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MARIO HALLEY MORA


  EL CANDIDATO, TODO ES SEGÚN EL COLOR..., EL PROFESOR, ... EN TIEMPO DE VALS - Obras teatrales de MARIO HALLEY MORA - Año 2004


EL CANDIDATO, TODO ES SEGÚN EL COLOR..., EL PROFESOR, ... EN TIEMPO DE VALS - Obras teatrales de MARIO HALLEY MORA - Año 2004

EL CANDIDATO, TODO ES SEGÚN EL COLOR..., EL PROFESOR, ... EN TIEMPO DE VALS

Obras teatrales de MARIO HALLEY MORA

(Coronel Oviedo, 1926 - Asunción, 2004)

 

Dramaturgo, narrador y poeta. Jefe de Redacción del diario Patria durante el régimen de Stroessner (1954-1989), libretista de radio en los años cincuenta y guionista (con el seudónimo de Alex) de las primeras historietas paraguayas en guaraní o bilingües, Mario Halley Mora fue también Director del diario La Unión. Autor de más de quince obras teatrales publicadas y de unas cincuenta piezas estrenadas, es el dramaturgo paraguayo más prolífico del siglo XX. De su abundante producción dramática sobresalen: En busca de María (1956), su primera pieza; dos volúmenes de Teatro Paraguayo que reúnen sus seis obras más conocidas, entre las que están Magdalena Servín, Interrogante y Un rostro para Ana (1971-1975) : Teatro Breve de Mario Halley Mora (1984) -con piezas cortas que incluyen, entre otras, La comedia de la vida y La mujer en el teléfono y Testigo falso; El juego del tiempo (1986). Sus obras teatrales más recien­tes son: Ramona Quebranto (versión teatral de la novela del mismo nombre, de Margot Ayala de Michelagnoli) y la zarzuela paraguaya Loma Tarumá, en jopara (guaraní-castellano), con música de Florentín Giménez. Su producción narrativa incluye novelas y cuentos. Algunos títulos representativos son: La quema de Judas (1965), novela premiada ese mismo año en el concurso de novelas del periódico La Tribuna; Los hombres de Celina (novela: 1981), Cuentos, microcuentos y anticuentos (1987), Memoria adentro (novela; 1989), Los habitantes del abismo (cuentos; 1989), Amor de invierno (novela; 1992), Pare­ce que fue ayer (cuentos;1992), Manuscrito alucinado (Las mujeres de Manuel) (novela; 1993; Premio El Lector), Todos los microcuentos (1993), Ocho muje­res y las demás (1994), mencionada por la revista VISION como la novela más leída del año, y Cita en el San Roque (2001), novela que le ganó en su país el Premio Nacional de Literatura 2001. Es además autor de un poemario: Piel adentro (1967). Tiene unos treinta libros publicados. Póstumamente apareció Amalia al amanecer (2004). novela en co-autoría con Lita Pérez Cáceres.

 

 

 

EL CANDIDATO

 

         Personajes

         D. Carlos: Padre de la nena: 50

         Jorge: 23: el candidato

          Decorado: la sala de la casa de D. Carlos

 

D. Carlos:   Bueno... pase... pase, por acá... bien, siéntese allí... No, en ese sillón no, ese lo uso yo. Siéntese en esa silla. (Aire descortés siempre)

Jorge:          Gracias.

D.Carlos:    ¿Qué me agradece...?

Jorge:            Y... la silla...

D.Carlos:    (Desabrido) ¿Y por eso "gracias"?  No se la regalo, solo le digo que se siente.

Jorge:         Bueno... desde luego... ejem... yo no presumía que me regalara ninguna silla y...

D. Carlos:   ¡Bueno! Si vamos a estar acá hablando de sillas y qué sé yo... ¿No le parece que perdemos tiempo...? Soy un hom­bre muy ocupado y...  ¿entiende?

Jorge:          Bien... me he atrevido a venir a esta casa...

