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MARIO HALLEY MORA


  YO ANDUVE POR AQUÍ - Autor: MARIOHALLEY MORA - Año 1999


YO ANDUVE POR AQUÍ - Autor: MARIOHALLEY MORA - Año 1999
YO ANDUVE POR AQUÍ
 
 
 

 Edición digital: Alicante :

Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2001
N. sobre edición original: 
Edición digital basada en la de Asunción (Paraguay),
Editorial El Lector, 1999.
 
 
PRÓLOGO
*     La vida está hecha de grandes acontecimientos y de pequeños detalles. Aquellos no tendrían sentido sin éstos. El Gran Arquitecto diseña la fachada de nuestra existencia pero somos nosotros los que vamos poniendo ladrillos, puertas, ventanas, galerías, arcadas y columnatas. En este libro mi vida dura 200 páginas, más o menos, y 73 años cargados con las impresiones, la gente, los detalles grandes y nimios, las personas importantes o pasajeras, los tiempos felices y los desgraciados, emociones, memoria, experiencia.
*     La mente, o la memoria, tiene misteriosos mecanismos. Parece registrar a capricho y olvidar al azar. Resucita para alimento de la nostalgia o condena al olvido. No otra fuente tiene este libro. 
*     PLANTÉ, hace 25 años, un árbol de yvapurú, que se llena de frutos cada Setiembre, y es mi satisfacción.
*     TUVE, de mi matrimonio, cinco hijos que son mi felicidad y mi tristeza.
*     ESCRIBÍ y publiqué 25 libros, buenos o malos no importa, porque son mi justificación.
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INTRODUCCIÓN
* Éste no es un libro de memoria, y menos de historia, sino, apenas, un libro de desolvidos. No hay disciplinas cronológicas ni apelaciones documentales. No me he puesto a investigar en descoloridas colecciones de diarios ni en viejos archivos. Mi única proveedora es la memoria. Todo se reduce a recordar y escribir, y de ese modo, dar testimonio de que yo anduve por aquí, en este mundo ancho y ajeno, como diría Ciro Alegría, sabiendo nada más que el camino andado es largo, y el por andar, previsiblemente corto. Empiezo este libro, ocho días después de haber dado sepultura a mi hijo Paco, como un homenaje a él y como un escape a mi aflicción, que no creo acabe nunca, pero al final de cuentas, es mayor consuelo ponerme a trabajar antes que sentarme a cavilar sobre las injusticias del destino, el peor de las cuales es cuando la lógica existencial se vuelve cabeza abajo, y ya no cabe el dulce consuelo de esperar que mi hijo me entierre a mí, sino vivir la agonía de enterrar a mi hijo. En fin, en memoria de mi querido Paco, van estos deshilvanados recuerdos.
*     Curándome en salud advierto de nuevo al lector que de la misma manera que éste no es un libro de memorias, tampoco es de historia. Se menciona nombres, hechos, cosas y circunstancias tal como los registrara mi memoria, de niño primero, de adulto después. Los recuerdos son tornadizos y caprichosos. Aparecen torrenciales o escapan como duendes huidizos en los recovecos del tiempo. De ahí el énfasis en esta aclaración previa, en previsión de que el lector encuentre contradicciones y olvidos, fracturas de tiempo o de espacio que deben atribuirse -repito- a la mecánica del recuerdo que tiene su propia tabla de valores para rubricar los hechos insignificantes o no. Un gran poeta medieval alemán, Pope, escribió alguna vez «Puesto que la vida no puede darnos más que echar una ojeada a nuestro alrededor y morir, alcemos libremente nuestro vuelo sobre todo este escenario de la humanidad». De eso se trata, de un vistazo a la humanidad, o de una molécula de ella que fuera mi entorno. Esta recurrencia única a la memoria, acaso idealice a los acontecimientos o las personas, pero como mi mente los registró así, así fluyen sobre el teclado de la máquina. Tal vez haya errores o saltos sincopados para atrás o delante, de fechas o de épocas, pero esos mismos errores, nunca equívocos, son parte de esta substancia que empiezo a construir con los ingredientes de mis observaciones, padeceres y placeres en mi paso por la vida, y más o menos que con estilo literario, con el periodístico que se adecua mejor a lo que es este libro.
