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MARIO HALLEY MORA


  MEMORIA ADENTRO - Novela de MARIO HALLEY MORA - Año 2001


MEMORIA ADENTRO - Novela de MARIO HALLEY MORA - Año 2001
MEMORIA ADENTRO
 
 
Edición digital: Alicante :
Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2001
N. sobre edición original: 
Edición digital basada en la de Asunción (Paraguay),
[s.n.], 1989.
 
 
PRESENTACIÓN
Nuestra Editora nace con esta novela de Mario Halley Mora, consolidando desde el inicio mismo, su intención de acoger a las más notorias y consagradas firmas intelectuales del Paraguay. En la serie de Literatura irán desfilando aquellos que han sido consagrados por el público, como también autores jóvenes que, a juicio de nuestros asesores literarios, merecen la alternativa de demostrar su talento. Así, de la misma manera que editaremos a triunfadores, editaremos también a los que merecen triunfar, o por lo menos, tener su oportunidad, esto último, porque nuestra filosofía empresarial nos indica que si editar a autores jóvenes es un riesgo, el riesgo vale la pena si ayudamos a descubrir un talento nuevo. Entretanto, ya nos encontramos montando la infraestructura para iniciar una serie de Poesía Paraguaya, obras históricas de interés general, y postulaciones políticas, culturales y económicas que encuentren en el libro, la vía más idónea para su expansión y penetración.
Entretanto, nos satisface y enorgullece que don Mario Halley Mora haya consentido en entregarnos sus originales de la presente novela, de lectura atrayente, apasionante, como es toda la producción de este ilustre compatriota.
Asunción, Marzo de 1989 - ROBERTO CABAÑAS. Editor. [I]

PRÓLOGO
Lo común cuando se prologa un libro es hacer un comentario sobre el mismo. Esto es en cierta forma un anticipo. En ocasiones, sin embargo, el prologuista nos cuenta hasta el final, bien en forma sucinta, bien saturando tantas o más hojas que el autor, lo que en verdad no hace sino irritar al lector, según mi propia experiencia personal como tal.
Por todo esto, al comprometerme a estas breves palabras de «presentación», entre autor y libro, he pretendido elegir al primero, sin preferir a su «hijo literario» que es parte y parto de su personalidad, al envolver su autoría.
Tampoco mi elección ha sido fácil, ya que al decidirme a escribir sobre una personalidad tan conocida, de comediógrafo, ensayista, poeta, narrador y periodista, ¿acaso necesita Mario Halley Mora una presentación?
Pienso que no. Que quien se está presentando es el que suscribe, que en cierto modo cambió el comercio, el campo y otros intereses que ha dejado de cultivar no totalmente, por la tarea de mayor plenitud de profesor titular de la Universidad Nacional de Asunción o en sus escarceos por el PEN CLUB y otras instituciones culturales, de las cuales, o de la mayoría uno ha sido distinguido como miembro.
Como decía más arriba, al presentar me estoy presentando, error de vanidad en el que muchos incurrimos, o solamente justificación ante terceros de por qué presento yo a una persona tan madura, conocida y triunfadora en el campo de las letras como mi respetado, admirado y querido amigo Mario Halley Mora.
Sin duda es porque él siempre me distinguió dándome sus escritos para leer y escuchando mis opiniones sobre los mismos.
Mi opinión sobre Memoria adentro es óptima. Los lectores lo apreciarán, y mi opinión sobre el escritor es también la mejor, pero quiero enfocar un aspecto sobre Mario, que puede haber sido discutido en su personalidad de escritor: el de periodista. Para muchos, el «periodista mata al escritor, bien por la inmediatez, la urgencia de la noticia, bien por su naturaleza de periodista condicionado por el periódico en el cual escribe, que al fin es la respuesta [II] a aquello de «ganarás el pan... etc.». En el caso de Mario Halley Mora, es colorado y no creo que niegue ni reniegue jamás de esa definición política. Tuvo que hacer un periodismo comprometido. El último alud lo arrastró, pero cayó de pie. No se unió al vocerío insultante que precedió al derrumbe de 34 años de un sistema que lamentablemente vivió una agonía de furias. Nunca agravió a nadie, ni dedicó poemas a nadie. En medio de los hierros de la pinza del capítulo final, conservó su independencia intelectual, y siempre se negó a ser cortesano.
Los hombres que huelen a tinta son explosivos o mansos, pero al fin son hombres de ideas que son lanzadas como misiles en el alma del lector. Son hombres que debieran ejercer una libertad plena, pero me pregunto si existe tal cosa, cuando la amarga experiencia enseña que la restricción es la norma, y el periodista, en ese caso, le quita al autor tiempo y libertad.
A mi presentado lo conozco hace más de 30 años (llevo de hispano-paraguayo 35). Lo he conocido en la función pública por un tiempo, hasta 1970, último año en que fue funcionario público. Desde entonces no conozco decreto alguno que le nombre en ninguna parte, en ningún cargo grande o pequeño que constituya privilegio o sinecuras, ni que le libere de impuestos un sólo automóvil -de hecho, el que posee ahora, es «mau»-. En 1977 fue nombrado Jefe de Redacción del Diario Patria, órgano periodístico de un gran partido político. No lo he conocido como activista político, ni como consejero de ninguna corporación o ente autárquico estatal, ni como candidato a ningún cargo electivo, ni como miembro de ninguna Junta Electoral, ni como oyente ni disertante de ninguna «academia de formación política», seminario, panel o lo que fuere. Eso sí, supo hacerse de grandes amigos entre los cuales me place figurar. En fin, si hizo política, la hizo como periodista y como colorado que nunca perdió la fe en su Partido, que no es lo mismo que la fe en los hombres. Y ahí está el quid de la cuestión. A Mario Halley Mora, escritor consagrado se quiera o no se quiera pues su obra lo rubrica, le faltó, como siempre lo dije, saltar las líneas nacionales para consagrarse y ser más conocido en el exterior, bien con la singular característica de su paraguayidad con la que está saturada toda su obra -que lo digan Ernesto Báez y Carlos Gómez - bien con la universalidad de sus personajes, porque siendo estos singulares, se convierten en clásicos y lo clásico es universal.
Por lo demás, la «contestación» que se primaverizó el 2 y 3 de febrero de 1989, tuvo su inicio casi en el nivel subliminal, en la década de los años 60 y parte del 70 con las obras de Halley Mora en el Municipal, atiborrado de multitudes, de gente que aún vive, que [III] daba razón a Ernesto Báez cuando decía que «representar a Halley Mora es un deleitoso peligro». Entre todas esas obras que fueron introduciendo cuñas, citemos solamente, por dar un ejemplo: «La Madama», ahora y entonces de candente simbolismo.
Halley Mora ha sido destituido de Patria. Curioso que se sostuviera allí contra la llamada «militancia» y fue arrastrado por ella en su caída.
¡Pero qué estupendo!
Vuelve a adquirir su libertad de escritor sin perder su condición de colorado. ¿Pero acaso los autores o los grandes hombres tienen color o se ven condicionados por ideas políticas? Yo diría que sí, desde Aristóteles a Montesquieu, pasando por Locke hasta Martínez de la Rosa a Jacinto Benavente, o desde Julio Correa a Augusto Roa Bastos o Mario Halley Mora. Cada uno de los personajes, cada parcela de la Sociedad que crean o nos describen, es un pedazo de la vida, y la vida es un quehacer y toda acción dentro o fuera del Estado es política, porque el hombre es un animal político, un Zoon Politícokon, un animal cívico, político, económico, religioso y moral, y el autor, al crearlo o extraerlo de la realidad social y entregarlo al lector para que lo juzgue, ya hace política.
Pues bien, señores. Aquí el soneto es más largo que el poema. Lean el poema, olvídense del sonetista y critiquen. Eleven a los altares la obra del que yo considero un gran escritor, o húndanla en un pozo de sordidez. Ahí está la libertad de juzgar.
Terminaré diciendo que por lo que a mí me toca, me gusta más la pólvora que el incienso, y que agradezco a mi buen amigo, autor de Memoria adentro, haberme elegido para prologar este libro, que creo será una estupenda aportación a la cultura paraguaya.
TOMÁS MATEO PIGNATARO. Marzo - 1989

