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MARIO HALLEY MORA


  LOS HABITANTES DEL ABISMO - Cuentos de MARIO HALLEY MORA - Año 2001


LOS HABITANTES DEL ABISMO - Cuentos de MARIO HALLEY MORA - Año 2001

LOS HABITANTES DEL ABISMO

Cuentos de MARIO HALLEY MORA
Edición digital: Alicante :
Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2001
N. sobre edición original: 
Edición digital basada en la de Asunción (Paraguay),
Ediciones Norma Bresanovich, 1989.



EXORDIO

En el virtual espacio (si existiere) entre el «realismo mágico» (Arturo Uslar Pietri) y lo «real maravilloso» (Abel Posse), se instalan estas narraciones de Mario Halley Mora. Esto responde más que a una adscripción a modas o escuelas contemporáneas, a la filiación de un impulso intelectual que intenta salvar (con todos los riesgos), la frontera potencial que delimita la imaginación de la fantasía.
Es cierto que es muy sutil, convencional y hasta arbitrario diferenciarlas, y que ello obedece fundamentalmente a las respuestas que se den a ópticas filosóficas o teorías estéticas afines, pero si la fantasía es el último tramo de la imaginación y si se la puede connaturalizar con el sueño antes que con los resultados de las representaciones sensoriales y la memoria reproductiva, ella es el ámbito genuino de este libro. Wolfgang Kayser, llamaría a esto «actitud narrativa», por cuanto la misma deviene de la «relación del narrador con el público y con la materia» (objetividad). Y porque ello establece el vínculo esencial con el estilo de la obra.
Pero se caería en un error si se pensara que «pivotear» la fantasía, en una narración, confina a ésta, ineluctablemente, a los dominios claramente circunscriptos de la «literatura fantástica», en sus diversas modalidades.
Lo que el narrador paraguayo pretende es la comprehensión empática de realidades fantásticas y no la mera aprehensión de fantásticas irrealidades. [II]
Decía Aldo Pellegrini que: «La realidad y el hombre son dos procesos que transcurren paralelos y parecen destinados a no encontrarse jamás».
J. B. Vico, podría explicar esta aguda observación, como consecuencia de la imprecisión de lo real, que para el pensador napolitano «es justamente todo lo contrario de lo claro y lo distinto». Buscar un punto de coincidencia, parece ser la empresa, unas veces, prometeica, otras veces epimeteica de este libro.
Los hitos que enmarcan el recorrido de estas ficciones pueden ser nítidamente enumerados así: lo real mágico, lo mágico real, lo «real maravilloso».
Mas el objetivo de Halley Mora no es referencial (la naturaleza, el medio, el hábitat) sino central: el hombre real, que no es precisamente el hombre «normal», ya que como señaló C. G. Jung, corrientemente, este está concebido como hombre «propiamente ideal».
Además Halley Mora percibe con lucidez que el destino no procede «humanamente». Por lo contrario, despliega una conducta irracional e incongruente. Y cuando el destino humano desborda sus propios cauces, su energía inmanente «se estanca y se vuelve destructiva».
Esta es la clase de seres que visualiza el narrador paraguayo, que no se conforma con la imagen superficial que estos proyectan, porque la seguridad aparente referida al comer y el dormir, esconde una dimensión acallada, pero no por ello menos feroz, de ambiciones frustradas, apetencias insaciadas y rebeldías contenidas.
Poner en la lupa sus causas, formas y efectos, inventariar sus modos, sus tipos, sus géneros, son los cometidos del narrador.
«Los habitantes del abismo», es una obra que enfoca más que «todo lo de siempre», «todo lo de nunca» de la realidad paraguaya, es decir, que da cabida a lo que se supone y por eso no se dice, a lo que se imagina y por eso se descuenta. Sólo que el «descontar»de Halley Mora, no es la asunción displicente y pasiva de un asentimiento tácito, sino un intento serio de [III] acendrar la realidad que emerge de la resta de la realidad vivida menos la realidad no vivida, que el autor certeramente, la intuye no menos viviente por ello.
«Descontar», también, supone una «decomposición» del lenguaje, una inversión del flujo narrativo, un imperativo comienzo por lo último, un tratamiento «sincrónico» de la materia, que explique por su estructura los procesos de cambio histórico-temporales que la precedieron y no a la inversa.
El «abismo» es precisamente en esta narración el sitio donde no existe el «tiempo histórico», donde sigue imperando la cronología de los ritmos de la naturaleza, pero donde, por otra parte, el espacio se transforma y con él, inexorablemente la substancia de la realidad, con la irremediable tensión que ello apareja para la conciencia de los que viven los términos de la contradicción («los habitantes»). La lucha absurda por querer transformar el espacio y sus elementos y querer, sin embargo y contrariamente, detener el tiempo, es la clave angustiante de este cuento, que marca el ritmo de los demás. Pero esta clave no está abordada metafísicamente, sino a través de sus expresiones y símbolos sociales, culturales y políticos. El contrasentido de instituciones obsoletas, las ritualizaciones contraculturales, las prácticas y costumbres subcivilizadas aparecen denunciadas en el discurso narrativo, no ideológica sino moralmente, no programática sino histriónicamente, no racional sino estéticamente. No está, por ello, la obra construida sobre la lógica sino sobre los sueños. Su textura, consecuentemente, en su mayor parte, es paradojal, tiene la calidad irracional del anticuento.
En la cuentística de este narrador, es esta obra, su aportación más significativa, más honda, más original. Pero lejos de cerrar un ciclo narrativo, ofrece, más bien, la impresión de abrir otro, como si toda su obra fuera una red expandida de vasos comunicantes, que no se ocluyen nunca, sino que multiplica sus contactos, funda nuevos parentescos, e incorpora nuevos valores. Hecho, por lo demás, harto explicable en un autor de la talla de [IV] Halley Mora, que ha encarado su vasta obra como un «proceso» a la realidad paraguaya, con las falencias propias a esta clase de trámite, pero, también, con hallazgos de piezas excepcionales, que no le son ajenas, y que resultan indispensables e insustituibles en la compulsa histórico-cultural de un pueblo.
Padre de su propia obra, tanto como hijo de la misma, Mario Halley Mora, es uno de los escritores más representativos del Paraguay contemporáneo.
ROQUE VALLEJOS



CUENTOS DE MARIO HALLEY MORA


 EL PRESO

    Sospecho que cuando mi amigo Manuel, el Comisario, hizo arrestar a Cleto, por «vagancia y sospecha de latrocinios varios», según asentó en el libro de actas, lo que en realidad quería era mano de obra gratis para pasar dos manos de cal a las paredes de la Comisaría.

     Por supuesto, Cleto era vago de marca mayor, pero eso en él no era delito, sino costumbre. En cuanto a lo de «latrocinios varios», Cleto le venía de perillas para cargar con la culpa de algunos casos pendientes, como el denunciado por el cura cuando a un mal cristiano se le ocurrió colarse de noche en la Iglesia y usar el confesionario como excusado, que bien podrían ser una venganza por alguna penitencia demasiado severa. También estaban «pendientes de solución» el caso del robo de candelabros de bronce en el cementerio, y el de la puerta de hierro torneado de la Capilla del Barrio San Agustín. Decididamente, el desconocido ladrón tenía algún vicio sacrílego que bien podía empezar con la palabra «necro...», lo que no encajaba con el carácter manso y entregado de Cleto, uno de esos hombres que lo único que pide a la vida, es que la vida lo deje en paz. Por eso pareció algo exagerado de parte de mi amigo el Comisario que enviara dos hombres armados a arrestar a Cleto, y hacerlo atravesar todo el pueblo con los dos soldaditos apuntando sus fusiles a la espalda del preso. Pero concluyo hoy, aquel gesto de soberbia era un testimonio más de la metamorfosis operada en la personalidad de Manuel, que desde luego, no era policía de carrera, sino sobrino de don Agustín, el Caudillo, a quien le convenía tener por máxima autoridad policial a un pariente y dependiente.

