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HUGO RODRÍGUEZ ALCALÁ


  LA DOMA DEL JAGUAR Y OTROS RELATOS (Cuentos de HUGO RODRÍGUEZ-ALCALÁ )


LA DOMA DEL JAGUAR Y OTROS RELATOS (Cuentos de HUGO RODRÍGUEZ-ALCALÁ )

LA DOMA DEL JAGUAR Y OTROS RELATOS 

Cuentos de HUGO RODRÍGUEZ-ALCALÁ  

(BIBLIOTECA POPULAR DE AUTORES PARAGUAYOS Nº 11)

© de esta edición Editorial El Lector /

© de la introducción FRANCISCO PÉREZ-MARICEVICH

ABC COLOR y Editorial El Lector,

Asunción-Paraguay 2006 (111 páginas)

Director editorial: Pablo León Burián

Coordinador editorial: Bernardo Neri Fariña

Selección, introducción y Guía de trabajo: Francisco Pérez-Maricevich

Glosario de José Vicente Peiró

Asunción - Paraguay

2006 (111 páginas)

 

 

 


ÍNDICE

INTRODUCCIÓN

·         LA DOMA DEL JAGUAR

·         EL PATRIARCA Y SU ANATEMA

·         EL ROJO SCOTT DE PIRE-TÚ

·         LAS BOTAS DEL PRISIONERO

·         EL DRAGÓN CAUTIVO (1821)

·         EL CURADOR PERPETUO

·         TRAGOCHENKO

·         EN EL DESPACHO DEL MINISTRO

GUÍA DE TRABAJO

 

 


INTRODUCCIÓN

HUGO RODRÍGUEZ-ALCALÁ Y LA FICCIÓN VIVENCIADA

 

Hijo de padre y madre escritores, Hugo Rodríguez-Alcalá nació en Asunción en 1917. Junto con sus Hermanos mayores (uno de ellos, Iram, muerto en el Chaco), participó de la guerra con Bolivia y de esa experiencia se trajo una temprana madurez y un libro de poemas escuetos, objetivos, de emoción concentrada en sus puros huesos líricos.

De su madre, Teresa Lamas Carísimo de Rodríguez-Alcalá (1887-1975), autora de relatos que rescatan sucesos del pasado guardados en la memoria familiar -TRADICIONES DEL HOGAR (Vol. 1, 1928; Vol. 11, 1928) y LA CASA Y SU SOMBRA (1955)-, heredó la capacidad de convertir en hermosos textos literarios el pasado vivido recuperando de él emociones, preocupaciones, sueños y visiones infantiles y adolescentes con sensibilidad alerta y contenida. En los libros de su padre -José Rodríguez-Alcalá (1883-1959)-, debió Hallar ejemplos de ficción narrativa y de ordenación y exposición de la herencia literaria del país (GÉRMENES, 1904; IGNACIA, 1905; ANTOLOGÍA PARAGUAYA, 1910; EL PARAGUAY EN MARCHA, 1925 y otros múltiples artículos y ensayos sobre tenla cultural paraguayo).

Doctorado en 1943 en Derecho y Ciencias Sociales por la Universidad Nacional de Asunción y en Filosofía y Letras por la Wisconsin University (Madison, 1953) vivió en los Estados Unidos de América hasta 1982, año en que regresó al país. Docente de literatura en muchas universidades norteamericanas, fundó v dirigió el Departamento de Estudios Hispánicos de la Universidad de California, Riverside. Alcanzó la máxima jerarquía académica en la vida universitaria norteamericana -Professor above sacle: profesor por encima del escalafón- y le concedieron honores y premios. En Ciudad de México fue director del Centro de Estudios de la Universidad de California (1972-1974). Fue consejero literario de numerosas revistas especializadas en literatura hispanoamericana; director en jefe de las Commemorative Series, de la Universidad de California, en Riverside, y está incluido en más de una docena de diccionarios, guías y registros de intelectuales prominentes del mundo académico e intelectual.

Innumerables ensayos en revistas especializadas y más de cuarenta libros de ensayos críticos, de poemas y de ficciones breves completan su rica herencia literaria.

Lúcido, lleno de empatía y generosidad ha realizado una extraordinaria labor de divulgación crítica de autores fundamentales de la literatura paraguaya e hispanoamericana. En su vasta labor en este campo de la erudición crítica se destacan sus libros:

·         EL ARTE DE JUAN RULFO (1965),

·         SUGESTIÓN E ILUSIÓN (1967),

·         HISTORIA DE LA LITERATURA PARAGUAYA (1970),

·         NARRATIVA HISPANOAMERICANA (1973),

·         RICARDO GÜIRALDES, APOLOGÍA Y DETRACCIÓN (1986), publicado en Asunción en los años 80 y 90.

Alrededor de una docena de libros recogen la obra poética de este autor, elogiado por poetas tan eminentes como Juan Ramón Jiménez, Jorge Guillén, Manuel Mantero, etcétera, además de críticos distinguidos como Ray Verzasconi, Emilio Barón y otros. Ha publicado entre otros:

·         ESTAMPAS DE LA GUERRA (1939),

·         PALABRA DE LOS DÍAS (1972),

·         EL CANTO DEL ALJIBE (1973),

·         EL PORTÓN INVISIBLE (1983),

·         TERROR BAJO LA LUNA (1983),

·         VISITA DE UNA SOMBRA Y OTRAS SOMBRAS (s/f),

·         LA CASA EN LA MONTAÑA (1996), además de los juveniles que el poeta jamás reeditó y de cuadernos que, como ABRIL QUE CRUZA EL MUNDO..., nunca volvió a recoger.

Poemas de estos libros fueron recogidos en varias antologías de la poesía hispanoamericana publicadas en América y Europa, además de traducidos a lenguas de gran tradición poética.

 

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Hugo Rodríguez-Alcalá, escritor infatigable y múltiple, publicó en Asunción cuatro libros de relatos:

·         RELATOS DE NORTE Y SUR (1983),

·         EL OJO DEL BOSQUE (1985),

·         LA DOMA DEL JAGUAR (1995) y

·         EL DRAGÓN Y LA HEROÍNA (1997).

