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YULA RIQUELME DE MOLINAS


  BAZAR DE CUENTOS (Cuentos: YULA RIQUELME DE MOLINAS)


BAZAR DE CUENTOS (Cuentos: YULA RIQUELME DE MOLINAS)

 BAZAR DE CUENTOS

Cuentos:
Edición digital:
Alicante : Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2000
N. sobre edición original:
Edición digital basada en la de Asunción (Paraguay),
Arandura Editorial, 1995.
 
 
 
CUENTOS DE YULA RIQUELME DE MOLINAS
 
 
 
EL SEÑOR DE LA LOMA 

 
* Altanera. Con las puertas y ventanas desplegadas para que el sol y los vientos se acomodasen a sus anchas en cada recoveco, en cada milímetro de piedra y cal, se erguía la casa de la loma. Sus techos elevados echaban sombras ligeras en los aposentos. Desde las esquinas ventosas, la hojarasca se levantaba formando remolinos y después, traqueteaba enloquecida sobre las baldosas quebradas. No había nadie más. Sólo el señor de la loma tendido en su cama de barrotes de palo santo. Callado, ausente descansaba... Y el susurro de las palabras antiguas se detenía detrás de los armarios, como jugando a las escondidas con el transcurso del tiempo... Las ratas cruzaban la alcoba de rincón a rincón. El silencio entonces, era un queso rancio, ¡duro de roer! Nada más que algún postigo insolente golpeteaba en su quicio de vez en cuando. Aquel parecía ser el único ruido en la casa alta. Pero a ningún vecino del bajo asombraba esa apatía, porque el inquilino era hombre discreto, de poca resonancia. Sin alboroto se instaló en la casa. Había arrendado y pagado por dos años enteros y allí habitaba desde la primavera pasada. Un día a la semana hacía las compras en el almacén del pueblo. No sabía una jota de español y con señas se las arreglaba. Rubicundo, desgarbado, interminablemente largo, venía y se iba despacito, arrastrando sus botas pesadas de viejo montaraz. No tenía amigos, ni visitas, ni perro que ladre en su nombre. De modo que, dentro de la casa, su vida discurría en la más completa soledad... Mientras por fuera, el bullicio de los trinos ensordecía al vecindario. Los niños tumbaban con sus hondas la infinitud de pájaros moradores de la loma. Rodaban a millares las aves cuesta abajo y el olor de la muerte bullía en las cunetas. Por eso, la pestilencia no llamaba la atención. Era costumbre de los caminantes, taparse las narices al paso vicioso del aire en los contornos. Y en la prisa por eludir la tufarada, apenas de refilón avistaban los muros encalados de la casa alta. En ese mismo tranco se sucedieron los meses... Los soles del tórrido verano calcitrante. El otoño, en plan conciliatorio de armonías... Y llegó el invierno gris de escarchas y tormentas en la loma. La casa altiva, grande, blanca, profundamente quieta, se ofrecía traspasada de abandono. Invadieron en tropel su intimidad de nido. Desde lejos, un aroma de capullos en flor les dio la pista, y siguieron la estela provocativa, intensa... Pasaron por la sala. Allí encontraron el plano destapado y una partitura de Schubert en su atril. Siguieron adelante. En el comedor, encima de la mesa, verdeaban en un plato blanco restos de salsa enmohecida. El vino seco se endurecía en la copa retinta. La frutera de porcelana se había partido en mil pedazos sobre el mantel saturado de inmundicias. Y de entre los despojos, algunas ratas panzonas se dieron a la fuga precipitadamente. El asco no los detuvo y continuaron la marcha... Buscando recuperar el rastro del perfume sugestivo, la muchedumbre se puso a escudriñar detrás de las telarañas. Deshojados en el piso del escritorio, vieron los cuadernos ilegibles, de letras borrosas por culpa de la lluvia que se coló en abril. Y apoyadas en el buró de las patas francesas, se olvidaban las Rimas de Bécquer cubiertas de polvo... Ya de vuelta al corredor sin fondo, se toparon con las escaleras. Ascendió la comparsa sigilosamente. Uno a uno los peldaños fueron dejados atrás. Por fin, de pie en las alturas de la casa de la loma, descubrieron que el jazminero fragante se metió en la alcoba. El lecho florecido en los barrotes les entregó la ofrenda que guardaba para ellos: Tendido cuan largo era, dormía su sueño eterno, descarnado, solitario, el esqueleto del inquilino.
 