     El pueblo no era gran cosa como para merecer un policía de carrera, ni Manuel era tampoco gran cosa en ese pueblo a diez leguas de la ruta asfaltada, y dependía de un ramal, en realidad «El Ramal» que era una carretera demasiado barrosa cuando llovía y demasiado arenosa cuando no llovía, y llegar a la ruta asfaltada era toda una aventura. Era uno de esos pueblos viejos rodeado de tierras agotadas y estancias prósperas donde nadie se sentía a gusto y pocos tenían el coraje de irse. Yo tampoco me sentía a gusto ni sentía coraje para irme, y había llegado allí porque el Ministro me llamó a su despacho, me dijo que mi padre fue su protector y amigo, y después, aunque era abogado, el Ministro, no yo, me diagnosticó «una gran fatiga nerviosa» que se adivinaba en mis artículos periodísticos y me recetó una temporada de reposo en San Rafael, un pueblo cuya existencia yo ignoraba hasta entonces. Entendía el mensaje y me vine a San Rafael, no recuerdo ya hace cuántos años. Cuando llegué el Comisario era otro, que me ordenó presentarme a su despacho cada mañana a las ocho, hasta que se cansó de recibirme, informó el Caudillo de mi «comportamiento ejemplar» y levantó la orden, sospecho que para seguir dándose el gusto de levantarse a las once, según era su costumbre hasta que yo llegué.

     Como es de comprender, la gente, cuyo denominador común era no buscarse complicaciones, me evitaba. Salvo Manuel, a quien su calidad de sobrino del Caudillo le daba ciertas impunidades y privilegios, y los usó para hacerse mi amigo, o más bien, mi discípulo, porque a pesar de que había alcanzado con mucho heroísmo el sexto grado de la primaria y era nada brillante, tenía una pasión enorme de saber, y de paso, me daba a mí el consuelo de enseñar a alguien en ese pueblo donde no saber nada era lo mejor, y donde me aburría a muerte.

     Había tratado de hacerme amigo del cura, que parecía tan viejo como la Iglesia cuyo origen se discutía, pues unos decían que la fundaron los dominicos, otros los franciscanos y los de más allá los jesuitas. Pero mi intento de trabar relaciones con el cura no prosperó, porque el anciano tenía la idea fija de que el Anticristo había llegado empezando por prohibir la misa en latín. Y era bastante amargado y amargante.

     Alguna vez pregunté a Manuel por qué, teniendo medios, no había ido a la Capital a seguir estudios secundarios. Y sólo me respondió con evasivas. Más tarde, recogiendo trozos dispersos de conversaciones armé la historia completa. Don Agustín, el Caudillo, había tenido una variedad impresionante de mujeres, pero ningún hijo. Aquello era su corona de espinas, allí donde la masculinidad se demuestra con una siembra de hijos legítimos, naturales, «reconocidos» y bastardos. El robusto Caudillo era tan sensible en ese aspecto, que cuando a un borracho lleno de coraje etílico se le ocurrió llamarle «espoleta vano», que significa infértil, perdió la cabeza, literalmente, porque don Agustín se la arrancó con lo primero que tuvo a mano, una raja de leña que después pasó a ser «reliquia», porque a algún opositor se le ocurrió llamar «mártir» al borracho deslenguado.

     Manuel, pues, hijo como era de la difunta hermana del Caudillo, fue criado como hijo único y primogénito por su tío y desde luego, también su heredero político. En tal carácter, lo que más debía hacer era aprender a leer y escribir. Toda la sabiduría que necesitaría en el futuro, la podía abrevar en el «viejo tronco», como decían algunos del Caudillo, nunca supe si por adulonería o por ironía. Pensaba que Manuel no tenía pasta de Caudillo. Había en él cierta flojedad, cierta timidez. Un apocamiento que revelaba un mundo interior maleable y algo vacío de energías. Por eso me sorprendí cuando al morir el Comisario al caer de su motocicleta, designaron a Manuel como reemplazante.

     Tantas fatigas había pasado yo, leyendo para Manuel, y para mí, a Platón, Rousseau, Julio César y Ortega y Gasset y Unamuno y José Ingenieros durante cuatro años, que si Manuel había captado el uno por ciento de lo trajinado en mis libros, haría un buen Comisario, si bien no estaba seguro de que los grandes pensadores fueran capaces de dar las agallas que necesita un Comisario. Pero fui el primero en felicitarle y expresarle buenos deseos.

     No me sorprendió por eso que su primera visita oficial fuera para mí. Lo esperaba, pero lo que no esperaba fue el cambio que se operó en mi transparente Manuel. Se había puesto uniforme y botas, y tenía en la mano una fusta inútil, porque no tenía caballo, sino un maltrecho jeep, regalo del tío. Se había erguido tanto que hasta parecía más alto, y cuando hablaba, golpeaba la fusta contra sus botas, como el rabo de un tigre irritado.

     Casualmente, por la mañana había recibido yo un telegrama de la capital, anunciándome que podía volver, pues «las cosas habían cambiado». Aproveché la oportunidad para comunicárselo a Manuel, filosofando de paso sobre semejante coincidencia. En un mismo día terminaba nuestra relación amigo-maestro-discípulo, yo me marchaba del pueblo y él entraba a la grandeza de la autoridad.

     Su respuesta me sorprendió.

     -No, Doctor, Ud. no se me va.

     Que se emperrara en llamarme Doctor (no lo era) ya me tenía acostumbrado, pero aquello de «no se me va» bastante cuartelero no me sentó bien A un maestro no se le dice «no se me va». Se lo dice a un soldado. Se me pone de centinela aquí. Se me barre bien la cuadra. Ud. Doctor no se me va. Mierda.

     Aduje que tenía una vida que vivir y una carrera que seguir. Que mi mundo era otro mundo distinto a este, o por lo menos algo más movido.

     -Ud. se me tiene que quedar, Doctor.

     -Dame una razón, Manuel.

     -Necesito un colaborador, y Ud. me viene bien.

     No pude menos que reírme. (Ahora, a tantos años, me río de haberme reído.) ¡Colaborador! De maestro a colaborador.

     -Muy honroso para mí, Manuel. Pero sucede que no puedes impedir que me vaya. Ya me levantaron la penitencia.

     -No. No le puedo impedir que se vaya.

     Y rió. No hablamos más del asunto, quedando por sentado que yo me marcharía dos días después, con el ómnibus de los martes. Sin embargo, cuando se fue manejando su jeep y con la fusta colgando de su muñeca, reflexioné sobre la actitud de Manuel. Había sido demasiado tajante en aquello de no se me va, y demasiado complaciente en admitir que no tenía atribuciones para retenerme. Confieso que esa noche dormí algo inquieto, porque este nuevo Manuel cuya alma me parecía un libro abierto, ahora con botas y fusta, me resultaba completamente desconocido.

     Al día siguiente, lunes, cuando estaba desayunando en mi pensión, oí que un ruidoso diesel se detenía, el motor pareció masticar hierros y se detuvo. Al parecer tenía visita. En efecto, mi visitante era don Agustín, el Caudillo, que entró, robusto, panzón y sanguíneo, con ese peculiar olor suyo que solía parecerme a una mezcla de sobaco y alfalfa. Me puse de pie, como correspondía.

     -No, no, no. Doctor -me dijo él- termine, termine.

     Me volví a sentar, le ofrecí asiento, se sentó, estiró las piernas, se cruzó de brazos y me miraba como al conejo preferido que se come una zanahoria. A Dios gracias -pensé- mañana me alejo de todo esto. Sin embargo, tragué deprisa mi cocido con leche. Me levanté. -Estoy a sus órdenes, don Agustín.

