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HELIO VERA


  ANGOLA Y OTROS CUENTOS - Cuentos de HELIO VERA


ANGOLA Y OTROS CUENTOS - Cuentos de HELIO VERA

ANGOLA Y OTROS CUENTOS

 

Cuentos de HELIO VERA

 

Editorial Medusa, Asunción-Paraguay

 

Primera edición, 1984, Segunda edición, 1994,

 

Primera reimpresión de la segunda edición, 1999

 

Diseño de tapa: Mario Casartelli

 

Ilustración: “ANGOLA”,

 

óleo de KOKI RUÍZ

 

Colección privada

 

De Nicolás Darío Latourrette

 

Versión digital:

 

BIBLIOTECA VIRTUAL MIGUEL DE CERVANTES

 

 

**/**

 

 

PRÓLOGO DE LA PRIMERA EDICIÓN

 

Esta serie de cuentos de la Editorial ARAVERA (editorial responsable de la primera edición aparecida en setiembre de 1984) se inicia con uno de antología. En efecto, ANGOLA - por su homogeneidad estilística y su densidad- puede considerarse como uno de los más logrados dentro de nuestra narrativa actual. Se pueden rastrear en él antepasados afrocubanos-quizá con alguna reminiscencia de Carpentier-, pero totalmente asimilados e integrados a nuestro pasado histórico: el de la Guerra Grande. El drama de la negritud ha sido aquí tan problemático como en la zona del Caribe. El encuentro de África y América, a través de dos razas poderosas y sufridas, ha sido veta muy explotada por los mejores escritores latinoamericanos, y Helio Vera no ha querido permanecer al margen de tan atrayente temática, de raigambre ancestral. ANGOLA es una historia que nos arrastra por los vertiginosos ríos de la sangre hacía las raíces de una raza antigua y despreciarla La mulata, resultado del mestizaje, participa del rechazo y la condenación de ambos mundos. El destino marginal de la estirpe maldita signará toda la vida de la heroína de este relato y la conducirá, por caminos tortuosos, hacia el consabido desenlace fatal. Por un lado las voces que expresan las fuerzas oscuras y vitales del sexo; por otro, la responsabilidad de una sociedad hipócrita y racista que asimila al negro a lo demoníaco, al mal, a "carne de Lucifer". La pobre mulata será víctima de las "tenaces jerarquías que dividen al mundo". Sus dioses, su sincretismo religioso, no podrán protegerla contra el feroz Dios de los blancos. Todas las interdicciones de una sociedad represiva serán descargadas sobre las espaldas de la inocente víctima de la segregación y los tabúes sexuales. Sus vicisitudes de paria, de sirvienta codiciada, de negra "perfumada con agua de rosas y pacholí", despiertan en el lector el sentimiento de una culpa tan antigua corno el mundo, de una injusticia bíblica, casi mítica.

 

En cuanto al  lenguaje del relato, éste se mantiene dentro de las fronteras de lo coloquial, sin caer en regionalismos complacientes. La relación entre lo factual y lo estético es constante, siendo muy acertada la ambientación y la función referencial del cuento en relación con los personajes de vida marginal.

 

En LA CONSIGNA tenemos un ejemplo acabado de la maestría con que Helio Vera utiliza los acontecimientos más sobresalientes de nuestra historia, y aprovecha los mitos autóctonos y sus conocimientos de la fauna y flora locales para crear un discurso literario de gran verosimilitud e intensidad emocional. Esta narración nos recuerda las mejores del gran artífice de la literatura paraguaya, Augusto Roa Bastos, en su manera efectiva y funcional de manejar ciertos giros del lenguaje para lograr una atmósfera preñada de significación. La consigna que Regalado Montiel debe cumplir -por mandato supremo- marca su destino de soldado y de patriota más allá de la muerte. Esta concepción casi mítica de la historia de nuestro pueblo tiene su antecedente en la técnica narrativa de YO EL SUPREMO y ha sido muy bien aplicada en este relato. La convergencia de distintos sucesos -reales o ficticios- se centran sobre el  núcleo fundamental del cuento, utilizando diversos recursos retóricos: simetría, anáforas, paralelismos, para lograr una magnífica amalgama de lo oral y lo literario. Aunque LA CONSIGNA es una obra de tesitura barroca -en relación con ANGOLA-, no peca de exageración en cuanto al estilo y es un ejemplo de los diversos registros manejados con soltura por el escritor. El periplo que recorre el personaje alrededor de la intriga lo presenta como encarnación de la lealtad,  virtud muy apreciada por loes tiranos y los déspotas -sean ellos ilustrados o no-, y muestran al héroe corno víctima de un condicionamiento mortal. La historia de muestra patria está llena de personajes que, a la manera de Regalado Montiel, han aprendido a cumplir ciegamente las "consignas" impuestas por el autoritarismo de su tiempo. La perpetuación de un estado de cosas se da, así, como una de las formas más efectivas de la alienación.

 

Después de darnos muestras de su talento narrativo en los cuentos mencionados anteriormente, Helio Vera, en LA ENTELEQUIA, enfrenta el difícil género llamado "fantástico". Si bien el cuento está cargado de multitud de elementos realistas e innumerables detalles psicológicos -relacionados con la vida de Anastasio Leguizamón, es esencialmente un relato fantástico. En efecto, el final no se explica no por lo racional ni lo sobrenatural: es ambiguo y queda en la situación de "obra abierta". La verosimilitud permanece dudosa, sin que por ello se deba renunciar a la "verdad" de la ficción. Los mejores ejemplos actuales del género pertenecen a Borges, quien probablemente haya sido modelo de nuestro autor. Hemos encontrado en otro cuento de helio Vera (PORA), algunas expresiones de índole borgeana: el "unánime horror"; el cuchillo de "laborioso fila", etc. No obstante, LA ENTELEQUIA aparece como una variante -bastante original- del tradicional tema del "doble", tan famoso en la versión de Poe. En nuestro caso: ¿Era Anastasio Leguizamón el "doppelgänger" del abogado que manejaba sus intereses? ¿Se explicaría el caso como una forma de locura? ¿Esquizofrenia? ¿O quizá todo quedaría aclarado apelando a lo parapsicológico, a lo paranormal?

 

La verdad parece ser que la entelequia, "ese ente ideal desprovisto de sustancia", se ha materializado en el tiempo y el espacio reales para actuar como un ser de carne y hueso. La ley de indeterminación se aplica aquí como en la física cuántica. Nunca sabremos lo que "realmente" ocurrió. La decisión sobre el binomio: "realidad-irrealidad" queda en suspenso.

 

En el cuento se pueden observar todas las características que según Todorov- definirían al género: narrador en primera persona; empleo sistemático de la hipérbole; las fórmulas modalizantes y la relación íntima y activa entre el yo del narrador y el tú del lector. De esta manera LA ENTELEQUIA aparece como un ejemplo acabado de la vertiente fantástica, dando fe de la versatilidad del autor en cuanto a las diversas tendencias de la narrativa actual.

 

No podía faltar en esta colección de cuentos de autor paraguayo el relato de fantasmas. En realidad, PORA se basa en un conocido refrán de origen popular que, en guaraní, expresa la poca asiduidad con que los espectros se aparecen a los mortales, para hacer el amor. El cuentista desarrolla -con profusión de detalles- la sentencia vernácula, embelleciéndola consecuencias y anécdotas de su propia invención. Desde el punto de vista formal PORA es un relato "enmarcado", vale decir que el suceso principal es presentado al final de una extensa introducción previa, con el fin de aumentar el suspenso y crear un clima propicio al desenlace. Esta técnica narrativa es muy común en el género llamado "gótico", que engloba las historias de aparecidos y el ámbito sobrenatural. El efecto del cuento, sin embargo, es principalmente irónico o humorístico, y en este sentido pierde la intención terrorífica inicial.

 

En cuanto a REGINO, relato basado en la vida casi mítica de una especie de Robín Hood nativo, el famoso Regino Vigo, es un intento de revivir y reivindicar la memoria de un caudillo rebelde, de un líder campesino defensor de los desheredados. La imaginación popular lo revive y resucita durante la revolución de 1947, aunque -de acuerdo con testigos- habría muerto en una emboscada del Gobierno en 1942. Sus peripecias son narradas como si ocurriesen en el presente (que, de alguna manera, es un presente mítico) y como si fueran la proyección de los más ardientes deseos del pueblo. Los asaltos, fugas, contragolpes, raptos y escaramuzas con las fuerzas del orden se suceden como en una película del Lejano Oeste. El cuento es, en realidad, esencialmente épico y, quizá, tendría un tratamiento más apropiado en la novela. Regino Vigo -paladín de la justicia- se ha convertido en leyenda y es -como el arribeño de "Mancuello y la perdiz"'- una especie de ángel exterminador.

 

En KAMBA RA`ANGA el autor retoma la temática de las festividades tradicionales -en este caso la de San Baltasar-, tan relacionadas con el folclore dé los descendientes de esclavos venidos del Dahomey africano. La fiesta, que se realiza cada 6 de enero en sitios donde todavía perduran antiguas costumbres, tiene su vena carnavalesca y de ahí la transfiguración a través de los disfraces y la aparición del siniestro-casi demoníaco kambá ra'angá. La festividad religiosa ha sido transformada por los adeptos en un ritual con reminiscencias paganas. Los dioses etónicos que presiden de los negros enmascarados son los mismos que rebullían en la sangre de ANGOLA y la hacían antipática a los blancos. Las actitudes obscenas de los caracteres principales participan de una concepción orgiástica de la liturgia, lo cual nos remite a primitivas celebraciones dionisíacas.

 

La promiscuidad sexual y la profanación de los tabúes de la sociedad civilizada son aquí la norma, y no la excepción. El Rey y la Emperatriz -coronados de cartón dorado-  presiden la bacanal con actitud complaciente. La esposa de Antenor Torales va a ser iniciada en los ritos primigenios, anunciados por la aparición del Toro y del fuego. La bella Mercedes ha sido ofrecida a las potencias  telúricas como una víctima propiciatoria en el  ara de los sacrificios. No se describe un simple adulterio ni un capricho de mujer sino el rito sagrado de un mito inmemorial. No debemos, por lo tanto, ejercitar tina lectura puramente erótica del cuento. El mismo tiene varios niveles de intelección. Es polisémico, como lo son las creaciones literarias de calidad.

 

Para concluir este somero análisis de la narrativa de Helio Vera, vamos a insistir acerca del dominio que el autor tiene sobre el léxico y la sintaxis del habla popular. Su conocimiento de la psicología campesina y. su familiaridad con la imaginería de nuestro folclore lo convierten, además, en un auténtico reivindicador de los valores de nuestro pueblo, sin caer en el fácil costumbrismo ni en el demagógico nacionalismo al uso.

 

( Asunción, setiembre de 1984 

OSVALDO GONZÁLEZ REAL)

 

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PRÓLOGO DE LA SEGUNDA EDICIÓN

 

LA NARRATIVA PARAGUAYA EN HELIO VERA

 

No sé quién dijo que en América Latina el realismo mágico es acaso su aproximación más cabal. Si por ventura el mismo no le queda corto, ante la alucinante diversidad de planos de discursos que se entrecruzan en nuestras culturas, así llamadas, mestizas.

 

Helio Vera echa mano de su código estético; no por ponerse a la moda, sino por moverse más a gusto en sus ámbitos expresivos, que son, a no dudarlo, los de nuestra entrañable tradición oral. Y si estoy en lo cierto, no por vía de los autores de Hispanoamérica, sino más bien seducido por la cuentística brasilero de un Jorge Amado, o un Guimaraes Rosa, desde su fugaz pasantía en la estudiantina del Rio de Janeiro de los años 60. Esto resalta en textos como ANGOLA, donde el mundo de color y los rasgos del relato parecen espejear el contexto del Brasil nordestino.

 

Pero, con ser ANGOLA casi el texto patrón, que desata los módulos expresivos de su narrativo, hay otros ejes semánticos en los que gradualmente se va afirmando el autor, como signos de una reflexiva opción: así, lo mágico del relato no surge en él por hiperinflación de metáforas o experimentos lingüísticos; Helio va más por la línea tersa de los cuentos de Casaccia. Ni concita una saturación de imágenes, desde el trasfondo onírico, sino que por contraposición de planos de una realidad incontrastable, provoca precisamente por ello una sensación de irrealidad o transfabulación, comunes en culturas de tradición oral, como el caso nuestro.

 

Otra constante en Helio parece ser su obstinado empeño en nos transgredir los cauces de un monolingüismo castellano ni tan castizo ni tan regionalista, descartando por igual el tópico guaraní como los arcaísmos de la vernácula popular; pero logrando la misma impresión de fidelidad al tema o situación paradigmática, a través de una eficaz articulación léxica y sintáctica, que provocan una visión peculiar del universo implícito en sus cuentos. De igual modo, si Villa Rica evoca en el autor desde los años de su niñez la quintaesencia de lo mágico, tal vez por su singular situación de frontera cultural entre el contexto urbano y el guaraní aborigen, jugando una suerte de mitema, como lo es el Macondo de García Márquez, o Arequipa para Vargas Losa, muy luego se percata de que Paraguay por entero está inmerso en esa suerte de oposiciones paradojales, estudiadas de mano maestra en su ENSAYO SOBRE LA PARAGUAYOLOGÍA. De tal suerte, el medio ambiente, como dimensión cultural, sustituye al tópico local, erigido con todó, más en personaje que en escenario del tema. Y aquí es oportuno destacar otro rasgo de su narrativa: en el país, muy pocos han obviado el riesgo de ser devorados por el asunto; movilizando en su caso sus recursos expresivos para ensalzar o denotar al personaje o nudo de la trama. Nuestro autor, en cambio, se afirma en una desembarazada poética de la narración, en la que el relato concita de por sí sus propios elementos figurativos, y, aún más, su propio ritmo interno, o los ocasionales atajos del discurso. Esta morosa y amorosa manera de provocar y seguir la economía del cuento, sin intervenciones arbitrarias, ubica desde un primer momento al lector en una perspectiva eminentemente estética, limpia de ideologismos o segundas intenciones. Por donde sus cuentos hacen pito catalán a otra dimensión aberrante en nuestras letras: el maniqueísmo ético o político. Helio Vera aborda así los temas más dispares, acercando su simpatía tanto a la figura del proxeneta sin rostro como a la del soldado leal; la del bandido con el halo mágico y la adhesión del entorno rural, a ficciones no tan ficticias a las cuales llama "entelequias"; una original manera de implicarse, por transposiciones, en los hilos del argumento. Casi diría que el primero en disfrutar de sus historias sea el mismo narrador, para quien el arte de verbalizar sus propias fantasías resulta un juego creativo que lo apasiona y entretiene.

