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JUAN NATALICIO GONZÁLEZ PAREDES


  NATALICIO GONZÁLEZ, VIDA Y PASIÓN DE UNA IDEOLOGÍA, 1982 - Prólogo de VÍCTOR MORÍNIGO


NATALICIO GONZÁLEZ, VIDA Y PASIÓN DE UNA IDEOLOGÍA, 1982 - Prólogo de VÍCTOR MORÍNIGO

NATALICIO GONZÁLEZ

VIDA Y PASIÓN DE UNA IDEOLOGÍA

Prólogo de VÍCTOR MORÍNIGO

LIBRO PARAGUAYO DEL MES

Ediciones NAPA

Nº 16 – Febrero 1982

230 páginas

 

Tapa : CARLOS COLONIBINO

 

 

 

NATALICIO GONZÁLEZ (1897-1966), originariamente Juan Natalicio, según el testimonio de su maestro, don Juan E. O'Leary, "nació escritor", significando con ello que su vocación tenía comienzos juveniles. Así ingresó a los 17 años, autodidacto, al periodismo literario, y después al informativo. Luego quiso tener su propio elemento de expresión: la revista GUARANIA, que sobrepasó cuatro épocas desde 1920 a 1948.

Como sus compañeros del segundo grupo modernista -los nacidos entre 1890 y 1900- pagó tributo por igual a la historia, la política y la literatura, con incursiones por el ámbito combatiente, donde ha dejado páginas polémicas de sentido doctrinal. Sin embargo, supo unir a éstas el decoro de un estilo sobrio y depurado que en particular caracteriza a su prosa.

Entre sus obras más significativas se cuentan EL PARAGUAY ETERNO, EL PARAGUAYO Y LA LUCHA POR SU EXPRESIÓN y PROCESO Y FORMACIÓN DE LA CULTURA PARAGUAYA.

Este libro, VIDA Y PASION DE UNA IDEOLOGIA, más que el recuento de medio siglo de actuación, es como el símbolo de una despedida. Entraña también una confesión, ahora volcada a la luz pública, actitud sin precedentes en su obra si se tiene en cuenta que Natalicio (nombre por el que se le identificó siempre) no era muy dado a manifestar sus emociones estéticas y personales.

 

VÍCTOR MORÍNIGO (1898-1981), su prologuista, ha tenido las mismas inquietudes e idéntica firmeza de convicciones; trátase de una existencia paralela a la suya. Oficial de marina, periodista, escritor y político, escribió, entre varios títulos: Historia y des-tino del Partido Colorado, La integración latinoamericana; La Cuenca del Plata y el Canal Sudamericano y Apólogos guaraníes, relatos.

 

 

 

NATALICIO GONZALEZ Y SU OBRA

 

         La ausencia de una política cultural que desenvuelva al genio indígena, -arguye Natalicio González en su libro "Proceso y Formación de la Cultura Paraguaya"- ha evitado la aparición -en el continente americano- en forma, y medida conveniente a nuestro destino, de nuestros valores autóctonos. El mimetismo intelectual, que prospera y halla cotización, como en toda colonia, se ha empeñado en el Nuevo Mundo en destruir y difamar los gérmenes de la cultura indígena, en el deseo de trasplantar a estas tierras la civilización europea, o sea la contextura estratificada -forma sin alma, caparazón sin contenido- de una cultura que no es la nuestra. Los males desencadenados en estas tierras por las mentalidades colonizantes son ingentes para nuestro destino esencial.

         Consecuentemente con esta teoría, en toda la obra de Natalicio González se advierte el afán vernacular que consiste en mirar las cosas de América, con ojos americanos y exaltarlos con el original espíritu peculiar a los hombres que habitan un vasto mundo tan pletórico de nuevas posibilidades para redimir al hombre y reparar errores que parecen inducirle.

         La teoría del arte que florece al margen de la realidad circundante, que está en la médula de los escritores "arielistas" -expresión de Luis Alberto Sánchez- y cuyos más visibles exponentes fueron Rodó, en el Plata, y Francisco García Calderón en el Pacífico- no es sino la aceptación de la colonia traducida en teoría libresca. Aquellos autores caricaturizaron la realidad europea en sus obras para ofrecerla como un ideal a la juventud americana. Y esta cultura extra continental, habida con los elementos constitutivos de una cultura exótica, actuó, y actúa aún con ímpetu depredador en las tierras del Nuevo Mundo que, por esta causa, aún mantiene incólume el cordón umbilical que le une al Viejo Mundo.

         Pero desde un tiempo atrás, nebulosas inquietantes se han trocado en anhelos concretos de un afán autóctono en pos de una cultura americana. El intelecto continental -el revolucionario, el no académico u oficialista- afina cada vez más su visión y su sensibilidad para percibir lo vernáculo y anticolonial, capacidad para trajinar cómodamente entre realidades sustanciales, lo cual se traduce en obras en las cuales, a través de la belleza formal, se encuentra el meollo   de los contenidos conceptuales. En el verso y en la prosa, las realizaciones literarias se inspiran en ese nuevo espíritu que llamaríamos "indoamericano", hurgándose con tenacidad en todo lo que ofrezca regusto de lo aborigen para oponerlo a lo europeo tradicional. Tanto en las realizaciones literarias, como en la plástica y en la política, florece esa aspiración que es un índice del estado de ánimo colectivo en el continente, frente a la contemporánea realidad de una Europa tempestuosa y dividida, ahíta de civilización.

         Las nuevas generaciones americanas ya no buscan como las de ayer, el "doctorado" de las metrópolis; los hombres nuevos de América, a la vista del legado cultural de las generaciones pasadas, inquieren y examinan, atormentados por la palpitante realidad de un mundo nuevo que precisa nuevas condiciones, nuevos moldes, para suplir los clásicos patrones de la conquista y de la colonia. Porque el significado de Nuevo Mundo no constituye meramente una forma verbal: tiene un profundo contenido conceptual de enorme y efectiva trascendencia en la creación de una cultura operante de una nueva civilización, que en la maravillosa epopeya de la especie humana actualizará su rol en el vasto escenario de los siglos venideros.

         El complejo de inferioridad de la América colonizada, va desvaneciéndose en esta hora de certidumbres tenazmente liberadoras. Las heroicas figuras de los conquistadores del siglo XVI son bajadas de sus pedestales para erguir sobre ellos la de los héroes de la acción y del pensamiento autóctonos. De norte a sud, de este a oeste, dentro de los ámbitos de América, se abre paso el indigenismo normativo, como una conducta que tiende a buscar en el contacto de la tierra que nos nutre, el necesario equilibrio para afirmar nuestra plantas y hallar un sentido a nuestra expresión.

         El indio, en esta hora, sale de la selva donde lo proscribió la saña del encomendero, y su figura cobra simpatía y dignidad humanas; este es uno de los primeros pasos para su definitiva reivindicación. Y el paisaje americano, libre de las brumas que lo ocultaban a los ojos de los que no podían verlo, es exaltado en los cantos de los poetas con la convicción vívida que provoca el hecho de un tesoro recuperado.

         La literatura paraguaya es pobre en valores cotizables. Es difícil encontrar autores que hayan enriquecido la literatura nacional con una obra orgánica. Del conjunto heterogéneo iniciado por Ruy Díaz de Guzmán, sobresalen Moreno, -con su labor inorgánica e inconclusa, en la que se advierte, empero, el afán de lo autóctono- y O'Leary, caudillo de la reivindicación nacional que, con su obra polémica, maciza y tenaz, reanimó el espíritu de un pueblo abatido, envenenado por los detritus que dejaron sobre su suelo la traición y la corrosiva acidez de la sangre fratricida. Manuel Domínguez, otro gran caudillo y talentoso escritor de nuestra habla, que contribuyó, por sobre todo, a dar un estilo a la literatura paraguaya. Fue un gran estilista. Natalicio González nos dice que Domínguez, dentro de la escuela histórica paraguaya, "acentuó el influjo de la geografía y de la ilusión colectiva en el proceso de la historia. Y con los datos que acumuló su erudición y ordenó su singular talento lógico, hizo ver que el ideal señala rumbos a los sucesos humanos y que la tierra determina, mediante el influjo de sus ríos, de sus llanuras y de sus montañas, el itinerario de los actores grandes y pequeños del drama universal". Moisés Bertoni -europeo de nacimiento, paraguayo de alma y por adopción- inició con sus investigaciones científicas el guaranismo actual del Paraguay, enalteciendo las virtudes humanas de aquella gran raza, la tupí-guaraní, cuya evolución social y cultural fuera obstruida con la llegada de los colónidas. Pero fue Natalicio González, el primer escritor paraguayo típicamente americano, por la organización, sentido y contenido de su producción intelectual y artística.

         En la labor inicial de "Natalicio González ("Cuentos y Parábolas", "Solano López y otros ensayos" y "Baladas Guaraníes", Ed. de Indias, París, 1925) puede advertirse ya ese hondo misticismo que no es una pose, sino una afirmación de fe, reflorecimiento provocado por herencia sanguínea y el imperio de la sugestión profunda del pasado:

 

Pálido Cristo, yo no soy cristiano.

El gran Tupáng en nuestro cielo mora:

 

Creo en Tupáng, mi fuerte Dios nativo,

 

Cristo, no reinas tú sobre mi tierra,

no han florecido para ti los lirios,

ni encienden para ti sobre la sierra

los blancos astros sus temblantes cirios.

 

         En "Cantos Paraguayos", cuyos principales poemas fueron publicados en la revista "Guarania", de Asunción, el ritmo autóctono adquiere la modulación que busca este poeta paraguayo tan típicamente americano. No es precisamente con los artificios verbales que el poeta busca la plenitud de la belleza formal, sino con la pristinidad de los conceptos con que revivifica las viejas teogonías guaraníes que recobran vida al toque de su estro, el cual también encuentra su más límpida emoción en el paisaje y en ese elemento fundamental de la paraguayidad, el agricultor-soldado, ente social que desde el coloniaje hispano hasta hoy día, busca su liberación, y a veces la fuga del mundo imperfecto donde sufre. En "Tamoi"; la voz del poeta, henchida de gravedad por las incertidumbres de una guerra desigual, describe un cuadro de la vida campestre:

 

Le llamaban "Tamoi", voz que designa abuelo

en el guaraní autóctono, con sugestiones vagas

de árbol nudoso de años, que eleva sobre el suelo

la copa poderosa en que el viento divaga agitando

el ramaje henchido de murmullos.

 

Y como un árbol era, la testa toda blanca

cual copudo samuhú cubierto de capullos;

y tal como a los árboles, fuerte raíz que arranca

de los profundos suelos, atábales a la tierra

que de los ascendientes la humilde huesa encierra;

y semejante al árbol, callado y sin bochorno

veía crecer la prole robusta a su contorno.

 

Estaba en la mañana fresca y estremecida,

bajo un cielo azulado, envuelto en la encendida

atmósfera, silente, abstraído y divino

como un silvestre Dios protector de sembrados,

con la mirada fija en los rojos caminos.

Iban por ellos, lentos, paisanos y soldados

encendida de orgullo la mirada avizora,

alguna querendona guitarra bajo el brazo

y una canción de amor en la boca sonora.

 

La guerra los llevaba. Con ingenuo donaire

las muchachas sembraban de sonrisas sus pasos

y trazaban las madres una cruz en el aire.

Erguido en la eminencia de blanca senectud

los miró el "Tamoi" como desde nevada sierra,

y evocó gravemente la extinta juventud,

los días ya remotos de otra furente guerra

en que vio su nación mutilada y vencida

y florecer el cuerpo en múltiples heridas.

 

De sus hombros colgaba el poncho como un manto.

Como sonantes aguas que mana piedra inerte

brotó la bronca voz que disimula el llanto

que es deshonra en el duro rostro del varón fuerte,

y conminó a la prole, -a las esbeltas hembras

que signaban adioses al novio o al vecino

desde el borde florido del antiguo camino-

a darse a la rural tarea de la siembra.

Como bajo el imperio de inmemoriales leyes

las mujeres sumisas, con la mano rotunda

unas guiaron el tardo transitar de los bueyes,

otras empuñaron la esteva del arado

y estas sembraron granos en la tierra fecunda

con gesto rico en ritmo, hierático y pausado.

Removían la tierra, preparaban las eras,

mientras cantando al son de sus pardas guitarras

rompían ardorosos la marcha a las fronteras

los varones del valle en legiones bizarras.

Porque para la patria conquistarán victorias

al par de los que dan sus vidas transitorias

y sus épicos bustos yerguen en las fronteras.

 

Crecía el sol poniente, al tiempo que un concierto

de melodiosas aves alzaban sus canciones.

El abuelo y la prole, de pie en el surco abierto

a Tupáng elevaron sus blancas oraciones.

 

Y dijo el Tamoi, con orgulloso acento:

- Mis hijas alegraos! Compartid mi contento!

De siete hermanos vuestros presencié la partida;

a ofrendar van los siete a la patria sus vidas.

Y destacando el busto sobre el ocaso rojo

alzó la parda mano, temblorosa e inquieta,

y enjugó con el dorso los fatigados ojos.

-¿Pero tú lloras, padre? interrogó la nieta.

- ¿Llorar? Si es el sudor que me seco en la frente.

Y las dulces mujeres, en la tarde silente

pusiéronse radiantes, alegres y canoras:

al valiente que muere, se envidia y no se llora.

 

         Pasemos del poeta, al político y al sociólogo, que es lo predominante y más característico de este escritor. Natalicio González irrumpe en lo medularmente paraguayo, es decir, en lo esencialmente americano, es en "El Paraguay Eterno" (Ed. "Guarania", Asunción 1935), libro escrito entre "las vicisitudes de una vida singularmente agitada", como expresa el autor en sus palabras liminares. En esta obra capital del pensamiento político de González, puede observarse la triste realidad paraguaya de anteguerra, expuesta en una prosa apasionada y vibrante. Constituye, seguramente, la crítica más certera y completa del período liberal en el Paraguay, contribuyendo poderosamente con la causticidad de su lógica corrosiva al derrocamiento de este régimen en el pronunciamiento popular del 17 de febrero de 1936. El ideal constructivo y de reivindicación nacional de la revolución de febrero, quiéranlo o no los insurgentes del 18 de febrero, tiene su fuente más fecunda en "El Paraguay Eterno".

         El investigador futuro de la etiología y el impulso ideológico de la revolución de febrero debe buscar en "El Paraguay Eterno" y en el "Nuevo Ideario Colorado" - redactado con González- los motivos que impulsaron al pueblo paraguayo a deponer violentamente, después de vencer al adversario exterior, a la fuerza interna que lo oprimía, malogrando los frutos de una victoria obtenida más con el esfuerzo y el genio del pueblo que por las directivas de la llamada clase gobernante.

         A la edición de esta obra, seguirá la de "Proceso y Formación de la Cultura Paraguaya", en la que Natalicio González expone su teoría de la cultura y estudia las bases físicas, morales y espirituales de la cultura paraguaya y sus tendencias, arrancándolas desde la época guaranítica precolombina.

         En este libro, expresa Natalicio González su concepción original de la cultura en tierras de América, esperando más del influjo de los valores ideales que de los materiales. "La cultura -dice- es un proceso elaborado intencionalmente para crear valores que expresen lo más nítidamente posible la realidad esencial del espíritu. La decadencia de un pueblo se inicia cuando el espíritu no halla su expresión adecuada en las manifestaciones de la vida colectiva, y el renacimiento es como una forma que ciñe con gracia y soltura las creaciones del espíritu". O en otras palabras: la decadencia es el resultado del predominio de lo bárbaro, de la hegemonía de los valores coloniales. Y el renacimiento no es sino la manifestación libre, alegre, espontánea, fácil y graciosa de los atributos del espíritu, cuyo signo es la densidad de los valores autóctonos con que un ciclo histórico señala su proceso evolutivo.

         Los valores coloniales, -afirma el autor de "Cómo se Construye una Nación" en el libro a que hacemos referencia- sean utilitarios o ideales, son aquellos que carecen de toda conexión con la tierra que invaden. Aparecen como intrusos y señores en el ambiente donde se los reverencia. Su predominio en un país crea la mentalidad colonial, el culto por el poder opresor que viene de fuera. En el orden intelectual dificultad y tergiversa la libre manifestación del pensamiento autóctono, y da nacimiento a los corredores del pensamiento europeo, a los sociólogos que repiten en castellano las lecciones del profesor francés o alemán, el historiador que procura acomodar al arquetipo europeo el hombre americano, al poeta o al novelista que se esfuerza por ser lo más inglés o lo más ruso posible en sus producciones. En el orden político dan lugar a la copia frenética de constituciones y leyes de pueblos lejanos y diferentes, sin posible aplicación a la sociedad americana. Y en el orden económico facilitan la conquista imperial, mediante la entrega de las fuentes básicas de las riquezas naturales y la dirección de las finanzas a las empresas extranjeras, que aseguran la perpetuidad de sus privilegios comprando, gracias a la venalidad de los gobernantes, el dominio político y económico del Estado. Toda América sufre la reverencia de los valores coloniales, que predominan sin contrapeso en estos países, incubando una serie de trágicos problemas. La legislación importada sin ningún intento de asimilación, el libro europeo leído sin discernimiento y sin confrontar su contenido con la realidad continental, la materia prima transportada en masa a Europa para retornar a la tierra de origen convertida en valores universales gracias al genio y a la técnica de otras razas, son otras tantas manifestaciones del mismo mal.

         Nos disfrazaron, vistiéndonos con instituciones jurídico-políticas, nos aherrojaron con instituciones económicas extrañas, que como todo trasplante - sin la adecuación debida y sin la profilaxis indispensable - fueron rechazadas por el organismo nacional, he ahí, en parte, el origen de esa raíz a veces errante, pero siempre profunda del ser nacional. Momentáneamente parecía que el pesado fardo de ideas e instituciones, podría deformar las grandes fuentes en las que se nutre nuestro pueblo. Nos alimentaron con principios, y casi nos desnutren. Nuestras desgraciadas actuaciones bélicas atrajeron además un cúmulo de ideas, en las que, según las intenciones de los vencedores, debía sucumbir el alma paraguaya. Quisieron obligarnos a renegar de nosotros mismos, abandonando lo que nuestros mayores hicieron. Mantuvimos nuestra singularidad histórica sin olvidar las lecciones del pasado. Francia y los López tienen grandeza porque se inspiraron en la realidad paraguaya, alcanzaron el sitio privilegiado que tienen en la historia, porque supieron interpretar las iniciativas que surgen de la nación, su obra fue creada por el pueblo mismo.

         Todos los pueblos tienen apego a su tierra, pero ninguno es tan sensible a su clamor como el pynandi, cualquiera que sea la fe política que lo sustenta. Las vertientes del pensamiento paraguayo siguen siendo actuales, y por ignorarlo quienes atentaron contra nuestra tierra, sufrieron contrastes impresionantes. El paraguayo puede perder todo: sus libertades, sus derechos, las garantías que en su favor consagra la ley, menos "su tierra". Nuestro patriotismo, nuestro heroísmo, fueron moldeados por la consubstanciación con nuestra tierra; con "la nuestra", aquella en la que nacimos, y a la que permanentemente lloramos, cuando la vida o los hombres nos alejan de la patria que para los paraguayos es el bien más preciado. Nuestras plegarias y nuestros cantos son para la familia y la tierra convertidos en dioses que nos merecen la más enaltecedora devoción.

         Y, el haber interpretado esta realidad con madurez de pensamiento, le ha dado posición preponderante al doctrinario del coloradismo.

         Largos años de sufrimientos nos han soldado espiritualmente; doy testimonio de que ni los halagos ni los contrastes, han nublado jamás su espíritu con la sombra de una duda o una vacilación. Natalicio González, es la encarnación de un temperamento indoblegable, de una voluntad reinvindicativa del pueblo paraguayo.

         El Profesor Dr. Víctor Frankl en su estudio sobre "La Filosofía de la Historia en la obra de Natalicio González" (Ed. "Guarania", 1948) expresa que "en el Paraguay, dominado muchos años por el liberal-individualismo y el correspondiente positivismo, se realizó al fin el milagro -único en la evolución contemporánea del espíritu hispanoamericano-, de la creación de una obra de Historia Nacional de auténtica profundidad filosófica, que buscó naturalmente su cimiento ideológico en el mundo intelectual antipositivista, o sea en el neorromantícismo: es la obra "Proceso y Formación de la Cultura Paraguaya" de Natalicio González. Prosigue el Prof. Frankl que "el Paraguay es el único país hispanoamericano que posee -en la obra de Natalicio González-, una auténtica filosofía de su historia, una interpretación científica del sentido de su existencia como Nación, de su destino y de la dirección de su camino evolutivo; y con esto, también, un fundamento firme de toda política y de toda educación nacional". Frente a tal obra, es dable pensar en la profundísima concepción de Platón (Rep., V, 18): "A menos que los filósofos se hagan gobernantes o los gobernantes se ocupen seriamente de la filosofía, o que los meros políticos sean obligados a retirarse por completo, no habrá ningún término para la desgracia de las naciones, ni para la humanidad entera".

         En el prólogo del libro PENSADORES GRIEGOS, de Teodoro Grompez publicado en Editorial Guarania de México, Natalicio González, demuestra el vuelo de su cultura y el profundo conocimiento de los filósofos griegos.

         La función política del escritor digno de su misión y de su arte, es la más alta y noble profesión a que puede aspirar un ser humano, dentro de la sociedad que se enriquece y se anima con sus especulaciones ideales. Y no hay más elevada política que la del escritor que describe panoramas sociales y trata de penetrar en los problemas que afligen al presente o amenazan al futuro de su pueblo. Natalicio González, con su copiosa obra de publicista -mucha parte de ella desperdigada en diarios y revistas nacionales y extranjeras- ha llevado a extremos de fina percepción la crítica de la sociedad paraguaya, proyectando en las estancias de sus poemas y en la clara prosa de sus ensayos, un destino mejor para el pueblo al que pertenece, dentro del libre concierto de las nacionalidades americanas. En toda la obra de González, se revela una total identificación del autor con las angustias del pueblo paraguayo. Y es esta la causa de su apasionada labor que lo condujo irrevocablemente a ser el guía de ese pueblo cuyas vagas y obscuras aspiraciones trató de concretar en las formas visibles de un ideario político, de una teoría estética y de las condiciones morales precisas para contener el espíritu de esa nacionalidad.

         En "Pepe Vigorón y sus amigos", -otra de las novelas de Natalicio González- el autor hace gala de su genio cáustico e incisivo al describir el momento social y político al que siguió la guerra del Chaco. Muchos lectores, conocedores de aquel ambiente y momento, querrían descubrir rasgos caricaturescos de personajes reales en esta novela. Sería un error. En esta novela, se han extraído, ciertamente, los datos que proporcionaba la realidad; pero la obra del creador aparece en la coordinación de estos datos para la arquitecturación de los personajes imaginarios. El cuadro social, los episodios colectivos, son auténticos, y los personajes son verdaderos como símbolos de una realidad verazmente captados. Lo cierto es que la novela pinta y describe la corrupción de un elenco gubernativo destacándola sobre la miseria y desamparo del pueblo en peligro por las acechanzas exteriores. Y esta pintura, en su conjunto descriptivo, es verdadera.

         A la publicación de "Proceso y Formación de la Cultura Paraguaya", siguió la edición de "Los empréstitos del Paraguay", libro en que se revela el método que utilizó el imperialismo europeo para explotar colonialmente al Paraguay, una vez destruido el régimen político autóctono organizado por los López, cuyo mayor delito fue el de haber logrado en el país una economía independiente, impermeable a la penetración imperialista, y el haber realizado una política internacional que, aún ahora, es la única válida para la República del Paraguay.

         "Historia de la Diplomacia Paraguaya", es un libro útil particularmente a estudiantes y políticos paraguayos los que suelen conocer muy rudimentariamente la historia nacional. En esta obra, expone González el nacimiento y evolución del Estado, y analiza cada uno de los principios del derecho internacional en sus aplicaciones prácticas, y en sus transformaciones en un sentido americano al incorporarse a las costumbres diplomáticas del Paraguay. Este libro es, como todo lo que escribió Natalicio González, sincero y claro. Para nosotros la historia es una explicación, una interpretación, no un culto.

         "El Coloradismo como expresión de América", otra de las obras de Natalicio González, es una afirmación de fe en el Coloradismo ante todo, y sobre todo es una exégesis doctrinaria del Coloradismo paraguayo, partido político eminentemente popular, de gran base colectiva que, prácticamente, constituye el partido agrarista del Paraguay, por pertenecer la gran masa de sus afiliados a la clase campesina.

         "Y, ¿qué es el coloradismo paraguayo? ¿Qué es esta energía supra material ignota y antilógica que mueve y dirige todo un pueblo frente a todos los intereses materiales adversos?" -se ha preguntado Guillermo Enciso, alto exponente del intelecto paraguayo liberado de ataduras- y se respondió él mismo: "Al margen o por encima de las concepciones políticas, jurídicas, históricas y sociales que forman el núcleo ideológico del Coloradismo (que pueden en parte estudiarse en el Nuevo Ideario Colorado), marca este movimiento místico el hecho de ser el partido un refugio moral del paraguayismo, del más puro patriotismo, del amor a la justicia, al bien público y a la libertad; del repudio y protesta contra todas las inmoralidades públicas y privadas, amparadas por los gobiernos, Poder Ejecutivo, Parlamento y Suprema Corte".

         El Partido Colorado es el partido de los agricultores, obreros, ganaderos, industriales y comerciantes nacionales, de la intelectualidad y el arte vernáculos, oprimidos por regímenes exóticos al ser vicio del extranjero de presa. El Partido Colorado, es el partido de los paraguayos. Ser paraguayo es pensar y sentir como paraguayo, vivir como paraguayo, frugales, dignos, sinceros, honrados como fueron nuestros mayores y con el mismo amor a "nuestra" tierra. Los pueblos estoicos se engrandecen; y, la decadencia comienza cuando se tornan epicúreos.

         El Paraguay Oficial, bajo la dictadura oligárquica de los legionarios y grandes empresas extranjeras, desde 1904, ha sido un instrumento de opresión, explotación y envilecimiento del nativo y de los valores patrios.

         Ante esta opresión del oficialismo, el agricultor, el obrero forestal, y de las ciudades, el pequeño ganadero, industrial o comerciante paraguayo, perseguido, explotado, oprimido, vejado, ha buscado una fuga espiritual y ha encontrado refugio a sus dolores y miserias, y a sus ansias de protesta viril y cívica en el seno del Coloradismo.

         El Partido Colorado -me refiero siempre al auténtico, al puro- se constituyó, pues, en la fortaleza espiritual de la patria, de la moral, del trabajo, de la justicia, de la libertad y el bien público. Representó la viril protesta cívica de los ciudadanos paraguayos frente a los industriales de la política que han hecho de la patria y de los intereses populares objeto de explotación comercial.

         Este carácter ético-psicológico del Coloradismo es el factor que explica la magia de su fuerza, vitalidad y perennidad en la ciudadanía paraguaya. La palabra de Natalicio González, es la sangre del alma paraguaya, por eso adquiere una autoridad, una profundidad que podría parecer misteriosa.

