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ESTER DE IZAGUIRRE


  ÚLTIMO DOMICILIO CONOCIDO - Cuentos de ESTER DE IZAGUIRRE - Año 1990


ÚLTIMO DOMICILIO CONOCIDO - Cuentos de ESTER DE IZAGUIRRE - Año 1990

ÚLTIMO DOMICILIO CONOCIDO

Cuentos de ESTER DE IZAGUIRRE 

Tapa: OLGA BLINDER

Edición digital: Alicante :

Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2001

N. sobre edición original:

Edición digital basada en la de [Asunción (Paraguay)],

Editorial Coraje, [1990].

 

 

 

«Lo que hay que enseñarle al esclavo es que aborrezca su estado y

se desprecie y se indigne; que ame la libertad más que su vida.

No es cuestión de ciencia, no es ciencia la que hace falta, sino conciencia.

El hombre libre buscará la ciencia sin que se lo recomienden.

El prisionero resuelto a evadirse buscará la lima que corte la reja.

Aprender a leer es encontrar la lima.

¿Un libro?...

Cosa admirable, si el libro corta la cadena y desnuda el espíritu».

 RAFAEL BARRETT

 

 

ESTUDIO SOBRE «ÚLTIMO DOMICILIO CONOCIDO»

ENRIQUE ANDERSON IMBERT

«Ester de Izaguirre -dije en el prólogo a su sexto poemario: Judas y los demás, 1981- se destaca en el cuadro de la poesía contemporánea por el modo de configurar sus sentimientos. Neorromántica, existencialista -en esto emparentada con otros poetas de la generación del 40- no imitó a nadie. Se sintió vivir, contempló sus vivencias y en un íntimo soliloquio objetivó en forma artística su subjetividad».

Es la subjetividad de una persona extraordinariamente rica, compleja, original. Quienes tienen el privilegio de conocerla admiran la feliz combinación de cualidades. Es hipersensible. Es imaginativa. Es devota. Es inteligente. Es noble. Es graciosa. Es espontánea. Es franca. Es versátil. En fin, es única; y su carácter -raíz de una concepción del mundo también peculiar- se manifiesta tanto en sus poemas como en sus cuentos.

Ahora veremos cómo toda una brillante constelación de emociones e intuiciones se desplaza del verso a la prosa. El desplazamiento discurre por el mismo cielo. Después de todo, la única diferencia entre el verso y la prosa radica en el ritmo: en el verso, unidades rítmicas independientes de la sintaxis; en la prosa, unidades rítmicas articuladas con los miembros del pensamiento sintáctico-racional. Un cuento puede ser tan poético como un buen soneto. Sólo que el cuento pertenece al «género narrativo», no al «género lírico». En el género lírico la poeta Ester de Izaguirre se proyecta en una hablante imaginaria que al hablar a solas consigo misma despliega las formas de su efusividad. En cambio, en el género narrativo, la cuentista Ester de Izaguirre, aunque también se proyecta en una hablante imaginaria, está relatando acontecimientos pretéritos a un lector. Tanto el poema como el cuento son objetivaciones de la visión muy privada de Ester de Izaguirre, pero el cuento, por estar comprometido con una realidad pública -agentes de una acción que ha transcurrido en la naturaleza o en la sociedad- impresiona como si fuera más objetivo. Por lo menos, el cuento anda cargado de objetos: personajes, hechos, cosas, circunstancias geográficas e históricas. El lenguaje del cuento será discursivo, pero el cuento mismo no es un discurso lógico: las intuiciones, como en un poema, crean imágenes, y las imágenes crean la apariencia de sucesos positivos.

Ester de Izaguirre, que es a mi juicio la mejor poeta de su generación, ha declarado que prefiere expresarse más en verso que en prosa; y no faltará crítico que procure probar esa preferencia con dos observaciones. Primera, que sus cuentos son muy cortos, lo cual prueba que quieren ceñirse a la brevedad de los poemas. Segunda, que de los cuentos que publica en la mayoría dicen «yo» (pronombre que se supone característico del género lírico) y sólo en muy pocos dicen «él», «ella», «ellos» o «ello» (pronombres que se suponen característicos del género narrativo). Pero a estas dos observaciones de algún posible crítico podríamos contraponerles dos contra-observaciones. Primera ¿por qué la brevedad de estos cuentos no han de probar más bien el afán de concisión de Ester de Izaguirre? Y segunda contra-observación, la mayor frecuencia del punto de vista del narrador protagonista no prueba nada porque, en el reino de la ficción, el «yo» nunca es autobiográfico. Cierto que Ester de Izaguirre ha explicado, en una conferencia sobre la génesis de sus cuentos y poemas, cómo pasó de lo vivido a lo imaginado. Autorizado así por las explicaciones de la misma autora, un crítico que la conozca personalmente podría entresacar de sus cuentos elementos anecdóticos: la infancia en Zárate («El Verdugo»), la vida familiar («Vivir es darse tiempo»), la pérdida de un ave real («Tuna»), la muerte de un gato real («Mea culpa»). Pero aún si la intención de Ester de Izaguirre hubiera sido autorretratarse en algunas de las protagonistas de sus cuentos, no lo habría conseguido. En el salto del plano de la vida al plano de la literatura se hubiera ficcionalizado. La mujer de carne, hueso y alma que es Ester de Izaguirre, al escribir un cuento, inventa a un narrador que, aún si se llamara Ester de Izaguirre, sería un personaje ficticio. La escritora real ha delegado en una narradora irreal la responsabilidad de narrar. Son inconfundibles. El uso del pronombre en primera persona no indica que el cuento sea una confesión. Tanto es así, que en los cuentos de Ester de Izaguirre a veces ese «yo» es de un varón («El Verdugo»). «El buen negocio», «La certeza», «Último domicilio conocido», de un dios («Yo fabulador, el verbo en presente») o de un perro («El gusto de la lluvia»). Y el crítico ingenuo que confunde a la narradora con la escritora se vería en apuros si se le preguntara dónde está Ester de Izaguirre en esos cuentos -«Holocausto», «Entre dos hormigas negras», «El verdugo»- que comienzan con la primera persona y terminan con la tercera.

Quedamos, pues, en que la escritora real, Ester de Izaguirre, reaccionando a los estímulos que recibe de su ambiente, siente, imagina, piensa, habla y de pronto concibe un cuento. Para componerlo, su yo personal se divide. Ahora tenemos un segundo yo. Este «doble» -el narrador ficticio- transforma la realidad en símbolos. Hombres, cosas, hechos, situaciones, lugares, épocas que no son verbales pasan a ser pura verba. Con artificios lingüísticos la realidad queda representada en el texto. El cuento no se relaciona con una realidad extra-literaria. Es una creación artística autosuficiente que agota su significación en sí misma. Su valor no depende de la existencia o inexistencia de los asuntos que narra. No tiene sentido, pues, establecer una diferencia entre cuentos realistas y cuentos no realistas. El conocimiento que opera en los cuentos es intuitivo y estético, no lógico y práctico; por tanto, no se propone discriminar lo real de lo irreal, y lo verdadero de lo falso.

Claro está que si un crítico estudia la literatura con los mismos supuestos lógicos y las mismas generalizaciones empíricas que valen para nuestro conocimiento del mundo real en que vivimos prácticamente, podría clasificar los cuentos de Ester de Izaguirre según que sus acontecimientos sean probables, improbables, posibles o imposibles. Obtendría de este modo una clasificación cuatripartita:

1) Cuento realista, con sucesos ordinarios, verosímiles, probables que reproducen la vida cotidiana tal como es. «Tuna», «Mea culpa». «Una sola voz, nada más».

2) Cuento lúdico, con sucesos extraordinarios, sorprendentes, improbables: el narrador se especializa en excepciones, coincidencias, excentricidades y efectos insólitos. «Puntos de vista», «La mosca», «El hermano» (¿también «Vivir es darse tiempo» y «Holocausto»?).

3) Cuento misterioso, con sucesos extraños, inciertos pero posibles; lo que ocurre está envuelto en una atmósfera de locura o de poesía que nos produce la ilusión de irrealidad. «Lo que nos comprenden». «El cuadro» «Entre dos hormigas negras». «Último domicilio conocido» (¿también «Vivir es darse tiempo»?).

4) Cuento fantástico, con sucesos sobrenaturales, absurdos, imposibles. El orden del universo queda alterado por la irrupción de un inexplicable factor mágico: «La certeza», «El dios completo», «Tiempos impares», «Yo fabulador, el verbo en presente» (¿también «El verdugo» y «El gusto de la lluvia?»).

Esta clasificación que se basa en un criterio epistemológico, no estético, por inquirir qué es la verdad y no qué es la belleza, no le sirve a la crítica literaria. Dictamina si la realidad virtual que está dentro de un cuento corresponde o no a una realidad verificable fuera del cuento. O sea, que compara lo incomparable: una ficción lingüística con cosas a-lingüísticas. El crítico que usa esa clasificación afirma un modo científico de conocer y en cambio niega el modo poético de conocer. No se plantea (como supo hacer Ockham) el problema de la «doble verdad»: secundum rationem y secundum fidem. Para él, crítico racionalista, un ángel, un milagro, un fantasma son imposibles y por tanto el cuento que los contiene es fantástico. Pero el narrador que tiene fe en lo sobrenatural puede opinar ¿quién se lo va a prohibir? que los prodigios que ocurren en su cuento son posibles.

Consideremos, por ejemplo, un cuento de Ester de Izaguirre, «El verdugo», que en la clasificación antedicha está incluido en la literatura fantástica. Sin embargo, informa sobre experiencias que, según ciertas creencias religiosas y ciertos estudios parasicológicos, son reales. En «El verdugo», la experiencia del «pensamiento que durante la noche viaja a cualquier lugar del espacio», un desdoblamiento de la personalidad: «¿Quién era realmente yo? ¿La que desde un sitio cualquiera recordaba en el presente, o la que regresaba al pretérito como si mi pensamiento fuese una energía capaz de deambular sin mí por cualquier parte?» El autor de este estudio descree de las facultades llamadas «Psi-Gamma» y «Psi-Kappa» y desconfía de toda proposición irracional y metaempírica pero no niega que cuentistas inspirados por la ilusión de sueños premonitorios, adivinaciones, transfiguraciones, supersticiones, telepatías, tiptologías, telekinesias, hiperestesias, fantasmogénesis, mancias, metempsicosis y espiritismos sean capaces de imaginar cuentos convincentes. C. G. Jung, en sus tesis Synchronizität als ein Prinzip akausaler Zusammenhänge, 1952 (Sincronicidad como un no-causal principio conjuntivo) defiende, alegando experiencias propias, la veracidad de casos similares al que Ester de Izaguirre refiere en el cuento que mencionamos más atrás y resumiremos más adelante. Por ejemplo, Jung dice que una vez estaba discutiendo sobre parasicología con Freud y se enojó tanto que, a distancia, hizo estallar una fuerte detonación en un estante de libros de psicoanálisis. En otra ocasión una paciente le estaba contando que había soñado que alguien le regalaba un escarabajo de oro y justo en ese instante Jung sintió un ruido en la ventana, la abrió y ¡oia! entró un escarabajo. Jung, siempre oscuro, bautizó a estas «exteriorizaciones psíquicas» con el término «sincronicidad», que significa «una ocurrencia simultánea de dos acontecimientos relacionados significativamente aunque no causalmente» o «una coincidencia en el tiempo de dos o más acontecimientos no relacionados entre sí que tienen un significado idéntico o semejante, coincidencia equivalente a la causalidad como principio explicativo». La «sincronicidad» surgiría, según Jung, de «arquetipos asentados en el inconsciente colectivo». Los arquetipos inconscientes invadirían la conciencia con fuertes emociones que, salteándose el tiempo y el espacio, facilitarían la ocurrencia de acontecimientos sincronísticos, inenarrables como no sea con vagos símbolos.