Muchos de estos relatos trabajan materia autobiográfica, especialmente los que tienen que ver con episodios de su infancia o de momentos vividos en los cañadones del Chaco. En muchos de ellos se reelaboran temas y personajes históricos, sucesos políticos, escenas de la vida asuncena de las décadas del 20 y del 30 y episodios de la guerra civil de 1947. Fuera de éstos, el autor ha escrito relatos experimentales sirviéndose de las estrategias de la narrativa fantástica, siendo él en este campo uno de los pocos que lo cultivaron en nuestro país.

Diestro en la descripción del ambiente de sus ficciones, lo es también en el retrato de los personajes, caracterizados con vigor y realismo. Maneja con soltura los ritmos de la narración que discurre por los cauces de un argumento en que nada falta ni nada sobra. A pesar de la variedad de sus temas, por lo general éstos se refieren a la violencia y la muerte. "Los personajes -dice Ignacio R. M. Galbis- no son descritos desde fuera sino que se revelan ellos mismos en un diálogo corto pero expresivo que maneja con maestría comparable a la de un Borges. El mayor acierto del autor reside, sin embargo en ese ritmo de la palabra, sobria y sencilla pero ajustada a la situación que enmarca, y en la fuerte sugestión poética que en ocasiones envuelve la acción".

Esto último es muy apreciable en relatos de ambiente y personajes históricos y en los fantásticos, en los que la fuerza poética del autor logra sugestiones líricas muy delicadas.

Un cierto sector de sus cuentos desarrolla anécdotas situadas en ambiente rural, como el poco frecuentado ambiente del obraje del Alto Paraná o de la vida ganadera en los esterales del sur. También ha realizado trasposiciones bíblicas en el ambiente rural paraguayo o regocijada recreación de personajes y sucesos reales.

La contribución de Rodríguez-Alcalá a la narrativa paraguaya contemporánea es estimable y ocupa en ella un espacio muy personal. Su arte de narrar no sólo se expresa en la ficción en prosa, sino lo hace también en verso, medio en el que comparte con Oscar Ferreiro y algún otro, calidades sobresalientes de expresión y construcción del poema narrativo.

Respecto a su creación narrativa afirmó el ya citado Galbis: "Aunque podamos advertir de inmediato la influencia del realismo dramático de signo pesimista observable en los cuentos del precursor Quiroga y la engañosa simplicidad que no oculta su fondo solipsista de los relatos del otro gran maestro, Borges, no podemos, en realidad, encasillar a Rodríguez-Alcalá dentro de técnicas ni estéticas determinadas pues, tan empapado de literatura cono los anteriores, el escritor paraguayo va hacia la ficción como le ocurre en la poesía: para fijar impresiones, recrear situaciones poco comunes, espantar los demonios personales y recobrar vivencias a través del testimonio que su propia y peculiar sensibilidad artística moldea en la escritura".

 

3

 

El libro que el lector tiene en sus manos es tusa selección de las ficciones contenidas en sus cuatro colecciones. Bajo el título de La doma del jaguar y otros re latos, su contenido está en condiciones de proporcionar a quien lo lea una adecuada visión del talento narrativo de Rodríguez-Alcalá. Personajes históricos como el prócer Fulgencio Yegros, el político y humanista don Juansilvano Godoi, el presidente Eligio Ayala, el oficial combatiente de origen ruso "Tragochenko" y otros, son presentados en estos cuentos con rasgos caracterizadores magníficos. Cosa similar cabe decir de personajes como el Rojo Scott, el "patriarca" Francisco Arias o el caraí Aguirre. Todos ellos están presentados y descritos con soltura y vivacidad, difícilmente olvidables.

FRANCISCO PÉREZ-MARICEVICH.

Asunción, agosto del 2006.

 

 

 

CUENTO DE HUGO RODRÍGUEZ-ALCALÁ

 

LAS BOTAS DEL PRISIONERO

El mayor Bermúdez se levantó bruscamente de su silla de campaña. Tan brusco fue su movimiento que la silla cayó hacia atrás. Sobre su mesa destartalada, cubierta por un mapa militar, brillaba intensamente una lámpara Petromax. La mesa, sacudida por el sobresalto del jefe, hizo vacilar la Petromax, cuya luz, al moverse, proyectó sombras violentas dentro del refugio subterráneo. Hasta ese refugio, zanja rectangular con techumbre de quebracho en que el mayor tenía su puesto de comando, volvía ahora a llegar, como en las tres noches anteriores, un estruendo cercanísimo de armas y un rumor de agitación, de desorden, de desbandada.

 -¡Otra vez, otra vez! -gritó con furia el mayor. Un morterazo estalló en ese instante a pocos metros de distancia. La zanja toda se estremeció. Del techo de quebracho cayó un puñado de tierra negra y seca que se esparció sobre el mapa. El mayor, tosiendo convulsivamente, se arrojó sobre su catre de campaña y hurgó bajo la almohada y entre las revueltas mantas en busca de su linterna. Luego, en cuatro zancadas, estuvo fuera de la zanja. Era un hombre alto, cenceño bien plantado. El rostro blanco, de nariz aguileña y mentón voluntarioso, amarilleaba de fatiga y de sueño. Era esta la cuarta noche que pasaba sin dormir, la cuarta noche (y el cuarto día) de lucha desesperada en que un enemigo incansable y al parecer mucho más numeroso súbita-mente rebasaba una de las alas de su frente de batalla y le obligaba a combatir a ciegas, en las tinieblas, entre montes taimados que de pronto estallaban en llamas en todas direcciones. Y él había tenido que huir una y otra vez y cavar nuevas trincheras para cerrar aquel largo camino que le habían ordenado defender costara lo que costara.

Fuera de la zanja la noche en la selva lo envolvió como un poncho negro. Sus ojos, habituados a la luz cegadora de la Petromax, no vieron nada al principio. Pero esto duró sólo un momento porque hacia el Sur, allá, a unos cien metros, la oscuridad fue acribillada por fogonazos ubicuos.