         En "El Coloradismo como expresión de América", Natalicio González particulariza en el caso paraguayo un mal americano, mejor dicho, los males sociales y políticos que obstruyen la evolución normal y firme de las nacionalidades de América, expuestas a acechanzas comunes, y afirma que, el Coloradismo -aliento joven del Paraguay- como fruto característico de la democracia americana, crea una doctrina propia que se aleja del liberalismo, del fascismo y del comunismo, doctrinas que nos son extrañas, inaceptables y netamente europeas. En América, la libertad no es un don gracioso de la naturaleza, como sostienen Rousseau y sus epígonos; es una conquista alcanzada por el hombre en lucha sempiterna. La libertad es una cifra de la solidaridad social, y su galardón. La familia, los partidos, el Estado, son creaciones del grupo social, cuyo fin consiste en conservar -por medio de los instrumentos de la solidaridad y la cooperación- los dominios de la libertad. Y es que la libertad no encuentra ambiente propicio para su vivencia sino en medio de una lucha constante en su defensa, por medio de estas cuatro vías que nos indica la solidaridad social:

         1) La familia, que ampara al niño y lo capacita para la vida.

         2) El Estado, que debe resolver los conflictos privados en vistas de la efectivización de la justicia social. El Estado debe, además, expandir y regular la economía, orientando el crecimiento -con justicia social-, evitando las crisis y aprovechando, en el mayor beneficio nacional, las circunstancias favorables, que como tales suelen ser fugaces.

         3) Los partidos, cuya función consiste en evitar la desvirtuación de las funciones básicas de las instituciones que conservan y aseguran el imperio de la libertad.

         4) La cultura, o sea la transformación del medio conforme al ideal de la nación, en valores culturales que contribuyan al bienestar, a la prosperidad del hombre, a la vez que le crea condiciones más propicias para liberarse de la esclavitud de la naturaleza. Hay que darles medios a las esperanzas, para que se realice el sentido ecuménico de la vida de la raza guaraní, cuya orientación igualitaria, su apego a la familia y a la tierra, están entre sus más puros valores autóctonos.

         En el libro al que acabamos de referirnos, Natalicio González estudia con claridad y profundidad la aplicación práctica que hacía el Coloradismo de este manojo de ideas matrices a la candente realidad paraguaya.

         Toda la obra de Natalicio González tiene el sello característico del político, de ese político que quisiéramos tener siempre en el Paraguay, para suplir a esa Kabila voraz, iletrada y sanguinaria –de todos los colores- que desde hace varias décadas oprime a este pueblo tranquilo y laborioso, asociándole a sus reyertas de predominio, alejándole de sus beneficios.

         El Coloradismo, -expresa Natalicio González- manifestación regional de la americanidad, actúa en la democracia continental como el instrumento liberador del Paraguay. El Coloradismo sostiene que América es el continente de la libertad no porque contemporáneamente goce ya de ella, sino porque toda la historia del Nuevo Mundo, en sus episodios de más genuina significación vital, se reduce, en último término, a una vasta epopeya por la conquista de la libertad. El imperio de las ideas importadas, la ausencia de una doctrina política que sea creación espontánea de la realidad americana, la traición y venalidad de las clases dirigentes, han malogrado cien veces las conquistas de este esfuerzo secular. A pesar de todo, el pueblo no ha dejado de perseverar en sus luchas por este ideal difuso pero imperioso.

         El Coloradismo hace suyo, -agrega el autor- en el país en que le corresponde actuar, el contenido liberador de la americanidad. Busca crear y realizar la libertad sobre la tierra guaraní, y con este fin se organiza, lucha, padece.

         Natalicio González, fue un hombre del agro, arrancado por la ciudad, pero continuó siendo espiritualmente del agro, y aún más, para el agro, apasionadamente, religiosamente. Su misticismo patriótico - que difiere del estúpido chauvinismo- no es otra cosa que la manifestación, por su intermedio, en forma orgánica y concreta, de esa vaga y abstracta protesta y rebeldía latente de un pueblo sacrificado; la expresión ardorosa de un inconformismo radical contra todo lo que viene a contrariar y a torturar el genio de ese pueblo cuya cifra más genuina y positiva es el campesino, el agricultor-soldado que al abrir en surcos el seno húmedo y vivo de su tierra, presiente dentro de ella las potencias cósmicas generadoras de la vida y de la muerte, de todas las alegrías y tristezas del mundo.

         En el Paraguay, como en el resto de América, pueden notarse netamente las distinciones de clases muy peculiares a los países del Nuevo Mundo: la clase dirigente y la clase oprimida y dominada.

         La primera se escinde en oficialista y frustrada, condiciones y resultancias creadas por el juego de la política que, sea por medio de elecciones "dirigidas" o motines cuarteleros, conserva o pierde el poder que oscila, por lo general, entre dos grandes fuerzas de apetitos afines: el logro del poder, por el poder mismo, en vista al mantenimiento de las condiciones impuestas por el colonialismo. El pueblo dominado y oprimido no cuenta para nada en el juego de la política sino para ser recordado en las plataformas electorales, como condición indispensable a la verbena democrática de las facciones oligárquicas de América. De esta forma, el Estado, que normalmente, debe constituir la concreción orgánica de las aspiraciones de comunidades agrupadas espontáneamente para la defensa externa e interna de sus intereses comunes, y el rector de las tendencias culturales ideales y peculiares destinadas a la perennidad, deviene en una máquina monstruosa apropiada tan solo para deformar el espíritu y estrangular las aspiraciones nacionales en servicio de una semioligarquía ignara y del capitalismo financiero extranjero a cuyas órdenes se encuentran las llamadas clases dirigentes y la tecnocracia insensible, voraz e insatisfecha. En nuestra América, en la América india, en Iberoamérica, la democracia es aún un mito; el Estado, en todos los pueblos del continente, es la expresión absurda de una sociedad inorgánica y desorientada, bajo el signo de la mentira organizada, en que la única realidad vital es la clase dominada y explotada. La libertad y la justicia son términos sin resonancias en la realidad donde sólo cobra vigencia la vacua charlatanería de un patriotismo de almanaque y de fecha patria con que se alecciona a las nuevas generaciones, creando rencores y fomentando desconfianzas, caldo propicio para el mantenimiento de las condiciones de vida impuestas por el régimen colonial.

         En muchos países americanos, los problemas sociales y políticos se agudizan cada vez más, por las condiciones materiales, culturales y espirituales en que se halla el pueblo abandonado a su propia suerte. Para la clase dirigente, la realidad no se encuentra en el pueblo torturado; se hace abstracción de él para las maquinaciones políticas que se realizan para proteger los intereses de facciones y personas. Pero en las grandes crisis colectivas, es el pueblo el que salva a la nacionalidad, como sucedió en el Chaco, donde si el Paraguay y Bolivia hubieran contado con elenco directivo capaz, se habría evitado tanto derramamiento de sangre entre hermanos y se hubieran disipado definitivamente las nubes que aún hoy ensombrecen el cielo de América.

         En línea esquemática, se ha tratado de hacer una síntesis del panorama social americano. Se pretende ilustrar al lector sobre lo que piensa Natalicio González, y por qué lo piensa. Y sobre todo, se quiere definir su pensamiento político.

         Y nada más importante en esta hora de mayoría de edad, en que sobre el juvenil cuerpo atlético de América, preténdese extender las ligas de ideales políticos exóticos, para suplir la vieja y gastada liga del liberalismo que ya ha roto su último elástico hasta en las mentalidades colonizantes que buscan ahora nuevos moldes para sus viejos afanes.

         América ha llegado a su hora meridiana, y bajo la luminosidad de su sol, debe hacer su examen de conciencia y una recapitulación general de lo que hizo y lo que debe hacer, para otear el vasto horizonte que se abre a sus audacias, para colmar sus ingénitas aspiraciones de humanidad. La cuestión consiste en que este continente esencialmente nuevo, desechando toda fórmula o panacea política a base de "ismos" importados, prepare su ruta y tome la senda de su destino, con la coordinación de las varias tendencias nacionales de la comunidad americana. Se busca la estructuración de ese algo, vago aún, que pueda concretarse en este concepto, inmenso por su trascendencia y contenido: americanidad; para lo cual América debe atender tan sólo a las aspiraciones de su genio, sin oír ya más las sugestiones del colonialismo espiritual, cultural y económico de Europa.

         En América estamos ya ahítos y casi indigestados de doctrinas. Pero de esa doctrina libresca, ausente de la realidad; doctrina llena de petulancia, vacía de contenido real. El escritor americano más cotizado, suele ser el que tiene las preferencias de los oficialismos, aquel que en su pensamiento magistral, no pasa de ser sino un eco amortiguado de Europa; un apéndice flácido y conformista; la cascada campana de madera que repica porque oye repicar, en la torre de la barroca catedral de cartón, sede del academicismo americano. En América nos hace falta la verdadera doctrina; la que abra nuestros ojos; la que edifique nuestra casa; la que mejore nuestras almas. Y esa doctrina debe surgir naturalmente de nuestro propio conocimiento, como el árbol, de la tierra que lo nutre y lo sostiene.

         A la creación de esta América nuestra, contribuyen escritores como Natalicio González, apasionados en tomar las cosas como son en realidad, ya en una amplia visión panorámica, ya en una observación microscópica de los problemas sociales, políticos, económicos y culturales, aunque en este afán se clausuren a sí mismos ese recinto donde los conformistas gozan beatíficamente de la vida.

         Hemos ingresado a la era de la integración, en la que se harán realidad las ideas de los precursores de la independencia americana. Unen a los iberoamericanos, la sangre, la cultura, la economía y nuestros anhelos, pese a las diferencias que se han producido -o las que han creado los poderes imperiales- a lo largo de nuestra historia. Para la ejecución de los planes unificadores falta "una voluntad política", que comprenda los alcances y la magnitud de los beneficios que nos traerá la complementación económica. Ciertamente, para provocar condiciones más propicias a la cooperación global, son necesarios cambios mínimos en la estructura de las organizaciones internas o internacionales. La superación del subdesarrollo exige una mentalidad integradora, como el capitalismo demandó -según Max Weber- un espíritu capitalista. Las dificultades para conciliar crecimiento con justicia social y desarrollo, son una consecuencia de nuestra dependencia a factores que son muy conocidos, y que producen modelos de integración, que consolidan una sociedad dependiente y periférica, típica del sistema. Cuando ha convenido a los intereses de la metrópoli imperial Gran Bretaña, dándonos la sensación de que nos ayudaba a lograr nuestra independencia, se opuso a la integración latinoamericana y fomentó la balcanización en la que hasta hoy se debate América india. Los EE.UU. vieron con desconfianza los proyectos de integración centroamericana, pero cuando advirtió que podía esta empresa convenir a los intereses imperiales, intentó dirigirla. En la Cuenca del Plata tenemos situaciones parecidas pues la integración se dificulta cuando así conviene a los intereses de los dos países más importantes. En tanto- ellos se hallan separados por sus rivalidades, se disputan para atraer a su propia esfera de influencia a los países débiles; pero, cuando la política de Itamaratí coincide con la de la Casa Rosada, nuestra historia nos muestra que es lo que les espera a los países débiles.

         Si existen desigualdades notables en una región, los débiles deben buscar, ante todo, su propia complementación, con una acción coordinada en su política internacional, porque unidos, adquieren mayores posibilidades para negociar sus intereses, y forman, además, un poderoso auxiliar en los mecanismos de equilibrio y compensación regional. Estos países, deberían buscar su complementación económica y la integración, en los niveles fundamentales: integración por las instituciones, por la producción, por las inversiones y por el mercado.

         Nunca debemos perder de vista quien integra y en beneficio de quien integra. Un Estado integrador poderoso, o dos Estados en parecida situación de poder, tienden, fatalmente, a producir una especie de satelización. A su vez, los Estados que se integran por acción de los fuertes tienen -por una acción involuntaria, pero no menos compulsoria- a practicar una estrategia de adaptación respecto del espacio integrante, y entonces los países débiles, y en su propio perjuicio, facilitan, aun sea sin quererlo, la penetración cultural, política, económica y social. La defensa del ser nacional no se debilita, más bien se fortalece, si la complementación comienza a producirse entre Estados iguales, lo que, además, elimina esos modelos asimétricos de integración típico de las relaciones dominio-dependencia.

         Hombre de acción y de pensamiento, a la vez, Natalicio González perteneció a ese tipo señero del hombre nuevo de América, del intelectual americano que busca soluciones propias a los problemas continentales.

         El género novelístico se encuentra dando aún sus primeros pasos acertados en nuestro continente. No puede llamarse novela americana a esos ejemplares que no pueden liberarse del romanticismo clásico, tipo europeo. Una de las primeras novelas americanas, cronológicamente hablando, es "La Vorágine", de Rivera, en la que este autor, con ingredientes americanos sacados de la realidad, plantea problemas que precisan soluciones reales, a través de los cuadros fantasmagóricos de la vida que constituyen los capítulos de una novela. La función social del escritor se revela en esa capacidad de inducir a la equidad con sus alegatos ideales, retratando la vida con sus deformidades. Nada más eminente que esta función, como la ejemplar de Maupassant, que con una de sus obras indujo a los legisladores de su patria a mejorar la condición del campesino francés.

         Con "La Raíz Errante", Natalicio González nos ofrece un cuadro realista en el que vemos al campesino paraguayo expuesto a las contingencias de la iniquidad organizada. La falta de cultura, combinada con la apetencia de los agentes mandones de mandatarios mandones, tienen opreso al paraguayo del agro que no encuentra seguridades en la tierra que riega con sus afanes. El caudillo político rural de los partidos oligárquicos, el procurador, el comisario, el juez de paz, el sargento de compañía, para el campesino paraguayo son sinónimos de tiranuelos expoliadores. Para él, no existe el libre arbitrio: o es incondicional de toda esa gradación de déspotas, o está fuera de la ley. Si se halla con ellos, obtendrá su "bill" de impunidad para pequeñas transgresiones, y de grandes en las vísperas electorales, según su capacidad y arrastre. Pero el fondo recóndito de decencia que distingue al hombre del campo, hace que no aumente -con paraguayos- la fila de incondicionales de las oligarquías asuncenas.

         "La Raíz Errante" constituye un acierto hasta en él título de la novela. En ella se describe la tragedia del campesino que no quiere ser un desarraigado del "valle" que añora, de esa tierra que cubre los huesos de sus antepasados, y que se ve obligado a errabundear empujado por las contingencias de la iniquidad organizada, que lo arrastra a ser un inadaptado dentro de una sociedad arbitrariamente constituida. Y su tragedia, involucra la disminución de los valores más efectivos de la nacionalidad, la hibridación misma de sus raíces.

         El campesino paraguayo posee un profundo sentido gregario de la existencia. Ha organizado su vida de acuerdo a este impulso natural que le viene de su legado de sangre guaraní. En el capítulo X de "La raíz errante", se describe un cuadro ecológico, en que la vida, por el imperio de sugestiones recónditas, organiza la existencia rural del Paraguay al margen de las leyes escritas. Es la llamada cochesa o tarea en que el trabajo se encuentra despojado del duro atributo de la condena bíblica, para engalanarse de alegría fecunda.

         La cochesa es una de las expresiones del régimen de comunidad agraria a que se encuentra habituado el paraguayo, contrariado en sus inclinaciones por los legisladores liberales que alimentan la creencia del poder creador de las leyes, "que en el mundo físico como en lo social, no son construcciones arbitrarias de la mente humana, sino deducciones de reglas preexistentes en la realidad y en la vida" ("El Paraguay Eterno", Cap. IV).

         La extraña fascinación con que se acerca a la naturaleza que le es familiar, nos pinta al paraguayo captando "los múltiples rumores de la floresta", reconstruyendo mentalmente "la vida inmediata de aquel mundo, vida que pertenecía aún al presente por su frescura al propio tiempo que se sumergía ya en el pasado y en la nada con un sordo rumor anónimo". Es el bosque donde alcanza plenitud la imaginación del paraguayo; fantástico templo poblado por los genios y los dioses de la teogonía indígena, y en cuyo seno, el paraguayo se ve imbuido de un insuperable amor a su tierra y a su cielo con un grave sentido religioso, que deriva hacia un misticismo panteista.

         En "La Raíz Errante", se nos ofrece, así mismo, varios cuadros de la vida pueblerina en el Paraguay. Son recuerdos del autor, que vio transcurrir su infancia en su ciudad natal Villarrica. Entre ellos, el de Tupasy-ñoguaiti (Final Cap. VII), es uno de los más hábilmente logrados.

         En esta novela, -como ocurre en toda expresión literaria realista- hay un poco de biografía. Algunos episodios del romance, son remembranzas de las vicisitudes del autor y de los miembros de su familia. El padre de Natalicio González era un acaudalado campesino, pionero de esas desiertas regiones del noreste paraguayo. Como Pedro, -el héroe de la novela- él también contempló el incendio de su hogar, la destrucción de sus intereses acumulados en ímproba labor de años, por las hordas armadas de la oligarquía liberal ensoberbecida. Y como Pedro, también tuvo que emigrar de sus lares, para proveer desde el extranjero al sostenimiento de su familia radicada en Villarrica. Hasta mucho tiempo después, uno de los hermanos mayores de Natalicio González, obrajero en la región de Caaguazú, para atender la administración de sus intereses se veía obligado a permanecer con el arma al brazo, rodeado de sus adictos, con quienes se oponía con la fuerza a la persecución de los elementos oficialistas. Su enérgica tenacidad lo ha salvado en muchas oportunidades del incendio y ruina de su establecimiento, porfiado, con salvaje energía, en repeler a los que le perseguían por el solo hecho de no responder al credo partidario de sus enemigos.

         "La Raíz Errante" es un alegato a favor del hombre rural del Paraguay, matriz de la nacionalidad, el único perdedor en el áspero juego de la política oligárquica. Su tragedia no tiene fin. Se esperaba la mañana de su resurrección, después de haber calcinado sus huesos por las sendas del Chaco; pero los que volvieron al agro nativo, como los de ayer, aún hoy prosiguen su peregrinaje ya sea en las antesalas ministeriales los casi desvalidos; con el bártulo al hombro, los más fuertes, en busca de mejores horizontes, hacia países donde cree encontrará condiciones de vida más propicias que amparen su existencia laboriosa.

         El cuadro final de "La Raíz Errante", mostrándonos a los esposos abrazados en marcha hacia la eternidad, perdiéndose en el turbión de las cataratas del Guairá; el rugido formidable de las aguas que se elevan hacia los cielos, como un sollozo terrible o una monstruosa imprecación, nos recuerda el coro final de las tragedias griegas. Tal vez, el poeta sintetice en ese cuadro su visión del futuro, que no es engañosa. Porque los sufrimientos se sedimentan en el vasto harnero del tiempo, y acumulan una fuerza explosiva que sorprende, casi siempre, a los que no disponen del don profético de los poetas y se dedican a tiranizar los pueblos que pugnan por su liberación y mejoramiento.

         Con Natalicio González, decidimos escribir -dividiéndonos la tarea- para documentar  la historia de la época en la que nos cupo actuar, y para esclarecer otros aspectos del pasado paraguayo, analizando además -de acuerdo a nuestras convicciones y doctrinas- el futuro que anhelamos para el Paraguay y los medios para alcanzarlos. Deseábamos rehabilitar en Asunción "Guarania", iniciando la nueva época de esta editorial, con la publicación de "Vida y Pasión de una Ideología", continuando con mis libros "Historia y Destino del Partido Colorado" y "La Integración Latinoamericana", los originales de estos libros, con otros dos, han quedado en la biblioteca de mi casa en el Paraguay, ya revisados y listos para entregarlos a la imprenta. Natalicio González tiene, a su vez, concluidos varios libros, y entre los que están destinados a esta colección, debemos citar: "Historia del Paraguay" y "El Milagro Americano".

         "Vida y Pasión de una Ideología" es un testimonio exegético de Natalicio González. Poco antes de su inesperada muerte me entregó las copias originales para el prólogo. Colaboré en este libro con el capítulo referente a un acontecimiento del que fui protagonista: con la invalorable ayuda del Cnel. Enrique Jiménez, llevamos al poder, el 13 de enero de 1947, al Partido Colorado. La acción del 13 de enero fue posible, porque era el resultado de una larga lucha junto al pueblo colorado.

         "Vida y Pasión de una Ideología"; libro de gran trascendencia e interés, porque es un retazo de la historia partidaria y política del Paraguay. Ilumina una época, que pretendieron oscurecer los propagadores de la anti historia, que carentes de filosofía y doctrinas, de "su realismo" resbalaron al cinismo. Los principios que inspiraron el movimiento del 13 de enero, están insertos en "Guarania" (1948).

         Natalicio González, desarrolla con precisión la Nueva Ideología; apunta principios, ideas e informaciones, con notable dominio de los temas que trata. Esta es una doctrina actualizada para nuestro partido, porque consideramos que sus valores puros, constituyen el núcleo redentor; pero, no es una doctrina exclusivista, porque la tarea en beneficio del Paraguay, debe ser emprendida por todos los ciudadanos dignos y patriotas; estos principios no pueden excluir, porque buscan congregar; no pueden separar porque están destinados a unir en fraternidad a los paraguayos.

         Analizando los planteamientos de Natalicio González -síntesis y esencia del nacionalismo colorado- no se puede dejar de admitir que el futuro de esta patria es promisor. Es muy posible que existan quienes disientan del pensamiento expuesto por Natalicio González; es natural, todos tienen derecho a aferrarse a sus ideas, pero íntimamente tendrán que admitir que, deliberadamente, se están alistando en la causa del coloniaje.

         Nuestros mayores han creado una cultura y una nación venciendo todos los inconvenientes, aun los que surgían de la ubicación geográfica del Paraguay; los obstáculos de ayer, hoy se han convertido en útil instrumento para la política, favorecida por la geografía; este país ubicado en el centro del continente debe cumplir en la era de la integración, el mismo rol protagónico que desarrolló durante la conquista. En mi libro "La Cuenca del Plata y el Canal Sudamericano" con prólogo de Natalicio González -lo editaremos cuando las circunstancias, hagan posible el retorno a mi casa de Asunción- se analiza con amplitud y detalle el impresionante poder que crea la ubicación geográfica del Paraguay, y las perspectivas que abre para su desarrollo.

         La automatización, los medios de comunicación, la información, en síntesis este progreso tecnológico que reduce como achicando a este mundo, estrecha el presente con el futuro.

         Por siglos, nuestros pueblos sólo fueron agricultores sometidos a la naturaleza (origen del panteísmo deificador), ahora, el hombre domina la naturaleza y en veinte años avanza más aceleradamente que en los dos siglos anteriores; pasamos, sin solución de continuidad, del arado de madera al tractor; de la ganadería a la industria.    Volveremos a ser el granero del Nuevo Mundo, y los beneficios de nuestras riquezas agropecuarias, con los que produzcan nuestros fabulosos recursos hídricos, colocarán al Paraguay en la cresta del despegue económico. Este cuadro nos impone el deber de estudiar y analizar el presente, a la luz del futuro. El pasado nos aconseja, pero la exacta visión del futuro puede ayudarnos para usar con acierto este presente, en el que estamos inmersos.

         En "Vida y Pasión de una Ideología", el lector encontrará también, los principios sustentados en nuestra incansable lucha junto al agricultor-soldado, en defensa de la soberanía nacional y en pos de un anhelo común de cultura, libertad, justicia social y bienestar. Esa lucha nos trajo persecuciones, prisión, destierro, torturas y asesinatos de correligionarios.

         Con "Vida y Pasión de una Ideología", Natalicio, González cumple un deber para con nuestros queridos compatriotas y correligionarios, haciéndoles conocer la verdad de lo ocurrido. Las verdades que expresa Natalicio González, seguramente molestarán a más de uno, pero, no son más que la narración de hechos tal cual acontecieron y la demostración en cuadros y estadísticas, de la actuación política y de la gestión cumplida en el corto período de gobierno.

         El autor también se refiere a sus acusadores, pero en verdad los detractores sólo usaron la demagogia y el panfletismo. A Natalicio González no lo acusaron, lo difamaron; desfiguraron su magnífica obra para insultarlo, en esta pasión no faltaron ni judas ni Pilatos. La calumnia se estrelló contra la justicia, que en esas épocas aún contaba con magistrados dignos. El dictamen del Fiscal es una lápida para los acusadores de Natalicio González. El Fiscal, Dr. Jerónimo Irala Burgos, pertenece a esas familias que dan lustre al Paraguay, servidores con talento y defensores insobornables de los grandes intereses del pueblo paraguayo.

         Los detractores de Natalicio González -que los tiene para ratificación de su valer- como no pueden poner en tela de juicio el talento del prócer colorado, dicen de él, con vasta puerilidad "que es el hombre más malo del Paraguay". No puedo dejar de repetir, que la maldad de Natalicio González, es la del cirujano que corta la carne y rasga las vísceras en procura de la extirpación de un mal; el cirujano no abomina particularmente de los agentes patológicos que dañan un organismo. Así Natalicio González, lacera las carnes de la sociedad paraguaya con el objeto de penetrar en sus entrañas y suprimir los males que la aquejan, en el afán de ejercitar y manejar los espíritus en el ideal común del bienestar y la justicia, estado normal de las sociedades sanas. Natalicio González, luchó permanentemente por el imperio de la democracia, que no consiste en exponer sólo disconformidades, sino también en indicar una dirección. Natalicio González marcó en sus obras rumbos y destino.

         Se coaligaron contra la obra de Natalicio González, extraños conglomerados que parecían una serie de tribus mal avenidas; no los unía la fe, sino la esperanza en el botín y un odio infinito, odio inmarcesible. El odio, crecía en la medida de la repercusión continental del nombre y la obra de Natalicio González. La exaltación en América, de las ideas del pensador paraguayo era una humillación para los odiadores que se revolcaban en sus pasiones aldeanas. Los odiadores se sentían todopoderosos, ignorando lo que decía Tocqueville: "sólo Dios puede, sin peligro, ser todopoderoso". Estos odiadores recuerdan al orate que escupe al sol, porque cree que el astro es el culpable de que se proyecte, cada hora más alta, la sombra de su enemigo, porqué fue su protector. Los adversarios incrustados en el partido, aun embutidos en el poncho, no pueden lograr que los auténticos colorados los acepten. El odio no pudo mancillar el nombre de Natalicio González, ni destruir el poder de sus ideas; la insistencia en el desatino lo engrandece más.

         "Vida y Pasión de una Ideología" no es un "collage" de recuerdos, son vivencias propias del pueblo paraguayo, contra las que nada pudo hacer el funambulismo de nuestros adversarios y su cortejo de necedades, absurdos e insensateces. Se alzaron contra Natalicio González creyendo que la fe del pueblo era transitoria; la verdad es que el coloradismo, no sigue al hombre solamente, sino sus ideas y sus principios. La nación paraguaya se descubrió a sí misma en el pensamiento de Natalicio González. Los acróbatas políticos se rebelaron cuando alguien afirmó que Natalicio González pertenecía a una minoría selecta; y olvidaron lo que decía Ortega y Gasset. "cuando se habla de minorías selectas, la habitual bellaquería suele tergiversar el sentido de esta expresión, fingiendo ignorar que el hombre selecto no es el petulante que se cree superior a los demás, sino el que se exige más que los demás". Y Natalicio González se exigió más que todos los adversarios, en servicio de esta Patria.

         Cuando se inició la guerra del Chaco, Natalicio González desde su prensa pedía la unión de los paraguayos. Este pueblo que es capaz del perdón y del amor, como toda nación digna se unió frente al peligro por encima de todas sus diferencias.

