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LITA PÉREZ CÁCERES


  ENCONTRAR MI LUGAR - Cuento de LITA PÉREZ CACERES


ENCONTRAR MI LUGAR - Cuento de LITA PÉREZ CACERES

ENCONTRAR MI LUGAR

Cuento de LITA PÉREZ CACERES

 

Llegamos a las dos y media de la tarde. El calor era sofocante. Mis hijos no lo notaron, pues para ellos el viaje en tren fue maravilloso. La vieja estación nos recibió bostezando por sus ventanas. En otros tiempos, un jefe uniformado nos hubiera saludado amable, pero ahora nos observaban sus patos, indiferentes.

Salió un mitaí (niño) de la fábrica de algodón que quedaba enfrente, lo llamé. Aceptó cargar nuestros bultos y valijas en su carretilla y acompañamos hasta la casa. María y yo lo seguíamos sudorosas, los chicos trotaban, conformando todos, un cortejo pintoresco. No había nadie en la calle principal. Doblamos a la izquierda y, luego de una larga caminata, estuvimos a pocos metros de la entrada. Ahí el niño se empacó. Comenzó a bajar los bolsones y, pese a nuestros ruegos, no pudimos conseguir que entrase hasta el jardín para llevarlos al corredor. Contestó a mis preguntas en un guaraní muy cerrado, que ni siquiera María entendió y no tuve más remedio que pagarle y despedirlo. La muchacha me ayudó a cargar el equipaje hasta la casa.

Se sentía la frescura que brindaba el mangal que ocupaba unos quince metros al frente de la casa. La paz y la quietud la circundaban. Saqué de la cartera una llave grande y antigua, y abrí la puerta de estilo francés, la principal de la galería de entrada. No tenía ni una telaraña entre sus vidrios. Sentí ganas de bailar y de reír ¡Era tan feliz! Pero no podía hacerlo, la mudanza me había excitado, estaba temblando, agotada por las discusiones con mi marido, previas a la partida. Necesitaba descansar.

Comencé a trabajar para poner las cosas en condiciones. Las horas pasaban y pronto anochecería. Estaba aquí, por fin, después de haber soñado inútilmente durante tantos años con ello, en la antigua casona. Sus columnas doradas por el atardecer me habían enamorado la primera vez que la vi.

Era amarilla, la galería delantera con persianas grises, permanecía siempre silenciosa y rodeada por el aura rosada del sol que la hacía aparecer radiante tras el umbrío bosque. Vista desde la calle era hermosa. Perdíase en un montón de arbustos y cocoteros que iban hasta el lago.

Estábamos en una gran sala con baldosas perfectamente dibujadas, pulidas y frías. Encendimos las lámparas, María llevó una a la cocina y yo me quedé con otra. Me extrañó el silencio y busqué a los niños. Comenzaba a refrescar. Los encontré sentados bajo los mangos de cerradas copas, inmóviles, mirando hacia el lago. Los llamé y no me respondieron, parecían conmovidos por la belleza del lugar. Al rato nos hallábamos juntos en el cuarto destinado a ellos. Este y el mío eran los únicos de la casa que conservaban sus muebles, las otras habitaciones estaban vacías. En las paredes desnudas, se podían notar aún huellas del lugar ocupado por los cuadros que las habían alegrado.

José María quiso cerrar las persianas pues tenía miedo de la oscuridad que veía a través de los vidrios. Cenamos allí mismo. María fue a descansar en las dependencias de servicio, separadas de la casa y mis hijos, agotados, pronto se durmieron.

Mi dormitorio parecía muy grande para mi sola: La lámpara arrojaba una luz vacilante sobre la cama, colocada bajo la ventana. El lecho de bronce, alto y ancho. Las mesitas de luz, a los costados, eran de madera, con cubiertas de mármol blanco. El ropero, pesado y poderoso, tenía un gran espejo biselado.

Quise cambiar las sábanas, no me gustaba dormir entre esas ajenas. Al retirar la colcha sentí un perfume dulce, muy enervante. Tuve que recostarme y la cabeza se me hundió en la almohada de plumas. Qué bien estaba. Miraba la noche reflejada en el espejo. Un eucalipto de tronco liso y pulido se destacaba como un árbol lunado. Me sentía segura. Leve.

Algo había a mi alrededor. Parecían pasos de alguien muy liviano. No se porqué abrí el guardarropas y revolví entre los cajones perfumados con jazmín. Saqué un camisón claro de raso y encaje. Me quedaba perfecto. El espejo me devolvía una imagen bella, parecía más alta, mi cabello más negro y mi piel más blanca.

Fui a cerrar la puerta principal. Mi silueta se agrandaba en las paredes. Todo eso era irreal, fantástico. Lo había soñado hacía mucho. Yo, en el lugar de siempre. Sabía cómo eran antes estas habitaciones, conocía al dedillo los muebles, los cortinados, las pinturas, los búcaros. Todo... No era intuición, no era imaginación, era certidumbre.