La linterna no obedecía a la presión urgente de su pulgar. Bermúdez lanzó un juramento. Desarmó la linterna, destornillando el extremo posterior del tubo de metal. Sacudió las gastadas pilas y atornilló de nuevo la pieza con el resorte que las empujaba hacia el pequeño foco. La linterna se encendió ahora.

 A la izquierda primero y luego a la derecha oyó el mayor, carreras frenéticas. No había duda: sus tropas latían desbandadas. Un ladrar furioso de ametralladoras retumbaba a sus espaldas. Era el estampido inconfundible de las pesadas emplazadas en los nidos de la trinchera opuesta. Esto era previsible. Lo desconcertante era la infiltración de fuego detrás de sus propias posiciones, fuego de arenas livianas que se desplegaba en este momento en infinitas chispas veloces, insistentes, entre las islas de montes y las cañadas, en la noche tenebrosa.

Y ahora, los morteros: las granadas venían del noroeste; distinguía bien, entre innumerables estallidos, el disparo de salida, y luego, próximas, las explosiones de las granadas en los montes brevemente claros en fulgurantes lumbaradas.

-¡Alto, a parar todo el mundo, cuerpo en tierra! -comenzó a gritar el mayor con todas sus fuerzas, blandiendo en la diestra la pistola. Con la linterna de pilas gastadas trataba en tanto de alumbrar a los que pasaban corriendo, a pocos metros, en un sálvese quien pueda. La luz mortecina quedaba presa en los follajes ralos. Nadie le oía ni quería oírle. Una larga serpiente de fuego espeso avanzaba arrastrándose de allende el extremo izquierdo de su trinchera y en torno suyo troncos, ramas, cactos, arbustos, todo ya empezaba a hacerse fragmentos al impacto de una granizada horizontal de acero y plomo asesinos.

El mayor no cejó en su empeño: corrió hacia la derecha llamando a voces a sus oficiales, a sus comandantes de batallón, a sus camaradas. Una noche de sombras lamidas por lenguas de fuego se burlaba de sus gritos; el mayor tropezaba con arbolillos espinosos; sus botas chocaban contra la pulpa de los cactos; filosas ramitas erizadas de alfileres negros le flagelaban la cara, le desgarraban el uniforme.

 -¡El tercer batallón debe de estar en la trinchera! -pensó recordando el rostro moreno y serio del capitán Herrera, su oficial de mayor confianza, y se encontró de pronto bien cerca de la trinchera; distinguió, habituado ahora a la oscuridad, el perfil de los cubrecabezas: ¡Nadie estaba en la trinchera! Vio una ametralladora pesada abandonada; vio docenas de fusiles tirados dentro y fuera de la trinchera, vio un cadáver cobrizo con la espalda encostrada de sangre.

-¡Herrera! -rugió más que gritó.

Y esta vez su llamada fue contestada en el acto: seis soldados enemigos lo rodearon apuntándolo con sus rifles. Un oficial bajito le encendió una linterna potente en la cara y con voz cortante le dijo: -¡Ríndanse!

Al mismo tiempo el machete de un soldado cayó de plano sobre el brazo armado de Bermúdez. La pistola del jefe, apenas dio en tierra ya estuvo en manos de su enemigo.

El mayor prisionero fue conducido a la tienda del jefe vencedor. Este, sentado a su mesa de trabajo, redactaba el parte de la victoria reciente. Cuando el mayor Bermúdez entró en la tienda, el mayor Otero se puso de pie. El mayor Cristian Otero tendría unos treinta años. Las correas del catalejo y de la cantimplora le cruzaban el pecho. Vestía un uniforme verde desteñido, con botones negros. Un cinturón con pesada pistola le ceñía el talle. Su rostro, lleno de lozanía y juventud, era plácido y amable, sin huella de fatiga.

-¡Buenas noches! -dijo el prisionero-. ¡Dónde está el comandante del Destacamento!

-Habla usted con el comandante del Destacamento.

-Un comandante debe ser de más alta graduación.

-Soy mayor -contestó Cristian Otero.

La fisonomía del prisionero manifestó una amarga sorpresa, su boca fina, sombreada de negro bigote se volvió un tajo sin relieve.

-¿Cuántos hombres tiene usted?

-El mismo número que usted tenía hace cuatro o cinco días.

-¡Imposible! Usted ha tenido desde el comienzo fuerzas tres veces superiores.

-No, mayor. Empezamos la partida con las mismas... piezas.

** El jefe sonrió con más ironía que orgullo y, al hacerlo, dejó ver unos dientes grandes, blanquísirnos. En ese instante pareció casi un adolescente, un tenientito recién salido del colegio militar. Luego agregó:

-Usted no creyó nunca que nosotros pudiéramos aguantar tantas noches seguidas de combate y ataque. Esa fue mi carta de triunfo: insistir, insistir. La cosa fue sencilla. Esperaba a que fuera bien de noche, dejaba las ametralladoras pesadas en la trinchera, y le echaba a usted el grueso de rnis tropas sobre el ala izquierda. La tercera, la cuarta vez, la maniobra resultó muy fácil; todo el mundo sabía perfectamente lo que debía hacer. Hoy hice que me despertaran media llora antes del ataque.

Y diciendo esto el mayor Otero tomó de sobre su mesa una petaca llena de cigarrillos e invitó a fumar al prisionero.

**/**

El pequeño ejército vencedor siguió su marcha sin que nadie lo detuviera hasta las estribaciones de los Andes. Los prisioneros fueron evacuados a retaguardia en camiones sin más centinela que un soldadito soñoliento. No había peligro de que nadie se escapase. ¿Hacia dónde, en aquel desierto inmenso?

