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VICTORIO V. SUÁREZ


  LA NIÑA DE SEPIA Y OTROS RELATOS, 2007 - Relatos de VICTORIO V. SUÁREZ


LA NIÑA DE SEPIA Y OTROS RELATOS, 2007 - Relatos de VICTORIO V. SUÁREZ
LA NIÑA DE SEPIA Y OTROS RELATOS
 
Obras de VICTORIO V. SUÁREZ
 
Editorial Arandurã,
 
Asunción-Paraguay, 2007, 135 páginas

 
 
 
La diosa Temis abrió su fosforescencia
 
en un lugar donde golpean las aguas.
 
Supo que el otoño traía la voz de los poetas,
 
entonces soltó sus alas al viento,
 
cabalgó con el polvo sideral en la mejilla
 
y en el gran espejo del infinito miró su rostro
 
para saber que ella era la Niña de Sepia.
.
 

PRÓLOGO
 
VIGOR DE FUEGO Y PALABRAS
En los relatos de Victorio Suárez está presente la poesía. La poesía en todas sus formas: el abismo, la belleza, la luz, los colores, el fuego, la profundidad capital. Al leer su obra me quedé sorprendida ante la rapidez de las ideas, que buscan las formas de las palabras, para despertar todos los espíritus del arte. No un arte del trajín diario, de la mera improvisación, de la acentuada cursilería de los últimos tiempos, de la multiplicación del absurdo literario. No. Lo suyo es -obviamente- un Arte que nos lleva a la delicadeza de la palabra, a los misterios de una existencia donde conviven fantasmas, sueños con siluetas de mujeres, interrogantes, presentimientos de una deidad delirante, dioses despojados de sus coronas, con pies y sombras de seres humanos. Es notable cómo Victorio maneja el lenguaje así como el vigor y el fuego de las palabras. En sus cuentos despierta el cosmos de la palabra.

Todo cuanto dice, lo dice bien. Decir es un decir. Escribe bien. Suárez tiene bajo su conocimiento, el recurso de la técnica. Por lo demás, es un hombre de letras, y, ser humano, busca la perfección.

El relato SE ABRIÓ LA PUERTA Y PUDE VER SU SONRISA, NO SÉ SI MURIÓ es una joya aparte. Esta es la historia del hombre que no sabe si está muerto o vivo. El caso es que me hizo pensar de la siguiente manera: "Dios mío, ¿es así como ocurren las cosas. Esta es la vida, entonces. Cuál es lo derecho. Cuál es lo izquierdo. Estamos equivocados cuando nos miramos en el espejo. Nos miente el espejo haciéndonos creer que vivimos, que somos dioses, que nos desvestimos y amamos?".

Cortázar, Borges, Augusto Roa Bastos y una larga fila de escritores vienen a darse cita en sus escritos. Todo es posible. ¿No se habla tanto, acaso, de la inmortalidad de los genios?

Con agudas e inquietantes ideas, el autor de LA NIÑA DE SEPIA Y OTROS RELATOS nos hace pensar sobre nuestra condición de seres humanos, sobre nuestros (acaso) vanos esfuerzos de creer en razones inventadas para sobrevivir en este mundo de flores e infecciones.
 
DELFINA ACOSTA. Junio de 2007
 

ÍNDICE
 
PRÓLOGO.
 
VIGOR DE FUEGO Y PALABRAS
 
EL TIEMPO REGRESA, LAS DIOSAS NO MUEREN
 
DESDE SIEMPRE CANTA UN GALLO
 
Y CAMINA EL SILENCIO
 
RETINAS EN LA PARED
 
SE ABRIÓ LA PUERTA Y PUDE VER SU SONRISA,
 
NO SÉ SI MURIÓ
 
CALLE DE MIRADAS PERDIDAS
 
HABÍA AMANECIDO EN BUENOS AIRES
 
LA SILLA DEL TÍO ROBERTO ESTÁ VACÍA
 
SOLOS Y FELICES
 
NINGUNO DE LOS DOS SE CANSARÁ DE SEGUIR
 
MANSO OTOÑO CON CIELO DE TERNURA
 
PUNTUAL COMO LA MUERTE
 
LOS LATIDOS INDELEBLES DEL RESPLANDOR
 
BRILLÓ COMO UNA MONEDA DE COBRE
 
EN LA ARENA
 
EL MILAGRO DE NEMESIO
 
LA NIÑA DE SEPIA
 
LAS MANOS DEL SILENCIO
 
EN JUNIO SE APAGARÁ EL FUEGO
 
NUEVE MÁS NUEVE
 
LABIOS BORRADOS EN EL ESPEJO
 
ESA MAÑANA VOLVIÓ A SONREÍR
 
ERA UN DÍA DOMINGO

 
 
