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JUAN EMILIANO O’LEARY


  PROSA POLÉMICA, 1982 - Ensayos de JUAN E. O’LEARY


PROSA POLÉMICA, 1982 - Ensayos de JUAN E. O’LEARY

PROSA POLÉMICA

LOS LEGIONARIOS

APOSTOLADO PATRIOTICO

ILDEFONSO A. BERMEJO, FALSARIO, IMPOSTOR Y PLAGARIO

Ensayos de JUAN E. O’LEARY

Ediciones NAPA

Libro Paraguayo del Mes

Nº 15 – Enero de 1982

Asunción – Paraguay

225 páginas

 

 

 

 

MEDIO SIGLO DESPUES

 

         Hace poco más de cincuenta años aparecieron primeramente en periódicos y revistas, luego en libro y folletos, los tres capítulos que integran esta PROSA POLEMICA del escritor nacional don Juan E. O'Leary y que corresponden a los títulos originales de Los Legionarios, Apostolado Patriótico e Ildefonso A. Bermejo, falsario, impostor y plagiario, todos los cuales constituyen una rareza bibliográfica - digna de coleccionistas- pues se hallan hace tiempo agotados.

         El hecho de que los libros de este autor hayan contado siempre con el favor del público y de que a más de una década de su muerte aún siga siendo leído, discutido y buscado en bibliotecas públicas y privadas, ha movido a Ediciones NAPA a proyectar, primero, y preparar, después, esta versión de las obras mencionadas, que se atienen en un todo a las versiones iníciales.

         La ausencia de ellas tanto de las librerías como de la inquietud informativa del lector contemporáneo y la necesidad acuciosa de que se conozca al verdadero O'Leary, en su propia letra, suman otra justificación, más valedera aún, quizás, al propósito de actualizarlo y dinamizar nuevamente sus textos.

         Se comprende que don Juan E O'Leary ha sido, desde su más extrema mocedad, un escritor combatiente, o si se quiere más y en términos de historia: militante. Cierto es que sus adjetivaciones alcanzan a veces los límites del exabrupto y que nombres y hechos de un pasado no distante quedan casi como sepultados bajo el peso de su impulso de polemista.

         Pero nadie podrá dejar de entender que detrás de toda esa andanada argumental, dirigida a gentes y épocas de muy precisa existencia, subsiste un anhelo de intención nacional acompañado por un estilo cautivante, directo, casi hablado. Eso es lo que ha hecho del escritor y maestro paraguayo un nombre insoslayable en el proceso de la cultura nacional, que en este caso abarca más de siete décadas. Se lo podrá olvidar voluntariamente, tal vez, o negar dentro de los lindes de la pasión, o exaltarlo hasta planos inconcebibles, aun sin conocerlo a fondo, pero lo que no se logrará es ignorarlo. Sin O'Leary no se entiende una etapa importante de la cultura patria.

         Ediciones NAPA cumple así con un deber y un anhelo. Para concretarlo es que entrega este volumen 15 de su Colección del LIBRO PARAGUAYO DEL MES. Cabe consignar que este emprendimiento ha sido posible gracias a la comprensión de los herederos del autor, señoras Rosita O'Leary de Barrios y Edelmira Ricca de O'Leary, cuyo espíritu de colaboración queda aquí reconocido.

         También las Ediciones consideran oportuno señalar que tanto el título de la obra, la introducción, cronología, bibliografía y aclaraciones correspondientes pertenecen al profesor don Raúl Amaral, discípulo dilecto del maestro, a cuyo solo cuidado ha estado la edición, tarea realizada con el más absoluto desinterés de su parte.

         Ediciones NAPA se complace en poner en manos de lectores nacionales y extranjeros este conjunto de escritos de un autor que acrecienta su prestigio más allá de su ausencia física y que está considerado, por propios y extraños, como uno de los grandes pensadores paraguayos con proyección americana.

 

         Ediciones NAPA

 

 

JUAN EMILIANO O’LEARY, ESCRITOR Y MAESTRO

 

         raúl amaral

 

         A Francisco Barreiro Maffiodo,

         espíritu paraguayo, corazón romántico.

 

 

         1. VIDA. ORÍGENES FAMILIARES

 

         El 3 de febrero de 1870 el RP. Tomás O'Canavery, capellán del ejército argentino de ocupación, casaba en Villa Occidental -hoy Villa Hayes- al ciudadano de aquella nacionalidad, don Juan O'Leary, viudo de la dama uruguaya doña Dolores Thedy, con doña Dolores Urdapilleta, viuda a su vez de don Bernardo Jovellanos, muerto trágicamente durante la guerra de la Triple Alianza.

         Los padres del novio eran: don Juan O'Leary, irlandés, y doña Eladia Costa, de familia arraigada en el oeste de la provincia de Buenos Aires; los de la novia, el Coronel de artillería don Pascual Urdapilleta, vasco incorporado a las fuerzas patriotas durante la invasión de Belgrano y doña Cesárea Carísimo, cuyos pergaminos nativos tenían remota historia. Fueron padrinos de aquella ceremonia don Bernardino Wasmosy y doña Ramona Urdapilleta.    

         El padre del escritor había nacido en la capital argentina, lo mismo que su hermano Emilio, más tarde integrante de los núcleos iníciales que poblaron la ciudad de Chivilcoy. Tenía también parientes en el Uruguay, figurando entre ellos Teresa y Rosita O'Leari (sic), destinatarias de poemas y acrósticos de Don Francisco Acuña de Figueroa. De esa vinculación con dicho país proviene el error de Natalicio González de considerarlo oriental.

         Contrariamente a esto, el hijo dejó fijado en prosa y verso el origen de su verdadera nacionalidad. En la dedicatoria de su libro El Paraguay en la unificación argentina (1924), dice: "A Juan O'Leary, mi venerado padre, testigo del épico martirio del Paraguay y obrero de su resurgimiento, que me enseñó a amar a su gloriosa tierra argentina y encendió en mi corazón el fuego del más puro patriotismo". Al año siguiente, expresa en el soneto que con el título de "25 de Mayo" envía al poeta Leopoldo Díaz: "Maestro; en este día pleno de evocaciones pensando en vuestra tierra, que es de mi padre el lar..."

         Don Juan O'Leary había sido, en 1879, presidente de la Junta Económico-Administrativa -organismo municipal de Asunción, desempeñándose también como martillero público de mucha actividad. Antes de 1906 regresó a la Argentina, falleciendo a los 84 años, el 17 de agosto de 1925, en la región bonaerense de Pergamino. En su primer aniversario, el 15 de agosto de 1926, nuestro poeta le dedicó una "Elegía filial", que puede conceptuarse como uno de sus mejores poemas. También a la muerte de su madre, fechado el 23 de setiembre de 1923, había publicado su "Mater dolorosa", de igual contenido lírico que el anterior.

         La fecha del nacimiento de Juan Emiliano O'Leary Costa y Urdapilleta Carísimo -que esos eran sus nombres y apellidos completos- ha aparecido, durante mucho tiempo, con equívocos. Según las versiones más difundidas (que recoge William Belmont Parker en Paraguayans of to-day, 1920), corrientes aun en nuestros días, esto habría ocurrido el 13 de junio de 1880, año éste que el propio autor se encargó de certificar en una autobiografía poética:

 

         Cerrado el ciclo trágico

         y diez años después de consumada

         la heroica inmolación de nuestro pueblo

         en la última batalla,

         en medio del dolor de la derrota

         y sobre los escombros de la patria,

         amaneció mi vida...

 

         En época reciente el historiador nacional Lic. Alfredo Viola logró una importante rectificación en cuanto al día, si bien el año venía siendo objeto de modificaciones, ratificándose el que hoy se conoce. El certificado, expedido en copia fiel por el Archivo General del Arzobispado de Asunción, señala textualmente:

         "En esta parroquial Iglesia de la Encarnación y veinte y tres de Noviembre de mil ochocientos setenta y nueve: yo, el infrascrito cura párroco de ella, bauticé solemnemente a un párvulo con el nombre de Juan Emiliano, nacido el doce de junio del corriente año, hijo legítimo de Juan O'Leari (sic) y Dolores Urdapilleta; fueron padrinos Emiliano Coria y Leopoldina Jovellanos, quienes fueron advertidos de la cognación espiritual y obligaciones contraídas. De todo lo que certifico y firmo. (Fdo) Blas Y. Duarte".

         Queda en claro, entonces, que sus nombres de pila son: Juan Emiliano (y no "Emilio", que corresponde a su hijo) y que su venida al mundo ocurrió el 12 de junio de 1879.

         El escritor británico George Pendle (Paraguay a river side nation, London, 1954) ha creído ver en esa fusión de sangres irlandesa y eúskara no pocos de los rasgos característicos del maestro paraguayo: su firmeza, su rotundidad, su intransigencia de principios, que en el mejor estilo celta afloraron en su espíritu de polemista a partir de 1902.

 

 

         2. PRIMEROS ESTUDIOS. INICIACIÓN LITERARIA.

 

         El ansia de saber de O'Leary fue constante y puede afirmarse que sólo se apagó con su muerte. Por eso habrá que ubicar sus "primeros estudios" entre aquellos que cumpliera formalmente. Inicia el ciclo primario en el Colegio de Niños de la Encarnación, clase inferior, tercera sección, el 5 de enero de 1885, con seis años de edad. Firman el cuadro clasificatorio de exámenes J. Nicolás González, J. Ismael Billordo, Teodoro Chacón y Otoniel Báez ("La Democracia", Asunción, 19 de diciembre de 1885).

         Finalizados aquéllos se inscribe, en 1892, en el Instituto Paraguayo, establecimiento de segunda enseñanza dirigido por Pedro Bobadilla y Ezequiel Giménez. Allí conoció a Ignacio A. Pane, un año menor que él. Pasa enseguida al Colegio Nacional de la Capital, en cuyos segundo y tercer cursos integra la nómina de alumnos distinguidos. Egresa prácticamente en 1897, después de haber dado el sexto libre. Retira su diploma, expedido por el Rectorado de la Universidad, el 28 de febrero de 1898, siendo el bachiller No 117. Por esa fecha lo hacen: Ricardo Brugada (hijo), Emilio Romero Pereira, Fulgencio R. Moreno y Andrés Gubetich, y al mes siguiente Ángel Medina y Cayo Romero Pereira ("Anales de La Universidad Nacional", Asunción, t.III. año II, No 3/4, p. 238, marzo de 1903).

         Su padre lo envía a Buenos Aires para que, bajo la protección de su amigo, el alienista y profesor universitario Dr. Domingo Cabred, ingrese a la Facultad de Medicina. Pero el joven, sintiendo que es otra su vocación, vuelve a Asunción, en cuya facultad de Derecho y Ciencias Sociales continuará hasta el tercer curso. Afanes periodísticos y polémicos, unidos al intenso ejercicio del profesorado, le impidieron culminar esa carrera.

         La inquietud literaria, que no lo abandonaría más, se ha manifestado ya en las aulas de la secundaria. Es así que funda, con sus compañeros del tercer curso, la sociedad denominada "la Brisa del Porvenir", que funcionaba en un local de las calles Oliva y 25 de Diciembre. El domingo 9 de junio de 1895 se realiza la velada inaugural con la participación de la Banda del 1º de Línea. En esa oportunidad hablaron: José González Loizaga, Raimundo Ovelar, Herib Campos Cervera, Emiliano Saguier, César Fretes Ayala y Juan E. O'Leary, quien llegará a ser presidente de la agrupación. Por su parte los estudiantes de cuarto y quinto cursos, comandados por Antolín Irala, se reúnen en "La Aurora literaria".

         Es en el Colegio Nacional (calificado más tarde por él como "el alma mater del Paraguay moderno") donde O'Leary hace circular un periódico manuscrito: "El Invisible". Luego pasará a redactar "La Juventud" con Pane, y "El Estudiante" con Ricardito Brugada, publicado en sus páginas y en las subsiguientes de "El Porvenir" (1900), sus primeros artículos patrióticos.

         Son esos, asimismo, los tiempos de "La Tropilla", nucleación juvenil de la que es, según Pane, "el pontífice máximo, el primer sacerdote, el Crisóstomo". Y agrega que por entonces "vive casi solo en un caserón secular, encerrado casi en el centro de la capital; pero su habitación es convertida a las veces en centro de nuestra bohemia literaria". Era el antiguo caserón de sus bisabuelos, los Carísimo, del que Herib Campos Cervera, amigo entrañable, fuera asiduo y pintoresco huésped.

 

         3. EL JOVEN MAESTRO Y EL ESCRITOR

 

         Su dedicación a la enseñanza resulta evidente. Este será, por lo demás, su único medio de vida durante un cuarto de siglo, hasta su retiro. Apenas graduado de bachiller obtiene la cátedra de geografía, posteriormente las de historia americana y nacional y de castellano en el Colegio. En la Escuela Normal dictará historia universal. También historia crítica de la literatura española y americana.

         En los finales del gobierno del Cnel. Escurra (mayo de 1904) es nombrado en su único cargo público hasta 1925: interventor del gobierno en la Lotería Nacional, funciones que a pesar del triunfo de la revolución liberal en diciembre de ese año, continuará cumpliendo y que terminarán con su renuncia en enero de 1905. A raíz de los sucesos que siguieron a dicho movimiento armado y en particular bajo la presidencia del Dr. Cecilio Báez (9 de diciembre de 1905-25 de noviembre de 1906) O'Leary queda reducido al usufructo de una sola cátedra en el Colegio Nacional, que pudo conservar por influencia de su maestro don Manuel Gondra y de su amigo el Dr. Manuel Franco - director de la institución-, quienes gozaban de algún predicamento en el nuevo oficialismo. Para paliar las consecuencias económicas de esa situación se fue a vivir con su esposa doña Dorila Gómez con la que se había casado en 1902, y con su hijita Dolores Rosa, nacida en 1903, al vecino pueblo de San Lorenzo Ñú Guazú, en una vivienda que aún se conserva en la esquina de las calles actualmente denominadas Coronel Bogado y Coronel Romero. En esa población encontró a dos héroes de la guerra de la Triple Alianza: el coronel José María Romero y el artista y telegrafista Saturio Ríos, quienes le facilitaron muchos datos históricos. En 1907 el matrimonio O’Leary vuelve a la capital.

         En 1910, por interés de Gondra, es ascendido a vicedirector del Colegio Nacional, circunstancia que no impidió su designación como director por el Cnel. Albino Jara, cabecilla de la sublevación del 2 de julio de 1908, autor del derrocamiento del presidente Gondra, el 17 de enero de 1911 y mandatario provisional en febrero de este último año, en que se produce el nombramiento de O'Leary.

         Con el beneplácito de los alumnos del Colegio y el no mucho entusiasmo de algunos profesores, prosigue al frente del establecimiento hasta que en junio de 1914 el gobierno de Eduardo Schaerer dicta un decreto comisionándolo para "hacer estudios sobre enseñanza e historia patria en España, Francia e Inglaterra". Fue quizás un procedimiento táctico para alejarlo del cargo, pues en ningún momento abandonó el país. En su lugar fue nombrado el Dr. Pedro Bruno Guggiari.

         La tarea profesoral se clausura, prácticamente, en 1924, a raíz de un principio de afasia, que le obligará a interrumpir sus vacaciones en Caacupé. Consigue primero un permiso por tres meses, con goce de sueldo, el que le es prorrogado en mayo. Obtiene una nueva gracia, esta vez por todo un año, desde marzo de 1925, en las mismas condiciones. Años antes, en 1920, había tramitado su jubilación, que se le concedió por la suma de $ 2.252,50 c/1. En julio del 24 pide un reajuste, que es aprobado llevando sus haberes a $ 2954,81, o sea un aumento de 702,31, beneficio éste que debe interpretarse como una distinción de Eligio Ayala, su condiscípulo y amigo, nada dispendioso en el manejo de los dineros públicos.

         A modo de curiosidad y cerrando esta etapa juvenil ofrecemos un testimonio de la actuación militar del joven profesor: don Enrique Solano López, comandante del 6º batallón de la Guardia Nacional expide, el 26 de noviembre de 1904, la siguiente constancia: "El señor don Juan E. O'Leary queda autorizado para firmar cualquier documento en representación mía como comandante del batallón Nº 6". Agreguemos que O'Leary revistaba con el grado de Teniente 1º.

 

         4. EL ABANDERADO DE LA ESPERANZA

 

         ¿Quiénes fueron sus maestros? Nada menos que Manuel Gondra, Manuel Domínguez y Cecilio Báez, como lo reconociera él mismo y lo confirmara en sus últimos años. Igualmente dos españoles que orientaron el quehacer de su generación, la del 900: los doctores Ramón Zubizarreta, del que recibió lecciones de filosofía (y asimismo del Dr. Emeterio González, discípulo de éste) y el profesor y médico Manuel Fernández Sánchez, al que dedicara la versión inicial de "El Alma de la Raza" (1899).

         Cipriano Ibáñez en "El Estudiante" y Ramón V. Caballero (de Bedoya, como firmará después) en "El Porvenir", tradujeron el sentir de sus contemporáneos en verdaderas anticipaciones. Mas, tocará al publicista peruano Carlos Rey de Castro -íntimamente vinculado a la cultura paraguaya y cuyos restos reposan aquí- trazar el perfil de O'Leary (un O'Leary todavía adolescente), indicar sus valores y presentarlo como un ejemplo y una esperanza juvenil. Báez, primeramente su guía intelectual y luego su adversario, había elogiado su actuación ante Juan de Dios Peza, el romántico poeta mexicano. Era allá por 1901.

         O'Leary contesta a Rey de Castro el 17 de junio de 1902, admitiendo el magisterio que en él habían ejercido el Dr. Fernández Sánchez, don Manuel Gondra y los doctores Báez y Domínguez, respectivamente.

         Como un abanderado de amplias expectativas nacionales se anuncia O'Leary. Pero, joven al fin de cuentas, decide trazar huella aparte, pues una secreta intuición le ha dicho que entre la historia hasta entonces escrita y el pueblo se ha originado un abismo que será necesario superar. Así fue que tuvo que combatir contra el ambiente, contra prejuicios impuestos, no importándosele las consecuencias. En la Revista del Instituto Paraguayo, a raíz de su presentación a la traducción del Dr. Pane a la "Ode au Paraguay" de Jean -Paul Casabianca (1903) fue desautorizado por el directorio de la entidad.

         Arrostró la adversidad, la inseguridad económica, los riesgos de avanzar fuera de los andariveles de la cultura oficial y creó -quiérase o no, con aceptación o rechazo de sus entusiasmos o denuestos- una nueva conciencia histórica, un distinto sentido de historicidad.

         Y lo hizo con plena razón de lo que se proponía, en una actitud de inconformismo que le atrajo la simpatía de las sucesivas promociones de estudiantes. De ahí venía aquella recomendación suya, escrita en 1916: "Aceptamos la responsabilidad de nuestra obra. Levantémonos contra el ambiente que nos deprime. Seamos la encarnación de una santa rebeldía".

 

         5. PERIODISMO. ACTUACIÓN PÚBLICA

 

         Otro de los medios de que se valió O'Leary fue el periodismo, más un periodismo combatiente, en concordancia con su interpretación de la historia militante, dentro del cual se negó siempre a recibir ni el estímulo de un solo céntimo. Solía recordar esto argumentando que la profesionalidad le hubiera obligado, muchas veces, a no hacer lo que quería. Deseaba conservar la máxima libertad de expresión posible.   

         Como se ha adelantado, incipientes hojas estudiantiles contaron con su firma. En ellas comenzó a difundir algunos poemas patrióticos y sus más tarde conocidos "Recuerdos de Gloria", en prosa sentimental pero elegante.

         En 1898 el Dr. Blas Garay lo lleva, en carácter de reporter, a la sección "Telegramas del exterior" del diario "La Prensa", del que era director. Casi de inmediato, desde el 900 mismo, colabora asiduamente en "La Patria", que orientaba don Enrique Solano López y en 1903, cuando aquél dejó de aparecer, en "La Tarde", una especie de sucesor con cambio de título.

         Participa en la fundación de "El Nacional", en 1910; escribe en "General Caballero", en 1915 y en el antes reaparecido "Patria". En 1923, a invitación del Dr. Viriato Díaz Pérez y del propio director, don Eduardo Peña, que mucho lo estimaban, se incorpora a "El Liberal", en el que continuar publicando -en contundente y restallante prosa- durante toda la guerra del Chaco. Y en 1929 se suma a los que redactan "La Unión", órgano defensor de los principios de la asociación política a la que pertenecía, todo ello sin desmedro de lo anterior.

         Las revistas contaron también con su colaboración activa: la del Instituto Paraguayo, desde 1898, y de la que a comienzos de siglo fuera secretario, cuando su jefe era el sabio italiano Guido Boggiani. Asimismo se lo halla en "Crónica" (1913-15), "Letras" (1915-16), "Juventud" (1923-26), pudiendo decirse que no hubo publicación que no contara con el aporte de O'Leary en prosa o en verso.

         Debe destacarse su participación en la revista "Guarania" de Natalicio González, desde su primera época (1920), donde se hallarán no escasos temas del veterano publicista.

         En el orden de la actuación pública es de señalar que la etapa inicial de su función diplomática se cumple a partir de 1925, en que el presidente Eligio Ayala lo designa, casi simultáneamente, cónsul general y encargado de negocios en España. A su regreso, en 1929, se lo destina como director del Archivo Nacional, funciones en las que se hallaba cuando la edición de sus libros polémicos de la década del 30, incluyendo en esta nómina El héroe del Paraguay (Montevideo, 1930). En 1933 pasa a dirigir el Museo Histórico Nacional.

         Fue, además, diputado nacional en 1917, elegido por la Asociación Nacional Republicana y por un período de cuatro años.

 

         6. TAREA INTELECTUAL

 

         Ha sido intensa en todos los momentos de su vida, aunque pocas veces se concretara en volumen. Su primer trabajo consistió en la traducción del francés de Le bon éléve (El buen alumno), libro de lectura del director del Colegio San Luis, presbítero Miguel Casabianca, editado en 1902. El siguiente será La guerra de la Triple Alianza, extensa historia incorporada al Álbum Gráfico de la República del Paraguay, compilado por don Arsenio López Decoud al celebrarse el centenario de la Independencia. Nunca figuró como volumen aparte. En él se incluyen aportes anteriores a esa fecha, sin mayores variantes en su interpretación histórica.

         Sus Recuerdos de gloria apenas si alcanzan el folleto con que se inician: 24 de Mayo, con prólogo de Ignacio A. Pane (1904). Su tarea quedará más tarde definida por el prólogo a la primera edición de El Alma de la Raza de Manuel Domínguez (1918). Ese año aparecerán impresas en Barcelona con ilustraciones de Andrés Campos Cervera (Julián de la Herrería), las elegías de A la memoria de mi hija Rosita, fallecida a los 12 años de edad el 22 de abril de 1915, clausurándose así los acentos del posromanticismo que asumiera desde su juventud...

         Nuestra Epopeya (1919) es el primer aporte suelto a los temas históricos. En él inaugura O’Leary una modalidad que le será propia: la de reunir en un mismo cuerpo monografías, conferencias y discursos, exceptuándose de este procedimiento las biografías propiamente dichas. Algunos títulos -como se advierte- aparecen repetidos, no así sus respectivos textos, procedimiento adoptado para el conjunto de los capítulos de El Libro de los Héroes (1922) similar, en ese aspecto, a Nuestra Epopeya. Quedan de este modo compilados trabajos de diferentes épocas, siendo el tono de los mismos más expositivo que documental, si bien no desdeñando esto último, aun en los de mayor fuerza polémica.

         En 1920 sale por los talleres gráficos de "La Prensa" de Asunción la edición príncipe de El Mariscal Solano López, de 374 páginas, que se agotó rápidamente, prolongándose su venta en el exterior. La segunda notoriamente aumentada, beneficiada con numerosas ilustraciones -llega a las 454 páginas- se realizó bajo el sello de Félix Montaner en Madrid. La tapa corresponde a la efigie del Mariscal en la interpretación del artista paraguayo Modesto Delgado Rodas.  

         Dos años después, como queda dicho, entrega El Libro de los Héroes, que imprime "La Mundial". Allí retoma el procedimiento antológico de incorporar capítulos de diferente extracción: meditados unos, nacidos de la febril actividad pública, otros. A través de su lectura se rescatan personajes populares de la guerra de la Triple Alianza, en un contexto a la vez, de indudables elementos literarios.

         En consonancia con el propósito que se impusiera desde temprano, este libro se halla más cerca de la literatura que de la historia estricta y metodológicamente considerada y en tal sentido puede estimarse como uno de los más significativos de su obra total y el que caracteriza con más aproximación su estilo.

         Da a conocer en 1924 El Paraguay en la unificación argentina, que es la versión ampliada de la conferencia que pronunciara en el Teatro Nacional (hoy Municipal) el 10 de noviembre de ese año, al recordarse un nuevo aniversario del Pacto de Unión de la República Argentina, denominado de San José de Flores, en el que tuviera principal participación el Paraguay, orientado diplomáticamente por don Carlos Antonio López y representado por el entonces general Francisco Solano López.

         A este suceden, con singular contundencia, tres libros de agitación polémica: el ya citado El Héroe del Paraguay, Los Legionarios y Apostolado Patriótico, todos de 1930, más un folleto difundido periodísticamente en 1931: Ildefonso A. Bermejo, falsario, impostor y plagiario. Pueden calificarse como dignos de edición ensayos sueltos dedicados a Alberdi, Unamuno, Goycoechea Menéndez (que inicia la 2a. versión de Guaraníes. 1925), Ernesto Quesada, y su poesía y prosa "literaria" de la más variada índole, que marcan una etapa de más de setenta años. No podría excluirse de esta nómina un volumen cuyos materiales venía preparando y que de algún modo significa una prolongación de la biografía del Mariscal: El Centauro de Ybycuí (París, 1929), que aunque con aristas definidas, como que se trata de exaltar la vida heroica del Gral. Bernardino Caballero -de quien fuera secretario, confidente y amigo-, no tiene el empuje combatiente de los ya aludidos. En resumen: O'Leary pública, a lo largo de su dilatada vida intelectual, 10 libros (incluyendo entre éstos a La guerra de la Triple Alianza) y 15 folletos. De aquéllos sólo cuatro han sido reeditados, de los cuales El Mariscal Solano López cuenta con tres versiones (1920, 1925 y 1970).

         Como una característica del universalismo (no "cosmopolitismo") que distinguió a su generación cabrá advertir sobre los vínculos, preferentemente americanos, que conformaron la tarea de O'Leary, en un Paraguay volcado hacia el mundo y no encerrado en sí mismo. Ejemplo de ello fueron sus prologuistas: dos uruguayos, José Enrique Rodó y Luis Alberto de Herrera; un mexicano, Carlos Pereyra, y un venezolano, Rufino Blanco Fombona.

 

         7. POESÍA Y PROSA. LECTURAS

 

         El adolescente anuncia al poeta. En las columnas de "El Pueblo" de Asunción inaugura, el 1 de marzo de 1898, sus temas históricos con un largo poema: "1º de Marzo de 1870", temática que desde entonces no habrá de abandonarlo. Ese año adelanta sus versos juveniles en las veladas del Instituto Paraguayo con "A Verdi". Enseguida vendrán "El alma de la raza" -donde es indudable la influencia de Zorrilla de San Martín- que en 1899 publica la revista de esa entidad, y "A mi patria", soneto que aparece en "El Pueblo" el 24 de marzo.

         Hasta poco después del 900 su expresión será particularmente lírica, como lo reconociera Pane en 1902. Casi una década más tarde José Rodríguez Alcalá, en su Antología Paraguaya (1911) ha de darle el calificativo de "cantor de las glorias nacionales", que lo identifica y que prefería entre muchos otros que le fueran adjudicados.

         Poesía sentimental, hogareña, descriptiva y patriótica es la suya. Iniciador de los temas indigenistas, su inspiración comienza con "El alma de la raza" y continúa con "Salvaje", "El último cacique", "Andresito" y "Abambaré", hasta culminar con estrofas escritas en guaraní: "Curuzú mí", " ¡Jha che retá!" y "Che raiype" (respetando sus grafías), todos de 1924. Dominaba plenamente el idioma nacional, cuyas fuentes están en el Padre Montoya, según se complacía en reiterarlo. De esta orientación parten -sin que él lo sospechara- poetas del segundo modernismo como Guillermo Molinas Rolón (1892-1945) y Natalicio González (1897-1966). La posterior contribución, ya popular de Ortíz Guerrero y Emiliano R. Fernández, en poesía; Félix Fernández, Francisco Martín Barrios y Julio Correa en teatro, es asunto aparte.

         A pesar de que nunca abandonó del todo la entonación posromántica, puede afirmarse que desde 1914 sus signos son de comprensión del modernismo, no el que comenzara en 1901 con la prosa de López Decoud y Domínguez y en 1904 con los versos de Marrero Marengo, Toranzos Bardel, Freire Esteves y Roberto A. Velázquez (agregando a ellos a Alejandro Guanes, algo mayor en edad), sino al que se inicia entre 1909 y 1910 y en el que forman filas varios de sus discípulos del Colegio Nacional (Pablo Max Ynsfrán, el primero de todos) unidos después en la revista "Crónica", que es lanzada en 1913, cuando el modernismo paraguayo -habrá que insistir en ello- contaba doce años de existencia. Todo un símbolo implica el saludo de O'Leary al primer soneto de "La cumbre del Titán" de Ramos Giménez (hay un segundo, casi desconocido, publicado en 1926): "La musa nacional despierta", y todo por obra de lo que él denominaba "la novísima generación".

         En 1916 da a conocer su soneto "Don Quijote en el Paraguay", que entraña una renovación con respecto a su posromanticismo anterior. En esa línea estarán (repetimos: de comprensión, aunque tardía, del modernismo, fenómeno que también se observa en Pane a partir de 1919) "El último cacique" (1924), las ya recordadas elegías familiares de 1923 y 1926 y el ciclo celebratorio de "Los Conquistadores" (1929), a los que habrá que añadir todos los poemas que escribió en Europa.

         Aunque en lo referente al modernismo no fuera constante su comprensión de Rubén Darío, lo cierto es que sus vínculos con aquel movimiento de renovación intelectual no son desdeñables, si se lo ubica en un segmento que va del argentino Goycoechea Menéndez al venezolano Blanco Fombona, sus entrañables amigos, ambos modernistas. "Portentoso hecho catonquérico" será para él el Mariscal López en 1918 y 1922, del mismo modo que "cachorro de hecatonquérico" había sido Lugones para Darío a fines de siglo. Esa retoma del lenguaje de la secta debe ser tenida en cuenta.

         La prosa de O'Leary ("el niño de la prosa de fuego" lo calificó Manuel Domínguez en 1902) ha experimentado las variantes del tiempo. El párrafo, algo grave en los comienzos, sujeto a una melodía verbal expresada en extensos períodos, es reemplazado por un juego de elipsis más ceñido, aunque ganancioso de una musicalidad que no confina (porque ese es su propósito) en lo artístico o decorativo. Es la distancia que va de Nuestra Epopeya a El Libro de los Héroes, la liberación de los cánones "severos y solemnes" de cierta prosa española, que dijo años más tarde. Este procedimiento se verá acentuado en El Centauro de Ybycuí, (recuérdese que los Centauros entran asimismo en la mitología modernista) donde el dialogo entre autor y lector adquiere contornos coloniales.

         Uno de los recursos de que se vale en la etapa cercana a 1920 es el de una adjetivación más libre, con lo que el estilo gana en colorido y eficacia interpretativa. Aunque se descubre a simple vista la atmósfera entre reposada y vibrante en que discurren sus monografías y la caudalosa fluencia oral que distingue a sus discursos y conferencias (de alguna manera el "genio verbal" que Borges advirtió en Lugones tiene una veta modernista), O'Leary no se aparta del objetivo principal: el pueblo al cual está dirigida u orientada su prosa, erguida como una bandera por acción de su seudónimo criollo de Pompeyo González (otros y anteriores habían sido "Jestas N. Zambrana" y "Diego de la Escosura").

         En sus trabajos de lo que llamaríamos literatura desinteresada, es decir aquella que ha funcionado al margen de su militancia de historiador, campea una intención entre evocativa y anecdótica, sin que la subjetividad que los circunda haga palidecer la idea o el relato...

         Debió mucho O'Leary, según propia confesión, a las letras francesas: desde Michelet (el modelo de su metodología histórica) hasta Lamartine; desde Víctor Hugo a Balzac -absorbidos en conjunto, según rasgo propio de su generación, según hemos manifestado reiteradamente-; desde Zola, valgan las distancias estéticas, a Paul de Saint-Víctor, cuyo Hombres y Dioses poseía en la traducción española de 1883. Pero sobre todo Zola, a quien calificaría de "figura fascinadora de mi generación".

         Como no podía ser menos, amaba profundamente a España, puesto que ése había sido el origen de su cultura literaria -con acentuación en los clásicos- formada por los maestros españoles, sus mentores en el Colegio Nacional, que fueron en verdad y hasta pasado el 900, los padres de la cultura paraguaya moderna. Pero O'Leary interpretaba que le era necesario alivianar sus elementos expresivos, diafanizarlos, si le era posible, para una más directa comunicación con lectores y oyentes; por eso (marginando obligadamente a Zola, recargado de cientificismo y de cierto pesimismo social, que nuestro autor no compartía) encontró en Paul de Saint-Víctor, Michelet y en el ánimo mesiánico de Víctor Hugo, la senda apropiada a eso que Rodó denominara "la gesta de la forma" y que en él fue un golpear contra el yunque, con brillo de chispas. De aquí que sus galas literarias estuvieran revestidas de algunos acentos de espontaneidad.

 

         8. LA CAUSA DEL PUEBLO PARAGUAYO

 

         Los precursores del revisionismo histórico en el Paraguay son Cecilio Báez y Blas Garay. Es necesario decirlo para evaporar imaginaciones no comprobables que se repiten por inercia mental o por renovación de la costumbre. Mejor expresado: la revisión de la historia (primer tramo) empieza con Báez y su artículo: "El Dictador Francia. Fundador de la nacionalidad paraguaya", publicado en diciembre de 1888; le sigue (segundo tramo) la metodología más documental que interpretativa que Garay adopta en 1896 para su Compendio de la historia del Paraguay (el espíritu de justicia y los lineamientos nacionales que concede a sus páginas no autorizan a calificarlo de precursor "lopizta", valgan el término y la adjetivación, en ningún sentido, con pruebas en la mano). Distanciará a ambos, en especial, su interpretación de la época de los López, aun cuando Garay no asumiera al respecto una actitud militante y menos combatiente.

         Pero estas habían sido más bien situaciones que no pasaban del plano intelectual y del núcleo de lectores cultos, preferentemente capitalinos. Algo así como una estocada original que sólo podía alcanzar a la fina percepción de las minorías, aceptándosela (lo que no ocurriera con frecuencia) con reservas o negándola. Báez y Garay no intentaron rebasar los límites de una historiografía que entre nosotros denominaríamos clásica, dentro del esquema ideológico liberal, no superado por ese entonces. Esto no debe asustar, porque son señales de época. (Tratamos de un orden doctrinario, no partidista, desde luego). El pueblo, en tanto, se mantenía al margen de estos escarceos, no obstante haber participado tan directamente en la consumación de los hechos históricos.

         O'Leary, discípulo predilecto de Báez y puesto en evidencia como una esperanza en el artículo profético de Rey de Castro, era tan sólo el autor estudiantil de unos Recuerdos de gloria. Reinaba todavía la historia romántica (con algunos hallazgos "frenológicos" a modo de compensación) por la pluma de don Juansilvano Godoi en sus Monografías Históricas (1893), como lo había sido con anterioridad por la de Diógenes Decoud con La Atlántida (1885). En particular Godoi, que había convertido al Gral. Díaz en suma y compendio de las virtudes bélicas de la raza y en quien resplandecía -espíritu caballeresco y afortunadamente victorioso- el halo mágico de los guerreros antiguos. La única reacción contra la historiografía romántica, en los finales del siglo, corrió por cuenta de Domínguez, en sus comentarios a la obra de Decoud. Mas, no trascendió del ámbito de los salones y las tertulias.

         En sus comentarios a una Memoria de institución bancaria local, el 16 de noviembre de 1902, Báez deja escapar una expresión aparentemente sin importancia en la que alude al cretinismo del pueblo paraguayo, conformado a la mentalidad de seculares gobernantes despóticos.

         ¿Qué significaba esto? A simple vista una virada en redondo del hasta entonces acatado maestro de la juventud y adalid de la reivindicación histórica; con mayor profundidad y despojando a la posterior contienda de toda aleación anecdótica: una consecuente toma de posición positivista, no muy alejada de las ideas de Comte relativas a la "dictadura republicana" y del más cercano Spencer (y aun el oculto Darwin) en la definición victoriosa de los fuertes sobre los débiles. Una actitud que, en la extensión de nuestra América, confirmarían a su turno: Jorge Lagarrigue, en Chile; José Ingenieros, en la Argentina; Carlos Arturo Torres en Colombia; César Zumeta, Laureano Vallenilla-Lanz, Pedro Manuel Arcaya y José Gil Fortoul en Venezuela; Alcides Arguedas en Bolivia, por no citar sino a los más conocidos.

         El pueblo -visto con esta óptica- resulta ser siempre el enfermo, el inferior, reducido a la guía de mentores de raza blanca (que inexorablemente, siguiendo a Gobineau, debía simbolizar "la raza de la aurora", virus éste que prendió con inexplicable facundia en Domínguez, aunque no en el resto de los novecentistas) que encauzaran su debilidad, a todas luces obligatoria. Los boers asediados por Inglaterra y los cubanos por los ejércitos coloniales de España y después por la Enmienda Platt (1903), salvada la aparente independencia, darían ejemplo de ello. Excepción que confirma el mito de David frente a Goliat era la causa de Benito Juárez al frente de sus mesnadas indígenas y mestizas, venciendo a las tropas invasoras de Maximiliano de Austria, emperador-delegado de Napoleón III y a los mismos 'legionarios criollos' (Almonte, Miramón y Mejía) que pagarán tristemente su colaboración con el extranjero. Báez era, pues, consecuente con una orientación de pensamiento en la que autoridad y libertad seguían librando por momentos incruentas y no menos evidentes batallas, siendo que en el positivismo, en las estructuras institucionales, la interpretación era más de libertad formal o teórica que de democracia efectiva. Para su concepción, el pueblo resultaba ser espectador y no protagonista de su propia historia. (El caso del Brasil republicano debe estudiarse con las necesarias precauciones).

         O'Leary, sin proponerse lo que posteriormente vino, plantea la justificación de los héroes ignorados o desconocidos, muchos de los cuales todavía arrastraban sus fatigas, dolores y tristezas; sobrevivientes más que veteranos, sombras más que sobrevivientes. Es de ese modo y para acudir a ellos que la historia llega a la calle y toma la forma de una convocatoria. Protegen al joven escritor circunstancias afortunadas, que incidirán en el venidero éxito de su campaña: a principios del 900 conoce a don Enrique Solano López, hijo del Mariscal y uno de los niños-héroes de Cerro Corá, propietario de una extraordinaria bibliografía paraguaya; una década más tarde recibe como legado el archivo de don Gregorio Benítes, rico en fuentes documentales, y como si esto fuera poco, la información del Padre Fidel Maiz, participe directo en los sucesos de la guerra.

         Pero los primeros pasos son duros y difíciles; nadie quiere acompañar al arriesgado combatiente, deslumbrados quizá sus contemporáneos por el justificado prestigio de Báez. Y O’Leary tiene que comenzar su campaña prácticamente solo. Como gustaba recordarlo, únicamente don Arsenio López Decoud -nadie más que él- se puso a su lado, rasgo de hidalguía muy propio de los López y mucho más elocuente si se advierte que se trataba del hijo de Benigno, el fusilado de San Fernando. El resto presentaba el siguiente balance: sus compañeros Pane y Ricardito Brugada estaban en el exterior cumpliendo funciones diplomáticas; Fulgencio R. Moreno, su medio hermano, observador sereno de tan caldeado ámbito, le pedía "prudencia"; en tanto que Domínguez, su maestro, se refugiaba en Areguá para reaparecer al año siguiente (1903) con sus "Causas del heroísmo paraguayo", que sólo impactaron por su estilo, su conformación lógica y sus fuentes bibliográficas, no muy insólitas por cierto dentro de los límites del "psicologismo histórico".

         Quedan así abiertas las puertas del tercer tramo del revisionismo nacional, el más contundente y perdurable de todos y cuyos efectos se mantendrían por la ortodoxia positivista (con la imagen de Clotilde de Vaux, amante de Comte, por anunciadora casi virginal) la "religión de la patria" del despertar juvenil del 900, que conducirá O’Leary con no menor ortodoxia, aunque sus fundamentos doctrinarios estén más cercanos al krausismo español, síntesis de filosofía moral, que aquí había propagado el maestro Zubizarreta, su primer oficiante.

         No estará de más indicar que ese revisionismo se había iniciado en los alrededores del 80 en la Argentina y el Uruguay y que la reivindicación de Juan Facundo Quiroga, ofrecida por el argentino David Peña en 1903, guarda coincidencia de época con la que de inmediato hará ya O’Leary con el Mariscal por estandarte.

 

         9. LA HISTORIA COMBATIENTE

 

         ¿Qué es en realidad aquella polémica de 1902? ¿Una simple trifulca histórica? ¿Una partición, tal vez caprichosa en los inicios, como lo ha señalado O`Leary, entre "lopiztas" y "antilopiztas", que en un comienzo no había aparecido? Digamos previamente que se trata de la eclosión de un proceso que venía incubándose en silencio pero sin pausas.

         Las agitaciones públicas de 1892, el incidente López-Tapia de 1898, las reiteradas conmociones patrióticas de 1901; la desaparición trágica de Blas Garay y del Dr. Facundo Ynsfrán, asesinado éste en pleno recinto del Senado el 9 de enero de 1902; todo y paradójicamente hasta la última recepción al Dr. Báez, en marzo de ese año, contribuiría a exacerbar un clima que sólo precisaba del detonante que justificara el estallido.

         Agreguemos que el joven O’Leary es consciente del apostolado que habrá de emprender. De inmediato se impone la tarea no sólo de compulsar papeles sino de acudir a testimonios orales (las batallas no han sido escritas y no se conocen otras versiones que las de los vencedores) y recorrer el escenario de la guerra, a pie, a caballo, en canoa, como sea. Conoce así una espada prócer: la del Gral. Bernardino Caballero, persona y leyenda a la vez; y luego al Teniente Fariña, al Mayor Leguizamón, al Coronel Aveiro (entre varios) sin desdeñar por ello los aportes populares de López Yacaré, Real Peró y el inolvidable Sargento Cuatí, a todos los cuales honrará en sus libros.

         Como nuevo titular de una añeja y siempre rediviva caballería andante, O'Leary se propone descorrer los enigmas de la historia patria en su más sangrienta lección. Y de esta manera surge de sus manos una historia que participa de la eficacia de la crónica, el poder seductor de la oratoria y la perdurabilidad de la literatura.

         En cuanto a esto, ya lo había anticipado Pane en 1902: "Como se ve, la causa principal de la corriente literaria en el Paraguay ha sido y es la historia. Historia es entre nosotros hacer novelas, dramas y poemas épicos". Hallazgo que confirmará, en concreto, dos años después: "Los méritos de éste, como de otros muchos trabajos de O'Leary, no son meramente intelectuales. Su fuente más copiosa es el sentimiento, (...) De aquí el carácter eminentemente literario de sus trabajos... El no narra o describe simplemente: hace revivir los acontecimientos y los héroes" (Prólogo a Recuerdos históricos, 1904). Insiste, por último, en su ensayo de 1911 sobre "Intelectualidad paraguaya", al recordar que "la verdad es su base, pero su acicate y su objetivo son la oda y la elegía heroica; la novela o el drama social que encierran nuestros anales".

         En tanto ocurre la disputa, va elevándose, la estrella del Mariscal López, que de soterrado y silenciado mito nacional pasa a ser el héroe de la resistencia, el baluarte de la democracia continental frente al "Imperio esclavócrata y usurpador" y sus aliados. La celebración, no ajustada a la fecha cierta de 1827, del centenario del natalicio del Mariscal en 1926, encontrará ausente al maestro, aunque representado por algunos de sus más próximos discípulos: Pablo Max Ynsfrán, Anselmo Jover Peralta, Juan Stefanich y Natalicio González. Falta Justo Pastor Benítez, residente, como él, en Europa, pero compartiendo esos sentimientos.

         Tenemos que decir -con relación a las interrogantes planteadas al principio- que dos circunstancias facilitaron y favorecieron el éxito de la función que O'Leary se propuso ejercitar: el hecho de haber convertido una disensión periodística en toda una agitación patriótica, sacándola, incluso, de los límites de la capital (ha de recordarse que, por propia confesión, se convirtió en reivindicador del país campesino) y llevándola a todo el país, y el otro, de haberse mantenido latente, sin que el ambiente intelectual le fuera propicio, toda una quiebra generacional, que venía preanunciándose desde un lustró antes. Esta polémica centra su acción en la generación del 900 y da origen a una época, denominada novecentista, de extenso predominio cultural: el que va desde mismo 900 hasta los finales de la guerra del Chaco. Como ve, no se ha tratado de una "trifulca" que después mara de frente a "lopiztas" y "antilopiztas", sino de una ruptura, que determina y califica a una etapa de la vida del país.

         Aclaremos, para comprender la popularidad de su campaña, que O’Leary no se decretó nunca oficial ni oficiosamente, historiador; no hay en el vasto campo de sus escritos una sola página que así lo califique. Se autodenominó con mucho orgullo, este cronista paraguayo, y en términos de prédica: apóstol y animador. Su incorporación a la lista de historiadores y su propio ingreso a instituciones del oficio, provienen de un reconocimiento a la meta de esa tarea, de la cual la literatura fue su punta de lanza más efectiva.

         El Dr. Cecilio Báez reunió en libro: La tiranía en el Paraguay. Sus causas, caracteres y resultados (Asunción, 1903) los antecedentes de esa polémica, con el añadido de algunos capítulos de Cuadros históricos y descriptivos del Paraguay (1906), no así O'Leary, quien sólo en el texto de algunas de sus obras (Apostolado Patriótico, Discurso de 1922) alcanzó a explicar la evolución de aquella contienda y los elementos básicos que informaban su nacionalismo integral, tan distinto a otros agresivos y lejanos.

         Ese impulso culminará en Apostolado Patriótico, Los Legionarios e Ildefonso A. Bermejo, falsario, impostor y plagiario, trabajo este último donde procede a la demolición de una mitología. Porque O`Leary, como León Bloy, como Almafuerte y sus admirados Montalvo y González Prada, destruye para construir. En estos tres aportes cobra altura el lenguaje de su generación y puede decirse que después de ellos poco es lo que a aquella le queda por expresar. Por eso este recuento finaliza en los años 30, límite que la síntesis propuesta no permitiría trascender.

         Don Juan Emiliano O`Leary murió casi cuatro décadas más tarde: el 31 de octubre de 1969, en la ciudad de sus fervorosos cantos y añoranzas, triunfantes ya sus ideales históricos y pasados los cuatro meses desde que cumpliera sus 90 años.

 

RAÚL AMARAL

(San Lorenzo Ñu Guasú,

11-18 de enero de 1982)

 

 

 

SINTESIS BIBLIOGRAFICA

(Crítica)

 

         AMARAL, Raúl (1918)

 

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Invierno de 1967 

 

 

CRONOLOGÍA DE VIDA Y OBRA

 

1870 (Febrero 3): El capellán de las fuerzas argentinas de ocupación, Tomás O'Canavery, casa a Don Juan O'Leary, argentino, con doña Dolores Urdapilleta, paraguaya, ambos viudos, ceremonia realizada en Villa Occidental (hoy Villa Hayes) y de la que son padrinos doña Ramona Urdapilleta y don Bernardino Wasmosy.

 

1879 (Junio 12) Nace en Asunción Juan Emiliano O'Leary.

- (Noviembre 23) Bautizado en la Iglesia de la Encarnación por el Pbro. Blas Y. Duarte, siendo padrinos don Emiliano Coria y doña Leopoldina Jovellanos (Documento extendido por el Archivo General del Arzobispado de Asunción al historiador nacional Lic. Alfredo Viola, el 19 de octubre de 1979, según fotocopia debida a su gentileza).

 

1885 (Enero 5) Ingresa en el Colegio de Niños de la Encarnación, con 6 años de edad.

 

1892 Alumno del Instituto Paraguayo, establecimiento privado de enseñanza secundaria.

 

1893Inicia sus estudios regulares en el Colegio Nacional de la Capital.

 

1895 (Junio 9) Funda y preside la agrupación literaria "La Brisa del Porvenir".

 

1897 Finaliza el bachillerato, rindiendo el último curso libre.

 

1898 (Febrero 28) Se le expide certificado de bachiller No. 117.   ,

- Se inscribe en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales, donde rinde hasta el tercer curso.

(Marzo 1º) Publica en el diario El Pueblo su primer poema patriótico: "1º de Marzo de 1870".        

- Da a conocer en la velada del Instituto Paraguayo su poema "A Verdi".

- Designado profesor interino de geografía en el Colegio Nacional, iniciando así su larga carrera docente.

 

1899 Da a conocer en la Revista del Instituto Paraguayo su primer poema indigenista: "El Alma de la Raza".

(Diciembre 18) Muere asesinado el líder republicano e historiador Dr. Blas Garay.

 

1900 Profesor de historia universal en la Escuela Normal.

- Inicia sus colaboraciones en el diario La Patria, dirigido por don Enrique Solano López.

 

1901 (Marzo 15) Juntamente con Gualberto Cardús Huerta habla en la procesión de antorchas organizada por el Instituto Paraguayo (entidad civil fundada en 1895).

(Junio 11) Recibe en la redacción de La Patria al poeta argentino Martín de Goycoechea Menéndez (1877-1906), precursor en el Paraguay del modernismo literario y de la tercera revisión histórica, a quien lo unirá una amistad fraternal.

(Agosto 29) Teniente 1º en comisión de la Guardia Nacional.

(Setiembre 22) Participa de la manifestación estudiantil en celebración del 35o. aniversario de la victoria de Curupayty.

1902 (Enero 9) Muere asesinado en pleno recinto parlamentario el senador Dr. Facundo D. Ynsfrán.

(Marzo 23) Profesor de Retórica y poética en el Colegio Nacional.

(Junio) El escritor peruano Carlos Rey de Castro encomia públicamente su actuación. (Agosto 16) Fallece el Dr. Ramón Zubizarreta, ex rector de la Universidad y maestro de la juventud.

- Contrae matrimonio con la joven dama paraguaya Dorila Gómez.

(Noviembre 16) Estalla la polémica histórica con el Dr. Cecilio Báez.

 

1903 Nace su primogénita Dolores Rosa O'Leary Gómez.

 

1904 (Mayo 31) Interventor del gobierno en la Lotería Nacional.

- (Agosto) Comienza la revolución liberal contra el gobierno republicano del Cnel. Juan A. Escurra, que terminará triunfalmente en diciembre mediante el denominado "Pacto de Pilcomayo".

- Aparece su primer folleto histórico: 24 de Mayo, con prólogo de Ignacio A. Pane.

- (Noviembre 26) El comandante del 6o. Batallón de la Guardia Nacional lo autoriza a firmar documentos en su nombre.

 

1905 (Enero 25) Renuncia al cargo de Interventor del gobierno en la Lotería Nacional, que le es aceptada con agradecimiento por los servicios prestados.

- (Diciembre 9) Dimisión del presidente de la República don Juan B. Gaona. Asume con carácter provisional el Dr. Cecilio Báez.

 

1906 (Enero 12) Muere asesinado, en duelo con Gomes Freire Esteves, el periodista y dirigente juvenil liberal Carlos García.

- Ajustada situación económica (no le había quedado como renta más que una sola cátedra) lo obliga a residir en San Lorenzo Ñu Guasú con su familia, en una vivienda de las calles hoy Cnel. Bogado y Cnel. Romero, que aún se conserva. A fin de año regresa a la capital.

- (Marzo 3) El gobierno presidido por el Dr. Báez no da respuesta a una proposición del Consejo Secundario y Superior para el desempeño de la cátedra de Castellano en el 5o. curso del Colegio Nacional.

- (Noviembre 25) Termina el mandato provisional del Dr. Báez y asume el Gral. y Dr. Benigno Ferreira.

 

1907 (Octubre 17) Con varios intelectuales novecentistas funda el núcleo literario "La Colmena".

 

1908 (Julio 2) Sublevación triunfante del mayor Albino Jara.

- (Agosto 15) En su discurso ante la Convención liberal, Manuel Gondra invita a "aceptar el pasado íntegro de la patria".

- Una calle de San Lorenzo Ñu Guasú lleva desde entonces su nombre.

- Conoce al Gral. Bernardino Caballero, mediante cuya invitación ingresa en la Asociación Nacional Republicana.

- Viaja a Buenos Aires para encontrarse con el Gral. Caballero, que vive allí en el exilio. Es totalmente incierta la información que proporciona la "Junta Patriótica" de 1926 y que recogen Carlos R. Centurión y Arturo Bray, en el sentido de que por esa época haya desempeñado cargo oficial alguno.

 

1909 (Marzo 22) Profesor de historia americana y nacional en el Colegio Nacional.

 

1910 (Febrero 1) Integra el grupo fundador del diario independiente El Nacional.

- (Agosto 6) Forma parte de la Comisión Nacional de Homenaje al prócer argentino-paraguayo Dr. Juan Bautista Alberdi.

- (Agosto 25) Por decreto oficial es nombrado vice-director del Colegio Nacional.

- (Noviembre 23) Profesor de historia universal en la Escuela Normal.

- (Noviembre 25) Asume la presidencia de la República su maestro don Manuel Gondra.

 

1911 (Enero 17) Un golpe de estado organizado por el ministro de Guerra y Marina, Cnel. Albino Jara, derroca a Gondra. Jara asume la presidencia y designa, entre otros ministros, a Manuel Domínguez y Cecilio Báez.

- (Febrero 14) Designado por decreto director del Colegio Nacional, con el beneplácito de la juventud.

- (Marzo 29) Miembro de la comisión que crea el Instituto Histórico y Geográfico del Paraguay que, propiciado por Domínguez, no llegó a funcionar.

- (Julio 17) Profesor de castellano en el 6o. curso del Colegio Nacional.

 

1912 (Febrero 26) Muere el ex-presidente de la República Gral. Bernardino Caballero.

 

1913 (Mayo 14) Representa y habla a nombre del Colegio Nacional en la velada de recepción a la delegación oficial del Uruguay, realizada en la Universidad.

 

1914 (Febrero) Prologa la primera parte del soneto "La cumbre del Titán" de Leopoldo Ramos Giménez, donde reconoce la existencia de una "novísima generación" (Una segunda parte, escasamente difundida, se publicó doce años más tarde).

- (Mayo 25) Comisionado por decreto para realizar investigaciones sobre enseñanza e historia en España, Francia e Inglaterra, disposición ésta que no llegó a hacerse efectiva.

- (Junio 14) A su renuncia, es reemplazado en la dirección del Colegio Nacional por el Dr. Pedro Bruno Guggiari.

 

1915 (Marzo 27) Profesor de historia americana y nacional, en 1º. y 2º. cursos y de castellano en el 6º. del Colegio Nacional.

- (Abril 22) Muere su hija mayor Dolores Rosa, sumiéndolo en una profunda depresión espiritual.

- (Agosto 7) Se le concede permiso por tres meses, con goce de sueldo.

- Viaja al Uruguay como huésped del Dr. Luis Alberto de Herrera. Conoce a José Enrique Rodó y a Luis Melián Lafinur.

- Participa de los homenajes que en Asunción se rinden al poeta oriental Juan Zorrilla de San Martín.

 

1917 Elegido diputado nacional por un período completo, en representación de la Asociación Nacional Republicana.

 

1918 (Enero 28) Hace la rectificación pública de los conceptos contrarios al Mcal. López, que con el título de "A mi madre", aparecieran en 1897 en La Juventud. Sus opositores de 1926 pasaron por alto este texto.

- (Abril 15) Profesor de castellano en el Colegio Nacional.

- Prologa desde Caacupé el libro El Alma de la Raza de Manuel Domínguez, su antiguo maestro.

 

1919 Aparece su primer libro orgánico: Nuestra Epopeya, editado por la Biblioteca Paraguaya del Centro de Estudiantes de Derecho.

 

1920 (Mayo 10) Decreto por el que se le acuerda la jubilación por un total de 2.252.50 pesos. No obstante, sigue ejerciendo sus cátedras.

- (Noviembre 5) Integra la delegación oficial a los homenajes que se rendirán en Paraná (Argentina) al Gral. Justo José de Urquiza.

- (Noviembre 25) Asume por segunda vez la presidencia de la República don Manuel Gondra.        

- Aparece por los talleres gráficos de "2a Prensa" la primera edición de El Mariscal Solano López.

 

1921(Enero 11) Figura en el segundo puesto de la lista de candidatos a diputado nacional por las circunscripciones 1a. y 2a.

- (Junio 27) Integrante de la delegación oficial a los actos celebratorios del cuarto centenario de la independencia del Perú. No viaja a ese país.

- (Octubre 29) Renuncia a la presidencia de la República don Manuel Gondra. El Congreso elige en su reemplazo al Dr. Eusebio Ayala.

 

1922 (Mayo) Estalla la sublevación del Cnel. Adolfo Chirife, que dura hasta que es derrotada en julio del año siguiente.

- (Mayo 9) El ex-jefe de Policía del régimen "cívico", don Elías García, obsequia a un amigo uruguayo los libros de O'Leary: Nuestra Epopeya y El Mariscal Solano López. El diario Patria, de tendencia republicana, califica a García de "distinguido hombre público". Era el mismo que había reprimido las manifestaciones patrióticas de 1906 y 1907.

- Aparece, bajo el sello de "La Mundial", El Libro de los Héroes, con un capítulo acusatorio: "El Príncipe Rojo", destinado a Gastón de Orleans, Conde d'Eu.

- Como consecuencia de lo anterior es retado a duelo -que después no se concreta- por el representante brasileño. La ciudadanía toda reacciona y rinde al maestro paraguayo un imponente homenaje popular, que ofrece don Arsenio López Decoud. Se le entrega un álbum con 860 firmas, que encabezan el Obispo de Asunción, Monseñor Bogarín, y los ex presidentes de la República Cnel. Juan A. Escurra, don Manuel Gondra y Dr. Pedro P. Peña.

 

1923 (Abril 18) Estrena en el Belvedere su única obra teatral: el cuadro dramático en un acto "La Gasparina", con música del maestro González.

- (Agosto 21) La dirección del diario El Liberal anuncia haber obtenido su colaboración. Sin perjuicio de ello sigue publicando en Patria.

- Da a conocer su poema "Mater dolorosa" en homenaje a su fallecida madre.

 

1924 (Febrero 11) Patria anuncia que desde hace un tiempo se halla enfermo y que don Arsenio López Decoud lo reemplaza en el Colegiado partidario.

- (Febrero 26) Se le conceden tres meses de permiso con goce de sueldo en las cátedras del Colegio Nacional y la Escuela Normal.

- (Mayo 28) Le es prorrogada la licencia por el resto del año escolar, en las mismas condiciones.

- (Agosto 15) Asume la presidencia de la República el Dr. Eligio Ayala, su condiscípulo y amigo.

- (Agosto 27) A su solicitud le son aumentados los haberes jubilatorios a 2.954,81 pesos.

- (Noviembre) Aparece su libro El Paraguay en la unificación argentina.

 

1925 (Marzo 18) Nuevo permiso, esta vez por todo un año, con goce de sueldo.

- (Abril 13) Se publican dos himnos con su firma: el del Club Infantil "9 de Diciembre" de Caacupé y el del Club " 24 de Mayo" de Ypacaraí.

- (Mayo 30) El gobierno nacional, por directa intervención del Presidente Eligio Ayala lo designa Cónsul General en Madrid.

- (Junio 18) Se lo agasaja con una "grandiosa demostración" en la que hablan el diputado Dr. Luis de Gásperi y los Dres. Carlos Rey de Castro y Juan Stefanich. O'Leary pronuncia histórico discurso, incitando a la unión nacional.

- (Junio 23) Decreto por el que se le asigna un viático por 1.500 pesos oro.

- Imponente homenaje de despedida le rinden todos los institutos de enseñanza reunidos en el Colegio Nacional, donde el Dr. Pedro Bruno Guggiari habla a nombre de los profesores. Finalizado el acto, los estudiantes acompañan a O'Leary hasta su domicilio; al pasar frente a la casa del Presidente Ayala la multitud prorrumpe en sucesivas ovaciones al primer magistrado.

- (Julio 8) Las Fuerzas Armadas de la Nación le ofrecen una despedida en la que pronuncia un discurso el Gral. Manlio Schenoni.

(Julio 12) El Centro Estudiantil, en pleno, y numeroso público lo despiden en el puerto de la Capital.

- (Julio 29) Antes de su llegada le rinde homenaje la Casa de Cervantes, de Madrid.

- Aparece, con prólogo de O'Leary, la segunda edición de Guaraníes de Goycoechea Menéndez.

- (Agosto 17) En la ciudad de Pergamino (Provincia de Buenos Aires), donde residía, fallece su padre, a los 84 años.

- (Agosto 30) Con retención de sus anteriores funciones es nombrado Encargado de Negocios en España.

- (Diciembre 9) Se anuncia que está en prensa la 2a. edición de El Mariscal Solano López.

 

1926 (Febrero 20) El celebrado poeta español Salvador Rueda encabeza desde Málaga una carta en la que lo califica de "mi gran O'Leary".

- (Abril 22) Se organiza en Asunción el "Comité de Homenaje al Mariscal López", de la que es presidente Eliseo da Rosa y secretario Carlos R. Centurión, actuando como vocales sus discípulos Pablo Max Ynsfrán, Juan Stefanich, Anselmo Jover Peralta y Natalicio González. Ausente se halla Justo Pastor Benítez, quien le escribe desde Roma.

- (Abril 30) Por decreto se ordena le sean entregados 500 pesos oro para costear trabajos de copia y documentos históricos en el Archivo de Indias.

- (Junio 4) Con el seudónimo de "Un paraguayo" replica, desde Madrid, al pensador mexicano José Vasconcelos, quien en conferencia pronunciada en Viena ha emitido conceptos erróneos sobre el Paraguay.

- (Junio 5) Trasciende la noticia de que "el último libro de O'Leary" será traducido al francés, en edición que correrá por cuenta de don Carlos Sosa.

- (Junio 18) Es designado miembro de la Academia de Historia de Venezuela.

- (Setiembre 2) Delegado del gobierno nacional a la Conferencia Iberoamericana de Aeronáutica, a celebrarse en Madrid.

- (Octubre 18) El Instituto Histórico y Geográfico y la Junta de Historia Nacional del Uruguay lo nombran "socio correspondiente".

 

1927 (Marzo 8) Muere su maestro don Manuel Gondra.

- (Mayo 5) Se designa "attaché" ad-honorem de la Legación en España a su hijo Juan Emilio.

- (Mayo 23) Ordenase le sea entregada una nueva partida, esta vez de 250 pesos oro, para otra copia de documentos en el Archivo de Indias.

 

1928 Muere en París y en sus brazos, el dirigente liberal y diplomático Dr. Lisandro Díaz León.

- (Agosto 15) Deja la presidencia de la República el Dr. Eligio Ayala y la asume el Dr. José P. Guggiari.

 

1929 Aparece en París la 1a. edición de El Centauro de Ybycuí

- Regresa con su familia al Paraguay.

 

1930 Director del Archivo Nacional.

- Aparece el libro de Héctor F. Decoud: Los emigrados paraguayos en la guerra de la Triple Alianza, destinado a justificar la participación de aquéllos en los ejércitos aliados.

- Desde las columnas de La Unión, O'Leary inicia su réplica con el título de Los Legionarios, que pronto aparecería en libro. Esta denominación venía popularizándose en los medios estudiantiles, desde principios de siglo.

- (Octubre 12) Pronuncia en Pilar su conferencia: Apostolado Patriótico, que, luego de reproducirse en La Unión, formará un folleto.

- (Octubre 24) Es asesinado en Asunción el Ministro de Hacienda y ex-Presidente de la República Dr. Eligio Ayala.

(Diciembre) Muere de un síncope don Héctor F. Decoud, quien había nacido en 1855.

 

1931(Mayo) Aparece en La Unión la primera versión de Ildefonso A. Bermejo, falsario, impostor y plagiario.

- (Octubre) Una segunda es difundida por La Revista Americana de Buenos Aires.

 

1932 (Junio) Estalla la guerra del Chaco, en defensa del territorio patrio y de la soberanía amenazada.

 

1933 (Diciembre 30) Es designado Director del Museo Histórico Nacional.

 

 

 

JUAN E. O'LEARY

 

PROSA POLÉMICA

 

EXPLICACIÓN

 

         1. Este volumen, conjunto de un libro y dos folletos, se denomina PROSA POLÉMICA en atención al espíritu que informa su texto;

         2. Sus características originarias son las siguientes:

         a) LOS LEGIONARIOS, Asunción, Editorial de Indias, Asunción, 1930, 235 p.      b) APOSTOLADO PATRIOTICO. Con prólogo de Arsenio López Decoud, Asunción, s.e., 1930, 80p.

         c) ILDEFONSO A. BERMEJO, FALSARIO, IMPOSTOR Y PLAGIARIO, Asunción, Biblioteca de las Fuerzas Armadas de la Nación. v. X, 1953; 74 p.

         3. Los tres aparecieron sucesivamente en el diario La Unión, de Asunción, entre mediados de 1930 y mayo de 1931;

         4. Llevados al folio impreso, el primero y el segundo no vieron más ediciones que las que allí se consignan;

         5. El tercero tuvo una segunda versión, aparecida en La Revista Americana de Buenos Aires, Año VIII, Nos. 83-90, marzo-octubre de 1931;

         6. Debe señalarse que han quedado fuera de esta nueva edición de APOSTOLADO PATRIOTICO las p. 63 a 80, que incluyen la crónica periodística del viaje del maestro O'Leary a Pilar y que carecen de interés doctrinal;

         7. Como Notas del Editor han sido incorporadas al texto de ILDEFONSO A. BERMEJO, FALSARIO, IMPOSTOR Y PLAGIARIO, dos aclaraciones: una relativa al prólogo, que no figura en las primeras versiones, y otra a las iníciales V.L.C., que pertenece a la segunda y que el autor mantuvo en la edición de 1953 sin indicar su origen;

         8. La denominación que en el Índice tienen los capítulos de esta última obra no son originales, por cuya causa figuran entre corchetes;

         9. El trabajo referente a Bermejo ha permitido, por tratarse de la más reciente de las versiones, una adecuada reelaboración;

         10. Los subrayados hechos por el autor, incluidas frases, van en todos los casos en bastardilla;

         11. Han sido respetadas escrupulosamente las ediciones que contaran con la aprobación del autor y que circularon en vida de éste;

         12. Sólo se han corregido algunas erratas tipográficas, sin mayor importancia pero de necesaria rectificación, imputables a la premura con que los respectivos textos fueron impresos;

         13. El libro que motivara la réplica contenida en LOS LEGIONARIOS no fue reeditado desde su aparición. Sus referencias son estas:

         HECTOR F. (FRANCISCO) DECOUD (1855-1930: Los emigrados paraguayos en la guerra de la Triple Alianza. Prólogo de José Juan Biedma. Buenos Aires, Talleres Gráficos Argentinos, 1930, 156p. ilus.

         14. Por su parte APOSTOLADO PATRIOTICO carece de destinatario bibliográfico, no así la siguiente obra, de cuya edición inicial se ocupa O'Leary. Sus características son las siguientes:

         ILDEFONSO A. (ANTONIO) BERMEJO (1820-1892): Repúblicas Americanas. Episodios de la vida privada, política y social en la República del Paraguay. Madrid, R. de Labajos, 1873, 286 p.

         - 2a. edición, Asunción, Librería y Papelería Nacional, 1908, 207 p.

         - 3a. edición. Asunción, Quell y Carrón, 1913, 205p.

         - 4a. edición, con el título de Vida paraguaya en tiempos del viejo López. Prólogo de Juan Pablo Oliver. Buenos Aires, Eudeba, 1973, 205p ilus. (Biblioteca Cultural/Colección América).

 

 

 

 

JUAN E. O’LEARY

 

LOS LEGIONARIOS

 

 

 

         INTRODUCCIÓN

 

         En nuestra ya larga vida de publicista nunca conocimos la repugnancia con que hoy tomamos la pluma para defender el honor de nuestro país.

         Hace ya veintiocho años, en los albores de la juventud, nuestra fue la primera protesta del Paraguay que resucitaba contra el creador de una escuela de renunciamientos patrióticos, de obsecuencia al vencedor y de negación de nuestras glorias.

