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RODRIGO DÍAZ-PÉREZ


  INGAVI Y OTROS CUENTOS (Cuentos de RODRIGO DÍAZ-PÉREZ)


INGAVI Y OTROS CUENTOS (Cuentos de RODRIGO DÍAZ-PÉREZ)

INGAVI Y OTROS CUENTOS

/ RODRIGO DÍAZ-PÉREZ;

prólogo de CARLOS VILLAGRA MARSAL

 

Edición digital: 

INGAVI Y OTROS CUENTOS

Alicante : BIBLIOTECA VIRTUAL MIGUEL DE CERVANTES, 2001

 

N. sobre edición original: 

Edición digital basada en la de Asunción (Paraguay),

Editorial Araverá, 1985.

 

 

PRÓLOGO

No es impertinente comenzar esta sucinta reflexión sobreIngavi y otros cuentos de Rodrigo Díaz-Pérez, que hoy publica la Editorial Araverá, con la aserción de su variedad, tanto temática como espacial. Residente en los Estados Unidos (Ann Harbor, Michigan) desde hace treinta y un años, histopatólogo señalado además de poeta, lingüista y narrador, Díaz-Pérez es igualmente pasajero incansable de intemperies y ciudades, y examinador diligente del profuso trajín humano. Entendedor del diverso mundo, en fin, Díaz-Pérez registra en sus narraciones circunstancias disímiles con la agudeza de opción propia del instruido en el oficio, a la cual debe agregarse esa suerte de sentido clínico, benévolo y riguroso al mismo tiempo, tan naturalmente ejercido por pocos médicos notables. Empero, tal visión cambiante no se detiene en los ámbitos de la acción o el tratamiento de los personajes: dueño seguro de sus procedimientos semánticos, Díaz-Pérez conforma su discurso a las peculiaridades coloquiales y la descripción matizada que cada narración exige por su cuenta; por ende, la secuencia planetaria de estos relatos está investida de la realidad física y verbal que corresponde, según el caso, merced a la cual acompañamos sin asombro, pero con horror o deleite o envidia secreta, al muchacho de Kansas, miembro de la Brigada Lincoln, en su paseo alucinado a través de la tarde madrileña percudida por las bombas fascistas; o al burlado mirón de catalejo en la ambigua calma de la campaña francesa, o a la guardia y la fuga ulterior del prisionero solitario, desde el campo de concentración sublunar en los fondos del Chaco, acuciado por gruñidos cósmicos y los desmanes de su propio pulso.

Hasta aquí, quien se haya animado a recorrer este preámbulo sin conocer aún los cuentos de Díaz-Pérez, podría concluir que su autor practica una cómoda universalidad, que no sería sino la demostración de un cosmopolitismo demasiado evidente para ser auténtico. Es lo contrario: las raíces paraguayas siguen ejecutando sus oscuros trabajos en la savia, en la voz, en la angustia floral, en el fervor de Rodrigo Díaz-Pérez. La Villa Aurelia de su infancia, los pasillos astrosos y las sufridas salas del Hospital de Clínicas, las urgencias y combates de su juventud gravean desde entonces sobre su destino, comprometiendo sin reservas su intención y su palabra. Como en los otros escritores nacionales trasterrados, la nostalgia recupera en Rodrigo Díaz-Pérez su diáfana etimología: dolor del regreso; así lo certifica la mayoría de los once cuentos que integran el volumen, en los que reverbera, más allá de los referentes textuales, el signo de sangre y sueño de la escritura en el exilio: la pasión defendida y a la vez violada por la ausencia.

Son escasamente útiles los prólogos que demoran la lectura del libro presentado; no deseo que el mío arrastre esa equivocación. Sin embargo, me permito recomendar, por puro gusto personal, dos o tres de los relatos que componen la colección:Miiii Buenos Aaaires Queridooo..., sobrio texto abierto en el cual   nos asomamos a un vértigo de odio y terror, casi sin precedentes en nuestra América; Alcándara Revisited,crónica veraz y fabulada de una cosa que, como la de quien esto escribe, no tiene sino el mérito de su puerta franca a la felicidad y la imaginación de los amigos, e Ingavi, parábola de la violencia cazada por la soledad, donde el castigo sin culpa se apaga ante la fraternidad de los desamparados.

He escuchado a Augusto Roa Bastos repetir que la narrativa de un país no existe sólo porque concurran a ella uno o dos escritores, por más dotados que sean. Con Rubén Bareiro Saguier, Helio Vera, Osvaldo González Real, y hoy con Rodrigo Díaz-Pérez, cuyos cuentos salen por primera vez a la luz en su patria, estimo que la reciente literatura de ficción del Paraguay está ganando el contorno que merece nuestra libertad creadora en el destierro, interior o exterior.

CARLOS VILLAGRA MARSAL
La Alcándara, diciembre de 1985



 

NOTA LIMINAR

De los once relatos que aparecen en este libro, seis de ellos son inéditos, en tanto que cinco aparecieron en ediciones sin difusión comercial; por ende, estos últimos no fueron leídos sino por error o mera curiosidad. Y uno de ellos,Promesa formal, vio la luz en Discurso Literario, de la Oklahoma State University. Decidimos entonces integrar este volumen, para darle una dimensión temporal, con cuentos aparecidos o no, que incluyen dos decenios de nuestro mundo de creación. Y si diis placet, esta vez la luz del trópico nos dará su aliento y vida, por intermedio del resplandor que denota el nombre mismo de la Editorial Araverá.

RODRIGO DÍAZ-PÉREZ
Ann Arbor, Michigan, setiembre de 1985.




 

INGAVI

A Justo Pastor Benítez (h.)

Serían las dos de la mañana cuando Chocho Benítez salió de su pieza para respirar aire puro. Hacía un calor asfixiante en el ranchito. Después de descansar o adormilarse por unas horas, salía habitualmente a dar una caminata alrededor del fortín. Conocía de memoria el mapa de la zona. Mil veces había planeado la fuga, con lujo de detalles. Nadie lo atajaba. Era un prisionero al que no odiaban. Por otra parte, todos creían que la selva le tendería su abrazo constrictor en caso de que escapara. Podía estarse todo el día en su cubil, que no preguntarían por él. «Decidite de una vez», se decía a sí mismo. Hacia el norte, a menos de cincuenta kilómetros, estaba Ravelo, ya en territorio boliviano. Era, sencillamente, cuestión de tomar el camino hasta Tacaparé, cruzar el estero de Palmar de las Islas, y listo. «Ojalá que el estero no esté anegado, ya que, de otra manera, voy a tener dificultades». Otra alternativa factible era dirigirse hacia el suroeste, hasta Gabino Mendoza. Estaba seguro de que los poblados bolivianos le ofrecerían albergue. Lo único que lo inquietaba era que nunca se supo una sola palabra de los tres soldados que desertaron del fortín. Simplemente se los tragó el silencio y el olvido.

Siguió caminando hasta llegar a la orilla del río, que parecía salido de madre. En otras ocasiones, sin embargo, se secaba, dejando un lecho de tierra caliza que se rompía en parcelas. El rielar de la luna dibujaba una hermosa superposición  de imágenes en el agua. Se sacó los zapatones y se mojó los pies. De improviso oyó un crujido de hojas secas y se levantó con premura. Era el teniente Ramírez quien, cordialmente, se acercó y le dijo:

-¿Qué tal, Benítez?

-¡Hola! Veo que usted también anda con insomnio.

El teniente sacó de la chaqueta un paquete de cigarrillos y se lo tendió a Chocho. Poco después, la frente de ambos se iluminaba con el resplandor de un fósforo.

-En verdad, Benítez, comprendo su irritación. Yo no sé de qué lo culpan. Usted extraña a su familia... echa de menos sus estudios. -Se había establecido entre ellos una animada charla. Pero hablaban en voz baja, como si temieran ser escuchados.

-Le voy a contar, teniente, cómo sucedieron las cosas. Y le aseguro que no exagero. Yo estaba en el bar «La Bolsa» con un grupo de compañeros cuando, de repente nomás, paró un camión y bajaron varios soldados armados y un tipo gordito vestido de civil. Me tomaron del brazo con violencia, y no paré hasta Ingavi. Ni siquiera recuerdo de qué hablaba con mis amigos. -El teniente lo escuchaba con calma, sin hacer un solo gesto. Pero parecía sentirse incómodo. Por su parte, después de una nerviosa bocanada, Benítez prosiguió diciendo-: Si al menos supiese a qué se debe esta pesadilla. Pero... ¿Por qué? -dijo sus últimas palabras casi gritando.

El teniente no replicó. Él también se sentía frustrado. Llevaba ya dos años en Ingavi. La  única comunicación del fortín con el mundo civilizado era el camión que, cada quince días, traía cartas, encomiendas y provisiones desde Mariscal Estigarribia. En Ingavi la vida consistía en hacer siempre las mismas cosas, en la conciencia casi permanente de irse muriendo poco a poco. La luna se había ocultado y Ramírez concluyó la charla diciendo:

-Mire, Benítez: le escribiré al comandante Francisco Feito, que es un hombre justo y sensato. Quizá lo pueda ayudar-. Sin saber por qué, a Benítez le produjo vergüenza lo que acababa de plantear el teniente. Flotando, tenaz en la calígine, el polvo chaqueño le irritaba la piel, le penetraba en los poros. Y los enormes paratodos adquirían una dimensión fantasmal. De pronto sintió la desolación de Ingavi. Hubo también un momento en que creyó escuchar una voz remota... como un eco musical. Sin proponérselo, levantó la mirada hacia el cielo.

Cuando la luna apareció de nuevo, iluminando todo el perímetro del fortín, reinaba una calma absoluta. La comandancia era una casita de media agua, pintada de blanco y con sólo dos piezas: una, la «recepción» donde el teniente Ramírez tenía su escritorio; la otra, el dormitorio con un catre y una mesita despellejada, después de tantos años de servir de soporte a la lámpara de kerosén. Las dependencias de la tropa constituían un largo, hacinado grupo de ranchos de techo de paja y pared de adobe, donde se alojaban los treinta y siete soldados del fortín.

A la mañana siguiente, un soldadito entró en la comandancia a dar su parte:

-Mi teniente, anoche vinieron los moros y robaron cantidad de provisiones. Rompieron además la transmisora y el acumulador. Hoy no pudimos hablar con Mariscal Estigarribia.

Por culpa de los indios moros y los jaguares, no habrá jamás completa tranquilidad en Ingavi. En medio del cósmico silencio de la noche chaqueña, se oían a veces rugidos escalofriantes o rumores furtivos. Y el terror, acrecentado por la soledad y la distancia, les ponía a los soldados los pelos de punta.

El teniente tomó la noticia con calma y ordenó a la tropa un patrullaje que cubriera un perímetro de cinco leguas; había dibujado un plano sobre la tierra, con rapidez y habilidad:

-Aquí está el río Timane. Un pelotón va a ir hasta la costa, cruzando por Puerto Warnes. Otro se dirigirá hacia Laguna y registrará las orillas. Un grupo menor, a las proximidades de Tacaparé. Yo, por mi parte, guardaré el camino a Gabino Mendoza. En el fortín se quedarán Benítez y siete soldados.

De noche volvieron los grupos, sin haber dado con los moros. El teniente fue a verlo a Benítez. Lo encontró en el patio de la comandancia, cerca del pozo, tomando tereré.

-Llevo ya tres meses en el Chaco -dijo Benítez, malhumorado-. En su última carta, mi señora me cuenta que mis compañeros se acaban de recibir de médicos. No puede ser que se hayan olvidado de mí...

-Lo siento de verdad, Benítez. Pero usted comprende que no tengo nada que ver con su situación. Espero que mañana tengamos un día más tranquilo.

Aunque eran las seis de la mañana, el sol picaba ya como si fuese mediodía. El teniente había ordenado a los soldados que se reunieran; con voz clara les dijo:

-Estamos sin radio y hasta la próxima semana no viene el camión. Lo mejor que podemos hacer es tratar de arreglar la trasmisora. Traigan el acumulador del camión; total no lo usamos y no hay nafta suficiente, siquiera para llegar a la frontera.

Pocos minutos después, había desarmado la radio pieza por pieza. Y con un primitivo soldador, calentado al rojo con el fuego de la cocina, fue uniendo los cables de la transmisora. Benítez lo observaba con curiosidad. El teniente Ramírez era sin duda inteligente, el hombre adecuado para estar al frente de un sitio como Ingavi. Seguía trabajando afanosamente cuando, de súbito, se detuvo y le dijo:

-Siento un intenso dolor en el vientre. -Lo llevaron inmediatamente a la comandancia y, lo acostaron en el catre de trama de su dormitorio. Benítez le sacó la camisa y le aflojó el cinturón. Lentamente le fue apretando la región del estómago, los intestinos, el hígado, el resto del abdomen. Había un dolor bien circunscrito en la parte inferior del vientre, hacia la derecha. Luego, con el oído, le auscultó los pulmones y el corazón. Después le tomó el pulso varias veces. El teniente sudaba copiosamente.

-Es apendicitis aguda, teniente Ramírez. Hay que operar ahora mismo.

-En mi escritorio hay un botiquín de emergencia. Desde Asunción me dijeron que tiene de  todo, incluso instrumentos de cirugía. Por favor, verifíquelo usted mismo.

Recalde puso en una palangana desportillada todos los instrumentos que encontró y los hizo hervir. En el botiquín había hallado incluso una jeringa y anestesia local. Comenzó a operar. Mientras abría la piel, le caían de la frente gruesos goterones de sudor. Diestramente enjugaba la sangre con unas gasas improvisadas y ligaba los vasitos con los hilos de un carretel. Un soldado gua'i le sostenía los separadores. Cuando llegó al sitio que buscaba, vio que el apéndice estaba negro: era gangrena apendicular.

Pocos días después, el teniente Ramírez caminaba sin dificultad.

Eran solamente las dos de la mañana, pero ya llevaba caminadas como dos leguas. No se volvería atrás. En un momento dado, decidió que podía descansar un rato y se sentó sobre un tronco. De repente, sintió que se le congelaba la sangre: una sombra furtiva se iba aproximando.

-Benítez... no tema... soy yo. -Era Ramírez, quien poco después le estrechaba vigorosamente la mano.

-¿Cómo supo que me había escapado?

-Bueno, cuando usted me comentó la última carta de su señora, me di cuenta que había llegado el momento. Le traje una brújula, carne conservada y dos caramañolas de agua.

-Espero que no lo culpen por esto, teniente.

-Buena suerte, Benítez -se limitó a decir Ramírez.

-Muchas gracias -contestó aquel con voz extrangulada.

Cada uno fue avanzando despacio en dirección   opuesta. Ya lejos, Chocho Benítez se detuvo para volver la vista: sólo pudo vislumbrar el monte oscuro. Y recomenzó su larga caminata.

1964



 

ALCÁNDARA REVISITED

Soy el primero en reconocer que Evelyn Waugh no hubiera hecho cuestión al conocer un nuevo retorno. Cuando, en 1945, escribió la deliciosa y romántica novelaBrideshead Revisited, indudablemente abrió avenidas para otros numerosos ingresos, aunque nadie hasta ahora, como yo, le haya robado una parte del título. Y quiero explicarme: en 1983 se produjo la serialización televisiva de Brideshead Revisited y yo pensé, en un instante que se grabó en mis sueños, que William Patterson (a quien Josefina Pla menciona en Los Británicos en el Paraguay) alguna vez, quizá, volvería a nuestro país. Y no tuvo que hacerlo, pues en realidad él vivía en el predio elegido por Carlos Villagra Marsal y Óscar Gustavo (Cacho) Oddone. Y se adueñó del ñandypá legendario para dar fama a su larga tradición encantada. Pido, pues, mis excusas a Mr. Waugh y a Mr. Patterson, por incursionar en territorios que no me corresponden. Cualquier explicación ulterior puede hacerla Carlos Villagra Marsal, quien hoy día comparte con Mr. Patterson un dudoso título de propiedad.

R.D.-P.


 

 

 

 

Y el aire ciñó el espacio

   
 

con plenitud de palacio

   
 

y fue ya imposible el grito.

   
 

 

 

Jorge Guillén

               

 

La verdad es que Carlos abandonó Santiago por razones obvias, que hubieran empujado a hacer lo mismo a cualquier ser civilizado y sensitivo: la brutal represión de Pinochet y su policía-gestapo, conocida como Dina, que en pocos días había eliminado a varios amigos suyos muy queridos, independientes y alejados de la política, por la sencilla y única razón, al parecer, de que querían saber lo que estaba sucediendo en el Estadio Nacional.

Renunció a su posición de alto empleado internacional y decidió volver a La Asunción, su villa natal. Y en forma casi inmediata comenzó a buscar, con Ana María, un lugar ideal para edificar la casa de sus sueños. Tenía los planos, obra de un alumno avanzado de Frank Lloyd Wright. Se devanaba los sesos por hallar un predio donde el simplismo estructural impresionista pudiese ser totalmente aprovechado. Hacía falta un declive. Visitó la Chacarita, de topografía ideal. Pero -sin ser un burgués- le alarmó el vecindario tan abigarrado y disonante en su diversidad. En La Asunción no existía ningún concepto de zona (como lo hubiese exigido Wright) y no molestaba a nadie que junto a un palacio de estilo versallesco se alzara, altiva y pujante, la antena de televisión instalada sobre el techado de un rancho de paja. O la presencia de una casita de media agua, cuyas variables visitas nocturnas sugerían muchas cosas. No. Hay que buscar algún lugar más serio y, por sobre todas las cosas, no pelearse con la naturaleza sino tratar de mezclarse con ella. Pensó edificar fuera de La Asunción, en las estribaciones del cerro de Areguá, y absorber así algo del aire casacciano y primitivo, mirando las costas del lago. Pero eso no era práctico. No buscaba una casa de fin de semana sino una morada para vivir, recibir a sus amigos, hacer veladas y gozar de la existencia. Había ganado bastante dinero como para retirarse y no demostraba mayores pretensiones ni deseos de competir con nadie. Lo que quería era, sencillamente, poder hacer de su vida algo diferente, sin tener que depender de nada ni de nadie. Bien claro aparecía el hecho de que no podía aguantar su casa de la calle Azara, de tránsito agresivo y ruidoso. Debía seguir pensando en algún lugar ideal y seguir adelante. Durante toda su estada en Chile tuvo la aspiración de edificar en La Asunción y ver así a Frank Lloyd Wright trasplantado al trópico.

Visitó a los Campos Cervera y estudió los lotes en oferta. Trajo consigo a un geólogo y a un arquitecto. Estos expertos eran seres difíciles, cada uno de ellos con un gran ego. Pero eran fieles al plano. Buscaban una pendiente o un declive. Carlos los observaba con atención. Con sus ojos azules, su cabello rubio enrulado y su voz penetrante, vigorosa, poseía un indudable poder de persuasión. Sus antepasados catalanes  y castellanos, habían dejado profundos rastros raciales. Y sin embargo era totalmente paraguayo en su obra y su pensar. Le gustaba la buena comida y él mismo era un experto en platos marinos; además sabía preparar una mezcla caribeña, explosiva y traidora, que ofrecía a sus huéspedes sin previa alarma de sus consecuencias.