 

Sin meterse en los vericuetos de una "literatura de taller", esta ética de la creación, arraigada en una fenomenología del "caso" popular, más que en un mero repositorio del imaginario colectivo, organiza su poética del cuento desde la óptica vicaria del protagonista, eliminando la manipulación supuestamente objetiva del asunto. El tema-sujeto, en la feliz expresión inglesa, promueve desde su íntima economía los sucesivos desdoblamientos del discurso, en una suerte de epifanía del texto-contexto que lo convoca.

 

Habíamos aludido a sus apostillas sociológicas del mentado Ensayo sobre la Paraguayología. Entiendo que en ese museo de cera de nuestros incuestionables prototipos nacionales, más de uno, incluido el mismo autor, ha de hallar bastante salsa para nuevos argumentos, por haber dado con la clave de una aproximación, tanto literaria como científica, de esta dimensión irrepetible de la identidad paraguaya, en el contexto cultural de América Latina.

 

Su fino gracejo irónico, y su habilidad de mantenernos sin acosos en su confabulación, son aún prometedores de nuevos éxitos.

 

(Asunción, abril, 1992 -

RAMIRO DOMÍNGUEZ)

 

 

 

 

LA CONSIGNA

 

     Cómo no iba a reconocer este lugar. Quién mejor que yo, Regalado Montiel, el mejor y más mentado mariscador del Piripukú. Baqueano de alto precio, que no se arregla con cinco reales ni con provistas de poca monta. Veterano del 70, desde Corrientes en adelante, lo que no es poco decir. Sargento mayor que fui del ejército del Mariscal; oficial de la Escolta, hombre de su confianza total, sombra infalible de sus pasos.

     El lugar, así mismo. Igualito que cuando lo dejé hace treinta años. A espaldas del pirizal, a menos de media legua de camino firme. Bajeando una lomada. Como entonces, todo idéntico: el aire podrido que viene del agua estancada con cada golpe de viento; el enjambre de mariposas; la poca luz amarilla que dejan pasar las ramas; el monte tupido, que hay que abrir a golpes de machete.

     Aquí están las marcas que dejamos entonces, en 1870, cuando vinimos a esconder el tesoro de la patria, por orden del Karaí Guasú; para que no lo agarren los kambá o no se lo repartan los traidores de la Legión. Veo las viejas cicatrices en la corteza de los árboles. Todavía apuntan, como una flecha, hacia el yvyraromí, grande como una catedral, que se recuesta sobre el barranco.

     Las marcas están más altas, ahora ennegrecidas. Casi sobre mi cabeza. Mucho más arriba que cuando las hicimos, a machetazos, con los payaguá que me acompañaron aquella vez. Los árboles crecen, señor, como la gente. Cada uno busca un espacio mas arriba de los demás, para orearse al sol más tibio.

     Yo mismo encontré este lugar. El arroyo se agranda y, forma este remanso, de agua negra y profunda. Ahora lo cubren demasiados camalotes; los habrá traído una creciente, quién sabe de dónde. Alguna vez se irán bien lejos, boyando sobre la correntada. El agua bajará hasta su antiguo nivel y la tierra quedará lavada y fresca.

     Quién pensaría que todo ese oro está allá abajo, en el fondo del remanso. Revuelto con el lodo, brillando entre las maderas podridas de las cajas, que todavía tendrán grabada la estrella naciente, el escudo de la República.

     Tanta riqueza durmiendo; envenenando el agua, encandilando a los peces. Las chafalonías. Los rosarios de plata, de quince misterios. Las joyas. Los anillos carretones. Los aros de muchos ramales. Las onzas de oro. Las libras esterlinas. Las filigranas de los joyeros de Luque. La plata labrada de las iglesias.

     Casi ya no se ve la enorme cadena, gruesa y pesada, que se abraza al yvyraromí. Los eslabones envuelven al árbol, se confunden con la madera, se bañan en la savia. Después, confundidos con los helechos, viborean silenciosamente hacia el remanso y se hunden en el agua mansa, hasta enroscarse en los cajones sellados, uno por uno. Como una kurijú de fierro, larga y hambrienta. Traerla hasta aquí fue un trabajo de negros, de tantas arrobas que tenía. Apenas pudimos bajarla de la carreta.


 

     El propio Karaí Guasú me dio la consigna. Fue la noche que llegamos a orillas de la laguna Kapi'ivary, en las nacientes del Ypané Guasú. Habíamos cruzado dos veces la cordillera y andado sin rumbo por los campos de Jerez. La tropa se caía de flaca, debilitada por el hambre. Cinco mil comenzamos la retirada hacia el Norte y ya no éramos más de quinientos. El resto se quedó por el camino, para siempre.

     Íbamos buscando la boca de la picada del Chirigüelo, que nos conduciría hasta Cerro Corá. El Mariscal creía que estaríamos bien protegidos en ese lugar: una especie de olla de piedra que forma la cordillera, escondida en un lugar inaccesible, de fácil defensa. Faltaban pocas leguas para llegar y estábamos haciendo la última posta. No había cristianos por aquellos despoblados. Algunos ka'yguá merodeaban por las cercanías, hacia cerro Sarambí y cerro Guasú. A veces veíamos sus fogones y escuchábamos sus cantos, a lo lejos. Pocas veces se acercaron. Ellos decían que el ombligo del mundo estaba en Yvypyté, a distancia cercana, entre los montes.

     Había llovido a cántaros en los últimos días. Todos estábamos muy maltratados, desfallecidos. Aquella noche, la gente descansaba en el barro, como podía, o improvisaba sobrados en las horquetas de los árboles. Solamente los centinelas andaban por el campamento, casi en cueros, abrazados a sus rifles, los ojos vigilantes.

     El Mariscal me hizo llamar. Acabábamos de ranchear con tiras del correaje, ablandadas a fuerza de hervir el agua; sólo como ilusión, para engañar al estómago. Yo ya maliciaba algo, aunque no todo, de lo que iba a ocurrir. Las carretas que llevaban el tesoro no habían sido descargadas. Esperaban cerquita de la tienda del Karaí, rodeadas de un cordón de centinelas.

     Hicimos el inventario de su contenido, pieza por pieza, a la luz de un lampíu. El viejo vicepresidente Sánchez hizo de escribano. Me dieron todo el caudal, bajo recibo, con orden de ponerlo a salvo, en lugar seguro y secreto. Firmé sin dudar. Recuerdo la fecha -29 de enero de 1870- y el cuchicheo de Sánchez cuando repasaba el contenido del cargamento. Se apoyaba en un bastón, para no caerse de sueño y de debilidad.

     Luego de terminar la lectura, el Karaí Guasú ordenó a los demás que se retirasen. Nos quedamos solos, los dos. El lampíu se apagó. Casi no se veía nada, pero él estaba ahí, sin moverse. Yo escuchaba su voz, muy baja, que parecía venir de otra parte, y no del bulto oscuro que estaba frente a mí. Me instruccionó acabadamente sobre lo que yo tenía que hacer. Tuve que repetirle tres veces los detalles, hasta que estuvo cierto de que había entendido bien. Me puso la mano sobre el hombro y me semblanteó largamente. Estuvo silencioso, pensativo. Creo que le pasó por la cabeza que yo también iba a traicionarle. Como tantos otros, que escapaban con cualquier pretexto, para tratar de salvar sus miserables vidas. Al fin de cuentas, no sería una excepción: sus propios hermanos, sus cuñados y hasta su madre conspiraron para envenenarlo, con una chipa.

     Además, era muy grande la responsabilidad que me estaba echando encima. Hacía diez días, nomás, había desertado el mayor Félix García, soldado corajudo y leal. Se fue con un carretón cargado hasta el tope con alhajas y joyas de la madre y de las hermanas del Mariscal, que confiaron a su custodia. La codicia es grande, señor, y araña el corazón del hombre mejor templado.

     El Karaí Guasú, en persona, me dio el santo y seña para atravesar la línea de retenes. Me colgó al cuello un escapulario con la imagen de la Inmaculada y me despidió. Casi nadie se dio cuenta de que las carretas estaban saliendo del campamento. La guardia me dio paso, medio dormida. Apenas escuchó las palabras exigidas.

     Me dieron cinco payaguá, para la boyada y la custodia. Los más guapos y robustos de lo que quedaba del batallón de chaflaneros. Cada uno con sable, lanza y rifle Turner. Llevamos bastimentos, lo mínimo, para aguantar. Casi nada. Un poco de fariña y unas tiras de cecina. Pero no había razón para inquietarse. Los payaguá saben arreglarse de cualquier forma. Comen víboras, sapos y ratones, como si estuvieran en un banquete del club Nacional. En el monte más cerrado adivinan el agujero del tatú, el nido de lechiguana, rebosante de miel, y el refugio del mboreví. Si es necesario, engullen sin asco unos gusanos blancos que se juntan en los troncos podridos. Yo los he visto comer chicharrón de perro en el Ygatimí, chupándose los dedos, de puro gusto.

     Salimos con tormenta. La tierra retumbaba con los truenos. Nos veíamos la cara, sólo por casualidad, cada vez que caía un rayo. Recién de madrugada, el cielo se despejó un poco. Y allí estaban las Siete Cabrillas y el Puñal del Marinero, para mostrarnos hacia dónde rumbear. Los payaguá cantaban despacito, quién sabe qué cosas.

     De ayudante, el capitán Josías Maldonado. Lo quería como a un hermano, de tanto que anduvimos juntos. El chucho y una herida de Itá Ybaté, que todavía echaba pus, lo tenían un poco quebrantado. Además, el coto que le crecía en el pescuezo estaba cada vez más grande y feo. Pero de extrañarse no había motivo. Ninguno de nosotros andaba muy entero por aquellos parajes.

     Comenzamos a hablar, Josías y yo, cuando estuvimos bien lejos del campamento. Ya no importaba hacer un poco de ruido y por eso pudimos calzarnos las espuelas nazarenas. Nos pusimos a casear, repasando sucedidos que habíamos vivido. Como si la guerra hubiese sido cosa que le estaba pasando a otra gente, en otro tiempo. Hablábamos al paso de nuestros montados, que abrían la marcha de la caravana.

     Nos metimos en la corriente de los arroyos, nos paseamos por los esteros, atravesamos pedregales. Zigzagueamos como desatinados. Sólo para estar seguros de que nadie estaba siguiendo nuestra rastrillada. Hicimos muchas leguas, desde el campamento hasta aquí. Muchos hubieran dejado cualquier cosa para pegarse a nuestro recorrido. Con un buen baqueano ka'yguá no hay presa que se pueda perder. Por unos patacones y una botella de caña podrían haber salido detrás de nosotros y estar pisándonos los talones.

     No sabe usted lo que es un rastreador indio. Tiene la vista larga del karakará y el olfato fino del perro tigrero. Todo le sirve para orientarse, minucias a las que ningún cristiano haría caso: la rama de un árbol, mal colocada con relación al viento; la forma en que fue pisado un palito; el olor y la tibieza de los excrementos; las cenizas de una fogata. Con una ayuda así, cualquiera podría habernos dado un buen susto. Pero, por suerte, no pasó nada.

     Anduvimos vagando por este desierto sin saber muy bien dónde teníamos que llegar para cumplir la orden, Pero seguíamos procurando, al tanteo, a ciegas. Yo iba, marcando nuestro recorrido en un pequeño mapa. Las carretas se trancaron varias veces en el barrial, y tuvimos que quitarlas a pulso. Para eso, los payaguá no tenían rival. Menos mal que se habían conservado más fuertes que todos los demás soldados; mediante su costumbre de comer puerquezas que otros despreciaban.

     Al caer la última noche entramos en el pirizal y, luego de dos horas, tocamos tierra firme. Un trecho corto y ahí nomás estaba el sitio perfecto, justo detrás de la lomada. Ya era oscuro cuando me recosté a descansar en este mismo lugar y le recé a la Inmaculada, apretando fuerte el escapulario.

     Tuvimos que carnear un buey puntero que se nos había mancado casi justo al llegar. Fue la primera vez en varias semanas que rancheamos con carne vacuna; una fiesta. Todo lo anterior había sido puro cogollo de palma, naranja agria y frutas de pindó y de yvapovó.


 

     Durante el resto de la noche despedazamos las carretas. Tenía que desaparecer hasta la última astilla de nuestra presencia. Después colocamos la cadena en su sitio. Una punta quedó atada en la punta de este árbol, ahí, donde la ve ahora. El otro extremo lo anudamos a cada una de las cajas, las que fuimos tirando al remanso. También allá fueron a parar los restos de las carretas. Clareaba cuando pudimos descansar, con las coyunturas temblando, como atacados por el baile de San Vito.

     Usted querrá saber por qué el Karaí Guasú me eligió a mí, Regalado Montiel, para esta misión. Yo fui criado de la familia López, desde chiquitito. El hermano de Don Carlos, don Francisco de Paula López, me sacó de un obraje de Yuty. A mi madre le había llevado [45]el pasmo de sangre cuando yo tenía un año; ni siquiera me había destetado. Mi padre murió de ojeo y casi no recuerdo su cara. Apenas la tibieza de su poncho cuando me hacía dormir en sus brazos, en el invierno.

