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HUGO RODRÍGUEZ ALCALÁ


  LA DOMA DEL JAGUAR - Cuentos de HUGO RODRÍGUEZ ALCALÁ


LA DOMA DEL JAGUAR - Cuentos de HUGO RODRÍGUEZ ALCALÁ

LA DOMA DEL JAGUAR

 

Cuentos de HUGO RODRÍGUEZ ALCALÁ

Edición digital:  Alicante :

Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2000

N. sobre edición original:

Edición digital basada en la de Asunción,

Editorial El Lector, [s.a.].

.
 
PRÓLOGO

Este volumen consta de una veintena de piezas. Las primeras aspiran a ser cuentos. De estos cuentos, dos son de pura invención: El Patriarca y su anatema y Cuadros póstumos. Los relatos que tienen por protagonista al Rojo Scott, se los debo al Rojo Scott, esto es, a un viejo amigo de ascendencia escocesa, de vida azarosa y heroica (nunca exenta de buen humor) a quien atribuyo el apellido Scott aunque su verdadero apellido no sea menos escocés. Las botas del prisionero, relato de la guerra del Chaco, no es de mi invención. Mejor dicho, casi todo el cuento excepto el desenlace, evoca sucesos verídicos de aquella campaña. Este cuento se publicó en La Nación de Buenos Aires el 16 de diciembre de 1962, bajo el título de Las botas del mayor, ilustrado por Orlando Pierri.

Las piezas amparadas por el pretencioso título de En busca del tiempo perdido son todas autobiográficas. También lo son las publicadas bajo el título de Varia, excepto, claro está, el Coloquio ya entre Sombras cuyo escenario se describe en el Canto IV del Infierno. (versos 25-151). Es el Limbo.

Tanto En busca del tiempo perdido como en Varia hay una fusión de géneros. Se puede ilustrar este aserto con un par de ejemplos. En traje de marinero, allá en los años veinte... la evocación es autobiográfica. Un niño -el autor- va a una vieja casona con su madre; allí, en un salón de la casona, se ve rodeado por unas ancianas hieráticas y siente el congruo fastidio; algunas lo besan en la mejilla y él cree sentir en ésta una humedad desagradable. Pero cuando el niño abandona el salón y en el jardín se ve rodeado de muchachas jóvenes y hermosas que bailan en corro en torno a él, entonces él descubre la Belleza. La Belleza en dramático contraste con lo experimentado poco antes. Y este descubrimiento es evocado primero en prosa y luego en verso. ¿No tiene algo de cuento esta página autobiográfica de la niñez?

Algo parejo acontece en las páginas autobiográficas relativas a la guerra del Chaco (1932-1935) y a la vida intelectual adulta, la vida universitaria.

Consideremos la que llamaremos aventura en la Universidad de Oxford. El protagonista ya no es un niño ni un escolar: es un hombre maduro, un profesor que representa en un Congreso de hispanistas a la Universidad de Washington. Ya ha publicado varios libros y ensayos en revistas de América y Europa. Es dos veces doctor y ha alcanzado ya la máxima jerarquía académica. Estos detalles, debe subrayarse, son necesarios para la cabal comprensión de la «aventura».

En Oxford, conforme a una antigua tradición, es despertado violentamente, al rayar el día, con gritos destemplados por un sirviente de la universidad, por un steward. Es que le han asignado una habitación que se cierra por fuera y que tiene, además, apariencia de calabozo gótico. El lector juzgará si en las páginas sobre Oxford, donde hay hasta un adarme de crítica literaria, no hay también algo de cuento... Podría yo aducir otros ejemplos de entre estas piezas de carácter misceláneo. Pero el lector curioso -y benévolo- los encontrará sin ayuda de nadie.

El apéndice transcribe tres juicios críticos de Manuel Alvar, Ángel Mazzei y Elvio Romero.

Estos tres juicios versan sobre mi libro de cuentos El ojo del bosque. Manuel Alvar, lingüista y crítico eminente de la Real Academia Española, problematiza la definición de cuento en su análisis del citado libro, análisis que como es de esperarse tiene interés literario. Manuel Alvar declara hacia el final de su breve ensayo que esa mi obra narrativa le ha hecho pensar en Poe unas veces y otras en Valle-Inclán. Algo bien diferente asevera Ángel Mazzei, distinguido crítico y refinado poeta, (detector zahorí de influencias, coincidencias, confluencias), que, desde 1966 ha comentado varios libros míos, y a quien aprovecho esta oportunidad para agradecerle la generosidad y brillantez de su estimativa. Tocante a los maestros que El ojo del bosque le ha hecho recordar, son éstos muy diferentes de los nombrados por Manuel Alvar, lo cual a su vez tiene interés literario. Incluyo el mensaje de Elvio Romero en homenaje a una amistad iniciada allá por los años cuarenta...

H. R. A.

 
 
CUENTOS DE HUGO RODRÍGUEZ ALCALÁ
 
 
 
 
 

Un corpulento Jaguar o Tigre americano

 
LA DOMA DEL JAGUAR
 
Al hacerme cargo del obraje maderero en el Alto Paraná necesitaba urgentemente un capataz. Convoqué una junta de peones la misma mañana en que desembarqué del vaporcito y subí la escarpada barranca.

-¿Quién es el más bruto de todos ustedes? -les pregunté sin ambages. Los veinticuatro forajidos se miraron entre sí como para calibrarse recíprocamente. Dos nombres oí murmurar antes de oír la respuesta categórica: los nombres de Toribio Vera y de Antenor Frutos.

-¿Quién es el más bruto de estos dos? -inquirí yo, serio. Yo observaba impasible a los veinticuatro, sentado en mi banquito de urundey que desde entonces sería mi sitial en la selva. Difícil elegir entre Vera y Frutos, si éstos eran sus verdaderos nombres. Los dos debían igual número de muertes; los dos como todos aquellos fugitivos de la justicia de uno o más de los tres países limítrofes, habían cambiado de identidad por lo menos una vez. Yo ya no era inexperto en mi trato con criminales. Casi tres años en la inmunda cárcel capitalina me habían enseñado cómo ganar la confianza de esta gente. Cada cual tiene su punto flaco. Había también aprendido a descubrir y a apreciar en renombrados asesinos cualidades nada malas. Ahora iba a comprobar que en plena jungla paranaense no faltaba una ética, una ética en algunos aspectos nada despreciable. Matar no estaba mal mirado. Se mataba por necesidad o por hombría o lo que se entendía por hombría de bien o de mal. Pero no se toleraba el robo. Existía una cierta honradez en que se podía confiar. Por otra parte, la deslealtad, la traición eran consideradas abominables.

* * *

Como perseguido político me vi obligado a refugiarme en aquella selva salvaje del Alto Paraná. Yo estaba algo desconcertado. Conocía bien el río Paraná desde Corrientes hasta Posadas y Encarnación. Un río anchísimo, tranquilo, de un color azul plata y con verdísimas islas. Pero subiendo hacia el norte, hacia donde estaba mi obraje, el río se hacía angosto y oscuro entre murallones altísimos, de hasta más de cien metros por encima de las aguas. A los pies de estos murallones de basalto o arenisca, se retorcía un caudal hirviente en remolinos, ya no azul como más abajo sino de un color gris y triste. Así me pareció. Además tan retorcido es el voraginoso cauce que los ojos no pueden complacerse en la visión de un panorama extenso de agua más o menos turbulenta. En los innumerables recodos del Alto Paraná la vista se estrella contra esos gigantescos paredones sobrevolados por aves de rapiña. Porque entre recodo y recodo, entre vueltas y revueltas no se ve más espacio de agua que el que alcanza una pedrada.

-Me espera una vida perra en estas selvas -pensé- aquí jaguares y pumas no han de ser más feroces que los bandidos que las infestan.

Por esto me armé de todo el valor de que era capaz para enfrentarme con los veinticuatro individuos que serían los peones a mi mando. La cárcel, sin embargo, mi larga reclusión en una cárcel de criminales como si yo fuese uno de ellos, me permitió saber en poco tiempo que yo podía hombrearme con los ex convictos del Alto Paraná.

Al terminar la junta con los peones les prometí comunicarles mi decisión al día siguiente. Y así lo hice. El capataz sería Toribio Vera. Toribio Vera, bizco, rengo, ladino, sonreía casi todo el tiempo. Su sonrisa, al prolongarse en la mejilla izquierda, se unía a una morada cicatriz. La puñalada que años antes le había abierto la mejilla, sólo se le había detenido detrás de la oreja, de la oreja izquierda, se entiende. Le faltaba el lóbulo. Pero la negra y apelmazada melena de Toribio Vera disimulaba bastante bien la ausencia del lóbulo.

-Señor Toribio Vera -le dije cuando estuvimos solos a la sombra de un altísimo lapacho-. He pensado en usted; soñé con usted. Cuando sueño, respeto mis sueños. Siempre dicen algo. Usted, después de mí será el amo de este monte.

Traté de hundirle la mirada en los ojos bizcos sin poder apresarle las dos pupilas marrones al mismo tiempo. Pero saqué en claro de aquel mirar torcido que Toribio Vera aceptaba con gusto el nombramiento. No preguntó nada acerca del sueldo o las condiciones del empleo; sólo quería ser un jefe; mandar. Yo, por instrucciones de gente de Buenos Aires les ofrecí una paga generosa a él y a los demás trabajadores.

Intuí que no me había equivocado en la elección. Me dijo él con su sonrisa incesante A usted le gusta también mi socio Antenor Frutos. Me di cuenta, patrón. ¿No lo va a nombrar usted mi segundo?

Yo me reí con fuerza en el aire todavía fresco de la mañana de abril.

-Usted es vivo, Toribio Vera. Vamos a entendernos bien. Yo ya había resuelto que Antenor Frutos sería nuestro guardaespaldas.

-¿Y cuál es mi obligación más importante, patrón?

-Meter bala o cuchillo a quien quiera robar rollos.

-Aquí los nuestros no van a robar nada. Garantido. Somos leales en el obraje.

-¿Y la gente de otros obrajes?

-Allí está el problema... Los del otro lado del Monday...

-Bueno, a esos ladrones no hay que perdonar.

Antenor Frutos se presentó de golpe, salido de la maraña, ante mi banquito de urundey como si hubiera oído lo que habíamos dicho Toribio Vera y yo.

Antenor Frutos, de unos treinta años, tenía un aire inocente y era simpático. Moreno y afable, fornido, musculoso, parecía todo menos un delincuente de nada honorable foja de servicios.

-Usted, Antenor Frutos será Obrajero Segundo. Tengo ahí en mi carpa un regalo para ustedes dos ahora que somos tres la autoridad en el bosque. Entré en mi carpa y salí enseguida con un calibre 44 niquelado para cada uno. Toribio y Antenor lucirían la insignia de su autoridad.

Tuve la buena suerte de que algo pasara esa misma mañana poco después de la investidura de los dos obrajeros.

-Vamos a dar una vuelta por el monte -les dije.

-Vamos.

Y nos metimos en la maraña bajo la fronda de lapachos, cedros y otros árboles de unos treinta a cuarenta metros de altura. Tuve la buena suerte, digo, de que de pronto topáramos entre los troncos rojos de curupay, los del color ámbar de los cedros y los de color vino tinto de los urundey, con un corpulento jaguar o tigre americano. Tendría bien más de dos metros de largo incluyendo en su extensión su elástica cola. Fiera de color canela con manchas negras y rosetas de oscuro borrón en el centro. Le vi la nariz y el labio inferior rojizo. Creí que era un leopardo, de más de cien kilos... En ese momento no pude ni debí pensar en detalles. Detrás de mí venían dos baqueanos. Alcé el winchister a la cara y disparé.

El primer impacto debió ser en la frente; el segundo en la boca rugidora. Tan rápido fue todo eso que antes de caer el animal, yo lo remataba con tres plomos de mi 44. Mis acompañantes no tuvieron tiempo de intervenir.

Fingí no darle importancia al incidente; noté sin embargo que aquella primera hombrada impresionó favorablemente a los dos veteranos monteros.

Las selvas del Alto Paraná eran terribles en aquellos tiempos, unos cincuenta años atrás. Terribles y fascinantes por su vegetación suntuosa. Había fieras como jaguares, pumas y onzas; había víboras de mordedura instantánea o casi instantáneamente mortal; había tarántulas que atrapaban pajaritos y se los comían. Urdían una red; la víctima quedaba presa en la red; la negra araña, peluda, lenta, inexorable, devoraba entonces a su presa. La tarántula era para mí un símbolo de la selva devoradora de mensús.

* * *

El trabajo día tras día, arduo, muy arduo, nunca era aburrido. Había que elegir los grandes árboles que serían convertidos en rollos. Había que calcular bien la trayectoria de su caída. El ruido de las hachas que hendían los troncos en el aire verde y dorado de sol, me parecía una potente música.

Yo me instalé en una buena carpa comprada en Corrientes. Mis comodidades eran un catre, una mesa, dos sillas, las perchas para mis ropas y mis rifles, y el armario de mi despensa. Tenía un pequeño bar con varias botellas de caña y alguna de cognac.

El bizco Vera resultó excelente capataz, trabajador, respetuoso, honrado. Lo mismo nuestro guardaespaldas Antenor Frutos. Este último cuidaba de mi carpa, encendía mi lámpara a kerosén, fumigaba los mosquitos y otros bichos del bosque. Vera y Frutos me confiaron algunos episodios de su vida antes de recalar en los bosques del Alto Paraná. Riñas en bailes de pueblo. Los dos habían estado en la cárcel de la capital de donde pudieron escaparse sin otro incidente que una puñalada a un guardia, cosa que resultó indispensable. Me hablaron de gente bien conocida en la cárcel. Comprobamos los tres que teníamos amigos comunes. Poco después de la fuga de Vera y Frutos, a mí me tocó ser encerrado en el mismo establecimiento, en la celda 14. Mis amigos fueron los muy famosos hermanos de Ajos, hábiles en el manejo del hacha no para derribar árboles como allí en la selva, sino a seres humanos. Otros de mis amigos de encierro fue el notorio asesino Amancio Legal. Con ellos yo jugaba al truco y nos pegábamos buenos tragos de caña.

Nunca les dije a Vera y Frutos ni a nadie que yo conocía muy bien la cárcel y sus más conspicuos presidiarios no por haber cometido crímenes comunes sino por conspirar contra la dictadura.

* * *

Al cabo tres meses en el obraje me sentía a gusto en la selva. Ya era bastante experto en mi trabajo. Vera y Frutos hacían cumplir mis órdenes al pie de la letra. Yo ponía especial cuidado en lo tocante a la alimentación de los peones y hasta en asegurar que no faltara tabaco, por ejemplo, y la caña dominical, de mejor calidad que la entonces al uso en los obrajes. Viajaba yo a menudo Paraná abajo y volvía con abundantes provistas.

Gracias a Vera y Frutos, que eran respetados por todos, las relaciones en el obraje entre peones y jefes llegaron a ser cordiales. La conducta de los peones era ejemplar. No se dio un solo caso de hurto y de riñas. Durante varios días yo abandonaba mi carpa y me iba, como dije, río abajo para traer provistas. Jamás me robaron una botella de caña o una caja de cartuchos de rifle o de revólver. Y nunca eché de menos ninguna suma de dinero.

Había en la selva un personaje importante a quien yo no conocía y que resolví conocer. Se trata de un tipo arisco y temido. Era cazador de tigres, onzas, leones y otros animales tan salvajes como él. Lo llamaban Caraí Gervasio Aguirre. Caraí significa señor; es un título señoril de que él solamente gozaba en la selva. Vivía apartado de todos los peones y sólo tenía tratos con los macateros del río que amarraban sus embarcaciones en nuestra barraca.

Caraí Gervasio Aguirre se había construido una fortaleza en pleno bosque. Gruesos troncos de urundey formaban los muros de su refugio. El techo era también de esa misma madera dura. Este cubría dos oscuras piezas. Y éstas tenían troneras abiertas a los cuatro puntos cardinales. Una empalizada protegía la fortaleza; mejor dicho era la barbacana de la fortaleza, encerrando un área circular de unos treinta metros de diámetro. También de la madera más dura, de urundey, la empalizada tenía un solo portón provisto de pesados cerrojos, un par de grandes candados aseguraba los cerrojos.

Caraí Aguirre armaba sus trampas de cazador con precisión y astucia consumadas. El tigre, la onza, el puma caían presos en las garras de acero de sus trampas mimetizadas en la maleza. Allí, en una desigualdad del terreno del matorral verdísimo, ponía un trozo de carne cuyo olor recorría la selva con las brisas. El jaguar, la onza, el puma olían la carnada fatal y venían hacia donde Caraí Aguirre los acechaba armado de sus rifles. Cuando el animal caía en la trampa el cazador le disparaba en las fauces abiertas para no dañar sus pieles de gala. Caraí Aguirre tenía predilección por los jaguares y los pumas. Llevaba las pieles de las fieras por él mismo desolladas a un muellecito que él había construido a un costado de la barraca. Los comerciantes fluviales le dejaban dinero y provistas en trueque de las pieles. Estas llevaban escrito su precio en un cartoncito cosido al extremo de las colas vaciadas.

Era, pues, Caraí Gervasio, cazador y peletero.

Un día vino temprano el bizco Vera a matear conmigo a la entrada de mi carpa.

-Usted patrón conoció bien a los hermanos Ojeada de allá, ¿verdad? Eso de allá quería decir la Cárcel Pública, prisión entonces mucho peor que la cárcel que hoy tenemos. (Cárcel -para Vera y para Frutos- era algo así como Alma máter para un egresado de Oxford o Princeton).

-Los Ojeda, buena gente -contesté yo-. Nunca hacían trampa en el juego y la caña que conseguían era también para los amigos. Tenían mucha fama allá. Todo el mundo quería jugar con ellos. Cuando había pelea a cuchillo, los Ojeda servían de réferes. Ellos no peleaban. Si alguien se atrevía a desafiarlos sería hombre muerto al primer envite.

-Hablando de aquí, patrón. Caraí Aguirre no lo quiere a usted. Me he enterado bien. Creo que tiene envidia, que tiene celos de usted. Ha oído hablar bien de usted en el monte y en el río. A lo mejor va a provocarlo a usted.

-No le tengo miedo -contesté- hombre a hombre, frente a frente. No hay peligro. A traición es otra cosa -agregué. Conversamos largo rato sobre Caraí Aguirre aquella mañana. Caraí Aguirre no tenía mujer. Antes, sí había tenido una correntina buena moza. Pero la correntina se metió con otro hombre. Caraí Aguirre despachó al macho con un tiro en la cabeza y a ella la cosió a puñaladas. Esto fue lejos de aquí, por Caaguazú. Un hijo de esa mujer lo visita de vez en cuando. Tenía también un sobrino. A este sobrino tuvo que matarlo sin muchas ganas. Resulta que Caraí Aguirre quiso hacerse fama de, de...

Yo adiviné que Vera quería decir algo como invulnerable. Y era cierto. ¿Qué hizo Caraí Aguirre para conseguir esta fama? Según Toribio Vera, a uno de sus revólveres le sacó el plomo de cuatro de las seis balas. El sobrino, un día de fiesta -había gente no se recuerda porqué- hizo la prueba que había tramado a iniciativa de su tío. Este le dejó jugar con el revólver sin los cuatro plomos. Y de repente el sobrino, a corta distancia, disparó cuatro veces al pecho de Caraí Aguirre. Después le devolvió el Smith & Wesson. Caraí Aguirre entonces disparó dos veces sobre un par de botellas que colgaban de una rama. Las botellas se hicieron añicos.

La gente estaba ya borracha pero lo mismo se quedó muy impresionada. Creció la fama de Caraí Aguirre. Desde aquel día se lo llamo Caraí.

Pero el sobrino tuvo la funesta idea de amenazar una vez a su tío diciéndole que contaría la verdad sobre la farsa de los cuatro tiros sin plomo. Y entonces un solo disparo con plomo bastó para desgraciar al imprudente.

* * *

Yo debía tener un enfrentamiento con el hombre de la fortaleza. Y una tarde de marzo en que el cielo estaba aborrascado, sin vacilar más fui a la fortaleza.

Al llegar al portón de urundey lancé un grito llamando a Caraí Gervasio por su nombre y apellido. Encaramándome hasta la más alta madera, asomé la cabeza hacia la fachada de la vivienda. Casi al mismo tiempo se abrió la tronera de enfrente y salió fuera una escopeta de dos caños seguramente cargada para caza mayor.

-¡Tire el revólver hacia adentro y empuje después el portón! -El portón estaba sin tranca.

La tronera sólo dejaba ver el arma de dos caños. Yo hice pie en tierra y dejé mi calibre 44 bajo el portón.

-¡Empuje y entre! -me llegó cortante una orden brutalmente autoritaria. Cuando desarmado yo traspuse el umbral, se abrió la puerta frontal de la casa. En el vano, Caraí Gervasio con torva faz me encañonaba su arma empavonada.

-¿Qué quiere usted?

-Conocerle y tomar con usted unos tragos. Somos vecinos.

-Pase adelante.

Ya dentro y sin dejar el arma a un lado, me mostró un banco bajo seguramente obra de sus manos.

Su apariencia me sorprendió. Lo había imaginado muy diferente. Los hombros con joroba se le venían hacia adelante. Cojo de un pie, tenía la cabeza grande. Feo, feísimo, la mirada de sus ojos claros inyectados en sangre era cazurramente burlona y cruel. Vestía camisa de dril, pantalón de montar y polainas curiosamente bien lustradas. Del cinturón le pendían dos revólveres, los dos no lejos el uno del otro. Le cruzaba el pecho una canana con proyectiles de winchister y cartuchos de escopeta.

Aunque el corcovado emanaba ferocidad y grosería, yo estaba tranquilo, sereno y hasta divertido. Tuve de pronto la semiseguridad de que nada grave iba a pasar. Aunque en las dos habitaciones de la vivienda no había mucha luz natural ni artificial, no perdía detalle de lo que me rodeaba. Noté que en la pieza contigua a la en que él y yo estábamos había una especie de bunker no subterráneo, con muros y techo de gruesos troncos, troncos del mismo color rojizo de las paredes de la fortaleza. Noté que este bunker también tenía troneras. Calculé que se levantaba un metro y medio sobre el nivel del piso.

A uno y otro lado de la habitación en que él y yo estábamos, había trofeos de caza -cabezas embalsamadas de pumas y jaguares-; cubrían el piso pieles de grandes fieras con sus respectivas cabezas que no parecían muertas. Noté que Caraí Gervasio era dueño de un verdadero arsenal: rifles y escopetas colgaban en cruz, bajo las fauces feroces de los félidos ya mencionados. Cajas de proyectiles ocupaban rincones de la habitación contigua. Esto pude ver cuando Caraí Gervasio se levantó de golpe y abrió dos de las troneras-ventanas cercanas al bunker.

-Don Gervasio, le traigo un regalito, regalo de buen vecino de estos bosques. Y le tendí una botella de caña de Piribebuy encorchada en la destilería de origen y con el lacre de esa misma procedencia.

Sabía yo que no iba a beber una gota de esa botella si ya hubiera sido abierta antes. Famoso por lo desconfiado, hombre siempre a la defensiva, si una liana del bosque le tocaba el rostro creía que una víbora lo atacaba...

Caraí Aguirre aceptó el regalo con un gracias más masticado que proferido.

-Esta caña es muy especial, Caraí Aguirre. Mucho mejor que las que llegan del Brasil y de otros lugares. Yo traigo aquí en mi caramañola otro litro de igual calidad. Le invito a que brindemos el uno por el otro y que hoy comencemos una leal amistad.

Caraí Aguirre esgrimió un punzón que por allí guardaba y, agujereado el corcho, pudo verter el líquido dorado y traicionero en un vaso de vidrio. Yo mientras tanto me servía a mí mismo en un vasito de aluminio que llevaba atado a mi caramañola. Pero debo advertir que mi caña, mi litro de caña, era tres cuartos de agua del río y el resto aguardiente. En aquel tiempo yo me tomaba un cuarto de caña sin apenas achisparme.

Vacié casi de un trago largo todo mi vasito y volví a llenarlo enseguida para brindar, por segunda vez, con casi idénticas palabras:

-Por caraí Gervasio Aguirre.

Caraí Aguirre apreció en el acto la calidad de la caña y en media hora se despachó más de un cuarto del elixir de Piribebuy. Entonces ya comenzó a cambiar de actitud; se mostró casi amable y comunicativo. De pronto, ceremoniosamente, le comuniqué que por una razón especial yo quería conocerlo desde hacía ya tiempo. Un homónimo o tocayo suyo, le dije, el famoso explorador de la selva amazónica, Lope de Aguirre, era para mí un personaje extraordinario. Recientes lecturas me permitieron deslumbrarlo con mi erudición: unos pocos datos y algunas vagas referencias librescas. Lope de Aguirre, nacido en Ocaña en 1519, se distinguió en el Perú castigando a indios rebeldes y luego en guerras entre españoles tan anárquicos como él. En 1560 se unió a la expedición mandada por don Pedro de Ursúa en busca de El Dorado. Habiendo llegado al Amazonas, incitó a una rebelión que depuso y costó la vida a Pedro de Ursúa. Lope de Aguirre entonces asumió el mando. No le dije a Caraí Aguirre que Lope de Aguirre ordenó la muerte de todos los que se le opusieron, entre los cuales había varios sacerdotes. Le expliqué a Caraí Aguirre el mito de El Dorado. Y él me oía con admiración. Tampoco mencioné la creencia según la cual Lope de Aguirre mató a su propia hija, antes de ser capturado y ejecutado en 1561.

Yo, segurísimo de no emborracharme con mi caña aguada, menudeaba los tragos y hablaba ya con la desenvoltura de la incipiente embriaguez. Él, para no ser menos, menudeaba los suyos con mucha mayor potencia etílica. No sé en qué momento comenzó a caer una lluvia torrencial, súbita y huracanada. No le prestamos atención. Estábamos eufóricos; él, más que yo porque su euforia era verdadera y la mía más fingida que auténtica aunque no dejara de ser del todo euforia.

Caraí Gervasio Aguirre sonreía con sonrisa que intentaba ser alegre pero que no dejaba de ser feroz. Ponderaba la riqueza de mi guaraní y me decía una y otra vez:

¡Quién hubiera dicho que usted fuera tan criollo con esa cara de gringo que tiene! Ya me habían dicho que usted es buen tirador y que es veterano de la guerra del chaco.

Y la cara de Caraí Aguirre se fue descomponiendo con la embriaguez progresiva. Sus ojos claros con algunos reflejos amarillos me recordaban el jaguar cazado días atrás.

Ya no sé a la altura de qué libación, aquel hombre jaguar, ambidiestro, quiso exhibir -como era su costumbre- la pasmosa agilidad de sus manos analfabetas. Sin ponerse de pie, desenfundó sus dos revólveres y los lanzó al aire. Uno de ellos, el de la izquierda, cayó sin dispararse sobre una piel de puma; al otro, el de la derecha, lo empuñó y con él me apuntó un largo instante. El cañón del arma, dirigido hacia mi rostro, apenas temblaba.

Cuando volvió por fin los dos revólveres a sus fundas, lanzó una risotada.

-Usted mi amigo es valiente: ni parpadeó. Pero esta vez el de la izquierda se me escapó.

Haría más de una hora que conversábamos sin un tema preciso, a base de exclamaciones, de palabrotas y de toses, cuando me fue evidente que ya no se sentía muy seguro en su asiento, una silla de cuero sin curtir.

Masculló que él al fin se encontraba con un señor; que yo no era como los demás; yo era un hombre muy leído, muy culto, muy... Usted, usted... usted.

Yo uní mi firme vaso al suyo vacilante, y lo invité a un brindis de señores. Me confió, como quien revela un secreto, que él no quería nada más que su libertad. Nada más que ser amo de sí mismo y no tener más ley que su voluntad.

-Yo me he hecho respetar. Estoy bien aquí en este monte, en esta fortaleza. Aquí me llaman caraí.

La botella se le había vaciado. Y vi de pronto que se desmoronaba cayendo sobre una de sus pieles de jaguar.

Me agaché sobre él como quien examina el cadáver de un tigre. Le saqué los dos revólveres de su funda y se los puse sobre la mesa; junto a ellos coloqué la botella vacía. De pronto se me ocurrió que Caraí Aguirre llevaría otra arma consigo. No me equivoqué. Bajo el cinturón, cubierto por la parte posterior de la camisa de dril, escondía un revólver 38, caño corto.

La lluvia golpeaba con masas de agua el techo y las paredes de la fortaleza. La fortaleza estaba a oscuras ya. Encendí una lámpara de kerosén. Fui hacia la cama del borracho, agarré la almohada y destendí una frazada. Puse la almohada entre el piso y la cabeza dormida. Y tapé al forajido inerme porque ya hacía frío.

Cuando salí a la lluvia recuperé mi ya embarrado revólver, junto al portón que el viento abría y cerraba furiosamente.

* * *

Días después Caraí Gervasio Aguirre apareció temprano, en la entrada de mi carpa.

-¡Amigo! -me dijo como saludo-. ¡Qué bien lo hemos pasado la otra tarde!

-¡Caraí Aguirre! -exclamé sonriendo cortésmente.

-No: usted no me llame Caraí Aguirre. ¡Yo soy para usted solamente Gervasio Aguirre, su vecino y servidor!

(No lejos de mi carpa, vi a Toribio Vera y a Antenor Frutos listos para entrar en acción si fuera necesario).
 
 
 

EL ROJO SCOTT EN PIRÉ-TÚ

     Aislados por cuatro o cinco grandes esteros, vivían lejos de toda civilización desde hacía más de ciento cincuenta años. Para el acceso a Piré-Tú había que cruzar en bateas el estero Yacaré, el Mburicaó los esteros Las Hermanas o el Ñeembucú. Los caballos nadaban a ambos lados de las bateas por estas aguas paralelas infestadas de reptiles. Se hablaba de la estancia Piré-Tú; pero eran varias estancias las que formaban una sola, enorme y salvaje. Los puesteros no habían visto nunca una ciudad, y ni siquiera un pueblo. No sabían lo que es una escuela. Allá, no llegaban periódicos y si hubiesen llegado, nadie hubiera podido descifrarlos. Y qué decir del telégrafo, de la radio, del teléfono. Nadie sabía lo que eran estas cosas.

     Para llegar de un puesto a otro se necesitaba cabalgar un día o más.

     En las pocas familias, de múltiples parentescos, la endogamia resultaba inevitable. El incesto a nadie preocupaba. No había jueces de paz, ni alcaldes, ni comisarios. Allá jamás llegaba un cura; ni siquiera un cura itinerante.

     Pero aquellos campesinos eran felices, más felices que todas las gentes que he conocido en este país y en el extranjero. Eran felices y pacíficos. No se recordaban peleas a cuchillo ni crímenes sangrientos tan comunes en otras regiones.

     Allá vivía el hombre natural, el buen salvaje de que tanto se habló.

     Pero no eran salvajes, ni remotamente, antropófagos. Cuando conocí los cuadros de Paul Gauguin, años después, me acordé de aquella gente. Piré-Tú era otro Tahití que en vez de mar tenía esteros. Gauguin decía que la civilización nos hace sufrir; a él la barbarie lo rejuvenecía. Tenía razón. En aquel tiempo yo no necesitaba rejuvenecer; pero en Piré-Tú yo era más que yo. Allá el cielo parecía más alto, el del azul más brillante del mundo; los días lucían casi siempre celestes y dorados; las noches de pana turquí con estrellas tan bajas como al alcance de la mano. Había pocos ranchos. Distanciados de los demás por leguas y leguas, de vez en cuando se veía uno como un barquichuelo marrón cubierto de paja vieja en el mar amarillo de las praderas o en la linde verde de los bosques o en la grisácea de los esteros. Yo tuve que vivir mucho tiempo en esa estancia que pertenecía a uno de mis tíos, confinado yo por mis aventuras políticas, perseguido por civiles y uniformados infinitamente más brutos que la gente sencilla de Piré-Tú. Y me refugié en aquella propiedad de Edward Scott porque ningún otro miembro de mi familia tenía otra tierra tan vasta ni tan alejada como esta que venía del bisabuelo escocés Dugald Scott.