Pero tenía la obsesión de encontrar el sitio de su futura casa. Algo le decía que el lugar existía. La parte alta de La Asunción, cerca de lo de Mary Conigliaro, hubiera sido perfecta. Pero allí los lotes eran muy pequeños y no se cumpliría su deseo de balcones amplios, mirando al sol y al río. Volvió al plano, que era muy detallado: varias páginas bien dibujadas, todas ellas firmadas. Tenía vastos balcones de madera. Él sabía la existencia de buena madera en el Paraguay. Fue al Archivo Nacional. Habló con Laterza Parodi y llegó a la conclusión de que una madera bien tratada, con creosota y otras substancias químicas, sería eterna. Consultó con Cacho Oddone, quien le aseguró que había visto en el Alto Paraguay una madera más dura que el hierro y él sabría dónde hallarla, si fuera necesario. Oddone estudió el plano y mirando fijamente a Carlos, le dijo:

-Perdoná que no sea arquitecto y opine. Pero una casa así la veo perfectamente edificada en el lote de los Pereira-kué, en Villa Aurelia. Vamos, te muestro la zona.

Carlos, siempre atento a opciones topográficas que le ayudasen a cumplir sus objetivos, fue con Oddone. No pudieron topar con lo de Pereira-kué. Para orientarse, llegaron a lo de  Fernán, quien estaba haciendo la siesta y les largó sus perros, un dálmata muy cariñoso pero algo estúpido y un bóxer de respetable aspecto. Sin salir del coche, lograron levantar a Fernán, quien les dijo desde el corredor de la casona, donde vivía solo:

-¡Qué hora de perros para visitas! -(Estaba en calzoncillos) y se frotaba los ojos como tratando de ver qué sucedía a su alrededor.

Carlos repuso que intentó dar con él por teléfono y no pudo. Fernán respondió:

-Por las siestas desenchufo el teléfono. Debo descansar. Mi profesión de abogado requiere cierto paréntesis. Pero, por favor, adelante.

Bajaron del auto y subieron las gradas del corredor. Se sentaron en cómodos sillones -honorarios de un pleito- junto a otros dos clientes que se sentían muy felices al ver al abogado de pie, obligado a ello por las visitas. Fernán los hizo pasar al escritorio, les sirvió el café que Abraham tenía listo siempre y, ya con la camisa puesta, (seguía no obstante en calzoncillos), les dijo:

-Supongo que debe ser algo serio lo que los trae a estas horas tan intempestivas. Ya saben que para mí, como les dije, la siesta es sagrada. ¿Qué sucede?

Oddone fue quien explicó:

-Estamos buscando lo de Pereira-kué y nadie sabe decirnos dónde está. Yo lo recuerdo vagamente. Sé que era por aquí cerca.

Fernán se levantó. Sin titubear extrajo una carpeta de la biblioteca del viejo -él la conocía de memoria por ser el único que aún vivía allí; los domingos desempolvaba los viejos folios de los estantes cargados de libros, carpetas y  recortes- y abrió un plano azul de Villa Aurelia, del año veinte. Con el dedo fue buscando apellidos, hasta que surgió Pereira. Era a tres cuadras de donde estaban. Les dio las indicaciones del caso y, con una sonrisa afable, los despidió. Acto seguido, los clientes sentados en el corredor lo atacaron sin piedad y Fernán, resignado a su suerte, se sentó con ellos a escuchar lamentos, desdichas y otras calamidades humanas.

*  *  *

Carlos y Cacho llegaron al lote buscado. Vieron enormes tractores, grúas gigantes y camiones-orugas aterradores aplanando el lote. La lomada, que Oddone había visto alguna vez, había volado. Una hermosa planicie con tres canchas de tenis ocupaba ahora el lugar de Pereira-kué. Con cierto desánimo, como para apaciguar a Carlos, le dijo:

-Vas a encontrar alguna vez tu lote. Es cuestión de tener paciencia. Yo te voy a ayudar. Verás que, en menos de un año, tu solar nos recibirá. Será un festejo que hará ruido en toda la ciudad.

Pero Carlos no estaba preocupado, ni demostraba mayor ansiedad. Él sabía que siempre algo al final resultaba, si se lo deseaba con intensa sinceridad. Se lo había enseñado su abuelo, don José Marsal, tesonero y magnífico varón de otros tiempos, amigo de Viriato Herculano desde que éste se vino de Madrid con sus ideas teosóficas o espiritualistas. Entonces, para eliminar a un ser viviente de la sociedad, no se le acusaba, como es práctica usual hoy día, de homosexual o de comunista. Ambas plagas estaban en pañales. Lo que había que decir era ateo, y se pulverizaba un nombre, o una obra cualquier cosa. O masón. Esto último tenía un efecto aún más devastador. Y la gente decía que Viriato Herculano y don José María Marsal eran masones, espiritualistas (o teósofos, daba lo mismo) y anarquistas. ¡Qué preludio, compañero, para estabilizarse en una ciudad de cincuenta mil habitantes!

Con el correr de los días, tratando de adaptarse a una ciudad diferente y nueva, donde estaba casi solo, pues sus amigos habían emigrado o los habían deportado -signo del progreso y de los tiempos-, empezó, para hacer algo, a trabajar en oficios manuales. Le satisfizo comprar una mueblería y hacer algo nuevo, distinto. Con su dinamismo habitual logró obtener patentes de casas europeas y norteamericanas y comenzó a hacer muebles contemporáneos. El modelo de van der Roche de la Silla Barcelona, la obra sencilla de Charles Eames de madera laminada, los tubos de asientos suspendidos de Marcel Breuer y muchos nuevos estilos escandinavos fueron introducidos por él y, sin pensarlo, hizo fortuna en poco tiempo. Le llovían pedidos de la Argentina y el Brasil, de las embajadas, de todos lados. Pensaba siempre: «le irá bien a la casa». Por las noches, daba clases privadas de poesía. Siempre trataba, con Ana María -su brazo derecho y fiel compañera- de hacer cosas nuevas. Ahora La Asunción era su mundo y tenía su atractivo. Él lo reconocía, pues no era injusto.

*  *  *

Una mañana se llegó Cacho a la mueblería. Estaba eufórico. Sus ojos oscuros, vivaces, brillaban con intensidad iluminada. Con voz calma, tono medido y ademanes correctos, se acercó a Carlos:

-No vas a creer, pero ya tengo tu lote. Está en un lugar impensado y nuevo. Tenés que venir conmigo. No puedo dejar que pase el tiempo sin que veas lo que te encontré.

Con tantos pedidos y ocupaciones, Carlos casi se había olvidado del proyecto de su casa. Pensó rápidamente, y con mirada algo escéptica respondió:

-Espero que los tractores no hayan demolido las lomas todavía.

Oddone no contestó. Desde su Toyota gris, al que volvió para apresurar a Carlos, dijo con tranquilidad:

-Es cosa de fe, mi amigo.

Subieron al coche. Marcharon, llegando a la esquina de la Embajada de Estados Unidos, donde Oddone dobló a la izquierda, hacia el norte de la ciudad. Siguieron avanzando por calles empedradas, con infames trozos de piedra que parecían cortar las gomas de los autos con filos salientes. Al llegar a un punto, cerca de un bosquecillo, detuvo el coche:

-Tu lote está en el medio. La calle va a pasar lateralmente y tenemos que subir a este ñandypá -dijo indicando un enorme árbol de flores amarillas-, para ver el panorama tal como tu balcón lo va a mirar.

Una expresión de signos complejos, casi inescrutables,  se apoderó del rostro de Carlos. No podía concebir su casa allí. No se veía ninguna elevación por ningún lado. Con decepción, miró a Cacho y con tono algo desmayado expresó:

-¿Y ahora?

Cacho permaneció imperturbable. Con evidente conocimiento de la naturaleza, se sacó los zapatos y le indicó a Carlos que hiciera lo mismo.

-Tenemos que subir hasta la tercera rama del ñandypá. Desde allí vas a ver el panorama.

Eran más de las seis y media de la tarde y el sol iba descendiendo. Carlos, que nunca dudó del estado mental de su amigo -era sólido y de una lógica de hierro-, para no quedar mal, también se sacó los zapatos. Con destreza subió Oddone y dándole la mano a Carlitos, lograron trepar a la rama indicada desde abajo.

-Mirá -le dijo-, ¿qué te parece?

Se veía el río brillante y dorado, con innumerables reflejos solares. Y allá, remota, estaba La Asunción, con matices fulgentes e inesperados. Una perspectiva nunca vista.

-Qué lástima que no traje la cámara. Éste es el lugar.

Te lo agradezco desde el alma -alcanzó a decir Carlos. Ambos hablaban desde la rama alta del ñandypá. Era un diálogo insólito. Como la zona no era muy solicitada en ese momento (estaban de moda otros barrios de la ciudad, no habían llegado aún las parrilladas y todo estaba por lotearse), no le fue difícil a Carlos llegar a completar los papeleos y comprar los lotes del ñandypá. Al poco tiempo el constructor, los albañiles y el arquitecto comenzaron el desmonte y el nivelamiento  de la propiedad. Conservaron el ñandypá y los muros comenzaron su elevación, como a treinta metros del mismo. Se trabajaba a velocidades increíbles y en poco tiempo el esqueleto de la casa empezó a dar idea del estilo absolutamente diferente que adquiría la edificación. Una puerta enorme, de madera labrada seleccionada por Cacho, lustrada de color caoba, daba acceso a la sala espaciosa, de amplios ventanales, mezclándose los ambientes, como lo quiere Wright. Respondía a su postulado estético: estar adentro como si uno estuviera afuera. Las escaleras de madera conducían a los dormitorios y a los balcones. Como habían previsto desde las ramas del ñandypá, éstos miraban el río y el Chaco. Por las noches, la ciudad parecía una piedra preciosa, vistiendo colores mutadizos, con el bello tiritar de la audiencia nocturna. Carlos estaba contento. Siempre supo que el momento llegaría.

No bien concluida la casa, se mudaron. Y comenzó el proceso decorativo. El original de Goya en la blanca y áspera pared le daba una prestancia inesperada. Las visiones surrealistas del chileno Nemesio Antúnez agregaban misterio. Los xilograbados de Colombino parecían haber nacido en las paredes. Unos bambúes de Wilfredo Lam -flora tropical cuasi abstracta- dispensaban el exotismo, sin ser muy remoto al paisaje.

Fue fijado el 15 de agosto como día de la inauguración. Faltaba una semana. Los lapachos estaban en floración. Desde los balcones del oeste, junto a los jazmines de esencia sensual, la floración amarilla y rosada concluía el contorno requerido.

Carlos estaba de vuelta a La Asunción que siempre había pensado allá, en Santiago. Era el 12 de agosto. Esa noche, Ana María, fatigada por las labores intensas de la mudanza, se retiró temprano. También subieron los chicos. Carlos se quedó escribiendo en la sala. No quería ir arriba, pues le gustaba el ambiente de la sala, quizá más que ningún otro de la casa. Pasaron las horas. En medio de un silencio delicioso. Carlos seguía corrigiendo unas pruebas para Losada de Buenos Aires, cuando escuchó una especie de rasguño seco que provenía, sin lugar a dudas, de la tela del tajy de Samudio. Miró con detenimiento, pero no pudo detectar nada. El cuadro no se había movido. Su rosado rabioso permanecía inmutable y desafiante. Pero él escuchó el ruido. Un desgarro, un acto físico evidente. «Casa nueva -pensó-; deben ser las maderas, que a veces se agrietan». Y fue a dormir, subiendo lentamente la escalera, al lado del comedor. Al pisar el último peldaño escuchó otro arañazo. En la casa todos dormían. No hizo caso y fue a la cama. Durmió de un solo tirón. A la mañana siguiente fue a la sala y no vio nada. No hizo comentarios, pues era innecesario hablar de ocurrencias o rarezas. Ese día trabajaron todos: a Rodrigo le mandó rastrillar el patio, a Jerutí y Jazmín les hizo fregar la balaustrada de madera y a Verónica y Soledad las entretuvo con el piso de baldosas rojas, que se obstinaban en no querer soltar las manchas que habían dejado los albañiles. Desde la mueblería, por teléfono, Carlos los controlaba cómo iba la limpieza. Por la tarde, trajo los sillones Breuer y las sillas Barcelona que quedaron muy bien en la sala. Cenaron  poco, la familia estaba agotada después del largo día. Carlos quedó de nuevo en la sala, pues, lo apuraban desde Buenos Aires para que remitiera las pruebas definitivas de su libro de poemas. Comenzó a llover. Una verdadera tormenta tropical. Fue al balcón para entrar los sillones. Los relámpagos, sucediéndose en cadena, iluminaban totalmente el patio. Sin desearlo, miró hacia el ñandypá y vio un anciano sentado en un sillón. No tuvo miedo: ya había visto fantasmas en Piribebuy. Como Rubén Bareiro, no sentía por ellos el más mínimo temor. Pero era raro. Lo más impensado del mundo. Después de un paréntesis de décadas, volvía a ocurrirle algo en la esfera de lo sobrenatural. Y recordó aquella noche lluviosa, en que vio un bulto amarillo que le hablaba desde la casa de Mc Mahon... Pero estos raros y dudosos acaeceres, los guardaba para sí mismo. Se acordó que una vez su amigo Rodrigo Godoi -que reside en Michigan- le había preguntado si creía en fantasmas. Godoi estaba influenciado por la literatura del sur de los Estados Unidos y quería creer en visiones extrafísicas. Y quedó extasiado cuando Carlos, con lujo de detalles, le fue narrando con voz misteriosa su episodio de la Cordillera...

Faltaban dos días para la inauguración de la casa. Ya tenía un nombre: la llamaría La Alcándara, palabra árabe que designaba el pabellón en que se mantenían las aves de cetrería, en especial los halcones. Eligió la voz tanto por su eufonía como por su valor figurado. «Desde esta casa, veremos volar las letras, arriba y encima del tiempo», decía. Y sonreía misteriosamente.

Siguió pensando en lo que vio debajo del ñandypá. «Tiene que ser una ilusión óptica», se dijo. No volvió a escuchar ruidos al parecer, todo había pasado. Se cuidó muy bien de no decir nada. ¿Para qué alarmar a la gente?

*  *  *

Vinieron llegando los amigos a eso de las nueve de la noche. El primer grupo en llegar fue el Pa'í Alonso, quien cayó con Yulí Troche. Luego arribaron, en rápida sucesión, Justito Prieto, José María Gómez Sanjurjo, Guido Parquet, Jose'i Laterza Parodi, José Félix Fernández Estigarribia, José Antonio Bilbao, Osvaldo González Real, José Luis Appleyard, Cacho Oddone... Después, un grupo de mujeres fue recibido por Ana María y muchos otros invitados que no recordamos fueron llenando la sala, el comedor y los amplios balcones. Desde afuera, y desde lejos, la casa parecía un buque fantástico, avanzando por la noche en medio del río, todo lleno de flores titilantes.

Carlitos Villagra y sus hermanas ayudaban a servir las bebidas y los entremeses. A excepción del Pa'í Alonso -que pidió jerez «si lo hubiera»-, los demás optaron por whisky y soda. Con el carrito lleno de vasos, cubos de hielo y botellas de Cutty Sark (era el whisky preferido por los dueños de casa), Carlos avanzaba. Al terminar de servir a Yulí Troche -que estaba contando una historia de ruidos ensordecedores de camiones inexistentes en su estancia del Chaco, de camiones que seguían rugiendo después de treinta años de acabada la guerra-,  se dio vuelta Carlos, y en un sillón de mimbre -que por cierto no podía pertenecer a la casa- estaba sentada la misma imagen que vio la noche de la tormenta. Le extendió a Carlos la mano y dijo:

-On the rock, please.

Carlos lo miró con fijeza y, sin alterarse, le preguntó:

-But, ¿who in the world are you?

El del sillón de mimbre, ahora en español con fuerte acento inglés, le respondió pausadamente:

-Yo soy William Patterson. Usted edificó en mi bosque.

Tendrá que aguantarme a veces. Desde el tiempo de mi contrato con don Carlos ando dando vueltas y a veces regreso por aquí...

Carlos lo miró con curiosidad y no contestó. Tomó un vaso del carro, puso hielo con cuidado y sirvió el whisky...

*  *  *

Ricardo Mazó, desde el otro ángulo del living, el que daba al comedor, miraba con atención. Parecía que Carlitos estuviera hablando solo, haciendo gestos raros. Mazó lo siguió observando con cierta extrañeza, pero después se olvidó del incidente. La velada siguió hasta las tres de la mañana y concluyó con un maravilloso concierto de Sila Godoy.


 

GENIO Y FIGURA

Vivía en casa de su prima Claudia y la verdad es que esta buena señora no sabía qué hacer con él. Sinforiano era definitivamente un vago. No había forma de que se levantara temprano por las mañanas; por las noches se esfumaba como por encanto. Era todo un problema. A eso de las once de la mañana -a veces un poco más tarde- exigía un copioso desayuno con su correspondiente bife a caballo. Después se ponía sus mejores ropas y salía a caminar. La mayor parte de las veces se dedicaba a perseguir a las cocineras del vecindario quienes, hartas de él, se quejaban a Claudia. Y era un círculo vicioso, pues a él se le importaba un comino las amonestaciones de su prima.

En varias ocasiones consiguió trabajo, y a los pocos días, a veces inclusive el mismo día, volvía quejándose de la gente tan mala que poblaba el mundo. «¡Figurate, querida prima, que decirme a mí que nací dormido! Yo no sé qué quiere la gente. ¿Esclavos? ¡Eso sí que no! A mí no me vienen con leyes ni horarios. Para algo soy tu primo y vos sabés lo que te quiero y cómo te recuerdo en todos los lugares que voy. Nadie como Claudia. ¡Mi bella prima!».

Físicamente él no era mal parecido. Cutis moreno, bigotes ladeados hacia arriba, barba cerrada y ojos oscuros, ágiles, que parecían moverse en sus órbitas a una velocidad fantástica, como midiendo las reacciones de las personas a quienes miraban, siempre listos para el ataque si fuera necesario. Tendría cerca de cuarenta años y era fuerte; capaz, cuando quería, hasta de tumbar un toro. Pero se cuidaba muy bien de malgastar su fuerza. Siempre decía «no estoy dispuesto a que la gente se crea que soy una presa fácil». Lo peor que podía decirle una persona inadvertida era que estaba calificado para hacer una obra o un trabajo de tal o cual envergadura. ¡Oh, no! Inmediatamente se quejaba de su cintura y de las balas que tenía metidas en las vértebras de arriba, desde la batalla de Nanawa. Y recitaba su larga historia de las veces que Irrazábal lo felicitó por su coraje y esfuerzo en el campo de batalla. Y concluía diciendo: «Y ahora, chamigo, quiere usted moverme las balas de lugar para hacer una cosa que no corresponde». Miraba a su alrededor y seguía: «Usted es un desconsiderado y un antipatriota».

Con sus estratagemas habituales, tenía corridos a muchos parroquianos quienes, confundidos por sus protestas frecuentes, terminaban por tenerle todo tipo de consideración, y algunos hasta cierta simpatía. Una de las vecinas, doña Jovita, no pudo con su gran corazón, y organizó una función a beneficio de él, «a quien la patria tanto le debía y por quien nosotros, los de Villa Aurelia, tenemos el deber moral de contribuir y hasta hacer lo imposible por obtenerle una pensión». Y esta señora era tan activa y la gente la quería tanto, que al último todos los meses se hacían contribuciones para ayudar a un ex combatiente lleno de honores, a quien la injusticia de la vida dejó de lado. Y así fue como empezó la buena fortuna de Sinforiano. Hasta el comisario del barrio lo invitaba los días patrios, y en una oportunidad le pidió que hablara  el 29 de Setiembre, aniversario de la batalla de Boquerón. Sinforiano se vio negro, pues no sabía qué decir. Felizmente estaba «su abogado», el doctor Fernán (alias Nanán), quien le hizo parte del discurso y agregó (como buen abogado) nuevas gestas en su foja de servicios, lo que por cierto le daba más prestigio. Con emoción leyó Sinforiano su discurso. Al terminarlo, fue aplaudido hasta el cansancio. Estaba eufórico. Las maestras de la escuela le obsequiaron un ramo de flores que él, ni corto ni lerdo, puso en brazos de Fidelina, la bella vecinita para quien tenía todo tipo de elogios.

