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LITA PÉREZ CÁCERES


  EL PONCHO SALVADOR, N.N. y CÁRCEL DE ARENA - Cuentos de LITA PÉREZ CÁCERES


EL PONCHO SALVADOR, N.N. y CÁRCEL DE ARENA - Cuentos de LITA PÉREZ CÁCERES

EL PONCHO SALVADOR, N.N. y CÁRCEL DE ARENA

Cuentos de LITA PÉREZ CÁCERES

 

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EL PONCHO SALVADOR

 

Hacía más de 50 años que la farmacia y botica de don Pedro Juan Lozano era la mejor de Villa del Rosario. Su dueño había hecho la carrera de idóneo con el Dr. Escalada, famoso farmacéutico de Asunción. Lozano unía a sus conocimientos teóricos: la intuición, el ojo clínico y una memoria sin grietas que le permitía recordar los males de cada familia. Por ejemplo, la bisabuela de Panchita Cárdenas había tenido problemas de pasmo y la joven heredó esa condición, era delicada del vientre, solo admitía remedios yuyos y no debía dormir destapada nunca.

La mejor publicidad para el boticario era la longevidad de las mujeres de su familia, tratadas por él, por supuesto. Su abuela Gumersinda, residenta, había cumplido 107 años y se guía dominando la cocina de la casa solariega de los Lozano, ella no solo conservaba sus fuerzas para moler el maíz en el anguá, sino que mantenía intacta la lucidez y decidía el menú que consumirían su hija Olinda, su hermana Amparo, su nieto Pedro Juan, su nieta política Acacia y su bisnieto Huguito. La matrona era presidenta de la comisión de Las Hijas de María e integraba la Comisión Femenina de la Seccional 38, cuya presidencia general ejercía su nieto, el boticario.

La familia Lozano era muy reconocida en la Villa, por su honradez y porque desde antaño se habían destacado entre sus miembros grandes caudillos del Partido Colorado. La comisión directiva de la seccional pasaba de manos de Pedro Juan a las de Prudencio, su cuñado, y los dos decidían todo sin rencillas ni rivalidades.

En junio del 47 la inquietud en Villa del Rosario era palpable, había corrillos entre los vecinos y los pocos opositores conocidos no se mostraban desde el último verano. La mayoría de los rosarinos era pro gubernista o colorada. Gracias a su posición geográfica la Villa no había sufrido aún los embates de la guerra civil, pero se enteraban igual, por los troperos o por las noticias que llegaban desde las lanchas que hacían el viaje hasta Concepción, de lo que pasaba en el norte rebelde y en el sur oficialista. Se rumoreaba que las fuerzas de Morínigo habían marchado hasta el Norte y que estaban a punto de terminar con la insurrección, era un norteño quien las comandaba, el Gral. Casariego.

En la seccional se sucedían las reuniones, pero no se podía hacer nada; las pocas noticias que llegaban desde Concepción no eran halagüeñas para don Pedro Juan Lozano, que perdió hasta el apetito a raíz de las preocupaciones. No tenía miedo de los actos violentos, había servido como enfermero en un hospital de campaña en la Guerra del Chaco y estaba preparado para soportar lo que viniera. Pero se angustiaba por sus parientas, todas mujeres, por su abuela, su madre y su tía, tan ancianas, aunque sanas todavía, y por su esposa Acacia y su hijito Hugo.

A fines de ese mes un estanciero de la zona llegó muy alterado a contar que los revolucionarios habían tomado la comisaría de una población cercana y que se dirigían a Villa del Rosario dispuestos a terminar con los líderes colorados de la zona. El hacendado dijo también que las fuerzas rebeldes tomaban vacas, las mataban sin necesidad y apenas comían la mitad del animal, dejando el resto para los caranchos; que violaban cuanta mujer se pusiera a tiro, que robaban lo que podían y que quemaban los ranchos de los colorados.