     Yo me sentí en Trinidad, como criado en la casa de don Carlos. Conchavo tranquilo, sin sobresaltos ni apuros. Todas las mañanas le cebaba mate antes de salir el sol, todavía con claridad de lucero. En la pava, hirviente sobre el brasero, le mezclaba yuyos para orinar mejor y romper las arenillas de los riñones, Kokú, parápara'í, cepacaballo, ñangapiry, batatilla. El señor me daba siempre la bendición y me llenaba de consejos, cosas buenas para triunfar en la vida. Una vez me regaló una moneda boliviana.

     Don Francisco de Paula se murió en Caazapá. Lo enterraron con su espada de oro, bajo una lápida de mármol. Lo lloré sin consuelo, porque le debía muchas cosas. Don Carlos decía que no hay pecado más negro que ser un desagradecido. Y que el peor lugar del infierno es el que está reservado a los traidores y a los que pisan su palabra. Como aquel su pariente don Manuel Pedro de la Peña, que comió de sus manos y se fue después a Buenos Aires a echar pestes contra el Gobierno.

     Cuando murió don Carlos, quedé a cargo de su hijo Francisco Solano, que ya era Presidente y General. Él me metió en el Ejército. Me hubiera visto, señor, con mis botas granaderas y mi casco de Acá Verá. La chaqueta roja, los alamares, los botones relucientes, el barboquejo.Al costado, el sable de punta y filo, con sus borlas doradas.

    Yo tenía que velar el sueño del Karaí Guasú y custodiarlo discretamente en todo momento. Lo acompañaba a corta distancia procurando no hacerme notar mucho pero atendiendo hacia los cuatro puntos cardinales. Si fuera preciso, tenía que detener con mi propio cuerpo a cualquier malintencionado. Siempre estaba alerta, confundido con un matorral, sombra quieta detrás de un horcón. Hasta cuando iba a mujercar a extramuros.

     Sírvase un poco más de esta carne de venado, señor. Blanda y sabrosa como el cuarto de una mujer. Usted se dará cuenta de que no es de balde mi fama de mariscador. Tengo el mejor pulso de estos parajes. Le acerté al bicho con un solo tiro, en la propia cabeza. Apenas dio un salto y cayó muerto.


 

     El Mariscal me puso en la Mayoría al comenzar la guerra, desde Cerro León en adelante. Viera usted, señor, la flor de la soldadesca, el Ejército de la patria. De allí salieron los mejores soldados, en los batallones que Lakú Estigarribia entregó en Uruguayana, sin pelear. No le dio el resuello ni para amagar una embestida. Tan pedante que era, con un empaque de gallo paloma, y resultó un flojo que se achicó ante la primera amenaza.

     Estuve en la invasión de Corrientes, con la columna del general Robles. Pero no tuvimos suerte y tuvimos que evacuar la ciudad después de que los encorazados brasileños hundieron nuestros mejores barcos en Riachuelo. Robles fue enjuiciado, por inútil, y fusilado.

     Después vino la campaña del Sur. Anduvimos metidos hasta el pecho en los carrizales. En lugares bajos, llenos de víboras, cientopiés y aranas grandes como mi puño. Peleé en Isla Purutué, en Estero Bellaco, en Sauce. En ninguna parte les mostré el lomo a los kambá.

     En Tuyutí, el Mariscal quiso acabar de un solo golpe con el enemigo, pero perdimos casi toda nuestra gente. Yo pude salvarme, con la ayuda de Dios, galopando sobre un bayo que resoplaba de miedo, enloquecido por el humo y el ruido. Buscando los batallones del general Barrios dimos vuelta a todo el campamento aliado con la caballería de Olabarrieta. Pero Barrios no estaba en ninguna parte y no llegó nunca. Fue un desastre.

     Algo habrá tenido cocinándose en el estómago este Barrios porque luego se supo que anduvo conspirando contra el Karaí López. Cuando se vio apretado por la acusación, se cortó el cuello con su navaja de afeitar, pero le salvaron a tiempo. Le quedó la voz chiquita, chillona como rascado de gualambáu. Se hizo el loco después, fingiendo que cualquier cosa lo aterrorizaba, hasta una hormiga que pasaba. Lo mismo fue fusilado.

     La noche de Tuyutí hubo música en nuestro campamento. La banda Para'í tocó La Palomita con desesperación, con furia; para demostrarles que no nos habían quebrado y que todavía teníamos el ánimo bien plantado. Fueron tantos los muertos que los aliados no sabían cómo enterrarlos a todos. Los amontonaron como rajas y les prendieron fuego. Los cadáveres de los nuestros tardaron muchos días en arder totalmente. Tenían muy poca grasa de tan flacos que estaban. Pura carne correosa, flaca dura, como negra cecina de enero.

     Tanto coraje desparramado, señor, nadie lo había visto nunca. Y eso no era todo. La enfermedad y la miseria del campamento nos mataron tanta gente como los aliados. La peste dejó a la miseria a los pocos que no pudo matar. Todo tuvimos que aguantar y atorarnos para que no les saliese barata la aventura.

     Algunos no tuvieron el corazón firme y comenzaron a flaquear enseguida. La traición plantó su semilla y creció alrededor de los fogones y de los fusiles en pabellón. La tentación de Judas puso su huevo, negro como el de la ura, bajo la piel de muchos hombres honrados y formales. Alzamos cabeza en Curupayty y hubo un hermoso rayo de esperanza. Tal vez todavía podíamos ganar. Pero otras derrotas que vinieron después terminaron de quitarnos la posibilidad de una victoria. Aún así, nos quedamos en nuestros puestos, junto al Karaí Guasú, que nos guiaba. Sin él nos hubiésemos sentido perdidos, sin saber para dónde tomar, como desatinados en una noche oscura.

     Pero era necesario acabar con los traidores, que se multiplicaban como los yuyos después de la lluvia. En San Fernando, sobre el Tebicuary, cumplí órdenes que todavía me aprietan el alma, para barrer toda esa basura. En Lomas Valentinas, poco antes de la batalla, fusilamos a un montón de gente paqueta y de subido rango. En el grupo estaba el coronel Paulino Alén, que había sido mi jefe en la Mayoría. Hombre cabal y probado el coronel Alén. Guapo como pocos en el combate. Chusco y de elegante porte, como un caballero inglés. Bailaba el cielito con la agilidad de un gato y su mirada azul prendía incendios en la grupa de las mujeres.

     Pobre Alén. No tenía la culpa de lo de Humaitá, pero no se podía dar el mal ejemplo. El Mariscal lo hizo responsable de varios errores. Alén se sintió hundido por el fracaso y se pegó un tiro en la cabeza, pero no murió. El cepo Uruguayana lo convirtió en una piltrafa. Para peor, la herida de la cabeza le dejó medio sin noción de dónde estaba parado.

     Tuvo suerte de que lo matáramos, porque seguramente no iba a poder caminar nunca más. Lo metimos en una bolsa de cuero en la que yo mismo abrí unos agujeros para que hiciese sus necesidades. Lo colgamos de un árbol y allí quedó, casi olvidado. A veces se reía a carcajadas, como loco, dentro de la bolsa. Parecía empayenado. Cuando lo llevamos a ejecutar, era sólo piel y huesos. Ni nos molestamos en sacarlo afuera. Estaba extrañamente quieto dentro de la bolsa cuando fue puesto ante el pelotón de fusilamiento. Al recibir los tiros, se agitó un poco. Hasta hoy no sé si ya estaba muerto ni si el estremecimiento fue causado por el empujón de las balas. O, en verdad, fue la última resistencia de la carne antes de entregar el alma.

     Junto con él murió don José Berges, ministro de Relaciones Exteriores. Hombre agraciado y de provecho, muy leído, a quien debía varias finezas. Siempre se portó bien conmigo y no tenía motivos para faltarle. Yo mismo le apresé y le remaché los grillos en los pies. Me miró y se quedó callado. El también sabía el valor de una consigna. Lo fusilamos junto a Alén, el obispo Palacios, el general Vicente Barrios, cuñado del Mariscal y varios más. El consejo de guerra había ordenado la horca, pero el general Resquín no se conformó: fueron fusilados. Sentados, por la espalda.

     Minutos después, comenzó la batalla. Las descargas de la ejecución se confundieron con los primeros tiros salteados del enemigo. Nos despedazamos peleando durante siete días. De puro milagro sigo vivo. Cuando ya nadie quedaba en pie, el Mariscal salió por Potrero Mármol, al trote corto de su caballo. Iba derecho sobre el montado, la mirada perdida, como soñando. Apenas agitaba, de vez en cuando, un rebenque con el puño de oro. Parecía ausente, en otra parte.

     Las bombas caían a nuestros pies y reventaban sin hacernos daño. El Karaí López ni siquiera pestañeaba y mantenía la vista clavada en el camino. No habremos sumado más de cien los que le seguimos; a lavista del enemigo, que se limitó a hacernos algunos [51]tiros. Allí quedó nuestro último ejército. Lo que vino después, hasta Cerro Corá, ya no parecía guerra, sino una desgracia.

     Estuve con el coronel Hermosa en Ka'aguy Jurú, para proteger la retirada hacia el Norte. Los kambá se nos vinieron encima como avispas y tuvimos que presentarles batalla. No pudimos hacer nada. Los que no murieron se dispersaron por el monte. Los jefes y oficiales capturados fueron degollados por los brasileños. Los colocaron en doble hilera, en el suelo, cada uno separado de su cabeza, a un metro de distancia. Por el medio de esta avenida flanqueada de osamentas pasó el general Victorino Carneiro Monteiro, cabalgando sobre un doradillo, sin mirar a los costados.

     Nuestro viaje al Norte fue terrible y hasta hoy confunde mis días con pesadillas. Los tigres aprendieron a comer carne de cristianos. Se tendían al costado de los piques, gordos y soñolientos. Solamente necesitaban que algún rezagado no tuviera fuerzas para moverse más. Los buitres trazaban altos círculos en el cielo, esperando.

     Dicen que cuando amenaza tormenta se siguen escuchando lamentaciones y voces de mando en la picada del Chirigüelo. No es difícil toparse con aparecidos, soldados de lanza y chiripá, con el morrión de cuero de nuestro Ejército. De tan flacos que son, se les pueden contar las costillas. Yo mismo volví a ver al coronel Alén, acogotado por el cepo Uruguayana y al propio obispo Palacios, echándome en cara mi sacrilegio de fusilarle. Plagueos de difuntos, argelerías de mala visión.

     En Zanja Hú, sobre el Arroyo Guasú, ejecutamos a más traidores. A lanzazos, para ahorrar municiones, que ya escaseaban. La deslealtad se multiplicaba como las hormigas a medida que la situación se iba poniendo más fea. Viera usted, señor, la blancura de la piel de Consolación de Barrios. Dio dos vueltas de su larga cabellera sobre los ojos, para no mirar a sus verdugos. Ni siquiera suspiró cuando el hierro le agujereó la piel. Allí mismo el pelotón lanceó a Hilario Marcó, el coronel que había ordenado, pocos meses atrás, el fusilamiento del general Barrios. Extrañas vueltas que da la vida, como caballo de calesita.

     En ese lugar dejamos a más de setecientos heridos y enfermos que no podían moverse. No había caso de llevarlos y el Mariscal los dejó librados a la piedad de los kambá. Pero éstos torcieron el rumbo y pasaron por otro lado, en su persecución. Los setecientos murieron sin remedio, de hambre seguramente, agusanados. Años después, unos señores que estaban marcando la frontera con el Brasil encontraron sus osamentas, repartidas por el campamento. Las calaveras vacías de ojos parecían mirar la boca de la picada por donde tenían que llegar los enemigos. Esperaron de balde.

     Qué íbamos a hacer nosotros, sino cumplir las órdenes. Además, así como había traidores, otros conservaron el espíritu sosegado y leal. Me acuerdo del coronel Bernardino Denis, el jefe más viejo de nuestro Ejército. Durante el viaje a Cerro Corá, sintió que se estaba muriendo y se tendió a un costado de la senda. Me llamó y me entregó su sable y su quepis para que los llevara al Mariscal. Estaba sereno. Todavía tuvo tiempo de pedirme que les hiciera llegar memorias suyas a varios amigos. Después abrió los ojos como para verme mejor y se derrumbó.

     Qué quiere que le diga, señor. Que yo fui de los juramentados para morir con el Karaí Guasú. Tenía que haber llegado hasta el final. Esta palabra estaba en mi corazón, más fuerte que en mi lengua. Pero, en Cerro Corá, falté a mi promesa. Y hasta ahora me duele el corazón por ese incumplimiento.


 

     Yo no estuve a su lado cuando lo mataron los kambá. El capitán Francisco Argüello y el alférez Chamorro defendieron los últimos metros que separaban a los enemigos del Mariscal. Tuvieron que hacerlos pedazos a los dos para acercarse y tirarle a quemarropa. Lo remataron enseguida, en el Aquidabán.

     Esa mañana, muy temprano, vinieron unas mujeres corriendo desde paso Tacuaras para avisarnos que los brasileños habían caído de repente sobre la guardia. El Mariscal me comisionó con urgencia para ir a bombear, mientras llamaba a las armas. Cuando llegué, con cuatro hombres, los brasileños ya habían tomado la guardia. Tratamos de ganar una isla cercana, al galope, pero nos cortaron el paso. Ya no pudimos retiramos y se nos vinieron al humo, apretándonos contra una rinconada.

     Tuvimos que pelear, de apuro. Recuerdo el griterío, los jadeos, las arremetidas de los caballos, las chispas que hacían saltar los sables, la carcajada de un soldado negro. Repartí unos hachazos y creo que alcancé a un oficial porque se apartó del entrevero, sosteniéndose mal que mal sobre su recado.

     Recibí un golpe en la cabeza y caí al suelo. Desperté muchas horas después, cuando el sol ya estaba entrando. Me habían atado a un árbol con un tiento muy fino que se hundía en mi carne. La sangre seca sobre la cara no me permitía ver muy bien lo que estaba pasando. Escuché los hurras, la voz de un herido que se quejaba, la música de un baile que estaba comenzando en el campamento, sobre las tumbas recién abiertas. Una mujer se reía, a los gritos, como loca, quién sabe de qué.

