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JOSEFINA PLÁ

  EL GOBIERNO DE DON CARLOS ANTONIO LÓPEZ - Por JOSEFINA PLÁ


EL GOBIERNO DE DON CARLOS ANTONIO LÓPEZ - Por JOSEFINA PLÁ
EL GOBIERNO DE DON CARLOS ANTONIO LÓPEZ
 
Por JOSEFINA PLÁ
 
 
APUNTES PARA UNA HISTORIA DE LA CULTURA PARAGUAYA
 
 

EL GOBIERNO DE DON CARLOS
 
 
 
 
 
"Los instrumentos de la ilustración en completa ruina..."
 
 
Con estas sencillas palabras cuanto terminantes define Don Carlos Antonio López en su mensaje del 2 de noviembre de 1841 a la Cámara paraguaya la situación cultural del país a la muerte de Rodríguez de Francia.

No podemos poner en duda las palabras del ilustre prócer, y con ellas la realidad que de manera tan cruda sintetizan. En efecto, en la capital por ese tiempo no funcionaban sino escuelas primarias, pocas y mal montadas. Tenemos noticia de una pública; la dirigida por el viejo maestro José Téllez, para varones (esta escuela había sido fundada ya en 1802, con dicho José Gabriel Téllez como director y profesor; llevaba el nombre de Escuela Central de Primeras Letras, y siguió funcionando durante la dictadura), y de otras dos privadas: la que también era para varones dirigió por muchos años (más de medio siglo) el maestro Escalada y la elemental para niñas, que regenteaba Doña Petrona Regalada, hermana del Doctor Francia.

Existían desde luego otras escuelas de diverso carácter – mejor, clases particulares – a cargo de personas de vocación y ciertos conocimientos que contribuían a llenar, aunque en mínima parte, el vacío dialéctico. De la enseñanza media y superior no quedaban vestigios, cerrado como fue en 1822 el Seminario de San Carlos (fundado en 1776 y de noble ejecutoria en nuestra cultura) por quien había sido uno de sus catedráticos, el propio Supremo.

El gobierno de Don Carlos da el primer signo de su ansiedad de actualización al poner término al aislamiento e incomunicación en que el país había vivido durante un cuarto de siglo, bien que esa apertura sólo pudo tener carácter efectivo a partir de la batalla de Caseros (1852). Desde ese momento un aire benéfico, renovador, entra por las fronteras ampliamente abiertas: Comercio, industria, técnica, irán asimilando el ritmo de los vecinos países del Plata, cimentando el proceso de la anhelada contemporaneidad.

Por su formación intelectual, Don Carlos representa la continuación de la línea de los próceres de mayo, en lo que se refiere a la inmensa importancia atribuida a la cultura, y a la convicción de que correspondía dar a ésta las máximas posibilidades organizadas; aunque difirió seguramente de aquellos en su criterio acerca de los procedimientos a través de los cuales llevar la ilustración al pueblo. Así como para Alberdi "gobernar era poblar", Don Carlos desde el principio hace patente su principio: "gobernar es enseñar". La idea de que la ilustración constituye la base del buen gobierno y del progreso de un país, el terreno propicio a la felicidad colectiva, se encuentra repetidamente, como se irá viendo, en los escritos o discursos de Don Carlos o inspirados por él, y constituye sin duda la idea-guía de sus preocupaciones de estadista.

Ahora bien, una de las grandes dificultades (mejor sería decir la gran dificultad) con que tropezó la idea de Don Carlos fue la ausencia de elites que pudieran apoyar su labor cultural. Estas elites, las autoras de la Independencia, habían sido aniquiladas por Francia; los escasos supervivientes no tardaron en desaparecer, víctimas de los sufrimientos como Molas, Rivarola, Maíz, o bien se retiran enfermos, cansados o descontentos como Peña. Esta ausencia de elites rectoras se pudo haber traducido, como sucede, en la lucha por el poder; el talento de Don Carlos se revela desde el principio al eliminar estas posibilidades de lucha, dando a la vez a la incipiente conciencia política una satisfacción constitucional y un severo tutor personal. Las circunstancias ayudaron a Don Carlos; no tuvo competidores o si los tuvo éstos no supieron, como él, apoyarse en el sentido raigal de la nacionalidad; Don Carlos tenía sus ojos fijos en el mundo, pero los dos pies sólidamente asentados en la propia tierra. Este fue el secreto de su triunfo.

Don Carlos comprendió que era preciso, y cuanto antes, formar esas elites. No perdió un momento en formular los planes para ello y adoptar las medidas inmediatas. La primera medida adoptada desde su nombramiento de Primer Cónsul fue reorganizar la enseñanza primaria; enseguida vendría a resucitar la media y preparar la superior.
 

REAPARICIÓN DEL CABILDO

Como una de las primeras consecuencias de la nueva situación anotamos la reaparición del Cabildo, antigua y venerable institución de gloriosa historia que, suprimida por Francia, reapareció inmediatamente a la muerte del Dictador. "Unas veces llamándose Cuerpo Municipal, y otras Junta Municipal (dice Cardozo) los magistrados designados por Francia para desempeñar las funciones del extinguido Cabildo participaron corporativamente en los principales actos de constitución de los distintos gobiernos que se sucedieron hasta la creación del Segundo Consulado. El Congreso de 1841 dio al presidente del Cuerpo Municipal la importante función de dirimir los casos de discordia entre los dos Cónsules y reorganizó esta institución estableciéndola con seis ciudadanos de virtud y luces, amovibles anualmente. Las funciones que se les señaló fueron "las que le tocan de derecho hasta que otra cosa determine la Constitución. Finalmente en el Estatuto provisorio de administración de justicia de 1842 fueron suprimidos los Cuerpos Municipales, pasando sus funciones a cargo de los nuevos magistrados creados en esa ocasión".
 


LA ENSEÑANZA
La escuela del maestro Téllez, antes nombrado, funcionaba en un local ruinoso. El gobierno consular ordenó se construyese un edificio más apropiado. La escuela fue proveída con con elementos didácticos, y recibió doscientos treinta y tres alumnos, todos del sexo masculino, pues – de acuerdo a las costumbres de la época – las niñas no asistían a estas escuelas y recibían educación en el mismo hogar, si por casualidad no había cerca una escuela privada, de femenina y respetabilísima dirección a la cual pudiesen asistir convenientemente acompañadas. La instrucción femenina era más restringida que la de los varones: abarcaba lectura, aritmética y moral, suprimía el latín y – en cambio – incluía labores.