D. Carlos:   (Descortés siempre) ¡Sin preámbulos, sin preámbulos, por favor!

Jorge:          Bueno. Se trata de su hija.

D. Carlos:   ¿Sí ...? ¿Y qué...? ¿O me va a venir a contar que tengo una hija? Ya lo sé. Lo sé desde hace 17 años y unos meses. ¿Y       bien...? ¿Qué hay con ella...?

Jorge:          Pues pasa que... bueno. Creemos que nos queremos y...

D. Carlos:   ¿Uds. creen...? ¿Y bien...? ¿Qué quiere...? ¿Que le saque yo de la duda?

Jorge:           ¡Es que no hay ninguna duda!

D. Carlos:   ¿Y por qué dice que creen que se quieren?

Jorge:           Es que... Ud., con su actitud... ¡le confunde a uno, señor!

D. Carlos:   ¿Mi actitud? es la normal... soy el dueño de la casa, ¿no?

Jorge:            Sí, desde luego... Pero... (Un poco picado ya) ¡No le cos­taría mucho ser un poco más cortés...!

D. Carlos:   Si me ha pedido una entrevista para darme lecciones de urbanidad...

Jorge:           (Molesto) ¡No es para eso!

D. Carlos:       Haga el favor de no levantar el tono de voz...

Jorge:             Perdone... yo sólo...

D. Carlos:       ¡Vamos, vamos, vamos, al grano...!

Jorge:             ¡Vengo a pedirle permiso para visitar a su hija, como pretendiente!

D. Carlos:       ¿Ah sí...? ¡Hummmmmmmm!

Jorge:            Su señorita hija opina que...

D. Carlos:      No me importa la opinión de ella. ¡En esta casa sólo opino yo...!

Jorge:            Pero señor... Yo pido visitar a su hija. ¿No es importante lo que ella piensa...?

D. Carlos:       Para mí, no. Bien, quedamos en que me pide permiso para visitarla. Muy bien. Puede ser... Pero... ¿por qué viene solo? ¿Por qué no viene con Ud. su padre?

Jorge:             La razón es sencilla, señor... no tengo padre. Soy huérfa­no...

D. Carlos:   No crea que me va a impresionar, ¿eh? No soy sentimen­tal ni sentimentalista... Para mí, el huérfano puede ser también un sinvergüenza. ¡Incluso Ud.! ¡No me diga nada! ¿Y su mamá, eh?                     ¿Por qué no viene con Ud. su mamá...?

Jorge:            Pero señor... ¡si solo vengo a pedir llegar como amigo! Además, mi mamá vive en el campo. Yo vine a Asunción a estudiar, y vivo en una pensión...

D. Carlos:   ¿En una pensión? Malo... malo... ¿Trabajo...?

Jorge:             ¡Sí... soy dibujante...!

D. Carlos:   Ah ... ¡Dibujante! ¿Es Ud. el que dibuja esos monitos idio­tas que salen en las revistas...?

Jorge:             (Picado) ¡No, señor! Soy dibujante de planos... ¡Me gano la vida copiando planos...!

D. Carlos:   Malo, malo... el que se pasa la vida copiando el trabajo de otros no tiene ningún mérito... ¡Es una forma de ser hara­gán...!

Jorge:             (Ofendido) ¡Pero señor!

D. Carlos:   Déjese de... ¿estudia...?

Jorge:          ¡Tercer año de ingeniería!

D. Carlos:   ¡Vaya carrera que eligió...! Sé por experiencia que todos los ingenieros terminan neurasténicos... ¡Dicen que por las matemáticas! O se van al monte a hacer caminos y terminan con malaria... hum, hum...

Jorge:         Este... vea, señor... respeto sus objeciones... pero... ¿no puede ser Ud. un poco más... digamos, delicado? Lo úni­co que me falta es que por ser lo que soy, me saque a patadas...

D. Carlos:   (Enojado) ¡Un momento, se trata de mi hija!

Jorge:          (Enojado) ¿Y Ud. qué pretende para ella? ¿El Príncipe de Gales...?