CALLE DE MIRADAS PERDIDAS
 
 
El sudor se le pegaba como una costra. Es cierto, estaba lejos con sus fantasmas eternos: Cortázar, Borges, David Viñas, Lugones, y el viejo Sábato calafatean do un buque en el Río de la Plata. Esa mañana, cuando empuñó la sábana y se sacó de encima se dio cuenta de que el cuarto aún estaba oscuro. También supo que afuera ya roncaban los automóviles mientras el sol le apretaba la aorta como si fuera una mordedura salada. Él se fue muy rápido, no le importó echar de ver el reloj porque sabía que era tarde. Callao hervía con sus espuelas de fuego y una larga caravana de gente paraguaya formaba fila sobre la calle Viamonte, apenas se detuvo para ver un rostro lejano y cortado a golpe de hacha, un poco más y una embarazada daba de mamar a su pequeño vástago exhibiendo la pureza de sus senos enternecidos. A medida que fue pasando la hilera humana bullía un pedazo de tierra colorada, un sueño y una distancia que nunca acaba.
El consulado aún estaba con las cortinas de metal besando el suelo, la multitud se extendía agrandando aquel tropel de cuerpos y almas envenenadas por la nostalgia y el trasegar cotidiano en un lugar que no le pertenecía. Él no detuvo sus pasos, sabía que se trataba de labradores empujados hacia la gran ciudad donde no sellarán maíz en la tierra sino mezcla, cemento, azufre amargo y quemaduras. Nadie tampoco se distrajo a mirarlo. Y es más, a nadie le importaba que él pasara por ese lugar cargado de papeletas que volaban al viento. Aceleró sus pasos, al fin se adelantó. La columna humana iba quedando ineludiblemente atrás. De todos modos, supo arreglársela para grabar en su memoria una cara de madera que luego flotó en sus ojos. Entonces vio nítidamente a Pedro Páramo, pensó inmediatamente en ese pueblo de silencios donde la atmósfera doraba los campos y aturdía los nervios hasta incendiar las tardes cubiertas de una soledad implacable. Miguel Páramo, el caballo relinchando en las praderas lejanas, recordó el cielo callado, pero él ya no estaba ahí, se esfumaba en el reventón de un día que no tenía pañuelos ni palomas ni rituales, se envolvía sólo en señales de escaparates y mascotas paseando al compás de las horas veloces. Nadie tenía nombre para él, eran seres anónimos, anónimo él mismo entre malezas de gentíos que van y nunca sabrán que él estuvo ahí.
Se desprendió la camisa, empujó con los dedos el mechón oscuro que de cuando en cuando caía y le cubría la frente. Sin darse cuenta miró la cebra de la avenida Santa Fe y Junín, vio que todos pasaban y él hizo lo mismo. A poco de cruzar abrió las puertas de vidrio de la librería Cúspide y montó guardia ante una vieja colección de Jorge Amado, se distrajo un momento, tomó un libro de Cortázar, LA CASA TOMADA, el flaco estaba allí. Un poco más y un viejito con su bastón sonreía con un vaso de agua fresca en la mano derecha. No pudo creer, él se fue a buscar CIEN AÑOS DE SOLEDAD y termina distrayéndose con LA TÍA JULIA Y EL ESCRIBIDOR. Siguió empujando lentamente los pies, levantó sus dedos y acarició la barba de Marx que parecía tan viva en la tapa de un libro. A medida que fue adentrándose se dio cuenta que él también estaba allí, una fuerza extraña parecía cubrir el lugar, sintió que algo ocurría al observar a Donoso. Pensó varias veces y hojeó EL EVANGELIO SEGÚN CRISTO, de SARAMAGO. Disfrutó extrañamente del lugar, más aún cuando encontró a RULFO con su EL LLANO EN LLAMAS y PEDRO PÁRAMO.
El mismo tren. Viamonte y Callao, la fila inquietante y triste, el polvo carmesí en las mejillas que apuntan lejos y buscan el aroma de los cocoteros en flor que acampan en el aire preciso de diciembre. Los monstruos, la avenida Santa Fe, un anciano que dormita en la vereda. Él volvió a empujar la puerta y otras puertas hasta que se acabaron las puertas. Ya no pudo y quedó solo apretando el teclado y clavando su mirada en el monitor. Quería saber el lugar preciso de su ubicación. Navegó entonces y supo que la ruta era el tiempo en la baldosa y que cada mano que llega tiene intenciones de estrangularlo. Además, sabía que ya no había ninguna abertura, sino el desamparo y esas caras que incitan a atravesar la pared. Ellos invitan, los poetas suicidas, los que simplemente murieron. Ellos se sentían más seguros allí. Pero él no quería romper la pared, un célebre bastón partía cada trozo de piedra como si fuera una espada flamígera. A un costado Roa Bastos con su sueño de carpinchero dormitaba y enseñaba el domicilio del Supremo, no tenía ganas de hablar aunque recordó que un buen día se desplomó en la arena de su terruño y que el fuego se encargó de reducirlo a polvo, apenas quería mirar y si bien no estaba cansado había cierto fastidio en su gesto. El ritmo de siempre, nadie se dio cuenta de lo que a él le estaba ocurriendo. Horas después le dieron un diagnóstico severo: “No tiene chance”. Los libros llovieron palabras y cubrieron el cielo, las hojas de los árboles envolvieron la ciudad y se rompió la larga línea. "Tal vez volvieron”, alcanzó a decir, luego suspiró con resignada amargura y quedó tieso. Cuando le cubrieron con una manta blanca supo que él regresaría.
Hoy vuelve a caminar, se distrae cuando la mariposa besa la flor en su patio, sonríe, comienza a soñar y a desentrañar los relumbrones del alma. Miró el reloj, de nuevo la mañana vuelve a lo mismo. Él se arrastra, balbucea, es una jornada más. A centenares de kilómetros, la misma fila y alguien que es él, que no es él, cruza la calle llena de miradas perdidas.
 