El maestro Téllez disfrutó poco de esta nueva situación. Se jubiló en 1843. Le sustituyó el maestro Antonio María Quintana y no con ventaja, a estar por los datos que de ella nos quedan. A guisa de anécdota, solamente, diremos algo de lo que fue esta escuela, que sin embargo – debía durar lo suficiente para que de ella saliesen muchos futuros estudiantes de superiores disciplinas y ciudadanos útiles al Estado.
En sus memorias, Juan Crisóstomo Centurión nos habla de este maestro Antonio María Quintana y de la Escuela Central de Primeras Letras. Centurión fue uno de los alumnos de dicha escuela. Por su preparación y por sus métodos, Quintana parece haber sido émulo del Maestro Palmeta. Era un personaje pintoresco, aunque en su descargo debemos decir que para enseñar a escribir tenía especial don. En lo que respecta a otros conocimientos, siempre según Centurión, "era un raspado". Además de director y maestro era relojero, músico y poeta; artes todas que aprendió solo, según parece. Se le atribuye el himno de la Academia Literaria. La instalación de la escuela era de lo más elemental, bancos largos con sus mesitas de escribir delante, colocados en anfiteatro, uno más arriba que el otro, hasta casi tocar el techo. En el primero de abajo, se sentaban los "cartilleros". En el segundo, los "catoneros". Y, en los últimos, los que ya sabían leer y escribir de corrido. Los textos eran cartilla, catón, la tabla de multiplicar, el catecismo del Padre Astete y un libro para los ejercicios de lectura. El maestro Quintana se dejaba ver muy poco: casi todo el tiempo estaba en su cuarto componiendo relojes o tocando la guitarra; la marcha de enseñanza y disciplina quedaba confiada a los ayudantes o "fiscales". Estaba prohibido a los alumnos hablar el guaraní. Digamos de paso que el gobierno de Don Carlos Antonio reeditó la actitud de los próceres de mayo en lo que al guaraní afecta, o sea prohibiéndolo en las escuelas, con lo cual propendían, no a la coerción del idioma vernáculo, ya que este podía practicarse ampliamente fuera de los colegios, sino a la alfabetización en castellano, como imprescindible medio de ampliar la cultura. Al que era sorprendido hablándolo, los ayudantes o fiscales le entregaban un anillo de bronce que el "agraciado" procuraba pasar lo más pronto posible a otro sorprendido por él en falta, y así sucesivamente. Los sábados se hacía contaje de anillos y a los desafortunados poseedores de tales presentes griegos se le sacudía lindamente el polvo en presencia de espectadores, "que acudían a presenciar la azotaina – dice Cardozo – como a una riña de gallos".

El Consulado dispuso también, atinadamente, repartir útiles de enseñanza "a los labradores y jóvenes pobres que se educan en las escuelas primarias de la campaña", medida indispensable, ya que, según se había podido comprobar en ocasión de hacerse la propaganda de la Academia Literaria de la que enseguida se hablará, gran parte del atraso escolar se debía a la imposibilidad en que se encontraban los padres de comprar a sus hijos, no digamos ya libros para la enseñanza, pero que ni siquiera papel. Este se había convertido bajo Francia en artículo difícil de conseguir. Sólo lo utilizaban los alumnos capitalinos que sabían ya escribir "de falsilla".

A estas medidas de emergencia, digámoslo así, siguieron las que tendían a restablecer la enseñanza media y superior. La primera idea fue reabrir el Seminario, matriz de nuestra cultura humanística y del cual había sido alumno el propio Don Carlos; pero el plan de estudios de la venerable institución lucía ahora un poco inadecuado a las exigencias de la nueva época.

Todos recuerdan como un rasgo revelador de la psicología francista su negativa a percibir el sueldo de Dictador, que se fue acumulando en las arcas del Estado y a su muerte ascendía a 36.564 pesos fuertes. Ahora bien: fue este sueldo que el Dr. Francia se había negado a percibir, acumulado y añadido al monto de algunas alhajas de su propiedad, lo que cubrió los gastos primeros de la enseñanza bajo Don Carlos Antonio. "Las temporalidades del Seminario fueron devueltas a este Instituto con cargo para el gobierno de cultivar los estudios bajo un plan que pueda formar ciudadanos útiles a la Religión y al Estado. El propósito del Congreso era que se fundara un Colegio Nacional y no simplemente un Seminario", dice el Dr. Cardozo. De los sueldos del Dictador fueron aplicados al proyectado colegio 12.000 pesos. La venerable maestra Petrona Regalada recibió 400.

Y así fue como, el 30 de noviembre de 1841, el Segundo Consulado presidido por Don Carlos Antonio creó, con dotación de los fondos del Seminario San Carlos, la Academia Literaria, institución que marca fecha memorable como punto de partida de nuestras instituciones docentes modernas, y que debía "servir de plantel para el Colegio que se va a establecer en esta ciudad". Abarcaba el programa estudios de Latinidad, Idioma Castellano y Bellas Letras, Filosofía Racional (que incluía Lógica, Metafísica, Etica General y Particular, Física General y Particular), Teología Dogmática (Historia Sagrada y Cronología, Teología Moral, Historia Eclesiástica y Oratoria Sagrada). En 1843 se le incorporó la Cátedra de Filosofía. Esta Academia obedecía a riguroso reglamento y admitía alumnos externos e internos. El catedrático de Idioma Castellano y Bellas Letras tenía entre sus obligaciones la de dar una conferencia se semanal sobre los Derechos y Deberes del Hombre. Para este efecto y con el título mencionado, se redactó un manual en el cual entre otras cosas se decía lo siguiente:

"El sistema republicano es el resultado de las virtudes civiles y de las luces. Jóvenes, el tiempo es nuestro: no tenemos tiranos que nos aflijan ni privilegios con qué luchar, ni clases que destruir; puede entonces la ilustración conducirnos con gloria a los brazos de la prosperidad".

En el manual mencionado se tratan las siguientes materias: De las leyes; Consentimiento general de las leyes; Gobierno; Igualdad civil; Libertad civil; Propiedad; Habeas Corpus.

Con el objeto de reclutar alumnos para el Colegio se pasó orden a las autoridades del interior para que persuadiesen a los padres de familia de los beneficios de la enseñanza, y de la conveniencia de enviar sus hijos a la capital: los maestros debían señalar los mejores alumnos, lógicamente, los más indicados para aprovechar las nuevas oportunidades de ilustración. El interés despertado entre los padres de familia fue grande, pero se presentaron dificultades, no solamente a causa de la escasez de recursos, sino también porque eran pocos los muchachos con preparación suficiente como para acometer esos estudios superiores (dato por demás elocuente: el comisionado de Villarrica visitó las siete escuelas de la campaña y "no encontró en ellas un solo niño que pudiese leer con mediana propiedad").