     Me llamaban allá el Dr. Scott o más comúnmente «El patrón». Yo no era doctor en aquel tiempo. Solamente estudiante de Derecho. En la Facultad me apodaban, a mis espaldas, se entiende, «El Rojo Scott», o «El Rijoso Scott». Y esto porque mi rostro era encarnado, mi pelo rojo y mi sangre fuego líquido. Sobre todo la mitad de mi sangre, mi sangre gringa de hacendados violentos y despóticos. No era culpa mía. Yo no podía controlar las urgencias de mi sangre en este cuerpo entonces hercúleo. No digo esto por vanidad o por jactancia sino porque es la pura verdad.

     Durante años, años anteriores a mi confinamiento, solía vivir verano tras verano en estancias menos salvajes que Piré-Tú. Hijo de patrón, nieto y bisnieto de patrones, yo era una especie de señor feudal y no me abstenía de mi derecho de pernada, por llamar así al privilegio de un goce ilimitado de campesinitas púberes o adolescentes.

     El trabajo y la farra me eran inseparables. Con dos o tres amigos, que cómo primos tenían mi apellido, después de duras faenas de sol a sol -arrear, domar, faenar, enlazar- solíamos recorrer ranchos, con guitarra y abundante alcohol. ¡Incansable juventud!

     El Rojo Scott se quedó de pronto callado, absorto en sus recuerdos. Volviendo a Piré-Tú, -dijo de pronto-, había allá once puestos de estancia. Y en cada uno cinco o seis familias. Ya dije bastante sobre aquella región hermosa y a veces terrible, terrible cuando los esteros se convertían en ríos torrentosos. ¿Está claro esto? Si quieren les dibujo un mapa...

     Ustedes querrán saber la extensión de Piré-Tú: doce leguas cuadradas o, si prefieren, veinticuatro mil hectáreas. ¿Y en cuanto a animales, además de los ganados, vacuno, caballar, lanar? Pues carpinchos, lobopés, venados. ¡Y tantos más!

     Los esteros debían llamarse allá viveros. Viveros de peces, de aves acuáticas y, como dije ya, de reptiles. A los venados se los cazaba con boleadoras; a los yacarés se los mataba a lanzazo limpio. Me olvidaba de los avestruces que corrían en manadas por los campos así como ahora me olvido de muchos otros bichos. Nadie molestaba a las avestruces. ¿Quién iba a querer su carne y menos sus plumas? ¿Plumas para hacer plumeros? Los dejaban vivir en paz. A los yacús o yacúes -no sé cómo se dice- los cazaban a flechazos. Había arqueros de increíble puntería. El yacú es como una charata grande, como ese pájaro que llaman pava del monte en la Argentina.

     ¿Qué nombre tenían allá los hombres y mujeres? No diré nombres de pila porque no había pilas para el bautismo. Ustedes saben lo que era y acaso sigue siendo el Almanaque Bristol. ¿Lo saben? Bueno: el bolichero, el del único boliche en todo Piré-Tú, un calabrés ladino, aseguraba que sabía leer y era dueño de un Almanaque Bristol. Del almanaque sacaba los nombres para los recién nacidos o los que estaban gateando ya. Acaso también tuviera un libro de historia y de mitología, porque en Piré-Tú sonaban nombres raros o no comunes como Teseo, Ataúlfo, Sigerico, Ulises, Prometeo y otros muchos así. En cuanto a las mujeres había Cayetanas, Antígonas, Sabinas, Lucinas y Artemisas.

     El patriarca se llamaba Paí Boró. Curandero, curaba con palabras. Y con yuyos. Conocía la virtud de todos los yuyos habidos y por haber. Pero su panacea casi universal, para asegurar el poder de sus palabras, era el azucá del campo. El azucá del campo es excremento reseco de perro. Él lo recetaba a todos los chicos y a casi todos los grandes. No sé qué valor curativo especial infundía Paí Boró a este azúcar medicinal. Lo cierto es que los puesteros veneraban a Paí Boró y veían en él un taumaturgo.

     Paí Boró solía hablarme preocupado por su gente. Deploraba la ignorancia en que vivían hombres y mujeres. Él no se excluía en sus confidencias nada halagüeñas.

     Lamentaba que todos y él mismo estuvieran tan alejados del amparo de Dios, decía.

     Ni siquiera de paso llegaba allá un sacerdote para bendecir las parejas en matrimonio. Jamás vieron un obispo en gira pastoral. Esto solía repetir tristemente el buen viejo. Famoso por lo gran domador durante años y años, todavía impresionaba por su prestancia de jefe innato, su andar reposado con el tintineo de grandes espuelas, espuelas a las que siempre descalzo, jamás abandonaba. Todavía erguido y grave llevaba sus pilchas campesinas, desteñidas pero decentes, con la dignidad propia de su patriarcado de hecho.

     «Aquí se desconoce el matrimonio» era su queja repetida una y otra vez cuando él y yo, montados en buenos caballos, nos alejábamos del puesto. Tantas veces se quejó de esto, que me sorprendió mucho cuando un día me habló de Artemisa. Y ahora les contaré sin detalles inútiles la historia de Artemisa y de cómo me convertí en misionero en Piré-Tú.

     Pero antes, para que me entiendan bien, debo contarles esto: había en Piré-Tú un toro que se llamaba Tarquino. Un toro mitad inglés mitad africano, como yo que soy mitad sudamericano y mitad escocés. Este toro, importado de los Bullrich argentinos, cruzado con vacas de Piré-tú engendraba crías fuera de serie.

     El día en que Paí Boró me habló de Artemisa -fue al caer la tarde- estaba él rodeado por los hombres más notables de Piré-Tú. Paí Boró me presentó con gravedad a una chica virgen y nada fea de nombre griego. Tenía dieciséis años, se creía.

     -Patrón a usted que es tan bueno y nos trae las mejores provistas le voy a dar lo mejor de mi gente; el cruce entre usted y esta hermosa muchacha será como el de Tarquino y las vacas de Piré-Tú.

     Yo hubiera querido decir que no, que no faltaba más. Pero Artemisa me miró con unos ojos lindos y me flechó como aquella diosa de los griegos, Diosa de la Caza.

     De mediana estatura y muy bien formada, me la llevé en la grupa de mi zaino a la antigua casa de mi tío Edward Scott.

     Artemisa era un regalo. Un regalo de Paí Boró. ¿No había una contradicción entre lo que él solía decirme confidencialmente y lo que había hecho con Artemisa? Paí, en guaraní quiere decir padre, sacerdote; de aquí que una calle de Asunción se llame Paí Pérez, en memoria de un famoso capellán durante la guerra del Chaco. Pero Paí en Piré-Tú, significaba jefe, caudillo, líder. ¿Creía él estar por encima de las leyes divinas y humanas cuya transgresión habitual le mortificaba? Nunca lo supe, pero yo pensaba y pensaba en este enigma.

     Vivir unos meses muy feliz con Artemisa me fue inspirando una especie de feminismo. A la sombra de los eucaliptos de la casa estancia, entre mate y mate que ella me cebaba con gestos muy graciosos, nuestra conversación resultó reveladora, no sólo de su alma cándida de muchacha primitiva, sí, pero exquisita de varias maneras, sino de la condición de la mujer en Piré-Tú.

     Aquella gente era feliz, sin ninguna duda; los hombres, sin embargo, gozaban de demasiados privilegios. Las mujeres eran siervas de los varones. Artemisa me hacía ver todo esto con ingenua naturalidad. Yo empecé a sentir profunda lástima por las mujeres de Piré-Tú. Más que lástima, ganas de hacer justicia. ¿Cómo? ¿Yo, un perseguido político con mis amigos poderosos en la cárcel o el destierro? ¿Cómo me iba a meter a redentor de la mitad de los pobladores de Piré-Tú ahora que descubría algo muy valioso en la ignorancia y en lo que se llama barbarie? El verso, un verso de un gran poeta inglés se oponía, tenaz, a mi deseo de redención. Es éste:

     Where ignorance is bliss Tis folly to be wise:

     «Donde la ignorancia es felicidad, es tontería ser juicioso.» Sí, el verso de Thomas Gray quería disuadirme.

     Cuando yo regresaba de mis trabajos en el campo a la casa estancia, Artemisa espiaba mi regreso y corría a mi encuentro. Apenas me apeaba de mi zaino, me sacaba ella las perneras y los zapatos y las espuelas. Insistía en lavarme los pies. Yo por mi parte solía bañarla con jabón jú o jabón negro, esto es, mixtura de sebo de vaca y frutas negras. Ella me agradecía este servicio conmovedoramente. Al terminar el baño, me miraba con grandes ojos mansos como los de un perrito temeroso de castigo.

     Y poco a poco, yo que como hijo del patrón en más de una estancia bárbara aunque no tan bárbara como Piré-Tú, y que me había criado más como un bárbaro que como un civilizado; yo que nunca me había cuestionado mi uso y mi abuso de muchachitas quinceañeras; yo le dije una fría mañana a Artemisa:

     -Mirá Artemisa, desde hoy en adelante ya no me lavarás los pies.

     Ese mismo día ideé un plan. Su ejecución, a los ojos de aquella gente primitiva, iba a parecer algo perfectamente legítimo para no decir sagrado.

     El jefe de la Iglesia Nacional en aquel tiempo era Monseñor Juan Sinforiano Bogarín, un verdadero prócer. Bien: decidí que de él había recibido plenos poderes sacerdotales. Sin pérdida de tiempo fui a visitar a Paí Boró. Gravemente le comuniqué que el próximo domingo quería yo ver reunida frente a su rancho a la gente de Piré-Tú. Las parejas amancebadas, con sus mejores ropas formarían dos filas paralelas, dedos en dos, se entiende, sobre la explanada que rodeaba el rancho del patriarca con un suelo endurecido a agua y escoba.

* * *

     Cuando amaneció el domingo indicado me vestí con ropa talar. Es decir, me puse una capa negra, muy amplia y larga que había en un arcón escocés venido de Aberdeen, Scotland. Una capa alcanforada, en perfecto estado, y eso que tendría casi un siglo. La capa, que me llegaba hasta los talones y me tocaba las espuelas, se cerraba en torno al cuello. Debajo de la capa me había ya abotonado una camisa blanca que dejaba ver su cuello blanco bajo el cuello negro de la capa. Todo esto bien eclesiástico. Necesitaba algo más. Allá nadie nunca había visto anteojos. En el arcón también había unos de armazón de oro que habían pertenecido no sé a cuál de mis abuelos gringos. Me probé estos anteojos haciéndolos descansar sobre la punta de la nariz.

     Me miré al espejo. Idéntico a un obispo escocés. Pero no olía a incienso; olía a alcanfor. En Piré-Tú esto causaría impresión favorable.

     A la hora señalada me apeé cerca del rancho de Paí Boró. Sobre los campos el rocío hacía más fuerte el perfume de las flores que nadie cuida. El cielo muy azul en la mañana fresca, era un cielo mansamente invernal, sin nubes.

     Mi caballo zaino también estaba preparado para la ceremonia. Llevaba una especie de gualdrapa que improvisé de una colcha roja. Respetuosamente exhibía yo una biblia inglesa antigua que debía servirme de breviario, de misal, de devocionario y qué sé yo. Una biblia jacobea de 1611.

     Saludé serio, ceremonioso a Paí-Boró, a la matriarca Ña Iné y a toda la concurrencia. Y de pie, ante la reverente expectativa de aquella buena gente, con los anteojos amenazándome con rodar sobre la punta de la nariz y con la antigua biblia inglesa sujeta con la mano izquierda contra el pecho, prediqué un sermón. El índice de mi diestra tuvo un ritmo de batura. Me valí de trozos de homilías de padres salesianos. Como no me entendían sino aquí una frase y allá otra, mi castellano altisonante tendría una majestad superior a la del latín sagrado. Condené las uniones detrás de la iglesia y aquí recurrí al guaraní para que no quedase duda respecto a la alta moralidad de mi prédica ya la validez de mi misión. Expliqué con rigor y severidad cómo debería ser toda familia cristiana.

     Mencioné enseguida a Monseñor D. Juan Sinforiano Bogarín el cual, según afirmé con énfasis conveniente, me había conferido el poder de corregir las irregularidades domésticas de Piré-Tú. Hablé de la santidad del matrimonio, lo califiqué de gran sacramento, aun de mayor importancia que la Penitencia y Extremaunción. El auditorio estaba conmovido, consternado, edificado. Y yo también me iba emocionando, poseído ya de mi papel sacerdotal. Luego, con la biblia sostenida con ambas manos, hice señas a la pareja más cercana para que avanzara y llegara frente a mí. De repente me entró el escrúpulo inesperado de que practicaba un acto sacrílego. Perdí por un instante la solemnidad y la seguridad; las recuperé prometiéndome traer a Piré-Tú, cuando me devolvieran la libertad, un verdadero enviado de Monseñor para que pusiera las cosas en orden verdadero. Mientras tanto reaccioné con autoaprobación porque mi misión tendría un efecto provisional, sí, pero efectivo.

     Fingí leer en la biblia más de un texto sagrado y terminé la bendición de la primera pareja con un Dominus Vobiscum, un pax Vobiscum, un felix culpa. Rematé esto con un Amén, bajando la cabeza. Los anteojos casi se me cayeron al suelo apisonado y bien barrido. ¡Omnis homo mendax!

     Una gran emoción estremecía a aquella buena gente. Se me aproximaban las parejas con los ojos bajos, las manos unidas, sin atinar con un rezo que nadie les había enseñado.

     Dos horas después de la primera ceremonia nupcial no había una sola unión ilegítima en Piré-Tú. Hasta el patriarca Paí-Boró quiso unirse en santo matrimonio a Ña Iné, después de más de medio siglo de concubinato.

     Él quiso ser el último en recibir mi bendición y lo hizo, con su pareja, muy devotamente.

* * *

     La vida cambió mucho en Piré-Tú. Ya lo verán ustedes. La costumbre, dicen, es una segunda naturaleza. Cuando amaneció el día siguiente a aquel domingo histórico, las mujeres, como de costumbre, se levantaron muy temprano. Y como siempre tomaron un hacha, una pala o un machete dispuestas a ir a trabajar duramente en cortar leña, desherbar la capuera y en otras tareas por el estilo.

     Los hombres, ahora maridos, -esto ocurrió en forma muy similar en todos los ranchos- detuvieron en seco a sus ahora legítimas consortes:

     -No Fulana. Vos te quedás en casa. Ahora ya no sos che servijá (mi sierva) ahora te llamo che rembirecó, (mi esposa). A vos no te corresponde trabajar como antes; quedate en el rancho, en la cocina, visitá el gallinero, cuidá a los chicos...

* * *

     No mucho después me informaron que podía salir de Piré-Tú. Me devolvieron la libertad. Artemisa se vino conmigo a la capital. En la capital me enteré de que había terminado la segunda guerra mundial. Era el año 1945.

     A Artemisa la casé de verdad en la iglesia de San Roque con uno de mis peones favoritos de una de nuestras estancias en Caapucú.

     Tomá-í, buen muchacho no cabía en sí de tan feliz. Yo supe ser discreto. Con Artemisa fui un toro Tarquino, pero sin descendencia. Con Tomá-í ella formó una pareja prolífica y bien avenida.

     ¡Pero si ya se cumple medio siglo desde que renuncié a aquella humilde chica, hoy todavía estoy arrepentido!

     1994


EL TESORO DE LA CASA SCOTT

     El Gran Salón de la Casa Scott estaba hacía varios lustros cerrado con llave. Una pesada llave que, más que llave parecía un arma antigua de labor artística.

     Pero mi hermano Artemio y yo pudimos entrar en el salón por una de sus doce ventanas. De esto hace más de cincuenta años. Nos costó días de trabajo forzar esas maderas centenarias. Una vez dentro del salón nos felicitamos.

     ¡Qué muebles, qué cuadros, qué cortinados, qué tapices, qué alfombras!

     Guardaban la llave del salón tres sirvientas viejísimas de mi difunta bisabuela. Ellas cuidaban bien los muebles. Aunque ya medio ciegas, los mantenían limpios, sin telarañas, sin polvo.

     Lo que más nos llamó la atención a Artemio y a mí, en los primeros días, fueron los instrumentos. Sabíamos que todos los Scott de antes, hombres y mujeres, fueron músicos. Ahora lo comprobábamos. Él y yo también éramos músicos. Había un piano de cola, medio fúnebre, sí, pero muy bueno; había flautas, oboes, un violoncelo y varios violines. Artemio entonces era medio pianista; yo medio violinista. Hoy sigo siendo medio violinista.

     La casa, edificada por el fundador de la familia, el barbudo Dugald Scott, estaba deshabitada desde tiempo inmemorial. Cada vez que penetrábamos en el Salón, Artemio y yo hacíamos un poco de mala música. Y después nos plantábamos frente al retrato de Dugald Scott que, según se decía, había sido pintado por Joshua Reynolds o algún discípulo suyo. «Era más colorado que nosotros» decía yo. Ya en aquel tiempo me llamaban a mí el Rojo Scott, cosa que no me gustaba del todo.

     No sé por qué mis padres y mis tíos (había en la casa lugar de sobra para varias familias) preferían no vivir en la Casa Scott. Así la llamábamos.

     Mis padres y mis tíos habitaban en casas modernas o semimodernas o se pasaban la mayor parte del año en sus estancias. Artemio y yo decidimos que la casa fuera nuestra y de nadie más, ahora que ya éramos secretos dueños del Salón. En la casa nos instalaríamos para estudiar con algunos compañeros de la Facultad. Allí había, en sus largos corredores, grandes mesas antiguas con superficie para docenas de libros y jarras de tereré. Artemio y yo decidimos no contar a nadie que teníamos acceso al Salón de Mr. Dugald Scott.

     Circulaban varias leyendas sobre la casa Scott. Se decía que estaba embrujada, hechizada, encantada. ¿Qué quería decir esto? Sencillamente que en la casa había Poras, Fantasmas o acaso un solo espectro más temible que otros muchos. Se aseguraba que dentro de la casa o en su amplio solar de unas dieciocho manzanas, en cuyo centro mismo se levantaba el edificio, había entierros. Los Scott de antes tenían fama de opulentos. Durante o después de la Guerra Grande deberían de haber enterrado grandes tesoros.

     Lo que en guaraní se llama plata ivivy.

     La creencia en tesoros enterrados en este país es ya manía de varias generaciones. En este país se ha cavado la tierra más en busca de tesoros que para sembrarla o para abonarla.

     Los Scott, mejor dicho, Dugald Scott y su esposa habían tenido mucho que ver en la historia de la terrible Guerra Grande.

     Habían conocido de cerca a todos los grandes dignatarios, a todos los generales que habían muerto en batalla o que fueran fusilados por traición a la patria, traición supuesta o verdadera. ¡Vaya uno a saber!

     Y como nadie ignora que donde hay tesoros enterrados hay fantasmas o poras, el caserón antiguo de los Scott debía de parecer a los ojos de ignorantes y de no ignorantes, una verdadera residencia de fantasmas. Una haunted house. De noche, allá en el centro del silencioso solar profusamente arbolado, la casa blanca tenía en verdad un blancor fosforescente.

     Todo en ella aludía a un pasado romántico y, más que romántico, trágico.

     En esa antigua casa se habían celebrado fiestas a la luz de arañas de infinitos caireles de cristal. Señores y señoras habían lucido disfraces lujosos en danzas con figuras de ceremoniosa distinción. Y no mucho después, ¡cuántos de aquellos graves bailarines habían sido llevados a prisión y cuántos fusilados por la espalda como se debía fusilar a los traidores!

     Si esto que cuento es cierto sólo a medias, nada importa. Me atengo a lo que la gente creía a piejuntillas. Ya verán ustedes cómo Artemio y yo íbamos a explotar la credulidad de la gente o, por lo menos de algunos amigos.

     Un Amo Absoluto había comandado nuestros ejércitos de la Guerra Grande. Este Amo Absoluto, el que había ordenado la ejecución de personajes históricos o imaginarios que habían asistido a las fiestas de la Casa Scott, pereció él también, al final de la guerra de exterminio que fue la Guerra Grande.

     Se creía que aquel Amo, el Mariscal de Hierro, cuya imagen había crecido gigantescamente en la fantasía del país en la época de la Reconstrucción, había hecho enterrar tesoros a lo largo de una vasta extensión de la república, a [54] medida que el invasor se iba apoderando a sangre y fuego de su territorio desde Cerro León, Piribebuy, Barrero Grande, San Isidro de Curuguaty, hasta Igatimí.

     Cada vez que Artemio y yo entrábamos en el Salón de Dugald Scott, hablábamos largamente sobre cómo hacer más impresionantes las leyendas de los Scott y sus tesoros enterrados. Artemio es un tipo reticente y con la malicia de los reservados. Cuando yo le hacía ver un Pora, le hacía ver un Pora, digo, porque yo también casi lo veía mientras lo imaginaba, los ojos verdes de Artemio brillaban llenos de picardía. Una tarde histórica resolvimos que el Pora, el Pora con mayúscula, residiera en el Salón de las Fiestas Antiguas. Este sería desde entonces el nombre del Salón. Desde allí enviaría mensajes a los vivos. Nuestros amigos escucharían de nosotros las más espeluznantes historias sobre este Pora.

* * *

     Junto al Salón de las Fiestas Antiguas había un cuarto bastante amplio. Una especie de biblioteca porque unos estantes casi vacíos de libros cubrían dos de sus paredes. Una alfombra muy parecida a las del Salón había sobre el piso de este cuarto. Tuve la idea de instalar dentro del Salón una campanita, creo que más de cobre que de bronce. Esa campanita, vieja, cubierta de cardenillo, tenía un dispositivo provisto de dos tornillos con sus respectivas tuercas. Gracias a este dispositivo se la podía fijar a una barra de metal o de madera. O a la pata de un mueble.

     La pata del mueble que elegí fue una de las gruesas patas traseras de un sofá. Este sofá estaba adosado a una de las paredes cubiertas de tapices. Allí, bajo el sofá, bien disimulada, la campanita podía sonar con un son más o menos lúgubre si un cable la sacudía ex profeso. Este cable tenía que ser colocado sin que lo descubrieran las viejas sirvientas de mi bisabuela. Artemio y yo hicimos un trabajo de alta ingeniería o, mejor, de baja ingeniería: ¿Por qué de baja ingeniería? Porque un resbaladizo cordón, si así puede decirse, fue asido al cable. El cable medía medio metro. Bien: el cordón debía ser puesto bajo la alfombra del cuarto biblioteca; el cordón asomaría junto a un sillón en bastante buen estado. Este sillón era de mi propiedad exclusiva como todo el mundo sabía.

     Desde este sillón, podía yo hacer accionar la campanita de bronce del Salón de las Fiestas Antiguas.

     Ahora, gracias a la campanita, era posible una comunicación directa con el Pora. Artemio y yo ensayamos durante varios días unos diálogos con el fantasma. Nuestro Pora debía ser lacónico por razones obvias: -Señor Pora, ¿hay plata enterrada en esta casa? Por favor, conteste que sí con un toque de campana; o si no con dos toques. O no diga nada si no quiere contestar.

     Yo perfeccioné el sistema de comunicación de manera convincente. La campanita sonaba sin vibración demasiado viva; logré que el cordón bajo la alfombra del Salón primero y luego bajo la del cuarto-biblioteca, se moviera con soltura. Tuvimos que construir pequeños túneles no subterráneos sino subalfómbricos que permitían un deslizamiento adecuado.

     -Señor Pora, ¿está usted todas las noches en el salón de los Scott?

     Una respuesta clara aunque asordinada llegaba desde bajo el sofá del Salón: ¡Tin!

     Esto confirmaba la creencia extendida acerca de la antigua casa. El mismo Pora en persona daba fe ahora de su residencia espectral entre las vetustas paredes.

     -Señor Pora, ¿también está usted allí durante el día? En seguida la campanita contestaba: ¡Tin!

     Estos ensayos de comunicación con el ser de ultratumba ocurrían a la luz del día. Los diálogos con el fantasma familiar, sin embargo, cuando hubiera huéspedes, serían en la oscuridad más tenebrosa.

     Un amigo nuestro, que se llamaba Crispín y que no vivía lejos de la casa Scott, fue invitado a participar en nuestra conjuración. ¿Conjuración contra qué o contra quién? «La conjura del terror» bauticé yo a la larga broma que maquinábamos. Pronto comenzarían los cursos universitarios y sería necesario estudiar en el corredor frontal de la casa Scott. Entonces vendrían primero sólo por las tardes y después, también de madrugada, cinco compañeros nuestros.

     Prepararíamos bien la cosa. Al principio les hablaríamos de entierros que sin duda había en el solar o bajo los mismos pisos de la casona. Después les contaríamos que en el Salón de las Fiestas Antiguas había noches, noches terribles. En el Salón sonaban instrumentos musicales, se oían voces de hombres y mujeres. Durante otras noches, aseguramos Artemio, Crispín y yo, se oían otras cosas. Gritos, lamentos, maldiciones. Esto era sin embargo, lo menos común. Lo habitual era el ruido de pasos apagados sobre la gran alfombra del gran Salón y un llanto convulsivo que no se sabía si era de hombre o mujer.

     Nuestros cinco compañeros ya sabían desde hacía tiempo que la casa estaba embrujada, que había entierros en sus alrededores o bajo los mismos pisos de sus habitaciones. Rolón, Campito, Mario Pérez, Franco-í y Centú eran muchachos estudiosos y algo noveleros.

     ¿Sería difícil hacerlos participar en coloquios nocturnos con el Pora? Todos habían oído de entierros descubiertos en la capital y en la campaña. Habían leído también cuentos de piratas que enterraban tesoros en Islas o en tierra firme y que luego liquidaban a los que habían manejado los picos y las palas. La práctica de los piratas de siglos antes se había adoptado en nuestro país. Así se decía y se repetía como artículo de fe. Otra forma de creencia era esta: muerto el que había hecho un entierro, su espectro vigilaba este entierro, lo cuidaba, lo protegía, ¡vaya uno a saber!

     Rolón, Campito, Mario Pérez y compañía, en rueda de tereré, se fueron enterando por menudo de la historia de la casa Scott. Historia no del todo inventada pero en su mayor parte apócrifa. Día tras día Artemio, Crispín y yo agregábamos algún embuste impresionante.

     No sólo Dugald Scott y miembros de su familia aparecían fosforescentes alrededor de la Casa y se reunían después en el Salón de las Fiestas Antiguas. Se habían visto generales de uniforme ensangrentado dirigirse al Salón y penetrar a través de sus puertas herméticamente cerradas. Una muchacha hermosísima, famosa belleza de los tiempos idos, alanceada por orden del Amo o de la amante de este, había sido vista gimiendo desconsoladamente por unos de los corredores y luego desaparecer en la tiniebla.

     Una mañana en que «los conjurados» -así nos llamábamos Artemio, Crispín y yo, mateábamos en el corredor frontal entre las 6 y 7 a.m. tuve yo una idea genial:

     -Miren, -les dije- esa ventana, la última hacia la derecha, no está lejos de la pared del retrato. Me refiero al retrato de Dugald Scott. Debajo del retrato hay un gran sillón que parece un trono. Voy a conseguir un taladro de grueso calibre y a hacer un agujero que atraviese la ventana de soslayo. Durante el día hay suficiente luz para poder ver el cuadro y, debajo, el sillón dorado. ¿Qué les parece si les decimos a Rolón, Campito, Centú, etc. que hay noches en que Dugald Scott se sienta en el sillón como si fuera el Papa de los Poras y que lo rodean los espectros luminosos de José Berges, el obispo Palacios, Juliana Ynsfrán, Wencelao Robles y otros generales en un cónclave de fantasmas?

     -¡Formidable! -dijeron los conjurados. Y ese mismo día leyeron en libros de historia los fusilamientos más [58] sensacionales de la Guerra Grande, además de cosas épicas como el asalto de los acorazados brasileños por los lanchones del General Genes.

     El taladro de grueso calibre hizo un agujero al sesgo en la gruesa madera de la última ventana de la derecha, y, cuando había mucho sol, especialmente a mediodía, se podía ver, al fondo del Salón de las Fiestas Antiguas, el retrato del Primer Scott, admirablemente pintado por Reynolds o por alguien de su escuela. Barba, bigote, patillas y cabellos rojos, el rostro encarnado, una mirada entre azul y verde y vestido como Lord Chathan, el bisabuelo tenía una postura intimidante. Nadie dudó entre nuestros amigos -Rolón, Campito, Mario Pérez, Franco-í, Centú- nuestras más osadas mentiras. Les contamos que un viernes de noche, justo a las doce en punto, vimos sentado en su sillón dorado a Dugald Scott. Dugald Scott había descendido del cuadro: el cuadro estaba vacío de su figura: sólo conservaba este el grueso marco y un fondo de paisaje escocés. Alrededor del sillón dorado se movían lentamente unas sombras, pero unas sombras con fosfórica luz sepulcral...

     -Vimos -dije yo- un general de charreteras de oro a quien le faltaba una pierna y se apoyaba en un fantasma joven.

     -¡El General Díaz! -gritó Mario Pérez.

     -¡El héroe de Curupayty! -coreó Franco-í

     -De pronto -agregué yo- una dama hermosa se acercó a Dugald Scott y le dijo algo, indignada, que no pude oír...

     -¡Madama Lynch! -exclamó emocionado Rolón.

* * *

     Ya bien sugestionados nuestros amigos, los consideramos listos para las sesiones nocturnas con el Señor Pora. Al filo de medianoche nos reunimos por primera vez solemnemente para formularle preguntas. Rolón, calvo, delgado, nervioso, propuso que todos nos pusiéramos de rodillas y rezáramos un padrenuestro. Artemio, Crispín y yo nos negamos a hacer esto porque nos pareció incorrecto; pero todos los otros estuvieron de acuerdo con Rolón: había que postrarse formando un círculo en la pieza adjunta al Salón, santiguarse y rezar la oración enseñada por el Evangelio.

     -Padre nuestro que estás en el cielo...

     Yo, arrodillado junto a mi sillón hurgué en la oscuridad y agarré el extremo del cordón.

     La voz de Centú sonó, después del rezo, con emoción profunda, con respeto y temor:

     -Señor Pora: ¿Hay un tesoro enterrado en esta posesión de los Scott?

     Si la respuesta es afirmativa, dé por favor un toque de campana. Yo apenas podía ver en la oscuridad. El gran Centú, tenía, seguramente, las manos unidas porque era muy devoto. Hablaba un castellano bien timbrado que ahora la emoción volvía algo vacilante.

     -Si la respuesta, Señor Pora, es afirmativa -repitió Centú, un son de la campanita bastará...

     Yo entonces supe que había llegado el momento más solemne: di un tirón al cordón y desde allá dentro del Salón llegó claramente un ¡Tin! que sobrecogió de susto a casi todos nosotros. La hora, la oscuridad, el silencio de pronto herido por el mensaje de ultratumba del bronce, eran suficientes para erizar los pelos al más pintado.