 

 
LA NIÑA SEPIA
 
De la pared de madera hasta sus ojos apenas había una pulgada, con esa ventaja podía olfatear el aroma forestal que subía de las vetas. Pasando ese límite minúsculo, milimétrico, era perceptible un tramo de vereda y la misma calle miserable con huellas de raudales recurrentes.
Procuró pasar, atravesar con su nariz la pared para husmear el suburbio sumergido. Sabía que detrás de ese tabique bullían pies y caras, entonces se acomodó e inclinó su cabeza hacia abajo para sentir el polvo que iba cubriendo ese cuarto que hace tiempo estaba empaquetado. Vio los mismos signos de soledad en el piso y ni las hormigas ni las ratas ni las cucarachas formaban parte de ese escenario anónimo, cerrado.
Allí la noche aparecía y era exactamente igual a un día de tono marrón o escarlata. Allí desfilaban los parásitos y él correteaba con ellos hasta que una aparición desmesurada de relámpagos soltaba su furia para inflamar toda la casa. El domicilio estaba castigado por los rayos que llovían del cielo como saetas mortales. Es que todo quedó en la opacidad, en el espesor de un talco oscuro donde él camina arrastrando sus pies hacia las huellas de aquella quemazón remota que le recordaba su historia ácida, los traslados y el éxodo en plena convulsión ambulante. Es por eso que ya no lo vieron, a nadie importó aquella impresión que dejó: brazos cruzados y alegorías de osos hormigueros que lejos quedaron como los cantos dramáticos de los Aché.
A puro terraplén caían los días y rasgaban memorias del Santo Patrono muy cerca del panel. El techo sin rendijas, las puertas repujadas, las ganas de salir de ese horizonte que fermentaba cansancio, lentitud de cobre y añil. Es que la soledad se comportó como una carga en su piel, en sus mandíbulas, en su boca de besos quemados que perduran en la nada.
La expresión de la luz más allá de sus napias era de afección. Esto lo llevó a la desconfianza y se propuso a desmantelar la cama y mojar el polvo viciado. Es que algo nuevo tendría que ocurrir, fue lo que pensó. Y se preparó. Trepó por las membranas de las ventanas, chocó varias veces su trompa contra la pared y dejó de fisgonear, sospechó seriamente de que algo mejor lo estaba esperando. Felizmente, bajaron los decibeles de las sombras, ese día amaneció con una temperatura agradable y un viento relativamente fresco subía con cierto candor desde el río. Su infancia casi pesquera y la turbulencia de los calafateros volvieron a pasar como piraguas en esa fracción de segundos que lo condujo a consumar algo simple: derribar de una buena vez la puerta, bañarse con la lluvia y buscar al fin la añorada irradiación de sus alucinaciones. Y así ocurrió. Se retorcieron los parapetos y una negra lengua bajó para ahogarse en el despojo incinerado de la tierra. En ese instante su corazón expresó la dulzura y recobró en su albergue idiomático de latidos la misma identidad profunda y un tono de emanación enternecida. Balbuceó entonces: “La niña de sepia color de ciruela se hamaca, la chiquilla se agita y está lejos. La pequeña escondida, la nena de cera sonríe en el cartón. Retrato que no se fue, tiempo que no se borró. Infanta de boca dulce, pelo tibio y bruñido, claridad de sol, virgen vestida de marrón temporal”.
