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MANUEL DOMÍNGUEZ


  EL ALMA DE LA RAZA - Por MANUEL DOMÍNGUEZ


EL ALMA DE LA RAZA - Por MANUEL DOMÍNGUEZ

 EL ALMA DE LA RAZA

Por MANUEL DOMÍNGUEZ

Prólogo: JUAN E. O´LEARY
 
Foto de tapa: del libro: “Postales de la Asunción
 
De Antaño” de Jorge Rubiani (Nov. 2002)
 
Editorial Servilibro,
 
Asunción-Paraguay,
 
2009 (279 páginas)
 
 

MANUEL DOMÍNGUEZ
 
Amable y fuerte a un tiempo, su estilo, tallado en cortos períodos, facetas de diamante, cada uno de los cuales encierra un hecho o tina idea, hace reaparecer en el conjunto la unidad luminosa del elemento. El positivismo a base evolucionista estaba designado para reducir a este espíritu ordenado y elegante, que tiene el buen gusto de preferir un métodoa una metafísica. Los reglamentos democráticos debían satisfacer a este amante de la libertad pacífica y provisoria. Sibarita del pensamiento, lo estima en lo que a él personalmente le atañe. Aprueba la audacia de la frase o del libro, mejor que la de los estómagos hambrientos. No es hombre de acción, porque adora la acción en semilla de los filósofos tímidos que preparan revoluciones convenientemente póstumas. Muy francés de talento y de aficiones, algo le distingue de Voltaire aprendido de memoria, de Renán a quien venera; de France que le encanta; la ironía exótica nacida bajo este clima natural y político. Los ojos negros, no del todo transparentes, inquietan cuando ríen. El cabello encrespado arroja sobre la frente pálida el misterio de su sombrío oleaje. ¿Pasión? Quizá, pero pasión noble. Es imposible dejar de admirar su genio vigoroso y su erudición honda y hábil, y es también imposible dejar de amar su buen corazón, abierto siempre al amigo como un refugio hospitalario. 
 
 
 

PRÓLOGO
 
De la palabra intelectual se ha abusado tanto como de la palabra escritor. ¿Qué es un intelectual y qué es un escritor? Seguramente que el primer calificativo no ha de aplicarse a todo aquel que, en cualquier forma, ejer cita su inteligencia. Y es de suponer que el segundo calificativo no ha de corresponder a todos los que escriben, a la turba de grafómanos que llena el mundo. Abrigo la creencia de que el neologismo intelectual ha respondido a la necesidad de designar a los hombres que viven la vida de la idea, a los escogidos, capaces de pensar, a los que poseen una cultura que les eleva por encima de la dorada mediocridad. Y, en este sentido, el autor de este libro, incluido por Francisco García Calderón (el Rodó peruano) en el número de los profesores de idealismo, es, sin duda, uno de los auténticos intelectuales americanos, vale decir, uno de los auténticos pensadores de lengua castellana. En efecto, el doctor Manuel Domínguez, no solamente es un erudito que lo mismo enseña Zoología que Derecho Constitucional, es, además, un hombre de poderoso talento, capaz de ordenar sus ideas para formar su mundo interior, aprovechando todos sus conocimientos para organizar su arquitectura mental, pero poniendo en ella el sello de su personalidad.
Su saber es vasto y profundo. Vasto, porque abraza las ciencias naturales, las matemáticas, la historia, la filosofía, la literatura... Profundo, porque todo cuanto sabe lo sabe como un maestro, no como un mero aficio nado. A sus clases de historia natural han asistido doctores en medicina, ávidos de aprender. Sus estudios jurídicos son únicos en el Paraguay y harían ruido en cualquier foro del mundo. Como historiador del Coloniaje y de los primeros pasos de la Conquista, es autoridad reconocida en todo el Río de la Plata, como filósofo ha tratado de hacer luz en los grandes misterios de la vida, procurando llegar a la verdad por su propio sendero.
Pero su saber es también ordenado, armónico, unificado. Su talento está por encima de todo, estableciendo una síntesis superior. Por eso no se le escapa el detalle ni se deslumbra ante el conjunto de las cosas, sin ser nunca un comunero ni caer en el mal gusto de las afirmaciones absolutas. Ve la realidad, la domina, interpretando claramente las visiones que ella proyecta en nuestra alma. En una palabra: ha digerido su inmensa lectura, fortificando con ella su pensamiento, pero pensando con su cabeza, sobre todo, pensando, que es lo más difícil y lo menos frecuente entre los que se dicen intelectuales.

