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  UN EPISODIO PARA LA REFLEXIÓN ¡CHÁKE! - Por LUIS VERÓN - Domingo, 18 de Marzo de 2012


UN EPISODIO PARA LA REFLEXIÓN ¡CHÁKE! - Por LUIS VERÓN - Domingo, 18 de Marzo de 2012

UN EPISODIO PARA LA REFLEXIÓN ¡CHÁKE!

 

Por LUIS VERÓN

 

 

Los últimos acontecimientos que involucran a colonos brasileños y carperos paraguayos llevan a buscar similitudes en el pasado.

Por culpa de un desatinado tratamiento de una cuestión parecida, Bolivia perdió una importante porción de su territorio en 1903.Las situaciones y el momento histórico son diferentes, pero aun así no resulta traído de los pelos aprender de los acontecimientos del pasado para prevenir hechos que podrían ser conflictivos en un futuro inmediato.

Hay semejanzas que nos llevan a pensar a qué podría llevarnos un desatinado tratamiento de determinados asuntos, como el caso este de la presencia de brasileños —o brasiguayos— en la frontera; o la, en su momento, intención de limitar o suprimir tal situación por medio de una ley que tiene mucho de injusta y poco de realista; y, últimamente, la nueva situación creada por los llamados carperos en contra de los productores de origen brasileños, establecidos en la zona este del país hace más de medio siglo.

Pero no intentaremos juzgar y mucho menos analizar los propósitos que habían tratado, en su momento, de llevar adelante una legislación que buscaba no conceder o negar tierras a los productores de origen brasileño, los efectos o implicancias de aquella pretendida ley.

Tampoco entraremos a analizar los derechos o supuestos derechos de colonos y carperos. No. Lo que sí es nuestra intención es recordar qué pasó poco más de un siglo atrás, cuando en la América profunda se dio una situación que involucró a colonos brasileños y las autoridades de un país que quisieron reencauzar los acontecimientos cuando ya fue muy tarde y con un costo muy alto.

En efecto, hace poco más de un siglo, en un ignoto lugar sudamericano tuvo lugar un episodio que llevó a un pequeño país a perder una importante extensión de su territorio a favor de un vecino cada vez más poderoso. La Guerra del Acre significó una humillante derrota boliviana frente a la ya tradicional política hegemónica del Brasil.

El Acre, más de un siglo atrás, era un territorio virgen, selvático, surcado por varios afluentes del río Amazonas. Era entonces una tierra de promisión, esperanza y futuro. La mina que prometía consistía en las grandes extensiones llenas de la Hevea brasiliensis, cuya corteza ocultaba un tesoro: el látex o caucho, en aquella época una materia de muchísimo valor, mayor inclusive que el del petróleo, y de mucha demanda en la incipiente industria automotriz y cuya explotación cubría el 30 % de la deuda nacional brasileña.

Al Norte, el más fiel reflejo del milagro cauchero era la ciudad de Manaos, cuyo símbolo mayor, el Teatro de la Opera, cobijó en esos días al mismo Caruso.

Muchísimas familias brasileñas habían llegado hasta allí atraídas por la quimera de un enriquecimiento rápido y una vida holgada, pese a los peligros de las enfermedades endémicas, las pendencias y la ley impuesta por el "artículo 44", el del calibre del rifle, aplicada sumariamente y sin piedad.

La instalación de una aduana en Puerto Alonso produjo una reducción de los ingresos por impuestos sobre el caucho, que se pagaban en Manaos y Belem do Pará. A esto se sumó la llegada al Acre de un periodista y aventurero español llamado Luis Gálvez Rodríguez, que antes había estado en Río de Janeiro, luego en Belem, donde logró un puesto en el Consulado boliviano y se enteró de un acuerdo secreto con EE. UU. por el cual este país iba a adquirir la región del Acre, de soberanía boliviana, pero ocupada por seringueiros brasileños.

Gálvez denunció a las autoridades brasileñas las negociaciones secretas y les convenció de realizar una expedición militar para ocupar el Acre. Al frente de una pequeña fuerza compuesta por veteranos de la Guerra de Cuba, Gálvez llegó al Acre, contactando con los miembros de una junta revolucionaria creada por brasileños animosos de anexar la región a su país.

