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LUISA MORENO DE GABAGLIO


  ECOS DE MONTE Y ARENA (Cuentos de LUISA MORENO SARTORIO)


ECOS DE MONTE Y ARENA (Cuentos de LUISA MORENO SARTORIO)

ECOS DE MONTE Y ARENA

Cuentos de

LUISA MORENO SARTORIO  

(BIBLIOTECA POPULAR DE AUTORES PARAGUAYOS Nº 12)

© de esta edición Editorial El Lector

© de la introducción Francisco Pérez-Maricevich

ABC COLOR y Editorial El Lector,

Asunción-Paraguay 2006 (111 páginas)

Director editorial: Pablo León Burián

Coordinador editorial: Bernardo Neri Fariña

Guía de trabajo: Francisco Pérez-Maricevich

Glosario de José Vicente Peiró

 

 

**/**

 

 

ÍNDICE

Introducción

·         Capibaráa

·         Pincho y Canela

·         Miedo en la noche

·         Huellas de botas

·         La imagen

·         La golosina favorita

·         Chajä ragué

·         Mano de tierra salobre

·         Orfeo

·         De cacería

·         Pincho adolescente

·         Ausencia

·         Certezas o enigmas

·         Ni en la tierra ni en el cielo

·         El monte de los quebrachos

·         El bastón de guayabo

·         El collar azul

·         El misterio de las manchas

·         Kolot

·         Entre cordelias y cascarudos

·         El fin de los inocentes

·         El gringo del barranco

·         La picada del peregrino

·         Réquiem para un dorado

GUÍA DE TRABAJO

**/**

INTRODUCCIÓN

 

 

Luisa Moreno:

 

 

El centelleo poético del mundo natural

 

 

En un pueblo de la provincia argentina de Formosa nació en 1949 Luisa Moreno Sartorio, hija de padres exiliados. Tres años después se avecindaron en Villa Hayes, cuya rica fauna estimuló la pasión de su padre por la caza. Las experiencias infantiles con animales silvestres cautivaron la imaginación de la niña y le ayudaron a desarrollar una aguda, despierta sensibilidad hacia ellos. Tanto que condicionaron su inclinación vocacional hacia las disciplinas veterinarias. Ella obtuvo su doctorado en estas ciencias en la Universidad Nacional de Asunción en 1979.

 

En el Taller Cuento Breve y en otros, Luisa Moreno se adiestró en las técnicas de la escritura creativa y comenzó la publicación de sus textos en libros colectivos a partir de 1983. Es miembro de la Sociedad de Escritores del Paraguay, de Escritoras Paraguayas Asociadas y de otras entidades vinculadas a la actividad cultural o científica.

 

Ha seguido cursos de Narratología, en Buenos Aires, y ha asistido a congresos y encuentros literarios en el país y en el exterior.

 

En varias ocasiones su obra mereció distinciones en concursos de cuentos realizados en el extranjero, tanto como en nuestro medio. Del mismo modo sus narraciones fueron traducidas al inglés, al italiano y al guaraní.

 

Hasta el momento ha publicado:

·         "ECOS DE MONTE Y ARENA" (1992; decimosegunda edición en el 2004),

·         "CANELA ENCENDIDA", poemas, (1994),

·         "EL ÚLTIMO PASAJERO Y OTROS CUENTOS" (1997),

·         "LA CASA DE LOS BALCONES AZULES", novela, (2005), entre otros libros.

 

La obra de esta escritora es breve pero intensa. Sus colecciones de relatos alcanzan niveles muy buenos de calidad estética. Dotada de fina sensibilidad y fuerza constructiva, sus textos exhiben una experta habilidad en la escritura. Capaz de crear un clima poético de gran delicadeza, lo es también de construir situaciones dramáticas o alucinatorias en las que la figura humana es sometida a los rigores deformantes o aniquiladores de la violencia y la destrucción. Su visión de la realidad no escamotea los componentes de la injusticia, desigualdad, cinismo, fanatismo y venganza, además de las pasiones degradantes de la codicia y el crimen, que condicionan las actitudes y las conductas de los seres humanos.

 

Contrariamente a lo que pudieran sugerir sus atributos o rasgos de carácter -timidez, ensimisma-miento, introversión- el tema casi excluyente de sus narraciones es la violencia: violencia contra los vegetales y el inundo animal; violencia contra el débil (niño, mujer, indígena). Es decir, la visión trágica del ecocidio y el genocidio, es la dominante en la mayor -y mejor-parte de sus hermosos escritos.