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UNO
*     Fui el sexto hijo varón de don Miguel Halley -sirio- y de doña Elisa Mora, siendo el primero Antonio y el segundo Pedro, que combatieron en la Guerra del Chaco. Después Gerardo, Agustín, Eulalio y yo. Hubo otro varón, Roque, que murió de niño, de modo que me salvé de ser el séptimo varón, proclive, según la leyenda, a convertirse en Lobisón, o Luisón, como se dice en el Paraguay. En el momento de escribir este libro quedamos en pie Gerardo y quien lo escribe. No faltó en la familia el toque de la tragedia. Mi padre, Miguel y su hermano gemelo, Manuel, fueron acribillados a tiros en 1937 en Ajos, hoy Coronel Oviedo, pueblo de mi nacimiento. Contaba mi madre que nunca aquellos gemelos se separaron. Viajaron juntos al Paraguay, trabajaron juntos, vivieron juntos y murieron el mismo día. Juntos, desde el seno materno hasta una tumba doble, extraña caricatura de un útero de la Eternidad. Igual destino le tocó a mi hermano Antonio, asesinado a tiros por la espalda por su cuñado, Carlos Vargas, en vísperas de la Navidad de 1959.
*     De Ajos tengo vagos recuerdos, aunque por lo contado por mi madre y mis hermanos mayores era poco más que una aldea de frontera, porque más allá sólo se extendía el inmenso bosque del Caaguazú hasta el río Paraná. Tierra de malevos, refugio de fugitivos que tenían la selva donde escabullirse en el patio de los ranchos, la mala fama de Ajos era legendaria. No había Comisario que durara tres meses en el cargo, y no porque se jubilaba sino porque se lo enterraba con las pompas del caso, o con ninguna, víctima de algún entrevero en el que tuvo el desatino de querer imponer su autoridad. Era el pueblo de Ajos de entonces, muy distinto a la culta Villarrica o a la señorial Caazapá, de mucho más contenido tradicional en la composición de la sociedad y de la familia, el cultivo de las artes y la asimilación de una inmigración de pioneros europeos que fundaron familias ilustres. La escuela de Ajos sólo tenía hasta el tercer grado, y aunque no faltara maestra para el cuarto, faltaban alumnos, ya que al despuntar la adolescencia, siempre temprana en el campo, tiempo de concurrir modosamente al cuarto grado, el púber ya se sentía muy hombre como para dedicarse a minucias escueleras, exigía a la familia el correspondiente caballo que certificaba una naciente virilidad de jinete, y no faltaban padres que les ponía como rúbrica un revolver al cinto como resumen y símbolo de iniciación varonil. El siguiente paso era «perjudicar» a alguna desprevenida doncella, en un episodio de estío desolado y cántaro roto, y con el mayor escándalo posible, porque la costumbre mandaba que la cosa tenía que saberse, para la consabida alabanza masculina al macho que despuntaba y la también consabida condena femenina -madre incluida- a la perversa de calzones flojos que había «tentado» al doncel.
*     Mis recuerdos de aquella niñez en Ajos son esfumados como un espejismo, como sólo pueden serlo los de un niño de cinco o seis años. No obstante, todavía mi memoria se activa cuando mis narices perciben el fuerte olor de los fardos de alfalfa o de tabaco, el del sudor de los caballos mezclado con el aroma del cuero, la boñiga de los bueyes y la exhalación de madera vieja de las carretas. Todavía viene a mi memoria las noches cerradas, erizada de grillos y la asombrosa bóveda del cielo nocturno, donde estrellas y constelaciones brillaban triunfales, sin la palidez de la polución lumínica de hoy que nos deja sólo el esbozo de un cielo que fue. Noche, estrellas, inmensidad y brisa convocaban la idea de la humildad del hombre ante la vastedad del universo, y su pequeñez ante la Creación que se instalaba en el entorno como en una escenografía majestuosa, abrumadora. Apagadas las luces, solía salir al patio o asomarme en alguna galería para contemplar la noche, y de entonces vuelve el recuerdo recurrente y nunca borrado. El de un candil movedizo -vela de sebo dentro de un caja de vidrio-. El farol mbopí, que se desplazaba oscilante en la negrura de la noche, sostenido por algún jefe de familia a su vez seguido por la mujer y los hijos. Sombras que venían de la oscuridad y caminaban por la oscuridad hacia la oscuridad, transitando un camino jalonado de tristes cruces que eran los hitos que la muerte había plantado para indicar el lugar de una desgracia, una emboscada, un entrevero sangriento, un «guazú apí» (tiro al venado) aleve y cobarde, y allí se ponía la cruz, en vano intento de convocar poderes milagreros. Siluetas fantasmales apenas delineadas tras el mínimo resplandor andante, a las que la noche sorprendía en el camino e iban hacia su destino hendiendo la espesa negrura. A lo largo de mi ya larga vida, siempre recuerdo aquella noche del candil errante alumbrando una caminata de almas en pena, y hasta hoy me pregunto el significado último de esta impresión que no se borra de la memoria, como si mi propia niñez quisiera enviarme un mensaje, una enseñanza o una experiencia sobre el significado de la vida, que al final de cuentas no es otra cosa que ir abriéndose paso a tientas y con una breve ascua de luz hacia lo desconocido.
