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LITA PÉREZ CÁCERES


  ENCAJE SECRETO, 2002 - Cuentos de LITA PÉREZ CÁCERES


ENCAJE SECRETO, 2002 - Cuentos de LITA PÉREZ CÁCERES
ENCAJE SECRETO
 
 
Intercontinental Editora,
 
Asunción-Paraguay, 2002
 
 
 

ENCAJE SECRETO, es a primera vista, la historia de una familia paraguaya. Al mismo tiempo es también la historia de 8 mujeres que unieron sus vidas y las vidas de sus hijos a través de lazos de sangre. Son lazos de familia que fueron trazando la figura de un encaje secreto, fino, delicado y muy fuerte, casi indestructible, así como siempre lo son los lazos del amor. Para contar esta saga la autora utiliza el humor, la ironía y la sensibilidad y realiza un retrato muy fiel de sus heroínas: sus tías abuelas. Si bien la obra está basada en la vida real, ella se sintió lo suficientemente libre como para agregarle las dosis necesarias de ficción y de emoción, elementos que hacen de su lectura una sabrosa experiencia. Ambientada en Asunción, en sus páginas se recrean imágenes ya ausentes y se reviven escenas costumbristas. Lita Pérez Cáceres da la palabra a mujeres que hicieron todo lo que les dictaba su instinto. Las "tías" nos dan una lección de vida poniéndose a la vanguardia de una lucha que entabla todo ser humano, aún el más postergado: LA LUCHA POR LA FELICIDAD.
 
 
 
A MANERA DE PRÓLOGO

Escribir esta historia era para mí como un deber que debía cumplir y la comencé hace ya mucho tiempo. Se trata de una saga familiar, la vida de unas mujeres que marcaron a fuego mi sentido de pertenencia a un clan, que de niña me parecía fantástico, misterioso, lejano.
 
Un mundo femenino que conocía sólo de oídas y que soñaba con integrar. He vuelto al pasado para narrarlo, a un tiempo que no compartí pero del cual conocía retazos, cuadros imaginados con vívidos colores y hasta con aromas muy diferentes a los que me perfumaron de niña. Recuperar esa parte de mi historia me integraría más a la familia, eso pensaba y acometí la aventura de rescatar a mis heroínas de un ayer donde permanecían inmóviles, en un congelado río color sepia.
 
¿Para qué nací? ¿Para qué vine a este mundo? Tantas veces me formulé esta pregunta y solo ahora encontré la respuesta. Mi misión es hablar de las mujeres de mi país que vivieron en años azarosos de nuestra historia, cuando la independencia femenina ni siquiera se había insinuado en esta tierra de color rojo por la sangre que sus hombres derramaban tan generosamente. El propósito que me trajo hasta aquí consiste en develar el encaje secreto que fueron tejiendo ellas a lo largo de las generaciones y narrar la gesta silenciosa de esas mujeres de mi país, mujeres bravas y dulces, creativas, sometidas o independientes, apasionadas, tímidas, arrojadas y libres, a ellas les rindo un homenaje. Ellas fueron tejiendo una trama más fuerte que la misma muerte, un intrincado e interminable laberinto realizado con hilos de sangre, amasado con deseos, ansias, jadeos. Los lazos formados perduran hasta hoy, indestructibles.
 
Fui desenredando poco a poco la madeja de afectos, fui guardando los ecos de las voces que relataban la historia de entrecana, los casos que no trascendían a las primeras planas de ningún diario y armé el rompecabezas. Ellas lograron coronar verdaderas hazañas encerradas entre las paredes del hogar o saliendo a las calles, o sembrando en las capueras o vendiendo sus productos en el mercado. Y lo hicieron empujadas por una razón muy poderosa: defender la vida para sus hijos, esa prolongación de sí mismas, hijos que buscaron a costa de cualquier prejuicio e hijas que continuarían tejiendo, como ellas, el encaje secreto de la vida.
 
LITA PÉREZ CÁCERES
 
 
 

CAPÍTULO 1

FRANCISCA
 
 
 
Las luces de la ciudad se encienden una a una, como luciérnagas desganadas. Las ventanas cerradas no permiten entrar al viento frío del este que hace desapacible el penúltimo anochecer de agosto. En el hogar de doña Francisca todo está tranquilo luego del humilde festejo a San Ramón, cuya imagen tiene la matrona y que a la tarde fue entronizada en el altar más caté, el de la sala, para que las visitas pudieran rezarle la novena. La novena a los santos protectores es una obligación de los creyentes y con mayor razón se sigue esta tradición en la morada de una viuda con tantas hijas casaderas como Francisca.
 