Él miraba y viajaba en las líneas marcadas de sus manos. Se embelesó, declinó seguir en el talco denso que por muchos años se amontonó en sus huesos. Es posible que se haya regenerado en ese intervalo, como si remisamente se apagaran las congojas y pugnas periódicas que bullían en su ser.
Arrulló en un soplo las estatuas tormentosas que siguen teniendo nombre en su piel pero se detuvo, recordó el calendario, la fecha que le había enseñado el viejo Borges y la misma ralladura comenzó a abrirse. Cuando dirigió su mirada hacia el almanaque, que seguía allí desde hacía años, puso un gesto en cada estación descolorida y todo comenzó a moverse. Él mismo estaba retrocediendo, tal vez cambiando toda la superficie de su cuerpo. En ese instante una boca desnuda posó su humedad de pulsaciones en el espejo del paisaje, le llamó repetidas veces recordándole el otoño de hojas viscerales y luminosas, todas las palabras se poblaron de la misma entrega fantasmal. Ella había regresado, sus hombros pasaban lustrados por el viento y un repentino entusiasmo comenzó a habitar en sus venas. Ensambló sus pasos en sentido vertical y retrospectivo.
Lo que estaba haciendo no era avanzar sino retroceder hasta la máxima dilatación. Y allí la encontró un hálito de virtud. Eran vidas paralelas que si bien anduvieron creciendo también tuvieron tiempo de volver. En él aún olían las zarzamoras y el mate cocido que aromaba las tardes, en sus pies también ardían los arenales que bajaban al río como la piel calcinante de enero, en sus ojos navegaban las canoas que flotando en las correntadas buscaban el riacho negro, rumbo a Clorinda, camino en que forjó su tez de pedregullo y sus sueños tallados en quimeras. En ella todavía flotaba la lentitud del exilio y sus ojos grandes quedaron atrapados por siempre en la luminosidad de la querida Buenos Aires, su ternura de guitarras ratificaba el idioma, la mano paternal del poeta y caudillo que quería volver aún tañía en su pecho de infanta soñadora. Existencias recíprocas clavando su esencia en el tiempo, en la misma órbita estacional, un susto adolescente en la aldea y la gárgara de mitos incendiando la cosecha. Allí mismo, la niña en el piano vestida de blanco como su alma, mira y busca la puerta, se asusta, comprime los recodos, los espacios sin llaves, el postigo hermético y amargo.
Y ella llora con un sollozo de molusco hasta que al fin la luz entibia su rostro. Pasaron años, ella sigue allí con su sollozo secado en los molinos de viento que ya no mojan las baldosas. No pudieron encontrarse entonces. Sin embargo, en el patio solariego de un barrio un cuarto se llena de sepia y un día se abre para agitar palomas. Mucho después, en lo alto, viendo pasar las mismas aguas y observando la extensión de la orilla nació el embrujo, las cadencias recuperadas y los deseos de comer aquellos andariegos ojos que desafiaban en los desiertos.
Coincidentemente él y ella estaban en el mismo lugar, aunque cruzaron sus vuelos en el océano. Fue en la víspera del viaje, su nariz clavada en la pared de madera recorrió con parsimoniosa tribulación cada milímetro del cuarto, tenía que salir, y salió. Había cambiado el aire, se cruzó con tantas caras pero no miró, prefirió seguir soñando en la crecida niña que ahora tiene un pedazo de otoño en sus cabellos.
 