*     Mi mente infante -curiosamente- asociaba la noche al candil guiando a las sombras errantes. A esas sombras al camino -apenas un sendero para caminantes que innumerables pies descalzos fueron trazando en el suelo verde- y al camino con las cruces que la tragedia plantaba como postas para que la memoria de la gente guardara las andaduras de la desgracia. Aún recuerdo el «curuzú Adelina», a la vera de un espeso bosque, donde Adelina pagó con la vida una traición de amor. El «curuzú angelito», donde un chico de tres años, en andas de un padre borracho cayó del caballo y se mató. Y el «curuzú Teodoro», en memoria de un tropero de ese nombre cayó fulminado por un tiro venido de la espesura, sin que nunca se supiera por qué ni por quién. Ornados siempre con su renovado «paño», aquellas cruces irradiaban milagros -al menos la gente creía eso- y siempre recibían el homenaje peregrino de una oración y de una vela de sebo que cuando el viento no apagaba terminaba derretida en una mancha blancuzca dispersa en el suelo.
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DOS
*     Quizás por esa presencia ubicua de la muerte, y de la santificación de la muerte que tan bien estudia Octavio Paz como fenómeno de la cultura mejicana en su «Laberinto de la Soledad» mi madre se santiguaba despavorida, nativa como era de la sosegada Quiindy, madre de seis varones destinados a hacerse hombres, crecer y tal vez morir a temprana edad en ese universo violento, con moralidad de frontera, donde el acto de matar no hacía asesinos sino arquetipos de arrojo y de hombría, con hombres curtidos prontos a echar mano al revólver o el puñal.
*     La síntesis de su pavor maternal quizás era el pequeño altar de su pieza de costura, donde siempre ardían velas para Jesucristo, la Virgen y todos los santos protectores de cada desgracia que acecha la vida del varón. Recuerdo que entre esa surtida imaginería resaltaba la imagen de su devoción más intensa: Nuestro Señor de la Buena Muerte, o San La Muerte, como se lo conocía en otros parajes rurales, que no evitaba la muerte, sino por lo menos la hacía dulce y pacífica, y era un esqueleto humano sentado y sosteniendo una guadaña. Alguna vez, un seminarista joven de paso por el pueblo, con ínfulas de poseedor de la cultura clásica, le dijo que semejante icono no era cristiano, sino pagano, la Parca de los antiguos y de los infieles. No indujo en mi madre duda alguna, sino indignación ante la descalificación sacrílega del objeto de su devoción y de su esperanza, y si alguna semilla de duda le quedó en el alma, se disipó cuando un viejo cura de Villarrica, que de vez en cuando se atrevía a realizar algún breve y prudente paseo pastoral por Ajos, le afirmó que más importante que el objeto de la fe, era la fe misma, toda vez que fuera sincera y sentida.
*     Tranquilizada en ese aspecto, el desasosiego de criar varones en un universo tan violento no cesaba. Juntó valor y se enfrentó al marido.
*     -Llevemos a nuestros hijos a Asunción, quiero que se eduquen.
*     -Aquí tengo mi negocio, no puedo dejarlo.
*     «Y también a su hermano gemelo, del que jamás se separa» -habría pensado mi madre-. Y que por otra parte, ya tenía su propia familia aposentada allí.
*     El negocio aquel, aparece descrito en las primeras páginas de mi novela Los Hombres de Celina, tal como yo lo recuerdo, aunque los personajes de la narración imaginaria son otros.
*     El conflicto duró poco. Con todos los bártulos en una carreta, mamá Elisa y sus seis retoños iniciaron la dura jornada hasta Villarrica, donde tomarían el tren a Asunción. Papá Miguel, cuyo negocio, almacén, tienda, ferretería, acopio de frutos del país, era realmente grande, según sospecho, recuperó algún soñado celibato, no tardó en traer a una nueva señora en casa e inició otra camada como la que se fuera, tan numerosa que aún hasta hoy día, andando por perdidos parajes, suelo toparme con sonrientes caballeros y amables damas que me preguntan si yo soy yo, les respondo que sí soy yo, y me dicen con fraternal sonrisa «yo soy tu hermano», o tu hermana, según el caso, cosa que acepto tras el breve escrutinio de la nariz pronunciada y los ojos pequeños que son el inconfundible certificado genético de la descendencia de mi padre.
