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SUSANA RIQUELME DE BISSO


  ENTRE LA CUMBRE Y EL ABISMO - Cuentos de SUSANA RIQUELME DE BISSO


ENTRE LA CUMBRE Y EL ABISMO - Cuentos de SUSANA RIQUELME DE BISSO

ENTRE LA CUMBRE Y EL ABISMO

Cuentos de SUSANA RIQUELME DE BISSO

Arandurã Editorial

Diseño de tapa: FABRICIO BISSO

Asunción – Paraguay

1995 (118 páginas)

 

SUSANA RIQUELME DE BISSO

Nacida en Asunción, Casada y madre de tres hijos. Realizó sus estudios prima­rios en el colegio Teresiano y los secun­darios en el colegio de Goethe.

Participa con otros autores en libros de cuentos.

Obtuvo los siguientes premios: FABRIZI­O (cuento), premiado por el concurso “Veuve Clicquot" 1987. MI AMIGA TRISTEZA (cuento), premiado por el concurso "Veuve Clicquot" 1988. CUA­RENTA ANOS (cuento), premiado por el concurso "Club Centenario" 1992. EL MUNDO AZUL. (Cuento), clasificado por el concurso "Guy de Maupassant" 1993. TRES CARTAS (cuento) premia­do por el concurso "Expo Familia 93” convocado por el Ministerio de Educa­ción y Culto. SIN MUERTE (poesía), premiada por el concurso "Poesías del Océano" 1994. ESTA TARDE, TU AUSENC1A (cuento), premiado por el con­curso de la revista del Club Centenario, abril 1994. EL ARCANGELARIO (cuento), premiado por el concurso de la revista del Club Centenario, junio 1994. El, MONSTRUO (cuento), pre­miado por el concurso "Néstor Romero Valdovinos" del diario Hoy.

Integra el taller "CUENTO BREVE” bajo la dirección del Prof. Dr. Hugo Ro­dríguez Alcalá.

Es miembro de la sociedad de amigos de la "Academia Paraguaya de la len­gua Española”

 

 

PRÓLOGO

Es bien sabido que para que una ficción sea importante no necesariamente debe encarar un tema importante. Su verdadera y acaso única virtud reside en saber cómo encararlo: en esa magia incesante en torno de la que incesantemente giran todas las histo­rias, que a la par de transcurrir, van fraguando el universo literario de "Entre la cumbre y el abismo'': primer libro de cuentos con que Susana Riquelme de Bisso se inicia en el difícil arte de hacer que lo narrado sea el puente que conduzca a la verdad a través de men­tiras superpuestas.

Un libro donde todos sus relatos parecen guardar una invaria­ble simetría, estar afinados en el mismo tono narrativo, y donde ilusión y realidad, lejos de estorbarse, corren parejas complementándose y enriqueciéndose mutuamente. A tal extremo, que mu­chas veces la acción parece- viajar sobre un carril que simultánea­mente coquetea con ambas. O ser ambas a la vez sin alcanzar a ser, en conclusión, ninguna.

Entonces, sin apenas darse cuenta, el lector traspone el um­bral donde lo vivido se vuelve memoria, evocación, alegoría o símbolo. Luminosa operación que despoja a la anécdota del ropa­je de entrecasa para investirla con otro, exclusivamente estético.

Y mientras va narrando, la autora no se detiene en la mera superficie de los hechos, sino que se zambulle en ellos. Se interna en sus personajes explorándolos minuciosamente, desmontándo­los en sus piezas esenciales para indagar lo que contienen, de cuánta soledad están hechos. Y a fuerza de esas como auscultaciones del alma, nos revela la faz oculta de sus biografías. Nos introduce en la región vedada de sus pensamientos, sus fantasías, sus luchas y postergaciones diarias, en esa otra vida a contrapelo que intermi­tentemente fluye "entre la cumbre y el abismo". Se instala en el corazón de sus conflictos y desde esa perspectiva reconstruye la exterioridad de un mundo tan dócil como escurridizo, tan falso como verdadero, al que inmediatamente le impone un tiempo y un espacio y un presuroso par de alas, para lanzarlo luego a vivir por su cuenta y riesgo.

Todos esos sucesos con cuyas experiencias se identifica y se conmueve el lector como si hubieran sido propias, y bajo las cua­les palpitan las angustias y aflicciones de la humanidad entera, son hábilmente enhebrados por Susana gracias a un lenguaje per­suasivo, confidencial, flexible,adaptado a las circunstancias. Im­petuoso a veces y dando otras veces la impresión de estar envuelto en la misma sustancia transeúnte de las nubes, los olores, los re­cuerdos y las sombras. Algo así como un entramado fugitivo de palabras en virtud del cual nos percatamos que con sólo oprimir un botón escondido entre sus pliegues, el relato cobra altura y dis­para hacia lo onírico. El mundo concreto y los seres que lo pue­blan se van afantasmando entonces entre las brumas de una at­mósfera encantada. Como si hubieran sido apenas entrevistos a través de un colador de niebla.

O como borrosas calcomanías de lo que alguna vez fueron.

También la poesía está presente en cada página, en cada mi­núsculo rincón del libro, y circulando desde sus primeros instan­tes también está aquello de lo que hablé al principio: una magia que no se sabe muy bien de dónde proviene: si de la reverberación nacida en el permanente entrechocar de conceptos antagónicos, o si de la frescura que permean las palabras cuando ellas son exhibi­das sin retoques ni artificios: a cara descubierta, para decirlo lla­namente.

Magia que destaca y acentúa con marcada intensidad los acier­tos de una prosa que jamás decae ni consiente en estar quieta, sino que está yéndose siempre más allá de lo que cuenta y de aun lo que sugiere. Y sobre todo, magia que se encarga de juntar los des­tinos separados de "De la piel para fuera" y "De la piel para den­tro": esas dos porciones en que la autora dividió la narración, sin saber acaso que al final, en lugar de separarse, se estarían inte­grando en un punto donde la piel funciona como entidad indisolu­ble y única.

Y si la intención de la literatura es conservar viva la fe puesta en la utopía de mejorar la calidad del hombre, impidiendo que en la deshumanización se pierdan los valores ancestrales del espíritu y la memoria, creo que este. Libro ha cumplido con creces su obje­tivo. En primer lugar, porque al mantener intacto su candor, nos absuelve de la dura realidad que nos aqueja, convidándonos a ha­bitar esa otra, más ancha y perdurable realidad generada en el res­plandor de la palabra escrita.

Y porque por mérito propio, "Entre la cumbre y el abismo" incorpora a Susana Riquelme de Bisso al quehacer cultural de nuestros días, contribuyendo a ampliar con luz nítida, palpitante y nueva, el horizonte de la participación femenina en las letras para­guayas.

RAQUEL SAGUIER


 

ESTA TARDE, TU AUSENCIA

 

Te convoco esta tarde, porque es domingo y estoy triste. Por­que te necesito como nunca, cuando el silencio se estremece con cinco campanadas monótonas y una fina llovizna empaña los cris­tales de la ventana.

¿Por qué te fuiste mamá? ¿Acaso vos no sabías que una nena de cinco años no puede comprender que su mamá se acueste a dormir una noche y no se despierte nunca más?