JUSTIFICACIÓN
He sentido de pronto la compulsión de ordenar mis apuntes, notas, recortes de diarios, e ir contando todo tal como creo que sucedieron las cosas. Garantizo la verdad de lo esencial, y esto conviene aclararlo porque a más de quince años de distancia se produce la «trampa del recuerdo» que incide en el estilo, la descripción y las palabras pronunciadas. He tratado de escapar de esa trampa preocupándome de descorrer ese velo que pone el tiempo sobre los hechos y que nos hace verlos sin la crudeza de sus colores y el filo descarnado de sus aristas. He tenido tiempo, y medios, mediante Noelia, de leer mucho, que acaso signifique aprender mucho, o aprender algo, como narrar coherentemente lo que me ha conducido hasta aquí, en esta media docena de cuadernos. En el curso de este trabajo de narrar he descubierto algo insólito, como que de la misma manera en que los hombres maduros exudan cierta ironía con respecto a los jóvenes, también la ironía está presente cuando se trata de la propia juventud, y tanto es así que me veo a mí mismo, quince años atrás, como otra persona y yo al mismo tiempo, instalados en un espacio temporal en que la experiencia juzga (y ríe) de la inocencia. Algo parecido sucede -he vuelto a releer mi manuscrito- con algunos párrafos absolutamente delirantes que no atino a atribuir al yo-joven sumergido en la fiebre de aquellos acontecimientos, o al yo-ahora intoxicado por la fenomenal futilidad que fue mi vida, especialmente en el tiempo en que ocurrieron las cosas, de 1987 a 1989.
Siempre me acompañarán las imágenes de la patética Natalia Valois, que incidió de manera directa o indirecta en las vidas de tanta gente; del pobre Valentín y mis otros amigos, de mi hermana, mis padres, Ruth, la judía que más se aproximó al núcleo de mi desesperación. Y de Noelia y su hermano. Y es en recuerdo de ellos, vivos y muertos, que alío mis notas, mis recortes, mis recuerdos y mis fantasías para escribir esta historia que acaso alguna vez se publique.
ERASMO ARZAMENDIA. Asunción, Octubre de 2004.
   
                        

          
SI DEBES MORIR, HUYE.

Si debes matar, mata.
Haz infinito
Tu tiempo de vivir.
Haz oportuno
Tu instante de matar.
No permitas
Vivir la vida muriendo
Y no vivas la vida
Poco a poco
Ni mueras de repente
Por una causa
Perdida de antemano
Como todas las causas
Que son los cementerios
Donde los muertos claman
Por un vivir de nuevo.

Del manuscrito «Manual para Vivir» de la
Dra. Jorgelina Báez de Doldán -Abogada-
que figura en esta crónica.