La Academia Literaria, vencidas las dificultades principales, comenzó a funcionar el 9 de febrero de 1842, con ciento veintiséis alumnos internos y veintitrés externos. Fue nombrado director el Padre Marco Antonio Maíz, de larga actuación en nuestra historia, pues ya en el Congreso de 1816 se había opuesto a la investidura del poder absoluto por Francia: el resultado había sido catorce años de cárcel. El Padre Maíz había montado por su cuenta una escuela donde se daban lecciones de Castellano, Latín, Aritmética e Historia Sagrada.
La inauguración de la Academia dio lugar a una solemne ceremonia. Don Carlos Antonio pronunció un discurso en el cual dijo que "en ese día quedaban fijados los fundamentos de la felicidad paraguaya". Por su parte, el Director Padre Marco Antonio Maíz manifestó:

"En los fastos de la historia de nuestra República será siempre grande y memorable este día en que se inaugura la Academia Literaria y se abren sus estudios". También se cantó en esa ocasión un himno, en el cual se dice que la Academia.
 

A los hijos del país paraguayo

de las ciencias las puertas abrió
 
La Constitución de 1844, reflejo fiel del pensamiento carolino, reafirmó el énfasis puesto por los hechos indicados en las instituciones de cultura pública. Entre las atribuciones del Presidente de la República se estipuló la de promover y fomentar los establecimientos de educación primaria y de ciencias mayores y formar planes generales de educación pública, sometiéndolos a la aprobación de la representación nacional. Además se dispuso que los establecimientos de educación primaria y científicas debían ser costeados por los fondos de la nación, es decir, se consagró el rango de estos como instituciones oficiales. Respecto a la enseñanza privada estipuló que "los establecimientos particulares de educación primaria y los de otras ciencias que en adelante se establezcan en la República sacarán primero licencia del Supremo Gobierno, siendo obligados los preceptores o maestros a presentar el plan de enseñanza y las materias que traten de enseñar, los autores que se propongan seguir; sujetándose en todo a los reglamentos que les diere el Supremo Gobierno Nacional".

Don Carios Antonio comprendió perfectamente desde el principio que la formación del personal especializado en los distintos órdenes técnicos y culturales no podía en forma alguna realizarse dentro del país. Se planteaba, ante tal situación, la alternativa: o importar la totalidad del elemento humano técnico y docente necesario, o buscar la manera en que elementos paraguayos pudiesen adquirir los conocimientos precisos para un desempeño eficaz. La primera línea brindaba la solución inmediata; la segunda, sólo a determinado plazo, aunque indudablemente ofrecía sobre la primera ventajas emanadas de la integración psicológica del docente al medio en que debía actuar. La solución elegida fue ecléctica, por una parte, se hizo venir técnicos, profesores y artistas, para organizar a la mayor brevedad posible los aspectos esenciales de esa estructura cultural y técnica; al propio tiempo se resolvió enviar al extranjero, en cuanto su preparación lo permitiera, un cierto número de jóvenes que allí adquiriesen los conocimientos precisos en diversos aspectos fundamentales. El Congreso de 1844 autorizó al gobierno para costear por el Tesoro Nacional el envío al exterior de los primeros becarios: seis jóvenes de los cuales dos estudiarían Química y Farmacia; dos Dibujo, en todos sus ramos; y dos, Leyes y Derecho Público.

Los becados debían reunir los requisitos necesarios en cuanto a aptitudes y conducta: "si no correspondían a la confianza que en ellos puso la Nación al nombrarlos, debían ser retirados y reemplazados". Una vez terminados sus estudios y al regresar al país sería su deber ocuparse principalmente de la enseñanza de la profesión para la que habían sido becados: el Poder Ejecutivo, al propio tiempo, se creaba el compromiso de establecer y dotar convenientemente esas cátedras. La misma ley autorizó al P. E. a costear también por el Tesoro Nacional la contratación en el extranjero de profesores que enseñasen en el país medicina, cirugía y obstetricia. "Con esta ley – dice el Dr. Efraím Cardozo – se buscaba la formación del personal docente de los establecimientos de enseñanza superior que el gobierno debía fundar de acuerdo a la nueva Constitución". Durante muchos años, sin embargo, la disposición no pudo ser puesta en práctica a causa de la tirantez de las relaciones con el gobierno de Buenos Aires, que dificultaba las relaciones con el exterior; es posible también que en este retraso influyese el hecho de no haber podido ser completada satisfactoriamente la preparación de los eventuales becarios.

En el mensaje de 1844 ratifica Don Carlos Antonio su fe en la educación popular como objetivo básico de gobierno, al decir: "A pesar de las graves atenciones del gobierno, éste no ha separado su vista de la enseñanza de la juventud. La ignorancia de la Nación ha sido siempre el gran fondo de los díscolos y de los ambiciosos. Para combatirla el gobierno atendió a las escuelas primarias en cuanto es posible". Y concluye con una frase que es de por sí todo un símbolo de esa fe progresista: "Las escuelas son los verdaderos monumentos que podemos ofrecer a la libertad nacional". En el mismo mensaje informa al Congreso que está pendiente la institución del Colegio Nacional, ordenada por el Congreso de 1841. En la Academia Literaria funcionaban ya las cátedras necesarias para incrementar la instrucción pública y darle sólida base. El Colegio sería a modo de la coronación de esta labor académica: él entraría a funcionar una vez que la cultura literaria se hallase más estabitizada y generalizada.
Este año 1844, inicial del gobierno presidencial de Don Carlos Antonio, que fue también el de la consagración del primer Obispo paraguayo, vio también el retorno de los jesuitas después de 77 años de su expulsión. Llegaban los Padres al Paraguay, expulsados de la Argentina por Rosas. Eran los Padres Anastasio José Calvo, Fidel Vicente López, Manuel Marcos y Bernardo Parés que fundaron bajo la dirección del último un Colegio, el primero de enseñanza secundaria propiamente dicha en nuestro medio, denominado Instituto de Moral Universal y Matemáticas. Uno de sus alumnos fue Francisco Solano López, el hijo mayor de Don Carlos Antonio, que había sido también uno de los primeros inscriptos en la Academia Literaria. Pero el Colegio no tuvo larga vida. El Padre Parés se intitulaba Rector del Colegio. Este título despertó las suspicacias de Don Carlos, que, si por un lado se cuidaba mucho de no ofender el espíritu religioso popular, como lo demuestra su negativa a establecer la libertad de cultos, por otro mantenía enhiesto el espíritu independiente y civil propio de su tradición paraguaya y formación intelectual. Se hizo saber a los Padres que si querían seguir en el Paraguay debían ajustarse al Obispo Diocesano y aceptar cura de parroquias. Colocados así en conflicto entre la obediencia a la Orden y la sumisión a las leyes civiles, los jesuitas optaron por cerrar su instituto y abandonar el país.