¿Es también un escritor? No titubeamos en decir que lo es, y de los más originales. Pero debemos decir aquí lo que entendemos por un escritor. Porque escribir, casi todos escribimos. Pero saber escribir y hasta escribir correctamente, elegantemente si se quiere, no es ser escritor. Este debe tener personalidad, debe escanciar su vino en su propia copa. No confundimos la forma personal con el amaneramiento o con la extravagancia, manifestaciones detestables del mal gusto. Queremos que el estilo sea el hombre, como reza la vieja fórmula. Los que no son capaces de rechazar ajenas influencias o no pueden encontrar una forma suya inconfundible, que sea como el molde natural de sus ideas, no saldrán nunca de la turba anónima de los que escriben sin llegar a ser escritores. Nada importa que el estilo sea incorrecto, duro, huoloro o desordenado, con tal que pertenezca al escritor. Este lo será a pesar de sus defectos o por sus mismos defectos. ¿Cómo negar que Unamuno es hoy uno de los grandes escritores de España? Incorrecto, duro, descuidado en grado sumo, expresa sus ideas con notoria originalidad, con un vigor extraordinario. Escribe con la valentía con que piensa. Sarmiento, en su estilo, como en todo, era un bárbaro. Pero ese Facundo Quiroga de la literatura argentina ha dado a nuestra lengua páginas de un colorido asombroso y de tina fuerza insuperable. Alberdi, en cambio, todo pensamiento, no tenía estilo, si no es esto una paradoja. Su forma, incolora, pero transparente, aprisionaba su pensamiento sin disfrazarlo con las flores postizas de la retórica. Su pluma corría bajo el acicate de sus ideas, sin detenerse a pensar en las exigencias gramaticales o en las imposiciones de la ortografía, cosas que él ignoraba por completo, considerándolas una mera preocupación de los tontos y de los desocupados. ¡Y qué escritor fue Alberdi! Pensad en sus Cartas Quillotanas y en algunas de las preñadas páginas de sus Bases. Su estilo es, dice Groussac, como un blanco velo sobre una blanca desnudez....

Sería fácil multiplicar los ejemplos. Pero basta con los apuntados para aclarar nuestro concepto del verdadero escritor.

Y es así como el doctor Domínguez es también un notable escritor, cuyo estilo trasunta fielmente su personalidad intelectual. Discípulo de Pelletán y de Lamartine en su primera juventud, enamorado de Valera más tarde, fue buscando su derrotero, siguiendo las huellas de los grandes maestros franceses, desde Renán, Saint Víctor y Anatole France, hasta Voltaire y Pascal, cuyas sublimes síntesis verbales le sedujeron. Pero había en su cabeza demasiada materia prima con que forjar sus propias alas para seguir así ensayando alas prestadas, al querer remontar el vuelo de su pensamiento. Dejó a un lado a los maestros de su primera iniciación en el arte y afirmando en su mano la pluma indígena, todavía cargada de la savia virgen de su selva paraguaya, escribió como Dios le dio a entender, surgiendo, recién entonces, el escritor que aquí proclamamos. Escritor desde este momento, escritor personal, con rasgos típicos, es hoy uno de nuestros literatos más singulares, cuya obra espera la difusión necesaria para imponer su nombre fuera de nuestras fronteras entre los más celebrados escritores americanos. Su estilo cortado en veces, en veces grandilocuente, pero siempre ligero, móvil, lleno de brillo y de energía, sigue el curso de su pensamiento, también rápido y brillante, que solo cuaja en fórmulas breves y precisas, siguiendo la línea recta, conducido por una lógica de hierro. Se ve en él la influencia de las matemáticas. Cierta álgebra preside su elocución. Condensa sus tesis en verdaderos teoremas, que va desarrollando a escape, para llegar a una demostración indestructible. Así en todo. No importa que escriba irla página poética o un alegato jurídico: el procedimiento es el mismo. Su estilo no varía, como no varía la nattualeza íntima de sus ideas. Escribe como piensa y piensa siempre a su manera.