En el barrio, sin embargo, la gente hablaba. Las relaciones entre Sinforiano y su prima no eran del todo claras. Más de una vez, por razones que no se saben, los platos volaron en el aire y más de uno rozó la cara de Sinforiano. Se decía de todo. Que Sinforiano aprovechaba la ausencia de Miguel, el marido de Claudia, para tratar de obtener mayores ventajas en todos los campos. Que Claudia estaba hastiada de él pero que le tenía lástima. Que tenía un affaire con él o que no lo tenía y que lo odiaba a muerte. En fin, se oía de todo. Lo cierto es que Sinforiano salía cada vez menos y, al parecer, hasta había comenzado a ayudar a su prima dentro de la casa...

Una mañana, volvió Miguel furioso. En pocas palabras decidió el destino de Sinforiano:

-Vos te vas de esta casa ahora mismo, carajo -comenzó airadamente-. Tu hermano anda lo  más bien y tiene un aserradero en Caaguazú. No hay derecho a que todo el mundo me pregunte de vos y que por último me hablen hasta burlándose de mí. ¡Te vas ahora mismo!

No bien terminó de hablar, abrió su cartera y le pasó un billete de mil guaraníes.

-Con esto -prosiguió Miguel-, llegás de sobra a Caaguazú y te buscás la ayuda de tu hermano Ambrosio.

Sucedió todo tan de improviso que tomó a Sinforiano de sorpresa.

-Yo no sé -dijo- qué significa esto. Pero si querés que me vaya me iré. Comprendo perfectamente que los chismes andan por todos lados, y por eso que no te culpo. Pero acordate: nunca más me vas a ver la cara y alguna vez sentirás lo injusto que fuiste al proceder así conmigo, sin cerciorarte de nada de lo ocurrido.

Mientras Sinforiano seguía hablando, Miguel ya había abandonado la escena y desde adentro comenzó a tirar pantalones, camisas, fajas de todos los colores, perfumes, jabones, zapatos, sombreros, en fin, todo el contenido del ropero de Sinforiano. Era increíble la cantidad de pilchas que había ido amontonando a través del tiempo. Lo último que salió volando fue una enorme valija de cuero, que era (cambian los tiempos) un obsequio de Miguel, quien esta vez no admitía nada que pudiera detener a Sinforiano un minuto más en Villa Aurelia. Lentamente comenzó éste la triste labor de poner las cosas en la valija. Estaba serio. Nunca tuvo una experiencia similar, tan humillante como ésta. El hecho de verse despojado de lo que creía que era de él -su cuartito lleno de perchas y recortes  de revistas-, lo había apabullado. Se daba cuenta de que algo terrible le esperaba en un futuro próximo. ¡La selva! Y lo más bravo de todo, su hermano, a quien él tenía no sólo temor sino un odio de remota historia. Parecía increíble.

Nadie en el mundo lo despreciaba más que Ambrosio, su hermano de leche. No sabía en realidad si debía ir a humillarse en el obraje. Poseía, en el fondo, un tipo de dignidad muy peculiar.

Tenía, además, el dilema de aceptar los mil guaraníes e irse a la selva, o quedarse a iniciar un mundo de nuevas aventuras en otro barrio de Asunción. En realidad, nadie podría predecir qué terminaría haciendo.

Cuando estuvo listo, lavado y afeitado (no olvidaba jamás los detalles cosméticos) golpeó la puerta de la pieza de Claudia, quien salió hecha un mar de lágrimas.

-¡Sinforiano! -comenzó diciendo-. Te voy a extrañar. No sabés cuánto me duele todo esto, pero a lo mejor Miguel tiene razón. Es mi marido, sabés, la gente murmura, vos sabés...

Mientras hablaba, le puso en el bolsillo del saco un fajo gordo de billetes y lo abrazó. Sinforiano lloraba. Doña Jovita, la vecina, por una especie de telepatía sintonizó la cosa y también se vino. Abrazó a su vez a Sinforiano y le puso otro paquete en el bolsillo. Sinforiano no sabía qué decir. Su emoción era tan intensa que llamó a Miguel en medio de los arrebatos y de los llantos. Pero la cosa no salió bien, pues Miguel salió con un látigo. Había en sus reacciones una decisión tan violenta que, cuando Sinforiano lo vio con ese humor, salió como una  saeta con su valija y tuvo el exacto tiempo de tomar el ómnibus que iba a La Asunción.

Ya dentro del ómnibus, se le ocurrió meter las manos en los bolsillos. Lo primero que hizo fue palpar el paquete que le trajo doña Jovita. Era más bien cuadrado y tenía una consistencia rara, fofa. Siguió palpando lentamente y sus dedos terminaron hundiéndose en una especie de jalea. Fue una gran desilusión para él.

-¡Carajo! Al último me falló la vieja. Bueno, pobre...

Siguió registrando los bolsillos y encontró el montón de billetes de Claudia. ¡Era una fortuna! ¡Increíble! ¡Como veinte de a mil! ¡Qué locura y qué tesoro de mujer! ¡Qué, diría Miguel si lo supiera!

*  *  *

Pasaron varios meses. Todo era silencio en casa de Claudia. Miguel había mejorado de posición y ocupaba ahora un nuevo empleo de inspector de carnes; era muy respetado. Como no tenían hijos, los domingos visitaban a varios sobrinos que vivían dispersos por la ciudad, y al final cenaban en alguna parrillada. Eran felices.

A veces le roía a Claudia unas ganas locas de saber algo de Sinforiano. No podía hablar con Miguel, pues éste se irritaba no bien se lo mencionaba. Una tarde, acuciada por la ansiedad, fue a la casa del doctor Fernán para saber si el abogado tenía noticias de «su cliente».

-Su primo, señora -dijo el doctor Fernán-, no se ahoga en un vaso de agua. No se preocupe. Ya se hará escuchar alguna vez, especialmente si necesita de ustedes.

No le gustó a Claudia la franqueza del abogado, pero este señor era penalista y trataba todo el santo día con pillos de todos los pelajes.

Una mañana, doña Jovita vino toda temblorosa y extasiada con una carta de Sinforiano, escrita desde «la selva». Se la leyó a Claudia, quien enseguida comenzó a llorar desconsoladamente. Estaba orgullosa. ¡Sinforiano en la selva! Trabajando de «sol a sol y sin desmayo». Era una carta dramática. En el fondo, Claudia se preguntaba quién podría habérsela escrito, pues no era precisamente la «forma de hablar» de Sinforiano...

*  *  *

Era la tarde del 24 de diciembre de 19... cuando, en medio de las celebraciones de Nochebuena, se escuchó la voz de Sinforiano. ¡Había vuelto al fin! Bien vestido, afeitado como siempre, perfumado, todo un caballero. Llegó llorando, muy dolido, de tal modo que Miguel se asustó y lo abrazó. Todo el mundo quedó emocionado, inclusive doña Jovita, quien estaba siempre al tanto de las cosas que sucedían en su vecindario. Sinforiano quería hablar y no podía. Algo había pasado, algo terrible sin lugar a dudas. Estaba trastocado de dolor. Por fin, en forma balbuciente pudo decir:

-¡Lo mató un tigre! ¡Sí, UN TIGRE! ¡Mi pobre hermano Ambrosio! Yo lo vi y no pude hacer nada. ¡Fue todo tan rápido!

Lloraba a lágrimas sueltas. Daba lástima verlo tan desgraciado en fecha solemne, como es la Nochebuena. Esa noche la pasaron muy tristes.  Miguel le había perdonado enteramente cualquier rencor que pudiera existir y hasta le trajo una copa de caña blanca para «Fortalecer su ánimo».

-Comprendo tu dolor, chamigo -dijo muy condescendiente-, pero la verdad es que a veces la vida es así, llena de sinsabores. Al menos tu hermano murió con honor, en el campo del trabajo...

Sinforiano se sintió acompañado en sus pesares. Miguel lo ayudó a desempacar y, poco a poco, sacaron de la piecita todo lo que pudiese molestar a Sinforiano, quien así recuperó su viejo refugio familiar.

A la mañana siguiente, ya calmado, amaneció de buen humor y desayunó temprano con sus parientes. Miguel, tratando de ser aún más amable, le explicó:

-Te podés quedar en la piecita hasta que consigas trabajo o hasta que vuelvas a Caaguazú. De aquí nadie te va a echar esta vez, ahora menos que nunca, que ya se arreglaron los malentendidos y vos estás solo en el mundo...

Miguel terminó sus palabras de consuelo con lágrimas en los ojos. Era violento y emotivo. Sinforiano lo miró compungido, y muy circunspecto le contestó:

-Gracias, Miguel -después lo abrazó.

Claudia, que había asumido un papel más bien pasivo durante la etapa de reconciliación, al último dijo:

-Para eso están los parientes -y sonrió con dulzura.

*  *  *

Hacía un calor tremendo, el típico de diciembre. Por las tardes, al kaaru pytû, en la casa de Claudia, y casi en todo el vecindario, la gente sacaba las sillas al patio para refrescarse un poco y descansar del calor húmedo. Sinforiano no perdía la oportunidad de mencionar -en forma casi obsesiva- a su hermano, víctima de las garras del tigre. Esa noche -todos atendían- contó cómo le dio sepultura, a la sombra de un ñandypá, y le puso una cruz como Dios manda. Y grabó su nombre con una navaja...

En medio de una paz cada vez más agradable, pasó una semana. Sinforiano, muy respetuosamente, iba ganando puntos y era bien querido de todos. Después de la cena, como siempre, salieron al patio. Claudia habló, sin dirigirse a nadie en particular:

-Mañana es el último día del año. Haremos chipa guasu; tenemos un buen vino de la colonia Independencia para celebrar la entrada del año nuevo con alegría. Vos serás el invitado de honor -dijo, dirigiéndose a Sinforiano.

-¡No sabés, prima querida, qué hondo me tocás con ese tu generoso corazón!

Después de una calma breve se escuchó un ruido en el portón. Era quizá algún vecino. Se levantó Claudia y fue a ver. La luna llena le alumbraba la cara sonriente. De repente se escuchó un grito de Claudia, desgarrador, intenso. Era increíble. En el portón estaba Ambrosio, de carne y hueso. Había venido para celebrar el año nuevo con sus parientes de La Asunción.

1971


 

LA VENTANA

A fines de la década del treinta vivía yo en Francia en uno de esos pueblecitos grises apagados y silenciosos donde nunca sucede nada. Trabajaba en París y me valía del ómnibus para hacer mi diario peregrinaje, lo cual era molesto pero seguro. Alquilaba una granja y los fines de semana los dedicaba a trabajar afuera, como una distracción, o mejor como un ejercicio, pues eso de estar todo el día en una oficina rodeado de caras ceñudas y rabiosas, ciertamente no era un sistema de vida que beneficiara mi salud. Como a cuarenta metros, casi enfrente, vivía madameCassier una viuda en sus primeros cuarenta años (no sé, a lo mejor solamente en los treinta), muy atractiva, cuya única compañía era un perro blanco lanudo, que ladraba por cualquier razón y que, a fuer de sincero, me parecía un perro cretino. La casa de madameCassier era sencilla: tenía dos pisos y un patio enorme con árboles frutales y una huerta cuidada por un jardinero que venía puntualmente todas las mañanas. Los domingos, cuando me quedaba en casa, leía los periódicos y me ponía al día con mi correspondencia, lo que nunca fue para mí una tarea tediosa, ya que siempre, felizmente, tenía algo que decir. Y cuando concluía con mi rutina, me sentaba en la sala, prendía mi pipa y miraba cualquier cosa para descansar la vista. A ratos perdidos, mi atención se dirigía hacia la casa de madameCassier. La puerta de abajo, estaba casi siempre abierta, pues sacaba a cada rato a su perro. La ventana de arriba permanecía cerrada. Una vez, me fijé en los detalles de la ventana: tenía uno de esos marcos de madera gris enorme, como los hacen en Francia; y encajada en él la ventana desteñida y herméticamente cerrada. No conocía nada de la casa ni de la vida de madameCassier y no pude imaginarme cómo vivía ni qué hacía sola en ese caserón, tan grande para ella. Pero no debo ser curioso. ¿Acaso ella alguna vez, después de saludarme se interesó por saber algo de mí? Yo sabía mucho: que era viuda e interesante. Y eso a veces es suficiente...

Por las noches la casa de madameCassier tenía abundantes luces en la planta baja; si uno pasaba cerca, podía escucharla tocando el piano. Yo hacía mis caminatas todos los días. Y ella también. Pero siempre en dirección opuesta. No quiero decir que fuera intencional, pero por cierto que cuando yo salía hacia el edificio de Correos, ella (yo miraba para atrás y la veía) se iba a la tienda al otro lado del pueblo. Y estaba bien. No quería complicaciones y a lo mejor ella tampoco. Pero hubiera sido agradable invitarla en los largos y duros días de enero a tomar una copa de cognac o un buen vino generoso, que había traído de Málaga. ¿Sería posible? ¿Pensaría ella lo mismo? Era evidente que ambos teníamos una alta dosis de timidez y nunca haríamos nada por romper el hielo que nos separaba. Me imaginé su casa y la disposición de sus cosas varias veces y llegó a obsesionarme el deseo de saber con seguridad cómo vivía, dónde dormía, dónde estaban las diversas dependencias, etc. Aunque ello me hubiera sido fácil estudiando el tipo de casa. Tenía la certeza de que dormía arriba, pero una cosa me hizo pensar en algo diferente: ¿cómo es que nunca vi una luz en la planta alta? Porque, para ser franco, últimamente la espiaba. Hasta compré un anteojo de larga vista para tener la certeza de sus pasos. Me sentaba en la más completa oscuridad. (¿Podría ella estar haciendo lo mismo?) y la estudiaba todos los días. Después de su paseo con el perro, se sentaba en la sala. Leía los diarios, a veces algún libro. La tenía cerca de mí. Como a un metro, con el magnífico anteojo que me compré. Fui mejorando cada día mi visión. Cuando las cortinas estaban abiertas, la podía «tocar» con los ojos. No me cupo la menor duda: madameCassier me atraía. Y esto nada más que últimamente. Era el producto de mi soledad. Mis escasos treinta años indicaban en un hombre la flor de la vida, y yo me sentía agobiado al atisbar cada noche a mi querida vecina. Ya la llamaba querida, le buscaba nombres, le ponía apodos dulces, y hasta discutía con ella. Esa mañana fui a París decidido: me traje un telescopio poderoso que me costó la friolera de siete mil francos. No me arrepentí de ello. A la noche, cuando mi joya prendiese la luz, probaría mi ayudante ocular. En realidad me daba un poco de vergüenza. Era como una intromisión canallesca en su casa. Pero qué le voy a hacer. La curiosidad mata al hombre, a veces, y otras despierta avenidas de grandes descubrimientos.

No llegaba la noche. Miraba el reloj y las manecillas no se movían. Pero hay que tener paciencia. Con su ayuda se gana cualquier cosa y, ahorita mismo, lo que yo esperaba era una cita indestructible que llegaría con seguridad. Fui observando, como un pintor impresionista, todos los matices de la tarde. El crepúsculo es lento. Una agonía. Ajusté los tubos, hallé los focos apropiados, las posiciones más cómodas para no cansarme. Y la inquietud de saber que estaría aún más cerca. Probé a mirar pero, sin luz adentro, nada pude ver. Un incierto marrón y nada más. Tenía que esperar. Coloqué el telescopio detrás de la puerta; por la noche lo llevaría hacia la ventana: mi astronomía me tenía inquieto y hasta nervioso. No prendí la luz. Apenas veía dentro de casa. Quería dar la impresión de que aún no había vuelto de la oficina (por si ella también supiese de mis pasos). ¡Por fin la noche! Con impaciencia moví el telescopio y lo coloqué frente a la ventana. Respiré hondo para evitar el temblor de mi pulso y darme confianza. Las luces del piso bajo estaban todas prendidas. Espléndido. Comenzaría por el techo, para medir distancias. No vi nada. Necesitaba ayuda; la luz de la luna se vuelve difusa y pobre con un aparato tan poderoso. Y fui directamente al sillón de madameCassier. Le Monde: «Peleas en Etiopia». ¡Todo tan claro! La cara estaba oculta por el diario pero le veía los dedos. Un anillo brillaba. Movía las piernas y las cruzaba de vez en cuando. Tenía puesto un vestido muy estrecho: hasta exhibía la parte inferior de los muslos y las piernas. Largó por fin el diario y la pude ver de cerca. Los senos se delineaban perfectamente y la cintura era más bien fina. Al menos, así parecía. Para estar seguro tenía que verla caminar. Le miré los ojos. No alcanzaba a ver bien claro, pero me los imaginaba verdes como su vestido. De repente se tocó los pechos y se ajustó la ropa. Y se levantó. Las nalgas estaban perfectamente marcadas y la vi moverse. No. No podía tener cuarenta años. Si hasta parecía una adolescente. La seguía. Caminaba alrededor de la sala y se desperezaba con frecuencia. Se dirigió hacia una puerta y por un momento, se perdió de vista. Observé la casa. Un cuadro, posiblemente una copia de Monet (¿Jardines de Argenteuil?) parecía tocar mis ojos. Vi hasta la niña jugando con el aro, las macetas, las flores; todo. Y seguí moviéndome. Hasta que la puerta se abrió de nuevo.

Volvió. Estaba desnuda. La miré con avidez y se vino directamente a la ventana y la fue cerrando de a poco, no sin antes lanzar una sonrisa enigmática. Se detuvo un rato y miró directamente arriba. Yo la seguí explorando. Se tocó las tetas, las levantó hacia mí. Se distinguía el marrón de los pezones y sus manos, alzándolos. Ella estaba segura de que nadie la veía. Apagó la luz y quedé asombrado. Mi telescopio era maravilloso. Sin prender las luces de mi casa, seguí un largo tiempo quieto, mirando la casa de madameCassier, que era un montículo gris confundido con la noche. Y de repente se abrió la ventana de arriba. Por vez primera desde que vivo en esta casa. Tuve que hacer toda clase de cambios del montaje de mi telescopio para observar la misteriosa habitación. Con el pesado cajón, pude llegar al ático frente a la casa de madameCassier. Ya era un experto. Pocos instantes después, la seguí mirando. Ahora estaba en la cama sentada, desprendiéndose el pelo. Levantó las sábanas y se tendió plácidamente. Yo rogaba que   —50→   no apagase la luz. Sin taparse, dio dos o tres vueltas y se puso de espaldas. Yo seguí mi ruta estelar sin ganas de concluirla. Se pasaba las manos por las nalgas y se movía muy lentamente. Y de repente, como tocada por un resorte, apagó la luz y quedé a oscuras. No creo que exista una situación más ridícula que la de un hombre en un ático, con un telescopio perfectamente inútil.

A la semana siguiente, estaba yo tramando de nuevo mi astronomía cuando súbitamente escuché tres suaves golpes en la puerta. No era de noche y no podía yo pretender que no había nadie en la casa. Abrí la puerta. Era madameCassier, con su vestido verde y su sonrisa dulce. Me pasó un sobre y me dijo:

-De la casa L'opticiende París. Me dijeron que era la cuenta del telescopio que usted compró y que por favor se lo entregara.

Le agradecí su amabilidad. Y sentí que el destino me había tramado una miserable jugarreta.