     ¡Había un tesoro cerca; se imponía ahora saber dónde, si bajo el mismo piso de la casa Scott o en algún lugar reconocible por señas del enterrador o los enterradores: por ejemplo, bajo el árbol más alto y más frondoso del parque Scott, o entre algunas piedras grandes!

     Preguntado sobre la ubicación del entierro, el Pora se mantuvo en silencio. (Es decir, yo no hice sonar la campanita). Pero argüí muy razonablemente, en opinión de Franco-í, que era modoso, melifluo y afectado, que faltaba algo esencial.

     -Señores -dije- primero vamos a preguntarle al Pora si quiere o no quiere que busquemos el tesoro.

     El señor Pora afirmó no oponerse a nuestros planes. A una pregunta que yo mismo formulé con debido respeto, agregó que nos ayudaría.

     Mario Pérez con su carota ingenua llena de pecas y ahora no visible, urgió que tuviéramos en cuenta los cuatro puntos cardinales. -El señor Pora está dispuesto a entregar el tesoro; según lo que ya oímos el tesoro no está debajo de estos pisos. Debe de estar en una de las dieciocho manzanas, acaso en una de la más próxima. Preguntemos, pues, si encontraremos el entierro al norte, al sur al este o, al oeste, del punto en que nos encontramos.

     No sé yo si Crispín o Artemio empujó una silla y esta cayó hacia atrás, respaldo abajo, creo, haciendo un ruido terrible para ese momento.

     Hubo una reacción de terror entre los circunstantes; yo mismo me asusté porque estaba pensando que por qué no sería cierto que hubiese un Pora de verdad, que se valiera de mí, de Artemio y Crispín para sus fines inescrutables.

     Restablecida la no segura calma entre nosotros, y después de unos buenos rezos, el Señor Pora, hábilmente interrogado, manifestó en forma inequívoca que el entierro se encontraba hacia el norte, a unos cincuenta metros del lugar donde estábamos. No recuerdo bi en si esta información se produjo aquella misma noche o en otras posteriores. Lo cierto es que Campito, que era medio agrimensor, se ofreció a trazar, sobre el terreno al norte de la Casa, una raya blanca, raya pintada luego a la cal con una gruesa brocha que había [61] en el garaje, La raya -exigió el Señor Pora-, debía ser trazada y luego pintada de noche, y nada más que de noche.

     La angustia, la excitación, el miedo y la codicia estaban exacerbando los ánimos. Fue necesario recurrir a algo religioso para sosegarlos un tanto. Uno del grupo, Mario Pérez, si mal no recuerdo, prometió conseguir un litro de agua bendita.

     Y un sábado de noche nos trajo una transparente botella llena del líquido santificado. Creo que el santo Paí Saubate, del Colegio San José, en la capilla llena de colorines de aquel tiempo, fue quien bendijo el agua no lejos del altar del beato Miguel Garicoits.

     Ese mismo sábado de noche comenzó la sesión con nueva solemnidad.

     Cada cual vertió un poco de agua bendita sobre la mano derecha convenientemente preparada para retener ese poco y utilizarlo para una santiguada más perfecta.

     Rolón, que era calvo como ya dije, se empapó el cráneo pelado con buena cantidad del agua preciosa.

     Rolón era unos quince años más viejo que nosotros; nosotros andábamos por los veinte; él por los treinta y cinco. No por esto era menos crédulo y menos inocente. Esa noche hubo más fervor en la oración. Noches después ya fue necesario abandonar la pieza junto al Salón y acompañar a Campos a quien le tocaba trazar la dicha raya con cal. Campos se las arregló para colocar un hilo tenso, como hacen los albañiles, entre el corredor posterior de la casa y el lugar a los cincuenta metros hacia el norte.

     Yo, que era una especie de médium, debía recibir las revelaciones de la campanita; por eso tuve que quedarme en la casa, en el cuarto junto al Salón, para hacerla funcionar. Crispín iba y venía del grupo a mí y transmitía los mensajes que yo le daba. Todas estas cosas pasaban durante la noche, he dicho.

     Durante el día, en las horas de estudio (ya casi no estudiábamos) todo era tomar tereré, hablar de la Guerra Grande, de los asaltos de la caballería de uno y otro bando y, sobre todo, de entierros en Piribebuy, en Luque, en la proximidades del Aquidabán, en los viejos patios de Asunción.

     En Areguá, aseguraba Crispín, se había descubierto un colosal entierro; una noche habían llegado no sólo carretas sin bueyes al lugar del entierro sino caballos sin cabeza y un ejército de espíritus. Pero al día siguiente, en el patio de una casona abandonada, cavaron y las palas chocaron con cajones llenos de chafalonía. La noche de un martes trece nada menos, les anuncié que el Señor Pora ordenaba ahora cavar un metro a la izquierda de donde terminaba la raya de cal ya del todo pintada por Campos.

     Esa fue una noche terrible. Debo contarles que yo había enterrado días antes una lata grande llena de piedras. Y que Centú, Rolón, Crispín y yo, con ayuda de Artemio, futuro notario público habíamos redactado un contrato o como quiera llamarse al documento...

     Bien: a cada uno de nosotros le tocaría una cantidad de oro y plata igual a la de los otros. Dos del grupo -Rolón y Centú- debían viajar a Buenos Aires para vender allá, al mejor precio la chafalonía de los Scott.

     El documento, en riguroso lenguaje notarial, una vez desenterrado el tesoro, debía llevarse a la escribanía de Livieres y ser protocolizado a los efectos legales.

     Volviendo a la que aludí como noche terrible, a la de un martes 13, les cuento que el primero en asustarse fui yo porque fui yo el primero en ver lo que ocurrió. Vi en la oscuridad venir hacia nosotros una alta figura blanca.

     Venía con cierta lentitud, vacilante al principio pero cuando estuvo cerca de nosotros se nos abalanzó furiosamente. Quedé inmóvil de espanto. Aquella alta, extraña figura debía de ser un fantasma, pero un fantasma [63] de verdad. Este fantasma no estaba programado. Se nos aparecía con toda su espantosa blancura sepulcral.

     -¡Miren! -grité yo en el escalofrío del miedo. Casi al mismo tiempo sonó un furioso alarido de dolor. Era Rolón. Rolón, inclinado sobre la porción de tierra en que ya había hundido por primera vez la pala, recibió una estocada -dijo después- en la parte posterior.

     ¿Qué había sucedido? Crispín, por su cuenta y riesgo, sin avisar a nadie, había inventado y ejecutado su jugarreta.

     La alta figura blanca en la oscuridad apenas esclarecida por algunas estrellas parpadeantes, había sido un mosquitero traído por Crispín y sostenido por una tacuara. Crispín, al llegar al sitio en que estaba Rolón de espaldas, le había dado «un bote de lanza» en los fondillos.

     Crispín desapareció enseguida en la oscuridad llevándose el mosquitero y la tacuara. Esa noche abandonamos el trabajo, porque apenas desapareció el alto fantasma, el mismo Crispín espantó a uno de los caballos que los Scott tenían en la finca.

     El caballo se vino al galope hacia nosotros y al grito de: ¡La caballería del Mariscal López! todos corrimos hacia la luz lejana de la casa Scott.

* * *

     Esta historia rigurosamente verídica que estoy contándoles se está haciendo un poco larga. Muchas cosas debería yo agregar. Por ejemplo, que lo que hoy puede parecer imposible, absurdo, no era nada increíble en los años de mi juventud. Nosotros éramos mucho más inocentes que los muchachos de hoy.

     Quisiera, sí, agregar algo para ser fiel a la verdadera historia del entierro. Yo cometí el error de enterrar en el sitio en que podía hallarse el tesoro, según datos proporcionados por el Pora, una gran lata llena de piedras. ¿Recuerdan?

     Cuando vimos Artemio, Crispín y yo que la sonda que ahora manejaban Centú y Rolón podía dar con el lugar exacto de la lata y su contenido, desenterramos la lata, una siesta caliente, y tapamos con tierra y hojas el lugar. Ese mismo día vinieron cayendo dos personas de profesión muy diferente.

     Una de ellas un hombre joven y algo ordinario, ofreció sus servicios de cateador de metales y exhibió sus instrumentos. La otra persona era un periodista de Buenos Aires. A sus oídos había llegado la fama del tesoro y quería informes para un artículo... No recuerdo en qué quedó el asunto de los visitantes.

     ¡De esto hace unos cincuenta años! Pero me deshice de ellos con alguna diplomacia.

     No obstante, el suceso grave no fue la intromisión de estos dos extraños en nuestra aventura de muchachos alocados. Nuestros amigos, y me refiero especialmente a Rolón, Centú y Franco-í, en la negra oscuridad de una noche de marzo, dieron con el lugar donde habíamos enterrado y luego desenterrado la lata. La sonda entró verticalmente y no dio con nada más que tierra removida y hojas secas.

     ¡Alguien se había anticipado a los estudiantes buscadores del tesoro! ¿Quién sería el ladrón?

     El padre de uno de nuestros amigos, hombre de muchos años de tribunal y por tanto no ajeno a acciones civiles y criminales, era un Procurador renombrado por su honradez. Pero furioso por lo que según su hijo era grave delito, y poseedor como era de una copia del contrato que habíamos firmado los ocho estudiantes en la Casa Scott, fue a visitar a mi padre.

     Mi padre, hombre chapado a la antigua, acogió al Procurador con su cortesía algo seca pero auténtica y lo despachó con muy buenas razones. Mi padre nada sabía del entierro ni de las sesiones nocturnas en sus dominios.

     -Señor, estas son bromas de muchachos. ¿Cómo usted los ha podido tomar en serio?

* * *

     El día en que se esclareció la patraña del tesoro sentí un gran alivio. Ya me estaba cansando la broma; además había que estudiar y no se podía estudiar con la obsesión de un fantasma que nos favorecía con fabulosas riquezas. Resolvimos suspender nuestros encuentros durante una semana para reanudarlos luego con otro espíritu.

     La noche de aquel día me acosté en una cama que había yo hecho colocar en el cuarto-biblioteca. Cerrada la única ventana podría yo dormir hasta bien avanzado el día siguiente.

     Y apenas me dormí cuando tuve un sueño terrible. Mr. Dugald Scott vistiendo la rica indumentaria con que lo pintaron en el lienzo del Salón, se me apareció patente, aterrador, en la oscuridad, envuelto todo él en una luminiscencia propia de un fantasma de su categoría.

     -Usted -me dijo en inglés apuntándome con el índice de la diestra con el puño adornado de encajes- usted va a encontrar un tesoro en esta propiedad de sus mayores. Pero esto no acontecerá antes que usted cumpla los ochenta años.

     Su rostro, naturalmente encarnado, estaba pálido de ira. Su pelo, su barba, sus patillas y sus bigotes estaban más [66] rojos que de ordinario. Su mirada era en él lo más terrible dos chispas de verdoso fuego que traspasaban la oscuridad como estoques.

     -Este será el castigo de los Scott por su conducta reciente. Usted será rico, muy rico, pero cuando la riqueza no le sirva para nada.

* * *

     No falta mucho para mis ochenta años. Lamento que todos los buscadores del tesoro, excepto dos, hayan fallecido. A ellos la riqueza los hubiera hecho felices, a mí, no.

     1994

 

 

 

 

 

CUADROS PÓSTUMOS

 

     Vivieron muchos años en un caserón colonial que ella heredó de sus padres y que él, arquitecto, embelleció sin desvirtuarle el carácter de prestigiosa antigüedad. Tenía el caserón unas doce habitaciones de anchas paredes que daban, todas, a un extenso patio cuadrangular. Allí crecían altos árboles que, en sucesivos meses, como por turno, se cubrían de flores amarillas, rosadas, blancas, según la especie de cada uno. Si Noemí heredó el caserón colonial, él, Adolfo, heredó a doña Gertrudis, más conocida como Ña Gertrú. Ña Gertrú fue traída a la casa grande acompañada de un pariente ya viejo aunque todavía fuerte, Froilán Ramírez, jardinero de oficio.

     Noemí toleraba a Ña Gertrú porque Ña Gertrú resultó indispensable. Ex nodriza de Adolfo, luego ama de llaves y encargada del gobierno y economía de la familia venida a menos de Adolfo, era de una laboriosidad infatigable. Demasiado adicta a Adolfo, inspiraba a Noemí un mal disimulado despecho. Se decía que era médium, que había actuado de médium en séances de unos espiritistas ingleses, prestada a estos por los padres de Adolfo, años atrás. Ña Gertrú, devota, rezaba todos los días su rosario. Pero se comunicaba con los espíritus. Se decía también que el viejo Froilán, aunque semiesclerótico, era activo espiritista formado por aquellos ingleses. El jardinero -nadie, ni él mismo sabía su edad- vivía absorto en su trabajo, gracias al cual el gran patio cuadrangular se había convertido en una serie de jardines paralelos de estilos diferentes.

     Noemí se preciaba de pintora, de «pintora de oído» -decía- porque nunca había estudiado pintura. Los dos, marido y mujer, no sólo ella, eran «pintores de oído». Pero Adolfo tenía verdadero talento al paso que Noemí sólo comenzaría a pintar pasablemente y a veces bastante bien después de veinticinco años de matrimonio y con dos hijos mozos. Un francés bohemio, excelente pintor algo borrachín dio a Noemí no se sabe cuántas lecciones y le hizo ver cosas que ella ni sospechaba tocante a técnicas de composición y al uso de los colores. Adolfo, cariñoso, indulgente, estimulaba a su mujer, el gran amor de su juventud. -Cada vez pintará mejor -aseguraba a parientes y amigos-. Tiene un maestro muy bueno que en un año le ha enseñado mucho y que le enseñará más.

     El pintor, Jean Lousteau, hombre excéntrico, extravagante, ocultista, trabó amistad con Ña Gertrú y con Froilán el jardinero. Y ocultamente, secretamente, pusieron en práctica sus misteriosos ritos en muchas noches, sin testigos, en una pieza del fondo del caserón colonial.

     Y Noemí pintaba y pintaba mientras Adolfo, muy atareado en sus trabajos de arquitectura, sólo de vez en cuando se sentaba ante su caballete junto a la ventana que daba al gran patio cuadrangular. Adolfo pintaba los árboles de flores amarillas y los de flores blancas y rosadas; pintaba sobre ellos cielos muy azules o cielos dorados. Noemí, que ya se sometía a las leyes de la perspectiva y sabía mezclar colores según técnicas consagradas, criticaba a su marido por sus cuadros primitivos. Él no sabía dar relieve a la sustancia de sus colores; ella sí; ella había aprendido a pintar flores de los varios jardines que en la heredad cultivaba Froilán. Y lo hacía de tal manera que si uno pasaba sobre esas flores la yema de los dedos, sentía la substancia pictórica en áspero relieve sobre el lienzo o la tabla.

     -Estimada señora -le decía Adolfo afablemente y tratándola de usted-, ¿me llama usted primitivo para alabarme o para vituperarme? Mire usted, el Douanier, como llaman al francés Henri Rousseau, es pintor famosísimo en todo el mundo. ¿Y quién es más ingenuo, más primitivo que el Aduanero Rousseau? Lo admiran Matisse, Pablo Picasso, Guillaume Apollinaire... -¿Qué sabe usted arquitecto de segunda sobre cosas de pintores? -respondía ella más de veras que de broma. Noemí ignoraba lo que significa sadismo, aunque lo practicaba en más de una manera.

     Su atelier era menos grande que el cuarto que Adolfo había convertido en su biblioteca y, esporádicamente en su taller de pintor aficionado o amateur como Noemí prefería llamarlo. Ella aseguraba saber francés y venir de una familia ilustre del norte de Francia. Una estirpe de antiguos blasones nobiliarios, blasones que ella se complacía en copiar pintándolos en varios tamaños. En cuanto a él, él era un Don Nadie, un... No llegaba a decir pobre diablo pero el sentido de su reticencia era muy claro. Durante años fue ella perfeccionando su arte sádico con no menor asiduidad que el arte pictórico.

     A menudo, cuando el arquitecto estaba ausente, iba ella a su estudio. La ventana del estudio ofrecía una vista soberbia. Esta ventana, según las variaciones de la luz del sol o de la luna, hacía como de marco a un hermoso cuadro cambiante aunque en muchos aspectos invariable. Y Noemí descubrió un día, detrás de un estante repleto de pesados libros, unos lienzos de pintura al parecer reciente. Adolfo tenía más de una docena de cuadros de la ventana «Cuadros de la ventana» tenían por título según comprobó en un rótulo pegado al borde de uno de ellos. Así fue cómo advirtió que su marido el amateur había realizado extraordinarios progresos.

     Este descubrimiento le produjo una oscura rabia. Celosa, recelosa, suspicaz, intuyó que tras la no sospechada maestría de su cónyuge había un secreto que él no quería compartir con ella.

     Noemí no dijo nada a nadie, ni siquiera a Adolfo a quien día tras día tachaba de cada vez más variados defectos y deficiencias: él no sabía ganar dinero, él era en el fondo un haragán, un abúlico, no como Fulano y Mengano, dueños de lujosos automóviles y espléndidas mansiones. Adolfo se contentaba con aquel caserón heredado (de los padres de ella) donde cada día resultaba más evidente que el dinero no abundaba porque ¿dónde estaba la piscina para el gran patio cuadrangular en que ella y Froilán habían hecho, con escasos medios, varios jardines, y dónde el quincho para los asados de fin de semana? A él le bastaba el viejo coche brasileño que era una vergüenza; no, él no echaba de menos nada porque como nunca había tenido nada, lo poco que tenía le parecía más que suficiente. Así explicaba Noemí la indiferencia de Adolfo tocante a los lujos de moda.

     El descubrimiento de los escondidos cuadros de Adolfo equivalía a algo mucho más que la evidencia de vivir con un verdadero artista, un artista que a ella le ocultaba lo mejor de sí. ¿Por qué no le había mostrado los «cuadros de la ventana»? ¿Cuándo, cuándo los había pintado? Recordó entonces que un tiempo atrás, acaso más de un año, él había instalado un catre de campaña en su estudio y que allí dormía cuando sus trabajos de arquitecto, según él, se lo exigían. ¡Entonces él se encerraba de noche en su estudio para pintar en secreto! ¡Ahora se explicaban los potentes focos eléctricos, los spotlights fijados a las vigas del techo para iluminar no sólo la mesa de arquitecto sino el caballete de amateur! Tragó saliva acerca de esto; pero la mordacidad de sus críticas se hizo más amarga. De un modo insidioso y tenaz Noemí atribuía los defectos y las deficiencias reales o imaginarias de su marido al supuesto plebeyismo de este.

     Él no descendía como ella de gente aristocrática; él era hijo de padres pobres y humildes, no como ella. Ella había nacido en la abundancia, y, en cuanto a aristocracia allí estaban los blasones de su familia colgados en el comedor y en el living.

     Adolfo la soportaba con calma filosófica. Hombre culto, había comprendido años atrás que en su mujer había un desorden psicosexual; el erotismo en ella se gratificaba infligiendo dolor a su pareja; dolor físico en la oscuridad, dolor moral a la luz del día.

     A Noemí se le había convertido Adolfo en un personaje que la intrigaba profundamente. Su marido, su víctima, ¡era un gran pintor! Su envidia de pintora inferior -sí, ella no podía menos de darse cuenta con absoluta lucidez de que él podría hacerse de un gran nombre- su envidia daba paso a una curiosidad malsana. ¿Por qué el secreto? ¿Cómo había aprendido él a pintar de esa manera impresionante y con una técnica -ella se vanagloriaba de su técnica- consumada? Las reproducciones que ella admiraba en gruesos libros sobre grandes pintores contemporáneos no asumían a sus ojos ninguna superioridad sobre los méritos artísticos de Adolfo. Parecía que él hubiera asimilado todo cuanto en casi un siglo había logrado la pintura moderna tocante a métodos, a procedimientos de expresión plástica, a ilusionismo cromático.

     ¡Esos retratos de modelos desconocidos pintados con pincel y espátula! ¡Y los árboles del patio rectangular, tan repetidamente pintados a varias luces y con distintas perspectivas, vivían, respiraban, crecían, florecían en telas y tablas de Adolfo!

     Una noche en que marido y mujer habían ido a una comida, Ña Gertrú, ya en buenas relaciones ocultistas con el bohemio francés, llevó a Monsieur Lousteau al estudio de Adolfo.

     -Que no sepa la señora nada de esto -rogó la médium al pintor-. Usted debe ver los cuadros del señor Adolfo.      Monsieur Lousteau contempló lentamente cada uno de los cuadros.

     -Notable, extraordinario, -sentenció después de un largo silencio-. Ahora sé quién es el Adolfo a quien pondera tanto una belga. No diga nada de esto - rogó a su vez el francés-. Ella le está dando lecciones al señor Adolfo y esto es un secreto...

* * *

     Cuando el arquitecto no dormía en la alcoba conyugal más de tres noches seguidas, Noemí en las dos últimas no podía conciliar el sueño, sola, en la cama grande. Cavilaba insomne, celosa y furiosa, y ya de mañana, apenas salía él en el viejo coche para ir al trabajo, corría al atelier de Adolfo. Dejó de ir allí más de un mes cuando cesaron las novedades; pero una mañana de agosto tuvo el pálpito de que algo especial descubriría en el estudio. Y no se equivocó: había un cuadro nuevo, un retrato al óleo de Gertrudis, de Ña Gertrú. El empaste era admirable. La expresión de los grandes ojos brillantes en las órbitas profundas la llenó de asombro. Y aquella sonrisa toda misterio de los labios hundidos por la edad le pareció insólitamente burlona en el rostro de la anciana de ordinario apacible y respetuoso.

     ¿Cómo no lo había visto así o era que el pintor transformaba a su modelo? ¿O a esta Gertrudis, a la auténtica, le habían arrancado una máscara? No había duda de que en este retrato de extraordinario parecido, la mujer misteriosa, intermediaria de los espíritus, se sobreponía a la humilde anciana habitual.

     -Más que criada siempre se ha comportado como madrina de Adolfo. Yo he sido firme: desde el día en que la vi por primera vez la puse en su lugar. En esta casa mandaría yo y nadie más.

     Pasaron unas semanas durante las cuales Noemí vivió recluida en su taller pintando afanosamente. Cuando salía de su encierro paseaba muda por el patio cuadrangular. A veces se detenía junto a algunos de los muchos canteros cultivados por Froilán y se hacía de un ramillete de rosas de vivos colores para llevarlo a su refugio. A la hora de las comidas, Adolfo, sereno y amable, le preguntaba acerca de su trabajo. Noemí contestaba con monosílabos y apenas terminaba el almuerzo o la cena se volvía a encerrar en su taller. Parecía no sentir la curiosidad de antes con respecto a la secreta actividad artística de su marido. Había dejado de ser la espía del amateur como ella se había dicho a sí misma en más de una ocasión.

* * *

     Un día de lluvia resolvió visitar el estudio de Adolfo. Algo nuevo tenía que haber allí. Y, en efecto, en el centro del amplio cuarto vio un caballete que no conocía y, en éste, una pintura de tamaño mayor que el de todas las demás: el retrato de una mujer joven, de acaso menos de veinticinco años. La rubia melena larga, hasta los hombros, sedosa, fulgurante. Los ojos azules de mirada franca, inocente, y una semisonrisa en labios de perfecto dibujo. Su blusa de tela celeste dejaba ver el nacimiento de unos senos henchidos, voluptuosos.

     ¿Quién sería la intrusa bajo su propio techo? Noemí, a quien el maltrato que infligía a Adolfo por oscuras razones, había acabado por convencerla de que lo despreciaba, comprendió de pronto ante la imagen deslumbradora de la mujer rubia que su propia sevicia había sido acaso una manera de humillarlo, de empequeñecerlo para hacerlo más dócil, más indefenso, más suyo.

     Y también comprendió el despego de él en los últimos tiempos, su falta de ardor en un lecho conyugal ahora frío y antes caldeado de pasión.

     Y ella que había vivido a lo gran señora, algo distante y desdeñosa, sin concurrir a los tes, bautizos y otras reuniones sociales a que eran tan afectas las señoras de su edad, quiso de pronto saber todos los chismes y especialmente alguno que circulara sobre la mujer rubia. Depuso entonces su aristocrático desdén y comenzó a averiguar con astucia, en tes y bautizos, todo lo referente a aventuras de hombres casados. Fingió interesarse por muchas parejas que le traían sin cuidado y, de este modo, yendo de un chisme a otro, oír el que le interesaba y afligía. No le llevó mucho tiempo lograr su propósito. Adolfo y la hermosa belga, sí, esa muchacha rubia de ojos azules, se daban citas en reservados de Lambaré.

     -¿Belga?

     Belga, sí, nacida en Amberes, había venido al país con una beca o algo así de la Unesco. Era pintora y de familia de pintores de renombre. En Areguá tenía ahora alquilada una casita donde su taller de pintora atraía a artistas jóvenes como ella.

     -¿Jóvenes? ¿Y ella qué edad ha de tener?

     -Algunos más arriba de los veinte...

     ¡Ahora sabía Noemí qué trabajos de arquitectura llevaban a Adolfo a Areguá y hasta le obligaban a pasar la noche en un hotel cercano al lago!

* * *

     Noemí determinó hablar con Ña Gertrú. Para sorpresa de ésta, Noemí se mostró inusitadamente amable al preguntarle a qué hora había posado ella y, cuántas veces, para ser retratada. Ponderó a Gertrú el retrato, le dijo que era espléndido. -¿Sabe usted si está estudiando pintura a escondidas para darme a mí y a toda la familia una alegría inesperada? ¡Pinta maravillosamente desde hace más de un año y a mí misma me guarda el secreto!

     Ña Gertrú respondió reposadamente que el señor Adolfo desde muy chico había sido buen dibujante y pintor precoz. Sus muchos quehaceres no le han dado tiempo para la pintura... Cuando era chico usaba aceite de cocina para sus cuadritos al óleo. Pero como ahora, por ser arquitecto, ha de conocer a muchos artistas... Yo también, señora, noté que el señor ha progresado mucho. Hace tiempo me dijo que me pintaría un retrato. Pero cuando él estaba en casa yo tenía mucho trabajo y no podía posar en su estudio. Eso le dije. Y entonces él me contestó que él podría retratarme de noche.

     -De noche le va a gustar más a usted -me dijo en broma- porque usted, Ña Gertrú, es espiritista.

     Noemí se armó de valor para ir a Areguá un día de aquellos y enfrentarse con la belga. Iría a Areguá apenas terminara una exposición que había preparado a pedido de una galería de arte recién fundada cerca de su casa.

     La exposición fue todo un éxito artístico y social. Durante unos quince días se sirvieron vinos y bocadillos en los tres salones de la galería mientras los concurrentes contemplaban los cuadros de Noemí. Más de una docena fueron vendidos en los primeros tres días.

     -Se ha convertido en una buena pintora -se oía comentar a gente más o menos entendida.

     Adolfo asistió a la inauguración pero al día siguiente de la clausura amaneció enfermo y no pudo levantarse. Hizo llamar a Noemí. Y le dijo: -Sé que voy a morir pronto; hace tiempo lo presentía. Yo te perdono ahora lo que he tratado de perdonarte durante mucho tiempo.

     Y horas después falleció mientras dormía. Noemí vivió aquella muerte sin inmutarse. Nadie la vio llorar ni hacer demostraciones de luto. Habló muy poco con la gente quefue a darle el pésame. Doña Gertrudis no se movió de junto al féretro hasta que se lo llevaron. Lloraba convulsivamente.

* * *

     Terminadas las misas de difuntos, Noemí extremó el rigor de su reclusión voluntaria. Pocos días después tuvo una inesperada alegría. Recibió un legado en dólares de una tía fallecida meses atrás en Washington. Noemí se compró un automóvil de buena marca y reservó el resto del dinero para dar mayor lucimiento a una nueva exposición de pintura. Porque ahora iba a pintar nuevas vistas del gran patio. Y azaleas, rosales y buganvillas protagonizarían óleos de su nuevo estilo. Pero antes de ensayar el nuevo estilo tomó posesión del estudio del difunto y, al hacerlo, determinó apropiarse todo lo hecho por él sobre lienzos y tablas y firmar con su ya conocida firma, la de ella, se entiende, cada una de esas obras. Esta tarea resultaría fácil porque Adolfo nunca había firmado sus cuadros, como tampoco había firmado unos treinta dibujos a pluma y tinta china que Noemí halló en no muy limpias carpetas de arquitecto.

     Noemí entonces firmó los dibujos a pluma con gran satisfacción. Ahora óleos y dibujos de Adolfo constituirían el mayor contingente de su nuevo estilo, el de su viudez.

     Pero hizo una excepción con el retrato de la hermosa belga. Empapado en aguarrás, el cuadro ardió en un rincón encubierto por malezas del patio cuadrangular. Fue un auto de fe sin público a quien amonestar o escarmentar. Sólo Ña Gertrú, escondida detrás de un seto vivo de jóvenes cipreses, no se perdió el espectáculo de la secreta venganza. La anciana apenas podía dominar su cólera, testigo como era de los repetidos latrocinios pictóricos de Noemí y, ahora, testigo de la destrucción de una obra admirable. Pero ¿podría vituperarse a Noemí por quemar aquel cuadro, lo más perfecto que había pintado el extinto? Ña Gertrú creía que sí.

* * *

     La exposición de cuadros y dibujos de «La distinguida pintora de los que ella misma llama su nuevo estilo», fue anunciada por la televisión, la radio y la prensa como un acontecimiento artístico de la temporada. Noemí creía ser la única en saber que la mayoría de las obras no eran de su autoría. Tan absorta estuvo en su ardid de engaño -de su justificable mistificación, pensaba ella- que nunca cayó en la cuenta de que Ña Gertrú había asistido a escondidas a todos y cada uno de sus hurtos.

     La víspera de la apertura de la exposición Noemí pasó todo el día en salones de belleza. Si salía de uno insatisfecha, entraba en otro. Se había sometido durante semanas a severas disciplinas de adelgazamiento y a un no menos severo tratamiento del cutis. Quería ser otra como mujer así como iba a ser otra como artista ante el anticipable estupor del público. Segura del éxito, se había desentendido días atrás de los cuadros. Ña Gertrú debía encargarse de envolverlos en grueso papel madera y, llegado el día de la apertura, colgarlos en paredes de la galería o colocarlos en caballetes distribuidos aquí y allí ex profeso. La ayudarían peones adiestrados en estos menesteres.

     El lugar de cada cuadro había sido determinado previamente por Noemí conforme a una numeración rigurosa: un lugar preciso -decía- para cada cuadro.»

     ¿Qué sucedió en el ex estudio y taller de Adolfo la noche antes del embalaje de los óleos y dibujos para ser conducidos a la galería? Si alguien en la alta noche, al pie de la ventana y por un postigo entreabierto hubiese espiado la oscura habitación hubiera visto vagamente una extraña [90] ceremonia en torno a una mesa en el centro de la cual ardía una candela.

     Hubiera también percibido un confuso rumor de voces.

* * *

     Noemí llegó elegantísima a la galería de arte, vestida de terciopelo negro. Un alto peinado hecho y rehecho más de una vez en el curso de la mañana y de la tarde del día de la inauguración, le sentaba admirablemente.

     Largos pendientes de diamantes resplandecían a uno y otro lado de su rostro distinguido maquillado con excepcional esmero.

     Un precioso camafeo antiguo llevaba sobre el seno.

     Lo que el público vio aquella noche inaugural que fue también la primera y la última de la exposición -no puede resumirse en pocas líneas. Noemí causó asombro por su belleza y una como recobrada juventud, debidas en parte considerable a peinadores, a maquilladores, y a ese modelo de negra felpa, velludo terciopelo expresamente encargado de París. Ella siempre había sido hermosa; hoy no lo era menos que en el día de sus ya lejanas bodas; pero hoy, erguida en la altivez de su orgullo de artista que acudía al lugar de su triunfo, una gravedad majestuosa la favorecía.