         Cuando el apóstata, que el día antes encendiera en nuestro corazón la llama de una santa rebeldía contra los decretos del crimen triunfante, proclamó el cretinismo pasado y presente de nuestra raza y afirmó que las batallas libradas en defensa de nuestra soberanía fueron "las batallas sin gloria de la tiranía", nuestra palabra resonó en estallantes gritos de ira y nuestros artículos produjeron un inesperado despertar de nuestro aletargado nacionalismo.

         Horrenda la blasfemia, su autor, por encumbrado moral e intelectualmente, no podía ser despreciado.

         El doctor Báez era entonces una alta figura de nuestra democracia y estaba lejos todavía de su lastimosa decadencia posterior.

         Su campaña merecía una contestación. Era un contendor formidable, contra el que parecía temeridad embestir. Y fuimos, resueltos, contra él, animados, más que por nuestra preparación histórica, necesariamente escasa, por el fervor de nuestro paraguayismo y por la audacia de nuestra edad. Lucha entre David y Goliat, entre discípulo y maestro, entre el porvenir que se insinuaba brioso y el pasado que iba a declinar, no somos nosotros quienes diremos si nos correspondieron los laureles de la victoria...

         Sólo queremos decir que en aquella oportunidad no experimentamos la sensación de asco con que hoy nos vemos en el caso de castigar la inaudita insolencia del engendro de vileza que pretende derrumbar la fábrica magnífica de nuestras glorias, para levantar, sobre sus escombros, a la traición.

         Pero es fuerza cumplir, una vez más, el deber que nos impusimos al iniciarnos en la vida de escribir.

         No ha de quedar sin respuesta, mientras vivamos y mientras estemos presentes en nuestra tierra, una infamia semejante.

         No importa que Héctor Decoud sea el más despreciable de los hombres. Por sus labios habla toda su raza. No es él, es la "casta maldita" la que a estas alturas de nuestra vida hace oír su voz de ultratumba. Es el legionarismo, es la traición, es la ignominia, es el crimen el que pretende infamar a la virtud desgraciada, al heroísmo sin fortuna, a la lealtad vencida. Son los lebreles hidrófobos de la Triple Alianza los que han encontrado una boca sucia y una mano leprosa para ladrar su dicterio y escribir su apología. Y es a ese fantasma ensangrentado al que hay que responder, al que hay que volver a sepultar en su pudridero, para que no nos infeste con los miasmas deletéreos de su carroña cancerosa.

         Nunca hasta hoy la traición se había atrevido a pretender glorificarse. No lo pretendió el corrompido Egusquiza en sus días de omnipotencia. No lo pretendió el sombrío Ferreira cuando era dueño del Paraguay. Pretendieron, sí, justificarse indirectamente, haciendo injuriar la memoria del Mariscal López y hasta la del gran Alberdi, por el crimen de habernos defendido. Pero se guardaron bien de exhibir sus propias lacerias, no se atrevieron nunca a proclamar como un título su villanía, no se sintieron purificados ni después de bañarse en las aguas del poder.

         Egusquiza, a lo más, se marchaba con la banda militar a la campaña en el aniversario de Curupayty, para restar animación a nuestras manifestaciones patrióticas.

         Ferreira tenía a sueldo un mercenario argentino encargado de poner diques a nuestro nacionalismo arrollador, pero no se atrevió a hacerle decir lo que hoy proclama el hijo político del general Cámara.

         El legionarismo, cobarde siempre, trabajó por disolver el alma nacional contratando elementos argentinos que proscribieron al doctor Garay de nuestras escuelas y envenenaron el corazón de nuestra juventud; pero jamás se presentó como paradigma de patriotismo, afrentando a los que murieron en defensa de nuestra tierra.

         Esto estaba reservado a un Héctor Decoud, el feliz usufructuario de la fortuna de la familia López.

         Y esto teníamos que verlo en los días que corren, de hondo desencanto para ciertos espíritus débiles y pesimistas, sin fe en la poderosa virtualidad del decoro y de la altivez.

         La sanción tiene que ser, pues, terrible.

         Es necesario acabar para siempre con los arrestos de la traición, que no se contenta con la piedad de un generoso olvido, que quiere, envalentonada por nuestra tolerancia, poner cátedra de patriotismo y llenar de hollín las páginas más resplandecientes de nuestra historia.

         Y tal es lo que nos proponemos al trazar estas líneas, en las que interpretaremos el sentir y el pensar del pueblo paraguayo.

 

 

I

 

El mitrismo y el legionarismo - Alegato de Juan José Biedma- El alma paraguaya -Palabras de un argentino- La influencia jesuítica- el Catecismo de San Alberto y el Doctor Garay- El Dictador Francia - Los López - El cretinismo de los legionarios.

 

         Antes de entrar a contestar al que con dinero de los López enjuicia el patriotismo paraguayo y escarnece la memoria de nuestros grandes hombres, hemos de referirnos, de paso, a una especie de proclama de un viejo y recalcitrante mitrista, un tal Biedma, que se adelanta a hacernos la apología de Héctor Decoud, a quien llama "virtuoso paraguayo" y "espíritu superior", justificando después, a su modo, al legionarismo.

         No nos detendremos a señalar todas sus majaderías, pergeñadas en el más puro lunfardo, porque sería tarea inacabable. Basta con destruir lo fundamental de su atrevida tesis.

         "Pienso y siento como el autor", nos dice, y con esto nos dice todo.

         Un mitrista tiene que sentir y pensar como un legionario, ya que son manifestaciones de un mismo fenómeno moral. Fraternizan en el odio al Paraguay y un mismo rencor les anima contra el grande hombre proclamado un día salvador de Buenos Aires y unificador de la República Argentina. Están en el mismo plano y están vinculados por la misma tradición familiar. El porteño era legionarista, como el legionario era porteñista. El bisabuelo de Héctor Decoud era ya enemigo del Paraguay y partidario de Buenos Aires, antes de que existiera la patria independiente. Una calle de B. Aires lleva el nombre de su abuelo, en premio de su anti paraguayismo porteñista. Su padre fue lacayo de Mitre en la guerra de la Triple Alianza. Sus hermanos vinieron con los porteños a degollar paraguayos. Hay entre ellos absoluta compenetración, una afinidad ancestral, un parentesco estrecho. No fue por casualidad que pensó en él para que le precediera como heraldo. Por una lógica fatal tenía     que ser Biedma, y no otro, el que pusiera un arco triunfal en el tinglado en que sale a hacer sus piruetas el biznieto de Grance, el nieto de Domecq,    el hijo de Pancho Decoud... Nunca más ajustado a la realidad aquello de "tal para cual". Solo el propio Mitre pudo disputarle este derecho. Una fatalidad histórica y un imperativo psicológico tenía que vincularlos, como los ha vinculado, en esta un tanto anacrónica campaña triplealiancesca contra el patrimonio moral del Paraguay, que pretende completar la campaña del 65. El mitrismo y el legionarismo tenían que presentarse de bracero. En una palabra: Biedma era el prologuista obligado de Héctor Decoud.

         Pero oigamos a este curioso filósofo de legionarismo. Veamos cómo explica los acontecimientos para absolver de culpa y pena a los que vinieron con armas y uniformes argentinos a pasar a cuchillo a los paraguayos.

         "¿Podía, dice, un pueblo como el paraguayo cuando se le arrastraba al sacrificio invocando su patriotismo discernir lucidamente el estado de tiranía dada la educación a que fue sometido desde los comienzos de su vida?"

         Afirma que no. El pueblo paraguayo era absolutamente inconsciente - cretino diría Báez - por obra de "las famosas ordenanzas de Irala sobre trabajo personal"; por obra de los jesuitas, que "formaron un pueblo de menores de edad o una vasta población de siervos"; por obra "del absolutismo de los representantes de la monarquía"; por obra del clero y del Catecismo de San Alberto. "Por estos antecedentes, agrega, se ve que el pueblo no estaba habilitado para discernir la diferencia que separa el estado de libertad del despotismo". De aquí su irresponsabilidad en la guerra. Y los legionarios, que eran gente civilizada y libre, no queriendo compartir la suerte de un pueblo inconsciente, se plegaron a Mitre que, "contra viento y marea salvó la civilización". Más aún, "hicieron bien" en venir contra su país y "estaban justificados de antemano". Inútilmente "la pasión política ha intentado entregarlos al ludibrio de los buenos imputándoles un crimen que no cometieron". La intención patriótica de aquellos "beneméritos paraguayos" está demostrada por el hecho de haber solicitado pelear a la sombra de la bandera paraguaya, deseo, dice, que no fue satisfecho por el Imperio, por razones que ignora. Vinieron, pues, a la sombra de la bandera argentina, que era lo mismo, y "combatieron heroicamente en la guerra, con abnegación varonil, mereciendo bien de la patria, el aplauso de los libres y la gratitud de la posteridad".

         Tal, en síntesis, el formidable alegato de Biedma.

         La verdad es que ante esos argumentos quedamos desconcertados.

         Los paraguayos eran cretinos y esclavos.

         Los legionarios eran civilizados y libres.

         Los paraguayos eran irresponsables al defender su país.

         Los legionarios, para no compartir la irresponsabilidad cretinesca de los paraguayos, se plegaron a Mitre.

         Y para justificar sus buenas intenciones pidieron pelear a la sombra de la bandera nacional.

         Y como para ellos la bandera argentina era también su bandera, vinieron a pelear heroicamente, "con abnegación varonil" a la sombra del pabellón de Belgrano.

         Fueron así beneméritos de la patria, dignos de aplauso y gratitud...

         ¡Mentalidad mitrista, inconfundible!

         Pero la cosa no es tan sencilla como se figura el aliado de Héctor Decoud. No se dictan así sentencias definitivas. Eso del cretinismo paraguayo, de la educación jesuítica, del catecismo de San Alberto y otras tonterías por el estilo, corrientes en los buenos tiempos del santurrón Estrada, son ruedas de molino con las que ya no comulga la posteridad.

         No son las ordenanzas españolas, comunes en América, las que forjaron el alma paraguaya: ni los jesuitas, que no obraron sino sobre el indio misionero, amurallado en sus reducciones, extraños al criollo levantisco, revolucionario, altivo siempre y siempre en lucha con la compañía; ni el catecismo de San Alberto al que Don Carlos Antonio López opuso su "catecismo político", el más liberal de América. El Paraguay fue, sí, la cuna de la democracia americana, como lo fue de la civilización del Río de la Plata, al decir de Mitre. La célebre cédula del 12 de Setiembre de 1537 fue el decreto imperial de su libertad cívica y el germen fecundo de una democracia naciente. Es un joven argentino, es el doctor Adolfo Mujica el que ha escrito estas palabras, que bien están para responder a otro argentino: "El Paraguay, desde sus orígenes más remotos, en plena época colonial, fue, de hecho, una verdadera República que luchó tenazmente por obtener las libertades de pueblos y naciones. Desde las luchas de Irala con Alvar Núñez, pasando por Antequera, el gran precursor de los comuneros, hasta el movimiento emancipador del año 11, el Paraguay vivió épocas turbulentas y apasionadas, épocas que fueron crisoles que forjaron el temple magnífico de tenacidad y de heroísmo que hacen del pueblo paraguayo una de las más puras glorias de América". ¡Lección para vejestorios ignorantes, papagallos repetidores de mentiras ya archivadas! Así se formó a través del coloniaje el alma paraguaya. En lucha constante con frailes y encomenderos; en lucha con una naturaleza bravía; siempre en guerra por la libertad y por la civilización, el criollo paraguayo dejó un reguero de sangre y de heroísmo desde Asunción a los confines del Chaco, y desde las soledades del Chaco, y desde las soledades del Guairá a las lejanas inclemencias de la Patagonia. Provincia la más turbulenta de América la llamó un Virrey del Perú, provincia que había de ser la encargada de dar el primer grito de libertad en el Nuevo Mundo. "Los comuneros del Paraguay, sigue diciendo el doctor Mujica, resucitaron en tierra americana aquel magnífico gesto del pueblo español que en medio del absolutismo reinante organizó los famosos consejos castellanos que tanto contribuyeron a establecer el gobierno del pueblo por el pueblo. Fueron los comuneros paraguayos los que encendieron esa luz que renació potente en nuestra Revolución del 25 de Mayo de 1810, para extenderse luego en la llamarada que corrió de llanura en llanura, que atravesó ríos y torrentes, que trasmontó cordilleras, que voló sobre los mares y que no se detuvo hasta iluminar con sus potentes resplandores toda la extensión del continente americano". Los que se han cristalizado en Estrada y piensan todavía con criterio de unitarios y porteñistas, creen que el mundo se ha detenido en su marcha, que las ideas no han andado, que la verdad continúa avasallada por la impostura. Y repiten aún lo que se avergonzaría de decir el último escolar de historia americana. Y lo divertido es que ponen cátedra y hablan con énfasis doctoral. Doctores en idiotez, no saben que ya no es dado a la ignorancia malintencionada mistificar las realidades de nuestro pasado. Provocan risa y hasta compasión los que hablan de "la influencia jesuítica" en el Paraguay. ¿Dónde está la Córdoba paraguaya, la ciudad negra y "doctoral", convento en que se forjó buena parte del alma argentina? Véase el mapa de la dominación jesuítica y se verá donde fue más extenso su dominio. Y en la Argentina el jesuitismo no obró sobre indígenas solamente, obró, sobre todo, sobre los criollos que habían de ser los exponentes de su pensamiento. Las misiones paraguayas fueron barridas y no quedó de ellas rastros en el alma popular. El jesuita siguió y sigue su obra en el Plata. Hablar de su influencia sobre los que más le odiaron, sobre los únicos que pusieron a raya su poder, sobre los altivos paraguayos, es ocurrencia de una chochez reblandecida...

         En cuanto a lo del catecismo de San Alberto, es picardía soplada por Héctor Decoud, cuya ignorancia es superior a toda ponderación. Don Manuel Gondra, en sus mocedades, habló de esto al estudiar los libros de Garay. Y los legionarios suelen recordar a menudo sus palabras, ignorando que un Garay las destruyó para siempre, sin esfuerzo, en una carta familiar al doctor Manuel Franco, cuyos párrafos principales vamos a reproducir, para que sirva de escarmiento a la charlatanería:

         "Leo con gran delectación los artículos de Gondra. Nadie lo creerá, pero tan cierto es como que habré de morir, que a mí me gusta que se me critique como hoy se entiende la crítica. Muchos de los reparos por aquél puestos a mi obra son justos; algunos pudo excusarse, que se fundaban en evidentísimo error de imprenta; y los hay también que son erróneos. De la instrucción pública en tiempo de López el viejo, pongo por caso, no está enterado tan bien como yo lo presumía: todo cuanto fundado en el Catecismo renombradísimo de San Alberto, escribe, muy bien estuviera, a no existir, aparte de documentos de distinto género y que sirven para igual demostración contraria, un otro Catecismo (político y social) para uso de los alumnos de la Escuela Normal del Paraguay (Asunción - Imprenta Nacional - 1855), el cual preconiza principios infinitamente más liberales y justos que los que Gondra, incurriendo a su vez en pecado de ligereza, da como informantes de la política de don Carlos. No parece más sino que este anónimo Catecismo, del cual poseo un ejemplar que estoy por creer que sea el único que queda, haya sido impreso para honrar la memoria del primero de los López y suministrar argumentos eficacísimos a quienes se atribuyen propósitos de dar a su pueblo una educación política sabiamente graduada para que pasando de la extrema opresión a una libertad en su historia sin precedentes, no cayera en la anarquía en que otras naciones americanas, vecinas y no vecinas, cayeron por la falta de preparación y la mala inteligencia del nuevo régimen. Para el catecismo de 1855, "después de la idea de Dios y de la humanidad, la de patria es la más sublime y fecunda en inspiraciones heroicas"; para el catecismo de 1855 eran dogma para la felicidad pública indispensables "el respeto a la ley"; la libertad, según la cual el hombre cumple su destino "con la conciencia de lo que le conviene y le perjudica" y puede hacer "todo lo que no perjudique a los otros y no esté prohibido por las leyes"; la igualdad legal, o sea "la facultad de ejercer unos mismos derechos y de estar sometidos a los mismos deberes". Define la libertad política como "la facultad que tienen los hombres de concurrir de algún modo, por sí o sus representantes, al gobierno de la República o del Estado a que pertenecen"; la libertad de imprenta como aquella "que tienen todos los ciudadanos de emitir y publicar sus ideas sin previa censura, pero bajo su responsabilidad y las debidas restricciones impuestas por las leyes"; las obligaciones principales de los paraguayos individualmente considerados como la de "amar a su patria, ser justo y benéfico, sujetarse a las leyes, obedecerlas y respetar las autoridades establecidas"; el "gobierno republicano", que es el del Paraguay, como aquel "en que el pueblo todo, bajo ciertas reglas, condiciones y leyes fundamentales ejerce por sí la potestad legislativa y confiere la ejecutiva y judiciaria a personas que el mismo pueblo elige por tiempo determinado"; la autoridad del presidente de la República como emanada "del mismo pueblo a quien gobierna", y las Cortes como "la reunión de todos los diputados que representan la Nación, nombrados libremente por los ciudadanos para la formación de las leyes". Dice más todavía: que estas "han de ser uniformes en todos los tribunales", esto es, que "los mismos trámites han de seguirse para juzgar a un pobre que a un rico, a un artesano que a un grande"; que los jueces no pueden proceder arbitrariamente nunca, porque están por encima de su autoridad "las mismas leyes y toda falta de observancia de las que arreglan el proceso en lo civil y en lo criminal hace responsables personalmente a los que la cometieron"; que la confiscación "ha desaparecido por injusta, pues no es conveniente que por delitos de un individuo sean castigados también sus hijos o sus herederos, que ninguna parte han tenido en ellos"; que de los paraguayos, "ninguno puede excusarse del servicio militar, cuando y en la forma que fuere llamado por la ley"; y que deben dedicarse "los pueblos y sus individuos a promover las artes y ciencias, a recoger los frutos del honesto trabajo, a enmendar sus propios defectos, mirando la ajena prosperidad con la honrosa emulación que sirve de estímulo a la virtud". "Ya ves cuan enorme diferencia existe entre uno y otro Catecismo, y cuan extraviado anda nuestro querido e ilustradísimo amigo en ciertas cosas. Por esta guisa van también otras, a la misma materia o a la misma época relativas, y que he de puntualizar en cuanto pueda, no por vanidoso empeño de probar que estuve en muchas afirmaciones más en lo cierto, sino que así conviene a todos, y sé que a Gondra más que a nadie ha de agradarle".

         Los factores de la "irresponsabilidad" paraguaya se desmoronan así. Y la explicación de su fiero patriotismo, de su furia sagrada, de su loca tenacidad, de la rabia suprema con que luchó contra el invasor, hasta acabar de morir en actitud irreductible, escapa a los filósofos de la traición. La "obediencia pasiva", el "terror", el "cretinismo", la "influencia jesuítica"; la "educación religiosa", nada queda en pié. Sólo resplandece su patriotismo, que viene de lejos, que arraiga en la historia colonial y en las virtudes de una raza modesta, buena, dulce, abnegada, pero altiva, orgullosa, brava, fuerte, atrevida, insensible al dolor y superior al infortunio. El Dictador Francia, implacable en su celo patriótico, no hizo pesar sobre nuestro pueblo las iracundias de su pasión nacional. Fue cruel con los que, con razón o sin ella, creía contrarios a sus designios. Pero no fue contra su pueblo. No se tiene noticias de esas matanzas populares, de esos degüellos en masa tan frecuentes en el "liberalismo" argentino. La nación entera vio en él un guardián de su independencia, lo acompañó con su simpatía y lo lloró como a un benefactor. Y no hablemos de Don Carlos Antonio López, gobernante incomparable, padre de su pueblo, servidor leal de su patria. Nadie como él trabajó por su felicidad, por su dignificación moral, por su cultura, por su libertad. Su hijo y sucesor no tuvo tiempo sino de ser el héroe y el mártir de su soberanía atropellada.

         Inconsciente hubiera sido el pueblo paraguayo si, como lo esperaban los legionarios -que no lo conocían- se hubieran plegado a los invasores, a los que venían a repartirse de su tierra, a los que habían pactado su sacrificio. Pero no en balde había velado arma en mano, desde los días de la expedición de Belgrano. No en balde había luchado antes, mucho antes, con las huestes de Buenos Aires en defensa de sus libertades. La historia había puesto en su corazón un recelo profundo, una preocupación constante, que avivó su patriotismo. El pueblo paraguayo sabía de dónde habían venido siempre sus enemigos y a qué habían venido. La guerra no le tomó de sorpresa, ni pudo titubear al ir a defender a su patria. Nunca clarividencia mayor iluminó el alma de un pueblo. Los paraguayos sabían de lo que se trataba y no necesitaron de estímulos para cumplir su deber. Los inconscientes eran, precisamente, los legionarios. Los legionarios que creyeron ahogar un escrúpulo al pedir que le dejaran ir a matar paraguayos a la sombra de la bandera tricolor. Los legionarios que creyeron que nuestro pueblo no pelearía, que dejaría solo a su caudillo para ir a engrosar las filas del enemigo. El cretinismo estaba de parte de ellos. Y la abyección más repugnante de que tengan memoria los hombres...

         Biedma no sabe lo que dice. O se pone a la altura de un Héctor Decoud al afirmar las simplezas que afirma.

 

II

 

Pedro II y los legionarios - Aceptaba la traición y despreciaba a los traidores - La entrega de las banderas a los legionarios - Proclama de los generales aliados - Comentarios de la prensa del Plata - Verdad, justicia y virtud de los legionarios.

 

         Dijimos que Biedma no se explica por qué el Imperio no permitió a los legionarios ir a la guerra enarbolando la bandera paraguaya. El Emperador oyó a Juan Francisco Decoud, que le pedía de rodillas el insigne honor de ser uno de sus instrumentos en la degollina que premeditaba y, naturalmente, aceptó gustoso el concurso que le ofrecía el traidor. Pero don Pedro, con tener "un alma atrofiada y seca", que dijo Ottoni, no era un forajido analfabeto como el bandido que iba a proponerle la cooperación de una banda de criminales en el asesinato proyectado del Paraguay. Debió, seguramente, sentir profunda repugnancia por aquel reptil inmundo, por aquel descastado infame y por todos los que representaba. Y, en un rasgo que le honra, siquiera fuese más tarde olvidado por él, rindió un homenaje de respeto al emblema de un pueblo, que había sido su amigo y aliado, negándose a que lo profanaran quienes, al ir contra su patria, habían dejado de ser paraguayos. No puede ser otra la explicación de la actitud del Emperador.

         Las siguientes palabras de Juan Silvano Godoy, tomadas de la página 93 de su libro Misión a Río de Janeiro, son aquí muy oportunas:

         "He adquirido el convencimiento de que el prestigio del general Caballero en Río de Janeiro no reconoce otro fundamento que su lealtad al Mariscal López, a quien acompañó hasta finalizar la guerra. El abnegado, el alto patriotismo, es legendario en la raza lusitana, perpetuándose en el pueblo brasileño de generación en generación, desde tiempo inmemorial. Y aunque en determinado momento el gobierno brasileño llegó a aceptar el concurso de tránsfugas, siempre ha mantenido el lema de aquel general romano: ACEPTAR LA TRAICION Y DESPRECIAR AL TRAIDOR"

         Pedro II aceptó, sí, la traición, pero despreció siempre a los legionarios. Los quiso como instrumentos, nunca como compañeros. Y después de utilizarlos como a lacayos en sus planes contra el Paraguay, no solo no los protegió, fue el peor enemigo que tuvieron. Y así, consumadas por el legionarismo las iniquidades estipuladas en el Tratado Secreto, firmados los pactos de nuestra desmembración territorial, reconocida la deuda de guerra, fueron barridos del poder por la influencia brasileña, para poner los destinos del Paraguay en manos de los que acompañaron al Mariscal López, en manos de los leales...

         Y hay que decir que si el Brasil admitió en sus filas a un pequeño grupo de tránsfugas, no fue por que necesitara de sus servicios, ni por qué, creyera que podría serle de alguna utilidad. El papel que le reservaba era el de baqueano. Pero como tenía que disfrazar sus móviles verdaderos y presentarse como el paladín desinteresado de la libertad, le convenía llevar en sus filas a ciudadanos del país que iba a descuartizar. La guerra, decía, no es contra el Paraguay, es contra su gobierno. Y lo probaba, aparentemente, llevando una "legión" de paraguayos en medio de sus bayonetas.

         Terminada la lucha y consumado el sacrificio del Paraguay, Pedro II no disimuló su asco por los legionarios.

         Por eso fue tan efímero, felizmente, su predominio.

         Saltando sobre el tiempo, Biedma se complace en recordar que el 29 de Marzo de 1869 consiguieron, por fin, los traidores que se les permitiera enarbolar la bandera nacional, por obra de la influencia argentina. "Creo oportuno documentar el acontecimiento", dice, y pasa a transcribir la conocida proclama del General Mitre a los legionarios. Tan enterado está de nuestra historia, que cree hacer así una revelación.

         Lo que no recuerda es la protesta del Mariscal López contra esta iniquidad, documento magnífico, digno de su patriotismo y de su esclarecido talento.

         Y seguramente no tiene noticias de la indignación que este hecho causó en todo el Río de la Plata.

         "Mi probidad me impone, escribe, dejar constancia de que la honrosa decisión (de dar bandera paraguaya a los traidores) fue antecedida de una petición por parte de estos". Y publica orgulloso las firmas de los peticionantes: todos los Decoud, Machaín, Iturburu, Guanes, Recalde, Loizaga, Peña y compañía, un gran número de nombres apócrifos y "hasta los moradores de los cementerios", según el propio Héctor Decoud.

Vale la pena reproducir lo que decía a este respecto el corresponsal en Asunción de un diario montevideano:

         "Ya se le han entregado las banderas a la escasa y diminuta Legión Paraguaya; pero maldita la confianza que inspiran estos bárbaros. No me sorprenderá que un buen día se manden mudar todos, llevándole las banderas a López. Verdad es que no lo podrán hacer fácilmente, porque los vigilamos convenientemente. De uno a dos pueden irse, como lo están haciendo todos los días, pero en cuerpo no es fácil.

         "Todavía estoy por oír a un paraguayo que hable bien de los aliados. Todos son enemigos nuestros; jamás he visto animales más pretensiosos y desagradecidos: nos sacrificamos por darles patria y sin embargo entre ellos nos sacan el cuero. "No soy inhumano, pero creo firmemente que no se perdería nada si exterminásemos esta raza.

         "Lo que nos tiene fríos y desalentados es la convicción de que no tenemos un solo general que valga un pito" (1)

         ¡Este sí que es un documento revelador!.

         La "diminuta legión paraguaya" era prisionera de los aliados. Los paraguayos enrolados en sus filas estaban sometidos a estricta vigilancia. Si no se escapaban en masa para ir a incorporarse al ejército nacional, era porque no podían, pero de "uno a dos lo hacían todos los días". Y todos eran enemigos del invasor. Lo testifica un testigo, imparcial respecto a los aliados.

         Todos los empeños del mitrista empedernido para presentar al pueblo paraguayo como desafecto a López, caen por tierra!

         La solicitud pidiendo banderas y la ceremonia de la entrega de estas sólo prueban la villanía de la casta maldita. Nada tiene que ver con eso el pueblo paraguayo.

Respecto a la proclama de los generales, decía lo que sigue EL MERCANTIL DEL PLATA del 9 de Abril de 1869:

         "Los generales aliados dirigen al pueblo paraguayo la más sarcástica de las proclamas. En ella campean los mismos principios falsos formulados por el general Mitre en las calles de Buenos Aires. Aquel hombre funesto sembró la semilla que ha dado frutos tan amargos y envenenados para la patria. Sus imitadores han seguido imperturbables en su camino, sin pensar en la responsabilidad que sobre ellos arrojará la historia. Y hoy los generales aliados, falsos apóstoles de la más falsa de las religiones, arrojan indignamente los más infames cargos contra los heroicos paraguayos porque han combatido con energía por la más santa de las causas en una guerra injustificable. ¡Ah, la conciencia de los justos y de los buenos debe formular la más airada de las protestas ante las palabras de esa proclama repugnante de los generales aliados!...

         "Los últimos párrafos de ese documento a que nos referimos llaman a la guerra a todos los que odian la tiranía y sienten latir dentro del pecho un corazón amante de la libertad.

         "¡Farsa indigna y despreciable!

         "¿Qué hijo de estas tierras que tenga un corazón amante de la libertad, puede mirar con simpatía la más miserable de las causas?

         "¿Es el Imperio Esclavócrata el amante de la libertad?

         "¡Respondan los culpables!

         "Pero no. Nada pueden contestar y la vergüenza hiela en sus labios la palabra..."

         Así respondían las almas libres del Plata al sarcasmo de los generales aliados.

         Hacia rato que el degüello del Paraguay causaba unánime indignación en todas las conciencias honradas. Después de cinco años de asesinatos sin piedad, durante los cuales el pueblo paraguayo colmó la medida del sacrificio, no era ya posible seguir hablando el lenguaje hipócrita con que un día mistificaron al mundo. Las condenaciones del Mariscal López y de sus heroicos compañeros eran manifestación de un cinismo odioso e incalificable. El diario montevideano interpreta con elocuencia el repudio universal contra aquellos farsantes miserables.

         Pero es más elocuente todavía el joven publicista argentino, doctor Pedro Nolasco Arias, cuyas palabras reproducimos del diario EL URUGUAY del 6 de Abril de 1869:

         "En la NACION ARGENTINA del 3 del corriente se publica el manifiesto de los generales aliados al pueblo paraguayo.

         "Es la hipócrita expresión de sentimientos que jamás abrigaron los verdugos, de la república mártir; es un insulto más lanzado al heroísmo agonizante; la befa atroz de la injusticia que triunfa.

         "Se dirigen al pueblo paraguayo, y ese pueblo diezmado por las balas del degradado Imperio, aún se agrupa en número pequeño, pero grande en heroísmo, bajo el estandarte de la Patria, para defender su independencia, hasta quedar sepultado bajo sus escombros.

         "¡El pueblo paraguayo! ¿Sabéis dónde está? Allá, en ese rincón apartado de la cordillera, donde aún flamea el estandarte de sus padres; donde están sus hembras alimentando a sus hijos entre el humo de los combates; donde están sus niños aprendiendo a blandir una lanza; dónde sus vírgenes vendan las heridas de sus héroes y donde los ancianos lloran su impotencia. ¡Allí está el pueblo mártir! Oye vuestras palabras con el desprecio con que mira el león agonizante al buitre que se cierne sobre él, esperando el momento en que acabe de expirar. Vuestras insidiosas palabras se embotarán en la malla inquebrantable de su patriotismo. Ya os conoce. Cuando no podéis triunfar como leales, ensayáis el resorte de la seducción. Cuando la serpiente no puede clavar sus dientes envenenados, trata de fascinar a su víctima. Ya os conoce.

         "Pretextáis respeto a la vida y a la propiedad del pueblo invadido. ¡Farsantes!

         "¿Qué paraguayo no ha visto cubiertos vuestros campamentos por los cráneos de sus hermanos asesinados?

         "¿Quién no ha contemplado vuestra marcha exterminadora, como el paso de un huracán que arrasa?

         "Nuevos Atílas, no volverá a brotar el césped donde pusisteis vuestra planta.

         "No ha quedado piedra sobre piedra en el santuario de la independencia del Paraguay.

         "Habéis manchado los altares de la democracia con la sangre inocente de Abel. Y vais a devorar a vuestras víctimas, a sentaros al banquete de la iniquidad, y ese puñado de bravos que se levanta en las cimas de la Cordillera ha turbado vuestro goce y os ha sobrecogido de espanto con el Mane Thesel Phares del festín de Baltazar.

         "No insultéis a vuestra víctima inocente; no interrumpáis el estertor de su agonía con vuestra mofa; no profanéis el sagrado de las tumbas. Luchad como leales, pero no os arrastréis como culebras. No pongáis de manifiesto a las generaciones que vendrán vuestra vergüenza y vuestra cobardía. No habléis al pueblo paraguayo, que no os escuchará, que está resuelto a no sobrevivir a su derrota y que morirá como supo combatir. Para él no existe la seducción, que en el pecho de los héroes no caben sentimientos infames. Nada valen para los pueblos varoniles el oro de los esclavos del Imperio negrero, sus cruces, sus honores, ni las palabras falaces de los Judas de la democracia americana.

         "Si vuestras palabras se han dirigido a ese reducido número de viles paraguayos que arrastráis en pos de vuestras legiones asesinas, cargando el destrozado emblema de su nacionalidad, temed por el resultado.

         "No habléis de patria a vuestros esclavos, que pueden despertar al grito del deber.

         "Sin las sangrientas burlas de los soldados ingleses, Roberto Bruce no hubiera abandonado las banderas de los invasores, para combatir por su patria. Si ellos no se hubieran encargado de hacerle comprender que comía un pan empapado en la sangre de sus hermanos, no hubiera libertado a la indomable Escocía. Pocas palabras bastaron para que despertara en su corazón aletargado el sentimiento del deber y pocos instantes para hacer ver a los invasores lo que son capaces de hacer los pueblos que combaten por su independencia.

         "Temed el resultado de vuestras palabras, que ellas se volverán contra vosotros como el puñal que esgrime el monstruo en que los griegos simbolizaron la calumnia.

         "Habéis vertido la sangre de Abel: esperad la maldición de Caín.

         "Y no confundáis al pueblo paraguayo, irreductible, con los lacayos sin honor y sin vergüenza que os rodean, que nada hay más diferente que los soldados de López y los pigmeos de la llamada "legión paraguaya".

         No necesitamos agregar una palabra más para responder al que, con increíble inconsciencia, se permite evocar hechos vergonzosos, que en su hora merecieron comentarios encendidos de santa ira, como los que acaban de leerse.

         Para defender al Paraguay y a sus héroes, nos basta con lo que escribieron intrépidas plumas argentinas.

         Para confundir los desplantes anacrónicos del mitrismo, nos sobra con los anatemas de sus contemporáneos.

         Termina el prólogo-proclama de Biedma con estas palabras pintorescas, digno broche de tan curioso estudio filosófico:

         "Ciudadanos de tal conformación espiritual bien merecían este libro de verdad y de justicia que cual palma de victoria de los mártires sobre la injusticia humana coloca tan noblemente en su lápida mortuoria, con unción patriótica y ejemplar reverencia, un paraguayo virtuoso".

         El párrafo es digno de figurar en una antología lunfarda. No puede darse nada más extraño a la sintaxis castellana. Solo de un Gancedo o Gancero, también de Buenos Aires, conocemos algo parecido. Si así no se habla ni en los arrabales de nuestro idioma, así escriben los literatos de pulpería porteña que hoy se levantan a decirnos a los paraguayos quiénes fueron los verdaderos patriotas y quiénes los siervos de la tiranía en los días del supremo sacrificio.

         Libro es, pues, de VERDAD y de JUSTICIA el panfleto de Héctor Decoud. Verdad y justicia legionaria, se entiende. Verdad y justicia que no son las corrientes, que deben entenderse al revés.

         Según esa "verdad" ir contra la patria, colaborar en la obra del enemigo, servir de guía al invasor, matar paraguayos, es obra de caridad y expresión de un alto patriotismo.

         Según esa "justicia" los que permanecieron fieles a su bandera, los que defendieron su tierra invadida, los que fueron leales a su patria, los que cumplieron el deber primordial del ciudadano al derramar su sangre por su país, los que rodearon al jefe legítimo de la Nación hasta Cerro Corá, fueron esclavos sin responsabilidad que no sabían lo que hacían.

         Según esa "verdad" los legionarios fueron los que "heroicamente combatieron con abnegación varonil".

         Según esa "justicia" fue sacrificio inconsciente el del pueblo paraguayo, el de medio millón de hombres, mujeres y niños muertos en irreductible actitud de fiereza, desde el Paraná hasta el Apa.

         Según esa "verdad" el general Díaz, el teniente Fariña, Valois Rivarola, Ignacio Genes, Bernardino Caballero, José de Jesús Martínez, todos los lugartenientes del Mariscal López fueron simples siervos del tirano.

         Según esa "justicia" Juan Bautista Egusquiza, Benigno Ferreira, los Decoud y todos los hombres del legionarismo "eran patriotas que estaban justificados de antemano".

         Según esa "verdad" el patriotismo es servilismo.

         Según esa "justicia" la traición es la que merece palmas victoriosas.

         Por algo al empezar su proclama "a los paraguayos", a quienes llama "amigos míos", declara Biedma que piensa y siente como el autor.

         Entusiasmado acaba por sentirse un verdadero Héctor Decoud y hace su propia apología al llamar "virtuoso paraguayo", al más vil de los hombres.

         "¡Virtuoso paraguayo!" Es indudable que se refiere también a la "virtud" legionaria. Virtud al revés de la corriente. Virtud que se traduce en pillería, en salteo, en ignominia, en depravación, en desvergüenza. Virtud que emplea el dinero de su víctima para escarnecerla. Virtud que se aposenta en el hogar de los que difama y vive de su dinero...

         Seguramente debe ser esa la virtud que practica el prologuista del hombre más despreciado del Paraguay.

         Héctor Decoud es, para los paraguayos, que no aceptan el título de "amigo" que les da el mitrismo, un ente repulsivo que sigue viviendo en esta tierra por nuestra misericordia.

         Su "virtud" es la del reptil que se arrastra en la sombra de la anonimia y desde allí destila su veneno.

         Su "virtud" es la de ser hijo del traidor Juan Francisco Decoud y yerno del asesino del Mariscal López.

         ¡Su máxima virtud es la de ser legionario de raza!

         Biedma seguramente conoce su vida como nos demuestra conocer nuestra historia.

         Al proclamar "sus virtudes", tal vez sea tan inocente como al hablarnos del "patriotismo" de los legionarios.

         El hombre adinerado, con una flor en la solapa de su americana, es vistoso como la proclama de los generales aliados a los paraguayos.

         El que ignora lo que ocultaban las palabras retumbantes de los hombres de la proclama, queda deslumbrado por ellas, como quedó Biedma.

         El que no sabe lo que disimula la camisa lustrada de Héctor Decoud, lo confunde con la flor de su solapa.

         Y la proclama era hipocresía cobarde del crimen.

         Como los trapos que cubren la desnudez moral del depravado, son velo que disimula un corazón podrido y una vida perdularia.

         Leyendo estas líneas irá conociendo al legionarismo y al hombre acaudalado que reverencia...

 

(1) "EL MERCANTIL DEL PLATA", 10 de Abril de 1869.

 

III

 

El general Ferreira y los legionarios, - Pintura que hace de ellos - Antecedentes históricos del Paraguay según el legionarismo - La obra de Carlos Antonio López - Juicios de Thompson, Alberdi y Centurión - El sentimiento nacional - Calumnias legionarias.

 

         Hasta aquí hemos orillado el pestilente pantano.

         Ahora tenemos que lanzarnos a él, resueltamente, poniendo a prueba nuestra vitalidad moral. Si no morimos de asco, será porque nuestra naturaleza es de gigantesca resistencia...

         Plantea así la cuestión el yerno del general Cámara:

         "¿Es vituperable la participación que tomó una agrupación de paraguayos en la cruzada de la Alianza? ¿Ha merecido y debe merecer la alta consideración y los honores consiguientes por los servicios relevantes prestados durante y después de la guerra?"

         Dice que esto es lo que hay que solucionar en un debate amplio. Y que para esto hay que evocar la historia y buscar "en su filosofía las causas políticas y morales que hayan podido constituir el derecho de apelar a las armas y combatir un poder absoluto".

         Tal el resumen del introito.

         Con una gravedad única dice que se lanza "contra el mundo entero" para poner en claro la verdad.

         Nuevo Don Quijote de la Mancha, monta el flaco rocín de su supina ignorancia de pillo analfabeto y, en ristre su pluma de ganso, acomete furiosamente contra el sentido común.

         Las cuestiones que plantea tienen por respuesta su folleto. Porque al ir contra el mundo entero es para convencerle de que la participación de los legionarios en la guerra contra el Paraguay fue perfectamente plausible y honrosa.

         Antes de entrar a analizar su original razonamiento, hemos de decir que abre su exposición con estas palabras del general Ferreira: "SI LA HISTORIA SE REPITIERA, YO ESTARIA ALLI DONDE ESTUVE".

         No atinamos a comprender lo que quiere decirnos con esto. Ferreira es mal aliado para un apologista de los legionarios. Porque Ferreira fue un traidor sin hipocresía, como Egusquiza, un traidor que no perdió el tiempo en inútiles disimulos. Vino contra su patria en el ejército argentino, bajo la bandera argentina, vistiendo el uniforme argentino. Y nunca ocultó su desprecio por los farsantes del legionarismo. Fue un traidor de una sola pieza, al revés de los que pedían la bandera paraguaya para venir a matar paraguayos. Debemos a su pluma esta pintura de los legionarios, publicada en la imprenta de EL CONSTITUCIONAL de Mendoza el 7 de Octubre de 1867:

         Los paraguayos que van en la Legión son intolerantes, insufribles, carecen de patriotismo y son capaces de guardar su rencor hasta la más remota posteridad; son hombres que ahogan los sentimientos nobles del corazón humano, para dar cabida en él al mezquino de la venganza.

         "Y si tales son los que van a dirigir los destinos de la República, ya veo encima de ella la guerra civil y los hijos de la patria bañados en sangre fratricida.

         "Pero si bien es cierto que esos hombres carecen en absoluto de patriotismo, no es otra cosa que la consecuencia lógica de sus principios.

         "Educados en la escuela de la tiranía, porque son contemporáneos de Francia, han servido después a la tiranía posterior con sus personas e intereses.

         "Más tarde, después que fueron puestos fuera de la gracia de los tiranos, buscaron un suelo libre donde refugiarse, pero donde nada han aprendido porque salieron de su país ya tarde para embellecerse en los santos principios de la democracia.

         "Así es que nada bueno llevan a su país y si, sólo, la más refinada hipocresía.

         Como se ve, "si la historia se repitiera", el general Ferreira no estaría al lado de Pancho Decoud, hombre sin patriotismo, rencoroso, vengativo, educado en la escuela de la tiranía, refinado en su hipocresía. Su "puesto" sería siempre el del soldado argentino.

         Torpeza ha sido, pues, citar sus palabras. Ni su nombre debía recordarse para nada en un alegato en defensa del legionarismo. Así no hubiéramos tenido la oportunidad de reproducir palabras que, ellas solas, destruyen todas las desesperadas alegaciones de la traición.

         Ferreira conocía profundamente el alma de los legionarios, sabía bien lo que ocultaban en la tenebrosa caverna, poblada de víboras, de su corazón. Compañeros habían sido durante largos años. Había tenido tiempo de estudiarlas. Había palpado la ferocidad de su intolerancia, su maldad insufrible, su falta absoluta de patriotismo, su hipocresía felina. Y se acostumbró a despreciarlos. Por eso, cuando estalló la guerra, se guardó muy bien de hacer causa común con ellos, prefiriendo incorporarse al ejército argentino. Sus palabras son lapidarias. Así, de esa catadura moral era la chusma que un Héctor Decoud pretende poner por encima de los héroes de la epopeya nacional, como paradigma de patriotismo...

         Veamos ahora el desarrollo del alegato legionario.

         ANTECEDENTES: El despotismo y sus efectos. - Tal es el acápite del segundo capítulo. El hombre va a presentarnos el cuadro de la abyección paraguaya bajo el despotismo, clave de su servilismo en la guerra.

         Dice que es "un hecho fundamental" la dominación autocrática que imperaba en el Paraguay desde que Francia "usurpó" la obra patriótica de los próceres hasta 1870.

        Dice que el gobierno de Francia se inició "clandestinamente" y con él comenzó nuestro "abyecto servilismo". Nunca fue promulgada una constitución política. Bajo el gobierno de don Carlos Antonio López, como bajo el de su hijo, "ninguna libertad fue permitida y fueron violadas las leyes naturales". "Esa tiranía fomentaba la pasividad, la ignorancia, el aislamiento, la miseria moral".

         "A este cuadro pálido y ligero -dice- falta un rasgo característico: la excitación del sentimiento nativo, en el sentido de la independencia, como tendencia de hostilidad al extranjero".

         Y con esto queda terminado el "cuadro pálido y ligero" del eminente pintor.

         Es, sin duda, un descubrimiento importante eso de que Francia inició clandestinamente su gobierno y que haya sido usurpador. Hasta ahora creíamos que fue al poder por el voto de dos congresos, uno que le confió la dictadura temporal y otro la vitalicia. Sabíamos también que era un hombre civil, un modesto abogado, y que el elemento militar, autor y dueño del nuevo orden de cosas creado, puso en sus manos la suma del poder público. Resulta que todo esto es falso. Quien lo sabe nos lo cuenta Y no hay nada que replicar:

         Don Carlos Antonio López, según esta autoridad histórica, no varió el sistema de gobierno del Dictador. Apenas "entreabrió las puertas del Paraguay". Sorpresa para los que creíamos que el gran Presidente hizo en sólo diez años un nuevo Paraguay, rico, progresista, feliz, con astilleros, fundiciones metalúrgicas, telégrafos, ferrocarriles, escuadra mercante, industrias y comercios florecientes. Resulta que "fomentaba la pasividad". ¡Y la holganza en su tiempo era un delito! Extraña pasividad que se traducía en afanoso trabajo. Pasividad que cruzaba de carreteras todo el país, que echaba puentes sobre ríos y arroyos, que levantaba monumentos, y que ponía en febril actividad a todo el mundo en toda la extensión de la República.

         Sorpresa también para los que creemos que nadie, antes ni después de la guerra, hizo más por la educación popular que el viejo Patriarca.

         "Fomentó, dice, la ignorancia". Fomentó la ignorancia llenando de escuelas la República, haciendo la instrucción realmente obligatoria, fundando el aula de filosofía, la escuela de matemáticas, contratando al profesor Dupuis, al literato Bermejo y a numerosos médicos para que echaran las bases de una escuela de medicina, llenando el país de escuelas de artes y oficios, enviando numerosos jóvenes a estudiar a Europa...

         ¿De quién es este pensamiento, que es todo un programa civilizador y democrático?: LAS ESCUELAS SON LOS MEJORES MONUMENTOS QUE PODEMOS LEVANTAR A LA LIBERTAD.

         Seguramente lo formuló algún Decoud, algún Rivarola, algún Peña, algún Machaín o cualquiera de los "liberales" de la legión paraguaya.

         ¡Insolencia, inaudita insolencia, inconmensurable insolencia de la insignificancia más atrevida!

         Se necesita ser un bandido audaz, un pícaro sin escrúpulos, para manosear así figuras resplandecientes, que son orgullo de nuestra tierra y objeto de nuestra veneración.

         Sólo un Héctor Decoud es capaz de escribir en la propia morada del Patriarca una irreverencia semejante!

         Un extranjero, que odiaba a los López, el Coronel Thompson, juzga así el gobierno de Carlos Antonio López:

         "Su administración fue beneficiosa para el país. En ningún país del mundo la vida y la propiedad han estado tan garantidas como en el Paraguay durante su gobierno. El crimen era casi desconocido. El pueblo era el más feliz de la tierra".

         Y son de Alberdi estas palabras: "Carlos Antonio López fue un hombre probo, de gran carácter, creador de todo lo que hizo respetable a su país. Fue el Portales del Paraguay, es decir, un gran patriota, un gran paraguayo, que amó a su país con idolatría, paraguayo hasta la médula de sus huesos y hasta la última tela de su corazón".

         El coronel Centurión, citado por el legionario, dice así:

         "Fue el gobernante que más hizo por su país y el que con más patriotismo e ilustración defendió sus derechos. Su gobierno fue de orden, progreso y libertad. Su Constitución respondía a las necesidades de su tiempo. Dio al Paraguay orden y prosperidad".

         Ese fue el magistrado que durante cuatro lustros esclavizó al Paraguay y mantuvo al pueblo "en abyecto servilismo", según los serviles y abyectos servidores de la Triple Alianza.

         "Nunca fue promulgada ni conocida una Constitución", dice Héctor Decoud. Quiere decir que no existió la Constitución del 44, sobre la que Manuel Domínguez ha escrito sus páginas más bellas. Carlos Antonio López no fue presidente constitucional del Paraguay, por decreto del legionarismo...

         La verdad es que esto pasa ya a los dominios de lo bufo.

         Cuando Centurión, en su cita, dice que el mariscal López le dijo una vez que pudo haber sido el hombre más popular de América promulgando una Constitución, no nos transmite con claridad los hechos. López debió hablarle de una Constitución más liberal que la existente. Porque constitución existía, y Centurión afirma que "respondía a las necesidades de su tiempo". Y el Mariscal López no manifestaba su tendencia autocrática, sino su profundo buen sentido cuando decía: "al leer las constituciones de los países vecinos, me quedo extasiado al contemplar tanta belleza, pero cuando del papel vuelvo la vista hacia la realidad, me quedo horrorizado". Un hombre sincero y cuerdo no podía decir otra cosa. El propio don Carlos habló con más claridad y valentía en uno de sus célebres Mensajes, refiriéndose a su Constitución. Los López no eran simuladores de un falso liberalismo. Dieron a su pueblo la carta política que correspondía a su infancia democrática y fiaron a una progresiva educación los mejoramientos institucionales del porvenir. Pudieron dictar constituciones como la de los pueblos vecinos y mantener al país, por encima de esas leyes, dentro de la restricción que le convenía; pero no quisieron obrar dentro de un régimen de mentira institucional. Eso queda para farsantes como los legionarios que promulgaron una Constitución libérrima - hasta hoy superior a la realidad de nuestra cultura cívica- y ejercieron la más escandalosa dictadura, atropellando todas las libertades. Eso queda para los declamadores liberales del Plata, que a la sombra de constituciones admirables hacían, al decir de Sarmiento, "un mal endémico del degüello" en todo el país. Y el Mariscal López tuvo absoluta razón al decir lo que dijo a Centurión. Héctor Decoud, al reproducir sus palabras, no prueba nada, a no ser su miopía intelectual.

         Hace también un cargo a los López por haber excitado el sentimiento nativo, porque esto, dice, era hostilidad al extranjero.

         La excitación del sentimiento nacional era una necesidad de la época. Negada la existencia del Paraguay por la Argentina, amenazada constantemente su independencia, era preciso fortificar el patriotismo de nuestro pueblo. La patria tenía que ser la única preocupación nacional. Y los López, en cuyas manos estaban los destinos de la nacionalidad, no permanecieron indiferentes ante el peligro. Ante el poder formidable de Rosas, que se disponía a invadirnos, prepararon, material y espiritualmente, al pueblo para defenderse, "Independencia o Muerte" fue entonces nuestro lema. "El Paraguayo Independiente" fue el nombre del periódico encargado de sostener nuestra causa. Hasta a una calle de Asunción se dio el nombre de "Paraguayo Independiente", nombre que traducía la angustia del alma nacional, nombre sagrado que la irreverencia de la traición ferreirista, bajo el efímero régimen neolegionario, trocó, por una ironía, en "Calle Buenos Aires". Interpretar aquella intensificación salvadora del nacionalismo como odio al extranjero, es cosa que sólo se le puede ocurrir a un enfermo de anemia cerebral o a un legionario atávico...

         Habla también de que Don Carlos, abominable tirano, mandó fusilar a un ciudadano por haber roto un billete del tesoro y que el Mariscal mandó asesinar a Gregorio y Teodoro Decoud por "una ruin venganza".

         Dos imposturas audaces. Don Carlos está muy alto para que pueda llegarle la saliva del que así le escupe desde su casa, convertida hoy en morada de la traición. No es un Héctor Decoud el que va a convertir al más virtuoso y justo de los paraguayos en un vulgar homicida.

         Gregorio y Teodoro Decoud fueron, sí, fusilados por Carlos Antonio López por conspiradores, delito penado con la muerte por las leyes imperantes. Don Carlos los procesó y Don Carlos los fusiló. Y nadie puede dudar de que su rigor fue justificado, por la austeridad de aquel gobernante esclarecido y por la tradición familiar de los miembros de la casta maldita. El antinacionalismo de los Decoud venía de lejos, de los tiempos de Belgrano, de los albores de nuestra independencia. Don Carlos los conocía muy bien. Sucesos posteriores le dieron la razón, ya que un Decoud había de ser el encargado de mendigar al Emperador el honor de venir en las filas de los invasores y otro Decoud había de ser el primero en pasarse al enemigo, al iniciarse la guerra. Bien hizo el severo magistrado en ser implacable con aquellos dos miserables. La piedad no reza con los traidores de raza...

         El Mariscal López nada tuvo que ver con aquel tremendo escarmiento. Bajo el régimen de Carlos Antonio López no mandaba sino el Presidente de la República. Afirmar que don Carlos pudo ser el instrumento de la venganza de otro, es tontería infantil. A nadie se le ocurrió jamás decir semejante cosa.

         Termina el jugoso capítulo con estas palabras: "aquel ominoso sistema forjó la faz del pueblo y se encarnó en su espíritu. Tal es la historia; las consecuencias son conocidas".

         Quedamos en que el "ominoso sistema" de los López FORJO LA FAZ DEL PUEBLO. Y en que esa es la historia o la filosofía de la historia legionaria.

 

IV

 

En pleno pantano - Por qué vinieron los legionarios contra el Paraguay - Su actitud era lógica - Su Patria era Buenos Aires - Carlos Loizaga y Fernando Iturburu - Solicitud pidiendo a Rosas la conquista de la "Provincia del Paraguay" - El eterno sueño de los legionarios.

 

         Estamos ya en pleno pantano. El fango nauseabundo embadurna nuestros pies. El hedor del pudridero amenaza ahogarnos. Y ante nuestros ojos se extiende un légamo viscoso de materia fecal...

         ¡Adelante! Hay que acabar para siempre con el legionarismo.

         Héctor Decoud va a contarnos "los motivos de la actitud de los emigrados paraguayos". Quiere decir "los motivos" que les llevaron a enrolarse en las filas de los invasores, para venir a cooperar en la destrucción del Paraguay. Sinteticemos sus palabras:

         "No pudiendo soportar más tiempo los ciudadanos paraguayos, emigraron del país, buscando asilo en la hospitalaria argentina. Poco tiempo después el déspota Solano López iniciaba la guerra. En presencia del conflicto ¿cuál debía ser la actitud que cuadraba al patriotismo paraguayo? No podía existir vacilación ninguna. Apenas iniciado el drama, los paraguayos expatriados organizaron un comité para concurrir en la cruzada. La actitud de aquéllos era delicada. Debían primero salvar cualquier duda respecto a los propósitos de la guerra. Felizmente los aliados declararon que sus armas se dirigían contra López y no contra su pueblo. Desaparecía así todo peligro contra nuestra soberanía. Bastaban aquellas declaraciones solemnes. Juan Francisco Decoud y Serapio Machaín fueron a pedir autorización al gobierno imperial para organizarse militarmente y tomar participación en la guerra, enarbolando al frente del cuerpo constituido la bandera paraguaya. No era que hicieran cuestión de llevar la enseña nacional, pues la libertad puede cobijarse bajo cualquier bandera, sino pensando que los paraguayos al ver su pabellón en el ejército invasor verían la oportunidad de romper el vasallaje al tirano y asociarse a la causa de la libertad, como sucedió. El Emperador aplaudió la actitud de los emigrados, pero en cuanto al uso de la bandera, se opuso. El Tratado Secreto autorizó también la participación de los paraguayos. Expuestos estos antecedentes se comprende que la participación de los emigrados en la guerra fue maduramente deliberada y en condiciones de irreprochable corrección. Concurrieron a realizar una obra de patriotismo sano, decorosamente. No sirvieron al extranjero, lucharon por su propia causa".

         He ahí cómo el legionarismo ensaya su vindicación. No puede darse nada más paupérrimo. No hay causa, por mala que sea, que un hombre inteligente no pueda defender. Un brillante abogado sofística y da apariencias simpáticas al crimen. Pero, así también, la ignorancia todo lo echa a perder. De la sesera aguachenta de un Héctor Decoud no podía salir sino eso. ¡Un perfecto adefesio!

         De modo que "no pudiendo soportar por más tiempo" los futuros legionarios, dejaron el país. No nos dice lo que "no pudieron soportar". Pero nosotros vamos a decirlo. Lo que no pudieron soportar por más tiempo en los días del viejo López fue su patriotismo irreductible, su fe apostólica en los destinos del Paraguay independiente, su paraguayismo idolátrico, el ambiente nacional, el fanatismo de nuestro pueblo por nuestro país. Mientras, al decir de Thompson, nuestro pueblo era "el más feliz de la tierra", ellos, los miembros de la casta maldita, se ahogaban en medio de la ventura general, envenenados por el despecho al ver que la patria se afirmaba y crecía en riqueza y civilización. Aquí, entre nosotros, entre paraguayos, se sentían extranjeros, verdaderos proscriptos. Llevaban en la sangre el odio al Paraguay de sus abuelos, de los Espínola y Peña, Cálcena y Echeverría, Grance, Nolasco Decoud, Machaín y demás porteñistas de los días de la independencia. No podían perdonar a los López su fiero patriotismo y la expectabílidad que daban al Paraguay en el mundo. Eran porteños hasta los tuétanos, argentinos de pies a cabeza. Su patria: su verdadera, su única patria era "la patria: de Buenos Aires", que dijo el sicofanta Manuel Pedro de Peña. Y no pudiendo soportar por más tiempo una atmósfera que les ahogaba, se marcharon a la tierra por la que suspiraban.

         "¿Cuál era la actitud que les cuadraba ante la guerra?", se pregunta el legionario.

         En esto no podía haber dudas ni titubeos.

         Fueron perfectamente lógicos con sus antecedentes y con sus principios al ir a pedir de hinojos al Emperador el derecho de venir con sus ejércitos a matar paraguayos.

         No les "cuadraba" hacer otra cosa.

         Traidores serían a su porteñismo ancestral si se hubiesen sentido paraguayos en ese momento, y, olvidando rencores personales, hubiesen corrido a defender la tierra en que nacieron.

         Precisamente habían dejado el Paraguay porque "no podían soportar por más tiempo" su existencia soberana. Y se les presentaba, dice Héctor Decoud, "la oportunidad, única posible, gracias a las naciones vecinas y hermanas, de redimir a su país". No podían desaprovechar aquella coyuntura inesperada de regresar. Había llegado el momento de "redimir" al Paraguay de su independencia, de su soberanía, de su prosperidad, de su felicidad. Lo que no consiguieron sus abuelos, iban a conseguirlo ellos, "gracias a las naciones vecinas". La oportunidad era realmente única. "No podía haber vacilación alguna", como bien dice el San Pablo del legionarismo.

         En el acto, pues, se organizaron en "legión" y fueron a pedir al Monarca brasileño su consentimiento. El Emperador, dice, "aplaudió la actitud de los emigrados, pero se opuso al uso de la bandera paraguaya". Sabemos ya que Pedro II aceptaba la traición, pero despreciaba a los traidores. ¡Cosas del patriotismo lusitano! Seguramente no aplaudió precisamente a Pancho Decoud y compañeros, ya que los despreciaba como traidores, pero los aceptó como cómplices. Eso sí, tuvo la ocurrencia de respetar y hacer respetar la bandera que iba a combatir. No permitió que los legionarios fueran contra el Paraguay a la sombra de la bandera paraguaya. Tenían demasiado con su bandera auri-verde o con la bi-color argentina...

         Por lo demás, para cubrir las apariencias, les bastaba la declaración de los aliados, que aseguraban que la guerra no iba a ser contra el Paraguay sino contra López. Iban a concurrir "a la realización de una obra de patriotismo sano", patriotismo porteño, se entiende, cooperando "decorosamente" en el descuartizamiento de un país rebelde al yugo bonaerense, en la destrucción total de un pueblo orgulloso, empeñado en ser libre. "No sirvieron al extranjero, lucharon por su propia causa". Al extranjero hubieran servido si se hubiesen alistado en las filas paraguayas. Contra su "propia causa" hubieran ido si hubiesen corrido a defender al Paraguay. Entre los argentinos estaban entre "hermanos" y la "causa" de los aliados era la misma que acaudilló Belgrano e iba a acaudillar su biógrafo, el general Mitre.

         "La actitud que les cuadraba" era esa.

         ¡Tenían que venir, y vinieron, contra el Paraguay!

         Obteniendo el consentimiento del Emperador, se dirigieron al gobierno argentino en nota del 21 de Abril de 1865, suscrita por CARLOS LOIZAGA, presidente de la Asociación Paraguaya, pidiendo permiso para ir "en la vanguardia" y solicitando "de su generosidad los auxilios necesarios". Firmaba como secretario EVARISTO MACHAIN.

         Es este un documento sumamente interesante. La guerra no había sido declarada todavía por la Argentina al Paraguay, ni se había firmado aún el Tratado Secreto de la Triple Alianza. Recién el 1º de Mayo se firmó el pacto tripartito y el 4 del mismo mes pidió Mitre la autorización correspondiente para declarar la guerra. Más porteñistas que los mismos porteños, los legionarios se anticiparon en doce días a los argentinos al pedir "generosos auxilios" para armarse y organizarse militarmente contra su país. Fueron, pues, "aliados" antes de la alianza y se declararon en guerra antes de decretada la guerra.

         Pero lo más interesante de este oprobioso documento es que va firmado por CARLOS LOIZAGA.

         Esta sola firma basta para penetrar el fondo oscuro de la actitud legionaria. No se necesita más para comprender lo que aquellos infames perseguían, el móvil secreto de su actitud.

         Carlos Loizaga hablaba en nombre de todos, como Presidente de la banda.

         En aquel documento Carlos Loizaga era el legionarismo.

         En 1851, cuando el tirano Rosas estaba ya próximo a caer, ese mismo Carlos Loizaga dirigió una solicitud al gobierno argentino, en nombre de sus camaradas, PIDIENDOLE POR MISERICORDIA LA CONQUISTA DEL PARAGUAY. Y pidiéndole permiso para marchar en la expedición con cualquier carácter y en cualquier puesto.

         Nos tocó en suerte publicar aquí por primera vez este padrón de sempiterna ignominia del legionarismo. Y ahora vamos a reproducirlo para castigo del audaz que nos provoca. Dice así:

         ¡VIVA LA CONFEDERACION ARGENTINA!

         ¡Mueran los salvajes asquerosos unitarios!

         ¡MUERA EL LOCO TRAIDOR SALVAJE UNITARIO URQUIZA!

         Exposición que elevan los paraguayos que suscriben a S. E. el Exmo. Señor Gobernador y Capitán General de la Provincia, jefe supremo de la Confederación Argentina, Brigadier don Juan Manuel de Rosas

         Exmo. Señor:

         La Provincia del Paraguay, sin duda más desgraciada que todos cuantos pueblos infelices pueda haber sobre la tierra, por la crueldad, capricho y torpeza de un gobernante sin virtudes, sin patriotismo y sin capacidad, sufre un conjunto de males de un orden extraordinario en la línea de padecimientos.

         Constituido el Paraguay hace más de treinta y dos años en un calabozo o prisión general de sus hijos, padecen éstos la dura servidumbre de los encarcelados y la desesperación del cautivo que ve a sus semejantes en el goce de su libertad.

         Fuera de este padecimiento tan grave como prolongado, todas las clases y aún cada individuo paraguayo tiene uno o más trabajos que pesan sobre él con especialidad: Reformas generales en las costumbres exigidas instantáneamente y con rigor restricciones innumerables impuestas en el mezquino comercio interior establecido en la Provincia el estanco de la madera, y particularmente de la yerba, que ha sumido en la mayor miseria a todos los habitantes de las villas del norte, no permitiéndoles cambiar de departamento a los que lo han solicitado a fin de proporcionarse otra industria para vivir la creación del papel moneda el mantenimiento en pie de un ejército hacia el cual ha arrastrado toda la juventud decente, a la que en la clase de soldados ha diseminado en el ejército por temor de mantenerlos reunidos; los fuertes trabajos a que ha sometido a todos los soldados del ejército en las diferentes obras que en el local de su ocupación se han emprendido, como grandes desmontes, fábricas de material cocido, edificación de casas y grandes plantíos reduciendo así a los militares a la clase de presidiarios la escasísima ración que se les suministra para su sustento, la cual se limita a nada más que un pedazo de carne distribuida, la que da una res, ya grande o pequeña, en cien individuos, y doce onzas de yerba por mes las ventas forzosas de sus ganados a un precio ínfimo a que ha obligado a todo hacendado para el sustento de las tropas, castigando con la pérdida del ganado y una multa igual a su valor el retraso de veinte y cuatro horas del término prefijado para el arribo de la tropa al campamento, aún cuando fuese por caso fortuito; las prisiones, destierros y multas aplicadas con tanta frecuencia que casi no hay un individuo en la Asunción que no hubiese sido condenado en alguna de estas penas o en todas ellas, muy particularmente aquellos a quienes se les supone sentimientos federales. Todas estas causas en las que nada hay de exagerado, sino la verdad pura, simple y de publicidad notoria, son las que llenan de amargura y de desesperación los corazones paraguayos que ansían porque llegue el momento DE SU REDENCION, Y NO LA ESPERAN DE OTRA MANO QUE DE LA DEL EXMO. SEÑOR DON JUAN MANUEL DE ROSAS.

         Además de todas las causas que se han mencionado, pudiera presentarse otro número infinito de motivos que llegan hasta hacer penosa la vida a nuestros infortunados paisanos; pero que se omiten porque su detalle sería interminable.

         Tan convencido se halla el gobernador López del desafecto que le profesan sus paisanos en general, que no se permite salir de paseo a su quinta sin una fuerte escolta que cada día va recreciendo, y tomando medidas que revelan lo inseguro que se cree en medio de ese pueblo manso e inofensivo: hoy una fuerza exploradora armada de lanza le precede en su paseo, fuera de la que rodea su persona. Hablando con un juez de paz le decía estas palabras:

         "Yo aguardaría a que Rosas me trajera la guerra y adoptaría la de recursos, pero desconfío de los paraguayos". Esto revela cuán convencido se halla del verdadero sentimiento de sus compatriotas, pues que ni su propia conveniencia le ha hecho guardar el silencio que debía sobre su justa desconfianza.

         Los sentimientos, pues, bastante conocidos de todas las clases del pueblo paraguayo y la impericia militar causada por la desconfianza de aquel gobernante para introducir personas de conocimiento en lo que él llama ejército, ha formado en nosotros y en una gran parte de nuestros compatriotas LA CONVICCION DE QUE UN NUMERO ESCASO DE FUERZAS DE LA CONFEDERACION reincorporarían la provincia.

         A pesar de esta convicción íntima creemos prudente guardar silencio. Espectadores de los sucesos grandiosos y llenos de gloria con que ha enaltecido la República Argentina el Jefe Supremo de ella en la grande y difícil cuestión europea que parecía ya a su término, esperamos y no distante llegaría un momento en que al menor impulso SE DESARROLLASEN TODAS LAS SIMPATIAS QUE EXISTEN HACIA LA PERSONA DE V. E. EN EL OPRIMIDO PUEBLO PARAGUAYO. Mas hoy que creemos ver alejarse este momento porque una turba de revoltosos, ebrios de ambición, vuelven a enarbolar el estandarte de la rebelión capitaneados por el loco traidor salvaje unitario Urquiza, hoy que un gabinete pérfido (no diremos con mengua de su honra porque siempre ha sido menguado el honor de esa raza mitad europea y mitad africana) se alía a los rebeldes para impulsarlos a la anarquía y abandonarles en la hoguera, porque destituidos de valor y fuerza física para cargar un fusil, la liviana intriga es su arma favorita hoy que no miramos distante el día en que ese infame Imperio de intrigantes siempre funesto para nuestro país, lo arrastre otra vez a la guerra envolviéndolo en inmensos males hoy, en fin, que nuevos datos adquiridos, vienen a asegurarnos la constante disposición de nuestros paisanos y sus votos por unirse a la Confederación Argentina a que pertenecen, nos acercamos a V.E. para decirle: Señor, con el apoyo de dos mil hombres, que silenciosamente y con rapidez marchen por el Chaco hasta Asunción, es infaliblemente tomado aquel punto y todos los paraguayos somos ya de V.E. Y nosotros nos ofrecemos a marchar en la expedición con cualquier carácter que V.E. nos diese, llevando en nuestra compañía otros paisanos que como nosotros no ven la felicidad para nuestra Provincia sino en su reincorporación a la Confederación Argentina, bajo el paternal Gobierno de V.E.

         Tenemos el convencimiento íntimo de conseguir un triunfo, quitando un gobernante de nuestra Provincia, que es el escándalo de la patria y el juguete del pérfido e insidioso gabinete del Brasil para sus miras hostiles contra la Confederación Argentina.

         Protestamos, Excelentísimo Señor, que al hacer esta exposición no nos mueven otros sentimientos que SERVIR A LA CAUSA SANTA DE LA LEGALIDAD y el orden que es el manantial de prosperidad de los pueblos a cuyo frente se halla V. E., prestar  un gran servicio a la humanidad y a nuestra nación contribuyendo en lo que nos sea posible a sofocar la anarquía o haciendo feliz a LA PROVINCIA que nos vio nacer, labrar nuestra propia suerte, pues siendo el Paraguay dichoso es forzoso nos quepa una parte.