1984


 

NO PASARÁN

En memoria de la Brigada Lincoln que dejó los huesos

de más de un miliciano desconocido en los campos de España (1936-1939).

 

Cuando correteaba por las extensas praderas de Kansas, a mis escasos doce años, nunca pensé que terminaría aquí. Claro que esta decisión no se produjo de golpe. Hay antecedentes muy importantes. En toda mi familia de raíces inglesas e irlandesas nunca existió un delator o un traidor. Y venimos luchando por los mismos ideales, desde la guerra de Secesión. Y lo esencial es no entregarse, por más oro que ofrezcan. Mi maestro quien peló en Francia en 1917, decía que si existiesen sólidos principios, las cosas «correrían». No entendía yo de esas raras filosofías, pero ahora, que me pongo a pensar, comprendo algo. Y eso basta. En esta noche fría de Madrid, con el cielo encapotado por aviones de la legión Cóndor, me siento raro. Por un lado me irrita no poder realizar algo que colme mis deseos, como sería por ejemplo comandar una escuadrilla de contraataque y rechazo aéreo y sentirme útil entre las nubes. Pero que, si el General Miaja apenas cuenta con una avioneta de lona para hacer sus visitas a los cuarteles de los diferentes frentes... En fin, seguiré y seguiremos. Después de todo, yo sé porqué lucho y estoy decidido a vender bien caro el pellejo. Anoche salí del Cuartel de la Montaña con un grupo de compatriotas. Hablábamos en inglés y, cuando nos topábamos con algunos milicianos, hacíamos el esfuerzo de exprimir todo el español que sabíamos. Yo me sentía muy frustrado. La banda violeta que nos identificaba, en el brazo izquierdo, no era suficiente justificativo para nuestra ignorancia del idioma y de las costumbres. Las clases de iniciación que nos dieron en Barcelona apenas rozaron el problema, y mi impaciencia por hacer algo crecía cada vez más. Pero sí había algo cierto y positivo. En la Brigada Lincoln, con dos mil hombres, todos podíamos y queríamos hacer nuestra obra y la realizábamos con entera devoción democrática. A mí me tocó arreglar varios tanques ingleses oxidados y unas ametralladoras de vieja hechura. A Bob, mi compañero de pieza, le dieron seis aviones destartalados y el pobre no sabía qué hacer con ellos. No había forma de obtener repuestos, a pesar de la procedencia francesa de los mismos. Los franceses estaban sencillamente amedrentados y la cosa les venía bien con la teoría conservadora (y cagona) de los ingleses de no intervención, y no dejaban salir ni un tornillo rumbo a la República Española.

Debo confesar que, a pesar de haber nacido en los trigales de Kansas, hoy me siento madrileño. Al escuchar estremecido los agobiantes silbidos de las bombas, las angustiosas sirenas vigilantes y después las explosiones cercanas, digo, igual que Johnny, «those sons of bitches!»..., y trago saliva. Están indudablemente decididos a desmoralizarnos. Pero es inútil. Resistiremos hasta el final. Ya los expulsamos a cañonazos del Cuartel de la Montaña y peleamos en la Ciudad Universitaria y en Barcelona contra los traidores. El cinturón de acero no aflojará.

La gente que veía pasar no me era desconocida. A veces, los mismos rostros que vi anoche, o la noche anterior, o la semana pasada, reaparecen llevando bolsas de arena para proteger el Prado. Por las mañanas manejo el camión de la Cruz Roja para conducir los heridos al Hospital de emergencias. Anoche cayó una bomba en el Hotel Mérida y mató a tres periodistas ingleses e hirió a media docena de empleados. Me sentí feliz cuando pude distinguir un avión de caza de los nuestros persiguiendo a los alemanes. ¿Era Ernie? Supuse en ese momento que podría ser él. No restaban muchos pilotos en Madrid. Tratar de enfrentarse a los nazis era suicida. Pero Ernie era capaz. La vida le importaba un comino. Y a lo mejor no era Ernie. El vasco Zubizarreta andaba por ahí, y también era capaz de cosas increíbles. Para sorpresa mía, últimamente la aviación republicana había mejorado algo. Cuando escuché por radio que, en Mallorca le acertamos una bomba al Deustchlandse me volcó de alegría el corazón. Esa noche brindamos con dos periodistas del New York Times y con algunos muchachos de Kansas (éramos veinte y seis) y los de Montana. No pudimos hallar a Hemingway (estaba en el frente del Ebro), pero estuvimos con Charles Morgan y Clement Attlee. Hablamos largo y tendido. Se ponía difícil la guerra. Y los anarquistas, estaban furiosos y fusilando sin mayores explicaciones. Una orden del General Miaja pidió quinientos hombres de nuestra brigada para el frente del Ebro. Yo rogué ser enlistado, pero como era del grupo técnico y mecánico me precisaban aquí. Al otro día me mandaron a un depósito donde estaban esparcidos cerca de treinta tanques en mal estado y me pidieron que hiciera lo posible por ponerlos en marcha. Obtuve la ayuda de diez asturianos muy capaces; trabajamos toda la semana sin descanso. Logramos sacar los tanques a la calle en un día gris. Un viento cortante nos hería la cara, pero queríamos mostrar al Consejo de Defensa que nuestra labor estaba felizmente consumada. Rugían en línea diez tanques verdes. La gente los miraba extrañados. Los árboles pelados constituían el trasfondo de nuestro desfile.

Mi muy querido Jimmy: ¡Te extraño tanto! Me dijiste que te ibas por unos meses y ya llevas cerca de dos años fuera de Wichita. Te sigo esperando. Leo las noticias con interés y tristeza. No me parece que las cosas anden bien. Tus cartas me llegan censuradas y llenas de borrones así que me debo contentar con lo que leo en elNew York Times. Cada vez que me entro que los de la Brigada Lincoln están envueltos en serias y sangrientas batallas me pongo imposible, rezo y no puedo dormir. Escribe más a menudo, por favor. Recuerda que nuestros planes de casamiento siguen en pie. Pero comprendo muy bien tu actitud y te felicito. En la Universidad formamos un grupo muy nutrido de admiradores y los periodistas locales quieren a toda costa que les dé tus cartas, lo que no haría por nada del mundo. La cosecha de trigo este año es espléndida. Nuestras flores en el jardín están rebosantes de color. Mamá dice que, te recuerde el pony y tu perro, que siguen bien y que tu hermana, Jennifer sigue adelante con sus planes de mudarse a Atlantic City. Y yo, querido, te extraño demasiado, para qué lo voy a negar. Como te dije, las noticias no me gustan nada. En el mapa del NY Times muestran que ya han aislado Madrid del resto, y tú no me dices nada. ¿Cómo te llevas con los demás americanos? El número de voluntarios crece cada día, de todos lados quieren ayudar a los republicanos, pero el gobierno insiste en la neutralidad (?). Cuídate, Jimmy, recuerda que tenemos una larga vida por delante. Te sigo los pasos como puedo. Ruego por ti cada minuto. Te repito: cuídate, querido, vuelve pronto y bien. Mil besos, Diane. (Sin fecha).

Leí la carta varias veces. Sabe que existo y que la recuerdo. Es una mujer maravillosa. ¡Pensar que ella me alentó a venir!

Fin de semana. Pleno enero. Tengo ganas de dar una vuelta por Madrid. Llegarme a la Puerta del Sol, caminar por la Gran Vía y ver gente diferente. A dos cuadras del cuartel divisé a un peatón. Le pregunté dónde podría coger un taxi. Me respondió con nerviosismo:

-Pues por taxi le llevará como una hora llegar a donde vaya. Todas las calles están perforadas por las bombas y hay que hacer enormes desvíos. Mejor que vaya por el metro, señor. Además, si logra encontrar un taxi le cobrará una fortuna. La gasolina está estrictamente racionada.

Le agradecí las indicaciones. Era un caballero de unos sesenta años; iba envuelto en una capa y se cubría la cabeza con una boina marrón oscura. Siguió caminando sin apuro y al poco  rato se perdió en la niebla. Miré a mi alrededor y no había nadie. ¡Ni un alma! Conté el dinero que llevaba conmigo; lo había convertido en pesetas en el Banco del Gobierno: no era mucho. Pero no me preocupaba. Esa vida me enseñaba otros valores. El dinero no constituía algo fundamental e imprescindible, ya que todo o casi todo, me lo daban en la brigada. Pasaban ómnibus, llenos de soldados, como exhalaciones. El frío arreciaba. Por fin, topé con otro transeúnte y volví a mi pregunta «desplazatoria»; me contestó:

-Sí, claro. Si consigue un taxi. Los hay, pero bien escasos. Llegar a la Puerta del Sol le llevará una hora por lo menos.

Me mostré descreído:

-Pero señor, no puede ser -exclamé, con extrañeza.

-Es que usted está en Madrid, ¿comprende? -me dijo y siguió su camino.

Y me hizo pensar. Estaba en Madrid. O en «Madrís», como dicen aquí...

Y comenzaba a sentir, yo mismo, el peligro de las numerosas bandas o grupos que sólo coincidían en hacer la guerra, pero que respondían a muy diversas tendencias. Y estaba haciendo precisamente lo que nos dijo el comandante Edward Wilson que no debíamos hacer: andar solos. La FAI era peligrosa, y fusilaba arbitrariamente. Ya lo dije y me repito: es que en Kansas, en las doradas praderas, ¡cuernos!, yo salía como me daba la gana y a cualquier hora... Después de caminar durante largo rato, con los huesos congelados, logré trepar a un ómnibus que llevaba milicianos. Mi español había mejorado.  Había aprendido lo esencial. Un miliciano, con su uniforme de lana gris, me ofreció un cigarrillo. Venía del frente. Se notaba la fatiga en su rostro. Las ojeras indicaban malas noches. Pero no profirió ni una queja. Nos sentíamos hermanos. Esa rara camaradería nos daba una especie de fraternidad inmediata. Llegué a la Puerta del Sol y avisé al chofer que detuviera el camión. Le quise dar una peseta y no aceptó. Pero me detuvo un rato, registró los bolsillos y logró por fin sacar una caja de cigarrillos, de la cual me ofreció uno, que le acepté gustoso. Era la guerra. Un cigarrillo en última instancia era un pedazo de afecto, que aunque se hiciera humo enseguida, dejaría un aromado recuerdo. En cuanto bajé, miré al frente y vi una enorme banda blanca, un lienzo empujado e inflado por el aire, que parecía bambolearlo. Estaba en lo alto, en la Carrera de San Jerónimo, vereda a vereda:

¡NO PASARÁN!

Eran letras rojas, toscamente escritas. Me sentí feliz. El corazón de Madrid latía. Tantos días y semanas trabajando en los talleres y depósitos me habían apagado un poco. Y necesitaba esta recuperación. Caminé unas cuantas cuadras y entré en calor. Ya no sentía el frío. La vista de gente vivaz y activa me dio ánimo. Y me alegré de estar en Madrid. Llegué hasta la Plaza de Canalejas, doblé hacia la derecha y seguí por la calle del Príncipe. A las pocas casas, hallé un restaurante con gente apiñada en la entrada, leyendo las últimas noticias en un cartel pegado al muro. Noté que imperaba un aire de seriedad. Un rico aroma a café me abrió el apetito.

Me senté frente a la ventana donde había una mesa libre. Compré El Sol y me pude enterar de muchas cosas, no todas ellas buenas. Pero la guerra es así. No todo sale como uno quiere... Dos muchachones reconocieron por la banda violeta. Uno de ellos me pidió que le firmara en un librito de apuntes. Me hablaban despacio, con muy buena dicción para que les entendiese. Cuando les dije que era norteamericano, se les llenó la cara de intensa alegría. Hablamos animadamente. Habían leído a Mark Twain y a Edgar Allan Poe y eran estudiantes del Liceo Cervantes, cerrado por la guerra, pero pensaban retornar «en cuanto todo esté ganado...». Cuando quise pagar la consumición, el mozo no aceptó cobrarme. El que atendía la caja me llamó y me dio un paquete con chocolates de Río Muni.

-Los que debemos pagarle somos nosotros -dijo con una sonrisa que me supo a miel.

Me despedí dirigiéndome al Palacio de Comunicaciones. Quería hablar con Diane, contarle algo de esta nueva gente que empezaba a conocer. Decirle cuán feliz estaba de apoyar como podía una causa tan nuestra, tan universal. Al cabo de vueltas y errores, pude dar con el Palacio. Desgraciadamente, no era factible mi deseo. Las llamadas estaban reservadas para despachos de emergencia. Me sugirieron que probase en la Embajada de los Estados Unidos. No pude ocultar una sonrisa, con un dejo de escepticismo, y el empleado, muy correctamente, me dijo:

-Lo siento, oficial. Con mucho gusto, si ello hubiera dependido de mí. Pero los tiempos no son como para complacer a todos...

Salí rumbo a la calle de Montalbán y llegué al Parque del Retiro. Los árboles sin hojas, con sus troncos marrones o grises, y el silencio sin pájaros me tumbaron el ánimo. El estanque tenía un agua verdosa; di vueltas por el Paseo Salón, la Plaza Paseo de Chile, subí hasta el Paseo del Paraguay y, cansado ya de andar solo volví al centro. Hubiera querido entrar en el Museo del Prado, pero era imposible. Habían guardado todos los cuadros en los sótanos, a sugerencia de Pablo Picasso; el edificio estaba protegido por grandes bolsas de arena.

Sabía que me sería difícil volver al cuartel, pero de una forma u otra lo haría.

Caían bombas a granel. Ya era peligroso caminar por las calles, al descubierto. La gente dormía en los túneles del metro. Los que transitaban por las calles no tenían ganas de detenerse para nada. La población civil estaba sufriendo innecesariamente. La legión Cóndor de los nazis y los «Capronis» fascistas no apuntaban a los cuarteles sino al centro de Madrid, donde no existían objetivos estratégicos. Un camión militar se detuvo y reconocí con alegría a los camaradas de la Brigada Lincoln, quienes me hicieron lugar de inmediato. Vi a Ernie, que venía barbudo y pálido. Lo primer que me dijo fue: «damn it...». Le pregunté qué sucedía. Con voz grave me respondió:

-El comandante de la plaza dio orden a nuestra brigada de evacuar Madrid. El último tren sale hoy a las ocho. Viajaremos de noche hasta Valencia, para no llamar la atención. Tendremos que ir alertas, pues no sabemos si los falangistas interceptaron la vía...

-Pero, ¿por qué no seguir resistiendo? -atiné  a preguntar. Ernie me miró fijamente y contestó:

-Estamos bloqueados. Los republicanos seguirán peleando, pero prefieren que nosotros evacuemos, pues hay riesgo. Sabes que si nos cogen, nadie sale con vida. Y hay que entender el gesto de ellos. Las brigadas Garibaldi y Martí ya partieron anoche. Somos los últimos...

Yo no quería creerlo, pero era cierto. Si Ernie lo decía, no cabía lugar a dudas. Miré el cielo sin estrellas. Tan oscuro, que era lo mismo intentar mirarlo con los ojos cerrados. No pude seguir hablando. Se me hizo un nudo en la garganta.

Esa noche partimos. Yo sabía que Diane me esperaba y sería muy feliz al verme de nuevo. Pero no estaba satisfecho. Mi maestro decía (como los romanos): Esto vir. Y recordándolo, me compuse.

Pensé que habíamos perdido el primer round. Pero una pelea de campeonato tiene quince round, ¿verdad?

Mientras el tren, se acercaba a Cuenca con sus numerosos vagones a oscuras, yo recordaba la Carrera de San Jerónimo. NO PASARÁN con letras rojas, prominentes. Recuerdo -ahora duele decirlo- que no pude reprimir las lágrimas.

1984

 

 

MIIII BUENOS AAIRES QUERIIIDOOO...

Me pasé una larga noche escuchando los camiones de los «operativos», que se detenían frente a los edificios. Salían de aquellos seis o siete hombres con fusiles o metralletas, junto con algunos soldados, también armados hasta los dientes. Entraban en las casas del vecindario rompiendo puertas y al cabo de un rato (¿veinte minutos?) salían con diez o doce vecinos, a los que obligaban a subir a los camiones: ponían el motor en marcha y, después de roncos estampidos, desaparecían. Con frecuencia venían dos o tres veces al mismo edificio, buscando aparentemente a alguien. Y no se iban. Merodeaban por las calles, disparaban tiros amedrentadores contra las paredes, disparos que rebotaban en las aceras o en el asfalto, silbando siniestramente en el silencio de la noche. Se quedaban dentro de los camiones militares pintados de gris, o en los Fords Falcon sin chapa, y observaban las casas, los departamentos, los negocios, las esquinas, y si en eso veían alguna luz, disparaban en el acto descargas continuas que casi siempre concluían eliminando cualquier signo de vida. Y al cabo de varias horas, cuando alguien, un ser anónimo cualquiera, quería entrar en su casa, lo detenían con violencia, lo esculcaban como a un criminal y casi siempre concluían metiéndolo dentro de los camiones o en el Falcón de turno. Yo los esperaba en cualquier momento. Mi familia era reducida. Y si mi hijo hubiera salido por cualquier motivo, estoy seguro que después de agarrarlo a él, nos pondrían en el  camión a Carmen y a mí. La noche era larga y oscura. Arriba, en el cielo, brillaban las estrellas. Y enfrente les tocó la mala suerte a los Urizar, pobre gente que vino desde Jujuy buscando mejores horizontes. Se los llevaron a todos, hasta a un niño de tres años y su madre embarazada. Era gente muy callada, servicial, y no tengo la menor idea de por qué cargaron con ellos. Por fin llegó la mañana. ¡Cómo tarda, durante los inviernos, en hacerse de día! Y noches como las que vamos pasando desde hace dos meses no terminan nunca. Han logrado crear científicamente, siguiendo los diarios de los jefes nazis, un desorden emocional que bien podría llamarse pánico colectivo. Y se sienten muy ufanos de controlar todo, sin un rechiste de nadie.

En manos de ellos, la vida no tiene ningún valor. Desde el mismo momento se puede esperar cualquier cosa. El ser humano está a expensas del humor de cualquier elemento de ese submundo criminal. Deben hacer méritos, demostrando ferocidad y odios atávicos.

Me vestí con calma. Carmen preparó el desayuno. Le dije a mi hijo Luis que no fuera al colegio, que yo informaría que estaba enfermo, pues sabía de varios muchachones que nunca retornaron de las aulas donde, precisamente, los iban a buscar. Luis, con sus escasos 10 años (como era alto, parecía de más edad), no creo que entendiese claramente a qué se debía mi extrema precaución. Yo sé que no hay lógica. De todas formas, si me quieren eliminar no les va a costar nada. Floto sin anclas. Soy un exiliado que vino en 1947 buscando protección.  

Logré, hasta este año, pasar inadvertido. La verdad es que no quería espichar tan estúpidamente; no quería ser víctima de un final descabellado y bruto... Y eso que sabía lo absurdas que a veces son las avenidas del destino. Carmen intuía exactamente lo que yo pensaba. Las palabras sobraban. No quería asustar a Luis más de lo necesario. Tomé el café con pan viejo (era muy peligroso ir a comprar temprano). Abrí la puerta del zaguán y salí despacio. La calle estaba desierta. La niebla se iba disipando de a poco. Temía y casi esperaba ser detenido en cualquier momento por algún matón disfrazado de paramilitar y listo para demostrar que él también era capaz de realizar «actos antiterroristas». Caminé una cuadra y media hasta Rivadavia y llegué a la boca del subte. Estaba totalmente copada por soldados con uniforme de combate. Una larga fila de militares a cada lado, y yo que tenía que pasar por el medio. Me miraban con atención. Cualquiera de ellos estaría listo para detenerme. Yo bajaba con las manos en los bolsillos, tocando mi cédula de identidad. Seguí lentamente. Escuchaba los trenes del subte. Al llegar al último escalón, se adelantó alguien (no recuerdo si era civil o militar) y me dijo:

-Documentos.