     Ahora bien, en cuanto a los cuadros, a los cuadros pintados por ella, se veían extrañamente maleados, afeados, como caricaturas de sí mismos.

     Por el contrario, las obras que había pintado o dibujado Adolfo, lucían tal cual salieron de sus manos. Tenían además algo nuevo: la firma de su autor verdadero, no la de Noemí.

     La exposición resultó por eso un triunfo póstumo del arquitecto y pintor Adolfo Peñafiel. Ña Gertrú desapareció de la ciudad poco antes de la apertura de la exposición. Y nunca más se supo de ella ni de Froilán Ramírez, el jardinero.

     1994


 

LA MUJER BLANCA

 

     Su madre se negó a criarla. Se la dio a una mujer desgreñada, de pelo gris, que resultó ser su abuela. La abuela vivía en una casa desmantelada. Un largo corredor de gruesos pilares era lo mejor de la casa. Allí había suficiente espacio entre la pared y los pilares para colgar hamacas en que dormían unas mujeres enjutas, ni jóvenes ni viejas, que rara vez hablaban entre sí.

     La abuela a ella no le hacía caso; primero la dejó gatear a su gusto por el corredor de baldosas quebradas y el patio de tierra. Alguien, alguna sirvientita, quizás hija natural de un varón ausente de la familia, la ponía en una hamaca y se olvidaba de ella. Ya podía llegar hasta la hamaca el sol y calentar su tejido sucio hasta hacer irrespirable el aire allí en el fondo donde estaba la criatura. Se acostumbró a no llorar porque llorando no conseguía nada, ni comida, ni atención, ni sombra. Así fue creciendo sin que se pudiera saber si era linda o fea porque la suciedad la cubría como otra piel encima de su piel, oscura y cuarteada. Sus cabellos eran una masa mugriente de color indefinido.

     De vez en cuando la abuela la llevaba a casa de su madre; allí había una vieja, acaso una parienta, que no era mala. Solía bañarla y dejarla apenas limpia porque para quedar limpia del todo el baño debía ser largo y lento. La abuela, impaciente, se la llevaba de vuelta a la casa del corredor cruzado de hamacas. En ese tiempo ya tendría unos cinco años. [94]

     Su verdadero nombre, Otilia, se lo cambiaron, por huraña y salvaje, y la llamaron Ortiga. Un día encontró en la calle un espejito ovalado, ordinario, con marco de hojalata, sucio de tierra. Lo limpió y se miró en él. Le pareció que sus ojos, de un verde brillante, eran los más grandes que había visto. Entonces fue cuando aprendió a sacar agua del pozo para lavarse la cara, los brazos y todo el cuerpo. Su pelo no resultó ser negro o castaño oscuro, sino rubio con algunos mechones achocolatados. A escondidas se bañaba y a escondidas se lavaba la poca ropa que tenía.

     No recuerda cómo consiguieron que un colegio religioso la aceptara. Pero lo cierto es que a la huraña, a la salvaje Ortiga, ya había gente que la ponderaba por lo linda. El edificio era viejo y destartalado. De noche, cuando hacía calor, calor de verdad, se sacaban las camas de hierro al patio. El patio estaba embaldosado a medias, y era a medias de tierra roja apisonada. Las camas no eran ni grandes ni pesadas. Por eso las pupilas, de a dos en dos, las alzaban y sacaban del gran dormitorio con cruces negras en las paredes.

     -¿Otilia, te ayudo? -Le dijo una vez una pupila. Ya sabía que su verdadero nombre era Otilia. Con ella sacaba su cama al patio. Un árbol, un ybapobó de sombra tupida y de follaje verde muy claro lleno de nidos, cubría buena parte del patio. Ella ponía su cama cerca del árbol, pero cerca no más, no a su sombra, porque quería mirar el cielo; porque sobre ese colegio, aunque feo y medio cárcel, el cielo era mejor que en ninguna parte. Así pensaba ella.

     -Acostada boca arriba, prefería mirar las estrellas a dormir como las otras chicas.

     -Fijando la vista más en algunas que en otras, yo podía dibujar figuras en el cielo. Una noche más clara que ninguna vi de pronto a la Mujer Blanca, toda de blanco. Eso debió de ser hacia el alba y mi visión no duró mucho. No supe entonces si estaba despierta o dormida. Pero a la noche [95] siguiente volví a ver a la mujer blanca, ahora con una flor blanca, más blanca que ella, que le brillaba sobre las manos. Esa flor que brillaba debería ser una rosa blanca y con luz adentro, como la mujer de allá arriba.

     La noche aquella cuando al fin quedó dormida tenía ella los ojos llenos de lágrimas. Era feliz por primera vez. Durmió más hondamente que nunca con un sueño muy dulce.

     -Así habré dormido dos o más horas cuando al despertar, sentada en un costado de mi cama de hierro, la Mujer Blanca me dijo que iba a decir algo importante. Me habló tan suavemente que me pareció que me haría dormir de nuevo para que en el sueño la escuchara mejor. Me dijo que una flor hermosa, una flor con luz que ahora ella ponía sobre mi pecho, me dijo que yo tenía que llevársela a una mujer, blanca como esa flor, que vivía aquí abajo, en la ciudad, y no lejos.

     -Yo te ayudaré desde arriba. No te será difícil encontrar la casa. La puerta de la calle estará entreabierta. A ver, a levantarse...

     No había nadie en las calles llenas de luna. Yo sabía adonde ir; me lo habían indicado muy bien: a pocas cuadras del colegio, yendo hacia el río, doblar a la izquierda. No lejos de un baldío habría una casa de seis balcones bajos. Llegué a la casa y vi el zaguán; mejor dicho vi la puerta del zaguán, alta y labrada. Estaba entreabierta. La empujé y se abrió del todo. El zaguán no estaba oscuro. Avancé y vi un patio cubierto por una parra. La parra estaba toda iluminada por la luna. Yo llevaba la flor; aspiré su perfume una vez más porque tenía que entregarla pronto. Al final de la parra una mujer blanca como la otra, me esperaba.

     Entonces me desperté y yo estaba sola en la cama de hierro cerca del árbol verde claro donde se agitaba un pájaro amarillo.

     Comprendí que no había ido yo a la casa de los seis balcones, la de la puerta entreabierta y la parra con luna. Comprendí que mi cuerpo no se había movido de la cama de hierro. Yo sí; una parte de mí. Yo no tenía ninguna flor blanca; acaso la había entregado.

     El domingo siguiente, después de la misa de nueve, resolví visitar la casa a la luz del sol y llevar una rosa blanca a la mujer de mi sueño. A una de ellas, a la de aquí abajo.

     El sacristán no quiso darle la rosa blanca que le pedía Otilia. Otilia insistió mirándolo a los ojos con esos sus ojos grandes y brillantes que sólo se veían en su cara.

     El sacristán le dio la mejor rosa del altar mayor. Ella siguió las instrucciones que le dieron. Ya conocía el camino. Llegué al baldío y, a pocos metros, estaba la casa. Empujé la puerta de calle. Cedió y quedó del todo abierta. El zaguán, idéntico al del sueño, terminaba en el patio de la parra. Los racimos, maduros todos, empapados de sol.

     Caminé a lo largo de la parra hasta llegar en un cantero redondo, de altos lirios.

     -¿Me trajiste, Otilia, la rosa? Creí que era la misma mujer de allá arriba.

     Cuando le di la rosa, me besó en la frente y me dijo que había llegado al Camino de la Bienaventuranza.

     Yo entonces no vi ningún camino. Tampoco sabía entonces lo que es Bienaventuranza.

* * *

Y si, lector dijeres ser comento,

como me lo contaron te lo cuento.




 

EN BUSCA DEL TIEMPO PERDIDO


 

Teresita las hacía sonreír...


 

EN TRAJE MARINERO, ALLÁ EN LOS AÑOS VEINTE...

 

     Mi madre Teresa Lamas se llevaba muy bien con señoras mayores. Ellas la querían y se lo demostraban con palabras cariñosas y sonrisas afables. Mi madre las visitaba de vez en cuando en sus viejos caserones. En estos, a menudo había reunión de ocho o más matronas de aspecto imponente y de feminidad en retroceso. Todas estas matronas llamaban a mamá Teresita, y mamá las llamaba a ellas doña Crispina, doña Úrsula, doña Marcela, etcétera.

     Una tarde lejanísima de invierno -serían las cuatro de la tarde- mamá iba a visitar a doña Emilia. Doña Emilia Recalde de Recalde, distinguida, linajuda, vivía en una casa-quinta en las que eran entonces las afueras de Asunción. Mamá, toda vestida de negro, sin más joyas que un collar de oro del que cuelga un medallón adornado con flores de esmalte multicolor, y un anillo con «la bandera paraguaya», una gema roja, una blanca y otra azul, luce una larguísima falda que le llega hasta los tobillos. Frente a un tríptico de espejos no muy resplandecientes, se pone un sombrero de anchas alas de encaje negro, encaje mantenido horizontalmente por invisibles alambres circulares. Un tul también negro pronto le va a cubrir la cara donde le brillan los ojos inteligentes y melancólicos, aunque ella no es nada melancólica. Al contrario, tiene un carácter alegre y esto la hace simpática entre las ancianas, esas discretas ancianas plañideras de lutos antiguos y lutos recientes. Teresita las hacía sonreír y aun reír, despertando en labios marchitos algo como un brillo velado, sí, pero un brillo al fin, de juventud remota. Mamá toda de negro no estaba de luto ni mucho menos; vestía a la moda de los Twenties, una moda tan razonable y tan poco razonable como otra moda cualquiera.

     Yo me pongo -o me ponen- un traje marinero de casimir azul marino, con corbata negra y cordón blanco, cordón colgado del silbato de madera también blanca que se guarda en el bolsillo sobre el lado izquierdo del pecho, Mamá, que ya se ha esmerado en el vestir esta tarde de invierno, quiere que yo, que voy a ser su escudero, su único acompañante, esté también vestido, lo mejor posible, como ella. Es invierno, dije, pero no hace mucho frío. Cuando me ha trazado bien la raya del pelo toma mi gorra azul y me la ciñe cuidadosamente de modo que la cinta colgante caiga sobre mi oreja izquierda.

     Ir de visita al caserón de doña Emilia Recalde de Recalde era todo un viaje. Era preciso tomar un coche de plaza, ¡y qué coche! Había en Asunción algunos Fords destartalados, creo que con una sola parada, la de la plaza frente a la estación del ferrocarril, o sea la Plaza Uruguaya, la que tiene estatuas de mujeres a quienes se les cae la ropa o simplemente están como se viene al mundo.

     El cielo brilla con intenso azul sobre las torres, también azules, de la estación cuando mamá y yo llegamos a la plaza, frente al lindo edificio, y elegimos, mejor dicho, y ella elige, un Ford oscuro y alto de capota más o menos segura sobre la carrocería polvorienta, cuyas portezuelas se abren no sin algún forcejeo, y a la tercera o cuarta tentativa.

     Mamá da la dirección de los Recalde-Recalde al chófer de ojos azules y tan saltones que parece se les van a desprender y caer sobre el volante. El coche, cuyo motor hace gran ruido, y al que el chófer ha puesto en marcha con muchas vueltas del manubrio oscilante en la parte delantera, ahora con trepidación y mucho humo gris azulado, arranca. Y ya nos vamos subiendo por la calle casi desierta y mal empedrada, la calle Méjico. Méjico arriba, vamos dando tumbos.

     A los pocos minutos es tal el traqueteo del Ford que este amenaza con deshacerse con el próximo barquinazo, y sus cuatro ruedas, como la de la Fortuna -que creo tiene una o dos alas- se echarán entonces a girar por su cuenta, y en dirección opuesta a nuestro rumbo, esto es, tomarán el de la calle Méjico abajo, cuya pendiente opone al antiguo motor una tenaz resistencia.

     Yo me quejo, con voz insegura, mientras trato de aferrarme a la portezuela izquierda de atrás y de una barra de madera o metal de la capota para mantenerme en equilibrio sobre el asiento golpeante.

     -«Mamá, este auto es muy malo...» -«Es un paseo en auto» -es la respuesta- « no te quejes de balde». Pero ella tampoco va muy cómoda, to say the least, y su sombrero de anchas alas de encaje ya tiene una especie de abolladura que trata ella de arreglar cuando la marcha, menos violenta, le deja libre una de las dos manos ocupadas en mantenerse firme en el asiento.

     Doblamos hacia la izquierda y tomamos quién sabe qué otra calle tan mal empedrada como la anterior, y llegamos por fin a nuestro destino.

     Aquí se produce un terco apagón de las no muy claras luces del recuerdo. ¿Cómo era la fachada de la casa o tenía esta un portón de metal como los de las quintas? No podría decirlo. Lo cierto es que ya me encuentro en la casa de los Recalde-Recalde, en la sala de esa casa. El ambiente me parece suntuoso, y ha de serlo. Hay, formando una rueda, varios sillones y, en ellos, sentadas con rigidez unas ancianas ceremoniosas, lentas, de aire aristocrático que, naturalmente, cuando me obligan a acercarme, me besan no sin cierta humedad desagradable. Aunque no puedo asegurar que esta humedad haya podido existir en realidad y traspasar los velos o tules que cubren los semblantes, y ponen sombras sobre mejillas áridas.

     -Es idéntico al padre -sentencia una matrona toda vestida de un gris casi negro, con un collar de perlas en torno al cuello grueso.

     Alumbran la sala unas lámparas que no logran disipar la oscuridad de los cuatro rincones lejanos unos de otros porque la sala es muy grande; ni dibujar con claridad antiguos muebles cuyos perfiles severos se insinúan en el ámbito dilatado.

     Una empleada -una mucama- sirve copitas de oporto en bandeja de plata. En una consola de espejo alto, patas corvas y doradas y tablero de mármol blanco hay una bombonera plateada, y en esta bombonera, confites de varios colores, de forma ovalada, o esférica.

     Doña Emilia Recalde de Recalde es una persona con voz sorprendentemente clara y juvenil -acaso no sea ella tan anciana como me parece- me alarga la bombonera y cuando ve que los confites no caben más en la mano derecha (en la izquierda tengo todavía la gorra marinera) introduce, ella misma, tres, cuatro, cinco y más confites rosados, blancos, amarillos en el bolsillo del silbato.

     Poco después doña Emilia me conduce hasta la puerta de la sala que da acceso a la galería. La abre lentamente y me invita a ir allá abajo, al jardín, donde están cantando unas muchachas hermosas. Traspuesta la puerta, avanzo hacia la cima de la escalinata que desciende al jardín y tiene muchas gradas...

     En este momento, todo lo para mí recordable de la visita aquella, se reduce a lo que escribí en un breve poema el año 1970. Se titula «Traje marinero», y lo sitúo en el tiempo, en 1922, durante la guerra civil de ese y el año siguiente.

     Claudio Guillén, que como crítico tiene hoy el mismo prestigio que su padre Jorge Guillén en poesía, me envió una preciosa cartita sobre el poema del traje marinero. Claudio no había publicado todavía su espléndido libro Literature as a System; la cartita me llegó no mucho antes de su nombramiento de profesor en Harvard. Comparaba en ella al poemita con cuadros de no recuerdo qué pintor francés posimpresionista. ¡Cómo deploro no haber dado entonces a esta cartita la importancia que su autor, gran crítico, le confería, y haberla perdido con otros muchos papeles!



«Traje marinero, (1922)», dice así:

                                     

De una sala de viejas

 

          

 

señoras estiradas,

   
 

voy, solo, a una terraza.

   

 


   
 

Veo un parque.

   

 


   
 

Hay un jardín. Hay una escalinata.

   
 

Bajo la escalinata lentamente.

   

 


   
 

Mi traje marinero

   
 

es azul muy oscuro.

   

 


   
 

Llevo la gorra en una mano,

   
 

llevo en la otra confites de la sala.

   

 


   
 

Llego al jardín. Camino sobre el césped.

   
 

Y entonces veo a las muchachas.

   

 


   
 

Tomadas de las manos

   
 

cantaban y cantaban.

   

 


   
 

Y de pronto me vieron

   
 

y cantando formaron ronda doble

   
 

en torno a mí, muy altas, muy hermosas.

   

 


   
 

Sobre todo, muy altas. 

   

 


   
 

(Después de muchos, muchos años,

   
 

todavía las veo sobre el césped

   
 

muy altas y cantando.

   

 


   
 

Y yo las miro desde abajo,

   
 

vestido con mi traje marinero,

   
 

la gorra en una mano

   
 

y en la otra, confites de la sala.)

   


 

 

ESCUELA PRIMARIA

 

     Decían que era la mejor escuela de Asunción, pero yo no estaba de acuerdo. Acaso la escuela fuese buena en sí, no sólo por contraste con otras; pero mi evaluación no entraba en esas sutilezas. La escuela a mí me parecía horrible. Ocupaba esta gran parte de una manzana espaciosa; la formaban sin mayor afinidad arquitectónica, sin ninguna simetría, tres o más edificios que se comunicaron entre sí mucho después de su construcción individual. Eran de una sola planta, salvo un único edificio nuevo, este sí planeado conforme a un designio pedagógico para constituir el ala izquierda del establecimiento. En esta ala se construyeron las aulas y funcionaban los cursos del magisterio. Creo que la Escuela Normal de Profesores no ha cambiado mucho en más de medio siglo. En los tiempos que yo evoco, la gobernaba una educadora ilustre: Felicidad González.

     A esa escuela me llevaron un primero de marzo en uno de los primeros años de la tercera década del siglo, y me dejaron en el centro del zaguán que se abre sobre la calle General Díaz.

     Ahora me veo a mí mismo en el patio alto de la escuela, patio totalmente embaldosado, perteneciente al ala más antigua, al ala que hace esquina sobre Independencia Nacional y General Díaz. En este patio hay largas, rectas filas de [106] escolares de guardapolvo blanco, formados aquí para cantar el Himno antes de la primera clase. Es la hora de la siesta. Lucía Príncipe, la profesora de música; simpática, bajita, pizpireta, se sienta frente a un alto piano negro. Las maestras, de pie sobre una especie de largo poyo de ladrillo revocado que se alza a lo largo de una buena extensión del patio, miran frente a sí, esto es, hacia las filas de sus respectivos grados, grados que se jerarquizan por la edad, el saber y la estatura desde el primero hasta el sexto. Y de pronto, cuando menos lo espero -yo no sé nada de los ritos de la escuela- de pronto estalla el Himno como un inmenso clamor épico disparado desde mil gargantas estentóreas. Es como el derrumbe súbito de una vidriera gigantesca sobre el patio:

¡A los pueblos de América infausta

tres centurias un cetro oprimió!

     Años, muchos años después, voy a encontrar en un poema la exacta expresión de lo que ahora me parece no precisamente un clamor humano que se levanta en mi contorno, sino algo fragoroso, terrible, que sobre mí, que sobre el ámbito en que estoy, se desploma. Dice Lugones al final de su famosa «Tormenta»: ¡Y el firmamento entero se desplomó en un rayo como un inmenso techo de hierro y de cristal!

     Yo experimento un terror nunca jamás sentido. ¡Qué susto me ha dado el Himno de la patria! Anonadado, crispado, mientras dura el canto aterrador hago un heroico esfuerzo para sofocar sollozos y contener lágrimas. Es que yo tengo seis años y por primera vez me han puesto entre tantos congéneres de seis, de siete, de ocho, de nueve, diez, once, doce años, algunos ya altos, grandes, burlones. Yo vivo en una casa cuyos dos patios son de área reducida. Uno, el del frente, embaldosado, es angosto aunque bastante largo; el otro, el del fondo, es de tierra cuadrangular, y tiene varios árboles. A esto se reduce todo el recinto en que se me permite jugar. La calle me está prohibida; prohibida me está la plaza San Roque. Son lugares vitandos. Yo suelo envidiar a esos chicos «callejeros», a esos chicos no bien educados que corren dando gritos por las aceras y juegan alborotando en la plaza. Porque estos chicos con quienes no se me permite relacionarme, son libres; yo, en cambio, soy un prisionero a quien se educa con mucho cuidado de que no se contamine. La buena crianza -a veces no bien aprovechada- tiene alto precio...

     Y ahora estoy aquí en la escuela, lugar desconocido y desagradable, vigilado, por maestras casi todas graves, solemnes, que me parecen hostiles, mientras innumerables chicos, completamente a sus anchas en la multitud que forman, cantan a todo pulmón bajo un cielo muy vasto sobre el vasto patio; un cielo que poco a poco vuelve a ser azul; un cielo de luz que ciega y quema.

     Recuerdo aún los nombres de varias maestras, personas seguramente muy meritorias, admirables por su capacidad para un trabajo arduo, mal remunerado y rara vez bien agradecido. Recuerdo a la regente Rosa Ventre, de ojos de un verde fulgurante, de porte digno y autoritario; a la subregente Lidia Velázquez, hermosa, pulcra, distinguida; recuerdo a Carolina Ventre, hermana de Rosa y como ella de fulgurantes ojos verdes.

     Lidia Velázquez es físicamente la persona más notable de la escuela, después de la directora; pero a la directora no se la ve casi nunca; ella tiene su despacho en el piso alto, lejos de sus súbditos. Lidia Velázquez es algo corpulenta; es blanca y atildada. Se mueve con lentitud majestuosa sobre sus tacones siempre altos dejando tras sí una como nubecilla invisible de perfume. Lidia Velázquez es quien me ha conducido desde el zaguán al patio alto del ala derecha en que están formados los escolares.

     Cuando entro por primera vez en el aula que será mía durante el primer año, ya hay en ella unos veinte o treinta chicos. Carolina Ventre, de almidonado uniforme blanco, clava en mí sus ojos fulgurantes y hermosos, aunque algo felinos -me parece- y a veces demasiado fijos. Acaso me juzga ahora como una posibilidad de alumno sobresaliente o algo así. Yo soy hijo de Teresa Lamas, ex alumna y amiga de la antigua escuela, y famosa en ella por su semblanza de la gran Adela Speratti, espíritu tutelar del establecimiento. (El busto de Adela Speratti se halla en el patio principal de la escuela).

     Bien: el hijo de Teresa Lamas la escritora, y de José Rodríguez Alcalá, también escritor bien conocido; el hermano menor de tres varones con buena fama de aplicación en la escuela, aparece ante los ojos escrutadores de Carolina Ventre como una promesa de buen alumno, de alumno acaso excepcional.

     Carolina Ventre me señala un banco de primera fila, el más próximo a su pupitre. Es, sin duda, un lugar de honor asignado antes de toda verificación de calidades ejemplares. Sin duda aprueba el esmero con que está planchado mi guardapolvo blanco, el lustre de mis zapatos, el aliño todo de mi persona, cosas estas exigidas por las circunstancias.

     Y comenzaron las clases de la señorita Carolina Ventre. Yo ni siquiera la oía. Una ventana del aula, la única, daba a la calle. Por la calle, la calle Independencia Nacional, pasan tranvías eléctricos, pasa algún Ford alto y lento, y pasan grandes carros con llantas de hierro tirados por dos o más mulas. Los aurigas, con chiripá de cuero, hacen chasquear el largo látigo sobre sus cabezas antes de flagelar los pobres lomos de no curadas mataduras.

     ¡Qué interesante espectáculo es este sobre todo si se lo compara con la monotonía y aburrimiento de lo que pasa en el aula! Allí, f rente a nosotros, habla, se mueve, gesticula una mujer autoritaria, seguramente hermosa y competente como profesional, pero que a mí me parece fea y vieja.

     La calidad de la enseñanza en aquel tiempo era -me enteré mucho después- excelente; la disciplina, admirable.

     No es en verdad un lugar ameno este edificio viejo e incómodo; atestado de escolares, donde hasta los zaguanes hace tiempo clausurados, sirven ahora de aulas; donde los patios resultan chicos. Por esto está prohibido correr en los recreos: es peligroso lastimar a otros si uno se echa a correr entre la masa uniformada de blanco.

     Me está prohibido a mí -no a los otros- tomar el agua de la escuela. Hay en el patio un tanque de latón con una llave de bronce. De ese tanque los chicos, apretujándose y chillando, se proveen de agua tibia llenando a medias sus vasos de aluminio. A mí me prohíben esa agua en esta ciudad sin aguas corrientes y con aguadores no muy escrupulosos. (La gente que hablaba mal llamaba a los aguadores «aguateros». La Academia, sin embargo, registra ambas palabras, la segunda como argentinismo).

     Los recreos no eran nada recreativos: los patios ardían bajo soles implacables y como no había espacio suficiente, como queda dicho, los escolares debían moverse paso a paso de un lugar a otro buscando a un pariente o amigo o un sitio con un poco de sombra.

     ¡Horrible vida de presidiario desde la una a las seis de la tarde, de lunes a viernes y, los sábados, de ocho a doce!

     Carolina Ventre me ha reprendido más de una vez por desatención. Pero en esta aula caliente yo estoy, como se dice, en Babia. En Babia las horas pasan más gratamente. A la segunda semana la maestra me saca de la primera fila y me pone en la cuarta o quinta. A fin de mes, soy enviado a la última fila, con la pared a mis espaldas. ¡El «alumno brillante» es un fracaso! Carolina Ventre tan zahorí, tan perspicaz, tan eficaz, se ha llevado un chasco.

     ¡Ah, pero desde la perspectiva que ahora tengo en la última fila «entre los peores», se puede ver mucho mejor la calle, porque la persiana que descansa contra la reja de hierro de la ventana, deja libre a mi campo visual un cómodo espacio para la observación callejera!

     Ya pueden enseñarse en el aula lectura, escritura, aritmética y todas las ciencias exactas y no exactas. Yo no me entero de nada. Me es imposible recordar cuándo y cómo he aprendido a escribir. ¿Ha sido Carolina Ventre, quien me enseñó las primeras letras? Hoy no puedo yo atribuirle tal hazaña pedagógica: sencillamente no recuerdo...

     Muchos años después, allá por 1958 o 59, siendo yo profesor de la Universidad de Washington, resolví ensayar un cuento sobre el pésimo estudiante que fui en la Escuela Normal de Asunción. Me propuse ocultar mi identidad de muchas maneras. Me serví de más de un episodio ficticio y evité, como por pudor, utilizar la primera persona. El protagonista se llamaría Jorge, no Hugo, por supuesto; viviría en una casa que no era la mía, sus padres serían muy diferentes de los míos. No iba yo a mencionar el nombre de la Escuela Normal y mucho menos el de sus maestras.

     Jorge García, sin embargo, el héroe o antihéroe escolar de mi ficción, viviría una experiencia igualmente penosa, vergonzosa. La innominada maestra lo recibiría el primer día de clase como a una esperanza de alumno brillante. Jorge García estaría como yo, en Babia, desde el primero hasta último día de clase. Jorge García era un fracaso escolar absoluto.

     Para disimular aún más mi identidad, traté de retratar parcialmente, por lo menos, a un compañero de clase, paliducho y ausente, hijo de una humilde modista. El cuento que logré escribir y que figura en mi librito El ojo del bosque con el título de «El escolar de la última fila» apareció en Méjico, en la revista Cuadernos Americanos.

     Era a la sazón profesor visitante en la Universidad de Washington el notable novelista chileno don Manuel Rojas. Don Manuel y yo éramos buenos amigos. Yo le presté el manuscrito de mi cuento y él lo leyó en seguida.

     -Es un buen cuento autobiográfico -me dijo con cierta socarronería.

     -Pero...

     -Claro, usted se ha ocultado con habilidad; pero Jorge García es usted.



 

 

MÁS SOBRE LA VIDA EN BABIA: EN LA ESCUELA NORMAL


     Sin embargo algo de la buena enseñanza de aquel tiempo debió de penetrar en mi mente. La maestra leyó en clase un poema sobre Cristóbal Colón. Sin duda esta vez, la escuché. Y yo, deslumbrado por el lenguaje rítmico, sentí la urgencia de emular al autor entonces para mí desconocido. Y todavía hoy desconocido.

     Y yo entonces me puse a escribir un poema, es decir, mi primer poema. Recuerdo muy bien sus primeros versos: fueron celebrados por mi hermano mayor con las más desconcertantes carcajadas. El poema comenzaba así:

                                     

Por las esquinas de Asunción pasaba


          


        un hombre muy católico




   que no sabía cómo era la luna...

   

     No me explico cómo puedo recordar con tanta nitidez estos disparates. Y ahora, en este preciso momento de mi recordanza, advierto con sorpresa que estos «versos», se atienen a la métrica. Nunca antes caí en la cuenta de tal cosa y eso que nunca he olvidado mi «iniciación» en el arte de la poesía. Cuenten ustedes las sílabas de mis primeros tres renglones poéticos:

                                     

Por las esquinas de Asunción pasaba (11)


          


        un hombre muy católico (7)




   que no sabía cómo era la luna (11)



     Como se ve, aquí hay dos endecasílabos ortodoxamente combinados con un heptasílabo de terminación esdrújula. Ahora bien, el poema concluía con estos estupendos versos que son una apoteosis o canonización del Almirante (aquel hombre muy católico) cuya imagen había sido intronizada en infinitos altares de esa cosa rara que era América y de esa aún más rara cosa que era Europa:

¡Y los ángeles desesperadamente

van volando a sus altares!

* * *

     Mis seis años en la Escuela Normal han transcurrido sin nada memorable que contar salvo mis repetidos y entonces inevitables fracasos -muy castigados- de pésimo alumno. Debo advertir que mi conducta era irreprochable: la conducta silenciosa, estática, de un cuerpo abandonado en un banco de madera por un alma ansiosa de evasión. Si se hubiera advertido entonces la radicalidad, la hondura de mi odio «a la vida académica» nadie hubiese podido sospechar que iba a ser yo estudiante en cinco universidades, con un récord de dieciséis años de estudios graduados, dos doctorados y otro muy próximo a su culminación con especialidad en filosofía, después de obtenido el Ph. D. en Wisconsin, el año 1953. ¡Sorpresas tiene el destino!

     De mis compañeros de estudio (¿de estudio?) en la Escuela Normal sólo recuerdo muy bien a Víctor Méndez Benítez, José María Rivarola Matto, Osvaldo Chaves y Alarico Quiñónez, muchachos cuya superioridad intelectual era evidente aun en la primera infancia. Un día insólito en lo que se refiere a mi presencia activa, (física y mental en clase), pude intuir el talento literario de Rivarola Matto. Una maestra, que no era la titular sino otra que reemplazaba a esta por unos días -no recuerdo su nombre- nos pidió una composición sobre el General Díaz. La composición debía ser escrita allí, en clase; para ello, nos dio una hora de plazo, y se sentó a esperar tranquilamente detrás de su pupitre.

     José María trazó un panegírico del vencedor de Curupayty con una fraseología que causó estupor de admiración: Díaz era «un gallardo mancebo»; «cabalgaba» «blanco corcel de guerra piafante y espumoso»; su espada «refulgía entre el humo espeso de las batallas», etc., etc... (Yo creía que piafar quería decir relinchar).

     El mocito más aplicado del curso, el de mayor prestigio académico, el primer alumno «oficial», quedó desconcertado: sencillamente no podía él competir con Rivarola Matto en proezas literarias...

     En el cuarto grado (¿o en el quinto?) regido por la alta y delgada Concepción Perito, Osvaldo Chaves y yo hemos sido condiscípulos. Concepción Perito es -dije ya - alta y delgada; tiene anchos ojos azules de tupidas pestañas rubias. Su perfil escultórico se diría labrado a cincel. Yo recuerdo a esta muchacha delicada y bondadosa con gratitud; ella parecía intuir por qué era yo tan distraído y solía interrogarme más con su honda mirada celeste que con las consabidas palabras de reproche.