D. Carlos:   ¡Por lo menos un sujeto educado!

Jorge:          ¡Uno no puede ser educado con otro que como Ud. se lleva por delante al prójimo!

D. Carlos:   Soy como soy... ¡Y Ud. no me va a cambiar, jovencito...!

Jorge:            Es una lástima... porque tenía las mejores intenciones del mundo. ¡Y Ud. me está tratando como a alguien que se mete con malicia y mala intención en su casa!

D. Carlos:   ¡Lo trato como se merece!

Jorge:          Pues entonces no me conoce bien. Tengo el orgullo de ser lo que soy.  Hijo de campesina humilde, 23 años. Me pago mis estudios, no como bien y me visto peor. Jamás fui preso ni mentí a nadie. Y tengo eso  que muchos no tie­nen... ¡a pesar de su edad!: ¡respeto a sí mismo!

D. Carlos:   Un momento, jovencito... Antes de irse, sépalo bien. ¡Le prohíbo  terminantemente que se vea con mi hija...!

Jorge:          Ah... no. Ahí está equivocado, señor. Mis sentimientos son rectos y  sanos. Tratarla no hará daño a nadie, salvo a un padre egoísta. Así que... sáquese de la cabeza eso... y otra vez... ¡Buenas tardes!

D. Carlos:   ¿La seguirá viendo?

Jorge:           Sí, señor. La seguiré viendo. Por dignidad y por cariño hacia ella. Y por favor, no repita eso de que me prohibe,  porque... me dolería mandarlo al demonio... al padre de la chica que quiero... ¡Adiós, señor... lamento mucho haber­le quitado su precioso tiempo!

D. Carlos:   (Ahora súbitamente cordial) Che ra'y... vení acá...

Jorge:        ¿Quéee...?

D. Carlos:   Sentate ahí...

Jorge:           Pero... ¿qué pasa...?

D. Carlos:   Pasa que... bueno, soy papá... ¿no? Y mi nena se ha ena­morado... y me preocupaba... quería estar seguro si el hombre la merecía, nada más... No quisiera yo un flojón para ella...

Jorge:          Y... ¿pasé el examen...?

D. Carlos:   ¡Claro...! Carácter... dignidad... conciencia de la nobleza de los sentimientos... ¡y coraje...! Si hasta ya me estaba esperando un  moquete... porque, mirá que fui argel con­tigo, ¿eh Jorgito...? (Ríe)

Jorge:        Demasiado... D. Carlos... je, je, je... ¿entonces...?

D. Carlos:   Por ahora... los martes, jueves y sábados... de 7 a 9 de la noche, ¿eh?Ni un minuto más, ni un minuto menos... ¡ah ... y en la sala...! Con las luces encendidas, ¿eh'?... ¡Con las luces encendidas...! je, je, je.

 

 

 

 

TODO ES SEGÚN EL COLOR...

 

Personajes

Carlos: Abuelo, 70 años.

José:  Nieto, 20 años.

 

En escena, José, leyendo un libro

 

Carlos:       José, dejá un poco ese libro y vení para acá...

José:           ¿Sí, abuelo...?

Carlos:       Me contó tu mamá que le andas cortejando a Diana, la hija del Dr. Peralta...

José:           Oh... sí, abuelo...

Carlos:       No te ruborices, mi hijo... es una buena chica... conocí a su abuela...  ¡Ella sí que era un bombón...! Bueno, la nieta no llega a tanto, desde luego... pero... no está mal... no está mal...

José:          Gracias, abuelo... da gusto que los mayores de la familia...

Carlos:       Bueno... ¿y ella...?

José:           Ella... ¿qué...?

Carlos:       ¿Te quiere...?

José:           Sí. Desde luego... somos jóvenes. Yo pienso recibirme para formalizar... y ella prometió esperarme... ¿Por qué me lo preguntas?

Carlos:       ¡Porque corres peligro de perderla...!

José:           ¿Y cómo lo sabes...? O mejor dicho... ¿por qué...?