El año 1845 volvió al país Juan Andrés Gelly, uno de los pocos sobrevivientes de la época francista. Gelly había abandonado el Paraguay al subir Francia al poder, radicándose en Buenos Aires y en Montevideo, donde ejerció su profesión como doctor en jurisprudencia, y se vinculó con muchas importantes personalidades de la época. Estas circunstancias le permitieron ejercer con altura e idoneidad el papel de colaborador de Don Carlos Antonio, cuando éste, desvanecidas sus primeras suspicacias, lo incorporó a su gobierno. Gelly fue uno de los redactores de El Paraguayo Independiente, director luego de El Semanario. Más tarde fue al Brasil como ministro. Fundó Escuela de Derecho Civil y Político, embrión de la que más tarde sería nuestra Facultad de Derecho. Esta Escuela fue fundada en 1850, fecha en la cual regresó Gelly de Río de Janeiro y comenzaron a converger las circunstancias internas favorables para la iniciación del cumplimiento de los mandatos del Congreso de 1844. Dirigió la escuela el propio Gelly. El primer núcleo de estudiantes lo constituyeron 20 alumnos a los cuales sólo se exigió saber leer, y escribir y contar correctamente. La necesidad de apresurar la formación de profesionales impuso esta limitación, que – por lo demás – se limitó a esta primera promoción, pues para las siguientes se proyectaba exigir estudios preparatorios de Latín, Filosofía Natural y Moral (materias agrupadas bajo el rótulo de Lógica y Etica). Los textos fueron Instituciones del Derecho Real de España, de José María Alvarez, adicionados por el Doctor Dalmacio Vélez Sarsfield y Elementos del Derecho Político del jurisconsulto francés Luis Antonio Macareli. El catedrático debía explicar el texto de las obras haciendo notar en cada caso las alteraciones y variaciones introducidas por la legislación patria "que hacen necesaria la diferencia entre el sistema actual y antiguo colonial", según el reglamento de la escuela. Como ya se ha notado a propósito de otras instituciones, también en ésta se recomendaba al catedrático aprovechar todas las ocasiones de inculcar en el espíritu de los estudiantes "los principios de moral social y los deberes de todo ciudadano para con Dios, su patria, su familia y su gobierno". En esta nueva etapa, ya no se mencionan los derechos. Esta Escuela tuvo efímera vida.

Reelecto presidente en 1854, Don Carlos Antonio en su mensaje recalca su intención de facilitar ampliamente la enseñanza de la juventud en todos sus ramos, ya sea en escuelas o colegios nacionales o en escuelas o academias extranjeras, dentro y fuera de la capital, coadyuvando el gobierno en la parte que convenga y concediendo permiso a los preceptores que más se distingan: "Necesitando la República – dice – del aprendizaje de artes, oficios y fábricas de todos los géneros, los maestros de todas estas profesiones serán generalmente protegidos por el gobierno; hasta serán indemnizados de sus costos de viaje a la República". Añade el mensaje de 1854 con franqueza admirable: "La falta de hombres especiales para los distintos destinos y ramas de la administración es completa y prepara para el país gravísimos inconvenientes". El presidente López no olvidaba, como vemos, ni un momento su idea guía y luchaba con su tozudez característica contra las circunstancias adversas que retrasaban el cumplimiento de los objetivos previstos en el mensaje de 1844, o sea diez años atrás.

Uno de los obstáculos principales, el bloqueo del país, había sido por fin totalmente eliminado, y la libre navegación del río abrió nuevas perspectivas esperanzadoras a la actualización. Es ahora, en su nuevo término presidencial, cuando la contratación de personal extranjero se extiende a todos los ramos técnicos y profesionales, como luego veremos. En 1852 había sido ya fundada una Escuela de Matemáticas, dirigida por un profesor, Miguel Rojas. Esta Escuela, de carácter preparatorio, funcionaba en Zevallos-cué con alumnos seleccionados en el medio asunceno. Al año siguiente llegó al Paraguay el profesor francés Pedro Dupuis o Dupuy, bachiller en ciencias matemáticas, egresado de la Escuela Normal de Versalles, que desde 1850 enseñaba su especialidad en Buenos Aires. Por decreto del 1º de octubre de 1853 fue creada la Escuela de Matemáticas que inició su funcionamiento bajo la dirección del nombrado profesor Dupuis. El plan de estudios abarcaba dos años y las materias en matemáticas, sistema decimal, elementos de geometría, dibujo geométrico en el primer año; en el segundo geometría, agrimensura, álgebra, aplicaciones del álgebra en la geometría. El catedrático según el reglamento "tenía que enseñar todas las materias y además aprovechar toda ocasión para inculcar en el espíritu de los estudiantes los principios de moral social y de los deberes de todo ciudadano para con Dios, para con su Patria, su familia y su gobierno". La matricula inicial reunió 51 alumnos seleccionados entre los procedentes de las clases previas dirigidas por Miguel Rojas: con loable modestia, éste mismo pasó a figurar entre los alumnos de Dupuis. En el número se contaban alumnos aventajados de las escuelas de distrito, para lo cual los jueces de paz recibieron orden de abrir matrículas en sus distritos respectivos. Esta escuela funcionó hasta 1855, año en el cual se fundó la Escuela Normal cuya organización y dirección fueron confiadas a Ildefonso Antonio Bermejo.

Bermejo era un escritor español que desde muy joven había participado en as luchas políticas que por entonces enconaban el ambiente de su país. A consecuencia de ello había tenido que salir de su patria en 1846, y se había establecido en la capital francesa donde Francisco Solano López lo conoció, trabó amistad con él y le invitó a viajar al Paraguay para colaborar, contratado, en los planes culturales del gobierno.