 
COMO JUDAS
 
* El pabilo encendido bailoteaba en los restos del sebo líquido. La vela se había agotado en el candelero. Su llama agonizante, apenas proyectaba un fantasmal hilillo de luz que caía justo sobre la madre y el niño. La respiración acompasada de Rafaela denotaba un sueño tranquilo, profundo... En el cuartucho solamente estaban visibles los dos. Ignacio era más bien una sombra furtiva que la oscuridad amparaba... Con sigilo se acercó a su hijo. Los dedos callosos se extendieron para la caricia. A los tropezones se movían sobre la piel recién estrenada. Desde el fondo de la médula le subió un cosquilleo, una sensación absurda que le puso la carne de gallina y sobrevino un espasmo, dos... Entonces, comprendió que estaba muerto de miedo y sacó las manos del canasto. Después, se volvió y tambaleando, anduvo de espaldas a la cama; por eso no pudo ver los ojos brillantes de Rafaela. Pisaba con la punta de los pies para que no lo escuchasen -al filo del adobe carcomido- los que se amontonaban en la pieza contigua. Como un ladrón escapó de allí. De entre esa gente que no le había comunicado el nacimiento de su hijo. Ignacio tenía una idea muy clara de la situación: Él era el padre de la criatura y punto. Ahora querían hacerlo de lado. ¡Eso sí que no! Él se lo llevaría consigo en cualquier momento. A escondidas, a las malas, o ¡cómo fuese! Hoy había fallado porque la bebida le volvió torpe los pasos y le aplacó la bravura. La próxima será sin tragos, se propuso y cruzó el patio a los temblequeos. Miró las estrellas que titilaban encima del campo abierto. Va a helar, dedujo y se estremeció. Tenía mucho frío. Los perros, sin embargo, deambulaban campantes por el rancherío. Le hicieron fiesta de colas y de lamidas. Él no era extraño en esos lares y lo acompañaron hasta el camino. Ignacio se alejó arrastrando su borrachera. Nunca tomaba más de la cuenta pero esa vez, apuró un vaso y otro y otro... Los había ido sumando para ganar coraje. Y le restaron firmeza. Menos mal que su juicio le respondía a las mil maravillas: Él era consciente de que se retiraba con los brazos vacíos y hasta podía, sin vacilaciones, apostar a que regresaría lo antes posible. ¡A eso estaba dispuesto! ¡Se robaría el niño si las cosas no mejoraban pronto! Fue lo último que pensó antes de quedar desplomado en el catre. Se arrebujó en su poncho, dejando afuera los pies curtidos por el tráfago en la tierra. Roncó. Al poco rato, el coro de los gallos hizo su ronda de poste en poste... Ignacio se levantó embotado. No había dormido ni dos horas corridas. Rumbeó hacía el pozo. Deseaba reavivarse con el agua escarchada de la palangana. Metió la cara de golpe y se puso a tiritar. La resaca se irá con el mate, se ilusionó. Y el mate bien caliente, lo despabiló en unas cuantas chupadas. A continuación, salió disparando hacia el cañaveral. Era día de cobranza y prefería complacer al patrón desde temprano. Mientras se diligenciaba con su tabaco a medio enrollar, oteó el horizonte gris, lluvioso. Se encogió de hombros ante el mal tiempo y se dijo: Hoy me pagarán con un buen caballo; todo será más fácil. Podré solucionar el asunto y... Ahí le vino a la mente su fracaso en la madrugada. Pateó una piedra que ni se movió. El zapatón crujió y los dedos le dolieron. ¡Carajo!, gimió. ¡Ave María Purísima!, se santiguó la vieja que pasaba en una carreta cargada de leña. Él la miró meditabundo: Va para la ciudad con toda esa leña, supuso. Claro, los platudos encienden sus chimeneas. Nosotros nos arreglamos con un brasero y basta. Está apretando duro el invierno en estos días. Y es sólo el principio, se quejó. Por contraste, le vino a la memoria la fiesta de primavera: Rafaela se había vestido de voladones blancos bajo el cielo cálido. Aromaban sus cabellos ramillete de jazmines. Ese 21 de setiembre lo pasaron bailando en la pista del club Atlético «Sol del Chaco». Floripones de papel chifón y banderitas multicolores flameaban en el aire. Lugareños y vecinos de otras compañías, alborotados invadieron las instalaciones. Por su parte, las señoras de la comisión organizadora sacaban cuentas entusiasmadas: Al fin la capilla de San Onofre se iba a terminar. Y no se terminó, reconoció Ignacio. El romance de ellos sí. Se acabó sin justificativos ni despedidas... Y pensar que después del baile, aquella misma noche, él la llevó al rancho de la abuela. No estaba la abuela. Había ido de velorio. Tenían para los dos todo el tiempo del mundo. Hicieron el amor por primera vez... Ignacio suspiró y su aliento se congeló en el aire. El ventarrón le entumecía las manos y tiró el cigarro antes de encenderlo. Se acurrucó bajo el poncho. Siguió andando... Bordeó el estero. A la orilla, una cigüeña se inclinaba cazando peces con el pico. Recordó a Rafaela embarazada. Espero a la cigüeña, le había dicho meses atrás. Él, distraído como de costumbre, no la entendió. Rafaela tuvo que aclarárselo detalladamente. Bueno, él era así. Un poco rudo. No se andaba con tonterías de la capital. Rafaela, por el contrario, tenía en Asunción una madrina, una patrona o algo parecido. Era una mujer rubia, despampanante, que la solía llevar largas temporadas... Retornaba más linda que nunca; con vestidos de lujo, aros, perfumes y todas esas cosas