

(10) Relación Anónima, 9 de marzo, 1545, en Col. de Cop. Arch. G. de Ind. Bib. Nac. de B. Aires, Nº 1157.

(11) Probanzas de Alvar Núñez en 1552, Col. Cop. Arch. G. de Ind., Bib. Nac. de B. Aires, Nº 1001.

(12) Memoria de Pedro Hernández, 1545. "Pequeña biblioteca histórica". tomo II, Asunción, 1895.

(13) Información sumaria, de 1544, en Enrique de Gandía, Historia de la Conquista del Río de la Plata y del Paraguay. Buenos Aires, 1931, p. 190: En esta obra se encuentra un documentado relato de las primeras luchas políticas en el Paraguay. Con. sobre el mismo tema: Marca Antonio Laconich, Caudillos de la conquista, Buenos Aires, 1948, y Juan Bautista Rivarola, La ciudad de la Asunción y la cédula real del 12 de setiembre de 1537, Asunción, 1952.

 

4. LOS "SOBERBIOS E INQUIETOS MANCEBOS"

 

No estaban organizados los guaraníes, en un solo cuerpo, político, ni reconocían jefe central único, regida cada tribu por un cacique y en todo independiente de las demás. La característica esencial de los guaraníes era también su amor a la libertad. De ellos escribió un jesuita en 1620: Son altivos y soberbios y a todas las naciones llaman esclavos sino es al español, pero no le quieren llamar señor sino cuñado o sobrino porque dicen que solo Dios es su señor. (14) Se llamaban a sí mismos Karáí, que quiere decir Señor.

Como único organismo permanente actuaba la asamblea tribal. El cacicazgo no siempre era hereditario y su dictamen se adoptaba sólo después de menuda discusión. El  "Tubichá” adquiría su rango de jefe no tanto por herencia, como mediante la elocuencia de su lenguaje. La deliberación asumía gran importancia. Aún la guerra se discurría y decretaba en asambleas. La jefatura no se confería al cacique, sino se instituía por votación entre los más valientes y duraba en cuanto el elegido no diera señales de flaqueza.

Tales los guaraníes que los españoles encontraron en el Paraguay. Bajo el influjo de la tradición comunera, el cuerpo político constituido en el Río de la Plata al iniciarse la conquista, se hizo eminentemente deliberativo, como ya lo era la rudimentaria organización guaraní. Eliminado el autoritarismo de Mendoza, que jamás consultó con nadie ni aún para actos graves como el ajusticiamiento del maestre de campo Osorio, quedó implantado como sistema la "toma de pareceres" para todos los actos de la conquista. No sólo para los civiles, como la fundación de Asunción o la despoblación de Buenos Aires, sino también para los militares, cuando había que llevar la guerra a los indios del Chaco o emprender alguna nueva expedición en busca de la inaccesible ilusión. Hay constancia de que los grandes caciques guaraníes participaban en estas deliberaciones. El indio Francisco, figura épica de la Conquista, no fué ajeno a los pareceres que precedieron a la fundación de la Casa Fuerte de N. S. de la Asunción y para la despoblación de Buenos Aires también se escuchó la opinión de los amigos carios, según consta en el requerimiento del veedor Cabrera, principal propulsor de esa medida (15). En los disturbios políticos que siguieron al derrocamiento de Cabeza de Vaca., fué también activa la intervención de los guaraníes: éstos apoyaron casi unánimemente a Irala disgustados por la política altanera del Adelantado y por el injusto ajusticiamiento del indio Francisco, uno de los errores capitales de Cabeza de Vaca y motivo de los principales alegados en su cargo para la deposición.

Elemento importante en los disturbios políticos fueron los “mancebos de la tierra" que, como su padres, pronto tomaron gusto por la acción política. Reconocida para ellos la igualdad política, por ser el mayor número, su voto se tornó indispensable para el triunfo de los candidatos y su empuje necesario para derrocar a los gobernantes. En ellos se apoyó el obispo Fernández de la Torre para aprehender al gobernador Felipe de Cáceres e imponer, en su reemplazo, a Martín Suárez de Toledo (16) y en su adhesión entusiasta encontró Hernandarias el motor pujante para su triunfal carrera política.

Los adversarios de Hernandarias le reprocharon ese apoyo al cual debió su primera ascensión al poder en 1592 por votación popular, después de ser depuesto Alonso de Vera y Aragón. Se iso aser gobernador por fuerza con botos de los criollos del Paraguay andando de noche dando billetes a todos -decía Fray Luis Velero, enconado censor del gran gobernante paraguayo. (l7)

Los "mancebos" no se limitaron a actuar briosamente en el campo político, votando en las elecciones y deponiendo a los gobernadores. Comenzaron a copar, prevalidos del mayor número, los oficios concejiles en las ciudades dependientes, aunque por algún tiempo no se atrevieron a tanto en la ciudad capital. Escandalizado por lo que reputaba atrevimiento sumo, el tesorero Montalvo solicitó en 1585 que se les prohibiera el acceso a los honores públicos, arguyendo que en la ciudad de la asunción nunca jamás los an admitido en ningún oficio de la República ques la cabeza destas provincias y parece que los demás pueblos an de rregir por la cabeza y que en todo lo demás yguales a los españoles. (18) Pero poco después también en Asunción los "mancebos”  conquistaron el derecho de regir la ciudad, por ser la mayor parte, al decir del mismo Montalvo. Afirmado legalmente, desde ese momento el predominio de estos mancebos nacidos en esta tierra fué incontrastable.

No todos los viejos conquistadores compartieron las inquietudes que la preponderancia nacional concitó en el tesorero Montalvo. Tomás de Garay enviado en 1598 a Lima como procurador de la ciudad, abogó resueltamente ante la autoridad virreinal por el otorgamiemto legal y obligatorio de una prioridad en favor de los hijos de la tierra cuando se tratara de llenar vacancias de dignidades o aprovechamientos de la tierra. Recordando los grandes servicios prestados por los conquistadores en la fundación de nueve ciudades sin haber sido       ayudados con cossa alguna por la Real Hacienda, pidió como única retribución que los hijos de los dichos conquistadores sean preferidos en las vacaciones que uviere y en las diginidades, siendo beneméritos y suficientes. (19)  Sólo a medias el Virrey accedió a la petición de Garay. No admitiendo que se consagrara tan rotundamente la preeminencia de los "mancebos" sobre los mismos españoles, como tan atrevidamente proponía el procurador de Asunción, prefirió el virrey establecer el principio más equitativo de igualdad sugerido anteriormente por Montalvo. Que en los aprovechamientos de la tierra sean preferidos los conquistadores y primeros pobladores y sus hijos, rezó el decreto virreinal puesto al pie del memorial de Garay.

Con todo, esta concesión representó un gran, triunfo.  En el Perú y en Charcas olía a pecado horrendo que se permitiera al mestizo -tan menospreciado y desconceptuado- el acceso, ya no a la vida social, sino aún a las más viles funciones, y no se comprendía como la Corona toleraba los atrevimientos del Paraguay que trastrocaban ese orden. En 1578 el virrey don Francisco de Toledo criticó la política de homologar, desde Irala para adelante, la voluntad de los que vivían en el Paraguay. No sé cómo se puede satisfacer a la Real conciencia de Vuestra Majestad -se quejaba al Rey-, nombrando a los gouiernos dellas a la boluntad de los que allá biven y están tan cargados de hijos e hijas mestizas y mulatas y que quedarían nuestros súbditos y vasallos con tener a éstos por superiores y ser gouernados dellos (20).

En las regiones del Pacífico, donde, por el ámbito social a que se le relegaba, el mestizo representaba en la mentalidad de las clases dominantes, cuanto había de despreciable y ruin en la humana condición, se suponía naturalmente que un Paraguay dominado por sus congéneres estaba expuesto a la perdición. Nos desvelamos tanto en buscar medios como se quite el peligro de los mestizos desta tierra, y casi todo lo del Paraguay es dellos, seguía diciendo Toledo (21). El gobernador de Tucumán, Licenciado Lerma, quiso sacar provecho de la inquietud general que despertaba la preponderancia mestiza. Surgió la segregación de Santa Fe, del Paraguay y su anexión a Tucumán, porque así sólo estará esta gouernación siempre en cuidado y lo mismo el Perú de ruynes fines y suçessos en deservicio de Vuestra Magestad por las malas esperanças que de aquellos moços mestizos se tienen y sus malas ynclinaciones prometem (22).

Al aludir a ruynes fines y suçessos él Licenciado Lerma traducía el temor que el Padre Martín González infundió con sus lúgubres profecías de que los mancebos, después de matar a sus padres españoles, se alzarían con la tierra para conquistar, junto con sus parientes los chiriguanos de las cordilleras, el Perú, Charcas y Tucumán. (23) Ese temor hizo carne en el Perú juntamente con otro, que era su antítesis, pero que de igual modo expresaba la inquietud general ante el fenómeno paraguayo: el peligro de que los mancebos usurparan la tierra que dominaban, y atrancando sus salidas, formaran, dentro de la selva, un reino aislado del mundo. A esa causa obedeció principalmente, según Juan de Garay, la fundación de Santa Fe y de Buenos Aires. Por el calor que yo puse en dezir que abriesemos puertas a la tierra y no estuviesemos cerrados que se presumiera que queríamos usurpar la tierra (24), explicó al Rey poco después de la segunda fundación.    

Menudearon las fórmulas para poner remedio a los males que entrañaba, según muchos suponían, el avasallador predominio nativoen el Paraguay. El Licenciado Cepeda, presidenta de la Audiencia de Charcas, no vió otro que la provisión de cabeza y gobernador en persona cual convenía para meter en un puño a tierra tan libre y separada de ésta y tan llena de mestizos y gente delincuente. Sólo así, a su juicio, se impondría respeto y obediencia a los soberbios e inquietos mozos criollos y mestizos que la mandan y van usurpando los oficios de justicia y república, que no puede pasar en bien la tierra que tal gente rige y manda (25).

 

(14) Manuscritos da Colegao de Angelis. I. Jesuitas e bandeirantes no Guairá, Río dé Janeiro, 1951, pág. 167.

(15) Requerimiento de abril 10, 1541, en Col. Cop. Arch. G. I., Bib. Nac. Bs. As. N° 916.

(16) Capitulo de cargos contra Martín Suárez de Toledo, 1574, A.G. I. 74. 4. 23. C.

(17) Carta de abril 7, 1603, A. G. I. 75. 6. 4. 0

(18) Carta de octubre 12, 1585, Corr. of. Reales, t. I, pág. 373.

(19) Memorial de julio 4, 1598, Col. Cop. Arch. G. de Indias, Bib. Nac. Bs. As. N° 75.1593.