En este libro encontrará el lector la prueba de todo cuanto afirmamos. En cada una de las monografías aquí reunidas reconocerá al intelectual de verdad y al escritor de buena ley que admiramos en el doctor Manuel Domínguez. Páginas hay en esta obra que contienen materiales para muchos libros. Así el estudio sobre las causas del heroísmo paraguayo, podría llenar varios volúmenes, con solo desarrollar cada uno de los capítulos de que se compone. Síntesis admirable, da en esencia el resultado de largos estudios y nos hace ver en miniatura el maravilloso panorama de un mundo desaparecido. Todo él no es sino la demostración continuada de rola tesis, en la que nada falta, ni siquiera una amarga elocuencia en el decir, que da al conjunto la belleza triste de una elegía, como cuadra a ese canto en prosa masculina al dolor de la raza y a su inmerecido vencimiento. Allí está el intelectual, allí está el escritor. Muchas de las cosas que afirma, otros afirmaron antes. Quizás Alberdi se adelantó a dar esa misma fórmula del heroísmo paraguayo. Pero imposible negar que aprovecha con supremo arte su erudición, sin diluir su pensamiento, guardando siempre la medida y viendo las cosas con sus ojos. Hay allí originalidad. No se trata de alguna de esas glosas desabridas, en la que las citas repetidas disfrazan la ignorancia, tratando de ocultar la aridez mental. Esas páginas vibran. Pasa por ellas el soplo de un espíritu que sufre, que razona, que protesta... que vive; hay allí más que palabras, palpita allí un corazón! Y páginas así, vividas, sentidas y pensadas, no brotan sino de la pluma de un gran escritor.

¿Y la Sierra del Plata? El más grande historiador español de nuestro tiempo, Morayta, escribió su elogio, lleno de admiración. Y quien quiera que lea ese trabajo no podrá menos que rendir pleito homenaje al talento de su autor. Esa sí que es una síntesis histórica. No puede decirse más en menos palabras. Es el mayor partido que se haya podido sacar de la lengua castellana. No conocemos en América un ensayo de crítica semejante. Da, indudablemente, la talla intelectual del doctor Domínguez.

Y notables así son los demás trabajos aquí publicados. Escritos todos ellos al correr de la pluma, en medio de las ingratas luchas de una vida accidentada y no siempre tranquila, tienen, no obstante, un tono de superioridad que, en el peor de los casos, los salva de la vulgaridad.

Podría señalar muchos rasgos interesantes para acabar de bosquejar la silueta del autor. Pero, para no privar por más tiempo al lector del deleite de leerle, voy a terminar recordando una de sus virtudes de patriota y no de sus méritos de intelectual.

El doctor Domínguez es todo paraguayo, desde los pies a la cabeza. Paraguayo por entero, pudo escribir este libro, aprisionando en sus páginas el alma de la raza. Como nuestros gloriosos antepasados, es un faná tico de la patria. Ama su tradición y se enorgullece de ella. No puede consentir en las miserias que le atribuyen sus enemigos, ni perdona las claudicaciones de sus hijos descastados. ¡En su patriotismo hay también una lógica de hierro!

Y es un maestro, un verdadero maestro, el único que ha conocido la juventud paraguaya. Imposible tener un dominio mayor del arte de enseñar. No importa la ciencia que explique, sus disertaciones tienen el mismo encanto. Hasta las disciplinas más áridas, como la clasificación zoológica, se impregnan de cierta poesía al pasar por sus labios. En sus clases se aprende sin libros. Y lo que se le ha escuchado una vez no se olvida nunca...