         Puede ser, Exmo. Señor, que hubiésemos escrito mucho superfluo y omitido mucho sustancial. Por tanto, nos ofrecemos a informar a V. E. con la misma buena fe y verdad sobre todos aquellos puntos que por falta de previsión hubiésemos callado, toda vez que sea del supremo agrado de V. E.

         Somos de V. E. los más fieles, atentos y sumisos servidores.

 

         Fernando Iturburu

         Carlos Loizaga

 

         Buenos Aires, Setiembre 18   1851 (1)

 

         Hay que decir que FERNANDO ITURBURU, el compañero de Loizaga en este documento, fue nombrado "Coronel" y jefe de la Legión por sus camaradas, así que recibieron una respuesta favorable de Mitre.

         De modo que los dos que en 1851 firmaron la solicitud presentada a Rosas fueron los que encabezaron en 1865 a los legionarios.

         Después de catorce años, seguían soñando con la conquista del Paraguay. Rosas había caído antes de poder satisfacer sus deseos. Vivieron tres lustros devorando su impotencia. En esos tres lustros no se cansaron de calumniar al Paraguay, presentándolo como el antro de la barbarie. Y, por fin, se les presentaba la oportunidad de saciar sus odios y sus rencores. Sus "sentimientos federales" se convirtieron en "sentimientos unitarios". Y el "infame Imperio de intrigantes, el pérfido e insidioso gabinete del Brasil, el Monarca mitad europeo y mitad africano", dejaron de ser lo que eran para convertirse en baluartes de la libertad, como los "salvajes, asquerosos unitarios" eran hombres angelicales, de cuyas desinteresadas intenciones no se podía dudar. Brasileños y argentinos en guerra con el Paraguay eran y tenían que ser sus aliados. Lo que buscaban en realidad, lo que habían buscado siempre eran cómplices para hacer desaparecer al Paraguay. Cuando el Brasil era amigo y aliado del Paraguay, ellos tenían que ser, y fueron, sus enemigos. Cuando vivían felices dentro del régimen mazorquero de Rosas y éste era enemigo jurado del Paraguay, ellos tenían que ser, y lo fueron, partidarios del tirano Rosas y enemigos de los unitarios. Coaligados brasileños y unitarios contra el Paraguay, claro está que estuvieron con ellos. No tenían sino un solo enemigo: EL PARAGUAY. Y aliados suyos fueron y serían todos los enemigos del Paraguay ¡Hasta de parte de Norte América se pusieron cuando su escuadra remontó el Paraná en son de guerra contra nosotros!

         La solicitud de 1851 es la clave de la de 1865.

         Los mismos hombres perseguían los mismos fines: la desaparición de "la provincia del Paraguay".

 

(1) Tomamos este documento de la HISTORIA DE LA CONFEDERACION ARGENTINA, por Adolfo Saldías, tomo V. pág. 414. Cuenta Saldías que los Loizaga, Iturburu, Machaín, Decoud y otros "paraguayos" hacía rato que "venían trabajando con el ministro Arana para reincorporar esa provincia a las demás de la Confederación" Y agrega estas palabras: "Desgraciadamente para esta provincia, el general Urquiza (después de Caseros) no pudo menos que asentir a la imposición que le hizo el gobierno imperial de reconocer la independencia del Paraguay. Doce años después era el mismo Imperio el que provocaba otra coalición contra el vecino que él engendró a designio de debilitar a la Argentina; y al cual contribuyó a destruir para hacerlo su tributario".

 

V

 

La patria paraguaya no existía para los legionarios - Cita de Chateaubriand - Los unitarios argentinos - Juicio del doctor Zeballos - Teoría legionaria de la legítima defensa - La disyuntiva trágica - Como despertaron al durmiente.

 

         Vamos a entrar en los dominios de la filosofía de la historia.

         El abogado del legionarismo va a explicarnos cómo sus defendidos no vinieron contra la patria al venir en las filas de los invasores.

         "El nombre de la patria, dice, ha sido involucrado al redopelo". Y se pregunta: "¿qué es la patria?" Y en seguida una luminosa disertación.

         "¿Es acaso el suelo que pisamos? En ese caso el indio de la tribu errante debió tener patria y la tuvo el cacique Lambaré cuando desde el cerro que lleva su nombre convocaba a los suyos para resistir al paso de las legiones de Ayolas".

         ¡Magnífico introito! El "suelo que pisamos" no es ni ha sido nunca la patria. ¡Qué ha de serlo! Podemos pisar el suelo de la patria y suelos que no son la patria. Así para los Decoud el suelo de Buenos Aires, si no es la patria, es el de la patria. En cambio el suelo paraguayo es suelo extranjero.

         Lo que no es justo es negarle al legendario Lambaré el derecho de tener una patria. Indio y todo, desnudo, ignorante, tal vez sin saberlo, tenía el pobre una patria, que amaba tanto como los Decoud a su "patria de Buenos Aires". Confuso oscuro, vago, era el sentimiento innato de la patria el que le movió a convocar a los suyos para resistir a las "legiones", bien menguadas por cierto, de Ayolas. Fue un patriotismo instintivo el que le lanzó a luchar contra el invasor, contra el extranjero que atropellaba su hogar, su terruño, la heredad de sus abuelos, eso que los hombres civilizados hemos dado en llamar patria.

         El cacique Lambaré tenía, sí, patria y patriotismo, al revés de los legionarios que ignoraban ambas cosas.

         "Suelo tenemos, agrega, hace tres siglos y medio; pero patria no. Vivíamos arrastrando la existencia con la torpeza propia de aquellos a quienes falta luz y aire, bajo el ceño adusto y sanguinario del mandarín.

         "¿Era posible concebir la patria bajo el imperio del terror? No, eso puede ser la patria en el mundo antiguo, hoy ya no es el viejo terruño de las agrupaciones tan cruelmente sojuzgadas, ya no consiste en el suelo que habitamos y en el amor del campanario y de la aldea. La patria es el hogar, es la familia, la riqueza, la civilización, es la comunidad de afecciones, es la solidaridad de los ciudadanos en el derecho, en la libertad. ¿Existía en su integridad algunos de estos elementos en el Paraguay? ¿Pudiera decirse siquiera que tuviésemos alguna cosa que hiciera amable la vida?"

         En una palabra, en la época de López no existía la patria paraguaya, porque los López eran muy malos y la gente se arrastraba "con la torpeza propia de aquellos a quienes falta luz y aire". (1)

         Y la verdad es que no existía la patria para la casta maldita, que se sentía dentro de nuestras fronteras como dentro de un infierno.

         Había en el Paraguay hogar, familia, riqueza, civilización, comunidad de afecciones, solidaridad, todos los elementos constitutivos de la patria indicados por nuestro filósofo. Repetimos las palabras de Thompson: el pueblo paraguayo era el más feliz de la tierra. Para los paraguayos la vida era amable, llena de encantos. Y la patria no era el "viejo terruño" solamente, ni el campanario, ni la aldea. La patria era una entidad moral y material al mismo tiempo; era la tierra ubérrima, eran los perfumados naranjales, era la aldea blanca y sonriente, era el hogar feliz, eran los camposantos donde dormían los antepasados, era la bandera amada, era el himno sugestionador, era el río, era el cielo estrellado; pero era también el pasado, la historia, las tradiciones, los sacrificios por la independencia, los esfuerzos remotos por la libertad. La visión de la patria era simple y múltiple, se materializaba en el magistrado paternal que regía nuestros destinos como hablaba a nuestro corazón en los aires nacionales. ¡La patria estaba, sobre todo, dentro de nuestra alma!

         Pero el caso del legionario era otro.

         La tierra en que nació no era su patria. Podía sentirse feliz en la mazmorra de Rosas y veía con horror al Paraguay. A sus ojos la tierra del degüello endémico era el Paraíso terrenal. El Paraguay feliz, algo peor que el tacho de Pedro Botero...

         Quedamos en que no existía ni podía existir la patria paraguaya para Carlos Loizaga, Fernando Iturburu o Pancho Decoud. No existía sino la patria de Buenos Aires...

         "Cuando la libertad ha desaparecido, queda el país, pero ya no hay más patria, decía Chateaubriand, en aquella época en que la Francia de Napoleón I había alcanzado el esplendor del poder y de la gloria militar. ¿Qué podía decirse del país que, en la oscuridad y en el aislamiento, pasaba del Dictador Francia a los López para eternizar el despotismo?"

         Oportuno este rasgo de erudición.

         No hay patria sin libertad, según la frase atribuida al romántico admirable. Y cuán poderosa y avasalladora era la patria en el corazón del gran francés en los días de la dura dominación napoleónica. Seguramente nunca la amó más ni fue más real en sus entrañas que cuando recorría el mundo en triste peregrinaje de proscripto.

         Estando en Gante, le tocó en suerte asistir desde lejos a la batalla de Waterloo, en la que se iba a decidir su destino y el de su patria. Las sensaciones que experimentó en aquel supremo momento están consignadas en esta página que copiamos de sus Memorias de Ultratumba:

         ..."Oyente silencioso y solitario del formidable decreto del destino, estaba más conmovido que si me hubiese hallado en medio de la refriega; el peligro, el fuego, la baraúnda de la muerte no me hubieran dejado en este caso tiempo para meditar; pero hallándome solo, al pie de un árbol en la campiña de Gante, como el pastor de los ganados que pasaban por mi alrededor, me abrumaba el peso de mis reflexiones: ¿qué combate era aquél? ¿sería el definitivo? ¿se hallaba en él Napoleón en persona? ¿se estarían echando suertes sobre el mundo, como sobre la túnica de Cristo? Y en el caso de un triunfo y de una derrota para el uno o el otro ejército ¿cuál sería la consecuencia de aquel acontecimiento, para los pueblos, la libertad o la esclavitud? Más ¿qué sangre corría? Cada descarga que llegaba a mi oído ¿no sería por desgracia el último suspiro de algún francés? ¿se estaría verificando un nuevo Crecy, un nuevo Poitiers, un nuevo Azincourt, para regocijo de los más implacables enemigos de Francia? Si triunfaban éstos, ¿no quedaría mancillada nuestra gloria? y si vencía Napoleón, ¿qué sería de nuestra libertad? Por más que el triunfo de Napoleón hubiese sido para mí la señal de un destierro eterno, confieso ingenuamente que la patria venció en aquel momento dentro de mi corazón; mis votos en aquel instante eran por el opresor de Francia a trueque de que salvando nuestro honor nos librase de la dominación extranjera"...

         ¡Ah, no, Chateaubriand no tenía alma de legionario!

         Realista apasionado, odiaba con toda su alma al usurpador del trono de San Luis. Su triunfo hubiera sido "el decreto de un destierro eterno". Pero en su corazón hablaba con más imperio la patria que sus rencores o sus intereses personales. No corrió a incorporarse a los ejércitos enemigos de Napoleón - que era la encarnación radiante de su patria - y cuando el cañoneo le advirtió que la batalla se había empeñado, sus votos fueron por el triunfo del opresor de su país...

         Así piensan y sienten los que conocen las santas inquietudes del patriotismo.

         Un Chateaubriand no podía obrar como un Pancho Decoud cualquiera. Pero sigamos. Trae también a cuento el caso de los emigrados argentinos. Y pretende parangonar el caso de éstos con el de los legionarios.

         Los unitarios no renegaron jamás de su patria. No negaron su existencia en los días de Rosas, cuando los Loizaga y los Iturburu vivían felices en Buenos Aires. No tenemos noticia de que los unitarios hayan pedido a nadie la conquista de su país. Nunca la exaltaron más que en su destierro. Y si se aliaron al extranjero para combatir a Rosas, si cometieron esa falta que pesará siempre sobre su memoria, fue en una GUERRA CIVIL, en la que ellos fueron los más. Admitieron auxiliares extraños, pero no fueron instrumentos del extranjero. No se plegaron a los invasores de su patria en una guerra internacional. Aceptaron el aporte del extranjero en una revolución nacional.

         Es inútil querer insistir en eso de que la guerra no era contra el Paraguay sino contra su gobierno.

         Oigamos a este respecto al famoso internacionalista argentino. Estanislao Zeballos, profundo conocedor de nuestra historia y autoridad indiscutida en la materia:

         "La guerra no podía ser de ninguna manera contra el Gobierno del Paraguay sino contra su pueblo. El Presidente López fue elevado a la Presidencia de aquella República el 16 de Octubre de 1862, por diputados electores de los noventa y dos partidos de la Nación. El Congreso reunido en el Cabildo de la capital le invistió con el título de JEFE SUPREMO Y GENERAL DE LOS EJERCITOS DEL PARAGUAY por una mayoría considerable de votos. López era, pues, el PRESIDENTE CONSTITUCIONAL de la República, porque había sido nombrado por el pueblo. El pueblo quedaba obligado a sostener la autoridad constituida".

         Y omitimos otras consideraciones del gran escritor, que pueden leerse en la exposición hecha en la Universidad de Buenos Aires en 30 de Agosto de 1872.

         El legionarismo inútilmente pretende encontrar un antecedente de su menguada conducta en la conducta de los unitarios.

         Los unitarios fueron gente de exaltado patriotismo. Nadie podrá imputarles nunca una traición. Lavalle primero, después Urquiza, fueron sus caudillos militares. Los dos, argentinos de una sola pieza. Y el vencedor de Caseros no fue un general brasileño o uruguayo, fue el gran argentino Justo José de Urquiza.

         Los que vinieron a descuartizar a su patria, a la luz del Tratado Secreto de la Triple Alianza, no tienen parangón en la historia.

         En los dominios de la ignominia humana ocupan un sitio solitario.

         Insiste en otro capítulo, tan sustancioso como el anterior, en "el derecho de apelar a las armas" contra el gobierno nacional desde las filas de un ejército extranjero, en guerra declarada y a muerte con la patria.

         "Aliarse al extranjero en una contienda contra el Gobierno Nacional, dice, es un caso de legítima defensa. Es como el homicidio respecto a los hombres; puede constituir un derecho o un delito. Derecho cuando importa la defensa propia, la necesidad de la propia conservación, la salvación de la vida. Con este criterio, concurriendo a la cruzada, hacían acto de propia defensa, evitando ser despedazados por la fiera que les perseguía".

         De modo, que, según esto, los legionarios se acoplaron a los aliados en nombre de la "legítima defensa", como en 1851 pidieron a Rosas la conquista de la "provincia del Paraguay."

         La cosa es clara: los legionarios, perseguidos a 600 leguas de distancia por una "fiera", se aliaron a los que iban a matar, con esa fiera, a su país, para salvar su vida.

         Si no venían con los invasores, si los dejaban solos en la "cruzada", estaban irremediablemente perdidos.

         Porque el caso era grave y serio: la necesidad de "la propia conservación" les daba el derecho de atentar contra la existencia de la patria.

         O venían con los aliados o sucumbían.

         Vivo López, no podían seguir viviendo en Buenos Aires.

         ¡Caso clavado de legítima defensa!

         Imposibles las revoluciones en el Paraguay, agrega, "por la impotencia moral del pueblo a que lo sometió la tiranía de sesenta años, no tenían más que esta disyuntiva: o abdicar de su personalidad civil o apelar a las armas con los pueblos hermanos".

         Esto también es harto claro. Si no podían hacer revoluciones, les quedaba el derecho de venir con los hermanos del Brasil, "mitad blancos y mitad africanos". De lo contrario perdían su "personalidad civil".

         Y perder así no más la "personalidad civil" es cosa que no se puede admitir y que autoriza a ir contra la patria.

         En la "disyuntiva", Carlos Loizaga y Pancho Decoud no titubearon: se resolvieron por salvar su "personalidad civil".

         Pero hay más todavía. "La guerra dice, fue la única oportunidad que se presentaba para levantar y despertar al pueblo paraguayo. Les halagaba la esperanza de una gran insurrección popular. De modo que no sólo era un derecho sino que también era obra de patriotismo concurrir a la cruzada".

         Y esto es fundamental: el pueblo paraguayo dormía su siesta guaraní y había que despertarlo. Tenían la esperanza de que, despierto, estallaría una gran insurrección popular, y, por que tenían esa esperanza, era obra de patriotismo concurrir a la "cruzada" en medio de los invasores. La necesidad de despertar al durmiente les daba el derecho de ir con el Brasil y la Argentina a hacer efectivas las estipulaciones del Tratado Secreto. En ese mismo afán de despertarnos pidieron catorce años antes al hombre de Santos Lugares el servicio de venir a someternos a su liberal gobierno. No hay reparos que hacer a esto. Dentro de la moral legionaria es cosa indiscutible.

         El razonamiento es realmente aplastador.

         La tesis legionaria es indestructible.

 

 

VI

 

La argumentación legionaria - Citas históricas - Los unitarios - Santa Cruz y los peruanos - Un ejemplo de Juan Montalvo - Los legionarios en la guerra - Nuevas revelaciones de Ferreira - La ferocidad legionaria según el general argentino Donato Álvarez.

 

         Estamos viendo como argumentan los legionarios para probar su "derecho" de venir en las filas de la Triple Alianza a destruir al Paraguay.

         En su idiotía el abogado actual, el último Decoud, sobreviviente de la gran generación de traidores, no deja de comprender que toda su ignominia finca en haber tomado armas contra la patria amenazada y en haber venido en medio de las bayonetas extranjeras.

         Y declama a su manera, y habla de patria, libertad, civilización, justicia, lealtad, para ir y venir en torno de la misma cosa, del "derecho" que tenían de intervenir en la "cruzada" libertadora organizada por Pedro II, el amo de cuatro millones de esclavos.

         Esto es lo que le obsesiona. Primero dice que "la patria no existía" en el Paraguay. Y no existiendo la patria los legionarios no vinieron contra ella. No contento con esto, agrega que los legionarios, al incorporarse a los invasores, hicieron uso "del derecho de la legítima defensa". Para "no ser despedazados por la fiera que les perseguía", se lanzaron en medio de los que habían pactado la desmembración del Paraguay y la anulación total de su soberanía. Después, como si estos argumentos formidables no fueran suficientes, recordó el caso de los unitarios argentinos...

         Parecería que con esto quedaría tranquila su conciencia. Pero no. El gusano roedor seguía taladrando su cerebro. No estaba satisfecho. No se sentía convencido él mismo. Y vuelve a la carga con nuevos argumentos...

         Trae a cuento a Turenne, Condé, los Borbones, los Orleans, y hasta a Armando Carrel. Olvidó, sí, al más conocido de todos los traidores y el más parecido a los legionarios: a ESFIALTES. En los bancos de la escuela se enseña al niño el nombre de este arquetipo de la traición. Héctor Decoud, no lo recuerda por qué no necesitó pisar nunca los umbrales de un establecimiento de educación para ser "Doctor" a la manera porteña. Ignora que ese griego de los tiempos heroicos, guía del invasor en el desfiladero de las Termópilas, fue el verdadero precursor de los legionarios, que también guiaron al invasor a través de nuestro territorio, desde Paso de Patria hasta Cerro Corá. Y es una lástima, porque podía haber escrito páginas emocionadas al evocar al remoto maestro de sus padres y hermanos. La ignorancia tiene este inconveniente cuando se escribe historia...

         A saberlo, hubiese hecho un magnífico paralelo entre ESFIALTES e HIGINIO CESPEDES, entre el griego de las Termópilas y el legionario de Ytororó, entre el guía de Jerjes y el guía de Caxias.

         Vuelve, después, a insistir en la actitud de los unitarios. Este es su argumento Aquiles. Los unitarios se aliaron también al extranjero para derrocar una tiranía. Los legionarios fueron los unitarios del Paraguay...

         Desgraciadamente para los traidores, el caso, como vino, es harto diferente. Los unitarios no pidieron nunca al Imperio la conquista de su patria, ni hicieron gala de sus sentimientos brasileñistas, como los legionarios en su petición hacían gala de sus "sentimientos federales". Los unitarios no fueron instrumentos del extranjero, hicieron a los extranjeros instrumentos de sus designios, no en una guerra internacional, en una revolución argentina, acaudillada por un pujante Gral. y patriota argentino. No había de por medio en aquella "cruzada" un tratado secreto monstruoso contra la patria.

         Era el pueblo argentino el que se levantaba, organizado en un poderoso ejército, al que acompañaban tropas extranjeras como auxiliares. No se trataba de una veintena de hombres viles que se acoplaba al conquistador, era la Nación en armas que aceptaba el voluntario aporte de los vecinos. No era una guerra internacional, para hacer imposiciones humillantes e inicuas a la patria, se trataba de una simple guerra civil. Los revolucionarios que en 1904 vinieron de Buenos Aires para derrocar al gobierno con una turba de bandidos argentinos, no fueron traidores. Lo fueron los que en 1865 pidieron armas a Mitre para incorporarse al ejército de la Triple Alianza...

         Haciendo incursiones en la historia americana, cita el caso del general Santa Cruz, en 1835. Dice que cuando Chile fue contra la Confederación Peruana-Boliviana, muchos peruanos ilustres se alistaron en sus filas. Luego los legionarios tuvieron el "derecho" de alistarse también en las filas aliadas.

         Situaciones absolutamente diferentes. El ambicioso y audaz Santa Cruz había logrado, contra la voluntad peruana, reconstruir el gran Perú, imitando la efímera gran Colombia de Bolívar. Y el boliviano ocupó el solio presidencial en Lima. Los peruanos fueron contra él, contra el usurpador extranjero, no contra su patria. ¿Qué tiene que ver esto con el caso de los legionarios?

         Viene aquí de perillas un episodio de la historia ecuatoriana, que es episodio admirable de la limpia vida de Juan Montalvo.

         Montalvo, el de las "catilinarias", el único enemigo digno de García Moreno, a quien mató con su pluma antes que lo abatiera el puñal de un asesino; Montalvo, el flagelador de Veintemilla; Montalvo, el hombre de la libertad, terror del despotismo, recibió una vez una invitación para alistarse en las filas del ejército colombiano y marchar a barrer la tiranía en su país. No se ofreció al extranjero para ir contra su patria, el extranjero le ofreció sus bayonetas para ir a derribar un régimen que odiaba. Y Montalvo respondió como debía responder un hombre de honor y un patriota esclarecido. Respondió que prefería mil veces el despotismo a cooperar en una intervención extranjera en su país. Vale la pena reproducir las cartas que van a continuación, tomadas de EL REGENERADOR, tomo II, página 182:

         "Señor D. Juan Montalvo - Estimado amigo y señor - El coronel Apolinario Mutis, el colombiano de tanto prestigio y tanta fama de valiente que Ud. conoce, me ha instado que escriba a Ud. y al señor Teodoro Gómez de la Torre. Dice que su deseo y su ánimo son colocar en el Ecuador el partido liberal y que desea entenderse con Uds. Yo, sin necesidad de consultar a Uds. he contestado que estaba persuadido de que los colombianos, pasando al Ecuador de esta manera, tendrán en Uds. adversarios temibles; y que por mi parte no era el hombre adecuado para servir de intermediario en asunto que merecía toda mi reprobación. Le comunico esto para que Ud. sepa el verdadero espíritu de las fuerzas colombianas. De Ud. etc. - Nicanor Arellano Hierro - Santa Rosa del Carchi, 18 de Noviembre de 1877.

         "Señor Nicanor Arellano Hierro - Mi apreciado amigo - Con sorpresa y dolor he leído su carta. Si vuelve a ver al coronel Mutis, dígale que el último lugar entre los ecuatorianos me convendría más que el primero, si éste lo había yo de deber a armas extranjeras; que no solo toleraré a Veintemillá, si fuere necesario, sino también consentiría en la resurrección de García Moreno, si fuese posible, antes que hacer traición a mi patria, aceptando, para volcar un gobierno, ejércitos organizados de otra nación, al mando de jefes notables como Rosas y Mutis, que vienen en son de dar ley al Ecuador. Con valientes como Rosas y Mutis, yo me fuera a proclamar la república en el imperio alemán; pero si vienen a disponer de las cosas de mi país, lejos de hallar en mi un cooperador hallarán un enemigo... - Juan Montalvo".

         Seguramente el abogado de los legionarios no ha oído nunca este nombre: JUAN MONTALVO. El batracio, que se arrastra en las humedades del pantano, ignora a los habitantes de las cumbres. Y Montalvo fue un águila de las más altas cimas del pensamiento americano. Su gloria ilumina toda nuestra literatura. Apóstol de la libertad, París se envanece de enseñar al viajero que pasa la casa donde murió el rebelde proscripto. José Enrique Rodó le ha levantado, en su prosa marmórea, monumento imperecedero. Y este varón sin miedo y sin mancilla, glorificador del patriotismo paraguayo y admirador de la indómita bravura del Mariscal López, es el que se encarga de dar esta lección aplastadora al legionarismo.

         Es necesario que el panegirista de la traición lea bien sus palabras:

         "EL ULTIMO LUGAR ENTRE LOS ECUATORIANOS ME CONVENDRIA MAS QUE EL PRIMERO, SI ESTE LO HABIA YO DE DEBER A ARMAS EXTRANJERAS".

         "NO SOLAMENTE TOLERARE A VEINTEMILLA, SI FUERE NECESARIO, SI NO TAMBIEN CONSENTIRIA EN LA RESURRECCION DE GARCIA MORENO, ANTES QUE HACER TRAICION A MI PATRIA, ACEPTANDO, PARA VOLCAR UN GOBIERNO, EJERCITOS ORGANIZADOS DE OTRA NACION".

         Así habla el verdadero patriotismo, el honor, la dignidad y la vergüenza. Otra es la filosofía de la traición, otra la moral del legionarismo.

         La patria no existe cuando no se puede disponer de sus destinos. Para volcar al gobierno, es lícito ir como mercenario en las filas del invasor.

         Así razonaba el legionarismo. Y afirmaba que no iba contra la patria, cuya existencia negaba, que iba contra el tirano, mientras clavaba su bayoneta en el corazón de la patria.

         Con razón el representante argentino, Dr. José Roque Pérez, fulminó a los traidores en 1869 con estas palabras, recogidas y publicadas por el propio Héctor Decoud:

         "¡SOIS UNOS DESGRACIADOS, PERO NO SABEIS HASTA DONDE SOIS DESGRACIADOS!".

         El legionarismo no se dio cuenta, no se da cuenta todavía de toda su infelicidad.

         Caso extraño de perversión, vesania no catalogada todavía, se ignora a sí misma.

         Y cree encontrar antecedentes justificadores de su conducta en actitudes en absoluto diferentes.

         Más que al dominio de la historia, pertenece esto al de la patología.

         Veamos ahora el papel que desempeñaron los legionarios en la guerra, según su abogado.

         "El sentimiento de connacionalismo es uno de los vínculos que, en los momentos críticos, prevalecen e impulsan con fuerza a acudir en socorro de los compatriotas. Es así como la presencia de la Legión Paraguaya entre los Ejércitos Aliados constituía, indiscutiblemente, para sus compatriotas una garantía para impedir un tanto o por lo menos atenuar los horrores de una carnicería que pudiera cometerse contra ellos, ya fuesen heridos o inermes caídos en los campos de batalla. Los legionarios salvaron al país del martirologio de cinco años de guerra".

         Según esto el papel de los legionarios fue eminentemente patriótico y humanitario. No vinieron a derramar sangre paraguaya, fueron "indiscutiblemente" una garantía para sus compatriotas, impidiendo "un tanto" las carnicerías de heridos y prisioneros. Y, lo que es más, "salvaron al país del martirologio de cinco años". Gracias a ellos no hubo martirologio. Durante los cinco años de guerra, por obra de los legionarios, el Paraguay se fue en sangre plácidamente, sin dolor, sin saber de sufrimientos...

         Pero hay que saber que los Decoud son gente con pujos de poeta. Nuestro abogado, a haber pisado los umbrales de una escuela, hubiera sido un gentil amigo de las musas. Pero tiene imaginación poética, vale decir, la materia prima necesaria para transformar las feas realidades en deslumbrantes fantasmagorías. Tal el caso de los legionarios. Los ve con alas, como querubines. Les atribuye milagros de amor. La realidad, sin embargo, fue otra.

         En LA ESPERANZA de Corrientes, diario que redactaba Juan José Decoud, del 29 de Agosto y 8 de Setiembre de 1867, publicó Benigno Ferreira unos sabrosos artículos sobre el papel de la LEGION PARAGUAYA en el ejército aliado. Bien triste es, por cierto, la pintura que hace el después encumbrado traidor. Los legionarios, según su valioso testimonio, no eran sino "comerciantes de mala ley" o simples criados de los invasores. "Los coroneles Báez y Recalde robaban tejas y ladrillos para ir a venderlos en Corrientes": Los soldados "cortaban leña para la escuadra" El coronel Recalde andaba vendiendo mercaderías en un carretón malhabido.

         Y el coronel Iturburu, en la "Nación Argentina" del 7 de Setiembre de 1867; afirmaba que "los soldados de la Legión, después de ocuparse de día en el trabajo del paso de los ejércitos en los ríos, empleaban la noche en pasar las carretas de los vivanderos".

         No coincide, por cierto, esta pintura, con el risueño cuadro de Héctor Decoud.

         Según Ferreira e Iturburu, jefe este último de la Legión, los querubines eran simples mortales, que hacían de comerciantes de mala ley y de peones de los invasores. Mientras los jefes legionarios comerciaban, los pobres soldados trabajaban como esclavos, de día y de noche, en servicio del enemigo, y hasta de los vivanderos.

         En cuanto a la humanidad y patriotismo de los legionarios, vamos a reproducir un documento definitivo. Tomamos de "El Ejército Argentino" publicación oficial del Ministerio de Guerra, No. 31, anexo B. pág. 44, año 1870, el siguiente parte del coronel Donato Álvarez:

         Campo de Pedrozo, Agosto 8 de 1869.

         Señor general D. Emilio Mitre:

         "En cumplimiento de las órdenes recibidas de V. E ayer a las 7 de la mañana me puse en marcha por el camino de Altos, con el regimiento general ‘San Martín’; un escuadrón de la Legión Paraguaya y las dos compañías del Regimiento Córdoba y 4º. batallón de Guardias Nacionales de Buenos Aires, que debían cooperar en mi empresa.

         "A la 1 más o menos de la tarde, llegamos a los campos de Pedrozo donde se hallaba el enemigo".

         Después de la relación de la batalla, termina el Coronel Álvarez diciendo:

         "He debido ordenar la vuelta del Escuadrón Paraguayo para ponerse a disposición de V. E. pues el ardor que esta gente muestra al encontrarse con sus compatriotas les lleva a cometer excesos de mortandad y pillaje que comprometen la disciplina de las demás tropas y la rapidez de los movimientos exigidos a la vanguardia.

         "En la reciente acción, no obstante las órdenes perentorias que expedí, no se pudo evitar que saquearan las 17 carretas que el enemigo tenía consigo, acuchillando a los carreteros que trataban de conducirlas fuera del combate.

         Creo, que, si V. E. halla conveniente así, pudieran ser empleadas en comisiones de retaguardia...

         "Dios guarde a V. E."

         El jefe de este escuadrón legionario fue el mayor Pedro Fernández, y sus oficiales los capitanes Ramón Acosta y Abdón Céspedes, los tenientes Daniel Loizaga, Feliciano González, y los alféreces Manuel Rivarola, Felipe Iturburu, Casiano Ortiz y Juan B. González.

         He ahí como los legionarios eran una "garantía" para sus compatriotas y cómo atenuaban los horrores de las carnicerías de la guerra.

         Pasma la audacia del miserable que viene a cantar loas a semejantes bandidos.         ¡Así eran los legionarios!

         Peones humildes del invasor, verdugos de sus compatriotas. Esclavos en medio de las bayonetas enemigas, esclavos serviles, o simples mercachifles, fieras sanguinarias en presencia de los leales que seguían a nuestra bandera.

         La "mortandad y el pillaje" era su ley. Acuchillaban hasta a la gente inerme, a los que no oponían resistencia, a los no combatientes. El propio enemigo, horrorizado, hubo de separarlos de sus filas, porque "comprometían la disciplina" al decir del coronel Donato Álvarez.

         Este era su principal papel, el de asesinos y ladrones. No vinieron a otra cosa al Paraguay.

         Los que pidieron la conquista de su patria a un tirano como Rosas; los que suspiraban por ser vasallos de aquel déspota; los que se decían odiados en el Paraguay "por sus sentimientos federales"; los que después de divulgado el Tratado Secreto siguieron acompañando a los aliados; los que consolaban al enemigo en sus derrotas injuriando a los paraguayos; los que fueron a postrarse a los pies de Pedro II, para que les permitiera venir contra su patria; los que transformaban el himno nacional en himno a la Alianza y al General Mitre... eran, y tenían que ser, la última expresión de la amoralidad y de la depravación humana.

         Venían llenos de rencor contra los paraguayos. El espectáculo de la fidelidad de nuestros soldados, les enfurecía. Su heroísmo, aclamado hasta por el enemigo, era un insulto a su cobardía. En su corazón podrido no cabía sino "el mezquino sentimiento de la venganza", al decir de Benigno Ferreira. Querían vengar su ruindad, su miseria moral, su condición repugnante de siervos del invasor. Alevosos y cobardes, enseñaban a los aliados los senderos ocultos por donde podían caer sobre nuestra espalda, burlando los esfuerzos de nuestra resistencia. Iban detrás de los ejércitos como los "merodeadores" pintados por Víctor Hugo, para aprovechar la victoria ajena, recogiendo los despojos del vencido. Cuando entraban en las poblaciones conquistadas, se encargaban de robar, matar, estuprar, incendiar. Eran el terror de los débiles, de las mujeres indefensas, de los niños, de los ancianos inermes. En la campaña de las Cordilleras cometieron horrores. Las palabras del después teniente general Donato Álvarez dan una pálida idea de sus feroces desmanes. El escuadrón de "baqueanos" iba y venía en todas direcciones, por donde no podía topar con nuestros soldados, y por donde iba dejaba el rastro de su vandálico paso. El Diario de Campaña del Conde D'Eu está lleno de datos sobre su actividad. Los sobrevivientes de la guerra cuentan indignados todavía sus depredaciones...

         Pretender glorificarlos es empeño loco. Porque sólo la demencia puede ser capaz de ensalzar el crimen, la traición, la cobardía.

         La verdad es que los legionarios no han encontrado panegiristas entre nosotros. El que los aclama es un hijo del bandido Pancho Decoud, legionario de raza, con todas las taras hereditarias.

         El que los aclama es el hijo político del general Cámara. Dos corrientes negras alimentan su corazón emponzoñado, la que le viene de sus antepasados, todos enemigos del Paraguay, y la que surge del asesinato del mariscal López y violación de una de sus hermanas prisioneras. Obran sobre su raquítico espíritu dos influencias avasalladoras, en el torrente de su sangre turbia y en el hogar en que come el pan de la ignominia. Sus palabras laudatorias brotan de su espíritu y de su estómago. Por su boca habla la tradición de su familia y habla su apetito satisfecho...

         Entre tanto, aquí quedan los legionarios, atados a la picota, expuestos al escarnio de las presentes y futuras generaciones!.

 

(1) La negación de la patria es viejo achaque de los Decoud. El que había de trabajar después por la anexión del Paraguay a la Argentina, José Segundo Decoud, decía en un manifiesto publicado en 1869: "LA NACIONALIDAD PARAGUAYA NUNCA HA EXISTIDO EN AMERICA".

 

VII

 

Modelos de legionarios - Juan José Decoud: tres artículos que lo pintan moral e intelectualmente - Manuel Pedro de Peña: el Himno de la Ignominia y sus insultos al Paraguay - Segundo Decoud y la anexión - Adolfo Decoud y su ciudadanía argentina.

 

         Sabemos ya el papel desempeñado por los legionarios en el Ejército Aliado.   Veamos ahora algunos rasgos característicos de los principales corifeos de la Legión.

         Dice su abogado que cuando se divulgó el Tratado Secreto se retiraron de la guerra Juan José Decoud, Jaime Sosa, Otoniel Peña y otros. Quiere hacer creer que se retiraron en son de protesta y porque no estaban conformes con los propósitos descubiertos del enemigo.

         Mistificación es ésta que suele repetirse. Y nada más falso. Si algunos legionarios se retiraron, fue porque les resultó más pesada y larga de lo que creyeron la campaña. Bien sabían todos a lo que venían. El "secreto" del tratado era un secreto a voces. Se podía ignorar su letra, pero nadie desconocía en Buenos Aires su fondo.

         Algunos legionarios, sí, se retiraron, pero para volver después, en el curso de la campaña, o para aprovecharse de la victoria en Asunción. Nadie faltó en el festín. Cuando quedó tendido el cadáver del Paraguay, los legionarios fueron banda de buitres que roían sus entrañas. Lejos de preocuparles el Tratado, todos se empeñaron en darle estricto cumplimiento, sirviendo los designios del vencedor. Citaremos un caso el de JUAN JOSE DECOUD.

         Este individuo fue el más depravado de todos los de su raza. Su digno hermano lo menciona entre los que se retiraron al divulgarse el Tratado. Y no sólo no se retiró, se llenó de indignación cuando se enteró de los términos de la protesta peruana contra la Triple Alianza. Publicado el texto del pacto criminal en el Plata, en junio de 1866, en Setiembre estaba en Curuzú, entre los que iban a atacar la trinchera de Curupayty. Y desde las carpas argentinas dirigió al diario de Mitre un artículo titulado EL PARAGUAY AMERICANO, que es una adulación a los aliados y un reproche para el pueblo generoso que se levantaba en defensa de nuestra soberanía.

         He aquí las palabras de Juan José Decoud:

         "La América del Sud cuenta con muchas repúblicas nacientes, libres y progresando. Entretanto, sólo una república ha permanecido estacionaria, sumida en la abyección y el servilismo, no haciéndose partícipe del adelanto, de la independencia y de la libertad de América: el Paraguay, que ha permanecido medio siglo en la ignorancia y en la corrupción. Y no obstante, hoy que tres naciones aliadas van a libertarla, hoy que ya está próxima a terminar la guerra de redención, vemos que una de las repúblicas del Pacífico ha protestado contra la alianza, en nombre del americanismo de que en tal alto grado se jacta poseerlo.

         "Es muy injusto que el Perú inspirado por el derecho internacional haya protestado del modo que lo ha hecho: pero esto es no conocer el Paraguay y los motivos de la guerra actual, porque se ha de tener presente que a fin de que los Estados americanos puedan garantir su seguridad y libertad es necesario que no existan gobiernos arbitrarios entre ellos. Tal ha sucedido con la república paraguaya cuyo gobierno sin respetar tratados ni leyes internacionales invadió una provincia argentina, destruyendo, saqueando y talando contra todo derecho, amenazando convulsionar algunas provincias para conquistarlas y uncir después a su sangriento trono esta República tan liberal y civilizada.

         "Cree el Perú que al declararse la guerra al gobierno paraguayo no puede prescindirse de la nación que lo sostiene y defiende. Más si esto desgraciadamente así sucede hoy, es porque el terror y la obediencia allí imperan; además esta teoría se aplicaría si el gobierno de López fuera legal, pero el tirano López no es la expresión del pueblo ni del voto ciudadano.

         "El Perú protesta contra el tratado de alianza, pero esto es adelantarse demasiado, porque la mayor parte de sus artículos no pueden hacerse efectivos sino después de terminada la guerra.

         "Yo creo que la nación que mejor ha comprendido el americanismo es la República Argentina, porque ha aprovechado la provocación del gobierno paraguayo para derrocar el resto de barbarie que todavía existió en América, a fin de incluir en el circulo de los pueblos civilizados al que en vez de propender al adelanto y civilización, amenazaba con sus hordas salvajes destruirlos.

         "Nada ni nadie podrá oponerse a la victoria de los aliados, porque es la victoria que Dios concede a los que luchan por la libertad y el progreso de los pueblos". (1)

         Es así como Juan José Decoud manifestaba su disconformidad con el Tratado. Firme en su puesto de mercenario de la Triple Alianza, denigraba a su país, defendía a sus enemigos y criticaba a sus lejanos defensores.

         Las estipulaciones del Tratado no tenían importancia para él, porque no tendrían efecto "sino después de terminada la guerra". En aquellos momentos no se trataba sino de matar paraguayos. Eso de la repartición de su territorio y anulación de su soberanía era cosa que vendría después. El Perú "se adelantaba demasiado". Había que esperar la consumación de los hechos para protestar... Llamamos muy especialmente la atención del lector sobre la redacción de este precioso documento.

         Este es el Juan José Decoud que se ha querido presentar como un gran talento, como un constitucionalista, como un auténtico intelectual.

         Tiene la mentalidad de un escolar y escribe con la torpeza de un hortera. Sudan sus palabras incultura...

         Su digno hermano lo llama "el primer cantor de la libertad del Paraguay". Para que se conozca el poder de su estro, reproducimos textualmente a continuación dos estrofas de un canto publicado en la "Nación Argentina" del 8 de Setiembre de 1865:

 

         Venid hijos libres,

         No veis al tirano

         Que sangre en la mano

         Destila de horror,

         Venid a salvarme

         Con brazo valiente

         Pendón tricolor.

 

         Venid paraguayos

         En Triple Alianza,

         Tomad la venganza

         Que justa os daré

         Mil lauros gloriosos

         Orlarán la frente

         De aquel que valiente

         Avance con fe.

 

         Como se ve, el poeta está a la altura del prosista. Era un digno "cantor de la libertad" legionaria. Un ignorante sin respeto ni a los fueros del idioma!

         Y este mentecato es presentado como autor de una Constitución. Seguramente puso en su letra el original que le dieron los vencedores, empeñados en completar la farsa de la redención política del Paraguay, es decir, de un cadáver. Creer que pudo salir de su menguado caletre nuestra Carta Magna, es inocencia pueril. Después de la derrota cruenta de Curupayty, en la que fue actor, se mostró más indignado que los mismos aliados. Sangraba su corazón ante el desastre. Y se llenaba de ira ante el éxito del patriotismo paraguayo. Roído por el rencor escribió para la "Nación Argentina" el siguiente artículo fechado el 23 de Setiembre de 1866 en Curuzú:

         "No se puede concebir a la distancia el estado de abyección, servilismo, ignorancia y barbarie a que ha llegado el pueblo paraguayo.

         "Juzgando a los paraguayos por sus antecedentes históricos, nadie creyó que se prolongaría tanto la guerra, que fuera tanta la tenacidad de estos infelices, por enervados e idiotas que fuesen.

         "Hace un año y meses que la guerra ha empezado. Los paraguayos en tanto tiempo han podido conocer la verdad y la justicia que asiste a la Triple Alianza. Si lo han conocido y les ha faltado valor para derrocar al tirano, es verdaderamente muy vergonzoso para esa sociedad.

         "Esta verdad que desgarra el corazón del hombre justo, ha llegado a severarse en la defensa de los paraguayos el 22 de Setiembre. En este ataque se ha comprobado el valor y empuje del soldado argentino. Los paraguayos ocultos tras el muro de tierra que lo levantaron, sólo para descargar sus fusiles se dejaban ver y luego escondiéndose volvían a cargarlos. ¡Bárbaros que sacrificaban a los mismos que iban a darles libertad. ¿A quién no indignará tan estúpida conducta? Los mismos nombres, de los aliados que allí perecieron, mártires de la libertad de ese mismo pueblo esclavo, quedarán eternamente grabados en el corazón de sus compatriotas!

         "Para avivar más el odio del soldado, los paraguayos han arrojado después de desnudar los cadáveres, dándonos el horrible espectáculo de ver arrastrados por el río los cuerpos de nuestros deudos y amigos muertos tan gloriosamente.

         "¡Salvajes! Los heridos de gravedad fueron enterrados vivos, sin compasión. En vano las víctimas al sentirse en la fosa sepulcral clamaban a gritos pidiendo la vida, sus voces eran ahogadas por las paladas de tierra que inmediatamente caían sobre ellos... Quiera Dios que su luz divina los alumbre un instante y cesen tantos horrores". (2)

         Se le ve al alférez, legionario frenético, echando espumarajos por la boca, al escribir esta despechada diatriba contra sus compatriotas.

         Abyectos, serviles, ignorantes, esclavos, bárbaros, infelices, idiotas llama a los paraguayos por haber vencido a los aliados.

         Brama de rabia. Y se consuela cantando el valor de los argentinos. Para terminar, no sabiendo cómo vengarse, lanza contra los soldados del Gral. Díaz una tremenda calumnia. Afirma el infame que los nuestros ENTERRABAN VIVOS LOS HERIDOS PRISIONEROS. Por esto solo podemos juzgar su alma poblada de tinieblas...

         Ningún escritor enemigo, ningún corresponsal de la guerra, nadie nos atribuyó, jamás, semejante atrocidad. Tenía que ser un legionario y un Decoud el que escribiera esa infamia.

         Alma de chacal, fiera humana, su odio contra el Paraguay era infinito.

         Pero no es todo.

         Después del descalabro de Curupayty se hizo oír en la prensa del Plata un clamor general por la paz. Hasta los más exaltados creían que era suficiente la sangre derramada y que había que poner término a la carnicería. El taciturno legionario vio con indignación aquel movimiento de la opinión pública. ¡La guerra tenía que continuar! Su sed hidrópica de sangre paraguaya no se había saciado todavía. Y sin titubear mandó publicar en el diario de Mitre, y con su firma como los anteriores, un artículo titulado PROTESTAS Y PAZ, fechado en Curuzú el 28 de Setiembre de 1866. He aquí sus palabras:

         "Agotados los recursos morales y materiales de que disponía el tirano paraguayo, sin medios para reparar las pérdidas sufridas continuamente, sin fe en sus soldados y convencido de su propia impotencia, vemos el fin de esta larga lucha, coronada de la más espléndida victoria. Mientras tanto hemos oído el grito de protesta no sólo de los hombres y la prensa, sino también de las repúblicas hermanas contra el tratado de Alianza. Es la voz insonora de los que desean ver imperar en América el despotismo. Esas protestas son contra los que van a redimir a un pueblo esclavo de sus cadenas, contra los que van a derrocar una tiranía...

         "¿Qué importa el Tratado de la Triple Alianza si sus principales artículos no pueden hacerse efectivos sin el concurso y aprobación del nuevo gobierno paraguayo?       

         "¿Qué importan los inmensos sacrificios consumados en prosecución del triunfo de los buenos principios si van a ser gloriosamente recompensados? "HACER DEL PARAGUAY UNA COLONIA AMERICANA SERIA UN ESCANDALO QUE LA AMERICA NO PODRIA PRESENCIAR SIN CUBRIRSE DE VERGUENZA, dice el Perú. A esto contestamos que hacer del Paraguay una China Americana, un Japón despótico y esclavócrata sería un escándalo que América jamás permitirá.

         "Además de protestar, hay quienes piden la paz. La paz me parece indigna del hombre liberal y justo, y aún más del argentino noble. Solamente los viles defensores de López, los traidores a la patria y a su conciencia pueden pronunciar tal insulto al honor y a la dignidad de los aliados; solamente aquellos ciegos y sin pundonor pueden desear el triunfo de la barbarie.

         "La paz con López sería un escándalo a la faz del mundo entero y un nuevo ultraje al honor y dignidad de la Nación Argentina, un triunfo de la barbarie, de la ignorancia y de la esclavitud. 

         "¡Adelante! Todos los sacrificios son pocos para hacer triunfar la civilización. Jamás la República Argentina despreciará tanta gloria y tanto laurel que hoy sus hijos conquistan con valor... (3)

         Se consuela el legionario pensando en una próxima victoria. Y ruge contra los que hablan de paz o condenan el Tratado Secreto. Esas voces son para él las "voces insonoras" de los partidarios del despotismo. Sólo él es el heraldo de la victoria y de la libertad. Quiere que a toda costa siga la guerra a muerte. Repite que nada importa el Tratado, "porque sus artículos no pueden hacerse efectivos sin el concurso y aprobación del nuevo gobierno paraguayo". Y nada son los sacrificios en presencia de la gloria que espera a los vencedores. Pedir la paz es cosa indigna de "un hombre liberal". Son "traidores a la patria y a su conciencia" los que insultan el honor de los aliados al pedir la cesación de la matanza. Y grita con toda el alma: ¡adelante! Adelante que siga la poda, que no quede piedra sobre piedra en el Paraguay, que el degüello sea total. El legionario se siente dominado por un trágico frenesí y ya no puede disimular sus sentimientos. Su pluma destila sangre...

         ¡Ese era Juan José Decoud!

         Y así eran todos los Decoud.

         Los que sobrevivieron a la guerra, no pudieron conformarse nunca con nuestra independencia nacional. Salieron defraudados de la contienda. La resurrección del Paraguay fue cosa que no perdonaron nunca y con la que no se conformaron jamás. Y conspiraron contra su existencia sin descanso, mientras vivieron. En 1890 el legionario José Segundo Decoud, siendo ministro de Relaciones Exteriores, trabajó con su hermano Adolfo, residente en Buenos Aires, por la anexión de nuestro país a la Argentina. Una de sus cartas cayó en manos de Juan Silvano Godoy, que la publicó autógrafa en su folleto MISION A RIO JANEIRO. Dice así:

         "Asunción, Enero 25 de 1890

         Querido Adolfo:

         No tengo ninguna tuya que contestar; pero no quisiera dejar pasar este vapor sin escribirte algunas líneas, sugiriéndote una idea que a mi juicio es de vasta transcendencia. Se trata de iniciar una campaña para procurar la unión del Paraguay a la Argentina por medio de la anexión. Este pensamiento, como tú no ignoras, encontrará al principio serias resistencias, tanto aquí como en ésa. Pero no hay por qué desanimarse. Creo que una propaganda seria y razonada pintando las angustiosas circunstancias del Paraguay y su imposibilidad de tener una existencia independiente, influirá mucho en el ánimo de los argentinos para alcanzar un buen éxito en la empresa.

         Necesario sería que te pusieras en comunicación con el doctor Urdapilleta y el doctor Iturburu, invitándoles a asociarse a esta idea. Si ellos estuvieren dispuestos, podría formarse un centro organizado de paraguayos, que en combinación con otros que se estableciesen en varias partes aquí, podría desde ya dar comienzo a los trabajos. Creo entretanto que debe mantenerse absoluta reserva. Espero que me comuniques tus vistas sobre el particular. La idea no es nueva en el Plata; pero creo que ha llegado la época de que ella germine. El peligro de una disolución general es inminente. El Paraguay no se salvará de otro modo. Me parece que esto es más eficaz que soñar eternamente en revoluciones, que no harán sino hundir más al país en el caos y la anarquía.

         Habla sobre el particular con algunos hombres importantes de ésa y dame noticias.

         Con afectuosos recuerdos de Benigna, te saluda cordialmente tu hermano.

         Segundo"

 

         Hay que decir que era aquella una gran época para el Paraguay. Reinaba la paz y la vida era fácil y regalada. Pero como el Paraguay feliz de Carlos Antonio López era un infierno para los legionarios, el nuevo Paraguay que resurgía vigoroso, en medio de un optimismo general, era una cárcel para el atormentado vástago de Pancho Decoud. Todo lo veía negro. Las circunstancias eran "angustiosas; inminente "el peligro de una disolución general". En una palabra: "el Paraguay no podía tener existencia independiente". Su salvación estaba en la anexión a la Argentina.

         Los trabajos del traidor continuaron en la sombra. Dos años después de escrita esta carta, estaban en su apogeo. Los conspiradores se volvían imprudentes. Y la prensa argentina acabó por hacerse eco de la odiosa conjura. El doctor Benjamín Aceval, el defensor victorioso de nuestro Chaco, estaba en esos momentos en Buenos Aires. Y, enterado de lo que se tramaba, escribió el 21 de Mayo de 1892 una vibrante carta al Director de "La Democracia" de esta ciudad, que la publicó indignado.

         "En "El Diario" de ayer, y hoy, decía el doctor Aceval, he leído dos noticias que aseveran que nuestro país desea anexarse a la Argentina, como verá por los recortes adjuntos. Ya lo había oído aquí a algunas personas antes de esas publicaciones. Hoy mismo, conversando con un distinguido caballero argentino, ME CITABA NOMBRES DE PARAGUAYOS ALTAMENTE COLOCADOS ALLI QUE SE RABIAN INSINUADO EN EL SENTIDO DE LA ANEXION...". (4)

         La noticia causó inmenso estupor e indignación en todo el país. Y en esta capital se realizó un mitin de protesta en la Plaza Igualdad, que desde ese día tomó el nombre de Independencia. El general Caballero encabezó la manifestación, jurando al pueblo morir en defensa de nuestra soberanía.

         Fue un magnífico estallido de patriotismo, una afirmación rotunda de nuestra resolución indeclinable de ser paraguayos.

         El traidor quedó en la sombra. Ya tarde se le descubrió y el infame Eguzquiza lo salvó.

         Adolfo Decoud, viendo frustrada la intentona de anexión, se dirigió al gobierno argentino, pidiéndole que lo reconociera como ciudadano natural de la República, porque cuando nació no había sido reconocida todavía nuestra independencia y, por lo tanto, el Paraguay "era una provincia argentina".

         "Nací decía, en Asunción en 1852 y desde 1884 vivo en Buenos Aires. Soy argentino de hecho. Es cierto que el Paraguay se segregó en 1811, pero desde entonces ninguno de los gobiernos argentinos reconocieron ese hecho. Sólo el 4 de junio de 1856 el Congreso de Paraná aprobó el acto diplomático del reconocimiento y quedó consagrada la soberanía del Paraguay. De modo que los nacidos antes deben ser considerados como argentinos de origen". Y agregaba para aumentar sus títulos a la ciudadanía argentina, que era "biznieto de Grance, propagandista y partidario de la expedición de Belgrano, nieto del porteño Pedro Nolasco Domecq, partidario de las mismas ideas, e hijo de uno de los ayudantes del general Mitre en la guerra del Paraguay".

         Y, claro está, el gobierno argentino le concedió la patente de ciudadano argentino que solicitaba. Así resolvió el problema que lo traía preocupado. No pudiendo anexar el Paraguay a la Argentina, se anexó él personalmente.

         Este caso original y único no podía darse sino con un Decoud. No se conoce nada parecido en la historia. Y es que los Decoud son algo sin precedentes en los anales de la ignominia...

         Otro tipo representativo del legionarismo fue el famoso psicofanta MANUEL PEDRO DE PEÑA.

         Pocos rasgos bastarán para pintarlo.

         Apenas declarada la guerra al Paraguay, dio a los legionarios el himno que necesitaban, convirtiendo la canción de la patria en himno a la Triple Alianza y al General Mitre.

         He aquí el incalificable sacrilegio de aquel réprobo del patriotismo:

 

         Coro

¡Paraguayos, República o muerte!

Triple Alianza nos da libertad:

Ni opresores ni siervos consciente,

Si no brinda la unión e igualdad.

 

A los Pueblos de América infausto

Tres centurias un cetro oprimió;

Más un día el Argentino surgiendo

Basta...! dijo, y el cetro rompió.

Argentinos lidiando grandiosos,

Ilustraron su gloria inmortal.

Y trozada la augusta diadema

Enalzaron el gorro triunfal.

 

Coro-Paraguayos, República, etc.

Cinco décadas tres tiranías

Del cruel Francia y de López suceden

En la Patria a la faz de los libres,

Que discordes librarnos no pueden.

Largos años, cual Febo entre nubes,

Vése oculta la perla del Sud;

Mas hoy Mitre grandioso aparece

A realzarla de gloria y virtud.

 

Coro Paraguayos, República, etc.

 

¡Viva, viva este Genio fecundo

Inventivo, impertérrito y fuerte;

Viva, viva este Numen fecundo;

Viva, y haga feliz nuestra suerte!

Coronada de Oliva su frente.

Y en su mano la Palma patricia,

¡Qué grandioso va el Héroe valiente

A dar triunfo a la paz y justicia!

 

Coro-Paraguayos, República, etc.

 

También orlen sus sienes laureles,

La Asunción, Paraguay le dé honores:

Y estos Pueblos y próceres fieles

En su culto tributen loores.

Establezcan las bases seguras

Del progreso, civismo y lealtad:

Comuniquen sociales dulzuras

Bajo ley, institución, libertad.

 

Coro Paraguayos, República, etc.

 

En anales de siglos eternos,

Y en el templo de fama gloriosa

Quede escrita a los sabios Gobiernos

Por modelo su acción valerosa

Descollando su genio y valer

Con firmeza de eximia opinión

Haga erguir, arrogante al fiel ser

Que hace acá Paraguaya Nación.

 

Coro

Paraguayos, República, etc.

 

Libertad y Justicia demanda

Nuestra Patria... Tiranos, oíd,

De sus fueros la carta sagrada,

Su heroísmo sustenta en la lid,

Contra el mundo, si el mundo se opone

Si intentare su prenda insultar;

Batallando vengarla sabremos

O abrazados con olla... expirar.

 

Coro-Paraguayos, República, etc.

 

Paraguay, alza espada esplendente,

Que fulmina destellos de Dios,

No hay más medio que libre o esclavo

Y un abismo divide a los dos.

En las auras el himno resuene,

Repitiendo con eco triunfal:

A Aliados perínclita gloria,

A la Patria laurel inmortal.

 

Coro Paraguayos, República, etc.

 

Paraguay, a la Europa y al mundo

Muestra Mitre que a ser vas también

De heroísmo baluarte invencible

De riquezas magnífico Edén.

Cuando en torno rugió la discordia,

Que estos Pueblos fatal devoró,

Paraguayos, en nuestra Nación

Paz de tumba tan solo se vio.

 

Coro Paraguayos, República, etc.

 

¡Oh cuán pura de lauro ceñida

Dulce Patria, esta ya desde aquí!

En tu enseña se ven los colores

Del zafiro, diamante y rubí

En tu escudo, que Estrella ilumina,

Vense unidas la Oliva y la Palma:

Doble imagen de paz y victoria

Que llevamos infusa en el alma,

 

Coro

Paraguayos, República, etc.

 

En el suelo Argentino es que hoy mismo

Se alza libre la Patria Deidad.

¡Opresores, doblad la rodilla!

¡Compatriotas, el himno entonad!

Suene el grito República o muerte

Nuestros pechos le exhalen con fe,

Y sus ecos repitan los montes

Cual gigantes, poniéndose en pie.

 

Coro

 

¡Paraguayos, República o muerte!

Triple Alianza nos da libertad:

Ni opresores, ni siervos consciente,

Si no brinda la unión e igualdad.

 

 

         Infamia es ésta que no merece los honores de un comentario.

         Iniciadas las operaciones del ejército aliado, el payaso siniestro intensificó su propaganda contra el gobierno de su país. Para congraciarse con el enemigo publicaba cartas en el diario de Mitre, que era el órgano oficial de los legionarios. Se mofaba del Mariscal López, de sus soldados, hasta de su bandera, que era la bandera de la patria. En una de esas epístolas, en que el gracejo no pasaba de grosera chabacanería, le decía al Presidente Paraguayo:

         "TUS BANDERAS SON TRAPOS SUCIOS DE POYVI. Y TU ESCUDO ES UNA PLASTA".

         Y terminaba con este grito:

         "¡GRACIAS, GRACIAS, A LA TRIPLE ALIANZA!" (5)

         La enseña nacional era para el legionario un "trapo sucio" de burda tela criolla. El escudo de la patria "una plasta", algo que se parecía mucho a un trozo de boñiga.

         Claro que la tricolor gloriosa no hablaba a su corazón. Y el león y la estrella de nuestro escudo provocaban su hilaridad.

         Sus colores eran otros y otro su escudo.

         La bandera argentina, si, era de seda, y limpia y hermosa para él. Era la bandera a cuya sombra iba su hijo a combatir contra el Paraguay...

         Ante el próximo sacrificio de la tierra en que nació, su júbilo era incontenible. Y su gratitud a la alianza estallaba como un anatema al Paraguay.

         Pero llegó un día en que la BANDERA DE SUCIO POYVI flameó victoriosa sobre los andrajos de la azul y blanca humillada.

         En Corrales los porteños, y con ellos su hijo, mordieron el polvo de la derrota, de una derrota increíble, afrentosa.

         La consternación fue inmensa en la Argentina. Luto y lágrimas en los hogares porteños. La prensa puso el grito en el cielo contra la matanza.

         En aquella hora se hizo oír el traidor. Y se hizo oír para consolar al vencido y escarnecer al vencedor. Tomamos de "La Nación Argentina" del 21 de Febrero de 1866 las siguientes palabras del viejo psicofanta:

         "No me parece propio que guarde silencio después de una lid sangrienta entre los porteños y los lopezguayos.

         "En la acción del 31 de Enero próximo pasado han mostrado de lo que son capaces los porteños, su resolución y el ánimo impertérrito con que supieron persuadirse a morir para vencer, no se acobardaron un momento, no se rindieron a los obstáculos, sino que forcejaron animosos hasta superarlos, hasta coronarse con la gloria del valor. Ni el Río Paraná mismo, que presenció tanto heroísmo dejaría de admirar que había un río animado a sus barbas, que le competía en torrentes, que todo lo arrastraba, que corría entre desfiladeros de montes y que de repente daba un salto como en el Guairá para despeñar cuanto encontraba por delante.

         "¿Quién negará a los porteños, que obligados de eminentes y atroces riesgos, tomaron más vigor, reconcentraron su valor y se hicieron grandes y fuertes? Vieron los peligros, los arrostraron, los vencieron, hallando remedio en ellos mismos. Ahí está lo que son los corazones bonaerenses, los bríos argentinos. El coronel Conesa es el maestro de mi hijo Pío Otoniel, en cuya escuela tomó los rudimentos de su carrera para haber alcanzado ser hoy capitán del batallón 1º. de línea, en donde permanece agradecido a su PATRIA DE BUENOS AIRES, a quien le debe SU NUEVO SER, en cuyo puesto se considera indigno de la vida si no la expone por quien se la dio. Buenos Aires es el autor de todo lo que es hoy, de esa vida militar de que goza; y al beneficio de haberla recibido de los Conesa, de los Nazar, de los Moreno, de los Martínez y Roseti no puede corresponder con otra que con dedicarla a la patria de ellos, para que participando DE LA AGRADABLE SOMBRA DE LAS ARMAS DE LOS FUERTES llegue a lograr el suave fruto que van a producir en el Paraguay las palmas de los vencedores argentinos.

         "El carácter general de los porteños es ser animosos, es meterse en los peligros, conocerlos y vencerlos. Lo que les anima a obrar así valientemente es el pensamiento que les asiste de que llevan en sus manos el crédito de las armas argentinas, la fama de sus glorias y el interés de libertad.

         Donde no juega el cañón, juega la lanza, y si no ésta, le da la victoria el puñal. Figúrese que todo el ejército aliado es una sola lanza o pica, y el hierro puntiagudo y cortante a manera de cuchilla que está en el extremo es esta gente. No se necesita sino un ligero brote de esa punta en el corazón para que den en tierra.

         Esa sola parte de la lanza introducida en el cuerpo de los LOPEZGUAYOS, que acaba de ser resucitada en el Brasil, para atacarnos desde el sepulcro de su lengua muerta, por un improvisado escriba con charrasca.

         Esa sola parte de la lanza introducida en el cuerpo de los LOPEZGUAYOS es suficiente para cantar victoria y acabar la empresa..."

         En este artículo usó por primera vez la hiriente palabra "LOPEZGUAYOS", que acaba de ser resucitada en el Brasil, para atacarnos desde el sepulcro de su lengua muerta, por un improvisado escriba con charrasca.

         Los cuatrocientos cincuenta infantes que vencieron a todos los batallones de Buenos Aires e impusieron respeto a toda la caballería argentina, no eran siquiera paraguayos, apenas era "Lopezguayos". No eran ciudadanos de una patria independiente, eran siervos de un hombre, esclavos de un señor.

         Y canta un himno al heroísmo de los porteños y a la gloria del coronel heroísmo y gloria, porteños y coronel humillados por un puñado de soldados sin protección, acaudillado por un simple teniente.

         Y habla con gratitud de la PATRIA DE BUENOS AIRES, patria de su hijo Pío Otoniel, y suya y de todos los legionarios.

         ¡LA PATRIA DE BUENOS AIRES!

         Diosa de su culto, por ella vinieron sus abuelos con Belgrano, por amor a ella pidieron a Rosas la conquista del Paraguay, por ella combatían contra la bandera de sucio poyví a "la agradable sombra de las armas de los fuertes", en su nombre aclamaron un día a la escuadra norteamericana que se dirigía en son de guerra contra nuestro país...

         Los legionarios nunca fueron paraguayos. Para ellos, al decir de Héctor Decoud, no existía la patria, y si existía era la PATRIA DE BUENOS AIRES. Sus sentimientos "eran federales", como decían Carlos Loizaga y Fernando Iturburu. ¡El Paraguay era una provincia argentina!.

         Manuel Pedro Peña, acabó por fatigar con sus adulaciones a los porteños. El diario de Mitre se mostró con él menos liberal. Y hubo de suspender sus diatribas contra el Mariscal López.

         En el gran diario LA AMERICA se publicó el 20 de Mayo de 1866 una parodia de sus "cartas", en la que decía:

         "Manuel Pedro de Peña, a quien la penitencia de no escribir más cartas lo tiene compungido, piensa entrar en la Catedral como monaguillo, para poder incensar a sus anchas a los héroes de la Triple Alianza" (6)

         ¡Castigo cruel para el traidor, lección amarga para el turiferario de los asesinos de su patria!

         Así eran los legionarios.

         De esta pasta los que un degenerado pretende presentar como modelos de patriotismo.

 

 

NOTAS

 (1) "La Nación Argentina", Setiembre 12 de 1866.

(2) "La Nación Argentina", Setiembre 28 de 1866.

(3) "La Nación Argentina", Octubre 10 de 1866.

(4) El proyecto de anexión a la Argentina era cosa vieja. Era el sueño dorado de los legionarios. No otra cosa pidieron a Rosas. En las filas de la Triple Alianza perseguían el mismo designio. En 1869 hablaba Sarmiento de la posibilidad de que los paraguayos solicitaran esa anexión y de los recelos de los brasileños. "Aquí ha insinuado el Brasil, decía en carta a Emilio Mitre, la conveniencia de hacer perpetua la garantía de la independencia del Paraguay, como si se precaviese contra una posible anexión solicitada por los paraguayos". Flotaba en el ambiente legionario el anhelo de incorporarse a la Argentina, y el Imperio, por su parte, trataba de garantir eternamente nuestra independencia, que era como decretar nuestra esclavitud eterna. Véase obras de Sarmiento, Tomo L, pág. 121.

(5) La "Nación Argentina", 27 de Setiembre de 1865.

(6) Este cínico repugnante cuenta en sus notas a Molas que su padre, Pio Ramón Peña, fue el delator de los conspiradores de 1811. "Tuvo conocimiento de la actitud que asumían los patricios, dice, y anticipadamente participó a Velazco". Y agrega que fue uno de los que se ofrecieron al gobernador "para retomar el cuartel de que se habían apoderado tos revolucionarios"

 

 

VIII

 

Las consecuencias de la guerra según el legionarismo - La falange macedónica - Los tres reyes magos del legionarismo - Un documento interesante.

 

         No hemos acabado de cruzar todavía el estero bellaco del legionarismo.

         Estamos aún en el mar de fango de la traición.

         No ha terminado de hablar el abogado del crimen, ni hemos acabado de hundirle en los abismos de la ignominia.

         Queda algo que decir de aquella "excrecencia hibrida de la nacionalidad paraguaya", según el inolvidable Doctor Pane.

         El defensor de los legionarios se refiere, para terminar, a las "consecuencias y resultados" de la guerra.

         "La Alianza, dice, derrocó a Solano López y la causa de los emigrados paraguayos alcanzó el triunfo. ¿A costa de cuánta sangre y de cuántos dolores? Quedaron, es cierto, los despojos mortales de medio millón de almas. El exterminio fue completo. Pero aquello fue una expiación del Paraguay, para que pudiera iniciarse en la libertad. Y esa libertad devolvió su personalidad integral a la Nación. Tales fueron los óptimos frutos cosechados en aquella cruzada de redención".

         La verdad es que la Alianza no derrocó a López, porque no se derroca a un cadáver. El Héroe paraguayo murió en el ejercicio de su gloriosa magistratura. Derrocada fue, si, la soberanía paraguaya sobre su tumba. Y con esto triunfó la "causa" de los legionarios, la causa de los que venían a hacer efectivo el Tratado Secreto, la causa de los que soñaban con la desaparición del Paraguay, la causa de los que habían pedido a Rosas la conquista de nuestra tierra, la causa de los que negaban la existencia de la patria paraguaya, la causa de los que llamaban "lopezguayos" a los defensores de nuestra bandera, la causa de los aliados del invasor, la causa de los que el coronel Donato Álvarez expulsaba de sus filas por asesinos y ladrones.