*     Con el viaje a Asunción, terminó para mí una niñez donde el paisaje agreste y bello ofrecían, al menos al niño aún acorazado en inocencia contra las brutalidades adultas, lo más parecido a un Edén infantil, porque el espacio ilimitado es igual a libertad y la libertad es el señorío sobre el barranco y el arroyo, el fruto y el viento, la miel silvestre y el trote holgazán de aquella yegua panzona que fuera mi primera y única cabalgadura: la exploración de los matorrales y de las hilachas de monte que se introducían en la periferia del poblado, y en el monte, el entrever de los vuelos furtivos de los pájaros asustadizos, flechas vivas de colores plurales, aleteos castigando el viento y estremeciendo las ramas, vida y vuelo, vuelo y misterio. Fascinado, acompañaba a mis hermanos mayores a la floresta. Un machetazo hería el tronco del Curupica'y y al día siguiente el árbol ya había derramado su sangre espesa, alquitrán lechoso y blanco que daba el material para el «mangaysy» donde cardenales y calandrias tortolitas y piriritas venían a quedar engrillados tras posarse imprudentemente en el palillo engomado. Ser un niño, tener en las manos un pájaro cautivo, hijo del vuelo, del cielo y de la libertad, produce una sensación de poder y de soberbia que todas las humildades futuras no logran desterrar del alma.
*     Tantas veces me han preguntado y me he preguntado también a mí mismo, sobre cuándo se formó mi sensibilidad que generó después una vocación de escribidor y cronista del entorno humano. La respuesta quizás se dé en mi infancia, y en ella, el contacto con la naturaleza y con la gente, cosa que no cambió cuando la familia se trasladó a Asunción en los años treinta, cuando tuvimos la suerte de instalarnos en una casa quinta de inmenso patio arbolado. Haciendo una comparación burda pero necesaria, no es lo mismo ver el [18] mundo y sus deslumbramientos en la pantalla de un televisor que pisar el suelo, hundir los pies en el barro, cuidarse de las víboras, cazar lagartos, loros y liebres y trepar al árbol a secuestrar pichones; caminar descalzos por el arenal ardiente de verano saltando de hierba en hierba para no quemarse los pies, amasar la tierra roja para fabricar bodoques -proyectiles letales de la «hondita»- o sentarse a mirar la esclavitud circular del caballo moviendo el trapiche cuyos dientes de recia madera ordeñaban de la caña dulce, el mosto invitante que encendía la sed en la garganta. Todas las sensaciones, los conocimientos y las percepciones son en vivo, abrumando los oídos, deslumbrando los ojos y penetrando por la piel. El viento y la polvareda, la impudicia de la flor desnuda y la tentación del fruto, y hasta el miedo a la soledad pesada y amenazante de la siesta, hacían sentir su imperio, su poder. La roja avispa agresiva, el salto de las liebres escurridizas de mata en mata, las noches en que las luciérnagas salían a volar con sus faritos verdes titilantes, extrañas esmeraldas danzantes de las sombras, los amaneceres anunciados por conciertos de trinos, o por el canto de los gallos que descendían del árbol dormidero a esperar el disciplinado descenso de las gallinas de su harén, que parecían entrenadas a respetar un riguroso turno para recibir su primera ración de amor del infatigable macho. El monte siempre estaba cerca y omnipresente. Arboleda umbría, apretada y con ramas entrelazadas en un verde caos, a través de cuya espesura nunca cesaba el viento pulsando cuerdas invisibles y soplando flautas vegetales, produciendo un sonido constante, musical, himno a la magia de la fronda y a la vida, vibrando en los nidos de las leyendas donde se escondían los genios de la siesta y de la noche, amables, pícaros o lascivos, niños de cabellera rubia o nativos faunos de verga poderosa. Toda la inocencia del mundo en el alma, y el mundo abierto a la exploración curiosa, sin secretos, plantaron las semillas que germinarían en un niño para crecer y convertirse en la naturaleza, el carácter y la misión del hombre.