El crítico que con rigurosa lógica interpretara las anormalidades parasicológicas como meras coincidencias, explicables por un elemental cálculo de probabilidades, podría sentirse tentado a calificar como «fantástico» el cuento «El verdugo» pero si Ester de Izaguirre, por el contrario, acepta como posible que una persona pueda proyectar en el tiempo imágenes reales de sí misma o recibir golpes de objetos reales muy lejanos en el espacio, se rehusará a calificarlos de fantásticos.

Y ya es hora de que resumamos los cuentos de Ester de Izaguirre, comenzando con el aludido. En «El verdugo» el narrador-protagonista anota en un diario íntimo recuerdos de infancia. En su casa, en una remota ciudad, había un árbol, símbolo de toda esa infancia. Y ha soñado que los actuales inquilinos de la que fue su casa se preparan para talar ese árbol. En una segunda parte un narrador omnisciente termina el relato: derriban, en efecto, y al hacerlo se oye que un cuerpo trepado en las ramas también cae. Simultáneamente, la madre del que escribía el diario íntimo entra en su habitación y lo encuentra dormido, con señales en la cara de haberse caído y lesionado. ¿Coincidencia entre la caída de un árbol y el hematoma que aparece en la cara del dormido? ¿O dentro de un sueño un árbol soñado actúa físicamente sobre el soñador que lo sueña en el instante en que el árbol real cae en una ciudad muy lejana? ¿O es que...?

Las acciones de los cuentos de Ester de Izaguirre son simples pero están bien entretejidos en una trama con principio, medio y fin. Generalmente, el desenlace es sorpresivo. Sorpresa. En «Puntos de vista» la situación queda súbitamente invertida: el personaje activo se convierte en pasivo. La narradora-protagonista, en un ómnibus, procura consolar a un presunto perturbado mental que está sentado a su lado. Luego averigua que éste, lejos de ser loco, era un siquiatra que la había estado tratando como a un caso patológico. Sorpresa. En «Entre dos hormigas negras» hay un inopinado desplazamiento de perspectivas. Comienza con el punto de vista de un narrador-protagonista: Marcelo, dotado de una aguda percepción visual, tan aguda que es capaz de distinguir en dos hormiguitas matices diferentes del «color negro», dona sus ojos para que después de su muerte sean usados por otro hombre. El cuento termina con el punto de vista de un narrador omnisciente: como consecuencia del trasplante de ojos, del cadáver de Marcelo al cuerpo de un pastor protestante, éste es capaz de distinguir, entre dos negros africanos, «la misma diferencia esencial entre dos hormigas negras». Sorpresa. En «Una sola voz, nada más», una mujer, acostada en la cama, espera un llamado telefónico que le diga «te amo». Por fin suena el teléfono. Quien la llama es un cliente desconocido que la cita en una esquina de la ciudad: la romántica mujer resulta ser una prostituta. Sorpresa. El «El hermano», Claudio oye que su hermano Jacinto le anuncia que dejará el duro trabajo en el campo para buscar mejor fortuna en la ciudad. Jacinto se va. Pasa el tiempo. Claudio recibe cartas optimistas hasta que un día regresa, no el hermano, sino un amigo, quien le informa que Jacinto, antes de morir, le encomendó que escribiese cartas optimistas en su nombre y sólo después de mucho tiempo comunicara en persona la fatal noticia. Sorpresa. En «La certeza» el narrador cuenta en primera persona que está manejando el automóvil a toda velocidad. Un tren lo atropella. El narrador continúa su viaje a pie. La mujer y los hijos corren hacia el lugar del accidente y pasan a su lado sin verlo. Él los sigue y de improviso descubre su propio cadáver. Sorpresa. En «Holocausto» un aviador reflexiona sobre su misión: bombardear un villorrio. Tiene escrúpulos de conciencia. Los resuelve arrojándose del avión con la esperanza de que los hombres, impresionados, se hagan pacifistas. Suicidio inútil, pues su cuerpo cae en el desierto y nadie se enterará de su trágico mensaje.

Otros cuentos asombran, más que por el desenlace, por el tema. Por ejemplo, el tema pirandelliano de las relaciones entre el personaje y su autor. «No, nada de Pirandello», exclama irónicamente el personaje femenino de «Tiempos impares» al dirigirse al cuentista que la ha creado. Le declara su amor: «No podría escapar ya de mi fatum de personaje que vive un romance con su hacedor». El cuentista muere. Cien años después su libro de cuentos todavía es leído. Condenada a sobrevivir dentro del libro, la protagonista sigue enamorada de su autor. Variante del mismo tema es «Yo fabulador, el verbo en presente». El narrador -«el dios escriba»- cuenta la vida de uno de sus personajes: un tal Francisco Sierra, enamorado de una tal Esperanza Ramírez. Amor frustrado porque tienen que vivir en países diferentes. Francisco piensa en su destino, en las otras posibilidades de vida que pudo haber tenido y al fin se suicida. El «dios escriba» que desde su eternidad escribe cuentos sobre hombres que sólo duran en un tiempo sucesivo reflexiona en que quizá él, a su vez, sea personaje de otro cuento (¿de este que acabamos de leer?).

Otro tema ingeniosamente tratado por Ester de Izaguirre es el del «doble», presente en algunos de los cuentos que ya comentamos, sobre todo en «Último domicilio conocido» el narrador, ciudadano de Buenos Aires, se topa en París con un alter ego. Frente a él experimenta la extraña impresión de estar viéndolo por adentro y, al mismo tiempo, de verse a sí mismo también por adentro. Ha ganado en profundidad, pero cuando el otro desaparece, el narrador deja de comprenderse y vuelve a ser superficial. Por eso, al regresar a Buenos Aires, le advierte a una amiga que el amor que se hagan será de piel a piel: habiendo perdido a su «doble», ya es incapaz de «ir más allá». En «Vivir es darse tiempo» la narradora protagonista acaba de mudarse de casa. Se entera de que allí se ha suicidado una mujer muy parecida a ella, también escritora y, como ella, desesperada por la esterilidad literaria. Decide trazar la biografía de la suicida. Crea y se salva. Es como si la otra, desde atrás, la hubiera rescatado del suicidio.

Algunos cuentos, sea por el modo de caracterizar a los personajes, sea por las reflexiones sobre la conducta humana, son psicológicos. Cuento conmovedores «Ellos», sobre las nostalgias y amnesías de una anciana. «Tuna» -título del cuento- es el nombre de una cotorra que ha caído en una casa de familia: le falta un dedo de la patita izquierda. La familia acoge a la cotorra con cariño. Una noche, la cotorra se escapa. «¡Tuna!», y se la lleva a la casa. Pero a la patita izquierda no le falta ningún dedo. No importa. La segunda cotorra sustituirá a la primera. Total, en reencuentros como este el amor es ciego. En «La mosca» no hay análisis psicológicos, pero vemos directamente la corriente de sentimientos de una adolescente, a quien Pilar, su hermana mayor, inicia en el lesbianismo, y después se casa. La adolescente se venga entregándose al cuñado. Desde entonces vive atormentada hasta que con un cortapapel se suicida. En «Mea culpa» una mujer recurre a un veterinario para que cure al gato enfermo que recogió de la calle. La mujer está tan agobiada de trabajo -obligaciones con los hijos, con el marido- que desatiende al gato. Lo lleva al veterinario, esta vez para que con una inyección lo despene. Al llegar a su casa se recrimina por posibles olvidos para los suyos: para sus hijos, para su marido. Se siente culpable por todo lo que les negó, como al gato, y aludiendo no sólo al gato sino a todo lo que desatendió, para sobreponerse a su sentido de culpa se dice: «Pero si era sólo un pobre gato...». En «El buen negocio» un viajante de comercio, solterón, mediocre, quiere salir de la rutina. Hace un pacto (¿como el de Fausto con el Diablo?). Conoce a una mujer. Después de un mes de amor se separan. Ahora han pasado treinta años. La vida lo ha cargado de arrugas pero tuvo sus treinta días de intenso amor. Y el cuento concluye con esta reflexión: «La vida es una puntual cobradora. No importa -me digo-, yo también hice con ella un buen negocio». En «El cuadro» la narradora-protagonista cuenta el amor que sintió, a los once o doce años, por el Delfín de Francia, enmarcado en un cuadro. Entre la niña y la figura del Delfín hay una extraña comunicación. La madre, al advertirlo, destruye el cuadro. La niña se enferma. Años más tarde, ahora es una mujer adulta, viaja a Europa y en un museo descubre el retrato original. Recibe otra vez la mirada del Delfín y así reencuentra sus «horas vividas sin vivir».

En los cuentos de Ester de Izaguirre abundan los rasgos impresionistas; es decir, la narradora presenta el mundo, no tal como es, sino tal como lo percibe («una ráfaga helada, interior, me abofeteó el rostro»; «la fotografía y el cine sólo tartamudeaban imágenes muertas»; «su paso torpe, como sí una pierna fuera castigando a la otra», etc.). Más frecuentes son los rasgos expresionistas; es decir, la narradora elabora inteligentemente ciertas impresiones sensoriales, las aclara en metáforas, continúa las metáforas en diminutas alegorías, y acaba por presentar el mundo, no tal como es, tampoco tal, como lo percibe, sino desfigurado por la violencia con que lo vive y lo imagina y lo piensa y lo quiere cambiar. El desarrollo de la metáfora moño-mariposa da el cuento «Los que no comprenden». Un loco ve en el moño de una niña la forma de una mariposa: cuando la niña, asustada, huye, le persigue, no a la niña, sino a su moño-mariposa. La sensación del sabor salado de una lágrima da el cuento «el gusto de la lluvia». Un perro cuenta un drama humano que no comprende bien. Echado debajo de un banco de la plaza, oye conversaciones de una pareja sentada arriba. El hombre abandona a una mujer para irse con otra más joven; la mujer abandonada llora; una lágrima cae sobre el perro, quien la lame y creyendo que es una gota de lluvia se asombra de su sabor salado: «Deduje que este otoño va a ser muy diferente. Ya está cambiando hasta el gusto de la lluvia». También es expresionista el cuento «El dios completo», donde una idea usa las impresiones como materiales para construir una especie de parábola. En un lugar que no figura en los mapas vive una colonia de longevos. Nadie ha muerto allí todavía. Adoran a un dios fenicio que vende favores a cambio de monedas, joyas y piedras preciosas. Encarnación, una santa mujer, sufre tanto por las desdichas ajenas que ofrece al dios mercader un convenio: si él hace que los enfermos no mueran, ella dejará de hablar, de comer, de beber. Convencido. Pero con tantos sacrificios Encarnación muere. Es la primera y única muerta en esa colonia de longevos. Muere sin saber que el dios mercader ha conseguido lo que deseaba -ahora será un dios completo- pues para adquirir más poder debía fundar su reino sobre el sacrificio de la mejor de sus criaturas. La visión de la vida de Ester de Izaguirre incluye la fe y el escepticismo, la compasión por la triste condición humana y la alegría de vivir, la seriedad y el humorismo. A veces sus ocurrencias cambian de estilo pero sin perder su originalidad. Por ejemplo, uno de los cuentos más profundos es «El castigo»; profundo por la inmersión existencial, psicológica y aún metafísica, en la personalidad de un necrófilo que emprende un viaje imaginario a la muerte, viaje sin retorno. Y en el mismo nivel de profundidad, pero contado en la superficie de una lengua chocarrera, vulgar, lunfarda es «Cuando fui joven, ya era viejo por dentro».

Estos resúmenes -radiografías de esqueletos- no hacen justicia a la vivacidad con que los cuentos contonean sus bellos cuerpos. Los méritos de Ester de Izaguirre residen, más que en sus esquemas argumentales, en la prosa poética pero sin preciosismos con que nos comunica observaciones sobre sentimientos personalmente vividos.