En otro tiempo y en otro ambiente sus discípulos se hubiesen agrupado en apretada fila en torno suyo, formando tila muralla de corazones, para defenderlo de las miserias del mundo y embriagarse en la música de sus ideas vibrando en la armonía de sus palabras. Pero estamos muy lejos del jardín de Academus y hace rato que las abejas del Himeto no ponen su miel en la lengua de los mortales. La grita de las pasiones ahoga el canto de las musas, y los maestros van por el arroyo, mezclados a la turba irreverente, con la túnica salpicada de barro.

 El doctor Domínguez es un hijo del siglo. Y como tal marcha, con su pesado bagaje de sueños, y de ideas, tropezando con las piedras del camino, hoy aclamado, mañana desconocido, pagando tributo a sus propias flaquezas y soportando el rigor de su tiempo.

Entre tanto, aquí quedan estas páginas, que vivirán más que él y mucho más que los errores que haya podido cometer y que los odios que hayan amargado su existencia. 
 
 
Caacupé, diciembre de 1917
 
 
 

ÍNDICE

Manuel Domínguez (Rafael Barrett)
 
Prólogo
 
Causas del heroísmo paraguayo
 
Heroísmo y tiranía
 
Constitución de 1844
 
Asesinato de Osorio
 
Las Amazonas y El Dorado
 
La Nación
 
Navegación libre
 
Instrucción primaria
 
El asalto del Fuerte de Corpus Christi
 
El señor Paul Groussac y el desamparo del Fuerte de Corpus Christi
 
Elelin o "La Tierra de los Césares"
 
La fundación de la Asunción
 
El primer problema de los orígenes
 
La Sierra de la Plata (Primeros pasos de la Conquista)
 
Prólogo
 
Una carta del historiador Morayta
 
I. El Dragón
 
II. La Cólquide Americana Punto de mira de la conquista por el Oriente
 
III. En busca del Vellocino. -Alejo García
 
IV. En busca del Vellocino. - Gaboto
 
V. En busca del Vellocino. –Ayolas
 
VI. En busca del Vellocino. – Irala
 
VII. Los dos dramas. - Los argonautas del Occidente y del Oriente
 
 
 
 
 
HEROISMO Y TIRANÍA
 
El folleto precedente dio motivo a
 
una carta del general José Ignacio Garmendia,
 
publicada en La Nación, de Buenos Aires,
 
y entonces el doctor Domínguez contestó
 
en Los Sucesos, de Asunción, lo que sigue:
 

 
 
Señor General don José Ignacio Garmendia
 
Buenos Aires
 
Mí distinguido General:
 
Nadie niega que el Paraguay demostró sublime energía en la guerra ni es posible negar que el patético heroísmo ha de tener su explicación o causa.
 
Los lopistas encuentran esa causa en López, y lo curioso es que los antilopistas, a vuelta de rugir maldiciones contra el tirano, acaban también, sin sospecharlo, por convertir a López en el único héroe de esa Ilíada.
 
Esta opinión yo no refrendo, no quiero refrendarla. Creo que el Paraguay fue heroico a pesar de los tiranos; de ningún modo por magnética virtud de los tiranos. Creo que lo fue por razones étnicas, físicas, morales, que nada tienen que ver con López, tiranos ni terrores. Ángel o demonio, con mi explicación, López, con alguna injusticia, quedaba a un lado, y el terreno en que me puse parecía facilitar una conciliación, ya que el héroe de la guerra era el pueblo mismo, no era solamente López. He tenido la gracia de no ser comprendido aquí y veo, para mayor desgracia, que tam-poco usted me comprende bien.
 
En efecto, usted en amable carta que me dirige desde La Nación de esa capital, encuentra "el origen de la electricidad que dio vida al valor y constancia del soldado paraguayo" en "el terror "que infundía López, "en la disciplina feroz" que impuso a un "pueblo acostumbrado a la obediencia pasiva" por jesuitas, españoles y tiranos. Y en el libro de usted, CAMPAÑA CONTRA CORRIENTES Y DE RÍO GRANDE, usted dice también que "López era el fuego sagrado que animaba" a "aquél ejercito de niños, adultos, viejos e inválidos". ¡Lopismo puro! La avasalladora voluntad de un tirano férreo, empuja y arrastra a un puñado de infelices hasta las cumbres del heroísmo. Usted hace de López un Mitrídates ensangrentado, pero soberbio y estupendo, glorioso a su manera, el único héroe de la defensa ¡el poeta de la guerra!
 