     -¡No pues! -me pasaba los brazos por los hombros y me envolvía en su fuerte aroma rural- a los amigos no se les da órdenes.

     En verdad, lo que dijo fue «npue a lo samigo no lendá órdene», pero como tengo la esperanza de que este escrito le sirva a alguien, lo pongo más claro. Notó mi desconcierto, y sonrió. Los dos sabíamos que nuestras relaciones nunca fueron cordiales, porque adivinaba en él una obscura ebullición de celos, en la [28] medida en que quien estaba «formando» a su sobrino era yo con mis libros y no él con sus experiencias prácticas. Sabía además que tampoco le sentaba bien que su sobrino hablara de un tal Platón, y de un Rusó, que parecían tener ideas inconvenientes. De ahí mi desconcierto ante la inesperada cordialidad de ese lunes de mañana. Pero no me dio tiempo de analizar mucho la cuestión, porque me había aferrado del brazo y me llevaba afuera diciendo que íbamos a dar un paseo.

     Apretujado en la cabina del enorme transporte de ganado, sentado entre el chofer con su desleída camiseta de fútbol y el Caudillo, y respirando esos vapores de gasoil y bosta que inundaban la cabina, sentí cierto temor, y esa pregunta que se hicieron tantos hombres en el mundo para encontrar al fin una respuesta terrible: «¿Qué me van a hacer estos dos?» empezó a corroerme por dentro.

     Felizmente, el viaje duró poco. Apenas media hora por un duro y desigual camino de tierra roja. El camión se detuvo y descendimos. Don Agustín, con aire protector, me tomaba de los hombros y me condujo al borde del camino, allí donde empezaba una valla de alambre de púas.

     -Mire -me dijo, señalando el campo verde, muy verde, que se extendía tras los alambres- son ochocientas hectáreas. Buen pasto. Tiene un arroyo. Se puede tener un animal por hectárea, pero sólo hay 200. Su cara se ensombreció de pena porque sólo había doscientas vacas, o toros, o novillos, o lo que fueran.

     -Muy bonito, don Agustín -le dije por cumplimiento- ¿Pero qué tiene que ver conmigo?

     -Es de Usted, Doctor, con las doscientas cabezas. El campito tiene título aparte y no hay problema en...

     -¿Me está sobornando, don Agustín?

     Me miró extrañado. La palabra soborno no tenía sentido para él. Favor con favor se paga...

     Considerando que ya estaba todo arreglado se volvió al camión. Subió a la cabina. Yo no.

     Quedé tieso. Volvió a descender. Sonreía, contento de sí. Papi regalando al hijo un viaje a París. Tanto es así que dijo.

     -Vamos, mi hijo (ya no me llamaba Doctor), si es una zoncera...

     Aspiré hondo, no recuerdo si juntando aire o coraje.

     -Déjeme entender, don Agustín-conseguí hablar por fin- supongo que la idea es que suspenda mi regreso a Asunción.

     -Más o menos (masomeno).

     -Y a cambio soy dueño de 800 has. y 200 vacas.

     -Así es mi palabra, che ra'y (ya no era Doctor, ni mi hijo, era che ra'y).

     -¿Pero por qué?

     Arrancó un alto y delgado tallo de pasto, y se puso a masticarlo.

     -Manuelito le aprecia demasiado -me contestó, y calló, como si esa fuera toda la respuesta que yo esperaba.

     Pero no lo era, y callé esperando que continuara, y lo miraba que se ponía colorado, como si tuviera que decir algo y le diera vergüenza decirlo. Por fin habló:

     -Necesita un colaborador con cabeza. Quiero que llegue lejos:

     -Pero alguna vez va a ser caudillo.

     -Más lejos. Quiero que sea dirigente.

     En ese momento sentí por aquel basto personaje, que no se había hecho así a sí mismo, sino lo habían hecho así, una mezcla de lástima y respeto.

     Los merecía, en la medida del poderoso esfuerzo de imaginación que hacía, para atisbar el mundo por esa hendidura abierta por la intuición, y ver avanzar en el horizonte vientos desconocidos, aires que no estaban hechos para sus pulmones. Quería que su heredero fuera «dirigente». Y que respirara.

     Allí entraba yo. El Caudillo reconocía la derrota de su magisterio y la validez del mío. Pero me estaba comprando.

     De todas maneras -colegí entonces- el asunto no me concernía. Tío y sobrino debían enfrentar sus problemas y yo los míos, que no eran menudos, dado que se hacían síntesis en que yo debía vivir de mi trabajo, no muy bien remunerado si vamos al caso, pero dentro de lo que yo amaba, conocía, o en el peor de los casos, soportaba sin muchos sufrimientos.

     -Le agradezco mucho su generosidad, don Agustín, pero...

     -No, no, no -me atajó- no me conteste ahora. Piense un poquito.

     -Pero si mañana me voy.

     -En un día se puede pensar mucho, Doctor.

     Otra vez «Doctor». La confesión de su derrota parecía haber restablecido mi rango. O fue una sutileza increíble en tan tosco personaje.

     Volvimos al pueblo, me dirigía a la pensión y me puse a embalar mis libros en unos cajones desechados de jabón.

     Manuel vino a despedirse y a desearme buena suerte, y le conté lo que ya sabía, lo de la oferta de su tío.

     -Es un buen campito, y el ganado bien surtido. Y hay cincuenta vacas preñadas. El año que viene puede haber unos cuarenta y cinco terneros -comentó simplemente.

     Me reí.

     -Lo único que sé de los vacunos es que tienen cuatro patas y cuernos...

     -¿No le dijo mi tío? El campito va con un administrador. Y además nuestro veterinario también va a cuidar.

     Otra vez me deseó buena suerte y se marchó, sin darme la mano, ni despedirme con un abrazo.

     El martes a las ocho de la mañana ya estaba esperando con mis bártulos en el cruce. Se suponía que el destartalado ómnibus que venía de San Agustín, llegaría aproximadamente a las 9. Esperé en vano hasta las cinco de la tarde. Acepté aquella irregularidad como normal, porque el añoso vehículo solía tener muchas fallas mecánicas, y eran frecuentes sus ausencias. Sólo mucho tiempo después me enteré que Manuel en persona, con tres soldaditos, había hecho un retén caminero dos kilómetros antes del pueblo, ordenando que el vehículo tomara un desvío cruzando a campo traviesa la Estancia Las Tres Herraduras, y alcanzando por allí la ruta asfaltada.

     Me resigné a pasar una semana de espera, bastante aburrida, y no sin cierto desaliento, porque recién entonces, un algo reprimido empezó a salir a flote: el sentimiento de que aquel pueblo me asfixiaba que había logrado sostener prudentemente enterrado, pero que asomaba vigoroso con la frustración de mi regreso.

     Esa Iglesia caduca, esas rezadoras de rosarios que como fantasmas embarazadas cruzaban la plaza rumbo al templo al crepúsculo, las casas que se caían de vieja, las gallinas picoteando el pasto de las calles y los desesperados chillidos de los chanchos que se degollaban, y también la gente que nunca se tomó la molestia de comunicarse conmigo, como si hacerlo fuera comunicarse con el mal, me habían sumido en un aplastamiento de cuatro años. Y quería irme, erguirme, volver a vivir mi vida, y mi trabajo, y mis angustias, y mis expectativas algo confusas, pero expectativas al fin.

     Fue entonces, en aquel interludio de ocho días de espera, que Manuel hizo arrestar a Cleto, por vago y por supuesto cagador de confesionario y ladrón sacrílego.