Esa misma noche Pedro Juan se sintió morir y tuvo tiempo de despedirse de Acacia y de su hijito, su último deseo fue pedirle a Acacia que huya, que no se quede en la Villa, que salve a Huguito. Después cerró sus ojos para siempre. A la mañana siguiente fue enterrado sin las ceremonias que merecía porque el cura y el sacristán habían escapado, el sepulturero dilató su huida y sólo así el farmacéutico pudo reposar en el camposanto. A la vuelta del cementerio Acacia consultó con su suegra y con la abuela de su marido. Ellas aprobaron el pedido del finado y hasta la ayudaron a preparar una maleta. Acacia era joven pero previsora y llevó un poncho para abrigar a su hijo si es que hacía frío por la noche. Había hecho un trato con Casildo Franco, dueño de una chata que la llevaría hasta Asunción; saldrían a las 2 de la madrugada.

Acacia estuvo lista a la hora señalada, envolvió a su hijo dormido con un saco y fue hasta el muelle tratando de hacer poco ruido pero no pudo evitar el ladrido de los perros que parecían avisar de una desgracia próxima. El relente de la noche humedecía las tablas del viejo muelle, Acacia bajó hasta la chata apoyada en Casildo y apenas estuvo sentada en un banquito, en la popa, la embarcación comenzó a moverse lentamente, como si siguiera un ritmo inaudible para los humanos, el ruido del motor apenas se oía. La noche de luna hacía más oscuras las barrancas coronadas de vegetación, Acacia nunca había salido de la villa y sentía temor a la ciudad desconocida. El dueño de la embarcación fumaba y estaba atento al canal, al camino acuático que solo él conocía. Pocas horas después el sol salió para dar contornos a la floresta y pintó las aguas de un marrón transparente.

-¿Falta mucho para llegar, don Casildo?

-Sí, unas cinco horas por lo menos -respondió él.

En la villa el amanecer fue cruento. El mayor Torres Viriato, al mando de unos 50 hombres, se había posesionado de la antigua panadería de los Parini y del hotel de los Cipolla. Habían destrozado la seccional y la botica de don Lozano. A las viejas de la familia las tuvieron prisioneras en su casa y en la farmacia las puertas salidas de sus goznes mostraban el estropicio cometido en su interior. Todos los frascos de vidrio eran astillas de colores azules unas, marrones otras y alfombraban el piso de ladrillos; el polvo de sulfato y de otros preparados largaban un olor acre que picaba en la garganta de los mirones. Nada quedaba en pie de todo el esfuerzo de don Pedro Juan. Los pobladores no salían de sus casas, muchos mantenían ocultas a sus hijas temiendo las violaciones y otros atropellos.

En el río el sol alumbraba con nitidez al niño que jugaba sentado muy cerca de su madre, en la chata de don Casildo. De pronto se escuchó el sonido de un motor más potente que opacó todos los otros sonidos, era una lancha cargada con un grupo de revolucionarios que venían en persecución de Acacia. El tiempo pareció detenerse y la imagen de las dos embarcaciones se congeló en la retina de algún ser superior que tuvo piedad de la madre y del niño. Ella lloraba y rezaba en voz alta. "Virgen del Rosario, sálvame, salvá por lo menos a mi hijo, yo te lo di a vos cuando nació, no dejes que le pase nada. Virgencita, te llevaste a mi marido, no me dejes sin mi niño, te prometo una novena al llegar a Asunción y tres misas te pagaré en tu día. Dios te salve María, llena eres de gracia...".

Como respondiendo a la plegaria apareció un avión en el cielo. Volando bajo inspeccionó las dos naves que bajaban a la capital y comenzó a realizar disparos de advertencia. Acacia, que había escuchado una vez la diferencia entre los aviones rebeldes y los del gobierno, miró hacia las alas haciendo visera con la mano. En las dos el avión lucía banderas paraguayas  inclinadas. Acacia estaba segura de que se trataba de una aeronave del gobierno y empezó a hacerle señas desesperadas. El piloto disparó muy cerca, la descarga de metralla levantó olitas que lamieron el borde de la chata. Entonces, en un rapto de inspiración divina, Acacia sacó el poncho colorado y se cubrió con él teniendo a su hijo en brazos.