(20) Carta de marzo 8, 1578, A. G. I. 70. 1. 30. 0

(21) Carta cit.

(22) Carta de setiembre 28, 1581, Col. Bib. Nac. Es. As. Nº 62.969.

(23) Carta de mayo 3, 1575, Col. Bib. Nac. Bs. As. Nº 42.339.

(24) Carta dé abril 20, 1582, en Manuel M. Cervera. Historia de la ciudad y Provincia de Santa Fe. 1573-1853. Santa Fe, 1907, Ap. IX.

(25) Carta de marzo 15, 1591, Levillier, Audiencia de Charcas, t. 111, pág. 116.

 

5. HERNANDARIAS

 

Sin embargo, los soberbios e inquietos mozos criollos y mestizos muy pronto mostraron que tierra tan libre y separada, sólo a medias merecía la enconada alarma de sus censores. Si sus pecados y turbulencias eran muchos, sus ímpetus no habían redundado en desmedro del Paraguay sino en su provecho y de la Corona. No sólo ensancharon sus dominios mediante las fundaciones que fueron su obra, sino que  consagraron y sostuvieron al más grande de los gobernantes del Paraguay hispano-guaraní y uno de los más ilustres que España tuvo en América. Hernando Arias de Saavedra, hijo de Asunción, gobernó el Paraguay en alternadas o continuas ocasiones durante cerca de treinta años; fué su figura dominante y expresión simbólica de la tierra paraguaya, llegó a la ancianidad pobre, respetado y venerado por españoles, mancebos y guaraníes, y mereció de la Corona insignes honores, entre ellos que su retrato figurara en la sala de la Corona de la Casa de Contratación de Sevilla al lado de los beneméritos de las Indias. El triunfo de Hernandarias fue   el triunfo de los "mancebos de la tierra''' y la demostración ejemplar de la capacidad paraguaya para el propio gobierno.

Descendía por la parte paterna como la materna de ilustres casas peninsulares. No era, pues, "mancebo", sino criollo, pero desde su infancia vivió al par que ellos, compartiendo sus afanes y también la admiración y temores que despertaban en sus mayores españoles. Su padre Martín Suárez de Toledo, debió su ascensión al poder al voto y apoyo de los “mancebos”. Su tío Francisco Ortiz de Vergara no quería que se les llamara "mestizos" sino por el nombre de que se preciaban "por ser tan hombres de bien". Hernandarias se crió con los usos, lengua y costumbres de los hijos de la tierra y eso le granjeó gran ascendiente. Como nació en estos rreinos -decía el Obispo Lizárraga en 1608- habla la lengua como los mismos naturales, sabe sus costumbres y casi conoce sus pensamientos: temenle y obedecen al pensamiento (26). Su éxito como gobernante se debió, sobre todo, al conocimiento de la idiosincrasia nacional que le deparaba su completa identificación con el medio humano en que debía actuar, de lo cual tenía íntima conciencia. A la falta de penetración de las calidades y circunstancias de estas  provincias por parte de algunos de los chapetones y visoños gobernantes que le habían precedido, atribuyó los males del Paraguay (27), y Hernandarias demostró conocerlas cabalmente durante su largo predominio.

La tarea que se impuso Hernandarias fué enorme. Para cumplirla contó con el apoyo de los "mancebos' a quienes debió su primera ascensión al poder, en julio de 1592, por el voto popular a raíz de la deposición de Juan Torres de Vera y Aragón, el último Adelantado del Paraguay. He aquí que por primera vez un americano asumía el poder en América. El insólito hecho exacerbó al máximo los viejos temores y suspicacias del Perú. Sin pérdida de momento, siempre desconfiado para todo lo concerniente al Paraguay, el Virrey, haciendo caso omiso de la elección popular, designó gobernador a don Fernando de Zárate, connotada figura que por achaques de su salud, a poco abandonó el Paraguay dejando la provincia, aunque le pesara, en poder de moços locos y sin juicio ni entendimiento, alusión a los "mancebos" partidarios de Hernandarias, al decir de uno o de sus opositores (28). A otra gran figura de la colonia, que había cobrado realce por su gobierno del Tucumán, Juan Ramírez de Velazco, prontamente se le encargo el gobierno de tierra en trance de perdición. Pero para entonces la fama de Hernandarias había trascendido las fronteras y superado la otra fama, la mala de los criollos y mestizos. Ramírez de Velazco no tuvo temor en enviar desde Potosí poderes a Hernandarias para que gobernara en su nombre mientras se allegaba al Paraguay, y una vez en Asunción, en julio de 1597, le designó nuevamente teniente gobernador, y capitán de guerra. (30) En esta virtud, a la muerte de Ramírez Velazco, ocurrida poco después, y con la confirmación del vecindario, Hernandarias  quedó instalado al frente del gobierno, por tercera vez. El hecho pareció natural y no mereció los anteriores reproches y alarmas.

Ya estaba, a esa altura, vencida la desconfianza en torno a los hijos del Paraguay, gracias a Hernandarias. El Virrey del Perú, Velazco, confirmó a Hernandarias en el gobierno ese mismo año de 1597 (31). La solemnidad con que la ciudad de Asunción le recibió después de la designación virreinal, reflejó la satisfacción del Paraguay ante el triunfo final de su más ilustre hijo, a quien acompañó en la apoteosis su hermano, el obispo fray Hernando de Trejo, otro criollo paraguayo triunfante, futuro fundador de la Universidad de Córdoba del Tucumán (32).

El ciclo de las grandes fundaciones estaba cumplido. La fatídica clausura del puerto de Buenos Aires aún estaba agazapada en las traidoras cancillerías peruanas; Asunción, orgullosa de su pasado, miraba con esperanzas el futuro. Un imperio había surgido de la selva y al frente estaba un hijo de ella.

1598 marcó el apogeo de la ciudad fundadora. Como madre y cabeza de las ciudades del Río de la Plata, reunió en su seno sínodos y asambleas para estructurar la organización legal de la vasta y proteiforme provincia. Se combocaron todas las ciudades -recordó Hernandarias poco después- y vinieron los procuradores dellas y a su costa trajo letrados para que se hallasen en él y diesen su parecer en lo que conviniese asentar para que dello resultare la paz y concordia entre los prelados y gobernadores y en todas las demás cosas que conviniesen al seruicio de dios nuestro señor y de vuestra magestad y vien público (33). También se deslindaron las respectivas jurisdicciones territoriales, y Asunción, como "cabeza del Río de la Plata"; tomó para sí un radio de cien leguas, a la redonda (34). Finalmente, y siempre con la ayuda de los letrados y prelados convocados, Hernandarias dictó sus famosas Ordenanzas cuerpo legal que estructuró las relaciones con los indígenas, conforme a las pautas de la tradición y con notables estipulaciones protectoras del indio (35).

Las últimas medidas de gobierno ya fueron adoptadas por Hernandarias bajo el peso cruel de la clausura del puerto de Buenos Aires. Poco tiempo después arribaba un nuevo gobernador, Diego Rodríguez Valdez de la Banda, el primero que asomaba desde Ortiz de Zárate con designación del Rey. Llegó a Buenos Aires lleno de recelos contra los mestizos del Paraguay. De ellos sabía que aunque buena gente de guerra y muy dóciles para lo que se les manda, eran tan tornadizos que habiendo quien los indujera están tan aparejados para el bien como para el mal. Por esto, aunque sus informes sobre Hernandarias eran excelentes, y temiendo que arriba en el Paraguay pudiera haber algunas novedades al ver desplazado a su adalid, creyó prudente que no se supiera su venida hasta tener puestos los pies aquí (36). Sus recelos no se justificaron. Los mancebos acataron su poder y Hernandarias resignó el mando. Y Valdez de la Banda no pudo menos que escribir al Rey, sin haberlo conocido y al solo contacto con su ya robusta fama de hombre de bien:

Hernandarias es muy honrrado cavallero aunque criollo porque no ay regla sin eçeçion, y aca se tiene por çierta que de los criollos se puede fiar poco y de los mestiços nada y yo assi lo creo porque lo boy viendo por esperiencia; solo en Hernandarias a bençido la virtud a la ynclinación. Esto por relación porque aun no me e visto con el y con todo los españoles se quexan porque se inclinaua mas a los criollos y mestizos (37). A Valdez de la Banda le persiguió el mismo destino que a sus predecesores bisoños y chapetones: murió a poco de llegar a Asunción, temor que le había perseguido desde su arribo a Buenos Aires donde le susurraron que a Ramírez de Velazco arriba en el Paraguay le habían dado un bocado de que murió (38). Nuevamente el Virrey del Perú quiso que Hernandarias interinara el gobierno, y así lo hizo, asumiendo el poder por cuarta vez el 15 de agosto de 1602. (39)

Al mismo tiempo, cayó sobre la Corona, provenientes no sólo del Río de la Plata, sino también del Perú, otrora tan receloso de las cosas del Paraguay y de los paraguayos, una lluvia de memoriales en que se clamaba por el nombramiento en propiedad de Hernandarias. La Audiencia de Charcas se manifestó singularmente expresiva en su petición. El dicho Hernandarias de Saavedra -escribió- nació en la dicha provincia y desde que tubo edad para poder serbir se a ocupado en las guerras, conquistas y pacificaciones de los yndios de aquellas provincias, con gran cuidado y diligencia y mucho zelo del servicio de dios nuestro señor y de vuestra magestad gastando en ello el caudal y hazienda que sus padres le dejaron por lo cual entendemos está en mucha neçesidad. (40) Charcas pedía la designación de Hernandarias por ser persona a quien todos los de aquella provincia temen y respetan, lo cual estaba en contradicción con cuanto ese mismo tribunal había machacado acerca del vicio paraguayo de inobediencia. En realidad, el general temor a la inveterada rebeldía paraguaya dictó, más que nada, la insólita propuesta del Consejo de Indias al Rey, tan contraria a todas las tradiciones: la designación de un criollo como gobernante de su propia patria. El dictamen del alto cuerpo fué que se accediera a las numerosas peticiones como el mejor expediente para pacificar y componer la jente de las poblaciones que allí ay que es muy inquieta (41). Y la designación de Hernando Arias de Saavedra como gobernador y capitán general de las provincias del Río de la Plata quedó refrendada por el Rey el 6 de noviembre de 1601 (42). Era el primer americano que llegaba al gobierno ungido por la Corona y era un paraguayo a quien el Rey encargaba su representación en el más vasto de sus dominios, como único modo de mantener en quietud a sus levantiscos compatriotas, de tan mala fama. De este modo, en menos de sesenta y cuatro años de existencia como sociedad política organizada, el Paraguay mostraba entera aptitud para asumir la responsabilidad de su propio gobierno. Al comenzar el siglo XVII era ya completa la madurez política de un país capaz de producir un gobernante de tan honrados y perdurables méritos como lo fué Hernando Arias de Saavedra.