*******************************************
CAPÍTULO I

Fue cuando estaba arreglando el paraguas, concentrado en aquellas varillas que antes se hacían de acero y ahora de no sé en qué Taiwán, pero mal, porque no se doblan sino se rompen, cuando noté que mamá me observaba desde la puerta de lo que yo llamo mi «taller». El viejo reproche fluía de su postura y de su pose, y no necesitaba regañarme porque toda mi madre se había convertido en un regaño viviente.
- Ayer fue una licuadora -dijo con tono acusador.
- Y antes de ayer los patines del judiito de la esquina. Y por favor, mami, no agregues eso de «me pregunto adónde vas a parar».
- Es que me pregunto adónde vas a parar arreglando paraguas y otras basuras.
- Estás a punto de agregar «¡Pero sos Bachiller, hijo!». Pues sí, soy Bachiller. Intenté tres veces ingresar en la Facultad, y tres veces fallé. A este paso me convierto al judaísmo y adopto las murallas de la Facultad como mi Muro de los Lamentos, mamá.
- Como que no seguís ningún cursillo, como los otros...
- Como que no tengo plata para seguir ningún cursillo.
- ¡Pedile a tu papá!
- Papá es de los pelotudos que creen que por ser Bachiller uno ya está entrando en la Facultad por la puerta grande. Además, ya hizo su aritmética y su cálculo de costos. Si un cursillo va a costar un ojo de la cara, razona que seis cursos en la Facultad va a costar dos huevos...
Mamá quedó callada. Pobre mamá. Legítima mamá que hierve por dentro pensando que no parió un hijo para que termine arreglando paraguas y patines, calefones y licuadoras. Lo que no es todo, porque está mi hermana, el segundo clavo para su cruz. Y el tercero, aquel que le inmoviliza los pies debe ser papá, que se casó con ella cuando era Reina de Belleza de Presidente Hayes, le prometió un balcón sobre la calle, baño moderno con agua caliente y sirvienta fija sin retiro, y la ancló en una casa alquilada, sin balcón y con letrina al fondo. Pienso que desde que se estrelló contra la realidad, al día siguiente de su noche de bodas, no empezó a gestar hijos en su vientre, sino desquites en su alma. Que ella pariría su venganza contra la traición a sus sueños de novia, y tendría hijos que redimirían su juventud perdida por medio de una vejez orgullosa. Pero eso también estaba fallando. Su hijo, yo, Bachiller en Ciencias y Letras, sobrevivía arreglando porquerías, y su hija, Lucía, Lucy ahora, era modelo, o pretendía serlo, porque al parecer aún no había terminado la conscripción que consistía en saltar, es un decir, de cama en cama. Y eso que también era Bachiller.
Y que se me perdona que insista en esto de Bachiller. Nos dan un diploma en un día de jolgorio, de fiesta y de adioses más o menos sentidos, más o menos hipócritas. Y allí está el punto crucial, como dijo aquel viejo profesor de trigonometría que sentaba a las chicas con minifalda en los primeros asientos, que al vernos partir con nuestro cilindro de cartulina con lazo carmesí murmuraba:
- Ahora empieza el proceso de selección de la cucarachada -mientras anunciaba a las chicas con minifalda que estaba organizando -baratísimo- cursillos preuniversitarios en su domicilio.
- Profe, no sea tan pesimista -le había reprochado alguien.
- No soy pesimista -babeaba el viejo.
- Lo que acaba de decir...
- Lo que acabo de decir es cínico hijo. La Universidad es como el cielo, donde muchos son los llamados y pocos los elegidos.
Y reía exhibiendo el teclado de piano de su dentadura postiza, con esa risa de viejo que ríe el dolor de los demás, o ríe su propio dolor de ser viejo, y de saber demasiado como para aguantarlo. O de vivir de prestado un tiempo que no era el idílico que él conoció allá cuando el tiempo empezaba a andar.
Tenía razón aquel anciano que exhibía su caspa sobre su saco negro como un manto de armiño. Proceso de selección. Eso fue. Lo sé porque fui y sufrí en los exámenes de ingreso, y llegué a percibir el olor del miedo, a conocer que la angustia produce un sudor cargado de una sal espesa, y a sentir que una mierda dura como el cemento intenta asomarse al ano, mientras el corazón se desboca, la memoria sale de madre y el pobre conocimiento tembloroso camina sobre un campo minado.
Pasé por eso tres veces y dije basta. Estaba condenado a la medianía en la cucarachada, y cucaracha asumida como me sentí, tomé el diploma, lo reduje a tiritas como tallarines que deposité en un plato, le agregué salsa golf, mayonesa y un poco de sal, y me lo comí. Nadie diría que puesto a serlo, no era yo una cumplida cucaracha.
Y monté mi tallercito, molesté a papá acumulando triciclos viejos, licuadoras vencidas, ventiladores torcidos y máquinas de coser herrumbrosas en el patio, innominables cilindros y tubos y barras y aros y espirales de metal que en alguna ocasión, sujetaban, atornillaban o enlazaban una cosa con otra; y molesté mucho más a mamá no siendo lo que ella soñaba que fuera. Pobre vieja.
La pobre vieja estaba allí, aún observando mis torpezas de paragüero. Sentía su presencia, el olor a grasa rancia de su vestido y olor a vida rancia de su cansancio.
- Tu padrino te puede ayudar...
- Madre, la última vez que fui solo me ayudó con consejos.
- Deberías seguirlos.
- Para seguir los consejos de un viejo con plata hay que tener plata, mamá.
- Te dije que puedes vender el terrenito.