La sangre tiño un trecho el agua del río, la lancha de los rebeldes había recibido ráfagas y ráfagas de balas disparadas desde el avión. Hubo cuerpos que cayeron al agua y la embarcación encalló en la barranca derecha. Acacia saludó con el brazo en alto al piloto que entendió su mensaje y agradeció a la Virgen tal como lo había prometido.

 

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N.N.

 

El campesino adopta una expresión de ignorancia, baja la mirada y evita que los ojos de la mujer se encuentren con los suyos. Ella insiste, primero habla con amabilidad, Isidoro hace de intérprete y repite las palabras de la mujer que, con gestos desesperados, demuestra su desolación. Pero Ignacio no cede, debe proteger a su familia, los muertos tienen que descansar en paz.

Dentro del rancho ya se han despertado sus dos hijitas. Angelina, la mayor, se acerca lentamente y escucha lo que dice Isidoro, se abraza a la pierna izquierda de Ignacio y mira con curiosidad y pena a la mujer que permanece en el sol de las 9 de la mañana, con ropa caliente y una cartera negra que se mueve al compás de sus manos. Carmencita, la más chica, está sentada en una sillita baja y no pierde una palabra ni de la mujer ni de Isidoro.

Ese año la sequía había sido más larga, y en el patio, frente al rancho, no se ve un árbol que pudiera mitigar el calor, la tierra apisonada que la mujer de Ignacio barría todas las mañanas para que luciera lisa y limpia, tiene basuras y algunas matas secas de yuyos. Desde que ella murió Ignacio no había encontrado tiempo para limpiar bien la casa y sus alrededores, salvo cocinar algo de mandioca y algún trozo de carne, cuando conseguía, pasa el tiempo mirando al cielo como preguntándose: ¿por qué a él?

-Le ruego, le suplico por lo más sagrado, dígame dónde está mi hijo. Usted era el sepulturero del pueblo, no tiene la culpa de lo que pasó. Entiéndame, usted no tiene la culpa de nada y no deseo vengarme de nadie, ¡Solo quiero encontrar el cuerpo de mi hijo! para darle una sepultura cristiana, para llorar frente a su tumba, para decirle que nunca lo abandoné.

Sí, Ignacio entiende lo que la mujer pide, él también siente lo mismo, rezar con María y hablarle a su cruz, cuidar el túmulo, son consuelos que todos necesitan... pero él no puede decirle nada, si lo hace hasta puede perder a sus hijas. El comisario Gamarra es muy ñaró, juró que lo iba a mandar a la cárcel hasta que se pudriera, e Ignacio sabe que puede hacerlo. Para Ignacio esa noche del entierro había sido muy especial. Hacía 3 años, esa noche, su esposa María había enfermado y muerto pocos meses después.

-¿Usted tiene a su madre viva? -pregunta Isidoro, repitiendo las palabras de la mujer y haciendo la mímica, con los gestos de ella, como si la angustia de la mujer se hubiera apoderado del intérprete. Lo poco que entiende Ignacio del kara'i ñe’ẽ (castellano o lengua del señor) se bloquea.

Carmencita comienza a llorar y pide leche, algo de comer. "Tengo hambre papá", lloriquea.

Ignacio reacciona y le dice a Isidoro que haga entrar a la señora

-Haku eterei, peike katu (Hace mucho calor, entren si qué).

Los tres adultos y las dos niñas permanecen en silencio, los visitantes toman agua del cántaro y las hijas de Ignacio comen mandió chirîrî (mandioca frita) con huevos.

Cuando están satisfechas, miran con ternura a la mujer, que es más vieja que la madre muerta pero tiene los ojos llenos de lágrimas, lágrimas que van cayendo lentamente, recorriendo sin apuro la cara, pura imagen del dolor.

-Mire, si usted no me dice nada, yo me voy a ir otra vez a mi casa sin saber dónde está enterrado mi hijo y voy a morir sin ese consuelo. Usted parece un buen hombre, se ocupa de sus hijas... ¿Murió la mamá?

Ignacio asiente antes de que Isidoro traduzca.

-¿Y usted cuida la tumba de su mujer?