Carlos:       Digamos... ¡por estúpido...!

José:           ¡Abuelo!

Carlos:       Oh... lo digo en el sentido cariñoso, Josecito...

José:           (Amoscado) Bueno... ¿puedo saber porqué soy estúpido desde el punto de vista cariñoso...? ¿Y por qué voy a perder a mi novia...?

Carlos:       En primer lugar, quiero aclarar algo, ¡encontré la carta por casualidad!

José:           ¿Qué carta...?

Carlos:       Mira, para recordar viejos tiempos... me puse a leer una novela de Dumas y...

José:           (Ahumado) ¿Los Tres Mosqueteros...?

Carlos:       Sí, y allí encontré tu carta para tu novia, ¡fresquita de tinta! Aquí está.

José:           Dámela... abuelo... ¡no tenías derecho a leerla!

Carlos:       Un momento... como hombre no tenía derecho, pero como abuelo interesado en tu éxito sentimental... sí. Así que la leí, y la encuentro estúpida. ¡Precisamente la carta ideal para que una chica se desilusione de un joven...!

José:           ¡Pero abuelo...!

Carlos:       Te callas... suerte que la encontré antes de mandarla. Analicémosla...

José:           Abuelo... estás por cometer un disparate...

Carlos:       Me hago responsable, Josecito. Pero empecemos. "Que­rida mía... anoche... cuando regresé a casa... trayendo en los labios la tibieza del leve y casto roce de los tuyos... pensé largamente en ti... casi  hasta que diera la mediano­che en el reloj de la sala..." ¡Por favor!  ¡Qué ridiculeces ...!

José:           (Con ironía) ¿Te parece...?

Carlos:       Claro... hombre... mirá, te habla la experiencia, mi hijo... Estas cosas poéticas, como el roce casto de los labios, sin macanas... no tienen sentido alguno para las chicas... ¿en­tendés?

José:           ¡Ni un poquito...!

Carlos:       Mira... la mujer, aunque sea una niña angelical como Dia­na...  siempre tiene un sentido práctico. Vaya y pase si le decís que viniste a pensar en tu porvenir y en el de ella, a hacer proyectos de trabajar y estudiar... ¿entendés...?

José:           Más o menos...

Carlos:       ¡Y después...! ¡Mi Dios...! ¡Qué estilo literario más infan­til...! Decime..., ¿no copiaste por casualidad esta carta de uno de esos libros baratos que se venden por ahí...?

José:           Te aseguro que no, abuelo, pero... ¿sabes que me interesa tu opinión...? ¿De veras te parece que la carta...?

Carlos:       Es lo más idiota que he leído... No es una carta de amor, para empezar. ¡Porque está llena de frases de almana­que... de caramelo falsificado, de gelatina pegajosa y de chantilly sentimental que empalaga a cualquiera...!

José:           Gracias a Dios que no la mandé... (Siempre con ironía)

Carlos:       Gracias a tu abuelo, mi hijo... ¡Gracias a tu abuelo! Me figuro la reacción de esa señorita al recibir semejante mamotreto... ¿Sabes lo que iría a pensar? Al terminar el primer párrafo: ¡Ridículo! Al terminar el segundo párra­fo: ¡Pero qué copión! Al terminar el tercer párrafo: ¡Uy, pero qué romanticismo tan viejo...! Y al terminar la carta: Pero... ¿de este coso me enamoré yo ...? Dios mío... qué pensamientos infantiles... qué falta de madurez... y sobre todo, qué horriblemente escribe. Y de eso, a mandarte a paseo, ¡hay un solo paso...!

José:           (Irónico) Abuelo... me salvaste.

Carlos:       ¡Si para eso estamos los abuelos! ¡Para eso estamos los abuelos...!

José:           Bueno... resumiendo...

Carlos:       ¡No mandás semejante poema al cretinismo juvenil...!

José:           ¿Otra recomendación...?

