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LITA PÉREZ CÁCERES


  JOSEFINA Y EL SALÓN CELESTIAL - Cuentos de LITA PÉREZ CÁCERES


JOSEFINA Y EL SALÓN CELESTIAL - Cuentos de LITA PÉREZ CÁCERES

JOSEFINA Y EL SALÓN CELESTIAL

Cuento de LITA PÉREZ CÁCERES

 

LITA PÉREZ CÁCERES : Nació en Asunción y a los siete años se radica en la Argentina con su familia. En Buenos Aires realiza sus estudios primarios y secundarios. Regresa en 1965 y desde entonces vive en Paraguay. Es casada y madre de cuatro hijos. Escribe cuentos, participó durante cinco años en el concurso de Cuentos Breves "Veuve Clicquot Ponsardin". Ganó el primer premio en 1986, el segundo en 1985 y el tercero en 1988. Tiene publicado varios cuentos en el Suplemento "Correo Semanal, de Ultima Hora, en la "Revista" del Diario Noticias y en "La Familia", del diario Patria. Hoy está ejerciendo el periodismo, y actualmente colabora en la Revista dominical del diario ABC.

En 1990 obtuvo el Premio "Challeger".

 

 

JOSEFINA Y EL SALON CELESTIAL

 

Amanecía, Josefina abrió los ojos, la luz que apenas entraba por la persiana le hizo sentir que ese sería un día soleado.

Comenzó a estirar todos los deditos, frágiles y con las coyunturas nudosas. Primero el pulgar, después el índice y así todos los demás sucesivamente. Jugaba imaginariamente con una pelota de espuma y apretaba y soltaba. Siguió con los dedos de los pies y se alegró mucho al descubrir que no tenía calambres. Después se destapó y comenzó a bajar sus piernas delgadas y sin vello, lentamente, muy lentamente. Se calzó sus chinelas chinas pero antes alzó su camisón y comprobó que sus muslos se estaban poniendo fláccidos y sus rodillas tenían varias arrugas. Se entristeció un poco, apenas cumplía los setenta y la vida le hacía estas jugarretas. Ah, pero no se amargaría por tan poco. Cosas peores había superado.

Caminó hasta el baño, vacío su vejiga y eliminó el olor echando al inodoro agua de la jarra. Luego la llenó nuevamente y la llevó sin ningún esfuerzo hasta su mesa de luz. Allí la ponían cada noche junto a un vaso, por si tuviera sed de madrugada. Se extasió mirando la hilera de medicamentos: cápsulas, grageas, pastillas, jarabes, inyecciones, aparatos para nebulizaciones y para inhalaciones. En fin, pocas como ella tomaban veinticinco pastillas al día.

Eran las 5.45 a.m., fue hasta su mirador, observó la calle por la mirilla y sólo vio a la muchacha de los Ferrante barriendo la vereda. Era una morocha joven, querendona, de ancas amplias y pechos firmes. Tendría unos 18 años y se notaba que buscaba alguien que calmara sus ansias.

Josefina seguía mirando, sus ojos no habían perdido ni una pizca de capacidad y no pensaba desaprovechar la ocasión. La acera estaba desierta a esa hora. El Sr. Ferrante, el despachante de aduanas, bajó bien vestido,  con traje marrón oscuro. Entró al garage por la puerta lateral y casi al instante también entró la muchacha por ahí.

-No será para guardar la escoba, se dijo Josefina.

Esperó y a las seis y cinco salió la chica abotonándose el uniforme. El patrón, montado en su último modelo partió con cara satisfecha. Ella abandonó la ventana e hizo diez flexiones livianas, algunos minutos de bicicleta y tijeras acostada en la alfombra. Después anduvo en puntas de pie, alzó sus brazos queriendo tocar algunas mariposas invisibles y tardó un rato haciendo morisquetas con la boca frente al espejo. Esto último se lo había enseñado Amelia que murió a los setenta y ocho sin arrugarse. Siempre había envidiado su cutis de porcelana pero estaban a mano porque Amelia le envidiaba el marido. Y pensar que él era un tonto, fanático de la posición del misionero. Todo tuvo que aprenderlo después de enviudar.