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TRES
*     Y también la gente, y entre la gente, los arquetipos humanos surgidos de una escala de valores primitiva, y por primitiva pura. Especialmente en los años infantes de Ajos, donde todo era sobrevalorado, el coraje, la cobardía, el honor. El hombre, paradigma vivo de lo macho, debía ser hombre sin debilidades, y si las tuviera, perdía consideración y estima. La mujer era mujer sin altanerías, y si incurría en ellas no tardaba en entrar a funcionar la «guacha» o el rebenque. La hermosura lo era más si iba ornada de mansedumbre y obediencia y la virilidad se acentuaba en la medida del vigor y de la audacia para demostrarla. Las madres y las abuelas gozaban del respeto hasta el punto de que el hijo varón juntaba las manos y les pedía la bendición; los padres y los abuelos campeaban por la veneración con cierto sesgo de saludable temor. Un buen jefe de familia no era precisamente el padre tierno, sino el severo, el que dictaba la ley y la hacía respetar al mismo tiempo.
*     Sobresalía sobre este paisaje humano el caudillo, que era en sí mismo y por sí mismo un padre superlativo. Como los caciques del ancestro guaraní, el caudillo era el producto de su propia fortaleza, de su hombría y de su coraje probado en lides extremas. Su casa era el centro de la irradiación de la autoridad, y su autoridad era válida en la medida de su justicia y de su generosidad. Nunca el caudillo campesino de aquellos tiempos fue arbitrario en el sentido que se le da ahora a la palabra. Era acaso bárbaro en el castigo y de extrema crueldad en la revancha, pero también magnánimo en el perdón y solidario en la desgracia. En su entorno, los favoritos trataban de ser la réplica en tono menor del jefe, y los réprobos, mejor se buscaran otros horizontes. No había ley ni estatuto ni código que regulara el ejercicio de su autoridad. La ley y el estatuto eran él mismo. El código nacía de su talante y era distinto en cada detalle, pero siempre igual en el ejercicio de su mando.
*     Llegaba a su categoría por imperio de su voluntad, su arrojo, y sus condiciones viriles unidos a su astucia y a su «arandú», virtud que no tenía certificación académica, sino era la mezcla de la inteligencia, la penetración en el juzgamiento de los hombres, el conocimiento del alma humana, la prudencia y la picardía, y como suma de todo, el «arandú», cuya traducción más aproximada al castellano es la sabiduría, visceral, infalible, arraigada en un cultura de siglos.
*     «Guapo» no era el hombre esbelto y carilindo, sino el hombre rudo de poncho y puñal, capaz de domar el caballo más arisco, derribar a hachazos el árbol más robusto, «hombrear» (cargar al hombro) la bolsa más pesada, obligar a los músicos a tocar su polka preferida o solucionar a tiros un problema, lo mismo de polleras que de negocios o de honor. Y por supuesto, guapo admirado era el hombre, semental andariego y furtivo, de mucha descendencia con una diversidad de madres. De la misma manera, «guapa» no era la mujer de airoso porte, sino la laboriosa y servicial, aunque fuera gorda y patizamba, de cántaro a la cabeza, de dar de comer a las gallinas, ordeñar la vaca o desviscerar el chancho con extrema eficiencia, y experta en el fuego del horno; la que encendía el brasero a carbón en la madrugada y durante el día se empeñaba en hacer la vida familiar más placentera, el mate espumoso y en su punto para su hombre, las comidas a hora, la camisa almidonada y las sábanas de blancura impecable.
*     En proporción directa a la alta autoestima del varón, la tabla de las ofensas era nutrida y la de los halagos reducida, porque la cortesía era comprendida y aceptada, pero la adulación convocaba desprecio. Era imperdonable rehusarse a compartir el vaso de caña, sacar a bailar a una doncella sin el permiso paterno, o en última instancia, materno. Se tenía como agravio mirar con lascivia a las mujeres de la familia, fueran esposas o hijas, y agravio era también pisar los pies del prójimo, si descalzo, en mayor grado, y sin tomar en cuenta que fuera accidental o deliberado. Sacarse el sombrero ante el hombre mayor, en edad o autoridad, era una prenda de cortesía y de respeto, y no sacárselo una ofensa. No era saludable entrar a casa ajena si el jefe de familia estuviera ausente, en cuyo caso había que marcharse enseguida. Símbolo de superlativa hombría eran el caballo y el revólver. Burlarse del caballo atraía consecuencias que tantas veces fueron trágicas. Desarmar a un hombre casi equivalía a castrarlo, tanto por la humillación personal como por el antiguo significado fálico del arma. Solía contarse de hombres levantiscos que «la autoridad» pretendía desarmar y que prefirieron morir antes que someterse a semejante vejamen.