     El miércoles y el jueves, desde los corredores de mi pensión, veía a Cleto trabajar con extraordinaria diligencia, poniendo capa tras capa de cal a las paredes exteriores e interiores de la Comisaría. Quiere terminar pronto para recuperar su libertad -pensé entonces- sin embargo, el trabajo terminó y no soltaban a Cleto, a quien el viernes y el sábado observaba lavando interminablemente el jeep de Manuel.

     El domingo, aburridísimo, fui a visitar a Manuel a la comisaría, pero no estaba. Charlé con el sub-alcalde, que usaba su gorra de reglamento, pero en la comisaría vestía un pijama y calzaba zuecos de madera. Le hice referencia a Cleto:

     -¿Por qué no lo sueltan?

     -Ya le soltamos.

     Me pareció que no era así, porque veía a Cleto apilando rajas de leña debajo de una inmensa olla de hierro en el patio. Pintor, lavacoches, ahora era cocinero. El sub-alcalde rió.

     -No se quiere ir -aclaró.

     De algún olvidado rincón de mi memoria surgió una frase, no sabía si oída y leída: «El hombre ama la libertad». Miré a Cleto. Qué idea tienes de la libertad, hermano Cleto. Quizás ninguna. Pero tu vagancia irredimible es una forma de libertad. Quizás la más total. ¿Por qué renuncias a ella?

     Crucé el patio y me aproximé a Cleto, que estaba arrodillado y soplaba los leños que empezaban a humear. Cuando sintió mi presencia, se levantó de un salto y se puso en tiesa posición de firme. Me sentí molesto, no porque Cleto se pusiera firme, sino porque de repente floreció en mí un idiota sentimiento de halago.

     -Dejate de... -¿cómo se decía? Recordé mis días de servicio militar y ladré:- ¡Descanse!

     Cleto se aflojó como si dentro de él se hubiera soltado un resorte.

     -¿Ya no estás preso?

     -¡No mi doctor!

     -¿Y por qué no te vas?

     Me miró como si la idea de irse fuera una locura.

     -Y... tengo comida y me dejan dormir en el calabozo.

     Capté la idea de su inmediatez casi animal. Comida, techo, seguridad. Sin mucho esfuerzo había trocado la vagancia por la servidumbre. Me pregunté si le dolía. Me contesté que no. Bienaventurados los pobres de espíritu.

     El ómnibus tampoco apareció el martes, y tampoco esa vez caí en la cuenta de que Manuel me estaba haciendo trampa. Pero como me parecía insoportable la espera de ocho días más, recurrí a algunos vecinos de las afueras que tenían vehículos, ofreciendo pagar el viaje hasta la ruta. Por extraordinaria coincidencia, todos estaban muy ocupados o tenían sus chatarras en tan mal estado que no se atrevían a aventurarse por El Ramal, y para más, todo el lunes había llovido torrencialmente.

     Entonces sucedió la desgracia. Mataron a Don Agustín. Le dieron una muerte sin grandeza. Mientras dormía, le redujeron la cabeza a pulpa, a martillazos. Sentí pena por él. No hubiera querido morir así. Quizás soñaba morir en una trinchera, o cayendo de un caballo, con dos tiros de fusil en el pecho.

     De un culpable no se tenía ni idea, pero de un sospechoso sí: el hermano de aquel beodo que fuera decapitado por don Agustín con un golpe de raja. No tuve ánimo de discutir semejante teoría, ni a explicar aquello de «justicia poética». Por lo demás, el hombre aquel hizo a su vez su propio análisis del asunto. La forma en que murió don Agustín suponía una venganza. Y él tenía harto motivo para vengarse. Que fuera culpable o no, pertenece a los secretos de Dios, lo cierto es que no perdió el tiempo en desaparecer. Pero no fue muy lejos. La patrulla, al mando de Manuel lo localizó en los grandes esteros del Sur, y lo acribillaron. El cuerpo se hundió en el espeso lodo. Y allí debe seguir.

     Esperé que se organizara todo, y pusieran el ataúd en la capilla ardiente, para ir a darle los pésames a Manuel. Aceptó mi apretón de manos. Dijo gracias, Doctor, y que él respetaría la voluntad del muerto. Creí que se refería a las cuestiones generales suscitadas por su condición de nuevo caudillo.

     -Es lo que él hubiera esperado, Manuel.

     -También en lo del campito.

     Aquello me pareció inconveniente en semejante ocasión. Permanecí en el velatorio un tiempo decoroso, y volví a mi pensión. No pude dormir, de modo que estaba despierto cuando sentí movimientos en la madrugada, y entró Manuel después, acompañado de un apuesto muchacho que yo conocía de vista, Jorgelino, hijo de un próspero hacendado de la zona, cuyos hermanos vivían una vida regalada en Asunción, pero él prefería la vida de campo.

     -Perdone que le despierte, Doctor -decía Manuel.

     -No estaba dormido. ¿Qué pasa?

     -Jorgelino tiene que hablar en nombre de las fuerzas vivas en el entierro de mi tío. Quiero que le escriba un buen discurso, Doctor.

     Lo de «quiero» me irritó un poco, pero lo dejé pasar. Muchas emociones estaba pasando mi discípulo velando a un tío después de matar a un hombre.

     -Con mucho gusto. Se lo debo a tu tío -respondí.

     Encendí la lámpara y desenfundé mi pequeñita Hermes portátil. Se fueron diciendo que volverían al amanecer. Y entonces me puse a escribir el discurso fúnebre, sin exigirme mucho, aunque sintiendo cierta vergüenza por la enorme cantidad de lugares comunes que estaba apilando en el papel. Pero en ese ambiente y con aquella concurrencia sonarían a versículos de una Biblia política.

     Jorgelino envió al amanecer un peón a caballo a buscar el discurso, y que después de guardar con aire reverente el papel en el bolsillo de su campera se alejó al galope.

     No fui al entierro, pero me contaron que Jorgelino había tenido un gran éxito con su oración fúnebre, y que en la parte de las «banderas enlutadas que se inclinan...», la gente había llorado. Me sentí feliz de haberle hecho un favor a aquel muchacho que en el fondo admiraba, pero al contento sucedió la confusión, cuando a la tarde (el entierro fue en la mañana) reapareció el peón a caballo que se apeó, se despojo respetuosamente del sombrero, y me entregó, de «parte del patrón-í» un pesado paquete y un sobre. El paquete contenía un flamante y monstruoso revólver Smith Wesson Barracuda calibre 38 largo, que sería considerado una joya para quien tuviera inclinaciones por las armas, que no era precisamente mi caso, cuyo odio más grande era al viejo fusil que durante dos años debía cargar y tener limpio en mis días de conscripto. El sobre contenía un cheque por una cantidad asombrosa. No esperaba que mis dotes de escritor se cotizarían tan alto ni que mi fama de «sabio» me significaría en el futuro un tonto y reverencial sentimiento de respeto. Pensé en devolver semejantes regalos. Pero supuse también que aquello sería considerado una ofensa, o peor, que mi obsequiante pensaría que consideraba insuficiente el pago por mi brillante trabajo oratorio.

     Me quedé el revólver y el cheque.

     Y el martes apareció el ómnibus. Nadie vino a despedirme, lo que me dolió mucho, porque sinceramente, esperaba que Manuel lo hiciera.

     En Asunción no me fue muy bien. Mamá había vendido mi sufrido Simca para poder enviarme dinero a San Rafael y no conseguí trabajo en ningún diario, en parte porque no había vacancia. Y en parte porque tenía fama de «meter en compromisos» a los diarios.