         Nos une el privilegio de ser paraguayos, y debe unirnos también el respeto a todos los ciudadanos que, en una u otra forma, ingresaron con dignidad a nuestra historia. No podemos ser jueces ni verdugos de los paraguayos, a los que nada ni nadie debe negarle el supremo de los derechos: el derecho a la Patria. Natalicio González, que como todo ser civilizado sabe que el odio destruye y sólo el amor es fecundo, reclama que nos alcemos con grandeza, sin rencores y sin venganzas para servir mejor a nuestro pueblo.

         Natalicio González fue un patriota ejemplar, hombre de vigorosa rectitud e integridad, un luchador de gran coraje y tenacidad que dedicó su energía y su talento a defender la causa del Partido Colorado, y uno de los escritores más pródigos con que cuenta nuestra patria, un gran pensador. Muchas cosas más puedo decir sobre la gran figura de este escritor, pero hablar de Natalicio González es como si hablara de mí mismo; ambos hemos llegado a una identificación tal que nos constituimos en un solo pensamiento, en una sola voluntad, como generosamente el autor destaca en este libro.

         Hablando de Natalicio González, y de su obra, repito -porque deseo ratificar- algo de lo mucho que escribí; pero en algún punto he usado primera persona, como no es mi costumbre hacerlo, porque las circunstancias así lo imponen.

         Decía San Agustín, "que las cosas pasadas ya no existen, pero perviven, se hacen presentes como recuerdo, mediante la memoria de ellas que dura en el espíritu". En la inmensa soledad de estas horas, lejos de mi patria, el tiempo me parece detenerse; invaden mi pensamiento estampas del pasado. Sin Natalicio González, el compañero al que me vinculó un entrañable afecto, sin el hermano al que me unió, indisolublemente, la lucha por ideales comunes, solo, con los recuerdos que el tiempo agiganta, miro en actitud solemne de orar este cielo nocturno y veo resplandeciente la luna que alumbra también la patria a la que él tanto amó; y pido, con unción, ser favorecido por el privilegio de vivir y morir como él, limpios y honrados como hemos nacido; sin capitular jamás, en la defensa de nuestra causa; pese a las angustias y a las injusticias, que laceran hasta el alma.

         El mejor legado para nuestros correligionarios honrados, que están entre las mejores reservas morales de la patria, es el ejemplo de Natalicio González y su bandera política. Con esa bandera, emblema del ideario más noble que "la pasión pudo arriar, pero nadie logró manchar", los correligionarios incontaminados, con la juventud nacional, lograrán lo que nosotros no pudimos alcanzar: la unión, la grandeza y el pleno desarrollo, con justicia social, del Paraguay Eterno.

Víctor Morínigo

Montevideo, 6 de diciembre de 1968

 

 

 

INTRODUCCIÓN

 

         En mi lejano retiro de México, los ecos de las disputas rioplatenses llegan atenuados y con retardo. Los libros, los periódicos, que amigos diligentes me remiten, ya no encienden las pasiones ni provocan las cóleras de los que viven un drama o pugnan por fijar rumbos a la historia que se está elaborando. La distancia se interpone entre el espectador y los acontecimientos con el mismo suave imperio atenuante del tiempo, y hay que evocar lo que acontece en el Paraguay, por ejemplo, con el arte del historiador que reconstruye un fragmento del pasado a través del testimonio de quienes lo vivieron.

         Por todo esto, no ha de extrañarse que haya caído con tanto retardo en mis manos "23 DE OCTUBRE, UNA PAGINA DE HISTORIA CONTEMPORANEA DEL PARAGUAY", del Doctor Efraím Cardozo. Dicho libro contiene un capítulo, EL PARTIDO COLORADO Y NATALICIO GONZALEZ, donde zumban algunas de las tantas flechas envenenadas que el odio arrojó contra mi pecho, en tiempos no lejanos. Reconozco, no obstante, que como militante de un Partido a cuya derrota contribuí como el que más, Don Efraím Cardozo tiene el derecho adquirido de ser duro con quien fue duro con los abanderados de su ideal; pero el publicista liberal usó de ese derecho con moderación, y hasta con benevolencia. Desde hace treinta años, a cada amanecer mi pobre nombre recibe el ultraje de las injurias, hasta el grado de ser ya imposible dar con un insulto inédito que pueda serme arrojado. El propio Efraím Cardozo, pese a su talento e ilustración, cuando quiere zaherirme tiene que plagiar a sus antecesores.

         Mi drama ha consistido en pensar claro y en decir con precisión mi certidumbre sobre el presente de mi pueblo y su problemático destino: Toda idea expuesta con precisión contiene implícitamente un germen revolucionario; incide sobre prejuicios, intereses, hábitos que son casi siempre malos hábitos, y provoca reacciones violentas. El doctrinario puro, aquel que busca la transformación de la realidad en beneficio del pueblo y no de círculos o personas, es el más vilipendiado, porque si es fácil encontrar acomodo con los egoísmos del yo, no resulta posible imanar con el incentivo del provecho de unos pocos a esas poderosas corrientes ideológicas que promueven la justicia social y llaman a participar en la libertad a las masas incluidas del goce de ellas. Por lo demás, no existen ideas generosas; las ideas son falsas o verdaderas. Esto no lo comprenden quiénes olvidan que la política es una rama de la filosofía. Por eso, el pensador que se eleva sobre la anécdota para emprender el análisis de los males de su tiempo, y ofrece soluciones que irritan a la rutina y enconan inevitables intereses, es mirado como un pequeño Satán malevolente. Es el que daña sin haber sido dañado; el que denuncia una injusticia que no le afecta. Si yo formaba parte, como en efecto la formé, del pequeño grupo de intangibles que gozaba de libertad y usufructuaba privilegios, ¿qué puede importarme el destino del pynandí? ¿por qué ese afán mío de ser la voz de los que callan, el intérprete de las oscuras aspiraciones del hombre que viste poncho, masca tabaco y cultiva la tierra con el mismo arado de madera de una época arcaica, ya desaparecida? ¿Qué persigo?.

         He aquí un tema cuya dilucidación me seduce. El libro del doctor Cardozo me hace creer que a través de la lección viva de mis luchas, contradicciones, éxitos y fracasos ¡la vida es todo eso!, puede advertirse, no el capricho de un oscuro y virulento transeúnte de la historia, sino una tendencia del espíritu nacional, que ha hallado su expresión veraz, dinámica y creadora en el grupo en que me tocó actuar. No analizaré la graciosa novela -tipo de novela rosa, en que los perversos afrentan a la inocencia-, tramada por Cardozo a propósito de aquella absurda matanza de estudiantes del 23 de octubre de 1931; tampoco discutiré los juicios del publicista liberal, pues a todos mis conciudadanos reconozco el derecho de juzgarme bien o mal, aparte de que la vida me ha enseñado que todo creador levanta a su paso un coro de epinicios y vilipendios. Pero, eso sí, rectificaré algunos de los errores de hecho en que incurre, y demostraré que en mí se ha injuriado, vilipendiado y perseguido, y a veces elogiado con exceso, no a un hombre, sino a un ideal de vida, una nueva concepción del destino paraguayo, una estructuración orgánica de la ideología del pynandí

 

I

LA IDEOLOGÍA Y EL IDEÓLOGO

 

         Don Efraím Cardozo confronta dos etapas de mi vida. En la primera, según él, preferí los métodos pacíficos de la democracia a la conspiración y fui un ideólogo liberal; en la segunda, conspiré y rebatí la ideología liberal. He ahí mis dos claudicaciones.

         En las aseveraciones de Cardozo, va implícito un error de hecho. Ni una sola vez he aceptado la interferencia del ejército en la vida democrática, y nunca golpeé la puerta de los cuarteles. Sostuve y sostengo que la solución de los problemas sociales, económicos y políticos incumbe a la inteligencia; la fuerza es eficiente en otras esferas de la vida, pero no en el complejo dominio de aquellas actividades del espíritu. Y sin conspirar, sin traicionar, contando sí con la acción coordinadora de valores de primer orden (1), logré entregar el poder a mi Partido. Este es un honor que se me discute, pero si bien en ocasiones cubrí con mi silencio a los que me despojaron de lo material y perecedero, no dejaré que ni el encono, ni la conjura de los malquerientes, manche o tergiverse esta página de mi vida.

         Ahora, me toca explicar el proceso de mi evolución ideológica. Pertenecí a una generación imbuida de la doctrina liberal, fascinada por aquellos superbos girondinos que viven en la prosa lírica de Lamartine; a una generación individualista, anárquica, que procuraba importar ideas y hábitos exóticos. Creíamos en Spencer, nos seducía Renan y nos apasionaban los extravagantes personajes de Jean Lorrain. Un día leí a Bergson y conocí la primera sacudida espiritual que resquebrajó las bases de mis antiguas creencias. Huellas de esa lectura se advierten en LA MISION DEL ARTE, ensayo de mi adolescencia. Pero nadie se libera de golpe de las ideas que impregnan una época y rigen el ambiente; por lo mismo, no me aparté del camino que transitaba mi generación. Mi propio partido aceptaba la ideología en boga y los diarios colorados trataban de pseudoliberales a los liberales. El influjo de la campaña nacionalista de Juan E. O'Leary, que conmovió a la nación con su mensaje brillante y apasionado; una cultura más sedimentada; mi breve actuación en el Parlamento; la experiencia adquirida en la dirección de mi partido, y sobre todo, la lectura de Platón en excelentes traducciones francesas, me impulsaron hacia una interpretación paraguaya de la vida, hacia el análisis de lo que piensa, siente y quiere el campesinaje. Soy campesino como el señor Cardozo, somos originarios del mismo pueblo, y él sabe que en nuestra Villarrica natal, con ser cuna del liberalismo paraguayo, el espíritu de solidaridad es más poderoso que el individualismo y une a los adversarios más enconados cuando entra en juego el interés colectivo. He ahí los orígenes remotos de mi evolución ideológica que, cuando alcanzó su madurez, entró a actuar como un convulsivo de la mentalidad paraguaya, provocando polémicas que aún logran resonancias en el libro de Don Efraím Cardozo. No estuve solo, ciertamente; Víctor Morínigo fue uno de los incisivos constructores de la nueva ideología. Ambos estructuramos en un cuerpo de doctrina el pensamiento colorado e inculcamos que el liberalismo, ya agotado y paralítico después de dar tono con su dinamismo a todo el siglo XIX, pertenecía al museo de las ideas y no a la vida de nuestro tiempo.

         No fue ajena a mi evolución ideológica el contacto con el pueblo campesino. Ingresé al coloradismo el 8 de septiembre de 1916 y acompañé al doctor Juan Manuel Frutos en casi todas sus giras políticas al interior de la República. Transitamos por caminos de dolor y de sangre. En todas partes hubimos de afrontar la agresión violenta de la mazorca liberal que segaba vidas de colorados. Nunca olvidaré aquella tarde en que un joven campesino, con quien cruzaba la plaza de Yaguarón, cayó muerto de un balazo en la frente. Un miembro de la mazorca lo había ultimado de un balazo en la frente. Estos crímenes impunes constituían la rutina de aquellos días ya lejanos, y el coloradismo se depuró y tomó nuevos vuelos a través de la prueba terrible. Me apasionó penetrar en la causa de aquella mística que hacía aceptar serenamente el peligro cotidiano a las muchedumbres coloradas. Descubrí con sorpresa que el campesino, sin buscar normas de vida en el libro europeo, tenía aspiraciones concretas y una ideología sintetizada en su concepción del hombre paraguayo libre. Y me empeñé en ser el intérprete oscuro pero veraz de aquella inmensa energía espiritual que surgía de la tierra materna y vibraba en la mente y en la carne asceta de los hombres del agro.

         Cardozo señala, con probidad intelectual, que nos insurgimos más que contra un partido, contra un sistema de ideas y contra las instituciones imperantes en el Paraguay, y advierte que nuestras críticas afectaban a los propios colorados de mentalidad liberalizante. Cita esta frase nuestra: "Es necesario cambiar la estructura del Estado liberal. Es necesario salir del Estado liberal y marchar hacia un Estado paraguayo autóctono, nuestro, forjado de experiencias pasadas y de grandiosas esperanzas. De lo contrario, seguiremos, tristes caminantes, transitando el camino de la perdición". Y esta otra: "El gran error histórico del coloradismo paraguayo proviene no de su masa, no de sus grandes caudillos como el general Caballero, sino de algunos de sus directores, que se han dejado inficionar de la ideología de los liberales, y muchas veces se han puesto a discutir con ellos pretendiendo superarles en liberalismo. Error trágico que explica la impotencia perpetua en que se debate esa agrupación tan densa y numerosa. Si el coloradismo se obstina en no ser sino lo propio que el liberalismo, llegará a no tener razón de ser en la democracia paraguaya".

         Estas fueron y siguen siendo nuestras ideas básicas, aunque algo más complejas y orgánicas que las que se acuñan en algunas frases elegidas al azar. Con Víctor Morínigo las enunciamos y las defendimos frente a un adversario poderoso y airado, dueño del poder. Nos consustanciamos con ellas, aceptando la responsabilidad emergente de nuestra conducta y sus consecuencias: primero la injuria, y después la persecución y el destierro.

         Pudieron los liberales aceptar la batalla ideológica pero, escépticos, nunca creyeron que la ideología enunciada por dos jóvenes, que se decían intérpretes de un pueblo poderoso e indomable, pudiera hacer mella a su poderío. Les pareció más eficiente eliminarlos como valores, mediante alguna imputación que menguase el prestigio de los mismos entre los colorados. Por eso, a la discusión apasionada pero culta, prefirieron el agravio impertinente o el chisme indecoroso. Aparte de algunos dislates, como aquello de que el liberalismo propiciaba "el amasamiento de la riqueza y la destrucción de la autoridad del padre de familia", sus publicistas no enunciaron tan solo pensamiento valedero. En síntesis, la réplica liberal consistió en afirmar:

         1- Natalicio González es un apologista del tirano Gómez, de Venezuela, de quien recibió dinero.

         2- Natalicio González cobró al gobierno paraguayo diez mil pesos oro por mil ejemplares del libro EL PARAGUAY CONTEMPORANEO.

         3- Natalicio González ofreció en venta al Ministerio de Relaciones Exteriores ochenta y tres mapas coloniales que confirman los derechos del Paraguay al Chaco.

         Don Efraím Cardozo, quien señaló en mí al paraguayo que más dinero ha ganado con su pluma; reverdece la vieja chismografía para demostrar la inconsistencia de mis ideas. Veamos a lo que quedan reducidos estos tres argumentos Aquíles del liberalismo paraguayo.

         1- En 1925 fui enviado a Caracas por la SOCIETE DE PUBLICITE SUDAMERICAINE MONTE DOMECQ & CIE., con la misión de recoger materiales que iban a ser utilizados en la publicación de un libro sobre Venezuela. Viajé como empleado a sueldo de dicha empresa, en compañía del Vicepresidente de la misma. El libro se intitula VENEZUELA EN 1925 y sus capítulos se ocupan de geografía, historia, industria, explotación petrolífera, etc., y contiene, además, un artículo sobre el general Gómez proporcionado a la empresa editora por Don Laureano Vallenilla Lanz. PATRIA, de Asunción, al publicar los rasgos biográficos del Arquitecto Don Tomás Romero Pereira, cuando asumió la Presidencia de la República, incluye VENEZUELA EN 1925 entre los libros que este eminente compatriota editó sobre varios países de América, no con criterio político, sino con fines puramente informativos. Por otro lado, los liberales saben que no habitúo negar la paternidad de mis escritos, y sobre el general Gómez tengo formado juicio propio que alguna vez se conocerá. Pero según el señor Cardozo, que en esto es simple eco de sus correligionarios, el libro me pertenece y fue editado por la EDITORIAL DE INDIAS, empresa que después se convirtió en EDITORIAL GUARANIA. Extraña aberración, que mengua la autoridad de un bibliófilo tan acucioso, que esta vez habla y mistifica sobre un libro que, al parecer, no vio ni leyó nunca.

         Podría agregarse, para enriquecer la argumentación liberal contra la ideología colorada, que en 1952 publiqué MEXICO EN EL MUNDO DE HOY, y que el Gobierno de México compró ejemplares de dicha obra. La redactó un equipo de colaboradores integrados por Víctor Morínigo, ex Ministro de Relaciones Exteriores del Paraguay; Baldomero Sanín Canp; Luis Alberto Sánchez, ex Rector de la Universidad de San Marcos; Rafael Heliodoro Valle, Embajador de Honduras; Gabriel del Mazo, ex Rector de la Universidad de la Plata; Manuel Vázquez Díaz, ex Ministro de Hacienda del Perú; Pedro Calmón, ex Ministro de Educación del Brasil; Samuel Guy Inman; José Salvador  Guandique, ex Subsecretario de Cultura Popular de El Salvador; Felipe Cossio del Pomar y Gilberto González y Contreras. A mí me tocó escribir la introducción y el capítulo relativo a las finanzas mexicanas. Víctor Morínigo, uno de mis colaboradores, estuvo en México como invitado y huésped del Presidente de los Estados Unidos Mexicanos, Licenciado Miguel Alemán.

         2- Por gestiones de Don Pablo Max Ynsfrán y en cumplimiento de una ley de la nación que ordenó su compra, el Gobierno paraguayo adquirió efectivamente mil ejemplares de EL PARAGUAY CONTEMPORANEO, a diez pesos oro el ejemplar. Cada capítulo lleva la firma de su autor. El señor Cardozo me atribuye graciosamente lo que pertenece a algunos de mis colaboradores, honor que agradezco pero que no acepto por probidad intelectual.

         3- Falta agregar que los mapas aludidos los vendí en Buenos Aires por una suma muy superior a la que fijé al Gobierno paraguayo. Con estos argumentos, los publicistas liberales creen invalidar la ideología colorada y acallar a su teorizador más visible e indomable. El señor Cardozo vuelve a insistir en ellos y yo accedo a difundirlos. Siempre he considerado honroso para mí que, en plena juventud, una poderosa empresa editorial me haya confiado una misión como la que cumplí en Venezuela. En Caracas me brindaron su amistad Lizandro Alvarado, José Gil Fortoul, Laureano Vallenilla Lanz, Manuel Díaz Rodríguez, Pedro Emilio Coll, Luis Correa y otras grandes figuras, en tiempos en que mi nombre apenas asomaba en las letras americanas. Allí conocí a Rómulo Betancourt, a Jóvito Villalba, a Andrés Eloy Blanco, a Arreaza Calatraba, a Arvelo Larriva, a Fombona Pachano. Y en París, después de mi paso por Caracas, a Rufino Blanco-Fombona, la mente más altiva y la pluma más tajante que combatió el régimen de Gómez. Me distinguió con un afecto que duró hasta su muerte, ocurrida en Buenos Aires. Por otro lado ¿por qué no he de vender mis libros? ¿O los mapas de mi propiedad? Si menciono esta curiosa manera de combatírseme, es sencillamente para exhibir la decadencia intelectual del liberalismo paraguayo. Un partido que se defiende con tales argumentos, se halla irremisiblemente perdido.

 

(1) Me refiero principalmente al general Higinio Morínigo, entonces Presidente de la República, a Don Víctor Morínigo y al Coronel Enrique Jiménez, quienes dominaron resistencias poderosas para asegurar el triunfo del Coloradismo y su retorno al poder. ¿Y cómo no añadir los nombres de Leandro Prieto y de Mario Ferrario? Ambos tuvieron la vocación del riesgo por la libertad, y se jugaron a nuestro lado un destino y una vida.

 

 

 

II

FILIACIÓN IDEOLÓGICA

 

         Lo que pudo ser una confrontación de doctrinas, el choque de dos ideologías, se trocó por momentos en una lucha por el poder. El Coloradismo tuvo la sensación de su fuerza, mal empleada hasta entonces, y la certeza de que podía vencer por superación al adversario, sin desencadenar la anarquía ni recurrir a métodos subversivos. Fincó sus esperanzas en el poder de la inteligencia y en la fuerza de las ideas, que cuando son accionadas por la mayoría de la nación, alcanzan lenta e inexorablemente su fin. Este renacimiento de un antiguo Partido, endurecido en una larga batalla sin esperanza, fue el primer resultado de la coloradización del Coloradismo.

         En esta lucha, los choques más violentos y dolorosos se produjeron entre figuras de nuestras propias filas. Algunos directores del coloradismo relegaban las ideas buscando acomodos inmediatos; nosotros creímos que ningún partido alcanza el triunfo si no concede prioridad a los fines permanentes de su tierra y de su raza; y el día en que los tergiversa, se inicia el ciclo de su decadencia. Por eso permanecimos impermeables a los consejos de Federico Chaves quien, asociado a los liberales por antiguos vínculos e intereses, quería amparar a sus amigos de nuestras críticas y al propio tiempo reclamaba nuestro apoyo para la promulgación de leyes por nosotros malogradas que, draconianamente, iban a legalizar la persecución de los abstencionistas colorados y la clausura de sus diarios. Parecía revivir en él, por momentos, el duro Fiscal que pocos años atrás, al servicio de los liberales, se había prestado a tergiversar la ley para encarcelar colorados. Para ser justo, habría que reconocer que se había operado en él una evolución saludable, pero no muy profunda. En su nueva actitud se fusionaba desconcertantemente la buena fe con una profunda desconfianza en los rectores del coloradismo y en la capacidad creadora de su pueblo. Chaves pensaba en el bien de su país, pero pensaba erradamente, al defender con pasión a los valores visibles del liberalismo. Cierta vez, sostuvimos este diálogo:

         - ¿Qué busca usted con destruir a hombres tan eminentes como el doctor Zubizarreta?

         - No lo destruyo, ni me animan prevenciones contra él. Me limito a dar a cada cual su estatura real. Y mi finalidad, que no oculto, es la conquista del poder por el coloradismo.

         - ¿Se da cuenta de lo que dice, Natalicio? ¿Dónde encontrar un colorado que reúna condiciones para ser Presidente?

         Esto pasaba en mi oficina de Director de La Unión. Víctor Morínigo, que estaba escribiendo una de sus sátiras cotidianas, levantó la cabeza, dio escape al humo de su cigarrillo, y replicó:

         - No se preocupe, Don Federico. Si, llegado el caso, no se encontrase ningún colorado capaz de ser Presidente, yo me sacrificaré.

         La discusión, que se tornaba agria y desagradable, terminó entre risas.

         Corrió el tiempo y se despertó en Chaves la sombría pasión del sacrificio. Y para sacrificarse, no vaciló en entregar su país al peronismo. No le bastó eso. Difamó al hombre que llevó al poder al Partido Colorado y le persiguió con pérfido encono por todos los caminos del mundo, hasta el último día de su predominio.

         Aparte de su faz política, nuestro movimiento tuvo proyecciones espirituales muy profundas. Cuenta y no puede ser eliminado de la historia del pensamiento paraguayo. Desde aquella fecha se piensa de otro modo en el Paraguay. El Coloradismo dejó definitivamente de ser liberal. Es decir, adquirió o readquirió la lúcida conciencia de lo que fue desde sus orígenes: un movimiento popular y telúrico, que a través de su élite intelectual se esforzaba en esclarecer sus propósitos confusos pero irreprimibles, mediante la formulación de un ideario propio, que sea objetivación de los hábitos, intereses y supremas aspiraciones del pueblo paraguayo. Este proceso ha avanzado tanto que sería imposible en nuestros días encontrar un colorado que tenga sensibilidad liberal, o con tendencias hacia la ideología adversaria. Lo digo sin atribuirme más de lo que me pertenece. Pues debó recordar, una vez más, que el ideario colorado nació de las entrañas del pueblo y le dio forma, no un hombre, sino dos jóvenes luchadores que se entregaron a la tarea totalmente, fundiendo en un sistema coherente lo que cada cual iba aportando a través de sus meditaciones, estudios y experiencias. No hay un límite preciso que pueda separar lo que en la formulación del pensamiento colorado pertenezca a Víctor Morínigo o me pertenezca a mí. Muchas veces un editorial de LA UNION o una anécdota humorística que giraba en torno al PACIFICO ASUNCENO -inolvidable personaje creado por Morínigo- lo iniciaba uno de nosotros y le daba fin el otro, sin habernos acordado lo que se diría, y el artículo aparecía con tan lúcida unidad de estilo y de pensamiento, que nadie podría advertir en él la presencia de dos autores de temperamento tan disímiles.

         Fuimos también, Víctor Morínigo y yo, contando con la colaboración fervorosa del brillante Leandro Prieto, los promotores de la nueva mística colorada. Dimos nueva vigencia a los símbolos que en la conciencia campesina traducían un ideal renacentista. Los tres propusimos al Directorio partidario la adopción de una bandera que fuera concreción alada del ideario colorado. Alegamos que es universal la tendencia de las masas de captar la abstracción, un sistema ideológico, una empresa espiritual altruista, a través de un emblema tangible y visible. No se pudo conseguir la aquiescencia de la mayoría, y la idea no pasó de su estado larval.

         En las postrimerías de la guerra del Chaco, Morínigo fue evacuado del teatro de la guerra, y recomenzó sus tareas en el directorio del Partido. Y un buen día, era el 15 de mayo de 1935, a las 6 de la mañana, cuando tronaban las salvas de artillería por el día de la patria, se izaban las dos banderas en nuestro local de la calle 14 de Mayo y Palma, en la misma esquina, en el balcón flanqueado por dos astas. La nacional era izada lentamente por Víctor Morínigo, y la colorada por Edmundo Prieto, muchacho de 14 años que, desde aquella edad hasta hoy es elemento indispensable del Partido Colorado.

         La primera bandera colorada fue cosida por doña Magie Urquhart, esposa de Morínigo. Fue la insignia que acompañó al Partido cuando éste comenzó la etapa más importante de su larga campaña, y           que culminó con la conquista del poder el 13 de enero de 1947, doce años después.

         No existe constancia escrita, ni resolución partidaria alguna en la que el Partido, oficialmente, adopte este símbolo. Morínigo lo explica a su manera:

         "Las creaciones destinadas a la perennidad son aquellas anónimas, determinadas por el pueblo. La bandera colorada adopta el color de la franja superior de nuestra bandera nacional. En el ángulo superior izquierdo se ostenta la alba estrella nacional. Pero lo que muchos no saben es que esa estrella, es la misma que brilla en los blasones de los Caballeros de Añazco, casta de Bernardino Caballero, fundador del Partido Colorado. Esta estrella nacional, también es la del legendario Centauro de Ybycuí, numen de la Caballería Paraguaya".

         Se ha andado desde entonces un largo camino. Hoy en día la hegemonía del pensamiento colorado es tan evidente, que se hace sentir sobre los propios que lo combaten o vilipendian. Hasta un sector importante de los intelectuales liberales, en el que se destaca Don Efraím Cardozo, se resiente del influjo del ideario colorado.   ¿Pruebas?

         Ese sector redactó e impuso la Constitución de 1940. Lo que hay de liberal en ella es su doctrina política, jacobina y autoritaria, que busca asegurar la estabilidad de un gobierno oligárquico, y por lo mismo minoritario, sobre una mayoría rebelde e indomable. Pero su contenido social y económico es profundamente antiliberal y se halla influido por el ideario colorado. Esa penetración del pensamiento colorado en la Constitución de 1940, le debilita y le torna ineficaz como instrumento de opresión permanente. Las fuerzas sociales libertadas, y el proceso económico que se desenvuelve, mediante la vigilancia del Estado, dentro de un relativo equilibrio entre los que tienen mucho y los que poseen poco, ya comienzan a repercutir sobre la estructura política de la nación y, pese a las facultades omnímodas del Presidente, las limita y las limitará cada vez más, hasta asegurar el respeto a la suma de los derechos inherentes al hombre libre. Este proceso no invalida, ciertamente, mi posición crítica frente a la Constitución de 1940.