La llegada de Bermejo abre realmente un nuevo capítulo en el proceso cultural paraguayo. Sus actividades se iniciaron, apenas llegado, con la fundación de la ya nombrada Escuela Normal cuya matrícula se nutrió con alumnos seleccionados de la Escuela de Matemática y otros establecimientos educacionales. El objetivo de la Escuela Normal no era, como pudiera pensarse, formar docentes, sino simplemente preparar a los alumnos para el ingreso en otro instituto de enseñanza superior, de fundación ya prevista. Venía a ser esta Escuela Normal a manera de un curso preparatorio. Los alumnos de Dupuis se vieron obligados a recomenzar sus estudios y volver sobre los rudimentos de ciencias y letras que creían ya haber superado; ello, parece, molestó a algunos. Hubo casos de insubordinación entre los alumnos pertenecientes a las familias más distinguidas de Asunción y de la campaña: Don Carlos enroló en la Marina a los diez jóvenes más recalcitrantes y todo parece haber parado ahí. La Escuela Normal prosiguió funcionando sin más tropiezo hasta principio de 1856, fecha en la cual, y tras un examen solemne realizado en el atrio de la Catedral, los estudiantes aprobados pasaron a formar el alumnado de la prevista Aula de Filosofía. Esta Aula de Filosofía fue el principal y más duradero establecimiento cultural del país en la época de Don Carlos.
El Aula de Filosofía funcionó así mismo bajo la dirección de Bermejo, con cuarenta y nueve alumnos. En ese número figuraban los más adelantados de la Escuela Normal y además los más sobresalientes de la Escuela de Latinidad a cargo del Padre Maíz y de Bernardo Ortellado, establecida en el antiguo edificio del Seminario. El plan de estudios comprendía Gramática castellana particular y general, Historia Sagrada y profana en toda su extensión, Cosmografía, Geometría, Literatura, Moral, Moral y Teodicea, Catecismo político, Derecho civil, Francés y Composición literaria.

El primer examen que rindieron los alumnos del Aula fue público y tuvo lugar en el Teatro Nacional, en cuyo escenario se hallaba instalada la mesa examinadora. Presidía ésta el Presidente López luciendo su uniforme de capitán general, el Obispo Diocesano, ministros y personajes importantes. Los alumnos ocupaban los asientos de la platea. "Los alumnos del Aula de Filosofía dice uno de los alumnos de entonces, el después coronel Juan Crisóstomo Centurión – dieron pruebas de grandes progresos. Estos fueron todavía más notables en el segundo año escolar, demostrando a la vez una contracción incansable por parte del profesor en el desempeño de su delicado e importante cometido". Varios fueron los alumnos que se destacaron en los estudios y formaron el núcleo de una promisora pequeña elite intelectual y literaria. El propio Centurión reconoce el papel de Bermejo como docente al expresar que de sus clases salieron los jóvenes más destacados por su cultura en aquel tiempo. Entre ellos, el más brillante fue Natalicio Talavera, guaireño, que desde el comienzo se hizo notar por su afición en general a los estudios y a los aspectos literarios en particular.

Como hemos visto, en el programa del Aula de Filosofía figuraba el estudio del Catecismo Político. Publicó este texto la Imprenta Nacional en 1855. Contenía las ideas políticas que en el plan de Don Carlos debían inculcarse a la juventud, de manera a ir formando en ésta una conciencia cívica capacitadora. El principio fundamental era: "Después de la idea de Dios y de la humanidad, la de la patria es la más sublime y fecunda en inspiraciones heroicas". He aquí algunos otros principios "indispensables para la felicidad publica", tal y como los conoció y expresó Don Carlos.

– El respeto a la Ley;

– La igualdad legal, o sea "la facultad de ejercer unos mismos derechos y estar sometidos a los mismos deberes";

– La libertad, "según la cual el hombre cumple su destino con la conciencia de lo que le conviene y le perjudica y puede hacer todo lo que no perjudique a los otros y no esté prohibido por la ley";

– La libertad política "como la facultad que tienen los hombres de concurrir de algún modo por sí o por sus representantes al gobierno de la República a que pertenece";

– La libertad de imprenta "como el derecho que tienen todos los ciudadanos de emitir y publicar sus ideas sin previa censura pero bajo su responsabilidad y con las restricciones impuestos por las leyes";

– El gobierno republicano "como aquel en que el pueblo todo bajo ciertas reglas, condiciones y leyes fundamentales ejerce por si la potestad legislativa y confiere la ejecutiva judicial a personas que el pueblo mismo elige por tiempo determinado".

El catecismo termina diciendo que los pueblos y los individuos deben dedicarse "a promover las artes y las ciencias, a recoger los frutos del honesto trabajo, a enmendar sus propios defectos mirando la ajena prosperidad con la honrosa emulación que sirve de estimulo a la virtud".
En el año 1858, el Aula de Filosofía dio sus primeros frutos en los alumnos en esa fecha elegidos para becas al exterior. Entre los 16 becarios figuraron también alumnos de otros establecimientos de la capital y del interior. Cinco fueron destinados a estudios humanísticos: Cándido Bareiro, Juan Crisóstomo Centurión, Gaspar López, Andrés Maciel y Jerónimo Pérez. Digamos de paso que Gaspar López y Andrés Maciel figuraron en el elenco primero de Bermejo y actuaron luego en obras diversas. Los restantes fueron a seguir estudios de mecánica para poder a su regreso actuar eficazmente en el ferrocarril, los astilleros, la marina y los arsenales. Un poco más tarde fueron becados Aurelio García y Saturio Ríos para seguir estudios artísticos. No fue incluido entre los becados el joven Talavera, a pesar de su descollante actuación en las incipientes letras nacionales. El gobierno sólo becaba a los estudiantes pobres; las familias acomodadas debían costear ellas mismas los estudios de sus hijos. Talavera pertenecía a una familia acaudalada, la cual por su parte no parece haber pensado en proporcionar al joven esa oportunidad, y es lástima.
Como se ha visto, el proceso por el cual durante esta época se fundan instituciones docentes de vida más o menos limitada responde a un criterio de emergencia en la formación de elites: ciertas escuelas o institutos fueron de carácter provisional o quizá experimental, como paso a otras más adecuadas a las necesidades de esa formación.

En los últimos años de su gobierno prosiguió Don Carlos su tarea fundadora sobre los cimientos tan inteligentemente echados. De 1859 data la fundación del Seminario Conciliar, institución que hasta entonces parece haber encontrado obstáculos en la actitud del Obispo Basilio López. De este Seminario salieron los sacerdotes que en la nueva etapa mantuvieron la dignidad y prestigio intelectual y moral del clero nacional, entre ellos el que debía ser nuestro primer Arzobispo, Juan Sinforiano Bogarín. En 1861 fundó Don Carlos el Curso de Medicina, embrión de nuestra prestigiosa Facultad de Medicina, para cuyas cátedras encontró personal idóneo en los profesionales médicos contratados. Al frente de este curso se hallaban los médicos Stewart y Banks y el farmacéutico Masterman.