     Una tarde de marzo o de abril actuaba de practicante una futura maestra que debía poner a prueba sus conocimientos pedagógicos sirviéndose de nosotros como de conejillos de Indias. No sé si la clase era de trabajos manuales o de algo parejo; lo cierto es que en el aula había más trajín que de costumbre. Acaso la practicante fuera bien linda, y esto produjera una perceptible inquietud entre los púberes precoces que ocupaban las cinco hileras de bancos. En uno de los bancos delanteros se ha sentado la practicante. Ha de tener unos dieciocho años, acaso menos. Osvaldo Chaves, con una justificación expresa o tácita que no recuerdo, va y viene entre los bancos, de derecha a izquierda y viceversa.

     Concepción Perito, con la dulce voz que nos es tan grata y a que ella parece esforzarse en dar una tonalidad grave y formal, se dirige a Osvaldo Chaves.

     -Señor Chaves; usted va a incomodar a la señorita practicante si no anda más despacio. Tenga cuidado.

     -No se preocupe usted, señorita Perito -responde Osvaldo con alacridad y picardía y con su característica sonrisa amablemente irónica-. Ya le he pedido perdón por anticipado...

     Yo que poco o nada recuerdo acerca de lo que se me preguntaba y acerca de lo que yo respondía, no he olvidado nunca esta repartee del sutil humorista que fue Osvaldo Chaves.

     Años después Osvaldo estudió filosofía en la Universidad de Buenos Aires, y tuvo entre sus maestros a Francisco Romero, filósofo sobre cuya obra escribiría yo una tesis doctoral. Cuando Osvaldo, abandonando la enseñanza entró en la política y en la diplomacia, lo encontré en Washington siendo él ya embajador. Yo traté de convencerle de que no desoyera su vocación intelectual y académica y hasta logré que la Universidad de Rutgers, donde entonces yo enseñaba, estuviera dispuesta a ofrecerle una cátedra. Osvaldo mostró algún interés pero no dio un paso para entrar en el mundo académico norteamericano, cuya puerta -una de ellas, se entiende- estaba ya entreabierta.

     Rivarola Matto y Osvaldo Chaves tuvieron destinos muy diferentes. A Osvaldo la política le dio más de un sinsabor; a Rivarola, en cambio, momentos felices porque le inspiró varios de su más celebrados chistes y epigramas. Osvaldo renunció a la filosofía, en Buenos Aires, y abrazó la abogacía; Rivarola, en Asunción, de la abogacía accedió a la filosofía, tras haber cultivado la narrativa, el teatro y el ensayo.

     Volvamos ahora a la Escuela Normal: los cursos terminaban oficialmente los 25 de noviembre. En este mes y día se celebraba un aniversario más de la jura de la Constitución de 1870. Íbamos los escolares a la Plaza de la Constitución para cantar el himno y oír el discurso de un Sr. Meza, autoridad escolar importante, cuyo rostro todavía joven tenía más arrugas que los de los ancianos. El 25 de noviembre era también ¡ay! mi cumpleaños. No necesito decir que mi libreta, traída al hogar paterno, aseguraba la cancelación de toda celebración de cumpleaños. Hoy me causa pena el pensar en aquel muchachito que tras cantar el himno patrio, regresaba a su casa portando un verdadero diploma de sus infortunios escolares.

     En la tercera década de este siglo el lopismo ya se establecía como religión patriótica. En los recreos, que, como hemos visto no eran nada recreativos, no faltaba algún muchachón agresivo y grosero que fuera preguntando a uno y otro escolar:

     -¿Vos sos lopista o antilopista?

     El que decía anti se llevaba una trompada muy a menudo impune. La vida en mi vieja escuela era una delicia.

     La Asunción de aquel tiempo estaba lejos de ser una gran ciudad; hoy cabría varias veces dentro del área actual. Y sólo un trecho de la calle Palma -unas pocas cuadras- se había pavimentado con adoquines de madera. El Mercado Central, ha tiempo raído del corazón de la ciudad, era un lugar pintoresco lleno de mujeres - especialmente de mujeres más viejas que jóvenes-, que vendían hortalizas, verduras, y chipas y comidas preparadas sobre braseros a carbón de leña y a la sombra de pequeños toldos. El olor a frituras flotaba en el aire caliente cuadras a la redonda llegando por Independencia Nacional y Nuestra Señora de la Asunción, en las horas de la siesta, hasta la misma escuela.

     Las mujeres -casi todas- arribaban al mercado montadas en burros -a mujeriegas claro está-. Negros paraguas las amparaban del sol, mientras que mantos, también negros, les ceñían la cabeza y mitad del cuerpo. Sus productos para la venta atiborraban unos sacos de cuero cuadrangulares colgados de ambos lados del animal. Los burros quedaban atados al sol en torno al área no muy limpia de aquella versión de zoco marroquí que era el Mercado Central. En la recova de enfrente se apretujaban tiendecillas de turcos; por la calzada corrían arroyitos de aguas sucias y malolientes. Algunos escolares de paso hacia la escuela disparaban honditas sobre los burros, y hacían chistes nada decentes cuando las bestias grises alborotaban con rebuznos y bramidos ensordecedores...

     1988



 

GUERRA CIVIL

 

     Como tenía yo cinco años al comenzar la revolución de 1922 y cumplí los seis sólo meses antes de su fin, son mis recuerdos, algunos, vívidos; otros vagos, penumbrosos y, todos, sin adscripción a una fecha precisa en calendarios de 1922 y 1923.

     ¿Cuándo, en qué año, en qué mes o estación tuve en mis manos la revista Ocara-Poty-Cue-Mí? Dicho está que no podría decirlo. Pero las imágenes, las no muy nítidas ilustraciones de esta revista popular me impresionaron profundamente. Y habré deletreado, una y otra vez, bajo una imagen terrible, estas palabras; «Capilla ardiente del Sargento Achar». ¿Qué quería decir capilla ardiente? Ahora lo intuía. Allí, sobre estas palabras oscuras y quemantes, veía yo, yacente, con las manos cruzadas sobre el pecho, el cadáver de un hombre joven. Dos soldados montaban guardia a uno y otro lado del ataúd. Uno de ellos tenía en la mano izquierda una corneta; el otro asía con la diestra el cañón de un fusil cuya culata descansaba en tierra. Ambos estaban inclinados hacia el difunto. Este, los ojos cerrados, dormía el sueño del que no se despierta. Al fondo veía un crucifijo y una Mater Dolorosa. En torno al oratorio fúnebre, había plantas y flores.

     No puedo hoy expresar el horror que me causaba la tristísima, la sombría imagen del sargento sacrificado a tan temprana edad. Yo hojeaba y hojeaba la revista y siempre volvía a la página en que yacía el cadáver en su capilla ardiente. ¡Qué siniestro me parecía aquello de ardiente! Se me ocurría que la Muerte, negra y fría como es de ordinario, echase llamas como incandescente. Había en la revista muchas otras imágenes que me hacían estremecer íntimamente; pero ninguna era tan conmovedora como la de la capilla horrible del sargento Achar. Suscitaba en mí precoz vislumbre de un oscuro Reino, del Twilight Kingdom. Recuerdo ahora, en este instante, el retrato de un aviador cuyo biplano cayó en tierra envuelto en llamas; recuerdo los rostros de algunos héroes civiles -de la Liga Marítima- un tal Figueira, un tal Mellone con pañuelo al cuello... ¡Y aquel mayor Valenzuela en uniforme de gala, casco prusiano, charreteras de flecos blandos y bigote a lo Kalser, muerto en Carmen del Paraná!

     Yo he visto pasar -éste es un recuerdo vívido- desfiles de artillería de montaña a lomo de mula por la calle Pdte. Wilson, la de nuestra casa. Iban las mulas asentando penosamente los cascos sobre el desigual empedrado, en ruidosa andadura, conducidas de la brida por soldados de bronce, tan tostados del sol que ya se iban poniendo negros.

     Junto a nuestra casa, a mano izquierda, vivía la familia del señor Corvalán. Este señor era Senador o lo fue después. Pero no dudo de que se lo llamaba «senador» no sé ya en qué fecha. Una tarde clara llegó un oficial revolucionario montado a caballo hasta el pie de uno de los balcones de los Corvalán. Asomada a este balcón estaba Virginia Corvalán, hija del prohombre republicano, nada afecto al Gobierno de Eusebio Ayala. Virginia Corvalán era una muchacha rubia y hermosa, según mi valoración acaso no muy exigente de mis cinco o seis años. El oficial gritó bajo el balcón de Virginia Corvalán diciendo llamarse Gill (¿José Gill, el famosísimo José Gill?) y estuvo frente a la casa vecina un rato más o menos largo, haciendo caracolear su caballo, o, si se quiere,«brinquear» su montura. ¿Por qué hacía caracolear al alazán que montaba? ¿Hacía esto para lucirse ante la mujer rubia que desde el balcón, no sin cierta aprensión lo [121] contemplaba? Tal vez. Pero había otra razón menos galante: desde el cantón de la calle Antequera, a unos trescientos metros, le disparaban una granizada de plomo encamisado de acero. ¿Estaba el oficial un poco ebrio? No lo sé. Pero sí recuerdo que un tiro le dio de pronto en la mejilla derecha y lo desquijarró.

     Vuelvo a preguntarme: ¿fue esto en 1922 o en 1923? Me es imposible determinar el año.

     En casa trabajaba una cocinera cuyo único hijo, Antonio, muchachón todavía adolescente, salió un día a la calle y fue reclutado por las fuerzas del Gobierno. A los pocos días volvió semiuniformado, un fuerte olor a caña en el aliento y un fusil al hombro. El Gobierno tenía contra sí a casi todo el Ejército Nacional y debía de echar mano de cuanto varón pudiera portar armas. ¡Qué alarma la de todos en casa! Pero Antonio, muchacho muy bueno, no era nada peligroso, ni aun con algunos buenos sorbos de caña nunca antes probada. Vino él a su querencia, a ver a su madre la cocinera y a vernos a nosotros, los cuatro chicos de doce a cinco o seis años de edad. Y nos regaló dorados, brillantes proyectiles de fusil insertos, de cinco en cinco, en sus rieles de metal claro. ¡Hermoso regalo para los «artilleros» de la casa Nº 380 de la calle Wilson! (Ya se hablará más abajo de esta artillería secreta).

     En junio de 1922, el 15 de junio de ese año -esta exactitud cronológica se debe a «investigaciones» mías muy posteriores- el 15 de junio de 1922 ancló en la bahía de Asunción la cañonera argentina Rosario. Seguramente fue enviada para ofrecer protección a los ciudadanos argentinos residentes en nuestro país; esto sucedió unos pocos días después del ataque a la capital por los revolucionarios.

     En nuestra casa, en nuestra familia, el suceso resultó muy importante pero no por razones de política nacional o internacional ni nada de eso. Es que comandaba la cañonera el simpático, el bonachón, el rubio capitán Abel que era dos veces paisano de mi padre. Mejor dicho: (1) era argentino como mi padre; y (2) era patagón u oriundo de Biedma o Carmen de Patagones. Mi padre había nacido en la segunda de estas dos ciudades separadas por un río. La esposa del capitán Abel, Maruja Costerg, señora muy jovial y afable, se convirtió en poco tiempo en íntima amiga de mi madre. Eran ellas temperamentos muy afines. Y los Abel, que no tenían hijos, pronto fueron como tíos nuestros, esto es, de los cuatro chicos de la casa Nº 380 de la calle Wilson. El marino y su esposa, como suele sucederle a matrimonios sin progenie, veían en niños ajenos una suerte de imagen de los que podían haber sido suyos. En plena guerra civil la llegada de estos instantáneos amigos del sur -¡y tan del sur!- fue una gran alegría para nuestros padres y, como dije, la familia toda. Maruja Costerg y el capitán nos visitaban casi todos los días. No mucho después de terminada la revolución fueron los dos a Carmen de Patagones y allí fotografiaron la casa natal de mi padre. Es una casa de dos plantas que hasta hoy ocupa una esquina de la ciudad sureña, y que en un día acaso no lejano se convierta en una de «las casas antiguas» de la Capital Federal argentina.

     Los Abel me regalaron un caballito blanco de juguete, con montura y riendas de cuero de verdad. Creo que ellos también me regalaron unos preciosos soldaditos de plomo de muy diversas posturas marciales. Maruja Costerg de Abel fue madrina de nuestra hermanita María Teresa. Maruja Costerg era de una familia dueña de una isla en el río Negro, río, que baña la tierra natal de los Abel y de los Rodríguez y Alcalá de Patagones.

     Yo no sabía, claro está, quién peleaba contra quién ni por qué motivo. El cañoneo muy cercano -lo cercano era el lugar mismo desde donde disparaban piezas de artillería- el cañoneo digo, hacía retemblar nuestra casa. Los vidrios de las ventanas sujetos a la madera con tiras de masilla reseca no muy ceñidas a ellos, tembleteaban amenazando hacerse trizas. ¡Qué emocionante el estampido apabullador de los Vickers, el crepitar de ametralladoras y fusiles, el silbido de las balas que cruzaban el aire, en varias direcciones por encima de nuestra casa! Nuestra casa estaba separada de la casa paredaña de los Scholari-Garcete por un altísimo murallón pintado a la cal. Entre este murallón y las habitaciones de nuestra casa, había un largo patio embaldosado. En ese patio, bien protegido por el paredón y las habitaciones en fila de nuestra casa había bastante seguridad. Las balas perdidas que venían en dirección del paredón, solían picotear en él y caer ya sin fuerza alguna sobre el patio envueltas en rovoque arenoso y calizo. (Hay que tener esto en cuenta cuando se lea el poemita con que remato mis recuerdos de la guerra civil). ¡Esas balas perdidas eran tan codiciadas! Tenían la camisa de acero abierta en formas caprichosas y el plomo se les salía de la camisa formando esculturitas de vanguardia como el plomo derretido echado en agua fría el día de San Juan.

     No recuerdo cómo podíamos conseguir tantas cápsulas de proyectiles de fusil y aun de cañón. Las de fusil, de lustroso bronce, resplandecían aún más que el oro cuando las fregábamos con trapo humedecido en jugo de limón mezclado con ceniza.

     Daba gusto convertirlas en joyas. Después había que convertirlas en otra cosa. Les hacíamos un orificio cerca de la base o de lo que en francés se llama cul. Este orificio correspondía al oído de nuestros cañones de la Triple Alianza, los del bando paraguayo, se entiende, porque los Aliados tenían cañones de retrocarga.

     Bien: las cápsulas ya provistas de oído eran montadas sobre un trozo de madera de forma paralelepípeda, uno de cuyos extremos tenía algo como gradas labradas a cuchillo o formón. Cuatro ruedecitas de algún vagón de tren ya desechable y colocadas una frente a otra a ambos lados de lo que llamaremos aquí cureña, completaban la construcción de un tipo de cañón naval como los del tiempo de Lord Nelson y de piratas anteriores y posteriores al héroe de Trafalgar. Y como también conseguíamos «pólvora de guerra» -negra, brillante, susurrante, cuando pasaba del hueco de una mano al hueco de otra mano-, y como utilizábamos el plomo de las balas perdidas y de otras por milagro conseguidas, éramos dueños, mis hermanos y yo, de una artillería secreta. El Gobierno y la Revolución nada sabían de ella. Esta artillería, a la hora de la siesta, hacía salvas

   con mucho fogonazo y sordo trueno...

   ¡Qué felicidad aquello de tener formaciones de rígidos soldaditos de plomo -hermosa infantería- y, además, una artillería de bronce, algo obsoleta, es claro, pero que lanzaba salvas de verdad!

     Bien: ahora entremos en el patio de la casa Nº 380 de la calle Wilson. Yo estoy en ese patio al pie del paredón. Tengo mis soldaditos sobre una suerte de poyo, verdadera repisa de ladrillo y argamasa lo suficientemente larga como para desplegar sobre ella un regimiento de infantería apoyado por piezas de artillería de bronce. Y leamos el poemita escrito años después y que no figura en mi poemario El portón invisible publicado aquí en Asunción, sino en otros dos anteriores dados a luz en México y Venezuela, respectivamente. Este poemita se titula «Revolución». Y tener en cuenta que esos «escalofríos de la noche», son las balas silbadoras, invisibles, que pasan sobre nuestra casa a oscuras por dentro y por fuera:

                                     

El tiroteo pica el horizonte.


          


La casa, insomne, escucha el trazo aéreo




de los escalofríos de la noche.








Debe de estar clareando. Amarillean




las rendijas, geométricos encajes



que el alba teje en puertas y ventanas.








Ese cañón se acerca.








Cada hora más próximo martilla.








Llueven trozos de vidrio.








El aire es pólvora y relámpago.








A media tarde cesa el bombardeo.








Se oyen aún los silbos por el cielo




pero en débil parábola sin blanco.








Abren el cuarto verde. Dan permiso




de jugar en el patio.








El encalado paredón que cierra




un flanco de su área embaldosada,




es bandera de sol allá en la altura.








Voy colocando en fila




mis soldados de plomo...








Entonces se oye un duro picoteo




sobre el revoque blanco.








Caen cinco soldados de mi ejército




bajo un alud de cal despedazada.




Viene mi padre, me alza en vilo, corre




hacia la pieza verde, mientras pataleando




le grito: -¡No, papá, primero mis soldados...!








En vano. Cierran puertas y ventanas




y en plena tarde nuestra casa es noche.








1988










 

 

1922-1923

 

     En 1920 los liberales radicales llevaron a la presidencia de la República al distinguido humanista Manuel Gondra (1872 - 1927). Por segunda vez esta gran figura intelectual accedía al poder. En noviembre de 1910 había asumido ya la primera magistratura. Por breve espacio. El 17 de enero de 1911 lo depuso al coronel Albino Jara, su Ministro de Guerra.

     Y en 1920 no le serían más propicias las circunstancias al estadista que iba a dar su nombre al famoso pacto interamericano firmado en Santiago de Chile en 1923. El 29 de octubre de 1921, antes de cumplir un año presidencial, tuvo que renunciar porque el senador Eduardo Schaerer, caudillo de la sección de saco mbyky del liberalismo, con apoyo de fuerzas policiales, le exigió un cambio en su Gabinete.

     El vicepresidente en ejercicio Dr. Félix Paiva, renunció a su vez tras vanos esfuerzos para constituir su Gabinete. Las Cámaras Legislativas, dominadas por Schaerer y sus seguidores, eligieron entonces al Dr. Eusebio Ayala, a quien le esperaba la gloria, diez años después, como Presidente de la Victoria del Chaco (1932 - 1935).

     Eusebio Ayala no era como Manuel Gondra, ante todas cosas, un intelectual absent-minded, un hombre contemplativo. Gondra era un político valiente, sí, pero como es natural en una mente tan elevada, absorta en abstracciones, no podía menos de sentirse perplejo en los laberintos de la política criolla. Su privilegiada inteligencia tuvo su máximo triunfo en Chile, como minerva del Pacto Gondra, pensado para establecer «medios de prevenir y evitar conflictos entre los Estados Americanos».

     Los conflictos políticos nacionales, los de su propio país, sin embargo, no los pudo prevenir ni evitar. El Dr. Eusebio Ayala, por el contrario, inteligencia lucidísima, es ante todo una voluntad enérgica, un temple imperativo con visión a un tiempo ideal y práctica de los problemas. Dueño del poder, Ayala se desentiende de la influencia de Schaerer y se rodea de un Gabinete nada obsecuente al poderoso caudillo del Senado y de casi todo el Parlamento. Uno de sus ministros, su homónimo, el justamente célebre Dr. Eligio Ayala, ya prefigura al estadista a quien el país deberá su recuperación económica e institucional. Me refiero a la entonces futura actuación de este político al frente del Estado desde 1924 a 1928, y su gestión como Ministro de Hacienda desde 1928 hasta su muerte en 1930.

     Eusebio Ayala debe gobernar sin el apoyo del Parlamento cuya mayoría la constituyen schaeristas y colorados adictos al senador opositor. El 12 de mayo de 1922 renuncian los ministros de Ayala; la crisis se agudiza porque el Parlamento reacio llama a elecciones para Presidente y Vicepresidente de la República y Eusebio Ayala interpone su veto constitucional. Esto acontece el 12 de mayo de 1922.

     Entonces el coronel Adolfo Chirife, jefe militar de Paraguarí, se proclama en rebeldía. La facción schaerista del partido liberal y sus secuaces abandonan la capital para unirse a Chirife y otros militares insurrectos. En Concepción, en Villarrica, en Encarnación, en todo el país soliviantado se alzan en armas simpatizantes de Chirife y Schaerer. Hay una «cuestión constitucional» hábilmente propalada y vociferada por los revolucionarios. El ejército de estos se llama a sí propio «Ejército Constitucional». Eusebio Ayala entonces, creyendo calmar los ánimos retira su veto el 29 de mayo a sólo 7 días de interponerlo. Es de esperar ahora que la rebelión pierda su justificación constitucional. Pero ya es demasiado tarde...

     En la proclama titulada «Al Ejército Nacional» los parlamentarios opositores, entre ellos conspicuos colorados, han acusado al Presidente Provisional Ayala de «poner en peligro el libre juego de los derechos fundamentales que la Constitución nacional acuerda a los altos poderes del estado, y particularmente al Congreso» razón por la cual «los suscritos, representantes de la nación, se dirigen al Ejército en demanda de apoyo y la protección necesaria...» etc., etc.

     El 9 de junio de 1922 tropas insurgentes atacan la capital pero no la pueden tomar. Manda a los leales el coronel Manlio Schenone. Las fuerzas de que dispone este militar están constituidas, según un cronista de la época, por un noventa por ciento de obreros y estudiantes.

     Entre los oficiales que se distinguieron en defensa del Gobierno figura el entonces futuro héroe máximo de la guerra del Chaco, José Félix Estigarribia, que a la sazón tiene la jerarquía de mayor. El coronel Chirife fallece de enfermedad en plena guerra civil y le sucede en el mando el coronel Pedro Mendoza. Este jefe ataca a su vez la capital el 9 de junio de 1923 sin quebrantar la defensa de los leales.

     El Congreso -que había dejado de funcionar- fue disuelto y se convocaron elecciones. Elegido el Dr. Eligio Ayala por el período 1924-1928, se dicta una ley de amnistía. Eduardo Schaerer, vuelto a la vida política, al finalizar el año 1925 funda el periódico La Tribuna, llamado a ser con el tiempo uno de los mejores del país.

     Los militares rebeldes, menos favorecidos que los civiles, sólo al estallar la guerra con Bolivia serán reincorporados al Ejército. Entre estos se destacan el glorioso coronel, después general Eugenio A Garay, (colorado) y el bravo coronel Francisco Brizuela, (liberal scherista).

     En Asunción había cuarenta cantones. Cantón significa acantonamiento, esto es, sitio donde hay tropas acantonadas. Pero estos cantones de 1922 y 1923 estaban formados más por civiles armados que por tropas, en sentido estricto. Los fuegos de estos cantones estremecían la ciudad en todos sus barrios estratégicos. Sobre la ciudad caían cañonazos y de la ciudad partían cañonazos con un estruendo que, producido a veces a tres cuadras de distancia, parecían sonar en la esquina que la calle Pdte. Wilson formaba con la calle Tacuarí.

     El niño aturdido por estos estruendos y los de la fusilería y ametralladoras, oía además muchas cosas que decían los grandes residentes en su casa y en las casas vecinas, cuando en los días de calma se formaban tertulias.

     Oía, por ejemplo que había un cañón monstruoso que se llamaba «El Abuelo». Un cañón de 215 que, montado sobre un vagón del ferrocarril (cuya estación central estaba muy cerca de su casa), fue llevado para bombardear a los rebeldes en Isla Alta.

     -«El tubo del cañón tiene nueve metros de largo... El cañón pesa casi veinte toneladas. El alcance del cañón es de veinte Kilómetros. El cañón ha costado veinte mil libras esterlinas...» ¡Casi todo es «veinte» con respecto al «Abuelo» pues cada disparo cuesta veinte libras esterlinas! (Libras esterlinas de aquella moneda, no las de hoy).

     Cuando el gran cañón emprende su viaje en tren rumbo a su destino de muerte y desolación, las gentes admiradas y entusiastas lo acarician, lo vitorean, lo aclaman con delirio en cada estación a lo largo de la línea férrea, en un itinerario de centenares de kilómetros. Se habla mucho de este cañón y de otras cosas aún más emocionantes; el chico que soy yo cree sin embargo que el cañón «Abuelo» es el mejor del mundo...

     Decía graciosamente una señora norteamericana que Asunción era una «ciudad incestuosa» ¿Por qué? -se le preguntaba. Y ella respondía que porque aquí todo el mundo es pariente de todo el mundo.

     Esto ya en 1922, claro está, era cierto, y con más razón porque éramos menos, hace sesenta años... En efecto, hay parientes míos en ambos bandos de la guerra civil; uno de los parientes desempeña un papel de protagonista en el bando rebelde; otro lo hubiera podido desempeñar en el bando de los leales. Me refiero a D. Eduardo Schaerer y a D. Félix Paiva. Ambos políticos eran concuñados. Estaban casados con tías mías no muy cercanas pero con quienes nuestra familia se trataba. Matilde Heisecke Ferreira (Carísimo), es esposa de Schaerer; Silvia, su hermana, esposa de Paiva. Pero además de esto, Paiva y Silvia Heisecke son padrinos míos de bautismo. Un tío carnal mío, hermano de mí madre, Carlos Lamas Carísimo, es guardia marina y milita en filas de la revolución. Un cañonazo disparado por él -oí decir más de un vez en aquellos días y con debida cautela-; un cañonazo, digo, del tío Carlos cayó sobre la antigua Escuela Militar, casi en la oficina donde tenía su puesto de comando el jefe supremo de las fuerzas gubernistas, coronel Manlio Schenone.

     (Estas hermanas Matilde y Silvia Heisecke pertenecían a una familia muy activa en luchas revolucionarias: eran sobrinas -por lo de Ferreira- del general Benigno Ferreira, jefe de la revolución liberal de 1904. Habiendo este general asumido la presidencia de la república en 1906, fue depuesto por el coronel Albino Jara dos años después. Por otra parte, Félix Paiva, que renunció a la presidencia en ejercicio antes de la revolución de 1922, fue llevado otra vez al poder en agosto de 1937, a raíz de una revolución de esa fecha y ejerció la primera magistratura hasta 1939, año en que hizo entrega de las insignias del mando al General Estigarribia).



     1988



VARIA


EL RENGO LEÓN DA EL ÚLTIMO ZARPAZO

 

     He aquí un episodio de la Guerra del Chaco, un episodio importante de que fui testigo en la acepción de la palabra con que se define a un sujeto que ha visto u oído algo. Porque lo que voy a contar yo lo he visto y oído a pocos pasos de distancia de mis ojos y, por consiguiente, de mis oídos.

     El año, 1935. El mes, el quinto de ese año, o sea mayo. ¿El día? Uno de la segunda quincena de ese mes. ¿La hora? La «sexta» o poco después de mediodía. ¿El lugar? La recta o carretera militar que conduce de 27 de Noviembre a Casa Alta. Esto es, una vía arenosa, recta, que, cruzando un desierto sin agua, llega, al oeste del Chaco, hasta la del río Parapití.

     Yo estoy de pie al borde de este camino; tengo algunos grados de fiebre tenaz, porque en estos días de mayo, sufro una penosa amigdalitis. Yo me he negado siempre a la ablación o extirpación de mis amígdalas hasta que mis glándulas, resignadas a mi apatía, dejaron de inflamarse para siempre. Este benigno día de mayo de 1935 abandono mi lecho -mi catre- de enfermo y me encamino hacia la recta. -Voy a dar un paseo -me digo-, y ver qué pasa.

     El cielo azul, sin una sola nube; el sol, radiante, no quema. El aire está quieto; han terminado las tolvaneras. Yo, convaleciente, me siento hoy con ganas de vivir. Desde el norte del paisaje llega un intermitente fragor de fusilazos, morterazos, cañonazos. Y el infaltable tableteo de automáticas. Hacia el sur se extiende, infinito, un desierto silencioso, raquíticamente arbolado en zonas discontinuas. Hacia el norte, donde entre tupidos y altos bosques fluye un río de aguas vivas, truena la muerte; desde el sur, llega la mudez de un desierto con sed.

     Miro hacia el lado del silencio y veo entonces reverberar el sol sobre algo como un movible espejo. Me fijo bien, y advierto que no es un camión el que avanza hacia mí sino algo que no suele verse en estos parajes combatientes. Es un pequeño automóvil Chevrolet, de carrocería alta, modelo 1928 ó 1929. Al reconocer el Chevrolet, un Chevrolet casi tan famoso como su viajero habitual, adivino que algo importante va a suceder. La situación de nuestro frente después del segundo cruce del Parapití, no es muy segura; todo lo contrario. Esas unidades fatigadas del Segundo Cuerpo de Ejército que ahora combaten a tres o cuatro kilómetros, de este lugar de la recta, apenas pueden mantener sus líneas. Numéricamente el adversario es muy superior y está en plena ofensiva. Hace unos días que he visto al comandante del Regimiento 14 de Infantería, Juan Martincich que, recorriendo a pasos elásticos un círculo formado por sus oficiales, describía el peligro inminente de un rebasamiento y quizás de una ruptura del frente raleado.

     -En el peor de los casos, -dijo de pronto con energía, fruncido el ceño, crispados los puños-, en el peor de los casos, yo me abro camino con mi regimiento, por el monte, y nadie me ataja.

     ¿Qué sucedía? Abrumadas por el número superior de unidades enemigas, bien descansadas y mejor armadas, en las nuestras se suscitaba un principio de desconcierto y desorden.

     Pero ahora, hacia estas unidades del Segundo Cuerpo en la lucha desigual con fuerzas superiores y ansiosas de desquite, venía el jefe mismo del Segundo Cuerpo; venía en persona para asumir el mando directo de la batalla. Venía desde su remoto puesto de Comando en Carandayty.

     He dicho que «venía en persona» y la expresión es justa en su más estricto sentido. Rafael Franco venía en su pequeño Chevrolet, sin Estado Mayor, sin escoltas, sin tropas de refuerzo. Venía solo con el chófer y un ordenanza. Bien: el Chevrolet se detiene a unos tres metros de distancia de donde estoy, y de él desciende con ademán enérgico el jefe que va a convertir en victoria el posible descalabro de algunas de sus aguerridas unidades en peligro. Hay una sola posibilidad, una sola, de conjurar este peligro. Para determinarla es menester la inspiración de un guerrero intuitivo y audaz.

     Ahora completaré en verso esta narración; transcribiré el poema titulado «El Rengo León hace cortar un cable», de mi libro Terror Bajo La Luna, 1985.

     Pero antes de transcribir el poema ofreceré algunos pormenores que en el poema no figuran. Muy cerca del lugar en que se detuvo el Chevrolet de carrocería alta, Rafael Franco hizo izar su tienda de campaña. Sobre una mesita -o un cajón- se instaló el teléfono portátil. Este teléfono no dejó de transmitir órdenes urgentes, gritadas a voz en cuello, durante unas doce horas. No recuerdo de quién iba yo acompañado ni a qué hora de aquel día entré en la tienda del caudillo. Debió de ser en un intervalo de relativa calma. El Rengo León habló de una batalla inminente esa misma noche y vaticinó el despliegue de fuerzas enemigas en dos columnas que, formando una tenaza, se cerraría detrás de nuestras líneas; esto es, de lo que el enemigo juzgaría ser una retaguardia indefensa. Una de esas columnas, conforme al vaticinio táctico, llegaría en efecto adonde se anticipaba ahora su llegada. Y esto aconteció a un kilómetro de la tienda de Rafael Franco. La columna fue recibida con fulminante concentración de fuego de armas ligeras y pesadas. Se destacó en la dirección del fuego de estas últimas un joven oficial comandante de una batería de morteros. Su nombre y apellido tienen resonancia épico-legendaria en largos siglos de tradición hispánica. Su nombre y apellido son exactamente los del Cid Campeador: Rodrigo Díaz de Vivar.