*     En esa cultura primitiva, la muerte no era un culto en sí mismo, sino un accidente más de la vida que hasta producía un talante desafiante. «Ña manonte arä voí nico». «De todos modos tenemos que morir» era la filosofía del hombre llamado a enfrentar los desafíos. Coraje o fatalismo, semejante forma de encarar el último trance, era acaso la razón del legendario heroísmo del hombre paraguayo en las dos terribles guerras que su país tuvo que soportar. Pequeño país destruido y resurrecto por desnudos, había dicho alguna vez Pablo Neruda.
*     Si bien a la muerte más bien se lo desafiaba antes que rendir culto, sí se lo rendía a los muertos. En los velorios, las lloronas taladraban la noche con interminables lamentaciones, y no faltaba el amigo del difunto de palabra fácil y de oratoria sonante y nada llorosa, que dedicaba «loas» al que se marchaba de este mundo, resaltando sus virtudes y alabando su reciedumbre en su paso por la vida. Último vestigio de esta costumbre de «loar» al muerto, encontramos en la letra de una canción guerrera de Emiliano R. Fernández, que llorando la muerte, la primera en las vísperas de la guerra del Chaco, del Teniente Rojas Silva, dice cuando él a su vez marcha a la guerra: «a loá jhaguä ayujhuro Rojas Silva Curuzú». «Para loar si la encuentro, a la cruz de Rojas Silva». Eso, porque por mucho tiempo, la tumba del soldado no era hallada.
*     En los velorios de los niños que morían -los angelitos- no faltaba la música del arpa y la guitarra, los tragos y las chanzas de los hombres, mientras las mujeres que rezaban y lloraban rescataban también para sí mismas algo de la alegría masculina, porque el niño que moría era el ángel que nacía, y si la angustia afligía en la tierra había que compartir el júbilo del cielo.
*     Creo recordar, que en el velatorio de los adultos también había música, como testimonia un episodio muy particular que quedó grabado en mi memoria. Mi padre, fuerte comerciante, solía organizar caravanas de carretas repletas de mercancías y con fuerte escolta armada y se internaba en las selvas del Caaguazú, rumbo a la localidad de Yhú, punto de suministro de los obrajes de la zona, y otra avanzada de la civilización, como Ajos, antes de la espesura. Nunca supe qué ocurrencia le motivó para llevarme en uno de esos viajes alucinantes por huellas apenas esbozadas en la selva, soportando el asedio de los mosquitos, del mbarigüí y de las feroces avispas rojas, el letal «cava pytä». Caía la noche y la gente empezaba a acampar. El silencio y el descanso de las fatigas se unían para dar lugar a los tenebrosos ruidos de la selva nocturna, porque el silencio del monte nunca es total sino con una cargazón de rumores que producen pavores hondos. Siempre hay algo que trepa entre las ramas, que susurra, amenaza, aúlla o se queja en las altas copas, repta sinuosa en los matorrales, esconde su andadura en el rumor del viento o se desliza furtivo en los matorrales bajos. La floresta es un rumor vivo, acechante, vitalidad que los miedos ancestrales adivinan perversa, porque convoca la amenaza de la garra o del colmillo, y sugiere la presencia de fantasmas malévolos chupadores de almas. Ese silencio flagelado de rumores y sonidos pesaba sobre la gente cansada cuando de pronto, llegó a mis oídos el sonido de una canción acompañada por las cuerdas de un arpa y guitarras. Más que canción, aquello parecía un largo, untuoso y dolido lamento surgido de un dolor abismal, y la música misma en medio de la verde inmensidad como una intrusión extraña en el concierto forestal de aquella noche. Pregunté a Sebastián, el correoso y callado capataz de la carretada y responsable personal de mi seguridad, qué era aquella música. Sucedía que en la vecindad, había un puesto forestal, y en él, un rancho solitario donde velaban a un obrajero aplastado por un alzaprima. A la canción, Sebastián denominaba «Polka Lasánima» (contracción de Polka para las Ánimas) que se cantaba solamente en noches de difuntos. Hoy día, suelo recordar aquella ordalía nocturna y la canción que tal vez Ortiz Guerrero, que andaba en su juventud por esos rumbos buscando la huella de la india bella mezcla de diosa y pantera, habría escuchado para concebir la guarania que le sugiriera más tarde a José Asunción Flores. Sin embargo, aún en los más agudos estudiosos de las costumbres paraguayas, nunca encontré referencia alguna a la Polka Lasánima, pero que la oí, lo juro con la mano sobre el corazón.