Pero, si no me equivoco, el folleto mío -CAUSAS DEL HEROÍSMO PARAGUAYO- que usted comenta con gentileza que agradezco, está la refutación de su carta, y en esta creencia recopilo y cifro su contenido en estas líneas que confío a la circulación de Los Sucesos. Añado muy poco, casi nada, y sigo la línea recta brevísima.
 

El terror no puede tener la virtud de convertir a los cobardes en leones. El heroísmo es el esfuerzo eminente, excelso y supremo. El miedo abate, el terror deprime. Voltaire, el fino, lo está diciendo: no se tiene bra vura por temor. El chino teme a su divino emperador más de lo que el paraguayo temía a López, y el comino no es valiente. El terror, a lo más, sirve a veces, por momentos, para matar la anarquía o aplastar al enemigo interior.

Ya sé que la disciplina férrea es condición necesaria de todo ejército, pero no es condición suficiente del ejército ideal. Hay lo que cabalmente se disciplina, la fuerza mecánica interior y la voluntad más o menos fuerte, la energía muscular y cerebral, el motor oculto de la máquina humana. Un ejército de cafres bien disciplinados no ha de tener la iniciativa, la resistencia, el empuje, de un ejército alemán o francés también disciplinados. De dos caballos, el árabe y el lapón, disciplinados de igual modo para el hipódromo, vencerá en velocidad y en resistencia el árabe, por llevar en sí mayor capacidad nativa enterrada en sus huesos, músculos y nervios. Presupuesta la disciplina, hay ejércitos más o menos inteligentes en la guerra, más o menos resistentes a sus fatigas y penurias. Hay en cada variedad de hombres diferente capital guerrero. En fin, en los ejercicios sublimes de la guerra, juega papel muy principal la arquitectura orgánica que se llama raza, y veamos la RAZA QUE HABITABA Y HABITA EL PARAGUAY. En textos de geografía que corren en el extranjero, en libros y discursos, se dice y repite que la población del Paraguay es guaraní. "RAZA INDIANA DE TERRIBLE BRAVURA" nos llama usted en uno de sus libros. Valera creía que el pueblo paraguayo es guaraní. Goicochea Menéndez intituló GUARANÍES el folleto donde creyendo celebrar el valor de nuestro pueblo, recama el valor del indio infeliz, le adorna con encajes, le embellece con su rauda fantasía. Y en el Paraguay no existe ese fantasma. Este pueblo es blanco, casi netamente blanco. Con Azara que tenía un censo a la vista, pruebo en mi folleto que en el Paraguay había desde el coloniaje cinco blancos por un hombre de color, indio o negro, y en las otras colonias, según Du Graty, había 25 hombres de color por uno blanco. Lo cual significa para quien sabe el capital muscular y cerebral superior que supone el blanco, que la energía étnica del Paraguay era de 5 / 1, frente a la debilidad de sus vecinos cuya expresión era de 1 / 25. Es el fundamento matemático de la categórica afirmación de Thompson cuando dice que al empezar la guerra el Paraguay era "físicamente superior a sus vecinos". El argumento es contundente, decisivo, a favor del Paraguay y con ser tan decisivo y contundente, usted calla el argumento sin oponer otro cálculo, otro censo y otro aserto, al censo del coloniaje, al aserto de Thompson, a los cálculos de Azara y Du Graty.

Pero hay blancos y blancos, y ¿cómo eran los blancos del Paraguay?

Azara afirma con sostenida afirmación, que el paraguayo era más inteligente que sus vecinos, Azara y Demersay que era de talla superior, Demersay y Du Graty que era menos sanguinario y más hospitalario que los mismos. ¡Más blancos, más altos, mas inteligentes, más hospitalarios y menos sanguinarios que los otros! La cuestión no es conmigo, General. Es con Azara, Demersay, Thompson, Du Graty.