     Incidentalmente, el cheque de Jorgelino me permitió sobrevivir dos meses, con abundante dispendio entre los reencontrados amigotes del Bar San Roque, y cuando el dinero terminó, un amigo, rico, filósofo y apolítico me dijo que «la política es el arte de esperar», y me ayudó a esperar ofreciéndome un empleo (a comisión) de vendedor de seguros. Resulté un fracaso. El seguro más rentable, en cuanto a comisiones, es el seguro de vida. Y confieso que jamás encontré la forma de convencer a nadie de que era ventajoso apostar contra la muerte.

     Entonces encontré a Jorgelino por casualidad. Tenía un trabajo provisorio como guía y secretario de un yanqui que había venido interesado en instalar una industria (no recuerdo si era de papaína) y se marchaba desinteresado. Mi último compromiso fue conducirlo al aeropuerto, y allí encontré a Jorgelino, de vacaciones, me dijo, que se embarcaba para Punta del Este con una esplendorosa morena. Me abrazó con cordialidad, me preguntó cómo andaba, le dije que así así y haciendo ademán de sacar la billetera me dijo que si podía hacer algo por mí. No sé ahora, si no le pedí un préstamo por vergüenza de mí mismo o por vergüenza de la morena, carne lujosa de departamentos con aire acondicionado y espejos en los techos, que me miraba con lánguida conmiseración.

     Aún en la lona, uno tiene su orgullo, y no acepté la ayuda de Jorgelino, llamaron a los pasajeros de su avión, me desinteresé de mi yanqui desilusionado y despedí a Jorgelino. Cuando pasaba la puerta destinada a pasajeros, me dijo con un brillo especial en los ojos, demonio de tentación, el hombre.

     -Manuel siempre habla recordándote. Y el campito está todavía allí. Ahora él es el caudillo. Te necesita.

     Y se fue.

     Esa noche no fui al San Roque, sino a un barcito de la plazoleta del puerto que olía a prostitución y a orina, donde pedí una cerveza y rechacé varias ofertas. Curiosamente, fue una mujer que se ofertaba, la que desencadenó primero una serie de reflexiones, y después una serie de decisiones. La pobre diabla, rechoncha, o mejor, cuadrada dentro de su apretado pantalón vaquero y una remera que estallaba con el peso de dos pechos como sandías, se sentó a mi mesa, descaradamente, y fue directamente al grano.

     -¿No querés coger, mi amor?

     La miré. Sapo hembra. Repulsiva, con sus dientes postizos amarillos que parecían el teclado de un piano abandonado. Había un mundo de distancia entre aquella morena hecha a mano que Jorgelino se llevaba a Punta del Este, y este pobre producto de la cloaca.

     Lo malo era que sólo estaba a mi alcance aquella sifilítica realizada o en potencia.

     El campito.

     Ochocientas hectáreas.

     Doscientas vacas preñadas que ya serían mamá, algunas.

     Mi oficio de escribidor en situación de paro forzoso, rechazado por el pecado de pensar «con exceso», como me dijo aquel Director que nunca tuvo una idea, pero un instinto formidable para ganar plata.

     Esa noche, en mi cama, añoré San Rafael, y me dormí.

     A la mañana siguiente, quemé las 145 cuartillas de la novela que estaba escribiendo, armé mis valijas, y fui a dar un beso a mamá. El viento cruzaba la sala y se llevaba las cenizas de mi novela.

     -¿Te vas, hijo?

     -Sí, mamá.

     Ella conocía de mis angustias económicas. De hecho, nunca supe de dónde sacaba resecos billetes que me ponía en los bolsillos.

     -¿Te vas para mejorar?

     ¿Qué podía responder a aquello? Por una misteriosa asociación de ideas, recordé a Cleto. Ahora lo comprendía mejor, aunque la comprensión me producía un nudo en el estómago.

     Mi pobrecita mamá, siempre tuvo una fe ciega en mi talento de escritor. Soñaba que había concebido un candidato a Premio Nobel.

     -¡Pero no dejes de escribir!

     Un sollozo se disparó en mi estómago y se me hizo nudo en la garganta. Pobre mamá. ¿Cómo explicarte que escribir es como la vagancia de Cleto?

     -No dejaré de escribir mamá -le debía esa ilusión.

     Al mediodía, tomé el ómnibus a San Rafael.



 EL JUICIO DE DIOS

    Había fracasado -por segundo año consecutivo- en los exámenes de ingreso en la Facultad de Ingeniería, y se me abría la triste perspectiva de un año más de espera, entre cursillos de ingreso más o menos eficaces y la tornería de mi padre, que no me reprochaba el fracaso, pero decía que mientras tanto hay que hacer algo útil, y me instalaba al pie del torno más pequeño, en el aburrido trabajo de fabricar bujes y pulir bielas.

     La situación no se presentaba muy placentera.

     -Trabajas por el techo y la comida -decía papá, si bien debo reconocer que los sábados me entregaba algún dinero para «diversiones», cuya suma aumentaba con las furtivas aportaciones de mamá que sencillamente, se limitaba a depositar en los bolsillos de mi campera, algunos billetes extras, que provenían de «sus ahorros» de misterioso origen, porque en verdad, ella no trabajaba en nada, es decir, era ama de casa, y lo lógico era colegir que tales ahorros se debían a su sabiduría de administrar el dinero que le proporcionaba mi padre para los gastos del día.

     Fue entonces cuando se presentó aquel hombre de rostro cadavérico a ofrecerme un trabajo extra. Era dueño de un viejo ómnibus, Volvo Diesel, que quería fuera llevado, rodando, claro, a Puerto Empalme, como a 240 kilómetros de Asunción, sobre el río, allá en el litoral Norte. Me ofreció una suma bastante tentadora, y también la bienvenida aventura de conducir aquel armatoste, y de paso romper la rutina del taller y del torno.

     Más tarde, las cosas no parecieron tan atractivas, cuando fui a echar un vistazo al vehículo. De gomas, estaba bien, pero todo lo demás era poco menos que una ruina. Los tapizados de los asientos rotos y los cristales rajados cuando no ausentes. Además, olía a cosa vieja, como olería el cadáver de un camión.

     -Mecánicamente está bien -me dijo el hombre cadavérico- se le hizo un cambio de aceite, limpieza de filtros y un ajuste de caja de velocidades.

     Probé el mastodonte dando una vuelta a la manzana. Los frenos eran bastante holgazanes, y la dirección tenía tendencia a desviarse a la izquierda, pero me dije con optimismo que con la ayuda de Dios podría llegar a destino. Sin embargo, la confianza casi se diluyó cuando el hombre cadavérico me dijo:

     -El problema es que no lo podrás llevar por la ruta asfaltada...

     La razón era simple. El vehículo había estado como diez años parado. No se habían renovado los papeles municipales ni fiscales, y ni siquiera tenía placas de identificación. Además, estaba en tan ruinosas condiciones que en el primer puesto de la Policía Caminera me sacarían de circulación, de tal suerte que si quería llevarlo a Puerto Empalme, debía tomar la carretera diagonal, poco menos que una sugerencia de camino donde se daban todas las condiciones para hacer fracasar la empresa, arenales larguísimos, arroyos sin puentes, tramos barrosos interminables, y huellas en las picadas del monte que despreciaría un conductor de carretas.

     Mi afán de aventura y mi deseo de liberarme del torno paterno, triunfaron. Acepté el compromiso. Debería llegar a Puerto Empalme, embarcar el vehículo en una chata. Y ahí terminaba mi trabajo. Me enteré más tarde que la chata lo conduciría río abajo hasta Puerto Alemán, donde el ómnibus sería usado para el transporte de los agricultores de un vasto contorno de Puerto Alemán, sobre el río, donde existían almacenes, una farmacia, ferretería, tienda y hasta una casa de artículos electrónicos. En verdad, el ómnibus había sido adquirido por la Cámara de Comercio de Puerto Alemán, si así puede llamarse a una sociedad pequeñita y amorfa de comerciantes interesados en vender, especialmente en épocas de acopio.