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CUATRO
*     La familia llegó a Asunción cuando poco antes de estallar la guerra del Chaco. Cuando estalló, mis hermanos Antonio y Pedro, que eran estudiantes secundarios, pasaron, casi adolescentes aún por la apresurada escuela de Aspirantes, y poco después, ya iban camino al campo de batalla, como tenientes. En la misma época, vino a vivir en casa, la abuela, Venancia Mora, madre de mi madre, que de niña conociera los sufrimientos de la Guerra de la Triple Alianza, y no ocultaba para nada un odio visceral a la memoria de Madama Lynch, porque según ella sabía, la Madama quería ser reina del Brasil, y en represalia, Don Pedro II, que padeciendo esté en el infierno, había mandado hordas de esclavos negros a destruir al Paraguay. En los años que duró la guerra, el Señor de la Buena Muerte y el variado santoral del altarcito familiar, consumieron cirios en grandes cantidades, y al parecer funcionó, porque Antonio regresó sano y salvo, y Pedro también, aunque herido y después de pasar un cautiverio hasta 1935 en Bolivia, prisionero como fue en la desastrosa batalla de Strongest. Recuerdo además que mi hermano Gerardo y su amigo del alma, Ernesto Báez, intentaron ir también a la guerra falsificando sus edades. Fueron descubiertos en la maniobra, y los militares los devolvieron a casa con una aleccionadora rapada de cabeza número cero. Pero esa es otra historia, referida apenas para servir de marco existencial y temporal de mi vida, no muy cómoda, de hermanito menor.
*     La casa donde nos instalamos quedaba en la calle Amambay, hoy Rodríguez de Francia, entre Battilana y Colibrí, es decir, en el centro mismo de lo que es hoy el zoco marroquí del Mercado 4. Era lo que se diría entonces, vivir en las afueras, sobre un callejón arenoso, sin luz eléctrica, con la bendición de un aljibe y con un patio que era toda una manzana. La casa de ladrillos era enorme y rústica, de recios pilares y ancho corredor al frente, con pisos de baldosas cuyos diseños moriscos que se entrelazaban entre baldosa y baldosa me fascinaban extrañamente. El patio en sí mismo, era una selva en miniatura. Llegué a contar como 40 plantas de robustos mangos, con una cohorte de naranjas, aguaí, espeso nidal de murciélagos, aguacate, naranjas, limas de Persia, guavirá, y bajhai, mandarinas, el secular yvapovó, escenario salvaje del diario y crepuscular festival de gorriones, tres o cuatro cocoteros cuyas copas era escenario de ruidosas asambleas de pirititas y anós, pomarrosas de azucarado fruto, cedro, araticú guazú, y desde luego, la obligada planta medicinal de limón «sutil» que después me enteré que era «ceutín» por provenir de Ceuta. Mirando y admirando cada árbol, un niño frente a la explosión de la naturaleza, cumplía sin saberlo, el rito de los pueblos antiguos habitantes de los bosques que concebían al árbol como símbolo de la dualidad del hombre, con las raíces clavadas en tierra, y el espíritu expresado en el follaje que buscaba las alturas del cielo. Frente al corredor, la infaltable «parralera» que daba uvas maduras en Navidad y en el cercado de alambre tejido trepaban enredaderas silvestres de flores azules y acampanilladas unas, perladas otras y coloridas todas. Centinela de la propiedad, sobre la calle Amambay -paraíso de los turistas, la llamó Ortiz Guerrero, nunca supe por qué- era un inmenso árbol de tatarë, espinoso y hosco. Duele pensar hoy que la riqueza forestal del Paraguay, que incluía hasta los patios y las quintas de Asunción, haya quedado reducida, si no aún a nada, a muy poco.