Acordarse de Marciano la hacía estornudar, miró el reloj, ya eran las seis y cuarto y tocó el timbre tres veces. Desarregló sus cabellos y cuando la enfermera entró, entrecerró los ojos como si se hubiera acabado de despertar.

-Buen día, buen día, buen día... cómo amanecimos hoy? Es un hermoso día. Josefina contestó con voz quejumbrosa: -Bien, pero todavía me duele un poco la pierna y tengo acidez.

-Pero, pero, pero.... eso no es nada, enseguida vamos a desayunar y a tomar los remeditos y se nos pasarán todas las nanas.

Esta enfermera la habrían conseguido más barata porque a cada rato se le rayaba el disco. Josefina estaba harta de ella, pero no se animaba a cambiarla, ya que quizás otra fuese más avispada.

Donatila le preguntó si iría al baño con el andador o si quería la chata.

-Prefiero el andador.

Lo puso frente a su cama, era un artilugio hecho con caños cromados. Se atajó fuerte y con pasos vacilantes llegó hasta el cuarto de baño. Fingió orinar y tomó el cepillo de dientes con manos temblorosas, a duras penas se lavó su dentadura que conservaba intacta. En un descuido de la enfermera que arreglaba la cama entretanto, guiñó un ojo a su imagen y decidió hacerse lavar la cabeza y peinarse.

Volvió al dormitorio y se sentó jadeante en su sillón. Ahí esperó que Donatila la desvistiese y le pusiese un camisón limpio.

-Sácamelo, tiene olor a pacholí y me da alergia. Poneme el vestido rosa y llamá a la peluquera, hoy tengo que recibir al joven Adolfo.

-Bueno, bueno, bueno,... conque hoy estamos coquetas. Me gusta, hay que estar siempre arreglada.

-Sí, si por las dudas me muero hoy, quiero estar presentable.

-Pero, por qué esos pensamientos tan negros. Ya mismo tomamos el desayuno con el antidepresivo y todo va a marchar mejor.

Se hizo la sorda para no contestar. No desayunó y sólo bebió el jugo acompañado de las vitaminas, del antidepresivo, del Mictazol azul, del antibiótico y del último grito en materia de geriatría: una cápsula roja y alargada.

Donatila recogió la bandeja rezongando.

-Hay que comer, hay que alimentarse o si no las medicinas no nos van a hacer efecto, espero que le guste el almuerzo, hoy comeremos pollo al horno con papas.

-Vaffangulo-pensó, pero no dijo nada. Había aprendido muchas groserías con Carlo, el italiano, que representaba las máquinas para ozonizar el agua.

Permaneció sentada, callada y con la mirada perdida mientras que la enfermera le tomaba el pulso y la presión.

-Abuela, hoy estamos mejor que una chica de quince.

-Entonces no me digas abuela, te lo tengo prohibido, ni siquiera me gusta que me llames doña Josefina.

-Está bien, está bien,... no se enoje que le hace mal.

-No te olvides de avisar a Rosa, la peluquera, la necesito. Quiero que traiga el matizador dorado. Ah, llamá a Susana cuando bajes, tengo que decirle algo.

Sabía que su nuera se enfurecería y eso la ponía eufórica. Llegaría con su sonrisa falsa, llena de dientes muy parejos y postizos. La primera subida la hacía con buena voluntad, sobre todo, pensando que la encontraría desmejorada. Ya estaban sonando sus pasos en la escalera; abrió la puerta y saludó.

-¿Qué tal, cómo estás hoy?

-Nada bien hija, creo que el fin se acerca. Hasta tengo sueños muy raros, son premoniciones. Mi madre y Marciano me llevarán muy pronto.

-Pero, qué es eso, estás más fuerte que nunca.

-No me discutas, hoy tuve otra experiencia de levitación invisible, Di una vuelta a la manzana y descubrí que el Sr. Ferrante se entiende con su muchacha. Cada día me siento más liviana, más eterea. Estoy realmente frágil. Hoy por ejemplo no comeré nada para llegar al cielo estómago vacío.

