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LITA PÉREZ CÁCERES


  FRATERNIDAD - Cuento de LITA PÉREZ CÁCERES


FRATERNIDAD - Cuento de LITA PÉREZ CÁCERES

FRATERNIDAD

Cuento de LITA PÉREZ CÁCERES

 

            Para Irene, cajera del Bar y Café Los Pumas, el misterio de los hermanos Smith era muy fácil de resolver. Ella estaba segura de saber la verdad.

            Los clientes habituales de Los Pumas no formaban grupos pero se conocían todos. Y más los conocía Irene, que trabajaba allí desde hacía 20 años. Sentada en su alto taburete y semi oculta detrás de una caja registradora muy antigua, veía llegar a hombres y mujeres, y adivinaba -por la manera de comportarse- qué problemas o qué alegrías los habían llevado hasta la penumbra acogedora del lugar.

            La mayoría de los hombres llevaba mucho tiempo concurriendo a Los Pumas. Irene podía decir, con los ojos cerrados, sin dudar ni equivocarse, la lista de los clientes y los días que iban, las mesas que ocupaban, qué consumían y hasta podía agregar a esos datos, alguna conclusión. Ella podía imaginar todo para matizar las largas horas que iban desde la entrada hasta el momento de cerrar la caja, para volver a su casa a calentar la cena que le dejaba su asistente y leer novelas policiales, acostada en su cama prolija de solterona.

            Los jueves eran de los gemelos Smith, que venían siempre por la tarde, sudorosos y sacudiéndose el polvo que traían adherido a la ropa y a la piel. Elegían la mesa que daba a la ventana del oeste, sobre la calle principal, y aguardaban a que llegara Silvio, el hermano menor de Armando y de Jan. Ese tipo de reunión entre los tres hermanos no tenía nada de cariñoso ni amable, lo poco que se decían -de acuerdo a la imaginación de Irene- tenía que ver con la administración de la estancia La Maggie, a cargo de los gemelos. Silvio, el más guapo y varonil de los Smith, se había casado muy joven y vivía con su mujer en la casa de su suegro, Belarmino Orentes, el hombre más rico del pueblo, un español duro y avaro... que moriría algún día, al menos esa era la esperanza de Silvio.

            El jueves 22 de noviembre los gemelos Smith no llegaron e Irene anotó en rojo, en su agenda mental primera vez, en tantos años, que faltaban a la cita, pero la noticia del accidente opacó cualquier otra disquisición de la cajera. Fue Delfina, la moza más joven, quien llegó muy agitada, corriendo, para contarle que habían muerto Silvio y su suegro. Los dos se fueron al fondo del cementerio -contaba agitada Delfina-, la señora Bernardita se cayó redonda al piso cuando se lo contaron.

            El fondo del cementerio era un abismo, en una curva muy pronunciada, situada en el cerro de Las Cruces, uno de los muchos que rodeaban el pueblo de Hidden, muy al sur del paralelo 42. Las colinas y los cerros rodeaban una villa de apariencia serena con 30 cuadras entrecruzadas en damero. Cruzando el cerro más alto pasaba la carrera que llegaba hasta Hidden y, pese a que se habían colocado barandas sobre el pozo que terminaba dramáticamente 100 metros más abajo, igual caían algunos vehículos. Se incendiaban y terminaban siendo tragados por el olvido y la indiferencia de los pobladores, que no conocían a los forasteros caídos y tampoco tenían curiosidad por saber si podían ser salvados o no.

            Irene llegó a enterarse de todos los detalles de la desgracia y de las vicisitudes del velatorio, gracias a las informaciones de Delfina y a los comentarios que hacían las limpiadoras del bar cuando pasaban el escobillón al piso de baldosones amarillos y marrones.

            - La señora María Bernardita no pudo estar presente en el velatorio porque estaba inconsciente, no es para una mujer débil como ella este tipo de desgracia tan grande. ¡Quedarse sola en el mundo! ¡Quedarse sin sus hombres! Y para más, los dos hombres más importantes en la vida de una mujer: el padre y el marido.

            - La Bernardita quedó como loca, la hicieron dormir porque tuvo un ataque, parece que el padre tenía problemas y ese viaje que hizo con el yerno era muy importante... pero el viejo Belarmino murió quemado en el fondo del cementerio... quién lo diría, terminar así, como un pobre cualquiera. No hay nada que hacerle, el dinero no alarga la vida.

            - Lo pior fue que la señora Bernardita no pudo ni ir al entierro porque dicen que se desmayaba a cada rato, yo alcancé a verla cuando jui pa la cocina a buscar un vaso de agua... estaba sentada en la cama, pálida como una muerta y la sostenían las tías. Dicen, que si se levantó a los dos días, jue pa dirse con los cuñados que la vinieron a buscar pero no entraron a la casa, tuvo que salir ella toda vestida de negro, magínese doña Irene: huérfana y viuda al mismo tiempo.