*     La variedad de pájaros era incontable. En las tardes de verano, cuando el sol ya estaba bajo, pasaban de horizonte a horizonte miles de golondrinas «cola de tijera» (Tuguai yetapá) que buscando el sol huían de los inviernos, y eran tantas que obscurecían el cielo. Entre las matas del yuqueri espinoso saltaba de rama en roma el pajarillo que nunca quedaba quieto, el masacaragua'i: en las copas anidaba el pitogüé bullanguero cuyo canto anunciaba algún embarazo no deseado según la leyenda. Cardenales y chovys picoteaban y arruinaban los frutos de la chirimoya, del guayabo y de la naranja; en la siesta se escuchaba, siempre lejano, el arrullo de aquella palomita enana de plumaje celeste que llamábamos tortolita, los anós (por otros paisajes lo llaman cuervo) de renegrido plumaje se posaban en las ramas bajas acechando los insectos del suelo, y las piriritas (creo que son las urracas castizas) exploraban en busca de botines insólitos que llevar al nido, donde alguna vez descubrí la peineta que se le perdió a mi madre, botones y cuanto objeto brillaba y el pájaro corsario consideraba digno de formar parte de su extraño tesoro. Pasaban haciendo ruido infernal bandadas de loros y de cotorras en el alto cielo azul, en perfecta formación en V, escuadrillas de aves migratorias designadas genéricamente «tuyuyú cartelero»: el gorrión anidaba en la techumbre de la casa, los tucanes de coloreado pico descomunal siempre estaban de paso y su posada de viajeros era la copa inaccesible del tatarë espinoso. Veloces colibríes de plumajes verdes, azules y amarillos de brillo metálico, fulguraban veloces de flor en flor, el pajarillo de San Francisco, o chorlito, o «benditoseadiós», recibía la llegada de la noche con un último trino que realmente parecía implorar una bendición, por lo que mi abuela Venancia se santiguaba y susurraba amén. El caso contrario, ocurría con el «pájaro de mal agüero», cuya especie nunca averigüé, que durante la noche cerrada pasaba sobre la casa batiendo sus alas negras y lanzando un graznido casi amenazador. La costumbre y la tradición obligaban a responder el tenebroso augurio de mala suerte con el insulto más grueso posible, y doy fe de que la abuela Venancia tenía un repertorio capaz de ahuyentar al demonio más perverso, en forma de pájaro oscuro o como fuera.
*     En ese patio inmenso, oscuro en las noches cerradas y de follaje verde plateado cuando la luna llena reinaba en el cielo, el niño que fui tuvo su primer contacto con lo sobrenatural, sobre todo ayudado por la abuela, dueña de un rico repertorio de leyendas y de mitos. Yo sabía que por las obscuras arboledas nocturnas circulaban el «pombero» una suerte de genio vicioso y contrahecho que una noche había «tocado» a nuestro perro «Yeb» que murió entre convulsiones, y el «caraí pyjharë», (feo y lascivo señor de la noche) cuya hostilidad se debía calmar con una ofrenda de caña y cigarros al pie de un robusto árbol de cedro; el «pora» o fantasma doliente, acaso el alma no liberada de ataduras terrenas de algún muerto pecador. Y también en el silencio de la siesta, el «yasy yateré», un niño rubio, hermoso, seductor y malvado, cuyo silbido mágico atraía a los niños para secuestrarlos y llevarlos para siempre al mundo de lo desconocido y del miedo. De la época de la Guerra contra la Triple Alianza, venía la leyenda, o tal vez la verdad, habida cuenta del saqueo que perpetraban las tropas de negros brasileros, de que las familias enterraban en cántaros sus joyas y sus monedas de oro, de «libras esterlinas», y que esos «entierros» o «plata ybygüy», sobrevivieron bajo tierra, en lugares recónditos, a sus propios dueños. Para la abuela, y para todo el pueblo raso, los sitios de los entierros, eran marcados por luces misteriosas o por dolientes centinelas fantasmales que no se liberarían de sus ataduras terrenas mientras el tesoro no era descubierto y desenterrado. La búsqueda de tales riquezas creó una profesión de buscadores que de la misma manera que investigaban apariciones, hurgaban en las historias de las viejas familias, paseaban por los andurriales con mágicos «detectores de oro» o agudas «sondas» de hierro, o invocaban a los espíritus que delataran el sitio de la riqueza escondida. Era creencia popular que muchas fortunas rápidas e inesperadas se originaran en el descubrimiento, deliberado o fortuito por la erosión del suelo por las lluvias, de un escondido «plata ybygüy».
*     Estos primeros contactos con lo sobrenatural, fue para aquel niño que yo fuera, el principio de la herencia de los miedos ancestrales, los terrores, y los escalofríos ante el poder de las potencias ocultas, que al fin de cuentas, forman parte de la cultura de la humanidad y persisten en el combate milenario entre las tenebrosas apreturas de la superstición, la fe o los dogmas, frente a la presuntuosa libertad racionalista de la ciencia.
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Prólogo / Introducción
Uno / Dos / Tres / Cuatro / Cinco / Seis / Siete / Ocho / Nueve / Diez / Once / Doce / Trece / Catorce / Quince / Diez y seis / Diez y siete / Diez y ocho / Diez y nueve / Veinte / Veintiuno / Veintidós / Veintitrés / Veinticuatro / Veinticinco / Veintiséis / Veintisiete / Veintiocho / Veintinueve / Treinta / Treinta y uno / Treinta y dos / Treinta y tres / Treinta y cuatro / Treinta y cinco / Treinta y seis / Treinta y siete / Treinta y nueve / Cuarenta

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