 

Su primera colección de relatos -"ECOS DE MONTE Y ARENA"- incorpora a la literatura paraguaya un dominio nunca antes tratado del modo como Luisa Moreno lo hace. A pesar de ser parte del mundo rural -un escenario comúnmente penetrado bajo la visión idílica, falsamente idealizada-, el ambiente en que se desarrollan las aventuras narradas en esos breves textos envueltos por un aura poética encantadora es, al mismo tiempo, real y mágico, tierno y cruel.

 

Lo que se narra en ellos es la realidad agónica de los animales que habitan las aguas, los bosques, las llanuras y los aires acosados por la depredación irracional que la mano del hombre -instrumento de su ambición y destructividad- precipita sobre ella. Sorprendidos en su medio ambiente los animales se desconciertan y buscan refugio no sólo_ en sus instintos, sino en un desesperado intento de sobrevivencia.

Algunos de estos animales encuentran bondadosa comprensión y solidaridad con seres humanos que comparten su vida y experiencia con las de ellos, como el niño y el viejo peón con quienes el carpinchito sobreviviente se relaciona con transparente inocencia y cariño. El relato de los sucesivos episodios en los que estos personajes intervienen está construido con emoción tan cálida y límpida que contagia al lector haciéndole experimentar momentos de claro disfrute de lirismo poético pleno.

 

A pesar del predominio de figuras humanas violentas y destructivas que discurren en estas narraciones, Luisa Moreno también rescata otras cuya conducta se orienta por el respeto a la realidad natural y sus fenómenos particulares como, entre otros, el indio Kolot, que, al ver abatidos sus árboles sagrados, pierde la razón y el fundamento de su existencia.

 

La lengua que maneja la autora con indudable finura y habilidad transmite con precisa adecuación lo que se busca expresar. Es concisa, clara, sencilla y rítmica. Las imágenes y las descripciones con las que se induce en estos textos el sentido de lo narrado son sutilmente poéticas y capaces de hacer emerger en la conciencia la potencia del mito o la concentrada significación del símbolo.

 

Esta lengua se hace acaso más compleja y tensa, sin perder su precisión, en los cuentos que componen su segundo libro de narraciones: "EL ÚLTIMO PASAJERO Y OTROS CUENTOS" (1997). Los diez cuentos que lo integran son de notable factura y en ellos la violencia y la sobre realidad mítica o mágica cubre las experiencias de la realidad humana con intensidad agobiadora.

 

Luisa Moreno, que adoptó la nacionalidad de sus padres, tiene ya tui lugar distinguido y muy propio, en la literatura paraguaya contemporánea.

FRANCISCO PÉREZ-MARICEVICH. Asunción, agosto del 2006.

 

 

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CUENTOS DE LUISA MORENO DE GABAGLIO

EL MISTERIO DE LAS MANCHAS

Esa mañana de cielo azul, intenso, límpido, flotaba en el aire una extraña mezcla de olores. El animal de manchas oscuras se hacía invisible entre el leve movimiento del follaje. Tenía la cabeza apoyada en las patas delanteras y se lamía el morro pringoso de leche. Había mamado hasta la saciedad, antes de que su madre saliera en busca de alimentos. Se desperezó con un bostezo largo y decidió ir al encuentro de la tigresa. Incorporándose, midió la distancia y de un salto se perdió en el yuyal.

La tierra comenzaba a soltar vapores cálidos. La cachorra oteaba el aire buscando a su madre pero, de pronto, se detuvo: algo sospechoso se arrastraba en la hojarasca. Pegó la barriga contra el suelo y avanzó deslizándose en medio de los arbustos, veloz y sedosamente, hasta que, de pronto, se encontró con su venenosa enemiga. Debía matarla donde la encontrara, en especial a esta, porque ya olía a excremento, señal de que la séptima muda estaba próxima y cuando esto ocurría, de acuerdo a una ley del mundo animal, las víboras reinarían sobre todos los habitantes de la selva, apoderándose del misterioso secreto que los tigres guardaban en sus manchas.