que usaban las señoritas asuncenas. Tanto, que dos años atrás, en Semana Santa justamente, trajo colgada al cuello una espléndida medalla de oro. De un lado sonreía la Virgen, y del otro, se leía «Carlos». Él jamás supo quién era el tal Carlos. Rafaela encontró la joya en la Plaza Uruguaya. Al menos, esa fue su versión. Ignacio no receló. Ella, toda la vida había sido una chica respetuosa y novia suya únicamente. Aunque con el embarazo, comenzó a cambiar. Su abuela le dijo que a todas les pasaba lo mismo. Que se volvían ariscas con el papá de la criatura. Por eso él no se preocupó demasiado cuando a Rafaela le dio por ponerse antipática. Ignacio no dudaba que fuesen ciertas las palabras de su abuela; pero él se acordaba muy bien, de cómo y cuándo empezaron los cambios... ¡Y le traía mala espina! Fue un domingo por la siesta. Él se encontraba almorzando en casa de Rafaela. Los dos charlaban felices y hacían proyectos para la llegada del hijo. Incluso, esa misma mañana habían hablado de casamiento. Estaban terminando de comer cuando escucharon el ruido de un vehículo. Es don Elías, el turco. El único valiente que se atreve a desvencijar su camioncito en las picadas y recovecos, pensaron todos. Y todos se equivocaron. Era un señor desconocido al volante de su poderosa camioneta 4 x 4. Los hombres, las mujeres, los niños, los perros y hasta las gallinas, salieron a saludarlo, menos Rafaela. Y el forastero la buscaba a ella, precisamente. El padre lo hizo entrar y llamó a su hija. Rafaela se fue acercando pasito a paso... Erguida y pálida, intentaba acomodar las manos sobre su vientre hinchado. Al verla, el señor elegante se mostró confuso y pidió permiso para hablar a solas con ella. Se sentaron debajo de la parra. Ignacio se entretuvo pelando maní en la cocina. La conversación con el visitante se prolongó hasta la tardecita. Él se aburrió de esperar a su novia y se marchó para no seguir haciendo el tonto. No es que fuese a desconfiar de Rafaela a estas alturas, pero le daba vergüenza, delante de los demás, el hecho de que ella lo hubiera olvidado por completo. Y sí, a partir de entonces, Rafaela cambió. Eso nadie se lo sacaba de la cabeza. Para colmo, no le dio ninguna explicación respecto al señor distinguido y ya no aceptó que tocaran el tema del casamiento. Su abuela juraba que eran meras coincidencias. Él no se convencía... Y sucedió lo peor. La semana pasada nació su hijo y nadie le avisó. Él se enteró en el almacén, de pura casualidad. No, si Rafaela se portaba muy rara en este último tiempo. Cuando él le hablaba en serio, ella le respondía con alguna pavada sin ton ni son. Insistía con eso de que el hijo era de ella y que él no se metiera. Los partos son cosas de mujeres y los hijos también, repetía con frecuencia. Es mejor que te ocupes de tu trabajo; yo me arreglo sola, no te necesito, aseguraba. Las relaciones se mantenían tirantes. Ignacio ya no sabía a qué atenerse y se le fueron madurando las amarguras mientras cortaba el azúcar a machetazo limpio. Si todo continuaba igual, él terminaría robándose al chico. ¡No y no!, renegó al cabo de la jornada: Con la ayuda de Dios saldremos a flote. La presencia del niño pondrá las cosas en su sitio. De repente, renacían sus esperanzas y se echaba a soñar... Por eso, ahora que regresaba del cañaveral, resolvió hacerle a Rafaela una pasadita montado en su caballo alazán. Ella iba a alegrarse de verlo cabalgando... ¡Esa fue siempre su mayor ambición! Al galope se aproximaba a la aldea. La ventolera sacudía los cocoteros y espantaba los malos designios. Llegó. Era víspera de San Juan. En el patio de la futura iglesia ya se habían puesto en movimiento los preparativos de la celebración... Un dejo de placer le entibió la sangre al evocar aquella otra fiesta... Hacía exactamente nueve meses del baile de primavera... La consecuencia es de carne y huesos, presumió y se detuvo a mirar los arreglos. En esa oportunidad, también la comisión pro-capilla se hacía cargo de todo. En el fondo se instalaron las fogatas, la cantina, y el palo enjabonado. El cuerpo de Judas se balanceaba pendiendo del campanario. Estaba relleno de cohetes, bombas, paja y trapo. Rafaela y él, invariablemente participaban juntos de los festejos de San Juan. Cada 23 de Junio, ellos se pegaban un atracón de comidas típicas, bailaban y se divertían con los juegos hasta la quema de Judas... Ahí nomás se decidió. Invitaría a Rafaela. Con el caballo nuevo, la iría a recoger. Seguramente ella lo esperaba... Ignacio se apresuró ante la perspectiva y picó espuelas. Doblando un recodo, alcanzó a divisar el rancho de su novia y la camioneta 4 x 4 estacionada enfrente. El frío intenso amorataba la tarde y sus esperanzas. Retrocedió, detuvo su caballo y quedó pasmado: La puerta se había abierto y Rafaela avanzaba con el niño hecho un lío pequeño en el mantón azul. Detrás, el señor copetudo del otro domingo, transportaba en ambas manos los bolsos que Rafaela solía llevar y traer en sus viajes a Asunción. Los tres subieron a la camioneta. A los gritos salió a despedirlos la parentela. Agazapado en el polvo que levantaban aquellas ruedas feroces, Ignacio oyó con el alma en un hilo las palabras determinantes: Chau, Rafaela y Carlitos. Hasta luego, señor Carlos.