 

 

 

Enlace al ÍNDICE del libro ÚLTIMO DOMICILIO CONOCIDO (Enlace externo) en la BIBLIOTECA VIRTUAL MIGUEL DE CERVANTES

ELLOS

ÚLTIMO DOMICILIO CONOCIDO

EL CASTIGO

UNA SOLA VOZ, NADA MÁS

EL DIOS COMPLETO

ENTRE DOS HORMIGAS NEGRAS

LA MOSCA

TUNA

YO, FABULADOR, EL VERBO EN PRESENTE

LA MOROCHITA

EL NOMBRE EN CUATRO TIEMPOS

EL BUEN NEGOCIO

TIEMPOS IMPARES

EL NEUTRÓN

MEA CULPA

CUANDO FUI JOVEN YA ERA VIEJO POR DENTRO

ESTUDIO SOBRE «ÚLTIMO DOMICILIO CONOCIDO»


SELECCIÓN DE CUENTOS DE YO SOY EL TIEMPO  (Enlace interno)

PRIMER PREMIO DE LA MUNICIPALIDAD DE LA CIUDAD DE BUENOS AIRES (1970)

PRÓLOGO / PUNTOS DE VISTA / EL CUADRO / LOS QUE NO COMPRENDEN / EL HERMANO / EL GUSTO DE LA LLUVIA / LA CERTEZA / LA COLMADA SOLEDAD / VIVIR ES DARSE TIEMPO / EL VERDUGO / HOLOCAUSTO

 

 

 

 

 

 

 

ME DESPIDO DE ASUNCIÓN UNA VEZ MÁS

 

 

Me voy de mí

   
 

cuando pierdo de vista la morada,

   
 

aquel enarbolado idioma,

   
 

las palabras que me llegan

   
 

del tabacal y las capueras.

   
 

 

 

Volveré a Buenos Aires,

   
 

cepo reverenciado, tierra hurtada

   
 

de mi primer insomnio.

   
 

Tenía cinco años y me hacían hablar

   
 

para reírse de mi pobre respuesta:

   
 

-Cómo te va paraguayita.

   
 

-Bien nomá.

   
 

Y me ahogaban el guaraní de las muñecas.

   
 

-Bien nomá.

   
 

Desangrada y triunfante.

   
 

-Bien nomá.

   
 

 

 

Aquí se quedarán mis ojos

   
 

y ni sé de quién son cuando despiden

   
 

con lágrimas ajenas,

   
 

a las cenizas

   
 

de mi abuela india,

   
 

al balbuceo de mi infancia

   
 

muerta.

   
 
 

 

E. de I.





 

ELLOS

Es cuando llueve como hoy, que recuerdo tanto aquella casa. Qué felices éramos con los chicos, Felipe, el mayor, Natalia, la segunda y Joaquín, el tercero. Qué clima de plenitud con Germán; «fuera de lo común» - decía nuestra vecina, la inglesa Simson al referirse a nuestra relación con mi marido-. Él no era demostrativo pero tenía un carácter jovial y emprendedor... ¿Cuánto tiempo habitamos esa casa de la calle Bonpland 1799? ¿Cuánto hace que tuve que abandonarla para vivir aquí, entre «ellos»? Mucho, mucho tiempo...

Ayer, sin ir más lejos, pensé que quizás, volviendo a la casa todo podría transformarse. «A lo mejor aquello está intacto y si entro en ella, cada cosa se colocará en su lugar, y todas aquellas manos en mi mano».

Me despierto siempre con dolor de cabeza, apenas tengo ánimo para caminar un poco por el patio, siempre despeinada porque... ¡ah! no les conté, otro de los inconvenientes que tengo en esta casa es que «ellos» se lo pasan robándome todo. Lo último que me sacaron fue el peine. Me lo quitan y me lo devuelven para desorientarme, para hacerme creer que estoy perdiendo la memoria... ¿quién recuerda más que yo cada detalle del pasado? Tengo en la retina hasta el color de las paredes de Bonpland... ¿y el fondo? Era el altar de ese templo. Yo planté sus árboles. Vi uno de los pinos descuajado por un viento de junio, vi el agujero que dejó en la tierra y el perfume de la resina con que se impregnó la lluvia de la tarde.

¿Cómo decirles a «ellos», sin escándalo, que quiero regresar aunque sea por una hora a aquella casa para ver si Germán y los chicos me reconocen?

Además deseo poner mis pies sobre tierra segura. Aquí es como si pisara un terreno sísmico. Cada segundo tiene una inminencia de catástrofe. Cuando mis pies caminen la casa sabré a qué atenerme cuando llueva. Si puedo regresar volveré a ser aquella feliz mujer que fui, cuando mis hijos y mi marido me amaban, cuando en aquellas noches, gozosamente agotada, después de comidas, baños, mamaderas, los veía en sus cunas dormidos, y me iba yo también a hundirme en los brazos de Germán.

Ya está decidido. Me iré. Yo sé a qué hora «ellos» se distraen o se alejan... ¿por qué lo creí tan difícil? ¿Por qué aguardé tanto tiempo para volver a la casa? ¿por qué permití que me enclaustraran en ésta, que nada tiene que ver conmigo? Salgo ahora que el vestíbulo está desierto... ¡taxi!

-¿Adónde va, señora?

-¿Adónde? a Bonpland 1799...

Y este taxista también debe de ser uno de «ellos» porque me mira azorado, mira el número de la casa de la que huyo y me dice:

-Pero, señora, Bonpland 1799 es el número de la casa de la que usted ha salido.

Es uno de «ellos», y también la desconocida que se asoma a la ventana a gritarme:

-¡Mamá, vení, ya te escapaste de nuevo!

No quiero tener nada con esa secta. Se llaman «ellos» y nunca me comprenderán.



 

ÚLTIMO DOMICILIO CONOCIDO

Aunque no recuerdo la fecha, sé que fue en París, en la Rue Louis- le Grand frente al teatro Marigny donde estaban dando una comedia policial de Agatha Christie.

Desde aquella tarde del enfrentamiento, no he tenido un instante de sosiego. ¿Por qué no le pedí la dirección? ¿Por qué no le anoté mi teléfono? ¿Cómo encontrarlo ahora si yo estoy confinado en este lugar de América, y él vaya a saber qué vientos y a dónde lo han llevado? Y todo por esta prisa de robot, por una entrevista sin importancia que no haría historia en mi vida.

Cuando nos separamos me sorprendí mirando sin ver, las vidrieras del Boulevard des Capucines. Traté de analizarme. Me sentía como de regreso de un viaje a un lugar lejano del que no recordaba más que el clima, como de retorno de un sueño del que sólo quedaban jirones, piezas de un rompecabezas incompleto.

Mientras tropezaba con transeúntes desprevenidos, con miradas sin destino, me acordé de la primera vez que estuve enfrentado a un espejo, igual al de las vidrieras de Benlux, que allí me devolvía una imagen de asombro y de cansancio. Reviví la circunstancia: me examinaba las facciones, la envoltura, el color de mi piel, la desproporción de mis bigotes, el color indefinido de mis ojos, y recuerdo que en aquella ocasión pensé por qué no podría existir en algún lugar del mundo alguien exactamente igual a mí, por adentro y por afuera. Y ¿cómo era yo interiormente? ¿Qué sabía de mí? Que era sensual, que amaba la vida, el color, la  suavidad, la música, que deseaba amar. ¿Qué más? ¿Y los demás matices, y mis defectos, y mis sombras? ¿Y mis telones jamás descorridos ni siquiera en sueños? Mis eslabones perdidos ¿dónde buscarlos?

Seguí caminando por la Rue Blanche. Al cruzar el Sena me detuve unos segundos a mirar sus aguas que corrían oleosas y oscuras y ya cubrían las márgenes transitables. Más adelante, un mendigo durmiendo sobre un enrejado del metro. ¿Qué hacer?¿Buscar en la guía telefónica el nombre que el desconocido me había dado, contratar a un detective o recorrer París casa por casa?

Durante los días siguientes apenas estuve para dormir -sueño sobresaltado y ansioso- en mi ocasional albergue de Clichy. Deambulaba ávido, impotente, por museos, calles, restaurantes, lugares nocturnos para encontrarme con Marcel Frantin.

En una oportunidad me pareció verlo por la Rue de l'Arbalette; corrí, lo tomé bruscamente de un brazo y cuando vi su rostro la decepción me arrancó lágrimas mientras hilvanaba una disculpa. «Nunca más, nunca más» me repetía.

Volví diferente a Buenos Aires. Con la inquietante sensación de haber perdido algo.

Hoy me encontré en un café con Cecilia, la paciente, la que siempre espera.

-Estás pálido. Muerto de hambre, seguro. ¿Te repusieron en la oficina? ¿Cómo te fue por Europa?

Mientras le oprimía las manos frías y suaves quise persuadirla:

-Hablemos de vos. O vamos a tu casa y no hablemos de nada.

-¿Para qué? ¿Así, sin palabras?

-¿Acaso no me conocés? Soy el mismo que despediste en Ezeiza. Ya nos sabemos de memoria todo el stock verbal.  Vamos a tu casa y hagamos que nuestros cuerpos se digan cosas...

-Te desconozco -dijo Cecilia como si me viera por primera vez.

-Y antes ¿me conocías? -la desafié-. Yo no. Empecé a descubrirme. En París me enfrenté a mí mismo. Era igual. Nacimos el mismo día y sólo su nombre era diferente. Vieras, Cecilia, mientras nos acercábamos los dos, muertos de estupor y de admiración, nos fuimos deteniendo como hipnotizados, hasta encararnos. Él habló en francés, y yo, que nunca lo aprendí, le entendí hasta lo que no dijo. Y yo le hablé en castellano, hasta con lunfardos y me pescó íntegro ¿te das cuenta? Pero lo que no sé si vas a comprender es que cuando lo miraba, es decir, cuando me miraba en él, lo veía no sólo por afuera sino por adentro. Me vi por adentro. En la hora que duró nuestra charla me iba viendo todo. Supe con claridad lo que deseaba, mis miedos, mis pasiones y, maldito sea, dejar de verlo fue olvidarme de toda esa clarividencia. Se me cerraron de nuevo los telones y otra vez me estoy buscando.

Escuchá, Cecilia -continué como rezando- porque ya no sé, otra vez, lo que quiero y si te quiero, porque perdí para siempre a Marcel Frantin cuando tenía la oportunidad de retenerlo, es que te pido que nuestros cuerpos, cotidianos, sabidos hasta el hartazgo, lloren con caricias esta impotencia de ir un poco más allá.



 

EL CASTIGO

Ya no le entusiasmaba escribir. Sin embargo era -lo que se dice- un escritor de nota. Tampoco, buscar a la mujer que respondiera a todos sus deseos, porque siempre, como una muralla, acababan por interponerse la pequeñez, la mentira, la cobardía, el egoísmo.

Había envejecido en la búsqueda. Pero por más neurótico que fuera -sabía que la neurosis es el estado en el que no sirven las experiencias- ya se estaba convenciendo de que el amor, ese gran motor de la vida, no podía darse en esta tierra como él lo concebía.

Muchas veces pensó en la muerte pero no se atrevió a enfrentarla voluntariamente. Creía en el más allá y en el castigo. No lo haría nunca, pero le rogaba a Dios que no demorara el final.

Cuando subía a un avión su trasnochado romanticismo le hacía desear: «Que sea en este viaje». Después de todo lo halagaba la posibilidad de la noticia en los diarios: «En un desastre aéreo...» y no la crónica de una lenta enfermedad o de un accidente callejero. En el momento del «Fasten seat belt», mientras otros se aferraban con temor a los posabrazos, él se entregaba a la esperanza de una muerte a lo Saint Exupéry.

Pero no se producía. Estaba preso en la vida y lo que es peor, nadie veía la cárcel:

-Te felicito por el reportaje tal.

-Leí lo de tu viaje a Oriente...

-Muy bueno tu cuento del domingo... ¡Qué imaginación!

Imaginación. ¡Ahí estaba la clave! Ya que no podía morir de veras, se imaginaría la muerte. Trataría de soñarla, dormido o despierto. Así como urdía un relato, urdiría su propia novela. Si era capaz de crear un personaje con las palpitaciones de la vida, por qué no concebir su propio tránsito como a un personaje más. Claro, tendría que regresar, de vez en cuando, lo imaginado -ventajas de la ficción sobre la realidad-, pero qué importaba si podía abandonar por algún tiempo la rutina.