La serpiente se acercó enhiesta, vibrante, hinchando la temible cabeza triangular y, con los ojos fijos en el contrincante, abrió la boca insultándolo con la lengua, retándolo con el rumor excitante del sonajero de la cola, a un duelo mortal. Intimidada, la cachorra retrocedió unos pasos y arqueando el lomo erizado, se encogió en el aire y como un rayo disparó sus cuatro garras decapitando a la víbora. El reptil seguía retorciéndose. La pequeña continuó su pesquisa.

Al cabo de un rato, percibió el olor de su madre y también el de una fuerte catinga de un bicho desconocido. El sol ya estaba alto cuando por fin la encontró. Entre los espartillos yacía el cuerpo desollado de la hembra. Bandadas de pájaros negros se apiñaban sobre ella, toros atragantándose con las tripas, otros vaciándole golosamente las cuencas. En ese lugar el olor repugnante era más concreto. A lo lejos sonaron varios estampidos que armaron gran revuelo entre las aves. Por un momento ella estuvo atenta husmeando el aire y la osamenta. Después volvió ancas y, con la cabeza gacha, emprendió el regreso contoneándose lentamente.

El hambre la apremió a cazar, aunque a menudo tuvo que resignarse tragando saliva, cuando no podía echarles garras a los venados que se le escapaban. De tarde en tarde se divertía espantando mariposas, o rompiendo charcos punteados de estrellas. A veces, volvía a escuchar los estampidos y el viento esparcía aquel olor extraño que tanto la inquietaba.

Meses después, el instinto se le afirmó, agudizándole los oídos, afinándole el olfato.

En un atardecer caluroso, el olor catingudo la despertó. Sus ojos amarillos, no rasgados todavía, sino redondos y grandes como los de un niño, vieron al animal que despedía el picante olor. Sintió la misma repulsión que le inspiraban las víboras. Era la primera vez que lo veía y, asombrada, curiosa, lo miraba desde lo alto del árbol, moviendo la cabeza para entender lo que el animal de dos patas maniobraba. Captó un cric-cric, y solo entonces, estremecida de un vago temor, pegó un salto en el preciso instante en que ¡car-bang, car-bang! Tronaba en la selva. Pero ya el animal estaba sobre el cazador dejándole al descubierto la mitad del hueso de la mandíbula, para luego caer pesadamente al suelo, con un rugido hondo y el ojo izquierdo destrozado, chorreando sangre. El animal intentó levantarse sacudiendo la cabeza, medio atontado, pero finalmente quedó quieto.

El cazador, pese a la larga baqueanía en estas faenas, estaba terriblemente asustado. Aún no sentía ningún dolor; se sacó la camisa y taponando con ella la hemorragia, se alejó en busca de socorro, pensando que había cometido una torpeza imperdonable, al pretender cazarlo vivo, pero al encontrarse ante el hermoso ejemplar, no tuvo mejor idea que herirlo en una pata y envolverlo en el mallón, pues los cachorros vivos, tienen mejor precio y además solía ser una aventura fácil y divertida, por lo que no acababa de comprender la excesiva bravura del pequeño.

Después de recibir los primeros auxilios, ya en camino al pueblo más cercano, mandó al resto del grupo para que cuereasen la presa. Pero al llegar los hombres al sitio donde había quedado la cachorra herida, se dieron cuenta de que había desaparecido. Sorprendidos, desconcertados siguieron los rastros pero sin éxito.

Gracias a que, curiosamente, las heridas ocasionadas por el tigre suelen ser asépticas, el cazador sanó pronto; sin embargo quedó con una fea cicatriz. El hombre juró abatir al maldito animal que le desfiguró la cara.

Y pasó el tiempo. Una vez restablecido, volvió al monte con la idea fija de encontrar al tigre que lo había herido. Estaba seguro de que el animal se había escapado y que posiblemente se habría recuperado del escopetazo recibido aquel día del primer encuentro en la selva. De modo que volviendo al mismo lugar en que lo había dejado, inició la búsqueda, comenzó a manguearlo. De día era muy difícil dar con ellos. La natural astucia y el perfecto camuflaje de los que se valen para mezclarse con cualquier arbusto, los vuelven transparentes a los ojos del cazador, por muy experto que éste sea. Por la noche lo pudo localizar en dos oportunidades. Dos veces lo enfocó, experimentando la misma sensación: mezcla de estupor y angustia, al encontrarse, con ese ojo ciclópeo, acechándolo en la negrura del monte. Estaba seguro de que se trataba del felino que había herido en el ojo. La primera vez no comprendió de qué clase de monstruo se trataba pues jamás había visto un animal de un solo ojo, pero al reconocerlo, se le atoró un grito de horror. El tigre no le dio tiempo, ni siquiera para llevar los dedos al gatillo. En ambas ocasiones desapareció silenciosamente como si fuera una espantosa visión.