Te convoco esta tarde, porque es domingo y llueve. Domingo y lluvia, una conjunción demasiado peligrosa para mí. Por más que lo intente no puedo escaparle a esta tristeza que me acorrala en su cárcel de barrotes invisibles, y no me queda otra cosa que dar vueltas dentro de ella, mientras tu recuerdo crece y de pronto se me deshace como un puñado de arena entre los dedos.

Ya no tengo cinco años mamá, pero esta tarde te necesito como entonces, aunque el tiempo haya alargado mis piernas y la gente por la calle me diga, "permiso señora". Entonces llego a casa y me miro al espejo y compruebo que sí, que ya soy una mujer, que tengo una vida llena de cosas por hacer, y vos sos, solamente, una pequeña foto amarillenta que me mira desde un portarretratos de plata. Una foto a la que trato inútilmente de sacarle brillo para descubrir el color exacto de tus ojos.

¿De qué color eran tus ojos claros mamá? ¿Azules como un cielo de verano o grises como el otoño que desnuda los árboles?

¿Por qué te fuiste mamá? Te necesito. Esta tarde tu ausencia es un puñal que se me clava en el pecho. Esta tarde tu silencio es una cadena que me ata las manos y los pies, que me deja muda, quieta, acurrucada en un rincón de mí misma. Y me es imposible inventar un cielo azul, lleno de nubes que semejen angelitos re­gordetes y rosados, como aquél, que colgaba de la cabecera de mi cama, y que papá me dijo que había quedado en tu lugar, que él me cuidaría por las noches. Yo quería quererlo mamá, pero era tan diferente a vos. El no sabía contar cuentos ni podía levantar sus bracitos para abrazarme, y su carita era áspera, y no suave como la tuya, y una vez, cuando lo estaba acariciando se me deslizó de las manos y se hizo trizas en el suelo. Papá me dijo que me compraría otro igual y que lo colgaríamos en el mismo lugar. Pero él estaba siempre tan ocupado, ¿cómo podría acordarse un papá que traba­jaba por la mañana y por la tarde, que tenía que comprar un ange­lito rubio para espantar la soledad de una nenita por las noches?

Pero no lo extrañé mucho mamá, pronto lo olvidé y seguí pensando en vos. Siempre me gustó más imaginar que vos te sen­tabas a mi lado, porque sí te sentabas. ¿Verdad que sí mamá? ¿Verdad que no era sólo mi imaginación? pero eso sólo lo sabíamos vos y yo, y nadie más. Ni papá, ni abuela Sara, ni mi osito Felipe.

¿Por qué te fuiste mamá? No, no me contestes, no voy a com­prenderte, jamás podré comprenderte. Aunque haya aprendido a pintarme los ojos y a caminar con tacos altos, y a hablar inglés correctamente, y a hacer ñoquis a la bólognesa, y a manejar auto­móviles y computadoras. Pero nunca pude aprender a vivir sin vos mamá, y ya nunca voy a aprender.

Pero en este momento, de pronto, algo cambia dentro de mi, entonces cierro todas las ventanas y prendo todas las luces, para hacerle una trampa a esta tarde gris y opaca. Y pongo el mantel celeste en la mesa redonda del comedor diario, y saco mis tazas de porcelana y te invito a tomar el té, y vas a ver lo rica que me salió la torta de manteca hecha con una receta tuya que encontré en uno de tus libros de cocina. Y voy a contarte despacito, para que nadie escuche, que hoy te necesito más que nunca, porque hoy es un día muy especial. Porque aunque sea domingo y llueva, y esta tristeza ande espiándome desde todos los rincones; tratando de acomodar­se a mi lado, ahora ya no, mamá, no va a poder atraparme, porque tengo una ciudad azul dentro del alma, y un secreto que quiero compartir contigo. Un secreto que está empezando a crecer en mis entrañas, y por primera vez siento, que empieza a decrecer mi so­ledad congénita. Y hay algo, que sólo vos podes enseñarme. Quie­ro que me enseñes a ser mamá, una mamá de luz, abuelita de nie­bla, para esta niña que va a llamarse Alicia igual que vos, y segu­ro, seguro, que en sus ojos recobraré al fin, el color de tus ojos.

 

 

EL MUNDO AZUL

 

Se abrió la puerta de par en par y me encontré de pronto en un mundo profundamente azul. Todo era azul, absolutamente todo. Los pájaros, los árboles, las flores, y por supuesto el cielo. Una niñita se detuvo a mi lado y me miró con sus ojos intensamente azules.

-¿Qué es esto? ¿Dónde estoy? pregunté asombrada.

-Es un mundo azul, ¿no te has dado cuenta?

-Sí, pero ¿dónde queda?

-¿Te refieres a un lugar material?

-Por supuesto.

-Pero este mundo no es material, no está en ningún lugar.

-Entonces, ¿por qué estoy yo aquí?

-Ah, eso debo preguntarlo yo- Contestó riendo con sus labios azulados, y se puso a brincar a mí alrededor.

-¿Por qué haces eso? pregunté fastidiada.

-Porque estoy aburrida.

-¿Aburrida de qué?

-De tanto azul.

-Entonces mírame a mí, yo soy de todos los colores.

-La niña rió a carcajadas sacudiendo su cabellera azulina. ¿Acaso no te has dado cuenta que también tú eres azul?

Me miré asustada; también yo era azul.

-Dime niñita, por favor, ¿qué tengo que hacer para salir de este mundo?

-Nada, no hay nada que puedas hacer.

-¿Quiere decir que me quedaré aquí para siempre, hasta morir?

-Para siempre así, hasta morir no, aquí no existe la muerte.

-Eso es bueno.

-¿Lo crees? ¿Vivir para siempre en un mundo todo azul?

-Creo que no.

-Es muy aburrido. ¿, Tú conoces otros colores?

-Sí, varios.

-¿Puedes explicarme algunos?

-No, los colores no pueden explicarse.

La niña frunció sus labios en un gracioso pucherito.

-Si me explicas uno, un solo color, yo te enseñaré una ma­nera de salir del mundo azul.

Esto se estaba poniendo interesante.

-Bien trataré de explicarte un color, ¿cuál prefieres?

-No sé, no conozco ninguno.

Entonces será mucho más fácil.

-Te explicaré el color negro. Siéntate aquí, a mi lado. Aho­ra, cierra los ojos, ¿qué ves?

-Nada.

-¿Una nada azul?

-No, una nada sin color.

-Eso que llamas sin color, es el color negro.

-¿Negro, estás segura?

-Tan segura como que este mundo es azul.

-Entonces ya conozco otro color.

-Pues bien, ahora es tu turno. Dime qué hacer para salir de este mundo.

-¿Estás segura que quieres salir?

-Muy segura.

-¿Aunque aquí no exista la muerte?

-Precisamente por eso.

-Bien. Debes hacer lo siguiente. Piensa en algo, en una cosa que no sea azul, que no pueda ser azul.

-¿Puede ser una manzana?

-Si no es azul, sí.

-¿Y después?

-Después la materializas y la pones en tus manos.

-Pero yo no sé materializar una manzana.

-Lo siento mucho, entonces no podrás salir.

-No, no lo sientes, tú no quieres que yo salga.

-Tienes razón, no quiero que salgas, pero de todos modos, no podrías hacerlo.