El día en que el mayor Bermúdez iba a ser evacuado se encontró solo, de pronto, entre un grupo de soldados enemigos, bajo un cobertizo de paja. Serían las dos de la tarde. El mayor tenía una expresión avinagrada y estaba sombríamente taciturno. Sobre el cuerpo alto y delgado no le quedaban más que el uniforme y sus altas botas de caña roja. Todo lo demás, reloj, cartera, pistola, brújula, había sido secuestrado o, para emplear la palabra dialectal, "requechado". Conservaba en su continente, sin embargo la dignidad del hombre orgulloso, acostumbrado a mandar. Cruzados los brazos sobre el pecho, Bermúdez miraba hacia el norte, hacia donde se había deshecho su poder y aniquilado su Destacamento.

Un gigantesco soldado vestido con sucio uniforme verdoso, altísimas perneras de cuero que le cubrían las extremidades desde los talones hasta el fin de los muslos, y con el machete colgándole del cinturón en ancha vaina oscura, lo contemplaba con sus negros ojos aindiados. El soldado echó una larga mirada sobre las botas rojas y luego apartando a dos camaradas que le cerraban el paso y que junto a él parecían muy bajos, avanzó hacia el prisionero:

-Dame tu bota -le dijo plantándosele enfrente, con voz lenta. El gigante había puesto los brazos en jarras y lo miraba a los ojos. No tenía prisa ni hacía ningún gesto amenazador. Quería las botas y las tendría.

El mayor no movió los labios pero le sostuvo la mirada sin pestañear.

 -Dance tu bota, te dije -insistió el soldadazo y, entonces, con el índice de la dura diestra cobriza, le señaló las prendas rojas que despertaban su codicia.

Hasta ese momento, en plena siesta canicular, todo parecía dormir y la violencia de los combates recientes había cedido lugar al perezoso bochorno del descanso en la siesta abrasadora. Pero ahora el grupo de hombres reunidos bajo el cobertizo se animó. Otros soldados que yacían adormilados no lejos levantaron la cabeza. Alguien silbó. Hubo una tensa expectativa. Una exclamación en guaraní hizo reír a todo el grupo. Sólo el mayor y el soldadote permanecían laudos, mirándose.

Transcurrió un minuto de silencio. Por fin habló el prisionero. Su voz fue dura como un golpe de fusta:

-No me las sacarás estando yo vivo...

A unos doscientos metros más o menos a la sombra de los únicos árboles frondosos que había en el fortín desolado, un capitán de infantería, el famoso Ezequiel Quintana, conversaba con dos señoras de la Cruz Roja que a la sazón visitaban el frente en gira de inspección.

Yo, que había llegado hasta el cobertizo minutos antes, tuve una súbita idea para dar fin inesperado a aquella escena que ya anunciaba un estallido de violencia.

-Mi mayor -mentí-. El capitán Quintana quiere hablar con usted urgentemente. Venga conmigo.

Al oír el nombre del capitán Quintana, todos los presentes se dieron vuelta hacia mí, dando por terminado el espectáculo.

El capitán Quintana estaba sentado sobre un cajón vacío de proyectiles de fusil; las dos señoras sobre el tronco de un árbol derribado. Una de las señoras, de tipo extranjero, era aula mujer madura, alta y delgada, de cabello claro, de ojos azules. La otra, de edad más o menos igual, era casi obesa, y muy morena. El capitán Quintana tendría más de cuarenta años. Rechoncho, de ademanes sosegados, era un hombre a quien gustaba escucharse, seguro siempre de un auditorio atento. Se advertía en él la autocomplacencia del valiente profesional. Entre hombres, hablaba interminablemente de mujeres y de riñas. Ante las dos señoras evocaba ahora sus últimas hazañas:

Mi batallón estaba completamente cercado. Más de dos regimientos formaban el cerco. Mandé diez hombres al mando del sargento Ruiz para que me trajeran un prisionero. Ruiz se trajo un oficial, pero le mataron seis hombres y le hirieron un brazo. Casi detrás de cada árbol había una automática. Al prisionero lo hice declarar agarrándolo del cuello hasta casi estrangularlo. Contó que tenían dos regimientos reforzados; contó que nos habían cercado para aniquilarnos a morterazos y que ya estaban llegando nuevas baterías de morteros para empezar la fiesta lo antes posible. Contó que sabían que yo estaba en el cerco, que yo tenía el mando. Aseguró que el coronel ya anunciaba por radio mi inminente exterminio.

-Entonces yo no dudé un minuto. No había más remedio. Además, la cosa no falla nunca. Llamé a todos los comandantes de compañía y de pelotón. Y sin preámbulos les dije: "Vamos a romper el cerco al amanecer. Yo iré en punta, por allí, de frente. Cada pelotón va a abandonar su puesto y formar una columna. Seremos una sola columna, de cuatro en fondo. Todo el mundo con machete. Oficiales y tropa. Nada de armas de fuego. Cuando dé la orden, me siguen".

El capitán hizo una pausa para encender el cigarro que se había apagado. Luego continuó:

-Mi gente está bien fogueada y me responde en forma. No hace falta dar explicaciones largas. Esa noche llovieron los morterazos hasta las once, más o menos. Poco antes del amanecer pasé una rápida revista a mi gente. Todo estaba listo. Di la orden y me lancé al ataque, machete en mano. Había dormido bien y me sentía fuerte. Corrí a toda velocidad abriéndome camino entre árboles y cactos a machetazo limpio. Nos oyeron venir: y hubo entonces más plomo que hojas en el monte. Detrás de mí caían mis hombres como moscas, pero siempre había otros pisándome los talones. Un balerío feroz me abanicaba la cara. Frente a nosotros parecía amanecer de tan espeso que era el fuego. Y estuvimos ya sobre el enemigo, sobre las pesadas. Nuestros machetes, con la rabia sonaban como hachas sobre las cabezas de indio. Hice arremangar a los dos lados. Y todo mi batallón salió del cerco.

-Mi capitán, le presento al mayor Bermúdez... El mayor había oído la mitad de la historia antes que Quintana advirtiera muestra presencia. Nunca sabré si nos había oído llegar o no. Lo que sé es que tanto Bermúdez como yo habíamos escuchado al terrible oficial con atención no menos intensa que las dos señoras. Estas nos habían echado una rápida ojeada para al instante seguir absortas en el relato.