Carlos:       Que si vas a ponerte a escribir cartas a tu amada... apren­das a escribir como la gente. Con este estilo... con esas palabritas repetidas una y mil veces en millones de car­tas... lo único que ganas es que la niña piense lo peor de vos... y de tu capacidad intelectual... ¿Conforme...? José: Sí... abuelo. Conforme. Pero... sacame de una duda, abue­lito...

Carlos:       Pregunta, mi hijo... ¡preguntá...!

José:           ¿Cómo demonios se casó abuelita contigo...?

Carlos:       ¿Que cómo qué...?

José:           ¡Te pregunto si cómo se casó contigo abuela!

Carlos:       ¿Y para qué querés saber? ¿Y qué tiene que ver...?

José:           Abuelo... ¿sabes que abuelita conserva tus cartas de amor? Ella, anoche me llamó y me dijo: José... te voy a hacer un gran favor, mi hijo... te voy a permitir que copies una carta, para tu novia... es la carta que me mandó tu abuelo... y la que me decidió a casarme con él... ¡Es maravillosa! Y yo copié la carta, abuelo... ¿qué me decías ahora...?

Carlos:       ¿De modo que...?

José:           Esta carta tan vapuleada, tan infantil, tan, tan tan... se la mandaste vos hace.... 50 años... a abuelita.

  Carlos:      De habérmelo dicho antes... ¡Desgraciado! Andá... ¡que no te vea más en tres días... ! ¡Estas bromas, no se le hacen al abuelo! ¡No se le hacen!

 

TELÓN

 

 

 

EL PROFESOR

 

Personajes

D. Carlos Pérez: El profesor Cascarrabias.

José: Alumno.


En escena, profesor corrigiendo exámenes. Golpean la puerta.

 

Carlos:       ¿Quién será a estas horas...? (Toc. Toc. Toc...)

                   Voy... hombre, ya voy... (Abre la puerta)

                   Buenas... ¿qué quiere Ud.?

José:           Buenas noches, profesor... yo quisiera...

Carlos:       Calle... calle... a ver... a ver... Ud. es... ¡González!
José:           Sí, profesor... soy alumno suyo de Geografía en el cuarto y…

Carlos:       Ya... ya... Amiguito... ha perdido el tiempo. Ud. ha dado exámenes... y justamente le tengo que calificar esta no­che... ¡No podemos hablar  ya de nada!

José:           (Suplicante) Profesor...

Carlos:       ¿Qué...?

José:           Le suplico que...

Carlos:       Vamos... diga... ¡o vamos a estar aquí parados toda la noche...!

José:           (Desalentado) No ... está bien... disculpe que le haya mo­lestado, profesor... ¡Buenas noches...!

Carlos:       No. Venga acá... anímese... pase... pase...

José:           Gracias...

Carlos:       Siéntese ahí...

José:           Gracias...

Carlos:       Bueno... ¿qué quiere?

José:           Es referente al examen de esta tarde...

Carlos:       ¿Sí...?

José:           Yo le venía a pedir... bueno... un poco de consideración en la nota...

Carlos:       ¡No me diga! (Se enoja) ¿Y cómo se atreve...? Jovenzue­lo atrevido... ¡Fuera!

José:           Sí... sí, señor... ¡y disculpe...!

Carlos:       ¡No lo disculpo!

José:           ¡No me extraña, señor...!

Carlos:       ¿Qué es lo que no le extraña?

José:           Que no me disculpe, profesor. Perdone Ud., pero... Ud. no hace otra cosa que justificar su fama... ¡Buenas no­ches, señor...!

Carlos:       ¡Un momento...! ¿Mi fama...'? ¿Qué fama?

José:           Su fama de ser un hombre frío, sin alma, sin corazón... Los muchachos dicen de Ud. que Ud. es un libro que camina... ¡lleno de fórmulas fijas...!

Carlos:       ¿Así que dicen eso...?

José:           Y mucho más... para Ud. el estudiante es sólo un núme­ro... que va del cero hasta el diez... después... no es un ser humano... no sufre, no tiene esperanzas... ¡nada!

Carlos:       ¿Eso dicen de mí...?