Ignacio sabe adónde quiere llegar ella y sabe que terminará por contarle lo que le pide. Pero, en un último intento, se resiste. Después de unos minutos pregunta a Isidoro si la señora está alojada en el pueblo, en alguna casa conocida.

-No, llegué hoy, en micro y con su dirección en la mano pregunté hasta que llegué a Isidoro, sobrino de una comadre. Nadie sabe que estoy acá ni para qué.

Ignacio cree lo que ella dice, pero sabe que los que vienen de afuera no sienten los miles de ojos que espían detrás de las celosías de las casas de la calle principal, desconocen la astucia de los lugareños, su amabilidad fingida y las ganas de quedar bien con las autoridades del pueblo. A estas horas Gamarra ya estará enterado de que una extraña vino a hablar con Ignacio, el sepulturero del pueblo.

De pronto Ignacio se levanta y dice:

-Vamos, ahechaukáta chupé (Yo le voy a mostrar).

Se levantan todos y van saliendo al sol rajante, hasta las dos niñas, de la mano del padre, como comprendiendo la misión, van en silencio, temerosas de que algo surja de repente y se lo lleve también a él.

El camino de tierra pasa delante de otros ranchos donde mujeres que muelen maíz o carne, los miran atentas. Poco a poco desaparecen las viviendas y se ve, al fondo, algo así como un claro, el camposanto se encuentra en una elevación del terreno. Todo parece estar en calma y solitario, hay panteones modestos y cruces cubiertas con paños deshilachados, Ignacio se acerca al portón de entrada y hace señas a los otros para que se detengan. Entra él solo, camina hasta un árbol frondoso debajo del cual hay un baúl. Lo abre y saca una pala. Se acerca a los que aguardan y comienza a cavar fuera del cementerio, a un costado, debajo de la sombra de un chivato florido. Hace unos años, en ese mismo lugar, a las 3 de la mañana cavó la tumba de un guerrillero. El propio comisario lo fue a buscar para que hiciera el trabajo, el muerto estaba envuelto en una bolsa y no le vio la cara. Hoy ya no deben quedar más que huesos, si algo queda. Ignacio cava y cava, en tanto lo hace, decide llevar a sus hijas a la casa de su hermana, ella las va a cuidar como si fueran sus hijas, mejor que él que no sabe qué hacer con su vida. No soporta la ausencia de María, prefiere reunirse con ella.

La mujer grita cuando asoma un pedazo de bolsa y se ve un hueso. Las nenas se acercan para abrazarse a sus polleras. Ahora el llanto es fuerte, desgarrador, mezclado con palabras cariñosas, como una melopea dirigida a ese ausente que por fin aparece.

"Mis hijas prefieren una mujer, ya veo cómo les falta su madre, mi hermana no tiene hijos ni hijas, está seca. Va a ser una alegría para ella". Ignacio piensa, se aturde pensando para no ver lo que tiene ahí, abajo, en el hoyo que encierra el cuerpo de un hombre. Ahora sabe que ese hombre tiene una madre, una madre que vino a rescatarlo. ¡Ojalá mis hijas también me rescaten!

Cuando el contorno de la osamenta queda libre de tierra, la madre da un grito desgarrador, no tiene los huesos de los brazos ni los de las piernas, está mutilado.

Con un pie sobre la pala, como descansando, Ignacio deja que el dolor contenido por tantos años se despliegue, la mujer tiene derecho a llorar abrazada a los huesos de su hijo. Angelina y Carmencita le acarician el cabello y le dan golpecitos en la espalda para consolarla. Isidoro está blanco, estupefacto, comprende los alcances de su acción, ninguna propina lo salvará de la venganza de Gamarra. Pasan los minutos, el sol trata de colarse por entre las ramas del chivato, curioso por averiguar qué pasa ahí, en ese lugar por lo general tan tranquilo.