         Reconoce que quedaron tendidos los cadáveres de quinientos mil paraguayos, que el exterminio fue completo. Pero aquello no fue sino una simple expiación, un modesto castigo a nuestro servilismo. La Nación entera había caído, como un solo hombre, después de cinco años de lucha desesperada. El exterminio había sido total. El Presidente de la República, rodeado de todo su pueblo, había ido a un deliberado suicidio, prefiriendo la muerte a sufrir la dominación esclavizante del vencedor. La patria paraguaya estaba, por fin, en las garras carniceras de la Triple Alianza... Los estertores de su agonía no tenían importancia. Lo importante era que los Decoud estaban en Asunción y López enterrado en Cerro Corá. No merecían piedad los que habían defendido tan estúpidamente un trapo sucio de tosco poyvi. Sobre la desolación de la nación devastada flameaban triunfantes las tres banderas enemigas. Paranhos reemplazaba a López como "Virrey" efectivo del Paraguay. Los legionarios se bañaban en aguas de rosas. Que el general Díaz se pudriera en la Recoleta y que los cuervos devoraran los despojos de los niños, disfrazados de hombres, muertos sobre las Lomas Valentinas. Los mercenarios de la Alianza, los miembros de la "casta maldita" se erguían felices sobre los escombros humeantes. Y allí estaban para seguir sirviendo al enemigo, para agregar el escarnio a la crueldad, para proclamar la "libertad" en los dominios de la muerte, para dar cumplimiento después al Tratado Secreto de la Triple Alianza...

         Dice que "la patria había recuperado su personalidad integral". Bajo el gobierno de los López no existía sino un Paraguay mutilado. Triunfante el invasor se integró su personalidad. Y se "integró" por un procedimiento original, absolutamente legionario. Seis años de ocupación militar, el reconocimiento de una deuda de guerra fabulosa y la entrega de una tercera parte de nuestro territorio es, indudablemente, una magnífica manera de recuperar nuestra personalidad integral. Después de decapitar al pueblo, mutilar nuestro territorio; y después de afirmar que la guerra no era contra el Paraguay sino contra López, obligarle al pueblo a reconocer los gastos de la "cruzada" libertadora, es todo un modelo de sabia reintegración de la personalidad de un país. Ya sabemos que los legionarios ven las cosas con sus ojos, que no son los de los demás mortales...

         A esto llama el hijo político del general Cámara "los óptimos frutos cosechados en la campaña de redención": Redimidos quedamos de medio millón de paraguayos y de buena parte de nuestro patrimonio territorial. Se le hace agua la boca pensando en tan "óptimos frutos". Brinca todavía de contento su negro corazón recordando aquel cuadro de expiación, el "total exterminio" del Paraguay, su inmensa amargura bajo la bota del prepotente vencedor.

         Habla después del Triunvirato, "organizado bajo tales auspicios". Y dice que proclamó "por primera vez los derechos del hombre".

         ¡Ah, sí, el Triunvirato fue una maravilla, trasunto de la dignidad legionaria, creación incomparable de los libertadores del Paraguay!.

         Bien hace en recordar aquel altivo y libre gobierno el hijo de Pancho Decoud, por más que su padre procuró inútilmente formar parte de él, poniendo en función todos los resortes de la intriga y todos los recursos de la adulación. Es lástima que no insista en esto, que no nos dé detalles de la intervención de su progenitor en aquella obra estupenda del patriotismo legionario. Nosotros vamos a reproducir un artículo de EL MERCANTIL DEL PLATA de Montevideo, del 8 de Julio de 1869, que evoca la honrosa actividad de su padre en aquellos días de integración de la personalidad nacional:

         "Hemos dicho que el "gobierno provisorio" en el Paraguay es imposible todavía. Y esto ya se está viendo. Los encargados de establecerlo para satisfacer sus planes, más inicuos que la guerra misma, nos dan la razón.

         "Tenemos a la vista un dato fehaciente. Hemos leído la proclama de un tal Juan Francisco Decoud, que entre otras muchas cosas, dice:

         "Compatriotas: Ya se presentan a la palestra como lobos hambrientos los paraguayos serviles e indignos de la tierra que les vio nacer. Vienen pretendiendo los primeros puestos de la República, después de haber sido los primeros instrumentos de la tiranía y de haber gozado lejos de los peligros las riquezas con que el tirano premió su traición".

         "He ahí manifestada la más ciega ambición de los traidores y he ahí el porvenir preñado de injusticias y arbitrariedades que espera a los que están haciendo pagar bien cara su actuación en el terreno del honor y en defensa de su patria.

         "Abierto está el campo a las venganzas contra los que han sabido mantenerse en la brecha durante cinco años de guerra sangrienta, mostrando al mundo de cuánto son capaces los hombres que defienden su tierra contra invasores extranjeros impulsados por los más negros sentimientos.

         "En esas palabras del traidor está sintetizado el programa de los usurpadores de la independencia de un pueblo libre.

         "He ahí a los traidores dando el apelativo de tales a los que han conquistado títulos de gloria en su lealtad patriótica.

         "He ahí a los malos paraguayos desarrollando los planes de la Alianza.

         "Los traidores se están entronizando en el seno de la República del Paraguay y empiezan a repudiar a los más nobles ciudadanos.

         "Uno de los apóstatas toma la palabra en una proclama y en los términos que hemos reproducido llama traidores a los que sostienen el gobierno independiente y legal del Paraguay.

         "Si los que contribuyen al sostén de su gobierno contra el invasor extranjero, son traidores a la patria, ¿qué serán los réprobos que enrolados en las filas del enemigo han ido a derramar la sangre de sus conciudadanos? Seguramente son más que traidores, son ASESINOS de su patria!.

         "Y he ahí los hombres que van a consumar el más infame atentado contra la soberanía de un pueblo libre.

         "Lo hemos dicho antes y nos ratificamos en ello: los encargados de fraguar un "gobierno provisorio" en el Paraguay no encontrarán los hombres necesarios porque, en su odio al verdadero patriotismo, desconocerán los títulos que se requieren para el efecto.

 

         "El gobierno provisorio es imposible..."

         El diario montevideano habla sin eufemismos. Pone de manifiesto "la ciega ambición de los "traidores", de los "apóstatas"; de los "réprobos"; de los "asesinos de su patria". Llama a la organización del Triunvirato "El más infame atentado contra la soberanía de un pueblo libre". Dice que los legionarios "desarrollaban los planes de la Alianza": Y glorifica a los leales, a los que todavía iban en pos de su sucio trozo de poyvi, a los últimos compañeros del Mariscal López.

         Pero eso era eco de la moral universal, de la justicia inmanente. Por boca de Héctor Decoud habla el legionarismo.

         Y el legionarismo tiene su moral aparte, como sabemos.

         "Los emigrados paraguayos, sigue diciendo el último de los Decoud, inauguraban así el régimen de gobierno republicano. Fueron ellos la falange macedónica que combatió desde las filas de la Alianza, conquistando un lugar glorioso y prominente en aquella grandiosa y memorable obra, que señaló la era de redención del Paraguay".

         Así inauguraron el régimen republicano los legionarios. El Paraguay no era una República bajó el gobierno de los López. Era una fazenda brasileña. Ya sabemos que no existió para el legionarismo la Constitución del 44. Y sabemos que el mismo don Carlos Antonio López no fue sino un capataz de esclavos. Lo afirma, con toda imparcialidad, el que vive bajo su techo y disfruta de su fortuna. Más aún, en tiempo de los López ni siquiera existía la patria. La "falange macedónica" lo hizo todo, nos dio patria y organizó la República. ¡La patria de las tumbas y la república de los muertos! Sobre el "exterminio total", sobre las ruinas humeantes, sobre el inmenso osario de medio millón de paraguayos, quedaron los legionarios, en medio de las bayonetas enemigas. Y la "falange" se constituyó en patria y en república. Es decir, los representantes de la Alianza, después de la tragedia, les dieron un papel en la comedia, en el sainete de la organización de un gobierno provisorio, mientras subsistía el gobierno nacional, el gobierno legal del Mariscal López, vivo todavía y dueño de buena parte del territorio nacional.

         "Gloriosa y prominente" fue, sin duda, la obra de los legionarios "en las filas de los Aliados". Lo sabemos bien, gracias a las revelaciones de los corifeos de la traición, de Ferreira e Iturburu, y gracias al argentino Donato Álvarez.

         Y no menos gloriosa y prominente fue en Asunción, cuando dejaron las armas y se prestaron a los pacíficos manejos de los aliados.

         La organización del Gobierno Provisorio fue timbre de honor para los macedónicos de la falange. A su cabeza se puso el gran patriota, el esclarecido ciudadano CARLOS LOIZAGA. Su nombre era todo un programa de gobierno. El que pidió a Rosas la conquista del Paraguay, era el llamado a ocupar el sitial del Mariscal López en la Asunción esclavizada. José Candelero era otro gran "patricio", dechado de altivez, de honestidad y de amor a su país. El caucásico Rivarola era un liberal, cuyo liberalismo está escrito con la sangre de Concha y Miltos. Los tres salieron de las carpas brasileñas para ir a ocupar el Palacio de Gobierno y desde allí fulminar al Héroe de la resistencia. El propio Héctor Decoud, al reproducir el manifiesto dictado por el vencedor, dice que "fue impreso en folletos de diez páginas en la tipografía del Ejército brasileño".

         Un tanto ingratos con "su patria Buenos Aires", se habían plegado a la causa del Imperio. Pero es que el Imperio era el que mandaba; el realmente dueño de los destinos del país ocupado. Y no era cosa de ir a plegarse al más débil de los vencedores, con riesgo de no obtener el poder. Paranhos era el "Virrey" del Paraguay y la falange macedónica era disciplinada y no obedecía sino al que mandaba. Roque Pérez era impotente. La Argentina nada podía contra el Imperio. El honor legionario no podía titubear. Y resplandeció por cierto al crear el imperial gobierno provisorio...

         El internacionalista argentino, doctor Florentino González, nos ha legado el notable documento que va a leerse, publicado en casi todos los diarios de la época y tomado por nosotros de EL MERCANTIL DEL PLATA del 2 de Julio de 1869:

 

         UNA CONFERENCIA IMPORTANTE

         22 de Junio de 1869

         "Hoy, a las dos de la tarde, se presentó en mi casa don José Díaz de Bedoya, y manifestándome que él era una de las personas que debían marchar a la Asunción, en unión con los plenipotenciarios de los gobiernos aliados para establecer allí un gobierno provisorio, me indicó sus deseos de que yo acompañase a él y a los otros dos señores que deben formar dicho gobierno provisorio, en calidad de secretario o con cualquier otro carácter, para que pudiese servirles de consejero y les indicase el modo como debían proceder para organizar la Administración del Paraguay.

         "Me dijo el señor Bedoya que, NO SIENDO EL Y SUS COMPAÑEROS PERSONAS INSTRUIDAS EN ESTAS MATERIAS, había puesto en mí los ojos como persona competente para desempeñar esa tarea.

         "Yo le manifesté que seguramente no era un gobierno municipal el que él y sus compañeros, en unión de los aliados, iban a establecer en la Asunción, puesto que éste ha podido establecerse inmediatamente que los aliados ocuparon aquella ciudad, sin necesidad de las largas negociaciones y protocolos, que han precedido a la resolución que ahora se ha tomado.

         "El señor Bedoya me dijo que se iba a establecer un gobierno que cuidase de que no continuaran introduciéndose en el país mercaderías, sin pagar derechos, creando al efecto una Capitanía de puerto y arreglando una Aduana, y estableciendo el modo de administrar justicia.

         "Entonces es un gobierno nacional, le dije el que Uds. van a establecer.

         "El señor Bedoya- Tiene de todo, de nacional y municipal.

         "González- Es un gobierno nacional ¿y cómo se ha procedido para esto?

         "El señor Bedoya- En la Asunción existe un club de todas las personas importantes que han logrado escapar de las garras de López.

         "Estas desean que se establezca un gobierno provisorio, que habilite a la parte del país libertada de la tiranía de aquél a obrar eficazmente, en unión de los aliados, para acabar de librar el país. Este club nos ha designado a mis dos compañeros y a mí para formar ese gobierno provisorio y arreglar con los aliados todo lo necesario para establecerlo y para cooperar con ellos. En consecuencia hemos hecho todos los arreglos, están firmados los correspondientes protocolos, y todos juntos haremos la guerra a López hasta libertar al país.

         "González - Comprendo perfectamente el deseo de Uds.

         "Pero señor Bedoya, Uds. adoptan un mal camino para conseguir el fin que desean, porque si es cierto que pueden llegar a deshacerse de López, van a poner su país a discreción del peor enemigo que tienen las repúblicas del Plata.

         "El Brasil hará cuanto esté en su poder para impedir la organización de estos países y su consolidación, porque todas las Repúblicas que lo rodean son un peligro para él. Su política es hija de una necesidad de la forma de su gobierno y de la raza dominante en aquel país.

         "Un imperio no puede estar seguro rodeado de Repúblicas, porque el ejemplo de estas es un peligro constante para él. El Brasil es una nación completamente heterogénea al sistema americano, y todo lo que la rodea es incompatible con sus instituciones políticas y sociales.

         "Su tendencia tiene que ser y ha sido constantemente hasta ahora a desorganizar las repúblicas, para ir absorbiéndolas poco a poco. Esta es mi convicción íntima, y creo que Uds. prestándose a seguir sus indicaciones, procediendo de la manera que lo han hecho, lejos de contribuir a hacer un bien a su país cooperarán a su ruina.

         "Si yo me prestase a ayudar a Uds. con mis consejos para llevar adelante el plan que en combinación con los aliados se han trazado, cooperaría a favorecer los designios del sempiterno enemigo de estos países; porque desengáñese Ud., señor Bedoya, el Brasil no hará nada en los países del Plata, sino con el designio de llevar adelante sus usurpaciones. En este concepto deben obrar todos los que acepten su apoyo para cualquier empresa o combinación política que intenten llevar a cabo.

         "Por otra parte, yo no concibo como es que Uds. han podido pensar ni por un momento que una combinación como la de que me ha hablado pueda llevarse a cabo de acuerdo con el derecho internacional. Sea o no tiránico el gobierno de López, es el gobierno de López, es el gobierno del Paraguay que las demás naciones reconocen. Si Uds. erigen otro gobierno en aquel país y hacen alianza con tres potencias extranjeras para destruir el de López, se ponen en el predicamento en que Maximiliano se hallaba en Méjico respecto de Juárez.

         "Es verdad que Uds. defenderán un partido mejor que el que defendía Maximiliano, porque irían a establecer la República y no a destruirla. Pero esto no hace diferencia ante las demás naciones para aplicar los principios del derecho internacional. Ellas verían a tres gobiernos extranjeros aliados de un gobierno de hecho interviniendo para destruir al gobierno reconocido del Paraguay, e infringiendo los preceptos del derecho internacional que condenan semejantes intervenciones. Ud. no debe ignorar lo que los Estados Unidos dijeron a Napoleón:

         "En Méjico hay un gobierno que nosotros hemos reconocido y todas las demás naciones también. Otro gobierno ha surgido en ese país que pugna por destruir al antiguo. Este gobierno nuevo es el que la Francia reconoce como gobierno de Méjico, y con quien está aliada.

         "La Francia no está, pues, en Méjico, haciendo la guerra a Méjico, porque mal pudiera ser aliada del gobierno que ella reconoce, y estar haciendo la guerra al país que rige. Lo que la Francia está haciendo es interviniendo en una querella doméstica de una nación extraña, en favor de uno de los partidos que se disputan "Pues bien, señor emperador, nosotros no podemos consentir esto, porque el derecho internacional lo condena, y nosotros estamos dispuestos a sostener sus principios. Esperamos por tanto que Ud. retirará sus fuerzas lo más pronto posible, sin dar lugar, haciéndolas permanecer en Méjico, a ulteriores medidas".

         "¿Cree Ud., señor Bedoya, que las demás naciones han de permanecer impasibles ante lo que Uds. y los aliados van a hacer en el Paraguay? Desde luego tendrían Uds. en contra las protestas    de todas las naciones hispanoamericanas, y de parte de los Estados Unidos tendrán algo más significativo; porque si no temieron arriesgarse a tener una guerra con la Francia por no consentir en la intervención de ésta en Méjico, ¿Uds. creen que cerrarán los ojos respecto de lo que van a hacer los aliados y Uds.?

         "Yo no creo que el Brasil, que es el promovedor de todo esto, deje de apercibirse de las consecuencias, y solo concibo que emprenda una cosa tan contraria al derecho internacional, en la confianza de que en dos o tres meses puede terminar la cuestión con López, y de que cuando las demás naciones le digan que ha hecho mal, ya él habrá realizado sus planes. Pero estos cálculos, que tal vez podrán hacer los que piensan que la política no necesita andar de acuerdo con la moral, no son los que deben guiar a los hombres que respetan la buena fe y la honradez.

         "Teniendo presente todas estas consideraciones, yo no puedo de ningún modo prestarme a servir a Uds. ni en calidad de secretario, ni en ningún otro predicamento. El día que los brasileros salgan del Paraguay, y que allí se forme un gobierno que no sea fruto de sus manejos, ni esté bajo la influencia de sus bayonetas, lo poco que valgan mis luces y mi experiencia para cooperar a la organización de aquel país, están a la disposición de Uds.

         "Es cuanto tengo que decir a Uds. en respuesta a la proposición que se ha servido venir a hacerme.

         "Con lo cual terminó la conferencia, dándome el señor Bedoya las gracias por la franqueza con que le había hablado"

 

         Florentino González

 

         El ilustre profesor argentino habló al legionario como hablan los hombres sinceros y honestos, sin poner velos a su pensamiento.

         Más interesado por la suerte del Paraguay que el traidor que pretendía complicarle en sus menguados designios, le presentó la realidad como era.

         El "gobierno provisorio" que se fraguaba era una nueva picardía del Brasil. Y él no estaba dispuesto a cooperar en la obra "del sempiterno enemigo de estos países".

         El doctor Florentino González no sabía con quien hablaba. Ignoraba hasta donde llegaban la sumisión y la villanía del legionarismo. En su ingenua buena fe perdió el tiempo en dar consejos a quien no estaba sino para recibir órdenes del vencedor...

         Sus predicciones se cumplieron. El primer gobierno legionario no fue sino un vil instrumento en las manos del Brasil, que sirvió para el mejor logro de todos sus inicuos propósitos.

         Y las naciones neutrales protestaron su adhesión a la causa del gobierno legítimo del Paraguay ante la caricatura del gobierno organizada por el invasor.

         En efecto, nuestra Legación en Paris comunicó oportunamente a los países amigos, desde principios de 1869, las maquinaciones imperiales en el sentido de crear, a base de traidores, una nueva autoridad que sustituyera a la del Mariscal López. Unánimes fueron las contestaciones. Todos se apresuraron a manifestar su simpatía al pueblo heroico que defendía con irreductible altivez su independencia. Y, cosa curiosa, ironía extraña del destino, las respuestas de las naciones neutrales vinieron a parar en las manos del Triunvirato y pueden leerse en el archivo del Ministerio de Relaciones Exteriores.

         Sólo hemos de reproducir, por elocuentes y viriles, dos de estas contestaciones. La del gobierno venezolano dice así:

         Ministerio de Relaciones Exteriores - Sección Central No. 334.

 

         Caracas, Agosto 10 de 1869.

         Año 6º. de la ley y 11 de la Federación.

         Señor:

         Creyendo que por conducto de V. E. podrá llegar al Exmo. señor Ministro de Relaciones Exteriores del Paraguay el pliego que es adjunto, me tomo la libertad de encomendarlo a la protección de V. E.

         Con toda consideración aprovecho la oportunidad para ofrecer a V. E. mis sentimientos distinguidos. Unión y Libertad. - Fdo: J. Riera Aguinagalde.

         Señor Encargado de Negocios del Paraguay.

         Sección Central No. 298

         Caracas, Agosto 10 de 1869.

         Año 6º. de la ley y 11 de la Federación

         Exmo. Señor:

         La Cámara de Diputados en sus últimas sesiones de este año, celebró el acuerdo de que se acompaña copia, y en que se expresa el juicio que se ha formado de la causa del Paraguay en su actual guerra, y le presta su adhesión y sentimientos.

         El Ejecutivo estimará a V. E. que se digne elevarlo al conocimiento del Exmo. señor Presidente de esa República.

         Aprovechando la oportunidad, tengo el honor de asegurar a V. E, mi consideración más distinguida. Unión y Libertad. - Fdo.: J. RIERA AGUINAGALDE.        Excmo. señor Ministro de Relaciones Exteriores del Paraguay:

 

         La Cámara de Diputados de los Estados Unidos de Venezuela:

         Considera qué la noble causa de la República del Paraguay es una causa Americana en que el principio republicano y de independencia son sostenidos con heroico y admirable valor; y en consecuencia protesta a aquella república su adhesión y sentimientos como una justicia merecida a su grandeza de carácter, memorables sacrificios, honrosa perseverancia e inmortal defensa de los hechos y las verdades que forman la base fundamental de la vida política del Continente Americano y que constituyen el lazo de unión y solidaridad de las Repúblicas Latinas.

         Comuníquese al Ejecutivo para que por su órgano llegue al conocimiento del Gobierno y Pueblo paraguayo. - Es copia fiel del original - Caracas mayo 21 de 1869, 6º. y 11. - El Secretario de la Cámara de Diputados - Fdo: J. RIERA AGUINAGALDE - Es copia. - El Secretario de Relaciones Exteriores - Fdo: RAFAEL ZIYAS.

        

         El gobierno de la República de San Salvador respondió en los siguientes términos:

         SECRETARIA DE RELACIONES EXTERIORES DEL SALVADOR San Salvador, noviembre 20 de 1869.

         Señor:

         He elevado al conocimiento del Exmo. señor Presidente de esta República el contenido del apreciable oficio de U. S. de 17 de setiembre del corriente año que he tenido la honra de recibir.

         Este Gobierno ha seguido con particular interés todas las vicisitudes y contra tiempos que la Nación paraguaya ha tenido que atravesar en estos últimos años por razón de la guerra a que ha sido provocada por el Brasil y sus aliados y no ha podido menos que deplorar sus funestas consecuencias, que influirán, a no dudarlo, de la manera más desfavorable en la suerte futura de aquel país.

         Mi Gobierno, llegado el caso que S.S. tan justamente prevé, obrará en conformidad a las ideas emitidas en su citado despacho, una vez que esta conducta en nada pugna con los principios reconocidos de derecho internacional, y que tampoco en nada compromete la neutralidad que hasta ahora ha guardado.

         Así tengo el honor de contestar el despacho de U. S. a que me refiero, y entre tanto tenga a bien de aceptar las seguridades de mi respeto y consideración.

         (fdo.) Gregorio Arbizú

 

         Cirilo Antonio Rivarola recibió tan lapidarios documentos en los días de su fugaz predominio. Nos figuramos su rabia impotente, su despecho airado ante estas aclamaciones a nuestro patriotismo. Mientras él se arrastraba a los pies del invasor, venían a turbar sus plácidas digestiones de lacayo satisfecho los gritos de protesta del mundo entero contra el sacrificio del Paraguay. La traición había salido victoriosa, pero la simpatía de la humanidad era para la lealtad sin fortuna. Sentado sobre las bayonetas imperiales, mientras la patria acababa de morir en su cruz, dominando el ronco estertor de la nación degollada, aquellas palabras de adhesión y de respeto a la causa paraguaya debieron ser para él y para sus cómplices como la voz implacable de la justicia inmanente, como la voz de Dios, que premiaba la virtud y condenaba al crimen para siempre.

         El Doctor Florentino González sabía lo que decía, al decir lo que dijo al ratero del legionarismo.

         Sus predicciones, repetimos, se cumplieron.

 

IX

 

El Gobierno Provisorio

El Gobierno Provisorio - Rivarola lacayo del Virrey del Paraguay - Los dos primeros decretos de la traición - Despotismo rivarolista - La Constitución y su autor - Pancho Decoud: sus méritos - Primores de otros Decoud.

 

         Mucho habría que decir del breve, pero repugnante gobierno del Triunvirato legionario.

         En realidad el dictador del Paraguay era el ministro imperial, el    famoso José María da Silva Paranhos, premiado por el Monarca con el título de Vizconde de Río Branco por sus triunfos diplomáticos en Asunción, que dieron al Brasil gran parte del territorio paraguayo y anularon la línea del Río Blanco, que marcaba nuestra frontera histórica por el norte.

         Paranhos buscó su hombre entre los traidores adictos a la causa de la alianza. Y su ojo perspicaz no se equivocó al fijarse en el motudo Cirilo Antonio Rivarola. Hombre ambicioso, desequilibrado, intrigante, malo, servil, aquel tilingo que soñaba con ser un segundo Mariscal López en las aparatosidades exteriores del poder, era el llamado a servir de dócil instrumento al habilidísimo agente de Pedro II. Y el "Virrey del Paraguay", como lo llamó Moniz Barreto en su "Elogio Histórico", defraudando las esperanzas de Pancho Decoud, lo puso a la cabeza del Gobierno Provisorio. "Fue impuesto por Paranhos", dice el Doctor Quesada en su HISTORIA DIPLOMATICA NACIONAL. Y en ese puesto, agrega, "fue el hombre del Brasil".

         Pronto el triunviro Díaz de Bedoya, más conocido en la historia por José Candelero, se marchó, para no regresar nunca, a su patria de Buenos Aires, llevándose el oro y la plata de nuestras Iglesias (1)

         Don Carlos Loizaga, el de la solicitud a Rosas pidiendo la conquista del Paraguay, por su edad, no era ya sino un figurón, que ponía en su letra todo lo le dictaban los amos del Paraguay.

         Rivarola quedó solo y el Virrey le hizo obrar a su gusto.

         El primer acto de "su gobierno" fue, naturalmente, ultrajar al varón magnífico que en aquellos momentos sostenía todavía en su robusta mano la bandera nacional. Sin ruborizarse, firmó el decreto redactado por Paranhos, por el que ponía "fuera de la ley" y "arrojaba fuera de la patria" al "desnaturalizado paraguayo Francisco Solano López".

         Y, no contento con esto, publicó el mismo día otro decreto, por el que declaraba "TRAIDORES A LA PATRIA Y ENEMIGOS DE LA HUMANIDAD" a los paraguayos que no abandonasen las filas del ejército nacional para incorporarse a los invasores.

         En aquel momento - 17 de Agosto de 1869- humeaba el campo de batalla de Acosta-Ñú.

         El día antes se había librado la última batalla campal de nuestra guerra. Niños, ancianos, inválidos, hasta mujeres, acababan de asombrar al enemigo en el delirio de su inmenso patriotismo, luchando hasta morir con un heroísmo inigualado.

         El general Caballero, aquel "caballero del Paraguay", como lo llama el historiador mexicano Carlos Pereyra, salía casi solo del teatro de la inmensa inmolación cuando el traidor entraba a firmar en la carpa del vencedor, no la ignominia del pueblo paraguayo y la del caudillo infortunado de la Patria, su propia, su eterna ignominia.

         Ponía fuera de la ley y fuera de la patria al que representaba patria y ley en la angustiosa agonía nacional. Y atribuía su propia traición a los leales, a los que morían por su tierra mientras él se prosternaba ante el vencedor. Agregaba así al horror de la reciente matanza la befa y el sarcasmo.

         Era el Longino de la Triple Alianza en el drama de nuestra crucifixión. ¡Pretendía limpiar con su lengua sucia de sumiso lebrel la mano ensangrentada de su amo!.

         Y estos son los hombres que el legionarismo quiere presentar como ejemplos de patriotismo.

         Son estos miserables los que para el legionarismo fueron los redentores del Paraguay.

         ¡Arde la sangre en nuestro corazón ante tanta audacia y tanto cinismo!

         Jamás en nuestros libros tuvimos un recuerdo para la traición. Por nuestro propio decoro de paraguayos, por el honor de nuestra raza, nos impusimos el deber de callar aquella inmensa vergüenza. Cubrimos con el velo de un piadoso olvido aquella pústula asquerosa. De nuestros labios no sabrían los extraños que hubieron, no hijos, abortos de esta tierra, que vinieron en las filas del invasor, entre los que habían decretado el exterminio del Paraguay. Nuestra limpia pluma no había de mancharse con el relato de un crimen que ponía sombras en el fulgor de nuestra epopeya...

         ¡Cómo seguir callando!

         Imposible permitir que la traición, envalentonada, haga su apología en desmedro de la legítima gloria de los que fueron fieles hasta el martirio a la tierra en que nacieron.

         Imposible ya permanecer indiferentes ante los arrestos del legionarismo, que pretende invertir los papeles, haciendo esclavos inconscientes de los que defendieron su bandera, héroes de la libertad de los que buscaron la sombra de las banderas extranjeras para venir a matar, robar, incendiar, y sobre los escombros de la patria legalizar los crímenes y los despojos del vencedor.

         Hora era ya de tapiar la boca purulenta del legionarismo con el fango de su obra.

         Y tal la disculpa de estas líneas, que no debieron ser escritas nunca, dictadas por nuestro herido y sangrante patriotismo.

         Nuestra piedad ha terminado. La traición no tendrá en adelante hora de reposo. No dejaremos el cauterio hasta acabar de quemar las raíces de ese cáncer nacional.

         Digamos ahora que Rivarola, instalado en el Palacio de Gobierno, se sintió con los pujos de un arbitrario mandarín. Sumiso y obediente con el Virrey Paranhos, miró con desprecio a la chusma del legionarismo. Montado en un caballo blanco, que pretendía ser el "mandiyú" del Mariscal, galopaba airoso por las calles de Asunción, dando al viento su crespa y mugrienta melena, empapada en saliva y yapepó-jhú. El "liberal", a pesar de su sometimiento incondicional al vencedor, y por lo mismo que contaba con su impunidad, se llevó todo por delante e inauguró un régimen de terror. El gobierno era él, como él no era sino el personero de Paranhos. Su dictadura, careta de otra dictadura, fue castigo para los que en su obsecuencia a la Argentina se habían quedado con ganas.

         Reunida la Convención Nacional se presentaron dos proyectos de Constitución, uno de origen argentino y otro de origen brasileño. Rivarola envió copia del original de Paranhos, los Decoud copia del original de Roque Pérez. Unos y otros eran pobres ignorantes, juguetes en las manos del enemigo. Los aliados tenían que hacer la farsa de que estaban "redimiendo" al Paraguay. Antes de hacer efectivo el Tratado Secreto, antes de repartirse el botín, tenían que dar una satisfacción al mundo, organizando un gobierno democrático sobre las ruinas del país devastado. Y la Constitución fue sancionada. Y el "hombre del Brasil", de triunviro, pasó a ser Presidente de la República...

         Paranhos, en esta forma, seguía siendo el Vice-Monarca del Paraguay.

         Los horrores cometidos en esa época no son para contados. Los ha referido el abogado de la Legión, en su inmensa inconsciencia.

         La soberbia servil de Rivarola llegó al crimen. La sangre del capitán José María Concha y la del joven diputado Juan Fulgencio Miltos son imborrable constancia del espíritu liberal de los "enemigos de la tiranía".

         Y el primer golpe de estado, la primera disolución del Congreso Nacional, acabó de dar idea del respeto a las instituciones de aquel prócer de la traición y la realidad de la democracia inaugurada por los aliados.

         Farsantes abyectos, tal vez inconscientes, aquellos hombres sin moral y sin vergüenza, roídos por ambiciones y apetitos, se devoraron al margen de la Constitución y dieron el más triste espectáculo.

         Y no era de esperar otra cosa de los que no habían tenido piedad para su pobre patria, de los que habían contemplado complacidos su exterminio, de los que negaban su existencia al venir en las filas de sus ultimadores.

         Hombres crueles, sanguinarios, depravados todos, todos vulgares e ignorantes, hablaban de "libertad", pero no comprendían ni practicaban sino la violencia y la arbitrariedad.

         De lo que no se preocuparon nunca fue de la suerte de su país, de su honor, de su dignidad, de sus derechos.

         El general Ferreira los conocía bien y los pintó de mano maestra, como hemos visto.

         "Los paraguayos de la Legión, decía, son intolerantes, insufribles, carecen en absoluto de patriotismo y son capaces de guardar su rencor hasta la más remota posteridad: son hombres que ahogan los sentimientos nobles del corazón, para dar cabida en él al mezquino de la venganza. Nada nuevo llevan al país sino su refinada hipocresía".

         Los hechos le dieron después toda la razón.

         Los hipócritas, rencorosos e intolerantes del legionarismo, escribieron la Constitución que les dictaron los vencedores, y la sancionaron, para atropellarla los primeros, para inaugurar a su sombra un régimen sombrío de abyección, de latrocinio, de arbitrariedad.

         Legionarios habían de ser los que entregarían al angurriento enemigo 156.415 kilómetros cuadrados de nuestro territorio.

         Y legionarios los que habían de saquear los primeros empréstitos, echando sobre la espalda de un pueblo hambriento el fardo de una deuda que sesenta años después estamos pagando todavía.

         Héctor Decoud, o sea el más Decoud de los Decoud, se enorgullece recordando la "gloria" de su padre y hermanos, como colaboradores eficaces de los enemigos.

         "La Carta Magna, dice, fue escrita y presentada al pueblo por Juan José Decoud".

         ¡Su hermano fue el codificador de nuestra libertad!...

         El lector sabe quien era aquel desgraciado, que no sabía hasta dónde era desgraciado, según las palabras corrosivas del representante argentino Roque Pérez. Hemos reproducido sus artículos y hasta sus versos, para dar a conocer su corazón y su cabeza, el grado de su cultura y la ferocidad de su antiparaguayismo. Creemos que sabía leer y escribir, porque hemos leído esos artículos con su firma. Por eso no podemos oponernos a que haya sido puesto en su letra el proyecto presentado por uno de los sectores del legionarismo. No negamos que haya sido el escriba de la Constitución, el amanuense del que la dictó. Como no podemos negar que el proyecto de Paranhos fue traducido y escrito de su puño y letra por Rivarola.

         Los únicos que pudieron haber hilvanado una Constitución, copiando las existentes, fueron el doctor Machaín, educado en Chile, y Cayo Miltos, educado en Francia y Bélgica. Y a ellos no se les atribuye su paternidad. Juan José Decoud no era sino un mal gacetillero. Su hermano José Segundo, a quien conocimos de cerca, con ser una mediocridad lastimosa, le fue infinitamente superior. El impagable autor de EL EVANGELIO DE LOS PUEBLOS LIBRES, obra maestra de huera charlatanería, podía servirle de maestro al "primer cantor de la libertad", que dice su pintoresco hermano.

         Se enorgullece también el hijo político del general Cámara de la "gloria" de su ilustre padre.

         "Para que se comprenda, escribe, como se estimaban entonces los sacrificios prodigados por aquéllos (por los legionarios) en la contienda, debo mencionar el decreto expedido por el Gobierno Provisorio, ratificado por el primer Congreso Constitucional, en el que primeramente reconociendo los relevantes servicios del Teniente Coronel Juan Francisco Decoud, prestados en servicio de la santa causa de la libertad, se acordaba conferirle como ascenso el grado de Coronel".

         Ante todo, debemos llamar la atención del lector sobre este modelo típico del estilo de la familia Decoud. El párrafo es digno de cualquiera de los hermanos, del constitucionalista, del evangelista o del "virtuoso" de que nos habla Biedma. Así, con esa gallardía, escribían y escriben todavía los descendientes de Pancho Licú...

         Y hay que reconocer que es todo un título el grado de "coronel" acordado por el Triunvirato al padre del cebador de mate del Mariscal López.

         El gobierno provisorio enmendaba así una gran injusticia. El valiente soldado no había merecido un ascenso de los aliados, en cinco años de heroico batallar. Sus compañeros de legionarismo que conocían sus "relevantes servicios", hicieron lo que no habían sabido hacer los jefes argentinos y brasileños a quienes acompañó.

         El galón que agregaron a su kepis los camaradas del Triunvirato es hilo de oro que rubrica su brillante carrera militar. Indudablemente "entonces" se estimaba el sacrificio "prodigado" en la contienda. Los legionarios eran justicieros a su modo, al juzgar a los legionarios.

         Un corresponsal de EL SIGLO de Montevideo decía desde Asunción, el 29 de Setiembre de 1869, refiriendo los sucesos de que era teatro nuestra capital: "Cierto diario (LA REGENERACION) se ocupa aquí de ensalzar a un tal Decoud, que el Triunvirato acaba de hacer coronel por los importantes servicios prestados en esta guerra como ayudante de campo de un jefe aliado y al que, sea dicho de paso, ese jefe lo consideraba tan inútil que jamás le mandó desempeñar la más insignificante comisión, de modo que el pobre no hacía sino recibir raciones. No son extraños los elogios de ese diario, pues siendo hijo de él su redactor, pagado por el ensalce a su padre, hablando de servicios que nunca prestó".

         Y en el ALBUM DE LA GUERRA DEL PARAGUAY, de Buenos Aires, entrega correspondiente al 15 de Febrero de 1893, se lee una biografía del gran soldado, de la que entresacamos lo siguiente:

         "El General en Jefe lo llamó al Cuartel General para utilizar sus servicios. Y pudo así asistir a las diversas operaciones de guerra.

         "Los servicios que prestó durante la campaña le granjearon la estimación del general Mitre. Conociendo palmo a palmo el territorio paraguayo, eran escuchadas sus referencias y prudentes indicaciones, tendientes al mejor éxito de las operaciones de guerra".

         Esto completa y aclara lo anterior.

         Era un perfecto inútil como militar, no se le pudo encomendar nunca la más insignificante comisión, pero era un excelente baqueano.

         Los Esfialtes de pura raza no pelean, no son soldados, aunque vistan la librea militar.

         Los Esfialtes auténticos, guían al invasor, enseñan el camino, para burlar los esfuerzos de la resistencia nacional.

         Y ese fue el gran papel del coronel Juan Francisco Decoud. "Conocía palmo a palmo el territorio paraguayo" y "dio prudentes indicaciones" al invasor, "tendientes al mejor éxito de las operaciones de guerra".

         Por eso el general Mitre lo quería mucho y lo conservó a su lado, en su Cuartel General.

         El corresponsal de EL SIGLO es injusto cuando dice que "no hacía sino recibir raciones". Hacía algo más que comer el pan empapado en sangre que le brindaba el enemigo: enseñaba a los aliados los senderos secretos de nuestra perdición.

         Como traidor fue un "varón de Plutarco".

         Y la verdad es que hizo mucho más que Esfialtes, que solo sirvió para encaminar a los bárbaros en el desfiladero de las Termópilas. Juan Francisco Decoud no fue el traidor de un momento y de una sola oportunidad, lo fue durante años, desde Itapirú a la Asunción.

         Con razón su hijo se enorgullece de él.

         Un padre semejante hace inmortal a toda una familia.

         El crimen es también título a la inmortalidad.

         ¡Eróstrato vive todavía en la memoria de los hombres!

         Y el traidor murió fiel a sus principios. Lombroso habla de "la vanagloria del delito", como rasgo distintivo del criminal nato. Los grandes delincuentes no conocen el arrepentimiento. Se sienten orgullosos de su obra. Tal el caso de Pancho Decoud. Un cuarto de siglo después de consumado el asesinato del Paraguay, en el que fue cómplice alevoso, seguía satisfecho de su singular hazaña. Y con un cinismo que rayaba en la inconsciencia, en 1894 presentó una solicitud al Congreso Nacional, pidiendo autorización para usar las condecoraciones que los antiguos aliados acababan de repartir a sus fieles colaboradores. En aquella oportunidad fue el senador don Agustín Cañete el vengador del Paraguay. El heroico soldado de la epopeya, el bravo de Isla Poí, al oír la lectura de aquel documento asqueroso, se puso de pie y con todo el fuego de su férvido patriotismo fulminó la audacia del empedernido traidor. Las palabras del alférez Cañete, la viril condenación de uno de los estadistas más eminentes de la post guerra, fueron una de las sanciones más formidables que haya conocido aquel mísero perdulario sin honor y sin vergüenza.

         No hemos de soltar a este precito, a este condenado del Dante, sin ponerle una última marca de fuego.

         Durante la dictadura del doctor Francia hubo un espía, el más vil de todos y el que más víctimas puso en manos del verdugo.

         Mariano Antonio Molas nos da el nombre de ese miserable: se llamaba JUAN FRANCISCO DECOUD!

         Y ahora dos datos últimos sobre la familia Decoud.

         El 6 de Setiembre de 1869 invitó Paranhos a los miembros del gobierno legionarista a asistir a un Tedeum y revista militar en honor de su país y de su Monarca. La contestación lleva la firma de José Segundo Decoud y puede leerse en el archivo del Ministerio de Relaciones Exteriores. Dice así:

         "Cumple el infrascrito expresar a V. E. que el Gobierno Provisorio de la República se ha impuesto con placer y viva satisfacción de la referida nota y se apresura en manifestar a su nombre y al de sus colegas que aceptan gustosos la invitación que se sirve hacerles y que mañana no dejarán de asistir a la hora indicada para la conmemoración de ese memorable día para la nación brasilera. Y QUE LO ES TAMBIEN, DESDE HOY EN ADELANTE, PARA LA REPUBLICA DEL PARAGUAY, y en la cual participarán todos los paraguayos".

         El traidor convertía así el aniversario del Grito de Ipiranga en fiesta nacional, en día para siempre memorable en el Paraguay.

         ¡Cortesanía, servilismo, abyección inconmensurables!

         Para lamer la mano del vencedor, todas las oportunidades eran propicias.

         El Mariscal López dijo una vez de ellos que eran "más negros que los negros" o sea que eran más brasileños que los mismos brasileños. Estamos viendo que los conocía. Pero como fueron mucho más allá de lo que les atribuía en su indignación patriótica, la posteridad tiene el derecho de rectificar sus palabras y decir que los legionarios fueron más perros que los mismos perros...

         Finalmente he aquí lo que nos cuenta Washburn de Pedro Nolasco Decoud en su HISTORIA DEL PARAGUAY, tomo I, pág. 100:

         "El hermano mayor de estos (de los dos hermanos Decoud que conspiraron contra Carlos A. López y fueron fusilados) había sido elegido por López como agente suyo en Buenos Aires, consignándole la yerba-mate, tabacos, cueros y otros productos del Paraguay... López era sumamente descuidado en sus negocios; rara vez pedía cuenta a su agente y tanto confiaba en él que antes de sospechar lo contrario, Decoud había sustraído cerca de un millón de pesos oro. Al conocer López este abuso de confianza, no le dio a entender que había sido descubierto sino, al contrario, manifestóle estar muy satisfecho del modo que manejaba los intereses de la República y le invitó a que le hiciera una visita porque tenía importantes negocios que confiarle.

         "Decoud comprendió el lazo que se le tendía y no aceptó la invitación. En otra ocasión, durante la estadía de un vapor paraguayo, fue invitado por el capitán para comer a bordo. No aceptó tampoco esta invitación y viendo López que no había modo de atraparlo, envió otro agente, Don Félix Egusquiza, para reemplazarlo".

         ¡Ladrones también!

         El testimonio de Washburn es insospechable, porque no puede darse enemigo más encarnizado de los López, ni más profundo conocedor de las intimidades de la vida paraguaya.

         Héctor Decoud se envanece en publicar el retrato de este ladrón de levita, de este curioso enemigo de la "tiranía", enriquecido con el dinero del Estado. Tal vez sea este Decoud el que más le seduce, por razones particulares de afinidad moral. Si aquel se quedó con cerca de un millón de pesos oro de Don Carlos, él ha sabido hacerse el heredero de la fortuna del grande y honesto magistrado. Los dos son eslabones de la misma cadena...

 

(1) El abnegado patriota legionario se fue llevando treinta y seis arrobas y cinco libras de oro y plata del tesoro de nuestras iglesias, que debía vender, para socorrer con el producto de la venta el hambre y la desnudez de los sobrevivientes de la guerra. Una vez en su "patria de Buenos Aires" y hecha la venta, creyó más patriótico quedarse con el dinero, "que pasó a engrosar sus caudales propios", dice Héctor Decoud, enviando su renuncia porque no quería pertenecer a un gobierno que era juguete de los aliados... El que con el correr del tiempo había de disfrutar del fruto de la rapiña de este modelo de enemigo de la tiranía suele ser un furioso denigrador del Mariscal López.

 

X

 

Glorificación de la traición por el legionarismo - Fernando Iturburu, según Ferreira - Un Serapio legionario - Egusquiza y Ferreira - El odio nacional a los Decoud - Palabras de Nabuco - Legionarismo y paraguayismo - El castigo de la traición.

 

         Para poner de resalto los "méritos" del legionarismo y para demostrar "cómo se estimaba entonces" los sacrificios "prodigados por aquéllos en la contienda", menciona también "los honores fúnebres tributados al primer comandante de la LEGION PARAGUAYA, coronel Fernando Iturburu, elevándolo al gradó de General, con la asignación del sueldo correspondiente a su familia".

         Y hasta da los considerandos del decreto del Gobierno Provisorio, que dicen así: "que los que merecieron bien de la Patria por los servicios que le consagraron, deben ser premiados con distinciones honoríficas que estimulen el civismo de los demás; que la vida del coronel Fernando Iturburu fue una existencia de pruebas y sacrificios ofrecidos a la causa de la libertad paraguaya hasta morir en fuerza de las enfermedades contraídas en la larga y penosa campaña, etc., etc.".

         Este decreto y sus considerandos no dejan duda sobre el alto prestigio de que gozaban "entonces" los legionarios.

         Bajo el Gobierno Provisorio -Rivarola, Loizaga, Díaz de Bedoya- los legionarios, eran, indiscutiblemente gentes de pro, patriotas llenos de méritos por sus inmensos sacrificios.

         Y particularmente Iturburu tenía méritos especiales para el Triunvirato de que formaba parte Carlos Loizaga.

         Iturburu no era un legionario de nuevo cuño. Sus títulos eran antiguos. Era uno de los precursores de la causa. Se remontaban al año 1851 sus servicios a la Patria.

         Porque no hay que olvidar que el nuevo "General" del decreto legionario era, ni más ni menos, uno de los que pidieron a Rosas la conquista de la "provincia del Paraguay".

         Conocemos su patriótica solicitud, firmada con el que veinte años después le decretaba honores en premio de sus "pruebas y sacrificios".

         Y si no bastase este honroso antecedente, tenía, el mérito singular de haber sido "el primer jefe de la Legión Paraguaya".

         Su después colega en el generalato, Benigno Ferreira, se permitió calumniarlo una vez, diciendo que era un gran pusilánime.

         En el manifiesto de EL CONSTITUCIONAL de Mendoza, algunos de cuyos párrafos hemos reproducido, decía:

         "Iturburu es un cobarde, y voy a probarlo con un solo hecho.

         "Muchos de mis lectores habrán estado en el sitio de la Uruguayana. Recordarán que Iturburu tuvo una conferencia con Estigarribia fuera de las trincheras, a la que también tuve el gusto de asistir como otros muchos jefes y oficiales del Ejército Aliado.

         "Vergüenza me da el contar este hecho, pero es necesario darlo a conocer.

         "En aquel singular incidente, Iturburu temblaba sobre el caballo, su semblante amarilleaba como la cera y en su garganta se notaba el continuo tragar de la saliva, por lo que no pudo decir a Estigarribia sino palabras entrecortadas.

         "Tal es el temple del hombre... ".

         Pero esto no es todo. Ferreira se empeñó en enriquecer la biografía del Jefe de los legionarios con nuevos datos. Y en "La Esperanza" de Corrientes -diario en que escribía Juan José Decoud- número 405, correspondiente al 14 de Noviembre de 1867, en un artículo titulado "Cualidades que adornan a Fernando Iturburu-, decía que era un "hombre funesto, de negra historia", que "fue oficial del Ejército de López y después ofreció sus servicios al Nerón argentino". y Agregaba:

         "¿Cuáles son los sacrificios de Iturburu en la guerra del Paraguay? Desde el momento que salió a campaña mejoró su situación. Con un sueldo exorbitante de coronel, que no merece, y que jamás habría ganado con su trabajo personal en la jabonería del Hueco de los Sauces, tuvo como mantenerse y mantener a su familia. Sus dos hijos, subtenientes de la Legión, aumentan sus entradas mensuales. Por otra parte, sin tener que prestar servicio alguno en el ejército, pues es incapaz para toda comisión, sin haberse presentado jamás frente al enemigo, porque es un cobarde, pasa en el campamento aliado la vida del holgazán, con la sola preocupación de proporcionarse buenos manjares y buenos vinos, pues, digamos de paso, es hombre que ENGULLE POR CUATRO Y BEBE POR SEIS... Ambicioso en demasía, con su hipocresía refinada trata de aparecer haber salido a campaña por patriotismo, cuando lo ha hecho por amor al dinero y al poder. Es, por fin, todo un fatuo que carga charreteras de coronel, sin haber hecho nada y sin mérito alguno para ser ni simple soldado". (1)

         ¡Pobre "General" Iturburu!

         Presentado como un cobarde glotón y borracho por un camarada, pintado como un pobre diablo por quien lo conoció de cerca.

         No ya en los combates, en una pacífica conferencia, temblaba como un azogado. Le bastaba la presencia de un jefe paraguayo para que "amarilleara", para que tragara saliva y no pudiese hablar.

         Lo testifica el general Ferreira.

         ¡Detalle sin importancia! El valor no era virtud legionaria. Ni tenía por qué serlo. Eso quedaba para los tontos que defendían como fieras a su patria. El heroísmo era uno de los defectos de los que presentaban sus pechos como una muralla al invasor. Los legionarios no venían para morir, venían para vivir. Que muriesen los otros, los que iban a ser dueños de lo mejor del botín. Los que iban a recoger migajas, hacían demasiado con servir de baqueanos y de bestias de carga... Digamos, pues, que el gran Iturburu tenía derecho a los honores póstumos que le decretaron sus camaradas. Era un modelo de patriota y militar legionario. Insiste el abogado en los "méritos" del legionarismo, recordando que el Triunvirato decretó honores póstumos a Serapio Machaín, "otro de los grandes ciudadanos que contribuyeron a la cruzada"

         "Se le tributaron honores de General, dice, por tratarse de un preclaro ciudadano".

         Secretario del Gobierno Provisorio, Machaín y, sobre todo, Serapio, no podía bajar a la tumba como un recluta cualquiera.

         El Triunvirato sabía honrar, a los grandes, a los preclaros miembros del legionarismo. Y esos honores nos están probando que hicieron bien en venir contra su patria en las filas de la Alianza. Porque gracias a esto no murieron oscuramente y no fueron enterrados como simples almaceneros o jaboneros en Buenos Aires. Un "Serapio" cualquiera alcanzaba así las palmas de General y merecía ser recordado sesenta años después por un Decoud.

         ¡Valía la pena haber venido en la "cruzada"!

         Recuerda el hijo del General Cámara -a haber muerto bajo el régimen legionario no hubiera heredado el título de Vizconde de Pelotas, pero hubiera recibido el grado militar de su suegro- que algunos legionarios figuraron en altos puestos en nuestra vida política.

         Cree que esto es una absolución de sus pecados.

         Peregrino error. La traición no puede ser borrada "ni por todas las lluvias del cielo".

         Cuando los legionarios fueron barridos del poder por la lealtad, al fin, triunfante, se inauguró una era de olvido y de reconciliación. (2) Los que habían defendido a su patria con abnegación ejemplar, venciendo penurias y fatigas hasta la cumbre de Cerro Corá, no eran hombres envenenados por el odio, no eran fieras "capaces de llevar su rencor hasta la más remota posteridad", como decía Ferreira de los legionarios. Eran nobles y generosos corazones, que sólo se preocupaban de la reconstrucción del país, de la salvación de nuestra degollada nacionalidad. En la inmensa desolación en que les tocó actuar, aceptaron el aporte de todos y hasta utilizaron a los convictos del crimen de lesa patria. La situación del Paraguay fue única en la historia. No era un país vencido, era un país aniquilado, pasado a cuchillo, sin población, sin recursos, sin nada. Crimen hubiera sido hacer cuestión de personas en el pavoroso naufragio. O todos, buenos y malos, cooperaban en el esfuerzo salvador, o estaban perdidos sin remedio. Y así fue como los legionarios derrocados e imposibilitados de hacer el mal, fueron empleados en los menesteres de nuestra vida pública. Con el correr del tiempo y cada vez más aplacadas las pasiones y resentimientos del patriotismo herido, se confundieron en las masas partidarias, en las agrupaciones políticas nacientes y, algunos de ellos los más listos, se abrieron camino.

         Presidente fue, sí, el general Egusquiza.

         ¿Quiere decir esto que no fue traidor?

         Y Ferreira fue también Presidente.

         ¿Hizo desaparecer así su traición?

         La "política no tiene entrañas" se ha dicho. Ni tiene escrúpulos, ni tiene memoria.

         Pero la política es... la política. Y la majestad de la Historia es cosa diferente.

         Egusquiza y Ferreira pudieron con sus intrigas llegar al poder, pero no conocieron un solo día de olvido para su tremenda falta.

         Los diarios de la época, esos voceros de la opinión pública, están llenos de anatemas para su traición.

         Murieron sin disfrutar de un solo día de plácido descanso. El argumento supremo para atacarles era ése.

         Llevaban sobre la frente la marca de fuego, esa marca que sobrevive al tiempo y que resplandece en la eternidad del porvenir.

         Pretender justificarlos es avivar aquella llama de maldición.

         La presidencia de Egusquiza se gestó en medio de la hilaridad pública. Proclamada su candidatura, el valiente literato Francisco L. Bareiro, caudillo prestigioso de la juventud intelectual, organizó un mitin en la Plaza Uruguaya y en medio de las carcajadas del público proclamó, en oposición a la del traidor, la de un pobre idiota, el popular "general Resquín". En aquella oportunidad el digno contrincante de Egusquiza, el flamante candidato, leyó una extensa y regocijante proclama militar, esbozando su plan de gobierno. El pueblo congregado lo aclamó delirante de alegría y en una gran manifestación lo acompañó hasta su casa. Al día siguiente se celebró una función de gala en el Teatro Nacional, y, cuando el general Egusquiza ocupó su palco, hizo su aparición en el suyo el candidato popular, el "general Resquín", vestido de gran uniforme, frac con charreteras y entorchados, pantalón blanco con franja de oro, botas de charol y elástico con plumas. El público se puso de pie para aclamarlo. El escándalo fue inmenso, la algazara indescriptible... Claro está que su triunfo duró poco. Segundos después era arrastrado a la policía. Pero, entre tanto, el omnipotente traidor había sido castigado y no sabía cómo ocultar su rabia y su vergüenza.

         El caso del general Ferreira es más elocuente todavía.

         Triunfante la revolución de 1904, se planteó su Presidencia como jefe del movimiento armado. Dueño del gobierno, bajo el imperio del estado de sitio, después de haber atropellado bárbaramente la Constitución, después de haber disuelto todos los poderes, en pleno régimen del terror, su candidatura fue resistida, como no la fue la de ningún otro paraguayo, y la prensa evocó con toda valentía su pasado siniestro para combatirla. Ni su feroz policía, ni sus militares azotadores, los de los coty-poí y los entechamientos, ni las proscripciones, pudieron impedir que se le enrostrara su traición y se le declarara públicamente indigno de ocupar la primera magistratura de la República.

         Desesperado, hubo de pedir clemencia a los periodistas independientes. Tocónos en suerte ser uno de los publicistas que escucharon sus palabras de hipócrita arrepentimiento, el reconocimiento de sus faltas pasadas -que atribuyó a su inexperiencia- y su promesa de redimir sus errores con actos patrióticos de gobierno. Pero, ni así, consiguió aplacar el odio de sus conciudadanos. Y acabó por apelar a la violencia para hacer silencio en torno de su candidatura. Enrique Solano López, Modesto Guggiari, el Doctor Audibert, Rufino Villalba y otros periodistas fueron encarcelados y deportados después. Y así se gestó su presidencia.

         Durante todo su gobierno se le atacó por su actuación en los Ejércitos de la Triple Alianza, por su antinacionalismo, por su vasallaje a la Argentina. Y cuando decretó honores a Mitre y mandó poner a media asta la bandera nacional sobre la tumba del inmolador del Paraguay, (2) la opinión pública, ya excitada por las campañas de su diario contra el gran Alberdi y contra las más puras glorias nacionales, acabó de manifestarse resueltamente contra su menguado predominio. El atropello al pueblo congregado en la Recoleta para conmemorar la victoria del General Díaz, colmó la medida y decretó su caída. Los cañones de Jara no mataron, enterraron a un gobierno muerto...

         Es así como "el sentimiento altivo de los paraguayos", de que habla Héctor Decoud, se manifestó en los tristes días de la efímera dominación de Ferreira.

         Finalmente, hemos de decir que el alférez legionario José Segundo Decoud nunca fue proclamado por nadie candidato a la Presidencia de la República. Su hermano inventa esto, como inventó la famosa silla de Artigas. El presidente González, que era su concuñado tenía in petto el propósito de imponerlo a última hora. Pero se llegó a saber lo que proyectaba. La gente del pueblo murmuró espantada: yaata co Licu cuera poderpe, estamos por caer en manos de los Decoud, la zozobra fue grande y el gobernante infiel fue derrocado. A Juan González le costó la presidencia el haber pensado solamente en la candidatura de su concuñado. ¡Tal ha sido siempre en el Paraguay el horror a los Decoud!

         Buscar una justificación del legionarismo en los honores decretados por el legionarismo a sus secuaces, es el colmo de la ingenuidad.

         Decir que la posteridad reconoció el "patriotismo" de la raza de Caín porque algunos de sus miembros llegaron a ocupar altos puestos en los días de la agonía nacional o por obra de un hábil maquiavelismo político, es confundir la moral con el cinismo, la verdad con la impostura, la historia con las intrigas de las comadres.

         Joaquín Nabuco escribió estas conocidas palabras:

         "En la guerra de la Triple Alianza, la parte épica es la del Paraguay. El papel heroico patético, infinitamente humano, es el del paraguayo. No domina el cuadro el esfuerzo de las potencias aliadas ni su definitiva victoria; domina la leyenda de la resistencia, de la abnegación, del suicidio de la nación paraguaya. Mucho hicieron los aliados, pero fue nada en comparación con lo hecho por la nación paraguaya. Solo el esfuerzo del Paraguay se puede calificar de grandioso y sublime. Toda la raza paraguaya hizo de la guerra el problema capital de su existencia. Fue el sacrificio deliberado de todo su ser, de todo aquello que cada ciudadano estimaba en algo: vida, riqueza, bienestar, afectos, familia. Semejante sentimiento, tan absoluto e imperioso, se nos presenta como algo sobrehumano, distinto de la manera de ser utilitaria de los pueblos modernos". (3)

         Dentro de este cuadro magnífico ¿cuál es el lugar que les corresponde a los legionarios?

         Porque ésta sí que es la voz de la posteridad, y de una posteridad adversa al Paraguay.

         Si el papel heroico, patético, infinitamente humano, es el de los que defendían los colores del Paraguay, sería curioso saber el calificativo que corresponde a los paraguayos que a la sombra de las banderas del invasor contribuyeron a nuestro sacrificio.

         Si domina el cuadro de la guerra el espectáculo de nuestra resistencia, de nuestra abnegación, del suicidio "deliberado" de toda la nación paraguaya, ¿qué colores corresponden a los que iban en pos del enemigo, para matar, robar, incendiar, en su impunidad criminal?

         Si fue sobrehumano el sentimiento que movió a nuestro pueblo, al ir a la muerte, en defensa de su soberanía, ¿cómo calificar el móvil que impulsó a los legionarios al contribuir a la devastación total de su país?

         No existe carbón suficientemente negro para pintarlos. ¡Fueron el fondo de tiniebla del incendio!

         Cruzan entre las llamaradas sus figuras fugitivas, empapadas en sangre, como temerosos espectros del odio, como fantasmas del rencor.

         Mientras unos y otros, paraguayos y aliados, lucharon a muerte, en franca actitud: caballeresca, bajo la gloria del sol, ellos eran los engendros de la noche, los abortos de la guerra, las larvas de las tinieblas.

         Ellos eran la traición.

         Y ellos eran el fratricidio.

         Si los invasores sufrían las penurias de la terrible campaña, cada uno de ellos "comía como cuatro y bebía como seis", esperando el día de la victoria.

         Si todo un pueblo formaba muralla y se desmoronaba a cañonazos, sin declinar jamás su patriótica resolución, ellos iban por los senderos ignorados, enseñando al enemigo las grietas de nuestra coraza para que hiriera nuestro corazón.

         Eran la cobardía.

         Y eran la alevosía.

         ¡Ni uno solo de ellos, pero ni uno, perdió la vida en aquella siniestra aventura!

         Eran los obreros de la muerte, pero nadie como ellos devotos de la vida. Venían a matar y a vivir.

         Venían a terminar de una vez con una patria aborrecida, que subsistía contra su voluntad, que no medía el sacrificio para defenderse. Pero como cada paraguayo era una partícula irreductible de esa entidad que se llama la patria paraguaya, y como ésta había hecho una promesa suprema del vencer o morir de su espada, no titubearon en contribuir a la masacre, al exterminio total, al arrasamiento completo de nuestra nacionalidad. Y, entre tanto, siguieron viviendo, porque el secreto estaba en esto, en vivir, mientras otros allanaban el camino a su bárbara ambición.

         Colonia, factoría, provincia, fuera lo que fuese el Paraguay -aunque llevase al cuello el nombre de República como rótulo de su dogal- lo que les importaba era su humillación, su esclavitud, su miseria, su impotencia, como prendas de su predominio.

         Venían a vengar a sus abuelos, a los que vinieron con Belgrano, a los delatores de los conspiradores de 1811, a los que murieron sin ver la incorporación del Paraguay a la Argentina.

         No habían podido ser nunca ni cola del león y venía a ser cabeza de ratón, de un feroz roedor, que había de devorar todo lo que encontrase en su camino, los candeleros de nuestras iglesias lo mismo que las libras esterlinas de los empréstitos conseguidos aprovechando el viejo crédito del Paraguay de los López.

         Simples jaboneros, plateros o almaceneros en Buenos Aires, venían a hacer gala de una aristocracia de cloaca, poniendo su turbia sangre plebeya sobre los grandes apellidos de la conquista.

         Siervos del tirano Rosas, criados de la oligarquía unitaria, oscuros transeúntes de las calles porteñas, venían a saciar su orgullo lastimado y sus apetitos insatisfechos.

         Ninguno faltó en Asunción cuando pareció llegada la hora del reparto. Hasta los que se habían retirado fatigados y desesperanzados, al ver que la campaña se hacía interminable, regresaron corriendo, para no faltar a la cita, al festín de Baltazar.

         Larvas que se movían en la arena ensangrentada de aquel duelo de gigantes, Joaquín Nabuco, al pintar el cuadro horrendo de la guerra, no los vio en el panorama del pasado.

         El gran brasileño no quiso advertir la presencia de un tercer actor microscópico de la epopeya.

         Midió el esfuerzo de los aliados; apreció el esfuerzo paraguayo. Y dictó su sentencia, honrada, justiciera, dando al vencido el galardón que le correspondía. Pero no recordó a los legionarios.

         Es que para la traición, según palabras de Dante, el olvido es la única piedad.

         Los héroes viven vida inmortal en la memoria de los hombres.

         Los traidores no reclaman sino la misericordia del olvido.

         Bien están en su pudridero, comidos por sus propios gusanos, comiendo sus propios gusanos.

         Sacarlos del limbo en que vagan, es exhibirlos en su nauseabunda descomposición. Es duplicar su expiación. Es reavivar la llama de maldición en que arden por la eternidad...

         El Vizconde consorte de Pelotas no sabía lo que hacía.

         Héctor Decoud, sin pensarlo, viene a ser así instrumento de la justicia inmanente. 

 

(1) Respecto al general Ferreira, no viene mal reproducir estas palabras de Sarmiento al general Emilio Mitre, en 1869: "Tengo los más perversos informes del coronel Báez, cuya presencia en el Paraguay puede ser causa de perturbación. Me dicen lo mismo del paraguayo Benigno Ferreira, ayudante del general Rivas". Hay que entender a Sarmiento, medio lunfardo a ratos. "Perversos informes" quiere decir informes sobre su perversidad. Obras de Sarmiento, tomo L, pág. 120.

(2) El glorioso general Bernardino Caballero, el compañero más leal del Mariscal López fue, y tenía que ser, el libertador de su patria del oprobioso régimen legionario. El doctor Cecilio Báez no puede menos que hacerle justicia al recordar la revolución de 1874 y su entrada triunfal en Asunción. "El general Caballero, dice, había ilustrado su nombre en la campaña del Paraguay contra la Triple Alianza. Se trataba, pues, de un caudillo militar aureolado con la corona cívica de los triunfadores romanos. Vencedor en el Campo Grande de las fuerzas del gobierno, entró en la Asunción, cargado de laureles. Saludaban en él las masas populares al salvador de la República de la ignominia del régimen entonces imperante. La población ciudadana, que cubría aún el rostro con el velo del dolor por su pasado infortunio, desprendióse de sus fúnebres crespones, como lo hiciera en antes, por un motivo patriótico, la célebre comunera criolla doña Elvira Mena de las Llanas, pasa recibir con vítores y manifestaciones de alborozo al soldado glorioso que acababa de poner término, como Trasíbulo en Atenas, a la orgía de los mandones, decretando luego la amnistía para todos los desterrados políticos.

         "Atrayente era la figura del general Caballero, así por su fisonomía simpática cuanto por sus morales prendas personales. Descendiente de ilustres familias coloniales -los Yegros, los Caballero de Añasco y los Rojas Aranda- parecía haber heredado de ellas las nobles cualidades de la raza. En sus azules ojos se leía la dulzura y la bondad de las grandes almas, y en su semblante la altivez de los espíritus varoniles. Así eran los héroes legendarios descritos en los romances caballerescos de la Edad Media".

(2) El decreto de homenaje a Mitre, fallecido en enero de 1906, no se redactó bajo el mandato del Gral. Ferreira, sino durante la presidencia del Dr. Báez (N. del E.).

(3) La Guerra del Paraguay, pág. 229. En pleno senado del Paraguay, en 1889, dijo Nabuco que "la resistencia paraguaya, hasta perecer el último hombre, representa el grado de mayor intensidad, el grado absoluto a que puede llegar el sentimiento de la patria"; que aquello fue como el incendio de Moscú, "pero más vivo, más trágico, más palpitante, porque no con llamas sino con vidas humanas se hizo el desierto ante el invasor". Obra y pág. citadas.

 

XI

 

Voces del pasado - Glorificación del Paraguay y del Mariscal López - La vileza legionaria - Un decreto desconocido - El pueblo paraguayo declarado traidor a la patria - La historia legionaria y su último corifeo.

 

         Para medir toda la ignominia del legionarismo es preciso transportarse al pasado, conocer la magnitud del crimen de la Triple Alianza y volver a escuchar los gritos de indignación de la conciencia humana contra aquella cacería feroz de un pueblo entero.

         Los horrores de aquella inmensa matanza se nos escapan si no ponemos un poco de imaginación al evocarla.

         Por eso, nada más sugestivo que la lectura de los comentarios de los que fueron testigos de nuestra inmolación y se sintieron sacudidos por aquel espectáculo espantoso, único en la historia, jamás conocido por los hombres.

         Los gritos de protesta de los contemporáneos, las aclamaciones para nuestro heroico infortunio, llegan a lo más hondo de nuestro corazón y nos dan la visión de aquel cuadro siniestro, a la vez horrendo y magnífico.

         Ante aquellas manifestaciones de admiración para nuestro patriotismo; ante aquellas fulminaciones estallantes para los invasores, vibramos de santa emoción y nos sentimos en medio del incendio pavoroso, actores en la cruenta tragedia.

         Y es entonces cuando el espectro del legionarismo cobra vida real y se nos presenta en toda su espantosa deformidad, como el fondo tenebroso del cuadro, como la antítesis repugnante de tanto heroísmo.

         Oigamos, pues, algunas de aquellas voces sublimes venidas del pasado, ecos inmortales del desplome colosal de nuestra patria.

         Cuando llegó al Plata la noticia de la masacre de las Lomas Valentinas y en los mismos momentos en que la raza de Caín entraba triunfante en Asunción, para entregarse al saqueo, un gran diario porteño consolaba así nuestro dolor sin esperanza:

         "Las campanas tocan a vuelo, los cohetes atruenan los aires, los boletines de la Alianza anuncian nuevas victorias.

         "¡Levantemos arcos de triunfo para que pasen a su regreso los vencedores!     "¿Ha caído López? No, el bizarro soldado de la independencia del Paraguay se ha refugiado en las fortificaciones de la Angostura, allí luchará de nuevo, correrán nuevos raudales de sangre, y la guerra tendrá nuevas escenas de barbarie y de espanto.

         "El patriotismo, como el gigante hijo de la Tierra, cobra doble brío en cada una de sus caídas.

         "El Paraguay, vencido, desarmado, chorreando sangre por tantas heridas, resiste todavía, porque aún le quedan brazos vigorosos que sostengan en alto su gloriosa bandera, lucha todavía, porque aún no se ha agotado la sangre de sus venas y la sangre de los mártires es fecunda en vengadores.