Ahí estaba otra vez. El terrenito. Aquel que compraron de jóvenes, y que sirvió para que papá se pasara las horas dibujando planos que ya contemplaban la pieza para los chicos cuando aún no había chicos. Y hasta llegaron a comprar hace incontables años tres mil ladrillos, que no fueron el principio de la realidad del sueño, sino el monumento a la abulia de papá y a la impotencia de mamá. Allí estaban aún, cubiertos de matorrales, los tres mil ladrillos verdosos de moho. Pero aun así, «el terrenito» era el salvavidas de las esperanzas de mamá, que las mantenían a flote, y que alguna vez papá, con un humor negro inesperado en él, quiso dar en trueque por un panteón en el Cementerio del Sur.
- Por lo menos después de muertos vamos a estar en algo nuestro -decía, y reía a carcajadas, como si morirse fuera el gran chiste final.
Mamá rechazaba con disgusto la macabra propuesta, y ya era la enésima vez que me ofrecía el terrenito como punto de partida de mi prosperidad económica.
- Mamá... ya hemos acordado que el terrenito es tu seguro contra la vejez.
- Yo pensaba que mi seguro contra la vejez eran mis hijos.
Profunda estocada, más aguda aún porque en sus ojos brillaban lágrimas. Sentí lástima. Y enojado conmigo mismo, por ser tan incivil que no era capaz de darle una miga de contento. De modo que prometí:
- Mamá, mañana voy a ver a padrino -y me hice la promesa de cumplir mi promesa.
Toribio Achucarro era mi padrino. Empezó de joven como administrador de las cuadrillas que empedraban las calles de Asunción. Aprendió tan bien el negocio, que dejó de ser administrador y se volvió empresario. El ascenso de su fortuna fue simple como todo lo genial. Cuando el vecino no podía pagar el afirmado, mi padrino compraba su propiedad... descontando el valor del empedrado que él mismo había instalado. Más tarde, viejo y solterón, y cuando los riñones ya no le daban para ir controlando sus cuadrillas, ya era inmensamente rico, abandonó su empresa y se dedicó a préstamos usurarios. Tal era el hombre que frente a la pila del bautismo prometió  a nuestro señor Jesucristo encaminarme y orientarme por la senda de la pureza cristiana.
Cuando a la mañana siguiente llegué a su casa, me atendió ña Sixta, tan dueña y señora del gran caserón que solía imaginar que cuando el arquitecto diseñó la casa, incluyó a ña Sixta en el proyecto porque era imposible concebir el caserón, su piso de baldosas pulidas y sus muebles oliendo a cera de lustrar, sin la presencia de Ña Sixta. Creo que a eso llaman simbiosis.
- El señor ya te atiende - dijo, cerró la puerta en las narices y me dejó afuera, no sin mirar con clara aprensión la suciedad de mis zapatos.
Diez minutos después la puerta se volvió a abrir y apareció mi anciano padrino, vistiendo un fresquísimo y suelto conjunto de piyama, cuyos anchos pantalones no impedían que se viera el bamboleo de sus grandes bolas de toro viejo al caminar. Viendo aquellos péndulos mayúsculos, por asociación de ideas, recordé una confidencia de mi hermana, Lucía, a quien mamá le había contado de que el compadre había querido llevarla a la cama. Lucía aún dudaba si la cosa ocurrió o no. Yo aposté siempre por mamá. Las mamás como mamá no se van a la cama con los compadres. Pero el recuerdo sirvió para que odiara un poquito más al vejete.
Entré en la sala, me ofreció asiento y él se quedó de pie.
*     - ¿En qué andas?
*     - Y así, así, padrino.
*     - Tienes la cara de no comer bien.
*     Le quise replicar que también tenía el estómago de no comer bien. Pero él prosiguió:
*     - Cuando uno se alimenta bien no necesita remedios. ¿Tocas la guitarra?
*     - ¿Cómo dice, padrino?
*     - Si tocas la guitarra.
*     - Bueno, padrino, me acompaño...
*     - De modo que cantas. ¡Pero qué bien!
*     Se frotaba las manos y sonreía, y yo me preguntaba adónde estaba la buena noticia. Quizás estuviera a punto de aconsejarme que fuera al Canal 13 a inscribirme en el concurso de talentos cantores.
*     Sin aviso alguno se marchó a la profundidad de la casa, y no tardó en volver con una lustrosa guitarra. Llena de aplicaciones de marfil. Oliendo a madera noble y a la añoranza de algún pobre músico que no pudo pagar capital más intereses. Me alcanzó la guitarra.
*     - Me cantas un bolero, esos de los años cuarenta -ordenó.
*     - ¿Dijo bolero, padrino?
*     -¡Pero sí, hombre! -refunfuñó con impaciencia-. Como aquel que dice... -se puso a cantar-. Nosotros, que nos queremos tanto y tililín tililón... Ese.
*     Afiné como pude el instrumento y canté aquella letra que destilaba exceso de melaza para mi gusto personal.
*     - ¡Magnífico! -casi saltaba de alegría sacudiendo los péndulos aquellos.
*     - ¿Puedes aprender otros?
*     Respiré hondo.
*     - Padrino -le dije-. Ayer hice a mamá la promesa de venir a verle. Se suponía, o mamá suponía que por esta vez no me ofrecería consejos, sino trabajo y me encuentro con que no me ofrece consejos ni trabajo, sino me pone a cantar cretinadas.
*     Me levanté, deposité cuidadosamente la guitarra en el sillón, y empecé a marcharme.
*     - ¡Te estoy ofreciendo trabajo, hijo!
*     - Como cantor no, gracias.
*     - No se trata de eso.
*     Entrelazó las manos atrás, echó abajo la cabeza y se encaminó a mirar por la ventana, un trozo de su gran patio donde se alzaba un nudoso yvapurú con sus frutos maduros tan parecidos a las uvas apiñándose en sus troncos y en sus ramas. Acaso esa extraña especie vegetal le suscitaba recuerdos al hombre, y digo recuerdos porque nadie mira por la ventana para contemplar un yvapurú, sino para contemplar trozos de pasado.
*     - Como sabes, nunca me casé -me informó por fin. Y esperé. No supe qué decir. Quizás no se casó calculando el costo de la comida para dos, o vaya a saber uno qué.
*     - ...y no es que no estuviera enamorado -confesó.