-Capitán Ezequiel Quintana, comandante del 1er. Batallón de Regimiento X de Infantería...

Se dieron la mano mirándose gravemente a los ojos. Las dos señoras permanecieron en silencio, hasta que el capitán hizo las presentaciones:

-La señora Isabel Schulz de Velázquez, de la Cruz Roja. La señora Raquel González de Ortega, también de la Cruz Roja...

 Vi que el mayor juntaba los talones y se inclinaba al saludar a las señoras. Sus botas coloradas hicieron un ruido opaco sobre la arena tibia de aquel paraje. Debió de producir Bermúdez una impresión muy favorable, la misma que había producido en mí: respeto, lástima, simpatía. El mismo capitán le hizo preguntas de sincero interés humano y mandó al ordenanza que le sirviera mate caliente o frío, según su preferencia. El mayor declinó el ofrecimiento con urbanidad. Luego oí que las señoras le prometían la ayuda de la Cruz Roja para facilitarle noticias de su familia. El capitán parecía ignorar mi presencia como negándome cualquier posible intervención en el grupo en que él era centro de atracción y foco de condescendencia. Yo ni mentalmente insinué un reproche, ni aun el más secreto, pues lo admiraba igual que el más ignorante de sus macheteros. Él era el que era. No había más. Sintiéndome ya inútil y enteramente insignificante, pedí permiso y me retiré. A los veinte pasos volví la cabeza con disimulo. Alguien había dicho algo y todos reían espontáneamente.

-¡Lo que le espera! -pensé-. ¡Lástima no poder hacer nada...!

Pasó el tiempo. Nuestras armas treparon por las quebradas de los Andes; había planes de nuevas batallas para asegurar la victoria definitiva, pero en junio de 1935 se firmó el armisticio. Días antes del fin fui herido levemente en el brazo izquierdo y pude abandonar el frente antes que nadie entre los oficiales de mi unidad.

Y un día, en Asunción por la Avenida Colombia, toda decorada con arcos de triunfo y banderas, desfilaron las tropas victoriosas del Chaco. Yo, restablecido de mi herida, vestido de civil, contemplaba el silencioso desfile de aquellos soldados de bronce que parecían insensibles al hambre, a la sed, a la fatiga, e indiferentes ante la gloria.

De pronto una mujer de cara conocida que estaba a mi lado pronunció mi nombre: -¿Es usted el teniente fulano de tal?

-Servidor -dije.

-¡Qué casualidad y qué gusto de verle! ¡Recuerda usted al mayor Bermúdez, el prisionero?...

-Sí, señora. ¿El de las botas coloradas?

 -¡El mismo! ¿Puede usted venirse esta tarde a mi casa a tomar el té, a eso de las cinco? Tengo algo que decirle, importante.

-¿Dónde vive usted, señora?

-Ahora en la vieja casa de mi  madre, que usted conoce bien porque queda cerca de la suya.

-Muy bien, gracias. A las cinco en punto estaré allá.

 En ese momento pasó por la ancha avenida, montando en poderoso caballo y saludando con la espada desnuda, el comandante del Segundo Cuerpo de Ejército. La multitud estalló en una salva de aplausos y una lluvia de rosas y claveles cayó en torno del jinete. Yo también grité, como todo el mundo gritó, vitoreando a mi jefe.

Antes de sentarnos a la mesa del té, la señora de Velázquez me entregó una carta. Era del mayor Bermúdez. Salto fecha, nombre, tratamiento. La recuerdo de memoria. Decía:

 Usted me ha salvado la vida. Bajo el cobertizo de paja, al día siguiente de mi derrota. Jamás iba a permitir que aquel bárbaro me despojara de las botas. Al menos, estando yo con vida. Durante días y noches pensé en usted, en usted que se habrá olvidado de mí enseguida. Resolví que tenía que hacer algo para demostrarle mi gratitud, antes de abandonar su país. Me dieron por prisión, en esta ciudad, un caserón colonial. Allí he pensado en usted, día tras día. Y he pensado también en cosas absurdas. La gratitud me atacó como una fiebre. Pensé, por ejemplo, en hacer fundir en plata un par de botas de forma y tamaño idénticos a los de las que llevaba puestas cuando usted me rescató de la humillación y la muerte, y hacérselas enviar desde Potosí. Rechacé esta idea, como otras cien ideas parecidas. Las botas, las botas... Pensé que debía quitármelas antes de volver a verle a usted, de hablar con usted. Psicosis de prisionero.

"Desde Potosí, gracias a la Cruz Roja, ha llegado a mis manos algo que he pedido para usted. Acepte la sortija que la señora de Velázquez le va a entregar en mi nombre: estuvo cuatro siglos en mi familia y me la dio mi padre el día que obtuve mi despacho de teniente". Cuando terminé de leer la carta, la señora de Velázquez me entregó una cajita de gastado terciopelo. Al abrirla, chispeó ante mis ojos un gran diamante.

-Eso vale más que una condecoración-dijo sonriendo la señora-. Y viene de un enemigo.

-¿Y las botas? -pregunté-. ¿Se las llevó el mayor?

-Bermúdez fue de los primeros en volver a su país. El día en que vino a despedirse, el mayor se sentó en el mismo sillón en que usted está sentado. Sus botas brillaban tanto que parecían de metal.

 

 

1962

TRAGOCHENKO

 

    ¡Qué embestida pegó nuestra División durante la Primera Ofensiva hacia Carandayty! Creíamos que sería el último empujonazo y que la cosa ya iba a terminar. Pero faltaba mucho todavía. Meses y meses de marcha, contramarchas y maniobras. De tanto andar agachados por los montes esquivando las ramas bajas que buscaban los ojos, nos habíamos olvidado de erguir la cabeza. Los montes y el cansancio nos tenían doblados hacia adelante. Y hacia adelante había que ir para dar, ya en los mismos contrafuertes de la cordillera, el jaque mate. Eso creíamos. Al menos yo, y Peralta, y también Ortiz, Martínez y el ruso. (¡Caramba! ¡Quién diría que hayan pasado ya treinta años!)