Mi esposo no vendría esa noche, ni ninguna de las otras. Acordamos pasar las vacaciones por separado. Nosotros aquí, y él solo, pescando en algún lugar del río. Ahora me felicitaba por esa decisión. Acostada en una cama extraña, escuchando valses que fluían lánguidamente de algún lugar de la casa, por primera vez contemplaba objetivamente mis relaciones con él. Estábamos espiritualmente separados desde hacía muchos años. Nos tratábamos cordialmente y existía mucho compañerismo y respeto entre nosotros. Pero nuestros sueños y afinidades eran disímiles. Mis gustos, demasiado extravagantes, según él; los suyos muy prácticos, para mi. Yo me había enamorado de la casa, él la detestaba. Eduardo la veía vieja y descascarada, en cambio, para mí estaba en su mejor momento, dorándose en el otoño de sus hojas, solitaria y erguida, esperándome para contarme su historia.

Todas las casas podrían contamos algo, cosas de sus habitantes, sus alegrías y sus tragedias. Aún aquellas modernas que parecen cubos de vidrio y hormigón, nos cuchichearían sus secretos. Pero ésta era única. Los techos guardaban ecos de antiguas risas y de sonidos de clavicordio. Las puertas conservaban todavía el roce de dedos frágiles y blancos que, alguna vez, tocaron el arpa. Todo eso era para mí. Mi curiosidad se exacerbaba y presentía que algo me sería revelado. Sólo me faltaba confiar y esperar.

No podía dormir, las tejuelas me observaban desde el techo. Afuera había luna. Derramaba su luz lechosa sobre la tierra, dibujaba blancos senderos entre los arbustos y el pasto húmedo me invitaba pisarlo. Tenía miedo. Siempre tuve miedo de las noches de luna, pero también tenía unas ganas locas de seguir ese camino. Estuve luchando con los ojos cerrados hasta entrar en los misterios del sueño.

Desperté muy temprano, sobresaltada. No podía recordar nada y estaba ansiosa por conseguirlo. Un desasosiego que venía de las profundidades del subconsciente me alarmaba. Creía recordar vagamente a una mujer implorando.

El sol era despiadado, hacía lucir la habitación vieja, mohosa. Pude notar polvo sobre los muebles, oí rechinar la cama y escuché el canto de los grillos que comían el empapelado. A la luz del día, el camisón se veía amarillento, con una gran mancha que no había visto la noche anterior. Estaba mal lavado y me arrepentí de haberlo usado ¿De quién sería? El dueño actual de la casa era un solterón que nunca la había ocupado. Quizás alguna ocupante anterior lo había olvidado.

El almacén quedaba cerca. El local estaba separado del portón de la calle y este trecho se hallaba sombreado por una enredadera. Adentro, un bochinche de mercaderías. Ubicadas como si alguien las hubiera arrojado para que una fina capa de tierra las cubriera. Por la ventana entraban la luz y el calor que calentaba las bolsas de arroz, yerba y azúcar. Frente al mostrador estaban las de locro y poroto mucho más frescas. Del techo colgaban varias ristras de ajos. En una vitrina de vidrios roñosos, se exhibían: un corpiño amarillo, una bufanda apolillada, dos medias zoquete, un candelabro de tres puntas y una esfera de vidrio con una rosa de plástico adentro. En la otra pared se abría una puerta que daba a una habitación de paredes rojas. Los retratos de señoras pálidas y hombres serios y bigotudos, miraban fijamente hacia el suelo. Estaban colgados a mucha altura, muy inclinados hacia abajo.

Francamente no me animaba a llamar, temía que me atendiera una hechicera. Pero alguien me detectó. Era una mujer entrada en años, gruesa, saliendo del depósito. Me saludó con una sonrisa enigmática.

- Buen día ¿Cómo está la señora?

Bien, gracias - respondí. Quise pedir un litro de leche, pero me interrumpió con otra pregunta.

- ¿Cómo pasó la noche?

- Muy bien, dormí profundamente.

- ¿No oyó ningún movimiento?

- ¿Qué por ejemplo?

- Bueno, no se si hago bien en decirle estas cosas, pero en esa casa suceden cosas muy raras.

- ¡Qué tontería!- le dije tajante.

No se heló su sonrisa ni sus ojos me miraron con odio, pero algo en ella me hizo estremecer. Respiraba con cierta dificultad, pero de pronto, como si le faltara el aire, o tal vez molesta, calló. La miré de lleno y me pareció muy hostil, monstruosa. La verdad es que sus cabellos sucios y endurecidos se entremezclaban cornos serpientes.

- No diga eso, hubo una desgracia hace mucho tiempo y desde entonces nadie quiso pasar una noche ahí.