Es cierto que San Ramón no tiene aún mucho protagonismo, es un recién llegado al nicho familiar donde reina el San Antonio centenario. Hasta el momento sólo ha salido de su lugar en ocasión del parto de Lorenza, cuando corrió tanto peligro su vida que debió ser internada en el Hospital de la Caridad. Luego de recibir su ayuda volvieron a exiliar al santo partero, que se mantuvo silencioso en el ostracismo sagrado, aguardando otros días de gloria. El santo más lindo de la casa es San Rafael, que magnífico y apuesto preside la sala con su efigie en tamaño natural y parece guiar a la viuda y a su tribu, señalándole el camino con la vara de oro. Hay otro santo desterrado que descansa en un nicho más modesto, en el cuarto de la criada y está allí amonestado por la dueña, es el San Blas de capa azul, que el finado marido de Francisca recibió de su madre como herencia. La viuda, reina de la casa, ama absoluta de vidas y haciendas de ese menguado reino, no lo soportaba por su capa azul, motivo de disputas con el marido, disputas que deseaba olvidar y como no había nadie ya que pudiera discutir sus órdenes, allá fue la imagen, a parar al lugar más olvidado y humilde de la casa. Desde allí curaba los dolores de garganta de las hijas y de los nietos de Francisca, sin que ella se enterara de tales poderes y, por otra parte, ella nunca hubiera creído que el santo liberal sirviera para algo.
 
Todo está en silencio ahora, la madre duerme y las hijas y la criada fiel también descansan. Ha sido una tarde alegre, muchas risas y muchas lágrimas desgranaron las mujeres que estuvieron reunidas en la sala y en tanto ellas duermen, en una imagen muy quieta del tiempo que ya murió, yo comenzaré el placentero ejercicio de la evocación.
 
La primera imagen tuya Francisca que viene a mi mente es la de una fotografía donde te veo muy anciana, con el cabello blanco, corto y liberado de rodetes y trenzas, mirando con cierto enojo a la cámara. Temo confundir tu cara con la de tu hija Lorenza, (fue cuando llegó a la vejez era tu vivo retrato. Otra escena donde eras la figura central transcurría en una habitación en penumbras, hace muchos años. Yo sólo era una niña que miraba cómo mi madre te cuidaba. Estabas muy enferma y te sentabas con mucha dificultad en esa cama, en ese cuarto que compartíamos como dos refugiadas que han llegado a un país neutral. Era la casa de la calle Bolivia donde todos estábamos estrenando familia. Habíamos viajado desde Asunción contigo, la bisabuela itinerante que había llegado para anclar en un puerto seguro: la casa de tu nieta, mi madre. Otra vez te vi, querida bisabuela, cuando estabas en tu ataúd, muy quieta y rodeada por coronas fúnebres. Ese momento se eternizó porque a alguno de la familia se le ocurrió tomar una fotografía, la misma foto que mi madre atesoró durante años como si fuera una reliquia muy valiosa.
 
El último tramo de esa vida que compartimos fue un período de acomodamiento, atrás habían quedado Asunción y nuestros afectos. Mi padre, tu nieto, había llegado desde Chile y todos dependíamos de él, de ese hombre casi desconocido que se atrevía a acaparar todo el cariño y las atenciones de mi madre. Él tenía un buen trabajo y amaba su profesión, el periodismo, y en ese momento se encontraba en un estado de excitación y de exaltación característico de cuando se embarcaba en un proyecto nuevo. Estaba creando una familia, reuniendo los pedazos dispersos, haciéndose responsable de varias vidas y se sentía dueño del mundo. Nada de esto sabíamos nosotros, los exiliados, los refugiados y todo en Buenos Aires nos era extraño entonces. Las calles eran diferentes, la gente hablaba con otra tonada, las palabras tenían distinto significado. Allí, en esa tierra tan extraña, cambiaríamos nuestro modo de vivir, añoraríamos a nuestros amigos, abandonaríamos nuestros ritos cotidianos y hasta olvidaríamos aquellas casas de Asunción que recorríamos contigo, Francisca. En esa ciudad gris y húmeda, llena de sonidos de otras tierras, no estaban tus santos para cuidarnos, querida bisabuela Francisca.
 
No puedo sonarte joven y gozando de la vida, todo lo que supe de vos lo contaban tus hijas. Ellas siempre decían que tenías un carácter muy fuerte y que lograbas imponer tu voluntad. Otras veces relataban que te casaste a los 14 años con don Pedro Cáceres y que tu madre aún te pegaba porque seguías orinando en la cama hasta esa edad.
 