-¿Sabes una cosa niñita azul? Creo que estoy soñando.

-Soñar, soñar... sí, ya recordé otra manera de escapar del mundo azul. Sueña con una llave azul, una llave que abra esa puerta por la que entraste.

-¿Soñar, despierta o dormida?

-Dormida, por supuesto.

-Pero, yo no puedo soñar lo que quiero.

-Lo siento mucho, entonces no podrás salir.

-¿Estás jugando conmigo?

-No, pero es una buena idea. Juguemos para pasar el tiem­po. Adivina adivinador, ¿en cuál de mis manos está el borrador?

-En esta.

-Perdiste, no está en esta, ¿viste?

-Sí, perdí.

-Pero tampoco está en esta ¿viste? entonces no perdiste.

–Pero tampoco gané.

-Perder o ganar, ¿no es acaso lo mismo?

-No, no es lo mismo.

-Sí, es lo mismo.

-No, no es lo mismo.

-Entonces me voy.

-No, no me dejes sola por favor, yo no conozco a nadie en este mundo.

-Es que no hay nadie, nadie más que tú y yo.

-¿Nadie más en todo este mundo? ¿Por qué?

-Porque este mundo es tuyo, y nadie puede entrar en él, na­die más que tú.

-¿Y tú?

-Mírame a los ojos profundamente, en ellos verás quién soy yo, ¿qué ves?

-Sólo me veo a mí...

-Porque sólo soy tú, por eso estoy aquí, cuidando del olvido tu mundo azul. ¿Tuviste alguna vez un mundo azul?

-Sí, antes, cuando era una niña, cuando era sólo tú...

 

 

EL PRIMERO Y EL ÚNICO

 

Todas las luces del patio están encendidas, creo que va a ha­ber una gran fiesta. Sí, ella me contó de qué se trataba, esta tarde mientras me vestía, pero ya no me acuerdo.

-Esta noche tenés que estar linda abuelita, porque hoy es un día muy especial, eso es lo que recuerdo, después me sentó a esta mesa llena de volados y copas brillantes, y se alejó, con sus zapa­tos de tacos altos y su vestido de encaje verde, bamboleando su cuerpo voluminoso y fofo. Qué descaro, si al menos fuera bella y elegante como era yo. Me revienta su osadía, su manera autorita­ria de llevarme y traerme por la casa, comosi fuera mi dueña. ¿Qué se cree esa mujerona? mejor ni les cuento a lo que se atreve conmigo, conmigo, que soy una mujer decente y pudorosa. Es cierto que a veces se me hace la cariñosa, me acaricia y me besa con su boca embadurnada de colorete, pero a mí no puede embaucarme tan fácilmente, no en vano viví, ¿cuántos años? qué sé yo, pero muchos, muchísimos...

 

Hay luces de colores en el cielo, una cascada luminosa que sube y luego se abre en un abanico de brillantes estrellas multico­lores. Pero las bombas me asustan, me hacen pensar en gentes que gritan, que corren, que mueren por las calles hundidas en espesos charcos de sangre. Y esos chiquilines que vienen y van como lo­cos, parecen una tropa de caballos dispuestos a llevarme por delante en cualquier momento. ¿Es que no me ven acaso, es que los viejos nos volvemos invisibles, serán mis nietos o los nietos de otra abuela? qué sé yo, todos los niños son iguales. Creo que voy a pedirle a esa chica que me lleve a mi cuarto, ya tengo sueño, y allí al menos no corro peligro.

Está llegando mucha gente, algunas señoras muy paquetas pasan a mi lado sin verme, otras me saludan y me besan cariñosas, yo, aunque no las conozco, también las saludo. Hace un tiempo que los recuerdos se me escondieron en un lugar al que yo no tengo acceso. ¿Cuántos años hará de eso, dos, diez, veinte? no sé, el tiempo es otra de las cosas que dejó de interesarme.

Otra vez se acerca ella, ahora viene con un viejo.

-Aquí está el abuelo, vino especialmente para estar contigo. Yo lo miro, no sé qué tienen esos ojos, no se por qué ella lo sentó a mi lado sin pedirme permiso. ¡Ya dije yo que es de lo más atrevi­da! Y siento un vacío en el estómago, como cuando era chica y me hamacaban muy fuerte.

 

El me mira dulcemente y me acaricia la mano. De pronto me siento mal, me mareo, es como si miles de luces se encendieran y se apagaran en mi cabeza. Y me veo... en una noche parecida a esta, caminando por el patio, con un vestido de gasa celeste, largo y vaporoso, mis cabellos son rubios y bri­llantes, mi amplia sonrisa ilumina mis ojos claros. Todos me abra­zan y me felicitan.

-Qué buena idea, comprometerse la noche de Año Nuevo. ¿Cuándo será la boda?

-Dentro de tres meses- contesta él mientras me abraza or­gulloso. Yo lo miro, es un muchacho joven y apuesto, pero tiene los mismos ojos de este señor que está a mi lado. Me fijo en sus ojos y compruebo que son los mismos, sigo sintiendo una extraña sensación. ¿Por qué me mira así? ¿Por qué está empezando a con­moverme este extraño personaje que no forma parte de mi vida?

-Supe que estuviste mal- Su voz se convierte en una suave mantilla de lana que me envuelve y me entibia todo el cuerpo.

-Creo que sí- le contesto, no porque lo recuerde, sino por­que no quiero contradecirlo. Y otra vez siento que mi silla se mece suavemente, con un tenue vaivén, todas las cosas vienen y van, vienen y van... Cierro los ojos, y la oscuridad se puebla de tres pequeñas sombras que poco a poco recuperan sus rostros. Son ellas, mis tres nenas, corriendo, con sus vestidos de plumetí y sus enor­mes moños de raso.

-Mamá ¿a qué hora vamos a comer? tenemos hambre- pre­guntan las tres al unísono.

-Más tarde queridas, esta noche se cena más tarde.

-¡Ufa! protestan y se alejan gritando.

-¡Papá, papá, queremos más estrellitas!

Yo, muevo el brazo coqueta, los dijes de mi pulsera tintinean al compás de una tonada navideña. Me la regaló él, esta mañana. "A la mejor esposa y madre del mundo", decía la tarjeta, yo la guardé en el cajón de arriba de la cómoda, donde guardo mis co­sas más queridas. Pero este viejo, no deja de mirarme, con esa mirada tan particular que me acaricia, y no me parece ridícula su cabeza pelada, ni esos pliegues que desordenan sus facciones. De pronto, sin saber por qué, tomo una servilleta y le limpio esa gota de mayonesa que cuelga a un costado de su boca, y siento la sen­sación de haber vivido antes este momento. El, levanta su mano pálida y temblorosa y la apoya sobre la mía, unas oleadas intermi­tentes de calor estremecen mi cuerpo. De golpe, ciento un dolor agudo, profundo, me siento mal, muy mal, palabras y más pala­bras se encienden en mi mente como letreros luminosos.

-El tiene una mujer, Mercedes.

-Es joven y muy linda.

-Trabaja en la fábrica.

-Dicen que espera un hijo de él.

-Tengo que hablarte Mercedes, me voy de casa.

-¿Dónde está papá, mami, cuándo va a volver?