         Buscando la filiación de mis ideas, el señor Cardozo especula sobre el supuesto influjo de Mussolini, fundado en que el fascismo había ejercido hacia 1930 una especie de fascinación sobre vastos sectores del mundo occidental. Pero acontece que, precisamente en aquellos días, ponía en guardia a la juventud contra aquella fascinación, escribiendo advertencias como éstas: "En América, a toda exposición de doctrina debiera seguir una confrontación de la misma con la realidad circundante. Los ideólogos demoliberales han habituado a las élites universitarias a suplir la función de pensar con el desplante mimetista, con el plagio descarado de lo europeo. Hay los propugnadores de la república liberal, del soviet ruso y del fascio romano. Pero nadie intenta encarnar en un Estado autóctono la realidad americana. Fuera del ensayo mexicano, no se conoce ningún esfuerzo para objetivar en organismos políticos los ideales originarios del Nuevo Mundo". (1)

         Cardozo, cuando piensa por cuenta propia, se expresa con cordura. Por eso, apenas ahonda en el análisis, deja de lado a Mussolini y a sus fascistas. Pero no persiste en esta dirección, no emprende una inquisición intelectual seria, que le hubiera conducido a conclusiones de mayor interés. No aplica, para filiar las corrientes ideológicas, métodos dignos de un investigador de nuestro tiempo. La imaginación, un impulso intuitivo entra en juego, y le lleva a enunciar una nueva teoría: descubre la raíz de mi ideología en Charles Maurras, sugestionado tal vez por una cita mía en que se reproduce la crítica maurrasiana al liberalismo. Este descubrimiento le entusiasma y, al emprender el paralelo, una fértil imaginación allana contradicciones irreconciliables para crear afinidades desconcertantes. Cardozo encuentra una obscura equivalencia entre el monarquismo de Maurras y la reivindicación de Solano López, sin reparar que una rectificación histórica se basa en un juicio sobre el pasado y toda ideología es una concepción orgánica del futuro, diseñada como posible sustituto del presente. Pero no es todo. Maurras es antisemita y yo, supuesto discípulo, por un delirio de la imaginación concentro mi odio en los judíos del Paraguay, los liberales. Dueño de un diabólico poder para hacer aceptar el absurdo, difundo la convicción de que los liberales constituyen una secta de judíos, señalados al exterminio. ¿Con qué fin? El señor Cardozo no lo dice. ¿Será para mantener pura la sangre guaraní?

         El análisis del señor Cardozo y las conclusiones a que llega tienen el inconveniente de referirse a un paraguayo cuerdo y equilibrado, no desprovisto del don de la ironía. Ese paraguayo sabe discernir, y no se le escapa que el liberalismo es una ideología e Israel un pueblo, sin base física en aquellos días, en cuyo seno chocan las más diversas ideas, animadas de místicas pasiones, desde el alba de la historia. Un pueblo es algo tangible que puede ser exterminado, aunque no esté bien que se le extermine, pero una ideología se escurre de la amenaza del pogrom, cuya realización el señor Cardozo incluye entre mis designios.

         Por lo demás, filiar las ideas ajenas no es precisamente difícil, pero requiere información seria que sirva de base a una hermenéutica rigurosa. Aun los especialistas se equivocan. En 1953, un distinguido profesor de la Universidad de Colombia, que generosamente me atribuye "la construcción del sistema logrado de una Filosofía de Historia en Hispanoamérica", señala como fuentes lejanas de mi ideología a Herder, Savigny y Goethe. Y agrega: "a pesar de estas dependencias de conceptos y sugerencias europeas, la obra del pensador paraguayo constituye una verdadera creación, una interpretación original de un objetivo nuevo".

         No pueden sino envanecerme estos juicios. Creo, no obstante, que tanto el profesor de Colombia como el publicista liberal, no han logrado dar con la filiación de mis ideas. ¿Volveré a recordar que no es de hoy que comencé a estudiar, casi pasionalmente, al más armonioso y sugestionante filósofo ateniense? Lumbres de aquella gran hoguera han iluminado constantemente mis meditaciones sobre el Paraguay. Mi concepción del orden como libertad responsable, como un estado de equilibrio entre dos tipos opuestos de opresiones posibles, es platónica. Mi idea de que la historia paraguaya constituye un proceso a través del tiempo, cuya finalidad última es la creación del hombre americano libre, ha sido sugerida por la misma fuente. Mussolini y Maurras son fundamentalmente latinos. Mi formación cultural tiene raigambre helénica. Vivo bastante alejado del ideal latino de la vida. Por eso la afirmación de Cardozo de que no soy ningún Catón, me halaga en vez de herirme. Soy un paraguayo corriente, con más defectos que mis compatriotas y algunas de sus virtudes, pero con la ambición de sentirme un fragmento vivo de mi tierra, una célula pensante de mi pueblo. Si alguna vez, en la perspectiva de nuestro tiempo, asomó por encima de ellos mi cabeza, fue porque me alzaron sobre sus hombros para visorar el horizonte y elegir el camino a seguir.

 

         En general, el doctor Efraím Cardozo allega materiales recogidos en las fuentes para enjuiciar. Tiene, es verdad, cierta propensión a mezclar el dato objetivo con las imposturas de algún panfleto, pero su buen gusto le veda ofrecer, salvo alguna vez, un concierto de discos rayados. Esta cualidad suya le destaca frente a los que repiten slogans o copian manidas difamaciones para tergiversar mis ideas o calumniar mis intenciones. Un caso típico lo ofrece el doctor Roque Gaona, quien graciosamente me cede la paternidad del Decreto 152, Acta de Nacimiento del Partido Febrerista (una fracción de liberales resentidos que se hicieron fascistas). En el periódico EL PUEBLO, del 11 de noviembre de 1965, escribió Gaona:

         "EL DECRETO 152, CON TODAS SUS LETRAS, DEFORMIDADES Y ESENCIAS, ES HIJO LEGITIMO DEL PARTIDO COLORADO, inspirado y engendrado por sus representantes en el gobierno del Coronel Franco, doctor Bernardino Caballero, nieto del general del mismo nombre, fundador del Partido Colorado, varias veces presidente del Paraguay y de la asociación política mencionada; doctor Molas López, Intendente de la Municipalidad de la Capital; doctor Manuel Riera, Secretario del Ministerio de Agricultura; Don J. Natalicio González; colaborador y propagandista de la revolución de Febrero, amigo íntimo del proyectista Bernardino Caballero, con quien había presentado al Partido Colorado un proyecto de Nuevo Ideario, donde se desarrollan las ideas totalitarias de la Europa de la época -como dice el discutido Decreto en sus Considerandos. Otro auspiciador de estos principales fue el doctor Gomes Freire Esteves, Ministro del Interior, redactor y tramitador del Decreto, también de la intimidad del doctor Caballero, en cuya compañía dirigió el golpe de cuartel del 1º de enero de 1915, contra el gobierno liberal de don Eduardo Schaerer. En esta ocasión, 1936, ambos pertenecían al gabinete del gobierno del Coronel Franco.

         "En más de una oportunidad hemos leído en la prensa colorada, referencias a la revolución de Febrero, considerándola como un acontecimiento de inspiración de ese Partido, y así lo creyeron muchos de sus principales miembros, como el Dr. Juan León Mallorquín, que a la sazón lo presidía y quien en reiteradas oportunidades visitó al Coronel Franco para felicitarle por sus medidas de gobierno.

         "Los ministros que no estuvieron de acuerdo con el Decreto No. 152, y que lo discutieron en consejo de gobierno fueron los doctores Juan Stefanich y Anselmo Jover Peralta, quienes, sin embargo, se vieron en la necesidad de apoyarlo en definitiva, para evitar una crisis política en las difíciles circunstancias por que atravesaba el cambio de régimen.

         "No hay, en lo que acabamos de referir, una coma puesta de más. Los hombres del coloradismo a quienes mencionamos ocuparon, con posterioridad, los más altos cargos en el gobierno nacional y en la dirección del Partido Colorado. Dos de ellos fueron presidentes de la República: Natalicio González, hasta hace unos días embajador en México, y Molas López; el Dr. Mallorquín, hubiera llegado a ocupar la misma jerarquía, a no haberle sorprendido la muerte antes de su proclamación.

         "Y para que esta síntesis histórica se halle respaldada por una opinión de autoridad conocida, transcribimos lo que el ex-embajador en Washington, Dr. Osvaldo Chaves, expresó en una carta dirigida al escritor colombiano Germán Arciniegas, a propósito de su libro "The State of Latin America":

         "...Nada menos que el Decreto-Ley No. 152, que Ud. menciona en su libro, lleva la impronta de las ideas del señor Natalicio González. En efecto, en ese documento se afirma, como Ud. cita, que la revolución libertadora del Paraguay es de la misma naturaleza que las transformaciones totalitarias de la Europa contemporánea. PERO NO FUE EL CORONEL FRANCO QUIEN INVENTO TAL COSA, SINO EL SEÑOR NATALICIO GONZALEZ, quien la venía anunciando desde las páginas de ‘Guarania’. Por otra parte, la identificación del Estado y la Revolución que se postula en el mismo Decreto, no es sino un matiz de la identificación del Estado y la Nación autóctonos que llena todo el ideario ‘gonzalista’. El propio gobierno revolucionario no dejó de reconocer en cierta manera la deuda ideológica que lo vinculaba al señor González y el resultado fue la misión oficial en que éste y algunos de sus amigos viajaron a Buenos Aires, para propalar la Buena Nueva".

         "Y agrega Osvaldo Chaves: ‘Es curioso observar que el propio Partido Liberal, durante su efímera vuelta al gobierno con el General Estigarribia, también cayó víctima del contagio totalitario que tuvo su foco local de irradiación en el ‘Ideario’ del señor González".

         Mi firma no aparece al pie del célebre Decreto, ni ocupaba función pública alguna en la época de su promulgación, y no obstante aseveran que soy el autor del mismo. Implícitamente se asienta que instrumenté al Jefe del Febrerismo, al Coronel Rafael Franco, y a sus más ilustres colaboradores, haciéndoles incurrir en una aberración que tizna de fea manera la vida pública de todos ellos, hasta entonces inmaculada. Asentar que tan destacados adversarios míos, en tiempos en que retenían la suma del poder público, se tornaron en dóciles ejecutores de mis designios y en abanderados de mis ideas, es hacerlos ingresar como apocados en la historia de la República. De ser verdad semejante aseveración, todos ellos perderían el derecho de erigirse en guías y conductores de una fracción de nuestro pueblo, por carencia de discernimiento e incapacidad de actuar con volición propia.

         Tengo mejor opinión de los conductores del Febrerismo.

         El doctor Roque Gaona me halaga, y mucho, al atribuirme con tanta convicción una primacía mental y constrictiva sobre los rectores de su propio partido. Siento tener que destruir tan bella novela, que me enaltece. El sentido de la mesura me obliga a declinar el elogio inmerecido. En desmedro de mi vanidad, permítaseme que ante todo sea veraz y que asiente lo que sigue:

         a- Don Bernardino Caballero se alejó del Partido Colorado para firmar el Decreto 152.

         b- A raíz de la promulgación de dicho Decreto, el Doctor Felipe Molas López renunció a la Intendencia Municipal, que ejercía, para evitar su expulsión del Coloradismo.

         c- Visité personalmente al doctor Juan Stefanich, al doctor Anselmo Jover Peralta y a Don Bernardino Caballero, a quienes me unía entonces una vieja amistad, a fin de hacerles comprender la funesta esterilidad de todo esfuerzo tendiente a destruir el Coloradismo. Alegaron que eran demócratas sinceros, pero que no tenían opción porque un nuevo Partido revolucionario, que sirviera de base al Gobierno, no era viable sin la destrucción previa del Coloradismo. Agregaron que estaban abiertas para nosotros las filas del nuevo partido para ingresar en él, porque no era intención de sus fundadores eliminar de la vida pública a los colorados.

         d- Fui el primero en impugnar el Decreto 152, en el diario PATRIA, pese a la amenaza de fusilamiento que me hizo llegar personalmente, afable pero severo, el Ministro del Interior.

         e- Esta campaña periodística provocó una crisis en las relaciones, hasta entonces cordiales, entre el Gobierno revolucionario y el Coloradismo. Los directores de mi Partido, en el deseo de salvar la democracia paraguaya, quisieron evitar una ruptura violenta y nos impusieron, a Víctor Morínigo y a mí, la salida del país en una misión oficial que cubría nuestro exilio. Ambos defendimos en el extranjero lo que en la Revolución de Febrero hubo de inspiración colorada, sin ocultar nuestro repudio al Decreto 152. Por eso fuimos destituidos.

         Vanamente se buscará en GUARANIA algo que sirva de fundamento a las aseveraciones del doctor Osvaldo Chaves. Ellas no hicieron sino repetir imputaciones anteriores del doctor Segundo Sánchez. Se ve que mi réplica al líder liberal no ha perdido su validez: "Nuestra ideología no debe buscarse en los escritos de Mussolini sino en el ideario del partido en que militamos. Quien conozca ese Ideario ha de convenir con nosotros en que difiere fundamentalmente         del fascismo. Difiere hasta en lo más vital que existe en la ciencia política: en la concepción del Estado". A continuación, en un estudio comparativo, se adelantó las pruebas de este aserto. (GUARANIA, número 27, de enero 20 de 1936).

         Fui y soy un ideólogo limpio de todo vestigio de la arcaica doctrina liberal. El Ideario Colorado lo prueba definitivamente. No es culpa mía que la gente que no sepa discernir por vivir alejada de las especulaciones filosóficas, crea que todo lo que no es liberal sea totalitario. La doctrina estructurada en el Ideario, es la misma que desenvolví en "El Paraguay Eterno", en "El Paraguayo y la lucha por su expresión", en "Cómo se Construye una Nación", en "El Estado Servidor del Hombre Libre", y en varias monografías, entre las que se destaca "Teoría y Práctica de la Libertad". Se trata de un sistema ideológico que tiende a estructurar la libertad efectiva y la democracia viviente, en profundidad y también horizontalmente, a fin de que ellas se incorporen a los hábitos colectivos y se conviertan en una fuerza vital que anime todas las actividades de nuestro pueblo.

         Pero hay algo más, que el doctor Gaona omite.

         En 1936 ya no integraba el gabinete Don Bernardino Caballero. Y fue en agosto de aquel año que el Febrerismo puso en ejecución el Decreto 152, creando un Partido fascista bajo el nombre de UNION NACIONAL REVOLUCIONARIA. Me opuse a aquel intento con toda la pasión de un paraguayo que defendía los atributos más sagrados de su pueblo. A fin de acallar mi voz, la Policía procedió a mi secuestro y el Gobierno me envió al Campo de Concentración de la isla Margarita.

         No basta afirmar. Hay que adelantar las pruebas.

         De los varios artículos que escribí, transcribo el siguiente, que se publicó en el número 35 de GUARANIA, del 20 de septiembre de 1936:

 

LA DEMOCRACIA FUNCIONAL

 

         Paradojas y contradicciones

 

         Se dice y se repite que la Revolución Paraguaya buscará estructurar el nuevo Estado con elementos propios, sin copias ni importaciones arbitrarias, que vengan a torturar una vez más el alma nacional. Ni Roma ni Moscú, se enuncia a cada paso. No obstante, cada vez que se intenta estructurar el nuevo partido, sueño que flota pertinaz sobre múltiples fracasos, se acude a Moscú y a Roma para suplir con aportes italo-moscovitas la ausencia de una idea propia y constructiva extraída de la realidad nacional. De Moscú y de Roma procede, en efecto, y no de las entrañas de nuestro pueblo, ese afán de implantar en nuestro país la mal llamada democracia funcional, expresión paradójica divulgada en el Río de la Plata por José Ingenieros, en un folleto apologético sobre los Soviets.

         En la primera y fallida tentativa de constituir un Partido Nacional Revolucionario, apuntó ya el pensamiento de la democracia funcional. Juan Stefanich propugnó por la adopción de "la Democracia representativa y funcional como sistema de organización política", y ahora, la Unión Nacional Revolucionaria, en trance de nacer, enuncia idénticas palabras, sin cambiar una tilde. En vista de la persistencia en trasplantar a nuestro país un instrumento político llamado a arrasar la idea de la nacionalidad y la concepción típicamente paraguaya del pueblo, tomado como entidad con volición propia, dueño de su destino, conviene emprender públicamente el análisis del pensamiento que se ofrece al Paraguay como base para la constitución de un partido gubernamental.

 

         Tesis a demostrar

 

         Es nuestro intento demostrar que la democracia funcional:

         a- Tiende a destruir la idea de la nacionalidad por entender que la idea de clase es la única realidad existente en el mundo contemporáneo.

         b- Opone la concepción materialista y utilitaria de la vida al ideal y al espíritu.

         c- No implica un sistema de organización política; es simplemente la técnica dictatorial de que se vale una minoría posesionada del poder para oprimir a la totalidad de los habitantes de un país.

         d- Busca anular a la clase agraria, despojándola de todo poder político.

         e- En un país como el Paraguay, de estructuración económica netamente colonial, rápidamente convertirá a la nación en un feudo de las empresas imperialistas.

         Demostraremos la verdad de nuestra tesis objetivamente, estudiando la democracia funcional en Rusia y en Italia, donde encuentra aplicación efectiva.

 

         La "democracia funcional" en Rusia

 

         El marxismo no considera al Estado como una entidad jurídica, sujeto del Derecho, sino como una manifestación de la fuerza, estructurada por la forma de la producción, y que funciona al servicio de la clase dominante en contra de la clase explotada. El Estado debe desaparecer, y mismo la dictadura del proletariado tiene un carácter transitorio: su término coincidirá con la extinción de clases.

         Pero mientras no advenga el reino de la utopía, fuerza es vivir la dura realidad cotidiana. Hay que constituir una autoridad, un gobierno. Y surge el Estado soviético, poderosamente influido en su estructuración por el marxismo. Como el Estado nada tiene que ver con el Derecho, ni con ninguna idea jurídica, por ser una simple manifestación de fuerza de la clase dominante, no intervienen en sus funciones sino campesinos y obreros, que forman la clase dominante en Rusia, y cuyos miembros son los únicos que tienen derecho a elegir y a ser electos. El régimen electoral se basa en el sistema del partido único y en la exclusión de la idea de nación a beneficio de la idea de clase. No es la nación, sino la clase la que objetiva su voluntad en el Estado soviético. Con esta característica: se conceden privilegios considerables al proletariado sobre los agricultores. Mientras 25.000 obreros eligen un Diputado al Congreso Panruso, se requiere el voto de 125.000 campesinos por cada representante de la clase agraria. Sirven de base a las elecciones los censos de trabajo. "Las elecciones soviéticas, señala un comentarista, no vienen en ninguna forma a asegurar una representación del pueblo o de la nación rusa, ni del mismo cuerpo electoral en la diversidad de sus opiniones; simplemente son un procedimiento en la formación de un órgano de poder integrado exclusivamente por miembros del partido comunista".

         En los congresos, la diversidad de partidos y de opiniones se suple con la diversidad profesional de los diputados. Esto es lo que Ingenieros llamó democracia funcional. Su manifestación práctica es la supremacía del egoísmo profesional sobre el interés colectivo, de la idea del provecho sobre la concepción idealista de la patria. Los propios directores de la Revolución rusa han tenido que reaccionar contra los resultados lamentables de la democracia funcional, que vino a fomentar en el cuadro legal del Estado una de las formas más odiosas del egoísmo humano: el egoísmo profesional.

 

         La "democracia funcional" en Italia

 

         La Italia fascista ha tomado de la Rusia soviética, entre otras cosas, la idea del partido totalitario y de la democracia funcional. Pero ésta, adquiere en Italia formas más rígidas y orgánicas, como instrumento técnico de la dictadura, porque para el fascismo el Estado es un fin permanente y no un medio transitorio, como lo conciben los marxistas.

         En Italia como en Rusia la democracia funcional actúa como fuerza corrosiva de la nacionalidad, aquí en beneficio de la clase proletaria, allá en beneficio del Estado. "No es la Nación quien crea el Estado, escribe Mussolini; por el contrario, la nación es creada por el Estado que da al pueblo consciente de su propia unidad moral, una voluntad y por consiguiente una existencia efectiva".

         Como todo poder antinacional, el fascismo tiende a anular a la clase agraria como fuerza política. La democracia funcional es el instrumento de esta finalidad. El cuadro siguiente, que consigna el número de candidatos a diputados que cada Confederación sindical debe proponer de su seno, lo demuestra palmariamente:

 

Confederación Nacional de agricultores ................. 12

Confederación de empleados y obreros agrícolas .......... 12

Confederación nacional de industrias ................... 10

Confederación de empleados y obreros industriales ........ 10

Confederación de comerciantes .......................  6

Confederación de empleados y obreros de comercio .......     6

Confederación de empresas de transportes marítimos y aéreos ......... 5

Confederación de empleados y obreros de estas empresas ... 5

Confederación de empresas de transporte terrestre y

navegación interior ................................... 4

Confederación de empleados y obreros de estas empresas ............. 4

Confederación de bancos............................... 3

Confederación de empleados de bancos.................... 3

Confederación de profesiones y artistas................... 20

 

         Sobre cien diputados, los agricultores, que constituyen la clase más numerosa, sólo pueden proponer doce candidatos, vale decir, el mismo número que terratenientes, que forman una minoría.

 

         Observaciones finales

 

         La democracia funcional supone la existencia de un partido totalitario. Es un instrumento técnico de que se vale una dictadura para integrar los organismos del poder público exclusivamente con miembros del partido gubernamental. Al despojar de todos los atributos de la ciudadanía a los adeptos de los partidos rivales, y al colocar al ciudadano en función de un oficio por encima del patriota al servicio de un ideal colectivo y nacional, destruye al propio tiempo el sentimiento de patria y el sentimiento fecundo de la convivencia colectiva.

         En el Paraguay, el mal se agravará singularmente a consecuencia de la estructuración colonial de nuestra economía. Las empresas imperialistas, en sus dominios feudales, integrarán los sindicatos con elementos de fidelidad probada a sus intereses. Ya son actualmente un poder económico más poderoso que el Estado; y llegarán a convertirse gracias a la democracia funcional, en un poder político incontrastable, pues, además de tener representación propia en el parlamento, controlarán las diputaciones de sus obreros. Y mediante este proceso, la Revolución, que estalló en nombre de la liberación económica del pueblo paraguayo, terminará, dando término a la obra iniciada por el liberalismo, por convertir al país en feudo del imperialismo extranjero. Nada ni nadie impedirá que se cumpla el infausto vaticinio, si los intereses corporativos llegan a primar sobre los fines eternos e ideales de la nacionalidad.

 

(1) GUARANIA, año III, número 26, diciembre 20 de 1925.

 

 

 

 

V

LA GRAN CONJURA

 

         Se hallaba en vigencia una ley de Defensa del Estado y otra que declaraba disuelto el Partido Liberal, bajo la acusación de haber ofrecido a Bolivia parte del territorio del Chaco a cambio de un apoyo militar que le facilitare la conquista del poder. Al surgir el gabinete de unión nacional, el Presidente derogó la ley de prensa, la que declaraba disuelto el Partido Liberal y convocó una Convención Constituyente a fin de dotar al país de una nueva Carta Política, elaborada con la colaboración de todos los partidos. La Convención debió inaugurar sus funciones el 25 de diciembre de 1947.

         Todo se malogró porque los seguidores del Coronel Rafael Franco decidieron aliarse con comunistas y liberales a fin de cerrar el paso al coloradismo, cuyo poderío popular les causó pavor y desaliento. Contaban con la complicidad del noventa por ciento de las Fuerzas Armadas, con la abierta benevolencia del chavismo y el apoyo del Gobierno uruguayo, que alentó la sublevación de los barcos de guerra surtos en el Río de la Plata, y cedió un avión que cayó frente a Montevideo, por volar sobrecargado de armamentos. Perecieron en el accidente notorios directores de la subversión.

         Los opositores se lanzaron alegremente a la aventura dando por descontada la victoria.

         Pero volvamos a los inicios de la rebelión. Ella se inició a modo de una turbia maniobra palaciega y culminó en el enfrentamiento armado.

         Sabíamos de la conjura, y Víctor Morínigo asumió la responsabilidad inmediata de malograrla, dentro de un sigilo sin ejemplo. Contaba con la colaboración de los Coroneles Enrique Jiménez y Rogelio Benítez. La crisis se produjo el 12 de enero de 1947 y la reacción colorada fue fulminante y decisiva. En carta que conservo, y a mi pedido, Víctor Morínigo, Jefe civil de la brillante jornada, relató el proceso de la misma. He aquí la evocación del ilustre estadista y escritor; es una bella página de nuestra historia política:

         "Ambos sabemos muy bien que no dábamos larga vida al gobierno de coalición de colorados y febreristas, desde el punto inicial. Y nuestra estrategia consistió, desde el primer momento, en contrastar la acción del febrerismo que deseaba poner un pie en el gobierno de coalición tan sólo para provocar, tarde o temprano, una crisis que terminare con el Presidente Morínigo y los colorados. Contaban para esto los febreristas con un mayor número de jefes y oficiales en las Fuerzas Armadas. En la madrugada del 12 de enero, después de diversos conciliábulos entre los jefes de las Fuerzas Armadas, se decidió por la crisis del gobierno de coalición con los únicos votos en contra de los jefes pro-colorados que eran tres: Enrique Jiménez, Alfredo Stroessner y Díaz de Vivar. A la entrada de la noche, en una reunión de gabinete efectuada en Mburuvichá Roga, los ministros colorados fueron destituidos. Tú me contaste que al despedirse de ti, el general Pampliega te dijo:

         "Al fin descansaremos de Usted, que tantos dolores de cabeza nos ha dado.

         "Es posible que Usted me haya confundido con alguna idea que por equivocación haya entrado en su cabeza, le contestaste tú.

         "Con eso terminó el diálogo.

         "Ese día 12 de enero resolvimos el problema, aprovechando el sueño de los febreristas que ya dormían sobre sus laureles. El nudo de la cuestión consistía en que el Comandante Interino de la 1ª. Div. de Caballería, Coronel Enrique Jiménez, pudiera sacar sus tropas esa noche de sus cuarteles, para en estrecho contacto con las fuerzas policiales bajo el mando del Jefe de Policía, Coronel Rogelio Benítez, frustrar la crisis ya resuelta por los febreristas, desalojándolos del gobierno del Presidente Morínigo con apoyo exclusivo del Partido Colorado.