     Alguien se me acercó, tambaleando. Me voceó en portugués, pero luego me apoyó un vaso en la boca y me dio de beber. Por las burbujas, era un requecho de la bodega del Mariscal. Adiviné que todo había terminado. Agradecí el líquido llorando y supe que mi compromiso con el Karaí Guasú era más grande que antes. El escapulario que me había regalado en Caiibary me estaba quemando como una brasa.

     Me llevaron prisionero a Asunción, encerrado en una jaula. Pero me soltaron enseguida y ya no me hicieron caso. Dormí unas cuantas noches en el corredor de la Capitanía del Puerto. Cuando pude, volví nuevamente hacia estos lados. Me conchavé como habilitado en el trabajado de un gringo, cerca de la capilla de Tacuatí. Después me dediqué a la mariscada, procurando no alejarme de este lugar. Cada cierto tiempo viene alguien a pedirme que lo traiga hasta aquí mismo, donde dejamos las carretas. No sé cómo habrá corrido la voz. Pero estoy preparado desde hace mucho para hacer este recorrido. Conozco el trayecto, casi de memoria. A ojos cerrados.

     Los payaguá murieron envenenados con la carne del buey. O mejor dicho, con el veneno que mezclé cuidadosamente con la sal. Los herejes tardaron varias horas en su agonía, revolcándose en el barro, mirándome con ojos de rabia, acusadores. Decían cosas, seguramente terribles, en su idioma. Qué podía hacer yo, sino cumplir con la consigna.

     Tuve que matar también a Josías, cuando terminamos de enterrar a los payaguá. Creo que ni se dio cuenta cuando le reventé la cabeza de un solo tiro de rifle. Estaba arrodillado, rezando, y cayó sobre la tierra recién removida. Yo sé que me comprendió, que me habrá perdonado. Los dos fuimos formados para cumplir la orden, sin remilgos ni cavilaciones.

     Al amanecer, llovió suavemente. Vi que la sangre de Josías se iba escurriendo hacia el arroyo y que su rostro se quedaba limpio. El agua barrió las hormigas de su cara y le dejó un gesto raro, casi amistoso. Como cuando contaba chistes en los campamentos. Pura fisonomía de paz, de mansedumbre, fue la que encontré en Josías esa madrugada.

     Hubo un murmullo de pájaros y un tapití pasó corriendo entre mis piernas. Se juntaron mariposas sobre Josías y casi lo cubrieron totalmente. Un arco iris se tendió de lado a lado del arroyo. Entonces comprendí que todo estaba bien y podía quedarme tranquilo.

     Tardé un día y medio en volver, llevando los bueyes restantes y hasta lo que había sobrado de la carne. El Karaí López me miró fijamente y no pudo hablar. Seguro que ya no me esperaba más. Habrá creído que yo me iba a escapar con las carretas y ofrecerme al enemigo, como hicieron tantos que le habían lamido las botas. Gente con alma de vivanderos, como el capitán Lázaro Quevedo, el coronel Carmona y el médico Solalinde, que se escurrieron como lagartijas con el cuento de ir a explorar los alrededores.

     Usted supo parte de esta historia, señor. No sé cómo se la contaron ni quién le dio la información. Así pudo encontrarme en aquella pulpería de Tacuatí y ofrecerme tanta riqueza para que lo traiga hasta aquí. Fue muy gentil su convite de caña con guaviramí y el recado nuevo, chapeado, que me obsequió en prueba de buena voluntad.

     Me falta decirle que me quedó la espina de que yo tenía que cumplir la Consigna todavía después de Cerro Corá. Por eso estamos aquí solos los dos. Pero usted me está apuntando con un revólver y seguramente se propone matarme.

     Usted verá que conservo alrededor del cuello el escapulario con la imagen de la Inmaculada que me dio el Karaí Guasú, cuando salimos con las carretas. En un hueco escondido sigue guardado el veneno que me entregó para matar a los herejes que me dio de escolta. Verá que sobró algo para usted. Pero ya se está acabando.

     Además, me estoy volviendo viejo. Por eso le estoy contando esta historia. Para darle tiempo a matarme y poder terminar, de una vez por todas, con la misión que me encomendó el Karaí Guasú hace treinta años. Usted no me sobrevivirá mucho tiempo. Agoté el veneno que me quedaba sobre la carne de venado que acabó de comer. Pronto comenzará a quemarle las tripas y a nublarle el entendimiento. Y yo podré darle parte a mi Jefe de que su orden fue cumplida.

 

 

LA ENTELEQUIA

 

     Primero fue el nombre, sonoro y retobado: Anastasio Leguizamón. Apropiado a individuo de pocas vueltas, medido en gestos y exiguo en palabras. Jinete, seguro, de probada destreza con lazo y revólver. Quizá antiguo caudillo de montoneros. Duro por donde se lo mire, cara de perro para todo el mundo.

     Después fue la fisonomía, en la que fui esculpiendo rasgos, uno por uno, hasta completar una cara vaga y borrosa: cejas negras y gruesas, unidas espesamente sobre una nariz suavemente aguileña; coloradas y venosas las mejillas, con cráteres claramente dejados por una viruela infantil; la boca fina, como una indecisa raya de bolígrafo en un cuaderno de primaria. Tuve que completar el resto del cuerpo, con lo primero que encontraba a mano: la cabeza redonda, de avanzada calvicie; brillantes canas en las sienes; anchas y fuertes espaldas. En general, hombre de limitadas grasas. El vello, espeso en el pecho y en las extremidades, la denuncia de alguna pizca de sangre gringa en sus oscuros ancestros.

     Por último, el inevitable perfil psicológico: delicado equilibrio de fobias gratuitas y desmesurados afectos, de dilatadas inquinas y repentinas explosiones de ternura; compendio numeroso de secretos temores  y largas ilusiones; profunda caja en la que debían cohabitar ordenadamente los anhelos frustrados y las imágenes perdidas en la memoria. Fue allí donde me detuve para esmerarme en la búsqueda de elementos suficientes para configurar una personalidad definida y concreta, a prueba de indebidas incongruencias y de llamativos pasos en falso.

     Todo eso le fui sumando. Creí prudente atribuirle una perdurable largueza con un hijo adulterino, fruto de un explosivo amor clandestino que debió abandonar bajo la presión intransigente y enfurecida de su esposa legítima. Era indispensable anotar una arraigada austeridad en los gastos del hogar, sobre los que ejercía un control de inquisidor. Había también infrecuentes arranques místicos, que se traducían en esporádicas donaciones de novillos y hasta dinero en efectivo al cura párroco de Sapucay.

     Sobre todo aquello reinaba, sin disputa, una sostenida codicia que elevó su nombre a la altura de un paradigma. El corolario inevitable: una torva desconfianza hacia todos los seres humanos. Veía en ellos, quizá con exacta clarividencia, a taimados enemigos de su prosperidad, nocturnos conspiradores contra la integridad de su patrimonio.

     Pocas veces el alcohol le hizo incurrir en sorprendentes promesas de prodigalidad futura. En esos casos, el volumen de prometidos despilfarros, de absurdas donaciones y de obsequios inmotivados crecía en proporción directa con la duración de las libaciones. Pero al día siguiente retornaba la lucidez, punzante y dolorosa, abriéndose paso en el cerebro, sorteando las miasmas de la resaca. Entonces, con el retorno del buen sentido, aquellas insensateces, ausentes en un alma firme, eran confiadas a un piadoso olvido.

     Así fue completándose Anastasio Leguizamón, sombra ubicua que presidió, durante muchos años, el incesante discurrir de trámites y maquinaciones que tuvo como centro mi oficina de abogado. La fama y la fortuna de aquel hombre crecieron conmigo, agregando brillo y respetabilidad a la placa que proclamaba mi oficio, a pocas cuadras del edificio de la Corte Suprema de Justicia. El lugar elegido fue una modesta habitación sobre la vereda, allí donde 14 de Mayo pierde su fragoroso aspecto de calle metropolitana, de elevadas torres y demorados embotellamientos de tránsito, para adquirir la descansada placidez de las pérgolas coronadas de santarritas y de tupidos jazmineros que se abrazan a los balcones.

     Es ahora cuando hace falta una definitiva, terminante aclaración: Anastasio Leguizamón no existe. La designación es una completa arbitrariedad. No es siquiera una ilusión, ni un desvarío de los sentidos. Tampoco nos hallamos ante un personaje de ficción, habitante de un ejercicio de literatura costumbrista, exagerado en paisajes rurales, obrajes y cuchilleros.



     Anastasio es, técnicamente hablando, una entelequia. Es decir, un "ente ideal desprovisto de sustancia" , si queremos definirlo con propiedad y economía conceptual, evitando locuciones inútiles. Es una creación artificial de la mente. Una abstracción, casi una gratuidad semántica, como aquellas que fatigaron las especulaciones de los escolásticos, doctos constructores de razones inútiles.

     Nació (esto es un decir), el 20 de junio de 1973. Ese día, un ausente Anastasio Leguizamón me otorgó un poder general amplio ante el juez de Paz en lo Civil y Comercial del pueblo de Sapucay. El mandante era desconocido para el funcionario. Hice una esquinada referencia a las persistentes dolencias que aquejaban a mi cliente, a una fiebre repentina, a la necesidad que yo tenía de retornar a la capital inmediatamente. La vecindad del tal Leguizamón con el cercano leprocomio de Santa Isabel quizá no era ajena a tan indefinidos achaques. Esta circunstancia arrojó verosímiles conjeturas sobre el motivo de su inasistencia al Juzgado y la probable naturaleza aborrecible de su mal.

     Expliqué, como al pasar, que los asuntos que debía atenderle eran de poca monta: chucherías sin valor, tramitaciones de rutina, tonterías. Los escrúpulos burocráticos del Juez fueron adormecidos por la alusión al indeseable vecindario de Leguizamón, claro que si el señor Juez querría ir no habría inconveniente, y por cierta suma de dinero que deposité en sus manos con púdica delicadeza. Retorné triunfalmente a Asunción, con el poder en mi cartera.

     Toda esta confusa operación fue regida por el oculto propósito de escamotear de la curiosidad pública, bajo un inocuo e inofensivo manto, lo que sería el mejor de mis negocios: la usura. Ya había comenzado a operar, poco tiempo atrás, con prometedoras perspectivas, en ese vertiginoso mundo transitado por hipotecas, prendas y retroventas; territorio inhóspito donde el dinero engendra dinero, mágicamente, y los plazos e intereses tienen la firmeza del cristal y la inexorabilidad del destino.

     Descubrí ese brillante negocio poco después de egresar de la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Asunción. Había recibido el título de abogado luego de seis años de exámenes mediocres y de asistencia mecánica y desganada a clases dictadas por profesores de arrastrada voz y de dispar intelecto. Aún recuerdo la ceremonia de graduación en el patio de la vieja casona de la esquina de la calle Yegros. Bajo el sol quemante, la ondulante fila de togas negras,el prescindible ritual, el sudor resbalando desde el cuello hasta los pies, la humedad, las caras impasibles de los profesores y, desde los altavoces, la sofocante retórica del discurso del Rector.

     Comencé a litigar con suerte cambiante, gobernado por un estímulo que suele ser parte de la sustancia inalterable de la profesión: el rabioso y leal amor al dinero. La vocación o la casualidad me pusieron frente a las enormes posibilidades del mercado negro de las finanzas, cuyos laberínticos trajines tienen entrañable familiaridad con la labor de abogados y escribanos. Pero pronto dos o tres incidentes en el tribunal y el cuchicheo que adivinaba a mi paso me persuadieron a buscar el modo de moverme con más libertad, al abrigo de temores y maledicencias.

     Esta conclusión presidió al alumbramiento de Anastasio Leguizamón dentro del perímetro rectangular de un poder otorgado en Sapucay. El documento contenía todas las cláusulas suficientes para mis propósitos: yo debía representar a aquel hombre en todos sus asuntos civiles y administrativos. Pero también estaba autorizado a administrar y disponer de sus bienes en la forma que me pareciere más correcta. El documento, en realidad, me permitía prescindir, desde ese mismo instante, de la persona del ilusorio mandante.

     Los efectos de la maniobra fueron casi inmediatos. La importancia de mi persona comenzó a disminuir, oscurecida por aquella cómoda fachada. Mis palabras perdieron su anterior fuerza propia y pasaron a adquirir el sonido sosegado de quien se limita a cumplir ajenas instrucciones. Detrás de mí estaba Anastasio Leguizamón, huraño y exigente, a quien debía rendil cuenta de mis actos. Era él quien resolvía peticiones de prórroga, quitas, levantamientos de embargos, valoraciones de joyas y otros objetos en las operaciones prendarias. Yo me limitaba a acatar las órdenes del capitalista, moviéndome obedientemente al compás de la música qué éste ejecutaba.

     A mi cargo corría recibir los planteamientos de los agobiados clientes de Leguizamón. Yo los escuchaba con atención respetuosa, no desprovista de simpatía. Hasta tenía palabras bondadosas y comprensivas para quienes ofendían mi sagacidad con subterfugios evidentes: una desgracia en la familia, un accidente de tránsito, la inminencia de un empleo generosamente pagado, una importante suma de dinero que estaba a punto de llegar de algún misterioso pariente. Pero mi magnanimidad se detenía ante el sagrado umbral de los deberes del mandante. Si es por mí encantado, señor, pero todo depende de lo que diga don Anastasio. Los despedía en la puerta, prometiendo mediar en favor de las más absurdas alegaciones, con piadosa convicción.

     Todo era, por supuesto, inútil. Los pretextos y las súplicas, las maldiciones y los vituperios se estrellaban contra la inmutabilidad de las condiciones pactadas. Yo quedaba reducido casi al papel de un espectador, poco comprometido con la rigidez opuesta a mi afectuosa intercesión.