-¿Aparte de estas tonterías tenés algo más que decirme?

-No nada más por el momento. Pero te ruego que cuando venga ese joven lo hagas subir enseguida y que nadie nos interrumpa, tenemos algo muy importante que tratar.

-Bueno, me voy a dar instrucciones a la lavandera. No me llames a menos que sea necesario.

Adolfo llegó a las cinco muy puntual e interesante. Estaba bronceado y la remera blanca resaltaba sus músculos. En su profesión parecer vital era muy importante.

Ella estaba sentada en el sillón. Bien peinada, oliendo a perfume francés y ligeramente maquillada. Había cerrado las persianas y prendido un velador que daba una apariencia íntima a la habitación. Donatila no había regresado desde las tres y tuvo tiempo de preparar el ambiente. Estudió con ojos críticos al joven. Alto, elegante, con aroma a loción masculina que la excitaba. Tenía el cabello castaño con reflejos dorados, ojos marrones y un bigote tipo canalla. Según ella existían tres tipos de bigotes; el macho: negro, ancho y espeso; el de chantajista y malvado: negro y finito, bien peinado (lo usaban los actores mejicanos). Pero el que más le gustaba era este, rubio bien poblado y con puntas finas. Tenía unas ganas locas de sentir sus pelos cosquilleando en su espalda. Se contuvo. Lo invitó a sentarse y comenzaron a tratar el tema que les interesaba.

Susana, repantigada en la tumbona, con los pies levantados, hacía la quinta llamada telefónica.

-¿Hola Beba, qué tal?... pero bien, sin novedades. No, hoy por suerte me llamó una sola vez. Según la enfermera está empeorando y ahora ya prácticamente no se mueve. Dentro de poco va a estar llena de llagas. No, no, vos sabes que Norberto no quiere saber nada de internarla. Claro a él no lo molesta para nada y cuando llega de su oficina, sube a saludarla y ella parece la abuelita de Caperucita. Tierna, débil, indefensa. Francamente no sé qué pensar, está con una arterioesclerosis muy avanzada y se le ocurre que tiene poderes parasicológicos. Pero por suerte no se le da por tirar la plata, se entretiene hablando con los promotores de todas las empresas que ponen avisos en los diarios, pero no compra nada. Ahora está con uno, no sé qué vende pero no me importa porque hace más de una hora que no toca el timbre. Yo no le deseo la muerte, tampoco estoy interesada en la herencia ya que nadie sabe cuánto tiene en el banco. Bueno querida nos veremos el jueves en la clase de ikebana, chau.

Josefina sentada en las rodillas de Adolfo, trataba de firmar el cheque mientras él le besaba la nuca pinchándola con sus bigotes preciosos.

-Ay, seguí que me encanta querido, después dame unos mordisquitos.

Elegí el servicio más caro, el presidencial. Me gusta el cedro labrado en diez cantos y además con ocho manijas. ¿Es cierto que está totalmente tapizado y que tiene almohadillas de encaje? Debe ser un ataúd majestuoso. Me gusta mucho el nombre que le dieron. Salón Celestial... parece tan poético.

Ah, quiero que en el Servicio de Cafetería también sirvan cognac francés legítimo, que lo carguen a la cuenta.

Adolfo estaba atónito y cansado. Esta viejita trabajaba mejor que muchas profesionales, lo dejó bien relajado. Ahora sólo esperaba el cheque para poder irse.

-Acá tenés tesoro. Son cien mil, te lo hice al portador. Poné el contrato a nombre de Norberto, mi hijo. El no se va a negar a pagar el funeral de su madre. Adiós amor pasajero...

Susana abrió la puerta principal y la cerró tras Adolfo pensando: Ahora esa vieja maldita comenzará a llamar.

Efectivamente, sonaron tres timbrazos.

 

Lita Pérez Cáceres.

 


Fuente:



© EDITORIAL DON BOSCO

Tirada: 750 ejemplares

IMPRENTA SALESIANA.

Asunción, Paraguay

1992 (152 páginas)
 

 
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Cerámica de JOSEFINA PLÁ

 

 

 

 

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