 

ALGO RARO...
 
 
* Diana acabó el postre y se dispuso a marchar. Pidió permiso y apresuradamente se levantó de la mesa sin esperar autorización. Por ahora, esta escena se repetía con frecuencia. Diana evitaba dar tiempo a que su padre se enfrascara en las recomendaciones de siempre: Fijate muy bien con quién salís. Que sea un buen muchacho, de familia decente como nosotros. Que te respete. Sí, de entrada hay que hacerse respetar. Eso es lo primero, decía infaliblemente papá. Y Diana estaba hasta la coronilla de tantos consejos. ¡Hacía diez años que escuchaba lo mismo! La semana pasada había cumplido los veinticinco. Fue el día de la gran pelea con su madre. Después de mucho suplicar sin resultado positivo, mamá le prohibió terminantemente que lo siguiera viendo a Juan José. Olvidalo por favor. Ese hombre no es para vos. No pisa nuestra casa. No habla con tu papá. Se nota a la legua que anda en algo raro... No mira a los ojos cuando saluda. Ese es un mal síntoma. Diana. Si sos una chica inteligente, ¿por qué no admitís que es peligroso salir con un tipo de esos? Me asusta tu inconciencia. Ese aire alocado no va contigo. ¡Te prohíbo que lo vuelvas a ver!, gimió por último la madre, ante el gesto displicente de su hija. Diana se rió de las palabras angustiadas de doña Isabel. Salió dando un portazo. Le rompía los nervios esa costumbre que sus padres tenían de meterse en su vida. Ella era mayor de edad y muy dueña de sus actos. La sarta de disparates que mamá argumentaba eran propios de razonamientos arcaicos, sin valor de puro viejos... Maldita la hora en que se lo presentó a Juan José. Por casualidad coincidieron en una confitería de Villa Morra y de allí, doña Isabel lo había encontrado algunas veces más rondando el barrio. Le faltaba la suficiente intimidad para juzgarlo y sin embargo, metía la cuchara dale que dale... Aunque lo peor de todo era la amenaza de advertírselo a su padre. Ahí sí que la cosa tomaría un cariz peliagudo. Si mamá era puritana y anticuada, papá se le atrasaba por siglo y medio. También, a más de violento, don Heriberto se mostraba muy difícil de entrar en razón. Cuando algo se le metía en la cabeza... «Agarrate, Diana, que a testarudo nadie le gana». Por eso, lo mejor era evitar cualquier roce que lo pusiera en acción. Claro, su mayor problema representaba el aspecto económico. Como no le alcanzaba el sueldo para tomarse la libertad de vivir lejos de sus padres, ¡se los tenía que aguantar con todas sus chocheras! Y en el Banco no le daban el ascenso. Ya iban para cuatro los años de antigüedad, y su puesto de cajera se mantenía inamovible. Solamente los hombres prosperaban allí. Hasta el ascensorista pasó a ser auxiliar de cuentas corrientes en carrera meteórica. Menos mal que Juan José disponía de buenos ingresos y pronto se iban a casar. Por supuesto, calladitos y sin comentarios... A Juanjo le encantaban los idilios misteriosos y a Diana le convenía que así fuese, ya que de enterarse, su padre armaría un escándalo descomunal. Don Heriberto creía todavía en los príncipes azules y confiado, aguardaba uno a la medida de su hija menor. En tanto, a sus espaldas, la pareja andaba a la búsqueda de algún departamento o chalet para alquilar. Sólo que a Diana no le resultaba muy claro el gusto de su novio. Los dos se pasaban visitando casas, casitas y caserones sin acertar con la idea que Juan José tenía del asunto. O quedaban muy lejos del centro o muy cerca de mamá o muy grandes para dos o muy chicos para el precio. En fin, no se ponían de acuerdo y por causa de eso, la boda se