Con calma saqué mi cédula de identidad y se la extendí. Yo sabía que mi vida no valía un corno y estaba totalmente a merced de un desconocido, probablemente un facineroso liberado de las cárceles para realizar lo que llamaban «el trabajo sucio». Ésa era mi impresión de todos ellos, ya que procedían con arbitrariedad y alevosía.

-¿Adónde va?

-A mi trabajo.

-¿Qué hace?

-Linotipista y corrector de pruebas.

-¿Dónde? -(Mientras hablaba no me miraba. Mantenía los ojos bajos y parecía concentrarse en las baldosas o el cemento).

-Moliniers y Cía., en la calle Moreno, Barrio Congreso.

Me miró finalmente con desconfianza y dijo:

-Lo veo a esta hora todos los días.

-Bueno, si uno es empleado, no tiene más remedio que cumplir un horario.

-No me responda, no me hace falta su respuesta.

Acto seguido dijo a dos soldados:

-Deténganlo hasta que yo vuelva -subió y habló con otro tipo que estaba de plantón en la boca del subte. Transcurrió un rato y al parecer llegaron a un acuerdo. Bajó de nuevo.

-Y, ¿por qué, siendo paraguayo, está en Buenos Aires?

-Señor, estoy desde hace treinta años. Hay muchos argentinos ahora en el Paraguay.

-Cállese, quién le pregunta eso. Cállese, le digo. -Me dio un fuerte empujón y caí contra la grada. La gente pasaba y se hacía la desentendida. Miré, en cosa de segundos, a más de un transeúnte, y les vi doblar la cara. Al caer, me golpeé la cara y empecé a sangrar. El tipo (no sé quién es, ni qué grado tiene), al verme reincorporar, me devolvió la cédula.

-Paraguayo muerto de hambre -me dijo con odio. Los demás soldados me miraban impasibles.

-Que no lo vuelva a ver por aquí. ¿No sabe que andamos buscando a los terroristas? ¿Cómo se viene a meter aquí?

-¿Me permite que le dé una explicación? Y al decirle eso, me separé de él, pues el muy valiente era capaz de cualquier cosa.

-¿Qué quiere? ¡Hable!

-Yo vivo en la esquina y necesariamente debo ir a mi trabajo todos los días, así que me parece difícil que si usted está de nuevo mañana aquí, no me vuelva a ver.

-¿Por qué no se va de una vez? ¿Qué espera? -Al concluir su grito intentó una patada, pero yo estaba alerta y rápidamente me escabullí hacia el subte. Deposité la ficha y subí.

Dentro del tren venían soldados y jefes de diversas graduaciones. O iban o volvían de algún «operativo», palabra que quería decir irrupción violenta en las residencias de un vecindario (casas o departamentos), obligando a todos los habitantes a ensardinarse dentro de los camiones y liquidando allí no más a alguno que se resistiese, para seguir después la caza de brujos o brujas. O la pesca de fantasmas. Porque, en realidad, al menos para cierto sector de la población, sólo quedaban espectros en Buenos Aires... Bajé en Congreso y salí a la calle. Al doblar hacia Entre Ríos, me gritó un militar:

-Quieto. No se mueva -me apuntó con su metralleta. Avanzó. Llegó hasta mí. Sus pasos resonaban en el asfalto. Me palpó por todos lados. Yo no dije una palabra. Si nota que soy paraguayo, me irá mucho peor.

-¿Adónde va?

Le expliqué casi con los mismos términos, como al otro criminal.

-Las imprentas están llenas de subversivos. -Tenía un acento germano; era indudablemente una adición al ejército argentino, de origen foráneo.

-Yo me gano la vida desde 1947 haciendo mi labor de corrector de pruebas.

-¿Chileno?

-No.

Me miró. No insistió. No le interesaban, al parecer, mis datos personales.

-¡Siga!

Esta vez fue fácil. Cuando llegué a la imprenta, pude constatar, sin hablar con nadie, que Gilberto y Guillermo no habían venido. El jefe estaba como siempre, en mangas de camisa. No me atreví a preguntar nada. Sabía que tenía que trabajar doble. A las cinco y media le dije:

-Debo irme. Se hace cada vez más difícil caminar por Buenos Aires. Y no quisiera agregar una cifra más a los desaparecidos. Tengo mucho por delante, si no me matan.

-No, Félix. No venga mañana. Usted lleva demasiados años aquí y yo lo aprecio; cuando esté todo más apaciguado y cesen los actos operativos lo llamaré de nuevo. Pero por ahora no use el teléfono. -Me miró fijamente por encima de sus bifocales y después se acercó, abrazándome con afecto. Lo que me sorprendió, pues el jefe nunca había manifestado ninguna muestra especial de amistad hacia mí.

Salí con temor, lo que era lógico. Estaban matando indiscriminada y arbitrariamente. Varios camiones militares y Falcones siniestros estaban apostados en la esquina. Al caminar unos pasos, gritaron a todo pulmón:

-¡Aaaltooo!

Me detuve al instante, esperando un tiro en cualquier momento. Como si me hubiesen estado aguardando. Y, en realidad, sonaron varios disparos, algunos muy cerca de mí, levantando pedazos de asfalto o rompiendo las paredes.

-¿De dónde viene? -La voz era áspera y llena de seguridad. (La que solía al encarar a un linotipista exiliado y sin forma de expresarse). Me di cuenta que nadie más transitaba a esa hora por Congreso.

-De mi trabajo, en la imprenta de enfrente. ¿La ve?

-Quieto. Documentos. -Le pasé mi cédula de identidad y mi carnet gremial.

-Esta cédula no vale. Necesita documentación argentina.

-No la dan a los extranjeros. Piden recomendaciones y hay que hacer cola durante un año o más. Y yo tengo que trabajar para vivir.

-¿Qué hace en Buenos Aires?

Esta vez me animé a una respuesta peligrosa:

-Hay cincuenta mil argentinos, o más, en La Asunción, y no sé cuántos paraguayos puedan existir en la Argentina. El último censo daba arriba de un millón. Yo soy uno de ellos...

-¿Es usted subversivo?

-No señor, mi oficio es la linotipia. Además, corrijo pruebas.

Mi respuesta le molestó tremendamente. Se acercó y me dio un golpazo en la cara que me tumbó. No sé cuánto tiempo tardé en recuperarme. Una vez que volví a la realidad, me sentí dolorido y al principio no vi a nadie. Estaba tirado en un charco de sangre, que me inundada la cara, el cuello, el pecho. Me sentía pegajoso y sucio. Miré a mi alrededor y vi otros como yo, que también estaban tratando de recuperarse. Casi al mismo tiempo, observé varios cadáveres tirados en la acera de enfrente. Moviéndome despacio, atiné a llegar a una farmacia. El dueño, un gordo pelado y de andar pachorriento, estaba aterrorizado:

-Señor, por lo que más quiera, no entre aquí. Nos están vigilando desde la casa de enfrente. ¡Si no sale enseguida nos harán trizas a todos!

Comprendí que tenía razón y rajé. Con el movimiento, una herida en la cara, un tajo largo sobre el ojo izquierdo, comenzó a sangrar de nuevo. Con los dedos hice presión y seguí caminando. Llegué sin otros sobresaltos mayores a la entrada del subte. El tren, providencialmente, estaba saliendo hacia Caballito. Puse la ficha y logré agarrarlo. Los demás pasajeros me miraron con terror. Nadie me dirigió la palabra. Uno de ellos sacó un pañuelo del bolsillo y me lo pasó. No le dije gracias. No estaba para cortesías. Me sentía tan perturbado que me pareció natural que alguien me ayudara. Los demás pasajeros me atisbaban de reojo; al ver que retornaba la mirada hacia ellos, doblaban la cara. Me pareció que el subte iba muy despacio, que apenas se movía. Era sólo una impresión. Los subtes vuelan cuando van hacia el oeste. De repente, se apagaron las luces y una voz estentórea gritó:

-¡Que bajen los subversivos y que se presenten al puesto de salida! -Todas las miradas se centraron en mí. Y en realidad, ya nada me importaba; mi reacción fue más fuerte que mi instinto de sobrevivir: grité con voz más fuerte aún que la anónima e intimidatoria:

-¡Que se baje de una vez el subversivo! ¡Todos lo vieron: que se baje, carajo!

Y nadie bajó. Cesaron de mirarme, leyendo los anuncios del techo. (Habían prendido las luces de nuevo). Volví entonces, con más energía:

-¡Que se baje de una vez el subversivo que nos está atajando!

Reinó un silencio de muerte. El tren, lentamente, recomenzó el despegue y vi brillar los anuncios de diferentes tonos, mezcla de estrellas y circulitos multicolores. Se detuvo el subte. Bajé y me dirigí a casa. Para sorpresa mía, no encontré gorilas. Caminaba con pasos rápidos y decididos. Llegué a casa. Cuando Carmen me vio, pudo decir:

-¡Que no te vea Luis!

Fui al baño y me lavé la cara. Descubrí que mi ojo izquierdo estaba rodeado de un enorme halo azul. Me cambié la camisa y lavé como pude mi ropa ensangrentada. Los golpes eran lo de menos, dejando incluso de lado las humillaciones. Lo esencial para mí constituía la infamia de no tener nada que ver y ni siquiera poder hablar, explicar las cosas en forma racional...

«Órdenes Superiores», «Operaciones del Comando». ¿Pero quién era el responsable del comando? ¿De qué comando hablaban? ¿Qué tengo yo que ver con el comando o con lo que fuera? Las ideas volaban y me producían un odio atroz, no sabía a quién. Teníamos que salir de este país. Lo esencial era huir y llegar a algún lugar donde no hubieran fuerzas ciegas, incontroladas. El terror que crean es insano. Me pregunto, una y otra vez, ¿por qué no pueden poseer información más eficaz y certera? Y la respuesta es obvia. Solamente les interesaba crear un clima de terror. El terrorismo de estado que existió en Alemania e Italia. Una influencia directa de Pinochet o de sus congéneres. Sí, teníamos que salir, y pronto. Estaban matando niños. Llevaban rehenes o detenidos sin causa y nadie sabía dónde ni para qué. A los que eran arrinconados en los camiones del ejército, nunca más se los veía, ni se volvía a saber de ellos. Pero... ¿dónde irme? Haría un esfuerzo riesgoso: me llegaría a la Embajada de México y trataría de investigar las posibilidades de escapar con toda mi familia. Pero huir, ¿por qué? ¿No existiría una bendita persona en esta ciudad de ocho millones o más de habitantes que pudiera defender la inocencia de un refugiado político? Si hubiera habido una razón lógica para justificar todo lo que estaba sucediendo, por la vida, por los diez años de mi hijo y por mi mujer trataría de cambiar cualquier cosa. Y el espanto seguía: esperaba a los terroristas en cualquier momento. Al vecino de enfrente, a la izquierda del zaguán, lo secuestraron anoche. Y, que yo sepa, ya no volvió, ni creo que retorne. Vivía solo: eso era peor, era presa fácil que se eliminaba sin rastros. Pero parece que a los que, como yo, poseen una familia, por más pequeña que sea, les cuesta un poco más y no se animan (por ahora) muy abiertamente. Aunque ya no era así; se llevaban a todos, hasta a las embarazadas. Por añadidura, estaba físicamente adolorido. Con gusto me hubiera ido a alguna farmacia, pero no podía hacerlo, ya que comprometería al propietario.

Y los hospitales, todos rodeados de soldados, no dejaban entrar sino a los heridos que ellos traían. Decidí que no saldríamos de casa ni contestaríamos a la puerta durante tres días, para ver si mejoraba la situación y estudiar los movimientos de los milicos y de los Falcones. Cuando los observo bajar de los camiones militares los noto feroces. Y pienso que serían muy buenos soldados si tuvieran que pelear con algún enemigo fuerte. Pero en realidad no pueden juzgarlos por sus acciones presentes. Ya los encontramos en 1865 y los episodios fueron realmente diferentes. Pero no debo hacer historia ahora que son otros los problemas.

La primera decisión está tomada: mañana nadie sale de casa. No hay cartero ni vecino que valga. No estamos. Felizmente tenemos leche en polvo y comida enlatada para varios días. No prenderemos las luces y haremos la experiencia de los topos. Le hablé a Luis con toda seriedad:

-Estamos en grave peligro. Tendremos que hacer una vida diferente. -Le expliqué los planes y le pareció que era capaz de soportarlos. Nadie se puso los zapatos. Andábamos con medias largas, para no resfriarnos. El primer día pasó sin inconvenientes mayores. Teníamos por delante la primera noche. Nos acostamos temprano. Escuchábamos la radio lo más bajo posible. Carmen rezaba y a veces lloraba. Trataba de calmarla, pues no era cuestión de entregarse antes de probar. A eso de las once y media  de la noche golpearon la puerta con fuerza. La patearon varias veces. Un ruido que resonó en todas las piezas. Yo estaba dispuesto a vender caro el pellejo, si entraban por la fuerza. Tenía mi pistola lista y haríamos un buen cambio de vidas, a no ser que ellos comenzaran a disparar a quemarropa desde afuera. Carmen temblaba. Luis estaba en una esquina y le di precisas instrucciones de que, si entraban, saltase por la muralla inmediatamente, corriera hasta el subte y se fuera a cualquier lado. Volvieron a golpear la puerta y las ventanas de la calle. Eran soldados. Vinieron en un camión gris con techo verde, de lona. Los llegué a ver por el hueco de la ventana que me servía de punto de observación. Los escuché. Uno de ellos dijo:

-Pero si en estas casas ya no vive nadie. Se fueron o los llevamos a todos.

Uno, que parecía jefe del operativo, dijo:

-Rompan la puerta.

Los latidos de mi corazón se hicieron tumultuosos. Pero logré controlarme. Era imperioso que alguien conservara el ánimo. No escuchamos nada durante unos segundos. Ya tenía mis dedos sobre el gatillo. Luis estaba listo para saltar la muralla y yo, decidido a lo que fuera. La suerte estaba echada. Se escuchó otra voz:

-No queda nadie. Ya limpiamos todo. Vamos hacia Flores. Aquí tengo la lista.

Los pasos resonaron en el silencio de la noche. Lentamente salieron del zaguán y comenzaron a subir al camión. El ruido del arranque nos dio nuevo aliento. Vino Luis y me dijo:

-Se fueron, papá, ¡qué alivio!

Carmen, en la esquina de la sala, seguía rezando  y llorando. Me acerqué y le estampé una frase que estaba siempre en labios de mi padre, viejo campesino de Yegros:

-Carmen... Nadie muere en la víspera. -Logré hacerla sonreír. Trataba de tranquilizarlos, y de a poco lo iba logrando. Seguía con mi plan: si sólo lograra sacar a Carmen y a Luis de Buenos Aires, o mejor aún, fuera de la Argentina, me sentiría tan feliz... Estudié con detenimiento el plano de la inmensa ciudad. Yo sabía que existían barrios enteros intocados por esta vorágine. No sé quién habría sido el sujeto que buscaban aquí, pero de todos modos era una pesquisa infame. Un procedimiento no sólo inadmisible, sino cochino y canallesco. ¡Brutal y digno de pueblos antropófagos!

Probé el teléfono y andaba. Desde luego que nadie contestaría si llamasen. Pero era imprescindible que funcionara. Trataría de establecer contacto con la Embajada de Venezuela, o la [de] México, y les plantearía mi problema. Aunque era peligroso. Tenía localizadores y fácilmente sabrían de dónde venía el llamado. Una vez, no hacía mucho de ello, un empleado de la Embajada de Venezuela había venido a la imprenta, dejando tarjeta. Si lograra hallarla, lo llamaría a su casa. No creí que fueran tan efectivos rastrillando las pistas de innumerables teléfonos. Aunque no, últimamente habían importado equipos norteamericanos especializados, y a lo mejor ya estaban entrenados. Los noticiosos de la radio y la TV nada decían. Si uno se hubiera dejado llevar por la paz que traslucían, podría pensarse que todo estaba calmado.

El plazo que nos dimos ya pasó. Carmen dijo, con decisión:

-Voy a la esquina a buscar provisiones para el almuerzo. No podemos seguir viviendo así.

-No. Voy yo.

-A vos te tienen junado. Aunque nunca hiciste nada, sos el «tipo» que buscan. Tenés cara de tragalibros. Unos golpes más, y no volvés a casa.

No pude retenerla. En la calle no había nadie. Era temprano, cerca de las nueve, y abrían la despensa a esa hora. Carmen salió con determinación. La vi pasar por la ventana. Caminó cincuenta metros y dobló hacia Rivadavia. Al cabo de media hora comencé a notar que los latidos de mi corazón se agolpaban, y me sentí culpable. Carmen no volvía. ¡Para qué la dejé salir! ¡Es mucho peor sufrir las desgracias de otro!

Comencé a vestirme. Le dije a Luis:

-Voy a buscar a tu mamá. Si no volvemos dentro de una hora, llamá a este número y explicale al señor Avendaño lo que sucede.

Luis asintió, con un estremecimiento. Yo sabía que todo esto era demasiado para él. Lo estreché con emoción y salí. En ese mismo instante, Carmen volvía. Al entrar nos abrazamos y no hablamos hasta cerrar la puerta.

-Han desaparecido casi todos los vecinos. Están buscando a un tal Garrotti y creen que está escondido por aquí cerca. Los soldados me miraron con atención, pero creo que no me siguieron. Yo no miré hacia atrás, por las dudas. Al llegar a la despensa, don Camilo sólo atinó a decir:

-¡Pero qué hace aquí, señora! -Estaba temblando y me miraba con miedo. Le dije-:   Necesito verduras, carne, leche...

Me dejó buscar todo lo que quería, y cuando le pagué me soltó:

-¡No vuelva más, señora! ¡Están totalmente desbocados y locos...!

*  *  *

PS: Este relato fue hallado por la Comisión de Derechos Humanos en una modesta casa de los alrededores de Buenos Aires. No se pudo establecer quiénes eran los que en él figuran, si bien los centros especializados vigentes, desde que el Presidente Raúl Alfonsín asumió el mando, están haciendo lo posible por localizar a los desaparecidos durante la era infame (¡y tan reciente!) que le precedió en el gobierno. Cerca de quinientos desaparecidos son de nacionalidad o de ascendencia paraguayas. La Comisión visitó la imprenta de Moliniers hermanos y, como cambió de propietario, no existen listas de los empleados anteriores. No se puede precisar el barrio a que hace referencia el documento, pues lo mismo sucedió en varios lugares simultáneamente. Teniendo en cuenta la importancia de este testimonio, no hemos cambiado nada del original que ha sido reproducido fielmente con errores y aciertos, que de alguna forma indican la personalidad del autor. En el legajo correspondiente al Paraguay, cada día se agregan nuevos nombres. Por las indicaciones de este hallazgo, creemos que la familia pudo salvarse y está actualmente en México o en Venezuela. Los «operativos» del ejército no dejaron listas de los ejecutados y toda búsqueda debe hacerse sólo con datos proporcionados por madres, hermanos, hijos o amigos. Textos muy parecidos han sido encontrados en casas o departamentos abandonados, y serán gradualmente publicados para ilustrar al mundo acerca de los amargos días que vivió el pueblo argentino, poco antes de la catástrofe capitulación de su ejército en las Islas Malvinas, episodio, por cierto, donde no se pudo comprobar tanta energía por parte de los guerreros...