Comenzaría esa misma noche el descenso o ascenso a la otra vida. Cerró los párpados para provocar el sueño. En otras oportunidades había experimentado con los sueños hasta el punto de soñar lo que se proponía. Lo invadió una lúcida somnolencia. Luego, su cuerpo quedó sobre la cama exánime, indefenso. Su espíritu o alma o energía -o como quiera llamársela- lo vio desde «afuera». Se desplazó en un giro parabólico. El aire, las cosas, la naturaleza estaban dentro de él. Él era un cosmos que envolvía al otro, como la pulpa de una fruta envuelve el carozo.

Y no era oscuridad, puesto que lo envolvía otra forma de luz. La atmósfera era ubicua, disgregada, pura transición.

En ese clima de extrañamiento algo permanecía como una antorcha iluminando los recuerdos de su condición anterior: Los pensamientos. De manera -pensó- que el cerebro era inútil, que Descartes estaba equivocado ya que él podía afirmar: «Je pense, quoique je ne suis pas». Sólo que ahora los pensamientos eran más nítidos, como si un limpiaparabrisas enlustreciera el cristal de los juicios y las evocaciones.

Ya no contaba con los sentidos, pero como durante la existencia-vigilia había aprendido a intuir, entraba en la muerte, todo intuición, despojado y esencial. Se movía sin quererlo y sin darse cuenta.

-Dios mío -pensó- en esta dimensión, la voluntad no existe.

Espectador de sí mismo, empezó a recordar a Elena, la mujer a la que más había amado. Y evocarla fue verla. Allí estaba en su cuarto de siempre, dispuesta a salir o aguardando a alguien. De improviso, ese alguien ya estaba allí, abrazándola.

Quiso interponerse entre el cuerpo querido y el intruso. No pudo. Quiso hablar. Tampoco.

Pensamiento e intuición condenados a cadena perpetua. Eso era él. Una marejada de ideas y de malos recuerdos. Además... ¿dónde estaba aquel cielo prometido? ¿la cohorte de ángeles, arcángeles, tronos y serafines? -a lo mejor no merecía esa visión celestial...- Ahora lo comprendía. Ellos estaban, sí, pero más allá de la muerte. Cada uno -arguyó- arrastra su cielo o su infierno desde la tierra. Nuestra alma sigue soñando lo que nuestro cuerpo fue: los santos acarrean su paz y su conformidad; los atormentados, sus desesperanzas.

Empezó a sentir lo que en la vigilia se llama tristeza. En su espíritu había lágrimas, pero, sin ojos, no podía derramarlas. Tenía necesidad de caricias aunque fueran mentidas y carecía de piel para gozarlas. Tenía palabras, infinita cantidad de palabras para decirle a Elena; se le ocurrían cuentos fascinantes pero había muerto con él, el dios que nombraba y simbolizaba.

Mientras justificaba los errores de los demás, que tanto le habían dolido, empezó a añorar aquel paraíso imperfecto de su cuerpo, aquella limitación que le daba la medida de lo ilimitado. Aquella realidad que dejaba margen para el sueño. Se sintió mal. Crecía en él la convicción de estar en el infierno, porque no ser y recordar lo que se fue, sentir y no poder expresar, es la máxima tiniebla.

Rápido. Tenía que hacer algo. Se suponía que su viaje   —16→   era con boleto de regreso, pero cómo hacer para revertir el prodigio si no contaba con su voluntad. Era suficiente que deseara acercarse al suelo para que sus alas invisibles batieran hacia arriba.

Hizo el supremo esfuerzo de congregar sus sombras dispersas, de reunir los cristales rotos de su identidad y para ello trató de recordar, de representarse su cuerpo: su delgadez -sos un esqueleto-, le decía Elena. Sus miembros ágiles, su rostro regular -pintón-, le decían las chiquilinas. El pelo algo encanecido pero «entero». Sus manos de artista. Ese cuerpo era la estación de termini. Allí debería volver. No distraerse del objetivo. Todo lo demás eran espejismos, manzanas de Atalanta, cantos de sirena, tentaciones circeanas.

Oyó una música -puro ritmo cardíaco-. Una melodía coral... ¡voz humana!... ¡si la reencontrara! Percepciones. Sintió el suave aroma de un alfalfar, luego el olor de su propio cuarto -a naftalina y perfume francés-. ¡Sí! ¡Era él! Allí estaba su cuerpo sosegado.

Sólo le faltaba imaginar que despertaba. Hizo el intento.

Quería soñar que despertaba de esa inducción ridícula. Parecía que ya se fundía en su cuerpo, pero, infructuosamente... La vastedad en que estaba era otra piel y no podía trasbordar, no podía salir de esa burbuja de eternidad. El templo -su cuerpo- que ya no aguardaba a ningún dios, se había convertido para él, en el cancerbero de la vida.



 

UNA SOLA VOZ, NADA MÁS

El salto de cama le dejaba al descubierto las voluptuosas pantorrillas. Tenía calzado un zapato. El otro, al caer, rompió el silencio del cuarto. Parecía dormida, como si el sueño la hubiese sorprendido de cualquier manera, jugando a las estatuas. Y quedó en la posición de una mujer aplastada contra el viento. Pero a no engañarse. No dormía. Con los brazos rodeaba la caja del teléfono, esperando que sonara y al fin escuchar la voz de él: voz somnolienta en la mañana, apresurada en la tarde, cálida en la noche: «¿Cómo lo pasaste? Deseo tanto verte». No oía más que el traqueteo del reloj que a veces tenía ritmo de comparsa o repetía palabras «noteolvides», «noteolvides», «noteolvides». Lo metió debajo de la almohada. Que se asfixie junto con las horas. «Nomeahogues», «nomeahogues», «nomeahogues». No habría clemencia. Allí tendría que aguantar hasta que él llamara.

Sintió frío. Desganada fue a la cocina. Encendió el gas. Puso el café a calentar y se quedó esperando hasta que el líquido, al chillar, le cambió la mirada distraída. Lo bebió como si tuviera sed o hambre o deseo simplemente de llenarse la boca vacía, de colmarse ella, también vacía.

Le pareció oír el teléfono. Soltó el pocillo y corrió. No. No era el teléfono. Era el maldito reloj que, a cualquier hora y a causa de la sordina de la almohada, sonaba a campanilla. Sonrió al recordar... Los dos estaban mirando el techo, acostados; él quizás indiferente; ella con ese sentimiento de pena que la embargaba cada vez que hacían el amor de ésta y de la otra manera y tenían que separarse.

-¿Sabés que parecés una chica de quince años? Es sorprendente; hay en vos algo intacto. Ella se rió irónica:

-Bueno, si en mí queda algo intacto... ¿adiviná qué es?

Y en aquella otra ocasión envolviéndole la cintura con un movimiento pausado y seguro, buscándole los labios para vencerla una vez más. Y una vez más lo conseguía: nadaban en aguas profundas confundiendo sus piernas con las madréporas y con las algas sombreadas del abismo.

-Cuando se te ve caminar parecés tan alta y a mi lado sos apenas una piba.

Y otro día (y aún el mismo día) en otra oscura intimidad, la voz del hombre era breve, cortante, precisa:

-Callate. No hablés. Dejame decir a mí. A vos te puedo contar cosas como a un taxista. Además, y no sé por qué, a tu lado siento paz. Toda vos sos una negación de la ansiedad que afuera me persigue. Todos me exigen, me emplazan. Sólo vos me tranquilizás.

Y otro día y otro...

-Decime, nena, ¿yo te gusto?

-Sí, me gustás con locura.

-Con lo que te sobra...

Ella vivió años a la espera de la palabra que los hombres dicen a las mujeres que quieren. Esas que se necesitan para aguantar el absurdo: «Te amo; no podría vivir sin vos; sos lo más importante que tengo».

Nunca se lo dijo. Nunca. Y esa nubosa tarde de invierno, al verse en el espejo algunas arrugas y una leve hinchazón de los párpados, tuvo la certeza de que no podría aguantar un día más sin escuchar esas palabras.

No necesitaba el reloj para saber que la noche había llegado. Se lo denunciaba el adormecimiento de los pregones callejeros. De pronto, como en un ataque de lucidez se encogió de hombros y aceptó el hecho de que pretendía un imposible. Pero la aceptación no duró mucho y se puso a repasar febrilmente los recuerdos... ¿Y si esas palabras habían sido pronunciadas y ella no se había dado cuenta? No. No las había oído ni en los momentos en que los hombres mienten para crear un clima propicio.

Se sobresaltó cuando oyó la campanilla del teléfono. Una, dos, tres veces. Cuánto pensó en esa fracción de eternidad. Tal vez él deseaba venir a su casa en lugar de encontrarla en el sitio de siempre: «Hoy quiero verte allí, donde vivís, porque tengo que decirte... o mejor... te lo digo ahora; a mí que tanto me cuesta decir ciertas cosas, me ocurre que no puedo callar más: nadie quiso tanto como yo te quiero». Al fin. Ya podría envejecer. Y por qué no. Morir también.

El teléfono insistía. Levantó el tubo y no necesitó acercarlo demasiado para oír la voz impersonal:

-¿Podría darme con Nora?

-Soy yo -musitó, derrotada.

-Me dio tu número el Turco.

-¿Y?

-Quiero saber si tenés libre esta noche.

-Sí. ¿A qué hora te viene bien?

-A las diez en Lavalle y Esmeralda. Pero... ¿cómo te reconozco?

-Soy rubia y llevaré un tapado verde oscuro con cuello de piel -no quiso agregar «tengo cuarenta y dos años».

-¿Disponés de toda la noche o de algunas horas?

-Lo que te venga bien a vos.

-Y bueno, la haremos larga. Chau.

-Chau.

Colgó el auricular. Sacó el reloj de su prisión. Miró los muebles del cuarto como si no los conociera, como si acabara  de despertar. Empezó a ponerse las medias según lo hacía todas las noches, con la minuciosidad con que una niña viste a su mejor muñeca. En la ventana, el guiño rojo de un cartel luminoso.



 

EL DIOS COMPLETO

Fue en Lucania, un lugar que no necesitó figurar en el mapa, a orillas de un mar cuyos navegantes no fueron historiados. Una ciudad donde un grupo de poblanos, tan mayores, tan sin niños que parecían los restos deshilachados de un desierto, vivían sin saber el significado de palabras como «futuro», «mañana», «siempre», «todo», «nada», «infinito».

Allí, Encarnación Ayala era tan vieja y tan joven como los demás (aunque, como no existían niños, nadie sabía qué era ser viejo). Ninguno había muerto todavía. Pertenecían a una cadena, a una sucesividad y a un final, pero ignoraban el hecho de morir y la palabra «muerte» era también tabú entre los «antes» y «después».

Encarnación se lo pasaba en la pequeña iglesia, enclavada en la piedra, rodeada de cactus y albardones. Era la más creyente de una religión parecida a otras pero con un dios que no se parecía a ninguno. Era una mujer tan buena que el dolor de todos la estigmatizaba y su cuerpo era un registro sangriento del drama de los demás. Cuando encontraba perros vagabundos los trataba con tanta solicitud que ellos le contestaban en un antiguo idioma.

Si castigaban a un inocente, se interponía hasta que el látigo formaba parte de su cuerpo. Cuando hallaba a un ciego -y en Lucania crecían como ríspidos cardones- cerraba los ojos por largo tiempo para borrar los límites entre la luz y la tiniebla. Ante un paralítico, se inmovilizaba sobre la tierra cenicienta, hasta perder la memoria del camino.