aplazaba indefinidamente... Si no estuviese convencida de las buenas intenciones de su prometido, Diana pensaría que se la estaban dando largas a propósito. Pero si algo impremeditado había en Juan José, era su tremenda indecisión. ¿El motivo? Un percance interior que no saltaba a la luz... Otra cosa que se presentaba bastante oscura respecto a Juanjo, parecía ser la cuestión esa de los tres hijos varones que tenía por ahí... Juan José juraba que las madres eran ricachonas y medio viejas. Que nunca pidieron colaboración para el mantenimiento de las criaturas. Y que muy por el contrario, con la paternidad se había beneficiado él. Es más, también aseguraba que fueron hijos por encargo, sin que el amor hubiese tomado parte. Algo así, como que lo vieron a Juan José hecho un toro semental de raza pura, y lo contrataron para preñar a dos hembras decadentes, aunque en celo y con mucha plata. Desde luego, cada una por su lado y en el turno previsto. Esto, de seguro, los padres de Diana no lo entenderían, ya que ella, a duras penas, lo había ido asimilando a lo largo y a lo ancho de su noviazgo. Hoy, mal que le pese, las dos ex de Juan José, continuaban siendo una espinilla dolorosa para la emancipada Diana. Sobre todo, en los momentos en que las tenía delante. Y eso ocurría más a menudo de lo necesario. De un tiempo a esta parte, ambas mujeres los invitaban a comer inevitablemente los domingos al mediodía. Se reunían en un restaurant copetudo a la una en punto. Jamás faltaba ninguno de los personajes del sainete: Los niños gemelos, el nene de ocho años, sus respectivas madres rollizas y enjoyadas, y ellos: Diana y Juan José. Esta mañana por ejemplo, Diana iba un poco retrasada. Había tomado la precaución de almorzar en su casa antes de partir hacia el singular encuentro. Es que se le revolvía el estómago cada vez que tragaba en presencia de aquellas damas paquetonas y jactanciosas que le recomendaban, como a una pobre idiota, que se casara rapidito con Juan José. Un muchacho buenísimo y acomodado. Candidato especial para las que no tenían dónde caerse muertas. Las dos ricachonas aportarían el dinero preciso. No había problema, ellas eran empresarias, estancieras o cosa por el estilo. A Juan José te lo vamos a entregar forradito y satisfecho, prometían indefectiblemente. Todos envidiarán nuestra suerte, debida quizá, a las dotes reproductivas de Juan José, pensaba atormentada Diana, mientras se dirigía a la famosa cita dominguera, sudando y trotando bajo el sol. Ya sólo faltaba doblar la esquina y en breves instantes, irremediablemente fluctuaría en el cotorreo de esas dos mujeres mayores que a toda costa tratarían de convencerla a que cargara con el bulto. Por lo visto, las dos pretendían sacárselo de encima lo más pronto posible al mentado Juanjo. Si mamá la viera en ese trance, se pondría más triste aún. Su madre sufría horrores por su culpa. La depresión la iba minando y hasta se la notaba desmejorada físicamente. Los ojos llorosos de doña Isabel se habían alzado para detenerla hacía menos de una hora, allá en la mesa familiar, pero calló acobardada. Tenía comprobado sobradamente que la lucha era inútil. Sin embargo se equivocó. La súplica silenciosa se había adueñado del tiempo reflexivo de su hija y allí quedó socavando... socavando... ¡Ganaste mamá!, exclamó Diana en un arrebato criterioso y repentino. Ya no me quiero casar con Juan José y su corte sofocante de viejas en apuro. Entonces, dio media vuelta y, buscando la sombra de los naranjos en flor, deshizo el camino y le puso la cruz al gigoló.