Hoy, en este tiempo de mujeres liberadas nos parece un pecado condenar a una niña de 14 años a un matrimonio y a la responsabilidad de dirigir una familia, pero en 1880 era normal y estoy segura de que nadie te pidió opinión. No hacía falta que una niña caprichosa de la estirpe Báez Madrigal dijera nada. A callar y a la batalla, esa fue la orden ¿Verdad, Francisca? Se puede decir que tuviste mucha suerte, tu futuro marido era un hombre decente y de familia, bueno y trabajador. Esto era preferible a tener que unirte a algún aventurero de los muchos que aún pululaban en la ciudad, luego de años de finalizada la guerra grande. El país aún no podía salir del pantano donde estuvo hundido por largos períodos. Faltaban hombres. Pese al ingente y apasionado esfuerzo de las mujeres que, en un afán por repoblar su tierra y por no perecer de inanición se unían a los pocos que aún estaban vivos y a los soldados de los ejércitos de ocupación, aún faltaban hombres. Entre tantos extranjeros, los italianos se constituían en un anzuelo tentador por sus fortunas espúreas fruto del contrabando que hacían al traer los víveres para el ejército aliado. Ellos compraban las mejores casas de la ciudad y las refaccionaban con un estilo no muy conocido hasta entonces y los italianos eran los mejores "partidos" para las hambrientas herederas que habían sobrevivido al holocausto. Las mujeres paraguayas habían regresado extenuadas a la capital y la situación, a pesar de los años transcurridos desde Cerro Corá, no había mejorado mucho.
 
Vos Francisca, naciste en una familia que pudo escapar a tiempo y que esperó el término de la contienda en Buenos Aires, en esa ciudad que siempre fue para los tuyos una especie de refugio para los malos tiempos. Tu futuro marido estaba decidido a formar una familia y a protegerla y supongo que el amor, en aquellos tiempos de obediencia femenina, era algo que venía con los años, con el buen trato, con la satisfacción compartida por estar juntos, el destino que los juntó para criar y educar a los hijos. Y también supongo, mi querida bisabuela, que no se te hubiera ocurrido nunca hacer otra cosa que seguirlo hasta donde él quisiera instalar su hogar, parir los hijos que vinieran y cumplir todos sus deseos. Y así lo hiciste.
 
Cuando lo nombraron Juez de Paz en Concepción, allá por el 900, cargaste tus hijos, tus santos, tus tesoros, tus ollas y tus espejos en una gran carreta que los llevó hasta el puerto. Desde allí subiste a una embarcación destartalada que remontó el río y llevó a todos hasta el puerto de Concepción, donde los aguardaba una casa en la que nacieron otros hijos tuyos y del hombre serio y amoroso que compartía tu destino. Años más tarde, bajaron hasta Villarrica y tus hijas mayores contaban que vivieron en una amplia casa antigua, donde ellas podían ocultarse en las habitaciones vacías y escapar hasta el bosque del fondo para espiar desde las ramas de los mangos todo lo que pasaba en la casa de atrás. Se trataba de una residencia llena de remiendos, donde ocurrían cosas extrañas, fascinantes y que permanecía silenciosa casi hasta el mediodía. A esa hora, las mujeres todavía somnolientas iban apareciendo y se sentaban a tomar un poco de sol en el patio o a descansar a la sombra del corredor, como si el sueño nocturno no les bastara. Eran las mismas que salían por las noches muy pintadas y que recibían a señores y a troperos. Nunca iban a la iglesia y aprovechaban las mañanas del domingo para buscarse piojos y para lavar sus ropas con agua que sacaban de un aljibe lleno de culantrillos en el borde. De esa casa llegó Floria, a los 10 años, te la dio su madre para salvarla de un destino seguro de puta y vos la criaste como a una hija.
 
Después vivieron en Asunción, peleando cuerpo a cuerpo contra la miseria que quería instalarse en tu hogar. Hogar que defendiste por muchos años contra esa enemiga silenciosa e indigna. Don Pedro ya estaba muy enfermo, más que nada de tristeza, viendo como su honradez no era tenida en cuenta y comprobando que durante toda su vida no había hecho más que ganar amigos y faena de hombre intachable, cosa que no lo ponía en carrera en ninguno de los dos partidos tradicionales que se disputaban las migajas de un banquete bastante exiguo: el tesoro nacional.
Una noche don Pedro tuvo un dolor muy intenso de cabeza y murió. El certificado de defunción era muy escueto y sólo aclara que fue un aneurisma de aorta el culpable de que te hubieras quedado sola para dirigir la nave familiar.
Desde el momento en que supiste que debías defender la honra de tus hijas solteras, con toda tu alma, decidiste que había que casarlas para que tuvieran sus propias familias. En una ciudad donde los hijos sin padre eran la constante, casarlas bien se convirtió en tu misión y a ella te consagraste. La honra era la única fortuna que poseían las señoritas decentes y no las entregarías a los primeros pelagatos que aparecieran. No hubo muchas rebeldías en la tribu de las niñas casaderas, nadie se opuso a los maridos que les elegiste, salvo Carmela, que brillaba por dentro con un ardor inextinguible, y Lorenza que no supo decir no a tiempo. Elodia, tu última hija mujer, estuvo soltera hasta una edad en la que nadie imaginaba que pudiera casarse y, cuando lo hizo, vos ya no estabas en este mundo para suspirar y decir misión cumplida.
 