 

(26) Carta de noviembre 22, 1608, A. G. I. 74. 6. 47. 0

(27) Carta al Rey de enero 30, 1600, Col. Bib. Nac. Buenos Aires Nº 82.1720.

(28) Carta del contador Hernando de Vargas, julio 1596. Corr. de Ofic. Reales, t. I, pág. 442.

(29) Titulo de noviembre 6, 1595, Arch. Nac. de As. Vol. 2, Nº 27.

(30) Título de julio, 1597, en Arch. N. de As., Vol. 31, Nº 31.

(31) Cédula de diciembre 16, 1597, en Arch. N. de As., Vol. 2, Nº 27.

(32) El acta del recibimiento en fray José María Liqueno, Fray Fernando de Trejo y Sanabria, fundador de la Universidad. Córdoba 1916. t. I, pág. 21.

(33) Información de servicios de Hernandarias, 1601, A. G. I. 1. 6. 47.10.

(34) Autos de deslinde de diciembre 7, 1598, en Arch. Nac. de Asunción.

(35) Ordenanzas de 1598, en Revista de Derecho y Ciencias Sociales, Bs. As. enero 1906.

(36) Relación de Rodríguez Valdés de la Banda, de mayo 20, 1599, en Anuario de Historia Argentina, 1941, pág. 517.

(37) Carta de diciembre 28, 1599, Col. Bib. Nac. Bs. As. 81.1702.

(38) Relación de mayo 20, 1599, cit.

(39) Acta de agosto 15, 1602, en A. G. I. 74.4. 32. 0

(40) Carta de diciembre 6, 1601, Col. Bib. Nac. Bs. As. Nº 50.1532.

(41) Dictamen de octubre 16, 1601, A. G. I. 74-3. 25. C.

(42) Título, en A. G. I. 122, 4. 6. 0

 

6. LA DIVISIÓN DE LA PROVINCIA

 

A la precoz madurez política del Paraguay de que la ascensión de Hernandarias fué expresión rotunda, correspondió paralelamente una madurez económica, promisora de grandes bienes para el progreso material de la provincia. Pero así como la grandeza económica se frustró de raíz con el cierre del puerto de Buenos Aires, así también el poderío político paraguayo sufrió grave e irremediable quebranto, justamente durante el gobierno de Hernandarias. La desmesurada extensión de la provincia no generó ningún problema mientras lo poblado se redujo al ámbito de Asunción. Pero apenas comenzaron a desparramarse las ciudades, surgió en el espíritu de algunos viejos conquistadores él temor de no poder gobernase con una sola cabeza tan grande área territorial. Ya en 1579, el tesorero Montalvo sugirió a la Corona la formación de tres gobernaciones: una desde la isla Cananea y San Francisco, en la costa del Brasil hasta la boca del Río de la Plata, y luego río arriba hasta la provincia del Guairá; otra desde la misma boca hasta el estrecho de Magallanes, cordilleras del Perú, provincia de Elelin, con Tucumán, Santa Fe, río Paranáarriba hasta la boca del Paraguay, todo a mano izquierda; la tercera, desde este último punto, dicho río arriba a todas dos bandas hasta el lago de los Jarayes, indios Chiquitos y noticias de la Amazona (43). Pero ni esta proposición, ni algunas otras del mismo género expresaron el sentir de la comunidad paraguaya a la que nunca las enormes distancias detuvieron en sus empresas heroicas y menos la amilanarían en las pacíficas del gobierno. La formación de su imperio le costó innúmeros sacrificios en sangre y en recursos, y no estaba con ánimo de consentir mutilaciones de la vasta heredad. La primera de todas, la de Santa Cruz de la Sierra y su amplio distrito, consumada ladinamente por Nuflo de Chaves, concitó la ira de Asunción. Ya entonces se sentía "madre de todos”, apenas comenzada la tarea fundadora, con todos los derechos que confiere la maternidad. Damos quenta desto a vuestra alteza -escribió entonces el Cabildo- para que palpablemente entienda lo questa ciudad por tanta vezes ha pechado fuera de si y espendido en jornadas y poblaciones que verdaderamente se puede dezir madre de todos y que los hijos que ha criado le son yngratos ayudándola siempre a menoscabar y gastar su poca posibilidad y no a sustentar ni favorecer en cosa alguna (44).

Sus otros hijos no le fueron ingratos, por lo menos tan pronto. Ni Corrientes, ni Santa Fe, ni Buenos Aires, alentaron en sus comienzos veleidades separatistas, porque Asunción sabía cumplir sus deberes cuando a las nuevas ciudades amenazaba algún peligro. Las distancias no contaban merced a la maravilla de los grandes ríos, sobre cuyas ancas volaban veloces las piraguas llevando a los bravos guerreros asunceños en socorro de las ciudades en infancia. También el río servía para los menesteres de la paz. Gracias a él Hernandarias, durante su largo gobierno, pareció estar dotado del don de la abicuidad. Varias veces cruzó en diagonal la inmensa provincia en todas direcciones. El gran gobernante nunca permaneció más de un mes en un mismo lugar. Y como era también infatigable jinete, cuando no se servía de los remeros para sus exhalantes viajes, calaba la tierra al lomo de sus montados para aparecer de improviso en los más alejados confines. Hasta el estrecho de Magallanes quiso llegar en procura de la fabulosa Ciudad de los Césares, último vestigio de la fiebre argentina de los primeros años. Y aunque no la halló, nuevas tierras fueron exploradas y se adquirieron mejores conocímientos de la dilatada gobernación. De tal suerte, la distancia no diluyó la autoridad sino que la volvió más efectiva y eficaz, y dio motivo a estas estupendas proezas andatorias que causaron el pasmo de los contemporáneos.

Sin embargo, un sector de la vasta provincia no podía ser atendido, auxiliado ni vigilado con la prontitud y eficacia que reclamaban sus particulares problemas. El Guairá despertaba la codicia destructora de las "bandeiras" paulistas, que bajaban del planalto del Piratiní en busca de esclavos y de piedras preciosas. Cuando Villa Rica solicitaba los auxilios de Asunción, llegaban tardía, o insuficientemente. Hernandarias advirtió la necesidad de organizar la defensa de región tan amenazada. En 1607 propuso la creación de un gobierno aparte en el Guaira con las ciudades de Villa Rica del Espíritu Santo, Ciudad Real y Xerez (45). La idea no encontró buena acogida en los estrados reales. Diuidir aquella provincia (Del Guayrá) de ese gáuierno se ua mirando por ningún caso, contestó el Rey a Hernandarias (46). No obstante, fueron pedidos informes al virrey del Perú, marqués de Montes Claro.

Dos años tardó el virrey en dar su opinión. Encontró razonable la idea de Hernandarias, pero sugirió un cambio, a su juicio insignificante. Es mi parecer -decía después de apoyar con calor el pensamiento de Hernandarias de crear la provincia del Guaira - que se le agregase también la  ciudad de la Assumpcion, donde oy está la Cathedral de paraguay y tiene la misma o poco menos dificultad de ser visitada desde buenos ayres (47). Como Hernandarias escribió desde Buenos Aires, Montes Claro creyó que esta ciudad era la cabeza de la gobernación, y atribuyó sólo a un accidente que la sede del Obispádo fuera Asunción.

El proyecto de creación de un nuevo gobierno quedó archivado porque la idea no encontraba ambiente en la Corte, pero fué nuevamente promovido por Diego Marín de Negrón que en 1609 sucedió a Hernandarias en el gobierno.

Desconocedor de la opinión del virrey Montes Claro, Marín se limitó a apoyar el proyecto de su antecesor, de la creación de provincia aparte en el Guáirá con gobernador y obispo independientes de Asunción (48) para después proponer una distinta restructuración territorial: la creación de un gobierno con Buenos Aires, Córdoba y Santa Fe, y de otro con Asunción, Corrientes, Villa Rica, Xerez y Guairá. Concepción del Bermejo pasaría a depender de Tucumán (49). No tuvo mejor acogida que los anteriores este proyecto de Marín Negrón, aún con el apoyo del Licenciado Francisco  de Alfaro, entonces en el Paraguay y de gran influjo en Corte, que sólo dudaba acerca de la agregación a Tucumán del distrito de Concepción del Bermejo, estando, én el resto, enteramente conforme con las ideas del gobernador (50).

Entre tanto, la guerra contra los guaycurúes y payaguaes del Chaco tenía puesta en serios aprietos a la ciudad de Asunción que para representar sus aflicciones y solicitar mercedes varias, entre ellas la reapertura del puerto de Buenos Aires y la creación del gobierno del Guairá, ya propuesta por Hernandarias, como un medio de aliviarle en sus agobios, despachó a Madrid como procurador a Manuel de Frías. Frías logró una nueva designación de Hernandarias como gobernador, por muerte de Marín de Negrón, pero su pedido en favor de la creación se quedó agregado al ya grueso legajo de la materia sin otra resolución (51).

Por sexta" vez en el gobierno Hernandarias, ante los crecientes atrevimientos paulistanos, insistió en su antiguo proyecto de crear la provincia del Guaira, amenazada de otro modo, de ser aniquilada de cuajo (52) Hernandarias ignoraba por completo el "agregado" propuesto por Montes Claros. La nueva petición se limitó a reproducir su anterior proyecto de crear gobernación aparte con las ciudades del Guairá. Esta vez el Consejo de Indias pareció conmoverse. Traído al despacho el viejo expediente, por una fatalidad del destino el único documento tenido en cuenta, entre los muchos producidos con este motivo, fué el dictamen del Virrey Montes Claro de 1610, que      sirvió de base para la resolución real. El 16 de diciembre de 1617 el Rey puso su firma al pie de la Cédula que decretó la división de la Provincia, no como propusieron Hernandarias o Marín Negrón o Alfaro, conocedores del Río de la Plata, sino en la forma desatentada sugerida desde Lima por Montes Claros, ignorante de la geografía y de todas las realidades del Paraguay. La provincia del Río de la Plata conservó Buenos Aires, Santa Fe, Corrientes y Concepción del Bermejo. La nueva provincia del Guairá, que se creaba, quedó integrada por Villa Rica, Ciudad Real y Xerez, a las cuales se agregó, casi subrepticiamente, nada menos que la ciudad de Asunción (53).

De este modo quedó consumada la división de la Provincia Gigante en una forma como jamás lo había pensado Hernandarias ni nunca jamás lo hubiera prohijado.