     Teníamos tanto polvo metido en los pulmones, en los tuétanos, en el cerebro, que costaba mucho pensar claro.

     Y había que seguir adelante, persiguiendo, día tras día. Sin embargo, cuando ordenaban detenernos, en algún anochecer menos caliente, el bosque se alegraba. Se podía encender fuego bajo los aromitas. El fresco de la anochecida hacía arder las llamas. Las galletas redondas estallaban quebradas por el revés de las cucharas. Eran las únicas detonaciones. Rancheaba la tropa. El enemigo estaba lejos, escapando. Había que alcanzarlo, sí, dentro de uno o dos días para alguna vez atraparlo encerrándolo en un cerco duro -el último- cuando las otras divisiones convergieran hacia el punto propicio cuya ubicación era todavía desconocida. Eso se vería después. No lo íbamos a decidir nosotros.

     El fuego siempre lo encendía el ruso. No quería ayuda de nadie. Él lo había encendido mil veces sobre la nieve y hasta sobre el agua, decía. Muy fácil era encenderlo ahora sobre la arena. Los ordenanzas sabían todo esto. Las llamas se le salían de entre los dedos como por magia. Y se formaba el círculo: Peralta, Ortiz, Martínez, el ruso y yo.

     Aquel hombrazo de Peralta, que era un bruto corajudo como él solo, tenía la manía de la limpieza. Entonces hacía semanas que no nos bañábamos. Nuestra ración de agua consistía en dos jarros por día. Y Peralta se quejaba del polvo, del sudor, de la ropa que no podía mudarse. Lo demás no le importaba.

     -¡Vida más perra! -bufaba-. ¡Si no tuviéramos esta porquería de polvo y hubiera aunque fuera una aguada negra por ahí!

     Ortiz, que era petiso, tranquilo y blanco, lo admiraba, y trataba de calmarlo. Para él, con tal de andar con el gran tipo que era Peralta, copiándole su manera de caminar y dándole la razón en todo, las cosas estaban bien. Al moreno Martínez lo respetaba por lo de la guitarra. Tocaba mejor que nadie y tenía una voz impresionante. Con Tragochenko era reticente. No le gustaba la caña y Tragochenko lo obligaba a tomar con bromas algo pesadas.

     Yo tenía veintiún, no veintidós años recién cumplidos. Un chiquilín. Teniente 1.º de Infantería. ¿Infantería? Todos éramos de Infantería. Hasta los de Caballería eran jinetes de nombre, no más. Y nada estaba motorizado. Ni los camiones. De vez en cuando veíamos uno o dos. Apenas podían alcanzarnos por aquellas picadas improvisadas o los arenales caldeados donde las ruedas se hundían por encima de los ejes.

     Todos los de nuestro grupo teníamos la misma graduación y la misma edad. Todos menos el ruso. El ruso andaría por los cuarenta y pico. Y era capitán. Y de carrera, es claro. Nosotros de reserva. Él, allá lejos, en su país, había llevado charreteras, espadas, casco. ¡Qué sé yo! Años atrás, se entiende, cuando el Zar.

     El monte se alegraba. Con el fuego lamiendo la lata del cocido y el jarro de aluminio en la mano, el ruso era otro. Pero él no tomaba cocido. Tenía algo mejor, siempre. Misterio cómo se las arreglaba.

     -¡Bueno, muchachos, ahora a sentarse un rato y a charlar y a chupar antes, durante y después de la cena! -solía decir. Invariablemente.

     Yo no sé si todos ustedes oyeron que había varios rusos peleando en el Chaco, a nuestro lado. En los diarios extranjeros se los llamó mercenarios. Mentira. ¡Qué mercenarios ni qué niño muerto! Eran militares de raza. El país que los recogió cuando el éxodo estaba ahora en guerra. Y se ofrecieron. Se los aceptó, hasta a los ya viejos. Se creyó que aquellos gringos podrían ser útiles en servicios auxiliares o para hacer mapas. No sé bien. ¿Pelear sin hablar guaraní y con esa pinta, algunos de ellos...? Pero resultaron para pelear. ¡Pucha si no resultaron! Pronto tuvieron comandos. Y se entendían bien con todos. Y sobre todo con la tropa, con los soldados rasos.

     Nuestro ruso era nervioso, rubio, delgadísimo, de estatura más que mediana. Ojos azules, muy azules y hundidos, separados por una nariz colorada, aguileña. Y el bigote amarillo tirando a blanco, moviéndose con la risa. Porque siempre se estaba riendo y cuando empezaba a tomar se reía más todavía, se reía todo el tiempo. Los tragos le sacaban los ojos un poco más afuera y le alumbraban la nariz con luz roja como si se le encendiera dentro un foquito. Entonces comenzaba a contar cuentos.

     -Lo que pasó hoy al salir del pique me recuerda... -decía dándose un golpe en la rodilla con la mano no ocupada por el jarro-. Lo de hoy me recuerda...

     Y poco a poco ya no estábamos en aquel monte ralo, ni cerca de aquella formación de cactos ni sobre la arena cubierta de ramitas rotas. Veíamos el regimiento, el de él, contra un horizonte de nieve o de cúpulas panzudas. Las caras brillosas de sudor de los que escuchábamos se quedaban serias y absortas. Sabía contar el ruso, Tragochenko. El prefijo -o lo que fuere- era nuestro. Lo de chenko era de él, o sea, la otra mitad de su apellido verdadero. Los tragos de la caña que chupábamos entonces, los únicos y muy seguidos que conseguimos durante meses, eran también de él.

     -¡Hay que darle a lo bueno, Ortiz hay que darle! -gritaba cuando Ortiz quería pasar el jarro sin probarlo.

     Tragochenko nos traía sin falta la risa, las barajas, la caña y los cuentos. Empujaba lejos nuestro cansancio porque no se cansaba nunca.

     -De los flacos como yo -decía- no tiene dónde agarrarse.

     Y los bigotes amarillentos le flotaban sobre la risa convulsiva.