La vida te dio sorpresas, Francisca, y dolores y alegrías. No te fuiste de este mundo sin probar el sabor amargo de la soledad y el gozoso placer de la maternidad. Te fuiste en paz, amada bisabuela, y agradezco ser una minúscula parte de ti misma.
 
 
 
 
 
ÍNDICE
 
Dedicatorias
 
Agradecimientos
 
A manera de prólogo
 
Capítulo 1: Francisca
 
Capítulo 2: Lorenza
 
Capítulo 3: Lorenza en Buenos Aires
 
Capítulo 4: Elvira
 
Capítulo 5: Lucrecia
 
Capítulo 6: Pastorita
 
Capítulo 7: Carmela
 
Capítulo 8: Elodia
 
Capítulo 9: Rita
 
Preguntas sobre el texto (Por la Dra. Margarita Prieto)
 
 
 

LITA PÉREZ, TEJEDORA DE UN ENCAJE SECRETO

Por MARIBEL BARRETO  

 

El título de su novela Encaje Secreto es un acierto, pues son cuatro generaciones de mujeres, ocho en total, las que van tejiendo una red, cuyos hilos traman la urdiembre que ha ido desenhebrando la bisabuela Francisca, con amor, sacrificio, trabajo y dolor.

La red es una danza en el tiempo, leve y ágil, que en ocasiones tiene contorno de sueño o se agita al compás de las revueltas y tumultos que convulsionan al país; esa trabazón misteriosa con su propia ondulación nocturna entre alcobas y jardines le confiere ritmo y ecos a los azares de la vida. Todos los relatos, con nombre de mujer, están rodeados de una atmósfera, de un aura, cuya sugestión persigue al lector como una historia oída en sueños y cuya certeza tendrá solo con la lectura del texto que no guarda misterios.

La dinámica de la novela la confiere Francisca, que da sentido a la vida, una mujer muy práctica, quien crea un hogar absolutamente respirable y tibio con total complicidad con las circunstancias y el tiempo que vive.

La autora se despega del paisaje, no abarca un mundo en panorama, salvo en ocasiones, alguna referencia casual enmarca a sus personajes en el marco del hogar, desde el nacer hasta el morir. Nos muestra con toda naturalidad la más natural de las escenas. Se nos acerca hasta poder tocarlas, tal como los cuadros flamencos, en los que las figuras y colores parecieran estar al alcance de nuestros dedos.

Francisca, cuyos pies están plantados en la tierra, arraigados como árboles en el suelo que todos pisamos. Nadie supo mejor que ella por dónde pasa la línea que separa la realidad de la ilusión, pues pasaba por su propio cuerpo, y es ella quien trazará el camino por el que transitará cada una de las hijas e hijos, a través de sus batallas y peregrinaciones.

Entre los numerosos episodios que van configurando la historia de Francisca, fue el de su casamiento a los 14 años el que nos conmueve. Francisca obedece la orden materna, no se rebela ni protesta, se allana a la circunstancia –finales del siglo XIX (1880)– y ella obedece la disposición de los padres, que le imponen como esposo un hombre decente. La decencia, un requisito exigido, decide la elección del padre.

Francisca vive los años de carencia de la posguerra del 70; la pobreza se ha instalado en todos los hogares. Francisca es hacendosa y lucha contra la pobreza; aunque no consigue derrotarla, saca adelante a su familia. La institución de la viudez que Francisca respeta y dignifica es el sello de aquellos tiempos. Otra costumbre que no se discute es que Francisca busca para sus hijas maridos buenos, trabajadores, y ellas obedecen sin rechistar.

Francisca encarna en su persona los ideales de la mujer paraguaya de los tiempos difíciles, trabajadora, luchadora, leal al esposo, religiosa, guarda de la fe cristiana que se manifiesta en la veneración de santos reconocidos por la devoción popular.