Una vez, su amiga Águeda enfermó de un grave mal que le iba transformando las manos en sarmientos y le ensombrecía los párpados como plumajes de cuervo. Encarnación oró en el santuario más recóndito y le dijo a su dios -que por lo visto era un buen mercader porque hacía rato que trocaba monedas de plata por escudillas de alabastro o perlas negras por caireles de cristal-:

-Yo te pido que mi amiga no muera. Te ofrezco a cambio algo más precioso que los objetos que tus manos de bruma me aceptaron. Puesto que la amistad es el don más valioso que me diste, te ofrezco no hablar más con nadie. Enmudecer. Estrangular palabras ante de que nazcan. Tú sabes cuánto me gusta comentar la salida del sol, que se triza en colores sobre las palmeras. Tú sabes cuánto me gusta hablar de las lluvias y del pájaro, que una vez, equivocado, llegó hasta las costas de nuestro río; de las lágrimas que descubro en algunas flores antes de que se marchiten. No hablaré más si ella no muere.

El dios mercader aceptó el trueque y Águeda se restableció. Y ella, a su lado, colmada de silencios.

Después fue la enfermedad de su hermano Epifanio que se quedó clavado como un tronco en medio de la calle desierta. Inmóvil, gris, con los brazos en cruz.

-Dios, si haces que no muera, yo te ofrezco dejar de llevarme alimentos a la boca. Comeré sólo unas frutas una vez cada tres días y sólo beberé cuando la sed me alucine hasta hacerme creer en paisajes diferentes.

-Sea -le respondió la misma voz que le ordenó a Epifanio que caminara.

Y otra vez fue el sacerdote quien se enfermó tan gravemente que se despidió de todas las rocas a las que su vista alcanzaba, porque, decía, que en el más allá habría de todo, menos piedras.

Y la buena, la abnegada Encarnación, llorando ante la  fenicia deidad le ofreció lo poco que le restaba de su hacienda humana:

-Ya no comeré. Ya no beberé si lo salvas. Casi he olvidado qué son el hambre y la sed.

Así, poco a poco, Encarnación se convirtió en la única muerta de Lucania, sin saber que su dios había conseguido así lo que deseaba: no eran escudillas de alabastro. Ni perlas negras, ni silencios de palabras, ni el hambre y la sed de los hombres.

Quería ser un dios completo y sabía que el poder y los reinos de los dioses, sólo se fundan con la destrucción de su mejor criatura.


 

ENTRE DOS HORMIGAS NEGRAS

Yo, Marcelo Andreani, pienso que el tiempo es una venganza de los dioses. ¡Qué imagen móvil de la eternidad ni qué ocho cuartos! El tiempo me obsequió en cada cumpleaños unas cuantas arrugas, una voz más engolada, una escoliosis de columna, pecas en las manos, una jubilación de miseria -móvil también-. Y seguro que en algún aniversario, no sé cuál y es mejor no saberlo, me traerá el presente griego de la muerte. Sin empaquetar, sin la etiqueta de la boutique de moda, vendrá el gran regalo aniversario o mesario o diario, cincuenta y cuatro años tres meses y dos días y chau a tanta cosa disfrazada de eterna. Mis acreedores me llorarán, los oradores de turno se lucirán de lo lindo, alguno se probará mi ropa como dice el tango, romperán mis papeles, me idealizarán, me adornarán con las virtudes que no tuve, gracias también al tiempo que es como un chico caprichoso «al que no le sale la jorobita cada vez que da y quita». No le sale; la otorga gratuita y versallescamente.

Pensando en ese final al que no puedo resignarme pese a tanta cosa linda prometida si me someto al misterio y al no sentido de esta fugacidad, hurgué en los rincones de mi imaginación. ¿Qué podría hacer para sobrevivir? Siempre hay un remedio. No es posible perder esta bolsa de humores que a veces resulta de buenos humores; no es posible aceptar que más allá -como dijo no sé quién- exista la nada o la misericordia y por lo tanto no hay por qué preocuparse; ¡si yo pudiera rescatar algo del naufragio! ¿Y qué, para mí? ¿Qué quisiera no perder al morir? ¿Qué sentido es el más importante?  ¿El del oído? Fuera de la música, tanta bocina inútil, la de los autos y la otra. ¿Seguir palpando asperezas o suavidades? No, el tacto no es mi preferido. ¿Seguir oliendo? Salvo el «Cabochard» (no es propaganda) todos los demás olores de la humanidad apestan...

¿Seguir viendo? ¡Eso! Seguir mirando la belleza, de una forma, de un color, de una nube, que de cordero se transforma en castillo, de un amanecer sobre el mar, del brote que me anuncia mis propios increíbles reverdecimientos. Es mi sentido mejor educado. Puedo reconocer matices infinitos; distinguir el color de una hormiga negra del de otra. ¿Que son todas negras? Eso creen los que no perciben las diferencias entre los infra-tonos del negro. O del blanco.

Ver. Seguir viendo después de la muerte. Y, Arquímedes moderno, no pronuncié el Eureka porque aún mi esperanza no se había transformado en experiencia.

Donaría mis ojos y les diría a algunas personas que siguieran los rastros del nuevo dueño. A Juan Alberto, por ejemplo, con su frustrada vocación de Sherlock Holmes, con su piel oscura, con su boca agrandada como para manducar un elefante, le encargaría que averiguara quién era el nuevo dueño de mis ojos. ¿Para qué? Para que lo observara al nuevo portador. En todo. En sus reacciones. Mirá -le diría- hacete amigo de él. Y míralo bien a los ojos como ahora me mirás a mí. Yo te voy a reconocer. «Hay algo más en el cielo y en la tierra de lo que ha soñado tu filosofía»... «Cosas veredes, Sancho, que non crederes»... ¿Que lo que reconoce es el cerebro...? Vos mirame y algo te dirá que no he muerto del todo.

*  *  *

«El desenlace se produjo de la manera más inesperada». Lugar común. Fue un desenlace cualquiera. Lo de siempre. La familia contando hasta el hartazgo los detalles: Pobrecito. Parecía que presentía. Entre tantas palabras que se dicen -generalmente lo que más se dicen son palabras- siempre hay alguna que viene al caso para acreditar que hubo señales premonitorias. Lo cierto es que sus ojos, fueron a parar a las cuencas desesperadas de un pastor protestante, que hacía doce años que protestaba sin mirar a quién.

Juan Alberto pidió estar presente el día -en las películas es siempre solemne- en que le quitaran los vendajes. El mismo clima. No puede haber mucha luz... ¿Verá? ¡Oh, querido! ¿Nos reconoces? ¿Quién soy? Gallito sin vendajes, Pastor, pastor, le verás ahora la lana a tus ovejas. Parpadea. Imágenes borrosas.

-Veo, al fin. Y mientras dos lágrimas aclaraban aún más los ojos celeste-verdosos pertenecientes al finado Marcelo, Juan Alberto aguardaba en un rincón, casi a oscuras, que el milagro dijera «presente», como un alumno que después de una larga gripe, reinicia el tedio escolar.

Oyó risas nerviosas. La operación, un éxito. Un pregón callejero, un timbre y al fin, la voz del enfermo:

-¿Quieren que les diga lo que más me impresiona de todo lo nuevo que me llega del mundo? La palidez de ese hombre que está en el rincón. Tiene la piel oscura de algunos habitantes de Mozambique, diferente de la piel de los oriundas de Zanzíbar y Camerún. La misma diferencia esencial que puede existir entre dos hormigas negras... No sé por qué lo sé. ¿Importa acaso...?



 

LA MOSCA

Continúa con los ojos cerrados para prolongar la molicie de saber a Paula ardilleando a su alrededor. Paula mercenaria. Paula displicente. Por creerla dormida ordena el cuarto ingrávida, sigilosa. Surge el cric de un papel al ser doblado, la percusión de un metal que rueda, el latido del anciano reloj.

No quiere despertar del todo. Existe un desnivel entre sus pensamientos y ese urgente agasajo del clima renacido. Le molesta la primavera. Los brotes en las manos. La savia que gorgoritea anárquica y la inunda toda.

Sabe muy bien lo que le espera durante el día. Llamadas telefónicas para sus padres ocupados como siempre en actividades de tomo y lomo. Su madre con ciento-y-una-horas de cátedra y su padre director de la biblioteca no-importa-cuál y escritor consagrado por las últimas estadísticas electrónicas.

-Buen día, Paula-. Relee distraída cualquier página del libro empezado la noche anterior.

 

 

 

No reclamo ninguna vanidad

   
 

que te demuestre.

   
 

El tiempo, lo sé bien,

   
 

no lleva tu nombre.

   
 

 

Cierra los ojos otra vez porque al desperezarse también se despereza el rencor. Un pensamiento acecha su vigilia y trueca las sábanas en sudario. Si no hubiera conversado tanto con su hermana Pilar. Si no la hubiese escuchado. Pero  ella la dominaba. Hacé esto. Todo es bueno, tonta, Dios no anda en minucias. Después te confesás y sanseacabó.

Desde afuera el pregón ininteligible del vendedor ambulante de todas las mañanas. Ah, si no hubiera tenido esas conversaciones en las que despuntaba siempre la locura. Pilar le hablaba perversa y deliberadamente, y en esa telaraña la había envuelto. Ahora es desde la cocina: un efluvio persistente de apio macerado. Todavía conserva aquella impresión. Su hermana puso las manos en el marco de la puerta y le ordenó temblorosa, apretando los dientes:

-Cerrala, ¿no me oís?, ¡cerrala!

Ella se quedó mirándola inmóvil mientras en Pilar la histeria se clarificaba en lágrimas.

Vuelve al libro: Pero cuando en pos de él todo se encierra, todavía le parece ver jardines. Y las dieciséis cimitarras que sobre él se abaten...

Paula, la mucama, continúa su tarea. Las bocinas se entuban desde la calle.

En esa calle se recuerda, delante de cada escaparate liberador. Se contempla mentalmente dentro de aquel siete octavos color pastel. Si pudiera sentirse más atraída por esa clase de vidrieras, como sus amigas, como casi todas las mujeres. Sus compañeras de facultad tan pronto discutían la moda de los batidos en el peinado como polemizaban sobre el monólogo interior en Roberto Arlt. Reconstruye las reuniones con sus compañeras en el Instituto de Literatura Argentina, la fanática embriaguez de los exámenes y después la pregunta que sucedía a la realización de los más esperados acontecimientos: ¿Y ahora, qué?

Salía del Instituto ya entrada la noche y el fresco nocturno, las luces y el movimiento de Reconquista y Tucumán la mecían en un letargo.

Suena el teléfono. La voz de Paula indica «debe usted llamarla después de las veintidós». Cuántas horas faltan todavía.

La memoria retrocede hasta aquella tarde, cuando al regresar del centro encontró entornada la puerta de calle. Voces.

Seguramente visitas. Tal vez la tía Leocadia, la que practicaba a maravillas el estilo «aniquilador de realidades»: «Tú serías bonitilla si no tuvieras esa piel curtida de labrador» o «aprovecharías mejor tu inteligencia si fueras metódica». Ni más ni menos que el escudero del Lazarillo: «Tengo un solar de casas en mi tierra, que a estar ellas en pie»...

No. No era la tía Leocadia. Era voz de hombre. Y la risa, sí, la risa, al fin, de Pilar, la misma con que le había robado a ella la inocencia, como un chico arrebata a otro más débil una figurita de colores. La que le había obligado a hacer con ella aquellas cosas... Risas, otra vez. Pudo ver copas vacías: se habían decidido a destapar el vino reservado para las grandes ocasiones. Sus padres, corteses, dijeron algo de ella, de «la más pequeña». Ni siquiera le presentaron al novio de su hermana. Qué escondida tenía esta confidencia constructiva. ¿De modo que había compatibilidad entre lo que a ella le enseñó Pilar y un noviazgo normal, burgués? Entró. Una malévola coquetería se agazapó en los hoyuelos de sus mejillas encendidas. Ni Dios le habría impedido quedarse allí, por el resto de la noche, prodigando su elocuencia y su gracia sutilmente femenina.

Ocurre que la infancia ha caído de sus hombros.