     El abogado, les explicaba casi con angustia, es un sacerdote de la ley y de la justicia. Apenas un puente involuntario entre las partes involucradas en la operación. Detrás de mí, maciza pared, hosco torreón, se hallaba el patrón. El oficiante de la antigua secta de Shilock, sacando brillo con pericia al mellado espadón del verdugo.

     Había otra utilidad encomiable en estos ejercicios de histrionismo: el largo brazo del fisco, vampiro de copiosos apetitos, se detenía ante aquel grisáceo fantasma. Todo exceso de rigor tributario conduciría inevitablemente a Sapucay, pueblo adormilado y distante, donde el usurero fijaba residencia. El calor, los mosquitos y la propia inexistencia de mi mandante se encargarían de echar a pique las más persistentes pesquisas.

     A un inspector de Hacienda por demás acticioso le señalé ese camino, abundando en recomendaciones sobre la mejor forma de llegar. No olvidé encargarle saludar efusivamente a don Anastasio, en mi nombre, y entregar mis respetos a su señora esposa.

     El juez de Paz ya había sido destituido y ni siquiera seguía viviendo en el pueblo. El emisario del fisco indagó, sin resultado, por todo Sapucay. Por último, en prueba de patriótico celo, se dirigió hacia Santa Isabel, lugar que me había preocupado de indicarle como el sitio más seguro para la búsqueda. Su temeridad quedó abruptamente trunca cuando los primeros rostros aleonados, deformados por la lepra, comenzaron a asomarse en las ventanas de los ranchos para contemplar, inquisitivamente, al audaz intruso.

     Un segundo inspector apareció, años más tarde. Parecía armado de un coraje con cimientos mejor plantados que el anterior. Debilité su ofensiva entregándole un sobre cerrado, de imaginable contenido. Regalo de don Anastasio y le ruega que no se ofenda. Para comprarle un regalo a la patrona.



     Mi fortuna había crecido considerablemente. Era lo esperable luego de años de exprimir hasta los tuétanos a una numerosa clientela. Llegó el momento en que había alcanzado tal volumen que ningún revés podría erosionarla; el éxito la había dejado fuera del alcance de traspiés imprevistos y pérdidas ocasionales. Todo lo que tenía que hacer era administrar el dinero con cautela y circunspección, sin arriesgarlo en operaciones inseguras.

     Ocasionalmente, alguien retaceaba la devolución de algún dinero. Como abogado de don Anastasio, yo tenía entonces que acudir a la vía de la compulsión judicial. Pecado siniestro era la demora; peor aún, expiable sólo con las llamas del infierno, oponer chicanas y ardides tribunalicios a su legítimo crédito. El carácter irascible, característica descollante de su personalidad, entraba en ebullición. Se volvía agresivo e intolerante y no regateaba expresiones agraviantes para la otra parte. Veía agredida su bolsa, amenazado su patrimonio. Las maniobras dilatorias que oponían mil y un estorbos al progreso del expediente, le sacaban de quicio.

     En esas controversias, los escritos eran firmados por el propio Leguizamón, con mi patrocinio profesional. Su rúbrica era un garabato que fui perfeccionando cuidadosamente. Los trazos eran los apropiados a un carácter seco e infranqueable, regido por el frenesí del atesoramiento. Había algunos rasgos elocuentes, como la cola de la zeta, que concluía en una espiral cerrada sobre sí misma, casi la garra de un ave de rapiña.

     La intervención directa en los juicios respondía a un propósito: extender la mirada vigilante sobre la evolución de los trámites. Me rehusaba así la posibilidad de que yo, llevado por la projimidad cristiana, cayese en la tentación de aceptar transacciones gravosas. Su desconfianza era tan grande que prefería tener un control inmediato sobre sus asuntos. Sobre todo, cuando éstos se hallaban enredados en el laberíntico procedimiento judicial, azuzado por leguleyos pícaros y combativos. Desparramé esa especie por todo el tribunal.

     Algún conocimiento tenía el hombre del asunto: al terminar la Guerra del Chaco, había llegado a cursar los primeros años de abogacía. No era, pues, un profano absoluto en la materia; tenía, pues, los rudimentos imprescindibles para no ser embaucado fácilmente con la jerigonza académica o con citas extravagantes y rebuscadas.

     Para ese momento, mi estratagema había llegado a la cúspide del refinamiento. Leguizamón tenía ya desarrollada una personalidad muy completa, de cuyas mezquinas facetas se hacían hirientes lenguas víctimas y letrados. Algunos clientes pugnaban por sortear el muro de la intermediación y penetrar en la intimidad de mi mandante; preferían acogerse a la sombra del poder real y no depender de irresolutos representantes. Los más porfiados me acosaban con preguntas e inquisiciones. A todos aplacaba con buenas maneras, aunque desaconsejaba el buscado atajo para llegar al capitalista.

     Para fortificar la imagen de un espíritu encallecido, construí un voluminoso rompecabezas. Con mañosa baqueanía perpetré un sistemático saqueo a los secretos desvanes de mi memoria. Cada rasgo que iba atribuyendo a mi evanescente mandante era el botín de un nuevo acto de piratería. Cada pieza se iba acomodando con la anterior en una armonía forzada y arbitraria.

     Anastasio fue, no cabe duda, un desprolijo Frankenstein moderno. Una acumulación de injertos extraídos de distintos sitios, desenterrados de un oscuro archivo de vivencias deformadas por el tiempo. Todo fue a parar en un caldero arqueológico donde se mezclaron imágenes descoloridas, sonidos cacofónicos, voces asordinadas y lentas desmemorias. De allí salían los argumentos con los que hacía frente a las curiosidades que me cercaban.

     Cuando advertí que el neutralismo político es moneda extraña en el Paraguay, le adjudiqué un razonable fervor por el Partido Colorado. La condición de gubernista le evitó inquinas y maledicencias y desalentó inoportunas embestidas de funcionarios y paniaguados. El color, grave convicción cívica. Para rubricarla, pinté su casa de llameante rojo. Improperio cromático, el peor; dirigido a los liberales, enemigos por tradición y de emperrada divisa azul. Tampoco en esto fui original. Lo sustraje de un recuerdo personal: el de un vecino de Villa Rica que desafió la cerrada prosapia liberal de los lugareños arrojándoles todos los días a la cara la fachada ígnea de su casa.

     Por exigencias del libreto, hacían falta finalmente una sórdida puntillosidad, un culto fanático del orden y una capacidad de observación sin límites. Nadie como Leguizamón para apreciar, con una sola mirada de soslayo, la capacidad financiera de un posible cliente. Un cambio de palabras bastaba para olfatear al moroso potencial que se escondía bajo la honorable piel de un interlocutor.

     Supo edificar un complejo sistema de símbolos y equivalencias. Un código flexible pero bravo, capaz de desnudar los falsos relumbrones o de revelar, bajo la apariencia de un irredimible pauperismo, los tranquilizantes medios de la prosperidad. Cada persona era ubicada en su justo anaquel, en su ineludible alvéolo. Así disponía de fronteras confiables a la cuantía de los préstamos y aseguraba el retorno del dinero. Muchos negocios prometedores, que resultaron después calamitosos para otros apresurados colegas, fueron sorteados mediante esta solvente metodología.

     La vida social le permitía actualizar el prolijo catálogo y lo mantenía a cubierto de cambios bruscos y traidores. Acudía periódicamente a casamientos, velorios y cumpleaños; ocasiones ideales para escudriñar, con insobornable rigor, el estado financiero de sus contertulios. Los resultados fueron excelentes: muchos ídolos con pies de barro se desmoronaron estrepitosamente ante este acucioso sistema y fueron borrados de la lista de clientes potenciales; en cambio, oscuros individuos, anteriormente despreciados como indigentes, ascendieron al podio de los mimados de la fortuna.

     Los indicios se complementaban, unos con otros, para producir, con caudalosa congruencia, una fuerza de convicción. Un ataúd de trébol no es lo mismo que uno de petereby. Cuatro manijas, espejos irrefutables de la miseria; ocho, el deslumbramiento, la proclamación de los muchos caudales del difunto y un futuro regalado para los herederos. El aroma suave de la esperma se distingue, jerárquicamente, del náuseabundo sebo. Convincente el bronce, hasta maravillar; metal consagrado a monumentos de generales y estadistas, privativo de leones rampantes y dragones heráldicos, de glaciales cabezas patricias. Es importante la opción por un austero triduo o por un demorado novenario. O entre una majestuosa misa de cuerpo presente con armonios y latines y un repetido rosario salmodiado por píos voluntarios en torno al ataúd.

     Detalle final e inapelable: el sitio del descanso eterno. Aquí las posibilidades son infinitas. Desde el panteón propio, con puertas enmarcadas por columnas de capiteles corintios hasta el plebeyo columbario donde los huecos se alinean simétricamente como en un ejercicio militar de orden cerrado. Lo más denigrante, la fosa abierta en la tierra bajo una crasa cruz de madera.

     Sólo una vez pudieron engañarlo. Uno de los deudos, habilidoso pícaro, se acercó, enlutado y lloroso, a pedirle un fuerte préstamo; para los gastos del sepelio y algunos arreglitos de la sucesión. Después, jugosas hijuelas responderían hasta la saciedad. La petición fue deslizada al oído del prestamista, frente mismo al suntuoso panteón, sobre cuya cúpula un angelote barrigón tocaba una trompeta; lugar rutilante de luces y mármoles. En las paredes exteriores del edificio, rostros patricios contemplaban severamente la escena, desde fotografías ovaladas. El coloquio mercantil se sobrepuso al llanto de los demás deudos, que rezaban acongojados.

     Concretado el préstamo, nunca más se volvió a ver a aquel hombre. Luego se supo que el panteón pertenecía a un pariente lejano que, en un acto de caridad, lo puso a disposición de la familia del difunto. Este partió al más allá sin un cobre; todo el dinero que dejó a su heredero fue el que, abrazándolo con emotiva fuerza, le dio en préstamo el engañado Leguizamón. Con la pequeña fortuna, marchó a Buenos Aires en el primer ómnibus del día siguiente.

     Los cumpleaños participaban del concluyente inventario. El renglón estaba tan bien estudiado que no había pérdida mayor en los gastos de tanta vida social. Cuando Leguizamón era visitante, ajustaba el precio del presente a la calidad de la cena que esperaba servirse; si era anfitrión, su maestría le conquistaba un permanente empate entre el monto estimado de los obsequios recibidos y el de la mesa.

     No fue fructuoso el torpe intento de burlarlo en una cena que ofreció el día de su santo. Cuando sus ojos rápidos y astutos -ya se habían retirado todos sus invitados- comenzaron a clasificar los objetos recibidos, encontró doce envoltoríos desprovistos de sus respectivas tarjetas. Una mano maligna había creado el caos, deliberadamente, para disfrazar la irrelevancia de su presente bajo la anónima suntuosidad de otros paquetes. La mano criminal fue, obviamente, la que trajo una ramplona crema de afeitar de origen brasileño. El cachivache descollaba, como un tumor maligno, entre las cajas voluminosas y las cintas de colores.

     Leguizamón no se dejó amilanar por aquella burla infame. Su espíritu metódico, hecho a los desafíos de la ciencia, aceptó el reto. Comenzó por escribir los nombres de todos los que habían asistido a la fiesta, en una larga columna. Al lado, previa constatación de las tarjetas, los obsequios que le habían traído. Quedaron doce nombres y otros tantos objetos sin la necesaria correspondencia. El área de la pesquisa quedó así establecida. Entró a funcionar después el razonamiento, combinación de lógica y exacto conocimiento de los invitados, llave aristotélica para hacer brillar la verdad.

     Hubo que considerar factores materiales tangibles, como el precio y la calidad de los obsequios. Luego las hilachas sutiles de la psicología. Finalmente, otros hechos ilustrativos, como la asiduidad en el trato, la cercanía en el parentesco, los previsibles resentimientos, las antiguas malquerencias, los agravios que el tiempo puede reverdecer.

     Con desvelada paciencia, ordenó y jerarquizó cada una de estas referencias. Lúcido y atento alquimista, mezcló los elementos en su justa y precisa proporción. Consumido por el fuego de la verdad, iluminado por la fiebre de la búsqueda, la mañana lo sorprendió inclinado sobre su escritorio. Lo rodeaban papeles, regalos y tarjetas minuciosamente clasificados.

     Finalmente se incorporó aliviado. El triunfo dibujó en su rostro una sensación de paz y superioridad sobre sus despreciables congéneres. Acusadoras flechas, pintadas con fiereza, reunieron los presentes con los respectivos adquirentes. La luz se hizo, como una cegadora centella, barriendo la burda engañifa. En la lista, el patronímico del miserable, rodeado de un clamoroso círculo rojo.

     Durante todo aquel tiempo fui incubando una creciente aversión hacia este deplorable individuo. Su desbordada codicia contrastaba vivamente con mis convicciones más íntimas; para hacerse más aborrecible, ella estaba alcanzando proporciones impensables. No lo arredraba la quiebra irremediable de sus deudores ni excitaba su clemencia la desgracia más visible.

     Un negro anecdotario aureolaba su nombre. Reflexioné que, siquiera en casos excepcionales, hubiese debido disminuir el tamaño de sus dentelladas. O tal vez atemorizarse ante las represalias de un Dios justo y memorioso, que lleva una cabal relación de nuestras iniquidades.

     Confesé, por fin, mis reticencias a amigos y colegas. A cambio, recibí palabras consoladoras; ellas me recordaron el sagrado deber del mandatario, la obligación de diligencia y respeto a la conducta ordenada. Mi repugnancia fue aplacada por una ardiente invocación al deber profesional: un mandatario debe limitarse a ejecutar el mandato con lealtad y eficiencia; no se pide a un abogado otra cosa que la escrupulosa atención del ejecutor.

     Aun así, se acentuó la distancia entre mi benevolencia expresa y las inciviles instrucciones de Leguizamón que yo debía transmitir de nuevo, confuso y avergonzado. Me fueron menos disculpables sus estallidos de furia, la petulancia de sus réplicas, los despectivos exabruptos ante los sollozos de los que venían con la soga al cuello a buscar clemencia. Cada vez era más difícil explicar que los pedidos de prórroga fueron rechazados, que las retroventas no serían admitidas luego de cumplidos los plazos y que la bandera de remate iba a ser izada triunfalmente sobre la vivienda del interlocutor.