Por experiencia, el cazador sabía de la habilidad de los tigres, para cubrir su retirada, volver sobre sus pasos y situarse detrás de su perseguidor, lo cual lo hacía mucho más temible. En estos casos, si se estaba solo, era prudente detenerse, armar una fogata y esperarlo en absoluta quietud, siempre que la dirección del viento favoreciera al cazador. Empeoraba la situación si se trataba de un animal cebado en carne humana, porque en esas circunstancias, el tigre no mata para comer, sino por el placer de despedazar al hombre y entonces, le pierde completamente el miedo. Hasta parecería que en su decisión de acabar con él, no hubiese una razón instintiva, sino un sentimiento de profundo desprecio.

El monte no era grande, pero sí, sucio, inextricable. Por el Oeste y el Sur, lindaba con un gran esteran; al Norte, con rola franja ancha de aromital joven; y al Este con tui arenal fino como talco.

El cazador tenía una buena escopeta cargada con perdigones, un revólver para cortas distancias y un excelente cuchillo. Ignoraba si el animal tuerto habría atacado a otras personas, pero la duda, la trajinada soledad, el cansancio sumado a la falta de sueño, y el odio que lo corroía cada vez que sus dedos se hundían en la cicatriz todavía muy sensible, recordándole siempre su rostro marcado, iban mellando su temple. La tensión de sus nervios estaba llegando a límites insoportables. Un olor, un ruido, un grito inesperado de pájaro o el más leve rumor, lo hacía saltar como un resorte.

Después de cenar, tomó un rumbo diferente al acostumbrado. Salió de la maraña y empezó a bordear el monte, siguiendo el sendero del totoral. El aire estaba tibio, casi no había estrellas y continuos relámpagos anunciaban la inminencia de algún aguacero. En un recodo encontró la picada que conducía a la aguada. Durante ton rato, observó minuciosamente las huellas. Le pareció que podrían pertenecer al tigre, pero no había mucha relación entre el tamaño del rastro y el peso del animal que las había dejado. Volvió a entrar en el monte, y detrás de unas matas creyó escuchar un gruñido amenazador. Intuitivamente notó que algo anormal sucedía, pues no es común que el tigre se descubra a sí mismo. El cazador se detuvo en seco. Preparó el arma y con la linterna buscó en el yuyal el origen del ruido; no podía controlar la emoción de sus manos, y se le hizo mi vacío en el estómago al reconocer al tuerto, aquel ojo satánico, encandilado por la luz. Pero al instante se repuso, hincó la rodilla en el suelo y apoyó la culata del arma en el hombro. Su corazón latía desaforadamente y un gozo extraño se apoderó de él. Sintió el sudor frío que le bañaba la frente, bajando por la cicatriz de la cara y sonrió estremecido de odio y de placer al mismo tiempo. Ya lo tenía en la mira y cuando iba a tirar del primer gatillo, la luz se le movió ligeramente. Rectificó la dirección, pero quedó estupefacto ante la escena que acababa de presenciar y bajó la escopeta, hondamente turbado.

El animal jadeaba dolorosamente, debatiéndose en el momento supremo de toda hembra. Uno de sus cachorros ya había nacido y el segundo estaba a punto de ver la luz.

 

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KOLOT

Desde el amanecer había empezado a caer la lluvia sobre la ciudad, extendiéndose a los suburbios, a las capueras, hasta más allá del estero de Presentado. Luego siguió hacia el Norte, echando su agua mansa sobre la toldería.

Los indígenas se quedaron en sus ranchos. Naqueando veían crecer los charcos. Kolot escuchó durante un rato el rumor sosegado de las gotas, después se levantó y entró en la lluvia.

Descalzo chapoteaba en el lodo. Vadeó el esteral tanteando con los pies el terreno. Iba con los ojos cerrados dando tumbos. Entraba y salía de la maciega, como una aparición: por el olor a orín y a chiquero se dio cuenta de que había llegado al barrio de la Chacarita. Subió por Caballero hasta alcanzar el centro de la ciudad.

