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  UN RESONANTE TRIUNFO PARAGUAYO - Por LUIS VERÓN - Domingo, 22 de Septiembre de 2013


UN RESONANTE TRIUNFO PARAGUAYO - Por LUIS VERÓN - Domingo, 22 de Septiembre de 2013

UN RESONANTE TRIUNFO PARAGUAYO

 

Por LUIS VERÓN

 

surucua@abc.com.py

 

En la fecha se cumplen 147 años de la victoria paraguaya en la batalla de Curupayty. Un día glorioso en la historia de la defensa de la soberanía nacional.

“Curupayty es la diadema más preciosa que ostenta la frente laureada de la patria; de hoy en adelante ese nombre registrará el primero en el catálogo de nuestras inmarcesibles glorias, y será la palabra tremenda que arroja el escarnio y la derrota sobre los osado, conquistadores de nuestro país”, escribía Natalicio de María Talavera en las páginas de El Semanario, refiriéndose a la victoriosa batalla del 22 de setiembre de 1866.

La victoria de Curupayty, si bien fue la única importante que logró nuestro ejército durante la Guerra contra la Triple Alianza, fue de trascendentales efectos sobre la moral y las expectativas de la Tríplice conformada por los ejércitos de la Argentina, el Brasil y el Uruguay, entre 1865 y 1870. Indudablemente, el héroe de la jornada fue el general José Eduvigis Díaz, quien dirigió la defensa de las fortificaciones paraguayas en el lugar denominado Curupayty, al sur de Humaitá.

El 10 de setiembre de 1866, el mariscal Francisco Solano López –por medio de un parlamentario– intentó invitar al generalísimo de las fuerzas aliadas, Bartolomé Mitre, a una entrevista personal buscando zanjar el conflicto entre el Paraguay y la Alianza, por medio de “satisfacciones mutuas e igualmente honorables, y equitativas”. La propuesta fue rechazada a tiros de balas.

Un nuevo intento al día siguiente resultó exitoso y tuvo como resultado la célebre entrevista realizada en Yataity Corá, el 12 de setiembre de 1866. En esta entrevista, luego de cinco horas de conversación, Mitre se limitó a escuchar la oferta de paz paraguaya, la que debía someter a la consideración de los otros comandantes y de los gobiernos aliados.

Ante el fracaso de este intento de arreglo honorable, los aliados decidieron atacar las fortificaciones paraguayas de Curupayty. Más de 20.000 hombres tenían reunidos los aliados en Curuzú, a corta distancia, un poco más al Sur, para arremeter contra las trincheras de Curupayty.

Las obras de defensa constaban de un foso de cuatro varas de ancho por tres de profundidad, un muro hecho con la tierra sacada del foso, detrás del cual se construyeron plataformas para los cañones. El foso estaba protegido con troncos y ramas de árboles, así como por aguzadas estacas. Como el muro construido no bastaba para cubrir a los soldados puestos de pie, el general Díaz mandó abrir un foso interior a lo largo de la trinchera. Se construyeron, además, dos puentes levadizos y varios polvorines subterráneos “a prudente distancia en la retaguardia” –comenta Efraín Cardozo– “cubriéndolos con vigas y con unos casquetes esféricos de arena, que les servían de invulnerables protección”. Se montaron 49 piezas de artillería –13 en la batería ribereña y 36 en las trincheras–, además de dos baterías de cohetes. Los cañones eran ocho, de 8 pulgadas, dos para defender el frente por tierra, cuatro en el río y los otros dos en el flanco derecho, para batir igualmente la tierra y el río. Tanto en la barranca como en la trinchera fueron distribuidos varios cañones de a 32, además de otros que habían sido tomados al enemigo en las acciones del 2 de mayo.

El ataque aliado estaba previsto para el 17 de setiembre, pero copiosas lluvias imposibilitaron llevarlo a cabo. A pesar del diluvio, en Curupayty seguían los preparativos para la defensa y las aguas acumuladas disfrazaban totalmente las defensas de estacas construidas al pie exterior del muro defensivo. Mientras tanto, en filas aliadas se desataron agrias discusiones y disputas entre los jefes aliados, llegando inclusive el uruguayo Flores a amenazar su retiro de la Alianza.