     Una vez comenzado el poker, su edecán -porque así llamaba a su ordenanza- nos presentaba un jarro lleno de caña que de la mano de Peralta pasando rápidamente por la de Ortiz, y con más demora por la de Martínez, llegaba hasta la mía. En aquel tiempo la caña no me hacía daño.

     Tragochenko nunca tomaba en nuestro jarro. Y no por asco, no, ¡qué diablos!: tenía uno propio, especial para él, que no se agotaba nunca, decía, y que no prestaba a nadie para no sacarle la virtud.

     -Si otro cualquier toma en mi jarro, ¡adiós! Y esta es una garantía no sólo para mí sino también para ustedes, señores. Y soltaba aquella risa rusa que sólo se interrumpía con los tragos.

     Apagado el fuego y consumida la ración de caña nos dormíamos duros como troncos de quebracho hasta la nueva marcha. No era fácil despertarse. Cuando lo hacíamos ya andaban por ahí la voz y la risa nerviosa de Tragochenko levantando a su gente y cuidando que todo estuviera listo, hasta el último cargador de sus livianas. Después, cada uno de nosotros seguía adelante en su batallón respectivo, por cañadones y por piques que abríamos a machete, hacia Carandayty.

     Nos alejamos tanto de nuestras bases que ni la radio del Comando nos alcanzaba. Eso se decía y era una manera de decir. O algo peor y malintencionado. Pero lo de la distancia era cierto.

     -Bueno, muchachos, ahora a sentarse un rato y a charlar...

     Tragochenko siempre llegaba el primero para formar el grupo a cada alto largo en la marcha. Llegaba con su risa. Y el edecán con los jarros y las barajas. Pero una noche sólo vinieron las barajas. Se habían vaciado las damajuanas que el ruso se agenciaba de algún modo. Tragochenko estaba desesperado. Tenía los ojos más hundidos que de costumbre y el bigote se le caía sin la risa ya sobre que apoyarse.

     Durante varias noches el edecán se sentó en cuclillas a unos metros de su jefe, con los jarros listos como en espera de un milagro que iría a alegrar la tertulia, ahora abstemia.

     Fueron Peralta y Tragochenko quienes, yendo en punta, coparon un destacamento que al darse cuenta de lo que pasaba, se defendía resuelto a escapar por alguna brecha abierta a fierro y plomo derretido. Tragochenko debió haber olido algo porque se multiplicó de modo increíble. Lo cierto es que el enemigo se creyó copado por fuerzas abrumadoramente superiores y al segundo día de tanteos desesperados capituló. Fue una pequeña batalla en grande en que Peralta y el ruso se lucieron. Especialmente, el ruso, porque -después se lo dijimos- tenía sus razones...

     No los voy a aburrir a ustedes con detalles. Me limito a mencionar el botín: el parque sanitario de una División y, entre muchos desinfectantes y algodones y vendas y cosas por el estilo, una gran cantidad de latas de alcohol rectificado. Unas latas grandes, pintadas de rojo, como la nariz del ruso. Y lo estoy viendo, bailando alrededor de ellas, flaco, grotesco, frenético, feliz, a Tragochenko.


     Había, claro, que rectificar lo rectificado. Así aseguraba el ruso. Es decir, convertir en vodka aquellos espíritus demasiados ásperos. Tragochenko desapareció por dos días. ¿De dónde sacó el azúcar para hacer azúcar quemada y naranjas para emplear la cáscara en una receta que milagrosamente convirtió cada lata de rectificado en lo que según él resultó una vodka mejor que la tomada en todos los ejércitos de la Santa Madre Rusia? Nadie lo supo. Sabían a veneno, sin embargo, los primeros tragos de su vodka. Los primeros; después la cosa era diferente. Pero Ortiz esta vez se negó de plano a aceptar el jarro que le pasaba Peralta. Para todos, menos para el ruso, resultaba muy penoso levantarse al día siguiente y seguir la marcha.

     Sus recuerdos, por otra parte, se hacían más vívidos que nunca con la abundancia del chuping.

     -Estos tragos de hoy -dijo una noche en que estaba bien tomado- me hacen recordar unos que hace ya veinte años probé en la aldea de Mestechki. ¡Qué brindis, señores! Fue en una especie de castillo del general Ryabovich, un noble viejo ya retirado del ejército. Mi regimiento llegó a la aldea y el general, enterado, quiso invitar a todos los oficiales de nuestra unidad. Era el nuestro -pura casualidad- el mismo regimiento en que había servido cuando joven. La hija menor del general...

     -¡La hija! -lo interrumpió Peralta- ¡A vos nunca te interesó nada más que el trago!

     El ruso, entonces, de improviso, inexplicablemente, comenzó a sollozar. El edecán tuvo que sostenerle el jarro.

     Yo no pude escuchar más y no llegué a saber el final del cuento, aunque se lo pregunté después a Peralta varias veces. Peralta me cambiaba el tema. No supe nunca el final, digo, porque aquella noche me quedé dormido bajo el aromita raquítico desde donde le oí a Tragochenko lo del general, su hija y los brindis de Mestechki. Su vodka me golpeó demasiado fuerte. Y ni el lloro del ruso, tan inesperado, me pudo mantener despierto.

     En Algodonal se dio vuelta la tortilla. Nunca Unidad, dividida como estaba en columnas ralas extendidas a lo largo de inmensas distancias como gomas que, de puro tensas, se van quedando sin cuerpo, se vio de pronto copada por fuerzas superiores.

     - ¡En Algodonal! -gritaba el ruso-. ¡En Algodonal! ¡Esto es sanitario! ¿Es que vuelve el alcohol al algodón? ¡No, jamás! ¡Tenemos que abrirnos paso cueste lo que cueste!