     Cuando veía enarbolarse el pendón de la capitulación, su ferocidad adquiría refinamientos de virtuoso. Se regodeaba, feliz, sobre las ruinas que dejaba a su paso, como si un secreto designio le hubiese encomendado una vasta misión demoledora. Para esa época, su itinerario ya estaba erizado de las mutilaciones y escombros desperdigados por su cicatería.

     Decidí renunciar al poder y cancelar mis operaciones de intermediación. Otro abogado, mejor protegido contra el virus de la conmiseración, podría hacerse cargo de sus asuntos. Ya poseía dinero suficiente para tener mi futuro y el de mi familia al amparo de todo imponderable: bienes inmuebles, dinero ahorrado en varios bancos, cuentas corrientes; cajas de seguridad repletas de joyas y alhajas dejadas en prenda; documentos al cobro, firmados por gente insospechable. Todo aquel patrimonio me permitía poner distancia de aquella sombra desmedida que llenaba mis sueños de índices acusadores e inquietantes premoniciones.

     Esta mañana me levanté inundado de una repentina serenidad. El aire fue más puro y la claridad del amanecer se hizo tibia y amigable. Mi decisión estaba tomada y requería sólo un principio de ejecución. Me sentí libre y aliviado.

     Ahora cae la noche. Una itinerante luna, que mis ojos no pueden ver, pero que adivino alta y creciente sobre el tejado rojo, navega en algún charco lejano. Estoy preso. Acaban de explicarme el motivo. Leguizamón me denunció a la Policía. Los cargos son irrefutables: infidelidad al mandato, enriquecimiento ilícito, defraudación, estafa. Robo meticuloso y tenaz, perpetrado a lo largo de muchos años.

     Me esperan la cárcel y, lúgubre e inevitable, la miseria. Mis bienes deberán responder del dilatado despojo. Las acusaciones son demoledoras. El comisario que me tomó la declaración se mostró amable, pero sabedor de mi suerte. Ahí están, para construir una irrefutable probanza, las cuentas corrientes, los documentos, los inmuebles: las huellas tangibles del delito. Y también los testigos que esperan declarar, con leal memoria, sobre los hechos invocados.

     A lo absurdo de la presente situación se une una cabal injusticia que la reviste de una patética inmoralidad: había cortado toda relación con Anastasio Leguizamón. Renuncié al mandato y puse fin al pacto secreto. Las razones bastan para acallar mi conciencia. Pero resultaron confusas y bastardas ante el displicente comisario que me escuchó con semblante neutro y que, con rostro aburrido, me hizo firmar una declaración abusiva en pormenores y contradicciones. Es notorio que no pude convencerlo. La querella posterior será fulminante y nadie podrá alterar sus cimientos. Mañana pasaré a la cárcel pública. Sus pesados muros, que miré siempre a la distancia, se abrirán, hambrientos, para recibirme.

 

 

 

 

 

PORÁ (CUENTO)

 

 

Este demonio es obstinado y ruin. Su antiguo oficio es el de perder a los viajeros y llevarlos a la locura o a la muerte. Insiste en aparecer, con tranquilizadora forma humana, en el recodo de un camino solitario. Siempre de noche. Se presenta muchas veces con forma de mujer, como un confundido viajero a quien urge llegar a un sitio no lejano. Invoca fatigas y distancias y quizá un taimado temor a visiones del más allá. Y ruega, con humildad, que se lo transporte; el argumento es simple pero irresistible, y concluye, casi siempre, por persuadir.

El despoblado, la noche y una alta luna llena se juntan para acentuar lo siniestro de la escena. El desenlace es el mismo, según tradición aceptada, con chata contumacia, por las naciones que cultivan esta monótona creencia. Antes de terminar el trayecto, el otro viajero descubre la atroz naturaleza de su desconocido compañero: mondo y cloqueante esqueleto que lo aturde con una triunfal carcajada. El corolario es la muerte inmediata o la perpetua reclusión en la numerosa soledad de un manicomio.

Con irrefutable congruencia, los testimonios atribuyen esta malévola artimaña al mismísimo Satanás, jefe supremo de los infiernos. Es él mismo y no ninguno de sus subordinados, quien ejercita esta burla sangrienta. Que lo haga en distintos sitios al mismo tiempo no refuta sino confirma su presencia: es la práctica del porfiado don de la ubicuidad, uno de sus trucos profesionales más notorios.

Estamos autorizados a aceptar sin reservas la confiabilidad de este repetido relato; la robustecen personas imparciales, desdeñosas de la mentira o la exageración. Hay, es cierto, algunas variaciones sugeridas por las costumbres locales, contaminadas por supersticiones tribales o por las fantasías de oscuras sectas subterráneas, pero no llegan a desdibujar su meollo persistente. La conclusión es que todos estos matices prueban únicamente que el Innombrable es un histrión desaforado que se complace en abundar en diferentes y contradictorias caracterizaciones.

Veamos algunos ejemplos. Por Rafael Obligado, lo sabemos diestro guitarrista. Por Bergman y Durero, que no desdeña enfrascarse en una alocada partida de ajedrez. Goethe nos propone un diablo metafísico, que construye complejas disquisiciones y termina ofreciendo al valetudinario doctor Fausto la devolución de su juventud y el arrebatado amor de Margarita. Relatos rioplatenses, que recorren los calmosos fogones de los troperos, lo ubican mintiendo desaforadamente en una gritada partida de truco al gasto.

La odiosa pericia esta registrada, con unánime horror, por casi todos los pueblos de la Tierra. A lo largo de milenios, cada nuevo episodio contribuyó a fijar un libreto único y perdurable. Hay pruebas de ello hasta la saciedad. En 1932, un aséptico arqueólogo inglés rastreó el fastidioso ardid en ciertas tablillas desenterradas cerca de las ruinas de Babilonia. En la misma época, un colega norteamericano registró el quejumbroso testimonio de un sacerdote en un polvoriento jeroglífico pintado en el muro de una tumba egipcia. Un códice turco, muy discutido por cierto, de la época de Solimán el Magnífico, denuncia las perniciosas hazañas de nuestro enemigo en una lejana provincia balcánica.

Según la nacionalidad del relato cambian algunas palabras, la indumentaria escogida y el medio de locomoción en que se desplaza la víctima. Puede tratarse de un carro tirado por bueyes, una góndola en Venecia, un taxímetro en París, un aeroplano en Berlín, un ómnibus de pasajeros en Los Ángeles o de una fatigosa diligencia en el Lejano Oeste. Para el propósito perseguido, el detalle es menor. Lo que importa es el brusco final, con su aparatoso golpe de efecto final y su rotunda teatralidad.

En la versión paraguaya nos hallamos ante un demonio reiterativo, adormecido por el estupefaciente de la rutina. Rehúsa refinamientos y sutilezas; no incurre en pompas ni suntuosidades. Una secreta consigna lo condena a una torva especialización: aparecer, de noche, en un camino solitario. Certificaré una de estas apariciones, con escrupulosa probidad de notario.

El episodio que relatamos aquí es conservado lealmente por la perseverante tradición guaireña. Debo advertir que no es el único caso en el Paraguay, ni asusta por lo aparatoso; en el país hay muchas otras constancias indubitables de la triquiñuela infernal. Sobre todo, en ciertas picadas -poco más que desoladas sendas abiertas en la selva- en las que se abundan cruces desvencijadas y anónimas sobre las cuales flamean, lánguidamente, desflecados paños blancos.

Este relato transcurre en un lugar impreciso que lleva del Guairá al Caaguazú, en las primeras décadas del siglo, probablemente después de la guerra civil de 1922-23. Por la picada han pasado sucesivas bandas de montoneros en fuga luego del frustrado asalto a Asunción; varios de ellos quedaron para siempre en el fúnebre sendero. A veces, pisándoles los talones, detrás de los que huían entraban también tenaces partidas de soldados del Gobierno.

El protagonista, en nuestro caso, es un tal Santos Corvalán. Alto y correoso, unos gruesos bigotes agregan a su cara un ostentoso rictus pendenciero. Jinete de los mejores, arrastra una orgullosa fama de bravo. Su hablar sentencioso es rubricado por una deliberada lentitud y un registro de bajo profundo. Casta botas lustrosas, arreamen abusivo en argollas de plata y un recado de brilloso chapeado.

En la cintura abulta un revólver Smith y Wesson calibre 38, marca a la derecha. Entibiado por la faja, un largo cuchillo de punta y filo laboriosamente conservados; sólo puede abandonar la vaina para un combate de buena ley y no debe volver sin sangre. Su esgrima exige estocadas largas y viboreantes dirigidas al estómago, de abajo hacia arriba. Y allí, lujo de virtuosos, zigzaguear en la carne blanda, para asegurar al enemigo una agonía espantosa.

Le atribuyen tres aguaí que comprometen su decoro y lo empujan a cuidar sus palabras y gestos. Cada uno de ellos corresponde a una muerte en duelo, cara a cara, con armas iguales. Un aguaí cuenta una muerte pero también marca una vida, inapelablemente. Tres, tejen un trajinado contubernio con la leyenda. Sistema extraño, pero justo, el de contar los muertos con los cascabeles de la mboichiní, la más letal de las serpientes del Paraguay; ábaco imaginario en el que una mano invisible va llevando una sórdida adición de osamentas. Quien soporta ese fúnebre peso no puede incurrir en vacilaciones, ni siquiera cuando se agitan ante sus ojos los horrores del más allá.

 Corvalán ha llegado a Pañetey, una docena de pobres chozas desperdigadas, último sitio habitado antes de entrar a la boca de la picada de Caaguazú. La noche está por caer y la etapa siguiente está recargada de peligros: son siete leguas de camino incierto -apenas perezosa huella de alzaprimas-, frecuentado por obrajeros, mariscadores y macateros; más asiduamente por gente de avería que huye del escenario de un crimen o se dirige hacia donde tendrá que cometerlo. Historias de crímenes, de aparecidos y desaparecidos son repetidas en la región hasta el cansancio, aunque con cobarde cautela, en Mubebo, Kurusupé y Costa Mbocayaty.

Los lugareños advierten a Corvalán de los riesgos que le acecharán más adelante. Es notoria parte del relato universal, y también de la versión que se acepta en el Guairá, el angustiado coro de quienes tratan de detener al atrevido, magnificando quebrantos y desventuras de anteriores incrédulos. Hay sucedidos que estremecen el alma y justifican el copioso apercibimiento: bueyes punteros que ignoran la urgencia de la picana del boyero y se ponen a mugir atolondradamente sin motivo alguno; voces acariciadoras que llaman tenazmente desde la oscuridad; la sensación glacial que asalta a los jinetes de tener a alguien sin peso que viaja sobre la grupa, a sus espaldas; canturreos perversos, plagados de obscenidades, que flotan sobre los árboles. La creciente noche, más oscura aún dentro del monte, acentúa la gravedad de estos presagios.

Esta noche, presidida por una gorda luna llena, no es para meterse en un camino salpicado de cruces porque, hasta que aparezca el sol, éste permanecerá bajo el dominio de sus espectrales habitantes. Sólo la luz matutina los ahuyentará hasta sus recónditas guaridas y postergará el infernal merodeo hasta el siguiente crepúsculo. Es preferible, le dicen voces quejumbrosas a Corvalán, pernoctar en Pañetey y reanudar el viaje con la primera claridad del día siguiente, luego de una conversada vuelta de humeante mate.

Corvalán escucha, cortés y comedido. Pero debe acatar el código que le impone su imagen de corajudo, de tan aplaudidas mentas. Él es un servidor de su propio mito, y ello le exige cultivar un manojo de maneras arrogantes de las cuales no conviene apearse. Por eso nuestro individuo saluda, cortés, llevándose la mano derecha al ala del sombrero de paño. Taconea con decisión a su cabalgadura y se mete, al paso firme, en la negra boca del camino. Quienes lo ven perderse de vista se hacen cruces y mascullan una oración.

Pronto la oscuridad es completa. Breves manchones plateados indican que la luna ha comenzado su indolente marcha de caracol. Los árboles se alargan sobre la cabeza, en una bóveda inacabable de sombras y rumores. El monte se multiplica en una sorda cacofonía de murmullos y chillidos, en repentinas catingas que delatan la cercanía de alguna bestia carnicera, en revoloteos caprichosos de altos pájaros invisibles, en ruidos misteriosos de imposible clasificación.

Manotear el revólver, de vez en cuando, le devuelve la turbada tranquilidad. Pero Corvalán sabe que el arma tendrá menos valor que un liviano cascote si llega a toparse con un póra, inquietante guardián de este tipo de parajes. Sólo una bala karaí, bendecida por un obispo, puede devolver la sombra nefasta hacia su morada eterna. Pero el relato exige que esta precaución haya sido olvidada y que nuestro héroe esté indefenso ante las poderosas fuerzas de las tinieblas.

El animal sigue al paso, con la rienda floja. De pronto resopla, agitado, y bruscamente disminuye el ritmo; un rebencazo y una imprecación lo obligan a seguir adelante. El jinete ya no puede echarse atrás. Está muy dentro de la negra picada y sólo puede espolear a su cabalgadura, que cada vez se muestra más inquieta. De todos modos, sus temores no asumen, hasta ahora, formas mensurables y concretas. El jinete piensa, arrepentido, que debió escuchar los augurios: estaría durmiendo a estas horas bajo una amigable cobija. En cambio, progresa con dificultad y su mano está sudando sobre la culata del revólver.

Dobla un recodo y la ve. Alta y derecha, el largo pelo rubio, color infrecuente en el Paraguay, duplica su encanto. Un rebozo le cubre los hombros, que se adivinan blancos y carnosos. Un largo vestido blanco envuelve sus formas, cuyas tibiezas y redondeces otorgan a la tela codiciados relieves. Parece muy fatigada y al borde de la desesperación. Solloza mansamente, sentada sobre el tronco de un árbol enorme derribado por un rayo.