Y yo caigo, caigo en un profundo abismo, y el mundo se apa­ga a mi alrededor, una extraña sensación de vacío, de nada, se apodera de mi mente. Y no tengo ganas de levantarme, de comer, de seguir viviendo. Después, lentamente, todas las cosas ocurrien­do contradictoriamente, y el olvido, abriéndose paso poco a poco, minuto a minuto. Las cosas recuperando su forma y su color. Los rostros de mis nenas ansiosas, esperando mi regreso. Y empezar a asumir la soledad, la angustia, la impotencia de aceptar mi fraca­so. La inevitable obligación de seguir viviendo, de empezar de nuevo. Entre miles de ojos compasivos que me queman la piel, y otros que me condenan por no haber sabido retenerlo. Y de pron­to, ese deseo cada vez más vehemente de matarlo de acabar con ese hombre que fue el primero y el único en mi vida, y que de repente, como se dicen las cosas sin importancia, me dijo: Me voy de casa Mercedes, me voy de casa, me voy de casa...

Una voz conocida, me arranca de ese profundo dolor, es ella, siempre ella, como una sombra pegada a mi sombra, controlando todos mis movimientos, reprendiéndome cuando arrojo platos con­tra las paredes, o corto en pedacitos las sábanas con las tijeras que ella usa para cortarme las uñas. Pero en mis pensamientos, ¡ah no! eso sí que no, ¡allí no voy a permitir que se inmiscuya jamás! aunque tenga la osadía de abrirme las piernas ¡sólo porque es más fuerte que yo! Claro, es muy fácil aprovecharse de una anciana. ¿Por qué no lo hizo antes, cuando yo podía defenderme, cuando podía clavarle las uñas en su insípida cara?

-¿Por qué tan callada abuelita? abuelo vino para estar conti­go, ¿por qué no le hablás? - ¿Hablarle a él? sí, yo tenía que ha­blarle a él, tenía muchas, muchísimas cosas que decirle, pero por mucho esfuerzo que haga, no recuerdo qué cosas tenía que decir­le...

 

-Yo también estuve MUY enfermo Merceditas, pero ahora estoy bien otra vez. Parece que la muerte. Nos respeta a los dos. No es fácil llegar a la edad que nosotros llegamos, este año cumpli­mos cien años Merceditas. ¿Te das cuenta? ¡Cien años!

-¿Cien años de dolor? pregunto confundida.

-No, cien años de vida.

-¡Dios mio! a quién se le puede ocurrir vivir tanto tiempo, contesto mientras trato de recordar de quién estábamos hablando. El sonríe y yo miro los abaniquitos que se abren a los costados de sus ojos. Una centella de colores ilumina el cielo. Creo que estoy feliz.

-Bueno abuelita, el abuelo ya se va. Ya es muy tarde para los dos.

-¡Qué lástima! Justo cuando empezaba a sentirme bien, pero ella tiene razón, es demasiado tarde. Nos miramos con ternura, nos agarramos fuerte de las manos, yo siento que una lágrima se desliza en mi mejilla. De pronto, recuerdo algo que, quería preguntarle: ¿Por qué Ignacio por qué?

-Perdóname Merceditas, a veces hacemos tanto daño sin que­rer...

-¿Daño, cuál daño? por favor señor, no se preocupe, en rea­lidad es muy tarde y yo estoy muriéndome de sueño. Encantada de Haberlo conocido, ¿o ya lo conocía? Disculpe, pero últimamente me olvido de algunas cosas.

El me mira a los ojos con una ternura que no alcanzo a com­prender. -, Será que a él le está ocurriendo lo mismo que a mí?

-Adiós Merceditas.

-Hasta luego señor- Después lo miro alejarse mientras pien­so: ¡Qué señor tan agradable! tal vez hasta llegue a enamorarme de él. Y, ¿por qué no? No voy a serle fiel toda mi vida a un hombre que no se lo merece ¿no?

 

 

 

EXTRAÑO ROMANCE

Cuando el sol dejaba de picar, se sentaba todas las tardes en el sillón de mimbre, bajo el ancho corredor de la vieja casona. Y se soplaba con una pantalla de caranday, cadenciosamente, siguien­do el ritmo de la mecedora. Doña Asunción ya frisaba los setenta años, pero se mantenía fuerte y robusta como buena mestiza. Su abuelo había sido un ilustre español, y su abuela una dulce indie­cita que lo conquistara con sus enormes ojos negros. Habían teni­do ocho hijos y veinticinco nietos. Sólo quedaba ella, la nieta me­nor. Pero doña Asunción, no se sentía sola, por los motivos que veremos más adelante. Tenía un loro, un gato, dos perros y dos conejos. Pero por sobre todo, y especialmente, tenía a Francisco, ella lo había bautizado así, como un novio suyo que muriera en la guerra. Ya no recordaba cuándo llegó, hacía tanto tiempo que es­taba con ella, y era tan compañero, tan amable, tan caballero. Cuan­do se sentaba por las tardes en el corredor, él se acomodaba en las escaleras a su lado. Entonces ella comenzaba a desenredar sus re­cuerdos y a narrarlos, salpicados de anécdotas brillantes. Porque doña Asunción era una mujer brillante. Aunque en el barrio mur­muraran: Doña Asunción ya chochea, ¿viste cómo habla sola? Pero a ella no le importaban las murmuraciones del barrio, en realidad no le importaba nada aparte de su entorno, que comenzaba en el gran portón de rejas negro y terminaba en el alto murallón cubier­to de hiedras.

 

En cuanto a don Francisco, era aceptado, querido y respetado por todos los habitantes de la casa. El loro comenzaba su coloquio mañanero con un invariable: Buen día doña Asunción, buen día don Francisco... El gato, se ondulaba entre sus piernas ronronean­do mimoso y los perros movían la cola dando brincos a su alrede­dor. Los conejos, indiferentes por naturaleza, lo miraban con sus ojos redondos desde algún agujero del patio. Dicen que los anima­les tienen mejor desarrollados los otros sentidos que el de la vista, tal vez por eso, no les importaba que don Francisco fuera invisi­ble. Pero doña Asunción, que no era un animal, no podía dominar ese deseo que a veces le asaltaba de ver a Francisco. De saber cómo era físicamente de qué color eran sus ojos, y sus cabellos. Pero él nada podía hacer, los fantasmas son incorpóreos, y muy a su pesar no podía hacer nada por complacer a su apreciada amiga. Ahora, en todo lo que podía la ayudaba. Le cebaba el mate por las mañanitas, le ayudaba a regar las plantas, y hasta a planchar, cuan­do la veía un poco cansada. Doña Asunción no podía quejarse, ¿quién no quisiera un compañero así? Hasta las vecinas que se paseaban orondas por la vereda del brazo de sus maridos, darían cualquier cosa por tener un fantasma como el de doña Asunción. Claro que ellas no sabían. Nadie sabía nada de don Francisco, aparte de los habitantes de la casona de la esquina. Este fantasma era un dechado de virtudes, respetuoso como él solo. Cuando llegaba la noche, doña Asunción se despedía de él y se encerraba en su dor­mitorio con dos vueltas de llave, porque ese era su recinto sagra­do, allí no podía entrar ni el mismo don Francisco, y éste, respe­tuoso y formal, jamás intentó hacerlo. Conste que si quisiera, no podrían detenerlo ni diez vueltas de llave, ya que él no necesitaba la puerta para entrar. Aquello de cerrar la puerta era sólo un for­mulismo, que él entendía y respetaba.