 

(43) Carta de noviembre, 15, 1579, Corr. de Of. Reales, t. I, pág. 340,

(44) Carta de octubre 26, 1564, A. G. I:, 1. 4. 12/17.

(45) Carta de mayo 7, 1607, Col. Bib. Nac. Bs. As. Nº 90.1875.

(46) R. C. de julio 5, 1608, A. G. I. 122. 3. 2

(47) Carta de marzo 18, 1610, en Col. Bib. Nac. Bs. As. Nº 93.1963/1

(48) Carta de abril 25, 1611, A. G. I. 74. 4. 12.

(49) Carta de enero 8, 1612, Col. Bib. Nac. Bs. As. Nº 95.2036.

(50) Carta de febrero 15, 1613, A. G. I. 74. 6. 21. 0

(51) Memorial de mayo 17, 1614, Col. Bib. Nac. Bs. As. Nº 95.2072.

(52) Carta de julio 28, 1616,. A. G. I. 74.621.

(53) R. C. diciembre 16, 1616, A. G. I. 122. 4. 6.

 

7. LAS INSTITUCIONES POPULARES

 

La división de la Provincia frustró de raíz los sueños de poderío de la comunidad paraguaya. Producida a escaso tiempo del cierre del puerto de Buenos Aires, la arrinconó en la umbrosa lejanía de sus selvas. El mar estaba perdido y las esperanzas de grandeza económica esfumadas. Vanos habían sido los sínodos y concilios con que Asunción procuró echar las bases jurídicas del vasto imperio confiado a su dirección y surgido de sus entrañas. El Paraguay debía limitarse a vivir su vida, cara al río y con las plantas firmemente asentadas. No le costó nada renunciar a sus sueños de riqueza, pero le fué duro y cruel cortar el hilo de sus fantasías políticas. Quedó mudo y pasmado ante el desmembramiento y su corazón se sintió herido al leer en la Real Cédula de 1616 que fue Hernandarias; su amado y preclaro hijo, el proponente de la cruel medida. Hernandarias también dolorido pues había sido pospuesto en la distribución de las dos nuevas gobernaciones, enmudeció ante la falsedad y dejó que la leyenda perdurara. Ya no regresó a su tierra natal. Casado con una hija del general Juan de Garay, vivió en Santa Fe, hasta su muerte en 1631. El Paraguay quedó privado de las luces de su ilustre adalid y librado, una vez más en su corta y dramática historia, a sus únicas fuerzas. Volvió, como ola que refluye a reconcentrarse en sí misma, al remanso de su soledad para seguir viviendo su propia libertad bajo el signo de Dios.

El proceso de adaptación de las instituciones paraguayas a las nuevas fundaciones, iniciado por las asambleas del 1598, consumada la segregación revirtió a su punto de partida. Las reglas de la libertad paraguaya habían demostrado su vigorosa vitalidad, pues a ellas debía su nacimiento y posterior permanencia, habiéndoles sido extraños los factores que cortaron de cuajo su expansión. El Paraguay, en la hora de su enclaustramiento, podía volver a ellas para ponerlas al servicio de su propia conservación. El siglo XVII presenció la consolidación definitiva de esas instituciones que fueron fruto directo de la voluntad de  libertad del pueblo paraguayo, pocas con raíces legales y casi todas sin otra fuerza consagratoria que la de la realidad histórica.

La Real Cédula del 12 de setiembre de 1537 continuó rigiendo con la virtual calidad de carta política fundamental de la Provincia. El consenso común siguió reconociéndole plena validez legal, a pesar de su evidente caducidad por haber sido dictada en razón de una particular situación, hacía tiempo cumplida. La Corona tácitamente aceptó su ampliación por analogía. Consintió sin observaciones, los numerosos casos en que, en su virtud, el vecindario se constituyó en cuerpo electoral para proveer las vacancias del gobierno, pero cuando el procurador de Asunción, Tomás de Garay, solicitó la expresa ratificación de la vigencia de la Real Cédula (54). Su solicitud quedó sin respuesta. Ello no fué óbice para que la ciudadanía paraguaya, que incluía a españoles, mancebos e indios principales, continuara ejercitando vigorosamente  el derecho de designar sus gobernantes, y, por implicancia, el de deponerlos. La Real Cédula fué puesta en vigor durante dos siglos. Solo en 1735 se decretó su expresa y terminante caducidad.

El Cabildo, con su amplia significación institucional, tal como emergió del acta fundacional de la Ciudad en 1541, fué el órgano principal de las libertades paraguayas. Su origen era popular, porque así lo quisieron sus fundadores en contraposición retadora con el orden imperante en la península, donde, a raíz de la derrota de las comunidades, los ayuntamientos perdieron su carácter electivo. La ordenanza del 16 de setiembre de 1541 que lo instituyó, sancionó un régimen electoral curiosamente tortuoso, hecho para disfrazar la fuente de su autoridad pecaminosa en las concepciones de la dinastía imperante. Se sacaba a los reidores a la suerte de entre diez vecinos señalados por dos grandes electores, elegidos en asamblea popular, que de este modo, en definitiva, era la que decidía, aunque aparentemente los regidores debían a la suerte y a la selección su mandato. Hacia 1625 algunos regidores lograron la implantación del sistema vigente en España y sancionado por la legislación indiana, según el cual, al finalizar el año, los cabildantes debían elegir a sus sucesores. El indignado vecindario alegó ante la Audiencia de Charcas, que el nuevo procedimiento permitía a quince ó veinte vecinos monopolizar los oficios concejiles reeligiéndose cada año unos a otros con gran perjuicio de la república. El tribunal escuchó la demanda y restableció el orden antiguo, mandato cumplido con gran júbilo por la comunidad asunceña. Se mandó tocar las cajas y trompetas para que se junten todos los vecinos y moradores, el día señalado para la elección del nuevo Cabildo, y el gobernador arengó al pueblo incitándoles a hacer una elección cristiana mirando únicamente al bien común. Así lo hicieron trasuntando el acta capitular el júbilo con que el pueblo reasumía su antigua potestad electoral. (55)

Estimulado por su origen y el apoyo popular, el Cabildo asunceño no se constriñó a las clásicas funciones edilicias, a que estaban reducidos sus congéneres españoles, sino que cumplió otros deberes más graves y pesados. En la guerra al indio del Chaco, como en la guerra contra los bandeirantes o el portugués usurpador, y en cualquier emergencia pública, el dictamen del Cabildo se consideraba indispensable. Él se hacía inapelable al ser adoptado en Cabildo abierto, es decir con la accesión de los principales vecinos. La vara del Cabildo se volvió aún más alta al asumir el propio gobierno de la provincia, en repetidas oportunidades. Pobre cosecha de argumentos, los cabildantes asunceños podían espigar en la copiosa legislación indiana para fundamentar su variada y atrevida actuación política, pero poco se cuidaron de ello.

Por necesidad y para dar rienda suelta al general e interesado afán deliberativo y obrar siempre de conformidad con el "común", pocos gobernadores pusieron vallas a las extralimitaciones del Cabildo que alcanzaron su pináculo durante la Revolución de los Comuneros, en que actuó como agente principal de la conmoción popular. La institución militar fué también eminentemente popular, peculiar producto del ambiente, de libertad y de las circunstancias históricas. El Paraguay carecía de ejército, pero era todo un cuerpo militar, según anotaría, casi al final del régimen colonial, el gobernador Lázaro de Rivera. (56) La guerra al indio del Chaco impuso normas originales, estructuradas por la voluntad común, y que hicieron de la actividad militar paraguaya algo muy distinto de las clásicas usanzas europeas. Como el método de hacer la guerra en esta provincia -anotó el gobernador Morphy en 1767- contra los infieles que la inquietan es irregular por carecer en gran parte de las formalidades máximas practicadas y acostumbradas en los Ejércitos del Rey, se hace evidente que la única esencial máxima (la cual es ley en los hombres de bien) es la del valor, y formar emboscadas y tretas de guerrillas que se arman para las sorpresas. (57) El servicio obligatorio en los fuertes por periodos determinados; la concurrencia a las expediciones; la organización de las armadas; y todo lo atinente a la profusa y constante actividad militar, si no creación original del espíritu paraguayo puesto que obedecían a reglas inmanentes de las colectividades humanas que imperan allí donde el hombre necesita vivir con el arma al hombro, constituyeron, en su conjunto, una peculiaridad singular de la voluntad paraguaya. No había leyes emanadas de la Corona que la reglamentaran o siquiera la consintieran, y al finalizar el régimen colonial advino un Virrey que desconociendo los antecedentes de la constitución militar paraguaya, la reputó abusiva y clamó por su derogación. En la provincia del Paraguay -escribió al Marqués de Avilés en 1801- hay un abuso que por inveterado y por otras razones no convenientes al Estado, se pretende hacer subsistir como ley inviolable y es la siguiente: con el aparentado pretexto de ser Provincia frontera del Brasil y del Chaco se han reputado a todos los hombres establecidos en el Paraguay, por soldados y cuando los gobernadores han querido, con necesidad o sin ella, hacen entrada en aquellos países gentiles. (58)

No fue ésta la única peculiaridad con que chocó el estrecho legalismo del Virrey Avilés. El Virrey, prosiguiendo su denuncia de las anomalías paraguayas, señaló otra institución enteramente vernácula, creación del pueblo, extralegal y también merecedora de sus censuras. En esta Provincia -se lee en el mismo informe, destinado a su sucesor- como tan extraviada se ha estado exigiendo desde muchísimo tiempo un derecho denominado de guerra, del cual ningún conocimiento se tiene en esta Superintendencia ni tribunales de hacienda. De este secreto fueron muy exactos observadores los gobernadores del Paraguay, pero aunque bien abusiva y tiránica, el Virrey Avilés, según lo confesó en el mismo informe, no quiso derogar la imposición.

El “Ramo de Guerra” que motivó la crimonía de Avilés, fue la respuesta de la Provincia a la injusta política fiscal de la Corona que gravaba sus productos esenciales para costear milicias y guerras de atrás ciudades y provincias. Consistió en el pago de 21 arrobas de yerba por cada licencia para beneficiar los yerbales y 8 arrobas  por cada 1.000 embarcadas para la exportación, (59) carga aceptada voluntariamente por los  productores por más que con ello se desmedraba aún más su magra utilidad tan castigada ya por sisas, alcabalas, arbitrios y tantas otras exorbitancias de la voracidad fiscal. Subsistió cuanto duró el régimen español, y no por imposición de sus leyes, sino  por la voluntad común.