Diciembre 1984


 

LLUVIA

El invierno llegó a Asunción sin anunciarse. Bruscamente, el viento sur cristalizó su presencia, ocupó la ciudad y se cribó por entre las rendijas de todas las puertas y ventanas, azotando los árboles y obligando a las personas a correr desordenadamente, buscando refugios en las casas, en los tranvías o en los negocios que todavía quedaban abiertos. Por las calles, las muchachas caminaban precipitadamente ya que habían salido esa mañana desabrigadas y el frío les helaba las piernas y los brazos. En realidad, todos quedaron sorprendidos por la inusitada aparición, a fines de marzo, de un frío desconsiderado y realmente a destiempo. Bramaba el viento y el cielo se puso plomizo y agresivo. Una lluvia bastante densa comenzó a azular las calles. En poco tiempo el tránsito se hizo recargado. Por las ventanillas de los tranvías se veían caras serias, de pasajeros ensimismados en sus periódicos, que parecían más bien vivir en otra dimensión ajena al ajetreo de lluvias, fríos y vientos repentinos.

Juan Carlos, con sus escasos veintitrés años, estaba impaciente y muy molesto en el living de su casa. Se miró al espejo. Su frente amplia, los tonos firmes de su piel morena y sus ojos marrones, inquirieron al mercurio reflexivamente. ¿Vendrá? Se rió al ver su incertidumbre reflejada. Dio varias vueltas y miró la hora. Su reloj pulsera lo angustiaba con su curso implacable y su desplazamiento de manecillas que más bien parecía una carrera. «Con esta lluvia estúpida y este frío infame no va a venir...» Salió un rato afuera y desde el portal de su casa miró la calle con atención y ansiedad, como queriendo tragarse el horizonte con sus ojos febriles y anhelantes. «¡Esta mañana, tan lindo tiempo, ahora todo, todito perdido por esta lluvia...!» Entró y se sentó en un sofá. Vio sobre la mesa un libro de patología médica y comenzó a hojearlo. Las enfermedades descritas con menudos detalles y letras pequeñas al pie de página no le convencían en ese momento. Cerró el libro y con fuerza lo tiró sobre la mesa. Se acercó al tocadiscos y comenzó a buscar algo que le entretuviera mejor que su libro médico. En realidad, su pulso, que lo sentía golpetear en sus sienes, y su tremenda frustración, le dificultaban decidir cualquier acción. Echaba la culpa al maldito viento sur que se llegó con su cortejo de lluvias y granizos. Lo que inicialmente pensó que sería un chaparrón, era ahora una bien formada inundación tropical. Cerró las ventanas. Desde el alféizar de la última que aún continuaba abierta, miró afuera. Vio la noche que se hizo en pocos minutos, cerrada y hosca. Las calles todavía estaban a oscuras. Encendían la luz a las seis y eran recién las cuatro y media. Los relámpagos amenazantes y los truenos que se reproducían en cadena, daban la impresión de que la lluvia no terminaría jamás. Y ella le dijo una vez, lo recordaba con nitidez: «si llueve, nunca esperes que me meta en los raudales ni por todo el oro del mundo...». Su voz, la expresión ausente, le sonaba tan tierna y musical. Y cada vez la sentía más y más cerca... «Pero si llueve podemos quedarnos más tiempo.» Y suspiraba con una evidente tristeza. No podía concebir una intromisión atmosférica tan calamitosa. Comenzó a meditar. ¿Podría vencerla? Definitivamente no. La calle Perú había sitiado, aislado totalmente al centro de sus barrios circunvecinos y era muy riesgoso intentar avasallarla. Su auto no pasaría los aluviones líquidos y enloquecidos que bajaban de la parte alta de la ciudad a velocidades tremendas y con fuerza titánico devastadora. No quería acabar en el río como otros alocados automovilistas que no pudieron contar su historia... Pero la inacción dentro de su casa, lo enervaba. Se llegó hasta su colección de discos. Uno de los Beatles, daba el tono que él necesitaba para apagar sus tribulaciones. La música estridente, mezcla de baladas angloirlandesas y de música negra, con su ritmo dominante, fue su elección casi instintiva. Odiaba la lluvia y tenía que vencerla con rock'n roll. Puso el tocadiscos lo más alto que daba, con el volumen totalmente a la derecha. Fue al comedor. De la heladera sacó varios cubos de hielo y se fabricó un Martini de 5 x 1. Al poco tiempo, se puso de mejor humor y empezó a marcar el ritmo, primero con las manos y después con los pies. Los hombros siguieron con un movimiento de vaivén y todo él se puso convulso y trepidante. Ya no escuchaba a nadie ni nada. Era un long playing y había para rato, pues otro disco -éste de hard rock- caería automáticamente al final del primero. Cogió la botella de gin y puso en el vaso otra alta dosis con unas gotas nada más de vermouth claro. Ya las proporciones y las medidas habían desaparecido y todo se hacía a muñeca. Del bolsillo de atrás de su pantalón sacó un paquete de cigarrillos y encendió uno. Comenzó fumando primero con bocanadas pequeñas, después, aspirando hasta la raíz de sus pulmones. ¡Qué le importaba, Helena ni su pavor a las lluvias! ¡A la mierda todas las mujeres y sus fobias! ¡Mueran los libros! ¡Esta noche será de total olvido y de nuevas alegrías!

Si sus padres estuviesen en la ciudad, le hubieran recriminado acerba y ásperamente. «¡Al diablo con ellos! Seguro que estarán ahorita mismo gozando con los mugidos de las vacas, entre mosquitos y garrapatas!»

El estereofónico con sus micrófonos desafiaba la lluvia y todos los chirridos habidos y por haber.

Afuera, Helena seguía golpeando desesperadamente la puerta. Traía la ropa adherida al cuerpo. La blusa, casi transparente, dibujaba las manzanas de los pechos con los círculos marrones en cada centro. Comenzó a gritar con desesperación. La falda, hecha una toalla, le marcaba las nalgas como un traje de baño. Se pasaba las manos por la cara para secarse, ya que los goterones le tapaban la vista. Lo tenía que hacer con frecuencia, pues la lluvia no cedía en intensidad. Comenzó a tener miedo. Estaba sola y era una oscuridad de lobos. ¿Cómo volvería? Convencida ya de que Juan Carlos no estaba o no la había esperado -que para el caso era lo mismo-, abandonó sus intentos y se adentró en la lluvia, en medio de su negra inclemencia. «Pelotudo, me dejó plantada y con las ganas. ¡Ya me las pagará!»

*  *  *

A la mañana siguiente, Juan Carlos despertó con un tremendo dolor de cabeza. «Pendeja de mierda. ¡Alguna vez sabrás quién soy yo...!» Se dio un baño rápido, tomó dos aspirinas y un vaso de leche. Tenía clase a las nueve.

Afuera, el sol radiante arrojaba sus dorados espinos a las calles, a los muros, a los árboles. Las hojas, lavadas por la intensa lluvia del día anterior, se presentaban verdes y brillantes, casi inmóviles, en la quietud que sigue a los diluvios tropicales.

1979


 

DERRUMBE

Mediodía del sábado 12 de agosto. De repente, las dos torres de la catedral, comenzaron a moverse. Oscilaban de un lado a otro en forma casi sincrónica. Después, empezaron a dislocarse los ladrillos de la parte alta y un lento desplome comenzó a notarse. Lo primero en caer fue la cruz metálica del centro, que se hundió en los jardines, entre los rosales, produciendo un raro sonido metálico que pudo escucharse nítidamente. En seguida, se estremeció la tierra tan intensamente, a tal punto que los árboles centenarios que están frente a la catedral, fueron violentamente arrancados y cayeron al suelo, mostrando las manos abiertas de sus raíces profundas y pulposas. Poco después, se precipitaron las campanas de la torre que está hacia la derecha, seguidas por las gemelas del lado izquierdo, haciéndose añicos: sus pedazos de bronce volaron en mil direcciones. Algunos fragmentos se clavaron en las ventanas de las casas próximas; otros, fueron dando saltos en las calles hasta quedar aprisionados en los albañales o entre los raíles de los tranvías. Cayeron después las dos torres. Antes de desplomarse, un polvo rosa amarillo envolvió totalmente a la catedral, de tal forma que por breve momento, se vio una especie de neblina, como si un esfumigado pictórico enorme quisiera dar una imagen impresionista de lo que venía derrumbándose. Todo hacía un ruido ensordecedor. Los testigos presenciales (que fueron puestos en cana por haber sido meramente testigos circunstanciales)  decían que era algo parecido a un terremoto, pero que estaba circunscrito a un solo edificio: a la vieja y casi centenaria catedral. Después se vino al suelo el frente. El golpetazo de los ladrillos produjo el estruendo de varios cañonazos. Los jardines quedaron cubiertos de polvo y de piedras que enseñaban todas las proporciones imaginables, seguían moviéndose en forma de reptiles sospechosos e inquietantes. El estridor continuaba. Ahora temblaban las paredes laterales que desprendían enormes trozos de revoques por doquier. Las lajas al caer, dejaban ver estratos de múltiples irisaciones, que demostraban el esfuerzo de varias generaciones de fieles creyentes. Algunas eran blancas, se podían notar otras grises o azules. La capa de más afuera, de rosa subido y tocante a rojo. El temblor seguía. Ahora los ladrillos volaban a grandes distancias y más de un habitante de la ciudad sufrió el empellón agresivo de un ladrillazo. Volaban como a cien metros de altura, y caían después en los lugares más impensados. El edificio de la policía local, fue sin lugar a dudas el blanco directo de la pared del sur, mientras que la del norte lanzaba sus terrones cocidos al estadio de fútbol, confundiendo a los jugadores con más de un objeto volador. La gente corría desordenadamente, por todos lados: la incertidumbre de no saber exactamente qué estaba sucediendo y dónde, agregaba pánico y desazón. Era realmente inexplicable. Los ladrillos comenzaron a moverse en el aire como si fuesen proyectiles dirigidos, dando vueltas a la izquierda y a la derecha, de arriba para abajo, como si obedecieran al control remoto de alguna fuerza nueva y peligrosa. Tenían  un impreciso color rosado o marrón subido. Los transeúntes vacilaban, tratando de evitar los balazos aéreos. Un torrejón bien rectangular pareció disminuir su velocidad y cayó en el medio de la calle mayor, errando por pocos milímetros un camión cuyo chófer venía anunciando con unos micrófonos aullantes e infames, la próxima corrida de toros en Fuenternillo de la Paloma. El estrépito fue seco, como si fuera el ruido de una balaustrada que se derrumba súbitamente. En realidad, explotó como una bomba. Las esquirlas revolotearon a tremendas velocidades y con fuerza se embutieron en los sólidos ventanales del Banco de Finanzas. Después de dar contra las paredes, rebotaban y volvían a resonar en otros lugares. En su trayecto, las rabiosas esquirlas rompían ventanas, tumbaban transeúntes, vendedores ambulantes, turistas, perros vagabundos y burros impasibles, que irrumpían en destemplados rebuznos. Los trozos finales, no cesaban de ser peligrosos hasta que por último, por acción del desgaste traumático, se convertían en polvo. No había forma de medir el tiempo que duraba la metamorfosis de los ladrillos, desde su rectangular apariencia inicial hasta el momento en que se convertían en polvo y tierra. Según los más serios observadores -unos norteamericanos con enormes cronómetros microcomputarizados y antenas radarizadas- era cosa de segundos. Apretaban los botones de sus aparatos y no bien gritaban «watch out!» la cosa era polvo. Pero surgían discrepancias considerables. Un chileno de barba cana que un tiempo antes de jubilarse -fue profesor en Columbia, Carolina del Sur, calculó en su cuaderno (regalo de Neruda) que desde el momento en que se desprendían de la catedral, hasta el descenso explosión transcurría más de una hora. Los norteamericanos con radar quedaron estupefactos. Uno de ellos dijo «there is something definitevely wrong» a lo que el chileno respondió: «cállense, gringos pinochetistas llenos de instrumentos guerreros...». La esposa que era alemana, lo trató de calmar diciendo (recitando a Goethe): «Mit hundert schwarzen Augen sah!», porque le tenía terror a la CIA local, que contrataba informantes nativos (de piel morena) para sus espionajes.

Toda la ciudad quedó como engalanada con banderolas rojizas en las paredes de las casas. Los trozos cayeron con más intensidad en la parte céntrica, cerca del Oratorio y del Banco de Finanzas. Para limpiar las manchas y revocar los agujeros se necesitarían varias semanas y cientos de obreros, muchos más que los que existían en la ciudad. No era fácil tarea. La gente humilde y trabajadora, altamente religiosa y al mismo tiempo muy supersticiosa, no quería saber nada de tocar los ladrillos del templo. Eran como la hostia, pedazos sagrados. Venían de un santuario donde los ritos pontificales eran la ley, por lo tanto, constituían la voluntad divina y por otro lado -lo más importante quizá- monseñor no se había pronunciado sobre ese punto. Para ello, era necesaria una larga campaña desde el púlpito, sermones aclaratorios y más aún, acción periodística, radial y televisiva, para convencer a los obreros de que los ladrillos no eran sino pedazos de ladrillos.

Cuando todo cesó y la calma retornó a la ciudad, el comisario y sus oficiales más próximos en jerarquía hicieron una inspección in loco de los daños causados por la caída del templo y sus ladrillos. Iban apuntando con detalle todo lo que observaban, pues de alguna forma pensaban discutir las indemnizaciones con monseñor. «Esto no puede quedar así», decían. Comenzaron por la calle mayor. La parte más dañada era la esquina en que convergían Guarnipit y Cronopio, de fundamental importancia, pues allí se hacían todas las citas y en ella desembocaban los caminos que conducían a los bancos, negocios, hoteles y aerolíneas. Los asuntos importantes y encuentros claves, se originaban allí. En esa encrucijada convocaba Ernesto Jopará a sus amigos. Ernesto era muy popular, pues dirigía la Banda Okara y un cenáculo literario muy serio. En el Banco de Finanzas, violento escenario de ladrillazos recalcitrantes, no quedó una sola ventana sana. Los vidrios, trizas esparcidas y distribuidas hasta a cien metros de distancia. La ostentosa placa de cobre en que brillaba su nombre, parecía un colador. Solamente las letras A. N. O. quedaron visibles y la gente comenzó a llamarlo así, con gran enojo del gerente, quien quiso corregir inmediatamente dicha bochornosa situación. Sin embargo, no logró un alma que quisiera trabajar un fin de semana. En realidad era peligroso tratar de hacer nada. Todo era tan inseguro a pesar de las horas transcurridas. El riesgo estaba allí, latente pero real. Los pedazos de ladrillos se desprendían sin razón alguna y seguían dando quehacer a los peatones, quienes con adiestramiento y cierta picardía, habían aprendido a desviarse del itinerario impredecible de municiones rojas o anaranjadas. Caminaban a saltitos de canguro y con frecuencia, llevándose a los demás transeúntes por delante. Tenían que mirar hacia el cielo y a los costados, en constante estado de alerta. Ese lunes, por primera vez en cien años, hubo feriado bancario, porque los empleados no pudieron entrar en sus oficinas, totalmente copadas las puertas por curiosos que querían ver las intimidades bancarias, por casualidad expuestas a todo el mundo esta vez. Periodistas nacionales y extranjeros se acomodaron como mejor pudieron y con cámaras filmadoras esperaban, con una concentración mental pocas veces vista, los esporádicos vuelos de ladrillos (los últimos) y filmaban todo. Un norteamericano, desde un helicóptero, se ligó un regio chichón en el cráneo. Nadie en realidad, pudo explicarle claramente en qué consistía el fenómeno, y como disponía de todo, creyó por un instante que su coverage sería el más espectacular. Hubo orden de dispersión y la gente abandonó el escenario nodular, que había conglomerado a toda la población alrededor de la calle mayor y adyacentes arterias de tránsito, olvidándose de la catedral, que ya no existía sino en forma de un pozo enorme y rectangular, lleno de maderos y de trozos de mármoles añosos.

1979


 

GAMARRA

 

I

«Estimado señor: ayer por la tarde el sargento se sintió muy mal. Cayó de bruces en el patio cerca del oratorio. Como no sabía qué hacer con él (yo sólo entiendo de partos) fui a la policía y desde allí pidieron una ambulancia a los primeros auxilios. Lo atendí como pude, le di unos tragos de agua, pues parecía que tenía sed. Se incorporó por unos minutos, y de uno de sus bolsillos, con una enorme dificultad, logró sacar esta bolsita marrón que aquí le envió a pedido muy especial de él. Salúdole atentamente, Jovita Cabrera. Villa Aurelia, 15 de marzo de 1936.»


 

II

Deseo comenzar aclarando que no pretendo hacer un relato. Sólo deseo hablar del sargento Gamarra. Últimamente su recuerdo me obsesiona y, sin querer, termino pensando en él. Cuando se arrastraba con sus años y sus desdichas a cuestas por las calles del barrio, lo mirábamos sin hacerle caso. Lo veíamos con frecuencia. Se lo escuchaba desde lejos monologando y su voz retumbaba en las luengas siestas tropicales, cuya calma era turbada solamente por el trencito de chispas, que pasaba frente a mi casa. La monotonía se interrumpía con los alaridos del sargento, quien hablaba a gritos (y eso que no era sordo sino que hacía hincapié en que se lo escuchara), peleándose consigo mismo y, a veces,  agrediendo violentamente a las plantas de piño lechoso de los cercos, con su bastón arqueado y brilloso, de color amarillo, que a la vez le servía como una tercera pierna. Venía a casa con frecuencia, sin tener un día fijo para sus visitas. Por lo menos una vez por semana golpeaba el portón lateral con las manos, hasta que alguien salía a recibirlo. Preguntaba por mí. Con mis siete años escasos, era su amigo. Al menos sabía, intuía que algo existía entre nosotros.

Lo hacía pasar, le servía un refresco o a veces nada más que un vaso de agua recién sacada del pozo. Tomaba unos sorbos, sonreía. La piel arrugada de su cara parecía darle una aura añosa y remota. De ojos vivaces y marrones, poseía la belleza que los tiempos dan a ciertas almas superiores, o sencillamente, era dueño del señorío de los años... Cuando estaba absolutamente seguro de que lo escuchaba, en un perfecto guaraní evocaba:

-El 11 de diciembre de 1868, en Abay, seguimos al general Caballero. Estábamos dispuestos a morir; total, ¿qué era la vida para nosotros? La cuestión era seguir aguantando. De entre mis compañeros de batallón, no quedó nadie con vida. Una feroz batalla tuvo lugar, lo recuerdo tan bien.

Abría los ojos, pues al principio parecía que estuviera hablando medio entre sueños y me miraba fijamente. Luego seguía:

-Recuerdo que caí de espaldas. Cuando me desperté, fue en el rancho de una señora, quien me explicó que después de la batalla, mientras buscaba a su compañero entre los muertos, me encontró sangrando y moribundo, con una herida  en el cuello. Me arrastró hasta su rancho. Me alimentó con caldo de gallina, que me lo hacía tragar con una bombilla. Me cuidó tres meses.

Lo miraba con seriedad. Me impresionaba la cicatriz del cuello, arrugada, enorme, profunda. A pesar de sus años (¿quién podría saber su edad?) era coherente y concreto cuando hablaba. Difícil sería creer que el sargento que narraba sus pasos guerreros, fuese el mismo que en la calle andaba a los bramidos.

Caminaba con dificultad, renqueando. Una vez sentado, parecía otro hombre, hasta lucía más joven. De cutis moreno, era de indudable origen hispánico. Hablaba el castellano con dificultad, pero hacía un gran esfuerzo cada vez que quería saludar a mi padre:

-Nde ko karaí guasú -le decía.