Era también más sufrido que sus vecinos, condición tan a propósito para la guerra. "Los naturales de esta provincia del Paraguay son reputados por más constantes en el trabajo que otros ningunos y denominados por eso los gallegos de la América", decía Pinedo al Rey en 1777. Andrés Gelly, antes de la guerra, Mastermann en la guerra, notaron lo propio, en informes y en historias, y un sabio vivo, el doctor Bertoni, dice también que "el paraguayo en los yerbales ofrece diariamente un esfuerzo muscular sin ejemplo en América", y un médico argentino, el doctor Wilde, dice lo que dijeron los demás. Resistencia mayor que la de sus vecinos para soportar trabajos, fatigas y dolores- por culpa de Wilde, Bertoni, Mastermann, Pinedo. Es la virtud que ha de resplandecer en el héroe de la guerra, fibra metálica que no ha de romper la fatiga inenarrable y ha de sostenerle en los combates de siete días librados sin comer y sin dormir, cosa que no se lee ni en Ilíadas, ni en historias, ni en novelas; aliento de Encélado que no quebrantó ni la derrota ni el hambre ni el martirio. Quedamos en que el Paraguay aventajaba a los aliados en inteligencia natural, en talla y en su pasmosa resistencia.

Y porque las cualidades y calidades de una raza o pueblo se explican en gran parte por el medio ambiente, de paso, para no romper el equilibro, tomé en cuenta las causas que se dicen físicas, cielo, luz, aire, agua, suelo y alimento; clima, en una palabra. "Estudiar una comarca es estudiar una nación". Y pongo de resalto que el heredero de los godos en el Paraguay fue sano y fuerte porque se desarrolló en un admirable medio ambiente.

Pero solo hasta cierto punto "el valor y la cobardía son fenómenos físicos". Con permiso de Moleschott; no todo es física y química en el hombre. La raza más noble y más esbelta en el país más bello y más sano del mundo, puede degenerar, afeminarse. Las ventajas combinadas del medio y de la raza son o pueden ser anuladas por la educación, la costumbre, el hábito. Interrogo a la historia del coloniaje y la conquista, y la historia me responde que

ERA GUERRERA LA EDUCACIÓN EN EL PARAGUAY. -Vivir era batallar para el único país americano que desde la conquista hasta la independencia conoció el servicio militar obligatorio. A los datos que doy en el folleto, sumo el testimonio invalorable de Antequera: "Todos los paraguayos son soldados y hasta las mujeres del Paraguay son nobles Amazonas".(1) Y o los muertos no gobiernan a los vivos - fracasa la ley de herencia - o los descendientes de aquellos soldados y aquellas nobles amazonas, han de nacer con un natural bélico, con estrategia ingénita. Después de la independencia "siguió viviendo con el fusil al hombro" (2). El pueblo compuesto de mayor número de blancos, el más hospitalario y el menos sanguinario, es también el más aguerrido de América. Pero con todas esas ventajas, todavía sería poco menos que salvaje si no supiera leer y escribir.

INSTRUCCIÓN PRIMARIA.- "Desde 1860 no había soldado paraguayo que no supiera leer; la Europa misma no ofrece ejemplo semejante", decía un ilustre compatriota de usted, Alberdi, y yo he probado con Azara en la mano que desde el coloniaje había en el Paraguay más escuelas primarias que en el Río de la Plata (3). No necesito decir que aquella instrucción primaria no era ideal, pero tal como fue, era preferible no tenerla.

Pero al país en que casi todos los habitantes sabían leer, el más aguErrido y todo lo demás, le faltaría lo esencial si no tuviera un intenso amor a su independencia. El pueblo a quien no enciende este fuego divino es una masa inerte. Y el Paraguay sentía

IDOLATRÍA POR SU INDEPENDENCIA. -La sintió desde temprano. Creía que su independencia peligraba, antes y después de Rosas, razón más para amarla con delirio. Usted cree que ese fanatismo por la independencia fue cosa que en el pueblo inculcaron los tiranos, y no es así. Es el patriotismo según los tiempos y el medio, resultado de la geografía y de la historia. Fue el Paraguay nación antes que ninguna otra colonia, unidad étnica, con sello propio Cerro Porteño es anterior a los tiranos. El patriotismo y el orgullo nacional crecieron con el aislamiento, que a su vez dice relación con la perpetua amenaza de la invasión extranjera. Nación con frenética pasión por su independencia en que no había habitante sin hogar, tal era el Paraguay al empezar la guerra.