Ella mira al recién llegado, con desconfianza. El rostro está arrasado por las lágrimas y la angustia abofetea con una mueca nerviosa su serena belleza. La explicación que ofrece es breve y convincente: se ha extraviado, tiene miedo. Barrunta que aborrecibles póras conspiran para enloquecerla. Debe llegar al otro lado de la picada, pero está vencida por el agotamiento; peor aún, su caballo se espantó y no se atreve a buscarlo en el monte: sería una imprudencia que no debe cometer si quiere seguir viva. El cansancio y la incertidumbre la retienen en este sitio, sofocada por la soledad y por los pensamientos más pesimistas.

 No hace falta más. El hombre se ofrece, caballeresco; ella sube a la grupa, ágil y leve, y se abraza a su cintura. El caballo reanuda la marcha. Pronto Corvalán nota que la presión de los brazos de la mujer alrededor de su cintura rebasa largamente la fuerza necesaria para mantener el equilibrio. Siente un aliento tibio y perfumado sobre la nuca; los cabellos rubios le azotan suavemente el rostro duro con cada golpe de viento.

Es demasiado para un hombre probado y de insobornable fama. Un antiguo hormigueo obnubila sus reflejos. Quien la acompaña es joven y hermosa; es seguro que jamas volverá a verla. Quién sabe si no es casada, encadenada por férreos compromisos, encerrada por siete llaves. Quién sabe si no es la mantenida de algún poderoso que la rodeará de una férrea vigilancia. Saber que faltan menos de dos leguas para que termine la picada demuele fragorosamente el último resto de duda. Capitula ante la abrumadora tentación.

Descabalga precipitadamente e invita a su acompañante a imitarlo. Al descender a su vez, ella se arroja literalmente a sus brazos. Es ocioso reproducir lo que sigue, por obvio y porque trasciende el objetivo de este relato. Bastará decir que, después de una hora de cabriolas apasionadas en el rito del amor, el hombre se separa y prorrumpe en un largo suspiro de satisfacción.

La mujer lo mira desde el suelo, que las hojas secas tornan blando y acogedor como un lecho de plumas. Lo mide en silencio, los codos clavados en la tierra, la cabeza como sostenida entre las manos. Se dispone a dar el demoledor golpe maestro que la repetición mecánica ha revelado infalible durante siglos, en todos los rincones del planeta.

-Yo soy un póra -le dice-, y es mi misión vigilar esta picada las noches de luna llena. Estaba escrito que debías pasar por aquí y debo llevarte conmigo. Es inútil que te opongas, porque tu destino es acabar aquí mismo. No hay nada que puedas hacer para impedirlo.

La contempla con ojos especulares, despabilado bruscamente por la desagradable novedad; un tenso sudor le recorre el cuerpo. Lo que viene después obedece a oscuras razones que se sobreponen al previsible espanto. Es aquí donde el relato de Pañetey se separa del texto universal y donde su ocasional protagonista adquiere una inesperada originalidad.

Él es Santos Corvalán, tiene tres aguaí y nadie se atreve a faltarle al respeto. Su concepción del destino es simple y clara: no se muere en la víspera. En el exacto momento de nacer alguien diseñó, hasta la última fruslería, el rumbo de su alborotada existencia. La nutrió de ilusiones y fatigas, de pasiones e inconsecuencias, de aversiones y suspicacias. La proveyó de actos e indecisiones, de azares y presagios y dispuso con precisión la índole y el momento minucioso de su extinción.

Lo que esta escrito no puede evitarse. Una oración a San La Muerte, eficiente abogado, podrá hacer más corta la agonía y menos dolorosa. Pero nada podrá impedir que, cuando sea la hora señalada, se exhale el último suspiro. En esta instancia, el peor oprobio será la cobardía y no bastarán para disimular las baladronadas ni pantomimas. Santos Corvalán, fiel a sí mismo, no puede menguar la recia imagen que le devuelve su espejo y que le induce a la temeridad.

Sabe que no puede elegir ni sublevarse. No es blanco del azar ni ha caído en una perversa encerrona fraguada por irritados enemigos; sólo está cumpliendo, con terca puntualidad, su insoslayable sino. Cada uno tiene un sendero que agotar y él está concluyendo el suyo. El convencimiento le penetra definitivamente y la tranquilidad le ilumina el rostro.

Trabajado por estas tremendas verdades siente el retorno de la sangre circulando con fuerza por todas las arterias. Sus sentidos despiertan de nuevo, aguijoneados por la imagen de la mujer que sigue mirándolo desde el suelo, ahora blandamente recostada en el tronco, con las ropas desarregladas y una larga languidez en la mirada. Sin más, se arroja sobre el blanco cuerpo que, bañado por una lechosa luz lunar, ha comenzado a volverse transparente. Al instalarse sobre la estupefacta aparecida le dice, estremecido por la renacida pasión:

-Entonces aprovechemos la ocasión y hagámoslo de nuevo. Al fin de cuentas, ustedes no tienen costumbre de aparecer a menudo.

 

 

 

 

REGINO

 

     De nuevo hay quien lo ha visto. El propio, el ponderado Regino Vigo. Concreto y prepotente. Con su casco de corcho, sus revólveres y sus amuletos. Trajo su vitrola, su voz de niño malcriado y la cara limpia. Trajo sus fieros lugartenientes de pocas palabras y secos ademanes y un visible empaque de poder y de coraje.

     Rumor desconsiderado, seguro. Argelería de cajetillos. Habladurías de viejas que no tienen nada que hacer. Tonterías de solteronas, que sólo sirven para vestir santos y cuchichear zonceras en las sacristías. Chimentos de callejeros y haraganes de billar.

     ¿Quién no sabe que Regino murió en 1942, emboscado por un batallón de soldados? ¿Qué ganan con sacar a los muertos de sus tumbas? ¿Por qué lo quieren resucitar? ¿De dónde salen todos estos inventos? ¿Cuál es la raíz de esta pesadilla?

     Ya no es tiempo de saquear obrajes ni de reclutar gavillas desaforadas, desafiando al Gobierno y a las fuerzas vivas de la nación. Son cosas del pasado, chucherías de museo. Macanas que agitan los enemigos del orden y la autoridad.

     Además, todo este caso es muy oscuro. Nada se sabe con seguridad. Y por si fuera poco, apenas quedan rescoldos de esa gesta perdularia que pasó por el Sur, efímera, como una estrella fugaz, alucinante, como un fuego fatuo. Después, la tierra quedó dormida; todo lo que había encima era ceniza que desparramó el viento.

     Pero es que nadie lo vio. No hay panfletos arrojados bajo las puertas. Ni reuniones sospechosas. Ni el ir y venir de diligentes emisarios. Nadie pudo hablar con él. Tampoco se mastican consignas feroces que sus paniaguados repasen en voz baja, saboreando la dulce fiesta de la venganza.

     El que pueda informar algo concreto, que se levante y lo diga. Que se atreva a dar la cara. Que hable para que se lo escuche. Que no ande por ahí noticiando tonterías en voz baja, revolviendo irresponsablemente el pasado. No se puede esperar nada bueno de quien se codea con fantasmas y frecuenta cementerios. Quién sabe qué propósitos están detrás de todas estas maquinaciones.

     Para quien no lo sepa, que le repitan la historia. Que no crea que hablamos de un ladrón vulgar, frecuentador de gallineros, atormentado por el hambre y el frío. Cuenten el caso con voz firme, porque los muertos no se despabilan. Ni se tropiezan con la gente en la calle, a la vuelta de cada esquina.

     No se puede separar la verdad de la mentira. Esa es tarea de cirujanos de infalible bisturí que aíslan la falsedad, como si extirparan un tumor oscuro metido dentro del cuerpo. Cuatrero de fortuna, demagogo, reivindicador social. Caudillo liberal, agitador político. Víctima de las circunstancias. Matador por dinero, resentido, asaltante de caminos. La silueta es persistente y se multiplica en mil y una biografías apócrifas, plagadas de lugares comunes y gobernadas por la exageración y los intereses creados.

     Las versiones son sistemáticamente contradictorias. Cada una niega a la anterior. Como si alguien, deliberadamente, opusiese callejones sin salida, lagunas inexplicables y pistas falsas a la investigación. Hay un oscuro designio, mezcla de burla o de mala fe, que se adivina en el fondo.

     Incluso los viejos de San Pedro, que alardean de buena memoria y que vivieron aquella época sobresaltada, no son fuentes dignas de crédito. Parece como si el tumulto, el griterío y los estampidos los tuviesen todavía aturdidos y encandilados. Solamente recuerdan escenas brumosas y lejanas. Dentro de ellas se mueven, con aparatosidad innecesaria, figuras solemnes y tenebrosas.

     Aquella vez, cuando Regino murió en potrero Tuna, fueron tapados enseguida los pocos testimonios concretos. Nadie se acuerda de que el padre Di Perna, que jugaba truco con él, juró haber identificado el cadáver. Todos dudan del dentista Maltese, que dijo reconocer en las carnes descompuestas una prótesis que le había hecho en la dentadura. Fue igualmente impugnada la emoción de una mujer cuyo nombre todos prefieren olvidar, que rompió a llorar cuando vio el cuerpo acribillado a tiros, en la comisaría de Yuty.

     Basta que alguien eleve una patraña sobre los hechos tangibles para que sea escuchado como un oráculo. Como el propio discurso, veraz e incuestionable, de un profeta infalible.

     Nadie discute que en 1947, muchos años después de su muerte, se lo vio cruzando con una ametralladora al hombro, por paso Ñandeyára, durante la revolución. Ni que estuvo apunto de volver a su pueblo para acaudillar a la montonera liberal.

     Todos presumieron el secreto trajín de sus espías, la manipulación de mensajes tremendos y la acumulación de armas y bastimentos en los montes cercanos a San Pedro. Se habló, como si fuera un artículo de fe, de que estaba en plena elaboración una larga lista, negra de soplones y traidores que debían recibir su merecido.

     Un pariente suyo creyó haberlo visto en Posadas, vendiendo telas de importación de puerta en puerta. Hubo quien oyó su voz durante una truqueada de embarcadizos, en un bar cerca del puerto de Asunción. Juan José Sái Hovy se cruzó con él por casualidad en una calle de Foz de Yguazú. El asesinato en la guerra civil del capitán Benítez, su más tenaz perseguidor, fue atribuido a una orden suya, letal e inapelable. Todos escucharon con respetuosa credulidad el gangoso relato del compositor de caballos don Próspero Camargo, quien dijo haberlo saludado cortésmente en el camino a Itá, muchos meses después de la fecha oficial de su muerte.

     Pero entonces no hay nada seguro. Habrá que acudir a los viejos de San Pedro. Mirar con sus ojos legañosos y descender con su memoria hasta el fondo mismo de esta epopeya pendenciera. Bajar será difícil, como si fuera a utilizarse una roldana precaria, de eslabones carcomidos por la herrumbre. Pero les aseguro que ya nadie podrá detenerlos cuando empiecen a soltar la lengua y a reconstruir los rincones y sucedidos de esa época borrosa.

     ¿No los oyen? Ya está el prolijo inventario de los disfraces con que Regino confunde a sus enemigos; el complicado despliegue táctico de diversión por el frente y fuga por la retaguardia, que reitera en sus operaciones; la habilidad para emboscar a regimientos enteros con la ayuda de sólo una docena de hombres, bravos y de corazón bien puesto; el modo con que se escabulle de cercos herméticos para reaparecer a varias leguas de distancia devolviendo golpe por golpe. Ya están las mujeres que acompañan a la gavilla, que hacen el amor a gritos y disparan el piripipí tiro por tiro, como el más virtuoso ametralladorista de la Guerra del Chaco.

     Ya se sabe de sus lugartenientes laterales, escurridizos y certeros. El solo mentar sus nombres mete miedo en el espíritu mejor probado: los hermanos Silva, Vera, González Pukú, Corrientes, Brítez Pukú, el rengo Corazón. Ya se habla de su antojo de coleccionar pistolas militares, monedas de oro y doncellas fortificadas. Ya se enteraron del secuestro de una novia en el atrio mismo de la Iglesia, ante novio, cura, padrinos e [102]invitados que solamente pueden tragarse, con explicable prudencia, sus rabiosos vituperios. Ya se siente en el aire el escalofrío que estremece el espinazo de las mujeres que oyen, a hurtadillas, la apología de tanto despilfarro de virilidad.

     Los rasgos de Regino, sombras entre sombras, aparecen en cualquier parte. Pero se detienen con mayor frecuencia en San Pedro del Paraná. Pueblo de lentos días, con un sol que se estira, alto y moroso, sobre las calles cubiertas de pasto y calienta los eucaliptos que rodean a la plaza. Hay casas achatadas, de tejados enmohecidos y zaguanes largos. Y corredores oscuros flanqueados por horcones de urunde'ymí.

     ¿Por qué tanta preocupación con un muerto? Pobre criatura inocente. Cómo juegan con su memoria. Toda esa gente desagradecida se olvida de sus tres años de guerra y de su arrojo fácil ante el enemigo. Nadie dice que se incorporó a la gendarmería luego de la desmovilización de 1935. Ni que supo actuar con probidad y firmeza contra la gente de mal vivir.

     ¿No lo ven? Brazo de la ley y del Gobierno. Talabarte reluciente y sable de autoridad. Claro que estuvo muy bien al combatir con éxito a los cuatreros que infestaban Yabebyry. Y al desalentar con energía a los alborotadores de la fiesta patronal. Hasta ganó aprobación general al reprimir a los hermanos Figueredo, gente brava y de malas vueltas, que andaba levantada porque habían matado a Rosendo, el más feroz de todos. Regino supo imponer el respeto al orden, pese al incidente ocurrido en una cancha de fútbol. Rosendo fue muerto allí por un soldado con un solo tiro de máuser.