Ella sigue las espirales de una mosca que parece acorralada. Si no resultara ridículo le abriría la ventana. No lo hizo. La dejó con su destino de espirales.

La voz de su madre: «cuándo encontrarás un buen marido, un hombre como tu cuñado». ¡Buen marido! Ella lo sabía muy bien. Cada vez que salía le acariciaba la mejilla. Además le dijo tantas cosas. Casi más que a Pilar. Especialmente cuando se encontraban solos. Hasta que aquella mañana fue más allá...

Yo quisiera convertirme en uno de esos que pasan en la noche montando potros salvajes.

Ya no podrá librarse de esa hiedra empecinada. De esa culpa que fue al mismo tiempo su venganza. Son siglos los minutos cuando nada se espera. Ansía la noche como una liberación pero la noche es sólo el comienzo de otro aguardo. Otra vez los párpados cansados. Si por lo menos creyera en algo. Si pudiera ir otra vez a aquel templo.

Se casaba una amiga y asistió a la misa de esponsales. La música del órgano, las luces de los candelabros, los frescos iluminados le infundieron una insólita sumisión a lo desconocido.

Salió su amiga -plena, vibrante como una madona rafaelina-, y otra vez el malestar. El traje blanco, para ella, sería un disfraz irreverente. Salió huyendo. Arañando casi los bajos de la marquesina.

Mientras caminaba, los faroles paseaban ramas por su rostro y veía en las estrellas el ojo bíblico de su hermana Pilar. Paula ya se fue. Hay páginas vírgenes en el libro pero lo abandona. Contempla la empuñadura del cortapapel. Es de nácar y la hoja, cobriza y deslustrada.

Hoy es sábado. Llegará otro domingo como todos y la familia se reunirá. Las miradas de complicidad de su cuñado, la tardía inocencia de su hermana que ahora, serena, pregona con su gordura la precaria felicidad.

Con sus sentidos ya en total esclavitud tiene la caprichosa sensación de que la mosca de las espirales gira ahora en su interior. Se impone abrir escotillas para liberarla.

Sus músculos se niegan a iniciar la rutina cotidiana. El tic-tac del reloj adquiere resonancia catedralicia. Se oye  sorprendida musitar, «madre, yo era un lago profundo y sólo me protegiste en extensión».

Sus manos se mueven nerviosas. Una última agitación como la del pez que comprueba en la playa la inutilidad de sus branquias. Siente al fin la lasitud del sueño mientras sobre el brazo exánime florece una amapola.


 

TUNA

Se llama Tuna. Ganó el nombre por las plumas verdes, casi espinosas, que la cubren. Llegó un día al patio de nuestra casa y se anunció estridente.

-¡Una cotorra! ¡Vamos a cazarla! -dijeron los chicos.

-Con precaución que pican -previno la abuela.

Nos aproximamos cautelosamente, la tapamos con una manta mientras ella se debatía como un fantasma con ropa heredada y después, qué mirada de ironía sorprendí en sus ojitos azabache cuando comprendimos que era mansa y se dejaba contemplar como una modelo.

-Miren, le falta un dedito en la pata izquierda -dijo Martín, el más pequeño.

Y aquí se quedó, poblando las tardes de mi casa con sus silbidos y sus palabras. Porque, como buena cotorra ciudadana a la que le han llegado los beneficios de la cultura, habla. No importa que no se entienda lo que dice. Ella debe saberlo y muy bien. Además es inútil que me aseguren que no piensa. Tuna pronuncia cada misteriosa palabra con el énfasis de la inteligencia, con aires de reina del vocabulario.

Poco a poco dejó de lado su mansedumbre porque todos se entretenían en buscarle cosquillas tironeándole su ya estropeada cola o provocándola con el dedo. Sólo a mí, que la respeto, se me acerca desprevenida. Se aloja en mi hombro como en un trono y me acaricia el pelo y las mejillas con su grotesco pico desarmado.

Otras veces, antes de levantarme, la llamo desde la  cama y, primero vacilante, luego segura, vence la distancia de los tres enormes cuartos que me separan de su jaula, y en un planeo de cormorán sobre el mar de las sábanas, elige el sitio desde donde, orgullosa, parece decir al asombro de los demás:

-Miren cómo me distinguen, miren, desconsiderados. Anoche, no sé cómo, ganó la calle y desapareció.

-Tuuuna, Tuuuna -llamaba yo debajo de los grandes plátanos.

¿Qué gato estaría preparándose para devorarla? ¿Qué patio cerrado para comenzar la tarea de la domesticación?

-Tuuuna...

Silencio. Llegué hasta la esquina donde hay una vieja casa desocupada. Me asomé y traté de ver por el resquicio que dejaban las sucias persianas atadas con cadenas. Un corredor desolado, los yuyos creciendo entre las baldosas, el tanque tumbado y sólo el eco escandaloso de mi voz en el silencio de la noche, llamándola.

Mientras mis pasos, en el regreso a la casa, denunciaban mi derrota, miré hacía arriba porque, bajo el amparo de la luna, se hizo luz un vuelo. Alguna lechuza. De haber sido Tuna me hubiera reconocido.

Tuna, pensé -si tenés las fauces de la noche cerca, me culparás, puesto que confiabas en mí. Ahora comprendo que tus gritos y charlas de la siesta eran melodías para mi corazón.

Al día siguiente, hoy, amaneció empañada nuestra calle. Qué grande era el lugar que Tuna había ocupado. Sin saber cómo me encontré otra vez mirando las ramas de los plátanos. Cuando ya me resignaba, oí el grito de una cotorra y rápido respondí.

-¡Tuna!

Y otro grito y otro más cercano. No creía en ese capullo verde que se acercaba por entre las hojas.

-Aquí, Tuna, aquí -y extendía yo también mis brazos como alas. ¿Y si vuela otra vez? ¿Y si al bajar pasa un auto y...?

-¡Tuna, aquí...!

Cuando ya en mis manos era un manojo tibio la llevé a la cara y se me acurrucaba con palabras recónditas y con besos inventados para el regreso. Nada existía en ese momento, ni la gente que observaba, recreando el momento cada uno a su medida, ni la mañana que se hizo luz, ni el tiempo inmóvil.

Claro está, no importa que su mirada no tenga la fijeza del azabache, y que en su patita izquierda no falte ningún dedo. Nada importa en el reencuentro, porque para revivir el milagro del amor, el corazón se vuelve ciego.



 

YO, FABULADOR, EL VERBO EN PRESENTE

Soy un escritor y el personaje de mi cuento se llama Francisco Sierra. Vive en Buenos Aires y tiene un pasado... ¡pobre! El tiempo de los hombres, como el de los personajes, es como una película que entretiene mi instante innumerable.

Pero vayamos al cuento. Francisco ama a Esperanza Ramírez, bella morena a quien conoció en su breve visita a México. Sabe que nunca podrá regresar a esa remota ciudad, y cuando imagina que habla con ella, inventa sus respuestas; cuando desea abrazarla, sus brazos estrechan su propio cuerpo; cuando quiere contemplarla, cierra los párpados para que no se evadan las imágenes. Teme enloquecer, porque en la soledad de su cuarto de hotel, con poco dinero, casi sin trabajo -apenas una changas humillantes- lo visitan tremendas obsesiones. Una de ellas, la más lacerante, es la de pensar en que el destino existe. Que la vida de los hombres está prefijada; que el hombre nace sentenciado. Entonces eslabona una interminable cadena de ucronías que se corta cuando el sueño, cada noche, le gana la partida: ¡Si él, aquella tarde de la despedida -allá en Tijuana- hubiera tenido la valentía necesaria para quedarse a vivir con Esperanza en tierra extraña! ¡Si antes de ir a México -contratado por la empresa de construcción- hubiera decidido quedarse en la Argentina y en vez de conocer a Esperanza Ramírez hubiera conocido a otra, en su tierra! ¡Si se hubiera podido casar, tener hijos, echar raíces! De no haber venido de la Provincia de Córdoba, allá en Moldes tendría su nido, fiel a la infancia y a los terrones. Y no como ahora que tiene metidos en sus narices el polvo de la máquina resqueteadora y el olor de los ácidos para soldar caños en casas ajenas. Si en lugar de ir su padre a Córdoba como bracero golondrina, donde conoció a su madre durante una cosecha, se hubiera ido al Chaco... El razonamiento concluye, pues, en la posibilidad de no haber nacido:

-Yo no sería yo. Quizás fuera mejor no haberse asomado a este mundo, que no hace más que darme la cara fea de la taba.

Ese mismo día, en Tijuana, México, Esperanza Ramírez se casa con otro hombre pues se ha rehusado a afrontar la inanidad de la ausencia. Es enfermizo amar a un hombre tan lejano.

Las cartas no son él. El recuerdo es una cruz que señala el lugar donde no queda nada. Y ella se lo comunica así en un mensaje de despedida.

Francisco decide acabar también con sus propios desencuentros y una mañana aparece la noticia en los diarios: «En las vías del subterráneo de Retiro...»

«Si no hubiera ido a México, si no hubiera venido de Córdoba...»

Todo inútil, Francisco Sierra. Yo soy un dios escritor y me gustan los cuentos. Los he escrito siempre inventando situaciones; porque lo importante son las situaciones; los personajes, lo de menos. Llegará el día en que escribiré cuentos sin hombres. Eso sí, siempre breves: el breve tiempo de los seres humanos y con finales imprevistos que hagan estallar la monotonía como fuegos de artificio.

Las personas como Francisco, creen en el destino. Qué absurdo. Para sustentar esa fe deberían comparar lo que les sucede en la vida, con lo que yo les tengo deparado -o «escrito» como dicen-. Lo que no saben y no sabrán nunca es que son la materia de estas narraciones mías que se parecen tanto a lo fatal. Ese equívoco incita a los personajes a enredarse en lamentables oraciones condicionales: «Si yo, si él, si nosotros...», «si no hubiera ido a México...»

Los escritores hombres desconocen el placer de saber cómo piensan los personajes de sus cuentos aunque vanidosamente se autotitulen «narradores omniscientes». Saberlo todo es mi privilegio. Por eso me enteré de la utopía de Francisco: modificar el-cuento-vida que ya ha sido escrito para siempre. Sus tiempos verbales en futuro o en pasado son para mi eterno presente un mero juego de metáforas.

Francisco le llamó destino a la relación del escritor con su personaje. Pero a mi vez, yo, Dios, soy el personaje de otro cuento.



 

LA MOROCHITA

La vimos en la estación Victoria y le comenté a mi hijo: esa chica se parece a la que fui. Tímida, delgada, con una extraña hibridez de audacia y desgano. No podía quitarle los ojos de encima, y a la imagen del andén se unieron otras. Jugaba a la rayuela en la vereda de ladrillos viejos. Quería llegar al Cielo y perdía siempre.

Las visitas me hacían preguntas tontas para hacer ver a mi madre que eran tiernas con los niños. Nunca pude aprender fórmulas o se me confundían: «mucho disgusto señora» «desgracias, desgracias» «hay de qué, hay de qué» y perdía, perdía.

Me gustaba el compañero de colegio «sin saber para qué». Pero él me dio una carta para mi compañera Gloria, siempre tan almidonada con aquel guardapolvo inmaculado, y el gesto altivo y la voz segura que contestaba bien a las visitas. «Gracias, cómo no, cuando desee». Fui correo del azar, del zar y los azahares en muertas primaveras.

Yo quería un hermano para ver las barrancas en su primera cita con el Paraná y cazar yacarés, aunque después ninguno nos creyera...

Ni hermano ni padre ni aquel perro que alguien envenenó de puro solo, y la música del armonio en la Iglesia del Carmen...

Algo oscuro y sonoro quedó en el aire la tarde del exilio.

 

 

 

«Cuándo volveré

   
 

para poder unir la quebradura

   
 

que existe entre lo que era y lo que soy...»

   
 

 

 

 

Se vuelve menuda la silueta de la Morochita en el andén. Se está alejando. Se perdió entre la gente que desciende y la que sube a los trenes.