Así pasaron los años, apacibles, serenos. Una noche doña Asunción se despidió de don Francisco, más temprano de lo habi­tual, y se tendió en la cama, no se sentía bien, un ligero mareo la envolvía. A la madrugada despertó sobresaltada, no podía respi­rar, quiso llamar a Francisco, pero no tenía voz, un escalofrío le recorrió el cuerpo, y una aguda puntada le partió en dos el pecho, hizo un último esfuerzo por respirar, pero era inútil, ya estaba muerta.

Esa mañana doña Asunción y don Francisco, paseaban por la casa tomados del brazo, mientras el loro gritaba: Buen día doña Asunción, buen día don Francisco... y el perro que quedaba, salta­ba y saltaba, girando sobre su propio cuerpo. Doña Asunción se detuvo bajo la parralera y rodeó con sus brazos el cuello de don Francisco.

-¡Cuánto tiempo soñé con este instante, con estar en tus bra­zos, con mirarme en tus ojos

-Yo también Asunción, al fin podré decirte todo lo que nun­ca pude. Por ejemplo, que eres la mujer más hermosa que he visto en mi vida, y después de ella.

Doña Asunción quedó muda, él, tenía tanto que decir...

Esa noche, ambos entraron al dormitorio, nadie cerró la puer­ta con llave.

La casona de la esquina, la del portón de rejas negras y muro de hiedras, se puso en venta. Pero nadie la compró nunca. Todos los que venían a verla, salían decepcionados, y no volvían nunca. Hablaban de pasos que se arrastraban, de sillones que se hamaca­ban, de puertas que se cerraban. Es una casa de fantasmas decían unos. Pura habladuría de gente ignorante. ¿Quién va a creer en fantasmas en esta época? decían otros. Mientras Asunción y Fran­cisco, se morían de risa bajo la parralera del patio.

 

 

ESTA NOCHE NO HAY PAYASO

 

Adolfo apoyó el pincel sobre sus ojos húmedos, la pintura negra se corrió, dejó el pincel, luego introdujo la punta de los de­dos en el pote de pasta blanca y se embadurnó la cara. Volvió a tomar el pincel, las manos le temblaban, no, no podía, era inútil, pero tenía que poder.

Sobre su cama, estaba un enorme pantalón a cuadros con par­ches de colores, un poco más lejos, sobre una cama más pequeña, descansaba una peluca con rulos anaranjados, y un ridículo som­brerito de paño verde. Adolfo detuvo su mirada en la camita, y sus ojos se humedecieron, dos lágrimas negras rodaron por su rostro embadurnado. Tenía que poder, era sábado, con haber faltado a la función de la siesta y de la tarde, ya era demasiado, esa noche no podía faltar. El era el payaso principal, el más importante, porque aunque parezca absurdo, también los payasos pueden ser impor­tantes. Claro que no tanto como los trapecistas, tal vez por eso Manolito, soñaba con ser un gran trapecista. Tal vez por eso, sus pequeños ojos negros se encendían como dos estrellas, cada vez que contemplaba a los ases del trapecio cruzando el espacio.

Adolfo sabía que Manolito quería ser trapecista, y a pesar de un cierto temor, la idea no dejaba de entusiasmarlo.

Sería tan lindo ver a Manolito enfundado en un traje brillan­te, lleno de lentejuelas, volar por los aires, mientras miles de ojos asombrados contemplaban su vuelo con admiración.

El, nunca había despertado admiración, sólo burlas y risas con sus tontas payasadas. Sí, sería lindo que su hijo fuera trapecis­ta. Claro que tenía que esperar mucho tiempo, no se puede subir a un trapecio a los ocho años. Ocho años son muy pocos para subir a un trapecio, y también para saber lo que esto puede significar. Por eso aquella tarde, aprovechando que su papá dormía y los tra­pecistas habían terminado de ensayar, Manolito subió al trapecio, y su vuelo incipiente, quedó trunco en un instante. En una frac­ción de segundos, su pequeño cuerpo se convirtió en una mancha rojiza sobre el aserrín.

Adolfo estrujó la peluca anaranjada entre sus manos y la arrojó con furia contra el suelo. Manolito era todo lo que él tenía, lo único que le importaba en el mundo. Su tierna carita esperándolo en un rincón de la carpa remendada, cada vez que terminaba la función, era lo que le daba fuerzas para seguir adelante, para se­guir representando el ridículo papel de payaso todos los días.

Su madre había muerto al nacer él, desde entonces había sido su único compañero, él había compartido la soledad de sus noches dentro de ese pequeño rectángulo donde apenas podían moverse, ese minúsculo espacio móvil, que era lo único que tenía en el mun­do, aunque realmente ni siquiera ese viejo carromato era suyo. Lo único suyo era Manolito, a él no debía compartirlo con nadie. Era lo único que Dios le había dado en esta vida., pero Adolfo no sabía que tampoco Manolito era suyo, que también él era sólo un présta­mo, por ocho breves años, ocho años que pasaron como un soplo, como su vuelo fugaz, desde el trapecio hasta el suelo.

-¿Por qué Dios mío, por qué me lo sacaste? Vos sabes que él era todo lo que yo tenía, y nunca me quejé, nunca te pedí nada más, nunca, pero ahora siento que algo parecido a la rebeldía me nubla la razón. Y no puedo aceptarlo, no quiero aceptarlo. No quiero resignarme, pensar que él está contigo, y yo aquí, solo, más solo que nunca. No es justo, es lo menos justo que me ocurriera en mi triste vida.

Y no quiero salir esta noche a hacer torpes payasadas para que la gente ría, y se sienta feliz. No quiero salir con la certeza de que sus pequeños ojos negros no me están mirando, de que en su boca no se dibujará una risa alegre, al escuchar por milésima vez, el mismo chiste, viejo y gastado.

-Sos el payaso más simpático del mundo, le decía Manoli­to, mientras colgaba los pantalones a cuadros y guardaba la pelu­ca.

Y él le creía, sí, él tema que creerle porque tenía que seguir siendo un payaso, porque Manolito tenía que comer y él nunca había aprendido a hacer otra cosa. Por eso no era tan difícil, por­que estaba Manolito.

Esa tarde lo había enterrado. Fue sólo él, nadie los acompa­ñó. Habían llegado a ese pueblo hacía una semana y se irían en unos días más. Sólo conocía a los integrantes del circo, y ninguno de ellos podía faltar a una función un día sábado, ya era suficiente con que el payaso lo hiciera.

Y allí quedó Manolito, enterrado en una tierra que Adolfo jamás volvería a pisar, en un pueblo del que él, ni siquiera recor­daba el nombre en ese instante.

Y allí quedó, el futuro trapecista que cruzaría los aires con su traje brillante, ante los ojos embelesados del viejo payaso. Y allí quedó, el gitano más pequeño del circo, el que daba de comer a los elefantes, mientras con su imaginación volaba entre las luces, bajo la vieja carpa del circo.

Adolfo escondió su rostro embadurnado entre sus manos, y lloró, lloró como los hombres nunca lloran, pero él no era un hom­bre, sólo era un payaso. Alguien llamó a la puerta.