 

EL REINO DE MANUELA
 
 
* «El Colibrí» era un boliche de mala muerte. Dudé antes de entrar. Sin ninguna confianza me abrí paso entre los flecos de la cortina plástica. El tufo alcoholizado me dio en las narices. Aspiré hondo y me interné en medio de dos hileras de mesas escasamente iluminadas. Manteles de cuadros mugrientos jugaban a las escondidas con un rayo de sol empecinado. ¿Es éste el reino de Manuela?, me pregunté al cabo de la desilusión. Sin más trámites, decidí averiguarlo. Me respondieron que Manuela estaba ocupada. La voy a esperar, anuncié con voz resuelta al hombrecillo de barba puntiaguda y pinta de sátiro que se apoyaba en el mostrador. Soy el Dr. Morales, aclaré. Me sentía orgulloso con el doctorado. No era para menos: Traía yo mi título de allende los mares y tras no pocos sacrificios. Elegí la silla mejor equilibrada y me senté. Como de la galera, surgió ante mí la moza de senos robustos. Le pedí un café. No servimos café, dijo llena de sonrisas. Puede ser un whisky o cualquier otra bebida, agregó. Acepté el whisky y de paso, quise saber de Manuela. Está trabajando, me contestó. Luego, hizo un gesto que para ella debió de haber sido muy elocuente y que sin embargo, a mí me dejó en las nubes. La miré retirarse. Movía las caderas con exageración. El petiso del mostrador le guiñó un ojo. Los dos rieron de falsete. Me puse nervioso. De nuevo vacilaba... y descargué mis tensiones tamborileando fuertemente los dedos contra un inmundo cenicero de propaganda: Siete letras azules escribían «Cinzano» sobre el fondo de lata niquelada. Picaduras de cigarro se metieron entre mis uñas pulcras. Aparté la mano. La servilleta de papel iba y venía frotando las impurezas. De pronto, resplandecieron algunos focos pelados que se descolgaban del techo. Finalizada la operación alumbrado, el petiso regresó a su puesto de vigía y se dedicó a hojear una revista con cara de aburrido. Yo también traté de hallar un pasatiempo y me entretuve leyendo mensajes de amor en las paredes. Casi todos estaban plagados de groseras alusiones. Me sentía cada vez más incómodo. ¿Dónde diablos había ido yo a parar? ¿Con qué clase de gente se relacionaba Manuela? Intentando definirla, traje a mi memoria aquella media mañana luminosa y febril en la que nos conocimos. Fue en el centro, una semana atrás. Completamente abstraído, salía yo del Banco de Asunción y ella, de las tiendas de Martel. Tropezamos en plena calle Palma. Le ofrecí mil disculpas. Manuela las admitió con timidez. Era una linda pelirroja, joven, de modales graciosos. Vestía pantalones de jean ajustados y blusa de seda blanca. La observé de pies a cabeza y la encontré encantadora. La invité sin pensarlo dos veces. Quizá, con el propósito de aliviarle el golpazo que se llevara por culpa de mi despiste. Tengo un compromiso, se excusó sin molestarse conmigo. Al contrario, me pasó una tarjetita de color de rosa y me pidió amablemente que la visitara en otro momento. Taconeando se alejó... Permanecí en suspenso un buen rato. Cuando reaccioné de Manuela ya no quedaba ni rastro. Entonces, acomodé en mi portafolios la transferencia de Roma y me dirigí al Episcopado. Sólo por la noche volví a recordarla. Fue en ocasión de revisar los bolsillos de mi saco antes de guardarlo. Allí me topé con la tarjeta. Bar «El Colibrí», Anexo Alojamiento, leí debajo del nombre de Manuela. Y más abajo aún: Montevideo y Playa. Es por los alrededores del puerto, pensé un poco sorprendido, considerando que Manuela tenía el aire de una señorita de barrio residencial. De todos modos, como ella me impresionó gratamente, hice la promesa de ir a saludarla un día cualquiera. No es importante el lugar sino la persona, había reconocido en aquella oportunidad. Y ahora estoy aquí, tratando de compaginar el asunto... Es cierto que no hay borrachines a la vista. Aunque claro, todavía es temprano. Apenas está empezando a oscurecer y evidentemente, es éste un local nocturno. ¿Será Manuela, hija del barbudo? No. No creo que de ese tipo asqueroso haya nacido alguien tan ideal como Manuela. El tintineo de los hielos interrumpió mis cavilaciones. La muchacha exuberante plantó el vaso de whisky en mi mesa y se sentó a mi lado. ¿No te da lo mismo que yo te acompañe?, indagó coquetuela y descarada. Manuelita tiene para rato con el sargento Benítez. A ese gordo no se lo contenta fácilmente, opinó muy en conocimiento del tema... De golpe y porrazo cayó el telón. El fin de las conjeturas me llegó precipitado. Tanto, que no lo asimilé sino hasta después de cerrar la boca de estúpido que le puse a la mujerzuela. En eso, escuché un vozarrón y estruendosas carcajadas provenientes de lo alto de la escalera. Alcé la mirada y aguardé a que se hicieran visibles los que causaban tamaño alboroto. Primero, apareció Manuela luciendo una falda roja de mínima hechura. Sus pícaros ojos se encendieron de alegría al descubrirme y de inmediato avanzó hacia mí. Sin medir las consecuencias, me levanté yo a recibirla. El militar había quedado con la palabra en la boca y los brazos vacíos. Enfurecido, exigía atenciones. El petiso no bajaba la guardia y logró controlar la situación. Acudió en su ayuda la vigorosa camarera y juntos, haciendo gala de oficio y experiencia, lo sacaron a la calle sin mayores problemas. Manuela y yo respiramos agradecidos. Enseguida, ella me tomó de las manos y me condujo hasta su pieza... Nos sentamos en la cama de sábanas revueltas. De pliegue en pliegue se contaban historias de otros placeres... Aborté la náusea en mi garganta y el cielo de yeso carcomido se derrumbó a mis pies. Manuela, ajena a todas mis angustias, me desprendía el cuellito almidonado, desabotonaba mi camisa, deslizaba mis pantalones... El aroma a lavanda en desodorante ambiental trataba de confundirme sin éxito. Con desesperación buscaba yo el incienso de mis letanías. El reino fragante de mi Dios... Manuela besaba mis labios, mi pecho, mi vientre... Sus cabellos colorados me incendiaban la piel. La frescura penumbrosa de mi celda era olvido, era distancia... Cada vez más ancha... Más honda... Me entregué. Manuela hizo lo suyo y yo también. Después, ella me dijo: Espero no haberlo defraudado, padre Morales.
 