Fue en el orden económico donde se manifestó más vivazmente la voluntad del pueblo paraguayo de extraer de sí mismo y del medio físico los elementos que el mundo exterior le negaba. El sistema monetario paraguayo fue una original creación del genio paraguayo. (60) Hasta 1779 España no logró introducir sus monedas en el Paraguay (61), pero nunca hubo necesidad de ellas. Los primeros conquistadores inventaron primero los "conocimientos", que eran obligaciones a ser cumplidas cuando fueran habidos el oro, la plata y la pedrería de sus febriles sueños. Luego vinieron las "cuñas", pedazos de hierro que tanto servían para forjar cuchillos y útiles como de unidad monetaria. Los "anzuelos" ejercieron la misma doble función, que fue asignándose sucesivamente a los diversos productos de la industria nacional: el lienzo, la cerda, el algodón, la yerba, el tabaco. En vano en 1599 el gobernador Beaumont quiso imponer a los forasteros la introducción de monedas metálicas. (62) Se cumplió la ley económica que poco antes formulara Sir Thomas Gresham (1519-1579) : la mala moneda desalojó a la buena. El Paraguay nada quiso saber de las aúreas o argentinas monedas. Tenía su “peso” bien llamado "peso hueco" porque era ilusorio, pura medida de cuenta, basado en los productos de la tierra pero que la Corona se vio obligada a sancionar como de uso legal y obligatorio. Que las monedas de la tierra en el Paraguay sean especies, estipuló la Ley VII, del título XVII, del libro VI de las Recopilaciones y asignó al peso hueco una equivalencia de seis reales en la moneda de España. Ninguna otra sección de los dominios españoles alcanzó semejante privilegio: un sistema monetario propio, regido por sus propias leyes, fruto de la voluntad popular, de la necesidad y del medio y que cumplió a satisfacción, durante más de dos siglos, su función reguladora de la economía paraguaya.

Donde la voluntad del pueblo gravitó mas decisivamente para transmutar las instituciones legales, tal como ellas eran trazadas por las ordenanza reales, en instituciones amoldadas a la realidad paraguaya, fué en el régimen de las encomiendas. Aunque el licenciado Francisco de Alfaro, para dictar sus famosas ordenanzas, tuvo a la vista la situación indigenal en el Paraguay, pronto advirtió que sus humanitarios reglamentos no eran aplicables en su totalidad, en el país que fué su espécimen. Los guaraníes, pretensos favorecidos, que de servidores voluntarios de los españoles pasaban a serlo obligados, considerándose afrentados y como esclavos, se negaron a someterse a las nuevas normas, porque ellos servían cuando quieren y como quieren y venían a ayudar a los españoles no a título de tassa ni servicio sino como parientes, según el mismo Alfaro admitió (63). Correspondió a Hernandarias poner en ejecución las ordenanzas y sólo lo hizo a medias, sin sujetarse estrictamente a su letra, porque no todas beces es conbiniente reformar de una bes costumbres antiguas, según informó al Rey (64).

Fue respetado el orden antiguo y también introducidas, para consolidarlo, algunas singulares reformas. La más importante innovación consistió en sustraer radicalmente del régimen a los antiguos aliados carios. Con suma audacia que hubiera dejado atónitos a los virreyes de Lima, a haberlo sabido, se les declaró españoles así como también, y desde luego, a sus hijos los mancebos. Y a éstos, además, se les reputó "hijodalgos'', lo cual les eximía para siempre de todo trabajo servil. La legislación indiana sólo reconocía esa calidad a los hijos legítimos, y los "mancebos" no lo eran en su gran mayoría. No obstante, hubo también reparto de encomiendas. Vastas y numerosas parcialidades indígenas, guaraníes y no guaraníes, quedaron afectadas al servicio de los encomenderos, como originarios o yanaconas si fueron tomados en acción de guerra, sobre todo en el Chaco; y mitayos si se reducían voluntariamente. Los primeros tenían la calidad de siervos; los segundos sólo estaban obligados a pagar un tributo o servicio personal en determinados periodos del año.  (Aguirre, Anales, t. VII, pág. 210.)

También sobre estas encomiendas, de las cuales llegaron a beneficiarse los descendientes de los primeros "mancebos" en todo equiparados a sus abuelos españoles, la voluntad paraguaya impuso su sello. El "encomendero" paraguayo tuvo más de "pater familia" que de señor feudal. La "encomienda", así organizada, sin las expoliaciones que volvieron odioso su nombre en otras provincias, se convirtió desde mediados del siglo XVII no en una rémora sino en un apoyo del sistema social y económico del Paraguay. Si la provincia pudo arrostrar sin desfallecer las calamidades que se abatieron sobre ella -clausura y segregación de Buenos Aires, sisas, alcabalas, arbitrios, puerto preciso, etc.- , fué porque se cimentó sobre sólidas bases humanas; una clase dominante –blanca-mestiza-guaraní-, contaba con los brazos de una clase dominada de pura raíz indígena, que no se sentía oprimida y podía ascender, por la vieja y dulce vía del hímenes, al núcleo dominador. La fluidez y plasticidad de la institución de las castas alejaban todo peligro de disturbios sociales y políticos. Verdad que solamente como conflicto interno esa amenaza no existió.

La peculiar organización social paraguaya obra de la libertad y consolidada por el común consentimiento, generó el más vasto, profundo y tremendo sacudimiento de la historia colonial. Fueron precisamente los indios encomendados el motivo ocasional de la guerra comunera que ensangrentó el suelo paraguayo durante varios lustros.

En esa cruenta lucha se pusieron frente a frente la comunidad paraguaya, con instituciones que no obedecían a moldes ni a normas estables, sino que eran fruto de su voluntad y de la necesidad, y la organización institucional más rígida y absoluta, con disciplina mas férrea y leyes menos flexibles. Porque la misma tierra paraguaya, bajo el mismo clima y con las mismas razas, creó dos tipos igualmente originales pero diametralmente opuestos de organización humana, que pronto iban a ponerse frente a frente en los campos de batalla.

 

(54) Memorial de Garay, cit.

(55) Actas capitulares cits. por J. Natalicio González. Proceso y formación de la cultura paraguaya. Buenos Aires. 1938. t. I, pág. 263.

(56) De Rivera al Virrey Feliú, 1798, Archivo Gral. de la Nación Argentina, Legajo "Intendencia del Paraguay", 1798.

(57) Ordenanzas de enero 22, 1767, en Aguirre, Bib. Nac. Bs. As. t. II, pág. 1111.

(58) Informe del marqués de Avilés, en Museo Mitre, Bs. As. B-27-1-64.

(59) Azara. Geografía Esf., etc. pág. 435.

(60) Cif. Efraím Cardozo. Las primeras monedas del Río de la Plata, en II Congreso Internacional de Historia Americana, t. V.

(61) Azara. Geografía Esf., pág. 430.

(62) Bando, citado,

(63) Ordenanzas, citadas.-

(64) Carta al Rey de mayo 13, 1618, Rev. Bib. Nac. Bs. As., cit.

 

8.- LA REVOLUCIÓN DE LOS COMUNEROS

 

Largo tiempo incubada, la tremenda explosión ocurrió en 1717, y el incendio duró hasta 1735 (66). Durante diez y ocho años la provincia del Paraguay fué un campo de sangre barrido por un huracán de fuego, de odios desatados y de incontenibles pasiones. Hubo tumultuosas asambleas, grandes batallas, incendios y saqueos, lágrimas y mucha sangre. El púlpito se convirtió en tribuna política y desde allí tronaron fogosos oradores sagrados en favor de alguno de los dos apasionados bandos en que se escindió el Paraguay. El Cabildo fué teatro de ruidosos debates, muchos con sangriento epílogo.

Asunción armó sus ejércitos y a su frente se irguieron altivos y nobles caudillos, tales José de Uruanga, que parecía un Séneca con espada (67), Fray Miguel de Vargas Machuca, extraordinario orador y heroico soldado, Antonio Ruiz de Arellano, Francisco

de Roxas y Aranda, Miguel de Garay, hombres de bien y amadores de la honra, Ramón de las Llanas, Sebastián Fernández Montiel y Juan de Mena y Velazco, pertenecientes a las más antiguas familias paraguayas, de ilustre tronco. La Compañía de Jesús movilizó sus disciplinadas cohortes guaraníes y a su frente fueron colocados hombres de recia y dura condición que más se preciaban de soldados que de religiosos. (68) Así, el Padre Policarpo Duffo, cura de Santa María, y el padre Antonio Ribera, cura de Santiago, fogosos conductores de las huestes misioneras en la batalla de Tebicuary, librada en agosto de 1724, y luego pasto del furor de los vencedores.

El motivo ocasional fueron los indios. Los jesuitas habían logrado, desde 1661, la incorporación a la Corona por ellos representada para el caso, de los indios encomendados de los pueblos que vinieron a ocupar al Sud del Tebicuary. De este modo sustrajeron a millares de guaraníes del servicio personal de los paraguayos, y estos se ingeniaron para suplir esa brecha en su economía mediante los prisioneros tomados en las entradas al Chaco, reducidos a yanaconas y esparcidos en sus poblaciones. Los jesuitas alegaron la ilegalidad del procedimiento, por la inobservancia de las formalidades exigidas por la legislación indiana para llevar la guerra a los indios y además que estaba expresamente prohibido sujetar a servidumbre a los indígenas cautivados. Diego de Reyes y Balmaceda, que desde sus primeros pasos en el gobierno concitara la aversión general, se dejó ganar por las razones de la Compañía y en 1717 entregó a los jesuitas los cautivos tomados en una expedición con los payaguaes, en vez de repartirlos entre los vecinos asunceños, como era la costumbre, y no para esclavizarlos sino para incorporarlos a la vida paraguaya. Esto vino a colmar la medida de la paciencia y tolerancia. Ya nadie dudó que la Compañía de Jesús quería socavar profundamente los cimientos de la comunidad. El caso de los payaguaes no era sino un episodio. Cuando la política de Reyes y Balmaceda empujó a los paraguayos a levantarse contra la hegemonía jesuita, los Padres ya estaban establecidos en las mismas puertas de la ciudad, y la tenían cercada por todos sus ámbitos. Los paraguayos, se persuadieron que la provincia civil estaba en trance de ser absorbida y que su género de vida, sus viejas libertades, se hallaban en peligro mortal. La Provincia se levantó con furia. La guerra fué decretada y comenzaron las batallas.