Adolfo, dentro de diez minutos comienza la función.

Adolfo tomó el pincel y volvió a apoyarlo sobre sus ojos, la pintura se escurrió de nuevo, formando una mancha negra sobre la masa blanca de su mejilla. Arrojó el pincel y cerrando los puños, los estrelló contra la cara del payaso que lo miraba lloroso desde el espejo. Dos hilos de sangre resbalaron por sus manos. Abrió la canilla, se lavó la cara, empujó la puerta del carromato y se alejó caminando.

¿A dónde iba? No sabía, no importaba. Oyó que una voz le decía desde adentro: la función debe continuar.

-Esta noche no- contestó Adolfo en voz alta. -Esta noche no hay payaso...

 

 

DE LA PIEL PARA ADENTRO

 

SER FELIZ

 

Cuántas cosas deben concurrir en un mismo punto. Cuántos hechos deben coincidir para que yo sienta esta felicidad que me estalla en el alma. "Y si alguien me preguntara qué me ocurre, ten­dría que responder con esa frase increíblemente profunda que mi niña me respondió un día: "Me ocurre la vida".

Caminar, reír, hablar, cantar, vivir, simplemente vivir. Parece tan fácil ser feliz, tan simple, tan al alcance de la mano. Y sin embargo, ¡qué difícil es! Son tan extraños los momentos felices que a veces ni logramos comprenderlos. Sólo a veces, cuan­do la felicidad nos asalta así violentamente, cuando sentimos que todo el aire del mundo no nos alcanza, entonces nos damos cuenta que lo que nos ocurre es simplemente la felicidad.

Pero inmediatamente, casi al mismo tiempo, surge el miedo, a que esa felicidad termine, el miedo a lo que se siente después, siempre, todos los días. Y una vez más el maldito miedo no me permite disfrutar, se empecina en robarme esos brevísimos mo­mentos en que la felicidad me abraza plenamente.

Pero ahora, hoy, en este minuto soy feliz, me sacudo este miedo persistente, me niego a todo lo que se interponga entre la felicidad y yo y decido estar feliz. ¿Por qué ahora? Porque sí, simplemente porque sí. Porque esta tarde, los lapachos revientan en radiantes colores, porque una brisa suave me despeina, porque tengo ganas de cantar, porque en este preciso momento, no me ocurre nada malo. Sí, claro que sé que esto no va a durar mucho, por eso, pre­cisamente por eso, debo aprovechar al máximo este momento. Debo repetir mil veces, soy feliz soy feliz. Todavía tengo capacidad de ser feliz, a pesar de todo, de todo lo malo que siempre ocurre, de todo lo bueno que a veces ocurre. A pesar de que mi enemigo el tiempo me viene pisando los talones, no me da ninguna tregua, no me perdona ni un minuto. Aunque al pasar frente a un espejo, baje la mirada para no encontrarme con la que soy ahora, con la intrusa que me mira desde el fondo de mis ojos. A pesar de que la muerte me observa desde ese rincón obscuro donde se sentó a esperarme. Y siento ganas de volar, y vuelo, me elevo ingrávida sobre todas las cosas de este mundo. Y siento que ya no le pertenezco a él, que soy la única dueña absoluta de mí misma.

Y me quiero, me comprendo, me mimo. Aspiro profunda­mente ese aire tan puro. Juego a que soy un ángel. Me deslizo suavemente rozando las copas de los árboles. Me seduce lo absur­do. Estallo en mil pedazos iridiscentes, me esparzo en el aire, me rescato de todos los momentos que no supe ser feliz, me arranco todas las heridas que palpitan en mi carne. Nazco, una y mil ve­ces. Me estreno en esta tarde pálida de invierno. Soy feliz, simple­mente feliz.

 

PERDÓN

 

"Cuando estés triste, piensa que hay alguien que está feliz, simplemente porque existes".

Me lo entregó mi niña, en un pedazo de papel, con un hermo­so dibujo, también hecho por ella. El corazón se me encogió y unas lágrimas inquietas desbordaron mis ojos. Perdón chiquita, mil veces perdón, por todas las veces que mi tristeza empañó tu tierna alegría. Perdón por interferir en tu tiempo de ser feliz. Yo quisiera tanto entregarte esa imagen que vos esperas de mí. Parece fácil, pero es tan difícil.

Yo quisiera tanto compartir tu mundo maravilloso de fanta­sías y reírme como loca cuando una carcajada te estremece por cualquier motivo. Pero hay veces chiquita, que la risa se me es­conde en un profundo y oscuro túnel y no puedo encontrarla. Y ese asombro que de pronto ensancha tus ojitos pardos, está tan lejos de asombrarme, que ni siquiera puedo entregarte un remedo de asombro. Perdón chiquita, por esta media sonrisa que no te sirve, que no te alcanza. Perdón por demostrarte a veces que la felicidad plena y la capacidad de asombro, escapan inevitablemente con la niñez. Perdón por esa llovizna gris que a veces empaña mis ojos y que vos intentas disiparla con un beso...

Perdóname pero no me comprendas, no ahora, ya vendrá des­pués el tiempo en que aprendas a comprender muchas cosas.

Pero ahora, sigue exigiéndome que sea feliz, sigue tratando arrancarme la risa con una morisqueta, o con un beso, o con una de esas frases tuyas que me asustan por su increíble madurez. Porque no quiero que madures, no quiero que te apresures en cre­cer. Quiero que te demores lo más que puedas en el tiempo de ser feliz, no dejes de creer en los reyes magos, porque ellos existen, todo lo que creas existirá mientras lo creas.

Yo quisiera tanto contagiarme de tu ingenua alegría, de tu entusiasmo por las cosas simples de la vida, de tu curiosidad por encontrar una respuesta para todas tus preguntas, de esa increíble rapidez con que pasas del llanto a la risa. Pero, a pesar de que la niña que hay en mí, a veces se me escapa corriendo de tu mano, tiene que regresar tarde o temprano a mi cuerpo de mujer adulta. Y tengo que retarte, porque te sachas los zapatos, o porque invadís sin permiso ese pequeño cajón, donde yo guardaba pedacitos de mi vida. Pero de pronto, cuando alguna cartita tuya, arrojada como al descuido sobre mi cama, me arranca bruscamente de mi parco mutismo y hace vibrar las fibras más profundas de mi ser, yo sien­to la punzante culpabilidad, de entregarte sólo un pedazo de ma­dre y no esa madre integra, completa, que tus ocho años necesitan para ser plenamente feliz. Y sólo puedo decirte, perdón. Perdón por mis momentos de tristeza, por mis repentinas ausencias, por esos pedacitos de alegría, que sin querer te robo todos los días.

Perdón por tener que preguntarme a veces si te quiero, por pedirme de pronto que te abrace muy fuerte. Perdón por no saber­te demostrar cuánto te quiero, cuánto te necesito, cuánto cambió mi vida desde que vos llegaste. Y no olvides nunca de recordarme, que si el simple hecho de mi existencia te hace feliz, eso debe alcanzarme  para no estar triste nunca más.

 

 

EXILIO

 

Ellos me hablan, me cuentan cosas, me preguntan. ¿Cómo no se dan cuenta de que yo no estoy, de que estoy exiliada en ese extraño país en blanco y negro?