         "¿Qué se celebra entonces?

         "Una carnicería más, en ese inmenso matadero de pueblos que ha abierto el Brasil en las riberas del Paraguay.

         "La toma de una fortificación, disputada palmo a palmo, y entre cuyos escombros yacen enterrados ocho mil combatientes.

         "Eso es todo.

         "Por eso repican las campanas, atruenan el aire los cohetes, por eso son los plácemes y las felicitaciones que se prodigan mutuamente los traidores para ahogar los remordimientos de su conciencia.

         "Ha concluido la guerra, dicen.

         "¡Torpes! Van persiguiendo una quimera. La guerra concluirá junto con el Paraguay, o más bien dicho el Paraguay se salvará en las breñas de sus serranías, como se salvó Méjico en los riscos de sus montañas.

         "¿Qué se festeja entonces?

         "El exterminio de un puñado de bravos, que debieran ser sagrados, porque los cubre la santidad de la gloria.

         "Se festeja una matanza. Están ebrios con el olor de la sangre.

         "Vergüenza para los que hacen alarde de saña salvaje, humillando a la desgracia con su regocijo, palmoteando con estúpido júbilo como las muchedumbres hambrientas de la antigua Roma, cuando la arena del Circo se enrojecía con la sangre de un gladiador.

         "¡La muerte del Paraguay es nuestra eterna ignominia!

         "¡Aplaudid imbéciles! que aplaudís la vergüenza del pueblo argentino.

         "Nos hemos prestado dócilmente para exterminar a un pueblo hermano. Hemos desoído los impulsos de la sangre, acallando los latidos del corazón, porque a D. Bartolomé Mitre y a D. Rufino de Elizalde se les antojó negociar nuestro concurso, en cambio de un poco de oro y de influencia.

         "Caín ¿qué has hecho de Abel?

         "Cuando las campanas debían tocar a muerto y la alegría oficial debía sacrificarse al duelo del pueblo que llora la pérdida de sus mejores hijos, los grandes farsantes de la situación turban el silencio de los que sufren con el estruendo de su algazara.

         "¿De qué se alegran?

         "De haber derribado la barrera que estorbaba el ensanche de los dominios del Brasil, que una fuerza natural de expansión empuja hacia las riberas del Plata.

         "De haber concluido con el Paraguay, nuestro aliado natural, nuestro hermano en la fe de las grandes ideas de la democracia, gajo vivaz del viejo tronco del virreinato, que ha podido ser en el porvenir el albergue hospitalario de la libertad perseguida por la coalición de los déspotas de la tierra.

         "¡Digno motivo de alborozo!

         "El Paraguay se venga de nosotros sacrificándose en esta lucha feroz, como Catón se vengó de César vencedor en Farsalia arrojándole su cadáver en medio de su camino triunfal.

         "Están contentos porque se acerca el momento soñado de la repartición del botín de la victoria.

         "¿Y de qué van a repartirse?

         "De un inmenso cementerio en que yace enterrada una nación bajo la losa de sus grandes acciones.

         "¡Ea! soldados de César, sortead las vestiduras de la víctima al pie de su patíbulo.

         "Cuando llegue el tercer día de la resurrección, ella se ha de levantar envuelta en las vestiduras de luz de su inmortalidad". (1)

         Caín, ¿qué has hecho de Abel?

         Como una flecha encendida cruza el tiempo este grito formidable. Interrogación eterna formulada por labios argentinos, que han de repetir los hombres que vendrán en el correr de los siglos.

         Caín, ¿qué has hecho de Abel?

         Cada letra de estas palabras encendidas es una gota de fuego que cae sobre la memoria maldita de los inmoladores del Paraguay.

         ¿Y si para los argentinos son y serán pesadilla cruel en el devenir de los tiempos ¿qué resonancias tienen y tendrán para los que se empaparon de la sangre de sus hermanos, para los que guiaron al inmolador de la patria y luego le ayudaron en su faena asesina?

         ¿Qué significan para los legionarios esa execración implacable de nuestro martirio y esas aclamaciones a nuestro vencimiento?

         ¿Quiénes eran los que subían a la gloria y quiénes los que bajaban a los abismos de una vergüenza perdurable?

         Pero oigamos a otro gran diario argentino:

         "La sangre ha corrido a torrentes, sin que el valor paraguayo se quebrantase en el combate del 27 a la madrugada, y López conservaba, según una carta del doctor D. Mariano Varela, escrita el 28, algunos puntos fortificados en la misma Angostura, puntos que no podrán resistir al ejército aliado.

         "El Paraguay ha caído, pero ¿dónde están los paraguayos de aquella nación heroica que ha sabido conquistarse la admiración del mundo civilizado? ¿Dónde los pueblos que tributan a sus libertadores la expresión del descontento con el gobierno de López, y del agradecimiento que inspira la libertad?

         "Corazones republicanos, amigos de la civilización moderna y de la humanidad, sabed que un cementerio, desde el Paso de la Patria hasta la Angostura, en un trayecto de ochenta leguas, no presenta sino pirámides de cráneos y de huesos humanos de vencidos y vencedores, humeando la sangre de millares de víctimas que ha corrido a raudales, por toda respuesta a nuestra pregunta.

         "Sabed que los pueblos, las villas y las aldeas desoladas y en ruinas, no ofrecen al conquistador sino el reproche a la mentida libertad y la reprobación de un pueblo heroico con su martirio a la conquista que se le lleva por todo gaje.

         "La losa habrá ya cubierto el sepulcro de la república mártir, pero de ese sepulcro saldrá el justo castigo de los que sacrificaron a sus hermanos en aras de la ambición y de la intriga.

         "Antes de humillar el honor y el heroísmo, el Paraguay repitió aquellas sublimes palabras: ¡prius delenda est Cartago! ¡Antes la tumba, que la pérdida de nuestra libertad y de nuestra soberanía republicana! Y el Paraguay ha cumplido sus palabras, y se ha conquistado un renombre inmortal, no por la compasión de su martirio, ni de su agonía, sino porque ha sabido probar con su energía y con su heroísmo que los pueblos libres prefieren la muerte a la cadena oprobiosa de los esclavos.

         "Y dos repúblicas hermanas han descargado también el hacha del verdugo sobre el cuello de la vigorosa e inmortal república del Paraguay!

         "¡Gloria a los vencidos! porque ellos han sabido conquistarse la gloria: ellos con su defensa heroica, han hecho conocer de cuanto son capaces los pueblos soberanos e independientes.

         "Los conquistadores han recibido el último desengaño con la contestación de López a la intimación de los aliados.

         "La admiración del mundo por el heroísmo acompaña a los vencidos, y la gloria del pueblo paraguayo será imperecedera.

         "Sirvan las palabras de "Le Courrier de la Plata" para comprender el justo sentimiento con que nuestro corazón republicano tributa admiración al heroísmo paraguayo:

         "Vosotros, dice el órgano de los intereses franceses en el Plata, hablando de los paraguayos, en el último combate del 27, habéis dejado muy distantes todas las tradiciones del heroísmo: habéis hecho más que Sagunto, más que Zaragoza, más que la España en 1808, que contaba con el auxilio de la Inglaterra, más que la Polonia que tenía el apoyo moral de la Europa, más que el Cáucaso a quien protegían los mercaderes de Londres, más que Algeria que recibía socorros por el Maroco. Vosotros sois los primeros vencidos del mundo, y por este título, tenéis derecho al respeto de todos.

         "En cualquier parte que se presente un paraguayo se dirá: ved ahí un héroe". (2)

         ¿Habéis oído?

         Así hablaban los argentinos. Así hablaban hasta los más extraños a nuestras querellas, los franceses del Río de la Plata. Así nos glorificaba la admiración del mundo.

         ¿Y los legionarios?

         ¿Qué queda para ellos?

         Para ellos, si, la interrogación fatídica: Caín, ¿qué has hecho de Abel?

         Y si esas aclamaciones saludaban al pueblo paraguayo en su dolor, no faltaron palabras de glorificación para el soberbio caudillo de nuestra resistencia. En el mundo entero era reverenciado su patriotismo y admirado su genio guerrero. Sobre el teatro de la feroz carnicería se levantaba su ciclópea figura, iluminándolo con los fulgores de su indomable patriotismo. Actor central de la epopeya, si el odio se ensañaba en él, en él también se concretaba la simpatía universal por nuestra causa.

         Vencido, aniquilado, casi solo después de Lomas Valentinas, hablaba así de él la prensa porteña:

         "Los tiranos son los héroes del miedo, sus persecuciones son síntomas de debilidad. En López, al contrario, si fuesen ciertas las crueldades que se le imputan, no serían hijas del miedo, porque no cabe su influencia ruin en el corazón de los que sienten en toda su pureza el amor a la patria y el deber sagrado del sacrificio; porque el miedo de los tiranos nace de la soledad que los rodea, y López tiene a su lado un pueblo que va desapareciendo, indómito y sombrío, sin flaquear en su propósito, ni dudar de la victoria.

         "López es un monstruo sediento de sangre, dicen, extraño a las pasiones generosas que soplan el fuego del entusiasmo en el alma de los héroes y de los mártires, no batalla por la independencia de la patria, sino por salvarse del castigo a que sus atentados contra la civilización y la humanidad lo hacen acreedor, y, sin embargo, ese déspota egoísta rehúsa la ocasión de salvarse por medio de una paz que le asegura la fortuna y la vida y hasta la esperanza de la restauración de su poder, porque esa paz, aceptada como imposición, amenguaría la gloria de la heroica resistencia del Paraguay.

         "Un tirano capaz de abnegación es un fenómeno, porque la tiranía es la monstruosa negación de la leyes de la naturaleza.

         "Los tiranos no tienen la energía que se sacrifica así misma, sino la que sacrifica a los demás, por eso invoca en su defensa el principio de la necesidad, llamado por Milton la excusa del despotismo.

         "Tenemos pues en López una excepción, un "tirano" que defiende una gran causa con el desinterés del patriota, y a quien envuelve esa misma causa en la majestad de su gloria, porque como ha dicho Francisco Bilbao, el maestro de una generación republicana en el Plata, el individuo que abraza una causa justa se ennoblece" (3).

         Y la prensa chilena no era menos elocuente:

         "Aquí se recibieron noticias de que López había caído en poder de los aliados, pero después se supo por documentos auténticos que se había retirado hacia las sierras, donde se supone que organizará la guerra de recursos.

         "Cábele ahora desempeñar el papel de Juárez, adquiriendo así nuevos títulos al aplauso y respeto de la América. Para que la semejanza sea completa, cuenta con las simpatías y el apoyo moral de los Estados Unidos. López al retirarse al interior del país; ha puesto sus hijos bajo la protección del ministro norteamericano, único enviado que ha ido a representar en el Paraguay el principio de la autonomía de las repúblicas". (4).

         Esto decía El Mercurio de Valparaíso. La Libertad de Santiago hablaba así:

         "Los partes de los generales aliados no confirman la caída definitiva de López. Parecía inminente, pero aún no era un hecho consumado.

         "Sin embargo, ya no es posible hacerse ilusión sobre el desenlace final de la campaña.

         "El Paraguay, sino en su último escudo, está en su último soldado. Tal es lo que dejan presentir los recientes combates, en que las pérdidas de los aliados son mucho menos considerables que en los grandes días de esta lucha verdaderamente legendaria. Jamás había un pueblo secundado de una manera más admirable la audacia, la perseverancia, el genio de un capitán. ¡Ni una hora de flaqueza!. "Se puede ser adversario de López, pero no es posible sustraerse a un justo sentimiento de admiración por él. Los mejores capitanes de la alianza y los mejores soldados de tres naciones han escollado delante de los inagotables recursos de su inteligencia. La defensa del Paraguay se colocará al lado de las más grandes campañas de la historia". (5).

         Y son de EL COPIAPINO estas palabras:

         "Después de millares de años, estaba reservado al Paraguay dar al mundo, que atónito lo contempla, el ejemplo de un heroísmo digno de competir con el de los antiguos romanos, y al presidente López la gloria de inmortalizarse colocándose al nivel de Leónidas, y sucumbiendo como éste por obedecer a los dictados de su conciencia de hombre libre, que le mandan morir por la libertad y por la patria. "Ved ahí a los héroes. Vedlos de pie y quemando el último cartucho para morir con gloria.

         "Pero mirad por otro lado cual se destacan siniestras las maldecidas falanges de los verdugos de la libertad y del derecho. Gloria e inmortalidad para aquéllos. Eterna execración para éstos!" (6).

         Y a los calumniadores del Héroe contestaba así el diario francés de Buenos Aires:

         "La táctica empleada contra López, decía, no es nueva: es la repetición de la empleada en la guerra de Indias, en la guerra de África, en todas las guerras de invasión.

         "Se hace del dictador un monstruo, un Caníbal, se le prodigan los epítetos más infamantes. Y a favor de esta falsa indignación se roba tranquilamente un territorio, se confiscan pueblos, se escamotea una nacionalidad" (7).

         Si para jueces imparciales y lejanos el Mariscal López resultaba "un nuevo Juárez, con nuevos títulos al respeto y al aplauso de América"; si "los inagotables recursos de su inteligencia" eran dignos de admiración; si se cubría de gloria, "colocándose al nivel de Leónidas"; si los insultos que le prodigaban sus enemigos eran artimañas de una vieja táctica, empleada en toda guerra de invasión, "para robar territorios, confiscar pueblos y escamotear una nacionalidad...", ¿qué calificativo correspondía a los legionarios, a los que no estuvieron con nuestro Juárez sino con el imperial Maximiliano, a los que no siguieron a nuestro Leónidas sino a Esfialtes, a los que cooperaron en la rapiña territorial y en el escamoteo de nuestra nacionalidad?

         La verdad es que, ante estas manifestaciones de la opinión imparcial de los extraños, se vuelve desairada la situación de los patriotas legionarios, aliados de los aliados e invasores con los invasores.

         ¿Qué es lo que queda para los Decoud?

         ¿Qué puesto corresponde en el juicio de la posteridad a los mercenarios de la Legión?

         "No hay héroes contra la patria", dijo Víctor Hugo.

         Y los legionarios no estuvieron por cierto entre los que defendían a su país y conquistaban estas aclamaciones de sus contemporáneos.

         Héroes no pudieron ser. ¿Qué fueron entonces?

         "Traición es la más vil cosa que puede caber en corazón de hombre"; decía el sabio Rey Don Alfonso.

         Y traidores fueron los que vinieron contra su patria, contra sus hermanos, entre los que habían decretado el descuartizamiento del Paraguay. Traidores los que en su vileza inaudita se mofaron hasta de nuestra bandera, que para ellos no era sino "un trapo sucio de poyvi" ¡y encontraron grata la sombra de las banderas de los conquistadores!

         Después del grito que oyó el primer fratricida, ningún anatema es más elocuente para ellos que aquellas palabras crueles del Doctor Roque Pérez:

         ¡SOIS UNOS DESGRACIADOS, PERO NO SABEIS HASTA DONDE SOIS DESGRACIADOS!

         Arquetipos de infelicidad humana, nunca supieron, no lo saben todavía, la magnitud de su ignominia.

         Hemos dicho que el primer acto del gobierno legionario organizado por Paranhos fue declarar al Mariscal López traidor a la patria.

         Y dijimos también, que ese mismo día - 17 de Agosto de 1869 - declararon igualmente traidores a la patria a todos los paraguayos que no abandonaran nuestras filas para plegarse a los invasores.

         Este segundo decreto era totalmente desconocido en el Paraguay. Declaramos que también nosotros lo ignorábamos. Y que no fue poca nuestra sorpresa al descubrirlo entre los papeles de nuestro archivo.

         En el diario LA TRIBUNA de Buenos Aires, del 26 de Agosto de 1869, se publicó una nota del Comisionado Especial Argentino, Doctor Roque Pérez, dirigida a Don Mariano Varela, en la que le comunicaba a éste que le adjuntaba las copias de los dos primeros decretos del Triunvirato. Y junto con esta nota, se publicaron dichos decretos. El hasta ahora ignorado dice así.

         "El Gobierno Provisorio Nacional.

         "Los ciudadanos Cirilo Antonio Rivarola, Carlos Loizaga y José Díaz de Bedoya, elegidos libremente por el pueblo para formar el triunvirato, de acuerdo con la voluntad antes manifestada por el mismo pueblo y el acuerdo celebrado el 2 de Junio último por los Gobiernos Aliados, habiendo prestado el juramento en debida forma al asumir el mando supremo de la Nación.

         "Acuerda y Decreta:

         "Art.1º La autoridad que acaba de conferirle el pueblo reconózcase por todos los habitantes del territorio nacional libertado del tirano Francisco Solano López.

         Art. 2º El primero de los deberes indeclinables de todo buen ciudadano paraguayo es contribuir con cuanto esté de su parte a la completa victoria de los Gobiernos Aliados, acreedores a nuestro cordial agradecimiento, prestándole nuestra decidida cooperación contra el tirano López.

         Art. 3º Los ciudadanos paraguayos que continúen a servir a la tiranía de Francisco Solano López serán considerados y punidos con todo rigor como traidores a la Nación y enemigos de la humanidad.

         Art. 4º  Publíquese por bando, cometiéndose esta comisión al teniente coronel D. Juan Francisco Decoud, e insértese en el registro nacional.

         Dado en Asunción en el Palacio de Gobierno a diez y siete del mes de Agosto de 1869.

 

         Cirilo Antonio Rivarola

         Carlos Loizaga

         José Díaz de Bedoya

        

         Es copia fiel del original.

 

         Serapio Machaín

         Secretario

 

         En realidad fue este el primer decreto de los legionarios. Después vino el otro, por el que declararon traidor al Mariscal López. Los dos no figuran en el registro oficial.

         Antes, pues, de infamar al Jefe de la Nación, lanzaron el rayo de la ira del enemigo contra el abnegado pueblo que le seguía.

         ¡Traidor el Presidente de la República y traidor el pueblo paraguayo!

         Para la traición todo el mundo era traidor.

         Porque "el primero de los deberes indeclinables del ciudadano era contribuir a la victoria de los aliados".

         Y los que continuaban fieles a su bandera eran "traidores a la Nación y enemigos de la humanidad" y debían ser "punidos" como tales.

         Pancho Licú recibió el honroso encargo de "punir" a los que desacataran este decreto. Sabemos la pena de los traidores: la horca en el derecho español antiguo, la muerte, en cualquier forma, hasta hoy.

         Así respondían los legionarios a los que glorificaban el patriotismo paraguayo y condenaban el crimen de la Triple Alianza.

         A las protestas de la humanidad entera, ellos contestaban poniendo fuera de la ley y fuera de la humanidad a todos los leales, a todos los que luchaban y morían por su país.

         Traidores eran, para ellos, desde López hasta el último soldado.

         La Nación entera caía bajo esta furiosa fulminación. La sentencia de muerte contenida en el Tratado Secreto - esa "emboscada calabresa", que dijo Don Juan Carlos Gómez - se concretaba en las palabras del decreto legionario. (8).

         ¡Todos eran traidores!

         Y un Decoud, el más miserable de los Decoud, quedó encargado de cumplir su mandato.

         Precisamente Pancho Decoud teñía que ser el tremendo justiciero, el verdugo ejecutor de la sentencia del Triunvirato.

         Los que el día antes murieron en Acosta Ñú, eran todos reos de muerte, traidores al legionarismo, ejecutados por los brasileños.

         Los degollados de Caguay-yurú, traidores también, escapados al escarmiento del bravo comandante Decoud.

         Traidores todos los que iban hacia Cerro Corá.

         Traidores Bernardino Caballero, el general Delgado, el general Roa, el general Resquín, Genes, Santos, Centurión, Aguiar, todos los que "vencieron penurias y fatigas " a través de las cordilleras.

         Traidor el Presidente de la República.

         Traidores los ministros de Cristo y las fieras mujeres que iban empujando los cañones.

         Traidores todos los que no prestaban a los invasores su "decidida cooperación".

         ¡Los únicos leales eran los legionarios del decreto!.

         Los patriotas eran los que Donato Álvarez alejaba de sus filas por ladrones y sanguinarios.

         Los leales eran los miembros del "escuadrón de baqueanos" que encaminaban al enemigo en nuestra persecución.

         Los patriotas, los verdaderos patriotas, los únicos patriotas eran el comandante Decoud y los alféreces Decoud y los Peña, Machaín, Guanes, Rivarola, Iturburu, Loizaga, Ferreira, Egusquiza, Recalde... del ejército aliado.

         Nada importaban las protestas del mundo.

         Ellos dictaban la ley del vencedor, o, mejor, por medio de ellos dictaba su ley el vencedor.

         Y ellos, sólo ellos, habían de escribir la historia, dictada también por el vencedor.

         Y es esa "historia" la que el infusorio Héctor Decoud, después de sesenta años, ha desempolvado para pretender vindicar la memoria, un tanto averiada, de sus mayores. Historia que se resume en el primer decreto legionario, historia de la traición del pueblo que murió por su patria y del patriotismo de los legionarios que la crucificaron. Historia que exalta el crimen y vilipendia la virtud. Historia que otorga palmas victoriosas a la villanía y escarnece a la abnegación. Historia, en fin, que invierte los papeles, y por la que viene a resultar que el general Díaz fue un enemigo de la humanidad, un traidor vulgar, y Francisco Decoud, padre del hoy Vizconde consorte de Pelotas, un esclarecido paladín de la libertad...

         Y quedamos en que los que llegaron a Cerro Corá fueron, todos, traidores.

         Y en que los que quedaron a merendar en las carpas brasileñas fueron los únicos patriotas.

         Se impone derribar cuanto antes el monumento de la Plaza Independencia a los héroes de la guerra.

         Urge levantar sobre el Cerro Lambaré, mirando la costa argentina, la estatua ecuestre del Pancho Decoud, único prócer y único héroe de la nación paraguaya.

         Tal es, al menos, el mandato de la historia legionaria.

 

 

(1) "La América" viernes 1º. de Enero de 1.869.

(2) El Independiente, Enero 12 de 1869.

(3) LA AMÉRICA, Enero 16 de 1869.

(4) EL MERCURIO, Valparaíso, Febrero 3 de 1869.

(5) LA LIBERTAD, Santiago, Enero 15 de 1869.

(6) EL COPIAPINO, Copiapó Febrero 3 de 1869.

(7) LE COURRIER DE LA PLATA, Enero 16 de 1869.

(8) Los mismos autores de este decreto habían de estampar, poco después, en la Constitución que "todo ciudadano está obligado a armarse en defensa de la patria" y que "serán traidores a la Nación los que tomen armas contra ella o se unan a sus enemigos, prestándoles ayuda y socorro" Sin darse cuenta declaraban así su traición, ya que habían tomado armas contra su patria y habían prestado ayuda al enemigo.

 

XII

 

Los verdaderos legionarios - Los veintiocho de la falange macedónica - Delvalle, Sosa y Romero - La mujer paraguaya - Un novelín legionario y dos epístolas - Vivos fuera del pantano - El patriotismo paraguayo - Soledad de la traición - Aclamación final del vencedor.

 

         El Vizconde Consorte de Pelotas se empeña en hacer de todo el mundo legionarios o desertores. Da una larga lista de los que, según él, se plegaron a los traidores, abandonando nuestras banderas.

         La verdad es, sin embargo, que el número de tránsfugas fue muy reducido. Con los prisioneros caídos en poder del enemigo en el largo curso de la campaña, sólo pudieron organizar un pequeño escuadrón de baqueanos, escuadrón guía del invasor. Hemos reproducido las palabras de un corresponsal de un diario montevideano, que en 1869 hablaba de la "diminuta legión paraguaya" y de las medidas de vigilancia tomadas para que sus componentes no desertaran en masa, medidas que no impedían que "de uno a dos se escaparan diariamente". Y esta es la única realidad. El "batallón de infantería" y el "regimiento de caballería" de que habla el antiguo director de la Hectcleotomadora, no existieron nunca. La "Legión", ni en sus mejores tiempos, no llegó a tener más de cien hombres. Y con la agravante de que sólo sus jefes y oficiales eran verdaderos traidores. La tropa, o estaba engañada o permanecía en filas contra su voluntad. Los pobres prisioneros, así como eran enrolados en los batallones aliados, eran enrolados en la Legión. Si intentaban huir, eran en el acto fusilados. En el diario de Palleja hay sobre esto datos elocuentes. Después de Yataí, casi no pasaba día sin anotar la fuga de algún prisionero paraguayo y el fusilamiento de los que habían sido cogidos. Y así durante toda la guerra. No es posible, pues, confundir a estos desgraciados con los verdaderos legionarios, que fueron, felizmente muy pocos.

         Los que salieron de Buenos Aires, según Héctor Decoud, que lo sabe de buena tinta, fueron los siguientes:

         1- Juan Francisco Decoud

         2- Juan José Decoud

         3- José Segundo Decoud

         4- Juan B. Egusquiza

         5- Benigno Ferreira

         6- Fernando Iturburu

         7- Federico G. Báez

         8- Pedro Recalde

         9- Carlos Loizaga

         10- Antonio Recalde

         11- Pío Otoniel Peña

         12- Federico Alonso

         13- Evaristo Machaín

         14- José T. Iturburu

         15- José del C. Pérez

         16- Pablo Recalde

         17- Daniel Loizaga

         18- Fernando Iturburu (hijo)

         19- Jaime Sosa

         20- Gregorio Machaín (hijo)

         21- Salvador Jovellanos

         22- José Díaz de Bedoya

         23- Daniel Iturburu

         24- Fernando Acosta

         25- Juan Garay

         26- Francisco Delgado

         27- Pablo Mendoza

 

         Total veintisiete individuos. Estos son los que el 24 de Junio de 1865 fueron a incorporarse al general Paunero en la Provincia de Corrientes.

         Y estos son los auténticos traidores, los de pura raza, los primeros y los únicos indiscutibles.

         Falta entre ellos el psicofanta Manuel Pedro de Peña, que quedó en "la patria de Buenos Aires", para hacer de franco tirador contra el Paraguay desde las columnas de la prensa mitrista.

         Digamos, pues, que eran en total veintiocho los miserables que, antes de declarada la guerra por los argentinos y antes de firmado el Tratado Secreto, se presentaron como voluntarios contra su país.

         Son éstos los que sintieron la necesidad suprema de correr a engrosar las filas enemigas, porque sin ellos no era posible el triunfo de los aliados. Si no venían, la "liberación" del Paraguay iba a fracasar. Los cincuenta mil invasores necesitaban de su concurso para derribar a López. No podían ser meros espectadores de la tragedia, no podían esperar en silencio el fin de la campaña. Era absolutamente indispensable que tomaran parte en la cruzada, máxime cuando los argentinos se desbandaban por miles en Basualdo y Toledo, para no venir contra el Paraguay, y los contingentes de las Provincias del interior también se desbandaban, y estallaban revoluciones en todo el país contra el gobierno que secundaba los planes inicuos del Imperio contra una nación hermana. Más argentinos que los mismos argentinos, mitristas apasionados, aunque eran muy pocos, aunque no llegaban a treinta, no quisieron dejar de demostrar su buena voluntad a los aliados y se apresuraron a vestir el uniforme porteño y con armas porteñas corrieron a matar paraguayos. Más adelante, este brillante estado mayor consiguió organizar un pelotón con los prisioneros que le tocó en el reparto, y así surgió la LEGION PARAGUAYA, cuyo papel en la guerra ya conocemos, gracias a las revelaciones de su mismo jefe, Iturburu, Ferreira y el general Donato Álvarez.

         El Vizconde consorte de Pelotas trata de desertores a muchos leales y heroicos soldados de la resistencia nacional. Entre ellos cita a los coroneles Juan Bautista Delvalle y Gabriel Sosa y al teniente coronel José Romero. Es verdad que estos gloriosos jefes no pudieron llegar a Cerro Corá, por el estado de extenuación completa de los pocos hombres que acaudillaban. Después de cruzar la cordillera de Amambay, se detuvieron en Siete Cerros y desde allí comunicaron al Mariscal, que ya estaba en Cerro Corá esperando la muerte, su dolorosa situación, asegurándole que "en ningún tiempo servirían de instrumentos al enemigo invasor de nuestra patria". Y allí fueron sorprendidos el 3 de Marzo de 1870 por los brasileños, que los pasaron a cuchillo. Sólo escaparon de la masacre el coronel Sosa y el comandante Romero, que pudieron internarse a tiempo en la selva. Sosa pereció en la huida en Igatimi, y Romero pudo llegar a Asunción, después de pasar por infinitas penurias.

         Sosa y Delvalle eran dos paraguayos distinguidos. Estudiantes en Saint-Cyr, iniciada la guerra vinieron a defender a su país, atravesando el Perú, Bolivia y el gran Chaco, para ir a presentarse en Paso Pucú. Hicieron toda la campaña y a fuerza de heroísmo ganaron sus galones de coronel, para tener el fin desgraciado que hemos visto.

         Romero llevaba sobre su pecho la cruz de los vencedores de Corrales. Era una de las más arrogantes figuras de la guerra.

         Los tres no pueden ser confundidos con los traidores de la Legión, con los que dormitaban de hartazgo en las carpas brasileñas mientras ellos desfallecían de hambre sobre las ásperas cordilleras. Cumplieron su promesa: no fueron nunca instrumentos del invasor de la patria.

         Se complace también el ilustrísimo Vizconde consorte de Pelotas en exhibir las fotografías de algunas mujeres incluidas en el escarmiento de los conspiradores contra el gobierno nacional. El legionarismo suele andar a las vueltas con estas hijas de Eva, sacrificadas al rigor de una justicia implacable. ¿Qué nos cuenta con esto? Dos, tres, diez, veinte fusiladas ¿qué representan ante los millares de heroicas mujeres muertas en las trincheras, defendiendo como leonas a su cría? A esas fusiladas no se les vio nunca en medio de los combates, en las tribulaciones de la defensa nacional. Las que sostenían a nuestros soldados en los campamentos; las que cubrían los claros abiertos por la metralla enemiga; las que iban en pos de los combatientes, para socorrer a los heridos y dar sepultura a los muertos; las que murieron en los sombríos encuentros de la Laguna Verá, las que en Lomas Valentinas acaudillaban a los heridos sobrevivientes, las que en Piribebuy hicieron la última resistencia a botellazos, con puñados de arena, con las uñas y con los dientes... no tenían tiempo de mezclarse en las intrigas de los conspiradores y no fueron nunca molestadas.

         Que una Recalde, o dos, o cien, haya sido fusiladas, no tiene nada de particular. Lo extraño es que hayan sobrevivido tantas de la casta maldita, y esto habla con elocuencia de la piedad infinita del Mariscal López. La Francia Republicana de la gran guerra no se fijó en el sexo para defenderse de la traición o del simple derrotismo. Firmado el armisticio, seguía fusilando a las que habían sido sospechosas de deslealtad.

         Hacer de la Garmendia una cosa casi sobrenatural, es picardía del legionarismo. Fue una pobre mujer envuelta en siniestras maquinaciones, que pagó con su vida su silencio. Pero ¿qué es ella, qué son todas las que cayeron bajo el imperio de una ley terrible, en presencia de centenares de miles de heroicas paraguayas muertas por la patria en los cinco años de guerra? No son por cierto las palmas triunfales, ni los laureles de la inmortalidad para las que abatieron balas paraguayas en el tranquilo recinto de nuestros campamentos, sino para las otras, para las que rindieron su vida frente al enemigo, en medio del huracán de las batallas. Esas son nuestras únicas heroínas y las únicas que reclaman el respeto y la admiración de la posteridad!...

         Hemos de dejar constancia de que el abogado de la Legión nos da esta vez un nuevo retrato de la Garmendia, completamente diferente del que publicó antes. Los dos son, naturalmente, apócrifos, como lo es el de Federico Guillermo Báez. El empedernido falsificador, todo lo falsifica. Y en su ingenuidad se figura que se puede hacer historia a base de consejas.

         Por lo demás, no hemos de distraer la atención del lector con el comentario de puerilidades sobre la supuesta actuación liberal de algún progenitor de traidores durante el ejemplar gobierno de Carlos Antonio López. Por ahora no nos preocupa sino poner de manifiesto la lepra legionaria. Nada tiene que ver con la materia que tratamos el novelín sobre inventados incidentes parlamentarios de la época del Patriarca. Esos cuentos no impiden que los Decoud hayan sido la última escoria humana, como lo hemos demostrado a la luz de copiosa documentación.

         Tampoco merecen un comentario las palabras que atribuye al general Ferreira. La carta que publica, fechada en Buenos Aires en 1916, no borra lo que escribió de los legionarios el empedernido traidor durante la guerra. Y el sitio desde donde la escribió, la "Patria de Buenos Aires", se encarga de desmentir lo que dice sobre la rehabilitación de los legionarios. Por traidor estaba allí. Porque hay aquí una sanción para los asesinos de su patria, devoraba allí su amargura, en la impotencia. El destierro en que iba a morir era el castigo de su argentinismo. Echado a cañonazos y a patadas de la presidencia que usurpaba; echado por antinacionalista; echado por el furor del pueblo, por su pasado y por su presente, por su siniestra actuación en la guerra de la Triple Alianza y en el régimen legionario, lo mismo que por su conducta como gobernante impuesto por la política argentina; echado por sus atropellos al sentimiento nacional y por su obsecuencia al vencedor; arrojado para siempre de nuestro país por haber puesto a media asta la bandera de Curupayty sobre la tumba del general Mitre, nadie más que él fue la viviente demostración de que el Paraguay pudo olvidar, pero jamás perdonó el crimen del legionarismo, el crimen sin nombre de los que vinieron entre los invasores a destruir a su país...

         Menos hemos de ocuparnos de otra epístola lunfardo-guaraní que honra las páginas del "virtuoso ciudadano". No tenemos tiempo por ahora y sobran como respuesta muchas de las cosas que dejamos dichas al respecto. Sólo hemos de hacer una pequeña rectificación. Lo que se guarda de Cirilo Antonio Rivarola no debe ser "la cadena con que estaba atado a un árbol en Cerro León", donde gozaba de amplia libertad y de donde fue a parar en las carpas brasileñas, para salir de allí convertido en triunviro y Presidente de la República. No. La reliquia debe ser otra. Un mechón seguramente de su grasienta y motuda cabellera...

         Y nada más hay que contestar en el panfleto mal oliente del perdulario legionario.

         Hemos salido, por fin, de la oscura y pestilente cloaca.

         Leer el inmundo panfleto del bandido legionario, es como atravesar a nado un mar de cieno.

         Nunca como ahora hemos admirado nuestra inmensa resistencia. Con muchos entes repugnantes hemos tenido que habérnoslas, dentro y fuera del país, en defensa del honor y de la gloria de nuestra patria. Muchos pantanos hemos atravesado en los treinta años de nuestra vida de publicistas. Pero jamás, como en esta oportunidad, hemos tenido que superarnos para no caer vencidos por el hedor que envenenaba nuestros pulmones. Y si hemos salido con vida, si nuestro corazón no ha estallado, es porque nuestra devoción por la patria pone fuerzas gigantescas en nuestro espíritu, milagrosas energías, una fortaleza superior a nosotros mismos, tal vez un lampo de aquella hoguera que hizo andar a esqueletos hasta las soledades de Cerro Corá...

         Vivos estamos. Y allí queda el légamo viscoso de materia fecal.

         Vivos y vibrantes de fervor patriótico, relampagueante la pluma en nuestra mano, listos para librar una nueva batalla.

         Nuestra fe es siempre la misma de los días iníciales de nuestro apostolado. Nuestra fe, hecha de dignidad, de decoro, de altivez, no ha declinado, ni declinará mientras existamos. Y estos arrestos insolentes y tardíos de la traición, lejos de inclinarnos al pesimismo, nos enardecen, multiplican nuestras fuerzas e inflaman nuestro incurable optimismo. Bien sabemos que no estamos solos, que todo el pueblo paraguayo nos acompaña. Sentimos arder en nuestras entrañas el fuego de un amor patrio que no es el nuestro solamente, que es el de todos nuestros conciudadanos. No importa que hayan almas enfermas de un atavismo fatal, que dudan o reniegan todavía de nuestro glorioso pasado. No importa que hayan escépticos que desesperan de nuestro destino. Las viejas virtudes de la raza se mantienen en toda su integridad en la masa popular, en ese inmenso y anónimo corazón que es el único motor de nuestra existencia. El sectarismo político, la acción disolvente de la anarquía, nada han podido para quebrantar su patriotismo. Para el Campesino humilde no hay colores partidarios cuando se trata de nuestra tierra, de su patrimonio material y moral. A la sombra de nuestra bandera uno es el sentir de todos y uno el celo por los fueros de nuestra historia resplandeciente. No hay últimos ni primeros para defender a nuestra tierra. Cuando suena la hora del sacrificio somos otra vez como un solo hombre frente al enemigo. El ejemplo de nuestros mayores es la suprema consigna. Y el nombre de: Mariscal López el grito de gloria que nos llama al cumplimiento del deber.

         Los que aquí, en la ciudad apestada por seis años de ocupación militar del enemigo, roen sus rencores taciturnos y dan escape, a veces, a su antinacionalismo, son vegetaciones parásitas, hongos humanos, que nada tienen que ver con nuestro sano y limpio organismo. No han conseguido nunca incorporarse al torrente de nuestra sangre pura. Viven en la superficie, sin raíces en el pueblo. Pueden ulcerar nuestra piel, pero jamás dictarán su ley a nuestro corazón. En el Paraguay de una sola pieza, no hay sino paraguayos que saben que la historia de la patria es la patria misma y qué, ante ella, fraternizan en el recuerdo y en la esperanza. ¿Cómo sentirnos solos en nuestro país y en medio de nuestros compatriotas? Nosotros no somos sino los voceros de nuestro pueblo. ¡Por nuestra boca habla el Paraguay!

         El general Belgrano, vencido en Paraguarí y Tacuarí, escribía a la Junta de Buenos Aires, desde Candelaria, el 14 de Marzo de 1811:

         "V.E. no puede formar una idea bastante del estado de ceguedad en que se halla el Paraguay: igual es la ignorancia de los primeros hombres, que arrastran la multitud, siempre más ignorante que aquéllos, como en todas partes; y a qué grado de entusiasmo han llegado, bajo el concepto de que, oponiéndose a las miras de V.E. defienden la patria, la religión, lo que hay de más sagrado. Así es que han trabajado, para venir a atacarme, de un modo increíble, venciendo imposibles, que solo viéndolos puede creerse: pantanos formidables, arroyos a nado, bosque inmenso e impenetrable, todo ha sido nada para ellos pues su entusiasmo todo lo ha allanado. ¡Qué mucho si las mujeres, niños, viejos, clérigos y cuantos se dicen hijos del Paraguay están entusiasmados por su patria..!".

         Si el biógrafo de Belgrano y su imitador, si el general Mitre, no se hubiera retirado en los comienzos de la guerra, hubiese podido repetir las mismas palabras al dar cuenta de la resistencia paraguaya.

         Así era nuestro patriotismo en 1811, antes de que la patria fuera independiente. Así defendíamos nuestra tierra antes de que flameara nuestra enseña tricolor.

         Para los soldados de Cabañas, como para los héroes del Mariscal López, no existía lo imposible en la defensa de la patria. Todos los obstáculos de la naturaleza, todas las penurias imaginables eran vencidas. Y todos, hombres, mujeres, niños, ancianos, sacerdotes, ardían en un mismo amor a la patria.

         Belgrano, asombrado, creía que no era posible darse idea de aquel furioso fanatismo, que, como los aliados del 65, atribuía a "ignorancia".

         Vencido sin saber cómo; vencido por gente sin armas ni disciplina; vencido cuando el éxito parecía seguro; vencido por nuestros criollos cuando acababa de ver desbandarse en su presencia a las veteranas tropas españolas, no atinaba a comprender que aquel milagro era solo posible a un patriotismo esclarecido.

         "Estoy convencido de que este país no quiere perder sus grillos", decía en otra nota a la misma junta.

         No otra cosa decían los aliados al ver la inaudita bravura con que defendíamos nuestro país.

         En 1724 combatían con la misma furia los paraguayos contra las fuerzas bonaerenses capitaneadas por García Ros.

         El sentimiento nacional era el mismo durante el coloniaje que en las vísperas de la Revolución.

         Nuestra alma, forjada en las vicisitudes de una dura vida, fue templada en las más terribles pruebas.

         No la comprendió Belgrano, no la comprendió Mitre, no la comprendieron los legionarios, no acaban de comprenderla los que confunden nuestra humildad con apatía o debilidad.

         El pueblo paraguayo es y ha sido un manso león.

         Jamás fue contra nadie, sino para defenderse. Pero en su defensa colmó siempre la medida del humano heroísmo.

         Pueblo ignorante le llamó Belgrano, pueblo que defendía sus cadenas. No otra fue la explicación dada por la Triple Alianza en presencia de nuestro iracundo patriotismo.

         Para los que venían de los degolladeros del Plata o de las fazendas brasileñas, bárbaros eran aquellos -hombres empeñados en defender su hogar, la heredad de sus mayores, su lote de felicidad. Morir por la patria era puro salvajismo o pura idiotez para los que no conocían sino el imperio de un sanguinario caudillaje, o de una dura esclavitud.

         Y hablaban de "cadenas" los que llevaban todavía la marca de su señor sobre la negra piel o los que, boquiabiertos ante nuestras redes telegráficas, se asombraban de lo alto que tendíamos nuestros alambrados.

         La barbarie ponderaba nuestra ignorancia y la esclavitud aseguraba que venía a liberarnos.

         El legionario habla todavía de nuestro servilismo y asegura que la guerra no fue contra la patria, que ni siquiera existía, que fue contra la tiranía.

         El legionario reedita la vieja acusación de Belgrano y dice que los leales, los que siguieron a nuestra bandera hasta morir en los confines de nuestra tierra, pelearon "por sus grillos".

         Niega nuestro patriotismo. Y, al negar nuestro patriotismo, niega la gloria de nuestro sacrificio.

         ¡Los únicos patriotas fueron los legionarios!

         Los compañeros del Mariscal López, lejos de ser héroes, fueron miserables traidores.

         Los 450 últimos bravos caídos en Cerro Corá, fueron los últimos esclavos de la tiranía. Por un decreto del Gobierno Provisorio, como sabemos, fueron puestos "fuera de la patria y de la humanidad".

         Tal la tesis del invasor triunfante. Y tal la tesis del Vizconde consorte de Pelotas.

         Quedan estas páginas como respuesta a la insolencia de la traición. Respuesta que no es nuestra, que es del pueblo paraguayo.

         El pigmeo que escribía regocijado a sus amigos del Brasil que había anulado nuestra obra, aprovechando nuestra ausencia, y que ya no volveríamos a hablar, ha visto que el Paraguay tiene todavía su vocero y que grita su verdad con el victorioso entusiasmo de antes.

         El terror en que vive, el pavor con que pide que se le proteja del furor popular, es signo bien elocuente de que suya es la soledad, suya la amargura de una orfandad desesperante.

         Sola está, sí, la traición, sola en el solar del Patriarca, en el hogar del hombre justo, del patriota venerado, cuya memoria pretende escarnecer con las migajas de su fortuna.

         Y mientras el legionarismo queda atado a esta picota, oigamos, para terminar, este himno al heroísmo paraguayo de uno de nuestros caballerescos enemigos de ayer, del general argentino José Ignacio Garmendia:

         "¡Oh, renombrados guerreros paraguayos! ¡Yo os saludo! Entre gritos de guerra y retumbos de cañón subisteis paso a paso, lidiando con inmortal empeño y valentía, el Calvario sangriento de vuestra inmarcesible gloria, y al fin de la jornada, caísteis como buenos, altivos, indomables, en vuestra fiereza legendaria, sin pedir tregua al enjambre de vuestros implacables enemigos.

         "¡Oh intrépidos paraguayos! La epopeya de vuestra admirable tenacidad pasará de generación en generación como una tradición oral que el bardo nacional, ese de los sublimes cantares de la patria amada, hará oír a las multitudes emocionadas por ese sublime rumor lejano, que revive el ardor de la hazaña y enseña, entre irrupciones de volcán, como se muere por la tierra en que se ha nacido"

         ¡Ultima respuesta de los corazones argentinos al odio del legionarismo al pueblo paraguayo!

         Y ahora Patria nuestra, patria de nuestro amor, Patria de nuestros abuelos, Patria de nuestros hijos, perdona si nuestro acento no ha alcanzado el tono de vuestra santa indignación.

         No se dirá, al menos, que hemos olvidado el deber de defendernos.

         Torpe nuestra palabra, ha bastado para escarmentar al calumniador.

 

 

 

 

 

 

 

APOSTOLADO PATRIOTICO

(1930)

PRÓLOGO DE ARSENIO LÓPEZ DECOUD

 

 

 

O'LEARY

 

         Por ARSENIO LOPEZ DECOUD

 

         Ha producido O'Leary en dos meses dos obras magistrales. Si nada más hubiese hecho, si nada más hiciese, bastarían para abrirle las puertas de la gloria y perpetuarse en el alma de su raza.

         Todo en ellas es admirable. El fervoroso amor de la patria que las inspiró, sus nobles ansias de una recta justicia de la historia para ella y su capitán; la elocuencia de su verbo forjado en el recio y brillante metal de las espadas, huracanada y flagelante en el apóstrofe a verdugos y traidores, doliente en la evocación del martirio del suelo madre y en la sangrienta inmolación de sus hijos, magnífica en la apoteosis del Héroe máximo, al que pueden no amar los heridos en sus carnes por el hierro de su justicia extrahumana, pero al que no es posible negarle admiración.

         Los legionarios se titula la primera de esas obras. Es formidable libelo acusatorio contra los paraguayos que formaron el 65 en las filas de la Triple Alianza, provocado por la cínica tentativa de su justificación, que abortó sobre una resma de papel un inconsciente sin letras ni pudor. Es digno castigo para los que a tanto se atreven entre nosotros y que no pueden ser sino los herederos de la sangre y la protervia de aquéllos, los de bocas inmundas, epíteto infamante, marca de fuego con la que quemó sus frentes el Gran Perseguido.

         "Los fieles colaboradores de los aliados en el degüello -dice O'Leary- que aquí quedaron espiando, para enterrarla, el último suspiro de la patria, tendida en un inmenso charco de sangre, moribunda. De esta patria que nunca amaron, de cuya independencia renegaron como reniegan hoy sus descendientes y afines, los de las obsecuencias y los amores bastardos al mitrismo anacrónico y a la patria "porteña".

         Ahí quedan los legionarios, aprisionados para siempre en las páginas de ese libro, busco triste del infierno dantesco reservado a los traidores a su sangre y a su patria.

         La segunda de aquellas obras de O'Leary es esta que prologo para satisfacer el generoso deseo de su autor de que una vez más aparezcan unidos nuestros nombres, como unidos aparecieron por el sentimiento y el esfuerzo, potente y avasallador el suyo, insignificante el mío, allá en la iniciación de la más noble y trascendente de las causas: la de la resurrección de nuestro nacionalismo integral.

         Es este libro definición y epítome del apostolado que ha consumido la vida de O'Leary. Con los atributos de cuna distinguida, talento, energía, perseverancia, enorme capacidad para la labor intelectual, que dan fácil acceso a las cumbres, él escogió, para llegar a la más alta, al corazón de sus conciudadanos, el camino del calvario. Mientras sus compañeros de aulas, sin ninguna de esas virtudes, que son lastre en mesocracias como la nuestra, conquistaban los altos cargos del estado y se lo cupletaban, él, en la austeridad de su hogar santificado por el amor y la pureza, hasta donde llegaron y siguen llegando los aullidos de la detracción y la calumnia, formulaba su credo nacionalista, mantenía polémicas memorables, fulminaba los rayos de su cólera sobre los incomprensivos, los irredentos, los que no quisieron ver en él sino al apologista del despotismo.

         He hablado alguna vez de su fecunda labor reconstructiva del pasado en esa época, y me place repetirme: Arrancó su secreto a los campos de batalla, al bosque, a la montaña y al osario, escudriñó en la memoria de los ancianos y en innúmeros infolios y escribió la historia de nuestra gran guerra, depurándola del error y la mentira interesados, bajo los que yacía sepultada la verdad. Nos reveló lo que nosotros mismos ignorábamos, nos inició en el culto fortificante de nuestros héroes, que con mágico poder de evocación desfilan en sus fastos, "magníficos en la ascensión de la victoria y magníficos en el sangriento trajín de la derrota".

         Que es esta su obra definitiva se ha dicho. No, lo definitivo en ella, es la elevación, la virilidad, la armonía sostenida de su estilo, elocuente sin solemnidad, fluido sin monotonía, gran estilo propio de los privilegiados, los escritores de raza.

         ¡Cuánta belleza y contagiosa emoción ha puesto O`Leary en su dogma de amor y veneración por la madre que nos engendró y el suelo que nos vio nacer! No es éste, dice, sino una ampliación del amor filial. Amamos a nuestra madre por encima de todos los prejuicios, por imperio de una ley biológica, instintivamente, aun antes de que ese amor se manifieste en nuestra conciencia. Y la amamos por sobre todas las cosas, sin averiguar si es honesta o liviana, rica o pobre, humilde o linajuda. Nuestra madre es siempre pura para nosotros, y bella y noble. Los hijos que discuten la personalidad de la madre han dejado de ser hijos.

         Digna y siempre oportuna la lección de amor esencial en país donde lo ha quebrantado el legionarismo funesto, fundador de una escuela de negativos, un modo del anexionismo vergonzante que enseña que nuestra independencia y el rechazo del libertador Belgrano fueron errores que nos hizo purgar la Triple Alianza. Para esos negativos, no a la guerra, sino a la incapacidad para la vida independiente debemos nuestra postración actual y de ella no saldremos hasta decidirnos a la reconstrucción del antiguo virreinato del Plata.

         Los grandes organismos políticos, se ha dicho, pueden vivir y prosperar con sus negativos, y a pesar de ellos, pero no las pequeñas patrias, que sólo viven de su fe y su voluntad. Cuando el espíritu negativista predomina en ellas, después de abolir sus fuerzas morales, corren el peligro de derrumbarse o se derrumban.

         No habría manera, necesidad tampoco, de señalar en el breve espacio de un prólogo, todo lo que de noblemente estimulante para la nacionalidad encierra este libro, que no debe faltar en los hogares paraguayos. Inscrito en el index expurgatorio del legionarismo delincuente, se le desterrará de las escuelas. No importa que sea código de amor y veneración por el hogar, por la patria, por su tradición y sus héroes. Pero es que lo compuso el fundador del lopizmo, "secta cretinizante" la llamó un Tácito de mala fe y prosa difamatoria, y hoy, por virtud del talento y el patriótico fervor de su pontífice máximo, es religión del más puro nacionalismo. Es que lo compuso O'Leary, el primero que proclamó como paraguayo, cuando era casi un crimen proclamarla, su admiración por el Mariscal López, genio de la guerra, inmortalizador de la defensa. Y el primero también como poeta, en cantar a la suprema belleza de su fin de gran guerrero, del que pudo decir Cornelio Hispano, con más verdad que de Bolívar, muerto en lecho de dolor: "Ningún hombre, quizá, ha ofrecido el espectáculo de una muerte conmovedora, y más patética, ni labios humanos pronunciaron al morir palabras más excelsas".

         En el prólogo de O`Leary a Guaraníes de Goycoechea Menéndez se reproduce aquel magnífico canto al glorioso monumento, labrado por el cañón, que son las ruinas de Humaitá. Lamentaba en él el ruiseñor cordobés que aun no se hubiera revelado el egregio poeta que cantara nuestra epopeya. Y cuando así escribía, en la redacción de un diario, estaba a su lado ese poeta, y en sus ojos, extrañamente ardientes, asomaba una lágrima al escuchar la sublime evocación del bardo hermano.

         Ya había llegado el rapsoda del seno húmedo y misterioso de la selva y entonaba sus primeros cantos de ira y dolor. Y en el crisol de la raza se había fundido el bronce del clarín de sus hazañas.

 

INTRODUCCIÓN

 

         Realizo un viejo anhelo al encontrarme en medio de vosotros.

         Veintiocho años hace que os debía una visita.

         En los albores de mi juventud y en la primera hora crítica de mi vida, cuando solo, completamente solo, iniciaba esta batalla por el honor nacional, que no ha terminado del todo todavía, de aquí, de esta histórica ciudad me llegaron las primeras palabras de estímulo y las primeras manifestaciones de adhesión a mi apostolado. Ellas avivaron mi fe y robustecieron mi perseverancia patriótica, dándome la sensación de que interpretaba el secreto sentir de la raza, las preocupaciones más profundas del alma nacional, sentimientos e ideales arraigados en el pueblo, en la gran masa campesina, extraña a las contaminaciones disolventes de una educación suicida y a la influencia letal de los hombres del legionarismo, agazapados en el poder e infatigables en la obra de nuestro desquiciamiento espiritual. Ellas me dieron la visión de la realidad, revelándome lo que había detrás de las manifestaciones ruidosas de una aparente simpatía a la campaña del apóstol, o, mejor, apóstata de la negación, del improvisado nihilista que proclamaba nuestro cretinismo, haciendo tabla rasa de nuestra historia en nombre de la libertad, de una libertad que poco después, triunfante una revolución fraguada en el extranjero, había de traducirse en la más vergonzosa servidumbre nacional e internacional, en una dictadura oprobiosa y en un vasallaje vergonzoso al vencedor.

         Comprendí entonces que mi soledad era relativa, pues que si solo me veía en nuestra infortunada capital, en la materna Asunción adolorida, donde seis años de ocupación militar y diez de predominio de la traición dejaron una honda huella en nuestra conciencia, no lo estaba en la República, en el vasto solar de la nacionalidad, donde nuestra derrota material no se había convertido en un derrotismo moral, donde ingenuos pero limpios corazones conservaban incontaminadas nuestra grandeza pasada y dieron al mundo el magnífico espectáculo de nuestra épica resistencia. Y desde aquel momento sentí agigantarse mis fuerzas y ya no medí sacrificios para continuar indefinidamente mi campaña, seguro de que velaba sobre mí el amor de mis conciudadanos...

         Tenía, pues, que venir a expresaros mi gratitud.

         Y en verdad os digo que si no lo hice hasta ahora, no fue porque olvidé nunca este deber, ni porque el tiempo haya atenuado siquiera la impresión reconfortante que vuestro gesto me causó.

         Vosotros conocéis las vicisitudes de mi agitada vida de luchador. Perdido siempre entre el polvo del combate, hoy aclamado, mañana escarnecido, pero sin abandonar un solo día mi puesto en la trinchera, he consumido mi tiempo, he malogrado tal vez una figuración a la que tenía derecho, en una pugna ingrata, en la que todo he debido descuidar, no sólo el cumplimiento de deberes sociales, hasta las más apremiantes necesidades de mi propio hogar, para darme por entero a la causa que había abrazado.

         Y es así como, yendo y viniendo, de peregrinación en peregrinación, nunca me fue dado llegar hasta aquí. Pero Dios sabe cuánto he deseado siempre visitaros, para expresaros mi gratitud y para conocer la cuna de Genes y Bado, este Ñeembucú famoso, donde abrieron los ojos a la vida los héroes más portentosos de nuestra guerra, los Duarte, los Hermosa, los Calaá, los Martínez, los Céspedes, Ozuna, Páez, Villamayor, Velazco, Lara, Mendoza, Quintana, Bareiro, González, Cabrera, hombres extraordinarios cuyas proezas, que no caben en la historia, reclaman la amplitud de la leyenda y el fastuoso colorido de las antiguas epopeyas.

         Por fortuna estoy, por fin, en medio de vosotros.

         Hoy, como ayer, os adelantáis a reiterarme vuestro aplauso y vuestra adhesión. Pero esta vez al menos puedo venir a expresaros mi reconocimiento, que es también admiración por vuestro grande, generoso y encendido patriotismo. ¡Gracias, pues, amigos míos!

         El luchador, cubierto ya de canas, viene a pagar la deuda del adolescente qué estimulasteis, hace más de un cuarto de siglo, con vuestra simpatía.

         Y en medio de vosotros va a platicar un momento sobre el alcance de su apostolado, fiado en vuestra indulgencia y en vuestra probada gentileza.

 

I

 

El pontificado del lopizmo - La religión del patriotismo - El amor filial y el amor patrio - El hijo frente a la madre - Los dos cultos primordiales del hombre - Honor supremo para un ciudadano.

 

         "Pontífice máximo del lopizmo", se me ha llamado.

         Esta afirmación despectiva me da, a pesar de todo, un carácter sacerdotal que me place. Me eleva a la suprema magistratura en un culto, que se empeñan en que sea el de un hombre. Indirectamente reconocen que se trata de una religión y de un sacerdocio. La pasión no les impide entrever la verdad. Y, al pretender deprimirme, dejan constancia de que hay de por medio un ideal desinteresado, un empeño místico, ajeno a todo egoísmo, que puede estar fundado en una aberración pero que no es fruto de mezquinos apetitos.

         El patriotismo es, en efecto, una religión, y, como tal, está basado en la fe. ¡Se ama o no se ama a la patria!

         Y se la ama sin examen previo, por una determinación espontánea de nuestro corazón.

         Ese amor no es sino una ampliación del amor filial.

         Amamos a nuestra madre por encima de todo prejuicio, por imperio de una ley biológica, instintivamente, antes todavía de que se manifieste nuestra conciencia. Y la amamos por sobre todas las cosas de la vida, sin entrar a averiguar si es honesta o liviana, rica o pobre, humilde o linajuda. Nuestra madre es siempre pura para nosotros, y bella y noble. En el agua lustral de nuestro amor se divinizan sus imperfecciones humanas. Pobre, veneramos su pobreza y la compartimos con orgullo. Rica, preferimos su cariño a todos los halagos de la fortuna. Concreción de nuestra felicidad, refugio de nuestro dolor, iris de paz en el hogar, sonrisa perenne en el erial de la vida, fuente de que mana nuestra existencia, por ella somos y en ella se sintetizan todos los atributos de nuestro ser espiritual.

         ¡Los hijos que discuten la personalidad de su madre han dejado de ser hijos! Los que para adorarla necesitan saber si su vida fue limpia, si cometió o no errores, si incurrió en pecados, es que no la aman en realidad. Los que se detienen a recoger las calumnias de los extraños, los que se avergüenzan de lo que murmura la maledicencia; los que hacen distingos en su afecto, pretendiendo respetar a la madre y repudiar los supuestos deslices de la mujer, no son sino descastados, ingratos, degenerados despreciables, faltos de ese primordial sentimiento, que es base moral sobre la que descansa toda nuestra humana arquitectura.

         La madre es la diosa de nuestro primer culto, como la casa paterna es nuestro primer santuario religioso.

         Y ese culto está cimentado también en la fe. Creemos o no creemos en nuestra madre. Veneramos o no veneramos el santuario de nuestro hogar.

         Y es así como el buen hijo es siempre un buen ciudadano, un patriota limpio de prejuicios, un hombre leal.

         Al amar a nuestra madre aprendemos a amar a nuestra tierra, que no es sino el hogar de la gran familia, en que nos vinculan los mismos recuerdos y las mismas esperanzas. Es como si nuestro amor de hijos se dilatara, para abarcar todo lo que pertenece al país en que nacimos, en el que vemos un ensanchamiento de nuestra cuna. Celosos del honor de nuestro hogar, lo somos después de la aldea o de la ciudad que fue el teatro de nuestra infancia. Más tarde se van aclarando nuestros sentimientos, crecen en potencia, ensanchando nuestros horizontes. Y surge la idea de la patria, como una realidad objetiva, en la que se concreta engrandecido el panorama mezquino de nuestra infancia, la casa solariega, las primeras calles que recorrimos, los árboles familiares, los amigos de nuestra predilección, el pequeño mundo en que empezamos a vivir. Después repercuten en la caja de resonancia de nuestro corazón mil ecos lejanos o próximos, que vienen de la historia o de la vida presente. Y la patria se va espiritualizando en nuestra conciencia, como una entidad material que es, al mismo tiempo, abstracta, como una realidad palpitante en todo lo que vemos y en todo lo que no vemos, presente ante nuestros ojos y presente en nuestra alma.

         Y llega un día en que el hijo siente que tiene dos madres, la que le engendró en sus entrañas y la que Dios dispuso que fuera cuna y sepulcro de sus mayores, primer escenario de su existencia, testigo de sus primeros pasos en la vida y confidente de sus primeras íntimas preocupaciones.

         Dos cultos comparten de esta suerte el espíritu religioso del hombre, dos cultos que se traducen en un solo amor filial.

         Y se ama a la patria como se ama a la madre, con orgullo, con fe profunda, en una perenne veneración, que es respeto, lealtad, desinterés, convicción indeclinable.

         Cuando el ciudadano se detiene a meditar sobre el pasado de su patria y siente dudas sobre su integridad moral; cuando recoge del arroyo el lodo que le arrojaron sus enemigos y se siente turbado ante él; cuando busca en su historia motivos de desencanto; cuando entra por el camino de las excepciones para reverenciarla; cuando analiza el origen de sus dolores para compartirlos; cuando se erige en juez para hacerle justicia... es que no siente esa pasión primordial del patriotismo, es que en realidad no la ama como debe amarla, es que no se siente fundido en ella, no es, como debe ser, parte de ella, prolongación material y espiritual de su ser, uno de los factores solidarios de su entidad indivisible.

         Y no se me hable de verdad, de justicia, de imparcialidad ante el altar de la patria.

         La verdad, la justicia, la imparcialidad del hijo deben traducirse siempre en respeto y en amor.

         Los que se dicen inflexibles magistrados de la moral para juzgar a su madre, no son ni magistrados ni inflexibles: sus sentencias delatan a gritos una boca leprosa y un corazón cancerado. Hijos así nunca han tenido madre. Ciudadanos así jamás han conocido las santas inquietudes del verdadero patriotismo!...

         Religión es, pues, el patriotismo.

         Oficiar en sus altares es el más alto honor que puede caber a un hombre.

         Ser su "Pontífice Máximo" es más todavía, es algo superior a toda ambición humana.

 

II

 

Origen de una campaña - Propaganda-presidencial legionarista - El "cretinismo" - La polémica de 1902 - Lopizmo y antilopizmo - El apostolado de la libertad y la dictadura - Fidelidad del lopizmo a la democracia - Las dos obras.

 

         Es hora de hablar de eso que se ha dado en llamar "lopizmo".

         Los que combaten mi apostolado, los que me niegan, los que no se rinden a la pureza de mis intenciones, afirman que sólo busco la vindicación de un hombre, el Mariscal Francisco Solano López.

         Analicemos un momento esta afirmación. Veamos el origen de mi campaña nacionalista.

         Era allá en 1898. Bajo el imperio de un gobierno legionarista y bajo la influencia omnipotente de un soldado de la Triple Alianza, se dio comienzo a una propaganda francamente antiparaguayista. Hasta entonces habíamos vivido en el sopor de nuestra dolorosa convalecencia. En una absoluta indiferencia patriótica, parecía que nos contentábamos con sobrevivir a nuestro vencimiento. Ningún conflicto espiritual agitaba nuestra alma. Pero un día el propio órgano del Presidente de la República ensayó descaradamente el panegírico de la "Legión". Los primeros artículos produjeron consternación. Y pronto se operó un inesperado despertar. El mundo estudiantil se puso en movimiento y no tardó en estallar la protesta pública en una grandiosa manifestación.

         Entre los niños iracundos que desafiaban las bayonetas oficiales en la Plaza de Armas, frente al diario presidencial, estaba yo, estudiante entonces del Colegio Nacional.

         Nuestra actitud resuelta y audaz tuvo la virtud de amedrentar al poderoso promotor de aquella insólita campaña. Y el legionario que se ocultaba bajo el seudónimo de Inocente Vázquez hubo de suspender la publicación de sus artículos.

         Hay que decir que en aquella propaganda, más que a defender a la traición, iba encaminada a escarnecer la memoria del Mariscal López. Era una manera indirecta de justificar a los que vinieron contra la patria.

         Y hay que decir también que los que la ahogamos en nuestra protesta fuimos guiados por un sentimiento instintivo de patriotismo, sin que todavía nos preocupara la figura obsesionante de nuestro gran Capitán. El llamado "lopizmo" no existía todavía.

         El doctor Báez hacía años que atacaba el crimen de la Triple Alianza, fulminando a los autores de nuestro sacrificio y enalteciendo la figura del que fue el Héroe de la resistencia nacional.

         Pero a nadie se le había ocurrido llamarlo "lopizta".

         En su escuela se había ido plasmando nuestro patriotismo y nuestra rebeldía contra los decretos de la victoria. Leyéndolo se fue aclarando nuestro paraguayismo.

         Mas, he aquí que poco después era el propio Doctor Báez el que salía a la palestra a continuar la obra trunca de Inocente Vázquez.

         Por razones puramente políticas, preparando una revolución, que había de ser el comienzo de una era de anarquía y grandes desgracias para el Paraguay, se pasó al legionarismo y dio comienzo a su campaña cretinizante.

         Con aquella rotundidad que le es característica, el que había sido nuestro profesor de nacionalismo, afirmó que fuimos y somos un pueblo de cretinos, que nuestro pasado es una ignominia, que los invasores vinieron a redimirnos de nuestra esclavitud y que las batallas de la guerra fueron "las batallas sin gloria de la tiranía".

         Ante la autoridad acatada de su palabra todo el mundo guardó silencio.

         Nadie osó contestarle. Digo mal, un joven recién egresado de las aulas colegiales, uno de sus más ardorosos discípulos, tuvo la inmensa audacia de erguirse frente a él, convertido en paladín de su patria y de su raza.

         ¡Y aquel, sí, fue el despertar del alma nacional!

         Fue como un terremoto espiritual, que sacudió toda la República.

         Pronto olvidó el Doctor Báez su tesis para atacar encarnizadamente a los López.

         Después de haber prometido dar "las pruebas de nuestro cretinismo", convencido de que iba por mal camino se desvió por la tangente de una tremenda filípica contra la tiranía, dándose aires de apóstol de la libertad y presentándose como el defensor del despotismo.

         Y fue entonces cuando empezó a hablar del "lopizmo''.

         Inútilmente invité al Doctor Báez a volver al terreno de la discusión; inútilmente grité que no se trataba de discutir la figura del Mariscal López, ni la obra de su ilustre padre, que mi contendor tenía el deber de probarnos que fuimos y somos un pueblo de cretinos, que fuimos los responsables de nuestro exterminio, que los invasores fueron nuestros libertadores, que nuestros héroes fueron los esclavos de un amo sanguinario, que no defendimos la patria sino nuestras cadenas.

         El vocero del legionarismo seguía imperturbable, sordo a mis reclamos, cantando himnos a la libertad y ponderando los excesos crueles del despotismo.

         Y la juventud que fue a lapidar a Inocente Vázquez, esa misma juventud, deslumbrada por el inmenso prestigio del maestro, desoyó mis clamores patrióticos y fue al apóstata, al falsario de nuestra historia, al hombre sin carácter, premiando con sus aplausos su repugnante claudicación.

         Quedé así consagrado como "lopizta" y Báez como el "noble apóstol de la libertad".

         Triunfante la revolución de 1904 se me creyó aplastado para siempre.

         La nueva invasión había venido también del Plata para libertarnos. Siguiendo las huellas de Belgrano y Mitre, se había repetido, una vez más, la farsa de nuestra liberación. Como en 1870, el legionarismo estaba en el poder.

         Pero hay algo más poderoso que los cañones, y es la audacia de la juventud.

         Y hay algo más eficaz que los recursos del poder, y es la perseverancia del verdadero patriotismo.

         Firme en mi puesto de combatiente, en medio de la orgía del triunfador, seguí voceando mi verdad, y mi pluma fue ariete contra los que inauguraban un régimen de terror y despotismo, bajo el imperio de un interminable estado de sitio.

         El "tiranófilo" -como también se me llamaba- estaba en la barricada de la prensa independiente, mientras mi rival ocupaba la Presidencia de la República, por obra de un golpe de estado, y se entretenía en disolver los poderes y en atropellar la libertad.

         Y el régimen legionario cayó y surgieron otras dictaduras, sin que variara mi actitud, ni abrazara mi viejo contrincante la causa de la supuesta diosa de su culto. Por una extraña ironía, el "lopizmo" seguía irreductiblemente fiel a su credo libertario y el "antilopizmo" aliado a todas las manifestaciones dictatoriales.

         Las dos líneas paralelas siguen su curso hasta el presente.

         El apóstol de la libertad no pierde ocasión para denigrar a la patria. Su empeño en condenarla no declina. No se cansa de atribuirle las causas de sus inmensas desventuras. Sus libros y sus artículos andan por el mundo y son armas para todos los que quieren condenar al pobre Paraguay.

         Entretanto, mis libros andan también por el mundo y por todas partes conquistan para nuestro país simpatía y admiración. Si los que tienen un crimen de qué justificarse, si los herederos de las tradiciones de la Triple Alianza citan satisfechos al descastado, en América y en Europa hace rato que ha caído en pedazos la leyenda siniestra de nuestra barbarie y de nuestra servidumbre y un coro unánime se levanta para aclamarnos.