El Cabildo fué el centro y la cabeza de la resistencia popular. Se irguió retadoramente frente al gobernador Reyes y Balmaceda. Primero eligió las vías legales para la defensa de los derechos provinciales y obtuvo que la Audiencia de Charcas enviara sucesivamente varios jueces para investigar los hechos. Uno de ellos, el notable abogado panameño José de Antequera y Castro, llegado en 1721 y pronto ganado por la causa paraguaya, se convirtió en su ardoroso adalid. Destituido Reyes y Balmaceda por el juez pesquisidor, la Compañía, que tenía muchos resortes que tocar, alcanzó del virrey del Perú su reposición. El Paraguay se negó abiertamente a volver a admitirlo, por más que Reyes y Balmaceda apoyara su pretensión con un ejército reclutado en las Misiones. El Virrey ordenó nuevamente la reposición de Reyes y la comparecencia de Antequera, comisionando al teniente del Rey en Buenos Aires, Baltazar García Ros, para el cumplimiento de su mandato. Otro ejército pusieron los jesuitas a disposición de García Ros, pero éste no pudo avanzar más allá del Tebicuary, donde se atrincheraron los paraguayos decididos a no aceptar ni a Reyes ni a Ros, y a sostener a Antequera, como lo resolvieron en Cabildo abierto, en diciembre de 1723.

Provisto de mejores elementos repitió García Ros su tentativa en agosto de 1724 y fué derrotado en las márgenes del Tebicuary. Poco antes de marchar al encuentro del invasor, el Cabildo de Asunción decretó la expulsión de los jesuitas de la ciudad y su jurisdicción. La orden fué cumplida con implacable rigor en el plazo de tres horas. Mientras tanto, los jesuitas habían obtenido de la Corona que se extremaran las medidas para hacer entrar en razón a la rebelde Provincia. El gobernador de Buenos Aires, Bruno Mauricio de Zavala, recibió nuevas órdenes de movilizar todos los recursos para reducir al Paraguay. Se decretó el bloqueo comercial y el embargo de los bienes paraguayos existentes en Buenos Aires, y Zavala marchó personalmente hacia el Paraguay con un ejército de 6.000 hombres. Antequera, convencido de la inutilidad de la resistencia, abandonó la provincia para buscar el amparo de la Audiencia de Charcas. Traicionado, cayó en poder del irritado Virrey del Perú, bajo cuya mano murió ajusticiado en 1731. Creyendo pacificada la provincia con la desaparición de su caudillo principal, Zavala que había entrado a saco en Asunción en abril de 1725, regresó a Buenos Aires después de dejar en el gobierno a Martín de Barúa, pero sin atreverse a reponer a los jesuitas en su colegio.

Los años del gobierno de Barúa fueron de sobresaltos, motines y asonadas constantes. El partido antijesuita mantuvo encendida en violenta conmoción a toda la Provincia. Barúa no correspondió a las esperanzas de Zavala ni de los jesuitas pues se dejó ganar por la corriente popular. Resistió tozudamente la restitución de los padres de la Compañía en su colegio de Asunción, decretada por el Virrey del Perú, alegando ante la Corte la ilegalidad de la constitución jesuítica en el Paraguay. Cumplió la orden después de muchas imperativas requisitorias, pero dejó actuar libremente a los caudillos de la causa paraguaya, que para entonces habían adoptado el viejo y nunca olvidado nombre de "comuneros". Cuando Barúa fué sustituido en 1730 por Ignacio de Sorotea, el pueblo amotinado le impidió entregar el gobierno. Poco después, en vista de que Barúa no se atrevía a tanto, ya en abierta actitud de rebeldía contra todos los poderes, y a influjo de Fernando de Mompox, compañero de prisión de Antequera en Lima, orador de arrebatadora elocuencia, el vecindario constituyó, en tumultuosa asamblea, una Junta Gubernativa de la Provincia, en quien el común depositó la autoridad máxima del Paraguay. El presidente de la flamante Junta, José Luis Barreiro, traicionó la causa comunera. Mompox fué entregado a sus enemigos. Indignado el vecindario depuso a Barreiro, reemplazándolo por Miguel de Garay, que poco después fué sustituido, también violentamente, por Antonio Ruíz de Arellano. La revolución había degenerado en anarquía y motín, y cuando en febrero de 1732 llegó a Asunción la noticia del ajusticiamiento de Antequera, una tormenta de furia se desencadenó sobre la ciudad: por segunda vez fueron expulsados los jesuitas y el pueblo cometió grandes depredaciones en la aterrorizada ciudad. Cayeron varias cabezas de jesuitas, hubo profanaciones y saqueos y corrió mucha sangre inocente.

Un gobernador, Manuel Agustín de Ruiloba llegó, entre tanto, comisionado por el Rey para restaurar el orden en el convulsionado Paraguay. Espantada de sus propios excesos la ciudad le recibió pacíficamente, pero apenas descubrió sus simpatías hacia los jesuitas, resurgió la insurrección. Ruiloba marchó al encuentro de los comuneros, y sucumbió en la batalla de Guayaibití, el 15 de setiembre de 1733. Ya no fué posible revivir la Junta Gubernativa y salió a relucir la cédula de 1537, la última vez. Fray Juan de Arregui, obispo de Buenos Aires, que desde el púlpito había justificado al común, fué electo gobernador por el voto del sector moderado de los revolucionarios, pero a poco regresó a su diócesis, dejando en el poder a Cristóbal Domínguez de Obelar, convencido de su impotencia para reprimir la anarquía que estaba royendo las entrañas de la revolución, y anegaba en sangre a la Provincia.

En estas circunstancias, fácil le fué al gobernador de Buenos Aires, Zavala, con un segundo ejército de ocho mil indios proporcionado por los jesuitas, aplastar definitivamente a la Revolución, venciendo a las mal articuladas y peor pertrechadas tropas comuneras en la batalla de Tabapy, el 14 de marzo de 1735. Entró en Asunción, y la sometió a la dura ley del vencedor. Restituyó a los jesuitas en su colegio y después de mandar ahorcar a los principales comuneros, de decretar la derogación del derecho de elegir gobernador que Asunción se había arrogado en virtud de la Real Cédula de 1537 y de quitarle al Cabildo su origen popular y sus facultades políticas, abandonó el Paraguay y murió en camino a Buenos Aires. Los pocos caudillos comuneros librados de la horca, fueron confinados a prisión perpetua en lejanos presidios de Chile y del Perú. Aunque durante largos años partidas amontonadas mantuvieron en sobre salto a los gobernadores, y hubo todavía en 1747 otro levantamiento del común, la Revolución de los Comuneros había terminado.

 

(66) Sobre la revolución de los comuneros, véase: P. Pedro Lozano: Historia de las Revoluciones de la Provincia del Paraguay, Buenos Aires, 1905. José María Estrada. Ensayo histórico de la revolución de los comuneros del Paraguay, Buenos Aires 1865. Raúl de Labougle. Historia de los comuneros. Buenos Aires, 1953. Principalmente: Viriato Díaz Pérez, opus cit., y Justo Pastor Benítez. Los comuneros del Paraguay 1640-1735, Asunción, 1938.

(67) Anglés y Gortari, Los jesuitas en el Paraguay, Asunción, 1896, p. 104.

(68) Anglés y Gortari, opus cit., pág. 35.

 

9. LA DOCTRINA COMUNERA

 

La Revolución de los comuneros comenzó siendo un movimiento instintivo de la provincia que defendió su derecho a seguir viviendo su vida de libertad sin someterse a la Compañía de Jesús ni a los gobernadores devotos de ella. Aunque tumultuosamente, buscó un cauce leal por donde dirigir su protesta y reivindicar sus derechos, y mientras un tan alto y legista tribunal como la Audiencia de Charcas pareció atender sus reclamos, y jueces extraños, como Antequera no trepidaron en proclamar la bondad de su causa, el Paraguay no desacató la autoridad real, de la cuál esperaba cumplida justicia. Pronto se convenció de que nada cabía aguardar de ella y que en la metrópoli más que sus alegados derechos, pesaban la poderosa influencia de la Compañía y la vieja fama de rebelde que venía arrastrando la Provincia desde los  años iníciales de la Cinquista. El Paraguay tuvo que habérselas solo contra los dos poderes coaligados, la Corona y la Compañía, y aunque no le faltaron defensores españoles, sobre todo dentro de las órdenes religiosas rivales de la jesuita, contó con sus únicas fuerzas para arrostrar la tormenta. Ello no debilitó la salvaje energía con que finalmente decidió arrojar el guante al rostro de la misma autoridad real.

¿Qué esperanzas tenía el Paraguay de vencer en esta desigual porfía? Ninguna. Las brevas aún no estaban maduras. Sólo le cabía arropar en la segunda etapa de la Revolución, sus desesperadas rebeldías, su loco desconocimiento de la voluntad de los virreyes y aun del Rey, con un manto de legalidad. No de la ley recogida en las Recopilaciones, sino de la otra, la del Derecho Natural, tantas veces alegada por los jesuitas de Europa en sus luchas contra el absolutismo monárquico, contrario a sus planes de teocracia mundial. Las obras de los grandes teólogos españoles de los siglos XVI y XVII fueron el arsenal de donde extrajeron sus armas los doctrinarios de la Revolución comunera. Fácil les fué encontrar inspiración en Vitoria, Suárez, Soto, Mariana, Molinas, Castro, Azpilcueta y tantos otros predicadores y tratadistas de sotana, sostenedores vigorosos de la teoría de que el poder político no procede de Dios, como pretendía la nueva doctrina del derecho divino de de los Reyes, sino del consentimiento de la sociedad civil, que era dueña de quitárselo así como se lo había otorgado. El Padre Francisco Suárez, singularmente claro en sus alegatos, fue la principal fuente de los expositores del común paraguayo. La soberanía debía estar repartida entre todos –decía Suarez- y no recaer en una sola mano, ya que todos los seres humanos son iguales por naturaleza. El poder es conferido solo por delegación, mediante un pacto que impone mutuas obligaciones al príncipe y al pueblo. Los súbditos tienen el derecho de insurrección si el soberano no respeta las condiciones del convenio. (69)

El Padre Juan de Mariana, otro jesuita español, fué más lejos: no sólo reconoció a los pueblos el antiguo derecho de revuelta, sino que afirmó, por fuero natural, el del regicidio contra el monarca que abusara del poder. (70)

Aunque los teólogos españoles se fundaban en las palabras de Santo Tomás de Aquino, y los comuneros paraguayos en las palabras de aquellos, ambos obraban bajo la influencia de la vieja tradición democrática española, y que, en su forma más extrema, del derecho de insurrección, tomó fuerza legal en el Fuero Juzgo visigodo, cuando estipuló Faciendo derecho el Rey, debe aver nomme de rey, et faciendo torto, pierto nomme de rey. (71) para luego traducirse en la viril guerra de las comunidades castellanas de 1520.