                                     

A media siesta llega el Comandante.


          


Es el Rengo León un hombre austero








de potente mirada y ceño adusto.




Baja del automóvil ya famoso








y ausculta el largo retumbar del trueno




que cabalga, ominoso, el horizonte.








Le cruza el ancho pecho la correa




del catalejo, y lleva sobre el vientre,








bajo el cinto que ciñe la guerrera,




atravesada, una pistola negra.








Se quita el casco, enjúgase la frente;




pero el pañuelo que el sudor le absorbe








el ceño preocupado no le borra.




-¡Corten el cable -ordena- del teléfono!








El cable cortan unas manos rápidas




y a él conectan la caja que transmite








las órdenes marciales del caudillo.




Y ya todo el Sector, galvanizado,








escucha aquella voz autoritaria




que calma la ansiedad de los Comandos:








¡Sobre el camino, a escalonarse todas




las tropas con sus armas y bagajes!








¿Me ha entendido, Mayor? ¡Cumpla la orden!




¡Todo el mundo al camino, todo el mundo!








El Rengo León, con infalible instinto,




ha adivinado, al arribar al frente,








en el aire cargado de presagios,




que el enemigo, por la retaguardia








caerá sobre el camino, en dos columnas.




¡Es el León que, en medio del desierto,








sacude la melena tremolante




y ventea el peligro a la distancia!








Ya obedecen los duros regimientos,




y la raya arenosa del camino








se cubre de hombres verdes y armas negras:




sus morteros emplaza el morterista








sobre la arena seca; el artillero




apresta sus cañones en los claros,








y los infantes cavan tras los árboles




hoyos de reglamento. Y ya el camino,








erizado de rifles y machetes,




de largos, negros y siniestros tubos,








verde serpiente de ferrado cuerpo,




el prevenido ataque espera alerta.








La tienda del León ha sido izada.




Desde ella el adalid ruge sus órdenes








a la luz de una lámpara amarilla,




golpeando la mesa con el puño.




* * *




La previsión se cumple con el alba:




por el ala derecha, una columna,








ya inminente la pólvora en los rifles,




avanza por la selva. Del camino








se alzan en espirales las granadas




de infalibles morteros, y la cintas








de las pesadas máquinas, corriendo




al tubo atronador, siegan la noche








con ardiente granizo. Otra columna




amaga hacia izquierda. Y los morteros








abren sobre ella el fuego calculado




y con rasantes llamas los cañones








relampaguean incendiando el bosque.




Toda la noche treme el vasto yermo








de horizonte a horizonte; pero, al alba,




los truenos que eran infinitos, se hacen








un solo largo y sostenido trueno,




un único estampido retumbante




que al sonrosado cielo se alza enorme.




* * *




Cuando ha llegado el día, el Comandante




sale, a mirar el cielo, de su tienda:








invisibles clarines en la altura




hienden el limpio azul con voz de oro.









 

 

ESTIGARRIBIA Y FRANCO EN CARANDAYTY

- I -

 

     A más de medio siglo de aquel día a descripción se me hace muy difícil. ¿Cómo era el paisaje de Carandayty y sus aledaños? ¿Cómo eran las colinas, las pétreas colinas que le servían -que les sirvieron- de barbacana natural? No podría decirlo; no podría hoy describir la honda laguna en que nadé como en mis mejores veranos en el lago Ypacaraí.

     A Carandayty lo construyeron ganaderos bolivianos.

Nuestro Ejército lo conquistó a sangre y fuego. Lo protegían en el suroeste las pétreas colinas ya mencionadas. Desde sus breñas oscuras hicieron temblar la tierra baterías de morteros y cañones y la mimetizada infantería eligió blancos entre los sitiadores.

     Antes de huir, sus defensores incendiaron gran parte del pueblo y dejaron la Iglesia en ruinas. Es muy nebulosa hoy mi recordanza de las casas incendiadas y de las ruinas de la Iglesia.

     El día que hoy evoco, había en el centro del pueblo una casa larga, alta, ancha. El patio de esta casa bajé a un refugio antiaéreo que habían cavado para el jefe enemigo -David Toro- y su Estado Mayor.

     En esta casa -la mejor del pueblo- Franco instaló su puesto de comando y reservó para sí la planta alta; sus oficiales se repartieron la planta baja. Un largo corredor daba sombra a la fachada inferior. Allí, en horas de descanso, se tomaba mate o tereré. Algunos oficiales venían a la casa de visita, desde la línea de fuego. Mi hermano Ramiro, que había combatido antes en el Regimiento 8 de Infantería, ahora estaba adscripto al estado Mayor de Franco. Una de las visitas a aquel pueblo militarizado he sido yo, en dos ocasiones.

     En el costado izquierdo de la casa del Comando había una especie de salidizo o voladizo alzado a unos seis o siete metros sobre la calle. Las palabras con que lo aludo no son exactas: unas vigas salientes al nivel del piso de la planta alta sostenían unas largas tablas horizontales sujetas paralelamente a la pared. A esto llamo salidizo o voladizo. No tenía baranda.

     Dos o más puertas y otras tantas ventanas se abrían sobre este salidizo. El salidizo servía de mirador al jefe del Segundo Cuerpo, de cuyo despacho y dormitorio lo separaba un ancho muro de adobe.

     No sé en qué día de qué mes de los primeros meses de 1935 yo he dado un paseo por Carandayty y sus alrededores. Aquí y allí me detengo para cruzar algunas palabras con prisioneros bolivianos -había unos pocos en el pueblo-. Estos trabajaban en servicios auxiliares del Cuartel General. Uno de ellos es un subteniente, hombre culto y afable. Resignado sin mucho esfuerzo a su suerte, el cautivo me elogia la bondad y mansedumbre de los «pilas», gente sin embargo tan brava en la batalla.

     Me veo caminar, después, por una explanada de tierra seca, color entre ocre y ceniza. Ahora paso frente al largo edificio del Comando y tuerzo hacia mi izquierda. Allá arriba se alza el nombrado salidizo o voladizo. Y allí veo, de pie sobre las altas tablas, a dos jefes cuya apariencia me es familiar gracias a los diarios de Asunción y Buenos Aires. Uno es José Félix Estigarribia; el otro, Rafael Franco. ¿Cuándo ha llegado Estigarribia a Carandayty? ¿La víspera? No lo sé. Estigarribia calza sus características polainas color marrón oscuro; Franco, botas de caña negra.




Estigarribia y Franco

 

     Los dos conversan -sin mirarse miran hacia el horizonte con los rostros ligeramente levantados bajo el casco de corcho-. Los dos tienen las manos detrás de la espalda, tocando la pared. Estigarribia viste una desteñida guerrera de cuatro grandes bolsillos. Sobre sus hombros lucen las doradas estrellas de General de División.

     Bajo el faldón de la guerrera, tan usada y lavada que va quedando blanca, lleva oculta una automática. (No mucho después supe que Estigarribia regaló esta pistola al Comandante en Jefe boliviano, general Enrique Peñaranda, durante un encuentro amistoso, firmado ya el armisticio).

     Franco viste una especie de blusa militar de sólo dos bolsillos, ceñida al talle por un grueso cinturón. No oculta, sino bien visible casi a la altura del pecho, Franco lleva, con todo el mango afuera de su funda, una pesada automática. La lleva con cierto aire de mosquetero. Franco, de famosa renguera, es hombre de andar ágil y enérgico, acaso no exento de cierta marcial teatralidad. Estigarribia, por el contrario, tiene un andar reposado, nada marcial. Habla con voz baja y ligeramente gangosa. El hombre de acero está -como su arma bajo el faldón de la guerrera desteñida- bien disimulado bajo una apariencia campechana, apacible, bonachona, imperturbable.

     Esa guerrera suelta, sin talabarte; esas polainas viejas, desde cuando era teniente; esos ademanes calmosos son un disfraz -un disfraz no deliberado- de un carácter diamantino, de una voluntad inquebrantable. (Esta última parte de mi somera descripción es algo que yo agrego, merced a un conocimiento posterior, de Estigarribia y Franco).

     Ahora los veo por primera vez, desde abajo, inmóviles, a una distancia de ocho o más metros. Por tanto ese andar, esos ademanes, etc., son cosas que no me son posibles de observar desde donde me he detenido durante un rato. Yo ahora finjo estar curioseando en esta insólita realidad en pleno desierto en que consiste un pueblo con viviendas de material, techumbres de tejas y puertas y ventanas de maderas fuertes, muchas sin rastros del fuego de un incendio parcial y del otro fuego, el de las armas. Los dos jefes no han reparado en mí. Yo lo sé. Por eso no me muevo, observándolos. Ellos están absortos en su plática seguramente militar, fijos los ojos en el horizonte azul plateado.




Junto al general Estigarribia, el Coronel. Manuel Garay.

Detrás de ambos, respectivamente, el Dr. Salvador Villagra

Maffiodo y el Dr. Carlos Pastore

 

     Ya en aquellos días épicos estas dos fuertes personalidades de tan diversa prestancia, tenían sus admiradores y detractores. Los admiradores del uno eran detractores del otro. Algunos críticos negaban que Estigarribia fuese el conductor real de sus ejércitos y minimizaban su efectiva intervención en batallas victoriosas, al paso que a Franco daban todo el crédito. Otros se mostraban escépticos con respecto a ambos, y explicaban el éxito de sus armas [146] atribuyéndolo al valor de sus subordinados o al puro y ciego azar. Yo los admiro a los dos adalides convencido de que en su dispar estilo vital residen sobresalientes virtudes militares y humanas. Los dos, a lo largo de tres años de guerra, han realizado hazañas memorables, han demostrado ser extraordinarios «pastores de hombres» como se lee en La Ilíada.

     Hay un momento en la historia militar de estos jefes en que se revela nítidamente la índole distinta de sus respectivos temples guerreros. Habrá más de uno, claro está; pero aquí quiero evocar un solo momento, en el historial de ambos adalides.





Carandayty

 

     En víspera de la victoria de Campo Vía, ante el escepticismo acaso algo irónico del general Freydenberg, delegado de la Liga de las Naciones, Estigarribia profetiza el triunfo de sus armas, sin alzar la voz, en tono sereno, pero con absoluta confianza y certidumbre; «La destrucción del enemigo es una operación matemática.» En esta frase precisa, inequívoca, lacónica sin énfasis, está todo Estigarribia. En Franco hay este momento singularmente [147] revelador. Un momento espectacular que ha de sugestionar la imaginación de sus contemporáneos y la de la posteridad.

     Franco jura solemnemente en Gondra, al pie de la bandera después que la banda de la Primera División ejecuta el himno patrio -jura que esa bandera no será jamás arriada por el enemigo. Luego, y ya a la hora del amanecer, se retira a meditar a solas sobre el juramento suyo y de sus tropas, y a contemplar la tricolor a los primeros reflejos del sol naciente.

     Dos temperamentos, dos revelaciones, igualmente significativas.

     Ahora me alejo a paso lento del edificio de dos plantas hacia las afueras de Carandayty y pronto avanzo por campo abierto. Cuando regreso, con el último sol, Estigarribia y Franco siguen conversando en el salidizo. Franco se muestra acalorado y vehemente. El tacón de la bota derecha -el de la pierna renga- hace sonar la madera seca; Estigarribia lo oye imperturbable, inmóvil, mirando pensativo el horizonte.



CUARTEL GENERAL DE CUATRO JEFES

     Este largo edificio de dos plantas tiene una curiosa historia en los anales de Bolivia y Paraguay. Primero fue cuartel general de Enrique Peñaranda; después lo fue de David Toro, comandante del célebre Cuerpo de Caballería aniquilado en desastrosa campaña; luego asiento del Comando de Rafael Franco y, por último, hasta el fin de la guerra, de José Félix Estigarribia. Los cuatro jefes nombrados, años después de aquel día de 1935, serían presidentes de sus respectivos países.



UNA FRASE DE VALOR HISTÓRICO

     Quien haya leído las Memorias militares de Rafael Franco sabe que el héroe de Gondra es crítico severísimo de su comandante en jefe durante la guerra del Chaco. Ahora bien, como yo he sido testigo de una reunión de jefes y oficiales presidida por Rafael Franco, no ya en Carandayty sino en el sector Parapití, voy a contar aquí lo que le vi y oí decir en forma categórica una mañana de junio de 1935. ¿Junio? No estoy muy seguro del mes, aunque es algo difícil que la mañana fuese de mayo. Sin embargo, si hay un recuerdo vívido que guardo de la figura y voz de un personaje chaqueño, este recuerdo es el que paso a contar. Se trata de un testimonio modesto pero auténtico que ofrezco a los historiadores de hoy y de mañana.

     Rafael Franco, rodeado de algunos jefes y oficiales, está de pie ante una mesa rústica, una mesa de patas fijas en la tierra, construida bajo un cobertizo no menos rústico que la mesa. Franco domina la escena con su vigorosa personalidad. Su voz es la que suena con timbre más claro y con mayor energía. ¿Quiénes estaban presentes? ¿Antola, Caballero Irala, Juan Martincich, Antonio González, Antonio Rolón? Mentiría yo si afirmase rotundamente que todos los nombrados estaban presentes.

     Lo que sí puedo aseverar con absoluta veracidad y con igualmente absoluta fidelidad a lo visto y oído es lo que oí decir y no tardó en ser dicho más tiempo que el del fulgurar de un relámpago. Pero la frase la recuerdo entera.

     Franco, alzando de pronto la voz y con el tono con que se pronuncian los discursos más solemnes, dijo:


     La victoria de El Carmen es obra exclusiva del General Estigarribia.

     ¡Y esto sí que es mucho reconocimiento de los méritos militares de su Comandante en Jefe! Un cuarto de siglo después de la escena que aquí evoco, el notable historiador militar norteamericano David H. Zook, Jr., publica en Nueva York The Conduct of the Chaco War, (Bookman Associates, 1960). El capítulo VII estudia la tercera ofensiva paraguaya, esto es, la campaña de El Carmen - Yrendagüé. En este capítulo David Zook afirma:

     «El Comando del General Estigarribia, después de varios meses de esfuerzo, conquistó en el tercer año de la guerra otra victoria capital, poco antes que empezara, con el verano, la estación lluviosa. «En esta campaña Estigarribia llegó a la plenitud de su estatura como Gran Capitán; su estrategia se basó exclusivamente en la aproximación indirecta para derrotar a un ejército boliviano dos veces más numeroso. En sus victorias del Carmen e Yrendagüé, el general paraguayo demostró verdadero genio; en la primera, por la ejecución sorpresiva de una penetración y un doble envolvimiento; en la segunda, por su magistral superación estratégica sobre el adversario y la explotación del agua para obligarle a emprender una retirada desastrosa.»

     1989

 

Estigarribia y Ayala.

 


 

COLOQUIO YA ENTRE SOMBRAS

(... LA SELVA DICO DI SPIRITI SPESSI)

- II -

 

     Después de cruzar el río y de atravesar toda una selva de espíritus, le indicaron el sitio donde estaba el otro.

     -Rafael, parece que en este sitio seguimos siendo lo que hemos sido en el mundo. Usted es, sin duda, el Rengo León de las jornadas del Chaco.

     -Y usted, mi general, no ha perdido su serenidad imperturbable.

     (Los dos estaban en un prado de fresca hierba. Allí había personajes de mirada tranquila y grave y cuyo aspecto revelaba una gran autoridad; hablaban poco y con suaves voces).

     -Vayamos al extremo de esta pradera, a aquel lugar alto y luminoso desde donde podamos ver mejor a esos espíritus que a todos llaman la atención. Y allá, de pie sobre ese verde esmalte podremos hablar sin que nadie nos pueda oír.

     -Vamos. La luz que brilla en aquel lugar es hermosa. Yo he cruzado ese río y ese bosque, casi del todo a oscuras. Este prado o pradera o como se llame aquí este campo, está lleno de paz. Yo hubiera preferido, sin embargo, encontrarme en otra parte. Sí, hubiera querido estar a la cabeza de mis tropas de carne y hueso y reiniciar una maniobra que en su tiempo no pudo tener el éxito deseado.

     - Éxito ha tenido usted muchas veces al mando de sus tropas. No debe lamentar nada de su vida puramente militar. Usted ha sido valiente; ha sido audaz. Se dice que la fortuna ayuda a los audaces. Muy cierto. Yo pude apreciar sus méritos cuando usted militaba a mis órdenes. Si usted, Rafael, no se hubiera creído providencial, su justa y merecida gloria hubiese sido todavía más grande. Como la de unos de esos Capitanes que estamos viendo allí enfrente, inconfundibles desde aquí, fuera del tiempo.

     -Usted me está hablando duramente, mi general. Me reprocha haberme creído providencial. ¡Yo no he sido sino un soldado patriota y honrado!

     -En este prado, Rafael, me siento más inclinado que nunca a la tolerancia. Escúcheme con calma y verá usted si estoy o no en lo cierto. Dejemos de lado eso de providencial. Le diré otra cosa. Usted se creyó algo así como reencarnación de un militar mítico de nuestra historia. Un militar que sin saber nada de milicia fue general a los dieciocho o diecinueve años. Siempre mostró, durante toda su vida, una gran ignorancia del arte militar. Si usted Rafael hubiera sido reencarnación de ese héroe mítico, su actuación en la guerra del Chaco hubiera sido una serie de desastres.

     El tema es interesante. Le ruego que lo analicemos...

     -Yo he sido y soy un ferviente admirador de ese héroe que usted llama mítico.

     -¿Cómo puede ser un gran general un jefe que rehuyó mandar directamente todas las grandes batallas de una guerra de cinco años; que jamás se puso al frente de sus tropas cuando era todavía concebible el éxito y cuyas campañas no fueron más que descabelladas aventuras como por ejemplo, el muy previsible fracaso en Uruguayana? ¡Todas sus ineptas iniciativas exigieron el sacrificio de [153] millares de vidas! Él siempre mandaba pelear a otros y, lejos de la lucha, juez severo, castigaba al vencido fusilando, degradando, velando, a quien según despótico dictamen no cumpliera sus órdenes lejanas.

     -Usted olvida que ese hombre a quien usted denigra murió con la espada en la mano lanzando el famoso grito «¡Muero con mi patria!»

     -En ese grito hay megalomanía, más megalomanía que otra cosa. Mire usted Rafael: durante el primer año de las operaciones ordenadas por López, el Paraguay perdió la mayor parte de su ejército. El atroz fracaso de Tuyutí, en mayo de 1866, fue una catástrofe irreparable en lo que atañe al poder militar de nuestra nación. El que mandó ejecutar a sus más heroicos jefes, el gran culpable de los sangrientos tribunales, el torturador de su propia madre, el jefe de Estado que regaló a su querida extranjera más de 3.000 leguas de tierras fiscales, fue el máximo verdugo de este pueblo en toda su historia.

     -¡Cómo puede decir esas atrocidades acerca de quien fue el mayor de los patriotas!

     -Digo las que usted llama atrocidades porque aquí se deshacen los embustes de la patriotería mendaz e irresponsable. Nosotros no necesitamos glorificar un falso héroe y un tirano sanguinario para exaltar el heroísmo indiscutible de nuestro pueblo.

     Uno de los apologistas de usted, Rafael, ha creído dedicarle a usted el máximo elogio afirmando que usted, en la Eternidad, está sentado a la diestra de Solano López, como Jesucristo a la diestra de Dios Padre según reza la oración.

     -Me asombra usted con las ideas que ha traído al Reino de las Sombras.

     -¡Cuánta sangre inocente habría usted visto exudar a esa sombra terrible!

     Estoy leyendo, Rafael, un libro sobre el tiempo. Es obra de un brillante pensador compatriota. Ahora que estamos fuera del tiempo, permítame que le lea una página sobre el Héroe Máximo.

     Nada más contundente he leído nunca sobre la conducción de la Guerra Grande. Y nada menos refutable. Escuche, Rafael. Aquí el tiempo es infinito; no se lo puede perder:

     «No definió sus objetivos, ni nadie llegó a saberlos sino por conjeturas; si los conocía él mismo, no dispuso de los medios necesarios para perseguirlos, ni siquiera los buscó. El destacamento enviado al Este era una irrisión. No conocía a sus enemigos, ni su poder... Su incomprensión del tiempo era desesperante: ordenó la compra de armas y buques en Europa cuando ya esperaba como inminente el bloqueo, y todavía lo precipitó. No se puso al frente de sus tropas sin entender que los ejércitos se mueven cuando hay un comando que ordena e impone la marcha y resuelve en el acto las dificultades que la impiden; daba instrucciones personales por escrito a distancias enormes para la época, quedando desconectado de sus ejércitos días y días, aun en situaciones críticas... Cuando agonizaba Uruguayana, envió desde Asunción -entre 600 ó 650 kilómetros- 1.200 hombres de refuerzo, teniendo un ejército inactivo de 25.000 hombres a 170 kilómetros sobre el río Paraná. Cuando los refuerzos cruzaron este río, por Encarnación, Uruguayana ya se había perdido. La realización de la batalla de Riachuelo fue llevada a cabo con una precipitación y chapucería desconcertantes. Se perdió por no haberse inculcado la necesidad de la sorpresa, ni previsto la posibilidad de una avería, ni un ataque sorpresivo sobre las tripulaciones que dormían en las riberas...»

     -Basta, basta mi general: ¡ese escritor es demasiado negativo!

     -Este escritor, J. M. Rivarola Matto, es uno de los mayores apologistas de los méritos militares de usted, Rafael. Nadie ha escrito con tanta lucidez acerca de operaciones mandadas por usted.

     De haberse usted contentado con ser el glorioso Comandante del Segundo Cuerpo de Ejército, el héroe de Gondra, la punta de lanza de un ejército victorioso, ¿qué más podría ambicionar usted? Sin embargo, no contento con ser un militar, esto es alguien que conoce su oficio y sus deberes, alguien que sabe obedecer y sabe hacerse obedecer, usted también quiso ser un caudillo civil. Y usted ha conspirado antes de la guerra y aun antes de terminar la guerra. Bien me he enterado yo de su discurso días después del Armisticio de junio de 1935. En ese discurso usted abiertamente se declaraba líder, no dentro del Ejército donde era usted uno de los jefes más prestigiosos, sino como posible caudillo en la totalidad de la vida nacional. Acababa usted de ganar una brillante victoria que detuvo el empuje de la ofensiva boliviana...

     Y cuando triunfó el golpe de febrero de 1936, usted permitió el vejamen del Presidente de la Victoria y lo desterró. Hablo, claro está, del Dr. Eusebio Ayala y del gobierno más honesto que jamás rigió nuestros destinos, gobierno a quien el golpe triunfante no pudo acusar de ningún fraude, de ninguna trapacería, de nada de lo que en nuestro lenguaje político y no político se llama robo.

     -Mi general, aquí me siento lleno de ecuanimidad y exento de todo fanatismo. Ha de ser porque ahora no soy más que un espíritu como esos millones y millones de espíritus que forman selvas espesas en estos lugares. Pero usted está hablando como haciendo proselitismo partidario...

     - No, Rafael. Aquí verá poco a poco lo que antes no vio. El primer gran denunciador del crimen contra el Dr. Eusebio Ayala fue el jefe militar de la revolución de 1936. Me refiero, como usted bien sabe, al valeroso Federico Smith. A él le agradezco sus palabras de militar arrepentido. Y esto después de haber cruzado yo el río, el río que no se puede [156] cruzar dos veces. Admito, Rafael, que cuando comencé a ordenar mis papeles para mis Memorias, no me era fácil perdonar a quienes después de la Victoria me trataron como a un delincuente. Por eso, en la versión inglesa de mis Memorias, la primera que vio la luz, no lo cito a usted con su nombre y apellido ni a otros muchos camaradas de armas. Pero ahora, todo el resentimiento de antes, no tiene sentido alguno.

     -Muy cierto. Lo que verdaderamente vale de cuanto como militares hemos hecho en nuestra vida mortal, ha sido, con nuestro ejército, ganar la guerra, vencer a un enemigo tres veces más numeroso. Y haber contribuido a desvanecer el último vestigio de derrotismo en un pueblo aplastado en 1870.

     -Es cierto, Rafael. Alguien viene hacia nosotros, seguido de otras sombras, desde aquel grupo bajo la gran luz...

     -¿Quién será el gran anciano con el quepis todo bordado y largos bigotes blancos?

     -Es el hombre de Orleans, Rafael.

     -¿El Hombre de Orleans?

     -Sí. Ferdinand Foch, maréchal de France.

     -¿Y los otros?

     -Vamos hacia ellos para acortar la distancia. Pronto lo sabremos...

     1994



AMANECER SOBRE LAS MOMIAS

- I -

     Habíamos viajado todo el día, desde el amanecer, por aquellos caminos de baches hondos como pozos y en que la arena era tan fina como polvo de arroz. Estábamos hechos polvo como esa arena después de lentas, largas, interminables horas de barquinazo tras barquinazo en ese admirable vehículo que es un camión, un camión como otros tantos, que no se caía en pedazos pese al terrible traqueteo sobre momias y troncos que cubrían kilómetros y kilómetros.

     Ya era oscuro, bien oscuro, noche cerrada, cuando decidimos pernoctar allí, en el campo, a la vera desierta del camino: no habíamos podido llegar a Garrapatal y era mejor hacer un descanso hasta el día siguiente. Ya no madrugaríamos. Tomaríamos tranquilamente el desayuno a eso de las ocho u ocho y media, y horas después llegaríamos a Garrapatal.

     Simpáticos, muy simpáticos y afables el teniente Cabrera y el teniente González con quienes yo venía de muy lejos. Un ordenanza encendió un farol mbopi, de no muy radiante luz, y en torno a ese farol improvisamos la cena. ¡Cena extraordinaria! Cabrera tenía un impresionante jamón cocido muy bien envuelto en papel transparente; González, para no ser menos, contribuyó con un trozo de queso al que le sacamos cuidadosamente el moho, y yo abrí una lata de dulce de guayaba venida días antes como parte de una encomienda, la cual no me llegó muy completa desde Asunción. Quebramos unas galletas con el revés de nuestras cucharas de estaño y la cena improvisada -el insólito jamón, el queso enmohecido y, sobre todo, el postre oloroso y en excelente estado, cuya dulzura algo empalagosa, fue atemperada por un par de galletas- nos pareció un banquete.

     Y allí no más cada cual tendió su frazada sobre la arena aún tibia que comenzaba a enfriarse con la anochecida, y cada cual, envuelto en su poncho, se tendió a dormir y se durmió enseguida. Durante las primeras horas de la madrugada me despertó lo que debió de ser un rugido o una serie de rugidos en el bosque próximo. ¿Serían tigres? Porque había tigres.

     Como mis compañeros, dormidos como piedras, al parecer no habían oído nada, y como habíamos puesto un centinela, acaso todavía despierto en la cabina del camión, a los pocos minutos me tranquilicé y volví a hundirme en profundísimo sueño y eso que el terreno era algo irregular y mi frazada ocupaba un espacio de no muy tersa superficie sobre la arena sembrada de ramitas secas, algunas cápsulas vacías de cartuchos de fusil, y algunas cosas indecisas de equívoco olor que formaban, bajo el viejo algodón tejido, protuberancias no precisamente mullidas.

     Cuando amaneció y la luz de un sol radiante alumbró el inhóspito paisaje -bosquecillos ralos, cactos que formaban largas filas espinosas, aquí y allí, a un lado y otro del camino, tiré de la frazada y la doblé yo mismo haciendo de ella un bulto gris. Un ordenanza -el de Cabrera- ya había encendido el fuego y, sobre él, el agua de una lata negra de humo comenzaba a hervir. La lata colgaba de un tripo de inventado por Cabrera y construido por su ordenanza con tres yataganes de desecho.

     Me fijé bien en el lugar sobre el que yo había dormido, y entonces caí en la cuenta del porqué de mi incomodidad nocturna: había dormido yo sobre los restos de una momia muchas veces aplastada por las ruedas de los convoyes. Los huesos estaban casi del todo enterrados en la alta capa de fina arena del camino. No muy lejos de donde había descansado la cabeza, pude distinguir la calavera, acaso la calavera de mi momia. El persistente hedor, hedor a veces disipado por la brisa, tenía su explicación. Los implacables soles del desierto, las tolvaneras, las lluvias a veces torrenciales, no habían desodorado del todo los despojos de aquel soldado desconocido de las huestes del Altiplano.

- II -

     En los vivaques las amistades se traban en forma rápida y cordial. El teniente Cabrera nos había divertido la noche anterior contando sus aventuras con su camión. Porque el camión que nos había traído hasta aquel paraje era suyo. Como oficial de Administración, como no combatiente, a él le tocaba la tarea de proveer de municiones de boca a las tropas del frente. Más de una vez se había salvado de un cuatreraje, de una emboscada. Una vez su camión fue tomado -por poco tiempo- por una patrulla. Lo rescató él al frente de un refuerzo inesperado: un batallón que por casualidad salió sobre el camino muy cerca de donde su camión -que iba a ser incendiado- estaba en manos del enemigo.

     -No me extrañaría -había dicho Cabrera mientras nos conducía por la oscuridad- no me extrañaría que nos saliera al paso una patrulla. Yo siento una comezón en la nariz cuando hay peligro de patrullero...

     A la oscura luz del tablero de instrumentos yo podía ver su perfil simpático, su bigotillo rubión, y sobre el bigotillo las muecas de su nariz aguileña, de su nariz profética en sus comezones.

     El parabrisas de su camión constaba de dos vidrios; el inferior, fijo; y el superior, movible. Aunque hubiera mucho polvo en el viento, Cabrera, cuando olía el peligro y le cosquilleaba la nariz, abría hacia adelante el vidrio movible y lo ajustaba a unos cinco centímetros del vidrio fijo, formando sobre este un piano inclinado.

     ¿Por qué hacía esto el teniente Cabrera? Pues era una precaución que le había salvado la vida ya el año anterior: si una ráfaga de ametralladora granizaba de súbito sobre el parabrisas, el vidrio movible ajustado en plano calculado, desviaba los proyectiles. Yo estaba dispuesto a creer lo que Cabrera nos explicaba; mi otro amigo afirmó incrédulo que eso era una superstición. Si ahora, por ejemplo, desde ese bosquecillo venía una ráfaga de ametralladora, nos hacía fiambres de los tres, sin remedio. En eso, a mano izquierda, se produjo una agitación en el boscaje ralo. Cabrera, en el acto, empuñó uno de los dos fusiles que llevaba sobre cada uno de los guardabarros.

     Falsa alarma. Habrá sido un venado, porque nada pasó, nada vino furiosamente hacia nosotros a la luz de los faros, en la noche.


- III -

     Bien: sigo ahora con la historia de aquel amanecer sobre el camino a cuya vera nos habíamos tendido a dormir la noche anterior.

     Como Cabrera y González, indiferentes a la luz del sol que ya empezaba a quemar, continuaban durmiendo plácidamente con las caras cubiertas por sus cascos de corcho, aproveché la ocasión de dar un paseo por los alrededores de nuestro minúsculo campamento. Salí del camino para tomar una especie de pique que me habría de llevar a alguna parte.