En cualquier esquina se detenía, y como desvariado, gesticulando, denunciaba cosas que nadie quería escuchar. Algunos turistas le compraban arcos o binchas de plumas de gallo teñidas con anilina, se fotografiaban con él y proseguían su recorrido.

Kolot hablaba de pájaros de otros tiempos y al nombrarlos, se quedaba callado, con la boca abierta, la cicatriz de sus ojos se volvía rojiza, como si se iluminara por dentro, como si acabara de verlos u oírlos rozar el aire, y con el ansia crecida, soltaba a borbotones sus recuerdos. Hablaba del sendero del viento azul, de árboles sagrados que recogían las almas y las mandaban al cielo por una picada de incontables estrellas que terminaban ante la cueva del Padre, el gran avestruz, el de las plumas doradas, quien recibía a sus hijos y los conducía a los prados de la miel, del colibrí, de las dulces frutas de pindó.

Kolot siempre recordaba aquella última vez que entró con sus hermanos en el bosque sagrado de los cedros, los árboles de los cuales fluye la palabra.

Allí sacó un cuerno filoso del primer ciervo que había cazado y se tajó los brazos y las piernas, y mientras manaba su sangre, él danzó el ritual del cazador. La noche se volvió sedosa, olía a orquídeas salvajes y tul diluvio de meteoros caía como cernido sobre las hojas de los cedros. Después bebió la savia del algarrobo, el jugo azucarado de sus frutos. El zumo que duerme al miedo en el corazón del hombre, el que afina al olfato y agiliza las piernas.

Más tarde, después de ocultarse la bufa en el quebrachal, se sentaron de espaldas a la hoguera, y en esa rueda de varones que conjuraban el miedo, Kolot empezó a cantar con su voz de pájaro subterráneo, de lechuza vieja, anudándose al murmullo secreto de las hojas y labrando su pectoral contra lo desconocido. Se sentía inmenso. En cada palabra palpitaba el asombro al reconocerse libre y valeroso. El panëia se despedía de su arco y de sus hermanos. Era su última partida. En ese momento, un pájaro de real agüero aleteó sobre sus cabezas. Kolot tuvo un presentimiento sombrío al reconocer los graznidos del suindá.

Al amanecer escucharon los primeros rugidos. Todo el monte se conmovió ante el impetuoso ataque de las máquinas contra los árboles indefensos. En horas derribaron siglos.

Los cedros se estremecían al recibir el impacto de las quijadas metálicas hasta que se desplomaban en tul fragor de ramajes quebrados. Las aves, desbandadas en confuso vuelo, buscaban otros refugios.

Kolot vio cuando apilaban los troncos amortajados sobre toda la historia de su raza. El asiento de sus antepasados se había convertido en extenso rozado. Arriba, en amplios círculos, sobrevolaban decenas de cuervos sobre la osamenta calcinada de animales aprisionados por el incendio. El aire fétido, caliente, permanecía estancado, entreverándose con la humareda de la gran quemazón. El lamento de las mujeres se unía al aullido melancólico de los perros. Kolot miró a los ninfos: no pasaría mucho tiempo para que la peste o el hambre los aniquilara.

Lívido, mudo de asombro frente al terrible vejamen recibido, vagaba entre realezas humeantes, como si llevase un puñal clavado en el estómago, y herido de muerte, contemplaba horrorizado la destrucción de su pueblo. Sentía un áspero dolor en el pecho, se le nublaba la vista y las piernas se negaban a sostenerlo. Cayó al suelo y del fondo de su garganta escapó un grito. Con el filoso cuerno de ciervo acababa de reventarse los ojos.

Algunos días después, hacinados coreo cerdos en la carrocería de un camión, fueron llevados a la ciudad para salvarlos de la barbarie.

En cualquier esquina de la calle Palma uno puede encontrar a Kolot, el indio ciego. A veces lo empujan y rueda por el pavimento; trabajosamente se levanta otra vez, aturdido, con una sonrisa de tonto sacudiéndose torpemente el disfraz de Siux. Luego continúa ofreciendo a los transeúntes arcos y binchas de plumas pintadas, denunciando cosas que nadie escucha, que nadie entiende, aunque, tal vez, solo sean borborigmos del hambre o desvaríos de la vejez.

 

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Fotografía de FERNANDO ALLEN

 




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