LA DAMA DE LOS ANILLOS
 

* La ventolera cerró de un golpazo la puerta. El corazón me bajó a los talones y allí se puso a palpitar como loco. Por esas cosas de la vida, tenía yo delante el retrato de cuerpo entero de la bisabuela de Zoraida. El aire juvenil en sus galas de «Dama Antigua» me había desconcertado y sin embargo, ya conocía su historia... Recostada al descuido en la poltrona rococó, ella se miraba las manos de finísimos dedos cubiertos de anillos. De un vistazo conté quince. Iban encaramados los unos a los otros. El cálculo lo hice al vuelo. Más bien por lógica. Claro, únicamente el meñique derecho lucía una cinta ancha de oro macizo y limpio. En los demás, centelleaban las pedrerías sobre ambos guantes de terciopelo negro. Al fin lograba yo contemplarla a gusto, con sus bucles de niña vieja, su infinidad de anillos, sus encajes, su secreto... Una vez asentado el asombro, tomé verdadera conciencia del propósito que me llevara hasta la Dama de los Anillos: Pretendía yo enumerar seriamente las sortijas. Misión imposible, por la mescolanza de líneas y colores en el lienzo, o por el nerviosismo propio del caso. Me sentí impotente. Si hasta la fecha no me invitaron a este cuarto, no vislumbraba otra oportunidad con mayores perspectivas. La estancia en cuestión, se situaba en el ala prohibida. Hoy tampoco permitían el paso. Sólo, que me tomé la libertad en ausencia de los dueños de casa. La mucama me había escoltado hasta la salita de estudios y era de suponer que allí aguardaría yo el regreso de Zoraida. En cambio, reconocí que parecía ser ese, el momento propicio para visitar la zona indebida. De manera que aquí estaba, con el Jesús en la boca, pero disfrutando a más y mejor de la situación. ¡A mi juego me llamaron si de cálculos se trataba! El número de anillos y su escondido paradero, era un desafío tentador... Mi alumna Zoraida solía hablarme, aunque poco, de aquella colección de anillos que la juvenil bisabuela había formado a lo largo de su corta existencia. Incluso, en una vaga e incierta promesa, se ofreció a enseñarme el cuadro en cuanto quedáramos a solas, quizá alguna siesta... La veda también corre para mí, me informó a modo de excusa. Entonces, ¿cuándo otra ocasión semejante? Ahora, ni siquiera estaba Zoraida. De seguro aquella coyuntura no volvería a presentarse. Y yo, que no acertaba con el resultado de mis cuentas... En eso, la misma ráfaga fría que minutos atrás cerrara la puerta, me tocó en la nuca. Despacio me volví. Quería saber quién había llegado a hacerme compañía. Para mi sorpresa, a nadie encontré. ¿De dónde podía venir la brisa en una habitación cerrada? La bocaza negra del hogar de piedra y ornamentos herrumbrosos me sopló la respuesta: Un remolino de cenizas giraba de refilón sobre el piso de la chimenea. Me acerqué. Ya casi en la garganta, brasas diminutas, lanzaban todavía chispas ligeras. Alguien estuvo aquí, deduje y pensé en las palabras de Zoraida. Ella afirmaba que tras la muerte de su bisabuela, este lugar había sido clausurado definitivamente. Ni siquiera la servidumbre accede a su limpieza, se quejaba. Y debía de ser cierto. El polvo acumulado en el fastuoso mobiliario y su perfecto acuerdo con los adornos magníficos debajo de las telarañas, así lo indicaban. Esta demostración sepulta de opulencia, me recordaba a las tumbas de otras épocas. Aquellas, en las que se enterraba a los muertos junto con sus riquezas. Para completar la idea de mausoleo, había flores frescas en los conos del piano, en el aguamanil del tocador, en los jarrones de porcelana. Y en consecuencia, un penetrante aroma de jazmines de El Cabo dando vueltas en torno... Evoqué a Zoraida en esa fragancia: Durante las siestas de mucho calor, ella prefería el parque. Nos instalábamos para la clase al lado del jazminero, a la sombra