El ideal comunero español prendió raíces hondas en la conciencia paraguaya. Cuando Fray Miguel de Vargas Machuca, expositor de la doctrina paraguaya afirmó desde el púlpito que la voluntad del común era superior a la del propio Rey (si bien revertía contra el enemigo jesuita una doctrina por sus grandes teólogos sustentada), no hizo sino interpretar un viejo sentimiento nacional. El partido “comunero”, tan viejo como el mismo Paraguay, no estaba muerto sino que era la sustancia misma de un país que había tenido necesidad de un diario plebiscito de voluntades para seguir subsistiendo y superar las adversidades. Las palabras del sacerdote paraguayo quedaron perdidas para la posteridad pues sus oraciones políticas fueron quemadas por el verdugo, pero la fama recogió la esencia de su doctrina y el recuerdo de sus pasmosas hazañas militares al frente de los últimos irreductibles comuneros. También llegó hasta nosotros, la exposición de su doctrina por quienes, dotados quizás de mejores condiciones literarias le supieron dar sólida y galana contextura.

Los pueblos –decía Antequera- no abdican su soberanía. El acto de delegar sus formas externas y el ejercicio de la facultad de legislar, residente en él por razón de la naturaleza y suprema dispensación de Dios, no implica en manera alguna que renuncie a ejercerla, cuando los procedimientos de los gobiernos los hieren, y falseando su deber, lesionana los preceptos eternos de la razón absoluta, que está sobre todas las leyes, y por consiguiente, es superior a todas las autoridades. (72)

Y Fernando de Mompox y Castro: La autoridad del común, no reconoce superior. La voluntad del Monarca, y todos los poderes que de ella derivan, otras tantas fórmulas del mismo principio, todos los están subordinados. La autoridad de los comunes es elemental, permanente, inalienable (73). Inculcaba mucho este mal hombre –recordaba, aludiendo a Mompox, el Padre Lozano, historiador jesuita de la Revolución- el poder del común de cualquier república, ciudad, villa o aldea, enseñando era más poderoso que el mismo rey: que en manos del común estaba admitir la ley del gobernador que gustasen, porque aunque se le diese el príncipe, si el común no quería, podía justamente resistirse y dejar de obedecer. (74)

La derrota no estranguló el ideal comunero. Los instrumentos principales de las libertades paraguayas cayeron abatidos en la debacle. La Real Cédula de 1537 fué abolida quedando despojada la provincia de su inveterado derecho de designar gobernantes. El Cabildo perdió su origen electivo para sobrevivirle arrinconado dentro del estrecho ámbito de las facultades edilicias. Pero el eco de las grandes voces que llevaron al pueblo a la batalla y al sacrificio durante la épica gesta, siguió vibrando en el alma paraguaya. Los años sucedieron a los años con su cortejo de venturas y desventuras. Una generación -la de la Revolución comunera- dió paso a otra, y ésta a su vez generó otra, cuando sonó en América la hora de la Emancipación. El pendón comunero, viniendo de luengas tierras y con otros colores, los de la Revolución Francesa, volvió a trajinar por los caminos paraguayos. La Provincia reconoció su propia voz en la nueva que llegaba de Europa: La vieja doctrina revivida, galvanizó las almas paraguayas en la aurora de la Independencia. Pero ni los dogmas del Contrato Social ni los principios de la Declaración de los Derechos del Hombre, atemorizaron y paralizaron tanto la voluntad del último gobernador español, ante él despertar de la conciencia revolucionaria, como el recuerdo de los comuneros de 1724. Un testigo de la Revolución de 1811 consignó: El gobernador se consideraba como impotente, notando el fermento de los patricios: no olvidaba los acontecimientos ocurridos en el Paraguay durante y después de la gobernación de don Diego de los Reyes y Balmaceda, y sabía la altura en que podía colocarse el pueblo de Asunción al recobrar sus derechos. (75)

 

(69) P. Francisco Suárez. De legibus et Deo legislator.

(70) Joannis Mariannae, De Rege et Regís institutiones. Toledo, 1599.

(71) Ley 2, Tít. 1º

(72) Estrada. opus cit, p. 142.

 (73) Estrada, opus. cit. pág. 146.

(74) Lozano. t. II, pág. 4.

(75) Apuntes de Manuel Pedro de la Peña, en Mariano Antonio Molas. Descripción Histórica de la Antigua Provincia del Paraguay, Buenos Aires, 1867, pág. 164. Peña recogió esta versión de labios de su padre, don Pío Ramón de la Peña, uno de los paraguayos que se acercaron a Velasco, para denunciarle lo que sabían de la conspiración que habría de estallar el 14 de mayo de 1811.

 

10. EL IGUALITARISMO

 

Bajo el reino de la libertad las desventuras que azotaron como trallazos al Paraguay a lo largo de la edad colonial no doblegaron ni quebrantaron el carácter popular. Decepciones como el fracaso de la Sierra de la Plata, arbitrariedades como el cierre del puerto de Buenos Aires, equivocaciones como la mutilación de la provincia en 1618, monstruosidades como el puerto preciso, injusticias como la política impositiva se agregaron o superpusieron sobre otros males nacidos en su propio seno o en su vecindad cercana. Así la guerra viva y constante contra el indio del Chaco, las devastaciones traidoras de los "mamelucos” la rivalidad económica de las misiones jesuitas, la vorágine devoradora de la Revolución comunera y su despiadado aplastamiento. Tantos males rebotaron, como flechas en una coraza, al chocar con la dura contextura espiritual del pueblo paraguayo, que se sentía libre y al mismo tiempo servidor de Dios.       

El no conocer la ambición era, según Azara, característica dominante de los primitivos habitantes del Río de la Plata, al par que la apatía con que soportan sin quejarse la intemperie, la escasez, las enfermedades, dolores, duelos y fiestas (76). También eran fuertes para arrostrar y absorber sufrimientos los españoles que vinieron en las primeras armadas, ávidos de riquezas y anhelantes de conquistar imperios, pero que no se abismaron en la desesperación ni renegaron de la tierra cuando se convencieron de la inutilidad de sus esfuerzos y de la falacia de sus ilusiones. Mezcladas las dos sangres en el pueblo paraguayo, hubo la misma viril entereza para arrostrar adversidades e infortunios, sin inútiles lamentaciones ni amargos resentimientos, porque habían resuelto crear un imperio donde reinara la libertad bajo el signo de Dios.

Las calamidades hirieron por igual a todos, a pobres y a ricos, a españoles y a indios, a criollos y a mancebos, sin abrumarlos ni arrojarlos a la desesperación porque la libertad lo compensaba todo. Su primer efecto fue igualar a todos. De nada valían blasones ni jerarquías para detener el común infortunio. Se vive con libertad y se dice que es la tierra de los iguales, afirmaba Aguirre (77). Y Azara confirmaba: Porque comúnmente todos comen y visten lo mismo, suelen llamar algunos a esta Provincia la tierra de los iguales (78), aunque confundiendo la causa por el efecto.

En la tierra de los iguales había, sin embargo, la conciencia del esclarecido linaje de los primeros conquistadores. No solamente Hernandarias exaltó ese sentimiento de superioridad cuando afirmó, al principio del siglo XVI que en la conquista del Paraguay se había derramado la más ilustre sangre que de España ha pasado a las yndias (79). Los cronistas jesuitas, tan meticulosos en discernir elogios tratándose de los ariscos provincianos que a tan mal traer les tenían, trasuntaron, por reflejo, el orgullo de la ilustre estirpe paraguaya. Fueron -decía el Padre Techo refiriéndose a los habitantes europeos de las ciudades paraguayas- tronco de ilustres familias, que pueden ostentar brillantes genealogías, como descendientes de las casas principales de España, tanto que quizás no haya en América provincia alguna donde se cuente un número tan considerable de insignes apellidos (80). Esto se publicaba en 1673. Hacia 1745 el Padre Lozano confirmaba: Mantiénense todavía los descendientes de aquellos primeros conquistadores que fundaron aquesta ciudad (Asunción), y eran de la sangre más ilustre de España y aún de otros reinos extraños (81).

Sin embargo, en la tierra de los iguales a nadie conmovían los linajes. El Padre Lozano lamentó que los apellidos lustrosos fueran mantenidos en el Paraguay sin el esplendor correspondiente a su origen, atribuyéndolo más que a la pobreza, al descuido. Por su parte, Azara anotó: Todos convienen en considerarse iguales, sin conocer aquello de nobles y plebeyos, vínculos y mayorazgos, ni otra distinción que la personal de los empleos, y la que lleva consigo el tener más o menos caudales o reputación de probidad o talento. Verdad es que algunos quieren distinguirse diciéndose que descienden de conquistadores, de gefes, y aun de simples europeos; pero nadie les hace más caso por eso, ni ellos dejan de casarse, reparando poco en lo que pueda haber sido antes el contrayente. (82)

Poco reparó, por ejemplo, en lo que pudo haber sido antes su novio, doña María Josefa Fabiana de Velasco y Yegrós, sobrina carnal del antiguo gobernador y Capitán general de la Provincia Don Fulgencio de Yegros y Ledesma y por cuyas venas corría sangre de las más antiguas familias paraguayas, para contraer matrimonio con García Rodríguez França, de dudosa raza y obscuro origen, de quien no se sabía si era natural del Portugal o del Brasil y al cual, por el color de la tez y su procedencia, las malas lenguas le atribuían ascendencia negra o mameluca (83). Muchos sinsabores le habría de ocasionar las ambigüedades gentilicias del padre al vástago del matrimonio, Gaspar Rodríguez Francia. Repetidas mortificaciones, rechazos y directos ataques debió sufrir con motivo de su discutida pureza genealógica, a la cual aludían maliciosamente sus numerosos enemigos para vengar o contener las intemperancias y asperezas de su carácter. Francia a su vez reaccionó típicamente, renegando del padre, a quien ni en el lecho de la muerte quiso asistir, modificando su apellido y haciendo pública y constante demostración de su linaje materno. Yo el Alcalde de primer voto Doctor Don José Gaspar Rodríguez de Francia y Velasco -decía en un acuerdo capitular de 1808 y sin que esto viniera a cuento pues sólo se trataba de fundamentar su voto-, natural de esta ciudad de la Asunción, descendiente de los más antiguos Hijodalgos conquistadores de esta América Meridional, digo ... (84)

El prurito nobiliario del Alcalde de primer voto de 1808 no era común. No todos tenían necesidad de apuntalar la inseguridad de su sangre con tan aparatosa ostentación, que seguramente provocó la sonrisa de los indiscutidos linajudos y que no habría de influir, en lo más mínimo, cuando llegó la hora de las grandes decisiones, en esta tierra de los iguales, para la ascensión al poder del descendiente de los más antiguos hijodalgos conquistadores de esta América meridional, según su opinión, pero según muchos, nieto de "mamelucos", y "mulato" él mismo.       