*     Casi solté la risa. Resultaba grotesco que el empedrador con alma también de piedra tuviera corazón. Pero me dominé. Jamás mi padrino me había hecho confidencias de ninguna naturaleza. Como tampoco jamás hacía nada que no apuntara a algún objetivo. Si parte de ese objetivo se traducía en trabajo para mí, bienvenido el objetivo, y las confidencias con las que se iba abriendo paso hacia él.
*     - Ella vive aún...
*     Di por sentado que «ella» fue la amada.
*     - Y está muy enferma.
*     Lógico, tendría un poco menos que los 83 años de mi padrino, que se había sentado en uno de sus mullidos sillones, juntaba las manos entre las piernas, se volvía de repente mohíno, lastimoso y, susurraba:
*     -Es todo lo que me queda.
*     Me sentí sorprendido. Es todo lo que me queda, decía. Y eso lo decían aquellos que tuvieron algo, o a alguien. Pero él no tuvo nada, salvo dinero e innumerables propiedades. Razonando fríamente llegué a la conclusión de que para él, el «todo lo que me queda» no era cuestión de apenarse, porque estaría acumulado en los Bancos y registrados en las oficinas inmobiliarias. No sabía qué pretendía decir con eso de que una vieja enferma era todo lo que le quedaba. ¿Quedaba de qué? ¿De qué secreto? ¿De qué vida no vivida?
*     Tal vez la soledad de los viejos fuera tan tramposa que el fracaso tuviera valor, sobre todo cuando era lo único que quedaba después de un largo hastío vivido... y descubierto demasiado tarde.
*     - Creo entender -murmuré.
*     - ¡No entiendes nada! -casi gritó.
*     - Entonces cuente.
*     - Es difícil empezar...
*     - Empiece por los boleros, padrino.
*     - Ah, sí, los boleros. Hubo un tiempo en que la historia de los jóvenes se escribía con la letra de los boleros. ¿Es música española, verdad?
*     - No sé, puede ser, padrino, podría Ravel ser el padre de todos los boleros.
*     - Ah, sí, el Bolero de Ravel, siempre me conmueve.
*     - Sorprendente.
*     - ¿Sorprendente qué?
*     - Sorprendente Ud., padrino. No me lo imagino conmovido por la música.
*     - Sos demasiado joven para juzgar a la gente.
*     Acepté el reproche. ¿Qué sabía yo de él? Lo que mamá contaba con asco y lo que papá contaba con envidia. Descubrí inesperadamente que me habían educado para odiar a mi padrino. Eso también era sorprendente.
*     - Sorprendente... -decía y sus palabras eran como un eco de mi pensamiento, pero se referían a otra cosa-. Es sorprendente que lo hayan creado los españoles. Cuando nació el bolero se estaban comiendo las entrañas en una Guerra Civil. Salían fotos horribles en los diarios, de curas castrados y monjas violadas, ¿sabes?
*     Asentí, y él prosiguió:
*     - Creo que fueron los mexicanos. Sí, fueron los mexicanos -se sumergió en una especie de ensoñación-. Los mejores eran los mexicanos. Los oía en la radio. No sé si eran mexicanos porque cantaban boleros o cantaban boleros porque eran mexicanos -hizo una pausa, más metido aún en las turbulencias de su memoria-. Lo tengo en la punta de la lengua, José Mojica, Ortiz Tirado, Pedro Vargas, Fernando Torres, Juan Arvizu, Eva Garza... ¡Qué hembrón sensual, mi hijo!, y Fernando Albuerne y Tito Guizar, un maricón que cantaba como los dioses, aunque un poco aflautado, para mi gusto...
*     Era como si yo no existiera. Y él mismo no era él. Era un muchacho que soñaba ganar dinero no importa cómo y mientras tanto se estremecía con las voces que dieron dulzura a su época, y ahora, en esa habitación donde entraba la luz de la mañana, el sol parecía retirarse y volverse la neblina propicia por donde desfilan los fantasmas empollados por la nostalgia. Sentí frío, y lástima, y miedo de ser viejo alguna vez...
*     - Noche de ronda, que triste pasas, que triste  suenas por mi balcón...
*     Cantaba. Y era como si estuviera masturbando su alma, y yo callaba, porque al fin y al cabo la masturbación es un acto íntimo.
*     - Farolito que alumbras apenas mi calle desierta...
*     Una lágrima increíble resbalaba de uno de sus ojos. Quizás fuera la última gota que le quedaba, en un solo ojo, y la estaba gozando, alejado de todo, de mí, de su casa, de su vejez, hasta las últimas consecuencias, como dicen los políticos.
*     - Mujer... si tú puedes con Dios hablar, pregúntale si yo alguna vez...
*     Algo duro y pesado le gorgoteó en la laringe. Su gran nariz bulbosa se puso roja y un cargamento de moco le cortó la respiración. Extrajo un gran pañuelo, se sonó. Tomó conciencia de que yo estaba allí, y sonrió con cierto aire de vergüenza.
*     - Perdón, me dejé ir.
*     - Quizás muy lejos, padrino. Con eso de los jóvenes escribían sus historias con letras de bolero. Me resulta difícil creer.
*     - Solo es una manera de decir. Posiblemente no vivían boleros, sino nos escondíamos detrás de los boleros.
*     - ¿De qué?
*     - ¡Vaya! De una vida puerca, o de una muerte puerca. Y demasiado cercana. Guerra mundial y todo. Y aquí, contando los muertos de la última revolución y haciendo apuestas de dónde saldría la próxima. Mi madre era previsora. Y mientras discutíamos si sería la Marina, la Caballería o la Artillería, ella compraba una bolsa de galleta y un cajón de carne conservada -rió con la poca alegría que le quedaba-. Las mamás de entonces eran mamás sitiadas por el miedo.
*     - Esa es tu manera de ver, padrino...
*     - No te ofendas. No era mi manera de ver. Era nuestra manera de vivir. Quizás me equivoque, pero lo recuerdo así. Y entonces los jóvenes tratábamos de vivir escurriéndonos de las esquinas abiertas al tiroteo de los cantones. Los que podían, estudiaban y se iban a bailar al Mbiguá o al Sajonia. Y los que no, si eran puritanos paseaban en  tranvía con la novia y la futura suegra y los putañeros íbamos a bailar al Balalaika, el Mango, Puyol y al Bambú ejercitando con las putas nuestras experiencias de bailarines...