     Peleábamos como bárbaros, y sin mayor resultado. Ya en Ysyporendá la cosa había sido dura. Tenían tropas de refuerzo, pero logramos salir del apuro. Ahora en Algodonal era peor. Pero fue en Yrendagüe donde la situación se hizo desesperada. Entonces el Comandante del Cuerpo ordenó la destrucción de la artillería y de la impedimenta. Vi a los artilleros destruir a hachazos las cureñas de los cañones. Mi batallón y el de Peralta, en la confusión, se entremezclaron con la batería mejor equipada del Grupo X. Peralta, que era un gigante y no podía estar inactivo, le sacó el hacha a un sargento e hizo pedazos de todo lo que era destruible en varios Vickers y Schneiders. Él y yo enterramos después los cerrojos de las piezas. Mientras tanto, llovían morterazos sobre nosotros y una escuadrilla de aviones nos derramaba chorros de bombas.

     -¡No van a poder usar nunca nuestros Vickers esos hijos...! -decía Peralta apisonando arena sobre los cerrojos enterrados y cubriéndola después con ramas secas. Estaba medio golpeado por una bomba de avión caída no muy lejos.

     Era una mañana caliente. Entre nosotros pasaban los camilleros llevando heridos. Pasaban continuamente. Corrimos a reforzar un camino atacado con furia. En una camilla vimos pasar a Ortiz con un balazo en la cara blanca, ahora sucia de sangre y barro, y rota la mitad de la boca. Le fingimos una confianza y un buen humor que no teníamos. Se nos estaban acabando las municiones. Se dio orden de no usar las automáticas más que cuando fuera indispensable. A eso de las tres de la tarde nos mandaron tomar un pique y desembocar en un cañadón donde estaba parte de la impedimenta, todavía no destruida. Teníamos que proteger los trabajos de destrucción.

     Llegamos a toda marcha. Y allí encontramos a Tragochenko, completamente borracho, defendiendo sus latas coloradas llenas de vodka. Martínez lo tomaba del brazo y trataba de llevárselo. El ruso se deshizo varias veces de los insistentes agarrones. Martínez no podía con él porque la borrachera le daba al ruso una fuerza increíble. Los dos estaban furiosos. El uno por el espectáculo que se daba a la tropa y la urgencia de cumplir la orden. El otro porque no quería perder su licor. Entonces intervino Peralta. Tomó en vilo al ruso y lo llevó hacia el pique.

     Tragochenko protestaba pataleando y echando espuma por la boca. Decía que la orden era un error, una estupidez, y que las latas serían nuestra única salvación.

     A una orden de Martínez los de la Plana Mayor hundieron las bayonetas en las latas y la vodka salió a borbotones por los agujeros formando un charco reverberante. Tragochenko, preso en los brazos enormes de Peralta, lloraba y maldecía en ruso, en castellano y hasta en su guaraní chapurreado.




     Nos salvamos también aquella vez, pero no sin grandes pérdidas. Después de un tiempo volvimos a la ofensiva. Carandayty cayó en nuestro poder. Cambiamos de clima. De la llanura desierta a la montaña todavía más desierta, a no ser por los cóndores.

     Y terminó la guerra. Regresamos del frente. Y pasaron varios años. De los cinco inseparables habían muerto dos en la última campaña. Ortiz y Martínez. Veinticinco años después de la paz -que tuvo mucho de guerra- fui por negocios a Encarnación. Quería también conocer la ciudad y ver el río Paraná que no había visto nunca.

     En el muelle, el día de mi llegada, me encontré con Peralta. Me reconoció en el acto pero yo no pude identificarlo enseguida. Había engordado mucho, mucho más que yo. Tenía el pelo gris y la cara colorada y como hinchada. Hablamos de la guerra y sobre todo de la primera marcha hacia Carandayty, en 1934.

     -¿Y qué será de Tragochenko? -le pregunté cuando ya en casa de Peralta, su mujer, una correntina gorda y tranquila, nos cebaba el mate.

     -Está aquí en Encarnación, más viejo y más borracho...

     -¡Aquí en Encarnación!

     -Sí, hombre, aquí mismo, con su uniforme raído, sin presillas, es claro, y creo que con las mismas botas de Yrendagüe.

     -¿Se lo puede llamar por teléfono?

     -¡Qué teléfono ni qué teléfono! ¡El pobre no tiene más domicilio conocido que un boliche de las afueras! Vive del pechazo.

     Clavado al mostrador, con un jarro grande todo abollado en la mano -jarro que de pronto reconocí, de aluminio-. Tragochenko peroraba en un grupo de borrachos. Tenía ahora una barba larga y sucia. Vestía un irreconocible uniforme verde-olivo, que era un harapo. El cuero de las botas se veía descosido y lleno de parches.

     -¡Tragochenko siempre en punta y siempre brindando!

     Peralta lo abrazaba por la espalda y le decía a gritos que adivinase quién era el que venía a visitarlo con él, al boliche, «a su Puesto de Comando».

     Cuando se libró de los brazotes de Peralta, el ruso me echó una mirada insegura con sus ojos azules cruzados de rayitas rojas.

     -¡Vos también aquí... entierra- cañones y rompe-latas! -me dijo al cabo de un rato con una risa que ya no era la de antes.

     -Vamos a mi hotel a charlar y a chupar antes, durante y después de la cena -le contesté con una sonrisa difícil.

     ¡Hoy no! Mañana. Hoy es el aniversario; hoy hace veinticinco años...

     -¿Veinticinco años de qué?

     -De la pérdida ignominiosa de nuestra vodka. Hoy terminaré aquí de recuperar... de recuperar... lo derramado en Yrendagüe...

     Babeaba. Le entró ataque de tos.

     -...cuando bayonetearon las latas.

     Diciendo esto apuró el jarro que estaba medio lleno.

     Y queriendo venirse hacia mí haciendo a un lado a Peralta con un codo para abrazarme con un solo brazo, el izquierdo, él sin jarro, dio un paso en falso y cayó entre los pies de los borrachos.

 

     Era efectivamente el aniversario de Yrendagüe. Lo comprobamos después. Tragochenko no volvió más en sí. Murió ese mismo día sobre su último recuerdo, con los harapos de su uniforme. Y con las botas puestas. Con lo que le quedaba de las botas.

 

 

 

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