 

(76) Azara, Descrip. e Hist., t. I, pág. 307.

(77) Aguirre, Anales, t. VII, pág. 174.

(78) Azara, Descrip. Geog. e Hist. pág. 429.

(79) Carta de enero 30, 1600, cit.

(80) Nicolás del Techo. Historia de la Provincia del Paraguay, t. I, p. 94.

(81) Lozano, Hist. de la Conq. t. I, pág. 93.

(82) Azara, Descrip. e Hist., t. I, pág. 367.

 (83) Acerca del linaje de Francia, ver Apéndice B. de Garay. La independencia del Paraguay, y carta de Fulgencio R. Moreno a Viriato Díaz Pérez, en Rev. del Inst. Parag., Año IX, N° 58.

(84) Acta de octubre 13, 1808, Arch. Nac. de As. Vol 1035. N. E.

 

11. INDIVIDUALISMO Y COMUNITARISMO

 

Sobre el cañamazo formado por hilos de muy distintas procedencias se bordaron las figuras del carácter paraguayo. El medio geográfico para ser dominado obligaba a la asociación y a la cooperación; una vez sujeto invitaba al aislamiento y a la dispersión. El factor humano trajo también en su seno fuerzas que impulsaban alternativamente a la concentración o a la disgregación. El español egocéntrico, rabiosamente personalista en su esencia, aportó la tradición de las comunidades con que afrontó a los sarracenos en la guerra de siglos y con que luego resistió a la implantación del absolutismo monárquico. El guaraní, gregario por naturaleza y por necesidad, contribuyó con su horror a las grandes formaciones políticas y a su apego a las pequeñas organizaciones sociales, dentro de las cuales preponderaba su afán exclusivista y xenófobo. De este modo, pugnaron tendencias contradictorias dentro nada uno de los elementos integrantes del carácter nacional, y podían encontrar calor propicio las más antagónicas expresiones de vitalidad sin salir de los ámbitos de su contorno social y biológico. Individualismo o comunitarismo no fueron sino faces de un mismo rostro, según fueran las luces que lo iluminaran.

El individualismo orgulloso que palpitaba en las palabras del alcalde Francia podía llevar, y llevó con el tiempo, con su exacerbación enfermiza al despotismo más furioso. También era caldo para la anarquía y para el desorden civil, como ocurrió en las postrimerías de la revolución comunera. En compensación, podía ser la fuerza motriz principal de la grandeza espiritual del Paraguay por la exaltación de la personalidad humana sobre un plano de dignidad y de respeto a la colectividad. De igual modo el comunitarismo tanto podía conducir a la anulación de la individualidad, como a la cooperación y la identificación moral dentro de la colectividad, vallas poderosas contra toda tentativa de entronizamiento de la arbitrariedad. Individualismo y comunitarismo compensados mutuamente, producirían, juntamente con la igualdad social, la igualdad de los sentimientos. Es Azará quién lo dice: Como jamás han conocido la plata, ni por consiguiente la ambición, y por otro lado la Provincia ha estado y aún está aislada, los espíritus se han reunido y conservado tan de un modo de pensar, como suelen los hermanos, por cuyo motivo los de Buenos Aires dicen de ellos: que cuando un paraguayo se enfada con quien no lo es, dice a sus compañeros o compatriotas: ayudadme a aborrecer a este hombre bellaco (85). El gregarismo paraguayo se manifestaba a pesar de la particular dispersión de su población, y, en verdad, como resultado mismo de esa dispersión, que no significó nunca aislamiento debido al peligro constante de los malones indígenas. El temor de los infieles -dice Aguirre- fue motivo de que no se separasen mucho los provincianos entre sí y ambas razones produjeron las comarcas pobladas de haciendas y sus dueños formando partidos. Como realmente el gobierno y pobladores de la provincia fueron tan tradicionales, aun cuando se alejaron de la soledad de las campañas conservaron él mismo carácter. (86)

Los paraguayos preferían al comercio el vivir en el campo, en sus casas o estancias, donde gozan plena libertad y tienen abundancia de carne y legumbre (87). Por eso la ciudad nunca gozó de sus preferencias, y aunque allí mantenían casa, bien puesta, de sencilla arquitectura, y se manejaban con finos modales, sin que les falte lo riguroso de la etiqueta (88), no era su morada habitual. En el campo transcurrían casi todos sus días, sin que ello dañara su heredada urbanidad. Las familias patricias -seguía diciendo Aguirre- se inclinan particularmente a la campaña: la estancia es su mayor anhelo; el caballo y sus arreos su principal lucimiento. Aunque vayan descalzos no faltan espuelas de libra cada una… Aunque se vayan a la campaña conservan el aseo en sus personas, en sus casas y con su manejo prueban que es muy superior la del Paraguay a la de las provincias meridionales. Se trasciende aún entre la pobreza de sus lienzos, la nobleza de sus prosapias y todavía se conservan muchas familias con (la) conocida decencia de los antiguos pobladores. Lo que realmente no lo cuentan las más de las Yndias (89).

No había ganado alzado ni perros cimarrones. Nadie andaba a pie, sino a caballo, y no se conocían los baguales. Quienes no tenían estancias eran propietarios de una o varias lecheras (90). El paraguayo no mataba las vacas por antojo, y las amaba, así como a sus caballos, en un grado que maravilló a Belgrano en 1811 (91). No obstante la soledad de los campos, y lo a propósito que son sus lugares, no hay robos ni excesos (92), decía Aguirre quien también registró: Se va por los vericuetos de la campaña, solo o acompañado, de día y de noche, sin riesgo: se esmeran en el obsequio y se encuentra hospedaje entre los vecinos (94). Los bienes se dejaban al público sin cerrar puertas y se restituían los caballos con sus chapeados aperos y las alhajas perdidas (95).

Como el que necesita halla en cualquier parte la comida y el poco vestido que permite el país, se ven, raros mendigos ni ladrones, decía Azara (95), y Aguirre le pareaba: No son ricos, pero tampoco existe la verdadera pobreza (96). Como el Paraguay se crió en el aislamiento, las familias subvenían a su propia subsistencia y no había hambre ni miseria. Todos se sentían libres, iguales y devotos de Dios.

El carácter paraguayo fué así definido por Aguirre: espíritu sosegado, corazón benigno, hospitalario y obsequioso (97). Y agregaba: Piensan para responder una palabra y esto no es por socarronería, ni por no serles natural el castellano que lo entienden y hablan cuando quieren, sino por tranquilidad del alma (98). Y el padre Peramás en su relación de 1747: La gente es de genio dócil, blando y pacífico. No prorrumpen como los de España en votos, palabras de ira, cólera y bravatas (99). El retrato moral del paraguayo físicolonial no es el de un resentido. Las adversidades no imprimieron su acre impronta en el alma ni en la historia de los paraguayos porque nacieron, vivieron y murieron bajo el doble signo de Dios y de la libertad.

 

(85) Azara, Descrip Geog. e Hist. pág. 429.

(86) Aguirre, Anales, t. 7, pág. 155.

(87) Azara, Descrip. H. y G. pág. 430.

(88) Aguirre, Anales, t. 7, pág. 171.

(89) Aguirre, Anales, t. 7, pág. 174.

(90) Azara, Descrip. H. y G. pág. 344.

(91) De Belgrano a la Junta, marzo 14, 1811 Doc. de Belgrano, t. 3, p. 191.

(92) Aguirre, t. II, Bib. Nac. Bs. As. pág. 297.

(93) Aguirre, Anales, t. VII, pág. 174.

(94) Aguirre, Anales, t. VII, pág. 173.

(95) Azara, Desc. G. de H. pág. 429.

(96) Aguirre, Anales. t. 7, pág. 171.

(97) Aguirre, Anales, t. 7, pág. 171.

(98) Aguirre, Anales, t, 7, pág. 175.

(99) Guillermo Furlong, José Cardél y su Carta Relación, Buenos Aires, 1953 p. 122.


EPÍLOGO

 

Cuando en 1810 comenzó el desmoronamiento del imperio español en América, pocas de sus secciones se hallaba tan capacitada para la vida independiente y soberana como la provincia del Paraguay. Era toda una nación y lo fué así en los comienzos de su vida. Al conjuro de factores externos e internos, físicos y espirituales, la idea nacional arraigó hondamente en la tierra paraguaya y se convirtió desde muy pronto en el motor principal del desarrollo social, económico y cultural. La conciencia nacional no fué el resultado final de una trayectoria, sino una causa, un factor activo que marcó los rumbos y características del Estado que emergió de la revolución del 14 de mayo de 1811. A partir de la aparición de los españoles en los valles de Guarnipitán y de su alianza con los indios carios, señores de la tierra, pudo saberse que el Paraguay estaba destinado a tener historia propia. Cuando el 15 de agosto de 1537 se clavaron las empalizadas de la Casa Fuerte de Nuestra Señora de la Asunción, para amparo y reparo de la Conquista, al pie de la obra ya estaban amontonados los elementos integrantes de la futura nación paraguaya. El tiempo sirvió de argamasa que los aglutinó fuertemente y el edificio levantado por los hombres resistió las tormentas de los siglos.

La historia de esa formación nacional no fué, como queda visto, el triunfo de la naturaleza ni de la materia, sino una rotunda afirmación de la espiritualidad humana. El Paraguay trajo en su seno la dispersión y la incoherencia, el antagonismo y la disparidad, como dones de su naturaleza física y biológica, pero el espíritu, en esa trabajosa lucha contra tantos infortunios que fueron los tres siglos de la dominación hispánica, aportó sus dos poderosos aglutinantes, las ideas dé Dios y de Libertad, sin las cuales no hubiera habido ninguna historia ni ninguna nación. El triunfo de la idea nacional no significó la desaparición de las contradicciones, ya que en ellas se nutrió el espíritu para vigorizarse y ponerse a prueba incesantemente. Nunca hubo una homogeneización, ni física ni espiritual. Sombras y luces, antes que claroscuros, siguen pintando el rostro nacional. En el alma paraguaya seguirán controvirtiendo, sin pausa, los antagonismos ancestrales, sin por ello peligrar la unidad de la nación y será siempre rebeldía antihistórica querer uniformar su riqueza estupenda de matices y contradicciones. No hay fuerza capaz de aniquilar el variado paisaje de la historia paraguaya, donde tienen cabida cumbres y abismos, civilización y barbarie, democracia y autoritarismo, porque todo está construido sobre la fuerte y unitaria trabazón de las dos ideas fundamentales de la formación nacional: Dios y Libertad, que siempre triunfarán de todos sus negadores.

Asunción, Marzo 1953.

 

 

 

 

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JOSÉ MARÍA RIVAROLA MATTO (1980)

 

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