     ¿Quién había abierto ese pique entre la baja maraña? Nunca lo supe. A los pocos minutos de marchar por el sendero aquel, seco, arenoso, llegué a algo así como una explanada natural, rodeada por un verdadero bosque de altos cactos, de esos que dan higos rojos, golosinas de loros y otros pájaros. Algo me llamó la atención hacia el extremo norte de lo que llamo explanada. Apuré el paso hacia ese algo todavía indiscernible, esparciendo la vista de un extremo a otro de lo que entreveía. ¿Qué serían esas formas oscuras que al explayar la mirada, y al concentrarla en uno y otro punto de la extraña visión, iban adquiriendo perfiles de figuras humanas?

     Sólo al llegar a pocos metros de aquellas figuras comprendí lo que había pasado allí. Meses atrás se habían librado en este sector unos combates que más que combates fueron matanzas. Las tropas paraguayas habían perseguido al enemigo en desesperada fuga. Los nuestros, victoriosos tras una maniobra fulminante, debían destruir los restos de lo que poco antes fueran poderosas unidades bien armadas.

     Sediento, el enemigo se dispersaba por los campos, huía del camino por donde avanzaban sus perseguidores y, muchos infelices exhaustos, buscaban la sombra de algún árbol raquítico, ya sin fuerza para seguir corriendo. Sus oficiales, cargando la artillería en los pocos camiones que les quedaban a los vencidos, habían abandonado a la tropa a su trágico destino.

     En el paraje de que hablo, unos veinte o más hombres enloquecidos de sed, habían sido alcanzados y no tenían escape.

     Los hombres, formando dos filas, uno detrás de otro, debieron de hincarse de rodillas pidiendo cuartel, juntando las manos en desesperada súplica.

     Pero no, no hubo cuartel, no hubo piedad. Es más: si caían prisioneros no podían ser evacuados hacia la retaguardia de sus enemigos porque estos apenas tenían camiones para su propio uso, y apenas una mísera ración de agua para aliviar su sed.

     No hubo cuartel; no pudo haber cuartel. Tubos de fusil ametrallador en un abrir y cerrar de ojos, en vertiginosa sucesión de estampidos, tumbaron por tierra a los suplicantes.

     Observé los rostros con poca, negra, desgarrada piel sobre la calavera, las cuencas vaciadas por los cuervos, las dentaduras brillando al sol, en risa horrible.

     El hedor persistía; pero algo en aquellos muertos no había muerto bajo la metralla. En las manos unidas de los cadáveres, las uñas, mucho después de la ejecución, siguieron creciendo. Y estas uñas, largas, negras, filosas, puntiagudas, habían atravesado las palmas o el revés de las crispadas manos, largo tiempo desecadas.

     1989




 

EN LA UNIVERSIDAD DE OXFORD: 1962

- I -

 

     En 1962 la Asociación Internacional de Hispanistas celebró el acaso mejor congreso entre los muchos que ha organizado la docta corporación. ¿Quiénes fueron los invitados de honor? Hubo varios, muy ilustres, pero ninguno tan ilustre como don Ramón Menéndez Pidal. El congreso se llevó a cabo en la Universidad de Oxford.

     No por primera vez visitaba yo Inglaterra; pero sí por primera vez iría a Oxford. Conocía bastante bien a Londres y sus aledaños en el insospechablemente apacible Green Belt, Verde cinturón. Londres me había ofrecido años antes la primera experiencia de lo medieval. Esta experiencia y otras muchas que aquí no puedo describir ni encarecer han sido inolvidables. - Cuando me jubile -solía decirme yo- si no me instalo en Asunción, mi cuidad, he de vivir el resto de mi vida en Londres.

     Cuenta Barola que un día conversaba él con José Ortega y Munilla y su hijo José Ortega y Gasset.

     -¿Adónde va usted? -le preguntó Ortega y Gasset.

     -A Londres -contestó Baroja.

     -¿Y qué hay en Londres? -volvió a preguntar Ortega y Gasset.

     -¡Pues Londres! -contestó, por el vasco, el padre del

pensador. Y, en efecto, en Londres hay Londres. Hay de todo; hay lo menos esperable además de lo sabido por todo el mundo. En Londres abordé un tren de trocha angosta, casi de juguete, y llegué a Oxford. Oxford se llama la City of Spires o ciudad de las Agujas y Chapiteles. Casi todas estas agujas y chapiteles pertenecen a edificios de la universidad, la más antigua universidad inglesa. Los primeros colleges o colegios superiores, he leído yo en el trencito, fueron construidos entre 1249 y 1264. El University College data de 1249, el Balliol College de 1263 y, el Menton College, de 1264. Sin embargo, la mayor parte de los edificios son de los siglos XV, XVI, y XVII. Cada college se alza en torno a dos o tres cuadrángulos -quadrangles- y tiene su capilla, su Hall y su biblioteca y sus jardines amurallados de piedras centenarias. Oxford todavía conserva fragmentos de un gran muro construido por los sajones.

* * *

     Me veo caminando una clarísima mañana por una pintoresca calle de la ciudad universitaria. El cielo, muy azul, con sus nubecillas muy blancas. Hacia ese azul se alzan una muchedumbre de torres góticas y de espiras como ansiosas de seguir ascendiendo. La vista es hermosísima sobre todo para quienes la vida en estos claustros próceres de la cultura es algo así como la vida de verdad: las otras vidas deben de tener sus atractivos, claro está; pero que otros gocen de ellos.

     Yo voy con un amigo profesor de Vanderbilt University. Mi amigo es medievalista aficionado pero su especialidad, en que sobresale, es literatura del Renacimiento.

     -Enrique -le digo- ¿qué te parecen esas cruces de piedra en medio de estas aceras?

     -Bien esculpidas, -contesta Enrique-, indican el lugar de viejas tumbas.

     -¿Con sus esqueletos?

     -Probablemente. Como ves, aquí la vida y la muerte conviven, si así puede decirse. Esos edificios, ¿no están patinados de muerte viva o, si prefieres, de viviente muerte? ¿No nos hablan de muchas gentes ya desaparecidas hace tiempo?

     Me detengo frente a una alta, labrada cruz de piedra. Los peatones pasan corriendo a uno y otro lado de la cruz; sí, corriendo, esta es la palabra.

     -¿Ves Enrique? Aquí en Oxford se anda más rápido que en Nueva York, Baltimore, Chicago.

     -Es cierto. Y estas muchachas tan ágiles, tan escurririzas que no dan tiempo para observarlas como merecen. ¡Cómo corren con esos tacones tan altos!

* * *

     En la mañana del día siguiente se llevó a cabo la apertura del congreso. ¿Cómo se llama el edificio en que se desarrolló la ceremonia? ¿En uno de los cloisters del Magdalen College? Ya no sé dónde. Puedo evocar, sí con claridad un vastísimo salón, largo y ancho como la nave de una gran iglesia de arquitectura esplendorosa.

     Habría unas cuatrocientas personas, muchas de ellas con largos atavíos académicos tradicionales. Esta gente se agrupaba a lo largo de los ornamentados muros, de espaldas a los muros, dejando vacío en el salón un amplio espacio cuadrangular ricamente alfombrado. Yo he llegado al salón en el momento de comenzar el acto. Este se inicia con una procesión académica presidida por el Rector o Canciller, arropado él, como otros muchos, en vestidura talar, tocado de un entorchado birrete. Las togas son de colores varios. Algunas tienen más bordadura que otras.

     El magnate académico -llamémosle así- que preside la ceremonia a la cabeza de la comitiva avanza hacia una tribuna o púlpito -esto no recuerdo bien- que está en el extremo opuesto del salón. Lo precede el macero grave, hierático, que sobre un primoroso cojín bordado en oro lleva la insignia de la universidad, esto es, la larga maza de bruñida plata.

     La comitiva con británicas pomp and circumstance, tarda varios minutos en llegar a ese extremo del salón: se adelanta en medio de un silencio en que no se percibe ni el sonar de los pasos porque estos se dan sobre mullidas alfombras. Ahora nadie habla ni cuchichea. Ya llegará el momento de los discursos.

     ¿Qué dijo en su oxoniense ortología el imponente señor aquel de lujoso birrete y vestidura talar no menos lujosa?

     Sin duda fueron las palabras suyas las sacramentales de toda apertura de un congreso de tan ilustres personalidades de muchos países: la concurrencia era verdaderamente, cosmopolita. Había profesores de Escandinavia, como, por ejemplo, de la Universidad de Upsala; había profesores alemanes, franceses, italianos, belgas, holandeses, norteamericanos, españoles e hispanoamericanos, -claro está-, y, en fin, verdaderas embajadas académicas de claustros universitarios de uno u otro lado del Atlántico.

     Los británicos son justamente famosos por el esplendor de sus pageantries, de sus desfiles, de la teatralidad de sus majestuosas procesiones no sólo de la realeza sino de sus innumerables organizaciones religiosas y seglares. Pero hacia el final del discurso sí recuerdo algo que me fue como una advertencia: el Magnífico Rector o como sea su denominación honorífica, habló de las costumbres centenarias de Oxford...

     «Es tradicional en esta universidad, hace quinientos a más años, que los estudiantes duerman en piezas a que se les echa llave por de fuera, de modo que ellos quedan como recluidos, como presos, toda la noche. A la mañana siguiente, bien temprano, un steward (camarero o sirviente o como se llame) llega a cada puerta y con pesada llave de hierro, la abre con estrépito y penetra en la alcoba dando gritos para despertar instantáneamente a los estudiantes...»

     De modo que si alguno de nosotros, profesores extranjeros (sin distinción de rango ni edad, se entiende) tiene albergue en una de esas tradicionales alcobas, ha de respetar la antigua práctica de esta casa multicentenaria y ser despertado, sin protestas, por la algarabía ritual del steward...

     Yo miré de reojo a unos colegas norteamericanos que estaban próximos y vi que nadie parpadeaba siquiera.

     ¿Sería yo alojado en una de esas espartanas alcobas multiseculares de disciplinados estudiantes acostumbrados sin chistar a aquel rito entre cuartelero y monacal?

     Pero ya toma la palabra don Ramón Menéndez Pidal. No ha cambiado casi nada desde cuando publicó, por ejemplo, La España del Cid. La barba la tiene blanca desde hace medio siglo; sobre la frente espaciosa peina un cabello no muy escaso. Sus anteojos me son familiares por fotografías que he observado mil veces. Todo el salón enorme lo escucha con recogimiento. Su voz bien timbrada nos llega a todos clara y segura:

     «A comienzos del siglo había en el mundo solamente dos hispanistas. Éramos Raymond Foulché-Delbosc (1864-1929) y yo. Hoy hay, en 1962, centenares de hispanistas de muchas naciones de Europa y de América. Aquí en esta ilustre casa, vemos a más de trescientos...»

     Esto dijo o algo parecido.



EN LA UNIVERSIDAD DE OXFORD

APARICIONES DEL STEWARD

- II -

 

     Cae la noche sobre Oxford cuando penetro en el antiquísimo aposento donde durmieron estudiantes de muchas generaciones oxonienses. Este aposento me ha sido designado por la Universidad. Aquí debo pasar yo todas mis noches hasta la terminación del Congreso de Hispanistas. No sé por qué la penumbra silenciosa que hay aquí me parece extraña. Miro los muebles viejos, sólidos, la mesa, los anaqueles, que remotos carpinteros labraron como para que duraran siempre. Miro la enorme cama que será mi cama: tiene sábanas muy blancas y una almohada que parece inflada. A los pies de la cama hay dos o tres frazadas que, plegadas geométricamente, forman como un muro de lana parda. El piso es de gastadas lozas cuadradas. En los rincones de las cuatro grosísimas paredes de color blancuzco, se adensa la penumbra. Sobre todo en dos de ellos donde ya no veo el ángulo. Me sobrecoge una no esperada aprensión.

     Me parece que los siglos que transcurrieron en el aposento asumen una luminiscencia fantasmal. Es como si adoptaran una materialidad incierta, es como si fueran seres vivientes, que de algún modo me observaran con apagado destello. Me río de mí mismo con una risa, audible en el recinto, muy poco tranquilizadora. ¿Tendré, en rigor, miedo? Creo que sí; hay que confesarlo. Y hay que dominarlo. Avanzo hacia la alta y ancha ventana, paralela a la cual se sitúa la cama multicentenaria. Las maderas de la ventana están entreabiertas; dejan ver barrotes de hierro forjado que forman una reja pesadísima, porque parece la reja de un calabozo destinado a peligrosos reclusos.

     ¡Qué ancho es este alféizar que ahora ilumina la última claridad del crepúsculo! En el caserón de los Carísimo, en la Asunción, cuyos muros coloniales tienen -tenían porque ya no existen- configuración semejante a los de este aposento, había alféizares muy anchos. Mamá solía contar, que cuando chica, dormía, en noches de verano, en uno de estos alféizares y que nunca hubo peligro de que cayera de él a la calle Ribera que es hoy Benjamín Constant.

     La humedad en la habitación medieval, ¿será consecuencia de lluvias recientes sobre este gótico campus de Oxford, o exudación de los siglos agazapados en los oscuros rincones? Sobre la cabecera veo un antiguo farol de hierro. Un tiempo debió de haber en él luz de vela; después, luz de gas. Ahora tiene dentro una considerable bombilla eléctrica. Yo enciendo esta bombilla.

     Hay que descansar después de tanto trajín. Voy hacia la puerta, que está de par en par abierta hacia afuera, y atraigo hacia mí las dos venerables hojas hasta dejarla cerrada. No veo ningún cerrojo, ninguna tranca; veo sí el ojo largo, vertical de una cerradura vacía, esto es, sin presencia de la llave. La cerradura no está adentro; la puerta no se cierra, con llave, por dentro.

     Ahora me acuesto en la cama descomunal pero no voy a dormir todavía. Metido entre las sábanas, en pijama, tiro de una de las frazadas y hago que esta me cubra hasta las rodillas. Voy a dar una lectura a mi ponencia, como ahora se dice: quiero planear bien los cambios de voz y las pausas; quiero subrayar con lápiz rojo las frases que requieren énfasis especial. ¿Cómo se titula mi ponencia? Pues el título que le he puesto es casi todo un discurso. Estamos en 1962 y la novela Hijo de hombre no ha logrado todavía la difusión que logrará años después. Leamos el título «El sentido universalista Hijo de hombre de Augusto Roa Bastos o la intrahistoria del Paraguay».

     El silencio es profundo, como de cripta, en el aposento medieval sometido a la gravedad de las torres góticas cuyas espiras hienden el cielo negro de esta noche que me parece intemporal. Yo leo en voz alta, porque es buen ejercicio oratorio y, además, porque hay que vencer el silencio. Llego a una página cuya lectura exige dramatismo: «... Miguel Vera tiene, sin duda, en su prosa el mismo don poético que su creador, de tal modo que ella aparece a menudo como estriada o veteada de armoniosas líneas musicales, versos que al poeta Roa se le vienen inconscientemente a los puntos de la pluma.

     «Lo que hay de mítico en los orígenes de Macario y de soñado o transformado en la evocación de Miguel Vera, contribuyen a la poética esfuminación de las figuras dibujadas en la historia. He aquí ahora el retrato físico de Macario Francia:

     Hueso y piel, doblado hacia la tierra, solía vagar por el pueblo en el sopor de las siestas calcinadas por el viento norte. Han pasado muchos años, pero de esto me acuerdo. Brotaba de cualquier parte, de alguna esquina, de algún corredor en sombra. A veces se recostaba contra un mojinete hasta no ser sino una mancha más sobre la agrietada pared de adobe. El candilazo de la resolana lo despegaba de nuevo. Echaba a andar tantaleando el camino con su bastón de tacuara...

     Chicos crueles le salían al encuentro y le arrojaban puñados de tierra. Y entonces apagaban un instante la diminuta figura del anciano. Macario es, pues, una sombra casi insustancial errante por las calles de Itapé. Es la leyenda, es un mito viviente, colmo de sugestiones guaraníticas e hispánicas, algo así como un siglo, o casi un siglo del pasado colectivo que sobrevive desteñidamente en el mísero villorrio. Y es también la sabiduría popular que habla en la lengua aborigen... con elocuencia de metáforas y símbolos oscuros:

     -El hombre, mis hijos -nos decía-, es como un río. Tiene barranca y orilla. Nace y desemboca en otros ríos. Alguna utilidad debe prestar. Mal río es el que muere en un estero... (Adviértanse, de paso, los endecasílabos).

     Yo subrayo algunas palabras con lápiz rojo. Mi voz, que no es nada buena por su timbre, no deriva nunca hacia el bisbiseo; pero yo quiero que se me entienda con claridad absoluta, y entonces he de pronunciar con mayor fuerza algunas frases de Roa -y algunas mías- en tono diferente de las demás del texto de mi ponencia. Mañana será la primera vez que hable en Europa, y el auditorio, constituido por críticos y escritores, es supercrítico y no debe aburrirse. ¡No, de ninguna manera! Sigo leyendo en voz que no debe ser campanuda pero que de algún modo ha de ser «contundente»:

     «En el corro de muchachos que le escuchaban con escalofríos», el viejo Macario solía recordar al Dictador Perpetuo. Se desplazaba en el tiempo a muchos lustros de distancia. Los enemigos del Dictador, decía, vendidos al extranjero, conspiraban para derrocarlo. Formaban un estero que se quería tragar a nuestra nación, por eso él (El. Dr. José Gaspar de Francia) los perseguía y los destruía. Tapaba con tierra el estero...

     (Nótese que Macario habla del hombre atribuyendo a su afirmación validez universal, y de nuestra nación como testigo de sucesos de trascendencia colectiva, nacional).

     «Cabe ahora observar que nadie ha trazado un perfil tan sugestivo del Dictador Francia desde la época de los Robertson, los Rengger y Longchamps y Thomas Carlyle hasta nuestros días, como Augusto Roa Bastos:

     -Dormía con un ojo abierto. Nadie lo podía engañar... Veíamos los sótanos oscuros llenos de enterrados vivos que se agitaban en sueños bajo el ojo insomne y tenaz. Y nosotros también nos agitábamos en una pesadilla que no podía hacernos odiar, sin embargo, la sombra del Karaí Guasú.

     Lo veíamos cabalgar en un paseo vespertino por la calle desierta, entre dos piquetes armados de sables y carabinas. Montado en el cebruno sobre la silla de terciopelo carmesí con pistoleras y fustes de plata, alta la cabeza, los puños engarfiados sobre las riendas, pasaba al tranco venteando el silencio del crepúsculo bajo la sombra del enorme tricornio, todo él envuelto en la capa negra de forro colorado, de las que sólo emergían las medias blancas y los zapatos de charol con hebillas de oro, trabados en los estribos de plata. El filudo perfil giraba de pronto hacia las puertas y ventanas atrancadas como tumbas, y entonces aún nosotros, después de un siglo, bajo las palabras del viejo, todavía nos echábamos hacia atrás para escapar de esos carbones encendidos que nos espiaban desde lo alto del caballo, entre el rumor de las armas, y los herrajes...

     Yo, conmovido por la prosa de Roa cuyo dramatismo trato de interpretar ante un auditorio todavía ilusorio de hispanistas famosos, oigo de pronto un estampido que me sobrecoge como si dispararan hacia el aposento las carabinas de la guardia dictatorial. Y es que alguien se precipita violentamente en el aposento empujando las hojas de la puerta y cerrándolas de nuevo hacia afuera y oigo el ruido de la pesada llave de hierro que cierra, desde afuera la cerradura antigua.

     ¡Es el steward que, conforme al rito centenario, me ha encerrado, a la hora reglamentaria, en mi húmeda prisión claustral!

     Yo he tirado sobre la cama el manuscrito de mi ponencia y me he incorporado con espanto. Suenan luego unos pasos duros sobre el pavimento de la galería, unos pasos que se alejan en la noche, mientras un silencio ahora más opresivo que nunca, vuelve a llenar mi habitación.

     ¡Yo había olvidado al steward pero Oxford no se había olvidado de sus prácticas seculares!




 

EN LA UNIVERSIDAD DE OXFORD

EL FIN DE UNA TRADICIÓN

- III -

 

     ¿Cuántas horas dormí tranquilo en la vetusta cama de mi alcoba oxoniense? Esto no recuerdo ni tiene importancia. Recuerdo, sí, mi despertar: en la madrugada se abrió la puerta con estruendo y se abalanzó dentro de la pieza un hombre rubio, delgado, dando alaridos. Y ya junto a mi cama, gesticulante, el steward me exigía perentoriamente, como si hubiera un incendio en Oxford, que me despertara, que me levantara inmediatamente. Yo, sin entender lo que pasaba, me incorporé en el lecho, lleno de estupor. Pero ya el steward, viéndome despierto, se iba con su llavero de hierro del que colgaban muchas grandes llaves, a despertar a otros durmientes.

     La sorpresa, el susto, la indignación, me dejaron largamente trastornado. ¿Por qué despertarme así, tan temprano, cinco horas antes de la primera reunión matinal del congreso?

     ¡Qué práctica estúpida esta de invadir la alcoba de un profesor extranjero, huésped de Oxford, sin ninguna justificación, sólo porque en esta y en otras alcobas, durante el año académico, se despertara de este modo bárbaro a jovencitos ingleses que tenían toda su carrera por hacer! Entre los huéspedes de Oxford había profesores de edad, ya consagrados intencionadamente y ¿merecían este trato cuartelero y tiránico sólo porque era una «tradición» instaurada secularmente para muchachos imberbes?

     ¿Era entonces cierto lo que el severo señor del birrete y toga recamados nos había dicho en su discurso de bienvenida? No, no era un chiste británico sino la advertencia de lo que menos se podía esperar de la hospitalidad de una institución tantas veces ilustre. Yo no era un mozo oxoniense; ¡yo era un profesor que representaba a la Universidad de Washington...! Sin embargo, la noche anterior yo ya debí de comprender que la advertencia no era una broma pesada: la noche anterior el odioso steward me había cerrado la puerta, desde afuera, con su enorme llave negra y hecho correr los pasadores que, también desde afuera, claro está, convertían mi alcoba en calabozo. Fui a desayunarme a un comedor cercano a no sé ya qué cuadrángulo, saludé con un gesto a algunos amigos y me senté, solo, a una mesa en torno a la cual no había nadie. Yo no quería hablar con nadie. Después de sorber un café, tomé una determinación. Yo recorrería el centro comercial de Oxford -había tiempo de sobra para esto antes de la primera sesión- y me compraría un garrote, un bastón como un garrote. Un bastón que pudiera yo blandir con agilidad, no muy pesado pero, esto sí, sólido, para que no se quebrara al segundo o tercer golpe sobre el cuerpo de mi enemigo.

     En la primera tienda que visité estaba esperándome el bastón que yo había imaginado.

     -¿Cuánto vale?

     -Tanto.

     Pagué. Me devolvieron una cantidad de monedas de varios tamaños y cuños. -Dinero ininteligible -pensé- como otras cosas en Inglaterra...

     Volví a la universidad y a mi aposento, cuya cama estaba ya tendida, y, debajo de la cama coloqué el bastón, cuidando que su puño estuviese bien cerca de la cabecera, al alcance de mi mano derecha.

     Después asistí a dos o tres sesiones y almorcé en un antiguo y hermosísimo comedor. La grande, reluciente mesa de madera oscura a que me senté junto a dos amigos, no tenía mantel. No se usaba allá mantel. Pesados candelabros de plata descansaban sobre la superficie del tablero reluciente. Colgaban de las paredes óleos de figuras históricas de Oxford y de Inglaterra, o, lo que es la misma cosa, del mundo: escritores, príncipes, hombres de estado, vestidos según la moda de varios siglos. Mozos de etiqueta sirvieron vino español en copas de cristal labrado. Un ambiente memorable, de exquisito buen gusto, de suprema elegancia, nada reminiscente de mi siniestro albergue nocturno, el de los barrotes y puerta de cárcel. No dije una palabra acerca de mi aventura de la noche anterior ni de mi estupefacto despertar aquella madrugada.

     Hijo de hombre es bautizado en Oxford.

     La tarde de ese día me tocó leer mi ponencia sobre Roa Bastos. (No sospechaba yo entonces que, 28 años después nuestra Academia de la Lengua le rendiría un homenaje a Roa en este abril de 1990). Un profesor norteamericano de apellido escocés debía hacer mi presentación, según el programa del congreso. Este profesor era conocido en los ambientes académicos del hispanismo estadounidense. Había publicado una voluminosa antología de literatura hispanoamericana, amén de muchos artículos que -según Don Américo Castro- eran «embutidos de erudición» sin una chispa de sentido estético. Como persona, muy simpático, muy jovial, muy «político». Poco antes de iniciarse el acto lo vi hablar confidencialmente, al oído de unos colegas. Adiviné -fue puro pálpito- que no quería presentarme acaso por ser yo mucho más joven que él y no juzgarme digno de tal honor. No se fue del salón; se sentó en tercera o cuarta fila hablando animadamente con colegas de su edad. La maniobra de este señor fue hábil y eficaz. Me presentaría un profesor argentino, joven como yo, recién llegado de la Plata o Tucumán. No recuerdo su nombre, pero sí lo que dijo: se mostró muy cordial y elogioso; dijo haber leído (u oído hablar de) libros y de ensayos míos publicados en los últimos años en más de un país. Me alegré de que el «viejo político» no me presentase y sí de que lo hiciera un mozo de mi generación. En el auditorio -unas ochenta personas, acaso más- vi a nuestro compatriota el filólogo Marcos Morínigo. Me alegró su presencia.

     Comencé a leer mi escrito con la certeza de que sería bien recibido, de que el tema no resultaría indiferente porque hacía resaltar los méritos de Roa enmarcando con mi prosa discursiva la conmovedora prosa poética de Hijo de hombre. A medida que avanzaba en la lectura advertí que mi voz retumbaba en el salón y que todos los oyentes, brillantes los ojos, me escuchaban con absorta atención. Sí, el tema resultaba interesante; las citas de Roa producían el impacto anticipado. Cuando me acercaba al final ya estaba yo seguro de que este último aserto sería juzgado como incontrovertible:

     «Se puede hoy decir que Roa Bastos, con esta gran novela americana, es el verdadero fundador de una tradición novelística paraguaya en que la vida de un pequeño gran pueblo ha de reflejarse con toda su grandeza y su miseria, sus ideales y fracasos y constituir así un arte auténtico que incite a la realización del noble destino a que está llamado el Paraguay».

     Debo decir en honor de Sr. X, el que se negó a presentarme, que fue de los primeros de venir hacia mí, terminado el acto, con la diestra tendida, con una amplia, amable sonrisa y cálidas palabras de felicitación.

* * *

     Aquella noche, aún temprano, apagué la luz y me dormí profundamente. Pero si mi sueño fue profundo, apacible, reparador, en aquel ámbito que sugería la turbadora presencia de espectros fosforescentes en la tiniebla, ámbito al que felizmente estaba ya habituado, mi despertar fue estrepitoso, violento.

     Cuando el nuevo día centelleaba sobre las góticas estructuras de Oxford, se precipitó dentro del aposento el steward profiriendo destemplados gritos. Esta vez, no obstante, el miserable no iba a aterrorizarme impunemente. En instantánea reacción, él me vio de pie, en medio de la pieza, blandiendo, furioso, el bastón. Y yo vi en sus ojos pequeños un brillo de terror:

     -¡Hijo de...! (Son of a bitch!). ¡Qué sea la última vez que usted entra en mi pieza, imbécil, cretino asqueroso! ¿Me entiende? Y ahora le voy a romper la cabeza si no sale corriendo! Cerdo roñoso...

     Yo estaba fuera de mí, poseído de una iracunda que jamás había experimentado y de que nunca me creí capaz.

     Mis gritos resonaron en el vasto edificio, en aquel silencio, de una manera impresionante.

     ¿Debo decir que nunca más apareció el steward no sólo en mi habitación sino en la de los colegas que también habían sido sus víctimas?

     Porque en ese amanecer sobre la universidad de Oxford una antigua tradición quedó interrumpida bajo el revuelo de mi bastón. No sé si hubo o no hubo quejas del steward a alguna autoridad universitaria. Nadie me dijo nada aquel día ni los siguientes ni cuando abandoné mi ya inolvidable albergue. ¿Qué hice al despedirme de mi vetusto aposento? Pues en forma solemne coloqué mi bastón sobre el anchísimo alféizar de la enrejada ventana, y allí lo dejé, como recuerdo. Para el Museo de Oxford.

     Cuando el último día, a la hora del desayuno conté a mis colegas mis aventuras con el steward, me felicitaron con largas risas. ¡Yo era quien había dado fin a las agresiones del steward!

     -¡San Jorge! -gritó uno de mis amigos-. ¡Usted es el San Jorge de Oxford, el que nos ha librado del dragón!

     1990



LA UNIVERSIDAD DE WISCONSIN

 

     Yo quería ir a Columbia University, sita en Nueva York; pero el Institute of International Education no accedió a mi solicitud y me concedió una beca en la Universidad de Wisconsin. Me sentí contrariado al recibir la beca. Era el año 1943. ¿Por qué la Universidad de Wisconsin acerca de la cual yo no sabía nada? Yo había soñado con Columbia University; yo había leído un libro sobre esta universidad. Pero en 1943 iba a transcurrir mucho tiempo antes que fuera yo a Columbia University: algo más que veinte años, y no como estudiante sino como profesor.

     En 1943 defendí mi tesis Cinco Filósofos y la teoría del Estado y obtuve el título de doctor en Derecho y en Ciencias Sociales. ¡Qué satisfacción la de verse libre al fin de las ordalías de los exámenes universitarios! Entonces yo no tenía ni la más remota sospecha de que volvería a sufrir muchísimos exámenes, muchos más de los sufridos en la Facultad de Derecho: no sabía que obtendría otro doctorado, allí, en Wisconsin.

     A fines de agosto tomé un avión no muy grande que me llevó hasta Río de Janeiro. Como los aviones de hace medio siglo no eran de largo vuelo, tardé seis días en llegar a Miami: los aviones de entonces no volaban de noche; tuvimos que pernoctar en varias ciudades costeras del Brasil y de las Antillas.

     En Miami abordé un tren que debía llevarme a Wisconsin tras cruzar todo el Estado de Florida, el de Georgia, el Tennessee, el de Kentuky y el de Illinois, para pasar por Chicago y, ya no lejos, arribar por fin a Madison, la ciudad universitaria. ¡En esa ciudad iba yo a vivir cinco años!

     Mi largo viaje en tren por esos estados fue mi primera experiencia de la espontánea disciplina del pueblo norteamericano. Recuerdo el gran coche comedor donde se servían las comidas con un maravilloso orden. La vajilla era excelente sobre manteles nítidos. Los mozos vestían limpia chaqueta blanca; había flores en todas las mesas en las que brillaban pesados cubiertos que acaso fueran de plata. Las abluciones matinales me llamaron la atención por el respeto y el orden con que se comportaban todos los viajeros: soldados, muchos soldados y muchos oficiales y estudiantes, comerciantes y, en fin, hombres de diversas clases sociales, -todos al parecer rigurosamente entrenados acerca de cómo utilizar los lavabos de metal reluciente. Cada pasajero, tras lavarse la cara, afeitarse y peinarse, (y en cuyas manos un empleado del tren había antes puesto una toalla), usaba esta para secar, para limpiar el lavabo como si fuera una patena y, después arrojaba la toalla en un canasto. De modo que nadie llegaba después de él sin encontrarse con un lavabo perfectamente limpio.