Y se abrazaba con el viejo madrileño, quien sentía por él un gran cariño y respeto. Siempre que le veía venir, me decía:

-Atiende al sargento, está sentado debajo de los mangos.

Era indudable que su presencia me agradaba. Ñe hablaba de remotas gestas. De ásperos caminos llenos de karaguatáes y de espinos ponzoñosos. De insectos raros y de víboras enormes. Sus relatos bélicos me producían una rara congelación del espinazo. Me parecía estar en medio del fragor de las batallas. En Villa Aurelia, era conocido por todos. No lo tomaban en serio, y lo más triste del caso, es que le tiraban naranjas podridas y mandarinas verdes y pequeñas, que abundaban en esa época. Se paraba en las esquinas y gritaba a los grandullones que lo hostigaban:

-O gualalá lo kambá
o sununú lo cañón

¡a la orden mi general!

Y seguía su larga mención de remotos fastos. Debo confesar que nunca le tiré naranjazos. Sin embargo, hoy, ya en plena era de sinceridad quiero agregar que nada hice para defenderlo. El sargento era parte del barrio. Fundador de Villa Aurelia, compartió sus meandros con tigres y víboras, antes de que llegasen a sus entrañas los Campos Cervera. Vivió, corrió y cercenó los yuyos y arbustos voraces de su villa primitiva, sin preocuparse jamás de alambrar una mísera tajada de terreno, en épocas en que el suelo que lo vio nacer, no valía nada.


 

III

La siesta del 3 de febrero de 1934 era pegajosa y terrible. No daban ganas ni de moverse. La guerra del Chaco seguía y el barrio se había quedado vacío. Para más, una sequía interminable había liquidado hasta las más recónditas reservas de agua y los pozos se iban quedando negros y sin ojos. La opaca negrura de la sed. Ya nadie regaba las plantas. La presencia espectral de los árboles con sus hojas alicaídas y amarillentas, agregaban silencio a las calles y a los patios. A lo lejos, vi al sargento que venía arrastrándose y me anticipé a ayudarlo. Cuando llegué hasta él, como todo saludo, comenzó:

-Jha lo kambá ñande jukapáta tekotevê roñorairô ro potipapevé!

-Pero sargento - e interrumpí-, esa guerra terminó hace ya mucho tiempo. Ahora vivimos otra guerra, y ésta la vamos a ganar.

No hubo forma de romperle su obsesión. Con los ojos cerrados, y todas las ganas de gritar que muy frecuentemente se apoderaban de él, me contestó:

-Oú jeýma lo kambá tepotí!

No me cabía la menor duda de que él comprendía perfectamente que la guerra del Chaco era contra Bolivia, pero seguía culpando de ella a los brasileros. Le abrí el portón del patio, y debajo del mango rosa lleno de frutos, con sus miles de avispas y abejas, le puse una silla y le serví en un vaso un poco de caña con agua (una mezcla que me la preparó mi padre). Cubría su cuerpo un pantalón roto, de color marrón oscuro y una chaqueta gris, llena de agujeros. Unos zapatos de cuero negro agrietado lo defendían del suelo arenoso y escaldado. Mi curiosidad histórica lo estimulaba y en el fondo lo hacía feliz.

Me relataba un sartal de nombres legendarios, y hoy, con cierto pudor, reconozco que no le creía del todo. Cuantas menciones hacía, eran apelativos de titanes. Me parecía imposible que este pobre hombre cargara en sus hombros y en su lejanía, todos los anales y el dolor de una tragedia inconclusa, al menos para él. Después de un rato, le pregunté:

-Sargento, ¿usted vio de cerca al Mariscal alguna vez?

Con el vaso en la mano, se levantó tambaleando y se puso serio. Por los agujeros de la chaqueta, asomaba su carne viva. El pantalón le quedaba ancho y largo, y dos reventones irregulares  mostraban sus rodillas. Con sus ojos menudos y su cara rasgada por avenidas profundas, parecía una estatua llovida y abandonada. Con voz gutural me contestó:

-Siempre me hacen la misma pregunta. Estuve con él hasta la cordillera de Azcurra. Lo vi de cerca.

Se volvió a sentar. Me miró durante algunos minutos y prosiguió:

-Asunción quedó sin un alma. Cuando yo volví, después de la guerra, me refugié en este bosque, que es el lugar donde hoy está tu casa. Por eso es que siempre vuelvo aquí. Los árboles fueron mis primeros amigos y los brasileros no habían llegado sino hasta la Recoleta. Más allá, no quedaba nada más para robar.

Tenía que ir a la escuela y no había concluido con mis deberes y, le dije que nos veríamos la semana próxima. Al salir, siguió hablando solo y el eco de su voz saltaba de árbol en árbol:

-Oú jeýma lo kambá!


IV

Mi padre abrió con un cortaplumas la bolsita que acompañaba la carta de ña Jovita. La sacudió varias veces y finalmente cayó al suelo un objeto metálico. Lo alcé con cuidado. Era una bala de color gris azulado. Recordé, después de un rato, la cicatriz del cuello, honda, cubierta por una costra de mil años.

1980




 

VIAJE

El lodo hacía difícil caminar y los nubarrones agresivos indicaban claramente que seguiría lloviendo. Tenían la ropa empapada y la espera era agobiante. Lo poco que lograron salvar, cabía en dos valijas de tamaño mediano. No hablaban. Algunas señas eran suficientes para el tipo de comunicación que precisaban. Después de una larga espera, divisaron por fin un enorme bulto gris opaco que avanzaba hacia ellos. Era el camión. La esperanza renacía. El niño suspiraba ansiosamente y comprendía al mirar el rostro de su madre que una ilusión volvía a comenzar. Ella no tendría más de treinta años, pero aparentaba más edad con su cara ajada por surcos incipientes, que parecían acentuarse aún más con el sudor y el polvillo pegajoso.

Pusieron las maletas en el medio del camino. Ya habían pasado dos camiones anteriormente sin detenerse. Estaban repletos de pasajeros. El niño era flaco, de tez morena y pálida, de movimientos torpes y de cara triste. Tendría ocho años o quizá menos. Dejaron el rancho de paja con dos frescos túmulos. Uno, el que contenta los restos de don Agustín, era más grande y sobresalía más que el otro, bien pequeño, el de León, recién nacido que no pudo soportar las privaciones del sitio.

La guerra había terminado y no les restaba otro recurso que ir a la ciudad. En la chacra, nada quedaba que fuese de valor. Todo era un montón de recuerdos humeantes, desolación y  tristeza a la que querían dar olvido con la evasión, la fuga definitiva.

Doña Lucía no vio otra alternativa. Tenía parientes y amigos en la ciudad. No sufriría allí el miedo que le inspiraban los desmovilizados, a veces abusivos, que asomaban ocasionalmente en el paraje, completamente despistados después de varios años de ausencia.

El camión llegó medio agonizante y se detuvo, casi llevándose por delante las valijas.

-¡Saquen esas porquerías del camino!

Doña Lucía, implorando se acercó al chófer:

-Señor, ¿nos lleva a la ciudad por favor? ¡Tenemos para pagar el pasaje! ¡Por favor, señor, tenga compasión!

No hubo respuesta inmediata. Pasaron unos segundos tremendos. La cara agobiante de doña Lucía logró apaciguar al chófer.

-Señora, yo manejo un camión colmado hasta el tope. No entra nada más, créame.

-Haga un esfuerzo, se lo suplico de nuevo. El pueblo está vacío.

-¡Qué cosa más molesta! ¡Yo no sé de dónde nacen tantos mendigos!

-Ya le dije, señor, que tenemos forma de pagar el pasaje...

No bien concluyó de hablar, del pliegue de entre los senos sacó un manojo de billetes -especie de húmeda gelatina amarillenta- y los desenrolló frente al chófer, quien siguió un rato titubeante y finalmente bajó del camión con definitiva resignación, empujó las dos valijas en el agujero lateral de los bultos y apretó a los nuevos pasajeros contra la masa humana que iba con él. El camión recomenzó la marcha. El chófer  miró su reloj. Por lo menos seis horas más para llegar a la ciudad. No recordaba cuándo había salido y tenía muchas ganas de volver.

Consiguió doña Lucía atajarse de una barra de madera que desde el techo, servía de asidero. El niño se amarró primero a su cintura pero como ello no le daba suficiente estabilidad, se colgó después de sus piernas como pudo. El calor hacía muy denso el poco aire que sobraba. Los olores ácidos y pegajosos de los pasajeros, quienes también como ellos venían huyendo y las caras herméticas que alcanzaba a ver de vez en cuando, la habían intimidado en cierta forma. Decidió seguir callada, padeciendo lentamente el correr de los tumultuosos kilómetros. Una voz tronó desde un asiento, cerca del chófer:

-¿Por qué tiene que seguir cargando a todo el mundo? ¿No ve que ya no entra más nada ni nadie en éste su miserable camión? ¿No le importa nuestra comodidad? ¿A quién se le ocurre actuar de ambulancia, cuando lo que pagamos es un servicio de transporte?

Doña Lucía tembló. Durante algunos segundos creyó que sus fuerzas la abandonaban. Tenía miedo, pues no sabía quién era el que tan bruscamente levantó la voz y rompió el silencio. El chófer no dijo nada. Con sus dos manos en el volante, seguía avanzando. Comenzó a llover. Era una región diferente, y el barro rojo reemplazó al gelatinoso lodo gris de horas atrás. Gemía en primera el viejo motor, una queja casi humana. A veces parecía que se iba a trancar entre las sacudidas violentas y las convulsiones penosas. Afuera, no se veía nada. La lluvia arreciaba con furia. La misma voz gruesa volvió a estallar:

-Estos camiones deberían pasar al museo de antigüedades, por viejos, por inservibles. ¡Y a los dueños, a la cárcel, por desconsiderados!

Le contestó un cura, con voz firme:

-Si no le gusta el camión, ¿por qué no baja? ¿No se da cuenta usted que el pobre chófer está haciendo hasta lo imposible?

No hubo respuesta a las palabras del cura. Parecía un cura de campaña, de esos que últimamente organizan a los campesinos en las Ligas Agrarias Cristianas. Su sotana era de color negro verdoso con roturas visibles. Su gesto, amable, pero firme. Miró al gritón sin ánimos de pelea, como tratando de expresarle un mensaje conciliatorio. El camión siguió trepidando entre el barro y las hondonadas.

Doña Lucía apenas se sostenía. El sudor le corría por la frente y le mojaba todo el cuerpo. El pequeño, de repente cayó al piso del camión totalmente exhausto, acabado. Lo sintió la madre en su aflojamiento paulatino, como si sus piernas se hubiesen liberado de algo, un desprendimiento que la dejó por un instante sin respiro y aterrorizada. Trató de levantarlo, pero ni un solo resquicio sobraba. Pidió ayuda a una señora obesa, quien también venía sufriendo las peripecias del viaje. Se hizo un pequeño espacio y levantaron al niño. Tenía la cara blanca, la piel muy fría y la frente cubierta por gotitas de sudor. Respiraba con dificultad doña Lucía sólo atinó a soplarle la cara. Alguien le dio un abanico. El camión seguía sus tremendos tumbos y el equilibrio era casi imposible. Los pasajeros entrechocaban unos con otros. Para sorpresa de todos el de la voz dura y desagradable, se levantó:

-Haga sentar al niño. Yo también tengo un hijo, señora...

Este acto inesperado, sorprendió a la madre, quien colocó al hijito en el asiento. Al poco rato, al poder cambiar de posición y descansar, el pequeño se reanimó y al ver al gritón parado, le quiso dar el asiento.

-No, mi hijo, sentate no más.

*  *  *

El chófer de repente detuvo el camión. No se escuchaba sino el recargado ritmo, medio jadeante, de la respiración de los pasajeros.

-No sé dónde estoy. Hace rato que vengo tratando de orientarme y no alcanzo a ver huellas conocidas. Voy a bajar a mirar el camino, para ver si algo logro reconocer. Realmente este paraje es extraño.

-Esto es el colmo -volvió el de la vozarra-. ¡Este bendito chófer no sabe adónde vamos ni dónde estamos!

El chófer no le hizo caso. Lo ignoró. Bajó del camión lentamente, con una rara calma. Había cesado la lluvia. Las gotas dibujaban delicadas filigranas en los vidrios de las ventanillas. Los pasajeros bajaron ordenadamente. Era una felicidad inhalar el aire puro de afuera, refrescado por la lluvia y no se preocupaban de nada. La tregua les venía a tiempo y muchos de ellos creyeron que el chófer se había apiadado de tan horrendo calor y les daba este respiro. Doña  Lucía pensó en su marido, en el dulce olor de los cocoteros en flor y en la fragancia de la tierra roja, cuando arrancaba los bulbos gruesos y los raigones de la mandioca. Salió tanta gente del camión, que el chófer se asustó. ¿Cómo volverían a entrar? Pero -en medio de sus conjeturas- lo más importante para él era saber dónde estaba. Avezado en el duro oficio de manejar entre zanjas y arroyos, le desconcertaba la geografía tan tremendamente distinta y nunca vista. Y no estaba dispuesto a retornar ni a seguir. Vino el cura, quien le sugirió:

-Sigamos. Vámonos a cualquier lado. Algún refugio hallaremos. El chófer lo miró con asombro.

-¿Cómo a cualquier lado? Corremos el riesgo de perdernos en el desierto. Y la gasolina que sobra en el tanque apenas alcanza para llegar a la ciudad, si supiéramos el camino con precisión.

El de los gritos no pudo contenerse:

-¿Qué? ¿Que nos va a dejar plantados? ¡A quién se le ocurre! Yo tengo que ver al señor Ministro mañana, aunque siga tronando. Es una cita ineludible, ¿entiende?

Cierto tono de aflicción y de nerviosismo se había adueñado de su voz. Ya no era explosivo ni violento. Estaba sencillamente aterrorizado. El cura volvió pausadamente. Traía un mapa enorme en las manos y llamó al chófer. Conferenciaron un rato. Después, sin perder el ánimo, volvió a enrollar el mapa. Sus ademanes eran serenos. Concluyó:

-Tendremos que esperar auxilio.

El chófer parecía resignado.

-Deberíamos volver -dijo-, pero lo malo es  que tampoco sé el camino de vuelta. Y mañana el sol saldrá como siempre después de las lluvias, picante y terrible.

El gritón estaba escuchando el diálogo entre el cura y el chófer. No pudo con su genio:

-Pero si éste es un camino desconocido y raro, ¿de quién espera auxilio? ¿A quién se le va a ocurrir venir a buscarnos?

El chófer, mirando fijamente hacia la loma que parcialmente tapaba el horizonte, sin dudar del valor de sus palabras, contestó:

-Bueno, Dios no irá a abandonarnos en este apremio, ¿verdad?

-¿Cómo, ahora dependemos de Dios? ¿Qué es eso? Yo creí que su desorientación era momentánea, cosa de mirar la ruta en el mapa y seguir.

No respondió el chófer en forma inmediata. Aspiró hondamente el aire fresco, miró a los pasajeros tendidos por todos lados y contestó:

-Ya no hay ruta. Los mapas no valen Es peor, teóricamente ya llegamos, aunque esto parezca una locura. Es el fin. Además, permítame señor que le diga una cosa: no es solamente ahora cuando dependemos de Dios...

El cura escuchó al chófer. Lentamente se separó del grupo y comenzó a caminar en silencio. El chófer y el gritón seguían sus discusiones teológicas, mientras los demás pasajeros, un centenar acaso, desperdigados, esparcidos y caídos o reclinados a la orilla del camino fangoso algunos, otros tirados bajo el tendal natural ofrecido por los árboles próximos, no demostraban mayor importancia a lo ocurrido. Se había apoderado de ellos una rara inercia, una mezcla de sopor y fatiga, como si hubiesen cesado de pensar. El chófer lentamente comenzó a caminar cuesta arriba. El cura, desde lejos le gritó:

-¿Adónde va? ¿Y nosotros?

No contestó el chófer. Siguió su ascensión, hasta que llegó a la parte más elevada de la loma. Miró hacia abajo y vio el espectáculo de su camión y sus pasajeros desparramados e hizo una señal con la mano derecha en alto, agitándola. Era un gesto amable; como el adiós que se hace cuando un barco se está separando lentamente de las amarras que lo atan al muelle. Después, se perdió de vista. Los pasajeros, agobiados por tan prolongada agonía, ni siquiera notaron su deserción. Al cabo de media hora o menos, quedaron dormidos plácidamente. No se escuchaba queja alguna. Un viento refrescante soplaba desde el sur.

El cura encendió un cigarrillo y dio una honda fumarada que debía haberle llegado hasta el fondo de sus entrañas. Miró el cielo azul oscuro, con algunas estrellas. La noche se venía apaciblemente. Apagó el cigarrillo recién prendido y se sentó sobre el césped húmedo. Después se tiró de espaldas y al poco rato quedó profundamente dormido.

A la mañana siguiente, en contra de las predicciones, amaneció nublado. El cura se despertó con una tremenda fatiga. Miró hacia la loma y con gran sorpresa, vio la silueta apenas dibujada, de un hombre que venía bajando. Se levantó y fue hacia él. El extraño cargaría unos treinta y cinco años o menos. No bien vio al cura, le habló con voz decidida y convincente:

-No se preocupen ya más. Los llevaré de vuelta. Conozco el camino.

El cura demostró su asombro con una pregunta:

-¿Quién es usted y cómo sabe nuestros problemas?

El aparecido, con una rara sonrisa, y en forma enigmática, no contestó. Observó el camión, miró a los pasajeros y les gritó:

-¡Súbanse, que vamos a la ciudad, ahora mismo!

Se produjo una zozobra colectiva, y en pocos minutos las dos puertas de acceso al camión, se vieron colmadas por los ansiosos pasajeros. Cuando doña Lucía iba a subir con su hijito, el extraño le dijo:

-Déjeme el niño. Yo me encargo de él. Usted súbase y pronto, que quiere llover.

Una vez que todo el pasaje hubo ocupado los posibles espacios del camión y antes de que comenzaran a sufrir el efecto de la aglomeración, el estruendo del motor recomenzó su euforia. El nuevo chófer tenía una gran confianza y manejaba a una velocidad poco común. Los árboles apenas mostraban sus troncos húmedos y marrones. Parecía que volaban. El cura, que iba sentado al lado del chófer, le llamó la atención:

-Me parece que va muy rápido para un camino tan lleno de agujeros.

-No se preocupe. Yo sabré cuándo detener el velocímetro. Después prosiguió:

-Se imagina usted -miró al cura fijamente-, ¿cómo supe de ustedes?

-No. Verdaderamente no me lo sospecho. Cuéntemelo.

El chófer siguió conduciendo, siempre a velocidades increíbles.

El camión, por momentos, rozaba las copas de los árboles. Sonriendo con dulzura dijo:

-Pasaba por la Gruta del Olvido, que está debajo del quebracho, al otro lado de la loma, y hallé a un hombre muy triste que lloraba amargamente. Me contó que se había perdido y me habló de ustedes.

El camión definitivamente se desplazaba por encima de los árboles, que se veían pequeños, verdes y brillantes desde las ventanillas. Prosiguió el chófer:

-Entonces le miré los ojos y vi en ellos una infinita aflicción.

-¿Y?

El cura miró al chófer. Estaba convencido que era de cristal. Transparente y azuloso.

-Sé que le va a ser difícil creerme -dijo el chófer-, pero hice lo que un ángel debe hacer en dichas circunstancias.

-No le entiendo. Explíquese por favor.