            - Dicen que esos dos cuñados no la tragan pero no les quedaba otra que ampararla, ahora la casa tiene un cartel con letras grandes que dice se vende. Pobre doña Bernardita, quién sabe cómo la tratarán esos dos mellizos, solterones y maniáticos.

 

            La vida en Hidden siguió como siempre, como lo fue hasta ese momento, con el frío del invierno apagando los ardores de los veranos también implacables; los pobladores siguieron sintiéndose prisioneros de un infierno. A pocos meses del accidente, sin mayores novedades, cuando ya los rumores y los chismes sobre la muerte de Belarmino y de Silvio y sus consecuencias se habían apagado y la curiosidad de la gente buscaba otras noticias, regresaron los hermanos Smith al Bar y Café Los Pumas y no vinieron solos, Bernardita también se sentó con ellos a la mesa. Jan pidió una cerveza muy fría, Armando preguntó a Bernardita qué deseaba y cuando ella pidió una cola con hielo, él la acompañó en el pedido.

            Esa fue la primera sorpresa para Irene, que observaba al grupo con ojos de entomólogo, sin perderse un detalle de los movimientos, de las miradas y de las palabras que se intercambiaban entre los cuñados.

            Silencio, solo silencio en los primeros minutos. Irene se fijó que Bernardita parecía más viva que nunca, en vida de su esposo había sido una pálida damisela que reinaba de puertas adentro de su casa, frágil, delgada y oculta princesa. Hoy la veía con el cabello recogido de una manera muy sensual, era una masa negra y espesa que amenazaba escaparse y caer para cubrir con un perfume alienante a su cuñado Armando que no quitaba los ojos de ella, de su escote. La piel de Bernardita lucía bronceada y su figura más llena, como si hubiera aumentado de peso. Sus movimientos eran más decididos y lo que sorprendió a la cajera fue que luciera los brazos desnudos, sin mangas.

           

            La tensión era evidente, solo Armando y Bernardita hablaban, aunque muy poco, Jan sentado a corta distancia parecía muy lejos de allí, absorto en algún pensamiento tenebroso. Cuando se levantaron para irse, la mujer habló sonriendo y a Irene no le quedaron dudas de que pedía algo al cuñado. Armando accedió y avisó a Jan, o le dijo algo, luego él y ella fueron al jardín Primavera donde se vendían petunias, anturiums, cipreses y ghisóphilas, plantas que los estancieros llevaban para adornar sus propiedades.

            Jan permaneció sentado en el asiento del conductor, con el sombrero calado y las puertas del vehículo abiertas, quizás para protegerse de la ola caliente de rabia que lo invadía.

            Para Irene era todo muy claro, estaba segura de que otra tragedia se avecinaba. En este pueblo de Hidden pasan cosas como en las novelas policiales, seguramente Jan estaba celoso de su hermano, lo miró con tanto odio... quizás Bernardita y Armando mataran a Jan para quedarse solos a gozar del dinero.

            Tantas posibilidades se le ocurrían a Irene, la última novela que había leído la dejó con ganas de descubrir crímenes y hasta pensó que ella sería una excelente detective. Entre tanto no se perdía detalle de las acciones de los parroquianos de Los Pumas, pero hasta ese momento no había descubierto nada que no supiera todo el pueblo y que Delfina, la vocera, no le hubiese dicho como si fuera un secreto: los amores del dentista con su enfermera, el vicio del juego que hizo perder a Pedro Melliti la fortuna de su esposa... cosas de poca monta y algunos otros chismes que no la satisfacían. Irene había perdido las esperanzas de casarse, de ser tan normal y aburrida como sus ex compañeras de colegio y prefería dedicarse a tejer telenovelas con las pasiones de sus vecinos, que no tenían nada de novelescos.

            La casa de los Orentes se vendió a un estanciero de la zona y cuando Bernardita volvió para retirar los muebles y sus efectos personales lo hizo acompañada por Armando. Contrataron a Delfina y a su tía para dejar la casa limpia, luego vino un camión para llevar los muebles hasta La Maggie. Regalaron a una comisión de caridad, las ropas y otras pertenencias del finado Belarmino. Antes de regresar a la estancia, Armando y Bernardita entraron a Los Pumas y pidieron cervezas heladas y sándwiches de jamón y queso.

            Irene ya no tuvo dudas, entre ellos pasaba algo y algo muy fuerte. Se aseguraría de sus deducciones al día siguiente, ya que Delfina no podría sofrenar su boca y ella sería la beneficiaria de todas las observaciones y comentarios de la mujer. Tan segura estaba Irene que se adelantó y decidió regalarle la blusa de seda con cuello de encaje; sabía que a Delfina le gustaba muchísimo, se la ponderaba cada vez que la usaba para ir a misa.