No expresé mis dudas sobre la eficacia del servicio que podría prestar el ómnibus recorriendo caminos vecinales, porque eso no me concernía en absoluto. Mi trabajo -y mi aventura- era llevar aquella ruina rodante a Puerto Empalme.

     Examiné sin mucho celo el equipo de viaje. Rueda de auxilios, un gato hidráulico que perdía aceite, herramientas y un gran cajón de madera conteniendo repuestos, unos pocos nuevos y otros evidentemente usados y al fin de su existencia útil. Mi madre agregó por su cuenta un botiquín de primeros auxilios, y como dos docenas de botellas de agua mineral. Esto, porque desde que había visto en la televisión una documental de Cousteau, había madurado un entrañable horror al agua contaminada.

     Me puse en marcha a las tres de la mañana, hora de poca vigilancia policial, no fuera que la aventura terminara en su comienzo, por el celo de algún inspector de tránsito, y salía ya de los límites de la ciudad y encaraba el primer tramo de ripio en las afueras, cuando estaba saliendo el sol. Sólo más tarde, comprobé que el aparato de radio del tablero no funcionaba. No alivió mi irritación que dijera carajo tres veces y diera puñetazos al mudo receptor de radio. Olvidaba agregar que los 240 kilómetros sobre ruta asfaltada, se convertían en 310 por la diagonal.

     El viejo Volvo se portaba bastante bien, y el motor respondía con potencia, si bien soltaba una humareda espesa y negra, y la caja de cambios hacía ruidos extraños, dándome ocasión de distraerme un poco haciendo el catálogo mental de los mismos. En primera, sentía un latir de diente roto y dolorido. En segunda un gemido cual moribundo pidiendo confesión. En tercera el camión iba a tirones, dudando entre ir adelante o detenerse. En cuarta se afinaba, con un zumbido casi jubiloso de tomar velocidad. La quinta nunca la usé, porque había que ponerla al alcanzar los sesenta kilómetros por hora, y estaba seguro que aunque condujera por el asfalto, sería una hazaña alcanzar los cincuenta.

     Calculé que ya me había alejado como 180 kilómetros de Asunción, y cuando estaba ponderando la «nobleza» del vehículo que había arremetido contra arenales profundos, galopado sobre roca dura y agresiva, hundido hasta los ejes en el barro sin darse por vencido jamás, salvo las veces que yo me detenía a orinar o a agazaparme tras un yuyal, cuando me di cuenta que el humo del escape ya no era negro, sino azulado, y el motor ya no se mostraba tan vigoroso como al principio. Sin embargo, logré cruzar un arroyo bastante ancho, pero de piso arenoso y plano, y allí el ómnibus se declaró derrotado. Tosió, masculló obscenidades de hierro y se detuvo con un gorgoteo, como dicen que hacen los degollados.

     Había pasado por parajes distintos, bellos algunos, pero tocados todos por la desolación de los campos y los bosques cuando ningún camino ofrece perspectivas a la aventura de sembrar y cosechar. Ranchos aislados y minúsculos; algunos chicos cazando palomas con sus honditas de goma elástica, carreteros de mirada baja y expresión hostil cuando tenían que ceder la huella al contrincante rugiente. Paisajes hermosos pero tristes, en los que se adivinaba el cauce de los arroyos por el mayor acento del verde de la vegetación. Y gente ausente, salvo aquellos desdibujados hombres sentados en largos bancos a la sombra de una enramada frente al rancho que ostentaba su bandera blanca, que no era señal de paz ni de armisticio, sino de que había «expendio de bebidas». Así, en plural, aunque las bebidas se reducían a poderosa caña clandestina.

     Examiné el motor impetrando que mis conocimientos mecánicos adquiridos en la tornería alcanzaran para hacer un diagnóstico, y reparar el daño. Lo primero no fue difícil: la junta estaba quemada. Reponerla era más difícil, comenzando por hacer una apuesta contra el destino, revisar el cajón de repuestos, y encontrar allí una junta nueva. La encontré. Todo lo demás sería un tedioso trabajo de aflojar decenas de tuercas, extraer la tapa y reponer la junta quemada. Calculé que me llevaría tres días.

     Empece a sentirme optimista cuando comprobé que en los alrededores había gente. Cuatro ranchos de adobe que parecían apretujarse unos contra otros, como para defenderse de la vacía soledad del vasto, verde y silente contorno. Alrededor, dos o tres vacas lecheras de ubres arrugadas, gallinas que picoteaban libres, y pequeñas parcelas sembradas al modo que los economistas llaman agricultura de subsistencia, y más bien resultaba de supervivencia.

     El primero que se aproximó a ofrecer ayuda fue don Nicasio, hombre avejentado que no parecía hecho de carne, sino de fibras tirantes, sin un solo diente en la boca, que poca falta le hacían, porque nunca sonreía. Le agradecí su buena disposición, y él se limitó a asentir y marcharse. Más tarde, cuando empezaba a obscurecer, se presentó una joven mujer de lindos cabellos rubios que si hubieran conocido de champúes resplandecerían, pero de hecho estaban resecos y enmarañados. Tenía todos los dientes hasta donde podía verse, un bebé en brazos y los pechos erguidos, llenos de leche, observé con cierto escozor libidinoso. Dijo llamarse Nila, Nila-í, supe después. Dijo ser hija de don Nicasio, y que su padre decía que si pasaba la noche en el ómnibus los mosquitos me comerían vivo, que uno de los ranchos estaba deshabitado y podía acomodarme allí. Acepté la oferta y fui a instalarme en la tapera.

     Obscurecía y no tenía idea de cómo hacer para dormir, cuando se presentó ña Casiana, otra vecina, portando una gruesa manta, una vela de sebo y a sus dos hijos. Carmen, rolliza y mofletuda, y Liborio, que debía ser de otro padre, porque era tan alto y esbelto como redonda y torpe era su hermana. Agradecí su amabilidad a ña Casiana, que sonrió y murmuró un «Jesús pero si es zoncera» y se marchó después de tender la manta en el piso de tierra apisonada y de encender la vela. Los dos jóvenes se quedaron, curiosos, reflexioné entonces; interesados, lo sé ahora. Liborio no era un gran conversador, pero demostraba mucho interés en conocer la naturaleza de la avería del motor, el tiempo que me llevaría componerla y si necesitaba ayuda, todo un rosario de preguntas que respondí cortésmente, que sí, que era verdad que mi destino era Puerto Empalme. Su hermana, apenas pasada la adolescencia, escuchaba absorta, como si de mis respuestas dependieran sus vidas. Tiempo después, supe que en cierto modo, era así.

     Se fueron, me acosté sin apagar la vela y usando mi campera como almohada, sintiendo en carne propia que en cuanto al acoso de los mosquitos, el ómnibus sin cristales no tenía gran diferencia con aquella tapera sin puertas ni cristales ni nada parecido en las ventanas.

     El cansancio me adormecía cuando la silueta de Nila-í se dibujó en la puerta, a la luz de la vela. Traía un plato de comida, algo así como un guiso donde flotaban algunos fideos, porotos blancos y unos trocitos de carne. La cuchara apenas tenía la mitad del mango. Sólo entonces me di cuenta del hambre que tenía. Comí con apetito, y dejé que Nila-í me mirara comer, recostada en el marco de la puerta.

     Terminado el yantar, dudé si aquella comida traída por la silenciosa muchacha, la debía pagar o agradecer. Buscaba la billetera en los bolsillos de mi campera, cuando ella, recogiendo el plato, me decía:

     -No.

     Se marchaba y salía por la puerta cuando se volvió y preguntó:

     -¿Cierto que se va hasta Puerto Empalme?