¡Dios, ahora que me encontré, no me hagas esto! Y mi hijo: -Mamá, ¿dónde estás mamá? Otra vez se escondió detrás del tiempo.


 

EL NOMBRE EN CUATRO TIEMPOS

Se llamaba Sofía Linares. Era pequeña, fea, simple, envejecida. En la biblioteca donde desempeñaba las más variadas tareas -desde barrer los pisos hasta servir una copa a los invitados especiales- nadie reparaba en ella, hasta que los ojos displicentes de aquel escritor le contaron los lunares mal distribuidos en el rostro y le peinaron, con la mirada neutral, el hirsuto cabello canoso.

*  *  *

«Querida: cuando me contestes no pongas tu verdadero nombre porque la carta podría caer en manos extrañas y todo se echaría a perder. Que sea cualquier nombre menos el tuyo. Por ejemplo, podrías firmar... Sofía Linares, que es el nombre de una empleada de la biblioteca».

Desde entonces toda la historia del amor se repitió recreada, entontecida, nueva, en las cartas que el escritor y su amada se cambiaron. Hasta que un día, una carta de ella, conmovedora y adolescente, cayó en manos de la que desconfiaba y urdía sórdidas historias, con lo que podía escamotear de la pura realidad de ese amor.

No pudieron escribirse más. Juntos estaban sepultados, allí donde el sentimiento seguía viviendo, impotente. Nadaban en el mismo silencio que sucedió a la pregunta «¿quién es Sofía Linares? ¿eh? ¿quién es?».

Desde el nacimiento de ese mutismo, la verdadera Sofía Linares, antes fea, pequeña, simple y envejecida, ocupaba ahora su verdadero lugar, y resplandecía.

Protagonista, sin saberlo, de un drama de amor, allí estaba como una cruz fundando esa realidad que era tan visible como la sordidez del piso de la biblioteca, como las estúpidas conversaciones de los visitantes ilustres.



 

EL BUEN NEGOCIO

¡Si me animara! Si pudiera trascender este rutinario mundo en el que me muevo. Si yo, Francisco Mencía y Albornoz, a mis cincuenta y tantos años pudiera vivir intensamente un solo minuto, un día, un mes, haciendo lo que me dé la gana. Claro, tengo que saber qué es lo que tengo ganas de hacer; tachar en mi catálogo de acciones lo que los demás quieren de mí, y quedarme con lo que nazca de mi más auténtico deseo.

Soy un solterón viajante de comercio. Esto quiere decir que no tengo raíces en ninguna parte. He rendido una especie de culto al desarraigo. Uno se detiene más de la cuenta en algún pueblo y ya parece que lo están corriendo las hormigas. La «marabunta». Y hay que disparar. No importa a donde. Viajo y duro. No vivo. Duro como los pabilos de algunos ranchitos donde no hay aceite para más -y ojalá no se apaguen antes de que la purretada se acueste-.

Duro como un pabilo. Pero ahora yo, Paco para los amigos españoles, Pancho para los «amerindios» y Francisco para los documentos de identidad que no identifican nada, quiero vivir y como no tengo la manera de comunicarme fáusticamente con el demonio para sellar un pacto con mi sangre, apelo a la única fuerza de que dispongo: la de mis deseos.

Empieza el arduo problema de la elección, de eso que justifique toda la existencia. ¿Ir a los grandes museos de arte? ¿Recorrer el mundo y descubrir sus bellezas naturales ¿Escuchar al mejor concertista, la mejor orquesta, amar a una mujer hasta enfrentarme a mis límites, aunque después el viento de una noche apague el pabilo?

Llego a este punto de mis meditaciones y se me cruza la imagen de aquella mujer a quien vi en dos oportunidades en el puesto de flores de la calle Santa Fe. Conozco su nombre, su voz y su mirada. Me los dedicó la primera vez, serena y displicente cuando respondió a mi curiosidad sobre la hora: «faltan cinco para las diez». Y eso fue todo. De manera que ¿cómo haría para reencontrarla?

Luego fue la segunda oportunidad. Caminaba también por Santa Fe una tarde vacía de domingo -son siempre vacíos los domingos de los que estamos solos- cuando me detuve en una esquina abstraído ante la gente como ante las llamas de un hogar o como frente a una ventana que da a la lluvia. De pronto sus pasos. Más que oírlos, los adiviné. Cuando volví a preguntarle por la hora, su respuesta retempló mis esperanzas:

-¿Todavía no compró reloj? De manera que es ella. Deseo verla... la buscaré.

No fue difícil hallarla y nada se parece a la trama áurea que tejimos y destejimos en los días de nuestro amor. Pero yo tengo que partir hacia el norte y ella se radicará en el extranjero. No importa a qué país. El de la ausencia es uno solo.

Hoy es la separación. ¡Cómo quisiera haber tomado fotografías, filmado esas transitorias eternidades! Cómo quisiera tener una memoria precisa para que nada de estos días se pierda. Ni el olor de los parques que recorrimos ni su propio perfume, ni la suavidad de sus mejillas ni aquellas palabras premonitorias:

-Ni que fuésemos dioses -me dijo.

-Es que lo somos -afirmé- porque estos treinta días valen treinta años. Ni tiempo físico, ni síquico ni cronológico  ni filosófico. Sólo tu tiempo y mi tiempo... Cerré los ojos y después de conocer la cifra de las palabras descubrimos la hondura del silencio.

Hoy es la separación. Como casi siempre en las novelas y en las películas, sucede en una sórdida estación de ferrocarril donde nadie mira a nadie. Ruido, maletas, silbatos y apenas un beso que no llega a la piel y se diluye en el aire del otoño que empieza. Ella se aleja cada vez más. Ella, cuyo nombre amado no pronuncio, la que pudo llamarse primavera, vida, juventud. Se da vuelta por última vez y veo su rostro desdibujado por lentejuelas de oro. Yo alzo una mano indecisa y cierro los ojos mientras salgo hacia la realidad.

Yo, Francisco Mencía y Albornoz, cincuenta y tantos años -según los almanaques- no me asombré ante el espejo de la confitería porque lo que me ocurrió no es original y les sucedió a otros personajes de cuentos y novelas. Me encojo de hombros, me acaricio las inéditas arrugas y cruzo el Parque del Retiro mientras algunas palomas se acercan mansas a mis manos trémulas. Pienso que cambié treinta años de soledad por treinta días de amor. La vida es una puntual cobradora pero qué importa si yo también hice con ella un buen negocio.

 

 

TIEMPOS IMPARES

No. Nada de Pirandello. Pero lo cierto es que soy un personaje de uno de tus cuentos. Al principio surgí de tu centro, abrupta, filosa, con las imperfecciones de la impronta con que se te ocurrió crearme. Después, me fuiste elaborando cada noche. Me corregías una palabra, un gesto, una línea del rostro y yo, hierática en mi actitud condicionada de criatura literaria, te dejaba hacer pero, como una potencial Galatea, sentía ya en mi piel la caricia genesíaca de tu cincel.

No escribiste otro cuento por mucho tiempo. El tema de la narración no era erótico. Yo soy una mujer alada, perfecta, de esas que en cualquier momento pueden levitar y hacerle señas a la tierra desde alguna constelación. Pero, paradojalmente, la cosa fue al revés: desde la constelación de un absoluto, y a través de un cerebro que pudo pensarme, me deslicé, sin más, hacia un lugar y un tiempo de la tierra.

Ya te amaba, más allá del límite de las páginas y de la blancura virgen, que ibas poseyendo con los caracteres de tu máquina de escribir eléctrica, a la que te sorprendí apostrofando: «escribís más rápidamente que mis pensamientos».

Obsesionado con Beatriz -así me bautizaste- a veces dejabas mi espelunca de papel y tinta para echarte hacia atrás en tu sillón de trabajo. Cerrabas los ojos. Ya podía, observándote, mirar lo que pensabas. Allí estaba yo, mi dependencia, mi belleza que sólo vos veías.

Al amante que me habías atribuido en tu ficción, lo radiaste hacia un círculo de opacidad, hasta que, contrariando  tus primeros esquemas, hiciste que muriera al final de la historia. -Al fin solos- creo que murmuraste.

Yo, inmortal, enamorada del dios que me había creado, repetía las acciones asignadas: «Beatriz caminaba con la seguridad de estar fundando el lugar de sus pisadas», «en lugar de vivir simplemente reinaba», «salía de su cuarto, cuyas ventanas daban al otoño».

En mi cuarto -que era exactamente igual a ese tuyo, en el que escribías-, sentí la vida tuya, la de los hombres, estremecer mis fibras irreales, y ocupé un lugar en un espacio que trascendió al libro y a la página. Oleadas de un tiempo sin libertad se me agolparon. No podría escapar ya de mi personaje que vive un romance con su hacedor. Iría y vendría dentro del cuento como en una penumbrosa jaula de obsidiana. Pero vos, hombre, tampoco eras libre puesto que alguien escribió tu propia historia, serías escritor, me crearías, nos amaríamos. Y esas similitudes fueron un puente entre nuestras distintas dimensiones.

En esa entrada a tu cuarto -y yo vestida de humanidad- me observaste con tu largo asombro. Era un estupor antiguo, que esperaba el objeto simplemente.

Y nos amamos. Como sólo se pueden dar dos seres suspendidos en atmósferas diversas. Mis manos eran como las lenguas de fuego que intentan vanamente escapar de la chimenea hacia el recinto que entibian. Tus manos concluían en ondulaciones de niebla sobre la piel impoluta que me inventaste. Yo tuve el privilegio de los humanos y las ventajas de la ficción, también humana. Pero, Dios mío, no lo previste. Sé que no lo previste.

Un día, como todos, te vi, como durmiendo, sobre un brazo, apoyado en la máquina. Estabas muerto y nada pude hacer sino mirar tu rostro detenido.

Hace noventa y dos años que guardo tu nombre con letras rojas, en el libro de cuentos que me encierra.

Tu obra gustó cuando vivías y aún sobrevive a las modas literarias. Yo comparto su fortuna pero consciente de mi soledad y de tu ausencia.

Caerá el último libro de un anaquel, en un incendio apocalíptico. Allí terminaré lejos de vos en el tiempo. No lo previste.



 

EL NEUTRÓN

(MEMORIAS DE UN EXTRATERRESTRE)

 

Observa bien hijo, ¿ves aquello que fulgura al sol? Es un habitáculo. Por el campo hay uno, de cada muchas de esas formas geométricas que no son otra cosa que tierra trabajada para que produzca lo que los homúnculos después comerán. Comen de todo. Matan animales y plantas. Lo único que no les está permitido es devorarse entre ellos. Matarse y torturarse, sí. Pero no comerse. Quizá hayan averiguado que sus cuerpos no tienen sustancias aprovechables.

¿Ves aquel conjunto de fulguraciones? Es un pueblo constituido por varios habitáculos. Y esto es harto curioso: los homúnculos que necesitan destruirse unos a otros, también necesitan nacer, crecer y morir junto a otros, y a esos ayuntamientos les llaman familia y sociedad. Si no tienen alguien al lado, se les destruye la psiquis. Pueden sobrevivir a lo que llaman guerra, a las enfermedades, a todo, menos a la soledad.

Hay algo que llama la atención. Estos seres, con el extremo de las extremidades superiores realizan actos como escribir, dibujar, esculpir, componer música y a todos estos trabajos manuales les llaman arte. Según ellos hay seres especialmente dotados para describir lo que sienten -a eso le llaman poesía- o contar hechos que en suma son los que a ellos les acaecen -en la vida o en las mentes- y a eso le llaman narrar cuentos o novelas. Copian a la naturaleza en cuadros o formas de distinto material. A veces la copian con exactitud -¡no sé para qué lo harán!-. Otras, la caricaturizan y a eso le ponen diferentes nombres: superrealismo, dadaísmo, etc. Como ves, a los homúnculos les encanta jugar con las palabras. Además le llaman cine a rudimentarias fotografías móviles, y teatro, a personas que en un tablado reproducen hechos también tomados de la vida. En fin, hay una constante de mimesis en estos seres incapaces de crear en el verdadero sentido de la expresión.