Así las cosas, luego de reuniones de propaganda, el 14 de julio de 1899, el periodista español y sus revolucionarios proclamaron la República del Acre, un estado de unos 13.000 habitantes, del que se autoproclamó presidente.

Nueve meses duró su aventura. En ese lapso, estableció la capital en Puerto Alonso —hoy Puerto Acre—, creó ministerios, organizó un ejército, abrió escuelas, hospitales, además de llevar adelante medidas sociales, medioambientales, urbanísticas, etcétera. Organizó un sistema judicial y creó la bandera verdeamarilla, adoptada por el Brasil.

Luego de nueve meses, la aventura terminó cuando el Brasil envió una expedición contra las fuerzas de Gálvez. Su gobierno cayó sin disparar un tiro, pero la semilla de la revolución estaba sembrada.

Por aquellos días, se había formado un consorcio británico-norteamericano denominado The Bolivian Syndicate para la explotación del caucho en el Acre durante treinta años. Esta situación fue considerada por el Brasil como lesiva a sus intereses en la región, ya que negociaciones diplomáticas previas habían reconocido que la zona estaba en discusión, produciéndose una coincidencia de intereses entre el Gobierno brasileño y los habitantes brasileños del Acre.

Esto llevó a que los recolectores de caucho, liderados por José Plácido de Castro y apoyados por el Gobierno brasileño, se levantaran en armas y proclamaran el Acre como territorio brasileño.

Ante esta situación, el presidente boliviano José Manuel Pando decidió intervenir personalmente en la región insurrecta. La firma The Bolivian Syndicate traspasó sus derechos al Gobierno brasileño, lo que obligó al Gobierno boliviano a rendirse y tratar con el Brasil un convenio de modus vivendi. Luego de intensas y exhaustivas negociaciones dirigidas por el eminente diplomático José María Paranhos da Silva, barón de Río Branco, entonces canciller brasileño, se definieron las bases de la negociación para anexar definitivamente el territorio del Acre al Brasil, lo que se dio por medio del Tratado de Petrópolis, en noviembre de 1903, adquiriendo el estatus de Estado en 1962.

El tratado de Petrópolis

El 17 de noviembre de 1903, se firmó en la ciudad brasileña de Petrópolis un tratado de paz entre Bolivia y Brasil. Por este tratado, Bolivia cedió al Brasil una superficie aproximada de 191.000 km2, en su mayor parte correspondiente al actual estado del Acre. Este territorio se sumó a una cesión anterior (de 1867) de 164.242 km2 de la misma región boliviana y que se agregó al actual estado brasileño de Amazonas.

Uno de los motivos para esta transacción, como hemos visto, fue la fiebre del caucho y la sublevación de los habitantes de la región, en su mayoría colonos brasileños, contra la tardía pretensión boliviana de ejercer soberanía plena sobre ese territorio.

Por el mencionado tratado, el Brasil se comprometió a conceder a Bolivia un pequeño territorio de 3000 km2 próximo al Acre y a la cuenca del río Paraguay; construir un ferrocarril entre las ciudades de Riberalta y Porto Velho, para la exportación del caucho (ferrocarril Madeira-Mamoré); permitir a Bolivia utilizar los ríos brasileños para el transporte de mercaderías hasta el Atlántico; permitir a Bolivia la construcción de aduanas en las ciudades brasileñas de Corumbá, Belem y Manaos, así como en otras ciudades brasileñas fronterizas y pagar al Gobierno boliviano la cifra de 2.000.000 de libras, algo así como unos 300.000.000 de dólares actuales. Una bicoca.

No es que queramos ser agoreros, pero tengamos en cuenta y aprendamos de las experiencias ajenas en el tratamiento de cuestiones tan espinosas como los constantes ataques a los productores de origen brasileños, asentados en el Alto Paraná, el Canindeyú y el Amambay, desde mediados del siglo XX y que convirtieron todo esos feraces territorios, hasta entonces inexplorados, en zonas de alta producción agrícola.


 

 

Fuente: Publicación de la Revista Dominical de ABC Color

Domingo, 18 de Marzo de 2012

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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