Bueno, tan extraño no, al menos para mí, he estado en él tan­tas veces. Es increíble cómo uno se acostumbra a todo, hasta al dolor. Casi me siento bien cuando me canso de luchar y me dejo caer mansamente en los lánguidos brazos de la tristeza. Y me con­vierto en una mujer gris, gris como todo mi entorno, y ya no quie­ro hacer ni decir nada. Es el tiempo de las tardes lluviosas, del sueño largo, pero ellos no comprenden, ellos creen que soy la otra, la que escribe poemas y cuentos, y pinta cuadros, y tiene un jardín brillante de sol, y poda el rosal de rosas rojas... A veces, hasta yo me confundo, y trato de armarla con las piezas que tengo, como un rompecabezas, pero es inútil, siempre me falta alguna pieza, y termino por perderla del todo.

Y asumo mi condición de presente-ausente, y me escondo como un caracol dentro de su caparazón, para que no me vean, para que no me digan las cosas que no quiero escuchar, para que no intenten hacerme reír, con palabras o morisquetas tontas. En este país no existe la risa, la alegría es una palabra que no tiene razón de ser. Y lo extraño es que cuando pienso que voy a volver un día (porque siempre vuelvo) siento miedo, es más fácil leer un libro que ser la protagonista. Es más fácil no tener la obligación de ser feliz, de ser perfecta, de tener siempre una respuesta para cada pregunta, y una sonrisa a flor de labios. Pero ellos no me entien­den, ellos creen que soy la otra, y yo los justifico, aparentemente soy una sola, pero sólo aparentemente, el abismo que nos separa es insondable, y mi regreso, no depende de mí, de ningún modo. Y me dicen: no te dejes estar, todo depende de tu voluntad, y los miro, como a través de una espesa niebla, y no entiendo cómo no pueden comprender que no depende de mí, que es precisamente mi voluntad la que está mal, ¿cómo valerme de ella? No quiero estar sola, la soledad me asusta, me gustaría tener otras personas con quienes compartir mi exilio, pero ya me he dado cuenta de que cada persona tiene un exilio propio, que todos los desterrados estamos en un lugar distinto, que no podemos comunicarnos.

Y cierro los ojos y me dejo estar, creo que en este país el tiempo pasa muy lento, o tal vez, ni siquiera pase. Tal vez sea sólo un minuto detenido en el tiempo, el de los otros. De los que cami­nan a prisa para no llegar tarde, pero siempre llegan tarde. De los que vienen y van porque dicen que el tiempo no les alcanza.

Y a veces como ahora me pregunto, ¿no sería mejor quedar­me aquí?, después de todo, le he tomado cariño a esta tierra. Es tan fácil no tener la obligación de estar bien. Es tan fácil estar mal tranquilamente. ¿Que eso es una cobardía? Lo acepto, claro que es una cobardía, y ¿quién no ha sido alguna vez cobarde? ¿Quién no ha querido de cuando en cuando escapar del mundo y refugiarse en un país de silencio? ¿Quién no ha querido darle un respiro a la corbata y al zapato de tacos altos y tumbarse en una hamaca a mirar pasar la vida?

Pero yo no puedo elegir, no he venido aquí por decisión pro­pia, ni tampoco me iré cuando me dé la gana. ¿Será Dios, o alguna de mis neuronas desorientada? No sé, hay tantas cosas que no sé, que se esconden en los oscuros vericuetos de mi mente.

Yo soy apenas una desterrada en el país de la tristeza. Eso me hace diferente. ¿Mejor o peor? A veces pienso que sería mejor ser más simple, más sencilla. Pero a veces, a veces siento una extraña sensación de omnipotencia, y una necesidad de darme entera a todo lo que soy y lo que siento.

No conozco el camino que me conduce al mundo cotidiano, tampoco el momento en que emprenderé el regreso. Sólo se que cualquier día me convertiré en uno de ellos, y comenzaré a cami­nar de prisa y a decir que el tiempo no me alcanza, y no voy a poder acordarme aunque lo intente, del país de la tristeza, y voy a volver a podar el rosal de rosas encarnadas, y a cantar y a reír, y a correr detrás de la felicidad, tratando de ignorar que la felicidad es sólo un destello en la penumbra.

 

 

AMARGURA

 

La ciudad está desierta. La noche, melancólica y taciturna, rueda por las calles como asustada de su propio misterio. Una luna redonda y amarillenta trepa lentamente el manto oscuro del cielo. Hace frío, las hojas de los árboles se estremecen con la brisa del sur. Este es el escenario, el actor soy yo. Camino con pasos firmes, como desafiando a esa noche turbia, sé que estoy sola, con esa soledad que sale desde el fondo y se encuentra con la de afuera, que se solidifica, que se convierte en una costra. Ya no me asusta la soledad, ya casi nada me asusta. Me hice a fuerza de golpes ésta que soy ahora. El dolor moldeó mi carne con sus dedos ásperos y toscos. Me fue curtiendo como se curten los pies de un campesi­no. No sé dónde ni en qué momento se perdieron mis sueños. No, no fue de golpe, fue una metamorfosis lenta, lenta como una ago­nía; cruel, despiadada.

Aprendí segundo a segundo, que la vida es un profundo do­lor. Que la felicidad, son sólo tenues chispazos en la oscuridad. La constante es el dolor, es revolcarse en ese barro pegajoso que se nos adhiere a la piel, que nos carcome.

Y sin embargo vivo, y aunque a veces coqueteo con la muer­te, no quiero morir. ¿Será masoquismo? ¿O esa torpe esperanza de que tal vez haya algo más? ¿De que la vida me reserve una caricia suave, inesperada? Sí, debe ser por eso que hoy me arrastro por las calles desiertas, buscando sin saber una pequeña luz, que de pron­to se encienda y me ilumine bruscamente. Y descubra mis ojos hambrientos de amor. Que dibuje nítidamente mis contornos so­bre la negra pantalla de la noche, y me encuentre viva, palpitante, con esa majestuosidad que sólo dan los años de dolor.

Y camino suavemente, despacio, como un felino acechando a su presa. Pero mi presa es sagaz, cautelosa. Se esconde entre esas nubes bajas que parecen tocar las copas de los árboles, se oculta en las selvas profundas del cerebro. Huye, apenas se detie­ne mostrándome su sombra fugazmente. Se regocija en mi angus­tia, en mi inútil intento de atraparla. Ella es más consciente que yo, de que la estoy buscando, por eso siempre gana y una vez más, me entrego, pierdo.

La noche profunda y misteriosa sigue rodando por las calles. El silencio crece, me muerde la garganta con sus afilados dientes. Me desangro lentamente, y empiezo a comprender, que moriré antes que la noche, para volver a nacer mañana, con una herida nueva palpitando en mi carne.