         "Estos trabajos los habíamos seguido silenciosamente desde un par de meses antes con Enrique y Rogelio, descontando el hecho de la traición febrerista que se produciría inevitablemente. Como siempre, no necesitábamos hablarnos para saber que perseguíamos los mismos designios. Por lo demás, seguro estaba de que Rogelio, que iba a desayunar contigo todas las mañanas, te tendría al corriente de todo, y así fue. Como era un hábito nuestro en el sector del Coloradismo auténtico, cada sujeto debía operar circunscripto al rol que se le asignaba. Siempre fuimos conscientes de que los trabajos conspiratorios suelen malograrse a causa de una infidencia de sujetos que, sin una labor específica determinada en una conspiración, se dejaban llevar por su loco entusiasmo, o por su afán de figuración, descubriendo inocentemente planes cuidadosamente velados. Esa tarde del 12 de enero, para excitar a los correligionarios ansiosos y preocupados que no me dejaban en paz incitándome a la acción para frustrar a los febreristas, me dirigí a mi despacho de la Dirección General de Aduanas para esperar la hora convenida con el Coronel Rogelio Benítez. Este había pasado por mi casa de la Avenida Mariscal López a eso de las 13 horas para decirme que, seguramente, el coronel Montanaro vendría a verme, y que si me preguntare sobre la acción que estábamos desenvolviendo le manifestara que yo no sabía absolutamente nada y que se dirigiera, en todo caso, al Jefe de Policía, el citado Coronel Benítez. Rogelio me dijo que venía de la División de Caballería, y que había convenido con el Coronel Jiménez que el resorte vital necesario para que él pudiera sacar sus tropas consistía en la presencia del Presidente de la República, General Morínigo, en los cuarteles de la 1ª.  Div. de Caballería esa misma tarde, para arengar a la oficialidad y manifestarle que ponía toda su confianza en el Comandante de la gran unidad, Coronel Jiménez, a quien autorizaba, en caso necesario, a proceder a la salida de las tropas de sus cuarteles, y que sus órdenes debían ser cumplidas estrictamente. Me pidió Rogelio que me encontrara en casa a las 19 horas; que a partir de dicha hora pasaría, en cualquier momento, para darme las últimas instrucciones. Poco después de la salida de mi casa del Coronel Benítez, llegó el Coronel Montanaro, a quien despaché con lo que me había indicado Rogelio. Casi en seguida, después de comer ligeramente, me dirigí a mi despacho de la Dirección de Aduanas con el objeto ya indicado. Solo ya, revisé los planes elaborados, ya en comienzo de ejecución, y premedité algunos pasos que di, rato después, a fin de asegurar el éxito de Rogelio. Cuando llegó la hora de actuar, puse de lado mis cavilaciones y, luego de revisar algunos expedientes, salí de mi despacho y tomé mi viejo automóvil Hudson que marchaba una cuadra solo y necesitaba ser empujado dos, y me dirigí a la calle Estrella, ya con el aspecto habitual de las calles asuncenas durante las crisis políticas que siempre tienen un desarrollo, y un desenlace, militar. En la corta cuadra existente entre la plaza de los Héroes y la de la Independencia, mi coche se detuvo como era su costumbre; me bajé para empujarlo, y enfrente mío, a menos de cincuenta metros, se estaba desarrollando un mitin comunista alrededor del monumento único de nuestras plazas, "el Derecho Dominando a la Fuerza", y que constituye un sarcasmo a toda nuestra historia política. Los comunistas, armados de cachiporras y de varas de cables trenzados, estaban pidiendo a gritos la cabeza de Higinio Morínigo y de Natalicio González, deseo que alentó a mi chofer a poner en movimiento el motor del automóvil, y a conminarme a que subiera, antes de que los aguerridos comunistas lo confundieran con Morínigo o González. Uno de ellos, al verme, corrió hasta el costado de la vereda sobre Estrella, y me gritó en la cara que iban a tener las cabezas de todos los Morínigos y de Natalicio González. Bajé por la calle 25 de Noviembre y me dirigí a la Policía. En el portal de entrada me encontré con el Teniente Coronel Oddone Sarubbi y el Capitán Ricardo Brugada Doldán, Jefe de Orden Público y de Investigaciones, respectivamente. El primero de los nombrados, antiguo amigo mío, me saludó y me expresó seguidamente, en tono de reproche, si en mi calidad de director partidario yo aceptaba el hecho de que nos dejáramos despojar del poder por un grupo político minoritario y sedicente, como mansos corderos, sin intentar siquiera una leve resistencia. Le dije que no todo estaba dicho ni hecho, y que se mantuviera firme y confiado bajo las directivas de su jefe, el Coronel Rogelio Benítez. Iguales expresiones deduje del semblante de Brugada Doldán a quien le pedí que me acompañara a su despacho, antes de emitirlas. Ya en su despacho le pregunté si estaba en contacto telefónico con el Presidente de la República. Me contestó que sí, que constantemente. Entonces le dije que lo llamara inmediatamente y le diera parte de que los cañoneros, ambos anclados en la bahía desde días antes, estaban prendiendo sus calderas, y que él sabía por informes fidedignos que acababa de obtener, de que uno de ellos saldría de la bahía para tomar posiciones frente a Viñas Cué, y el otro aguas abajo frente a los arsenales de Puerto Sajonia. Deduje de las contestaciones de Brugada al Presidente Morínigo que a éste le había impresionado extraordinariamente la noticia. Me despedí de Brugada, y me encaminé hacia tu casa donde habré arribado poco antes de las 18 y 30 horas. Me informaste que Federico Chaves acababa de salir de tu domicilio, rumbo a la reunión de Gabinete que estaba por efectuarse en Mburuvichá Roga. Había ido para expresarte que el gobierno de coalición había fracasado en perjuicio del Partido Colorado y que éste, desde ese mismo momento, volvía a la llanura. (En la madrugada en que el Partido Colorado tomaba el gobierno sin los febreristas, es decir, en la madrugada del 13 de enero, esta misma aseveración se publicó en el diario "La Tribuna" con un titular a toda página en el cabezalero de la primera plana, como declaración exclusiva de Federico Chaves al corresponsal de la United Press Germán Chaves, miembro del Partido Liberal y sobrino de Federico Chaves). Yo encontré la noticia proporcionádale por Chaves como muy interesante para nuestros planes y me incorporé para dirigirme a mi casa. Me acompañaste hasta el portón, y por la expresión de tu rostro pude deducir que estabas pensando que yo tenía algo entre manos. No sabía que a pedido de Rogelio habías intervenido ante el Presidente Morínigo para que éste diera carta blanca al Coronel Enrique Jiménez, que exigía una orden del Presidente para moverse, porque le repugnaba aparecer como un militar sublevado. Como en las vísperas del 17 de febrero de 1936, no te referí los detalles pero te dije que Federico Chaves podría equivocarse y que los amigos no estaban dormidos ni inactivos. Te pedí que no salieras de tu casa y que permanecieras en ella hasta que yo te llamara por teléfono alrededor de media noche.

         "Apenas llegado a casa, arribó el Coronel Rogelio Benítez, vestido de blanco; sin mayores preámbulos me informó que venía de los cuarteles de la División de Caballería adonde había acompañando al Presidente de la República; que lo había dejado a éste, minutos antes, en su domicilio de Mburuvichá Roga; y que ahora, en ese mismo momento, iría a su casa para vestir su uniforme de campaña. Que todo lo determinado se había cumplido; que el Coronel Jiménez despacharía a las 22 y 30 horas un escuadrón a caballo por la Avenida Artigas hasta el local del Estado Mayor en las Avenidas Mariscal López y General Santos; y a las 23 y 30 horas otro escuadrón motorizado por Laureles y Mariscal López, con el mismo objetivo del anterior. Y que él tendería una línea con las fuerzas policiales desde el Cabildo por la calle Alberdi hasta el Bañado con el fin de aislar a las tropas de la marina del resto de la ciudad, y contener su probable reacción; que ya se vería, sobre la marcha, si haría falta un contingente civil de correligionarios, del que me encargaría yo, y que en todo caso, para la hora 24 le enviase un contingente de 20 a 25 hombres decididos, enérgicos pero correctos, para proceder al apresamiento de los directores civiles y militares del febrerismo, o pro febreristas, esa misma madrugada, con el objeto de evitar todo conato de reacción de los elementos contrarios al coloradismo.

         "Apenas se retiró el Coronel Benítez, llamé por teléfono al General Rolón para que se viniera a mi domicilio enseguida. Recurrí a este jefe militar porque estando encargado por el Partido para la organización de los contingentes civiles, deseaba tenerlo a mi lado por si hacía falta. Llegó a pocos minutos, y nos sentamos en la galería que da sobre la Avenida Mariscal López, en mi domicilio. El General Rolón, hombre prudente y discreto, se contentó con la explicación que le di: que lo invitaba a comer juntos y a esperar algún acontecimiento que pudiera sobrevenir. En el curso de esas pocas horas que mediaban entre las 22 y 30 y las 24, diversos amigos llegaron a casa para vernos a Rolón y a mí, conversando tranquilamente, sin preocuparnos absolutamente de los acontecimientos en curso. A casi todos ellos tuve que despedirlos aumentándoles la dosis de incertidumbre que traían. No constituían factores necesarios, o útiles, para el caso que teníamos entre manos. A Manuel Gadea, seriamente preocupado por la suerte partidaria, le proporcioné un lenitivo diciéndole que se vaya a su casa y que no reciba a nadie ni hable con nadie hasta que yo le haga un llamado telefónico. Epifanio Méndez llegó a eso de las 22, acompañado por otro (que resultó ser Alfirio Canata), y se quedó a esperarlo debajo del pino que se levantaba frente a casa, en el patio delantero. Epifanio me repitió, por enésima vez ese día, el mismo clamor de todos: me dijo que estábamos a tiempo para reaccionar, y si qué hacían los jefes partidarios. Que él contaba con quinientos correligionarios y que los ponía a mi disposición. Le pregunté si esos quinientos correligionarios disponían de armamentos, y me contestó que no. Entonces repliqué que hombres nos sobraban pero que eran las armas las que faltaban, despidiéndole con dichas palabras. Bajaba la escalinata hacia la calle y como ya eran las 22 y 30 horas, más o menos, le llamé y le dije: con toda reserva y la mayor celeridad, reúna 25 hombres jóvenes, enérgicos y correctos, y a las 24 horas llévelos a la Policía, para ponerlos a disposición del Coronel Rogelio Benítez.

         "La faz de Epifanio se iluminó, y sin requerir mayores detalles se volvió y se dirigió como una saeta hacia la calle, seguido al trote por su compañero. Los hombres reunidos por Epifanio fueron los que colaboraron con la Policía para proceder al apresamiento de elementos adversos al coloradismo en la madrugada del 13 de enero.

         "Pero, yaguá baile pe (1), apenas había salido Epifanio cuando llegó el doctor Enciso. Este hombre siempre ha tenido la virtud de la puntualidad solar para presentarse donde no se le llama y donde fuera más inoportuno. Se presentó ya bien achispado, diciendo ¡qué hay, qué hay! Luego me preguntó si lo invitaba a cenar. Le contesté diciéndole que ya lo habíamos hecho, pero que si deseaba unas copas, le acompañaría con mucho gusto. El General Rolón me lanzó una mirada de inteligencia. Le serví una copa bien colmada al doctor Enciso y yo otra, haciendo como que la bebía. Con dos o tres tragos agregados a los que ya traía, el efecto fue casi fulmíneo: Enciso inclinaba el mentón sobre el pecho para iniciar su dorado y acostumbrado sueño etílico. Lo alcé en vilo y lo llevé a uno de los cuartos desocupados que tenía en el sector Este de mi domicilio; le saqué el saco, los pantalones, la camisa, y después de descalzarlo, lo tendí como a un niño en un catre pelado que tenía ahí para hacer mis siestas.

         "Nunca transcurrió más lentamente una hora que la final de ese día 12 de enero. A eso de las 23 y 35 sonó el teléfono. Era la señora del doctor Enciso que vivía en la Avenida General Santos, más o menos a la altura de la fábrica de tejidos. Esta señora me requirió por su esposo a quien no encontraba en ninguna parte, manifestándome que estaba muy alarmada. Le dije que no tuviera cuidado por su esposo que se encontraba muy bien en mi compañía. Pero me lo reclamó por teléfono, por lo que tuve que confesar que estaba "descansando" y agregué que durmiera tranquila sin ningún cuidado por su marido. En vista de que me repitió que estaba muy asustada, y que lo quería a su marido en su casa, le pregunté por la razón de su temor. Me contestó que estaban pasando por frente a su casa "soldados a caballo y todos armados". Fue la primera noticia que obtenía sobre la marcha de los escuadrones de la División de Caballería. Entonces, alborozado, le dije: "Bueno, señora, prorrumpa en hurras por el Partido Colorado y duerma el sueño más tranquilo de su vida", y corté la comunicación. Cuando me dirigía a la galería donde estaba sentado el General Rolón, sentí el rumor creciente de los motores que venía del lado de la Recoleta, y pocos minutos después desfilaba por frente a casa el escuadrón motorizado hacia su objetivo. A las 24 horas de ese día 12 de enero, con la convergencia de los dos escuadrones de la División de Caballería sobre el Estado Mayor, se consumaba el movimiento más decoroso de nuestra vida política, sin que la ciudad dormida se diera cuenta. Al día siguiente, cuando LA TRIBUNA, esencialmente anti colorada, publicada alborozada la nostálgica declaración de uno de los jefes más prominentes del coloradismo, la situación era muy diferente.

         "Como te recordarás, te llamé enseguida para decirte que era mejor que te acostaras y durmieras tranquilamente esa noche para estar bien descansado el día siguiente, en que te esperaban agotadoras y largas tareas.

         "Nunca más cierto entonces el dicho de que las noticias vuelan. Pocos minutos después mi casa estaba inundada por una multitud de caras conocidas y otras no. Empezaron a trabajar las dos máquinas de escribir que tenía. Y apareció, despertado por el bullicio, el doctor Enciso, en mangas de camisa, ya bien despejado y, como siempre, en el momento oportuno para explotar el éxito.

         El movimiento del 12 de enero evitó que el Paraguay se convirtiera en el primer satélite ruso de la América Latina. La alianza de liberales, febreristas y comunistas, bajo la jefatura de estos últimos, salió a luz. Una banda armada asaltó el Departamento Central de policía el 7 de marzo de 1947; Rogelio Benítez perdió un brazo pero rechazó a los agresores. Puede decirse que sincrónicamente se produjo la sublevación militar de Concepción, que obtuvo a los pocos días la adhesión de las guarniciones del Chaco. El Presidente Morínigo y yo, en previsión de esta emergencia que veíamos venir, en el mayor secreto y con la anticipación debida, habíamos adquirido fuertes partidas de armas en Bélgica. Con ellas fueron equipados estudiantes y campesinos colorados fogueados en la guerra del Chaco. Un puñado de militares leales asumió el comando: El pueblo armado recuperó Concepción y venció en las goteras de la capital a las huestes comunistas, el mes de agosto, restableciendo la paz de la República.

         El costo de la represión se elevó a cinco millones de dólares. A los combatientes se pagaban sus haberes en el frente y la ejecución normal del presupuesto no sufrió interrupciones. Fue la sorpresa de aquellos días, pues constituía una vieja tradición el retener los emolumentos de los burócratas durante las guerras civiles. Mediante una resistencia elástica, Asunción afrontaba el asalto de los que ya cantaban victoria, sin percatarse de que sobre su retaguardia, volaban, a marchas forzadas, los vencedores de Concepción.

         Durante seis meses, no se percibieron impuestos en la vasta y rica zona norteña, dominada por los rebeldes, y no obstante, el ejercicio financiero de 1947 cerró con un superávit de algo más de 1.300.000 dólares.

         Durante este gran drama, luchamos con dura decisión contra los comunistas y sus compañeros de ruta. Afrontamos simultáneamente la agresión externa y la traición interior. Evocando aquellos días, Víctor Morínigo escribió en enero de 1953:

         "Federico Chaves ofreció la Presidencia al General Pampliega, primero, y luego al General Machuca, para impedir que el General Morínigo llamara al Partido Colorado a colaborar con su gobierno. Durante la revuelta concepcionera no descansó en la búsqueda de arbitrios para impedir la victoria del pueblo colorado; llegó a gestionar la intervención extranjera desde su gabinete de Relaciones Exteriores (la del Brasil) a espaldas del presidente Morínigo y sin autorización del Partido Colorado, con el fin de frustrar con una vergonzosa transacción el triunfo del Coloradismo. Cuando en consejo de Ministros, Natalicio González le enrostró su traición al pueblo colorado, justificó la traición afirmando que no tenía fe en el triunfo gubernamental, por lo que se atrevió a negociar un arreglo con los revolucionarios, terminando por aceptar el criterio sustentado por Natalicio González y Víctor Morínigo. Expresó que éstos se estaban jugando la cabeza, pero que él solo merecería el respeto y la consideración de los revolucionarios.

         Reincidente en la felonía y en la falta de fe en el Coloradismo, la misma incidencia se repitió en otro escenario:

         En los últimos días de la contienda, y a medida que los revolucionarios se acercaban a Asunción, la actividad de Chaves se multiplicaba: estaba en contacto con los revolucionarios, y por un informante confidencial que vino expresamente de Formosa, Víctor Morínigo supo que los revolucionarios le habían ofrecido la presidencia a Federico Chaves, si éste lograba quebrar la resistencia del partido Colorado, y celebrar negociaciones de paz. La propaganda radial que hacían los revolucionarios, conducía a esta finalidad: decían que la insurgencia no estaba enderezada contra el partido Colorado sino contra el "dictador" Morínigo y sus "Bandas armadas" del "guión rojo". Se sabe que con esto se aludía al coloradismo auténtico, al sector intransigente del partido que se resistía a toda componenda con el adversario. En una reunión de comandos realizada en el Estado Mayor, Víctor Morínigo había expresado ante una sugestión de negociaciones de paz con los revolucionarios, que el Gobierno de la República por propio decoro, no podía acceder a sentarse en una mesa redonda con los representantes del gobierno faccioso de Concepción, y que tampoco el ejército leal podría compartir, dignamente, una mesa redonda con militares desleales. Que la lucha no la había planteado el Gobierno presidido por el General Morínigo ni sus colaboradores colorados, sino los subversivos de Concepción. Y que a nosotros no nos quedaba otro recurso que resistir, y vencer la subversión, defendiendo el orden constitucional; que si llevábamos a feliz término estos propósitos, fundaríamos un orden legal estable, que descuajaríamos, definitivamente, el espíritu de sedición de las instituciones castrenses, y que afianzaríamos con fundamentos sólidos el predominio del Partido Colorado, cuyo pueblo estaba haciendo frente a casi el 90 por ciento de las fuerzas armadas en sedición.

         Al día siguiente, el Jefe de Policía César Vasconsellos, habló por teléfono a Víctor Morínigo, para informarle que Federico Chaves, ministro de Relaciones Exteriores, se dirigía en ese mismo momento a Mburuvichá Roga a fin de presionar sobre el Presidente Morínigo para que éste accediera a poner fin a la contienda armada aceptando los buenos oficios del oficioso mediador brasileño. Víctor Morínigo me llamó enseguida para decirme que partía para Mburuvichá Roga, y que esperaba que le siguiera, a fin de conjurar la nueva maniobra de Chaves. Llegó primero Víctor y sin anunciarse entró en una de las salitas de la residencia presidencial, donde encontró a los dos. Al verle, el Presidente Higinio Morínigo le invitó a sentarse y, seguidamente, de acuerdo a su carácter sincero y leal, le informó que "don Federico persistía en su idea de celebrar una reunión de mesa redonda con los representantes de los revolucionarios y bajo el patrocinio del mediador brasileño", y que el mismo don Federico, "para avalar su criterio, afirmaba su convicción de que nuestro gobierno no podía vencer a la subversión que, finalmente se nos impondría". Víctor le contestó al Presidente diciéndole que, por el contrario, él se afirmaba en la convicción de que venceríamos, y a corto plazo, a los revolucionarios de Concepción, y que, en esto no hacía otra cosa que sostener la misma fe y la misma convicción alentada por el señor Presidente de la República. Que si el ministro Chaves no participaba de esta convicción, y quería entrar en negociaciones con la sedición, honestamente no podría seguir en el gabinete.

         Yo llegaba en ese instante y pude escuchar gran parte de las aseveraciones que dejo estampadas, y tal fue mi reacción que, dirigiéndome al Presidente Morínigo, e ignorando a Chaves, expresé con dureza las siguientes palabras: "Solamente un traidor al partido Colorado puede ofrecer una propuesta tan contraria a los intereses del pueblo colorado". Entonces, Federico Chaves, con la calma de animal de sangre fría que le caracteriza, y también ignorándome por su parte le dijo al Presidente Morínigo: "Bueno, Presidente, aquí en este asunto Natalicio y Víctor se juegan la cabeza, y yo no me juego nada. Siga usted los consejos de estos señores. Cuando entren los revolucionarios en Asunción, yo seré por ellos respetado".

         Este fue el esfuerzo final de Chaves para  contener el seguro triunfo de nuestro pueblo en armas. Dos o tres días después, conseguimos fletarlo con destino a Rio de Janeiro para asistir a la reunión interamericana que se realizaba en agosto de 1947. Alejando a este tenaz derrotista, pudimos poner los cinco sentidos en las tareas de la defensa de la capital, ya sitiada por los revolucionarios. Chaves hizo todo lo posible por no abandonar la capital; deseaba encontrarse en ella cuando "entraran" los revolucionarios para contemplar el espectáculo por el cual vendió su alma al diablo: verme colgado en uno de los árboles de la plaza Uruguaya, civilizador y "democrático" propósito compartido por él con la coalición libero-franco-comunista. Con su habla cansina y descolorida, tomado del brazo de Víctor Morínigo, al bajar la escalinata de Mburuvichá Roga, le decía:

         - Bueno, Víctor... yo me voy y puedo considerarme salvado, pero ustedes...

         En los puntos suspensivos estaba la intención, pero Víctor Morínigo lo desengañó enseguida:

         - No se preocupe, don Federico, y váyase tranquilo, seguro en la idea de que cuando regrese encontrará un país ya pacificado, y al coloradismo plenamente instalado en el gobierno.

         Entre estas celadas y sobre abnegaciones y muertes, se asentó la victoria colorada. Victoria costosa, que se alzó entre un coro de improperios, que llegaba del sur. La radio Ariel, propiedad del Presidente del Uruguay, desde Montevideo alentaba el sabotaje y exigía del coraje paraguayo el asesinato de los líderes de la defensa. Mi réplica, también por radio, terminaba con estas palabras:

         "Si algo nos duele, en esta propaganda, es comprobar que pueda existir en nuestro hemisferio un país donde se convierta un instrumento de la civilización, como la radio, en tribuna de forajidos, desde donde se recomienda el asesinato de mandatarios de Repúblicas hermanas, el incendio de puentes, la voladura de edificios públicos, la destrucción de las industrias, el arrasamiento de una nación amiga, en nombre de la libertad y de la democracia. Los que amamos al Uruguay, los que de niños llegamos a recibir de Montevideo, en la encantadora ficción de Rodó, la memorable y luminosa lección de Próspero junto a la estatua alada de Ariel, sentimos como una profanación, que de la misma ciudad donde nació, sufrió y vivió el Maestro, y desde una radio que también lleva el nombre de Ariel, se oiga en vez de la admonición grave y elocuente de antaño, el berrido lombrosiano de los hijos de la sombra y la caverna. Sé que muchos uruguayos ilustres sentirán la misma repugnancia contra este pecado vitando, contra la cultura, contra la decencia, contra todo lo noble que encierra la naturaleza humana. Y tendrán razón. Un país desciende en el concepto universal, cuando permite, dentro de sus fronteras, que al magisterio de Próspero reemplace el de Calibán, es decir, cuando tolera que la bestia predomine sobre el espíritu".

(1) Literalmente; perro en el baile. Idiotismo que alude a los importunos.

 

 

VI

LA PRESIDENCIA

 

         La lucha contra el malón de Concepción fue dura y sangrienta. Asunción sufrió el asalto de aquellos implacables agresores: que bajaron del Norte con el odio en el corazón y la muerte en sus designios. El Coronel Federico Garay ha evocado aquellos días dramáticos en los términos que siguen:

         "Todos, jefes, directores o simples militares, todos, absolutamente todos, están cumpliendo su deber con magnífica decisión e invencible serenidad y coraje. Todos los componentes del Ejército de la Legalidad están demostrando al mundo cómo el hombre paraguayo sabe defender su libertad y su hogar, su dignidad y sus instituciones democráticas amenazadas por algunos esquizofrénicos instrumentados a los sanguinarios designios del imperialismo stalinista.

         "Los actos individuales y colectivos que revelan el heroísmo con que luchan los leales son incontables y el relato de los mismos necesita la dimensión de crónicas interminables para que lleguen a conocimiento del pueblo.

         "Por esa razón, hoy vamos a citar sólo algunos de ellos.

         "En el frente de operaciones, donde desde esta mañana un brioso destacamento leal ha comenzado a avanzar victoriosamente, presionando enérgicamente sobre las huestes enemigas, estuvieron al lado de la tropa, en todo momento, seis prominentes figuras del gran Partido Colorado. Ellos son: S.E. el Sr. Ministro de Hacienda, don Natalicio González; el señor Jefe de la policía de la Capital, Dr. don César Vasconsellos; el Presidente de la Corporación Paraguaya de Carnes, Dr. don Martín Cuevas; el Sr. Director de Impuestos Internos, don Manuel Gadea; y el Miembro de la Junta de Aprovisionamiento don Andrés Nogués. Estas personalidades conspicuas y relevantes de la democracia paraguaya estuvieron en todo momento en primera línea y cuando los valerosos pynandis se pusieron en movimiento para avanzar y perseguir al enemigo, los seis prestigiosos líderes marcharon con ellos, codo con codo, hombro con hombro, al lado de esa gloriosa gente humilde que ha salvado con su pecho y con su puño el porvenir de la nacionalidad y la vigencia de sus instituciones fundamentales.

         "Mientras los liberales y los neoliberales piden por radio, desde 1,500 kilómetros de distancia, la cabeza de los demócratas guaraníes, los dirigentes del Partido Colorado afrontan responsabilidades y abren rutas promisorias y radiantes hacia un destino fundado en la ley y en el respeto a las libertades del hombre, principalmente del hombre de campo, que es el auténtico forjador de esta victoria".

         La victoria colorada, que fue fulminante y decisiva, dio origen a mi candidatura presidencial. El 27 de octubre de 1947, Don Manuel Talavera, líder del campesinaje y antiguo amigo de mi padre, lanzó la siguiente proclama:

         A los campesinos colorados de la República.

         Dos fechas trascendentales jalonan nuestra existencia ciudadana: Diciembre de 1904 y Agosto de 1947. Desde el tañido funerario de la primera hasta el gozoso repiqueteo de la segunda, han transcurrido largos decenios que ninguno de vosotros olvidará por el sufrimiento a que nos sometió un adversario desleal y engreído, despiadado y prepotente. Por el amor a esta patria que nos prohíja y por la inspiración justa y viril que preside nuestra conducta, perdonamos aquellas actitudes de nuestros enemigos.

         Recordaréis, hermanos campesinos, que fueron en aquellos largos y dolorosos años de proscripción en la propia tierra, que nos vimos mancomunados en las nobles y rudas faenas del campo. Recordaréis, también, que fue en el campo donde busqué y hallé el retiro que sirvió de solaz a mis inquietudes cívicas violentadas por la sañuda persecución del adversario. También, recordaréis que ese retiro campesino me dio ocasión de allegaros mis palabras y mis actos, y que, unidos, consubstanciados, material y espiritualmente, mantuvimos la llama de la fe partidaria difundiendo las verdades claras y honestas de nuestra convicción colorada.

         Ese retiro y el campo, que es como decir una misma cosa, fueron, con el correr del tiempo y a su turno, reducto y cantera.

         Primero, reducto, cuando resistimos a la opresión de los mandones en los mil incontables episodios que nutren el anecdotario liberticida de nuestra historia política pasada.