La enseñanza femenina, que por entonces, como sabemos, no rebasaba el nivel primario, siguió siendo atendida por la iniciativa privada; la enseñanza de varones en estas etapas iniciales vio aumentados sus establecimientos: en 1860 funcionaba una escuela para varones en cada una de las parroquias. El gobierno favorecía toda iniciativa docente y fueron numerosos los extranjeros que en esa época se dedicaron a la enseñanza en diversos ramos, inclusive el artístico. Ya en 1853 funcionó la primera clase privada de piano cuya profesora fue Anne Monnier, esposa de Pierre Dupuy. Desde su llegada al país otro francés Sauvageod de Dupuis, asumió la tarea de adiestrar a los miembros de las bandas militares, de las cuales llegó a haber cuatro.

También se dieron en esa época clases particulares de francés y hasta de otros idiomas. Por lo demás es sabido que en aquella fecha había en Asunción librerías que vendían novelas francesas; lo cual habla bien de la difusión que ese idioma había alcanzado en ciertos sectores de nuestra sociedad. A la capital llegaban con profusión relativa libros de sociología filosofía, historia, política; aunque no era permitida su discusión pública, no cabe duda del papel que esta oportunidad desempeñó en la actualización, lenta pero efectiva, del pensamiento de las nuevas elites.
 


IMPRENTA. PRENSA. BIBLIOGRAFIA
Con los hechos culturales de la nueva etapa coincide la aparición del primer órgano paraguayo de publicidad: Repertorio Nacional. Fue un periódico de pequeño formato, pero bien impreso y del cual salieron durante el año 1842 treinta y dos fascículos o ediciones, es decir, que salía cada diez días más o menos. Estaba destinado exclusivamente a la compilación y difusión de las disposiciones oficiales. Lo sustituyo, con ampliaciones en forma y contenido, en 1845, El Paraguayo Independiente, cuya misión, anticipada por el título, fue la defensa de los derechos del Paraguay ante las pretensiones argentinas. Se publicaron 118 números. Este periódico desapareció el 18 de setiembre de 1852. Lo sustituyó en 1853 El Semanario, órgano que dio ya cabida a algo más que disposiciones y decretos oficiales, aunque como es natural esto seguía siendo la parte fundamental del periódico. El Semanario incluyó folletines, narraciones, comentarios. En sus páginas se publicaron, de pluma de Bermejo, las primeras crónicas de arte y critica de teatro en las letras nacionales. Junto con El Semanario, apareció por breve espacio, El Eco del Paraguay, dirigido por Bermejo, primero y efímero conato del periodismo independiente.

En 1860, bajo la dirección de Bermejo, apareció La Aurora, revista de cuarenta páginas, órgano del Aula de Filosofía que publicó traducciones, comentarios, ensayos y poemas de los alumnos de dicha institución y del propio Bermejo. Esta revista duró sólo un año y en ella aparecieron los primeros ensayos de técnica litográfica en el país.

En efecto, en 1854 había llegado al país Carlos Riviere, francés que instaló una litografía y ofreció enseñar a seis jóvenes que lo desearan, dibujo y arte litográfico.
La primera imprenta paraguaya, como es sabido, funcionó en Misiones, pero sirvió exclusivamente las finalidades catequistico-culturales misioneras. La colonia poseyó, desde el principio del siglo XVIII, su pequeña imprenta manual, en la cual se tiraban bandos y otras disposiciones. Pero no parece haber existido nada que se pareciera a una Imprenta Nacional propiamente dicha, hasta 1844, fecha en la cual el mensaje presidencial alude al próximo establecimiento de una imprenta costeada por el gobierno para su servicio. Esta imprenta – según parece – se adquirió en el Brasil. Su primer trabajo fue la impresión del acta de reconocimiento de la Independencia nacional por el Imperio, el 14 de setiembre de 1844. En esa misma imprenta se realizó el tiraje de El Paraguayo Independiente primero; de El Eco del Paraguay y El Semanario luego, de la revista La Aurora y diversos libros como: La Argentina de Rui Diaz de Guzmán, 1845; Discusión Territorial y de la Independencia Nacional 1850; Curso del Arte y de la Historia Militar por Jacquinot de Presle, 1850; Catecismo de los Deberes Domésticos de las Madres de Familia y de las que aspiran a serlo, de Pura J. de Bermejo; Catecismo Político, 1855; Gramática de la Lengua Castellana, de la Real Academia Española; Un Paraguayo Leal, de Idelfonso Bermejo; Una llave y un sombrero de Idelfonso Bermejo, 1858; La Iglesia Católica en América, del mismo Bermejo, 1862.

Además, un gran número de textos para escuelas, mensajes, proclamas, edictos, almanaques, catecismos, carteles y volantes para las funciones de teatro, etc.
Naturalmente que la imprenta no permaneció la misma a través de los años: experimentó cambios en su material, maquinaria y local; este último fue objeto de mucha atención en los últimos años del gobierno de Don Carlos bajo la inspiración de Francisco Solano López, quien hizo edificar un local ad hoc que pudiese recibir no sólo la imprenta tal como entonces funcionaba, sino también las futuras mejoras, "y que puede servir de modelo a cualquier otra que se plantee en el país". En 1854, como ya se dijo, llega al país el francés Riviere trayendo la litografía de la cual se hizo al principio poco uso, al menos en lo que se refiere a la prensa, aunque es posible que se haya utilizado en volantes y otros trabajos menores. Sus primeras manifestaciones dignas de interés aparecen en La Aurora, y luego en algún otro órgano de prensa en tiempos posteriores.

El primer libro de autor paraguayo escrito y publicado en la época independiente fue El Paraguay, lo que fue, lo que es y lo que será, de Juan Andrés Gelly, cuyas primeras ediciones en francés y en portugués aparecieron en Río de Janeiro en 1848. La edición en español realizada en París data de 1849. En 1851 apareció en París otra edición en francés. La obra destinada a defender el gobierno de Don Carlos contra las criticas al mismo aparecidas en el exterior, hace resaltar el contraste entre la situación del Paraguay al aparecer el libro y durante la dictadura de Francia, la cual el autor somete a severo juicio.
 


TECNICOS Y PROFESIONALES CONTRATADOS

Cumpliendo la misión diplomática que le confió su padre (agradecer a las potencias el reconocimiento de nuestra independencia) se trasladó a Francia en 1853 Francisco Solano López, llevando a Juan Andrés Gelly como secretario. La misión estrictamente diplomática mencionada era sólo una parte de las confiadas a Solano López. Este debía además contratar profesionales, artistas y técnicos a quienes confiar la organización de las incipientes industrias y servicios colectivos, sin olvidar los peritos mecánicos, indispensables mientras el personal nacional no adquiriese la necesaria idoneidad. Estos profesionales – arquitectos, profesores, artistas, médicos, ingenieros, mecánicos, técnicos industriales – pertenecieron a las más diversas nacionalidades. Los hubo ingleses como Moynihan, Taylor, Thompson, Whitehead, Morice, Nesbitt, Paddison, Barton, Masterman, Stewart, Banks; franceses como Pierre Dupuis y F. Sauvageod de Dupuis; italianos como Ravizza, Antonini, Parodi; alemanes como Treuenfeld y hasta austríacos como Wisner de Morgenstein.