         Se dirá que yo he reconcentrado mi propaganda en el Mariscal López y que mi devoción por éste justifica el "lopizmo" que se me atribuye.

         Si ser admirador de López es ser "lopizta", lo soy indudablemente.

         En ese caso sería napoleonista, porque admiro a Napoleón, y alberdista porque admiro a Alberdi, y llevaría sobre mí el peso de tantos istas como personalidades admiro en la historia, en la literatura, en las artes, en la filosofía.

         No ignoro que se da al "lopizmo" un alcance que no es el corriente en estos casos.

         "Lopizmo" no es la simple admiración por el estadista o el guerrero. Es una tendencia retrógrada, que aspira a justificar la tiranía, que busca la glorificación de un monstruo. Se quiere hacer creer con este mote que la patria y sus tradiciones de gloria nada tienen que ver con mi propaganda; que no busco la vindicación de nuestro honor escarnecido; que no persigo un ideal nacional sino un mezquino propósito, con fines inconfesables.

         Bien sabéis que esta interpretación de mi obra es absolutamente falsa y notoriamente malintencionada.

         Os he recordado el origen y desenvolvimiento de mi apostolado. Jamás brotó de mis labios una palabra de justificación de la tiranía, ni un acto de mi vida me mostró inclinado hacia el despotismo. Heraldo fui siempre de la libertad, hasta en los días más sombríos, cuando el terror sellaba los labios y una cobarde prudencia se traducía en un servil acatamiento a los más oscuros fantoches del tinglado de nuestra política.

         Y no fue un hombre el que levanté en alto como oriflama, sino los colores gloriosos de la patria, los colores triunfales de Curupayty, los andrajos inmortales de Cerro Corá!

         No se podrá pues, confundir, como se ha querido, lopizmo con tiranofilia. Toda una limpia vida está allí para desmentir a los que osaren hacer tal afirmación. Y mi obra publicada se encarga de dar a conocer a quien lo ignore el verdadero contenido de mi prédica constante.

         Leyendo mis libros no es difícil comprender que he sido y soy el apóstol del nacionalismo, que nada tiene que ver con ese otro, agresivo, que es una reacción violenta contra todo lo que importe extranjerismo, en defensa de la integridad de la patria.

         Explicando el alcance ético y el alcance histórico de mi nacionalismo, vamos a ver el papel que desempeña el Héroe de nuestra epopeya en mi apostolado.

 

III

 

El nacionalismo - Sus diversas manifestaciones - Cómo debe ser el nuestro - Palabras de García Calderón - Nuestro caso particular - Mentalidad de vencidos - Anarquía espiritual - El Mariscal López - El dilema histórico y su corolario - Frente a la montaña - La posteridad no debe ser el odio - El Héroe en nuestro nacionalismo.

 

         El nacionalismo, como sabéis, es el apego a las cosas de nuestra tierra y la exaltación de la personalidad nacional en todas sus manifestaciones.

         El progreso de la solidaridad humana, las vinculaciones cada vez más estrechas de los pueblos, la necesidad cada vez mayor de una cooperación fraternal, trajeron una reacción contra el espíritu nacionalista, que parecía una manifestación anacrónica del viejo egoísmo patriótico, del chauvinismo agresivo, escuela de odios y malquerencias, estímulo constante del espíritu guerrero, causa de rivalidades y de ruinoso malestar entre los pueblos.

         La difusión del socialismo aumentó en las vísperas de la conflagración europea el repudio del nacionalismo y pareció que las preocupaciones de raza y las separaciones impuestas por fronteras materiales y espirituales tendían a desaparecer ante el nuevo ideal de humanidad, que se insinuaba en todas partes con fuerza avasalladora.

         Pero vino la guerra y las doctrinas sentimentales cedieron su puesto a las realidades.

         No eran ya las utopías las que debían decidir de la suerte de los pueblos sorprendidos por la espantosa tormenta. Ante la muerte que llegaba, hubo de despertar el instinto de conservación. Y los hombres comprendieron entonces que para subsistir necesitaban poseer las comunidades humanas un alma vigorosa, una conciencia unificada, poderoso instinto de solidaridad nacional, fe inmensa en ellas mismas, dignidad colectiva, espíritu de sacrificio, orgullo, altivez, resolución, en una palabra: patriotismo.

         En aquella gran hora de prueba vino así el reajuste de los valores humanos. Y las dos ideas antagónicas de patria y humanidad ocuparon de nuevo su lugar. La humanidad, como la patria universal de los hombres civilizados, pero la patria como vasto hogar sagrado de cada familia de pueblos. Todos hermanos, pero cada cual en su heredad y siempre encendido el fuego de los dioses penates.

         Pero hay que decir que el nacionalismo ha tenido y tiene manifestaciones condenables. Existe un nacionalismo agresivo, que es como el delirio del egoísmo, que se traduce en loca vanidad, en ambiciones desmedidas, en odio a todo lo que no es propio, en espíritu guerrero. Y no es por cierto este el que nos conviene. Manifestación morbosa es esta del patriotismo, que de ningún modo puede convenir a la convivencia internacional o a la economía social de los pueblos. La paz debe ser la ley de la vida y las fronteras nacionales deben ser el límite de nuestras ambiciones de progreso y bienestar. Celosos de lo propio, pero respetuosos de lo ajeno. Sin envidias deprimentes, pero orgullosos de nosotros mismos. Apegados al terruño, pero animados de un sentimiento enaltecedor de emulación ante la extraña prosperidad. Exaltación, en fin, de nuestra personalidad, pero sin menoscabo de la ajena, en un afán permanente de mejoramiento moral y material.

         En nuestra América se ha hablado de la necesidad de un "nacionalismo defensivo".

         Hace ya dieciocho años decía Francisco García Calderón en uno de sus mejores libros: "Una nueva dirección intelectual se impone a nuestra juventud. Es la reacción del espíritu nacional contra la excesiva influencia extranjera. Se funda este nacionalismo en el estudio de la historia, en el respeto a las tradiciones. Después de un siglo de apresurada existencia, en que se perdía en revoluciones la herencia moral de cada pueblo, esta regresión a lo pasado devolverá a las Repúblicas americanas el sentido de la continuidad". Y agregaba: "Los pequeños pueblos de América deben robustecer la fraternal herencia del pasado, manteniendo así su personalidad esencial. El nacionalismo es una dirección necesaria en la política y en la vida nacional. Como la conciencia en los organismos, unifica y define la personalidad. Opone a la difusa realidad exterior enérgicos centros de acción y reacción. El culto de la historia, que prolonga en el pasado legendario las raíces del patriotismo, es la base de un nacionalismo previsor".

         El ilustre peruano hablaba así a la juventud americana en presencia de la obra disolvente de nuestras revoluciones y del predominio cada vez mayor del extranjerismo en nuestra vida turbulenta.

         No tenía por cierto presente el caso del Paraguay, donde si las revoluciones han hecho su obra fatal, escasa o casi nula ha sido la influencia extranjera que le preocupa, esa que se manifiesta en una inundación de hombres de todas las razas y de ingentes capitales.

         La situación del Paraguay es excepcional. Nuestro país no tiene sino sesenta años de vida. Después de la catástrofe de la guerra hemos tenido que rehacer la nacionalidad. Y si hemos sobrevivido es porque eran demasiado vigorosos los elementos morales constitutivos de nuestra personalidad, porque nuestra alma había adquirido una solidez indestructible, porque contábamos, después de nuestro total aniquilamiento material, con una inmensa reserva de esas fuerzas imponderables que escapan a la derrota y a la muerte.

         Pero nuestra destrucción material fue completa. Los cinco años de guerra fueron cinco años de exterminio cruel, despiadado, salvaje. "Hemos acabado con toda la población -decía Sarmiento- de diez años para arriba". Y los pocos sobrevivientes eran en casi su totalidad engendros del hambre, ancianos, mujeres escuálidas, hombres mutilados, gente adolorida, fatigada, exhausta, vencida, sin hogar, sin recursos, sin esperanzas.

         Y agréguese a esto seis años de ocupación militar del vencedor, seis años de esclavitud, de humillación, de miseria moral, durante los cuales se completó nuestra derrota, con la repartición de nuestro territorio, la imposición de una deuda aplastadora y la condenación de nuestro sacrificio.

         El Paraguay no era sino el sepulcro de un pueblo. Y Guido Spano, nuestro esforzado defensor, interpretó la desoladora realidad al llorar en su Nenia nuestra desaparición.

         Pero resucitamos. Volvimos a ser. Resurgimos de nuestras cenizas. Apagado el incendio, se vio que algo había sobrevivido sobre los escombros del hogar paraguayo. Doscientos o trescientos mil fantasmas quedaban en pie todavía. Y en ellos palpitaba el alma de la patria, vibrante en los acentos de la lengua nativa, encendida en el fuego inextinguible de una irreductible tradición.

         No nos hicieron el honor de aplicarnos el piadoso tiro de gracia. No decretaron nuestra desaparición. Nos dejaron tendidos en inmensa charca de sangra, abiertas nuestras heridas, para que nos muriéramos sin remedio.

         Eso sí, nos dejaron, al partir, como sepultureros a los legionarios, a sus fieles colaboradores en el degüello, seguros de que pronto enterrarían la patria, cuya desaparición persiguieron toda su vida.

         Pero ni los infames legionarios consiguieron realizar los designios del vencedor. Ni por la asfixia ni por el hambre pudieron rematarnos. Después de entregar nuestro territorio; después de aceptar una deuda monstruosa; después de saquear el tesoro de nuestras iglesias; después de aniquilar nuestro crédito, pillando el producido de dos empréstitos; después de implantar una dictadura rapaz y sanguinaria; después de colmar la medida del vasallaje al enemigo; después de infamar nuestra gloria; después de envenenar nuestro corazón con el virus de su traición; después de todos sus esfuerzos por disolver lo que restaba de la patria vieja... seguimos viviendo, y una reacción lenta pero firme empezó a manifestarse contra ellos, marea que fue subiendo lentamente a medida que pasaba el tiempo y se ajustaban nuestros resortes espirituales. Diez años después de la tragedia de Cerro Corá, el Paraguay recobró su libertad y el resurgimiento era un hecho en toda la extensión de nuestro retaceado territorio.

         Libres de las garras del vencedor y libres de las asechanzas de la traición, iniciamos entonces la penosa reconstrucción de nuestro hogar. Y en eso estamos todavía.

         Pero una catástrofe semejante tenía que quebrantar fundamentalmente nuestra moral. Eso de la "mentalidad de vencidos" de que hablaban los franceses después del desastre del 70, tenía que ser, y fue, un mal mucho más agudo en el Paraguay. La Francia no había conocido la inmensidad de nuestra caída. Su orgullo guerrero había sido, sí, humillado cruelmente. Pero a raíz de la debacle, mutilada una mínima parte de su territorio, pagó en horas su deuda de guerra y quedó tan rica como antes. El Paraguay lo perdió todo, menos el honor. Toda su población sobreviviente era escasa para una mediana ciudad. Y quedó en una miseria abrumadora, total, absoluta, sin crédito siquiera, sin recursos inmediatos, sin estadísticas preparadas que afrontaran los problemas de su reconstrucción, solo en la desolación de su pavorosa orfandad. No era posible el optimismo. La esperanza era una cruel ironía. Sólo era real la desesperación. La derrota estaba en las almas. El interno cataclismo había dejado también en escombros la magnífica arquitectura de nuestras virtudes nativas. Nuestra mentalidad no podía ser la de los pueblos felices, sanos de cuerpo y de espíritu. La anemia de nuestra sangre ponía una nota de agonía en nuestro corazón y una depresión agobiante en nuestra conciencia. Y todo lo vimos a través de nuestro vencimiento y todo lo juzgamos con nuestra mentalidad de vencidos.

         Agréguese a esto la influencia letal de los hombres del legionarismo, instalados siempre en las trastiendas del gobierno, insinuantes en la orientación de nuestra cultura, gravitando constantemente sobre nuestra educación, mientras los viejos soldados de López trabajaban por vigorizar nuestra economía y por defender nuestra amenazada soberanía, y se acabará de comprender nuestra situación, el proceso lento del despertar de nuestra conciencia, la anarquía patriótica de la que no hemos acabado de salir todavía.

         Fue esta la realidad ante la que me encontré al iniciarme en la vida intelectual.

         Mis primeros artículos históricos, mis llamados Recuerdos de Gloria, causaron consternación. No era que no halagaran profundamente al alma popular. Era que mi audacia para juzgar los hechos y los actores de la guerra parecía una imprudencia, que podía sernos fatal. Todos veían, velando amenazadoras nuestras fronteras, las sombras pavorosas del Brasil y de la Argentina. Mis anatemas contra Mitre y Pedro II eran insultos insolentes que podían provocar represalias. Mi franca condenación de la Triple Alianza, una temeridad que podía ser castigada con medidas violentas, con una intervención armada o con la imposición del pago de la deuda de guerra... Se llegó a hablar en la prensa del envío de buques de guerra para acallar mi propaganda!.

         Y cuando se dio mi polémica famosa con el Doctor Báez, la agitación tomó las proporciones de una verdadera revolución espiritual.

         Pasada la batalla, pudo verse claramente que la capital era del claudicante vocero de la humillación nacional, y el resto de la República del joven vocero de nuestra dignidad.

         Báez recibió el aplauso de la mayoría de los estudiantes y políticos de Asunción. La masa popular fue a mi casa a ofrecerme su adhesión, mientras de todo el país me llegaban las más cálidas manifestaciones de simpatía.

         La anarquía era indudable. Los unos estaban con las tradiciones gloriosas de la patria, los otros navegaban en las turbias aguas del vencedor. La vieja unidad diamantina había desaparecido. Nuestra alma era un crisol en el que todavía hervía el oro del patriotismo mezclado a las impurezas de la traición. Había que atizar el fuego purificador para apresurar la hora del rescate definitivo!.

         Y esa fue y es la obra de mi vida.

         He querido ser, ante todo, el animador y he buscado en la historia el eslabón roto de la cadena para establecer la continuidad de nuestra existencia, la reintegración de nuestra personalidad esencial.

         Para devolver a la nacionalidad su fe perdida, para unificar su conciencia, para curarla de su derrota y de su derrotismo he roto, al decir de un gran escritor, el pacto infame de hablar a media voz, y he gritado, con la arrogancia del que no tiene de qué avergonzarse, la gran verdad de nuestra historia, batiendo de frente a la impostura y reivindicando todos nuestros títulos de gloria.

         Claro está que al dar el primer paso en este camino me encontré con la figura gigantesca del Mariscal López. Esa figura es como el nudo de nuestra historia, principio y fin de nuestra epopeya, clave de nuestro pasado, cumbre y sima, aurora y ocaso, resplandor de luz meridiana, tristeza crepuscular, encarnación de todas nuestras grandezas morales y símbolo vivo de todos nuestros dolores. Imposible derribarla y mucho menos negarla. Montaña de voluntad, montaña de patriotismo, en sus entrañas brama el fuego de su amor desmesurado a nuestra tierra y en su alta frente pensativa parece que bullen todos los anhelos de nuestra raza. Medio siglo de historia se concreta en su persona. Nacido en los albores de nuestra vida independiente, criado en medio de las angustias de nuestra desconocida y amenazada soberanía, su cuna se mece entre las dianas triunfales de Tacuarí y su sepulcro es como un abismo sobre el que sollozan todos nuestros esfuerzos malogrados por burlar las crueles asechanzas del destino. En su corazón va todo nuestro ayer, el loco optimismo de los vencedores de Belgrano, la sombría resolución patriótica del Doctor Francia, el afán creador, la sabiduría y el orgullo del Patriarca. Es un hombre y es un pueblo. Es un magistrado y es una causa. Es, en una palabra, la personificación del Paraguay en la hora suprema de su historia... Bien sabían todo esto nuestros enemigos al prescindir de nuestro pueblo para ir contra él. Bien lo sabían Mitre y Pedro II al pactar la alianza contra su persona. Tres naciones se agavillaron contra un hombre y no depusieron sus armas hasta ver tendido su cadáver. Es que comprendían que ese hombre era más que un hombre y convencidos estaban de que el Paraguay no acabaría de morir mientras sostuviera en alto su bandera, mientras su gran voz resonara en las quebradas de nuestras cordilleras, mientras su pasos hicieran estremecer el suelo de la patria, así fuera acompañado de una turba de hambrientos o completamente solo. Y la matanza no cesó hasta que la última bala asesina del Imperio hizo pedazos su corazón, que era el último y único reducto de nuestra resistencia. Y así como en vida en él se concentró todo el odio y todo el terror de los invasores, en él, en su memoria, se concentró después de nuestra caída el odio implacable de los vencedores. Antes y después de la guerra, López fue y es el Paraguay. Para aplastarnos hubieron de negar nuestra gloria, hubieron de negar su grandeza. Sobre su cadáver obtuvieron nuestro total vencimiento material y en la infamación de su nombre fincaron su justificación, o sea su triunfo moral. Y es así como después de más de medio siglo la persecución continúa, la guerra a muerte se prolonga en la historia y en la literatura, y los voceros de los rencores de la Triple Alianza no descansan en su afán de conseguir un nuevo Cerro Corá definitivo. Y es así también como en nuestro propio país la veta negra del legionarismo pretende confundirse con el mármol impoluto, y la deslealtad, escarneciendo al Héroe, cree purificarse y hasta sobreponerse a la fidelidad heroica, pero desgraciada.

         Lógico era, pues, que el Mariscal López fuera desde el primer momento el eje de mi propaganda. Tenía que serlo, ya que, como queda dicho, es la clave de nuestra horrenda tragedia y la cifra de nuestra abyección o de nuestra gloria. El dilema es claro y sencillo: o estamos con él o con la Triple Alianza. No podemos estar al mismo tiempo contra él y contra la Triple Alianza. Porque si creemos que sólo fue un tirano, un loco sanguinario, un monstruo que nos sacrificó a su ambición, justificamos al enemigo que vino a redimirnos. Y si reconocemos que los invasores se aliaron para destruirnos, para repartirse nuestros despojos, para anular nuestra soberanía, de acuerdo con las estipulaciones del tratado secreto, tenemos que reconocer que lo que defendió hasta morir no fue su propio interés sino la causa nacional. Y de este dilema fundamental se desprende este otro corolario: si el Mariscal López fue un bárbaro sin ley, una fiera cruel y cobarde, un verdugo sin piedad, un bandido concupiscente, que no se preocupaba de la suerte de su país y sí, sólo, de satisfacer su sed de sangre, los que le siguieron, los que se identificaron con él, los que teniendo el camino abierto para ir a incorporarse a sus libertadores, prefirieron acompañarle, fueron: o simples cretinos, como quiere Báez, o monstruos como el monstruo que los acaudillaba. En ambos casos queda en pie victoriosa la causa de los aliados. Más todavía: sostener que López provocó la guerra, no es condenarle, es dar la razón a los invasores y es aceptar todas las consecuencias de la contienda, nuestra destrucción y nuestro cercenamiento. Explicar por el terror nuestro heroísmo es reconocer que nuestras batallas fueron las "batallas sin gloria de la tiranía"!

         Pero estas dolorosas disyuntivas no pueden preocupar sino a los descastados. Para un patriotismo limpio y esclarecido no existe ni puede existir sino esta verdad: que la patria fue invadida, que nuestra integridad territorial fue amenazada, que nuestra soberanía fue atacada y que todos, desde el jefe de la Nación hasta las mujeres, los ancianos y los niños, defendieron, del uno al otro extremo de nuestro país, los colores sagrados de nuestra enseña.

         Si amamos a la madre adolorida, que todavía nos enseña las huellas de su martirio y llora sus crueles mutilaciones, no hemos de entrar a investigar si ese infortunio es o no merecido, si es castigo a su servilismo o gloriosa consecuencia de su rebeldía a las imposiciones brutales del crimen todopoderoso. No puede haber dudas para el hijo ante el dolor de su madre. No es posible concebir que pueda estar, por ninguna razón humana, con los que después de mutilarla escarnecen la amargura de su viudez, vilipendiando a los que por ella colmaron la medida del sacrificio. No es posible que un hijo tenga derecho a discutir el honor de su madre y que ponga reparos a la tragedia de su vida. Quede eso para los que llegaron a negar su existencia, para los que, al venir contra el Paraguay, afirmaban que no existía la patria paraguaya, para los renegados de nuestra nacionalidad, para los sordos a los reclamos de nuestra sangre, para los que preferían la cárcel de Rosas al paternal gobierno de Carlos Antonio López, para los que declaraban días de júbilo nacional el 25 de Mayo y el 7 de Setiembre, para los que guiaron a los invasores y les acompañaron a matar paraguayos, para los que abominan al Mariscal López y abaten enlutada la bandera de Curupayty sobre la tumba del general Mitre... Los matricidas son los únicos que pueden conocer un conflicto espiritual semejante. El amor filial, como el patriotismo, ignora, felizmente, la tortura de esa vergonzosa incertidumbre.

         He aquí como he debido vindicar la memoria del Mariscal López para vindicar a la patria.

         Y es hora de decir que no he pretendido ni pretendo hacer de él un semidiós, ajeno a las imperfecciones de nuestra humana naturaleza. He querido, sí, dar la visión de su grandeza, sin detenerme a magnificar las fallas de su pujante personalidad. "A las montañas -ha dicho un pensador- no se las analiza guijarro por guijarro, se las acepta o se las rechaza en bloque". Y para nosotros, los paraguayos, no es el caso de ir buscando las escarpaduras, las aristas salientes, los abismos oscuros, las grietas profundas perdidas en la majestad del conjunto. Frente a la montaña, sentimos la sensación de su grandeza, admiramos su airoso perfil y nos enorgullecemos de que se yerga sobre nuestra tierra como una afirmación soberana de nuestra gloria.

         Se habla de sus errores y hasta de sus crímenes. Se dice que fue cruel. Su gran error fue no haber vencido. Su crimen haber amado demasiado a su patria. La victoria hubiera purificado su figura, el éxito hubiera justificado sus supuestos errores, la fortuna hubiera santificado su crueldad. Vencido, nadie piensa en la magnitud de su esfuerzo, nadie reconoce la realidad de su genio, nadie recuerda los milagros de su voluntad. Y se olvida, para condenarle, que la guerra es la crueldad, que la guerra es la negación de todo sentimiento de humanidad, el desencadenamiento del instinto, el predominio avasallador de la fuerza; que no se defiende a la patria con sentimentalismos, que no se hace frente al poder abrumador de una formidable coalición con concesiones a la piedad; que no se tiene el derecho de ser clemente con los que pecan, dudan o titubean frente al enemigo, sembrando el desaliento en los que luchan y mueren; que la ley de la guerra no es la ley de los días de paz; que el jefe de una nación ante un conflicto internacional tiene otros deberes y otros derechos que aquél que rige sus destinos en la paz. Bolívar, de una plumada, mandó más prisioneros al cadalso que el Mariscal López traidores en el curso de la guerra. Pero Bolívar, vencedor, es aclamado y glorificado hasta por sus propios enemigos. Veinte repúblicas justifican los horrores de la "guerra a muerte". El éxito aureola su figura. Y hoy nadie se detiene a analizar guijarro por guijarro la inmensa mole de su vida, si bien como político desgraciado conoció también la negación y supo del abandono de una muerte adolorida, de atroces calumnias y de ingratitudes y condenaciones. El Mariscal López no podía escapar a las veleidades del juicio de la posteridad. Su derrota tenía que ensombrecer su memoria. Era lógico que pagara caro su desgracia. La historia no la escribirían sus compatriotas sino sus enemigos. Sobre su sepulcro no había de hablar sino el odio!...

         Pero nosotros, su posteridad, no somos el odio, somos la justicia y somos la gratitud. Nos basta saber que se dio por entero a nuestro país y que por dejarnos una patria sobre la tierra -una patria de la que no tuviéramos que avergonzarnos olvidó que era hombre para convertirse en una fuerza de la naturaleza, en relámpago, en rayo, en huracán, en terremoto, para defender la heredad de sus mayores y la cuna de sus hijos con la implacable firmeza con que el acantilado se defiende de la fuerza arrolladora del mar, con la suprema iracundia con que el león defiende su cubil, con la tormentosa energía con que Dios nos enseñó a defender a la engendradora de nuestra vida. Para reverenciarle nos sobra con saber que su muerte responde de la pureza de sus intenciones y que con su sangre está rubricada la página final de nuestro épico sacrificio.

         Y a esto es a lo que llaman "lopizmo" los que pretenden glorificar la epopeya eliminando a su protagonista. Los que exaltamos su figura no somos paraguayos siquiera, como no lo eran los que seguían sus banderas, llamados "lopezguayos" en su hora. Para los que pensaban con la mentalidad del invasor, nuestros soldados no eran sino esclavos de la tiranía, que defendían sus cadenas. Para los que siguen bajo el imperio de la misma tradición, llevamos la esclavitud en el alma los que creemos batirnos por la patria al batirnos por el Mariscal López. "Lopiztas" nos llaman en nuestro país, "lopezguayos" en el Brasil. Pero las palabras son palabras. Nada valen cuando no están preñadas de realidad. Y la realidad indestructible es que el Mariscal López fue la hoguera central que alimentó el fuego de nuestro patriotismo; el alma y el pensamiento del Paraguay; su encarnación soberana, su legítimo representante, la cifra de su derecho. Morir como él fue un deber y una gloria para los que se enorgullecen de aquel sacrificio y sienten en su sangre el viejo hervor del antiguo patriotismo.

         ¡"Lopiztas", sí, nunca aliadistas!

         ¡"lopezguayos", sí, nunca legionarios!

         La bandera que se abatió sobre el cadáver de López fue la tricolor de Tuyutí. Y ésa y no la auriverde del Imperio o la azul y blanca de Mitre es la que debemos, la que nos impone el deber de defender en el Mariscal López el honor de nuestro país. Llámesenos como se nos llame, lo que importa es la integridad de nuestro paraguayismo, que debe ser de una sola pieza, resuelto, altivo, sin distingos, hipócritas, sin cobardes excepciones.

         Y tal la posición del Héroe en mi credo nacionalista.

 

 

 

IV

 

Finalidad de una campaña patriótica - Reacción del espíritu nacional - Pronunciamiento de la República - Lo que queda por hacer - La lección de la historia - Hermandad del pasado - Los que buscan motivos de desaliento - El deber del optimismo.

 

         Os he dicho que he querido ser el animador, el unificador y el dignificador del espíritu nacional. Revisando el proceso de nuestra trágica historia, he sacudido en efecto, nuestra resignación y he puesto fuerzas de rebeldía en nuestra deprimida voluntad. Ante el espectáculo de nuestro dolor, he despedazado la sentencia infamante del vencedor para devolver a nuestra raza la fe perdida, para darle la sensación de la iniquidad de que fue víctima, para infundirle alientos, para sacudir nuestro heroísmo, reviviendo la epopeya, con todos sus horrores y magnificencias, animando de nuevo a los muertos con el fuego de una pasión terrible, reproduciendo el estruendo de la batallas, haciendo trepidar el pasado en un desfile de sombras airadas, he puesto un estremecimiento desconocido en nuestra alma, para levantarla en una solidaridad suprema purificadora del amor patrio y fundir en orgullo la escoria de malquerencias miserables, las preocupaciones disolventes del rencoroso partidismo. Desafiando, en fin, a la victoria, enlodando sus laureles, arrojando nuestra sangre a la faz de nuestros victimarios, llenando de saliva a los héroes del crimen, lapidando a la Triple Alianza, escarneciendo a sus feroces corifeos, he acabado con el terror que selló los labios de generaciones azoradas todavía por la derrota, he vigorizado nuestra dignidad y he terminado con un sumiso vasallaje.

         Hoy, felizmente, puedo contemplar satisfecho mi obra. No importa que aún queden resabios de nuestra "mentalidad de vencidos", que al amparo de la libertad la traición siga ensayando su imposible justificación, que aun la política se sobreponga a ratos al patriotismo y ande en algunos espíritus el desencanto y en otros la debilidad de una incurable obsecuencia ante nuestros poderosos vecinos. El Paraguay ha recuperado indudablemente sus enérgicos atributos morales y es uno en el culto de su tradición y en los imperativos de su dignidad internacional.

         Debemos juzgar nuestro estado anímico, no por las excepciones, por la regla general que determina hoy nuestra vida y se manifiesta, en el pronunciamiento patriótico de toda la República. Somos otra vez una nación y no una factoría; Nuestro eje interior descalabrado ha recuperado su firmeza y rectitud; nuestro pensamiento unificado no sabe de renunciamientos; nuestra voluntad vigorizada se afirma en el optimismo.

         Pero aún queda mucho por hacer al nacionalismo integral que informa mi apostolado.

         Falta la consagración oficial del sentir popular. Y falta la gran reacción en el sentido de un mayor esfuerzo para salir de nuestra actual postración material.

         Todavía no hemos tenido valor para fundir en el bronce perdurable la figura del Héroe de la resistencia. Artigas se yergue ya triunfante en su ciudad sobre el marmóreo pedestal de la gratitud nacional. Y los que ayer ponderaron su barbarie, sus más implacables enemigos, fueron los primeros en acatar el veredicto de su pueblo. Sólo falta que el Paraguay se honre a sí mismo decretando la redención histórica, amplia y definitiva, de su máximo caudillo, para que los que fueron nuestros adversarios y son hoy nuestros hermanos se confundan con nosotros en un solo abrazo de reconciliación frente al monumento consagratorio de nuestro honor y de nuestra gloria.

         Y no hemos acabado de comprender que el patriotismo es desinterés, sacrificio, trabajo, solidaridad en el esfuerzo, continuidad en la acción.

         No basta recuperar nuestra vieja alma, es preciso comunicarle su antiguo dinamismo.

         Y la historia está allí, también, para aleccionarnos en esto, para recordarnos lo que fuimos y enseñarnos lo que podemos y debemos ser. Porque el espectáculo de nuestro pasado nos llama al optimismo al afirmar en nosotros las preclaras virtudes de nuestra raza, al recordarnos lo que generaciones paraguayas disciplinadas, pacíficas, fraternales, realizaron bajo la dirección de magistrados severos, probos, sabios y patriotas. En nuestra miseria presente, estancada nuestra economía, enfeudados al comercio argentino, sujetos como en los días del coloniaje a las arbitrariedades inamistosas del "puerto preciso", no debemos olvidar el esfuerzo que realizamos durante la fecunda presidencia de los López, la prosperidad de aquellos días felices para el Paraguay, su riqueza creciente, las múltiples manifestaciones de su desarrollo económico y cultural. Por obra de nuestra voluntad cañonazos y que nosotros, después de más de medio siglo, no hemos podido reedificar todavía...

         En suma, nuestro nacionalismo que no es odio para nadie, que es simpatía para todos, pero que es, también y ante todo, dignidad, altivez, decoro, debe trasuntarse en una afirmación absoluta de nuestro paraguayismo y en un anhelo único de resurgimiento.

         "La patria - ha dicho un escritor- es una creación histórica. Supone no sólo la cooperación de todos los compatriotas contemporáneos, sino la mancomunidad de todas las generaciones. Vive de dos cultos igualmente sagrados, el del recuerdo y el de la esperanza, el de los muertos y el del ideal proyectado por estos sobre lo venidero". Hermanos en el presente, prolonguemos en nosotros la hermandad del pasado. Que la solidaridad en la esperanza sea solidaridad en el recuerdo. Y si nada une más que el dolor, al decir de Renan, hagamos del viejo dolor colectivo fuerza poderosa de reconciliación y de amor. Que el espectáculo del suicidio nacional estimule en nosotros el instinto de la vida, de una vida que sea tan bella como aquel sin igual sacrificio; que los muertos vivan en nosotros, no en sus cenizas calcinadas, en la llama fulgurante de su patriotismo; que Curupayty no sea una palabra sonora solamente, que halaga el oído y estimula la vanidad, sino consigna victoriosa de otra batalla, de la batalla incruenta, pero no menos heroica, de nuestro progreso presente; que Cerro Corá sea sepulcro y altar, santuario fúnebre de nuestro glorioso infortunio, ara de un culto sagrado, de veneración al sacrificio de nuestros mayores y de fe profunda en nuestro destino; que toda nuestra historia nos empuje hacia adelante, abrazados en una solidaridad fraternal, orgullosos de lo que fuimos y resueltos a superarnos por el trabajo abnegado y por la tenacidad continuada en el esfuerzo creador.

         Los que hurgan en las intimidades de nuestra historia para encontrar motivos de desaliento, para tratar de encontrar ignominias deprimentes, para empequeñecer o anular los méritos de nuestros grandes hombres, para disminuir ese patrimonio moral que es nuestro único título al respeto y a la admiración del mundo, más que nuestro odio, deben merecer nuestra compasión. Ramas podridas de un árbol empenachado de flores, pretenden que su podredumbre baje a secar las raíces; úlceras aún no cicatrizadas, abiertas por la guerra, quieren hacernos creer que no somos sino carne putrefacta; idiotez irremediable que quiere confundirnos con su propio cretinismo, aislémosle en el leprocomio de nuestro desprecio, mientras seguimos cantando el himno de nuestras glorias, seguros de que en los días que vendrán ha de ser también para nosotros esa reparación que nos debe Dios en los designios de su justicia inmanente!.

 

V

 

Palabras finales- Una cita de Víctor Hugo - Casimiro Delavigne como animador de la Francia vencida - La envidiable gloria del poeta - El consolador de la patria - Orgullo filial y consagración de una vida.

 

         Ahora permitidme, para concluir, trasuntar una página admirable de Víctor Hugo.

         Al ser recibido en la Academia Francesa, tocóle en suerte hacer la apología de Casimiro Delavigne, cuyo sillón iba a ocupar. Y al encomiar los méritos del poeta recordó, sobre todo, con la más honda emoción, su obra de patriota, de animador del alma nacional a raíz de la tremenda derrota en que se hundió con Napoleón el poderío de Francia.

         "La humillación era punzante -dice-; la patria encorvaba la cabeza con el sombrío silencio de Niobe; había visto caer a cuatro jornadas de París, en el último campo de batalla del Imperio, a los veteranos invencibles que recordaban las legiones romanas que glorificaron a César y la infantería española de que habló Bossuet. Aquellos héroes, vencidos, acabaron con sublime muerte, y nadie osó pronunciar sus nombres. Todo callaba. No se oía ni un grito de dolor, ni una palabra de consuelo. Parecía que se tenía miedo al valor y vergüenza de la gloria...

         "Pero de repente se levantó una voz en medio de aquel silencio, una voz desconocida, que hablaba a todas las almas con un acento simpático, llena de fe en la patria y de religiosa admiración por los héroes. Esa voz, que reanimaba a la Francia abatida, le decía: Apiadado de tus males y orgulloso de tus victorias, deposito a tus pies mis alegrías y mis dolores: poseo cantos para todas tus glorias y llanto para todas tus penas. ¿Quién podrá decir el efecto que produjeron estas tiernas y altivas palabras? Fueron para todas las almas una explosión eléctrica de entusiasmo, una exclamación frenética salida de todos los pechos, y acogidas con yo no sé qué mezcla de cólera y de amor, convirtieron en un solo día a un joven ignorado en el poeta nacional. La Francia irguió su cabeza y desde entonces la fama del poeta se ligó en el pensamiento de todos a la catástrofe, como para aminorarla o desvanecerla. Digámoslo, porque        es glorioso decirlo: a la mañana siguiente del día en que Francia escribió en su historia esta fúnebre palabra: Waterloo, grabó también en sus fastos este nombre brillante: Casimiro Delavigne!

         "¡Recuerdo imperecedero del generoso poeta! ¡Gloria digna de envidia! ¿Qué hombre de genio no cambiaría su mejor obra por el insigne honor de haber hecho latir entonces, con un movimiento de alegría y de orgullo, el corazón de la Francia, abatida y desesperada?... ¡Dichoso el hijo de quien pueda decirse: ha consolado a su patria!".

         No he de ocultaros la satisfacción con que os he hecho oír estas palabras.

         Y no ha de atribuirse a vanidad el orgullo filial con que, guardando distancias, pienso en que mío también es el honor de haber consolado a mi patria. Nadie me podrá negar este título, que es la consagración de mi vida.

         Otros persigan el poder o la fortuna. Yo me conformo y me siento feliz, y hasta millonario en el oro de una riqueza interior, pensando que he enjugado el llanto materno y he encendido en la noche de nuestra desolación un iris de esperanza; que he depositado a los pies de la patria todas mis penas y todas mis alegrías; que he consagrado a sus glorias todos mis cantos y mis lágrimas a todos sus dolores!.

 

 

 

ILDEFONSO A. BERMEJO

FALSARIO, IMPOSTOR Y PLAGIARIO

(1931)

JUAN E. O’LEARY

 

 

PROLOGO (1)

 

         A mi regreso de Europa, después de cinco años de ausencia, reanudé, en 1930, mi campaña nacionalista. Desde las columnas del diario La Unión, que su propietario puso a mi completa disposición, me hice oír de nuevo a mis compatriotas, y los que habían aprovechado mi ausencia para organizarse en comités y pretender desbaratar mi obra se encontraron de nuevo conmigo. Pocos días después de mi llegada se puso a la venta un libro destinado a glorificar a los hombres del legionarismo, en el que se presentaba a los que formaron en la Legión Paraguaya y vinieron en las filas del ejército invasor de la Triple Alianza como los héroes de nuestra libertad y los únicos dignos de la gratitud nacional. Su autor miembro conspicuo del aludido comité, era el yerno del asesino del Mariscal López e hijo del caporal de dicha Legión. Un cínico famoso que hacía gala de su inmoralidad y desvergüenza, que en documento de su puño y letra dejó constancia de practicar el incesto, probando que uno de sus hijos era el monstruoso producto de sus relaciones carnales con una de sus hijas. No se hizo esperar mi respuesta. Fue entonces cuando apareció mi libro Los Legionarios. Cada día un capítulo en las columnas de La Unión. Apenas terminada la publicación, se difundió en volumen de doscientas treinta y cinco páginas. No creo que la ira patriótica haya dado nunca nota más encendida de pasión.

         Ni creo que en nuestra lengua exista nada parecido. Ha sido comparado con las Catilinarias de Montalvo, pero la verdad es que palidecen las páginas del genial ecuatoriano ante los arrestos de mi iracundia. Nada de retórica, nada de alambicamientos de rancia sintaxis, golpes de maza en un estilo forjado en la fragua de varonil indignación. Fue el último golpe a la traición que retoñaba. Y ya nadie osó en adelante insinuar una justificación del nefando crimen y de sus repugnantes corifeos.

         Después de Los Legionarios publiqué otro libro en las columnas de La Unión. Libro dedicado a destruir la obra de un gran impostor, el famoso Ildefonso Antonio Bermejo, autor de una caricatura del Paraguay de los López. La obra de Bermejo, hay que reconocerlo, tuvo un gran éxito, por lo pintoresco de su relato y la gracia de su estilo. Fue reeditada en España y América durante mucho tiempo. Y en los días de desconcierto de la opinión pública, cuando el legionarismo andaba en los espíritus, aquí, también, se dieron varias ediciones de la regocijante sátira contra nuestro país. Más aún: Bermejo fue citado como autoridad por un publicista prestigioso como el Dr. Báez, cuando se pasó a las filas de los legionaristas y necesitó denigrar a los López. El panfleto calumnioso adquirió la jerarquía de un estudio histórico y el novelón se trocó en libro de consulta y de cita. Era, pues, necesario acabar con las imposturas del afortunado caricaturista, máxime cuando durante la guerra del Chaco el libro de Bermejo había sido el caballo de batalla de la prensa boliviana para pretender ridiculizarnos. Y escribí, sobre todo, recordando que en Madrid hube de palpar todo el mal que nos hizo el ingrato aventurero, que después de todo el bien que le hicimos nos pagó nuestra generosidad con sin par cinismo, en una caricatura del país que le redimió de la miseria y le brindó su protección hasta después de regresar a su patria.

         Con motivo de una polémica que hube de tener con el gran periodista Roberto Castrovido, que se permitió comentar en forma hiriente los panfletos del tarado Arturo Rebaudi, escribieron a mi favor, dándome la razón, intelectuales ilustres como Ricardo León y Bonilla San Martín. Y el mismo Castrovido acabó por reconocer su error y pasó a ser uno de mis mejores amigos. Este gesto de la caballerosidad española no le gustó a Azorín, el pequeñísimo filósofo enamorado del Yo, que lo repite 342 veces en su libro La ruta de Don Quijote, no para hacer gala de su galicismo, sino de su infinita egolatría. Y cuando ya nadie recordaba lo que había pasado, salió publicando en el gran diario ABC un artículo titulado "Las dulzuras de Panchito", contra los López. El Panchito de Azorín, así, en diminutivo, era el Mariscal López. Y contra él y su padre se arroja, lanza en ristre, en una ironía que pretende ser sangrienta, pero que no es sino un remedo de Bermejo. En su ignorancia total de nuestra historia no hizo sino trasuntar la caricatura bermejiana. Del Paraguay no conocía sino lo que cuenta D. Ildefonso, pero esto le bastó para cocinar un bodrio, lleno de ignorancia y mala fe. Y quedó tan orondo. Había puesto una pica en Flandes. Era lo que le faltaba. "Todo en él es pequeño -dijo Rufino Blanco Fombona-: él mismo se llamó pequeño filósofo, sus libros pequeños, sus ideas pequeñas, sus pasiones pequeñas, pequeña su comprensión... no tiene de grande sino la vanidad". Para acabar de ser pequeño se convirtió en un simple copista de Ildefonso Antonio Bermejo. No me ocupé de él. Me bastaba la lección, para él también, de Ricardo León y Bonilla San Martín. Pero acabé de sentir la sensación de lo difundida que está la obra de Bermejo y del mal que nos sigue haciendo. Siempre está a mano de los que quieren difamarnos, no falta ni en la biblioteca de escritores como Azorín, que andan por otros berenjenales de la labor literaria. Y, ya entonces, me propuse hacer la disección de tan miserable engendro de la malevolencia. Pero recién en 1931 pude hacerlo en la forma indicada.

         Mis artículos de La Unión fueron reproducidos en varias revistas americanas, pero no pude reunirlos en un libro. Hoy me toca hacerlo para redimirlos de la vida efímera de la prensa diaria. Y lo hago porque ha vuelto a ser citado Bermejo por pluma paraguaya, para dar una absolutamente falsa visión de nuestra antigua sociedad, de la cultura de nuestra gente linajuda, de la educación de nuestras más aristocráticas damas. En esto acciona en mí, a más de mi decoro de paraguayo, mis sentimientos filiales. Me siento hijo de una paraguaya ilustre, que paseó por nuestros salones su ponderada belleza y refinada distinción. Por ella pude juzgar lo que fueron las damas de antaño y pude juzgar la exactitud del testimonio del gran señor que fue el Barón Alfredo Du Graty, que vivió entre nosotros y se codeó con la mejor gente del Paraguay.

         Después de leer este libro no creo que sea ya posible se dé fe a las pamplinas de Bermejo, y, menos, que se dé validez histórica a sus imposturas y a sus plagios.

 

(1) Aparece en la edición de 1953, no en las versiones anteriores. (N. del E.)

 

I

 

         Corre todavía por el mundo un librejo, tan bien escrito como mal pensado, sobre el Paraguay. Con el título llamativo de Repúblicas Americanas, se narra en dicho envenenado panfleto una serie de "episodios de la vida privada, política y social" de nuestro país en la época de Carlos Antonio López. Su autor no es otro que Ildefonso Antonio Bermejo, ex director de El Semanario y el Eco del Paraguay, defensor y panegirista de nuestro primer Presidente hasta su muerte, escritor asalariado hasta 1865, en que vino la guerra y con ella nuestro completo aislamiento.

         Viviendo en Madrid pude darme cuenta del mal que nos hizo y sigue haciendo aquella regocijante caricatura, en la que es imposible negar que su perverso autor puso la sal cervantina y la acidez corrosiva de un estilo seductor. Junto con la leyenda jesuítica y la fama del Paraguay heroico, anda la bufa leyenda del país de opereta pintado por Bermejo. Escritores malintencionados e ignorantes de nuestra realidad histórica suelen citar aún al calumniador. Puedo recordar al engreído Azorín, que dio una vez como ciertas las patrañas del desagradecido. En más de una oportunidad hube de poner las cosas en su lugar, arrancando la careta al impostor. Y acabé por convencerme de que, en el desconocimiento absoluto de nuestro pasado, lo único que se sabe es lo que hace medio siglo refirió Bermejo.

         Visitando una vez una librería de viejo -la célebre de la Calle del Desengaño- encontré un libro de Bermejo que desconocía: la Historia Anecdótica y Secreta de la Corte de Carlos IV, libro de intriga, en el que se amontonan todas las miserias atribuidas al desgraciado Monarca y se da, de paso, una visión vergonzosa de la España de aquel tiempo. Pone prólogo a dicha obra un señor Julio Burell, que dice lo que va a leerse (1):

         "La primera vez que leí algo de Bermejo fue en 1874. Era yo un chiquillo y reí con toda mi alma entre página y página de sus recuerdos del Paraguay, escritos a su vuelta de aquel infortunado país, a donde el escritor español diera con sus huesos a causa de persecuciones políticas. Aquel librejo me gustó, me gustó de verdad. El tirano Carlos Antonio López; su heroico hijo, que tenía dentro del cuerpo un alma digna de otro teatro y de otras tiempos; la corte aquella de Ministros vestidos de arlequín; los Diputados guaraníes poniéndose los zapatos a la entrada del Palacio Legislativo; todo aquel Paraguay anecdótico, pintoresco, narración suelta y alegre, mancha de color fijada al lienzo de un solo trazo, tenía un encanto particular, una sana frescura. Aquello estaba visto y sentido por una naturaleza artística habituada a ver y sentir".

         El caso de Burell no es único. Son muchos hasta hoy los que caen en las redes del seductor y siguen viendo a la distancia ese Paraguay "infortunado" con su "tirano", sus ministros arlequines, sus diputados descalzos, sus uras, sangüis y picaquemas. Aquella "mancha de color", fijada al lienzo de un solo trazo, tiene "un encanto particular", todavía, para los que continúan creyéndonos poco menos que en plumas. ¡Fatal prestigio del arte, ante el cual hasta la verdad es impotente!

         Justo es decir que nosotros hemos contribuido a esta boga de Bermejo. Paraguayo hay que le da autoridad y le cita en apoyo de sus afirmaciones antojadizas, y siempre para deprimirnos. Y hasta se ha hecho una reedición paraguaya de su libro contra nuestro país, para venderla a los turistas. Lo que es más: hasta ahora no hemos castigado al audaz bandido de la pluma, asaltador alevoso de nuestro honor. Su impunidad le ha sobrevivido y esta es la hora en que sigue pasando por un escritor imparcial y verídico, que, como nadie, "supo ver y sentir" aquel prodigioso Paraguay de los López.

         Después de leer estas líneas ya no se podrá citar el testimonio de Bermejo.

         Voy a revelar por primera vez lo que hay de verdad en su libro y en su vida en el Paraguay.

 

 

(1) Julio Burrel, periodista español, que fue ministro de Instrucción Pública en uno de los mil gobiernos liberales que tuvo el fugado Alfonso XIII, poseyó una pluma ágil pero gozó siempre de una cultura de repórter. (V.L.C.).

         (N. del E.): Esta llamada corresponde a la versión aparecida en La Revista Americana de Buenos Aires. Las iníciales pertenecen al director de dicha publicación, don Victorino Lillo Catalán.

 

II

 

         El panfleto que voy a comentar fue publicado en Madrid en 1873, en pleno fervor republicano. Su prologuista, Burell, dice que en aquellos momentos era "un reaccionario, partidario de los Borbones, que hablaba pestes de Castelar, Rivero, Ruíz Zorrilla, Pi y Margall, de la libertad, de la democracia" Todo un "neo", jesuita de falda corta, siervo irredento de prejuicios medioevales, en plena penumbra del implacable caricaturista de la "tiranía" del Paraguay.

         Antes de comenzar su diatriba, dice en el prefacio: "Suplico a mis lectores que me crean, que ha de ser lo que refiera tan raro y no concebido, que tomarán a fábula lo que yo mismo he visto y tocado en sus menudas partes".

         Como se ve, le asalta un temor al ir a dar a luz engendro tan inverosímil de su inmensa malevolencia. Sospecha que puede ser tomado por un fabulista y se apresura a pedir que se le crea. No contaba con que es humano inclinarse a creer lo malo y que lectores adictos ha de haber siempre para los que escarnecen la verdad y ultrajan la justicia.

         Sobre todo, vencido el Paraguay, degollada casi toda su población, mudo en el largo estertor de su agonía, no le saldrían contradictores y su testimonio, aun siendo "raro y no concebido", nadie desmentiría. Su intranquilidad preliminar no tenía razón de ser y revela una reacción espontánea de su conciencia.

         Refiere después cómo vino al Paraguay.

         "Conocí en París -dice- al señor Francisco Solano López, hijo del Presidente de la República, a la sazón Ministro Plenipotenciario de su tierra cerca de Napoleón III. Hubo de agradarle mi proceder modesto o movióle lo inmerecido de mi desgracia de emigrado y me aseguró que era capaz de hacerme muy rico en pocos años si le acompañaba al Paraguay y le daba el socorro de mis luces en las reformas que pensaba introducir en la República. En un periquete quedó concertado el empeño, sin más solemnidad que la de una aceptación verbal por entrambos contratantes. Me dio una carta (cerrada) para el Presidente, me embarqué en un vapor llamado Pampero, llegué a Buenos Aires y en otro vapor llamado Manolita arribé sin accidente digno de anotación. Desembarcamos en Asunción el 26 de febrero de 1855".

         Y todo esto no es más que puro cuento, como el resto del libro.

         Conoció sí, al gran paraguayo en París. Lo que no nos cuenta es cómo lo conoció y en qué consistió ese proceder modesto que agradó a López. Bermejo era entonces poco menos que un mendigo en París. Vivía en la mayor miseria. Y llegó una vez a nuestra legación a solicitar la caridad de nuestro joven ministro. Consta en el diario de Rómulo Yegros. Bien modesto fue su proceder. Lo inmerecido de su infortunio despertó la compasión del magnánimo diplomático, que no titubeó en tomarle bajo su protección. Pero es ingenuidad infantil decir después de esto que el general López pidió a aquel pordiosero, por inteligente que fuera, el socorro de sus luces, prometiéndole, en pago, hacerlo muy rico. Y más ingenuo todavía es decir que aquel orgulloso y discreto varón se trocó enseguida en su confidente, hablándole de las reformas que pensaba introducir en la República. López lo acogió con benevolencia, y creyendo que podía ser útil a su país en la educación literaria de nuestra juventud, le propuso venir al Paraguay, donde le ofreció, no riquezas, pan y hogar, que era cuanto podía ambicionar el peregrino. Bien menguadas eran sus luces para que las reclamara el que siempre solo, sin tutela intelectual de nadie, forjó su recia personalidad y ocupa hoy un lugar distinguido en la historia entre los creadores de patrias. Y su actuación posterior en nuestro país se encarga de probarnos que no se le consideró nunca capaz de nada, fuera de sus funciones de gacetillero oficial y de modesto maestro. Mendigo en las calles de París, fue recogido por López y enviado a nuestro país. Todo su libro es la mejor demostración de que aquí no pasó de turiferario asalariado, a tal punto empalagoso que hubo de ser despedido por exceso de adulonería, como veremos más adelante.

         Ahora, en cuanto a su seriedad de "historiador", voy a dejar constancia de un "error" inicial, imperdonable por tratarse de un hecho trascendental en su vida. El día de su llegada al Paraguay era fecha que no podía olvidar. Y empieza por no saber cuándo llegó, ni en qué vapor hizo su entrada en Asunción. Asegura que vino en el vapor Manolita y que desembarcó el 26 de Febrero de 1855. Y en el suplemento del Semanario, correspondiente al 10 de abril de 1855, se lee que el 20 de Marzo de dicho año llegó el vapor inglés Buenos Aires, de 245 toneladas, cuyo capitán era Daniel Bruce, conduciendo los siguientes pasajeros: "Ildefonso Antonio Bermejo con su esposa, españoles; Lorenzo Torres con un hermano y un sirviente, porteños; Norman Smist (sic) con su esposa, ingleses; Mariano Martínez con Baldomero Díaz y una sirvienta, porteños; la esposa del capitán Bruce con tres hijos".

         Ni llegó, pues, el 26 de Febrero, ni vino en el vapor Manolita. No le preocupa la exactitud de sus datos. No se propone hacer historia. Escribe una novela, sin detenerse a compulsar nombres ni fechas. Y así son todas sus afirmaciones, como vamos a ir viendo en estos comentarios.

         "Cinco años viví en la República del Paraguay -sigue diciendo en el prefacio- durante cuyo tiempo analicé y estudié el país con prolijidad extrema, siendo en mis investigaciones más afortunado que Azara".

         Otra falsedad y una visible petulancia. Vivió en el Paraguay ocho años, desde el 55 al 63, y Azara, que fue un sabio, no viene a cuento tratándose de un charlatán como él. Un pobre diablo como Bermejo no puede decir que fue más o menos afortunado que el gran naturalista e historiador. Insolencia es, irritante, este parangón, que da la medida de su audacia. El análisis y estudio de prolijidad extrema de que habla se redujeron a hacer derroche de servilismo, a destilar en secreto su rencor por sus desgracias conyugales y a preparar la estafa al Estado con que había de coronar sus relaciones con el país que le redimió de la miseria. Porque hasta hoy seguimos ignorando que nos haya dejado una obra objetiva, científica o literaria, sobre el Paraguay. Ni la historia que prometió escribir, y cuyo precio, como veremos, cobró por anticipado, tuvo nunca principio de ejecución. Se contentó con cobrar pingües sueldos y llevarse al partir una buena cantidad de sonantes y relucientes onzas de oro. Y nadie ignora la obra monumental de don Félix de Azara, uno de los hombres más eminentes que hayan pisado la América.

         "Tuve la fortuna -escribe- de merecer del Presidente de la República, D. Carlos Antonio López, la confianza más ilimitada, y nada me negó de cuanto le pedí para el auxilio de mis observaciones científicas y mis estudios sobre las costumbres. Es verdad que yo remuneré tan señalada asistencia más con el consejo que nace de la buena intención que con el que proviene del entendimiento; que ni entonces ni ahora blasoné de entendido en trances gubernativos ni en apuros diplomáticos, pero este señor se manifestó casi siempre dócil a la lealtad de mis prevenciones".

         No puede darse nada más sabroso. Carlos Antonio López, que lo solía recibir, según nos cuenta en su libro, en calzoncillos, en un rasgo de despreciativa irreverencia, le brindó indudablemente su confianza ilimitada, tan ilimitada que lo parangonaba a los criados que le servían en las intimidades de su vida.

         ¡Don Carlos Antonio López "dócil" a sus consejos y advertencias!

         Y eso que declara con franqueza que nunca blasonó de entendido en trances gubernativos ni en apuros diplomáticos. No atinamos a adivinar sobre qué habrán versado sus consejos, si bien sospechamos que sería sobre las ventajas de ciertas necesidades o sobre menesteres de la vida doméstica.

         He de observar, de paso, que más adelante se contradice en lo que respecta a su falta de preparación para intervenir en materia internacional. Al referir el conflicto con el Brasil y los episodios tragicómicos de la misión Ferreira de Oliveira se da como el eje de la negociación y como el verdadero autor del arreglo pacífico. Una y otra parte fueron envueltos, según él, en las telarañas de su ingeniosa diplomacia y las cosas pasaron como deseaba... Pero de esto he de ocuparme después. Sólo quiero hacer notar que la modestia que finge en el prefacio a este respecto no corresponde a sus afirmaciones posteriores. Vale decir que el impostor olvida lo que dijo y se desmiente sin darse cuenta.

         Finalmente, afama en el prefacio que Carlos Antonio López, "siguió las trazas de Francia en contraposición de las costumbres políticas de nuestras modernas escuelas; pero así y todo fue blandísimo comparado con aquel tigre voluntariamente enjaulado en la propia tierra".

         ¡Las costumbres políticas de nuestras modernas escuelas! Se refiere, seguramente, a la escuela liberal, a la democracia que se debatía en medio de horrenda anarquía en su patria en los momentos en que procesaba la "dictadura" del Paraguay. Y eso no era su escuela por cierto, ya que sabemos que era un "reaccionario", partidario de los Borbones y enemigo de la República. Suspiraba por la vuelta de Fernando VII, el "absolutamente absoluto Don Fernando VII". Era de los que gritaban "vivan las cadenas y muera la libertad", de los que enjaularon al Empecinado y lo pasearon por todas partes como una fiera, castigando con el martirio su amor a la patria y a la libertad. No puede, pues, hacer un cargo a López por haber seguido "las trazas de Francia", bien español en sus procedimientos gubernativos, pero digno émulo del Empecinado en los arrestos de su fiero patriotismo. Blandísimo, sí, fue don Carlos Antonio López, con la severa blandura de un padre austero, de un rígido patriarca encargado por la providencia de conservar y acrecentar la herencia familiar, el vasto hogar de sus mayores, la discutida heredad amenazada por las voracidades vecinales.

         Bermejo, al oscurecer el cuadro que va a pintar, al darle un fondo de tinieblas, para hacer resplandecer su figura luminosa en medio de la barbarie en que actuó, no recuerda sus propias ideas políticas y hasta aboga indirectamente por el régimen que detestaba. Y, sobre todo, olvida que no le era dado presentar al austero magistrado como un simple tirano de la escuela de Francia, después de todo lo que escribió, en prosa y verso, para exaltar sus virtudes y enaltecer su obra de gobernante.

         Veamos, en efecto, cómo juzgaba a Carlos Antonio López el que más tarde había de presentarlo como un bárbaro sin ley. De los últimos artículos que le dedicó, a raíz de su muerte, entresacamos lo que sigue:

         "Fue un hombre íntegro, austero, valeroso, que enseñó a sus compatriotas el camino de la libertad y tuvo la suficiente energía para luchar heroicamente contra todas las eventualidades que con frecuencia interrumpían su pensamiento dominante, que era el bien de la República; hombre pacífico que, avaro de la sangre de sus compatriotas, los arrancó con mano fuerte de las violentas garras de la guerra civil, cuya perniciosa influencia invadía todos los ámbitos del Continente americano; hombre perseverante y laborioso, sacrificó su existencia a la patria; sus vigilias no tenían otro objeto que la felicidad de su país. Fuerte con el fuerte, manso y apacible con el desvalido, indulgente y valeroso con sus mismos ofensores, en todas partes encontramos rastros de su magnanimidad y en todas partes escrita está la historia de su vida y de sus virtudes con caracteres indelebles.

         "Como todos los reformadores tuvo que luchar con grandes obstáculos, tuvo que soportar las calumnias de un desenfrenado antagonismo que, lejos del teatro de los sucesos, no supo avalorar sus sacrificios. Cuando más abrumado se veía bajo el peso de la calumnia, si hubiese sido pagano, hubiera exclamado con Bruto: ¡Oh desgraciada virtud! ¡No eres más que un nombre vano!" Pero era cristiano, abrigaba otra filosofía, y en medio de sus tormentos exclamaba con San Pablo: ¡Oh profundidad admirable de la sabiduría de Dios! ¡Cuán admirables son tus juicios, cuán imposible es descubrir tus designios!'

         "El mejor tributo que se puede rendir a su memoria es esforzarse por conservar el espíritu de concordia con que selló el período de su administración".

         Y, por si no basta este panegírico en prosa, aquí va el canto con que lo aclamó como "libertador del pensamiento".

        

         Al Excmo. Señor Don Carlos Antonio López en ocasión del Decreto del 1º de Agosto sobre Libertad de Imprenta

 

Rara temporum felicítate

ubique velis sentire et quae

sentias discere licet.

 

TAC. HIST LIB. 1

 

Sacude tu letargo, musa mía,

No ensordezcas al grito del contento,

Y en dulce y jubilosa melodía

Alza de gloria el triunfador acento...

¡Canta del libre la inmortal poesía!

 

Paraguayos venid, cercad al hombre,

Que os indica el sendero de la gloria;

Cante la fama su preclaro nombre,

Y en letras de marfil grabe la historia

Una página insigne a su memoria.

 

Tejed coronas, para orlar su frente,

López!, repita sonoroso el viento,

López! aclame la entusiasta gente,

Pues con mano juiciosa y prepotente

Las cadenas rompió del pensamiento.

 

Ya el pensamiento es libre, ciudadanos;

No abuséis de esta dulce independencia,

Que no hay pasiones donde no hay tiranos,

Ni quien sondar pretenda los arcanos

Del santo tribunal de las conciencias.

 

Contemple la nación el bien que alcanza,

Que el sol de libertad mostró sus rayos,

La ilustración con ellos se afianza.

Alimenten los pechos paraguayos

El fuego bienhechor de la esperanza!

 

Sacude tu letargo, musa mía,

No ensordezcas el grito del contento,

Y en dulce y jubilosa melodía

Alza de gloria el triunfador acento...

¡Canta del libre la inmortal poesía!

 

         I. A. BERMEJO

 

         Y este es el hombre que hace chistes y se burla y escarnece a Carlos Antonio López, empeñado en presentarlo como reyezuelo arbitrario de una caricatura de nación.

         Tal era en 1862 el que en 1873, después de muerto, hundido su país, agotada para siempre la fuente de su generosidad, aparece en el libro que comentamos siguiendo "las trazas de Francia", en toda la deformidad de un espíritu atrabiliario, cruel y atrasado.

 

III

 

         Me propongo destruir las infinitas imposturas contenidas en el panfleto de Bermejo. Me contentaré con señalar algunas, para poner de manifiesto su mala fe y su falta absoluta de veracidad. Todo lo que cuenta sobre el Paraguay de aquel tiempo, todas sus "observaciones científicas" de nuestras costumbres, son pura invención o adulteraciones malevolentes de hechos que, en todo caso, serían blasón de la pureza de nuestra vida, de nuestro espíritu hospitalario, de la sencillez de nuestros hábitos. Y muchas páginas serían menester para enumerar siquiera todas sus contradicciones y las mentiras notorias en que incurre en el desfile caricaturesco con que quiere -y consigue- despertar la hilaridad del lector. Basta con algunos ejemplos para alcanzar mi objetivo, que es probar que no fue sino un vulgar calumniador, un falsario sin escrúpulos y un ingrato despreciable.

         En el capítulo primero refiere su entrada en Asunción. He probado que ignora el buque y el día en que llegó. Enseguida nos hace la caricatura del médico de sanidad. "Era un paraguayo -dice- de color algo más que trigueño, con un ancho sombrero de paja en la cabeza, desabrochado para dejar ver su camisa de listas azules y amarillas, pantalón de lienzo blanco". Y agrega que iba descalzo. Este curioso facultativo le tomó el pulso y le examinó la lengua "con escrupulosidad indescriptible". Después vino la lectura de un documento que empezaba así:

         "¡Viva la República del Paraguay! ¡Muera el asqueroso e inmundo Rosas, tirano Presidente de la Federación! ¡Muera el traidor Urquiza!"

 

         En este documento se notificaba a los extranjeros que debían descubrirse respetuosamente ante los centinelas; que de noche debían usar "linternas con luz"; que si "dentro o fuera de la ciudad se encontrase con el jefe supremo del Estado, el transeúnte hará alto y se descubrirá, si fuese a pie, y se ancará y usará igual ceremonia si fuese a caballo". Llevaba fecha 7 de marzo de 1843 y estaba firmado por Carlos Antonio López.

         No hace falta decir que todo es falso. En ningún documento de la época se hizo uso, jamás, del encabezamiento que atribuye a dicho documento. Conocida es la fórmula de López: ¡Viva la República del Paraguay! ¡Independencia o muerte! Los "mueras" están tomados de los documentos rosistas. Y el tirano de Buenos Aires no fue "Presidente de la Federación", sino gobernador, encargado de las relaciones exteriores. Ni hubo nunca en la Argentina "federación" sino "confederación". Ni Urquiza era "traidor" en 1843. Esto para empezar. Y para concluir, en 1843 no había "Jefe Supremo del Estado"; ni podría firmar sólo López. Bermejo ignoraba que en esa fecha nos regía el gobierno consular y que todos los papeles públicos llevaban la firma de López y Alonso. En suma un documento apócrifo, torpemente fraguado.

         Al recorrer nuestras primeras calles, se muestra extrañado de que no estuviesen empedradas. Seguramente vio, al pasar, el excelente empedrado de las calles de Buenos Aires, y estaba acostumbrado a ver asfaltadas en España las pequeñas ciudades como Asunción.

         Dice que le acompañaban el colector "Don Manuel González"; que no era Manuel sino Mariano. ¡Historiador de poco más o menos, no se preocupaba de detalles insignificantes!.

         Y se instaló en la casa de la calle Atajo (hoy Alberdi) que le brindó generosamente el gobierno. "Comencé a examinar mi residencia -escribe- y me encontré con una sala sin balcones, cuyas paredes atestiguaban la antigüedad del yeso que las había acicalado. Vi una mesa de cedro, cubierta con una bayeta azul, a guisa de tapete; sobre este paño, un tintero de cristal negro, dos pliegos de papel y una pluma de acero. Comprendí que no habían olvidado los menesteres de un hombre de letras". Y sigue describiendo el moblaje de la casa. Claro que se muestra indignado ante la pobreza de aquella morada. Y cuenta que su mujer, su famosa, su célebre mujer. Doña Purificación Giménez, rompió a llorar desconsolada. La verdad es que no era para menos. Bermejo y su "Purita", que así llamaba a su cara mitad, venían de vivir como príncipes en París. Los que acababan de conocer en la Ciudad Luz las holguras de una regalada existencia, no podían conformarse con una casa modesta, en la que si nada les faltaba, añoraban el lujo de que habían disfrutado...

         Pasó el primer día y al alborear el siguiente, oyó "una voz ronca que decía con entonación forzada: "Pytaguá!". Y vio en la abertura del postigo "la cabeza de un hombre que ceñía un casco de metal. El hombre del casco de metal le dijo: "Caraí guazú te llama" y desapareció. Dejó la cama y poco después supo "que aquel fantasma era un soldado de la escolta presidencial que venía a llamarme". ¡Así invitaba a visitarlo el Presidente del Paraguay!

         ¡Burda mentira! Ni el soldado mandado por López se atrevería a insultarlo, llamándolo pytaguá, ni existía tal casco de metal. Pero había que adornar el llamado del Presidente. No tendría gracia una simple y vulgar invitación. Le faltaría la nota de color.

         En marcha, llegó por fin a la casa de gobierno, "que era un tosco edificio de planta baja, con muchas ventanas sin cristales, una gran puerta, corredor con columnas de ladrillos blanqueados". El "tosco edificio" aquel era la magnífica casa colonial de la hoy calle Buenos Aires, destruida en parte hacia la Catedral y donde funcionan dependencias de la Policía. Tosco tenía que ser. El Presidente tenía que vivir en algo así como una choza de indios. Un bárbaro como Carlos Antonio López reclamaba el medio adecuado para que resaltara su figura pintoresca.

         Cosa extraña entre indios, el oficial de guardia le "alargó la mano, sonriendo afectuosamente". Mientras era recibido, los soldados se colocaron frente a él en hilera y lo estuvieron contemplando "de hito en hito, sin decir una palabra"...

         ¡Pobres guaraníes! Lo miraban como a bicho raro y ni siquiera le dirigían la palabra. Quiere decir que quedaron mudos al ver por primera vez a un hombre blanco. Salió el comandante de la escolta, saludóle el muy bárbaro con mucha cortesía, sacó un cigarro, "lo introdujo en su boca y así que le hubo chupado a sabor, con la humedad que habían producido sus labios", se lo entregó "en son de obsequio". Felizmente comprendió "que aquello era más una costumbre que un agravio". Los paraguayos acostumbraban chupar y rechupar, como se ve, los cigarros, antes de brindarlos a los demás. La gentileza estaba en entregarlos bien húmedos de saliva. Observación "científica" del émulo de Azara, que no pudiendo escapar a ningún viajero, no fue anotado por ningún otro. ¡Con razón pide que se le crea, al empezar su libro!

         Por fin "un joven mulato, descalzo y en mangas de camisa", le condujo ante Su Excelencia. Y nos hace la presentación del Presidente del Paraguay. "Fui conducido -dice- a una sala muy espaciosa, bien blanqueada, enladrillada, adornada de algunas cuantas sillas con asiento de mimbre, una mesa con tapete de paño encarnado, papeles, libros y un sombrero de copa, en forma de campana, con escarapela tricolor. Sobre una silla había un frac de paño azul y un pantalón de lienzo blanco. El Presidente estaba sentado en calzoncillos blancos, en una hamaca"... No puede negarse que el cuadro tiene color, y hasta subido color. El dormitorio del primer magistrado no era más lujoso que el que le había tocado en suerte. El sombrero de copa, de felpa blanca y forma de campana, pone una nota pintoresca. Sobre todo la fantástica forma de campana es cosa que da al cuadro excepcional interés. Y la actitud del Presidente, sentado en una hamaca y en calzoncillos, completa el sabor exótico de la curiosa escena.