Y tenemos, en resumen, las principales causas étnicas, físicas, morales, que hicieron fuerte al Paraguay.

Usted cree que el jesuita nos acostumbró a la obediencia pasiva, error vulgar que deriva de confundir el Paraguay con las Misiones. El jesuita dominó sobre el indio puro y sin mezcla al sur del Tebicuary, indio que por no haberse cruzado con el español tornó a sus bosques cuando la expulsión de la orden. El colono mestizo en su origen, blanco en seguida, formó el pueblo paraguayo y ese colono, lejos de dejarse dominar por el jesuita, le odiaba cordialmente. Decretó su expulsión dos o tres veces antes que Europa pensara en hacerlo. Cuestión económica encendió el odio del encomendero al jesuita: en perjuicio de los conquistadores y sus descendientes, el jesuita se había apoderado de los mejores campos y yerbales del Paraguay.
Usted entiende que bajo el coloniaje el Paraguay se hacía notar por su obediencia pasiva. ¡Leyenda! ¡Leyenda! General. Lozano comparaba el Paraguay con un mar alborotado, Pinedo le tenía por infiel y rebelde. Fue la única colonia que registró en sus anales una Revolución de los Comuneros.

¿Y los tiranos? Mataron el civismo, pero sin matar las excelsas cualidades del guerrero sin igual del coloniaje.

Parece también creer usted que el ejército paraguayo resistió a la alianza mediante "sus inaccesibles posiciones". Yo ignoraba que el Paraguay fuese un país montañoso, enriscado, inaccesible. Pero sé de todos modos que el hombre vale más que las montañas y los riscos. "Hombres y no murallas defienden las naciones"; hermosa leyenda de las medallas distribuidas a los soldados que entraron en Pekín. Y, en todo caso, sería irrisoria la ventaja del terreno para quien en canoas, cañones lisos y fusiles de chispa, tenía que hacer frente al enemigo que venía con encorazados, cañones rayados y fusiles de retrocarga.

Transemos, dice usted con generoso arranque. Transemos y abracémonos, mi General, digo yo. Paraguayos y argentinos son hermanos en la historia y en la raza, y siempre lo serán. Pero conviene desterrar la creencia de que en el miedo que López infundía y en la naturaleza del terreno, estaba el secreto de nuestra resistencia.

De otro modo, López seguirá siendo el único héroe de la defensa. El doctor Zeballos es menos lopista y más certero cuando dice que sin López "en el suelo paraguayo no hubieran faltado profetas que retemplando en los espíritus el varonil vigor, hubieran proclamado la guerra desde Curupayty al Río Blanco y desde la Asunción a las Altas Cordilleras".

La explicación de usted es en cierto modo peligrosa, es lopismo puro, con la gracia de que se enuncia en son de antilopismo, conviene a los tiranos, mira la apariencia de las cosas, es la de Washburn, una preocupación vulgar. La mía es sana y liberal, no conviene a los tiranos, penetra en las entrañas de la historia, busca y encuentra o cree encontrar el alma de la raza, que ciertamente encarnó en López su voluntad indomable, su orgullo irreductible.

Usted proclama un error psicológico con decirnos que el miedo al tirano hizo valiente al paraguayo, ¡el miedo al tirano realizando el más hermoso milagro del más hermoso heroísmo! Yo entiendo que el raudal del heroísmo brota de fuente más pura que el miedo cobarde a los tiranos. Usted en fin, cubre la cabeza trágica de López con un nimbo de gloria que yo sin desconocer lo que también se debe a aquel héroe de la defensa, doy, principalmente, a mi patria, a mi historia y a mi raza.
 
Siempre de usted S.S.

MANUEL DOMÍNGUEZ. Asunción, marzo 2 de 1907
 
(1)       Cartas al Obispo Palos.
 
(2)       Centurión: Memorias.
 
(3)       Las Escuelas en el Paraguay.
 
 
 
 

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