     Ya al partir de Miami conocí a un ingeniero brasileño. Era el único viajero con quien podía entenderme. Él me dijo que iba a Atlanta, Georgia, donde tenía un pariente.

     ¿De modo que pasaríamos por Atlanta y, lo que es mejor, el tren, según el ingeniero, se detendría bastante tiempo en la estación de la ciudad? Yo había leído recientemente una descripción dramática de Atlanta en la novela Lo que el viento se llevó. En aquel tiempo esta novela se vendía en las calles de Buenos Aires, de Río de Janeiro y otras ciudades como se venden periódicos o cajitas de chicles.

     -¡Lo que el viento se llevó! -voceaban los vendedores callejeros en Buenos Aires;- ¡O que o vento levou! -voceaban los de Río.

     Durante el largo viaje desde Asunción y en los cuartos de hotel en los que me había alojado noche tras noche, yo había leído, traducida al español, la famosísima ficción de Margaret Mitchel (1900 - 1949) y había leído en André Maurois, autor favorito entonces, que él se había encontrado, por pura casualidad, en un tren, con Margaret Mitchel. Yo llevaba en mí todo aquel mundo romántico de la Guerra de Secesión. De modo que cuando me enteré de que pasaría yo por Atlanta y de que el tren se detendría allí un buen rato, sentí una profunda emoción. ¡Atlanta! En la novela se describe inolvidablemente una lámpara que tras la fuga de Atlanta de sus dueños, quedaba encendida sobre una acera. Creo que el cielo nocturno estaba lleno de resplandores de incendios y que retumbaba un terrible cañoneo. No lo sé bien, no lo recuerdo.

     Pero, sugestionado como estaba yo por la ficción fascinadora, me pareció que de alguna manera yo vería brillar, cerca de la estación, la lámpara dejada encendida sobre la acera con su círculo de luz amarillenta. Fantasías veintenarias, claro está, de un aprendiz de poeta.

     Cruzamos la frontera de Florida, entramos en Georgia y llegamos, un claro día, a Atlanta. En la estación había un solo tren, el tren en que veníamos desde Miami. Yo bajé corriendo del pesado vagón: había visto algo que me interesaba mucho. Había, no lejos, un stand de tiro al blanco con rifles de aire comprimido. Por una moneda se podía alquilar uno de los rifles y luego disparar sobre blancos que, acertados, daban derecho a no sé qué premios. Siempre me gustaron las armas; primero las de juguete y después las de verdad, esto es, de fuego, y de varios calibres. Muchos años después, ya instalado cómodamente en California, mi condición de profesor me permitiría adquirir todo un arsenal de rifles, revólveres, pistolas, escopetas. Pero esta es ya otra historia que tiene, sí, algún interés, y no viene al caso.

     En el stand de tiro perdí la noción del tiempo. Disparé no sé cuántas docenas de veces con un rifle que parecía de verdad, hasta que de pronto oí una pitada de tren. ¿Se iría ya mi tren? Corrí hacia el andén, pero ahora en vez de un solo tren, había en la estación media docenas de trenes y ¿cuál era el mío? Nadie podía decírmelo porque mi ignorancia del inglés no me permitía preguntar cuál, de los varios trenes idénticos, iba hasta Madison Wisconsin. ¡Qué desesperación! Todo mi equipaje, mi sombrero, mi sobretodo, estaban en el tren no identificable. Mis fondos, apenas llegaban a cien dólares. Quiso mi buena suerte que reconociera yo asomada a una ventanilla, a una señora anciana que durante el viaje hasta Atlanta me había sonreído alguna vez. La señora me hizo señas urgentes: sabía ella que yo no hablaba inglés. Corrí hacia la escalerilla de hierro. En ese instante el tren se puso en marcha.

     Días después, dos o tres, no sé cuántos, mi tren se detuvo en la estación de Madison. ¡Había llegado a mi destino! Ahora estoy solo en la estación, entre un gran gentío azacanado. ¿Qué hacer, Dios mío, entre esas gentes que hablan un idioma incomprensible, yo, con dos pesadas maletas y mucho susto? Pero alguien de pronto se me acerca solícito. Es un gigante fornido que lleva una gorra de visera negra y encima de esta una especie de letrero que dice TAXI.

     Yo le entrego las maletas que él me pide, y lo sigo. Y pronto me encuentro dentro de un coche amarillo.



MADISON, WISCONSIN

 

     Hermosa, hermosísima ciudad la capital de Wisconsin. Todo en ella es limpio, todo respira riqueza, orden, higiene. Recordé el famoso poemita de Baudelaire:

                                     

Là, tout n' est qu' ordre et beauté,


          


     Luxe, calme et volupté.



     Las calles son bien anchas; nueva la pintura de casi todas las fachadas. El coche se desliza veloz, sin ninguna conmoción sobre el pavimento terso, sin un bache, como sobre una superficie de mármol pulido. Tomamos ahora una avenida que cruza el centro mismo de la ciudad. A mano izquierda veo una especie de plaza de muy verdes árboles y bien cuidados canteros. Detrás de ella se yergue un edificio enorme, coronado de una bóveda semiesférica que parece la mitad de un huevo colosal. Encima de la cúpula hay una suerte de templete de varias columnas y encima del templete una estatua, acaso de bronce. El friso, las columnas de una y otra planta, son de estilo griego. Es el Capitolio de Estado. La cúpula de este capitolio es sólo unas pulgadas menos alta que la cúpula del capitolio de Washington, pero es la cúpula más alta de todos los capitolios de la Unión. Mirando hacia ese capitolio y los edificios vecinos, uno creería estar en el centro de la capital de una gran nación.

     Yo estoy encantado y ya no lamento que me enviasen a Wisconsin; ya adivino cómo será la universidad a la que he de llegar pronto. Porque, en efecto, al detenerse el taxi frente a las luces rojas del semáforo, puedo leer un letrero en una columna de bronce del alumbrado: University Avenue.

     En pocos minutos el coche se detiene al pie de una verdísima colina sobre la cual columbro un edificio de estilo italiano renacentista que ocupa un espacio considerable de la cima. Esta colina se llama Bascom Hill. Ese edificio se [188] llama Bascom Hall. Frente al Bascon Hall hay una estatua sedente de Abraham Lincoln. Es una réplica de bronce de la famosa estatua que en Washington, desde el Lincoln Monument, mira silenciosa, cavilosa, hacia el largo estanque rectangular que adorna el sitio más ornamentado de la capital federal.

     Acerca de esa estatua hay en Wisconsin una leyenda o profecía. Se afirma que Lincoln se va a poner un día de pie. ¿Tendrá esta leyenda o profecía alguna relación con la estatua del Comendador de El burlador de Sevilla, de Tirso, el Don Juan de Mozart, etc? No sé, pero se asegura que Lincoln, metido en su pesada levita de bronce, con los brazos extendidos sobre los de su sillón, también de bronce, se ha de levantar. Cuando la lengua inglesa me fue accesible, me enteré de este extraño acontecimiento que habrá de verificarse en día acaso muy lejano pero posible.

     -¿Y cuándo se levantará? -pregunto yo a un amigo.

     -Cuando pase una virgen frente al monumento -fue la respuesta.

     Pero volvamos a la historia de la tarde de setiembre en que entré por el alto pórtico de Bascom Hall y me encontré perdido en el gigantesco vestíbulo lleno de estudiantes. Casi todos eran muchachas y casi todas rubias, y, si no recuerdo mal, ninguna fea. Estábamos en guerra y la gran mayoría de los varones combatían en tierra, mar y aire en el Este y el Oeste del mundo.

     Admiraba yo la moda de aquella época: todas llevaban sweaters de colores claros: blancos, amarillos o rosados, que hacían resaltar las curvas del busto. Sobre este lucían un collar de perlas. Las faldas eran de color oscuro.

     Se me acercó rápidamente una de esas rubias muchachas, de unos veinte años, ojos azules, peinado paje.

     -¿Habla usted español? -me pregunta.

     -Sí, ¿cómo lo sabe?

     -Es evidente que usted está aquí perdido y que tiene cara de latino. ¿Quiere usted que lo lleve al despacho del profesor Neale-Silva? Él es amigo de todos los latinoamericanos de Madison.

     Subimos una escalera y llegamos al segundo piso, en cuya ala izquierda estaban las oficinas del Departamento de Español y Portugués.

     Mi guía -Patricia se llamaba- ya sabía mi nombre y me presentó al inminente catedrático chileno. Patricia hablaba español con gran facilidad.

     -¡Ah, ustedes de Paraguay! me dijo sonriendo Eduardo Neale-Silva. No sospechaba yo que aquel sabio señor distinguidísimo que más parecía un embajador que un catedrático, iba a ser mi futuro gran maestro, un paternal amigo y, finalmente, diez años después, el director de mi tesis doctoral en la Universidad de Wisconsin.





APARICIÓN DEL ÁNGEL

- I -

 

     Buenos Aires, Avenida de Mayo. Son las cinco, acaso más de la cinco de la tarde. Mes de abril. En las vastas aceras paralelas, hermosamente arboladas, hormiguea un denso transitar de apresurados peatones. La larga, ancha calzada -se diría que cruzase toda la ciudad, desde el majestuoso Congreso hasta la remota (imaginada) reverberación del río. Pero no ha de ser así; no lo es. Hay prisa, hay impaciencia en los automotores que convulsionan en río de oscuro y brillante metal el cauce asfaltado gris, casi negro, de la calzada. Los coches, los camiones, los autobuses van tan cerca uno detrás de otro como en un inminente peligro de entrechocarse. La avenida, que fue la mejor de Buenos Aires durante años, sigue siendo espléndida a despecho de la decadencia o semidecadencia que se oye comentar a la gente. Pero claro está, la gente, como se ha dicho muy bien, es todo el mundo y nadie.

     Yo columbro, yendo hacia la plaza del Congreso, el prócer edificio coronado de su vasta cúpula. ¡El Congreso de la Nación Argentina que gozó durante largo tiempo de poder efectivo, de la inspiración vociferante de ilustres parlamentarios!

     Evoco las palomas ahora invisibles, cuyo revoloteo incesante es la delicia del transeúnte y del ocioso; palomas gordezuelas, no sólo blancas sino de matices de colores ahora imprecisos; palomas que aterrizan sobre el césped, las estatuas, la fuente -o las fuentes-; palomas que cruzan el aire azul diáfano, no el aire maligno como las que compara Dante con las sombras de Paolo y Francesca:

                                     

Quali colombe, dal disio chiamate,


          


con l'ali alzate e ferme al dolce nido




vengon par l'aer dal voler portate...



(Inf. v, 82-84)

     ¡Sí, palomas del roucoulement, del arrullo amoroso, del andar gentilísimo con ritmo único. Y también de voracidad insaciable a la que nunca falta alimento ofrecido por manos arrugadas y por tiernas manos de niños y de niñas.

     Pero esto de los tiempos felices del gran edificio - tiempos que acaso vuelvan, ojalá-; del edificio digo, levantado por quienes se sabían hijos de una nueva y gloriosa Nación; y esto de las palomas, de la fuente (o las fuentes) y las estatuas, etc., son nada más que recuerdos de paseos recientes o lejanos que vienen a mí mientras yo voy tratando de concentrarme en otra ocupación exclusiva de toda meditación ciudadana. Yo voy componiendo, entre este gentío abigarrado, un soneto. Sí señor, nada menos que un soneto de exigentes rimas. Y es que Buenos Aires ha sido siempre un ámbito de euforias mías durante breves o dilatadas visitas a la ciudad de afectuosos amigos, a la ciudad en que se vocea un diario famosísimo en que he publicado ensayos y cuentos y en que, muchas veces, y generosamente, se han reseñado libros míos de prosa y verso.

     Yo voy componiendo, insisto, mentalmente, un soneto. ¡Y cosa más curiosa! estando como estoy en una urbe enorme, llena de bullente vida y de atractivos tan apasionantes para turistas y no turistas y para poetas y pintores sobre todo; estando como estoy en la indisputada Reina de la Plata cantada por el tango inolvidable, yo pienso en una pequeña ciudad, en una aldea de mi tierra natal, en el país de mi infancia tantas veces evocado en docenas de poemas en los que nunca he podido decir definitivamente lo que quisiera decir. Porque he trazado poema tras poema a la casi evaporada Villarrica de mis días infantiles. Estoy en Buenos Aires pero como accidentalmente, como irrealmente; en la realidad obsesiva del ensueño paseo por las calles rojas y blancas de Villarrica. La gente azacanada que ahora me rodea y que además de rodearme me codea afanosa y con fastidio hacia quien se retarda en la marcha, me sobresalta y me perturba. ¡Ya he imaginado el título del soneto irreprimible: es, simplemente, «Anhelo».

     El primer cuarteto ya se escribe como en la pantalla de una computadora en la pantalla de mi mente absorta. Esta pantalla tiene un tamaño ilusorio que yo pienso llenar con escritura de generosa tipografía, diré, con perdón de técnicos electrónicos:

                                     

«¡Ay! si pudiera recobrar mi nido»,


          


tras la tormenta el pájaro gemía.




Y yo tras tanta ruina y tanto olvido




de igual manera me lamentaría...



     Las rimas de los primeros ocho versos se atendrán a la pauta del primer cuarteto. No hay escape, y es mejor que no lo haya:

                                     

A la memoria ciega en vano pido


          


una vivaz visión de lo que había




en el barrio y el pueblo en que vivía




en deleitoso ámbito hoy perdido...



     Esta palabra «ámbito», esta palabra esdrújula que tanto me gusta, golpea con su acento inicial sobre la sexta sílaba del endecasílabo.

     No está mal -pienso-. Suena bien ese «ámbito» en que se me ha instalado toda mi Villarrica con sus rojas calzadas, con sus ovenias apacibles, con sus casas casi todas chatas pero amables, pintadas de una cal que se va tiñendo, poco a poco, en la parte inferior en una especie de friso de contorno difuso, de color casi rojo, o ya paladinamente rojo en las fachadas de pintura antigua:

                                     

Y en vano aguardo un luminoso sueño


          


para en él recobrar lo que me empeño




en dar color en un poema mío:








el poema más mío y más urgente,




y así poder unir a mi albedrío,




verso a verso el pasado y el presente.



     ¡Ha terminado mi soneto! («Contad si con catorce, y está hecho»).

     Y es entonces precisamente cuando siento la necesidad acuciosa de componer otro soneto. Lo he de llamar «El yugo y el Ángel». Sí, no cabe duda. Sí, debo hablar del ángel que siempre me ha acompañado y a menudo ayudado en momentos dramáticos sin que jamás pudiera yo explicarme en forma segura, incuestionable, lógica, cuándo y cómo me ha ayudado. La no muy clara evidencia de su ayuda es algo entrevisto o entresospechado después de sus ayudas, sin que por eso faltara, durante ellas, una sublógica conjetura de su presencia oportuna.

     Pero también está en mí otro ángel -en verdad están muchos otros; pero muy especialmente uno como el del soneto de Lope de Vega, salvando las distancias:

                                     

¡Cuántas veces el Ángel me decía:


          


Alma, asómate agora a la ventana,




verás con cuánto amor llamar porfía,








Y ¡cuántas, oh hermosuras soberana,




mañana le abriremos respondía




para lo mismo responder mañana!








¡Y el soneto me brota redondo, sin vacilaciones.




Caso raro en mí. Y no lo olvidé en ningún detalle:








Tan hecho estoy a ergástulas oscuras,




tan hecho estoy a mi vivir impío,




que no recuerdo ya que fuera mío




un claro mundo de visiones puras.








Tan hecho estoy a torpes ataduras




que me parece justo el desvarío,




y no me aflige más este vacío




de que hablan con horror las escrituras.








Hoy callado está el ángel que me urgía




a abominar de la delicia vana:




-Ángel -decía yo- «ya llega el día;








hoy ha de ser; ya suena la campana»




Y una vez y otra vez, ¡ay! le mentía;




mentíale mañana tras mañana.



     Apenas terminado el soneto -yo voy como evitando en pleno arrobo poético- cuando llego a una encrucijada o, mejor, a una esquina y quiero cruzar hasta la otra. (¿Avenida de Mayo y Santiago del Estero?) Y bajo yo de la acera totalmente ajeno al contorno. No advierto en absoluto que ha cambiado la luz del semáforo. Y veo, sí, de pronto y con espanto que un enorme camión se precipita sobre mí. Será la muerte sin confesión; ya es la muerte. Imposible dar en el estupor, dos pasos atrás. Con el camión, junto al camión, en columna cerrada avanzan tantos coches y colectivos como caben en la calzada, sin dejar casi espacio ni entre sí ni entre ellos y las aceras. [196] Y en entonces un brazo poderoso, enorme, gigantesco, hercúleo, me arrebata con pasmosa energía y rapidez y me deposita, en vilo, sobre el cordón de la vereda. Soy como una carga inerte retrotraída al lugar de mi descenso. Miro hacia la izquierda, veo una capa azul celeste; alzo la mirada, la alzo lo más posible en mi susto porque sobre la elevada capa hay un rostro en que resplandecen profundos, intensos, penetrantes, unos ojos también celestes.

     -¡Usted me ha salvado la vida! -atino a decir sobrecogido, intimidado, entre el gentío que ha presenciado atónito la escena.

     -¡Sí! -contesta una voz también profunda como la mirada celeste que baja desde su altura-. Marchaba usted sonámbulo a su muerte.

     Yo quedé entonces mudo, tutto tremante, estupefacto. Cambió la luz; ahora es verde. Cruzó la muchedumbre la calzada ya vacía, ya franca.

     Y el gigante, cuya cabeza rubia se erguía sobre y entre la confusa masa humana, desapareció calle abajo, hacia el Palacio del Congreso.

     1989





Aparición del ángel

- II -

Pareami che il suo viso ardese tutto...

 

                                     

     Yo voy por la avenida. La avenida


          


termina en un remoto capitolio.








¡La gran ciudad! Brillantes automóviles




en filas aceradas, se impacientan








ante las luces rojas, esperando




que la verde señal les dé franquía.








Ausente voy, perdido entre la gente




por la anchísima acera, concertando








palabras de un poema en que celebro




visiones y paisajes muy remotos,




remotos en el tiempo y el espacio,




que en mí despierta el suave sortilegio




de esta luz casi azul de .








Llego a una esquina mientras el gentío




azacanado, por detrás me empuja








y no reparo yo en la lumbre roja




que cierra el paso, porque mi poema








va llegando a su verso más difícil.




Doy un paso adelante, distraído,








completamente ajeno a mi contorno,




y veo entonces un camión enorme








que sobre mí rugiendo se abalanza.




Estoy perdido: ya el camión me aplasta,








y en ese mismo instante, un brazo fuerte,




el brazo de un gigante rubio, altísimo,








me toma en vilo con pasmoso ímpetu




y me rescata, entre la gente, ileso.




* * *




     Ya ha pasado el camión. Su negro humo




me envuelve en acre remolino; yo alzo








los ojos que el espanto desorbita




y veo un par de nobles ojos claros








en un rostro radiante, sobrehumano.








-¡Me ha salvado la vida! -grito al hombre.








Y él, inclinándose, a mi oído dice:








-Marchaba usted, sonámbulo, a su muerte...








La luz cambió. Mi salvador, de prisa




cruzó la calle, la cabeza erguida








sobre la muchedumbre tumultuosa




y desapareció como en un sueño.








¿Quién fue el gigante de los ojos claros?




¿Por qué su rostro tan radiante ardía?




Abril,




1989





 

 

 

 

 

APÉNDICE

TRES JUICIOS CRÍTICOS

 

LA QUE ES OTRO HORIZONTE

Por MANUEL ALVAR de la Real Academia Española

     DEFINIR siempre es difícil, y los léxicos muchas veces ayudan poco. Si recurrimos al «Diccionario académico», cuento es 1. «relación de un suceso», 2. «relación de palabra o por escrito de un suceso falso o de pura invención», 3. «breve narración de sucesos ficticios y de carácter sencillo, hecha con fines morales y recreativos». Nada de esto tiene que ver con lo que en la tradición literaria llamamos cuento, sea por la vaguedad de la definición (la l), por la inexactitud clarísima (la 2) o por su carácter arcaico (la 3). Vamos a leer una colección de relatos de Hugo Rodríguez Alcalá y mal podremos colocar a cada uno de sus componentes bajo cualquiera de esos tres postulados. Hugo Rodríguez Alcalá ha escrito lo que cualquiera de nosotros llamaría cuento, pero que de nada sirve a la hora de las definiciones. El Diccionario académico debe definir de un modo que poco tiene que ver con lo anterior. Si tomáramos el Dictionnarie de Le Robert, veríamos que, en el siglo XVI, por tal entendían 1. «relatos de hechos, de aventuras imaginarias, destinados a distraer», después 2. «en literatura hecho imaginado», 3. «relato generalmente breve, de construcción dramática y en la que actúan pocos personajes». Creo que se han mezclado cosas heterogéneas que no deslindan el cuento de la ficción o de la nouvelle. De seguir rebuscando, posiblemente daríamos vueltas a un malacate que de poco iba a servirnos. Cuando Mariano Baquero quiso delimitar conceptos en su excelente tesis doctoral, «El cuento español en el siglo XIX», fue dando unas cuantas referencias que pueden valernos: novela reducida, relato de ficción (frente a las leyendas que son de tema histórico o tradicional) más poético que novela... Creo que el crítico acierta: ninguna de esas definiciones es válida porque considera al cuento sin independencia. Pero esto no es suficiente: páginas y páginas se han escrito para llegar a una definición que pudiera ser algo como esto: «narraciones breves, novelas cortas», que es lo que la palabra significó para grandes escritores como la Pardo Bazán o Blasco Ibáñez, pero el género literario cuento no se podía deslindar o los autores lo confundían con muy otros valores. Es posible que no podamos llegar a una definición válida y, como en el caso de novela, aceptamos como cuento lo que puede ponerse bajo el título de una obra que lo admita.

     Rodríguez Alcalá ha escrito relatos breves con su argumento muy bien determinado, con apariencias reales o fantásticas y con un desarrollo dramático que crea un mundo independiente. Evidentemente, el autor tiene plena conciencia de lo que hace, y si nos habla de historias de gente varia y de historias de soldados es que ha querido deslindar dos orbes que acaso corran el riesgo de confundirnos, y las cosas que pasan en cada una de esas partes son diferentes y no comunicables. Pero el mismo hecho de emplear la palabra nos postula algo que en su origen significó, simplemente: 1. «investigación, exploración», 2. «resultado de un conocimiento», 3. «relación verbal o escrita de lo que se ha aprendido». Como vemos tampoco los griegos tenían mucha certeza, pero acaso sus ideas nos valgan parcialmente, a pesar de las diferencias que en el término se ocultan. Los relatos de este libro pueden ser, formalmente, historias; en cuanto al contenido, cualquier cosa de las que se asoman a nuestras definiciones, pero la primera parte pudiera ser ficción, la segunda pretende apoyarse en un mundo de verosimilitud.

     Los relatos del autor son de apariencia realista, pero ocultos bajo una cobertura hay otros elementos cuya clave sólo conoce el narrador y nos la ofrece a nosotros, que nos convertimos en partícipes de un secreto. Las definiciones que han ido asomando ahora se encubren en un sentido patético que sólo nosotros -y él- conocemos. «El curado perpetuo» es un hermoso relato, pero no pensemos en los orígenes épicos del cuento sino en el vuelo poético que va encubriendo una postura afectiva que se cumple en una muerte esperada y dulce. En este y otros casos («El regreso», por ejemplo) la evocación está marcada por una suave nostalgia que siempre acaba en un triste morir. Pero si el relato es «breve», no por ello ha de tener escuetas condiciones: En «El despacho del ministro» hay una capacidad para crear con pocas palabras un ambiente en el que la naturaleza nos traspasa con sus vaharadas de perfume («el ministro va hacia la ventana que domina el paisaje del río. Allí apoya ambas manos sobre el barandal del balcón de pulidos balaustres de mármol y escruta el panorama ya casi intolerablemente luminoso de la bahía. A los pies del balcón, un arriate bien cuidado de rosales en flor despide hacia él un perfume delicioso. En ese momento, el ordenanza entra con el desayuno ministerial») o es capaz de darnos la iconografía, inolvidable, del doctor Arnulfo Padrón, o el relato patético de «Bajo el supremo» o el lirismo adensado de «El ojo del bosque». Los relatos están llenos de emoción y no sé si valdría para ellos la cartela de ficción, por más que la fantasía cubra todas estas páginas en las que rezuma la emoción del narrador.

     Las «Historias de soldados» son más escalofriantes. No puedo ignorar el heroísmo del pueblo paraguayo. Muchos, muchísimos años después leí la (otra) guerra del Paraguay, el libro de Juan Bautista Alberdi en el que hay [206] alguna vibrante página dedicada al valor de ese pueblo («El Paraguay representa la civilización, pues pelea por la libertad de los ríos contra las tradiciones de su monopolio colonial»). En esta segunda parte de «El ojo del bosque», la lengua del narrador se atempera a la nueva realidad: el voseo es el espejo donde se proyecta el habla popular de aquellos soldados, su localismo reaflora una y otra vez («¿De dónde sos? ¿Cómo te llamás?»), la utilización de gringo por extranjero (procede de griego), la ignorancia de formas corteses para manifestar el agradecimiento («en lengua guaraní no existe la palabra gracias»). Los tipos que pasan por estos relatos muchas veces son inolvidables, como los que se asientan en «La casa de las Cruces», por donde cruzan tétricos fantasmas («Juan Llanos no había cumplido aún diecinueve años. Sus acompañantes andaban por los cuarenta.» Llanos se cubría con un poncho de Castilla»).

     Hemos llegado al final y estamos como al principio. Definir no es fácil, y a veces innecesario. Estos cuentos, relatos o historias son muy bellos. Creo que es lo que importa. La realidad está enriquecida por una capacidad de evocación que, sin más matices, llamaríamos ensueño; el mundo de la irrealidad está asentado sobre una información precisa y asible. Se nos dan unos relatos verosímilmente posibles, pero difícilmente creíbles. Creo que esta es la maestría del libro: situamos siempre en una especie de duermevela en la que somos criaturas indecisas agobiadas. A veces pienso en Poe y otras en Valle Inclán, lo que no son malas evocaciones. Rodríguez Alcalá acaso sonría de tantas aporías: él, profesor de Literatura, más de una vez habrá tenido que definir ante sus alumnos, y es posible que su voz se haga solemne y dogmática. Es posible. Pero a la hora de escribir, ¿qué es lo que hace: novelas cortas, cuentos, relatos? Acaso olvidándose de su tono doctrinal diga historias y todo habrá quedado suavemente oscurecido.

 

* * *


LA INSIGNIA DE LA FE

Por ÁNGEL MAZZEI

De la Academia Argentina de Letras sobre El ojo del bosque de Hugo Rodríguez - Alcalá

     La reconocida labor docente y crítica de Rodríguez Alcalá se ha unido a su vocación de poeta y narrador para consolidar una presencia vital notable en las letras hispanoamericanas. El analista de las obras de Rulfo, Roa Bastos, Güiraldes, entre otros; el poeta de Terror bajo la luna ofrece ahora estas «historias de gente varia e historias de soldados», que comprueban su capacidad de narrador, que, nacida en la valoración de los maestros del género, tiene la posibilidad de expresar su asimilación con total evidencia.

     La primera parte del libro consta de veintiún cuentos, donde la diversidad de situaciones y de personajes tiene el rasgo común de la coherencia y la limpidez de estilo. Desde el inicial «El curador perpetuo», historia de un espíritu noble de los que reconcilian con el género humano, al que sigue «En el despacho del ministro», buen espejo del juego no siempre lícito, mejor frecuentemente ilícito, de la política, se llega a «La espía», con su punción de intriga y su ambiente tenso, los tres reveladores ambientes y secuencias que conducen al cambio argumental manejado con firmeza en «Viaje en la oscuridad».

     Definido en su marco histórico, el favorito de Rodríguez Alcalá, «El dragón cautivo», tiene en su modulación trágica y en su cierre la demostración de cómo dentro de las líneas del cuento tradicional se mueve con soltura, refrendada por la belleza de la imagen última, «la sangre que comienza a correr invisible bajo la tierra».

     «El ojo del bosque», que arrienda su título al libro, se instala en el plano de los sueños infantiles, que dejan [209] siempre su estela en la vida, en el vértice de lo real y lo ilusorio; la ternura es el signo de uno de los cuentos más conmovedores: «El escolar de la última fila», donde aflora, por momentos, la delicadeza del tratamiento de los niños que identifica a Daulet, en la alternativa bien graduada del desamparo y la súbita, inesperada protección del adulto.

     En la segunda parte, «Historia de soldados» dispone, en los doce cuentos así agrupados rasgos similares a los ejemplos anteriores, pero unificados en la índole común de los temas.

     Rodríguez Alcalá había considerado estampas de la guerra en un libro de versos. Ahora en todas las narraciones brilla la fuerza del estilo que no cae en la pasión estetizante ni se deja conquistar por la rugosa uniformidad del realismo. Dos ejemplos, entre varios posibles, de este equilibrio del que cuenta con la naturalidad de lo oral, aptitud no siempre cuidada por los cuentistas -y el que crea-, con firme voluntad estética. Son ellos: «La cantimplora» y «Tragochenko», que trae a la memoria en el logrado retrato psicológico del protagonista el Tomboctú del magistral cuento de Maupassant.

     Tal capacidad, que admite ampliar la nómina con otras piezas, atestigua la validez de este libro. Como en Hemingway -a quien conoce bien- hay en la narración de Rodríguez Alcalá no sólo el interés que desconoce vacilaciones sino también el claro mensaje de la doliente, de la azarosa condición humana. Cercano siempre más al Hemingway de El viejo y el mar que al de otras concepciones, se piensa que siempre hay un lugar en el mundo y en los días para demostrar la dignidad y el coraje. Aun sin horizontes lejanos, aun en la sordidez de la lucha cotidiana o en el interrogante de la fatalidad y el infortunio, es posible mantener vigorosa ante todas las desventuras la insignia de la fe. (268 páginas)

     Buenos Aires, La Nación, 24 de octubre de 1993

***

ELVIO ROMERO

     Querido Hugo:

     Leí, de punta a punta, tu libro El ojo del bosque, donde hay literatura de lo mejor, desde breves cuentos, algunos de humor negro, otros dramáticos y poéticos, todos con un magnífico estilo. ¡Qué bien escrito todo, mi amigo, con páginas absolutamente envidiables!

     Libro de un gran escritor. Por todo ello, por el placer estético que me regalas, te envío un fuerte abrazo.
 

     Elvio

Buenos Aires, 2 de abril de 1993

 

 

 

 

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PRÓLOGO


LA DOMA DEL JAGUAR :
La doma del jaguar // El patriarca y su anatema // El Rojo Scott en Piré-Tú // El tesoro de la Casa Scott // Las botas del prisionero // Cuadros póstumos // La mujer blanca

EN BUSCA DEL TIEMPO PERDIDO : En traje marinero, allá en los años veinte... // Escuela primaria // Más sobre la vida en Babia: en la Escuela // Normal // Guerra civil // 1922-1923

VARIA : El rengo león da el último Zarpazo // Estigarribia y Franco en Carandayty // Coloquio ya entre sombras (... la selva dico di spiriti spessi) // Amanecer sobre las momias // En la universidad de Oxford: 1962 // En la universidad de Oxford // En la universidad de Oxford // La Universidad de Wisconsin // Aparición del ángel // - I - Aparición del ángel


APÉNDICE - TRES JUICIOS CRÍTICOS :
Lo que es otro horizonte -Por Manuel Alvar de la Real Academia Española // La insignia de la fe - Por Ángel Mazzei // Elvio Romero.

 


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