Cada uno de los capítulos pueden leerse como cuentos contextualizados en Asunción, Paraguarí, en un aserradero del impenetrable monte, y en Buenos Aires. Cada relato tiene un desenlace propio. La autora proyecta la historia desde la primera imagen que recuerda de su bisabuela, siendo aún muy pequeña y cierra la novela con la aparición de Chiquita, madre de la narradora que crece, ama, sufre, llora y al fin consigue su felicidad.

 

LOS AMORES EN LA NOVELA

Cada una de las mujeres viven sus amores y su vida, cada cual a su modo. Es innegable la maestría con que la novelista traza el perfil de cada uno de sus personajes, cariñosas algunas; amenazantes e hirientes con las seducidas y engañadas, usaron la violencia física y el desprecio con la que tuvo el desliz de tener un hijo de soltera.

Mujeres casaderas, casadas acomodadas, separadas liberadas, viudas melancólicas, componen el mosaico familiar, pero hay una similitud en todas ellas: el deseo de vivir o de sobrevivir; algunas luchan con dignidad, soportan estoicamente la pobreza y crían a sus hijos como pueden.

Amor a la vida y alegría de vivir. Trabajaban en lo que podían, acopian fuerza para vencer las dificultades. Ninguna se desalentó ni se desesperó ante la pobreza o el infortunio, ninguna sufrió de depresión ni buscó el suicidio ante el abandono de sus hombres, la huida forzosa de sus hijos, la infidelidad conyugal o los maltratos. La autora retrata mujeres con personalidad fuerte, con entereza moral, con convicción, con sentido de familia, libre de prejuicios, conviviendo en una sociedad que juzga sin piedad a la mujer, que espera el sacrificio de las madres e hijos y que no exige nada a los hombres que cometen adulterio, o solteros que no se hacen cargo de su paternidad.

 

VISIÓN SOCIAL

En la novela se observan las diferentes categorías de hijos, según clasificación de la sociedad paraguaya de las primeras décadas del siglo XX. Hijos adúlteros, legítimos e ilegítimos o naturales. También hay una convivencia feliz con los criados, que son los que trabajan y aportan, pero no poseen nada ni gozan ni conocen derechos.

La cocina y las manualidades son los oficios de las mujeres pobres. Ellas no tienen diversiones más que salir para asistir a los oficios religiosos; las mujeres pobres no asisten a clubes ni a confiterías, sí a las fiestas populares que se celebraban en la Asunción de antaño.

La solidaridad es una costumbre consolidada. Las familias socorren con sencillez, sin aspavientos, no viven con lujo ni lo desean. Se conforman con vivir, amar, parir, criar y luego morir.

La autora muestra la sociedad sin describirla. El paso del tiempo se marca con las acciones de los que se vuelven adultos o envejecen.

El Paraguay que muestra es el de la política, con revoluciones. La Guerra del Chaco marca un hito y la revolución del 47 exilia a varios miembros de la familia. Por tanto, la inestabilidad política decide la felicidad de las familias y el destino del amor.

El matriarcado es ejercido por Francisca, quien marca fuertemente los deberes de los miembros de la familia. Ella ordena y decide el destino de su clan; cada hija o hijo es una pieza que cuida con celo dentro del engranaje de la compleja máquina del tiempo que mueve y vigoriza el amor y el dolor, origina encuentros y desencuentros, modifica el odio y el perdón.

 

EL TEXTO NOVELÍSTICO

La prosa tersa, limpia de adjetivaciones y rodeos innecesarios, hace que la lectura sea ágil. La variedad de personajes y escenarios la vuelven colorida e interesante; las retrospecciones como lapso temporal primordial reanudan las relaciones familiares de ausencias, alejamientos y reencuentros.

Las anticipaciones funcionan igual. La anticipación genera tensión o expresa una concepción fatalista de la vida, tal el caso de Carmela, en que la anticipación sugiere un sentimiento de fatalismo o predestinación. En este caso, el personaje no puede hacer nada más que reconocer que los augurios se cumplen.

Novela de mujeres, mujeres desprejuiciadas, amantes, dueñas de su cuerpo y de sus hijos, sin actitudes ni palabras misteriosas, inteligentes para la interpretación de los problemas, pero que jubilosamente viven la vida dura y agria, y el amor con sus luces y sombras.

Editor: Alcibiades González Delvalle - alcibiades@abc.com.py

Fuente: Suplemento Cultural del diario ABC COLOR

Publicado en fecha 7 de Julio del 2013

Fuente en Internet: ABC COLOR DIGITAL / PARAGUAY

 

 

 

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