José:           ¡Eso dicen de Ud.!

Carlos:       ¡Tengo deberes que cumplir!

José:           Desde luego... bueno, señor, me voy...

Carlos:       Espere... ¿A qué vino acá...?

José:           ¡Pasa que he dado un examen pésimo!

Carlos:       ¡Entonces tendrá su correspondiente tres! ¡Es lo justo!

José:           Sí, ya sé, profesor. Un tres que me va acostar mucho. Me quedaré en febrero... y en mi trabajo... no voy a ascender. Me prometieron un ascenso si pasaba al quinto, sin pasar por la vergüenza de febrero...

Carlos:       Bueno. Ese es su problema. Mi problema es calificar su examen...

José:           El examen de un simple muñeco, ¿no...?

Carlos:       ¿Qué quiere decir...?

José:           Profesor... con todo el respeto que me merece Ud., por lo menos, hubiera descendido de su alto pedestal para preguntarme... ¿Por qué rindió mal...?

Carlos:       ¿Dónde diablos voy a ir a parar si me paso preguntando a todos los aplazados por qué se aplazaron? Se aplazaron porque no supieron...

José:           Algunas veces se aplazan porque no recuerdan, simple­mente.

Carlos:       ¡Váyase al demonio!

José:           Sí, señor... disculpe otra vez y otra vez... buenas noches...

Carlos:       ¡González...!

José:           ¿Sí...?

Carlos:       ¿Qué es eso de saber y recordar...? Me interesa, pero conste que su examen ya está dado, ¿eh...?

José:           Esta tarde... cuando Ud. tomaba examen por escrito, y yo trataba de hacerlo bien... no podía sustraer la mente de otro pensamiento... ¡eso es todo...!

Carlos:       ¿Y en qué pensaba mientras daba examen?

José:           Pensaba... ¡en mi padre!

Carlos:       ¡Vaya momento que eligió para pensar en su padre...!

José:           No podía elegir otro... en ese mismo momento... ¡a mi padre lo estaban operando...! Y como no tiene el corazón en buen estado... ¡figúrese...!

Carlos:       Caray... lo siento mucho... pero... ¡los reglamentos son los reglamentos!

José:           Sí, señor. Los reglamentos... SON LOS REGLAMEN­TOS.

Carlos:       Ejem... no se vaya... ¿Pero de veras rindió mal...?

José:           Pésimamente...

Carlos:       (Rebusca entre los exámenes) A ver... González... Gon­zález... José... acá está su examen. Hummmmm, pero qué disparate. Mire lo  que me puso... que el río Danubio es la principal vía fluvial de ltalia...

José:           Ya ve... ¡confundí con el Volcán Vesubio! ¡Tenía la cabe­za...  bueno...!

Carlos:       ¡Y aquí me pone a Berlín como la capital de Austria!

José:           Ya ve... quise poner Viena... y...

Carlos:       Y... hummmm (lee) Una serie de disparates por el estilo...

                  ¡No hay caso, mi hijo... no hay caso...! ¿Y qué pretendía Ud., eh...?

José:           Yo pensaba explicarle la situación particular y...

Carlos:       ¡Cómo está su papá...?

José:           Ah, sí... vengo del hospital... y...., ¡todo salió bien, gracias a Dios...!

Carlos:       Y bueno, dése por contento. Su papá está a salvo... pero pretender   que por este disparate, por esta porquería de examen, yo le ponga más de lo debido, no señor... no, no y renó. Así que confórmese, hombre. Le pondré lo que merece: un 4.

José:           ¿Cuánto dijo?

Carlos:       Dije: 4...

José:           Entonces... ¿no me aplaza...?

Carlos:       ¿Tengo que aplazarlo necesariamente? ¡Después de todo, entre  Berlín y Viena sólo hay unos cuantos kilómetros...!

José:           Cuatro... cuatro... Gracias, profe... gracias...

Carlos:       Váyase al demonio... y déjeme trabajar tranquilo... ¿Esta­mos?  ¡Buenas noches!