Los hombres de comercio e industria llegaron al principio muy espaciadamente: Don Carlos no se mostraba muy propicio a entregar la dirección de la economía nacional en manos extranjeras, como lo muestra el caso de Hopkins. Los técnicos contratados por Don Carlos al establecerse con sus familias aportaron nuevos y valiosos elementos a la formación de la cultura como luego se verá.
 


TEATRO

Uno de los aspectos que Don Carlos Antonio tuvo especialmente presente al organizar los elementos culturales en la nueva época fue el teatro. En este terreno como ya en otro fue Bermejo el instrumento elegido. El profesor español – esto se ha repetido más de una vez ya – no era una lumbrera, pero poseía las cualidades necesarias para la tarea. Un exceso de personalidad le habría perjudicado, haciéndole reivindicar una independencia mayor en la acción: tal como era, su capacidad y sus cualidades se adaptaron admirablemente a las necesidades del instante cultural. La forma en que se desenvolvieron los planes teatrales revelan una visión de conjunto de los problemas, tanto como de los medios, clara y exacta: la visión de alguien familiarizado con los problemas específicos de la cultura teatral. Nada fue olvidado en ese plan inicial para la formación de una cultura escénica; todos los instrumentos del método y de las necesidades planteadas por un desarrollo progresivo.

La tarea comenzó formando el elenco necesario para poner en escena un repertorio y tomar contacto con el público. La crónica conservó los nombres de los actores, miembros del que podemos considerar nuestro primer elenco oficial: Andrés Maciel, Gaspar López, V. Zárate, N. Sánchez "y dos señoritas de familia mediana". El público capitalino era tabla rasa en lo que al teatro respecta, pero ávido de experiencias en éste como en otros niveles culturales, y encontraba en esa misma ingenuidad las posibilidades de una formación a la cual no opondrían obstáculos los vicios que consigo traen los preconceptos o el deterioro del gusto a través de frecuentaciones subalternas. Que Bermejo trabajó pronto y bien lo demuestra el testimonio de Héctor Varela que en ese mismo año de 1855 asistió a la representación de una zarzuela por el elenco de Bermejo. El plan prosiguió sus etapas siempre sobre la base del desenvolvimiento racional y lógico de los elementos necesarios a la estructuración de un teatro nacional. A la formación del elenco debía acompañar la habilitación de un local adecuado; éste fue el llamado Teatro Nacional, edificio sin duda modesto y desprovisto de muchos de los elementos que dan categoría a un local de esa denominación, pero que sirvió a las necesidades primeras de la incipiente escena durante los años que siguieron, y con sucesivas refacciones, nada menos que hasta 1888. Según parece, fue Bermejo el autor de los planos para este edificio, y llegó inclusive a tomar parte de la misma construcción, no sólo como director de las obras sino hasta como albañil. Tales eran los tiempos que requerían la movilización de todas las aptitudes y capacidades de trabajo en los individuos. Fue Bermejo – junto con su señora – el autor de los decorados y el vestuario; y es de presumir que fuera también quien enseñara caracterización, siquiera elemental, a los actores.

Después de los actores y del escenario, vinieron las obras. Aquí fue también Bermejo el iniciador. A su pluma se deben las dos primeras obras escritas o por lo menos refundidas, en el país, en la nueva época: en una de ellas, Un Paraguayo Leal, se intentó inclusive lo que por muchos años después no se intentaría: introducir personajes del medio hablando su propio idioma. Con razón pudo Bermejo en el discurso previo a la representación de Un Paraguayo Leal decir que "abría las puertas al teatro nacional".

Pero estas obras de Bermejo no las estrenó el elenco por él dirigido. Los actores de este elenco habían llegado en su carrera modesta, aunque de enorme valor precursor, a la etapa en la cual les era seguramente imposible seguir superándose sin el concurso de experiencias más diversificadas. Este cotejo era indispensable no sólo para los actores sino para el público mismo que necesitaba madurar en base a experiencias más amplias. Llegaba el momento de traer compañías del exterior. El año 1858 visitaba Asunción la primera compañía, la Española de García Barreda, cuya actuación fue un gran éxito, ya que permaneció en la capital sus buenos seis meses. A este conjunto siguieron otros con menos éxito que la primera. Los actores de Bermejo se habían sumado desde el comienzo a los elencos visitantes: esta fue una de las cláusulas del contrato en vista seguramente al aprendizaje útil para dichos actores. Y fue esta compañía la que estrenó las dos mencionadas obras de Bermejo (setiembre y diciembre de 1858, respectivamente). A partir de entonces, y hasta 1864, la visita de compañías teatrales instala cierta regularidad. Un conjunto llegado en 1859 debía estrenar una Tercera obra de Bermejo, La Ley de Represalia, que no subió a las tablas porque un viaje de Bermejo a Buenos Aires, acompañando al General López, interrumpió los ensayos.

Al mismo tiempo que iniciaba el contacto teatral con el exterior, Don Carlos disponía la construcción de un teatro más a tono con el rango capitalino, cuyo plano según parece fue diseñado por Ravizza sobre el del Scala de Milán, y que habría sido el más moderno y amplio de Sudamérica en ese tiempo. Las obras de este teatro se suspendieron en 1863, pocos meses después de la muerte de Don Carlos, y ya no se reanudaron.
 


ARTES PLASTICAS
No son muchos los vestigios que nos han quedado acerca de la vida artística en los años previos al gobierno carolino. Es de suponer que el ambiente en esa época no favoreció mucho estas expresiones, y sólo podríamos anotar tal cual copia de tal cual cuadro realizado localmente con más buena voluntad que técnica o inspiración. Al abrirse el nuevo periodo, el ambiente se hizo sin duda más propicio, pero también es evidente que no podían improvisarse hombres ni obra en este terreno, ni más ni menos que en cualquier otro. Durante esos años es posible que visitase el país algún artista, al cual el paso desde la vecina Corrientes resultaba ya fácil; un retrato de la hermana del que fue Vicario General de 1840 a 1842, José Vicente de Orué (esta señora, María Encarnación Orué, había contraído matrimonio con un inglés, David Spalding), aparece realizado antes de 1855 por el pintor francés Fontaineau. Aunque no tenernos noticia concreta de la visita de este artista al Paraguay, es un dato interesante. También habla Bermejo en su libro sobre el Paraguay de retratos del Presidente, poco satisfactorios artísticamente hablando, realizados antes de 1855. Pero es evidente que la enseñanza y estímulo de las artes plásticas se planteó un poco más tarde que otros aspectos culturales y como coronación del proceso de estabilización y generalización de la educación pública. A este propósito respondieron varias iniciativas privadas que el gobierno apoyó o reconoció.