Para evitar el desmembramiento de la Alianza, Mitre decidió adelantar el ataque, ordenando a la escuadra brasileña a bombardear Curupayty. Pero las lluvias continuaron los días siguientes imposibilitando las acciones ofensivas aliadas. El 20 amaneció con sol, pero el terreno anegado obligó a los aliados a postergar el ataque, lo que se dio recién el 22 de setiembre.

Para llevar la ofensiva sobre las trincheras de Curupayty, el ejército aliado distribuyó sus hombres en cuatro columnas que debían avanzar escalonadamente –dos líneas en acción, una de reserva y otra de observación–. El comando general, a cargo de Mitre, y las tropas argentinas estuvieron comandados por el general Emilio Mitre y las brasileñas por el general Porto Alegre. Reforzarían el ataque, baterías de artillería y la escuadra compuesta por los acorazados Brasil, Barroso, Lima Barros, Bahía y Tamandaré, además de los bombarderos Pedro Alfonso, Forte de Coimbra, tres chatas bombarderas, las cañoneras Beberibe, Magé, Parnaiba, Belmonte, Ivai, Mearim, Uguatemi, Araguari, Araguaia, Ipiranga, Henrique Martins y Chui. Los acorazados Bahía y Lima Barrios debían avanzar hasta descubrir el fuerte de Curupayty y romper fuego hasta destruirla.

Al despuntar el radiante día del 22 de setiembre de 1866, 20.000 soldados aliados estaban preparados para asaltar las fortificaciones de Curupayty y avanzar sobre Humaitá. Otros tantos atacarían las defensas paraguayas de Tuyutí. En Curupayty, cinco mil paraguayos esperaban expectantes, a las 7 de la mañana empezaron a avanzar los acorazados brasileños y romper fuego sobre las trincheras paraguayas. Respondió al ataque la artillería paraguaya y los tiros desde los barcos surtieron poco efecto. Los tiros efectivos de los cañones paraguayos lograron anular a sus pares aliados.

La infantería aliada empezó a avanzar sin ser molestada en un terreno anegado por las recientes lluvias. Una vez puestos a tiro de fusil, el general Díaz ordenó repelerla y, “al mismo tiempo, con estruendo ensordecedor, tronaron 49 cañones y los 5000 fusiles”.

“Las cuatro columnas aliadas se precipitaron como una avalancha, desafiando heroicamente el fuego de las troneras paraguayas”. Las bajas se producían a granel en las filas aliadas que, no obstante, seguían avanzando heroicamente. Aun así, eran repelidos por las balas paraguayas. Algunos deshechos batallones lograron llegar hasta las trincheras, pero fueron aniquilados. Los que podían retrocedían, se volvían a reunir, arremolineados, recibían refuerzos y volvían a la carga, pero siempre con el mismo resultado fatal.

También la caballería, al mando de Bernardino Caballero, se sumó al ataque.

A las cuatro de la tarde, cuando los jefes aliados se persuadieron de la infructuosidad de sus ataques, ordenaron la retirada. Ya horas antes, varias tropas ya lo habían hecho. Luego de la orden, el retiro, primeramente, fue con cierto orden, pero después, el pánico se enseñoreó en sus filas, cuando creyeron que los paraguayos salieron en su persecución y huyeron despavoridos hacia Curuzú. A las 16:30 de aquel glorioso 22 de setiembre de 1866, el trompa Cándido Silva anunció la victoria paraguaya con el agudo y prolongado toque de clarín.

Un clamor inmenso se elevó en toda la línea paraguaya.

Las bajas enemigas fueron, (entre muertos y heridos): 2082 bajas argentinas y 1961 brasileñas.  Del lado paraguayo, 92 hombres, la mayoría con heridas de bala del lado derecho, causadas por los disparos desde los buques de la escuadra brasileña. La genial idea estratégica concebida por López y ejecutada por el general Díaz significó la paralización de la ofensiva aliada y la destrucción de casi la mitad de su ejército, con la elevación de la moral de los paraguayos y los incontables problemas en el frente enemigo. Durante cerca de un año, los aliados no se animaron a mover sus fuerzas.

 

Fuente:  Revista Dominical de ABC Color (Impreso e Online)

Domingo, 22 de Septiembre de 2013

www.abc.com.py

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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