         Bermejo no hace comentarios al respecto. Deja al lector que saque sus deducciones sobre lo que sería aquel país, en el que el Presidente recibía por primera vez a un extranjero en paños menores, en una habitación desmantelada, sentado en una hamaca.

         Pero aquí no termina la cosa. Después de breve charla, el recién llegado se quejó de que los murciélagos no le habían dejado dormir en toda la noche. Y esto puso fuera de sí a López. "Sonó la campanilla en ademán rabioso, acudió el comandante de la escolta y dijole con airado acento: "¡Al Ministro de Hacienda que venga inmediatamente!". Y mientras llegaba el Ministro mandó sacar el campanudo sombrero blanco e hizo poner en su lugar otro, de igual forma y tamaño, pero de color negro. Bermejo nos da la clave de esta maniobra. Era que "el sombrero blanco en la cabeza o al lado del Presidente significaba contentamiento y el negro irritación y deseos de castigo". Nueva nota bufa, que aumenta el interés de aquella mancha de color.

         El pobre Ministro le Hacienda fue recibido con esta rociada: "No me sirven ustedes más que de estorbo. Son ustedes los ministros unos badulaques, y usted un animal".

         "El Ministro inclinó la cabeza y respondió sumisamente: ¡Sí, señor! Acabo de saber -prosiguió- que una de la mejores fincas del Estado la están destruyendo los murciélagos. Busque otra casa a este caballero y haga limpiar los techos. El Ministro quería preguntar algo, pero le temblaban los labios y no acertaba con la palabra. Y el Presidente exclamó. ¿Qué me mira usted, so bárbaro? ¡Quítese de mi presencia antes de que esta campanilla vaya a su cabeza! Sí, señor, dijo el Ministro, y huyó rápidamente".

         Después se anunció el jefe de policía. Era "capitán de infantería, con uniforme a la francesa, de gallarda presencia, pero que tenía un alma feroz y un corazón depravado". Venía a denunciar que uno de los compañeros de Bermejo había traído una máquina infernal, "acaso pagado por los traidores de Buenos Aires, para asesinar al presidente". Hubo de tranquilizarlo, explicándole que se trataba de una simple máquina fotográfica.

         Enseguida se presentó el barbero oficial con chaqueta de lienzo cruzado, sin chaleco ni corbata, pantalón blanco y el pie "completamente desnudo". Detrás del barbero entró la Presidenta. "Su color revelaba ser hija de padre europeo y madre india. Vestía un traje de percal oscuro, con un delantal blanco; calzaba zapatos de escote, pero no llevaba medias".

         Y con esto termina el cuadro, que tiene un apéndice: cuando regresó a su casa encontró al Ministro de Hacienda "subido en el tejado, escudriñando los sitios donde estaban los nidos de murciélagos".

         He de advertir que este capítulo titulado El Ministro de Hacienda y los Murciélagos es uno de los más famosos del libro, el más comentado, el que más éxito ha tenido. Y en todo él no hay una palabra cierta. Todo es absolutamente falso.

         Basta decir que en aquel tiempo no existía Ministro de Hacienda. La creación de los diversos ministerios vino después, por decreto del 4 de Noviembre de 1855, como puede verse en el volumen 9, número 8-13 del Archivo Nacional. Cuando llegó Bermejo no había sino una secretaría general de gobierno, desempeñada por don José Falcón. Mal pudo, pues, decir López que sus ministros no le servían sino de estorbo, que eran unos "badulaques" y que el de Hacienda era "un animal". La impostura se desmorona así, sin trabajo. Y este detalle nos está diciendo que todo el cuadro es inventado.

         Tal vez sea cierto que López recibió en calzoncillos, en su dormitorio, al pordiosero que le mandaba su hijo. No tendría nada de extraño. Es el tratamiento que se da a gentes de ínfima extracción, a los criados, a pobres diablos que vienen en demanda de un poco de pan. No era cosa de ponerse su frac y su pantalón de lienzo blanco y su monumental sombrero campana para cumplimentar a Bermejo.

         Se explica la familiaridad de aquel recibimiento y hasta que la ilustre Doña Juana Pabla Carrillo se le presentara con la vestimenta de una cocinera, si bien con zapatos de escote, pero sin medias. Hacía mucho calor. Era en el mes de Marzo y aquella mestiza de india y europeo no iba a vestir de gala para saludar a tan solemne desconocido.

         ¡Cosas de la democracia! Aquel finchado reaccionario no podía comprender la sencillez de nuestras costumbres.

         Hay que decir que el jefe de policía a que alude, hombre feroz, de alma depravada, era el correcto caballero don Gregorio Mareque, ciudadano inofensivo, como el que más, indigno de los calificativos que le aplica el novelista.

         En cuanto a los dos sombreros campanas del Presidente, el uno nuncio de paz y el otro de guerra, no existieron, claro está, sino en la mollera del maldiciente.

         Total: una serie de mentiras. La inexistencia del héroe central del capítulo, el Ministro de Hacienda, descorre el velo y pone en claro la notoria falsedad de todo lo que cuenta.

         El capítulo tercero está dedicado a la "aristocracia paraguaya". Después de poner en ridículo al Presidente de la República, escarnece a nuestra sociedad. Tal para cual. A un presidente cerril tenía que corresponderle un pueblo semi bárbaro, cuya élite tenía que ser lo más plebeyo que pueda darse.

         Veamos la presentación que hace de nuestra aristocracia.

         Cuenta que, apenas llegado, recibió la visita de doña Ramona Gil, acompañada de sus dos hijas. Advierte que dicha señora "pertenecía a la aristocracia de la población". Y, en efecto, era así. "La matrona, dice, era de poca estatura, rechoncha y blanca. Vestía un traje de seda color café, sin adornos, y cubría sus hombros un grande pañuelo de rebozo con flecos. Sus hijas llevaban el mismo equipo. Penetraron haciendo mil reverencias, a cual más ridículas, hablando las tres a un tiempo medio español, medio guaraní". Lo primero que preguntó la dama visitante fue si tenían hijos. Y, al saber que no tenían, dijo: "descuiden ustedes que pronto los tendrán, que en el Paraguay toda extranjera que come mandioca al momento queda preñada y pare hijos a docenas". (Aquí Bermejo hace el descubrimiento de la mandioca y explica como es el maravilloso tubérculo fecundador, totalmente ignorado por el mundo hasta su llegada al Paraguay, si bien con el nombre de yuca era más conocido que el mismo Bermejo en España, desde los días de la conquista, y con el de manióc estaba incorporado a la ciencia hacía siglos). Doña Purita estaba encendida ante aquellas indiscreciones de la paraguaya. Y cuando doña Ramona sacó del bolsillo y le brindó un puro, se excusó "con voz temblorosa y ruborizándose". Madre e hijas encendieron sus tagarninas y se echaron a fumar... Pero todo esto no era sino un pretexto para llegar a un fin interesado. La tal visita de las aristócratas fumadoras no tenía más objeto que asegurar la venta de los chipás que fabricaban a los recién llegados. Y, conseguido esto, se retiraron.

         ¡Pobre doña Purita! Aquella gentuza había mortificado horriblemente su pudor, hablando en su presencia de fecundidad y hasta ofreciéndole un puro. Se explica que en semejante sociedad perdiera pronto su inocencia y se viera en vuelta en aventuras escandalosas con mozalbetes, discípulos de su esposo, y que éste acabara por ser "fumado" por ella.

         Doña Ramona Gil como vemos, era todo un espécimen de nuestra cultura. Una tahonera burda, grosera, sin pizca de educación. (1).

         Y así eran, según él, las damas paraguayas. Pronto habla de recibir la visita de otras aristócratas "del mismo jaez, lavanderas, planchadoras, surtidoras de dulces". No hace excepciones, no dice que, ni por casualidad, haya conocido gente distinguida en el Paraguay. Todas nuestras matronas eran simples "placeras", mercachifles, gente de baja estofa...

         ¡Qué diferencia entre lo que dice el pordiosero redimido por nuestra generosidad y lo que escribe el Barón Du Graty!

         El noble belga llegó a Asunción poco después de Bermejo. Hombre ecuánime y desapasionado, observador inteligente dio una visión exacta de lo que era el Paraguay. Suyas son estas palabras que invalidan las ruines mentiras del aventurero. "Los habitantes de Asunción son de un carácter dulce y simpático. Las señoras tienen un tipo distinguido y en cuanto a su traje y a su trato, nada tienen que envidiar á las porteñas". El gran señor veía así a nuestra sociedad, escarnecida por el descamisado, acostumbrado a dormir bajo los puentes del Sena, Príncipe de la "Corte de los Milagros", de que habla Hugo. Eso sí, nuestra modestia, rayana en humildad, ha sido siempre proverbial. Y nuestra hospitalidad ilimitada. Bermejo no supo apreciar la llaneza de nuestra gente y atribuye a inferioridad lo que era, por el contrario, prueba de superioridad, ya que sólo una alta alcurnia espiritual y una delicada educación desconocen las debilidades del orgullo y abren el corazón a la generosidad. La "aristocracia paraguaya", si es que la conoció en realidad, no era por cierto la "casta", no eran las "placeras" que pinta, era la que pudo juzgar Du Graty, y juzgó en términos que conocemos. Pero Bermejo no hace un retrato, hace una caricatura. Todo tiene que ser bufo en su libro. Sólo se propone hacer reír. Y a fe que lo consigue...

         Refiere después una segunda entrevista con el Presidente, tan cómica como la anterior. Estaba por comprar una cotorra a un indio (claro, cotorra, indio...! "nota de color"!) cuando fue llamado urgentemente. Encontró, a la puerta de la morada presidencial "un coche semejante a los simones que nos describe Quevedo", vale decir, lo más cómico en materia de vehículos. "Estaban formadas tres guardias: la de honor de su casa, la de la casa de gobierno, que estaba enfrente (se refiere a la vieja casa de los gobernadores y de Francia, situada, no enfrente, a dos cuadras de distancia) y la de un cuartel situado a la izquierda. Las cabezas de los tres ministros (que no existían todavía) estaban asomadas a las rejas de la colecturía (Por más datos los ministros "chupaban naranjas"). Apareció don Carlos "vestido de capitán general". Sonaron las trompetas de la escolta próxima. No podían entenderse y el Presidente se exasperó. "Se vuelve a los trompeteros y exclama: ¡callad demonios! ¿No veis que estamos hablando?" Nada, los "trompeteros" siguieron soplando, hasta que el Presidente atizó un bastonazo al más próximo. Con esto todos hicieron silencio. "A lo cual exclamó don Carlos Antonio López: ¡Miá, miá, qué animales! ¡Si serán brutos mis paisanos!..."

         Y todo para contar que el Presidente le dijo que si necesitaba dinero podía pedirle al colector.

         Después de esto se puso en marcha, no sin gritar antes a los "trompeteros": "¡Ya podéis tocar, estúpidos!" "Y rodó aquel colosal vehículo, y salieron de su reclusión los ministros, corriendo como alumnos de colegio, chupando el de Relaciones Exteriores su última naranja".

         Y tal la segunda visión que nos da del hombre ilustre que cantó en prosa y verso. Un auténtico energúmeno. Un bárbaro brutal, que daba bastonazos a sus soldados y trataba de brutos a sus paisanos. Una especie de idiota furioso, que decía "miá, miá", como los chicos que empiezan a hablar. El viejo catedrático de filosofía, por oposición, en el real seminario de San Carlos, abogado antes de los veinte años, viene a resultar así un capitán general de mojiganga, que apenas balbuceaba el castellano...

         ¡Pobre Bermejo! Como payaso tenía, indudablemente, dotes excelentes. Para hacer reír se pintaba solo. Pero qué lejos está de Azara, con el que se compara. Como histrión, sí, era mucho más que el famoso naturalista. Sus "episodios" huelen a albayalde de clown y suenan a cascabeles de arlequín...

         En los capítulos cuarto y quinto habría mucho que espigar. Cuenta la historia de un supuesto "Fermín Duarte" que nunca existió, para poner de manifiesto la horrenda tiranía del que en ditirámbica poesía presentó como libertador del pensamiento, del hombre al que durante ocho años glorificó, del magistrado que amparó su miseria y de cuya obra civilizadora fue testigo. No es posible reproducir dicha "historia", dada su extensión. Todo en ella es falso. Los supuestos documentos que reproduce -y que alguna vez citó el doctor Báez- son absolutamente apócrifos. Una novelita policial injertada en el panfleto. Nada más. Anotaré algunas perlas.

         Vuelve a repetir que salió de Buenos Aires en el vapor Manolita, el 23 de Febrero de 1855. Y como antes dice que llegó a Asunción el 26 de dicho mes, quiere decir que la navegación era, en aquel tiempo mucho más rápida que ahora.

         Dice que en Humaitá pidieron los pasaportes a los pasajeros y encuentra esto sumamente ridículo. Hoy no se exige pasaporte en España, ni en ninguna parte. Sólo el tirano López podía caer en semejante ridiculez.

         Habla del "Excmo. Señor Brigadier de la República don Venancio López". Y, a renglón seguido, dice que "el hijo segundo del Presidente (o sea Venancio) era coronel de un regimiento".

         Habla de una "Colonia Oriental", población situada al otro lado del río, donde se deportaba a los delincuentes y mujeres de mal vivir". Y se trataba de la "Villa Occidental", hoy Villa Hayes.

         Dice que el Cónsul en Buenos Aires era "una especie de agente comercial", como si los cónsules fueran o hayan sido alguna vez otra cosa. Y agrega que era espía y delator.

         Entre los "documentos" que ilustran la "historia" del supuesto Fermín Duarte, hay uno que es un primor. Según él, las novias en el Paraguay "cuando acuden a la iglesia a recibir la bendición nupcial van vestidas de luto riguroso". Una niña, sabiendo que en Buenos Aires se casaban de blanco, resolvió hacer lo mismo. "La víspera de la mañana en que la novia debía ir al templo, recibió su padre un escrito del juez de paz, que decía: "Tengo orden del Excelentísimo Señor Presidente de la República de prohibir a usted que su hija vista la ridícula vestimenta con que se propone contraer matrimonio. El Excmo. Señor Presidente ha comprendido que ese traje es un símbolo de pureza y virginidad. ¿Puede usted asegurar que su hija se halla en esas condiciones? Desista de una innovación tan extraña a los usos de la República, como ridícula a los ojos de todos".

         Y agrega que "aquella orden fue parto del Presidente, mandado copiar al juez, un desahogo rabioso del primer magistrado". Es decir que el "tirano" no se atrevió, rabioso como estaba, a dar la cara de frente, y se valió de un pobre juez de paz.

         ¡Patraña la más ridícula! Hoy todavía la clase media se casa de negro en España. Lo vi cada día, durante cinco años de residencia en Madrid. O se casa con el traje que le da la gana. Pero el blanco, por más costoso, seguramente, es más frecuente en la aristocracia o entre gente adinerada. Aquí pasaba lo mismo. No existía tal prohibición, ni por la ley ni por las costumbres, de vestir de blanco la novia en el acto del matrimonio. La nota que he reproducido es de su exclusiva invención.

         En la misma historia de Duarte incluye actos de la mayor ferocidad del "tirano", atropellos a la propiedad, desmanes incalificables. Calumnia gratuita, hechos fantásticos como el personaje de su cuento. Todo mentira, mentira fraguada sin talento, con el solo objeto de dar un fondo sombrío al "color local", a la jocosa narración de sus aventuras en el Paraguay, al cuadro de costumbres americanas, destinado a halagar la malquerencia de sus compatriotas y a conquistar lectores explotando la humana malevolencia.

         Pero no es difícil destruir sus imposturas. Basta con poner a Bermejo contra Bermejo, vale decir al que ataca frente al que defiende, al que difama en contradicción con el que glorifica.

         Véase lo que escribía en "El Semanario", No. 286, correspondiente al 7 de Mayo de 1859:

         "El sistema de gobierno que nos rige es el único que debe regir un país adolescente. Este sistema de gobierno no ha eliminado de su forma recta y severa la libertad individual, de cuya pérdida no se ha lamentado jamás la República. La rectitud con que camina, la uniforme distribución que ha dado a su poder y el ejecutivo cumplimiento de sus deberes son precisamente la base y el sostén de esta libertad individual que no echamos de menos y de la cual suelen carecer lastimosamente los pueblos que han merecido el pomposo epíteto de avanzados, porque se lisonjean de desprestigiar el poder y exigir la tolerancia de los abusos.

         "El gobierno del Paraguay rígido en los dogmas de su institución, considera sus estatutos gubernamentales como el evangelio político que ha de separarlo del mal, para llevarlo triunfante por el buen camino. Las características principales que le distinguen son tolerancia en las opiniones, cuando éstas no tienen un carácter nocivo a las leyes del país, y abstracción completa de cuanto pueda tener lugar en el hogar doméstico, donde jamás penetra, ni por acaso, la voz de ningún delegado del gobierno. Testigos somos de lo eficaz y ejecutivo que es el gobierno en la pronta represión del crimen y para evitar el abuso o el ataque a la propiedad. Justiciero en sus disposiciones, distribuye con imparcialidad el premio y el castigo, y merced a este fijo sistema de justicia la sociedad ha logrado señalarse entre todas las Repúblicas de América del Sud.

         "¿Cuál es el resultado de nuestro sistema de gobierno? Paz exterior e interior; libertad individual en su mayor escala; respeto a la propiedad; fundadas esperanzas de un porvenir mejor".

         He ahí el verdadero Carlos Antonio López, defensor de la libertad individual, de la propiedad privada, de la justicia y de la paz. Este es el de la historia. El otro, el que pintó después, para castigar en el inocente Paraguay las liviandades mujeriles que le atormentaban y que habían de acabar por trastornar su juicio y por dar triste acabamiento a su vida en una casa de orates, es un engendro fabuloso de su despecho y de su ingratitud

 

 IV

 

         Las burdas mentiras apuntadas, bastan para dar idea del valor "histórico" del novelín de Bermejo. Pero he de señalar todavía otras groseras imposturas y no pocas simplezas, para acabar de poner de manifiesto la maldad de que hace gala en su grotesca caricatura del viejo Paraguay.

         El capítulo VI se titula EL AZOTADO. Empieza por referir la visita que le hizo, pocos días después de su llegada, el comandante de la escolta presidencial, el mismo sujeto que le ofreció un cigarro bien empapado en saliva, el día de su primera entrevista con el Presidente.

         Por lo que cuenta se deduce que la visita era más a Purita que a él. Un instinto secreto movió seguramente al paraguayo. La española, que era guapa y muy salada, era también provocativa. Casada en segundas nupcias con Bermejo, le aventajaba en juventud y no debía estar muy satisfecha de su negocio matrimonial. El hecho es que pronto fue como miel para las moscas, atractivo principalísimo del hogar de nuestro caricaturista, telaraña en que se enredaron muchos corazones. De todas sus aventuras, la más notoria, la más escandalosa fue la que tuvo con Natalicio Talavera, el romántico poeta de aquellos tiempos, primer alumno de la ACADEMIA LITERARIA...

         Hay que decir, pues, que el comandante quedó prendado de Purita. Lo cuenta Bermejo. Deslumbrado ante ella, exclamó: "¡Qué linda!" "Y acentuando más su admiración, agregó: ¡poraité! Esta es una palabra en guaraní; un adjetivo en grado superlativo. ¡Porá! quiere decir bueno, y añadiendo ité significa bonísimo o muy bueno; pero tiene en guaraní esta palabra una fuerza tal, que equivale a sublime, a no cabe más.

         Se ve que a Bermejo le intrigó la exclamación del comandante y que trató de penetrar el alcance de la palabreja guaraní. Su interpretación denota un apreciable esfuerzo lingüístico...

         Lástima que no nos cuente dónde fue a parar la admiración del gallardo militar. Tema era éste para que tejiera una novelita ejemplar, como la de Fermín Duarte, que no dejaría de dar color a su libro.

         Enseguida nos presenta a uno de sus primeros amigos e informantes, el cónsul de la Confederación Argentina don José Ramírez. Conste que en páginas anteriores asegura que se llamaba "Francisco". Pero lo mismo da. El historiador no era muy escrupuloso en materia de fechas, nombres, hechos y lugares. Lo mismo le daba "Chana que Juana".

         Este señor Ramírez tenía que ser amigo y confidente de Bermejo. "Era, dice, un gran murmurador de las cosas del país". Y agrega que "andando el tiempo lo puso al corriente de muchos usos paraguayos".

         Y así venimos a conocer una de sus fuentes de información: el cónsul Ramírez, hombre murmurador de las cosas del país. Un maldiciente tenía que ser el que lo documentara. El otro era el famoso Sinforiano Alcorta. Enemigos los dos del Paraguay y de sus gobernantes.

         Gracias a Ramírez, pudo enterarse de que un "zagal de veinte a veintidós años" había sido azotado en esos días, por orden presidencial", por haberse descubierto que "una romana que le servía para pesar el tabaco que vendía no tenía el sello judicial o la marca de policía que autorizaba la legalidad del instrumento". Don Carlos Antonio López azotaba, pues, a los ladrones, porque el zagal del cuento lo era al robar al público con pesas falsas.

         "Manifesté mi asombro, escribe, considerando que era grande el castigo para tan pequeña culpa". ¡Cuestión de apreciaciones! Para el historiador Bermejo el robo era pecado venial. López pensaba de otro modo. Para con los ladrones era implacable y no los consideraba dignos de otra pena que la del azote. Podía estar en un error, pero no estaba solo. La libre Inglaterra sigue azotando todavía a los ladrones!

         Aquí refiere Bermejo un cuento del murmurador consular: según Ramírez el jefe de urbanos de Itacurubí, para castigar un acto de desobediencia, "dispuso que tres vecinos, sus hijos y sus mujeres, tirasen de una carreta cargada. La fatiga enfermó a los más robustos y costó la vida a una mujer y dos niños. Sabido esto por el Presidente, el capitán, jefe de urbanos, fue ascendido a comandante y casó después con la hija mayor del Presidente. Se llamaba don Antonio Trigo, hijo de un catalán y de una criolla paraguaya".

         Así eran los informes del cónsul, que nuestro pintor de brocha gorda consigna en su libro, para convencernos de que don Carlos Antonio López era sencillamente un bandido, un asesino de mujeres y criaturas.

         Y Bermejo miente a sabiendas y refiere hechos cuya falsedad no podía ignorar. Después de vivir ocho años en el Paraguay, sabía muy bien que la hija mayor del Presidente no estaba casada con el supuesto bandido "Antonio Trigo", que nunca fue jefe de urbanos de Itacurubí. Don Carlos Antonio López tuvo dos hijas, doña Inocencia y doña Rafaela, la una casada con el general Vicente Barrios y la otra con don Saturnino Bedoya. La impostura falla, como siempre, por su base.

         Por lo demás, quedan innumerables documentos para probar que López no sólo no premiaba el más pequeño abuso de los funcionarios públicos, pero ni siquiera toleraba la más leve inmoralidad en su vida privada. Bastaba que un empleado fuera sorprendido bebiendo alcohol para que el rígido Presidente lo procesara. Ni los representantes del clero escapaban a esto. Sobre todos velaba el austero arquitecto de nuestra nacionalidad.

         El siguiente documento, tomado del volumen 9, n. I, del Archivo Nacional, es por demás elocuente a este respecto:

 

         ¡Viva la República del Paraguay!

         ¡Independencia o Muerte!

 

         Asunción, Marzo 15 de 1850, año 41 de la libertad, 40 del reconocimiento explícito de la Independencia por el Gobierno de Buenos Aires, y 38 de la Independencia Nacional.

         El Presidente de la República-

         Sin embargo de que cuenta con la rectitud e integridad de los funcionarios públicos, queriendo prevenir abusos y facilitar a las partes el expediente de sus quejas sobre arbitrariedades de los empleados de la República: acuerda y decreta:

         Artículo 1º Queda designado el sábado de cada semana para audiencia sobre quejas de arbitrariedades que las partes quieran elevar al Gobierno por escrito o a la voz, contra los jueces y demás empleados de la comprehensión de la capital.

         Artículo 2º Se designa el lunes de cada semana a los habitantes de la campaña para el uso de su derecho en los casos que expresa el artículo anterior.

         Publíquese por bando en la forma acostumbrada.

 

         Carlos Antonio López

         Miguel de Haedo

 

         Secretario Int. del Supremo Gobierno

 

         Como se ve, López invitaba al pueblo a hacerle llegar sus quejas y designaba dos días de la semana para escucharlas. Y un magistrado así, no podía premiar un crimen estúpido como el que se atribuye al supuesto capitán Trigo. Y es ya el colmo de la insensatez decir que a un bandido semejante lo ascendió y hasta le dio su hija por esposa. Esto bastaría para dar idea del valor "histórico" del inmundo panfleto de Bermejo.

         En el capítulo séptimo, cuenta una nueva entrevista con el Presidente.

         Al llegar y a boca de jarro, le dijo que estaba muy pesaroso, porque su señora estaba enferma, "con grandes evacuaciones"; por haber bebido aguardiente después de "comer unas cuantas rajas de sandía".

         Y López le hizo esta advertencia: "puede Ud. comer todas las frutas del país, sin peligro, siempre que las coma en ayunas".

         De esta suerte, venimos a saber dos cosas: que en el Paraguay si no se bebe aguardiente sobre la sandía, produce grandes "evacuaciones" y que las frutas hay que comerlas en ayunas".

         ¡Dos hechos que han escapado a nuestros higienistas!

         Después de este introito de carácter intestinal le dijo que su hijo, el general López, había llegado, que su venida era muy oportuna, "porque teniendo que entrar en litigio con el Imperio, que amenazaba el Paraguay con una escuadra, las luces de Pancho y las suyas (las de Bermejo) le servirían de mucho".

         "Yo le manifesté, escribe, mi contentamiento por la arribada de mi amigo el general y le dilas gracias por quererme ingerir como auxiliar en asunto tan levantado, aunque mis luces en asuntos diplomáticos eran muy opacas. Me respondió que yo era muy modesto y que sabía por Pancho que yo era una perla escondida".

         Con la seguridad de la asistencia de aquella escondida perla, cobró bríos el Presidente. Y le dijo:

         - "¡Ya daremos entre todos cuenta de los macacos!"

         La Triple alianza contra el Brasil estaba firmada. López descontaba la victoria. Pero a Bermejo le chocó lo de macacos. El Presidente le explicó que "en su país se acostumbraba poner adjetivos de esta clase a los extranjeros, que los brasileños eran llamados macacos, los italianos carcamanes, los ingleses gringos y gabachos los franceses". En cuanto a los españoles, no tenían mote, porque el Presidente "era nieto de español".

         Un rosario de mentiras. Aquella "perla escondida" mentía sin tasa ni medida. López no pedía ni a Dios el concurso de sus luces y menos iba a pedirla al pobre  aventurero, que desde ya, se declaraba analfabeto en achaques diplomáticos. Y lo de carcamanes y gabachos es pueril invención. Esas dos palabras son desconocidas en el Paraguay. Aquí los extranjeros son "gringos", sin distingos de nacionalidad. Y, como en todo el Río de la Plata, a los españoles se les llama "gallegos". López no pudo decir lo que se le atribuye. Era hijo, no nieto, de español.

         Después entraron a hablar de la reina de España, a la que don Carlos atacó duramente, porque no había querido recibir a su hijo, de quien dijo que "era un súbdito suyo". Bermejo se encrespó, lo interrumpió y le dijo "que suspendiera sus calificativos". Y como don Carlos insistiera levantó el tono para decirle: "Señor Presidente, menos vehemencia y más razones". Enseguida dio las suyas y el pobre Presidente "quedó reflexivo y suspenso". Bermejo lo había anonadado. La verdad es que reaccionó después y volvió a la carga contra la reina. Esta vez Bermejo fue más severo, interrumpiéndole de nuevo, para manifestarle que "es poco cortés, poco generoso agredir a una soberana, a una señora, en presencia de un súbdito suyo que no tiene escudo para defenderla" Y agregó en un gesto de heroico y caballeresco romanticismo, "estoy resuelto a todo, antes que consentir que se ultraje a mi Reina" Don Carlos acabó por felicitarle por su actitud.

         Dura, tremenda lección para el "tirano". Bermejo se le subió a las mismas barbas y lo puso de vuelta y media.

         La verdad es que esto probaría, a ser cierto, que el tigre sanguinario no era tan fiero como lo pinta su caricaturista; un presidente que se dejaba tratar así por un tinterillo extranjero recién llegado, tenía que ser un pobrísimo diablo.

         Pero todo en esta escena es absolutamente falso. El Don Carlos de la realidad era otro muy diferente. Sin ser el hombre iracundo que pinta Bermejo, que trataba a bastonazos a los soldados de su escolta, y a puntapiés a sus ministros, era muy orgulloso y altivo, celoso como nadie de su dignidad y del decoro de su alta investidura. Es pueril querer hacer creer que soportó humillado las impertinencias de Bermejo y que perdió su tiempo en discusiones con él sobre su reina. Y la bravata final, especie de desafío el más insolente bate el récord de la ingenuidad. ¡Menuda patada recibiría quien se atreviera hablar así a Don Carlos Antonio López! El pobre Bermejo fracasa al querer pulsar la cuerda épica. Buen payaso, era un adefesio en actitud heroica...

         La entrevista terminó en buenos términos. El Presidente concluyó por pedirle que escribiera "en español moderno" un primoroso artículo sobre la ejecución de un ciudadano, fusilado esa mañana, por haber llamado hijo del diablo al primer magistrado". Y a continuación la historia de "Cipriano Salcedo", supuesto actor en esta tragedia. Una novelita terrorífica como la de "Fermín Duarte", otro fantasma creado por la fantasía del maldiciente.

         Dice Bermejo que con el proceso de Salcedo se fue a la casa del general López horrorizado; que éste le dijo que a haber llegado antes hubiérase evitado la catástrofe; que "andando el tiempo, entre los dos irían dulcificando el rigor de la primera magistratura". Y he aquí como Solano López, en esta primera entrevista en el Paraguay, reconoce la "tiranía" de su padre y se asocia a Bermejo para ir "dulcificándola". Ni con esto se calmó el Príncipe de la Corte de los Milagros, devoto de Fernando VII. No, no podía continuar en semejante antro del despotismo. "Le manifesté, dice, mis deseos de embarcarme para Buenos Aires, porque era imposible amoldarme a las costumbres del país; pero el general me suplicó que no partiera, que pronto me sería grato el Paraguay". La palabra persuasiva de su joven protector hizo el milagro de que se quedara... por ocho años en Asunción. Y así pudo seguir anotando sus "observaciones científicas" sobre nuestras costumbres con más fortuna que don Félix de Azara.

         Cuenta que días después de esto vino a visitarle don Vicente de Urdapilleta. Y aquí entra en función mi familia. El visitante ése es un hermano de mi madre y por ella sé que cuanto cuenta en esta parte de su libro es un tejido de invenciones, en las que la verdad resulta desfigurada y mezclada a episodios absolutamente fantásticos.

         Según el novelista, mi buen tío le contó cosas despampanantes como éstas: que una naranja comida de siesta producía inevitable y casi instantáneamente la fiebre y la disentería; que lo mismo ocurría si se bebía agua "si no se sacaba de un pozo o arroyo que tuviese una corriente violenta y estrepitosa"; que un huevo fresco, "metido en la arena de la calle y sacado minutos después se queda duro y en disposición de poderlo comer, echándole un poco de sal; que la ura es "un animal ponzoñoso que produce una llaga mortífera"; que la pica-quema es una cucaracha de luz, "cuyo maldito aguijón deja impresa una roncha amoratada que produce un dolor tan fuerte como el de una quemadura de un ascua de candela; que el sangüí es un animalejo cuyo aguijón produce la muerte media hora después de haberlo clavado. "¡Datos preciosos, colores impresionantes para sus cuadros!

         Felizmente la patraña salta a la vista. José Vicente de Urdapilleta, que era uno de los jóvenes más instruidos de su tiempo, tal vez el mejor orador civil de su generación, no iba a contar semejantes tonteras. Lo de la naranja y el agua, tomadas de siesta, es infantil. La cocción instantánea de los huevos en la arena corre pareja con lo anterior. Y lo del "sangüí" y "pica-quema", colma la medida.

         No puede darse un embustero mayor. La "ura" es una mariposa inofensiva y las tales cucarachas de luz ("pica-quemas" y "sangüís") no existieron nunca. Y la siesta es la gran hora para probar naranjas y es cuando más se debe gustar, por el calor que hace. Las "tales fiebres y disenterías" pertenecen a la cosecha particular de Bermejo, de ningún modo a mi tío.

         He de decir que trata con respeto a mi abuelo, el comandante español de Artillería don Pascual de Urdapilleta, cuya ilustración reconoce. "Había sido, oficial de Artillería durante la dominación española; sirvió con lealtad a su patria y le sorprendió la revolución de los americanos. Tuvo que soportar las peripecias naturales ocurridas en el Paraguay durante este período insurreccional". Y cuenta como salvó la vida durante la dictadura del Doctor Francia.

         Don Pascual de Urdapilleta no era "oficial de Artillería", era ya teniente coronel cuando llegó al Paraguay en 1808. Y no era por cierto un militar cualquiera. He tenido la satisfacción de visitar, en Zalla, su vieja casa solariega y me he detenido a contemplar sobre el portal de piedra el escudo nobiliario de mis mayores. No vino a este país en tren de aventura, como Bermejo, vino en misión oficial, como soldado. Su nombre está vinculado a nuestra historia. Notoria es su actuación en la campaña contra Belgrano. Fue el organizador de nuestra defensa y el técnico que echó el puente sobre el Tacuarí y consumó el triunfo con la capitulación del invasor. Es oportuno reproducir aquí el soneto que dediqué a su memoria en uno de los aniversarios de nuestra independencia:

 

         El Comandante Urdapilleta

 

Precursor de la patria, denodado,

Paraguarí proclama tu bravura

Y aún el remoto Tacuary murmura

Tu gloriosa leyenda de soldado.

 

Contra el porteño alzaste rebelado

Tu brazo vengador en escarmiento,

Y un eco fue no más de tu ardimiento

De tus cañones el tronar airado...

 

¡Vencedor de Belgrano... ! de tu sable

Resplandece la lumbre perdurable

En el primer albor de nuestra historia.

 

Con un puente impusiste la victoria,

Y, español, por tu cuna, eres un puente

Tendido entre el pasado y el presente.

 

 

         Fue, sí, el Comandante Urdapilleta, "un puente tendido entre el pasado y el presente". Leal siempre a su patria, sirvió después con abnegación a la patria de sus hijos. El vencedor de Belgrano fue uno de los más eficaces colaboradores de Carlos Antonio López en su gran obra de progreso. Como ingeniero, construyó la nueva catedral, el Palacio del Congreso, los murallones que defienden la ciudad e hizo muchas otras obras importantes, como puede verse en documentos del Archivo Nacional. Pero si Bermejo lo respeta, no es por sus innegables méritos, sino porque era español. Así y todo, no dice gran cosa en su elogio. Si no lo caricatura, lo presenta como un oficialillo sin historia.

         Al referir la visita que le hizo en su quinta de Luque, hace derroches de malevolencia para el país que con tanta generosidad le trató.

         Un botón para muestra: al pintar la iglesia del pueblo escribe lo que va a leerse: "Frente a cada puerta y arrimado a una columna, existe un poste de madera cuadrada, y encima descansa un "orinal blanco" que sirve de pila de agua bendita". Un "orinal" lectores míos, no lo toméis a fábula. "Es una vasija que han introducido en la República, y los paraguayos, al verle tan primoroso, terso y brillante, no han podido concebir que sirvieran para usos tan plebeyos, y tanto es así, que andando el tiempo, una paraguaya, de las principales de Asunción, me mandó de regalo un orinal lleno de dulce de guayaba".

         ¡Primorosa pincelada caricaturesca! Pero lo grave para él es que deja así malparados a los españoles. Si la República introdujo por primera vez tan indispensable utensilio, quiere decir que el atraso de sus compatriotas era tal que lo desconocían. Durante la dominación española, según él, se hacía aguas mayores y menores en el suelo...        Y esto creo que se llama barbarie en romance.

         Para calumniarnos y ridiculizarnos, no se detiene a pensar en lo que escribe.

         Por lo demás, es oportuno decir que era costumbre tradicional en el Paraguay que los orinales fueran de plata. Los usaban de este metal hasta las gentes que carecían de fortuna, dada su baratura en aquel tiempo. Y algunos eran obras primorosas de arte, que todavía se guardan en nuestras familias como recuerdo de épocas mejores. De mí sé decir que he conocido en mi hogar, no sólo orinales, lavatorios, jarras, platos y fuentes de plata, restos de pasadas grandezas devoradas por la guerra. Hoy ni nos imaginamos la holgura de nuestra vida y la riqueza de nuestro país en tan felices días. Y Bermejo fue testigo de aquella opulencia, vivió en medio de nosotros y conoció las intimidades de nuestro bienestar. Su impostura es deliberada, maligna, fruto de un rencor tan profundo como inmotivado.

         En la misma oportunidad, cuenta que su esposa, la sin par Purita, fue atropellada, durante la misa, por el cura de Luque, "por presentarse en el templo de Dios con la cabeza descubierta".

         "¡Rubia de Satanás!", la llamó el sacerdote indignado. "Y alzándose el alba y la sotana, sacó un pañuelo de hilo con cuadros estampados, y con ímpetu furioso lo arrojó sobre la cabeza".

         Como se ve, todo el mundo participaba de la furia del Presidente. Hasta los ministros de Dios gastaban una feroz violencia.

         Lo notable es que Bermejo olvida lo dicho anteriormente sobre los premios que López concedía a los que abusaban de su autoridad. Y cuenta que Don Vicente de Urdapilleta le dijo que si el Presidente llegaba a saber lo que había ocurrido con el cura, lo mandaría fusilar en el acto. Más aún, finaliza el sabroso capítulo con estas palabras: "Me dijeron después que había llamado al cura y le había puesto como chupa de dómine, dándole los calificativos de "animal" y "salvaje"; pero se contentó con la silenciosa contrición del sacerdote, sin pasar a términos mayores, de lo cual me felicito".

         No hace falta decir que este episodio, como el de los orinales, es pura fantasía. Y todo de una inverosimilitud irritante.

         Es muy posible que le hayan observado a Purita que las mujeres debían asistir cubiertas a los oficios divinos. Costumbre es ésta, castizamente española. Lo es hasta el presente, como personalmente he podido constatarlo. Costumbre que es todavía ley en muchos países americanos. Lo que es un cuento es la actitud brutal del cura de Luque, el escándalo que promovió. Y todo para atribuirnos una absoluta barbarie, hasta en las manifestaciones de nuestra religiosidad.

         "¡Rubia de Satanás!" Sí que lo era aquella mujer. Y el primero en saber esta realidad fue el propio Bermejo, que vio su dignidad enlodada por sus escandalosas liviandades...

 

(1) Poseo una copiosa documentación inédita, copiada del Archivo Nacional que prueba que las "surtidoras de dulce", que las chiperas, pasteleras, especialistas en butifarras y lampreados - según consta en recibos firmados por ellas - eran todas pertenecientes a la "casta". Nada tienen que ver con nuestra auténtica aristocracia, formada por gente, si no rica, de desahogada posición. Y no hay que confundir las que fueron declaradas "mulatas" por decreto del Doctor Francia, con damas distinguidas como Doña Ramona Gil, cuyas hijas brillaron en nuestros salones por su belleza y fina educación, amigas y compañeras de mi madre, de cuyos labios he recogido la mejor información sobre nuestra vieja sociedad, de la que ella fue limpio espejo en su austera y orgullosa ancianidad. Los que citan el testimonio de Bermejo a este respecto hacen, sin pensarlo, su biografía...

 

V

 

         Después de todas las imposturas apuntadas y otras muchas que dejo de comentar, se detiene un momento Bermejo, un tanto fatigado de mentir, y escribe: "para que mejor pueda comprenderse y saborear con placer lo cómico o sobrenatural que tienen mis relaciones, necesito detenerme sobre hechos históricos que contribuyan a traer el asunto con naturalidad y desembarazo".

         Declara así, paladinamente, que ha estado haciendo una cosa que no es historia, que ha estado pintando escenas "cómicas o sobrenaturales", destinadas a ser "saboreadas con placer".

         No otro fin es el que persigue. Caricaturista al fin, sólo se propone hacer reír. Toda su larga fábula es una payasada. Pero payasada a costa del noble pueblo que le brindó su hospitalidad y del magistrado ilustre que le redimió de la miseria.

         Su disertación histórica es tan peregrina como sus "pinturas" de nuestras costumbres.

         Para explicar el conflicto con el Brasil se remonta a la vida colonial, a las luchas seculares entre España y Portugal, llega a la revolución de la independencia y hasta filosofa sobre nuestras democracias. El jesuita de falda corta, el reaccionario no oculta su inquina contra los liberales españoles y recuerda despectivamente a Riego, al que atribuye la pérdida de las colonias. "Ayacucho, dice, fue la última trinchera en que expiró la dominación española en los brazos de nuestra nunca bien ponderada libertad".

         Llama a Pedro II "ilustrado Emperador, que con tanto acierto ha labrado la dicha de sus súbditos", entusiasmado ante aquel extraño labrador de felicidad, señor de millones de esclavos.

         Y llega a esta conclusión: que el territorio que se disputaban paraguayos y brasileños, no era paraguayo ni brasileño. No hace una paradoja. Habla con la seriedad del historiador. He aquí su sentencia: "ese territorio pertenece a España, porque la República del Paraguay no ha sido reconocida todavía". De modo que Don Carlos Antonio López hacía cuestión por lo que no le pertenecía. Y no había tales usurpaciones brasileñas. Todo el Paraguay era todavía español.

         El único que vio claro en la misión Ferreira de Oliveira fue él, López se alarmó al ver llegar a una poderosa escuadra con un ejército de desembarco y llamó al país a la guerra, para defender su soberanía amenazada. Bermejo, que era hombre sereno, que no participaba de la pusilanimidad del Presidente, se dio cuenta de que el Imperio "traía más ganas de intimidar que de reñir". Y así se lo dijo al general López y a su padre, logrando tranquilizarlos. "Y pude conseguir, agrega, en beneficio de la paz, que el Brasil se contentara con ciertas medidas policiales marítimas, que le facilitasen la navegación de sus buques". De modo que el pobre gacetillero oficial, que se declara, como hemos visto, nulo en achaques diplomáticos, fue el genio de la paz, el que serenó al asustado Presidente y el que "consiguió" que el Brasil se resignara a ser burlado en sus intentos. Ferreira de Oliveira vino a matar mosquitos con sus cañones. Ejército y escuadra sólo se proponía intimidar. Y si es cierto que el Almirante fue destituido por "inepto y por cobarde", no fue porque no se impusiera al Paraguay por la fuerza, sino porque dejó con vida los picadores dípteros que infestan las márgenes de nuestro río.

         En esta parte nuestro pintor habla en serio; pero la verdad es que mueve a risa. Y hasta a compasión. Porque es una pena ver a un hombre caer así en el más lastimoso ridículo. ¡Bermejo árbitro de la paz y de la guerra, Bermejo director de nuestra diplomacia. Bermejo convertido en Maese Pedro de un tinglado en el que bailaban en sus manos títeres como Carlos Antonio y Francisco Solano López...! No puede darse nada más pintoresco. Es ésta una "mancha de color" en la que él mismo nos ha trazado su fisonomía moral.

         Bermejo, que no dejaba de ser ingenuo, se encarga de contarnos que su Purita no fue indiferente al Almirante brasileño. Ferreira de Oliveira conoció a la "rubia de Satanás" y se sintió atraído por sus miradas. Y fue a visitarla. "Sabiendo que era europea, escribe, vino a ofrecerse para remitirnos desde Río de Janeiro lo que le pidiésemos". El enamorado marino no se fijaba en sacrificios, ofrecía enviar "lo que le pidieran", costase lo que costase. La europea valía la pena... Claro está que un velo espeso oculta los pormenores de esta aventura.

         Bermejo se contenta con decir que le pidió "dos esferas, una terráquea y una astronómica, un estuche completo de matemáticas y un microscopio". Todo esto es una manera de decir las cosas. Lo único cierto es que, buen pedigüeño, pidió. Y el Almirante, que no tenía porqué fiar a aquel marido inescrupuloso, se cobró por adelantado.

         En realidad el único ganancioso fue él. El pobre Almirante vio cortada su carrera, el Paraguay siguió amenazado por el Imperio, sólo Bermejo obtuvo lo que "pidió".

         Y el grave conflicto se resolvió así en algunos desmedros más del caricaturista del Paraguay. (1)

         Al narrar este glorioso episodio de su vida diplomática vuelve a ocuparse, por segunda vez, de D. Francisco Sánchez, supuesto ministro de Relaciones Exteriores. Lo presenta como el negociador que trató con Ferreira de Oliveira. Y escribe: "Yo redacté la última nota; la leí en borrador al interesado, gustó y la puse en limpio; se la llevé al Presidente, quien, después de leerla y releerla, y sonriendo a guisa de hombre complacido, me dijo: ¡de primor!. Enseguida llamó a un ordenanza y le dijo que venga el Ministro de Relaciones Exteriores! Llegó el Ministro, que se llamaba Francisco Sánchez, personaje digno de estudio. Y el Presidente le dijo que firmara mi nota". Después cuenta que este curioso Ministro se ocupaba de hacer paquetes de El Semanario, ponerles dirección y enviarlos a sus destinatarios. Y hace su caricatura, con ensañamiento, en numerosas páginas.

         Don Francisco Sánchez no era en aquel tiempo Ministro de Relaciones sino Escribano de Gobierno y Hacienda. Aún no se había organizado el gabinete, como queda dicho. El que se entendió con el Almirante fue el general López, nombrado Ministro Plenipotenciario para el efecto. Antes de entrar a tratar pacíficamente con Ferreira de Oliveira fue el secretario general de gobierno, Don José Falcón, el que se comunicó con él. Sánchez nada tuvo que ver en este pleito. La fábula de Bermejo sobre "la última nota" y el Ministro empaquetador de periódicos falla por su base. Sus mentiras quedan en descubierto.

         Y Don Francisco Sánchez, a quien presenta recibiéndole "en mangas de camisa y con los faldones al viento", era un gran caballero, uno de esos señores chapados a la antigua, venerables, finos, correctos, protocolares, llenos de solemnidad. Don Carlos Antonio López sentía por él respetuosa estimación, y todos sus hijos lo consideraron siempre como un segundo padre. Sólo un villano como Bermejo pudo haberlo tomado de pretexto para ridiculizar al Paraguay.

         Después pasa a describirnos lo que era un sarao aristocrático en el Paraguay. Pero antes, y como quien no quiere la cosa, cuenta una historieta, para recalcar la abusiva y odiosa tiranía de López.

         "Una de mis primeras ocupaciones oficiales, escribe, fue la instalación de una imprenta y para verificarlo visité la que existía en Asunción". Dio después cuenta de esta inspección al Presidente y le manifestó la necesidad de buscar un local mejor. "Nunca olvidaré, dice, lo que me contestó: -el Estado no tiene casas más espaciosas; busque usted una de particulares y cuando encuentre me lo dice, se desaloja al que la habite, sea dueño o inquilino, y se establece en ella la imprenta Señor, le respondí asustado ¿y de esta manera se procede en una República? -Ya salió usted con sus escrúpulos de monja, me contestó..." Y sigue el cuento.

         Hemos reproducido palabras de Bermejo sobre el respeto de los López a la propiedad privada. Más de una vez en sus históricos mensajes condenó Don Carlos los abusos del doctor Francia, que solía apelar a las confiscaciones para salir de apuros. Presentarlo como lo presenta es una picardía. Y una necedad pretender hacer creer que pudo criticar su proceder con la insolencia que cuenta. El viejo López era muy orgulloso para que permitiera a aquel pobre advenedizo que hablara así en su presencia...

         Es inútil querer imputar a Don Carlos Antonio López un solo acto ilegal o arbitrario.

         El hombre todopoderoso fue siempre un esclavo de la ley.

         Pero veamos lo que cuenta del sarao.

         La fiesta se efectuaba en Tacumbú. "Cuando llegué, cuenta, me llamó el general y me dijo que diese el brazo a su señora madre, en tanto que él se cogía de su hermana mayor (la esposa del "comandante Antonio Trigo", no lo olvidemos) y el coronel Venancio López acompañaba a su hermana menor".

         "Era de ver los espectadores de aquel sarao. Infinidad de soldados, tendidos boca abajo con los brazos cruzados sobre el pecho y con semblante de asombro contemplaban la danza, escena pintoresca, para ellos espectáculo nuevo".

         "Resbaló una señorita y cayó sobre la alfombra, y salió de aquella multitud tendida panza abajo una gritería prolongada, especie de aullido acompañado de estrepitosas risadas".

         A todo esto, su compañera, "la señorita Doña Inocencia, la hija mayor del Presidente" le pidió que le dijese a su esposa, a Purita "que tuviese la bondad de prestarle (para servirle de modelo) el vestido que llevaba puesto cierta tarde". Aquí olvida Bermejo la historia de "Antonio Trigo" y de su casamiento con "la hija mayor del Presidente". Resulta que Inocencia López era soltera, era señorita. Y, por lo tanto, un cuento la horrorosa tragedia de Itacurubí. De esta suerte se encarga él mismo de ponerse de manifiesto como embustero. En cuanto a que Purita pudiera dar modelos de trajes a la familia López hay que decir que doña Juana Pabla Carrillo y sus hijas compraban su ropa en París y Buenos Aires, a los mejores modistos. Y es difícil que una descamisada, que venía de mendigar en Europa, pudiera dar la pauta en el buen vestir a aquella gente linajuda. Bermejo cae, una vez más, en el ridículo.

         El siguiente documento, copiado del volumen 1545, N.E., del Archivo Nacional, es por demás elocuente a este respecto:

         Cuenta de las compras hechas por orden de la señora Da. Juana P. Carrillo de López, abonada en Buenos Aires por los señores Decoud y Compañía, según orden de la misma

         A saber:

 

         A José Gándara y Hno.

1 Vestido de seda con volados .................... 2.400

2 Camisones con mangas ...........................     700

                                                                             _____

                                                                              3.100

 

         A A. Iturriaga:

1 Manta de seda de chapa Española         ................   2.100

2 Camisolines con mangas a 700 p          ..................  1.400

                                                                                              _____

                                                                                               3.500

 

2 Camisones con mangas en   ............................            950

 

         A Madame Brugant:

Por hechuras de 4 vestidos, géneros y guarniciones

para ellos y 4 adornos de cabeza, aparentes para otros vestidos ...........  2.812

Comprado a varios y pago por el que suscribe:

1 Baúl para mandar cuate o vestidos        .......................................................        80

Peones en varias épocas.....................................................................................       15

12 Varas cintas de aguas para cinturón a 30 p..............................................     360

12 Varas cintas de aguas para cinturón a 20 p..............................................     240

                                                                                                                                         _____

                                                                                                                                          695

 

                        Total................................................................................................... $ 11.057

 

Buenos Aires, Noviembre 11 de 1856.

 

Pablo Viñal.

 

 

         Más de once mil pesos de ropa en una sola factura. ¡Pobre Doña Purita! Ella que no asistió a aquel sarao porque no tenía un traje presentable estaba lejos de poder dar modelos a las opulentas hijas del Presidente. Su caro esposo la mezcla sin necesidad en esto, haciéndole un flaco servicio.

         Y no olvidemos la observación de Du Graty: "las señoras de Asunción tienen un tipo distinguido y con su trato y trajes nada saben envidiara las porteñas".

         Con esto basta. Me repugna entrar a analizar otros detalles del sarao, encaminados a presentar a nuestras damas como gente grosera, ridícula y atrasada.      Terminada esta suculenta crónica, cuenta varias historietas envenenadas y bien recargadas de sal de cocina, y enseguida pasa a pintar la reunión del Congreso y las escenas de la reelección del Presidente. Sería cosa de nunca acabar ir comentando las imposturas que forman cadena en esta parte de su panfleto. Agota el caudal de su malevolencia para ridiculizarnos, sin dejar de presentarse como actor principal en su carácter de supuesto redactor de documentos oficiales. El cuadro que bosqueja es de lo más cómico. La barbarie que nos atribuye queda de manifiesto en forma deprimente. Una escena o una serie de escenas dignas de Cafrería...

         Otra cosa escribían en Asunción refiriendo el mismo acontecimiento. Como redactor de EL ECO DEL PARAGUAY publicó una crónica de dicho Congreso, que fue el de 1857, digna de leerse. Dice así:

 

         Congreso Nacional

         "El día 14 de Marzo de 1857 era el destinado, según la anterior convocatoria, para la solemne reunión de la H.C.N. y en cuyo día tenía que deliberarse por este cuerpo colegiado el asunto más arduo e importante de la República. En efecto, el asunto que allí se ha ventilado es de tal magnitud y trascendencia, que han sido necesarias tres sesiones para dejarle definitivamente terminado.

         "A las 9 de la mañana del expresado día 14 ya se encontraba reunida la corporación nacional. S. E. el Sr. Presidente, acompañado del Excmo. Sr. Brigadier General en Jefe del Ejército, los demás Ministros y algunas otras dignidades de la nación, entraron momento después en la sala del Congreso.

         "S. E. el Sr. Presidente, como era debido, usó primero que nadie de la palabra, y después de saludar a la respetable asamblea, recomendó a los convocados el orden y compostura que debe reinar en corporaciones de esta naturaleza; haciendo ver que una discusión acalorada degenera comúnmente en disputa, y que de aquí nacen inconvenientes nocivos que desnaturalizan la dignidad y el decoro que deben distinguir a una representación nacional. Quiso que cualquier diputado a quien se le hubiese concedido el uso de la palabra no fuese interrumpido hasta que hubiese terminado su comenzada peroración, y expresó por último la inconveniencia de esos vítores y aplausos, que en otras partes sientan mejor, que en el seno de una corporación revestida de una dignidad tan elevada y majestuosa.

         "Después de estas breves y oportunas indicaciones, añadió S. E., que, conforme a lo establecido en el código fundamental de la República, era llegado el momento de proceder a la elección de un Presidente del Congreso, de un Vice-Presidente y de un Secretario.

         "Abrióse, pues, la sesión, y no faltó un diputado que propusiera resueltamente para presidente de la asamblea al Excmo. Sr. General López, pero S. E. el Sr. Presidente de la República expuso que se quebrantaba uno de los artículos de la ley fundamental del Estado, que expresamente decía que del seno del congreso debían salir estas tres transitorias dignidades. El Sr. General usó de la palabra a su vez, y después de dar gracias por el honor que se le dispensaba, corroboró la idea del Sr. Presidente, exponiendo que siendo él completamente extraño al Congreso, y no creyendo de su deber vulnerar en lo más mínimo lo que las leyes establecían a este respecto, se veía en la precisión de no aceptar el honroso cargo que se le quería conferir.

         "Entonces, otro diputado (el presbítero D. Justo Román) se levantó y después de una corta peroración eligió por Presidente del Congreso a S. E. D. Carlos Antonio López, y esperó que la Representación aprobase su elección; el resultado fue una aprobación unánime y decidida que el Sr. Presidente de la República no debía ni podía rechazar. Seguidamente, se nombró de Vice-Presidente al Sr. Milleres y de Secretario al Sr. Zavala.

         "Establecida la mesa, se procedió a la lectura del reglamento por el Sr. Secretario Zavala, en cuyos artículos se expresaba con corta diferencia lo mismo que S. E. había enunciado en un principio relativamente al orden y armonía que se debía guardar en la asamblea.

         "A esto se siguió la lectura del mensaje, en cuyo acto se empleó bastante tiempo. Como todos pueden deducir, el Excmo. Sr. Presidente daba cuenta a la H.C.N. de todos sus actos, sin omitir cosa alguna, y en lo cual no nos detendremos por ser éste un documento histórico y de importancia, que no ha de transcurrir mucho tiempo sin que sea conocido del público. La exhibición de las cuentas del Tesoro Nacional, la lectura de varias comunicaciones pertenecientes al departamento de Relaciones Exteriores; y un extenso y prolijo informe del Ministerio de la Guerra relativo a los infinitos trabajos practicados por esta sección de la escala administrativa, cerraron la sesión de aquel día.

         "Después se nombró una comisión de diez individuos, que en nombre del Soberano Congreso Nacional de la República del Paraguay debía redactar el dictamen relativo al mensaje del Supremo Gobierno, las cuentas generales, y demás representado ante el H. C. N.

         "Posterior a esto se levantó el acta de la sesión, y después de firmada por treinta individuos en representación de toda la asamblea, medida oportuna que se estableció para abreviar, dirigió el Excmo. Sr. Presidente una corta salutación a los congregantes y se levantó la sesión a las dos y cuarto de la tarde, aplazándola para el lunes 16.

         "La sesión del lunes 16 comenzó a las diez de la mañana; leyóse el dictamen de la comisión, y habiendo sido unánimemente aprobado en todas sus partes, fue firmado por todo el Congreso General y terminó la sesión de este día a las dos menos cuarto de la tarde, quedando aplazada la elección del Presidente de la República del Paraguay para el siguiente día 17.

         "A las 8 de la mañana de este día, se volvió a reunir la corporación legislativa de la Nación; el Excmo. Sr. Presidente dio una cuenta verbal de sus actos; indicó los inconvenientes que se habían interpuesto durante el curso de su administración; expresó la falta que había experimentado de auxiliares para llevar a buen término la empresa espinosa y delicada que había pesado sobre él y la asiduidad y la eficacia que había desplegado aun en los instantes más comprometidos, al expresarse de esta manera, todos los oyentes se persuadían, por las ideas que de vez en cuando vertía, que S. E. se despedía del mando Supremo, dejando a otro la consecuencia de tan ímproba y resbaladiza tarea; casi se podía asegurar que estimulaba al Soberano Congreso a que no le reeligiera, dado caso que comprendiese que había alguna tendencia a este respecto. Sin embargo, a pesar de esta clara y abierta manifestación, a pesar de haberse traslucido en la Suprema dignidad de la República designios de abandonar el cargo presidencial, la H. C. N. reeligió unánimemente por Presidente de la República al Excmo. Sr. D. Carlos Antonio López.

         "Pero esta enérgica y decidida aclamación fue rechazada con insistencia por S. E., que reprodujo en otros términos los motivos poderosos que le asistían para no aceptar el cargo con que se le quería honrar nuevamente. Expuso con calor su edad avanzada, sus achaques y añadió que la asamblea haría oficio de gratitud dejándole retirar al seno de la vida privada.

         "La Cámara Nacional, en vista de un empeño tan vivo y reiterado, no quiso insistir, y entonces aclamó por Presidente al Excmo. Sr. General D. Francisco Solano López. Este joven y patriota militar, que por los servicios que tiene prestados a su nación se encontraba en el deber de aceptar el cargo presidencial, con una modestia que le honra en alto grado, usó de la palabra para no aceptar, expresándose en los términos siguientes:

         "Expuso que las razones expuestas por el Excmo. Sr. Presidente acerca de las dificultades con que había tenido que luchar para el acertado desempeño de su cometido eran una barrera insuperable que le apartaba de un cargo tan pesado y expuesto. Que amaba demasiado a su patria para exponerla a los peligros que originarían su corta capacidad y su inexperiencia; que aun cuando no tuviese otras dotes en extremo recomendables, tenía la muy singular de conocerse, y que siendo imparcial consigo mismo se tributaba el avaloramiento escaso que se presumía tener.

         "Luego que el Sr. General hubo acabado de hacer su formal renuncia en los términos que hemos narrado, S. E. el Sr. Presidente tomó la palabra para decir que le era muy grata la renuncia del Sr. General, y que el Congreso debería tener en cuenta las aserciones que habían emitido ciertos periódicos del exterior y algunas lenguas imprudentes a este respecto. Que según estos, el Poder Ejecutivo había decretado dar entrada a la dignidad presidencial a los ciudadanos de treinta años con el objeto de que el Sr. General fuese presidente de la República.

         El diputado Sr. Sosa, con una entereza que rayaba en lo desmedido, dijo que importaba poco la opinión de la prensa exterior que se mencionaba y lo que pudiera haber dicho uno que otro charlatán; que reconocía en el Sr. General capacidad para el cargo a que se elegía y el mérito que se exige de hombres llamados a esta elevación, y que por lo tanto insistía de nuevo en el anterior nombramiento y esperaba que el Congreso fuese de su mismo parecer. La asamblea aclamó otra vez unánimemente por presidente de la República al Sr. General D. Francisco Solano López. Este, con noble decisión, tornó a renunciar, asegurando que bajo ningún título aceptaba la presidencia. El mismo diputado quiso insistir en su propósito; pero el presbítero D. Justo Román interrumpió al interlocutor, y rogó a S. E. el Sr. Presidente, que a pesar de las fundadas razones que había antes expuesto a renunciar el cargo, en nombre del bien de la patria, se veía el Congreso en el deber de no aceptar su negativa; que hasta cierto punto creía conveniente que el Excmo. Sr. D. Carlos Antonio López dejase terminadas las cosas que había comenzado; y que haciendo abstracción de sus años y sus dolencias se hiciera superior a estos obstáculos en obsequio de la Nación que reclamaba su apoyo y sus conocimientos. La H. C. N. aprobó, con energía, la opinión del diputado D. Justo Román; pero el Sr. Presidente tornó a renunciar con la misma insistencia de antes.

         "El Sr. Milleres en un breve discurso; rogó a S. E. que no ensordeciera a la voz unánime del Congreso que le aclamaba como su áncora salvadora, y otra fuerte y espontánea aclamación decidió la cuestión quedando reelecto de Presidente de la República por el período de siete años el Excmo. Sr. D. Carlos Antonio López. Este, después de manifestar los nuevos trabajos porque tenía que pasar, dijo que para la consecución de su obra contaba con el apoyo y decisión del pueblo paraguayo.

         El actual presidente, al dar cuenta de la pasada administración al honorable cuerpo colegislador de la República, sin duda creyó que cerraba el término de sus tareas políticas, y, que se retiraba al seno de la vida privada, lisonjeado con la idea consoladora de haber sacrificado al bien de su patria el reposo y la tranquilidad de espíritu, que reclaman una existencia cargada de años y con los achaques consiguientes a este triste condición de la naturaleza.

         "El afianzamiento de la Independencia Nacional, la consideración y respetabilidad que ha conquistado a la República ante las primeras naciones del mundo civilizado, las mejoras materiales y los visibles adelantos de la Nación, adelantos que no podrá negar ni aún el más exagerado antagonismo, las circunstancias tan espinosas cuanto difíciles por las cuales ha tenido que atravesar la República en diferentes períodos, el triunfo esplendoroso que ha obtenido sin rompimiento de hostilidades y sin gravamen material de ninguna especie, el sostenimiento de la paz interior, sin que las leyes hayan tenido que ejercer su funesto imperio, y por último la obediencia y el respeto que tan lealmente se ha tributado al poder legalmente constituido, son otros tantos motivos de satisfacción que habrán endulzado en cierta manera los disgustos y continuas zozobras que lleva consigo una vida activa y laboriosa empleada en provecho del Estado, y derrocando para ello el torrente invasor de obstáculos y dificultades que opone las más veces el espíritu de animadversión injusta, que persigue con celosa envidia a los que obran impulsados por un sistema fundado en la razón, en la justicia y en el deber.

         "En fin el Excmo. Sr. D. Carlos Antonio López ha sido reelecto Presidente de la República del Paraguay con beneplácito y contento de toda la Nación".

         ¡Notable documento! En él habla la verdad y no el rencor. Bermejo presta un verdadero servicio a la historia, anotando con serenidad los detalles de aquella magna asamblea, después caricaturada en sus más ponzoñosas páginas. Gracias a tan minuciosa crónica, sabemos que en 1857 fue electo Presidente de la República el General Francisco Solano López. Y que, ante su no aceptación, fue nuevamente electo en una segunda votación, y siempre por unanimidad. Todo esto en presencia de D. Carlos Antonio López.

         En 1857 era ya el candidato nacional a la primera magistratura. Y sólo la veneración con que era mirado el grande hombre que había echado los cimientos de nuestro prodigioso progreso pudo evitar que en aquella oportunidad ocupase el sitial que honraba su anciano padre con su honestidad y su sabiduría. De él dependió que ya entonces fuese Presidente. La voluntad de la asamblea era manifiesta. Dos votaciones unánimes le obligaban a acatar los deseos del pueblo. Pero aquel ciudadano esclarecido, aquel soldado genial era, ante todo, un hijo respetuoso y en su corazón venció a la humana ambición el reconocimiento de las virtudes y de los títulos excepcionales del que era su guía y maestro, el recio forjador de su personalidad. Y así fue cómo contribuyó a que se obligara al Patriarca a que siguiera en su puesto de sacrificio. De todos modos, desde que regresó de Europa, era, de hecho, el jefe de la Nación, el propulsor de sus progresos, el agente activo de todas las reformas. Don Carlos Antonio López no mentía al hablar al Congreso de su salud quebrantada. Estaba viejo y muy enfermo. Sólo por un milagro de su voluntad pudo seguir atendiendo los negocios públicos, en medio de grandes padecimientos, que le obligaban, a menudo, a poner el poder en manos del Vice-Presidente.

         Si Bermejo en su panfleto cargó la tinta para pretender ridiculizarnos, dejó en esta pieza histórica revelaciones sensacionales sobre acontecimientos poco conocidos de nuestro pasado.

         Frente al fabulista rencoroso, se levanta el testigo y actor a decirnos la verdad.

 

 

 

(1) He oído de labios de los contemporáneos los más sabrosos relatos sobre las escandalosas aventuras amorosas de doña Purificación Giménez de Bermejo. En mi propio hogar he podido recoger la tradición de sus liviandades, única explicación de la inquina del fabulista al Paraguay. Y hay que decir que en los últimos años de su residencia en Asunción la repugnante conducta de aquella mujer mereció la reprobación de nuestra sociedad y le cerró las puertas de todas sus amistades. El propio Bermejo hubo de sorprender a su esposa, en un rancho de los arrabales, con uno de sus discípulos, que no era por cierto el único que se regodeaba con la "rubia de satanás". El coronel Centurión, en sus Memorias -tomo I, pág. 63- escribe: "A mi regreso de Europa me refirieron un escándalo que hubo en la Calle Ultima, cuyos protagonistas fueron Natalicio Talavera, Purita y Bermejo". La verdad es que no vale la pena referir los episodios de la vida licenciosa de la digna compañera del que pretendió burlarse de las puras costumbres de nuestras virtuosas mujeres. Sería hacerle un honor que no merece. Y si insisto en esto es porque quiero recalcar el secreto motivo del odio que movió la pluma del ingrato contra nosotros. 

 

VI

 

         Hasta aquí he puesto de manifiesto al Bermejo fabulista, mal intencionado, embustero, jactancioso y desagradecido. Pero hay otro Bermejo más interesante todavía, el Bermejo plagiario que, para pintar sus "manchas de color", copia al pie de la letra lo que otro maldiciente como él dijo del Paraguay. Y esto, sí que nadie sospechaba, porque nadie se ha tomado el trabajo de analizar su ponzoñoso panfleto, nadie lo ha estudiado con alguna detención, si bien son muchos los que lo han leído con deleite y se han reído a carcajadas a nuestra costa. Vamos a ver que el bandido es mucho más miserable que lo que pueda imaginarse. Su desvergüenza llega a extremos que no se figuran los que, como el Dr. Báez, citan su testimonio. Y esto voy a documentarlo enseguida.

         En 1853 llegó al Paraguay un sacerdote chileno, José Ignacio Víctor Eyzaguirre. Venía en viaje de propaganda y había de recorrer todos los países americanos, para recoger fondos destinados a la fundación del Colegio Pío Latino Americano de Roma. Don Carlos Antonio López lo acogió con toda cortesía, pero se negó a contribuir a la obra proyectada, por muchas razones, y sobre todo porque no consideraba prudente formar sacerdotes en la ciudad papal, siendo así que deseaba un clero íntimamente nacional y fundamentalmente patriota. Y el presbítero chileno se retiró disgustado.

         En 1859 publicó Eyzaguirre en París -en la Librería de Garnier Hermanos- una obra en dos tomos, titulada "Los intereses católicos en América", en la que reunió sus impresiones de viaje. Y, claro está, trató con manifiesta antipatía al Paraguay.

         Los desahogos del despechado escritor no tardaron en ser conocidos aquí, causando la consiguiente indignación. Uno de los más encolerizados ante sus imposturas fue Bermejo, más lopizta entonces que el mismo López y tan celoso de nuestro crédito como el más apasionado paraguayo. Y en el acto se ofreció a refutar al chileno. Aceptado su espontáneo ofrecimiento, trabajó sin descanso hasta dar fin a su empeño. En 1862 apareció su contestación en un libro de 240 páginas; publicado en la Imprenta Nacional, con el siguiente título: "La iglesia católica en América".