 

 

MI AMIGA TRISTEZA

 

¿Por qué viniste tristeza? Yo no té llamé, yo no te pedí que vinieras. Hay tanta gente a la que llamé, hay tanta gente a la que pedí que viniera y no están aquí, nunca han venido. Y en cambio vos, a quien nunca llamé, estás aquí, a mi lado. Qué absurdo ¿ver­dad? Qué ilógica es la vida. ¿Por qué estás aquí si yo no te quiero? Te lo digo así, sinceramente, sin vergüenza, sin asco, porque sé que no vas a ofenderte, que aunque te diga las peores cosas, aun­que te escupa en el rostro, aunque te arroje piedras, igual te queda­rás conmigo. Porque siempre vas a estar a mi lado. Porque aunque a veces me ponga mí disfraz de mujer feliz, las dos sabemos que a vos no puedo engañarte.

Aunque a veces no me molestas, como ahora por ejemplo ¿viste que casi te estoy hablando con cariño, con dulzura? Hasta tengo ganas de abrazarte. Como antes, como cuando era chiquita y se me rompía una muñeca o no querían comprarme un helado.

Pero a veces te odio. A veces tengo ganas de arrancarte de mí, y encerrarte en un baúl con llave, y salir a reír, a amar, a ser feliz. Pero sólo son momentos ráfagas en mi vida. Mi realidad sos vos. Mi realidad es esta tarde durmiéndose al arrullo de un canto de cigarras. Mi realidad en ese sillón de mimbre hamacándose con­migo, con nosotras, mientras yo cuento como al descuido los mi­nutos que faltan para que termine esta tarde, como si no supiera que hay miles, millones de tardes como ésta, esperando su turno inevitable, su momento en el tiempo. Mi realidad es esta soledad llena de gente, este silencio lleno de voces. Mi realidad sos vos tristeza, porque vos me aceptás como soy, con todos mis defectos, con todas mis falencias, con mis dudas, con mis miedos, con mis amores y mis odios, con mis silencios y mis interminables parlo­teos, como ahora, como todas las locuras que te estoy diciendo ahora. ¿Sabés por qué te las digo? Porque no tengo miedo de que pienses que estoy loca, que me huyas como si fuera un leproso, como si la locura fuera una enfermedad contagiosa. Aunque yo no estoy loca, pero eso sólo lo sabemos vos y yo, las dos sabemos que yo no estoy loca, aunque la gente me mire extrañada cuando le digo que vos sos mi única amiga. Qué elocuente estoy hoy, ¿ver­dad tristeza? Hasta vos te estarás extrañando, no sé lo que me pasa, pero a veces soy así, y a veces me hago la que no te veo, y vos me dejas hacerme, porque sabes que yo sé que estás, que a vos no puedo matarte con la indiferencia ni de ninguna otra manera. Y no es que yo esté pensando matarte, te juro que nunca lo pensé, aun­que a veces te odio tanto que tengo ganas de arrojarte contra la pared y reventarte en mil pedazos, pedazos irreconstituibles, pero después se me pasa, vos sabés que se me pasa, que a veces soy yo la que te busco, soy yo la que me desespero al pensar que algún día podrías irte. ¿Te irías algún día tristeza?, ¿te irías realmente? Quiero y no quiero, a fuerza de costumbre estoy aprendiendo a quererte. Aunque sé que sos más pegajosa que una babosa, que si se te da un poco de bolilla, no hay quién te aguante. Si no te cono­ceré yo, muy calladita, muy quietita, pero sos más terca que una mula, una vez que te instalás no hay quien te mueva. Y conmigo te instalaste, no sé cuándo ni por qué. ¿Por qué conmigo tristeza? ¿Cómo hiciste para elegirme? O no sos vos la que me elegiste, o fui yo la que te eligió. Qué sé yo, me estoy haciendo un lío que niyo misma me entiendo, creo que me estoy enredando en mi propio hilo.

Recuerdo una vez que salí de viaje y decidí dejarte, te espanté todo el día, me escondí de vos hasta el momento de irme, y me fui feliz, segura de haberte dejado. Pero algo me decía que no podía burlarte tan fácilmente y no me equivoqué. Cuando abrí mi male­ta, allí estabas vos, acurrucadita entre mis ropas, ocupando ese lugar en mi vida que vos te habías adjudicado. Y así fue siempre tristeza, siempre, si pude dejarte a veces sólo fue por momentos. Mi vieja amiga inseparable ¿cómo fue? ¿Por qué fue que nos com­plementamos tanto así? ¿Por qué no me das una tregua? ¿Por qué no me dejas probar cómo es la vida sin vos? Yo te prometo que voy a volver cuando me canse. Todo cansa en la vida. Déjame que aprenda a emborracharme, que el amanecer me alcance de pronto en cualquier esquina. Déjame que confunda la noche con el día, el amor con el deseo, el llanto con la risa. Yo te dejaré mis miedos, mis angustias, mis dudas, para que las cuides mientras yo esté lejos. Déjame confundirme con la gente que vive de la piel para afuera, con la gente que piensa que soy loca por ser demasiado cuerda. Yo sé que voy a volver, estas cosas no son para siempre. Sólo quiero probar, saber cómo se siente, cómo se puede vivir hoy sin pensar en el mañana, sin pensar en el porqué, en el cómo de todas las cosas. Sin emocionarse hasta el llanto ante una puesta de sol, y reír de repente porque un duende me hace cosquillas en la garganta.

¿Será eso la felicidad? ¿Será eso nada más? Si es así, no du­des que volveré, quizás antes de que puedas darte cuenta de mi ausencia. Sí, estaré allí contigo como antes, como siempre. Y te prometo no escaparme nunca más. Al final, no sé de qué me que­jo, si estás vos al menos no estoy sola. Ya lo dije, sabía que en cualquier momento se me iba a escapar esa palabra. A veces la veo rondando por allí cerca, y empiezo a temblar, si sólo de pensar en ella me estremezco. Te juro que ni a la muerte le temo tanto, y no es que no le tema a la muerte, te mentiría si te lo dijera. Pero al menos ella es más rápida, asesta su golpe, y ya está, todo se acaba, sólo sufren los que te quieren, si hay alguien que te quiere. Pero la soledad, la soledad es como una agonía interminable, que te va carcomiendo poco a poco, minuto a minuto, tan despacio que na­die puede notarlo. Sólo vos, que sentís que el corazón se te va consumiendo hasta convertirse en una uva pasa.

Bueno tristeza, creo que me estoy poniendo dramática y no quiero, hoy no, ahora no. Ahora quiero disfrutar del extraño placer de haberte aceptado, así como eres, así como fuiste siempre y yo no me daba cuenta. Ahora sé que no cambiaría la dulzura de tu abrazo por eso que el mundo llama felicidad. Perdóname tristeza, por todas las veces que te herí, que te odié, que te mentí. Perdóname por favor una vez más y quédate a mi lado para siempre, así como estás ahora, quieta, callada. Porque así como estás ahora, vos sos mi felicidad, tristeza.


ÍNDICE

Prólogo

De la piel para afuera

El fondo del Olvido

Esta tarde, tu ausencia

El mundo azul

El monstruo

El primero y el único

Una noche en un bar

La sentencia

Después del final

Crisantemos blancos

La espera

Vorágine

Extraño romance

Esta noche no hay payaso

El viejo

Atrapado

Dos puntos de vista

Tres cartas

Expiación

Anastasia

Afuera el verano

De soledad

De la piel para adentro

Entre la cumbre y el abismo

Ser feliz

Cuarenta años

Perdón

Quiero contar

Exilio

Fabricio

Amargura

Mi amiga tristeza

 

 




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