 

TELÓN

 

 

 

 

 

... EN TIEMPO DE VALS

 

Personajes

D. Carlos, el abuelo.

Luisa, la nieta que cumple 15.

 

Escena I: en un saloncito hogareño

 

Luisa:         Abuelito, yo solo quería decirte que... bueno, dejemos todo esto. No es el momento rnás adecuado...

D. Carlos:   ¿Dejarlo...? ¿Pero estás loca, muchacha...? ¡De ninguna manera!

Luisa:         Son las circunstancias especiales, abuelito. Deberían acompañarme mis padres... y...

D. Carlos:   Ellos no pueden, ¿verdad? Ya sabés, a tu papá lo manda­ron a Buenos Aires en importante misión, y como el po­bre hombre anda bastante mal de salud, lo tuvo que acom­pañar tu mamá. Esas son  cosas normales, no "circunstan­cias especiales", como lo decías pomposamente... ¿O te avergonzás de que te acompañe yo?

Luisa:         ¡Abuelo! ¿Qué más quiero yo que seas vos el que me acompañe en mi fiesta de 15 años... bailar contigo mi primer vals...?

D.Carlos:   Y bueno... preparate que es tarde...

Luisa:       Pero... abuelito... lo hago por abuela. Está en el sanatorio. ¡Deberías estar con ella...!

D. Carlos:   Pero qué disparate, Luisita. ¡En cuanto llegue allí, tu abuela me va a sacar poco menos que a empujones...!

Luisa:         ¡Qué abuela!

D. Carlos:   ¡Qué abuela! ¡No podemos defraudarla...! ¿Quién te co­sió ese bonito vestido blanco? ¡Ella! ¿Quién recomendó ese hermoso peinado estilo dama antigua que ahora tienes en la cabecita como una rica torta? ¡Ella! No. No. Ella soñaba más que vos en este instante y en esta fiesta. Así que... ¡a vestirse! No quiero tener plagueos y reproches encima, por el resto de mi vida... vamos, camina...

Luisa:          ¡Está bien, abuelo...! Pero qué abuelo éste... (Mutis)

D. Carlos:   ¡Qué nieta ésta...! Bien... ¿qué número era el del sanato­rio? Ah... sí. 9779. Vamos a llamar... (Teléfono que se disca) Hola... con el Dr. Recalde, por favor. Gracias. (Pau­sa) Hola... ¿Dr. Recalde? le habla D. Carlos. Sí. El mis­mo. Sí. Es sobre mi esposa... (Pausa).

                  Caramba...

                  Pero si esta mañana estaba animosa y...

                  ¿Cómo?

                  Sí. Sí. Comprendo.

                  Escuche, Dr. Creo entender que Ud. me recomienda que vaya ahí y  permanezca al lado de ella...

                  Sí. Sí. Ya sé que Ud. no puede anticipar nada, pero...

                  ¿Irme? No sé. Estoy pensando... en lo que ella querría...      que yo  estuviera allí o... que hiciera aquí algo que hace mucho ella desea... Se trata de su nieta...

                  Sí, Dr. Sí. No sé, yo creo que...

                  (Asoma de nuevo Luisa/Vestido largo)

Luisa:     Abuelo... mírame... ¿qué tal me sienta el vestido?

D. Carlos:   ¡Maravilloso!, oh, perdón, doctor, hablaba con mi nieta. Bien doctor, no creo que la cosa sea como para que se suspenda esto. A ella no le gustaría y... gracias. Gracias, Hasta luego. (Cuelga)

Luisa:         ¿Era de abuelita?

D. Carlos:   Oh, no te preocupes. Me hizo llamar por el doctor para preguntar cómo estaba de linda la nietecilla... ¿te imaginás?

Luisa:          Abuelo... ¿no me estás mintiendo?