         Después, cantera, cuando el puñal de la traición desgarró la carne de correligionarios caros a nuestro corazón. Entonces, acudimos todos en tropel y los más mozos de vosotros, disputasteis el honor de estar en la vanguardia. Fueron los días memorables de la pasada contienda civil; el peligro acechaba por doquier. Pero vuestras nobles inquietudes, la razón de nuestra grande causa, espoleó la voluntad del campesino y acudisteis en legión impresionante a aplastar a la turba traidora de los malos hijos de su patria. Nunca mi corazón estuvo más cerca del vuestro que en aquellos instantes; y nunca pude sentirme con mayor orgullo más cerca de vosotros que en aquella oportunidad.

         El campó fue, de este modo, la cantera que suministró los medios con los que se han bruñido la personalidad y los caracteres del "pynandí", cifra humana que hizo posible la magnífica gesta de nuestro partido, y la cruzada epopéyica de la redención nacional.

         Y en todo ese largo trecho de batallar sostenido, de heroicidad anónima, de abnegación sin par, nunca me visteis exhibir otro interés que no fuera el de asentar a nuestro partido en la cima de los destinos públicos, presidiendo el engrandecimiento moral y material de nuestra querida patria. Mis ambiciones personales estuvieron, siempre, radicalmente condicionadas por un entrañable amor a la patria y a mi partido.

         Por estas consideraciones fundamentales, hoy, en pleno amanecer de la grandeza partidaria, cuando la hora grave preñada de responsabilidades que vivimos nos impone decisiones sazonadas en un criterio de equilibrio, mesura y ponderación, dejo escuchar mi voz que no aspira sino a resonar, en este mensaje, con la vibración campesina de la sinceridad y del amor al credo partidario que abrazamos. La voz de un hermano mayor, por las canas que blanquean mi cabeza; y la voz de un consejero, por la experiencia qué en el decurso del trayecto ya largo de mi vida he recogido, la ordeno hoy, en meticulosa y ponderada clasificación, y os la quiero brindar por la vía del consejo a todos vosotros que compartisteis conmigo las vicisitudes heroicas e ignoradas de nuestra vida campesina.

         Disputas o desavenencias que asoman en el seno de la familia colorada, incubadas en la Capital, llegan a oídos de vosotros deformadas por la ofuscación de noticieros oficiosos o por la malevolencia intencionada del adversario que acecha taimado y enmaraña la verdad con la red de su intriga caprichosa.

         Ninguna de estas disputas domésticas tendrán la trascendencia capaz de producir división alguna de nuestra grande y poderosa asociación. Manteneos unidos, colorados del campo todo, en torno a esta afirmación que es anhelo sincero, pensamiento honesto y fe cardinal de todos los buenos correligionarios de la República.

         La verdad es muy otra de como se os pretende presentar una cuestión que, en esencia y por sobre las exterioridades aparenciales y episódicas, es sencilla y clara.

         Nuestro partido, de raigambre popular y campesina, es de orientación esencialmente democrática. En su seno deben y pueden convivir los más opuestos pareceres u opiniones, en la más completa armonía, siempre que no se atente contra principios básicos de la convivencia y de la ley partidarias. Y como atravesamos un período pre convencional en el cual se auspician dos o más candidatos presidenciales, lógico es que, en el ardor de imponerlos a la consideración pública, sus propiciadores rocen, discutan y se exalten un tanto. Cada cual tiene, en nuestro partido, el derecho de propiciar el candidato que más le plazca, y no han de preocuparnos las alternativas estridentes de las polémicas que se suscitan si sabemos mirar la cuestión y tenemos presente que todas las desavenencias, por serias que fueren, desembocarán en la Magna Convención del partido, próxima ya a realizarse, y en donde se liquidarán por medio de la controversia amplia y de la decisión mayoritaria, las pequeñas rencillas caseras, episódicas y transitorias.

         Pero tened bien en cuenta que, cual sea que fuere el resultado de la Convención, debemos acatarla sin pestañeo alguno, porque esa es la actitud que nos inspira nuestro sincero sentimiento democrático. Cualquier oposición, reparo, reticencia o reserva que, al respecto, sea formulada, debe merecer nuestra condenación unánime y hemos de considerarla como un atentado de lesa unidad partidaria.

         En el discernimiento de los méritos partidarios de cada cual, debemos ponderar más lo menos que otros han hecho y tener en menos lo más que pudimos hacer. Pero un elemental sentimiento de justicia nos obliga a reconocer méritos excepcionales a aquellos que, con su desvelo, decisión e inteligencia, cargaron con un lote mayor de responsabilidades durante la emergencia bélica desatada por la rebelión norteña. En este terreno no puedo dejar de exponer a la consideración, al respeto y al reconocimiento de mis correligionarios del campo, la brillante actuación de los hombres -colorados y no colorados- que integran el actual Gabinete del Superior Gobierno, cuyo eficaz desempeño nos ha conducido a obtener la categórica victoria sobre nuestros adversarios coaligados.

         Mis últimas palabras con relación al momento político y a la posición que asumo como colorado y como ciudadano, las pronuncio en los párrafos siguientes donde, repito, no aspiro sino a que resuenen como el eco de un aldabonazo de sinceridad campesina uncida de fervor hacia el credo de mi partido.

         Una tradición personal de independencia y de equidistancia en las corrientes divergentes que siempre existieron en el seno de nuestro partido, me veo obligado a romper en consideración a que un sentimiento de conveniencia nacional y partidaria me lo impone.

         Con todo el respeto que me merece la opinión adversa de los correligionarios que no compartan mi parecer y con toda la consideración que me inspira la venerable figura de mi viejo amigo el Dr. Federico Chaves, así como los meritorios correligionarios que propician su candidatura presidencial, debo manifestar          que tanto    el país como        el partido, necesitan    en los momentos que discurren y que advendrán, de hombres más jóvenes, más virilmente enérgicos, más audazmente renovadores.

         Por ello presto desde ya mi calurosa adhesión al candidato que propicia el sector de los hombres de acción del coloradismo, en cuyo seno militan gentes de capacidad y decisión templadas en el fuego de la dura prueba de la guerra civil pasada. Me refiero a J. Natalicio González, correligionario de relevantes condiciones, para quien os pido vuestro favor y adhesión.

         Más que por mis propios merecimientos, por mi afinidad espiritual, por mi estilo de vida y por la experiencia campera de mis luengos años, me siento abanderado de la causa campesina y reclamo y reclamaré con todas las fuerzas de mi voluntad y de mi corazón, la atención y solución de los problemas globales del agro.

         Ese elenco de hombres de acción a que aludo está informado y orientado en el terreno que más conviene a los campesinos y el sentido renovador de la mentalidad de esas personas es un augurio feliz, preludio del advenimiento de una era de justicia social para nuestros olvidados y modestos campesinos. Son ellos, también, quienes, como vosotros, sustentan la tesis de la coparticipación campesina en el gobierno del partido, y de la cosa pública. Y aspiramos a que gracias al triunfo de esta tesis, las inquietudes del campo graviten, en breve, sobre las decisiones orientadoras de los destinos públicos de la patria.

         Hermanos colorados del campo:

         Que esta profesión de fe personal y partidaria, desinteresada y sincera, sirva de compromiso formal para aquellos hombres a cuyo pensamiento y acción prestamos nuestra más calurosa adhesión; y os delinee, a vosotros, los rumbos de orientación política que, en esta etapa de la vida nacional, convienen más a los destinos grandes de nuestro querido Paraguay.

 

Manuel Talavera.

Asunción, 22 de Octubre de 1947.

 

         A raíz de la proclama, Don Manuel Talavera renunció a la Junta de Gobierno del Coloradismo, fiel a la tesis de que los que ejercen la autoridad partidaria deben mantenerse equidistantes de los candidatos en pugna. No siguieron esta conducta recta y decorosa quienes me combatían. Más bien transitaron el camino opuesto: el de la alevosía. En efecto, para facilitar las violencias que premeditaban, los chavistas pretendieron apoderarse del Ministerio del Interior, exigiendo del Presidente de la República la destitución de Don Víctor Morínigo, que ejercía dicha cartera. El escrito que sigue delata el modo como frustré la maniobra:

 

         Asunción, Setiembre 11 de 1947.

 

Señor presidente:

 

         En la sesión celebrada el martes 10 del corriente por la Junta de Gobierno de su digna presidencia, apelé ante la Convención partidaria de la resolución adoptada en una reunión anterior, en el sentido de solicitar del señor Presidente de la República la separación del señor Ministro del Interior del alto cargo que desempeña con tanto beneficio para la nación paraguaya.

         La opinión pública se ha visto sorprendida por esta medida contra un ciudadano eminente que acababa de contribuir, con máxima eficiencia, a la aplastante victoria alcanzada contra los amotinados de Concepción. Pero con mi apelación, no vengo a defender a una persona, sino a reclamar el imperio de los principios y la aceptación de las normas jurídicas que hacen posible la convivencia de los hombres en una sociedad civilizada. Además, creo contribuir con ello al mantenimiento de la unidad partidaria, seriamente amenazada por medidas cuya adopción escapa a las facultades de la Junta de Gobierno.

 

UNA SANCIÓN CLANDESTINA

 

         El artículo 12, inciso 9 de los Estatutos del Partido dice en uno de sus párrafos: "Ninguna sanción podrá ser aplicada por la Junta, sin comunicarse al afectado el acta de acusación, y facilitársele la defensa".

         Esta disposición ha sido violada en todas sus partes. No existe acta alguna de acusación. No se dio oportunidad al Ministro Morínigo para ejercer su defensa, y ni siquiera se le comunicó la existencia de la sanción de que era víctima. Nuestra carta orgánica ampara a los afiliados de estos atropellos, y yo vengo a reclamar el cumplimiento de la misma en nombre de la consideración mutua que debe reinar entre compañeros de causa, y como condición ineludible para mantener la férrea unidad de la familia colorada.

         Sé que muchos miembros de la Junta sostienen que no se trata de una "sanción" sino de un acto político. En esa forma se pretende paliar una medida de las más graves para cuya adopción no está facultada la Junta de Gobierno. Pero sólo a una persona que haya perdido el don del raciocinio se podrá convencer de que destituir a un ministro no constituye una SANCION. Por esta razón no entro a discutir una verdad tan evidente por sí misma como un axioma matemático..

 

 

LA JUNTA OBRA FUERA DE SUS FACULTADES

 

         Lo que ocurre es que la Junta ha actuado fuera de sus facultades legales. Ella no puede adoptar, con dos tercios de votos de los miembros presentes, sino una de estas tres sanciones:

         1º.) La amonestación;

         2º.) La suspensión; y

         3º.) La expulsión.

         El artículo 12, inciso 9 de nuestros Estatutos, es terminante a este respecto. Dice textualmente que son atribuciones de la Junta: "Amonestar, suspender o expulsar a los asociados, por actos que a juicio de la Junta afecten al Partido, requiriéndose para esto, el voto de las dos terceras partes de los miembros presentes". No figura entre esas facultades la de destituir o nombrar ministros, porque nuestra carta orgánica no podía alzarse contra las instituciones de la República, contra la Constitución Nacional, que consagra que dicha facultad, que algunos miembros de la Junta pretenden arrogarse, es privativa del Primer Magistrado de la Nación.

         El inciso 20 del artículo 12 de los Estatutos, que algunos invocan, tampoco autoriza a la Junta a aplicar sanciones. El aludido inciso dice: "La Junta de Gobierno reúne todas las facultades necesarias para la buena marcha de los intereses partidarios, pudiendo en este sentido tomar cuantas MEDIDAS LEGITIMAS sean necesarias para asegurar el éxito de los propósitos que constituyen el objeto de la Asociación, tratando siempre de conciliar con la moderación y prudencia de sus resoluciones, LA UNION Y CONCORDIA ENTRE SUS MIEMBROS".

         No constituye ninguna medida legítima destituir a un ministro, pues es norma jurídica universal que las penas deben ser taxativamente enumeradas en la ley, para poder ser aplicadas. Ninguna autoridad se halla facultada a inventar sanciones especiales para faltas especiales. Además, el artículo 6 de los Estatutos dice, expresamente, que la Convención es la autoridad suprema de la Asociación, y que "los demás organismos partidarios no podrán atribuirse autoridad o competencia, que no les estén expresamente delegadas por los Estatutos o la Convención".

         Hay que convenir, además, que destituir un ministro, sin mediar acta de acusación y sin darle la oportunidad de la defensa, no es una resolución moderada ni prudente que tenga en vista la unión y la concordia entre colorados, como imperativamente dispone la carta partidaria.

         Hay más. El inciso 17 del artículo 12 de los Estatutos, establece que los parlamentarios colorados, "en el desempeño de sus funciones legislativas, sólo son responsables, partidariamente, ante la Convención". Es fácil comprender que los ministros de Estado no pueden ser menos que los parlamentarios, y que su juez legítimo no es ni puede ser la Junta de Gobierno, sino la Convención. Por lo mismo, la Junta de Gobierno carece de facultades para pedir al Presidente de la República la eliminación de ningún ministro.

 

CUESTIÓN INSTITUCIONAL

 

         La actitud de la Junta de Gobierno en mayoría, trasciende de la esfera partidaria, y plantea una grave crisis institucional, mediante el desconocimiento de facultades privativas del Presidente de la República. La Junta puede amonestar, suspender y expulsar a los afiliados, ciñéndose al procedimiento indicado en el inciso 9 del artículo 12 de los Estatutos, pero no puede proponer ministros ni pedir la eliminación de los mismos del Gabinete. La Junta no es el Gobierno de la Nación, y desde el momento que pretende serlo, subvierte el orden en un alzamiento contra las normas constitucionales. Llevará al país a la anarquía y destruirá todo principio de autoridad. Es evidente que no es esa la función que le ha encomendado el pueblo colorado.

 

PALABRAS FINALES

 

         Estos son, sintéticamente expuestos, los fundamentos de la apelación que formulo ante la Convención partidaria, cuya convocatoria inmediata me permito solicitar. Y me adelanto, finalmente, a invitar a esa alta autoridad partidaria, para que dé fiel cumplimiento al mandato de nuestros estatutos, tratando de promover la unión y concordia de los colorados, mediante la moderación y prudencia de sus resoluciones.

         Saludo al señor Presidente con las expresiones de mi antigua amistad y de mi más alta consideración.

 

         J. Natalicio González.

 

 

DOCTOR EULOGIO ESTIGARRIBIA

PRESIDENTE DE LA ASOCIACIÓN NACIONAL REPUBLICANA

CIUDAD.

 

         Se otorgaron a los chavistas, más que garantías, la impunidad en el delito. Sus agentes asaltaban las seccionales campesinas; robaban los libros de actas y en ellos consignaban resoluciones ilícitas, designando convencionales espurios. Cuando se reunió la Convención partidaria, objetaron a más de cuarenta de sus legítimos miembros, a fin de asegurarse una mayoría fraudulenta. Pedí a mis amigos que sobrellevaran con paciencia todos estos atentados a los derechos del campesinaje. Con todo, fracasaron. Cuando se procedió a elegir, por votación secreta y con exclusión de los objetados, a la persona llamada a presidir aquella histórica Asamblea, los chavistas sacaron avante a su candidato por un voto de mayoría, pero acto seguido se comprobó que el número de sufragios superaba el de los sufragantes. Se exigió rectificación por votación nominal. Era la derrota, y los atracantes de seccionales campesinas optaron por retirarse. Es decir, optaron por dirigirse al Presidente de la República, de quien solicitaron la disolución de la Convención, la proscripción en masa de mis amigos y la entrega de la dirección partidaria a su grupo. Como contrapartida, estaban dispuestos a apoyar la reelección del Primer Magistrado. El General Morínigo, siempre discreto y ponderado, respondió que no figuraba entre sus facultades presidenciales la de intervenir en la vida interna de los partidos políticos.

         La Convención prosiguió sus sesiones con la casi totalidad de sus miembros legítimos y proclamó mi candidatura a la Presidencia de la República. Comunistas y chavistas, agavillados a la sombra de unos mismos rencores y despechos, dieron por nominar atraco a la Convención a lo que fue uno de los más brillantes acontecimientos de que tenga memoria la democracia paraguaya. El atraco se producirá después, al advenir el violento predominio de los vencidos de aquel día. Lo cuenta Víctor Morínigo:

         "Una nación civilizada no puede subsistir sin la vigencia de un orden jurídico permanente que rija la vida de la sociedad. Este orden jurídico tuvo sus bases legales en la Convención del 17 de noviembre de 1947, en la que participaron todos los afiliados de la Asociación Nacional Republicana, sin exclusión alguna, y entre cuyos militantes no había, en aquella circunstancia, ni presos ni desterrados. Todos eran libres, y no pesaba sobre los colorados coacción alguna de parte de las autoridades del Estado. Si alguna había, era la ejercida por una Junta de Gobierno facciosa, en su pretensión de imponer la candidatura de Federico Chaves al pueblo colorado; esta Junta cometió violencias castigadas por el Código Penal, con el fin de secuestrar libros de actas de las Seccionales, y anular sus decisiones adoptadas libremente en las designaciones de convencionales. El hecho eventual del retiro voluntario -que en realidad era fuga- de una minoría de convencionales que vieron el fracaso del fraude intentado en plena Convención, no invalidó, como no lo podía, las decisiones libremente adoptadas por la mayoría. Este es el manoseado cuento del atraco con que se auto convenció el hiperestésico jefe de las juveniles comunistas que, para curarse del susto, ya lleva atracadas - y esto no es cuento- tres "convenciones" partidarias, aunque todas ellas "sui generis". Por ejemplo, nunca podrá tener validez una convención como la del 15 de febrero de 1949, constituida bajo el imperio de la fuerza, resguardada por tropas policiales y militares, e inspirada y controlada por el partido Comunista, previo destierro, apresamiento y confinamiento de los auténticos directores del coloradismo".

         La jornada del 17 de noviembre de 1947 exasperó de tal manera al chavismo, que su guía, a semejanza de los liberales de 1904 y de 1912, buscó aliados en el Sur para malograr la constitución de un gobierno medularmente colorado. Mi eliminación del poder, meses después, tendrá un costo ominoso: la aceptación lisa y llana del protectorado argentino (1). Cuando al fin ocupó la Presidencia, pretextando su adhesión a un homenaje a San Martín, Federico Chaves acudirá a Buenos Aires para ser alojado en la Casa de la Empleada y, mínimo Procónsul, se pondrá de pie para escuchar el discurso de Eva Perón. Su respuesta constituye la mayor afrenta jamás inferida al honor de los paraguayos. He aquí un fragmento de aquella pieza en que el Presidente del Paraguay glorifica al hombre que públicamente confesó su designio de anexar la patria del Mariscal López a la nación argentina:

         "He traído la adhesión de mi país a este homenaje rendido al Gran Capitán de medio continente, que aseguró la libertad de varios países de la América del Sur.. Pero si él aseguró la independencia y soberanía de medio continente, HOY PUEDE DECIRSE QUE SOBRE EL SUELO ARGENTINO HAY OTRO LIBERTADOR. No basta en nuestra época asegurar la independencia política de un país; es necesario asegurar la independencia económica y la justicia social. Y puede decirse, señores, sin duda alguna, en esta hora, QUE ESE OTRO LIBERTADOR DE LA NACION ARGENTINA QUE LE HA ASEGURADO SU INDEPENDENCIA ECONOMICA Y SU JUSTICIA SOCIAL ES EL GRAN LIDER DE LOS ARGENTINOS, EL GENERAL PERON ES UN CONDUCTOR Y UN LIDER QUE HONRA A LA GRAN NACION ARGENTINA Y QUE HONRARIA AL PAIS MAS GRANDE DEL MUNDO.

         "Pero es justo decir también que HA TENIDO UN BRAZO PODEROSO DE COLABORACION: ESTA GRAN SEÑORA, ESTA GRAN DAMA QUE ES. . . UNA REVELACION COMO MUJER DE AMÉRICA...

         "Apenas asumida la responsabilidad del poder constitucional , he corrido para asistir a los grandes homenajes del Prócer Americano; he CORRIDO PARA ESO Y PARA CONTEMPLAR LA GRAN OBRA DEL PERONISMO, NO SOLO COMO MERA CURIOSIDAD SINO PARA EMPAPARME EN ELLA -LO HE HECHO EN ESTOS BREVES DIAS- Y PODER REALIZAR EN MI PAIS LUEGO ALGO DE LO QUE ESTAN REALIZANDO AQUI EL GENERAL PERON Y SU GRAN COMPAÑERA..."

         La visita hecha por el Presidente Federico Chaves a la Argentina en 1951, cuando este país conmemoraba el centenario de la muerte de su héroe nacional, el general San Martín, sale de todas las normas establecidas. Se sabe que cuando un jefe de Estado visita un país extranjero, debe existir, como condición previa ineludible, una invitación de ese país extranjero. Chaves negoció esa invitación; pero la cancillería argentina, muy puesta en razón, contestó que la ocasión no era la más aconsejable para la visita de un jefe de Estado extranjero; que en la oportunidad en que Chaves deseaba visitar la Argentina, los argentinos estaban conmemorando a San Martín, y que en esas circunstancias no se podía rendir homenajes a nadie más que al héroe argentino. A pesar de todo, a pesar de la negativa cortés de la cancillería argentina, Chaves insistió, y poniéndose en el plano de un gobernador de cualquier provincia argentina, dijo que él quería estar presente en los actos conmemorativos del primer centenario de la muerte de San Martín. Ante esta insólita insistencia, la cancillería argentina se alzó de hombros, y dejó que se viniera a Buenos Aires el mandatario paraguayo. Es claro que en la recepción de Chaves no hubo los honores militares que se rinden a un jefe de estado extranjero. Tampoco, como se vio, ninguna solemnidad, ni la más mínima que se debe a un jefe de Estado. Se le trató como a un turista distinguido pero inoportuno. Se sabe también que la visita de un Jefe de Estado debe ser programada con el máximo cuidado, para no omitir la más mínima atención. Se programan todos los actos, se programan todos los honores exigidos por el protocolo. En la visita de Chaves, la cancillería paraguaya desde luego no actuó, y es la única responsable de todos los desaires inferidos al pueblo paraguayo en la persona de su indigno y ocasional mandatario. Llegado a Buenos Aires, tanto Chaves como su canciller, se dieron cuenta de que ambos debían ser condecorados por el gobierno argentino, el primero con el collar y el segundo con la cruz. Le confiaron la gestión al embajador ante el gobierno porteño, y éste volvió con su faz de asombro permanente e inmutable diciendo que en la cancillería le habían informado que ambas condecoraciones ESTABAN AGOTADAS. No satisfechos con la gestión del embajador de quien ambos no alababan, precisamente una reconocida habilidad, le encomendaron la prosecución de la gestión al agregado militar a la embajada del Paraguay en Buenos Aires, que volvió, es claro, con la misma respuesta, pero con una aclaración de su cosecha: "Estas cosas no se hacen así... el Presidente, y su canciller, ya hubieran negociado las condecoraciones antes de venir a Buenos Aires. . ."

         La explicación que recogemos de este episodio, es cómica, triste y vergonzosa: el día anterior a la llegada de Chaves a Buenos Aires, Perón y Evita, en trajes de montar, regresaban de los bosques de Palermo donde habían asistido a una cacería de zorro, donde hacía de zorro Gabriel Lebrón. Llegaron a los cuarteles de Palermo donde se alojaba una compañía de Escuela Militar de Asunción, invitada para asistir a los actos sanmartinianos. Ante los oficiales paraguayos se desarrolló un diálogo entre ambos descamisados, muy aficionados a las distracciones de la realeza europea:

         - Pero viste che, se viene no más el viejito...       ¿Dónde lo alojaremos? ¿Qué te parece el Plaza?

         - ¡Loco! Ni lo pienses... ese es un hotel de oligarcas.

Lo alojaremos en la Casa de la Empleada.

         - ¿Te parece apropiado? La cuestión que esto es un lío.

         - No hijito, ni te preocupes. Yo lo arreglo.

         Y todo lo arregló Evita, convirtiendo a Chaves en su escudero: en el desfile militar de Palermo, Perón revistó solo las tropas, en tanto el presidente paraguayo estaba sentado a la derecha de la "primera dama" argentina. Se sabe que un jefe de Estado que se respete, no debe contemplar desde un palco la revista de las tropas sino que debe hacerlo en compañía del jefe del Estado anfitrión.

         Pero Chaves tuvo la condecoración que merecía en la víspera de su regreso al Paraguay, en un gran mitin peronista que se realizó en la plaza Lavalle: en la intercepción de las calles Lavalle y Talcahuano, en medio de la calzada, el primer trabajador argentino, despojándose de su "medalla peronista", la puso sobre el pecho del "primer trabajador paraguayo".

         La explicación de estos agravios inferidos a la dignidad del pueblo paraguayo, se encuentra en el corto diálogo entre el dictador argentino y su mujer, frente a los oficiales paraguayos en los cuarteles de Palermo. Perón quería significar que la visita de Chaves no tan sólo no era deseada sino inoportuna, y que se le trataría en la medida de sus merecimientos. Los oficiales paraguayos que asistieron con vergüenza a este triste episodio, pueden dar fe de éste si no han perdido la memoria.

         La humillación inferida al Paraguay en la persona de su Presidente, no sirvió de escarmiento. Chaves resolvió visitar el Uruguay y el Canciller Bernardo Ocampos cablegrafió a nuestra representación diplomática para que comunicara al Gobierno de aquel país la fecha en que el ilustre y espontáneo viajero iba a llegar a Montevideo con su comitiva. "El Presidente Luis Batlle Berres -escribe el entonces Embajador paraguayo en Uruguay, doctor Venancio López-, muy preocupado, me llamó a una audiencia especial para sugerirme que el Presidente Chaves suspendiera su viaje debido a la proximidad de las elecciones. Puso a mi disposición su avión presidencial que me condujo a Asunción junto con su Enviado Confidencial, doctor Polier, portador de una carta personal para el Presidente Chaves, en la que fundamentaba la sugestión de prórroga, hasta nueva oportunidad". El frustrado viajero puso de manifiesto su mal humor poniendo término a la carrera diplomática del doctor Venancio López, que servía bien a su país y que pretendió impedir, vana y patrióticamente, que el mandatario paraguayo incurriera en el bochornoso desliz. Luís Alberto de Herrera y el senador Ángel María Cusano, desde Montevideo, y Juan E. O'Leary, desde Roma, intervinieron, sin resultado, a favor del Embajador en desgracia. El rayo de la cólera presidencial se descargó sobre la inocente cabeza del doctor Venancio López.

         Perón encontró en el chavismo un fiel ejecutor de sus designios. Al iniciarse en la política, enunció su firme propósito de reconstruir el Virreinato del Rio de la Plata, partiendo de la anexión del Paraguay. Mi jefatura, que significaba la hegemonía del coloradismo auténtico, venía a malograr sus sueños de expansión y de conquista. Por eso se cruzó en mi camino. Era un patriota argentino a quien molestaba la aparición de un patriota paraguayo, apasionado defensor de la autonomía de su nación. Invitó a una entrevista, que se efectuó en las Tres Bocas en su yate, al general Morínigo, y en ese encuentro comprobó que, pese a sus ofertas de ayuda económica, aquel paraguayo estaba consustanciado con su pueblo, y que en ningún caso lograría lanzarlo contra el ciudadano elegido para sucederle. No quedaba sino Chaves, tan ansioso como Perón en abatir el obstáculo. Los acontecimientos se precipitaron. El 3 de junio de 1948, el General Morínigo era despojado de sus funciones, dos meses antes de fenecer su mandato, gracias a una absurda prepotencia cuartelera que sólo se explica por el afán de eliminar a su próximo sucesor. Pero los que se alzaron contra las instituciones, por el momento no pudieron ir más allá; les fue imposible apartar al elegido del coloradismo auténtico.