     Era la segunda vez que me interrogaban sobre mi destino.

     -Cierto -le dije.

     Me pareció que quería decir algo, pero que lo pensó mejor y se fue sin agregar nada.

     Apenas amanecía, cuando apareció de nuevo Nila-í, con un jarro de espeso mate cocido apenas endulzado, y dos trozos de chipá de gomoso almidón. Los dejó sobre la mesa y se marchó. Tomé aquel desayuno y me dirigí a encarar mi trabajo de mecánico. El sol prometía ser inmisericorde, y no me resultó extraño que Nila-í apareciera de nuevo trayendo para mi uso un sombrero pirí ancho y algo usado ya. Supuse que había adoptado el papel de hada madrina.

     Cruzamos el patio del rancho vecino, y allí estaba lo que fue alguna vez un hombre, un hombre sin edad, o con la edad del dolor humano, tendido en un catre, despierto, con los ojos abiertos, pero tan inmóvil que ni movía las pestañas cuando las moscas se posaban sobre sus ojos lagañosos. Evidentemente sufría de parálisis, pero de un tipo que inmoviliza también el alma. ¿A qué profundidad de la resignación había llegado para entregarse hasta a las moscas?

     -Es don Quitó -me informó Nila-í con su lenguaje corto y seco-. Venía borracho. Se cayó de la carreta y la carreta le rompió su espinazo.

     Ese mismo día me enteré que aquella señora que desplumaba una gallina era ña Jacinta, esposa del inválido, y que tenían dos hijos, Acela y Amancio, que estaban en el bañado cortando adobe.

     Cuando llegué al ómnibus me llevé una sorpresa. Don Nicasio me estaba esperando, sentado en el suelo. Sobre un trozo de alfombra que había encontrado en el interior del vehículo, el nervudo viejo había dispuesto mis herramientas con un orden impecable. Una enfermera no lo hubiera hecho mejor con los instrumentos de un médico cirujano.

     -Gracias -le dije.

     -Es para que se vaya enseguida -me respondió con acritud.

     Apretaba los labios sin dientes, como si lo importante para él fuera que arreglara el motor y saliera a la disparada. Manías de viejo, me dije, y empecé la tarea.

     No es nada fácil aflojar tuercas que llevan veinte años sosteniendo hierro contra hierro, y el trabajo  se complicaba por las inadecuadas herramientas que disponía. Pero me estaba dando maña. Y además tenía ayuda. El más diligente, hábil y forzudo era, Liborio, que se metió en mi trabajo como si se hubiera jurado ser útil o morir. Confieso que dos de cada tres tuercas que se aflojaban no cedieron a mis fuerzas, sino a las de Liborio, que tenía unas manos enormes y unos brazos flacos pero duros como acero. Su gorda hermanita tampoco se dejaba estar, cebando incansablemente el tereré con que combatíamos el calor y que se suponía prevenía contra la insolación y la deshidratación. En todo caso, calmaba la sed.

     Trabajamos toda la mañana y no avanzamos mucho. La maldición de los motores es que para desmontar una pieza hay que desmontar tres que dificultan la tarea. Pero Liborio ayudaba, y hasta se había conseguido una vara tubular de hierro, que había sido un trozo de arado, que servía de palanca a nuestras casi inútiles llaves inglesas. Don Nicasio no cesaba de mirar con el aire impaciente de «a ver si cuándo terminan», y Nila-í, sentada bajo un naranjo agrio, sacaba el pecho blanco y rotundo y amamantaba a su bebé.

     Al mediodía comprobé que la gallina sacrificada por la esposa del paralítico era en mi homenaje, o para darme fuerzas, según se mire. Mi almuerzo, que tomé en la mesa de la buena señora puesta a la sombra de un mango, y cuidando de dar la espalda al pobre enfermo, consistió en un nutritivo puchero de gallina, con dos trozos de mandioca suaves como manteca. No comían conmigo. Me miraban comer, una situación que siempre resulta algo molesta, pero razonaba entonces que no era momento ni lugar para remilgos de ninguna naturaleza.

     Ña Jacinta me miraba inquisitivo desde el otro extremo de la mesita. Esperaba oír de un momento a otro la consabida pregunta sobre mi destino en Puerto Empalme. Pero ya lo sabía, porque la pregunta que seguía era: -¿Va a tardar demasiado para arreglar su camión?

     -Dos o tres días -dije con optimismo. Injustificado, porque de hecho tardé 12 días.

     Al retomar mi trabajo por la tarde, tuve dos nuevos ayudantes, hijos de ña Jacinta, Acela, que de mala manera arrebató a Carmen su tarea de servir el tereré. Tenía cómo imponerse, pues era alta, robusta, con enérgicos pómulos indios y porte casi varonil y espigado. Si no fuera por los pechos y cierta gracia al caminar, en Asunción podría pasar por un travesti. Toda una ruda trabajadora de los ásperos bañados, amasadora del barro rebelde y cortadora de adobes. Me dio lástima la gordezuela Carmen, desplazada de su apasionada tarea poco menos que por la fuerza bruta. Y no sentí extrañeza cuando Nila-í, al ver el papel que asumía con insolencia Acela, le diera al bebé que lloraba unas palmadas en las nalgas en vez de darle el pecho, y se marchara con aires de enojo.

     Comencé entonces a intuir que en aquel paraje abandonado de Dios, estaban aflorando inesperadas tensiones. Aquellos viejos querían que me fuera lo más pronto posible. Los jóvenes se desvivían por ayudar. Los motivos se abrieron paso lentamente en mis razonamientos. El resorte que soltó las tensiones era yo, o mi vehículo. Pero la razón última estaba en Puerto Empalme, a cientos de kilómetros de allí, donde terminaba esa carretera que me estaba matando, y se abría la ancha perspectiva de la vía fluvial, sin límites al norte y al sur. Aguas arriba, la oportunidad, y aguas abajo, más allá de donde el río se precipita al Paraná y el Paraná desemboca en el Río de la Plata, la aventura.

     Yo era la tentación para los jóvenes y la maldición para los viejos que quedarían librados a su suerte. Sin los jóvenes, la tierra moriría de hastío, y los viejos de necesidad.

     ¿Quién diablos, con perdón de Dios, me había arrastrado a esa situación?

     El breve caserío estaba allí desde el principio del tiempo. Forzando el concepto, era una comunidad, un trozo de humanidad que estaba destinado a vivir o sobrevivir, siguiendo el indoblegable curso del destino. ¿Debemos intervenir para alterar el curso de las cosas? ¿Cómo es que el bien para unos es el mal para otros? ¿Cómo es que la libertad se funda en la desesperación de los abandonados?

     Todo lo que presumía se confirmó esa noche, después de consumir la cena que con talante rencoroso me trajera Nila-í. Me aprestaba a acostarme, cuando entraron sin mayor ceremonia Liborio y Amancio. Como que yo estaba sentado sobre mi frazada en el piso, se sentaron en cuclillas, frente a mí, con sus miradas escondidas en la sombra de las alas de sus sombreros.

     -Queremos ir a Puerto Empalme -dijo Liborio.

     -Podemos pagar -agregó Amancio.

     Metían las manos en los bolsillos, sacaban rollos de astrosos billetes, y lo ponían en el piso, frente a mí.

     El fajo de billetes de Liborio era mucho mayor que el de Amancio. Adiviné más que vi la mirada asesina de Amancio, y no me sentí inclinado a apostar por la integridad de Liborio. Decidí aplastar lo que podría ser una larva de violencia.

     -Guarden su dinero -les dije- si los llevo no será por dinero.

     Vacilantes, embolsaron su dinero.

     -¿Pero nos vas a llevar? -inquirió Liborio.

     -No sé -respondí sinceramente.