            - ¡Qué bien se portó la señora Bernardita con nosotras! -comenzó Delfina en tanto sacaba el polvo de los estantes de bebidas-. Nos hizo entrar a su dormitorio, abrió su armario y dijo que podíamos elegir todo lo que nos guste de su ropa de señora, que en el campo ya no necesitaba andar tan bien vestida. Mi tía tomó un abrigo de paño color marrón oscuro y también unas botas de cuero con cordones, seguramente la señora Bernardita las usaba en el invierno. Yo me conformé como un vestido de gasa, para fiesta, y unas sandalias doradas de taco fino y alto, para el baile de aniversario del Cuerpo de Bomberos.

            - ¿Qué habrá querido decir con eso de su ropa de señora? ¿Acaso dejó de serio?

            - Bueno... ahora es viuda, es como si estuviera soltera, además parecía una chiquilina, iba de aquí para allá, se reía por cualquier cosa. Ella y el señor Armando se mostraban muy felices. Mi tía la conoce desde chiquitita y dice que la señora Bernardita ha cambiado mucho. Para mejor, por supuesto. En vida de su padre ella era más seria, un poco creída también.

            - ¿Y en vida de su marido? ¿Cómo era?

            - La verdad es que nunca me fijé, parecía como una sombra, una sombra de los dos hombres de su vida.

            - ¿Qué hacía don Armando?

            - Él se encerró en el estudio de don Belarmino y revisando entre los papeles y los cajones encontró una radio a transistores. La encendió y hasta invitó a bailar a mi tía, la señora Bernardita se reía con ganas y finalmente bailaron ellos dos.

            El único que llevó un brazal de luto por la muerte de su cuñada fue Armando. Jan la había atropellado con un tractor, no la vio a tiempo. Él estuvo todo el tiempo al lado de su hermano Armando, pero sin llorar. Armando pareció desfallecer, cuando comenzaron a caer los terrones sobre el ataúd y Jan se acercó más para sostenerlo ya que, si no lo hubiera hecho, Armando se hubiera enterrado con Bernardita.

            Los gemelos bebían en Los Pumas, como todos los jueves. Habían llegado otra vez para ocupar la misma mesa. Irene los miraba sin ver, su pensamiento estaba en otra parte, muy lejos. No podía olvidar que Delfina también había caído al abismo, cuando regresaba de la estancia de los Smith hasta donde había ido a trabajar invitada por la finada Bernardita. Fue otro accidente más, Delfina volvía en bicicleta y muchos pensaron que los tacos agujas de sus sandalias se enredaron a los rayos de la bici.

            Aunque no está muy convencida Irene no piensa investigar más, una sola mirada de Jan la dejó sin ganas. Jan puede mirar de manera muy convincente, esa tarde de jueves se muestra pendiente de su hermano o de la sombra de su hermano, el cuerpo está allí, pero el alma no.

            La mirada de Jan puede leerse, al menos para Irene es clarísimo el mensaje: "El Olvido va a llegar, el tiempo es como una tormenta de arena que cubre todo, todo, la buena y la mala semilla. Ahora es pronto para hablar pero al cabo me va a entender. Siempre estuvimos juntos y así vamos a seguir".

            Esas son cosas que no pasan desapercibidas para Irene, pero en contra de su costumbre hace todo lo posible por olvidarlas. Se propone que esa misma noche comenzará a leer una nueva novela... pero de amor, nada de misterio.

 

 

LITA PÉREZ CÁCERES

 

            Escritora y periodista paraguaya, autora de novelas, de cuentos y de literatura para niños.

            Como periodista ha trabajado en diarios, en diferentes radios y programas de TV. Actualmente es comentarista cultural en el programa Debate ciudadano, conducido por Juan Manuel Marcos y Carlos Jorge Biedermann, en Radio Chaco Boreal.

            Ha ganado el Premio Challenger en 1990 por su cuento El dios del olvido. En 1910 obtuvo el Premio Roque Gaona -otorgado por la Sociedad de Escritores del Paraguay- por su libro Cartas de amor y otros cuentos.

            Varios cuentos de su autoría fueron publicados en antologías internacionales. Entre sus títulos publicados podemos mencionar. Encaje secreto (novela), Cartas de amor y otros cuentos y Rebelión en el jardín (para niños).

 

 

 

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Y SIGUEN LOS CUENTOS, 2012

HOMENAJE A SU FUNDADOR

Profesor Dr. HUGO RODRÍGUEZ-ALCALÁ

TALLER CUENTO BREVE

Coordinación: DIRMA PARDO CARUGATI y STELLA BLANCO DE SAGUIER

Editorial Arandurã

Asunción – Paraguay. Noviembre 2012 (132 páginas)

 

 

 

 

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