         El 15 de agosto de 1948 asumí la Presidencia de la República. Dije después de prestado el juramento constitucional: Mantengo sin amenguar su énfasis, las críticas que como publicista formulé a la Constitución vigente, cuya reforma procuraré llevar a la práctica, el día en que puedan sentarse en el seno de una Convención Constituyente los representantes de todos los sectores de opinión, para emular en la estructuración de un orden jurídico que sea emanación de la voluntad soberana del pueblo. Pues, una Constitución no debe ni puede ser la obra de un partido, por poderoso que fuere, sino el resultado de una transacción entre las corrientes ideológicas que buscan su hegemonía en el seno de una nación". Poco después, y a ruego mío, el doctor Luis De Gásperi tuvo la gentileza de visitarme, en compañía del escritor uruguayo Don Ariosto González, y le adelanté idénticas ideas. Hice más: invité al doctor Justo Pastor Benítez     a regresar al país a fin de que reorganizara su partido, sin condiciones.

         ¿De dónde esta insistencia? Se trataba de ensayar por segunda vez la política que no logramos hacer comprender desde la oposición pero a la que hay que volver siempre para asegurar la unidad de los partidos y hacerlos actuar como instrumentos del bien colectivo. El Coloradismo entiende que la convivencia democrática sólo es viable sobre un compromiso tácito ó expreso, que permita a la oposición controlar la recta inversión de los recursos del Estado, y a buscar la unificación del pensamiento nacional sobre todos los problemas básicos que comprometan vitalmente la vida del pueblo. La contrapartida consiste en la aceptación de la legalidad, en el sometimiento a ella, aparte de una colaboración estrecha en la defensa de la paz pública.

         El gobierno colorado que me tocó presidir, realizó en corto tiempo una labor sin precedentes, y marcó el estilo y el rumbo de toda política renacentista accesible a los recursos entonces disponibles del país. Esa labor se halla reseñada en COMO SE CONSTRUYE UNA NACION. Sería superfluo repetir una vez más lo que allí se consigna. Nunca fue mejor interpretada la vocación civilizadora del Paraguay. Tengo a orgullo el que muchos paraguayos, y preponderantemente los altivos e indomables campesinos, aún recuerden con admiración y nostalgia aquel brusco resplandor de nuestra historia, seguido de una noche tétrica, funesta y cruel.

 

(1) Los fundamentos de esta aseveración pueden leerse en EL ESTADO SERVIDOR DEL HOMBRE LIBRE, páginas 120 a 124. A raíz de la deposición de Chaves, el primer acto del Presidente Tomás Romero Pereira, fue denunciar los tratados concluidos con Perón y que convirtieron al Paraguay en una colonia argentina.

 

 

XIV

LA NUEVA IDEOLOGÍA

 

         Juan E. O'Leary había cumplido la titánica tarea de desprendernos de nuestra épica del siglo XIX, convirtiéndonos en espectadores de la gesta del 65, en admiradores de nuestra epopeya. Para que brote la admiración hay que abarcar el espectáculo en perspectiva, es decir, hay que alejarse de él, dejar de pertenecer a su mundo peculiar, distinguirse de lo ya consumado, de lo que es puro pretérito. No todos lograron evadirse de aquel ciclo tremendo. Los infectados del virus liberal se pusieron a odiar frenéticamente esa épica y sus Aquiles y Odiseos; no pudieron salir de ese ámbito extinguido. Pues es un hecho que nuestro odio solo recae sobre nuestro coetáneo, sobre lo que nos roza e incómoda con su cotidiana presencia. Se creían progresista y en realidad vivían en un tiempo ido; vivían con los muertos que odiaban.

         Me tocó a mí, y a los jóvenes que me acompañaron, percatarnos de que los liberales paralizaban la vida paraguaya, la momificaban, la retenían envuelta en la atmósfera del siglo XVIII. Sus vislumbres más audaces del futuro eran puro pasado; creían avizorar una aurora y sólo contemplaban la silueta borrosa de Rousseau y la mímica elocuente de los girondinos. Algunos jóvenes, que se creyeron de la extrema izquierda, descubrieron a Carlos Marx. También este hallazgo resultó tardío; era una nueva expresión de la mentalidad colonial, que prefería un amo asiático a los antiguos amos europeos. El viejo capitalismo inglés, de cuyo análisis surgió el marxismo, ya no era una realidad de nuestro tiempo; mi generación pudo oponerle el revolucionario industrialismo norteamericano, que conceptuaba como su mayor negocio enriquecer a sus obreros para convertirlos en compradores de sus propios productos. Gracias a esta nueva concepción de la economía industrial, los trabajadores irrumpían bruscamente en la zona amable de las clases pudientes. La secuencia de todas estas comprobaciones es que logramos evadirnos de esos siglos gloriosos pero que ya no pertenecían a la vida, sino a los anales de la historia, y aspiramos alegremente el aire de nuestro tiempo, percibimos nuestro contorno, vivimos los urgentes problemas cotidianos de nuestro

pueblo. Ante aquellas mentes arcaicas asumimos la apariencia de extraños monstruos, y lo seguimos siendo para todos aquellos que en economía, en finanzas, en política social y cultural, no han podido salir del siglo XVIII.

         Concretamente ¿cuál era nuestra ideología? El historiador del proceso del pensamiento paraguayo puede documentarse en algunos de nuestros libros (1). En esencia, sostuvimos que toda cultura elabora un sistema ideológico que es su instrumento de expansión y de dominio en el mundo. España estructuró su imperio bajo el signo de la escolástica; Inglaterra y Francia sobre la difusión del liberalismo; Rusia sobre el proselitismo marxista. América Latina no será libre, ni alcanzará su pleno desarrollo económico y cultural, si no desarrolla un sistema de ideas que sea expresión de sus intereses, de sus necesidades, de sus aspiraciones materiales y espirituales, de su peculiar estilo de vida. Advertimos, al propio tiempo, que en el mundo de hoy se está estructurando la sociedad científica, de modalidades totalmente nuevas. Ella no busca como fundamento una oligarquía de técnicos; su característica es la democratización del saber, es decir, la extensión a las masas populares de nociones científicas cada vez más amplias y profundas, como condición para producir con provecho, elevar su nivel de vida y acentuar la capacidad creadora del espíritu.

         Enumeremos algunos de los signos de nuestro tiempo; percibamos, captando lo inmediato, ese algo tan novedoso que nos diferencia fundamentalmente de tantas centurias transcurridas. Me refiero a la extraordinaria densidad espiritual de la época que vivimos, a la ardiente vocación científica que aguza una muchedumbre de cerebros y hace retroceder los lindes de tenaces misterios. Se trata de algo que no se había visto nunca. A través de una estadística optimista, tal vez se pueda aceptar que desde la antigüedad hasta 1935 irrumpieron en la historia unos dos mil hombres de ciencia; en cambio, de 1935 a 1965, es decir, en los últimos treinta años transcurridos, excede de los cien mil el número de sabios que, formados en los laboratorios y en los institutos especializados, infunden un acento nuevo a los días que vivimos. Trabajando en equipo, han ensanchado el ámbito del mundo conocido; han relegado por arcaicas las nociones clásicas que iluminaron por tanto tiempo nuestra concepción del universo; gracias a la ciencia pura aplicada al logro de nuevas técnicas, hacen brotar el trigo entre los hielos, aclimatan flora y fauna exóticas en comarcas desposeídas de ellas, y a través de este proceso promueven incesantemente el ascenso del hombre en la escala del bienestar y de la eficiencia. La evasión espacial, lograda mediante la victoria de la energía impulsora sobre la gravedad, y la fuerza nuclear liberada mediante los milagrosos vislumbres de una ecuación, son logros contemporáneos. La falange de investigadores que ensanchan más y más el dominio humano sobre el mundo físico, se halla integrada, en un 80 por ciento, por gentes cuya edad oscila entre los 25 y 40 años; es la juventud la que inquiere y descubre, la que adelanta esta primavera del mundo alumbrada por tantos saberes bruscos e inéditos.

         Precisamente cuando se predecía el agotamiento de los hidrocarburos después de la relativa decadencia de la hulla, aparece la electricidad generada por el átomo, fuente inagotable, capaz de asegurar la supervivencia de nuestra cultura, uno de cuyos fundamentos físicos es el creciente consumo de la energía. Simultáneamente, el uranio suple al vapor y mueve los motores de propulsión nuclear, dotando de un radio de acción ilimitado a barcos, aeroplanos, y submarinos. El microscopio electrónico lleva el análisis del proceso biológico a una zona de lo infinitamente pequeño, impenetrable hasta hace poco a la percepción de los sentidos; y los débiles ojos de los humanos, gracias al radiotelescopio, contemplan el cosmos en una nueva e inaudita amplitud. Vehículos que transmiten a la tierra fotografías lunares y de los astros del sistema solar, permiten la exploración cada vez más profunda del espacio. La cibernética, esa ciencia tan joven, centuplica la potencia de nuestras facultades intelectivas con el concurso de la máquina, y los cerebros electrónicos, fríos y exactos, realizan las más abstrusas operaciones mentales con vertiginosa exactitud. La química médica descubre y elabora los antibióticos y los tranquilizantes; los cirujanos oxigenan la sangre y operan el corazón; el injerto de órganos vitales pasa a ser, poco a poco, un recurso rutinario de la medicina moderna.

         Mientras el mundo de hoy se estructura en torno a la sociedad científica, el pueblo paraguayo, uno de los más inteligentes de la Tierra, vivía sumergido en la atmósfera del siglo XVIII. Era el personaje arcaico de una edad muerta. Era, o es, la fecundidad estéril, el genio que se inhibe, la potencia que se disuelve en debilidad porque no actúa, ni transforma, ni crea. Por eso no tenemos inventores; aún muerde las tierras de cultivo, en ciertas comarcas, el viejo arado de madera. La raza que brindó al mundo el maíz, la papa, el ananás, el algodonero perenne, y tantas plantas alimenticias y medicinales, practica hoy una agricultura arcaica e improductiva y destruye una  hectárea de selva virgen para exportar dos o tres rollizos. Sin embargo, no constituye un problema muy serio tecnificar en tres o cinco años a los dos millones de paraguayos que habitan nuestro suelo, para que puedan producir a un costo mínimo frutos de selección. Es sumamente fácil convertir nuestros bosques en fuente de celulosa, plásticos, nylon, papel, y otros subproductos que el mundo consume con avidez creciente, ya que la madera está supliendo al acero y comienza a erigirse en factor básico de potencialidad y poderío. No existe ninguna dificultad para planear el acondicionamiento del territorio nacional, es decir, para lograr, dentro del cuadro geográfico del Paraguay, una repartición de sus habitantes en función de los recursos naturales y de las actividades económicas, a fin de procurar a los paraguayos mejores viviendas, alimentación adecuada, educación científica, ambiente salubre, avanzadas técnicas de trabajo y hábitos propios de la sociedad científica. El desarrollo económico arranca necesariamente de la tecnificación intensiva de dos o tres fuentes básicas de la producción exportable.

         El intelecto, el genio creador del hombre, constituyen en nuestra época la materia prima predominante, para no decir insustituible, que permite desenvolver la prosperidad, el poderío, la grandeza de las naciones. Cuando Hitler, en su furia anti judaica, expulsó a Alberto Einstein de su Alemania natal, cedió a los Estados Unidos un elemento constitutivo de su victoria y preparó la capitulación del Japón a raíz de Hiroshima. Por algo los vencedores rusos y norteamericanos emularon en 1945, por encima de ventajas económicas y territoriales, en atraerse a los sabios alemanes que se habían destacado en física nuclear o en la química moderna.

         Sabían que la preeminencia de las naciones se mide por el número de sus eminencias en alguna rama de las ciencias puras y aplicadas. Por eso las grandes potencias subvencionan y obligan a empresas, a instituciones privadas o centros universitarios a financiar y aumentar constantemente el número de sus investigadores. En cifras redondas, Francia cuenta con 31.000 de ellos; Alemania Occidental con 40.000 con 62.000 Inglaterra, y con 500.000 los Estados Unidos. Estas cifras constituyen el barómetro del esplendor y de la potencialidad de los países aludidos. Cuando advertimos la carencia de investigadores científicos de que padecemos, cuando comprobamos que en el curso de este siglo ningún invento importante se ha registrado en nuestro país, podemos atribuir a la falta de adiestramiento científico de la inteligencia autóctona muchos de los males endémicos de nuestra cultura, en la economía como en la política, en las creaciones prácticas como en los logros abstractos del espíritu.

         Son estos pensamientos animadores de una vida de creación incesante, que se estructuran en un sistema ideológico coherente, los que se persiguen e infaman en mi persona. Pretender que el Paraguay viva sumergido en la atmósfera de nuestro tiempo, que se convierta en factor dinámico e imprescindible de la nueva cultura, de la nueva sociedad, de una democracia científica de sentido humanístico, constituye un insulto para aquellas mentalidades que no han logrado evadirse del siglo XVIII. Por eso ostento los insultos, las calumnias que me acosan, como otras tantas condecoraciones ganadas al servicio de mi pueblo.

         Nunca me inmiscuí en contiendas de comité, ni en luchas en que no estuviese en juego la preeminencia de algún principio, ni en esas labores subalternas a las que muchas veces se da el nombre de Política, en menoscabo de la significación intrínseca de esta noble palabra. Para mí, la política consiste en usar el saber técnico y las potencias creadoras del espíritu al servicio del hombre. "Es en la preocupación por el hombre y su destino, escribió Einstein, que debe centrarse siempre el interés de todo esfuerzo técnico. No lo olvidéis jamás en medio de vuestros diagramas y de vuestras ecuaciones".

        

         Con dos millones de habitantes y más de cuatrocientos mil kilómetros cuadrados de fértiles comarcas, el Paraguay no tiene que afrontar la explosión demográfica que acosa a los países del Tercer Mundo. Tampoco precisa encarar la falta de agua y sus secuencias de las zonas desérticas, sin que tenga que esquivar por eso el planteo de la agricultura de riego. El escaso rendimiento actual de los cultivos se debe, por un lado a la deficiencia técnica, y por otro a la carencia de equipos modernos. No es el resultado de causas naturales.

         La pauperización del campesinaje y su contrapartida, la concentración de la fortuna en estrechos centros privilegiados y en muy pocas manos, frenan tradicionalmente el desarrollo. Otro factor negativo, esta vez accidental (la descapitalización, fenómeno que se abatió sobre el país entre 1949 y 1955), redujo en un cincuenta por ciento el valor real de la fortuna privada. Empujados por el desastre, algunos lograron exportar sus ahorros. Los dólares que se fugaron aguardan, para repatriarse, un respaldo serio de divisas que garanticen una estabilidad durable del guaraní, y que las finanzas de la República den un adiós definitivo a los déficits, que son funestos cuando no los neutraliza una vigorosa expansión económica, es decir, cuando no se traduce en un equilibrio cíclico.

         La paridad del guaraní con el dólar (125 por 1), es otro factor activo de la pauperización campesina. Cuando esa relación constante era de tres guaraníes por dólar, se pagaba, en los campos, 10 céntimos (Gs. 2.50 de hoy) por un kilogramo dé batata; hoy se paga un guaraní, del desvalorizado. La doctrina liberal inculca que la moneda, cuanto más envilecida, más impulsa la exportación. En realidad, el resultado real de su caída se traduce en el despojo del pequeño productor y en una hipertrofia de las ganancias de las empresas exportadoras. El desarrollo del comercio exterior tiene conexión directa con la promoción tecnificada y más bien se estanca cuando se convierte en un negocio de agiotistas. Esto nos induce a destacar que una economía agraria sólida supone un retorno a la paridad del guaraní con el dólar vigente en 1948. La creación del Nuevo Franco en la Francia de Charles de Gaulle, obedeció al propósito de alentar una economía dinámica, una economía de la prosperidad, y los franceses se benefician actualmente en esa política monetaria, inteligente y previsora.

         Un cambio de estructura en vista al desarrollo requiere bases populares sumamente amplias, para evitar su perversión por interferencia de algún grupo de presión que, al amparo de la impotencia política del campesinaje, disloque una vez más el juego normal de la economía de la prosperidad para imponer precios de hambre a los productos del agro. Sería prudente dar el primer salto acentuando la índole técnica de la industria agropecuaria, desde el triple punto de vista de la comercialización, del costo y de la naturaleza densa y calificada de los productos. No hay otro modo de evitar que el sector económico parasitario, incapaz de crear nuevas fuentes de trabajo, se apropie de una buena parte de los recursos que por su origen pertenecen a la masa campesina.

         Otra faz negativa del desarrollo proviene del mal empleo, o del no aprovechamiento de los factores dinámicos de la geografía. La limpieza del cauce de los ríos interiores, y su profundización adecuada, tienen una solución posible dentro de los limitados recursos del país. En compensación, el uso de la vía fluvial para acceder a las rutas marítimas del comercio mundial, provoca implicaciones políticas, restricciones de alcance hegemónico, cuyos complejos elementos desbordan las soluciones de tipo jurídico. Es evidente, hoy día, que las aludidas implicaciones no podrán ser jamás allanadas totalmente y en forma duradera, a no ser que se emprenda una política que tome como fundamento la geografía activa.

         Desde sus lejanos orígenes, el pueblo paraguayo luchó denodadamente, con una visión certera y tenaz de sus intereses, contra los cercos vecinales. Bajo el régimen colonial, la imposición del Puerto Preciso le obligaba a desembarcar sus productos lejos del mar y de los centros de consumo; tenía que hacerlos llegar a destino en carretas o a lomo de mulas. Advino la independencia y se culpó del cerco al doctor Francia, que se empeñó toda su vida en romperlo. En las primeras décadas de este siglo pareció que el cierre ominoso pertenecía ya a la historia ¡espejismo de una nación en ruinas!. Por todo este tiempo los barcos argentinos, que ejercían el monopolio de la navegación, por transportar de Asunción a Buenos Aires (un recorrido de 1.600 kilómetros), imponían un flete cuyo monto representaba con frecuencia el 70 por ciento del valor de la carga. Surgió la Flota Mercante del Estado, en cuya creación participé, y el hosco pasado reapareció, hostil, expoliador como nunca. Los barcos brasileros se hallan libres de estas trabas; se trata de una discriminación destinada a frenar el desarrollo paraguayo. Los convenios concluidos con la Argentina no han servido para nada. La vieja política colonial, con burdas variantes modernas, otra vez se empeña en abatir la civilización mediterránea de la América del Sud.

         Tales son los hechos. La experiencia de tres siglos nos enseña que el encierro paraguayo, tenazmente mantenido por los gobiernos de Argentina, no se romperá por imperio de ningún tratado. Es fuerza, repetimos, confiar en una política fundada en la geografía activa para la desaparición del cerco. En otras palabras: la libre navegación hacia los mares no tiene ni tendrá una solución jurídica; no podremos lograrla a base de acuerdos contractuales; se trata de un derecho que sólo podrá ser consagrado e impuesto por la naturaleza de las cosas.

         Más concretamente: el río Paraguay constituye actualmente un callejón sin salida. Su única puerta sobre el mundo se halla cerrada por los celosos vecinos del Sur. Felizmente, dispone de cuatro opciones para abrirse otra puerta sobre el Atlántico, mediante su junción con el Amazonas, y eventualmente con el Orinoco (2). La construcción de un canal de cinco a diez kilómetros, o algo más, operaría este milagro y automáticamente el Paraguay se convertiría en el país clave para la navegación interior de la América del Sur.

         Estaría en conexión fluvial directa con Argentina, Brasil, Perú, Bolivia, Ecuador, Colombia y Venezuela, sin excluir el Uruguay. El cerco argentino desaparecería por inoperante, destruido por un acondicionamiento nuevo de las comunicaciones. La civilización fluvial y mediterránea, penosamente mantenida por el genio creador de los paraguayos, alcanzarían al fin su esplendor, gracias al libre acceso de sus animadores a la cultura y a las rutas mercantiles del Atlántico. Un convenio con el Brasil, completamente posible, será bastante para neutralizar los factores negativos de nuestra universalidad. Y el Paraguay podrá corresponder con fraternal generosidad a tres siglos de incomprensiones argentinas.

         La geografía activa no considera la tierra como un cuerpo, o un paisaje estático, objeto de una descripción que mantiene su validez por décadas, a veces por siglos. La estudia en su carácter de agente dinámico, en incesante proceso de transformación. Fuerzas naturales, y preponderantemente la intervención directa de la voluntad humana, que pone en movimiento las leyes físicas y las somete a sus designios, procuran cambios fundamentales. En el caso concreto que consideramos, se trataría de un retorno a la morfología primitiva de una porción todavía, caótica de nuestro hemisferio. Primariamente, el Paraguay y el Amazonas tuvieron, no uno, sino varios enlaces; las lentas alteraciones geológicas los cortaron en el curso de un proceso milenario. Felizmente, la ingeniería moderna cuenta con los recursos técnicos y financieros que le permitirían restablecerlos a un costo accesible y remunerativo.

         El nuevo acondicionamiento de la hidrografía sudamericana, vendrá a dar solución permanente, acaso eterna dentro de la dimensión humana, al encierro del Paraguay, borrándolo del número de los hechos artificiales que pudo crear, en complicidad con una geografía no totalmente evolucionada, cierta absurda política hegemónica. Se obtendrá por imposición de la naturaleza de las cosas lo que, nunca se pudo alcanzar por vías jurídicas. El carácter efímero de los acuerdos contractuales está a la vista. Suprimiendo el Puerto Preciso, advino, cada cual a su turno, el Flete Preciso, o el Práctico Preciso, o el Inspector Preciso, formas proteicas del Encierro Preciso sistemático, permanente, inhumano, hostil, del pueblo paraguayo.

         ¿Qué esperan los pueblos de América Latina de sus Universidades, en este siglo en que ya no fascinan los paradigmas importados, sean ellos ideológicos o estructurales, porque toma fuerza el afán de dar vigencia a la expansión del genio autónomo?

         Asistimos a un cambio revolucionario de la estructura mundial, debido a las transformaciones de la geografía política, a las nuevas modalidades de los medios de comunicación y al incesante progreso de la ciencia pura y aplicada. Pero las disciplinas sociales todavía se rigen por realidades que ya desaparecieron de nuestra vista. Principalmente en el orden jurídico, abordamos los problemas de hoy con una mentalidad extremadamente arcaica. Y entiendo que la función predominante de las Universidades americanas, en los días que vendrán, ha de consistir en habituar a las nuevas generaciones a emprender el análisis exhaustivo de su medio espiritual y físico, a fin de deducir los módulos del nuevo estilo de vida, y formular los principios reguladores del atareado pujar de nuestros pueblos. El texto foráneo puede seguir siendo útil porque las adquisiciones abstractas de la ciencia, lo mismo que los modos de investigar, son universales, pero la materia en que experimentamos es esencia nuestra, es carne de nuestros pueblos, es tierra de nuestras patrias, y requiere un tratamiento peculiar para que no se destruyan los gérmenes creadores que pugnan por expresarse en nuestro contorno. El arado que abre surcos puede ser forjado en hierro extraído de otras latitudes, pero los frutos que maduran en el aire inestable y errante, tienen raíces que los fijan en la tierra nuestra, y que de ella extraen la sustancia del trigo aquerenciado y del maíz autóctono. De la misma manera, el saber, que es universal, debe ser usado, no para deformar nuestra estructura ni pervertir nuestros fines, sino para fecundar la realidad americana, que se nutre del acervo social que se acumula en el pasado, de la base física que es como el cuerpo de la patria, y de las esperanzas y deseos colectivos, operaciones del espíritu por medio de las cuales diseñamos sobre el futuro aún increado, un presente más perfecto que aquél en que vivimos.

         Durante milenios, Europa se ha expresado a través de una constante pasión de dominio. El amo y el esclavo, el noble y el plebeyo, el Imperio y la Colonia, han sido las formas permanentes de la inconciliable antítesis que despliega sus contradicciones en el alma europea. Por eso Europa es el continente de la dialéctica; el mundo de la tesis, de la antítesis y de la síntesis; y su equilibrio entre tantos y renovados valores que chocan, se refunden y vuelven a diferenciarse, ha logrado mediante el movimiento, mediante la expansión en el orden geográfico, mediante la investigación cuando la mente incide sobre lo que por su naturaleza es inespacial e intemporal, y mediante el dinamismo cuando se trata de transformar con actos el medio en que se vive. Conste que no formulo una crítica; analizo una realidad. Y debemos de reconocer que constituye uno de los espectáculos más grandiosos de la historia, el que ofrece ese pequeño continente que durante tres mil años ha mantenido una milagrosa lumbre que aún ilumina y guía a una enorme porción de la especie humana.

         Los americanos heredamos de Europa una concepción muy valiosa: la idea del ser como proceso ininterrumpido de integración. El ente no tiene como linde la piel que le envuelve como una vestidura viva, ceñida y elástica. Gracias a la actividad de nuestras facultades mentales, y a las especulaciones de la razón regida por el número y el ritmo (que en esencia no otra cosa es la lógica), logramos una visión del universo que se integra en un punto desconocido de la mente. Incorporamos a nuestro ser el pasado, gracias al recuerdo que al tornarse ciencia crea especialidades como la arqueología y la historia; incorporamos el futuro por medio de la expectativa, y por virtud de ambas operaciones, nuestro presente, que es menos que un segundo, llega a abarcar lo que ya no es y lo que será. Pero no es todo. La técnica acrece nuestro poder de captación, y si el microscopio nos familiariza con una fracción del mundo invisible, el telescopio despliega a nuestra vista las maravillosas regiones en que evolucionan los astros. Nuestros oídos pueden recoger las voces que acaban de pronunciarse en el otro extremo del planeta, y las imágenes traspasan el espacio para cuajarse de nuevo en una pequeña placa sensible en remotas urbes. Seguimos manteniendo nuestra individualidad, nuestra identidad, nuestro yo, pero al propio tiempo nos expandimos ilimitadamente en nuestro contorno, y esta expansión no daña otras expansiones que se entrecruzan con la nuestra, que nos sumergen en su área, o que nos rozan al pasar.

         Hasta hoy, exceptuando a los norteamericanos, los europeos nos superan en inventiva, en técnica, en casi todos los sondeos que efectúan para asentar su dominio sobre algún sector reacio de la naturaleza y en la audacia con que teorizan sobre lo desconocido, para alumbrarlo y esclarecerlo. Pero comenzamos por manifestarnos en estilo propio. El proceso de integración del ser se produce en América obedeciendo a una ley nueva. No mueve al hombre americano la pasión de dominio, sino la pasión de conocer. Dentro de la concepción americana de la integración del ser, sólo lo que se conoce se incorpora a la esencia del conocedor, se traduce en un enriquecimiento del espíritu, en el crecimiento de la personalidad. Pero a condición de que lo conocido no se vea destruido o desnaturalizado por el dominio, ni envilecido por la opresión. No incorporamos a nosotros mismos sino lo que es puro, sano y viviente. Y la vida es una manifestación ordenada de la libertad.

         Contrariamente, el dominio no amplía ni enriquece la personalidad. El dominio puede traducirse en provecho, pero no incorpora a la propia esencia lo esencial de lo retenido. La posesión de cualquier valor en que vaya implícito el sentimiento de la dignidad, hace que ese valor se encierre en él mismo, se torne hermético, inasimilable, inexplicable, enigmático, totalmente ajeno al poseedor. Lo poseído es objeto de comercio; lo que conocemos no es mercable, porque forma parte del acervo espiritual, no del acervo de bienes de tipo económico.