 
 
 
 
DEL ESPACIO DE LA EDITORIAL: 

SINÓPSIS:
 
En estos relatos está presente la poesía.
 
La poesía en todas sus formas: el abismo, la belleza, la luz, los colores, el fuego, la profundidad capital.
 
Al leer su obra me quedé sorprendida ante la rapidez de las ideas, que buscan las formas de las palabras, para despertar todos los espíritus del arte.
 
No un arte del trajín diario, de la mera improvisación, de la acentuada cursilería de los últimos tiempos, de la multiplicación del absurdo literario.
 
No. Lo suyo es -obviamente- un Arte que nos lleva a la delicadeza de la palabra, a los misterios de una existencia donde conviven fantasmas, sueños con siluetas de mujeres, interrogantes, presentimientos de una deidad delirante, dioses despojados de sus coronas, con pies y sombras de seres humanos.
 
 
 
 
 

VICTORIO SUÁREZ (Nació en Asunción en 1952. Poeta, ensayista y periodista.) : Nació en Asunción en 1952. Poeta, ensayista y periodista.
 
Forma parte de la llamada “Generación del 80”.
 
Egresó de la Facultad de Filosofía de la Universidad Nacional de Asunción, en la rama de Historia, con una tesis de licenciatura sobre las “Corrientes culturales del Paraguay” (1991).
 
Fue director y fundador en la misma institución universitaria del “Taller de Historia Alfredo Seiferheld”.
 
En 1997 recibió un galardón en el “Primer Concurso de Poesía Joven” organizado por el Instituto Paraguayo de Cultura Hispánica. Sus poemas y artículos aparecieron desde 1970 en los suplementos culturales de “La Tribuna” y “ABC color”.
 
Publicó en todas las ediciones colectivas del “Taller de Poesía Manuel Ortiz Guerrero”: Y ahora la palabra (1977), Poesía Taller (1982), Poesía Itinerante (1984).
 
En el año 1985 ofreció al público su poemario Los fuegos del alba.
 
En el 2001 publicó la primera edición de su libro "Literatura paraguaya (1900-2000). Expresiones de los máximos representantes".
 
Publicaciones recientes: Proceso de la literatura paraguaya (2006). La década del 40, obra de investigación colectiva de la Facultad de Filosofía UNA. El poemario Cristal interior (Bardo Thodol) (2005). La niña de sepia y otros relatos (2007).
 
Desde marzo de 1994 a 1998 dirigió el Suplemento Cultural de Noticias El Diario, donde también escribió como columnista político.
 
En recorrido cultural viajó a España, Francia, Italia (Roma, El Vaticano), Alemania, Taiwán.
 
En la actualidad se desempeña como profesor universitario en la Facultad de Filosofía (UNA) en la carrera de Letras. También forma parte del “Centro de Investigaciones” de la misma facultad.
 
Es fundador y director de la revista “Arte y Cultura”. Dirige el Taller de Literatura de la Universidad Iberoamericana (Asunción-Paraguay). Sobre las obras de Suárez hay significativos reconocimientos que provienen de prestigiosos autores como Raúl Amaral, Josefina Plá, Hugo Rodríguez-Alcalá, Vicente Peiró y Roque Vallejos.
 
 
 

Para compra del libro debe contactar:

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