*     - ¿Qué son «cantones»?
*     - Los puntos altos de la ciudad. Ahora los usan para mirar el paisaje o hacer desfiles de modelos. Antes servían para poner una ametralladora y disparar contra todo lo que se movía.
*     - ¿Peleaste en algunas revoluciones?
*     - No, me refugiaba entre las galletas y la carne conservada de mamá.
*     Aquella visita a mi padrino me estaba resultando increíble. No era el de siempre. Contemplé su cara arrugada, sus ojos velados de viejo, sus matas de cabellos resecos, rojizos, con brillo de cobre que serían blancos si no estuvieran saturados de tinte barato. Y su ineludible vejez, posiblemente el tiempo también ineludible en que el mundo interior se abre para dejar escapar confesiones que no se deben llevar a la tumba. ¿Pero por qué a mí? Colegí que no tenía amigos. Que es difícil tenerlos cuando se ha pasado la vida exprimiendo gente y sembrando rencores como el de mi papá, aunque a decir verdad, papá, creo, nunca fue deudor suyo, y no porque no le haya pedido dinero (para eso lo habrá hecho compadre) sino porque él se lo negó, herido, supongo, de que mamá se haya negado a acostarse con él. Si tal cosa hubiera ocurrido. Así es la vida, carajo, e impacta un poco descubrirla a los 23 años.
*     Sin embargo, estaba «ella», la anciana enferma. Y que esté enferma no importa. Basta que sea «ella», substituta de todo, depositaria, confidente, consuelo, velamen para seguir tirando y ancla para inmovilizarse en una bahía de sosiegos mansos. ¿Por qué no se derrama en «ella»? Se me ocurrió que «ella» había vivido su mismo tiempo, pero una vida distinta. Que había sido joven y veía perspectivas, mientras él era joven y ejercitaba la crudeza de su cinismo conformista. ¿Qué tendrían que decirse entonces? ¿Decirse? ¿No basta que los viejos compartan su vejez en la que la comunicación sobra porque solo se pide una compasión mutua, o en el último extremo, una tolerancia mutua? Compañía para la soledad, y punto. ¿Qué más?
*     - ¿Quién es ella? -quise saber.
*     - ¿Quién?
*     - La vieja enferma que aún vive.
*     - Se llamaba Natalia.
*     - ¿Llamaba?
*     - Se llama aún, claro -rió-. Es raro que las personas cambien y los nombres no. Me pregunto qué tiene que ver una anciana desdentada con una rubia que recibía una serenata, y la muy... se soltaba la cabellera para salir al balcón a agradecer...
*     - «Se soltaba la cabellera rubia a la luz de la luna y la luna palidecía de envidia».
*     - ¿De dónde sacaste eso?
*     - Es de un poeta, José Luis.
*     - Era así. ¿Cómo puede tener el mismo nombre?
*     - ¿Fue su gran amor?
*     - Sí, pero yo no fui el suyo, hijo.
*     - ¿Y entonces?
*     - Ahora soy su gran consuelo. Y también el mío, y ya que memorizas a los poetas, apunta esto de que consolarla es mi consuelo.
*     Es extraño cómo el prejuicio construye en nosotros la imagen de una persona. Y cuando los prejuicios se diluyen, salta como de una caja de sorpresas una imagen nueva. Alma dura, corazón frío, garras de avaro, ave de rapiña, mi concepto sobre don Toribio Achucarro se estereotipó desde mi niñez. Y de pronto estaba descubriendo un hombre, nada de ángel, sino un hombre, con esa extraña dualidad para el bien y para el mal que estaba aprendiendo a captar en mis veintitrés años, con una regla demasiado repetida para ser negada.
*     Si al fin de cuentas era verdad que se dedicaba a la usura, habría hecho la desgracia de mucha gente. Pero no podía afirmarse que había hecho su propia felicidad. Y hasta es posible que se sintiera en paz con la vida y con su conciencia, y no sería yo quien las pusiera en entredicho.
*     - Espérame un momento. -Me dijo y desapareció en la otra habitación. Ya era cerca de mediodía, el caluroso sol de diciembre resplandecía afuera y los frutos del Yvapurú nudoso parecían querer reventar prendidos al ramaje. Un moscardón azul volaba entre las flores y una lagartija bruñida observaba sin consuelo aquella presa demasiado grande para ella.
*     Don Toribio volvió con un cheque en la mano. Me lo tendió. No lo acepté.
*     - Padrino. No vine a mendigar dinero. Pensaba en un trabajo, o en la oportunidad de un trabajo.
*     - Estás trabajando para mí -dijo, y me introdujo el cheque en el bolsillo, y luego, sin ceremonias, me empujó hacia la puerta-. Te espero el viernes a las diez de la mañana, no antes -ordenó perentorio.
*     Cuando quise replicar, la puerta ya estaba cerrada. Quedé allí, desconcertado, con el sol ardiéndome en la cabeza, inmóvil, con una vaga conciencia de que detrás de aquella puerta había quedado algo de mí, y que en mí venía pegoteado algo de una persona que al fin, aun siendo mi padrino, fue siempre desconocida para mí.
*     Mamá me esperaba con el almuerzo y con una pregunta en los ojos, cómo te fue con el padrino. Papá dormía la siesta en la hamaca y roncaba. Mi hermana estaba tendida desnuda al sol, allá el patio, asándose inmisericordemente. Me senté a comer, y mamá se sentó en otra silla, las manos sosteniendo el mentón. Le gustaba verme comer, como acaso antes le gustaba verme mamar. Tenía un concepto casi sagrado de la alimentación, mi querida mamá. Saqué del bolsillo el cheque del padrino y se lo entregué. Miró la cifra, que alcanzaría para cuatro meses de alquiler, y de soportarme mejor, y a mi hermana, de paso. Miró aprensiva a papá que jamás se enteraría de la existencia de aquel cheque, y se lo metió en el escote.