de una pérgola florida. Desde allí se veían los ventanales de este cuarto. Zoraida, a menudo, se ponía a mirarlos con tristeza y enseguida, tras un leve suspiro, retornaba a la rutina de nuestra lección de matemáticas. Desde el primer momento comprendí que Zoraida trataba de no evidenciar su apego al ala prohibida. Era notorio que de mí se cuidaba. Raras veces permanecía absorta más de lo prudente. En circunstancias como esas, yo despejaba sin tregua ecuaciones interminables... ¡Jamás osé interrumpir sus coloquios espirituales con la bisabuela! Ese es el Santuario de la Dama de los Anillos, me contó una tarde Zoraida, entre avergonzada y orgullosa, después de haberla yo pescado en trance. No se sabe exactamente el número de anillos, agregó. Ahí fue donde me impuse la tarea de averiguar la cantidad correcta de sortijas, como si ese fuera el ejercicio más importante que tuviésemos en carpeta. Mientras, mi alumna, suelta al fin de la lengua, seguía narrando: Ella, mi bisabuela murió a la mañana siguiente de acabar el retrato. Se extinguió sin remedio cumplido el compromiso. La habían estado pintando a lo extenso de dos años. Diariamente posaba sin protestar. Apenas un ratito, porque sufría de males incurables que la iban debilitando... Dicen que en el último tiempo, una aureola iridiscente circundaba su transparencia, como si la muerte ya se la hubiera llevado y su figura frágil fuese un espectro de paso... Sólo sus manos, mariposas negras ricamente enjoyadas, le daban consistencia real a la hora insobornable de la sesión de pintura. Por lo demás, la bisabuela se esfumaba... Y para colmo, también sus anillos se habían hecho humo al término de su vida. Con el asunto del dolor y los lamentos se armó un alboroto singular y los funerales acabaron por convertirse en un vertedero de lágrimas. A la postre, se olvidaron de la bisabuela y todos lloraban por los anillos y su inesperada desaparición. Inútiles fueron los trámites y las investigaciones al respecto. Nada se descubrió y por ende, la cifra misteriosa permanecía cautiva en los vericuetos del pasado... La voz de Zoraida se me escapaba entre las sortijas y los encajes... Hice un esfuerzo. Desde el fondo de mis pensamientos, con su perfume exuberante, enlazó las dos escenas el jazmín de El Cabo. Pero empezaba a marearme... Caminé hasta una de las ventanas. La abriría para respirar el aire puro. Corrí las pesadas cortinas de damasco y me topé con tapias en lugar de cristales. Me ahogaba... Busqué a la Dama de los Anillos intentando urgente explicación. Me pareció que la velada sonrisa de sus labios se iba pronunciando... Tanto, que al segundo creí entreverle los dientes. Un hilillo de sudor helado se me resbalaba hacia el suelo, seguido de algunos escalofríos y la necesidad imperiosa de abandonar el Santuario. A pesar de ello, con tremendo impulso, caí en el mismo sillón Luis XV que usara la bisabuela de Zoraida para el retrato. Me hundí profundamente entre los almohadones y sentí que un objeto duro y conciso se movía en medio de las plumas. La curiosidad pudo más que el miedo y metí a los empujones la mano en una orilla descosida. Saqué el cofrecito. Conté los anillos. Eran quince en total. No me equivoqué. Los números siempre habían sido mi fuerte.


 

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*.- El señor de la loma / Como Judas / Algo raro... / El reino de Manuela / La dama de los anillos / La madre Flora / La bolsa de papas / Tiempos de amor en el jardín / El entierro / Herederos a la suerte / Un presente griego / La última noche de reyes / Eusebio / Cavilaciones de alcoba / El piano / Alguna vez, José / Las cosas de Efraín / El lancero de la reina / Un domingo diferente / Piel de novia / El pañuelo / Las alas del guerrero


 

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