Detuvo el camión por un instante, y una vez vuelto a tierra contestó con una voz bien modulada y sin altibajos:

-Me arranqué las alas y se las di. Cuando lo vi volar de lejos y remontarse hacia las nubes, me sentí muy feliz de volver a tierra. Extrañaba a mi hijo.

Contempló al pequeño, que seguía en su regazo, le sonrió suavemente, en forma apenas perceptible, y volvió a poner el motor en marcha...

1980



 

PROMESA FORMAL

Yo no sé a qué se debe el prurito de querer escribir esta especie de confesión, pero en realidad en la vida no todo tiene explicación satisfactoria y la lógica de un acto cualquiera, cuando las causas del mismo han pasado, a nadie interesa: es pura historia, hojarasca o polvo. O una montaña remota cubierta de humo y niebla. Pero de toda forma, mis hermanos se ocupan de mí y cargan la tinta más de lo debido y soy yo, en última instancia, el punto nodal, la sal y la pimienta de las innumerables murmuraciones familiares. Me acostumbré con los años a ser la oveja negra o amarilla que deshonra el clan. Y ello no es culpa mía. Es más fuerte que yo (en realidad me gusta la cosa) y he prometido con seriedad hacer cambios importantes en mi ruta y en mis hábitos y lograr así, con enorme esfuerzo y brío titánico, revertir el problema, participar en un nuevo plano vital y ser aceptable para mi familia, a quien desde luego respeto y aprecio por encima de muchas linduras. Al menos eso creo. En realidad, yo quisiera que me dejaran en paz, que no se entrometieran en mis actos personales. Pero comprendo: no soy independiente y me es imposible sobrevivir como me gusta si me cortan el cordón umbilical o si me rebelo abiertamente, lo que no haría jamás, me gusta la buena vida y me consumo  en el placer. Ayer vino Mario, mi hermano. Llegó del cortijo extremeño. Me dijo que yo me estaba devorando gran parte de mi herencia en parrandas y juergas con los escritores, que según él (¡qué disparate!) me aceptan en sus bohemias porque soy desprendido, o como él dice, dilapidador Por otro lado, Mario tuvo el descoco de enumerar mis debilidades.

Uno por uno, como si fuera una lección aprendida de memoria, fue detallando mis nidos amorosos en Mesonero Romanos, Noviciado y San Bernardo. Para calmarlo, le hice una promesa nacida desde el fondo de mi desdicha. Dejaría todo. Yo pensé que me produciría una pena enorme renegar de toda una forma de vida y verme obligado a tomar mis cazallas y cervezas sólo, en algún jardín del Retiro, como si fuera un pingüino en un zoológico tropical. Concluyó su visita y me dijo contundentemente que debería reencauzar los pasos hacia una existencia higiénica. ¡Gran consejo a esta altura de mi vida! Debo tratarme y curarme, y me habló del doctor Mellado -recién llegado de Viena- que recetaba unas pociones y ungüentos mercuriales o arsenicales, no recuerdo bien de qué minerales habló. Debo admitir que me asustó con las complicaciones de mi enfermedad cuando me dijo textualmente: «verás la muerte de cada parte de tu cuerpo, se te caerán a pedazos las vísceras y si dejas avanzar la enfermedad, no podrás hacer nada para defenderte». ¡Esto asusta a cualquiera, coño! Y conociendo por el Duque de Peñalba lo serio que es el doctor Mellado en dichos campos secretos, creo que debo hacerle caso a Mario en este punto. Prometo pues una  enmienda. Tomaré la vida con total responsabilidad, lo que no es fácil en mi caso. Me reconozco íntegramente impredecible y a lo mejor hasta algo insensato. Ya en la puerta, al salir, siguió Mario augurando lúgubres sucesos: que nuestras posesiones en Badajoz están a punto de ser rematadas, en cuyo caso nos quedaríamos con lo que saliese del remate, y después a lo que diga Dios y aguantaremos. Lo acompañé hasta la esquina (para que se fuese de una vez) y habló de finanzas de nuevo: «cada duro que gastes en adelante, deberías sopesarlo, pues van siendo más escasos los recursos. Los árboles de alcornoque tienen la corteza más fina cada año y todo allá se vuelve terra extrema et dura para la familia». Estábamos solos en la calle del Marqués de Urquijo. Levantó la voz y concluyó mirándome con firmeza: «Hacer, una vida que te aleje de las tentaciones, y de una vez por todas aceptar que estás enfermo por causa de las mujeres. Tu mal no es en el fondo tan malo, pues una vez pasada la etapa aguda, resta un largo tiempo de vida que hasta puede ser benigno».

¡Cuántas cosas me dijo Mario! ¡Cuántos sustos me dio! Y no era cuestión de hacer oídos sordos. Después de todo es mi hermano y sé que bien me quiere. Me defendí como pude. Le dije que recordara que más de una vez fuimos juntos a Mesonero y gozamos de la Lucila, de la misma Lucila de ojos azules... Debo reconocer que yo caí con mala estrella. Al cabo de un mes, comenzó a agrietarse mi fortuna, ¡lo recuerdo tan bien! Pero, ¿por qué yo? Le inquirí repetidamente a Mario, y nada. Estaba más  sano que un toro antes de corrida. Y ahora él se me presentaba como un santo varón, comedido y receloso. Para él, las mujeres no eran todo, sino una mínima porción vital. Cabrón, a lo mejor impotente, ¡coño! Recuerdo que me siguió predicando: «Tú, Pepe, que posees cultura y culminaste los estudios en la Universidad Central mientras nosotros, tus tres hermanos, nos pudríamos de aburrimiento controlando los bienes del lagar, puedes corregirte. Por las tardes, te vas al Ateneo o al teatro. Posees el francés, y con tiempo y el apoyo de nuestros amigos, podrás hacer una vida académica admirable. Es más -siguió-, podrías ir a casa de Viriato en Burdeos y hacer algo útil como él, enseñar, escribir, pasear por las Landas, lo que te permitiría alejarte de esta proterva compañía». Yo sé que Mario tenía razón. Tengo el alma destrozada. Trataré de dormir con alguna píldora de bromuro y mañana será otro día...

Me desperté con ganas de hacer algo diferente. Puse los libros en orden. Mi apartamiento, que tenía tres piezas en un tercer piso del Barrio de Argüelles, era un verdadero desastre. Como si hubiesen dormido varios caballos y desparramado los muebles, los libros, la ropa, todo. Y comencé la faena. Si reformas había de hacer, por casa comenzaría. Utilicé un cajón viejo de basurero y allí fueron a parar todas las pertenencias innecesarias. Llamé a Paco, el de la portería, y por un duro fue dejando espacio y haciendo lugar para los muebles. Casimira, la mujer de Paco, se encargó de los pisos y de la ropa. Después de trabajar los tres durante todo el día, mi habitación y la sala de estar quedaron irreconocibles. Podría recibir a cualquier amigo y no sentir vergüenza (como siempre me sucedía, y me pasaba un buen rato dando excusas) y con Paco envié una noticia a Mario para que viniese cuanto antes, sin explicarle la causa de mi apuro. Compré mi ejemplar de «El Debate» y con una taza de café, hice tiempo hasta que viniera. Al cabo de una hora, poco más o menos, llegó Mario. Golpeó la puerta varias veces, con nerviosismo. Traía el rostro desencajado, pues Paco nada le dijo de mis razones. Por fin, le abrí y no pudo creer nada de lo que vio. Fue de pieza en pieza exclamando exageradas notas de admiración. Se llegó hasta mí y me dijo: «¡vamos festejar este primer paso de tu existencia renovada!»

Bajamos y nos llegamos a la taberna de don Manrique. Pedimos cognac (hacía frío, pleno diciembre) y seguimos hablando. Mario tenía planes a montones para mí. Hasta pensó que sería mejor que me fuera al cortijo y que me ocupara allí de los libros de asiento y si me sobrara tiempo, escribir, hacer un plan de reformas para salvar lo último que nos quedaba. Le expliqué, como mejor pude, que para eso no eran mis estudios y que si yo fuera al cortijo, sería para descansar y por sobre todas las cosas, para pensar qué hacer con mi vida, ya que después de todo, mis veinte y cinco años, sólo indicaban el comienzo. Estábamos en dicha plática cuando inesperadamente entró en la taberna una hermosa niña, de no más de veinte años (yo al menos, no le daba más de eso) y se sentó próxima a nuestra mesa. La miré fijamente y me pareció que podría seguir adelante. Yo nunca me equivoco en estos negocios. Pero estaba con Mario. Primera confrontación con una inesperada realidad asombrosa y estupenda. Mario me miró con dureza. Y yo, haciendo de tripas corazón, permití que se sentara a su mesa otro parroquiano, a quien miré con una mezcla de odio y de envidia. ¡Pues ayer nomás, otra hubiera sido mi actitud! Mario me lanzó una mirada de aprobación.

Como si fuera un profesor de moral en el liceo, dijo con tono austero:

-Poco a poco, comprenderás que no es tan perentorio ni importante conquistar a la primera mujer que se te aparece en una taberna. Comprendo -continuó, como si no existiera nada a su derredor, y estábamos a medio metro de una belleza devastadora y despampanante-, que no es fácil. Al contrario, las tentaciones son numerosas cuando hay crisis en el mundo, pero yo te ayudaré y reconquistarás tu poderío, tu personalidad se integrará en el marco que le corresponde.

-Gracias, hermano. Comprendo lo que dices. Hablé sin pensar y casi mecánicamente, como entre sueños. En realidad, si bien le charlaba aprobatoriamente, yo seguía embelesado con la niña. Sus facciones eran diferentes y la hacía del norte, gallega quizá, no lo sabía, pues mi estudio era obstruido por la emoción. Era esbelta, de nariz respingada y hasta se parecía a una de las bellezas que visitaba al marqués de Cuevas cuando la mujer de este noble amigo viajaba por giras de beneficencia a través de las provincias, con el séquito real.

Mira, Pepe, a mí también me gusta la hula  esa, está muy bien, de acuerdo. Pero me contengo y me sobran fuerzas para resistir...

No le respondí. Pensaba en las confesiones de Lucila y estaba totalmente convencido de que Mario era impotente. O al menos neutro. En el fondo, sentía compasión por él y su abstención, ya que después de todo no estudiaba para seminarista. Yo era diferente, ¡lo podía intuir al ver pasar las yeguas de raza! ¡Dios mío, cada ejemplar de pedigrí en los desfiles de la Gran Vía!

Esa noche fui a casa de Cansinos. Estaba escribiendo un artículo para Helios. Cuando Cansinos empezaba a escribir, nada lo detenía. Sin embargo, estaba furioso. En una lista de autores le habían robado la s a su apellido y estaba desconsolado. Traté de calmarlo y respondió con ira:

-¡Pero sucedió en HELIOS! ¡En nuestra revista! ¡Es cosa del colombiano que anda por ahí!

-Rafael -le dije-, he cambiado. Soy otra persona. No me reconozco y no me creía capaz de tan enorme coraje.

Rafael interrumpió su escritura y me dijo:

-Hombre, has cambiado tantas veces, que quisiera ahora ver cuál es el cambio que con tanta solemnidad anuncias.

-Te explicaré después. Vamos a cenar, pues lo que te quiero explicar demanda tiempo y calma.

Fuimos al Restaurant Inglés. Cansinos cambió de humor y comenzó a hablarme en francés. Le expliqué mis problemas y en forma concluyente me dijo:

-Todo está en tus manos. Cada cual con sus problemas. No puedo dar yo consejos y sé que en última instancia tú harás lo que te dé la real gana.

Cada vez que tenía un problema, lo visitaba. Era un hombre de inmensa cultura y se unía siempre a nuestro grupo. Pero él tenía razón. Me escuchaba y me decía la verdad. Él sabía que yo no era fácil. Y me lo decía sin ambages. Me despedí de Cansinos y escogí una calle al azar, total me daba lo mismo. No tenía interés en llegar a casa, donde nada me esperaba. Cuando pude darme cuenta, después de una hora de zigzagueo me entré a una taberna y pedí una copa de ojén. Yo era el único en toda la enorme habitación. Mi entrada en las tabernas era algo casi instintivo. Pude hacer un autoanálisis ayudado por el silencio. La meditación comenzó a darme cosquillas. Mario tenía razón. No podía, o al menos no debía seguir derrochando la vida, mi propia vida. Dejaría el tabaco, las bebidas (después del próximo ojén que es perentorio para seguir meditando) y trataría de olvidar las mujeres. Y comenzaría de una vez por todas la etapa de recuperación de mi identidad. Iría al campo, me llegaría al cortijo. Me pondría al tanto en el manejo de la finca y sería yo quien en adelante revisase los números y distribuyese las ganancias (si las hubiese). ¡Hermosas reflexiones y magníficos proyectos! ¿Cómo es posible que no me hubiera dado cuenta antes? Mario era un santo. Me abrió los ojos. En adelante el orden y sólo el orden. ¿Cómo es posible que yo, doctor de la Universidad Central, fuese un parásito de la sociedad? ¡Jamás! Pagué la cuenta, pues ya iba amaneciendo y estaban cerrando. Dejé un duro de propina. Bailó el tabernero de alegría y me trató de señor nobilísimo. Me dijo que yo era de muy buena familia, sin lugar a dudas. Por lo menos un conde. Le di otro duro. Me gusta que me reconozcan mis méritos reales. Me fui a casa para descansar. Me sentaba mal el ojén. El sereno me abrió el portal y me acosté vestido. Quedé profundamente dormido. Tuve un sueño raro. Estaba en Extremadura, el lugar exacto no recuerdo. Varias zagalas me seguían. Una de ellas era bien formadita y de bellas facciones. Me acerqué y le dije:

-¿De dónde eres?

Me respondió con una sonrisa cautivamente y se perdió en una nebulosa indecisa y remota. Cuando me desperté, me di cuenta -atando memorias- de que la niña del sueño era la que estaba en la taberna ayer no más, al mismo tiempo que Mario me gruñía. Y me entraron unas ganas locas de volver a verla. Porque esto es diferente. Esta niña es ya un sueño y mis promesas no pertenecen a dicho mundo de cosas inefables. Yo sabía dónde estuve con Mario. Volvería. Sí. Buscaba a la misma hora. Ahora me iría con Manolo, a quien le gusta la vida alegre casi tanto como a mí. Fui a su casa... y no estaba. Me atendió Antonio, con su natural timidez. No. ¡Con Antonio a ningún lado! Le dejé el recado a Manolo y me fui a la taberna. Estaba con la sincera ilusión o esperanza (da lo mismo) de volver a ver a la moza del sueño. No es por nada. Lo juro. Sólo para hablarla y saber algo más de su vida (que nada sabía, sino que era muy bella). Me  atraen las cosas impensadas. Y ésta era una de ellas...

Entré al bodegón, que parecía más oscuro que de costumbre. Una lámpara de gas en una esquina, dibujaba impalpables, tenues figuras de los parroquianos. Unos bebiendo cerveza, otros con copas alargadas libando con zacalla u ojén. La concurrencia no hacía alboroto y era posible amadrigarse en una esquina sin ser fastidiado por retumbos aturdidores. Miré por todos lados. Lo hacía con verdadera ansiedad y hasta con pena y no vi rastros de la zagala. Pocas veces sucede que un concurrente vea totalmente desconocido en su esfera de acción, en su hábitat. Con ánimos de recuperar la imagen extraviada cuya semblanza se hacía obsesiva (debo reconocerlo) tomé coraje (para estas circunstancias no soy tan fuerte, prefiero que mis acciones no requieran la ayuda de nadie, eso es feo) y me llegué hasta el tasquero:

-Perdone señor -la voz me salía insegura y velada-, ayer por la tarde vi una mujercita muy bonita, diría un pimpollo, de muy buenas proporciones...

Bruscamente me cortó las palabras el tabernero y casi agresivamente me dijo:

-Pues figúrese usted, si tuviera yo que guardar los pasos y las marcas de cada furcia que asoma por estos lugares, pues...

Esta vez lo interrumpí yo. Sé cómo hay que tratar a estos títeres, y a este caballo lo domo con arte. Saqué el portamonedas de mi chaqueta y le hice brillar dos duros, sin violencia. Su rostro se iluminó y parecíamos amigotes del mismo corral.

-Bueno, hablemos pues. Ya sé... es la Mercedes, de Noviciado. Deme usted sus señas y se las haré llegar.

Poco después, llegó Manolo, contento, con su fuerte acento andaluz que aún no se le había desteñido. Pidió un cognac. Lo calentaba con su mano derecha y lo olía con fruición. De ojos vivaces, cejas pobladas, cutis mediterráneo, era una bella compañía. Miró las paredes de la taberna. Le gustaba el color gris del muro rústico. Hablamos un buen rato.

-Figúrate cuánta historia ha pasado por aquí.

-Y la que aún no ha llegado, que se está engendrando -le dije.

-Bueno, algo la hacemos nosotros todos los días, ¿no te parece?

-No sé. Se me ocurre que cada tasca es como Pombo. Sólo que falta la pluma que describa lo que va acaeciendo...

Poco después, salimos a pasear por los alrededores. Lo esencial era entrar en calor. Antes que ir por el Parque del Oeste, decidimos caminar por Buen Suceso. Me gustaba esa pátina de los viejos edificios, descascarados y grises. Pero tan acogedores. ¡Tanta vida! Caminábamos con cuidado pues las veredas rotas hacían difícil una total abstracción. Comenzó a lloviznar. No nos quedaba el recurso de detenernos en lo de Viriato, pues nos había abandonado por Burdeos. Transitaban mujeres de todo tipo con paso más bien precipitado. Algunas muy atractivas. Manolo lanzaba sus requiebros poéticos con harta frecuencia pero sin vistas a obtener favores, lo hacía sencillamente porque le gustaban las mujeres. Mientras caminábamos, me iba  recuperando del sermón de Mario, que me seguía calentando el cerebro. Manolo no estaba con ganas de hacer locuras, al menos esta noche. Era alegre y me hacía mucho bien su compañía. Mi recuperación, sin embargo, cosa muy relativa. Nada más que una promesa a mí mismo y... a Mario. No había aún pasado por una prueba trascendente. Yo sabía que lo que dijo Mario tenía mucho de cierto. Pero quien camina en el abismo, sólo precisa un pequeño empujón y ¡zas! se repite el golpe... No. No sería ése mi caso. Me aguarda toda una vida y el siglo recién comienza. ¡Al que se fue, todavía lo estamos saludando! ¡Y el que comienza, se viene con tan bellos colores!

Me despedí de Manolo en la esquina de la Calle del Rey Francisco y retorné hacia Marqués de Urquijo, caminando pausadamente. Con cierta fatiga, ascendí los pisos que conducen a mi habitación. Iba pensando: la soledad, qué pesada se pone a medida que vuelan los años. Durante mi vida de estudiante, jamás se me ocurrió cavilar de los días y meses que se fugan como relámpagos... Mercedes, a la que apenas vi, no es sino un recuerdo, esfumado e incierto. Viriato, profesor en Francia, mis hermanos, dispersos en provincias. La vida en Madrid requiere compañía. Quizás fuese cierto en cualquier parte del universo, ¡pero mi experiencia es aquí, en Madrid! Fríos inviernos, tristes y el viento del Guadarrama. Y la monotonía de no saber qué hacer mañana que me distraiga, que sea diferente... De súbito, al llegar a mi puerta, me di cuenta de que no estaba solo. La niña del sueño me estaba esperando. ¡La misma!  

Sin decir palabra, la sujeté de las manos por un rato. Después abrí la puerta y entramos. Era la misma. Se reía vaga y remota. Seguí soñando por largo rato y prometía no despertarme nunca más.


1982-83

 

 




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