         "La posición del autor como clérigo y escritor, dice Bermejo, le imponía el deber de conducirse bajo un principio de imparcialidad, que dolorosamente no he encontrado en ninguna de las páginas de su libro; antes bien, he notado sus imperdonables ligerezas, fallos arbitrarios cimentados en observaciones efímeras y transitorias, y es lo más sensible la demostración patente que ha hecho de confundirse con esa cáfila de viajeros vulgares que someten sus trabajos a impresiones del momento, para caer más tarde en graves inexactitudes, que toman el justo calificativo de imposturas. Cuando un escritor desciende a la narración de cosas increíbles por el carácter absurdo y mezquino que las reviste, el mismo escritor se desmiente a sí propio y logra efecto contrario al que se ha propuesto; cuando tiene la desgracia de sentirse estimulado por la pasión y no por un verdadero espíritu de imparcialidad, acredita fácilmente su prevención en la ceguedad misma con que emite sus opiniones..."

         A la luz de estos elevados principios, responde a Eyzaguirre, defendiendo de sus ataques, no sólo al Paraguay, a todos los países de nuestra comunidad americana.

         Lo que sigue, tomado del capítulo XVI de su libro, dará idea al lector del calor con que refuta los "fallos arbitrarios", las "cosas increíbles, de carácter absurdo y mezquino" la "imperdonables ligerezas", las "imposturas" contenidas en el libro del clérigo maldiciente.

         "Habíamos dejado, dice Eyzaguire, el río Paraná y entrado hacía dos horas en las aguas rojas del Paraguay, cuando una fortaleza erizada de cañones que descubrimos repentinamente nos hizo ver que estábamos en Tres Bocas y que navegábamos en el territorio paraguayo".

         "Hasta aquí no puedo objetar sino el color rojo que ha querido dar a las aguas del río Paraguay, siendo extremadamente blancas y cristalinas. Tal vez las confundió con las que desembocan del Bermejo, pero esta impresión desaparece bien pronto en el curso de la navegación.

         "Un cañonazo, prosigue, disparado en el fuerte, intimó a nuestro vapor parar su carrera y un momento después vimos acercarse a nosotros un bote con soldados que subieron a bordo. ¿Con qué objeto venían a bordo esos soldados? ¿Qué fin se proponía la autoridad que los enviaba? Son cuestiones que naturalmente se ofrecen a cualquiera, y nosotros vamos a referir lo que vimos, pues lo explica perfectamente. Todos los individuos que se encontraban a bordo del buque fueron llamados sobre su cubierta. El Oficial, después de contarlos escrupulosamente pidió a cada uno su pasaporte y examinó si estaban conformes las señas de éste con la fisonomía del individuo que lo exhibía. Concluida esta larga tarea siguió otra no menos molesta y que tuvo por objeto tomar razón de la cantidad de dinero que introducía cada uno. Cada pasajero debe presentar a los guardas sus onzas de oro y sin este requisito no podrá sacar ninguna suma al retirarse del país".

         Es extraño que el Sr. Eyzaguirre, que tanto ha viajado, y que tan escrupulosamente ha observado los usos y costumbres de cada país, nos refiera con una especie de sorpresa el acto policial que experimentaron los pasajeros del vapor "Uruguay" al pasar por las fortalezas de Humaitá: la prolijidad con que fueron analizados los pasaportes, no indica otra cosa, sino que las autoridades de la República son escrupulosas en el cumplimiento de sus deberes, y que miran con la gravedad necesaria, asuntos que en otras partes no tiene más carácter que el de una fórmula pasajera, que puede dar ocasión a consecuencias poco agradables para los gobiernos. Sin embargo, el Sr. Eyzaguirre habrá pasado en sus frecuentes excursiones por trámites de esta naturaleza y aún más prolijos y molestos. Lo que refiere del cañonazo, es un acto que tampoco debió extrañar nuestro viajero, porque todo buque que no responde a la bocina que le intima su parada debe recibir un aviso más ruidoso y más significativo, y cuando esta indicación no es obedecida, el Sr. Eyzaguirre debe saber que se emplea la bala rasa contra toda embarcación desatenta que pretenda quebrantar las inmunidades de toda nación bien organizada.

         ¡Qué ha encontrado de raro el presbítero en esto? ¿Es, por ventura, la República del Paraguay la sola y exclusiva potencia que practica lo que el mismo escritor censura a la entrada de sus principales puertos? Humaitá es una fortaleza, es un centinela avanzado que da el quién vive a todo buque extraño que quiere penetrar por las aguas del Paraguay. Sabiendo esto, nuestro escritor, encontrará muy natural y perfectamente explicado por qué se mandó subir sobre cubierta a todos los pasajeros, y por qué el Oficial que menciona, los contó escrupulosamente, pidió a cada uno su pasaporte y los examinó para ver si estaban conformes con la fisonomía de los individuos que los exhibían.

         "Ciertamente, había la costumbre de tomar razón de la cantidad de dinero que cada viajero introducía, pero con el objeto de pesar las onzas, y toda aquella que se encontraba falta, era mandada a la Colecturía general, a fin de que no circulase en la República, y se le devolvía a su dueño a su salida del territorio, operación que se practica hoy en la Capitanía del Puerto de la Capital. Esta minuciosidad que lleva por objeto evitar la circulación de la mala moneda en la nación, tiene a los ojos del señor Eyzaguirre un carácter de censura. Por el contexto de lo que va narrando se infiere, que el buque donde viajaba nuestro escritor paró en la Capitanía del Puerto situado a izquierda de la fortaleza de Humaitá.

         "Prosigue el autor de los intereses católicos:

         "Los cañonazos del fuerte de Humaitá nos obligaron a parar por segunda vez. Un nuevo bote se acercó al vapor, y el Oficial que lo mandaba exigió se remitiesen al General de la fortaleza los periódicos extranjeros que viniesen a bordo. No pudieron levantarse las anclas de nuevo hasta que aquel jefe concedió el permiso: Más liberal éste, que el comandante de Tres Bocas, declaró que podían los pasajeros usar a bordo sus anteojos de aumento que había prohibido aquél de un modo terminante"

         "Se conoce que el escritor chileno observó en esta ocasión con alguna ligereza. Antes de pasar a la refutación de lo principal, le diremos que escribió mal en su libro de apuntes el nombre que tiene la fortaleza en cuyo paraje pasó lo que refiere, no siendo Cumaitá, sino Humaitá lo que debió haber escrito; pero seamos indulgentes en materia de nombres propios, que si algo indica o revela esta pequeña inexactitud, es la facilidad y el poco esmero con que cierta clase de viajeros hace sus apuntes para después deducir lo que mejor le conviene, sin notar los errores que se cometen, y las susceptibilidades que se hieren. Máxime si por cualquier incidente han tenido estos peregrinos algunas impresiones opuestas a sus fines y al objeto de sus excursiones.

         "Los cañonazos del fuerte de Cumaitá nos obligaron a parar otra vez". No parece sino que las baterías se pusieron en son de guerra, y que la alarma se esparció por aquellos baluartes al tránsito del vapor Uruguay. Si efectivamente hubo los cañonazos que el señor Eyzaguirre refiere, nos acercamos a creer que en aquella sazón se estaría haciendo ejercicio de fuego, o que los artilleros estarían tirando al blanco, pues de otra manera no se concibe que el Sr. Eyzaguirre nos hable de tantos cañonazos, y decimos esto, porque conceptuamos al escritor de los Andes, por su carácter, incapaz de faltar a la verdad, aun cuando en el curso de su obra se noten muchas inexactitudes, hijas tal vez de la ligereza con que ha observado o de haber sido demasiado crédulo a cierto género de fábulas que perpetúan las tradiciones y la ignorancia.

         "Dice que el General de la Fortaleza, exigió se le remitiesen los periódicos extranjeros que viniesen a bordo. Es de presumir que en aquellos días estuviese en Humaitá el General López, puesto que nuestro escritor se refiere a un General, y que éste, pidiese, no los periódicos extranjeros, sino que mandase a alguno de sus ayudantes por la correspondencia que viniese directamente para él.

         "Añade nuestro escritor, "que no pudieron levantarse las anclas de nuevo hasta que aquel jefe concedió el permiso". Esto, traducido como corresponde o escrito de manera que no dé lugar a una interpretación maliciosa, quiere decir que el vapor Uruguay no levantó anclas hasta que terminaron los trámites legales y de ordenanza porque tienen que pasar todas las embarcaciones que pasan por puntos fortificados como el de Humaitá, en lo que no encuentro motivo alguno de censura o agravio para los Capitanes de estos buques ni para los pasajeros que en ellos caminan.

         "Más liberal éste, que el Comandante de "Tres Bocas" dice más abajo el escritor chileno, declaró que podían los pasajeros usar a bordo sus anteojos de aumento que había prohibido aquél de un modo terminante". Cuando se consignan palabras y frases de una manera aislada, sin añadir observaciones que las ilustran, el lector se encuentra en el caso necesario de interpretar a su antojo las cosas y dar el giro que el escritor malicioso ha deseado.

         "La manera con que el Sr. Eyzaguirre se expresa no es la más conveniente para hallar la solución requerida de esta concesión, que indica el antecedente de una prohibición: y sin explicar su origen, el que lee se encuentra con el derecho de contemplar estas disposiciones, sino como ataques directos a la libertad individual para usar de sus cristales de aumento, por lo menos como una ridícula extravagancia de parte del que imponía aquel deber. Esto es, precisamente, lo que ha pretendido el presbítero chileno; pero falta saber si ha logrado su objeto.

         "Sabido es que estando por aquel entonces haciéndose trabajos de interés en ciertos parajes de aquellos baluartes, y encontrándose el Paraguay en disidencias con el imperio del Brasil, varios buques de guerra, y otros mercantes sospechosos, en su tránsito por aquel punto habían conducido comisionados ocultos, que a favor de estos instrumentos de óptica, no sólo habían inspeccionado minuciosamente los trabajos que se practicaban, sino que habían levantado planos para remitirlos después a quien correspondía; y para evitar la reproducción de actos de esta especie, que tienen fines contrarios a los que se había propuesto el Gobierno del Paraguay, entre otras medidas de precaución, se dictó la que el Sr. Eyzaguirre menciona, tan natural y tan permitida en todas partes cuando anteceden las mismas circunstancias. Es una exigencia de práctica para evitar lo que en la tecnología militar recibe la denominación de ardides de guerra. El autor de los intereses católicos, a pesar de su prolijidad en la narración de los hechos, ha sido poco cuidadoso en la enumeración de circunstancias que hubiesen podido atenuar los sucesos que ha procurado presentar revestidos con un carácter de sinceridad.

         "La guarnición de Cumaitá, prosigue, se compone de cinco mil soldados, y su Jefe era el hijo del Presidente de la República. Esta es considerada como la plaza más fuerte del Estado y lo defiende de cualquier agresión por la parte del río. El General sacaba buen provecho de sus soldados cultivando con ellos las grandes haciendas que posee en aquel lugar".

         "Parece increíble que haya podido existir una creencia de este género en el ánimo de una persona sensata. Será bueno anteponer a la refutación de esta calumnia, que el General López, a quien alude el Sr. Eyzaguirre, no posee hacienda alguna en aquel paraje, y que si ha visto cultivada parte de aquellos terrenos por soldados de la guarnición, no se ha efectuado jamás para provecho del General, sino para el de todas las tropas que allí residen. En los momentos que permiten hacer un paréntesis a las faenas militares y con el objeto de no tener ociosa a la tropa, a cierta parte de ella se la impone el deber de cultivar trozos de terreno, cuyo producto agrícola se consume en el mismo campamento, resultando de aquí la reconocida ventaja de una ocupación conveniente y provechosa para la tropa, y una economía para el erario, que ahorra la compra de una gran parte del bastimento cereal que se consume en inmensa escala.

         "En cuanto a lo demás, es necesario que comprenda el escritor presbítero, que el General López ha nacido rico, y que tiene suficientes haciendas, perfectamente organizadas, para ocupar a sus tropas en otros servicios ajenos a los de la patria, y que lejos de sacar buen provecho de sus soldados, como indebidamente dice el señor Eyzaguirre, es desprendido y generoso con ellos en todas ocasiones, premiando con larguezas, sacadas de su exclusivo patrimonio, las singularidades beneméritas de sus subordinados. No hace mucho tiempo que llegó a nuestra noticia que en ciertos ensayos de puntería practicados por los artilleros de aquel reducto, el General López distribuyó entre los más hábiles en esta clase de ejercicios sumas considerables de su peculio para estimular el acierto de los soldados en estas operaciones de guerra.

         "Es lástima que el presbítero de los Andes haya sido tan poco circunspecto en la emisión de sus ideas, que haya visitado el país ligeramente y que no haya mirado más que la superficie, retirándose sin comprender al pueblo ni a sus primeros hombres.

         "Si el objeto principal que le trajo, no tuvo el éxito que él deseaba, eso no es una razón para poner la pluma en manos de la pasión, y esconder el resentimiento detrás de las descripciones. El carácter que inviste el escritor pide otro comportamiento".

         Como se ve, nada perdona a Eyzaguirre, ni siquiera le permite decir que las aguas del río Paraguay son rojas en las Tres Bocas, abajo del Bermejo, y eso que es la más pura verdad. Párrafo por párrafo le desmiente, sin dejar una impostura en pie. Y así a lo largo del libro. Con minuciosidad, en detalle, sin pasar por alto la menor inexactitud, destruye todas y cada una de las falsas afirmaciones del viajero.

         Diez años después, ya en Madrid el marido de la Purita, destruido el Paraguay, muerto el Mariscal López, seco el manantial de nuestra generosidad, escribió por su cuenta sus impresiones de viajero. Y olvidando todo, olvidando hasta el libro que escribió contra Eyzaguirre, encontró cómodo mechar sus páginas con los relatos del que había merecido su indignada reprobación. Tomó de su panfleto los siguientes párrafos, cuyo parentesco, bien estrecho por cierto, con los del chileno, salta a la vista:

         "Hacía ya dos horas que habíamos entrado en las rojas aguas del Paraguay, y una fortaleza erizada de cañones, que repentinamente descubrí, nos demostró que nos hallábamos en Tres Bocas y que la margen izquierda y derecha eran territorio paraguayo. Un cañonazo disparado por aquel fuerte intimó al vapor para que detuviera su marcha y poco tiempo después se acercó al buque un bote con soldados que subieron a bordo. Todos los individuos del vapor fueron convocados para subir a cubierta, y el oficial que venía con aquellos soldados, después de contar escrupulosamente los pasajeros, pidió a cada uno su pasaporte y los examinó con gran detención, y nos miró a la cara por ver si estaban conformes las señales del documento con la fisonomía de la persona que le llevaba. Terminada esta tarea, siguió otra no menos ridícula y molesta: el oficial tomó razón menuda de la cantidad de dinero que cada uno introducía. Los pasajeros deben presentar a los guardias paraguayos las onzas de oro que lleven, y las apuntan para que al retirarse no puedan extraer mayor cantidad que la que han introducido.

         "Los cañonazos del fuerte de Humaitá nos obligó a pararnos por segunda vez, y un nuevo bote se acercó al vapor; y el oficial que lo mandaba, después de haber subido sobre cubierta, nos dijo con voz imperiosa: todo el que lleve periódicos extranjeros debe entregarlos, conforme a lo establecido en las leyes de la República. Algunos pasajeros entregaron los periódicos que llevaban, y preguntando yo al oficial para qué se recogían estos impresos, me respondió: para entregarlos al Excmo. Sr. Brigadier don Venancio López, hijo de S.E. el Sr. Presidente. Después que hubo recogido los periódicos, situó uno de los soldados en la proa a guisa de centinela, con la consigna de prohibir que los pasajeros saquen sus lentes para inspeccionar las fortalezas que están en las orillas del río. Pueden levantar anclas, dijo después, y continuamos nuestra marcha. Los pasajeros murmuraban muy por lo bajo, para no ser escuchados por el vigía, sobre lo ridículo y repugnante de aquellos preceptos en una nación republicana".

         ¡Caso notable! Esto es lo que en buen castellano se llama plagio, copia incompleta, reproducción de las mismas tonterías con idénticas palabras. Hasta el río Paraguay resulta de "rojas aguas" en los párrafos de Bermejo, igual que en los de Eyzaguirre. Una década bastó para que olvidara que las aguas de nuestro río "son extremadamente blancas y cristalinas", según sus propias palabras. En diez años se trocó su cólera contra las patrañas del clérigo andariego en admiración tal, que las da como suyas sin pestañear, con imperceptibles variantes.

         Y así empieza Bermejo la pintura del Paraguay, de los "episodios de su vida privada, política y social". Es así como da forma a sus "observaciones" de ocho años de estada en nuestra tierra, a sus "estudios" de nuestras costumbres, en los que fue, según nos asegura, "más afortunado que don Félix de Azara".

         Francamente, asombra que un mistificador tan audaz como desvergonzado, pueda ser citado por quien se da como historiador en nuestro país. La verdad es que Cecilio Báez aventaja a Bermejo en eso de mentir sin escrúpulo. Va a hacer treinta años, siendo yo un niño, hice con él lo que hago con su émulo español, es decir, puse de manifiesto sus imposturas, en una célebre polémica. Los dos pertenecen al mismo plano moral. Y los dos escarnecen nuestro pasado, movidos por el mismo odio a la paraguayidad. El uno es hijo del otro, los dos engendros del mismo odio y de la misma falta absoluta de probidad intelectual.

         Hay que decir que el plagio que anoto no es el único del librejo bermejiano. Eyzaguirre es saqueado sin piedad. Capítulos enteros de su obra pasan a enriquecer el "estudio" del calumniador, sin que ni por casualidad su nombre sea mentado para nada. El ejemplo siguiente acabará de dar idea de lo que fue don Ildefonso Antonio Bermejo:

 

         HABLA BERMEJO

 

         "La Asunción, ciudad capital y residencia del gobierno del Estado, ocupa una situación deliciosa en la falda de un cerro cuya planta riega el río Paraguay. Nada de notable existe en ella, ni en templos ni en otros edificios públicos. Las casas son sumamente sencillas y muy pocas tienen más de un solo piso. El pavimento de las calles se encuentra tal como la encontraron los conquistadores cuando fundaron esta ciudad: al menos así lo hacen creer los barrancos que se ven en todas partes. Cercado como ha estado el Paraguay durante treinta años al comercio, y alejado del trato con las demás naciones, no han tenido ocasión sus habitantes, de adquirir usos que exigirían mejoras importantes en la capital de la República. Pocos son los hijos del país que puedan darles idea del movimiento que lleva a los Estados a su perfección y embellecimiento material, y menos todavía los extranjeros que llegaron al Paraguay con voluntad y con medios de procurarlo. Los mejores edificios que existen en la Asunción así como en todo el Paraguay, pertenecen a la época de los jesuitas, y algunos que se ven en las provincias, por su grandeza y suntuosidad podrían figurar bien, no solamente en aquella capital, sino en cualquiera de América y Europa. He de citar aquí dos, y será primero el templo y la misión de Jesús, que los P.P. dejaron incompleta en el momento de su expulsión.

         La magnificencia de este edificio revela en el pensamiento de sus fundadores la grandeza que cautiva y embelesa la imaginación de las almas contemplativas y generosas. Los que miran aquella majestuosa sucesión de pórticos, patios y columnas, los que admiran aquellos soberbios muros que retan desnudos y en pie las tormentas y los aluviones, y los que no paran de elogiar el primor y la maestría de las bóvedas y de los arcos que los sostienen, no ven simplemente lo material del edificio, ni admiran su armonía con las reglas del arte que lo dirigen, conducen su pensamiento hasta penetrar en el de sus autores y en el gran libro que le abren tanta diligencia empleada, tantos materiales acopiados, tantos estudios hechos con tanta meditación para llevar a cima aquella obra descubren indubitativamente el plan que se propusieron. Una gran población que aumentándose cada día se agolpaba alrededor de la misión: una gran población, vuelvo a decir, que pedía a sus directores con el pan cotidiano, la educación y el trabajo, una gran sociedad fundada, sobre cimientos cristianos y gobernada también por los principios cristianos; una sociedad, al cabo, en cuyo corazón ardía viva e inflamada la fe, me demuestra sin tropiezos ni vacilaciones cuál debía de ser el fin que se propusieron los jesuitas al echar los cimientos de obras tan sublimes y agigantadas, y tan sorprendentes como las de Jesús.

         Al lado de este se me antoja poner el templo y la misión de Santa Rosa, que, infinitamente inferior al de Jesús, se le alza por su grandeza y por sus ornamentos a todos los demás que se hallan en el Paraguay. El que haya visitado estos edificios y observado la solidez de su arquitectura, la belleza de su forma, la elegancia de sus adornos y la unidad admirable de su plan, y se vaya luego a los tiempos en que se fabricaron, reconocerá como muy adelantados en las artes a los hombres que los ejecutaron. Hoy, después que ha tenido casi un siglo, cuando las artes han volado a la mayor maravilla, y cuando los adelantamientos en la mecánica, en la arquitectura y en la maquinaria permiten que se construyan obras que un siglo atrás se hubiesen juzgado imposibles, en el Paraguay no se ha encontrado quien pudiera dirigir la construcción de un templo sencillo. Y un siglo atrás había allí arquitectos tan diestros y habilidosos que ejecutaban obras como las de Jesús y Santa Rosa. Cuando el entendimiento reflexione sobre verdades como éstas, conoce claramente ese choque continuado a que está sometida la especie humana en todos los países y bajo todos los climas de la tierra. Algunos hombres, empeñados en hacer el bien, empujan a los demás, y aun a pesar suyo muchas veces, los obligan a marchar adelante en la moral, en las artes y en todo cuanto contribuye a su ventura; al paso que otros, condenando la conducta noble y generosa de aquéllos, trabajan, por enclavar la barbarie sobre la civilización, y persiguiendo a los verdaderos bienhechores del género humano, desean que desaparezcan las más bellas obras que éstos legaron a la tierra. Contemplando los suntuosos restos del Jesús se comprende aquella verdad en toda su extensión. Sobre los muros han crecido árboles que los arruinan; las bóvedas rotas soportan infinitos arbustos el pavimento destinado a servir de templo a la Divinidad se ha transformado en espesa selva, y todo el trabajo de años ha perecido.

         Los enemigos de la Compañía, que no pueden negar los servicios que a la religión y a la sociedad prestaron los jesuitas del Paraguay, forjaron contra ellos grandes calumnias para despojarlos de la protección de los soberanos y del amor de los pueblos. Los jesuitas que convirtieron aquella región no eran según ellos, más que especuladores que se enriquecían con la sustancia de los pueblos; no gobernaban a éstos con leyes sancionadas por algún poder legítimo, sino que los tiranizaban a su antojo; predicaron algunas veces la rebelión y fueron sorprendidos alguna vez capitaneando rebeldes y con las armas en sus manos. Así hablan los que no consultaron ni leyeron la historia de la época que dice relación con aquellos hechos. Yo, que los he conocido, en las fuentes más verídicas e imparciales, me hallo lejos de apoyarlos, y antes bien, vivo convencido que el triunfo de los calumniadores de los jesuitas del Paraguay, que trabajaron por su extinción, causó la ruina moral y el completo retroceso de este país, digno de suerte más afortunada.

         Entre las calumnias que forjaron contra los jesuitas sus enemigos, una fue que trabajaban por emancipar al Paraguay, coronando un rey nacional tomado de la familia indígena que gobernaba las tribus al tiempo de la llegada de los españoles. En el suntuoso templo del Jesús veían éstos el palacio real; en los naturales, organizados en milicia activa por la célula del rey de España, la fuerza que debía sostenerlos y en los Padres de la Compañía los consejeros y ministros de la monarquía. Sólo en estos antecedentes deberá buscar el origen de aquellas invenciones.

         Cuando se trata de conocer hasta qué punto son felices los pueblos, no solamente ha menester observar su situación presente y los elementos que se adunan para hacer ésta más o menos feliz, sino compararlos con otros que atravesaron esos mismos pueblos durante su vida social. Algunos han creído un hermoso episodio lo que se ha escrito sobre el gobierno de las misiones del Paraguay, que durante casi dos siglos estuvo administrado por los Padres de la Compañía.

         Tan bella y unida se observó allí la causa cristiana, que sorprendía ser una sociedad formada, no ya de muchos individuos, sino de muchas familias y aún de muchos pueblos, que marchaban de una manera tan perfecta. Sólo al cristianismo está reservado este poder.

         La expulsión de los jesuitas fue el principio de una serie de calamidades, de contratiempos y de ruina para el Paraguay. Los que nada buscaban persiguiendo a los jesuitas fuera de sus propios intereses, no lograron su objeto, porque sus tesoros, que suponían acopiados en las arcas de los misioneros, no existían sino en ciertas imaginaciones exaltadas al mismo tiempo que crédulas. Los que veían para sus granjerías nuevas regiones que habían de darles ganancias maravillosas, se ahogaron en sus propias esperanzas por el carácter de los indígenas, que los obligó a alejarse de los pueblos y renunciar al trabajo y al comercio, cuando les faltó el evangélico estímulo de sus misioneros, y los hombres de la administración, en fin, que pensaron en sus criaturas, luego que hubo un país más que gobernar, y nuevos empleos de que disponer en él, nada encontraron cuando llegó el tiempo de tomar razón de esos pueblos, antes tan ricos y florecientes. El territorio de misiones tardó poco espacio en tornar a la barbarie después que fueron expulsados los que le habían enseñado la fe y la civilización.

         La política pedía que el lugar que dejaban los jesuitas se ocupara inmediatamente, y ésta fue también la intención del Rey de España cuando los echó del Paraguay. Mas era compromiso arduo y apretado llenar aquellos sitios con hombres dignos de sustituir a los que los habían ocupado. No quiero tocar pormenores que puedan herir a gobiernos y a corporaciones que estoy en obligación de respetar, y mucho más cuando lo que podía decir con más grande elocuencia lo explica el hecho que presenciamos de las misiones abandonadas y a sus fieles en entera dispersión. Los campos de donde antes se exportaban grandes cantidades de tabaco y yerba mate, hoy están incultos y no dan, ni al gobierno ni a los especuladores, más ventajas que las que ofrecerles pueden los valles y las selvas del Gran Chaco. De este modo, la Providencia da a los soberanos y a los pueblos lecciones que les enseñan a no poder destruir las obras que Ella inicia y desenvuelve, sin prepararse para soportar las consecuencias de su proyecto temerario.

         Grandes fueron los esfuerzos del rey para sostener las misiones y los pueblos fundados por los jesuitas en el Paraguay, y bien claramente lo demuestra una serie de reales cédulas comunicadas a los capitanes generales del Plata, de Buenos Aires, al Obispo de la Asunción y al gobernador de aquella misma provincia. En ellas se dan las órdenes más terminantes para proveer a las misiones de párrocos, para nombrar corregidores celosos "capaces de llevar adelante los trabajos que existían por concluir", para atender al mantenimiento de las escuelas establecidas y para no omitir medios que contribuyesen a dar vida a los establecimientos que sostenían los regulares de la Compañía. Pero no todo lo pueden los gobiernos, ni los recursos de la administración son eficaces en todos los casos. La voluntad de un soberano muchas veces consigue menos que la de un particular; y los reales decretos que salen de palacio para producir su efecto al otro lado de los mares, dan el mismo resultado que el puñado de arena tirado al mar con el objeto de cegarlo".

 

         HABLA EYZAGUIRRE

 

         "La Asunción, ciudad capital y residencia del gobierno del Estado, ocupa una situación deliciosa en la falda de un cerro cuya planta riega el Río Paraguay. Nada de notable existe en ella ni en templos, ni en otros edificios públicos. Las casas son sumamente sencillas y muy pocas tienen más de un solo piso. El pavimento de las calles se encuentra tal como lo encontraron los conquistadores cuando fundaron esta ciudad, al menos así lo hacen creer los profundos barrancos que se ven en todas ellas. Los paseos públicos, los monumentos y los demás objetos que embellecen otras ciudades y recrean a sus habitantes, son desconocidos en la Asunción enteramente. Cerrado como ha estado el Paraguay durante treinta años al comercio, no han tenido ocasión sus habitantes de adquirir usos que exigirían mejoras importantes en la capital de la república. Pocos son los hijos del país que han salido para visitar lugares que puedan darle idea del movimiento que lleva a los Estados a su perfección, y embellecimiento material, y menos todavía los extranjeros que llegaron al Paraguay con voluntad y con medios de procurarlo. Los mejores edificios que existen en la Asunción, así como en todo el Paraguay, pertenecen a la época de los jesuitas y algunos que se ven en las provincias, por su grandeza y suntuosidad podrían figurar bien, no solamente en aquella capital sino en cualquiera de América o de Europa. Dos citaremos aquí solamente y será el primero el templo y la misión de Jesús que los Padres dejaron incompleto al tiempo de su expulsión. La magnificencia de este edificio hace ver en el pensamiento de sus fundadores esa grandeza que cautiva la admiración de las almas generosas. Los que contemplan esa majestuosa sucesión de pórticos, patios y columnas; los que admiran esos soberbios muros que desafían desnudos y en pie las tormentas y los aluviones, y los que no cesan de elogiar el primor y la maestría de las bóvedas de los arcos que las sostienen, no ven simplemente lo material del edificio, ni admiran su armonía con las reglas del arte que lo dirigen; llevan su pensamiento hasta penetrar el de sus autores y en el inmenso libro que abren tanta diligencia empleada, tantos materiales acopiados y tantos estudios hechos con tanta meditación para llevar a cabo aquella obra descubren claramente el plan que aquéllos se propusieron. Una gran población que creciente cada día se agolpaba alrededor de la misión, una gran población, repetimos, que pedía a sus directores con el pan cotidiano la educación y el trabajo, una gran sociedad fundada sobre bases cristianas y gobernada también por los principios estrictamente cristianos, una sociedad, en fin, cuyo corazón ardía viva e inflamada la fe, deja ver fácilmente cual fuese el fin que se propusieron los jesuitas al echar los cimientos de obras tan colosales y tan sorprendentes como la de Jesús. Al lado de éste podremos colocar el templo y la misión de Santa Rosa que, inferior con mucho al de Jesús, excede sin embargo por su grandeza y por su ornato cuantos otros existen en el Paraguay. Quien haya visitado estos edificios y observado la solidez de su arquitectura, la belleza de su forma, la elegancia de sus adornos, y la unidad admirable de su plan, y se remonte luego a la época en que fueron hechos, no podrá menos de reconocer como muy avanzados en las artes a los hombres que los ejecutaron. Hoy, después que ha pasado casi un siglo, cuando las artes han tomado un vuelo prodigioso y cuando los adelantos en la mecánica, en la arquitectura y en la maquinaria permiten construir obras que un siglo atrás se habrían juzgado imposibles, en el Paraguay no se ha encontrado quien pudiese dirigir la construcción de un sencillo templo de una manera competente. Un siglo atrás, sin embargo, había allí arquitectos tan peritos que ejecutaban obras como la de Jesús y Santa Rosa! Cuando el entendimiento reflexiona sobre verdades como éstas, no puede menos que percibir claramente ese choque continuo a que está sometido el género humano en todos los países y bajo todos los climas de la tierra. Algunos hombres empeñados en hacer el bien, empujan a los demás y aún a pesar suyo muchas veces los hacen marchar adelante en la moral, en las artes y en todo cuanto contribuye a su bienestar; mientras que otros condenando la conducta noble y generosa de aquellos, trabajan por entronizar la barbarie sobre la civilización y persiguiendo a los verdaderos bienhechores del género humano, desean ver borradas las más bellas obras que éstos legaron a la tierra. Contemplando los suntuosos restos del Jesús, se comprende aquella verdad en toda su extensión. Sobre los muros han crecido árboles que los arruinan, las bóvedas rotas soportan mil arbustos; el pavimento destinado a servir de templo a la Divinidad está transformado en espesa selva; todo el trabajo de dilatados años pereció!...

         "Los enemigos de la Compañía que no pueden negar los servicios relevantes que a la religión y a la sociedad prestaron los jesuitas en el Paraguay, forjaron contra ellos enormes calumnias para enajenarles la protección de los soberanos y el amor de los pueblos. Los jesuitas que convirtieron aquella región no eran, según ellos más que especuladores que se enriquecían con la sustancia de los pueblos, no gobernaban a éstos con leyes sancionadas por algún poder legítimo, sino que los tiranizaban a su antojo; predicaron alguna vez la rebelión y fueron sorprendidos capitaneando rebeldes y con armas en sus manos. Así hablan los que no se tomaron la molestia de consultar la historia genuina de la época a que se refieren aquellos hechos. Nosotros que los hemos conocido en las fuentes más verídicas e imparciales, estamos muy distantes de suscribirlos y, al contrario, vivimos íntimamente convencidos de que el triunfo de los calumniadores de los jesuitas del Paraguay que trabajaron por su extinción causó la ruina moral y el completo retroceso de este país, digno de suerte más feliz.

         "Entre las calumnias que forjaron contra los jesuitas sus enemigos, una fue que trabajaban por emancipar el Paraguay coronando un Rey nacional tomado de la familia indígena que gobernaba las tribus al tiempo de la llegada de los españoles. En el suntuoso edificio del Jesús, veían estos el palacio real; en las naturales organizados en milicia activa por una cédula del rey de España, la fuerza que debía sostenerlo, y en los P.P. de la Compañía los consejeros y ministros de la nueva monarquía. Los que conocen las circunstancias particulares que influían en el Paraguay en esta época, podrán avalorar debidamente aquellas imputaciones.

         "Cuando se trata de conocer hasta qué grado son felices los pueblos, no solamente debe tomarse en cuenta su situación actual y los elementos que concurren para hacer a éste más o menos feliz, sino compararla con otras que atravesaron esos mismos pueblos durante su vida social. Algunos han creído un hermoso episodio lo que se ha escrito sobre el gobierno de las misiones del Paraguay que durante casi dos siglos estuvo administrado por los Padres de la Compañía. Tan bella y compacta se observa allí, en efecto, la acción cristiana que sorprende pueda una sociedad formada, no ya de muchos individuos, sino de muchas familias y aún de muchos pueblos, marchar de una manera tan perfecta bajo una ley cuyas bases son la abnegación y el desprendimiento.

         "La expulsión de los jesuitas fue el principio de una era de calamidades, de contratiempo y de ruina para el Paraguay. Los que nada buscaban persiguiendo a los jesuitas fuera de sus propios intereses, no lograron su objeto, porque esos tesoros que suponían acopiados en las arcas de los misioneros, no existían sino en ciertas imaginaciones exaltadas y crédulas a la vez. Los que veían abrirse para sus especulaciones nuevas regiones que les habrían de reportar ganancias desmedidas, encontraron burladas sus esperanzas por el carácter de los indígenas que les hizo alejarse de los pueblos y renunciar al trabajo y al comercio cuando les faltó el estímulo de sus misioneros, y los hombres de la administración, en fin, que pensaron en sus criaturas luego que hubo un país más que gobernar y nuevos empleos de que disponer en él, nada encontraron cuando llegó el tiempo de tomar razón de esas comarcas poco antes ricas y florecientes. El territorio de misiones no tardó en volver casi a la barbarie después que fueron expulsados los que le habían introducido la fe y la civilización.

         La política exigía que el puesto que dejaban los jesuitas fuese ocupado inmediatamente, y esta fue también la intención del rey de España cuando les hizo salir del Paraguay. Mas era ardua empresa llenar aquellos lugares con hombres dignos de suceder a quienes los había ocupado. No queremos tocar pormenores que pueden herir gobiernos y a corporaciones que respetamos, y mucho más cuando lo que nosotros podríamos decir, con mayor elocuencia lo explica el hecho que presenciamos de las misiones abandonadas y de sus fieles dispersos. Los campos de donde antes se exportaban ingentes cantidades de tabaco y yerba mate, hoy están incultos y no presentan ni al gobierno ni a los especuladores más ventajas que las que pueden ofrecerles los valles y las selvas del Gran Chaco. De este modo, la Providencia da a los reyes y a los pueblos lecciones que les enseñan no poder destruir las obras que Ella inicia y desarrolla" sin prepararse para soportar las consecuencias de su proyecto temerario.

         Grandes fueron los esfuerzos del rey para sostener las misiones y los pueblos fundados por los jesuitas en el Paraguay, y bien claro nos hacen ver una serie de reales cédulas comunicadas a los capitanes generales de la Plata y de Buenos Aires, al obispo de la Asunción y al gobernador de aquella misma provincia. En ellas se dan las órdenes más terminantes para proveer a las misiones del párroco para nombrar corregidores celosos y "capaces de llevar adelante los trabajos que existían por concluir", para atender al mantenimiento de las escuelas establecidas y para no omitir medio que contribuyese a dar vida a los establecimientos que sostenían los regulares de la Compañía. Pero no todo lo pueden los gobiernos, ni los recursos de la administración son eficaces en todos los casos. La voluntad de un soberano muchas veces consigue menos que la de un particular, y los reales decretos que salen de palacio para producir su efecto al otro lado de los mares, dan el mismo resultado que el puñado de arena tirado al mar con el objeto de cegarlo".

 

         Podría ir transcribiendo otros pasajes así, copiados de la obra de Eyzaguirre. Pero con lo reproducido basta y sobra para descaretar al aventurero que en tan mala moneda pagó al Paraguay su protección.

         Ese es el Bermejo que da argumentos a nuestros denigradores y hace las delicias de los que no pueden conformarse con la grandeza de nuestro pasado. Un embustero vulgar, un ratero literario sin pizca de vergüenza, un cínico repugnante!

         Nuestra juventud estudiosa debe meditar sobre este caso curioso, sobre las revelaciones que contienen estas líneas, a fin de valorar los quilates mentales de quien con tanto énfasis manosea nuestra historia y con tanta acritud juzga a los que entre nosotros, con honestidad y patriotismo, se dedican a defender nuestra nacionalidad.

         Y los que fuera del Paraguay celebran las "manchas de color" de Ildefonso Antonio Bermejo tienen, también, a qué atenerse.

         El gran falsario, no fue sino un mal novelista, ya que para tejer su romance hubo de hacer suyas las ajenas mentiras, suscribiendo lo que un día fue objeto de su virulenta crítica.

         ¡Ni dones de imaginación tenía! Pobre, paupérrimo de inventiva, no le quedó sino el recurso del plagio para vengar sus desgracias conyugales en Asunción. Y un sacerdote cristiano, hijo de una tierra cara a nuestro corazón, puso en sus manos las armas con que intentó herirnos por la espalda.

         Medio siglo después de su alevosía, he aquí que es él, no el Paraguay, el que cae aplastado por el ridículo.

         El documento siguiente, copiado del volumen 22, Sección Contabilidad, del Archivo Nacional, prueba que el celo de Bermejo para defendernos fue bien retribuido por nuestro gobierno:

         "Diciembre 13 de VRFB - Son data mil setecientos pesos, por mitad en metálico y billetes, entregados a don Ildefonso A. Bermejo por la obra que acaba de publicar con el título "La iglesia católica en América". Consta de comprobante número 554.

 

         JUAN VALLE.

 

         Adolfo Saguier

         Oficial interventor"

 

 

         Jauja era el Paraguay para el audaz aventurero que había de caricaturarnos sin piedad.

         El tesoro público, como se ve, pagaba con largueza sus servicios.

         Hay que tener en cuenta el valor adquisitivo de la moneda en aquel tiempo. Con el dinero recibido podía comprar Bermejo mil setecientos animales vacunos, que en nuestros días representarían un millón setecientos mil pesos.

         Tal vez sin las picardía de Purita no hubiera escrito las infamias que escribió. Por perverso que sea un hombre no puede olvidar los beneficios que recibió, a no ser que obre sobre él una pasión avasalladora. Y el marido engañado se dejó llevar de su rencor, apelando a todas las armas, llegando al robo, para desacreditar al país que fue teatro de las diabluras de la "rubia de satanás"...

 

VII

 

         Paso por alto numerosos "episodios" y plagios del libro de cuentos de Bermejo - que los apuntados bastan y sobran para dar idea de su seriedad de "historiador"- y voy al último capítulo, en el que nos realza su partida del Paraguay.

         Dejemos hablar al prodigioso embustero:

         "Cuando falleció D. Carlos Antonio López tenía la República un arsenal donde se fabricaban buques y vapores; la administración estaba regularizada; había más benignidad en la Presidencia; había escuelas, un seminario, clases de latinidad; poseía fortaleza con cañones de moderno sistema, el ejército era numeroso y bien disciplinado y sólo de este modo ha podido resistir el Paraguay una guerra tan prolongada y sangrienta.

         "Me ausento, le dije un día al general López. - ¡Qué ingratitud! me respondió. Yo traje a Ud. al Paraguay, ha sido Ud. un leal amigo de mi padre y en la aurora de mi mando me abandona Ud. - No general, le respondí, si todas las Repúblicas se uniesen para aquietar el espíritu absorbente del Brasil, yo aprobaría la guerra; pero va suceder lo contrario. No quiero ser testigo de la ruina del Paraguay. No se vaya Ud., me dijo.- No declare Ud. la guerra al Brasil, y me quedaré, le respondí. - No puede ser, Bermejo, me contestó. - General, le dije, apretándole la mano, no quiero ver derrotado a mi amigo. Me voy. Quince días después de esta entrevista nos dábamos el último abrazo".

         Como vemos, empieza por reconocer que el Paraguay había hecho algunos progresos y se había dulcificado la "tiranía" imperante. Y asegura que dejó a su "amigo" en la "aurora de su mando" porque no quiso oír sus consejos y se empeñó en declarar la guerra al Imperio.

         Concluye como empezó mintiendo.

         A principios del año 1863, en que el aventurero se alejó de nuestro país, la guerra estaba lejos de ser un propósito indeclinable del nuevo Presidente de la República. Por el contrario, López hacía los mayores esfuerzos posibles por asegurar la paz. Vencida la tregua de seis años establecida en los tratados con la Argentina y el Brasil en el enojoso pleito de límites, se anticipó a hacer gestiones amigables y directas para allegar una solución fraternal. Con este objeto inició su famosa correspondencia confidencial con Mitre y puso en juego todo su talento y toda la sinceridad de su noble corazón.

         Y, cuando se marchó el caricaturista, vivía en pleno optimismo. Mal, pues, pudo mostrarse sordo a las incitaciones de Bermejo, ni tenía éste motivo alguno para considerar inminente la guerra ¡Todo una burda mentira!

         La verdad es que la guerra era inevitable, pero no por la voluntad del general López, sino como resultado fatal de la política imperial. Desde 1855 se veía claro que Pedro II no buscaba otra cosa. Y el mismo Bermejo se va a encargar de probarnos que él reconoció esta dolorosa realidad.

         El sábado 7 de Noviembre de 1857 se hizo cargo de la dirección y redacción de EL SEMANARIO. En su primer artículo editorial estudió la situación internacional del Paraguay ante la actitud francamente hostil del Imperio del Brasil y la sospechosa conducta de la Confederación Argentina. Paranhos estaba en aquellos momentos en Paraná, gestionando una alianza, para imponernos las fronteras que pretendían. El famoso protocolo firmado con Derqui, denunciado en 1865 por Mitre, fue el resultado de sus trabajos. Y la alianza quedó sellada. Algo sabía de todo esto nuestro gobierno. Bermejo hace claras alusiones al respecto y dice:

         "Si alguna vez la Confederación toma parte, directa o indirectamente, en nuestras cuestiones con el Brasil, y le presta su apoyo moral o material, que sepa desde luego la línea de conducta que nos hemos trazado respecto a los asuntos internacionales que hace tiempo se agitan entre la República y el Imperio.

         "No obstante todo cuanto hemos manifestado, a pesar de los deseos que nos animan, lamentamos anticipadamente que tal vez haya llegado el funesto caso que tanto hemos querido evitar. A pesar de nuestros esfuerzos por conservar la paz, tal vez la guerra sea ya para nosotros una cosa inevitable y fuera de dudas, pues no se desprende otra cosa de los aprestos del Brasil".

         Termina diciendo. "Aunque siempre lamentáremos que la sangre paraguaya nos proporcione el triunfo o la derrota, aceptaremos la guerra si a pesar de nuestros esfuerzos no podemos pasar por otra alternativa, porque no creemos cuerdo que por el ídolo de la paz sacrifiquemos la plenitud de nuestros derechos y sin lucha cedamos al enemigo lo que debe conquistar a mano armada".

         Como se ve, en 1857 consideraba "inevitable y fuera de dudas" la guerra y hasta se adelantaba a profetizar una alianza entre Argentina y Brasil, contra el Paraguay. Y veía venir el funesto conflicto en vista de "los aprestos del Imperio", no por la belicosidad del joven Presidente paraguayo.

         He dicho al empezar que Bermejo se fue del Paraguay "por exceso de adulonería" Y ha llegado el momento de probarlo. Las cosas pasaron como va a verse, a la luz de documentos que el impostor creyó desaparecidos en la vorágine de la guerra.

         El 14 de Diciembre de 1862 tuvo lugar la bendición del artístico oratorio mandado construir por Don Carlos Antonio López en Olivares. Con tal motivo se trasladaron a dicho lugar el Presidente y su familia y numerosos invitados. Entre estos últimos iba Bermejo. A la vuelta escribió una extensa crónica que envió al Presidente para que la leyera.

         Solano López la encontró empalagosa, intolerable por lo recargada de adulaciones a su familia. Y la mandó al canasto, haciéndole decir que escribiera una breve reseña del acto y repitiéndole que el diario oficial estaba para servir los intereses nacionales y no para elogiar a los suyos. Y la kilométrica crónica quedó reducida al siguiente lacónico suelto:

 

         OLIVARES

 

         "La bendición del Oratorio de Olivares tuvo lugar el 14 del corriente por el Ilustrísimo señor Obispo Urbieta, con toda solemnidad. Este digno prelado, con la mayor parte del clero de Asunción, muchos dignatarios, varias familias distinguidas y una multitud de gentes de toda clase, se trasladaron a aquel lugar. Han regresado todos muy satisfechos de la buena hospitalidad y atenciones que han encontrado, a la vez de presenciar variados objetos de una admirable e inocente distracción improvisada para la satisfacción de los mismos concurrentes. La estancia de Olivares es hoy una capellanía laica, cuyos fundadores son el finado primer Presidente de la República, D. Carlos Antonio López, y su digna esposa Doña Juana Pabla Carrillo, y el Oratorio constituido bajo la advocación de San Carlos Borromeo".

        

         Despechado Bermejo escribió la siguiente carta, cuyo original puede leerse en el volumen 103, números 11-12, del Archivo Nacional:

 

         "Asunción, 15 de Diciembre de 1862.

 

         Señor Presidente.

         Durante los ocho años que he residido en el país, he procurado complacer al Gobierno, y veo con harto pesar que de algún tiempo a esta parte, trabajando con la misma fe, y con igual fuerza de voluntad, no consigo otra cosa que procurar molestias y mortificaciones involuntarias que quiero evitar a todo trance. Anoche Señor, he estado trabajando hasta las tres de la madrugada y he visto arrojar al suelo el producto de mi vigilia, trabajo elaborado bajo la inspiración del más santo deseo. Esto me prueba, Señor, que no he de poder complacerle a pesar de mi buena voluntad. Suponiendo que no ha de faltar quien me reemplace, puesto que hace algunos días me indicó V. E. una colaboración extranjera, deseo que el Señor Presidente me desobligue de la redacción del Semanario, y si esto ha de ser instantáneo, también desearía que me concediese demorar en la casa que habito el tiempo necesario para hacer almoneda de mis utensilios. Quiero que el Sr. Presidente se penetre de la lealtad y buena intención que me conduce a dar este paso, cuyas ingratas consecuencias respecto a mí estoy previendo. Pero el hombre de pundonor debe sacrificarlo todo a trueque de no mortificar a sus semejantes, y especialmente a personas a quienes se debe respeto y consideración. Lo ocurrido no obsta para que como siempre encuentre en todo momento motivos para saludar a V. E. con respeto, y para repetirme su leal servidor.

 

         L. A. Bermejo"

 

 

 

         Asunción, Diciembre 16 de 1862.

 

         Señor Ildefonso A. Bermejo

         S. E. el Señor Presidente de la República, me encarga contestar a Ud. la carta que, con fecha de ayer, le ha dirigido, solicitando su separación de la redacción del "Semanario", por motivo de que no conseguía otra cosa que causar molestias y mortificaciones involuntarias, que quería evitar a todo trance, y que habiendo trabajado en aquella noche hasta las tres de la madrugada, ha visto después arrojar al suelo el producto de su vigilia, trabajo elaborado bajo la inspiración del más santo deseo lo que le prueba que no ha de complacer a S. E. En todo lo que es personal a S. E., Ud. no ha recibido observaciones ni direcciones, habiendo dejado a su arbitrio tratar en los artículos editoriales las materias que correspondiesen a la creación del periódico: esto es, difundir conocimientos útiles, en el interior, y el conocimiento exacto de nuestras cosas en el exterior. En las observaciones que S. E. le hizo comunicar relativamente a la bendición de un Oratorio que el finado Excmo. Señor Don Carlos Antonio López ha erigido en su propiedad de Olivares, manifestó el deseo de que, siendo una cosa privativa de su familia, no se hiciese de esta circunstancia, sino la mención precisa para las personas que quisieran asistir a ella, conformándose con las pocas líneas que Ud. le anunciaba y observando sólo algunas palabras equivocadas. En lugar de seguir las indicaciones de S. E. y de escribir un artículo de interés general, como Ud. le hizo ofrecer obró Ud. en sentido contrario, confeccionando un artículo de fondo de cinco columnas, tomando por tema la bendición de aquel Oratorio, contraviniendo en ello los deseos manifestados por S. E. y la promesa que Ud. le hizo llegar de que el artículo de fondo se ocuparía de política general. Cuando Ud. fue llamado en presencia de S. E., le ha hecho estas observaciones, no sólo con la urbanidad que le es propia, sino también con bondad, indicándole cómo debía proceder en adelante, para evitar trabajos infructuosos y la no aparición del "Semanario" en el día prefijado, dejando caer la prueba de este periódico, que habíale servido como materia de sus observaciones, en el lugar en que se aglomeran los papeles ya inútiles en el Gabinete de trabajo de S. E. Versando lo ocurrido sobre observaciones benévolas y provocadas por sentimientos que Ud. no ha apreciado bien, no debió ofenderse la delicadeza de Ud., ni traer por consecuencia la necesidad de pedir su retiro de la redacción del "Semanario"; no obstante, vista la resolución que Ud. ha tomado, S. E. me manda aceptar su renuncia, desobligándole de la redacción del "Semanario", pudiendo Ud. continuar en la casa del Estado que habita por todo el tiempo que le sea necesario, observándole sólo que tal solicitud de su parte era de todo punto inoficiosa desde que tantas pruebas de consideración y generosidad había siempre recibido del gobierno de la República.

         Dios guarde a Ud. muchos años.

 

         Francisco Sánchez.

 

 

         Y así quedó resuelto el alejamiento de Bermejo. Hubo de marcharse con dolor de su corazón y "previendo las ingratas consecuencias" de aquel alejamiento, por exceso de adulonería. Lo prueban documentos elocuentes, escapados por fortuna a la rapiña del invasor triunfante.

         Antes de partir presentó un memorial al gobierno, pidiendo el cargo de "agente general" en España. El curioso documento puede leerse en el volumen 103, números 11-12, del Archivo Nacional. Dice así:

         "Mi nombramiento de agente general del Gobierno del Paraguay con el sueldo de cien pesos, puede prestar al país las ventajas que voy a enumerar:

         "Proseguir escribiendo la Historia del Paraguay, y, una vez terminada, dar parte de ello incluyendo el presupuesto de lo que costará su impresión y encuadernación y el arreglo que deba hacerse respecto a la ganancia que debe reportar al autor la venta de ejemplares, etc., etc.

         "Puedo llevarme cierto número de jóvenes para ponerlos en las escuelas preparatorias de España. Doy la preferencia a esta nación por la ventaja que lleva en el idioma, por la conformidad de costumbres, por el ejemplo que verán en los principios del respeto de autoridad. Estando a mi cargo esta juventud, puedo vigilarla, estudiar sus aptitudes y sus condiciones para la elección de asignaturas.

         "Puedo encargarme de enviar un personal escogido de maestros de primeras letras sacados de la Escuela Normal Central de Madrid, con los útiles necesarios a los ramos de enseñanza.

         "De otro personal escogido de jóvenes sacados de los diferentes ministerios, de aquellos que estén en clase de auxiliares y meritorios, que no tienen más que una pequeña asignación hasta entrar en la clase de número, y sin embargo son tan prácticos e inteligentes como los oficiales efectivos en la carrera de la administración, lo mismo en Estado, que en Hacienda, Guerra y Marina, etc., etc.

         "De un director para la escuela militar en sus diferentes armas, incluyendo artillería e infantería y administración militar.

         "De un tambor mayor, con las cajas modernas de escala musical, práctico en la enseñanza de charanga de cornetas.

         "Puedo remitir libros, modelos para el censo, contribuciones y toda cuanta planilla exista en los ministerios según los adelantos del día reglamentos de toda especie, incluyendo el del ramo de beneficencia.

         "Puedo registrar los archivos de Indias en Sevilla, el de Simancas, y mandar copias de documentos que puedan interesar al Gobierno.

         "Puedo escribir en los periódicos europeos respecto al Paraguay lo que convenga según las circunstancias, teniendo en cuenta que fuera de los folletos, ningún artículo costará nada, pues tengo las columnas abiertas en todos los periódicos de Madrid, lo mismo políticos que literarios, pudiendo suceder lo mismo con algunos de los que se publican en París en español y en francés.

         "Nombramiento de Agente Confidencial.

         "Los viajes y gastos que ocurran por encargos fuera de Madrid y de España, no entrarán en el sueldo de cien pesos.

         "Viaje pagado hasta desembarcar en Europa, y mil pesos adelantados a cuenta de mis futuros haberes".

        

         Como se ve, el gran pedigüeño procuró seguir explotando al Paraguay. Hombre sinvergüenza, olvidó el incidente que le obligaba a partir, y tendió de nuevo la mano a su generoso protector. Y consiguió lo que deseaba. Se le encargó escribir nuestra historia y se le nombró corresponsal de El Semanario. El siguiente documento puede leerse en el volumen 86, número 1, del Archivo Nacional:

         "El Señor Agente comercial de la República en Buenos Aires, D. Félix Eguzquiza, en vista de esta libranza entregará de los fondos de Estado a su cargo al Señor Don Ildefonso Antonio Bermejo, la cantidad de dos mil quinientos pesos, que este Ministerio le hace entregar como anticipo que ha pedido a cuenta del valor de la obra "Historia del Paraguay "que se ha comprometido redactar en Europa en el término de un año, debiendo asentar constancia de la entrega a continuación de esta misma.-Asunción, Enero 6 de 1863".

 

         Mariano González

         Ministro de Hacienda

 

 

         Tal fue la estafa de despedida del bandido que había de escarnecer nuestra agonía escribiendo, en vez de nuestra historia, la miserable caricatura con que pagó al Paraguay su generosidad.

         Poco antes de alejarse del Paraguay dedicó al recién electo General Presidente la poesía que va a continuación:

 

 

 

 

 

 

         Al Excmo. Señor General Don Francisco Solano López

         Elevado por el voto unánime del pueblo a la silla presidencial.

 

 

 

Si el correr incesante de los años

Que el término fatal del hombre amaga;

Si una serie de amargos desengaños

Del corazón la inspiración apaga;

 

Hay momentos que el ánima doliente,

Por extraños impulsos impelida,

Ve otro mundo mejor, más inocente,

Donde tan solo la virtud se anida.

 

Transitoria ilusión que nos halaga

Y que afanoso el corazón sustenta

Temeroso, tal vez, que se deshaga,

O el desengaño adusto la desmienta.

 

Pasajera visión de mil colores,

Efímera deidad que me iluminas,

Dame de tu vergel las blancas flores,

Con su dulce fragancia, y sin espinas.

 

Porque quiero cantar al Buen Soldado

Que al trono augusto del poder se lanza,

Con la heroica bravura que le ha dado

Su corazón henchido de esperanza.

 

Pero me cuesta dolor

Y me entristece el pensar

Que con todo su valor

Empieza pronto a libar

La copa del sinsabor.

 

Ese poder codiciado,

Que a las almas lisonjea,

Es un dardo emponzoñado,

La seductora presa

Que a muchos ha fascinado.

 

Del poder en ejercicio

Es la triste condición.

En él la virtud es vicio,

La verdad una ficción

Y mentira el sacrificio.

 

En el huracán deshecho

De la envidia y la pasión,

Hay que aprender a despecho

a encerrar dentro del pecho

La heroica resignación.

 

Y es difícil comprender

Que el fuego de entusiasmo

Con que se inicia el poder,

Se amortigua, para ver

En cada triunfo un sarcasmo.

 

Férvido el pueblo le aclama

Cónsul, Presidente o Rey.

Digno de renombre y fama,

 

Y en la realidad se llama

¡El esclavo de la ley!

Mas nada pueden temer

Los soberanos que fundan

La virtud en el deber,

Y si los pueblos secundan

Los designios del poder.

 

 

         Ildefonso A. Bermejo.

        

 

 

         Asunción, Octubre 24 de 1862.

 

         Prosa rimada, prosa la más prosaica que pueda darse, si no prestigia el numen de nuestro plagiario, sirve, al menos, para revelarnos el estado de su espíritu, su inmensa amargura, su melancolía inocultable. Al celebrar el advenimiento del nuevo mandatario, al cantar al "Buen Soldado", nos habla de sus "amargos desengaños", que apagan su inspiración, y de su "ánima doliente por extraños impulsos impelida". Y suspira por "otro mundo mejor, más inocente", y sueña con "blancas flores, de dulce fragancia, sin espinas". Vale decir resuella por la herida.

         El siguiente artículo fue el último que publicó en El Semanario y puede leerse en el número correspondiente al 5 de Enero 1863

 

 

         DESPEDIDA

 

         "Ingrato sería, si al dirigir mi adiós al Paraguay, no hiciese una pública manifestación de los sentimientos de gratitud que me acompañan.

         "Es imposible mostrarse indiferente a las afectuosas consideraciones con que me ha favorecido el Gobierno desde el momento en que pisé estas playas, así como a las demostraciones de cariño de que he sido objeto por parte de este pueblo generoso y hospitalario.

         "Precisamente en los momentos de mi partida es cuando más he conocido el aprecio que me tributaban.

         "Si es placentero regresar a sus lares también es doloroso dejar tantos amigos. Si es triste alejarse del seno de una familia tan cariñosa, también es satisfactorio dejarla bien impresionada.

         "Créame el Supremo Gobierno: créanme los paraguayos: mientras más se aproxima el instante de mi partida más me agobia el peso doloroso que encierra mi corazón.

         "Partiré: seguiré la majestuosa corriente que baña este gran territorio. Contemplaré por vez postrera sus márgenes deliciosas, cuyo recuerdo me seguirá aún entre las espumosas olas del Océano, y si el cielo reserva para algo esta pobre existencia, siempre recordaré con gratitud al Paraguay y al joven y generoso soldado que se ha puesto al frente de sus destinos.

 

         I. A. Bermejo"

 

 

         El jesuita de falda corta hace gala de su refinada hipocresía. ¡Nos jura al partir eterna gratitud!...

         El vapor nacional Paraguarí, comandado por el teniente primero Remigio Cabral, lo condujo a Buenos Aires. Y, notable coincidencia, fue su compañero de viaje Juan Francisco Decoud.

         El siguiente documento, copiado del volumen 2192 del Archivo Nacional, se encarga de decirnos el pingüe sueldo que ganó en el Paraguay:

 

          "¡VIVA LA REPUBLICA DEL PARAGUAY!

 

         "El infrascrito Preceptor de la Escuela Normal y Redactor del "Semanario de Avisos" he recibido de la Colecturía General sesenta y nueve pesos metálicos y ochenta y un pesos en billetes, cuyas partidas componen CIENTO CINCUENTA PESOS, en pago de mi sueldo de un mes cumplido este día por los oficios arriba referidos, y para constancia firmo.

         Asunción, Setiembre 10 de 1859.

 

         Ildefonso Antonio Bermejo"

 

         Como juzgar es comparar, copiamos del volumen 2762 del Archivo Nacional este otro documento:

 

         "¡VIVA LA REPUBLICA DEL PARAGUAY!

 

         "¡El infrascrito ministro de Hacienda he recibido de la Colecturía General CINCUENTA PESOS, por mitad en metálico y billetes, que me corresponden por sueldo de un mes cumplido este día. Y para constancia firmo.

         Asunción, Octubre 17 de 1859.

 

         Mariano González".      (1)

 

         Y para acabar de dar idea de la privilegiada situación del afortunado pordiosero, no está demás el documento que va en seguida, tomado del volumen 206, Nº 1-2 del Archivo Nacional:

 

         ¡VIVA LA REPUBLICA DEL PARAGUAY!

 

         "El infrascrito Escribano de Gobierno y Hacienda he recibido de la Colecturía General VEINTE PESOS, por mitad en metálico y billetes, que me corresponden por sueldo de un mes cumplido este día. Y para constancia firmo.

         Asunción, Octubre 15 de 1858.

 

         Francisco Sánchez".

 

         Bermejo ganaba, pues, tres veces más que un Ministro y siete veces más que el supuesto Canciller de su cuento. Esto no necesita comentarios.

         Una vez en Madrid, empezó a enviar sus correspondencias a El Semanario, que las publicó desde el 6 de Junio de 1863. En la aparecida el 10 de Octubre de 1864 terminaba diciendo: "Felicito a ustedes por los proyectos de este ilustrado gobierno respecto a la institución de la telegrafía eléctrica. Hago votos porque, ajenos al mal ejemplo de sus vecinos, continúen disfrutando de los beneficios que les proporciona el ilustre SOLDADO QUE SE HA PUESTO AL FRENTE DE LOS DESTINOS DE ESE VENTUROSO PAIS". En la última, publicada el 28 de Enero de 1865, después de empezada la guerra con el Brasil, decía: "Por aquí ha hecho mucho efecto la actitud que acaba de tomar el Paraguay ante la cuestión oriental-brasileña. Todos ven que esa República va a demostrar lo que vale".

 

         Y tales fueron sus palabras finales de adulación al Paraguay y al "ilustrado soldado" que regía sus destinos. Con el bloqueo de los aliados ya no pudo recibir protección de nuestro tesoro. Había llegado el momento de trocar en hiel el almíbar en que mojaba su pluma para seguir explotándonos desde lejos...

         Termina el libro que comento con estas palabras:

         "Dos años después me escribía desde París un joven de la legación paraguaya, discípulo mío: "Mi querido y respetado maestro: Sus pronósticos se han realizado. El general ha dado la última batalla con los restos de sus leales, peleando frente con sus enemigos, y ha caído del caballo atravesado de una lanza. Tres oficiales brasileños le levantaron y le dijeron: ¡eres nuestro prisionero! El general ha respondido: ¡antes la muerte que prisionero del Emperador! Y se ha dado un pistoletazo en la cabeza. El Paraguay pasará por el bochorno de soportar el protectorado brasileño aparecido en Montevideo. - Andrés Maciel"

         Y es ésta su mentira de despedida. Andrés Maciel fue sorprendido por la guerra en nuestro país. Lo menciona en sus Memorias su compañero y amigo Juan Crisóstomo Centurión. Véase tomo II, página 75, y tomo III, página 202. Con el grado de capitán murió en Pikysyry el 11 de Noviembre de 1868. Bermejo le hace escribir dos años después de muerto una carta disparatada. Digno remate del inmundo panfleto.

         El que tantas sombras acumuló sobre sus protectores, se vio envuelto en vida en las tinieblas de la locura. Murió demente en Madrid...

         ¡Hay que creer en la justicia inmanente!

 

 

(1) Bermejo asegura en su panfleto que "cada ministro tenía quince pesos mensuales de haber activo". Pero no cuenta que él ganaba ciento cincuenta!.

 

 

 

AUTORES CITADOS

 

         LOS LEGIONARIOS

 

ACEVAL, Benjamín (1845-1900)

ALBERDI, Juan B. (1811-1884)

ALFONSO el Sabio (1221-1284)

ALIGHIERI, Dante (1265-1321)

ARIAS, Pedro N. (1844-1907)

BAEZ, Cecilio (1862-1941)

BAREIRO, Fco. L. (1878-1929)

BERMEJO, Ildefonso A. (1820-1892)

BIEDMA, José Juan (1864-1933)

CENTURION, Juan C. (1842-1902)

CERVANTES, M. de (1547-1616)

CHATEAUBRIAND    François René, Vizconde de (1768-1848)

DECOUD, Adolfo (1852-1928)

DECOUD, José S. (1848-1909)

DECOUD, Juan José (1847-1871)

DOMINGUEZ, Manuel (1868-1935)

ESTRADA, José M. (1842-1894)

FRANCIA, Dr. J. G. de (1762-1840)

GARAY, Blas (1873-1899)

GARMENDIA, José I. (1812-1925)

GODOI, Juan S. (1846-1926)

GOMEZ, Juan C. (1820-1884)

GONDRA, Manuel (1871-1927)

GONZALEZ, Florentino (1806-1875)

GONZALEZ PRADA, Manuel (1848-1918)

HUGO, Víctor (1802-1885)

LOMBROSO, Césare (1835-1909)

LOPEZ, Carlos A. (1792-1862)

MILTOS, Cayo (1843-1871)

MITRE, Bartolomé (1821-1906)

MOLAS, Mariano A. (1787-1844)

MONIZ BARRETO

MONTALVO, Juan (1832-1889)

MUJICA, Adolfo (1867-1922)

NABUCO, Joaquín (1849-1910)

OTTONI, Teófilo

PANE, Ignacio A. (1880-1920)

PEÑA, Manuel Pedro de (1811-1867)

PEREYRA, Carlos (1871-1943)

QUESADA, Ernesto (1858-1934)

RODO, José Enrique (1871-1917)

SALDIAS, Adolfo (1850-1.914)

SAN ALBERTO, Obispo

SARMIENTO, Domingo E. (1811-1888)

THOMPSON, George

WASHBURN, Charles (1822-1889)

ZEBALLOS, Estanislao S. (1854-1923)

 

 

         APOSTOLADO PATRIÓTICO

 

BAEZ, Cecilio (1862-1941)

DELAVIGNE, Casimire (1793-1843)

GARCIA CALDERON, Fco. (1883-1953)

GONZALEZ PRADA, Manuel (1848-1918)

GUIDO SPANO, Carlos (1827-1918)

HUGO, Víctor (1802-1885)

RENAN, Ernest (1823-1892)

 

 

         ILDEFONSO A. BERMEJO, FALSARIO, IMPOSTOR, Y PLAGIARIO

 

AZARA, Félix de (1746-1811)

"AZORIN" (1873-1967)

CENTURION, Juan C. (1842-1902)

DU GRATY, Alfred

BAEZ, Cecilio (1862-1941)

BLANCO FOMBONA, R. (1874-1944)

BONILLA Y SANMARTIN, A. (1875-1926)

BURELL, Julio

CASTROVIDO, Roberto (1864-1940)

EYZAGUIRRE, José Ignacio (        -1880)

LEON, Ricardo (1877-1943)

MONTALVO, Juan (1832-1889)

REBAUDI, Arturo (1859-1926)

 

 

 

 

INDICE

 

Medio siglo después

raúl amaral: Juan Emiliano O Leary, escritor y maestro

1. Vida. Orígenes familiares

2. Primeros estudios. Iniciación literaria

3. El joven maestro y el escritor     

4. El abanderado de la esperanza

5. Periodismo. Actuación pública

6. Tarea intelectual

7. Poesía y prosa. Lecturas

8. La causa del pueblo paraguayo

9. La historia combatiente

Síntesis bibliográfica

Cronología de vida y obra     

 

 

JUAN E. OLEARY -Prosa Polémica

rl. al. Explicación

Los Legionarios  

Introducción

I. El mitrismo y el legionarismo

II. Don Pedro II y los legionarios

III. El Gral. Ferreira y los legionarios

IV. En pleno pantano

V. La patria paraguaya

VI. La argumentación legionaria     

VII. Modelos de legionarios  

VIII. Las consecuencias de la guerra

IX. El gobierno provisorio    

X. Glorificación de la traición

XI. Voces del pasado

XII. Los verdaderos legionarios

 

Apostolado Patriótico  

Arsenio López Decoud: O’Leary

Introducción

I. El pontificado del lopizmo 

II. Origen de una campaña    

III. El nacionalismo

IV. Finalidad de una campaña

V. Palabras finales

 

Ildefonso A. Bermejo, falsario, impostor y plagiario

Prólogo

I. Corre todavía por el mundo

II. El panfleto que voy a comentar

III. No me propongo destruir

IV. Las burdas mentiras        

V. Después de todas las imposturas

VI. Hasta aquí he puesto

VII. Pasa por alto

 

Autores citados   

O´Leary, pasados los 80 años.

 

 

 

 

 

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