     -¿Por qué no ha de hacernos ese favor? -insistía Amancio.

     ¿Favor? ¿A quién? ¿Contra quién? ¿Con qué derecho?

     -Quiero dormir -dije, me acosté, les di la espalda y apagué la vela. Oí el rumor de sus ropas cuando se iban, elásticos como gatos.

     Pero no dormí, porque cuando empezaba a hacerlo, sentí compañía sobre la frazada. Era Acela, cuyas manos me hurgaban la entrepierna. Mi vida sexual, hasta entonces, había sido algo promiscua para un joven [48] de 21 años. Pero a través de ella había aprendido que todo consistía en poseer a una mujer. Esa noche aprendí algo nuevo y atemorizante: que uno puede ser poseído por una mujer, que después de dejarme exhausto hasta el desfallecimiento, pegó un salto, se arrodilló, desnuda en la frazada, y me susurró:

     -¿Me vas a llevar a Puerto Empalme?

     De modo que era eso -murmuré- y volví la espalda. Pero la aventura de esa noche no terminó ahí. Al instante siguiente de marcharse aquella insaciable amazona, estalló afuera el alboroto. Me asomé curioso. Dos hembras luchaban como gatas y se escupían insultos increíbles. Acela y Nila-í.

     Me acosó la necesidad urgente de terminar con el maldito motor.

     Parte de la mañana siguiente la dediqué a curar, con el botiquín de primeros auxilios de mi madre, un terrible arañazo que dividía en dos las mejillas de Nila-í. Sólo pude desinfectar y vendar sabiendo con cierta frustración que aquella cara requería unas suturas, o empezaría a volverse vieja en torno a una cicatriz. Mientras fungía de paramédico, Nila-í me clavaba los ojos en la cara.

     -¿Me vas a llevar a Puerto Empalme?

     -No sé. Y por favor, no se te ocurra hacerme compañía esta noche.

     -Soy mejor y más limpia que Acela. Y tengo leche.

     Me produjo una revulsión profunda. Sexo con leche, de lo sublime a lo bestial. Sexo con lactancia tardía y viciosa. Se adueñó de mí el asco. Por mí mismo porque la idea me había excitado. Pero la rechacé, consciente de que toda esa oferta malsana respondía a un poderoso anhelo de libertad. Dios perverso, qué problemas nos planteas.

     -¡Guárdate tu leche para tu bebé! -le respondí de mal modo.

     El bebé.

     -¿Quién es el padre?

     Se encogió de hombros como diciendo que podría ser cualquiera.

     Terminé la inexperta curación, unté la herida con una pomada de antibiótico, puse gasas desmañadas y cinta adhesiva encima. Recordé que un pedicuro que me extrajo una uña encarnada me recomendó que no mojara la herida, e hice la misma recomendación a la muchacha. Después fui a trabajar con el motor, con el ferroso don Nicasio sentado a la sombra, Liborio y Amancio esperando impacientes, y Acela, la de nombre de cierva esbelta y sexualidad de tigresa, con el tereré listo, ante la mirada llorosa de Carmen, observando a prudente distancia.

     Trabajamos duro hasta el mediodía y sintiendo hambre me encaminé al rancho de ña Jacinta, dando por sentado que lo de la sopa de gallina se repetiría. Pero no era así.

     -No hay comida -me dijo de mala manera.

     -Le voy a pagar, ña Jacinta.

     -Si le hago comida, capaz que le pongo veneno.

     Me miraba con odio. Ya estaba enterada. Yo le iba a arrebatar a sus hijos. Al menos eso pensaba ella.

     Salvó la situación Amancio, que escamoteó de su madre un poco de miel de caña y un trozo de queso maloliente, y me los trajo.

     Durante las noches siguientes, las visitas de Acela se repitieron. A veces no sentía ganas, otras sentía asco, y además experimentaba el bloqueo que se produce cuando se tiene conciencia de ser observado desde las sombras. Observado por Nila-í. Quería rechazar a aquella hembra caudalosa, pero no lo hacía, me entregaba a ella, quizás por el temor de llegar alguna vez a Puerto Empalme con la mitad de la cara en ruinas.

     Ña Casiana, la madre de Liborio y de Carmen, también me negaba comida, lo que ya no fue problema, porque Acela se había adueñado de mí, y entre sus obligaciones incluyó la de alimentarme hasta el hartazgo con huevos fritos en grasa de cerdo, y grandes cantidades de mandioca. Era su ejercicio de un señorío sobre mí, pero era un señorío del tipo que no se acepta, sino del que se huye.

     Sucedieron hechos que parecían querer conducir a desbordes de la violencia, como cuando don Nicasio molió a palos a Nila-í, que protegía a su bebé contra su vientre, se inclinaba y ofrecía la espalda sumisa a los garrotazos del padre. O como cuando pude ver a la obesa Carmen, arrodillada sobre sal en el piso de su rancho, y a Liborio arrebatando con fuerza de las manos de su madre una fusta que ella blandía contra el hijo, y perdía la fusta y caía al suelo, desparramando sus viejas trenzas desechas.

     Ña Jacinta exudaba rencor, sabiendo que su hija dormía conmigo, y que Amancio lo hacía en el ómnibus, con un gesto terminante de comunicación rota con la madre.

     El clima se había vuelto espeso y el aire me parecía irrespirable. Pecador y fornicador por añadidura, rogué a Dios que me ayudara a terminar con el estúpido motor. Y se sucedieron días de tenso trabajo, hasta llegar al día aquel en que don Nicasio no estaba haciendo su guardia permanente a la sombra del árbol. Pregunté por él y me dijeron que había salido a cazar con su rifle. Un miedo frío trepó por mi espinazo cuando me enteré de que el sombrío viejo tenía un rifle, y el temor creció cuando a lo lejos sonaron disparos y fue como un zumbido que pasó sobre mi cabeza. Caí sentado instintivamente.

     -Es una avispa -me dijo Liborio. Amancio asentía. Era una avispa. Pero los tres sabíamos que era una bala. Un mal tiro o un buen tiro de advertencia. Trabajamos desde entonces, hasta de noche.

     Finalmente, asenté la tapa sobre la nueva junta y empezamos a apretar tuercas con afiebrado frenesí. Dos días después el trabajo estaba terminado. Era ya de noche, y recién entonces se me ocurrió averiguar si la batería había conservado su carga. Conecté los polos con un alambre, y saltaron unas chispas debilitadas.  Sólo Dios sabría si en la batería había fuerza para girar el motor de arranque. No hice la prueba esa noche, ni fui a la tapera. Quedé a dormir en el ómnibus, rogando que no apareciera Acela.

     Sentado en uno de los asientos rotosos, cavilaba. El problema de los jóvenes que querían marcharse y de los viejos que no aceptaban la condena a la soledad, ya me había sobrepasado.

     ¿Arrancaría el motor con la débil batería?

     ¿Llevaría a mis desagradables pasajeros?

     Entonces, las cosas se iluminaron, y cerrando los ojos y uniendo las manos cargué sobre las espaldas de Dios toda la responsabilidad.

     Sí el motor arrancaba con la batería saldría disparado a la mayor velocidad posible. Si no arrancaba, necesitaría de todo el que tuviera voluntad y fuerzas para empujar el ómnibus. Todos, mujeres, Carmencita, y aquellos grises habitantes de los bañados con los poros llenos de arcilla. Arrancaría así el motor, y que subieran todos los que querían marcharse de aquella lenta asfixia. Me liberarían para liberarse.

     Amanecía.

     Me senté al volante, introduje la llave de contacto y la giré. En el tablero se encendieron lucecitas verdes, rojas y amarillas.

     Aspiré todo el aire que necesitaba mis pulmones, y tiré del botón de arranque...


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