-Mejor nos vamos -dice Ignacio. Aparta a la madre y envuelve con los jirones de la camisa los huesos del guerrillero que por fin descansará en paz. Apura al grupo para llegar hasta el pueblo, su hermana está casada con el presidente de la seccional y sus hijas quedarán a salvo. El olor del esqueleto no perturba a ninguno de los miembros de la comitiva que camina como en fila, en primer lugar la madre, que carga en sus brazos a su hijo querido, detrás van las niñas con Isidoro, aún pasmado, cierra la fila Ignacio que se había detenido para oler el aire lleno de humo que venía desde su rancho incendiado.

 

**/**

 

CÁRCEL DE ARENA

 

El salón de la Defensoría del Pueblo, recientemente establecida, estaba lleno de gente, de niños que corrían para sacarse el aburrimiento que arrastraban desde la mañanita, cuando llegaron con sus madres. Había una mayoría de viejos achacosos y algunos olían mal, a miseria, a sufrimiento, por eso la secretaria tomaba el frasco de desodorante y lo hacía funcionar sin importarle el daño a la capa de ozono.

Ella lucía una minifalda y se preguntaba para qué se esmeraba tanto si en esa sala ningún personaje importante la miraba, ningún poguasú del gobierno llegaba hasta allí. Tampoco acudía todos los días a su despacho el propio defensor y la gente se apiñaba, día tras día, esperando el milagro de una indemnización, algún dinerito que les permitiera seguir estirando el hilo de sus vidas. Ninguno de esos campesinos hubiera imaginado, durante sus años de lucha, que una institución los defendiera y reconociera sus derechos, ellos habían sido combatientes en una guerra particular, oculta, contra un dictador. Habían sobrevivido y ahora esperaban ser auxiliados por esa nueva institución llamada Defensoría del Pueblo.

Las compensaciones en metálico eran mezquinas y solo los casos más conocidos accedían a ellas. Tres meses de cárcel y torturas no alcanzaban, por lo menos debían haber sufrido un año, tampoco valían los años si el nombre no figuraba como preso en los papeles o en los archivos de las cárceles. Los antiguos luchadores eran ahora ilustres desconocidos y la ley se mostraba inflexible con ellos, que debían ir a desempolvar archivos y fichas para demostrar que fueron víctimas de la dictadura.

 A la secretaria le llamaron la atención las tres mujeres que llegaron con sus hijos. Eran jóvenes aún, una tenía huellas de golpes en la cara y en los brazos, hablaban en guaraní y se reían de vez en cuando. Decidió hacerles la ficha a ellas primero y las llamó.

 

-¿Ustedes se van a presentar juntas?

-Sí, juntas -respondió la que parecía ser la jefa del grupo.

-Necesito el nombre de cada una y el motivo que las trae hasta aquí.

-Mi nombre es Dalmacia López.

-Dora Caballero.

-Trinidad Acosta de Vera -dijo la más joven, la que tenía el ojo morado.

-¿Ustedes estuvieron presas? ¿En qué cárcel? ¿Cuándo?

Se miran y no responden, hacen gestos de no entender, la más decidida dice:

-No, no estuvimos presas en una cárcel, lo que nos pasó fue hace mucho, más de 30 años.

-¿Más de 30 años? -dice la secretaria con un gesto de incredulidad-. Entonces ustedes habrán sido muy jóvenes. ¿Para qué vienen?

-Porque nos dijeron que nos tenían que dar plata por lo que nos hicieron los soldados.

-¿Qué les hicieron?

-Hace mucho ya, cuando destruyeron la colonia del Jejuí. Nosotras éramos mitakuña'i (chiquilinas) todavía. Ellos le mataron a casi todos los hombres, a mi papá y al papá de Dora, después quemaron nuestros ranchos, quemaron la escuelita, nos pegaron mucho y nos llevaron hasta la costa del río. Allí nos hicieron cavar dos pozos grandes, en la arena, y nos dejaron en el fondo de uno.

-¿No podían salir?

-No sé, pero había uno armado que nos controlaba. Yo tenía 15 años, Dora 16 y Trinidad 14. Lloramos mucho y nos sentamos a esperar. Escuchábamos los gritos de mi mamá y de otras señoras, lloraban los niños y nosotras no podíamos salir de ese kora donde nos dejaron. El sol nos quemaba y quedamos como dormidas, mareadas.