     Pero todos se acuerdan de que pronto, por motivos inescrutables, abrió las celdas de la alcaldía y ganó el monte con los presos y cuanto fusil pudo llevarse. Les advierto que, desde aquí, todo el resto de la historia está legislado por las imposturas, la retórica y las deformaciones mal intencionadas. Ni siquiera en los manuscritos del padre Di Perna se encuentra la forma de desenredar este ovillo. El sacerdote, que fue echado de San Pedro por su amistad con Regino, creyó arriesgar una novela con tan fecundo argumento. Pero se quedó en el camino, confundido y desatinado con tantas oscuridades.

     Desde ese momento Regino supo promover activamente el espanto desde el Tebicuary hasta el Paraná. Vasta geografía de pirizales, montes fatigados por la lluvia, bruscas tormentas y amarillas lunas. Hay esteros impensados, islas arbitrarias que crecen en las llanuras y tajamares que florecen en víboras y camalotes.

     Nadie sabe exactamente por que hizo lo que hizo. Quizá por divergencia con los caudillos aprovechadores. O porque una vez se le ordenó, y que sea rápido, que libere a unos malandrines detenidos, parientes de no sé quién, amigos leales y seguros del Gobierno. O porque a unos amigos suyos les quitaron sus capueras con triquiñuelas de tribunal. O por todas esas cosas juntas o por ninguna. Su única explicación, cuando le preguntaron mucho después, fue que lo hizo porque le dio gana. Y ni siquiera nadie está seguro de que lo dijo en serio.

     Son todos sucesos de dudosa comprobación. El Regino de verdad, varón entero y de provecho, no tiene nada que ver con todo este palabrerío. Si supiera de estas morondangas que le han echado encima, dispersaría a sus divulgadores a rebencazos.

     Algunos urden a un Regino malhechor, vengativo y rapaz, cuyas tropelías están motorizadas por una codicia sin remedio. Pero casi todos predican un Regino cabal, que corteja una justicia derecha e implacable, que crece en rigor sobre jueces prevaricadores, usureros, intermediarios voraces, pijoteros y chupasangres de toda laya. Este Regino, en el que convergen casi todos los relatos, es objeto de la callada veneración del pobrerío y ejerce un indiscutible liderazgo en las compañías de extramuros.

     ¿Quién sabe dónde está escondido? Regino ha encontrado el tajamar secreto, la isla boscosa de la llanura, la choza oculta del mbyá. Ha comido la carne del tigre y escudriñado los laberintos de la selva. Conoce de memoria los piques indios, las plantas que curan las heridas, los nombres secretos de los árboles. Bajo la piel del sobaco se entibia un kurundú, amuleto infalible de bronce de campana, que hace a su cuerpo esquivo a las balas y deseoso a las mujeres. Solamente una bala-karaí, mojada en agua bendita, le horadará la piel.

     Las correrías ruedan de boca en boca, alimentadas por la exageración, nutridas por el miedo o la complicidad. Todo el país se entera de leyenda tan retobada. Regino ha perfeccionado su repetida técnica de asalto e incendio posterior. Cultiva el laborioso silencio de los campesinos con el oportuno faenamiento de los novillos que repunta de las estancias. Distribuye compadrazgos y bendiciones y acude sin falta a la casa de un amigo cuando éste celebra el día de su santo. Su respaldo garantiza seguridad a todos los que gozan de su estima. O que lo ayudan, aunque sea cerrando la boca, ante cualquier pregunta acuciosa de la comisión que lo persigue.

     Habrase visto semejante atrevimiento. No se contenta con robar, sino que tiene que repartir su botín mal habido con gente ignorante y desagradecida. Ya no hay garantías, ni propiedad a salvo, ni se puede vivir tranquilo. ¿Es que nadie puede poner aquí las cosas en su lugar?

     ¿No lo supieron? Regino cruzó el Paraná por puerto Edelira y desvalijó los obrajes de Oro Verde y Puerto Mineral. ¿No lo saben? Volvió con una vitrola, duraznos enlatados y fajos de billetes. Hasta trajo los zapatos de los gendarmes que quisieron oponerse.

     Se lo está esperando con seguridad en Villa Rica, ahora que es época de cosecha y las tiendas engordan con el dinero de la zafra azucarera. Pusieron ametralladoras en las cuatro entradas de Yabebyry. En Encarnación la gente tranca las puertas y se encierra al caer la noche.

     En Caazapá los estancieros patrocinan una rogativa en la Catedral, invocando la ayuda del Altísimo, para que fulmine a esta plaga con su justa severidad. En Artigas no se camina de noche sin ser detenido e interrogado por la Policía.

     Una mañana, los vecinos de San Juan Nepomuceno asisten a un puntilloso saqueo. La operación es realizada con celeridad y destreza por un grupo de hombres mal entrazados, con barbas brillosas de corcho quemado. En pocas horas los estantes de las tiendas mejor surtidas quedan despojados de sus mercaderías. Luego, los bandidos se desvanecen, como si fueran transparentes. Nadie se ofrece a salir en su persecución. Por las dudas, el hecho se atribuye a la banda de Regino.

     Hay que acabar con esta barbaridad. Dejen de decir que es invisible y que se muestra en dos partes a un mismo tiempo. No me hablen de sus amuletos, ni de sus tratos infames con los kay'guá. Además huele a cuento todo eso de su puntería infalible, aún al galope. Parece mentira que todo el mundo ande con tanto miedo. Ni entre las tapias de sus casas la gente habla de lo sucedido. Y si lo hace, convierte la voz en un medroso cuchicheo.

     En San Pedro las opiniones están muy divididas. Las fuerzas vivas lo consideran un desagradecido con la sociedad, pero tratan de meterse poco en el asunto. En las compañías el caso va de boca en boca, agrandado por simpatías que nadie trata de disimular.

     Se sabe que entra al pueblo cuando quiere. Visita a los amigos, da los pésames en los velorios, entrega los regalos en los cumpleaños. Hasta se atreve a hacer de pierna en más de una mesa de truco.

     El Gobierno toma sus determinaciones. Ordena a la Caballería que contribuya con un destacamento. No puede ser que una banda de maleantes paralice a todo el país. Una mañana amanece en San Pedro el marcial aparato del orden cerrado y los fusiles engrasados. Arriba un escuadrón de Campo Grande para iniciar la persecución. Llega la voz de orden del capitán, el Decreto presidencial, el sumario escrupuloso, el otro sí digo, el sello del poder público. Llega el fusil 7.65 de boca negra y la ametralladora liviana. De los vagones del tren especial descienden caballos y cajas de municiones, soldados y bastimentos.

     La tropa instala su campamento en las afueras de la ciudad. El capitán Benítez lanza una proclama en la plaza frente a la iglesia, a la sombra de un árbol. Sus palabras se elevan sobre el ruido de pailas y frituras de las mercaderas. La voz anuncia severas sanciones, para que en lo sucesivo no se repita. Un parloteo de viejas ironiza tan arriesgadas pretensiones. No sabe que los lugartenientes de Regino tienen el pulso infalible y que se harán matar antes que lo toquen. Hay un oído detrás de cada puerta, para informarle punto por punto sobre todo lo que ocurre. No sabe que estas amenazas le pueden costar caro y volver sobre su cabeza.

     El capitán Benítez comienza su campaña sin hacer caso de las opiniones pesimistas. Que lo busquen por todas partes. Alumbren las islas con linternas de cinco elementos, a ver si encandilan sus ojos de gato. Corten los caminos y detengan a todos los parientes y para tomarles declaración. Doblen las guardias y despachen comisiones a las compañías. Pongan campanillas en las tranqueras y multipliquen los retenes en las picadas. Vigilen los dormitorios de las mujeres. Porque por ahí puede aparecer con sus mañas de seductor, con los pies emplumados y la calentura insaciable.

     Tras sus huellas se lanzaron el perro tigrero y el indio de olfato fino. Se colocaron trampas sobre los pasos del Pirapó. Se batieron los cerros y se registraron los cementerios. Hasta fue recorrido el túnel misterioso que se abre bajo las ruinas del templo de los jesuitas en San Cosme.

     Siempre de balde. Todo para que se repitan sus porquerías, alarmando a la población. Sigue apareciendo a la vez en lugares distintos. En las fiestas sociales se roza con caballeros de mucho nombre y damas de alto copete, sin que nadie lo adivine bajo el disfraz elegido para cada ocasión. Toma café con los oficiales en el ferrocarril de los ingleses y escucha con humildad las arengas de sus enemigos en las juntas vecinales.

     ¿No lo ven? Está bailando, disfrazado, con el mismísimo capitán Benítez, en la fiesta del club social de San Pedro. Su sonrisa de pícaro se refleja en el cobre abollado de los instrumentos de la banda de música. Su voz, deliberadamente aflautada, resiste con declinante convicción el asedio amoroso del capitán, durante las evoluciones del valseado. Esto no tiene nombre. Nadie es capaz de reconocerlo en la mujer de curvas prometedoras que clava sus tetas de trapo y diarios viejos en las condecoraciones del capitán.

     Regino sigue cargando sus burujacas con un botín cada vez más grande. Por su parte, el capitán Benítez abunda en cepos y calabozos. Ordena azotes y apresa a toda la parentela, paqueta y muy liberal. Un vagón sellado es enviado a la capital con fuerte custodia, alejando a muchos sospechosos del teatro de operaciones. Otros dan largas explicaciones, estimulados por golpes de teyuruguái, mientras se sostienen de las ramas de los árboles, como cigarras, con las manos cada vez más flojas.

     Regino galopa con itinerario clandestino. Combate al terror con el terror. Preside fusilamientos de gente traidora, para que aprenda. Y notifica a los mariscadores, hijos del diablo, que se cuiden de andar siguiendo sus huellas en el monte.

     Un comisario de San Pedro, recién nombrado, viene con la consigna determinar con la banda. Con imprudencia dice que en un mes todo estará terminado. Reúne a varias juntas de vecinos para dar garantías y paladea la victoria anticipadamente. Un domingo, cabalgando hacia San Solano, tiene una ingrata sorpresa. Unos doce individuos de mal aspecto comienzan a brotar bajo un puente. No pierden el tiempo. El juez de paz que labra el acta posterior cuenta una docena de heridas en el cadáver del comisario.

     El capitán Benítez tampoco discute mucho. Fusila a unos cuantos, quema chozas de personas con antecedentes y propina latigazos a varios pordioseros. Se los acusa de distribuir los mensajes de Regino de madrugada, bajo las puertas. Varias veces el capitán Benítez anuncia la captura inminente del individuo, y otras tantas se le escurre de entre los dedos.

     El Gobierno llega a proponer una tregua, negociada por gente influyente. Preocupa la ineficacia de la represión y la posibilidad de que el mal ejemplo comience a cundir por los cuatro puntos cardinales. Mientras se desarrollan los trámites, Regino se instala en Yuty con todos sus hombres. Sus bultos son bajados en la comisaría y desde allí imparte instrucciones y gobierna el pueblo. Cobra los impuestos, recoge contribuciones, apadrina a varios niños y sella los permisos para los bailes. De pronto, sospecha alguna trampa detrás de aquella apariencia tan calmosa. Desaparece y reanuda sus correrías. Explica que trataron de engañarlo, pero que ha descifrado ese designio oportunamente. Ya no habrá pausas en la persecución. La presión comienza a tener éxito, preludiando el final inevitable.

     Hay nuevos tiroteos y emboscadas. En San Pedromí mueren, emboscados, dos lugartenientes: Brítez Pukú y Corrientes-í. Otros van muriendo en combates anónimos, en encuentros en lugares despoblados.

     En la primavera de 1942, un diario de Asunción publica una crónica que proclama la ejecución del alzado. Los detalles del relato son tangibles. Una isla estalla en tiroteos y maldiciones. Un hombre se desmorona, agitando los brazos como para tragar aire. Lo empujan siete tiros, distribuidos por todo su cuerpo. Desde el suelo putea apagadamente a los soldados, a quienes ve enormes y teñidos de rojo. Mientras limpian sus fusiles con parsimonia, el hombre agoniza, boqueando espasmódicamente.

     Hombre temible y despiadado, adjudica la crónica con horror. Luego resume las iniquidades del individuo en un cuadro a cuatro columnas, de gruesos titulares.

     Esto ocurre en Alto Verá, detrás del cerro San Rafael. Lugar inhóspito y lejano, donde abunda el tigre y el cocotero vertical. Un parte oficial celebra el acabamiento de varios años de execrables fechorías. A una misa de acción de gracias acuden, agradecidos, doctores y capitanes. Un coronel trae a Asunción una bolsa de arpillera. Al abrirla sobre un escritorio oficial, se desparraman docenas de orejas sobre carpetas y banderitas: la ratificación del parte victorioso.

     La crónica es parca en detalles y excesiva en disimulo. Omite el nombre del verdugo, lo cual puede explicarse como una consigna, para evitar represalias. No menciona el sitio exacto de la sepultura, lo que ya no se explica tanto. Después, sin justificación, la crónica decae en vaguedades.

     Asegura que el herido, ya sin proferir palabra, comienza a añorar, o a presentir, el estrépito del recortado, el saqueo nocturno de las estancias, el crepitante incendio de un pajonal. Luego se pierde en el bullicio de una fiesta patronal. Elude con carcajadas las embestidas del toro candil y los zigzagueos de un buscapiés. En el aire, un Judas con sombrero pirí se estremece como un epiléptico, mientras florecen petardos en sus entrañas de trapo.

     Regino, deslumbrado por los faroles multicolores y las sortijas colgantes, se distrae oliendo intensamente el aroma de un cuchillo de palo santo. Prueba su suerte a los colores en una ruleta montada sobre un barril. Descubre una noche sin luna, en la que titila un farol mbopí.

     Oye, parece que con mucha claridad, el rumor de un mar enorme que atropella un acantilado en el fondo de un caracol que toma prestado, sólo por un ratito, de un compañero del segundo grado. Finalmente, temblando de miedo, se acurruca en un regazo tibio y familiar mientras las imágenes se van confundiendo, bañadas en sombra, hasta desaparecer por completo.

 

 

 

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