*     - ¿Es de don Toribio? -preguntó, y yo asentí.
*     - ¿Trabajas para él?
*     - Sí.
*     - ¿En qué?
*     - Aún no lo sé. Canté un bolero y escuché viejas historias, y me pagó -vacilé un poco-. Mamá. ¿Quién es don Toribio? Y no me respondas que es mi padrino, eso ya lo sé. Me refiero a qué es, qué fue.
*     - Lo conocí poco, en un tiempo fue el patrón de tu papá. Fue entonces que se hicieron compadres. Trabajó poco tiempo con él. Ya conoces a tu papá. Cuando no lo echan, se cansa y se va.
*     - No respetas mucho a papá.
*     - Te tengo a vos, y basta.
*     -¿Te acostaste con él?
*     Se ruborizó. Aún era bella, y tomé conciencia de que solo tenía 42 años, aunque representaba más. Pero el rubor la embellecía.
*     - Se te enfría la sopa...
*     - Y la curiosidad me quema.
*     - ¿Él te dijo algo?
*     - Nada.
*     - Tu pregunta es malsana, hijo.
*     - Acabas de decirme que sí, mamá.
*     Inclinó la cabeza, ahora apoyando la mejilla en las manos y miraba a mi padre roncando, y en su mirada había la pregunta si vale la pena serle fiel a un atorrante. Insistí, y realmente me sentía malsano, pero quería saber.
*     - ¿Fue por amor?
*     En aquel tiempo ya había aprendido cómo la gente ríe de un chiste malo. No es risa, sino mueca, y estaba torciendo la boca de mamá.
*     - Fue por amor... a él -y señaló a mi padre-. O por amor a vos, no sé. Ya habías nacido. Tu padre era cobrador de los empedrados, y se quedaba con el dinero. Muy simple, muy torpe. Don Toribio le dio un plazo de dos días para devolver el dinero...
*     - Que se había volatizado el hipódromo, me parece conocer la historia.
*     - Estaba segura que iría preso. Me aterroricé. Su alma de pájaro bobo no soportaría el encierro. Me aterroricé por él, por mí, por vos. Y fui a suplicarle.
*     Sus ojos echaban miradas a un recuerdo todavía vivo. Tal vez recordó el acoso y se llevó la mano al pecho, apretando su corazón, o el cheque, no sé.
*     - Fui a suplicarle, y él me suplicó a mí. Por lo menos tuvo esa cortesía. Podía haberme exigido, pero suplicó. Me hizo más fácil ceder. Cuando un hombre consigue que una mujer le compadezca está a medio camino de alcanzar lo que quiere. O... no nos hace parecer tan difícil. ¡Jesús, hablo como una puta! -y esta vez sí que rió con risa ancha, abierta, cristalina, como un cántaro de agua que se rompe alegremente-. Y ahora ya lo sabes, hijo. Me firmó un papel y todo acabó allí. ¿Qué vas a hacer, escupirme en la cara?
*     - No, mamá, te quiero más. Pero empiezo a reodiar a don Toribio.
*     Había terminado con la sopa, tragándola al mismo tiempo que tragaba una íntima furia. Y ya no quería decir nada, y simulaba prestar toda la atención de un ingeniero de la Nasa para untar el picadillo de carne con el pan, que de paso, era el segundo plato, y el último.
*     -¿Qué es eso de reodiar? -preguntó ella.
*     - Me fui de aquí odiándolo. Conversamos mucho. Me dijo cosas que me hicieron conocer a un hombre que no merecía odio, y pensé que dejaba de odiarlo. Ahora lo vuelvo a odiar. Por lo que te hizo.
*     - Yo no. No lo odié entonces ni lo odio ahora.
*     - Me inclino ante tu bondad mamá.
*     - Es que... me dio una satisfacción enorme.
*     - ¡Mamá!
*     - No en la cama. En el alma. Me di el gusto de tirarle el papel en la cara a tu papá.
*     Imaginé aquella escena patética. La adúltera arrojando a la cara del esposo inútil la prueba de su estrenada cornamenta, y diciéndole que aquí está el precio de tu libertad, badulaque, y mírame... ¡Mírame! ¡Es la cara de una mujer que por fin se acostó con un hombre! Pero mamá me arrancó de mis fantasías dramáticas.
*     - Lo hice. Se lo tiré a la cara, y cayó al suelo. Lo recogió, leyó. Movió la cabeza como quien piensa que cosas raras pasan en este mundo, y se fue a tomar tereré. Pero desde entonces, nunca más...
*     Y miró allá, al patio, donde mi hermana había girado y ahora tostaba el trasero desnudo.
*     - ¿Nunca más?
*     - Su valentía para castigarme, o para castigarse, no sé, llegó solo hasta allí.
*    Allá en el patio, los abultados hemisferios del trasero de mi hermana, demasiado grandes para una modelo, y demasiado tentadores para la serie de viejos golosos que capitanean el negocio parecían querer reventar bajo los cuarenta grados de diciembre. ¡Mi hermana era posiblemente mi media hermana! ¿Posiblemente? ¡Era! Con razón papá no perdía el sueño cuando no volvía de noche. Aunque a decir verdad mamá tampoco, pero las razones eran distintas. A papá no le importaba, a mamá porque la tipa ya no tenía remedio.
*     Mi madre se levantó de la mesa, me dio un beso y se fue. Fui a contemplar a mi padre, que roncaba sumergido en el mejor de los mundos, si bien no era necesario que durmiera para estar en el mejor de los mundos. VIVÍA en el mejor de los mundos. Vivir y dejar vivir. E ir tirando como se puede. Así y todo, había logrado hacerme Bachiller, y a mi hermana. Pero eso no era todo, de modo que dejé tranquila a aquella asquerosa mosca azul de las carroñas pasear entre su boca abierta y su nariz. Caminé hasta donde estaba mi hermana, que había volteado de nuevo. Tenía pechitos de niña, y la había visto dándose masajes angustiosos, y cadera de matrona romana. Nunca sería modelo. El triángulo negro de su bajo vientre brillaba al sol.
*     - ¿Tienes que broncear también la vagina?
*     - Basta con que no mires, vicioso. -Y giró de espaldas.
*     En su tipo, era una mujer espléndida, de aquellas que dicen que gustan a los jeques árabes, con muchos petrodólares y con los ojos comidos por el tracoma.