D. Carlos:   Dejate de pavadas, ¿querés...? anda, arreglate rápido...

Luisa:           Sí, abuelo... voy. (Mutis)

D. Carlos:   (Vuelve a discar) Hola... ¿Dr.?Sí, otra vez yo. Le rogaría, por si acaso, Dr., si sucede algo que... bueno, me llamen al Círculo Militar, en la fiesta de presentación... sí... gra­cias. Hasta luego...

 

Escena II: a la entrada de un salón. Se oye el sonido de un vals.

 

Luisa:         Cuánta gente, abuelito... ¿entramos ya?

D. Carlos:   Dejame que te mire, muchacha. Dejame que te mire...

Luisa:          Pero abuelito... ¿qué te pasa...?

D. Carlos:   Es que... son cosas de viejo, mi hijita. Con ese vestido y ese peinado  tan bonito... estás... casi, casi tan hermosa como tu abuelita... cuando la conocí... en un sitio como éste... con música como ésta... claro  que... yo era otro... no tenía mi reuma ni mis canas... je, je, je ... Pero, palabra, estás casi casi tan linda como ella.

Luisa:         Abuelo... ¡acabas de hacerme el elogio más, encantador que he oído!

Carlos:       Bien... ¿entramos?

Luisa:          Sí, abuelo... entremos. (Ambos ingresan al salón)

Luisa:           (Emocionada) Abuelo... ya va a empezar el primer vals...

Un hombre:   ¿Señor López?

D. Carlos:   Sí. Soy yo

Un hombre:        El teléfono, señor, por acá...

D. Carlos:   Nena, esperame un segundito... (Va al teléfono que está en un rincón) ¿Hola? Sí, Dr. Sí. Está bien, no le compren­do. ¡Pero explíquese, Dr.! ¿A qué hora? Sí. Sí. Gracias...

                  Dr. ¿Es... taba consciente?

                  ¿Y dijo algo antes de...?

                  Ah... gracias... es cosa tan de ella... Es cosa tan de ella...

                  No. Yo mismo pasaré a retirarla... Y.... Dr., que no la dejen sola, por favor, comprendo que ya ... pero por favor, que quede una  enfermera... alguien, a su lado... ¡Hasta luego, doctor!

                  (Vuelve al salón)

Luisa:       ¿Quién era, abuelito?

D. Carlos:   Era el Dr., mi hijita. Era un mensaje de tu abuela... te hace decir que te quiere mucho... y que seas muy feliz... muy feliz...

Luisa:         ¡Qué abuela!

                  (Vals)

                  ¡Abuelo, el vals...!

D. Carlos:   Ah... sí... vamos...

                  (Danzan)

Luisa:         Abuelo, bailas maravillosamente y... abuelo ¿lloras...?

D. Carlos:   ¿Yo...? parece nomás... ¡y no me mires a la cara que vas a perder el  paso!

Luisa:         Pero abuelo... lloras...

 

 

D. Carlos:   De felicidad, mí hijita ...de felicidad.Es que...¿sabes? las lágrimas me empañan los ojos, y entonces... te veo, ya no como mi nieta, sino como mi novia de hace muchos años.

Luisa:         ¡Como ahuelita! ¿Tan linda como ella?

D. Carlos:   Un poco menos, Luisita... un poco menos...

Luisa:         ¿Dijo el Dr. que está bien?

D. Carlos:   Sí. Bien. Duerme sonriendo y feliz... contenta al fin de que vos... y el vestido... y el peinado... en fin, tu abuelita está dormida... profundamente dormida... como duermen... sí... ¡como duermen las  buenas personas!

 

                   DANZAN Y TELÓN LENTO

 

         DE: Teatro breve (para uso didáctico en la iniciación teatral)

(Asunción: Editorial El Lector, 1996)


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LITERATURA INFANTO-JUVENIL PARAGUAYA DE AYER Y HOY . TOMO I (A – H)

TERESA MÉNDEZ-FAITH

INTERCONTINENTAL EDITORA S.A.

Teléfs.: 496 991 - 449 738;

Pág. web: www.libreriaintercontinental.com.py

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Asunción - Paraguay. 2011 (424, Tomo I)

 



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