Fue una la institución de una academia de diseño, dirigida por Alejandro Ravizza, que recibió sueldo del Estado. Ravizza, de cuya capacidad como arquitecto han quedado buenos testimonios, era excelente dibujante – sus caballos en el Centinela lo acreditan – y también pintor, de paisajes por lo menos: una noticia de El Semanario informa de un paisaje por él pintado para ornato del salón del Club Nacional en ocasión de un homenaje al Presidente, se trataría, en rigor, del primer cuadro de paisaje pintado en el país de que se tenga noticia. En esta academia recibieron seguramente sus primeras lecciones de diseño Saturio Ríos y Aurelio García, precursores de nuestras artes plásticas.

El primer pintor visitante del cual tenemos noticia concreta fue Félix Rossetti, que visitó el país en 1859, y que realizó la que podemos llamar primera exposición, individual por cierto, de pintura en el país, pintando además retratos y cuadros diversos por encargo. Esta exposición dio lugar también a la primera crónica sobre pintura aparecida en el país, crónica en la cual Bermejo inicia, aunque precariamente, la crítica artística en el Paraguay. Los dos artistas paraguayos mencionados viajaron al exterior. Aurelio García viajó en 1859 (salió del país en el mismo barco que Rossetti), parece haber estudiado en París hasta 1863, fecha en que regresa al Paraguay. Vuelve a salir pocas semanas después, y regresa pronto, ya que un retrato del Mariscal, muy conocido, lleva su firma en 1865. Saturio Ríos no parece haber viajado a Europa: al menos no tenemos datos fehacientes de ello; pero sí a Río de Janeiro, donde permaneció varios años. Que sepamos, ninguno de los dos tuvo oportunidad de desenvolver actividades en el Paraguay antes de la muerte de Don Carlos.
Algún papel también hemos de asignar en la formación de ambiente para estas actividades a la clase o academia en la cual Don Carlos Riviere enseñó dibujo y técnica litográfica.
 


CULTURA LITERARIA

Como un resultado de todo lo expuesto hasta ahora, vemos aparecer hacia 1860 la primera promoción paraguaya de relieves literarios, ya mencionada al referimos al Aula de Filosofía; promoción a la cual podríamos dar el nombre de la revista que recogió sus primeros ensayos: La Aurora. Maestro y guía de esta promoción como hemos visto fue Ildefonso Bermejo. De éste recibieron esos jóvenes directivas o por lo menos elementos formativos, a través de una frecuentación literaria en la cual el neoclasicismo abría con cierta resistencia paso a las formas románticas. Moratin, Jovellanos y otros autores españoles y franceses del XVIII figuraron entre las primeras lecturas de esta juventud, que no tardó en tomar contacto con otros autores llegados al país por cauce distinto del de Bermejo. De entre esos jóvenes el de más decidida inclinación a la literatura parece haber sido Natalicio Talavera, al cual podemos considerar como el primer auténtico poeta paraguayo, y también como nuestro primer romántico. De él quedan poesías publicadas en El Semanario y en Cabichuí. Fue también nuestro primer corresponsal de guerra. Murió a los 28 años en Paso Pucú.

Coetáneos de Talavera fueron otros cuyos nombres aparecen también en La Aurora, como Gaspar López, Andrés Maciel, Jerónimo Pérez, etc., pero cuyas preocupaciones fueron hacia disciplinas menos literarias. En esa revista ha quedado testimonio de la primera poetisa, Marcelina Aimeida.

Al propio tiempo que se gesta en el interior la promoción de La Aurora, surge fuera del país en circunstancias distintas y más amplias desde el punto de vista de la formulación ideológica, otra promoción, la de los jóvenes que, como Juan Silvano Godoy, los hermanos Decoud, etc., intervendrán en el proceso cultural, especialmente en el periodismo, en años venideros.

De esta época es la que podría considerarse obra primigenia en la narrativa paraguaya: la novela o mejor relato, Prima noche de un padre de familia, obra del Deán Bogado según unos y de un señor Barrios según otros, publicado en El Semanario. En este mismo periódico publicó Natalicio Talavera la traducción de Graziella de Lamartine. Aunque la lista de libros publicados por la Imprenta Nacional durante esos años es relativamente extensa, en ella los de tema literario son en número mínimo: si exceptuamos las dos obras de Ildefonso Bermejo: Una llave y un sombrero y Un paraguayo leal, publicadas ambas por dicha imprenta, ninguna otra obra de literatura de ficción apareció como volumen independiente durante esos años.
 


RESUMEN

En la segunda mitad de 1862, y antes de haber podido coronar su obra culturalmente liberadora, fallece Don Carlos. Ya en los últimos tiempos y conforme se ha visto, colabora en ciertos aspectos de sus tareas organizadoras el entonces General Francisco Solano López. Al ascender éste a la Presidencia en octubre de ese año, encuentra el país encaminado sólidamente hacia una contemporaneidad omnilateral: en marcha la enseñanza como la industria, echadas las bases del comercio como del teatro y las artes plásticas. Marina mercante como ferrocarril, arsenales, fundiciones, imprenta, urbanismo, daban fe de un adelanto material que hallaba su paralela en la preocupación por los valores del espíritu a través de las actividades literarias y artísticas, y sobre todo, de la organización de la enseñanza. La parte más larga y difícil de la resurrección cultural estaba realizada: la faz inicial. El Paraguay había entrado en forma racionalmente organizada en la vía del progreso material y espiritual.
 
 
Fuente: OBRAS COMPLETAS - VOLUMEN I. HISTORIA CULTURAL - LA CULTURA PARAGUAYA Y EL LIBRO. Autora: JOSEFINA PLÁ -© Josefina Pla © ICI (Instituto de Cooperación Iberoamericana) - RP ediciones Eduardo Víctor Haedo 427. Asunción - Paraguay. Edición al cuidado de: Miguel A. Fernández y Juan Francisco Sánchez. Composición y armado: Aguilar y Céspedes Asociación Tirada: 750 ejemplares Hecho el depósito que marca la ley EDICIÓN DIGITAL: BIBLIOTECA VIRTUAL DEL PARAGUAY
 



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