*     - Deberías ir a Arabia Saudita, hermana. O a cualquiera de esos países que flotan en petróleo.
*     - ¿Por qué? -Preguntó sin mirarme.
*     - Harías carrera por allá. Y déjate de asarte. Las prefieren blancas y abundosas. Acá no serás jamás modelo, aunque tus amigos compitan en pagarte el curso.
*     - ¡Miren al entendido!
*     - Las modelos no son seres humanos, son perchas con patas. Vos sos un ropero.
*     - Estúpido. ¿No lees? Las flacas están pasando de moda. El look es ahora de las rellenaditas.
*     - No lo creo.
*     - ¿Viste a Graciela Borges cuando vino al desfile de modelos? Vino como la mujer más elegante de Argentina. Era culona.
*     - Graciela Borges es Graciela Borges, tiene derecho a ser culona. Y hasta es posible que eternicen su trasero en un molde yeso, para la posteridad. Pero vos sos Lucía Arzamendia.
*     - ¿Querés dejarme en paz?
*     Lo hice. Ahora eran dos las moscas azules anticipando a papá las delicias del sepulcro. No busquen en mí un modelo de amor filial. Mamá estaba acostada en su lecho. El de papá estaba al lado, sin hacer, entonces comprendí por qué, ninguna mujer arregla el lecho de donde la han expulsado. Me tendí al lado de mamá, y hundí mi cara bajo sus axilas. Es delicioso y reconfortante el olor a mamá. Me revolvía el pelo. Me sentí bien, con Edipo a miles de años luz de nuestra ternura.
*     - ¿Lucía lo sabe, mamá?
*     - Cuando empezó esto de sus aventuras hacia la pasarela, tu padre se lo dijo. Le dijo que no era su padre, cuando descubrió que era impotente para funcionar como padre. Si ella hubiera ido a la Universidad, no se lo hubiera dicho.
*     Allí estaba el Juan de Dios Arzamendia perfectamente retratado. No me traigan problemas, tráiganme soluciones. Había oído mucho de eso. No me compliquen la vida. Endúlcenmela.
*     - ¿Cómo le sentó a Lucía?
*     - ¿Qué quieres decir?
*     - Solo te pregunté si estás segura de que siguió siendo la misma.
*     Me dio la espalda, y le susurró a la pared:
*     - No sé -y suspiró hondo, con ese suspiro que dice «y ahora déjame dormir».
*     La dejé dormir, o fugarse. No sé.
*     Me levanté y fui a buscar aquel paraguas que debía llevar a su dueña, cerca de casa. Lucía había terminado su sesión de parrilla. Estaba en su cubil, (ella llamaba así a su habitación) que merecía el nombre, porque lo más grande que cabía allí era un espejo que cubría toda una pared. El resto era una cortina que ocultaba un palo horizontal de pared a pared del que colgaban perchas, y de las perchas sus patéticas galas. Completaba un grueso colchón tendido en el suelo, y una mesita de luz que no servía para nada a un colchón en el suelo. Ella se había puesto un «dos piezas», con la prenda interior de los que tapan adelante y descubren atrás. Asumía poses y se miraba al espejo. Me vio en el cristal, de pie en la puerta.
*     - ¡Amo mi cuerpo! -me dijo en tono burlón y grandilocuente-. Me va a llevar lejos.
*     - ¿Hacia arriba o hacia abajo?
*     - ¿Tienes que ser siempre tan antipático, vos?
*     - Perdóname, Lucía.
*     Giró para mirarme, aunque podía mirarme lo mismo a través del espejo. No podía ocultar cierta sorpresa.
*     - ¿Sabes que es la primera vez en muchos años que me pides perdón por algo? ¿Es que estás creciendo por fin, Erasmo Arzamendia?
*     - No es eso. Es que de repente sentí el deseo de pedirte perdón.
*     - No me ofendiste, ni me humillaste...
*     - Yo no.
*     Sus pechos empujados hacia arriba y sus nalgas de músculos contraídos hacia afuera, volvieron a su sitio de costumbre. Ya no era la modelo. Era una mujer. Quizás una niña cuyo secreto, o dolor, rompían sus velos.
*     - ¿Mamá te dijo algo?
*     Callé, y ella adivinó. Ahora se va a poner a llorar -pensé-. Un llanto torrencial que viene después de romperse viejos diques. Pero me equivoqué. No lloró. Los pechos volvieron a su posición profesional, y los glúteos también, desafiantes.
*     - ¡No necesito a nadie! -su voz era un poco más chillona que de costumbre. ¡Tengo mi poder!
*     La miré a ella. Bella, pero la belleza no es poder, solo una oportunidad. Y miré el cubil. Allí no había poder, sino un principio demasiado humilde como para proyectarse arriba. Vio que no la creía.
*     - Entra -me dijo. Y entré. Abrió los brazos, ofreciéndose. -Abrázame, hermanito -la abracé tímidamente-. ¡Como un hombre! -Desafió. No me atreví. Y entonces ella me apretó contra sí como una mujer, sentí su aliento en la oreja, y la dureza de sus pechos, y el palpitar de su vientre. Me soltó al fin. Me clavó la mirada.
*     - ¿Y?
*     - Ni fu ni fa.
*     Soltó una carcajada. Estaba segura de su poder, pero no sería yo el degenerado que la certificase. Después de todo, era mi hermana. O mi MEDIA hermana, conforme al cosquilleo que sentía en la ingle. Elaboré rápidamente una fórmula tranquilizante que incompatibiliza las hormonas con el instinto de la reproducción, y arribé sin consuelo a la conclusión de que mi hermana estaba decidida a ser puta, y rogué a Dios que le concediera la gracia de serla de lujo.
*     Demasiado aturdido, salí corriendo al patio y a mi taller, a ocuparme del paraguas.

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Autor/a: 

HALLEY MORA, MARIO

(1926-2003)

 

Título: 

MEMORIA ADENTRO

 

Edición digital: 

Alicante : BIBLIOTECA VIRTUAL MIGUEL DE CERVANTES, 2001

 

N. sobre edición original: 

Edición digital basada en la de Asunción (Paraguay), [s.n.], 1989.

 

Portal: 

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