No le llaman arte al de curar los males, ni al de levantar un edificio. Son muy extraños. A veces se reúnen en lo que llaman cóctel y emiten constantemente sonidos bucales. Las palabras de que te hablé no son más que símbolos. Bautizan a todas las cosas con nombres arbitrarios porque según dicen los sicólogos, antropólogos, etc., el homúnculo tiene una gran capacidad simbólica. Con esos símbolos sólo consiguieron alejarse de la naturaleza y formaron lo que nombran pomposamente el mundo de la cultura. Por comunicarse con esos símbolos y no por telepatía, como nosotros, los habitantes de un lugar no se entienden con los de otros lugares.

¡Son tan ilusos! Tienen una disciplina que llaman Filosofía con la que tratan de conocer la esencia de sus vidas. Desde hace varios siglos -minutos para nosotros- en que un ciudadano griego llamado Platón comenzó con el juego, quieren saber quiénes o qué son y aún están a fojas cero, porque no se ponen de acuerdo en los resultados y además porque no quieren convencerse de que son de lo que están hechos, agua, albúmina..., sustancias químicas, y creéme, la disciplina más razonable que estudian es la química. Les atrae porque nacieron de la química y por la química se destruirán. En cuanto a las matemáticas están en pañales, porque, transgredidos ciertos límites, no pueden manejarla abstracción.

El defecto de los homúnculos es que son muy vulnerables y la vida de ellos, muy breve, por lo que jamás podrán abarcar un estudio serio y prolongado acerca del universo.

Aunque te parezca mentira no pueden concebir a Dios sino a su propia medida. Para ellos Dios es un viejito con la anatomía homuncular. ¡Ah! Omití lo Principal. Como son voraces -se alimentan cuatro veces por jornada, más que cualquier bestia- la organización tribal es en base a la economía y todo lo compran y venden. Como ellos mercan todo, hasta el sentimiento, conciben a Dios como un mercader. Tú me das buenas acciones y yo te regalo el Paraíso. No tienen una ética que los ayude a ser verdaderamente buenos puesto que no pueden quitarse de la cabeza la idea fija del trueque.

Lo que te extrañará verdaderamente es ver cómo se cubren el cuerpo; por lo visto se consideran defectuosos. No puedo explicarme por qué llaman con eufemismos algunas partes de su anatomía. Para comer se exhiben. Es horrible ver cómo engullen, cómo todo desaparece en el orificio de sus bocas, pero para expeler los desechos de lo que comen se esconden en cabinas especiales porque según ellos hay buenos y malos olores. El de una flor les agrada y aborrecen el de su propia excreción... ¡Aberraciones culturales! ¿No te parece?

Para unirse con el fin de procrear se encierran con su pareja de la que esperan exclusividad. Se unen de por vida a un hombre y a una mujer por medio de una cantidad de papeles legales que después infringen con el pensamiento o con la acción. Han creado las leyes para transgredirlas y eso es algo lúdico que les produce delectación.

Como necesitan ser dirigidos, han creado la política, que debiera ser una verdadera ciencia, pero que, en general, resulta una nefasta improvisación. Son incapaces de regirse por sí mismos y al mismo tiempo, el que los conduce también es incapaz, de modo que el mundo es un caos y la de los homúnculos una especie en franca decadencia. Dentro de la precariedad de sus quehaceres nada han hecho mejor que los contemporáneos de aquél que te nombré y que se llamaba Platón. No, hijo mío. No fantasees como ellos; ese nombre nada tiene que ver con nuestros vehículos interplanetarios.

Sus hembras todavía paren entre indecibles sufrimientos físicos pero pretenden conquistar el espacio. ¿Y a que no supones qué vi por las calles, los trenes, las plazas? Homúnculos pequeños abandonados. De chicos los castigan, los torturan, los abandonan y de grandes esos chicos se lo pasan en los divanes del analista que trata de curar sus males síquicos, recordándoles -¡cuando por fin lo habían olvidado!- todo lo que sufrieron en la niñez.

Sacan diariamente unas rudimentarias planchas de papel a las que les llaman «diarios» (el nombre ya delata una falta total de imaginación). ¿Y qué crees que hay allí? ¿Noticias de que son perfectibles? ¿De que estudiando a fondo su sistema nervioso y descubriendo los elementos físico-químicos de que nosotros disponemos, llegarán a ser inmortales? No. Enumeran -atiende esto- todos los crímenes que ese día han cometido. O lo que es peor, noticias de algo que ellos llaman deporte y tiene el nombre específico de fútbol. ¿A qué no se te ocurre en qué bobería consiste? En patear un balón y meterlo dentro de una red.

Nosotros transformamos las sustancias radiactivas en fuentes de vida. Pensamos en una futura ciudad de seres perfectos física y síquicamente. Ya asimos el punto en que tiempo y espacio se reconocen como entidades únicas. Para nosotros no es ciencia ficción ni el túnel ni la máquina del tiempo; superamos la velocidad de la luz de modo que podemos estar en distintos lugares a la vez. Nuestro cerebro ordena y el universo se pliega, y ellos, los homúnculos, patean un balón mientras el resto vocifera en las graderías, cuando no se destruyen mutuamente al terminar el grotesco   —59→   espectáculo, porque los de su color no metieron el balón en la red. ¡Ni nuestros niños se entretendrían con semejante puerilidad!

¿Qué me dices? ¿Que es interesante lo del balón? ¿Que se parece a un neutrón o a Ganímedes? ¿Qué te gustaría...? ¡Hijo, insensato! ¿Adónde vas? ¡Ven! ¡Ven!



 

MEA CULPA

-¿Cómo se llama este gato?

El profesional, de impecable guardapolvo, con sus ojos de buen clínico me estudió más a mí que al enfermo.

-No tiene nombre -contesté, después de comprobar vacilante que se me había olvidado o no había sido necesario nombrarlo.

-Y usted ¿cómo se llama? -siguió mientras anotaba en una tarjeta.

-Felisa Roncales...

Lo revisó. En sus manos expertas el animal parecía un juguete.

-Creo que no va a poder caminar más porque hay una atrofia por descalcificación, yo diría -lo estaba diciendo- irremediable. Con todo, no deje de darle estos remedios que pueden resultar salvadores.

Me lo llevé a casa. Le tuve que empezar a dar de comer en la boca, como cuando recién nacido lo encontramos en los fondos de la quinta.

En los días siguientes, sus ojos, antes redondos y traviesos, se fueron entristeciendo. Cuando pasaba cerca de su jergón, me miraba como pidiéndome ayuda.

Al día siguiente olvidé llevarlo a que le pusieran la inyección, pese a la advertencia del veterinario. Pero el tiempo me había faltado, con los chicos, la casa, el trabajo. No se me podía pedir tanto...

Otras veces, también me olvidé de administrarle los remedios. Me di cuenta de que había dejado de comer. Su plato quedaba intacto.

En un cónclave tenebroso a la hora del almuerzo mi madre, mi marido, los chicos, decidieron.

-Hay que hacerlo matar.

-Hay casos en que la eutanasia está permitida -ironizó el mayor para no ceder a la emoción.

-Sí, cuando la calidad de vida ya no lo es. Y para este bicho ya no hay esperanzas...

-Está sufriendo demasiado y si no hay remedio...

Cualquiera hubiera dicho que elegí la tarde. Fría. Gris. Como instalada en un témpano, a la deriva, arrastré el peso de la canastilla. No quise mirarlo: temía sus ojos suplicantes y en ese momento pensé en Júpiter, en Jhavé, en los sacrificios. Pero yo no era Júpiter ni Jhavé y no tenía ningún derecho...

-Déjemelo, señora. No sufrirá nada con esta inyección. El aire se impregnó de olor a éter.

-Si usted lo hubiera traído antes. Si le hubiera dado los remedios y las inyecciones con puntualidad...

Y allí se quedó enmedio de la camilla. Me arrojé a la calle sin volver la cabeza para evitar su última mirada. La tarde gris se iba transformando en una noche rica de estrellas. La distancia de la veterinaria hasta mi casa tenía la medida de la culpa.

Cuando llegué, los chicos ya estaban acostados. Le di un beso a cada uno. Los arropé. ¡Las veces que me había olvidado de hacerlo! Miré a mi marido. Tenía que dejarle la ropa para el día siguiente. ¡En cuántas ocasiones descuidé esa tarea! Quizás a Javier, el más pequeño le hubiera gustado que le inventara un cuento. A Guillermo que le revisara los cuadernos, que los acompañara a rezar. Cuánta desmemoria...

-Hasta mañana -dije a las otras que soy, a mi  multitud. Y no sé si todavía despierta, o desde mis sueños, oí palabras:

-Asesina... asesina...

Con mi voz más humana me defendí ante el tribunal de las sombras:

-Pero, si era sólo un pobre gato...



 

CUANDO FUI JOVEN YA ERA VIEJO POR DENTRO

Como lo oyen: reviejo. Un día, cuando estaba afeitándome frente al espejo, la mitad rasurada, la otra mitad enjabonada, mi cara se volvió traslúcida, como de cristal, y adentro había otra cara que copiaba mis rasgos, pero como si la hubieran agarrado por su cuenta los jíbaros y con tales arrugas que cualquier mosca podía quebrarse una pata.

Cerré los ojos, volví a mirar y allí permanecía mi cara juvenil externa y la otra tutancamónica, afeitada también a medias.

De modo que lo tomé con la naturalidad con que el pobre Gregorio Samsa aceptó su condición de insecto, y en adelante lo que hice, sí, fue tapar los espejos para no vernos. Los cubría con toallas o con lo que encontrare.

-Dejan las toallas tiradas -rezongaba mi mujer-. La semana pasada un colectivo me hizo un bollo por tapar el espejo retrovisor del citroën. El pobre, tan frágil, no pudo con la trompa agresiva de un sesenta.

Antes de ayer fue la segunda audición de la telenovela: salía del baño del cine abrochándome la bragueta -Clorinda me la cose para que me cueste mucho laburo sacar y poner, creyendo que así le seré más fiel-. Salía, digo, con la cara de gil que pongo cada vez que me concentro en algo y fue esa cara de gil duplicada, la que vi en el espejo del baño, mientras una voz que no era voz pero expresaba palabras me conminó:

-Tirá esas arrugas por ahí. ¡Ahora! ¡Desañate por adentro!

Entonces, me arranqué una pata de gallo que se me quedó pegada a los dedos como una bolsita de nailon que «¿quiere papel higiénico?» la abarajó deslizándola al inodoro. «¡Eh, eh, que es un pedazo de mi cara!». En adelante no me resultó difícil deshojarme como una margarita. Una arruga se escapó por la ventana y fue planeando como un barrilete sobre la ciudad. Otra, cayó en el plato de sopa y se la tragó mi mujer sin darse cuenta. Otra, se la puso mi jefe en el bolsillo superior del saco a guisa de pañuelo. ¡Para qué menesteres la usaría!

No sé cuándo dejé de mirarme al espejo y me olvidé del geronte que llevaba adentro. Al mismo tiempo noté que mi conducta cambiaba: yo, que había sido siempre un joven serio, sin sentido del humor, retraído y quisquilloso, me convertí en un tipo divertido. Me empezaron a gustar las pibas de quince, pero no como un viejo verde, sino como un romántico adolescente. Me gustaba el rock y andar en moto. No lo hacía, no, pero me gustaba.

-Che, tenés un pibe adentro.

¡Epa! ¿Cómo antes había alojado a un viejo, tendría ahora a un purrete?

¿A ver? Espejito, espejito... Sí, adentro y también jibarizado, había un chiquilín pero ¡maldito sea! todas las arrugas que antes fui arrojando al boleo vinieron a parar a mi cara de afuera y salí malhumorado sin escuchar preguntas.

-Abuelo ¿tenés el balero? Vos ya jugaste demasiado...

 

 

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