 

Uno de los niños llega corriendo y estirando la falda de Trinidad pide plata para comprar una chipa. Ella mete la mano en un bolso viejo y saca un pañuelo que desata para liberar un billete.

 

-Comprale para tu hermanito también -le dice al niño.

La secretaria pregunta:

-¿Las llevaron presas después?

-No, nos tuvieron varios días allí, después se fueron y nos dejaron solas.

-¿Fueron torturadas?

Ellas se miran como preguntándose si las torturaron o no. Y no se deciden a responder.

-¿Cuánto tiempo estuvieron en los pozos?

-Tres días -responde Trinidad.

-Pero eso es muy poco para esperar una indemnización.

-¡Nos jugaron! -grita Dalmacia llorando-. Nos jugaron, entre todos, los tres días con sus noches.

 

Dora se acerca a Dalmacia y la abraza para calmarla. Le habla como una madre y cuando logra que la mujer deje de quejarse como un animal, la conduce hasta un banco donde la ayuda a sentarse. Luego vuelve hasta el escritorio de la secretaria.

 

-La primera noche vinieron entre 10 y se llevaron primero a Dalmacia, que era la más linda. La golpearon y le jugaron a su antojo, la trajeron sangrando por adelante y por atrás. Después se llevaron a Trinidad, después a mí. Así durante tres días y tres noches, se pulsearon por nosotras. Cuando todo estuvo destruido se fueron y nos quedamos solas, heridas, hambrientas y a punto de morir. Seguramente que algún ángel de la guarda nos cuidó porque salimos del pozo y fuimos hasta el río, nos quedamos en la orilla a la sombra de un sauce. Pasamos esa mañana lavándonos, hasta que llegaron las pirañas atraídas por la sangre de nuestras heridas.

-El agua allí es morotĩ sakã y corre rápido, por eso las vimos llegar -dice Dora- como viendo de nuevo el agua, como sintiendo la frescura del bosque.

-¿Y después?

-Esperamos hasta estar un poco fuertes, ni agua nos habían dado en esos días que estuvimos encerradas en los pozos de arena. Cuando nos sacamos la sed, caminamos hasta donde había estado la colonia. Ya nada quedaba, solo troncos quemados, cenizas que fueron ropas, carbones, la colonia había terminado. Buscamos algo para comer y encontramos un cacho de bananas que no estaba muy a la vista, con esas frutas verdes nos conformamos y salimos buscando ayuda. Habremos caminado unos dos días, por la costa del río, hasta que llegamos a un pueblo. Dalmacia estaba muy mal, tenía fiebre y desvariaba.

-¿Las ayudaron en el pueblo? -insiste la secretaria que solo desea catalogar y anotar cifras.

** -Sí, un viejito nos llevó hasta la casa de una médica y le atendió a Dalmacia, le ponía yuyos machacados allí abajo hasta que le bajó la fiebre y se curó, pero no se quedó bien. Ella se aconcubinó con Fidel, pero nunca pudo tener hijos, esos que trajo hoy son hijos que tuvo Fidel con otras. A Dalmacia le hace mal recordarse de cuando nos jugaron todo mal, se vuelve loca.

-¿Y a Trinidad? ¿Quién le pegó?

-Ahh.., ella no quiere saber nada de los hombres, dice que le dan asco, su marido le pega porque no sabe darle satisfacción en la cama, él se queja de que ella se queda quieta y deja que él se desahogue y nada más. Es como si se acostara con una muerta. Por eso le pega, pero es su marido, tiene derecho.

-¿Y a vos... te gustan los hombres?

-Ni un poco, me dan miedo, tuve cuatro hijos porque mi marido no me dejaba en paz, ahora, por suerte, se fue con otra y yo descanso, pero necesito esa plata que nos dijeron que iban a darnos.

-Pero no se les va a dar nada, apenas tres días estuvieron presas, ni siquiera presas en una cárcel o en una comisaría. No es nada eso que les pasó y nada les van a dar.

 

 

 
INTERCONTINENTAL Editora,
 
Asunción-Paraguay 2008. 150 páginas.
 
 
 
 
 

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