         También el modo de integrarse nuestras naciones difiere del estilo europeo. Hubo, a veces, en nuestro hemisferio fronteras trazadas con el tajo de la espada, pero eso aconteció en una época en que nuestras bases físicas se hallaban todavía en estado gaseoso, porque existían zonas donde no se había asentado la población y que estaban sustraídas a la acción de la cultura. Eran territorios paralíticos, porque no conocían ni el surco del arado ni la animosa intervención del espíritu. Pero en general, nos constituimos sobre bases físicas que formaban parte de nuestro ser y que estaban impregnadas de nuestra propia vitalidad. No podía ser de otro modo. Advenimos a la vida independiente gracias a una solidaridad activa, tomando como fundamento ideológico el repudio de la conquista. Y creo que el drama del mundo se resolverá el día en que Europa continúe su proceso de integración, pero al estilo americano, es decir, colaborando con nuestro hemisferio, esforzándose por conocerlo y no por dominarlo, y fundiéndose con nosotros, sin renunciar a las diferencias legítimas de cada país, a fin de salvar nuestra común cultura, cuya finalidad última es servir al hombre libre y asegurar su supervivencia.

         Las fronteras, en el mundo americano, se han tornado en algo vivo, en un elemento de nuestra identidad formal, pero ya no dividen ni oponen barreras a la integración de cada país. Dentro de un sistema de cooperación y de emulaciones honestas los caminos, los ríos y el espacio aéreo debieran convertirse en órganos de esa misma integración. Las actividades creadoras del mundo americano se entrecruzan y colaboran sin mengua de la autonomía de nuestros países y con beneficio de todos. La expresión más moderna de esta nueva estructura es el mercado común integrado por Argentina, Brasil, Chile, Perú, Paraguay y Uruguay, al que se incorporó México gracias a la clarividente política americanista del Presidente López Mateos.

         Asistimos al hecho de que México tenga ahora más estrechas conexiones con el Río de la Plata que con los países que le circundan, y dentro de poco comprobaremos que el ámbito espacial de los siete miembros del mercado común, sin identificarse, se ha ensanchado considerablemente como teatro de las actividades creadoras de sus pueblos respectivos. Habrá mayor riqueza, mayor cultura, se desarrollará la justicia social y se ampliará la zona de las libertades efectivas del hombre americano. Tales son los resultados previsibles, desde ahora, de la nueva estructura americana.

         Esta nueva estructura vive en contradicción cada vez más violenta con un orden jurídico arcaico, que es el vigente. La transformación ya se ha iniciado, pero marcha a ritmo lento o no trasciende de un logro regional. México, en su Constitución de Querétaro, ha dejado atrás la concepción liberal de la propiedad territorial, a fin de defenderse de las intervenciones extranjeras y extinguir toda forma disfrazada de conquista. El derecho de asilo, que a ratos sufre el asalto de la reacción, parece ser una conquista definitiva, que ciertamente da lustre a la cultura americana. En los Estados Unidos se acepta la cooperación pero se condena y castiga el monopolio, y las sociedades colectivas ya no tienen por única finalidad el provecho. Se han transformado en organismos técnicos de la producción que aseguran la utilidad legítima de los accionistas pero sin prescindir, en sus cálculos y atrevido impulso hacia el desarrollo, de la idea rectora de que ante todo son instrumentos del bien general. La mayor parte de las críticas que, con rígido criterio marxista, se formulan contra el capitalismo norteamericano, señalan una realidad que ya no existe, hieren una sombra desvanecida, anatematizan vicios ya abolidos, e ignoran totalmente los aciertos, el contenido social, así como las limitaciones y fallas de la nueva economía.

         En América Latina la concepción arcaica de los principios jurídicos, aplicada a la realidad de nuestro tiempo, está llamada a generar una serie de conflictos. Ya tenemos a la vista algunos. La discusión relativa al mar territorial no puede encontrar solución adecuada dentro de una concepción arcaica, que excluya el principio de la solidaridad americana. En su solución no debiera prescindirse de los países mediterráneos, entre otros motivos, porque el ámbito americano, sin perjuicio de sus divisiones políticas, forma una unidad en cuya defensa contra las agresiones foráneas, se hallan comprometidos todos nuestros pueblos. En el penoso diferendo perú-ecuatoriano, la mentalidad arcaica nos colocaría frente a algo similar a la cuadratura del círculo. El problema es de estructura más que de fórmulas jurídicas. Pienso que el acuerdo ni se alcanzará invalidando convenios ya perfeccionados, por atribuírseles un origen violento y conminatorio, porque eso conduciría a la extinción de todos los tratados de paz y las fronteras de nuestras Repúblicas americanas estarían saltando, por mucho tiempo, de una latitud a otra, de un meridiano a otro meridiano, en una danza trágica. Por otro lado, dentro del proceso actual de la integración americana, la armonía no saldrá de una interpretación casuística y arcaica de una realidad jurídica totalmente nueva. El problema es mucho más profundo y más vasto, y requiere un tratamiento de tipo hemisférico.

         Entiendo que la esencia positiva y humana de las aspiraciones ecuatorianas, se funda en la idea de la americanización del Amazonas. Es decir, en la tesis de que los grandes ríos americanos, sin mengua de las soberanías regionales, deben participar en la dinámica del progreso colectivo y servir de vehículo al intercambio mundial. Los ríos han fecundado las más ilustres culturas históricas, pero en la América del Sud, sus aguas no han cesado de regar inhóspitas soledades. Apenas una que otra ciudad vegeta sobre sus márgenes salvajes. Todo provino del empeño de hacer recorrer a la cultura una dirección contraria a las imposiciones de la geografía.

         Cuatro siglos de vida americana nos enseñan, con la irrefutable elocuencia de los hechos, que la cultura periférica no penetra en las zonas interiores del continente. Sería fácil citar los casos de Colombia y de Nueva España, que se desenvolvieron armónicamente, porque conservaron la estructura indígena, erigiendo el foco político, económico y cultural del país en el centro de su área geográfica, de modo que la corriente cultural, en vez de dirigirse de la periferia al centro, irradió del centro hacia la periferia. Venezuela, con su capital en Caracas, aún hoy tiene que hacer frente al abrumador problema de la culturización de los llanos. Argentina tuvo a su favor dos factores venturosos: uno histórico y otro geográfico. El factor geográfico deriva de su estructura: la existencia de una inmensa llanura colindante con el mar, que no obstaculiza, y que más bien sirve de aliciente al tránsito de hombres y de riquezas. El factor histórico consiste en el hecho de que fue poblado por cuatro corrientes que se fundieron para formar la nacionalidad argentina. Una de esas corrientes bajó del Paraguay, por el río, y echó los cimientos de las grandes ciudades del litoral; otra del Perú, siguiendo las huellas de la trunca expansión incaica; otra de Chile, que se difundió sobre el antiguo Cuyo y sus adyacentes; y la cuarta y tardía provino de Europa, teniendo como puerta de entrada a Buenos Aires. Pese a todos estos factores favorables, la cultura periférica que tuvo como centro a Buenos Aires, relegó a las zonas interiores a una vida vegetativa, que se desenvolvía al margen de las corrientes universales de la cultura.

         El único contrapeso a la cultura periférica, en el mundo sudamericano, se halla representado por el esfuerzo paraguayo, ya que Bolivia, hasta finales del siglo pasado, integró las comarcas occidentales bañadas por el Pacífico. La existencia del Paraguay merece incluirse entre los grandes acontecimientos de la historia: sólo la aparición de un Estado, que fuere foco de civilización, en la hoya indómita del Amazonas, podría ser equiparada a la hazaña paraguaya de fundar una nación moderna en el fondo de las selvas, lejos de las costas marítimas. Sin la existencia del Paraguay, la hoya hidrográfica del río de su nombre y del Alto Paraná, permanecería hasta hoy tan inaccesible como en el siglo XV.

         El Brasil ha experimentado en carne propia las consecuencias de tan abruptas verdades. Sus luchas por llevar al interior la cultura periférica, dieron mediocres resultados. La fundación de Brasilia, al norte del país paraguayo, constituye el reconocimiento explícito de ese fracaso.

         No hay duda de que sobran factores adversos a la difusión de la cultura en las comarcas mediterráneas de la América del Sud. Algunos de ellos, como los derivados de las peculiaridades de los grandes ríos, pueden ser superados mediante un gran esfuerzo conjunto, que requiere un planeamiento técnico audaz y una honda fe en el futuro. El Paraguay, el Amazonas y el Orinoco, son callejones fluviales sin salida: van a perderse en la inmensidad de las selvas americanas. Falta explotar sus posibilidades y corregir sus deficiencias. Todo esto es posible. Repetimos: un corto canal permitiría a los barcos pasar del Amazonas al Orinoco, y viceversa, y el problema se simplifica aun más cuando se trata de unir el sistema fluvial rioplatense con el sistema fluvial amazónico.

         Aludiendo a esta última posibilidad, ya en 1860 escribía Alfredo Demersay: "El Tapayó, también llamado Arinos, tributario del Amazonas, nace sobre la misma meseta que el Paraguay. En ese punto, los brazos que dan origen a los dos más grandes ríos de Sud América, salen de las entrañas de la tierra, entrelazados: trenzados, usando la feliz expresión del señor de Castelnau. Las fuentes del Arinos se hallan a cuarenta o cincuenta metros en sentido horizontal, y a diez metros en sentido vertical, de las fuentes del río Kebo, tributario del Cuyabá. Y las del Tombador, subafluente de este último río, están muy próximas del Estivado, verdadero tronco del Arinos. En fin, los valles en que se originan el Paraguay y el Cuyabá, están separados por la Sierra Azul de las tierras bajas por donde corren los subafluentes del Aguaray. Este maravilloso entrecruzamiento promete a las generaciones futuras una navegación interior de una incomparable extensión. En los tiempos modernos, Gabriel del Mazo intentó vanamente promover la unión de la cuenca rioplatense con la cuenca amazónica. Fundamentando su proyecto, para cuya elaboración le capacitaba notoriamente su calidad de ingeniero, dijo en 1948: "En el mapa de las provincias fisiográficas de Jones, puede verse de qué modo el canal proyectado, sobre todo el del río Madeira, bordearía las enormes llanuras centrales sudamericanas, desde los llanos del Orinoco hasta los llanos pampeanos argentinos, a través de la depresión amazónica, de las llanuras de Mamoré y de la zona del Gran Chaco. Configuraría en consecuencia una asteria de enlace múltiple posible, con la altiplanicie oriental brasileña al Este, con la altiplanicie de la Guayana al Norte y con el Sistema de los Andes desde el Perú y Bolivia hasta las sierras de Mérida en Venezuela; sin contar todo cuanto por el vínculo de los ríos Paraguay, Paraná y Uruguay, corresponde a las Repúblicas del Paraguay, Argentina y Uruguay. Este inmenso y rico paisaje contiene en su seno un embrión para un proceso civilizador de siglos. Puede ser el escenario de una transformación revolucionaria para la vida humana y el poderío natural de la América austral, alcanzada por los métodos fecundos de la solidaridad".

         Frente a esta vasta y apasionante perspectiva, que ofrece múltiples oportunidades a la acción del hombre moderno, y que al propio tiempo desafía al genio creador de nuestros pueblos, paréceme que el diferendo perú-ecuatoriano se ha complicado por darse prioridad a la anécdota cotidiana sobre los fines últimos del problema. A los factores diferenciales originarios, ha venido a mezclarse, juntamente con estados psicológicos explicables, un grave factor de insolubilidad. Me refiero al hecho de que se haya planteado con criterio regional un asunto que sólo puede resolverse dentro del sistema de cooperación hemisférica. Ninguna solución puede ser valedera si no comenzamos por transformar la geo-economía sudamericana, si no convertimos los grandes ríos en canales interiores por donde transiten los valores materiales y espirituales. Cuando un barco pueda entrar en el Orinoco o en el Amazonas para salir en el Río de la Plata, la América del Sud ya no se reducirá a su sola periferia; las comarcas más dinámicas, más vigorosas en impulso creador, florecerán en las márgenes de sus gigantescos ríos. Pero este sistema, creado por la cooperación, debe quedar perennemente afectado al servicio de todos los pueblos de nuestro hemisferio. Simultáneamente, sin presiones ni violencias, las aspiraciones ecuatorianas se verán satisfechas, por obra de la nueva estructura geográfica, que coordinará lo regional bajo la sugestión de grandiosos fines colectivos. No incurramos en actos que acentúen la miseria y ensanchen la selva indomeñada; empleemos la inaudita energía de nuestros pueblos para crear una América que, según el sueño de Bolívar, sirva de paradigma al género humano.

         Soy hijo de un país que pagó con retazos de la vieja heredad las derrotas que sufrió en guerras desventuradas. Era la ley de bronce de aquellos tiempos bravíos. Pero todo puede ser reparado dentro del sistema de cooperación americana. Las deudas de guerra nos fueron condonadas. Nuestros barcos, como en la época legendaria de los orígenes, siguen navegando los grandes ríos que los llevan al mar, pero tienen que vencer trabas inauditas en su desplazamiento incesante e inmemorial. En justa contrapartida, en el Uruguay contamos con un Puerto Libre. Una ruta asfaltada que sale de la capital paraguaya y llega a la costa atlántica, nos permite beneficiarnos con otro Puerto Libre cuyo usufructo nos asegura el Brasil en Paranaguá. Caminos que apuntan hacia el Sur unirán, tarde o temprano, la capital paraguayo con Buenos Aires y Montevideo. Otro está cortando con su diagonal civilizadora el vasto Chaco. Cruzará Bolivia y entra en nuestros designios que llegue a Mollendo, sobre el Pacífico. No debe eliminarse de las posibilidades del futuro la de que el Paraguay se vea beneficiado con una puerta similar abierta sobre el viejo mar de Balboa. Y quisiéramos que la Argentina, grande como el Río de la Plata que la baña, según frase de un paraguayo, deje de ser tan pequeña en su trato con el país que fue cuna y raíz de la civilización a la que ella dio nuevo esplendor, con su espíritu, su riqueza y su pujanza. ¿Necesitaré decir que nombro al Paraguay?

         Estos hechos nuevos, que emanan de la actual estructura de nuestro hemisferio, tienen necesariamente que infundir una dinámica nunca conocida a nuestra vida colectiva. Ya los dogmas jurídicos importados de Europa, y estratificados en los libros de texto, no bastan para regir y ordenar la acción que revoluciona el medio. Compete a las Universidades remozar la ciencia jurídica del Nuevo Mundo, mediante una confrontación constante de la nueva realidad con nuestra inmemorial pasión de justicia y libertad. Sin frenar la dinámica social, ha de ser posible dar vigencia a un orden dentro del cual los actos sean honorables y los hombres sigan siendo una dignidad. De las aulas universitarias debe salir una generación dotada del saber técnico para transformar y valorizar el medio, e imbuida del auto respeto a fin de vigorizar la sociedad democrática. La Universidad debe dejar de ser un quiste para convertirse en un vivero de creadores. Si el hombre es digno de su Dios, es porque ha sido dotado de la facultad de transformarse, de mejorar, de crear, y de hacer que en sus obras y que en sus actos se refundan, tal como lo inculcó la sabiduría platónica, el sumo Bien y la Belleza suma.

 

         Ha llegado el momento de considerar la incorporación de la América Latina (y del Paraguay, como parte de ella), a la civilización atómica. Es hora de que nuestras Repúblicas, conjuntamente, se lancen a estructurar un organismo que contemple y resuelva todos los problemas emergentes del uso del Átomo de la Paz. Dicho organismo debe buscar el modo de organizar, mediante la coordinación de los recursos científicos y económicos disponibles de nuestras naciones, un centro común de investigación atómica. Tal vez se pueda contar, ulteriormente, con la cooperación de la Agencia Internacional de la Energía Atómica, constituida bajo la égida de las Naciones Unidas. El centro de investigación que se llegare a crear, tendría como finalidad promover la formación y el desarrollo de las industrias nucleares y la elevación del nivel de vida de los Estados miembros. Será de su incumbencia impulsar las investigaciones científicas y difundir los conocimientos técnicos. Le correspondería levantar el censo de la riqueza en materia fisible que yaciere en el subsuelo de nuestros países y estructurar un mercado común, no sólo de los minerales básicos en la explotación del átomo, sino también del personal especializado en física nuclear. Deberá coordinar la administración de la materia fisible disponible y evitar que ella fuere cedida para finalidades bélicas. La medicina, las industrias, sin excluir la agricultura y la ganadería, y sobre todo la producción de energía en condiciones económicas favorables, ofrecen un vasto campo a sus investigaciones.

         Ingresamos en una época de la historia en que ya no es el consumo del acero el índice más cierto del adelanto de los pueblos. La madera y los subproductos de la misma son rivales poderosos del acero. Hoy por hoy, la medida más adecuada del desarrollo es el consumo de la energía por cabeza de habitante. Pero acontece que, hasta la segunda guerra mundial, las fuentes básicas de la energía de que ha echado mano la humanidad, son todas agotables. No ocurre lo mismo con el átomo, cuyo dominio y empleo por la inteligencia, inaugura una nueva era de la vida universal. No proporcionar a nuestros pueblos la suma de conocimientos y la capacidad técnica que exige de sus miembros la sociedad científica que se está estructurando en nuestros días, sería condenar a esos pueblos a vegetar fuera del ámbito de la cultura de nuestro tiempo.

         Tal vez se piense que la Agencia internacional de la energía atómica, constituida jurídicamente el 29 de julio de 1957, no como dependencia ni organismo especializado, pero sí bajo la égida de las Naciones Unidas, podría suplirnos en la tarea de incorporar a nuestros pueblos a la cultura atómica. En realidad, dicha Agencia surgió a raíz de aquel discurso que, el 8 de diciembre de 1953 y en el seno de la asamblea de las Naciones Unidas, pronunció el Presidente Eisenhower para proclamar la primacía del Átomo de la Paz sobre el Átomo de la Guerra. Desde entonces la Agencia vivió, en gran medida, a expensas de los recursos suministrados por los Estados Unidos, pero su actividad es tan vasta y se halla dispersada por tantos países, que ella debe ser aceptada como colaboración y no como fuerza creadora de una nueva realidad.

         Debido a la imposibilidad de que la Agencia adquiera una eficiencia universal es que han ido surgiendo, uno tras otro, los centros regionales de investigación nuclear. El primero de ellos fue el Centro europeo de investigación nuclear (C.E.R.N.), creado por la convención de París del 1º de julio de 1953, con el concurso de doce Estados. El Centro fomenta la investigación puramente científica, eliminando de sus actividades cualquier índole de finalidad castrense.

         El tratado de Moscú, del 26 de marzo de 1956, creó el Instituto de investigaciones nucleares, integrado por once países de Asia y de la Europa oriental. El Instituto fomenta la utilización pacífica de la energía atómica y coordina, en los estudios teóricos y experimentales, la actividad de los sabios del mundo comunista.

         El 18 de julio de 1956, la Organización Europea de Cooperación Económica (O.E.C.E.), decidió emprender una acción común entre los países miembros en el dominio atómico, y creó con esa finalidad la Agencia europea para la energía nuclear (E.N.E.A.). La entidad fundadora se convirtió más tarde en la Organización de cooperación y desenvolvimiento económico (O.C.D.E.), pero la Agencia subsistió, en carácter de órgano subsidiario. Su labor consiste en armonizar los programas nacionales, en desenvolver las industrias nucleares de los Estados Miembros, y en promover la creación de empresas comunes. Además, elabora las normas del derecho nuclear y ejerce el control técnico sobre el empleo del átomo.

         Finalmente, la Comunidad europea de la energía atómica, más conocida por Euratom, surgió el 25 de marzo de 1957, en Roma, simultáneamente con el mercado común europeo. Su finalidad esencial es organizar el mercado común atómico, pero sus funciones son múltiples, complejas, y sobre todo fecundas en alentadores resultados.

Si en una región del mundo, que se caracteriza por la densidad de su espíritu científico y por sus prodigiosas conquistas técnicas, hubo necesidad de coordinar la acción de los Estados para incorporarse a la civilización del átomo, en América Latina se presenta con caracteres aún más imperiosos la urgencia de la colaboración de nuestras Repúblicas en la investigación nuclear.

         La investigación en estos dominios representa inversiones tan considerables, hasta tal punto que el sabio solitario ha sido eliminado de nuestra época. Un Estado aislado, salvo Estados Unidos y Rusia, y en cierta medida Francia, tampoco puede afrontar con éxito un presupuesto de investigación nuclear. De ahí la necesidad de unirnos y de cooperar.

         Finalmente, debemos reconocer que un convenio de desnuclearización, como el que se proyecta hoy en México, sería incompleto, ofrecería magros alicientes al desarrollo, no traduciría una posición creadora y ejemplar, si al propio tiempo no se da un paso decisivo para incorporarnos a la cultura atómica. No se destruye si no lo que supera. Para debilitar la vocación que en algunos despierta el Átomo de la Guerra, hay que crear un mundo feliz, próspero y libre, sobre la utilización cada vez más extensa del Átomo de la Paz.

 

         Los principios jurídicos han sido siempre normas emanadas de la realidad de un ciclo histórico, con el fin concreto de dar una solución justa y pacífica al cambiante conflicto de intereses entre personas o naciones.

         Durante tres siglos, debido a la expansión europea y a su dominio consiguiente sobre los otros continentes, la juridicidad se redujo a una universalización de las normas dictadas por los rectores del mundo, con el fin concreto de consolidar sus posesiones ultramarinas y mantener una preeminencia impuesta por la superioridad de las armas y de la técnica. Originariamente, el principio de las nacionalidades, la libertad de los mares, y otros postulados del Derecho Internacional, constituyeron un conjunto de doctrinas elaboradas para dar bases permanentes a la estructuración económica y política de las naciones europeas. Algunos de estos principios se universalizaron y fueron invocados, en una que otra ocasión, contra sus propios creadores, en una curiosa insurgencia contra sus fines originarios.

         En el curso del siglo XX se asistió a la culminación de un largo proceso de transformación mundial, que se inicia con la emancipación de las repúblicas americanas. La aparición de los Estados Unidos como primera potencia, elevó a todo nuestro hemisferio, y nuestras repúblicas comenzaron a actuar como factores visibles de la historia universal. Como consecuencia de este hecho, los principios jurídicos europeos, reflejos de los intereses de un pequeño rincón del planeta, se transformaron hasta adquirir un nuevo sentido, o perdieron su vigencia por inaplicables a la nueva realidad. Aspectos de esta transformación jurídica derivada de la integración de los intereses americanos (de toda la América) en el proceso de la historia que está elaborando nuestro tiempo, son el cinturón de seguridad hemisférica, invocado por primera vez en la Conferencia Panamericana de Panamá, y la plataforma continental qué de pronto hace figura de tema fundamental del derecho marítimo de nuestro hemisferio.

         Estamos frente a un problema cuya mayor dificultad consiste en considerar como de interés regional lo que de hecho afecta a todo el Continente. Chile, Perú y Ecuador, que han convenido en llevar mucho más allá de las tres millas la extensión de su mar territorial, no han sabido identificar sus propias conveniencias con las de la totalidad de nuestras repúblicas, y mientras no amplíen su tesis, vinculándola con el bienestar general de nuestro hemisferio, les será difícil lograr aquella unanimidad panamericana que será necesaria para dar universalidad a la nueva doctrina. Ella no puede emanar del ejercicio de una soberanía particular, sino del consenso de una porción abrumadoramente mayoritaria del Continente.

         El primer paso hacia la solución buscada debe consistir en precisar los términos, y dejando de lado las nociones de plataforma continental, basadas en datos de la geología, constreñirse a determinar lo que podríamos llamar mar territorial y mar continental. Se sabe qué lo primero comprende una extensión de aguas ribereñas que forma parte de la base territorial de un país con costas marítimas, y podríamos identificar lo segundo con la extensión comprendida entre los lindes exteriores del mar territorial, y el cinturón de seguridad hemisférica que quedó fijada, con precisión geográfica, en la aludida Conferencia de Panamá. Hecha esta distinción, sería fácil convenir en lo que sigue:

         1 - América reconoce como mar territorial las aguas de un país con costas marítimas, hasta diez millas en el interior del mar.

         2 - El conjunto de naciones independientes que tienen su base física en el Nuevo Mundo (el conjunto, no cada una de ellas tomadas aisladamente),extiende su dominio hasta una profundidad limitada por el cinturón de seguridad hemisférica. La zona comprendida entre los lindes del mar o mares territoriales y el cinturón aludido, se designa con el nombre de mar continental.

         3 - Los países ribereños ejercen soberanía absoluta sobre su mar territorial, y una soberanía relativa, como fideicomisarios de la O.E.A., sobre aquella parte del mar continental que cae bajo su zona de influencia.

         4 - Un porcentaje, que será fijado por un tratado multilateral panamericano, de las utilidades derivadas de la explotación económica del mar continental, ingresará en la O.E.A. para ser invertido en el sostenimiento de un Instituto Panamericano de Física Nuclear, destinado a formar científicos de esa especialidad y a fomentar la aplicación pacífica de la energía atómica en beneficio de los pueblos americanos. El remanente será retenido por los países que ejerzan el fideicomiso.

         No se puede discutir el derecho del Continente Americano a mantener un dominio absoluto sobre el mar continental. Ese derecho se funda en realidades económicas y estratégicas, lo mismo que en razones de seguridad. Nace de un imperativo de la defensa colectiva contra excursiones submarinas de posibles agresores extra continentales, y de la necesidad de amparar de una explotación desaforada la fauna oceánica que busca refugio en nuestras costas, lo cual es también un modo de agresión económica.

         Para crear, sobre estos problemas, un criterio unánime de todo el continente, fuerza es buscar un método adecuado para identificar el interés de países mediterráneos, como Paraguay y Bolivia, con el de las naciones que poseen costas marítimas. De esa búsqueda ha surgido la tesis que queda expuesta.

         La nueva estructura que está revolucionando el acondicionamiento geográfico del mundo, se funda en un desplazamiento de la potencialidad rectora y es la aparición de vastas zonas culturales que reclaman la convivencia de las naciones sobre una base de igualdad. Los países pequeños comienzan a apercibirse de esta posibilidad elemental: una suma de debilidades puede traducirse en un poderío relativo, pero bastante para defender, con cierta eficiencia, los fundamentos de la vida autónoma de los menos poderosos. Correlativamente, tendrán que irrumpir en el cuerpo del derecho tradicional nuevas normas jurídicas, a modo de instrumento ordenador de la nueva realidad. La teoría que enuncio es una sencilla muestra de la brusca iluminación que se proyecta sobre el pensamiento cuando la mente inquiere sobre lo actual y viviente y no sobre el recuerdo.

 

 

 

I N D I C E

 

"Natalicio González y su obra" - Víctor Morínigo

Introducción

I - La Ideología y el Ideólogo

II - Filiación ideológica 

III - Primeras luchas

IV - Hacia la conquista del poder

V - La gran conjura      

V - La Presidencia        

VII - Las Empresas de renta

VIII - El terror chavista

IX - Destierro, despojo y proceso   

X - La gestión financiera

XI - Ineptitud y corrupción después de la eficiencia 

XII - Un documento patológico

XIII - El juicio de la Inteligencia americana

XIV - La nueva Ideología

 

 

 

 

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