- Pues yo tuve una muy tranquila, además no me interesa saber lo que pasó hace mucho tiempo.

 -Los asuncenos son siempre así - terció otra voz, la de la hermana.

Pagué y salí. Una de ellas me siguió hasta el portón. Sus dientes de oro relampagueaban cuando me advirtió:

- Cualquier cosa que pase, llámenos, no dormimos hasta tarde.

Haciendo espiritismo, pensé.

- ¿Qué podría pasar?

- Nunca se sabe.

La mañana se hacía cada vez más caliente. Decidí pagar el precio de la instalación eléctrica, porque había madurado la decisión de convertirme, costara lo que costase, en la propietaria de la que los lugareños llamaban la casa maldita. Los fantasmas no aparecen en la luz, esas criaturas pertenecen a las tinieblas.

María limpió y cocinó. Al fin libres de la tiranía de su padre, José María y Daniel jugaron interminables partidos de fútbol. Al atardecer fuimos al lago. Estaba desierto, pocas personas venían a veranear en marzo. De pronto me encontré pensando en la leyenda de la casa ¿Cuál sería la trágica historia? Traté de extrañar a mi esposo sin conseguirlo.

Cuando regresamos fuimos hasta la casa de don Laureano, el telefonista del pueblo. Era un hombre que poseía grandes reservas de sabiduría campesina. Su mujer y su hija lo escuchaban como a un oráculo. Le pregunté por un buen electricista, luego dejé que la conversación siguiera su curso. Apoyó mi idea con voz nasal y dijo que me recomendaría un profesional muy responsable. Después, como quien no quiere la cosa, averiguó si no tenía miedo de vivir en la casa abandonada. A decir verdad, en ese pueblo casi todas se encontraban en esas condiciones. Grandes mansiones vacías dormitaban sobre la avenida principal, se podía descubrir en cualquier rincón alguna hermosa residencia rodeada de malezas, pereciendo entre la mediocridad de las gallinas y la pasión de los ysypó (lianas) que las abrazaban hasta la asfixia.

- ¿Porqué tendría que temer? -contesté a su pregunta, me sentí muy fastidiada y partí sin escuchar su respuesta.

Nadie entendía que yo amaba la casa, que nunca sería feliz lejos de ella. En el fondo, esa historia de encantamientos la hacía más interesante.

A las ocho de la noche todo en la casa estaba quieto y en penumbras. Mis hijos dormían, yo esperaba. No sabía qué.

Cuando estaban por dar las doce, mientras fumaba un cigarrillo, decidí dejar de leer. No podía ver casi nada. La luz débil de la lámpara ponía más misterio en el ambiente. Como entre el eco de la última campanada, escuché un llanto. Empujada por algo desconocido fui a ver quien lloraba.

Una bella mujer me miraba en silencio. Estaba quieta y me acerqué a ella sin temor. El salón lucía como el de una mansión del siglo pasado, deslumbrante, acogedor. Grandes arañas con velas encendidas iluminaban y realzaban el mobiliario. No me sorprendí, sabía que siempre había sido así. Pesados cortinados en los ventanales, sofás y canapés tapizados en terciopelos mórbidos; rosas y crisantemos esparcían su perfume desde la gran consola de la entrada.

Ella era tierna y lucía desesperada. Sus manos se cerraron sobre las mías, tan frías, que me inspiraron deseos de protegerla. Habló mucho, con voz suave y quebrada por sollozos. Me rogó que avisara a Pablo para que la aguardase, muy pronto se reuniría con él. Pero ahora tenía que permanecer en la casa, cuidándola. Pablo era su amante y habían decidido partir juntos. No necesité saber más, su dolor me afectaba y acepté ayudarla.

Casi alegre, comencé a caminar hacia el lago notando como el viento arremolinaba el camisón a mis pies. Podía notar cómo las gotas de rocío humedecían mis plantas descalzas al pisarlas. Oía una melodía desconocida. Él me había esperado durante años y al fin me había encontrado.

Arriba la luna. El lago centelleante aparecía manso. Pablo, parado en la playa, al verme abrió los brazos y corrió a mi encuentro. Me sentí muy dichosa cuando me abrazó. Comenzamos a andar lentamente sobre la arena, estrechándonos. Las olas morían en silencio y cubrían con ternura nuestros cuerpos. Pablo no hablaba, pero yo sentía su felicidad rodeándome como el agua.

El tiempo que había pasado no importaba, estuvimos ansiando este momento. Allá abajo la vida toda nos invitaba a morir para empezar de nuevo.

 

 

 

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CUENTOS CRUELES – ANTOLOGÍA. Narrativa de LITA PÉREZ CÁCERES

Editorial de la UNIVERSIDAD DEL NORTE

Diseño de portada: ANÍBAL CABALLERO

Diagramación: RODOLFO GARAY

Asunción – Paraguay

2012 (179 páginas)

 

 

 

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